Qladernos del Sur
AÑO 10 N9 18 Diciembre de 1994
Tiergáffuego
CONSFJO EDITORIAL Argentina: Eduardo Lucita / Roque Pedace / Alberto J. Plá / Carlos Suárez
México: Alejandro Dabat / Adolfo Gilly / Alejandro Gálvez C. /José María Iglesias (Editor)
Italia: Guillermo Almeyra
Brasil: Enrique Anda / Florestán Fernandez
Francia: Hugo Moreno / Michael Lo'wy
Perú: Alberto Di Franco
Escocia: John Holloway
' España: Daniel Pereyra
Uruguay: Washington Estellano
Rusia: Boris Kagarlitsky
El comité Editorial está constituido por los miembros del Consejo Editorial residentes en Argentina.
COLECTIVO DE GESTIÓN
María Rosa Lorenzo - Alberto Bonnet - Roberto Tiirditi - Alicia Salomone - Fernando H.Azcurra - Mariano Rcsels - Gustavo Guevara - Eduardo Glavich - Alejandro F iorito - Leónidas Cerruti - Aníbal Zanini
COORDINACIÓN ARTÍSTICA
Juan Carlos Romero
Publicado por Editorial Tierra del Fuego
Número 18 Argentina - Diciembre 1994
Toda correspondencia deberá dirigirse:
En Argenlina Casilla de Correos NQ 167, 6-B, C.P. 1406 Buenos Aires - Argenlina
En México
EDITORIAL TIERRA DEL FUEGO Nebraska 43-402
México. 03810-D.F.
EDITORIAL:
CARLOS M. VILAS
NICOLÁS IÑIGO CARRERA
ANIBAL MAYO [RENE MUÑOZ/ DANIEL CAMPIONE ALBERTO J. PLÁ DOCUMENTOS:
LEOPOLDO MUNERA RUIZ
INDICE
La actualidad del Marxismo.
Reestructuración capitalista, reforma del Estado y clase obrera en América Latina.
Argentina: Una sociedad que se polariza.
Plan Cavallo: Reestructuración capitalista y coyuntura.
Estado, dirigencia sindical y clase obrera.
En el centenario de Mariátegui FMI: 50 años bastan
Castañeda y la izquierda de salón.
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DIE AÑOS.
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4 Diciembre de 1994
1984-1994
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Cuadernos del Sur 5
Dici e m b r e d e l 9 94
LA ACTUALIDAD DEL MARXISMO
uadernos del Sur cumple
diez años de existencia. El
aniversario es una buena
oportunidad para festejar:
diez años de edición de una revista socialista independiente de aná- lisis dela economía, la sociedad y la po- lítica en estos tiempos de la denominada «crisis del marxismo» es motivo sufi- ciente para alegramos. Nuestra revista llegó a manos de sus lectores durante una década signada por una crisis sin prece- dentes del capitalismo argentino, con sus secuelas de miseria y degradación social, ruptura de solidaridades y pérdida de ilu- siones, en el torbellino de una persisten- te crisis del capitalismo mundial que si- gue comprometiendo hasta hoy la suerte de la civilización misma. Una década propicia para un proyecto de esta natu- raleza, podría pensarse, habida cuenta de que el marxismo es, por vocación, una teoría del capitalismo construida desde sus límites históricos y nunca esos lími- tes fueron tan claros como en la presen- te crisis. Sin embargo, no fue una déca- da pmpicïlícrisis arrastró consrtfi límodelos del «socraltsmo real» y a un variado espectro de referentes políticos del «socrahsmo» iartrdos sectas su- bor ¡na os en unos casos, enfrentados Wumcmcias rei- nantes en aquellos paises. Es sabido que
los regímenes conducidos por las bu- rocracias de Estado del Este aparecie- ron durante medio siglo ante la concien- cia de millones de hombres y mujeres del mundo como la expresión del so- cialismo a secas, y que su derrumbe apa- recería finalmente como derrumbe del socialismo. Pero algo semejante ocun'i- ría con la ideología que acompañó el desenvolvimiento de aquellos modelos: un «marxismo» esclerosado, una dog- mática con santa sede en Moscú y orto- doxias dispersas en iglesias y capillas por el resto del mundo, una ideología que seria identificada con el marxismo a secas y su inevitable descrédito con la muerte del marxismo. La crisis capi- talista actualizaría la clásica encrucija- da de «socialismo o barbarie», pero «so- cialismo y barbarie» habían sido con- jugados por las hurocracias del Este. El socialismo como alternativa al capi- talismo cn crisis y aún cl propio mar- xismo, en tanto hen'amienta teórica ca- paz de guiar la comprensión de la crisis y la construcción del socialismo, gira- ron durante csta década en el torhcllirto de una misma crisis. Lanzamos por cndc dieciocho números y cinco Fichas Te- máticas de Cuadernos del Sur etnpeci- nadamente, botellas al mar revuelto de la crisis, y tenemos motivo suficiente para alegramos.
Cuadernos del Sur
Sin embargo, pusimos en juego du- ra nte estos diez años algo más que nues- tro empecinamiento. Porque no nos empecinamos en estudiar la gramática de una lengua muerta ni en evangelizar acerca de dioses de una antigua mitolo- gía, sino en publicar análisis críticos de la economía, la sociedad, la política contemporáneas, considerando que el marxismo se caracteriza por su agude- za privilegiada como herramienta teó- rica para criticar implacablemente nues- tro presente. Los vientos de la crisis azotan con la misma potencia a todos los árboles, mas existen diferentes es- pecies de árboles. Los fetiches de las ideologías burguesas: la racionalidad del mercado para la localización de re- cursos económicos, la representatividad política garantizada por la democracia parlamentaria y la expresión del interés común por el Estado, los valores del in- dividualismo y la competencia y demás recursos destinados al perpetuamiento dela opresión se encuentran en crisis y -digámosl0 clarantente- no merecen ser rescatados. Pero los dogmas de la ideo- logía de las burocracias del Este y de una serie de organizaciones de izquier- da occidentales que yacen bajo los es- combros del muro de Berlín: la plani- ficación económica burocrática, el Es- tado omnipotente y el partido único como motores del socialismo, el auto- ritarismo y la desconfianza respecto de cualquier ¡mecanismo auténticamente democrático de debate y toma de deci- siones -y ésto también digámoslo cla- ramente- tampoco merecen ser recu- perados. Los vientos de la crisis pue- den ser propicios porque arrastran con- sigo las mistificaciones que proliferan
en períodos de calma. La clave es po- der distinguir correctamente entre los diferentes árboles aquellos que pueden enfrentar la tormenta augurando tiem- pos mejores y, naturalmente, contribuir para que se desarrollen. No publicamos Cuademos del Sur estos diez años, en- tonces, para aferramos dogmticamen- te 21W“ pïrmanecenan al margen de la lucha cotidiana de Embres y mujeres con- cretos contra la dominación camilis- ta'in de la’expenenciaWpor los rin-sñtífícïrñïe-l-‘avaro se aferra a unarmOnedas fuera de circulación. Tampoco la publicamos para Ofrecer en venta a sus lectores, eclecticamente, cada surtido de mercaderías ideológi- casq amo aim uso. ua emosdel Sur no tuvo vocación de relicano ni de góïdolaï supermercado, sino la (¡Wa vocacronïigna de una revista sOcialista: plantear y debatirz crítica- mñïe, algunas herramientas teóricas que consideramos importantes para el cm Entonces, queremos aprovechar este aniversario de Cuadernos del Sur para (además de festejar) preguntarnos crí- ticamente por nuestra propia identidad como socialistas y marxistas.
1. La historia hasta nuestros días si- gue siendo historia de la dominación de clase y de lucha de las clases explo- tadas y oprimidas por librarse de su dominación. En esta lucha los explo- tados, los trabajadores asalariados del capitalismo, han ido forjando sus pro- pias herramientas prácticas (sindicatos, partidos obreros, modalidades de lu- cha) para transformar la sociedad y adoptando sus herramientas teóricas
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(ideologías, teorías, programas) para orientar dicha transformación. El ma r- xismo es la teoria que, desde su naci- miento hace un siglo y medio hasta el presente, constituye la mejor herra- mienta entre estas últimas, por su ca- rácter de crítica integral de la socie- dad capitalista. La superioridad de su cuerpo teórico queda de manifiesto en dos aspectos, que se encuentran uni- dos de manera necesaria en su seno: su capacidad explicativa de la estruc- tura y desarrollo de la sociedad capita- lista (la comprensión científica del ca- pitalismo continúa resultando imposi- ble sin recurrir a categorías marxistas) por un lado, y su potencia transforma- dora (la propia sociedad capitalista fue transformada en muchos aspectos a partir de las luchas libradas por los tra- bajadores, y orientadas de una u otra manera por el marxismo, durante este siglo). Debido a este compromiso en- tre teoría y práctica que le es inheren- te (y opuesto tanto al divorcio liberal, como a la subordinación fascista 0 es- talinista de la teoría respecto de la prác- tica), la actualidad del marxismo no puede juzgarse escindida de su carác- ter de herramienta teórica de lucha de los explotados y oprimidos.
2. El marxismo está en crisis, en nuestros días, porque junto a la propia dinámica de crisis y reestructuración del sistema capitalista mundial entra- ron en crisis una serie de movimientos emancipatorios de los trabajadores. El derrumbe de las burocracias del Este y el avance del capitalismo en el bloque soviético y chino es el proceso de ma- yor importancia en este sentido, pues dichos movimientos signaron a varias
generaciones de socialistas (sean co- munistas, trotskystas O maoístas). Sin embargo, aunque puede decirse que las causas que signaron el derrumbe de las burocracias del Este Opera ron desde su instauración misma, su proceso de cai- da en dominó recién comienza hacia ¡mediados de los 80. Con anterioridad tuvo lugar la integración de una buena parte de las nuevas izquierdas europeas y norteamericanas, forjadas en el Mayo francés, la Oposición a la guerra de Viet- nam y movimientos contemporáneos, desde mediados de los 70. El estanca- miento y, enla mayoría de los casos, el retroceso de los movimientos anti- imperialistas de liberación de los países capitalistas periféricos, también a mitad de los 70, tiene consecuencias particu- larmente importantes en Latinoamérica, debido a las corrientes de izquierda na- cidas a partir de los mismos (en espe- cia], el guevarismo). Debe considerarse por último la claudicación definitiva de los partidos social-demócratas europeos, que asumieron el gobierno en varios paí- ses desde comienzos de los 80 para ter- minar administrando la crisis capitalis- ta. Es cierto que el marxismo siguió de- sarrollándose teóricamente durante las últimas dos décadas, a pesar de este con- texto adverso en cuanto a las relaciones de fuerza entre capital y trabajo, pero es igualmente cierto que sufrió los efectos del retroceso en la lucha de clases. En particular, la imprescindible tarea de exa- minar críticamente y asimilar las ense- ñanzas de estos movimientos emancipa- torios del siglo que finaliza queda en gran medida pendiente.
3. Sin embargo, no puede concluir- se apresuradamente, a partir de esta cri-
Cuadernos del Sur
sis. que el marxismo ha muerto. Los abundantes certificados de defunción que garabatean a diario los ideólogos de la burguesía, afimtando una vez más -aunque con argumentos significativa- mente más raquíticos que aquellos de sus padres- que, si alguna vez hubo historia, ahora ya no la hay, no resis- ten siquiera las críticas de un niño. ‘Puesto que el marxismo es una herra- mienta teórica de lucha contra la ex- plotación y opresión capitalistas, su ac- tualidad depende, en primer lugar, de la propia actualidad de aquella opre- sión y explotación y de la necesidad de acabarradicalmente con ellas. El capitalismo sigue siendo una organi- zación clasista de la sociedad que es incapaz de satisfacer las necesidades materiales más elementales de la ma- yoría de los hombres y mujeres del mundo. El Estado sigue siendo una ins- titución despótica destinada a reprodu- cir la dominación de clase vigente en la sociedad, la democracia parlamen- taria un recurso para desposeer a los oprimidos de su capacidad efectiva de decisión política y la justicia una ofi- cina de castigo a los inocentes. Las fábricas y otros ámbitos que hacen a la reproducción capitalista continúan siendo instancias de una deshumani- zante y alienante expropiación del tra- bajo y cl mercado un mecanismo que sigue desenvolviéndose a ciegas en función de la ganancia capitalista an- tes que de las necesidades sociales. En fin, las relaciones que los hombres y mujeres mantienen en el marco de esta organización clasista de la sociedad si- guen siendo relaciones cosificadas y re- presivas, ahogadas por la ideología del
individualismo, relaciones de discrimi- nación de las mujeres, de persecusión sexual= racial y religiosa contra las mi- norías, de violencia militar contra pue- blos de naciones débiles y de destruc- ción del medio ambiente. La continui- dad de la barbarie capitalista y del su- frimiento absurdo que impone coti- dianamente a la inmensa mayoría de la humanidad, entonces, sustenta la propia actualidad del marxismo como su crítica revolucionaria. Más aún, en tanto estas relaciones sociales capita- listas y sus antagonismos siguen expan- diéndose intensiva y extensivamente, la propia actualidad del marxismo si- gue incrementándose.
4. El marxismo puede morir, no obs- tante. Las ideas existen solamente en la cabeza de los hombres y las mujeres que las sustentan y mueren si esos hom- bres y mujeres son asesinados, retro- ceden si ellos son atemorizados, se rnercantilizan si son comprados. La ac- tualidad del marxismo depende así, en segundo Inga r, de la decisión de los tra- bajadores y de las clases subalternas de seguir luchando conscientemente por su auto-emancipación revoluciona- ria. Los trabajadores, aquellos que como clase son obligados por la socie- dad capitalista a vender su fuerza de trabajo para subsistir, son, debido a su propia condición. el único sujeto so- cial capaz de. encabezar la lucha revo- lucionaria del conjunto de los explota- dos y oprimidos contra el capitalismo y la construcción de. una sociedad so- cialista. Enfrentando la ofensiva del capital vinculada a los denominados procesos de reestructuración económi- co-social de las ¡raciones y trans-
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nacionalización financiera mundial, los trabajadores mantienen su resistencia objetivamente anticapitalista. El mar- xismo es la herramienta privilegiada para orientar estas luchas, para corn- prender la coyuntura de crisis y apor- tar a la elaboración de estrategias ade- cuadas, y su vigencia se alimenta del desenvolvimiento de las mismas.
5. La actualidad del marxismo de- pende, en tercer lugar, de que sea de- sarrollado críticamente para dar res- puesta a nuevos desafíos. La perviven- cia de la opresión capitalista y la con- tinuidad de la lucha de los trabajado- res contra la misma no garantizan la actualidad del marxismo. El capital puede perpetuar su reinado, los traba- jadores pueden luchar orientados por ideologías que ayudan a sostener di- cho reinado, mientras el marxismo se apolilla en la biblioteca o su nombre es adorado en unas cuantas sectas. La actualidad del marxismo, entonces, no puede entenderse como un hecho, sino como un proceso de actualización constante. Un proceso crítico que exi- ge necesariamente superar el dogma- tismo que paraliza el pensamiento, re- chazando, al mismo tiempo, los movi- mientos a ciegas del eclecticismo. Una actualización en problemáticas con las que el marxismo siempre estuvo fami- liarizado: la crisis, las nuevas tecnolo- gias y fomias de organización del tra- bajo y su impacto en la clase obrera, la redefinición del Estado, los nuevos modos de organización y lucha políti- ca de los trabajadores; así como en te- máticas planteadas por una serie de procesos de lucha desarrollados muchas veces al márgen del marxismo: la cues-
tión del género y la específica opre- sión social de la mujer y la destruc- ción del medio ambiente y de la cali- dad de vida son, acaso, las de mayor envergadura. Este proceso crítico de actualización resulta imprescindible ante el desafío de convertir al marxis- mo en una teoría capaz de articular y orientar una fuerza social revoluciona- ria' en el ocaso del siglo XX.
La crisis es una puerta abierta. La historia enseña que anteriores crisis del marxismo temtinaron enriqueciéndolo en vistas de los nuevos desafíos que el comienzo de cada nueva época conlle- va.Ysi nuestra revista contribuyó hasta hoy y sigue contribuyendo en esta pers- pectiva, aunque más no sea mínima- mente, quienes hacemos la revista y nuestros lectores tenemos motivos de sobra para festejar.
Cuadernos del Sur; Buenos Aires Diciembre de 1994.
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Entre Adam Smith y Thomas Hobbes:
REESTRUCTURACION CAPITALISTA, REFORMA DEL ESTADO Y CLASE OBRERA EN AMERICA LATINA
Carlos M. Vilas *
l. La rearticulación internacional de las economías latinoamericanas ‘
El desenganche (delinking) fue la reacción casi unánime de los gobiernos latinoamericanos a la crisis de 1929. El repudio de la deuda externa permitió a esos gobiernos impulsar procesos de acumulación extensiva de capital orientados hacia los mercados internos, que a su vez favorecieron procesos de diferenciación socioeconómica y el establecimiento de regímenes desarollistas nacional-popula- res. de amplia movilización social (Félix 1987). Al contrario, en la década de 1980 todos los gobiernos de América Latina apelaron a la rearticulación financiera internacional a fin de encarar la nueva crisis de la deuda externa, y pagarla. Particularmente importante en esta decisión fue la posición del gobiemo de Estados Unidos y de agencias multilaterales (especialmente el Banco Mundial y el FMI). que combinaron presiones políticas y financieras para prevenir la repetición del precedente histórico y la formación de algún tipo de cartel de deudores.
*Argentino, abogado e investigador en temas de desarrollo económico y cambios en América Latina, fue consultor del gobierno del FSLN en Nicaragua y actualmente se desempeña como investigador titular en la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre sus libros más conocidos, se encuentran “Perfiles de la Revolución Sandinista" (Premio Casa de las Américas, La Habana 1984) y “Transición desde el Subdesarrollo" Editorial Nueva Sociedad, Caracas 1989).
Este artículo fue publicado en la revista “Más allá de lo posible”. Montevideo, N9 4, Septiembre-Octubre de 1993.
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La estrategia de los acreedores resultó exitosa. Durante la década de 1980 América Latina dedicó casi uSs 224 mil millones a pagar la deuda externa. esa suma equivalía al 67% de la deuda original de 1982 que sumaba uSs 332.4 mil millones. Sin embargo hacia 1992 la deuda externa combinada de América Latina sumaba uSs 451 mil millones. es decir 32% más que diez años antes. Los intentos de los gobiernos latinoamericanos de encarar negociaciones multilaterales a través del "Consenso de Cartagena" fueron neutralizados fácilmente. Más aún: la banca acreedora forzó a los gobiernos latinoamericanos a estatizar la deuda externa privada -es decir. a convertirla en deuda pública a pesar de que esa misma banca había cargado a los deudores privados una tasa de riego (risk rare)-: la estatización de la deuda contribuyó significativamente al incremento de los déficit fiscales. La aritmética de Fidel Castro. que a mediados de los años 805 había argumentado que ningún país de América Latina jamás podría pagar su deuda. y que cuanto más pagara más endeudado resultaría. probó ser exacta. pero el supuesto económico subyacente era erróneo: desde la perspectiva de los acreedores. la cuestión clave no consistía tanto en conseguir la cancelación completa de la deuda. sino en disciplinar a los deudores y mantenerlos dentro de las fronteras del sistema financiero internacional, incluso mediante pagos modestos o simbólicos.
Las cifras mencionadas muestran que los pagos fueron más que simbólicos; tuvo lugar una masiva transferencia de recursos financieros desde América Latina al mercado internacional y concretamente hacia la banca acreedora. Puesto que no se les ofrecieron nuevos préstamos. los gobiernos de América Latina debieron apelar a los ingresos de exportación y a drásticos cortes en el gasto público para pagar la deuda. Como la década de 1980 fue negativa para los precios intemacio- nales de la mayoría de las exportaciones latinoamericanas. los esfuerzos de expor- tación resultaron adicionalmente dolorosos. bos recursos productivos y financie- ros fueron drásticamente reorientados para las exportaciones. Esa reorientación fue posible gracias a un conjunto de políticas específicas: devaluaeiones masivas. cambios en los precios relativos, reducciones fuertes en los subsidios, en el Crédito y las inversiones, eliminación de las tarifas que protegían a la producción indus- trial, y otras. A falta de fondos frescos que pudieran suavizar los desplazamientos de excedentes. ingresos y empleo entre sectores de la economía y entre clases y grupos sociales. el impacto recesivo inicial de los cambios de política fue más intenso y duró más. '
De todos modos este no fue un trueno-en un día de sol. El mercado interno. que desde la década de 1930 había alimentado-la acumulación de capital de la burgue- sía latinoamericana y de las subsidiarias extranjeras. venía perdiendo dinamismo desde fines de la década de 1960 inicios de la de 1970. Sin embargo la liquidez internacional como efecto del primer choque petrolero entregó a las burguesías latinoamericanas orientadas hacia el mercado interno, y a varios gobiernos milita- res. recursos financieros adicionales para insistir en un esquema económico que estaba agotándose. para ampliar los presupuestos militares, abonar el clientelismo
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político o alimentar las fugas de capitales -o diversas combinaciones de todos ellos.
En vísperas de la crisis de ¡982 las agencias multilaterales que poco después se convertirían en los más militantes abogados de la disciplina financiera. aplau- dieron el fuerte endeudamiento extenro como una prueba de sabiduría económica (World Bank 1981). En países como Argentina y Chile el endeudamiento fue promovido por regímenes militares dictatoriales que agitaban la bandera de la economía neoliberal y recurríarr a políticas de balanza de pagos para controlar la inflación. La combinación de proteccionismo comercial y amplia apertura f ¡nan- ciera aceleró la crisis e incrementó su impacto. cuando la banca decidió aumentar los tipos de interés y cortar abruptamente los préstamos y créditos.
Tras la crisis de 1982 el mercado intenracional rápidamente sustituyó al mercado interno como ámbito de la acumulación de capital. lo que condujo a su vez a cambios profundos en la distribución del excedente y del poder entre fracciones capitalistas y clases sociales. y entre el mercado interno y el intenracional. América Latina. una región que a principios de la década de 1980 acumulaba saldos comerciales negativos de varios miles de millones de dólares. presentaba a fines de esa misma década un balance conjunto positivo de uSs 30 mil millones. Las mercancías producidas de acuerdo a tecnologías avanzadas aumentaron su panicipaciórr en las exportaciones latinoamericanas. aunque esto no impidió una mayor marginación intenracional: la participación de América Latina en el comercio mundial. que había alcanzado al 8% en 1960 cayó a 6% en 1980. se redujo a 3% en ¡990. Ese año las exportaciones totales de América Latina -una región con una población de 430 millones- sumaron uSs 130 mil millones. casi tanto como los uSs l3l mil millones de exportaciones de Holanda. un país con 15 millones de habitantes.
La reorientación de la inversión. la producción y el comercio exterior tuvo resultados mixtos. El PBI latinoamericano registró un crecimiento conjunto de 18% entre 1982 y 1990. pero la calidad de vida se deterioró para sectores muy amplios de la población: durante el mismo período el PIB por habitante cayó más de 7%. e incluso mucho más en países como Argentina (24%): Venezuela (20%) o Bolivia (23%) (CEPAL l992a). Devaluaciones masiva y un déficit fiscal enorme debido a la ya mencionada estatización de la deuda extenra impulsaron la inflación a una tasa anual de tres dígitos. y en algunos países a más. Castigadas por las devaluaciones. las restricciones crediticias y las políticas de balanza de pagos. la producción indusuial se estancó: el valor agregado en las manufacturas cayó de una tasa media de crecimiento anual de 6.1% en 1971-80 a un simbólico 0.4% en 1981-90 (lDB 1992). Los niveles de vida se vinieron abajo. La población bajo la línea de pobreza creció 44% entre [980 (135.9 millones de personas o 40% de toda la población latinoamericana) y [990 (196 millones o 46% de la población total) (CEPAL l992b). A lo largo dc toda la década de 1980 la pobreza fue el indicador económico más dinámico después de la inflación...
Una estrategia exportadora es también una estrategia importadora: la inversión
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y el consumo referidos al mercado interno dejan de ser considerados insumos importantes para el crecimiento. En la medida en que la realización del excedente pierde vínculos con el mercado doméstico, los salarios de los trabajadores y de sectores de las clases medias dejan de ser encarados como ingredientes de la acumulación de capital y pasan a ser vistos como gasto que debe ser reducido a fin de aumentar la competitividad internacional y la acumulación. La demanda inter- na de inversión y consumo tienden a ser satisfecha de manera creciente a través de importaciones, lo que implica una redefinición del mercado interno en términos de mayores niveles de ingreso y poder adquisitivo, y subsiguientemente en términos de diferentes clases y grupos -un mercado más reducido pero más dinámico. La mayor dependencia de importaciones incrementa las tensiones políticas en torno al tipo de carnbio- es decir el vínculo financiero con el mercado internacional. Con la aprobación explícita O implícita del Banco Mundial. el FMI y la US Federal Reserve, los gobienros latinoamericanos han recurrido a diferentes grados de sobrevaluación del tipo de cambio como herramienta de política antiinflacionaria y de pago de la deuda extema- es decir, dos metas priorizadas en el desempeño económico post-crisis. Un tipo de cambio sobrevaluado permite importaciones más baratas para contrarrestar la inflación interna, y entrega divisas más baratas para efectuar los pagos externos; pero al mismo tempo exige mayores esfuerzos de exportación a menos que se obtengan ingresos de divisas frescas, un objetivo complejo dada la sobrevaluación misma del tipo de cambio y las restricciones en el mercado internacional de capitales que sólo recientemente comenzaron a dismi- nuir 2.
Hasta cierto punto la reorientación económica externa parece un retroceso a la vinculación de América Latina con el mercado internacional entre 1870 y 1930. Sería engañoso sin embargo llevar demasiado lejos el parecido formal. La articu- lación extema de hoy día carece del complemento de los masivos flujos de capital externo del pasado, y es procesada sobre todo por mercancías producidas en plantas pequeñas articuladas a una red internacional que combina tecnología de punta y fuerza de trabajo de poca calificación. El crecimiento exportador es ahora una cuestión de comercio tanto como de nueva industrialización, de un sector servicios sofisticado de una infraestructura eficiente. Las industrias de exportación combinan tecnologías avanzadas con el "de skilling" de las Operaciones comple- jas, trasfonnadas en proceso similares que son ejecutados en plantas de ensambla- je en países con Oferta amplia y barata de fuerza de trabajo, y organización sindical débil 3. El pleno empleo y el crecimiento del consumo de masas dejan de ser metas de la política económica; la negociación colectiva de las condiciones de trabajo es sustituida por la negociación individual y la subcontratación.
2. Un nuevo patrón de relaciones Estado/mercado/clases
Los estados latinoamericanos desempeñaron funciones activas en el manejo de
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la crisis y en la subsiguiente rearticulación internacional, así como en la distribu- ción de ganancias y pérdidas entre clases sociales y grupos. La estatización de la deuda externa privada dotó de un paraguas institucional a las empresas privadas sobreendeudadas, que quedaron liberadas de la escasez de divisas convertibles y en condiciones de recunir a nuevo financiamiento externo 4.
El recurso a los instrumentos de política ya mencionados fue relevante para alcanzar la reorientación de la economía, que a su turno creó condiciones preferen- ciales para ciertos grupos de la burguesía, marginó a otros, y contribuyó decisiva- mente al acelerado empobrecimiento de las clases trabajadoras y los grupos medios.
Esta conjugación de ingredientes favoreció una transferencia masiva y prolon- gada de excedentes desde los trabajadores hacia los capitalistas y rentistas (cuadro I) y desde América Latina hacia los acreedores externos.
Entre 1983 y 1992 la cuenta corriente conjunta de la región acumuló un déficit de uSs 116 millones. Los esfuerzos de exportación fueron insuficientes para satisfacer las demandas de los acreedores. Después de un agotamiento rápido del cambio de deuda por capital (debt swaps), los gobiernos recunieron a las privati- zaciones 5.
Independientemente de los argumentos que enfatizan su contribución a la modernización y eficiencia de la economía, las privatizaciones fueron encaradas como un recurso para pagar la deuda pública externa e intenra, ante la falta de Otro
Cuadro l: Participación de los salarios en el PBI de América Latina (varios paises, en porcentaje)
1970 1980 1985 1989 1990 Argentina 40.9 31.5 31.9 24.9 -- Bolivia 36.8 39.6 26.93 -- -- Brasil 34.2 35.1 36.3 -- -- Colombia 42.1 46.2 45.3 42.6b 41.8 Costa Rica 52.7 56.1 53.9 56.7 57.8 Chile 32.3 33.6 30.8 30.6 -- Ecuador 34.4 34.8 23.6 16.0 15.8 Guatemala 32.3 33.6 30.8 30.6 -- México 37.5 39.0 31.6 28.4 27.3 Panamá 54.5 48.8 53.8 53.4 50.0 Paraguay 37.1 37.1 32.5 29.4 25.8 Perú 40.0 32.8 30.5 25.5 16.8c Uruguay 52.9 35.7 36.3 39.7 48.4 Venezuela 40.3 42.7 37.6 34.6 31.1
a 1986 b 1988 c 1991 Fuente: Cepal, varios años
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tipo de recursos.Aunque no toda privatización en particular está ligada específica- mente al pago de la deuda. la privatización en general es un ingrediente de la negociación global de la crisis y de la reorientación de las economías. y una de las condiciones impuestas por los acreedores para la Obtención de reducciones parcia- les del endeudamiento externo y el acceso a recursos frescos.
La decisión de privatizar tuvo efectos amplios en toda la región. El más evidente es la reducción de la intervención estatal en la sociedad y la economía. Los gobiernos están liquidando el sector público a través de ventas apresuradas de empresas industriales y comerciales. puestos. servicios. y levantando el aparato de regulaciones institucionales. Nadie quema la casa para deshacerse de las cucara- chas del sótano, pero el modo en que la privatización ha sido ejecutada impide discemir entre la refomra del Estado y su desguace. El Estado retrocede y las corporaciones avanzan con tal velocidad que se ha sugerido que América Latina está ingresando en una etapa "Post-estatal" de su historia (Cavarozzi l99l). De acuerdo a esta percepción el Estado, que hasta la década de 1980 habria sido .el actor dinámico de la economía latinoamericana -debido a la propiedad de empre- sas y otros activos y a la regulación amplia del mercado- se mueve ahora hacia un autodesrnantelamiento en beneficio del mercado y la sociedad civil: algo así como la versión neoliberal. post-marxista de la desaparición del Estado...
El enfoque cuantitativo de las relaciones Estado/mercado que subyace a esta perspectiva señala algunos hechos obvios. El Estado ha reSignado una amplía intervención. macro y micro económica. directa e indirecta: obviamente hoy América Latina tiene un sector público más chico que unas décadas atrás. Pero tan imponante como esta dimensión cuantitativa es la red de relaciones Estado/ mercado que se están tejiendo en el nuevo escenario institucional. Desde esta perspectiva la cuestión relevante no es sólo "cuánto" mercado. sino los acuerdos entre Estado y mercado a partir de la reformulación de las relaciones entre clases sociales e intereses económicos.
La mayor limitación del enfoque cuantitativo es su incapacidad para registrar precisamente esas nuevas relaciones entre clases y grupos. que se expresan en nuevos acomodos de poder entre Estado y mercado. y su impacto en la política (Ibarra 1990). La idea de que la sociedad civil avanza y el mercado se expande a medida que el Estado se achica, oculta el hecho de que no todo el mundo dentro de la sociedad civil y el mercado está progresando. y que ciertas clases y grupos están incrementando su participación en los activos y en los excedentes (y en la buena vida) mientras otros son forzados a aceptar condiciones miserables de existencia. La privatización de los servicios públicos, junto con el corte de los programas de seguridad social. ha conducido a una aguda redistribución de ingre- sos desde las familias hacia el Estado. que afecta ante todo a las familias de ingresos bajos y medios, agravando el impacto de la redistribución de ingresos provocada por los cambios en el mercado de trabajo -tales como el aumento en el desempleo y el subempleo. la caída de los salarios reales. la expansión del empleo
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informal, entre otros. Puesto que la refonna del Estado no ha incluido hasta ahora una reforma impositiva efectiva. se mantiene la estructura impositiva tradicional- mente regresiva, en la que los impuestos indirectos constituyen una proporción significativamente«mayor de la recaudación total que los impuestos a los ingresos y a la propiedad. Los impuestos indirectos están vinculados al consumo de bienes y servicios cuya demanda posee una baja elasticidad-ingreso y representa una cuota más grande de la “canasta de consumo" cuanto más bajo es el nivel de ingreso de las familias. Por lo tanto. las familias de ingresos bajos y medios están obligadas a pagar proporcionalmente más para financiar a un Estado que gasta proporcionalmente menos para atender a sus necesidades.
Las dificultades crecientes de los sindicatos para participar en la regulación del mercado de trabajo y prevenir la degradación amplia de las condiciones de vida de la clase obrera. contrastan marcadamente con la habilidad de las organizaciones patronales -e incluso de corporaciones individuales- ligadas a la globalización de la economía latinoamericana. para fortalecer su capacidad de negociación, y con las relaciones esuechas que se tejen entre esas organizaciones y corporaciones y las agencias estatales. Las cámaras empresariales nunca estuvieron al margen de la formulación de las políticas económicas. pero en el pasado su involucramiento en las decisiones gubenramentalcs tenía lugar a través de estructuras corporativas formalmente paralelas a las que articulaban la participación del movimiento sin- dical. Además de la retirada de la panicipación sindical. hoy se aprecia una inserción mucho más directa del "big business" en las instituciones estatales y en la formulación de las políticas “.
Privatización y relaciones de clase
Las privatizaciones Ofrecen un ejemplo ilustrativo. De acuerdo a varios estu- dios y evaluaciones. esos procesos han sido conducidos a través de una red compleja de subsidios estatales implícitos en beneficio de inversionistas privados relacionados de una u otra manera a funcionarios de los respectivos gobiernos. a los que los gobienros deseaban promover. por diversos motivos. Es el Estado. mucho más que el mercado. quien en definitiva fija los ténninos de cada caso específico de privatización. tanto en lo que se refiere a las cuestiones financieras y administrativas como a los inversionistas participantes. El proceso es llevado a cabo por medios administrativos sin control parlamentario. El particularismo que priva en la panicipación estatal ha discriminado contra inversores potenciales y a favorecido a otros. No es fácil establecer cuánto margen efectivo de competencia es tolerado por la intervención estatal. Las agencias estatales usualmente absorben las deudas de las firmas en vías de privatización: subvalúan los activos. fijando arbitrariamente los precios; despiden trabajadores para recortar los costos de mano de obra y absorben los pasivos laborales: garantizan aumentos de precios y tarifas. En general. se estima que estos procedimientos contribuyen activamente a la
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reproducción del comportamiento tradicional rentista de las élites empresariales latinoamericanas (Bienen y Waterbury 1991; Edelman 1992: Vilas 1992).
En el nivel macroeconómico. la manipulación estatal de las privatizaciones ha tendido a crear O consolidar condiciones de monopolio u Oligopolio que garantiza mercados cautivos a los inversionistas, como ha ocunido en México, Chile y Argentina. Resulta muy difícil determinar un balance entre los costos financieros de la privatización y el flujo efectivo de capital privado. Las cifras dadas a conocer por algunos gobiernos latinoamericanos respecto del monto neto de recursos financieros aportados por las privatizaciones no permiten establecer cuáles ha- brían sido las alternativas en ausencia de los mencionados subsidios estatales. Este es un punto particularmente importante, ya que los argumentos en favor de la privatización enfatizan su impacto sobre las finanzas públicas y en el desmante- lamiento de los subsidios estatales.
Como resultado, el proceso de privatizaciones ha sido conducido como “a very private aflair” , según tituló su portada una revista especializada 7. Es importante señalar que en países como México, Argentina y Brasil, donde existen importantes mercados de capitales. los gobiernos han tendido a marginarlos de las privatizacio- nes, apelando a venas directas. La reducida transparencia de las operaciones y la falta de control parlamentario han creado oportunidades de sobornos y corrupción que alcanzaron notoriedad (Verbitsky 1991; Little 1992). Por lo menos. generan una profunda desconfianza ciudadana sobre todo el proceso. Agregado al subsidio estatal a los inversionistas potenciales, esos elementos dotan a la mayoría de las privatizaciones de una apariencia de acumulación primitiva y piratería de guante blanco a expensas de los activos estatales. El plebiscito uruguayo del 13 de diciembre 1992 que forzó al gobierno a detener el proceso de privatizaciones puede ser interpretado tanto como un rechazo concreto a dicho proceso, como un repudio a la ausencia de controles institucionales.
Las consideraciones anteriores no deberían interpretarse como una defensa absoluta de la propiedad estatal de empresas. Muchas de las empresas estatales eran ineficientes: su actividad estaba frecuentemente subordinada a intereses clientelistas y a estilos de patronang, enmascarando los intereses privados con la bandera nacional. La afirmación de que las experiencias de intervención y propie- dad estatal del pasado estaban dirigidas a “apoyar a los pobres". a promover la distribución de ingresos en beneficio de los asalariados, 0 a alimentar el corpora- tivismo sindical -como plantean algunas críticas neoliberales del populismo lati- noamericano- no resulta apoyada por los hechos. Entonces como ahora las agencias y políticas estatales actuaron como arenas para la competencia entre grupos y clases sociales, y como participantes activos en esa competencia.
La novedad de la economía política latinoamericana contemporánea no es el avance del mercado sobre el Estado, sino la configuración de una pauta de relaciones entre Estado, mercado y clases que beneficia a segmentos específicos de las clases capitalistas, impide el desarrollo de otros, degrada a amplias fraccio-
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nes de los sectores medios. y fija las condiciones para nuevas y renovadas vías de empobrecimiento y marginación de la población trabajadora.
¿Era la privatización el único medio para introducir cambios en la distribución del ingreso entre clases y dentro de la clase capitalista? Ciertamente no lO era, pero el Objetivo no era tanto una distribución (regresiva) del ingreso como cumplir con los compromisos del endeudamiento y mantener en funcionamiento el sistema internacional de pagos. Debido a las restricciones sobre los ingresos de exporta- ción. no hubo altemativa a la privatización. Esto también priede ayudar a explicar que agencias como el Banco Mundial. el FMI y la USAID, que tienden a ser severamente críticas de los subsidios y la corrupción gubernamental, sean tan indulgentes con los casos de sobornos y prebendalismo vinculados alas privatiza- ciones 3.
El apoyo externo a las privatizaciones es insuficiente, sin embargo, para comprender su amplia aceptación por los gobiernos, si bien las presiones de las agencias y gobiernos acreedores fueron muy fuertes, enmarcadas en la ideología neoliberal que presidió los años de Thatcher-Reagan-Bush. La privatización y la desregulación estatal son ingredientes tradicionales de la ideología de las fraccio- nes exportadoras de la burguesía latinoamericana. Los argumentos que cuestionan la intervención estatal datan de la década de 1920 por lo menos. Sin embargo, el modo en que se desarrolló el capitalismo latinoamericano tendió a marginar esos argumentos del mismo modo que los regímenes desarrollistas y populistas margi- naban a los partidarios del neoliberalismo en la competencia electoral. Los voceros y defensores del neoliberalismo reaparecían cada tanto tratando de avanzar sus perspectivas en el marco de gobiernos militares, pero eran nuevamente forzados a retroceder tan pronto como se retomaba a la política electoral. Fueron colocados Otra vez en el centro del debate político en la coyuntura de la década de 1980, y la rearticulación internacional de las economías latinoamericanas dio fuerza a sus recomendaciones de mercado libre, crecimiento exportador, continencia fiscal, desregulación financiera, y. sobre todo. disciplina laboral. Su ideología presentó como virtud lo que era simplemente una necesidad resultado de la crisis y del modo en que los gobiernos le hicieron frente. En la medida en que una política particular era presentada como una política general fueron presentados como emblemas del interés nacional.
Un ejemplo: El caso de México
El achicamiento del Estado en el plano microeconómico 0 empresarial ha ido de la mano con una amplia regulación de las relaciones de mercado a través de políticas macroeconómicas. México brinda una excelente ilustración. Apelando a instrumentos tradicionales de política el gobierno mexicano está impulsando su propia versión de modernización capitalista y rearticulación internacional, combi- nando importantes experiencias de privatización con una economía de cuasi-
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comando 9. La sobrevaluación del tipo de cambio permite el acceso a divisas convertibles para mantener los pagos de la deuda y. junto con el levantamiento de ' restricciones a las imponaciones. mantiene bajo control la inflación '°. El aumento dc los gastos de imponación y la discriminación cambiaría contra los ingresos de exportación lleva a persistentes desequilibrios comerciales y a un creciente déficit en la balanza de pagos (cuadro 2).
A fin de sortear el impacto negativo del tipo de cambio sobrevaluado sobre el ingreso de los recursos líquidos externos necesarios para compensar el déficit de la cuenta corriente. las tasas domésticas de interés se mantienen positivas respecto del índice de precios y de la evolución programada del tipo de cambio (la “tablita cambiaria" de los años anteriores a la crisis). lo cual hace que la inversión financiera resulte más atractiva que la productiva: entre 1991 y 1992 la inversión extranjera en la bolsa de comercio de México creció de uSs 4.2 mil millones de uSs a uSs 27 mil millones. Simultáneamente las altas tasas de interés asestan un duro golpe a los inversores domésticos y los industriales. a quienes el discurso oficial acusa de ineficiencia y de dirigirse a la bancarrota “. A medida que la estrategia avanza. los compromisos financieros predominan sobre las metas productivas. del mismo modo que disminuye la preocupación gubernamental por el desarrollo y el Crecimiento (cuadro 3).
