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Economía
Política
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Gladernos del Sur
AÑO 11 N9 19 Junio de 1995
Tiergáfiucgo
Consejo Editorial
Argentina: Eduardo Lucita / Roque Pedacc / Alberto J. Plá / Carlos Suárez
Brasil: Enrique Anda / Florestán Fernandez
Bolivia: Washington Estellano
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México: Alejandro Dabar / Adolfo Gilly / Alejandro Gálvez C. / José María Iglesias (editor)
Escocia: John Holloway
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El Comité Editorial está compuesto por los miembros del Consejo Editorial residentes en Argentina.
Colectivo de Gestión María Rosa Lorenzo / Alberto Bonne! / Roberto Tarditi / Mariano Resels /
Gustavo Guevara / Eduardo Glavic'h l Leónidas Cerruli.
Coordinación Anistica Juan Carlos Romero
Publicado por Editorial Tierra del Fuego Número 19
Argentina - Junio 1995
Toda correspondencia deberá dirigirse a: Casilla de Correos n’ 167. 6-8. CP. 1406 Buenos Aires - Argentina
EDITORIAL
ELMAR ALVATER
WOLF GAN G LEO MAAR
MAXIME DURAN D
EDUARDO LUCITA
ALBERTO BONNET
REINER
GRUNDMANN
RESEÑAS
INDICE
Hegemonía financiera, exclusión social 5
Sociedad y Trabajo: Concepto en cuestión, sujetos históricos - mito y realidad. 9
¿El fin de la sociedad del trabajo o
emancipación crítica del trabajo social? 31 Las dos caras de la crisis del trabajo 53 El mundo del trabajo en el fin del siglo 67
Argentina 1995: ¿Una nueva hegemonía? 83
El marxismo frente al desafío ecológico 107
El año que estuvimos en ninguna parte 128
133
REVISTAS DE REVISTAS
Ricardo Carpani, años sesenta.Tomndos dc (.‘arpani: Gráfica Polílicn. Buenos.Aires. 1994.
HEGEMONÍA, FINANCIERA, EXCLUSION SOCIAL
n la concepción vulgar de la moderna Teoría del Caos, el aleteo de una mariposa en Río de Janeiro puede producir un huracán en Chicago. Extrapolaciones como éstas se han aplicado, en nuestro presente, al ‘ampo de la economía, pretendie'ndose explicar una gran cantidad de fenómenos de la economía mundial por el ‘aleteo’ que experimentó México, es decir, por el caos producido por el denominado ‘efecto tequila’.
La tendencia histórica del capital a la concentración, expresada ahora en la llamada globalización, ha generado una internacionalización sin precedentes de la economía capitalista en todos sus aspectos (productivos, mercantiles y finan- cieros). Esto es un dato de la realidad pero no explica por sí mismo el caos (la crisis capitalista actual) sin la jerarquización de las variables en juego. Esto presenta un doble interés: por un lado, el interés teórico dc interpretar el mundo para entender lo que está ocurriendo, es decir para poder apreciar qué es lo que se mantiene constante y qué es lo nuevo de dicha crisis, y por otro, el interés práctico en cuanto a las políticas que pueden proponerse pa ra salir dc la misma.
Sabemos que, tanto en los países industrializados como en los no industriali- zados, las políticas que se ejecutan toman la globalización como un hecho dado y neutral, un fenómeno al cual hay que adherir porque la alternativa es el abis- mo. Se debe, entonces, responder al imperativo de la internacionalización de los mercados productivos, comerciales y financieros, es decir al evangelio de la competitividad, para ocupar un lugar en el mundo, un lugar en el mercado mun- dial. Los que ya ocupan un lugar deben responder al imperativo económico- tecnológico para mantenerlo y aumentarlo, ¡mientras que los que no lo ocupan pueden, como lo hicieron los tigres asiáticos, lograrlo.
Dos hechos significativos se yerguen en la actual crisis capitalista: la hege- monía del capital financiero y el problema del trabajo y el Ito-trabajo.
Respecto a] primero, es obvio que el capital financiero, otrora necesario pa ra la asistencia de la economía real, se ha autonomizado de la misma en una mag- nitud tal que se ha convertido predominantemente en capital especulativo im- pulsado por su propia autoexpansión, con una parlicipación creciente en la cuota de ganancia respecto del capital productivo. Además, dicha expansión no tiene sustento en una saludable economía real, sino más bien cn una economía real que se muestra estancada o en lento crecimiento. En este sentido puede enten- derse que dicha autonomía, en un mundo globalizado, genere la sensación de que la economía mundial eslá parada sobre una bomba dc. tiempo cuyo detona- dor es sensible al aleteo dc una mariposa. La hegemonía del capital financiero produjo, entre otras cosas, un desplazamiento del lugar dcl poder político y eco-
Cuadernos del Sur 5
nómico hacia los mercados financieros, planteando nuevos problemas en cuanto a lo que las grandes corporaciones pueden o no hacer y a las formas en que éstas se ‘mueven' en la economía globalizada.
Es este un nuevo escenario donde aflora periódicamente el caos, es decir, la ingobemabilidad y la incertidumbre.
Y es allí donde domina el capital financiero por sobre la economía real -sin garantía material ni simbólica de la masa de dinero en circulación- y donde no se manifiesta una recuperación significativa de la tasa de beneficio. Las consc- cuencias socio-económicas son espantosas y visibles en todas partes: miseria creciente en el Tercer Mundo (y enormes bolsones de pobreza también en los países imperialistas), deterioro ecológico generalizado y, sobre todo, una enor- me tasa de desempleo en todo el mundo (que llega a 35 millones de personas en los países industrializados).
La desocupación y la exclusión social se explican, desde las teorías econó- micas burguesas, por un desajuste en la ‘función de producción’ que necesita ‘una nueva relación’ entre los factores ‘capital’ y 'trabajo’, que flexibilice las relaciones laborales y que pennita sortear el desafío que presentan las nuevas tecnologías y los nuevos procesos de trabajo. Con este fundamento teórico se propagó en el mundo capitalista la idea de la flexibilización como Ia solución al problema del desempleo.
Por su parte, los países del Tercer Mundo sufren con mayor profundidad aún en esta crisis capitalista los dos fenómenos mencionados.
En lo que respecta al capital financiero, las deudas extemas no han cesado de crecer y el problema ha vuelto a la escena de las discusiones, junto -nuevas tecnologías de la información medianle- a la posibilidad real de efectuar gran- des transferencias de capital y a gran velocidad, según fluctúen las tasas de interés y las oportunidades de grandes ganancias en el corto plazo. Como nunca hasta el presente, el capital tiene a su disposición ‘medios científicos y técnicos' para controlar (administrar) la crisis, pero también como nunca la gran veloci- dad de difusión y las características de CSOS mismos medios generan contradic- ciones cada vez más notorias y más difíciles de superar, con cl agregado de quc en la actual etapa de desarrollo capitalista los mecanismos de regulación y el poder de decisión de los estados-nación están muy debilitados, en función del endiosamiento neoliberal del mercado.
En cuanto al desempleo, en nuestros países las tasas del mismo crecieron al compás de la crisis mundial y como consecuencia dc la aplicación sistemática de los planes de ajuste de matriz neoliberal, profundizados con cl retorno de las democracias a la región, y, fundamentalmente, con la apertura de nuestras eco- nomías al mundo globalizado, que obliga a una rcconve rsión lan eslructu ral como virulenta y que los trabajadores estan pagando hasta con sus propias vidas en su lucha contra la ofensiva del capital cn crisis. No esta demás recordar que la solución burguesa de la flexibilización del trabajo, aplicada en ciertos países
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(por ejemplo España), de ninguna manera fue la solución para el problema del desempleo. Ante esta situación la salida teórica de la burguesía parece ser co- mennr a pensar si en esta nueva etapa capitalista un ‘desernplco natural’ de 15 (1% no es ya estructural e intrínseco al sistema. El desempleo vino para quedarse y lo que hay que ver es cómo se controla el conflicto social que esto genera.
La globalización de la economía mundial, la nueva fase de interna- cionalización del capital a nivel productivo, comercial y financiero, hace nece- saria también la intentacionalización de las alianzas de la burguesía (tratados o pactos regionales) con el propósito de ‘cooperar entre ellos’ para destruir a sus competidores. Por otra parte, dicha cooperación capitalista (integración entre empresas, países o bloques) pretende fortalecer el poder del capita] sobre el trabajo. En este sentido, se hace más necesaria que nunca -puesto que en esta fase de globalización del capital y de su clase se concatenan la ‘vieja’ idea subjetiva y los ‘actuales’ elementos objetivos del internacionalismo- la globalización también de la lucha de los trabajadores por emanciparsc del capi- tal. Esto ya no sólo se manifiesta como idea sino como condición y necesidad concretas. Así, frente a la flexibilización laboral, presentada como la solución al desempleo y que en rigor constituye una ofensiva del capital sobre el trabajo, aparece cn muchos países la lucha por la reducción de la jornada laboral. Nin- gún desempleo ‘natural-estructural-tecnológico’ sino trabajar menos, trabajar todos.
El resultado de las recientes elecciones en nuestro país y las coincidencias de todos los analistas políticos y económicos en la necesaria profundización del ajuste y el consiguiente aumento del desempleo para los próximos años, plantea un nuevo escenario en el que el consenso logrado por ‘el modelo’ no puede ser soslayado. Habrá que esperar cómo Se desarrolla el proceso e intentar compren- der cuáles son las modificaciones estructurales que se produjeron en nuestro país tanto en el plano económico como en el social, político e ideológico, para actuar en consecuencia.
En este número de Cuadernos del Sur ofrecemos, con la intención de aportar a la comprensión y de abrir el debate en un tema de vital importancia para este fin de siglo y de mileño, un dossier, que continuará en nuestra próxima entrega, sobre cl problema del trabajo y el Ito-trabajo en la actual crisis mundial del sistema capitalista.
E. G. Bs.As., mayo de 1995.
Cuadernos del Sur 7
SOCIEDAD Y TRABAJO:
Concepto en cuestión, sujetos históricos - mito y realidad.
Elmar Alvater
Introducción
ntento describir algunas tenden-
cias de las transformaciones del
trabajo en los últimos dos dece-
nios, durante la crisis estructu-
ral de los países industrializa- dos, y también en otros continentes. Se- rán puestas en evidencia las transfor- maciones económicas de una organi- zación del trabajo rígida hacia formas flexibles y des-formalizadas. Serán también discutidos los efectos sobre el mercado de trabajo y conceptos políti- cos.
Las relaciones económicas son, para comenzar, simples: la demanda de trabajo (Ln) depende del crecimiento del volumen de la producción (Wy) menos la tasa de crecimiento de la pro- ductividad del trabajo (Wy/l), y la ofer- ta de trabajo (La) de la evolución de- mográfica (B) y del desarrollo de la tasa de la PEA (E/B) y de la de ern- pleados (La/E):
Entretanto, esas relaciones elemen- tales remiten a tres preguntas decisi- vas, cuyas respuestas en modo alguno son indiscutibles y simples:
Primero: ¿por qué las tasas de cre- cimiento del volumen de la producción (Wy), de las cuales depende decisiva- mente la demanda adicional de traba- jo, se dirigen a una reducción tendencia] en las sociedades industrializadas desarrolladas desde los años 60?
Segundo: ¿por qué las tasas de cre- cimiento de la productividad del- tra- bajo (Wy/1) sobrepasan, también tendencialrnente y a pesar de un cierto achatamiento, las tasas del crecimien- to de la producción?
Tercero: ¿por qué la oferta de ern- pleos en el mercado de trabajo no rc.- acciona con una escasez correspon- diente, para que -con demanda insufi- ciente para la absorción de la oferta de fuerza de trabajo- re- sulte, como efecto fi- nal, en desempleo?
A eso se suma una cuarta pregunta, que no será analiza-
‘Ponencia presentada en el Seminario Internacional “Liberalismo y Socialismo: viejos y nuevos paradigmas".
UNESP-MARILlA-abril 1993.
Cuadernos del Sur
da minuciosamente aquí, sobre el modo de funcionamiento de los mercados de trabajo: ¿qué dinámica de los merca- dos de trabajo lleva a hacer que proce- sos de selección bien específicos sean eficaces y resulten en padrones de segmentación del mercado de trabajo que conducen a que un grupo de traba- jadores quede de diversas maneras o muchas veces desempleados o sus miembros caigan en el status del des- empleo prolongado, o sean «informalizados» y por eso excluidos del sector fonnal de la economía y de la sociedad? La dinámica del merca- do de trabajo puede ser esbozada de la siguiente manera, sin detenernos en un análisis detallado:
los aparccros de tarifa y en el interior del sistema del Estado Social (indica- do por el grado de formalización del trabajo en la línea dc la ordenada del esquema). Lo que es «normal» requie- re la convención socialmente acepta- da, que no puede ser prefijada y, por lo tanto, puede ser modelada histórica- mente pucs en la fonnación de la rela- ción de trabajo normal siempre partici- pan, ademas de las dos partes, el Esta- do y el público. Lo que es normal tiene una amplitud histórica y espacial espe- cífica y en otro lugar otra cosa es nor- mal. De ahí que la «normalidad» de la relación de trabajo signifique, en Euro- pa Occidental, algo diferente que en Europa Oriental o en América Latina.
Grado de
formalización RTN
del trabajo <—- Niveln Trabajo temporario
"¡veu Trabajo precarioá 4
a tiempo parcial a tiempo integral >
Tlempo de trabajo
La relación de trabajo normal (RTN) define tanto el período de tra- bajo (período integral: por ejemplo, una semana de 38 horas) como tam- bién la forma jurídica de las relacio- nes de trabajo y el seguro social entre
_l.as respuestas a estas cuestiones, como dije, son discutibles. En el inte- rior del paradigma neoclásico, los mer- cados de trabajo, de bienes y financie- ro sort contemplados aisladamente en. cuanto a sus condiciones de competen-
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Junio de 1995
cia o equilibrio. El desempleo sería cx- presión dc un desequilibrio fundamen- tal entre oferta y demanda. Ese puede ser un efecto de fricciones (tra nsparen- cia del mercado muy restringida, ausen- cia dc movilidad y llexibilidad, costos de búsqueda demasiado altos, elc.), o un resultado para abajo de la ausencia de reacciones dc precio (rigidez dc sa- larios). Las conclusiones finales de esa reflexión, desde el punto de vista de la economía política, son inequívocas, simples, y por cso ante todo convincmt- tes: la política salarial debe'ser formu- lada de modo flexible -para arriba y para abajo-, lo que exige, en primer lu- gar, el consentimiento preliminar por parte de los sindicatos: ellos deben adaptarse a las exigencias de la «flexibilización» y dc la «desregula- ción». En segundo lugar, debería haber una diferenciación de. los salarios en relación a los rendimientos del trabajo (productividades marginales del traba- jo). En tercer lugar, deberían ser crea- das condiciones generales institucio- nales que aceleraran la movilidad, fa- cilitaran el acceso a la información y bajaran los costos de las transacciones. Esos son los elementos fundamentales de la argumentación neoliberal en las instancias nacionales e. internacionales
de la economía política. Esa también,
fue la fundamentación teórica para la política dc desregulación de la era Reagan y Thatcher, así como es utiliza- da hoy en Europa y enAmérica Latina.
A pesar dc todas las diferencias, principios kcynesianos y marxistas concuerdan en un punto sustantivo en la respuesta a las cuestiones arriba mencionadas: los mercados no pueden
ser enfocados aisladamente, una vez que son estructurados de modo interdependiente y además jerárquico. El desarrollo del mercado de trabajo depende, entonces, del desarrollo de los mercados dc bienes y, principal- mente, financiero. Para Marx, la va- riable «independiente» es la acumula- ción de capital, _v la «dependiente» el salario y el empleo. En la «teoría keynesiana del dinero», las constela- ciones de los mercados financieros (principalmente los intereses) represen- tan «restricciones de budget» que de- tenninan, con el límite mínimo de la tasa de ganancia (rentabilidad), la es- cala de la tecnología de producción y el nivel de los salarios reales (a través del «mark-up-pricing»). En esos paradigmas, la política del mercado de trabajo podría ser útil para tomar pre- vencioncs deseables y/o poder regular la oferta de la fuerza de trabajo, por ejemplo a través de una política dc re- ducción del tiempo de trabajo. Una influencia en la demanda del mercado dc trabajo sería posible, en tanto, ape- nas si la política fiscal o monetaria ejer- ciese influencia sobre el mercado de bienes y financiero. Pero para eso, un campo institucional se hace necesario, y no existe hoy en día.
Crecimiento sin empleo
En tanto cl alcance de los mer- cados de trabajo todavía continúa res- tringido sustam‘ialmenle a las fronte- ras de los espacios funcionales ¡racio- nales, los mercados de bienes y finan- ciero tienen hoy expresión global. Los precios de. las mercancías comerciali-
Cuadernos del Sur
II
zadas intentacionalmente (mercancías en los mercados de bienes y servicios financieros en los mercados financie- ros) son en consecuencia formados en el mercado mundial, y de ahí fuera del alcance de la soberanía económica de los Estados Nacionales. De eso resulta la «pérdida de la soberanía sobre los intereses», como la describió Fritz Scharpf entre otros. La competencia regulatoria económico-política de los Estados Nacionales (también respecto de los mercados de trabajo) está en- tonces limitada. No obstante, esta pér- dida enla competencia regulatoria está enteramente dividida de modo des- igual. La dependencia del movimien- to del mercado mundial es tan asimétrica que la «performance» de la política de mercado de trabajo de los Estados Nacionales se diferencia has- ta enla altamente integrada Europa Oc- cidental. Fue mejor en un país altamen- te exportador como Alemania (¡antes de la unificación!) que en Italia o Ir- landa, sin hablar de la situación de paí- ses del «Tercer Mundo», donde el es- pacio de la política de mercado de tra- bajo es muy restringido, frecuentemen- te en función de las deudas externas. La internacionalización de los mercados es un elemento de la globalización del proceso de acumu- lación, principalmente durante los casi 50 años posteriores al final de la Se- gunda Guerra Mundial. Esta época fue sin duda la que tuvo mas éxito en la historia del modemo sistema capitalista mundial, en especial cuando se obser- van las tasas medias de crecimiento del producto social y del comercio mun- dial (Cf. los datos de Maddison de
1989). Mientras en el periodo entero el comercio mundial creció 1,7 veces más que la producción mundial, hubo un intensivo y pennanente proceso de in- tegración de las economías naciona- les, hasta el punto de que pasó a ser anacrónico hablar de «economías po- líticas» o de «economías nacionales». Las relaciones de articulación entre espacios funcionales nacionales o glo- bales son de significado decisivo tam- bién en cuanto a la demanda de traba- jo en los mercados de trabajo, todavía sustancialmente nacionales. Esto es una constatación de la cual también la CEPAL («Equidad con Productivi- dad») participa, en vistas a mejorar la eficiencia de las economías naciona- les a través de la integración activa de los mercados de trabajo.
La dinámica del proceso de acu- mulación de los países industriales de- sarrollados en la posguerra se debe a un «modelo de acumulación» especí- flco y, respectivamente, a un «modo de regulación» específico, que fueran descriptos como «fordistas». La pro- ductividad del trabajo (oferta de bie- nes) y el desarrollo de los salarios (ele- mento más importante de la demanda efectiva) son regulados institucio- nalmente de tal manera que sus tasas de crecimiento -Ia producción de masa requiere consumo de masa- no permi- tan el surgimiento de una situación de «subconsumo». Las altas tasas de cre- cimiento de la productividad del tra- bajo son posibilitadas, en la microeconomía, por la racionalización del trabajo y las nuevas tecnologías, pero también por el enorme aprovecha- miento dc recursos naturales con pre-
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cios no calculados o muy bajos (Cf. el desarrollo de los EEUU en Wright, 1990). En el sentido macroeconómico, la amenazadora grieta del subconsumo fue evitada por la política keynesiana (nacional) de consolidación de la de- manda efectiva (a la vez asegurada institucionalmente a través del perfec- ciona miento del régimen internacional de cambio y mercantil). En consecuen- cia, se crea ron formas sociales de corn- pensación de perjuicios en el proceso de trabajo y en el medio ambiente na- tural, en la naturaleza externa y en la interna (salud), a través de pagos en dinero. El Estado Social moderno está por lo tanto funcionalmente integrado al modelo de acumulación y tiene fun- ciones ecológicas. La paz social depen- de de la capacidad funcional de este modelo (de esta «relación de corres- pondencia», como sería denominada en la tenninología de la Teoría de la Re- gulaciórt) y la «relación de trabajo nor- mal» se define en su interior.
En tanto, no es suficiente inter- pretar el desarrollo de los países indus- triales posterior a la Segunda Guerra Mundial como un proceso sistémico inteligente de construcción de una red de relaciones institucionales para la garantía de la equiparación «fordista» de crecimiento del salario y producti- vidad. Pues las erogaciones salariales no sort la variable que corttrola el pro- ceso de acumulación, sino las tasas de ganancia y de interés. De esto depen- de la velocidad de la acumulación y, con ella, el crecimiento económico y el grado de empleo. La tasa de ganan- cia (macroeconómica) es, entre tanto, el producto de la productividad del
capital y de la cch de ganancia (me- dida en el producto socrai). Por lo tart- to, no sólo son decisivos el desarrollo complementario de la producción en masa y de la demanda en masa, y de ahí de la productividad del trabajo y del salario, sino también las tendencias de la productividad del capital. Sus ta- sas de crecimiento son positivas en la mayoría de los pa íses industriales gra n- des en el período de 1950 a 1973, por lo tanto, hasta la eclosión de la «crisis del petróleo», pero negativas con pos- terioridad a esa fecha. Una vez que las tasas negativas de crecimiento de la productividad del capital no pueden ser compensadas por el aumento de la cuo- ta' de ganancia, se observa ya desde los años 60 una tendencia descreciente de las tasas de ganancia de los países in- dustriales (por ejemplo, Chan-Lee/ Stueh, 1985; Armstrong/Glyn/ Harrison, 1991, p.182 y siguientes). El retroceso es remitido por la OCDE, en primer lugar, a la productividad decre- ciente del capital (OCDE, Economic Outlook, December 1984, p.64). Por otro lado, este resultado responde a la tasa de crecimiento más alta de la in- tertsidad de capital, en comparación con la productividad del trabajo. Son responsables de esto tanto las condi- ciones tccnológicas (el progreso téc- nico no es Harrod-neutro), como la escasez temporaria de recursos y sus respectivos incrementos de precio, como aquella ocurrida después del «choque del precio del petróleo» de 1973 y 1979.
Si emprendemos consideraciones keynesianas, entonces la tasa de ganan- cia tendencialmente decreciente pro-
Cuadernos del Sur
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duce una disminución de la inclinación a la inversión, contando con que el «irr- terés externo» (el interés de mercado) no recule en comparación al «interés «interno» (de la eficiencia marginal del capital, por lo tanto de la tasa margi- nal de ganancia). En algunos países, entre los cuales se incluyen la Repú- blica Federal dc Alemania (RFA) y el Japón en la segunda mitad de los años 70, el porcentaje de los intereses real- mente decrece por debajo de la tasa de inflación, de modo que hay intereses reales negativos a pagar. Aún así dis- minuyen lasiuversiones en la RFA(de- crece la cuota de inversiones), lo que sólo puede ser explicado cuando se supone que las expectativas de renta- bilidad de las inversiones productivas y generadoras de empleo todavía esta- ban parcialmente por debajo de losin- tereses reales negativos. Esta tenden- cia no es singular, pues en todos los países industriales la cuota bruta de in- versiones se redujo si tomamos como referencia el punto máximo de los años 60; conconritantemente, aumenta la participación de la inversión de repo- sición (igual a las amortizaciones) en las inversiones de capital bruto en ins- talaciones, con el incremento del ca- pital ligado a los medios de produc- ción (una expresión de la intensidad au- mentada ¡del capital). También dismi- nuyó la tasa de acumulación, de ahí que la parte de las inversiones líquidas en las ganancias empresariales este' en rc- troceso. Cuando, sumado a esto, en el final de una «larga onda de coyuntu- ra» las innovaciones de proceso preponderaron sobre las innovaciones de producción y las inversiones luvic-
ron un carácter sensiblemente raciorralizador, las consecuencias para la demanda de fuerza de trabajo sólo pudieron ser negativas. Se puede en- tonces concluir quc las transfonnacio- nes de la estructura del nrodelo de acu- mulación ejercen efectos estructurales en la demanda del mercado de trabajo (Cf. Alvater, 1987, p.221 y sigs. : cre- cimiento y, empleo están «desarticula- dos» entre sí.
La rigidez institucional y su efecto contradictorio
Los mercados de trabajo reaccio- naron a este cambio de situación, efec- tiva mente, sin la adecuación de los pre- cios del trabajo (los salarios), como supusieron los neoclásicos.
Es sin duda cierto que factores institucionales podrían ser responsa- bilizados, asi como también la regula- ción especial del sistema de las rela- ciones industriales, corno ocurrió de modo indiferenciado en las economías de Europa Occidental durante las últi- mas décadas. Realmente fueron crea- das barreras al estímulo de la cuota de ganancia para la compensación del re- troceso de la productividad del capi- tal, aún cuando creció en la República Federal de Alemania del 34,8% (1974/ 79) al 37,2% (1980/88) y en la media de la OCDE haya subido, en los rcs- pectivos períodos, del 31,8% al 33,0% (OCDE, Economic Outlook, December 19905; 19922160). La argumentación neoclásica de la rigidez institucional («Euroesclerosis») como obstáculo a la aceleración del crecimiento no consi- dera, ertlrelarrto, que cs justamente la
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Junio de“ 1995
regulación del sistema de las relacio- nes industriales -al menos en la RFA- la responsable del alto crecimiento de la productividad y a través de éste de la capacidad competitiva en mercados flexibilizados. De ahí que las rebajas de los salarios sólo pueden ejercer un efecto positivo sobre la cuota de ga- nancia, aunque también uno negativo sobre la productividad del trabajo y así sobre la tasa de ganancia. Este también fue el argumento 'de He'lio Jaguaribe para una «revalorización de los sala- rios» (Jaguaribe, Brasil 2000, 1986). También el descuido en la calificación del trabajo ocasiona efectos negativos, como Krugman mostró para los EEUU (1990): la capacidad competitiva de la economía nacional empeora. He aquí por qué las respuestas neoclásicas a la situación de crisis de la fonna de re- gulación fordista de los años 70 son altamente unilaterales y contraprodu- cerrtes a mediano plazo, todavía más cuando otra salida se acerca en los años 70 y 80: la internacionalización del modelo fordista de acumulación.
Se crea una «nueva división inter- nacional del trabajo» entre un «fordismo integral» en los países in- dustriales y un «Bloody Fordism» (Lipietz, 1987) en los países del así lla- mado «Tercer Mundo». Ella puede ser caracterizada de la siguiente forma (más precisamente, Cf. Gordon, 1989; Crow, Thorpe, et. al., 1988): en los países industriales quedan aquellos procesos productivos (o sus respecti- vos recortes) que dependen de un irr- crernerrto de fuerza de trabajo califi- cada para objetivar un progreso alto de productividad.En los países peri-
féricos, mientras tanto, son «descarga- _ dos» aquellos procesos de trabajo que
pueden echar mano de tecnologías
padrorrizadas y requieren fuerza de tra-
bajo relativamente poco calificada y,
por eso, barata. La hipótesis levantada
por Vernon del «ciclo de producto» tie-
ne por tanto cierta relevancia para la
dinámica de la división internacional
del trabajo. La imperfección, o tam-
bién la «forma bastarda» (Lipietz,
1987) del fordisrno en los países del
«Tercer Mundo» resulta, de un lado,
de la no- complementariedad de estruc-
turas de ramas, procesos de produc-
ción, infraestructura pública y produc-
ción privada y, de otro lado, de la im-
perfección de las formas sociales de
regulación: la «relación de trabajo nor-
mal» no es compatible, en la periferia,
con los requisitos económicos, políti- cos y técnicos del proceso de repro- ducción. Esto se refiere a la regulación dela condición de los salarios asícorno a la del trabajo (en relación a la conti- nuidad, cualificación, regulación de conflictos, piso salarial y formas de remuneración) o" del dinero (en rela- ción a la estabilidad de su valor en la
comparación interrnonetaria con otras cotizaciones). De ahí resultan, nueva- mente, bloqueos de desarrollo en cl interior de una economía globalizada que acarrean consecuencias fatales.
' El efecto del crecimiento de los inte-
reses sobre el «factor trabajo»
Para completar sus estructuras in- dustriales y, por lo tanto, para imitar el modelo fordista de acumulación de las
Cuadernos del Sur
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sociedades industriales desarrolladas, varios países del «Tercer Mundo» ob- tuvieron créditos externos iniciando en los años 70 el proceso de «industriali- zación endeudada» -cuando los inte- reses intenracionales eran muy bajos, principalmente debido a la fragilidad de las inversiones de los países indus- triales (y de su consecuente denrarrda reducida de créditos de inversión mien- tras había liquidez bancaria alta). Es sabido que esta tentativa temtina en la crisis de la deuda para la mayoría de los paises del «Tercer Mundo», que en este interín frustró todas las espectativas de industrialización y modemización (Cf. Alvater, 1991, y la bibliografía allí indicada). La produc- tividad decreciente del capital y la cre- ciente intensidad de capital ocasionan nuevamente un incremento de impor- tancia ert los costos del mismo, en corn- paraciórr con los costos de los sala rios, en el campo de las nuevas estrategias de gerenciamiento. Eso tiene como consecuencia, por un lado, la reorien- tación de los flujos de capital por par- te de los agenciadores de salarios ba- jos hacia las metrópolis o sus perife- rias incomunicables y, de esa manera, una cierta revocación de la división internacional del trabajo, como fue ini- ciada en los años 70 y descripta por varios autores (por ejemplo Frobel, Kreye, Heinrichs, 1987).
Por otro lado, acarrea efectos so- bre los mercados de trabajo en los pa í- ses industriales. En primer lugar, la de- pendencia de los procesos productivos respecto de los intereses sube sin pro- vocar, por eso, un pasaje hacia tecno- logías que intensifican el trabajo, lo
que sería esperado por las funciones productivas neoclásicas. Pues, ante la competencia internacional, los patro- nes tecrrológicos -y con eso también el mínimo de la intensidad de capital- son externamente afirmados. En función de eso, las estrategias de gerencianriento se concentran más en aquellos secto- res y en aquellas secciones del proce- so productivo donde el capital, y con él los costos de los intereses, pueden ser cconomizados: en el alrnacena- miento, en los costos de circulación, en el cash-management, etc. Las res- tricciones de presupuesto, que se vuel- ven nrás rígidas en función de los inte- reses altos, fortifican, en segundo lu- gar, la presión sobre los costos del tra- bajo: cuando los salarios individuales no pueden ser rebajados en función de las condiciones institucionales de for- mación de los mismos, entonces lo será la masa de los salarios, a través de mecanismos de intensificación del tra- bajo y reducción de la mano de obra. Sobrevierren, por esto, efectos ¡regali- vos sobre la demanda de trabajo en los respectivos mercados de trabajo sec- toriales. Bien entendida, la tendencia a la reducdón de costos en el factor trabajo no sobreviene por causa de los altos salarios, sino como consecuencia de los intereses altos que provocan nuevas estrategias de gerenciarnento para el crecimiento de la rentabilidad (de la «eficacia marginal del capital»).
Con las altas tasas de interés real de los años 80 (Atkinson y Chouraki, 1985) y los pagos de intereses líquidos que crecen más rápidamente que el excedente líquido de las operaciones (nct-operating-surplusses), el valor de
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mercado dc las empresas crece más lentamente que los fondos de capital líquido («Tobin’s q» también cae) y el deseo de invertir en capital real pierde su vigor (Tobin, 1969). Si «Tobin’s q» fuera menor que 1, entonces las inver- siones financieras serían más lucrati- vas que las reirrversiones reales. Chan- Lee (1986) muestra que «Tobin’s q» cayó en todos los países capitalistas desarrollados (la fuente de datos es re- lativamente restringida). La conse- cuencia de ese desarrollo es la ¡recesi- dad, en el análisis del crecimiento y del empleo, de sumar a la «ecuación fordista» entre crecimiento de la pro- ductividad y desarrollo del salario, el desarrollo de la tasa de interés. Eso sig- nifica, en la teoría y la política de dis- tribución, que no se trata sólo de la dis- tribución entre salarios e intereses, sino también de aquella entre ganancias e intereses. A esta cuestión Marx se de- dica, específicamente, en el capítulo sobre el «capital que devenga interés» (quinta sección del tercer tomo del Kapital, MEW, vol.25). También en la tradición keynesiana el desarrollo del interés desempeña un papel relevante. Keynes mismo partió de la suposición, que hoy dejó de ser válida, de que el Estado Nacional fuera capaz de tribu- tar el desarrollo de los intereses «to that point, relatively to the schedule of the marginal efficiency of capital at which there is full employment» (Keynes, 1936, p.376) («hasta ese punto, en re- lación al programa de la eficiencia marginal del capital, en el cual hay ple- no empleo»), y de que las inversiones reales pudieran ser estirnuladas, al menos a través de la «euthanasia of the
rentier and consequently the euthanasia of the curnulative oppressive power of the capitalist to exploit the scarcity value of capital» (Keynes, 1936, p.376) («eutanasia del rentista y, cortsecuen- temente, la eutanasia del poder acumulativo y opresivo del capitalista para explotar el escaso valor del capi- tal»).
Hoy, en tanto, es imposible que haya una caída sensible de las tasas de interés -para transformar la diferencia entre ellas y la «marginal efficiency of capital»- porque el Estado Nacional perdió la «soberanía de los intereses», como arriba fue mencionado, y los in- tereses tienen que ser aceptados como variable exógena para la política eco- nómica nacional y para las decisiones sobre emprendimientos. Este desarro- llo también puede ser interpretado como una tendencia a la «desarticula- ción» entre acumulación real y mone- taria (Cf. Alvater, 1991, 3er. capítulo). Se formó el «capitalismo de casino» (Strage, 1986) que llevó, principalmen- te en los EEUU durante el último cuar- to de los años 80, a una enorme des- trucción de empleos calificados a tra- vés de resistencia empresaria], etc. El discurso del «milagro de los empleos» en los EEUU de Reagan oculta preci- samente este aspecto tan relevante pa ra el desarrollo a mediano y largo plazo (Krugman, 1990). También se podría concluir ya de esta tendencia que, en el final del régimen fordista de acu- mulación con la variable intervinierrtc de las tasas de interés formadas internaciotralrnente y por eso afirma- das en cuanto nacionales, la «ecuación fordista» no vale más, aunque sí una
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forma de regulación estable todavía no creada y relaciones económicas y so- ciales (una «normalidad estable») to- davía no formadas.
Desformalización del trabajo
Hay muchos indicios de una trans- formación de los modos de regulación de los mercados nacionales de traba- jo: las diversas formas de «empleo precario», del trabajo prestado hasta la extensión del «non wage employment», por lo tanto del número de «nuevos autónomos»; de la «des- sindicalización» hasta aquellas tenden- cias que recortan el Estado Social que floreció con el fordismo; por lo tanto, se debe hablar de «desregular» en re- ferencia a la movilización de reservas de flexibilidad en el mercado de tra- bajo entre las partes de los contratos (algunas veces con la inclusión del sin- dicato como parte fljadora de tarifas), pero también en referencia a la des- socialización de la esfera legal.
No sólo los referidos desarrollos económicos sino, en la misma medi- da, innovaciones técnico-productivas provocan una «presión innovadora» so- bre la «rigidez interna» de la organi- zación institucional de las relaciones de trabajo reguladas por el Estado. La elasticidad empresarial, que hasta en- tonces debía ser garantida por la fuer- za de trabajo humana, pasa a ser trans- ferida a las instalaciones técnicas, al menos en sectores parciales, a través de la introducción multiplicada de la rnicroelectrónica en sistemas flexibles de producción y prestación de servi- cios. Con eso se asocian históricamente
posibilidades enteramente nuevas de separación temporal y espacial de los sistemas hombre-hombre y hombre- nráquina. Técnicas de alta elasticidad pueden ser hoy usadas para distender los compromisos de la producción con las regulaciones inflexibles del tiem- po de trabajo, con los contratos tarifados, reglas de tiempo de trabajo y horarios de trabajo. Patrones orde- nadores institucionales -que, bajo es- tas condiciones, son «atrelados a la concepción del tiempo de trabajo que corre de la presencia en el lugar dc tra- bajo centralizado»- aparecen, según una interpretación ampliamente difun- dida de la así llamada «Tercera Revo- lución Tecnológica», como «límites del desligamiento» perturbadores. Se agre- ga todavía un desarrollo que es seña- lado para todos los países industriales y, parcialmente también, para aquellos en desarrollo: de un lado, la «terciarizaeión» tendencia] de la eco- nomía y del sistema de empleos y, de otro, mas relacionado con esto, una «infomralización» del trabajo: retroce- so del empleo de tiempo completo y crecimiento de «formas de empleo atípicas».
La primera tendencia se expresa en el aumento de los empleados del sector de prestación de servicios, ya se trate de la expansión de servicios pri- vados o públicos. Esas circunstancias pueden ser descriptas como un proce- so de «desindustrialización», que es evidenciado por un retroceso del ern- pleo en el sector industrial observable en casi todos los países de la OCDE desde el inicio de los años 70. Esa ten- dencia es cierta mente mucho más fuer-
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te en algunos países (principalmente en los EEUU, Canadá, y Gran Bretaña) que en otros, principalmente en el Ja- pón y en la (vieja) República Federal (Cf. Coriat/Petit, 1991).
Que el sector terciario, principal- mente err los EEUU, sea sensiblemen- te mayor que, por ejemplo, en la Re- pública Federal de Alemania y, en fun- ción dc esto, el empleo industrial en la RFA todavía sea -cn relación al ern- pleo total- mucho más alto que en los EEUU, cierta mente también se relacio- na con el hecho de que muchas presta- ciones de servicios orientadas hacia la producción, en los EEUU, serían eje- cutadas de forma autónoma y fuera del
sector industrial. E Alemania, mientras tanto, el d e s m e nr - brarniento dc la prestación de ser- vicios relaciona- dos con la produc- ción acaba de ini- ciarse. También con crecimiento bajo, los sectores de prestación de servicios todavía pueden expandir- se, lo que se expli- ca por su produc- tividad, a pesar dc que la informática y la computa- rizaciórr estén por debajo de la me- dia, habiendo sido las tasas de creci- miento aún basica- mente negativas. En el futuro, sin ern- bargo, eso puede cambiar: ahí también el sector terciario será alcanzado por la dinámica de liberación que actúa en los sectores primario y secundario. Pues el «capitalismo de mercado no lleva au- tomáticamente a la civilización tercia- ria, en el sentido de la visión optimista del futuro de Fouraslie. El probable de- sarrollo recorrerá un creciente desem- pleo estructural, la disminución de sa- la rios en sectores detenninados, la crea- ción de empleos ruines de prestación de servicios y, respectivamente, contra- tos dc trabajo precarios, falta de deman- da en función de estos decrecirrtientos de rendimiento y, con esto, una reduc-
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ciórt del erttpleo también en la indus- tria» (Zinrt, 1992:6, Herv.K.G.Z.). Eso puede ser estudiado de ntanera ejem- plar a la sombra del por largo tiempo farttoso «milagro de los empleos» del sector de servicios de los EEUU: este fue contprado no sólo con productivi- dades bajas, sino también con salarios bajos y corttratos de trabajo precarios. Ese precio aparece, mientras tartto, como demasiado alto, aún para los pro- pios economistas liberales defensores de una «terciarizaciórt de la economía». El renombrado investigador de gerenciamiento Peter Drucker funda- rnertta así su discurso en defensa de una «revolución de la productividad» en el campo de las actividades de servicio, con el peligro de un nueva «lucha de clases»: «...the incorne ofunskilled artd serniskilled service workers could corttinue tofall in relation to the ateadily rising wages of affluent knowledge workers. But this would lead to an even wider gulf between the two groups as well as to increase polarization.» «Ata minimum, this riases the prospect of 50cial tensiorts urtrttatched since the early decades of the Industrial Revolution» (Drucker, 1991:78) («...la rertta de los trabajadores de servicios no calificados y senti-cali- ficados podría continuar cayendo en relaciórt con los constantemente cre- cientes salarios de los abundantes trabajadores del saber.
Pero esto llevaría a un abismo más artcho erttre los dos grupos a la vez que a aumentar la pola- rización. Cortto mínimo, esto des- pliega el panorama del estanca-
miento económico; más omino- samente, despliega el panorama de tensiones sociales sin par desde las tentprartas décadas de la Revolu- ción Industrial»)
Sin embargo, no sólo en los EEUU el crecimiento del empleo en el sector de servicios es susti- tuido por la expansión de relacio- nes de trabajo atípicas y con me- nor o nirtgurta garantía jurídica, con requisitos de cualificaciórt cornpa- rativarnertte rrtertores y peores sa- larios. También en la Comunidad Europea, el desplazamiento del empleo desde la industria de trans- formación hacia los sectores de ser- vicios, con una expansión de con- tratos irregulares de trabajo -don- de el tiempo de trabajo parcial es ¡truchas veces una imposición (principalmente en los sectores de la salud, hotelero y el comercio)- conduce a empleos «menos impor- tantes» y, ert parte, de tiempo to- davía más corto. En Grart Bretaña, por ejemplo, el ttúrttero de emplea- dos de tiempo parcial subió del 30% (1980) al 40% (1992), y la ntisrna tendencia también puede ser observada en rttuchos otros países europeos (Cf.ILO, 1992). El traba- jo de tiempo parcial es ejercido, en todos los países europeos, en pri- ttter lugar, por las ntujeres; ellas re- presetttabatt en el año 1987 entre el 70% y el 90% de los empleados de tientpo parcial de Holartda, Di- namarca, Francia, Grart Bretaña, Bélgica y Alemania Occidental. La parte de. «trabajo de tiempo parcial irttpuesto», esto es, aquel de los
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empleados que trabajart en régimen de tiempo parcial porque no ert- cuerttran empleos de tiempo corn- pleto, fué. cstirttada para la vieja República Federal de Alemania del año 1989, en un 11% de las muje- res y un 28% de los hombres. Se agrega a esto la expartsiórt del «ent- pleo poco importante», en el cual deja de existir la contribución del seguro social por parte del empleador. De una proporción ex- traordirtaria es la parte de este tipo de erttpleo en micro y pequeñas ern- presas del sector industrial, pero principalmente en muchas ramas de servicios: esto vale especialmente para las esferas de hotelería, lavan- dería, empresas de limpieza, co- mercio al por menor y cada vez más para las mujeres empleadas en las esferas social y de trabajo domés- tico privado. Au ttterttaron ante todo, durante la segurtda ntitad de los años 80, los corttratos de trabajo de tiern- po deterrttirtado y de trabajo emprestado. A partir de los datos de la ILO (1992), más de la mitad de los contratos de los años 80 en Fran- cia, Alemania (Occiderttal), Holart- da, Luxemburgo y España eran de tiempo parcial. En el período de 1982-1987, los contratos de trabajo ertrprestado se duplicarort en la RFA; en Grecia, España e Italia, su aumertto fue aún mayor (Ib.). Expresión de la «tendencia a la infornralización» del trabajo sort principalmente el trabajo ilegal, la economía sornrttersa, el moon- lightirtg, el trabajo a domicilio, el trabajo semi-autónomo, etc. En sert-
tido clerttetttal, estos trabajos sort informales porque no sort formales y, por eso, no están sujetos a acuer- dos tarifarios ni protegidos integralmente por el sindicato pues, en gerteral, están fuera del sistema de contribución social y, por tartto, sort ejercidos de ntodo altarttertte desregulado. La «desregulación» es, en este serttido, nada más que una «desforrtralización» del trabajo. «Por debajo» del trabajo rtor- rnal se expande la esfera del traba- jo informal y -especialmente en los países en desarrollo- de subsisten- cra
El cambio estructural de los mer- cados de trabajo ettropeos, acompaña- do por procesos de reestructuración irt- dustrial hacia la «especialización flexi- ble» y la producciórt descentralizada en unidades mertores, relacionado con una desvalorización del sector industrial y con ttrta terciarización de la econo-
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mía, no tiene como consecuencia sólo las tendencias a la desfor-malización e inforrtralización cn los mercados de tra- bajo printario, protegidos por el dere- cho social y laboral. Al desarrollo de estructuras «posfordistas» de produc- ción y servicios corresponde cortcornitarrtertrertte una expansiórt de los «mercados de trabajo informales» secundarios, de la irtdustria del vestido y de la pesca, de la irtdustria hotelera, del ramo de. la cortstrucciórt civil y de la agricultura, de los servicios domés- ticos y del ramo de la salud. La irtforntalización de rarttas enteras y de carttpos de actividades -también este desarrollo ya fue Señalado en el ejem- plo norteamericano- ejerce en tanto, sirttultartcatnertte, una aspiración (la investigación de migraciones se refiere aquí a «efectos de atracción») sobre un núntero creciente de ciudadartos no per- tettecientes a la Comunidad Europea.Al rttisnto tierttpo, «efectos de expulsión» de sus países de origen -hambre, gue- rras, guerras civiles, destrucciórt del rttedio ambiente, o las secuelas desas- trosas de la crisis de la deuda en el en- tonces «Tercer Muttdo» y los procesos de desintegración en el erttortces «Sc- guttdo Murtdo», irnpelerr cada vez más persortas hacia los países ricos y al Norte, así como hacia los países po- bres y al Sur, de ahí hacia países con cuotas altas y otros con cuotas bajas de desempleo. En busca de cortdicio- nes de vida y de trabajo comparativa- mente mejores, refugiados políticos y rnigrarttes avanzan del Sur y del Oes- te, despojados de sus cortdiciottes eco- nómicas y ecológicas de existencia, en aquellas aberturas que. el carttbio es-
tructural crea cn los mercados de tra- bajo europeos, en aquellas esferas que, en función de las cortdiciortes de tra- bajo y de rerttuneraciórt, raramente si- guert ofreciertdo posibilidades de ern- pleo alternativas para las fuemts de tra- bajo locales. Urta vez que, con el cie- rre del rttercado interno de trabajo eu- ropeo, una parte dc la tnigración inter- ttaeiortal se transfontta en nrovimenlo irttertto -y por 'eso quien traspasó las «fronteras exteriores» de la Comuni- dad de los Estados cortsiguió penetrar en los pa íses nucleares ricos- todos los rnicrttbros de la comunidad «desfrort- terizada» elevan sus barreras de ingre- so. La consecuencia dc esto es que los fugitivos, los inmigrantes y trabajado- res rttigratorios sean derivados a con- tratos ilegales de erttpleo del sector irt- fonnal. Allí deben aceptar salarios, ho- rarios y cortdiciortes de trabajo que cs- tán bicrt por debajo del patrón acepta- ble por la fuerza de trabajo local.
Eso diferencia la nueva migración de la fuerza de trabajo que atraviesa fronteras viniendo de países del Hemis- ferio Sur y delos países de Europa Cert- tral y Orietttal, respecto de los migran- tes «artliguos» del irtterior de Europa, que venían de los países tttas pobres del Sur europeo en los años 50 y 60 hacia los ttucleos ricos e industrializa- dos del Norte.
