Sociedad-Econom¡CI-Política.

uadernos

del ¡El

1976 24 de Marzo 1996

20 AÑOS

“no ESPUÉS EDUARDO GRÚNER: Sobre la culpa y la vergüenza. TFLORESTÁN FERNÁNDEZ: Revolución, un fantasma que no fue conjurado. TDA-

NIEL BENSAID: Francia. La contran‘evolución liberal y la rebelión po- pular. TJOHN HOLLOWAY: La Osa Mayor: Posfordismo y lucha de cla- ses. fBOP JESSOP: Osos polares y lucha de clases. TROLANDO ASTARITA: La importancia revolucionaria de la concepción de la “Lógica del capital”. TEZLN: Primer Encuentro Intercontinental por la Humani- dad y Contra el Neoliberalismo. fALBERTO J. PLÁ: 125 años de La Comuna de París. fRESEÑASTierra y LibertadUna mirada radicalmente solidaria.

Trerggfiuego

Giademos del Sur

AÑO 1: - N9 21 Mayo de 1996

Tierggffuego

Consejo Editorial

Argentina: Eduardo Lucila ," Roque Pedace / Alberto Plá / Carlos Suárez

Brasil: Enrique Anda / l’loreslán Fernández [1920-1995]

Bolivia: Washington Eslellano

Chile: Alicia Salomone

Perú: Alberto di Franco

México: Alejandro Dabal / Adolfo Gilly / Alejandro Gálvez C. / jose María Iglesias (editor)

Escocia: john Holloway

España: Daniel Pereyra

Francia: l-lugo Moreno / Michael Lüwy

Italia: Guillermo Almeyra

Rusia: Boris láagzu'litsky

El Comité Editorial está compuesto por los miembros del Consejo Editorial residentes en Argentina.

Colectivo de Gestión

María Rosa Lorenzo / Alberto Bonnet / Roberto Tarditti / Mariano Resels / Gustavo Guevara ,l’ Cristina Viano / Eduardo Glavich ,r' Leónidas Cerruli V/ Rubén Lomno

Coordinación artística Juan Carlos Romero

Los trabajos reproducidos en este número forman parte del lihro XX años (1976-1996) 36] imágenes (milru. los crímenes de ayery hay, realizado en Buenos Aires, en marzo (le 1996

Cuadernos (la! Sur, número ‘21 Publicado por Editorial Tierra del Fuego Argentina, mayo de 1996

Toda correspondencia debera dirigirse a: Casilla de Correos n‘—’ l67, (i-B. C.P. 1406 Buenos Aires, Argentina

Índice

EDITORIAL 24 de marzo. Veinte años después 5 EDUARDO CRÜNER La cólera de Aquiles. Una modesta 9 proposición sobre la Culpa y la Vergüenza FLORESTÁN Revolución: un fantasma que no 35 FERNANDEZ fue conjurado DANIEL BENSAID Francia: la contrarreforma liberal 43 y la rebelión popular jOHN HOLLOWAY La Osa Mayor: posfordismo 53 » y lucha de clases. Un comentario sobre Bonefeld yjessop BOBJESSOP Osos polares y lucha de clases: (57 mucho menos que una autocrítica ROLANDO La importancia revolucionaria 97 ASTARIT A de la “lógica del capital” para la estrategia socialista EZLN Encuentro Intercontinental 121 por la Humanidad y contra el Neoliberalismo ALBERTO j. PLÁ 125 años dela Comuna dc París 126 RESEÑAS Tierra y libertad. Una mirada 131 radicalmente solidaria REVISTA DE REVISTAS 135 Cuadernos del Sur 3

Miguel Ángel Cabezas

4 Mayo de 1996

1976 24 de marzo

Vein e años después 1996

urante el mes de marzo pasado una multiplicidad de actos, movi-

lizaciones, descubrimientos de placas recordatorias, clases cn ins-

tituciones educacionales, minutos de silencio en las canchas de

fútbol, mesas redondas, actos callejer0s, de repudio a los victima-

rios y de homenaje a las víctimas, se desplegaron por todo el país buscando reconstruir los lazos y mecanismos sociales que vinculan a la expe- riencia actual con la de generaciones anteriores.

Pero fue en los días 21 a 24 —inicio de la ronda de las Madres, festival de Rock para Contar, Marcha de Antorchas y multitudinaria concentración final- que el centro político del país resultó desbordado por un sujeto social colectivo de múltiples características. La virtual ocupación de la mítica Plaza de Mayo resolvió a favor de quienes reclaman verdad yjusticia lo que en los días previos se vivió como un territorio en disputa con el Gobierno Nacional.

Veinte años después de que la sociedad argentina se viera sometida por una dictadura militar que llevó al paroxismo la persecución política, la cárcel, la tortura, la desaparición de personas y el envilecimiento humano, la lucha contra el olvido y por la recuperación de la memoria adquirió una dimensión y profundidad que sobrepasó todo Io anterior.

No ha sido esto producto de la espontaneidad social.

El golpe de 1976 se constituyó en el momento culminante de un largo proceso histórico. en que militarismo y golpismo se conjugaban periódicamen- te en los intereses concretos del poder real para conjurar la irrupción de los sujetos sociales colectivos, que una y otra vez intentaban constituir un nuevo bloque de poder, impugnando el orden de cosas existente.

Nuestras clases dominantes y su Estado son portadoras (le una larga tradición de represión y coerción —cualquier revisión histórica por superficial que esta fuere lo pondría rápidamente en evidencia—, pero nunca como en el período 1976-1983 se alcanzó Io que ahora conocemos como terrorismo de Estado. Nunca como entonces se llegó al nivel de exterminio de todos aquellos

Cuadernos del Sur 5

hombres y mujeres que, por distintas vías y senderos, con diferentes formas y organizaciones politicas y sociales, luchaban por una vida mejor, por otra cultura, por una sociedad sin explotación ni opresión, por cl futuro...

Como en otras oportunidades, como cada vez que la crisis de gobernabili- dad aparecía en el horizonte inmediato, las caras públicas del golpismo recurrieron a la necesidad de “poner orden" en el desorden de la Sociedad civil, en frenar la “guerrilla industrial” eufemismo vulgar para deslegitimar el poder del trabajo en las fabricas, en “reconstruir” la Nación asediada por organizaciones revoluciomirias que ponían en duda la capacidad operacional de las FFAA.

Ocultaban asi que en Iabase de estos cuestionamientos se encontraba la crisis del capitalismo local inserta en la crisis y la recesión prolongada mundial. Se trataba del agotamiento de un ciclo histórico y el consiguiente estallido de las alianzas de clase constituidas en todo el extenso período anterior, lo que dejó al descubierto los límites del modelo de desarrollo, de las estructuras y de las formas tradicionales de la dominación social. Las clases dominantes iniciaban así su propia búsqueda del nuevo bloque de poder que resolviera la crisis de hegemonía que durante décadas se desenvolviera en su interior.

Algo que recién consolidarian a partir de 1991, en el gobierno peronista actual con la implantación del Plan de Convertibilidad y la profundización de las políticas del ajuste estructural.

El golpe de 1976 y las consecuencias sociales que desencadenó resultaron la precondición necesaria para el desarrollo de un programa económico-social que, liderado por las corporaciones financieras transnacionales y el gran capital nativo y extranjero, contó con apoyaturas políticas provenientes de los partidos tradicionales y el aval y participación inexcusable de la Iglesia Católica que brindó cobertura moral a los métodos empleados.

Este programa contenía una fuerte variable política: la ofensiva generalizada y sostenida del capital sobre el trabajo, que se abatió sobre el conjuntoy'de conquistas que los trabajadores habían alcanzado a través de generaciones. La misma, profundi7ada, continúa hasta hoy, imponiendo una correlación de fuerms sociales totalmente funcional a las necesidades de la acumulación capitalista y a la nueva configuración del poder.

l’ero si en estos veinte años el programa se ha desplegado sin solución de continuidad, en los que van desde 1983 hasta nuestros días, años de recupe- ración democrática y del ejercicio de las libertades públicas, ha avanzado, ahora legitimado por la democracia representativa, por los espacios que fue obligado a ceder el movimiento obrero y popular.

Y no sólo en el terreno económico y político.

6 Mayo de 1996

Toda una ope. ación ideológica orientada a borrar la memoria colectiva, a romper esos mecanismos sociales que ligan el pasado (le los individuos con el presente, fue puesta en marcha en forma paralela. Es posible reconocer en las diversas medidas adoptadas por el poder político (instrucciones del PEN a los fiscales; leyes de l’unto Final y Obediencia Debida, Indulto, reconocimiento de legitimidad a Ia lucha amisubversiva), distintos momentos en la instrumen- tación de esta verdadera “tecnología del olvido", que se instala bajo la forma de amnesia. Como abolición de una memoria. .

Pero no se trata de cualquier memoria, sino (le aquella que en su extinción lleva a despreocuparse de los hechos acontecidos. Se impone así una prescrip- ción que pretende reconstituir una continuidad como si nada hubiese ocurri- do. Una constitución (¡el olvido que es a la ver. (.‘orr/ormacío'n de una memoria cívica vigiladal

De ahí que las expresiones que dan cuenta de los acontecimientos politico- socialcs (le la decada del 70 como una “guerra en tre aparatos armados" o como parte de una lógica asentada en “la violencia irracional", sustento de la llamada “teoría de los dos demonios", aparecen levantadas como obstáculos para la cornprehension y el reconocimiento (le la totalidad de la fuerza social que estuvo desplegada en aquellos años.

Ia diruensión del aniquilarniento, y la meticulosidad operativa que implicó la metodologia de la desaparición de personas, permiten considerar como valida una lectura que ponga (le rnaniliesto la importancia qu'e había adquirido la red de articulaciones sociales y políticas, que aceleradamente se estaban construyendo en los distintos espacios de confrontación (fábricas, barrios, universidades, centros de producción y extensión cultural, etc.) que cuestiona- ban moral y materialmente el ejercicio del poder de las clases dominantes.2

Esta operación ideológica trata de conjugar olvido, de la política de aniqui- lación, con memoria, de lo terrible, de lo siniestro, como un dolor que permanece y se extiende, con la capacidad de construir testigos mudos de lo ocurrido, detentadores de una culpa... y de una deuda.

Esta forma (le terror, que significa la culpabilidad de las víctimas. encubierto en estas formas democráticas, se rrraniliesta crudamente en el sur del país donde quienes mataron a un obrero metalúrgico que reclamaba por su fuente de trabajo son puestos en libertad, mientras que cinco dirigentes rnetalúrgicos, compañeros del anterior, están siendo procesados.

l (lomo señala Nicole Louraux en De la amnistía a su contrario.

9 . . , , . . . .

- Tal la acertada aprecracron de Ines Izaguirre en Los desapareculos: recuperaron de una identidad apropiada

Cuadernos del Sur 7

Sin embargo aún en el marco de relaciones de fuerzas muy desfavorables el movimiento social y político da muestras de reacción y resistencia en las manifestaciones que aisladas y dispersas se desarrollan por todo el país, en las marchas civiles por el asesinato dejóvenes, en los síntomas de desobediencia civil que surgen en distintos conflictos por causas locales, y en la persistencia y continuidad (le los organismos de derechos humanos, particularmente de tlladres..., pero también en la reciente formación de HUOS, por la identidad y la justicia, contra el olvido y el silencio, cuya constitución es emblemática del proceso (le transferencia generacional que estamos transitando.

Precisamente el mayor obstáculo que se presenta para la política de las clases dominantes, es la instalación del no olvido, que impide la constitución de determinados pactos —cornplicidades entre sectores de la sociedad civil- para borrar los hechos recientes, como forma de “desaparición”, ya no de cuerpos sino de acontecimientos históricos.

Así como desde el poder se intenta la construcción del olvido y de una suerte de memoria subordinada, desde la conciencia crítica de lo que se trata es de alirmar una memoria que se despliegue activamente, que se instale en el no olvido, en Io contrario de la amnistía, fundamentalmente en lo que esta última tiene de amnesia.

En rigor que so'lo se olvide el olvido.

Colectivo de Gestión Buenos Aires/Rosario, abril de 1996

8 Mayo de 1996

a era de Aqui es

Una modesta prop031c1ón sobre la Culpa y la Vergüenza"

Eduardo Grüner

Sobre la casa (le los Labclacidas veo acumularse antiguas desgra- cias, cayendo las nuevas sobre las desgracias (le los fallecidos, sin quejamzís una generación exima a la siguiente: los abate un dios, y no hay liberación posible.

Sófocles, Anh’guna

La mayoría (le las veces son muy negligentes en hacer las confesiones como hay que hacerlas, (le suerte que se confiesan mas por una cierta costumbre que por el conocimiento que tienen (le sus pecados o por un deseo (le enmendarse.

Carlos Borromeo, Instrucciones a los confrsores

l dificil y dramático mensaje que deseo hacer llegar a la comunidad argentina busca iniciar un diálogo doloroso sobre el pasado que mmca fue sostenido y que se agita como un fantasma sobre la conciencia colectiva". Esto empezó dicien- do el general Balza, en un tiempo nuevo del que lo menos que puede decirse es que no por creer que cl pasado (¿o es cl diálogo? la ambigüedad que auton'za la redacción descuidada se muestra propicia- toria) nunca fue sostenido (¿por quién?) deja de sostener opiniones sobre él, opiniones que afectan nada menos que a los fantasmas de la “conciencia colectiva”. El deslizamiento cuasijunguíano —que en breves líneas pone en juego toda una interpretación de la historia- y cl tipo de trascendencia (porque trascendencia, sin duda la tiene) que cl poder en sus distintas instancias —que no son siempre “gubernamentales"— le ha asignado al mensaje, nos obliga a hacer de receptores —en el sentido,

* Una primera versión (le este trabajo lue publicada en la revista ConjeluraL núm. 31, septiembre de 1995, Buenos Aires.

29

Cuadernos del Sur

inevitable, de devolverselo al emisor de manera invertida- y a tomarnos en serio, aunque sea al precio de largos desvíos, dos palabritas: la palabra "l'antasma" tal como Balza la pronuncia, cs decir en toda su dimensión hutórica, y la palabra “confesión”, que Balza no pronuncia pero que ha sido pronunciada hasta el hartang por esa conciencia colectiva sobre la que la otra palabra se agita, para calificar la catarata de basura que se ha precipitado —con mayor empeño del acostumbra- do- desde nuestros televisores, a partir de los lloñqueos obscenos del capitán Scilingo. Desde luego, que el autor de lo que sigue necesite tanto desvio para emitir sus propias opiniones puede ser tomado como un simple propósito de cortesía que evite traducir su indignación en simple y soez puteada. Pero no obliga al lector a reciprocidad alguna.

Los fantasmas —por lo menos en su sentido siniestro- son, en la historia de la cultura, un invento relativamente tardío: en la Grecia antigua —esa pequeña roca viva que pensó casi todo lo que es pensable sobre casi todo lo que puede ser pensado—, parece ser que la idea de que los muertos retornen como seres opresivamente espectrales para exigir-les a los vivos cuentas por sus actos pasados no empieza a despuntar hasta los grandes trágicos: no es que antes, ya desde la era arcaica y su herencia oriental. no existiera el concepto de un “alma” que, como aliento vital, sobrevive al cuerpo del cual se ha desprendido (este tema es, por otra parte, una constante de todas las sociedades conocidas). l’cro todavía en Homero la [nyc/¿é es apenas mas terrorifica que ese [mmmm cuya liviandad comparativamente amable queda depositada en el Hades sin emrometcrse en la vida de los hombres ni de la polis: es más bien a los dioses —a su capn'cho incontrolable, a su cruel arbitra- riedad- a los que hay que temer: capaces de envidia y de lubrico sadisnio, ellos no permitirán jamás la felicidad total de los hombres, pues esto sería un pecado de hybris, un “exceso” y una soberbia intolerables para el orgullo divino. Pero alrededor del siglo V a. c. (en la época de la invención de la democracia, de la filosofia socrática, de la estilización del mito en la tragedia) cierta “moralización” de los dioses viene compensada por la fantasmatización de los espíritus: intermediario entre la cólera del dios y la venganza del muerto, el fantasma —a veces corppn'zaclo en la En'nia que acosa a los vivos y les “chupa la sangre”- moldca el destino de los vivos, su moim personal, y, lo que es más

10 Mayo de 1996

importante, lo hace desde admiro, se incm‘pm‘a al vivo, en el sentido fuerte de que pasa a formar parte de su cuerpo, como un antecedente lejano de la “posesión-demoniaca” que tanto ocupó y preocupó a la Edad Media. En la tragedia, la antigua doctrina de la inleivenrión psíquica, de la dependencia indefensa del hombre respecto de un poder sobrenatural arbitrario, adquiere un nuevo acento de desesperación, un énfasis amargo en la futilidad de los propósitos humanos.l Desde entonces, la fuente de tntestro terror es interna (si bien habrá que esperar al pensamiento judeocristiano para qtte también lo sea su origen): ya no se trata de una [nyc/té ajena a nuestro cuerpo, de una vaga amenaza exten'or: ya Sófocles puede hablar de una Erinia en el cerebro de los hombres: ahora nuestro cuerpo vive Una atnorosa relacion de intimidad con el espanto, en la que el cuerpo tnismo es la prenda, el rehén de una amenaza que puede hacerlo estallar ante cualquier contingencia, y su laceración es el precio de la promiscuidad con lo fantasmático: los ojos de Edipo deben ser arrancados porque. se han vuelto con demasiada curiosidad hacia su propio interior. y allí ha encontrado no la sabia clariviclencia del ciego Tiresias, sino el cuerpo horroroso que él ha matado, creciendo dentro de el, haciendose carne en el para recordarle que sigue siendo la carne de la cual provenía. l’ero, en todo caso, Edipo es culpable directo. La época clásica dará un paso mas con la idea de la Nemesis, por la cual la maldición de los muertos cae también sobre sus herederos moralmente inocentes, bo- rrando la distinción entre culpa y responsabilidad.

.-\ propósito de esta “inleriorización” de la amenaza espectral, los antropólogos hablan de un pasaje de la cultura de la Vergüenza a la cultura de la Culpa. La cultura de la Vergüenza impone un obrar acorde a las leyes de la Ciudad. y no a un sentimiento individttal o subjetivo: el heroe homerico —pongamos: Aquiles- no está tnenos sometido qtte el heroe trágico a los designios del destino, pero no actúa itnpulsado por motivaciones psicológicas, o por la búsqueda de felicidad, sino por ¡ají/mm. en el buen sentido de que el desempeño de la función que le ha sido asignada por el orden sitnbólico de la [In/is debe estar a la altura de la opinion pública que sostiene dicho orden, v la única autorizada para pedirle cuentas de sus actos.

lil heroe o la heroína tragicos, por su parte. estan desgarrados entre las exigencias exteriores de la dom y las dc los espectros qtte crecen dentro suyo, y que le demandan que vaya hasta el linal en la búsqueda de la causa. aún sabiendo que la partida está perdida de antemano: el

Cuadernos del Sur ll

combate entre Antígona y Creonte ilustra acabadamente los conflictos de la transición entre la cultura de la Vergüenza y la de la Culpa. Un conflicto que atañe, es evidente, a la cuestión del duelo: no puede haberlo en la confusión o la duda; es necesario ontologizar los restos para que ellos no sean la carroña de los fantasmas de la culpa: volverlos presentes, representables, identificar los despojos, localizar a los muertos. Un conflicto que, presumiblemente, anida en la subjetividad atormentada de todos los espectadores, que podrian estar —si una contingencia actua- lizara la potencia de su destino haciéndola necesidad- en el lugar del héroe trágico. De alli la funcionalidad de la katharsis, de esa “purgación” de la posibilidad de una contaminación universal (miasma) que expulse las heces fantasmaticas nuevamente al exterior, para que muertos y vivos reencuentren sus lugares en un orden restaurado. Es cierto: la participación catártica tiene también la función de “socializar” la culpa, de despertarla de su sopor en el espectador. Pero su sabiduría aristoté- lica consiste en distinguir la culpa potencial de la culpa actual (actuada): por eso logra resguardar su carácter politico, y el carácter público del castigo. Un carácter tendiente a evitar que el sentimiento de responsa- bilidad individual introducido por la cultura de la culpa se transformara en un fantasma universal de contaminación de todos los miembros de la polis: que sus cuerpos fueran invadidos por un terror igualador que proviene de su inten'or. La culpabilidad trágica todavia conserva ese rasgo de vergüenza social tributaria de la constitución del “superyo cultural” que Freud intentó rastrear desde Totem y tabú hasta El malestar en la cultura. La catarsis, por lo tanto, no es confesión personal: es conocimiento y discritninación colectiva por medio de la participación activa en los conflictos de la polis tal como los re-presenta la tragedia. Otra vez: será la secuencia pecado / confesión / arrepentimiento, introducida por el cristianismo en cierto estadio de la historia, la que, en el espacio de la cultura, logre la hazaña de transformar la responsa- bilidad individual en el fantasma intimo de la culpa ptivada, sin posibilidad de discriminación entre el terror público y el que proviene del propio cuerpo. El pecado cristiano, a diferencia del miasma clásico, no es tanto hereditario como “original”, y sobre todo es una condición de la voluntad: una enfermedad de la conciencia íntima del individuo.

El tnovimiento de “despolitización” psicológica involucrado en el monoteismo cristiano —su ruptura de la “bella totalidad” clásica, que evoca Hegel- es, desde luego, profundamente político. Más aún: se puede decir que es la política tal como la conocemos hoy, que encuen-

12 Mayo de 1996

tra un nttevo fundamento en la religión: en un re-ligare de nuevo tipo entre los sujetos, en tanto estos ya no se deben a la polis (espacio de inclusión de los dioses) sino a una idea trascendente. Mejor dicho, en el cristianismo, a una imagen trascendente que, como itnagen del Otro absoluto, hace de Tercero garante de que el lazo entre los sujetos no será puramente especular: Dios (y luego el Estado, cuando se produzca la separación entre la teología y el derecho) es el espejo trascendente en el que los sujetos hacen coincidir su cuerpo con su imagen, y es la distancia absoluta con El, mediatizada por la t'epresentabilidad de Su ausencia. la que instituye al sujeto político como inseparable —en tanto lógica de su constitución- del religioso? Pero la condición de esa eficacia instituyente es la duplicación del amor del sujeto por mismo en amor a Dios (y luego al Estado, íntimamente ligado a Dios desde Constantino), sin el cual se rompería el lazo que lo mantiene unido al Garante a través de la red simbólica de las instituciones (la Iglesia, el Gobierno), y también a través de las generaciones. La ruptura del lazo puede ser la precipitación en el espanto del propio cuerpo poseído por sus espectros internos, a los que es necesatio disciplinar periódicamente mediante la renovación del lazo de amor con el Otro: la con/asian, institttcionalizada como obligación al menos anual por el IV Concilio de Letrán (1215), es el principal de esos recursos de renovación atnorosa (replicada en el plano esttictamente político, según las épocas, por el juramento de fidelidad al rey o por el voto ciudadano):3 ¿es azaroso que también de esta época (fines del siglo XII y principios del XIII) date no sólo la invención eclesiástica del concepto de Purgatorio (¡la purgación, todavía!) sino asimismo el gran movimiento de reinter- pretación del derecho romano que por un lado abre a la Iglesia pontiftcia su gran carrerajurídico-política, y por otro inicia la corriente de racionalización y “modernización” político-cultural que producirá, entre otras cosas, la noción de contrato? No podemos saberlo: baste por ahora la constatación de esa coincidencia, en la que tenemos derecho a sospechar las distintas vertientes de un dispositivo de indivi- dttación basado en el lazo amoroso personal con la imagen del poder trascendente.

Es interesante que el decreto sobre la confesión dispare un gigantes- co y complejísimo debate entre los llamados “laxistas” y “rigoristas”, a propósito de si para la administración del perdón basta con el mero acto "negativo” de la atrición (confesión y arrepentimiento motivados por el temor al castigo), o es exigible el acto “positivo” de la contrición

Cuadernos del Sur 13

(confesión y arrepentimiento motivado por el amor a Dios): ¿un nuevo avatar del repetido pasaje entre la Vergüenza y la Culpa? Y es intere- sante asimismo que los “laxistas” —finalmente triunfadores en el debate, sin mengua (le qtte su 'blandura" echara mano de la Inquisición cuando hiciera falta: aconsejaran al confesor ponerse en el lugar del penitente, mostrarle qtte el propio confesor es un pecador semejante a él, hablarle dulcemente al principio para evitar que la vergüenza de confesar los pecados más veniales lo inhibiera de ir “hasta el fondo" de su alma en busca de la gran culpa. Y es interesante que esta postulación de una semejanza (traduzcainos: este llamado a la identificación, aún en el sentido más vulgar) se haga en nombre de una “seguridad” que se le debe hacer sentir al penitente: seguridad, o probabilidad de ella, en cuanto a la absolución, pero en primer lugar en cuanto a la garantía del secreto de la confesión: es decir, en cuanto a la reducción de la vergüenza pública a culpa privada, a drama íntimo que no tiene por qué ser escuchado por otro que el Otro, a través de los discretos oídos del confesor. Y es interesantísimo, finalmente, que los laxistas reco- mienden al confesor el equilibrio entre bondad y firmeza que es propio de un buen “padre”: la identificación permite la confidencia, y el perdón se condiciona al “poner límites” que recomienda la mejor pedagogia moderna.

En todo caso, tanto el temor como el amor declarados en la penum- bra íntima del confesionario, remiten a la necesidad de una reconcilia- ción —por lo tanto, una aceptación de su presencia inexitable- con los fantasmas internos, a un reacomodamiento del cuerpo que responda a la demanda de amor hecha por el poder: no hay aquí “subjetividad colectiva” alguna que haga la catarsis pública del terror; sólo la palabra más personal que puede haber —la confesión de amor incondicional al Otro absoluto- puede conjurar la amenaza de los muertos que exigen reparación. La identidad entre el “superyo cultural” y el “individual” queda consag'ada, y se puede hipotetizar qtte ella abre el catnino “superestructural” (que no podrá ser recorrido totalmente hasta la Modernidad, es decir hasta el triunfo de la sociedad llamada burguesa) para lo que se suele llamar la privatización del hombre público.