La renovación en 1992 del PECE (Pacto de Estabilidad. Crecimiento y Em- pleo). el acuerdo de precios y salarios sancionado institucionalmente por el gobier- no, brinda una ilustración de las preocupaciones predominantes: en la denomina- ción oficial del nuevo acuerdo. "Crecimiento" ha sido reemplazado por "Conr- perilir-idad" , quedando abierta la incógnita de como habrá de asegurarse el empleo si cl crecimiento deja de ser una meta”. En términos generales la estrategia de México implica un retorno al muy criticado “desarrollo con endeudamiento" de la década de 1970 -sólo que ahora el esquema es más bien de “endeudamiento sin desarrollo". Entre 1989 y 1992 la deuda extenra de México aumentó en 10.9 mil millones de dólares (11.4%). después de haberse reducido en uSs 7.3 mil millones en 1987-89. A mediados de 1993 la deuda externa total de México sumaba uSs ll 1.20 millones, el valor más alto de toda su historia. equivalente a 34% del PIB. El ahorro Obtenido como resultado de la reestructuración de la deuda externa en 1989 ha sido virtualmente absorbido por la contratación de pasivos en moneda extranjera por la banca comercial. Entre tanto. la economía experimenta una sostenida desaceleración. sobre todo en el sector de la industria manufacturera orientada hacia el mercado interno.
De acuerdo a funcionarios de alto nivel. la economía mexicana demandará un flujo estimado en uSs 150 mil millones durante la próxima década a fin de consolidar las reformas actuales '3. Es en esta demanda de fondos extemos donde radica la importancia del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá: es mucho más una cuestión de inversiones que de comercio. puesto que México ya mantiene actualmente casi tres cuartas partes de su comercio exterior
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Cuadro 2: México: Cuentas internacionales, 1988-92 (uSs millones)
saldo saldo de la saldo de la Balance DeUda Tipo de comercial cuenta cuenta de global enema cambio corriente capital total
1988 1.688 -2.6 13 4.025 -6.638 100.900 - l 7.3 ¡989 645 4.111 4.289 178 95.100 -9.l [990 4.433 -8.4l3 10.716 2.303 90,700 -3.3 1991 -ll.863 43.469 21.461 1993 -18.830 ¿0.750 23.250 2.500 106.(X)0 --
Variaciones en el tipo de cambio real. en porcentajes. Estimaciones preliminares Fuente: Cepal varios años; IDB 1992
con sus futuros socios. y ha avanzado más que ellos en el desmantelamiento del proteccionismo. Con diferencias promedio de salarios entre 1:6 y 1:8 en la indus- u'ia de exportación radicada en territorio mexicano respecto de las plantas radicadas en Estados Unidos. en niveles similares de productividad. la mano de obra barata y las tasas altas de interés son considerados los más importantes estímulos para que las ¡“urnas y capitales de Estados Unidos y Canadá se instalen al sur del río Grande.
Al establecer a través de políticas específicas las condiciones para la eficiencia empresarial y la competitividad. la estrategia económica del Estado fortalece a los segmentos superiores de la burguesía financiera mexicana y refuerza su rol de
Cuadro 3: México: Crecimiento de los salarios, los precios, el empleo y el producto (en %)
Salarios Precios al Desempleo PIB 4 PIB por
reales ‘ consumidor 2 urbano 3 habitante ‘ 1988 -l.3 51.7 3.5 1.2 -O.l 1989 9.0 19.7 2.9 3.3 1.0 1990 2.9 29.9 2.9 4.4 2.2 1991 2.4 V 18.8 2.7 3.6 1.4 1992‘ 2.4 12.9 3.2 2.5 0.6
a Estimaciones preliminares
l Sueldos. salarios y beneficos en la industria manufacturera
2 Variación diciembrddiciembre
3 Las cifras oficiales sobre desempleo suelen ser engañosas. ya que no existe en México un sistema de seguro de desempleo sobre el cual efectuar su cuantificación
4 Valores reales
Fuentes: Las mismas del cuadro 2
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socios privilegiados de los inversores foráneos. Estos segmentos de la burguesía financiera son dueños de la banca recientemente reprivatizada y de alrededor de 25 grandes holdings que dan cuenta del 47% del PIB mexicano (Grispun & Cameron 1993). Solamente cinco de esos grupos financieros controlan 75% del mercado bancario y crediticio, así como el 66% de las sociedades de inversión (Acosta l993a). En cierto modo los estrechos vínculos forjados entre el Estado y estos conglomerados financieros asemeja la experiencia del Estado en Corea de asociación con un grupo reducido de grandes chaebols (Steers et al. 1989: Hart- Landsberg 1993) ‘4.
La regulación de los mercados de capitales va de la mano con una fuerte intervención estatal en la fijación de los salarios. manteniéndolos a la zaga de la marcha de la productividad y de los precios (cuadros 4 y 5). La reducción de los costos laborales a través de rígidos controles de política puede fortalecer la posición de mercado de las empresas industriales pequeñas y medianas, pero este efecto es neutralizado por el impacto recesivo de la contención salarial , ya que esas empresas dirigen su oferta sobre todo hacia el mercado interno. en el cual la fuerza de trabajo genera una proporción alta de la demanda directa e indirecta. Este no es el caso de las firmas de los grandes gmpos financieros mencionados más aniba, cuya orientación hacia las exportaciones tiende a incrementarse. Tam- poco es el caso de los inversores extranjeros, que se benefician de las enormes diferencias de salarios a equivalentes niveles de productividad. El resultado final es un mercado crecientemente oligopólico, y una mayor presión sobre una fuerza de uabajo crecientemente subocupada. A medidos de 1993 el desempleo laboral en la industria manufacturera superó el 6%, duplicando la tasa nacional.
México ofrece así una versión relativamente sofisticada de un modelo econó- mico conocido: salarios bajos y rentabilidad del capital alta, en un contexto de fuerte endeudamiento externo y de activo involucramiento estatal. En líneas generales, es el esquema económico prevaleciente en todo el continente.
En una época como la actual, en la que el Estado desempeña funciones tan activas en la promoción de los intereses de fracciones particulares de la burguesía latinoamericana, la noción misma de autonomía del Estado debe ser sometida a cuidadoso análisis. Lo que surge de las actuales relaciones entre Estado y mercado es la reducción del Estado y de sus agencias al papel de instrumentos cautivos no sólo de la clase capitalista, sino de grupos muy específicos de la clase. La tradicional separación capitalista entre dominación política y explotación econó- mica, a partir de la cual tomó cuerpo la autonomía relativa del Estado, parece estar dejando paso a un involucramiento creciente y directo de la clase en el mano del Estado.
Este no es un fenómeno estrictamente nuevo: algunos análisis de este tema anteriores la crisis señalaron el creciente involucramiento de empresarios en la gestión gubernamental, y la manipulación de las políticas estatales para promover intereses particulares (Schvarzer 1983). Pero la magnitud de este fenómeno ha
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crecido considerablemente en años recientes. En Paraguay y Bolivia, prominentes empresarios han accedido a la presidencia de la república a través del voto: en Paraguay. el más grande exportador de algodón; en Bolivia, el segundo más grande empresario. El nuevo gabinete boliviano incluye a un banquero como ministro de Desarrollo Social. al ex presidente de la Confederación de Empresa- rios Privados como ministro de Desarrollo Económico, y a otro empresario más como ministro de Desarrollo Sustentable. En México a principios de marzo 1993 un reducido grupo de máximos dirigentes de los mayores grupos financieros fue invitado por los máximos dirigentes del partido gobernante y del Estado a colabo- rar con 25 millones de dólares cada uno en el financiamiento de la próxima campaña electoral de dicho partido (Acosta l993b; Rodríguez Castañeda 1993). En Argentina un grupo de grandes firmas paga un sobresalario al ministro de Economía. equivalente a cuatro veces el salario oficial (La Jornada, México, 12 y 16 de noviembre 1992).
Cuando estos fenómenos recurrentes se combinan con el sentido predominante de las políticas estatales. debe admitirse que estamos presenciando algo más que la privatización de empresas, activos y servicios públicos. En realidad. estamos en presencia de la privatización de las políticas y de los funcionarios, en beneficio de intereses particulares: el gobierno de un país en beneficio de los dueños del país. Resulta adecuado entonces, a fines del siglo XX, regresar a la concepción de Adam Smith del gobierno como una cuestión privada de las clases propietarias: El gobierno civil, instituido para asegurar la propiedad, en realidad es instituido para Ia defensa de los ricos en contra de los pobres, o de aquellos que tienen alguna propiedad, en contra de quienes no tienen nada (Smith, 1776: 674).
3. Los reacomodos Estado/mercado y la clase obrera
Por varios motivos los cambios recientes han significado fuertes golpes contra los trabajadores y los sindicatos: l) debido al énfasis en tecnologías que ahorran trabajo y al redimensionamiento general de los activos productivos, la demanda de fuerza de trabajo que se genera en los sectores exportadores más dinámicos tiende a reducirse con relación al crecimiento de la población activa. con caídas absolutas en segmentos específicos de la industria y la infraestructura: 2) la necesidad de elevar los niveles de productividad para competir internacionalmente implica una presión adicional sobre la fuerza de trabajo: reducción de los costos laborales a través del endurecimiento de las condiciones de trabajo y reducción de ios sala- rios; subcontratación: disminución del papel institucional de los sindicatos en la configuración del mercado de trabajo y en el procesamiento de los conflictos laborales, etc.; 3) la privatización de empresas expulsa trabajadores del mercado laboral o los obliga a mantener el empleo en peores condiciones de trabajo y de salario: 4) en varios países (como Argentina, Brasil, Chile, Uruguay entre otros) emergieron enormes limitaciones al movimiento obrero y a las organizaciones
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políticas y sociales vinculadas a él -por ejemplo el movimiento estudiantil y las organizaciones de pobladores. Los sindicatos y los partidos de base popular fueron ilegalizados y reprimidos. y sus afiliados. dirigentes y activistas encarcelados. forzados al exilio o asesinados. En otros países. como México y Venezuela. el movimiento sindical consolidó su vinculación dependiente del Estado y sus polí- ticas.
El modo en que los estados de América latina manejaron la crisis reciente implicó una clara victoria para el capital y una derrota para los trabajadores. el campesinado y amplios sectores medios. Los nuevos acomodos entre Estado y mercado transfirieron al mercado actividades y funciones hasta entonces desem- peñadas por el Estado; Puesto que el mercado desempeña las funciones económi- cas de manera diferente que las agencias estatales. la retirada del Estado implicó cambios agudos en la distribución del ingreso entre clases sociales. Las privatiza- ciones fueron acompañadas por cortes drásticos en el gasto social que tuvieron un impacto muy fuerte sobre las clases trabajadoras urbanas y rurales y los grupos de menores ingresos -es decir. los sectores de población tradicionalmente atendidos por las políticas sociales.
El cuadro 4 complementa la información presentada en cl cuadro l: se advierte aquí el deterioro de los salarios reales en varios países de América Latina. compa- rándolo cuando es posible con la evolución de la productividad del trabajo. En Argentina y Chile a f ines de la década de 1980 la participación de los salarios en el valor agregado industrial se mantenía congelado en los niveles de 1970: lo mismo ocurrió en Brasil aunque la productividad del trabajo (medida en términos groseros por el producto industrial por obrero) creció en 4/5. En México y Venezuela la participación de los salarios disminuyó 55% y 20% respectivamente aunque la productividad del trabajo aumentó 59% más que la disminución de la productividad.
Por su parte cl cuadro 5 muestra la reducción drástica de los salarios reales urbanos a lo largo de la década de 1980 y lo que va de la actual en la mayoría de los países.
El deterioro dc los salarios tuvo lugar junto con cambios importantes en la configuración de la clase trabajadora. Ante todo. una amplia transferencia de fuerza de trabajo hacia el sector informal de la economía. El ritmo de crecimiento del empleo informal fue más del doble que el del empleo en el sector privado formal (70% y 29% respectivamente). En ciudades como Lima. Managua y Guatemala la economía infonnal absorbe dos tercios de la población activa. Dentro del sector formal. hay un desplazamiento de mano dc obra desde las firmas más grandes a las más pequeñas. en las que las condiciones de trabajo tienden a ser más duras: el empleo en las firmas pequeñas casi se duplicó. mientras se mantuvo estancado en las firmas grandes (cuadro 6).
La crisis económica. los cambios estructurales y las políticas gubernamentales han tenido fuerte impacto en la clase obrera y han puesto a los sindicatos a la
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defensiva. El rápido crecimiento del sector informal durante la década pasada. con su énfasis en el empleo ocasional y en el autoempleo amenaza la capacidad de reclu- tamiento de los sindicatos. cuestiona su representatividad y debilita las dimensiones organizativas de la clase. Las políticas de ajuste reducen el empleo en cl sector formal. sobre todo en ramas como construcción, manufacturas. salud y educación. que durante décadas han sido plazas fuertes de la organización sindical. Las políticas de “fleu'bilización laboral” reducen varios aspectos centrales de la tradicional panicipación de los sindicatos en la fijación de las condiciones de trabajo y en la regulación del mercado laboral. A partir de ahora son el capital y-‘el Estado quienes definen las condiciones en que la mano dc obra es contratada, pagada y cesanteada. Hay una creciente sustitución de los convenios colectivos de trabajo por contratos individuales. del mismo modo que el Derecho Laboral es crecientemente reemplazado por el derecho mercantil común '5. Los conuatos colectivos de uabajo son crecien- temente cuestionados por las empresas y los gobienros.
La fragmentación de la clase obrera aumenta a medida que los contratos laborales son referidos a firmas individuales y no a las ramas de actividad.
Esta combinación de factores estprcturales e institucionales favoreció una oposición sindical débil y desorientada cuando la crisis estalló y los gobienros latinoamericanos apelaron a la rearticulación internacional y a políticas de ajuste. Los obstáculos a una acción sindical combativa fueron mayores en países como Argentina. México y Venezuela. en los que los sindicatos más importantes carecen de autonomía respecto dc las agencias gubernamentales y de los principales partidos políticos. y lacficacia redistributiva de las organizaciones sindicales depende de arreglos de tipo corporativo dentro de los límites que fi ja la estrategia predominante de acumulación de capital. Los sindicatos se hundieron en la crisis
Cuadro 4: América Latina: Participación de los salarios en la industria, en varios países Salario como ‘7c del valor agregado Producto industrial por trabajador (1980 = 100)
1970 1987 1988 1989 1970 1987 1988 1989 Argentina 29 29 27 28 -- -- -- -- Bolivia 43 26 27 27 65 44 41 S9 Brasil 22 21 20 2] 7l 119 [23 125 Chile l9 l7 l7 l7 -- -- -- -- Ecuador 27 38 33 36 83 113 114 103 México 44 20 20 20 77 l 12 l l3 128 Panamá 32 32 37 38 67 88 81 79 Uruguay -- 26 26 26 llO 109 llO Venezuela 3] 25 28 2| 118 132 139 121
Fuente: Word Bank l992
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a media que sus aliados del pasado trataban de recuperarse del impacto represivo de las dictaduras, o abandonaban sus preocupaciones en favor de la distribución de ingresos y la participación social, y que los cambios en la estructura arrojaban a decenas de miles de trabajadores fuera del mercado de trabajo formal.
Cuadro 5: América Latina: Evolución de los salarios reales urbanos mínimos (números índice, 1980 = 100)
1985 1988 1989 1990 1991 1992 Argentina 113.1 93.5 42.1 40.1 56.00 44.5 Brasil 88.9 68.7 72.1 53.4 59.9 55.4 Colombia 109.4 109.9 110.8 107.9 104.3 103.2 Costa Rica 112.2 114.6 119.4 120.5 111.8 -- Chile 76.4 73.9 79.8 87.5 95.6 100.0 Ecuador 60.4 53.4 46.5 36.2 30.4 31.7 México 71.1 54.2 50.8 45.5 43.6 42.0 Paraguay 99.6 135.2 7137.5 131.6 125.8 115.0 Perú 54.4 52.0 25.1 23.4 15.9 16.3 Uruguay 93.2 84.5 78.0 69.1 62.0 61.5 Venezuela --
Fuente: Cepal, varios años
Cuadro 6: América Latina: Estimación del empelo urbano, 1980-89 (en números índice, 1980 = 100) ‘
Población económicamente activa 139.1 I. Población ocupada 141.5 I.l. Sector público 138.4 1.2. Sector privado formal 128.4 1.2.1. Empresas grandes y medianas 104.9 1.2.2. Empresas pequeñas 191.6 1.3. Sector informal 172.4 II. Población desocupada 107-5
Argentina. Brasil. Colombia, Costa Rica, Chile. México y Venezuela b) Hasta lO trabajadores por empresa. Fuente: La misma del cuadro 5
Género, etnicidad y clase obrera
La mayoría de las organizaciones sindicales de América Latina ha experimen- tado problemas para hacerse cargo de las demandas de dos nuevos segmentos de la fuerza de trabajo que han crecido en las décadas recientes: las mujeres y los trabajadores indígenas.
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Apoyada en el crecimiento económico de las décadas de 1960 y 1970, la participación de las mujeres en el mercado de trabajo aumentó significativamente, y se estabilizó tras la crisis de 1982 (cuadro 7). La estratificación de género de las condiciones de trabajo aumentó a medida que la crisis se profundizó. Las privati- zaciones han tenido efectos particularmente negativos en las mujeres. No sólo las condiciones de uabajo y los salarios de las mujeres son mejores en el sector público que en el privado. sino que las diferencias entre trabajadores hombres y trabajadoras mujeres tienden a ser menores en el sector público. Más aún. las mujeres tienden a ser las primeras en ser cesanteadas por las firmas que son privatizadas. o cuando la recesión o la necesidad de bajos costos de producción son enfrentadas mediante recortes en la mano de obra.
La discriminación contra las mujeres es particularmente fuerte en el sector informal. La probabilidad de ingresar al sector informal es mayor para las mujeres (y los niños). y también es mayor su concentración en las ocupaciones peor remuneradas. como las maquilas, el trabajo de surco en la agroexportación. 0 los servicios personales (Standing 1989; Arriagada 1990; Lara Flores 1992, Carton de Grarnmont 1992).
La tasa de sindicalización es más baja entre las mujeres que entre los hombres (Godinho Delgado 1990), lo cual refuerza la discriminación laboral contra las mujeres. El aumento de la participación laboral de las mujeres no generó cambios equivalentes en las estructuras sindicales a fin de adecuar los criterios organizativos tradicionales a la nueva composición de género de la fuerza de trabajo. La incorporación de mujeres a las funciones sindicales es más reducida que su incorporación a la fuerza de trabajo. La participación de las mujeres debe enfrentarse a una larga serie de obstáculos y prejuicios. y requiere cambios en la vida privada -por ejemplo, redis- tribución de las tareas del hogar- tanto como en la estructura organizativa de los sindicatos. Debido a este doble sesgo de género -menor involucramiento de las mujeres en el trabajo asalariado en el sector formal. y obstáculos culturales a la participación sindical- la participación de las mujeres ha tendido a desarrollarse fuera del mercado de trabajo: en organizaciones barriales, clubs de madres. y similares.
Cuadro 7: América Latina: Participación de las mujeres en el mercado de trabajo, 1960-1990
Crecimiento de la fuerza de Fuerza de trabajo femenina (como % trabajo femenina de la fuerza de trabajo total 196 19.2 1979-60 31% 1970 21.7 1980-70 46% 1980 26.1 1990-80 24% 1990 26.6
Fuente: Bonilla 1990
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Las dificultades de los sindicatos para encarar el crecimiento de la feminiza- ción de la fuerza de trabajo se suman a las rigideces para hacerse cargo de la creciente activación de los trabajadores indígenas en varios países andinos y de Centroamérica. Hay un marcado contraste entre el carácter predominante urbano de las organizaciones sindicales y el carácter predominante rural de la fuerza de trabajo indígena. Más aún. los sindicatos tienden a reproducir la estratificación étnica. en la medida que la mayoría de los dirigentes y activistas sindicales pertenecen al grupo étnico dominante. reforzándose la desconfianza de los traba- jadores indígenas hacia los sindicatos. como hacia cualquier otra organización dirigida por mestizos o ladinos. Por consiguiente el activismo étnico. aunque obviamente involucra a los trabajadores indígenas. ha tendido a desarrollarse al margen del movimiento sindical. Aunque algún progreso se ha efectuado en años recientes. el entrecruzamiento de clase y etnicidad en el mundo obrero es todavía un tema que las organizaciones sindicales enfrentan con dificultad.
Los sesgos de género y étnicos son evidentes también en los partidos políticos de vocación popular. Todavía hoy muchos de ellos reproducen la naturaleza ando/ etnocéntrica de los sistemas políticos. previniendo un involucramiento activo más amplio de mujeres e indígenas.
En resumen. la combinación de la rearticulación externa. los cambios en la estructura y la reorientación de las políticas estatales ha generado cambios impor- tantes en la clase obrera. como en el conjunto de la sociedad: l) Las dimensiones sociodemográficas de la clase han sido redefinidas debido a la reducción del sector formal de la economía y el consiguiente crecimiento del sector informal. del empleo ocasional y del autoempleo. junto con la expansión de la contratación individual: 2) Las dificultades de sindicatos y partidos para relacionarse con las poblaciones indígenas y con las mujeres, así como las manipulación de la empresa y el Estado, ha favorecido una mayor fragmentación del mercado de trabajo y de la participación social: 3) Las dimensiones organizativas y las proyecciones insti- tucionales de la identidad de clase se debilitan. particularmente las que se refieren al mercado de trabajo. La reducción del gasto social de los gobiernos reduce el atractivo de la afiliación sindical y del trabajo asalariado en el sector formal.
4. ¿De clase obrera a masas marginalizadas?
Este proceso se desenvuelve a media que la pobreza crece a un ritmo extrema- damente veloz: 44% entre 1980 y [990. 060 millones de nuevos pobres. Aunque la proporción de población que vive bajo la línea de pobreza es mayor en el campo (dos tercios) que en las ciudades (un tercio) los pobres urbanos (“5.5 millones) superan en casi 50% a los del campo (80.4 millones).
La urbanización de la pobreza se ha acelerado en años recientes. En la década de l980. 80% del crecimiento de la población en condiciones de pobreza tuvo lugar en las ciudades. con alrededor de 48 millones de nuevos pobres urbanos. En
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alguna medida este crecimiento refleja el impacto de la gente que se desplazó a las ciudades por razones económicas o políticas. o por ambas. Sin embargo la mayor parte de la explosión de la pobreza urbana en la década de 1980 afectó a población que ya era urbana, y es el resultado de las políticas estatales discutidas más arriba de subsidio al capital y corte del gasto social.
El crecimiento de la pobreza ha sido acompañado por una creciente desigual- dad social. como vivida ilustración de una distribución desigual de ganancias y pérdidas. La polarización del ingreso es mayor en América Latina que en Europa del sur o el sudeste de Asia. tradicionales puntos de comparación de los países latinoamericanos (cuadro 8).
Los niveles extremos de polarización de los ingresos agravan la fragmentación de las sociedades latinoamericanas ¿Qué hay en común entre cualquiera de esos 6 millones de familias brasileñas que perciben un promedio de 240 dólares al mes, y las que tienen un ingreso medio mensual de 6.300 dólares. o las que perciben un promedio mensual de 9.200 dólares- como el caso del 10% de familias más ricas? Esto ya no es una simple cuestión de diferencias de ingresos. sino de gente que vive en diferentes dimensiones de la vida. Sin embargo ambas dimensiones están estrechamente vinculadas y son recíprocamente interdependientes. y todos los muros y alarmas electrónicas que rodean las villas y los barrios de los ricos no son suficientes para convertirlas en dos mundos separados.
El acelerado deterioro dc los barrios populares: el crecimiento de la población que viven en viejos y nuevos tugurios: la degradación de los servicios básicos como salud y educación: una epidemia continental de cólera que ya tiene cuatro
Cuadro 8: Distribución del ingreso de los hogares
(1) (3) (3) (4) 20% más bajo 60% medio 20‘7: más alto (3:1) Brasil (1983) 2.4 35.0 62.6 26.] Colombia (1988) 4.0 43.0 53.0 13.2 Costa Rica (1986) 3.3 42.2 54.5 16.5 Guatemala (1979-81) 5.5 39.0 55.5 10.1 Jamaica (1988) 5.4 45.4 49.2 9.] Perú (1985-86) 4.4 43.7 51.9 11.8 Venezuela (1987) 4.7 44.7 50.6 10.8 Italia (1986) 6.8 52.2 41.0 6.0 España (1982-83) 6.9 53.0 40.1 5.8 Hong-Kong (1980) 5.4 47.6 47.0 8.7
% del ingreso nacional percibido por el 20% más pobre. el 60% medio y el 20% más rico de los hogares. Fuente: World Bank 1992
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años; cientos de miles de personas viviendo de las remesas de sus familiares que migraron alos Estados Unidos (CEPAL 1991); saqueo de tiendas de alimentos en Brasil y -créase o no- en Argentina: expansión del tráfico de drogas; violencia contra los niños, que incluye más de 20.000 robados y vendidos cada año a compradores de Estados Unidos y Europa con fines de prostitución, adopción o trasplante de órganos (Amnistía Internacional 1990; Dimeinstein 1991: Mergier 1992; Piñeiro 1992; Fernández Poncela 1993): estos hechos ignominiosos dan testimonio de un proceso de producción de pobreza, desigualdad y degradación social que es la contracara y la condición de existencia de un proceso de produc- ción de increíble riqueza, en el cual las políticas estatales juegan un papel tan relevante como el mercado. La pobreza no es un don de la naturaleza ni un castigo del destino: es el producto de relaciones sociales específicas: reforzadas por políticas estatales. El empobrecimiento creciente de las masas -a través del dete- rioro de los salarios, del aumento del desempleo, de la crisis de los sistemas de previsión social- puede interpretarse legítimamente como la condición para la recomposición de la tasa de ganancia del capital.
La pobreza urbana creciente y el debilitamiento de las dimensiones organiza- tivas de la identidad de clase presionan para una regresión de la población trabajadora de una posición de clase a una situación de masa. Junto con un amplio, rápido y profundo deterioro de las condiciones de vida, esta regresión implica una ruptura o debilitamiento de la solidaridad basada en valores colectivos y un fortalecimiento de las lealtades particularistas.
También favorece el debilitamiento de la noción de “fuerza de trabajo" , como un concepto que implica una relación estructural entre actores colectivos (proleta- riado y burguesía), y la preocupación creciente por el empleo, como concepto que vincula a cada individuo a una firma en particular o, como es el caso del autoe- mpleo, a uno mismo. La contracción de la eficacia de las organizaciones colectivas como los sindicatos. que vinculan el empleo con la fuerza de trabajo como dimensión material de la clase, y por lo tanto la refieren a la estructura social total y al Estado capitalista, lleva a la clase obrera a diluirse en un agregado mecánico de individuos que compiten unos contra otros por la sobrevivencia.
De acuerdo a un reciente censo de la población carcelaria de Brasil, 95% de los más de 126 mil reclusos en todo el país vivían en absoluta pobreza antes de su detención. De acuerdo a este estudio, el "preso típico" brasileño es varón. negro, analfabeto o semianalfabeto, y no tiene medios para pagar un abogado: el delito más frecuente es robo o hurto '6. ¿Estamos regresando. en la América Latina de vísperas del siglo XXI, a las clases dangereux (clases peligrosas) de los inicios del capitalismo industrial? En todo caso, parece incuestionable que mientras la ideo- logía de la clase dominante se revitaliza volviendo a las fuentes del siglo XVIII y al pensamiento de Adam Smith, el pueblo latinoamericano es forzado a un retroceso masivo al estado de naturaleza de Thomas Hobbes, en el cual: No hay sociedad. y lo que es peor de todo, se continúa temiendo, y peligrando por la muerte
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violenta, y la vida humana. salario, pobreza, desagrado. brutalidad,... (Hobbes 1651-65).
A primera vista este retroceso a una situación de masa podría ser interpretado simplemente como una aceleración exponencial y una ampliación del proceso bien conocido de marginalización social intrínseco a las sociedades capitalistas en el largo plazo. Desde esta perspectiva aceleran y profundizan lo que ha venido registrándose por varias décadas.
El concepto de marginalidad fue sometido a una crítica severa a principios de la década de 1970, así como la hipótesis subyacente de una estructura dual (feudal/ capitalista) en las sociedades latinoamericanas. Se argumentó que las poblaciones marginalizadas no eran ajenas ni redundantes para la acumulación capitalista, sino funcionales a ella. Ellas desempeñan una versión actualizada pero perversa del ejército industrial de reserva del capitalismo clásico. Debido alos sesgos tecnoló- gicos prevalecientes y a la decreciente demanda de trabajo no calificado, ya no pueden aspirar a ser reabsorbidas por el proceso productivo, ni siquiera en épocas de reactivación económica: constituyen una población excedente en términos absolutos. Sin embargo continúan desempeñando su función tradicional de mover a la baja los salarios y las condiciones de trabajo en aquellos sectores de la economía que aún demandan mano de obra no calificada -como los establecimien- tos de reparaciones, los servicios personales. las construcciones públicas, la ma- quila y similares.
Debe señalarse, empero. que estas críticas son anteriores a la reestructuración global del capitalismo. Junto con la dislocación internacional del ciclo productivo, la reestructuración en curso implica la desagregación de procesos productivos muy complejos en procedimientos simples -el denominado "deskilling". o "des- calificación" de la fuerza de trabajo-, con lo que se favorece una mayor rotación y una sustitución más fácil de los trabajadores. En todo caso, estamos en presencia de algo más que una simple cuestión de magnitud, incluso si enfocamos estos cambios como un caso típico en que una cuestión cuantitativa deviene una cues- tión cualitativa: ¿Cuánta más población marginalizada puede soportar la economía latinoamericana, y pueden mantener bajo control los gobiernos? La calidad distin- tiva del problema surge no sólo del número de personas involucradas, sino de la identidad de la gente que está siendo arrojada a la pobreza y a la marginalización.
Es ésta una población que tiene muy poco en común con las masas reciente- mente urbanizadas y predominantemente analfabetas que fueron los participantes activos de las experiencias populistas y desarrollistas de las décadas de 1940 y 1950. La población marginalizada de hoy día cuenta con derechos de ciudadanía y hasta hace una década estaba integrada al mercado de trabajo formal. participaba en sindicatos y otras organizaciones sociales, estaba incorporada al sistema educa- tivo y al de salud, y contaba con beneficios previsionales y de bienestar. Una porción imponante de esta población protagonizó las movilizaciones democráti- cas que fonaron a las dictaduras militares a dejar el gobierno, e incluso -como en
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Centroamérica- participaron en proyectos revolucionarios de cambio social pro- fundo. Es gente que sabe y que recuerda que las cosas eran distintas. Por consi- guiente. es una población que tiende a ser exu'emadamente volátil. mirando al mismo tiempo hacia adelante y hacia atrás, mezclando esperanzas y frustraciones. resentimiento y creatividad.
Esta población plantea nuevos desafíos sociales y políticos a los estados y a las organizaciones políticas y sociales. La pérdida o debilitamiento de las solidarida- des colectivas usualmente conduce a un retorno a los que Geenz (1973) denominó “vínculos primordiales" (primordial attachments). y Bordieu (1980) “regreso a los habitus": el ámbito doméstico. las redes de parentesco. las lealtades étnicas. las practicas religiosas. incrementándose la fragmentación social a medida que los vínculos particularistas emocionales sustituyen a las identidades colectivas referi- das a la clase o a la ciudadanía. Esto puede ser entendido como un estadio transicional en la construcción de un nuevo orden social. pero está cargado de inestabilidad e incertidumbre. Como en cualquier transición social. los lazos institucionales se rompen antes de que surjan los que habrán de reemplazarlos. En la medida en que este proceso se refiere al diseño de nuevos fundamentos sociales para el sistema político. cuanto más se prolonga la transición mayor es el riesgo de incertidumbre y mayor la probabilidad de recursos autoritarios de las clases dominantes para el control de la población.
5. Consideraciones finales: solidaridad encima de las fronteras
Una de las debilidades más llamativas de las luchas obreras clasistas del pasado se refiere a los intentos de construir solidaridades y estrategias intemacio- nalistas en un mundo en el que las naciones y el ¡racionalismo eran tan fuertes. El imperialismo. tal como lo conocieron y lo discutieron Hobson. Hilferding. Lenin. Bukharin y Luxemburgo implicó la expansión intemacional dc capital y el des- plazamiento inteniacional de la fuerza de trabajo: no significó necesariamente la globalización de las relaciones capitalistas de producción ni. mucho menos. la internacionalización de los procesos productivos. El “inlernacionalismo" aboga- do por la mayoría de los partidos comunistas fue frecuentemente un termino utilizado para disimular la subordinación a las políticas exteriores dependientes de la URSS y del PCUS. Estas pueden haber sido buenas o malas políticas. pero lo que debe enfatizarse es que ese “inter-nat'ionalismo" no fue mucho más que la dimensión inteniacional de una estrategia política estatal. Más aún. numerosos estudios han puesto de relieve que las tensiones entre esas estrategias intemacio- nales y las demandas políticas y sindicales locales resultaron ser una fuente de limitaciones y fracasos. impidiendo a muchos partidos comunistas forjar sólidas bases en la clase obrera latinoamericana (por ejemplo Caballero 1986: Lówy 1992). Así encarado. ese "inIernacimralismo" fue sobre todo un recurso ideoló- gico sin articulación relevante con la problemática efectiva de los trabajadores y
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con frecuencia subordinó sus demandas a estrategias y preocupaciones de política exterior.
Al contrario. la creciente globalización de la producción y el intercambio hacen hoy que el intemacionalismo pueda convertirse en un efectivo ingrediente de las luchas obreras y populares. Desde una perspectiva obrera y popular el intemacionalismo implica la búsqueda de una proyección internacional y de apoyo mutuo para las organizaciones y luchas obreras y populares en cada eslabón na- cional" de la cadena intemacional de producción. Por primera vez en la historia el capitalismo esta dando a luz una clase obrera transnacionalizada. Consiguiente- mente. la globalización de la producción y de la clase obrera debería ser acompa- ñada por la globalización de las luchas y. eventualmente. de las organizaciones de la clase.
Los capitales migran de país a país en su búsqueda de mejores condiciones de ganancia. A pesar de la creciente imponancia dc los desarrollos tecnológicos. la mano de obra barata sigue siendo un recurso estratégico para la obtención de altas tasas de ganancia. Los gobiernos de América Latina. como los de otras regiones de la periferia, ejecutan políticas destinadas a disminuir los costos laborales y crear condiciones favorables que instalados en los segmentos globalizados de la econo- mía prodrían responder a este movimiento apelando a estrategias coordinadas de acción a fin de defender sus derechos y mejorar sus condiciones de trabajo a lo largo de la cadena global de producción.
C icrtamente. no es una tarea sencilla. Los gobiernos refuerzan la oposición de las empresas a la organización sindical. Además. el recurso a trabajadores no calificados permite a las empresas reemplazar a los trabajadores sindicalizados por otros que no lo estén. En menor medida esto también ocurre en las ramas más tradicionales. La experiencia recogida por los sindicatos en estas ramas puede ser de utilidad para ampliar la organización sindical cn las ramas de exportación y para encarar las altas tasas de rotación en el empleo. Lo mismo ocurre con la necesidad de articular las demandas de los trabajadores calificados y los no calificados. Pero la condición para esta eficiencia es que los sindicatos dejen de lado su dependencia de estrategias corporativistas que de todos modos ya no les permiten conseguir ganancias reivindicativas ni una participación en la adminis- tración del mercado de trabajo. Cuanto más se convierten las agencias estatales en instrumento de los intereses del capital. tanto más tendrán los sindicatos que ent'ati7ar su autonomía respecto del Estado.
Puede argumentarse que sindicatos fuertes no significan necesariamente un movimiento popular fuenc. Sin embargo, es difícil imaginar un movimiento popular vigoroso conviviendo con una clase obrera débil. También resulta difícil concebir cambios profundos en las actuales políticas y en la estructura económica sin la acción de un movimiento popular y clasista independiente. Un papel impor- tante en la configuración de un movimiento de este tipo corresponde al diseño de estrategias que vinculen la organización sindical a los trabajadores del sector
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informal, articulando las demandas laborales a las demandas más amplias de democratización y cambio social. Cuestión que, a su turno, demanda nuevas formas de hacer política y, posiblemente, incluyendo la búsqueda de organizacio- nes políticas mejor adecuadas a la situación presente. La experiencia brasileña es particularmente ilustrativa: la formación del Partido de los Trabajadores (PT) puede ser interpretada como el resultado de la insatisfacción sindical y de los movimientos sociales con los partidos políticos existentes y su comportamiento frente a la dictadura militar. En la medida que esos partidos fueron considerados ineptos para hacerse cargo de las demandas populares, el pueblo siguiendo el liderazgo de una nueva generación de trabajadores industriales recurrió a la formación de un nuevo partido político. Fue un proceso largo y lleno de dificulta- des, pero exitoso.
Hasta ahora el capital ha operado a través de las fronteras pero la fuerza de trabajo y las organizaciones populares han permanecido recluidas dentro de ellas. Apoyándose en los desarrollos tecnológicos y en las políticas estatales de libre intercambio y mercados comunes, la clase obrera y los movimientos populares pueden recurrir a una creciente internacionalización de sus acciones. El creciente “de-skilling” de la mano de obra en las ramas de producción globalizadas permite a las empresas establecer pautas semitecnificadas en países periféricos y sacar ventaja de los salarios baratos y la productividad en ascenso: salarios del Tercer Mundo a cambio de productividad del Primer Mundo. Este es claramente el caso del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos. Canadá y México -una cuestión que amenaza tanto a la clase obrera mexicana como a la norteamericana. Es también el caso de las migraciones de trabajadores de Africa y Asia hacia Europa y Estados Unidos: trabajadores ilegales que compiten con trabajadores nativos por condiciones de trabajo crecientemente degradadas para unos u otros '7.
Desde la perspectiva de este ensayo, no resulta contradictorio ni anacrónico referirse al intemacionalismo de la clase obrera después del colapso de la URSS y del Este. Ya se señaló que no se está pensando en la versión PCUS del intemacionalismo, que lo subordinó a la política exterior de la URSS. Al contrario, se hace aquí referencia a una efectiva coordinación de las luchas obreras y populares por encima de las fronteras en el marco de la globalización de la economía internacional. Bajo el liderazgo de los gobienros capitalistas reunidos en el “Grupo de los 7". organizaciones multilaterales como el Banco Mundial y el FMI han impulsado en la última década una verdadera globalización de las políticas económicas. comerciales y financieras. Cualquier acuerdo del G-7 en materia de comercio o de tasas de interés puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para decenas de millones de trabajadores latinoamericanos y para sus familias. No veo ninguna razón para constreñir las luchas obreras y populares dentro de las fronteras estatales.
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Notas
l. En este documento las expresiones “América Latina". “Latinoamérica"y similares tam- bién engloban. en aras de la brevedad, al Caribe.
2. Aunque en años más recientes los mercados privados internacionales de capital han desarrollado un nuevo interés por algunas economías latinoamericanas. las sumas involu- cradas están muy lejos de ser comparables a las que llegaban a América Latina en las décadas anteriores a la crisis.
3. La fuerza de trabajo barata es una ventaja competitiva tan importante que un número creciente de plantas industriales de Estados Unidos establecidas en el norte de México está regresando a tecnologías semiautomatizadas con mayor dependencia de trabajo manual; las diferencias salariales generan mayores tasas de ganancia que la tecnología de punta.
4. David Félix estima que entre 1982 y 1987 los gobiernos latinoamericanos garantizaron entre 40% y 85% de todos los préstamos nuevos. agregando alrededor de uSs 44 mil millones a la deuda externa pública de la región.
5. Debe señalarse que en Chile las privatizaciones fueron un componente ideológico fuerte de la dictadura de Pinochet y fueron encaradas mucho antes de la crisis de la deuda.
6. Aunque no puedo desarrollar este argumento aquí. debe señalarse que estas relaciones estrechas son tanto de específicos intereses de clase entre las élites empresariales. como de opciones ideológicas de una nueva generación de tecnócratas convertidos en políticos, que ocupan varios gobiernos de la región”.
7. La privatización del sistema bancario en México se llevó a cabo a precio superiores de su valor en libros. Esto fue posible debido a la paralela privatización del sistema de pensiones. que entregó a la banca reprivatizada un mercado sustancialmente ampliado.
8. Es interesante, por ejemplo, que ninguna de esas agencias haya abierto la boca en tomo a la corrupción prevalenciente en los gobiernos venezolanos de Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez, Fernando Collor de Mello y Brasil, o Carlos S. Menem en Argentina.