«Etttpujada» por una política de mi- graciórt cada vez más rígida de los paí- ses de la Cortturtidad Europea, la mi- graciórt actual de fuerzas de trabajo ex- tra-europeas y de la Europa Orietttal desemboca, en gran parte, en los sec- tores informales dc los mercados de trabajo secundarios. El movimiento
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ntigratorio anterior se basaba en una demanda creciente de fuerzas de tra- bajo para la producciórt industrial. Con la reducciórt del rtútttero de empleos industriales, desaparecieron también las posibilidades ofrecidas para la in- tegraciórt social de los inmigrantes: si el empleo en los centros industriales ofrecía contratos de trabajo relativa- mente estables, el ertrpleo en el sector infonnal es, por regla, inestable y mu- chas veces de rttuy corta duración. Di- cho trabajo está relacionado con un grado de estabilidad territorial (lugar de residencia) tnucho menor y por lo tartto también ofrece menores posibi- lidades de corttrabalanccar diferencias culturales, contradicciones y cortflic- tos e'tnicos, a través de forrttas de soli- daridad horizontal. Si arttes la cualificación inferior de las fuerzas de trabajo (de regiones rurales), para las cuales los empleos en los dominios in- dustriales prósperos de los países eu- ropeos nucleares perrttitía un pequeño ascenso social -generalmente en la sc- gunda o tercera generación-, actual- mente la mayor parte de los ocho nti- llones de inmigrantes legales y los es- tintados cuatro millones de inmigrantes ilegales y trabajadores con dortticilio en el exterior, oriundos de Estados aje- nos a la Comunidad Europea, dispo- rten de formación profesiortal sólida o hasta diplomaciones superiores -cntrc éstas las referentes a los «Recursos Humanos»- y represerttart (una vez puestos bajo Condiciones ilegales) una amenaza seria corttra la posición concurrertcial de las fuerzas de trabajo locales de baja calificación. Desde la perspectiva de la cconorttía de Alema-
rtia Occiderttal, por ejemle se lrata' de una «afluencia de capital hurnarto» deseada porque carece de costos, y en la perspectiva de los países de origen de los inmigrantes, de un perjuicio eco- ttórtrico grave, perdiéndose inversiones realizadas en formación profesional. No se trata entonces de un milagro cuando el instituto de investigación ecortóntica iderttifica las consecuencias ecortórtticas generales del flujo rttigratorio más reciertle hacia la Re- pública Federal de Alerttattia cortto una evidente «ganancia para el Estado y la Economía»: de las 3,6 millones de per- sortas que, en el período 1988-1991, rnigrarart hacia Alemania Occidental, 1,3 millones ertcorttrarort erttpleo has- ta el final de 1991 y éstos rttismos po- sibilitaron a otras-85.000 personas la adrnisiórt en actividades remuneradas. Por eonsiguiertte, la inmigración bajó la cuota de desempleo de 1991 en 0,2%, contribuyó a aumentar la tasa anual de crecimiento hasta 3,8%, que habría quedado en 2,5% sirt la inmi- gración, y pcrrttitió en 1991 un alivio en el presupuesto público de cerca de 14 billones de rttarcos alemanes. Con- tabilizando en base a los gastos de for- mación por habitartte de la República Federal de Alemania, la inmigración de los años ¡988 a 1991 sigrtificó una «afluertcia de capital humano» del tnortto de 6 billones de marcos.
Lo qtte puede ser representado
' como saldo positivo en la inmigración
de fuerza de trabajo que atraviesa fron- teras en el sentido macro-económico pasa a ser, cntretanto, un dilema casi insolublc para los sindicatos de los países receptores de los inmigrantes.
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to b.)
Eso, al menos, mientras las evidentes desigualdades sociales continúenper- ntarreciendo a escala global y al mis- mo tiempo una política rígida de irt- rnigración fueree a los trabajadores de Estados extra-Comunidad Europea que buscan empleo hacia los lítttites estre- chos de los sectores infonttales de los mercados de trabajo secundarios. Pa ra defertder formas sindicales de solida- ridad horizontal, los sindicatos sort for- zados a insistir en patrortes de empleo lo más elevados posibles, perseguir es- trategias de cualificación y -en cuanto esté a su alcance- evitar una flexibi- lización para abajo delos salarios. Ahí, erttortces, podrá y les será dirigida la acusación de desarrollaracucrdos pro- tecciortistas respecto de los mercados de trabajo primarios en relaciórt a los migrantes que, en falta de otras alter- nativas, son forzados a una competen- cia rebajadora de salarios y niveles. Las consecuencias de una estrategia de esas, hoy ya visibles en rrtuchos países europeosnson formas de «soli- daridad» que se organizan en torno de filiaciones étnicas y nacionales. «ln fact, insistence on high gerteral standards of employ- ment, although irritially motivated precisely by egalitariart concerns, could in such a situation easily be cortstrues -and already frequently is- as sexist or xertophobic, with ernployers presenting themselves as advocates of equal opporturtity artd full employment for worttert and rnigrartt workers from foreign countries» (Streeck, 19902100 («De hecho, la insistencia en el alza getteral de los niveles de erttpleo, aunque en un co-
mienzo nrotivada precisamente por preceptos igualitarios, podría en tal situación facilrttente ser ittterpretada -y frecuentettrerttc lo es- cortto sexista o xenofóbica, con empleadores que se presentan a sí tttisrnos cortto aboga- dos de la igualdad de oportunidades y del pleno erttpleo para las mujeres y los trabajadores rnigrarttcs de paí- ses extranjeros»). Todas las tenden- cias enunteradas hasta ahora apuntan hacia un retroceso de la «lógica del trabajo» en favor de aquella del mer- cado: adecuaciones de las formas de empleo, de los períodos y los hora- rios de trabajo, de la orgartizaciórt del trabajo y del sistema y nivel de los sa- larios, a las restricciones exterrtas de la competencia internacional. Esquemáti- carnertte, esa tendencia podría ser ilus- trada en un esquema de cuatro cuadran- tes, ert el cual es irtdicada, ett la absisa, la amplitud de la protección sirtdical a partir del grado de organización o de la amplitud del catastro de acuerdos tri- butarios del enrpleado y, en la ordena- da, la densidad de regulaciórt del cort- trato de trabajo y de salarios por parte del Estado Social.
En el cuadrante I se encontrarían aquellos. países (y sistemas sociales) en los cuales el corttrato de trabajo asalariado es altarttertte reglamenta- do por el Estado Social y tarifado por los sindicatos.Ahí deberíart estar ubi- cados los países europeos del Norte y del centro, caracterizados hasta el irticio de las tendencias de desregu- lación de los años 70, por una «cultu- ra social-demócrata» específica (Cf.Buci- Glucksrttann-Therbortt, 1982). El cuadrante II, marcado por
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alta densidad de regulaciótt del Esta- do Social pero con competencia sin- dical restrirtgida, estaría reservado a las sociedades que vivierart el socia- lisrtto real. En el cuadrante III esta-
rían todas aquellas sociedades con sindicatos débiles y Estado Social dé- bil o irrexistertte, encontradas princi- paltnettte en los países del Sur de Afri- ca, América Latina, Asia, pero tam- bién en los EEUU (desde el tiempo dela admirtistración Reagan). El cua- drante IV describe una situación típi- ca de algurtos países del Sur Europeo (principalmente Italia), hasta finales de los años 70: un Estado Social dé- bil, sistemas de contribución al Esta- do Social todavía incompletos y, al mismo tiempo, sindicatos sectoriales fuertes en la sociedad.
El ordenamiento, al que está siem- pre ligado algo arbitrario, es menos irt- tcresartte que las tendencias de desa- rrollo. Urta de ellas es dominante: el
movimiento que sale del cuadrante I, alejándose de las instancias sociales de regulaciórt de la «ecua- ción fordis- ta». Ciertamente, esa tendencia de cortstrucciórt y reconstrucción del Es- tado Social y debilitarniert- to de los sin- dicatos- no es evidente ni homogénea. Se desert- vuelve pa r- cialrrtertte y de forma segrnerttada y sigrtifica, con la disolución de la «uni- dad» de la si- tuaciórt de vida y de tra- bajo de los dependientes del salario, la creaciórt de nuevos clivages para los que no hay respuestas fáciles de parte de la orga- rtización sindical.
También en la República Federal de Alemania, la cuestiórt gira en tor- rto de una flexibilización del sistema de acuerdos tarifarios, y ésta requie- re urta descentralización de las rela- ciones de trabajo, lo que ya hace tiempo se torttó realidad en otros paí- ses europeos. Las chances para mi- nar de forrtta reparadora el sistema establecido de las «irtdustrial relations» sort, desde la unificaciórt alemana, mas ventajosas que nunca. Pues, artte la situación de impasse en varias empresas de Alemania Orien- tal y de la situaciórt catastrófica del
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mercado de trabajo en los nuevos paí- ses federados, las exigencias-de un desarrollo de los salarios de diferen- ciación alta o hasta un nivelantiento de acuerdos de áreas tarifarias sort de realización rttucho más fácil que nun- ca enAlemania Occidental. No es, en- tonces, rtirtgurta coincidencia que las extertsas sugerencias de la corttisiórt de desregulación, ampliamente co- rresportdidas por las del consejo de peritos, hayan sido divulgadas con un atraso tan grande.
Pero también la creación del mercado interno europeo y la inter- nacio- nalizaciórt de las economías nacionales a través de su integra- ción en el mercado mundial repre- sentan las rttisrttas cortsecuencias desfor- malizadoras sobre el con- trato de salario y trabajo. Pues, una vez que la irttegración europea ac- ciona en primer lugar las «cuatro Libertades Básicas» (movilidad del capital, libertad de residencia para el trabajo, libre tránsito de bienes, libertad de servicios) y no la euro- peizaciórt de los derechos civiles sociales, surge una fuerte presiórt de adaptación del sistema económi- co irttegrado europeo sobre los sis- temas nacionales de relaciones irt- dustriales que -para conseguir aten- der a esa presión- precisart reactuar de nrodo flexible para ser liberados, con ese firt, de la «rigidez institu- cional».
La apertura de Europa Oriental y el colapso del socialisrtto real for- tificanesa tendencia, una vez que surgió un espacio social ampliamen- te desre- guiado más allá del río
Oder y del lago Neusiedler. Con el final del estatisrno del socialismo real, las formas de regulación de trabajo y del salario se transfirie- rort inmediatamente hacia el cua- drante III. Un período bastartte la r- go de «resocialización» de las rc- laciorres ecortornizadas de mercado y de las sociales sería necesario, arttes que la presiórt sobre las regu- laciones sociales dismirtuya en Oc- cidente, por un lado, por la inmigra- ciórt ilegal de formas de trabajo, por otro, por la corttpetencia de posicio- nes ert el mercado de trabajo. Por eso, el cortscjo de peritos puede no estar engañado cuando resume: «la forrnaciórt del mercado irtterno euro- peo, así como la apertura de la eco- ttonría dc rttercado de la Europa Orierttal trartsforrttan el cuadro de la política de tarifas. El capital adquie- re ntás movilidad, para que la políti- ca de tarifas se envuelva de rtranera más fuerte que nunca, en la cont- petitividad de los trabajadores en cl rttercado» (JG 91/91:]96: Ziff,366). Surge entonces una Europa de «ciu- dadanos de rttercado», que reciben bortificaciortes «en furrciórt de su efi- ciencia» ert la situación de mercado. Otros principios de la distribuciórt, por ejemplo a partir de las necesida- des individuales y sociales o a partir del principio de una política de tari- fas de la desigualdad cotttpettsadora de subprivilegios, sort dejadas de lado.
¿Una internacionalización de los ntercados de trabajo?
La interpenctración de las econo-
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tttías nacionales en el ámbito de la OCDE ocurrió hasta ahora por el co- tttercio dc ntercartcías, por la irtternaciorralización del capital pro- ductivo en la forrtta de inversiones di- rectas (Cf. OCDE, 1990) y, con espe- cial eficiencia, por la interna- cionalización del «capital a interés» (del sistema de créditos). La integra- ciórt de las economías nacionales en la rrtundial también se intensificó durart- te ese proceso. A través de ésto fue absorbida una parte de la capacidad de regulación de los Estados Nacionales, de rttodo que realmente se puede ha- blar de un prirnado de la ecortorrtía (del espacio global) respecto de la política (de la esfera nacional). Erttretartto, ese proceso no esta en rrtodo algurto libre de contradicciones. Urta de las contra- dicciones centrales del tema aquí tra- tado es aquella entre la globalización de los mercados de bienes, de capital y firtanciero, de un lado, y del carácter todavía altamente nacional de los mer- cados de trabajo, del otro.
Cuartdo la derttartda de trabajo es deterntinada por los mercados de bic- rtes y financiero, en la jerarquía dc los mercados, entonces son las rclaciortes globales las que detcrrninart la «performance» de los rttercados IlaC101 nales de trabajo. Eso ciertarnertte no sería un problcrtta grave si la econo- tnía capitalista mundial no se caracte- rizara por la diferencia de grado y tiern- po de desarrollo. La irttcgraciórt cre- ciente llevó a una nivelación de la modernización de las estructuras eco- rtórnicas y de las condiciones de vida de las persortas y a una expansión del biertestar de las naciones sólo en el
irtterior del espacio dc la OCDE; en el resto del rtturtdo (en su mayor par- te), al contrario, las diferencias de de- sarrollo se torrtarort mayores. Miert- tras que tendencias de pasaje de un fordisrtto corrtpleto a relaciones «posfordistas» pueden ser descritas en los países industriales ricos, cier- tarttcrttc los países en desarrollo del Ilantado «Tercer Murtdo» no conse- guirán, ertsu totalidad. dar continui- dad a su industrialización y moder- nización, ni siquiera completar Ia' «industrialización fordista». Las fronteras de la industrialización de recuperaciórt e intitativa no se portcrt de rttartifiesto sólo en la «industriali- zación trurtca» (Fajnzylbcr) provoca- da por el ertdeudarniettto, sirto tant- bién en la ctttretartto rttuy descuida- da demarcación de «derechos de etni- siórt» de residuos líquidos, sólidos y gaseosos del rttodelo fordista de uso intensivo de recursos, en las esferas bióticas y a- bióticas dc nuestro pla- neta (Cf. para mejor fundamen- taciónAlvater, 1992). Por eso, la cri- sis actual del ntodelo de desarrollo no es pasajera en los países perisféricos. La crisis no puede ser remontada por los catnirtos que el desarrollo traza. El desnivel de bien- estar erttre «Norte» y «Sttr», por lo tartto, permanecerá. Si fuera así, ett- tonces las fronteras nacionales de los mercados dc tra bajo no debe ría rt per- rttanecer cortto están. A la internaciortalización de los mercados de bienes, capital y crédito octtrrida en las últitttas décadas, seguirá una transnacionalización de los mercados dc trabajo, aurtque en una forrtta que
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soluciona pocos problemas pero crca rrtuchos nuevos. Eso fue denrostrado por los flujos migratorios que se di- rigieron en los últimos años de Eu- ropa Oriental hacia Europa Central y Occiderttal y desencadertaron reac- ciones xertófobas en Europa Occiden- tal (especialmente pronunciadas en Alemania).
Fue mostrado por muchos autores que la industrialización acelerada es- tuvo ligada a la destrucciórt de las re- laciortes sociales tradicionales y la li- beración de fuerza de trabajo. La in- dustrialización de los países europeos fue, entonces, acompañada de flujos erttigratorios: hacia el «Nuevo Murt- do» de América del Norte, hacia América Latitta, hacia Africa del Sur o hacia Australia; se forntaron colo- nias «neo-europeas» (Cf. Crosby, 1991). Los procesos de industrializa- ción acelerados de muchos países del «Tercer Mundo» presentan fenóme- nos semejantes: también allí fuerzas de trabajo son liberadas, sectores tra- dicionales son (productivarnerrte) destruidos, provocando movimientos migratorios de gran volumen. En cuartto ocurren en el interior de las fronteras nacionales de un país gra n- de (por ejemplo, Brasil), ésto es un problema nacional y regional rele- vante, mas no es un problema inter- nacional. Sin embargo, movimientos migratorios tienden a cuestionar las respectivas fronteras nacionales, principalmente cuando las perspec- tivas de vida más allá de las fronte- ras nacionales o regionales parecen ser mucho más ertcarttadoras que las de las regiortes de origen.
Más que otros mercados, los de tra- bajo son regulados y protegidos por el Estado Nacional. Esto es una conse- cuencia directa del ca racter de la «mer- cancía fuerza de trabajo», pues su pro- pietario no es sólo trabajador(a), sino también ciudadano(a) y por eso, en cuanto elector(a) en las sociedades de- mocráticas, sujeto político en el pro- ceso de reproducción de la hegemonía. En funciórt de eso, la rnigraciórt transnacional e internacional jamás es sólo una reacción a señales económi- cas, como afirntaría la teoría pura del mercado. sirto siempre rttediada polí- ticamente. Cuattdo las divergencias entre el modelo de acumulación y el espacio furtciortal irtternacional del mercado mundial se torrtan muy gran- des, entonces los mercados de trabajo nacionales no se dejan intimidar por rttedidas políticas rígidas, y seran trans- formados en partes del mercado de tra- bajo global, cuya estructura ciertamen- te es más compleja que aquella que las teorías de la segmentación de los tuer- cados de trabajo nacionales pudierort concebir hasta ahora. Eso puede Ser apenas indicado y requiere continuidad en la investigación: tendencias a la informalización, a la ¡legalización y el retorno de las peores forrttas del «bloody fordisrtt» en las metrópolis pueden ser sus consecuencias (en el caso de LosAngeles o Nueva York esto fue cxarnirtado diversas veces). La di- visión se reproduce etttortccs por sí misma en las naciortes desarrolladas. En el caso de las eittdades grandes de Europa, esto significará que una parte de Africa podrá ser reencontrada en Roma y Barcelorta, y que modos de
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vida y culturas de Europa Orictttal ha- rán su entrada en Berlírt y Viena.
No es posible hacer referencia aquí a las consecuencias culturales, socio- psicológicas y socio-estructurales. Ellas son rttertos relevantes en la globalización de los mercados de bie- nes y de dinero que en la transna- ciortalizaciórt de los mercados de tra- bajo, puesto que producirán nuevas «formas de articulación multicul- turalcs» en las sociedades. Por tartto, en el exanten de los mercados de tra- bajo no es más admisible tratarlos como mecanismos estrictamente eco- nómicos, cuando sort culturalmente articulados. La revisiórt crítica de las tendencias más recientes del desarro- Ilo capitalista rttuestra que no se trata más sólo de desempleo prolortgado, sirto de bloqueos en el desarrollo para continentes enteros en la ecortorttía capitalista mundial, con sus efectos retroactivos sobre los países industria- les. El espacio para el desarrollo de los mercados de trabajo también es ant- pliado cada vez más globalmente, así como en el caso de los otros merca- dos. Eso no significa necesariamente que el papel del Estado Nacional pase a ser ttrertos importante: sigrtifica, en todo caso, que las maneras de regula- ción de Ia relaciórt de trabajo y de sala- rio por parte de los Estados Nacionales precisan ser radicalmente transforma- das.
AJ comienzo, los factores que de- terrttinatt la oferta y derttartda del ttter- cado de trabajo fueron realizados en una ecttaciórt simple y tautológica. La derttartda de lraba jo podría entonces ser estirttulada por ttrta política de aumen- to del crecimiento. Esto no es, sirt ern- bargo, en cualqtticr país del mundo, mas que una soluciórt de emergencia a corto plazo, por motivos ecológicos. La disminución en el irtcretttertto de la productividad no está en cuestiórt, una vez qtte la competencia internacional en mercados altamente irttegrados lo evita. La política de mercado de tra- bajo sólo puede erttortces actuar del lado de la oferta del mercado de traba- jo: cuartdo una rebaja de la cuota de fertilidad no es cortsiderada, en furtciórt de strs efectos rtegativos sobre las mtt- jeres, restart apenas la restricción ge- rteral del tiempo dc. trabajo, juntamen- te cort políticas que faciliten formas de trabajo flexibles. Una opciórt por esos valores extrerttos oriertta hacia otra for- rtra de regttlaciórt de las relaciones de trabajo. A raíz de la tendencia a la internacionalización de los mercados, inclusive dc trabajo, nrodos e instan- cias de la rcgulaciótt sólo pueden ser itrtagirtados cortto nacionales y, al mis- rtto tiempo, internacionales.
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30 Junio de 1995
¿EL FIN DE LA SOCIEDAD DEL TRABAJO O EMANCIPACION CRITICA DEL TRABAJO SOCIAL?
Wolfgang Leo Maar’
“De nada sirve empezar por las cosas buenas de siempre; Es necesario partir de las cosas nuevas y odiosas. "
l tema del fin de la sociedad del trabajo impone una con- clusión a primera vista pa- radójica: nunca estuvo tan- poco acabado como hoy. Es
ésto lo que se va a tratar de mostrar, partiendo 'de la discusión de dos int- portantes contribuciones:
De un lado, la visualización de una liberación del trabajo, con la consti- tución de una ‘utopía del tiempo libre’ gracias a la industrialización capitalista avanzada, tal como la expone André Gorz, por ejemplo en Méthamo- rplroses du travail. Quete du sense. Critique de la Raison Economique.
De] otro lado, la liberación del tra- bajo en el trabajo, a través de la or- ganización consciente de los poten- ciales de desalineación desarrollados
Bert Brecht
por el proceso productivo capitalista en su contradicción escertcial (trabajo vivo vs. trabajo muerto) de acuerdo a Oskar Negt, por ejemplo en Lebendige Arbeit, enteignete Zeit (1984) y en str polémica con Gorz (Negt, 1989)
Antbos pretenden actualizar la praxis social en parámetros adecuados a la actual fase científico-técnica del capitalismo avartzado con su totali- zación transnacional y globalizante y su presencia perturbadora en practica- mente todas las relaciones de los horn- bres etttre sí y con la naturaleza.
Es necesario seguir el desarrollo histórico del rtta rxisrtto, pero sirt aban- donar el núcleo característico que éste constituyó como novedad: la compren- siórt del doble carácter del trabajo, en cuartto productor de valor mediante el
’Agradezco las contribuciones de MariaAmaliaAndery, de la Universidad Católica de San Pablo; Jorge Levi Mattoso, de la Universidad de Campinas: y del Prof. Wolfrlietrich Schntied- Kowarzik, dela Universidad de Kassel,Alentania.
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intercambio con la naturaleza y en cuanto momento privilegiado de autorealización humana, o sea, cortro proceso simultáneamente productivo y forrtrativo. El concepto de ‘trabajador colectivo’ desarrollado por Ma rx cons- tituiría la clave para Ia cornprensiórt conjunta de las interpretaciones de] firt de la sociedad del trabajo, porque en él se ettcuentra la versión más elabo- rada de la interrelación entre el plano económico y el plano socio-político y cultural; la dialéctica entre fuerzas pro- ductivas y relaciones de producción, entre base y superestrucutra. Analizar el trabajador colectivo presupone y explicita el fenómeno de la reificación, de la alienación sistemática, producto del proceso productivo capitalista que pertetra todas las dimensiones objeti- vas y subjetivas de la sociedad content- poránea y su relación con la naturale- za. Pero a través del fertórneno de la reificación se hace posible también la cornprertsiótt de un sujeto histórico con sus restricciones actuales: no se redu- ce a la idea de un manteluco azul, ni a construcciones doctrinarias sin conte- rtido social concreto; sino a su vez crí- tico y superador de la alienación so- cia] y de la alienación natural.
Cabe aquí hablar de la desmi- tificación de la ética del trabajo, la crítica de la alienación social y natu- ral por el trabajo, la forntación so- cial libre del yugo del trabajo. Pero no se justifica el firt de la sociedad del trabajo en cuartto ésta es el soporte de una concepción de práxis emanci- padora. Sólo con un enfoque históri- co, analítico y crítico de las formacio- nes sociales corttemporáneas, será po-
sible llegar a la cortclusión que el ‘fin de la sociedad del trabajo' también es producto del ‘trabajo’, en los límites que éste es definido socialmente por el rttodo de producción capitalista. El capital se apropió incluso concep- tualrncrtte del trabajo, tratando de ha- cer c] significado del ‘trabajo’ exclu- sivo de su ‘rrtodo de producción’, uni- versalizartdo ‘una forma social’ del tra- bajo: el trabajo productivo capitalista. El rttotivo reside en que, en un serttido antplio, el trabajo es razón, es decir: en la relaciótt del trabajo se coloca, se produce la racionalidad social. En el ‘trabajo’ está el proceso rttaterial de fonttaciórt de la razón, bajo la fomta de la racionalidad social. Bajo el capi- tal, trabajo ‘muerto’, el trabajo es reificado, separándose el producto del productor, obstaculizándose su com- prertsión cortto proceso formador y volviéndose aparentemente exclusiva la universalización del trabajo en cuart- to productor de ‘valor'.
El trabajo es un cortcepto histórico (sólo es arttropológico siendo históri- co) y es preciso encontrar su-significa- do actual. Se impone, así, concebir en primer lugar hasta qué punto los lími- tes de este sigrtificado son impuestos por un deterrttittado modo de produc- ción. La liberaciórt de este modo de producciórt se relaciona, así, con la li- beraciórt conceptual del trabajo.
I
Para Attdré Gorz, el debate sobre la sociedad del trabajo remite a una utopía del tiempo libre de trabajo, enla cual el fin de la miseria es visto
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como liberación del yugo del suplicio de] trabajo. Es una perspectiva tenden- cialmente optimista para el capital, como ‘mal que conduce al bien'.
“Al comienzo del siglo, un perío- do anual completo de trabajo: 3.000 horas. En 1960, 2.100 horas; 1985, 1.600. Aún así, con esta cantidad iufc- rior en un 25%, se producía un pro- ducto social bruto 2,5 veces mayor que hacía 25 años (...) en 1946, un trabaja- dor de veinte años se veía obligado a pasar un tercio de su vida despierto tra- bajando. En 1975, un cuarto. Hoy ya es menos de un quinto. (...) Nada im- pide alcanzar gradualmente una media anual de 1.000 horas de trabajo - que era la nonna en los inicios del siglo XVIII - una cuota de 20 a 30 mil horas de trabajo en la vida de un trabajador.” (Gorz, 1991, p. 147)
“Anualmente, la cantidad total del trabajo económicamente necesario de- crece en un 25% (...) aún sin que se acelere este ritmo, la necesidad de ho- ras de trabajo de la economía en su to- talidad deberá disminuir en un 22%, en una década, o en un tercio en 15 años.” (Gon, 1989, p. 319)
“Los países capitalistas de Europa producen hoy tres a cuatro veces más riquezas que haces 35 años. Esta pro- ducción tres veces mayor no necesita tres veces más horas de trabajo, sino muchas veces menos. En Alemania, por ejemplo, desde 1955, el volúmen anual de trabajó disminuyó en un 30% (...) quien hoy tiene quince años, pa- sará menos tiempo de su vida traba- jando que frente al televisor.” (Gorz, 1991, p. 68)
La tercera fase de la revolución in-
dustrial -de la automatización a la microelectrónica- introduce alteracio- nes significativas en el proceso produc- tivo, que pasa dela producción en masa a producción en escala, exigiendo un trabajo calificado para planeamiento, supervisión y control. Esta mayor ca- lificación de] trabajador - ahora técni- camente partícipe del planeamiento y del control de la producción (por lo menos parcialmente) - sera inicialmen- te identificada con una ‘desalicnación’ del trabajo.
Sobre todo a partir de los años se- tenta, la transcendencia del ‘fordismo’ habría posibilitado un nuevo creci- miento en las fuerzas productivas que llevaría a la formación de una ‘Nueva Clase Obrera’, por ejemplo para Mallet. Ya en 1973, Frank Deppe se había preguntado si, como consecuen- cia de la automatización y de la cientificación de la producción bajo condiciones capitalistas, se estaba for- mando un nuevo tipo de trabajador con alta calificación científica o ingeniero que anticipe la tendencia del tipo re- volucionario.
Bastante conocido vendría a ser el estudio de Kern y Schumann del año 1984, donde muestran, por un lado, que no hay un incremento lineal de formas de trabajo dcscalificadoras, al menos en los sectores en expansión. Pero, por otro lado, sigue discutible si esta orien- tación a nuevas formas de producción globalizantes conducirá al mismo tiem- po a una minimizacir’m - sensible, mencionablc - dc. los fenómenos de alienación o reificación.
Si, en la industralización avanza- da, el momento formativo del trabajo
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se ve penetrado objetiva y subje- tivamente por el capital, Roberto Kurz intenta demostrar como también en los países del ex-Segundo Mundo - o so- cialismo realmente existente en el Este de Europa y en la ex-URSS - y en el Tercer Mundo, en el ámbito de la mundialización del capitalismo, se impone una hegemonía total de la de- formación por la vía del trabajo abs- tracto.
“El discurso de la crisis de la so- ciedad de trabajo debe parecer un tan- to más extraño, en cuanto no sólo la ideología burguesa, pero en mayor gra- do aún el marxismo del movimiento obrero declara sistemáticamente el
‘trabajo’ como esencia suprahistórica'
de los hombres, erigiendo este hecho aparentemente fundamental incluso como alabanza principal de su crítica de la sociedad burguesa. Todo el deba- te histórico y social de la modernidad, entendido por el marxismo como lu- cha de clases, fue establecido sobre la base común de una sociedad del traba- jo que recién ahora aparece con sus li- mitaciones, impelido a través de crisis de disolución.” (Kun, p. ll)
Las constataciones de Kurz respec- to de la crisis general de la sociedad de] trabajo en sus aspectos objetivos y subjetivos coincide con el prognóstico hecho ya anterionnente por Claus Offe en relación a Occidente. En su ensayo más conocido, Trabajo: ¿Categoría Sociológica Clave?, se. cuestiona la centralidad del concepto de ‘sociedad del trabajo’ tanto en su configuración objetiva como subjetiva, objetivando la necesidad de reconsiderar la estruc- tura de los conflictos sociales.
Para Offe, el “‘trabajo' es objeti- vamente amorfo", en la medida que la racionalidad del trabajo, basada en una totalización del ‘trabajo productivo' ya no podría ser utilizada para la mayor parte del ‘trabajo’ ordenadory nonnali- zador de este ‘trabajo productivo'. El aumento desproporcional de la ‘tercc- rización', del trabajo mediador y rc- gulador, cuestiona la utilización de cri- terios tradicionales de eficiencia y des- empeño, incluso por su heterogenei- dad. Se introduce en la sociedad una ambigüedad respecto de la racionali- dad.
Ademas, según Offe, el trabajo será “subjetiva mente periférico". Habrá una “declinación de la ética del trabajo", incapaz de mantener el poder irradia- dor que aparentemente ofrecía al unir todos los demás aspectos de la estruc- tura social. La pérdida de la relevancia subjetiva del trabajo acompañará la desintegración de las esferas sociales organizadas conforme a categorias del trabajo. Y, en los modernos Estados de Bienestar, se disolverá la relación en- tre trabajo individual y renta indivi- dual, agudizando aún más la crisis de la ética del trabajo honesto como fun- damento de la sociedad burguesa.
“El trabajo no sólo fue. deslocado objetivamente de su status de un he- cho central en la vida y evidente por sí mismo, como consecuencia de este desarrollo objetivo pero totalmente contrario a los valores dominantes y a los padrones de legitimización de esta sociedad; el trabajo también está per- diendo su papel subjetivo de estímulo central como en la actividad de los tra- bajadores." (Olïe, p. 174)
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“(...) la conciencia social ya no debe ser reconstruida como ‘concicn- cia de clasc'; la cultura cognitiva ya no se relaciona fundamentalmente con el desarrollo de las fuerzas producti- vas; el sistema politico ya no se pre- ocupa basicamente de garantizar las relaciones de producción y de admi- nistrar los conflictos de distribución; los problemas centrales planteados por la sociedad ya no pueden ser más res-
pondidos en los límites de las catego-_
rías de escasez y producción." (idem)
Como se ve, Offe y Kun también diagnostican un ‘adiós al proletariado’, lema y título famoso de una obra de Gorz. Pero, en cuanto para aquellos se trata evidentemente de una pérdida, que requiere ser sustituida, el ‘adiós’ de Gorz suena principalmente a alivio respecto del riesgo de la ‘rcvolución’ y a prejuicios en relación con Ia cul- tura obrera, con el trabajo “que nunca llegó a constituirse efectivamente”. Entonces, está bien, diría él, que el tiempo necesario de trabajo social haya disminuido, sobre todo en esta fase de automalización. El trabajo es enfoca- do, asi, sólo como un suplicio al cual el hombre está condenado por las cort- diciones de Ia naturaleza vital. Una visión no muy distinta de la defendida por Adam Smith, a quien Marx, como se sabe, recriminaba en los Grundrisse que habría visualizado el trabajo ape- nas por su lado ‘ncgativo’. La propia evolución capitalista del proceso pro- ductivo sc encargaría, empero, de pro- piciar una liberación del trabajo, redu- ciendo su necesidad al mínimo, ya que éste constituiría una especie de ‘impo- sición eterna de la relaciones con la
naturaleza‘. A partir de ahi se estable- cería, mediante un ‘contrato social“, una redistribución equitativa (¿demo- crática?) de la carga de trabajo obliga- torio, constituyendo una ‘sociedad del tiempo libre dcl trabajo’.
“La industrialización moderna pro- duce una cantidad enorme de tiempo libre, y la cuestión está en discutir el sentido que se debe dar a-las activida- des desarrolladas en este tiempo libre. El sentido posible para el presente es el concepto de una ‘sociedad del tiem- po libre’, en la cual todos encuentran trabajo, pero necesitan trabajar cada vez menos con finalidades económi- cas." (Gorz, 1989, p. 313)
EI ‘t'in’ sería la ‘utopía del tiempo libre’. Gorz distingue trabajo econó- mico, productivo, asalariado y heteró- nomo dc. actividades propias, no asa- lariadas y autónomas, de autorealiza- ción, que constituirian en el futuro la mayoría del tiempo disponible. El tema del trabajo alicnado, de su forma so- ‘cial, de su ‘modo capitalista especifi- co’, no es central en Gorz y perma- nece como problema a lo largo de su argumentación. El trabajo, en Gorz, es una especie de ‘mito’ o ‘utopía negati- va’ que, como opuesto, es condición dc existencia de la ‘utopía positiva’.
Es decir, la tésis del ‘fin de la so- ciedad del trabajo’ estaría condicio- nada por otra, la de la ‘vigencia del capitalismo', su sobrevivencia a pe- sar del colapso de una concepción del mismo fundada en la ‘centralidad del trahaju’. El ‘fin’ seria, eu realidad, la interrupck’m de Ia ‘historia’, entendi- da como plenitud perenne de una for. mación social que pretende - por lo
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menos en el plano ‘ideal’ - haber eli- minado la miseria, el yugo del trabajo en cuanto actividad ardua, condena, suplicio e imperio de la necesidad. En este sentido, la tésis del ‘fin de la so- ciedad del trabajo' seria identificada con otra, la de la producción creciente de ‘trabajo libre’ a partir del desarro- llo de las fuerzas productivas, en una amalgama que éstas revisten con cl progreso científico-técnico. Podríamos concluir: la tésis del ‘fin de la socie- dad del trabajo’ sería igual a la tésis del ‘capital humanizado’.
Hay un papel ‘positivo’ que el pro- ceso de producción social capitalista desempeñó para la mejora de las con- diciones de vida, aunque ésta no haya sido la meta del proceso de valoriza- ción. Pero se alcanzó indirectamente por la conjugación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el avance científico y tecnológico. Además, por esta fusión entre ciencia y proceso pro- ductivo, aquella asumiría los paráme- tros de éste, subordinándose inclusive a los mecanismos de ocultación e in- versión ideológica, la ‘reificación’ vin- culada sistemáticamente al modo de producción valorativo del capital. En estos términos, la naturaleza sería ‘ob- jeto’ de exploración de la ciencra y el ‘trabajo capitalizado’ la única forma social posible de producción.
Por este camino, el abandono de la centralidad del trabajo sería también una tentativa de desvincular la irra- cionalidad de la producción y de la estructura social, deshaciendo la ecuación según la cual la razón es ra- cionalidad social. Así, los déficits de la estructura social se desvinculan de
los déficits en la estructura producti- va, preservando lo que seria la ‘racio- nalidad' más alllá del nexo entre pro- ducción y formación social. Esta se- ría la operación reflexiva de una ‘ra- zón‘, buscando en ella misma poten- ciales emancipatorios, tales como so- bre la base racional de la 'razón comunicativa’, es en este punto que Gorz y Habermas coinciden. Las for- mas de alienación social ya no pueden ser explicadas a partir del proceso de trabajo en su forma social en el modo de producción capitalista, sino deman- darían otra lógica, comunicativa. Esa es la tésis básica de la ‘teoria de la ac- ción comunicativa’ de Habermas.
“El político deber ser encontrado donde todas las fuerzas políticas nue- vas surgieron en los tiempos de cam- bio: el movimiento de los trabajadores mismo con sus sindicatos y partidos surgió de asociaciones culturales y de auxilio mutuo: es decir, de uu trabajo de reflexión, de fonnación y autofor- mación que se oponia a la cultura do- minante y las ideas dominantes; de una alternativa a la organización social dominante - una nueva utopía de la sociedad del tiempo liberado. La eman- cipación de los individuos, su libre desenvolvimiento y la nueva unión de la sociedad tienen como presupuesto la liberación del trabajo. Por la reduc- ción general del tiempo de trabajo, los individuos pueden obtener una autonomía existencial. Recién ésta podrá llevarlos entonces a tener como objetivo niveles crecientes de autono- mia en el trabajo y un control político de las metas de producción social, como un espacio social en que pueden
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desarrollar actividades libre y auto-or- ganizadas.” (Habermas, p. 149)
“(...) ya no vivimos más en una so- ciedad del trabajo. El trabajo profesio- nal (Erwerbsarbeit) ya no es el nexo más importante que vincula el hombre con la sociedad, no es más el factor más importante de socialización, no es más la ocupación más importante ni la fuente preponderante de la riqueza y de] sentido en la vida. (...) estamos abandonando la sociedad del trabajo (...) pero con marcha atrás; y con mar- cha atrás estamos entrando a la civili- zación del tiempo libre, incapaces de reconocerla y de quererla, incapaces de civilizar el tiempo libre, incapaces de fundar una cultura del tiempo disponi- ble y de la actividad autónoma que podría volver a ser un vínculo de la cultura dominante de los ‘experts'. La maximización del desempeño continúa dominando nuestro pensamiento y pa- rece que no queremos damos cuenta del hecho que el esfuerzo para econo- mizar al máximo el trabajo y el tiem- po mediante la máxima eficiencia con- duce a un resultado a que el pensamien- to económico utilitarista no sabe con- ferir valor ni sentido. Este sentido his- tórica mente posible está en que se eco- nomiza trabajo, se libera tiempo en el cual la racionalidad utilitarista posee cada vez menos validez (...) Esta inca- pacidad de nuestra sociedad para fun- dar una cultura de] tiempo disponible resulta en que el trabajo, la riqueza y el tiempo libre disponibles son distri- buidos de modo absurdo, extremada- mente injusto.” (Habermas, 1991, p. 68)
"El desmoronamiento de esta socie-
dad dividida remite a un problema fun- damental: ¿qué puede unir una socie- dad que no necesita el trabajo conjun- to de todos sus miembros para-sus lo- grar sus objetivos económicos?” (idem, p. 69)
Es notable como el texto intenta inducir la aceptación de los términos en los que Gorz presenta el ‘trabajo integral’, desconectado de la ‘raciona- lidad social’. Esta forma social de tra- bajo produce una ‘racionalidad’ no universalizable, es decir, no ‘racional’. La critica debe tener como meta no sólo una fonna social de la ‘racionali- dad’ - ‘¿que’ prioridades no económi- cas?’ -, sino su relación con el trabajo, y la fonna social del mismo - ‘¿qué‘ forma social de trabajo social?’.
“¿Qué prioridades no económicas se deben plantear? ¿Cómo será posi- ble asegurar a todos su parte en el au- mento de la productividad y en el tiem- po economizado? ¿Cómo será posible redistribuir el trabajo social útilmente para que todos puedan trabajar menos y mejor, obteniendo en contrapartida su justa parte de la riqueza socialmen- te producida?” (idem, p. 69)
Gorz explicita: crítica al capitalis- mo sí, pero preservando la lógica del capital y los términos en que éste defi- ne el ‘trabajo’.
“El capitalismo es un sistema de sociedad en el cual las relaciones do- minadas por la racionalidad económi- ca orientadas a la valorización del ca- pital determinan la vida., las activida- des, los criterios de valor y los objeti- vos de los individuos y de la sociedad. La lógica del capital, por lo tanto, es la única fonna de racionalidad econó-
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mica pura que existe. No hay otra for- ma económica racional para dirigir un emprendimiento más allá de la fomra capitalista (...) Esto no significa que todas las actividades deben subordinar- se a esta fomta ni que la racionali- dad económica pura debe predominar. El criterio de la eficiencia exige el mayor desempeño por unidad de tra- bajo, vivo o muerto, es decir, la maximización del lucro. Pero este cri- terio es relevante sólo para una parte restringida ‘de intercabio con la natu- raleza’ (o trabajo instrutnental - WLM), de acuerdo con Marx. Por eso, el criterio del desempeño mensurable debe ser limitado por la aplicación de otros criterios. Cuando éstos se impo- nen contra la lógica del capital en las decisiones públicas y los comporta- mientos individuales, subordinando la racionalidad económica como tnedio para objetivos tio-económicos, enton- ces el capitalismo esta superado a fa- vor de una sociedad diferente, incluso por una nueva civilización.” (Gorz, 1989, p.150/151)
La reducción del trabajo socialmen- te necesario puede significar no el fin, sino también incluso la universaliza- ción total del trabajo bajo el dominio del capital. También el trabajo alta- mente automatizado produce aliena- ción. Aún el tiempo libre resultante de la altisitna productividad del proceso de trabajo, en la forma social de valo- rización del capital, no está ‘libre’ de la presencia del capital; éste es justa- mente el fenómeno universal de la rcificación esbozado por Marx, anali- zado sobre todo a partir de la década del veinte por Lukács y la Teoria Cri-
tica de Frankfurt. O sea: la liberación del ‘tiempo libre’ por el proceso de tra- bajo en la producción como proceso de valorización del capital acepta la subordinación de todos los procesos productivos sociales a los parámetros de la valorización. En estos términos, el ‘tiempo librc’ es sólo la contraparti- da abstracta del tiempo que se genera- liza apenas como un contenido pautado por la productividad bajo la forma de la valorización. Un ‘tiempo libre’ sin contenido concreto posible. Las formas productivas no son ‘inocentes’: “pro- ducen’ tiempo impregnado de relacio- nes de produeción que no son sólo un ‘envolucramiento’ que puede ser des- pedido.
En este sentido, no hay manera de ponerse de acuerdo con la tésis del ‘fin de la sociedad de trabajo’. Ella sólo puede ser comprendida a partir de la hipótesis contraria: la centralidad de la concepción del trabajo en la ditnensióu que le es conferida en el ámbito del análisis marxista del capital. O sea: la tesis del ‘fin de la sociedad del traba- jo', la ‘utopía del tiempo libre’ es la forma actual del fetiche del capital, ideología de la tttoderna sociedad de industrialización avanzada, así como la ‘utopia del trabajo’ fue el fetiche del capital en los comienzos del capi- talismo. Tiene una función ideológi- ca.
En realidad, la tesis del ‘fin’ de la sociedad del trabajo es la tesis de la ‘universalización' de la sociedad del trabajo, en la fonna social que el mis- tno trabajo asunte enel marco del pro- ceso de valorización del capital. El fin de la sociedad del trabajo es un pro-
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ducto de la sociedad del trabajo. Volviendo al argutnento central: la tésis del ‘fin de la sociedad del traba- jo’, como se ve, no se refiere a las cues- tiones ‘concretas’ de la ‘sociedad del trabajo’ puestas en escena por la ideo- logía de la sociedad civil burguesa a partir de su construcción durante el así llatnado capitalismo liberal. Porque, si así fuera, se sumaria a la crítica del capitalismo, irótticamente enriquecida hasta incluso por la denota del comu- nismo. En los te'mtinos establecidos, la te'sis del ‘fin de la sociedad del tra- bajo’ ahistoriza el capital que ya tuvo su historia, pero no le queda más. La tésis se refiere sobre todo a una espe- cie de disociación entre la realidad material (económica, social) y la rea- lidad cultural. Una exageración respec- to de la relación de la sociedad con su cultura, como lo quiere ver Habennas (véase E I discurso filosófico de la mo- dernidad). En el caso de Gorz, la tésis del fin de la sociedad de trabajo tiene un resultado ambiguo: por un lado des- taca la relevancia del tiempo de las actividades autónontas en términos fonnativos; por otro, provoca un retro- ceso: cuando la lucha centrada en el tiempo libre se vuelve práctica, des- aparece la critica del trabajo capita- lista. Distinguiendo conceptualmente entre actividad económica heterónoma y actividad autónoma, se evita la críti- ca de la forma social típica de la racio- nalidad (mejor: irracionalidad) del pro- ceso productivo capitalista. Pero sólo gracia a una laguna conceptual. La contaminación etttre lo que serían las dos realidades del tiempo de trabajo y del tiempo libre occure inevitablemen-
te por el carácter doble del trabajo. Aqui cabe no sólo analizar la domina- ciótt dc. las fortnas objetivas del tiem- po libre, como actividad agregada a la producciótt, sino también su carácter subjetivo que Oskar Negt denomina ‘explotación secundaria por la indus- tria de la conciencia’. Sin la forma so- cial actual dominante del trabajo y sus reificaciones, ¿cómo sería la lucha por el tiempo libre, en los temtinos de otra racionalidad social?
II
Para Oskar Negt, ‘frankfurtiano’ de la misma generación que Habermas, el ‘adiós al proletariado’ debe tener sett- tido crítico como superación y alter- nativa. El diagnóstico de Gorz es acer- tado, pero sin propuestas. El proleta- riado se mostró incapaz de ser ‘sujeto’ en el sentido de ‘reclamar el conteni- do de la historia’. Pero los ‘nuevos movimientos sociales’, ¿en qué medi- da anuncian transformaciones sociales como ‘nuevos’ sujetos?
“Fonnas tradicionales de la fomta- ción obrera no son más practicables; hay que intentar otras formas” (Negt, 1989, p. 57). Separarse de la concep- ción estricta de la revolución sin aban- donar el marxismo. Habría tres condi- ciones para disolver “la rigidez desani- mada en la relación entre reforma y revolución” (idem, p. 58), barrera po- litica del marxismo:
l. Las tttetas socialistas no se de- ben separar de Ia realidad, volviéndo- se al plano particular de las ideas; es necesario tener agentes ‘reales’.
2. En los países industrializados no
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hay otra opción que ‘refomtas revolu- cionarias’ para la transformación radi- cal de la sociedad.
3. Cuando estas reformas revolucio- narias son objetivamente posibles, “se abre un campo amplio para la actua- ciótt socio-cultural de transformación de la conciencia y para la comprensiótt y sintonía con los vinculos específicos del trabajo que marcan la vida de los hombres, como también hay reformas que favorecen la estabilización del ca- pitalismo” (idem, p. 58).
Incluso cuando hay una revolución, no estaría tomada la decisión entre ca- pitalismo y socialismo. “¿Cómo viven los hombres?, ¿qué ganan, cómo se identifican con su trabajo?, ¿en qué condiciones viven?, ¿a qué nacionali- dad o religión pertenecen?: éstas no son preguntas al margen del proceso revo- lucionario.” (idem, p. 63)
Cuestiones de esta índole situarían “la capacidad de soporte histórico de las utopías del trabajo; y no la supre- sión de las mismas.” El finde la socie- dad del trabajo sería un “retroceso a un idealismo moral indiferente en re- lación a la gravedad de la situación” (idem, p. 67) de la mayoría:“Que las utopías de la sociedad del trabajo no están agotadas a escala mundial, que los pueblos pobres depositan sus espe- ranzas de liberación de la miseria en el desarrollo del trabajo, ¡eso parece totalmente obvio!” (Negt, 1984, p. 167)
El socialismo es tanto utopía de la sociedad del trabajo como utopía cul- tural o del tiempo libre. La liberación ‘en’ el trabajo y la liberación ‘del’ tra- bajo no son movimientos excluyentes; una no puede existir sin la otra.
“El socialismo no está superado; sólo una parte de sus reivindicaciones históricas se realizaron, pero es nece- sario abandonar la concepción primi- tiva de la transformación de teoría en práctica, para darle sentido vivo” (Negt, 1989, p. 64)
Gorz, empero, descarta el marxis- mo:
“El concepto de una sociedad del tiempo liberado o ‘sociedad cultural’ en oposición a la ‘sociedad del traba- jo’ coincide en su contenido ético (li- bre desarrollo de la individualidad) con la utopía marxista, pero tiene con ésta diferencias filosóficas y políticas im- portantes.” (Gorz, 1989, p. 136)
La diferencia esencial estaría jus- tamente en el presupuesto marxista de la liberación en el trabajo para la libe- ración del trabajo.