II

La sociedad argentina hace mucho tiempo que está acechada, vigilada, administrada por fantasmas. Como diría un barbado pensador decimo-

14 Mayo de 1996

nónico que hoy es infrecuente icitar, “muchas generaciones de muertos oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Los fantasmas. como se sabe. son siempre el testimonio de una falla en lajusticia: desde el fantasma del padre de Hamlet a los que, siempre segun aquel barbado innombrable, recorrían Europa en I'll-‘18,4 lo espectral es la memoria insistente de lo injusto y de lo ilegítimo: es la herida abierta en el universo simbólico de la polis, por la cual se cuela lo real de una permanente amenaza del acontecimiento histórico al orden eterno y estático de las cosas. Cuando la sociedad se resiste (aunque sea porque intuye que no puede) a cerrar aquélla herida, es tarea del poder procurar la sutura imaginaria. ideológica, que deslize el dolor hacia el sueño dulce del Ohido, que reconcilie a los sujetos con esa ne'mesis tan fatal como la Historia misma. Nuestra tímida hipótesis es que el poder, en la Argentina de hoy, esta intentando esa sutura mediante una practica disciplinaria y un género literatio: la práctica performativa de la palabra-acto que se enuncia (o por lo menos que se interpreta en la "conciencia colectiva") como con/esión, el género del relato autobiogra- ftco o psicológico. Ambos, en su tnutua complementariedad, estan desde luego leios de ser un invento argentino contemporáneo. Por lo menos desde San Agustín hasta por ejemplo Rousseau, las “confesio- nes" literarias fueron. entre otras cosas, un bucn pretexto para subjeti- vizar por la vía de la voz individual una concepción pretendidamente universal o universalizable del mundo y de la Historia. Ya veremos cómo las confesiones del general Balza pueden aspirar a inscribirse, con la modestia del caso, en esta tradición vencable. Por ahora me interesa subrayar lo siguiente, que ya hemos insinuado en el acapite anterior: la practica disciplinaria de la confesión seguida de arrepenti- miento. _v la forma narrativa que le corresponde. introducen una diferencia decisiva en la historia de la subjetividad occidental. En efecto. en el relato arcaico. en el mito, y todavía —aunque mas estetizadamente. como acabatnos de ver- en la tragedia griega clasica con su noción de. ¡cat/¡amic el acontecimiento que supone la transgresión de la prohibi- ción mayor (desde la prohibición del incesto al cn'men contra la legalidad divina), este odio furioso que empuja al Cosmos a la posibili- dad fantasmática de un retomo al caos, este furor o desenfreno abismal es ya el rasgo monstruoso qtte designa la pertenencia al caos, y este sólo puede ser evitado mediante una reparación del Orden perdido acepta- da. consensuada v llevada adelante por la polis en su conjunto en tanto soporte legitimador del Orden: la reparación, la reconsttucción de la

Cuadernos del Sur t

U1

Verdad rasgada por donde se ha introducido el fantasma del caos, es exteriorizada y colectiva, por lo tanto politica. Con la introducción por el cristianismo del relato confesional, la reparación de la culpa se hace interior, se individualiza, se despolitiza, en el sentido de que ya no es la polis la que disciplina al transgresor, sino que cada individuo se disci- plina a mismo, en un acto sin duda tnediatizado por reglas e instituciones pero esencialmente íntimo y privado: ya no restaurando el orden del Cosmos, sino el de su autobiografía. El paso del carácter coral y del significado colectivo de la tragedia a la intimidad del drama indin'dual que terminará por dar lugar a ese género burgués por excelencia que es la novela psicológica —culminación del movimiento de separación del individuo respecto del coro—, es también una trans- formación ideológica, aunque no pueda ser reducido a ella.

Así, el disciplinamiento por la confesión —como lo ha mostrado Foucault- es instalado en la Cultura occidental por la teología cristiana, y consagrado en la Modernidad por la psicología. Si antiguamente el indixiduo se autentificaba socialmente como tal por su relación con instancias sitnbólicas exteriores (lazos de filiación, de alianza, político-ins- titucionales) ahora lo hace por el discurso de la verdad que sea capaz de construír sobre mismo: “La confesión de la verdad se ha inscripto en el corazón de los procedimientos de individualización por el poder”.5

La confesión —espontánea oiforzosa—, ha sido en Occidente un tnodelo de técnica para producir lo verdadero sobre el self, que funciona como vía privilegiada de “autenticación” de los sujetos. En el límite, no importa tanto la “autenticidad” del contenido de la confesión como el hecho tnismo de que se produzca: si ya los ‘laxistas” opinan que la sola disposición a confesar es argumento para una predisposición absoluton'a, las purgas stalinistas —en las que la víctitna sabe que el victimario sabe que la confesión habla de una ficción, de una culpa inexistente, pero todos juegan el juego- muestran que de lo que se trata es de que la víctima se transforme en cómplice “voluntario” del castigo: lo que importa, como en una ficción kafkiana. es que los sujetos acepten ser soportes de una cierta lógica, la de la enunciación performativa de amor a Dios o al Estado.Ü

Los efectos generales de esa psicológica recorren la literatura moder- na (desde la escritura tnemorialista hasta los ejercicios abistnales de introspección yoica, para no mencionar la desagradable avalancha autobiograftca actual) pero también la filosofía (aquí la tradición em- pezaría con Descartes y su énfasis en la búsqueda de la verdad por el

16 Mayo de 1996

“autoexamen”), y por supuesto una buena parte de la metodología de las ciencias sociales (véase el éxito de las “historias de vida” y similares). La confesión como medio de autenticación subjetiva es un intento por establecer canónicamente los nexos entre el sujeto del enunciado y de la enunciación: en términos nietzscheanos, un procedimiento para atarse a uno mismo mediante una promesa, un modo de autoproduc- ción y de autosujeción de los sujetos. En el pensamiento político, el resultado teórico será el contrato, el pactum subjectionis por el cual cada “ciudadano” toma a su propio cargo la autolimitación de sus “derechos naturales”.

Es curioso, sin embargo, que en San Agustín —posiblemente aún demasiado cercano al paganismo y a la visión clasica de la Culpa- todavía quede algo que, aunque pervertido por la utilización que el santo quiere qtte de ello haga el poder incluso temporal, remite a la revancha de la sociedad, sin exculpación por vía del perdón. Hablando de la reparación del pecado, dice San Agustín: “A fin de que la belleza del universo no permanezca mancillada, es necesario que junto a la vergüenza de la falta no esté ausente la belleza de la venganza”. Hablar de la venganza (placer de los dioses todavía no del todo cómodos con el dixino perdonar) en términos de “belleza”, no es mero afan esteti- zante, al menos no en el sentido moderno: cierta platónica equivalencia entre lo Bello y lo Bueno resuena junto al eco del Dios vengativo del Antiguo Testamento. La belleza del amor a Dios en la civitas dei es el modelo que debería regir el ordo político: modelo imposible, inalcan- zable, que en la civitas terrena requiere a menudo, para aproximarse aunque sea a un remedo del ideal, de la fuerza de la Espada. En la mano del Emperador, la espada es el instrumento divino del logos, y el instrumento de inculcación del amor cuando ese sentimiento no surge espontáneamente. La matriz del amor al Otro se desdobla en una dialéctica de una perfecta simetría: “Dos ciudades han sido formadas por dos amores: la terrenal por el amor a tnismo, aún hasta el desprecio de Dios; la celestial por el amor a Dios, aún hasta el desprecio de mismo”. La espada de hierro que comanda en una no es mas qtte la forma terrena de la espada amorosa que regula la otra, y la fórmula para ambas es única: 0rdo est amoris. La violencia de la dominación, lejos de ser contradictoria con la ternura del amor, es la otra cara de su continuidad —banda de Moebius- y es el “estímulo” necesario para pasar al amor al Otro y al consiguiente desprecio de mismo. Y Agustin lo decía en serio: las Confesiones (nunca mejor llamadas) son el testimo-

Cuader'nos del Sur 17

nio de su propio pasaje, la espada de su propia “venganza” vuelta contra Sl mismo.

Pero ya en Santo Tomás esa venganza será sustituida por la más mesurada justicia, que desde entonces, como para el derecho moderno, significará “darle a cada uno lo suyo", y preferentemente que cada uno, también, sepa lo que es suyo y lo que no, para lo cual se hace necesario el llatnado “examen de conciencia”, el “conóccte a ti mismo" recupera- do de Sócrates, y el “dalo a conocer a los otros” —agentes del Otro absoluto—, ¿cómo? mediante la confesión. Esta vasta empresa de indi- viduación y autodisciplinamiento que psicologiza la culpa y sustituye la Verdad indecible del caos “político” por el saber comunicable sobre el tnismo, tiene su único correlato publico en el testimonio del mártir (ya veremos también al general Balza ocupando este vacilante lugar), testimonio cuyo [in último no puede ser otro que el de obligar a los otros —a todos los otros—, mediante el ejemplo ofrecido por el poder, a hacer su propio “examen de conciencia” (a volver la espada contra mismo, como Agustín, por lajusticia del atnor al Otro), y por ese sólo gesto admitir la posibilidad de que todos seamos un poco culpables: de que todos nos supongamos ciertas razones no para ejercer la justicia (ni tnucho menos la venganza) sino para temerla, y nada menos que de nosotros mismos. Que el testimonio del mártir pueda ejercer una cierta función de catarsis pública, como a veces se ha sugerido, es muy discutible: en su asunción de los pecados de la comunidad toda, falta la distinción qtte hace la representación trágica entre el crimen actttal y el potencial, entre el pecado de pensamiento y el de acción.

El género confesional se transforma así —y mas aún elevado, como en la Argentina preelectoral, a la categoría de un “jugate conmigo" televisado- en una manera más de, literalmente, meter miedo. El primer tema, por lo tanto, es el miedo.

III

Miedo ¿a qué? Miedo ¿por qué? ¿Se puede tener miedo en plena democracia, bajo la plena garantía de las leyes del Otro? Claro que sí: cualquiera que haya leído a Hobbes sabe que el contrato “democrático”, necesariamente asimétn'co en tanto efecto de una relación desigualita- ria de las fuerzas sociales —el Otro da más garantías a quien le ha demostrado más amor-, es, en cierto modo, un producto del miedo interiorizado, que entonces se transforma en una de sus condiciones

18 Mayo de 1996

(no en la tinica, claro está: no es lo mismo vivir bajo el contrato, que vixir sin él, sometidos a la completa arbitrariedad del poder: pero ello no quita que el miedo es también tin fundamento contractual: el que no hace acto de contrición ante el Pacto, deberá al menos temer al castigo).

Las respuestas a aquéllas preguntas sobre el “miedo argentino" abundan en el periodismo sociológico al uso: miedo a la hiperinllación, a la pérdida del trabajo, a no poder pagar la cuota del electrodoméstico, al “salto al vacío" (En el primer período de la llamada transición, el miedo era a la desestabilización politica, ahora sustituida por la eco-nó- mica: es nuestra propia microhistoria del pasaje de lo público a lo privado). Más difícil —como siempre- es la pregunta por el origen: por ejemplo, persiste, por detrás de ese miedo “económico”, la memonia oscura del terror político-militar repetidamente instrumentado por el Estado? ¿Las confesiones militares —y las respuestas especulares de los ex guenilleros- son una forma, no necesariamente conciente. de reeditar sutilmente ese miedo, de hacer contrapunto a la amenaza más explícita del 'no vaya a ser que tengamos más Madres de Plaza de Mayo"? Estas preguntas son, en rigor. subsidiarias de las dos grandes preguntas que hoy parecen obsesionar a los progresistas argentinos cuando piensan en las recientes elecciones y en esta nueva "disciplina de la confesión" qtte atrmiesa a nttestra sociedad. Las dos preguntas, como todo el tnttndo sabe, son: pritnera, ¿por qué la sociedad argentina vota a sus verdugos? y segunda, ¿por qué la sociedad argentina ahora le cree a los verdugos lo que en su momento se resistió a creerle a las víctimas? Las dos preguntas son interrogaciones por la relación de la sociedad con el discurso del poder —con la itnagen del Carante que resguarda de ttn retorno al caos- y en ese sentido estan inscriptos en el discurso del poder. Quiero decir: no son preguntas sobre las razones por las cuales el poder necesita "confesarse" y necesito ser votado, ser amado. Son preguntas que dan por sentado que la construcción de la Verdad (y su correlato, la Mentira), así como la construccit'm de un consenso (y su correlato, la legitimación) son atributos del poder. del gran Espejo que constituye a los sujetos, y no de la sociedad cuya renuncia al poder ha hecho posible ese otro poder que ahora aparece como su “representante”. Son preguntas que revelan la itnpotencia para interrogarse sobre las formas en que el poder con/¡sea a la sociedad Ia construcción dela verdad y la legitimidad. Son preguntas que muestran el funcionamiento de la lógica del miedo y el terror ante un posible despertar de los espectros.

Cuadernos del Sur 19

Pensemos un momento desde esta perspectiva. Se podría discutir, por ejemplo, la idea de explicar la situación “quebrada” de la sociedad argentina por el terror, cuando es ese terror mismo el que necesita ser explicado. Ello no obsta, sin embargo, para que —en un cierto nivel, no excluyente de otros- el terror sea una explicación plausible para la ausencia de alternativas, para la impotencia de concebirlas. Pero el cuestionamiento tiene mucha razón en un punto: el miedo no es la cama de la “serialización” individualista y de la ruptura de los lazos solidarios, es su e 'ecto —efecto social, sostenido por, digamos, fantasmas arcaicos, antropológicos—. La tranformación del modelo de acumula- ción emprendida por el capitalismo a nivel mundial (y aplicada de tnanera particularmente “salvaje” en países como la Argentina) ha requerido una gigantesca transformación de la “subjetividad” para lograr que los sujetos asuman el nuevo proyecto de dominación como discurso y como “verdad” propios y no como algo impuesto “desde afuera" por el poder. Ha requerido, para seguir con esa metáfora, un masivo pasaje de la cultura de la Vergüenza a la cultura de la Culpa.

El problema es extraordinariamente complejo, pero hay que empe- zar a tratar de discernirlo. Una pritnera, y decisiva, cuestión, es esta: como solía repetir el propio Foucault, el poder no sólo reprime, sino qtte produce: para mtestro caso, no se trata solamente —como se apre- suran a instruirnos los sociólogos y políticos “progres”— de que el poder ha desarticulado los lazos sociales de solidaridad, sino qtte ha producido otros diferentes: la competencia salvaje, el individualismo indiferente y la percepción del semejante como enemigo es un lazo social. Como ya lo veía bien Rousseau en su crítica a Hobbes, la guerra de todos contra todos no constituye ningún “estado de naturaleza”: es unaforma histórica y especi ica de sociedad. La “Serialidad” de los que no pueden reconocer en el otro un semejante, no es algo natural y espontáneo, un instinto primordial en el que se recae ante el hunditniento de las sublimaciones: es una construcción del poder. Por supuesto, eso no puede hacerse por la pura fuerza, ni aún por el más legitimo decreto: es menester que los sujetos lleguen a creer que ésa es la única manera de vivir con (contra) los otros, que no hay “alternativas”. Otra vez: que hagan del proyecto ajeno el propio, que confiesen que ellos, en cierto sentido, “se la buscaron”. Nadie ha definido esto mejor que Sartre: “A partir de aquí nace en el pensamiento serial que no es mi pensamiento propio, sino aquél del Otro que soy y aquel de todos los Otros: puede llamarse pensamiento de impotencia, pues yo lo produzco en tanto que soy el

20 Mayo de 1996

Otro, enetnigo de mistno y de los Otros, y en tanto arrastró por todas partes este Otro conmigo”.8 Es una manera de vivir “con” que no me pertenece, a pesar de que yo la he producido, del mismo modo que no me pertenece el producto de mi trabajo: tal vez sea esta “subjetixidad enajenada" por la serialización la que permita responder, al menos en parte, a la cuestión por la que se interroga el progresista“. ¿cómo es que el mismo trabajador que, junto a otros, por ejemplo enfrenta sin miedo la represión policial, o levanta la mano a la luz del día para votar una huelga en la asamblea pública, sin embargo en la soledad de ese verdadero confesionario que es el cuarto oscuro, donde hace su “examen de conciencia” definitivo, donde el Estado y el Patrón no lo ven, coloca la papeleta de sus verdugos? Lo hace, precisamente, porque esta solo, y porque es alli(en su condición de “ciudadano” aislado, desligado de los lazos solidarios que lo unen a su clase, a su grupo, miembro impersonal de la cadena de montaje de la democracia “for- dista") donde se apodera de él el “pensamiento serial”. Es allí donde el sujeto, como diría el propio Sartre, no puede totalizar su experiencia, reintegrar su “mundo de sida” disociado entre lo “público” y lo “privado”. Es alli donde se deja vencer por ese miedo interiorizado al Otro que es e'l mis-mo, y que no sintió (o qtte pudo dominar) ante la amenaza externa y compartida de los bastones policiales, exterioridad y experiencia compartida más cercana a la catarsis clasica que a la intimidad confesional.

Estrictamente, no se trata de miedo, sino de una especie de angustia ante lo desconocido de la soledad jurídica que prescribe el Estado contractualista “de derecho”, que justamente porque interpela a los sujetos en su indixidualidad monádica aborta en ellos el pensamiento de lo diferente: los ciudadanos son todos “iguales”, es decir equivalentes e intercambiables. Ellos también están sometidos a la Ley de Conver- tibilidad. ¿Quién dijo, pues, que allí el Estado y el Patrón no los ven? Es allí donde puede vigilarlos mejor que nttnca, con la eficacia de esa Estrategia pastoral" qtte los controla uno por uno: una expresión, esta de “estrategia pastoral", que Foucault toma de la Iglesia, pero que en cierto modo reaparece en los fundamentos mismos de la moderna dominación estatal: es la forma política laica del “cuidado de sí” por la cual los sujetos asumen ellos mismos la tarea de autovigilancia de sus “virtudes cívicas", del mismo modo que asumen su culpa y su penitencia en la confesión, por amor al Otro y a la seguridad que otorga sus garantías evi tadoras del caos. Así, la libertad abstracta de un individuo-

Cuadernos del Sur 21

ciudadano igualmente abstracto —vale decir, despojado de todos sus condicionamientos históricos, culturales y de clase- se contituye por su propia “voluntad” en la base del Estado “ideal” que “representa” sus intereses “universales”: la concepciónjurz'dica del Estado moderno (expli- citada en su forma laica a partir de Kant)? y aCOlnpïlñílIKlO a la psicologización dc la política introducida entre otras cosas por la disciplina de la confesión y el “examen de conciencia” que requiere la decisión individual del voto, logra la hazaña de un despojamiento de la autonomía concreta —es decir, basada en su situación histórica particular y en su relación cooperativa o conflictiva con los otros—, apoyándose en su propia “libertad individual”, tanto como la decisión de cometer y confesar el pecado se apoya en el “libre albedrío". He aquí, plena- mente confortnado, el sujeto de. su propio saber, que (a diferencia del sujeto trágico) no pttede faltar a una "verdad" identificada con ese saber: si lo hiciera, sería por pecado de ignorancia —ningún cittdadano puede alegar el desconocimiento de la Ley, como ningún cristiano el de los Mandamientos- y la espada agustiniana estaría justificada en hacerle entrar la Letra con unas gotas de sangre. Y he aquí también el corazón de esa otra verdad por la cual la “ciencia” contemporanea (la política como la psicológica) no puede resolver la “cuestión religiosa" mas de lo que lo hizo la del siglo XVIII.

Las diferentes políticas de los derechos humanos, en ese sentido, han estado hasta ahora estrictamente a la defensiva, con una concepción que podríamos llamar restitutiva de las “fallas” —los errores y excesos- del poder, y de sus inconsistencias respecto del saber autoprodttcido que él mismo indujo en los sujetos: sus reclamos son demandas de respeto por la “universalidad” (le los derechos del ciudadano abstracto, dentro de la concepción jurídica fortnal del listado, de la concepción psicológica del sujeto. de la concepción religiosa de los 'derecl'tos naturales”. Es comprensible que este trípode haya venido a compensar a la alicaída lucha de clases, y en esos términos de compensación es tan legítimamente defendible como lo es el Estado de derecho frente al autoritarismo dictatorial. l’ero en esos terminos, y no en los de una imaginaria sustitución qtte no se hace cargo (lcl vacío incolmable que deja aquélla forma de lucha.

Y quizá no pueda ser de otra manera; aunque no hay una respuesta ttnívoca a otra de las pregttntas que obsesionan a las mentalidades progresistas —la de por qué no hubo venganzas personales por parte (le los familiares de desaparecidos o los afectados por la represion y la

22 ¡Mayo (le 1996

tortura—. una idea plausible es qtte la justicia (las instituciones del Derecho y del Estado) aparecen, en determinadas circunstancias histó- ricas. como los únicos garantes posibles de una instancia tercera que rompa el lazo especular con el otro, especialmente cuando —en una sociedad atravesada por el individualismo- el otro es un enetnigo personal. y no “de clase". l’ero también porque una venganza personal, una ‘justicia por propia mano", no podría en manera alguna restituir al orden simbólico la representabilidad de los cuerpos ausentes: el reclamo al Estado de una "aparición con vida", así como el de las listas de los desaparecidos, puede ser políticamente ineficaz. pero en su negatividad utópica apunta, precisamente, a la imposibilidad de colmar ese otro agujero ni siquiera con los cadáveres de los asesinos.

IV

Es aquella fortna de xiolencia subjetivizada —que no excluye el recurso último a la “legítima” coerción física por el Estado, así como la corn- prensión 'laxista" no excluye a la Inquisición- la que está en el fundamento de la política moderna y del Estado representativo, cuyas ventajas comparativas respecto de una dictadura sangrienta son indu- dables. siempre que uno no se deje seducir por la admirable sutileza de esta otra forma de dominación, que hace que los sujetos produzcan ‘su" verdad haciéndola coincidir con la del poder. ¿Por qué la sociedad vota a sus verdugos? ¿Por qué el esclavo quiere a su amo? Quizá sea porque se imagina que ese acto de amor redentor de la culpa, compar- tido con sus “iguales” ante la Ley pero actuado individualmente en la soledad del cttarto oscuro, lo exitnirá de la pregunta angustiosa por su propio deseo. .\'o se trata, tampoco, de que la gente sea estúpida, masoquisla. o equivocada respecto de sus “verdaderos” intereses; la cuestión es algo más compleja: para caricaturizarla rápidamente, el cambio de la aspiración a transformar la sociedad por la aspiración a pagar la cuota del cero kilómetros, ¿por qué no sería un interés verdadero? ¿No habría que preguntarse por las razones de ese catnbio de intereses, de ese cambio de “verdad”, antes de apresurarse a decretar el estado de alienación —o de maldad- universal?

Pero, ¿por que el esclavo le cree a su amo cuando este, a su vez, confiesa sus culpas? Quizá porque la habilidad del amo ha sido preci- samente la de construir su “verdad” enunciándola, como el confesor bondadoso, en el mismo lugar en el que el esclavo se piensa como sujeto

Cuadernos del Sur 23

serializado e intercambiable a la vez que único en su intimidad psico- lógica intransferible. El amo, en efecto —pongamos, para el caso: el general Balza (es cierto que se trata de un amo un poco degradado: pero el modelo podría aplicarse a muchos, empezando por el Presiden- te)—, se presenta al mismo tiempo como Institución (con su investidura, su uniforme, sus emblemas) y como individuo (con su tono particular de voz, su gestualidad, su interioridad subjetiva). Como institución, se. limita a documentar “objetivamente” los “errores y excesos” del pasado. Como individuo se autocritica, se arrepiente, se confiesa, hace acto de contrición —no podría ser de atrición: con el indulto, ha desaparecido el temor al castigo—: o, al menos, parece que lo hace, ya que él, se sabe, no tuvo nada que ver: pero, en su rol de redentor, carga sobre sus espaldas las culpas ajenas; de cualquier manera, se arrepiente no por tetnor, sino por amor (al Pueblo, a la Democracia, a las Instituciones, entidades puestas aparentemente en el lugar del confesor). Como insti- tución, da cuenta de un cambio en la política de las Fuerzas Armadas (por ejemplo, el abandono de la Doctrina de Seguridad Nacional); como individuo, hace uso de sus derechos civiles (por ejemplo, querella por injurias a Hebe de Bonafini).

El operativo de fetic/iizacio'n —en el sentido, también retórico, de la parte que sustituye al todo- es perfecto: el ciudadano-general Balza se sitúa como bisagra de la República, en el límite entre lo público —ya que está allí “representando” a la institución- y lo privado -ya que lo hace en un programa particular de un canal no estatal, y no por ejemplo, en una conferencia de prensa en el edificio del Comando enjefe, o lo qtte fuere—. También lo hace como bisagra entre los dos polos del arrepen- timiento, ya que exactamente una semana después, a la misma hora y en el mismo canal, Firmenich completará el dibttjo, construirá la pata complementaria de la Verdad, y así se podrá enmarcar la práctica disciplinaria de la confesión en la teoría simétrica de los Dos Angeles, sin por ello alterar la lógica de la teoría anterior —Angeles por Demo- nios, Bien por Mal, ya que “no hay mal que por bien no venga": una teoría ridícula en su mala fe de buena conciencia, ya qtte no se trata de eso; son los Hitler (o los Videla, en el supuesto de que se los pudiera comparar) los que se proponen el Bien absoluto: solo así se puede producir tanto Mal; otra vez, la absolutización del Bien y del Mal es una idea teológica, y no realmente política: las políticas son siempre bttenas para algunos, malas para otros—. También como bisagra en un límite histórico entre el pasado (que, lejos de “abrirse”, como creen mttchos,

24 Mayo de 1996

queda defini tivatnente clausurado por la confesión documentada y refren- dada institucionaltnente) y eljuturo (en el que ahora sí, hechos los “mea culpa” del caso, podemos vislumbrar el amanecer de la reconciliación). Figura de la condensación, el general Balza tiene nombre, apellido y número de documento —es un ciudadano más, intercambiable con cual- quiera de nosotros, al que la itnagen instituye como un semejante, pero es también ttn sujeto singular e irreductible—, sólo qtte tanto esa intercam- biabilidad como esa singularidad quedan “dialécticamente” integradas y superadas por su “status” institucional, investido (jurídica y libidinal- mente) de la universalidad del Estado, del Otro que habla por su boca.

Por supuesto, como reza el dicho popular, “el que tiene boca se equivoca”: quiero decir, comete lapsus, y por ese error —de defecto, y ya no de ‘exceso"— revela el recorte ideológico, fetichista, producido en la objetiva documentación de las responsabilidades institucionales. Por ejemplo —y esto sólo ha sido señalado, que yo sepa, en un artículo publicado en un matutino por León Rozitchnerlo— el general Balza insinúa que las Fuerzas Armadas no actuaron solatnente de motu proprio y por capricho, sino que hubo por así decir “susurros en sus oídos” que las tentaron al ttso de la espada. Sin embargo, a ninguno de nttestros comunicadores “progres” se le ha ocurrido exigirles confesiones, actos conttitos y arrepentitnientos institucionales semejantes a los dirigentes de la Unión Industrial y la Sociedad Rural (para garantizar cuyos planes econótnicos, entre otras cosas, se usó la espada), o de los partidos políticos y la prensa de derecha que actuaron como cómplices, o de los sindicatos atnarillos que entregaron activistas, y sólo muy tímidamente a los de la Iglesia que ya entonces conjesaba a los autores materiales. Pero tampoco Balza dice que esos sean los susurrantcs. ¿Se tratan entonces, estos “susurros”, de la sibilina seducción del Demonio, del insidioso veneno deslizado en la oreja del padre de Hamlet? ¿O se nos estará instando sutilmente a que hagamos todos nuestro examen de conciencia y vayamos preparando nuestra confesión, pttesto que “algo habremos hecho" (por ejemplo, susurrar: vale la pena recordar, entre paréntesis, que antes lo que ahora se nombra como susurro se llamaba golpear a la puerta de los cuarteles; quizá sea otro síntoma del pasaje, no a la clandestinidad sino a la intimidad)? Por otra parte, el discurso de Balza no puede ser más explícito: “Del enfrentamiento entre argen- tinos somos casi todos culpables, por acción u omisión, por ausencia o por exceso, por anuencia o por consejo”. Como antes se refirió a “los fantasmas que se agitan sobre la conciencia colectiva” y al “destino que

Cuadernos del Sur 25

tantas veces parece alejar a los pueblos de lo digno, de lojustificable”, es difícil evitar la tentación de volver a mirar hacia el lado de la culpa trágica. Pero, no: el carácter totalmente indiscriminado de los crímenes ("acción u omisión, ausencia o exceso, anuencia o consejo”), que ni siquiera alcanza el estatuto de distinción entre pecado mortal y venial, nos coloca totalmente del lado de la confesión ejemplar y disciplinadora, y al mismo tiempo de la contrición del “padre” laxista que, admitiendo la posibilidad de haber pecado, nos insta a que nos hagamos cargo de nttestros propios pecados, para que retorne el atnor fraterno bajo la mirada pastoral del poder Garante. Se objetará que, aún admitiendo esta vacilación de los lugares, lo cierto es que se trata clc una confesión pública. l’ero, ¿es tan seguro qtte eso elitninaría la vacilación? Dejando de lado la hipotética ambigüedad del rol del mártir, queda el hecho de que la recepción del mensaje televisado la hace cada uno, en la intimidad pcnumbrosa de su “living” o su dormitorio. Resumiendo: munido de la retórica suavc del pecador-semejante y siempre a caballo entre dos mundos, ya no sabe-mos si Balza es el penitente o el confesor.