9. A principios de 1992 México ocupaba el cuarto lugar en materia de privatizaciones y el primero entre los países del Tercer Mundo. seguido en América Latina por Argentina, Chile y Venezuela; El F inanciero, 28 de julio de 1993.
10. De acuerdo a las estimaciones de Sainz y Calcagno (1992) el tipo real de cambio en México se deteriora un tercio entre 1987 y 1991. La banca privada mexicana estimaba la sobrevaluación del Peso Mexicano en 22.6% a mediados de 1993 (El Financiero, 28 de julio de 1993).
11. Se estima que entre'mediados de 1992 y 1993. la inversión bruta cayó de 13,4% en la primera fecha en 2,4% en la segunda: El F inanciero 9 de agosto de 1993.
12. De acuerdo a estimaciones de la oficialista Confederación de Trabajadores de México, la tasa real de desempleo sería de alrededor del 20% de la PEA (Conferencia de Prensa del Sr. Fidel Velázquez, (9 de agosto de 1993).
13. Según declaraciones el Sr. José Córdoba Montoya, jefe del gabinete presidencial. en la Conferencia de la Asociación Mexicana de Bancos, celebrada en Acapulco en la primavera de 1992.
14. Las relaciones de doble vía: la prensa mexicana informó del compromiso de un grupo de prominentes empresarios y empresas de contribuir con uSs 1.000 millones al financia- miento de las campañas electorales del PRI durante 1994 (incluida la campaña presiden- cial): El F inanciero, 9 de agosto de 1993.
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l5. El fundamento del Derecho Laboral es el reconocimiento de la desigualdad socioeco- nómica de las partes que establecen la relación laboral (trabajador y patrón); esta desigual- dad cuestiona la igualdad formal entre esas partes. tal como existe en el derecho mercantil y en el derecho civil. El Derecho Laboral contempla en consecuencia instituciones que tienden a compensar aquella desigualdad sustantiva.
16. Excelsior. 9 de agosto de 1993.
17. Ver George (1992) para un desarrollo in extenso de este aspecto (especialmente pp. 150-172 y 173-207). ' '
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ARGENTINA: UNA SOCIEDAD QUE SE POLARIZA
Nicolás Iñigo Carrera
Nicolás Iñigo Carrera es profesor de Historia, docente universitario e investigador. Durante años desarrolló una intensa actividad en el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO), especializa’ndose en el análisis de la estructura social argentina; actualmente dirige el Programa de Investigación sobre el Movimiento de la Sociedad Argentina (PIMSA) integrado por un conjunto de jóvenes investigadores. Aprovechando los diez años de Cuadernos del S ur, Eduardo Lucita en nombre de esta publicación, . creyó oportuno conocer su opinión acerca de los cambios operados en esta década en la formación social argentina.
CdS: En la Argentina, desde los trabajos de Bialet Massé y de Bunge, existió una tradición de investigación sobre estnrctura social, que culminó en los tra- bajos de Gino Germani, realizados desde una perspectiva funcionalista. Du- rante varias décadas desaparecieron los trabajos sobre el tema y primó la sociología política. Ahora han aparecido nuevos trabajos sobre la temática, encuadrados en concepciones más estructuralistas. Uds., por ejemplo, no investigan desde el funcionalismo ¿desde qué cuerpo teórico lo hacen y qué hemmientas metodológicas utilizan? NIC: En primer lugar habría que aclarar que desde hace 100 años en la Argen- tina ha habido investigaciones que intentaron analizar la estructura de la so- ciedad. Además de los que nombraste existieron, entre otros, y para abarcar un amplio espectro de orientaciones teóricas, desde los trabajos de Juan B. Justo a fines de siglo pasado hasta los trabajos de Villarreal o de Gastiazoro en la década del 70. Sin olvidarlos capítulos de la obra de R.M.Ortiz.
Pero yendo a lo central de tu pregunta, nosotros trabajamos desde la teoría del socialismo científico. Específicamente en lo que hace al análisis de una situación, que comprenda los distintos campos de relaciones sociales, utilizamos criterios
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metodológicos señalados por Gramsci en su trabajo sobre «Análisis de situación. Relaciones de fuerzas», que, por otra parte, no hacen más que repetir lo señalado por Marx. en particular en el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política y otros textos, y por Lenin en el análisis de Rusia. No pretendemos hacer estratificaciones estáticas sino de conocer la estructura económica de la sociedad como una disposición de fuerzas: la disposición en que se encuentran los grupos sociales fundamentales en la sociedad como resultante de la contradicción entre el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad.
CdS: Como resultado del trabajo de investigación ¿qué perciben ustedes que cambió en la Argentina en esta última década? NIC: En primer lugar lo que puede observarse es que en la última década se mantienen las principales tendencias en el desarrollo del capitalismo argentino que comienzan a mediados de la década del ’70 y que señalamos con Jorge Podestá en el «Análisis de una relación de fuerzas sociales objetiva. Carac- terización de los grupos sociales fundamentales en la Argentina actual», publi- cado en 1985: junto a un desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad se ha producido una centralización de la propiedad y la riqueza en menos manos, una pauperización creciente de una parte de la pequeña burguesía y del proleta- riado y una proletarización de crecientes masas de la población.
CdS: De lo que deCÍs Se desprende que no comparten la caracterización de que toda la sociedad argentina se «mueve hacia abajo»...
NIC: En absoluto. Como en toda sociedad capitalista, y esto ha sido señalado hace más de 150 años y verificado en cada sociedad que se analizó desde enton- ces, la tendencia es a una polarización de la sociedad. Tendencialniente, los más se pauperizan, sea en términos absolutos o relativos, mientras que los menos consiguen apropiarse de más riqueza. Eso es claramente perceptible en la Ar- gentina de los últimos 20 años. El hecho de que los que se apropian de más riqueza sean una minoría no significa que «todos» se empobrezcan.
CdS: ¿Qué rasgos principales señalarían ustedes en el desarrollo del capita- lismo en la Argentina en los últimos 20 años a que hiciste referencia?
NIC: El capitalismo argentino logró destruir la traba a su desarrollo que imponía la forma de organización de la economía y la sociedad propia del dominio del capital industrial, derrotado frente a una nueva fomia de organización: la que se corresponde con el dominio del capital financiero.
Esto no significa que la expansión del capitalismo se dé sin obstáculos y para siempre. Se ha impuesto el capital financiero, es decir el que corresponde a la fase de descomposición del capitalismo. El capitalismo argentino salió de su fase de expansión y entró en su fase de descomposición. Creció el carácter para- sitario del capitalismo argentino y de su burguesía.
Si uno tuviera que intentar periodizar este proceso pondría como punto de co-
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mienzo el año 1976. Pero, al periodizar deberían tenerse en cuenta el canrbio en la dirección del desarrollo del capitalismo argentino que se produce en algún mo- mento de la década de 1960. Es bien sabido que el capitalismo se expande en dos direcciones: en extensión y en profundidad. En la Argentina, hasta la década del '60 predominó la expansión en extensión sobre la expansión en profundidad. Pero desde ese momento predominó esta segunda dirección, de lo que es indicador la disminución de la población rural y de la población agrícola tanto en términos relativos corno absolutos.
Decía que pondríamos como punto de partida 1976 (aunque puede señalarse un antecedente en 1955), cuando mediante el uso de la fuerza material del esta- do comiean a crearse las condiciones para imponer la hegemonía del capital financiero, destruyendo la forma de organización anterior y, también, todo in- tento por imponer otra fomia de organización de la sociedad superadora del capitalismo. La resolución de esa confrontación, que es el desarrollo nrisnro del capitalismo, supuso un gigantesco proceso de expropiación de fracciones de pequeña burguesía y del proletariado, logrado con el consenso del conjunto de la burguesía y de buena parte de la pequeña burguesía.A la vez, aumentó la explota- ción del proletariado y semiproletariado en intensidad y extensión.
CdS: Antes de que continúes desarrollando esta idea, tal vez sería oportuno por las discusiones en curso en distintos ámbitos de nuestro país, que nos precisaras el alcance de estas categorías de proletariado y semiproletariado que ustedes utilizan. No es esta una pregunta ociosa, en el transfondo de la discusión actual se esconde el debate sobre la centralidad o no de la clase obrera, la aparición de nuevos sujetos sociales y la cuestión no menor de la hegemonía.
Desde la perspectiva teórica que asumimos. el proletariado está constituido por los expropiados de sus condiciones materiales de existencia, y éstas son, como define Engels. las fuerzas productivas sociales, es decir algo que va más allá de los medios de producción y de cambio (a los que incluye) y que implica una fomia de organización de la vida económica. Los proletarios, despojados de sus condiciones de existencia, sólo pueden reproducir su vida entregando su fuerza de trabajo por un salario, fonna bajo la cuál reciben sus medios de vida. Cuando nos referirnos al semiproletariado estamos hablando de esa parte del proletariado que se encuentra en el proceso de pérdida de esas condiciones ina- teriales de existencia.
Retomando. El proletariado y semiproletariado alcanzaba, a comienzos de la década del 80, al 70,2% de la población y la masa trabajadora y explotada al 86,4%. Si bien todavía no se han publicado todos los resultados del Censo Na- cional de Población de 1991 en lo que refiere a la actividad económica de la población, si se toman en cuenta otras fuentes tales corno la Encuesta Perma- nente de Hogares de INDEC, se hace evidente que las tendencias a que hicimos
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referencia antes (centralización de la propiedad y la riqueza en menos manos, pauperización creciente de una parte de la pequeña burguesía y del proletariado y proleta rización de crecientes masas de la población) se han mantenido en los últi- mos 10 años.
Siempre en el capitalismo una parte de la masa trabajadora y explotada queda excluida de las formas de organización económica y política de la sociedad, son los «pobres de vida e influencia». Lo que hoy se ve es el incremento de esa capa. Si desde los años ’30 puede observarse un proceso de creciente ciudadanización, de atracción de población, de incorporación a la producción capitalista indus- trial, y como resultado, a la vida política, en la segunda mitad de la década del 70 se produce un punto de inflexión y lo que pasa a predominar es la repulsión de la masa trabajadora y explotada de los espacios sociales que ocupaba.
En síntesis, la última década por la que vos me preguntas comienza con una nueva disposición de fuerzas objetiva caracterizada por el incremento de la ri- queza social de que se apropia la burguesía como clase, la hegemonía lograda por sus fracciones financieras hacia el conjunto de la burguesía y el consenso logrado hacia la sociedad frente a un incremento de los pobres de vida e influen- cia, de los desalojados, de los expropiados y el aislamiento político y social de la clase obrera.
Pero también debe señalarse que, dentro de esta década hay indicadores que hacen manifiesta esa transformación cualitativa en el capitalismo argentino, obviamente como parte de un proceso que recorre el mundo pero que nosotros debemos conocer en su especificidad aquí.
CdS: Sería bueno poner indicadores cuantitativos, pero me parece también interesante conocer tu opinión acerca del peso de la reestructuración capita- lista en estas «transformaciones cualitativas» del capitalismo local.
En primer lugar el crecimiento de la superpoblaeión relativa, de la población que aparece como sobrante para el capital, indicado por el incremento de la tasa de desocupación y subocupación que ahora ha superado todos los niveles desde que se lleva registro. Hasta mediados de los 80 la suma de ambas tuvo como techo el 12% de la PEA. Apartir de 1986 comenzó a superar esos valores y en 1989 y 1990 pareció llegar a un máximo (16,8% y 17,9% de la población econó- micamente activa, respectivamente). Pero hoy ha superado ampliamente esos valores y nada indica que vaya a disminuir: según los últimos datos del INDEC hay 1.270.000 desocupados (2.470.000 si se suman los subocupados), en los centros urbanos del país; la desocupación y subocupación, han llegado a 21,3% de la PEA, a pesar de que un descenso en la tasa de actividad (del 41,5% al 41,1%) encubre parcialmente el registro estadístico del fenómeno. En varias ciudades como Tucumán, Salta, Jujuy, Santa Fe, Rosario, la población sin traba- jo ronda o supera la cuarta parte de la PEA.
Se suele argumentar que la desocupación y la caída del salario disminuirán
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con el aumento de la inversión. Pero ese incremento ya se está produciendo sin que la desocupación disminuya sino todo lo contrario: la economía argentina está creciendo a una tasa del 8% anual en los últimos tres años con un aumento de la inversión del 21%, y un aumento de la productividad del trabajo, de la producción, y de la riqueza indicado por el incremento del 30% del PBI en cuatro años, según datos publicados por el diario La Nación. El gobierno infor- mó este año que se había producido un aumento de 152.000 puestos de trabajo en un año y que esto era consecuencia de la reactivación que experimentó la economía en los dos últimos años y que confirman los datos que cité. ¿Qué significa esto? Que en esta etapa del desarrollo del capitalismo a un incremento de la productividad se corresponde un incremento de los trabajadores que deben padecer las penurias de la desocupación, la subocupación y sus secuelas.
Hecho que no es privativo del capitalismo argentino: el proceso de creci- miento de la desocupación junto con el crecimiento «de la economía», medido por el crecimiento del PBI, afecta, aunque en distintas medidas, tanto a EEUU como a Europa y Japón, según puede verse en los datos que publicó Clarín el 5/ 9/93. En EEUU la salida de la llamada recesión en 1993, con un fuerte incre- mento del PBI, va acompañada de un muy leve incremento del empleo, lo mis- mo que en Gran Bretaña; y en Alemania y Francia a un fuerte aumento del PBI corresponde un incremento de la desocupación; algo semejante ocurre en Japón.
Estos datos refutan el argumento de que no se puede distribuir «porque se achicó la torta»; la riqueza generada socialmente está creciendo, pero se reparte de otra manera.
CdS: El análisis de la desocupación y su tendencia creciente merece por lo menos un par de reflexiones. En primer lugar por lo que algunos denominan su carácter «estructural», es decir que llegó para quedarse por largo tiem- po. De hecho los informes empresariales nos dicen que aun volviendo a los niveles de actividad de 1970 no se recuperarían aquéllos niveles de ocupa- ción. Se trata sin duda de la tendencia del capital al reemplazo de «trabajo vivo» por «trabajo muerto», exacerbada por la crisis, pero ¿qué implicancias trae para la conformación del ejército industrial de reserva? Y en segundo lugar, algunos estudios reciente, Estructura actual de la clase trabajadora, de Claudio Lomno (IDEP), plantean que la desocupación en la Argentina hoy no es a largo plazo sino lo que denominan el «desocupado interino», intermitente en las categorías marxianas. NIC: Respecto de lo primero, efectivamente el incremento de la proporción de población trabajadora desocupada es mayor y seguirá siéndolo en esta fase del capitalismo. Es lo que denominamos el incremento de la miseria consolidada. Y eso efectivamente no desaparecerá.
Respecto de lo segundo, en la Argentina se ha producido un cambio en las proporciones en que se presentan las modalidades del ejército industrial de reser-
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va. bo que se denomina la modalidad «latente» ha perdido centralidad, al disminuir drásticamente la población del campo. Esa población ya ha sido movilizada, ya no es latente. Lo que se ha incrementado es la modalidad intennitcnte. Respecto de la duración de la desocupación los datos que tengo presentes en este momento, pero que corresponden al comienzo de la década del ’80, mostraban una tendencia a que la duración de la desocupación se incrementara. Pero a mediados de esa década se producen los cambios a que nos referimos antes.
Pero, además, la proporción de desocupados sólo da cuenta de una parte del movimiento de la superpoblación relativa. Desde la segunda mitad de la década del 70 se ha ido incrementando un volumen de población que es repelida por el capitalismo argentino de los espacios sociales que ocupaba, en relación a su
'actividad económica: fenómenos como la emigración del país, la caída de la tasa de actividad, el crecimiento de los trabajadores por cuenta propia, junto con la desocupación abiena, se nos convierten en indicadores de esa tendencia al crecimiento de la superpoblación relativa (obviamente no todos los que emigran ni todos los que se retiran de la actividad económica ni todos los que aparecen bajo la categoría censal «trabajador por cuenta propia» son parte de la creciente superpoblación relativa), que en 1984 -momento en que no se manifestaba en forma aguda- ascendía al 29% de la población trabajadora y explotada. Desde 1985, cuando la tasa de desocupación superó el máximo histó- rico anterior, continuó creciendo y con que simplemente se hubiera mantenido la relación entre «desocupación» visible y el total de la superpoblación esti- mamos que ésta alcanzaría hoy a casi dos tercios (alrededor dcl_ 63%) de la población trabajadora.
Pero la referencia a la desocupación no agota el fenómeno. Si se toman en consideración los datos referidos a la evolución del salario se registra que el índice del salario real que alcanza su punto más alto cn 1974 y 1975, se reduce drásticamente desde 1976; según datos de Ia OIT, en 1987 está cuarenta puntos por debajo de su índice de 1975 y desde entonces su disminución sc acentúa aún más: si se toma a l970=100, en 1974 era 126, en 1975 124, en 1987 84, hasta alcanzar sus niveles más bajos en 1989 y 1990. La participación de los sueldos y salarios en el ingreso nacional osciló de 1970 a 1975 entre el 40 y el 45%, mientras que en 1989 era sólo el 24%.
Correspondiéndose con el aumento de la superpoblación relativa, aquéllos que logran obtener sus medios de vida bajo la forma del salario reciben por la entrega de su fuerza de trabajo un salario inferior al nivel mínimo necesario para acceder a los medios de vida indispensables. Crece el ejército industrial de re- serva y decrece la magnitud de los medios de vida obtenidos y, en consecuencia, el incremento de la parte del proletariado que se encuentra en la condición de «pobre» por haber perdido, en ese momento, parcial o Ialmente, su base mate- rial de vida: el salario.
Para dar una idea de la magnitud del hecho, aunque. dcl'inida de manera dis-
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tinta al cuerpo teórico que asumimos (sin embargo, la determinación de la «pobre- za» según la «línea de indigencia» y la «línea de pobreza» se aproxima a la deter- minación de pobre por la imposibilidad de reproducir su vida mediante el salario), recordemos que, según el Indec, en el conurbano bonaerense, por ejemplo, en 1974 sólo se encontraba por debajo de la «línea de pobreza» el 5,8% de la pobla- ción, mientras que en la última década ese porcentaje, aún en sus momentos más bajos fue por lo menos más del doble y hoy es más del triple: en 1980: 12,8%, en 1982: 37,4%, 1985: 24%, en 1987: 33,1%; en abril de 1994, el 16,1% dela pobla- ción del área nretropolitana está en condiciones de pobreza extrema, 20 % si se considera el total del país. Los otros datos con que cuento en este momento refie- ren a «hogares» y no a «población», por lo que los porcentajes son menores (re- cordemos que en los «hogares pobres» vive una mayor proporción de población que en los «hogares no pobres») pero la tendencia que se observa es la misma: en los últimos lO años los porcentajes han sido muy superiores (por lo menos cuatro veces y media más) a los de la de’cada del 70. Según el informe del Comité Ejecu- tivo para el Estudio de la Pobreza en la Argentina, dependiente del ministerio de Economía, los hogares debajo de la línea de pobreza que en mayo de 1974 eran 2,6%, en 1980, el 7,5%, en 1985, el 17,1%; en 1988, el 25,7%, en 1989, el 21,5%, en 1990, el 35,3%, en 1991, el 21,8%, en 1992, 15,6%, en 1993, 13,6% y 11,9% en 1994. Y en los dos últimos años crecieron los hogares en la indigencia.
Recordemos también que del total de la población que se encontraba en la situación de pobreza en 1987, cuando se realizó el estudio de INDEC, alre- dedor del 72% eran asalariados y que en esa condición de «asalariados po- bres» se encontraba el 32,7% del total de asalariados del conurbano bonae- rense, en primer lugar los obreros del sector privado, ocupados en las ramas industria manufacturera. construcción y transporte. Y recordemos también que esto se corresponde con quiénes SOtt los desocupados: en los cinco mayores aglomerados urbanos provienen principalmente de la industria ¡manufacture- ra y de los servicios.
La población que no puede acceder a los medios indispensables para repro- ducir su vida está, pues, constituida principalmente por los proletarios, y dentro de e'stos, en buena medida, por los obreros que fonnan parte del elemento capi- talista de economía privada asentado en la gran industria y en la pequeña produc- ción capitalista, concurriendo en ellos dos personalidades: la del trabajador asala- riado y la del pobre. 7
CdS: Además del incremento de la superpoblación relativa ¿qué otro indicador tenés?
NIC: En esta última década se produce la crisis dc 1989/90 que tuvo su expre- sión en la hiperinflación, los saqueos, el abandono del gobierno por Alfonsín, que puede ser considerada como la crisis final de la forma de organización so- cial de la Argentina de los últimos 50 años. Sin embargo habría que preguntarse
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si no es el final de un ciclo mucho más amplio, si uno toma como indicadores de distinto tipo, los cambios que estamos viendo en formas institucionales que ron- daban los 100 a 150 años de existencia tales como la constitución de 1853/60, la supresión del ejército basado en la conscripción de los ciudadanos, la modifica- ción de la ley general de educación, la desaparición de la moneda nacional. Es decir aquéllos rasgos que hicieron al proceso de génesis, formación y desarrollo del dominio del capital industrial (entendido como la relación capital trabajo asalariado) en la Argentina.
Es decir que puede plantearse que ese proceso a que nos referimos antes que comenzó en 1976 terminó de realizarse en 1989.
Otro hecho que señala un cambio cualitativo son las llamadas «priva- tizaciones».
CdS: La envergadura de las «privatizaciones» puede llevara revisar algunas caracterizaciones de la estructura económico-social argentina. Por ejemplo la de «capitalista de Estado». ¿Como lo ven ustedes? NIC: La referencia al capitalismo de Estado como dominante en la Argentina actual requiere una aclaración: en tanto lo que lo define, en un país capitalista, es la regulación de la actividad económica que hacen los grupos monopolistas, por medio de políticas de gobierno, lo que hoy se presenta como «desregula- ción» no es más que un cambio en la forma en que la economia está regulada: bastaría recordar que la llamada «desregulación» se realiza de acuerdo con un Plan (lo que se denomina Plan Cavallo); del que forman parte las distintas leyes que regulan: la asignación de detemrinados espacios económicos a determinados capitales en detrimento de otros (a través de concesiones, «privatizaciones», «jubilación por sistema de capitalización», regímenes especiales como el de la industria automotriz, fijación de tarifas, etc), la fijación del tipo de cambio (y sus consecuencias sobre la apropiación de riqueza por parte de los que exportan y los que importan), la política impositiva, la sujeción de los aumentos de sala- rios al incremento de la productividad, la modificación de las condiciones de trabajo («flexibilización laboral»).
Las transformaciones operadas en la Argentina desde 1991 deberían analizar- se, en este campo, atendiendo al cambio en la forma del entrelazamiento entre el capitalismo de economía privada y el capitalismo de estado.
CdS: ¿Qué otras transformaciones te parece importante destacar?
NIC: Algo que surgió de las investigaciones que estamos realizandoen el marco del PIMSA es que la Argentina se ha «homogeneizado», en el sentido de que las diferencias entre las distintas estructuras económico-sociales que la constituyen tienden a disminuir. Dicho en otras palabras hace diez años las diferencias entre la estructura económico social de provincias como La Rioja o Chaco y Buenos Aires eran mayores que hoy. Obviamente esto no significa que las diferencias desapa-
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rezcan, y nosotros señalamos la existencia de cinco estructuras distintas en la Argen- tina; pero las diferencias entre ellas son menores hoy que hace 15 años.
Finalmente otro hecho propio de los últimos años, es el crecimiento del voto en blanco y de la abstención electoral. En las últimas elecciones nacionales para convencionales constituyentes sobre un padrón nacional de 21.646.435, el voto en blanco sumado a los que no votaron alcanza al 34,9% del padrón. La suma de voto en blanco y abstención supera al partido más votado en muchas provincias y ocu- pa el segundo lugar a nivel nacional. Y no es algo excepcional de esas elecciones: desde 1983 el porcentaje de votantes ha ido disminuyendo, y ha ido creciendo el número de votos en blanco. En relación a las elecciones de 1983 nosotros había- mos estimado que alrededor de un 28% de la masa trabajadora y explotada no participó del sistema electoral; y en ese momento la abstención electoral rondaba el 14% mientras que hoy la ha duplicado y alcanza al 31%. De manera que aquél 28% es hoy mucho mayor.
CdS: Esto último que destacás tal vez resulte una evidencia de lo que algunos señalan como la crisis del régimen de dominación democrática.Aunque pues- to en el contexto de lo que estamos tratando habría que estudiar cuál es su relación con los cambios estructurales que ustedes dan como rasgos del perío- do. Pero volviendo al tema que nos ocupa ¿cuánto de novedad y cuánto de continuidad contendrá la formación social con la que ingresaremos al tercer milenio? ¿Qué es lo que no ha cambiado en la Argentina?
Todas estas transformaciones no deben hacernos perder de vista aquéllo que continúa caracterizando a la Argentina desde hace ya muchas décadas: el hecho de ser un país dependiente donde el capitalismo, medido por la extensión de la relaciones salariales, se encuentra desarrollado. Una sociedad donde el proletaria- do, en el sentido extenso del término, es la clase social más numerosa y donde específicamente el proletariado industrial ocupa un lugar central en la actividad productiva. Estas características estructurales de la Argentina explican el lugar central que el proletariado industrial y en general la clase obrera ha tenido y tendrá en la luchas políticas y sociales. Y eso no ha cambiado.
Sí han cambiado las condiciones en que se encuentra esa clase obrera, pauperizada, repelida de los espacios sociales que ocupaba, con un peso mucho mayor de la parte de ella que constituye el ejército industrial de reserva, con un incremento de la miseria consolidada, pero, en estas nuevas condiciones, ocu- pando un lugar central en la actividad productiva y en la estructura económica de la sociedad argentina.
CdS: No obstante, creo que habría que dar cuenta de algunas cosas. Por ejemplo la descentralización productiva que lleva a la desconcentración obre-
ra; han desaparecido las grandes plantas que agrupaban a miles de obre- ros...
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NlC: Lo que hay que observar no es cl número de obreros sino la existencia o no del obrero colectivo, que es lo que define al proletariado industrial, no importa su número. Y no creo que eso haya cambiado. Podrá manifestarse de manera distinta pero es lo mismo. De cualquier manera son necesarios más estudios sobre proce- sos de trabajo concretos en la industria argentina. Y cuál es el peso que tienen estas transformaciones a las que hacés referencia. Acá se habló mucho de robotización ¿en cuántas plantas se aplica? ¿Qué peso real tiene?
CdS: ¿Y la fragmentación de la clase obrera producida por la reestructuración productiva? ¿La fragmentación del mercado de trabajo? ¿Las diferencias salariales? ¿Los cambios en los procesos de trabajo?
NIC: En primer lugar diferencias siempre existieron. O por lo menos eso que hoy se llama «fragmentación del mercado de trabajo» ya está descripto por Marx en El Capital. En segundo lugar, si se piensa que esas diferencias salariales, de condiciones de trabajo o incluso de posibilidad de acceder a detenninados pues- tos de trabajo determinan la imposibilidad de la acción de la clase obrera como tal, sólo se están teniendo presentes los intereses más inmediatos de los obreros y no su interés como clase. Es decir sólo se observa lo que los fragmenta pero no el hecho de que todos son expropiados, todos son explotados. Que la organiza- ción burguesa de la sociedad se asienta en la competencia entre los trabajadores no es una novedad. Que hoy esa competencia aparece exacerbada y legitimada por los discursos dominantes, tampoco. Pero también se incrementan objetiva- mente las condiciones que hacen que cada vez más la mayoría de la masa traba- jadora y explotada se encuentre en condiciones de vida semejantes.
CdS: Retomando el tema de lo que no cambió... NIC: Claramente no ha cambiado, por el contrario se ha hecho más evidente, el lugar de país dependiente que ocupa la Argentina en el mundo. Un indicador es el abandono de la política de neutralidad que caracterizó la política exterior argentina en todo este siglo y que ha sido reemplazada por el alineamiento in- condicional con Estados Unidos. Tampoco se puede perder de vista el peso de los capitales europeos y norteamericanos que se han invertido recientemente en la Argentina y que volverán a convertirnos en ca nrpo de disputa interimperialista. Tampoco ha cambiado y, por el contrario, ha continuado la tendencia a la disminución de la población agrícola en la Argentina. El desarrollo del capitalis- mo en la Argentina ha constituido a la agricultura como una rama de la industria, lo que no significa que la contradicción entre campo y ciudad haya desapare- cido, aunque el capitalismo haya logrado mitigar sus efectos. No debe perderse de vista la existencia de campesinos y de pequeña burguesía agraria en determi- nadas regiones del país. Pero no hay duda de que en el campo lo predominante, ampliamente predominante, son las relaciones salariales. Esto se vincula con la pérdida de peso relativo de las formas latentes del ejército industrial de reserva,
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algo que quizás en algunos países imperialistas como EEUU y Francia han lo- grado mantener, al menos hasta hace muy poco, por medio de los subsidios a los pequeños productores.
CdS: Para finalizar, porque ya se nos acaba el espacio disponible en la revis- ta, aunque los elementos que aportaste dan para una rica discusión que es- pero podamos hacerla más adelante, corresponde una breve referencia a PIMSA, sus objetivos y lo que te parezca importante hacer conocer.
NIC: El Programa de Investigación sobre el Movimiento de la Sociedad Argen- tina es llevado adelante por un conjunto de investigadores fomrados en distintas disciplinas, organizados en equipos de investigación que se fueron constituyen- do en distintos momentos a lo largo de los últimos 20 años. Con la realización de este programa intentamos conocer los cambios que se han producido en la Argen- tina actual como manifestación local del sistema capitalista mundial y aten- diendo a las especificidades que presenta, como país dependiente donde las rela- ciones capitalistas han alcanzado un alto grado de desarrollo. El objeto del progra- ma de investigación es el movimiento, en tanto tomamos como punto de partida el hecho de que toda la historia de la naturaleza, la historia de la sociedad huma- na y la historia del pensamiento es un proceso, es decir, movimiento. Para anali- zar el movimiento, que aparece como caótico, pero que está sujeto a leyes (tenden- cias), es necesario tener en cuenta el conjunto de las relaciones mutuas de todas las clases sin excepción de una sociedad concreta, y las relaciones mutuas entre ella y otras sociedades. Si atendemos a las fomras concretas que torna la socie- dad humana, encontramos la sucesión de períodos de revolución y de reacción, de paz y de guerra, de estancamiento y de progreso o decadencia, lo que permite periodizar su desarrollo, es decir, encontrar las fonnas que toma el movimiento, más allá de la eventualidad aparente de los fenómenos. Esto implica atender tanto a los momentos de confrontación, de conflicto, en los que toman forma concreta las contradicciones inherentes a un sistema social, como los momentos de equilibrio (el llamado desarrollo pacifico), relativos a una forma determinada del movimiento, limitados y alterados por el movimiento general.
La fomrulación de este programa de investigación se asienta en la necesidad de conocer cómo se expresan en esta sociedad las leyes del movimiento, obser- vando sus determinaciones más concretas.
Justamente la descripción, por cierto parcial, que he intentado hacer de. algu- nos aspectos de la estructura económica de la sociedad argentina, muestran la necesidad de dar continuidad y ampliar esta actividad de investigación, si es que se quiere transformarla.
CdS: Muchas gracias
Buenos Aires, Noviembre 1994
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Revue internationale pour l'aurogestion
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PLAN CAVALLO: REESTRUCTURACION CAPITALISTA Y COYUNTURA.
Anibal Mayo (*)
El plan de convertibilidad de abril de 1991 debe ser analizado en una doble perspectiva. Por un lado, el ajuste de las cuentas fiscales y el anclaje de la emi- sión monetaria al respaldo del dólar posibilitaron que el capitalismo argentino saliera de la hiperinflación ocurrida en los últimos meses del gobierno de Alfonsín.
Por el otro, esta salida de la crisis estuvo apoyada en un conjunto de cambios estructurales impulsados por el ministro Domingo Cavallo (aunque algunos de ellos ya habían sido instrumentados en 1989 y 1990) que eonsolidaron el mode- lo social y económico excluyente que rige en el país desde 1976. Tanto el ingre- so al Plan Brady, como la apertura arancelaria, las desregulaciones y la privatización de las empresas públicas constituyeron transformaciones de suma importancia para el proyecto de establecer un modelo de acumulación plena- mente integrado en la economía mundial. La profundidad de estas modificacio- nes, las cuales venian siendo reclamadas por el FMI y el Banco Mundial desde hacía una década, y el ímpetu con que el presidente Carlos Menem las llevó adelante determinaron que el Plan Cavallo se haya convertido hoy en el progra- ma del bloque dominante industrial-bancario-terrateniente (1).
Este nuevo «proyecto de modernización» capitalista representa una verdade- ra ofensiva del capital sobre el nivel de vida de los trabajadores. Las propias estadísticas oficiales dan cuenta del nivel mínimo del salario real registrado entre 1991 y 1.994 (equiparable, sin contar el pico hiperinflacionario, a los valo- res más bajos de la época de Martínez de Hoz) y de cifras de desocupación y subocupación sin precedentes en la Argentina. Asimismo, la perduración del ajuste provocó un incremento de los índices de la pobreza (1994) y el agravamiento de la crisis de las economías regionales, que desató los levanta- mientos populares de Santiago del Estero, La Rioja y Jujuy.
Además de las condiciones internacionales muy favorables de comienzos de la década del noventa, el avance del plan Cavallo sólo puede comprenderse por la dispersión y la desmovilización de los trabajadores -en particular, del proleta- (’) El autor agradece comentarios de Miguel Khavisse y de Eduardo Lucila.
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riado industrial del Gran Buenos Aires-, golpeados por una década de ajustes del FMI y por el temor a la vuelta de la hiperinflación (2). Precisamente, la debili- dad de la protesta social junto a la caída de la inflación y al ciclo expansivo del producto iniciado en 1991 constituyen los pilares que apuntalan al programa dominante, explican su aceptación por toda la oposición burguesa (UCR y Fren- te Grande) y que alientan al presidente Menem a intentar su reelección en 1995.
En 1994, las contradicciones siempre latentes de la convertibilidad se mani- festaron con mayor crudeza. El programa actual arrancó con un tipo de cambio muy bajo (un peso-un dólar) que motorizó un auge de importaciones y un déficit de balanza comercial cuyo valor en 1994 ronda los 6.500 millones de dólares. Si se añaden los servicios reales y financieros, resulta un desequilibrio de cuenta corriente de 12.500 millones. Ello determina que la economía argentina depen- da crucialmente de la entrada de capitales (a pesar del «alivio» del Plan Brady la deuda externa de este año, de 78.200 millones de dólares, es la más elevada de la serie histórica) y si en algún momento esa financiación sc contrajera o se corta- ra, se abriría una crisis de inflación y recesión. Esta creciente vulnerabilidad extenra tiene lugar en un momento en que las tasas de interés internacionales suben y en que los mercados de capitales muestran mayor dureza.
También en 1994, consumido el efecto favorable de las privatizaciones -esto es, agotadas las «joyas de la abuela»-, el superávit fiscal corre el peligro de transformarse en un déficit. La caída de la recaudación, las rebajas impositivas concedidas a la burguesía industrial y agraria y los desajustes surgidos en el sistema previsional generaron un rojo cn las cuentas del tercer trimestre y, fun- damentalmente, proyectan serias dudas sobre las metas fiscales de 1995. A fin de anticiparse a los hechos, el ministro Cavallo anunció la ruptura del acuerdo con el FMI y el propósito de emitir Letras por 2.000 ¡trillones de pesos. Esto significa que el deterioro fiscal impulsará una mayor circulación de títulos pú- blicos en un sistema financiero vastarncnte «dolarizado».
El ciclo expansivo después de la hiperinfiación.
Para analizar la evolución de la econonría en el periodo 1991-94, debe tomarse en cuenta tanto su comportamiento cíclico como su desarrollo a largo plazo. El plan de abril de 1991 logró consolidar una fase expansiva que se había iniciado unos meses atrás y que perdura aún a fines de 1994 aunque haya perdido su impulso y tienda a revertirse. En cuatro años consecutivos, el PBI global y el PBI manufacturero obtuvieron un crecimiento del 33% y del 31%, respectivamente. Por su parte, la acumulación del capital también experimen- tó un fuerte auntento, a pesar de que la relación inversión bruta fija/PBI recién en 1994 se acerca a los niveles de comienzos de la década del ochenta. Al apreciar la evolución de estas variables, se deben considerar dos importantes factores. Primero, ello tiene lugar a partir de los niveles sumamente deprimi-
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dos registrados en 1990, tras una década de ajustes provocados por la crisis de la deuda externa y por la hiperinflación de 1989. Segundo, tal crecimiento se verificó en'un contexto internacional muy favorable dado por el retorno de capitales a América Latina, lo que posibilita a la Argentina financiarse con endeudamiento del exterior.
Por otra parte, al inicio mismo de la convertibilidad (abril de 1991), el ministro Cavallo puso en marcha una reforma arancelaria que estableció con- diciones inéditas de apertura. Las tarifas a la importación fueron drásticamen- te reducidas (el arancel promedio descendió de 17.3% a 9.7% entre 1990 y 1991) y se eliminaron las restricciones paraarancelarias. Esta reforma obede- cía a un doble propósito. En el corto plazo, el ingreso de importaciones con un arancel más bajo debía contribuir a reforzar la política de estabilización de precios. Pero, en una perspectiva de más largo plazo la mayor competencia externa debía obligar a los capitalistas a incrementar sus niveles de producti- vidad -a través de inversiones, despidos y una mayor explotación de la fuerza de trabajo y reorganización de la producción- para hacer frente a las nuevas condiciones de una economía abierta al mercado mundial. Esta apertura se vio profundizada por el avance de la integración con Brasil, Paraguay y Uruguay a través del Mercosur.
En la Argentina, la combinación de aranceles bajos y atraso del tipo de cambio provocó importantes repercusiones sobre el tejido industrial. En pri- mer lugar, el gran auge de las importaciones (pasaron de 4.077 millones de dólares en 1990 a 14.872 millones en 1992 y a estimativamente 21.300 millo- nes en 1994) afectó a un conjunto de ramas manufactureras, entre. ellas, la siderurgia, petroquímica, celulosa, textil y bienes de capital. En estas dos últi- mas, la secuela de cierre de plantas y el cese de líneas de producción tuvo las características de una verdadera «reconversión salvaje». En cambio, el impac- to negativo fue mucho menor en aquellas ramas beneficiadas por una protec- ción más elevada, ya sea oficial (automotriz), o comparativa (alimentos y be- bidas) o que experimentaron un gran incremento en su demanda (electrónica de consumo).
En segundo lugar, el retraso cambiario determinó una distorsión de precios relativos en la economía. En efecto, a partir de abril de 1991 los precios del sector servicios (que se reflejan en la evolución del índice de precios al consu- midor) se adelantaron en relación a los de la industria y del agro (que son medidos por el índice mayorista), cuyo crecimiento estaba limitado por un dólar fijo y por la competencia importadora. De esta forma, el plan de ajuste arrojó, desde sus inicios, incentivos favorables para las llamadas actividades no transables en desmedro de las transables productoras de exportaciones (ma- nufactureras y agropecuarias). Como explica Asta rita, esta distorsión dió lugar a una importantísima transferencia de plusvalía hacia los sectores monopólicos internos beneficiados con la privatización de los servicios públicos, y hacia
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sectores improductivos vinculados con el comercio (3). En los primeros meses de la convertibilidad, el gobierno apostó ingenuamente a que las importacio- nes posibilitarían una deflación de precios y, por esta vía, una mejora del tipo de cambio real. Sin embargo, tal deflación no se produjo, el atraso se acentuó y empezó a surgir un pronunciado déficit de balanza comercial.
La imposibilidad de mejorar la tasa de ganancia en la industria a través de una devaluación determinó que el ministro Cavallo alentara una política de incrementar la productividad y de reducir costos a través de la desregu- lación (puertos, fletes marítimos, terrestres, aéreos, etc.). No obstante, este intento de bajar el «costo argentino» no ha tenido un impacto significativo sobre la industria y el agro. De allí que el gobierno haya debido apelar a medidas fiscales: el aumento de los reintegros a las exportaciones -esto es, la llamada «devaluación fiscal»— y la reducción de los aportes patronales para la industria y el agro. Estas medidas, además de resultar insuficientes para compensar el atraso cambiario, agravan la situación fiscal. No obstan- te, los problemas de rentabilidad en diversas ramas abren la perspectiva de que en 1995 se acentúen los reclamos de distintas fracciones burguesas por mayores subsidios.
Un punto de quiebre en el capitalismo industrial.
Las profundas modificaciones operadas en el sector industrial tuvieron im- pacto de distinto alcance.
1. La distorsión de precios relativos se reflejó en el ordenamiento de las inversiones reproductivas, destacándose el protagonismo del sector servicios. Tal es el caso de los monopolios de agua, gas, electricidad y, fundamentalmente, telefónico, registrando este último una gran participación en las importaciones de bienes de capital.
