Cuadernos del Sur

Sociedad O Economia O Política

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PETER DREW: La etapa acmal del desarrollo capitalista » . . CHARLES-ANDRE UDRY: Las contradicciones 1 m1 ARTEMIO LOPEZ - CLAUDIO LOZANO: Estadóy . l el populismo ALBERTO J. PLA: Notas sobre el amamqu poÁ Ï pulismo 4 GUILLERMO ALMEYRA - HUGO MORÉNÓÁ Lil-crisis del Golfo: un punto de vista latinoamericano JUAREZ GUIMAÉAES: Brasil: La esperanza no fue a las urnas WASHINGTON ESTELLANO: Bolivia: del populismo a la economía dela coca v JESUS ALEARRACUSIS Mercado y plan en la crisis del socialismo real MARIO 'LUIZ POSSAS: El proyecto político de la "Escuela de la Regulación". Algunos oo- mentariOS. CARLOS ALBERTO BROCATO: Abono. La penúltima batalla de la moral dogmática. a 0

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Cuadernos del Sur

Número 12. Marzo de 1991

MARZO 1991

CONSEJO EDITORIAL Argentina: Eduardo Lucita/ Roque Pedace /Alberto J. Pla / Carlos Suárez

México: Alejandro Dabat- / Adolfo Gilly José María Iglesias (Editor)

Italia: Guillermo Almeyra Brasil: Enrique Anda Francia: Hugo Moreno Perú: Alberto Di F ranco

El Comité Editorial está constituido por los miembros del Consejo Editorial residentes en Argentina.

Publicado por Editorial Tierra del Fuego Número 12 Argentina - Marzo de 1991

Toda correspondencia deberá dirigirse: En Argentina:

Casilla de Correo N9 167, 6-B, C.P. 1406 Buenos Aires - Argentina

En México:

EDITORIAL TIERRA DEL FUEGO Nebraska 43-402

México, 03810 - D.F.

CUADERNOS DEL SUR 12

COMITE EDITORIAL

PETER DREW

CHARLES-ANDRE UDRY

ARTEMIO LOPEZ CLAUDIO LOZANO

ALBERTO J. PLA

GUILLERMO ALMEYRA

HUGO MORENO

JUAREZ GUIMARAES

WASHINGTON ESTELLANO

JESUS ALBARRACIN

MARIO LUIZ POSSAS

CARLOS ALBERTO BROCATO

INDICE

1991, El principio del fin del siglo

La etapa actual del desarrollo capitalista mundial

Las contradicciones de la expansión del capital

Estado y política en el populismo

Notas sobre el agotamiento del populismo

La crisis del Golfo: un punto de vista latinoamericano

Brasil: La esperanza no fue alas urnas

Bolivia: del populismo a la economía de la coca

Mercado y plan en la crisis del socialismo real

El proyecto político de la "Escuela dela Regulación". Algunos comentarios.

Aborto. La penúltima batalla de la moral dogmática

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CUADERNOS DEL SUR responde a un acuerdo entre personas, las que integran el Consejo Editorial. La revista es ajena a toda organización. La pertenencia, actual o futura, de cualesquiera de sus integrantes a partidos o agrupamientos políticos sólo afecta a éstos de modo individual; no compromete a la revista ni ésta interfiere en tales decisiones de sus redactores.

CUADERNOS DEL SUR es un órgano de análisis y de debate; no se propone, ni ahora ni en el futuro, ser un organizador político ni promover reagrupamientos programáticos.

El Consejo asume Ia responsabilidad del contenido de la revista, pero deslinda toda responsabilidad intelectual en lo que atañe a los textos firmados, que corren por exclusiva cuenta de sus autOres, cuyas particulares ideas no son sometidas a otro requisito que el de la consistencia expositiva. El material de la revista puede ser reproducido si se cita fuente y se añade la gentileza de comunícárnoslo. Las colaboraciones espontáneas serán respondidas y, en la medida de nuestras posibilidades, atendidas.

i. J

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1991, EL PRINCIPIO DEL FIN DEL SIGLO

"De un lado tienen acceso a la vida fuerzas industriales y científicas que ninguna época anterior en la historia de la huma- nidad, llegó a sospechar. Del otro, estamos delante de síntomas de decadencia que sobrepasan en mucho los horrores de los úl- timos tiempos del imperio romano. En nuestros días, todo pare- ce estar impregnado de su contrario”

Karl Marx.

“Cuando el miedo se quedaba sin siglo, el siglo agonizante se llenó de mie- dos”. Con este recurso literario dibujaba Mario Benedetti su fantasmagón'ca vi- sión de los inicios del final de este segundo milenio, cuando la ciudadanía ar- gentina fue vapuleada por una despreciable decisión presidencial que dejó en libertad alos máximos responsables de crímenes de lesa humanidad, y el mun- dO presenciaba azorado como la moderna jactancia electrónica les mostraba el despliegue técnico de la lógica de la guerra, sustento de la nueva cruzada im- perialista en el Golfo Arabe-Pérsico.

Es que estos añOs noventa, nos ponen en los umbrales del nuevo siglo, im- pulsados por la aceleración vertiginosa de los tiempos, expresión de la articu- lación de un conjunto de procesos que van transformando el mundo actual, mo- dificando las condiciones de vida y existencia; los sistemas de producción y co- municación; la estructura social y los patrones culturales. Cambiando el contex- to en el que se desenvuelven los conflictos sociales y políticos.

Con el telón de fondo de este mundo cambiante, también como expresión de esos cambios, distintos sucesos interrelacionados se destacan en el escenario mundial graficando las coordenadas que intentan orientar el curso futuro y con- figurar las condiciones del próximo milenio.

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Los cambios operados en la correlación de fuerzas en la economía capita- lista mundial han concluido poniendo en cuestionamiento la hegemonía de los Estados Unidos, que van acumulando tensiones internas que debilitan crecien- temente su competitividad internacional. Contradictoriamente son los mismos EEUU. los que refuerzan su predominio militar a escala mundial y su hegemo- nía ideológica como lo ponen en evidencia el despliegue tecno-bélico en el Gol- fo Arabe-Pérsico, y el auge de las concepciones neoliberales de la libertad del mercado en todo el mundo. Finalmente, las contradicciones internas concluye- ron socavando los pilares de las sociedades burocratizadas de los paises de Eu- ropa Oriental con el estrepitoso derrumbe del estalinismo y el fin de la confron- tación Este-Oeste.

El mundo se encontraría así en los albores de “el fin de la historia”, en un es- cenario donde un nuevo ordenamiento garantizaría la seguridad internacional, en tanto que las fuerzas productivas a escala mundial serían reimpulsadas por el libre juego de las fuerzas del mercado.

En este contexto, como señala Otro escritor latinoamericano, Eduardo Ga- leano, ...”no hay lugar para las revoluciones, como no sea en las vitrinas de los museos arqueológicos, ni hay lugar para la izquierda, salvo para la izquierda a- rrepentida, que acepta sentarse a la diestra de los banqueros.”

Sin embargo ¿hasta donde estos cambios condicionan el curso de los años noventa? Hoy es impensable eludir una verdad irrefutable: el Siglo XX ha sido el siglo de las revoluciones, pero no el del socialismo, pero ¿hasta donde el ca- pitalismo, finalmente vencedor en su puja con el estalinismo, logrará contener la dialéctica de la historia?

En estos dias todo parece estar impregnado de su contrario. Contradicien- do a quienes enfatizan un escenario favorable a la imposición de un nuevo or- den internacional, el mundo se muestra ante nuestros ojos cada día más desor- denado.

El surgimiento de polos alternativos en la economía mundial —el Japón y el entorno asiático, Europa con centro en la Alemania reuníficada—- no hacen más que incentivar la disputa interimperialista por el control de los mercados; de la mano de las políticas de la libre competencia se agudizan los desequilibrios económicos; la riqueza, las nuevas tecnologias, los activos financieros se con- centran en los siete países más ricos del planeta, siendo que los del llamado Ter- cer mundo se han convertido en exportadores netos de capital desde hace más de una década. La debacle ecológica se expande por todo el orbe, la discrimi- nación racial crece en numerosos países. El pregonado nuevo orden intemacio- nal muestra “novedades” como la Plaza Tien An Men en China; la invasión yan-

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ki a Panamá; la represión soviética en los países bálticos; el retorno a la Pax A- mericana en el Golfo.

Por distintas razones la República Democrática Alemana fue vista como el pais más apto para soportar el impacto de su transformación hacia una econo- mía de mercado. Sin embargo bastaron solo unos pocos meses para que su po- blación comprobara los enormes costos sociales de esta Operación, así como el peso que la misma está teniendo para la República Federal Alemana. Si esta es la experiencia en el centro del polo europeo, la proyección de la misma hacia el resto de los países del Este, y aún en la propia URSS deja al descubierto que el problema no es de fácil resolución en lo inmediato y cuando menos comple- ja en el largo plazo. Frente ala vertiginosidad de los cambios, ¿quien se acuer- da hoy de la caída del Muro de Berlín?

Pero ¿hasta dónde la historia es capaz de volver sobre sus pasos? ¿Hasta don- delos trabajadores manuales e intelectuales dejaran caer un siglo de luchas y es- peranzas colectivas? Un siglo de conquistas económicas, sociales y culturales que desbordaron las aspiraciones de una clase para insertarse en el conjunto de las sociedades.

El siglo que agoníza nacido con una crisis inmediata como lo fue la prime- ra guerra mundial y la revolución rusa, termina ahora de crisis en crisis, donde lo que se descompone es todo el orden mundial creado durante casi ochenta a- ños. Ni el capitalismo puede sentirse confiado ya que cualitativamente no ha so- lucionado ninguno de sus problemas ni el estalinismo aguantó el paso de la his- toria.

Pero la decadencia y la descomposición no configuran ningún nuevo para- digma. Las nuevas corrientes de pensamiento en los círculos dominantes: el posmodemismo y aquello del fín de la historia, a lo sumo son contra-ideolo- gías, discursos a veces tejidos con cierta habilidad, pero no mas, ya que no Ofrecen nada nuevo ni alternativo.

Al siglo XX le está naciendo un heredero que la actual década nos dirá si alumbra el futuro O si el vástago será Otro nuevo monstruo a costa de la vida hu- mana. De ahi la importancia estratégica de los próximos quinquenios, después del fin de la guerra fría y eso que llaman el “nuevo orden mundial”.

Este nuevo orden internacional, más aun el que pareciera emerger luego de la guerra del golfo bajo la unipolaridad estadounidense, requerirá de gobiernos estables y fuertes, capaces de hacer frente con autoridad al descontento larva- do que anida en esas sociedades que independientemente de su ubicación geo- gráfica expresan la centralidad de algunos temas cruciales que hoy recorren el mundo contemporáneo: la imperiosidad de la paz y el desarme de la lógica de

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la guerra; la autodeterminación de los pueblos, la resolución democrática de sus problemas y la libre disposición de sus recursos naturales; la modemiza- ción y la apropiación de los beneficios y el control de sus costos; la emergen- cia de las masas en la política; la realización material e intelectual del ser hu- mano..

Dependerá de nosotros, de los pueblos, hoy más que nunca superar al ca- pitalismo y en este marco somos concientes que la discusión del socialismo co- mo alternativa sigue teniendo validez, que es necesaria,- que se asienta en "la ex- periencia y en el largo camino recorrido, y en el hecho Objetivo que señalan la quiebra del estalinismo y la impotencia socialdemócrata que muestra su rostro en todos los continentes.

Es en este escenario de un mundo cambiante y en transformación acelera- da, hegemonizado por un capitalismo agresivo y contradictorio por naturale- za, con el abanico de problemas y situaciones inéditas que nos presentan los a- ños noventa, donde es necesario instalar este debate democrático y abierto so- bre el futuro del socialismo, que rescatará lo rescatable, criticará lO criticable, y requerirá un gran esfuerzo de maduración y reflexión colectiva. Pero también ir asentando las bases de la remoción histórico-social del siglo entrante, del so- cialismo del futuro.

Que la última década del siglo sea un entierro digno de algo superado’ pe- ro ya que la Historia no se inventa sino que la hacen los hombres, que sirva tam- bién como partera del futuro, donde los protagonistas sean los trabajadores y los pueblos, y no los grupos de poder se llamen fracciones dominantes, castas militares o burocracias de estado. Cuadernos de Sur aspira a ser tribuna ap- ta, en donde quienes colaboran en esta empresa, cada uno con sus matices y sus propias inquietudes, contribuyan a ese esfuerzo que consideramos esencial.

AJP/EL Buenos Aires, marzo 1991

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LA ETAPA ACTUAL DEL DESARROLLO CAPITALISTA MUNDIAL

Peter Drew

Es casi imposible describir en forma adecuada la magnitud de la Ofensiva e- conómica imperialista y sus consecuencias. Ella fue lanzada en los años seten- ta y alcanzó una mayor dimensión con la llegada de Ronald Reagan al gobier- no de los Estados Unidos.

Una pequeña parte de esta realidad puede leer el público en el excelente li- bro “A farte worse than debt” —Un destino peor que la deuda—, de Susan George.

En este artículo, procuraremos mostrar una imagen más amplia del último período del desarrollo capitalista.

Los principales resultados del desenvolvimiento capitalista mundial en las últimas tres décadas pueden visualizarse en el Gráfico 1. Este muestra el creci- miento del Producto Nacional Bruto (PNB) por habitante, de las economías ca- pitalistas mundiales tomadas como un todo: las economías imperialistas (OC- DE), de Africa, Asia y Medio Oriente, y el Hemisferio Occidental, excluídos los Estados Unidos y Canadá.

Lamentablemente, los datos del Fondo Monetario Internacional sobre Asia, a partir de los cuales están calculados los que aquí presentamos, incluyen a Chi- na, lo cual tiende a mejorar las cifras de este continente, en la medida en que es- te país tiene una tasa de crecimiento mayor que la de cualquier Otro país central en la última década. De todas maneras no existen datos comparativos sobre Asia que no incluyan a China.

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Caída generalizada

Tomando en forma desagregada los diferentes sectores de la economía ca- pitalista mundial, la característica principal del desarrollo en las tres últimas dé- cadas es la progresiva reducción del crecimiento del PNB per cápita.

La tasa media del crecimiento del PN B per cápita de la economía capitalis- ta mundial disminuyó de 2,6% en 1960/70 a 1,6% en 1970/80, llegando a 1,3% entre 1980/1987, último año para el que disponemos de cifras acumuladas. Du- rante los últimos treinta años, el crecimiento del PNB per cápita de la economí- a capitalista mundial disminuyó a la mitad. Esta caída afectó a todas las regio- nes, excepto a Asia.

Un simple examen demuestra que esta disminución del crecimiento es muy desigual. El crecimiento del PNB per cápita en Asia nO disminuyó, por el con- trario se aceleró; más adelante comentaremos este dato. El crecimiento del PN B per cápita de las economías imperialistas disminuyó, en términos medios, de 3,6% en 1960/70 a 2,3% en 1970/80, a 2,14% en 1980/87: una caída del 42% en tres décadas.

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Mas impresionante aun es el hecho que desde 1980 el ritmo de crecimien- to del PN B per cápita haya sido negativo, lo que significa que el mejor sobre el nivel de vida está disminuyendo en estos continentes.

En otros países tiene lugar un proceso de empobrecimiento absoluto. Estas cifras fueron de -1.0% para América Latina y el Caribe; —2.2% para Africa y el —2.7% para Oriente Medio, en el período que va hasta 1985, que es el último pa- ra el cual se tienen datos. Tales variaciones representan reducciones absolutas del PNB per cápita de cerca del 14% en Africa, del 10% en Oriente Medio, del 7% en América Latina y el Caribe.

Sin embargo estas cifras representan promedios. Nicaragua, sufrió desde la Revolución, y en función de la agresión de los Contras, una caída de más del 50%. Uganda, Liberia y Zambia sufrieron retrocesos de más del 40%. Bolivia soportó una disminución de más del 30%, y estos son solo algunos ejemplos.

El giro de los años ’70.

En los años ’60, todas las zonas de 1a economía capitalista mundial, crecie- ron, aunque a ritmos desiguales. A partir de los años "70 no ocurre lo mismo. La economía capitalista mundial ya no se desenvuelve como un todo, sino que se dividió en dos partes. De un lado, los países industrializados y Asia conti- núan disfrutando de un crecimiento del PNB per cápita; y por otro Africa, América Latina y Oriente Medio que experimentan una disminución del mismo.

En realidad, los países de la OCDE y Asia forman una unidad ya que el cre- cimiento rápido de algunos de los países recientemente industrializados de A- sia (Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Hong Kong), se debe a colosales inver- siones de capital originadas en los países imperialistas.

Es claro que las tendencias depresivas se impusieron en muchas partes del mundo. Mas importante aún es el hecho de que la caída es acumulativa y no ci- clica, esto es se trata de un círculo de empobrecimiento que se extiende progre- sivamente. Una vez abatido, un continente no es capaz de recuperarse y, de he- cho, por razones que explicaremos más adelante, no se recupera.

Tomando esta progresión en orden cronológico, el primer continente que experimentó esta caída en dirección al empobrecimiento absoluto fue Africa. El crecimiento de su PNB per cápita cesó en 1974, quedando estancado hasta 1977 y disminuyendo a partir de ese momento (teniendo en cuenta que estos datos in- cluyen a Africa del Sur, las cifras serían peores si analizamos solamente parte del. Africa Negra al sur del Sahara). Hasta 1987 el PN B per cápita de Africa ha-

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bía disminuído 15%, llegando al nivel de 1969. El continente africano retroce- dió, en términos de crecimiento económico, casi dos décadas.

Décadas perdidas

El PNB per cápita en Oriente Medio dejó de crecer en 1977 y fue disminu- yendo a partir de entonces. Hasta 1985, había disminuido alrededor de un 10% y estaba en el nivel de 1971. Perdió una década de desarrollo económico.

En el hemisferio occidental, América Latina y el Caribe alcanzaron su pun- to más alto en 1980 y retrocedieron luego diez puntos porcentuales. La recupe- ración siguiente alcanzó apenas cuatro puntos antes de comenzar el nuevo ci- clo de programas de austeridad en Argentina, Perú, Venezuela y otros países, en 1988-89, quedando seis puntos por detrás del nivel de 1977, con una déca- da de desarrollo perdida.

Para evaluar de forma más profunda el impacto de estos cambios, dejaremos de considerar las tendencias del desarrollo por continentes para estudiarlas en términos absolutos. Esto pone a consideración varios problemas de cálculo, es- pecialmente los relacionados con la devaluación y revaluación de las monedas y los distintos niveles de precios en los diferentes países, que no pueden ser com- parados sin incurrir en distorsiones.

Los estudios más extensos y confiables sobre situaciones económicas com- parativas son los que utilizan el índice PPP (Parity Purchasing Powers - Pode- res de Compra en Paridades) que son cálculos que tienen en cuenta los diferen- tes niveles de precios. Lamentablemente, no se disponen de datos comparativos para Africa y Oriente Medio que se basen en el PPP para un período de tiem- po extenso.

A pesar de esto, Angus Maddison‘ ha podido calcular datos acumulados pa- ra los países de la OCDE, Asia, América Latina y, para comparar, la URSS. Sus datos pueden ser considerados confiables ya que engloban 32 paises, que jun- tos acumulan el 85% del PN B mundial y el 76% de la población del mundo.

La Evolución del PNB por habitante

Tomemos el primer intervalo del PN B per cápita, tal como es mostrado por el gráfico 2.

Comencemos por la comparación en América Latina: en 1900 era cerca del 42,8% de los países de la OCDE; en 1913 fue del 44,9%; en 1929 del 44,7%;

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en 1950 del 45,3%; en 1973 del 35,1%; en 1987 del 29,7%. Esto es que Amé- rica Latina redujo la diferencia del PNB per cápita entre 1900 y 1913, mantu- vo O mejoró un poco su situación entre 1913 y 1950, y a partir de aquí comen- a quedar cada vez más retrasada.

En lo que respecta a Asia, su PNB per cápita fue de alrededor del 26,7% del de los países de la OCDE en 1900; cerca del 24,2% en 1913; 22% en 1929; 14,2% en 1950; 13,5% en 1973 y cerca del 19,1% en 1987. Como se ve empe- oró su situación relativa con respecto a los países desarrollados desde 1900 has- ta 1950 —principalmente en el período 1930-1940—; quedó estancada O dis- minuyó levemente entre 1950-1973, y mejoró a partir de entonces. Sin embar- go, esta mejora no fue suficiente como para evitar que Asia quedase en 1987 re- lativamente más atrasada respecto de los países industrializados de lo que es- taba en 1900-1929. En 1900, el PNB de los más importantes estados de Asia e- ra equivalente a 1a cuarta parte del de los países de la OCDE, en tanto que en 1987 era de la quinta parte.

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El único país importante que redujo significativamente la diferencia entre su PNB per cápita y el de los países industrializados fue la URSS. El PNB per cápita soviético fue de 38,3% del de los países industrializados en 1929. Para 1953 ya era del 63,8% a pesar de la destrucción de la guerra, en tanto que su- bió al 64,5% en 1973. El estancamiento y la subsiguiente crisis de la economí- a soviética quedan evidenciadas, ya que después cayó hasta cerca del 58,6% en- tre 1973 y 1987.

Las mismas tendencias son confirmadas por las cifras del Banco Mundial sobre los PNB per cápita, en términos de dólares de los distintos continentes en relación con los países de la OCDE. Estos datos muestran que el continente cu- ya situación relativa más empeoró desde los años ’70 fue Africa. El agravamien- to de la situación no fue tan profundo, en términos relativos, para América La- tina, pero en términos absolutos. La situación relativa de Medio Oriente en PNB per cápita en dólares llegó a su punto más alto en 1982, para luego dismi- nuir a una quinta parte en 1987.

Proceso de Acumulación

La constatación de que no se trata de un proceso cíclico, sino que por el con- trario la caída es acumulativa queda más claro si se revisa la evolución de las inversiones de capital, ya que ellas son el motor del crecimiento. La evolución de la formación bruta de capital fijo expresada como porcentajes del PNB es mostrada en el gráfico 3.

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CUADERNOS DEL SUR 12 15

Como se puede ver, la inversión en Africa y en América Latina cayó aún más dramáticamente que el PN B per cápita.

La inversión como porcentaje del PNB disminuyó de cerca del 31% en 1977 a alrededor del 19% en 1987, una reducción del 40%. El hemisferio occidental, disminuyó de un 25% en 1974 a un 18% en 1987, una reducción de más del 30%. Solo se dispone de cifras acumuladas para Medio Oriente hasta 1985, pero ya se puede apreciar que entre 1983 y 1985 ese porcentaje cae del 31% al 26%. Los datos para los países del Oriente Medio indican que esta disminución a partir de 1985 fue aún más importante.

Si ahora procuramos resumir estos datos en relación a sus efectos sobre la población mundial, tendríamos que incluir no solamente el PNB per cápita, si- no también la distribución de la riqueza en cada país. Este cálculo es, sin em- bargo, increiblemente complicado. Por lo tanto las cifras del PN B per cápita de- ben ser'tomadas solo como guía.

Haciendo cálculos por países y no por continentes, podemos apreciar tres tendencias fundamentales en el desarrollo capitalista.

Primera: antes de terminar la década del 80', la desigualdad económica in- ternacional habrá llegado a su punto más alto en la historia de la humanidad.

Segunda: el número de países que alcanzan el nivel de los países industria- lizados, en términos de PNB per cápita, cayó a las tres cuartas partes en los años 80'.

Tercera: el número de países que muestran una disminución absoluta de su PNB per cápita se cuadruplicó desde los años 60' y la población de los países que sufrieron esa disminución creció de 60 millones a 774 millones, desde los años 60'. Una cifra que supone más del doble de la población actual de Euro- pa Occidental.

Demostraremos a continuación estas afirmaciones:

Con respecto al desarrollo a largo plazo de la desigualdad económica, el es- tudio de Maddison es muy minucioso y el que utiliza los mejores datos. Este es- tudio concluye diciendo:

“El nivel medio (del PNB per cápita) de los países de la OCDE (países in- dustrializados fue casi cinco veces mayor que el asiático y tres veces mayor que el latinoamericano en 1900. Las diferencias regionales han aumentado desde entonces... En 1987, la diferencia entre el país más pobre y el más rico era de 36 a 1; en tanto que en 1900 la diferencia fue mucho menor, de 8 a 1”.

16 MARZO 1991 Opulencia y miseria

La situación para los países más pobres, para los cuales no existen datos pa- ra los últimos 90 años, es aún más extrema. Al contemplar el período más re- ciente la ONU, en su informe sobre la Economía Mundial en 1989, señala: “La diferencia entre ellos (los países más pobres) y los países ricos ha aumentado. La renta per cápita en los paises industrializados es alrededor de cincuenta ve- ces la de los países menos desarrollados”.

En un estudio elaborado por el BanCo Mundial, utilizando como moneda pa- trón el dólar, sobre el período de post-guerra establece que en 1967 la diferen- cia del PNB per capita entre el país más rico, los Estados Unidos, y el más po- bre, entonces Ruanda, fue de 82 a l. En 1987, la diferencia entre el país más ri- co-(los EEUU.) y el más pobre, Etiopía, había aumentado a 130 a 1.

Enfocando el análisis según la evolución, mejora o empeoramiento, de la si- tuación global, es necesario señalar que el número de países en vías de alcan- zar el nivel de PNB per cápita de los países industrializados, contabilizado en dólares, fue de 24 en el período 1967-70, pasó a 35 en 1970-80 y se precipitó en 1980-87, alcanzando solo a 14. Las cifras de población incluidas en estos países cambió aun más dramáticamente, aumentando de 530 millones en 1960- 70, a 604 millones, en 1970-80, pero cayó brutalmente a 167 millones, en los años 1980-87.

En resúmen, los países recientemente industrializados, que en términos re- lativos, se están aproximando a los países industrializados, no muestran un ca- mino a seguir para los otros, más bien aparecen como una excepción a la regla. Separando el “milagro” de las economías de Asia Oriental, el número de paí- ses que‘mejoraron su posición relativa en comparación con los industrializados disminuyó dramáticamente y, principalmente, está compuesto por algunos po- cos Estados que están recibiendo ayudas masivas del exterior (Egipto), que se están recuperando de catástrofes económicas (Somalía),o que tienen economí- as pequeñas y muy especializadas (Bahamas, Barbados, Seychelles, Oman, San Vicente).

Tendencias a la Barbarie. I

Finalmente se puede decir que no es la posición relativa lo que cuenta, si- nO los niveles de vida absolutos.

De acuerdo con 'los datos de la Organización para la Cooperación, el Comer- cio y el Desarrollo de las Naciones Unidas (UNCTAD) en su estudio de 1989, la situación es la siguiente: de 1960 a 1970, 13 países con una población total

CUADERNOS DEL SUR 12 17

CUADRO 1

Población de los Poblacion de los Poblacion de los Población de los paises de la OCDE' paises de la OCDE paises que dismi- países en que que aumentaron nuyeron su PNB |I.l: bajó el PNB 9.o. su PNB por cápita en relación a los paises de la OCDE'

millones millones millones millones 18960-70 662 530c 979o 60 1979-80 717 604 1192 189 1980-87 743 167 1492 774

a. Datos del FMI

b. Excluídes los que sufrieron un retroceso absoluto del PNB per cápita c. 1967-70

Fuente: Población y PNB per cápita calculados por el FMI. Estadísticas financieras internacionales.

El PNB per cápita relativo está calculado según las Tablas Mundiales del Banco Mundial.

de 60 millones, de personas, lO que equivale al 2,7% delas economías capita- listas, estaban sufriendo caídas en su PNB per cápita. (cuadro 1).

De 1970 a 1980, esta tendencia se amplió para 26 países, con una población total de 189 millones, lo que constituye el 7% de la población total de los pa- íses industrializados. De 1980 a 1987, alcanzó 59 países con una población to- tal de 774 millones, 24,4% de la población de los países capitalistas.

Esto nos permite sintetizar la situación de la economía capitalista mundial desde principios de los años 80' en cuanto a su influencia en los niveles de vi- da de la población en los países capitalistas. Su más importante característica es el enorme incremento (el doble) de la proporción de países que están perdien- do más con respecto a los niveles de vida de los países imperialistas, o que es- tán padeciendo caídas absolutas de su nivel de vida.

Sumando estas dos categorías, esta proporción creció del 47% de la: pobla- ción del mundo capitalista en 1967-70 a 71% en 1980-87.

El desenvolvimiento de esta última fase del capitalismo es ahora claro y ter- minante. Lejos de entrar en una nueva fase progresista de liberalismo, el capi-

18 MARZO 1991

talismo desenvuelve sus tendencias más bárbaras desde el período 1930-1940. La economía mundial dejó de avanzar como un todo relativamente orgánico pa- ra comenzar un asalto sin precedentes a Medio Oriente, Africa y América La- tina, en una fase de empobrecimiento en términos relativos, y, por primera vez desde 1945, un aumento enorme del empobrecimiento en te'rrninos absolutos.

l) Angus Maddison, La Economía Mundial en el Siglo XX.

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SOCiOlisme

IN FRE© R

Correspondencia de Prensa Internacional » ' para América Latina .

CUADERNOS DEL SUR 12 19

LAS CONTRADICCIONES DE LA EXPANSION DEL CAPITAL

¿Crisis con crecimiento? Charles-André Udry

La economía estadunidense —que es, en “volumen” la más importante del mundo, pues totaliza aproximadamente el 45% del Producto Interno Bruto (PBI) de los países de la OCDE‘— entra en el mes número 92 de crecimiento, desde la última recesión2 de 1981-1982. Esa recesión había afectado a todos los países industrializados y significó también la entrada brutal de la gran mayo- ría de los países de la periferia en una depresión a lO 1929, impulsada por el es- tallido de la crisis de la deuda. Además, se combinó con el comienzo de la im- plosión de las economías del Este (Polonia, 1981).

La actual desbandada generalizada de las economías “de mando” (países del Este) da mayor realce a este ciclo de ocho años de crecimiento de los países ca- pitalistas industrializados. La recuperación tras el traumatismo del crash bursá- til de octubre de 1987 —que había sido interpretado como el signo premonito- rio de una seria recesión- tiende a reforzar todavía más la impresión Optimis- ta de que el “centro” de la economía capitalista internacional sale de la crisis... pese al mini-crash generalizado de octubre de 1989 o a la caída brutal de la Bol- sa de Tokio de comienzos de 1990.

El hecho más notable

Así, en su informe anual de junio de 1990, el Banco Internacional de Pagos

* Publicado en Imprecor N9 9 Octubre de 1990

20 MARZO 1991

(BRI) declara que más allá de las “conmociones que han ocurrido en el Este () el hecho más notable es que el crecimiento económico prosigue con vigor en un período tan prolongado y en un gran número de países industrializados del mundo occidental, su'perando una vez más las previsiones, que ya eran optimis- tas.’ Las cifras del desempleo han bajado, aunque “para la zona OCDE en su conjunto, el desempleo ha llegado al 6,4% en 1989, frente a una cifra récord de 8,7% en 198 Un récord que será, dentro de poco, ampliamente bati- do... en el Este.

Sin embargo, esta constatación de las “secuelas” sociales de una crisis pun- tuada por las recesiones de 1974-1975 y 1980-1982 no debe impedir que se plantee la siguiente cuestión: ¿cuál es el significado de esta recuperación per- sistente del centro de la economía capitalista mundial? La respuesta no es sim- ple. Si lo fuera no estaríamos contemplando las vacilaciones de los expertos de diversas corrientes.

Cada vez que un ciclo se prolonga, los futurólogos anuncian el fin de los ci- clos económicos, es decir, de la sucesión de las siguientes fases: expansión, bo- om, desaceleración, recesión, que concluye o nO en una depresión; este tipo de predicciones estuvo en boga entre 1961 y 1969, cuando bajo el impacto de los gastos militares ligados a la guerra de Vietnam, la economía estadunidense tu- vo 106 meses de crecimiento, mientras Europa cabalgaba el boom de la post- guerra. Otros economistas, más prudentes, señalan que, por el contrario, cuan- to más prolongada es la expansión, más lo será la recesión, y ponen de relieve los grandes desequilibrios que persisten (déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos, endeudamiento...). Finalmente, otros, marcados por el sello del sentido común, señalan: “Porque el mundo escape a una recesión de enver- gadura no hay que concluir en la muerte del ciclo económico (busines cycle)“. Nosotros, que consideramos que la marcha cíclica de la economía capitalista forma parte de su “naturaleza intrínseca”, podemos cómodamente compartir i- deas de este tipo.

Dicho esto, se plantean al menos tres cuestiones conectadas. El actual au- ge, ¿anuncia una reaceleración del crecimiento en los años noventa, respecto a1 del período abierto en 1974-1975? ¿Cuáles son las razones para este escalona- miento del ciclo de crecimiento iniciado en 1983? ¿Qué coyuntura inmediata se perfila?

Las respuestas serán limitadas, “matizadas” dirán aquellos a los que les fas- tidia aceptar la dificultad de comprender las líneas de fuerza de la dinámica de un sistema económico mundial, en el cual la mutación y las rupturas se efec- túan con un ritmo acelerado.

CUADERNOS DEL SUR 12 21

Relanzamiento de las inversiones productivas

No hay duda de que las políticas de austeridad aplicadas vigorosamente des- de comienzos de los años ochenta han dado sus frutos al capital, contribuyen- do a enderezar la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia. Cuando el semanario The Economist analiza las “mutaciones profundas” de la economía británica, designa como primer cambio significativo que “El poder de los sindicatos ha sido fuertemente reducido”. Así, hemos asistido a una “moderación”, estanca- miento O descenso de los salarios, simultánea con una elevación de la produc- ción física; a una política de desgravaciones fiscales en favor de los empresa- rios, a la vez que se recortaban los gastos sociales; a la apertura de nuevos sec- tores para el capital a buen precio, a través de las privatizaciones; a la baja de los precios de las materias primas y del petróleo, acompañada por el descenso del dólar desde 1985. Todo esto ha permitido “comprimir los costos” y relan- zar la tasa de ganancia, mejorar la rentabilidad del capital invertido y, por con- siguiente, invertir con expectativas de una buena “tasa de margen de ganancia esperada”. Indiscutiblemente, asistimos desde 1984-1985 a un relanzamiento masivo de las inversiones en equipo, a una difusión de innovaciones que llevan a una renovación y una transformación amplias del aparato productivo indus- trial, una reorientación hacia nuevos sectores de producción de grupos indus- triales enteros. La pareja computadora-comunicación ha adquirido derecho de ciudadanía en la casi totalidad‘de los segmentos de la economía. Una “industria- lización” se difunde en numerosos sectores clasificados bajo la rúbrica de “ser- vicios” (por ejemplo, las transformaciones profundas del “aparato productivo” de los bancos, seguros o de los hospitales, y no solamente de los sectores tra- dicionales como los transportes y las telecomunicaciones), lo cual permite nue- vas e importantes inversiones. Esta rápida transformación ha ampliado brutal- mente, respecto alos años 1960-1970, el desnivel de productividad y tecnolo- gía con las economías del Este.

Las innovaciones se han ido inCorporando estos últimos cinco años, con un ritmo sostenido, al sistema de producción bajo el látigo del relanzamiento de la tasa de ganancia y los intercambios comerciales, por la expansión del comer- cio mundial. Así se muestra claramente en la dinámica de la tasa de las inver- siones productivas6 en Japón: ha alcanzado un 22% del PNB en 1989, es decir, un nivel idéntico al de 1973. En 1988-1989, estas inversiones productivas eran equivalentes al total de las efectuadas en los Estados Unidos, a pesar del menor tamaño de la economía japonesa. El relanzamiento de la tasa de inversión es también muy claro en la República Federal Alemana (RFA): se aproxima al ni-

22 MARZO 1991

vel alcanzado antes de la recesión de 1974-1975. La misma tendencia, aun con particularidades, se constata en toda una serie de países de la Comunidad Eco- nómica Europea (CEE) O de la AELE. Hay aquí una consecuencia del ciclo de crecimiento actual que nO puede ser subestimada y que le da un perfil distinto respecto a la recuperación vacilante de 1976-1982.

El caso estadunidense... y la desincronización

Hay que destacar un problema que no es secundario: los Estados Unidos se mueven arrastrando los pies. La relación inversiones productivas/PN B se man- tiene por debajo del nivel de comienzos de los años ochenta: 9,6% frente a un 12% en 1989. Pero la tasa de inversión influencia la tasa de productividad, la cual influye a mediano y largo plazo sobre la competitividad internacional (las exportaciones). Este es un elemento del declive relativo de los Estados Unidos y de la fragilidad del relanzamiento actual. Pero este declive y esta debilidad es- tán referidas a una economía aún predominante, que representaba en 1988 el 34% de la producción industrial de la OCDE —frente al 40% del conjunto de los países europeos y miembros dela OCDE. Ciertamente, lo que va a produ- cirse en los Estados Unidos no tendrá las mismas consecuencias sobre el resto de la economía que cuando, en 1950, acaparaban el 62% de la producción de los países actualmente miembros de la OCDE. Pero la parte estadunidense del pas- tel está lejos de ser despreciable. Además, ha sido cocinado estos últimos años gracias a masas de capitales provenientes de Europa, Japón y una parte de los países de la OPEP, que tapaban los déficit gemelos (comercial y presupuesta- rio) que se iban ahondando en los Estados Unidos, un país endeudado en el in- terior y en el exterior pero que ofrece un amplio mercado para las exportacio- nes europeas, japonesas y de otros países asiáticos.

¿Cuál será el efecto de una futura recesión estadunidense sobre la dinámi- ca del auge económico en Japón y en Europa? Para hacer una estimación no de- be admitirse que la recesión estadunidense (O incluso una clara desaceleración prolongada) no se resumirá solamente en la baja de la productividad industrial y el relanzamiento del desempleo. Puede con jugarse con choques financieros - es decir, la insolvencia de más de un agente endeudado (empresas bancos, so- ciedades inmobiliarias, colectividades públicas)—— cuyas repercusiones podrí- an agitar el vuelo de las economías europeas y japonesas y provocar escalo- fríos. “La Reserva Federal (el Banco Central de los Estados Unidos) está pre- ocupada por el crecimiento de la deuda de las empresas estadunidenses y la

evidente fragilidad del sistema financiero doméstico”.

CUADERNOS DEL SUR 12 23

Este período de relanzamiento internacional conduce a una relación de fuer- zas que se ha vuelto a modificar entre los polos económicos dominantes —Ja- pón, EurOpa, Estados UnidOS—— en detrimento de este último. Además, el au- ge económico se apoya en cimientos diferentes entre, por un lado, la RFA-Eu- ropa, Japón (Taiwan, Corea del Sur) y, por otro lado, los Estados Unidos. De es- ta nueva configuración surgirá una desincronización más afirmada del ciclo e- conómico a escala internacional, con los efectos compensatorios que se derivan de ello: el retroceso de una economía líder no se produce simultáneamente al de Otra, la contracción de los mercados no se efectúa al mismo tiempo.

En este rompecabezas en vías de redefinición de la economía mundial, no solo es difícil colocar ciertas piezas sino, además, otras están mal talladas. Los Estados Unidos no son el único ejemplo. Los países del Tercer Mundo se en- cuentran lejos de la salida a la crisis de comienzos de los años ochenta. En cuan- to a los países del Este, salvo la RDA, es cierto que Ofrecen un amplio campo de acumulación, pero sólo será pasado mañana y en proporciones desiguales pa- ra los tres polos dominantes. Ese “radiante” porvenir en el Este se anuncia más lejano que la recesión que viene en los Estados Unidos.

Tres anfetaminas

Si la dinámica del Ciclo presente no puede ser separada del relanzamiento de la inversión productiva, otros factores explican también su escalonamiento en el tiempo.

1. Un reciente estudio del Servicio de Investigaciones del Congreso de los Estados Unidos indica la inquietud de los grandes suministradores de armas, que no pueden compensar una baja de los encargos del Pentágono con ventas de armas en otros mercados, “ni siquiera hacia los países ricos productores de petróleo”. Dato revelador: países del Medio y Cercano Oriente han Ofrecido desde el comienzo de los años ochenta un importante mercado, con márgenes de ganancia asegurados, para unas empresas clave en el sistema industrial es- tadunidense, británico, francés o alemán: las empresas de annarnento. Arabia Saudita ha importado ella sola, entre 1981 y 1988, 46 mil 700 millones de dó- lares; Irak, 45 mil 700. Si añadimos las compras de armas convencionales de los Emiratos Arabes, Siria, Irán, Israel, Egipto, la cifra de 250 mil millones de dó- lares se alcanza fácilmente’. Esta suma sería muy superior si contamos el con- junto de las compras de material ligados no solamente a este “esfuerzo de anna- mento” sino, también, a la “organización” de una guerra como la de Irán-Irak

24 MARZO 1991

que ha producido un millón de muertos entre 1980 y 1988l° y ha estimulado la apertura de estos mercados. _

Pero ésta es sólo una faceta de la operación de reciclaje militar de los petro- dólares: para pagar estas compras, hay que vender masivamente petróleo y, por consiguiente, hay que haCer saltar los cerrojos del cartel petrolero, la OPEP. Conclusión: una caída de los precios del petróleo (que se combina con una ba- ja del dólar desde 1985), que reduce los costos de producción de los países in- dustrializados, los cuales nO han cesado de aumentar la parte de sus compras pe- troleras provenientes de países miembros de la OPEP. “El hundimiento de los precios del petróleo en 1986 llegaba, felizmente, en buen momento, dando un empujón al crecimiento de las economías de Japón y de los Estados Unidos, que comenzaban a asfixiarse”“'

Para comprender las consecuencias de este mecanismo para el crecimien- to de los países industrializados, hay que sumar los dos efectos: por un lado, el aumento de la factura de armas vendidas y, por otro, la disminución de la fac- tura energética.

Irán e Irak han producido más petróleo que Arabia Saudita en 1989; y de- ben reconstituirse y pagar atrasos de los gastos de armamentos a Francia (en el caso de Irak). Otros vendedores-reconstructores llaman a la puerta... pero los volúmenes de venta y los productos son muy diferentes. En cuanto al precio del petróleo, reina la incertidumbre después de un alza en 1989 y una baja a comien- zos de 1990.

2. Un segundo factor, que ya ha sido señalado en otras ocasiones, es el “key- nesianismo militar”, que dejará su huella sobre el auge de los años ochenta. De 1980 a 1985, el PNB de los países occidentales industrializados ha aumentado como media en un 2,2%, y los gastos militares12 en un 5,7% (de 1970 a 1980), las cifras respectivas eran 3,1% y —0,8%). Esta explosión de los gastos milita- res supone subsidiar a los trust de armamento, a cargo del presupuesto, a la vez que se comprimen los gastos sociales y aumenta el endeudamiento público. Pe- se al contexto político actual, Bernard D. Nossiter13 da muestras de realismo cuando pone en duda la reducción drástica de los pedidos del Pentágono a la in- dustria estadunidense, porque desde “el gran keynesiana militar, Ronald Rea- gan, () los presupuestos del Pentágono son. (más aún) un importante instru- mento de la gestión económica” 1‘. Así, Richard Cheney, secretario de Defen- sa, propone para el año fiscal 1991 un presupuesto de 303 mil 300 millones de dólares, frente a 302 mil el año anterior. Una reducción de gastos afectará en pri- mer lugar a los del funcionamiento del ejército, porque podemos imaginar que el surtidor keynesiano militar reduzca su caudal bajo la presión de un déficit pre- supuestario americano gigantesco.