Es cierto que no hay por qtté suponer (faltan los datos para ello, en todo caso) una intencional connivcncia del Gobierno —que no es el Estado- con los tértninos y/o la oportunidad del discurso, ya sea por acción u omisión, anuencia o consejo: en la Argentina, al menos desde Roca, y tnucho más a partir de 1930, siempre existió eso que clio en llamarse el “partido militar”, con una política relativamente autónoma. Pero “relativamente” quiere decir, conjusteza, qtte su autonomía estuvo en relación a las necesidades de alguna fracción dominante del poder (ahora Osvaldo Soriano se pregunta, por ejemplo: ¿no será peligroso qtte otra vez un general sea protagonista de la vida política? No, Soriano, no es peligroso: si de algo hay qtte “felicitar” al tnenemismo, es de haber neutralizado al partido militar, como a todos los otros; lo cual no significa que éste no siga existiendo, y pensándose como amo: pero su estrategia, como la de sus propios “amos”, ha cambiado).ll “Necesidades” adquiere aquí, de nuevo, un cierto sentido trágico: se trata de una lógica del poder que prevalece por encima (y a través) de las moiras individuales, de las intenciones o de los acontecimientos contingentes. Una “necesidad” del poder en la Argentina de hoy es sin duda la de la “reconciliación”, la de una reafirmación del pacto de amor (y tal vez, además, ella fuera “necesaria” antes de unas eleccio- nes de resultado presumible pero no del todo cierto). Pero esa reconciliación no podría nunca ser, a su vez, trágica: no podría ser

2G Mayo de 1996

la catarsis colectiva. de efectos irnprevisibles, de la polis en su conjunto.

Y es que, justamente, la construcción de una Verdad reparadora encarnada en el individuo Balza bloquea su cuestionamiento plenamen- te politico, no solamente porque se trata ya de una “cosa juzgada” (e indtrltada) sino porque esa encarnación indhidualizante hace que la reparación sea —como en Santo Tomás o en los “padres” confesores- la de ttrr daño realizado a las almas. y no a la polis. Aquí, otra vez, no importa tanto el contenido de esa Verdad como sus condiciones de enunciación, que son nuevamente las de una “psicologización” que despolitiza la culpa, y la despolitiza tanto más eficazmente cuanto que parece tlevolverla a la Itrstitución que el individuo Balza representa. Al revés, la Institución expía la culpa por vía del reconocimiento del Individuo que la encarna. Esta psicología de la Verdad, no es por lo tanto ni "individual" ni ‘institucional”: oscila entre ambas, para estable- cer una mrres/mndencia entre el alma del individuo y el de la institución, que los haga senujantes en su pacto de amor al Otro. Pero sin duda, es psicologia y no política. corno corresponde a rrttestro tiempo, ya que —como ha dicho Lacan- ’“toda la psicología moderna está hecha para explicar cómo un ser lnrrnano puede conducirsc en la estructura capitalista". ¡1' La acumulación de capital y la reproducción permanente de las relaciones sociales qtte ella produce requieren de un sujeto que no sólo se “produzca a mismo" como vendedor y comprador libre dc mercancías en el mercado, sino como identidad “libre” y transparente —o al menos transparentable- ante los demás y ante mismo, capaz de examinar su alma y su conciencia: de ponerse en condiciones de elegir la confesión y el arrepentimiento. Como lo hace, a modo de exernplum para todos nosotros, el general Balza.

Este movimiento brillante —que ha deslutnbrado a muchos hasta el pttnto de considerar al general Balza como cl primer gran tribuno castrense de la democracia—, significa en realidad un paso atrás y una búsqueda de 'neutralizacio'n con respecto a la mucho más interesante (interesante por sus efectos “objetivos”, más allá de las intenciones) confesión fundante del capitán Scilingo, que había desmrclado la impoé sibilidad, esta vez politica, de reconciliar la culpa del indixiduo con la de la institución, la imposibilidad de hacerlas equivaler en lugar de convergen según la lógica de los efectos de masa en los sujetos. Porque ¿qué es lo qtre había dicho verdaderamente, con segtrridad sin quererlo, Scilingo? Había dicho que aquella forma de violencia implicada por la serialización de los sujetos, había llegado hasta tal punto, que operaba

Cuadernos del Sur 27

incluso al interior de las corporaciones del Estado encargadas de la aplicación de la violencia física; de esta eran sintomáticas las declaracio- nes de Scilingo: su clamor, su protesta, la causa de su “angustiada” dependencia del alcohol y los somníferos, no es la culpa ni el arrepen- timiento: es la conciencia de que lo han dejado solo con su nombre, de que el mafioso “pacto de sangre” de las bandas represivas del Estado terrorista también se ha revelado como una farsa en la era de la serialización, en la que la ilusión “reconciliaton'a” a la que juegan los poderes públicos (desde el propio gobierno a, digamos, el “fracasado” Man'ano Grondona) sólo puede sostenerse por la borradura de los cuerpos y de las identidades, las de las víctimas como las de los víctima- rios, así como la “reconciliación” de los ciudadanos con el Estado sólo puede sostenerse sobre su igualación jurídica abstracta y su asunción de la culpa psicológica.

Quedan, por supuesto, incontestadas —e íncontestables— las pregun- tas de por qué Scilingo, por qué ahora y no antes (o después); es posible que sea una pura contingencia: el problema es que las contingencias que producen efectos como los de las declaraciones de Scilingo, se transforman retroactivamente en necesidad histórica, o por lo menos en un síntoma, y obligan a darse una política para “disolverlo” antes de que se vuelva incontrolable: para eso aparece el terapeuta-confesor-pe- nitente Balza. Es cierto que su aparición contribuye, lateralmente, a frenar una proliferación obscenamente circense de confesiones que corrían el riesgo de reeditar aquel “show del horror” que incansable- mente desenterraba cadáveres ante las cámaras de televisión, produ- ciendo —como no podía ser de otra manera- la renegación colectiva de la verdad. Rencgación justificada, por otra parte, en la medida en que, previsiblemente, la multiplicación ad naweam de las confesiones haría de ellas, como dice Borromeo, “una cierta costumbre” más que “un deseo de enmendarse”. Pero también es cierto que la aparición de Balza en el programa de Bernardo Neustadt es ella misma una Obsceni- dad: borrar con el codo lo que se escribe con la mano es la única manera de cabalgar en dos mundos.

De todos modos, una vez que Scilingo —por las razones que sean- instala sin quererlo su diferencia, su voz singular, los asesinos pueden saber que en realidad siempre estuvieron solos, que su confianza en la “protección” institucional era apenas un efecto ideológico de la trans- formación de los lazos sociales también dentro de la Institución a la que creían pertenecer, de la degradación de ese “grupo” a anónima sen'e:

28 Mayo de 1996

ese es el aspecto “negativo” de la transformación de la sociedad que ellos contribuyeron a producir, como brazo armado anónimo del nuevo modelo de acumulación. La profunda verdad que el asesino Scilingo expresa sin saberlo, es también la verdad contenida en el reclamo de las “listas”: basta que aparezcan nombres, que se pierda el anonimato garantizado por el amor de/a la institución, basta que ella retire su amor sin que por ello uno deje de sentirse perteneciente a (y traiciona- do por) ella, para que se desate un imprevisible —pero incontenible- proceso de des-serialización: para las víctimas, es decir para la sociedad entera, ello significaría una reconstrucción identitaria, una “retotaliza- ción” de su experiencia singular e irreductible a la serie estadística de “los treinta mil”; para los victiman'os, sería lisa y llanamente el pánico: frente al nombre propio, al propio nombre desligado del anonimato ficticiamente protector de la “serie” institucional, sólo queda (Scilingo lo sabe: esa es su “angustia” canallesca) el “sálvese quien pueda” del todos-contra-todos que ellos promovieron para la sociedad en su conjunto.

El general Balza viene ahora a restituir este equilibrio perdido, usando su nombre para devolver la responsabilidad —incluida la de la confesión en nombre de todos los pecadores- a la institución anónima, para re-transformar el pacto mafioso fracasado en institución nacional fundada sobre el amor a la ciudadanía y, claro, sobre la demanda de reciprocidad; mientras los Scilingo, entre paréntesis, van presos por delitos “comunes”, es decir son devueltos a la vida “cifil”, la institución —en su carácter de liegeliano “universal abstracto"— puedejugar a la reconciliación con la igualmente abstracta “sociedad”. Pero, paradóji- camente, la única forma de “reconciliación” pensable con los asesinos indultados sería que, recuperando ellos también su nombre y su identidad, pasen aformar parte de la sociedad que “serializaron”, para que ella pueda señalarlos, uno por uno, catártica y “pastoralmente”, con su dedo acusador, al mismo tiempo sabiéndolos miembros plenos de una institución que (es bueno recordarlo) no los ha expulsado ni enviado al exilio, aunque reniegue de ellos. Por eso, también paradóji- camente —y pese a los rasgamientos de vestidura de los bienpensantes que quieren “proteger a las instituciones” separándolas de los indivi- duos perversos—, al poder en cierto modo le conviene que las institucio- nes represivas sean cuestionadas “en su conjunto" (o, a lo sumo, si no queda otro remedio, en los nombres emblemáticos de una “conduc- ción” institucional desubjetivizada: Videla, Massera, Agosli, el que sea) en la medida en que el “conjunto” anónimo confirma el anonimato

Cuadernos del Sur 29

burocratizado de la serie —y, de paso, distrae a la sociedad de las culpas de otras “instituciones”.

Pero, ¿que sucedería si a algún organismo de derechos humanos se le ocurriera —ademds de exigir la lista de los que efectivamente empu- jaron a los prisioneros por la escotilla del avión- publicar, como lista de asesinos, un cuadernillo con la nómina completa (nombre, apellido, número de documento) de todos los miembros de las fuerzas represivas, discriminados en sus culpas y responsabilidades, así como (le aquéllos que ‘susurraron’ en sus oídos? Y no sólo eso: ya que de confesiones se trata, vale recordar que esa misma Edad Media que inventó el sacra- mento había puesto a punto para los confesores la batería de preguntas que debían abarcar la totalidad del campo de las circunstancias peca- minosas. La lista más corriente comprendía al menos ocho: ¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por quien? ¿Cuántas veces? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Puesto que no hay nada más singular e irreductible que el Nombre y sus “circunstancias”, esa masiva des-señalización, esa súbita confron- tación con el nombre propio, esa ruptura del efecto ilusorio por el cual los miembros de la Institución (como los ciudadanos del Estado) son equivalentes e intercambiables ¿no sería profundamente consistente con las declaraciones de Scilingo que, más allá de su voluntad, y por el solo hecho de quejïrma lo que afirma, revelan la falacia de la “inter- cambiabilidad” de los verdugos implícita en la “rotación” de los que empujaban cuerpos vivos al mar? ¿Y no desmontaría también la falacia 'de la “serialidad” de las obediencias debidas por las cuales a cada miembro de la serie se le exime de la más tremenda “responsabilidad” (y culpa) a que puede enfrentarse un sujeto, que es la de sostener el propio nombre en cada acto que realiza?

V

Porque se trata. en efecto. del nombre. No, no fue solamente “la institu- ción” abstracta. O, en todo caso, fue la institución siempre encarnada: fue Scilingo. fueron Vergez, Rolón, l’crnías, Astiz. Fueron, como se dice, todos y cada uno. l’or supuesto, la institución los amparó y los protegió (/ingió que los amparaba y los protegía, como el Estado finge amparar y proteger asus ciudadanos y la Iglesia a sus fieles, retirándoles su nombre y haciéndolos “iguales” ante la Ley, ante la Orden Superior, ante cl amor de Dios). En realidad, hizo algo más que eso: le dió un sentido a esa pérdida del nombre, llenó ese agujero con una finalidad:

30 Mayo de 1996 i

para el Estado es el “bien común”, para su brazo armado es la cruzada antisubversiva, o lo que corresponda. l’ero para eso —aunque no solamente- están las instituciones: para, mediante la libidinización de la Serie Corporativa, desresponsabilizar a los sujetos de encontrar su nombre propio. lo que siempre constituye una empresa peligrosa (y basta para entender ese peligro echar una rápida ojeada a la Psicología de las Masas de Freud). Enfrentados a esa necesidad por el “abandono” que imputan a la institución, Scilingo y los otros quizá pierdan el sueño, al darse cuenta de que —para retomar las palabras de Sartre- arrastra- rán para siempre consigo ese Otro que es su enemigo y que es lo que ellos mismos eligieron ser para perder definitivamente su nombre. Más que insomnio, es una pesadilla de la que no pueden despertar, porque para olvidar su propio nombre tuvieron que matar, tuvieron que eliminar los cuerpos junto con los nombres de sus víctimas (obsérvese que Scilingo. justamente, no da nombres: ni siquiera el de los treinta prisioneros que él eliminó personalmente, esa milésima parte de los asesinados que él tendría que sostener con su propio nombre). Y matar es, en cierto sentido, como bautizar: Scilingo y los otros le dieron su propio nombre a sus víctimas (como quien dice: les pusieron su marca) y por lo tanto perdieron todo derecho a recuperarlo: ni la institución militar, ni esas otras “serialidades” cómplices de ella que son la Obe- diencia Debida, el Punto Final y el Indulto pueden —ni quieren- devolvérselos. Por eso, ahora, ellos también tienen miedo: no porque esten “arrepentidos’ (eso, tal vez, los tranquilizaría, como a cualquier penitente), sino porque se han vuelto innombrables para mismos, porque saben que sus nombres pertenecen para siempre a esa “lista” que sus víctimas han confeccionado. Scilingo. en esc sentido —y ese era su terror—, estaba más cerca de la Verdad de ese gesto de odio que precipita en el caos indiferenciado, que del Saber sobre mismo que ahora le ofi‘ece la confesión del general Balza y que podría devolver su propia culpa a la culpa colectiva pero "serializada" de la Institución, así como a la culpa equivalente de los otros miembros de la ('n'lesía, rccondu- ciendo a todos, una vez “puestos los límites", a la seguridad del secreto de confesión (no es una metáfora: después de su discurso, Balza recomendó a los que tuvieran algo que decir, que lo hicieran con sus confesores). Scilingo y los otros eran presa de lo que Blanchot ha llamado el “terror a la identificación?“ como el conformista de la novela de Moravia que se afilia al partido fascista porque quiere ser uno más, lo que ellos esperaban era disolver su nombre en la institución, y no verlo

Cuadernos del Sur 31

ajeno pero marcado a fuego junto al de sus víctimas. Es posible —pero esto depende también de nosotros- que el movimiento de amor restitutivo ensayado por el general Balza llegue demasiado tarde para ellos. Que ahora revienten como gusanos pútridos, solos y sin nombre propio en sus noches sin sueño, como esa nada que fueron siempre desde que eligieron ingresar a la Serie, no es, pese a San Agustín, solamente venganza: es de estríctajusticia. Y es la única “reconciliación” que puede admitirse.

VI

Una reconciliación que, por supuesto, no puede ser reconciliación con los asesinos, ni siquiera con sus restos putrefactos: no hay entre los actos —y aún entre los pecados- cometidos por ganadores y perdedores sistema de equivalencias posible que pudiera “sentarlos a la misma mesa”. Y no sólo porque es falso que hablando se entiende la gente: como decía Baudelaire, por suerte los hombres no se entienden: si no, se matarían entre ellos; así como todo verdadero amor está fundado en un malentendido, también el amor al Otro tiene como requisito simbólico un límite ético a la “comprensión” universal. También porque, allí donde no hay representabilidad de los cuerpos —y no la habrá: ya dijo Balza que esa ausencia es “irremediable e inexplicable”—, la palabra no puede adquirir estatuto simbólico de ninguna clase (Balza debería ver La muerte y la doncella de Polanski: allí aprendería que la confesión no basta para satisfacer el deseo de certeza). En ese sentido las confe- siones son inútiles: el comunicador televisivo queda girando sobre mismo, bailando con sus propios fantasmas (otro término televisivo), identificado a su propia “comunicación”, que puede enviarse de vuelta al éter con un leve movimiento del pulgar: el zapping confesional podrá constituirse en una nueva forma de entretenimiento siniestro, pero di fícilmente lograra recrear un pacto de amor con el Otro cuando éste se ha degradado al punto de no poder o no querer tomarse en serio el valor simbólico que hay en el reclamo de la devolución de los cuerpos y los nombres, con confesión o sin ella. Y no hablo solamente de Balza, sino del Estado argentino: este Estado devastado por la pérdida del sentido de la tragedia, y hasta del sentido del ridículo. Postularse como espacio terapéutico para el autoexamen de conciencias atormentadas puede tener, al menos, la dignidad de un pequeño negocio: pretender que eso sea el Otro investido de todos sus emblemas institucionales, es

32 Mayo de 1996

una canallada, patética incluso como canallada. Que ese sea el precio que hay que pagar por la confesión de la “verdad” mediante la cual además los penitentes se autoproducen como semejantes con los que hay que reconciliarse porque se atreven a hablamos de sus fantasmas (no de los nuestros, vueltos indecibles), anula por completo el valor de verdad que esas confesiones pudieran tener. Para colmo, haciéndonos a todos equivalentes no sólo en el cuarto oscuro, sino en el confesio- nario: 'Intercambiando su rol en forma recurrente”, como dice Balza, admitamos que con candor. ¿Qué pacto de amor puede renovarse sobre la propuesta de compartir las culpas? A lo sumo, el de una resignación a la complicidad.

Otra cosa, quizá, sería que el solitario examen de conciencia que se nos pide entre líneas a partir de la confesión institucional sirviera para alguna forma de activa catarsis pública, que pasara por ejemplo por la reconstrucción colectiva no solamente de las “listas”, sino de aquéllos emblemas degradados, con asunción plena del conflicto (”lucha de clases” incluída, si corresponde) que ello pudiera significar, pero donde el grado de autodesprecio que nos provocara el siempre posible fracaso de nuestra búsqueda de aquileana fama, fuera un descubrimiento propio y no una prueba de amor al poder, ante el cual pudiéramos desplegar nuestra propia cólera colectiva: digamos, un cierto retorno de la cultura de la Culpa a la de la Vergüenza. Y un futuro, si se nos permite, más homérico que agustiniano.

Ello requeriría, por supuesto, una recuperación de la tragedia en cuanto discriminación pol-¡tica de las culpas y las responsabilidades, y no en cuanto purga psicológica de los pecados. Quizá eso nos permitiría desencarnarnos de tantos fantasmas ajenos —poder hablar con ellos, en lugar de que ellos hablen en nuestras cabezas aturdidas- devolviendo- les su propio cuerpo y su propio nombre para recuperar los nuestros. Quizá eso permitiría que la casa de los Labdácidas neutralizara a la ne'mesis, no siguiera acumulando las desgracias de los muertos sobre las de los vivos. que ya son bastantes. Quizá nos permitiría, también, la famosa “recuperación de la memoria" por vía de un verdadero olvido. Quiero decir: es fácil decir que es necesario olvidar para poder vivir; pero un auténtico olvido no puede nunca ser voluntario: para olridar eficazmente, hay que no saber lo que se quiere olvidar. Y nosotros lo sabemos demasiado bien: cada tanto aparece alguien en la pantalla para recordarnos lo que quiere que olvidemos. Al revés, poder olvidar —“elaborar”, como se dice- lo que no es necesario recordar, requiere una

Cuadernos del Sur 33

politica de la memoria, de la herencia, de las generaciones.

En fin, quizá todo esto no sea posible. Lo que seguramente no es posible es que renunciernos a que sea deseable. Eso sería como usar la culpa para perder la vergüenza.

Referencias

I Cfr., para toda esta cuestión, Dodds, E. R. Los griegos y lo irracional, Madrid, Alianza, ¡980.

2 Legendre, Pierre. Dieu au miroir, París, Fayard, 1994, pp. 35 y ss.

3 Para toda la problematica histórica de la confesión cristiana, cfr. Delumeau, jean. La confesión y el perdón, Madrid, Alianza, 1992; y Le péchr’ et la peur, París, Fayard, 1983.

4 Una sugerente —aunque discutible- relación entre Marx y Shakespeare se encontrara en Derrida,jacques. Spectrrs de Manr, París, Galilée, ¡993.

5 Foucault, Michel. Historia de la sexualidad, t. l, “La voluntad de saber", México, Siglo XXI, 1986.

ü Sobre la “lógica” de las confesiones públicas bajo el stalinismo, cf r. Kolakowski. Leszek. Las principales corrientes del marxismo, t. Ill, “La crisis", Madrid, Alianza, 1983.

7 Clin, para el significado político de la teología agustiniana, Wolin, Sheldon. Politics am! Vision, Boston, Little 8: Brown, 1960.

5 Sartre.jean-Paul. Critica de la Razón Diale’ctica, Buenos Aires, Losada, l96-l.

9 Una muy interesante discusión sobre la importancia para este tema (le la concepción kantiana del sujeto se encontrará en Balibar, Etienne. “Subjection and subjectivalion", en varios autores, Supposing the subject, Londres, Verso, ¡994, con la única reserva de que el autor extrae conclusiones diametralmente opuestas a las nuestras: para él, la “subjetivación” kantiana y la noción de una “ciudadania universal" representan una conquista decisiva de autonomía para el sujeto. Noso- tros, por el contrario, pensamos que es el “broche de oro" ideológico que termina de “sujetar” al sujeto a sus propias ataduras ya prefigur'adas en la religión. Este es, obviamente. el razonamiento de Marx en La cuestión judía, pero pueden encontrar- se anticipaciones no desarrolladas en Rousseau y su obsesión por el hecho de que los hombres “creyendo liberarse, corren hacia sus propias cadenas".

m (lito de memoria; el articulo de Rozilchner se publicó en Página/12, pocos días después del discurso de Balza.

H Otra ver. cito de memoria: el artículo de Soriano también se publicó en Página/12, unos días después que el de Rozitchner.

¡2 Para un exhaustivo analisis de esta afirmación de Lacan, cfr. jinkis. Jorge. “Vergüenza _v responsabilidad", en La (ración analítica, Rosario, Homo Sapiens, 1993.

'3 Blanchot, Maurice. La risa (le los dioses, Madrid, Taurus, 1976. pp. 185 y ss.

34 Mayo de 1996

Revolución: un fantasma que no fue conjurado

Florestán Fernández

Floresta" Fernández 22-l"II-I92()/}()-Vlll-1995) fue un hombre de ideas inconformistas, perseverante en la lucha por la transformación radical de un ordenamiento societal tan rico como desigual.

Conjugó sus actividades como profesor universitario, investigador riguroso y autor de nrtmm'osas obras de reconocida importancia en el campo de las ciencias sociales, ron un compromiso (le vida empeñado en las tareas esenciales de su tiempo, que se expresó tanto en el enfrentamiento a la dictadura militar como en su labor como Diputado Federal por el Pa riido de los Trabajadores. Flores/(in se incorporó al Consejo de Redacción de Cuadernos del Sur en ¡99.2, desde entonces mantuvimos un diálogo fluido e interesado, sin embargo, por distintos razones nunca logramos publicar un trabajo suyo. El texto que sig-ue es el último que enviara a imprenta antes de su muerte; nosfue enviado por sus colaboradores de la Universidad de San Pablo, dondefue publicado. .'\"os sumamos asia las múltiples iniciativas que buscan rescatar la memoria y el proyecto politico de un intelectual profundamente comprometido con la causa de los trabajadores y el socialismo.

obsbawm, en un libro inteligente y provocati- vo, procuró demostrar que el drama de Euro- pa consistía en la con- junción (o tradición) de intelec- tuales revolucionarios y de una sociedad que repele la revolución. Durante la lectura sentí al historia- dor, quien vivió el postbolchevis- mo, lidiando sutilmente con con- vicciones íntimas y con la justificación de los errores de la

Unión Soviética en las cuestiones internas del partido, dentro de sus fronteras, y en la política interna- cional de concesiones a la “guerra fría”.

Nosotros, en Brasil, ni eso si- quiera podríamos hacer. Nuestros partidos de izquierda se vieron forzados a un oportunismo tor- tuoso, compensado con rnornen- tos de exaltación teórica, y sólo una vez llegaron a la practica, du- rante la experiencia de la Alianza

Cuadernos del Sur

t): U‘

Nacional Libertadora (ANL), en 1935. Ese “revolucionarismo sub- jetivo” comenzó a sufrir rectifica- ciones, exactamente en la época en que arnainó la “guerra fría” y se proclamó el nuevo credo bur- gués de la “muerte del socialis- mo”. Los intelectuales, en su ma- yoría, cuando están desconec- tados de la práctica prefieren sal- var el pellejo, para no sacrificar la conciencia... Hubo un desvío en- cubierto y no siempre coherente en dirección a la socialdemócra- cia, que no sería un mal en sí. El mal consistió en la disposición de ceder terreno sin luchar y en la instrumentalización de la socialde- mocracia convertida en mano iz- quierda de la burguesía. Este proce- so, que se continúa, nos amenaza con la pérdida de las pocas alter- nativas partidarias de construc- ción de una nueva sociedad.

Me gustaría tratar el tema como sociólogo. En la PUC (Universidad Católica Pontificia), por ejemplo, donde resolví tomar lecciones en el último trimestre de 1977, me encontré con una rica oferta de cursos. Había uno que focalizaba la organización social. En un im- pulso, pregunté ¿por qué no había un curso que tratase no sólo del cambio social, sino específicamen- te de la revolución social? Allí es- tarían dados lo's dos polos: el or- den y su reproducción; el orden y su transformación radical o a la

inversa. Mis colegas del curso de postgrado, que eran abiertos a la reflexión crítica, enseguida agre- garon esa complementación nece- saria.

Desde una perspectiva macro- sociológica, la revolución es más importante que la estabilidad so- cial, pensadas como asuntos espe- cíficos. Los evolucionistas fueron combatidos por causa del predo- minio de abordajes mecanicistas y positivistas. No existiría, por tan- to, “evolución social de la humani- dad” ignorándose cambios socia- les abruptos, provenientes de invasiones, difusión cultural y cambios sociales que adaptasen el orden a innovaciones que a su vez conducirían a la reforma social y a la revolución.

Si superáramos los raciocinios circulares, el orden social no gana- ría mucho con la obsesión compa- rativa. Especialmente en las socie- dades estratificadas, en las cuales el orden social puede contener contradicciones y tensiones más o menos violentas en virtud de su constitución. Es un mito postular que los dinamismos reproductivos son más importantes que los trans- formadores. En esas sociedades, la estabilidad proviene del monopo- lio del poder por parte de una categoría social, una casta, un es- tamento o una clase. Como expli- caran Marx y Engels en La ideolo gía alemana, el monopolio de

Mayo de. 1996

poder y la estabilidad se vinculan

a la supremacía o a la dominación i

predominante.

Eso no presupone de por sí, la existencia de tensiones y de con- tradicciones que exijan algún tipo de cambio social. Y la revolución (como, desde otro ángulo, la re- forma social) crea las motivacio- nes de la rebelión. La dominación de clase, que aquí nos interesa, tiende a reforzar la estabilidad y a prolongar el orden social existen- te más allá de la capacidad de to- lerancia y sumisión de otras clases o de los desclasados, que alcanzan así una visión negativa del orden social y tenninan por desear des- tniirlo, eliminando el orden preva- leciente y la dominación de clase.

La desintegración del feudalis- mo fue prolongada. A pesar de la dispersión de los núcleos pobla- cionales y del grado de autonomía de los grandes señores, la solidari- dad de los estamentos dominantes contuvo las reacciones capaces de acelerar los ritmos históricos. El precio de la salvación de la noble- za se decidió por la centralización del poder en manos de las casas nobles más poderosas, en el prota- gonismo consecuente de la mo- narquía y en la disociación progre- siva de los artesanos-comerciantes de controles rígidos. Fue así que surgieron las premisas históricas de la difusión del capital bajo la forma de moneda, de la propie-

dad privada moderna y de las re- laciones mercantiles correspon- dientes. En poco tiempo, ese esta- mento intermediario ayudó a enterrar el orden feudal, convir- tiéndose a la vez en un componen- te muy importante en la sociedad emergente.