Dentro de la industria, la inversión bruta fija presenta un comportamiento diferenciado. Por un lado, en aquellas ramas que experimentan una mayor ex- pansión -automotores, alimentos y bebidas y electrónica de consumo- se reali- zan importantes inversiones. En el caso de las terminales (Sevel, Ciadea y Autolatina) el proceso de reequipamiento cuenta con subsidio oficial (4). No puede sorprender, entonces, que los sectores automotriz y de alimentos y bebi- das sean los que atraigan los mayores montos de inversión extranjera directa (IED). Según una reciente investigación sobre las inversiones imperialistas lle- vadas a cabo en la Argentina durante 1990-93 por un monto de 3.860 millones de dólares (que excluye las correspondientes a la privatización de empresas y de áreas petroleras), se advierte que la rama de alimentos y bebidas participa en un 19.5% del total invertido y la automotriz en un 14.3%. Por su lado, el sector
minero, cuya explotación fue desregulada por el gobierno, lidera el ranking con un porcentaje del 28.8% (5).
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INVERSIONES EXTRANJERAS DIRECTAS 90-93*
SECTOR N9 DE PROYECTO % MONTO (“9% ALIMENTOS/BEBIDAS 22.7 19.5 SERVICIOS 17.3 3.7 AUTOPARTES/AUTOM. 10.0 14.3 MINERO 10.0 28.8 PAPEL 6.0 1.4 QUIMICA/PETROOUIMICA 5.3 1.4 TEXTIL 3.3 0.3 FARMACEUTICO 2.7 8.0 ALUMINIO 2.0 0.5 ELECTRONICA 2.0 0.1 MAQUINARIAS 2.0 0.0 TOTAL 100.0 100.0
N9 deProyectos (unid) Monto (mill. de uSs) TOTAL 150 3.860,50 (')Exc|uye las correspondientes a privatización de las empresas públicas (")Estimado Fuentezelaboración en base a D.Chudnovsky, A López y EPorta, (Pag.10)
En cuanto al resto de las actividades industriales -entre ellas, petroquímica, siderurgia, celulosa, textil, máquinas-herramienta, etc.- el proceso de reequipamiento se lleva a cabo predominantemente en el contexto de una estra- tegia empresarial de tipo «defensiva» en la que se busca no tanto el aumento de la capacidad instalada (aunque en algunos casos así ocurra) sino el mejoramien- to de los estándares productivos para hacer frente a las condiciones de menor protección arancelaria. Esta incorporación de bienes de equipo selectiva y de carácter capital-intensiva (poco absorbedora de empleo) se traduce, según Kosacoff, en mejoras de productividad que son significativas pero que tienden a agotarse en la medida en que no revisten la magnitud suficiente como para ope- rar una reconversión en las nuevas condiciones de una mayor apertura (6).
En este contexto de cambios en el patrón productivo del capitalismo indus- trial, en que el Estado disminuye su rol como demandante de la producción como así también el monto de subsidios, se abrió un proceso de fusiones y ab- sorciones con una gran participación del capital imperialista, de ventas de pa- quetes accionarios y de consolidación de varios grupos de la burguesía local mediante la compra de empresas privatizadas (Pérez Companc, Macri, Soldati, Techint, Fortabat, Roggio, entre otros). Estas tendencias, cuyo alcance todavía no ha sido apreciado en su totalidad pero que revisten pocos precedentes en la
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historia del país, refuerzan el curso de concentración y centralización del capital abierto bajo la gestión Martínez de Hoz (7).
2. Durante la convertibilidad, se ha operado un importante aumento de la productividad industrial. La suspensión de la publicación por el INDEC, a partir de 1991, de las estadísticas de producción, ocupación y horas trabajadas obliga a acudir a mediciones privadas. De acuerdo a los datos estimados por CARTECO, entre marzo de 1991 y mayor de 1994, la relación producción manufacturera/ horas-hombre trabajadas se incrementó en 42% (8).
La significativa evolución de esta variable debe ser evaluada considerando diversos aspectos. Primero, este incremento incorpora un considerable compo- nente cíclico ya que se verifica a partir de niveles de capacidad ociosa muy altos provocados por la hiperinflación de 1989-90. Ello implica que difícilmente pue- dan obtenerse nuevos incrementos de significación si no está acompañado por un gran aumento de las inversiones. Por lo demás, la suba de la productividad está acompañada de un pequeño aumento de las horas trabajadas y sin un creci- miento de la ocupación.
En segundo lugar, reviste caracteristicas diferenciadas por ramas y por em- presas. En un conjunto reducido de plantas, la incoporación de mejoras tecnoló- gicas y de equipamiento importado ha permitido un acercamiento a los niveles internacionales. En el resto de las empresas, los incrementos verificados obede- cen a mejoras en la gestión, despidos de personal y, en general, a escasas inver- siones. _
En tercer lugar, según Frenkel, el aumento de la relación producto manufac- turero/horas trabajadas debería ser cotejado con el encarecimiento en dólares que experimentó el costo salarial industrial durante el mismo período y que determina que el incremento neto alcance sólo al 24%. De esta forma se puede comprender cómo una evolución tan favorable de la productividad coexiste con una situación de competitividad signada por un déficit comercial superior a los 6.000 millones de dólares en 1994.
3. La estrategia de apertura con una paridad atrasada ha tenido un impacto negativo sobre un conjunto de actividades, tales como la textil, metalúrgica y de bienes de capital (9). Este último sector fue particulannente afectado por la fija- ción de un aranch cero para las importaciones de maquinarias (que es compensa- do con el pago de un reembolso sobre el equipo fabricado localmente). Un rasgo generalizado de la política industrial es que no procura aprovechar los acervos tecnológicos adquiridos sino aplicar una refomra estructural basada cn Ia apertura de la economía. Según Jorge Katz, «resulta clara la gradual ‘involución’ de nues- tras plantas fabriles hacia modelos de organización de la producción más cercanos a la ‘maquila‘ o ensambles de componentes importados» (10)
Los cierres de plantas en el interior del país y la discontinuidad de líneas de producción en varias ramas determinan que los resultados de la reconversión sobre el conjunto de la industria sean inciertos y contradictorios. En un trabajo
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que analiza el inrpacto que han tenido las experiencias de apertura en las ramas petroquímica y de máquinas- herramienta en Argentina, Brasil y México, se constata la actitud de las empresas a replegarse hacia productos maduros, a aban- donar o postergar planes de expansión y a recortar las actividades tecnológicas. En otros términos, no se verifica la hipótesis «eficientista» que postula que la mayor competencia extenra induce a los capitalistas a incrementar su actividad y su nivel técnico. Al mismo tiempo, aquellas acciones defensivas tomadas en el corto plazo influyen en sus posibilidades de acción futura, lo que implica que el paso del tiempo no es inocuo (11) _
Otro rasgo de la actual etapa es que en 1993 y en 1994 se. registraron importan- te aumentos de las exportaciones manufactureras (MOT) y estos incrementos pue- den repetirse en 1995 en razón del ciclo expansivo emprendido actualmente por la economía brasilera. Sin embargo, las importaciones crecieron a una tasa mucho mayor. Por otra parte, fuera del complejo automotriz que cuenta con un subsidio oficial, los únicos sectores que muestran un potencial exportador son los vincula- dos a los recursos naturales, en particular, el alinrentario y el petrolero. Estas limi- taciones abren una serie de interrogantes sobre el futuro cercano. ¿Tiene la evolu- ción de las exportaciones en 1993-95 el carácter de una tendencia perdurable?. ¿Se encuentra la burguesía argentina cn condiciones de competir con la agresiva burguesía industrial brasilera?. ¿Hasta qué punto la distorsión de precios relativos puede limitar su capacidad de invertir y exportar?.
Los resultados de esta «reestructuración desarticulada» del sector industrial también deben ser evaluados en relación a los riesgos del corto plazo. La distorsión dc precÍOS relativos determina que una franja nruy amplia de la burguesía -sobrc todo. Ia pequeña y mediana- se desenvuelva en una situación de rentabilidad estre- cha, encontrándose por lo tanto, muy expuesta al caso de la reversión del actual ciclo expansivo o de un deterioro del sistema financiero. En un informe reciente, se pone en evidencia el alto grado de endeudamiento de los capitalistas argentinos en relación a sus pares de Brasil, Chile y México. La relación pasivo total/patri- monio neto calculada por la Fundación Capital (12) para un conjunto de empresas que cotizan cn bolsa asciende, cn cl segundo trinrestrc de 1994, al 97.5% en Ar- gentina, al 73.7% en Brasil, al 66.6% en México y al 53.2% cn Chile.
El salario real y la hiperinflación.
El año 1976 establece un quiebre histórico en el nivel y en la evolución del salario real en la Argentina. Entre principios de los cincuenta y mediados de los setenta se registra una leve tendencia ascendente en un contexto de crecimiento de la producción y del empleo (l3).
El golpe militar de marzo de 1976 provoca una disminución drástica del ingre- so real de los asalariados, abriendo un nuevo período histórico -en el cual se regis- tran ciclos de recuperación muy limitados- que sc extiende a nuestros días.
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Dentro de este nuevo período, la política salarial del Plan Cavallo iniciado en 1991 se caracteriza por los siguientes rasgos: 1) el nivel del salario real se encuentra muy por debajo del vigente en la década del ochenta (salida de la dictadura militar y gobierno de Alfonsín) aunque es superior al pico sufrido durante la hiperinflación, 2) la actual erosión del salario tiene lugar en condicio- nes inéditas de desocupación y, además, sobre la memoria fresca de la hiperinflación. Uno y otro factor inciden negativamente sobre la capacidad de resistencia de los trabajadores y, 3) el atraso del tipo de cambio origina una distorsión en los precios relativos debido a la cual el salario real es muy bajo para los trabajadores pero, como se explicará más adelante, el costo salarial es muy elevado para los capitalistas.
Vayamos por parte. El siguiente cuadro sintetiza los datos del salario real calculados por Luis Beccaria (14). En la primer y segunda columnas se presenta el índice del salario privado urbano y del salario industrial (Secretaría de Segu- ridad Social) a partir de 1977 y en la tercera, el índice del salario horario normal del INDEC.
EVOLUCION DEL SALARIO REAL Ind. 1980 = 100
AÑOS Privado urbano (1) Ind.Manutacturera (2) Horario normal (3)
Prom.70-75 117.3 1976 92.8 1977 80.8 79.1 81.9 1978 82.7 80.6 77.5 1979 90.9 90.3 89.6 1980 100.0 100.0 100.0 1981 91.8 92.6 93.8 1982 82.5 85.4 81.5 1983 98.5 102.0 101.1 1984 121.0 128.2 128.5 1985 104.9 11.1 112.8 1986 ' 102.8 110.5 106.4 1987 93.8 100.1 98.2 1988 89.7 99.1 94.4 1989 70.1 87.6 81.5 1990 81.2 88.0 79.6 1991 74.2 82.0 75.5 1992 74.2 81.5
(1) y (2): Encuesta de Ia Secretaría de Seguridad Social
(3): INDEC
Fuente: Elaborado en base a L. Beccaria. pag.126 y 127
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Los datos no dejan lugar a dudas. En primer lugar, el índice del salario priva- do urbano de 1992 registra el valor más bajo de la serie iniciada en 1977. En segundo término, el salario industrial exhibe una característica semejante, ya que es inferior a todos los registrados a partir de 1979, pero levemente superior a los verificados en 1977 y 1978. En particular, interesa destacar que para Beccaria el salario industrial de'1992 -cuyo nivel no ha experimentado variaciones signi- ficativas en 1993 y 1994- es un 36.4% inferior al de 1984 y un 18.5% más bajo que eI de 1980. Por último, la serie del salario horario normal del INDEC que comienza en 1970 permite comprobar el quiebre operado en 1976 y el alcance transitorio de la recuperación alcanzada en 1984. Obsérvese que en 1991 (últi- mo dato disponible pero aún no publicado oficialmente) es un 35.6% inferior al del sexenio 1970-75.
Alfredo Monza, por su parte, define varios indicadores'de salario y de costo salarial de la industria para el período 1980-93 (15), que se exponen en el si- guiente cuadro:
COSTO LABORAL EN LA INDUSTRIA ARGENTINA en pesos y uSs 1992.
AÑO SalarioReal CostoSaIar. Costo Salar. Productividad CostoSaIar. Unit. (pesos 1992) (pesos 1992) (u551992) (pesos 1992) (uSs x unid.1isica)
1980 908.3 936.6 1466.0 2413.7 0.607
1981 811.5 728.9 922.4 2223.1 0.415
1982 726.1 515.8 427.2 2171.7 0.197
1983 939.4 645.5 508.3 2310.9 0.220
1984 1142.5 865.5 714.0 2279.8 0.313
1985 930.0 721.0 530.5 2050.5 0.259
1986 975.2 910.3 693.7 2344.1 0.296
1987 900.8 883.0 642.0 2321.3 0.277
1988 852.8 720.1 636.0 2194.9 0.290
1989 677.9 530.1 344.2 2106.4 0.163
1990 714.6 75605 696.1 2194.8 0.317
1991 660.4 883.7 887.4 2574.3 0.345
1992 697.7 1110.0 1119.7 2735.9 0.409
1993 724 1258.3 1247.1 2845.3 0.438
Fuentes: Elaborado en base aA. Monza, pág. 15
En la primer columna, el salario industrial exhibe en 1992 y 1993, a diferen- cia de los cálculos de Beccaria, una recuperación en relación al nivel de 1989, del 2.9% y del 6.9%, respectivamente. No obstante, ambas series coinciden en
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que durante la convertibilidad el salario registra valores inferiores a los del pe- ríodo ¡980-88.
En la segunda columna, Monza mide la evolución del costo salarial industrial (esto es, del salario y los impuestos patronales deflactados por los precios indus- triales). El valor correspondiente a 1993 es el más elevado de la serie, siendo un 137.4% superior al deprimido nivel de 1989. Asu vez, el mismo costo salarial medido en dólares (salario e impuestos patronales deflactados por la evolución del tipo de cambio), que es un importante indicador de la competitividad exportadora, presenta una distorsión aún mayor. En panicular, el costo salarial en dólares de 1993 es un 262.3% más elevado que el vigente en 1989.
En la cuarta columna, Monza incorpora una estimación de la productividad industrial con el fin de ponderar el costo salarial en ténninos de una variable física. Así resulta una nueva variable, el costo salarial unitario de la columna quinta. Aún teniendo en cuenta las mejoras de productividad, el costo salarial (unitario) medido en dólares de 1993 supera los valores de toda la serie (a excep- ción del verificado en 1980), siendo un 168.7% más elevado que cl de 1989.
Como fuera señalado, este fenómeno de salarios bajos para los trabajadores y de salarios altos para los capitalistas genera condiciones adversas para la acu- mulación industrial. Puesto en otros términos, el nivel relativamente alto del capital variable (costo salarial) obstaculiza la apropiación de plusvalía por la burguesía industrial. Dadas las dificultades de reducir un salario nominal suma- mente deprirnido, los capitalistas optan por reclanrar al gobierno la disminución de los impuestos laborales, el aumento de los subsidios a la exportación y la flexibilización laboral. Las dos primeras medidas generan complicaciones fis- cales y la restante suprirrriría un conjunto de conquistas laborales.
La desocupación en la Argentina.
Tradicionalmente, el capitalismo argentino se había distinguido del resto de los países dc América Latina por sus relativamente bajas tasas de desempleo. El Plan Cavallo establece una ruptura también en este terreno. En 1994, la tasa de desocupación abierta (onda dc mayo del INDEC) ascendió al 10.8% y la su- bocupación horaria, al 10.2%.
En varias zonas del país rclevadas por la encuesta del INDEC, tales como Santa Fe, Rosario y Bahía Blanca, la suma dcl desempleo y la subocupación supera el 25% de la poblacióneconómicamente activa. Incluso, en algunas áreas industriales afectadas por las privatizaciones, tales corno Villa Constitución-San Nicolas-Ramallo (no cubiertas por la cncucsta oficial), aquella suma alcanza al 30% (16).
Debe destacarse, asimismo, que la metodología dc encuesta del INDEC tien- de a subcstirnar el verdadero nich de la desocupación. Así, no son registrados como desempleados los ocupados con salarios de irrdigerrcia o los desocupados
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desalentados que ya no buscan ntás trabajo. Para nruchos especialistas, el avan- ce de las condiciones de precariedad detenttina que el 40% de la población se encuentre en una situación laboral irregular (17).
En gran parte, la elevada desocupación -que se‘ha incrementado durante la fase expansiva del ciclo- es producto de los despidos asociados a la privatización de las empresas estatales y a la racionalización llevada a cabo por los grandes consorcios de la industria. Además, la política oficial de importaciones de bie- nes de capital con arancel cero provoca la reducción de la fuerza de trabajo empleada, acentúa un proceso de concetttraciótt al interior de la industria y pro- voca un cierre corttittuo de pequeñas y tttedianas entpresas que continuará ali- ntentando en el futuro el ejército de reserva.
La importancia que tienert aquellos factores para explicar el desetttpleo (en- tre los cuales debe incluirse la distorsión de precios relativos) tornan sumamente dudoso el arguntento del gran capital dc que la flexibilización laboral pueda ser un anna para disminuir la desocupación (18). Asintisrno, el carácter estructural que está adquiriendo el desempleo industrial tenderá a provocar una reducción de aquella franja de trabajadores intermitentes (que entran y salen" del mercado) y un increntento de la franja de desocupados de largo plazo, lo cual acent'uará aún más las condiciones de marginalidad en la Argentina.
Las cuentas, fiscales y las «joyas de la abuela».
En la segurtda rttitad de 1994, el gobierno se vio sacudido por la caída de la recaudación impositiva y la crisis previsional. Esta últinta se originó tanto en la privatización del sistenta jubilatorio (que restó ingresos fiscales) como en la perspectiva de que el Poder Judicial reconociera deudas previsiortales por un rttortto cercano a los 15.000 millones de dólares. Estos desajustes rttostraron la precariedad de los resultados una vez consumido el dinero de las privatizaciones. Nadie puede dudar que a panir de este momento la «regla de oro» fiscal formu- lada por Domingo Cavallo, de que se debería obtener un superávit público sin privatizaciones dc una magnitud suficiente para el pago de los intereses dc la deuda, cayó irremisiblcntcttte en el olvido.
En 1991, la salida de Ia hiperittflaciórt se había operado a partir dc un drásti- co ajuste fiscal, en el que tuvieron un papel decisivo dos tnedidas ejecutadas o por lo ntcnos itticiadas en 1990, arttcs dc la convertibilidad.
En pritttcr lugar, la reforma tttottctaria de ettero dc 1990 (Plan Bortex) posibi- litó Ia elitttinación del déficit dcl Banco Cctttral (déficit cuasi-fiscal). Esta refor- ma consistió en un canje forzoso dc los depósitos bancarios por Bonex etttitidos por el gobierno que acarrearort una fuerte pérdida a los depósitantes ya que los títulos cotizaban a esa fecha al 40% de su valor nominal.
En segundo lugar, la privatización de las empresas estatales cuntplió un rol crucial en el arreglo de las cuentas fiscales. En 1990 Menem había puesto en
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marcha en un tiempo récord un vasto proceso de privatizaciones que comprendía los monopolios del transporte aéreo y ferroviario, teléfono, gas, agua, electrici- dad, petróleo, los puertos y varias empresas industriales (SOMISA, Petroquímica Río Tercero, Destilería San Lorenzo, Destilería Dock Sud, etc.). De acuerdo a cifras del Ministerio de Economía, entre 1990 y 1992, los ingresos en efectivo por ventas ascendieron a 5.438 millones de dólares, computándose además una reduc- ción de la deuda externa por un valor nominal de 11.335 millones (19).
También debe señalarse que a partir de 1991, el descenso de la inflación, la recuperación de la actividad económica y un control de la evasión impositiva de alcance muy limitado habían contribuido a incrementar la recaudación tributaria. En su mayor parte, esta recaudación está compuesta por impuestos al consumo (IVA), que tienen un carácter regresivo (20). De esta forma, el gobierno pudo obtener importante superávits fiscales como se observa en el siguiente cuadro:
SECTOR PUBLICO NACIONAL NO FINANCIERO. BASE CAJA SIN INTERESES (millones de pesos corrientes).
1990 1991 1992 1993 1994 1995' SUPERAVIT PRIMARIO Sfl’RIVAT. 687 926 3133 51212300 -1080
PRIVATIZACIONES 309 2194 1787 523 673 '1550 SUPERAVIT PRIMARIO 995 3120 4920 5644 2974 470 * Estimado
Fuente: Secretaría de Programación Económica y CARTECO.
Estas cifras permiten comprobar la importancia de las privatizaciones al ini- cio del plan, ya que representaron entre el 237% (1991) y el 57% (1992) del superávit primario. Además, el superávit primario sin privatizaciones alcanza su nivel máirimo en 1993 (5.121 millones de pesos) decayendo fuertemente en 1994 (2.300 millones). Por último, se advierte el agotamiento de las «joyas de la abuela» a partir de 1993, dado que el promedio de los ingresos por privatizaciones en 1993-94 representan 598 millones de pesos frente a un promedio de 1.991 millo- nes en 1991-92.
La mayor vulnerabilidad del sector externo.
Como consecuencia de la sobrevaluación cambiaria y la apertura, el país registra el déficit de balanza comercial más abultado y prolongado de su histo- ria. A pesar de la suba experimentada por las exportaciones, en 1994 el desequilibrio ascendería a 6.500 millones de dólares y contra lo que dicen las proyecciones rosa del gobierno, en 1995 registrará una magnitud similar (21). Además de compras de bienes de equipo y de insumo, las importaciones de este año incluyen estinrativarnente 4.600 millones de bienes de consumo -en una alta
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proporción de carácter suntuario- y 1.200 millones por automóviles.
Por otra parte, el aumento de la inversión extranjera directa (IED) -motoriza- da por las privatizaciones- ha incrementado estructuralmente las salidas de divi- sas por utilidades y dividendos. De acuerdo a estimaciones oficiales, ascienden de 690 millones en 1993 a 1.082 millones en 1994, proyectándose una cifra de 1.599 millones en 1995. A partir de este año, las dos partidas del rubro servicios financieros de la balanza de pagos, esto es, los intereses de la deuda externa y las utilidades y dividendos de los monopolios multinacionales, tienen una magnitud similar (1.520 los primeros y, como se señaló, 1.599 millones los segundos) (22). Esta situación representa un cambio muy importante con respecto a lo ocurrido en la década del 80, cuando la extracción del excedente por el imperia- lismo tuvo lugar fundamentalmente a través del pago de intereses de la deuda. Entre 1982 y 1989, este rubro había significado entre el 80% y el 85% de los servicios financieros totales (23).
Como consecuencia del déficit comercial y de servicios reales y financieros, el desequilibrio de la cuenta corriente asciende en 1994 a 12.500 millones de dólares y requerirá una suma algo mayor en 1995. Tales necesidades de capital extranjero provocan un crecimiento de la deuda con el exterior.
¿Cuál es la magnitud de la deuda externa argentina?.
En estas condiciones, el gobienro ha vuelto a tender -a la usanza de Martínez de Hoz- un manto de confusión y de misterio sobre las cifras de la deuda externa argentina con la excusa de que la apertura financiera torna más difícil la conta- bilidad de la deuda privada. Incluso, mediante un ardid metodológico se preten- dió desmentir las cifras calculadas por el ex-ministro Sourrouille, argumentando que el valor de la deuda extenra pública de 1994 es de sólo 48.000 millones de dólares (24).
Este intento quedó sin asidero cuando, en setiembre de este año, la misión del FMI confirmó las cifras de Sourrouille en su informe reservado elevado a Washington que estimaba la deuda pública en 61.900 millones de dólares y la deuda externa total en 78.200 millones, esto es, la más elevada de la historia argentina a pesar de las privatizaciones (25)
DEUDA EXTERNA ARGENTINA. 1991-94. en millones de dólares.
1991 1992 1993 1994
DEUDA TOTAL 64.5 61.1 68.1 78.2 DEUDA PUBLICA 59.8 54.8 60.4 61.9 DEUDA PRIVADA 4.7 6.3 7.7 16.3
Fuente: Fondo Monetario Internacional.
Cuadernos del Sur 65
Las cifras del FMI aportan una información muy importante:
l. La deuda externa argentina de 1994, de 78.200 millones de dólares, es la más alta de su historia. Ello implica que la tan meneada receta del Banco Mundial de obtener un alivio vendiendo empresas públicas no le ha dado resultado al ministro Cavallo. En efecto, las capitalizaciones efectuadas por un valor de 11335 millones de dólares ni siquiera han permitido reducir la deuda pública, cuyo valor en 1994 (61.900 millones) es también el más elevado de la serie.
2. Argentina entra en un nuevo ciclo de sobreendeudamienlo motori7ado sobre todo, pero no en fomra exclusiva, por los capitalistas que obtienen plazos de pago más cortos que el gobierno. Por su lado, el ministro Cavallo enrpezó una afanosa búsqueda de fondos a partir del segundo semestre de 1994. Estableciendo la hipóte- sis conservadora de que el actual nivel del déficit de cuenta corriente no empeone, ello permite prever que en 1996 la deuda extenra argentina superará los 100.000 millones de dólares. Para expresarlo en te'nninos de Pierre Salama, la dinámica de la deuda se ha independizado nuevamente del crecimiento de la economía real (26).
Este ciclo tiene lugar en circunstancias en que los mercados internacionales se vuelven más duros y la tasa de interes se encuentra en alza. Más aún, el flujo de capitales de corto plazo, que habían ingresado en grandes proporciones hasta 1993, empieza a ceder. También las emisiones de obligaciones negociables han sufrido una fuerte memra (27)
Ello reduce el financiamiento de la balanza de pagos a dos fuentes principales. Por un lado, los fondos que pueda obtener el gobierno mediante la emisión de títulos de la deuda externa. La ruptura del acuerdo con el FMI, en octubre pasado, afectó su calificación como deudor,como quedó evidenciado en las declaraciones pesimis- tas del presidente del Citicorp, John Reed, en su reciente visita a Buenos Aires. Por el otro, el crédito bancario a las importaciones, que constituye hoy el principal canal de endeudamiento de los capitalistas, sufrirá un encarecimiento se mantiene sin cambios. Lógicamente, una disminución de este flujo crediticio repercutirá so- bre el situación de los capitalistas endeudados y, además, provocará una drástica contracción de las importaciones de maquinaria y de insumos intermedios.
La necesidad de un nuevo curso en la política argentina.
Ante la proximidad de las elecciones de mayo de 1995, en los partidos políti- cos se ha abierto un debate acerca de cómo afrontar los renovados problemas de la convertibilidad. Básicamente, pueden encontrarse tres respuestas principales. Una de ellas, la más afín al capital financiero y al FMI, está representada por el radical Ricardo López Murphy, quien propone fortalecer la política económica menemista, manteniendo la paridad del dólar y profundizando la terapia de shock. En particu- lar, reconrienda la reducción del gasto público, la extensión del ajuste fiscal a las provincias, una política monetaria dura y la flexibilización laboral.
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En cambio, una segunda corriente rnanificsta un marcado escepticismo res- pecto a la posibilidad de seguir adelante sin corregir el atraso cambiario. Tanto Roberto Frenkel como Eduardo Conessa, desde hace tiempo vienen anunciando a los capitalistas -sin que éstos parezcan darse por enterados- que las contradic- ciones del programa actual conducirán inevitablemente al empeoramiento del déficit comercial y a una crisis recesiva.
Finalmente, entre los economistas del sistema predomina la opinión sobre la conveniencia de seguir construyendo sobre la base de la «herencia de Cavallo», introduciendo los correctivos fiscales y crediticios que sean necesarios para pre- servar la estabilidad y la paridad del dólar y, cn la medida de lo posible, lograr aumentos en el gasto social para atenuar la dureza del ajuste. En esta corriente se incluye el centroizquierdista Frente Grande del Chacho Alvarez, quien re- cientenrente confesó frente a un auditorio de hombres de negocios su arrepenti- miento por no haber votado en 1991 la ley de convertibilidad. La lógica de esta premisa de tratar de resolver las contradicciones del Plan Cavallo sin alterar su esencia ha sido expuesta con crudo realismo por los radicales Gerchunoff y Machinea en un seminario del Instituto Di Tella. «Es probable, sostienen estos autores, que algún día haya una crisis, cuando el desequilibrio externo se torne no financiable y/o cuando cambien otros factores exógenos que hoy juegan a nuestro favor. Pero lo que nosotros juzgarnos verdaderamente relevante es que cuando ello ocurra nos encuentre mejor equipados que en el pasado, con el stock de capital físico y humano renovado. Apelar a una recesión intencionada o a una devaluación equivale a suicidanros porque algún día vamos a morir» (28).
Como puede advertirse, cualquiera de estas propuestas -la conveniencia de introducir variantes en el Plan Cavallo o, en el caso de Frenkel y Conessa, la perspectiva de una crisis más o menos cercana- son completamente desfavora- bles para los trabajadores argentinos. Ninguna de esas posibilidades puede sor- prender porque, como sostienen Bonnet y Glavich, la reestructuración actual es primaria y fundamentalmente una ofensiva contra los asalariados (29). Frente a esta situación extremadamente compleja, la izquierda aparece fragmentada, pa- ralizada en disputas tacticistas y sin poder dar una respuesta que convoque a la sociedad, lo que entraña un retroceso frente a los logros parciales conseguidos en la segunda mitad de los años ochenta. Por ello mismo, en estas nuevas condi- ciones, se impone una tarea impostergable: replantear la elaboración y la discu- sión de un programa alternativo, relanzar las ideas antiimperialistas y socialistas e infundir confianza entre los explotados para poder imprimir un nuevo curso a la política argentina.
Buenos Aires, noviembre 1994
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NOW
' Sobre el proceso de consolidación del bloque dominante, ver, Daniel Azpiazu, Eduardo M. Basualdo y Miguel Khavisse, El nuevo poder económico en la Argentina de los ochenta, Legasa. Buenos Ai- res, 1986; y Eduardo M. Basualdo y Miguel Khavisse,El nuevo poder terrateniente, Planeta, Buenos Aires, 1993.
z Esto no implica desconocer que la derrota sufrida por los trabajadores por el golpe militar de 1976 sea el factor explicativo más importante a largo plazo. Ver, Alberto Bonnet y Eduardo GIavich,Rees- tmcturación capitalista y régimen democrático (Segunda Parte), Cuadernos del Sur. Número 17, mayo de 1994, pags. 13-33.
3 Rolando Astarita. Plan Cavallo y ciclo de acumulación capitalista, Cuadernos del Sur, Número 16. octubre de 1993, pags. 45-50.
‘ El régimen automotriz posibilita: 1) el aumento al 40% de autorización legal en los contenidos importados promedio por linea de cilindrada, 2) el acuerdo con las empresas terminales para impor- tar vehículos y autopartes con un arancel muy reducido, que las empresas deben compensar con exportaciones y. 3) la posibilidad de computar las inversiones en capital fijo a fin de compensar las exportaciones comprometidas y no realizadas.
5 Daniel Chudnovsky, Andrés López y Fernando Porta. La nueva inversión extranjera directa en la Argentina, Documento de Trabajo, CENIT, Buenos Aires, 1994.
5 Bernardo Kosacofl, op. cit., pag. 75.
7 Daniel Azpiazu, ¿Hacia un nuevo modelo de acumulación7: la industria manufacturera ante la privatización y la asimétrica desregulación y apertura de la economía, Cuadernos de Economía Política, Universidad de Luján, Primavera, 1993. Número 6. pag. 48; Eduardo M. Basualdo, El im- pacto económico y social de las privatizaciones, Realidad Económica No. 123. 1 de abril al 15 de mayo de 1994, pags. 27-52.
‘ Roberto Frenkel, La productividad tiene límites, El Economista, 23 de setiembre de 1994.
° Daniel Azpiazu, op. cit., pag. 49.
loJorge Katz, Proyecto de desarrollo industrial de la RepúblicaArgentina, Realidad Económica No. 121, 1 de enero al 15 de febrero de 1994, pag. 73.
“ Daniel Chudnovsky. Andrés López y Fernando Porta. Industrias petroquímica y de máquinas he- rramientas: estrategias empresariales, Revista de la Cepal 52, abril de 1994, pags. 49-70.
lzVer El Cronista Comercial, Las empresas argentinas se endeudan más, 28 de octubre de 1994.
1’ LuisA. Beccaria. Estancamiento y distribución del ingreso, en Alberto Minujin (editor). Desigual- dad y exclusión. Desafíos para la política social en la Argentina de fin de siglo, UNICEF/LOSADA, Buenos Aires. 1993, pag. 124.
“ Luis A. Beccaria, op. cit., cuadro 1, pags. 126-127.
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lsAlfredo Monza, Costo laboral y competitividad, Estudios del Trabajo Número 6. segundo semestre de 1993, pags. 3-21: en particular. cuadro 1, pag. 15.
" Luis Beccaria y Aída Quintar, Empleo, estructura productiva y posibles acciones en la zona de San Nicolás, Ramallo y “lla Constitución, Instituto para el Desarrollo Industrial, UIA, Documento de trabajo No. 17, Junio de 1994.
l"Ver, reportaje a Alfredo Monza en Página 12, domingo 5 de junio de 1994.
" Pablo Goldín y Ricardo Rozemberg, La baja del costo laboral no elimina el desempleo, Ambito Financiero, 19 de setiembre de 1994.
‘° Eduardo M. Basualdo, El impacto económico y social de las privatizaciones, Realidad Económica No. 123, 1 de abril al 15 de mayo de 1994, pags. 28-31.
"Viviana Durán y Juan C. Gómez Sabaini, Lecciones sobre reformas fiscales en Argentina: 1990- 93, CEPAL. Santiago de Chile, enero de 1994, pags. 6-44.
2' El gobierno calcula el déficit comercial de 1995 entre 2.343 y 4.365 millones de dólares. Ver, Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, Argentina en crecimiento 1994-96, Tomo I, Proyecciones macroeconómicas y programa de inversiones, Buenos Aires, 1994, cuadros 1.8 bis y 1.10. pags. 42 y 44.
u ibídem. cuadro 1.8 bis, pag. 42.
2’ Los cambios cíclicos en la forma de dominación del capital extranjero fueron analizados en Guillermo E. Gigliani,La crisis externa argentina: ¿préstamos financieros o inversión directa ?, Rea- lidad Económiea No. 82, 3er. bimestre de 1988, pags. 60-74.
2‘ El ex-ministro Sourrouille había estimado la deuda pública en 60.000 millones de dólares y la privada en 17.(X)0 millones (Juan Sourrouille, Tenemos deuda externa para rato, Clarín, lo. de se- tiembre de 1994). A las pocas semanas, el gobierno contestó que la deuda pública externa bruta «suma uSs 48.000 millones y no uSs 60.000 millones corno se indica en el mecionado artículo», sin hacerse cargo, además, de una cifra de la deuda externa privada (No equivoquemos el rumbo, El Cronista Comercial. 13 de setiembre de 1994).
2’Ambito Financiero, 29 de setiembre de 1994. Este diario publicó las partes sustanciales del informe secreto. Esta cifra coincide con la estimación del ex-ministro Juan Sourrouille publicada en Clarín (deuda privada de 17.000 millones de dólares).
2‘ Pierre Salama. La dolarización, Siglo XXI, México, 1990.
27 Carlos Rivas,LaArgentina ya no tienta a capitales especulati vos, Ambito Financiero, 26 de agosto de 1994.
z“ Pablo Getchunoff y José Luis Machinea, Un ensayo sobre la politica ecorlómica después de la estabilización, Instituto Torcuato Di Tella, BuenosAires, agosto de 1994. Una síntesis del documento
fue publicada en El Economista. 9 de setiembre de 1994.
2° Alberto Bonnet y Eduardo Glavich, op. cit., pag. 28.
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ESTADO, DIRIGENCIA SINDICAL Y CLASE OBRERA.
Sus interrelaciones en el período democrático. 1983-1994. Irene Muñoz, Daniel Campione
Durante el período que abordamos se desarrolla una fase de la crisis del capitalismo argentino cuyo inicio puede ubicarse a fines de los sesenta. La crisis se despliega en todos los aspectos de la formación social, es por eso que el tema que nos interesa, que es el modo de articulación entre el Estado y el movimiento obrero, mediado por su dirigencia, está sobredetemrinado por el desarrollo de la crisis. Por un lado, como consecuencia tanto de la crisis como de la reconversión se producen cambios a nivel estructural en la clase obrera.l Por otra parte, la modalidad y forma en que el Estado cumple su función en la repro- ducción social entra también en crisis produciéndose un proceso de reconfiguración que es característico del período en análisis.2 Son estos cambios los que -en el marco de la dinámica claramente defensiva del movimiento social de la fase iniciada en 1976- determinan la redefinición del modo de articulación tradicional entre el movimiento obrero y el Estado y, sobretodo, del papel de la burocracia sindical. El análisis de este proceso, en el que agoniza un tipo de relación y nacen nuevas configuraciones es el objeto de este trabajo.
I. EL VINCULO ESTADO-SINDICATOS. Sus orígenes y la actualidad.
En torno al año 1945. se instauró en Argentina una suene de pacto social, de compromiso de clase, destinado a la incorporación de la clase obrera al sistema político y al mercado de consumo. Este «nuevo trato» en versión autóctona, puede ser entendido como un mecanismo de ampliación de la ciudadanía, carac- terización pertinente, siempre que se le confiera al término «ciudadanía» un sentido social y económico, además de político.3
La relación Estado-movimiento obrero, estuvo caracterizada, hasta la década del 30 inclusive, por respuestas primordialmente represivas a las reinvindicaciones obreras y al no reconocimiento como interlocutor de SUS organizaciones. A par- tir del peronismo, esto dejó paso a un mecanismo más complejo: un conjunto de mejoras habilitó vías para incorporar a la clase obrera dentro de una coalición
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hegemónica con la garantía de su consentimiento.4 El acuerdo le proporcionó a la clase mejores condiciones de venta de la fuerza de trabajo, mayor acceso al mercado de bienes y servicios, una mayor cuota de poder en las relaciones al interior de la empresa.’ Alcanza así un peso mayor en el conjunto de la sociedad por medio de una organización sindical de masas, que a su vez la vinculaba estrechamente al aparato estatal. El «pacto» encarnado en el peronismo, tenía como sujeto activo a un aparato estatal autoerigido en árbitro de las relaciones entre capital y trabajo.‘5 Ese Estado actúa con una acentuada autonomía relativa, que le permitía desligarse del nivel económico-corporativo de los intereses de la burguesía, para intentar una respuesta a los intereses estratégicos del conjunto de la clase. Como mediador frente a la clase obrera, se conformó una estructura sindical caracterizada por una menguada autonomía política y organizativa, a cambio de una amplia tutela económica y política por parte del Estado. Desde entonces nació y creció una burocracia sindical que, con matices, conservó su rol de mediación a lo largo de las cuatro décadas siguientes.
La «ciudadanización» de la clase obrera tiene entonces como contrapartida la aceptación de la legitimidad del sistema en su conjunto. Las relaciones de producción capitalistas se vuelven no cuestionables, y el Estado burgués es re- conocido como organizador y gestor central del proceso social.7 La organiza- ción sindical es asumida como un instrumento de integración y negociación, enfrentado por definición a toda pretensión de transformación revolucionaria de la sociedad.8 Ese conjunto de «aceptaciones» por parte de la clase obrera, más allá de cuestionamientos parciales y rupturas temporarias, se constituyeron en las bases de la «comunidad organizada», el modelo peronista de colaboración de clases. 9
Con esas bases se produjo el ingreso de la clase obrera a la vida política, en condiciones de legalidad plena e incorporación en la vida institucional. El des- plazamiento del peronismo del gobierno en 1955,y treinta años de lucha de cla- ses, rnodificaron este modelo sólo parcialmente, sin cuestionar sus basamentos. Fueron los cambios ocurridos en el conjunto de la economía mundial, y sus repercusiones sobre la modalidad de acumulación capitalista en el país, los que marcaron sus límites infranqueables.
Ya en la segunda mitad de la década del 50 y agudizado en las siguientes, se evidenció un desfasaje entre los cambios recorridos por la economía y una gestión estatal poco capacitada para afrontarlos y encauzarlos.‘° Una de las consecuencias de ello fue el acentuado deterioro de la posibilidad de generación de consenso por la clase dominante. A fines de los 60, es que el movimiento obrero dio señales de recobrar su autonomía y su capacidad de constituirse en epicentro de los movi- mientos de oposición al sistema que caracterizaron esa fase. Más allá de su poste- rior derrota, desde entonces quedó planteada una situación de crisis orgánica. Desde entonces también el poder económico y político intenta la reformulación integral de nuestra formación social. Ni el aparato estatal, ni la dirección sindical
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burocrática, ni la clase obrera volverán a ser los mismos.
El llamado Proceso de Reorganización Nacional puso en práctica un programa integral de reformulación del sistema de dominación. La sumatoria de la acele- rada reestructuración capitalista y la represión, permitió consumar una derrota obrera y popular muy profunda, y avanzar en la instauración de un modelo de acumulación que reemplazara al de industrialización sustitutiva. Nuevas condi- ciones económicas y políticas se establecieron en el interior de las unidades productivas, y en el nivel global de la sociedad.ll
A pesar de los éxitos de carácter estratégico para las clases dominantes que proporcionó la dictadura, un complejo conjunto causal operó para forzar la aper- tura democrática. Creemos que existen, por lo menos, tres órdenes de factores que impulsaron la caída de la dictadura: En primer lugar, en el plano estructural, las dificultades en normalizar el proceso de reproducción ampliada del capital, con sus consecuencias de pujas intraburguesas En segundo lugar, la resistencia obrera y popular al carácter pauperizador y excluyente del modelo, que era inca- paz por sustancia de generar un consenso estable. En tercer lugar en un plano más coyuntura], la derrota militar en Malvinas, coincidente con la política inter- nacional de EEUU favorable a procesos limitados de democratización.