CUADERNOS DEL SUR 12 25

3. Finalmente, durante todos estos años, el endeudamiento público no ha de- jado de crecer. En los Estados Unidos, la deuda pública federal ha pasado de 908 mil millones de dólares en 1980 a 1 mil 807 billones en 1985 y a 3 mil 107 bi- llones (estimación) en 1990. En la RFA, la deuda pública (sin contar la de co- rreos y ferrocarriles) alcanza los 923 mil 500 millones de dólares. Sumando la de las grandes empresas públicas, totaliza más de un billón de dólares, el 41% del PNB de 198915. Casi se ha multiplicado por dos desde 1980. Evidentemen- te, la situación de la RFA es mucho más sana que la de los Estados Unidos, pe- ro este hinchamiento del endeudamiento público confirma que el buen surtidor keynesiano ha funcionado, pese alos grandes discursos liberales..Y el endeu- damiento privado ha seguido el ritmo. Bussines Week constata: “El endeuda- miento de los consumidores (en los Estados Unidos) ha aumentado a un ritmo de dos cifras de 1984 a 1988, un alza sin precedentes que ha ayudado al cre- cimiento económicomó. En Gran Bretaña, el boom del crédito para la compra de apartamentos es uno de los rasgos característicos de los años ochenta. Los ejemplos podrían multiplicarse.

Baches y vuelo estable

A la larga, estos tres tipos de anfetarnina no tendrán los mismos efectos. En más de un caso, las dosis no podrán seguir siendo aumentadas al mismo ritmo, entre otros países, en los Estados Unidos. ¿Y entonces qué?

Entonces, las repercusiones sobre la coyuntura estadunidense serán las más agudas. El retroceso de la tasa de ganancia en la industria se confirma en el pri- mer trimestre de 1990: por tanto, lógicamente, las inversiones industriales se es- tancan; la construcción (de viviendas y de instalaciones industriales) se para en seco; la compra de coches se estanca y su construcción retrocede; un sector de la industria de armamentos se hunde. Una parte importante de la economía co- noce ya la recesión.

Una desaceleración de la economía —Consecuencia de la conjunción de una compresión de las ganancias anticipadas y de la demanda—— se contrarres- tra clásicamente por un “instrumento coyuntural” decisivo: la inyección de di- nero en el circuito por las autoridades (como se hizo, en forma particular, cuan- do el crash de 1987). Con el déficit público actual acumulado en el curso de a- ños de crecimiento, no termina de verse cómo la administración estaduniden- se podría ampliarlo de forma significativa para estimular rápidamente un relan- zarniento. Sobre todo teniendo en cuenta que un desplome de la coyuntura au-

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menta el déficit presupuestario, por el descenso de los ingresos y el crecimien- to relativo de los gastos.

En este clima moroso serán numerosas las empresas compradas por sistemas de endeudamiento que no podrán soportar el servicio de su deuda. Seis de las diez más grandes bancarrotas de la historia estadunidense se han producido en estos últimos 18 meses”. Esto augura la posibilidad de debacles frente a una re- cesión o, incluso, una desaceleración prolongada. Numerosos bancos están comprometidos en negocios podridos, tanto en el sector inmobiliario como en las reestructuraciones financieras de las sociedades. El reflotamiento de las ca- jas de ahorro (que según las estimaciones más bajas costará 456 mil millones de dólares hasta 1999)”, podría tener continuación en el reflotamiento de algunos bancos. Después del banquete en la mesa del crédito, la indigestión se hará sen- tir cuando llegue la factura, estando la cartera poco boyante.

Una recesión estadunidense —atajada una vez más al precio de una eleva- ción de la pirámide de las deudas- puede no romper el impulso del ciclo en la RFA o, incluso, en Japón, y dejar que se prolongue. Pero siguiendo la amplitud de las turbulencias financieras, pueden hacerse sentir reacciones sobre unos sis- temas financieros (como el de Japón) cuyas debilidades estaban subestimadas.

La RFA-Europa tiene ante no solamente la perspectiva de 1992 sino, tam- bién, la de la unificación alemana, que va a Ofrecer nuevos mercados a las em- presas alemanas, frente a “competidores” lisiados de la RDA.

La RDA suministrará una mano de obra barata, y el desempleo adicional del Este servirá para moderar los salarios en período dc expansión. Todo esto sos- tendrá la buena coyuntura. Sin embargo, dos cuestiones permanecen abiertas: a) ¿a qué ritmo y con qué amplitud van a caminar las inversiones en la RDA?

b) ¿qué punción fiscal sobre los salarios (en forma de impuestos para pagar los intereses de la deuda) podrá efectuar el gobierno de la RDA para financiar una anexión a crédito, cuyos efectos son por Otra parte tendencialmente infla- cionarios?

Para la casi totalidad de los países del Este, el empeoramiento de la relación de la deuda neta con las rentas de las exportaciones, así como la imposibilidad de recurrir a la URSS para asegurarse créditos (dada su propia crisis) y el esta- llido del (CAEM) han empujado a los países imperialistas a montar el Banco Eu- ropeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), presidido por Jacques At- tall. El BERD asegurará a las empresas que efectúen trabajos de infraestructu- ra en el Este (transportes, telecomunicaciones, etc.), y ciertas grandes inversio- nes. Los bancos privados, temiendo desórdenes socio-políticos y sabiendo que un mercado nO se mide solamente por el número de habitantes, Sino por su pO-

CUADERNOS DEL SUR 12 27

der de compra efectivo, utilizan una mayor prudencia antes de apoyar a los que se marchan al Este... frecuentemente con pocos capitales en el bolsillo. En tO- dO caso, numerosas empresas, alemanas y asociadas, reciben un empujón firma- do por el BERD.

¿El impulso de las inversiones productivas en Europa-RFA y en Japón va a desembocar en un relanzamiento sostenido y duradero? Los contrastes y la de- sincronización que caracterizan ala economía mundial y sus ciclos indican que el sendero del crecimiento no será una autopista; son numerosos lOS'que tienen pocas posibilidades de avanzar por ella o los que pueden derrapar. Más global- mente, ¿los mercados q‘ue se contraen (Tercer Mundo, armamentos) van a ser compensados por los que se abren en otras partes (Este, ciertos países asiáticos), lO que conduciría a un juego de suma nula? ¿O bien van a insertarse en el ciclo de inversiones y a entrar en una dinámica acumulativa?

Terminamos con preguntas. LO que es revelador del aire de los tiempos.

París, septiembre 1990

NOTAS

l Los 24 países miembros de la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económi- co) totalizan aproximadamente el 17% de la población mundial, y cerca del 70% de la produc- ción industrial y del comercio mundial.

2 Una recesión se define oficialmente como una baja de la producción industrial durante al me- nos dos trimestres.

3 Banco de Pagos Internacionales (BIR). Informe Anual número 60, 1 de abril de 1989-31 de marzo de 1990, Basilea, ll de junio de 1990, pp. 4 y 5.

4 The Economist, 9 de junio de 1990.

5 The Economist, 23 de junio de 1990.

6 BFCE-Actualidades (Banco Francés del Comercio Exterior), febrero de 1990; Informe Anual de la BRI, 1990; L'Expansion, 23 de noviembre-6 de diciembre. International Herald Tribu- ne (IHT). 25 de junio de 1990. “Japón: The decade’s challenges" Special Report.

7 The Economist, 9 de junio de 1990.

8 IHT. 22 de junio de 1990.

9 Financial Time, 11 de enero de 1990, “Financial Times Survey, Defence”.

10 World Military and social expenditures 1989, Ruth Leger Sivard, Washington, p. 22.

ll 'Ilie Economist, 9 de junio de 1990.

12 State of the World, Lester Thurow, World Watch Institute, 1939, p. 138.

13 IHT. 29 de junio de 1990, autor de “Fat years and Lean" American Economy since Roosevelt".

14 Financial Times, 21 de junio de 1990.

15 AGEFI, 22 de junio de 1990.

16 BW, 25 de junio de 1990.

17 HIT, 11 de junio de 1990

18 HIT, 2 y 3 de junio de 1990.

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CUADERNOS DEL SUR 12 29

ESTADO Y POLÍTICA EN EL POPULISMO (La separación de los amantes)

Artemio López Claudio Lozano*

Situar la discusión:

Nunca fue sencillo discutir el populismo‘ en general y su modalidad pero- nista en particular. Un amplio arco explicativo recorre una y Otra vez bajo for- mas diversas su compleja historia. Sin embargo intentaremos señalar dos para- digmas comprensivos del modelo peronista que a nuestro juicio interesan a e‘s- ta discusión y aparecen como márgenes que contienen a muchos otros. Aquel que lo supone producto de una feliz resolución de ciertas coyunturas intemacio- nales favorables cuyo mérito principal se ubicaría en" el Poder Subordinante que desarrolló el aparato estatal en la consecución de políticas de ampliación de con- sumo y organización popular. Hasta el que sostiene que el Populismo Peronis- ta supuso el intento más acabado y dramático en la historia política nacional de transferir a los sectores populares la capacidad siempre negada, despreciada, en fin, silenciada de construcción de Poder Político, para —entre otras cosas- conmover hasta revolucionar las estructuras formales y el modo de funciona- miento del aparato estatalz.

Dos grandes tradiciones sin duda en la interpretación del peronismo que du- rante más de cuarenta años, produjeron efectos políticos claves a la hora de en-

"' Instituto de Estudios sobre Estado y Participación (IDEP) de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE).

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tender el conflicto social al interior y por fuera del justicialismo. La primera, fuertemente estatalista cuyo fundamento descansa en otorgar al Estado y só- lo a él— la capacidad de hacer política. La segunda profundamente societalis- ta que supo ver en los diversos sectores sociales espacios ciertos, efectivos, de construcción de poder político. En una de ellas, el ‘Pueblo’, núcleo central en las interpelaciones y prácticas popular-democráticas propias del populismo, re- sulta categoría hueca, retórica de una ausencia a colmar en plenitud y como tal, puro ‘Objeto’ de políticas cuyo Sujeto es el Estado dador de bienestar y senti- do político. La segunda, por el contrario, supuso encontrar en el pueblo un su- jeto núcleo de un proceso de sentido capaz de producir políticas específicas que tuvieran por Objeto a completar y transformar, también y centralmente al apa- rato estatal.3

Más allá del Estado:

Estas dos tradiciones señaladas, lo sabemos, no se presentaron nunca en su ‘pureza’ a lo largo de ninguna historia política y menos aún en el devenir de la contradictoria historia peronista. Sin embargo, aún aceptando la existencia de ‘zonas grises’: ¿Quién puede dudar dónde se ubican tendencialmente los discur- sos y prácticas de Eva Perón y John William Cooke? ¿En cuál de los espacios señalados se inscriben las políticas de Jorge D. Paladino y Augusto T. Vandor?, por sólo citar cuatro ejemplos con prosapia histórica.

Aun más explícitamente: ¿Qué explica la increíble persistencia por décadas del peronismo resistente sino su capacidad de difundirse en el tejido social cO- mo expresión política de amplios sectores populares aun estando fuera del Es- tado? ¿Qué muestra con mayor claridad la defección de la partidocracia parti- cipacionista, (el integrismo neo desarrollista de los 60) O el empobrecedor en- sayo sindical vandorista que no sea la incapacidad de estos peronistas, sus dis- cursos y estructuras organizacionales de situarse como poder por fuera del Es- tado?4 En este sentido preciso nos instalamos también para interrogamos acer- ca de la irrupción en la escena política del peronismo inaugural: ¿Es la conse- cuencia de algunas exitosas conjuras militares, el GOU, las sectas ocultas y la densa trama de conspiraciones siempre estatalistas que muchos “teóricos” po- nen aún en forma para explicar el 46? Por el contrario, el protagonismo estatal vinculado al peronismo ¿no es consecuencia de la politización creciente de los sectores populares que se constituyen como poder político incontrastable en el escenario nacional, cuyo símbolo más contundente se expresa en aquél aún más

CUADERNOS DEL SUR 12 31

escandaloso 17 de Octubre? ¿No quedó en aquel preciso momento demostra- do de una vez y para siempre que todo movimiento popular gobierna antes de ser gobierno, más allá de los despachos estatales, implantado como identidad política de un complejo de prácticas sociales? De cómo se sitúen los distintos sectores políticos —intemos al populismo o nO— frente a esta lucha por el sen- tido de la política abierta hoy sobre el conjunto de las organizaciones popula- res y con singular intensidad al interior del peronismo dependerá el tipo de cons- trucción de Poder Político que se realice y de ella, el plan, proyecto y todo lo que se reclama hoy como ausencia en el escenario incierto de una alternativa al a- juste que no cesa. En este sentido intervenir en esta coyuntura política supone a nuestro juicio también una intervención teórica que demuestre que estas dos tendencias paradigmáticas existen: que en ellas se expresan dos criterios de construcción política contradictorios y finalmente que toda unidad de ambas concepciones cualquiera sea la forma histórica concreta que asuma, está hoy desde el inicio negada y habrá de fracasar estrepitosamente, salvo que se asu- ma la práctica estatal como única Práctica política existente. Aún más, estas ten- dencias evolucionan de la diferencia a la contradicción desde tiempo atrás. En rigor desde 1955 a la fecha, salvo el corto período 73/74, la sociedad argenti- na sufre un sistemático proceso de re-situar los lugares de la POlítica y el Esta- do, profundamente subvertidos por las prácticas populares en general y muy particularmente las prácticas peronistas tanto vinculadas al Estado (“gobema- do”) cuanto las desvinculadas del Estado (“resistiendo”).

En efecto, como ya señalamos, si nos detuviéramos en los comienzos de la historia Justicialista, Observaríamos que la fuerte politización social que como tendencia construyó, trajo como consecuencia central la más profunda revolu- ción en 1a estructura formal y el modo de funcionamiento tradicional del apa- rato estatal. Recuérdese a modo de ejemplos de las prácticas estatales vincula- das al peronismo inaugural, y más allá de las prácticas económicas, el protago- nismo creciente de los aparatos estatales sindicales, la profunda reformulación de la gestión educativa —el “adoctrinamiento”— y el quiebre en el modelo an- terior de gestión radial y de prensa al interior de los aparatos ideológicos, la cer- tera reforma constitucional que otorgó estatuto legal a los derechos sociales has- ta la inconclusa reforma militar que intentaba unificar la evolución jerárquica de Oficiales y suboficiales al interior de los aparatos represivos. En suma, es ne- cesario ver que el estado vinculado al peronismo resultó entonces otro estado, distinto al anterior, transformado y aún en sus contradicciones, democratizado al límite de lo intolerable por los sectores dominantes, como efecto de las diver-

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sas prácticas sociales organizadas por fuera del estado como poder político. En rigor, el Peronismo mostró y actuó la existencia de otro poder no estatal y su- bordinó en todo lo posible el aparato a las nuevas políticas sociales no estata- les organizadas como poder político. La misma forma de Movimiento no par- tidario, explica a nuestro juicio la necesaria promoción de estructuras organi- zativas que desborden y subordinen el aparato estatal. Un modelo organizacio- nal capaz de Gobemar por fuera del gobierno y más allá del aparato estatal. Un intento explícito de desestatalizar sistemáticamente la política y politizar lo social.

Dictadura, Estado y Política

Volviendo al comienzo de estos ejemplos, reiteramos que todos los inten- tos posteriores a 1955 y con dramática intensidad el proceso abierto con la dic- tadura genocida, intentaron con éxito, debe reconocerse, invertir la situación abierta por el peronismo y subordinar la política al estado, transformándola en absolutamente ‘autónoma’, al mismo tiempo que subordinó como nunca antes el aparato estatal a los intereses facciosos de los grupos más concentrados de la burguesía nacional? Hoy vivimos las consecuencias de esta doble subordina- ción y dominantemente de la estatalización que la aplastante mayoría de la bu- rocracia política peronista —O no— y buena parte de su “reserva militante” son portadores de un discurso y práctica que también supone que toda la política se realiza en el Estado y sólo desde ese ‘privilegiado’ lugar de lo público —esto es el límite de lo privado- se ‘hace política’.

El degradado funcionariado dice ver una ‘realidad natural e indiscutible’, u- na ‘evidencia’ allí donde no hay más que una construcción política desolado-

ra y profundamente regresiva, que emparenta insidiosamente política y apara- to estatal. Así las cosas, incoporarse al Estado, transitar sus despachos, calen- tar las orejas del burócrata de turno a cual más encumbrado, ésta es toda la po- lítica que se les ocurre expresar a esta dirigencia: ¡Negociar y entrar! ésta es la fórmula elemental que reúne toda la sapiencia de gran parte de la burocracia po- lítica nativa. La mayoría de las organizaciones, agrupaciones y otros modelos organizativos hasta ahora conocidos, fueron diseñados a priori para esta perver- sa práctica que se dice política. En este sentido, las mesas de conducción, por ejemplo, no pueden ser otra cosa que el lugar del “salto a1 aparato estatal”, el trampolín desde donde ‘entrar’ es posible. Todas las estructuras organizativas intermedias de cualquier agrupación reproducen a su interior en forma y funcio- namiento —y más allá de los contenidos de sus discursos- este desajuste po-

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lítico estatalista con lo cual la misma agrupación se transforma en soporte or- ganizativo para que algunos pocos ‘lleguen’ y desde luego ‘representen’ al con- junto ‘haciendo política’ estatal.

Los ‘referentes políticos’ para tomar otro ejemplo frecuente, no son Otra co- sa que aquellos que han —al fin— ‘entrado’ al fantasmático salón de la políti- ca estatal. El mecanismo de construcción de un “referente”, es torpe, elemen- tal, pero eficaz y funcional: El militante simula construir poder político, por lo común apilando gente, —festivales, peñas, bailes, bailantas, plenarios, etc., la “mesa de conducción” acumula el simulacro y cuando posee el suficiente ne- gocia y a'l fin, alguno ‘entra’. ¿Pero qué sucede una vez que se ha ‘entrado” así en estas condiciones de simulacro de poder al Estado? Nada pasa. Estamos en el aparato estatal y, hay que decirlo, en el fin de toda simulación. Y es el fin, en tanto ahí nadie se engaña: El aparato estatal se muestra como lo que es: un espacio de realización de poder social sectorial al que sólo Otro poder social sec- torial distinto —y no su simulación—, puede modificar en su funcionamiento. Ningún sujeto aislado —en condiciones de simulacro—, con historia o sin ella, lúcido o no, conmovió ni conmoverá jamás una sola de las políticas estatales es- tratégicas. Nadie por mismo las desvió jamás un solo milímetro de su Obje- tivo fundamental: Construir poder para un sector social y sólo un sector. Por ac- ción u omisión, por lo dicho o callado, el poder estatal sectorial avanza siem- pre, se produce, reproduce y al fin se impone como ‘Política Nacional’ de to- dos y para todos.

Desconocerás el mandato:

Es una verdad “incontrastable”, un secreto a voces que al estado “se llega por izquierda y se permanece por derecha”. Mejor aun, obsérvese lo ocurrido en la historia política nacional más reciente. Ella demuestra con pasmosa cla- ridad la emergencia de un novísimo efecto de la política estatal: El hoy famo- so ‘desconocimiento del mandato popular’. Muchos —bien intencionados- a- tribuyen este recurrente fenómeno político a siniestros entornos, pavorosas quiebras personales, arrolladoras corrupciones, etc., etc., etc.

No puede negarse que esto suceda pero estos fenómenos se inscriben en un marco que los potencia al límite y los torna necesarios. Aquello que se cree pro- ducto dela enmarañada subjetividad de menguantes dirigentes, no es más que el efecto estructural de las prácticas políticas estatales y por tanto, como vimos, necesariamente autónoma y desvinculada de las prácticas sociales. Concreta- mente, una vez que se asume al Estado como “vía regia” exclusiva de la prác-

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9, 4‘

tica política, no se puede hacer otra cosa que “traicionar , corromperse”, o, en fin, “desconocer el mandato”. En rigor, este desconocimiento no supone otra co- sa que “reconocer Otro mandato”: el inexorable mandato del Estado que co- mienza “a hablar por nosotnos”6 bajo la fantasía de estar “transformando en a1- go” la sociedad “opresiva”, cruel, injusta, y demás adjetivos, no se hace más que reproducirla al infinito. Increíble disparate ideológico, la estatalización de la po- lítica como condición primera de transformación social. Hasta un niño sabe que ninguna sociedad se transformó jamás en un sentido progresivo (hacia espacios de mayor justicia y equidad) desde el Estado. Toda transformación se implan- ta primero como construcción de poder y práctica política desde fuera del Es- tado, a1 interior del conjunto social, para consecuentemente modificar el f unciO- namiento del aparato estatal. Todo proceso transformador, eri-cualquier forma- ción social (y la Argentina no es desde luego la excepción) se proyecta desde la sociedad hacia el Estado. Suponer lo contrario es fantasía de dictadorzuelos, mesiánicos o burócratas menores.

La desconexión

Aquello que los dirigentes llaman “política”, en rigor, no es más que “pol í- tica estatal” y como tal pura ausencia de política transformadora. Asistimos en- tonces a la representación de una ausencia, que bajo la fantasía empobrecedo- ra de “única política posible” no hace más que negar toda posibilidad a la po- lítica. Los efectos de este disparate ideológico llegan al límite grotesco en que hoy ya es una verdad revelada que el Estado posee incluso identidad política. Véase por caso, el discurso oficialista actual. La mayoría del funcionariado y su coro de eunucos repite una y otra vez sin ruborizarse que estamos en presencia de un estado peronista y por lo tanto una vez situada allí la identidad política, aceptado este baldón conceptual, todo lo hecho y por hacer desde el aparato es- tatal será lógicamente “política peronista”. En el límite de esta impostura, ser “peronista” hoy será asumir sin cuestionamiento las políticas estatales, en tan- to es el mismísimo estado peronista el que las promueve.7 Por el contrario, sos- pechamos que las identidades políticas populares deben actualizarse y desde luego efectivizarse como tal al interior de las prácticas sociales. Y siendo que aún ——por citar un caso estratégico de identidad política popular- un sector ma- yoritario del pueblo asume como propia la identidad peronista, será en ese exac- to lugar donde el peronismo se realice como identidad política. Siendo así, si el Estado se hiciera cargo de las prácticas sociales y demandas populares acom- pañará en su gestión al peronismo y será provisoriamente legitimado en su pro- pia práctica política.

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No es deseable entonces, desde esta perspectiva ceder al intento de estati- zar las identidades políticas. Los peronistas, por caso, debieran “decirle” a los señores “privatistas” que su identidad no se “estatiza”. Se trata de re-situar la identidad política en las prácticas sociales y efectivizarla como tal identidad en tanto atraviese el tejido social y no el aparato estatal. Recluir ahí las identi- dades pOlíticas populares supone silenciarlas al límite de su desaparición. Es- te es uno de los ejes centrales de la disputa política actual y toda agrupación po- lítica popular, no estatalista, debe asumirlo plenamente: desvincular la identi- dad política del aparato estatal, arrancarla del lugar en que fue recluido por las prácticas de los sectores dominantes en el Estado, para restituirla al inte- rior de las prácticas populares.

Los ejemplos en contrario a la propuesta antes esbozada resultan para el ca- so específico del populismo peronista, por demás contundentes. Allí donde mo- vimientos políticos con características similares al peronismo no lograron des- vincular su identidad política del Estado han fracasado estrepitosamente en su política transformadora. El MNR boliviano, el APRA en Perú, el PRI mejica- no, muestran el ciclo de hierro que los populismos latinoamericanos cumplen inexorablemente cuando se reabsorben en el estado transfiriendo al apara- to su identidad política: abierto el ciclo con la ampliación del consumo y pro- tagonismo popular se lo ciena despolitizando a la sociedad para repolitizarla en la reproducción de políticas estatales de reconversión y ajuste en nombre del ‘pueblo’.

Es hora de plantearlo claramente: toda construcción política alternativa re- quiere de organizaciones populares capaces de desarrollar prácticas políticas de desconexión. Se trata, permítasenos reiteramos, de desvincular la práctica po- lítica del aparato estatal para vincularla con las prácticas sociales de los secto- res populares. Intentar una vez más, quizás desde cero, la construcción de Otro poder político. Por incipientes y débiles que parezcan las nuevas formas de or- ganización y discurso populares, su producción, reproducción y ampliación es el único camino a transitar para resistir primero y —tal vez- quebrar esta co- losal ofensiva de entrega económica sin duda, pero y fundamentalmente despo- jo político-ideológico de los sectores populares que llevan adelante las faccio- nes dominantes y el Estado. Se trata en definitiva de la nueva vieja tarea de fun- dar O'tra política, una nueva práctica que, al decir de Alain Badiou “comience cuando se proponga no representar ya a las víctimas (...) sino de ser fiel a los acontecimientos donde las víctimas se pronuncian, y esta fidelidad no será so- portada por nada que no sea una decisión”.

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Y perdónanos nuestras deudas...

El desarrollo del presente trabajo es tributario de dos modalidades analíti- cas a nuestro juicio perfectamente complementarias.

La abierta por John William Cooke en “Peronismo y Revolución” (Ed. El Parlamento), cuando señala que las prácticas político-ideológicas populistas expresan “el término de un antagonismo irreconciliable con el'régimen” (CO- oke, Op. cit. pág. 21) que excede el antagonismo “de clase” en tanto el término antagónico integra a su interior diversas modalidades de conflicto político-ide- ológico. Así planteadas las cosas del análisis de Cooke también se desprende que:

a) Los conflictos al interior del término están sobredeterminados en su de- sarrollo por la contradicción dominante8 —el antagonismo al régimen—. Esta sobredeterminación diseña a su vez el tipo de unidad dominante en cada etapa del desarrollo del conjunto —térmíno—. Hoy esta unidad está absolutamente diseñada en el plano de lo jurídico-estatal. El peronismo se muestra como uni- dad tan sólo como expresión jurídica. La representación social de esta unidad ha estallado definitivamente.

b) Los conflictos internos del término determinan a su vez las formas his- tóricas que asume la contradicción dominante, determinando el tipo de conflic- to que las prácticas político-ideológicas populistas instalan respecto al régimen, esto es frente a las prácticas económicas políticas e ideológicas de las faccio- nes dominantes y —Claramente ya en la visión cookista-— el Estado. Tributa- rias del tipo de unidad jurídica dominante, el populismo peronista actual ha per- dido su capacidad de instalar conflictos antagónicos al “régimen”. Siendo es- te antagonismo la característica específica de toda experiencia pOpulista, su au- sencia amenaza ya inocultablemente su propia existencia como forma político- organizativa.

c) Que los conflictos al interior del término —vgr. populismo— expresan también en sus modalidades de aparición específicas la contradicción dominan- te— el antagonismo principal del régimen—, diseñando el tipo de fractura do- minante en cada etapa del desarrollo del conjunto —el término—. Hoy, el tipo de fractura dominante está diseñada como intentamos demostrar en términos de prácticas estatalistas, prácticas societalistas.

La segunda modalidad analítica que se retomó en este trabajo es la desarro- llada por Ernesto Laclau en “Política e ideología en la teoría marxista” (S XXI Editores). Como es sabido en este texto entre otras cosas se señala que en las for- maciones sociales donde el modelo de organización y discurso pOpulista se ha-

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ya constituido como fuerza política relevante —caso argentino- los términos de la contradicción dominante se expresan bajo la forma pueblo/bloque en el po- der. Las transformaciones sustantivas que en el nivel de las relaciones de pro- ducción, políticas e ideológicas ocurrieron al interior de la formación social ar- gentina en los últimos quince años obligaron a rediseñar los términos de la con- tradicción dominante. Producto de las modificaciones estructurales en el com- portamiento de las facciones dominantes y el Estado, que intentamos señalar en este trabajo bajo la forma de “resituamiento del lugar de la política” y la doble subordinación estatal, se manifiesta un proceso homólogo de transformación de las prácticas subalternas que entre otros efectos político-ideológicos expresan una resignificación sustantiva de las prácticas y discursos popular-democráti- cos que incluyen pero no se confunden con el mismo régimen formal-democrá- tico. Así las cosas, fue necesario como expresamos, resituar los términos de la contradicción dominante que —aún continuando con la misma modalidad ana- lítica- quedó ahora expresada por el par contradictorio Democracia Formal General del Estado. En efecto, tal como se observó en el desarrollo del traba- jo el proceso de doble subordinación diseñó un formato estatal antagónico a las prácticas políticas populares. El tipo de mediaciones político-ideológicas fuer- temente coercitivas que necesariamente debe desarrollar el actual formato es- tatal en la reproducción del modelo de acumulación, instala en el centro de la disputa política de la etapa, la construcción de espacios democráticos crecien- tes como garantía de realización de las prácticas políticas populares inscriptas como vimos en una estrategia global de desconexión. Hoy en la formación so- cial nacional es claramente contrastable que todo discurso y práctica democrá- tica —incluido el régimen formal- es incompatible con las prácticas estatales vinculadas a1 nuevo modelo de acumulación. Si la emergencia del Estado te- rrorista mostró a las claras los altísimos rendimientos represivos que requirió el“ actual modelo de acumulación, señala también la inevitabilidad de las media- ciones estatales coercitivas en su actual reproducción y ampliación. Cabe aco- tar que esta reconceptualización del par dominante al interior de una formación social periférica fue también señalada .por Laclau en trabajos más recientes (“La teoría marxista del Estado y el pensamiento latinoamericano”, mimeo). Diga- mos, finalmentc, que las hipótesis que se desarrollaron en este trabajo son ob- viamente provisorias y permanecen a la espera de la necesaria discusión. Tó- meselas entonces como lo que son: el resultado de una primera aproximación a la compleja problemática del POpulismo, la política y el Estado cuyo debate quiere proponer este Instituto al conjunto de los intelectuales y militantes po- pulares.

Buenos Aires, agosto de 1990

38 MARZO 1991 Notas complementarias:

l Queremos precisar desde el inicio de este trabajo el alcance que para nosotros tiene la noción de populismo. Lejos de expresar una visión peyorativa de determinada construcción política, tan común a los discursos funcionalistas y marxistas, quienes ésto escriben suponen al popu- lismo (sus discursos y prácticas) como la forrna politica —organizacional y discursiva- más avanzada que al interior de una formación social determinada pueden construir los sectores do- minados. Nuestra hipótesis sigue en esto a Laclau cuando expresa que: “el populismo consis- te en la presentación de las interpelaciones popular-democráticas como conjunto sintético an- tagónico respecto a la ideología dominante". Ahora bien, la oposición del modelo populista a la ideologia y práctica de los sectores dominantes puede asumir grados diversos y por tanto el antagonismo estará articulado a los discursos y prácticas de los sectores sociales la más de las veces divergentcs que integran el conjunto sintético antagónico. Aun así, siempre el antago- nismo está presente si estamos frente a una experiencia populista y es esta presencia la que cons- tituye su elemento especifico en los discursos y prácticas popular-democráticos. En esta pers- pectiva queremos señalar también que bastará que una clase o facción requiera para constniir su hegemonía o mantenerla de una transformación sustancial del bloque en el poder para que una experiencia populista sea posible. Es entonces, a nuestro juicio muy pertinente pensar la existencia de un populismo de los sectores dominantes y un populismo de las clases subalter- mas. Dicho esto nos alejamos también de aquellos discursos que sólo ven en el populismo u- na construcción pOlitica “esencialmente popular" cuyo destino transformador se habrá de re- alizar "inevitablemente". Por el contrario sostenemos que las prácticas políticas populistas son de final abierto soportadas siempre en la incerteza.

2 Decirnos transferir la capacidad de construcción de poder político y no transferir poder polí- tico. Esta diferencia es importante para nuestra hipótesis de trabajo en tanto suponemos que no existe un solo poder político que puede depositarse alternativamente en distintos sectores so- ciales ——"el poder que circula"—. A nuestro juicio la emergencia de todo poder político requie- re siempre de una estrategia de construcción y no de distribución. No nos detendremos aquí a analizar los efectos políticos que produce esta estrategia "distribucionista" pero señalamos que las experiencias de ocupar espacios de poder en el Estado para “después transformar", está te- ñida de cabo a rabo por esta falsa concepción. Quienes aquí escriben, asumen la validez de la crítica a las teorías de “Poder suma-cero" que en su oportunidad realizara Nicos Poulantzas (“Poder político y clases sociales en el estado capitalista", Siglo XXI Editores).

3 En este sentido creemos pertinente recordar que Cooke definía al "burócrata" como quien: “se ve como representante o a veces benefactor de la masa, pero no como parte de ella". En nues- tra hipótesisel burócrata cookista es un sujeto reproductor de políticas estatales —y como tal

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“representante , benefactor" y nunca "parte".

4 Intentamos si bien de manera provisional señalar algunas de las líneas claves de análisis a te- ner en cuenta para situm' la discusión acerca de las práctiCas políticas no estatales. Va de suyo que todo discurso y práctica no estatal debe cuestionar el tipo de relaciones de pro- ducción producidas, reproducidas y ampliadas por el aparato. Pero es necesario precisar que este cuestionamiento “económico” será consecuencia de una profunda resignificación de las prácticas estatales ideológicas y politicas. Reitcramos que esto supone en principio y a nivel general la producción de prácticas político-ideológicas no reproductoras de las relaciones de producción vigentes y al mismo tiempo, dominantemente, no reproductoras de las prácticas po- líticas e ideológicas esta-tales. En este sentido queremos quebrar el nivel de generalización an- terior para abrir la polémica en un punto preciso: la necesaria construcción de otro espacio de lo público de tod; práuica y discurso politico no reproductor que se distancia entonces clam-

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mente del espacio público definido —como tal espacio— por la política estatal. Hacerse una “idea distinta" de lo público es un supuesto fundamental para toda política e ideología “alter- nativa”. No es novedad por otra parte. El peronismo resistente sirve como ejemplo de lo ante- riormente dicho. En su etapa de desvinculación del aparato estatal, el movimiento peronista su- po construir y construirse a través de una densa trama de prácticas organizacionales y discur- sivas no estatales otro espacio de lo público que compitió con éxito con lo público estatal. Por Caso, la “palabra de Perón" en el exilio fue pública a pesar de su privacidad aparente (cartas, casettes, mensajes cifrados falsos-verdaderos, correspondencia un tinta, “simpática"). Aque- lla palabra reiteramos, fue capaz de competir con éxito con la palabra estatal en la asignación de sentido político a las diversas prácticas sociales. ¿Quién gobernaba en el país en aquellas dé- cadas resistentes? Las respuestas son múltiples pero ya en los inicios delos ’70 nadie pudo ne- gar la pertinencia de esta pregunta. Efectivamente el Estado comenzaba a perder más y más su monopolio en la construcción del espacio de lo público y por tanto de lo político. En clave que nos interesa la pregunta acerca de quién gobemaba, puede traducirse así: ¿Quién construyó con mayor eficacia en la asignación de sentido político el espacio delo público en aquellas déca- das resistentes?

5 La aguda agresividad del sistema impositivo argentino y el conjunto de transferencias y sub- sidios que concentrará el bloque dominante (banca acreedora y grupos locales) constituyen la evidencia de la subordinación señalada. La estatización del endeudamiento externo, el régimen de promoción industrial, los sobreprecios pagados a los proveedores, el subsidio al sistema fi- nanciero e inclusive las formas mismas adoptadas por la regulación estatal definen las moda- lidades concretas que caracterizaron este proceso en el terreno económico.

6 Esta línea de análisis está centrada en la abierta por Cooke al construir‘su concepto de lo bu- rocrático. Así dice: “Lo burocrático es un estilo, presupone por lo pronto operar con los mis- mos valores que el adversario (...) en realidad lo burocrático está integrado a una serie de. re- laciones superestructurales de las cuales se propone o cree valerse pero que lo tienen aprisio- nado". De esta forma, Cooke muestra claramente:

a) que el desajuste primero de las prácticas burocráticas se inscribe en el nivel de las formas (“el estilo”) de sus discursos y prácticas políticas y no en los contenidos. Laclau insiste en la mis- ma línea de análisis —aunque siete años después- cuando expresa que todo subconjunto ide- ológico posee unidades semánticas semejantes (caso apelación al pueblo) pero articuladas for- malmente de una manera distinta. En esta forma articulatoria y no en los contenidos se inscri- ben los proyectos clasistas de todo discurso ideológico. En este sentido, el análisis de lo buro- crático como forma/estilo es una originalidad teórica fuerte en Cooke y aún hoy sujeta a desa- rrollo.

b) En la misma línea de análisis anterior Cooke observa muy ajustadamente que lo burocrático se define como tal no en el proceso de enunciación discursiva (“el burócrata puede justificar con razonamientos de ‘izquierda’ el oportunismo con que actúa"). Por el contrario, lo burocrático comparte si no la enunciación, si los valores. Sin duda Cooke no disponía de otras palabras con que mostramos ese algo compartido tanto por los burócratas cuanto por los “maestritos de la derecha". Pero a poco de interrogar sus textos acerca del sentido otorgado ala noción de “va- lores compartidos", se observa cOn claridad que lo compartido es sorprendentemente una prác- tica específica de lo político que produce como efecto la disociación entre discurso y prácti- ca: “Hay burócratas con buena capacidad teórica pero que la disocian de su práctica. En sín- tesis la autonomía del discurso respecto a su inscripción social es lo «¡te Cooke denomina “va- lores companidos” porlo burocrático y el régimen. En este sentido, desde Cooke es posible también analizar la “autonomía absoluta de lo político-burocrático" como efecto de su sime- tría formal (de estilos) con las prácticas políticas e ideológicas de los sectores dominantes (el régimen).

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c) Del mismo modo Cooke alerta muy certeramente-acerca de la materialidad de las instancias ideológicas, jurídicas y estatales en una formación social, las llama “relaciones superestructu- rales". Al mismo tiempo observa que sujetos en esta trama de lo burocrático, son en rigor cons- tituidos sujetos hablados por ella con lo cual restituye a los sujetos su condición de sujetados a relaciones que los preexisten derribando así la ilusión del sujeto indeterminado y autocentra- do capaz de “decidir por mismo y en todo lugar". Se produce por primeravez al interior del peronismo un disCurso que quiebra la histórica concepción instrumental de la política, la ide- ología y el Estado que muchos teóricos populistas sostienen aún hoy cuando suponen que “to- do puede ser utilizado para cualquier cosa dependiendo de la voluntad política de los sujetos".

7 Obsérvese los “efectos políticos" de situar en el Estado la identidad política. Todo el documen-

to inaugural de la Mesa de Enlace —continente sindical orgánico a las prácticas estatales" es- centrado en un párrafo sintomático. Citamos textualmente: “Siendo el actual un estado pe- ronista, el movimiento obrero deberá adecuar sus políticas...). Ahora .bien. si como en este tra- bajo se propone resituáramos el lugar del Estado y las identidades políticas populares la fra- se debiera invertirse, con lo cual leeríamos: “Siendo el movimiento obrero peronista, el Esta- do deberá adecuar sus políticas...". Intentamos demostrar con esto que la discusión acerca de la estatalización de la política y la cap- tura por parte del Estado de las identidades populares, excede largamente los estrechos lími- tes de una discusión teórica, desprendiéndose de ella efectos pol íticos relevantes a la hora de pensar y promover una estrategia de construcción de poder político alternativo al estatal.

8 Decimos contradicción dominante y de ninguna manera contradicción principal por motivos

a nuestro juicio con relevancia teórica y fundamentalmente centralidad política. Intentamos distanciamos con esto en todo lo posible del reduccionismo manifiesto que en el análisis de la" dinámica de clases al interior de una formación social se expresa en el discurso de la contradicción principal/secundaria. En rigor quienes así piensan deben suponer a priori la existencia de un conflicto que otorgue sentido al conjunto de la conflictiva social que que- da reducida así con mayores o menores sutilezas a un epifenómeno. Ceñido fuertemente a la noción de "totalidad" hegeliana, cuyo desarrollo “dialéctico” no admite sobredeterminación alguna —en tanto expresa un desplegarse de aquel núcleo racional que desde el inicio la inte- gra y subordina en todos y cada uno de los niveles de su desarrollo- el discurso de la contra- dicción principal/secundaria es portador de un desajuste teórico que no compartimos. Por el contrario nos identificamos en todo caso con otros desajustes que suponen:

a) que no existe en absoluto conflicto alguno al interior de una formación social que por esencia y a priori se constituya en dador de sentido al conjunto de la conflictiva.

b) que en la propia dinámica de la conflictiva social al interior de cada formación social y en ca- da etapa de su desarrollo hay que buscar la instancia de conflicto dominante.

c) que esta instancia está siempre sobredetenninada por otras y en esta sobredeterminación adquie- re su capacidad de otorgar sentido y poseerlo.

d) que la instancia dominante es cambiante e involucra en su cambio a diversos espacios sociales portadores de la dominante en el desarrollo histórico de la formación social. Como se puede observar. aquí se habla de instancia dominante y no de contradicción. En rigor sería convenien- te a nuestro juicio dejar de lado definitivamente la noción de contradicción a fin de evitar su inevitable carga reduccionista en el análisis de la conflictiva social. Pero de no ser convenien- te su reemplazo sin riesgo de oscurecer lo escrito, queda hecha en esta nota la salvedad que crei- mos pertinente realizar a fin de mostrar el sentido que en este trabajo adquiere la noción de con- tradicción en una formación social que expresa una “totalidad compleja estructurada a domi- nante" y no una totalidad simple en desarrollo “de lo secundario a lo principal".

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NOTAS SOBRE EL AGOTAMIENTO DEL “POPULISMO”

Alberto J. Pla

La búsqueda infructuosa por encontrar caminos superadores a la profunda crisis que se abate sobre la sociedad argentina toma recurrente la discusión so- bre el populismo, sobre sus bases ideológicas, sus presupuestos teóricos o su ex- periencia histórica.

En este mismo número de Cuadernos del Sur, el artículo de López y Lo- zano constituye una clara defensa del populismo a partir de la experiencia pe- ronista. Por mi parte, desde una posición claramente impugnadora del mismo, solo intento en estas notas aportar algunos elementos críticos, conceptuales y metodológicos, que estimulen el necesario debate.

Baste señalar aquí que si nos ponemos a diSposición de esta polémica, co- mo también lo están las páginas de esta revista, lo hacemos teniendo como tér- minos de referencia ineludible “el campo popular”, o “las clases explotadas”, según como quiera expresarse.

l) El llamado p0pulismo que se basaba en una política de redistribución del ingreso encuentra un techo con la crisis generalizada de la última década o un poco más. No existe burguesía que pueda darse el lujo de sacrificar parte de sus beneficios, cuando es absolutamente insegura (incierta) su recuperación. En Argentina se llegó en el mejor momento a que, del producto nacional, la mitad iba para ganancias del capital y la otra mitad para salarios y en la actualidad e- sa proporción cambió a un nivel donde aproximadamente el 78 por ciento va a beneficio del capital y un 22 por ciento para salarios. En esas condiciones no hay producción para el mercado interno que aguante, ante la disminución de la ca-

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pacidad adquisitiva de ese mercado. Porque el beneficio del capital no se diri- ge al mercado interno sino a la acumulación de beneficios y la inversión en el exterior, especialmente para sociarse a capitales transnacionales o más grave aun para simple especulación financiera. Así, la imposibilidad de volver a los viejos modelos está marcado por la profundidad de la crisis capitalista.

2) A nivel del Estado, la crisis del estado nacional (o nacionalista) repre- senta la crisis estructural de la burguesía y esto se aplica, incluso ya, a la mayo- ría de los países del Norte, los llamados “desarrollados”. El predominio del Ca- pital sobre el Estado es —en definitiva- lo que caracteriza a éste como “de cla- se”. Los conflictos sociales son parte esencial de la sociedad en todo el mundo, y lo que está en juego es la misma relación Capital/Trabajo.

La Socialdemocracia y los populismos “progresistas” se mantienen en los límites de la defensa del Estado, que cada vez es menos viable (nuevamente la crisis).