Dentro de esa perspectiva mor- fológica, que abstrae aspectos de- cisivos de la totalidad de los pro- cesos económicos y políticos puede observarse la formación de una clase nueva, interesada en la desintegración de la sociedad feu- dal, sólo para aprovecharse de los dividendos que podían ser conver- tidos en riqueza o poder. La bur- guesía se abrió camino en forma sinuosa y se insertó en la revolu- ción que se gestaba en la cúpula, al mismo tiempo activa y parasita- riamente. Llevaría aún tres siglos más que ella blandiese banderas revolucionarias “populares” y de “salvación nacional”.

El ejemplo es esclarecedor por- que muestra la formación de una dominación de clase según mol- des disímulados y bajo el manto de un despojo de otros sectores sociales, de alto a bajo, con econo- mía de energías sociales y por me- dio de la penetración sistemática en todos los puestos accesibles de poder. En tales términos la desin- tegración de la sociedad feudal y la consolidación de la monarquía se erigen como un modelo de re-

Cuademos del Sur

37

belión silenciosa, que abarca re- formas sociales succsivas, la extin- ción paulatina de la herencia feu- dal y la fermentación de innovaciones estructurales de arti- ba para abajo y xiceversa. De he- cho, antes de culminar ese com- plejo ciclo de alteración del orden, los burgueses consiguieron enno- blccerse, sus subclases se irradia- ban por todo el sistema de poder y, en conjunto, ardían por el adve- nimiento de un nuevo orden so- cial en el cual no encontrasen obs- táculos para difundir una nueva concepción del mundo. La revolu- ción social corona, a fines del siglo xvrll e inicios del XIX, esa eclosión tardía que transmuta una intrinca- da red de intereses económicos, va- lores sociales y aspiraciones 'políti- cas.

En el comando de las fábricas, de otras instituciones-llaves de la sociedad y, en particular, del Esta- do, se inaugura otro estilo de ac- ción social burguesa. Con ritmos rapidos, la burguesía consolida una dominación de clase que in- vierte los pilares centrales de la “Gran Revolución”. Libertad, igualdad y fraternidad cn sus prin- cipales desdoblarnientos, no eran conciliables con la forma moder- na de propiedad, con la acumula- ción ampliada del capital, que irn- ponía, inexorablemente, la explotación intensiva del trabaja- dor, y con las luchas sociales inhe-

rentes al nuevo tipo de sociedad civil. La burguesía “conquistado- ra“ no podía ceder espacio a la ebullición que agitaba la sociedad. Ella no interrumpe su revolución, pero pasa a graduarla con el fin de extenderla a todos los rincones del medio socioeconómico, cultural y politico. Sus banderas revolucio- narias fueron arriadas y toda transformación que afectase la es- tabilidad del orden social sufría paralizaciones prolongadas.

Excluido, de hecho, de las redes de una confrontación de ideas to- lerable y de la sumisión al poder, el proletario no disponía de vías de autoernancipación colectiva. Sólo la experiencia enseñaría cuá- les eran las armas institucionales que deberían ser puestas en mori- miento para desencadenar luchas sociales amenazadoras para la or- ganización de las fábricas o de la sociedad. El Estado asumió la res- ponsabilidad de garantizar la esta- bilidad y de imponer cambios que sólo a largo plazo tendrían un sig- nificado positivo para todos. No había cómo infiltrarse, a no ser por un "tamizado” social que sus- traía a los proletarios sus cuadros más capaces y cornbativos ("circu- lación de élites" acompañada de la acefalización de la pequeña bur- guesía y de los líderes de los traba- jadores calificados).

El nivel cultural medio de los países europeos más adelantados

38

Mayo de 1996

propiciaba que los maestros-arte- sanos contascn con informaciones especializadas y conocimientos su- periores a los que poseían otros trabajadores. Eso facilitó la dise- minación del radicalismo político y la formulación de reivindicacio- nes que condujeran a posiciones de reforma social y permitieran la irrupción de los dos movimientos sociales descriptos por Marx y En- gels en El Manifiesto Comunista. Li- berales y conservadores resistían a las presiones de abajo para arriba. En la inminencia de las manifesta- ciones desastrosas para el orden preferían, en caso de alternativa, dosificar los cambios exigidos. Apenas atendían aquello más ur- gente o inen' table. La “democracia burgtresa", por tanto, entraba en un compás de acomodación y su realidad histórica nacía de los sec- tores en confrontación con la do- minación de clase.

Casi un siglo después, el capita- lismo financiero tornóse crecien- temente burocrático y procesos de internacionalización de la produc- ción, del mercado y del “Estado de Derecho" gerrninaron en tres on- das sucesivas de oligopolización y de avances y rctrocesos en la in- corporación imperialista de la pe- riferia. En el ínterin, los centros imperiales fabricaron su propia periferia. La tecnología de las computadoras y la tecnocracía to- maron cuenta de lo que se conoce

actualmente como “globaliza- ción”. Después del final de la “gue- rra fría” comenzó a circular el mi- to de que “el socialismo está muerto” y el orden social de la tercera revolución del capital mo- nopolista funcionó como una trampa tanto para el “radicalismo responsable” como para la propia revolución. Los países pobres o en vías de desarrollo fueron empuja- dos hacia esa trampa, pues el capi- talismo monopolista de la era ac- tual requiere una infraestructura nueva (una frontera de expansión dentro del mismo espacio geogra- fico). El “neoliberalismo” sinió para dar una apariencia de sentido a ese proceso de devastación de las clases sociales y de los sin clase. Un embuste ideológico sin parale- los y también sin premisas históri- cas engaña la imaginación burgue- sa y la de aquellos' que deberían encarnar la resistencia feroz a las formas de violencia, de ultraex- propiación y de aplastarniento de las luchas sociales de los trabajado- res, de la pequeña burguesía y de los estratos de las clases medias en desnivelamiento social. Las res- puestas a esa tragedia, llamadas “de izquierda” por la socialdemó- cracia; asumieron un carácter am- biguo y conformista.

Se revela aquí la actualidad del marxismo y la necesidad del socia- lismo revolucionario militante. La experiencia del socialismo de acu-

Cuadernos del Sur

39

mulación y de las tentativas revo- lucionarias nacionalistas demos- traronse insuficientes. Tuvieron un punto positivo: el regreso a Marx, conjugando dialécticamen- te teoría y praxis. Los errores co- metidos tienen importancia cru- cial. Ellos apuntan las exigencias expresas del pensamiento socialis- ta revolucionario. Reclaman fideli- dad integral a los objetivos de la democracia de la mayoría y la ela- boración de los requisitos del ad- venimiento del comunismo. No puede separarse en tres el proceso de revolución socialista: en el vér- tice dirigente, las lideranzas inter- medias políticas y tecnocráticas; en el medio, pero sin posibilida- des concretas de acción revolucio- naria propiamente dicha, los “in- telectuales orgánicos”, sabios eunucos de un orden social mol- deado sin la comprensión de las tendencias históricas de medio y largo plazos de la revolución; en la base, una extensa población ex- cluida de las actividades que ligan teoría y práctica, fanatizada por una máquina de propaganda cruel y castrada del poder operativo. Muchos rastrean en Marx sus geniales previsiones de la organi- zación y del futuro del capitalis- mo, inclusive en lo referente a la primera manifestación del capital monopolista. Mas no es por.allí que se define toda la grandeza de Marx y de otros marxistas de for-

mación teórica rigurosa. Ella está descripta en la “óptica comunista” que Engels y él formulan con pers- picacia política en El Manifiesto Co munista. La división corre entre la reproducción y la ampliación de la barbarie, y una sociedad sin clases, que aniquila larga parte de la he- rencia cultural burguesa. Los aca- démicos se apoderaron de los tex- tos clásicos del socialismo revolucionario. Llegaron a tornar- lo tan preciso que terminaron li- diando con un marxismo muerto, una especie de teología tomista o de metafisica kantiana (como se puede ejemplificar con Althusscr). La erudición apagó lo que había de inventiva y provocador para la reflexión y la contribución de las generaciones posteriores. El desti- no de su obra no era ese sino el de fundir las ideas de los filósofos y las acciones rebeldes de los obre- ros, generando fuerzas sociales pa- ra la construcción de una sociedad nueva.

La actualidad de Marx se vincu- la, pues, directamente, al socava- miento y eliminación del capitalis- mo monopolista avasallador, de la “globalización” de economías, cul- turas y sociedades que, en verdad, sólo se unifican en ciertos puntos estratégicos de la consolidación del capitalismo en su paradigma final. Más bárbaro y bmtal de lo que se podría imaginar. Hay pen- sadores que simpatizan con Marx

40

Mayo de 1996

y neomarxistas rigurosos que afir- man percibir en los caracteres del capital monopolista en desarrollo elementos para dudar e incluso negar la probabilidad de una revo- lución obrera. Sin proceder a una representación de lo concreto co- mo totalidad histórica, proponen conclusiones que abstraen el carn- po de los cambios revolucionarios. Sería pertinente preguntarse: ¿ta- les caracteres fundamentan la pre- sunción de que los cambios en vías de ser históricos se realicen? El capitalismo monopolista de la era actual ¿sofocó las contradicciones intrínsecas del capitalismo en ge- neral, que se agravan de manera imprevista gracias a la composi- ción del capital y a la tecnología que él presupone? Al producir lu- cro y pobreza en una escala geo- métrica y al entronizar una tecno- cracia que domina todas las instituciones, desde la corpora- ción gigantesca al Estado, ¿él au- menta la tolerancia de los subalter- nizados, cuyo escalón mínimo de pobreza gira en torno del 25% para arriba o para abajo? La comu- nicación de masas ejerce un efecto narcótico permanente en la cabe- za de los marginados del sistema, pero no tiene cómo anular las con- tradicciones reales de una socie- dad de ese tipo.

Nos aproximamos así a la ver- dad. La actualidad de Marx no reside en las obras que escribió

sino en el llamado a estudiar y reinterpretar lo concreto como to- talidad histórica y descubrir en él la naturaleza de la revolución. Ac- tualidad significa “ir más allá”, si- guiendo los mismos principios y métodos interpretativos. Si sobre- viven las crisis de larga duración y si persiste el clamor rencoroso de quienes sufren los dilemas socia- les, el orden está condenado. Se generaliza la comprensión de que en la sociedad vigente radica la génesis de las iniquidades, de las psicosis y del padrón de deshuma- nízación de la persona. Las dos alternativas son la decadencia ine- vitable o el socialismo. ¿De qué lado nos situamos? ¿Dejar que la civilización más rica de la historia de la humanidad perezca misera- blemente o llevar adelante los pro- cesos de renovación sin límites que ella contiene, bajo el manto del socialismo revolucionario? Volvemos al punto de partida que Marx y Engels atravesaran. Las revoluciones de mediados del siglo XIX fallaron, dentro de una óptica comunista. ¿Qué fue lo que los dos pensadores hicieron en- tonces? Se volvieron sobre la his- toria para descubrir la fuente de sus errores. Enfrentaron revolu- ción y contrarrevolución cara a cara y buscaron nuevos interro- gantes para los problemas mal en- tendidos o para los procesos en gestación. Las evoluciones del ca-

Cuadernos del Sur

41

pitalismo monopolista actual son claramente reaccionarias. Reac- ción versus revolución. Debemos recuperar la noción de revolución permanente que ellos enunciaran. Y verificar por qué los caminos de esa típica reacción, inmersa bajo las innovaciones y la “moderni- dad", desembocan en los límites de una chilización estatica. Princi- palmente, nos corresponde estu- diar si los dínamismos de. la revo- lución no estaran alimentando. en el sustrato de Ia sociedad capitalis-

ta más avanzada, algo diferente —una civilización capaz de fomen- tar un mundo histórico que va más allá de los tecnologistas y de sus beneficiarios——. Es decir, libe- rar a la imaginación inventiva, la ciencia y la tecnología de las cade- nas quc las ligan a la multiplica- ción de la injusticia social.

San Pablo, Brasil. 1995

(Traducción del portugués: Mariela Molinari.)

' Revista de ideas, historia

o olítica

VIE/¡Ira mu

POR UNA IZQUIERDA ALTERNATIVA

Mayo de 1996

Francia: acontrarreforma liberal y la rebe 1ón popu ar*

Daniel Bensaid

uelgas tenaces y com-

bativas en los senicios

públicos, millones de manifestantes en las ca-

lles, un amplio apoyo

social: el movimiento de diciem- bre en Francia ha sido mucho más que una huelga, una verdadera su- blevación del país que trabaja y produce, que cuida y enseña. Des- de hace varios años, los politólo- gos y los sociólogos impacientes celebraban la extinción del con- flicto en el consenso y anunciaban la disolución de las clases en la masa gris de un individualismo desbordado. En adelante, los relo- jes vuelven a estar en hora. La lucha de clases continúa y la ac- ción colectiva no ha desaparecido. I La irrupción popular ha co- menzado sobre un fondo de exas- peración, producto de una dema- siado larga espera de promesas, tan inaccesibles como la línea del

* Tornado de Viento Sur. mini. 24, diciembre 1995, Barcelona.

horizonte. Se había querido creer en un progreso automático e irre- versible y de repente se descubre, por vez primera desde hace medio siglo, que la nueva generación vi- virá probablemente peor que las precedentes. Más allá de las reiw'n- dicaciones específicas y sectoria- les, el rechazo masivo de este por- venir, que ha dejado de serlo, constituye el resorte fundamental del movimiento de diciembre. En- seguida se ha mostrado que los huelguistas cornbatían por todos y todas y que sus aspiraciones po- nían sobre la mesa una alternativa de sociedad. Así su combate ha resucitado la esperanza.

El movimiento ha expresado también la pérdida de confianza en los gobiemos y en los repre- sentantes políticos, y la voluntad de contar, en primer lugar, con las propias fuerzas. Lo que se llama “crisis de representación” o “crisis de la politica" traduce, en reali- dad, un malestar democrático. Ya no se cree en los discursos de pre-

Cuadernos del Sur

43

siclentes y de ministros que hacen lo contrario de lo que habían anunciado. Ya no se sabe quien es responsable de qué y dónde se encuentran los centros de deci- sión reales, que han estallado en- tre el nivel del Estado nacional, el de la Comisión de Bruselas (y ma- ñana, quizá, de la Banca Europea), o incluso las prerrogativas delega- das a instituciones internacionales tales como la Organización Mun- dial del Comercio. Si la potencia impersonal de los misteriosos “mercados financieros” se impone como una fatalidad. no hay que asombrarse de la cn'sis de repre- sentación y de la pérdida de sus- tancia democrática del espacio pú- blico.

Frente a esta sequía de la políti- ca, el movimiento social se ha he- cho cargo con toda naturalidad de sus propios intereses. El contraste entre su potencia y la ausencia de alternativa política es evidente. Pa- radójicamente, esta ausencia de al- ternativa de gobierno ha ahorrado los cálculos electorales y las ma- niobras politiqueras que en el pa- sado, inliibieron tan frecuente- mente las luchas.

La presentación del PlanJuppé de reforma de la protección social prendió la hoguera. El primer mi- nistro lo ha presentado a la Asam- blea Nacional como una medida de urgencia destinada a salvar, sin debate público previo, un sistema

de protección en peligro a conse- cuencia de un endeudamiento de 240.000 millones de francos (6 bi- llones de pesetas) y un déficit anual de 60.000 millones de fran- cos (1,5 billones de pesetas). Esta reforma precipitada fue presenta- da como la pn'mera piedra de una política “coherente”.

Un rechazo masivo

Aunque el Gobierno invocara pos; teriormente una falta de comuni- cación y una incomprensión de sus intenciones, los trabajadores han comprendido perfectamente la lógica de esta “coherencia” pro- clamada. En efecto,junto a medi- das bastante vagas sobre la política sanitaria, la versión inicial del plan incluía tres grandes motivos de conflicto:

1. Contrariamente a los com- promisos del candidato Chirac, aumenta la presión fiscal Sobre las rentas del trabajo y familiares (in- cluyendo las de los(as) pensionis- tas y parados(as)). Las pren'síones para 1996 son elocuentes. Los asa- lariados contribuirían con 40.000 millones suplementarios al finan- ciamiento del déficit de la seguri- dad social, mientras que las em- presas lo harían solamente con 5.000 millones (de ellos, 2.500 aportados por las firmas farma-‘ céuticas). Además, el Plan Juppó

44

Mayo de 1906

instituía un nuevo impuesto desde 1996 para el reembolso de la deu- da social (RDS) que debería afec- tar a todas las rentas, pero iba a pesar especialmente sobre el con- sumo popular. Así el plan se mos- tró desde el pn'mer momento pro- fundamente injusto.

2. El Plan incluía una modifica- ción del régimen d‘e pensiones con el pretexto de corregir el de- sequilibrio de la seguridad social de la tercera edad. Hace dos años, los sindicatos habían aceptado un acuerdo según el cual los trabaja- dores del sector privado deberían contar en adelante con cuarenta anualidades de actividad asalaria- da (en lugar de 37 y media) para tener acceso al nivel superior de pensión. El Plan Juppé pretendía generalizar esta medida a los fun- cionan’os y a las empresas públicas y, de paso, suprimir los regímenes particulares, como el de los ferro- n'arios. Los conductores de trenes tienen derecho a retirarse a los 50 años, pero se olvida frecuente- mente precisar que su esperanza de vida media es más de diez años inferior a la media de la pobla- cron.

Pronto se mostró que la gene- ralización de las 40 anualidades era un medida absurda respecto a la prioridad proclamada al em- pleo, puesto que obligaría a los asalariados incorporados más tar- de a la vida laboral activa a traba-

jar hasta los 65 años o más, blo- queando así el empleo de losjóve- nes. Detrás de esta irracionalidad económica, la medida significa cla- ramente que los asalariados no po- drán prácticamente alcanzar una retirada al 100% y deberán recu- rrir de forma creciente a fondos de pensiones y seguros privados complementarios. Acusados de defender un privilegio, los funcio- nan'os públicos y los manifestan- tes han expresado su solidaridad con el sector privado reivindican- do el retorno a las 37 anualidades y media para todos y todas.

3. Aunque de carácter aparen- temente técnico, un tercer aspecto del Plan es acaso el más importan- te en la medida que significa un cambio de naturaleza del sistema de protección social instaurado en la Liberación, al final de la segun- da guerra mundial. Inicialmente, la Seguridad Social fue concebida como una especie de mutual gene- ral de los asalariados, financiada con sus cotizaciones. Por eso, la ley preveía una representación “preponderante” de los sindicatos en sus organismos de gestión. Des- pués, este sistema fue modificado (por los decretos de 1967) en el sentido de una gestión tripartita sindicatos/Estado/patronal. Pero el principio de una caja de solida- ridad, en la cual los asalariados colocan su “salario diferido” para disponer de atención sanitaria y

Cuadernos del Sur

45

asegurar su jubilación, con inde- pendencia de los cambios de ma- yoría parlamentaria o de los com- promisos presupuestarios del Estado, se mantenía. Aún actual- mente, la contribución a la seguri- dad social figura en la nómina co- mo una "cotización" y no como un “impuesto”. El l’lanjuppé proyec- taba la transformación progresiva de esta cotización en impuesto di- rectamente percibido por el Esta- do como Contribución Social Ge- neralizada (CSG), instituida por el Gobierno... ¡Rocard! Así, el gasto sanitario sería objeto de una deci- sión parlamentaria anual como cualquier otra partida presupues- taria. Aunque pudiera ser diverti- do ver cómo unos liberales trans- fieren al Estado la gestión de un presupuesto de protección social equivalente a su propio presu- puesto, esta fiscalización significa- ría un racionamiento de los gastos de salud y un hurto puro y simple del salario indirecto de los trabaja- dores.

Nadie niega que sean necesa- rias reformas. Pero el l’lanjuppé ha sido presentado como la única Reforma, con mavt'tsculas, posible, sin debate público previo a la altu- ra (le lo que esta en juego. Así, se han invocado los 240.000 millones de deuda de la Seguridad Social (la deuda del Estado es de mas de 300.000 millones) sin examinar se- riamente las causas del déficit. Se

ha culpabilizado al crecimiento de los gastos sanitarios, olvidando precnsar que una parte importante de su aumento se debe a las pato- logías físicas y psíquicas engendra- das por el paro y la exclusión. En realidad, la principal razón del de- sequilibrio es el crecimiento del paro que priva de protección so- cial a más de tres millones de co- tizantes; a continuación, vierten la deuda del Estado y del Ministerio de Defensa Nacional con la Segu- ridad Social, los millones de coti- zaciones no pagadas por los em- presarios, las rebajas de cargas sociales consentidas a las empre- sas para “estimular la creación de empleos”, que nunca fueron crea- dos, las transferencias del régimen general de los asalariados hacia los regímenes particulares deficita- rios (agricultores, artesanos). También, los problemas de fi- nanciación no han sido sen'amen- te debatidos. Es cierto que la de- ducción de una parte patronal de las cotizaciones sociales da ventaja a las empresas de fuerte composi- ción organica de capital frente a las empresas de fuerte utilización de mano (le obra. l’ero sería per- fectamente factible corregir esta distorsión instaurando una tasa de solidaridad social, ingresada direc- tamente en la Seguridad Social, sobre las empresas con una fuerte tasa de IVA y sobre las rentas fi- nancieras, sin que ello suponga po-

46

Mayo de 1996

ner en cuestión el principio origi- nal de financiación por cotizacio- nes.

En fin, el l’lan juppé ha sido perfectamente comprendido co- mo una contrarreforma destructo- ra de conquistas y relaciones socia- les. Más aún, huelguistas y manifestantes han establecido rá- pidatnente la relación entre este plan y las amenazas contra los ser- vicios públicos ilustradas por un “contrato de plan” para los ferro- cartiles qtte suprime líneas consi- deradas no rentables y saCIi fica el riel a la carretera, con proyectos de privatización total o parcial del ferrocarril, las telecomunicacio- nes, la energía, así como una parte de la reforma hospitalaria que fa- vorece a las clínicas privadas en detrimento de los hospitales públi- cos. A partir de la cuestión de la protección social, la movilización ha pasado en tnenos de un mes al rechazo global de la mundializa- ción mercantil, de la ofensiva libe- ral y de sus efectos.

Un movimiento inédito

Los transportes públicos (naciona- les y municipales) han constituido el núcleo duro y espectacular de la huelga. En otros sectores, como correos, electricidad, salud, ense- ñanza, adtninistración, el movi- miento ha sido más esporádico,

alternando días de huelga y mani- festaciones. El movimiento estu- diantil, muy desigual, no ha desempeñado un papel de primer orden. Por el contrario, la gran manifestación feminista, que tuvo más de 30.000 participantes el 25 de noviembre, fue un signo del cli- ma social existente y un estímulo para el movimiento posterior. En lin, pese a los signos de simpatía y las iniciativas de fraternización, el sector industrial privado, bajo el miedo al paro, no ha entrado direc- tamente en lucha. Sin embargo, ha expresado su solidaridad partici- pando en las manifestaciones.

En efecto, esta es la segttnda característica del movimiento: ma- nifestaciones gigantescas, especial- mente en las capitales de provin- cias, mientras qtte París sufría las dificultades del transporte: más de 100.000 en Marsella, 80.000 en Toulouse, 50.000 en Burdeos (ciu- dad de la que es alcalde juppé), 60.000 en Rouen. En algunas ciu- dades medias de unos pocos miles de habitantes como Roanne, An- necy, Quiperlé, un tercio de la población total ha estado en la calle. Aunque es detnasiado pron- to para tomar toda la tnedida de este fenómeno, lo cierto es que nunca, ni en 1968, se había visto algo así. Multitudes así significan evidentemente que la moviliza- ción ha ido mucho más allá de los asalariados y ha llegado a la di-

Cuademos del Sur

47

tnensión de una amplia subleva- ción popular, en la cual, por pri- tnera vez, se ha modificado radi- calmente la relación entre la provincia y la capital.

En esta prueba de fuerzas entre (los mundos (el macrocosmos po- lítico-mediático y el pueblo) que no hablan ya el mismo lenguaje, la opinión pública ha apoyado mayo- ritariamente a los huelguistas, de comienzo a fm (pese a los proble- mas originados por la parálisis to- tal de los transportes), hasta el punto de considerar legítimo el pago de los días de huelga.

Frente a esta tempestad,]uppé, inicialmente arrogante e inflexible ha tenido que retroceder. En priná cipio, el Gobierno tuvo que conce- der promesas presupuestatias al movimiento estudiantil para in- tentar alejarlo de los trabajadores. La cuestión de las pensiones fue disociada y enviada a la reserva. Se ha comprometido a respetar los estatus específicos, en especial el de los ferroviarios. El “contrato de plan” sobre el ferrocarril ha sido congelado. Ciertamente, todo es- to podría ser revisado por poco que los trabajadores bajen la guar- dia. Pero en cualquier caso, los huelguistas y manifestantes gustan no el sabor de la derrota, sino el de una casi victoria. Habrían podi- do obtener más aún sin una divi- sión sindical que ha dejado márge- nes de maniobra al Gobierno.

Efectivamente, esta lucha masiva apenas ha hecho nacer formas de organización unitaria de base. Aunque la CGT y FO han coinci- dido en la calle, no ha habido fren- te sindical capaz de proponer uni- tariamente un calendario de movilización y de presentar un ca- lendario de reivindicaciones co- munes.

Sin embargo, el asunto no está terminado. A medida que la movi- lización se amplificaba, nuevas exi- gencias han emergido, sobre los salarios, las condiciones de traba- jo, el empleo y la flexibilidad. La cumbre social sobre el empleo entre Gobierno y sindicatos, convocada en condiciones dramáticas, no ha concluido en nada concreto.jup- tiene ante ahora un calenda- rio social explosivo para los próxi- mos meses. Se ha comprometido a organizar nuevas reuniones so- bre el tiempo de trabajo, el em- pleo de losjóvenes, la política fa- miliar. Ahora deberá precisar las modalidades de aplicación de su plan, o de lo que quede de él. La cuestión de las pensiones vuelve sobre la mesa, igual que el contra- to de plan sobre los ferrocarriles y, sobre todo, el proyecto de pli- vatización de F rance-Telecom pre- vista en primavera. En un contex- to de recesión, el camino es muy exiguo entre la redttcción de los déficits, que estrangula el consu- mo, y las veleidades de relanza-

48

Mayo de 1996

miento para e\itar un nuevo as- censo en flecha del paro.

El muro de Maastricht

La movilización popular no ha bloqtteado, en absoluto, a la socie- dad sobre arcaísmos; por el con- trario, está abierta al porvenir y a una dinámica de reformas inscri- tas en la perspectiva de una socie- dad basada no en la competición de todos contra todos, sino sobre el derecho a la existencia (al em- pleo, a la vivienda, a la salud, a la educación) por delante del dere- cho de propiedad y de las finan- zas. Estos dos derechos se oponen. Y ahí está el desafío decisivo, entre la contrarreforma liberal y otra alternativa de sociedad, indisocia- blemente nacional y europea. La prioridad a las necesidades de la mayoría contra la competencia de- satada lleva, en efecto, a poner en cuestión la construcción europea tal como se está realizando, desde el Acta Unica a la moneda única.

Ciertamente, la cuestión de los déficits públicos y del endeuda- miento cle los Estados se plantea (incluso en los EE UU y enjapón) con o sin Maastricht. Pero la carre- ra desenfrenada hacia los criterios de convergencia y al calendario monetario impone las peores solu- ciones. La moneda no es un autó- mata fetiche, sino la expresión de

relaciones sociales. Construir Eu- ropa por la vía de la coerción mo- netatia y de la desreglamentación financiera es construirla al revés. En realidad, el recurso al impera- tivo categórico financiero para dis- ciplinar las economías nacionales hace retroceder el proyecto euro- peo. La Ettropa monetaria tiende así a reducirse al club restringido de algunos países agrupados en torno al marco. Este club ni siquie- ra merece el nombre de Europa.