“Sólo por la liberación en el traba- jo puede surgir el sujeto apto para dar un sentido a la liberación del trabajo." (Gorz, 1989, p. 138)
Para Gorz, el marxismo implicaría una crisis de la racionalidad económi- ca en consecuencia del desarrollo ma- terial, produciendo el sujeto histórico de la superación de la razón econótni- ca, al liberar el sentido oculto de la contradicción no resuelta en el traba- jo, por lo tanto presupuesto de la libe- ración del trabajo. Para Gorz, esta uto- pía no tiene fundamento:
Primero por la contradicción exis- tettte en la obra de Marx etttre los Grundrisse y el Capital en cuattto a la relaciótt entre trabajador y máquina: la separación del trabajador de sus me- dios de trabajo, de su producto, de. la ciencia incorporada en la máquina.
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Nada en estas descripciones puede jus- tificar la teoría del ‘trabajo atrayente’: la apropiación de una totalidad de fuer- zas productivas mediante el desenvol- vimiento de una totalidad de aptitudes en el trabajador. (Gorz, 1989, p. 139)
El segundo argutnento es empíri- co: los resultados de la investigación de Kent/Schumann. Los ttuevos traba- jadores especializados de la Tercera Revolución Industrial no confimtatt la tésis del trabajador soberano que de- sarrolla todas sus aptitudes. Al contra- rio, el grado de autonomía en heterono- mía es motivo de luchas renovadas de los trabajadores.
“El desarrollo de las fuerzas pro- ductivas no produce por si mismo la liberación ni el sujeto social e históri- co de la misma (...) La utopía ma rxista está muerta (...) su sentido debe ser buscado independientemente de una clase social que estaría en la condición de realizarlo.” (idem, p. 141)
La crítica de Negt a Gorz está en Aus produktiver P/mntasie, un horne- na je a Gorz que conmemora sus sesenta y cinco años.
“Lo que diferencias dentro del con- cepto de trabajo como trabajo asala- riado, trabajo propio y actividad autó- noma, para mi es un desdoblamiento histórico-especifico de un concepto de trabajo que sobre todo en el último si- glo se separó de la estructura del capi- tal, adquiriendo condiciones vitales de un desarrollo propio. Si pretendieras designar con esta distinción de tres ti- pos de trabajo la diferenciación analí- tica del concepto de trabajo vivo en la condiciones actuales, entonces estaría de acuerdo.
Pero el problema real de estas di- ferenciaciones está en que, en el context de una sociedad global, o cada una de las fortnas de trabajo produce a partir de si misma la que le es opuesta, o se vuelven interdependientes las actividades autónomas se muestran heterónomas y en el trabajo eco- nómico hay partes de actividad autó- noma y trabajo propio. El desmorona- miento de la producciótt fordista en masas no es una mera ideologia. (...) cuando miramos más de cerca, (...) exclusivamente la mediación intertta de las construcciones dualistas es la verdadera relación entre las dos cosas entre sí.” (Negt, 1989, p. 70)
La diferencia etttre ‘liberación del trabajo’ y ‘liberación en el trabajo’ es el núcleo argumentativo de Marx: el carácter doble de su concepción del trabajo. Pero no es tan simple: el de- bate entrc Gorz y Negt, en el plano de la teoría marxista, corresponde a dos visiones de la historia futura del capi- talismo, ambas expuestas por Marx en épocas distintas de su elaboración teó- rica. Hay por detrás una cuestión de fundamentos lógico-filosóficos de la concepción de trabajo: Gorz se refiere explícitamente a los textos de los Grundrisse. “El tiempo libre (...) trans- formó su poseedor naturalmente en un sujeto diferente, y como otro sujeto, éste participa también del proceso pro- ductivo.” (Grundrisse, p. 592). Las ideas de Gorz están todas ahí: la clase de ‘no- trabajadores’, o de trabajo tní- nitno, el libre desarrollo de las indivi- dualidades. La liberación presupone la supresión del trabajo y el desarrollo de ttuevas formas de apropiación de la
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naturaleza.
Negt se apoya en el Capital (Ter- cer Tomo, Capitulo ‘La fórmula trinitaria’ - p. 828); la liberación del trabajo debe sustentarse en la ‘libera- ción en el trabajo’. Es la concepción según la cual sería por el control co- mún de la producción, la reducción del tiempo de trabajo y la humanización del trabajo - o sea, por la asociación consciente y solidaria de los producto- res - que se avanzaría hacia la nega- ción del capitalismo. Y ya no por la supresión del trabajo como en los Grundrisse. El objetivo de la supera- ción del capitalismo estaria en la ‘rup- tura de la capa capitalista’ (Primer Tomo, Capítulo ‘La acumulación pri- mitiva’ - p. 791).
De esta diferencia en la refe- rencia a Marx resultan visiones distin- tas de la sodedad ‘alternativa’. En el caso de Gorz, no hay nada que sustitu- ya la lógica del capital. Queda para desarrollar una directriz utópica, guía de la práctica socio-política: la ‘uto- pía del tiempo libre’. A raíz de la crea- ción del ‘tiempo libre’ existe la certe- m de tendencias de autosupresión del capital que cultninarian en un mayor desarrollo de la individualidad a partir de actividades fuera de la lógica de la valorización. Para Gorz se trata de dar- le sentido a la Tercera Revolución Industrial.
Ya para Negt, la alternativa se pro- duce en el seno del propio desarrollo capitalista, bajo la figura del ‘trabaja- dor colectivo altemativo’ (Negt, 1981, p. 1234) que se constituye en el ma rco del ‘trabajador colectivo en los límites del capital’. En este sentido existe un
papel positivo desempeñado por el ca- pital, en la medida que, por ser ‘una contradicción en proceso', produce su propia superación. En la obra de Marx, esto se puede estudiar en el análisis de las máquinas en el proceso industrial donde producen contradicciones que el propio capital intenta ocultar, debido a su potencial explosivo (Grundrisse, p. 592).
Para Negt, “la concepción del tra- bajador colectivo es el divisor de aguas de la economía política del capital, que se mueve en dirección a su ampliación” (1989, p. 1228). Ya no el trabajador individual,
“sino más y más un potencial so- cial combinado dc trabajo se vuelve el verdadero agente del proceso conjun- to de trabajo (...) y el conjunto de la máquina productiva, participando de modo tnuy diverso del proceso inme- diato de la producción de mercancías, o mejor, de productos, uno trabajando más con la mano, otro más con la ca- beza, uno más como gerente, ingenie- ro, te'cnico etc., cl otro como supervi- sor, el tercero como trabajador manual directo, o incluso como peón (...). (Marx, 1969, p. 61) '
Al depender del trabajo social, co- lectivo, bajo la forma planificada y organizada, el capital dependerá de la unión de las fuerzas del trabajo, de las cuales vive, pero que preexisten a él, y, por Io tanto, podrían asociarse sin él. En el capítqu del Capital dedicado a la ‘Cooperución ', Marx examina esta situación. La actuación cottjuttta y pla- nificada de los trabajadores sería en- tonces “la forma del contenido racio- nal del valor que este presettta en el
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proceso de trabajo, que asi se despoja en este proceso de. su forma mitifica- dora" (Zech, 90). Habría aqui una po- sibilidad de que se supere la reifica- ción. O sea, aqui el valor aparece como expresión econótttica de relaciones so- ciales en las cuales el carácter social del trabajo no puede expresarse inme- diata mente, pero vuelve necesa ria “una fortna detenninada de valor”, o dinero (Zech, 81). En el capitalismo, sólo en los productos se expresa el carácter social; por el valor de los productos. De un lado, el proceso de trabajo so- cial; del otro, el proceso de valoriza- ción - por el valor del producto. Será posible, entonces, una ecuación que revela de que tnanera el capital no es el sujeto del proceso de valorización.
Para Negt, “bajo el tnattto delanti- guo trabajador colectivo crece u no nue- vo, con otras calidades y con nuevas combinaciones sociales" (1981, p. 1228). Así, sc. abre la posibilidad de una organización alternativa de la co- operación entre los productores, de acuerdo a objetivos que no sean los de la valorización del capital. Depende de la combinación de capacidades del tra- bajo diferentes de las constitutivas del trabajador social colectivo bajo la óp- tica del capital. Pero existiría la posi- bilidad dc una confluencia consciente de la actuación humana fuera de los
parámetros de la valorización capita- -.
lista.
“El lenguaje, por ejemplo, repre- senta lo que podría entenderse como vestigios de un trabajo colectivo que no está bajo el comando del capital.” (Negt, 1981, p. 1235)
Basándose más enel Capital, para
Negt, las esperanzas se depositan en los aspectos del trabajo social dc los cuales depende el desarrollo del capi- tal y que, en este sentido, son momen- tos ‘positivos’ del capital. El análisis de estos aspectos, por lo tanto, requie- re investigar el proceso dc reificación operado por el capital, que influye la propia forma por la ctt'al el trabajador colectivo aparece, ocultando al traba- jador colectivo alternativo. Negt insis- te: este trabajador colectivo visto por la óptica del capital es “falso, pero tie- ne poder real” y, cuando se examina el ‘fin de la sociedad del trabajo’, es ne- cesario atacar este ‘poder' que es la reificación.
El análisis critico de. la concepción del ‘trabajador colectivo’ permite rc- conslruir las concepciones del ‘fin de la sociedad del trabajo’. El trabajador colectivo es polarizado. Desde el pun- to de vista del proceso de trabajo, el desarrollo científico-tecnico de la fuer- za de trabajo implica un aumento ge- tteral de la productividad del ‘lrabajo social’ y del ‘trabajador colectivo’. Del punto de vista del proceso de valoriza- ción, el trabajador intelectual es parte integrante del capital y el trabajo pro- ductivo es aquello que normalmente se caracteriza como trabajo manual, aliettado, frente al intelectual, de or- ganización y planificación. (Zech, 97/
'98) ..
A partir de la concepción del ‘tra- bajador colectivo’ es posible aprehen- dcr la polarización (hasta de ‘clase’) en el átnbito del ‘trabajo’ en función de la distinción entre trabajo intelec- tual y trabajo manual. Hay una espe- cie de autoconlradicción del trabajo
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consigo mismo. Las relaciones socia- les de producción capitalistas se repro- ducen en el plano de las fuerzas pro- ductivas intelectuales; sea en fusión con el desarrollo científico-tecnológi- co (en el caso de la industrialización avanzada), o, en otros tiempos, tnuni- das con el estatuto de la dominación por el monopolio de la planificación administrativa (en el caso de la ‘no- menclatura’ del ‘sorex’). Desde la perspectiva del proceso de valoriza- ción, el trabajo colectivo incluye el tra- bajo productivo ‘manual’, de manera que el intelectual ‘pertenece al capi- tal’.
Son evidentes las dificultades de conceptualización del ‘trabajador co- lectivo’ en las condiciones actuales y mundiales del proceso productivo. Tempranamente, se vislumbró que no se identificara con el ‘prolectariado’ en sentido estricto. Pero las soluciones propuestas (la ‘concieneia de clase’ atribuida, distinta de la consciencia empírica del trabajador, para Lukács) arriesgaron ser meramente abstractas. Con estas dificultades, se usaron dos propuestas para resolver en el plano de la sociedad civil burguesa problemas del ‘trabajador colectivo’, ambas C0tl- cepciones ‘litnitadas’ del trabajo:
1. Se niega la existencia empírica al ‘trabajador colectivo’, considerado una concepción transcettdental como agente de la praxis (al modo de la ‘consciencia de clase’ lukacsiatta, en la cual la clase corresponde a una consciencia atribuida). Luego, direc- tamente no existe una ‘sociedad del trabajo’, como en Gorz.
2. O, si no, se niega el componente
fonnativo (o normativo) del trabajo, manteniendo el mismo como ‘trabajo productivo’ tal como es visto bajo el prisma del proceso de valorización - es decir, como trabajo tnanual, produc- tivo. El momento fortnativo se desvin- cula lógicamente del trabajo. Así, para los conceptos de trabajo e interacción, se reproduce lo que era el carácter do- ble en el trabajo colectivo: trabajo pro- ductivo instrumental y la cooperación planificada, consciente. La distinción entre trabajador intelectual y trabaja- dor tnanual se reflejaría en la dualidad entre interacción y trabajo -como en el caso de Habemtas. Pero, entonces, la pregunta más candentc- ¿cómo pen- sar el trabajo alienado (y no una interacción que es desalienada porque separada del trabajo)? - permanece abierta.
En ambos casos, la ‘liberación del trabajo’ es sólo su elitninación como problema, mediante el itttento de defi- nirlo en forma más limitada. Pero la mera traducciótt conceptual de la rea- lidad no implica la supresiótt-supera- ción de su carácter contradictorio: el proceso de trabajo alienante, inclusive bajo las fomtas de la reificacióu social en todos los niveles -incluso en la con- cepción instru- mentalizadora de la naturaleza - pennanece como desafio a la concep- tualntente decretada ‘humanización del capital’ .
De hecho, la ‘utopía del tiempo li- bre’, de la liberación del trabajo, está lejos de cumplirse. En primer lugar, hay que relacionar la reducciótt del tiempo de trabajo con los cantbios en la estructura del trabajo:
“Pronósticos de (la revista econó-
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tnica alemana - N.d.T.) Capital indi- can que, en 1990, se podria producir la misma oferta de mercancias que en 1982 con apenas el 20% de la fuerza de trabajo que en 1982. La productivi- dad del trabajo creció en tal medida que, frente a ella, la reducción del tiem- po de trabajo se vuelve insignificante si consideramos intervalos idénticos. Usando como padrón la riqueza social efectivamente producida, el salto cua- litativo eu la reducción del tiempo de trabajo aún no ocurrió.” (Negt, 1984, p. 209)
En segundo lugar habría que evitar la “explotación secundaria del tiempo libre por la industria burguesa de la conciencia” (idetn, p. 140) que revela la interdependencia entre tiempo de trabajo y tiempo libre. La igualación de trabajo industrial, heterónomo, con alienación, por un lado, y tiempo libre con autonomía y soberanía del tiem- po, por otro, no se impone inmediata- mente. El ‘tiempo libre’ continúa reificando, cuando es considerado en su inmediatez, como apunta Adorno en su ensayo Tiempo Libre (1969). El tiempo libre es tiempo de trabajo en el cual la explotación es disfrazada, me- diante la reificación del capital.
Las de Negt y Gorz son percepcio- nes distintas del futuro, no de la socie- dad de trabajo sino del modo de pro- ducciótt capitalista. Para que la socie- dad se vuelva tendencialmente concre- ta en el sentido de la ‘utopía del tiem- po libre’, es necesario que las asocia- ciones de productores (sobre todo los sindicatos) se den cuenta de la necesi- dad de desarrollar mandatos políticos más atnplios, asi como lo quiere Negt.
Que actúen sobre un nivel atnpliado de ‘trabajador colectivo’ en todas las di- mensiones culturales, sociales, politi- cas (adetnás de las econótnicas) en una forma critica respecto del modo social de un proceso de trabajo que obstruye sistemáticamente la formación de al- ternativas. Para Negt, el trabajador colectivo tiene un rol político por ser trabajador y no a pesar de ello.
III
Nunca hubo tanta presencia y tanto futuro para el trabajo como a partir de las tésis del ‘fin de la socie- dad del trabajo’: el trabajo continua- rá por mucho tiempo siendo un tema social y político fundamental.
El eje principal de la argumenta- ción de Gorz es el de sustraer la activi- dad autónoma del alcance del trabajo económico y de su moral de eficien- cia, mediante una utopía del tiempo libre. Pero lo hace relacionando la mis- tna a rmoniosamente con el trabajo asa- la riado, paradigma de la producción ca- pitalista. En Gorz ha y, por lo tanto, una aporía: dos planos ‘desconexos’ de ac- ción política, pero que se ‘relacionan’. Negt trata de evitar esta aporia, atri- buyendo un tnandato político amplio a la representación social (sindical) en el plano del trabajo económico colec- tivo.
¿,Quedaria, entonces, el fin de la sociedad del trabajo como un lema restaurador de la concepción del ‘tra- bajo formativo’ (o del espíritu, ¡hege- liano!) como tnito burgués, cuya idea la historia del trabajo real, físico, ape- nas ilustra, ejemplifica? ¿Sería llll re-
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torno de la sociedad de clases a la so- ciedad civil y su dualidad del burgués y del ciudadano? Una salida con mar- cha atrás, ensayada tanto por Gorz como por Habermas. El marxismo, empero, pretende pas‘ar al frente, ca- racterizándose por el pasaje del poten- cial formativo del ‘trabajo' (que lleva a una aporía) al concepto de ‘práxis’. ¿Sería la tésis del fin de la sociedad del trabajo una alegoría para el ‘fin del marxismo’ (es decir, de la ‘práxis’)?
De hecho, es necesario reconocer que existe una ‘cucstión del proleta- riado’, del ‘sujeto histórico de la eman- cipación’, un problema ligado a la re- lación entre emancipación social y tra- bajo social. En Marx, el trabajo tiene un carácter doble: simultáneamente económico y emancipatorio. Constitu- ye una actividad creadora de valor y, como tal, sería condición de la consti- tución de la sociedad en general. Pero el trabajo no se caracteriza sólo como desempeño productivo; es también un hecho formativo.
Aún sin tomar en cuenta la adecua- ción histórica actual, la obra de Marx encierra dificultades de lectura. Exis- te una distinción entre las concepcio- nes de la liberación de la sociedad alienada en el Capital y en los textos anteriores. En los Grundrisse, por ejemplo, aún hay una perspectiva de liberación del trabajo, es decir, la idealización de una sociedad libre, con- siderada imposible. La liberaciótt con- siste en el control de. la administración del proceso de trabajo bajo la fortna social de la producción valorativa a partir de la cooperación solidaria ett- tre los productores conscientes.
Aunque haya una continuidad en- tre la obra juvenil y el Cupitalen cuan- to al carácter formativo del trabajo, el momento de autorealización de los hombres será afectado posteriormente por un cambio de perspectiva.
Por ejemplo: cambiará el compro- miso que la concepción de trabajo en Marx tiene con la teoría revoluciona- ria. En la obra temprana había un mo- delo argumentativo basado en el tra- bajo, en el cual se pretendía explicar las posibilidades emancipatorias socia- les directamente a partir del potencial fonnativo del trabajo, como potencial educacional, práctico.
El tnodelo de una calificación y disciplina técnica de la clase proleta- ria industrial sustituiría esta visión en la obra tttadura únicatnente como apo- yo en las luchas de liberación; al con- trario de lo esperado, la fonttación en los ténninos de trabajo no desarrolla- ba mayores potenciales emancipato- rios. La aporia se. resuelve en la medi- da que se presupone un potencial for- mativo escla recedor anterior acerca de las injusticias del capitalismo por nte- dio del trabajo; al ntistno tiempo en que los análisis asociaban la alienaciónjus- tatnente con la organización del Imba- jo bajo el capitalismo. En compensa- ción, la consciencia emancipadora no echa anclas únicamente en las estruc- turas de acción del trabajo social, re- duciettdo el potencial formativo a un mero perfecciona miento estratégico de consciencias críticas ya existentes, y así no explicadas (Honncth, p. 197).
A estas dificultades en la obra se sutttan las provenientes de su inserción histórica, relativas al desarrollo capi-
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talista en este siglo. Aunque Marx virt- culara todavía las expectativas de li- beración revolucionaria ante todo con el proletariado, lo que era enteramen- te justificado por la industrialización en su época, actualmente se verifica una atnpliación de la presencia del sis- tema de producción industrial en prác- tica mente todos los espectros sociales. La sociedad ya no es una ‘fábrica’.Así, la reproducción del sistema envuelve mecanismos que no pueden ser remiti- dos útticatnente al proceso de produc- ción, pero que atraviesan la totalidad de las múltiples dimensiones de la so- ciedad, motivo por cl cual el análisis critico también requiere ir más allá del ámbito de la producción, aunque sin perderlo de vista como referente. La propia racionalidad, en témtinos ciert- tíficos, culturales y políticos es u-n re- fiejo del proceso productivo. l
Esta, ya inmensa, complejidad de la totalidad social involucrada - que constituía el núcleo de las preocupa- ciones de Lukács, Gramsci, Lefebvre y los frankfurtianos - creció aún más en consecuencia de la mundialización del ámbito de la producción social bajo el 'modo de producciótt capitalista. Es así que, como destaca Altvater por ejemplo, el entrelazamiento entre lo cultural, educacional, social, económi- co y político-institucional asume mo- dos propios bien diversos de los com- prendidos por los límites de las econo- mías nacionales. Por eso se vuelve imperativo asegurar que:
1.- la crítica de los nteeanismos alienantes abarca todos estos niveles,
y que 2.- el conjunto de los afectados por
esta alienación sea redimensionado para unir adecuadamente sus potencia- les de resistencia y emancipación.
El problema está en concebir el al- cance de la alienación más allá del pla- no productivo, sin por eso desconside- rar la base tnaterial, lo que volvería la alienación apenas una cuestión que afecta la ‘consciencia’.
La historia del marxismo refleja este desarrollo histórico como transi- ción de un enfoque ‘cientifico’ del tra- bajo a una postulación etnancipadora de práxis. Históricamente, esta in- flexión inicial comienza con el siglo, cuattdo se verifica con mayor énfasis la confluencia entre:
1.- la capacidad de sobrevivencia del capitalismo en términos de supera- ción de sus crisis, y
2.- la inoperancia de la mayor par- te de las prácticas emancipatorias,.j pautadas por una visión más estricta; del foco productivo de potencialesj emancipato‘rios. La economía capita- lista volvió a crecer desde inicios del siglo, al mismo tiempo que las organiJ zaciones proleta rias (socialdemocracia y sindicalismo) le servían de soportes institucionales por ser socialmente, integralivas. Las experiencias soeialis4 tas, más allá de eso, parecían desafiar. la centralidad formativa del trabajo industrial por darse prioritaria mente en paises no desarrollados económica- mente. Además, la expansión mundial condujo a extremos desequilibrios ambientales. El cuadro es actual:
l.- las revoluciones sociales no ocu- rrieron en países desarrollados, sino en sociedades atrasadas, sin proletariado industrial significativo;
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2.- las sociedades socialistas real- mente existentes no realizaron los ob- jetivos empancipatorios de la teoría marxista, no eliminaron las estructu- ras de clase y la explotación.
3.- en las sociedades capitalistas avanzadas hubo una exitosa integra- ción del proletariado en el sistema, el cual, en cousecuettcia, ya no parece constituir una fuerza revolucionaria efectiva.
4.- los daños globales que amena- zan la naturaleza hacen que ya no se requiera la mediación de las relacio- nes productivas para‘ constituir cons- ciencias y agentes críticos.
La concepción de los sujetos histó- ricos, en estos términos, ya no se res- tringe a una noción estricta y restricti- va del ‘trabajo productivo’, y la temá- tica de las ‘clases’ pasaría a volverse preponderante en términos de los me- canismos de formación de sujetos his- tóricos, de unidad de potenciales críti- cos y etnancipatorios de un espectro amplio.
A partir de la década del veinte etnpezó a perfilarse un movimiento dialéctico en el ámbito del marxismo, por el cual, con el objetivo de que no se perdiese el momento formativo, la concepción del trabajo fue ampliada como ‘práxis’, abarcadora de los mo- mentos subjetivos y objetivos del tra- bajo.Al mismo tiempo, el trabajo ‘pro- ductivo’ fue limitado al trabajo instru- mental. El potencial fonnativo del su- jeto no se relacionaba más con las for- mas sociales empíricas del trabajo, sino que éstas se proyectaban como proce- so reflexivo supraindividual, vincula- do a la relación de trabajo como apren-
dizaje colectivo de una ‘clase'. Marx destacó que, para la constitución de la clase proletaria, no bastaría con la exis- tencia de un conjunto de desposeídos y la obligación de los tnismos a ven- der su fuerza de trabajo; se requería un tercer elemento, una ‘cultura capitalis- ta’ - o sea, una racionalidad social ca- pitalista - capaz de transformar, a tra- vés de la tradición y la educación, los ‘proletarios’ en una ‘elase’ que interio- riza en su consciencia la dominación a la cual es sometida (Marx, El Capital, cap. XXIV). Del mismo modo existi- ría la posibilidad de formación de una ‘clase alternativa’, crítica respecto de las formas de consciencia subordina- das a la dominación del capital. Así, la ‘lucha de clases’ del proletariado se ampliaría como ‘praxis’ en términos de la formación de una ‘consciencia de clase crítica’ o de una ‘concepción emancipadora’, etc. Serían sujetos co- lectivos que reúnen las partes aisladas empírieamente en función del trabajo valorativo y sus consecuencias capita- listas. La lucha de clases pasaría a ser entendida como lucha contra las reificaciónes - incluso organizacionales - de la sociedad mercantil. Lukács atta- lizó en 1923 los profuttdos déficits de la ‘racionalidad' de esta fortnación so- cial, un análisis que permanece rele- vante cuando puede ser comprobado, por ejemplo, que las crisis sociales y ecológicas actuales provienen de la lógica de la racionalidad específica de la misma fortna social. Contrapuestas a este concepto enfático de práxis per- manecerían las formas más o tnenos degradadas de las actividades prepon- derantes que el proceso de industriali-
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zación produce bajo el signo de la pro- ducción de mercancías. La propia ra- ciortalidad de la formación social, de- bidamente autonomizada por este pro- ceso de globalización, resultará en una especie de moralización de esta con- traposiciórt entre ‘práxis emanci- padora‘ y ‘trabajo degradante’, termi- nando ert una ruptura entre ‘interacción social’ y ‘trabajo’ (mero ‘trueque’) como forma extrema, fetiche actual de la reproducción ampliada del capital. La filosofía de la ‘práxis’ tennirtaría por servir al capital, a] consolidar la cortcepción de trabajo que el mismo intenta imponer como exclusiva.
AJ mismo tiempo que se ampliaba el abordaje conceptual del trabajo, pert- sando el potertcial formativo del mis- mo como ‘práxis’, también se restrin- gia, empero, el concepto rernanescente de ‘trabajo’. El trabajo que acabaría por perder para la ‘práxis’ su momento ernancipador, se volvería fundamento práctico y forma histórica principal de la dominación. La emancipación de la naturaleza externa, propiciada instru- rnentalrnente por el ‘trabajo’, resulta- ría en una dominación de la naturale- za irrtema. Para la ‘teoría crítica’ clá- sica de Adorno, por ejemplo, el traba- jo sería sólo un proceso en que el suje- to, para manipular procesos naturales, aprendería a rnartipular su propia na- turaleza interna, con lo cual la produc- ción pierde completamente su carác- ter histórico.
De hecho, ¿en qué términos es po- sible pensar aún hoy cn el papel formador de voluntades políticas a pa r- tir de la cooperación irticiada por los partícipes de un proceso productivo
fabril, o en concepciones ampliadas de producción (como pretendían serlo las cortcepciones partidarias de Lenin y Gramsci, con su ‘intelectual orgánica- rnente vinculado al trabajo’) y, por otro lado, a una constitución de rnecanis- mos de formación de opinión pública como los medios electrónicos, etc. y su interferencia en los ‘sujetos’?
Pero la transición del ‘trabajo formador’ a la ‘práxis’ ocurrió sin la comprensión adecuada del ‘trabajo’; o, para ser exacto, sin la comprensión adecuada de la propia ‘práxis’, origi- nada en un ‘trabajo’ qtte acabaría rte- gando... Un ejemplo de esta limitación sería la relación con la naturaleza, en- tendida sólo como objeto de explota- ción por el ‘trabajo instrumental’, ya que éste seria la única forma de inter- cambio con la naturaleza. Al respecto, véase la importante contribución de Wolfdietrich Schmied-Kowarzik, en Das dialektische Verlu'iltnis des Mens- chen zur Natur (La relación dialéctica del hombre con la naturaleza).
Seguimos, en este contexto, la gé- nesis de la separación entre el “de” y el “en” el trabajo. De un lado, la críti- ca se extendería a la totalidad de los mecanismos de reificación, de aliena- ción social y política. Por otro lado, empero, los potenciales de resistencia de todos los afectados por esta aliena- ción se fragmentaron con esta amplia- ción del espectro crítico que rornpería los nexos con la producción. La per- manertte e impiadosa crítica de lo exis- tente, en el marco de la conciencia de la reificación, debe jurttarse con la re- unión de los potenciales formativos (Schmied-Kowarzik). Aquí es impor-
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tante la acción emancipadora en el pla- no de la educación, en el sentido de “proyecto de una formación humana colectiva que se desarrolla a partir de la resistencia unida, consciente y soli- dariarnertte, contra la destrucción pro- gresiva por el sistema dominante, en cuyo irticio se vislurttbrart simultánea- mente fomtas altemativas de produc- ción y de vida” (o sea, otra racionali- dad social - WLM). (Schmied-Ko- warzik, 1992, p. 55)
Ma rx pensó esta cuestión ante todo en términos de su concepción del ‘tra- bajador colectivo’ - en la cual se virt- culan lo social y lo económico en el marco del ‘trabajo social’ necesario para la valorización del proceso pro- ductivo en el modo capitalista. Este trabajador colectivo constituye la cla- ve para comprender el sujeto histórico implícito en la teoría de Marx. Está claro que el proletariado constituye apenas una de sus manifestaciones empíricas. Además, como vimos, el trabajador colectivo está polarizado: no basta pertenecer a e'l para ser sujeto emancipador porque parte de él está en función del capital. Existe en su inte- rior un movimiento dialéctico resultan- te de la autocontradicciórt del trabajo consigo tnisrno, justamente por el ca- rácter doble de éste. Éste impone una politizaeión inmanente al trabajo, por la cual, como vimos al presentar la propuesta de Negt, pueden imponerse potenciales emancipatorios a partir del propio ‘trabajador colectivo’ existente.
Como si ello no fuera suficiente, al mismo tiempo en que autnenta la consciencia de la irracionalidad del proceso productivo, por otro lado esta
irracionalidad también aparece bajo la fomta de la violencia, necesaria para mantener los ‘controlcs’ sociales bajo ‘control’ del capital. Habría así una doble politización del trabajo, tanto por el lado de los productores asocia- dos, como desde el lado del trabajo capitalizado, del trabajo muerto.
En el marco de la lectura sugerida, o sea, mediante una corrección crítica de su inmediatez (por la cual aparece como nuevo mito, como concepción ahistórica y estructural, y con finali- dades conservadoras inequívocas), la tesis del fin de la sociedad del traba- jo se convierte en la tesis de la eman- cipación crítica, dialéctica, del tra- bajo social. Crítica inmanente al pro- ceso de ‘trabajo’ en su sentido am- plio, pero que trasciende su forma social histórica de proceso valorati- vo capitalista.
De hecho, ya no existe la figura unitaria, ‘individualizable’, de un su- jeto colectivo; los ‘condenados de la Tierra’ son heterogéneos. Hoy es la propia Tierra que está por ser conde- nada. Lo que cortfiere más relevo aún a la negación del aislamiento y de la trartsrnisión de una cultura global crí- tica y entancipadora en el plano cort- jurtto de productores ‘tradicionales’ y nuevos intertnedia rios de la producciórt (la educación, para Schmied-Ko- wa rzik). ¿Sobre qué bases concretas es posible esta tarea?
Kern y Schumann insisten en una nueva ‘cualidad de unificación’ del tra- bajo actual. El tiempo liberado del tra- bajo productor de bienes de consuttto podría usarse para actividades de re- gulación y corttrol, bajo la égida del
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trabajo colectivo desde el punto de ¡vis- ta del trabajo. Bajo la égida del capi- tal, en cuanto trabajador colectivo ca- pitalista, para cl cual ‘trabajo’ sería sólo el ‘productivo’, este no sería ‘tra- bajo’ sino. furtciórt del capital. Pero existen ¡truchas actividades fuera del espectro estricto del trabajo producti- vo que también sort trabajo; es necesa- rio considerarlas para reestableCCr los vínculos de su potencial etnartcipativo con la estructura tttaterial productiva efectiva, proponiendo una racionalidad social.
Al mismo tiempo hay una crecien- te exigencia de mayor cualificación que no es ofrecida sólo en los térmi- nos estrictos dc las necesidades del proceso valorativo, y que él mismo considera ‘sobrecalificación' para el trabajo. Hay más información, más conocimiento técnico y científico en el plano social amplio; más potencial crítico y conscientizador. Como el tra- bajo exige más calificación - desarro- llo de competencias cognitivas y so- ciales - estos trabajadores disponen también fuera del ‘trabajo’ de mayo-
res posibilidades de volverse sujetos..
Sólo que, dentro de lo cortsiderado aquí‘, ésto también es trabajo, o sea, se realiza en el ámbito del ‘trabajador colcctivo’ tal como lo postula una ra- cionalidad social alternativa.
Las condiciones del ‘nuevo traba- jo’ están ligadas a la práctica social envuelta en el proceso de trabajo con- creto: las asociaciones de los produc- tores y la posibilidad actual del cort- trol y de la regulación del trabajo eco- nómico. Pero dependen del nexo de esta práctica con la comprensión ade-
cuada de. la misma. Es decir, de Ia ca- pacidad de vincular conscientemente el proceso productivo estricto con el trabajo ‘arttpliado’, las relaciones so- ciales reificadas en sentido amplio, a' lo que se convitto en llamar los ‘nue- vos movimientos sociales’. Demanda una furtción ‘ofensiva ’, la capacidad de conferir un nrandato político amplio a la representación en la esfera pro- ductiva (sindicatos), capacitárrdola para ser agerttc de intercornurticación entre estos movimientos. I
Por otro lado, los llamados nuevos movimientos cívicos permanecen, a pesar de intentos aislados de hegemo- nía en determinados ámbitos, movi- mientos ‘defensivos’ mientras no se vinculan con el potencial ernanci- patorio en el ámbito de la producción, apto para transformar las críticasert control y regulación de la producción social. Sin estos vínculos, las tradicio- nes y organizaciones del movimiento de los trabajadores, habrá pocas espe- ranzas para que los nuevos movimien- tos puedan concretar sus utopías.
La práctica social en el proceso de trabajo y su critica en cuanto compren- sión de la práctica en el platto global de la reificacióu de las relaciones so- ciales, la práctica y la comprensión de la práctica. sort los pilares de lo que sería un trabajo social político cortto futuro del trabajo social econó- mico. Al final, tendríamos así una cort- firrnación de la materialidad de lo social a partir del carácter formati- vo (social) del trabajo (material), la autorealización huntana en las relacio- nes sociales y con la naturaleza.
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5 2 Junio de 1995
LAS DOS CARAS DE LA CRISIS DEL TRABAJO *
Maxime Durand
La lucha contra el desempleo no es fácil. Entre los obstáculos que oscurecen este necesario combate está en el fondo esta pregunta: ¿cuál es el significado del desempleo, se puede salir de esta crisis sin una transformación radical del modo mismo de pensar el trabajo? Este articulo querría indicar algunas pistas de reflexión y mostrar dónde se sitúan las alternativas
posibles.
ace poco más de diez
años, ya habíamos intert
tado mostrar que el des
empleo era el producto
de la recesión capitalis- ta. Sintetizábamos así nuestras princi- pales propuestas: «El desempleo es un efecto del capitalismo: el sistema eco- nómico prefiere no dar empleo a ciertos trabajadores si no hay más producción rentable a la cual afectar- los; el desempleo está aquí para que- darse: a pesar de un debilitamiento coyuntura], va a continuar desarrollán- dose aún en dirección de los tres mi- llones de desempleados; el capitalis- mo no puede resolver a la vez la crisis y el desempleo: las salidas capitalistas de la crisis suponen siempre una ace- leración de gattancias de productividad
que suscitan nuevas supresiones de ern- pleos; la automatización capitalista no es la liberación del trabajador: es por- tadora por el contrario de nuevas for- mas de explotación y de descalifica- ción y, más generalmente, de un mo- delo social regresivo; hacer creer que se puede luchar contra el desempleo sin romper con la lógica capitalista que lo produce es engañarse sobre su natu- raleza y engañar a los trabajadores.» '
Esta evocación tiene por furtción mostrar que un análisis marxista razo- nable podía, y desde hace mucho tiern- po, evaluar los principales parámetros de este largo período de crisis. Lo que importa todavía más, entender en qué esta aproximación se distingue de otros discursos que, durante un decenio, con- siguieron retardar el momento en que
* (Les deux faces de la crise du travail, en «Critique Communiste» Nro.136, Invierno 1993/1994,
pp.ll-l7).
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cl movimiento social dejaría de consi- derar que el desempleo no era sino un mal necesario transitorio. Hoy, en cier- to modo, hay consenso establecido so- bre este punto: no hay más esperanza en una salida espontánea de la crisis y del desempleo, y sólo ésto explica el retorno al frente de la escena de la re- ducción del tiempo de trabajo. Varias tesis erróneas fueron pues barridas, te- sis que hacían referencia a tres nocio- nes centrales: el derrame (déversement), el toyotismo y el tiern- po escogido.
La teoría del «derrame».
Esta teoría se remite a un pronós- tico forrnulado particularmente por Sauvy ’- por cierto, la automatización y las reestructuraciones del aparato pro- ductivo destruyen empleos, pero tam- bién vuelven a crear forzosamente otros. Esta manera de ver las cos‘as condtícía a considerar al desempleo cómo un in- conveniente cierto, pero como el'pre- cio a pagar por una mutación tecnoló- gica fundamental y por una adaptaciótt generalizada a un nuevo modo de cre- cimiento de la economía. En este es- quema los desempleados son principal- mente Ios irradaptados (en verdad los inadaptables): ellos no tienen las califi- caciones requeridas para integrarse en la nueva organización del trabajo, don- de se supone que los empleos califica- dos ocupan un lugar determinante. Para resolver tal desempleo se rtecesita tiern- po: tiempo para fonnar a los trabajado- res, para reciclarlos, o simplemente tiempo para que envejezcan. La jubila- ción imbécil con la que el gobierno de.
Mauroy se puso a fabricar pre-retirados por cientos de miles se inscribe plena- mente en esta visión de las cosas: des- cartando a los trabajadores entrados en años. se apresuraba esta necesaria adap- tación. Este catecisrno sobre la compen- sación ejerció su dominio a lo largo de los años ochenta, y fue biert resumido por esta publicidad de Philips de la epo- ca: «Siempre serán necesarios hombres (...) rttenos que arttes en los talleres sin duda, pero (...) más que antes más arri- ba y más abajo (...). El conjunto de la sociedad industrial debe adaptarse al progreso. Las máquinas automatizándo- se, los hombres evolucionando y recalificándose.» Esta teoria de la corn- pensación había sido forrttulada en otra oportunidad en la época de Marx y este denunciaba toda su«frivolidad» en El Capital: «Cuando una parte del fortdo de salarios-vierte de ser convertida en máquinas, los utopistas de la economía política pretenden que esta operación, al desplazar en razón del capital asi fi- jado a obreros hasta entonces ocupados, libera al tnisrno tiempo un capital de igual magnitud para su empleo futuro en alguna otra rama de la industria. Nosotros tnostrarnos que nada de eso sucede; que rtirtgurta parte del antigtto capital deviene así disponible para los obreros desplazados, sino que. ellos mis- mos devienen por el contrario disponi- bles para los capitales nuevos, si los hay.» "
Se puede por otro lado discutir los análisis de Marx sobre el ejército indus- trial de reserva, trtostrartdo que los vín-_ culos erttre acurnulaciórt y empleo sort corttradictorios y, a un nivel más genc- ral, irtdeterrninados '. Nttcstra tesis es
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que, al metros en la fase actual del capi- talismo, estos vírtculos están duraderantente desequilibrados por el etuarecimiento de las oportunidades de acumulación rentable.
La teoría de la sociedad post-indus- trial.
Esta teoría floreció bajo forttras rrtuy diversas. Constituye en ciertos as- pectos una variante de la tesis del de- rratrte: en su versiótt ¡trás simplista, el análisis consiste en efecto en decir que se asiste a una transferencia de la acti- vidad hurrtana desde la industria hacia los servicios, atráloga a aquella que redujo el lugar de la agricultura en fa- vor dc la industria. Pero, al mismo tiempo, no se trata de una sittrple trans- ferencia, en el setttido de que los ser- vicios aparecen conto portadores de cualidades particulares, siendo la rrtás notable la inmaterialidad. Etttraríattros en una sociedad donde el trabajo de trattsfonnación de la ntateria sería poco a poco suplantado por las actividades de circulación de infomtación. La fi- gura del proletario estaría entonces sometida a una doble acciórt disolvente: el obrero de la industria ocupa un lugar cada vez más marginal en la actividad productiva hurttarra y la aplicación directa del esfuerzo físi- co de la transformación tiende a des- aparecer. Las nociorres de mercancía y de trabajo devendrian cada vez trrás vagas. Esta aproximación se combinó a menudo con una extrapolación idili- ca de los efectos de lo que se denortti- nó la «revolución del tiempo escogi- do» («revolution du temps choisi»). En
rtuestro libro colectivo 5, aparecido en 1984, nos divertíamos liberando un fiorilegio de citas torttadas de diferen- tes autores. Las reproducimos aquí por- que su ambigüedad futtdatttetttal no ha catrtbiado:
l. «Entre el trabajo corrstrictivo y el ocio aliettante, la política del tiempo apunta a abrir un nuevo espacio social hecho de experirrterttaciótt, de autenticidad, de creatividad.» 3. «Tal es lo fundattretttal que está en juego en la reducción del tiempo de trabajo: abrir el espacio, fuera del trabajo asalariado, de una segunda vida de ocios y de acti- vidad, creadora o no de valores social- mente útiles, pero que no ttecesita capi- tal, que no se organiza segútt las for- rtras de Ia empresa y que podrá ampliar la calidad de vida, compensando y su- perando el estancamiento del consumo mercantil».3 «La respuesta adecuada a la tercera revoluciótt ittdustrial debe ser revolucionaria. Se trata de declarar un- nuevo derecho del hortrbre: el derecho para todo asalariado de fijar su tiempo de trabajo según considere». "«El avan- CC cultural es apoderarse del tiempo li- bre para inventar una nueva sociedad dortde seremos más autónomos».s «Las fronteras etttre el tienrpo de trabajo es- tructurado y las nuevas fortrras de acti- . vidades desaparecen y, en un misnro individuo, etttre el trabajo sufrido, el trabajo querido, el pasatietttpo».‘-'No se trata de arnalgantar a los autores de es- tas citas, sirto de resaltar su" supuesto conrútt, a saber, el carácter cuasi-auto- mático de una salida arrrtoniosa de la crisis, que hace de la necesidad virtud: la apariciótr de un desempleo masivo sentatrdo las bases de un ordetr social
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que, forzosamente, cortduciría a una superaciótr .de la relación de trabajo. Esta perspectiva nutre en seguida teorizaciorres abusivas que pueden ir desde la ultra-izquierda hasta el centro moderado. En el printer caso, el des- empleo es saludado como un procedi- tnietrto práctico de abolición del traba- jo asalariado. Yes verdad que, al ritmo que van las cosas, se terminará, para atttplias capas sociales, en la desapari- ción del trabajo asalariado... por falta de asalariados. La vertiente gestiortaria de este acta puede ser ilustrada por el nuevo refrán que inunda en adelante las comisiones y grupos de reflexión: la idea de un retomó al plerto empleo se- ría el fruto de una fijación absurda so- bre utt pasado superado. Dicho de otro modo, el derecho al ettrpleo es negado en nombre de nuestra caída en la nro- derrtidad 7. Así, el informe del grupo «Empleo» del XIer. Plan toma nota de lo que esta coyuntura tiene de decidi- dattretrte nuevo: «El tiempo de una eco- nomía en pleno crecimiento que no so- latnettte aseguraría el pleno entpleo de la población activa, sino que no podría contittuar su movimiento sino recurriendo a nuevos trabajadores, está caduco por largo tiempo (...) El pleno etrtpleo no constituye sino una fronte- ra entre dos tipos de situaciones con- cretas: el sobre-empleo, que se resuel- ve por el recurso a nuevos activos, y el sub-empleo, ante el que no hay una soluciótt simétrica». s
Este género de posiciones no pue- de sino suscitar reacciones contradic- torias. Por un lado, estos discursos di- simulart mal la realidad del desetrtpleo y del trabajo precario: ¡hay poco de
elección en este tiempo libre! ¡Hay poco de superaciótr del trabajo asalariado en este no-trabajol Es injuriar a los venci- dos de la sociedad mercantil querer, además, hacer de su aplastamiento el indicio de que una nueva sociedad está naciendo. Pero, por otro lado, puede sentirse que estos análisis tocan justo, en el sentido en que de ella nos hablatt, de una cierta rttanera, en lo que sería posible cfectivametrte y se ertcuentra al alcatrce de la mano.
El toyotisnto.
Vale un poco lo nrismo para esos divertidos cuentos que sort hoy los dis- cursos quetienen ttunterosos especia- listas ett organización del trabajo. La revolución ittfonttática estaría en tren de hacernos entrar en la era del post- taylorisrno o del post-fordismo. En tér- minos metros sabios, seria el fin del tra- bajo en cadetra, de la ultra-especiali- zación de los puestos de trabajo, el fin, también, de la producción en trtasa, y el adveninriento de la «calidad total» y de la implicación de los asalariados. La empresa del futuro recurriría a va- lores truevos, positivos, tales como la polivalettcia y la cooperación. Otro ntodelo social, fundado sobre nuevas relaciones de trabajo, estaría en vías de concretarse. Se cree estar soñando cuando se relaciona este discurso con la realidad francesa. Qué vemos, en efecto: despidos masivos y violentos, intensificación del trabajo, individualización de los salarios, pre- cariedad de los empleos, aumento de la sub-contratación, desarrollo del ent- pleo de tiempo parcial impuesto a las
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mujeres, bloqueo de los salarios, pasa- je obligado por la intertttitencia pa ra los jóvenes, etc. Vuelve a encorttrarse aquí, a nivel del puesto de trabajo, el tttisrrto dispositivo ideológico que encontra- nros en lo que concierne al rol del tra- bajo: una realidad regresiva, pero tant- bién los elementos objetivos para furt- dar un discurso optimista. De la mis- trta manera que el desempleo vuelve a poner potencialmente en cuestiórt a la relación salarial, las ttuevas tecrtologías portatt en sí esquemas de organizaciórt del trabajo radicaltttente nuevos. En los dos casos, se corrfuttdett las potenciali- dades y su rttodo de existencia social; en los dos casos, se postula la autortraticidad en la generalización de buenas soluciones, soluciones que uti- lizan de manera óptittra el cortjurtto de esas potencialidades. Es sobre sente- jattte supuesto que es ttecesario insis- tir a fin de reconocer las dos caras de la crisis del trabajo.
Las falsas eontinuidades.
En el donrittio de las ideas se abrió un debate tnultifomre, vacilatrte, cort- tradictorio, sobre los trredios para sa- lir de manera progresista de la rece- siótt en la que se hunde el capitalis- nto.La proximidad entre las potencia- lidades que cortrporta la situaciótr ob- jetiva actual y la realidad social que se desarrolla desde hace diez años es una enorme fuente de vacilaciortes, dudas e interrogantes. ¿Cómo cortr- prettder que las «buenas nuevas» se tra nsforrtten en catástrofes? La prime- ra forma de responder a esta pregurtta consiste en decir que las buenas nue-
vas no han sido suficientettrente entert- didas. Dicho de otro tttodo, que sería suficiettte tener una tttirada suficiente- mente ejercitada para discernir etttre la basura actual los pequeños brotes que nos anuncian el porvenir que des- pierta. Seria suficiente activar su cre- cimiento pero, fttttdarrretrtaltttettte, no habría ttinguna discontinuidad etttre los ttrales actuales y la superaciótt de la situaciórt.