3) La internacionalización del capital y el paso del fordismo a la robóti- ca (las nuevas tecnologías basadas en la microelectrónica) dejan sin base don- de asentarse a las burguesías “nacionales”, y así junto a la liquidación del for- dismo se liquida al populismo como alternativa. En otras palabras, no hay mar- gen para un neo-keynesianismo. Hoy solo queda del populismo pura ideolo- gía, que en el mejor de los casos es pensar con nostalgia sobre ciertos períodos del pasado en donde se estaba mejor porque la política distribucionista del ca- pital podía aplicarSe. En caso contrario la pura ideología es solo oportunidad pa- ra el oportunismo político. '

El capital, en esta época de transnacionalización del mismo, reacciona y ac- túa de igual manera y con ello el nacionalismo como ideología del populismo se agota, excepto en ese discurso político donde la “justicia social” es la supues- ta conciliación de intereses del Capital y el Trabajo. Pero en la medida que las nuevas tecnologías producen un efecto inverso al del fordismo, no hay merca- dos restringidos para el capital y allí se asienta el agotamiento también del neo-keynesianismo. Esto no significa que algunos sectores de la burguesía, des- plazados de la nueva carrera transnacional, no intenten reproducir el ciclo his- tórico ya pasado. La pregunta es ¿para qué?, para, en el mejor de los casos, vol- ver a una redistribución supuestamente mas “justa”. Y digo supuestamente, por- que el Capital siempre es “injusto”, y su acumulación de beneficios se hace a costa del Trabajo, es decir de la explotación asalariada.

4) La base conceptual del populismo radica en minimizar la existencia de las clases sociales, asi como la lucha y el conflicto entre esas clases. Sekou Tou- ré, de Guinea, afirmaba que “nuestra sociedad ignora las contradicciones de cla-

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se”, y por supuesto esoo afecta a la concepción que se tiene de lo que es el Es- tado. Porque éste, en tanto es concebido como “árbitro por encima de las cla- ses” (expresión de uso generalizado en el discurso populista), es algo que ha- ce mucho ya enterró la historia viva. Sin más pretensiones que el ejemplo his- tórico, basta pensar en el WR de Bolivia y Paz Estenssoro que en 1953 hicie- ron populismo y nacionalizaron la minería y en los años ochenta son neolibe- rales y privatizan todo; pensar en Venezuela y Acción Democrática en donde Carlos Andrés Pérez nacionalizó el petróleo en 1975 y hacía populismo y hoy es neoliberal y privatiza todo, incluído el petróleo y el hierro. E incluso en el pe- ronismo argentino de 1945, o incluso todavía en el de 1973, y el peronismo neoliberal de hoy. Es una tendencia generalizada impuesta por la crisis general del sistema y la transnacionalización de capital, y el peronismo no es excepción.

Sostiene el mexicano Arnoldo Córdova que el “secreto del populismo es la industrialización”. Y entonces, ¿es que se puede pensa en algo más objetivo que en el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones en toda A- mérica Latina?-

5) Los límites del nacionalismo y del p0pulismo, los ha establecido siem- pre el capital. Quienes sostienen la defensa del populismo achacan a los que sos- tienen una política de clase de no comprender el problema de las hegemo-nías. Y este es por cierto un elemento central: ¿quién hegemoniza en los populismos? Precisamente un sector de la burguesía y por eso siempre el populismo es una política burguesa. Durante algunos períodos esta actitud fue compatible con las- posiciones de los partidos comunistas que en la historia han buscado a los “bur- gueses progresistas” de turno (y anecdóticamente digamos que hasta en la elec- ción de quienes eran, ellos se equivocaron más de lo que acertaon).

El fin del populismo es el resultado derivado del fin del capital nacional en aras de la transnacionalización. Por eso es que las funciona del Capital y los ajustes neoliberales (privatizaciones, desocupación masiva, alianzas con el im- perialismo, etc.) son coherentes con el Nuevo Orden Mundial, que viene esbo- zándose desde la época Reagan-Thatcher y que hoy Busch hace avanzar a fuer- za de misiles y masivo despliegue militar.

Con el agotamiento del proceso de sustitución de importaciones se agotan las ideologías populistas y los modelos que sostienen que liberación nacional es sinónimo (o casi) de industrialización.

Los diversos nacionalismos en América Latina, dem Mexico a Argentina van adoptando asi todas las consignas de la derecha en h misma me- dida que pretenden rescatar a aquel populismo: defensa del interés nacional, u- nidad nacional, sumisión al Estado, xenofobia, condena a la lucha de clases, etc.

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El modelo capitalista para América Latina ha recorrido tres fases en el úl- timo siglo:

a) desde el imperialismo hasta la crisis de 1930: su modelo fue el del “cre- cimiento para afuera”;

b) desde 1930 hasta alrededor de 1974: su modelo fue el de “sustitución de importaciones”, o sea crecimiento hacia adentro;

c) desde el inicio de la crisis generalizada mundial hasta hoy todavía: del modelo fordista a la transnacionalización neoliberal, o sea el crecimiento hacia afuera otra vez, aunque en nuevas condiciones históricas.

El populismo tuvo su base objetiva para desarrollarse y expresarse en la se- gunda fase (1930 a 1974 aproximadamente). En la tercera fase los conflictos de clase aparecen de nuevo con más fuerza, más nítidamente, reforzando nuestra concepción socialista. El capitalismo no da y no puede dar más a nivel redistri- butivo porque así lo impone la lógica del capital.

Una disgresión metodológica oportuna

La discusión sobre el populismo y el socialismo está en la base de todos los movimientos Sociales latinoamericanos, que buscan una alternativa al ajuste neoliberal. La adopción de una u otra posición responde no a circunstancias me- raniente coyunturales, sino a la concepción que se tiene de la sociedad y de la historia. No queremos abundar en este sentido, pero baste señalar que la alter- nativa para los movimientos populares y las luchas sociales planteadas en tér- minos de socialismo o nacionalismo, encuentra una justificación profunda que tiene que ver con aquella línea de conflicto protagonizada por el capital y el tra- bajo. El problema que nos interesa centrar es ¿porqué la defensa del trabajo pa- sa por el socialismo y no por el nacionalismo? Y para ello hemos elegido pun- tualizar algunos elementos a partir de los trabajos de Ernesto Laclau, una suer- te de referente indiscutido en cuanto a la fundamentación populista, con maqui- llaje marxista. Y decimos maquillaje marxista, porque usa e instrumentaliza a Marx para esos fines espúreos. Pero como no hay mejor ciego que el que no quiere ver, Laclau es tomado en medios políticos, pero también académicos, co- mo expresión de una fundamentación supuestamente teórica de esta posición. Para ello es cierto que Laclau utiliza algunas expresiones formales de Marx, fue- ra de contexto, para justificar ese revisionismo que en este caso adquiere con- notaciones nacionalistas y populistas. En su libro Política e Ideología en la te- oría marxista.l de gran utilización en ciertos medios universitarios, se trata de sistematizar esta maniobra. El objetivo es deslastrar de su contenido de clase a

CUADERNOS DEL SUR 12 45

Marx. Y ello también nos dará la oportunidad de referirnos a la ideología.

Sostiene Laclau: “Si la contradicción de clase es la contradicción dominan- te a nivel abstracto del modo de producción, la contradicción pueblo/bloque de poder es la contradicción dominante al nivel de la formación social”.

Dicho en sus propias palabras que no podríamos ejemplificar mejor por nuestra parte: Marx sirve para hacer abstracciones, la realidad es otra cosa, y a- llí la contradicción es pueblo/bloque de poder. ¿Y qué es el pueblo? Dice el au- tor: “El pueblo es una determinación objetiva del sistema, que es diferente a la determinación de clase...” Esto está dicho en págs. 122 y en la 193.. después de más de setenta páginas de pretender fundar su concepción, nos endilga una nue- va conclusión: “pueblo no es un mero concepto retórico, sino una determinación ob jetiva” y esa contradicción dominante al nivel de la formación de la sociedad la denomina y es “el campo específico de la lucha popular-democrática”. A par- tir de allí ya no hay misterios, de lo que se trataría es de pensar la lucha “popu- lar-democrática”, donde el “pueblo” enfrenta al estado a través del “bloque de poder”. A los efectos de obtener un resultado concreto que es el objetivo de la lucha: suplantar al actual Estado con un Estado “nacional-popular”; La concien- cia nacionalista debe estar agradecida a este nuevo aporte “teórico” para su sus- tentación, cuyo único valor reside en la impúdica explicitación de algo que o- tros “izquiedistas” buscan disfrazar un poco más.

El vaciamiento del contenido clasista del conflicto social, que se da no en la “teoría” sino en la realidad concreta, es la maniobra intelectual del populis- mo, de cualquier matiz que sea. La ambigüedad del lenguaje y la utilización in- discriminada de expresiones como pueblo, masa, ideología, le sirven al autor para culminar su pensamiento: “Nuestra tesis en que el populismo consiste en la presentación de las interpelaciones popular-democráticas como conjunto sin- tético antagónico respecto a la ideología dominante”. Todo esto está subraya- do por el autor en su texto, ya que esta definición es una verdadera conclusión interpretativa, con lo que tendría por fin, un Marx populista... Como se aprecia no se trata de capitalismo, de socialismo, ni de clase obrera o intereses de cla- se en la sociedad. Esto pertenecería a la esfera de la “abstracción” propia del Modo de Producción, y las realidades son encajonadas en la matriz de la ideo- logía burguesa del nacionalismo. r

Cosas de la ideología, es cierto, ya que la ideología es, esa manera de expre- sarse de una “falsa conciencia” como diría Engels y que aquí se aplicaría de ma- ravillas. No obstante, la ideología, por más que sea tributaria de un pensamien- to alienado, es parte de la realidad que está alienada en su totalidad en tanto exista la sociedad de clases y la explotación. La adquisición de una conciencia

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socialista tiene como objetivo romper con la alienación. Y esa es una tarea in- telectual, social y política, producto de la lucha de clases y las luchas sociales en general, expresada en todos los niveles, incluso con la toma del estado y el, inicio de un proceso de transición al socialismo, por vías no-capitalistas.

Pero una cosa es la ideología que merece una discusión específica, y otra co- sa es la práctica política. La ideología es saber, la política es hacer. Si produc- to de un trabajo intelectual todo se reduce a saber, con el activismo político to- do queda en el pragmatismo del hacer. Las correlaciones entre saber y hacer deben construirse y no es tarea que pueda postularse en cada uno de sus pasos. El pasado nos permite ejercitar la comprensión de la dinámica y las modalida- des de los procesos, pero como política es una construcción en vivo, porque el medio en que se da -—la sociedad civil- es un medio vivo, cambiante, en mo- vimiento constante, en crisis y recomposiciones. Pero esa realidad concreta que es el mundo de la política tiene algo que ver con el saber de la ideología. Sepa- rarlas mecánicamente, como si fueran dos mundos independientes y no tuvie- ran lazos que llevan a una permanente y mutua realimentación, es la actitud más oportunista posible, es la base de justificación de cualquier oportunismo. El dis- curso se justifica por un lado (abstracto) y la realidad es la práctica en función del estado “nacional y popular”.

El poder político no es una suma de fragmentos que se superponen. El po- der político es el ejercicio de una hegemonía y así como el poder político no pue- de ser ganado por partes, una nueva hegemonía (socialista en nuestro caso) tam- poco es una sumatoria de fragmentos aislados. La tarea implica una totalidad y la acumulación de fuerzas en todos los niveles se efectúa para cuestionar la to- talidad del poder y la hegemonía vigente.

El vaciamiento del contenido clasista del conflicto social, es la actitud pre- dilecta de los reformismos y los nacionalismos que ahora se refugian en la de- fensa de la democracia formal, sin cuestionar la hegemonía de los sectores do- minantes. Formar parte del bloque de poder aparece como la imagen de ganar el poder político por partes, lo que a veces termina en una cómoda ubicación dentro del sistema

De nuevo peronismo o socialismo, como alternativa para la clase obrera argentina.

Escribimos en 1980 y fue reproducido en 1984 en Argentina (“Peronismo o socialismo: alternativa para la clase obrera argentina”, que se va a entrar “en un nuevo período ideológico-político para la clase obrera argentina“, y por

CUADERNOS DEL SUR 12 47

eso afirmábamos que “la burocracia sindical que pretende reconstituirse,qui- pueda hacerlo transitoriamente, pero es deber ineludible no sólo denunciar- la sino combatirla, so pena de complicidad COn la nueva traición que prepara”. Entiendo que ni siquiera es necesario puntualizar los múltiples hechos que ava- lan después esta toma de posición ya que hoy es algo asumido por todos o ca- si todos excepto los involucrados. Y decíamos: “El peronismo es solo y cada vez más una politica burguesa, que en relación al movimiento obrero, solo busca su mediatización”. Y seguíamos “¿De donde hay que empezar? ¿De 1945 o de 1969? La experiencia viva de las masas argentinas indica que de 1969. El po- der creador de las movilizaciones masivas, sólo tiene perspectiva histórica si se concreta organizativamente”.

Y por fin afirmábamos: “Conciliar teóricamente con el peronismo de iz- quierda con base en el supuesto de construir una vía transitoria que permita re- cuperar al peronismo como tal, sólo nos llevará a que —aparte de buenas o ma- las intenciones-— lo que se recupere sea plenamente el peronismo de burócra- tas sindicales y burgueses indusuialistas”. O sea, volver al 45, es pretender que la historia vuelva para atrás. Partir de 1969 es recolocar la lucha de clases, má- xime ahora que luego de la caída estrepitosa del estalinismo y la decadencia de la Unión Soviética como potencia mundial, la burguesía intemacional se en- cuentra cada vez más claramente ubicada en identificar ala clase obrera y al so- cialismo, en sus respectivos países, como el principal enemigo.

Por eso sosteníamos en aquel trabajo mencionado: “El camino del infierno no puede llevar al paraíso, y el único camino para la clase obrera (y la izquier- da peronista y los marxistas) es el de trabajar ya, directamente, por una salida obrera”. Y enseguida “El agotamiento del nacionalismo burgués (o si se prefie- re del Estado nacional-popular, o si se prefiere del populismo peronista) hacenv que las alternativas burguesas no vuelvan ya a plantearse en los mismos térmi- nos anteriores.

Si es por discursos el populismo puede mostrar muchas facetas. Queremos citar dos fragmentos de Perón: uno de 1949 y otro de 1972. Yo diría casi inob- jetables. Pero ¿la realidad por donde pasó?

El primer fragmento es de un discurso propiciando la reforma constitucio- nal de 1949 (En A.E. Sampay Las constituciones de Argentina, 1810-1972, Eu- deba, 1974). “En lo económico... queremos suprimir la economía capitalista de explotación, reemplazándola por una economía social en la que no haya explo- tadores ni explotados... Suprimir el abuso de la propiedad que en nuestros días ha llegado a ser un anacronísmo que le permite la destrucción de los bie- nes sociales, porque el individualismo así practicado forma una sociedad de

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egoístas y desalmados que solo piensan en enriquecerse, aunque para ello se- a necesario hacerse sobre el hambre, la miseria y la desesperación, de millones de las clases menos favorecidas por la fortuna”.

El segundo fragmento de 1972 (Alocución en el Plenario de las 62 Organi- zaciones, en la sede de la Unión Obrera Metalúrgica. La Nación, 13 de diciem- bre, 1972): “El sistema que nace... debe tener sentido social, privando sobre u- na burguesía que debe respetar hoy a las masas si quiere conservar sus nego- cios”.

Pero la realidad pasó por otro lado: Perón fue el primero que movilizó mi- litarmente a los obreros ferroviarios en 1951; fue el que hizo aprobar la Ley Co- nintes para reprimir internamente y que luego aplicó Frondizi; y más cercano a la segunda fecha, encumbró a López Rega tolerando a la Triple A y el nefas- to antecedente de todo lo que se vivió desde allí y agudizado desde 1976.

E. Balibar sostiene3 que “una dolorosa experiencia nos ha hecho entender (o volver a constatar) que los nacionalismos de liberación se transforman en na- cionalismos de dominación”, citando para ello el ejemplo del FLN de Argelia. ¿Qué es más importante? ¿la realidad o la definición discursiva-ideológica? La relación nación-nacionalismo es falsa ya que opone una realidad a una ideolo- gía y por otra parte qué es la nación ¿un estado o una sociedad? Solo me cabri- a agregar que la Inglaterra de los siglos XIX-XX, con sus políticas colonialis- tas e imperialistas es un ejemplo supremo de “nacionalismo inglés”.

El capitalismo contemporáneo es un ejemplo de mal funcionamiento, y no sólo en América Latina y Argentina, pero somos anticapitalístas, no porque el sistema funciona mal, sino a causa del mismo sistema en y su manera dc fun- cionar y allí se fundamenta la alternativa socialista, que debe ser construida, qui- molecularmente, pero como tal.

Rosario, Diciembre 1990

REFERENCIAS

¡—l

Ernesto Laclau: Política e ideología en la teoria marxista. Siglo XXI, México, 1978.

2_ A. J. Pla: Peronismo o Socialismo, en La Década Trágica, Tierra del Fuego, Buenos Ai- res,l984.

3 Etienne Balibar: “Racisme et nationalisme". Revista M., París, N9 16, 1987.

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LA CRISIS DEL GOLFO: UN PUNTO DE VISTA LATINOAMERICANO

Guillermo Almeyra - Hugo Moreno*

Como ciudadanos de un país cuya dictadura hizo la aventura militar de las Malvinas, utilizando la reivindicación legítima de las islas ocupadas por una po- tencia extranjera, y donde las fuerzas armadas cometieron crímenes abomina- bles y f ueron responsables de la desaparición de 30.000 personas, queremos ex- poner brevemente algunos puntos que, en nuestra opinión, merecen reflexión en momentos en que el mundo se encuentra amenazado por las consecuencias in- calculables de la aventura militar de Saddan Hussein y de la política belicista de Estados Unidos y sus seguidores.

No pueden pretender defender la democracia asesinos de su propio pueblo, como los militares argentinos, los del régimen sirio, los turcos o los represen- tantes de regímenes dictatoriales o feudales. No pueden defender la autodeter- minación de los pueblos quienes como Estados Unidos agredieron Vietnam, in- vadieron Cuba, hicieron el bloqueo y la guerra contra Nicaragua, invadieron Santo Domingo, Granada, Panamá, bombardearon Libia, para no recordar más que algunos hechos más recientes. Ni tampoco Israel o Siria que invadieron y ocuparon el Líbano, o como Turquía que invadió y ocupa desde hace doce años la mitad de Chipre.

No pueden hablar de defender la legalidad internacional en nombre de la O- NU los que, como Estados Unidos, desconocieron los fallos del Tribunal Inter- nacional de La Haya que condenó su agresión a Nicaragua e hicieron nulas to-

"' Guillemo Almeyra, periodista, corresponsal de “Uno más Uno" (México) Hugo Moreno, historiador, docente en la Universidad de París, VIII.

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das las innumerables resoluciones en defensa de los derechos de los Palestinos, ocupados militarmente por Israel y sometidos a un régimen militar totalitario, y a una represión brutal y contínua.

Estados Unidos ocupa militarmente el Golfo y está dispuesto a provocar a- llí una guerra que tendria enormes consecuencias mundiales, con el objetivo de destruir la única potencia militar árabe, controlar totalmente el petróleo, frenar las posibilidades de desarrollo económico de sus competidores europeos y ja- poneses dependientes del petróleo de la región y debilitar, al mismo tiempo, aún más la potencia declinante y en crisis de la URSS. Su embajadora en Bag- dad, April Glaspie, y el subsecretario de Estado, John Kelly, hicieron creer al dictador iraquí que Estados Unidos no intervendría en el caso de una ocupación de Kuwait que la movilización de Irak hacía prever. Para Estados Unidos, Kuwait no sólo es únicamente un pretexto sino que también se puede ver en el proceso de adopción de la decisión de Saddam de invadir ese país, una manio- bra estadounidense preconcebida de intoxicación de un hombre que el Pentágo- no conocía como aventurero y que fue, durante ocho años, su principal punto de apoyo en la región y el favorito de todos los vendedores de armas.

Junto con Israel, que hace diez años bombardeó ya Bagdad en tiempos de paz, Washington no quiere en realidad la paz y la legalidad en el Golfo, sino la destrucción de Irak, el sometimiento de la nación árabe, el aislamiento y el a- plastamiento de los Palestinos. Saddam Hussein, culpable de una sangrienta dictadura en Irak, de la masacre de los kurdos, a los cuales niega la autodeter- minación, de una guerra inútil y terrible contra Irán que costó un millón de muer- tes y enormes destrucciones materiales, agrega a estos crímenes su aventureris- mo en Kuwait que le hizo caer en la trampa que le tendieron sus enemigos (has- ta ayer, sus principales aliados y sostenedores) y permite así a Estados Unidos instalarse con cientos de miles de soldados en el corazón del mundo árabe. Irak y la nación árabe deben ser defendidos de estos agresores, pero Saddan Hussein y su dictadura deben ser aislados y repudiados.

Las reivindicaciones iraquíes sobre Kuwait, como las de Argentina sobre las Malvinas, son legítimas, no solo por los antecedentes históricos y porque las po- tencias coloniales impusieron en su época fronteras trazadas artificialmente pa- ra dividir y debilitar a las naciones que oprim ían, sino también porque la rique- za petrolera es del pueblo árabe, no de un puñado de jeques y jefes de tribu es- clavisras y corrompidos. La democracia más elemental exigen la supresión de los regímenes monárquicos del pasado y de las dictaduras que oprimen la na- ción árabe, para que ésta pueda decidir libremente sus eventuales fronteras y su futuro disponiendo en su propio beneficio de sus riquezas que hasta hoy usu-

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fructúan sus gobernantes y sus aliados extranjeros.

La democracia y la autodeterminación de Kuwait forman parte del proble- ma de la democracia y la autodeterminación en todo el Cercano Oriente, para los habitantes de Kuwait (sean o no ciudadanos), para los libaneses, para los pa- lestinos. Una Conferencia Internacional de Paz sobre todos los problemas de la región es la única alternativa a una guerra en la región y, quizás, a una nueva gue- rra mundial. Sólo los intereses espúreos o la miopía intelectual y política pue- den impedir la comprensión de una dinámica que conduce a una terrible catás- trofe ala región del Golfo y al mundo entero.

Estados Unidos impone a sus aliados una política que puede ser fatal, no só- lo por la posible destrucción de fuentes de energía fundamentales y de impor- tantes mercados, agravando la crisis económica y creando problemas ecológi- cos de consecuencias incalculables, sino también porque el Pentágono no pue- de estar seguro de cuáles podrían ser las eventuales reacciones del ejército so- viético en el caso de una guerra.

Un sector muy importante del establishment de Estados Unidos y de Is- rael están dispuestos a hacer la- guerra y, si es necesario, a provocarla. Esto en- gendra particularmente en los pueblos del Tercer Mundo y en los países árabes e islámicos, un odio legítimo contra los belicistas y ocupantes de los territorios palestinos. Ese odio es desviado por los racistas y por los mismos servicios de intoxicación de la opinión pública del Pentágono y de Israel, que quieren des- prestigiar a sus opositores y provocar una reacción antiracista, un reflejo de unidad nacional entre las víctimas locales de su política (los americanos y ju- díos que morirán por responsabilidad de sus gobiernos) y los victimarios.

Esta situación crea un clima propicio para los “negacionistas” (los cretinos que niegan el crimen nazi sobre el pueblo judío), que en nombre de un “tercer- mundismo” teñido a veces de izquierda, tratan de identificar a Bush con el pue- blo de Estados Unidos y al gobierno del Estado sionista con los judíos en gene- ral. Estos sembradores de odio racial y envenenadores de las mentes deben ser aislados por todos los progresistas del Tercer mundo y, en particular, los árabes que tienen un interés esencial en diferenciar alos que sus enemigos quieren unir, en encontrar aliados y en demostrar la pureza y la legitimidad de su cau- sa. La responsabilidad de los intelectuales y de toda persona progresista en Eu- ropa es asociarse en la lucha contra la guerra y contra todos los vendedortes de baratjjas ideológicas de derecha o de izquierda.

París, 2 de enero de 1991

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BRASIL: LA ESPERANZA NO FUE A LAS URNAS

Juarez Guimaraes

Las elecciones del 3 de octubre afirmaron en las urnas la tendencia que ve- nía predominando durante todo el año: la quiebra de la dinámica de polarización entre el PT —Frente Brasil Popular— y las clases dominantes que habían se- ñalado las elecciones presidenciales en 1989.

Solo en dos estados, los de Acre y de Amapá (donde el PT diSputa el segun- do turno) y, mucho más parcialmente, en el Distrito Federal, se expresó la po- larización. Río de Janeiro presentó un escenario excepcional de oposición a la candidatura del PT y oposición brizzolista al gobierno Collor.

Esta despolarización, trabajada concientemente por el gobierno Collor, be- nefició obviamente a las fuerzas políticas conservadoras. En elecciones aún marcadas por la fragmentación del sistema partidario burgués, por una grave crisis económica y social, en la que el gobierno no tuvo ninguna medida posi- tiva para presentar, las clases dominantes cosecharon una importante victoria electoral. Importante pero de tono menor.*

Esta importante victoria electoral debe ser relativizada en varios aspectos. En ningún Estado, un candidato conservador obtuvo el 50% de los votos del to- tal de electores. Antonio C. Magalhaes, electo gobernador de Bahía, alcanzó el 37% de los votos, por debajo de la suma de abstenciones, votos nulos y blan- cos (52,9%). Paulo Maluf, por ejemplo, logró apenas un poco más de un tercio delos votos.

* Reproducido de "Em Tempo" N9 248, San Pablo, octubre/noviembre 1990, mensuario de la Corriente Democracia Socialista, tendencia interna del PT. Por razones de espacio la segunda parte de este articulo: Señales de alerta... fue reducida. Traducción: Eduardo Lucita

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Por fin en Río Grande do Sul y en Río de Janeiro las candidaturas alineadas con el gobierno Collor no consiguieron pasar el bloqueo oposicionista del Brizzolismo. En San Pablo, el PT consiguió la mayoría en las elecciones pa- ra senadores. Y, en relación a la actual composición de la Cámara de Diputa- dos, casi dobló el número de parlamentarios de los partidos que integran el Frente Brasil Popular (PT, PSB, PC do B).

Elecciones y crisis nacional

Después de haber conseguido aprobar una Constitución conservadora en sus aspectos fundamentales, escapando por poco el año pasado de perder el control del gobierno central, las clases dominantes consolidaron en estas elecciones el mantenimiento de una holgada mayoría en el Congreso para los próximos cua- tro años. Es» este Congreso conservador, ahora electo, el que votará enmiendas y revisará el texto constitucional en 1993.

Sin embargo, es necesario relativizar también la conformación de esta ma- yoría conservadora en el Congreso Nacional, que, con todo, ha perdido repre- sentatividad, especialmente si se tienen en cuenta los votos nulos, los blancos y las abstenciones.

Esa nueva mayoría parlamentaria conservadora no conlleva por sola las condiciones políticas para la superación de la crisis nacional que se abate sobre la sociedad brasileña. Los trabajadores y las clases populares están muy lejos de haber sufrido una derrota desmoralizadora, que impida la disputa por la salida de la crisis". Las iniciativas del gobierno Collor en el sentido de buscar una ví- a neoliberal de ajuste a la economía, y la resistencia de los trabajadores a ellas, continuarán marcando la lucha de clases en el próximo período.

Sin embargo es preciso reconocer que las tendencias a la eclosión de una cri- sis del régimen de la “Nova República”, por la vía de la pérdida del control ins- titucional por las clases dominantes, están congeladas (suspendidas) para el pró- ximo período. El control conservador de la mayoría de los gobiernos estatales, de la amplísima mayoría en el Senado y de la mayoría de la Cámara aportan a las clases dominantes reservas institucionales para enfrentar una crisis del go- bierno Collor.'Son en lo inmediato, un nuevo factor con el que recrean las con- diciones para ir imponiendo una salida burguesa a la crisis nacional.

Para aquéllos que en el interior del PT, eligieron la vía institucional como el camino prioritario para acumular fuerzas y conquistar grandes reformas en la sociedad, el resultado electoral de octubre de 1990 los lleva a un impasse estra-

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tégico. Se hace evidente que es en el campo de la auto-organización de los tra- bajadores y sectores populares, de las iniciativas nacionales que seamos capa- ces de forjar en el terreno de la lucha social, donde residen las posibilidades de alcanzar grandes alteraciones en la correlación de fuerzas entre las clases en el próximo período. Es a este grandioso trabajo de organización e implantación so- cial que se debe subordinar la conquista de posiciones institucionales. Podrí- amos decir: que aún nuestro avance sobre la institucionalidad burguesa queda pendiente de los progresos enla construcción de nuestro movimiento socia- lista.

Votos nulos y blancos

Todo el sentido dramático de estas elecciones queda resaltado cuando in- corporamos a nuestro balance el análisis del enorme crecimiento de los votos nulos y blancos. Fue un fenómeno nacional, que se manifestó tanto en las elecciones para el Ejecutivo como para el Parlamento y que fue más fuerte pre- cisamente en las zonas de votación de los sectores más pauperizados. Expresan, a través de los sentimientos de protesta o de indiferencia, la desesperanza po- pular de que las elecciones puedan ser la fuente de los cambios tan ansiados en el país.

Los votos blancos y nulos dejan en claro así que la ofensiva conservadora se apoya más en el desaliento de las esperanzas frustradas que en el apoyo po- pular al Plan Collor. A diferencia de la amplia votación al PMDB, en 1986, ex- plicada por las ilusiones populares en el Plan Cruzado, la victoria conservado- ra revela una “adhesión pasiva” al Plan Collor, una falta de fe activa en sus re- sultados.

Evidencia, mejor dicho, que existe una falta de identidad, una desconfian- za de las masas en las instituciones vigentes. En el debate realizado en el Direc- torio Nacional ‘del PT, hubo quienes vieron en los votos nulos y blancos solo un significado negativo, expresión de deSpolitización y pasividad. Sin duda hay es- tos componentes en la avalancha de votos nulos y blancos. Sin embargo para los socialistas, que no identificamos la democracia con las instituciones vigentes, lo fundamental de este análisis es que esta masa de votos contiene un potencial de subversión del orden establecido que sería un gran error histórico no tener en cuenta. '

Sería, antes que nada, cerrar los ojos al hecho de que estos votos, en núme- ro bastante superior a los obtenidos por el PT en estas elecciones, son también en cierta medida una crítica al PT, un dato de que para una ancha franja de ex-

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plotados y oprimidos, el partido no se-está constituyendo en una alternativa de cambio, que él está siendo percibido, en alguna medida, como un partido del or- den (claro que en su espectro de izquierda). Un partido, en fin, que no es visto como diferente de los otros, que reproduce los eternos vicios de los políticos del Brasil, carentes de ideología, inconseCuentes con su programa y oportunistas en su práctica.

CUADRO DE PORCENTUALES DE VOTOS NULOS Y BLANCOS.

ELECCIONES 1986/1990

ESÏADO VOÏANÏES ABSÏENCIONES GOBERNADOR SENADÜR DlP. FEDERAL

1986 1990 1986 1990 1986 1990 1986 1990

N+B N+B N+B N+B N+B N+B N+B N+B Bahia 5.019.317 5.52 21.39 12.2 31.5 26.4 50.2 39.1 50.5 Ceará 3.491.994 5.50 17.07 14.8 18.7 24,6 32.9 30.2 40.0 Minas Gerais 9.492.555 4,69 14.06 10.8 32.8 42,1 48.7 36.7 47.9 Pernambuco 3.885.434 5.85 16.35 11.9 25.2 19,8 38.4 34.8 45,9 Paraná 5.112.793 4.63 23.56 19,3 28.6 30.2 39.1 25.6 43.7 Río de Janeiro 8.277.296 4,00 10,0 21,5 23.4 33.1 24.9 33.8 RÍO Grande do Sul 5.747.083 3.19 9.15 13,1 22.3 25.6 32.7 24.9 23,8 Sao Paulo 18.727.014 3.48 8.50 11.5 21.2 23.1 21.4 22,9 42.8

N+Bz Suma de los porcentuales de votos nulos y blancos. Fuente: Folha de Sao Paulo 25.10.90.

Elecciones y gobierno Collor

Cuando discutimos la evolución de la gobernabilidad del gobierno Collor en función principalmente de dos grandes datos de la lucha de clases: el grado de resistencia del movimiento sindical y popular al Plan Collor y el resultado de estas elecciones, fijamos a los efectos del análisis, tres hipótesis de referencia. La primera: el movimiento sindical impone, a través de la unificación de las lu- chas, derrotas claves al Plan Collor y el PL, mantiene en las urnas las tenden- cias a su fortalecimiento como alternativa de gobierno. La segunda: el Plan Co- llor fracasa en sus expectativas mínimas de estabilización de la economía, pe- ro las oposiciones burguesas (PSDB y PDT) crecen en las urnas como altema- tiva en un escenario de derrota de las fuerzas conservadoras. La tercera: el Plan Collor consigue ser implantado, venciendo y doblegando la resistencia del mo- vimiento sindical y el gobierno Collor consigue en las urnas, de forma plebis- citaria, la aprobación mayoritaria.

CUADERNOS DEL SUR 12 S7

Estas tres hipótesis de referencia debieran ayudarnos ahora para hacer un ba- lance equilibrado de las tendencias inmediatas que resultan del primer turno de las elecciones.

Es claro que la victoria de las fuerzas conservadoras fortalece al gobierno en la medida exacta en que modifican la correlación de fuerzas para la derecha. Pero sería un error identificar el resultado electoral con el escenario descripto en la hipótesis tres, esto es, el de una victoria electoral de carácter plebiscitario, automáticamente transferida al gobierno.

Entre los resultados del 3 de octubre y la estabilidad del gobierno está su ca- pacidad de componer una unidad político-partidaria por dentro de una unidad ideológica conservadora que prevalece, y su meta es frenar las tendencias de tur- bulencias en la economía que están claramente en alza, y su determinación es la de imponer una derrota de carácter estratégico a la CUT.

Ninguno de estos tres factores que influencian directamente la estabilidad del gobierno —y que se relacionan entre es de fácil resolución. Veremos si en el próximo período continuarán las amplias posibilidades del PT de con- ducir una oposición de masas al gobierno Collor.

Disputa de alternativas

La evaluación del escenario político resultante de estas elecciones quedari- a incompleto sino introducimos en él los cambios que provocaron en las fuer- zas de los distintos partidos.

Habrá probablemente la formación de algún tipo de bloque partidario pro- gobiemo (de carácter ideológico-clientelista) en el Congreso, y eventualmen- te, la formación de un gran partido de derecha (cuyo nacimiento está dificulta- do por la ausencia de un centro nacional gravitante, anclado en las principales regiones politicas y económicas del país).

Si se confirman las tendencias que le dan la victoria a Fleury en el segundo turno en San Pablo, habrá ciertamente una recuperación del PMDB, en el espec- tro de la centro derecha. El PSDB, sale debilitado de estas elecciones y en el pró- ximo período tendrá puesta a prueba su propia existencia por las tendencias cen- trífugas de atracción de sus cuadros por parte del gobierno.

El brizzolismo —principalmente si se con firma la victoria en Río Grande do Sul- saldrá fortalecido en su proyecto de constituirse como la principal alter- nativa de oposición a Collor.

El PT contará a partir de ahora con una bancada de diputados federales y estaduales del doble de la anterior y sale de estas elecciones con la tarea his-

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tórica de cambiar y constituirse frente a la mayoría de la población como al- ternativa de gobierno necesaria para la población. Solo conseguirá esto cam- biando en profundidad y superando los impasses que evidenció en esta dis- puta política.

Sin juego de palabras, su capacidad de vencer está directamente relaciona- da con su capacidad de captar todas las enseñanzas de la relativa derrota que su- frió en estas elecciones.

Señales de alerta para el PT.

Para algunos, el PT venció en las elecciones del ’90 porque dobló sus ban- cas de diputados estaduales y federales. Olvidan que, aún manteniendo el pun- to de vista estrictamente electoral, no doblamos el número de votos, y que la ban- cada electa en 1968 estuvo artificialmente comprimida por la presión coyuntu- ral de las ilusiones populares en el Plan Cruzado. Olvidan que retrocedimos va- rios puntos en relación al 16% del primer turno de las presidenciales. Olvidan, sobretodo, que retrocedimos políticamente en el objetivo de polarizar con el go- bierno Collor.

Hay otros que transfieren al escenario de las elecciones la responsabilidad de los resultados, menores a los esperados. La fuerza del gobierno Collor serí- a la raíz última de nuestro desempeño electoral. Esta “fuerza”, esta “populari- dad” del gobierno, sin embargo, no resiste un mínimo análisis. Ahí está la ma- sa de votos blancos y nulos para demostrar que existe descontento, desconfian- za, decepción.

En realidad, lo que otros evitan es un análisis crítico de nuestro propio par- tido, de sus impasses. Sin embargo no hay otro camino para avanzar que seña- larlo, analizarlo y, de forma fraterna y creativa, superarlos.

El objetivo central del PT. en la campaña electoral, correctamente defini- do por el 79 Encuentro Nacional, era transformar las elecciones de 1990 en “un tercer turno” de las elecciones presidenciales, en un plebiscito contra el gobier- no Collor, demostrando su carácter antipopular.

Teniendo presente este objetivo, el resultado electoral fue una derrota para el PT y los partidos de izquierda. Esto no se debe tanto al resultado numérico: el PT duplicó sus bancas a nivel nacional, eligió un Senador por San Pablo, y va para el segundo turno en otros dos Estados. Fue una derrota fundamental- mente porque fracasamos en alcanzar nuestro objetivo central: presentar un polo democrático y popular de oposición al gobierno Collar.

Esto es en parte, resultado de la táctica electoral del partido en la mayoría de

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los Estados donde se pretendió reproducir la política del turno de las presi- denciales, cuyo centro estaba en ampliar el bloque de alianzas politicas realiza- das, cuando lo que se precisaba en este primer turno era consolidar nuestra ba- se social y electoral, apareciendo como alternativa para todos los que están con- tra Collor y viesen en el PT su alternativa.

El resultado, por lo tanto, no se explica sólo y fundamentalmente por la cam- paña electoral. Está determinado en gran medida por las derrotas que sufrimos a lo largo del año, donde no conseguimos responder a las medidas adoptadas por el gobierno. Sintéticamente podríamos decir que el gobierno Collor no nació fuerte, pero ocupa espacios cada vez que no presentamos una alternativa con- tundente a las medidas que adopta.

Desde los inicios del año el PT viene discutiendo la caracterización del go- bierno Collor. La oposición mayoritaria de la dirección enfatizó, en un primer momento, en la fuerza y en la legitimidad que le otorgaban las elecciones. Re- forzó este análisis poco después de conocerse el paquete económico, viendo a- llí un proyecto de'reorganización del capitalism- w brasileño y de estabilización de la dominación burguesa, que colocaba a los trabajadores en una situación bastante defensiva.

Esta caracterización sólo fue alterada en el 79 Encuentro Nacional, que se dio en un periodo marcado por la agitación y la movilización social y a dos sema- nas de la huelga general de junio. La resolución de coyuntura de este encuen- tro destacaba los límites de la estabilización del gobierno resaltando el papel central de las luchas de los trabajadores en este proceso.

El mantenimiento de una alternativa democrática y popular, visible para la población, pasaba en gran medida por el movimiento sindical, ya que el gobierno paralelo, impulsado por el PT, limitábase a una articulación su- perestructural, desvinculada de las luchas sociales, y las candidaturas para go- bernadores fueron elegidas con un perfil coherente con el análisis anterior del gobierno Collor.

Pero el movimiento sindical encaberado por la CUT conoció a lo largo de este año una gran crisis de orientación política. La ausencia de un movimien- to de masas unificado, que ligara el movimiento sindical con los movimientos sociales, en una perspectiva conjunta contra la rebaja salarial, la recesión eco- nómica y las privatizaciones del Estado, permitió al gobierno presentar su pro- puesta de “entendimiento nacional”, versión collorida del “pacto social” tantas veces presentado por el gobierno Samey. La novedad fue que esta vez la direc- ción de la CUT aceptó la propuesta de sentarse en la mesa de negociaciones. No fue pequeño el impacto de esta actitud. El PT, aún siendo contrario a participar

60 MARZO 1991

en “la mesa de entendimiento nacional" sufrió este impacto, de pérdidda de re- ferencia en las vísperas del 3 de octubre.

Todo esto contribuyó para que las elecciones se diesen en un cuadro de des- polarización. En síntesis, en un cuadro de “normalidad” institucional desde el punto de vista de la burguesía. Uno de los peores escenarios posibles para la ac- ción del PT. Ese es tal vez el elemento más importante para explicar el resulta- do de las elecciones.

Hay otros elementos a tener en cuenta. Las administraciones municipales petistas hasta ahora no han encontrado un eje político claro de diferenciación con las gestiones anteriores. Estos gobiernos locales pesan en general negativa- mente sobre la imágen del partido y no se constituyen en una referencia clara, para la población, de que el PT es diferente, que hace un gobierno coherente con su discurso de cambios profundos en la sociedad.

Otra cuestión son las carencias de organización. Estas elecciones pusieron en evidencia grandes carencias de las estructuras partidarias. La disputa por la hegemonía política en la sociedad resulta extremadamente dificultosa por la i- nexistencia de un periodico nacional del PT, cuando centenares de militantes tienen que buscar información en los noticiarios, casi siempre viciados por la impronta burguesa.

¿Como penetrar, como implantarse en aquellos sectores sociales más pau- perizados, menos accesibles al abordaje a partir de formas institucionalizadas de organización, si no hemos construído una vasta red de núcleos de base?

¿Cómo ligar la lucha electoral y la social, si las estructuras de dirección y de base partidaria continúan en gran medida alejadas de lo que pasa cotidianamen- te en el movimiento sindical y popular?

¿Como construir una cultura de fraternidad partidaria, si a cada campaña electoral se multiplican las prácticas propias de los partidos burgueses en mu- chos de nuestros candidatos? ¿Cómo hacer del momento electoral un momen- to de construcción del partido cuando las estructuras partidarias se van diluyen- do detrás de la búsqueda de los votos?

Finalmente la cuestión de la timidez ideológica. El tema del socialismo, te- ma central del Encuentro Nacional, desaparició de la campaña del PT en es- tas elecciones. Los acontecimientos del Este europeo favorecen las ideologías conservadoras, y los medios de comunicación de masas ejercen una presión co- tidiana sobre una franja importante del electorado potencialmente petista.

En este contexto la ideología liberal va, agresivamente, ocupando espacios, creando una referencia de discurso común para las clases dominantes, e inclu- so aún para supuestos defensores de la democracia, sea PSDB o PDT.

El PT debe, en este período, ubicar al neoliberalismo como su principal

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enemigo, arrnarse políticamente para denunciarlo como un proyecto de exclu- sión económica, social, política y cultural, antagónico al nuestro.

El PT requiere entonces profundizar la resolución aprobada en el 79 Encuen- tro: “El Socialismo Petista”, y enfrentar los temas centrales del mercado y de la organización del Estado para hacer frente a la durísima lucha ideológica que es- en curso.

flan Pablo, noviembre 1990

Estados donde vencieron candidatos del espectro político con wm «ir-r en el primer turno:

Amazanoas (PMDB); Bahía (PFL); Distrito Federal (PTR); (u vias (PMDB); Mato Grosso (PFL); Pemambuoo (PFL); Piauí (PFL); Roraima (PTB); Santa Catarina (PFL); Sergipe (PFL); Tocanins (PMDB). El candidato vencedor en Ceará es pro Collor. En los estados de Alagoas (PSC x PRN); Minas Geraes (PRS x PRN); Paraíba (PMDB x PDT); Pará (PMDB x PPTB); Paraná (PMDB x PRN); Río Grande del None (PFL x PDT); y San Pablo (PMDB x PDS) la polarización en el segundo turno ocurre entre candidatos conservadores.

_ De los 81 miembros actuales-del Senado, apenas dos son salidos de partidos que componen el Frente Brasil Popular. Diez son del PSDB y cinco del PDT. Los 64 restantes se distribuyen entre el centro y la derecha.

De los 504 miembros de la futura Cámara Federal, 366 componen las bancadas de los partidos que van de centro-derecha a derecha. El PDT y el PSDB, con bancadas de fuerte heterogeneidad ideológica tienen respectivamente, 47 y 37 parlamentarios. Los partidos que componen el Frente Brasil Popular suman 54 parlamentarios. El PCB eligió 3 diputados federales.