Para volver a poner la construc- ción europea en su sitio, hay que partir de los cimientos. Por una parte, la definición de una Ettropa política basada sobre criterios de subsidiariedad democráticamente debatidos y aceptados. Por otra parte, por la creación de un espa- cio de convergencia social euro- peo: una aproximación progresiva de los niveles salariales, de los de- rechos sociales, de la reducción concertada y coordinada del tiem- po de trabajo, generadora de em- pleos, el desarrollo de grandes proyectos de SCI'VÍCÍOS públicos de transporte, de telecomunicación, de energía, a escala continental. En efecto, la opción no es entre una Europa liberal. que está entre la espada y la pared, y un replie- gue nacional-populista sin futuro. Otra Europa, democrática y social, podría obtener la legitimidad po- pttlar de la que carece cada día más la política de Maastricht.

Cuadernos del Sur

49

Consecuencias sobre el panorama politico y sindical

Los observadores han señalado frecuentemente que a este movi- miento le faltaba una salida políti- ca. A la iunierda. el Partido Socialista, ocupado en la digestión de sus diez años de gestión leal del capital, se ha mostrado de una discreción ejemplar y se ha guar- dado de proponer la menor solu- ción. Si jospin ha quedado prácticamente invisible durante toda la duración del conflicto es porque sigue estando prisionero de un proyecto europeo y un Tra- tado, del cual la socialdemocracia fue, junto a los liberales modera- dos, el más celos‘o artesano. Por su parte en la derecha, no han falta- do las zancadillas contra el primer ministro por parte de Balladur, de Pasqua y Seguin. Pero las procla- maciones sobre la necesidad de “otra política” suenan vacías por- que no se trata solamente de otro método de gobierno por el diálo- go, ni de una mejor dosificación entre austeridad y relanzamiento, sino, más bien de una inversión de prioridades sociales en contradic- ción directa con los criterios de convergencia. Otra política impli- caría una revisión lacerante del proyecto europeo que ni la mayo- ría de derechas ni el Partido Socia- lista están dispuestos a arriesgar. Por otra parte, se habría podido

temer que el Frente Nacional ex- plote este movimiento en sentido populista. Pero lo ha combatido y condenado abiertamente, esfor- zándose sin éxito en dirigir a los usuarios contra los huelguistas. Pe- ro esto no excluye que pueda be- neficiarse aún electoralmente del descrédito de la derecha parla- mentaria y de la parálisis de la izquierda. En definitiva, gracias al papel jttgado por la CGT, el Parti- do Comunista es quizás entre los grandes partidos el que ha salido mejor parado, evitando cuidado- samente toda iniciativa susceptible de abrir una crisis política latente. En estas condiciones, el terremoto social no provocará en lo inmedia- to una conmoción de la escena política, sino más bien de recom- posiciones parciales, lentas, mole- culares.

Los principales cambios se pue- de prever y constatar ya en el cam- po sindical. Al comienzo del movi- miento, los comentaristas superficiales insistían en la débil representatividad del sindicalismo francés. Con un 10% de trabajado- res sindicados, los efectivos de ttn sindicalismo militante y minorita- rio están en efecto por los suelos; sin embargo, cada elección profe- sional confirma la representativi- dad de las confederaciones.

Es verosímil que las huelgas de diciembre provoquen una corrien- te significativa de resindicaliza-

50

Mayo de 1996

ción, pero en cualquier caso, el panorama sindical queda desde ahora considerablemente rnodifi- cado. Por una parte, la dirección confederal de la CFDT, con Nico- le Notat a su frente, ha asumido abiertamente un papel rompe- huelgas para imponerse como in- terlocutor privilegiado del Gobier- no. Fuerza Obrera, que jugaba U'adidonalmente ese papel de sin- dicalismo de colaboración, res- ponsable y constructivo, se ha mos- trado por el contrario extremista, por razones qtte no son necesaria- mente mtty nobles. La reforma juppé de la Seguridad Social rom- pe la hegemonía de este sindicato en la gestión de las cajas de seguro de enfemiedad, de donde FO ex- traía una buena parte de sus recur- sos. La prtreba de diciembre ten- drá consecuencias duraderas sobre estas dos confederaciones. En la CFDT, una oposición que reagrupa especialmente a la Fede- ración de Transportes y ciertas uniones regionales importantes, reclama un congreso extraordina- rio. En FO, el congreso previsto dentro de dos meses opondrá un candidato moderado a la alianza entre Marc Blondel. actttal secre- tario general. y los militantes de la corriente 'lambertista”. Finalmen- te, es la CGT cuyo congreso se.ha realizado en pleno movimiento, quien ha hecho una demostración de fuerza y ha impuesto una ima-

gen de sindicato combativo.

Sin embargo, el fenómeno qui- zás más importante para el porve- nir reside en la afirmación de un sindicalismo autónomo (pero no corporativo); el sindicato SUD (So lidarité, Unite, De'mocralie) constitu- ye en correos y telecomunicacio- nes el mejor ejemplo. Se trata de un sindicato surgido de una exclu- sión de la CFDT en 1988. Muy deprisa, este sindicato inde- pendiente y deniocrático, anima- do por militantes de la izquierda revolucionaria, se ha convertido en la segunda fuerza de las teleco- municaciones, con un 30% de vo- tos en las elecciones, siguiendo los talones a la CGT, mientras que la CFDT se derrumbaba. En el re- ciente movimiento, SUD ha juga- do,junto con otros sindicatos att- tónomos (entre ellos, el de los impuestos), un papel que sobrepa- sa ampliamente el marco de su rama y se prepara a afrontar las amenazas de privatización de esta empresa pública rentable que es France-Telecom.

El otro acontecimiento funda- mental es una inversión clara y neta de las relaciones de fuerzas en el sindicalismo dela enseñanza. I-lace tres años. la dirección social- demócrata de la Federación de la Educación Nacional (FEN: 400.000 afiliados aproximada- mente) organizó una escisión por temor a quedar en minoría por el

Cuadernos del Sur

51

desarrollo de corrientes próximas al PC, en especial en los institutos y los centros de formación profe- sional. La escisión ha hecho nacer dos federaciones, la FEN que se mantiene y la Federación Sindical Unitaria (FSU). La FEN conserva- ba así su hegemonía en los profe- sores de primaria. Pero en las lu- chas de diciembre, la FSU, muy moxilizada, ha marginado comple- tamente a la FEN. Ya mayoritaria en la enseñanza media y superior, va a ser con seguridad el primer sindicato en primaria. Dado el pe- so específico del sindicalismo de la enseñanza, la FSU animada princi- palmente por militantes del PC y de izquierda revolucionaria, haju- gado un papel positivo en el movi- miento para intentar agrupar el frente sindical común que hemos echado de menos.

En fin, la discreción de los polí- ticos ha abierto un espacio a la removilización de los “intelectua- les” a quienes se consideraba des- politizados e indiferentes. Se han publicado dos llamamientos clara- mente contradictorios. Uno, a ini- ciativa de la revista Esprit, con las firmas más relevantes de Alain Touraine, el filósofo Paul Ricoeur, y la “segunda izquierda” moder- nista inspirada por la Fundación Saint Simon. Desde la primera fra-

se, el objetivo era rendir homenaje al “valor de Nicole Notat” (el líder de la CFDT), sin tomar claramente posición sobre los dos temas cen- trales del momento: el apoyo a los huelguistas y el rechazo del Plan juppé. El segundo llamamiento, encabezado por Pierre Bourdieu, llamaba a un apoyo activo, político y material, a los huelguistas y a sus reivindicaciones y consiguió un impacto considerable.

Los huelguistas y los manifes- tantes de diciembre han mostrado que era posible hacer retroceder al Gobierno, oponerse a los efec- tos de la globalización mercantil, poner freno a la ofensiva liberal. Este acontecimiento crea una si- tuación nueva, en la que se anu- dan lo viejo y lo nuevo. La movili- zación popular desgarra la línea del horizonte e inventa su propio porvenir. Esboza una alternativa a la dictadura de los mercados fi- nancieros y al reinado de una competición inhumana. Se ha es- peculado ya mucho sobre el signi- ficado de esta explosión social. Numerosos comentaristas quieren ver en ella la última huelga arcaica de una época que termina. ¿Y por qué no la primera gran huelga antiliberal del siglo que viene?

Paris, 3 de enero de 1996.

52

Mayo de 1996

La Osa Mayor: posfordismo

y lucha de clases Un comentario sobre Bonefeld y Jessop*

John HollowayMg

l. Introducción

l trabajo de Werner Bo- nefeld en torno a la Re- formulación de la teoría del Estado es importante al menos en dos aspec- tos. En primer término porque ofrece una introducción compren- siva a las teorías de la reformulación en torno al Estado fordista y neo/or- dista así como una crítica de las mismas y, en segundo, porque al hacerlo implícitamente desarrolla algunos elementos de un marco teórico para entender las transfor-

‘i‘ l...e artículo, así como el de Bol) jesrrip que incluimos a continuación, frenar tomados de Bonefeld, Werner y _Ïi Ii..‘l Ilollrnvay, ¿Un nuevo Eslado?Debate ,-. m la reestmcluracío'n del Estado y el "¿If/al, Cambio XXI-Fontamara, Méxi- .'r' l‘}9'l.

'-"* julrn Holloway es profesor-inves- .1;_r.rdor del Instituto de Ciencias Socia- .25 y Humanidades de la Universidad .wtónorna de Puebla, México.

maciones actuales del capitalismo y del Estado Capitalista.

El argumento central de Bone- feld es que en la teoría de la refor- mulación, cuyo principal exponen- te es Hirsch, la “lucha de clases es reducida a una ‘posición de pero también’ dentro de la historia, y como tal es separada de las leyes objetivas del desarrollo” y que el papel de la lucha de clases, si bien se menciona, se subordina a las “Leyes objetivas” del desarrollo ca- pitalista. Consecuentemente, al tratar a la lucha de clases “como un mero objeto de la historia” la teoría, finalmente, promueve el acomodo de la lucha de la clase trabajadora a la nueva cara del capitalismo.

La relación entre la lucha de clases y las “leyes objetivas del de- sarrollo capitalista" ha sido siem- pre la cuestión central de la teoría marxista. Esto es así especialmen- te en el momento actual, cuando parece con frecuencia que las le- yes objetivas están ordenando to-

! Ïuadernos del Sur

5Q.

do a su manera y que la lucha de clases ha sido suprimida. La cues- tión es central, en particular, para cualquier discusión de la teoría de la regulación o para cualquiera de las otras teorías en tomo al fordis- mo y posfordismo que tanta influen- cia han tenido en los últimos años.

No es sólo el trabajo de Hirsch el que puede ser criticado por su- bordinar la lucha de clases a las leyes objetivas del desarrollo capi- talista. Por el contrario, en el tra- bajo de Hirsch la vinculación entre estructura y lucha es cuando menos una preocupación consciente y constante, mientras que en muchas otras contribuciones a la discusión en torno a las transformaciones actuales del capitalismo, la lucha está completamente ausente.

Esta eliminación de la lucha en los analisis de los cambios actuales tiene implicaciones teóricas y polí- ticas muy importantes. La resolu- ción capitalista de la crisis implica una reescritttra de la historia, en la cual debe establecerse la inevi- tabilidad del capitalismo. Ocultan- do a la mirada los desequilibrios y los conflictos del pasado y del pre- sente (cf. Holloway 1987). Y tal parece que aquellos que se dicen marxistas pueden desempeñar un papel importante en esta purga de la metnoria. Por un extraño giro de la teoría, las “leyes objetivas del desarrollo capitalista”, antes utili- zadas para señalar la inevitabili-

dad de la crisis capitalista, ahora sirven para sostener la inevitabili- dad del restablecimiento del capi- talismo.

De este modo, la cuestión de la relación entre estructura y lucha va mucho más allá de una crítica específica al debate de la reformu- lación: se trata de la cuestión cen- tral en cualquiera de los intentos para comprender el desarrollo ac- tual del capitalismo y las perspec- tivas para la lucha de clases. En este sentido, la réplica dejessop a Bonefeld no logra abordar ade- cuadamente este punto central, haciendo, como lo hizo, una ecua- ción extraordinaria entre la lucha de clases y las estrategias del capi- tal. Sin intentar resolver el proble- ma, el objetivo de esta conuibu- ción es llevar adelante la discusión abierta por Bonefeld, a través del examen de algunos de lOs funda- mentos teóricos del debate de la reformulación, y de sus implicacio- nes políticas.

2. Estructura y lucha en el debate sobre la derivación del Estado

El problema central en la obra de Hirsch ha sido siempre el de una tensión no resuelta entre las “leyes objetivas del desarrollo capitalis- ta” y la lucha de clases. Esta ten- sión está presente en todo su

54

[Mayo de 1996

m

'F‘r

my"

trabajo, desde su contribución al iebate sobre la derivación del Es- tado en adelante.

El debate sobre la derivación del Estado, que buscó ofrecer un marco riguroso para el análisis del Estado capitalista, derivando la

. forma Estado de la naturaleza del

capital, ha sido acusado con fre- cuencia de adoptar la lógica del

Y capital o ttn enfoque funcionalis- ._ ta. Si bien puede decirse justamen-

te que algunas de las contribucio- nes al debate asumieron que el desarrollo del Estado podía ser de- ducido de la “lógica del desarrollo capitalista”, el gran mérito del ar- tículo de Hirsch, The State Appara- tus and Social Reproduction: Ele- ments of a Theory of the Bourgeois State (1974/1978), fue que trató de alejarse del enfoque de la lógi- ca del capital, al mismo tiempo que continuó subrayando la im- portancia de fincar el análisis del Estado en la naturaleza del capital. Uno de los temas principales del artículo de Hirsch en su argumen- tación en contra del funcionalis- mo del cual Bonefeld lo acusa en su discusión en torno a su último

trabajo. En este sentido,jessop es-

en lo correcto cuando dice que

“los colaboradores germano-occi- dentales de la reformulación desa- rrollaron el enfoque antifuncio« nalista en el debate sobre la

derivación del Estado”. Pero una revisión más minucio-

sa muestra sin embargo que el artículo de Hirsch era contradicto- rio. Esta contradicción puede ras- trearse en la historia del artículo, el cual fue publicado dos veces. La primera versión se publicó en Braummühl et al. (1973) —la tra- ducción al español de esta última versión apareció en Críticas (le la Economía Politica, núm. 12-13, Mé- xico, Ed. El Caballito, 1979-, y la segunda versión revisada se publi- al año siguiente, como parte de un libro de Hirsch (1974), y es la versión que se publicó en inglés en Holloway y Picciotto(1978).

En la primera versión del artí- culo, Hirsch deriva la existencia del Estado de la falta de cohesión social en una sociedad productora de mercancías. En una sociedad basada en la división del trabajo y en la propiedad privada, la cohe- sión social se establece básicamen- te a través de la ley del valor, a espaldas de los productores. Dado que la producción mercantil, al extenderse, destruye la cohesión social del feudalismo, surge la ne- cesidad de que el valor sea com- plementado por el Estado, en tan- to encarnación alienada de la totalidad social: “Dado que los in- dividuos ‘ni están subsumidos bajo una comunidad natural, ni pue- den, en tanto miembros conscien- tes de la comunidad subordinar la comunidad a si mismos, ésta debe confrontarlos, en tanto sujetos au-

Cuadernos del Sur

55

tónornos, como una cosa objetiva fortuita, externa, igualmente autó- noma. Esa es precisamente la con- dición para que ellos puedan, en tanto personas privadas autóno- mas, existir al mismo tiempo en una relación social’ (Crundrisse, ed. alemana, 909). Así como la relación entre los trabajos de los individuos presenta al trabajo cor- no algo que les es enajenado, co- mo una cosa (dinero), del mismo modo es necesario que la colecti- vidad social deba tomar una for- ma particular. Así como el valor de cambio —encarnado en el dine- ro- produce la unidad social de la prodtrcción independientemente de la voluntad individual, del mis- mo modo es necesario el Estado para garantizar las condiciones ge- nerales de la producción y la re- producción, que es exterior a los productores individuales” (Hirsch 1973, 201-202).

Después de derivar de esta ma- nera la necesidad de la existencia del Estado bajo el capitalismo, Hirsch procede, en una parte im- portante del artículo, a argumen- tar que el desarrollo del Estado sólo puede comprenderse en el contexto del análisis de la crisis capitalista y, particularmente, en la movilización de contratenden- cias a las tendencias a la caída de la tasa de ganancia. Esto es segui- do por una discusión en torno a las funciones del Estado y a las

contradicciones de la relación en- tre el Estado y la acumulación de capital. Como siempre sucede con Hirsch, el articulo es rico en agu- deza, pero no es necesario discu- tirlas aquí.

En el artículo de 1974, la cues- tión de la derivación del Estado se encuentra profundamente revisa- da. La primera interpretación es implícitamente rechazada en tan- to funcionalista. Después de sub- rayar nuevamente la importancia del valor como el medio a través del cual se establece la cohesión social en una sociedad productora de mercancías, Hirsch ahora seña- la que el “establecimiento de las relaciones sociales capitalistas es la condición para el desarrollo y la generalización plenos de la pro- ducción mercantil” (1974/ 1978, 59), y entonces procede a derivar la forma del Estado no de la produc- ción y el intercambio de mercan- cías, sino de la naturaleza de las relaciones sociales capitalistas:

“Debido a que el proceso de repro ducción social y la apropiación del producto excedente por la clase domi- nante es mediado a través de la libre circulación de mercancias, basada en el principio de igualdad del intercam- bio, asi como a través de la libre disposición que el trabajador asalaria- do tiene su propia fuerza de trabajo y el capitalista del valor excedente que se ha apropiado y que ha acumulado, la abolición de todos los obstáculos

56

Mayo de 1996

que se presentan en el camino (p. e. de las relaciones directas (le fuerza entre los propietarios de los medios de producción y las relaciones privadas de dependencia y restricciones —feuda- lismo- en la esfera de circulación de las mercancias) es un elemento esen- cial en el establecimiento de la forma capitalista de sociedad. La manera como se establece el vinculo social, se distribuye el trabajo social, y se apra pia la plusvalía, requiere necesaria- mente que los productores directos sean privados del control sobre los medios de fuerza fisica y que estos se localicen en una instancia social que se levante por encima del proceso eco- nomico de reproducción: por un lado, la creación de la libertad y la igual- dad burguesa; formales y, por otro, el establecimiento de un Estado que mo nopolim lafuerza” (1974/1978, 61).

La importancia de esta deriva- ción del Estado se encuentra en el hecho de que finca la forma del Estado no en la necesidad de esta- blecer alguna clase de interés ge- neral en una sociedad anárquica (como estaba implícito en el artí- culo de 1973 y en muchas de las otras contribuciones al debate so- bre la derivación del Estado), sino en la naturaleza de las relaciones sociales de dominación en la socie- dad capitalista. Esto. implica un cambio en la concepción del capi- tal. El capital es entendido como una relación social, como una re- lación de dominación entre el ca-

pital y el trabajo, como una rela- ción de clase. El capital no es lo económico que determine lo polí- tico, sino que tanto lo económico como lo político son formas (su- perficiales) de una forma históri- camente específica de dominación de clase (cf. Holloway/Picciotto 1978; Clarke 1988a). El capital no es algo externo a la lucha de cla- ses, sino la forma histórica asumi- da por ésta. Esta derivación del Estado abre el camino a una inter- pretación del Estado como una fortna particular de la relación del capital, entendida como una rela- ción de lucha de clases. Conside- rando este enfoque del capital, se sigue que el análisis del desarrollo del Estado no pttdo ser simple- mente una cuestión de la deduc- ción lógica de leyes abstractas sino de la comprensión conceptual- mente inforrnada de un proceso histórico” (Hirsch 1974/1978, 82); es así que la nueva derivación pro- porciona las bases para un análisis histórico no funcionalista del Esta- do (véase Holloway y Picciotto 1978 para una discusión más corn- pleta). El problema es que Hirsch nunca profundizó del todo en las implicaciones de su derivación del Estado. En la versión de 1974 de su artículo, las partes más funcio- nalistas de su primera argumenta- ción fueron revisadas, y en varios puntos se subraya la importancia del análisis histórico; pero la ma-

Cuadernos del Sur

57

yor parte del análisis acerca la re- lación entre el Estado y la crisis, así como del análisis de las funcio- nes del Estado, permanecieron inalterables. El resultado fue un artículo altamente contradictorio, en el cual la importancia de enten- der al Estado en el contexto del desarrollo concreto de la lucha de clases es continuamente enfatiza- do, mientras que la lucha de clases desempeña ahora una parte muy peqtteña o ninguna en la explica- ción más detallada que proporcio- na Hirsch en torno al desarrollo de las funciones del Estado. Esta contradicción nos llevó a Sol Pic- ciotto y a a sugerir, en nuestra introducción a la traducción ingle- sa al debate sobre la derivación del Estado, que había un giro en el artículo de Hirsch: “de argumen- tar que la acumulación debe ser considerada como un proceso de forma determinada, inscrito en la crisis, de lucha de clases a sugerir que la relación entre la acumula- ción y la actividad del Estado debe ser vista como siendo mediada a traves de la lucha de clases” (Ho- lloway y Picciotto 1978, 28). La tensión no resuelta entre estructu- ray lucha, tan plenamente analiza- da por Bonefeld en relación a la literatura de la reformulación, ya estaba presente en la contribución de Hirsch al debate sobre la deri- vación del Estado.

La tensión entre estructura y

lucha puede considerarse como crucial en el análisis de la crisis. Uno de los aportes más importan- tes del artículo de Hirsch es que estableció la relevancia central de la crisis como la clave para enten- der el desarrollo del Estado. Am- bas versiones del artículo dedican gran parte al análisis de las ten- dencias a la caída de la tasa de ganancia, y al de la crisis como la movilización de contratendencias. La crisis se presenta no como un fenómeno económico sino como una reorganización total de las condiciones sociales de la produc- ción, reorganización que se logra, si es que lo hace, mediante un proceso de lucha social en el cual el Estado desempeña un papel im- portante, y también mediante el cual el Estado se desarrolla. Sin embargo, aún en el núcleo de este análisis de la crisis como un proce- so de lucha social, reaparece la tensión entre leyes objetivas y lu- chas subjetivas: “el curso del desa- rrollo capitalista no está determi- nado mecánicamente o por alguna clase de ley de la naturale- za. Dentro del marco de sus leyes generales, el desarrollo capitalista es determinado más bien por las acciones de los sujetos y las clases actuantes, las condiciones concre- tas resultantes de la crisis y sus consecuencias políticas" (1974/78, 74-75; subrayado mío).

La tensión se expresa en la frase

58

Mayo de 1996

“dentro del marco", que implica una relación externa entre la obje- tixidad de las leves generales del desarrollo capitalista y la subjetiti- dad de la lttcha de clases, una re- lación en la cual la subordinación de la lucha de clases es etidente.

3. Crisis y lucha de clases

El analizar el dualisrno existente en la contribución de Hirsch al debate sobre la derivación del Es- tado no tiene como objetivo avivar tiejas polémicas. El problema es que ese mismo dttalisrno se en- cuentra en el núcleo de su análisis fatalista en torno al desarrollo ac- tual. Las luchas sociales son irn- portantes. pero “es siempre el capital mismo y las estructuras que este impone ‘objetivamente’, a es- paldas de los actores, el que esta- blece las condiciones decisivas para las luchas de clases y el pro- ceso de la crisis’ (Hirsch y Roth 1986, 37).

El desarrollo histórico ha dado un nuevo significado a los entra- mados teóricos de los setenta. Lo qtre con anterioridad se podía considerar como ambigüedades productivas se ha convertido aho- ra en contradicciones con implica- ciones reaccionarias. A principios de los setenta, hacer hincapié en las leyes objetivas del desarrollo capitalista significaba poner énfa-

sis en la naturaleza inherentemen- te inestable del capitalismo. A fi- nes de los ochenta, el llamado a “las líneas ineltrdibles de la ten- dencia y la dirección establecidas por el rnttndo real” (Hall 1985, 15) se ha vuelto ttn argumento refor- rnista para adaptarse a la reestruc- tttración inevitable del capitalismo. En un mttndo en donde aparente- mente las leyes objetivas del desa- rrollo capitalista han aplastado las luchas subjetivas de la clase traba- jadora, parece qtte la única opción abierta para los marxistas es la de escoger entre lamentar el aumen- to de la violencia y la represión capitalista (Hirsch), o argumentar a favor del acomodo con las nue- vas “realidades” (Hall,jessop). Aun- que rnuy diferentes en sus orígenes e inspiración, ambas variantes del tema del posfordismo tienen las mismas aplicaciones: la lucha en contra de las leyes del desarrollo capitalista es una lucha sin espe- ranzas. El mundo se ha cerrado. el futuro está determinado.

Pero hablar de una relación ex- terna entre las “leyes objetivas del desarrollo capitalista" y la lucha (le clases no tiene sentido. Las “leyes del desarrollo capitalista” no son otra cosa que el movimiento de la lucha de clases. Las categorías de El Capital son categorías de lucha.

El conflicto yace en el núcleo del análisis de El Capital. La forma en la cual una parte de la pobla-

Cuadernos del Sur

59

ción explota a la otra es la clave para entender a la sociedad (vol. III, 133), una relación antagónica de explotación y resistencia. El materialismo de Marx no es el de- terminismo inerte sugerido en el desafortunado planteamiento ba- se-superestructura en el Prefacio de 1859; es el conflicto, un conflicto que se centra en la prodttcción, lo que constituye el núcleo de los pa- trones de desarrollo en cualquier sociedad de clases. N o son las leyes del desarrollo capitalista, sino las formas que asume este conflicto bajo el capitalismo, las que consti- tuyen el foco del análisis en El Capital.

Las categorías de El Capital son categorías de antagonismo desde el inicio. Ello queda claro desde el primer párrafo de El Capital. En la sociedad capitalista, la riqueza se nos presenta como una vasta co- lección de mercancías y la mercan- cía es en primer término un “ob- jeto externo”.justo al principio se nos muestra el mas violento de todos los antagonismos: el capita- lismo es el régimen de la muerte, de la mentira, la negación de nues- tra identidad. La riqueza de la so- ciedad no es, por supuesto, algo exterior a nosotros, es el frtrto de nuestro trabajo, la única fuente de su valor. En la discusión en torno al valor se desarrolla el violento antagonismo del capitalismo. El capitalismo es el dominio de las

cosas, cosas que nosotros produci- mos pero que no controlamos ni reconocemos como nuestras, co- sas que se vuelven en nuestra con- tra: es el dominio del trabajo muerto sobre el trabajo vivo.

La teoría del valor puede ser vista como una teoría de la lucha entre la vida y la muerte. La forma del valor convierte la expresión de nuestro trabajo vivo en cosas muertas, en mercancías fetichiza- das que se nos enfrentan, cosas extrañas y poderosas.

A lo largo de todo el análisis de El Capital, el tema de la vida y la muerte es central: el capital es la dominación inestable y transitoria de la muerte sobre la vida, la do- minación de la mercancía como forma muerta de nuestro trabajo sobre el trabajo vivo que nos defi- ne como hermanos y nos distin- gue de la naturaleza. Este tema se refleja constantemente en el análi- sis de Marx, en el contraste funda- mental entre capital constante y variable, en la discusión del proce- so de trabajo, en la discusión so- bre la acumulación, etcétera.