Esta aproximación retoma, bajo fortnas renovadas, tesis de tipo regulaciortista o armonicista. Se pue- de dar dc esta visión tres ilustraciones que permiten medir en ellas su ambi- güedad fundamental. El RMI provee un primer ejetrtplo de ambivalencia. Por un lado, todo el trruttdo acuerda en reconocer que no se trata sino de un paliativo, de una red de seguridad, que no resuelve en nada el problema de la exclusión, y se lirttita a asistirla al me- nos en parte. Pero, por otro lado, pro- puestas tttuy variadas fiorecett en cuart- to a la idea de ittgreso garantizado. Si se nrira aqui rrtás de cerca, este es el zócalo común de todos los proyectos alternativos. Cuattdo definimos el so- cialisnto cortto ttrta forttta de organiza- ciótt social que resportde a las necesi- dades sociales, está presente la idea de una garatttía para cada uno de los miembros de una sociedad semejante a ver sus trecesidades elementales sa- tisfechas. El derecho al cttrpleo, a la vivienda, a la sanidad, sort tattto ga- ratttias que pueden pasar por el pago de un ingreso tttonetario, o biett por la puesta a disposiciótt gratuita, según los casos. Se puede pues discernir una di- ttretrsiórr propian'rente subversiva en la
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idea de un ingreso garantizado deseo- nectado en gran nredida del trabajo aportado. Algunos pueden llegar hasta sugerir que el RMI es una prirttera cuña abierta en la lógica salarial. Pero, no obstante, es necesario ser ciego para no comprender que existe una ruptura cualitativa entre el RMI y las garan- tías que una «buena sociedad» ofrece- ría a sus ciudadanos. La base ntaterial de esta ruptura ¡reside en el hecho de que el movimiento general de las so- ciedades capitalistas no es extetrder el campo de la protección social y de los servicios públicos sirto, por el contra- rio, restrirtgirlo tanto cuattto se pueda. El RMI aparece en este movimiettto cortto una pequeña concesión o una ex- cepción, antes que como una nueva ex- tertsión de la lógica no mercantil.
El mismo tipo de razonamiento vale para la idea de un sector de utili- dad social. Aquí todavía se trata de res- ponder a necesidades cuya lista está trazada con bastante precisión: cuida- dos a las persortas de edad, renovación del habitat, protección del ntedio attr- biertte, protección a los niños, etc. Se puede pertsar que fonrras de organiza- ciórt cooperativa, que escapen a la vez a la pesadez burocrática de las gran- des nráquirtas del servicio público y a la lógica mercantil de la empresa clá- sica, seríatt las más apropiadas para rendir este tipo de servicios llamados de proximidad. Es un tema recurrente en los nuevos teóricos del socialismo” que nos parece furtdantetttalntente jus- to. Pero esto no debe en ningún caso conducirttos a saltear pasos y ver en los proyectos de «pequeñas obras» la cortfiguración de este tercer sector. La
característica corrtún de todas estas pro- puestas, si se rasca un poco sobre las buenas intenciones anunciadas, es crear en la práctica una suerte de sub-asala- riado dispettsado de un cierto nútrtero de cargas sociales, antes un tercer es- tatuto (etttre asalariado y deserttpleado) que un tercer sector. En fin, a pesar de la etiqueta de revolución del tiempo escogido, no es posible analizar el au- mento del tiempo parcial como la pa- lattca que va a revolucionar la relaciótt con los tietttpos de trabajo. Este pro- ceso está, en efecto, perfectamente dis- criminado por sexo, y esto debería ser suficiettte para rechazar el término ntisrno de elección. A partir del mo- tttettto en que la trtayoria de los con- tratos de trabajo se hace sobre el con- trato de tiempo deterttrinado y/o de tietttpo parcial, se trata de algo cont- pletatttettte distinto de una modulación positiva del tictttpo de trabajo.
El concepto de relación social de pro- ducción.
Sólo el marxismo puede esclare- cer esta contradicción futtdantental erttre la buena nueva de los avances en la productividad y las tragedias sociales que engendra. A ttuestro en- tender, el único tttcdio es en efecto movilizar un concepto esettcial del ntaterialismo, el de relación social. Toda sociedad está dorttinada por un tttodo de producción que detertrtitta el tttodo de satisfacciórt de las trece- sidades sociales y la división y dis- tribuciótt del trabajo. Esta estructura funciona con reglas relativamente ri- gidas: los elementos de transforma-
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ción social, se trate de innovaciones tecnológicas o de la emergettcia de nuevas aspiraciones, no pueden objetivarse sino viniéndose a inscri- bir en el ntolde que van a darles las relaciones sociales de producción. En terminos más sintples, la crisis que atravesamos hoy es un caso de escue- la que ilustra maravillosamente la validez de un análisis marxista per- fectamente clásico. ¿Cómo se puede ignorar hoy que el desarrollo de las fuerzas productivas tiende a erttrar en contradicción con las relaciones de producciótt capitalistas? ¿Cómo ex- presar rttejor ese sentimiento de que todo es posible (trabajar metros y tra- bajar todos, responder a las necesi- dades elementales) y que al tttisnto tietrtpo las leyes irtexorables del sis- tettta capitalista nos alejan de esta posibilidad? Es suficiettte para con- vencerse releer todavía una vez es- tos pasajes lunrittosos de los Grundrisse dortde Marx describe el capital cortto siendo, «a pesar de si tttisrrto, el irtstrutrrettto que crea los tttedios del tiempo social disponible, que reduce sirt cesar a un ntinirtto el tiempo de trabajo para toda la socie- dad y libera entonces el tientpo de todos en vista del desarrollo propio de cada uno». Pero este resorte del tiempo libre es corttradictorio, pues- to que tiettde a estrechar la base de furtciorrarrtiettto del capitalismo. Este últittto, en un. setttido, funeiorta de- ntasiado biert, y esa es precisatrtente la idea de Marx: «Si furtciorta denta- siado biert en crear tiempo de trabajo disponible, sufrirá de sobreproduc- ciótt y el trabajo necesario será inte-
rrutttpido porque el capital no puede más poner en valor ttittgútt plustrabajo. Cuattto más se desarro- lla esta contradicción, tttás se revela que el crecitttiettto de las fuerzas pro- ductivas no sabría ser frettada nrás tiempo por la apropiación del plustrabajo de los otros» '°.
Se puede enuttciar esto de otra ttta- nera: es la forttta y la dirección impues- ta al desarrollo de las fuerzas produc- tivas por las relaciortes sociales capi- talistas las que impiden a todas las po- tencialidades de las tttutaciortes tecno- lógicas traducirse en progreso social para el cortjuttto de la humanidad, y que las hace por el corttrario palancas para un vasto movimiento de regresión. Este fetrórneno es hoy percibido de tttattera intuitiva por una fracciótt cre- ciente de los trabajadores: tan profun- da es la fosa que se hurtde etttre la ul- tra-sofisticación de las técnicas y la degradación de las condiciones de vida para la mayoría. Se puede ir a la Lurta pero no se alcanza a dar viviettda a todo el mundo. Hay algo que no cuadra.
Este sentinriento es acompañado sitt embargo por trurtterosas vacilaciones. Pues su traducciótt positiva consiste en decir que es ttecesario tertttittar con el capitalismo si se quiere liberar las po- tettcialidades que acurttuló pervirticn- do siempre en ellas sus efectos socia- les. La lentitud con la cual se efectúan las torttas de conciencia retttite a la di- ficultad de dar este paso y de sacar to- das las cortsecuettcias del hecho de que no existe alterttativa a una salida radi- cal de la crisis. Por supuesto, nada es jamás itttposible, y se trata siempre de una apreciación relativa. Digárrtoslo
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pues de otro ntodo: jamás, en toda su ,_ ntero de coacciones de parte del capita-
historia, el capitalismo se mostró tan incapaz como hoy de responder a las necesidades sociales.
La satisfacción de las necesidades sociales.
No hay sino una sola explicaciótt que permite comprender el hundimien- to en la crisis, y ella rentite al princi- pio que hace funcionar el capitalismo. Se trata de un sistema social basado en la confrontación entre capitales guia- dos por una estrategia privada, aúrt en el caso en que se trate de grandes gru- pos. En consecuencia, una demanda no será satisfecha tttas que si ella da lugar a un beneficio que se espera sea duraderamente superior al de sus cont- petidores. Este ntodo de funcionamien- to entraña fenómenos de dettegación de producción: rttás vale producir nte- nos que producir de manera ittsuficiett- tenrettte rentable. Esta regla, que ad- mite un cierto dominio de eficacia, lle- gó al punto en que desetrrboca en fe- nónrertos ntasivos de despojo: despojo de los trabajadores, despojo de secto- res, despojo de regiones, despojo de países. El capitalismo tiettde a alinear la norma sobre el nrás competitivo y los otros son puestos fuera de juego. Por eso insistimos sobre esta idea de que la ntatgirtalización de la ntayoría del tercer mundo es de la misrtra natu- raleza que el auntento del desenrpleo y que el tercer ttrundo está desde ahora entre nosotros.
Este fenómeno adquiere en la situa- ción actual una amplitud nueva que re- sulta de la saturación de un cierto nú-
lismo. La printeta es geográfica: se pue-
le decir que el capitalismo unificó el tnurtdo bajo su égida y la mundialización hizo saltar poco a poco los obstáculos a la circulación de las tnercartcías y los ca- pitales. Los diferenciales vertigittosos de productividad social desencadenaron una reacción en cadena donde la mala sociedad saca partido, de la ntisma ma- ttera que los economistas dicen que la mala moneda saca pa nido. Los Estados- naciones subsisten pero sus corttornos son cada vez más porosos y esta ausen- cia de protección multiplica los meca- ttisrnos de despojo.
Pero el línrite es también en pro- futtdidad: los mercados están saturados en lo que cortciertte a tttercattcías por- tadoras de ganattcias de productividad regulares. No se puede rehacer el jue- go del fordisrtto: las capacidades de ab- sorción del mercado y la intensidad relativa de las necesidades desequili- bran duraderatttertte la confrontación etttre demanda social y oferta produc- tiva rentable. Todavía tttás, aquí es ne- cesario hablar de detregaciótt de la pro- ducción, de necesidades recusadas por el capitalismo porque sort acordes con sus criterios intentos.
El capitalismo no se hundió y bus- cantos contprender cómo catnbió des- de la entrada en la crisis “. Pero este esquema de acutttulación había sido presetttado de entrada cortto un esque- ma fundamentalmente inestable pues- to que suportía una desigualdad ere- ciente en la distribuciótt de los ingre- sos, de la que se puede pensar hoy que alcanza los límites compatibles con la relaciótt social de fuerzas. Presentan-
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do este tttodelo que tiende a la dualización no inventantos por lo de- tttás gran cosa, puesto que Marx des- cribía ya en El Capital el rol del cort- suttro de los ricos bajo una forttta tttuy nrodenta: «A trredida que crece la sus- tancia rttaterial con la que la clase ca- pitalista y sus parásitos ettgordatt, es- tas especies sociales crecen y se mul- tiplican. El autttettto de su riqueza, acompañada como está de una dismi- ttución relativa de los trabajadores de- dicados a la producciótr de ntercancías de printera necesidad, hace ttacer con las nuevas necesidades de lujo nuevos medios de satisfacerlas (...) En fin el crecimiento extraordinario de la pro- ductividad en las esferas de la gran in- dustria, acompañada cortto está de una explotación más intettsa y más exten- siva de la fuerza de trabajo en todas las otras esferas de la producciótt, per- mite emplear progresivantertte una pa r- te más considerable de la clase obrera en servicios itrtproductivos y particu- lartrtettte reproducirla en proporción creciente bajo el nombre de clase do- méstica, corttpuesta de lacayos, coche- ros, cocineros, criados, etc., los anti- guos esclavos domésticos».” Nos reettcorttra mos aqui con la intuición de Gorz sobre el auntettto de una «socie- dad de servidores» acompañando el increntertto de las desigualdades socia- les '3.
Regreso sobre la salida de la crisis.
Cuattdo se exa tnittart las proyeccio- nes económicas se percibe que el ma rt- tenimiento de la tasa de desenrpleo de aquí al año 2000 aparece como un ob-
jetivo optimista. Sitr embargo, este mantenimiento no sigttificaría para nada el statu quo, pttesto que en reali- dad implicaría el agravamiento y no sólo el matttenirrtiento de todos los fe- ttórrrenos de desagregaciótt social que cortocentos desde hace quince años. En el mejor de los casos, el capitalismo no podrá alcanzar sino un crecimiento trtedio, aportando pobres creaciones de etrtpleo apenas suficietttes para absor- ber los aumentos de la poblaciótt acti- va. Quedaríamos entonces duradera- tttertte con el «stock» de desempleo y sub-empleo que se conoce hoy.
Este punto está biett establecido: aún los ejercicios optimistas, como la nota de Dréze y Malinvaud “, trtuestrarr que en ausencia de una re- ducciótt del tiempo de trabajo no se alcanzaría en el tttcjor de los casos sino a bajar el desempleo rrtedio punto por año, lo que sigttifica que seríatt ttecesarios por lo trtettos vein- te años para hacerlo desaparecer. El únicoanedio para reabsorber a la vez los deserrtpleados de hoy y recibir los cattdidatos al ettrpleo de tttañatta es una reducciótt masiva e inmedia- ta del tiempo de trabajo. Repitatttos una vez tttás que esto no es incom- patible con la reactivación y la crea- ciótr de empleos, como lo subraya por ejentplo la consigna del movi- rttiettto «Actuarjuntos corttra el des- empleo». Pero los órdettes de impor- tancia estátt rtruy claros: la reducción es la ntedida trtás decisiva. Esta afir- maciótt no convence a todo el mutt- do. ¿Por qué, después de todo, no apuntar a un crecimiento tttás soste- nido y resigttarse a un débil potettcial
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de empleos? Los elementos de res- puesta sort dobles. Se trata en printer lugar de comprender porqué las polí- ticas económicas implenrentadas no van en este sentido, a pesar de los anuncios de una iniciativa europea sigttificativa.'l_.a pritttera razón es el endeudamiento público, que hace aparecer una contradicción fácil de comprender: no se puede al tttisrtto tietnpo querer reducir el déficit pre- supttestario y crear empleos para la reactivación presupuestaria. Este obstáculo es la contrapartida de los regalos fiscales hechos a los ricos desde hace diez años: las deudas pú- blicas sort invocadas principaltttetttc por las capas sociales que se benefi- ciaron con estas verdaderas contra- reforrttas fiscales. Ellas gattaron allí doblemente puesto que pagaron me- nos irtrpuestos y se les ofrecieron po- sibilidades de inversión ntuy renta- bles. Pero, de golpe, los márgenes de ntattiobra presupuestarios fuerort re- ducidos a rttuy poco, y este es un fac- tor importante que, tattto cortto la mundialización, explica la incapaci- dad de los Estados europeos de enca- rar políticas aunque más no sea un poco autónomas..La seguttda razón es más fundamental. Distribuir el poder de compra no tiene setttido ntás que si este poder de contpra'se gasta dorr- de sería necesario. Pues nada garan- tiza que no se vaya a volcarsobre pro- ductos irrtportados o, lo que viene a ser en parte lo mismo para el capita- lisnro, sobre bienes o servicios exte- riores al núcleo duro donde su lógica se afintra cortto dorrtittattte, es decir, sobre consumos que no se vuelcan
sobre tttercancías producidas con fuer- tes ganancias de productividad. Esta tesis/sólo podría ser invalidada si los partidarios de la reactivación europea nos explicaran por que' sería posible hoy lo que no lo fue durante los últi- ntos diez años.
Se podría decidir librarse de es- tas coacciones y pettsar que una po- lítica volurttarista irttpletttetttada en un cuadro nacional protegido permi- tiría reconciliarse con tasas de creci- miento suficientetnente elevadas como para representar una alternati- va a la reducciótt del tiempo de tra- bajo. Esto es desgraciadamente una expresión de deseos: habida cuettta del nivel de apertura de la ecortorttía francesa, una política semejante cort- sistiría en exportar nuestro desent- pleo buscando exportar más e impor- tar menos. Puede decirse que esta política es una política de agresión puesto que no se abate el desempleo sirto pasando el regalo envettenado a los vecinos. Ya sea ettcallando o triunfando, sientpre este fracaso es autodestructor, puesto que expor- tando el desempleo se exporta la recesión, que tertttitta traducien- dose en menores corrtpras de los competidores.
En cuattto al tipo de alianzas so- ciales que sería rtecesario artudar en el platto irtterrto para poner "en prác- tica semejante política es irtútil su- brayar su carácter etttittetrtetttertte peligroso. En resumen, al proteccio- nisnto que busca gartar contra: los otros es rtecesario oponer el derecho a proteger la ittttovaciórt social, te- ttiettdo esta protecciótt vocaciótt de
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desaparecer si Ioslotros se alitteatt, por ejemplo, sobre. las treinta y cinco ho- ras. Se trata esta vez de algo totalmen- te distittto: de ganar con los otros.
Tomar una decisión.
El retorno fulgurattte que hizo pa- sar cl tertta de las treinta y cinco ho- ras del museo de las buenas ideas al printer plarto del debate social es el producto de una rtueva tom'a de cort- ciencia. Después de la recuperaciótt de los años Rocard, el hundimiento en la recesión sortó la catttparta para
las ilusiones en un retorrto durable de
un crecimiento fuerte. Aútt cuattdo se saliera del tttarasrtto actual -y es com- pletarrtettte posible que se asista a una rttodesta recuperación en el segurtdo semestre de 1994- la lección habrá sido entendida: tttás allá de los azares de la coyurttura, el espejismo de un nuevo sendero de crecimiento se ale- jó por largo tiempo. El aurttento en todas las direcciones-de un desent- pleo que no escatitrra en adelante ni diplomados ni calificados hizo sal- tar igualmente urta visiótt puramente adaptaciorrista del desempleo, que podía todavía letter curso mientras el azote tocaba prittcipalntettte a los tra- bajadores poco calificados.Así, poco a poco, la idea de-una necesaria rup- tura tortta forma. Pero es trecesario entenderse bien: no estattros todavía, ni lejos, en una situación en que una alterttativa social clara se oportdria a los programas de la burguesía. Esta- mos ett el punto en que una fracción cada vez tttás amplia de los asalaria- dos corrtprertde que no hay tercer tér-
mino etttrc la continuidad en el hurt- dimiento y la irtrposiciórt al sistema económico de nuevas reglas. Asi, la idea de una ley sobre las treinta y cinco horas vuelve a hacer apariciótt, después de haber sido diabolizada du- rante diez años como una herejía estatista. La idea flota sobre el deba- te social, y el debate parlatrtentario sobre lrf ley quinquenal de etttpleo, con sus célebres enmiendas, le dió implícitamente una legitimidad: se puede pues legislar sobre el tiempo de trabajo. Del nrismo rrtodo, en la desconfianza de los trabajadores con respecto a todo lo que podría vaciar de setrtido la reivindicación de las treinta y cinco horas resuena la idea de corttrol sobre las cadertcias, los corttratos, las licencias, la organiza- ciórt del trabajo en general. Es el pro- ducto de la experiencia del pasaje. a las treinta y nueve horas en 1982, pero también la enseñanza de diez. años de irrterrsificaciótt del trabajo, de licencias con hacha, de desenvol- vimiento de la flexibilidad bajo to- das sus fortttas (corttratos precarios, sub- contrataciórt, etc.). Se trata pues de una tortra de conciencia negativa fuerte sobre lo que no puede espe- rarse más de los patrottes y del go- bierno. Resta organizar la rrtutaciótt de esta conciencia negativa'en cort- ciettcia positiva. Es allí dortde se en- cuerttrart las resistencias más impor- tantes y se podria hablar aquí de una reticettcia social generalizada a sa- car todas las consecuencias de una cortstataciótt mientras tattto larga- mente compartida. Este sentimiento explica sin duda en parte el sorpren-
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dente éxito de Balladur en los son- deos: lo que él ettcarna, con sus apa- riencias de burgués luis-felipeano (bourgeois louis-philippard) decente, es la ntesura y las esperanzas de que, después de todo, una derecha civili- zada podría dibujar una via que evi- tara las catástrofes sociales y los en- frentamientos. Hay algo de muniqués en el éxito del balladurisnto, con esta contradicción que hace que a la lar- ga Balladur no puede al tnisrno tient- po conservar este capital de confian- za y poner plertatnente en práctica su programa. La situación está pues abierta y lo que está en juego es de gran envergadura. Pues se perfila en adelante un progratrra aparentemen- te coherente ett su simplicidad mis- nta, que parte de la cortstatación del fracaso de las políticas liberales para avanzar una alternativa nacional-po- pulista. Esta se trata de un discurso que se apoya sobre las reacciones habituales de repliegue sobre sí fren- te a un porvenir incierto y que, des- graciadatttente, dispone de relevos en una cierta cultura de izquierda que, del PCF a Chevenement, cortsidera que existe un espacio para una sali- da de la crisis fundada sobre la sola ruptura con el mercado mundial. El campo politico francés está lejos de ser el úrtico concernido, como lo muestratt las últitnas elecciones ita- lianas.
Frente a esto, que debe ser consi- derado como una amenaza de extre- trra gravedad, los proyectos articula- dos alrededor de la reivittdicación de las treinta y cinco horas deben apun- tar a defittir una alternativa en ruptu-
ra con la deriva capitalista. la noción de ruptura es aquí decisiva. Una vez más: no es posible imaginar una sa- lida de la crisis fundada útticatttente sobre el gota a gota, trattsfundiettdo en el cuerpo capitalista enferrtto los elementos de transformación. No hay continuidad entre la situación actual y un ntodo de organización di- ferettte de la economía. La necesi- dad dela ruptura se desprende igual- mente del carácter global de la as- piraciótt a la reducciótt del tiempo de trabajo. A nivel macro-económi- co, se acompaña de dos cuestiones fundamentales: por un lado, de la distribución de las riquezas y de los ingresos -por recuperaciótt de los irt- gresos financieros- y, por otro lado, de una reorietttaciórt de la produc- ciórt en función de las necesidades sociales. A nivel de la empresa, platttea exigettcias de control de la gestión patrortal, en particular en lo concerniente a la organización del trabajo y los efectivos.
Esta necesaria ruptura es lo que hace vacilar a más de uno. Se lo cons- tata en los debates; rrtuchas de las ob- jeciortes y de las reservas expresadas remiten a estas pregutttas: ¿no hay verdaderamente ttirtgurta vía a explo- rar que nos pertttita obtener un resul- tado semejante con menor costo? Queriendo trastornar todo ¿no arries- gantos jugar a los aprendices de bru- jos? Pero la tttartera en que. sort plan- teadas estas pregurttas tttuestra que una proporciótr creciente de trabaja- dores está cerca de inclinarse a una posiciórt que traspase estas últimas objeciones. Esto no depende sola-
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mente de demostraciones teóricas o de propuestas perfectamente pulidas, sino más biett de la puesta en rela- ciótt de estos discursos 'con la prácti- ca. Pues la experiencia concreta que están realizando millones de traba- jadores es que la trráquitra económi- ca simplettrettte está descorttrolada, que socava en el decorado y que va a ser necesario ponerle fin, aútr cuart- do se prefiriera viajar trartquilamert- te trtirattdo desfilar el paisaje.
Esbozo de una estrategia revolucio- naria.
Nuestra corriente puede jactarse de haber platrteado contra viento y marea una reivindicación que, desde hace largo tiempo, fornra parte de nuestro capital de reflexión. En 1981, algunos meses antes de la elecciótt presidettcial, sacamos un «Dossier Rouge» intitulado Trabajar trrettos, trabajar todos, que desgraciadamen- te tto perdió casi nada de su actuali- dad. Allí estaban claramente reafir- ntados los principios que están en el centro del debate hoy: no aceptar di- luir en el tiempo la reducción del tiempo de trabajo, no aceptar las tre- gociaciones «rama por rama», exten- der la reivindicación a nivel europeo, sitt pérdida de salario, etc. Es nece- sario recuperar el tiempo perdido, que habrá al menos servido a los tra- bajadores para hacer su experiencia y medir la vacuidad de las otras sali- das al desempleo. Al nrisrno tiempo, la reivindicación canrbió igualmente de cortsistettcia: se convirtió en la expresiórt de una aspiraciótt rttasiva
de otro funcionamiento de la econo- tttía y la sociedad. Ya no se trata más de 'una tnedida de ordett técnico o ecortótrtico, sirto del esbozo de una sociedad alternativa. Sobre un carn- po político desviado hacia la derecha, pero liberado de la parodia de «iz- quierda» del poder que traiciona y ensucia toda esperanza social, la te- rttática de la reducciótt dibuja una nueva coalición anti-capitalista. Esta no se constituye rttás alrededor de un proyecto tttás o ntettos preciso de superación del capitalismo, habien- do sido pulverizados todos los nro- delos y referencias, sino alrededor de la defettsa de aspiraciones inmedia- tas. Volvirrros a entrar en una fase en que el combate elettterttal por el de- recho a un ertrpleo y a condiciones de existencia civilizadas adquiere un corttettido anti-capitalista de hecho, habida cuettta de la incapacidad cre- ciente del capitalismo de satisfacer estas necesidades esenciales. La cort- vergencia de intervenciones sociales hasta aquí ittcorrexas podría dar lu- gar a la emergencia de un movimien- to político- social relativamente irt- édit0.Todavía no se trata sino de una perspectiva apenas bosquejada, pero
una cosa es cada vez tttás evidente:
pa ra» setttar las bases de ttrt anti-capi- talismo contemporáneo, hoy es sufi- ciente pedirle lo posible que en ade- latrtc es incapaz de asegurar. Pedir lo posible, pero con obstinación y sitt ilusiones sobre eventuales atajos.
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NOTAS:
I. Durand,M.: Chómage et automation. L'impasse capita/iste,
en Critique (‘ommuniste Nro.23, Noviembre de 1083.
2. Ver su libro La machine et le chómage, Bordas, 1980.
3. Marx,K.: Le capital, Libro l. Capitulo XXV.
4. Ver el capítulo VI de Salama,P./Tran Hai Hac: Introduction a I'écanomie de Marx, La Découverte, 1992.
5. Barsoc,Ch.: Les Iandetnains de la crise, La Breche, 1984.
6. Las cinco citas fueron extraídas por orden de: l. Club Echange et Projets: La révolution du temps choisi, Albin Michel, 1980; 2. l..ipietz,A.: L'audace ou l'enlisement, La Découverte, 1984; 3. Albert,M.: Le pari francais, Le Seuil, 1982; 4. Aznar,G.: Tous a mi-Iemps, en Libération, número especial «Vive la crise!», Febrero de 1984; 5. Minc,A.: L'aprés-crise est commencée, Gallimard, 1982.
7. Para retomar el título de un libro de Adolfo Gilly sobre México, Notre chute dans la modernite', Syllepse, 1992.
8. Cltoisir I’emploi, informe del grupo «Empleo» del Xler. Plan, La documentation t'rangaise, 1993.
9. Elson,D.: Pour la socialisation du marché, en Critique Communiste Nro.106-l(l7, Abril-Mayo de 1991, reproducido en parte en Actuel Marx Nro.l4, 1993.
l(l. Marx,K.: Fandements de, la critique de l'e'conomie politique, Anthropos, 1968.
ll. Barsoc,Ch.: Fin de crise, en Critique communiste Nro.93, Febrero de 1000.
12. Marx,K.: El capital, Libro l, Capítulo XV.
13. Gorz,A.: Mélarnorphoses du travail, Galiléc, 1988.
14. Dreze,J.H./Malinvaud,E.: Growth and employment. The scope of an european initiative, Julio de 1993.
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EL MUNDO DEL TRABAJO EN EL FIN DEL SIGLO i
(Conceptualizaciones socialistas en disputa) EduardoLucita
En politica, el realismo puede tener dos sentidos, uno exige no luchar contra la corriente, sino adap- tarse a ella; el otro, tener en cuenta la realidad con la esperanza de transformarla.
n este acelerado fin de tttilertio el ttturrdo del traba- jo está sicttdo sorttetido a un cortjurtto de indagaciones y cuestionamientos, particu- larntettte por parte de quicrtes consi- deran agotadas las posibilidades de convertir en realidad la vieja utopia de la transforrttaciórt social. Cier- tamente esta actitud no es gratuita, lue- go de un período en que las luchas so- ciales y politicas fueran desplazadas del certtro de la escena ttturtdial, la cri- sis del Este ha contribuido a alimentar el escepticismo y la desmoralización,
Edgar Morín
así cortto a desvalorizar todo intento de trattsfortttaciórt radical de nuestras sociedades.
Así la «crisis del socialismo» se ha cortvertido cn un lugar corrtún, un dato tttás de la realidad que itttpaeta sobre el ttturtdo del trabajo y cuya responsabili- dad ya no se. hace recaer solo sobre las burocracias dc. Estado del Este, y sus representaciones en todo el trtuttdo, sino también sobre las distitttas corrientes que histt’rricamente se prescrttarort como alternativas al capitalismo y al estali- ttisrtto.
En esta crisis del socialisrtto, en
"' Este artículo es una versión revisada y parcialmente ampliada dela ponencia que. bajo el mismo título, presentara en el Seminario lntemacional «El nuevo orden ntunrlial a fines del Siglo XX-El socialismo como pensamiento y perspectiva», UNR, Rosario, Argentina 20,21 y 22
de mayo 1993. -
Agradezco las críticas y sugerencias que sobre la versión original me acercaron Alberto Bonnet y Rubén lmzano. los aportes de Lidia Segre. y también las duras críticas que desde Ma- drid me hiciera llegar Víctor .Vlontovi. Obviamente soy responsable del texto l'rnal.
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cuyo trasfondo puede apreciarse el de- sarrollo más general de la crisis del ca- pitalismo, está presente no sólo el desprestigio de los llamados «socialis- mos reales», y el usufructo que la no- menclatura hiciera de símbolos, nom- bres y figuras, y por lo tanto la identi- ficación simplista entre socialismo y estalinismo, sino que también está pre- sente la debacle de la socialdemocra- cia y su nefasta gestión de la crisis ca- pitalista.
En nuestros países debíéramos agregar el fracaso de los movimientos na cional/burgueses que hegemoniza ron la acción durante décadas para concluir vaciando de contenidos al movimien- to social, dejándolo inerme frente al actual embate del conservadorismo neoliberal.
Esta doble/triple combinación ha colocado al movimiento obrero y so- cialista en una situación paradojalzvsi desde hace más de un siglo era el por- tador de las ideas del cambio, del pro- greso y la justicia social, de la trans- fonnación, hoy se muestra en serias dificultades para coordinar sus accio- nes y enfrentar el avance del capital .
Más aún, en muchos de nuestros países el movimiento de los traba jado- res no ha logrado aún amrarse de una estrategia que le permita sostener con éxito sus derechos y conquistas mas elementales. Al mismo tiempo que el proyecto de una sociedad socialista aparece fuertemente cuestionado y carente de credibilidad.
Las líneas de interpretación.
En el contexto descripto no han sido
pocos los intelectuales y estudiosos de distintas corrientes políticas en el mun- do, y también en nuestro país, que han recuperado viejas teorías, acrecentadas por nuevas ela boraciones y aportes, que ponen el acento en la pérdida de las potencialidades revolucionarias de la clase obreral en el debilitamiento de la misma en el conjunto del tejido so- cial, en el resquebrajamiento de su centralidad, etc. En el límite de esta visión la izquierda socialista se que- daría sin el sujeto de la transformación.
Es claro que esta mirada no es ho- mogénea, numerosas tendencias reco- rren su interior , pero aún cuando sus enfoques son variados todos se orien- tan en la dirección señalada y compar- tcn,‘ si se quiere, la virtud de haber puesto en debate, frente a una visión hasta ahora lineal y bastante dogmáti- ca, la perspectiva del mundo del tra- bajo en este fin de siglo.
Es este debate lo que aquí quere- mos retomar. Pero no es nuestra inten- ción haCerlo desde una perspectiva aca- démica o sociológia, no solo porque es- capa a nuestro alcance, sino porque nuestro enfoque es de carácter políti- co/práctico. Buscamos recuperar este debate en la perspectiva de que el mis- mo aporte a la recomposición del mo- vimiento social y de. la izquierda so- cialista en particular.
Para esto partimos de asumir el marxismo como una unidad dialéctica entre teoría y práctica y en este plano la recomposición a la que aspiramos no parece posible por fuera de una in- tervención activa en la lucha de. cla- ses, en el complejo y, la más de las veces contradictorio, terreno de la
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conflictividad social. Damos por sobre- entendido que esta intervención ha de ser, entre otras cosas, resultante de cómo aprecia y evalúa la izquierda el curso seguido por la base material de la sociedad y el movimiento social real.
En este marco de análisis identifi- camos, aún a riesgo de caer en simpli- ficaciones extremas, dos grandes líneas de inter-prelación:
Por un lado aquellas tendencias políticas que, con distintas vertientes intentas, se distinguen porque su polí- tica práctica tiende a desconocer los cambios ocurridos, y los aún en curso o que, aún reconocióndolos, les restan importancia, no asignándoles entidad suficiente como para configurar una tendencia que impaete sobre las rela- ciones laborales (organización del tra- bajo, prácticas sindicales, segmenta- ción del mercado de trabajo, homoge- neidad del movimiento obrero.., etc.) y, consecuentemente sobre la dinámi- ca social y política de la clase obrera.
La característica de estas corrien- tes políticas es que sus concep- tualizaciones llevan a depositar la res- ponsabilidad por las dificultades, y en muchos casos la impotencia, en las di- recciones sociales o políticas . En sus inconsecuencias reiteradas, sus traicio- nes recurrentes, su reformismo en el mejor de los casos.
Por el otro lado aquellas corrientes que sostienen que el cambio ya se pro- dujo, que las transfonuaciones ya ocu- rrieron o están al borde de concretar- se, enel plano social y político. El ca- pital estaría así en condiciones de
relanzar un nuevo período de acumu- lación y reproducción del capital.
En este caso de lo que se trata es de adaptarse a estos cambios, de nadar a favor de la corriente, y en esta, la intervención política solo es posible dentro de ciertos límites, que vienen dados precisamente por. los condicionantes que configuran la nue- va situación.
No es posible de5conocer que estas dos líneas de interpretación contienen o se apoyan en datos de la realidad objetiva. Por un lado los cambios son reales, hay una gama de situaciones y de viejos parámetros que han sido mo- dificados, en algunos casos brutalmen- te, y esto es perfectamente com- probable. Aun no disponiendo de estu- dios sobre estos cambios, es posible recurrir a la gente e indagar acerca de la forma en que viven y reproducen su existencia, tanto dentro como fuera de las fábricas y lugares dc trabajo.
Por el otro la persistencia de los sostenedores del no cambio, que se basan también en datos de la realidad, que muchas veces resultan fragmenta- rios debido al carácter desigual de la reestructuración capitalista, que avan- za en direcciones desconocidas y mu- chas veces contradictorias. Quc no ha- cen más que confirmar las dificultades del capital para imponer en forma sos- lenida sus condiciones, como también la realidad de direcciones sindicalcs cada vez más integradas al Estado y comprometidas con el curso de las po- líticas económicas y sociales del ajus- tc estructural, y alejadas por lo tanto, de las necesidades más inmediatas y concretas dela gente. Pero que muchas
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veces fuerzan la realidad para encorcetarla en un marco teórico y conceptual ya dado. _
En la perspectiva de este trabajo, que busca introducirse entre esas dos posiciones, resulta tan erróneo, y peli- groso, negar los cambios o quitarles significación, como sostener que estos ya se han impuesto, que la nueva rea- lidad convive con nosotros y es inmu- table. Son, si se quiere dos posiciones antidialéeticas ya que ninguna de las dos tiene en considerack’m, o ha incor- porado a sus análisis, Ia confrontación social. Entendida esta no como una cuestión meramente rcivindicativa o de reacción proteccionista frente a los cambios, sino como expresión del de- sarrollo de la lucha de clases, y por lo tanto de la relación de fuerzas sociales que ella detennina y a través del cual el cambio se concreta.
En nuestro enfoque lo central no es desconocer los cambios, ni tampoco sumamos a los mismos, sino cómo entenderlos, cuál es su origen y direc- ción y, finalmente, cómo posicionarse para operar políticamente sobre ellos.
Conceptualizaciones en disputa.
En este sentido es que nos interesa pasar revista a algunas cuestiones que al momento de definir una política so- cialista de intervención aparecen subyacentemente en disputa.
l - En primer lugar es necesario partir de una conceptualizacit'ut de la crisis capitalista. Como una crisis de sobreproducción . un momento propio del ciclo de acumulación capitalista -
cuyos orígenes en este periodo se ubi- can en la posguerra y que llega hasta fines de los ’60 y principios de los ’70, un momento en que prevalecen la de- presión y el estancamiento , que con- lleva la inutilización y destrucción de medios de producción, incluida la fuer- za de trabajo:
Frente a esta visión de la crisis, clá- sica si se quiere, se levanta otra visión donde la crisis aparece como fonnan- do parte de los recursos con que cuen- ta el capital para tnediar y transformar sus propias contradicciones. No esta- ríamos aquí frente a una crisis del modo de producción capitalista en su conjun- to sino que, como respuesta a la caída de la tasa de ganancia, el capital ha- bría respondido con un largo y profun- do proceso de reestructuración’. Nos encontraría mos así en el pasaje (trans- formación) de un modo de acumula- ción (fordismo) a otro (que a falta de una mejor denominación se lo llama posfordismo o postaylorismo), lo que iría acompañado por una reorganiza- ción dcl modo de dominación.
El desarrollo de la crisis conduci- ría entonces a un proceso más abierto de transición entre. el viejo régimen y un nuevo modo de acumulación. Estas transformaciones al interior del siste- ma estarían creando las condiciones para que. el capitalismo ingrese en una etapa de relativa estabilidad económi- ca y social". (Aglietta, 1976; Boyer, 1986).
En esta lectura lo que complica la coyuntura, por demás extensa y convulsionanle, cs la superposición de los modos (el viejo y el nuevo) y los condicionantes para el capital que de
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esto se derivan.
Para el enfoque de este trabajo los cambios en el estadio del capitalismo no pueden ser entendidos por fuera de las contradicciones del capital, poner el acento en lo primero desligado de la base material solo sirve para desdibujar los procesos reales del de- sarrollo capitalista. Por el contrario, del estudio, en interrelación con la es- tructura, de los profundos cambios que realmente están ocurriendo, y que es- tán transformando el mundo en que. vivimos, lo que surge como evidencia no es el fenómeno de la yuxtaposición de los modos -cn rigor un modo reem- plaza a otro pero en la practica siem- pre coexisten por mucho tiempo- sino la crisis del capital en toda su di-mcn- sión.
Crisis que emerge como resultante del agotamiento de la arquitectura keynesiana que se levantó para mejor controlar el poder del trabajo y que du- rante déeadas logró institucionaliur la lucha de clases.
Se hace así visible el agotamiento del modelo laylorista/fordisla que se expresa bajo la forma de una crisis en la relación dc dominación, en el fin de una forma específica de gestionar la fuerza dc trabajo. Esto desembocó en una ruptura del patrón de dominación estable duranle. varias decadas, cn el que ya no resultaban viables los patro- nes de relaciones laborales y donde el capital tenía que reestablceer su pleno derecho a exigir.
Toda crisis expresa, aún defor- tnadamente, las características de la formación social en la que esta se ve.- rifica. Pero es necesario distinguir
entre las crisis periódicas -ligadas al ciclo y que expresan los desajustes eo- yunturales dc la cstructu ra- y las «gran- des» crisis -que. expresan las contra- dicciones estrueturales- que cuestio- nan los fundamentos mismos del sis- tema _v que, por lo tanto, requieren pro- fundos procesos de reestructuración de los modelos d‘ acumulación y domi- nación.
En este trabajo compartimos la caracterización dc una crisis estructu- ral, que señala el agotamiento de una onda larga expansiva y el ingreso en una onda larga recesiva, sin que el ca- pital logre por el momento mostrar una posibilidad de salida convincente.
«L0 que se puede apreciar en los últimos quince 0 veinte años es la Iu- Cha denoa'ada del capital por imponer un nuevo modelo de dominación social
y política» (Holloway, 1990).
Colocada en este mareo adquiere toda su significaci(m la ofensiva gene- ralizada _v sostenida que. el capital des- pliega sobre. el trabajo, orientada a des- montar una a una las conquistas obre- ras que, generación tras generación, los trabajadores habían levantado como barreras frente al avance del capital.
2- La segunda cuestión que apa- rcee en debate, ligada obviamente a la crisis y a los cambios, es la interpreta- ción que las diferentes corrientes ha- Cen de la innovación tecnológica (IT). Esta es muchas veces vista como el resultado de. una suerte de deter- minismo, muy caro a algunos adheren- tes de las tesis de la revolución cientí- fico-lccnica.
Aquí también es posible contrapo-
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ner, en grandes trazos, dos líneas de interpretación:
En la primera de ellas la IT apare- ce como un resultado de las contradic- ciones del desarrollo del proceso de acumulación capitalista. Contradiccio- nes que se condensan en la caída de la tasa de ganancia, que provocan la agudizaeión de la competencia intercapitalista y la incorporación del progreso técnico, lo que en definitiva redunda en importantes mejoras en la productividad y en la masa de plusvalor a apropiarse.
En una segunda línea de interpre- tación el cambio tecnológico y las mo- dificaciones en los sistemas de produc- ción y organización (procesos de tra- bajo) aparecen como una necesidad del capital, en períodos de agudas crisis, por apropiarse del conocimiento y de los oficios de los trabajadores -la expropia- ción del saber obrero- reasumiendo así el control sobre la totalidad del proceso productivo.
En una visión superficial, las dos concepciones pueden aparecer como complementarias. Sin embargo en la primera la lT se ubicaría en el marco de un proceso histórico de evolución de las formas de apropiación del plusvalor, y serían respuestas en la bús- queda de una salida a la caída de la productividad en un contexto de competitividad creciente. El cambio, entonces, es resultado del desarrollo económico-tecnico 4 y, en términos po- líticos, su crítica se limita a la utiliza- ción capitalista de la aplicación ciert- tífica.
La segunda interpretación tiende a ver a la IT no sólo como la búsqueda
de un nuevo nivel de productividad, sino también como la forma de recrear las condiciones de la dominación en el ámbito de las unidades de producción. Particulannente cuando el sistema re- quiere recomponer una base estable y esto precisa del mayor grado de flexi- bilidad posible en el uso social de la fuerza de trabajo’ . EI derecho de la empresa de decirle al trabajador qué hacer, dónde hacerlo y a qué ritmo (Holloway, 1987)
Si como afimtamos la IT es expre- sión de una determinada relación de poder y de fuerzas sociales, hay aquí un cantpo de disputa. Si la elección de las nuevas tecnologías son una op- ción, esto es no están predeterminadas por ninguna ley, sería posible enton- ces optar por tecnologías alternativas, eficietttes y productivas, pero cuya re- lación con el ser humano resultara di- ferente.
La estrategia socialista, entonces, puede annarse de una política que per- mita diseñar una táctica de interven- ción práctica basada en la disputa de la conformación de la IT
Frente a una visión tecnocéntrica, basada en una estrategia de elimina- ción creciente del trabajo humano, que es visto más como fuente de perturba- ción y costos, que como fuente produc- tiva (Brodner, 1988), es posible orga- nizarse social y políticamente en tor- no a una visión antmpocéntriea, sus- tentada en la exaltación y el enriqueeitniento de las capacidades lmma nas y no en su sustitución (Segre, 1992).
3 - La tercera cuestión a integrar
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en el debate es derivada de las dos an- teriores, y es que el capital como res- puesta a su propia crisis ha abierto un curso profundo de reestructuración de sus espacios productivos y comercia- les lo que ha dado pié a las llamadas tesis del «fin de la sociedad del traba- jo», sustentadas en la reducción del tiempo de trabajo socialmente necesa- rio, como consecuencia de la llamada tercera Revolución Industrial - microelectrónica, robotización, racionalización de los procesos de tra- bajo, desagregación de los procesos productivos, relocalización geográfica, etc.- que han tenido como epicentro el incremento exponencial de la produc- tividad del trabajo.
"En esta visión, el trabajo ya no constituye el nexo más importante que relaciona a los hombres en la sociedad, ni tampoco el principal factor de so- cialización. «El trabajo habría perdi- do así la calidad subjetiva de ser el centro organizador de la actividad vi- tal de la valorización social de uno mismo» (Offe, 1992). Algunos autores en esta misma línea de interpretación llegan a vislumbrar la «sociedad postindustrial, con fábricas sin obre- ros» (Bell, 1972) 6.
Puesta esta tendencia en su límite teórico -suponiendo una sustitución masiva del «trabajo vivo» por el «tra- bajo muerto»- se llegaría a la supera- ción del trabajo. En la medida en que el tiempo de trabajo deja de ser la me- dida de valor llevaría a la eliminación de la plusvalía.
Al decir de Marx «el trabajo nece- sario deviene en superfluo, ya que no sirve para extraer plusvalor». Se lle-
garía así al colapso de la sociedad del trabajo, pero ello también implica el colapso del capital, que sólo existe en función del otro. Ya que a la inversa del trabajo que puede prescindir del capital, éste no puede prescindir del trabajo, sino a costa de negarse a si mismo. (Plá,1988; Mandel,1986).
La cuestión se coloca así en los lí- miles del capital. Este fue suprimien- do las barreras que trababan su desa- rrollo, pero en modo alguno suprimió todas. Está limitado por sus propias condiciones de existencia. Él cambio tecnológico entra así, en esta etapa, en colisión con la formación social que lo produce.
Sin llegar al límite teórico, es ne- cesario reconocer que la tendencia al reemplazo del «trabajo vivo» por el «trabajo muerto» se ha acelerado en el marco de la crisis. En rigor se trata de la doble y contradictoria tendencia del capital, consistente en apoderarse de la mayor cantidad de trabajo vivo para convertir un porcentaje cada vez mayor de su parte necesaria en exce- dente a los fines de la acumulación.
Esta tendencia se encuentra hoy brutalmente exacerbada con la implantación de las nuevas tecnolo- gías, pero también con la raciona- lización y modificación de los prOCC- sos de trabajo, cuyas implicancias so- ciales son muchas veces mas impor- tantes que las derivadas de la IT. La revolución tnicroelectrónica ha trans- formado completamente el origen de los incrementos de productividad . Los sistemas de automatización flexible, los sistemas de producción asistidos por computadoras, aumentan la pro-
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ductividad 50, 60 ó 100%, pero al mis- mo tiempo para hacer efectivas estas potencialidades requieren invertir en métodos organizacionales y en la cali- ficación de la fuerza de trabajo afecta- da a estas tecnologías (Coriat, 1994).
Esto determina cambios cualita- tivos importantes en la composición in- terna del trabajo, en Ia medida que el trabajo tnanual es sustituido, al menos en parte, por el mayor peso del trabajo intelectual.
Ahora bien este último no deja de estar sometido a un proceso de desgas- te, que impacta de diferente manera, pero que cualitativamenle no difiere del sufrido por el trabajo manual. Es que este mayor peso relativo del lra- bajo intelectual acarrea el pasaje del agotamiento físico al psíquico, en tatt- to la producción exige más y más mentes aptas para el nuevo consenso exigido por la «calidad total».
Con la implantación de las nuevas tecnologías hay una nueva interrelación entre el saber y el proce- so de producción . Donde el saber flu- ye en forma constante desde el proce- so de trabajo, a la par que hay' una tra nsfonnación de este último media nte aquel saber, expropiado por el capital. Antes que en innovaciones de produc- tos hoy se trabaja en innovaciones de procesos. Es posible entonces verifi- car una extensión de la alienación al núcleo más preeisantente humano de la actividad laboral, la intelectual (Cillario, 1991).
Por otra parte, si quisiéramos abor- dar estos cuestionamientos a la socie- dad del trabajo desde un enfoque cuan- titativo basta con apoyarse en los da-
tos aportados por organismos interna- cionales, particularmente el Banco Mundial, que muestran de un modo global que el volutnen de la clase obre- ra internacional -es decir todos y todas aquellos/as que se ven obligados a ven- der su fuerza de. trabajo en el mercado se mantuvo relativamente estable du- rante el período 1960-1980, en tanto que en ocho países de la Organización para la Cooperación del Desarrollo Económico (OCDE) se encontraba en expansión, y solo a fin de los años 80 tuvo un leve decrecimiento -del 38% al 34% de entpleados en los países in- dustrializados.
Claro está que este proceso es muy desigual y afecta en forma diferencia- da a los distintos países y ramas de actividad, pero no hay dudas de que en el mundo hay una expansión de las relaciones asalariadas, y que la clase trabajadora, en la definición amplia que aquí utilizamos, constituye hoy un porcentaje de la poblaciótt mundial activa superior al que se verificara en la época dorada de los grandes parti- dos obreros y socialistas (Mandel, 1987; Hobsbawn, 1990).
No es aquí entonces donde pode- mos encontrar el nudo de las dificulta- des del mundo del trabajo. Tal vez con- venga bucear en las particulares cort- diciones del crecimiento económico en esta etapa. El que habiendo sido histó- ricamente la variable’ que garantizara el nivel de empleo es, en esta última década del siglo, sumamente incierto. Tal los informes del Fondo Monetario Internacional (FMI) que muestran una creciente preocupación por el estanca- miento de la economía de los EE.UU.