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LACULTURA E LA CORNI A

Siete años recorriéndole las curvas al pais, descubriendo sus zonas ocultas y paladeando sus regiones erogenas. Experimentando es- tilos y velocidadessin caerse al abismo. Siete años salteando semá- fortols. Inventando rutas. Saliendo a contramano emocionando al pu ICO.

MEDIOS / VIDA COTIÜIIINA/ PROVOCACIONES / TERRITORIOS / ÉXFLOÑRCIÜHEÉ/ POLITICA I MÁROINALÉS / POSMÜDÉRÑÜS/ PSICÜBOLÍÏHES / SENTIMIENTOS / ILUSIONES / SUFRIHIEN‘Í‘OS

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Rutas argentinas hasta el fin

COOPERATIVA

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CUADERNOS DEL SUR 12 63

BOLIVIA: DEL POPULISMO A LA ECONOMIA DE LA COCA

Washington Estellano*

La experiencia boliviana de la década de los ’80 contiene un conjunto muy rico de particularidades que la hace sumamente interesante para la reflexión de los trabajadores e intelectuales revolucionarios de América Latina. En ese re- lativamente corto lapso de diez años se vivieron etapas cruciales y traumáticas. Al inicio de los ’80, luego de un largo proceso de luchas populares, se produ- ce la derrota electoral de las derechas que es interrumpida nuevamente por el golpe sangriento de los generales narcotraficantes. En el ’82, como resultado del desgaste de los militares ante la intensa movilización y lucha popular, la iz- quierda populista asume constitucionalmente el gobierno con la Unidad Demo- crática y Popular (UDP) del presidente Hernán Siles Zuazo. Luego del fracasov de la UDP —que junto a la experiencia chilena con el gobierno de Salvador A- llende, merece un estudio específico- se anticipan las elecciones y triunfa la alternativa neoliberal del MNR de Víctor Paz Estenssoro que asume el gobier- no en agosto de 1985. Finalmente tenemos la aplicación del modelo neoliberal que produjo una profunda remoción del orden económico, político y social de Bolivia. En 1989 Paz Estensoro culminó su período constitucional con la apli- cación de su plan, logrando controvertidos resultados que exhiben, como prin- cipal trofeo, el abatimiento de la hiperinflación anterior. Además se dio el ca- so, excepcional en las experiencias recientes en América Latina, de que el mis- mo partido que hizo el gasto político de aplicar el schock neoliberal volvió a ga- nar las elecciones.

"' Socíólogo: Investigador del CESMO (Centro de Estudios Sociales - Montevideo)

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Un modelo en vitrina

A la vista de tal proceso no es extraño entonces que la experiencia bolivia- na se pretenda mostrar como un excelente paradigma por los ideólogos y polí- ticos neoliberales. El profesor Jeffrey Sachs de la Universidad de Harvard, asesor de Paz Estenssoro en la aplicación de la llamada Nueva Política Econó- mica (NPE) y contratado luego por el gobierno polaco para diseñar un plan si- milar, [llJt‘tlt alardear en los ambientes académicos de los Estados Unidos por su rutilante “éxito” en Bolivia.

4 l sea que la experiencia de la NPE en Bolivia es utilizada en los medios u- niversitarios y políticos como parte de la ofensiva ideológica que procura refor- zar el smcma de dominación y explotación de las masas latinoamericanas. U- na experiencia que, como veremos, en sustancia se basa en el conocido recur- so de acrecentar el excedente económico aumentando a cifras límites el desem- pleo y el deterioro del salario real de los trabajadores.

¿Cómo se llegó a esos extremos en una sociedad donde existía un podero- so mOVimiento obrero y campesino, altamente politizado y organizado en una Central Unica (COB), que ejercía una indudable hegemonía obrera y su para- digmático protagonismo en las luchas sociales y políticas¿

Hagamos un poco de historia.

El patron puim‘co y de acumulación que surgió en 1952

Luego de la revolución de abril de 1952 —donde las masas obreras y cam- pCSÍnm‘ anlastaron al ejército de la oligarquía y constituyeron sus milicias arma- das, se nacionalizó al super-estado minero de los “barones del estaño” y se ex- pronió a los terratenientes semil‘eudales- en Bolivia prácticamente desapare- ce Ia dem. ha uadicional.

El nuevo Estado se desenvuelve —sobre todo en los primeros años- con una fuerte presencia del poderío obrero, minero y campesino. No obstante, pos- icrinrn'n “nte se reorganizan las fuerzas armadas insufladas de una- nueva místi- ca im. nal desarrollista, y los hijos de obreros y campesinos nutrirán los cur- Sos lri nuevo Colegio Militar Gualberto Villaroel, pretendiendose con ello canto..." el contenido de la institución armada. El Movimiento Nacionalista Re- volucionario (MNR) dirigido por una pequeña burguesía intelectual, subsumí- a en Su seno toda esa amalgama social, y lo obrero jugaba al interior del nue- vo Estado a través de la COB y los sindicatos, como el principal instrumento me- diador social y político. Aunque hubo diversos proyectos programáticos, nun-

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ca se llevó a cabo una lucha consecuente en el plano político, por alcanzar una profunda transformación social y pol ítica. Los obreros y los campesinos vi- vían al nuevo Estado —que en realidad continuaba siendo un Estado burgués reorganizado sobre nuevas bases sociales— como su Estado y al que, en ver- dad, habían ayudado decisivamente a conformar en sus momentos constitu- tivos.

El modelo de acumulación inaugurado por el MNR —es decir, la modali- dad específica de generación, disuibución y asignación del excedente económi- co— se basó en transferir los recursos generados por el sector minero estatiza- do, hacia la industria petrolera, la agroindustria y hacia operaciones comercia- les y financieras de un comercio interior y exterior controlado por empresas transnacionales. El excedente no se asignó de manera sistemática a la renova- ción de equipos, en bienes de capital, y a la e xplotación de nuevos yacimientos. Vale decir, el excedente minero no se orientó a alcanzar una diversificación in- dustrial y a fortalecer las estructuras productivas. Pues bien, ese modelo hizo crisis a partir de 1979, luego de un momento excepcional en los precios del pe- tróleo y de los minerales de estaño, entre 1974 y 1977.

Bajo una creciente infuencia política, económica y militar norteamericana desde 1954, pero definitivamente a partir del golpe militar del general Barrien- tos en 1964, se fue configurando un bloque militar-empresarial que, para su re- alización plena, apostaba a la desorganización y desintegración del movimien- to de masas. Este, por su parte, a pesar de los grandes recursos de movilización y combatividad que siempre exhibió, limitó sus luchas a un ámbito de reivin- dicaciones economicistas y a la defensa de conquistas esencialmente corpora- tivas.

Esa nueva derecha que se iba conformando no podía apostar ni a la demo- cracia representativa ni al desarrollo del mercado interno y de las masas, con- tra las cuales, precisamente, se estaba organizando. De ahí su recurrencia al gol- pe de Estado como manera de sustanciar las contradicciones de clase o entre fracciones del mismo bloque en el poder. Es a partir del golpe de Estado del co- ronel Banzer (1971-1978), usul'ructuando la coyuntura de aumento de la renta petrolera y mineral, que se estabiliza una nueva derecha que va configurando su personal político con cuadros tecnicos e ideológicos formados en las univer- sidades de los Estados Unidos, México y Europa.

¿Quiénes componen la nueva derecha?l

Al amparo de la dictadura de Hugo Banzer —favorecida por el repunte de los precios de los hidrocarburos y del estaño a que aludíarnos antes- se fueron

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perfilando dos importantes fracciones burguesas: la financiera y la comercial que, por su propia naturaleza, estando o no vinculadas directamente al narco- tráfico, pueden acceder a la circulación de los excedentes de tales negocios i- lícitos sin violar la legalidad. También adscriben a la nueva derecha, por razo- nes esencialmente ideológicas, la fracción industrial y aun sectores de la agroin- dustria, no obstante no ser favorecidos por las políticas neo-liberales. Además la integran la tecnoburocracia de elite, formada en las universidades de Harvard, Boston, México, Oxford, etcétera. Su origen social, su sensibilidad de clase, proviene de la vieja casta señorial de funcionarios, empresarios, terratenientes, militares, modemizados al uso de la productividad y la “eficiencia”.

Hay que registrar asimismo, aunque todavía separados del bloque en el po- der, a los nuevos empresarios de origen mestizo, cuyas inversiones, circulación y reinversiones de capital se realizan en el país. De “burguesía chola”, los bau- tizaron los exponentes de una cultura sociológica de clara raigambre señorial y reaccionaria. Esta discriminación es resultado del verdadero corte social que, por razones étnicas y culturales- muy fuertes aún- segregan a este sector del bloque en el poder. No obstante, su presencia saltó abruptamente a la escena po- lítica con la formación de dos nuevos partidos: la Unión Cívica Solidaria (UCS) del industrial cervecero Max Fernandez, y .el Partido Conciencia de Patria (CON DEPA) del empresario de medios de comunicación, Carlos Palenque. Ambos partidos, de clara orientación populista y nacionalista, han capitalizado electoralmente a amplios sectores populares que antes votaban al ADN de Ban- zer y al MNR en sus diversas tendencias.

Es decir, la realidad socio-económica termina por imponerse con una fuer- te presencia política-electoral de estos sectores, con el control de alcaldías, se- nadurías, diputaciones y hasta ministerios. Estas nuevas fuerzas están constituí- das por grupos dueños de minas (sin mucho capital), transportistas (grandes y pequeños), contrabandistas, parte del artesanado de ideología individualista, y una vasta gama de trabajadores y comerciantes de los llamados “informales”.

Por su extensión y características este amplio abanico de sectores sociales y de intereses económicos, de diversos orígenes étnico-culturales, no podían es- tar representados en un solo partido. De ahí el surgimiento de la ADN de Ban- zer, con sus dos alas”: la vieja derecha golpista vinculada a los cuarteles y la nue- va modemizada con sus intereses en el comercio, la industria y las finanzas. Por su parte el MNR con su vieja ala populista y clientelar vinculada al aparato es- tatal, y por otro lado, el nuevo sector tecnoburocrático moderno con intereses empresariales en la minería privada, etc., encabezado por Gonzalo Sanchez de Lozada. Asimismo tenemos al MIR de Jaime Paz Zamora, actual presidente de

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la Repúblicaz, que alberga a una clase media de tecnócratas e intelectuales am- biciosos de poder y sus glorias, con un desteñido tinte socialdemócrata. Final- mente están los nuevos partidos nacional populista que medran al amparo de la disgregación de la izquierda refonnista.

En los últimos períodos electorales, con el vacío que dejó la izquierda lue- go del derrumbe de la política refonnista y populista de la UDP, hay un trasie- go e intercambio sucesivo en las preferencias electorales de las masas popula- res.

La desproletarización

La crisis de la sociedad significó también la depresión de la capacidad de e- misión ideológica del movimiento obrero. El hundimiento de la minería esta- tizada y la terciarización de la economía, han afectado la fuente estructural don- de se asentaba loproletario.

Para legitimarse ideológicamente, la derecha enfrentó los conceptos y usos emanados del nacionalismo revolucionario, al tiempo que cuestionó la viabili- dad dela utopía socialista. Y lanzó todo su arsenal de annas pesadas en defen- sa de las “virtudes” eficientistas del mercado y del neoliberalismo. El fracaso de la UDP abrió la disposición de las conciencias para asimilar los mensajes de la NPE hecha ideología.

La estabilización es la palabra clave en el ataque a las posiciones p0pulis- tas. Se asocia hiperinflación con populismo, donde los aumentos salariales se visualizan como un factor decisivo en el aumento de los precios. Es un mensa- je que penetra hasta en sectores de las masas para convertirse en un prejuicio ge- neralizado que incluso alcanza a sectores del movimiento obrero donde se po- ne en cuestión la legitimidad o la justicia de la reivindicación salarial. La deso- cupación, asimismo, operó no solo como efecto económico sino además como disuasivo político que tiende a aplacar el espíritu de lucha de segmentos de tra- bajadores. Se ejerce así el recurso de la presión ideológica como disuasivo de ablandamiento o sustitutivo de la coerción policial o militar contra el movi- miento popular.

La crisis ha puesto a la vista los lados flacos de una concepción sindicalis- ta corporativa del movimiento obrero que, a pesar de su definición socialista en los grandes momentos de los congresos, no se proponía construir una nueva so- beranía frente a un Estado que, por el contrario, reconocía como suyo. Lo que se visualizaba como la virtud y la fuerza del movimiento sindical que hacía gi-

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rar a los partidos alrededor de los sindicatos —real en su impacto emocional que deslumbraba a la opinión pública- se reveló finalmente como su debilidad, al no saber o poder acceder al ámbito donde se jugaba lo político construyendo un partido de clase para intervenir con su propia fisonomía en el plano de la lucha política e incluso en la competencia electoral y parlamentaria.

La nueva política y la recesión económica’

Como quedó dicho, el gobierno de Victor Paz Estenssoro —aliado con la ADN del general Banzer— aplicó una política de shock para detener una infla- ción que en la época de la UDP había trepado al 2.1 17% anual mientras el dó- lar en los mercados paralelos se cotizaba tres veces más que en el oficial. La NPE significó la aplicación de un programa neoliberal que suprimió subsidios, liqui- conquistas sociales, cerró empresas estatales y proclamó la “liberalización” de la economía y de la cotización del dolar al libre juego de la oferta y la deman- da. Esto fue así, en efecto, en los primeros momentos. Pero luego se delineó u- na intervención estatal controlando los precios líderes y el tipo de cambio a tra- vés de un “bolsín” del Banco Central (donde ingresan libremente los “cocadó- lares”, en la fijación de las tasas de interés, y en los precios de los derivados de los hidrocarburos. En realidad, el nivel de las oscilaciones de los precios está co- mandado por el gobierno a través de la fijación de los precios líderes y no por la proclamada “libertad de mercado”.

Esta existió en cuanto al tratamiento de esa mercancía especial que cons- tituye la fuerza del trabajo, al garantizarse la total libertad para convenir y res- cindir los contratos de trabajo. Esto, junto al cierre de las minas estatizadas y el arriendo de otras, dejó sin trabajo a miles de mineros, obreros, y empleados. El desempleo ascendió al 21% de la Población Económicamente Activa. Se pro- dujo entonces una drástica reducción del ingreso real de los trabajadores, la pa- ralización de la inversión y se efectuaron despidos masivos bajo el eufemismo de la “relocalización” de la mano de obra.

Esta “relocalización” y la congelación de salarios decretada en agosto de 1985 afectaron sobre todo a la masa salarial así como al nivel adquisitivo de los salarios. A partir de enero de 1986 los incrementos en el sector público se re- alizaron en base a la tasa de inflación; y en el privado el aumento anual se de- librado a los acuerdos entre empresarios y trabajadores. Esto originó un des- plazamiento hacía las actividades llamadas “informales”, un desempleo disfra- zado y un notable aumento de la participación de nuevos integrantes del núcle-

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o familiar en las actividades remuneradas para contrarrestar la disminución del ingreso por hogar.

Por otra parte, mientras el sector público fue afectado por la drástica restric- ción de las inversiones, por el desempleo y la baja de los salarios en forma com- pulsiva, la actitud del gobierno, en tanto apostaba a la recuperación económi- ca en base a la “iniciativa privada”, fue pródiga en los créditos al sector empre- sarial privado. El sistema bancario canalizó hacia el inversionista privado 768 millones de dólares entre 1986 y 1988. No obstante, el empresariado privado no optó por una inversión productiva, ya que no tenía oportunidades de ampliar'y renovar su aparato productivo. Y sobre todo porque las mejores opciones están en los negocios y las colocaciones comerciales y financieras, es decir, en el sec- tor terciario y parasitario de la economía. Por otra parte, la apertura del merca- do intemo de la oferta de productos provenientes del extranjero, con la suspen- sión de las restricciones arancelarias, liquidó toda perspectiva para el obsoleto parque industrial nacional.

Esta apertura irrestricta y violenta, no gradual, de la economía provocó un crecimiento inusitado de las importaciones y no de las exportaciones. La polí- tica aperturista induce y genera un perfil de exportación con alto contenido de productos primarios. Es decir, el carácter desigual del intercambio, habida cuenta de las desventajas tecnológicas con los países industrializados, acentú- a el carácter dependiente y sometido del país a los vaivenes de factores exter- nos incontrolables.

Como indica el discurso neoliberal, se buscaba abatir la hiperinflación y lo- grar de esa manera la reactivación productiva “achicando” la intervención del Estado en la economía. Pues bien, el primer objetivo se logró —aunque aquí in- tervino, como veremos, el aporte excepcional delos cocadólares- pero no la reactivación productiva. Y esto es así no por falta de “capacidad de generar ex- cedentes” de la economía boliviana que, según los ideólogos del modelo neo- liberal, es una de las principales causas de la crisis económica. No obstante la crisis, en Bolivia se genera un importante excedente como lo demuestran inves- tigaciones sobre la evolución de las variables macroeconómicas.‘ Pero ese au- mento del excedente no se debe al aumento de la productividad del trabajo o el mejor empleo de los recursos, sino que es la resultante de la baja de los ingre- sos reales de los trabajadores y la disminución del empleo productivo.

Vale decir, el aumento de los desempleos y el deterioro de los salarios re- ales conforman los ejes principales del mecanismo para acrecentar el exceden- te económico.

Otro aspecto esencial lo constituye los modos de asignación del excedente.

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Estos no apuntaron a la inversión reproductiva y ampliada del capital, sino a la ampliación de las actividades financieras y comerciales, incluido el contraban- do, cuando no en gastos suntuarios o en su colocación en el exterior. Por otra par- te, esa tendencia al aumento exagerado o anormal del gasto improductivo lle- vaa un paulatino deterioro del aparato de producción. Entre 1980 y 1987 la re- lación entre la Inversión Bruta Productiva y el Producto Interno Bruto, bajó de ll a 5.

Sin embargo, en el área agricola hubo una gran expansión de la producción por la incidencia de la producción de hojas de coca. Por otra parte, la desocu- pación obrera intensificó los procesos migratorios con un notable aumento de la densidad demográfica en regiones donde se procesa el arbusto y en los barrios marginales de las grandes ciudades. Mientras tanto el sector campesino tradi- cional del altiplano y los valles —que alberga a las grandes mayorías- fue se- riamente afectado por la libre importación de productos agrícolas disminuyen- do su producción y reconcentrándose en una economía de subsistencia y de mi- seria extrema y/o emigrando a las ciudades.

La coca: gran expansión productiva

El sector agropecuario se desenvuelve en el contexto general crítico que ri- ge para el conjunto de los sectores productivos de la economía. Entre 1980 y 1988 el PIB del sector creció a una tasa promedio de 1.4 por ciento, mientras que la tasa de crecimiento de la población es del 2,7 % anual. Hay que advertir, además, que este crecimiento del 1,4 % es inferior al que registró el producto agrOpecuario en la década de los años ’70, que fue del 4,1%.5

El sector agrícola más dinámico es la producción de coca, provocando gra- ves distorsiones al subordinar a los campesinos al capital que comanda las ope- raciones del narcotráfico. A nivel macroeconómico, se calcula que esta activi- dad genera aproximadamente 1.600 millones de dólares anuales. De éstos, ca- da año, ingresan a la economía boliviana, a través de diversos mecanismos, más de 600 millones (cifra reconocida oficialmente) lo que significa un monto ma- yor que el ingreso por las exportaciones legales y el crédito externo.

Vale decir, que en un contexto general de retroceso de la actividad de las ra- mas productivas, la producción de coca expresa un excepcional dinamismo.

Es evidente que dentro de un marco de crisis generalizada en el plano inter- no, y por otro lado una demanda en expansión con un mercado ampliamente de- sarrollado para este producto en países de elevados ingresos —particularmen- te en EEUU. y Europa—— la propia dinámica del sistema capitalista lleva a que

CUADERNOS DEL SUR 12 71

se le dedique cada vez mayor inversión en estos negocios. De nada valen por tanto las amonestaciones morales (¿fabricar armas de guerra será más moral?) y las políticas represivas. En todo caso, es un pretexto que utilizan el Departa- mento de Estado y el Pentágono para profundizar su intervencionismo político y militar.

En cuanto a la producción y consumo de coca, hay que diferenciar el carác- ter del cultivo destinado al consumo tradicional campesino y popular, de la pro- ducción excedentaria que se trafica para la producción de cocaína.

En resumen el país está nuevamente involucrado en un negocio transnacio- nal en el que nadie sabe donde termina lo ilícito y comienza lo lícito- que re- quiere de una materia prima que, una vez procesada y realizada en los merca- dos donde está concentrada la demanda, multiplica varias veces su valor. De to- das maneras, dada la profunda crisis y parálisis del resto de la economía, el re- manente que ingresa al país, genera una sensación de economía en expansión, con la construcción de nuevos barrios elegantes, la proliferación de supermer- cados y shoping centers en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba. Un consumo so- fisticado de últimos modelos de automóviles, electrodomésticos, computado- ras, etcétera, que genera en las capas medias y altas toda una cultura de la elec- trónica y de ansiedad por la movilidad y los desplazamientos internacionales. En fin, una cultura de la evasión que en el imaginario popular se asume con un sentimiento de frustración, de pérdida, al contrastar el mundo de las imágenes televisivas con la misérrima situación de las grandes masas.

Es demás obvio que los campesinos productores de este cultivo en expan- sión, perciben las migajas de los fabulosos recursos que genera esta actividad. Se lanzan tras la ilusión de esa danza subrealista de millones de dólares y ala postre reciben el choque brutal de las tremendas condiciones de explotación y miseria, corren los más grandes riesgos personales y son los primeros en reci- bir las consecuencias de la represión oficial.

Aquellos elevados niveles de inversión en actividades comerciales, en bie- nes inmuebles y sofisticados gastos y consumos, se producen en un país que ha disminuído su nivel de ingreso por habitante en aproximadamente un 30% en- tre 1978 y 1989.

Algunas reflexiones finales

Luego del somero repaso que hemos hecho de los cambios producidos en la sociedad boliviana, fonnularemos algunas reflexiones a modo de conclusión. l. Desde el punto de vista económico es evidente que el llamado “ajuste es-

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tructural” —que sigue el modelo continental monitoreado por las instituciones del capital financiero transnacional (FMI, BM, BID) y sus diversos progra- mas-— no solo no ha resuelto la crisis productiva sino que ha profundizado la se- gregación y la exclusión social. El supuesto éxito de la experiencia boliviana en contener la inflación está sostenido por la extensión de la economía de la coca que somete aun más al país a un flujo de capitales comandados por las mafias del narcotráfico internacional. Y en definitiva, ahonda y multiplica la dependen- cia extema. Es una actividad generadora de un excedente que se involucra en el circuito económico-financiero esfumando así su origen espúreo. Y se transmu- ta luego en un factor dinamizador de una economía dependiente de un vector perverso e incontrolable. De una forma u otra subordina a toda la sociedad y se engarza sólidamente en todo el aparato estatal, con su secuela de corrupción y de disgregación social y humana.

Otro aspecto que contribuye a disimular el impacto del shock neoliberal, a diferencia de lo que sucede en otros países latinoamericanos, es el tremendo pe- so que tiene en Bolivia la economía campesina. Existe un alto porcentaje de la población que vive casi al margen de la economía de mercado y en épocas de crisis se recluye en las formas tradicionales de producción para el autoconsumo.

2. La faceta, empero, que abre un sinnúmero de interrogantes es la que ha- ce al porvenir político-social del país andino.

Por una parte es evidente que se ha producido una profunda modificación en la estructura socio-económica y en las instituciones políticas y sociales que o- peraban como mediadoras entre la economía y el quehacer político. La anterior centralidad obrera-minera-popular-campesina que se originara en el modelo de acumulación gestado por la revolución de 1952, ha sido conmovida desde sus cimientos. La Central Obrera Boliviana (COB) depositaria de aquella hegemo- nía, se ha debilitado y su presencia y su poder de convocatoria aparecen clara- mente menoscabadas. Es indudable que se ha debilitado el rol y la fuerza que como interlocutores válidos ante los gobiernos tenían los dirigentes nacionales obreros y campesinos. Los miles de mineros desplazados por la desestatización de las minas de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) han perdido su fuente nutricia y de emisión de la ideología proletaria de tan fuerte impacto en un Estado débil y una sociedad civil gelatinosa. Pero si bien es claro que las al- tas cúpulas dirigentes ya no pueden usufmctuar de esa fuerza social frente a las clases dominantes, “sería un absurdo —como bien apuntaba en otro momento René ZavaletaMercado- interpretar al ex-obrero como un no-obrero”.

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En efecto, en el curso de estos últimos años, en medio de grandes luchas de- fensivas y de dispersión de los mineros y sus familias, expulsadas de los cam- pamentos mineros, y de los obreros de sus baluartes barriales tradicionales, los trabajadores más militantes se han ido organizando en un vasto movimiento de estructura local, regional y nacional, de “mineros relocalizados”, que están re- conocidos y afiliados a la COB. A pesar de haber perdido su vínculo orgánico con sus lugares de trabajo y de vida, se consideran y actúan como parte orgá- nica de 'la clase trabajadora. Para ellos su situación de “relocalizados” no ha cambiado la representación que tienen de mismos: vanguardia del proleta- riado boliviano. Esto que puede aparecer como una idealización vanguardista fuera de moda, en realidad es una especie de pretexto, la motivación perento- ria que les permite disputar y ganar con su ejemplo militante y disciplinado el primer lugar en la organización barrial, base insustituible donde se van articu- lando los nuevos actores sociales. En las barriadas populares de las grandes ciu- dades (La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, aun en Oruro) ellos continúan trans- mitiendo su carácter, su cultura, y su disciplina de clase. En lugar de la vieja vin- culación de los mineros, obreros y campesinos que ejercían a través del progra- ma de la COB y del encadenamiento sindical confederal, que buscaba sortear la difícil geografía, ahora existe una conexión física y espiritual en las nuevas barriadas donde se relacionan en la lucha por resolver los problemas más acu- ciantes e imprescindibles de la vida cotidiana en la convivencia urbana.6

3. Este esfuerzo organizativo de los ex-obreros y semi-campesinos (que re- sidiendo en la ciudad no abandonan sus lazos con las comunidades y con sus par- celas) no es un hecho aislado y voluntarista.

Esto se realiza en un riquísimo entramado social de, por ejemplo, cientos de Juntas Vecinales. Estos organismos originados en las nuevas formas de parti- cipación social que creó la revolución del 52, ahora han tomado un nuevo con- tenido como representantes de la población ante las autoridades municipales y Estatales y en la lucha por el habitat y los derechos democráticos y humanos. Valga un ejemplo: en Alto, en 1970 había 12 Juntas Vecinales. Hoy existen 180 para una población de 350 mil habitantes, expresión de otros tantos barrios o vi- llas.

4. Asimismo está el movimiento femenino que se organiza en tomo al con- sumo alimentario, a la producción, ala educación, a los servicios y las organi- zaciones sindicales. La pobreza urbana determina en las mujeres la necesidad de agruparse, de organizarse. Estas organizaciones, en gran medida surgieron

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como fruto de una política asistencialista y como oua forma más de dependen- cia. Cobraron particular giro cuando el período de la UDP como respuesta al boicot de los grandes empresarios en el abastecimienrn a la población. Existen todo un complejo de factores émicos-culturales que determinan la necesidad de la defensa organizada y colectiva de la familia. Cualquiera sea, empero, la in- tensión primera de la creación de estos agrupamientos, lo cierto es que en su de- senvolvimiento, en su interrelación organizativa han ido consolidando su iden- tidad, afirmando su personalidad colectiva.

En La Paz en 1987 existían 1.174 Centros de Madres que agrupaban a 46.960 mujeres. También están los grupos que intercambian alimentos por trabajo que alcanzaban a 150 solo en la capital. Luego tenemos a la Federación de Amas de Casa de los barrios populares, y los Comités de Amas de Casa de mujeres mi- neras, ambas organizaciones inspiradas en lo organizativo y por su interpela- ción al Estado, en el sindicalismo obrero. Tienen como antecedente los Comi- tés de Amas de Casa de los centros mineros que se originan en 1961 y luego se prolongan en la lucha contra la dictadura militar y por la libertad de sus com- pañeros presos. Durante el período de la UDP se formaron, además las agrupa- ciones de Mujeres en Educación Popular que enfocan el problema educativo co- mo una estrategia de sobrevivencia social. De esa misma época datan los Co- mités Populares de Salud, una experiencia de cogestión en todas sus fases: pla- nificación, organización y control.

5. Finalmente, tenemos las organizaciones juveniles que expresan funda- mentalmente al segmento etario de los 15 a los 24 años que en el caso de El Al- to abarca alrededor del 20 % de la población. Tomando en cuenta a la niñez (de 0 a 14 años) ambos sectores cubren el 62 % de la población alteña. No obstan- te, los fríos datos demográficos nunca reflejan lo que significa ser niño y ser jo- ven en Bolivia: niños que no pueden jugar y jóvenes que antes de serlo deben incorporarse al trabajo para sobrevivir con su familia. A diferencia de sus pa- dres, a través de la educación y de los medios de comunicación, tienen acceso a un mundo y a una escala de valores de la sociedad de consumo que genera en ellos un sentimiento ambiguo, contradictorio, explosivo. Por su origen étnico sienten, además, el rechazo de una cultura criolla y mestiza que les opone una valla de prejuicios sociales de clase y culturales. Esos jóvenes por eso mismo se organizan y luchan. Las agrupaciones juveniles, de ambos sexos, es una re- alidad generalizada. Su objetivo puede ser transitorio o de largo plazo. Reivin- dican sus propias necesidades generacionales, la formación de grupos cultura- les, deportivos, de música rock, de folclore, actividades de subsistencia o pro-

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ductiva de pequeñas empresas, ideológicas o de simples reivindicaciones ma- teriales de sobrevivencia. Sobre todo buscan satisfacer necesidades de comu- nicación, afectivas. Estos agrupamientos en muchos casos son promovidos por centros parroquiales, de agencias no gubernamentales y partidos políticos.

El gran reto para esta juventud pobre, segregada v excluída radica en forjar su propia identidad solidaria, colecuva o dejarse al víIlal' por los cantos de si- rena del mercado salvaje, individualista, violento que les ofrece el camino del “éxito” individual, la droga y el narcotráfico; la formación de grupos depreda- torios típicos del pandillerismo urbano, que también existen.

6. Los tres vectores que hemos reseñado —ex-mineros, obreros y campesi- nos; el movimiento de mujeres, y la juventud urbana de los barrios marginales, confluyen en la configuración de nuevas mayorías que tienen como conflicto básico el dejarse dominar por las ilusiones aleatorias de un mercado con todo su salvajismo y secuelas de disgregación social y familiar, o fortalecer la vida orgánica, integradora de la sociedad solidaria que buscan y están construyen- do.7

El neoliberalismo y la “modernidad” los han expulsado de sus antiguos en- claves andinos o de las comunidades de la puna, no obstante ahora se reencuen- tran y reconocen en la búsqueda de una nueva identidad solidaria para enfren- tar los avatares de la sobrevivencia en los suburbios de los grandes centros ur- banos.

Todo este entramado que recoge las mejores tradiciones colectivas de par- ticipación social de la historia de las luchas solidarias del pueblo pobre, tiene co- mo punto de referencia cercano y vivido, la resistencia callejera a la dictadura de Banzer; son las mismas masas urbanas que en noviembre de 1979 frustraron el golpe cruento del coronel Natusch Busch; las luchas obreras y levantamien- tos campesinos que enfrentaron las medidas económicas del gobierno de Lidya Gueiler; las luchas que finalmente coadyuvaron a la apertura democrá- tica que permitió a Siles Zuazo y la UDP reconquistar, dos años después, el triunfo electoral de 1980. Los sindicatos y la COB hegemonizaron ese movi- miento, pero el peso específico del movimiento obrero organizado no era sufi- ciente para tales gestas democráticas y semi-insurreccionales. La memoria co- lectiva de mineros y obreros, de los militantes campesinos y del pueblo pobre se proyecta hoy en estos nuevos movimientos sociales que no compiten ni se en- frentan con los anteriores sino que buscan su articulación orgánica.

7. ¿Cómo se conjuga este amplio movimiento social con la actividad polí- tica de los partidos? Sin duda, el ascenso de Paz Estenssoro, la tecnoburocra-

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cia y los modemizadores de Paz Zamora, se apoyaron en el desplome del pro- yecto populista y refonnista de la UDP. La derrota consiguiente del movirnien- to de masas abrió espacios a quienes buscan fortalecer la institucionalidad del Estado burgués que siempre fue precaria en Bolivia. Y como apoyatura ideo- lógica tratan de redescubrir las virtudes de la democracia representativa como expresión superior de la cultura política ciudadana en contraposición a las for- mas plebeyas de la democracia de masas. Sin embargo, la historia política de Bolivia es muy rica en ejemplos demostrativos de que los momentos más de- mocráticos y participativos para las masas siempre han sucedido con gobiernos de facto bajo la presión de la lucha popular.

8. Bolivia es una nación en formación en una etapa histórica donde las fron- teras nacionales son avasalladas por la internacionalización dela economía y la política. De ahí su dificultad e imposibilidad de consolidar un poder constitu- cional burgués, más allá del rol coactivo de la violencia mon0polizada. El po- der ejercido consensualmente a través de las instituciones públicas tiene como contrapartida el poder directo que ejercen cotidianamente las instituciones de la sociedad civil, tanto de las clases dominantes como los organismos popula- res de las clases subordinadas. En ese marco la democracia representativa en- cuentra que la desigualdad y segregación que se vive en la vida cotidiana im- pide que se desarrolle y floresca la ideología de la igualdad en el voto ciudada- no. El gobierno de las élites dirigentes choca con el trasfondo histórico de la de- mocracia comunitaria de las asambleas étnicas de aymaras, quechuas, tupi-gua- raníes y otras etnias. No es casual que al tiempo que se pretende sacralizar la ins- titucionalidad del poder burgués, se asista a una revalorización de las asamble- as de las nacionalidades en su configuración étnico-cultural y en su función de organizadoras de la producción y de un proyecto de nación multinacional. Las peculiaridades del altiplano andino de difícil ecología y complejo manejo co- mo ámbito productivo han dejado su sello en la organización social y económi- ca, y en la valorización de la democracia de las asambleas donde toda la fami- lia, de una u otra fonna, participa en las determinaciones y resoluciones últimas. Todo este complejo de tradiciones que se transmiten metamorfoseadas en una masiva organización sindical campesina y obrera, explican la fuerte tendencia a la vida colectiva, a la prosecución de soluciones grupales y solidarias que sub- yacen a toda institucionalidad de una democracia impostada“.

¿Cómo se expresará en las luchas políticas por el gobierno y el poder todo ese entramado social que se está configurando? Eso ya depende de que la fuer- za y la capacidad de los que luchan se vaya articulando en proyectos altemati- vos. Ahí jugarán un papel fundamental los dirigentes populares y los intelectua-

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les orgánicos en orquestar ritmos y modos diversos en una confluencia centra- lizada y orgánica.

Montevideo, febrero de 1991.

NOTAS

1. Este apartado y el siguiente está elaborado con base en el trabajo de Carlos Toranzo Nueva De- recha .y Desproletarización en Bolivia. Et Al con Mario Arrieta, UNITAS-ILIDIS, La Paz, 1989.

2. Jaime Paz Zamora fue elegido presidente por decisión congresal con los votos de ADN de Ban- zer. Las elecciones fueron ganadas por el MNR, segundo ADN y tercero el MIR de Paz Zamora.

3. Este apartado y el siguiente se redactó tomando corno base la investigación Alvaro Aguirre, Carlos Villegas y José Luis Pérez NPE: Recesión Económica, CEDILA, La Paz, 1990.

4. Ver Carlos Villegas y Alvaro Aguirre, Excedente y acumulación en Bolivia. CEDLA, La Paz, 1989.

5. Los interesados enla situación agraria campesina pueden ver: Washington Estellano Bolivia, Hacia una segunda reforma agraria. Revista Nueva Sociedad, N9 93, Enero-Febrero, 1988.

6. Los datos y la información sobre las organizaciones sociales de El Alto, está basada en el tra- bajo de Godofredo Sandoval y Fernanda Sostres La ciudad prometida, Pobladores y organiza- ciones sociales en El Alto, ILDIS, La Paz, 1989.

7. Ver James Petras Modernidad versus comunidad, Semanario Brecha, ll Enero 1991. Monte- video.

8. Ver Xavier Albó, Bases étnicas y sociales para la participación Aymara, en Bolivia: la fuerza

histórica del campesinado, Comp. Fernando Calderón y Jorge Dandler, UNRISD y CERES, Cochabamba, 1984.

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MERCADO Y PLAN EN LA CRISIS DEL “SOCIALISMO REAL”

Jesús Albarracín

La crisis del llamado “socialismo real” está teniendo unos efectos devasta- dores para la izquierda occidental. Hasta ahora, una parte de la humanidad vi- vía en estados postcapitalistas en los que la asignación de los recursos se efec- tuaba mediante la planificación. El debate sobre su viabilidad quedaba saldadO. por la evidencia de la práctica, por más que todavía quedaran muchos proble- mas por resolver, entre los que la falta de democracia no era el menor. La cri- sis actual ha puesto en duda si no la viabilidad, pues la planificación ha funcio- nado durante más de 70 años, al menos su eficiencia.

El nivel de vida de los países del Este se ha demostrado muy alejado delo que constituyen los standares occidentales. La República Democrática Alema- na, por ejemplo, que constituía el “buque insignia” del llamado socialismo re- al” cuenta con una renta per cápita que, en la valoración más favorable, es me- nos de la mitad del de la República Federal Alemana y no llega al 70% de la del Estado español‘. Además, se ha producido una desarticulación completa de la planificación que ha llevado a que la producción sea incapaz de satisfacer inclu- so las necesidades que la población puede pagar porque cuenta con capacidad adquisitiva para ello.

Esta crisis está dando pie para una fuerte ofensiva ideológica de cara a los trabajadores de los países occidentales. El fracaso económico de la URSS y de los países del Este se está presentando en el Oeste como una prueba palpable de la primacía del mercado sobre la planificación y del capitalismo sobre el socia-

"' Publicado en TEMA 79 - Barcelona, Noviembre 1990

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lismo. Se idealiza el mercado: presentándole como de libre competencia, per- fecto, justo, ajeno a la división de la sociedad en clases; exculpándole de pro- vocar crisis periódicas, paro en los países industriales y hambre en el tercer mundo; por último se le contrapone no a la planificación socialista, si‘no a la bu- rocrática, desequilibrada, plagada de corrupción e ineficiencia que realmente ha existido en los países del Este. La pregunta que parece flotar en el aire no es si la economía de mercado es mala, sino si la planificación no es peor.

El socialismo exige haber derrocado al capitalismo a nivel mundial y un de- sarrollo de las fuerzas productivas que permita que la escasez no sea un proble- ma fundamental. Mientras esto ocurre, una vez derrocado el capitalismo en un país, el problema es organizar la economía del período de transición, esto es, po- ner en pie la planificación socialista. Es a la luz de ella, enla que la más amplia democracia juega un papel central, y no de la idealizada eficiencia de la econo- mía de mercado, como hay que valorar la crisis de los países del Este y el pa- pel que puede jugar el mercado y la planificación en la solución de la misma.

l. La crisis de la planificación burocrática

Un factor esencial de la crisis por la que atraviesan la URSS y los países del Este es el aspecto acumulativo de los fracasos económicos, que se ha traduci- do en un descenso progresivo del ritmo de crecimiento. Mientras que antes de 1960, la economía soviética creció a ritmos superiores al 6% anual, en la déca- da de los setenta lo hizo al 3% de media al año, en el período 1980-85 lo ha he- cho al 2,4% y en la actualidad el crecimiento puede ser nulo, si no negativo. Si se comparan estos datos con los de Estados Unidos, la URS S tuvo un crecimien- to superior hasta 1975 y prácticamente similar en el período de 1975 a 1985 (2,7% anual de EEUU frente a 2,5% de la URSS), pero, en todo caso, las “re- alizaciones” de la economía soviética no han permitido alcanzar a los Estados Unidos, como se propusieron primero Kruchov y después Bresnevz.

Durante los últimos años, el menor crecimiento ha ido acompañado de una agudización de los desequilibrios fundamentales de la economía. En la Unión Soviética, la oferta de mercancías y servicios es insuficiente para abastecer la demanda que se puede expresar porque existe capacidad adquisitiva para ello y este desequilibrio es creciente’. De darse en un país capitalista, dicho desequi- librio se habría traducido en una inflación galopante al estilo de las que se dan en Latinoamérica pero, en un sistema con planificación burocrática, en el que los precios no se fijan por el mercado, se ha traducido en una penuria crecien- te de mercancías de consumo. Al insatisfactorio nivel de vida existente, se le ha

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unido una crisis que ha aumentado el malestar social y todo parece indicar que la Perestroika ha contribuido a agravarla.

Esta crisis es el resultado de la quiebra de los antiguos mecanismos de pla- nificación burocrática, que arrancan de los primeros planes quinquenales. Sta- lin concibió la economía soviética como una gran empresa en la que el centro impone los objetivos de producción, asigna los recursos productivos y planifi- ca las producciones físicas a un nivel de detalle considerable (cerca de 20 mi- llones de productos). El órgano encargado de esta tarea es el Gosplan. A partir de aquí,- todos los agentes económicos a todos los niveles (centrales, de cada una de las repúblicas, locales, directores de empresas, etc.) se limitan a obede- cer y su tarea consiste en hacer que se cumplan los planes. Se trata de una eco- nomía hipercentralizada y altamente jerarquizada (una economía dirigista o de “ordeno y mando”, como la llaman) en la que la gestión se valora no en función de la reducción de costes que se haya realizado, de la mejora que se haya con- seguido en la calidad de los productos o del grado de satisfacción de las nece- sidades de la población, sino del grado de cumplimiento del plan. A lo largo de sus sesenta años de vida, este esquema ha sufrido algunas reformas importan- tes pero, en lo sustancial, puede ser descrito como se acaba de hacer. Este sis- tema, como se verá, muy alejado de la verdadera planificación socialista, tiene consecuencias negativas y es profundamente ineficiente“.

a) Responde a los intereses de la burocracia, no de la sociedad en su conjunto.

Por un lado, es imposible planificar de forma burocrática una economía con 20 millones de artículos. El Gosplan no puede establecer a priori los equilibrios entre la demanda y la oferta de cada uno de estos artículos y mucho menos con- trolar el cumplimiento del plan pues la tarea es faraónica y, aunque fuera teó- ricamente posible hacerlo centralmente, lo que es dudoso, pues la producción es un fenómeno social y la sociedad cambia continuamente, no existe la capa- cidad técnica para hacerlo eficientemente.

Pero, por otro lado, no es ni necesario ni deseable. No es necesario, pues con un volumen de decisiones sustancialmente menor, relativas a la tasa de acumu- lación, la distribución de la misma entre los diferentes sectores, las produccio- nes fundamentales, etc. se puede planificar una parte considerable de la econo- mía con muchísimo menos esfuerzo y coste y más eficacia. No es deseable, pues supone que aquellos que deciden qué producir, cómo producir y para quién pro- ducirlo cuentan con un poder equivalente al de la burguesía en un sistema ca-

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pitalista que tenderán a usarlo para sí, creando un sistema de privilegios que les permita perpetuarse en el poder.