Nos hemos detenido brevemente en las razones del colapso final de la dicta- dura, porque de un adecuado enfoque de las mismas, depende la posibilidad de aprehensión del momento de la lucha de clases en que se encuentra la sociedad argentina al abrirse el período que transcurre de 1983 al presente. La tendencia a unilateralizar el peso de las contradicciones interburguesas y los elementos de crisis coyuntura], en un extremo, o del movimiento de resistencia popular, en el otro, lleva a visiones forzosamente distorsionadas. En nuestra interpretación ambos factores se conjugan. A ello se suma la necesidad de las clases dominan- tes de proseguir el proceso de reformulación en condiciones políticas más flexi- bles, y en última instancia, más seguras para el sistema que las basadas en la represión permanente. El resultado fue un proceso de democratización política que se caracteriza, en cuanto a tareas históricas, por una acentuada continuidad con el período dictatorial.Aporta como novedad fundamental, la reconfiguración del Estado y el sistema político. Si se quiere, es la consumación del proceso iniciado en 1976 con la conformación de una nueva forma de dominación. En oposición a otras interpretaciones, nuestro punto de vista es que desde las gran- des movilizaciones obreras de 1975 que marcan la culminación de un período de auge del movimiento, se produce un repliegue que da lugar a una fase defensiva que mantiene su carácter en todo el período posterior a pesar de las luchas de- mocráticas contra la dictadura.12
Bajo el régimen democrático-constitucional iniciado en 1983, se reactualiza la pérdida de vigencia de los mecanismos de regulación establecidos en el 45, y ello se va haciendo aceleradamente perceptible para el conjunto de las clases y sectores sociales. Estamos frente a una realidad social que no ha dejado en pie
Cuadernos del Sur 73
prácticamente ninguno de los presupuestos que viabilizaron la alternativa popu- lista, cuatro décadas atrás. La cuestión que abordamos enmarca las condiciones en que se puede configurar el futuro del movimiento obrero y popular.
II. ELAPARATO ESTATAL. Su relación con los sindicatos en el período democrático
En el período 1983-94, podemos diferenciar una serie de momentos de una politica estatal cuya característica general es su tendencia a reformular los meca- nismos de control sobre el movimiento obrero.
En 1983-84, en los comienzos del gobierno radical que entonces mantenía un sesgo refomrista, se promovió una nueva ley gremial - La ley Mucci- cuyo objeto era desarticular la conducción sindical burocrática, entendida como ciu- dadela corporativa cuyo desmantelamiento sería indispensable para consolidar la democracia naciente. Se apostaba con ello a una dispersión que terminara con la central única, aún al costo de habilitar algún espacio para corrientes obreras contestatarias. El radicalismo trata de diluir el poder sindical, hacer pie en ese ámbito como fuerza política, y crear un escenario gremial de inspiración social- demócrata parecido al de Italia o España, donde la dispersión sindical converge en una incorporación plena al sistema. En ese cuadro, se torna permisible una autonomía organizativa que no se traslada a posiciones basadas en la indepen- dencia de clase. El intento fracasó por la resistencia de la oposición peronista tanto parlamentaria como sindical." Se produjo entonces, a partir de 1985, un viraje en la política gubernamental que abrió paso a una orientación que privi- legió la exigencia de mantener disciplinado al movimiento obrero. Toda opera- ción política de interés menos evidente para la clase dominante, fue dejada de lado en el plano sindical. '
Con el agotamiento de la etapa inicial del gobierno radical, y Ia asunción plena de la lógica de la reestructuración capitalista, también se produjeron cam- bios en la modalidad general de operación política. Esto marcó un segundo mo- mento en las políticas estatales. Las modificaciones tendían a subaltemizar las mediaciones institucionales y reemplazarlas por la negociación directa de los detentadores efectivos del poder en los distintos ámbitos sociales.
En el terreno sindical esta nueva modalidad se trasuntó en un cambio de los interlocutores del gobierno, y lo que es nrás importante, de la concepción políti- ca de pacto social desde la que se comenzó a operar.“ En este segundo momento se buscó la gestión de un pacto con lo central de la clase dominante, y sectores sindicales que aspiraban a convertirse francamente en sector auxiliar orgánico de aquélla. Se dejaba de lado en cierta manera el sistema de concertación más tradicional (aplicado en el Pacto Social de 1973), desarrollado a través de la negociación formal con las centrales obrera y empresaria.
De ese modo, el nucleamiento sindical llamado grupo de los lS se acercó al
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aparato estatal, con un previo pacto con los capitalistas, los «capitanes de la industria» en trance de incorporarse a la gestión estatal directa. ‘5 El gobierno actuaba en una lógica de concertación social, que tendía a incorporar a las con- ducciones sindicales burocráticas como gestores de la política estatal en materia laboral, dentro de un acuerdo global con lo más concentrado y dinánrico del capital. Las partes integrantes todavía pensaban entonces en términos de sindi- catos unlficados y fuertes, que aportan un control efectivo sobre sus representa- dos." Pese a lo importante de los sindicatos agrupados en los 15, la acción opositora al gobierno que por su parte motorizó la CGT en ese período, junto con el naufragio global de la política económica instaurada con el Plan Austral, fueron causas principales por las que esta política no tuvo éxito y no llegó a constituirse en nuevo modelo de articulación de las relaciones Estado-clase obrera.
El tercer momento coincide con el inicio del período Menem. La tendencia se orientó ya claramente a compatibilizar el propósito de debilitamiento corporati- vo con el aseguramiento de la confiabilidad político-ideológica, ambas finali- dades convergen en el gran objetivo estratégico del sometimiento y neutralización del movimiento obrero. La aceleración y profundización del proceso de reconversión que se emprende en esta etapa, necesita de una organización sindi- cal que no oponga resistencia al proceso. La dialéctica presión-negociación, aún pautada por la aceptación plena de la dominación de clase, se vuelve ya inaceptable para el gran capital. No hay lugar para el otorgamiento de ventajas económico-corporativas, y por ende no hay sitio para una conducción sindical basada en su consecución.Afimradas las tendencias principales de reconfiguración del aparato estatal la burocracia sindical resulta subaltemizada. La división de la CGT en 1989, en el congreso del teatro San Martín es la primera y exitosa operación del gobierno de Menem en este sentido.
Junto con la pérdida del papel de mediación tradicional, se produce una sin- gular «estatalización» de la conducción sindical, que la integra de modo pemra- nente no ya al aparato del Estado, sino al poder del Estado.” No se trata ya de cooptar a una dirigencia sindical que se mantenga «exterior» al estado y la clase dominante, sino de incorporar en un sitio de cogobiemo a la burocracia sindical, darle no forma, pero sí contenido estatal a su actividad.m El punto de llegada de esta orientación sería la completa organicidad de la burocracia sindical respecto a la clase dominante, quedando representantes de ella integrados a la burocracia estatal por su especialización funcional en el manejo de las relaciones labora- les, u ocupando lugares en organismos de trazado y conciliación de políticas, del tipo de los «consejos económico-sociales».
A la detentación, cada vez más nominal, de una relación de representación respecto a los trabajadores sindicalizados, se suma el debilitamiento de la es- tructura sindical. En esa perspectiva se inscriben los últimos proyectos en torno a la reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales, que tienden a descentrali- zar la discusión de salarios y condiciones laborales, pennitiendo los acuerdos
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por oficio e inclusive por empresa. Ello señala un camino de progresivo abando- no del sistema de personería gremial única por actividad, que es-el pilar, en el aspecto organizacional, del modelo sindical fundado bajo el peronismo, signado por el patrocinio estatal de sindicatos unificados y poderosos. De aprobarse un proyecto de este tipo, implicaría un importante avance en la formalización y lega- lización de un nuevo modelo de organización sindical.
Ahora bien, este cambio en la relación aparato estatal-burocracia sindical, no puede comprenderSe acabadamente sino se lo ubica como instrumental respecto a las transmutaciones del proceso de producción. Hay que situarla en vinculación con el nuevo tipo de relaciones capital-trabajo que de ella resultan, y el nuevo perfil de la clase obrera que emerge a partir de las transformaciones. Las clases dominantes procuran salir dela prolongada crisis no en retroceso sino en avance, combinando la reconversión de los espacios productivos con la ofensiva sobre la clase obrera, y sus condiciones de vida y salario. Las condiciones históricas obtu- ran la posibilidad de mantenimiento de la lógica del Estado de Bienestar, cuya base fue la integración de la clase obrera en rol subordinado pero activo. La recomposición de la rentabilidad del capital, de la tasa de ganancia, impone esta vez dispersar, desorganizar a la clase obrera, para someterla a una pérdida estruc- tural en su nivel de remuneración, y una precarización del empleo.”
Estos imperativos económicos, requieren para su cumplimiento condicio- nes políticas que garanticen su aplicación. A esos fines, el poder económico, el aparato estatal, y la burocracia sindical «modemizada», deben componer un bloque que permita la reestructuración capitalista hasta sus últimas consecuen- cias. Esto no se realiza sin contradicciones y resistencias, aún por parte de las direcciones sindicales más sumisas al gobierno. Sin embargo estas se resuel- ven por la progresiva búsqueda, por parte de las organizaciones sindicales, de formas de supervivencia organizativas, cada vez más autonomizadas respecto a su masa de afiliados, y a la capacidad efectiva de llevar adelante las reivin- dicaciones de los mismos. Del seno mismo de las privatizaciones y medidas desregulatorias, surge un abanico de posibilidades para los sindicatos partida- rios de] gobierno de Menem. (manejo de la cuota de propiedad participada, posibilidad de asociarse en las privatizaciones, manejo de emprendimientos cooperativos de los trabajadores despedidos por las empresas públicas, forma- ción de AFJP, asociación de sus obras sociales con empresas de medicina prepaga, etc.) En algunos casos, toma características de transformación organizacional incluso formal, como es e] caso de Luz y Fuerza, que modifica sus estatutos para poder transformarse en un holding empresario. El resultado es la constitución de un poderío económico, cada vez más cercano en su fun- cionamiento a las formas clásicas de propiedad capitalista. En cuanto a la relación con los trabajadores, estos pueden pasar a ser accionistas de las em- presas del sindicato, aportantes a su AFJP, usuarios no siempre exclusivos de sus servicios sociales.20 La figura clásica de la representación sindical, centra-
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da en la defensa de los afiliados en su relación con la patronal, queda difuminada en eSe conjunto de relaciones de tinte más bien comercial.21
En eSte cuadro, el aparato de Estado actúa para dar sustento normativo, ideo- lógico, y si es necesario represivo a la restauración del proceso de acumulación del capital, realizada en gran medida, en base al aumento de la explotación de la fuerza de trabajo. El término clave para caracterizar la acción estatal en este campo, es la desregulación, o su casi equivalente flexibilización.
En retirada respecto a sus funciones tradicionales en tomo a la reproducción de la fuerza de trabajo, y la reglamentación del proceso laboral, la acción funda- mental de los organismos del Estado es suprimir todo límite o condicionamiento a la libre explotación del trabajador, en dos niveles: a) El del mercado de trabajo (Ley de Flexibilización Laboral, y otras, junto a una serie de proyectos demo- rados, pero pasibles de ser aprobados en un futuro próximo) que posibilita precarizar la prestación laboral, suprimir indemnizaciones, facilitar la contrata- ción temporaria. b) El del proceso productivo mismo, que tiende a permitir la polivalencia de funciones de la fuerza de trabajo, su recalificación, la variabili- dad de la jornada de trabajo, etc., para lo cuál se necesita anular convenios colectivos (como en las empresas públicas), suprimir derechos laborales legales.(Ley de Puertos, derogación de estatutos especiales), y se apunta a atomizar toda la negociación laboral, haciéndola a nivel de ramas productivas y/o esta- blecimientos, en lugar de para el conjunto del gremio. (En ese sentido hay pro- yectos de modificación de la Ley de Convenciones Colectivas de Trabajo).
Esa acción en pos de cambios estructurales es inescindible de la ofensiva política sobre la clase obrera, tendiente a aumentar su atomización, y paralizar su capacidad de organización y movilización. Como parte de esa ofensiva, se ha venido conformando un complejo ideológico que tiende a suplir la incapacidad para dotar de consenso a este proceso de reestructuración capitalista en el que la clase obrera y los sectores populares son, de modo más que evidente, los perju- dicados. Se trata de instalar la resignación y el miedo, presentando al ajuste excluyente como la única solución posible, y la lucha social como un anacronis- mo imperdonable.
En este sentido, el período menemista viene a cerrar una parábola en la rela- ción estatal con la clase obrera. De la ciudadanización de los años 40, se pasa a la desciudadanización de los 90, y la clase obrera tiende a ser relegada en térmi- nos económicos, sociales y políticos. El menemjsmo utiliza los vínculos subsis- tentes con la clase obrera y la burocracia sindical, para mejorar la operatividad política de la reestructuración. En efecto, en medio de una etapa de transición, aprovechó la contradicción entre las expectativas que suscita y su efectivo pro- grama de acción, para avanzar decididamente sobre un terreno de resistencias debilitadas o neutralizadas por la rapidez de los cambios. En un ejemplo de habilidad táctica, el aparato estatal opera con los residuos ideológicos y organizativos del pacto populista, para prOCeder más cómodamente al entierro
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definitivo de ese acuerdo.22 La hiperinflación, como ejemplo práctico del ni- vel de disolución social al que se podía arribar, y la posterior estabilización vía el Plan de Convertibilidad, jugaron como la cara del infierno social, y la contracara de un purgatorio, aceptable sobre todo frente a la proximidad del abismo. En ese cuadro, el ajuste estructural pudo ser eficazmente presentado como la única alternativa posible, y avanzar en medio de una atonía generali- zada de las luchas sociales.23 La salvedad que surge, es que, a medida que el horizonte hiperinflacionario se va alejando, la estabilidad pierde valor por sí misma. Sin embargo. hasta las elecciones de 1993 (que fueron las últimas a cargos electivos regulares), al menos en el plano electoral, el gobierno Menem retiene el aval de importantes sectores obreros.
III. LA DIRIGENCIA SINDICAL.
La dinámica de la crisis, descoloca a la dirigencia sindical respecto al modo de colaboración de clases iniciado en 1945, caracterizado en buena medida por una relación cerca na con el aparato estatal, y un basamento organizativo dado por nruy altos niveles de sindicalización.“ Como ya hemos visto, el país se industrializó con base en el mercado interno de bienes de consumo masivo, no durables, con una tecnología en gran pa rte trabajo-intensiva. Los trabajadores aparecían doble- mente habilitados, por su rol de productores y el de consumidores, para ser bene- ficiarios subordinados, pero ciertos, de las ganancias de ese modelo en expansión. Una importante satisfacción de las demandas económicas, jugaba como expresa contrapartida de la subordinación, en el plano estratégico, a los intereses de la burguesía. En estas condiciones, la dirigencia gremial quedaba encargada, en la práctica, de administrar este «do ut des» garantizando el control de cualquier brote serio de indisciplina laboral. Ello se alcanza combatiendo en el plano ideológico a los planteos clasistas, mientras se ocupaba de levantar las reivindicaciones econó- micas, dentro de límites en general compatibles con la rentabilidad capitalista y Ia política económica estatal.
Cuando, en la intersección de las décadas del 50 y 60, se pasó a una nueva etapa de la industrialización sustitutiva, con el acento puesto en la producción de bienes de consumo durable, las condiciones del pacto cambiaron.” La ante- rior coincidencia fuerza de trabajo -demanda principal de los bienes producidos por la industria- tendió a debilitarse, y el salario a jugar en la columna de los costos. Se plantearon entonces crecientes dificultades, en coincidencia con con- diciones políticas también muy diferentes (proscripción del peronismo).
Las tendencias a la integración, consustanciales a la dirigencia sindical, fue- ron nratizadas con cierto espacio para acciones de resistencia, a los fines de mantener el control sobre una masa obrera que veía descender sus condiciones de vida y exigía canalizar su descontento.26 En este momento se puso en pleno funcionamiento la dialéctica de presión-negociación que se constituyó en mar-
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ca de fábrica del sindicalismo vandorista. La combinación incluyó, en variadas proporciones, la amplia connivencia con las patronales y el Estado y medidas de fuerza frecuentes y que no excluyeron variantes radicalizadas (toma de fábricas, etc.).”
Ya en crisis terminal el modelo anterior de industrialización, a partir de la segunda mitad de la década del 70, se asiste en el país a la puesta en nrarcha de una reconversión de vasta escala, que progresivamente se va a orientar en la línea de la internacionalización de la economía, y la incorporación de las inno- vaciones de la tercera revolución industrial. Un rasgo fundamental del transcur- so de esa etapa, es que se efectúa en condiciones de marcado estancamiento, que con algunos breves intervalos de crecimiento moderado, se mantendrá hasta 1991.33 Por ello se potencian el deterioro del salario y condiciones de trabajo que, en cualquier caso, acompañan a una reestructuración de ese carácter.
Las consecuencias del proceso de reconversión sobre la configuración de la clase obrera y del Estado han puesto en seria crisis al poder sindical. Este se hallaba adaptado a un Estado al que le ofertaba un control eficaz sobre el movi- miento obrero, con exclusión de todo planteo clasista, pero que suponía contra- partidas que han quedado fuera del horizonte del actual modelo.
Durante el periodo democrático, se ha asistido a una paulatina percepción de las nuevas realidades por la dirigencia sindical, y a consiguientes intentos de reacomodamiento, algunos de un bajo nivel dc racionalidad política. La res- puesta de la burocracia sindical puede clasificarse en tres actitudes básicas, que se mantienen más allá de los constantes y fugaces realineamientos de los grupos sindicales, al menos hasta 1992: a) Integracionistas, quienes apuntan a estataliza rse por vía de su incorporación como sector orgánico, auxiliar del blo- que de clases dominantes. (Los 15 y sus sucesores.) b) «Neovandorista», ten- diente a hacer equilibrio sobre el viejo modelo de presión-negociación, a la vez que a adaptarse al menor poder de las organizaciones. Su base de SUStentación sigue siendo la autonomía corporativa, desde un lugar «exterior», claramente al aparato estatal. (Las 62 Organizaciones ) c) El «combativismo», que maneja una táctica de confrontación limitada, con tendencia al aumento de la autonomía corporativa, e incluso a la politización ampliada de los conflictos, pero sin adop- tar actitudes de independencia de clase. (La conducción cegetista de Ubaldini tendió a alinearse en estas practicas). 3°
Las tres, por cierto, entran en crisis en lo que respecta a la relación con sus representados, ya que las iguala la baja eficacia para satisfacer las demandas de aquéllos. En efecto, ya no hay espacio, en el modelo dc acumulación, para dar satisfacción a las necesidades inmediatas de la clase obrera. Hasta los años 70, una defensa relativamente cfica7 de los intereses inmediatos de los trabajadores, operaba para la burocracia sindical como cl instrumento para mantener la fideli- dad de sus representados. Al conjunto del sistema le daba garantías del mante- nimiento del movimiento obrero por fuera de la percepción estratégica de sus
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intereses de clase. La capacidad para obtener «beneficios» de parte del Estado, y «concesiones» de los patrones, amortiguaban por sí mismos a las posturas clasistas, y aún a las de un combativismo consecuente. Perdidas esas posibilida- des, la dirigencia sindical queda en una encrucijada. Al no romper con el Estado y la burguesía, lo que le está.vedado por su propia esencia, qtreda en una acen- tuada tensión con su base social, cuyas razones de adhesión a las organizaciones se ¡debilita grandemente.
Además se tensa también su relación tradicional con el Estado y la patronal. Las modificaciones en el proceso de trabajo convierten a los sindicatos únicos y centralizados, dotados de un importante poder de negociación, en un obstácu- lo.30 Convergen en la misma dirección los cambios políticos de la última déca- da, que disminuyen el nivel de amenaza radicado en la posible conformación de corrientes clasistas. Queda por eso disfuncionalizado el «dique de contención» en que se erigía el vandorismo.31
De las tres actitudes que hemos diferenciado, la que llamamos «integracionista» es la que ha tenido una política más sólida, al renunciar progresivamente a los presupuestos del accionar anterior, lo que implica a la vez, desvincularse cada vez más de los intereses de los trabajadores.32 Su línea de acción ha sido la de anudar vínculos con los capitalistas y el aparato estatal, en una modalidad de comportamiento que se desplaza de la presión a la negociación, y de ésta al diseño compartido de políticas con la dirigencia orgánica de las clases dominan- tes. Sindicalistas como Triaca, Cavalieri o José Rodríguez difieren, tanto en lo ideológico como en sus actitudes políticas y específicamente sindicales, del modelo vandorista. De hecho han sido avanzada del trasvestimiento del nacio- nalismo populista al neoliberalismo, luego extendido a sectores mucho más amplios, y asumido como política oficial por el menemismo. Incluso no vacila- ron en poner en tela de juicio sus vínculos con el PJ, en 1986, al incorporarse al gobierno radical en un acuerdo intercorporativo que los contaba como protago- nistas, junto a los «capitanes de la industria». Así y todo, a posteriori, cuando la reestructuración toma perfiles más definitivos y la política de la burguesía vira, desde la aceptación de un poder sindical confiable al cuestionamiento de todo poder sindical, este sector de la burocracia gremial mantiene su integración. Con la asunción de Menem, ingresan al aparato del Estado a través del ministe- rio de Trabajo (gestión Triaca), y mantienen un apoyo al gobierno, que com- prende un acuerdo estratégico con las políticas neoliberales, conservando, a lo sumo, su capacidad de disentir en el plano táctico.33 Su rol aparece más subordi- nado y subaltemizado, pero se mantiene, más allá de que con la salida de Triaca del ministerio, han perdido influencia en ese ámbito oficial, ocupado a partir de allí por tecnócratas especializados“
El neovandorismo se debate en la negociación permanente por conservar es- pacios de poder, en una posición defensiva frente a un Estado que pretende su- marlo a la integración. El elemento presión pierde espacio en su accionar, por
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pérdida de capacidad práctica para utilizarlo. Y su fuerza de negociación se estrecha cada vez mas. Los postulados del nacionalismo popular se ven mediati- zados en sus planteos, sin ser del todo abandonados, ya que dan cierta legitimación frente a sectores de base para proseguir la agónica lucha por la supervivencia. Con el gobierno Menem, ven disminuir su capacidad de oposición a las políticas implementadas desde el aparato estatal. Y mientras tanto, éste no deja de com- batirlos y marginarlos en la medida que hacon obstáculo a las medidas de trans- formación. La magnitud y gravedad de la crisis enfrentada por el neovandorismo, se manifiestan en la trayectoria del sindicato más importante y característico de esta tendencia, la UOM, y de su eterno dirigente, Lorenzo Miguel.”
El «combativismo» tiende a desarrollar una actitud ambivalente. En ella se mezcla una opción ideológica (mantenimiento de las ideas del nacionalismo populista) con una base gremial que, en cierta medida, les impone actitudes menos conciliadoras (esto se manifiesta en los gremios estatales, principalmen- te). Sin embargo, ello gira en el vacío, porque se subordina a una prédica a favor del resurgimiento del estado neokeynesiano, que no es más que una ilusión. En esas condiciones, su accionar tiende a volverse irresoluto, al estar atado a un proyecto político fantasmátioo. Su desenvolvimiento político se vuelve tortuo- so, autocontradictorio, y potencia oposiciones a izquierda y derecha dentro de sus sindicatos. Ya en marcha las privatizaciones y el ajuste estructural, se fue desgranando del combativismo, una corriente más marcadamente opositora, con protagonismo central de sindicatos que son blanco directo de las políticas de reforma del Estado (ATE, CTERA), y que poco tienen que perder por una acti- tud abiertamente opositora.36 Tras algunos intentos fallidos, logran una expre- sión organizativa de interesante proyección, el Congreso de los Trabajadores Argentinos, que tras un periodo de afirmación organizativa, y definición clara de objetivos, ha comenzado a desarrollar movilizaciones y una medida de fuerza de alcance nacional, como fue el paro nacional del 2 de agosto de 1994.
En resumen,’ y por primera vez desde su constitución, la burocracia sindical ve puesta en duda la necesidad de su existencia misma, tanto desde el Estado, como desde los trabajadores.
El Estado busca redefinir el nuevo papel de unos sindicatos disminuidos en su envergadura, su autonomía y su capacidad de mediación. Una tendencia parece ser colocar a la patronal y a la burocracia especializada en el tema, frente a contrapartes descentralizadas, sin capacidad de acción política, limi- tadas a una acción reivindicativa basada en la negociación. Para ello, sindica- tos de oficio o empresa pueden ser la mejor herramienta, siempre que no den paso a tendencias combativas y clasistas, como ya ocurrió en el pasado.37 En esas circunstancias, la burocracia sindical vería reducido su rol a la mínima expresión, ya que las responsabilidades especificamente políticas en la lucha de clases, serian asumidas directamente por el Estado. La dirigencia sindical conservaría su especialización (control de la fuerza de trabajo) en el ámbito de
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las unidades económicas, pero perdería su peso en la esfera política global, con lo cuál ya no sería un sector dirigente (especialista + político) en el Senti- do estricto del término.”
En cuanto al movimiento obrero, su encuadra miento en las organizaciones sin- dicales se debilita, tiende a no movilizarse detrás de ellas, y a no acatar sus políti- cas. Como veremos a posteriori, esto dista de ser una tendencia generalizada, y mucho menos definitiva, pero existen síntomas coincidentes en dirección a su afianzamiento. Sobre todo cuando queda claro, con el desarrollo de la gestión Menem, que un gobierno de origen peronista, no revitaliza, sino todo lo contrario, la modalidad populista de incorporación obrera. Ello constituye una prueba de que el escenario ya no permite la mediación sindical eficaz. Desde 1989, aunque con discontinuidades, han aparecido va rios conflictos (colectiveros, ferroviarios, docentes, variados conflictos de alcance local) donde las conducciones son hechas a un lado, y seccionales o comisiones internas motorizan las luchas. Esto patenti- za cierto grado de percepción de las nuevas circunstancias por algunos sectores del movimiento obrero.
Este cuadro se cornplejiza de modo paulatino, y con mayor claridad a partir de 1992, con la constitución del ya mencionado Congreso de los Trabajadores Argentinos. Esta coincide con la aparición de algunos conflictos sociales que concitan apoyos tan importantes como variados. 3° Se insinúa no ya un realineamiento, sino un cambio de actitud, que modifica ciertos dogmas de la organización obrera en la Argentina, que se habían tomado incuestionables, aún para buena parte de los críticos más severos de la burocracia sindical. El CTA afilia tanto sindicatos, como listas opositoras, seccionales disidentes con el sindicato nacional, e incluso personas individuales.” Tras algunas vacila- ciones iniciales, pasa a considerarse como una central obrera, «paralela» a la CGT. Con ello, y las flexibles modalidades de afiliación que enuncianros, rompe con el mito de la «unidad sindical»“, que por décadas cohortestó a un centra- lismo morrolítico, basado en la «personería gremial única.» Ya a fines de 1993, se funda otro agruparnierrto disidente, que se niega a formar parte de la con- ducción cegetista, pero no renuncia a su integración a la central obrera. Ese núcleo, el Movimiento de los Trabajadores Argentinos, abarca al resto de la corriente «combativa», que no adhirió al CTA en su momento. ‘3 Su sola constitución, y la tendencia rápidamente manifestada al acercamiento con el
CTA, constituyen un síntoma adicional de la profunda crisis de la burocracia sindical tradicional.
IV. LA CLASE OBRERA.
Dentro de las profundas transfonnacioncs, aún en marcha, sufridas por la sociedad argentina,de las que nos hemos ocupado en parágra fos anteriores, la clase obrera emerge profundamente modificada respecto al modelo vigente durante la vigencia de la orga-
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nización industrial de tipo fordista. Terciarización, diversificación, polivalencia, flexibilidad horaria y de división de tareas, son rasgos claves, que han hecho añicos el rígido, concentrado y centralizado paradigma taylorista.
La clase obrera tiende a segmentarse, a dispersarse. Aumenta la inseguridad de la estabilidad laboral, aumenta la masa de desocupados y expulsados defini- tivos de las filas obreras. Reaparecen modalidades como el trabajo a domicilio, y toda una gama de condiciones de contratación que ponen en peligro la estabi- lidad y permanencia a la relación laboral. Son condiciones que dificultan la representación sindical, la solidaridad, la coordinación de problemáticas de di- ferentes sectores de la clase. En última instancia se debilitan las precondiciones para su acción política.‘3
Al exterminio de toda una generación de cuadros militantes que se produjo durante la dictadura, se suma su capitalización ideológica por medio del estímu- lo a la asociación, en el imaginario popular, de las luchas con derrota y castigo inevitable, que puede llegar hasta la muerte.“ Desde el poder se propugna así el apoliticisnro, el individualismo, la resignación ante la pérdida de conquistas y dignidad . Los retrocesos en el nivel de vida son presentados como el costo inevitable e irreversible que plantea la superación de la crisis.
Sin embargo, de las transformaciones y la crisis, emerge una clase obrera que tiende a expandir sus fronteras en nuevas direcciones. La segmentación tiende a condensarse en una unidad en la diversidad, que da lugar a una clase obrera nueva.. Junto con las tendencias a la dispersión y a la precarización, aumenta el grado de calificación de los trabajadores. Se penneabilizan las barreras entre trabajo intelectual y manual, y también entre trabajo productivo y no producti- vo. La relación con la maquinaria y el instrumental en general, cambia de fiso- nomía, y en muchos casos ese cambio favorece la autonomía del trabajador, impensable ya como «gorila arnaestrado» encadenado a la monotonía de la cinta de producción.“
Las luchas de la clase obrera cn estos últimos años muestran parte de esa redefinición. Sectores antes encuadrados como capas medias (maestros, médi- cos, técnicos, trabajadores de los servicios en general) asumen modalidades organizativas y de comportamiento político similares a las obreras. Los trabaja- dores del sector público pasan a distinguirse por un índice de conflictos y una combatividad que antes les era desconocida.“
Este proceso es, por cierto, de carácter mundial, pero repercute en Argenti- na con especial fuerza. Sin embargo, pese a reestructuraciones y despidos, la clase obrera sigue ocupando un lugar importante, en ténninos cuanti y cuali- tativos.‘7 Los que están en una crisis próxima a un punto de «no retorno», son los encuadramientos político-ideológicos y organizativos que tuvieron prolon- gada actuación: el rol de árbitro del Estado en el conflicto social; el peronismo y su legitimación de las relaciones de producción capitalistas y la colabora- ción de clase, la central obrera unificada que agrupa a sindicatos únicos por
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actividad, son todas instancias puestas en tela de juicio. Su crisis no implica todavía ni su desaparición ni su pérdida absoluta de eficacia, pero marca un acentuado debilitamiento.
En las luchas obreras de los últimos años se observan muchos resabios de un pensamiento y acción propios de etapas anteriores, pero éstos se combinan con tendencias a la recepción de los cambios definitivos. La huelga ferroviaria de 1990, por ejemplo combinó formas «antiguas»: reinvindicaciones excluyentemente sa- lariales que le imposibilitaron trascender del ámbito económico-corporativo, con formas «nuevas» una modalidad organizativa que «saltó» por encima de la legali- dad sindical. La lucha por la educación pública de 1992, tendió a superar esas limitaciones, al igual que los conflictos regionales del año 93. La generalización y politización de conflictos sectoriales, proporcionándoles no sólo solidaridad, sino asumiéndolos como propios por diferentes sectores sociales, parece ser una tendencia nueva pasible de desarrollarse. El conflicto vuelve a salir del lugar de trabajo, para expandirse, muy por encima de sus límites iniciales.
En lo que respecta al modo de enfrentara la burocracia sindical, puede dividir- se el actual período democrático en dos etapas. En una primera fase (que puede fecharse groseramente entre los años 83 y 86) la tendencia de las corrientes más ligadas a las bases y a posturas combativas, es la de operar como «oposición» a las direcciones burocráticas.Actúan , en cierta manera, en el mismo terreno que ellas: cuestionamientos en las asambleas convocadas por la burocracia, constitución de listas opositoras en ocasión de elecciones, denuncia pública de actitudes conside- radas de traición, etc. Estas corrientes ganan incluso la conducción de algunos sindicatos, pero tienden a diluirse y esterilizarse precisamente porque al mante- nerse dentro de la lógica de la estructura sindical en crisis, no logran trascenderla en una respuesta orgánica alternativa. Fenómenos como el de la UOM de Quilmes, o el sindicato de Sanidad, constituyen experiencias de un sindicalismo combativo y democrático, pero tienden a desaparecer sin dejar huellas luego de un breve período de auge.
Por el contrario, en los últimos tiempos (1987-88 al presente) aparecen en forma cada vez más clara y frecuente, tentativas de superar e ignorar a las buro- cracias. Se forman conducciones de base, coordinadoras de delegados, y éstas pasan a ejercer la conducción efectiva. La «legalidad» sindical, construida en definitiva desde la burocracia con apoyo del Estado, deja de ser una preocupa- ción para las corrientes cuestionadoras. Se busca una legitimidad distinta, otor- gada y revalidada de modo permanente por la base. Decididamente en esta nueva etapa se inscriben el conflicto de colectiveros (1989) y el prolongado conflicto ferroviario. En ambos casos es notable la tenacidad con que se lleva la lucha, y en el segundo incluso se suscita solidaridad de los usuarios, pese a la objetiva contradicción de intereses inmediatos. En una línea semejante se ins- criben algunos casos de formación de sindicatos paralelos ( construcción de Neuquén), que ante continuados avasallamientos de la burocracia, dejan de lado
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un acatamiento a la unidad sindical que puede, absolutizado, volverse paralizan- te. La «paralelización», sí cuenta con bases realmente sólidas, puede ser una forma válida de descolocar a la burocracia. Sin llegar a altemativizar las estruc- turas sindicales vigentes, en otros casos, ejercen conducción y participan activa- mente entidades de base, de práctica asamblearia. Sin desplazar a la burocracia, inciden en el desarrollo del conflicto, elevando su nivel. (Huelga de maestros, 1987). En el mencionado conflicto docente de 1992, la dirigencia sindical se suma ya muy avanzado un conflicto, que es desatado desde los docentes de las escuelas, con participación de padres y alumnos. Más recientemente aún, casi todos los conflictos siguen esa lógica de inicio desde las bases, o bien desde seccionales locales (Estatales del Noroeste, varias seccionales metalúrgicas, que luego dan paso a un plan de lucha nacional del sindicato, mecánicos del Gran Buenos Aires y Córdoba, etc.), y desde ese nivel de base, llegan al cuestionamiento activo y frontal de las instituciones vigentes.
Estos cambios podrian revelar el inicio de una concepción nueva de lo que es el poder en e] interior del movimiento obrero, y de las formas que asumen sus luchas. Se ve facilitado por la pasividad cada vez mayor de las viejas estructu- ras sindicales. Si nos remitimos al nivel de cúpula, tras su reunificación en 1992, la incapacidad de acción de la CGT, no ha hecho sino aumentar, llegando a quedar vacante su conducción durante meses, y sufriendo cada vez nuevas disidencias.‘18 I
Tal como está erigido el edificio sindical, éste forma parte de un complejo entramado de elementos coercitivos, normativos e ideológicos, provistos en gran medida por la burguesía y el poder estatal. Las estructuras sindicales de nuestro país son casi inescindibles de ese entramado. La elección de una comisión di- rectiva con otras premisas ideológicas, no modifica el carácter sustancial de esas organizaciones. En el difícil caso de acceder a la conducción sindical, una corriente combativa y clasista tiende a quedar entrampada en la lógica de la estructura, diseñada para el mejor servicio de las patronales y el aparato estatal. Ello, como es obvio, es autónomo de los deseos y voluntad de los integrantes de aquéllas. La estructura sigue autorreproduciéndose en prácticas burocráticas, relacionárrdose desde ellas con sus afiliados y en definitiva nada sustantivo cam- bia para los trabajadores.”
Por otra parte, una infinita gama de condicionamientos, dificulta la disputa institucional, y desgasta terriblemente a quienes se embarcan en ellas, enfrenta- dos a la superioridad en ese terreno del poder instituido. Ello va desde la dispo- nibilidad de recursos materiales, la existencia de extensas y sólidas redes clientelísticas, los estatutos proscriptivos, la legalidad custodiada desde el Mi- nisterio de Trabajo. Se suma, y no en último término, la existencia en los mis- mos trabajadores de un sentido común conservatista que tiende a recaer en el apoyo electoral a las conducciones vigentes.
En cambio, las coordinadoras y comisiones de enlace rompen con la lógica
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burocrática, la superan desde su misma constitución y puesta en funcionamien- to. Es de recordar que esa práctica tiene antecedentes importantes (la Intersindical de épocas de la Libertadora, y sobre todo las Coordinadoras de Gremios en Lu- cha que pararon al país en 1975). Sin ser enteramente similares a algunos fenó- menos actuales, se les enrparientan cercanamente, y marcaron algunos de los puntos más altos, tanto en conciencia como en organización, de la historia del movimiento obrero argentino. Creemos que es válido mantener la referencia a esas prácticas, resignificándolas en las nuevas circunstancias. El carácter innegablemente defensivo del conjunto de las luchas, se ve empcro cualificado por el situarse frente al Poder, del que no se puede esperar ya más que ataques, y todo ello revaloriza el concepto de resistencia, como polo contrario a una inte- gración que, beneficiosa para algunos dirigentes, es cada vez más gravosa para los trabajadores.
En síntesis, creemos que las nuevas modalidades organizativas tienen como mérito principal el inscribirse en una práctica de acumulación social de abajo hacia arriba, tendiente a conformar nuevas relaciones de poder, en una totalidad ajenas a la estructura tradicional, a la patronal y al Estado. Sus líneas de ruptura (y de continuidad histórica, que señalamOS más arriba), se entroncan en una dirección de ensanchamiento de la perspectiva política de una clase obrera en profundo proceso de cambio.
v. A MODO DE CONCLUSIÓN
Estos años de reinstauración del régimen denrocrático-constitucional, están signados por una transición, con la secuela de indefinición que toda etapa transicional conlleva, y la forzada coexistencia de elementos en extinción, con otros nuevos que se desarrollan con fuerza. La referida transición atraviesa todos los niveles de nuestra sociedad, y eso le confiere un muy alto nivel de cornpleji- dad. Uno de sus rasgos más acentuados es la existencia de un cúmulo de debilida- des y contradicciones internas en ambos contendientes centrales de la lucha de clases.
El bloque de clases dominantes avanza en su refonnulación del modelo de acu- mulación, en nredio de luchas interburguesas. Las dificultosas condiciones de reproducción del proceso productivo (estancamiento, recesión, fluctuaciones brus- cas) convierten a todo el proceso en un juego de suma cero, donde solamente la expropiación de otro sector social pennite la ampliación de la participación propia en el excedente. De allí la ferocidad de la lucha de clases, librada en condiciones de persistente ofensiva por parte del gran capital monopolista.
Ello se ve potenciado por el afianzamiento de una perspectiva del mismo tipo a escala mundial. La propia lógica de acumulación impone la sostenida expro- piación de la participación obrera en el ingreso, y cl aumento dc la explotación.
En estas condiciones, el bloque de clases dominantes queda inhabilitado para
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la generación efectiva de hegemonía, en condiciones que las modalidades de consenso anteriores (año 1945 en adelante). Ellas son irrecuperables por haberse pulverizado los presupuestos que la hicieron posible. Aún cuando, avanzado el ajuste estructural, se generan condiciones de estabilidad de precios y creci- miento, el tnodelo, al no estar orientado al mercado interno, ni a desarrollar actividades intensivas en trabajo, sigue reproduciendo desempleo, precarización laboral y deterioro en las condiciones de trabajo. 5°
Reducidos a condiciones de defensiva y retroceso, desencuadrados de identi- ficaciones político-ideológicas que tuvieron cuatro décadas de vigencia, la clase obrera y los sectores populares se debaten en búsqueda de algún tipo nuevo de ubicación social y política. En medio de la vorágine, se ven confrontados a nuevas modalidades de organización del proceso productivo, a nuevas formas de venta de la fuerza de trabajo, que exigen a su vez una percepción y reubicación.
Los vínculos anteriores han caducado: l) La inclusión en el peronismo se ha reducido a un vínculo electoral, por otraparte inseguro en su vigencia. 2) La agrupación en sindicatos se hacen cada vez más pasiva, con direcciones que recaen en un rol cada vez más administrativo, sin capacidad rnovilizadora, y reducidos al apoyo de las redes clientelares y de corrupción.
El camino tradicional de integración está cerrado. En el capitalismo de estos días no hay ningún lugar para políticas estatales neokeynesianas, de sesgo redistributivo.Sl Y si el Estado no puede cumplir ese rol compensador, la restau- ración de cualquier variante nacional-populista es sencillamente imposible.