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y las más que mediocres expectativas de crecimiento de las economías de Japón y Alemania, y las consecuencias sociales que esto implica (Clarín, 8.5.93).
La OCDE , por su parte, volvió a revisar hacia abajo las perspectivas del crecimiento de los 24 países mas in- dustrializados, pronostieando incre- mentos de las tasas de desempleo, que en el conjunto de países llegarían a un total de 35 millones de. personas en paro forzoso en 1994. Al mismo tiem- po subraya el poco margen de manio- bra de que disponen los gobiernos pa ra impulsar políticas que activen el cre- cimiento y el empleo.
Por otra parte, no hay ningún dato cierto que permita suponer que una re-_ cuperación del crecimiento resulte sig- nificativo para recuperar los niveles de empleo anteriores a la crisis.
« En las condiciones técnicas ac- tuales los países centrales están en condiciones de producir tres o cuatro veces más riqueza que hace 35 años, sin necesitar tres o cuatro veces más horas de trabajo, sino varias veces menos (Gorz, 1991).
4 - Por último, una visión general- mente aceptada sin mayores cuestio- namientos es aquella que pone el acen- to en que los catnbios en el modelo de acumulación y reproducción del capi- tal, y en las formas de ejercer la domi- nación social, han concluido resque- brajando la homogeneidad interna y debilitando los lazos de solidaridad de la clase trabajadora.
Un printer aspecto de esta fra gmen- tación se encuentra en el ya señalado debilitamiento del mercado de traba-
jo, que al poner ba rrcras a la incorpo- ración de nuevas generaciones de tra- bajadores -resultado de la combittación de la continuidad de la crisis, las esca- sas expectativas de recuperación del crecimiento económico y el incremen- to dela productividad- ha dado lugar a un fuerte proceso de exclusión social, y al llamado desempleo estructural. Con lo que han variado sustancialmen- te los porcentuales que en relación a la población económicamente activa mostraran durante decadas la fuerza de trabajo ocupada y la desocupada. Por otra parte la ya mencionada expansión de las relaciones asalariadas basada en las actividades tereiarias va acompa- ñada por una disminución relativa de los obreros industriales y un movimien- to de desconcentración fabril (reduc- ción del tamaño medio de los estable- cimientos) y descentralización regio- nal (relocalizaciones geográficas), que llevan a una dispersión de la concen- tración obrera.
Una segunda cuestión a tener en cuenta es que. en este período los Ira- bajadores ocupados vuelven a sufrir un proceso de fragmentación como cort- secuencia del mayor peso del trabajo indirecto sobre el directo. El crecimien- to de los servicios y la tereiarización de las economías ha dado como resul- tado una nueva relación trabajo pro- ductivo/trabajo improduetivo; el im- pacto de las nuevas tecnologías se ve- rifica también en la recalegorización de los puestos de trabajo (calit'ieación/ descalil'icaci(m); en tanto que los nuc- vos metodos de. organización del tra- bajo han impuesto la polivalcncia ho- rizontal y vertical. Las formas de ges-
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tión a la «japonesa», con los sistemas participativos y la «calidad total», con- tienen fonnas de eooptación ideológié ea. Estos cambios acentúan los dife- renciales salariales, vuelven casi inúti- les los convenios colectivos, y estan a la búsqueda de un nuevo consenso so- cial en el plano de las relaciones capi- tal/trabajo.
Hay otra serie de elementos adicio- nales que en conjunto aerecientan el cuadro de heterogeneidad al interior de la clase: los sistemas de contratación por tiempo fijo -¡en España se llegan a hacer contratos por un díal- y la cre- ciente precarización del empleo; las nuevas tecnologías permiten la descen- tralización de los procesos productivos -lo que da origen a las llamadas em- presas en red- y la consiguiente desconcentración obrera. El arbitrio empresarial de recurrir cada vez más a la jornada extraordinaria de labor (ho- ras extras) y a la intermediación de las agencias de empleo tienen como cOn- secuencia un incremento en el grado de alienación en el trabajo en el pri- mer caso, en tanto que en el segundo se verifica una disociación en la rela- ción de dominación, pues uno es el patrón que extrae el plusvalor, y otro el que le paga el salario.
Quienes sostienen la tesis del fin de la sociedad del trabajo suelen seña- lar que en la medida que el mundo del trabajo y la producción ha ido cedien- do en su capacidad de estructurar y organizar a la sociedad, el movimien- to obrero va perdiendo su centralidad política dejando el lugar vacante para que lo ocupen nuevos actores y nue- vas racionalidades (Olïe, 1991) al mis-
mo tiempo que para otros ese lugar sería ocupado por «la sociedad del tiempo libre» (Gorz, 1991 ).
Estas concepciones parten de un supuesto general: en el modelo ante- rior (fordista) la clase obrera era una clase homogénea, uniforme y masificada, y este cuadro cambió drás- ticamente en el nuevo modelo (posfordista). De ser homogénea y masiva habría pasado a ser un conjun- to variado de grupos y fuerzas.
Nos parece necesario, sin restarles significación, relativizar estas afirma- ciones. Un rápido repaso histórico per- mitiría comprobar que la clase obrera siempre se caracterizó por contener en su seno un mayor o menor grado de fraccionamiento o diferenciaeiones: por profesiones, por ocupaciones, por diferenciales salariales, etnias o reli- giones.
Por otra parte, la fracción de la clase obrera que hoy aparece despegándose del conjunto, resultado de las nuevas calificaciones tecnológicas, es poraho- ra minoritaria. Algunas evidencia-s empíricas muestran que muchos de los nuevos empleos derivados de la lT son de carácter repetitivo, no requieren gran capacitación y son de una respon- sabilidad limitada 3.
«No debe darse por supuesto, como parecen hacerlo muchas personas, que la naturaleza o las condiciones de tra- bajose han transformada completa. mente para una parte sustancial de la población laboral» (Bottomore, 1992).
Frente a la supuesta disponibilidad del tiempo libre, que en el plano teóri- co contrapone dos concepciones, la «liberación del trabajo» o la «libera-
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ciótt ett el trabajo», está la realidad del crecimiento de la jornada extraordina- ria , y en nuestro países el doble o tri- ple empleo. Por otra parte los movi- mientos que expresaríatt a los nuevos sujetos sociales y la nuevas racionalidades, aútt asetttados en cues- tiones y detttattdas objetivas -feminis- ttto, la tttitad invisible de la historia, ecología, la segunda contradicción del capital- han detttostrado mucho tttas rá- pidantente sus limitaciones que sus potencialidades. Ninguno de ellos por sí solo ha logrado superar sus propios límites.
La nueva configuración del mundo del trabajo
Por el ntomento el capital no ha lo- grado una salida duradera a su crisis sistémica, solo ha sabido recurrir a la imposición de la sociedad dual, de la sociedad de los dos tercios, que es tant- bién una definición engañosa. Pues aútt aeeptattdo el desetnpleo estructural, esto es preseittdiendo de los excluidos de la producción y los servicios, entre quie- nes tiettett acceso a vender su fuerza de trabajo en el mercado se verifica, como promedio, un empobrecimiento general. Resultado de la baja de los niveles sa- lariales directos y también de los sala- rios indirectos -condiciones de salttd, educación, vivienda, etc.— que se expre- sa en un deterioro generalizado de las condiciones de reproducciótt de la fuer- za de trabajo.
Pero para aquellos que perciben un sa- lario, alto o bajo, nada es como antes. El antiguo cuadro de remuneraciones rígidas, por categorías y subcategorías, ha dado
paso a otro mucho menos homogéneo y poco previsible, donde las categorías se van reduciendo pero la dispersión salarial se incrementa. A esto hay que agregarle los contponetttes no estrictantettte monetarios de la remuneración (una variedad que aba r- ca préstamos, bonificaciones, coberturas de salud, participaciones accionarias, tickets varios, y tantas otras variantes como ent- presas existan).
El capital busca así elintittar toda intervención del sindicato en la pro- ducción, lintitando su actividad al tti- vel de la remuneración salarial, pero reservándose para sí la estructura de la misma, y en consecuencia trata de acentuar los rasgos individuales den- tro de la contratación y de la remune- ración. Al ntisnto tiempo que desco- ttoee las convenciones colectivas tra- ta de imponer la contratación descen- tralizada por empresa.
En el platto de la producción, como respuesta a la fragmentación del con- sunto y a los productos diferettciados, hay cada vez tttas sistemas de admi- nistración flexible, lo que va acompa- ñado de tecnologías cada vez tttettos costosas que entran rápidamente ett obsolescettcia técnica. La contraparti- da es la obsolescettcia de las profesio- nes, por los rápidos cambios de las des- trezas. Hay así un doble movimiento, por un lado una fracción de la clase obrera altamente calificada, y en un proceso de contittua recalificaciótt, y por otro un recatttbio constante de tra- bajadores, ett una dinámica de destruc- ciótt de fuerza de trabajo y su sustitu- ción por otra nueva. La multiplicidad de formas de contratación característi- cas de este período responde a estas
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necesidades objetivas del capital.
A estas ttuevas condiciones del tttundo del trabajo es que debe dar res- puesta el sittdicalisnto de este fin de siglo. Pero las viejas idetttidades cor- porativas son euattdo tttcttos insuficien- tes para hacer frente a los nuevos de- safíos. Si como sostettetttos, los cant- bios y las transforntaciones en curso son, en últittta instancia, producto dc una detertttittada relaciótt de fuerzas sociales, no nos parece posible soste- ner que el progreso técnico ett fornta abstracta tttodifique esas ntisntas re- laciones en el setttido de la integraciótt social. Más itttportattte que los cant- bios tecnológicos parecieran ser los catttbios en la estructura interna de la clase obrera, en los patrones cultura- les y por lo tattto en las tendencias del contportantiento social colectivo.
La aceleración de los ritmos de la internacionalización del capital, y la globalización de estos años ’90, no solo concluyeron difundiendo a escala mutt- dial los nuevos procesos productivos, las innovaciones tecnológicas y la nuevas forntas de organización y contratación del trabajo, sino que también se difun- dieron modelos ideológicos, patrones culturales y de actuaciótt: la exaltaciótt del tttercado, el individualismo y el consuntismo, la xenofobia, que en con- juttto han ittducido eantbios subjetivos al interior de las clases.
Es sobre la fractura que sigttifica el paro estructural, sobre la mayor he- terogetteidad social, sobre la falta de horizonte del crecimiento econóntieo que se ittstala esta nueva subjetividad que eorroe la solidaridad y la cohesiótt de clase.
No obstante, la crisis, que trae eon- sigo la inseguridad, la desprotección, la ttta yor heterogeneidad, la cooptación ideológica, es también portadora de nuevas potencialidades.
Nunca cottto ahora el desarrollo de las fuerzas productivas estuvo en cort- diciottcs de garantizar a escala tttutt- dial niveles tttíttitttos y dignos de exis- tetteia, ett tattto que la actividad hu- tttatta como elentcnto cettlral del tra- bajo está lejos dc haber desaparecido, y por el cotttrario se basa ett tareas mucho más abstractas. Paralelantetttc las nuevas fortttas de organización del trabajo no están en absoluto determi- ttadas, hay aquí un nuevo catttpo de disputa. Utta nueva relación etttre los trabajadores ocupados y los desocupa- dos, etttre los ocupados a tiempo eont- pleto y a tiempo parcial, etttre el tra- bajo tttattual e intelectual.
La aeciótt sindical tiene posibilida- des dc desplegarse en las ttttevas con- diciones pero no podrá quedarse ett las reivindicaciones salariales y por cort- diciones de trabajo sino que deberá ex- tenderse al conjunto de la ittfonttación, al eottocitttiettto y al funcionamiento de la fábrica inforntatizada. «Batallas contra el monopolio del saber que las empresas tienden permanentemente a reconstruir marginalizando a los tra- bajadores y al sindicato de toda inter- vención conciente sobre el proceso de producción».
Mas aún cuando los ntodelos tra- diciona les son contradictorios con las nuevas tecnologías que requieren mas y tttas flexibilidad. No hay aútt un tttodelo alternativo y es aquí dottde juegatt Ia imaginación y la voluntad
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de los sujetos sociales colectivos en una dinamica de confrontación. Pre- cisatttettte si el capital depende del trabajo -enajenado- para su reproduc- ciótt, el trabajo -vivo- es esencial- tttettte insubordittado, indisciplinado, «mano rebelde». Y esa intagittaciótt y voluntad no está subordinada de atttctttatto a supuestas leyes ciegas y objetivas. Es esta contradicción la que ettcierra toda la potencialidad del ntundo del trabajo.
Las ttuevas condiciones imponen romper con las tradiciones corporati- vas. Dejar de resguardarse en una si- tuación defensiva dentro de estrechas concepciones obreristas y abarcar el arco de conflictos y contradicciones que surgen de la vida cotidiana , el rol de la tttujer en el trabajo y en la socie- dad , las relaciones sociedad naturale- za... ligándolos en una perspectiva his- tórica con las concepciones socialistas. La identidad corporativa dejará paso así a una identidad social y política más acorde con la remoción histórico-cul- tural que se procura, con el rol históri- co de cuestionador del sistema de do- minación.
Hay un proceso casi molecular, ex- presiótt de los ca ntbios en las bases ttta- terialcs de la sociedad, que también ittcorpora eletttcntos subjetivos y cul- turales, que están configurattdo una nueva idetttidad social. Frente a la quie- bra del «obrero masa» se empezaría a definir el «obrero social» (Toni Negri, 199l).
La intervención socialista
En este tttarco la intervención de
la izquierda socialista no depende de una simple actitud tttoral, de un ejerci- cio crítico alrededor del tnodelo ttcoliberal, ntenos aútt de sutttarse en forttta acrílica a la reestructuración capitalista. Más aútt cuando las turbu- lcttcias del presente, etttre lo viejo que sc resiste a morir y lo nuevo que no acaba de nacer, dificultatt la contpren- siótt cabal de los acontecimientos.
Los procesos colectivos casi sient- pre apa recett retrasados respecto de los catttbios en la base tttaterial, y la ma- duración de la conciencia es un proce- so casi tttolccular, que tiene tiempos y tittttos propios. Y es aquí dottdc la fu- siótt de la práctica social con el cuerpo de ideas que debiera constituir el pro- yecto socialista para este fin de milenio adquiere una ditttettsiótt cualitativa. Pero esto exige un replattteo de las pro- puestas y de las forntas de interven- ción política.
El cstalinisnto envileció hasta lo extrettto el tttovitttiettto socialista, lo empobreeió detras de concepciones economicistas y estatalistas, en tattto que la tttayoría de las veces las corrien- tes que se le oponían se constituyeron como un cuerpo cerrado de ideas, un simple sistenta de ideas separado del movimiento social real.
El lugarde lo reivindicativo fue fre- cuetttetttettte desplazado de la esfera de la acumulación a la de la distribu- ciótt y circulación dc las mercancías. La lucha de clases quedaba reducida así a una simple puja por la distribu- ción del ingreso. En este contexto no resultaba difícil confundir incrementos salariales ntasivos con el ascenso his- tórico de los trabajadores, y la amplia-
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ción del sector público, o las partidas presupuestarias a él asignadas, con un mayor control social o mayor equidad social. l
El conocimiento y el debate sobre el mundo del trabajo están ligados al conocimiento del catttbio social que se está operando, a lo que realmente está ocurriendo con los hombres y mujeres
de aprehender la realidad en toda su complejidad, transforntando el cono- cimiento en fuerza social.
En otros términos: producir ideas que puedan ser absorbidas por el mo- vimiento y que lo ayuden a desarro- llarse en términos de organización y conciencia cuestionadora del sistema de dominación social vigente.
que día a día son sontetidos a la explo- tación del capital. De lo que se trata es de rom'per el sistema cerrado de ideas,
NOTAS:
lEn este trabajo utilizamos una definición amplia de clase obrera, abarcando a todas las capas asalariadas que se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo en el mercado.
2En rigor si bien los teóricos del regulacionismo se referencian en el «modo de pro- ducción» suponen que esta conceptualización tiene un alto grado de abstracción teórica. Siendo para ellos lo «concreto-histórico» a analizar lo que llaman regímenes sociales de acumulación (modelos económico-social e institucional-político). Esto modificaria el sesgo determinista-economicista del modelo marxiano en la explica- ción de lo social. En definitiva lo que está en cuestión es si las relaciones sociales resultan, en última instancia, determinadas o no por las fuerzas productivas.
3 Relativa estabilidad porque quiénes sustentan esta teoría señalan el carácter poten- cialmente desequilibrado de la acumulación, lo que no garantiza la estabilidad diná- mica en el largo plazo. Por lo que la profundización de un régimen de acumulación suscita finalmente una nueva forma de crisis estructural.
4Para algunos autores (Notcheff, Basualdo, Aspiazu, 1988) en la IT se puede distin- guir entre las que llaman incrententales -quc no transforman la matriz insumo-pro- ducto, pero mejoran los rendimientos marginales crecientes- y las que llaman mayo- res —que sí transforman la matriz insumo-producto y modifican todas las relaciones sociales en función de la misma-. La idea de la relación de fuerzas y la confrontación social como formando parte de las relaciones sociales no tiene mayor entidad, o en el mejor de los casos es colocada en un segundo plano. El peso de una concepción determinista, en cuanto a lo tecnológico, es aquí muy fuerte.
5 Hay aquí un punto de confrontación teórica importante, que es obvio este artículo no puede, ni pretende, saldar, pero al menos si enunciarlo. Y es que la idea de la no neutralidad tecnológica entra en contradicción con la conocida afirmación marxiana
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de que «el capital no crea la ciencia, sino que la explota apropiándose de ella en el proceso productivo». Hasta donde sé no hay en esta última afirmación una determindada visión optimista en cuanto al progreso histórico, más aún cuando nun- ca como ahora la ciencia y la tecnología estuvieron tan vinculadas al proceso de acumulación capitalista, y orientada la investigación desde sus inicios en la búsque- da de determinados objetivos sociales.
“Este tipo de concepciones no es nuevo, sí lo son en cierta medida las argumentació- nes, pero ya en lo años 60, en los EE.UU., la MustLabor Lose planteaba el «colapso de la sociedad de clases» y el «fin de la lucha de clases».
’En rigor, como bien apunta Victor Montovi, la variable histórica, como categoría fundamental del capitalismo, es la tasa de ganancia que cumple un rol decisivo en el ciclo económico. Esto es lo que está pesando en el conjunto de la economía mundial. Hay un fuerte incremento de la productividad y de la tasa de explotación del trabajo, pero esto no repercute todavía en la tasa media de ganancia, al menos en una magni- tud tal como para impulsar decididamente el ciclo de la reproducción ampliada.
S Los progresos científicos y tecnológicos han producido dos categorías de trabaja- dores: I) los científicos e ingenieros informáticos, que crean y mantienen los siste- mas, II) los usuarios rutinarios de terminales informáticas. Los comprendidos en la primera categoría, una pequeña minoría, son personas altamente calificadas, en gran medida autónomas, los pertenecientes a la segunda, ya sea que estén empleados en fábricas, cajas de supermercados o antiguos puestos administrativos, en la banca, los seguros y otros, se ocupan de operaciones rutinarias mediadas por ordenadores, su- bordinadas a estrictos procedimientos de trabajo y son, en efecto, esclavos de la má- quina. Por lo tanto constituyen una clase trabajadora en la mayoría de los sentidos que los socialistas han dado generalmente a este término; a ellos debemos agregar el gran número de trabajadores que siguen empleados en trabajos de manufactura ma- nual. Las sociedades actuales todavía tienen una evidente y marcada estructura de clases y que la base clasista del movimiento socialista sigue siendo un factor político importante, aunque las conceptualizaciones de las relaciones y de la política de clases indudablemente seguirán cambiando en el futuro como lo han hecho en el pasado (Tom Bottomore).
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INFPQECCDR
C ouespondencro de Prensa lnteinooonol para America Latino
Revue internationale pour l'autogestion
UTOPIE CRITIQUE
82 Junio de 1994
ARGENTINA 1995: 'UNA NUEVA HEGEMONIA?
Alberto Bonnet
«Sólo gracias a aquellos sin esperanza, no es dada la esperanza» W.Benjamin.
Aclarando las preguntas
Es relativamente sencillo escribir sobre aquello que fue publicitado en las campañas electorales, sotttetido a votación y votado en la Argetttitta cl 14 de Mayo. Se trataba de tttodelos de gestiótt y de gestores: los gestores del PJ obtu- vieron casi un 50% de los votos, los del Frepaso un 2.9% y los de UCR un 17%, porcentajes que indican que el tttodelo de gestiótt y los gestores actuales no serán reemplazados, nos ittfonttaron los periódicos.
Menos sencillo -aunque tttueho mas interesanle- resulta indagar aquello que no fue discutido en las campañas, ni decidido en las urttas, ni expresado en las votaciones. El principal desafío no consiste en interpretar lo votado en las elec- ciones, sitto en entender lo no votado en ellas los mecanismos que pertttiticron de antentano sustraerlo de las campañas y las urnas.
Precisemos un poco más las cuestiones. Podemos admitir sitt mayor audacia que aquello sustraido de la votación fué, por excelencia, la convertibilidad y, más radicalmente, la reestructuración de aspectos fundamentales de la econo- ntía y la sociedad argentinas.l Pero la pregunta pasa entonces a ser: ¿cómo es qtte la convertibilidad y la reestructuración capitalista fueron sustraidas de las discu- siones y de las decisiones?. O incluso, habida cuenta de qtte el compromiso de no tttodificar el rumbo fue explícitatttente aclarado por los grattdcs partidos: ¿por que' la gran ntayoría de los argentinos las convalidó ti’tcitamcnte en el mo- tttento de emitir su voto?. Estas pregmttas remiten a nuevas preguntas, a proble- mas que lrasciettdett atttpliantetttc la coyuntura electoral de Mayo y no puedctt resolverse invocando ettgaños, traiciones, fallidas unidades populares, ausencia de un partido revolucionario de tttasas, dólares ittvertidos en las campañas elec- torales, polarizaciones, nueva constituciótt, reglamentos electorales y otras hier- bas que proliferan en el microclima electoral.2
La convertibilidad y la reestructuración econótttica v social en curso consti-
Cfi b)
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tuyen una ofensiva, sirt precedentes en la historia argentina, contra las condicio- nes de vida de los trabajadores. Sin precedentes son la actual distribución de la riqueza (los salarios representan apenas un 20% del PBI), el monto del salario real (1/3 del vigente hace veinte años), el número de habitantes en la miseria (unos 10 millones), de niños desnutridos (1 tttillórt) y desempleados (2 millo- nes). El plan de convertibilidad fue lanzado por Cavallo hace más de cuatro años y la reestructuración capitalista, considerada en su versiórt más acelerada y pro- funda, viene desarrollándose desde que Roig arturtciara la reforma del estado, casi dos años antes. El contraste entre ambos aspectos, a saber, el exitoso desem- per'to de la reestructuración capitalista por un lado y sus catastróficas consecuen- cias sociales por el otro, merece una explicación. Los socialistas revoluciona- rios no podemos soslayar irtcórnodas pregurttas como las siguientes: ¿cómo se explica la hegemonía lograda por la burguesía alrededor de estas políticas? ¿Estamos ante una nueva hegemonía de largo plazo? y ¿cuáles serían los límites de semejante hegemonía?. Soslayar estas preguntas sería renunciar implícitamente a interpretar la coyuntura y, en consecuencia, a la práctica polí- tica destirtada a transformarla.3 Voya proponer en las siguientes páginas algurtas ideas que, según espero, sirvan para eontenzar a encontrar respuestas. El atenta- do contra la esperanza, perpetrado por el rttenernisrtto durante los últimos años, está dejando secuelas en los socialistas. Hay quiertes caen en el escepticismo y renuncian a explicar una realidad que afecta derttasiado sus creencias; hay quie- nes se refugian en el dogrnatisnto, reafirtttartdo sus ereertcias y amontortando principios generales y superficialidades de la coyuntura en sus intentos de expli- car aquello' que las corttraría. Las ideas que siguen, en este marco, están de antemano cortdenadas a ser provisorias y a operar grandes reduccionismos. El intento de explicar cualquier realidad nueva corttiertza, necesariamente, con unas exageraciortes endebles que sólo pueden ser evaluadas y desarrolladas en porteriores debates.
1. Volvamos a la inflación
La pritttera idea que quisiera proponer apurtta a entender la naturaleza de ese descalabro de precios que tantas veces padecitttos y conceptualizamos eortto inflación. La inflación es lucha de clases, desarrollada alrededor del valor del dinero y expresada en la estructura de los precios relativos. Esta idea ttte servirá más adelante para entender el período que va desde abril de 1989 hasta marzo de 1991 y, a partir de dicha coyuntura, la génesis y las características de la hegemonía burguesa expresada políticamente por el menemismo.
Es sabido que, en nuestro medio, los economistas suelett acordar en la defini- ciórt de la ittflaciórt: pérdida de valor del dinero en relaciórt a las demás mercan- cías, acompañada a veces de ntodificaciortes en los precios relativos entre los
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distintos tipos de rttercancías, rttas suelen dividirse acerca de sus causas. Los monetaristas sostienen que son inflaciorta rios los aumentos de salarios que supe- ran los increrttentos de la productividad, el estítttulo de la detttanda mediante el crédito barato y el financiamiento del déficit presupuestario y de otros déficits motivados en políticas de bienestar social y desarrollo ecortótttico emprendidas por el estado, mediante emisión. Los estructuralistas, en carttbio, sostienen que la inflaciótt resulta de un ertcadenarttiento de factores erttre los que se destacan las rigideces de la producción agropecuaria, la restrirtgida capacidad de impor- tar biertes de capital, el irtsuficiente desarrollo de las industrias de base y de la infraestructura y el carácter endémico del déficit fiscal resultante de las defi- ciencias anteriores“
Esta defirticiórt y estas explicaciones de la inflación rtte parecen, sitt embar- go, insuficientes porque reproducen el fetichismo del dinero. La inflación debe definirse más bien cortto una modificación de los precios relativos realizada a través de una alteración general de los precios y explicarse corttourta expresiótt de la lucha de clases. Esquemáticamente, podría decirse lo siguiente. Ante difi- cultades en el proceso de valorización del capital para deterrttirtada fracciórt de la burguesía en la esfera de la producciótt, la fracciórt burguesa en cttestión irt- tenta mantener su tasa de ganancia en la esfera de la circulaciórt, aumentando los precios de las mercancías que produce. Ese es el puntapie’ itticial de la infla- ción. El desarrollo posterior, sin embargo, tturtca está predeterminado. Ptresto que es irtherente al capitalismo el antagonisrtto etttre la racionalidad desde ttrta perspectiva particular (el interés de esa fracción de la burguesía) y la raciortali- dad general (la continuidad del proceso de reproducciórt capitalista en su cort- junto), este auntento de precios motivará aumentos de precios en otras mercan- cias, que suprimirán la ventaja que esa fracciórt de la burguesía había obtertido con su aumento inicial. Deberá entonces volver a aumentar los precios de las mercancías que produce, iniciándose de esta rttattera una torrttertta ittflaciortaria que potencialmente arrasará con el valor del dinero y con la propia reproducciórt capitalista, en tanto el dinero es premisa de la misma. Esto es lo que se denomi- na hiperinflación. Pero, acarree o no el proceso irtflaciortario, efectivamente, ese desastre gerteral de la hiperinflación, las cosas no qttedart igtral qtte antes de qtte dicho proceso se iniciara. El desarrollo erttero del proceso irtflaciortario, sus características y resultados, depende de la lucha entre las distirttas fracciones de la burguesía y, fundamentalmente, de la lucha de clases etttre la burguesía y los trabajadores. La fracción de la burguesía que aurnettta inicialmente los precios - p.ej., un sector de la burguesía industrial-, si cuettta con relaciortes de fuerza favorables -monopolización, sindicatos débiles, escasa influencia de los terrate- nientes- impondrá una nueva estructura de precios relativos en la que el nivel de precios de las ntercartcías que produce sea superior al nivel de precios de las ntercancías que cortsurtte para la producción de las ntisrttas: la fuerza de trabajo -deterioro del salario irtdustrial- y, en algunos casos, las tttaterias printas -caída
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de los precios agropecuarios.
Las explicaciones rttonetarista y estructuralista de la inflación señalan aspec- tos importantes del fertórtteno, ahora podemos decirlo, pero estos aspectos de- ben reinterpretarse. Volvamos entonces a ellas. Las políticas estatales que son interpretadas cortto inflaciortarias (políticas crediticias de estítttulo de la deman- da, políticas sociales y de desarrollo def ¡cita rias) sort efectivatttcnte irtflaciortarias, pero deben entenderse a partir de la intervención del estado en favor de ciertas fracciones hegemónicas del capital, en urt rttareo de luchas etttre clases y frac- ciones de clase. Estas luchas atraviesart al estado y el accionar del estado deviene así inflacionario. En este purtto, la falettcia en corttúrr de las explicaciones tttonetarista y estructuralista radica en que arttbas presttporten la neutralidad del estado frente a esas disputas en lortto del producto social. Las rigideces que los estructuralistas señalan, en la estructura ecortórttiea de. los denominados «paises subdesarrollados», cortto causales en última irtstattcia de la irtflaciórt, tarttpoco operart de manera irtflaciortaria por sí mismas. Operan cortto obstáculos para la valorización ttorrttal del capital en detertttinados sectores, ante los cuales las fracciones de la burguesía en cuestiórt pueden responder de rttartera irtflaciortaria o de otra ntanera (por ejemplo, irttportiertdo un nuevo esquema tributario). La iderttificaciótt de los aumentos de salarios por encima de la productividad cortto causarttes de irtflación por parte de los tttortetaristas, finalmente, aputtta a la clave de los procesos inflaciortarios. Esa clave radica enel atttagortisrtto capital- trabajo. La erttergettcia de dificultades en el proceso de valorización del capital pueden ser enfretttadas rttediartte un irtcrctttento de la plusvalía relativa (un au- tttertto en la productividad del trabajo). En caso de que ese ittcretttettto sea invia- ble, se recurre al expediettte más primitivo del irtcrerttertto de la plusvalía abso- luta (es decir, reduceióttde salarios). Pero esta reducciótt de salarios, erttertdida cortto reducciórt de salarios ttorttirtales, puede ser resistida por los trabajadores. La irtflación se revela aquí cortto un recurso expropiatorio en tttanos de la bur- guesía, un recurso para, mediante aumentos de precios de ciertas ntercancías, desvalorizar el dinero y reducir así los salarios reales dejando irttactos los nomi- nales. También esta manera de reducir los salarios puede, rtaturalrttertte, ser re- sistida por los trabajadores, pero es a tttcrtudo tttucho tttás sertcilla que la prime- ra y rttás efectiva que la seguttda a corto plazo. De todos rttodos, la estabilización de una nueva estructura de precios relativos en desrttedro del salario sigue de- pertdiettdo del desarrollo ulterior de la lucha de clases.
La importancia de entender los procesos irtflaciottarios para interpretar el desarrollo del ca pitalisrtto a rgentino de las últitttas dos décadas dificilrttcttte ptteda ser sobrestirnada: la ittflaciórt ha sido una de las modalidades privilegiadas de rttattifestaciórt de la lucha de clases doméstica. Baste señalar esto: el extettso proceso de desestructuraciótt del tttodelo de acurttulaciótt «nacional-desarrollista» vigente desde los años 30 y en crisis desde los grandes enfrentamientos sociales de fines de los 60, se itticia justamente con trtt fuerte proceso inflaciottario hacia
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mediados de 1975. El deserttbarco de. la crisis ecottórttica mundial en ttuestro país, la contracción de las gartattcias, la resistencia de sindicatos poderosos a la rcducciórt del salario, operaron en aquella coyuntura de una tttartera paradigmática. La inflación fue la rttattera en que esos antagonisntos se expresa- ron y los críntertes de la dictadura la tnartera en que se resolvieron?
2. El chantaje hiperinflacionario
las anotaciones precedentes sobre la inflación tttereceríart profurtdizarse y precisarse, pero sort suficientes para lo que aquí nos ocupa. Quisiera más biett proponer una segunda idea: los procesos hiperinflaeionarios que caracteriza- ron el lapso que va de abril de 1989 a marzo de 1991 explican el inicio y, en parte, la naturaleza de la hegemonía construida alrededor de la convertibilidad y la reestructuración capitalista por la burguesía y expresa- da políticamente en el menemismo.
Repasentos brevemente aquel período. Hacia mediados de 1988, el platt Aus- tral era reerttplazado por el Primavera. El plan Primavera consistía en ttrt acuer- do desindexatorio con los grandes capitales y desdoblamiento del tipo de earn- bio, en un contexto de bajas reservas y restricción del finartciatttiettto extertto, de salarios negociados en paritarias y descrédito creciente del gobierrto alfonsinista. Es decir, un postrer intettto de estabilización ettcadertado it las deci- siottcs del gran capital.“
Para entender el proceso hiperirtflaciortario que derrurttba el plan Primavera e inicia el período tttertetttista es rtecesario tener presentes al tttertos cuatro ele- mentos que distinguirán claramente este proceso del ocurrido hacia mediados de 1975:
a) una grart burguesía fortalecida en su capacidad de manejar los precios, debido a su alto grado de monopolización resultante del proceso dc concentra- ciórt y centralización del capital que había tettido lugar desde la década del 70;
b) una gran burguesía capaz de manejar los precios de diversas tttercartcías, pero especialrnertte el valor del propio dinero, debido al irtcretttertto de sus acti- vidades financieras resultante del proceso de financiarización irticiado con la refontta de la dictadura; 7 '
c) una clase trabajadora reactivada a partir de un atttplio proceso de luchas contra la política econóntica alfortsirtista, pero sigttada por la profuttda derrota que la dictadura había alcanzado y cortducida aún por las tradicionales burocra- cias sindicales peronistas; y
d) un nuevo desafío para las clases dominantes: la necesidad de reestructurar el capitalismo argentino, una tarea que el alfortsirtisrtto había dejado pendiente y que no parecía en condiciones políticas de encarar. Las super- ganancias que
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prometía una eventual privatización de las empresas públicas para la gran bur- guesía debe ser tertida especialmente en cuenta en este sentido, habida cuenta de que el accionar de la gran burguesía se orienta arttes por las super-ganancias esperadas a corto y ntediano plazo que en vista de modelos preconcebidos para concretar a largo plazo.
A contienzos de 1989, el Banco Mundial y el FMI ya habían bloqueado el financiantiertto exterrto y las reservas del BCRA eras insuficierttes para sostener el tipo de cambio. Y hacia comienzos de Febrero, rttediante una corrida especu- lativa sin precedentes sobre el dólar, los grandes capitales diezmarort las reser- vas, el BCRA abandortó el mercado de divisas y el tipo de cantbio se disparó. A pesar del aurttettto de la tasa de interés -alcanza el 100% mensual en Abril- los capitales siguieron fugártdose hacia el dólar -que había aurttentado un 400% en tres meses. La ittflación auntentó, consecuentemente, y se inició un acelerado proceso hiperinflaciortario: los índices.(IPC) trepart de 9,6% en Frebrero a 17% en Marzo, 33,4% en Abril, 78,4% en Mayo, 114,5% en Junio y 198,6% en Julio (datos de] INDEC, en Informe Económico de Coyuntura del CPCE, varios nú- meros)
Hay que detenerse en las dos caras de este proceso. En printer lugar, sort evidentes las «firtalidades políticas» del proceso hiperirtflaciortario desatado por el gran capital. La exigencia de avanzar en la reestructuración delestado -ert particular en la privatización de las entpresas públicas- es plartteada por enton- ces explícitarnente, y la hiperinflaciórt viene a asentar las condiciones políticas para realizarla. La bancarrota del alfonsirtismo, irticiada con la crisis del Austral y el descrédito manifiesto en la derrota electoral de 1987, intpedía al mismo, definitivantente, hacerse cargo de semejante tarea. La gran burguesía era cort- ciente de la situaciórt y sus cuadros políticos comenzaron a operar en consecuen- cia. El equipo del recientemente elegido Menem, encabezado por el propio Cavallo, anunció que la tasa de catttbio estaba derttasiado alta y que estaba pre- parando urta rtueva refomta firta nciera. La corrida, firtaltttettte, itttporte la renun- cia a Alfonsín a comienzos de julio.’3
Sin embargo, la gran burguesía no apuntaba solantertte a un cantbio de admi- nistración, sino a una ntodificación en las relaciortes de fuerza sociales que per- mitiera imponer las traumáticas ntedidas inherentes a la reestructuración. Era también Cavallo quiert explicitaba la estrategia a seguir ett aquella coyurttura: no aceptar ningún cogobierno transicional y dejar que se profundice el proceso hiperinflacionario, para que el gobierno tnenentista asumiera con un consenso ampliado y pudiera irttplementar aquellas rttedidas radicales. Para entender esta estrategia es preciso, en segundo lugar, tener presertte la magnitud del impacto del proceso hiperinflacionario erttre los trabajadores. Y esto es setteillo: con semejantes índices de inflación, los precios aurttetttabatt a diario, la capacidad adquisitiva de los salarios cobrados se iba reduciendo a lo largo del mes y co- menzada la segunda quittcena se esfutttaba, los despidos aurttctttaban confomte
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avanzaba la incertidumbre.
El salario real retrocedió un 35% de su valor etttre abril y julio (cifras de] BCRA) y el deserttpleo y subempleo de Mayo alcanzó el 15%. La desesperación de los trabajadores artte serttejartte situaciótt tuvo su expresión privilegiada en los asaltos a los supermercados de los cirtturorres industriales de Rosario y Bue- nos Aires.’ '
Pero esta era apenas la pritttera batalla de ttrta guerra inflaciortaria que se prolongaría por dos años. La burguesía y los trabajadores respondieron a las printeras políticas de estabilización del nuevo gobierno siguiendo viejos patro- nes de enfrentamiento. Las tres medidas centrales del plan BB, lanzado en julio de 1989, fueron un acuerdo de precios con las etttpresas, la fijación de un tipo de cantbio único por el BCRA y pautas indicativas para negociar los salarios en las paritarias. El acuerdo de precios fracasó de arttetttarto: las grandes entpresas rerttarcaron durante los dias que mediarort erttre el lanzamiento del plan y el acuerdo de precios. La brecha cambiaria etttre el dólar oficial y el paralelo trepó hasta un 50% en los meses siguientes. Y ntierttras tartto, los aumentos salariales logrados por los trabajadores superaron los índices de inflación del mes prece- dente ert octubre y en noviembre, recuperando pa rte de la capacidad de compra que habíart perdido con la expropiación hiperirtflaciortaria de abril-julio. Puede decirse que la lucha de clases seguía adoptattdo modalidades inflacionarias. Urta devaluación y la liberación de los precios fue la respuesta del gobierno a esta situación; un nuevo proceso hiperinflacionario, rttuy semejante al anterior, sería la consecuencia. Los índices de inflación subieron a 40,1% en dicierttbre, 79,2 en enero, 61,6 en febrero y 95,5 en marzo. Eliminados los controles de carttbios y precios, el destirto de los sucesivos ajustes conocidos cortto Erman I a VII no sería muy diferente. Las consecuencias profundamente recesivas de estos ajus- tes y las ntedidas de reforttta del estado que los acompañaron en adelante fuerort resistidas por huelgas y movilizaciones de los trabajadores públicos (judiciales, docentes, más tarde ferroviarios) y hacia corttiertzos de 1991 una nueva corrida especulativa reirticiaba un proceso hiperinflacionario.‘°
Este sumario es suficiente para poner de rttartifiesto la característica funda; mental del período: la lucha de clases seguía desarrollándose alrededor del dine- ro y adoptando la forma de procesos inflacionarios. Eso que los economistas interttart cortceptualizar en jerga psicológica (credibilidad, adaptaciórt, espectativas inflaciortarias) seguía siendo rttás biett el cortjunto de reglas, irn- puesto por la bttrguesía, que regía el desenvolvimiento del arttagortisnro erttre capital y trabajo y entre distirttas fracciones del capital.
Urta estabilidad sostertida recién comenzaría en marzo de 1991, con el irticio del plan de convertibilidad de Cavallo, y con ella se estabilizaría una rtueva relación de fuerzas sociales gestada en la guerra inflacionaria precedente. El salario real retrocedería desde 1988 (88,7 con 1985 = 100), 1989 (83,7), 1990 (80,9), 1991 (72,1) 1992 (68,3), para más adelante estabilizarse con el desarro-‘
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llo del plan (en base a datos de FIEL en Boletín...Nro.141, Abril de 1995). El plan de convertibilidad establecería rtuevas reglas. La madre de esas reglas fue la propia paridad, establecida por ley y respaldada por las reservas del BCRA, entre el peso y el dólar. Los entpresarios se comprometieron a no modificar precios, los salarios fueron congelados de jure (en el sector público) o de facto mediante intervención de la burocracia sittdical oficialista (en el sector priva- do).
Un decreto posterior, que autorizaba exclusivarttertte los aumentos de sala- rios derivados de aumentos de productividad del trabajo, sintetiza este carttbio en las reglas: la lucha de clases no debe expresarse irtflacionariarttente, sirto como disputas alrededor de futuros excedentes por productividad. Para los tra- bajadores esto sigrtificaba la aceptación de sus ntiserables niveles salariales ini- ciales a corto y a rnediarto plazo y, si las cosas rttarchabart biett, aumentos selec- tivos a cambio de mayores grados de explotación a largo plazo. Para la burgue- sía significaba un desafío: aumentar sus ganancias ntediante reducción de cos- tos, reorganizando los procesos de trabajo, flexibilizattdo los contratos labora- les, reduciendo los aportes patronales e incorporando rttedios de producción más nrodemos en los casos en que fuera rentable. El estado, por supuesto, asistiría a la burguesía en este desafío.
La estabilidad de la moneda sería, desde el inicio del plan de convenibilidad, el sustento de una nueva hegentonía burguesa. Hegemónica es la fracción de clase que impone las reglas en que se desenvuelve la lucha de clases, y la gran burguesía impuso las suyas. Esta hegemonía le perrttitiría a la ntisrtta avanzar profunda y aceleradarttertte en sus políticas de reestructuración de largo alcance. Detengámonos en este punto.
Entre paréntesis: ¿una nueva hegemonía?
Printero, es evidente que la gran burguesía ha cortstruido una hegemonía - expresada políticamente por el menemismo- que ha sido suficientemente sólida comolpara garantizar el éxito de su estrategia de reestructuraciórt capitalista. Las luchas sociales desarrolladas durante el gobierrto alfonsirtista y los dos pri- nteros años del ntenernista ntertguaron sensiblemente tras el establecimiento del platt de convertibilidad. Las huelgas y movilizaciones de trabajadores públicos que enfrentaron la refomta del estado (los telefórticos, metalúrgicos de Sorttisa, docentes y especialmente ferroviarios) fueron enfretttadas por el ntenentismo sirt mayores concesiones y firtalrttente fracasaron.
El auge siguiente, irticiado a mediados de 1994 y asociado con las luchas del NOA y el Santiagazo, con importantes huelgas puntuales (Sevel, etc.) y con las discusiones en tonto a la Asamblea Constituyente y el crecimiento electoral del Frettte Grande, auge que pareció cortdertsarsc cn la Marcha Federal de Julio,
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sufrió un reflujo a comienzos de 1995: el dertorttirtado «efecto tequila» devolvió a la estabilidad su privilegio y las luchas rctrocedicron." Estos conflictos desa- rrollados durante los últitttos cuatro años, aislados y desarticulados, en resumen, no frertaron el avance de las principales tttedidas de reestructuración. Las elec- ciones realizadas desde 1989 a la fecha fuerort córttodatttente gartadas por el menemismo. El 46% de los votos obtettidos en 1989 se redujo a 38% en renova- ciórt de legisladores y gobentadores de 1991 -rcalizadas tras seis meses de vi- gencia del plan de convertibilidad-, alcanzaría un 42% en las legislativas de 1993, y treparía a un 50% en 1995.
Debe recordarse que las carttpañas electoras del ntenetttisrtto, en todos los casos, giraron en torno a la estabilidad rttortetaria ligada con el plan de convertibilidad. Las dificultades que enfrentó en su desarrollo la política econó- ntica del gobierno no pusierort en juego esta hegemonía, más biett la rttisrtta salió intacta -y acaso fortalecida- de las mismas. La prittcipal de estas difíciles coyunturas fué, indudablemente, la origirtada en la devaluaciórt tttcxiearta del peso de diciembre de 1994. La Argentina -junto a otros pa íses latinoamericanos- apareció a partir de esta devaluación eortto riesgosa para los capitales interna- cionales. A pesar de que las reservas del BCRA eran en un comienzo suficierttes para ntanterter la convertibilidad del peso, cl rellujo de los capitales internacio- nales ntotivó una pérdida de depósitos bancarios. La magnitud de la crisis fue inédita desde el inicio del plan de cortvertibilidad: en los prirtteros cuatro meses de 1995 huyeron del sistema fittancicro unos 7.600 millones de dólares (sobre un tttortto total de depósitos de unos 40.000), quebró un banco (el Extrader), otras ocho entidades fueron suspendidas y hasta fines de marzo las acciones en bolsa perdierort un 45%. Sin embargo, el gobicrrto resportdió por la moneda: cl BCRA salvó el sistema transfiriendo a los battcos unos 6.000 millones de dóla- res (reducciórt de encajes, pases, préstamos para ntarttcner la liquidez). Para esto se recurrió a un irtcrentettto de deuda exlcrrta acordando con el FMI y bartcos irttemaciortales hacia fines de marzo. Además se decretó la gararttía de depósi- tos, se realizó un ajuste fiscal recesivo (en particular aurttento del IVA de 3 purttos) y se lanzó una nueva ley de cheques para multiplicar el crédito y conte- ner la tasa de interés en mayo.
La crisis desencadenada por la devaluación rttexicatta portdría de manifiesto cortto nurtca antes la fragilidad de la política ecortótttica del gobierno; el éxito de su riesgosa operación de salvataje -ine'dito en nuestra historia reciertte- eviden- ciaría paradójicamente la solidez de la hegemonía expresada por el menemismo. Y atttbos eorttportentes se reflejaríart, sucesivamente, en las ertcuestas realizadas en la coyuntura.
Segundo, puede decirse que esta hegemonía, sustetttada e'n la estabilidad tttortctaria, opera sobre un chantaje. En tattto el proceso hiperirtflaciortario que la inicia puede entenderse como una auténtica alteración de las relaciones de fuerza sociales, la estabilidad debe erttenderse cortto estabilización de las nue-
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vas relaciones de fuerza emergentes. Es sertcillo comprender la nranera en que la estabilidad monetaria opera sustentando esta hegemonía: los trabajadores no cuentan hoy con una fuerza suficiertte como para imponer mejores salarios y condiciones de vida en un rttarco hiperinflacionario de lucha de clases -y mucho ntenos para establecer mecanismos sociales efectivos de control antinflacionario de precios. Bajo esta coerción, se ven obligados a resignar salarios y condicio- nes de vida a cantbio del mantenimiento de la estabilidad. Los procesos hiperinflacionarios de 1989-1991 parecen haber grabado un mensaje conserva- dor en la memoria colectiva: en tiempos de retroceso, mejor un sueldo escaso pero seguro en su capacidad de corttpra, que un sueldo con capacidad de corttpra incierta. El chantaje de la burguesía también se ntonta sobre este mensaje de 1989-1991: si se auntentan los salarios, aumentan los precios y volvemos a la hiperinflación.12
Sin erttbargo, para que un chantaje semejante se convierta en una hegemonía política sort necesarios ciertos requisitos.
La inflación debe ser preserttada como un proceso que responde a unas reglas objetivas de funcionamiento de la ecortomía, por excelencia, al principio monetarista de que los aumentos de salarios por encima de la productividad del trabajo producen inflación. La inflación debe dejar de ser un recurso de la bur- guesía para incrementar sus ganancias y debe convertirse en fenórtteno resultan- te de leyes económicas cuasi-naturales para que el peligro de hiperinflaeiórt ptteda ser presentado como algo objetivo, y no como una amenaza origirtada en los propios capitales que el gobierno representa, y para que la política antinflaciortaria del gobierno pueda ser presentada como política objetivamente necesaria, y no como expresión de la cristalización de nuevas relaciones de fuerza. Estas trasntutaciones permiten a la burguesía montar, partiendo de un chantaje, su hegemonía alrededor de la convertibilidad. Las tttedidas ntás profundas de rees- tructuraciótt capitalista -la refomta del estado, la desregulación de los mercados internos y la apertura externa, es decir, las medidas que cortfonttan la estrategia de la gran burguesía a largo plazo- son a su vez presentadas como requisitos necesarios para el mantenimiento de la estabilidad -es decir, cortto lo corttrario de lo que son realmente.