Este sistema de planificación, que se corresponde a la sociedad del “gran hermano”, muy alejada del socialismo, es el que conviene a la buroCracia, pues le permite tener privilegios materiales, un gran poder, prestigio y rentas más e- levadas, controlar la producción y el territorio, ser quien toma las iniciativasy seleccionar los miembros del aparato y los administradores.

b) Favorece la ineficiencia y la dilapidación de recursos

En una empresa capitalista, la búsqueda del máximo beneficio lleva a los di- rectores a intensificar la utilización de los factores productivos de modo que sus intereses individuales coinciden con los del capitalismo en su conjunto, pero con ia planificación burocrática no sucede lo mismo. La burocracia en su con- junto tiene interés en conseguir la máxima producción y utilizar racionalmen- te los recursos, sin embargo, para los directores de empresa lo importante es cumplir el plan, no importa cuál sea la calidad de los productos y con qué cos- tes. Esto tiende a dificultar el crecimiento de la producción, pues el plan es más fácil de cumplir si la producción es menor que la posible, y favorece el derro- che de recursos productivos, pues cuanto más maquinaria y más mano de obra se disponga mejor. La consecuencia es una baja rentabilidad de las inversiones (la misma producción se podría conseguir con mucha menos maquinaria), un derroche de energía y materias primas y una productividad de la mano de obra muy baja. La ineficiencia se ve agravada por un fenómeno adicional: los direc- tores de empresa tienden a acumular stocks de productos terminados para ha- cer frente a un eventual descenso de la producción que les impida cumplir el plan, y de materias primas, piezas de recambio y maquinaria, para hacer fren- te a los estrangulamientos que normalmente se producen en el abastecimiento, con lo que para la misma producción se termina realizando una inversión muy superior a la necesaria. Finalmente, el objetivo de cumplir los planes de produc- ción cueste lo que cueste lleva a la utilización de métodos de producción fuer- temente contaminantes.

c) Desincentiva la productividad

La naturaleza de la planificación burocrática lleva a unas relaciones obreros- directores de empresa muy particulares“. Como el empleo no cuesta nada y per- mite cumplir el_plan mejor, los directores de empresa demandan una cantidad

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de mano de obra muy superior a la necesaria, por lo que al final se produce una “penuria de empleo” (la suma de las previsiones de empleo de las empre- sas es mayor que el total de la mano de obra disponible). Los obreros se bene- fician así de la seguridad en el empleo, pues aunque legalmente pueden ser des- pedidos pueden “votar con los pies”, esto es, irse a otra empresa. Esto crea unas relaciones de complicidad con la dirección que no favorece la productivi- dad: los directores no tienen interés o medios de aumentar la productividad y los obreros tienen una actitud muy ambivalente de cara a la dirección: tienen un tra- bajo sucio y penoso, y los “cuellos blancos” despachos limpios y “no trabajan” pero no obligan a aumentar los ritmos de producción.

Por otra parte, la falta de democracia, los privilegios de la burocracia y la co- rrupción destruyen los incentivos para que los trabajadores aumenten la produc- tividad: “ellos hacen como que nos pagan y nosotros como que trabajamos”. Es- te último factor tiene una gran importancia en el descenso de la productividad e, incluso, ha llevado a pequeños robos por parte de los trabajadores pero tan ge- neralizados que han adquirido una entidad enorme.

d) Favorece la economía sumergida y la corrupción

La planificación burocrática produce unos desequilibrios graves: escasean unas mercancías mientras existen excedentes de otras, hay una distorsión com- pleta de los canales de distribución, etc. Ante las dificultades en el aprovisio- namiento surgió una espesa red de relaciones informales e ilegales, pero forzo- samente toleradas, de trueque entre dirigentes de empresas. En un principio, es- to se tradujo en una serie de sobornos en forma de regalos, pero poco a poco los encargos de las empresas productoras siguieron cada vez más el principio del máximo beneficio del comerciante, pero no la satisfacción de la demanda. To- do condujo al monopolio del comercio estatal por unos intermediarios en su pro- pio beneficio.

El comercio estatal se convirtió en la principal fuente de beneficios ilega- les y sobre una burocracia cuyo fin principal era la autoprotección y la autorre- producción, aparecieron estructuras mafiosas y de clanes. La consecuencia fue doble: por un lado, se debilitó la relación entre las empresas productoras y la de- manda y, por otra, se debilitó la moral colectiva, por lo que sobre un sistema i- neficiente, la corrupción hizo que la ineficiencia aumentara. Según cálculos no oficiales, los beneficios de la mafia comercial se llegaron a elevar a un 2,5% del PIB, muy poco respecto a los beneficios de un país capitalista, pero mucho res- peto a la distorsión que introdujo en la producción7

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e) Incorrecta elección de las prioridades sociales

El hecho de que una economía capitalista esté regida por el principio del má- ximo beneficio hace que no emplee completamente sus recursos productivos. De esta forma, en una situación de crisis, un aumento de los pedidos de arma- mento, por ejemplo, puede empujar la demanda y contribuir a que se utilicen los recursos que estaban ociosos. A largo plazo, esto no favorecerá la salida de la crisis, pero puede mejorar la situación coyuntura]. Pero en una economía postcapitalista, en la que no rige directamente la ley del valor, los recursos son limitados y si se dedican a una cosa no se pueden dedicar a otra. Por ello, es im- posible mantener un volumen elevado de gastos militares, realizar inversiones productivas y elevar sostenidamente el nivel de vida de las masas al mismo tiempo.

En la URSS, los gastos de armamento8 suponen una absorción importante de recursos productivos, que no pueden dedicarse a inversiones o a incremen- tar el nivel de vida. Los gastos militares se elevan a un 10% del PIB, una cifra inusual en época de paz. Por el lado de las inversiones, se ha producido una erró- nea elección de prioridades (inversiones excesivas en unos sectores e insufi- ciente en otros); como se acaba de mencionar, los mecanismos de planificación han llevado a que tengan una baja rentabilidad, y, desde 1975, la tasa de acumu- lación se ha reducido, como consecuencia de la decisión de dedicar más recur- sos productivos a satisfacer las necesidades de unas masas que cada día reinvin- dicaban más democracia y más bienestar.

Esta contradicción ha hecho imposible la elevación del nivel de vida de las masas y, por el contrario, ha hecho que las mercancías y los servicios esencia- les, no sólo se produzcan en cantidad suficiente, sino que su calidad sea muy de- fectuosa, lo que ha contribuido a agudizar la crisis social.

f) El desequilibrio macroeconómico

La consecuencia fundamental de lo anterior ha sido el abismo que existe en- tre la cantidad de dinero en circulación y la cantidad de mercancías de consu- mo puestas en el mercado. La perestroika ha contribuido a profundizar aún más este abismo.

Algunos hechos demuestran que la situación de la oferta ha empeorado“. No teniendo la posibilidad de corregir los precios de los artículos aislados confor- me a los gastos y a la demanda, las empresas no aceptan la producción de mer- cancías no rentables; la campaña antialcohólica de 1985 redujo los ingresos fis-

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cales, por la reducción de la producción que implicó, e incrementó los benefi- cios de las destilerías clandestinas, que hicieron desaparecer el azúcar del mer- cado para ferrnentar las patatas; la campaña de 1986 contra los ingresos injus- tificados sólo afectó a los campesinos que vendían sus productos en el merca- do libre y redujo la oferta de alimentos; la limitación de las importaciones de consumo agravó la escasez, etc. El resultado es que la tasa de crecimiento eco- nómico entre 1986 y 1988 se estima en un 4%, o sea, alrededor de un 1% al a- ño, una cifra que está en el límite del error estadístico.

Por otro lado, ha aumentado la cantidad de dinero. Por una parte, los más op- timistas estiman que los‘salarios han crecido 'el doble que la productividad, co- mo consecuencia, entre otras cosas, de la política de las empresas que buscan contentar a sus obreros. Por otra parte, el déficit del presupuesto del Estado ha empeorado”.

La consecuencia ha sido la desaparición de los mercados de consumo, la im- plantación gradual de las cartillas de racionamiento, el florecimiento del mer- cado negro y la economía sumergida y, en consecuencia, un descontento cre- ciente y la sensación, cierta, por otra parte, del fracaso de la planificación. Se ha producido, además, una febril emisión de papel moneda para cubrir el défi- cit presupuestario, que ha provocado una fuerte depreciación del rublo.

2. La reestructuración económica

La política de la burocracia para remontar la situación actual tiene dos com- ponentes: por un lado, hay que proceder a una reestructuración económica que corrija los problemas actuales de la economía soviética (la perestroika), por o- tro, esto no es posible sin abordar al mismo tiempo algunas reformas políticas que introduzcan transparencia (la glasnost).

La primera razón de la Perestroika, esto es, de la reestructuración económi- ca, es la necesidad de mejorar los resultados de un sistema que se ha converti- do en un obstáculo para cualquier progreso posterior“. Para los economistas de la Perestroika, el deterioro de la situación tiene sus causas en la falta de corres- pondencia entre las formas de planificación y el creciente volumen de la pro- ducción, por una parte, y en el estancamiento de la producción debido a los ma- los resultados de la productividad, por otra. En consecuencia, la solución del problema pasa por:

a) Acabar con la planificación ultracentralizada de la economía introducien- do en la gestión de la producción elementos de mercado: estableciendo la au- tonomía de las empresas y su gestión con criterios de mercado; una gestión más

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eficaz de la mano de obra que acabe con la penuria crónica actual y que se tra- duzca en un aumento de la productividad, es decir, el fin de la seguridad en el empleo”; la reforma de los precios, eliminando las subvenciones, liberándolos y haciendo que se aproximen a sus valores de mercado, y reforrnando los sala- rios de forma que sirvan para favorecer el incremento de la productividad. Evidentemente, esto incluye un cierto grado de privatización de la economía y la creación de un mercado real.

b) Relanzar el crecimiento realizando menos inversiones, pero racionalizán- dolas. Esto exige primar la inversión en la fabricación de maquinaria y en la in- vesti gación científico-técnica e introducir elementos de racionalidad en la pro- ducción mediante una mayor “disciplina” para conseguir una mayor economí- a de energía y materias primas, un empleo más racional de equipo, la reducción de los pedidos de bienes de inversión para realizar el plan y el aumento dela pro- ductividad de la mano de obra.

c) Poner en marcha un juego centralizado de palancas económicas, para di- rigir la economía, similares en una buena parte a las que utilizan los gobiernos de los países capitalistas: el coste de los recursos financieros, los impuestos, la fijación central de normas, una política de subvenciones, un número limitado de precios claves que serán administrados y el, control del comercio exterior.

Gorbachov representa el ala más lúcida de la burocracia, que ha tomado con- ciencia de la gravedad de la crisis en que la gestión burocrática ha sumido a la URSS. Trata de salvar al régimen burocrático, no derrocarlo, buscando una combinación entre los mecanismos de mercado y la planificación. Es lo que han llamado en algunas ocasiones “planificación socialista de mercado” y, en otras, “economía de mercado regulada”. Pero cuenta con la oposición de una parte de la burocracia, que ve cómo puede perder sus actuales privilegios y el poder po- lítico. Por ello debe de movilizar una cierta base social, creando entre los tra- bajadores el compromiso necesario para el éxito de la reforma, a través de la transparencia, la introducción de garantías legales contra los abusos dela buro- cracia, mecanismos electorales, un cierto pluralismo político, etc. Por eso, el as- pecto más original de la Perestroika es la relación que existe entre la reforma e- conómica y la democratización.

Hasta ahora, las reformas sólo han contribuido a agravar la situación mate- rial de los trabajadores y la profundización diseñada por los economistas de la Perestroika las agravará aún más. Ello es así porque el mercado no es la alter- nativa a los desastres actuales de la planificación burocrática. No es con más mercado, sino con más democracia y con un cambio cualitativo en la planifica- ción como la situación puede remontarse.

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3. El socialismo en Marx

Marx y Engels no desarrollaron ninguna idea sistemática sobre la organi- zación de la economía después del derrocamiento del capitalismo. Pensaban que no era posible formular un esquema acabado para la futura sociedad por- que su organización económica y social dependería de las condiciones que se dieran al comenzar a construirla. Pero eran perfectamente conscientes del pro- blema de la asignación de los recursos productivos en una economía socialis- ta y en El Capital y La Crítica al Programa de Gorka, pueden encontrarse al- gunas referencias de cómo pensaban que debería ser la nueva sociedad.

La distinción entre el socialismo, como objetivo final, y la transición al so- cialismo, como problema inmediato, puede encontrarse en Marx. En efecto, por un lado estaría lo que Marx denominó “fase superior del comunismo”, “segun- da fase del comunismo” o “comunismo en sentido estricto”, que se correspon- de con lo que actualmente se entiende como “socialismo”, es decir, una socie- dad en la que se ha superado la escasez y, por tanto, se puede proceder a lo que Bertrand Russell denominó “reparto libre” (Roads of freedom. Londres, 1919).

Para Marx, “en la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya de- saparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y en ella, la oposición entre trabajo intelectual y trabajo manual; cuan- do el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vi- tal; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus espectos crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de 1a ri- queza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizon- te del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidadesl”.

Pero, por otro lado, los problemas actuales no son éstos ya que “de lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que acaba de salirprecisamente de la sociedad capita- lista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña pro- cede”. (El subrayado es de Marx).

Es decir, Marx distingue una “primera fase del comunismo”, que también denomina “etapa socialista”, que se correspondería con la transición al socia- lismo, tal y como la entendemos hoy día. En esta etapa de transición al socia- lismo, no se parte de la abundancia y, por tanto, el cálculo económico y la dis- tribución son problemas básicos. El primer problema que se plantea en estas so- ciedades de transición es la determinación de la parte del producto social que

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se debe destinar a servir de medios de consumo. Esta parte se obtiene deducien- do del producto social global: la reposición de los medios de producción con- sumidos, los fondos de reserva o de seguro contra accidentes, calamidades, etc. y la parte que se dedique a acumulación para ampliar la producción en el futu- ro.

Estas deducciones “constituyen una necesidad económica y su magnitud se determinará según los medios y fuerzas existentes, y en parte, por medio del cálculo de probabilidades; lo que no puede hacerse de ningún modo es calcu- larlas partiendo de la equidad”.

Pero, en una sociedad de transición al socialismo, el resto que se obtiene des- pués de las deducciones anteriores no debe constituir los medios para satisfa- cer el consumo individual, pues antes hay que deducir:

“Primero: los gastos generales de administración no concernientes a la pro- ducción. En esta parte se conseguirá, dede el primer momento, una reducción considerabilísima, en comparación con la sociedad actual, reducción que irá en aumento a medida que la sociedad se desarrolle.

Segundo: la parte que se destine a la satisfacción colectiva de las necesida- des, tales como escuelas, instituciones sanitarias, etc. Esta parte aumentará con- siderablemente desde el primer momento, en comparación con la sociedad ac- tual y seguirá aumentando en la medida que la sociedad se desarrolle.

Tercero: los fondos de sostenimiento de las personas no capacitadas para el trabajo, etc., en una palabra, lo que hoy compete a la llamada beneficiencia o- .ficial”.

La distribución individual de los medios de consumo se rige por “el mismo principio que en el intercambio de mercancías equivalentes: se cambia una can- tidad de trabajo, bajo una forma, por otra cantidad igual de trabajo, bajo otra for- ma distinta”.

A cada trabajador, “la sociedad le entrega un bono consignando que ha ren- dido tal o cual cantidad de trabajo (después de descontar lo que ha trabajado pa- ra el fondo común), y con este bono saca de los depósitos sociales de medios de consumo la parte equivalente a la cantidad de trabajo que ha rendido. La mis- ma cuota de trabajo que ha rendido a la sociedad de una forma distinta”.

La distribución se realiza a través de mecanismos de mercado, pero en el se- no de una sociedad colectivista en la que los medios de producción son colec- tivos, la distribución que se realice con esos criterios es muy diferente a la que se realiza en el capitalismo: “El modo de producción capitalista descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los

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que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los elementos de producción, la ac- tual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones naturales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría por solo, una distribución de los medios de consu- mo distinta de la actual”.

Y Marx recalca, “El socialismo vulgar (y por medio suyo, una parte de la de- mocracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que está dilucidada, desde hace mucho tiempo, la verda- dera relación de las cosas ¿por qué volver a dar marcha hacia atrás?

4. El mercado en el capitalismo

Economía de mercado y capitalismo son sinónimos. Ambas expresiones se refieren al modo de producción cuyo objetivo principales producir mercancí- as para ser vendidas en el mercado y obtener un beneficio con su venta. Este mo- do de producción, vigente desde hace solo algo más de dos siglos, ha represen- tado un enorme paso adelante para la humanidad, de forma que hay que comen- zar reconociendo .sus conquistas históricas.

Para sus partidarios, el capitalismo es un gran aparato productor de bienes destinados a la satisfacción de las necesidades humanas, es decir, la producción no tiene como objetivo obtener un beneficio, sino satisfacer el consumo, y el mercado es un mecanismo perfecto de asignación de los recursos productivos, que permite obtener la máxima satisfacción de las necesidaes. La demanda de las mercancías expresa las necesidades de la sociedad y orienta las decisiones de los empresarios qúe contratan “factores productivos” (tierra, trabajo y capi- tal) en el mercado libre para satisfacerla. La oferta y la demanda determinan pre- cios de equilibrio que permiten a los empresarios eficientes reponer los medios de producción utilizados y retribuir a los factores productivos pagando salarios al trabajo, rentas a la tierra y un beneficio al capital como recompensa de la es- pera. Todos los factores tienen una fuerte renta, cuya suma es el ingreso de la colectividad, esto es, la renta nacional. Una parte de esta renta se gasta en de- mandar bienes y servicios de consumo y el resto lo constituye el ahorro, con el que se financia la nueva acumulación de capital que permite expandir la produc- ción en el tiempo. Este esquema, oculta e invierte el contenido real del sistema.

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a) La desigualdad social

La desigualdad social es consustancial a la economía de mercado que, ade- más, tiende a ampliarla. Todos los individuos no son iguales sino que existen dos clases sociales fundamentales: los capitalistas poseedores de los medios de pro- ducción que deciden a qué dedicar los recursos productivos, y los trabajadores, personas que libremente se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo a cam- bio de un salario como medio de subsistencia. Ambas clases ocupan un lugar muy distinto en la producción y en la vida social: los primeros son los que ex- plotan y se apropian del producto excedente, los segundos son los explotados. Además, dentro de los trabajadores, la desigualdad tiende también a ampliarse: entre trabajadores intelectuales y manuales, técnicos y obreros, fijos y tempo- rales, etc. Esta desigualdad social se traduce en una distribución de las rentas que no es equitativa, por lo que los precios de demanda no reflejarán las necesida- des de los individuos, han de prescindir de bienes de primera necesidad, y de los pocos, que viven lujosamente.

El mercado necesita la desigualdad social pero, al mismo tiempo, es un me- canismo que parece legitimarla. En los modos de producción anteriores, la cla- se dominante obtenía el producto excedentepor la vía de la coerción. En el ca- pitalismo lo obtiene a través del mercado: poseyendo los medios de producción, un contrato libre e igual para canjear salarios por fuerza de trabajo permite ob- tener el producto excedente. Por eso el mercado está íntimamente ligado a la sal- vaguarda de la propiedad privada y al Estado como garante de la producción ca- pitalista.

b) La eficiencia del mercado

El problema central de toda sociedad es la escasez, es decir, el hecho de que los recursos disponibles son insuficientes para satisfacer las necesidades socia- les. La ley del valor es el mecanismo objetivo que gobierna el intercambio de mercancías en una economía capitalista y, por medio de ellas, el reparto del tra- bajo y de todos los recursos disponibles entre las diferentes ramas de actividad. Bajo los efectos de las fluctuaciones que se producen en la demanda y en la o- ferta, los precios de las mercancías se separan de su valor (del trabajo que lle- van incorporado). Estas desviaciones son un indicador para el productor de cua- les son las mercancías que sobran o que faltan en el mercado en relación a la de- manda. Dado que el capitalista va buscando el máximo beneficio, el capital se desplaza hacia aquellas ramas que tienen una desviación más alta respecto a su

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valor, produciéndose hacia ellas el desplazamiento de la producción, el traba- jo y los recursos disponibles. De esta forma se garantiza que el trabajo social- mente necesario se dedique a la producción de mercancías que satisfagan las ne- cesidades que expresa el mercado, aunque cada productor individual no conoz- ca qué necesidades precisas debe satisfacer su producción. En esto consiste, en sustancia, la eficiencia del mercado.

Sin embargo, el mercado asignará los recursos disponibles para satisfacer sólo las necesidades que se pueden expresar porque alguien paga por ellas y a condición de que alguien obtenga un beneficio en su satisfacción. En la econo- mía de mercado actual se busca la eficiencia y los equilibrios económicos, pe- ro no importan los costes sociales. El hambre en Etiopía o la pobreza en los pa- íses desarrollados, por ejemplo, se consideran una consecuencia inevitable, que se resuelve (muy insuficientemente), no a través del mercado, sino con caridad, asistencia social, etc.

Por otra parte, las necesidades no preceden a las decisiones de producción, sino al contrario, primero se realiza la producción y después se comprueba si es coherente con las necesidades que expresa el mercado. La asignación de recur- sos se realiza “ex post”, esto es, el mercado funciona indicando a los capitalis- tas que se han equivocado cuando ya es demasiado tarde. Nada garantiza que la suma de las decisiones individuales de los empresarios coincida con las ne- cesidades globales de la sociedad. Es decir, el carácter anárquico de la econo- mía capitalista, basada en la primacía del individuo, contrasta con el carácter ob- jetivo que tiene la producción, puesto que debe satisfacer las necesidades glo- bales de la sociedad. La consecuencia es una inevitable dilapidación de recur- sos y la aparición de crisis industriales periódicas derivadas de una tendencia objetiva a la sobreproducción, que frenan el desarrollo de las fuerzas produc- tivas.

Finalmente, la búsqueda del máximo beneficio obstaculiza el desarrollo de nuevos productos y nuevas tecnologías cuando éstas no son rentables (como o- curre con la energía solar), impide el aprovechamiento racional de los recursos existentes y tiene efectos destructivos (progresiva destrucción del medio am- biente, desarrollo de industrias de armamentos y de tecnologías peligrosas, co- mo la nuclear, etc.).

c) El “capitalismo real”

Los teóricos del mercado no incluyen en sus análisis el carácter histórico de la economía capitalista. Cuando proponen medidas políticas son, por supues-

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to, mucho más realistas, pero esto es porque una cosa es que sus teorías hagan abstracción de las clases sociales y otra muy diferente que no sepan que exis- te y no las consideren. Por eso, a los esquemas ideales de libre competencia que utilizan debe contraponerse también el mercado existente en el “capitalismo real””.

El mercado puede ser de libre competencia, de monopolios, de multinacio- nales, etc. y en todos ellos la asignación de recursos se hace ex post, pero no con la misma eficiencia capitalista. La inflación galopante en América Latina, por ejemplo, y particularmente en Argentina, se produce en una economía de mer- cado, pero ¿alguien estaría dispuesto a hablar de la eficiencia del mercado en es- te caso? Puede coexistir con autocracias o con formas avanzadas de democra- cia parlamentaria y su funcionamiento no es el mismo. En Chile, por ejemplo, ¿el saneamiento relativo que se ha producido en su economía se debe a las vir- tudes del mercado o a la forma represiva con la que la dictadura de Pinochet ha forzado la extracción del excedente? Puede agravar la miseria de amplias ma- sas (como ocurrió en los siglos XVIII y XIX y ocurre en el tercer mundo hoy) o permitir aumentos sensibles del nivel de vida medio (como sucedió en los pa- íses occidentales en los 30 años previos a la I guerra mundial y en los 25 años posteriores ala segunda). Situaciones tan diferentes no pueden explicarse so- lamente por el mercado.

Para su funcionamiento, el capital recurre cada vez más a mecanismos que no son los del mercado. La sanidad y la seguridad social, conquistas de los tra- bajadores, son necesidades que en los países occidentales se cubren sin nece- sidad de que alguien pague directamente un precio. Se ha producido una reduc- ción drástica del trabajo asignado en el mercado respecto al trabajo asignado di- rectamente, como consecuencia de que las empresas cada vez más acuden a la planificación. En la época de las multinacionales, la planificación de la produc- ción se hace internacional y afecta a múltiples empresas.

5. El mercado en la transición al socialismo

En el comunismo esto es, en la “sociedad de productores libres asociados” a la que se refería Marx, no existirá ni mercado, ni dinero. La satisfacción de las necesidades se realizará mediante lo que Bertrand Russell llamaba el “reparto libre”: la población accederá a los bienes materiales y los servicios sin pagar un precio por ellos, algo así como lo que ocurre en la actualidad en la seguridad so- cial, en la que no hay que pagar un precio por los servicios del médico. No se trata de una sociedad sin ninguna escasez, lo que es imposible de conseguir, si-

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no de una situación en la que se ha alcanzado un desarrollo de las fuerzas pro- ductivas y un tipo de cultura humana tal que impera una abundancia suficien- te como para satisfacer ampliamente la mayoría de las necesidades fundamen- tales y secundarias de la población. La producción seguirá siendo insuficiente para satisfacer todas las necesidades de forma libre pero, a partir de unos nive- les de saturación y culturales, que se habrá desarrollado enormemente, dismi- nuirá la demanda de bienes materiales y las necesidades se desarrollarán cada vez más en la dirección de la autorrealización de la personalidad y las activida- des creativas.

Es pues, un objetivo utópico, en el sentido que tiene la utopía para la izquier- da marxista: algo que es posible conseguir pero que requiere haber destruido previamente el viejo modo de producción capitalista y haber desarrollado enor- memente las fuerzas productivas de forma que sea posible una sociedad de a- bundancia. Mientras sobrevivan las relaciones de producción capitalistas a ni- vel mundial, seguirán influyendo de algún modo, ya sea económica, política o ideológicamente. Mientras la escasez sea la norma, esto es, mientras los recur- sos productivos sean insifucientes para satisfacer ampliamente las necesidades sociales, no podrá ser posible el reparto libre. Por eso, una vez que la clase obrera ha tomado el poder y ha derrocado al capitalismo, el problema no es cons- truir inmediatamente la utopía, que no es posible, sino organizar la economía y la sociedad durante un período de transición que conduzca a ella. El problema es el de cómo avanzar hacia el socialismo una vez que se han destruido las re- laciones de producción capitalistas, pero sigue subsistiendo el entramado ma- terial del mismo, su ideología y la opresión patriarcal“.

Mientras haya escasez y no abundancia, es vano intentar suprimir el merca- do completamente. Por un lado, el mercado continuará existiendo para los bie- nes de consumo individual. Esto es así porque el desarrollo insuficiente de las fuerzas productivas hace que la producción no sea capaz de atender a todas las necesidades de la población, por lo que se mantendría vivo el valor de cambio. Cada trabajador continuaría viéndose obligado a cambiar su fuerza de trabajo por un salario, puesto que el salario es la única forma de acceder a los bienes y servicios producidos, que son limitados, y con dicho salario acudirá al merca- do a comprar los bienes de consumo que necesita. El problema no se puede sor- tear, pues si se pagara a cada trabajador no con un salario, sino con “relaciones físicas” o “certificados de ración” aparecería el mercado de los mismos, porque no todos los individuos tienen los mismos gustos o necesidades. Por otro lado, sobrevivirá un mercado real para algunos servicios privados para la pequeña producción mercantil (agrícola y artesanal), etc. que no tiene sentido eliminar.

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El dinero tampoco puede desaparecer y, por el contrario, puede ser un media- dor eficaz en las operaciones microeconómicas. Permite que los trabajadores e- lijan más flexible y libremente su consumo y es un sistema de contabilización más flexible de los costes de producción que si se emplearán horas de trabajo, por ejemplo. En el período de transición, de lo que se trata de evitar es de que el dinero se convierta en capital en manos privadas, no suprimirle, que no es po- sible mientras exista escasez.

Sin embargo, es necesaria una actuación política consciente, pues no se tra- ta de buscar el máximo de mercado, sino el mínimo y, además, hacerle retroce- der progresivamente. Esto exige la limitación de la ley del valor y el cambio de los criterios de eficiencia, de la delimitación de qué necesidades a satisfacer (no determinadas por el mercado sino consciente y democráticamente) y del cálcu- lo económico. Derrocado el capitalismo, el problema no es eliminar completa- mente el mercado, que no es posible mientras haya escasez, sino poner en mar- cha la planificación socialista.

Así pues, la organización de la economía durante el período de transición ha- cia el socialismo supone la existencia de un conflicto entre dos lógicas contra- puestas: la lógica del plan (distribución de los recursos de acuerdo con las prio- ridades conscientemente establecidas por la sociedad) y la lógica del mercado (distribución de acuerdo con leyes objetivas que se imponen a espaldas de los productores). Esta contradicción solo puede ser superada en la sociedad socia- lista. El objetivo del período de transición es avanzar en dicha superación.

6. La planificación socialista

En una economía capitalista, el mercado rige la asignación de los recursos productivos, lleva implícita la desigualdad social y para él no existen las nece- sidades que no puedan expresarse en dinero. Esto es lo que la planificación so- cialista debe eliminar progresivamente: el juego de la ley del valor. Pero el mer- cado es también un mecanismo de distribución entre la población y las empre- sas de los bienes y servicios producidos por la sociedad. En una economía ca- pitalista, esta función está íntimamente ligada a la anterior, porque la distribu- ción no es independiente de las condiciones materiales de producción, que son capitalistas, pero una vez que la producción está en manos de los trabajadores, se ha eliminado la función del mercado como asignador de los recursos produc- tivos y se ha conseguido un avance sustancial en la igualdad social, no hay nin- guna razón para que, durante el período de transición, subsista su función co- mo mecanismo de distribución de los bienes y servicios. En la actualidad, el

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mercado es igual a capitalismo, pero el mercado ha existido mucho antes de que dominara el modo de producción capitalista y seguirá subsistiendo algún tiem- po después de su desaparición. Pero no será un mercado capitalista, porque ya no será el mecanismo fundamental para asignar los recursos productivos a es- paldas de los trabajadores. La planificación socialista implica que la clase obre- ra toma conscientemente ese enorme volumen de decisiones que ahora se rea- lizan a sus espaldas por parte de los capitalistas. La primera decisión a tomar se- ría la proporción de la producción anual que se dedica a la acumulación, esto es, a aumentar la producción en el futuro. En una sociedad en transición al socia- lismo, los recursos no se asignarían por las empresas individuales siguiendo la ley del valor, sino que se asignarían conscientemente por el conjunto de la so- ciedad siguiendo prioridades previamente establecidas.

a) Debe haber un equilibrio entre la tasa de acumulación y el volumen de re- cursos que se dedica a satisfacer el consumo. Una tasa de acumulación excesi- vamente elevada supondría un deterioro en el nivel de vida que afectaría a la pro- ductividad. Una tasa excesivamente reducida supondría una fuerte hipoteca pa- ra el futuro.

b) Determinado por la sociedad el volumen de la acumulación y el objeti- vo dela misma (qué necesidades se tratan de satisfacer), la selección entre po- sibilidades alternativas para cada inversión no se realizaría siguiendo el crite- rio de la ley del valor, esto es, del máximo beneficio, sino siguiendo el criterio del mínimo costo social. En consecuencia, no se debería omitir ningún coste: el coste de la inversión, el coste de la infraestructura que la inversión provoca, los costes derivados del mantenimiento del medio ambiente, los costes socia- les que causará las inversión (escuelas, ambulatorios, etc.). Sin embargo, los costes no determinarán automáticamente la elección de la inversión, pues ha- brá que considerar otra serie de factores dificilmente cuantificables.

c) Las grandes inversiones se decidir-¡an centralmente. Es importante seña- lar que éste es uno de los puntos fundamentales en los que se trata de romper la ley del valor: la planificación debe tener en cuenta la demanda de consumo fi- nal y, por tanto, debe distribuir los recursos de forma que se facilite la adapta- ción rápida de la oferta a la demanda, pero éste no es el criterio fundamental: se trata de alterar la pr0porción entre bienes públicos y privados, considerar las ne- cesidades que no se expresan en el mercado, cambiar los hábitos de la sociedad de forma democrática, etc. Las pequeñas inversiones (de reparación, para au- mentar la productividad, etc.) podrían seguir siendo decididas por las empresas.

Del producto total que queda después de la acumulación hay que descontar

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todavía los gastos del Estado. Desde el primer momento dela toma del poder, el objetivo del Estado obrero es su propia desaparición, de modo que debe ha- ber una tendencia a la disminución progresiva de dichos gastos. Una planifica- ción hipercentralizada e hiperdetallada es, pues, contradictoria con este objeti- vo, en la medida en que fortalece al Estado en vez de debilitarle. En la planifi- cación socialista, hay que combinar el máximo de democracia y coordinación en la adopción de las decisiones fundamentales (pues si no no sería posible la utilización eficiente de los recursos globales de la sociedad) con la máxima des- centralización, esto es, con la máxima aproximación hacia aquellos que tienen las necesidades. Exige, pues, la máxima descentralización del poder.

El resto de los recursos disponibles se dedicaría a satisfacer las necesidades actuales de la población, pero en este terreno, también se trataría de hacer retro- ceder al mercado. En la sociedad actual puede establecerse una jerarquía de las necesidades (fundamentales, secundarias y de lujo) que tiene unas bases fisio- lógicas y socio-históricas. La planificación socialista debe partir de una tenden- cia creciente a la distribución directa de los recursos para satisfacer las necesi- dades fundamentales (reparto directo sin intermedio del dinero); el hecho de que los bienes de consumo fundamentales tengan una elasticidad demanda-pre- cio negativa (el consumo de jabón tiene un límite, por mucho que baje su pre- cio) hace que su consumo no aumente indefinidamente, esto es, las necesidades básicas no aumentan sin límite.

Si la sociedad decide democráticamente dar prioridad a las necesidades fun- damentales se reduce automáticamente los recursos disponibles para la satisfac- ción de las necesidades secundarias o de lujo. En este sentido, hay que señalar 1a eficacia del dinero y el mercado como instrumento para permitir una mayor libertad del consumidor sobre los bienes relativamente superfl uos, en la medi- da en que las necesidades fundamentales están satisfechas. Esto no supone la producción de mercancías, pues no se realiza la misma buscando el máximo be- neficio. En este sentido, respecto a las empresas que las producen, tan negati- vo sería la aparición de pérdidas, pues significarían una dilapidación de recur- sos no planificada que minoraría los que se dedican a la satisfacción de las ne- cesidades sociales decididas democráticamente, como de beneficios, pues su- pondría un precio más elevado que el que determinan los costes y, por tanto, u- na absorción del poder adquisitivo de la población a favor de las empresas que los obtuvieran. Es importante señalar que, en este último caso, la aparición de beneficios podria incentivar el carácter mercantil de la producción, justamen- te lo que se trata de hacer desaparecer. Finalmente, la planificación socialista debe promover una significativa ampliación de la gama de actividades y de las

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relaciones humanas, esto es, debe dedicar recursos para qu‘e crezca la civili- zación.

La planificación socialista está indisolublemente unida a la más amplia de- mocracia. En el capitalismo, el mercado es también un mecanismo a través del cual la sociedad decide qué producir, cómo producirlo y para quién producir- lo. Hay un mecanismo de decisión basado en la ideología de que el consumidor, con su dinero, decide soberanamente qué es lo que hay que producir. Suprimi- do el mercado, quedan una serie de decisiones fundamentales que sólo pueden ser adoptadas democráticamente: qué necesidades sociales a satisfacer, qué combinación entre satisfacción de las necesidades y tiempo de trabajo, etc. N in- guna burocracia puede ser eficiente en la distribución de los recursos de la so- ciedad para satisfacer las necesidades de la misma. Sólo la sociedad en su con- junto, actuando democráticamente, puede conocerlas y decidir cómo satisfacer- las.

7. El cálculo económico

La planificación socialista debe huir de dos extremos. Por un lado, de la bús- queda del máximo de mercado o de la reproducción al máximo de los mecanis- mos de mercado, porque supondría hacer que juegue plenamente la ley del va- lor, reproduciría las viejas formas de enajenación, aumentaría la propensión a defender los intereses privados, estimularía el surgimiento de una tendencia al enriquecimiento privado, etc. Por otro, de una planificación ultracentralizada y superdetallada de las producciones físicas, que no es adecuada a las necesida- des del período de transición, no puede ser eficiente y sólo responde alos inte- reses de la burocracia.

Una vez decidido a priori por la sociedad la tasa de acumulación y su dis- tribución y la proporción de la producción que se dedicará asatisfacer el con- sumo socialista, que se efectuará mediante el “reparto libre” (que incluye lo que en la actualidad se denominan “bienes públicos” —sanidad, educación, seguri- dad social, etc.- pero que conforme el desarrollo de las fuerzas productivas lo vaya permitiendo incorporará bienes que actualmente se compran en el merca- do), aparecerá el primer problema de equilibrio macroeconómico: los fondos monetarios disponibles para el consumo individual se deben de corresponder con la parte de la producción que se dedicará a la misma. Los precios se fi jarán de forma que este equilibrio sea posible. Pero, para que la producción sea efi- ciente, es decir, para que no se dilapiden recursos, es preciso que el cálculo e- conómico ocupe un lugar central.

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En una economía planificada, en la que existiera libre elección de consu- mol 5, el problema del cálculo económico se resolvería con un sistema de ecua- ciones que igualarían las demandas y ofertas de cada mercadería. Teóricamen- te aparecería imposible, pero en la práctica sería factible porque no habría que disponer de una ingente información de todas las ramas de la producción y re- solver millones de ecuaciones. A cada factor se le asignaría el valor dictado por la experiencia histórica. Los directores de las industrias socializadas llevarían a cabo sus cálculos como si las valoraciones provisionales fueran correctas: si el valor atribuido fuera alto, aparecería un excedente del factor y si fuera bajo, un déficit. A través de pruebas sucesivas se llegaría a la valoración correcta. Es- tos precios contables, que serían como los del mercado, producirian las iguala- ciones entre demanda y oferta, aunque a corto plazo, una mala orientación de los recursos (oferta) o una mala distribución de las necesidades (demanda), ha- rían que aparecieran desequilibrios que con método de “prueba y error” se co- rregirán.

Las empresas colectivizadas deberán tener autonomía para este cálculo eco- nómico, de forma que no es el plan central, sino ellas, el que debe realizarlo, pe- ro los métodos con los que se haga estarán basados en los costes, no en los pre- cios. Sin embargo, en una economía planificada, la libre elección de consumo estará limitada por las decisiones previas que se hayan realizado sobre la acu- mulación y el consumo socialista, de forma que los criterios serán diferentes en cada uno de estos sectores. En el sector productor de medios de producción se utilizarán “precios contables” que iterativamente, como se ha descrito más arri- ba, se irán aproximando a los valores de equilibrio. Se trata de tener un méto- do de cálculo para que la producción sea eficiente, no de reproducir los meca- nismos del mercado de forma que la acumulación se dirija a los sectores que éste determina, pues este es uno de los papeles fundamentales de la planificación. El procedimiento será similar en el sector productor de consumo socialista. Sin embargo, en el sector productor de bienes para el consumo individual, no hay ninguna razón para que los precios relativos se ajusten de forma que se cubra la demanda y no aparezcan déficits de producción, pues en su gran mayoría son bienes secundarios y de lujo y se parte de una situación de mayor igualdad so- cial. De todas formas, la planificación deberá tener en cuenta la evolución de los mismos a la hora de asignar los recursos productivos entre las diferentes ramas.

Finalmente queda el problema de los incentivos. En el socialismo, los incen- tivos morales son fundamentales, pero ninguna sociedad puede funcionar per- manentemente sólo con los mismos, por lo que se necesitarán incentivos mate- riales para que aumente la eficiencia de la producción. Si una empresa soc ialis-

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ta consigue reducir sus costes, una parte debe revertir a la sociedad, pero otra puede se'r repartida como primas a sus trabajadores. Esto puede introducir una cierta desigualdad social pero, por un lado, como dijo Marx, en la transición ha- cia el socialismo será imposible eliminar completamente esta contradicción, pues se parte de la supervivencia de la ideología burguesa y, por otro, debe ser corregido en forma no coactiva educando a los trabajadores en el principio de la solidaridad. No hay ningún mecanismo económico que pueda solucionar las diferencias en la productividad que existen entre las distintas ramas producti- vas, zonas. geográficas, etc. Los trabajadores más produCtivos deberán ceder parte de sus mejoras para que los menos productivos, que no lo son por su cul- pa, puedan vivir mejor.

8. La encrucijada del socialismo real

Desde Stalin, la URSS se ha alejado considerablemente de la planificación socialista. Se puso en marcha una planificación ul tracentralizada que respondí- a a los intereses de una casta privilegiada: la burocracia. Si a esto se le une la fal- ta de democracia y la sustitución de la clase obrera por esta capa en la toma de las decisiones económicas, el resultado no podía ser otro que la ineficiencia, el derroche de los recursos, la corrupción y la falta de incentivos para los trabaja- dores. En teoría, el mercado no existe pero, en la práctica, como dice el dicho popular “en el mercado negro de Odessa se puede comprar hasta una bomba a- tómica”.

El alejamiento del objetivo del socialismo llevó a una elección de las prio- ridades muy negativa. Como resultado de la política exterior de la burocracia, una parte enorme de los recursos productivos se dedicó a la carrera de armamen- tos, lo que hizo imposible mantener fuertes ritmos de acumulación y elevar el nivel de vida de la población al mismo tiempo. A partir de mediados de la dé- cada de los setenta, la necesidad de dar satisfacción a las necesidades popula- res llevó a un descenso de la tasa de acumulación, lo que ha venido ahora a a- gravar aún más la Crisis. El resultado ha sido que al insatisfactorio nivel de vi- da se le ha unido una crisis social determinada por la escasez de bienes de con- sumo y el deterioro de los servicios públicos. Esto ha hecho evidente la quie- bra de la planificación burocrática.

La burocracia ha optado por introducir la economía de mercado como reme- dio para remontar la situación, pero esto supondrá un deterioro de las condicio- nes de vida y laborales de los trabajadores aún mayor, la gestión de las empre-

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CRECIMIENTO DEL PIB EN TERMINOS REALES

TOTAL PER CAPITA

1951-73 1974-82 1983-88 1951-73 1974-82 1983-88

Países de! Este

U.S.S.R. 5,0 2,1 1,9 3,6 1,2 1,0 Bulgaria 6,1 2,4 1,4 5,3 2,0 1,2 Checoslovaquia 3,8 1,8 1,8 3,1 1,1 1,4 R. Dem. Alemana 4,6 2,6 2,1 4,9 2,8 2,2 Hungria 4,0 1,9 1,4 3,5 1,5 1,5 Polonia 4,8 0,5 4,2 3,5 —0,4 3,3 Rumania 5,9 3,7 2,9 4,8 2,7 2,5 Yugoslavia 5,7 5,0 0,9 4,6 4,1 0,2 Paises Industriales

Austria 5,3 2,4 2,3 4,9 2,5 2,3 Finlandia 4,9 2,7 3,4 4,3 2,4 3,0 Francia 5,1 2,6 1,8 4,1 2,1 1,3 R. Fed. Alemana 5,9 1,6 2,4 4,9 1,7 2,5 Italia 5,5 2,3 2,7 4,8 1,9 2,5 Japón 9,3 3,6 4,2 8,1 2,6 3,5 Estados Unidos 3,7 1,6 4,3 2,2 0,6 3,3 Fuente: F.M.l.

sas con criterios de mercado, supondrá la pérdida de la seguridad en el emple- o y un aumento del paro que, a fin de siglo, se estima que alcanzará los 18 mi- llónes de personas. La reforma de los precios, esto es, la elevación de los pro- ductos y servicios básicos ahora subvencionados (una de las formas f undamen- tales con las que la planificación burocrática hizo retroceder la ley del valor) su- pondrá una reducción del salario social y una pérdida de la seguridad económi- ca básica que existe en la actualidad. La subida de precios no se verá compen- sada por una elevación paralela de los salarios, pues también se pretende ligar- los al rendimiento individual. Conforme el mercado progreso, en fin, se acen- tuará la desigualdad social y los privilegios de los burócratas se transformarán en beneficios de capitalistas.