Y no existe un camino nuevo de integración. El nuevo modelo impuesto desde las clases dominantes tiende a cerrar abruptamente la etapa iniciada en 1945, mediante la lisa y llana deponación de la clase obrera y los sectores popu- lares de la política activa, y de mecanismos globales de concertación. Ello a cambio, en el mejor de los casos, de un puesto en el sistema productivo, arnena- zado de precarización o pérdida. En esas condiciones, una integración rnera- mente adaptativa, de estrecha defensa del interés económico-corporativo, sin articulación política alguna, no es más que una convalidación del retroceso per- manente, y por lo tanto inviable en el mediano plazo, salvo que se la imponga con un elevado componente represivo.
En función de lo antedicho, tanto cl enrpecinamierrto en los nrodos de accio- nar propios del nacionalismo populista hasta los 70, como la generación de una modalidad de sindicalismo econornicista, son caminos ciegos, sin otro destino posible que la frustración.’2 En base a esta comprobación, es previsible que se afiance la búsqueda de nuevos modos de acción sindical y política para la clase obrera argentina. Ello en el difícil ma rco de una aguda crisis, con la burguesía en condiciones de intentar superarla en posición de ofensiva. La construcción de nuevos modos de acción cs una tarea eminentemente política, tomando esa pala- bra en el sentido estricto de acción transfonnadora, subversiva, encaminada a la reversión completa del sistema de poder vigente.
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Ese retorno a la política requiere, entonces, tender a la puesta en cuestión, con alcance radical, de los dos modos básicos de integración de la clase obrera en el sistema socio-estatal capitalista: 1) La representación parlamentaria, con su efecto de borramiento de las fronteras de clase en la noción homogeneizadora de ciuda- danía, y la ficticia separación de la esfera política respecto de la económica. 2) La organización económico-corporativa a través de la delegación en el sindicato or- ganizado como aparato de Estado, que esteriliza la identidad de clase, y la frag- ntenta, profundizando la separación de economía y política a la que hacíamos referencia.
Las condiciones de crisis orgánica en agudización progresiva que aquejan a nuestra formación social, han puesto a su vez en seria crisis a ambas nociones, lo que redunda en precondiciones favorables a la viabilización de un cuestionamiento global que habilite alternativas. La autoorganización en el plano económico- corporativo y en el político, son hoy inescindibles. Una organización sindical que no tienda a una politización que la unifique en un proyecto de poder, tenni- na, de modo inexorable, en una modalidad adaptativa, de penosa negociación de espacios que se empequeñecen. Una organización política que no ponga en tela de juicio la totalidad del sistema de mediaciones y representaciones, se integra al sistema, aún contra su voluntad consciente, al reproducir sus formas de orga- nización y acción. Se vuelve funcional, ya que más allá de la posesión de un discurso revolucionario, se plantea una «representación», es decir una mediatización, una suplantación subordinante de la clase con que aspira a iden- tificarse. Esto no implica, la ruptura inmediata con la estructura sindical, y mucho menos abjurar en bloque de la democracia so pretexto de rechazo a los elementos paralizantes de la lógica parlamentaria. Significa, en cambio, la negativa teórica y práctica, de considerar al parlamentarismo y a la organiza- ción sindical tradicional como puntos de llegada, como marcos organizativos incuestionables, a los cuáles se trata no de transformarlos, sino de conducirlos con otros presupuestos.
En suma, el movimiento social real no puede constituirse en transformador si no asume la problemática total de la sociedad, y como tal la cuestión del poder, entendido como relación social compleja y no como espacio a ocupar. De] mis- mo modo, no tiene futuro un movimiento político que se separe del movimiento real, y pretenda al mismo tiempo una representación vicaria de la clase obrera.. En estos momentos es grande el riesgo de que reacciones defensivas se movili- cen, desde propósitos revolucionarios, en dos sentidos opuestos y equivocados: a) La no asunción de las profundas transformaciones de la clase obrera en los últimos años, aferrándose a una ortodoxia que ya carece de anclaje social. b) El interpretar los cambios como desplazamiento social y político definitivo de la clase obrera, y proponer su reemplazo, en el plano político por movimientos sociales de definición no clasista. En una sociedad como la nuestra, que rnantie- ne su perfil urbano e industrial, pero con profundos cambios respecto a] modelo
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fordista, ambas actitudes parten de facilisrnos ideologistas. Cualquiera de ellas llevaría a un fracaso inexorable, si se tomase predominante.
Por último, cabe llamar la atención sobre las implicaciones insoslayables de las condiciones de debilidad y la posición de defensiva que los posibles portado- res de alternativas ostentan en nuestro país. Ello señala la existencia de una distancia a recorrer antes de arribar a la posibilidad efectiva de disputar el poder con las clases dominantes. En consonancia con ello, es de pensar que existe un flanco débil en estas últimas. Esta dado, a nuestro juicio, por la incapacidad, pese al enonne poder económico y político acumulado, de generar una visión del mundo compartible por las clases subalternas, en vías a instalar una hegemo- nía. La sutura proporcionada por la ideología de la resignación y el miedo es potencialmente inestable y frágil. Es en esa brecha, pensamos, que se ubica buena parte de las posibilidades de progresiva reversión de la tendencia actual en la lucha de clases.
En los últimos dos años, alejado ya el fantasma paralizante de la hiperinflación, y puestos en claro los efectos de una política de ajuste a cuya no realización se achacaban antes todos los males, actitudes de movilización y lucha han despun- tado, no quizás con mucha frecuencia, pero si con amplitud y profundidad. Con la Marcha Federal y el paro del CTA-MTA del 2 de agosto, esto ha alcanzado un nuevo escalón. Ambos fueron movimientos de protesta de alcance nacional, con participación social amplia, pero indudable protagonismo de trabajadores sindicalizados. Los dos dejaron al margen a una CGT que parece agonizante, y tuvieron una repercusión que marca, entendemos, el fin del monopolio del sindi- calismo burocrático.
Buenos Aires, septiembre de 1994.
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NOTAS
¡ Para una decsri ión de los cambios estructurales en la clase obrera en el período ver:
Lucita. E"l984- 9 Reestructuración del Capital y reorganización de los trabajadores" en C UADER- NOS DEL SUR noviembre 1989.
i El proceso de crisis del Estado y reconfiguración fue abordado por nosotros en otros trabajos: Muñoz l, Campione D. Rubio L «Las nuevas funciones del Estado. Reconfiguraciones» en Cuader- nos FISYR l988.
NÉÉIEOZ l, «La Reforma del Estado. Sus rasgos en la administración menemista» en Cuadernos FISYP, l .
’ Przeworski caracteriza este tipo de «compromisos de clase». desde el punto de vista de los traba- jadores, de la siguiente nranera: «Los asalariados consienten la organización capitalista de la socie- dad cuando actuan como si pudieses mejorar sus condiciones materiales dentro de los límites del capitalismo...cuando actúan colectivamente como si el capitalismo fuera un juego de sumas positi- vas...» (Przeworski. Capitalismo y socialdemocracia, pg. 169).
‘ Se conformó una coalición sociopolítica bastante particular, que aprovechó el interés estratégico de las FFAA en la industrialización. sectores empresarios inclinados al mercado intemacy la propen- srón reformrsta ya exrslente de sectores amplios del movimiento obrero. (‘on el avance cl gobierno
de Perón, esta coalición se fue desequilibrando. siendo el rol de la clase obrera cada vez más protagónico.
5 La relación al interior de las unidades productivas. quedó signada durante décadas por el amplio poder que alcanzaron las comisiones internas y los cuerpos de delegados. Esta fue una tendencia que siempre alarmó ala burguesía. y jugó un papel importante cn la forma de la lucha de clases en el nivel «celular» cuya destrucción definitiva se encaró desde el aparato estatal después del golpe de Estado
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de [976. Esta peculiaridad es particularmente señalada yanalizada desde su incidencia en la lucha de clases por Gilly. Adolfo. «La anomalía a entina». en ablo González Casanova (comp.), El Esla- do Latinoamericano, Tean'a y Práctica, Sig o XXI. Méjico. 1990. Muy tempranamente ya lo indica Germani. que considera el cambio en las relaciones intraempresa como una fuente de legitimidad para el peronismo, más importante que las mejoras económicas. (Estado y sociedad en una época de transición. 1963)
‘ A partir del régimen de «personería gremial». que combina Ia centralización sindical. con las l'uer- tes facultades de aprobación e intervención por el estado de las actividades sindicales. Con base en la personería unificada. se instrumentó'un sistema de convenciones colectivas de trabajo. limitado a las asociaciones sindicales reconocidas. y sujeto a la «homologación» del estado. Este rol protagónico y tutelar del estado. construido en torno a la unificación sindical es analizado por Omar Moreno en «La última oportunidad del sindicalismo ar entino». en donde le asigna un rol causal en la práctica de los sindicatos de privile iar su influencra posible sobre el estado antes que los vínculos con su base. (pg. 20). en Moreno. mar (comp.). 1993.
7 Offe describe con claridad el alcance del reconocimiento del orden ca italista por los trabajado- res. en los mecanismos propios de lo que él llama «Estado de Bienestar ¿eynesianom «El acuerdo representaba por parte de los trabajadores la aceptación de la lógica de la rentabilidad y del mercado como principios rectores de la asignación de recursos. del intercambio de los productos y de la localización industrial...» (Offe. l 82. pg. 61)
' Nos referimos al fuerte componente de anticomunismo (o mejor. antiizquierdismo de cualquier signo). que acompañaba y servía de corolario a la doctrina de la colaboración de clases en la ideolo- gia del sindicalismo peronista.
° Con todo, el panorama no queda completo. si no se señala la influencia que tomó. a partir del peronismo. la organización obrera al interior de las fábricas (comisiones internas y cuerpos de delegados), que siempre estuvieron en la base de las acciones con mayor potencialidad antica ita- lista de los trabajadores argentinos (como las Coordinadoras de Gremios en Lucha. en 1975). o en vano . esta organización de base. fue vista como una pérdida de der por los capitalistas . que veían disputada su hegemonía práctica en las fábricas. Ver Gilly (10 0). que considera a esta particulari- dad. el rasgo distintivo de Ia organimción sindical argentina. y una amenaza virtual al poder de la clase dominante. En sentido parecido. se expide .l. C. Torre : « paralelamente a la redistribución del ingreso y al reforzamiento de los órganos contractuales en el mercado de trabajo. los obreros obtu- vieron bajo el peronismo una gravitación inédita en la vida de las empresas» (1983. pg. 89).
'° Nos referimos a las persistentes dificultades para lograr un desarrollo económico sos'enido. Los intentos más serios, fueron los de Frondizi (vía profundización de la sustitución de importaciones. con base en la inversión extranjera). y de Onganía (vía generación de una industrialización con capacidad ex rtadora). pero ambos fracasaron enredados en sus contradicciones. tanto las econó- micas. como as políticas basadas en la prescripción del peronismo. Esta prescripción era a su vez el síntoma patente de la incapacidad hegemónica suscitada. a la que hacernos referencia seguidamente.
". «Destruir el poder del movimiento obrero». fue una orientación explicita y consciente. que no titubeó ante la utilización de máximos niveles de violencia, incluyendo el secuestro y desaparición de numerosos dele ados y activistas. intervención de sindicatos. rohibición del derecho de huelga. También se reform la normativa laboral. en un sentido siempre esfavorable al movimiento obrero. Muchas conquistas fueron suprimidas de la Ley de Contratos de Trabajo. y de los estatutos particu- lares de gremios públicos y privados. En el plano de las remuneraciones. el salario real cayó un 40 % a lo largo de 1976. el primer año de la dietadura.. Para encontrar un salario promedio más bajo que el del año 77 (77.2 con 1980:100. hay que remontarse hasta el año de la hiperinflación. 1989 (69.9 con 1980=l00). (Datos tomados de Luis Beccaria «Estancamiento y distribución del ingre- so». en Minujin. Alberto (comp). ([993).
'3 Dos interpretaciones que ejemplifican estas visiones a nuestro entender unilateralizadas son para el caso de la acentuacrón de los aspectos de consumación estructural de los objetivos de la dictadura y la subesttmación del papel de las luchas populares y de los fracasos políticos del Proceso de Reorga-
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nización Nacional, ver:
Horowicz, A, Los cuatro peronismos, Ed Planeta, Buenos Aires, 1991
Para la otra visión, que asigna un rol mayor el papel de los sectores populares en la derrota de la dictadura, ver:
Pozzi, P, Oposición obrera a la dictadura, Editorial Contrapunto, Buenos Aires, 1988.
” El pro ecto Muoci suscitó el apoyo de sectores minoritarios del movimiento obrero, vinculados al Partido omunista y a la UCR, junto con algunos sectores del peronismo radicalizado, y algunos burócratas desplazados de sus Sindicatos. En lo organizativo, se incluían algunos sindicatos peque- ños, agrupaciones de oposición y dirigentes desplazados. De todos modos, ese apoyo era dado oon importantes reservas, y se diluyó en cuánto fue rechazado el proyecto de ley..
“ En realidad el viraje fue radual., puede relacionarse con la gestión de los sucesivos ministros de Trabajo del gobierno deAl onsin. esde la política inicial de abierta confrontación contra lo que se visualizaba como «corporación sindical» (Gestión Mucci), se pasó a abrir cautas vías de negocia- ción (Gestión Casella), que se am liaron nombrando a un sindicalista (gestión Barrionuevo), . Res- tablecidos los vínculos con el sin icalismo. y bajo la inspiración política de sectores del radicalismo que se autopercibían como «pragmáticos», se dio paso a una política de alianzas amplia con los detentadores directos del poder, tanto en el campo empresario como en el sindical. En ese marco es que se nombró ministro a Carlos Alderete, dirigente del sindicato de Luz y Fuera, e integrante destacado del «grupo de los 15».
'5 Tanto los «capitanes de la industria», como el «grupo de los 15», eran nucleamientos informales, caracterizados por eludir las complejidades de representaciones heterogéneas y toma de decisiones que imponen las centrales formales, la UIAy la CGT. Un puñado de grupos económicos por un lado, y de grandes sindicatos, por el otro, se incorporan a una alianza con el gobierno, orientada a viabilizar un ajuste de sentido global privatizador y libremercadista, aunque lejano aún de los matices extre- mos que adquiriría después del 89.
" Nos referimos a que no estaba en ese momento a la orden del dia, sobre todo tras el fracaso inicial, la idea de atomizar los sindicatos, reduciendo su papel incluso en el nivel de los convenios colectivos de trabajo, como sí lo estuvo después de 1991, con los proyectos de Asociaciones Profesionales y de Negociaciones Colectivas.
l"Tomando una distinción de raíz althusseriana, hacemos referencia aquí a la tendencia de un sector de la dirigencia sindical, no ya a incorporarse a funciones de gobierno, sino a incorporarse (sea en forma individual o institucional), a la clase dominante, mediante la adquisición de empresas capita- listas.
“' La dirigencia que mas adelante caracterizamos como «integracionista», ha tenido desde la época de la dictadura militar, la aspiración de lograr un sitio, no necesariamente formalizado, en el diseño y aplicación de políticas públicas, no sólo las laborales, sino las de económicas y sociales. Lo que ha decantado en la gestión Menem, luego de idas y vueltas, ha sido una participación bastante res- tringida en todo lo que sea trazado de políticas, aún de los sindicatos de adhesión más incondicional al gobierno. Más bien. han sido las «oportunidades de negocios», las que mantuvieron la ligazón burocracia sindical-Estado, junto a cargos de conducción en algunas agencias públicas, sobre todo las vinculadas a temas de trabajo y seguridad social.
l"Altamira C, «¿Nueva centralidad obrera?, reflexiones en tomo a la última huelga ferroviaria» Ponen- cia presentada en Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología. La Habana, Cuba 1991, ( mimeo). Durante un período prolongado, caracterizado por el estancamiento económico (y el retro- ceso si vamos al ingreso per capita), los trabajadores argentinos vieron obliterada toda posibilidad de mejora económica. El estancamiento económico se refleja claramente en ue el PBI de 1980, recién fue superado en 1992. La variación anual promedio del PBI en el período 8 —92, ha sido de +0,8%. , y el crecimiento entre extremos del período, del 8%. (Datos del INDEC, Anuario Estadístico de la RepúblicaArgentina, 1993). En esas condiciones, el Estado de Bienestar tenía destino de desactivación, al no poder cumplir su parte en la lógica del «compromiso de clase». En realidad, el efecto ha sido de concentración de la riqueza, como muestra entre otros indicadores el nivel decreciente del salario real.
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2° Con lo de «no siempre exclusivo», nos referimos a cierta tendencia a abrir los servicios de las obras sociales (turísticos y de salud) a la atención de clientes extrasindicales, lo que habtltta la posrbtltdad de obtener ganancias en la misma forma que una empresa capitalista de serVIctos.
2' La modalidad operativa más reciente de los sindicatos, ha sido la asociación, en diversas formas, a administradoras jubilatorias privadas. En algunos casos, la utilización de la masa de afiliados como mercado cautivo fuer incluso pública, como en el caso de «Claridad», empresa impulsada r la UOCRA, que en su propaganda asociaba directamente la pertenencia al sindicato con la afiliacrón a la AFJP. En estos casos, la masa de afiliados opera como plataforma de lanzamiento, para entrar a negocios con un mercado que excede los límites de aquélla.
22 Para un análisis global de los inicios del período menemista ver: Campione D: «El menemismo como fenómeno político» en Cuadernos FISYP 1990.
3’ En un trabajo sobre el menemismo. Carlos Acuña destaca las características de esta presentación como única alternativa, frente a una situación que se caracteriza como «crisis terminal» de la econo- mía del país, calificación usada repetidas veces por Menem.
2‘ Argentina presentó durante años índices de sindicalización comparables a los más elevados del mundo. A partir de la dispersión geográfica, la precarización y la hostilidad abierta a la organiza- ción sindical en las fábricas, los principales sindicatos (en especial los industriales y el de la construcción)vieron disminuir su número de afiliados , y por ende, su poder económico y capaci- dad de movilización.
¿5 Nos referimos a las tentativas de profundización de la sustitución de importaciones basada en los bienes de consumo durable, y en especial el automóvil, y en la incorporacrón más amplta de inversio- nes extranjeras.
2‘ Esta particular dialéctica entre resistencia e integración, dio forma a la acción sindical, y a la vez articuló con las tácticas de Perón, en situación que los dirigentes sindicales habían quedado como la expresión más importante en el plano legal de un peronismo proscrito.
27 Esta alternancia de duren y negociación, era también concomitante con la dialéctica resistencia -integración que impregnaba a toda la acción política del peronismo. Aunque inclinados como estra- tegia a la integración (e incluso a la autonomía frente a Perón y el peronismo), el vandorismo utiliza- ba el instrumental de la resistencia, agitando asi el espectro de la radicalización.
3' Ya hemos dado, más arriba, en la nota nro. 19, las cifras que marcan ese estancamiento prolonga- do por más de una década.
2° Estas tres tendencias reflejan actitudes, y no alineamientos institucionales, ni tendencias asumidas explícrtamente por sus portadores. Pero el análisis de la acción sindical , y de las estrategias de sus organizaciones en la última década, revela la existencia de esas tres «corrientes».
3° Ya la dictadura del PRN, tuvo la intención de suprimir las grandes uniones de zona de actuación nacional, lo que afectaba a la UOM , SMATA, UOCRA y AOT, es decir los cuatro principales sindicatos que representan a trabajadores industriales. Pensaban en permitir sólo a las federacrones con alcance nacional.
3' Nos referimos al derrumbe de los países del Este, y al progresivo ocaso de las opciones armadas, que hacen que desde el Estado y las clases dominantes no se perciba como probable un ascenso de fuems revolucionarias. El supuesto avance de diligencias sindicales clasistas, tiene en ese cuadro una gravedad mucho menor para la burguesía, que el que tuvo hasta la década del 80.
’2 Los dirigentes sindicales de esta corriente, han adoptado explícitamente una postura de «negocia- ción». que descarta lo que se llama «confrontación», es decir el conflicto, la adopción de medidas de fuem . Esto se complementó oon una estrecha política de alianzas con variados sectores de poder (Militares e Iglesia durante la dictadura sobre todo), y vínculos orgánicos con la burguesía,
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más amplios y estratégiCOS que las tradicionales connivencias (comunes ya al vandorismo) con el empresariado del sector.
’3 En este último aspecto. los hombres más Iúcidos y consecuentes del integracionismo (Cavalieri, Triaca, la dirigencia de Luz y Fuerza). mantuvo con el gobierno Menem una relación signada por una mayor estabilidad. y a la vez una mayor autonomía. frente a otros dirigentes que basan su actitud en un apoyo ma's personalizado al presidente, sin posibilidades o capacidad de mantener margen de maniobra. (Barrionuevo, Pedrau. Andrés Rodríguez) En un artículo reciente. Claudio Lozano y Roberto Feletti. consideran a estos dos grupos como tendencias diferentes, los primeros como «sindicalismo de negocios». los se undos como «menemismo puro». Nosotros pensamos que se trata de dos vertientes del integracronismo. diferenciadas más por la s necesidades y tácticas al interior de sus sindicatos, y por la capacidad de desarrollar una visión política global. que por una concepción diferente del papel del sindicalismo.
" El mantenimiento de la actitud integracionista. queda viabilizado en buena medida, por la constitu- ción del «sindicalismo empresarial». que describíamos más arriba. También por el hecho de ue algunas de las políticas que atacan no ya a los trabajadores. sino más directamente a las organizamo- nes sindicales, han logrado ser demoradas. La desregulación de las obras sociales. y la reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales, siguen sin efectivizarse, siendo objeto de un juego de negocia- ción y amenazas en el que los intereses electorales del gobierno juegan un papel importante.
3’ La UOM ha perdido un buen porcentaje de sus afiliados, ha dejado de ser el sindicato testi o en las negociaciones salariales. perdió totalmente su influencia política dentro del partido Justicia isla... Lorenzo Miguel acompañó esa caída.. De ser en la apertura democrática del 83. el virtual conductor del Partido Justicialista, y el dirigente sindical más importante, ha pasado diez años más tarde a ver cuestionada su autoridad aún al interior de la UOM. Atrapado en contradicciones internas y exter- nas, sindicato y dirigente. se vieron deslegitimados como opositores. a la vez que expulsados de los círculos del oficialismo. Al momento de escribir este artículo (a osto de 1994). un potente plan de lucha de la UOM. terminó perdiendo fuerza en la mesa de negocraciones. en un proceso a lo largo del cuál. Lorenzo Miguel permaneció virtualmente ausente.
3‘ ATE carece de obra social. y por lo tanto no es presionable por ese «costado sensible» para la mayor parte de las organizaciones. Los afiliados de CTERA han sufrido una serie de presiones y ataques frontales (deterioro salarial. reducciones de personal. cambio de jurisdicción) . que han decidido a la organización a afrontar los costos de las represalias estatales. buscando además una
proyección política más global . (La lista Celeste de CTERA termina integrándose al Frente Grande, en una clara opción partidaria).
’7 Proyectos de nuevas leyes de Asociaciones Profesionales y de Convenciones Colectivas de Traba- jo. de sentido favorable a la deSCentralización de la negociación salarial, y aún a diluir el principio de unidad sindical. han sido largamente discutidos. ro sin llegar a tener discusión parlamentaria. Ocurre que los beneficios para Ia patronal y el .slado de la atomización sindical, tienen como correlato riesgos de alentar a corrientes autónomas y combativas, a nivel local o empresarial. Por
otra parte, es un tipo de medidas que convoca a la resistencia corporativa. aún dc los sindicatos más rntegracronistas.
” Esta noción de dirigente. como aquél que conjuga un saber técnico específico, con la habilidad de generacron de consenso. la tomamos de Gramsci. que la desarrolla en varios pasajes de sus Cuader- nos de la Cárcel.
"‘ Hasta el año 1992. los principales conflictos se dan en torno a las privatizaciones, con eminente carácter defensivo de la fuente de trabajo. (Ferrocarriles. teléfonos. Aerolíneas). Las posteriores privatizaciones (OSN, Gas del Estado. empresas de electricidad). ni siquiera dan lugar a medidas de fuerza o conflictos abiertos. A partir de ese año se dan conflictos menos sectorizados. que tienden a convocar amplias solidaridades. y asumen un carácter no meramente defensivos. La huel a docen- te de mediados de ese año. que se generaliza hasta convertirse en una movilización multrsectorial de defensa de ¡a educacrón pública. es un ejemplo claro en este sentido. Algo similar ha ocurrido con las marchas de los jubilados. que fueron cosechando solidarrdades cada vez mas varradas. A
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fines de 1993, en varias provincias del Noroeste (La Rioja. Santiago del Estero. Jujuy), lo que comienza como conflictos entre el gobierno local respectivo y los gremios estatales. termina en movilizaciones masivas , con una acentuada carga de violencia..
‘° Resulta significativo. que la pennisión de afiliaciones individuales. es un argumento esgrimido por las autoridades laborales para negarle al CTA la personería como central sindical.
" Ia modalidad de sindicato s únicos por rama. afiliados a una central única. fue aceptada incluso por sectores de izquierda y el peronismo combativo. No se cuestionaban los moldes organizacionales, sino que se trataba. hipotéticamente. de apoderarse de su dirección. para luego democratizarlas y ponerlas «al servicio de los trabajadores». AI verse como central sindical . sin postularse como una CGT paralela. y sin reducirse a agrupar sindicatos con personería. se inaugura una modalidad inédi- ta por décadas de organización sindical. (Hubo en el pasado o bien una CGT «combativa», o bien «movimientos» que agrupaban diversos componentes. pero sin autodefinirse como central obrera. sino como oposición a la conducción cegetista. ) Creemos que es un gran avance en cuanto a la percepción del peso e influencia del modelo organizativo en sí. más allá de la ideologia de su direc- ción. o del grado de democracia interna que se aplique.
‘2 Se integraron al MTA . entre otros. los dos principales sindicatos del transporte (colectiveros y camioneros).
" Cf. Nun (1987). quién destaca las grandes dificultades para la organización y acción sindical derivados de las transformaciones producidas. En el mismo articulo se citan unas declaraciones periodísticas de JuanAlemann («la Nación, 9 de abril de 1987). quien hace el balance de la gestión Martínez de Hoz. no desde el ángulo macroeconómico. sino respecto al gran éxito alcanzado en el debilitamiento del poder sindical en particular y de la clase obrera en general.
“ Durante el mencionado conflicto por la educación pública de 1992. bastó que Menem invocara la posibilidad de que se volvieran a producir desapariciones, para que el nivel de movilización se retrajera. En realidad. el miedo como arma ideológica disuasiva. ha tenido un extenso uso en la Argentina postdictatorial. y sigue hasta el presente. A partir de 1989, al fantasma represivo, se unió el ofrecido por la posible reedición de la hiperinflación.
‘5 «El proceso de informatización de la sociedad y las diversas modalidades de «desindustrialización»
resentes. impulsadas muchas de ellas como mecanismos de salida a la crisis, han llevado a extender a naturaleza social del trabajo productivo, contexto en el cual pierde peso la figura del viejo obrero- fabril, creciendo la de un obrero más calificado. más preparado. con niveles de educación superior. con perfil fundamentalmente polivalente» Altamira C, op. citada.
‘Así la participación de los estatales en la cantidad de conflictos en el período 86-69 promedió el 66.3% frente a un 20% del sector servicios. y sólo un 13.4% del sector industrial. Fuente: Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.Para un análisis del tema ver:
Muñoz l. Campione. D: «La resistencia a la reestructuración del Estado» ponencia presentada en el
Congreso Alas 1991. publicada con modificaciones en el libro Estado y Sociedad Civil. DeAIfonsín a Menem , 1994,
‘7 Para el Gran Buenos Aires. a octubre de 1992. sobre un total de 3.179.167 asalariados, 860.482 trabajaban en la industria manufacturera. Io que representa el 27.04% de ese total. Aeso se le podría sumar el sector de la construcción. que tiene |27.l95 asalariados. que representa otro 4%.. (Fuente INDEC. Encuesta Permanente de Hogares.) Esta incidencia sectorial no descarta transformaciones al interior de la rama. que signifiquen aumentos de empleados. técnicos y profesionales.
"' Los Sindicatos que ahora integran el CTA, se negaron de entrada a integrar la CGT. los del MTA se integraron durante un tiempo. pero Ia abandonaron durante el período de vacancia. Sindicatos en situación crítica. como mecánicos y metalúrgicos. tienen presiones de las bases para abandonarla. El propio sindicato al que pertenece el actual secretario general (Antonio Cassia, de petroleros estatales), sufre importantes disidencias. como reacción de los trabajadores que se ven abandonados a su suerte. mientras los dirigentes mantienen el acatamiento al gobierno como única referencia para su acción.
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“’ La re tida «burocratización» de dirigentes honestos y combativos una vez que asumen cargos de direcci n, no puede ser leído desde el ángulo conspirativo, como traiciones, sino como la res uesta casi obligada frente a la inclusión en una burocracia muy estructurada, que tiende a «asimilar» a todo cuerpo extraño. Esto no es inexorable, pero el evitarlo requiere una cuota de habilidad y firmeza políticas, muy alta que por lógica la mayoría de los dirigentes no posee.
5° Mejora de la performance económica de un país no significa, en absoluto, me'ora en las condicio-
nes de vida y tra ajo de los asalariados. Este paisaje post ajuste es explorado en resser Pereira, et al. (1994)
5' Cierto pensamiento, desde una perspectiva que parte de los vastos resultados del ajuste estructural ya realizado, propone la recomposición de políticas sociales, y de instituciones públicas ligadas más estrechamente al bienestar que a la intervención en la acumulación capitalista. Esto sería posible de hacer sin amenazar de nuevo la capacidad de acumulación de los empresarios, como ocurrió de resultas del hiperdesarrollo del Estado de Bienestar Keynesiano. Bla postura es desarrollada con amplitud en Bresser Pereira, Maravall y Przeworski, Nuestra opinión es que el EBK era un modelo de organización que funcionaba como una totalidad, con los mercados internos de los respectivos paí- ses jugando un rol central, y en condiciones monetarias y de la economía real menos internacionalizadas que actualmente. Ese paradigma ha quebrado completamente. dando paso a un panorama signado or la reducción del aparato estatal, la apertura de la economía, y la desre ula- ción generalizada. n esas condiciones, el «compromiso de clase» que daba basamento al EB , es imposible)de recomponer. Para el concepto de compromiso de clase y de EBK, ver Offe y Przeworski, (ops. cits. .
’z La generación de un sindicalismo de empresa , «amarillista», y sin otra proyección que la subordi- nación a la respectiva patronal, sigue estando en el programa de amplios sectores bu ueses, pero hasta ahora no ha alcanzado vías importantes de concreción. Como ya dijimos más amba, los inten- tos de reformar la normativa sobre convenios colectivos y asociaciones gremiales, responde en parte a estos objetivos.
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En el centenario de Mariátegui
MARIATEGUI Y EL MARXISMO
Alberto J. Plá
orta vida. Nació en 1894 y
murió, inmovilizado en su si-
lla de ruedas, en 1930. Mariá-
tegui fué un símbolo de su
época que se convirtió en un ejemplo lúcido del compromiso de un marxista, acorde con la pretensión de Max, por la solidez y la originalidad de su pensamiento, por su actitud crí- tica y constructiva, por su actividad mi- litante tanto a nivel organizativo como ideológico.
Literato y bohemio, reunía la frescu- ra de su independencia intelectual con el compromiso de una militancia que él mismo construyó. Hablar sobre Mariátegui no puede nunca ser un en- gendro arnorfo de lugares comunes, ya que su vida y sus ideas son altamente comprometidas y no hay asepcia inte- lectual posible.
Figura contradictoria en muchos as- pectos como cuando defiende la nece- sidad de que los trabajadores tengan un «mito», que se va a combinar con la ortodoxia marxista de Marx y su método, el materialismo histórico, cuando sostiene que la lucha de clases es el motor de la historia. Hay en Mariátegui un pensamiento original que abarca la concepción de un socia-
lismo integral y de una acción organi- zativa concreta del mas alto nivel. Nunca teme quedarse casi solitario en sus planteos. No transige con los apa- ratos políticos y busca auténticamente la liberación del ser humano, a través del pensamiento y la acción enlazados dialécticamente. Un transgresor de su época, que hoy sería calificado por quienes hablan de una izquierda «creí- ble» como un «dinosaurio». Solo que esta clase de dinosaurios hacen a la historia profunda y los izquierdistas convivientes del sistema pasan sin de- jar rastros por la vida. La actividad creadora de Mariátegui está concentra- da en pocos años, entre 1924 y 1930, las fechas de su parálisis, cuando le deben amputar una pierna, y de su muerte el 16 de Abril de 1930. Esos seis años son el extracto significativo de su vida como marxista.
No se trata aquí de hacer su biogra- fía, sino de rescatar sus ideas y su acti- vidad más original y creadora, pero no se puede hacer abstracción del hom- bre de carne y hueso. Se inició traba- jando como linotipista en 1909 y pu- blica su primer articulo literario en 1914. Realiza una actividad literaria que ya le da prestigio y más adelante
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condena la dictadura de Leguía entro- nizada en Perú. Esto lo lleva al exilio, a partir de un acuerdo con las autori- dades para salir del país, que le permi- te conocer la Europa de la posguerra. Está allí entre 1919 y 1923, y si antes era un literato y un bohemio, ahora se vuelve marxista, pero sigue siendo bo- hemio. Se trata de esa sana bohemia intelectual que permite apartarse de esquemas prefigurados, de ciertos com- promisos intelectuales que son verda- deros chalecos de fuerza contra el pen- samiento creador. Apoya a la Revolu- ción Rusa, pero no se somete a justifi- car todo cuanto pasa allí y mucho me- nos en la Internacional Comunista. Su independencia intelectual y política va mucho más allá de la que. mostraria más adelante Gramsci, para poner un ejemplo cercano de su tiempo.
En sus años más creativos y desde su silla de ruedas reúne casi cotidiana- mente en su casa una verdadera tertu- lia de amigos y personas cercanas con las cuales se conversa de todo. Val- cárcel, en un testimonio personal so- bre Mariátegui, dice que en esas tenu- lias: «íbamos entendiendo cada vez más el planteamiento nuevo que c'l hizo del problema indígena, sacándolo de su ámbito puramente regional y aún nacional, para adherirlo al movimien- to universal de las clases oprimidas».
Mariátegui sólo publica una obra sis- temática, los Siete ensayos, pero sus artículos se colccciortan en decenas de volúmenes. Sin embargo, su vida inte- lectual era compromiso y militancia y no simple academicismo. En 1926 furt- da la revista Amauta, que se publicará durante cuatro años, siendo 1929 cl año
clave de su actividad: publica los Sie- te ensayos, bajo su iniciativa se cons- tituye por fin la Confederación Gene- ral del Trabajo de Perú (CGTP), em- pieza a publicar la revista Labor, esen- cial para el trabajo político y organi- zativo sindical, y en Octubre, bajo su orientación y después de romper defi- nitivamente con el APRA, funda el Partido Socialista de Perú (PSP). Todo concentrado en un símbolo de perso- nalidad y compromiso y como si apu- rara su vida en la conciencia de que le quedaban pocos años por delante. Al- gunos autores han dicho que Mariá- tegui fué un solitario porque no transi- gió con sus compañeros y amigos cua n- do tuvo que discrepar, por ejemplo, se apartó públicamente de Haya de La Torre cuando las diferencias se hicie- ron comprornetedoras y también en- frentó a la Tercera Internacional cuan- do el cstalinismo se consolidó como su fuerza orientadora. Pero eso no lo convierte en un solitario, aunque sí posiblemente en un luchador solitario, que no es lo mismo. Aún en su silla de ruedas privilegio siempre la relación con amigos y compañeros, militantes sindicales y políticos, periodistas, li- teratos y poetas, en el camino de su multifacética lucha por el desarrollo pleno del ser humano y contra todo tipo de aparato y sujeción. Pero convierte ahora que vayamos tratando con cier- to orden cir que’ consistió su pensa- ntiertto y acciórt creadora, a riesgo de simplificar la importancia de una la- bor heterogénea que como tal es inte- gradora de una única personalidad. Mi enfoque no pretende ser un vulgar «elo- gio», sino un acercamiento crítico y
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valorativo, y por eso reduciré lo que sigue a algunas pocas cuestiones sig- nificativas. Significativas para Mariá- tegui, que escribió sobre ellas, y si las destaco ahora es porque también lo son para mí. Y por cierto dejo de lado la polémica con otros autores con quie- nes puedo coincidir un poco, pero dis- crepo demasiado.
Las influencias intelectuales que re- cibió Mariátegui tuvieron dos orígenes, primero en Perú, y más tarde en Euro- pa. En Perú, Mariátegui recibió dos in- fluencias intelectuales significativas: las de González Prada y Valcárcel. La de Valcárcel por su «indigenismo», al que va a transfomtar significativamen- te, y la de González Prada, más am- plia, por su formación ideológica libertaria, que se expresa especialmen- te en su juventud.
Gonzalez Prada era, al decir de Quijano, de un «positivismo liberal» que transita hacia un «positivismo anarco», y que como tal se orienta a buscar la raíz de los problemas en los elementos morales y educacionales. Mariátegui acompaña la actitud críti- ca de algunos jóvenes que rodean a González Prada (allí estará también Haya de la Torre). Es Gonzalez Prada el que en 1918, año de su muerte, deja un texto incompleto (Nuestros indios) donde por primera vez se vincula al indio con la estructura de la propiedad agraria, según afirma Quijano, desta- cando lo que él llama rasgos feudales: caciquismo y gamonalismo. Este será un punto de partida para Mariátegui y su concepción del indio y la tierra, ubi- cándolos como parte del problema so- cial en Perú. Mientras tanto, se suce-
den ya huelgas obreras significativas y en 1919, después de varios intentos, se forma una central sindical bajo orientación anarquista y sindicalista. Es este tipo de sindicalismo el que ten- drá presente Mariátegui cuando en Europa experimente la influencia de Sorel y su planteo del sindicalismo re- volucionario. Así, indigenismo, sindi- calismo revolucionario y Revolución Rusa se conjugan en el momento for- mativo político de Mariátegui. Es de señalar que para esa época surgirá tam- bién Haya de la Torre, al calor del movimiento de la Reforma Universi- taria, quien a la larga será el gran ad- versario de Mariáteguii. Uno represen- tando un socialismo creador, el otro un nacionalismo de tinte popular.
Entre 1919 y 1923 Mariátegui está en Europa y allí recibe diversas influen- cias, aunque a veces contradictorias: de Gobetti y L’Ordine Nuovo y de las experiencias de las ocupaciones de fá- bricas en Turín y el Norte de Italia; de Sorel y del sindicalismo revoluciona- rio, por esa época enfrentado a los so- cialistas, y que Sorel caracteriza como expresión auténtica de la lucha de cla- ses. Sorel aparece así a veces cerca de los anarquistas, pero también a veces más cerca de Marx que muchos de los «marxistas» o socialistas de su época. Sorel justifica la violencia obrera con- tra la fuerza burguesa de represión, postulando y defendiendo lo que lla- ma «la subversión» contra «el orden». Y la influencia de Gramsci, que algu- nos autores han exagerado mucho, ya que fue marginal hasta 1923 y Gramsci escribe cuando Mariátegui ya está de regreso en Perú, no habiéndolo cono-
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cido en Italia. Por ahora es suficiente marcar que hubo grandes diferencias con Gramsci, ya que tanto se ha argu- mentado tratando de encontrar simili- tudes entre ambos. Aparte de que am- bos eran marxistas y tomaban ideas esenciales de Marx, cada uno tiene su propia personalidad. El rol de los inte- lectuales es distinto en los planteos de Mariátegui y de Gramsci, y Mariátegui rompe tempranamente con el mecanis- mo de las cinco etapas del estalinismo (el etapismo político), lo que lo enfren- ta sistemáticamente con la Intemacio- nal Comunista desde siempre. El indigenismo, la valoración de las co- munidades y la desvalorización de la burguesía peruana y latinoamericana a la cual califica de «inorgánica» e in- capaz de ninguna política de «libera- ción nacional», como en Perú preten- dían Haya de la Torre y la Intemacio- nar Comunista, son otros rasgos esen- ciales del pensamiento de Mariátegui.