La crítica fundamental a la teo- ría burguesa es que ésta no ve la distinción entre vida y muerte,2 entre capital constante y capital variable. Para la teoría burguesa, la vida no existe. Es por esta razón que no puede entender la plusva- lía, porque la distinción entre ga- nancia y plusvalía sólo tiene senti-

60

Mayo de 1996

do en términos del antagonismo entre trabajo vivo y trabajo muer- to. Para la teoría burguesa, la ga- nancia es exterior, algo que se en- cuentra fuera de nosotros. La categoría de plusvalía abre la cate- goría de la ganancia mostrando que el origen de ésta es la explota- ción, que es, a su vez, el resultado de una lucha constante en contra de la clase trabajadora: la lucha del reloj despertador, de los detalles de la organización del lugar de trabajo, la lucha del tiempo, de los minutos y de los segundos. La ga- nancia no es algo exterior a noso- tros sino que, por el contrario, existe porque estamos dentro de ella. La teoría burguesa presenta a la ganancia como algo qtte no es extemo; El Capital nos muestra que ella es un momento de una relación de dominación y lttcha del Ctra], nos guste o no, forma- mos parte.

Si bien la lucha de la clase tra- bajadora no es el objeto explícito del análisis de El Capital, ella se encuentra implícita en cada cate- goría. El Capital es un análisis de la sociedad burguesa desde la perspectiva de la lucha de la clase trabajadora, contempla el mundo a través de los ojos de la clase trabajadora. Esjustamente por es- ta razón que ésta no es el foco del análisis, pero está presente en to- do momento como el sujeto implí- cito del análisis, como contrapun-

to constante, corno amenaza. El poder creciente de la clase traba- jadora es un subterna constante a través de las páginas de El Capital. El trabajador se inicia como un pobre individuo (en El Capital se asume generalmente qtre el traba- jador es masculino) forzado a ven- der su fuerza de trabajo en el mer- cado. Una vez que la venta se ha efectuado y que el pobre hombre sigue al ricacho a la fábrica, al finalizar el capítulo 4 su fisonomía cambia y él se transformar de un pobre hombre que era en un tra- bajador, de un víctima pasiva del infortunio en un productor y pro- tagonista activo de una relación lucha/explotación. En el capítulo 8, el trabajador une sus fuerzas a la de otros trabajadores, para lu- char por la reducción de lajorna- da de trabajo. Posteriormente, mediante el desarrollo de formas de cooperación, una relación cua- litativarnente diferente se desarro- lla entre los trabajadores, en tanto elementos de un trabajador colec- tivo. A través del análisis de la circulación, la clase trabajadora se extiende desde la fabrica hacia la sociedad entera. Sin ser nunca el foco explícito del análisis, el desa- rrollo de la clase trabajadora y la lucha de la clase trabajadora son inherentes al desarrollo del análi- sis en El Capital. De modo que el análisis del capital no puede sepa- rarse del análisis de la lucha de

Cuadernos del Sur

clases, por la sencilla razón de que el capital es la lucha en la cual participamos inevitablemente.

La presencia de la clase trabaja- dora como una fuerza antagónica al interior del capital es justamente la clave para entender el desarrollo y la inestabilidad del capitalismo.

Todos los modos de explota- ción son inestables, debido sim- plemente a que se basan en la dominación de la mayoría de la población por la minoría y porqtre la minoría dominante siempre de- pende del trabajo de la mayoría dominada; pero el capitalismo es- caracterizado por una inestabi- lidad singular debido a su codicia históricamente sin precedentes, a su voracidad lobuna por el trabajo de los trabajadores. Esta codicia se expresa en la contradicción de la plusvalía relativa: para incremen- tar la plusvalía el capital se ve obli- gado a expulsar al trabajo vivo del proceso de producción. Pero sin el trabajo vivo, sin nosotros, el ca- pital no puede sobrevhir; esta es la contradicción fundamental del capitalismo moderno. Se expresa bajo una forma económica en la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, pero esta es simplemen- te una manifestación económica de la contradicción básica: la pre- sencia del trabajo vivo en el capital.

Hacer una oposición entre las

. leyes del desarrollo capitalista yla lucha de clases, es caer precisa-

mente en el fetichismo que es ob- jeto de la crítica de Marx en El Capital.

Las leyes (o tendencias) del de- sarrollo capitalista no son el mar- co dentro del cual la lucha de cla- ses tiene lugar (como dice Hirsch); ellas simplemente describes los rit- mos típicos de la lucha que resulta de la forma histórica especifica de dominación y resistencia.'Si bien estos ritmos son muy importantes, ellos no son externos a la lucha de clases, sino que se expresan a tra- vés de esta lucha; son ritmos que pueden romperse o cambiarse. Al igtral qtre los ritmos del cuerpo, afectan la marcha de nuestras ac- tividades, pero no son externos a ellas.

La crisis, entonces, no es un marco externo impuesto sobre la lucha de clases, es la crisis de la relación de clase, la crisis del do- minio del capital sobre el trabajo. La crisis muestra los límites de la dominación capitalista: los patro- nes establecidos de las relaciones de clase ya no pueden contener al trabajo, ya no pueden suprimir la vida. En la crisis, los patrones de dominación se trastocan; estalli- dos del futuro, de lo posible, del Aún-No, aparecen por doquier. La crisis en el colapso de la domina- cron.

Para sobrevivir, el capital debe reirnponer su autoridad y rees- tructurar su dominación. El mun-

G“. DO

Mayo de 1996

do debe ser pttesto al derecho de nuevo, el futuro cerrado. Pero es- to dista de ser proceso automáti- co. En gran parte de la literatura acerca del fordismo y del posfor- disrno existe una tendencia a elu- dir la crisis-como-colapso y la cri- sis-como-reestructuración, y a asumir qtte la transición de una a otra se presenta sin problemas o qtte puede darse por sentada. Pe- ro esto es olvidar bttena parte de la excitación de la historia recien- te. El miedo al futttro y la concien- cia ttrgente de la necesidad de reimponer la disciplina. la morali- dad, y el derecho a controlar, se ha expresado en todas las formas de la cultura burguesa desde prin- cipios de los setenta. En el grado en qtte el capital ha logrado reim; poner en btrena medida la estabi- lidad, esto ha sido a través de un proceso de lucha difícil y sangrien- to qtre está lejos de haber conclui- do, tal como lo afirma claramente Simon Clarke en su contribución a este volumen. Asumir qtte el pos- fordisrno simplemente surge. con- solidar las tendencias actuales en un nuevo patrón de dominación, tal como lo hacen muchos de los análisis del fordismo y posfordis- mo, es participar en esa ptresta al derecho del mundo, en la clausura del futurofi, qtre es el prerreqtrisito esencial para la dominación capi- talista. Hacer énfasis en que el de- sarrollo capitalista está abierto, es-

tar de acuerdo con Bonefeld acer- ca de la importancia de respetar la “herejía de la realidad”, no signifi- ca simplemente tener, contra vien- to y rnarea, ttn optimismo vacío. El oscuro panorama pintado por Hirsch en torno a los aconteci- mientos actuales es acertado en muchos aspectos. Las transforma- ciones qtre tienen lugar hoy por hoy en la dominación capitalista son de un carácter radical y en general bastante negativo; ha habi- do una muy severa descomposi- ción de la clase trabajadora a nivel internacional. Critiear la fetichiza- ción de las tendencias teóricas ac- tuales no debe condttcirnos a la negación de la importancia de los cambios que están sucediendo. El problema con los análisis de Hirsch, al igual que con muchos otros relativos al fordismo y pos- fordismo, no está en qtre el cuadro qtte pintan sea inexacto, sino en que es una naturaleza rntrerta, una pintura desolada, una pintura que fija la apariencia de la sociedad burguesa en lugar de captar su moxirniento. Los acontecimientos presentes son mucho más contra- dictorios, rnttclro más vitales qttc lo que estos analisis permiten a'd- mitir.

Referencias

Bonefeld, Werner (l987), véase “La re-

Cuadernos del Sur

formulación de la teoría del Estado”, en “Los esttrdios sobre el Estado y la reestructuración capitalista", Fichas Temáticas (le Cuadernos del Sur, Bue- nos Aires, 1992.

Branmiihl, Claudia et al. (1973). Proble- rrre einer materialittirchen Staatstheorie, Srrhrkamp, Frankfurt.

Clarke, Simon (l988a), Keynesianis-m, A’lonetarism and the Crisis of the State, Edward Elger, Aldershot.

Clarke, Simon (1988b), “Sobreacumtrla- ción, lucha de clases y el enfoque de la regulación”, en “Los estudios so- bre el Estado y la reestructuración capitalista", Fichas Temáticas de Cua- (lerrros del Sur, Buenos Aires, 1992.

Hall, Strart (1985). “Realignment for What”, en Marxirm Today, Londres, diciembre, pp. 12-17.

Hirsch, joaclrim (1973). "Elemente ei- ner materialsistisclren Staatstheorie", en Branmühl, C. et al. (Publicado en español por Criticas (le la Economía Politica, ntirn. 12/13).

Hirsch, joachim (1974/78). “Tlre State Apparattts and Social Reproduction: Elements of a Theory of the Bour- geois State“, en Holloway and Pic- ciotto (1978).

Hirsclr,joachim y Roth, Roland (l98fr). Das neue Cesiucht des Kapitalisrrtru, VSA-Verlag, Hamburgo.

Holloway, john (1987). “The Red Rose of Nissan", en Capital Class, núm. 32, Londres. ("La rosa Roja de Nis- san", Cuadernos del Sur, nt'tm. 7, Bue- nos Aires).

Holloway, john y Picciotto, Sol (1978). State and Capital, Edward Amold, Londres.

jessop, Bob (1988). “La teoría de la regu-

lación, el posfordismo y cl Estado”, en ¿Un nuevo Estado? Debate sobre la reestructuración {1311510110 y el capital, Cambio XXI-Fontanrara, México, 1994.

Marx, Karl (1974). Cntndrisse der Kritik der politischen ()konomie, Berlín (Es- te). (En español: México, Siglo Editores, 1982).

Negri, Antonio (¡978/79). "Capitalist Domination and Workin Class Sabo- tage", en CSE/Red Notes, Working Class Autonomy and the Crisis, Londres.

Notas

ljessop se equivoca bastante cuando sugiere que la importancia del artículo Hirsch radica en que abre ttn espacio para el análisis político autónomo. Aquellos que trabajan en el área de la política (cómo jessop, como Hirsch y como yo) nunca han tenido Ia menor dificultad de encontrar espacio para el análisis político autónomo. Si sentimos que, formando parte de la izquierda to- davía queremos ser “científicos políti- cos" siempre nos queda el recurso de acudir a Poulantzas para salvar nuestras conciencias. Esto. gracias a Dios, nunca ftre una aportación de Hirsch. Por el contrario, todo el señalamiento del de- bate sobre la derivación del Estado, in- cluyendo el artículo (¡e Hirsch. así como la catrsa de qtte este fuera revoluciona- rio en sus implicaciones, respondieron precisamente a lo opuesto: afirmar qtte el desarrollo del Estado no puede ser analizado de modo autónomo en rela- ción al análisis del capital. Eso se subra- ya en repetidas ocasiones en el artículo de Hirsch. Y es justamente por esta

64

Mayo de 1996

razón que gran parte del articulo de Hirsch ha sido retomado en la discusión de la crisis.

3 No existe ninguna continuidad en- tre el marxismo y la teoría burguesa. La teoría burguesa, por definición, supone la existencia continua de la sociedad burguesa; no puede concebir otro futu- ro mas allá. Sus categorías son catego- rías de predeterminación, categorías de muerte. El marxismo, por el contrario, sienta sus bases en la naturaleza transi- toria de la sociedad capitalista. Sus cate- gorias no tienen ningún significado a menos que el futuro se vea como algo abierto, a menos que la transición a una forma diferente de sociedad se asuma como el problema central. Con dema-

siada frecuencia, el objetivo de la teoría marxista del Estado ha sido el de ofrecer una ciencia política alternativa, respues- tas alternativas a las presuntas plantea- das por la teoría burguesa. Pero esto no es posible; el resultado es un amasijo confuso y reaccionario de categorías. Si se quiere suponer que esta clase de teo- rías del Estado es marxista, lo único que nos queda por hacer es citar a Negri: “Es obvio que con esa gente estamos ha- blando de cosas diferentes, es como si ambos hablámmos de la Osa Mayor, pero que para ellos significaia una leja- na constelación de estrellas mientras que para nosotros supone la realidad presente de un feroz animal" (Negri

1978/79,116y

¡apóme pEOC‘XOSS muros

Cuadernos del Sur

65

66

Mayo de 1996

Osos polares y lucha de clases: mucho menos que una autocrítica

Bob Jessop*

l presente trabajo tiene

su origen en dos críticas

recientes dejohn Hollo-

way (1988) y Simon Clar-

ke (1988a) a la teoría de la regulación. En él no intento simplemente reproducir los viejos debates sobre la teoría del Estado, ni tampoco los nuevos debates so- bre el posfordis-nw; mi objetivo es, más bien, ampliarlos.l Ambos au- tores insisten en que en la dinámi- __ca del capitalismo la lucha de cla- ses tiene primacía sobre sus formas institucionales, también llamadas leyes objetivas. En lugar de tratar de defender al regulacio- nismo adoptando una posición contraria a la anterior, presentaré un tercer punto de vista que co- rresponde con mayor exactitud tanto al enfoque de la regulación (de aquí en adelante ER) como al propio análisis de Marx. Esta alter- nativa tiene implicaciones obvias para el estudio del posfordismo, pe-

*ll(>b jeSSOp es profesor de sociolo- gía en la Universidad de Lancaster.

ro dado que ya me he referido a ellas en mi respuesta anterior a Bonefeld aqui sólo las mencionaré brevemente (cf. Bonefeld 1988; jessop 1988).

l. Introducción al debate

En su réplica,john Holloway con- firma, antes que otra cosa, la do- ble crítica hecha por Bonefeld a la teoría francesa de la regulación y a la reciente teoría germano-occi- dental del Estado en los siguientes términos: a) ambas consideran que la lucha de clases se encuentra restringida y limitada por las lla- madas leyes “objetivas” del desa- rrollo capitalista o, cuando mucho, la contemplan simple- mente como el canal a través del cual estas leyes se realizan; y b) ambas consideran a la clase traba- jadora como un objeto pasivo de la histon’a y, por tanto, animan a los trabajadores a acomodarse o a someterse a la nueva cara del capi- talismo (Holloway 1988: 93-4). Holloway afirma entonces que en

Cuadernos del Sur

67

gran parte del trabajo sobre el for- dismo y el posfordismo se ha rees- crito la historia del capitalismo, se ha afirmado la inevitabilidad de la recuperación capitalista como consecuencia de sus leyes objeti- vas y, por consiguiente, se ha cola- borado en la supresión de la lucha de clases (Holloway 1988: 94). Ar- gumenta que esto es un error teó- rico, dado que “la relación entre la lucha de clases y ‘las leyes obje- tivas del desarrollo capitalista’ siempre ha sido la cuestión central de la teoría marxista” (1988: 93). Y que, por otro lado, conduce a errores políticos, al conspirar en el sentido de que la clase trabajadora se resigne frente a la ofensiva del capital, provocada por la crisis, y cuyo fin es reestructurar la rela- ción del capital.

Esta crítica descansa en el argu- mento de que “las ‘leyes del desa- rrollo capitalista’ no son sino el movimiento de la lucha de clases. Las categorías de El Capital son “categorías de lucha” (Holloway 1988: 99). Holloway señala que la lucha de clases se menciona a lo largo de toda la obra maestra de Marx, y es considerada desde am- bos lados. Según él, El Capital está permeado por la metáfora del pre- dominio dela muerte sobre la vida (“el antagonismo más violento de todos”), y también se encuentra repleto de referencias específicas a la presencia de la clase trabaja-

dora como una fuerza antagónica al interior del capital (Holloway 1988: 99-101).

Clarke, por su parte, desarrolla una línea de ataque ligeramente diferente, argumentando que el ER considera como primarias a las necesidades estructurales de la re- producción. De acuerdo con esta crítica, el ER asume que la función principal de los modos de regula- ción es la de asegurar un equili- brio adecuado entre los diferentes departamentos o sectores de la producción, de tal modo que per- mitan que el circuito del capital se integre y estabilice. Como lo admi- te Clarke, esto no significa que los capitalistas puedan simplemente imponer su voluntad, pero que la regulación es vista como un ob- jetivo inserto en las estructuras ca- pitalistas, y no en el equilibrio cambiante de fuerzas en una lucha por la dominación de clase (Clar- ke 1988a: 68-9). Al respecto, Clar- ke señala que los modos de regu- lación deberían ser analizados como el producto de las estrate- gias capitalistas tendientes a mane- jar el equilibrio de las fuerzas de clase, es decir, que su propósito primario no es asegurar un crecr- miento equilibrado sino reprodu- cir la dominación de clase. Siendo este su objetivo, se muestran tan problemáticos para el capital co- mo para la clase trabajadora (Clar- ke 1988a: 15-16; 1988b: passim),

68

Mayo de 1996

como es el caso de las políticas del Estado de bienestar keynesiana, que lejos de frenar la lucha de clases y de estabilizar al régimen fordista, intensificaron la lucha, crearon nuevas formas de resisten- cia, y precipitaron la crisis del Es- tado (Clarke 1988b: 77, 79; cf. 1988a: passim).

2. El capital es más que lucha de clases

La cuestión central en estas críti- cas es que el ER comete una equi- vocación al separar las leyes del movimiento del capital de la lucha de clases, y al sugerir que el desa- rrollo de la lucha de clases y su impacto están confinados dentro de los límites impuestos por esas leyes. Es así que contraponen una premisa diferente: que el capital es lucha de clases (v.g. Holloway 1988: 101-2). Si bien yo comparto esta premisa, no estoy del todo convencido de que siempre se la interprete correctamente. De mo- do que en seguida me abocaré a analizar el modo en que Holloway la maneja y sus implicaciones, de- jando para el final algunos proble- mas que plantea la interpretación de Clarke sobre la lucha de clases.

Al bosquejar las implicaciones de su premisa, Holloway adelanta dos argumentos bastante diferen- tes: piimero, que “lo económico y

lo político son formas (superficia- les) de una forma históricamente específica de dominación de cla- se”; y, segundo, que “el capital no es externo a la lucha de clases, sino que es la forma histórica asu- mida por la lucha de clases” (1988:97). A pesar de sus semejan- zas aparentes estos argumentos tienen implicaciones muy distin- tas. Mientras que el primero nos permite analizar la determinación de la forma de la lucha de clases (en particular el “desdoblamien- to” de las formas de dominación en dos esferas separadas: la políti- ca y la económica) y su transfor- mación en y a través de la lucha, el segundo reduce al capital a un efecto no mediado de la lucha de clases y no concede ningún efecto independiente a la forma de esa lucha. Este último argumento de hecho parece sugerir que pueden existir una explotación, una domi- nación y una lucha de clases puras —un antagonismo puro, sin media- ción a través de las formas y los aparatos sociales, los recursos asi- métricamente distribuidos, y las téc- nicas particulares de explotación y dominación (cf. Balibar 1985: 512), lo que reduciría al planteamiento de que “el capital es lucha de cla- ses” a una tautología: “la lucha de clases es la lucha de clases”. Me niego a creer que esto es lo que Holloway quiere argumentar.

La anulación que él hace con

Cuadernos del Sur

69

ambos argumentos es posible gra- cias a que plantea una alternativa falsa y sesgada: por un lado, dife- renciar estructura y lucha y con ello suprimir la efectividad históri- ca de esta última: por otro, reducir al capital a la forma histórica asu- mida por la lucha de clases y afir- mar, en consecuencia, la primacía de esta lucha como motor de la historia. Este dilema aparente es falso dado que facilmente pueden identificarse otras opciones. Y es sesgado porque al restringir de es- te modo la elección, Holloway cla- ramente nos imita, en tanto mar- xistas, a optar por la segunda alternativa. l’ero si los vemos ma's de cerca, los mismos argumentos de Holloway nos ofrecen una ter- cer alternativa: una explicación de las formas en que el trabajo muer- to domina al trabajo vivo y las consecuencias qtre esto tiene para la lucha de clases. Si desarrollamos esta tercer alternativa, es bastante probable que aparezcan algunas ideas basicas que son comunes a Bonefeld y a Holloway, a los teóri- cos de la reformulación del Esta- do, a los regtrlacionistas franceses y a mismo.

3. De la metáfora a la metaforma Holloway desarrolla su critica al

capitalismo desde él punto de vis- ta de la clase trabajadora; es así

que lo considera como “el domi- nio de la muerte, de la mentira, la negación de nuestra identidad” (Holloway 1988: 99). Estas metáfo- ras, poderosas y evocativas, nos invitan abiertamente a ponernos del lado de la vida, de la verdad, y de la identidad de la clase trabaja- dora frente a las manos muertas del capital. Además, como e'l mis- mo lo observa, estas metáforas aparecen también en El Capital.2 Pero aqui hay que aclarar que a pesar de todas sus herramientas literarias y de su amor por la me- táfora y el símil, la intención de Marx no era proporcionamos un analisis metafórico del capitalismo desde un punto de vista proleta- rio. Tampoco nos estaba ofrecien- do un análisis metafísico de cómo la lucha entre la vida y la muerte se refleja en la dinámica de la acu- mulación de capital. Lo qtre el hacía era retomar una crítica de la economía politica a partir del aná- lisis científico de las leyes de su movimiento. Holloway comienza a reconocer este hecho cuando considera al capitalismo como un modo específico de explotación y dominación y, en este contexto. encuentra qtre la “lucha entre la vida y la muerte” se expresa en la ley del valor.

Pero frente a la alternativa de vincular la metáfora de la vida y la muerte con las formas capitalistas actuales de dominación de clase o

70

Mayo de 1996

afirmar simplemente que el capi- tal es lucha de clases, Holloway opta por esto último y pierde, por tanto, la oportunidad de explorar la dialéctica de la lucha de clases. Por consiguiente, no puede darse cuenta de cómo esta lucha se ins- cribe en las formas de la relación del capital, y cómo éstas moldean, a su vez, a las formas de la lucha de clases y a sus resultados. Ni puede mostramos cómo la domi- nación burguesa de clase involu- cra mucho más que la habilidad del capital para imponer su volun- tad a la clase trabajadora. Sin du- da, tampoco se da cuenta de que incluso la misma clase capitalista se encuentra subordinada a la do- minación del trabajo muerto so- bre el trabajo vivo y, para conti- ntrar con la metáfora de Marx, que mediante las fuerzas irnpersonales de la competencia "un capitalista siempre aniquila a muchos" (Marx 1867c: 715).-

El mismo Marx no consideró que el triunfo del capital en su lucha contra el trabajo fuera la base última para el predominio del modo capitalista de produc- ción (o MCP). Y, de hecho, recha- el crédito por el descubrimien- to de la existencia de las clases o de la lucha de clases (fenómenos qtte ya eran bastante familiares pa- ra los economistas y publicistas burgueses).4 Su originalidad, co- mo él mismo lo señaló, radica en

el descubrimiento del verdadero secreto de la producción capitalis- ta: “la forma económica especifica cn la cual el trabajo excedente no pagado es extraido de los produc- tores directos" (Marx 1894: 791). Porque esto revela el secreto últi- mo. la base oculta de la estructura social en su totalidad. la clave para descifrar la anatomia de la socie- dad civil y la forma del Estado. Esta forma económica específica es la plusvalía. Es el predominio de la forma valor (o, mas bien, la rnetaforrna, dado que presenta di- versos y variados momentos) en un sistema generalizado de pro- ducción de mercancias lo que de- termina, en el modo de produc- ción capitalista, la identidad conceptual de las clases, la natura- leza de las relaciones de clase, las formas de la lucha de clases, y la dinamica de la lucha de clases y de la competencia en su conjunto. En resumen, más que iniciar su traba- jo con la lucha de clases, él nos muestra cómo la lógica del trabajo abstracto se impuso sobre los tra- bajadores y también sobre los ca- pitalistas.

Marx argumenta que el MCP es único debido a que. más que de- pender de las relaciones explícitas y directas de coerción y domina- ción extra-económicas, está gober- nado por formas cuasi-autónomas de relaciones sociales y por una lógica que opera a espaldas de los

Cuademos- del Sur

71

productores. De este modo, la re- lación del capital no es sólo una forma que el conflicto de clases puede asumir, como si la lucha de clases existiera como tal a todo lo largo de la historia y simplemente tomara ésta o cualquier otra for- ma. El capital es una forma parti- cular de las relaciones sociales y posee una lógica institucional y una dinámica direccional propias. Una vez que la producción de mercancías se ha generalizado (de modo que la misma fuerza de tra- bajo asume la forma de una mer- cancía)5 y que la plusvalía relativa

se ha convertido en la forma do- '

minante de plusvalía, la domina- ción capitalista se realiza a través de una cadena de relaciones socia- les cuasi-naturales, emergentes e impersonales (cf. Marx 1867: 733, 1024). Dado que la cadena se re- produce mediante agentes huma- nos, no podría ser entendida sin referencia a sus acciones; pero la dinámica de la relación del capital se encuentra también más allá de su control, cuando menos en dos aspectos. Primero, que en un m0- mento dado la relación del capital antecede a estas acciones como su condición —no reconocida o per- cibida fetichistamente- de exis- tencia y de acción. Y segundo, que ella opera “a sus espaldas” de una manera sistemática, produciendo consecuencias no intencionadas que tienen profundas implicacio-

nes para la acumulación. La forma de la relación del capital domina las acciones de los individuos: es, como Marx lo observó, anárquica.

4. Las clases y la lucha de clases en Marx

Holloway señala que en El Capital de Marx la lucha de clases se men- ciona con frecuencia; sin embar- go, no discute explícitamente cómo es que Marx se refiere a ella. Un examen más profundo revela que la crítica de Marx no parte de la lucha de clases. De. hecho, él sólo pudo considerar el papel de aquélla en la acumulación después de introducir las categorías de la economía política necesarias para definir las relaciones de clase y los intereses en juego en la lucha de clases. Él primero utilizó la catego- ría de clase para establecer una identidad conceptual y sólo poste- riormente la empleó para analizar los conflictos entre fuerzas especí- ficas, cualesquiera que fueran su identidad propia y sus formas de organización; no es nunca una de- nominación dada a algo preexis- tente, un “agente de clase conocido en mismo” (cf. Balibar 1985: 520; y Rosenthal 1988: 29). La lucha de clases no es el punto de partida, sino una de las media- ciones en y a través de las cuales se analiza la acumulación de capi-

72

Mayo de 1996

tal. Si vamos a analizar la naturale- za y la dinámica de la lucha de clases, necesitamos criterios obje- tivos que permitan establecer la relevancia de clase6 de los antago- nismos y de las luchas sociales, sin importar que las fuerzas involucra- das estén subjetivarnente organiza- das o no, y que conduzcan su lucha en términos de identidades y/o intereses de clase. Estos, a su vez, deben ser derivados de la na- turaleza de la relación del capital así como de sus implicaciones pa- ra los antagonismos de clase.

Podemos resumir esquemática- mente las referencias de Marx a la lucha de clases en El Capital de la manera siguiente:7

—En la crítica de Marx el sujeto activo es el capital, considerado como la auto-valorización del va- lor. El valor es un “sujeto automá- tico” que se activa como “el movi- miento propio” del capital en tanto, a través de su metamorfosis alterna y continua en mercancías y dinero, agrega plusvalía a mis- mo (Marx 1867: 255). De modo que podemos considerar al capital en mismo como el sujeto, o bien considerarlo como un “proceso sin sujeto”.8 Marx subraya siempre que el capital es el sujeto, y obser- va que su independencia se expre- sa de la mejor manera en la forma dinero (Marx 1867: 255; el mismo punto de vista es planteado con firmeza por Clarke 1988b).

—Marx típicamente se refiere a los capitalistas (individualmente o como clase) como la personifica- ción del capital, o como los porta- dores conscientes del movimiento propio del capital. El contenido objetivo de la interminable e ilimi- tada metamorfosis del capital, v. g., su auto-valorización, es él pro- pósito subjetivo del capitalista. Pe- ro hace hincapié en que “es sólo en la medida en que la apropia- ción continua de riqueza en lo abstracto es la única fuerza motriz detrás de sus operaciones, que él funciona como un capitalista, v. g., como él capital personificado y dotado de conciencia y voluntad” (Marx 1867. 254, cf. 990). Es a partir de esta capacidad que los capitalistas buscan incrementar la plusvalía extraída en el proceso de trabajo.