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La ideología de que el mercado es la panacea de todos los males se ha ex- tendido entre la clase obrera, pero ésta se opone cada vez que se trata de implan- tar una medida que avance en su realización práctica. Esta contradicción hará que el proceso sea largo y tortuoso y que, a medio plazo, nada se pueda excluir. Ia solución de los problemas de la URSS no reside en introducir el mercado, sino en avanzar en la planificación socialista, que no exige más mercado, sino más democracia. Pero esto sólo se puede conseguir acabando con el poder bu- rocrático.

En la URSS se ha abierto un proceso de lucha de clases entre los trabajado- res y el poder burocrático, que será largo. En él, los trabajadores irán acumulan- do experiencias políticas que elevarán su nivel de conciencia, de forma que es pronto para enterrar a la clase obrera. Porque los trabajadores OCUpan un lugar central en la superación de la planificación burocrática: que se restaure el capi- talismo o, por el contrario, que se avance hacia el socialismo, depende de ellos.

NOTAS

l Según estudios de organismos internacionales, utilizando fuentes estadísticas de ambos países, en 1988, la renta nacional per cápita dela RDA habría ascendido a algo más de 16.000 ostmark y el PIB” per cápita de la RFA a 34.000 deuchmark. Al cambio que se ha fijado para la unifi- cación alemana (l ostmarck = I deuchmark) la renta per cápita dela RDA supone el 47% de la de la RFA y, en dólares, no llega al 70% de la del Estado español. Estas, evidentemente, son unas estimaciones optimistas, pues la paridad 1:1 no es real.

2 La fiabilidad de estas cifras debe ser seriamente cuestionada. Acosturnbrados alas falsificacio- nes estalinistas y a las mentiras de los burócratas, los rusos tienen un chiste amargo: “nuestro pasado es impredecible". Además, no se sabe hasta qué punto las tasas de crecimiento de la pro- ducción incluyen la elevación de precios. Pero todos los economistas soviéticos hablan del “es- tancamiento de los años 60 y 70", de las “dos décadas desastrosas, etc., y es un hecho claro que las diferencias entre los niveles de vida de ambos países son considerables.

3 En la actualidad, se calcula en 500.000 millones de rublos (un equivalente a 850.000 millones de dólares al cambio oficial) los fondos acumulados por empresas y familias que no se pueden gastar porque no existen mercancías para ello. De acuerdo con estudios difundidos en una re- ciente sesión del parlamento soviético, un rublo sólo está respaldado por 18 kopecs (l rubio = 100 kopecs) de bienes.

4 Sobre la experiencia de la planificación en los países del Este véase Catherine Samary: Plani- ficación mercado y democracia. Instituto Intemacional de Investigación y Formación. C under- nos de Estudio e In vestigacio'n NQ 718. Desde una perspectiva más descriptiva véase Carlos Tai- bó: La Unión Soviética de Gorbachov. Madrid, 1989.

5 Los objetivos dela producción son cuantitativos, los planes se hacen mecánicamente sobre la base de la información que facilitan las empresas, que tienden a dar como objetivo la produc- ción conseguida en el último período y el Gosplan no confecciona los cuadros de costes.

6 Un análisis de las relaciones laborales enla URSS puede encontrarse en los artículos de Da-

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vid Seppo: Economía y Sociedad enla URSS de Gorbachov. Inprecor N‘I 58 (enero de 1988) y La Perestroika dentro de las fábricas, Inprecor N9 63 (septiembre de 1988).

V. I. Kutnezsov: Mirada al interior de la Perestroika, Información Comercial Española 1989. Los datos sobre la importancia de los beneficios de la mafia comercial están sacados de aquí. David Seppo: Perestroika y carrera de armamentos. Inprecor N‘l 61 (junio 1988).

Los datos se han obtenido del artículo citado de V.I. Kutnezsov.

El déficit presupuestario alcanza ya al 13% del PIB y, para 1990, se estima que aseienda a 120.000 millones de rublos, lo que al cambio oficial supone 200.0“) millones de dólares, una cifra superior ala del déficit americano con un PIB menor.

Véase David Seppo: Economía y sociedad en la URSS de Gorbachov, op. cit. Un análisis de la Perestroika en sus primeras fases puede encontrarse en los artículos de E. Mandel: Los di- lemas de Gorbachov, Inprecor N9 46 (diciembre 1985) y ¿A dónde va Gorbachov7, Inprecor N9 54 (mayo 1987). La crítica de los argumentos actuales de los economistas de la Perestroi- ka puede encontrarse en: C. Samary. Eficiencia económica y justicia social. Inprecor N' 76 (mayo 1990).

Sobre las repercusiones en el empleo de las reformas económicas, analizadas desde una pers- pectiva de la economía de mercado, véase A. Samorodov. Consecuencias para el empleo de la reestructuración, actualmente en curso en la Europa oriental. Revista Internacional del Traba- jo. Volúmen 108 (1989).

E. Mandel. El mito del socialismo de mercado. Inprecor N9 72 (octubre 1989).

Sobre los problemas de la transición hacia el socialismo, véase E. Mandel: La economía del período de transición. Publicado en: F itty years of World Revolution 1917-1967, New York 1968 (existe traducción castellana). Más recientemente puede consultarse la polémica Mandel- Novec: Alec Novec: La economía del socialismo factible, Madrid, Siglo XXI, y Mercado y so- cialismo, New Left Review, febrero de 1987, y E. Mandel: En defensa de la planificación so- cialista. Inprecor N9 71 (diciembre 1989).

La defensa del socialismo desde posiciones no marxistas se puede encontrar en: F. M. Taylor y O. Lange: La teoría económica del socialismo (Barcelona 1969). Desde una perspectiva mar- xista, véase: M. Dobb: El cálculo económico en una economia socialista (Barcelona 1970) y C. Bettelheim: Problemas teóricos y prácticos de la planificación (Madrid 1962).

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EL PROYECTO TEORICO DE LA “ESCUELA DE LA REGULACION” Algunos Comentarios*

Mario Luiz Possas**

l. Introducción

Dentro de los abordajes contemporáneos no ortodoxos (neoclásicos) de la teoría económica, en particular entre aquéllos que se concentran en el cambio estructural —inclusive tecnológico- y la crisis, ha despertado profundo inte- rés la llamada “Escuela (Francesa) de la Regulación”. Ella se propone tratar en extensión y profundidad teórica los procesos de transformación de la economí- a desde la óptica de la acumulación del capital, empleando categorías y concep- tos que superan el aparato de análisis económico habitual, con inclusión de los elementos que le confieren cohesión social, considerando particularmente el papel del Estado. Su autor básico de referencia, aunque no exclusivo, es Marx con algún apoyo localizado en elementos keynesianos.

Las secciones siguientes tratarán de exponer los conceptos básicos con que trabaja esta corriente, para enseguida pasar a su crítica:

"' Reproducido de Novos Estudos N9 21 - Julio 1988 - CEBRAP - Brasil *"' Profesor del Instituto de Economía de UNICAMP Traducción: Katharina Zinsmeister

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2. La “Escuela de la Regulación”

La mayoría de los componentes de este grupo de autores se identifica como miembro de la “Escuela de la Regulación” (E.R.), lo que hasta cierto punto fa- cilita su caracterización. No obstante, en vista de la relativa diversidad de los te- mas abordados por sus integrantes, será necesario, para ser concisos, centrarnos en el autor o autores que mejor expresan el núcleo teórico de la E.R. Por lo tan- to serán consideradas esencialmente algunas obras de A. Lipietz, complemen- tadas por referencias especificas a M. Aglietta, dejando de lado las contribucio- nes de R. Boyer, B. Coriat, J. Mistral y otros exponentes. Las obras no serán em- pleadas necesariamente en función de su importancia, originalidad o gran divul- gación, sino con respecto a la claridad y sistematicidad con la cual enuncian los elementos centrales del pensamiento de esta escuela. Serán citadas a medida que aportan a los temas enfocados, sin ninguna intención de ofrecer referencias exhaustivas.

2.1. Los Conceptos Básicos

El concepto clave, como era de esperar, es el de regulación. Pero será pre- ciso, antes que nada, prevenir el equivoco de confundirlo precipitadamente con la idea de regulación estatal sobre el capitalismo. La noción de regulación aquí tratada es más abstracta, y pertenece a grosso modo al mismo campo de defi- nición que la noción de En este sentido, implica desde su concepción una am- plitud considerable, extrapolando largamente el ámbito económico y abarcan- do plenamente el social, además del político.

Una definición concisa es la siguiente: “La regulación de una relación so- cial es la manera por la cual esa relación se reproduce, a pesar de su carácter con- flictivo, contradictorio“. O de otra más extensa: “El modo de regulación es el conjunto de formas institucionales, redes y normas explícitaso implícitas que aseguran la compatibilidad de comportamientos, en el cuadro de un régimen de acumulación, en conformidad al estado de las relaciones sociales, a pesar de las contradicciones y del carácter conflictivo de las relaciones entre los agentes o grupos sociales”. En ambas conceptualizaciones se destaca la idea de repro- ducción delas relaciones sociales, en sentido amplio. Específicamente la segun- da afirmación se refiere a una compatibilización de comportamientos de los a- gentes en un cuadro de acumulación.

No es el momento de tentamos por profundizar el significado de relación - ambigua en estas definiciones- y las posibles diferencias entre regulación y

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reproducción, lo que deberá esperar una exposición más completa de los con- ceptós de la ER. Basta por ahora observar que, en principio, la regulación en- vuelve más que la noción de reproducción económica, aunque incluye también necesariamente esta última. Debe tratarse, por lo tanto, de una noción extrema- damente amplia y compleja, que abarca por así decir, las condiciones, a lo lar- go del tiempo (histórico), de “estabilidad sistémica” de determinadas fases - "los regímenes de acumulación”— del capitalismo visto como un ente socio- económico global.

De .la propia definición sigue que comprender la regulación supone com- prenderla dentro de la siguiente constelación: relación social-reproducción- contradicción-crisis. La crisis, de esta forma, no es vista como la antítesis de la regulación, sino como uno de sus posibles momentos, contradictorio y extre- mo. El concepto básico, por ende, es el de relación social. La propia noción de una relación social ya presupone, en verdad, alguna regularidad; con todo, el punto central es que ésta no surge “acabada”, sino se desarrolla a lo largo de un proceso histórico de afirmación y generalización’.

Tomando por objeto al capitalismo, y como referencia esencial, aunque li- bre, a la obra de Marx, la E.R. considera como relaciones sociales básicas a la relación de intercambio, o mercantil, y a la salarial“. La primera se refiere al ca- rácter específicamente mercantil del capitalismo, por el cual los poseedores de mercancías al enfrentarse en el mercado establecen relaciones regulares más o menos estables, que se convierten en relaciones monetarias. Los productores in- dependientes, al entrar reiteradamente en relación con el mercado, convierten al producto del trabajo independiente en mercancía y en valor. La relación sa- larial constituye la relación de producción básica, especificamente capitalista, por la cual la fuerza de trabajo, al transformarse en mercancía, se destaca de las demás por ser la única capaz de producir más valor de aquel por el cual fue ad- quirida: la plusvalía.

Tales relaciones básicas de las sociedades deben reproducirse para que ella también se reproduzca. Mientras tanto, su reproducción presupone algún nivel de reconocimiento social. Claro que, obviamente, de forma generalmente dis- tinta de aquella en que se da su reconocimiento teórico. El reconocimiento so- cial debe verificarse a pesar de que tales relaciones sean despreciables, pudien- do asumir distintas formas en diferentes momentos históricos y lugares. Las for- mas de esas relaciones, aunque mutables deben de algún modo “manifestarse” en forma rutinaria para que parezcan “normas”.

La reproducción de las relaciones sociales básicas supone la aceptación aun- que conflictiva, de los agentes y grupos sociales comprometidos, de reglas bá-

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sicas de acción. En particular, la capacidad de un grupo social de imponer (mas o menos pacíficamente) sus propias reglas, constituye una hegemonía, que no suprime las divergencias y el conflicto pero los canaliza, a través de eventua- les carnbios de forma de las reglas, sin alterar la esencia de las relaciones socia- les, por lo tanto, reproduciéndolas. Las referidas reglas conciernen específica- mente, desde el punto de vista económico, las normas de producción y de con- sumo, caracterizadas por un conjunto de elementos técnicos, materiales e his- tóricos’.

Los procedimientos sociales y las instancias que aseguran la modificación conjunta de esas normas constituyen formas de regulación, que conducen a un determinado modo de regulación.

La instancia primordial de esas formas de regulación es la soberanía, que en la época moderna asume la forma del Estado. Su papel, en lo que se refiere a la regulación, de las relaciones capitalistas actuales, consiste principalmente en instituir el mercado y el dinero, también como codificar y arbitrar la relación sa- larialó.

Los agentes entran en relación a través de formas institucionales, formas ex- teriores codificadas y cristalizadas por la convención y el hábito, como resul- tado de un compromiso institucionalizado que les confiere legitimidad; por e- jemplo, no se acostumbra cuestionar la aceptación de un pago salarial, pero discutir su magnitud7. Tales formas institucionales, al poner en acción media- ciones requieren organización material e institucional, en general en forma de “redes”. Por ejemplo, “el mercado” es una forma institucional, en tanto que “los mercados”, ferias, etc., son “redes”.

Ya disponemos ahora, en este nivel elevado de abstracción, de elementos que permiten caracterizar más precisamente el concepto de regulación de las re- laciones sociales. Para Lipietz, el tratamiento de esta cuestión envuelve tres as- pectos basicos:8

l. el análisis teórico de sus leyes o tendencias inmanentes.

los procesos sociales que construyen individuos y grupos

la interiorización de normas y motivos, a través de su espacio de represen- tación, por los individuos o grupos, compatibles con la reproducción del conjunto.

se.“

La articulación de estos elementos dispares y en parte contradictorios, per- mitiría en principio dar cuenta de la relativa estabilidad estructural de la socie- dad. Con todo,,el carácter conflictual y contradictorio de estos elementos pue-

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de dar lugar a discontinuidades de la reproducción: las crisis.

Se puede aquí distinguir entre “pequeñas” crisis o crisis en la regulación y crisis en el interior mismo de un modo de regulación, por inadecuación entre los comportamientos inducidos por éste y las exigencias de reproducción de la So- ciedad, en este caso se estará ante una “gran” crisis, o crisis de la regulación. En ambos casos, la crisis no es sino otra face de la regulación, cuando la estabili- dad estructural de la sociedad no puede ser mantenida.

Es importante observar el carácter no teleológico, según Lipietz, de la no- ción de “modo de regulación”, que no tiene por meta (“funcional”) la reproduc- ción de las relaciones; éste no es el dictado para tal por el modo de producción y su capacidad reproductiva no es la razón de ser de su existencia9. Para el au- tor es importante también rechazar el determinismo, incapaz de explicar tanto la variedad como la variabilidad de las configuraciones de las relaciones socia- les y de las formas de regulación. La racionalización ex post de las formas exis- tentes como regularidades predetenninadas constituiría una “ilusión retrospec- tiva”‘°'

En suma el referencial teórico de la regulación fue concebido con el obje- tivo de estudiar las formas de resolución (o no) de las contradicciones del ca- pitalismo contemporáneo. En la concepción de la E.R., el principal paso por lo tanto, es identificar los modos de regulación, cuya identificación debe ser pre- cedida de una profundización del análisis dela naturaleza y de las formas ins- titucionales de las relaciones sociales básicas —la mercantil y la salarial- en el contexto de una presentación del importante concepto de régimen de acumu- lación.

2.2. Régimen de Acumulación y Modos de Regulación

Examinemos más detenidamente el contenido de las relaciones sociales básicas ya señaladas y las formas de regulación de ellas resultantes.

a) Consideremos en primer lugar la relación mercantil su importancia deviene no solo del lugar central que ocupa como elemento constitutivo del modo de producción capitalista, sino también por dar lugar al surgimiento y consolidación de la relación monetaria, cuyo papel en la regulación capitalista es esencial para la visión teórica de la E.R.

La relación mercantil se presenta bajo un doble aspecto:

1°) Cada mercancía intercambiada es validada socialmente por el trabajo contenido en su producción; y

2°) El propietario de la unidad de producción tiene derecho a una parte equivalente del trabajo social.

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Los dos aspectos mercantiles se encuentran unificados a la forma capitalista, por ende de modo problemático, virtualmente contradictorio, por ser distintos e irreconciliables en la forma capitalista“. En efecto, el primero habla de la socialización, por el intercambio, del trabajo individual concreto, lo que redunda en una distribución social del trabajo, al mismo tiempo que el segundo se refiere a la apropiación privada del trabajo social. Como se sabe, ambos aportes se combinan al tener vigencia relaciones capitalistas de producción.

El reconocimiento del valor social del trabajo implica en este caso el derecho a la apropiación del trabajo ajeno, como una“institución social”. El intercambio compulsivo contra dinero, en este cuadro, configura una “institución monetaria” que es la institución que representa el papel del equivalente general.12 El producto mercantil, la mercancía, asume así la forma valor.

En cuanto al trabajo como sustancia de valor, Lipietz enuncia la observación insólita de que, de esa conexión no se seguiría la relación “microeconómica” (sic) entre valor y cantidad de trabajo.13 Tal ligazón, según el autor, solo se verificaría “a escala global”, en la cual los precios de las mercancías particulares apenas influyen” Esa distinción se funde en la interferencia de “derechos resultantes de otras relaciones sociales”. Síguese, por fin, la ley del valor como forma general de regulación de la producción mercantil.“ l

Ya las “conexiones de superficie” (formación de precios y rendimientos monetarios) dependen crucialmente del conjunto de las formas de regulación en vigencia”, como forma de las leyes coercitivas que demuestran a los agentes su pertinencia a la sociedad. En este “espacio de representación” (precios y dinero) es que se desarrolla el papel del dinero. Como se sabe, sus funciones son, según Marx, : la de patrón y medida de valor, la de reserva movilizable de valor, sea como medio de atesoramiento, sea como medio de pago. Es importante en general, que debe ser reconocido socialmente de forma incondicional como representante de valor y medio de cambio. El dinero de circulación forzada, legitimado por el- Banco central, es un ejemplo por excelencia de validación centralizada. Entretanto, ahí mismo la aceptación “incondicional” tiene límites.

Generalmente, el sistema monetario es jerarquizado: distintas combinaciones de moneda mercancía versus crédito y de sistema fraccionado versus centralización son posibles. La referida “restricción monetaria” podrá volverse efectiva en la dependencia del grado de convertibilidad de la moneda, que puede volverse más o menos flexible. La validación del medio circulante por el Banco Central implica efectos de “pseudovalidación” de una masa monetaria cuya aceptación y credibilidad varían con la cantidad en circulación —de ahí el posible efecto “inflacionario”.‘5 De esa manera, la circulación monetaria

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forzada por el Estado no es autónoma, y el dinero de crédito solo se sustenta como “forma institucional” de regulación” cuando anticipa correctamente la coherencia de los flujos de valores en proceso“.

b) Veamos ahora la relación social con mayor cuidado. Consiste ante todo en la separación entre productores y medios de producción vigente en el capitalismo que se desdobla en dos dimensiones: la de la propiedad y sus efectos económicos, y la de la posesión o apropiación real y sus implicaciones sobre la organización de la producción.

En el primer caso se establece el contrato. Este representa un doble cambio: por un lado en términos de valor, del cual resulta la plusvalía a través de una dada “norma de consumo”; y por el otro en términos de control del producto por el capital, que asume los riesgos de su validación mercantil frente a la sociedad. Se introduce así el problema de la distribución cuya tasa expresaría una contradicción: “mucho salario y poca acumulación, o mucha ganancia y poca demanda””.

En el segundo caso, el capital tiende a organizar un “trabajador colectivo”, en la búsqueda de separar en la actividad productiva la “Concepción intelectual” de la “ejecución rutinaria”. Se trata ahí dela apropiación de un saber colectivo, mediante el cual se pasa a controlar el uso y la intensidad del proceso de trabajo y su tiempo: es la sumisión real que se materializa en las formas de mecanización, por la cual el obrero tiende a volverse un “siervo de la máquina”. En este paso se ubica como importante consecuencia, la tendencia a la elevación de la composición orgánica del capital, aunque sujeta a influencias contrarias]8, afirmada por Marx. Entretanto el proceso de creciente sumisión real del trabajo al capital a través de la mecanización, no se da sin conflictos: se manifiesta la contradicción entre el “control directo y la autonomía responsable” de la fuerza de trabajo, cuya regulación se traduce en la institucionalización de una estructura de calificaciones y en diversas normas de “disciplina de empresa“.

Podemos pasar ahora a la conceptualización de un régimen de acumulación. El primer requisito es analizar brevemente la naturaleza del proceso de acumulación. Este tiene como objetivo la valorización del capital cuya rapidez es indicada por la tasa de ganancia. Supone la continuidad de la aplicación rentable del capital nuevo (“liberado”) lo cual incluye una elección sujeta a una incerteza radical frente al futuro de los mercados. “El capitán de industria es un jugador” funciona aquí como epígrafe. Si este proceso de validación social (o invalidación, lo cual implica desvalorización) se da por medio de los precios o vía cantidades, depende básicamente del modo de regulación vigente.

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¿De dónde viene la coherencia de este proceso aparentemente incoherente? Básicamente de la experiencia: convenciones, usos. En particular, de la renovación continuada de las principales relaciones sociales (económicas en este caso) comprendidas la salarial y las mercantiles.

Es desde la reiteración de los contratos y de los comportamientos mercantiles, que dominan la actividad privada, que se lanzan las bases de un “molde social”, que la ER. denomina régimen de acumulación; se define como el modo de repartición/ recolocación sistemática del producto social que ajusta a largo plazo la transformación de las condiciones de producción y de consumo final, volviéndolas recíprocamente adecuadas”.

En el caso de la reproducción simple, tal adecuación no causa grandes problemas para el autor y se expresa en el llamado “esquema de reproducción simple” (Marx). Mientras tanto, la acumulación puede ser tanto extensiva o intensiva,21 como diferentes caracterizaciones de la reproducción ampliada que es la forma relevante de reproducción económica capitalista. Las diversas formas (“combinaciones”) posibles de regímenes de acumulación pueden resultar no solo de la dicotomía entre DI (sector de producción de medios de producción, en la terminología de Marx) y DII (sector productor de bienes de consumo) entre acumulación extensiva e intensiva, sino también de diferentes niveles de agregación del análisis. En particular, las relaciones “externas” son cruciales para caracterizar el regimen de acumulación, en los siguientes sentidos:

- las relaciones “no capitalistas” en el propio contexto nacional, lo que afecta eventualmente a los medios de producción de la fuerza de trabajo: se trata, ahí también, de un espacio para la expansión del régimen de acumulación capitalista.

- los varios “modos de producción” que eventualmente se articulan (sic) en una formación social concreta; y

- las relaciones internacionales regidas por el capitalismo al nivel de los Estados nacionales. Bajo el comando de éstos, se instituye lageneralización de las relaciones mercantiles capitalistas, la creación del mercado interno y la dominación de un régimen dado de acumulación; también (posiblemente) a escala mundial.22

Finalmente, un régimen de acumulación capitalista presupone la actuación de formas de regulación, que actúan marcadamente:

- en la regulación de la relación salarial (normas de tiempo, intensidad, valor, consumo, calificación, jerarquía salarial, segmentación, etc.)

- en la regulación de la realización de capital dinerario liberado por la realización de la producción en el mercado;

CUADERNOS DEL SUR 12 lll

en la reproducción de la .gesrión monetaria (su emisión, circulación,

aplicación productiva, etc.)

en las formas de intervención del Estado.23

A pesar de la variedad de esas formas, resulta útil polarizarlas dentro de dos modos de regulación estilizados. El primero corresponde a una regulación competitiva, y la segunda a una regulación mon0polista. En realidad este último se distingue por la constante convencionalización de la anticipación habitual, de lo que el mercado indicará ex-post, reduciendo su impacto aleatorio y potencialmente turbulento, regularizando los comportamientos y las instituciones no liberales, es decir, instituyendo generalizadamente el principio del arbitraje.

En conclusión, de estos dos “modos de regulación” —aunque estilizados- emergen visiones distintas no solamente de la creación e incorporación de la crisis del régimen de acumulación por la persistencia de formas anteriores de regulación, pertenecientes a éste”.

2.3. Implicaciones para el análisis de la crisis actual

No cabe aquí profundizar la visión de la E.R. sobre los dos grandes modos de regulación en su naturaleza, marcas históricas y crisis.

Tampoco cabe reproducir el perfil descriptivo de la crisis actual realizado en forma notable por A. Lipietz y R. Boyer. Interesa apenas, a partir de una ca- racterización esquemática de los modos de regulación, demostrar los límites del actual modo de regulación centrado en el régimen de acumulación posterior a la Segunda Guerra Mundial, apoyado en lo que Coriat y Lipietz denominan el “Fordismo” como antes, serán enfatizados en esta revisión los aspectos teóri- cos del análisis, para su apreciación posterior.

a) Empecemos con la regulación competitiva. Esquemáticarnente, ella pre- senta los siguientes rasgos principales:

Sus formas institucionales típicas fueron:

el ajuste salarial por el mercado de trabajo con una estructura estable de calificaciones.

transferencias de capital entre las diferentes ramas de la producción, prin- cipalmente a través del mercado de capitales,

—- la adopción del patrón-oro monetario.

-— la permanencia del Estado como “exterior” al proceso económico cuya intervención se daba únicamente para preservar el orden y la propiedad privada.

Este modo de regulación atravesó dos grandes crisis económicas (y, por ex-

112 MARZO 1991

tensión, crisis en la regulación). La primera de fines del siglo XIX, habría sido una crisis de acumulación “extensiva”, parálisis que comprende en el ritmo del crecimiento de la productividad y en la ampliación de los mercados, dando lu- gar al estancamiento de los años ’90 y la diseminación de las prácticas imperia- listas. La respuesta a la crisis y a la recesión, fue desde el punto de vista de la producción y del proceso de trabajo, el surgimiento del “taylorismo”; se trata- ba de promover la incorporación del saber obrero expropiado al sistema auto- mático de máquinas”.

La segunda gran crisis de 1929/30, representó la primera crisis de acumu- lación “intensiva” y la última crisis de la regulación competitiva que abrió ca- mino a la consolidación de la regulación monopólista”. En la visión de la E.R. que caracteriza esta crisis como una crisis tanto del régimen de acumulación co- mo del modo de regulación competitiva, el factor principal determinante fue la gran elevación de la productividad del trabajo, especialmente en los años 20, sin contrapartida adecuada en el crecimiento de los salarios reales, dando lugar a una crisis de sobreacumulación”.

b) en condiciones de regulación monopolista, cuya vigencia podría datar- se desde los años 30' puede concebirse como un regimen “ideal” de acumula- ción, marcado por los siguientes dos rasgosfundamentales:

crecimientos equivalentes de la composición técnica del capital y de la productividad en el sector DI (de mantener inalterada la relación física capital/ producto).

-— crecimientos equivalentes del consumo asalariado y de la productividad en Dll (de manera de mantener equilibradas oferta y demanda de consumo a lar- go plazo)”.

El resultado es, por un lado, inhibir la tendencia al estancamiento de la ta- sa de ganancia por la elevación de la composición orgánica (en valor) del capi- tal y, por otro, impedir mediante el aumento del poder de compra y de consu- mo de los asalariados, el riesgo de “subconsumo”, es decir de sobreproducción en DII como reflejo de la elevación excesiva de la tasa de plusvalía resultante, del aumento de la productividad. Según el autor tales resultados fueron alcan- zados en buena medida en la segunda postguerra, la segunda condición preser- vada por la regulación salarial monopolista, que constituiría la plena realización de las aspiraciones del “fordismo”29 y la primera condición por casualidad.

¿Cuáles son las características del modo de regulación monopolista, y en qué medida se ajustaron al régimen de acumulación de la postguerra?

Por comparación con la regulación competitiva, la regulación monopolis- ta presenta las siguientes formas institucionales básicas de regulación.

CUADERNOS DEL SUR 12 113

relación salarial por contratos de salario directo de medio plazo,acrecen- tado por el salario indirecto, más allá de el incremento nominal de los precios y, más recientemente de la productividad;

—centralización del capital en grupos industriales y financieros que dirigen el nivel de precios mediante la remarcación severa frente a fluctuaciones con- yunturales.

extensión del crédito para atender las necesidades nominales de circula- ción monetaria en general;

refuerzo considerable del papel del Estado, no tanto (e.q. Keynes) por los gastos gubemamentales, sino principalmente por la gestión de las relaciones sa- lariales y monetarias.30

Aunque son en general adecuadas al nuevo régimen de acumulación del “fordismo”, estas formas institucionales monopolistas presentan algunos pro- blemas de compatibilización. Uno de ellos, al cual apunta Lipietz, es que la des- valorización del capital puede ser postergada por la capacidad de las empresas de trasladar a los precios los costos crecientes de depreciación de capital, gene- rando presiones inflacionarias.

Entretanto, las principales inadecuaciones vinieron a tono Con la “crisis del fordismo” entre fines de los años 60' y el inicio de los 70'. Nos interesa aquí re- cuperar para la discusión únicamente los factores fundamentales relacionados a la “crisis general del fordismo” como tal, dejando de lado la cuestión de los encadenamientos amplificadores de la crisis relacionados a las conexiones in- ternacionales tanto como, por supuesto, fenómenos nacionales específicos. O- casionalmente tratados por la E.R. en el contexto de la crisis actual, y la propia descripción coyuntural exhaustiva de las etapas de la crisis pari passu a la po- lítica económica de los países centrales, en particular de los EEUU.31

El núcleo de la explicación de la crisis del régimen de acumulación “fordis- ta” se encuentra en la combinación de diferentes elementos.32 En primer lugar, se presenta como “síntoma”, pero no propiamente como causa la tendencia ge- neral a la reducción en el ritmo de crecimiento de la productividad, especial- mente de los sectores dinámicos de este régimen de acumulación, como la in- dustria automotriz y actividades ligadas a ella. Como causas últimas se presen- tan dos:

la llamada “contracción de las ganancias” (“profit squeeze”), debido principalmente a la elevación de los costos salariales, por aumentos reales de sa- larios no totalmente compensados por la elevación de la productividad, y el cre- cimiento de la composición orgánica del capital, como reflejo negativo en la ta- sa de ganancia.

114 MARZO 1991

El aumento de la partida correspondiente a la depreciación del capital fijo refuerza el impacto de la elevación de la composición orgánica del capital so- bre la tasa de ganancia de las empresas, agravando sus condiciones de endeu- damiento y acarreando pérdida de capacidad de inversión.

Por otro lado, la presión de costos impide un aumento compensatorio en el margen de ganancia, llevando así la tasa de ganancia al estancamiento. Se tra- ta por lo tanto, de una crisis de rentabilidad, a contrario de la de 1930, explica- da como crisis de sobreproducción. De ahí sigue una “espiral depresiva”, por la cual la crisis asume la forma de estancamiento (Stangatian).

Como posible salida de la crisis, la E.R., aunque reconoce la importancia y el potencial de difusión de las nuevas tecnologías de base microelectrónica, no confiere un papel necesariamente preminente al cambio tecnológico, al contra- rio de los autores neo-schumpeterianos, especialmente aquellos vinculados a la perspectiva de las “ondas largas” capitalistas.

Desde el principio se admite la potencialidad de las nuevas tecnologías del área de la informática y de base microelectrónica, debido a la posibilidad de ba- jar costos fijos, facilitando el autofinanciamiento de las inversiones necesarias, el aumento consecuente de la productividad; y la velocidad de creación de nue- vos productos y mercados. Mientras tanto, se rechaza la ligazón “simplista” en- tre cambio tecnológico y modelo de desarrollo que abstraía de un elemento esencial: las relaciones sociales, las cuales especialmente en este caso, abarcan tanto las relaciones del trabajo como el conjunto de las relaciones socio-econó- micas (relaciones macroeconómicas: distribución, consumo e inversión).33

En síntesis se trata de formular la cuestión central sobre la naturaleza posi- ble de un nuevo régimen de acumulación y su modo de regulación —en parti- cular con respecto a la relación salarial y sobre el modo por el cual podrá hacer- se esta reestructuración, sin el cual la conexión dela crisis con la dimensión tec- nológica carecería de mediaciones.

Específicamente las nuevas tecnologías así como también un posible régi- men nuevo de acumulación que pueda emerger de la crisis actual remitan a las formas de regulación que se plantean en los siguientes términos:

a) Las nuevas relaciones de trabajo, bajo la presencia generalizada de la in- formática en la industria. La gestión automática de la fábrica amplía mucho la fluidez del proceso productivo, mediante la utilización ininterrumpida y flexi- ble delas máquinas, permitiendo un enorme crecimiento de la productividad. Aunque es cierto que las inversiones iniciales son costosas, es posible que la fle- xibilidad favorecida por la robotización e informatización del proceso produc-

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tivo compense tales costos por la mayor posibilidad de reprogramación y adap- tación del capital fijo a las fluctuaciones de la demanda. A pesar de todo pue- den surgir dificultades respecto de la movilización y recomposición del cono- cimiento operacional, en cuanto el “trabajador colectivo” calificado sigue sien- do indispensable. Además, las transformaciones productivas u organizativas - incluso sindicales- que se producen frente a la robotización y la informatiza- ción plantean interrogantes difíciles para el desarrollo de las luchas sociales.“

b) La distribución de las mayores ganancias de productividad resultantes de la generalización del control informático de la producción se diferencia de la forma correspondiente al “fordismo” una vez que la producción y el consumo de masa ya no se impone al régimen de acumulación en su conjunto,( aunque todavía persiste en determinados sectores), lo que permite pensar en la existen- cia de “empresas prósperas en un mundo estancado“. A su vez, a pesar de que el régimen de acumulación eventualmente compatible con la producción infor- matizada no exija el consumo de masa, la lucha social podrá imponérselo.

El nuevo régimen de acumulación podría así atender a esta exigencia que el “fordismo” no consiguió atender satisfactoriamente.“

Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta, la repartición social de las ganancias de productividad, permanece abierta y exigirá formas específicas de regulación. Aunque la productividad haya aumentado con la robotización, no se sigue automáticamente que los costos (de robots y asalariados) unitarios de- ben caer también significativamente, al no promover el desempleo masivo. Más allá de eso, la lucha social desencadenada por la robotización, que apenas se per- fila es tan importante respecto de la cuestión de la mayor rentabilidad que ella podria engendrar.

En conclusión, es posible que la actual “revolución tecnológica” va a dejar alos países capitalistas exactamente en la situación en la cual se encuentran hoy bajo el “fordismo en crisis”; bajo ritmo de crecimiento (a pesar de la producti- vidad en alza), y un lento crecimiento del poder de compra de los asalariados y del consumo; en pocas palabras: estancamiento económico, aun en un am- biente de progreso tecnológico.

2.4. Una breve evaluación crítica La E.R. se inscribe en una tendencia reciente, no solamente de la teoría y del

análisis económico convencional, sino específicamente de la fusión Marx-Key- nes, bajo el predominio macizo de la visión del primero. En otras palabras, pue-

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de ser vista como una específica “actualización” del pensamiento económico de Marx, recuperando su dimensión original “socio-económica” y distanciándo- se de esta forma del economicismo de las versiones oficiales y ortodoxas del marxismo.

En tretanto, y para ir directamente al punto de controversia el esfuerzo no es- enteramente logrado. Aunque más que laudable e indispensable un tal empe- ño de repensar, críticamente y con aportes actuales, el modo de funcionamien- to socio-económico del capitalismo contemporáneo, teniendo como fundamen- to la obra de Marx, no es menos necesaria la incorporación de todo un abanico de contribuciones críticas, no conservadoras y convencionales, al pensamien- to económico de este siglo que la E.R. deja virtualmente de lado.

En este sentido, su esfuerzo neo marxista de teorización del capitalismo pa- dece, aunque de forma más débil, el mismo mal que cometieron sus anteceso- res marxistas más dogmáticos: la falta de mediaciones.

Una “actualización” teoricamente consecuente de la economía marxista no puede ignorar los cambios por los cuales pasó el capitalismo ni las contribucio- nes relevantes no-marxistas, aunque la E.R. presta atención al primer aspecto, no parece haber hecho un esfuerzo sistemático respecto del segundo.

Mismo Keynes, su principal interlocutor teórico al lado de Marx, no llegó a recibir un tratamiento profundizado con miras a su integración”. Al parecer, los principales representantes de la E.R. se sienten presionados por una cierta urgencia para llegar a formular propuestas concretas de política económica, por lo cual atraviesan con excesiva rapidez el espacio teórico extremadamente di- fícil, repleto de cuestiones pendientes, proposiciones inconclusas y abordajes contradictorios.

Entre el alto nivel de abstracción en que se mueven conceptualemnte en el ámbito de la reproducción/regulación y los movimientos de conjunto de la crisis, de la política económica y de las luchas sociales.3° Ahora, es justamen- te este espacio, —en pocas palabras el de la comprensión, de la dinámica, de la economía capitalista- que constituye la mediación fundamental de naturale- za teórica, que tiene que recorrer a partir de Marx, antes de las circunstancias históricas concretas, de las especificidades nacionales y de los elementos ins- titucionales. Y es a este mismo espacio de las mediaciones teóricas del funcio- namiento dinámico de la economía capitalista que se han dedicado los princi- pales economistas no-ortodoxos del siglo, de Schumpeter a Keynes y Kaleck.

La falta de una discusión más detenida de las cuestiones de la dinámica e- conómica capitalista constituye desde nuestro punto de vista, la principal lagu-

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na de la E.R. al nivel de sus dos fundamentos, y que se manifiesta en varios de los prOblemas e insuficiencias específicas de su contribución, como se verá en lo que sigue.- A primera vista, es cierto que la opción de la E.R. por el tema de la regulación se enfrenta con la problemática de la reproducción, la cual en la tradición del análisis económico no se liga directamente al problema de la di- námica. A pesar de todo, vale recordar que su vinculación con Marx le impo- ne una percepción no-estática de la reproducción, que en el capitalismo es ne- cesariamente reproducción ampliada, acumulación y crisis, en suma- que, con razón, sus adeptos enfatizan al formular y destacar la noción de régimen de acumulación.

Así, la filiación marxista de los autores, más todavía bajo un enfoque no-or- todoxo, no los encierra inexorablemente dentro de los límites del análisis del “capital general”, al que Marx básicamente se circunscribió en El Capital y en el cual formuló sus leyes del movimiento de la economía capitalista. El análi- sis teórico de los “capitales varios”, en el ámbito de la competencia capitalis- ta, y de la dinámica —ciclo económico, crecimiento de largo plazo, movimien- to internacional de capitales—, es según nuestro punto de vista, presupuesto fundamental para que se pueda captar el movimiento concreto de la posesión de instrumentos de análisis efectivos, formulados en un nivel adecuado (inferior) de abstracción.39

Siendo éste el punto crítico esencial tomaremos ahora ejemplos de las for- mas más marcadas en que éste surge en los autores comentados.

En primer lugar, consideramos la propia noción de regulación. Pensada en el contexto de la reproducción —la cual ya presenta suficientes problemas de interpretación a partir de Marx—-, la regulación no es claramente diferenciada de ésta. En pocas palabras: aunque la reproducción es pensada, en Marx como en la tradición marxista, en un plano más abarcador con relación al modo'de pro- ducción en su conjunto, fue igualmente objeto de análisis por Marx en el ám- bito estrictamente económico al revelar la viabilidad y las formas generales de reproductibilidad del capitalismo como sistema económico.

En este último contexto no cabe, en términos teóricos rigurosos, un análi- sis de la dinámica capitalista, mismo porque el concepto de reproducción am- pliada contempla únicamente (lo que no es poco) las condiciones formales y ge- nerales de reproductividad económica capitalista, esto es, con acumulación de capital.4o

Ahora, si el propio concepto marxista de reproducción es ambiguo, y si su dimensión analíticamente más precisa es la económica, que aún así no llega a pronunciarse sobre las determinaciones de la dinámica, ¿qué se puede esperar

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de la noción de regulación en términos de vigor analítico, cuando su propio sta- tus teórico permanece insuficientemente esclarecido vis-a-vis, al de reproduc- ción, más que asumir expresamente dimensiones extraeconómicas?

Admitamos, entretanto, que la idea de regulación, es en sugestiva y pro- metedora, mereciendo un esfuerzo considerable de elaboración; no se trata a- quí, por lo tanto, de rechazarla liminarrnente, pero queremos llamar la atención hacia el hecho que su contenido permanece ambiguo de tal forma que puede lle- gar a afectar irremediablemente las demás proposiciones específicas de la cons- trucción teórica que sirve de base alos análisis de la ER. En particular, mere- ce destacarse el énfasis puesto en la necesidad de mecanismos institucionales ——no necesariamente organizaciones físicamente existentes— que viabilicen la interiorización sistemática de normas y motivos económicos entre los actores sociales, permitiendo la reproducción socio-económica en su conjunto, me- diante una relativa estabilidad estructural de la sociedad en determinadas eta- pas históricas —a pesar de sus contradicciones ineliminables. El problema es que, sin las mediaciones que solo una teoría dinámica puede proporcionar, la propia periodización de estas etapas, que depende de las condiciones estructu- rales socio-económicas que ella impone a la regulación y de sus desdoblamien- tos a lo largo del tiempo, permanecerá mal explicada.

El tratamiento de la crisis —que es el único aspecto de la dinámica capita- lista al cual se refiere expresamente—, ejemplifica las dificultades resultantes de la ausencia de mediaciones adecuadas. La crisis es explicada, dentro de una tradición que se pretende marxista ortodoxa, pero que nunca dió buenos frutos por sus determinaciones eternamente generales, relacionadas con la supuesta tendencia decreciente de la tasa de ganancia y con una posible tendencia a la so- breacumulación resultado de una insuficiencia del consumo de los asalariados (el llamado “subconsumo”) aliadas a factores ad hoc, como por ejemplo la hi- pótesis de profit squere respecto a la crisis actual.“l Como los factores teóricos generales de la crisis están ellos mismos poco esclarecidos en su génesis; la ar- ticulación con el régimen de acumulación vigente permanece algo superficial, como la distinción entre crisis “en” la regulaciópn y “de” la regulación, en un nivel más abstracto, poco contribuye a la comprensión tanto de la regularidad como de su crisis, manteniéndose apenas como referencia.

La elección de las relaciones mercantil y salarial como relaciones sociales básicas se presenta de manera esencialmente correcta y de acuerdo con Marx.

La conceptualización pormenorizada del valor y del dinero subyacentes a la relación mercantil, de un lado, y del si gnificado de la relación salarial por el otro, parecen menos adecuados. Como ya fue visto, la idea de que el trabajo como

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substancia de valor no implique una relación “microeconómica” (sic) entre va- lor y cantidad de trabajo42, no sólo no es compatible con Marx, sino es lógica- mente insostenible. Es bastante claro para los participantes no-dogmáticos del debate sobre la teoria marxista del valor que éste solo puede fundarse en el tra- bajo abstracto como substancia si contiene, al mismo tiempo, su medida, en cuanto expresión cuantitativa de cada relación individual de cambio (no empí- rica, sino teóricamente concebida)".

Con respecto al concepto del dinero, tenemos ahí un problema posiblemen- te más serio en sus consecuencias. No es posible desarrollar aquí una discusión crítica minuciosa de las posiciones de la E.R. y de las alternativas relevantes. Basta observar así en primer lugar, que los aportes altamente relevantes de Key- ness y de algunos de sus seguidores en teoría monetaria son incorporados, co- mo mucho, en forma superficial.