Y veamos más de cerca la cuestión del indio o del indigenismo, esencial en su trabajo más sistemático. Para empezar por el principio, señalemos que frente a un planteo «indigenista» de tipo patemalista que era y lamenta- blemente sigue siendo común en quie- nes se ocupan de este «problema», aún con la más sincera dedicación, empie- za a surgir una línea de pensamiento que va a reivindicar la cuestión del in- dio como parte del problema social la- tinoamericano. Ya hemos mencionado a Gonzalez Prada; pero quien avanza más en esos años veinte es Luis E. Valcárcel. En un nuevo enfoque de la cuestión escribió Valcárcel en Tempes- tad sobre los Andes que data de 1927 -
mostrando el avance más serio de una posición indigenista en el Perú de esos años, ya que deja de lado el patema- lismo, aunque no profundiza enla cues- tión social: «Pro-indígena, Patronato, siempre el gesto del señor para el es- clavo, siempre el aire protector en el semblante de quien domina cinco si- glos. Nunca el gesto severo de justi- cia, nunca la palabra viril del hombre honrado, no vibraron jamás los true- nos de bíblica indignación. Ni los po- cos apóstoles que en tierra del Perú nacieron, pronunciaron jamás la santa palabra regeneradora. En femeniles espasmos de compasión y piedad por el pobrecito indio oprimido, transcu- rre la vida y pasan las generaciones. ¿No hay un alma vin'l que grite al in- dio ásperamente el sésamo salvador? Concluya una vez por todas la litera- tura lacrimosa de los indigenistas». Y en otro párrafo: «El Perú es indio! Pre- cisan cuantos siglos para darse cuenta de este hecho primordial. Ha sido ne- cesaria una evolución profunda en el pensamiento para que haya quien se atreva a proclamarlo así.» Y continúa Valcárcel en ese tono. Entre Gonzalez Prada, que ha ligado el problema indí- gena al de la tierra, y la reivindicación moral de Valcárcel, Mariátegui recibe una influencia global que quedará sis- tematizada en los Siete ensayos: la so- lución al problema indígena es parte de un mismo problema social de todas las clases oprimidas, y su solución sólo puede buscarse en una alternativa so- cialista.
Ya en 1926, había surgido en Cuzco un grupo que se llamó «Resurgimien- to», siempre en relación a Valcárcel,
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pero que ahora plantea en la revista Kuntur: «Todo tiempo pasado fue me- jor!, y ciñiéndonos a eso, queremos nue- vamente volver al régimen del inkario? Nada de eso, por mucho se ser perua- nos somos ya otros y nuestro nacimien- to no puede ser renacimiento; semillas de planta reviven la especie, pero no pueden revivir la planta madre».
La diferencia con Valcárcel es noto- ria, y de este conjunto surgirá la posi- ción madura de Mariátegui, debiéndo- se señalar que las diferencias con Valcárcel no anularon su vieja amis- tad. Más aún, será Valcárcel quien pau- latinamente se acercará a las posicio- nes de Mariátegui.
Mariátegui arrnoniza la defensa del indio con el marxismo. Sostiene que en e] Perú hay tres economías distin- tas: 1) rezagos de economía comunis- ta indígena, 2) orden feudal, 3) capita- lista y burguesa (pero con raíces feu- dales e incapaz de independizarse del imperialismo). Es necesario decir aho- ra que los textos de Marx sobre el Modo de Producción Asiático (que es- tán en los Grundrisse) y sobre la co- muna rural rusa sólo se conocieron después de 1930, o sea que Mariátegui no pudo tenerlos en cuenta, y de allí lo novedoso de su plante en 1928, y que mantiene aún hoy su vigencia.
Y dice Mariátegui que en la forma- ción socio-económica peruana se su- perponen aquellas tres formas econó- micas, o sea, diversos rnodos de pro- ducción que componen la formación socio- económica peruana. Como la burguesía es incapaz de realizar el paso al capitalismo, dada su alineación al imperialismo, la revolución democrá-
tico-burguesa no la puede hacer esa burguesía. Es objetivo de la revolución socialista cumplir con ambas tareas. Esto lo separa tempranamente de Haya de la Torre y de la Internacional Comu- nista y muestra una influencia ideoló- gica y política de Lenin (la revolución rusa) y de Trotsky (la revolución per- manente), ambos autores conocidos por Mariátegui a través de sus textos y sus actividades.
En su crítica al APRA dice Mariátegui en 1929 (citado por Martínez de la To- rre): «La emancipación de la ecortomía del país es posible únicamente por la acción de las masas proletarias solida- rias, con las luchas antimperialistas. Sólo la acción proletaria puede estimu- lar, y realizar después, las tareas de la revolución democrático-burguesa que el régimen burgués es incompetente para desarrollar y cumplir».
«Educar al indio sin darle tierra, es absurdo» dice Mariátegui. El proble- ma del indio es parte del problema so- cial peruano y tiene que ver con la ex- plotación capitalista. La lucha de cla- ses es la base en la cual se integra la reivindicación indígena que antes que nada, prioritariamente, es para elimi- nar las relaciones de servidumbre co- lonial aún existentes y reintegrarles la tierra. Indio y campesino en Perú son parte de la lucha social contra el irn- perialismo y la enfermiza burguesía local. Su valoración del indio como campesino (y la reivindicación de la tierra) fueron el motivo por el cual la Internacional Comunista lo calificó de «populista». Amauta desde 1926 es la revista testimonial más importante, en cuanto a esa posición de Mariátegui.
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El problema del indio no se ubica como problema étnico o racial, sino como parte de la revolución social que debe realizar el socialismo. Como se apre- cia, muy alejado del planteo de los comunistas de la época, que proponían fomtar una república guaraní indepen- diente.
A diferencia de Haya de la Torre, Mariátegui no cree que la pequeño- burguesía fuera el eje de la lucha antimperialista. Sostenía que en los países donrinados por el «pauperismo español» la clase media busca asilo como empleados del Estado. Y ello se relaciona con el raquítico desarrollo ca- pitalista. Sostiene que, en Perú, el 90% de la población eran «siervos más que proletarios» y que la lucha que llama- mos de «liberación nacional» (elimi- nación de la servidumbre) es parte del programa de la revolución socialista.
Mariátegui identifica al capital mo- nopólico internacional que explota a la clase obrera y trabajadores en gene- ral y sostiene que los países latinoa- mericanos llegan tarde a la disputa in- ternacional del capital. Nuestro desti- no ahora es ser colonias -afirma- ya que la burguesía no sólo no contraría los intereses del imperialismo, sino que su aspiración es asociarse a aquél.
Así, el nacionalismo es pura ideolo- gía para uso interno, ya que es imposi- ble una burguesía con sentido nacio- nal y progresista en América Latina. Para ejemplificar esto, tomará el caso de México y su Revolución, demos- trando la inconsecuencia de la peque- ño-burguesía, que tampoco puede di- rigir una revolución social. Y el ejem- plo mexicano es un caso máximo de
compromiso de sectores de clase me- dia con un proceso revolucionario, aun- que desde el principio bien diferencia- dos de los intereses de los indios/cam- pesinos zapatistas.
Dirá Mariátegui: «¿qué puede oponer a la penetración capitalista la más de- rnagógica pequeño-burguesía? Nada, sino palabras. Nada, sino una tempo- ral borrachera nacionalista» (en Punto de vista antimperialista). «El proble- ma nacional está supeditado al proble- ma de clase», escribió, y afirma: «En conclusión somos antimperialistas por- que somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como siste- ma antagónico llamado a sucederlo.»
Esta posición es esencial en el enfren- tamiento con Haya de la Torre, para quien hay que basarse en el problema nacional y no en el problema de clase para enfrentar al imperialismo. Haya es ctapista y se explica que goce de los favores de la Ill Internacional entre 1924 y 1929. En resumen, para Mariá- tegui el antirnperialismo es socialista o no lo es, mientras que para Haya de la Torre, con el argumento de que fue el imperialismo el que trajo el capita- lismo a Perú y a América Latina, lo justifica como una etapa necesaria a pesar de su carácter opresor. Esta po- lémica entre socialismo y nacionalis- mo en toda América latina sigue es- tando en la base de su historia del si- glo veinte. Y nacionalismos tan impor- tantes corno los que se desenvolvieron a posteriori en Brasil (varguismo), Ar- gentina (peronismo), México (priísmo oficial), Bolivia (movimientismo), et’c. terminaron por darle la razón a Mariá-
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tegui, y en el caso del Perú hasta Haya de la Torre y el aprismo pro-impe- rialista posterior lo mostraron así.
La polémica entre Mariátegui y Haya de la Torre sigue, por todo ello, siendo de las más importantes y explícitas. Haya gozando de los favores de la In- ternacional Comunista entre 1924- 1929 es exaltado por ésta como el Kuomintang peruano, nrodelo de revo- luciórr en China entre 1925 y 1927 y modelo de la revolución por etapas del estalinismo.
Por otra parte, en el nivel de la orga- nización del partido político, Ha ya sos- tenía que el APRA, fundado en 1924, era al mismo tiempo partido, frente y alianza, donde la clase media ejerce un liderazgo antimperialista. Mariátegui por su parte sostenía la necesidad de un partido obrero, socialista, con una ubicación política de clase, que a su vez puede hacer frente político con otras tendencias (Mariátegui adhiere a la concepción de Frente Unico de los primeros años de la Internacional Co- munista) y que debe luchar tanto por un «frente único antimperialista» como por un «frente único anticapitalista». Y al mismo tiempo amronizar ambas estrategias, donde el frente de clase an- ticapitalista le dará sentido a la lucha antimperialista. Frente a la revolución nacional de Haya y la Internacional Comunista, reivindica el carácter so- cialista de la revolución y de su direc- ción. la culminación del enfrentamien- to entre ambos se producirá en 1928. La crítica de Mariátegui al APRA ter- mina afimtando que abonará como tal por especulaciones electorales sin lle- var adelante los aspectos progresistas
de su programa. Haya replica y lo acu- sa de «demagogia tropical y absurdo sentirnentalisrno» y aflmta que «la re- volución la haremos nosotros sin men- cionar al socialismo, pero repartiendo las tierras y luchando contra el impe- rialismo». La claudicación definitiva del APRA fue en 1941, cuando se hace abiertamente pro-imperialista, apoya n- do a Estados Unidos y su política corr- tinental. La historia posterior delAPRA será consecuente con esta actitud, y por cierto no es una casualidad que en aquel momento se encontrara nueva- mente en la misma posición que el es- talirrisrno.
Mariátegui resuelve denunciar al APRA, que no puede ser partido sino a lo sumo un frente, y ante el hecho consumado, el grupo de Mariátegui forma en 1928 el Partido Socialista de Perú (PSP).
Las turbulentas relaciones con la In- ternacional Comunista sort el otro as- pecto político importante. En 1927 Mariátegui es detenido y cl gobierno clausura durante seis meses la revista Amauta, acusándolos de conspiración corttra el régimen. Dice Mariátegui: «Desmiento terminantemente mi su- puesta conexión con la central comu- nista de Rusia (o cualquiera otra de Europa o América) y afirmo que no existe documento alguno auténtico que pruebe esa conexión». No obstante se declara marxista y revolucionario, pero que no está en ninguna conspiración: «La palabra revolución tiene otra acep- ción y otro sentido» que la vieja tradi- ción de las «conspiraciones». Con todo ello ratifica su posición y toma distan- cia de la Internacional Comunista. Al
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fundar luego el PSP tratará de convivir con esa Internacional, pero ya veremos que enseguida surge la incompatibili- dad entre ambas posiciones y el intento apenas si dura alrededor de una año. Recordemos que 1927 es el año del trágico final de la Revolución China en manos de ese Kuomintang tan ala- bado por la Internacional Comunista y a quien le entregó no sólo confianza, sino la vida de millares de militantes comunistas chinos. Para ello la Inter- nacional Comunista contó con la ad- hesión incondicional de Haya de la Torre, el «Kuomintang peruano» se- gún los comunistas de la época. La In- ternacional, nuevamente de manera ecaniscista y sin realizar ninguna a tocrítica, va a dar un giro estratégi- co total a su política de alianzas, en su VI Congreso de 1928. En esa coyuntu- ra Mariátegui y su recién formado Par- tido Socialista participará de la Con- ferencia de Partidos Comunistas de América Latina que se realiza en Bue- nos Aires a mediados de 1929. Ya el hecho de no llamar comunista al nue- vo partido lo enfrenta a los aparatos de la Internacional. A la Conferencia de 1929 no puede concurrir Mariátegui, paralizado en su silla de ruedas, pero los delegados llevan dos proyectos de resolución redactados por Mariátegui. En el VI Congreso la Internacional ya aprobó su nueva línea conocida como «del tercer período» o de «clase con- tra clase», y Mariátegui se opone man- teniéndose en la defensa del Frente Unico, muy distinto al posterior frente popular que aprobará la Internacional cuando produzca un nuevo giro políti- co y cambie de nuevo de táctica, en su
último congreso, el séptimo, en 1935.
Los peruanos llevan a la Conferencia de 1929 dos proyectos de resolución: «El problema de las razas en América Latina» y «Punto de vista antimpe- rialista». Allí se sintetizan las concep- ciones de Mariátegui que hemos veni- do señalando. El aparato de la Intema- cional, encabezado en esta oportuni- dad por Vitorio Codovila, ataca furio- samente ambos documentos, dando inicio aquí al anti-mariateguismo de la Internacional. Mariátegui muere al año siguiente, pero la Internacional toma- rá a Mariátegui y al llamado «maria- teguismo» como el paradigma de todo lo que ella condena. Hay que llegar a la segunda posguerra mundial para que empiecen a cambiar los insultos y la condena por una cierta consideración, para mucho más adelante tratar de apropiarse de Mariátegui y de su lega- do político, trasvasado al lenguaje es- talinista que en el fondo es una tergi- versación del mismo.
En relación a todo esto, es oportuno señalar que Mariátegui ha sido men- cionado muy a menudo, por analistas o ensayistas que escribieron a poste- riori, como un «marxista heterodoxo». Conviene descifrar este galimatías. El calificativo de «heterodoxia» se utili- zó en la tradición estalinista y también burguesa para identificar a aquellos «marxistas» que se diferenciaban de Stalin y de la URSS. El poder de he- cho de la existencia de la URSS impu- so la falacia de que el «marxismo or- todoxo» era el estalinismo. Y ello a pesar de que siempre existieron mar- xistas que demostraron el carácter de esta falacia y que el estalinismo era
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sinónimo de anti- marxismo, por lo mecanicista, autoritario y represivo de su actividad. Ni el «etapismo», ni el «socialismo en un sólo país», ni el «so- cialismo de estado», ni la condena de la teoría de los modos de producción, ni el rechazo de la dialéctica por el formalismo más estrecho, propios del estalinismo, tienen nada que ver con Marx. Pero el estalinismo impuso su versión y la burguesía mundial lo avaló, con el objeto de atacar al mar- xismo cuando atacaba a la URSS. Mariátegui, desde un punto de vista teórico y también ideológico, fue mu- cho más ortodoxo, en la medida en que utilizó el método para sacar conclusio- nes propias y que en la actualidad la historia ya las ha justificado como in- finitamente más acertadas que las tor- pes decisiones burocráticas del estali- nismo. No es una casualidad que en su libroLa escena contemporánea no apa- rezca Stalin y en cambio sí muchos de los miembros de la Oposición de Iz- quierda. Conviene entonces señalar de qué hablamos cuando hacemos referen- cia al marxismo de Mariátegui. Hemos señalado la influencia de Sorel sobre Mariátegui. Sorel y Marx se com- binan en él. ¿Cómo influencian cada uno de ellos? Siempre sobre la base de la independencia intelectual de Mariá- tegui, que no se encasilla en consignas sino que discute ideas, hay aspectos de ambos autores en los argumentos que utiliza Mariátegui para analizar la rea- lidad peruana y latinoamericana. Asi- mismo es ostensible la figura de Trotsky que se manifiesta por lo me- nos en dos rasgos salientes: por un lado, en la definición del carácter socialista
de la revolución que Trotsky llamaba permanente, pues contenía tanto las ta-
- reas de la revolución democrático- bur-
guesa de liberación antimperialista que la burguesía es incapaz de realizar, lo que lleva a caracterizar un período llamado de «transición» ya que se combina con tareas propias del socialismo; y por otro lado es clara la influencia de la posición de Trotsky criticando el llamado «arte proletario» por Stalin, que se expresó en su libro Literatura y revolución.
Con respecto a Sorel, escribió este au- tor franoés en 1905, en Reflexiones so- bre la violencia: «Es necesario juzgar los mitos como medios de actuar sobre el presente... Es sólo el conjunto del mito lo que importa». En tal sentido, «la huel- ga general es el mito en el que el socia- lismo se encierra totalmente». Y Mariá- tegui concluye: «El proletariado tiene un mito... la revolución social» (El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, que data de 1930).
Mariátegui intenta utilizar la religión para darle otro contenido. Y es el mito el que la transforma. Ya se refiere a eso en los Siete ensayos, pero en EI alma matinal dice que la fuerza del proleta- riado reside en su mito y es así una fuer- za religiosa cuyos motivos «se han des- plazado del cielo a la tierra. No son di- vinos, son humanos, son sociales». Hay una confusión entre mito y religión, pero cuando los utiliza políticamente trata de darles un contenido muy concreto. No hay que despreciar en esto la influencia del voluntarismo de Bergson en su for- mación intelectual, aunque el mito, de acuerdo con Sorel, es el que llevará a través de la huelga general a plantearse el problema del poder.
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En Defensa del marxismo sostiene al tratar de unir aquello con Marx: «...cada acto del marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de convic- ción heroica y creadora, cuyo impulso sería absurdo buscar en un mediocre y pasivo sentimiento detemiinista». Y será en El alma matinal donde afirma que Lenin es el verdadero marxista, puesto que colocado en pugna con la realidad exclarna: «tanto peor para la realidad!».
Y agrega Mariátegui en ese mismo texto: «Ni la Razón ni la Ciencia pue- den satisfacer toda la necesidad de in- finito que hay en el hombre. La propia Razón se ha encargado de demostrar a los hombres que ella no les basta. Que únicamente el MITO posee la precio- sa virtud de llenar su yo profundo... El MITO mueve al hombre en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene sentido histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e ilu- minados por una creencia superior, por una esperanza superhumana: los demás hombres son el coro anónimo del dra- ma». Mariátegui asume la vida como riesgo, como acto heroico, en la línea del imperativo de Nietzsche de «vivir peligrosamente». Hay una mezcla de posiciones a las que Mariátegui les da su propio sentido. Así, a la posición de Bergson con su intuicionismo anti- ra- cionalista se le une la teoría de los mi- tos sociales de Sorel, todo lo cual tie- ne urr nuevo significado integrado al materialismo histórico de Marx, a su concepción de la lucha de clases y la necesidad imperiosa de una revolución social, socialista.
Y dice Mariátegui: «La civilización
burguesa sufre de la falta de un mito, de una fé, de una esperanza. Falta que es la expresión de su quiebra mate- rial...I_a burguesía no tiene ya mito al- guno. Se ha vuelto incrédula, escépti- ca, nihilista: el mito liberal renacentis- ta ha envejecido demasiado». Y luego: «El proletariado tiene un mito, la revo- lución social,’ hacia ese mito se mueve con una fe vehemente y activa. La bur- guesía niega, el proletariado afirma.»
Todo ello tiene un significado de pro- funda actualidad, ya que si la burgue- sía dejó de ser aquel «burgués conquis- tador» que señalaban los historiadores, para dejar paso a una actitud tecnocrá- tica simbolizada en el posmodernismo decadente, corrupto e insensible; el proletariado a su vez ha sufrido las transformaciones del capitalismo sin concretar su revolución social, por lo que el problema debe ser valorado para reinterpretarlo en las nuevas condicio- nes sociales vigentes en la actualidad. De todas maneras, el fondo de justi- cia, sensibilidad social y reivindicación histórica de las clases explotadas sigue teniendo la vigencia de una urgencia a concretar.
Y específicamente con re5pecto al marxismo escribió Mariátegui (carta al 2do. Congreso de la Federación Obre- ra de Lima, Enero de 1927): «El mar- xismo, del cual todos hablan pero muy pocos conocen y sobre todo, compren- den, es un nrétodo fundamentalmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algunos erró- neamente suponen, un cuerpo de prin- cipios, de ideas rígidas, igual para to- dos los climas históricos y todas las
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latitudes sociales. Marx extrajo su método de la entraña misma de la his- toria. El marxismo, en cada país, en cada pueblo, opera y acciona sobre el ambiente, sobre el medio, sin descui- dar ninguna de sus modalidades».
Y en El alma matinal, al definir la revolución que proclama como nece- saria: «La revolución no es una idílica apoteosis de ángeles del Renacimien- to, sino una dolorosa y tremenda bata- lla por crear un orden nuevo. Ninguna Revolución, ni la del Cristianismo, ni la Reforma, ni la de la burguesía, se ha cumplido sin tragedia. La revolución socialista, que mueve a los hombres al combate sin promesas ultraterre- nas...no puede ser una excepción a esta inexorable ley de la historia».
Mariátegui acontpañó la defensa de las ideas con una actividad compati- ble con las mismas en los diversos pla- nos de su accionar. Ya sea en el campo político como en el sindical o también en el nrás difuso de la literatura o el más concreto de la organización.
El Mariátegui marxista fue el pensa- dor más creativo y original de Améri- ca Latina y de allí su pennanente ac- tualidad. Se podrán encontrar insufi- ciencias, se podrá discrepar con algu- nos de sus planteos, pero siempre se- guirá siendo un punto de referencia absolutamente insoslayable. Su vida y su producción es la de aquellos años veinte; hoy han pasado ya setenta años y lo básico de su planteo muestra una validez y vigencia notable. La historia ha cruzado en diversos sentidos lo que se podía plantear en aquella época, pero mientras el mundo siga domina- do por el imperialismo y el capitalis-
mo sea el sistema en que vivimos, lo esencial sigue estando presente: el en- frentamiento entre Capital y Trabajo y la lucha de clases como expresión de la lucha social.
El capital ha cambiado, de monopo- lista como lo mencionaba Mariátegui, a transnacionalizado como existe hoy, pero Marx sigue vigente pues con su método y sus análisis es la única ma- nera en que se llega a entender el fun- cionamiento mismo de ese Capital. Cambiarán las formas, pero los conte- nidos esenciales perduran. Los nacio- nalismos del siglo XX en América La- tina transformarán matices, pero siem- pre fueron y siguen siendo parte del mismo sistema del Capital. Mariátegui tenía razón frente a Haya de la Torre y el marxismo sigue siendo la única res- puesta válida a las aberraciones del sis- tema capitalista mundial, pero también a los centrisnros contemporáneos de cualquier matiz. Estos centrismos que ya ni hablan de una posible «liberación nacional» en América Latina. Por el contrario, adoptan desenfadadamente la actitud de socios confiables del im- perialismo. Sean los llamados popu- lisrnos o los incorrectamente definidos ahora como movimientos de centro- izquierda, se han quedado vacíos de contenido, empezando porque el cerr- tro-izquierda no existe ni puede exis- tir, convirtiéndose siempre en una vul- gar actitud centrista que tarde o tem- prano se hace conviviente y más aún colaboradora del orden del capital y del imperialismo. No hay más que visua- lizar el bochorno del rnovimientismo boliviano, adalid hoy del «ajuste neoliberal», o del cardenisrno mexica-
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no que se ha convertido en servidor del sistema priísta para desarticular el zapatismo chiapaneco, o del Frente Grande de Argentina con sus líderes extraídos de] peronismo y que ante la vergüenza del peronismo menemista postulan volver a los viejos esquemas, pero que no se remiten a «combatir al capital» sino a la otra faceta del peronismo que es la «conciliación de capital y trabajo». Entre medio de ellos hay innumerables ejemplos más que abonan las viejas pero sólidas posicio- nes de Mariátegui.
En uno de sus últimos escritos (Pre- facio a El amauta atusparia, de 1930, que es uno de sus últimos textos antes de su muerte) especifica Mariátegui muy sintéticamente como entiende la relación socialismo-revolución-indige- nismo: «En nuestra América española, sernifeudal aún, la burguesía no ha sa- bido ni querido cumplir las tareas de la liquidación de la feudalidad. Des-
cendiente próxima de los colonizado- res españoles, le ha sido imposible apropiarse de las reivindicaciones de las masas campesinas. Toca al socia- lismo esta empresa. la doctrina socia- lista es la única que puede dar un sen- tido moderno, constructivo, a la causa indígena que, situada en su verdadero terreno social y económico, y elevada al plano de una política creadora y rea- lista, cuenta para la realización de esta empresa con la voluntad y disciplina de una clase que hoy hace su aparición en nuestro proceso histórico: el prole- tariado».
Si la audacia es consustanciarse con un ideal y tener un ideal es lo más her- moso en la vida, como pensaba Mariá- tegui, la conclusión es que vivir es ser audaz y que la vida es lucha e ideales. En palabras de Mariátegui: «progresar es realizar utopías».
Rosario, Octubre de 1994.
A MAUTA
Purtad: da Ámlufa, septiembre de 1525.
Ducumrntus Irlnucurulg.
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DOCUMENTOS Fondo Monetario Intemacional, Banco Mundial y GA'IT:
50 AÑOS BASTAN
o que sigue son extractos del ma- nifiesto con el que ha sido lan- zada la campaña «50 años bas- tan» en el Estado español.
En octubre de 1994, y coin- cidiendo con la conmemoración de los 50 años de su existencia, va a celebrarse en Madrid la Asamblea General del Fon- do Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), las dos institucio- nes financieras internacionales, contro- ladas por los países del «Norte», más poderosas a la hora de dictaminar las re- glas que rigen las relaciones entre Cen- tro y Periferia. A ellas habría que añadir el GATT, cuya creación fue decidida tam- bién al mismo tiempo, que regula las re- glas del libre comercio mundial, en be- neficio de las fuerzas hegemónicas eco- nómicas a escala planetaria, cuyos cen- tros de decisión se sitúan también en los países del Centro.
Basta con atender a los medios de comunicación para hacerse una idea de en qué consisten dichas relaciones, por mucho que trate de disfrazarse la rea- lidad tras discursos «bienintenciona- dos». La información que nos llega del exterior nos abruma con noticias so- bre el hambre en África, la miseria y las epidemias en América Latina, la brutal explotación de las poblaciones del sudeste asiático, el desmorona-
miento casi total de los antiguos paí- ses del Este... Pero ¿cómo se ha ido gestando esta situación, en qué punto nos encontramos hoy en día y cuáles son, de no cambiar las cosas, las pers- pectivas futuras?
La configuración de la «Economía Mundo» y la nueva división intema- cional del trabajo.
La división «Norte» - «Sur» se eo- mienza a gestar en los siglos XV y XVI, con las posibilidades de colonización de otras áreas del globo que brindan por aquel entonces, para las potencias europeas, la circunnavegación de Áfri- ca y el «Descubrimiento» de América. Es preciso señalar que, en aquella épo- ca, las diferencias de desarrollo entre las sociedades europeas y las periféri- cas eran limitadas, si bien la superiori- dad militar y de transporte de las po- tencias coloniales era considerable.
El proceso de colonización, que sig- nificaría el sometimiento, y en muchos casos el exterminio de pueblos y cul- turas que habían conseguido, en gene- ral, un cierto grado de equilibrio con su entorno ambiental, iría asignando a estos territorios periféricos el papel de suministradores de materias primas - minerales, maderas, algodón, eau-
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cho...- para cubrir las necesidades de las metrópolis respectivas. Y esta fun- ción, progresivamente intensificada más tarde por la industrialización, la irían desarrollando, sin grandes cam- bios, hasta la segunda mitad de este siglo, a pesar de los procesos de descolonización que se expanden des- de el siglo XIX.
En los últimos 50 años, una vez que acaba la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras diseñan, en 1944, el nuevo orden económico mundial en Bretton Woods -donde se decidirá la creación del F.M.l., el BM y el GATT- , bajo la hegemonía, en el área occi- dental, de Estados Unidos.
De esta forma, se asiste, por un lado, a una profundización de la integración y subordinación de estos territorios periféricos en un mercado mundial que cada vez responde de una manera más acusada a los intereses de los países del Centro, y que demanda crecientes cantidades de materias primas mine- rales y agropecuarias, produciéndose un salto cualitativo en el papel que ya venían desempeñando estos espacios. En concreto, se origina un desarrollo intenso de monocultivos, controlado por la industria del «agrobusiness», que adopta técnicas de producción agrícola enormemente consumidoras de energía y tremendamente depreda- doras y contaminantes del medio, irn- plicando una pérdida muy importante de biodiversidad. Estos monocultivos se orientan al mercado exterior, es de- cir, a llenar las despensas del «Norte», ocupando las mejores tierras, en detri- mento de una agricultura más diversi- ficada destinada al mercado interior.
En definitiva, la agricultura volcada hacia la exportación. que beneficia a las grandes empresas del «Norte» del sector agroalimentario y a las élites go- bernantes del «Tercer Mundo», se lle- va a cabo a costa de la satisfacción de las propias necesidades del «Sur». El «Tercer Mundo» dedica a cultivos de exportación una superficie similar a Europa. Asimismo, la extensión de la «dieta americana» en los países del «Norte», basado en un alto consumo proteico de origen animal, provoca la destrucción de selvas tropicales para su conversión en pastos con el fin de exportar carne a los mercados del Cen- tro; lo cual explica que casi el 40% de la producción mundial de cereales la consuma el ganado. Esto provoca una relación de proteínas desfavorable pa ra los países más necesitados y un gran impacto ambiental.
Y. por otro lado, también, se empie- za a desarrollar una Nueva División Internacional (NDI) del Trabajo, en especial desde fines de los sesentas, cuando entra en crisis el modelo de irr- dustrialización de la posguerra en los países del Centro. Esta NDI del traba- jo consiste en la descentralización, o descolocación. a ciertos países de la Peril'eria Sur, los llamados Nuevos Paí- ses lndustrializados, que se sitúan fun- damentalmente en el sudeste asiático (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwan, Malasia, Tailandia, Indone- sia... y recientemente, tarnbién, China) y en menor ntedida a otros países, como México, Brasil, Chile..., de de- terminados sectores reproductivos in- tensivos en mano de obra, manufactu- ras de baja tecnología o ciertos proce-
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sos industriales altamente contaminan- tes. Esto permite abaratar enonnemen- te los costos de producción por la con- diciones de hiperexplotación existen- tes err dichas áreas del planeta -en es- pecial en lo que a la mano de obra fe- menina se refiere-, posibilitando el mantener la capacidad de consumo en los países del Centro, hacia donde se dirige el grueso de estos productos, pues son, prácticamente, los únicos mercados solventes con capacidad de compra; o bien sortear las restriccio- nes que en relación con el entonro se imponen en el «Norte» a los sectores con mayor impacto sobre el medio. Esto determina una acusada disminu- ción del empleo industrial en los paí- ses del Centro, donde el desempleo se convierte en estructural, ante la inca- pacidad del sector servicios de absor- ber todo el empleo que es expulsado de la industria y la agricultura -resul- tado de la fuerte mecanización que lle- va aparejada la llamada «revolución verde»-. Hecho que contrasta con la si- tuación de pleno empleo en las socie- dades del Centro durante los años cin- cuerrtas y sesentas. Esta situación se ha visto considerablemente agravada por la actual recesión.
En esta intensificación de las rela- ciones ecorrórnicas globales, que se ha venido a conocer como «Economía Mundo», curnplirían un papel trascen- dental las instituciones que se crean en Bretton Woods, en especial en lo que a la concreción de las nuevas relaciones Centro - Periferia se refiere. El F.M.I. sería el organismo encargado de man- tener estables los tipos de cambio para facilitar el crecimiento del comercio
internacional, dotando, al mismo tient- po, de liquidez a los intercambios mun- diales.l El BM -aparte de su dedica- ción, en un primer momento, a la re- construcción europea- desempeñaría el papel imprescindible, de facilitar 3 la financiación internacional de los gran- des proyectos -de infraestructuras de transporte e hidráulicas, equipamien- tos energéticos, desarrollos a gropecua- rios...- que le iban a posibilitar al «Sur» desempeñar la nueva función que se le asignaba, lo cual conllevaría -y con- lleva- irnportantísirnos impactos sobre el entorno. Y el GATT establecería las nuevas reglas de comercio mundial, obligando a abrir progresivamente los mercados locales a los intereses eco- nómicos globales, lo que permitiría el desarrollo sin precedentes de las gran- des errrpresas trasnacionales de los países del «Norte», que son las que se benefician de este «libre» mercado planetario.A esta tarea también ha corr- tribuido decisivamente la actuación del Banco Mundial y del F.M.I..
El problema dela deuda externa, una carga mortal para los países de la Pe- riferia
En los años setentas, como conse- cuencia de las dos crisis energéticas, los precios del crudo en los mercados mundiales se dispararon, lo que pro- vocó un enorme flujo de capitales ha- cia los países de la OPEP -los llama- dos petrodólares-, que éstos colocaron en gran medida enel sistema financie- ro occidental. Los bancos comerciales de los países del Centro procedieron a conceder préstamos principalmente a los países de la Periferia Sur, y en mu-
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cha menor medida a los de la actual Periferia Este, ante el hecho de que las economías occidentales -como conse- cuencia de las políticas restrictivas de ajuste que se llevaron a cabo en esos años, para hacer frente a la crisis eco- nómica y energética- no podían absor- ber tamaña cantidad de capital. Estos préstamos: que se conceden con un re- ducido control, es decir, alegremente; que benefician casi exclusivamente a las élites gobernantes de los países de la Periferia -que en muchos casos eva- den directamente a países como Sui- za gran parte de estos préstamos-, fomentando el consumo suntuario; y que se utilizan en gran parte para fi- nanciar proyectos mastodónicos que poco -o nada- tienen que ver con las necesidades de desarrollo local, o para compra de armamento; son la causa, ante la incapacidad de hacer frente al pago de los créditos, de lo que en los ochentas se llegará a conocer como la crisis de la deuda externa. México es el primer país que se declara insolvente en relación con la devolución de la misma en 1982 y, más tarde, como si de fichas de dominó se tratara, este gra- vísimo problema acaba por afectar a todos los países de la Periferia. Y de- cimos gravísimo porque la deuda que en gran parte era privada, acaba sien- do asumida por los gobienros de la Pe- riferia, repercutiendo por consiguien- te esta losa en las poblaciones de di- chos países.
Ante este estado de cosas, los paí- ses del «Norte» toman cartas en el asunto, pues esta situación pone en peligro la solvencia de todo el sistema financiero internacional, y encargan al
F.M.I. que establezca las condiciones para que habiliten los créditos oportu- nos con el objetivo de dotar de liqui- dez a los países receptores; a fin de que, junto con las denominadas políticas de ajuste estructural, pudieran pagar al menos los intereses de la creciente deu- da extema. De esta forma, era posible solventar la quiebra de la estructura fi- nanciera internacional, al evitar dar formalmente por fallidos los créditos que habían dado a lugar al problema de la deuda. En el «Norte», también, esos créditos que se habían generado en la esfera privada, se transfieren poco a poco al ámbito público, haciéndose los Estados - en definitiva, los contri- buyentes- responsables de gran parte de este importantísimo agujero.
La aplicación de las políticas de ajuste estructural tiene unos efectos devastadores sobre las poblaciones de los países de la Periferia, pues se hace descansar sobre éstas el pago de la deu- da extema (recortes de subsidios esta- tales -especialmente a alimentos bási- cos: pan, sémola...-, reducción del gas- to social -edueación, sanidad, transpor- te públieo...- depresión de los salarios, restricciones al crédito privado para la pequeña y mediana actividad econó- mica, devaluación de las monedas res- pectivas...), provocando importantes estallidos sociales que se han llegado a conocer como las «revueltas del ham- bre»; ejemplos de ello son las explo-
siones populares de carácter puntual
originadas en su día en Caracas, Bue- nos Aires, Túnez, Casablanca, El Cairo... Para sofocar estas revueltas es preciso recurrir a los ejércitos respec- tivos, debido a la magnitud de las mis-
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mas, causando decenas y hasta cente- nas de muertos. Y también sirven es- tas políticas para obligar a los países respectivos a abrir aún más sus econo- mías al mercado mundial, en benefi- cio de los países del Centro; y para orientar su producción, aún más, a la exportación, pues los Estados de la Periferia se veían impelidos a obtener divisas fuertes con el fin de pagar el servicio de la deuda. Pero tanto el F.M.I. como BM dictaminan que este ajuste es necesario para propiciar, más tarde, el «desarrollo». En definitiva, la deuda externa -de carácter práctica- mente incobrable- se ha convertido en un mecanismo de subyugación trascen- dental para que el «Norte» imponga su dikIat sobre el «Sur», haciendo cada día más dependientes las economías de los países del «Tercer Mundo» del «li- bre» mercado mundial.
En los últimos años, y ante la cre- ciente oposición que se desarrollaba desde principios de los ochentas, tanto en los países del «Norte» como del «Sur», a los proyectos y políticas del BM y F.M.l., estas instituciones están adoptando una serie de cambios cos- méticos -tal y como han denunciado algunas organizaciones internaciona- les- que para nada cambian el carácter principal de su actuación, con el obje- tivo de hacer frente a la avalancha de críticas que suscita su gestión. Estos cambios van desde la creación, por parte del BM, de un departamento de medio ambiente, de índole periférica, a la apertura de una oficina de rela- ción con ONGs, pasando por el esta- blecimiento de escuálidos canales de información pública acerca de los pro-
yectos de] BM. Estas reformas inten- tan contrarrestar las denuncias acerca del impacto ambiental que ocasionan los megaproyectos del Banco, y paliar las acusaciones del secretismo, falta de democracia y ausencia de control ex- terno que se achaca a esta institución. En cuanto al F.M.l., este organismo ha introducido la necesidad de acompañar los programas de ajuste estructural de ciertas medidas, corno la creación de las llamadas «social safety nets», de carác- ter simbólico y cobertura limitada, para tratar de limar aquellos problemas de agudización de pobreza más acuciantes que conlleva la aplicación de sus polí- ticas, y paliar la creciente oposición que ocasionan las mismas.
Estas reformas son incapaces de ocultar que la pobreza se dispara en el mundo, en especial en la Periferia, a pesar de que el BM lleva actuando casi 50 años, y de que el objetivo principal de esta institución, en teoría, es impul- sar el desarrollo en este ámbito; una institución de carácter financiero que, al contrario que los bancos comercia- les privados, no está sometida a nin- guna inspección de carácter contable, y cuyos riesgos y desmanes son sopor- tados por los contribuyentes de los paí- ses «ricos» y sobrepagados por los ha- bitantes de los países «pobres». Y que los proyectos que impulsa el BM en el presente, o los que están previstos en el próximo futuro, tal y como han de- nunciado organizaciones ecologistas de Estados Unidos, implicarán el despla- zamiento de unos cuatro millones de personas, entre ellas muchas comuni- dades indígenas. Por último , es preci- so resaltar que las políticas del BM y
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del F.M.I. condicionan, en muchos ca- sos, la actuación de los gobiernos y parlamentos de los pa íses de la Perife- ria durante varias legislaturas, convir- tiendo en una nrascarada la democra- cia y la participación popular.
Las crecientes desigualdades mun- diales y las causas subyacentes al cre- cimiento de los países del Centro en los ochentas
La situación a escala planetaria ern- peora de año en año. La década de los ochentas ha supuesto una dramática profundización de la brecha abierta en- tre el «Norte» y el «Sur». En el caso de Latinoamérica, estos años se consi- deran en círculos oficiales internacio- nales corno la «década perdida», aun- que cabría denominarla mejor la «dé- cada robada», por la aguda depau- peración que han experimentado sus sociedades. En el caso de África, aban- donada definitivamente a su suerte. y de Asia, sometida a la sobreexplota- ción dentro de la nueva división inter- nacional de trabajo, tampoco ha habi- do motivos para secundar la euforia que ha irnperado en el «Norte» durante es- tos dos lustros.
Estos años de euforia entre crisis que acabamos de disfrutar en el «Norte», no han respondido a aumentos de pro- ductividad en las fábricas, ni en las oficinas y servicios de los países del Centro, ni a cambios cualitativos irn- portarrtes. Incluso, el papel real de las nuevas tecnologías ha sido muy dudo- so dentro de este supuesto despegue económico.
La euforia del «Primer Mundo» ha correspondido a un mercado más cerr-
trado en la llamada «burbuja financie- ra» -que se inicia con el reciclaje de los petrodólares y que se intensifica en los ochentas con la liberación de los mercados financieros mundiales- que en la producción, separándose progre- sivamente la economía financiera de la economía real. Y el crecimiento del «Norte» ha estado apoyado principal- mente en fenómenos y mecanismos de explotación y saqueo globales:
- El desplome de los precios de las materias primas producidas por el «Sur» en los mercados mundiales, con- trolados por los países del Centro y cuyo funcionamiento responde a los intereses de sus empresas trasna- cionales. Esta caída de los precios ha estado propiciada, en gran medida, por las políticas de ajuste estructural im- puestas por el F.M.l. a los países de la Periferia Sur para garantizar el pago de la deuda externa.
- El descenso del precio del petró- leo tras la crisis de la OPEP en los pri- nreros años ochentas. Crisis que se pro- movió desde el «Norte» a través del control político y militar de los princi- pales productores de crudo: las monar- quías del golfo Pérsico, lo que ha be- neficiado substancialrnente a las eco- nomías de los «países desarrollados».
- Los flujos de capital «Sur»-»Nor- te» que se establecieron en la pasada década como consecuencia de las po- líticas de ajuste estructural que obliga a establecer el «Norte» a los países del «Sur». Lo cual convierte a éstos, rizan- do el rizo, en exportadores netos de capital. De cualquier forma, estas po- líticas no consiguen disminuir el volu- men de la deuda y las últimas medidas
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están suponiendo la quiebra de las eco- nomías de la Periferia y la venta, a pre- cios de saldo, de sus mejores empre- sas y recursos públicos: compañías fe- rroviarias, de telecomunicaciones, de producción de energía..., así como po- zos petroleros y yacimientos de gas, que pasan a manos de grandes empre- sas trasnacionales.