Deben extraerse algunos corolarios importantes, aunque más genéricos, del razonamiento precedente. Suele pensarse que las políticas rteocortservadoras de restructuraciórt, por las profundas trartsfonttaciones que operart en la ecortorttía y la sociedad, sort precedidas y/o acorttpañadas de recortes en las libertades de- tttocráticas, represión, etc. Sitt entbargo, esta relación no puede ser planteada mecánicamente. Las políticas de reestructuración son ellas rttisrnas profuttdas ofertsivas contra los trabajadores, pero no ttecesariarnente vart de la tttarto de regímenes autoritarios."La dictadura 1976-1983 no irticia la reestructuraciórt capitalista en la Argentina, sino el tnerterttisrtto, siete años más tarde. No hay duda acerca de que el disciplinantiento social itttpuesto por la dictadura es cort-
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dición rtecesaria, en última ittstartcia, para el éxito de la reestructu raciórt inicia- da por Menem, pero nc es cortdición suficiente. Fueron ttecesarias también las hiperinflaeiortes de los años 1989-1991 y la derrota de varias luchas sociales, entre otras cosas. Y la hegemonía tnenetttista, cortstruida a partir de aquella hiperinflaciórt y desarrollada en condiciortes democráticas, sirt recortes en las libertades públicas ni represiórt significativos, no puede ser explicada recurrien- do sitt más al expediente de la dictadura. x
Suele entenderse a los estados neocons'ervadores, por otra parte, cortto sim- ples instrumentos de opresión de la gran burguesía. Pero si esta idea -teórica- mente tttuy primitiva- no se apoya en un análisis preciso de la reforma neoconservadora del estado, puede cortducirrtos a un doble equívoco: printero, a suponer implícitamente las bondades del estado preexistertte, y segundo, a igno- rar los importantes mecanismos de gerteraciórt de consenso e irttegraciórt del propio estado neoconservador. Aún el más reacciona rio de los estados conserva- dores aparece como representante del interés general. Su especificidad es que opera, sobre todo, garantizando el valor del dinero, y presetttartdo el interés general como igualdad dineraria.14
El estado rttenerttista gararttiza el valor del dinero de la tttattera más ortodoxa concebible: mediante convertibilidad por ley de los pesos en dólares, garanti- zando así la paz social tttás allá de la guerra inflaciona'ria.
Finalmente, suele en ocasiones hablarse del pragntatisrno y del individualis- mo oomo aspectos inherentes a la ideología neoconservadora, sirt mayor especi- ficación. Pero esos rasgos ideológicos del neocortservadurisnto derivan precisa- mente de sus políticas dinerarias. El tteoconservadurisrno presertta la política económica como rttera política ntonetaria y la política monetariacomo una no- política -una adntittistraciótt contable de relaciones debe-haber arttes que una política que violenta relaciones sociales- y, en eonseeuertcia, cortto la única no- política posible. Este pragmatismo es precisamente el rasgo ideológico del menerttisnto que fué bautizado localmente como posibilismo. Pero este pragmatismo debe combinarse con otro recurso. A aquella tro-política objetiva- mente necesaria debe agregársele una rtteta, porque debido a su propia naturale- za carece de finalidad alguna. El menemisrtto diseñó esta nteta ideológica para su no-política: el ingreso al primer mundo.ls La ideología individualista del neoconservadurismo, por su parte, remite a que éste promueve una nueva ciuda- danía: la igualdad de los ciudadanos artte la ley encarna ahora en la igualdad de los agentes de] ntereado ante el dinero. Ante el dinero, no existert clases ni soli- daridades, sino individuos con sus egoisntos particulares. Para decirlo en térmi- nos de W.Bonefeld, se trata de «la descomposición de las relaciones de clase a través de la subordinación de la clase obrera a la igualdad abstracta del dinero». Estos aspectos de la política, el estado y la ideología del tteocortservadorísrtto, presentes en el caso del rnettemismo, deben ser estudiados y tertidos en cuertta para entender su hegemonía.
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3. El chantaje-crediticio
El chantaje hiperinflacionario es el principal sustento de la hegemonía bur- guesa expresada en el menemismo. Empero, durante la vigencia de la convertibilidad se sientan las bases para una forma conexa de chantaje. La terce- ra idea que quisiera proponer es que el chantaje hiperinflacionario fué refor- zado por un chantaje crediticio, emergente del mismo, que garantizó una consolidación de esta hegemonía.
El plan de convertibilidad redujo la inflación hasta índices sin precedentes desde hace décadas. La inflación de partida de 1990 había alcanzado 13-43% y se reduce a 84,1 en 1991, 17,5 en 1992, 7,4 en 1993, 3,9 en 1994 y para 1995 sc proyecta un índice del 4,7% (cifras de Carta Económica, con proyecciones opti- mistas del Estudio Broda). La estabilidad impulsó un proceso de endeudamiento masivo de la población, destinado a la adquisición de bienes de consumo e inmuebles a crédito. El consumo doméstico tuvo así un crecimiento real de 38,3% entre 1990 y 1994 (incluido el consumo público). Es importante advertir. sin embargo, que este endeudamiento no resulta explicable a partir de que el crédito fuera barato (pues los intereses en dólares son altísimos, convirtiendo a los comerciantes en una suerte de usureros), sino a partir de la propia estabili- dad. Después de años de altas tasas de inflación, en que las compras a crédito no existían o eran sumamente riesgosas, la estabilidad por sí misma impulsó el rezagado consumo, a crédito directo o por intermedio de las lineas de préstamos bancarias que proliferaron al efecto. Y la misma estabilidad señala sus límites. En ciertos sectores de la población, endeudados en dólares, el mantenimiento de la convertibilidad se convirtió poco a poco en una cuestión de vida o muerte, generándose una nueva forma de chantaje crediticio que refuerza el hiperinflacionario -y una nueva ideología consumista que refuer/.a el individua- lismo antes mencionado.
Una aureola de prosperidad rodeó a la convertibilidad a partir de este incre- mento del consumo, pero para comprender este fenómeno es necesario referirse a otras variables. Por un lado, el lanzamiento del plan de convertibilidad conge- ló precios internos elevados en dólares respecto de los precios internacionales, y por otro, las medidas de apertura externa del gobiemo eliminaron trabas a la importación. Entonces, las importaciones de bienes de consumo aumentaron y volvió a generarse una situación semejante a aquella de la «plata dulce» de Martínez de Hoz. Las importaciones crecieron un 102,970 en 1991, 79,7% en 1992, 12,8 en 1993 y 28,4 en 1994 (estos índices incluyen bienes de capital: más adelante me referirá a éstos). El gobierno adopta entonces medidas que tienden a recuperar la competitividad perdida (supresión de aranceles a la importación de bienes de capital, reintegros de impuestos indirectos para los exportadores, reducción de aportes patronales, régimen automotriz), para reequilibrar una ba- lanza comercial sumamente deficitaria. Estas medidas -attnque las exportacio-
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nes aumentaron- no equilibraron la balanza comercial (el déficit alcanzó 5.800 millones en 1994), pero impulsaron una reactivación de la producción que cort- tribuyó a consolidar las apariencias de prosperidad. El decrecimicnto real de la inversión bruta intenta de 1990 se recuperó ya en 1991 (25,1%), gracias a la estabilización de la economía, pero la inversión siguió creciendo con tasas de 30,9% en 1992, 13,7 en 1993 y 18,2 en 1994. El crecimiento real acumulado del PB] entre 1990 y 1994 fue del 34,4%, a una media de 7,6% anual desde el inicio de la convertibilidad. Si sumamos a esto una afluencia de capitales extranjeros de corto plazo que parecía inagotable -motivada en las bajas tasas de interés internacionales- resultaba aparentemente convincente el discurso oficial: aun- que había problemas, la economía estaba marchando hacia la prosperidad. Esta situación se asemeja a otras que tuvieron lugar bajo los regímenes neoconservadores. Hacia 1983 se incrementó la afluencia de capitales -y con ellos de mercancías- a los EEUU de Reagan, aumentando el consumo a crédito de bienes lujosos, montando una prosperidad ficticia pero generadora de corr- senso alrededor de la reaganomics, y descmbocando en una recesión y el colap- so financiero de octubre de 1987. En nuestro caso, naturalmente, la apariencia de prosperidad fue mucho más débil y pasajera: el fenómeno determinante res- pecto del problema de la hegemonía radicó en la sujeción de amplios sectores de la sociedad, por endeudamiento, al mantenimiento de la convenibilidad.
Es importante, sin embargo, advertir las dimensiones de este proceso de en- deudamiento. La venta en cuotas no incluyó solamente pisos de lujo y autos importados, sino también los electrodomésticos y las camisas financiadas en 6 a 12 cuotas mensuales. Las tarjetas de crédito circulantes suman entre 6 y 8 millo- nes y cargan una deuda global de unos 900 millones de pesos, mientras sus titulares tienen un promedio de 1000 pesos de sueldo (Página 12, 21/5/95). Estos hechos dan una idea de la extensión que puede haber alcanzado el chantaje crediticio durante los últimos años.
4. Alcance y limitaciones de los chantajes menemistas.
Exploranros los mecanismos que sustentan la hegemonía alcanzada por la burguesía alrededor de la convenibilidad y de sus políticas de reestnrcturación capitalista. Hace falta ahora preguntarse por el alcance y las limitaciones de los mismos. En particular, la cuestión de las limitaciones, las fisuras, las contradic- ciones de esta hegemonía es ineludible para los socialistas: señala el camino en que la lucha social debería encaminarse. Pero es también, cn las circunstancias actuales, la más compleja. En este sentido quisiera proponer una cuarta idea: el límite de esta hegemonía burguesa radica, básicamente, en la tendencia de la reestructuración a generar un desempleo y una marginalidad crecientes. Esta limitación es inherente, en última instancia, a la propia naturaleza de una
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hegemonía sustentada sobre e] dinero. Pero debemos antes precisar algunas cues- tiones.
Toda hegemonía política descansa sobre sectores, clases o fracciones de ela- se detenninadas de una sociedad, y nunca'sobre una indeterminada ciudadanía. Es necesario analizar en primer lugar, entonces, sobre quiénes se apoya la hege- monía menemista. La burguesía se encuentra unificada detrás de la convertibilidad y la reestructuración capitalista. La gran burguesía, es decir, el puñado de los denominados «grandes grupos económicos» con actividades diversificadas a tra- vés de la producción industrial y agropecuaria y las finanzas que domina más de la mitad del PBI local, es el sujeto de esta hegemonía. Las fracciones subordina- das de la burguesía, agropecuarias e industriales, debilitadas por un proceso de concentración intensa del capital iniciado hace veinte años, carecen de un pro- yecto alternativo y de la fuerza necesaria para irnponerlo, andando a lazaga de la gran burguesía. Sus reivindicaciones particulares (protestas de las PYMES por el costo del crédito o de la FAA por los precios agropecuarios) nunca apun- tan, consecuentemente, a la constitución a largo plazo de una alianza altemati- va. El plan de convertibilidad y las medidas de reestructuración gozan de unáni- me consenso enla burguesía y son considerados como presupuestos en las discu- siones sobre el rumbo a seguir. Las diferencias se ven 'entonces reducidas a ma- tices relacionados, en el mejor de los casos, a ajustes para el futuro (aumentar la productividad mediante caída de los costos, deflacionar mediante cierta rece- sión, devaluar un poco el peso, etc.).16 Este consenso se manifestó en los meses recientes en dos oportunidades. Cuando la corrida generada por la devaluación mexicana, la burguesía demostró que su única condición para continuar respal- dando la política menemista radica en que los organismos financieros intema- cionales la respalden a su Vez -en caso contrario, obviamente, la actitud de la burguesía local sería suicida. En la coyuntura pre-electoral, las fluctuaciones de la bolsa al compás de las encuestas demostraron que la burguesía no sólo exige la continuidad de la política menemista, sino también la continuidad del propio menemisno.
La pequeño-burguesía, los profesionales, comerciantes y trabajadores de cuello blanco tradicionalmente identificados como clases medias, guardan una rela- ción más compleja con el plan de convertibilidad y las políticas de reestructura- ción. Los sectores más acomodados de la pequeño-burguesía, a causa del auge del consumo de los años precedentes, parecen apoyar al menemismo. En los barrios más ricos de la Capital Federal, por ejemplo, el menemismo se impuso u obtuvo porcentajes de votos superiores a la media capitalina en las elecciones de Mayo. Sin embargo, los mayoritarios sectores tnedios de la pequeño-burguesía rechazan el menemismo. La lucha de los mismos por el derecho a la educación, que alcanzó antes de las elecciones importantes niveles como en la ocupación de facultades y en la nrarcha contra los proyectos de educación superior de fines de Abril, ponen de manifiesto este rechazo. Los distritos en que predominan estos
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sectores medios vienen manifestándose a lo largo de los últimos años como baluartes de la oposición, votando sucesivamente por la UCR, el Frente Grande y el Frepaso. En las recientes elecciones, el triunfo del Frepaso en Capital Fede- ral (en particular, en los barriosrepresentativos del sector medio), así como los importantes porcentajes obtenidos en barrios medios del conurbano y otras grandes ciudades del interior por el propio Frepaso o la UCR y el triunfo radical en los municipios de la costa, incluida Mar del Plata, expresaron electoralrnente este rechazo.16 Sin embargo, la naturaleza de este anti-menemismo debe precisarse mejor en este contexto, porque nos itrteresa el problema de la conformación de una nueva hegemonía burguesa más que simples resultados electorales obteni- dos por partidos que disputan por constituirse en la expresión política de esta hegemonía.
En este sentido, debe advertirse que esos sectores medios no parecen recha- zar mayoritariamente la propia convertibilidad y las medidas de reestructura- ción capitalista, sino la tnanera en que el rnenernisrno las implementa y -acaso- algunas de sus consecuencias. Ese 29% de los votantes que se inclinaron por e] Frepaso en Mayo está conformado por una parte minoritaria de los sectores me- dios que rechaza la COtWertibilidad y las medidas de reestructuración y que. no encontró en el cuarto oscuro alternativas mejores, pero también por una porción mayoritaria de esos sectores que acepta la convertibilidad y las políticas de rees- tructuración, aunque prefiriendo las modalidades más prolijas de implementa- ción de las mismas que prometiera el Frepaso. El 17% de los votantes que opta- ron por la UCR puede analizarse de manera análoga, pero en este caso el printer componente fué indudablemente menor: a pesar de que la confusa propuesta del radicalismo fué más anti-menemista que la del Frepaso, la herencia del pacto de Olivos impidió que capitalizara el voto anti-menemista. Puede concluirse, en- tonces, que los sectores medios de la sociedad no resultan ser un punto de apoyo del rnenemismo en el terreno político, aunque tampoco son, mayoritariamente, sectores que escapen a la hegemonía construida por la burguesía alrededor de sus políticas de convertibilidad y reestructuración.
Los trabajadores constituyeron, de manera creciente desde 1991 hasta hoy, una apoyatura de tnasas para el rnenernisrno, aún cuando éste representa la ex- presión política más acabada de la hegemonía burguesa. Las luchas libradas desde el inicio del plan de convertibilidad hasta nuestros días, a través de sus auges y reflujos, su dispersión y sus tendencias hacia la unificación, sus dernan- das económicas, en ocasiones políticas, y sus resultados puntuales, nunca crista- lizaron políticamente fuera de las márgenes del metrernismo ni, por ende, pusie- ron en peligro la hegemonía. Es evidente que las elecciones de Mayo confinna- rort con creces esta afirmación. Mientras que Menem obtuvo cerca de un 50% de los votos a nivel nacional, este porcentaje aumenta en todas las regiones predo- minantemente obreras: un 57% en el conurbano bonaerense, que sube a más del 60% en La Matanza, Lomas de Zamora, Lanús, Alte.Brown, E.Echeverría,
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F.Varela y Merlo, por ejemplo. Las provincias en que se registraron grandes conflictos sociales registran resultados que también superan la tnedia nacional: un 64% en Santiago del Estero, un 61% en Tierra del Fuego, un 54% cn Salta y un 50% cn Jujuy. En las zonas de mayor desempleo, finalmente, cl menemisrno obtuvo excelentes resultados: en Bahía Blanca (ciudad de la Provincia de Bue- nos Aires con mayor desempleo, un 25% de desocupados), Menem mantuvo su 50% y en San Nicolas (convertida en pueblo fantasma desde los despidos de Sonrisa) ganó con un 42%. Estos resultados adquieren mayor relevancia si corr- siderarnos que hubo corte de boletas favorable a Menem en el primer caso - porque fue’ elegido un intendente radical para B.Blanca con el 60% dc los votos- y los trabajadores repudiaron a Menem durante su visita proselitista a Somisa - ver Clarín del 24/4/95- respecto del segundo.
Sin embargo, debe tenerse en cuenta otra dimensión de los resultados electo- rales, una dimensión sistemáticamente escarnoteada por el gobierno y la prensa: el abstenciorrisrno y votoblanquisrno, que comienzan a incrementarse en 1.991 - en la primera elección con Menem en la presidencia- y constituye un fenómeno de masas en Ia actualidad.m En las parlamentarias de 1993, un 11% del padrón electoral que se había negado a asistir a las mesas de votación sc constituía como tercera fuerza a nivel nacional tras el PJ y la UCR. En las últimas eleccio- nes un 9,2% del padrón se negaría nuevamente a votar, ubicárrdosc como tercera fuerza a pocos puntos de la UCR. La importancia de este fenómeno no debe menospreciarse porque esc rechazo a las elecciones es altísimo comparado con los precedentes y porque parece concentrarse especialmente cn zonas populares del Gran Buenos Aires y Santa Fé.
Varios comentaristas (como R.Bacman en Clarín del 17/5, C.Floriá cn La Nación del 16/5, M.Giardinelli en Página 12 del 15/5, etc.) y algunos políticos (Alfonsín entre ellos) interpretaron este respaldo masivo a Menem como emer- gencia de un voto conservador. Los trabajadores habrían preferido conservar la estabilidad antes que resolver los problemas democráticos (las violaciones dc la dictadura a los DDHH, actualizadas desde las confesiones de los «arrepenti- dos», la supresión de la independencia de poderes, la corrupción reinante con cl rnenernisrno) o aún problemas sociales (como la regresiva distribución dc la riqueza o el desempleo).
Este carácter conservador del voto a Menem es innegable, por cierto, pero a su vez debe explicame por el chantaje hiperinflacionario rializado contra los trabajadores. Habida cuenta del contertido de ese chantaje -quc vimos previa- mente- la afirmación de que «se votó con el bolsillo» antes que con «los princi- pios» tiene rnenos de explicación que de insulto a los trabajadores.
De los párrafos precedentes se desprende que la hegemonía menemista, que tiene por protagonista a la gran burguesía, se apoya masivamente sobre los tra- bajadores.” En este sentido, es pertinente hablar de una alianza entre ricos y pobres en torno del plan de convertibilidad y de la reestructuración capitalista.
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Esta nueva alianza, aún sin especular acerca de su porvenir, constituye ya un fenómeno sin precedentes desde la alianza forjada por el peronismo de media- dos de la década de 1940 en torno del modelo de acumulación capitalista que predornirtara hasta 1975. Pero debemos pregunta rnos ahora por su porvenir: ¿dón- de radican'an las limitaciones de esta nueva hegemonía?
Si esta hegemonía se sustenta, efectiva mente, sobre el chantaje hiperinflacionario iniciado en 1989, sus límites deben buscarse en los límites de este chantaje. El aurucrrto del desempleo y la exclusión social sería la primera y más inmediata de estas limitaciones. Los índices de desempleo, que ya habían alcanzado una media superior a la histórica hacia fines del gobierno alfonsirtista, permanecen estables durante los primeros años del plan de convertibilidad (6,5% de la PEA en 19.91, 7% en 19.92) para comenzar a crecer desde entonces (9,6% en 1993, 11,5% en 1994, 12,2% en 1994 -y en la proyección mas optimista 14% para 1995, según cifras dc Carta Económica, aunque subestiman el fenómeno). Sumando a los subernpleados, tendríamos actualmente un 20% de la PEA (unas 2.300.000 personas) marginado del mercado de trabajo (y otras 2.000.000 dc personas más bajo contratos precarios y subpagadas). Este desempleo masivo y la marginalidad que genera tienen consecuencias arrtagónicas: presiona sobre el salario y las condiciones laborales de la porción empleada de la fuerza dc traba- jo, por una parte, y atenta contra el chantaje hiperinflacionario vigente, por otra. La primera, una consecuencia clásica del desempleo, es comprensible dc suyo; la segunda requiere una breve aclaración. Es evidente que el chantaje hiperinflacionario amenaza a todos aquellos trabajadores que temen las repenti- rras expropiaciones de sus salarios operadas por la inflación, es decir, aquellos que efectivamente tienen un empleo. Pero esta amenaza parecería menos efecti- va para todos aquellos que carecen de empleo o cuentan con empleos periódica- mente amenazados. El desempleo es una variable independiente en este contex- to. El chantaje hiperinflacionario -y naturalmente, el crediticio- cuentan con una limitación inmediata: son mecanismos de dominación de los que tienen algo por perder, de los asalariados con puestos de trabajo estables. Los que nada tienen por perder, los desocupados y las crecientes masas de asalariados cuyos puestos de trabajo son cada vez más precarios c inestables, tienden a quedar fuera del chantaje.
5. Trabajar menos para trabajar todos.
El desenvolvimiento de la economía durante los últimos años y, especial- mente, sus tendencias actuales dejart pocas esperanzas para una recuperación de los niveles históricos de empleo de la Argentina. Los altos índices de inver- sión y de crecimiento del PBI registrados durante los primeros años del plan de convenibilidad, que generaron la apariencia de prosperidad a ntcs mencionada,
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abrieron paso al optimismo del gobierno y de varios economistas. El mertemismo proclantaba un increrttettto pemtanente del PBI del 6% anual hasta el año 2000: ante semejantes perspectivas, el problema de un desempleo que comenzaba a incrementarse parecía reversible a corto plazo?o
Pero ya por entonces ese optimismo era exagerado. Se partía de niveles pre- vios de inversión y crecimiento negativos, la itttportación de bienes de capital correspondía principalmente a equipo de oficina, telefortía y rttedios de trans- porte arttes que a nueva maquinaria y' estas importaciones dependían de la afluen- cia de crédito extcrrto arttes que del ahorro interno. Nada garantizaba, por ende, el contiertzo de un nuevo ciclo de acumulación.Jl Desde el inicio de la crisis desettcadettada por la devaluación nrexicatta aquellas ilusiones se desbarranca- ron definitivamente. Las proyecciones más optimistas para 1995 indican un 0% de crecimiento para la irtversión y un 1% para el PBI. La caída de las importa- ciones de -7,2% y attrrtento de las exportaciones del 2,1 previstos, reviertett el signo que tenían antes atttbas variables, irttponiertdo un sesgo exportador basado en la retracciórt del cortsunto interno. Las ra rttas de la industria que satisfacen e] eonsunto irtterno, y que guiarort el irtcrernento del PBI irtdustrial durante estos años, comenzaron ya a retroceder: ett el printer trimestre de 1995, respecto de igual período de 1994, la producciórt de artefactos para el hogar, heladeras, aire acondiciortados y lavarropas cayó un —10%, la de cocirtas, calefones y terntotanqttes ttn -17,8% y la de automotores creció un 2,2%, ntuy por debajo de los índices de 1991-1994. El creeirrtiertto global del PBI irtdustrial del 2,7% registrado etrtre arttbos trimestres responde a las ramas de exportación al Mercosur (siderurgia, aluminio, plasticos petroquírnicos y alimentos (datos FIEL, Clarín Ecortórttico del 23/4/95). Este retroceso del consurtto irttento debilitará en buena ntedida uno de los susterttos de la hegemonía rtterterttista: el chantaje crediticio. Sin embargo, nos cortcerttrarentos en el chantaje hiperirtflaciortario y el desent- pleo. Las altas tasas de interés del mercado rtorteantericano —una respuesta a tasas alerttattas y japonesas igualmente allas- compromete ahora el futuro de la afluencia de capitales, mientras que la deuda exterrta pública alcanzaría ya unos uSs 85.000 millones y la privada unos uSs 20.000 millones (cálculos de Frigerio en Clarírt, 2/5/95). En realidad, la sobredeterrninaciótt de la econontía argentirta por una ecortorrtía nturtdial extrerttadarttertte globalizada y en recesión, con cre- cientes rttasas de capital ficticio que no pueden ser irtvertidas de manera rentable en la producciórt y siguen fluyendo especulativantente hacia los mercados finan- cieros más rentables, sigue atentando corttra estas frágiles recuperaciones do- mésticas de la irtversión y el crecimiento.” El inminente contienzo de un nuevo período de estancamiento parece indicar, entonces, que el desempleo seguirá incrementándose.
¿Qué perspectivas tenemos y qué estrategias deberíamos adoptar los socia- listas rcvolucionarios artte esta situaciórt? ¿Qué hacer para corttcnzar a enfrentar con éxito la hegemonía menemista? Las terttaciones centroizquierdistas de eri-
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gir una oposición al rtterterttisrtto sobre los sectores rttedios y alrededor de cues- tiortes democráticas parecen carecer de futuro, debido a la incapacidad reitera- darnertte ntanifiesta de estos sectores de reivindicar alternativas que no sean sino variantes más prolijas de las propias políticas menemistas; y sobre todo, profun- dizan la grave escición social erttre estos sectores ntedios y el cortjurtto de los trabajadores —a quiertes no ofrecen altenativa alguna- consolidando así por omi- sión la hegernortía menemista. Un curioso e impotente «neo-gorilismo» vertdría a ser el destirto ideológico de semejante empresa. La mera denuncia izquierdista del plan de cortVertibilidad y de las medidas de reestructuración del tttenernisrno, por otro lado, caerá en saco roto mientras siga pesando en los trabajadores el chantaje hiperirtflaciortario, porque dicha denuncia -aún cuartdo fuera escucha- da, y no es el caso- no podría evitar que dicho chantaje siguiera operando.
Es necesaria, en carttbio, una estrategia que tiertda a rearticular socialmente y devolver su fuerza política a la clase trabajadora. Urta estrategia que apurtte a reconstruir, entre los trabajadores, la solidaridad y la confianza en sí mismos. Y el núcleo de esta estrategia es la lucha contra el desempleo. El problema de un desempleo que se estructuraliza con altos índices tiende a escapar a la hegemo- rtia rtterternista, como señalamos y como quedó de ntanifiesto en su usufructo en las recientes promesas electorales de Massaccesi, de Bordón y aúrt de Menem, y a marginalizar grandes ntasas de población.
Estas masas crecientes de desempleados marginalizados serán incapaces de desenvolver una resistencia independiente del resto de los trabajadores, pues no cuerttan con tradiciones organizativas que puedan desarrollarse fuera de los lu- gares de trabajo, como los canrpesinos indígenas chiapartecos, los coqueros bo- livianos, etc. Ia respuesta del ntenentisnto a este proceso de marginalizaeión será una intensificación de las políticas asistertcialistas ya irnplerttentadas por Duhalde en la Provincia de Buenos Aires (cajas de alimentos, terrenos, creaciótt de subempleos y demás políticas que garantizan la adhesión rttanifiesta en las elecciones bonaerenses) y otros caudillos locales en nuestros días?3 El objetivo de estas políticas asistenciales es contener la explosividad propia de situaciones de extretrta pobreza y sus limitaciones sort rnerarttertte presupuestarias. La res- puesta de los trabajadores, en cantbio, tiene cortto objetivo su rearticulaciórt social y consiste en luchar por el pleno erttpleo con reducción de la jornada laboral. La solidaridad del trabajo con las distirttas forrttas de ¡to-trabajo es cort- dición necesaria para recuperar la fuerza política de los trabajadores.
Un extenso proceso de luchas alrededor del pleno empleo con reducción de la jornada de trabajo viene desarrollándose desde corniertzos de la crisis mundial en los países europeos, en EEUU, ete?4 Aunque la tradición local de lucha cort- tra el desempleo es rttenor -quizás debido a los elevados írtdices de ocupación que caracterizaron al mercado de trabajo argentirto durante décadas-, reivindica- ciones ert este sentido empezaron a ser plartteadas en luchas recientes: en las asambleas del paro/ocupación de La Contirtental de Usuhaia, en los paros de
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docentes y estatales del irtterior -donde los atrasos en los pagos de sueldos sort, cn realidad, el preludio del ajuste con reducción de personal que sc avecina-, cn las protestas de la CGT-San Lorenzo ante la situaciórt alarmante del Gran Rosa- rio. Sitt embargo, el caracter socialntetttc rearticulador y políticamente dinámi- co de la lucha alrededor del pleno erttpleo con reducciórt de la jornada de trabajo podría desenvolverse plenamente si estos conflictos aislados se generalizaran y cxpresarart sus reivindicaciones en un progrartta único. Un programa que:
1. reeonstruyera la solidaridad entre los trabajadores, especialmente suman- do a la lucha a las tttujeres trabajadoras, a los trabajadores irttttigratttcs y demás sectores de la clase cada vez mas masivos aunque tradiciortalrttcntc rnargirtados por las burocracias sindicales;
2. tendiera a conformar una alianza social encabezada por los trabajadores, con sectores marginalizados, sectores empobrecidos de la pequeño-burguesía y demas víctintas de la reestructuración capitalista;
3. irttegrara inmediatamente la dimensiótt internacional que adquieren los problemas del trabajo con la globalización del capitalismo, en particular respec- to del Mercosur, donde las diferencias rtaciortalcs entre trabajadores serán mani- puladas en contra del conjunto de los rttisrttos;
4. incorporara paulatinarttentc otras reivindicaciones ligadas con el trabajo: salarios, condiciones de trabajo, educaciórt y capacitación, corttratos, jubilacio- nes, salud, y aún cuestiones de organización del proceso de trabajo, uso de true- vas tecrtologías, gestión de las empresas, preservación del utedio ambiente, ctc.
Se trataría de un programa por reformas, indudablemente, pero por reformas que rearticulan’an a la clase trabajadora con independencia respecto de la burgue- sía y de su estado y le devolveríart su fuerza para luchas futuras. En el ma rco de crisis actual, por lo demás, la reducción dc la jomada de trabajo es una de esas reformas revolucionarias que marcan el catnitto hacia el socialismo. La espera nza, cottto quería Benjamin, seguimos debióndola a aqttellos sirt esperanza.
Bs.As.. Mayo de 1995.
dialéktica
Secretaría General C-E-F-Y L- ° Revista de Filosofía y Teoria. Social
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NOTAS.
' Un botón de muestra: véase en el suplemento económico de Clarín inmediatamente anterior a las elecciones (7/5/95) el reportaje a ll.Liendo (I’J), R.'l‘erragno (UCR) e l.C‘hojo Ortiz (FREPASO), reportaje que lleva por título «Nadie se opone a la convertibilidad».
3 Ver los balances dc las elecciones realizados por la izquierda, desde los lamentos por la polarización y la falta de recursos de A.Borón de la Alianza Sur (en Pagina 12 lS/S) hasta las acusaciones mutuas de los grupos trotskystas (en Semanario Socialista del l7/ 5, Solidaridad Socialista del 18/5, Prensa Obrera del 16/5, etc.).
3Esta aparente emergencia de una nueva hegemonía de largo alcance resulta, sin embar- go, patente para algunos observadores extranjeros. J.Adelman, por ejemplo: «desde mediados de los 50 hasta fines de los 80, el capitalismo argentino osciló entre un mode- lo que no acababa de morir y un modelo que sc negada a nacer. En consecuencia, los estatistas fueron continuamente tentados de reformar el modelo populista desde adentro (Frondizi, lll ia, Perón y Alfonsín) o forzar su extinción desde afuera (Aramburu, Onganía y Videla). Nada de esto sucedió. En cambio el desarrollo de desindustrialización y el endeudamiento externo, procesos que se aceleraron en el curso de la última dictadura, crearon nuevos socios para una alianza mientras debilitaban a otros. Pero es a través del trauma de los últimos años del gobierno de Alfonsín y los primeros de Menem que la constelación de una nueva alianza emergió» y agrega que «lo que parece mas paradójico es que sea el peronismo, tal como fue aggiornado por Carlos Menem, el autor del desmantelamiento del populismo» J.Adclman: Post- Populisl Argentina, en «New Left Review», Nro. 203, Enero- Febrero 1994, p.89-90.
‘ El debate entre monetaristas y estructuralistas es ya tradicional en Argentina. Véase, por ejemplo, A.Alsogaray: Moneda, inflación y estatismo, en F.Pinedo: «La Argentina, su posición y rango en el mundo», Bs.As., Sudamericana, 1971, y A.Ferrer: Crisis y alternativas de la política económica argentina, Bs.As., FCE, 1977.
sGuido Di Tella, funcionario de aquel -y del actual- gobierno peronista, reconoció clara- mente esle papel de la lucha de clases en el proceso inflacionario de [075 (ver Perón- l’erón [073-1976, Bs.As., Hyspamérica, 1986, en particular capítulo Vll).
" Aquí paso por alto ciertos hechos y resumo en exceso otros. l’ara una crónica mas detallada, véase A.Bonnet y E.Glavich: El huevo y la serpiente. Notas acerca de la crisis del régimen democrático de dominación y la reestructuración capitalista en Argentina, |983-1993, en «Cuadernos del Sur», Nros.16 y l7.
7 Para una comprensión de las relaciones entre capital monopolizado, recesión económi- ca y procesos inflacionarios originados en la esfera financiera ver RSweezy y ll.MagdolÏ: Production and finance y otros artículos de «Monthly Review» de los años 80 en «Stagnation and the financial explosion», N.York, Monthly Review, ¡987.
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3 Es sumamente interesante ver la manera en que uno de los propios funcionarios deAlfonsín asimila la experiencia. Ver J.L.Machinea: Stabilization under Alfonsin’s government: a frustrated attempt, Bs.As., Cedes, 1990, especialmente lV.
9 Un análisis de los asaltos alos supermercados, ver N. Iñigo Carrera... Crítica de nues- tro tiempo.
‘° El enfrentamiento directo entre trabajo y capital bajo modalidades tradicionales (gran- des huelgas, movilizaciones y ocupación de lugares de trabajo) y el triunfo de un capital que no parece dispuesto a negociar parece presidir en todos los casos las políticas de reestructuración capitalista -en particular, la reforma del estado. El caso paradigmático es el de la huelga minera contra Thatcher, el más reciente el de los petroleros contra Cardoso. En nuestro caso, quizás este fenómeno haya sido distorsionado en parte por el peso de las burocracias sindicales sobre el movimiento obrero.
“ Para esta coyuntura, ver E.Lucita: Por ahora sin alternativas, en «lnpreoor para Amé- rica Latina», Nro.47, Abril-Mayo de 1995.
¡2 Estas ideas alrededor de la relación entre dinero, lucha de clases y políticas de los estados neoconservadores -es decir, el núcleo conceptual de este artículo- provienen de W.Bonefeld: Dinero y libertad, el poder constitutivo del trabajo y la reproducción capi- talista; W.Bonefeld y J.Holloway: Dinero y lucha de clases; W.Bonefeld: Money, equality and exploitation: an interpretation of Marx’s treatment of money y otros artículos de los autores que proximamente publicará «Cuadernos del Sur».
1’ El problema del «establecimiento pacífico» del neoliberalismo fué planteado por RAnderson en su reciente conferencia en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA
(28/9/94).
“ Ver J.Holloway: Se abre el abismo. Surgimiento y caída del keynesianismo, en «Mar- xismo, estado y capital», Bs.As., 'I'rerra del Fuego, 1994.
‘5 No parece tratarse ya de una ideología en sentido tradicional —una representación mistificada de la realidad- sino de una especie de sustitución de la realidad por una mistificaeión (ver T.Negri: Fin de siglo, Barcelona, Paidós, 1992, capítulo Vll).
1° Un buen esquema de las posiciones existentes entre los economistas burgueses en torno a la política económica del gobierno puede encontrarse en P.Gerchunoff y J .L.Machinea: Un ensayo sobre la política económica después de la estabilización, en P.Bustos (compilador): «Más allá de la estabilidad. Argentina en la época de la globalización y la regionalización», Bs.As., Fundación F.Ebert, 1995.
'7 Menem superó su media capitalina (41,52%) en Barrio Norte (45,45%), Recoleta/ Retiro (57,44%), Palermo (44,21%), Belgrano/Núñez (42,62%). Bordón, a su vez, supe- ró su media (44,2%) en los barrios típicos de clase media como Flores/ Floresta (48,96%), P.AvellanedaNSarsfieldNLuro (46,83%), RChacabuco (48,94%), Almagro (45,55%),
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La Paternal/Agronomía (48,18%), V.Devoto (47,72%) y V.del Parque (47,71%) (Clarín, 16/5). Sólo parecen haberse registrado votaciones obreras al Frepaso, por lo demás, en algunos sectores del cinturón del Gran Rosario.
13 La metodología seguida para estimar esta negativa al voto surge de calcular un no voto relativo sumando los votos en blanco y el ausentismo relativo. Este, por su parte, se calcula restando del ausentismo absoluto un ausentismo estructural derivado de errores en los padrones, enfermos, traslados, pérdida de documentos y otras razones. Expresa entonces el número de votantes que decidieron rechazar su obligaCión de votar (metodo- logía de A.López: No votarás. Ausentismo y voto en blanco tras una década de democra- cia, Cuaderno Nro.24 de IDEP/ATE, 1993). En la elección de Mayo hubo un 672.030 votos en blanco (según Clarín, 21/5) y, si lproyectamos la relación ausentismo relativo/ absoluto del 32,42% de las elecciones de 1993, hubo 1.367.456 personas que no quisie- ron ir a votar (a partir La Nación, 16/5). La suma arrojaría un no voto relativo de 2.039.977, 9,2% del padrón electoral. Esto es, la cuarta fuerza después del PJ (8.311.908), el Frepaso (4.878.696) y la UCR (2.851.618). Las disposiciones de la nueva constitución, los ínte- reses del gobierno y la complicidad de gran parte del periodismo hicieron que este fenómeno pasara inadvertido.
19 Una encuesta reciente del CEOP (Clarín 21/5) confirma nuestra interpretación de los resultados electorales. Las principales razones del voto fueron «el plan económico y la estabilidad» en el 'caso de Menem, «es la única alternativa» en el caso de Bordón y «siempre fui radical» en el caso de Massaccesi. Por otro lado, los votantes de Menem lo habían votado ya en un 77% de los casos, habían votado a la UCR en un 4,1% y al FG en un 2,6%. Los de Bordón habían votado al Frente Grande en un 39,2%, a la UCR en un 27,1% y al PJ en un 10,7%. Los de Massaccesi habían votado a la UCR en un 82,2%, al PJ en un 3,5% y al Frente Grande en un 1,9%.
2° Es necesario precisar que, aún en caso de una moderada recuperación de la actividad económica, los altos índices de desempleo no retrocederían automáticamente, porque las ramas que oomandaron el crecimiento del PBI industrial durante los años recientes no tienden a absorber cantidades considerables de mano de obra. Véase L.A.Beccaria: Reestructuración, empleo y salarios en la Argentina, en B.Kosacofl': «El desafío de la competitividad», Bs.As., CEPAL-Alianza, 1993, y L.Beccaría y N.López: Reconversión productiva y empleo en Argentina, en P.Bustos (compilador): «Más allá de la estabili- dad», op.cit.
2‘ Ver análisis del documento oficial «Argentina en crecimiento 1993-1995» (de mayo de 1993) de R.Astarita: Plan Cavallo y ciclo de acumulación capitalista, en «Cuadernos del Sur» Nro.16, Octubre de 1993, Para un análisis detallado del desarrollo de la política económica del menemismo ver A.Mayo: Plan Cavallo: reestructuración capitalista y coyuntura, en «Cuadernos del Sur» Nro.18, Diciembre de 1994.
:2 El problema del desempleo tiene idéntica extensión a la crisis mundial del capitalis- mo: la desocupación alcanza a 820 millones de personas, es decir, un 30% de la fuerza de trabajo mundial, situación sin precedentes desde la crisis de los 30 (según un informe
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de la Ol'l' de [995). 35 millones de estos trabajadores se encuentran en los paises de la OCDE. Ver, en este mismo número de «('uadernos del Sur», cl articulo de F..Alvatcr: Sociedad y trabajo, para un analisis de las relaciones entre recesión, especulación y
desempleo.
2‘ En este sentido, ha comenzado a hablarse desde hace algún tiempo -a partir de direc- tivas del Banco Mundial para los paises en desarrollo- de un «giro social» en la política del neoliberalismo. Ver el reportaje a A.Touraine sobre las recientes elecciones «Termi-
nó la limpieza liberal» (Pagina 12, 21/5).
3" Ver, también en este número de «Cuadernos del Sur», el artículo de M.Durand: Las dos caras del la crisis del trabajo para las luchas de lOs trabajadores contra el desempleo en la (‘EE y J.lï.Rigdom. Los obreros de lïlíUU no quieren trabajar horas extras, en «Tesis ll», Nro.20, Enero-Febrero de 1995, para Ia lucha que comienza a librarse en el mismo sentido en los EEUU, donde las patronales habían impuesto durante los últimos el promedio de horas de trabajo mas alto desde la posguerra, a pesar del creciente des-
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EL MARXISMO j AL DESAFIO ECOLOGICO
Reiner Grundmann*
El marxismo contemporaneo ha dado diversas respuestas al desafío planteado por la ecología. En ténninos generales. tres corrientes de pensamiento pueden ser distinguidas. Llamaré a la primera la respuesta de la “disidencia marxista". Sus promotores han abandonando aspectos centrales de la teoría de Marx. cn el entendido de que las nuevas interrogantes levantadas por la ecología no puedett encontrar respuesta dentro de su marco teórico. El autor más prominente de esta corriente es Rudolf Baltro '. Opuesto a este grupo encontramos una tendencia que pretende defender los elementos centrales de diclto cuerpo teórico. Denominaré a esta corricrttc "ortodoxia marxista“ 3. Entre ambas podemos ubicar un tercer grupo de autores que picrtsart que de ltcclto la ecología presenta un serio reto al marxis- mo. pero que al mismo tiempo están convencidos de que el pensamiento marxista. ya contiene respuestas. Esta posiciótt sugiere que el propio Marx era un Verde. aunque un Verde malgré lui. Considero que esta posiCión promueve un pensa- miento fntctít'ero -‘. Ted Benton, recientemente desarrolló en esta revista (New Left Review. NdT) una reconstrucción del materialismo histórico que incorpora la dimensiórt ecológica 4. Su intento sortea la trampa y laguna de todas las posturas arriba mencionadas. Sostiene que “hay suficientes elementos en todo el cuerpo del materialismo histórico marxista inmediatamente compatibles con una perspectiva ecológica" 5. Pero también procura mostrar que el materialismo histórico debe ser refonnulado y reconstruido. El cetttro de su atención es enfatizar que Marx y Engels. no consideraron Suficientemente los límites que la naturaleza impone al desarrollo de la humanidad y la sociedad 6. La concepción de Marx. según Benton. "exagera la potencialidad transformadora al no teorizar suficientemente u ocultar los variados aspectos englos que (los procesos laborales productivos) se ven sujetos a condiciones y límites naturales dados o relativamente no manipulables‘”. Esto. según Benton. es la prittcipal razótt para la paradoja en la cual, "las ideas
* Traducción de Guillemto Foladori. Tomado de la versión en inglés: The ecologica] challenge to Mantism. New Left Review, No. 187. mayo/junio 1991.
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básicas del materialismo histórico pueden, sin distorsión, ser consideradas como una proposición para una propuesta ecológica” 3, mientras que al mismo tiempo existe “tanta mala sangre entre marxistas y ecologistas” 9. La sblución de Benton a la paradoja enfatiza una ambigüedad al interior del pensamiento de Marx: “Mi argumento central es que hay un hiato crucial entre, por un lado, las premisas materialistas en filosofía y en teoría de la historia de Marx y Engels. y, por el otro. en algunos de los conceptos básicos de su teoría económica" ‘°. Más importante es la “crítica insuficientemente radical de Marx a los prominentes exponentes de la economía política clásica, con los cuales compartió y de los que derivó los conceptos y supuestos del caso” ”.
Mi argumento acepta tattto el hecho de que hay mucha mala sangre entre ecologistas y marxistas, como que el materialismo ltistórico tiene muclto que decir sobre los problemas ecológicos. Indudablemente sobre lo que Betttort sustenta hay más para decir. Espero que mi ansiedad me permita exponerlo sin cometer una falacia. Aunque acepto la paradoja señalada. encuentro una soluciórt diferente.
En virtud de la clzuidad teórica daré primero mi defittición de un problema ecológico. Luego planteará la teoría de Marx sobre los problemas ecológicos, de forma amplia tal cual lo hace Benton. y considerará el reproche de que Marx sostuvo una visión exagerada en tonto a los aspectos de la transfonnación de la naturaleza por el trabajo humano. En relación estrecha a esta “actitud prometeica” está el tema de la dominación de la naturaleza, que discuto en la próxima sección. Luego. brevemente, examino dos rtociortes diferentes de alienación, que resultan de utilidad para la argumentación. Por último, propongo una solución altentativa a la paradoja.
La definición de los problemas ecológicos prefigur'a, de manera importante, la solución. De igual forma, el tipo de explicación dada detennina tartto su evalua- ciótt, como las soluciones sugeridas. Pero Bertton no avanza por el camino de un análisis de este tipo; él simplemente parece asumir que la depredación de los recursos y el crecimiento poblacional son los problemas que cjercert mayor pre- siórt (al menos para la teoría marxista). Sitt embargo, como varios estudios han demostrado, los problemas ecológicos consisten de, al menos, los siguientes aspectos: l) polución (aire, agua); 2) depredación de los recursos naturales: 3) proliferación de químicos tóxicos; 4) proliferación de basura peligrosa; 5) erosión: 6) desertificación; 7) acidificación; 8) ttuevos químicos ’2. En un libro clarificador pero no poco discutido, John Passmore reduce a estos problemas a: I) polución: II) depredación de los recursos naturales: llI) extirtciórt de especies; IV) destrucción de la vida silvestre; V) crecimiento poblacional ‘3.
Dado que l, 3, 4. 7 y 8 están contenidos en la categoría más general I). tomaré la lista de Passmore como base de futuras discusiones. Ya que III) y IV) estan contettidas en Il) tenemos entonces, como problemas ecológicos. básicamente. polución, depredación de recursos (renovables y no renovables). y crecimiento poblacional ‘4. El crecimiento poblacional puede ser un problema ecológico de dos formas. Primero, puede ser visto como encauzando la polución o depredación de
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los recursos, ya que una población creciente puede requerir una explotación más intertsiva de los recursos materiales, o un mayor desarrollo tecnológico con polu- ción como resultado marginal. Segurtdo, puede ser visto como un problema ecológico per se, esto es, un incremento poblacional en un lugar específico puede ser desverttajoso para el buen desempeño humano. Por tanto, tomado en su primer sentido, el crecimiento poblacional es una causa de. y tomado en el segundo serttido es una instancia, de un problema ecológico. La polución por sí misma comprende los ya complejos problemas generados por la depredación de los recursos y el crecimiento poblacional. El desafío a la teoría marxista es, por tanto, aún mayor que la dualidad que Benton sugiere.
Habiendo establecido lo que implican los problemas ecológicos, debemos buscar dar cuertta de su presencia. Tomando explicaciones de diferentes discipli- nas. tales como la economía y la teoría social, podemos proponer la siguiente lista: a) consecuencias no irttencionadas de la acciótt humatta '5; b) tecrtología (con la importante subclase de accidentes industriales) ‘5; c) crecimiento económico '7; d) extentalidades '3; y, e) la racionalidad irtdividual que conduce a la irracionalidad colectiva ‘9.