—Cuando Marx se refiere a los capitalistas actuales como personi- ficaciones, lo hace generalmente en dos contextos. Algunas veces se refiere a ellos para ejemplificar las tendencias generales del antago- nismo entre el capital y el trabajo (v. g. los reportes acerca del sobre- trabajo en fábricas particulares). Y otras veces se refiere a la compe- tencia entre capitalistas individua- les como la forma en y a través de la cual la ley del valor se realiza en su apariencia capitalista. En am- bos casos seria más acertado co'n- cluir que el antagonismo de clases

Cuadernos del Sur

73

surge debido alas cualidades inhe- rentes a la relación del capital, que señalar que esta relación es anta- gónica debido a la ocurrencia con- tingente de la lucha de clases y/o de la competencia. Con respecto al segundo contexto, Marx argu- menta claramente que las leyes in- manentes de la producción capita- lista se imponen ellas mismas como las leyes coercitivas de la competencia y, por lo tanto, sc internalizan en la conciencia del capitalista individual. El no deriva las leyes inmanentes de la natura- leza de la competencia capitalista, sino que señala que “un análisis científico de la competencia sólo es posible si podemos aprender la naturaleza interna del capital” (Marx 1867: 433). Igualmente ob- serva qtte “la lucha entre el capita- lista y el asalariado comienza con la existencia de la misma relación del capital" (Marx 1867: 553). No escribe que la relación del capital se inicia con la lucha entre capita- listas y asalariados y, porsupuesto, concluye que el límite para la acu- mulación de capital es el capital ¡nismo y no la lucha de clases (Marx 1867).

—L_a lnu‘gursia es mencionada sólo para darle al capital alguna individualidad histórica, como una fuerza política en la génesis del capitalismo (en el proceso de la acumulación primitiva) y/o en los conflictos tendientes a repro-

ducir la relación de capital. Las referencias a la burguesía y a sus diversas fracciones y tendencias son mucho mas comunes en los estudios políticos de Marx y en sus comentarios, pero aquí también se presentan con frecuencia sin una explicación clara de las media- ciones irnplicadas entre función o lugar en cl circuito del capital y la postura específica adoptada en la lucha política (cf. Cutler et al., 1980).

—Cuando Marx menciona a la clase trabajadora no es en oposi- ción al capital, él no yuxtapone al capital y a la clase trabajadora co- mo si fueran dos términos exter- nos uno del otro sino que, por el contrario, el trabajo (y por tanto todas las prácticas de la clase tra- bajadora ligadas a la venta, uso y reproducción del trabajo asalaria- do) es considerado como un ele- mento integral del movimiento del “capital” (v. g. Marx 1867: 718- 20). Esto queda claro en sus análi- sis de las “luchas cotidianas" en torno a la duración de la jornada laboral, de los “elementos históri- cos y morales” en el “valor” de la fuerza de trabajo o de las fuentes de la plusvalía relativa. En cada uno de estos casos primero identi- fica el espacio para la lucha en términos de su subdeterrninación a través de categorías de valor, y también establece sus parámetros en relación a las identidades de clase antagónicas que se encuen-

74

[Mayo de 1996

tran insertas en la estructura de explotación. En este sentido, Marx considera que el entorno y los in- tereses en juego en la lucha alre- dedor de la plusvalía son de forma determinada, pero insiste igual- mente en que, a este nivel, no están totalmente determinadas. El escribe, por ejemplo, que “lajor- nada laboral... puede ser determi- nada, pero es en y para inde- terminada". O también que “la naturaleza del intercambio de mercancías no impone por mis- ma ningún límite a la jornada la- boral, ningún límite al trabajo ex- cedente” (Marx 1867, 341, 344). En sus análisis, en resumen, la de- terminación plena de las catego- rías del valor debe aguardar su explicación de la lucha de clases. —La forma de la lucha “cotidia- na” entre el capital y el trabajo al interior de la relación del capital está condicionada por la forma mercancía distintiva asumida por la fuerza de trabajo bajo el capita- lismo, lo que da al encuentro en- tre el capital y el trabajo en la esfera de la circulación la forma de una antinomia, un choqtre que enfrenta derecho contra derecho. A su vez, esto moldea sus identida- des y dernandas de clase. De este modo, Marx observa que siempre que el capitalista “sostiene la ley del intercambio de mercancías”, el trabajador, como cualquier otro vendedor, demanda el mejor pre-

cio por su mercancía. Por lo de- más, como Marx lo señala, a dere- chos iguales la fuerza es la que decide (1867, 343-4, cf. 1069-71).

—En las escasas ocasiones en que Marx se refiere al proletariado, oscila entre considerarlo como una clase o como una masa —siern- pre intentando describir una es- tructura de clase típica y mostrar el modo en que una condición proletaria se transforma en un movimiento de masas (cf. Balibar 1985. 516-18). Bajo este último contexto, el proletariado puede ser mejor entendido “en el gran sentido histórico", v. g., como el desarrollo histórico, espontáneo y gradual del movimiento dela clase trabajadora en su totalidad, inclu- yendo cada una de las manifesta- ciones de su organización y cada una de las alianzas implicadas en su movimiento.

Estas conclusiónes sugieren que la lucha de clases en la sociedad ca- pitalista desempeña el papel que tiene debido a que la sociedad se encuentra organizada del modo en que lo está (cf. Postone 1988: IX: 19). El conflicto de clases es una fuerza motriz del desarrollo capitalista únicamente porque es- estructurado por, y se encuen- tra inserto en, las formas sociales de la mercancía 'y el capital. bos antagonismos de clase existen por- que el capital es una relación de

Cuadernos del Sur

75

clase inherentemente antagónica de explotación y dominación; el capitalismo no es antagónico por- que se den conflictos entre fuerzas que se identifican a si mismas co- mo fuerzas de “clase”. El carácter dinámico y totalizador que Hollo- way le atribuye a la lucha de clases como tal, depende de hecho de las formas que estructuran esta lucha y que determinan los efectos de su dinámica y su dirección, “a espal- das” de las fuerzas activas de clase. Esto significa que no podemos to- mar a los sujetos de clase, a las identidades subjetivas de clase y a las demandas conscientes de clase, como nuestro único punto de re- ferencia para interpretar el signifi- cado de las luchas de clase. Los sujetos más significativos, las iden- tidades más importantes y las de- mandas más cruciales no necesitan expresarse en términos de “clase”. Lo que es realmente crucial son sus repercusiones so- bre la reproducción ampliada del capital, sobre la habilidad del capi- tal para continuar con su auto-va- lorización, sobre la totalidad compleja de condiciones necesa- rias para la acumulación continua. Y es por esta razón que debemos partir de categorías tales como mercancía, valor, dinero, capital y de su articulación, antes de que podamos siquiera comenzar a comprender el significado de las luchas lde clase especificas.

5. La forma valor y la lucha de clases

A fin de poder explorar esta rela- ción, debemos comenzar por ana- lizar con más detalle la forma valor misma. Esta comprende va- rios elementos orgánicamente in- terrelacionados que se presentan como momentos del conjunto de la reproducción de la relación del capital. En la esfera de la circula- ción nos encontramos con las for- mas mercancía, precio y dinero, que sirven como intermediarios en el intercambio de bienes y ser- vicios. La producción capitalista está organizada como un proceso de valorización que depende, a través de las presiones competiti- vas, de la necesidad de reducir los costos y/o de incrementar la pro- ductividad. A su vez la fuerza de trabajo, al ser mercantilizada, se subordina al control capitalista en el proceso de trabajo y su remune- ración y reproducción se realizan a través de la forma salan'o. En términos generales, la forma valor se encuentra vinculada a la ley del valor, la cual gobierna la dis- tribu- ción del tiempo de trabajo entre

_las diferentes actividades produc-

tivas, de acuerdo con las fluctua- ciones de los precios del mercado en relación a los precios de pro- ducción que, a su vez, están deter- minados por el tiempo de trabajo socialmente necesario incorpora-

76

Mayo de 1996

do en las diversas mercancias. En las economías capitalistas, en la realización de la ley del valor inter- vienen las fluctuaciones en las ga- nancias (el precio de mercado menos el precio de costo) y las decisiones —no coordinadas- que toman los capitales en competen- cia a partir de las oportunidades de obtener ganancias y frente a los diversos patrones de inversión y producción (cfjessop 1985: 337-8).

Asumiendo que estas formas di- versas son reproducidas de tal mo- do que aseguran la dominación continua de la (meta—) forma va- lor (lo cual no es un humilde logro histórico y depende del éxito en la lucha de clases), definen los pará- metros para la acumulación de ca- pital y también delimitan las for- mas posibles de su crisis.9 No obstante, aún cuando esta forma es dominante, no puede por si misma determinar el curso de la acumulación de capital por com- pleto. De hecho, en tanto momen- tos formales de la relación de ca- pital, las categorías del valor son subdeterminadas, sólo se manifies- tan plenamente cuando se añaden categorías más sustantivas que también pueden ser analizadas en distintos niveles de abstracción; desde las formas más fetichizadas en que aparecen las categorías ob- jetivas, hasta los modos específicos que adoptan la acción y el cálculo estratégico. Precisamente, el mo-

do en que estas formas se sobre- determinan y adquieren un conte- nido específico depende del equi- librio de las fuerzas de clase involucradas en las luchas econó- micas y económicamente relevan- tes, dentro de los límites impues- tos por la (meta—) forma valor. Además, los diversos momen- tos de la (meta—) forma valor se reproduce únicamente en y a tra- vés de la lucha de clases (cfjessop 1985: 338). En este contexto, lo que está en juego en la lucha de clases no es tanto la ventaja (o desventaja) relativa dentro de los parámetros del valor sino el pre- dominio mismo de la (meta—) for-

- ma valor. Si bien referirse de este

modo a diferentes apuestas de la lucha de clases no significa que las luchas (o, más bien, los sitios de la lucha) están en realidad nítida- mente separadas en aquéllas que afectan a la forma valor como tal y aquéllas cuyo impacto se encuen- tra encerrado en esta forma, es necesario, sin embargo, establecer al respecto una distinción analítica y política importante. Holloway no hace esta distinción y por consi- guiente llega a confundir el recha- zo hacia alguna: aspectos especifi- cos o hacia algt .as consecuencias de la (meta—) forma valor, con un rechazo hacia la relación del capi- tal en su conjunto. Es por ello también que él puede acusar falsa- mente tanto a los “politólogos” iz-

Cuademos del Sur

77

quierdistas como a los tqóricos de la regulación por colab rar en la derrota de la clase trabajadora en la lucha que ésta sostiene en con- tra del capital—, puesto que no comparten su apreciación del gra- do de resistencia radical a la rees- tructuración posfordista relaciona- da con las “nuevas” corrientes “realistas” en el movimiento obrero.

Pero de hecho, si es posible ana- lizar las luchas de clases en y en contra de la forma valor, y/o la separación fetichizada entre'las es- feras política y económica. Incluso Clarke, recientemente, subrayó la necesidad de lucha “en y en contra de las formas institucionales del modo de producción capitalista” (Clarke 1988b: 16; cf. Holloway 1980). Al aplicar esta distinción podremos apreciar mejor qué es lo que significa exactamente argu- mentar que el “capital es lucha de clases”.

No obstante que el conflicto de clase es un momento esencial en la reproducción ampliada del capi- talismo, él no conforma como tal la totalidad, ni da on'gen a su tra- yectoria dinámica (cf. Postone 1988: IX. 19). Si nos centramos demasiado en el conflicto entre las fuerzas conscientes de clase, sin duda se nos escaparán otros ras- gos esenciales de la relación de capital, porque laidentidad con- ceptual de las relaciones de c‘lase no es construida por las clases que

conforman la relación del capital, sino que proviene de la relación del capital mismo. Para decirlo en palabras de Postone:

“De acuerdo con Marx, la pro- ducción capitalista, además de la explotación de clase, se caracteri- za por una dinámica peculiar que tiene su on'gen en la expansión constante del valor que se consti- tuye como un momento central del capital, y por las diversas inver- siones del proceso de valorización descritas anteriormente, las cua- les... se materializan en la forma concreta del proceso industrial del trabajo. Marx funda estos rasgos característicos en la forma valor de la riqueza y, por consiguiente, del producto excedente. Ellos no pueden comprehenderse de ma- nera adecuada sólo en relación a la circunstancia de que los medios de producción y los productos pertenecen a los capitalistas y no a los trabajadores. En otras pala- bras, la concepción de Marx res- pecto a las relaciones sociales que se establecen en la esfera de la producción no puede ser entendi- da únicamente en términos de las relaciones de explotación de cla- se” (Postone 1988: VII. 27-8).

Argumentar de otra manera se- ría reducir la crítica de la econo- mia política de Marx a una socio- logía de la lucha de clases desde el punto de vista de la clase trabaja- dora. Más bien es ésta la clase de

78

Mayo de 1996

critica (y no el enfoque de la regu- ladón, como Clarke sugiere) que corre el riesgo de “quedarse corta en una cn'tica sociológica de la economia y no lograr desarrollar una critica marxista de la econo- mía política” (1988a: 69). En su forma más extrema, esta reduc- ción consideraría que la conducta consciente de las clases, actuando para si en la lucha, seria no sólo una fuente de evidencia de la ex- plotación y la dominación de cla- se, sino el único principio explica- tivo de todos los fenómenos que tienen su on'gen en las relaciones de clase. No es mi intención atri- buir tales puntos de vista a Hollo- way o a Bonefeld, pero si quiero señalar que no basta repetir que el “capital es lucha de clases”, como si los diversos lugares y formas de lucha, las tendencias y contra-ten- dencias complejas que surgen de la acumulación de capital, los mo- dos de calcular y las orientaciones estratégicas, así como las formas de organización asumidas por las distintas fuerzas, no tuvieran nada que ver con el curso y el resultado de la lucha de clases. Si, por el contrario, uno acepta que todo esto si establece alguna diferencia, entonces la “acumulación de capi- tal es un resultado de la determi- nación de la forma de la lucha de clases”. Y si bien aún tendríamos que investigar como es que esta misma forma se reproduce, si tie-

ne y en qué aspectos precondicio- nes extra-económicas, qué tanto espacio existe ahí para la sub- y la sobre-determinación, al menos es- tas .cuestiones nos proporciona- rian una base para la discusión.

6. Forma y contenido en Holloway y Picciotto

Podemos profundizar un poco más en este debate si analizamos el modo en que Holloway desarro- lla realmente su tesis de que el capital es lucha de clases. Acerta- damente, Holloway observa qt‘le el enfoque (le Marx contradice el ar-

gumento de que el movimiento

histórico del capital es si mplemen- te el producto de las leyes objeti- vas, mediadas a través de la lucha de clases. Hasta aquí todo va bien. Pero después, equivocándose completamente, atribuye este últi- mo punto de vista a los teóricos de la regulación, los cuales también niegan la existencia de leyes obje- tivas predeterminadas, que se re- alizan a través de una lucha de clases subjetiva y secundaria. Lejos de ello, los teóricos de la regula- ción exploran la dialéctica de for- ma y contenido en la relación del capital de la misma manera en que Marx lo hizo anteriormente —y por consiguiente, también le atri- buyen efectividad a las luchas de clases y a las formas que éstas asu-

Cuademos del Sur

79

men. Aglietta, teórico pionero de la regulación, formula esto con claridad cuando señala que el sig- nificado general del materialismo histórico es “el desarrollo de las fuerzas de producción bajo el efec- to de la lucha de clases, y la trans- formación de las condiciones de esta lucha así como de las formas en las cuales encarna bajo el efec- to de ese desarrollo” (1979: 16). La crítica de Holloway al ER sugiere que la única manera de evitar dar prioridad a las leyes ob- jetivas es afirmando que el “capital es lucha de clases”. Sin embargo, su mismo trabajo toma de hecho un rumbo distinto anti cipando, en la medida en que sigue a Marx y aunque él no se cuenta de ello, los métodos del ER. Es así que él y Picciotto argumentan que el de- sarrollo del Estado capitalista está determinado por la dialéctica en- tre las formas políticas y económi- cas duraderas de la lucha de clases y su contenido cambiante en am- bos campos. Señalan que la parti- culan'zación del Estado produce una forma de dominación de clase que no obstante ser distintiva está correlacionada con el dominio de la forma mercancía en la econo- mía, lo que sienta las bases mate- riales de las prácticas politicas e ideológicas burguesas que, al feti- chizar lo económico y lo político como esferas completamente in- dependientes una de la otra, sepa-

ran las luchas económicas de los trabajadores de sus luchas políti- cas, volviendo más dificil su en- frentamiento con la dominación burguesa. Una vez dada esta sepa- ración general de las formas eco- nómica y politica de la lucha de clases, el contenido de las luchas específicas reflejará las contradic- ciones inherentes y las tendencias a la crisis de la relación del capital asi como las tendencias de la crisis. Es en y a través de esta dialéctica entre forma y contenido que cons- tantemente se renueva y se organi- za el complejo histórico de pre- condiciones económicas, políticas e ideológicas de la acumulación de capital, en tanto relación social de explotación (Holloway y Picciotto 1977: 79-85, 94; y 1978: 14, 17-18).

Holloway y Picciotto parten de la relación del capital en su con- junto, y consideran a las esferas política y económica como ele- mentos distintivos de esa relación, por lo que su interpretación de la forma se ve limitada por la separa- ción fetichista de las luchas econó- micas y políticas de la clase traba- jadora; todo esto se explica en términos de los esfuerzos del capi- tal por mantener la ilusión de que el Estado capitalista es neutral e independiente de la economía. Es- te análisis tiene cierto mérito pe- ro, por otro lado, ignora la plura- lidad de las formas sociales que existen en cada una de las dos

80

Mayo de 1996

esferas, que también afectan la na- turaleza de las luchas económicas y políticas de clase, de tal manera que existe igualmente una dialéc- tica de forma y contenido al inte- rior de cada esfera. De este modo, una interpretación cabal de la lu- cha económica necesitaria tomar en cuenta la forma dinero, la for- ma salario, los sistemas de relacio- nes industriales, la forma impues- to, etcétera. (cf. Clarke 1988b); mientras que en el terreno de la lucha política, necesitarían consi- derarse el sistema de repre- sentación, el “Estado interno” (o articulación de los aparatos de Es- tado), y las formas de interven- ción. Pero si aceptamos esto, las diferencias entre Holloway y el ER ya no resultan tan evidentes.

7. La lucha de clases en Clarke

Clarke critica al ER acusándolo de ser estructural-funcionalista y ar- gumenta que el, interés principal de los modos de regulación es el de manejar el equilibrio de las fuer- zas de clase. Sin embargo, su propio enfoque descansa en supuestos no aclarados sobre la dinámica de la acumulación de capital, que hacen que el suyo no sea tan diferente del de los estudios regulacionistas como Clarke sugiere. Demostraré esto en dos pasos: primero, a tra- vés de un breve recuento de la

exposición de Clarke sobre el jbr- dismo y, segundo, comparando és- ta con el análisis hecho por Aglietta en torno al mismo fenómeno.

La interpretación de Clarke so- bre el fordismo descansa en un en- foque analítico de la forma del capital. El argumenta que el régi- men del capital no está incorpora- do en la persona del capitalista sino que se deriva del dominio de la forma dinero (Clarke 1988b: 17), y añade que es la forma capi- talista del Estado la que subyace a la influencia politica de los capita- listas, y no a la inversa (Clarke 1988b: 120-1). Esto no significa que dichas formas surjan de modo espontáneo, funcionen automáti- camente y mágicamente garanti- cen tanto la acumulación de capi- tal como la dominación de clase. Estas formas son productos de la lucha de clases y no pueden impe- dir que las luchas de clase vayan más allá de sus limites e imponen barreras a la habilidad de los capi- talistas y de los trabajadores para perseguir sus intereses de clase (Clarke 1988b: 15-16). Estas for- mas institucionales, por consi- guiente, no pueden comprender nunca una totalidad funcional- mente integrada, unificada y esta- ble, sino que siempre deben ex- presar la lógica provisional, contradictoria y antagónica de la relación de capital.

Sin embargo, a pesar de que la

Cuadernos del Sur

81

lucha de clases conserva la prima- cía, ella se encuentra siempre arti- culada a la contradictoria lógica (le acumulación inscrita en la rela- ción dc capital. Clarke cs bastante consciente de que ¡para asegurar la acumulación de capital lrace falta algo más que una sucesión de n'e- torias capitalistas en las luchas de clases; es decir, que los resultados de éstas deben también ser con- gruentes con las condiciones téc- nicas y materiales cambiantes dela acumulación de capital. También explora las formas particulares que asume la lógica contradictoria de la acumulación bajo regímenes predominantcrnente extensivos o intensivos, y examina sistemática- mente el conjunto de normas ins- titucionales qtre supuestamente corresponden a patrones de acu- mulación específicos. De este mo- do, no obstante sus criticas a la teoría de la regulación, el análisis de Clarke acerca de los ciclos típi- cos y de las crisis en el capitalismo durante cl siglo diecinueve (basa- do en la acumulación extensiva. el consumo masivo limitado, y el es- caso desarrollo de los sistemas bancarios y crediticios) tiene se- mejanzas impresionantes con el que Aglietta presenta (Clarke 1988b: 167-8, 189).

Y aún más sorprendentes —da- da la acometida principal de la critica de Clarke- son las similitu- des con str análisis del “boom” de

la posguerra. Clarke señala que éste se “basó inicialmente en la generalización de los métodos ‘fordistas’ de producción de bie- nes de consumo y las correspon- dientes industrias (lel acero, los energéticos y la maquinaria” (Clar- ke 1988l): 267); que esto implicó el establecimiento monopólico de precios y de economías de escala; la amortización del capital obsole- to mediante políticas de precios y de depreciación; una negociación colectiva institucionalizada a nivel de fábricas; salarios relativamente altos y en aumento, en ocasiones directamente relacionados con la productividad o las ganancias; cré- dito al consumidor; medidas de seguridad y de asistencia social; y la creación de un crédito keynesia- no (Clarke 1988b: 269-70); y que todo ello fue sostenido por el Es- tado de bienestar keynesiana —una forma de Estado que lo involucra- ba “directa; indirectamente en la regulación de la reproducción de la clase trabajadora, a través del salario y la seguridad y la asisten- cia sociales, y sobre la base de una expectativa generalizada de au- mentos salariales. la garantía de un mínimo de subsistencia, y un compromiso político dirigido al pleno empleo" (Clarke 1988a, 275). Además, aunque no las exa- mina con mucho detalle, se refiere también a las formas estructurales (en la educación y la capacitación

82

Mayo de 1996

industrial, las instituciones finan- cieras, las relaciones industriales, la seguridad social, y las disposi- ciones asistenciales) que se supo- nen en un sistema fordisla integra- do (1988a, 269).Tales semejanzas reflejan claramente que Clarke ini- ció su libro con la idea de ofrecer una topología de los regímenes de acumulación más adecuada (Clar- ke 1988b: 89). El que posterior- mente llegue a privilegiar la lucha de clases no debería cegarnos al hecho de que él explora las luchas de clases dentro de un contexto del análisis de forma.

Aglietta, de modo inverso, hace hincapié en la relación antagónica inherente entre el trabajo asalaria- do mercantilizado y el capital.lo Por consiguiente, considera al tay- lorismo y al fordismo como respues- tas capitalistas a la lucha y la resis- tenda de la clase trabajadora en el proceso de trabajo y más allá de él (1979: 114-17, 162), y también indica cómo la lucha de clases li- mita la acumulación de capital (1979: 67, 119-21, 168, 356). En términos más generales, definió las formas estructurales como “las relaciones sociales complejas. or- ganizadas ven instituciones, que son productos históricos dc la lucha de clases” (Aglietta 1979: 19; subra- yado mío). Es así que cualquier armonía en el proceso de trabajo y en la reproducción de la clase trabajadora obedece a que el capi-

tal ha logrado canalizar con éxito la lucha de clases en todos los campos (especialmente por medio del control del poder del Estado) de modo que sean compatibles con la acumulación (Aglietta 1979: 19, 22, 32, 66-7, 72-3, 197-8, 243,. 383). Pero esto no significa nunca qtre la lucha de clases pue- de ser confinada dentro de los límites de un modo de regtrlación dado. Aglietta subraya qtre la lu- cha de clases misma se encuentra más allá de cualquier “ley”: no está gobernada por determinismo me- tafísico y desborda todos los limi- tes que se le imponen (1979: 67-8). Esto debe ser así por dos razones: primero, porque las formas estruc- ttrrales sólo pueden mediar e ins- titucionalizar el antagonismo en la medida en que permanezcan en con- tacto con smfuentcs; y segundo, por- que pueden desarrollarse nuevos conflictos, tangenciales a aquéllos ya codificados y canalizados a tra- vés de las formas estructurales es- tablecidas (1982: x). Aglietta llega a la conclusión de que las tenden- cias a la crisis son genéricas» al capitalismo, y que deben ser con- sideradas como primarias. De este modo, si en los períodos de expan- sión tienden a prevalecer las ten- dencias irrtegracionistas, esto no significa que el conflicto de clase ha desaparecido (1982: x-xi). Como lo revela esta breve rese- ña, el ER y el enfoque de Clarke

Cuadernos del Sur

83

tienen más en común de lo que él mismo acepta. Ciertamente, tam- bién existen diferencias evidentes en cuanto a la estrategia teórica, los temas de investigación prefe- rentes, y el método de análisis. Mientras que los teóricos de la regulación están más preocupa- dos por especificar el rango inhe- renternente limitado de patrones institucionales que pueden soste- ner un crecimiento económico ca- pitalista relativamente equilibra- do, los teóricos que se enfocan en las luchas de clases están con fre- cuencia más interesados en la am- plia variedad de coyunturas de cla- se y si éstas son o no realmente consistentes con la acumulación de capital a largo plazo y/o con la dominación capitalista de clase. En segundo lugar, mientras que los teóricos de la regulación inten-

tan periodizar al capitalismo en.

términos de una serie de alternan- cias entre fases de acumulación de capital más o menos integradas y periodos de transición más o me- nos desorganizados, los teóricos de las clases distinguen los “mo- dos de regulación” en términos de etapas en la lucha de clases, rehu- sándose a considerar que aquellos involtrcran “regímenes de acumu- lación” cualitativamente diferen- tes. Y, tercero, que en tanto los regulacionistas frecuentemente utilizan modelos econométricos y/o formas de razonamiento esti-

lizadas, el enfoque de sus oponen- tes prefiere los análisis históricos detallados acerca de los modos es- pecíficos de crecimiento y los pa- trones institucionalizados de com- promiso de clase. Sin embargo, es posible que si se adopta una inter- pretación analítica de la forma de la lucha de clases, estos contrastes demuestran ser más complemen- tarios que contradictorios. Por ejemplo, la agenda de investiga- ción implícita en el análisis de Clarke acerca del keynesianismo y el monetarismo no parece ser tan diferente de aquélla que subraya la selectividad estratégica de las formas estructurales y su naturale- za clasista conflictiva, presente en la interpretación del ER.