Otra consecuencia que han traído las políticas de ajuste estructural en los países del «Sur» y que ayudaron a ci- mentar la pasada sensación de euforia en el «Norte» ha sido la posibilidad de la expansión del turismo de masas a países exóticos para amplios sectores de las poblaciones del Centro. La caí- da de los niveles de vida en dichos paí- ses y la devaluación de sus monedas, así como el abaratarniento de los pre- cios del petróleo y la concentración de riqueza en el «Primer Mundo», han hecho posible un fenómeno de esta na- turaleza: fenómeno que sólo beneficia a 10s sectores dominantes de los países de la Periferia -aparte, por supuesto, de a los grandes «Tour Operadores»- y que comporta importantes impactos ambientales.
La inviabilidad del mantenimien- to del erecinriento en el «Norte» y la creciente inmanejabilidad de los de- sequilibrios acumulados
Así, pues, el crecimiento de la pa- sada década del área occidental es pro- ducto directa o indirectamente de la de- gradación y la superexplotaeión de los países de la Periferia Sur. Y, además, ha provocado unos desequilibrios eco- nómicos, sociales y medio-ambienta- les no sólo en la Periferia sino también
en el propio Centro, que comienzan ya a ser inmanejables. En concreto, los de- sequilibrios medio-ambientales que ge- nera el despliegue planetario del pre- sente modelo productivo están empe- zando a suponer un freno a su libre evo- lución.Así, por ejemplo: el cambio cli- mático, consecuencia directa del efec- to invernadero que ocasionan unas for- mas de producción y consumo que cada día implican una creciente demanda de movilidad motorizada y un mayor con- sumo de energía, a pesar de la mayor eficiencia tecnológica lograda, lo que obliga a depender de forma creciente de los llamados combustibles fósiles - hecho que dispara las emisiones de C02-, de carácter no renovable, y de la energía nuclear; la deforestación, especialmente grave en los bosques tro- picales, la pérdida de suelo fértil, como resultado de las prácticas agrícolas in- tensivas, y la aceleración de los proce- sos erosivos, con el consiguiente avan- ce de los desiertos; la contaminación y el agotamiento de recursos naturales, especialmente grave en el caso de los recursos hídricos, que está dando lu- gar ya a conflictos políticos y milita- res en ciertas áreas del Globo, y que presentan especial gravedad en la zona de Oriente Medio; la progresiva des- aparición de la capa de ozono, como resultado de ciertos procesos produc- tivos y del transporte aéreo, que puede tener gravísirnas consecuencias pa ra la especie humana y la vida, en general, en el planeta; el incremento imparable de la generación de residuos, en espe- cial aquellos de carácter tóxico -mu- chos de los cuales se exportan directa- mente a la Periferia-, que comporta un
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elevado costo de gestión y «elimina- ción», abundantes conflictos sociales y un alto riesgo de contaminación del entorno -aire, agua, suelos...-.
Sin embargo, el modelo necesita seguir creciendo cuantitativamente, pues en este crecimiento continuo está la clave de la concentración de rique- za en determinados sectores sociales del «Norte». De esta forma, se ha ele- gido la huida hacia delante, es decir, más de lo mismo. Se intenta, como sea, seguir profundizando la dinámica de globalización de los mercados, y de esta forma cabría entender los nuevos acuerdos del GATT de la denominada Ronda de Uruguay, que forzarán una
aún mayor apertura de los distintos.
mercados locales a la lógica del mer- cado mundial, convirtiendo el planeta en un espacio sin fronteras en benefi- cio de las empresas trasnacionales, que operarán sin someterse a ningún con- trol, 3 esta apertura, sin embargo, es selectiva, pues los países del «Norte» mantienen en gran medida inaccesible sus mercados para aquellos productos del «Sur» que pueden entrar en com- petencia con su propia producción. Mientras tanto, y en paralelo, los tres grandes bloques -Estados Unidos, Co- munidad Europea y Japón- intentan ampliar sus áreas de influencia, con- solidando mercados aun más amplios.4 Lo mismo ocurre, aunque en menor escala, en áreas de la Periferia Sur.
Todo ello, junto con:
- La tendencia de reducción y restructuración del gasto público por parte de los Estados del Centro, de acuerdo con las recomendaciones del F.M.l., que señalan la necesidad de
aminorar drásticamente los déficits pú- blicos, ya que estos son, de acuerdo con su valoración, el principal obstáculo para lograr un crecimiento sostenido.
- La obligación por parte de los go- biernos de orientar el gasto público hacia los gastos «productivos» -se con- sideran así aquellos gastos del Estado destinados a la inversión (principalmen- te creación de infraestructuras: de trans- porte, hidráulicas, energéticas, de tele- comunicación) que impulsan el creci- miento- y reducir los gastos «impro- ductivos», esto es, aquellos de carác- ter social (gastos de desempleo, ayuda social, sanidad, educación...) que ac- túan como freno al crecimiento eco- nómico.
- Y la modificación, adicional, de las vías de financiación del gasto pú- blico, con el fin de aligerar la contri- bución al mismo de las rentas del ca- pital y las grandes fortunas y hacer que recaiga la imposición fiscal sobre las rentas salariales, profesionales y la pequeña propiedad... hará que se in- tensifiquen aún más los presentes de- sequilibrios económicos, sociales y medioambientales planetarios.
La justificación oficial que se es- grime es que esto creará, junto con la liberalización -y precarización- total del mercado de trabajo -recomenda- da también por el F.M.I.-, el clima adecuado para la inversión, lo que ac- tivará el crecimiento que derivará en la creación de empleo, permitiendo que la riqueza se filtre de arriba aba- jo. Cuando este modelo de crecimien- to provoca absolutamente lo contra- rio, es decir, que la riqueza fluya, cada vez más de abajo arriba.
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En definitiva, se agudizarán los de- sequilibrios internos de las sociedades del Centro, poniéndose en la picota, definitivamente, el Estado del Bienes- tar, cuyos potenciales beneficiarios serán una porción progresivamente más limitada de sus poblaciones, cre- ciendo paulatinamente aquellos secto- res que se sitúan en los márgenes sin ningún tipo de prestaciones. Esta di- námica será especialmente grave en las principales metrópolis, donde se frag- mentan y dualizan las estructuras so- ciales, creciendo de forma imparable las nuevas formas de pobreza, los mar- ginados de todo tipo y los «sin techo». Y asimismo, se ahondará hasta límites inconcebibles la desigualdad «Norte»- »Sur», deteriorándose aún más los tér- minos de intercambio. Pero ésta es la única vía que apurtta el BM para el «desarrollo» del «Sur». Sólo abriendo aún más sus economías al libre merca- do mundial se garantizará el crecimien- to -es decir la concentración de la ri- queza en los países del «Norte» -que redundará posteriormente en un «desa- rrollo» sostenido del «TerCer Mundo», sacándolo «por fin» de la postración.
La estrategia es de locos, es un in- tento de dar una vuelta de tuerca, to- davía mayor, a la política ya aplicada en los ochentas, lo que disparará los desequilibrios de forma, seguramen- te, incontrolable. Y aun así el tan de- seado crecimiento no acaba de mani- festarse, pues los males que aquejan, desde la propia dinámica económica interna, al actual nrodelo productivo, son mucho más graves que la capaci- dad de «curación» de la medicina que se intenta aplicar.
Además, el crecimiento que se pro- duce en la actualidad es un «crecimien- to sin empleo»,5 según han manifesta- do las propias Naciones Unidas, sien- do preciso que los países del Centro crezcan por encima del 3,5% anual para que se genere empleo mundial neto. Pero un crecimiento del 3,5% anual durante 20 años significa dupli- car las cifras del PBI mundial, y ya hoy en día la economía humana utiliza, o mejor dicho, vampiriza, un 40% de la biomasa del planeta, transfonnándola en alimentos combustibles, textiles, materiales de construcción... lo cual significaría que en sólo 20 años, y sin que se hubiese generado empleo neto, una sola especie, la especie humana, especialmente una minoría dentro de ella, estaría dilapidando el 80% de la biomasa del planeta, si es que ello es factible como resultado de las altera- ciones ambientales que se generarían.
Tras la Cumbre de Río, que derivó en un rotundo fracaso de cara a hacer frente a los problemas ambientales y de desarrollo mundiales, se intenta dotar de un falso velo «verde» a las políticas económicas globales, con el fín de desplegar un mecanismo de si- mulación más en relación, fundamen- talmente, con la «opinión pública» de los países del Centro. En este sentido, se aprueban los llamados GEFs (Glo- bal Environmental Facilities), que deberían convertirse en los instrumen- tos de financiación de los «costos incrementales» que supondrían llevar a cabo los acuerdos derivados de los Tratados sobre Cambio Climático y Biodiversidad firmados en la Cumbre de la Tierra, que no implican determi-
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naciones vinculantes y que se hayan todavía sin ratificar. Los GEFs que, caso de aprobarse,‘ pasarían a ser ges- tionados principalmente por el «eco- logista» Banco Mundial, no suponen, en ningúrt caso, poner en cuestión la lógica depredadora y quebrantadora de los recursos y ciclos vitales que impli- ca el actual modelo productivo. Ade- más, el volumen de recursos que se preveía destinar a los GEFs es ridículo (el 2% del presupuesto del Banco Mun- dial) y su filosofía es «ayudar» a los países más «pobres» a intentar paliar los problemas ambientales que indu- cen en sus territorios la aplicación de las políticas de «desarrollo» que bene- fician al «Norte».
Lo mismo se puede decir de los in- tentos de conversión de deuda externa por naturaleza, que no es sino un me- canismc de apropiación de aquellas áreas de gran valor natural que aún no tienen dueño -pues a las poblaciones indígenas no se les considera como ta- les en los países del «Sur».
De cara al futuro, y aprovechando el quincuagésirno aniversario de Bretton Woods, el BM, el F.M.I. y el GATT, así como las fuerzas hegemó- nicas económicas mundiales están planteando la urgencia de una actuali- zación del papel de estas instituciones ante una economía crecientemente globalizada, y demandan -o, mejor di- cho, exigen- un mayor poder, aún, so- bre los Estados-nación ante la «impa- rable necesidad» de mundialización de los mercados y del capital. Al mismo tiempo, utilizarán la celebración para hacer un marketing planetario del pa- pel «tan importante y benefactor» que
cumplen estas instituciones en el pre- sente y el futuro de la humanidad.
La transformación de los países del Este a la economía de mercado: una bomba de relojería adicional
Al panorama desolador anterior- mente descrito, se añade otra amenaza potencial, o más bien tremendamente real: la situación que se está creando en los antiguos países del Este -aque- llos que sufrieron durante décadas fe- roces procesos industrializadores, con gravísimas repercusiones ambientales, impuestos por los intereses de las no- rnenclaturas de sus sistemas burocráti- cos- como consecuencia de la transfor- mación de sus economías «centralmen- te planificadas» a la lógica del «libre mercado». En su pugna durante años por el dominio planetario,7 que se plas- rnaría después de la Segunda Guerra Mundial en el llamado «Equilibrio del Terror» característico de la Guerra Fría, la confrontación Oeste-Este se ha de- cantado -tras la caída del Muro de Ber- lírt en 1989, que precipitó el colapso de los regímenes burocráticos del lla- mado «socialismo real»- definitiva- mente a favor de Occidente.
Después de la situación creada en amplias áreas del «Tercer Mundo» du- rante los años sesentas y setentas, cuan- do el apoyo de la ex URSS a los Movi- mientos de Liberación Nacional per- mitía, a través de su progresivo con- trol, la expansión de su área de in- fluencia (Vietnam, Angola, Mozam- bique...), cercenando la hegemonía de Occidente en los países de la Periferia Sur, la brutal carrera de amtamentos que impone Estados Unidos en los ochentas obligó al gigante soviético a
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destinar cuantiosos recursos económi- cos para hacer frente a esta amenaza, lo que profundizó los desequilibrios que ya se manifestaban en estas socie- dades y aceleró su derrumbe; esta si- tuación agravó fuertemente los proble- mas de la deuda externa del «Tercer Mundo», por la elevación de los inte- reses que trajo consigo, con el objeti- vo de captar para la economía estado- unidense capitales del resto del mun- do a fin de financiar la locura amia- mentista; y por la consiguiente sobre- valoración del dólar que ello produjo.
Este panorama de crisis larvada ya había obligado, en los ochentas, a algu- nos de estos países a abrirse tenuernente a la llamada «Economía Mundo» coman- dada por Occidente, y a solicitar présta- mos en divisas fuertes que luego no po- drían devolver. La deuda externa de los países del Este, de una cuantía muy inferior a la Periferia Sur -pues alcan- za en la actualidad unos 200 mil mi- llones de dólares-, pasa a ser controla- da, del mismo modo, en cuanto a las condiciones de ajuste impuestas para su devolución, así como para acceder a nuevos créditos, por el F.M.I..
E, igualmente, es a los expertos -o, mejor dicho, a los burócratas con suel- dos fabulosos- del F.M.I. y el BM, a los que el llamado Grupo de los Siete Grandes (el G-7) delega la definición de la forma en que las economías de estos países deben proceder a su trans- formación al «libre mercado», a tra- vés de las políticas de ajuste corres- pondientes, y las modalidades que debe ad0ptar su inserción en la llamada «Economía Mundo». Estos organismos son en gran parte responsables de las
condiciones de miseria generalizada en que se están sumiendo las poblaciones de los antiguos países del Este, y están en connivencia con las mafias de todo tipo que están predominando en dicho ámbito geográfico y que venden a pre- cio de saldo la infraestructura indus- trial y los recursos de todo tipo exis- tentes en sus territorios al capital occi- dental, siendo coparticipes de este tre- mendo latrocinio. Es curioso observar cómo las «medidas de ayuda» aproba- das por los ministros del G-7 en Tokio, incluyen inversiones para mejorar la infraestructura de explotación de los ya- cimientos petrolíferos y de gas de Siberia, que pasarán a ser controlados por empresas occidentales, y el resto se condicionan a la aceleración de las re- fomtas privatizadoras que beneficiarán también al capital de los principales países del Centro, o a la compra de pro- ductos excedentarios del «Norte», lo que favorecerá a los mismos intereses.
De esta forma, el papel que estos países van a jugar en el concierto mun- dial, tal y como está siendo diseñado por el F.M.I. y el BM, será claramente dependiente y subordinado con respec- to al Centro a pesar de su antiguo po- derío político-militar, configurándose como una nueva gran área periférica: la Periferia Este. Lo cual era patente desde el inicio de su transformación a la econonría de mercado, a pesar de la fascinación -generada a través de los mass media- que producía en un prin- cipio a la población de esos países la posibilidad de alcanzar la capacidad de consumo del Centro capitalista,8 he- cho que determinó, en su día, el apoyo sin reservas a la transición al «libre
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mercado», ayudado igualmente por el rechazo masivo al sistema burocrático que se desmoronaba por aquel enton- ces. Esta situación determinará un in- cremento de la competencia entre los países de la Periferia Este y aquellos de la Periferia Sur en su intento por penetrar con sus productos elaborados o materias primas en los únicos mer- cados solventes: los del «Norte», re- dundando en un colapso aún mayor de las relaciones de intercambio y, por consiguiente, en un empobrecimiento generalizado de ambas Periferias en beneficio exclusivo del Centro.
La «bomba demográfica», la hiper- urbanización de la Periferia Sur y la
intensificación de las migraciones.
ambientales y de las corrientes de po- blación Periferia-Centro
Si a todo esto añadimos el gran in- cremento de la población previsto, es- pecialmente en la Periferia Sur y en concreto en el continente Africano, donde se desarrollan las más altas ta- sas de natalidad; siendo esta «bomba demográfica», tal y como le gusta de- nominarla al BM, resultado del dislo- camiento de los mecanismos endó- genos de regulación demográfica tra- dicionales de estas sociedades, como consecuencia de la imposición de un detemn'nado modelo económico de los países de] centro, y no tanto de los ade- lantos técnicos y sanitarios." Y los pro- cesos paralelos de hiperurbanización que se disparan en el «Tercer Mundo»lo desarrollándose el fenómeno de las megaciudades: concentraciones urba- nas por encima de los 10, 15 o hasta 20 millones de habitantes (como Méxi-
co, Sao Paulo, Shanghai, Calcuta, Bombay...), que son consecuencia tanto de las altas tasas de crecimiento de- mográfico como de la destrucción de las economías agraria locales, propi- ciadas por la lógica del mercado mun- dial, que obligan a las poblaciones mundiales a emigrar a estas grandes urbes. Es fácil de comprender que la proliferación de conflictos de todo tipo esté servida.
Desde la proliferación de las «mi- graciones ambientales» derivadas del deterioro de los hábitats de gran parte de la Periferia que ya obliga hoy en día a millones de personas a cruzar las fronteras,ll y que generará problemas sin precedentes en el futuro. A la in- tensificación de las migraciones eco- nómicas, que se verán activadas por las brutales diferencias de las estructuras de edades de las pirámides de pobla- ción del Centro y la Periferia, hecho que provocará una tremenda presión migratoria, desde las Periferias Sur y Este sobre las fortalezas del «Norte», que levantarán muros de todas clases - lo están haciendo ya económicos, físi- cos, policiales y hasta militares, para preservar sus territorios de esta poten- cia avalancha humana-. Paradójica- mente, una vez que cambia el signo de las corrientes migratorias (pues hasta hace pocas décadas eran los países del Centro, y en concreto Europa, los que exportaban los excedentes de población a la Periferia, en paralelo con la expan- sión de los procesos de colonización), el «Norte» se atrinchera. Eso sí, dejan- do ciertos resquicios, como ya se dan hoy en día, para que penetre una ínfima parte de este enorme tropel, con el fin
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de realizar los trabajos más penosos, o bien para captar los cerebros más dota- dos y el personal más formado.
En el campo de la problemática de- mográfica nos volvemos a encontrar, una vez más, la mano, en este caso vi- sible, del BM y del F.M.I., que obliga, como parte de las políticas de ajuste estructural, a establecerá los países re- ceptores de créditos en divisas fuertes, una política demográfica represiva, dictada desde el Centro con criterios políticos, con el objetivo de eliminar a los pobres, por la amenaza potencial que pueden significar, y no la pobreza. Al calor de esta política se han corne- tido -y cometen- verdaderas bestiali- dades entre las mujeres del «Tercer Mundo». De esta forma, las políticas demográficas en el «Sur» no están orientadas aincrementar los niveles educativos, de bienestar y de salud, que permitan a las mujeres decidir autóno- mamente sobre la cantidad de hijos que desean tener, que es lo que ha hecho que la natalidad se redujera en Occi- dente. Y, por tanto, no es de extrañar que el método anticonceptivo más «uti- lizado» en la Periferia, en el 45% de los casos, sea la esterilización. Mien- tras que, por otra parte, las políticas demográficas en el Centro se preocu- pan por la disminución de la raza blan- ca, gastándose cantidades astronómi- cas en el fomento de la natalidad y en las técnicas de reproducción asistida.
En definitiva, desde el BM y el F.M.I., se intenta poner énfasis en que los problemas de seguridad y ambien- tales planetarios se plantean como re- sultado de que existen muchos pobres, que se reproducen sin control, y que
su existencia presiona sobre un medio frágil, degradando el entonro y profun- dizando la miseria. Pero se ocultan las causas que provocan estos procesos, y se enmascara que las densidades de población de los países del Centro son en muchos casos muy superiores a los de la Periferia, así como que los nive- les de consumo de la gran mayoría de la población de los países del «Primer Mundo» son bastante más elevados que los de las poblaciones de la Periferia (por ejemplo, un ciudadano estadouni- dense consume 300 veces más energía que uno de Bangladesh), con lo que la demanda de recursos y el impacto so- bre el entorno del habitante tipo del «Norte» es muchas veces superior al de los pobres de la Periferia que ali- mentan la llamada «Bomba Demográ- fica». Es decir, se intenta culpabilizar a los pobres de su miseria y de los pro- blemas ambientales globales, a] tiem- po que se proyecta especialmente so- bre las mujeres del «Tercer Mundo» la responsabilidad de este estado de co- sas, con el fin de que «acepten» sin re- sistencia las políticas demográficas que se diseñan desde el «Norte». Un dis- curso perfecto para las poblaciones normalizadas del Centro, pues permi- te lavar sus conciencias, al proyectar sobre los desheredados del planeta los males que nos aquejan, mientras que, en paralelo, se defienden los intereses de los poderosos.
Finalmente, es preciso resaltar un hecho a menudo olvidado: según las Naciones Unidas. las mujeres en todo el planeta proporcionan los dos tercios del total de horas de trabajo, producen el 44% de los artículos de alimenta-
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ción, perciben el 10% del monto total de los in resos y poseen el 1% de los bienes. Éste es un claro reflejo de las relaciones de explotación patriarcal que se imponen sobre la mitad de la población mundial.
Las políticas del F.M.I., del BM y el GATT generadoras de un mundo cada vez más desigual, con crecien- tes problemas ambientales y por lo tanto más inseguro
En definitiva, el F.M.I., el BM y el GATT actúan como principales instru- mentos que imponen a escala plane- taria los intereses de los sectores do- minantes de los países del Centro, lo cual va rnoldeando un mundo cre- cientemente injusto, con profundas desigualdades de riqueza, al tiempo que propicia el despliegue de un mo- delo productivo tremendamente de- predador de los recursos naturales fi- nitos y enomtemente impactante sobre el medio. Todo ello configura una si- tuación progresivamente explosiva, que va desde: la proliferación de los eufernísticamente llamados «Conflic- tos de Baja Intensidad»'3 en la Perife- ria, Ios estallidos sociales puntuales en las metrópolis del «Norte», la ingobernabilidad de las Megaciudades de la Periferia Sur, el caos generali- zado en los países del Este, la intensi- ficación de las tensiones en las fronte- ras entre el Centro y la Periferia...; a las grandes acciones militares, tipo la Guerra del Golfo, que se agudizarán en el futuro como resultado de que gran parte de los recursos no renovables de carácter estratégico, en concreto los re- cursos petrolíferos y en general los ener-
géticos, se localizan en gran medida fuera de los territorios del «Norte».
El mundo, pues, se va convirtiendo, a todos los niveles, en un espacio cada día más inseguro, a pesar de los crecien- tes gastos policiales y militares, donde se instaura un progresivo desorden.
Sólo una redistribución de la rique- za a escala planetaria, que conllevaría la reducción de los niveles de consu- mo de importantes sectores sociales de los países del «Norte», en paralelo con la consecución de un modelo produc- tivo más autosuficiente a todas las es- calas, que propicie el mayor grado de autonomía posible en los diferentes ámbitos espaciales, cuyo funciona- miento está basado en los recursos re- novables y en un uso más intensivo del trabajo humano, equitativarnente dis- tribuido, y que reduzca drásticamente las diferencias sociales y de género. Podrá conseguir un desarrollo más equitativo y en equilibrio con el me- dio, logrando, en suma, un mundo nrás seguro y solidario.
Se hace, pues, preciso denunciar la actuación del F.M.I., el BM y el GATT, así como el carácter mismo de estas instituciones, como mecanismos cla- ves configuradores del actual desorden mundial y de las injustas relaciones Centro-Periferia. Se abre, por tanto, una oportunidad de oro para llevar a cabo esa denuncia, en la medida de nuestras fuerzas, con ocasión de la Asamblea General del F.M.I. y el BM que tendrá lugar en Madrid, en octu- bre de 1994, que reunirá en esta ciu- dad a los principales asesinos —indirec- tos- y ladrones de guante blanco del Globo -altos funcionarios de estos 0r-
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ganismos, presidentes de los grandes bancos del mundo, ministros de Eco- nomia y Hacienda de todos los países, directivos de enrpresas trasnacionales...-
Notas
l. El FMI es el organismo, a nivel mundial, encargado de aceptar las devaluaciones o revaluaciones de las monedas de los distintos países y de establecer las condiciones para la convertibilidad de las monedas periféricas en di- visas fuertes, proporcionando también fondos a corto plazo para el apoyo de las balanzas de pa- gos.
2. El BM no financia, ni mucho menos, la totalidad del costo de los proyectos, pero su apo- yo y visto bueno de lo's mismos es clave para conseguir aglutinar la financiación necesaria.
3. Los nuevos acuerdos del GA'I'I' liberalizan sectores hasta ahora, en general. protegidos, abar- cando productos agropecuarios. comercio de ser- vicios, propiedad intelectual, inversión extranje- ra, sistemas bananas... Io cual significará entrar a saco en aquellas áreas del «Tercer Mundo"» que hasta el presente no eontrolaban las empresas trasnacionales del Centro.
4. Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos. Canadá y México: Mercado Único, Unión Económica y Monetaria -definida en Maastricht- y Espacio Económico Europeo - CEE+EFTA-: espacio económico del área del Pacífico con Japón como Centro. englobando a los «CuatroTrgres» -Taiwan, Corea del Sur. Sin- gapur y Hong Kong- más los países miembros de la ASEAN yAustria y Nueva Zelanda.
5. Pues la expansión de la producción en gran escala no genera empleo neto. al destruir más empleo ligado a la pequeña y mediana actividad productiva, de carácter en gran medida estable, que el que esa misma crea. de índole primordial- mente precario.
6. Recientemente. en la reunión de los parti- cipantes del GEF de Cartagena de Indias, ha sido puesta en cuestión su viabilidad y dotación pre- supuestaria por diversos países del «Norte».
7. La dinámica de los modelos productivos capitalista y burocrático, a pesar de sus impor- tantes diferencias formales, estaba -y está- basa-
da en la continua concentración de poder políti- co y económico y. por consiguiente, en la ex- pansión y el crecimiento.
8. Como ejercicio puramente teórico, era cla- ro que el conjunto de la población de los países del Este, unos 410 millones de personas, no po- día ingresar sin más en el «Primer Mundo» -la población de la OCDE se sitúa en torno a los 850 millones de habitantes-. sencillamente porque incrementaría la capacidad de consumo global de tal forma, que supondría una demanda adi- cional de nuevos recursos de tal calibre que trastoearía todos los mercados mundiales, no pu- diendo muchos de ellos dar respuesta a un in- cremento de la demanda de dicha naturaleza.
9. Es curioso observar cómo el crecimiento demográfico en el «Sur» se dispara desde los años cincuentas y especialmente desde los se- tentas. cuando se afianza la Economía Mundo.
10. Según las Naciones Unidas, la población urbana de los países dela Periferia Sur aumenta- rá de los mil 400 millones actuales a algo más de 4 mil millones en el 2025. es decir. el 90% de su crecimiento tendrá un carácter urbano.
ll. Diez millones de africanos han tenido que dejar su tierra por la sequía; un millón de haitianos -un sexto de la población del país- se han echado a la mar para huir de un territorio deforestado...
12. Se denominan así los conflictos de ca- rácter local que no recurren a armamento nuclear.
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RESEÑA
CASTAÑEDA , Y LA IZQU «RDA DE SALON
Leopoldo Munera Ruiz
Durante el año que estamos finalizando el libro del soció- logo mexicano Castañeda recorrió toda la geografía de América Latina, los formadores de opinión en todos los países no ahorraron alabanzas, los medios de comunicación masiva lo pusieron a disposición de las fuerzas políticas que hoy aparecen como alternativa al neoliberalismo. Munera Ruiz en un rápido comentario encuentra allí una historia, escrita con cubier- tos de plata, de lo que llama la izquierda de salón .
Desde comienzos del siglo XX la aristocracia de la izquierda tiene un puesto bien servido en los grandes salones sociales de la ciudades latinoamericanas. Entre el cotorreo, los hielos del whisky y la buena mesa han nacido partidos políticos y revoluciones, han circulado fortunas, han sido negociadas annas y purgas, han corrido chismes, cabezas y grandes romances.
De México a Río de Janeiro, pasando por Cuba, novelistas, poetas, lagartos, políticos profesionales, profesores universitarios, curas comprometidos, perio- distas alternativos, funcionarios de las organizaciones gubernamentales y no gu- bernamentales, dirigentes guerrilleros o banqueros progresistas, han escrito con cubiertos de plata la página social de la izquierda. Faltaba un cronista que empe- zara a narrar esa pequeña historia. Con la habilidad literaria del buen periodista, Jorge Castañeda asume esa tarea para ofrecernos una obra amena: La utopía desarmada. Intrigas, dilemas y promesas de la izquierda en América Latina.
El título provoca una confusión deliberada, la historia vivida y contada en los salones sociales es presentada como la historia de la izquierda. En las primeras doscientas ochenta páginas, Castañeda logra documentar y hacer síntesis de los hechos y las versiones sobre ellos, que más impresionaron a la aristocracia de la izquierda desde la revolución cubana: la muerte del Che en Bolivia, las finanzas de los Montoneros, el Populismo, la Piñata de los Sandinistas, los conflictos entre los dirigentes del Farabundo Martí, la importancia de las editoriales funda- das por los intelectuales de izquierda, el M 19, los nuevos movimientos sociales,
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los vínculos de Cuba con el tráfico de drogas, la caída del muro de Berlín, Sendero Luminoso o el papel que desempeñó Manuel Piñeiro (Barbarroja) como director de inteligencia y de la seguridad cubanas y como encargado de asistir a las revoluciones del continente. Los testimonios de personalidades reconocidas son abundantes y una que otra pequeña biografía nos acercan a personajes que representan prototipos fáciles de reconocer: el luchador incansable que fatigado y desilusionado al final del camino se dedica a sus negocios privados, el radical que nunca llegó a serlo, el editor-intelectual que difundió las obras de Marx y del marxismo. Una historia bien contada y bien pensada, como dice García Márquez, que no abandona el escenario y las anécdotas de los grandes salones.
En una región de corros y corrillos como América Latina, sin duda la iz- quierda de salón y su idea del pueblo y la revolución han hecho parte de los protagonistas políticos del continente. Sin sus glorias y sus miserias, retrata- das con precisión y sin prejuicios por Castañeda, la izquierda no sería tal. Sin embargo, la vanidad de la aristocracia y la trivialidad de las reuniones socia- les dejaron por fuera de La utopia desarmada a la mayor parte de la izquier- da latinoamericana. La que no está de moda y su sola mención es tachada como demagogia populista. La que vive en el campo, los barrios, las fábricas o los talleres; la que enfrenta o enfrentó sin bombos, platillos o exilios la represión cotidiana y el neoliberalismo; la que después de echar bala en el monte y firmar la paz termina desempleada, en la delincuencia común 0 es asesinada en las esquinas; la que aún no tiene ni tierra ni crédito, ni asistencia técnica; la que no ha adquirido la paciencia de la aristocracia frente al ham- bre; la que aún oye a Violeta Parra, a Mercedes Sosa o lee a Galeano y Benedetti. Esa izquierda que no conoce ni los grandes salones, ni los inmen- sos espejos en los que nos miramos los intelectuales, no es ni mejor ni peor que la de salón. Tiene sus propias miserias y sus propias glorias, sus lógicas culturales y sus frustraciones, y desde luego, sus versiones sobre el pasado de la izquierda en América Latina. Versiones muy diferentes a la que nos presen- ta Castañeda. Historias que figuran dispersas en la memoria de sus protago- nistas y en innumerables libros sobre el movimiento obrero, el campesino, el urbano, las comunidades de base o las experiencias de la economía popular. Testimonios que hablan de los cubanos que creen o creyeron en la revolución, y de los sandinistas que no fueron invitados a la piñata. Voces quc'son una simple y lejana referencia en el libro de Castañeda. Un capítulo perdido entre las anécdotas de un buen conversador ilustrado.
La distinción que hace Castañeda entre la izquierda social (la de los movi- mientos y organizaciones) y la política (la de los partidos políticos y la guerri- lla) no justifica tal olvido. En América Latina los partidos políticos y la guerrilla, con pocas excepciones han vivido y han crecido en medio de los movi- mientos y organizaciones populares. La historia de una corriente política no puede quedar reducida a una reseña de eventos importantes, matizada con co-
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merttarios agudos y testimonios escogidos. La recepciórt de las ideologías por los actores populares (los intelectuales antiacadénticos perdortarán rtti academi- cisnto), la forma como los militantes, los campesinos, los obreros o las madres comunitarias leyeron e interpretaron los textos o panfletos que llegaron a su poder es ntucho ntás rica que la simple diferencia dogmática entre marxistas- lenittistas y refomtistas. Los rrtitos, entre ellos el de la revolución, o los símbo- los construídos en tarttos años de historia de la izquierda exigen un análisis que vaya rttás allá de la banalización cínica que de ellos se hace en los cócteles sociales. La racionalidad instmmerttal de los actores populares, ese cálculo de rttedios y de fines que les pemritió sobrevivir a pesar de las condiciones adver- sas, tiene contenidos ntás concretos y pragmáticos que los que pueden ser observados a vuelo de pájaro en una conversación irtforrtral entre intelectuales que miran de reojo a las ciencias sociales. Las relaciones de poder que han atravesado a la izquierda, los conflictos militares, culturales, políticos o ideoló- gicos, no están lintitados a la influencia, mayor o menor, de algunos patriarcas de la política latirtoarttericana. La historia de la izquierda tarttbién pasa por la historia de los movimientos sociales y de las relaciones entre los poderes políti- cos tradicionales y los sectores populares. En caso corttrario con el tiempo puede quedar reducida a una guía para conocer en detalle los chismes rttás atrac- tivos de la izquierda y sus mejores lugares cortturtes. Guía indispensable para evitar la desrttentoria y el olvido de los lectores, pero que entpobrece y simpli- fica la vida política dc América Latina en este siglo.
La segunda parte del libro, las otras doscientas ochenta y seis págirtas ertcierra el mejor compendio de la propuesta política dominante en la izquierda de salón en los últirttos años; el postsocialisrrto, después de la ca ída del rtturo de Berlírt no queda otra altentativa que el capitalismo. A nombre del pragmatismo y la mode- ración la altemativa de la izquierda al capitalismo, que desde la printera intenta- ciortal había sido socialista (libertaria, autoritaria o detttocrática), ahora es capita- lista. Es decir no hay altentativa. Sirt decirlo expresamente ahora debemos abrazar la rttás conservadora y trivial de las tesis corttentporárteas: cl firt de la historia de Fukuyarna. Después del capitalismo, y tras un breve y trágico paso por el socia- lisrtto, sólo queda el capitalismo (individualista, con r0stro hurttatto o rtrecáttico). A tttertos que en un rtuevo juego de palabras digamos que estarrtos en el postcapitalismo; con propietarios privados de los ntedios de producción social, pero post; con obreros asalariados, obreros sobre-explotados y un irtrttertso ejérci- to dc reserva, pero post; con cada cosa o valor que nos rodea cortvertidos en tttercartcía, pero post; con el capital cortto artto y señor del rtturtdo, pero en el postcapitalisrtto. Entramos en la era de los cufemismos.
Utta vez que Castañeda acepta el capitalismo como úrtica alternativa, se convierte en el rrtás digno representante de la izquierda light, una de las ver- tierttes de la izquierda de salórt. A partir de un rtuevo pacto social, en el que debentos actuar con prudencia para no asustar a los ricos de la regiótt y ellos
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deben actuar con generosidad para no alborotar a los pobres (¿será ésta la nueva utopía desarmada?), se nos revelan los secretos que nos conducirárt al desarro- llo. El printero, reciclado de las rttás viejas teorías de la modernización, consiste en irttentar torttar los elementos positivos del capitalismo con rostro hurttarro de Europa y del capitalismo con rostro rttecártico japortés. El segun- do, izar la bandera de la derttocracia para apropiarse de ella.
La alternativa evolucionista, alimentada con gran serttido corttún y un ex- traordinario pragmatismo que llega a proponer el aurrtettto de los itnpuestos a los rttás ricos, no resiste mucho artálisis. Cottto lo han derttostrado hasta la saciedad los críticos de la teorías evoluciortistas dc la modernización (por ejemplo J. Ph. Peernans) no existe nada ntás ilusorio que tratar de reproducir las condiciones internacionales, sociales e institucionales que perrttitieron el desarrollo econó- ntico y social de Japón y de Europa Occiderttal. Siri la amenaza comunista (china o soviética) los Estados Unidos, preocupados por la salud de su propia econorrtía, no estárt dispuestos a apoyar un nuevo Plan Marshall. Adentás, el punto de partida para Atttérica Latina, que por fortuna no ha tertido colortias que faciliten la acumulación de capital, es tnuy diferente al de los ejemplos citados. No nos berteficiarttos de otros países que produzcan a buenos precios rrtaterias printas, no tenemos un movimiento obrero fuerte, ni una burguesía económica- mente nacionalista. El actual orden ecortóntico internacional no permite pensar que una región como la rtuestra erttre dc lleno en la carrera irtdustrial. Nuestros Estados están-cn proceso dc reducción y no de crecirttiertto, y para cambiar ese runtbo habría que enfrentar los organismos firtancieros internacionales con nte- didas que tendrían todas las características de una revoluciórt. En firt, el sueño de una izquierda light de convertir a las capitales de Arttérica Latina en algo similar al París de los años ochenta, con Mitterrand incluido, no parece ser una propuesta concreta, ni realizable. Mucho tttertos, si con ella pretendemos combi- nar crecimiento econóntico e igualdad social. Peor aúrt, si en corttra de los replantearttierttos cortterttporárteos sobre el desarrollo intentamos industrializar rtuestros países a toda costa pasando por encima de la realidad carttpesirta y del equilibrio ecológico. Las ingertuas fórrttulas ambientalistas que rttenciorta Castañeda y la rttartera deportiva cortto acoge, sin rtirtgúrt atisbo de crítica, la tesis del desarrollo sostertido atetttan contra la seriedad del libro.
La profundización de la democracia es necesaria después de tatttos años de autoritarismo en la izquierda. Sin embargo, no cs tan sertcillo sacarle el cuerpo a las objeciones que el marxismo le ha hecho a la democracia en el capitalis- mo. El problema del poder político, como lo recordaba Gramsci, reside en su doble naturaleza, ferina y humana, de la fuerza y el consenso. La guerrilla puso énfasis en la fuerza arntada, el reforrttisrno en el consenso, uno y otro negaron su corttrario. En ese juego tttaniqueo Castañeda tortta partido por el reforrttisrno. El paso del tipo de democracia imperante en el capitalismo a una rttás radical con la que sueña la izquierda, siempre choca con el uso dc la fuerza por parte de
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aquellos que ven antenazado su poder. Volver a pensar la democracia exige volver a pensar las fuerzas armadas (tradicionales o guerrilleras) y el papel de la violencia en el cantbio social. En esa dirección poco hemos avanzado, sumidos en el último decenio en un fundamentalismo democrático parecido al vanguardisnto de los años 60 y 70.
En contra de lo que propone Castañeda, la alternativa de la izquierda debe pasar por superar la dicotomía de la segunda internacional que polariza la ac- ción política entre la reforma pacífica y la revolución violenta. Esta tesis mar- xista-leninista es adoptada sin cambios por Castañeda desde el lado opuesto: el reformismo. La izquierda debe dejar atrás la idea que la revolución es la toma violenta del aparato estatal y las pequeñas transformaciones o los cambios par- ciales simples reformas; así mismo, la imagen contraria que presenta a la refor- ma como el paso que lleva lentamente a los cambios posibles, y a la revolución como la ruptura violenta que nos lleva a la dictadura. Desde la primera interna- cional hasta Foucault y Deleuze hay una larga tradición de pensamiento y ac- ción que valora los cambios grandes y pequeños destinados a transformar la estructura de las relaciones sociales dominantes y rechaza aquellos que tras un discurso innovador cortservan el statu quo. Los postulados marxista-leninista y reformistas sort henttanos siameses y se alimentan mutuamente.
Finalmente es obvio, como los dice La utopía desarmada, que en el mundo conternporárteo debemos convivir con el mercado; pero el desafío para la iz- quierda consiste en demostrar que las relaciones sociales tendientes a la colecti- vizaciórt (no a la estatización) de los recursos de una sociedad sort una altemati- va capaz de filtrar el mercado y superar el capitalismo. Estas experiencias colec- tivas tienen una larga historia donde son ntuchos los buenos éxitos, historia que Castañeda olvida de principio a fin.
La utopía desarmada es un excelente manual de la izquierda light para desarmar pieza a pieza la utopía socialista. Luego de 566 páginas la conclusión es triste y poco intaginativa: la utopía de la izquierda es el centro moderado, el centro-centro de Felipe Gortzález y de Francois Mitterrand, sin la ñapa de los corruptos. ¿Será ése el carnirto que quiere recorrer la izquierda en América Latina?.¿Será ésa su utopía desarmada?.
Lovaina, la Nueva. Bélgica, agosto 1004.
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Correspondencro de Prensa lnternocronol poro Americo Latino '
128 Diciembre de 1994
EDITORIAL: f CARLOS M. VILAS
:‘NICOLAS IÑIGO -. CARRERA:
ANIBAL MAYO: '
IRENE MUÑOZ DANIEL CAMPIONE: ¿. ALBERTO J. PLA:
DOCUMENTOS:
LEOPOLDO MUNERA RUIZ:
La actualidad del Marxismo Reestructuración capitalista, reforma del Estado y clase obrera enAmérica Latina
Argentinazimta sociedad que se
po anza
Plan Cavallo: Reestructuración capltalrsta y coyuntura.
Estado, dirigencia sindical y clase. obrera *
Mariátegui y el marxismo FMI: 50 Años bastan Castañeda y la izquierda de salón