Ninguno de estos factores por sí mismo es suficiettte para causar un problema ecológico. Las consecuencias no intertcionales de la acción humana no conducen forzosamente a tal problema; tampoco lo hace una actitud racional, un comporta- miento extentalizado; el crecimiento ecortómico, o el uso de tecnología. Causan problemas ecológicos sólo en una combinaciórt específica o en relación. No obstante, visto más en detalle, pareciera que la tecnología es crucial. Está, como quien dice, en un nivel lógico diferente a los otros factores: es el veltículo en el que, y mediante el cual, el comportamiento ecológico dañino toma cuerpo y es afectado 2°. De cualquier forma es claro que, con la excepciórt de cierta tecnología de alto riesgo, la tecnología como tal no puede ser considerada la causa de los problemas ecológicos: algunas tecnologías son neutras, algunas benéficas, y otras son perjudiciales para el medio ambiente natural y para el bienestar humano. (Para las calificaciones ttecesarias, véase más adelante). Esto tiene severas implicacio- nes. No existe una fácil solución a los problemas. En la medida en que una simple relación de causa-efecto no puede ser establecida para todos los problemas ecoló- gicos, es prácticamente imposible eliminarlos desde el principio. Otra considera- ción confimta esto. Las sociedades sólo recientemente se han percatado del crítico problema dc la polución. Esta toma de conciencia ha conducido, en algunos casos, a una obcecación de "limpieza", que parece sugerir que un estado de cosas sin polución podría ser posible 2‘. Contra tal mito de limpieza debemos recordar el perspicaz comentario de Mary Douglas, quien, aunque en otro contexto, señaló “desorden es algo fuera de lugar” 23. Lo que hace un lugar equivocado depende del sistema de valores de la cultura de una determinada sociedad. En lo que respecta a las sociedades occidentales podemos decir que puede estar errado estéticamente, que es perjudicial para la salud, o que destruye la vida salvaje 2’. Los problemas
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ecológicos son cosa de las sociedades modernas, con los cuales deben vivir y soportar. En el proceso dc lidiar con ellos, es común que los problemas no sean superados completamente sino sólo reducidos. transformados o desplazados. Tambien puede darse el caso que las fuerzas culturales que dan forma a la pcrcepciótt de estos problemas cambie. En tal situación. la definición de lo que cuenta como un problema ecológico variará. 2‘
Ampliando el horizonte del materialismo histórico.
Si asociamos a Marx con estos descubrimientos. parecerá que tomó en cuenta todas las posibles "causas". Sin embargo. es mejor conocido por su énfasis en la modalidad cspecíficamettte capitalista de acción racional privada, la misma que. cn su orientaciótt para irtcrcmerttar ilimitadamente las ganancias produce "exter- nalidadcs" y consecuencias no intcncionadas. (Es secundario si el componente principal de los problemas ecológicos es de hecho no intencionado o bien, al menos cn pzute. tácitamentc aceptado). No hay duda de que esto forma la esencia de la respuesta de Marx al problema ecológico del que fue testigo en sus tiempos. Tal como los expresó en El capital:
“Y todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esqui/mar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilntar el suelo; todo avance en el acrecentamicnto de la fertilidad de éste durante un lapso dado, un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertili- dad. Este proceso de destrucción es tanto más rápido, cuanto más tome un país -es el caso dc los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo- a la gran industria como punto dc partida y fundamento de su desarrollo. La producción capitalista. por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social dc producción sino soeavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: lu tierra y el trabajador" 25.
Pero una explicación de este tipo cs inapropiada, en la medida en que los países socialistas (o las empresas no capitalistas en las economías capitalistas) también producen problemas ecológicos. Sin embargo argumentaré que el análisis de Marx permanece prof uttdo y rclcvartte y aútt resulta penetrante para el desafío ecológico.
En oposición a Benton, mantertgo que un "horizonte más amplio para el materialismo histórico" puede dc ltcclto revclarse a través de una reconstrucción conceptual del análisis mtu'xista del proceso de trabajo 2‘. Según Marx, la situación existencial de la humanidad se caracteriza por el lteclto de que debe vivir simul- taneamente en y contra la naturaleza. Esto significa que la gente debe estar en contacto con la naturaleza para sobrevivir (alimento. abrigo y demás) 3’. Pero también la gente transforma la naturaleza a sus propósitos mediante la tecnología. Esta doble relación se ha desarrollado de formas simples a complejas. En las
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sociedades pn'mitivas la naturaleza era meramente “apropiada”. esto es. frutas y vegetales eran recogidos y los animales cazados. Con el avance de la tecnología. esta apropiación de la naturaleza no se realiza más directamente: aparece mediada. La mediación toma lugar con la tecnología. Tal como lo señaló Marx. “La tecnología pone al descubierto el comportamiento activo del hombre con respecto a la naturaleza" 13. “Pero así como el hombre necesita pulmones para respirar. necesita también una 'hechura de mano humana" para consumir productivamente las f uerLas naturales" 3° Marx llama a este proceso “metabolismo”. o “intercambio con la naturaleza" (Stifi‘ivechsel) 3°. Si aceptamos el supuesto histórico de que la tecnología se desarrolló y con ello la relación ser humano/naturaleza se volvió mediata. parece obvio que un paso atrás al estado de apropiación inmediata es inconcebible. De allí que la problemática ecológica debe ser asumida partiendo de la actitud moderna respecto de la naturaleza. Mi diferencia radica en que conside- ro que la teoría de Marx ofrece un importante instrumental para tal concepción. También hay otro aspecto en esto. Benton dice que Marx sobreestimó la capacidad del proceso laboral de transformar la naturaleza. Primero argumenta que "en el proceso laboral agrícola. por contraste con el de transformación. el trabajo humano no se desenvuelve para resultar en una transformación intenciona- da en la materia prima. Antes bien lo hace para sostener o regular las condiciones ambientales bajo las cuales las semillas o manadas de animales crecen y se desarrollan. Hay un momento de transformación en estos procesos laborales. pero las transformaciones están dadas por mecanismos orgánicos y naturales. no por la aplicación del trabajo humano" 3'. Pero Marx conocía ciertamente este hecho (ca- sualtnente Benton crta a Adam Smith a partir de una cita de El Capital en sustento de su argumento). Benton parece no ver el hecho de que para Marx las intervenciones humanas en estos procesos naturales también se consideran acciones de transfor- mación. ya que preparar el suelo es bastante diferente a la naturaleza intacta 32. Por ello no encuentro diferencia significativa entre procesos laborales transformativos y "eco-regulatorios“. Benton acentúa el hecho de que todos los procesos trans- forrnativos tienen que tomar lugar de cara a límites naturales y contextos que son "relativamente impenetrables a la manipulación intencional", y en ciertos aspectos aún siendo “absolutamente no manipulables”. Pero tan pronto se considera este argumento su status depende de la evidencia empírica antes que de un hecho dado. Los ejemplos que da Benton (radiación solar, manipulación del clima. biotecno- logía) están abiertos a la discusión. la investigación y el desarrollo tecnológico 3’. Cómo evalúe cada quien el resultado de tales tecnologías es otra cuestión. pero nada tiene que ver con las posibilidades de que existan o puedan existir. Benton parece definir muy limitadamente las posibilidades técnicas porque le resultan indeseables. Aparte de esta confusión. resulta irónico que Benton acentúe el rígido carácter de las "condiciones del contexto“ y los “límites naturales“ en un mundo donde las actuales sociedades industriales exploran las posibilidades de empujar más y más dichas barreras, con los principales ejemplos en la sustitución de
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materias primas, el desarrollo de materiales sintéticos, la ingeniería genética y las tecnologías de la información.
La dominación de la naturaleza.
El muy discutido (y por supuesto, muchas veces abandonado) concepto de dominación de la naturaleza deber ser ubicado en el marco conceptual de slfowechsel. La tecnología es la instancia mediadora sin la cual los seres humanos no pueden asegurar su intercambio con la naturaleza. La perspectiva de Marx está basada esencialmente en Hegel: “El hombre, no bien tiene que producir, está decidido a servirse directamente, como medios de trabajo, de una parte de los objetos naturales existentes y -como correctamente lo señaló Hegel- los subsume en su actividad, sin ulterior proceso de mediación” 3‘. Y: “La naturaleza no cons- truye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, telégrafos eléctricos, hiladoras au- tomáticas, etc. Son éstos, productos de la industria humana: material natural, transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento" 35.
El concepto de naturaleza de Marx proviene de un discurso que se remonta a Bacon e incluye a pensadores como Hegel y Nietzsche 3‘. Esta es la moderna visión de la naturaleza que durante mucho tiempo ha estructurado el pensamiento filosófico y que recientemente ha sido atacada. Como veremos. Marx no sólo siguió a Bacon o Hegel sino que desarrolló una posición exclusiva aunque el “moderno” concepto de naturaleza permanece por encima. Por ello, al discutirse la propuesta de Marx, debe incluirse toda esta tradición filosófica. De allí que una posición tal como la del fundamentalismo ecológico que rechaza la posición marxista, pone en entredicho todo el discurso. Al considerarla posición de Marx estaremos entonces examinando la integridad del modemo discurso sobre la naturaleza. Esto es lo más interesante ya que Marx, en mi criterio, ha dado al concepto de “dominación de la naturaleza" la fundamentación más convincente. Dos puntos deben ser mencionados ahora: l) El concepto de dominación tiene sentido para Marx sólo en relación a intereses y necesidades. Recordemos el ejemplo del Rey Midas quien tenía el poder de convertir en oro todo lo que tocaba. Ahora este es, claramente, un poder autodesu'uctivo, que difícilmente incluiríamos en un concepto razonable de dominación. De igual foma, una sociedad que no toma en cuenta las repercusiones de su transformación de la naturaleza difícil- mente puede decirse que domine, de modo alguno, a la naturaleza. En esta concepción el sentido usual se invierte. En el entendido corriente las crisis ecoló- gicas son percibidas como resultado de aquella real dominación de la naturaleza. Pero aquí las vernos como su ausencia. 2) Marx une el concepto de dominación de la naturaleza a su proyecto comunista: para él, comunismo es un estado de cosas donde los seres humanos son capaces (por primera vez) de plena auto-realización.
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Todas las condiciones naturales y sociales son producto de su control común y canscienre. El comunismo, por tanto, es la culminación de un proceso de creciente control sobre la naturaleza.
Una y otra vez Marx ridiculizó todas las formas de sentimentalismo e ideali- zación. Esta posición resulta clara cuando prestamos atención a su presagio sobre el capitalismo, tan pronto como éste “crea la sociedad burguesa y la apropiación universal de la naturaleza" 37. En una polémica contra los “verdaderos socialistas” (en La ideología alemana) Marx se divierte con la visión que ve como esencial la armonía en la naturaleza:
“El hombre sale a pasearse por la “naturaleza libre” y desarrolla, entre otras. las siguientes efusiones del corazón. propias de un verdadero socia- lista: Coloridas flores... altos y orgullosos robles... [...] Las aves de los bosques... [...] Veo [...] que estos animales no conocen ni apetecen otra dicha sino aquella que para ellos reside en la exteriorización y en el disfrute de su vida'"' 3‘.
Marx comenta: ““El hombre” podria ver, además, en la naturaleza multitud de cosas, por ejemplo. la más grande competencia entre plantas y animales; ...podrr'a ver también las plantas parásitas, los ideólogos de la vegetación, y una guerra abierta entre las “aves del bosque” y la “incontable muchedumbre de pequeños animales“ 39. Otro ejemplo del fuerte rechazo de Marx a cualquier “culto a la naturaleza” se encuentra en su polémica contra Daumer, donde comenta los siguientes pasajes del Juicio crítico sobre la religión de la nueva era; “La Na- turaleza y la mujer son lo realmente divino, en oposición a lo humano y al hombre... El sacrificio de lo humano a lo natural, del macho a la hembra, es el auténtico y verdadero sometimiento y autoalienación, la más alta, no, la única vinud y piedad" 4°. Luego Daumer cita el poema de Srolberg An die Narur. “Santa naturaleza. dulce madre/en Tus pasos pon mis pies/ Mi mano infantil con la Tuya aferra] ¡Con Tus firmes riendas condúceme!" y comenta: “Estas cosas han pasado de moda. pero no en beneficio de la cultura, el progreso y la dicha humana” 4‘. Ahora hechemos un vistazo al furor con que responde:
“De paso. el culto del señor Daumer a la naturaleza es sumamente peculiar. Ha conseguido ser reaccionario incluso en comparación con el cristianis- mo. Trata de establecer la antigua religión natural precristiana en una forma modernizada... Vemos que este culto de la naturaleza se limita a las caminatas dominicales de un habitante de un pueblecito de provincias, maravillado puerilmente ante el cuclillo que pone sus huevos en el nido de otro pájaro ...ante las alegrías destinadas a mantener húmeda la superficie de los ojos... etc.... No se habla para nada, por supuesto. de las ciencias modernas, que, junto con la industria moderna, han revolucionado la
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naturaleza toda y terminado con la actitud pueril del ltombre hacia esta última y con todas las demás formas de puerilidad. Pero en lugar de eso se nos endilgan misteriosas insinuaciones y asombradas ideas filisteas sobre las profecías de Nostradamus, la segunda visión en los escoceses y el magnetismo animal. Por lo demás, sería de desear que la perezosa econo- mía campesina bávara. terreno en el cual crecen por igual los sacerdotes y los Daumers, fuese por ftn arada por los cultivos modernos y las máquinas modernas” ‘2.
En lugar de esta noción sentimental de la naturaleza, Marx señala su admira- ción por Hobbes y Hegel, por su visión realista: “Con mucha mayor razón pudo Hobbes demostrar a panir de la naturaleza su bel/um omnium contra omnes y Hegel, en cuya construcción se basa nuestro verdadero socialista, ver en la naturaleza la disensión, el período caótico de la idea absoluta y llamar incluso al animal el miedo concreto de Dios" 43. Lo que aquí es interesante es que Marx ataca un argumento sobre la naturaleza que también está presente en el discurso ecológico contemporáneo. La polémica de Marx parece haber sido escrita directamente contra algunos ecologistas fundamentalistas: “El verdadero socialista parte de la idea de que hay que poner tin al conflicto entre la vida y la dicha. Y para poder demostrar esta tesis, rccun'e a la naturaleza y da por supuesto que cn ella no existe tal conflicto, de donde concluye que, puesto que el hombre es también un cuerpo natural y posee las propiedades generales de los cuerpos. tampoco para él tiene razón de ser este conflicto” 4‘.
Benton resume e interpreta correctamente un pasaje Del socialismo "tópico al socialismo científico de Engels, y comenta: "En las primeras etapas de la historia, los seres humanos han sufrido de falta de autonomía por una doble combinación de factores. En la media en que su poder de transformación respecto a la naturaleza era limitado en su desarrollo, estaban a merced y dominados por las fuerza externas de la naturaleza. Pero sobrepuesta a esta fuente de dominación existía otra. cuyas raices estaban en la propia sociedad. experimentada como una “segun- da naturaleza”. Con el desarrollo histórico del poder social humano frente a la naturaleza, surgió la posibilidad de voltear el tablero respecto a ambas formas de opresión: los hombres pudieron adquirir control colectivo sobre su propia vida social, y, con ello también sobre la misma naturaleza" 45. Pero Benton es crítico de esta perspectiva. Continúa: "Pero si la adquisición de la autonomía humana presupone el control sobre la naturaleza. esto sugiere un antagonisrno subyacente entre los propósitos humanos y los naturales: ¡o bien conu'olamos la naturaleza. o ella nos controla! No hay lugar. aparentemente, para la simbiosis, la coexistencia pacífica, la indiferencia mutua u otras metáforas imaginables para esta relación" ‘6.
Tan pronto se considera el uso de la frase “dominación de la naturaleza“. no pareciera existir nada malo mientas se denote “control consciente". En este sentido hablamos de encauzar un río o domesticar animales salvajes.Para tomar otro
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ejemplo: imaginemos un músico que toca virtuosamente su instrumento. Llama- mos a su ejercicio “dominio”, en alemán uno diria “sie beherrscht ihr instru- ment". Es en este sentido que debemos entender la domi-nación de la naturaleza. Esto no significa que uno se compone de manera correcta hacia ella, aunque tampoco consideramos que un músico expeno domina su instrumento (digamos un violín) cuando lo golpea con un martillo.
Antropocentrismo versus ecocentrismo.
Sosten go que la concepción antropocéntrica nos conduce, naturalmente, a este tipo de lectura. Las concepciones no antropocéntricas comúnmente (y típicamente) rechazan toda referencia acerca del “control sobre la naturaleza". Pero un razo- namiento así equivoca la cuestión. Como defensor del antropocentrismo. el filó- sofo americano Bryan Nonon, correctamente observó que los ambientalistas muy a menudo caen víctimas de dos típicas confusiones. La primera es la creencia que uno debe elegir entre atribuir valores intrínsecos o instrumentales a un objeto -que ningún objeto puede ser valorado por su valor intrínseco y simultaneamente por su utilidad. La segunda es la creencia en que uno o bien atribuye valores intrínsecos a un objeto, o bien lo deja sin protección frente a las caprichosas demandas del consumo humano. Tales creencias muchas veces conducen a la confusión de que la protección de la naturaleza sobre bases antropocéntricas encierra una contra- dicción.
En lo que respecta a la primera concepción, Norton correctamente responde que "uno puede asignar valor instrumental a un objeto sin automáticamente desconocer que tenga valor más allá de su utilidad... Atribuycndo valor intrínseco a un objeto se limitan las formas en las cuales dicho objeto puede ser usado, pero se requiere no prohibir todos sus usos”. ‘7 En relación a la segunda concepción, Norton muestra que también está equivocada. Una simple analogía lo aclara: "Uno requiere de no atribuir valor intrínseco a la propiedad de un vecino para no tener una buena razón de destruírla. Tampoco necesitamos atribuir valor intrínseco a la naturaleza para tener una buena razón para no usarla destructivamente.” 4‘ Es sugestivo que desde una perspectiva instrumental de la naturaleza así entendida, se pueda derivar una racionalidad que se opone al antropocentrismo. para la protección de las especies. Se puede creer que aquellos seres humanos que protegen en lugar de destruir otras cosas vivientes estarán menos predispuestos a ser violentos en sus relaciones con otros seres humanos. Para anotar otro ejemplo de Norton, se deberá, entonces, valorar a las aves silvestres por ejemplo, “como ofreciendo ocasiones para la elevación de las actitudes y valores humanos” 49.
La perspectiva antropocéntrica tiene la principal virtud de ofrecer un punto de referencia desde donde evaluar los problemas ecológicos. Como veremos, esto puede ser definido de diferentes formas (individuos humanos vivientes comunes, sociedad, especie humana, cveneraciones futuras) pero no importa como lo defi-
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tramos, establece firmemente un claro criterio de cómo juzgar los fenómenos ecológicos existentes. Cualquier perspectiva “ecocéntrica”, por el otro lado, esta confinada a ser inconsistente, a menos que adopte un punto de vista místico. Es inconsistente porque pretende definir los problemas ecológicos exclusivamente desde un punto de vista natural. Comienza con supuestos sobre la naturaleza y las leyes naturales en relación a las cuales toda acción humana debe adaptarse. Nótese que la respuesta del antropocentrismo se continúa con una posición conspicua que antropomorfiza a la naturaleza; esto es, proyecta los niveles e invenciones huma- nas dentro de la construcción natural. Pero, ¿por qué la naturaleza ha de desarrollarse de manera “balanceada”? O, ¿por qué la naturaleza debe ser siempre bonita? Marx, en sus Manuscritos de París, lo plantea así: "el hombre, por tanto, crea también con arreglo a las leyes de la belleza” 5°. Parece evidente, por tanto, que la definición de “naturaleza natural“ y del balance ecológico es un acto humano (y por tanto social), una redefinición humana que sostiene un balance ecológico en relación a las necesidades sociales, placeres y deseos. Si caracterizamos a los seres humanos viviendo en, y dominando a la naturaleza, no se generan dos supuestos incompatibles. Cuando expresamos como ecológico un problema que surge como consecuencia de las relaciones de la sociedad con la naturaleza muchos estarán de acuerdo. Pero considero que es útil profundizar en esto. Dicha relación con la naturaleza (manipulación, dominación. acotamiento o inducción) no significa que sea el punto crucial, la “causa”, como se dice, de los problemas ecológicos. Los problemas ecológicos sólo surgen de formas específicas de relacionamiento con la naturaleza. Repitiendo mi postulado anterior: tanto la existencia de la sociedad en la naturaleza como su intento por dominarla son compatibles: los seres humanos viven en y dominan a la naturaleza}l
Debido a la falta de comprensión de esta relación, tanto ecologistas como sus declarados enemigos mantienen el exclusivo carácter de las dos alinnaciones. Consideremos el siguiente argumento que lleva a la propuesta ecocéntrica a sus extremos, y con ello, revela su absurdo. Es difícil saber qué es “nonnal” para la naturaleza. Los ecologistas probablemente argumentaran que el estado “normal” de la naturaleza es el balanceado. Ya que no puedo ver cómo esta definición tiene sentido sin relacionarla con los intereses y definiciones humanas. sostengo que la naturaleza está siempre “balanceada consigo misma". Tomemos el caso de un rio. en el cual, debido a la polución (detergentes), no puede sobrevivir pez alguno. Pero, en lugar de los peces. otros animales y plantas (por ejemplo. algas) florecen. El ecologista confrontado con tal argumento, probablemente diría que si el río no puede volver a su estado anterior (“normal”) bajo sus propias fuerzas, su ecosis- tema deberá ser considerado “desbalanceado”. Pero al argumentar de esta forma, sólo revelara su preferencia por los organismos vivientes superiores. Los animales inferiores, tales como insectos y bacterias estan corrientemente fuera de la consi- deración y el razonamiento ecologista. (Albert Schweitzer trató de ser consistente y defiende el derecho a la vida para la mosca tse tse y el bacilo de la tuberculosis.
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Esta posición, radical tanto en términos éticos como religiosos, convierte a una acción humana consistente en imposible. ¡Tomemos el caso del vian de AID!)
Demos un paso más en el argumento. y consideremos el ejemplo de un río que se está secando. En este caso otra vez tenemos “naturaleza” en la forma de arena, rocas, plantas, insectos, anfibios, reptiles. mamíferos. El ecólogo probablemente sostendrá que la diversidad y complejidad natural fueron destruidas. Y, aquí, iró- nicarnente. nos encontramos con el resurgimiento (si sólo es implícito) de la perspectiva antropocéntrica: es decir, es el hombre quien tiene interés en conservar la complejidad natural. Un adherente a la perspectiva ecocéntrica podría argumen- tar que la naturaleza “por sí misma” debiera de ser compleja. Pero, a menos que uno adopte una posición mística o religiosa, siempre hay un interés humano detrás de la actitud de que la naturaleza debe ser abandonada “a su propio cauce”. Los motivos por detrás de tal interés humano son bien estéticos, bien egoístas, 0 derivan del cuidado general de la humanidad por su entorno. Si no entendemos los motivos egoístas en términos estrechos. económicos, y de corto plazo, todos los criterios pueden ser reducidos a esta categoría. Mi sospecha es que el discurso de la ecología ha agudizado sus argumentos en contraposición a la economía, e inclusive han tomado enunciados triviales de dicha teoría, como la identificación de la racionalidad de corto plazo (tal como se expresa en el comportamiento económico) como la racionalidad en sí. Como resultado de esta identificación, sólo basta con refutar una postura antropocéntrica para lograr una guía de resolu- ción de los problemas ecológicos: los seres humanos son vistos como inherente- mente cortoplacistas: de allí se sigue que sus necesidades no deben contar como criterio para la política ecológica.Habiendo aclarado esta confusión, vemos que la perspectiva antropocéntrica hace perfectamente posible una comprensión sobre el “florecimiento de la naturaleza”; en forma alguna puede ser tildada de cómplice de las tendencias que causan los problemas ecológicos. Más aún, sostengo que esta perspectiva es la única capaz de hablar consistentemente en términos de “flore- cimiento de la naturaleza" y la única que descansa en una modalidad de crítica abierta. facilitando así análisis y soluciones para estos problemas.
Versiones sobre la naturaleza.
En un reciente estudio del pensamiento ecológico contemporáneo, Mechild Oechsle encontró al naturalismo como el punto de vista prevaleciente. El natu- ralismo, según ella. procede de la siguiente manera. Primero yuxtapone naturaleza y sociedad; estas son vistas como en contraposición. Luego pretende salvar esta contradicción de tal forma que la sociedad adapta sus leyes a aquellas de la naturaleza. “El naturalismo significa intentar explicar la sociedad desde el punto de vista de la naturaleza, para derivar principios de organización de la sociedad y normas de vida social a partir de principios ecológicos"? Haeckel (quien acuñó el término “ecología” para denotar la ciencia que analiza la relación entre organis-
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mos respecto de su ambiente) ya ha reclamado que la especie humana debe guiar su vida de acuerdo a las leyes naturales. Resulta intrigante aprender que esta vi- sión del mundo naturalista es común a todas las tendencias políticas en el dis- curso ecológico. Lo encontramos en autores conservadores como Gruhl 5’: en autores stalinistas-comunistas como Harich 5‘: en escritores anarquistas como Bookchin 55. y en escritores eco-socialistas como Lalonde 5°. Todos reclaman la autoridad de la naturaleza, y sus leyes ser la piedra fundacional de una nueva sociedad que solucionará los problemas ecológicos. Gruhl y Harich son semejan- tes en tanto acentúan la necesidad de hierro con la cual la naturaleza opera: de aqui ellos derivan similares y fuertes medidas políticas. Bookchin argumenta que la espontaneidad en la vida converge con la espontaneidad en la naturaleza 57, y Lalonde acentúa el hecho de que la naturaleza está, y la sociedad debiera estar. auto-organizada. Asi la "naturaleza" parece ser una autoridad incontestable. Sin embargo, un analisis más detenido muestra que cada una de las versiones de naturaleza es una construcción de sus autores. Consecuentemente. la “naturaleza de la naturaleza" es un tema, más que de debate, de confianza.
Queda claro que cualquier discurso sobre la naturaleza y los problemas ecoló- gicos no deja de tener presupuestos: y estos presupuestos dependen de las bases culturales de los expositores del discurso: son un producto histórico. Entonces. una definición de “naturaleza” o de problemas ecológicos siempre se relaciona con un elemento antropocéntrico. Oechsle, por ejemplo, defiende correctamente la especial posición de la humanidad dentro de la naturaleza: y rechaza con razón, aceptar al naturalismo ecológico.Su ambivalencia respecto al antropocentrismo conlleva, sin embargo, a una indecisa defensa. Volviendo sobre lo mismo; en mi perspectiva, la especial posición de la humanidad respecto a la naturaleza se caracteriza por la dominación de la naturaleza. Con cl fin de separar la cuestión de si la humanidad tiene un status especial dentro de la naturaleza o si debe dominarla, Oechsle cita a M unford (apoyándolo), quien reclama que dentro de las civilizaciones occidentales hay ejemplos de una tecnología "democrática". Este argumento le permite defender una suerte de antropocentrismo sin tener que ernbretarse en la noción de dominación de la naturaleza. No obstante, una distinción entre una tecnología democrática y una autoritaria tiene sentido sólo con relación a la humanidad, no en relación a la naturaleza.Cualquier tecnología, aún la más suave, forma parte de la dominación de la humanidad sobre la naturaleza 5'. Oechsle concuerda con autores como Amery, Bahro y Meyer-Abich en que debemos investigar los orígenes de la destrucción de la naturaleza. Estos hechos son vistos desde la visión y autocornprensión humana del mundo especificamente occidental. Tal como lo señala Amery: “Debemos socavar las raíces de estas actitudes históricas e ideológicas de manera de iniciar el doloroso proceso de la revolución planetaria... Si olvidamos estas raíces, todas las necesarias propuestas se toparan con resistencias politicas y sociales: y el intento será fructífero solo si nos damos cuenta qué tan hondas llegan dentro de nuestra conciencia colectiva“?
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Pero esta revolución planetaria parecer ser algo así como un proyecto utópico: inclusive se podra considerar algo peligrosa. De allí que considero pertinente investigar las posibilidades que una propuesta moderna ofrece al problema.
Los seres humanos no tienen un lugar fijo donde vivir; de hecho cualquier lugar de este planeta puede ser habitado. Con esto se distinguen de la mayoría del resto de los animales (y. por supuesto de las plantas) que sólo sobreviven dentro de una zona limitada geográfica, biológica y climática. ¿Cómo es que los seres humanos están capacitados para sobrevivir en un medio ambiente inseguro? La respuesta es: construyendo una segunda "naturaleza" a su alrededor 6°. Esta na- turaleza artificial, hecha por el hombre es intrínseca a su necesidad de luchar contra la naturaleza; es la solución de la aparente contradicción de estar en y contra la naturaleza. Pero algo más se deriva de esto. Ya que los seres humanos organizan sus vidas de la fonna antes descrita, no tienen “enemigos naturales”, a diferencia del resto de las especies. Sin embargo, hay momentos durante los cuales están en oposición en torno a especificos elementos de la naturaleza; la naturaleza se resiste. Como lo observó John Stuart Mill, los poderes de la naturaleza “están comúnmente contra el hombre en posición de enemigos, frente a los cuales debe luchar. con fuerza e ingenuidad, que poco logra para su propio uso” 6'.
La naturaleza, como tal, no siempre es benéfica para los seres humanos. Es completamente erróneo identificar naturaleza con “benéfico”, y tecnología o cultura humana con “maligno” 62. Los moralismos raramente ayudan. Tal como correctamente lo observó Passmore, “este proceso natural puede ser, de hecho, bastante conflictivo; de manera que, digamos, las ostras de las regiones de granito deben ser descartadas para el consumo humano. Lo “natural” no es necesariamente inofensivo cuando se abandona al beneficio humano“ 63. Dentro de la misma corriente. Adorno experimentando el escenario de los Alpes Suizos, señaló: “Ambos, los defectos de la civilización y las zonas inalcanzadas más allá de la líneas de los arboles, contrariamente a la idea de que la naturaleza es agradable y confortable, y dedicada solo al hombre; revelan cómo es el cosmos. La imagen usual de la naturaleza limitada, estrechamente burguesa, sensible sólo para los pequeños espacios donde la historia de la vida familiar florece; el camino de herradura es la filosofia de la cultura" 6‘. Nuevamente Passmore, en respuesta a la tercer ley de la ecología -la naturaleza es sabia- de Barry Commo- ner, señaló:
“Es suficientemente cierto... que cualquier intervención humana en un ecosistema está precondicionada a crear disturbios en el desempeño de tal sistema, de una fomia que será perjudicial para alguno de sus miembros. Lo mismo es verdad para cualquier cambio, inducido por el hombre o por la naturaleza. Pero, de ninguna fomra se sigue, de allí, que su “ley” debe sugerir que cualquier cambio de esa naturaleza, o aún la mayoría de tales cambios, sean perjudiciales para los seres humanos. Los sistemas ecológicos.
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a diferencia de los relojes con los cuales se los compara, no estuvieron diseñados para el uso humano. Cuando el hombre cosecha semillas de plantas y las siembra en suelos despejados actúan de fomta perjudicial para la vida orgánica que estaba acostumbrada a alimentarse de semillas caídas. Pero sólo el más primitivo y no reconstruido mundo primitivo puede sugerir que las acciones de nuestros antepasados agricultores eran destructivas a los intereses humanos. Una naturaleza abandonada enteramente a su “sabio comportamiento" solo soportará vidas descoloridas y monótonas.""
El giro específico que Marx agrega al tema es, sin embargo, abierto a la crítica. aunque no se ve afectado por aquella lanzada por Benton. La razón por la cual la perspectiva de Marx resulta problemática descansa en la posición epistemológica de que los seres humanos pueden comprender el mundo que han creado mucho mejor que el mundo dado naturalmente. Este principio verum idem factunr fue heredado por Marx de Vico. 6° Según Vico, la naturaleza es un producto de Dios y por ello sólo inteligible a este. Empero este pensamiento creó serios problemas teóricos a Marx. Uno de ellos es que no contó con la posibilidad de que las objetivaciones humanas, tales como las modemas relaciones sociales, se volviesen tan complejas que no son ya suceptibles a la comprensión de todo el mundo. Marx pensó -a lo largo de las líneas del parágrafo 4 de La filosofía del derecho de Hegel- que cuanto más la gente transforma la naturaleza en una segunda naturaleza, más se volverá dueña de su destino. Y es este el verdadero centro y la fuente última que motiva la crítica de Marx. Es la convicción humanista de que todo lo que se vuelca contra la dignidad humana debe ser sometido a la crítica teórica y la observación práctica. El tema del control consciente sobre los asuntos humanos es la palanca de Arquímedes a partir de la cual Marx levanta su crítica al capitalismo (pero también de los modos de producción anteriores). A partir de este punto deriva su perspectiva normativa de lo que una sociedad comunista debiera ser. En primer lugar debería ser una sociedad que institucionalice el control humano sobre su destino. También eso serviría a la evaluación de los anteriores modos de produc- ción existentes. Más instructivo a este respecto es su capítulo de apenura a El Captial, Libro l, en el apartado 4, donde discute el “carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. Dice Marx que la gente en el mundo antiguo era gober- nada por el producto de sus mentes (esto es, la religión), mientas que en el mundo modemo es gobemada por los productos de sus manos. Ambos estados de la cuestión son indignos al ser humano. Es esta la razón por la cual Marx, a través de su trabajo, puso tanto énfasis en el tema de la alienación, reificación y fetichismo. El capitalismo no sólo era criticado por su pobre desempeño económico, que se manifiesta en las crisis económicas, tampoco era criticado por explotar a sus trabajadores ‘7, sino también debido a que reduce a los trabajadores a esclavos, haciéndolos depender de un sistema salarial-esclavizante 6‘, y los impide de al- canzar su autodesarrollo ‘9. Pero, de igual forma, los capitalistas están atrapados en
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una situación miserable a la naturaleza humana: aún siendo mejor que la situación de los trabajadores, no pueden controlar el resultado global de sus acciones en el mercado mundial. Por ello temen las repercusiones de su propio comportamiento, en forma semejante a como los primitivos temen a la naturaleza 7°.
La alienación de Marx.
Creo que este modelo humanista aún tiene un lugar importante en cualquier proyecto crítico de teoría social, politica y filosófica 7'. Y de importancia para la discusión presente. también tiene una asociación con la problemática ecológica. Porque si las modemas sociedades son aterrorizadas por su propia transformación de la naturaleza. el anterior análisis de Marx es aplicable. Logramos una gran comprensión a partir del propio pensamiento de Marx. si damos por hecho que la tecnología está en el centro de la cuestión, en los Grundrisse y los Manuscritos de 1861-63, Marx emplea una doble noción de alienación.
El primer concepto de alienación es bien conocido y no requiere de elabora- ción en ese momento. Se trata de que la alienación en el capitalismo es un fenómeno social que surge sobre la base de la producción de tnercancías (que es. sobre todo, producción de valor), bajo las condiciones de la producción privada y el mercado. Con la abolición del capitalismo. también cae el argumento. la alienación se desvanece.
Pero también hay una segunda concepción implícita en la noción de alienación. Marx también emplea el concepto en el analisis de la tecnología: esto es, al nivel del proceso de trabajo, no sólo en el nivel del proceso de valorización. Debido a que sus principales conceptos en el marco teórico de su Crítica de la economía política tienen un doble carácter -mercancía como la unidad de valor de uso/valor de cambio: trabajo como la unidad de trabajo concreto y abstracto; modo de producción como la unidad de fuerzas productivas y relaciones de producción- sucede que síntomas de alienación pueden ser detectados en el nivel de los valores de uso. Marx desarrolla este idea en relación a la maquinaria capitalista. En los diez años que precedieron a la publicación de El capital, Marx luchó con el pro- blema de cómo evaluar la tecnología de la maquinaria capitalista. Por un lado. estaba convencido que el desarrollo de las fuerzas productivas era un objetivo, un proceso abierto que llevaría al surgimiento de la sociedad comunista. Por otro lado, vio la realidad del proceso de trabajo capitalista, el cual -en gran medida- esta determinado por el uso de maquinaria que degradaba, mutilaba y desbarataba a los trabajadores 72. Esta última observación se opone a la concepción de Marx de mejor vida, a su convicción de que los seres humanos están creando y deben expandir sus capacidades de autorealización.
“El capital se manifiesta también bajo la fomra de trabajo pasado -en la máquina automática y en las máquinas puestas en movimiento por él-, se
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mos respecto de su ambiente) ya ha reclamado que la especie humana debe guiar su vida de acuerdo a las leyes naturales. Resulta intrigante aprender que esta vi- sión del mundo naturalista es común a todas las tendencias políticas en el dis- curso ecológico. Lo encontramos en autores conservadores como Gruhl 5’; en autores stalinistas-comunistas como Harich 54; en escritores anarquistas como Bookchin 55, y en escritores eco-socialistas como Lalonde 5”. Todos reclaman la autoridad de la naturaleza, y sus leyes ser la piedra fundacional de una nueva sociedad que solucionará los problemas ecológicos. Gruhl y Harich son semejan- tes en tanto acentúan la necesidad de hierro con la cual la naturaleza opera; de aquí ellos derivan similares y fuertes medidas politicas. Bookchin argumenta que la espontaneidad en la vida converge con la espontaneidad en la naturaleza 57, y Lalonde acentúa el hecho de que la naturaleza está, y la sociedad debiera estar. auto-organizada. Así la “naturaleza” parece ser una autoridad incontestable. Sin embargo, un análisis mas detenido muestra que cada una de las versiones de naturaleza es una construcción de sus autores. Consecuentemente. la “naturaleza de la naturaleza” es un tema, más que de debate, de confianza.
Queda claro que cualquier discurso sobre la naturaleza y los problemas ecoló- gicos no deja de tener presupuestos: y estos presupuestos dependen de las bases culturales de los expositores del discurso; son un producto histórico. Entonces, una definición de “naturaleza” o de problemas ecológicos siempre se relaciona con un elemento antropocéntrico. Oechsle, por ejemplo, defiende correctamente la especial posición de la humanidad dentro de la naturaleza: y rechaza con razón, aceptar al naturalismo ecológico.Su arnbivalencia respecto al antropocentrismo conlleva, sin embargo, a una indecisa defensa. Volviendo sobre lo mismo; en mi perspectiva, la especial posición de la humanidad respecto a la naturaleza se caracteriza por la dominación de la naturaleza. Con el fin de separar la cuestión de si la humanidad tiene un status especial dentro de la naturaleza o si debe dominarla, Oechsle cita a Munford (apoyándolo), quien reclama que dentro de las civilizaciones occidentales hay ejemplos de una tecnología “democrática”. Este argumento le permite defender una suerte de antropocentrismo sin tener que embretarse en la noción de dominación de la naturaleza. No obstante, una distinción entre una tecnología democrática y una autoritaria tiene sentido sólo con relación a la humanidad, no en relación a la naturaleza.Cualquier tecnología. aún la más suave, forma parte de la dominación de la humanidad sobre la naturaleza 5‘. Oechsle concuerda con autores como Amery, Bahro y Meyer-Abich en que debemos investigar los orígenes de la destrucción de la naturaleza. Estos hechos son vistos desde la visión y autocornprensión humana del mundo específicamente occidental. Tal como lo señala Amery: “Debemos socavar las raíces de estas actitudes históricas e ideológicas de manera dc iniciar el doloroso proceso de la revolución planetaria... Si olvidamos estas raices, todas las necesarias propuestas se toparán con resistencias politicas y sociales; y el intento será fructífero solo si nos damos cuenta qué tan hondas llegan dentro de nuestra conciencia colectiva“5’.
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Pero esta revolución planetaria parecer ser algo así como un proyecto utópico: inclusive se podrá considerar algo peligrosa. De allí que considero pertinente investigar las posibilidades que una propuesta moderna ofrece al problema.
Los seres humanos no tienen un lugar fijo donde vivir; de hecho cualquier lugar de este planeta puede ser habitado. Con esto se distinguen de la mayoría del resto de los animales (y. por supuesto de las plantas) que sólo sobreviven dentro de una zona limitada geográfica, biológica y climática. ¿Cómo es que los seres humanos están capacitados para sobrevivir en un medio ambiente inseguro? La respuesta es: constnryendo una segunda "naturaleza" a su alrededor 6°. Esta na- turaleza artificial, hecha por el hombre es intrínseca a su necesidad de luchar c0ntra la naturaleza; es la solución de la aparente contradicción de estar en y contra la naturaleza. Pero algo más se deriva de esto. Ya que los seres humanos organizan sus vidas de la fonna antes descrita, no tienen “enemigos naturales”, a diferencia del resto de las especies. Sin embargo, hay momentos durante los cuales estan en oposición en tomo a específicos elementos de la naturaleza; la naturaleza se resiste. Como lo observó John Stuan Mill, los poderes de la naturaleza “están comúnmente contra el hombre en posición de enemigos, frente a los cuales debe luchar. con fuerza e ingenuidad, que poco logra para su propio uso” 6'.
La naturaleza, como tal, no siempre es benéfica para los seres humanos. Es completamente erróneo identificar naturaleza con “benéfico”, y tecnologia o cultura humana con “maligno” 62. Los moralismos raramente ayudan. Tal como correctamente lo observó Passmore, “este proceso natural puede ser, de hecho, bastante conflictivo; de manera que, digamos, las ostras de las regiones de granito deben ser descartadas para el consumo humano. Lo “natural” no es necesariamente inofensivo cuando se abandona al beneficio humano“ 6’. Dentro de la misma corriente, Adorno experimentando el escenario de los Alpes Suizos, señaló: “Ambos, los defectos de la civilización y las zonas inalcanzadas más allá de la líneas de los arboles, contrariamente a la idea de que la naturaleza es agradable y confortable, y dedicada solo al hombre; revelan cómo es el cosmos. La imagen usual de la naturaleza limitada, estrechamente burguesa, sensible sólo para los pequeños espacios donde la historia de la vida familiar florece; el camino de herradura es la filosofia de la cultura” 6‘. Nuevamente Passmore, en respuesta a la tercer ley de la ecología -la naturaleza es sabia- de Barry Commo- ner, señaló:
“Es suficientemente cierto... que cualquier intervención humana en un ecosistema está precondicionada a crear disturbios en el desempeño de tal sistema, de una fomta que será perjudicial para alguno de sus miembros. L0 mismo es verdad para cualquier cambio, inducido por el hombre o por la naturaleza. Pero, de ninguna fomra se sigue, de allí, que su "ley" debe sugerir que cualquier cambio de esa naturaleza, o aún la mayoría de tales cambios, sean perjudiciales para los seres humanos. Los sistemas ecológicos.
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a diferencia de los relojes oon los cuales se los compara, no estuvieron diseñados para el uso humano. Cuando el hombre cosecha semillas de plantas y las siembra en suelos despejados actúan de forma perjudicial para la vida orgánica que estaba acostumbrada a alimentarse de semillas caídas. Pero sólo el más primitivo y no reconstruido mundo primitivo puede sugerir que las acciones de nuestros antepasados agricultores eran destructivas a los intereses humanos. Una naturaleza abandonada enteramente a su “sabio comportamiento" solo soportará vidas descoloridas y monótonas.““5
El giro específico que Marx agrega al tema es, sin embargo, abierto a la crítica, aunque no se ve afectado por aquella lanzada por Benton. La razón por la cual la perspectiva de Marx resulta problemática descansa en la posición epistemológica de que los seres humanos pueden comprender el mundo que han creado mucho mejor que el mundo dado naturalmente. Este principio verum idem factum fue heredado por Marx de Vico. 6° Según Vico, la naturaleza es un producto de Dios y por ello sólo inteligible a este. Empero este pensamiento creó serios problemas teóricos a Marx. Uno de ellos es que no contó con la posibilidad de que las objetivaciones humanas, tales como las modemas relaciones sociales, se volviesen tan complejas que no son ya suceptibles a la comprensión de todo el mundo. Marx pensó -a lo largo de las líneas del parágrafo 4 de La filosofía del derecho de Hegel- que cuanto mas la gente transforma la naturaleza en una segunda naturaleza. más se volverá dueña de su destino. Y es este el verdadero centro y la fuente última que motiva la crítica de Marx. Es la convicción humanista de que todo lo que se vuelca contra la dignidad humana debe ser sometido a la crítica teórica y la observación práctica. El tema del control consciente sobre los asuntos humanos es la palanca de Arquímedes a partir de la cual Marx levanta su critica al capitalismo (pero también de los modos de producción anteriores). A partir de este punto deriva su perspectiva normativa de lo que una sociedad comunista debiera ser. En primer lugar debería ser una sociedad que institucionalice el control humano sobre su destino. También eso serviría a la evaluación de los anteriores modos de produc- ción existentes. Más instructivo a este respecto es su capítulo de apenura a El Captial, Libro l, en el apartado 4, donde discute el “carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. Dice Marx que la gente en el mundo antiguo era gober- nada por el producto de sus mentes (esto es, la religión), mientas que enel mundo modemo es gobentada por los productos de sus manos. Ambos estados de la cuestión son indignos al ser humano. Es esta la razón por la cual Marx, a través de su trabajo, puso tanto énfasis en el tema de la alienación, reificación y fetichismo. El capitalismo no sólo era criticado por su pobre desempeño económico, que se manifiesta en las crisis económicas, tampoco era criticado por explotar a sus trabajadores ‘7, sino también debido a que reduce a los trabajadores a esclavos, haciéndolos depender de un sistema salarial-esclavizante 6‘, y los impide de al- canzar su autodesarrollo 6’, Pero, de igual forma, los capitalistas están atrapados en
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una situación miserable a la naturaleza humana: aún siendo mejor que la situación de los trabajadores, no pueden controlar el resultado global de sus acciones en el mercado mundial. Por ello temen las repercusiones de su propio comportamiento, en forma semejante a como los primitivos temen a la naturaleza 7°.
La alienación de Marx.
Creo que este modelo humanista aún tiene un lugar importante en cualquier proyecto crítico de teon’a social, política y filosófica 7'. Y de importancia para la discusión presente. también tiene una asociación con la problemática ecológica. Porque si las modcmas sociedades son aterrorizadas por su propia transformación de la naturaleza. el anterior análisis de Marx es aplicable. Logramos una gran comprensión a partir del propio pensamiento de Marx, si damos por hecho que la tecnología está en el centro de la cuestión, en los Grundrisse y los Manuscritos de 1861-63. Marx emplea una doble noción de. alienación.
El primer concepto de alienación es bien conocido y no requiere de elabora- ción en ese momento. Se trata de que la alienación en el capitalismo es un fenómeno social que surge sobre la base de la producción de mercancías (que es, sobre todo, producción de valor). bajo las condiciones de la producción privada y el mercado. Con la abolición del capitalismo. también cae el argumento. la alienación se desvanece.
Pero también hay una segunda concepción implícita en la noción de alienación. Marx también emplea el concepto en el análisis de la tecnología: esto es, al nivel del proceso de trabajo, no sólo en el nivel del proceso de valorización. Debido a que sus principales conceptos en el marco teórico de su Crítica de la ecarromía política tienen un doble carácter —mercancía como la unidad de valor de uso/valor de cambio: trabajo como la unidad de trabajo concreto y abstracto; modo de producción como la unidad de fuerzas productivas y relaciones de producción- sucede que síntomas de alienación pueden ser detectados en el nivel de los valores de uso. Marx desarrolla este idea en relación a la maquinaria capitalista. En los diez años que precedieron a la publicación de El capital. Marx luchó con el pro- blema de cómo evaluar la tecnología de la maquinaria capitalista. Por un lado. estaba convencido que el desarrollo de las fuerzas productivas era un objetivo, un proceso abierto que llevaría al surgimiento de la sociedad comunista. Por otro lado, vio la realidad del proceso de trabajo capitalista, el cual -en gran medida- esta determinado por el uso de maquinaria que degradaba, mutilaba y desbarataba a los trabajadores 72. Esta última observación se opone a la concepción de Marx de mejor vida, a su convicción de que los seres humanos están creando y deben expandir sus capacidades de autorealización.
“El capital se manifiesta también bajo la fomra de trabajo pasado —en la máquina automática y en las máquinas puestas en movimiento por él-, se
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manifiestan. como es posible demostrar, independientemente del trabajo vivo; en vez de someterse al trabajo vivo, lo subordina a si mismo; el lronrbre de hierro interviene contra el hombre de carne y hueso.