Al lado de esto, los autores de la E.R. siguen tal vez involuntariamente, en éste como en otros puntos, una tradición marxista de corte neoricardiano, “es- tático-reproductivo”, cuando enfatizan en su enfoque monetario la conexión entre proceso inflacionario y restricción monetaria, indirectamente relaciona- da con la oferta monetaria, por parte del Estado. Tanto la noción de restricción monetaria como la de oferta monetaria —igualmente que su supuesta relación con la inflación—, constituyen un retroceso estático y potencialmente conser- vador en relación con Keynes, y la noción hoy generalizada entre los mejores herederos de Keynes, en cuanto a la naturaleza esencialmente endógena y no in- trínsecamente inflacionaria de la oferta de la moneda —más allá de que encuen- tra precedentes o respaldo en Marx.“

En lo que dice respecto de la relación salarial, el énfasis reproductivo es me- nor. El problema, en este caso, recae sobre la posición excesivamente destaca- da, a mi punto de ver, que la ER. confiere a la relación salarial en el ámbito de la dinámica de la acumulación capitalista. Es bastante claro de un punto de vis- ta marxista, el lugar constitutivo esencial que la relación asalariada ocupa en cuanto relación de producción. No es tan claro por otro lado, que el papel de és- ta en cuanto relación de intercambio mercantil merece un status equivalente, co- mo parece proponer la E.R., al menos en el elevado nivel de abstracción en que se mueve. Las dificultades teóricas para relacionarse con la problemática sala- rial en el capitalismo contemporáneo, no se encuentran propiamente en el ám- bito de las normas de regulación salarial —lo que pone en relieve otra vez más el énfasis reproductivo del abordaje—, sino en las complejas interrelaciones di- námicas entre la determinación de los salarios y de los precios- en el plano “microeconómico”, la apropiación de rendimientos personales de ahí resultan-

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tes y los padrones de consumo de bienes y servicios consecuentes con las res- pectivas implicaciones “macro-económicas”, sectoriales y globales. La noción de régimen de acumulación es sin duda un paso importante en la dirección co- rrecta, pero no es suficiente. Aquí, como antes, resalta la necesidad de suplir las mediaciones teóricas relevantes, de manera que permitan captar y explicar a- nalíticamente, las determinaciones más concretas.45

En suma, la relación salarial no contiene, para el análisis de sus formas de reproducción y regulación, la densidad suficiente para expresar determinacio- nes básicas de la acumulación capitalista en su movimiento global y no hace jus- ticia por lo tanto, al status fundamental que le concede la E.R. —aunque repre- sente indiscutiblemente, una relación constitutiva capitalista.

La insuficiencia de mediaciones, observada hasta aquí al nivel de las re- ferencias más básicas de esta corriente de pensamiento, se manifiesta más agu- damente cuando se pasa a los determinantes de la crisis. El tratamiento de la cri- sis, aunque íncorpora casi siempre elementos relevantes de la realidad y no ra- ras veces apunta en una dirección fértil, carece de profundidad analítica. Los instrumentos son poco elaborados y el referencial teórico muy genérico, de lo cual resultan proposiciones casi siempre esclarecedoras y en buena medida in- conclusas. En este sentido, presenta los siguientes rasgos característicos en su enfoque de la crisis capitalista:

a) se refugia en el uso de determinaciones generales derivadas de las leyes del movimiento capitalista formulado por Marx —tal como, en especial, la ley de tendencia al estancamiento de la tasa de ganancia, de la cual resulta que pri- vilegia el enfrentamiento entre el crecimiento tendencial de la composición or- gánica del capital y de la tasa de plusvalía en la explicación de las crisis, sin ma- yores mediaciones teóricas —como mucho, desagregando la economía en dos sectores (como Marx en sus esquemas de reproducción—, aquí otra expresión más del énfasis reproductivo de la escuela).

b) la referencia frecuente a fórmulas vagas y analíticamente insatisfactorias como “crisis de sobreacumulación”, “crisis de subconsumo”, “problemas de ra- cionalización”, etc., las cuales, sin avanzar mucho en relación a la herencia ru- dimentaria del marxismo del comienzo del siglo, ignoran las contribuciones más recientes a la macrodinámica capitalista de autores de peso como Valecki y de no-marxistas del calibre de Keynes y Schumpeter, entre otros;

c) la falta de sistematización en el análisis, que por eso mismo puede con- figurar elementos ad hoc, juxtapuestos como diferentes factores explicativos sin mayor conexión entre y sin fundamentación teórica (como por ejemplo,

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las hipótesis del “profit squeeze”);

d) la resultante dificultad, por la carencia de mediaciones de mayor elabo- ración teórica, en formular tendencias o, almenos, hipótesis alternativas plau- sibles de desdoblamiento a partir de las condiciones vigentes.

En este cuadro, la problemática del cambio tecnológico no es una excepción ya que sufre limitaciones parecidas, que resultan de:

a) el énfasis excesivo, desde el punto de vista económico, en la relación sa- larial al cual ya nos referimos, las características del proceso de trabajo y las re- laciones sociales ahí expresadas, tanto de producción como salariales, son fo- calizadas casi exclusivamente, dejando poco o ningún espacio a las cuestiones decisivas de la génesis microdinámica y la difusión de las innovaciones, por un lado, y de los impactos macrodinámicos de las innovaciones de gran relevan- cia y su potencial de difusión, de la cual hay ejemplos contemporáneos tan mar- cados, por el otro lado;

b) una escasez de instrumental analítico suficientemente refinado para es- tablecer conexiones entre la dinámica económica y la crisis, en particular, y dis- tintos escenarios de generación y difusión de innovaciones tecnológicas;

c) idem, en lo que se refiere al análisis de impactos micro y macroeconómi- cos y sociales.

Finalizando esta sección, vale resaltar que no se está proponiendo una ref u- tación global de la ER. o de negarle que haya aportado elementos teóricos bá- sicos significativos, notadamente en el campo no-ortodoxo, para una reflexión sobre las relaciones entre la crisis actual y el proceso de cambio estructural en curso. La crítica se centra en lo que probablemente se constituye en una diver- gencia de estrategia: creemos que a partir de fundamentos sólidos no es obvio que se alcancen resultados analíticos potencialmente fértiles. Se requiere un es- fuerzo sistemático de construir mediaciones -—incluso, y tal vez principalmen- te teóricas—, que, aún muchas veces sin producir conclusiones rápidamente, podrán mostrarse más consistentes y eficaces a más largo plazo, evitando así la esterilización precoz del enorme potencial del cual se está partiendo. Este es- fuerzo engloba desde nuestro punto de vista, la incorporación sistemática y no ecléctica de elementos extraídos de contribuciones como aquellas de los auto- res mencionados, a la teoría de la dinámica capitalista. Los resultados natural-I mente deben esperar el esfuerzo necesario, apurarlos no es saltar etapas, sino de- jar de lado el propio instrumental teórico del cual se diSpone para tratar el tema.

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3. Comentario final

En síntesis, la E.R. representa un importante y ambicioso proyecto de re- constituciónde ciertas dimensiones de la reproducción socio-económica del ca- pitalismo que han sido dejadas de lado frecuentemente por los economistas, aun por aquellos de formación marxista, como es el caso de estos autores, fueron dis- cutidas también con algún detalle, las limitaciones que esta escuela presenta en su proyecto, notadamente por la insuficiencia de las mediaciones frente a su pre- ocupación de abarcar una multiplicidad extrema de configuraciones histórico- teóricas y de la relativa “urgencia” que denota en el pasaje al movimiento con- creto y la crisis actual.

El tan difícil pasaje “de lo abstracto a lo concreto” se mostró una vez más co- mo desafío, por lo menos hasta el presente, encima del respiro de los que trata- ron de reconstruirlo casi enteramente, desde los picos más altos del pensamien- to (económico) de Marx, atravesando en desenfrenada impulsión las importan- tes mediaciones que la teoría económica no convencional intentó construir en este siglo para explicar la dinámica capitalista en sus características históricas actuales. La amplitud del proyecto intelectual, aliada a la relativa precariedad de los medios movilizados para enfrentarlos, denota consecuentemente una cierta ingenuidad, y la precipitación de una estrategia teórica que, por hacer ta- bula rasa de casi todo lo que la teoría económica desde Marx propone —por mu- chos defectos que ella obviamente posee- se arriesga a tener que rehacerla; o, lo que es peor, hacer creer que no es necesario y por eso contar apenas con los instrumentos de análisis económicos rudimentarios que el marxismo vulgar vie- ne empleando desde el comienzo del siglo.

NOTAS:

l Lipietz, A. (l 984a). “Position des problemas et propositions the'oriques". Paris, CEPREMAP, Mirneo, p. 12.

2 Lipietz, A. (l984b). “La Mondialization de la Crise Géne'rale du Fordisme:1 967-1984", Paris, CEPREMAP, N9 8413, p. 6. Algunos otros conceptos a los cuales nos referirnos aquí —- especialrnente el de “regimen de acumulación" serán discutidos adelante.

3 Lipietz, A. (1984a), p. 13.

4 lbidem, o también Lipitz (l984b), pp. 2-3. Váse también, en lo que dice respecto dela relación salarial, Aglietta, H. (1986). “Régulation et crises du capitalLsme", Paris, Calmaum-Lévy; Introducción y Cap. 2.

5 Lipietz, A. (l984a), p. 16;

6 Ibidem, pp. 17, 18. Esta instancia, evidentemente no expresa armonía, sino dominación y en

última instancia del análisis, violencia de cuyo uso legítimo deviene el monopolio. 7 Ibidem, p. 19,

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Ibidem, p. 20.

Ibidem, p. 21 . El resguardo, en este punto, no es muy claro. Aunque no teleológico, ypor lotanto no necesariamente capaz de una reproducción ad infinitum, el “modo de producción" es intrinecamente reproductivo, y como tal, se desarrolla pari passu a la reproducción de la sociedad.

Ibidem, p. 23

Ibidern, p. 26,10 que no es percibido bajo el “mito (neo)clásico del escambo".

Ibidem, p. 27: “contrainte monétaire" no original.

Ibidem, p. 27 —28; en contraste, es claro, con respecto al propósito de Marx, y sigue una vez más, en este aspecto particular a Aglietta (1976), cf. Introducción y Cap. I. sección I.

Ibidam, p. 28. Volveremos a este punto en los comentarios críticos.

Ibidem, pp. 31-32. La posición está desarrollada de modo parecido en Aglietta (1976), cap. 6 especialmente Sección H.2.

Liptiez (l 984a), p. 33. El punto es importante y delicado, por la semejanza de esta formulación con proposiciones típicamente cuantitativistas, que sirven de base teórica a las políticas de corte monetarista, por eso será retomado en los comentarios críticos.

Ibidem, p. 35

lbidem, p. 36, el autor, empero, no desarrolla este punto.

lbidem, p. 38. Un examen más detallado de estas dos relaciones mercantil y salarial, se encuentraen Lipietz (1983). “Le Monde Enchanté: de la Valeurs á l'envol irtflationiste". Paris, La Découverte, Maspero; secciones 2.1. y 2.2.

Ibidem, p. 40. En términos casi idénticos, véase Lipietz (1984b) p. 4.

La primera se refiere al crecimiento proporcional delos dos departamentos, sin cambio técnico al contrarioo que la segunda que supone un cambio técnico y en general un crecimiento más que proporcional del DI debido a la intensificación del capital.

Lipietz (1984), p. 42

Ibidem, p. 43; también Lipietz (l984b), p. 6.

Lipietz (1984 a), p. 45 y (l984b), p. 7

Lipietz (l984b); p. 7; una descripción más minuciosa de los modos de regulación se encuentra en Lipietz (l 984c) “Accumulation cri ses et sorties de cri se: quelques réflexions méthodologiques autour de la nocion de regulation". París, CEPREMAP, N9 8409, pp. 22 ss.

Lipietz (1984 c), p. 24 y (1984 b), p. 8.

Ibidem.

Ibidern, pp. 25 y 8, respectivamente. El autor denomina tales condiciones corno “Edad de oro” del “fordismo".

El término usado por primera vez, como parece, por Gramsci, traslada al régimen de acumulación la designación atribuida a H. Ford de hacer de sus obreros consumidores de sus productos macroeconómicamente, en la forma empleada por Lipietz, esto significa viabilizar la reproducción ampliada mediante la redistribución hacia los salarios de una parte adecuada de los aumentos de productividad, evitando así posibles crisis de realización.

En Lipietz (1984 b), p. 9, se hace referencia también a la proliferación del sector terciario, como expresión de la generalización de las relaciones mercantiles y salariales.

Ver al respecto Lipietz (1984 b), pp. 19 ss. y Lipietz (1984 c), pp, 30 ss.

Ibidem, pp. 15-18 y pp. 28-30, respectivamente.

Lipietz (1984 c), pp. 36-37.

Ibr'dem, pp. 37-39.

Coriat, B. citado por Lipietz, ibidem, p. 40

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36 Ibidem.

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La preocupación por Keynes es flagrante en Aglietta (1976), entre otras obras pero no llega a con struir una incoporación satisfactoria del pensamiento de ese autor, suficientemente complejo y controvertido, para merecer una reconstitución y una interpretación específicas en todo caso, no es posible aquí una apreciación exhaustiva de la obra de Aglietta. Entre los demás autores representativos de la E.R., apenas en Lipietz se encuentran ecos de las ideas keynesianas (e.g. la importancia de la incerteza y la inestabilidad de los circuitos monetarios y financieros), pero nunca elaborados sistemáticamente. La referencia más frecuente es la convencional que no focaliza la visión teórica, sino las políticas keynesianas.

Esta constatación se puede aplicar particularmente a los trabajos de A. Lipietz. Véase, como ejemplo, los capítulos 7 (“La moneda de crédito y la restricción real")" y 8 (“La inflación en la regulación monopolista") de su op. cit.). (1983) que recorren —y, a veces oscilan-— desde la abstracción de la forma de valor y la moneda, mercancía hasta la política monetaria de la Reserva Federal (FED) de los EEUU. y el choque petrolero. Sin entrar en el mérito de su contenido, que posee varios insights importantes, el punto es que el modo de exposición no contribuye en nada para aclarar las mediaciones teóricas recorridas. Es más, es típico del autor que varios de sus libros y artículos contienen en lugar de profundizaciones sucesivas de temas correlativos, repeticiones compactas de las mismas nociones generales sobre los presupuestos teóricos de la E. R., seguidas de análisis igualmente semejantes de varios aspectos de la crisis actual.

Sobre este punto véase Possas, M. (1984). “Marx e os Fundamentos da Dinámica Económica capitalista”. Revista de Economía Política, 4(3), NQ 15.

De paso, obsérvese que hay un consenso razonable entre economistas marxistas contemporáneos en cuanto a que la precariedad y la inadecuación del uso de los “esquemas de reproducción" de Marx para el contexto (distinto) de la dinámica y de la crisis han sido uno de los factores que más perjudicaron la claridad y la pertinencia analítica del debate márxista de principios del siglo.

La crítica de estos elementos explicativos de la crisis será retomada al final de estos comentarios.

La formulación es de Lipietz, pero la conceptualización original es claramente de Aglietta (1976), cap. I, sección I.l.. en la cual parece venir el propósito inviable de subordinar la determinación marxiana del valor-trabajo al concepto keynesiano de renta.

Ver al respecto Possas. M. (1982). “Valor, Preco e concorrencia: Nao e preciso recomencar tudo desde o inicio”. Revista de Economia Politica 2(4), N9 8. No interesa acá polemizar sobre un tema tan remoto, aunque importante teóricamente. Se trata de que los autores de la ER. insisten en utilizar conceptos formulados y expresados en valor-traba jo como si tuvieran validez en niveles menos abstractos de análisis.

Para exposiciones más minuciosas de la posición de la ER. al respecto. ver Aglietta (1978), cap. 6 (principalmente secciones Il. y 11.2.; y Lipietz (1983), caps. 7 y 8.

Pennitiendo también evitar, en consecuencia, equívocos teóricos graves como la aceptación ad hoc de la hipótesis del “profit squeeze" a partir de los Cóstos salariales en la explicación de la crisis. Al respecto cf. Possas, M. (1987) “A dinamica da economia capitalista: una abordagem teorica". Sao Paulo, Brasiliense; pp. 107-111.

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ABORTO La penúltima batalla dela moral dogmática*

Carlos Alberto Brocato

La despenalización, aun parcial, del aborto ha suscitado profundos y apasio- nados debates en todas las sociedades nacionales en que se la consiguió o inten- tó. Más aún su legalización. Es una cuestión por demás involucrante, ante la cual nadie se ha mostrado indiferente o desinteresado. Tampoco se ha podido desim- plicarla de la problemática en que se inscribe, la de la sociedad patriarcal, las concepciones sobre la familia, los discursos de la sexualidad, la opresión de la mujer, temas que inevitablemente han sido arrastrados al centro de la polémi- ca. Hay una lógica social en este doble vínculo, que concierne a lo imaginario y a lo ideológico, a lo que los sujetos sociales vivencian y a lo que los discur- sos dominantes y los cuestionadores patrocinan. Tales debates han sido, en su- ma, ricos y removedores y, sea cual fuere el estatuto legal que ha surgido de e- llos, han resultado provechosos para esas sociedades. Las hacen madurar, las tornan adultas.

En la Argentina, hoy, se observa algo diferente, o más bien contrapuesto. El debate se asordina o se inhibe. La pluralidad de posiciones es burlada y predo- mina ostensiblemente la conservadora-oscurantísta. Los esfuerzos por desi- mplicar el aborto de la problemática conexa son permanentes, adquieren el ca- rácter de un mandato del establishment y en la escena pública masiva obtienen

El texto que publicamos forma parte de un libro que se publicará próximamente.

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por lo general su objetivo. Además, los antiabortistas se revisten de defensores de los derechos humanos, de la vida, con lo que logran un efecto sorprenden- te pues en la mayor parte de ellos es conocido que tal defensa no se extiende de hecho más allá del feto. Han dado pruebas repetidas de no reaccionar ante la vul- neración de los nacidos como lo hacen ahora ante los por nacer.

Este trabajo intenta, sin ocultar la involucración de su autor —como la de todos los que opinamos sobre el aborto- restaurar las implicaciones y víncu- los tan celosamente ocultados.

Breve panorama histórico-legal

Anticoncepción y aborto constituyen una pareja temática inescindible y és- ta no puede a la vez pensarse sino vinculada a las restantes cuestiones de la se- xualidad. La primera experiencia contemporánea importante se registró en la Revolución Rusa: se legalizaron la anticoncepción y el aborto, el matrimonio libre y el divorcio. Se derogó el concepto de ilegitimidad de los hijos; el inces- to, el adulterio y la homosexualidad se suprimieron del código penal. En diciem- bre de 1917 y en octubre de 1918 se dictaron decretos por los que se proclama- ba el derecho absoluto de la mujer a regular su propia vida económica, social y sexual, “así como a elegir su domicilio y avecindamiento, y a conservar su apellido“. El 20 de noviembre de 1920 se legalizaron los abortos llevados a ca- bo en centros hospitalarios; en 1927 se reconoció el matrimonio por cohabita- ción. La tentativa de combinar esta base legal con medidas económicas que per- mitieran asegurar su desarrollo social (guarderías, colectivización de las faenas domésticas, permisos por maternidad, igualdad para las mujeres en las oportu- nidades de trabajo, etcétera) no prosperó, primero por razones económicas y después por involución ideológica. El congreso de 1932, fundándolo en razo- nes predominantemente demográficas, condenó el aborto; en 1936, el segundo plan quinquenal proscribió la interrupción de los primeros embarazos; en 1944 el aborto fue repenalizado. La nueva ley de divorcio de 1936 castigaba “la con- fusión del apasionamiento con el amor” e imponía multas. Se derogó el matri- monio por cohabitación. En 1934 se decretó el encarcelamiento de los homo- sexuales, con penas de tres a ocho años; se restituía así el antiguo precepto za- rista. Se reintrodujo el concepto de nacimiento ilegítimo. Por ley de 1935 los pa- dres se hicieron de nuevo responsables de la educación y conducta de sus hijos. En lugar de los camaradas y amantes revolucionarios, se erigieron en figuras ar- quetípicas la madre y el soldado hcroicos; las ideas de Engels sobre el amor se- xual individual fueron calificadas de “burguesas” e “irresponsables”; se procla-

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que “el Estado no puede vivir sin la familia”, se oficializó la teoria Zalkind- Makarenko de que la sexualidad subsuae energías al esfuerzo socialista y, por consiguiente, se infundió en los jóvenes la práctica de la abstinencia: “Debéis, pues, renunciar a muchos placeres que podrían suponer trabas —dice en una a- locución de la época el comisario de Salud- para vuestros estudios y vuestra futura participación en la reconstrucción del Estado”. Muerto Stalin en 1953 e iniciado el “deshielo”, en 1955 se volvió a instituir el derecho al aborto. Una cla- sificación actual de los países según que el aborto a) esté prohibido; b) esté des- penalizado parcialmente; c) exista mayor liberalización, incluye a la Unión So- viética en el tercer caso.2.

Si bien se venía trabajando científicamente desde 1920, es en 1959 cuando se difunde en Estados Unidos el primer anticonceptivo oral. Se abre así el ciclo dc transformaciones que conduce a la legalización del aborto y fuera del cual éste no puede ser comprendido por entero. Si bien la “pildora” es el gran remo- vedor, sus efectos colaterales perjudiciales, hoy considerablemente disminui- dos, dieron argumentos a los que se oponian a toda regulación anticonceptiva. Esto explica que el dispositivo intrauterino (DIU), de implementación masiva posterior, haya sido para algunos, por su relativa mayor inocuidad, el método más atravesado de mitos y controversias: “Es que precisamente el DIU es el mé- todo que auténticamente produjo u'na revolución sexual: le dio una libertad y u- na independencia a la mujer de las que hasta el momento no había gozado. No casualmente su aparición provocó una hecatombe en la Iglesia, que sistemáti- camente se ha encargado de atacarlo”.3 A los diez años de generalizado el uso de la anticoncepción hormonal, surge la primera ley que legaliza el aborto: la de 1970 en Nueva York. Es notable que siendo una legislación pionera, su re- dacción incluya una concepción amplia y libertaria del “consentimiento apro- piado”. Vale la pena transcribirla: “1) Toda mujer adulta, menor emancipada (la que se gana el sustento y/o no vive en el hogar paterno) o mujer de por lo me- nos 17 años de edad, cualquiera que sea su grado de emancipación o estado ci- vil, puede firmar el consentimiento para abortar. No se requiere el consenti- miento del cónyuge. 2) Se requerirá consentimiento de los progenitores para ha- cer abortar en otras menores de 17 años, pero no si, en la opinión del médico de cabecera, el procurar el consentimiento de los padres haría peligrar la salud fí- sica o mental de la paciente. 3) En todos los casos de aborto en menores sin el consentimiento de los padres, se solicitará consulta psiquiátrica para que cons- te que correría peligro la salud física o mental de la paciente”.“.

Esta amplia autonomía que se le concede a la mujer para decidir su aborto es similar a la que rige actualmente en Cuba. Es importante consignar que en

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ambos casos la perrnisividad parece haberse acompañado de una utilización peculiar del aborto en algunos sectores, por lo cual éste, de último recurso an- te el embarazo ocasionado por falla del anticonceptivo, se transforma de hecho en un método de anticoncepción. Este despla7amiento no tiene una explicación unívoca. Algunos observadores afirman que en Cuba incide, en el marco de la liberalización sexual, un cierto imaginario erótico popular en el que está fuer- temente anclada la resistencia al uso de los instrumentos anticonceptivos por- que reducen o estorban el placer. Esto hablaría, en todo caso, de una particu- larización cultural de un principio universal de la liberación sexual, puesto que para esta última la elección de un método anticonceptivo, salvo contraindica- ciones médicas, “debe acentuar —como lo señala el ginecólogo argentino ya mencionado- la búsqueda de una sexualidad libre, donde el placer pueda ins- talarse con la menor traba posible". Para Millett, la explicación de ese uso, que registra tanto en la URSS de los años 30 como en los Estados Unidos de los 70, se corresponde con los mecanismos de culpa. En la URSS, “constituía, de he- cho, un resultado del sentimiento de culpa sexual que impedía a las mujeres be- neficiarse de los métodos anticonceptivos disponibles”; y agrega en una nota al pie: “Cabe observar el mismo fenómeno en la Norteamérica de nuestros dí- as, donde las estudiantes y otras jóvenes descuidan la utilización de métodos anticonceptivos, impulsadas por un deseo inconsciente de quedar embaraza- das, como ‘castigo’ por su ‘culpa’ reprimida”.6

Es interesante una tercera explicación, que concierne a un uso nacional del aborto y por consiguiente a una cultura singular. La expone con detalle el doc- tor Neubardt en el libro citado. En octubre de 1970 realizó un viaje de tres se- manas por el Japón para interiorizarse de las técnicas de aborto allí empleadas e intercambiar experiencias. Lo primero que llama la atención es el dato de que el aborto voluntario está legalizado en ese país desde 1945. Lo segundo es lo que ya sugerí: el aborto está generalizado como anticoncepción. Pero la razón de ese hábito se encuentra aquí en el establishment médico, no en las mujeres. Los médicos japoneses, y con ellos el gobierno, rechazan la anticoncepción o- ral por razones, a juicio del doctor Neubardt, discutibles, pero compartidas en todos los servicios hospitalarios. Algunos métodos mecánicos son conocidos pero no están difundidos, y sólo el preservativo es usado, pero al parecer con bastantes reticencias. Se sostiene que el aborto con utilización de laminarias es el medio más saludable para la mujer de resolver la concepción no deseada. Las laminarias son algas marinas comprimidas en cilindros de cinco centímetros de largo y distintos diámetros, envasadas en bolsas de plástico esterilizadas. Una vez introducidas y en contacto con las secreciones, ensanchan cinco veces su

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diámetro seco; con una lenta expansión no sólo dilatan el cuello sin dolor, sino que también estimulan las contracciones uterinas. “Después de su empleo gene- ralizado a través de más de veinticinco años no se mmorean siquiera complica- ciones graves por el empleo de ellas para iniciar el proceso de aborto”. Aneste- sicos, antibióticos y técnicas quirúrgicas complementarias son universales, sal- vo algunas de estas últimas que el medio médico japonés ha desarrollado. Los embarazos tempranos, de ocho a diez semanas, interrumpidos con este procedi- miento de dilatación y curetaje (o legrado, o, vulgarrnente, raspado) inician u- na intervención a la mañana y al anochecer la mujer se retira a su casa7. Indepen- dientemente de la necesaria aactualización de estos datos, lo que importa es lo que nos muestran como ideología médica distinta y como imaginario social di- ferente. No aparece aquí rastro alguno de culpa judeo-cristiana. El conocimien- to de estas variantes es lo que amplía nuestra comprensión de la problemática del aborto, y esto es lo que se nos escamotea en la Argentina.

Ahora bien, de la prohibición absoluta del aborto a la permisividad absolu- ta tenemos, pues, franjas jurídicas discemibles. Una de ellas considera que no e- xiste ninguna obligación respecto del feto mientras éste dependa exclusivamen- te de la madre; durante los tres primeros meses las mujeres tienen derecho a a- bortar sin necesidad de invocar ninguna justificación. Otra establece una regu- lación jurídica de las causas socioeconómicas que autorizan el aborto y que de- ben verificarse en el procedimiento de autorización. Una tercera sólo despena- liza el aborto bajo circunstancias estrictas; hace lugar al denominado aborto te- rapéutico, al eugenésico, al ético. Es la franja jurídica que corresponde ala Ar- gentina. La que ofrece mayores complicaciones de implementación es la segun- da, pues da lugar a que el aborto se demore o se entorpezca por la resistencia i- deológica de jueces, médicos y funcionarios a los que la ley les adjudica una in- tervención mayor o menor en el procedimiento de autorización. Es una solución intermedia, que se debate entre concepciones abortistas y antiabortistas domi- nantes en la sociedad de que se trate. En el caso, por ejemplo, de España, cons- tituye en ese sentido un paso adelante pero cubierto de dificultades. Es interesan- te, por lo tanto, para completar este breve panorama, conocer este tipo de texto, que concede y obstruye al mismo tiempo, y que nosotros conocimos en la dis- cusión del divorcio.

En 1985 se refonnó por ley el artículo 417 del Código Penal español y comen- a regir este texto: “No será punible el abono practicado por un médico, o ba- jo su dirección, en centro o establecimiento sanitario, público o privado, acredi- tado y con consentimiento expreso de la mujer embarazada, cuando ocurra al- guna de las circunstancias siguientes: 1) que sea necesario para evitar un grave

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peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada y así conste en un dictamen médico con anterioridad a la intervención por un médico de la es- pecialidad correspondiente, distinto de aquel por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto. En caso de urgencia por riesgo vital para la gestante, podrá prescindirse del dictamen y el consentimiento expreso. 2) Que el embarazo se- a consecuencia de un hecho consecutivo de delito de violación del artículo 429, siempre que el aborto se practique dentro de las doce primeras semanas de ges- tación y que el mencionado hecho hubiese sido denunciado. 3) Que se presuma que el feto habrá de nacer con graves taras físicas o psíquicas, siempre que el aborto se practique dentro de las veintidós primeras semanas de gestación y que el dictamen, expresado con anterioridad a la práctica del aborto, sea emitido por los especialistas del centro o establecimiento sanitario, público o privado, acre- ditado al efecto, y distintos de aquel por quien o bajo cuya jurisdicción se prac- tique el aborto“.

Las circunstancias 2a y 3a nos son conocidas; el avance estriba obviamen- te en la 1‘. Tenemos, pues, el “grave peligro... a la salud psíquica de la emba- razada”; ésta es la puerta que se abre. Se necesitan dos requisitos que no depen- den de la embarazada: un médico que firme el dictamen y otro que practique el aborto; éstas son las puertas que pueden cerrarse. Han surgido en España pro- fesionales que se declaran “ob jetores de conciencia” y se niegan a realizar abor- tos; si son jefes, presionan a los subordinados que no tienen impedimentos; o- tros exigen análisis y radiografías innecesarios para demorar la intervención se- manas y hasta meses, por lo que las embarazadas deben trasladarse a otros hos- pitales, incluso ciudades. Nosotros conocemos en Buenos Aires estas dificul- tades, o similares, en los escasos cuatro hospitales en donde se instalaron a par- tir de 1986 los llamados Servicios de Procreación Responsable; los jefes de e- llos, o los que los suceden, determinan a su arbitrio qué tipo de información se sumistrará y qué anticonceptivos serán o no serán instrumentados. Hace poco, un flamante dictador de guardapolvo decretó la excomunión del DIU en su ser- vicio y la consiguiente prohibición a sus ginecólogos de que lo coloquen a pa- ciente alguna. Por eso, en España respecto del abono y en la Argentina respec- to de la anticoncepción, se hacen esfuerzos por ampliar la legislación y corre- gir las ambigüedades con redacciones más taxativas. En este sentido, de los dos proyeCtos presentados en setiembre de 1990 sobre métodos anticonceptivos y regulación familiar, el de los senadores Gass-Malharro de Torres es tan vago e impreciso que se toma inocuo, mientras que el de los diputados Cafiero-Abda- la-Alvarez-Caviglia contiene enumeraciones y explicitaciones que, de aprobar- se, impedjrían las manipulaciones hospitalarias o las reducirían considerable-

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mente. Por ejemplo, el texto del artículo 79: “Los métodos anticonceptivos que los profesionales médicos podrán prescribir serán los siguientes: a) De absti- nencia periódica, b) Hormonales, c) De barrera: óvulos, cremas esperrnicidas, diafragma, dispositivos intrauterinos y condón”.

Es importante señalar, por último, que en España no prosperó el recurso de anticonstitucionalidad qUe en 1983 paralizó durante dos años el proyecto de ley de aborto, ni, en 1982, fueron condenadas las once mujeres juzgadas por abor- to en la Audiciencia Provincial de Bilbao, porque se admitió que la constitución española no reconoce la protección jurídica de la “vida en formación” y la de- riva a la madre que la porta. Resulta fácil comprender, por lo tanto, cuál hubie- ra sido el alcance de la reforma constitucional bonaerense plebiscitada en 1990 que incluía esa tutela “desde la concepción”.

Las fluctuaciones históricas de la moral teológica

La otra cuestión que requiere una información previa, antes de ir al fondo, es la de la impresión general que se tiene en la actualidad de la posición de la Iglesia Católica Romana. Conviene una breve aclaración sobre esto.

Dos aspectos primordiales conforman esa impresión: el de que siempre la Iglesia sostuvo la misma posición respecto del aborto; el de que esta posición está sustentada en la defensa del derecho a la vida. Esta impresión generaliza- da ha sido con formada por la propia Iglesia; en la Argentina, es transmitida por los medios masivos y consentida, por convicción u omisión, por la dirigencia político-social. Lo primero es falso y lo segundo es inexacto.

Un tercer aspecto envuelve a los dos mencionados y dota a la impresión del efecto persuasivo mayor: la doctrina sobre el aborto tendría un carácter infali- ble. Es cierto que cualquier pronunciamiento pontificio, sea cual fuere el tema, se acompaña siempre de cierto aire de infalibilidad y así es leído por el creyen- te común y los no creyentes. No nos referirnos a esto sino a una cuestión más rigurosa: la Iglesia no puede formular una declaración infalible sobre el abor- to porque, precisamente, es falso el primer aspecto que señalamos. La historia de las ideas sobre el aborto en la Iglesia muestra fluctuaciones y contradiccio- nes. “Solamente una doctrina que ‘siempre se ha enseñado en la Iglesia Cató- lica Romana como artículo de fe’ está sujeta a la enseñanza infalible ex cathe- dra”, señala Jane I-lurst en su erudito resumen sobre el tema’. Estas diferencias teológicas no han sido resueltas por las nuevas declaraciones pontificias. Con- viene simplemente enumerarlas porque ponen de relieve la falsedad del carác- ter inmutable que se pretende para la actual doctrina católica sobre el aborto.

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La primera cuestión en controversia es la de la “hominización” vale decir, el momento en que un embrión se convierte en ser humano, en persona, vale de- cir, el momento de la infusión del alma. San Agustín (354-430) decía que, “se- gún la ley, el acto del aborto no se considera homicidio, porque aún no se pue- de decir que haya un alma viva en un cuerpo que carece de sensación ya que to- davía no se ha formado la came y no está dotada de sentidos”. En efecto, has- ta el año 1869, la mayoría de los teólogos enseñaban que el feto no era un ser humano con un alma humana hasta al menos 40 días después de la concepción, y a veces más tarde. Algunos teólogos sostenían que, en el caso de feto-mujer, el ser humano formado aparecía en el doble de tiempo que para el feto-varón. Esta curiosa diferencia, que sobrevivió muchos siglos, refleja el carácter infe- rior y pecaminoso que siempre se le ha atribuido a la mujer. A esta concepción se la denominó hominización retardada, en oposición a la hominización inme- diata que se instaura oficialmente en 1869 con Pío IX. En rigor, éste pasa por alto el problema de la hominización y, en Apostolica Sedis (1869), castiga con la excomunión el aborto en cualquier momento del embarazo. Este es el pun- to de inflexión en la historia de las doctrinas católicas sobre el aborto. La Igle- sia presta aquí el primer apoyo explícito a la teoría de la hominización inmedia- ta. En 1917, el nuevo Código de Ley Canónica proporciona el apoyo implíci- to: prescribe la excomunión tanto para la madre como para todos aquellos, doc- tores y enfenneras, que participan de un aborto. Es indispensable indicar que el código de 1917 es la primera edición de ley canónica desde los tiempos de la compilación de Gracián, en 1 140. En esta compilación, que la Iglesia aceptó co- mo autoridad interna y fue usada como manual de instrucciones de sacerdotes durante ocho siglos, el canon pertinente sostiene que “el aborto es homicidio só- lo cuando el feto ya se ha formado”

La segunda cuestión en controversia es la del “hilomorfismo”, estrechamen- te relacionada con la anterior. Se trata de una idea desarrollada por Santo To- más de Aquino (1212-1292), en base a un concepto aristotélico, que define al ser humano como una unidad de dos elementos: la materia que representa la po- tencia del cuerpo y la forma que representa el principio realizador del alma. San- to Tomás aceptó la idea aristotélica de que al feto se le infunde en primer lugar un alma vegetativa, después un alma animal y al fin, cuando el cuerpo ya se ha desarrollado, un alma racional. Esta última es la que “forma” al ser humano. Por lo tanto, la teoría hilomorfista implica, para muchos teólogos, la hominización retardada; la hominización inmediata la contradice y además reintroduce la con- cepción dualista (separa cuerpo y alma), inaceptable por anticristiana. No se le puede infundir el alma, arguyen, a un embrión que por tal no ha alcanzado el e-

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lemental desarrollo como cuerpo humano. La discusión se complejiza más aún, pero para el objeto de información previa que nos propusimos es suficiente. En este plano, está claro que las fluctuaciones aluden al conocimiento biológico, indispensable para imaginar las diferentes etapas en el desarrollo del feto. Es importante tener en cuenta esta relación religión-biología, porque los cambios que todos advertimos en la visión eclesial en el siglo XX tienen mucho que ver con el acelerado desarrollo de la biología y la genética en este tiempo.

Seré más breve con el segundo aspecto, que concierne a la defensa de la vida y que califique .de inexacto. En efecto, la condena del aborto estuvo siempre vinculada desde los primeros tiempos al sexo, no a la vida. En la compilación de Gracián, por ejemplo, si bien el aborto no es homicidio antes de que el ser humano esté formado, se lo condena si se lleva a cabo “para satisfacer la lujuria y con odio prerneditado”, y del mismo modo la anticoncepción. Se podrían citar otros textos en los que el aborto era condenado porque se lo usaba “para ocultar la fomicación y el adulterio”. Se ha producido en el siglo XX un desplazamiento-dominado hacia el “derecho a la vida”, que intenta desvincular formalmente el aborto de la sexualidad, aunque no lo logra. Cualquiera que examine encíclicas o declaraciones percibirá que las razones predominantes se fundan en la visión que la Iglesia tiene del sexo. Si ponemos entre paréntesis las abstracciones teológicas, que en buena parte encubren los procesos culturales seculares que las condicionan, no resulta difícil entrever la relación que existe entre este desplazamiento doctrinario y las vicisitudes de las prácticas sexuales en el período. Ha caducado en la sociedad contemporánea, aun para la mayor parte de los creyentes, la reprobación de la fomicación (relaciones sexuales fuera del matrimonio) y del adulterio (fidelidad genital monogámica). Carece de sentido, por consiguiente, seguir condenando el aborto en razón de esos “pecados”.

Es ilustrativa, en este sentido, la opinión de la teóloga Frances Kissling: “Cuando se analiza esa historia se puede ver que las objeciones sobre el aborto han sido y son fundamentalmente objeciones hacia la práctica sexual. La Iglesia, desde los primeros días, ha creído que el sexo para el placer es inaceptable. El propósito del hombre es adorar a Dios. Los primeros cristianos creían que el regreso de Cristo ocurriría muy pronto; por lo tanto podrían permitirse pensar que el sexo era algo malo porque no iban a estar sobre la tierra por mucho tiempo. En tanto pasó el tiempo y la segunda venida de Cristo no sucedió, la Iglesia necesitó hacer algo acerca del sexo; por lo tanto desarrolló una teología de la maldad vencida por la procreación. Las relaciones sexuales entre un esposo y una esposa no debían ser por placer. Creemos entonces que

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la objeción del aborto no está basada en la vida del feto sino en las posiciones con respecto a la sexualidad, la anticoncepción y el contacto sexual; el propósito del sexo debe ser la procreación. [...] En el principio que rige la posición de la Iglesia Católica Romana hoy en día y en sus objeciones al aborto subyace la condena a la mujer que ejerce su sexualidad fuera de los límites consagrados de la procreación, el matrimonio y la familia. Ninguna mujer puede escapar a la maldición divina que condenó a Eva a parir sus hijos con dolor como castigo por el pecado original, y aquella que se atreva a intentar evitar el castigo divino deberá pagarlo con la excomunión o la muerte”.‘°

Dos grandes procesos que conciernen a la cultura, por lo tanto, condicionan los cambios y los énfasis en las posiciones de la Iglesia Católica Romana. Por un lado, las modificaciones en las costumbres sexuales; por el otro, las transformaciones científicas en el ámbito de la genética y de la psicología. La interrelación de ambos procesos ha ido alterando notablemente en las últimas décadas el imaginario social, la subjetividad colectiva: alteración de hábitos, de valores, de ideas, de convicciones morales. Durante siglos la fisiología de la reproducción fue prácticamente desconocida, lo que la inducía a las conjeturas del misterio y ala sumisión a designios que escapaban al hombre. l-loy éste la conoce y con los anticonceptivos la controla. La sexualidad se le ha hecho también inteligible en la conceptualización del erotismo; se ha afirmado en el hombre su discernimiento de la procreación. A todo esto, a partir —de la segunda posguerra se incuba lo que se conoce como la irrupción social del deseo, que estalla en los sesenta con la “revolución sexual”. Parece suficiente para comprender los giros de la Iglesia, y acaso demasiado.

Argentina: el debate reprimido

La discusión sobre el aborto conlleva un desplazamiento de la discusión sobre la anticoncepción, a la que oculta y/o elude. El verdadero choque ideológico lo produjo la anticoncepción. ¿Por qué el desplazamiento? Por tres razones principales: a) porque las evidencias empíricas de las últimas décadas muestran que el pensamiento oscurantista ha perdido ya la batalla contra la anticoncepción; b) porque las razones pragmáticas (control de población/ recursos) son demasiado poderosas para los Estados como para renunciar a la anticoncepción planificada como forma de regular la tasa de nacimientos; c) porque esta doble situación desactiva filosóficamente el choque ideológico que significa la anticoncepción y, en cambio, el aborto lo potencia simbólicamente y como situación límite lo exacerba en el imaginario social. Un debate sobre la

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anticoncepción es hoy comprensible masivamente; un debate sobre el aborto se enrarece conceptualmente y permite que actúen con toda su fuerza inhibitoria los tabúes y las culpas. Por ello, el medio más eficaz de disminuir la sobrecarga simbólico-tabuizada de que el pensamiento conservador reviste el aborto es remitirse a la anticoncepción, llevar la discusión al plano de la anticoncepción.

Sin embargo, es posible, y necesario, razonar sobre el aborto en el plano filosófico-moral,de que con obstinación ideologizadayfantasmasculpabilizantes se lo desaloja para situarlo en el ámbito religioso-axiomático. El gran recubrimiento es aquí también metafórico: la palabra vida, según los antiabortistas, es capaz de resumirlo todo. Se la invoca y, de inmediato, baja la luz sobre nosotros: nos damos cuenta de dónde está la verdad y en qué consiste lo justo... El oscmantismo necesita de los enunciados alusivos, aconceptuales, oscuros. La palabra vida, en su inmensa resonancia emocional-moral, cierra toda discusión racional, clausura el debate. Este es el propósito de su utilización: apabullar, no razonar.

¿De qué “vida” se trata? Una pierna amputada es vida. La palabra “vida” no resuelve nada, ni a favor ni en contra del aborto. Porque tampoco el feto es una pierna; es algo irreductible a la mujer que lo contiene. De loque se trata, más precisamente, es de la palabra “persona”; vale decir, se trata de una cuestión filosófica: bajo qué argumentos reconocemos esa condición. Lo que discutimos. es si el feto es persona, y ningún antiabortista serio deja de plantear la cuestión a partir de este nivel conceptual. La palabra “vida” queda para las consignas de televisión. Debemos, pues, enfrentarnos con el problema siguiente: ¿desde cuándo y por qué consideramos el atributo de “persona”?

Es posible argumentar que, desde un punto de vista biologista, el feto adquiere el carácter de “persona” cuando desarrolla el sistema nervioso central“ o la corteza cerebral. Hay otras tesis similares. A veces se la complementa con un ingrediente psicológico-filosófico: la presunta capacidad de sentir dolor. Presunción incierta, pues el concepto de “dolor” no puede confundirse con el de “reflejo” ni reducirse a una reacción fisiológica verificable, datos que no alcanzan para fundar la dimensión precisamente psicológico-filosófica que se sugiere. Este criterio biologista carece por mismo de universalidad, pues no son considerados otros aspectos que, para otros pensamientos, deberían tomarse en cuenta.