El sometimiento del trabajo del honrbre de carne y hueso al capital... absorción en la cual está encerrada la sustancia de la producción capitalista, interviene aqui como un factor tecnológico.
La piedra angular está lista. El trabajo muerto (todtc) puesto en movimiento y el trabajo vivo. que es sólo uno de sus órganos dotados de conciencia, se
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hacen evidentes' .
Marx concibió el desarrollo de las tecnologías y de las relaciones sociales dentro de una perspectiva evolucionista “z una nueva formación social o una nue- va fuerza productiva emerge de una formación previa 75. Lo viejo está preñado con lo nuevo, para parafrasear una metáfora de la cual Marx estaba orgulloso. Pero este modelo plantea un dilema en el caso de la tecnología (y, por supuesto. del proceso laboral): o bien la forma Iibenaria de la tecnología está presente inclusive bajo el capitalismo, en cuyo caso el esquema evolucionista coincide con la nonna- tiva orientador-a; o no se ha desarrollado aún y por ello no puede ser más que un desideratum pzu'a una sociedad comunista 7°. Era imposible que Marx tomara la última posición, ya que ella llevaría a una esperanza idealista de un futuro mejor. Su solución al dilema fue. por tanto, atribuir todos los aspectos negativos de la tecnología de la maquinaria a su uso capitalista, y atribuir todos los aspectos po- sitivos a la tecnología de la maquinaria como tal.
No importa como veamos este divertirnento teórico, él nos permite solucionar el problema de una forma satisfactoria. Es decir que la tecnología, en la medida en que ocasiona un impacto negativo al medio ambiente natural (y también a los seres humanos). debe ser cambiada y reemplazada por una tecnología que alcance los criterios de ser conscientemente controlada y benéfica para la naturaleza humana. Al mismo tiempo, tal como lo indique antes. la concepción de que el capitalismo es la fuente principal de los problemas ecológicos debe ser abandonada. El comunismo, entendido en el sentido de una sociedad racional que permite a los humanos su auto realización, y ejercita conscientemente el control sobre su desti- no, no requerirá, en una primera instancia. la abolición de la propiedad privada y la instalación de una economía planificada, como el marxismo ortodoxo lo propo- ne. Dirigirá su atención a un área de fenómenos más amplio de aquellos en los cuales Marx explícitamente trató en El capital (esto es, la teoria del valor, la teoría de las crisis, la teoría de las clases, la teoría de la revolución). No obstante, el me'todo y criterio de esta crítica están aún presentes en tal perspectiva. El propio interés de Marx en la historia de la tecnología debe estimular investigaciones similares por marxistas contemporáneos y científico sociales críticos 77.
Volviendo a la paradoja original: ¿por qué, dada la aparente congruencia entre las ideas básicas del materialismo histórico y una perspectiva ecológica, aún hay
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mucha mala sangre entre marxistas y verdes? Desde mi punto de vista la respuesta debe ser buscada en el terna de la dominación de la naturaleza. Los Verdes echan la culpa a la actitud prometeica hacia la naturaleza como la causa de todo mal y reclaman una nueva y armoniosa relación con la naturaleza. Favorecen un mundo más atractivo“ 7“ y el desarrollo de una ética ecológica 7". Algunos ecologistas fundamentalistas extremistas inclusive argumentan por un quiebre radical con la modenra perspectiva hacia la naturaleza. un retorno a modos de “vida simple”. Aún considerando que tal salto atrás puede ser posible (lo cual desestimo) o deseable (lo que dejo abierto). causaría considerables tensiones sociales que podrán contrarrestar con creces los hipotéticos "logros" de una vida ecológicamente “incorporada”.
En la medida en que consideramos tales perspectivas, simplemente afirmo que la formulación de Marx de una modema relación con la naturaleza es, con algunas precisiones. aún superior a los sueños románticos sobre una relación completamente nueva. Entre la naturaleza y la especie humana no puede haber armonía: las formas apropiadas de trasformar la naturaleza deben construirse y definirse por las culturas humanas históricamente existentes“. Por lo tanto no creo que la paradoja deba ser explicada ligeramente por un insuficiente reconocimiento de los límites naturales por el lado de Marx. El conflicto es más profundo que esto. La solución de Benton a la paradoja esta'aún esperando tres cuestiones. La primera es que generalmente reduce los problemas ecológicos a problemas de límites naturales, que lo ciegan para ver la gran variedad de problemas eCológicos -esto es, polución y sus complejas causas. Segundo, al reducir el problema subestima los temas reales señalados entre marxistas y ambientalistas. Pero en tercer lugar, y el más preocupante, Benton mismo parece caer atrapado en una forma de razonamiento ecológico que critica al marxismo por adoptar una actitud prometeica hacia la naturaleza. Resulta irónico que Benton reclarne que Marx se haya vuelto víctima de una ideologia espontánea del siglo diecinueve, esto es, industrialismo y progre- so," ya que él mismo parece ser victima de una ideología espontánea de fines del siglo veinte -el romanticismo ecológico-.
NOTAS: l. Véase Rudolf Bahro, Front red ta green. London 1984.
2. Véase, por ejemplo, Ernest Mandel. Tlre generalizar! Recession of the international Capilalist Economy. Irnprecor. 16 de enero de 1975.
3. Véase Wolfdietrich Schmied-Kowarzik. Das Dialektisclte Verlrültnis des Mensclren zur Nalur, Philosoplriegesclríchtliche Studien zur Natur problematik bei Karl Marx, Freiburg 1984.
4. Véase Ted Benton, Marxism and Natural Linrits: an Ecological critique and
Reconstruction. NLR. 178. Setiembre-octubre 1989. pp. 51-86.
. lbid, p. 63.
. Ibid. pp. 71-73.
. Ibid. p. 73.
. Ibid. p. 55.
“NOM
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9. Ibid.
10. ll. 12.
13. l4. 15. 16. l7.
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20.
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31. 32.
33.
lbid.
Ibid. énfasis mio.
World Commission on Environment and Nature, Oxford 1987. Esta y las secciones siguientes se apoyan básicamente en mi Marxisnr and Ecology. Oxford. 1991.
John Passmore, Man's Responsibility for Nature. London 1974, p. 43.
La erosión y la desenificaeión caen fuera de la lista. Son procesos naturales en cualquier caso, e interesante en nuestro contexto sólo en la medida en que son causados por la intervención humana.
Robert K. Merton. The Unanticiputed Consequences of Eurposive Social Action, American Journal of Sociology. vol.l. 1937, pp. 894 ff.
Véase Charles Perrow, Normal Accidents. New York 1984.
Algunos ecologistas fundamentalistas, tales como el alemán Carl Arnery. demandan por ello. cuando posible. frenar la producción (véase Carl Arnery. Natur als Politik. Die ('¡kologische Chance des Manso/ren. Reinbek 178. p. 167).
Arthur Pigou. The Economics of Welfare. London 1932, p. 184.
El famoso “Dilema de los Prisioneros". Véase. entre muchos. Mancur Olson, The Logic of Collective Action, Cambridge. Mass. 1965: y Amartya Sen, Choice, Welfare and Meassurements. Oxford 1982.
Cornrnoner expresa una visión similar: “En las modernas sociedades industriales, el eslabón más importante entre la sociedad y el ecosistema del cual depende es la tecnología. Existe considerable evidencia de que muchas de las nuevas tecnologías que ahora dominan la producción en un país avanzado como los Estados Unidos, están en conflicto con el ecosistema. Por lo tanto degradan el medio ambiente" (Barry Commoner, The Closing Circle. London 1971. pp. 178-9).
. Véase también Hans Magnus Enzensberger. Critique of Political Ecology. NLR
84.Mar7.o-abril 1974. pp. 3-3].
. Mary Douglas, Purity and Danger. London 1966. p. 40. . Véase Passmore, pp. 45-6. . Nótese que esto puede ser posible en ambas direcciones: lo que consideramos hoy en
dia como un problema ecológico puede desaparecer simplemente porque la percepción de él cambia. o nuevos problemas emergen que están ya latentes pero no se perciben.
. Karl Marx. El Capital. Libro l, vol II.Siglo XXI. México 1976. pp. 612-613. Enfasis
rnío.Véase también El capital Libro I. vol. I. p. 359; vol II. pp. 523-524: Libro III, vol. VIII pp. 1032-1034.
. Por lo tanto no entraré en una crítica detallada a los cuestionamientos de Benton
respecto a Marx. En su lugar ofreceré una lectura altemativa.
. Véase Elementos fundamentales para la crítica de la economia política vol. 2. Siglo
XXI. México, 1972. p. 228, donde Marx habla de la humanidad gobernando y siendo partícipe de la naturaleza.
El capital. Libro l, vol. II. Siglo XXI. México. 1979 p. 453.
El capital, Libro l. vol. Il. Siglo XX]. México, 1979. p. 470.
Véase Alfred Schmidt, The Concept of Nature in the Theory of Karl Marx, London 1971 .(edición española de Siglo XXI eds. NdT).
Benton, p. 67.
Es en este scnlido que se ríe de Feuerbach. diciendo que la naturaleza “intacta” no existe en ningún lado (con la posible excepción de algunas islas de coral) véase Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana. Pueblos Unidos. Montevideo 1971. p. 48. Marx dice. “El dicho de Mirabeau: ¿Imposible? ¡Nunca me vengan con esa palabra
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imbécill. es particularmente aplicable a la tecnología moderna"). El capital Libro l. vol. lI. Siglo XXI. México. 1979 p. 58] ). El habla de una siempre creciente productividad del trabajo de la mano “con el aporte ininterrumpido de la ciencia y la técnica" (el capital Libro I. vol. II. Siglo XXI. México, 1979 p. 748). Podríamos encontrar estas afirmaciones demasiado optimistas y de excesiva confianza en el progreso científico técnico. Sin embargo parecen adecuarse perfectamente a los hechos del presente desarrollo tecnológico y científico.
Elementos fimdamentales para la crítica de Ia economía política. Vol. 2. Siglo XXI. México. 1972. p. 262.
Ibid. pp. 229-230. Cl}. Hegel: “Der Mens/1 ha! Ursache, auf seine Werk:euge sloiz zu sein. denn die Verm'infligkei! is! darin ausgedruckt. Das Werkzeug bildel den medias terminas, wodurch dic Tiiligkeit des Mcnschen mi! der aqfier Namr vremilleil wird. Es ist dies der Geisl der Vernunfl, dqfl der Mensch, ¡"dem er ein anderes nach aii/¡en kehrl und abreibcn Ia'flI, sich seibs erha'lf' (G.W.F. Hegel, in D. Henrich. ed Philosophie des Rcchls. Dic Vorlesung von 1819/20 in einer Nachschrifi. Frankfurt am Main 1893, p. 159).
De Bacon (la naturaleza es un almacén de sustancias). a Hegel (la naturaleza no tiene propósitos inmanentes). y Marx (“la naturaleza deja de ser reconocida como-un poder por si misma"), hay una línea directa a Nietzsche (“deseo para el poder"). Para una exposición de este discurso. y su surgimiento histórico, véase William Leiss. The Dominalion of Nature. New York 1972. Pero a diferencia de las otras visiones comunes que consideran al hombre como impactando el mundo. para Marx este objetivo está relacionado con el propósito más ambicioso de controlar todo el proceso social y natural.
37. Grundrisse. Hannondsworth 1973, p. 409. (No encontramos la referencia en la versión
española. NdT).
38. La ideología alemana. Pueblos Unidos. Montevideo 1971, p. 566.
39.
Ibid. p. 567.
40. Juicio crítico sobre la religión dela nueva era, de GF. Daumer. tomado de Marx. C.
41. 42.
y Engels. F. Sobre la religión. Editora Política. La Habana, 1963, p. 83. Ibid. Ibid. pp 83-84. Enfasis mío.
43. La ideología alemana, op cit. p. 569.
. Ibid. p. 568-569.
. Benton, p. 75.
. Ibid.
. Bryan G. Norton. Why preserve natural variety? Princeton 1987, p. 219.
. Ibid.
. Norton, p. 221.
. Manuscritos económico-filosóficos de 1848 en Marx-Engels. Escritos económicos
varios. Grijalbo, México 1966 p. 68.
. Si alguno debiera criticar el concepto de “dominación” de la naturaleza debido a sus
odiosas connotaciones. podríamos replicar con esta reflexión de Walter Benjamin: “El control de la naturaleza tal como lo enseñan los imperialistas. es el propósito de toda tecnología. Pero ¿quien creerá en un plantador de caña que proclama que el control de los niños por los adultos es el propósito de la educación? ¿No es la educación por sobre todas sus fonnas, indispensable para el ordenamiento de las relaciones entre generaciones y. de allí. el control, si usamos este término. de aquella relación y no de los niños? De la misma forma la tecnología no es el control de la naturaleza sino de la relación entre
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la naturaleza y el hombre." (Walter HClljilllllll, One-Way Street. in One Way Street And Other Writings. London 1979, p. 104.
. Mechthild Oechsle. Der ükologisehe Naturalismus Frankfurt 1988.; p. 9, traducción
mía.
. Herben Gruhl, Ein Planet wird gepliindert. Frankfurt am Main 1975. pp. 33. 345. . Wolfgang Harich. Kommunismus ohne Wachstum? Babeuf und der Club of Rome,
Reinbek, l975.
. Murray Bookchin. Die Forman der F reiheít Aufsa’tze fiber Ókologie und anarchismus.
Telgle-Westbevern 1977. p. 15.
. Brice Lalonde, KurzeIAbhamflung fiber die Okologie. in C. bcggewie and R. de Mille
eds. Der Walfischer Ókologiebewegung in Frankreieh, Berlin 1978.
. Bookchin. p. lO. . Oechsle se acerca a reconocer esto cuando escribe que aún la propuesta “de mayor
diálogo" hacia la naturaleza (como por ejemplo la de Prigogine) no puede sino conducir a una más perfecta dominación de la naturaleza. En palabras de Trept. “La tecnología ecológica es control total. Por esta razón la ecología no está fuera de la lógica del progreso.sino que el progreso culmina en esta." (Ludwig Trepi. Okologie eine griine Leitwissenschaft? Uber Greuzen und Perspecktiven einer modernen Disziplin, Kursbuch 74, 1983).
Amery, citado en Oechsle. pp. 96-7, traducción mía.
En comparación una especie animal en un medio ambiente poco favorable obligará a un proceso de evolución para poder sobrevivir.
John Stuart Mill. Three Esssays ou Religion, London 1904 p. lS.
Como lo demostró Klugc en un cuidadoso estudio, mucha de la retórica ecológica consiste en la yuxtaposieión de vida y muerte donde la naturaleza se toma por la primera, y la industrialización por la segunda. (Véase Thomas Kluge Gessellschft, Nalur. Teelmik, Opiaden 1985).
Passmore. p. 47.
Theodor W. Adorno, Aus Sils Maria, en Gesammelte Schriften, Bd. 10.1 Frankfurt am Main. 1968. p. 327. mi traducción.
Passmore. p. 185.
Véase El capital Libro I, vol. ll p. 453 n. 89. Véase también Isaiah Berlin. Vico and Herder, London 1976.
Se trata de un tema de gran controversia. Véase el debate en M. Cohen, T. Nagel y T. Scanion. Marx, Justice and History. Princeton 1980; y la excelente revisión de estas y otras contribuciones en Normas Geras, The controversy about Marx and Justice, en Literature of Revolution. Essays on Maarxism. London 1986.
Véase el incisivo análisis en Steven Lukas, Marxism and Morality. Oxford. 1987. Para esta “expresiva” noción de trabajo en Marx, véase Charles Taylor, Hegel Cambridge, 1975.
Sería interesante preguntarse si el tema de la alienación sólo tiene sentido en tomo a un individualismo metodológico (véase John Elster, Making Sense of Marx. Cambridge 1985) o si en lugar de ello apunta a características estructurales o sistémicas.
Aquí no puedo desarrollar los límites de este modelo, que deben ser vistos en su cercana afiliación a la teoría del sujeto. con la esperanza de Marx (y Hegel) de lograr una reconciliación final en la historia. Para una critica, véase Seyla Benhabib. Critique. Norm and Utopia. A study in the Foundations of Critical Theory. New York 1986; también Jürgen Habermas. The Philosophical Discourse of Modernity, Cambridge 1988. Pero en un débil santido no podemos dejar de usar el modelo como una idea regulativa. esto
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es. reducir todos los obstáculos para la auto realización humana. Véase también lring Fctscher, Aufkliirung fiber Aujklürung, en A. Honneth, T. McCarthi, C. Offe y A. Wellmer, eds. Zwischenbetrachtungen im Prozej} der Aufl'lürung. Jürgen Ilabermas zum 60. Gabtu'tstag, Frankfurt am Main 1989, pp. 657-89. '
. Maxine Ber. The Machinery Question and the Making of Political Economy.
Cambridge. 1982. _.
Zur Kritik der Politischen Okonomie.Manuskript 1861 -63, en MEGA. ll 3.6 , Berlin
1982, pp. 2057-8 (Tomado para esta traducción de Dussel Enrique, Hacia un Marx
desconocido. Un comentario de los Manuscritos del 61 -63 . Siglo XXI. México 1988 p.
262 NdT). La formulación dc Marx en los Grundrisse es similar. “Sino que la máquina,
dueña en lugar del obrero de la habilidad y la fuerza. es ella misma la virtuosa. posee
un alma propia... La actividad del obrero, reducida a una mera abstracción de la
aclividad, está determinada y regulada en lodos los aspectos por el movimiento de la
maquinaria. y no a la inversa". ( Elementos flu-rdamentales para la crítica de la economía
política vol. 2 p. 219: véase también vol. 2 p. 18 n.. y pp. 226-227). También Grundrisse.
Hamondsworth 1973. p; 704 referencia que no fue encontrada en la edición en español
NdT).
Véase Reiner Grundmann. Marxism and Ecology, Oxford. 1991.
Véase Karl Marx. Prefacio a la crítica de la economía política.
Moore argumenta convincentemente que en Marx existe una brecha entre su materialismo histórico y su humanismo filosófico. Por ello. cuando Benton percibe la tensión existente
entre el materialismo histórico de Marx y su teoría económica, Moore argumenta que Marx es incapaz de derivar los principios del “comunismo humanista" de las bases de su materialismo histórico “científico” por si solo. (Stanley Moore. Marx on the Choice between Socia/¡sm and Communism. Cambridge, Mass. 1980). Veáse también G.A. Cohen. Reconsidering Historical Materialism, en J. Penncock y J .W. Chapman. eds. Marxism: Nomos. XXVI, New York 1983, p. 227.
La historia y sociología de la tecnología son disciplinas académicas jóvenes. Pero véase las recientes contribuciones en W. Bijker, T. Hughes y T. Pineh. The Social Construction of Teclutological S ystents. Cambridge Mass, 1987: y Peter Weingart, eld., Tec/¡nik ais sozialer Prozefi. Frankfurt am Main 1989. Véase también Nathan Rosemberg, Marx as Student of Technology, en inside the Black Box: Techonology and Economics. Cambridge 1982.
El título de un artículo de serge Moscovici. en A. Toraine. ed. Jenseits der Krise. Wider das politische Defizit der Okologie, Frankfurt am Main 1976 (en la edición de NLR: “The favour a re-enchanlment of the world" NdT).
Véase Hans Jonas, The imperativo of Responsability.‘ In Search of an Ethics for the Technological Age. Chicago 1984.
No pude discutir la cuestión de las generaciones futuras aquí: véase Joel Feinberg, The Rights of Animals and Unborn Generations, en Rights, Justice, and the Bounds of Liberty. Essays in Social Philosophy. Princeton 1980; Passmoore, 1974.
Benton, p. 76.
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RESEÑAS
AÑO QUE ESTUVIMOS
EN NINGUNA PARTE
La guerrilla africana del Che. de Paco Ignacio Taibo ll, Froilán Escobar y Félix Guerra Edic. del Pensamiento Nacional. Bs.As. 1995.
Este libro, portador de un carác- ter profundamente testimonial, viene a llenar un vacío que la dispersa infor- mación disponible entonces, y los de- bates y discusiones de la segunda mi- tad de los sesenta, no alcanzaron a lle- nar. 1965 fue un año decisivo por mu- chas razones para el curso de la revo- lución latinoamericana, y fue también el año en que Ernesto Guevara desapa- reció de la escena pública, para reapa- recer recién dos años después, y para siempre ya, en el inconmensurable es- pesor de la selva Boliviana.
Como bien dicen los autores en su nota introductoria ese año, en que el Che estuvo en ninguna parte, dio ori- gen a un sinnúmero de versiones y c0- mentan'os: desde que estaba encerra- do en un hospital psiquiátrico cubano; o que se encontraba en Las Vegas; o que estaba combatiendo en Vietnam o en Santo Domingo, hasta que había sido asesinado luego de una dura dis- cusión con Fidel Castro. Este libro ter- mina dando por tierra definitivatnente con estas versiones, confirmando las noticias que fragmentariamente había-
mos conocido desde 1990. Para los hombres y mujeres de la
década de los años sesenta, esa déca-
da idealizada por muchos y denostada por otros; plagada de ilusiones y espe- ranzas para quiénes la protagonizaron e ignorada hasta lo impensable por bue- na parte de los jóvenes de hoy, este do- cumento es absolutamente necesario.
Pero quisiera señalar también que para nosotros este libro cálido y her- moso, que confirma la enorme dimen- sión humana del Che, es también pro- fundamente conmovedor. Tiene el mis- mo tono, la misma pesada densidad, del Diario de Bolivia, y con el sucede lo que con el Diario.., o con esa for- midable trilogía de Isaac Deustcher sobre Trotsky, El profeta armado, des- armado.. desterrado; o el relato de André Malraux sobre las brigadas internacionalistas en la guerra civil española, La Esperanza. Uno se de- vora estos textos hasta sobrepasar ape- nas la mitad de sus páginas y luego, lentamente, sin darse cuenta, disminu- ye la velocidad de la lectura, y no es porque esta se haya hecho mas engo- rrosa o compleja, es que se acerca al final, un final que ya se conoce de an- temano, y al que no se quiere arribar, pero que es real y que inexorablemen- te se produce.
Se narran aquí en un estilo direc-
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to, lo que la investigación sociológica llamaría información primaria combi- nada con manuscritos y corresponden- cias, las peripecias, los esfuerzos, la voluntad heroica, de un grupo de re- volucionarios internacionalistas, cuba- nos, negros; que sumados a otros re- volucionarios africanos, negros tam- bién, eran comandados por un hombre blanco, al que pocos conocían realmen- te, y al que llamaban Tatu.
Pero es también este libro una muestra inacabada de las difíciles re- laciones entre la voluntad revolucio- naria y la realidad. Esa realidad siem- pre esquiva, inasible, que se resiste a nuestros deseos y propósitos, esa rea- lidad africana que en verdad no se co- nocía... y que concluye con la reflexión amarga de quién reconoce la derrota, la ineficacia de su accionar, en un ám- bito al que no lograr conmover.
Ese desconocimiento de la reali- dad, tanto al interior del escenario de los acontecimientos como por afuera de ellos (el apoyo externo) queda pa- téticamente señalado en dos pasajes del texto: uno es cuando se hace mención a la Dawa, una protección mágica con- tra las balas, contra el avión, contra los cañonazos que, impartida por el hechi- cero de la tribu, daba inmunidad ante los ataques del enemigo, y por lo que tanto rwandeses como congoleños no salían al combate hasta que no reci- bieran esta protección ...y que pensa- ban que la dawa de los cubanos era mejor porque... estos no tenían nunca miedo.
El otro está contenido casi al final del libro, en una hermosa carta que Er- nesto Guevara le envía a Fidel Castro,
donde le dice, usen el dinero con cuen- tagotas, no manden armas tenemos de sobra..., no manden gente, manden cuadros, médicos revolucionarios, manden mecánicos que tenemos las lanchas paradas... y donde al final se queja amargamente de que el ha dis- puesto luego de un severo análisis dis- poner de una módica suma en dólares al mes para el frente de batalla y se ha enterado que los representante africa- nos que ’pasean’ por el exterior esta- ban recibiendo una suma veinte veces mayor, y de una sola vez... La incont- prensión como se ve estaba en todos lados.
Puestos a reflexionar alrededor de este texto, tan bello como desgarrador, vale preguntarse a treinta años vista, y en un mundo que ha cambiado profun- damente, porqué después de África, Bolivia. Una selva distinta, unos indí- genas diferentes, una cultura casi des- conocida, pero una realidad tan difícil como aquella.
Es inevitable, al ir en busca de res- puestas, no recuperar viejos debates, pero no se trata de ver solo la acción del guerrillero heroico, que lo fué; o el aventurero romántico o el interna- cionalista consecuente, que también lo fué. Se trata de ir al encuentro de las facetas menos divulgadas, pero tal vez las mas creadoras de la personalidad de Emesto Guevara. Se trata del Che como constructor del socialismo.
Resurgen aquí el Gran Debate Eco- nómico de los años 62-64, el cruce de ideas mas importante desde los tiem- pos de Lenin y Trótsky y de los prime- ros Congresos de la III Internacional, promovido provocativamente por el
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Che para discutir las ideas de la autogestion financiera en las empresas, y el cálculo económico que venían des- de el Este. Su lucha contra el buro- cratismo, que alamiado veía crecer en Cuba, como muchos años después re- conocería el propio Fidel. Su Discurso de Argel: El internacionalismo no tie- ne fronteras, una fuerte crítica a la po- lítica de los países de las burocracias de estado de] Este y a la propia URSS. El Che sostenía el intercambio des- igual: «la ayuda a los pueblos que lu- chan por su liberación tiene que tener un costo para los países socialistas». El intento de forjar un eje entre la isla y la Argelia revolucionaria de Ben Bella, para mantener alejados a los países que luchaban por su independencia de la política de blóques sancionada por los acuerdos no explícitos entre la URSS y los EE.UU., y mantenerse alejados tam- bién de] conflicto chino/soviético.
El Che no era un teórico, se eleva- ba desde la practica para mejor com- prender los hechos y buscar resolver- los. Tal ves no conocía, pero ejercía como pocos, esa vieja máxima leni- nista, popularizada por aquellos años por el filósofo francés Jean Paul Sartre, « La teon’a nace de la acción y al mis- mo tiempo la enriquece».
Ernesto Che Guevara se anticipó a los acontecimientos y comprendió mejor que nadie que la revolución cu- bana encontraba límites a su autono- mía en las nuevas relaciones intema- cionales, y que a él mismo en el inte- rior de la revolución ya no le quedaban mayores espacios para forjar_un esce- nario de debate receptivo para sus ideas.
Hay en toda su concepción un hilo conductor, está tan alejado de la esco- lástica estalinista como del dogmatis- mo cuasi religioso proveniente de la URSS, y de la idea economieista del socialismo. La carta al director de Marcha de Montevideo, El socialismo y el hombre en Cuba, es por demás ejemplificadora. El Che expresaba una tendencia crítica al interior de la di- rección revolucionaria cubana, que dis- putaba entorno al modelo de construc- ción del socialismo en Cuba, y sobre el mismo curso de la revolución mun- dial. Tal vez aquí se encuentren mu- chas de las respuestas a los interrogan- tes que el libro no cierra, y para esto se apoyaba en el que fue y es aún el dirigente histórico de la revolución, por quién el Che profesaba un enorme res- peto y cariño, que seguramente hoy mantendría.
El año que estuvimos en ninguna parte. La guerrilla africana del Che, es un libro profundamente conmove- dor, hermoso y de lectura imprescin- dible para quienes hoy se acercan al conocimiento de la historia reciente de la lucha por el socialismo, y sobre todo para los integrantes de aquella generación que practicaron mas que emblemáticamente esa suerte de praxis guevariana: decir lo que pensaban y actuar según decían.
Eduardo Lueita.
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_REVISTA DE REVISTAS-
ALFAGUARA, Casilla Nro.1616, Correo Central, Montevideo. Nro.9, Mayo- Junio de 1995. USS 6. G.Chifflet: ¿Seguridad social o recorte de las jubilacio- nes?; V.Garcia Montecoral: Alerta a la población; G.Arce/J.R0cca/H.Tajam: El Mercosur después del Mercosur; J.A.Louis: China: de los guardias rojos a los yuppies; F.Moyano: Bandung cuarenta años; C.Offe: Partido competitivo e iden- tidad política colectiva; A.Gilly: Armas, anécdotas, ideas; M.Benedetti: Todos fuimos jóvenes; entre otros artículos.
CAPITALAND CLASS, CSE, 25 Horsell Road, London, N5 IXL. Nro.55, Spring 1995. Suscripción anual USS 33. G.Gall: The emergence of rank and file movement, the Comitati di Basi, in the Italian workers’ movement; J.Tittcnbrun: The ma nagerial revolution revisited: the case ofprivatisation in Poland; B.Ca rter: A growing divide: marxist class analysis and the Iabour process; R.Kiely: Marxism, post-marxism and development fetichism; P.Cockshott/A.Cottrell/ G.Michaelson: Testing rnarx: some new results from UK data; VRuggiero: Drug 'economics: a fordist model of criminal capital?; reseñas de libros.
CRITICA MARXISTA, Editora Brasiliense, Av.Marqués de Sáo Vicente, 1771, 01139-903, Sáo Paulo, Brasil. Nro.1, 1994. F.Jameson: Reificacáo e utopía na cultura de massa; C. Navarro de Toledo: A rnodernidade democrática da esquerda: adcus a revolugáo'k D.Saes: Marxisrno e história; J.Miglioli/ R.Antunes/ J.Gorender/J.P.Netto/J.Q.de Moraes/M.B.Navcs: Debate: O marxismo e a desagregagáo da Uniao Soviética; B.A.Sampaio/C.Frederic0: Marx, sociedade civil e horizontes metodológicos na Crítica da Filosofia do Direito; K.Marx: Maquinaria e trabalho vivo. Reseñas.
LINKS. International Journal of Socialist Renewal, Post office box 515, Broadway, NSW 2007 Australia. Nro.4, Enero- Marzo de 1995. USS 7. J.Petras/ H.Veltmeyer: The economic «recovery» of LatinAmerica; J.Cronin: Challengng the neo- liberal agenda in South Africa; B.Kagarlitsky: Letter lo South Africa; J.K.Sundaram: Lessons from East Asian NIC experiences; L.Andor: Capitalisrn in Eastern Europe; T.Krausz: The East European change of regimes; VKarunarathne: The left and the politics of nalionalism; J.A.Blanco: Third Millennium; J.A.Blanco: Cuba: the Jurassic Park of socialisrn?; M.Lane: The progressive movement in Indonesia; balance sobre las elecciones en Brasil, corr- gresos, etc.
NEW LEFT REVIEW, 6 Meard Street, London W1V 3HR, Inglaterra. Suscrip- ciones 26 libras o 47 dólares. Nro.209, Enero/Febrero de 1995. S.Hall: Negotiating caribbean identities; P.Linebaugh: Gruesome gertie at the buckle of the bible belt; P.Cockburn: Why the dernocrats lost; R.Walker: California rages against the dying of the light; F.Jameson: Marx’s purloincd letter; N.Geras: Language,
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truth and justice; F.Haug: The quota demand and feminist politics; E.Wilson: The rethoric of urban space.
UTOPIE CRITIQUE. Revue Internationale pour l’autogestion, Editions Syllepse, 42, rue d'Avron, 75020 Paris, Francia. 60 francos en Francia. Nro.5, primer trimestre de 1995: S.l‘-Ieym: Discours au 13e. Burrdestag; S.Benami: Voile et citoyenncté; D.Gallin: Nouvol ordre mondial et stratégie syndicale; S.Farber: Cuba, aprés la crise des réfugie’s; R.Charvin: Droits de l’I-Iomme, droits des peuples et embargo; T.Krausze: Changernerrts de régime en Europe de l’Est; R.Lew: Chine, «Socialisme réel» et espace pour l’auto-émancipation sociale; S.Johsua: Le contróle des sciences. Reseñas y documentos.
VIENTO DEL SUR. Revista de ideas, historia y política, Apartado Postal 70- 176, C.P.04510, Distrito Federal, México. Suscripción anual 30 dólares. Nro.3, Diciembre de 1994. A.Gilly/R.Roux: La crisis estatal prolongada; S.Rodríguez Lascano: Fin de época, principio de...; E.Nava Hernández: Pasarnontañas en tierra caliente; D.Hémery: Tristes trópicos. La historia de la naturaleza a través del espejo colonial; J.l-Iirsch: Estado nacional, regulación internacional y la cues- tión de la democracia; M.Dalla Costa: Capitalismo y reproducción. Documento: La larga travesía del dolor a la esperanza, Subcomandante Insurgente Marcos.
VIENTO SUR por una izquierda alternativa, Aribau 16, Principal 2da., 08011, Barcelona, España. 400 pesetas en España. Nro.17, Septiembre-Octubre de 1994. J.Machado/ P.Nogueira: Brasil, por que’ nos han derrotado; H. de la Cueva: Méxi- co, una ruptura interrumpida; R.Ivekovic: Ex-Yugoslavia, caza de la mujer; De- claración de Madrid por una convivencia equitativa y autónoma, en paz con el planeta; entrevista a J.M.Vincent: Liberar la producción, pero también liberarse de la producción; A.Artous: El hombre posrnarxista, según André Gorz; J.Slaughter: Sobreviviendo al toyotisrno; D.Bensaid: Los tormentos de la mate- ria; E.Tello: Comenzar de nuevo; F.Alvarez Uría: Delitos de máxima peligrosi- dad. Fotografía. Reseñas.
ACTUEIL MARX, Tesis 11 grupo editor, Avda de Mayo 1370, piso 14, of.355/56 (1362), Bs.As. Noviembre de 1994. Coloquio Internacional de La Sorbona: Nue- vos modelos de socialismo: J.Bidet: 10 tesis filosóficas sobre la noción de «mo- delos de socialismo»; J.Roemer: ¿Puede existir un socialismo después del co- munismo?; F.Block: Capitalismo sin poder de clase; D.Elson: Para la socializa- ción del mercado; T.Andreani/ M.Féray: De la autogestión al socialismo asociativo. Sobre América Latina: A.Kohen: Nuevos modelos de socialismo en Latinoamérica;A.Di Franco Palacios: La globalización del mundo;A.Gilly: Vien- to Sur: raices y razones. Debate entorno a «La utopía desarmada» de J.Castañeda. M.Sacristán: ¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI? y Ecología y política.
DEBATE MARXISTA, Casilla de Correo 4284, Correo Central, 100, Buenos Aires, Argentina. Nro.4, Noviembre de 1994. R.Astarita: Acumulación y crisis capitalista. Tendencias actuales; A.Oguiza: crítica a la mili-tancia de izquierda en el Frente Grande; E.Navarro: Lenin y el oportunismo; P.Bennetti: ¿Existe
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realmente un peligro de sobrepoblación en el pla ncta?; Soprano,G.F.: Toyotisrno: una nueva utopía del capitalismo.
DIALEKTICA. Revista de Filosofía y Teoría Social, Instituto de Filosofía, Fa- cultad de Filosofía y Letras-UBA, Puan 470, 4to. piso, 1604, Buenos Aires, Argentina. S 6. Nro. 5/6, Septiembre dc. 1994. Dossier: Los intelectuales y el poder; P.Pozzi/A.Schneider: Debatir la dictadura: la situación del proletariado argentino; E.Barcesat: Los juristas argentinos frente al poder; A.Plá: Los inte- lectuales y el estado; L.Vitale: La insurrección en Chiapas; Documentos sobre Chiapas; P.McCabe: Contrarreforma y poder estudiantil; S.Ziblat: La cuestión de la desigualdad en Rousseau y Hegel; M.Raffin: DDHH: Cómo quedar bien con Dios y con el Diablo; D.Viñas: David Peña entre la facultad y el teatro.
Reseñas y comentarios.
DOXA, Conde 1045, Dto.2, (1426) Buenos Aires, Argentina. Suscripción anual 324. Año IV, Nro.11/12, Otoño-Invierno de 1994. J.Bidet: El trabajo marca una época; E.Logiúdice: Lenin y el plan; O.R.Battistini: El poder del trabajo: una propiedad en disputa. Entrevista a A.Lipictz. Lipietz,A./Leborgnc,D.: Ideas fal- sas y cuestiones abiertas sobre el posfordismo; A.C.Dinerstein: Escasez y frag- mentación; L.Beccaria/N.Lópcz: Reconversión productiva y empleo en Argen- tina; J.Freyssinet: La ausencia de políticas dc empleo; H.Thomas: Escasez y generación de. tecnología. Libros y revistas.
EL RODABALLO. Revista de política y cultura, Corrientes 2548 3ro.»C», 1046, Buenos Aires, Argentina. S 7. Nro.1, Noviembre de 1994. Principales temas: B.deSantos/A.Guilis/H.Tarcus: Cerrtroizquierda ¿la estrategia de la ilusión?; E.Gruner/ N.Casullo/B.dc Santos/J.M.Pasquini Durán/L.Rozitchner: Política y terror; M.Lówy/J.Holloway/J.Petras: ¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?.
REALIDAD ECONOMICA, IADE, H.Yrigoyen 1116, piso 4, (1086) Buenos Aires,Argentina. Suscripcióa anual S75. Nro.131,Abril-Mayo de 1985. C.Lozano/ R.Faletti: El sistema monetario internacional y la crisis de hegemonía en los 90; C.Altamira: La primera gran crisis mundial capitalista del siglo XXI; J.Olivera: Teoría económica y sistema cooperativo; A.E. Calcagno/A.F.Calcagno: «La po- lítica económica neoliberal es la única posible»; A.Lipielz: El posfordismo y las nuevas restricciones ecológicas; L.M.Regueiro Bello: Integración latinoameri- cana; M.LKollmann/M.Radrizzani: Minería, tecnología y sociedad: el caso de Sierra Grande; y otros artículos.
TESIS 11 Internacional, Av.de Mayo 1370, piso 14. oficinas 355/356, 1085, Buenos Aires, Argentina. S 4. Nro.20, Enero- Febrero de 1995. Principales artí- culos: G.Waksman/M.Pereira/ D.Ast0ri, L.Seregni y M.Arisme.ndi (reportajes)/ D.Gatti: Uruguay: la izquierda puede! (dossier); A.Feverwerker: Brasil, nuevos caminos para llegar; J.M.Lanao: El triunfo de Cardoso ¿revive la social demo- cracia latirroarrrericarta?; S.Handall: El FMLN está en vísperas de la ruptura final; L.Martinez: Vietnam, el presente de un mito; A.Tourrainc: ¿Puede renacer el sindicalismo?; A.Kohen: Althusser: notas sobre la «tesis» de Marx.
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UN NUEVO PATRICIADO
(Ante la apertura y la publicidad de las maestrías ofrecidas por la Fundación Banco Patricios)
Numerosas y diversas señales nos ofre- cen a diario las evidencias de un alar- mante deterioro de la educación públi- ca argentina. La situación de la vida universitaria muestra los signos de un severo ajuste que. hace peligrar seria- mente su misma continuidad. En este marco, nos hemos visto sorprendidos por una inesperada decisión de un irn- ponante grupo de intelectuales cuyo compromiso con la defensa de la uni- versidad pública había encontrado, hasta ayer nomás, numerosas ocasio- nes de manifestarse : la de sumarse al diseño e implementación de una nue- va alternativa universitaria, formulada en el ámbito privado (más específica- mente : bancario) y dedicada a la ofer- ta de maestrías presentadas con el ame- no ropaje de la excelencia académica, la interdisciplina y los nuevos saberes, y la seducción de diversos “beneficios” y “credenciales”.
Se trata de prestigiosos profesores de la universidad pública argentina, ha- bituales defensores -p0r lo demás- de alternativas políticas “progresistas”, conocedores de las dificultades que la desigual capacidad de apropiación de los bienes reales y simbólicos acarrea para la democratización de una socie- dad. Nos cuesta comprender la deci- sión que han tomado. Es cierto que en la otra universidad (la pública, con la que se han lanzado a competir) los
mecanismos de discusión de una alter- nativa académica como la que se ofre- ce parecería n encontrarse sensiblemen- te adormecidos. Es verdad, asimismo, que muchos de los postgrados que. se ofrecen en diversas facultades de la UBA merecen una crítica puntual por su resignación frente a la lógica del mercado, por la aplicación de arance- les -que ellos también practican- y por sus pobres definiciones profesionales y teóricas. Pero ni son éstas las razo- nes que decidieron a este grupo de pro- fesores a dar este paso decisivo hacia la consolidación de un nuevo bloque político-cultural en las ciencias socia- les argentinas, ni eran tampoco moti- vos suficientes para declarar termina- da la posibilidad de seguir discutien- do, en el interior de la universidad pú- blica, alternativas académicas plurales, democráticas y críticas.
No cabe esperar de los cursos que han elegido ofrecer la corrección de las deficiencias de la universidad pública. Deficiencias que no desconocemos, pero que deben tratarse con un esfuer- zo de imaginación colectiva surgido de la propia universidad. El alto costo de estas maestrías no puede tener otro efecto -sumado al deterioro de las bi- bliotecas públicas, a Ia ausencia de be- cas de estudio en la universidad y en el país y a la desarticulación de los cerr- tros de investigación- que acentuar la
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brecha existente entre graduados y do- centes de situaciones económicas des- iguales. ¿No valía la pena el intento de organizar postgrados scntejantes, en la universidad pública, al alcance de la mayoría de sus graduados? Pero no es este notorio elitisrno económico el único que nos preocupa.Aél debe aña- dirse otro, de tipo académico-institu- cional, que -en el marco del creciente vaciamiento de la universidad que este paso que han dado los profesores que criticamos contribuye decisivamente a profundizar- no puede dejar de acom- pañar y complementar a aquél. Asisti- rnos al diseño de una nueva escena en las ciencias humanas y sociales argen- tinas. Una escena presidida por un nue- vo patriciado amurallado tras un den- so conjunto de peajes monetarios, aduanas institucionales y prestigios académicos ganados hasta ayer en el ámbito público y retaceados hoy a la alicaída universidad del estado en bc- neficio de la creación de un selecto ámbito de privilegios y desigualdad. La ruta por la que habrá de desa-
Rcvistas z Causas y ¡mares , ContraCara , Cuadernos del Sur , Diolrilrtica _. El Ojo Furioso , El
rrollarse la carrera académica del nue- vo patriciado ya ha sido elegida : no serán los ruinosos senderos del viejo estado, sino la rápida autopista ofreci- da por un banco moderno y pujante. Camino, sin duda, más ágil y con me- nos baches. Los futuros maestros egre- sados del edificio de Callao y Sarmien- to podrán tnañana -si lo desean, si aún tiene sentido- tomar por asalto, y munidos de certificaciones académicas cuyo valor nadie estará en condicio- nes de negar, las cátedras de la univer- sidad pública a cargo de profesores cuyo sueldo es, en promedio, algo menos que la cuarta parte de la matrí- cula de las maestrías en cuestión. La modernización conservadora habrá lle- gado por fin a los destartalados claus- tros públicos bajo la impronta de la ac- tualización de. los saberes por los irn- perativos del mercado y de las modas, nueva forma fugaz que tiene hoy la cri- sis de las ciencias humanas. Del bello no lo hubiera hecho mejor.
Mayo de 1995
Ojo Macho _, El
Rodoballo , En Clave Roja _. La Grieta (La Plata) , Sociedady Utopia .
Ahrcgu, Martín;Alzueta, EstebanrAngel, Raquel;Arena, Natalia;Argumcdo.Alcira;Aruj. Roberto; Babihi, Laura: Barca, Nicolás; Bayer, Osvaldo; Belvcderc, Carlos; Bonavcna, Pablo; llonncl,¡\lhcrto: Honvecchi,A|cjandrn; Bulncio, Julio; Butti, Daniel; Cnl‘fasi, Emilio; Capriala, Alejandra; Cast-lla. Karina: Castillo, Christian: Cernudas, Jorge; Christianscn, María Luján; Conrado, Horacio: Curtis Rocca. Paola: Crislol'alo, Américo: Crocc. Marcela; De Santos, Blas; Del Cerro. Laura; Del Valle. Ubaldo; Diccione,Andrea; Díaz; l" ' ' Dri, Rubén; Farinclti, Marina; Fernandez Miguez, Javier: Ferrante, Patricia: Ferrer, Christian; Filippa,Ana, amarnik, Cora: Gándara. Santiu- go; Guwensky, Ana; Gilabert, Pablo; Giunta. Andna; Glavieh. Eduardo: Gómez. Gabriela: González, Horacio: González: Verónica; Graziano, Margarita; Crimson, Alejandro; Griiner, Eduardo; Guillis, Alberto; Gutiérrez, Ricardo: Hall, Valeria; Herrero, Liliana; Jaroslavsky, Jorge; Kang, Jun lla: Kohan, Néstor; Korn. Guillermo; Lamas, Ernesto; LelT, Laura; Longoni, Ana; López, María Pía; López Seoane. Silvana; Lorenzo, María; Mauñon, Mariana; Maggiolo, Eduardo; Mancuso, María; Maneim, María; Mangone, Carles; Maqueda, Guillermo; Martínez, Facundo; Martínez Mazzola, Ricardo; Martina. Silvia: MeCube, Patricio; Méndez, María Laura; Ménclcr. Silvia: Merklen. Denis; Mcsllnan. Mariano; Molina y Vedia. Juan; Montalhan,Alejanrlro: Morelli, Gloria; Murillo, Susa- na; Nahmias, Jack: Nurio, Agustín; Nazrr, Hernán; Nieves, Fabián; Niro, Claudio; Noti, Ariel; Paiva, Roberto; Pascual. Martín; Peláez, María Gabriela; Perusscl. Marcelo: Peschevi, Gabriela; Quiroga. Jorge; Rinni, Ellllll" (lo; Robles, Horacio; Rodríguez, Esteban; Rodríguez Garro, Gerardo; Rosenberg, Martha: Scurfo. Daniel: Schmidt, Esteban; Schoklender. Sergio: Schonfcld. Lucila; Secrlcría (le I)Dllll del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA; Tareas, Horacio: Terrcro, Patricia; Valiente, I-I -l jue: Vallejo, Jimena; Vasco Martínez, Juan carlos; Vernik, Esteban; Versino. Mariana; Villarejo, Manr - V‘ nucl, Fabio; Viñas. Da- vid; Vivori, Claudio; Wainszlok, Carla; Warle)’. JorgcflVincr, Federico; Yuhlon. Arlcl: anlocclli, Verónica: Zorro Vidal, Ricardo.
136 Junio de 1995
II SEMINARIO INTERNACIONAL EL NUEVO ORDEN MUNDIALA FINES DEL SIGLO XX EL SOCIALISMO COMO PENSAMIENTO Y PERSPECTIVA 19 AL 21 DE OCTUBRE DE 1995 Auspician:
Facultad de Humanidades y Artes - UNR Facultad de Ciencia Política y RR ll- UNR ORGANIZAN Escuela de Historia - F.Hy A.
Centro Hacer - Cuademos del Sur
. Actuel Marx - Centro de Estudios de Historia Obrera
TEMARIO I - El nuevo orden mundial * Neoliberalismo y nuevas situaciones económicas y político sociales. * Nuevas categorizaciones: las bases teóricas y los proyectos políticos. * El debate entre marxistas y el centro-izquierda.
II - Las experiencias de América Latina * Las nuevas fuerzas sociales en los procesos de cambios latinoamerica- nos. * Las experiencias electorales en los años 90: Chile, México, Brasil, Uruguay Argentina, Perú, Nicaragua, etc. * El socialismo y la experiencia histórica en América Latina * Elecciones, democracia y dictaduras.
III - El socialismo
* La historia del socialismo en el siglo XX y la crisis de los modelos
socialdemócratas y stalinista. * Las teorias de la transrcron, la democracra socralista y el estado en la
concepción socialista. * El porvenir del socialismo como proyecto político y como teoría de liberación a nivel internacional.
El seminario contará con panelistas invitados pero es de carácter abierto. Las ponencias no deberán exceder de 20 carillas (incluyendo notas). y deberán ser acompañadas por un abstracs de una página. Debiendo ser presentados como último plazo cl 30 de septiembre de 1995 y remitidos a:
Facultad de Humanidades y Arte Escuela de Historia Entre Ríos 758 - (2000) Rosario Argentina Los ponentes contarán exclusivamente con 15 minutos para su exposición, pues es de interés de los organizadores posibilitar el debate entre los asistentes.
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