Es posible argumentar que, desde el punto de vista católico, la persona se constituye desde el momento de la concepción. Existen interpretaciones teológicas católicas que disienten, como ya lo expuse, pero no me parece necesario tenerlas en cuenta en esta enumeración, pues influyen escasamente en

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la catolicidad argentina. Es cierto que la visión católica que predomina entre nosotros es la “conservadora y antimodema”, para utilizar el lenguaje de un teólogo católico, vale decir, una “posición que tiende a pensar la relación entre fe y cultura concibiendo a la fe más bien como un sistema de ‘prirrcipios’ doctrinales ahistóricos que se aplican unívocamente a la diversidad de los momentos históricos y de los espacios culturales, sin tener en cuenta ni el análisis de cada sociedad ni su historia”;ll pero ésta es nuestra realidad histórico-cultural y aquélla es la visión religioso-institucional dominante. Los defensores, por tanto, de la posición antiabortista católica sostienen que Dios infunde el alma en el instante de la concepción y que, por consiguiente, desde allí debe considerarse la existencia de la persona. Se instalan, como se ve, en el espacio inexpugnable de las creencias religiosas, fuera de una inteligibilidad y aprehensibilidad f ilosófico-morales modernas. Parece innecesario señalar que este criterio religioso carece también de universalidad, pues depende para su aceptación de que se compartan o no, esas creencias. Erigir éstas en valor moral tiene sentido, por lo tanto, para los que comulguen con esa religión.

Es posible argumentar que, desde el punto de vista judío, “la infusión del aima es un proceso que se da al nacer la criatura”; el feto es otro órgano del cuerpo “hasta que emerge la cabeza: desde ese momento se trata de dos vidas en igualdad de condiciones y la madre ya no tiene prioridad sobre el hi jom. Para la teología rabínica, por lo tanto, que difiere de las variantes cristianas, el aborto adquiere otra valoración. Dice al respecto el rabino Klenicki: “La tradición rabínica considera el aborto como un crimen no capital, una seria ofensa al compromiso de la revelación, un hecho moralmente erróneo, pero no un homicidio culpable de castigo legal”.13

Respecto de la no universalidad de este criterio y de su posibilidad de ser to- mado como valor moral, reiteramos lo que ya dijimos sobre el criterio religio- so anterior.

Es posible argumentar que, desde un punto de vista fisiológico-pragmático, el feto es persona cuando es capaz de sobrevivir fuera del seno materno o tie- ne ya importantes posibilidades de supervivencia. Es la tesis denominada de la “viabilida del feto, de implementación legal en particular en Estados Unidos, que admite, por ende, el aborto hasta la 28’ semana del embarazo. Este criterio, que se sustenta en estadísticas de partos tempranos, goza de evidencia empíri- ca universal pero carece de vigencia de la misma índole pues prescinde del pa- rámetro religioso, biologista y otros.

Es posible argumentar, por último —y éste es el criterio que aquí adopta-

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mos-—, que, desde el punto de vista de la filosofía social, la persona es tal cuan- do se constituye en sujeto humano-social, vale decir, capaz de establecer por relaciones histórico-sociales. Un niño recién nacido, abandonado en un zaguán o convenientemente atendido en una sala de partos, es ya, y sólo a partir de a- hí, un sujeto humano-social: existe en una red de relaciones con otros seres de una manera autónoma y a la vez heterónoma. Su condición humana no habla de ninguna “naturaleza” inmutable ni metafísica sino de su condición de ser entre otros seres, de ser en sociedad. Antes de ser histórica y socialmente, no es. Su heteronomía es esa condición necesaria de relación con los otros, sin la cual la persona se reduce a individuo y con la cual funda su autonomía trascendente, su capacidad de dar a los otros y recibir de ellos. Esta concepción moral-social se opone a la del individualismo liberal por razones que se desprenden fácilmen- te“. El criterio de persona que forrnularnos se sustenta en la convicción laica de la existencia histórico-social (ni meramente biológica ni dogmáticamente divi- na) de la sociedad humana. El hombre solo, o reducido a su condición biológi- ca presocial, no existe como entidad humano-social. Es en su relación fáCtico- simbólica con otros hombres que puede instaurar valores, erigir ideales, dar sen- tido a la ética. Este criterio, que nace en los griegos y se consolida en el largo ciclo de secularización de la modernidad, rechaza explícitamente el punto de vista religioso y no puede, por lo tanto, reclamar universalidad.

Mientras permanezca en el seno femenino, carece de sostén racional atri- buirle al feto índole de persona, pues el feto no sólo no puede establecer por relación histórico-social alguna, sino que, en el nivel primario fisiológico, su su- pervivencia depende de la de la mujer. Es difícil comprender cómo un apéndi- ce de otra persona pueda ser él al mismo tiempo persona. Para sortear esta di- ficultad que resalta por misma, se acude al recurso casuístico de denominar al feto “proyecto de persona” o “persona en potencia” o “persona por nacer”. El corrimiento tiene el objeto de recargar simbólicamente al feto con los atributos de la persona y hacer de él así un disparador de culpas e inhibiciones: crimen de un inocente, asesinato de los que no pueden hablar, homicidio mostruoso... Muchas personas, demostrando que no son conscientes de que ponen en juego más los sentimientos que las razones, exclarnan que la supresión de una “per- sona en potencia” es un asesinato; ni siquiera reparan en que están utilizando u- na fórmula que niega realidad actual al sujeto sobre el que predican la reproba- ción. Estos sentimientos, que merecen respeto por su sinceridad, son instrumen- tados ideológicamente por los antiabortistas. A veces el desplazamiento se evi- dencia consciente y entonces no puede ocultarse la manipulación. Tal es lo que acontece con el documental televisivo “El grito silencioso”, un trucaje efectis-

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ta repleto de falsedades y golpes bajos. Además de mostrar fetos de mayor tiem- po del que se informa, de afirmar que a las doce semanas el feto siente dolor, de que aumenta los latidos ante el “peligro de muerte”, de que abre la boca y de que la abre para ¡gritar!, afirmaciones todas científicamente falsas, la banda sono- ra magnifica aún más la falsedad de los datos: un sonido de cascanueces irrum- pe cuando se extrae la cabeza del feto. El lenguaje del doctor Nathalson ref uer- za la constante manipulación: dice “niño” por feto, al útero lo denomina dramá- ticamente “santuario” y ante un movimiento reflejo del feto el estilo alcanza el- paroxismo: habla de la “frenética actividad de rechazo”. No sólo el feto es ho- minizado y animizado; también parece manifestarse moralmente contra el abor- to. El doctor Bernard Nathanson alcanzó fama en Nueva York como reputado médico abortista. Es probable que con este penoso documental haya expiado la culpa; pero no era necesario que la repartiera tan generosamente.

Muchas veces el corrimiento de que hablamos es el típico ergotismo (abu- so de la argumentación silogística) de los razonamientos fonnalistas, al que la teología muestra una irrefrenable propensión. Julián Marías, por ejemplo, em- pieza por afirmar la “irreductibilidad” del feto, en seguida deduce el “absolu- to tercero”, a continuación pasa a la “persona viviente” y sin solución de con- tinuidad apostrofa contralos que no respetan la “vida”. Aristóteles se asombra- ría, y con él Santo Tomás, de este mágico pasaje de la potencia al acto. Con me- nos gracia que el publicitado profesor de filosofía, nuestro diputado democris- tiano Eduardo A. González presentó en 1989 un proyecto por el que se oponí- a a todo aborto bajo la fórmula de “persona por nacer”. Debe de haber leído, es presumible, al charlista católico español. En sus considerandos repite aquí y a- llá lo de “persona por nacer”, incluye “vida naciente”, no se priva del latinajo “nasciturus” y, sin que nos demos cuenta de por qué y cómo, reclama que de- saparezca del Código Penal “la autorización para matar”, esto es, el artículo 86. Invoca a la vez la “igualdad ante la ley” del artículo 16 de la Constitución. Cuál es la igualdad entre una persona por nacer y una nacida y de qué forma se pue- de matar a una persona que todavía no ha nacido, son cuestiones que este tipo de antiabortistas resuelven con el conmovedor ergotismo que hemos ejempli- ficado. A veces éste, en manos de la lógica abogadil, no pasa de ser una inge- nua tautología jurídica, como la de un pretencioso articulista de La Nación. Pri- mero puntualiza la norma civil que tutela los derechos patrimoniales del hijo por nacer, se distrae un rato por consideraciones prescindibles y sorpresivamente nos zampa un silogismo jurídico: “Una vez que el Estado, por medio de sus le- yes, reconoce que un niño por nacer tiene derechos sobre bienes, es arbitrario e injusto negarle el más valioso de los derechos que es la vida misma”. El fe-

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to hereda; ergo, es persona. El articulista es master en leyes por la Universidad de Nueva York; se trata de un razonador con prestigio. El ex juez González Mo- reno se ahorró estas sutilezas lógicas y semánticas cuando resolvió en junio de 1989 que la autorización para practicar un aborto constituiría “una decisión, a- demás de arbitraria, delictiva, por cuanto estaría mandando matar a un ser hu- mano inocente, sin juicio previo...”. He aquí una fórmula que combina al abo- gado puntilloso con el ex médico abortista.

Cuando en la sede del debate sólo comparecen los antiabortistas y, como su- cede en nuestra sociedad, los abortistas son prolijamente evitados, estos dispa- ros simbólicos obtienen su propósito tabuizante sobre el ciudadano común. Tampoco me parece sustentable cierto razonamiento abortista que aparece con frecuencia y que consiste en señalar que si la persona existiera desde la concep- ción la Iglesia Católica Romana debería bautizar e inhumar criStianamente los fetos que a diario se tiran a la basura en los hospitales, cosa que obviamente no hace ni reclama que el Estado tome en cuenta. He visto el razonamiento esgri- mido incluso por católicos progresistas. Los hechos hospitalarios mencionados pueden ser exhibidos como denuncia de la hipocresía de la Iglesia, y en efec- to poseen esa validez condenatoria, pero carecen de consistencia demostrativa para fundar criterios sobre la persona o refutarlos. Son también empleos de e- fectos de resonancia emocional-moral, y aunque se simpatice con su signo de- bemos ser cautelosos en su utilización porque enrarecen el debate tanto como los otros. La Iglesia no debe ser tabuizada por el pensamiento social, al modo de los debates ateístas finiseculares; debe ser cuestionada en sus pretensiones hegemónicas sobre la sociedad civil. De ningún modo estas consideraciones in- tentan auspiciar un criterio que desconozca lo no racional como componente de la persona y de lo histórico-social; como lo conocemos y lo reconocemos, re- chazamos la primacía compulsiva de cualquiera de los criterios sobre la perso- na, incluido desde luego el nuestro.

Observemos ahora, en otro orden, que el criterio de “viabilidad del feto” que hemos incluido en la sintética tipología no parece mostrar de hecho diferencias inconciliables con el criterio filosófico-social que defendemos. A la inversa, di- ría que no veo inconveniente en que ese criterio pragmático pueda ser conside- rado como una implementación aceptable de los criterios abortistas que actual- mente se discuten y se norman. De derecho, sólo añadiría dos principios que, me parece, debieran tenerse presentes en el espíritu, no sien la letra, de to- da codificación legalizadora del aborto (salvo en los casos excepcionales de violación, malformación del feto, etcétera). Uno concierne a la responsabilidad ante y ante la sociedad que define a toda persona y que es dable exigirle, por

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ende, jurídicamente: la decisión'de interrumpir el embarazo no deseado, en u- na sociedad ya sin constricciones ni coacciones a esa decisión, debe ejercerse en tiempos responsables. El otro, que se corresponde con el anterior, atañe al servicio estatal que, en una codificación moderna (esto es, que no sólo lo des- penalice sino que lo legalice), debe hacerse cargo de la intervención médica, que, obviamente, solventará la comunidad: no es admisible que una persona a- place la decisión de la interrupción fuera de un lapso en que las secuencias psi- co-sociales, los esfuerzos profesionales y los costos económicos se incremen- ten considerablemente. En cuanto a los tiempos médicos convenientes, se tra- ta de una cuestión técnica que no es sustancial para la índole de estas reflexio- nes.

En definitiva, sea cual fuere el punto de vista que adoptemos sobre la per- sona, está claro que todos y cada uno de ellos se corresponden con creencias- convicciones; ninguno de ellos puede reclamar preeminencia ni ofrecer “de- mostración científica” concluyente que lo eri ja sobre los otros. La penalización actual del aborto en la Argentina, como lo fue en los países en que ha sido des- penalizado, pone de manifiesto el privilegio estatal de que goza uno de los cri- terios, que desconoce a los otros y se impone sobre ellos. El aborto no puede ser substraído de su dimensión de acto de conciencia, y debe estar normado sobre la base del reconocimiento de la pluralidad de conciencia que existe en la socie- dad. La valoración del aborto se decide en el plano de las creencias y pertene- ce al mismo orden de las que conciernen al matrimonio, la sexualidad, la pro- creación. El que crea que el feto es persona deberá ser resguardado en su impres- criptible derecho a que nadie lo fuerce o lo induzca a interrumpir el embarazo; el que considere que el feto no lo es debe ser resguardado en su imprescriptible derecho a que nadie lo fuerce o lo induzca a concebir lo que no desea concebir.

Imponer un acatamiento generalizado de un valor/creencia, decretar su uni- versalización forzada, es arbitrario en su ilogicidad y totalitario en sus efectos de sometimiento sobre los que no lo comparten. Algo similar ha ocurrido con el divorcio, que, según una creencia religiosa (la del mandato divino de la in- disolubilidad del matrimonio), es considerado moralmente incorrecto; por ello, se razonaba, su autorización legal-civil desatará una ola de inmoralidad. Ni el divorcio era inmoral para las personas que no compartían esa creencia religio- sa ni, como la experiencia histórico-social lo ha mostrado en la Argentina y en todos los países en que se codificó, su legalización corrompió a la comunidad humana que lo adoptó. De hecho, comenzó a practicar legalmente lo que ya mu- cho antes se había convertido en una costumbre. Al contrario de los augurios apocalípticos, la legalización del divorcio mejoró la moralidad media al supri-

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mir la doblez como comportamiento interpersonal y dignificó colectivamente la condición ambigua en que se encontraban sumergidos los “separados”. El mismo efecto moralizante producirá la legalización del aborto.

Introducir en un texto constitucional, como se lo pretendió en el artículo de la reforma bonaerense, la creencia de que la vida “de todos los habitantes” comienza “desde la concepción” entraña una violencia medieval y totalitaria. Por ella, “todos los habitantes” son obligados a creer en Dios y en que éste in- sufla el alma en el acto de la fecundación. Se inaugura así un Estado teocráti- co.

La concepción no depende ya de Dios sino del hombre

Los teólogos católicos más progresistas suelen hablar del efecto “ruptura del dique”. Lo he visto utilizado respecto del aborto o de la eutanasia. Se da a en- tender con ello que, legalizado esto o aquello, ya nada contendrá las aguas . . . de la inmoralidad. Si se autorizara la eutanasia, dice un teólogo de la Universi- dad Pontificia Comillas, lo más probable es que a continuación se empezaría a justificar la eliminación de todo enfermo terminal, luego de los ancianos impro- ductivos, más adelante de los recien nacidos malformados... Evoco a un teólo- go preconciliar“ no a un miembro argentino de Tradición, Familia y Propiedad que nos anunciaría directamente el imperio de Sodoma y Gomorra a la media hora exacta de aprobada la despenalización. Aquel sabe ver, por lo tanto, la in- fluencia de una sociedad cada vez más atomizada, despersonalizada e insolida- ria. No obstante, no puede evitar la propensión a juzgar que toda moral se sos- tiene sobre principios religiosos, sin los cuales o con cuyo debilitamiento la mo- ral de conciencia se desploma o como mínimo se desnorta. Pero lo más sinto- mático del pensamiento religioso, aun en sus variantes más inteligentes, es la di- ficultad que encuentra para percibir la ruptura histórico-social del dique. Esta no se ha producido en las formas jurídicas que acompañan, siempre tardíamen- te, las modificaciones de las costumbres, sino en la dimensión trastrocante de una de esas modificaciones. Me refiero a los medios anticonceptivos masiviza- dos.

La materialización generalizada de la anticoncepción ha trastrocado el uni- verso irnaginario y axiológico de Occidente. Esta es la verdadera quiebra del di- que. Como sucede en este tipo de represas cuando se agrietan o desmoronan, la inundación no ha sido, ni puede ser, inmediata. Los efectos en la subjetividad social que ha acarreado y seguirá acarreando el uso difundido de los medios an- ticonceptivos es inmensurable y de largo plazo. Su solo enunciado, si capta la

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profundidad del trastrocamiento, es suficiente para acercarse ala comprensión de su dimensión: por primera vez en la historia de la humanidad ésta tiene con- ciencia colectivamente de que la procreación no depende de la voluntad de Dios sino que puede ser decidida por el hombre. Es comprensible que el pen- samiento religioso, consciente o inconscientemente, tienda a OCullal' el verda- dero dique que se ha fisurado y desplace la mirada hacia otro que se encuentra río abajo, el aborto. Pero éste ya está cubierto por el exceso de aguas que pro- vienen de la ruptura del anterior y no podrá sostener por mucho más tiempo su pared de contención. Este es el desplazamiento de que hablé antes, que trata de velar el verdadero choque ideológico: la profundísima quiebra del imaginario religioso que han ocasionado los anticonceptivos.

El divorcio, el aborto, la patria potestad compartida, la igualdad adulterina y por consiguiente la despenalización del adulterio (¿para qué conservar la fi- gura punitiva si condena al varón y a la hembra por igual?), el impulso irrepre- sable de la reivindicación de la mujer, la irrupción pública del erotismo tanto tiempo tabuizado, la industrialización de la desnudez femenina impregnándo- lo todo en la etapa mass-mediática, la familia reducida por la voluntad de los procreadores antes sumisamente compelidos, la expansión del reconocimien- to fáctico del placer, todo, todo lo que ha cambiado notablemente la moral so- cial a partir de la segunda posguerra tiene que ver con el descubrimiento cien- tífico de los anticonceptivos y su implementación técnica en medios factibles de ser usados masivamente. Ninguna campaña propagandística del más lúcido agnosticismo pudo obtener resultados semejantes, ni podria haberlos obtenido, sobre la religiosidad popular.

No hubiera habido ruptura de dique sin el descubrimiento científico y la apli- cación técnica que lo generalizó. Es la democratización del instrumento anti- conceptivo lo que ha sacudido el dique de contención que la Iglesia construyó tabú sobre tabú, prohibición sobre prohibición, culpa sobre culpa. El poder de Dios no es hoy disputado sólo por las elites ilustradas, como al inicio de la mo- dernidad; masas sociales enteras han asumido ahora el poder de decidir cuán- do procrearán. Que no sean capaces deconceptualizar este despojo del “plan de Dios”, no significa que semejante apoderamiento no esté operando en el ima- ginario social. La Iglesia es consciente de las dos cosas. Lo cual no quiere de- cir que la institución de almas ni los laicos ni los agnósticos ni nadie perciba- mos con exactitud el alcance subversivo del disturbio que los preservativos de distinta índole han instalado entre nosotros.

Esta relación que señalo entre las prácticas sociales y el imaginario colec- tivo es del mismo orden que la que se produjo cuando las masas campesinas se

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trasladaron con la industrialización a los recintos urbanos. “Ellos se incorporan alas industrias —registraba un testimonio sacerdotal del siglo pasado— y allí se hacen ateos”. La industria representaba la seguridad y el mundo rural, por 'el contrario, la inseguridad; en éste se dependía de la lluvia, fenómeno incontro- lable por el hombre y que a la vez lo empequeñecía frente a la inmensidad del cielo. En la ciudad, no se necesitaba rezar para que lloviera; para comer, bas- taba con ir todos los días a la fábrica. En este sentido, la creciente generaliza- ción de la decisión de orientar la procreación, e incluso renunciar a ella, puede verse hoy como la culminación del largo ciclo de la racionalidad moderna.“5 En ella se inscribe, y en las próximas décadas se hará más nítida esa inscripción, la re-racionaliz'ación de la religión que se está cumpliendo; está en proceso un re- situamiento psicológico de ella en los creyentes y en los teólogos. La fe religio- sa se va asumiendo cada vez más como dimensión delo imaginario histórico- social, como “mediación” que opera en la historia y la cultura de los pueblos, a la par que abandona gradualmente la pretensión patrístico-escolástica de las pruebas de verdad. La “religión verdadera” o incluso “científica” va siendo sus- tituida por visiones en las que se intersectan dispositivos de inocultable raíz an- tropológica. Juan Pablo II, cuando a tres siglos y medio de la'abjuración obli- gada de Galileo lo reivindica, pone de manifiesto estas intersecciones al atribuir la intransigencia de 1633, a “una lectura de la Biblia culturalmente influida”. Solo los recalcitrantes pre-conciliares, y entre ellos la jerarquía eclesiástica ar- gentina, se resisten a todo aire nuevo.

¿Qué queda del designio del Creador si la procreación, el acto más próximo a la creación, se ve cada vez más su jetada en estas décadas ala decisión del hom- bre, a la voluntad del ser humano-social que proyecta a su arbitrio la concepción del hijo e incluso asume la decisión de desproyectarlo cuando el embarazo for- tuito irrumpe indeseado? Es la práctica abortiva generalizada en todos los nive- les sociales e inclusive en sectores creyentes, es la instauración del aborto co- mo costumbre en las sociedades de posguerra lo que lo ha moralizado, pese a la resistencia eclesiástica y de la jurisdicidad que en la Argentina se le subor- dina. Así ha sucedido, por otra parte, con todas las remociones colectivas de conceptos morales (virginidad femenina, relaciones prematrimoniales, fideli- dad genital...), que primero se alteran en las prácticas sociales pertinentes. En este sentido, la inevitable, aunque demorable entre nosotros, legalización del a- borto no puede verse sino como consecuencia de la anticoncepción hecha há- bito masivizado.

Por eso el pensamiento oscurantista en la Argentina clama contra la posibi- lidad de despenalizar el aborto, pero más efectivo y permanente es su esfuerzo

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por impedir toda forma de planificación familiar, educación anticonceptiva, in- formación sobre la cópula. (Hace a la inversa de todo abortismo responsable, que reclama el incremento de la educación anticonceptiva para reducir al míni- mo los abortos). Consiguió que se las prohibiera por decretos de López Rega en 1974 y de la dictadura pasada en 1977, y ha logrado hasta hoy que el decreto de 1986 que las autoriza no se haya materializado en implementaciones estatales ni menos aún se incorporara institucionalmente al sistema de salud pública. Se entiende este celo vigilante. ¿Cómo puede convercerse a la gente de que es con- denable desproyectar la concepción indeseada si se hace costumbre en la socie- dad la no proyección? ¿Cómo condenar el aborto si se admite la decisión de la pareja de no proyectar hijos o proyecrarlos cuando se les antoje a ellos, no a la decisión divina?

No es el aborto el que degrada el “proyecto” de hijo; es el anticonceptivo el que desacraliza al feto.

El aborto penalizado castiga el placer

¿Quién se atreve hoy a condenar moralmente al matrimonio que decide no tener más hijos o no tener ninguno? ¿Quién reprobaría hoy públicamente a la pa- reja que reivindica la cópuia para el placer y no para la procreación? Pero, en- tonces, si se puede renegar del mandato divino de la procreación, ¿en dónde se cumple éste urbi et orbi?. El ecumenismo del mandato se ha disuelto; se preten- de, no obstante y encubiertamente, que se verifique a expensas de los usos fa- llidos del anticonceptivo. El embarazo fortuito, chambón, recupera algo de sa- cralidad si un poder superior a los partícipes los condena a éstos a continuar la concepción. Si no los puede subordinar la Iglesia, al menos que los someta la ley penal. Es la sacralidad demonológica, negativa, se dirá: es cierto, pero el ri- tual conservará algo de lo perdido. Es como si se dijera al infractor: te has al- zado contra Dios valiéndote del uso técnico del anticonceptivo; si éste falla, en- contrarás el castigo que pretendiste burlar, tendrás que hacerte cargo de las “consecuencias”. ¿El hijo es una consecuencia, un rebote contingente, o es un deseo-proyecto? El hijo se proyecta pero a veces se apechuga, susurra el diáco- no leguleyo. ¿Se necesita más para desnudar la penalización del aborto como re- vancha religiosa frente a los que se atrevieron a realizar la cópula-placer?

La liberación sexual que rompe las compuertas a partir de la década de los 60 ha inducido en la Iglesia Católica Romana una dialéctica comprensible: ha- cia afuera endurece sus dogmas morales para sofrenar en lo posible una libe- ración que ralea su feligresía y disminuye cada vez más, celibato de por medio,

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las vocaciones sacerdotales; hacia adentro ablanda su moralidad dogmática (juzga con más benevolencia los pecados sexuales confesados, morigera en las homilías la otrora machacona culpabilización de los pecadores, elastiza hasta límites ayer impensables las condiciones de admisibilidad de los seminaristas) para conservar hasta donde pueda una población adepta que la misa muestra ca- da vez más disgregada. Es el sexo, su antiguo enemigo, el que le disputa el rei- no de este mundo. El anticonceptivo instituye el reconocimiento de que la có- pula puede ser realizada por placer. El sexo-placer instaura sus fueros junto al sexo-procreación y lo desaloja de su pedestal jerárquico.

La Iglesia va a la rastra de las transformaciones psicológicas y morales que se verifican en la sexualidad. No puede oponerse indefinidamente a esas modi- ficaciones y las resiste hasta que comprueba que el proceso de secularización se introduce en su propia feligresía. Este ha sido y continúa siendo el problema de fondo en la relación de la Iglesia con la sociedad civil: cómo asegura la con- tinuidad de su poder sobre ella, vale decir, cómo se resiste a la secularización, que lo debilita. En el momento de que hablamos, que se repite cíclicamente en duración desigual según qué transformaciones estén en juego, los creyentes ex- perimentan un malestar insobrellevable entre sus deseos humano-sociales y las convicciones religiosas que los reprimen. La Iglesia, entonces, no tiene más re- medio que abrir una de las compuertas y tratar de controlar el caudaloso empu- je, sin poder evitar desbordes y pérdidas. ¿Cómo controla o intenta controlar las intrusiones secularizantes? Resemantiza la sujeción religiosa, dispone de otro modo la vieja articulación teológica, negocia con la feligresía un contrato más flexible. Este mecanismo se ha vuelto a poner de manifiesto con el placer sexual. La Iglesia se ha visto obligada, dadas las transformaciones en las visiones y há- bitos sexuales de las últimas décadas, a reconocer lo que denomina el “amor: conyugal”. El padre Botero Giraldo admite, con ilustrativa sinceridad, el alivio que proporciona la compuerta: “Muchas esposas, sobre todo, podrán respirar tranquilas como quien se libera de una pesada angustia, sabiendo que la relación sexual no es única y exclusivamente en orden a los hijos, sabiendo que hoy se abre para ellas un cauce legítimo, antes no bien explicitado”.17 Dejemos a un lado el indulgente eufemismo con que el autor reduce la degradación culpabi- lizante que la Iglesia infligió al sexo a una cuestión de mayor o menor explici- tud; vayamos al núcleo del dispositivo. Apenas se ha entreabierto la compuer- ta, el alivio se contrae con la reaparición de los viejos axiomas. Es, dicho en tér- minos futbolísticos, patear la pelota hacia adelante. mecanismo inevitable pa- ra la Iglesia Católica Romana, a diferencia de la judía y de muchas protestan- tes, mienuas mantenga su obsesiva pretensión de regular la sexualidad de los

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humanos. El “amor conyugal”, pues, vuelve a cerrarse: si bien se lo admite aho- ra como diferente de la procreación, se lo define como inseparable de ésta. Se trata de la conservación dogmática de un digesto teológico que ya vastos sec- tores de fieles han escindido, separado. El mantenimiento de él hace ambiguo y culposo el vínculo de aquéllos con la Iglesia y termina por segregarlos. Del mismo modo, es difícil para todos ellos aceptar hoy que la relación sexual só- lo pueda consumarse en la sede “conyugal”. Han vivenciado la caducidad del “no fomicar”

Una tras otra las realidades secularizadas son resublimadas en el intento de sofrenar su extensión y consolidación. Se pretende ocultar, o redefinir ocultan- do, lo que las nuevas costumbres sociales patentizan como desacralización y a la vez afirmación de lo humano-social. ¿Cuántos admiten hoy que la relación sexual supone un compromiso “para siempre” de los partícipes? ¿Cuántos cre- en hoy que reconocer la posible transitoriedad del encuentro de los cuerpos su- pone una “inmoralidad”? El sacerdote mencionado, en ese texto de “orientacio- nes ptácticas” aggiornadas, se esfuerza por convencerlos: “Salta a la vista que el amor sexual conlleva dos requisitos que no son fruto de una ley, sino exigen- cias intrínsecas del amor, si éste es auténtico. Primera: Ser expresión de amor de uno para con una. Segunda: Ser expresión de amor para siempre”.18 Salta a la vista, conlleva, exigencias intrínsecas, si es auténtico... Es inútil sobrecargar el texto de trucos silogísticos: la experiencia sexual del creyente le evidencia la relatividad de los axiomas teológicos. Se podrá inhibir o demorar esa experien- cia, y, consumada, culpabilizarla; pero cada vez serán menos eficaces las admo- niciones y los fieles más indiferentes, o resguardados, a la culpa infundida. Ya no estamos en la Edad Media con su terrorismo religioso.19

La compuertaentreabierta se muestra, pues, insuficente: las aguas desbor- dan por encima del dique y éste exhibe grietas profundas por las que también se escurren. Se tratará de soldarlas definiendo con insistencia la relación sexual co- mo “comunicación”, para velar el concepto dc “placer” o mediatizarlo. Cual- quier psicología laica establece hoy que una relación sexual sin intercambio a- fectivo-simbólico entre los partícipes, sin lenguaje incluso, se constriñe a me- ra genitalización. Un texto fecundo como el de la psicoanalista Dolto, que fue católica militante a la vez, ilumina mil veces más que estos ergotismos teológi- cos el problema de la “comunicación” en el encuentro de los cuerpos.20 E ilus- tra la posibilidad de pensar una ética del encuentro sexual, sus dones recíprocos y sus “casos de conciencia” sin necesidad de que intervenga la teología moral. En verdad, la aparición del término “comunicación” en la nomenclatura cató- lica debe entenderse como concesión, inconfesada y podría decirse inevitable,

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a la influencia contemporánea del psicoanálisis.21

No resuelve mucho el término, y menos aún cuando no se ceja en ligarlo a la indisolubilidad y .la fidelidad de los cónyuges y se refinna su inseparabilidad dela procreación; en suma, la sujeción al mandato divino. Esta es la cuestión central a la que la Iglesia-Católica no renuncia y parece difícil que quiera renun- ciar. “Gozar el amor conyugal con el debido respeto a las leyes del proceso ge- nerativo significa reconocer que llos cónyuges/ no son árbitros de la fuente de la vida sino colaboradores del plan de Dios creador”.22 La sujeción de la sexua- lidad humana al “plan (o designio) divino” es una idea recurrente; “la realiza- ción del varón y la mujer fue ya programada por Dios en un contexto de ‘alian- za’ “; “elegir una actividad sexual con persona del mismo sexo equivale a eli- minar el rico simbolismo y el significado del plan de Dios en relación con la ac- tividad sexual”; “los dos descubren que realizan juntos el plan de Dios”.23 Vol- vemos circularmente al punto clave: la Iglesia no desiste de su pretensión de re- gular la sexualidad humana y mantiene el axioma —no puede sino mantener- lo para que tenga sentido su pretensión- de que Dios regula nuestra sexuali- dad, de cuyo “plan” ella ejerce el magisterio. A esta altura del desarrollo cien- tífico, de la infonnación masivizada y de los cambios en las costumbres, resul- ta inadmisible la regulación de la vida sexual por designio divino. No sólo el i- maginario social rechaza esa subordinación, sino que aun el imaginario religio- so, la propia religiosidad popular, la desatiende y la esquiva.

El “amor conyugal” como relación sexual es, en definitiva, un sucedáneo te- ológico que cumple una función ambigua: acepta nominalmente la existencia del placer pero lo deserotiza. ¿De qué relación sexual y de qué placer se trata en- tonces? No hay cabalmente tales: es la utilización de tecnicismos psicológicos, de amplia circulación, pero que recubren el vaciamiento del significado con que circulan. Un placer sexual al que se le sustrae el erotismo se corresponde con una persona teológica desexuada. La palabra “orgasmo”, clave de toda inteli- gibilidad actual del “placer sexual”, no aparece por ningún lado. Ausencia y ne- gación son explícitas: “Los juegos eróticos son un sinsentido. Los juegos sexua- les con personas del mismo sexo o del sexo contrario no tienen sentido. Ponen en peligro la madurez personal. No son una señal verdadera de amor personal. Muchos de estos juegos eróticos, con mayor o menor conciencia de ellos, ado- lecen de sentido personal: son anónimos. No interesa la persona del otro: inte- resa su sexo. No interesa el otro como persona sino como objeto de placer”? He aquí una relación sexual, un “amor conyugal”, despojado de “objeto de pla- cer”. Mejor dicho, que debe ser despojada del objeto de placer por imperativo

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teológico. Los juegos eróticos no interesan a la persona; se trata, pues, como di- jimos, de la persona teológica desexuada. No ha cambiado nada: el erotismo si- gue siendo inmoral, es pecado.

Hemos llegado al punto esencial, inconciliable para la moral dogmática de la Iglesia Católica Romana. La Iglesia vacía la índole humano-social del “amor conyugal”, que es el deseo sexual. Lo ha negado siempre y además lo ha demo- nizado; los nuevos discursos no consiguen liberarla de este círculo teológico de la persona desexuada. No se quiere aceptar el deseo como atributo específico del hombre, pues es precisamente el erotismo lo irreductiblemente humano, más que la procreación. El deseo sexual es una construcción humano-social, fuera de cuyo ámbito cultural (símbolos, aprendizajes, fantasías, técnicas, dones mu- tuos) es impensable e indefinible. El orgasmo es la consumación de la plenitud erótica; no subsume al erotismo, pero es en el orgasmo donde se nos revela la naturaleza y completud del erotismo. La Iglesia Católica Romana se empecina en reglar un “amor conyugal” sin erotismo ni orgasmo. ¿No sería ya atinado que desactivara teológicamente la sexualidad y dejara su regulación a cargo de los seres humanos?

La encrucijada de lo humano

Entre los sacudones del destape español, Josep Vincent Marqués titulaba su incisiva reflexión sobre la sexualidad ¿Qué hace el poder en tu cama?. Podrí- a remedársela a la inversa: ¿Qué hace la anticoncepción en la Iglesia? En es- ta como en aquella los términos de las preguntas son inconciliables. Se lo lla- me “procreación consciente” como Knaus o “planificación familiar” como Bi- llings, lo cierto es que se trata de la decisión de no concebir. Es anticoncepción, y los métodos Ogina-Knaus y Billings son anticonceptivos. No hay casuística que disimule esto. Si la Iglesia Católica Romana acepta la anticoncepción só- lo puede hacerlo a costa de modificar su dogmática sexual. Enuncie o disimu- le las modificaciones, poco importa, la dogmática está siendo desacatada y u- na nueva moral sexual se abre camino entre los propios católicos. Es el enten- dimiento de que la relación sexual no está sujeta a una moral específica, como lo pretende la Iglesia, sino que se inscribe en la moral de las relaciones huma- no-sociales. La sexual es, moralmente considerada, una relación más entre a- quellas que constituyen lo humano en sociedad. Esta concepción de lo moral en lo sexual no es extraña incluso a algunos sectores católicos progresistas: “El paradigma para las relaciones debe ser el mismo que el paradigma para todas las otras relaciones; el de la justicia. Que ambas partes se respeten mutuamente, que

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tengan el suficiente interés por el bienestar de la pareja así como de mismos, que se responsabilícen por el futuro de la vida”.”

La Iglesia Católica Romana está en una encrucijada. Conmovida por los im- pulsos de la destabuización sexual que dura desde los sesenta, se ve en los o- chenta erosionada por la competencia de las sectas electrónicas. En éstas la se- xualidad no es excluida ni ensombrecida, los cuerpos son ritrnados y contagian alegría y los pastores dan muestra de que copulan con todas las parejas. En me- dio de este cruce intrincado, la Iglesia Católica argentina da batalla por el aca- tamiento coletivo a su omnipotencia espiritual. Dificilísima situación que ha- ce entendible, sin necesidad de tener en cuenta otros factores, cierto grado de exasperación.

Después del divorcio, se sabía que de algún modo sobrevendría el aborto. Ni el integrismo feudotardío del nuevo gobierno pudo irnpedirlo. Por eso la ca- suística oscurantista no puede aceptar siquiera el aborto de la violada. Con un rictus severísimo la condena a ser madre de una concepción repugnante y de un fruto que porta el odio y el agravio. Las bellas conciencias se consideran con de- recho de sobra, en nombre de una creencia que dimana del Todopoderoso, pa- ra desentenderse del profundo disturbio psicológico-moral de una violada y So- meterla de por vida a la sevicia de amar por decreto divino a un hijo cuyo pa- dre le introdujo el semen fecundante mientras la destruía como persona. En nombre de la persona teológica, se desreconoce y abate a la persona humana.

Esta es la inhumanidad a que conduce una omnipotencia dogmática que de- sea preservar su poder de sujeción más que salvaguardar conductas morales. Só- lo faltaba para completar el cuadro un toque de picaresca criolla: una diputada conservadora ha presentado un proyecto sobre la violación. (Hipócrita institu- cional, por mucho menos abortaría con discreción, en una clínica confiable). Propone que la violada-madre sea beneficiada por el Estado con una pensión graciable. La condenamos a una vida perturbada, pero le pagamos cinco kilos de fideos por semana y, anexa, una sesión de psicoterapia.

Esta increíble muestra de torpeza moral-intelectual constituye un síntoma de las condiciones bajo las cuales el debate argentino sobre el aborto es intimi- dado y a la vez bastardeado.

NOTAS

l) Kate Millet, Política sexual, México, Aguilar, 1975, p. 224: del apartado que dedica ala Unión Soviética, pp. 224-235, tomo el resto de los datos.

2) Concha Cifrián, Carmen Martínez Ten, Isabel Serrano. La cuestión del aborto, Barcelona, I- caria, 1986, p. 47.

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3) Dr. Carlos Burgo, Sur, 12 de agosto de 1990.

4) Selig Neubardt y Harold Schulrnan, Técnicas de aborto, Buenos Aires, Editorial Médica Pa- namericana, 1976, p. 20.

5) Dr. C. Burgo, op. cit.

6) K. Millet, op. cit., p. 230 y n. 42.

7) Cfr. Selig Neubardt, “La experiencia japonesa", en S.N. y H. Schulrnan, op. cit., pp. 137-150.

8) C. Cifria'n y otras, op. cit., p. 53.

9) Jane Hurst, La historia de las ideas sobre el aborto en la Iglesia, Washington, Catholica for a Free Choice, s/f., p. 30; el entrecomillado interior pertenece a John McKensie, The Roman Catholic Church, 1971.

10) Reportaje a la teóloga norteamericana Frances Kissling, en Y o aborto. Tu' abortas. Todos ca- llamos. Montevideo, Ediciones Codidiano Mujer. 1989, pp. 49-50 y 53.

ll) Juan Carlos Scannone, S.J., Evangelización, cultura y teología, Buenos Ailres, Guadalupe, 1990, p. 28-29 (apartado “Rechazo de la modemidad y actitud conservadora"); el subrayado es del autor.

12) Daniel Fainstein, “El aborto terapéutico está permitido", Nueva Sión, N9 726, 30 de julio de 1990. El autor es decano de estudios del Seminario Rabínico Latinoamericano.

13) Rabino León Klenicki, Perspectivas teológicas judías sobre el aborto, Buenos Aires, Olam Se- guros, 1980, p. 1; cit. por D. Fainstein, op. cit.

14) Otra vez más habría que señalar hasta qué punto enrarece el debate sobre el aborto la existen- cia de una iglesia “conservadora yantimodema", que baja línea desde “un sistema de princi- pios doctrinales ahistóricos". Desde una teología renovadora la controversia se situaría en un marco pluralista. Si la fe aparece como "mediación" entre la cultura y la historia y la trascen- dencia ética consiste —en primer lugar- en la irreductible alteridad, indisponible imprevisi- bilidad e intangible dignidad de la libertad del otro y del sí-mismo en cuanto otro para los o- tros en el seno del nosotros" (Juan Carlos Scannone, S. 1., Nuevo punto de partida en [afila- soft'a latinoamericana, Buenos Aires, Guadalupe, 1990, p. 189), se hace factible presumir que la discusión no ocultaría los puntos irreconciliables pero se haría inteligible, tolerante y segu- ramente provechosa para todos.

15) Cfr., p. ej. los interesantes trabajos de varios autores en La eutanasia y el derecho a morir con dignidad, Madrid, Ediciones Paulinas, Universidad Pontificia Comillas, 1984. La sola lectu- ra aun superficial de estos textos resalta el atraso intelectual de la iglesia argentina y el simplis- mo retrógrado de sus posiciones.

16) Escapa a los intereses de este trabajo la consideración crítica del carácter cientificista, eficien- tista y productivi sta de dicha “racionalidad”, que reivindica el pensamiento liberal y compar- te en mucho el marxista.

17) Silvio Botero Giraldo, Amor y sexualidad hoy, Bogotá (Colombia), Ediciones Paulinas, 1988, p. 50.

18) Ibt'dem, p. 44.

19) Recojo el término de un investigador católico: “... la religión dela Edad Media, ciertamente ad- mirable, pero estropeada por un cierto terrorismo concentrado en la noción de culpa. /.../ La a- pologética de esc tiempo suponía, menos que en el siglo XVII, pero de todas maneras con con- tinuidad e intensidad, que era necesario apelar a la culpabilidad y al temor para obtener la con- versión de los espíritus y el retorno de las almas" (Georges Hourdin, Francisco, Clara y los otros. Laicos que revolucionar: a la Iglesia. Buenos Aires, Guadalupe, 1987, pp. 223 y ISI).

20 Cfr. Francoise Dolto, Sexualidad femenina, Libido, erotismo, frigidez, Buenos Aires, Paidós, 1983.

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21) Dos cuestiones respecto del psicoanálisis no pueden ser desplegadas aquí pero resulta conve- niente enunciarlas. La primera atañe al ambivalente papel histórico-cultural del psicoanálisis como, por un lado, formidable removedor de cristalizaciones y prejuicios sobre el sexo y, por el otro , corno continuador, a través de una "traducción" a un nuevo lenguaje científico, de cier- tas concepciones patriarcales-conservadoras. Lo último se refiere en particular a las teorizació- nes freudianas sobre la psicología femenina, de las que la hipótesis de la “envidia del pene" ha resultado más severamente cuestionada. Esta discusión tiene su historia y continúa abierta. La segunda cuestión concierne en particular a sociedades como la argentina, de amplia acogida a la clínica psicoanal itica y que, al contrario de la anterior, no cuenta todavía con desarrollos su- ficientes. ¿En qué medida la psicoterapia psiconalítica generalizada no ha irrfundido, o mejor re-infundido, culpabilizaciones en el aborto, la homosexualidad y otras situaciones problemá- ticas? A la falta de investigaciones empíricas debe añadirse la autocensura corporativa de nues- tra comunidad profesional, celosa siempre de reverdecer su élan ph -: asista al par que depo- sita en la psiquiatría todo conservadorismo.

22) Pablo VI, encíclica “Humanae Viltae" (n. 9); cit. por S. Botero Giraldo, op. cit., p. 51.

23) Ibídem, pp. 55, 65 y 79: la segunda transcripción no es texto del autor sino de “El cuidado de las personas homosexuales", declaración de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, del lQ de octubre de 1986.

24) Ibr'dem, p. 38. 25) Teóloga F. Kissling, reportaje ciL, p. 50.

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