8. La dialéctica de forma y contenido

A continuación haré un par de señalamientos metodológicos acerca de la teoría de la regulación que podrían ser de utilidad para aclarar un poco más los asuntos puestos a discusión en este debate. Porque, de acuerdo con los argu- mentos del realismo científico marxista, la teoría de la regulación trabaja con diferentes niveles de abstracción y sus conceptos clave cambian a medida que el análisis se vuelve más concreto. Es así que, aunque las cuestiones analíticas de

84

Mayo de 1996

forma tengan el lugar privilegiado en los niveles mis abstractos, los conceptos teóricos de clase obtie- nen un sitio más importante en los niveles más concretos del análisis. Al respecto, es necesario subrayar dos cosas:

Primero, que dado que el pro- ceso de trabajo en tanto unidad de la prodtrcción material y de la va- lorización reside en el núcleo del circuito del capital, el “análisis” del capital como la auto-valoriza- ción del valor refiere necesaria- mente a la lucha de clases entre el capital y el trabajo. En este senti- do, cualquier análisis acerca de las “leyes férreas” de la producción generalizada de mercancías expre- sa ya las tendencias de la lucha de clases y de la competencia en el núcleo del Circuito del capital. Al considerarlas como “leyes objeti- vas” no se pretende separarlas ra- dicalmente del ámbito de la “ac- ción subjetiva” sino que por el contrario, al descubrirlas como “objetivas” se trata de enfatizar su modo de operar emergente, cuasi- natural e independiente, que se realiza a “espaldas” de los produc- tores; es decir, que sin las acciones conscientes de los productores no se producirían tales efectos emer- gentes.

Segundo, que en niveles tan ele- vados de abstracción la “lucha de clases” sólo puede ser introducida en términos de los intereses fun-

damentales en juego y las formas típicas de conflicto. Sabemos en- tonces que la lucha de clases se

presenta en la esfera de la circula-

ción, entre los propietarios de la fuerza de trabajo y los dtreños del capital, que gira en torno al precio de la fuerza de trabajo, y que es conducida a través del intercam- bio de mercancías y la libertad contractual. Sabemos igualmente que en la esfera de la producción, el dueño del dinero se transforma en un capitalista, y el propietario de la fuerza de trabajo en un tra- bajador. Aquí el conflicto deja de ser guiado por los “derechos hu- manos innatos” y en lugar de ello se centra en la habilidad del capi- tal para controlar a sus trabajado- res, a través de un sistema fabril despótico, organizado para mini- mizar la'cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario in- corporado en la mercancia de que se trate, y maximizar la suma total de tiempo de trabajo socialmente necesario gastado en la produc- ción de mercancías. Aquí encon- trarnos la distinción entre plusva- lía absoluta y plusvalía relativa y el conflicto en torno al tiempo de trabajo socialmente necesario que define a los intereses fundamenta- les en juego. Sin embargo, cono- cer estas formas típicas de conflic- to y antagorrismo no nos dice nada acerca de las estrategias especifi- cas o los resultados de la lucha en

Cuadernos del Sur

85

una situación coyuntural dada.

En resumen, dado que la (me- ta-) forma valor es sustancialmen- te indeterminada y que sólo defi- ne tendencias y contratendencias más amplias en la acumulación de capital, ella debe ser determinada mas plenamente en los niveles más concretos del análisis.

Es así que debe otorgarse algu- na especificidad institucional a los diversos momentos de la forma valor (cf. los comentarios de Marx sobre la cooperación simple y la división del trabajo, la manufactu- re y la producción con maquina- ria, las diferentes fonnas del sala- rio, las del dinero, etcétera). Es igualmente necesario remover las máscaras que representan al capi- tal y al trabajo, las cuales ocultan las estrategias y modos de calcular más especificos (cf. la diferencia que Marx establece entre el ateso- ramiento de los avaros y la reinver- sión de los capitalistas, o sus diver-_ sas observaciones en torno a la plusvalía. absoluta y la relativa. las estrategias para superar los obstá- culos al libre movimiento del capi- tal, o las estrategias sindicales rela- tivas a los salarios mínimos).

Al especificar estas formas ins- titucionales y sus modos asociados de cálculo y de conducta estratégi- ca, lo qtre se hace justamente es descarnar la estructura formal del capitalismo y definir las modalida- des de la lucha de clases. Todo

esto no introduce mayormente una distinción radical entre leyes “objetivas” y lucha de clases “sub- jetiva” que la que el mismo enfo- que establece en niveles más abs- tractos de análisis. Por el contrario, estamos ahora mucho mejor situados para explorar la interacción dialéctica entre am- bas. Las formas sociales abstractas y las tendencias y contratenden- cias fundamentales son demasia- do indeterminadas como para p0- der explicar el curso actual de la acumulación de capital, y se redu- cen a la aclaración de su direccio- nalidad y dinámica generales. Es así que, al tratar de especificar las formas institucionales y las formas de lucha en un estadio determina- do del desarrollo capitalista, los teóricos de la regulación no están rompiendo con la lógica general de la interpretación marxista; ellos se encuentran, sin duda, firme- mente ubicados dentro de la tradi- ción marxista.

Marx exploró las implicaciones que para la dinámica de la acumu- lación del capital tuvo la transi- ción de la manufacture a la indus- trias en gran escala. Del mismo modo, la escuela de la regulación se ha interesado por las implica- ciones de la “transición que va del predominio del departamento I (bienes de capital) sobre el depar- tamento II (bienes de consumo), hasta el crecimiento equilibrado

86

Mayo de 1996

entre ellos, en un sistema en el cual predomina la producción y el consumo masivos. Esto supone, a su vez, investigar las formas insti- tucionales asumidas por la rela- ción salarial, el proceso de trabajo, la formación de precios, la compe- tencia, el dinero, el crédito. etcé- tera, y las estrategias de acumula- ción y los patrones de resistencia de la clase trabajadora relacionada con esas formas.

No existe, en principio, ningu- na otra razón para analizar el cur- so de la acumulación de capital a este nivel de abstracción en térmi- nos de “leyes férreas” que operan de modo completamente inde- pendiente de la lucha de clases que la que lleva a hacerlo al nivel del capital en general. Y. en res- puesta a la acusación de volunta- risrrro por mi interés en las “estra- tegias de acumulación" (v.g. Clarke 1983), tampoco hay. en es- te nivel de abstracción, ningún motivo para argumentar que el capital obtiene de alguna manera la capacidad de realizar cualquier estrategia que quiera perseguir, aunque en tanto capital en general carezca de este poder. Sugerir que la teoría de la regulación debe, de rnodo inevitable, ser “estructura- lista’ (la inexorable marcha hacia adelante de las leyes objetivas) o “voluntarista” (la inexorable mar- cha hacia adelante de la voluntad de los capitalistas) es no querer

darse cuenta de la continuidad fundamental entre el enfoque de la regulación y el método básico utilizado por Marx en El Capital. Por supuesto, el que esta continui- dad exista no significa que el enfo- que regulacionista se haya aplica- do siempre con éxito.

De este modo, lo que tienen en común El Capi/nl de .\larx y el enfoque de la regulación es str in- terés por la dialéctica de forma y contenido, dialéctica que no debe- confundirse con la yuxtaposi- ción mecánica de "leycs objetivas” y “lucha subjetiva”. ni tampoco ser equiparada con un simple contras- te entre estructuras duraderas y las estrategias que las reproducen. De hecho, el enfoque que presen- to en mi respuesta a Bonefeld ope- ra con una concepción" de estrtrc- tura y estrategia muy distinta, ya que ni subordina la lucha a las leyes objetivas ni considera que la lucha es simplemente el medio a través del cual se realizan leyes predeterminadas. Por el contra- rio, en ella se hace hincapié en la doble dialéctica que existe en la interacción entre estructura y es- trategia: hay un cambio en los tér- minos del análisis, pasando de la simple dicotomía implícita en “es- tructura vs. estrategia" a una rela- ción compleja entre la “selectivi- dad estratégica” inscrita en las estructuras, y las “transformacio- nes estructurales” que se produ-

Cuadernos del Sur

87

cen en y a través de la interacción estratégica. En la interpretación de Marx acerca de la forma valor se advierte el mismo enfoque (v. g. en el contraste entre la lógica del intercambio en el mercado labo- ral, y la lógica de la valorización en la esfera de la producción), al igual que en su explicación acerca de cómo las estrategias capitalistas influyen en la dinámica de la acu- mulación (v. g., en tomo a los cam- bios que tienen origen en los in- tentos capitalistas por obtener plusvalía relativa). _

En este sentido, la dialéctica de estructuras y estrategias involucra

un proceso complejo de condicio-.

namiento histórico mutuo y de transformación recursiva recípro- ca. Su dialéctica no es nada más (pero tampoco nada menos) que el condicionamiento estructural de las estrategias y la transforma- ción estratégica de los conjuntos estructurales. Las estructuras con- dicionan a las estrategias tanto en cuanto se conforman como pun- tos de referencia explícitos para el cálculo estratégico, como en tanto son parte de un conjunto de limi- taciones estructurales y de oportu- nidades coyunturales, parcialmen- te reconocido, estrategias. Y a la inversa, las estra- tegias transforman a las estructu- ras tanto a través de los intentos deliberados —aunque no siempre exitosos- para modificarlas, como

para esas'

a través de las consecuencias no anticipadas de la interacción entre los patrones de la conducta estra- tégica con otros objetivos. En re- sumen, la dialéctica estructura/es- trategia no separa a la lucha de las estructuras sino que muestra sus formas complejas de interacción. Este es también el método implíci- to en El Capital de Marx.

9. La primacía de la política en la recepción de la teoría de la regulación

Si como hemos visto existen entre

-la temprana teoría de la regula-

ción y los enfoques de sus críticos puntos de vista que se sobrepo- nen, entonces parece necesario buscar la explicación de su contro- versias en algún otro lado. Aquí no hay ningún secreto. Tanto Bo- nefeld como Holloway y Clarke argumentan que la teoría de la regulación conduce a conclusiones políticas pesimistas, y que por lo tanto debilita la lucha de clases al sugerir que el capitalismo surgirá inevitablemente con más firerza de la crisis actual. Aún si esto es aplicable a algunos teóricos de la regulación y/o a aquéllos que utili- zan- los conceptos regulacionistas para justificar su posición política, no se trata de algo intrínseco al enfoque de la regulación. Rechazar a la teoría de la regulación porque

88

Mayo de 1996

eri algunas ocasiones se encuentra vinculada a conclusiones políticas irnpasables, sería como rechazar a la economía política marxista por- que alguna vez fue invocada para justificar el stalinismo. Uno podría igualmente rechazar a las teorías que se basan en la primacía de la ltrcha de clases porque algunas ve- ces han sido utilizadas parajustifi- car estrategias ultra-izquierdistas. Y seguramente seria mejor criticar al trabajo teórico porqtre no ha logrado encontrar criterios teóri- cos adecuados.

A pesar de todo, si nos aparta- mos de las diferencias políticos y nos centramos en las teóricas, no hay evidencia de que la teoría de la regulación sea inconsecuente con un énfasis en la lucha de cla- ses. Sin duda muchos de los pri- meros teóricos de la regulación (co- mo Aglietta y Lipietz), al igual que algunas corrientes teóricas regula- cionistas más recientes (como la escuela de Amsterdam), han he- cho hincapié en la primacía que tiene la lucha de clases para asegu- rar la acumulación de capital, si bien se niegan a considerarla úni- camente en relación a la domina- ción de clase. Esto implicaría que la dominación de clase es una cuestión que atañe solamente a las relaciones de poder asimétricas y, por consiguiente, que está total- mente separada de las precondi- ciones materiales para la repro-

ducción del circuito del capital. En lugar de ello, los regulacionistas analizan la dialéctica entre forma y contenido, y estructura y estrate- gia, en la reproducción de la do- minación capitalista en su conjunto.

Al parecer Clarke tomó esto en consideración cuando escribió que “el enfoque de la regulación es muy valioso en tanto centra la atención en el carácter sistemático de la regulación de la acumulación de capital, relacionando las for- mas de regulación de la produc- ción capitalista con las formas de regulación por medio del dinero y del Estado". Sin embargo, tam- bién afirma que el enfoque de la regulación es inadecuado en parte “debido a que carece de una teoría del dinero y del Estado en tanto formas duales del poder capitalis- ta, así como de una concepción acerca del carácter contradictorio de la regulación capitalista” (Clar- ke 1988a, 11).ll Sin confirmar ne- cesariamente la validez de esta crí- tica, podemos observar que se basa, sin dtrda, en una interpreta- ción analítica de la forma de do- minación de clase. Lejos de privi- legiar una lucha de clases amorfa, intenta explicar la dominación de clase en términos del dinero y del Estado como formas interconecta- das del poder social del capital. Ellas reproducen la dominación capitalista a través de la separa- ción en esferas, económica y polí-

Cuadernos del Sur

89

tica, a las que se imponen lógicas distintas: la racionalidad del iner- cado y la competencia electoral, respectivamente. En este sentido, Clarke desarrolla una interpreta- ción de la determinación de forma de la lucha de clases y nruestra cómo un fracaso al enfrentar la imposición de estas formas subor- dina necesariamente a la clase tra- bajadora al dominio del capital. l’or el contrario, cuando la clase trabajadora desafía esas formas, el poder social del capital entra en crisis. La misma clase (le lógica subyace al trabajo realizado por los n'g'ulacíonislas y ha dado forma también, en gran medida, a mi propio enfoque.

10. Conclusiones

Este trabajo es una respuesta a las constantes críticas dirigidas al en- foque de la regulación que apare- cen en el presente libro. En él he argurnentado que la teoría de la regulación es absolutamente fiel a los principios de la economía po- lítica marxista, en su interpreta- ción analítica de la forma del capitalismo y de la ltrclra de clases, y que existen afinidades entre los regulacionistas y aquellos enfoques que dan prioridad a la lucha de clases, afinidades que no han sido observadas por los críticos que pertenecen a estos enfoques. He

sugerido que las disptrtas teóricas se basan en una oposición en ex- tremo simplista entre la afirma- ción correcta pero elíptica de que 'el capital es lucha de clases” y la tesis indeferrdible, erróneamente atribuida la teoría de la regulación, de que existen leyes objetivas del desarrollo capitalista que están mediadas (pero nada más) por la lucha de clases. Cuando desata- rnos el primer argumento y lo comparamos con la interpretación regulacionista de la determinación de la fornma de la lucha de clases, queda poco por debatir. Esto su- giere a su vez que hay algo más en juego en el debate. En este senti- do, considero que los críticos ac- tualmente objetan menos el enfoque de la regulación que a sus equivocadas apropiaciones refor- mistas por parte de algunos co- mentaristas sociales y políticos que se ocupan de la transición ac- tual al posfordismo. No debemos negar que tal lectura reformista existe (particularmente en las co- lumnas de la revista Mantism T0- day y en las revisiones del manifiesto político del Partido La- borista). Pero la hostilidad de los críticos ha sido reforzada, al pare- cer, por el hecho de que Bonefeld y Holloway tienen su propia lectu- ra idiosincrática, “obrerista”, de la teoría marxista.12 Si bien yo no comparto esta lectura del mands- mo, existe sin duda un terreno

90

Mayo de 1996

común,- dado que ambos subraya- rnos la necesidad de considerar a la lucha de clases como un ele- mento integral de la relación del capital. Pero diferirnos en la medi- da en que yo creo que Marx siem- pre rclaciorró la lucha (le clases con las formas básicas y la dinámi- ca del capital en tanto fuerza do- minante (uebergreinjendes Subjekl).

De esta exposición pueden de- rivarse dos conclusiones. Primera, que si nos centramos en la lucha de clases sin tomar en cuenta sus formas y modalidades específicas, estaremos equivocados tanto teó- rica como políticamente. En la practica esto significa que debe- mos aproxirnarnos (a) a las formas y modalidades específicas de la lu- cha de clases que contribuyeron a reproducir el fordismo, y (b) a las estrategias qtre al desafiar los pa- rametros inherentes a los regime- nes de acumulación _v los modos de regulación jonlistas, pudieron haberlo desestabilizado. También significa que hay que considerar seriamente las formas específicas _v las modalidades de la lucha irn- plicada en la transición al [Jos/ordís- mo, lo que no puede ser restringi- do a las formas de integración de la clase trabajadora en la transi- ción sino que debe comprender las diversas formas de resitencia. Y necesitamos definir no sólo si se va a establecer un régimen posfor- dista y cuándo, sino también las

formas y modalidades de la ltrcha que le son complementarias y aquellas que podrian ser disrupti- vas. En los tres casos debemos dis- tinguir cuidadosamente los dife- rentes tipos de lucha: luchas marginales qtre pueden adquirir una relevancia de clase, luchas que se encuentran dentro de los pará- metros de un régimen y que ayu- dan a reproducirlo, y luchas cuyo efecto es quebrantarlo y transfor- marlo. Al respecto. las referencias generales a la lucha de clases son inútiles.

Segundo, que si se enfatiza la cuestión de los sujetos de clase y de las subjetividades a costa de la relevancia de clase de las fuerzas, estrategias y acciones específicas, también pueden cometerse erro- res. El calculo de la relevancia de clase requiere del desarrollo de criterios qtre no dependen de las identidades subjetivas de clase si- no que, por el contrario, nos remi- te‘n a los intereses vinculados con estrategias económicas específi- cas. Puesto qtte una vez que pasa- mos nuestra atención de la repro- ducción ampliada del capital en general a la dirección particular y los ritmos de la acumulación (o la transición al socialismo) debemos dar algtrna sustancia a la indeter- rninaciórr formal de la relación del capital. Las trayectorias particula- res de la acumulación de capital (ya sea qtre se les analice en térmi-

Cuadernos del Sur

91

tica, a las que se imponen lógicas distintas: la racionalidad del mer- cado y la competencia electoral, respectivamente. En este sentido, Clarke desarrolla una interpreta- ción de la determinación de forma de la lucha de clases y muestra cómo un fracaso al enfrentar la imposición de estas formas subor- dina necesariamente a la clase tra- bajadora al dominio del capital. l’or el contrario, cuando la clase trabajadora desafía esas formas, el poder social del capital entra en crisis. La misma clase (le lógica subyace al trabajo realizado por los regulacion ¿star y ha dado forma también, en gran medida, a mi propio enfoque.

10. Conclusiones

Este trabajo es una respuesta a las constantes críticas dirigidas al en- foque de la regulación que apare- cen err el presente libro. En él he argumentado que la teoría de la regulación es absolutamente fiel a los principios de la economía po- lítica marxista, en su interpreta- ción analítica de la forma del capitalismo y de la ltrcha de clases. y qtte existen afinidades entre los regulacionistas y aqtrellos enfoques que dan prioridad a la lucha de clases, afinidades que no han sido observadas por los críticos que pertenecen a estos enfoques. He

sugerido que las disputas teóricas se basan en una oposición en ex- tremo simplista entre la afirma- ción correcta pero elíptica de que “el capital es lucha de clases” y la tesis indefendible, erróneamente atribuida la teoría de la regulación, de que existen leyes objetivas del desarrollo capitalista que están mediadas (pero nada más) por la lucha de clases. Cuando desata- rnos el primer argumento y lo comparamos con la interpretación regulacionista de la determinación de la fornma de la lucha de clases, queda poco por debatir. Esto su- giere a su vez que hay algo más en juego en el debate. En este senti- do, considero que los críticos ac- tualmente objetan menos el enfoque de la regulación que a sus equivocadas apropiaciones refor- mistas por parte de algtrnos co- mentaristas sociales y políticos que se ocupan de la transición ac- ttral al posfordismo. No debemos negar que tal lectura reformista existe (particularmente en las co- ltrmnas de la revista Marme T0- day y en las revisiones del manifiesto político del Partido La- borista). Pero la hostilidad de los críticos ha sido reforzada, al pare- cer, por el hecho de que Bonefeld y Holloway tienen su propia lectu- ra idiosincrática, “obrerista”, de la teoría marxista.12 Si bien yo no comparto esta lectura del marxis- mo, existe sin duda un terreno

90

Mayo de 1996

:omún, dado que ambos subraya- nos la necesidad de considerar a a lucha de clases como un ele- nento integral de la relación del :apital. Pero di ferirnos en la medi- ia en que yo creo que Marx siem- )re relaciorró la lucha (le clases :on las formas básicas y la dinami- ca del capital en tanto fuerza do- minante (uebergreirrfmdas S rrhjekt).

De esta exposición pueden de- rivarse dos conclusiones. Primera. qtre si nos centramos en la lucha de clases sin tomar en cuenta sus formas y modalidades específicas, estaremos equivocados tanto teó- rica como políticamente. En la practica esto significa que debe- mos aproximarnos (a) a las formas y modalidades específicas de la lu- cha de clases qtte contribuyeron a reproducir el fordismo, y (b) a las estrategias que al desafiai‘ los pa- rametros inherentes a los regíme- nes de acumulación y los modos de regulación jo-rdistas, pudieron haberlo desestabilizado. También significa que hay que considerar seriamente las formas específicas y las modalidades de la lucha irn- plicada en la transición al posfordis- mo, lo que no puede ser restringi- do a las formas (le integración de la clase trabajadora en la transi- ción sino que debe comprender las diversas formas de resitencia. Y necesitamos definir no sólo si se va a establecer un régimen posfor- dista y cuándo, sino también las

formas y modalidades de la lucha que le son complementarias y aquellas qtre podrian ser disrupti- vas. En los tres casos debemos dis- tinguir cuidadosamente los dife- rentes tipos de lucha: luchas marginales que pueden adquirir una relevancia de clase, luchas que se encuentran dentro de los pará- metros de un régimen y que ayu- dan a reproducirlo, y luchas cuyo efecto es quebrantarlo y transfor- marlo. Al respecto. las referencias generales a la lucha de clases son inútiles.

Segundo, que si se enfatiza la cuestión de los sujetos de clase y de las subjetividades a costa de la relevancia de clase de las fuerzas, estrategias y acciones específicas, también pueden cometerse erro- res. El calculo de la relevancia de clase requiere del desarrollo de criterios qtre no dependen de las identidades subjetivas de clase si- no que, por el contrario, nos rerni- te'n a los intereses vinculados con estrategias económicas específi- cas. Puesto que una vez que pasa- mos nuestra atención de la repro- ducción ampliada del capital en general a la dirección particular y los ritmos de la acumulación (o la transición al socialismo) debemos dar algtrna sustancia a la indeter- rninación formal de la relación del capital. Las trayectorias particula- res de la acumulación de capital (ya sea que se les analice en térmi-

Cuademos del Sur

91

tica, a las que se imponen lógicas distintas: la racionalidad del mer- cado y la competencia electoral, respectivamente. En este sentido, Clarke desarrolla una interpreta- ción de la determinack’nr de forma de la lucha de clases y muestra cómo un fracaso al enfrentar la imposición de estas formas subor- dina necesariamente a la clase tra- bajadora al dominio del capital. l’or el contrario, cuando la clase trabajadora desafía esas formas, el poder social del capital entra en crisis. La misma clase (le lógica subyace al trabajo realizado por los regulacionistas y ha dado forma también, en gran medida, a mi propio enfoque.

10. Conclusiones

Este trabajo es una respuesta a las constantes críticas dirigidas al en- foque de la regulación que apare- cen en el presente libro. En él he argumentado qtre la teoría de la regulación es absolutamente fiel a los principios de la econonría po- lítica marxista, en su irrterpreta- ción analítica de la forma del capitalismo y de la lucha de clases, y que existen afinidades entre los regulacionistas y aqtrellos enfoques que dan prioridad a la lucha de clases, afinidades que no han sido observadas por los críticos que pertenecen a estos enfoques. He

sugerido que las disputas teóricas se basan en una oposición en ex- tremo simplista entre la afirma- ción correcta pero elíptica de que ‘el capital es lucha de clases” y la tesis indefendible, erróneamente atribuida la teoría de la reg-traición, de que existen leyes objetivas del desarrollo capitalista que están mediadas (pero nada más) por la lucha de clases. Cuando desata- rnos el primer argumento y lo comparamos con la interpretación regulacionista de la determinación de la fornma de la lucha de clases, queda poco por debatir. Esto su- giere a su vez que hay algo más en juego en el debate. En este senti- do, considero que los críticos ac- tualmente objetan menos el enfoque de la regulación que a sus equivocadas apropiaciones refor- mistas por parte de algunos co- mentaristas sociales y políticos que se ocupan de la transición ac- tual al posfordismo. No debemos negar que tal lectura reformista existe (particularmente en las co- lumnas de la revista Marxism To- day y en las revisiones del manifiesto político del Partido La- borista). Pero la hostilidad de los críticos ha sido reforzada, al pare- cer, por el hecho de qtre Bonefeld y Holloway tienen su propia lectu- ra idiosincrática, “obrerista”, de la teoría marxista.” Si bien yo no comparto esta lectura del marxis- mo, existe sin duda un terreno

90

Mayo de 1996

común, dado que ambos subraya- rnos la necesidad de considerar a la lucha de clases como un ele- mento integral de la relación del capital. Pero diferirnos en la medi- da en que yo creo que Marx siem- pre t'elacionó la lucha (le clases con las formas basicas y la dinami- ca del capital en tanto fuerza do- minante (uebmgreinjendes S uly'ekl).

De esta exposición pueden de- rivarse dos conclusiones. Primera, que si nos centramos en la lucha de clases sin tomar en cuenta sus formas y modalidades específicas, estaremos equivocados tanto teó- rica como políticamente. En la practica esto significa que debe- mos aproximarnos (a) a las formas y modalidades específicas de la lu- cha de clases que contribuyeron a reproducir el fordismo, y (b) a las estrategias que al desafiai' los pa- rametros inherentes a los regíme- nes de acumulación y los modos de regulación jordístas, pudieron haberlo desestabilizado. También significa que hay que considerar seriamente las formas especificas y las modalidades de la lucha irn- plicada en la transición al pos/orrlis- mo. lo que no puede ser restringi- do a las formas de integración de la clase trabajadora en la transi- ción sino que debe comprender las diversas formas de resitencia. Y necesitamos definir no sólo si se va a establecer un régimen [ms/or- dista y cuándo, sino también las

formas y modalidades de la ltrcha que le son complementarias y aquellas que podrían ser disrupti- vas. En los tres casos debemos dis- tinguir cuidadosamente los dife- rentes tipos de lucha: luchas marginales que pueden adquirir una relevancia de clase, luchas que se encuentran dentro de los pará- metros de un régimen y qtre aytr- dan a reproducirlo, y luchas cuyo efecto es quebrantarlo y transfor- marlo. Al respecto, las referencias generales a la lucha de clases son inútiles.

Segundo, que si se enfatiza la cuestión de los sujetos de clase y de las subjetividades a costa de la relevancia de clase de las fuerzas, estrategias y acciones específicas, también pueden cometerse erro- res. El calculo de la relevancia de clase requiere del desarrollo (le criterios que no dependen de las identidades subjetivas de clase si- no que, por el contrario, nos remi- te'n a los intereses vinculados con estrategias económicas específi- cas. Puesto qtre una vez qtre pasa- mos ntrestra atención de la repro- ducción ampliada del capital en general a la dirección particular y los ritmos de la acumulación(o la transición al socialismo) debemos dar algtrna sustancia a la indeter- minación formal de la relación del capital. Las trayectorias particula- res de la acumulación de capital (ya sea que se les analice en térmi-

Cuademos del Sur

91

nos locales, nacionales o globales y/o en relación a empresas, secto- res o circuitos específicos) depen- den de las estrategias emergentes y las alianzas que llegan a prevale- cer en el transcurso de la compe- tencia y de la lucha de clases.“- Por último, es necesario que di- gamos algo sobre la Osa Mayor. En una nota de pie de página, Holloway cita la ocurrente frase de Tony Negri quien dice que al- gunas veces parece que los intelec- tuales y los trabajadores ven al ca- pital como a una Osa Mayor, pero que mientras los primeros se refie- ren a ella como una constelación distante, los segundos la enfren- tan a diario como un animal feroz y salvaje. Sustancialmente, esta ob- servación es parecida a la de Aglietta acerca de las ilusiones del “nuevo realismo”, las cuales “no engañan a la clase trabajadora, la cual se enfrenta cotidianamente a las realidades concretas de la ex- plotación” (1979: 112; cf. 122-3). Sin embargo, el efecto que la pri- mera frase produce es diferente dado que, de una manera diverti- da, polariza las posiciones, tanto con fines polémicos como políti- cos. Holloway, con su empeño a ultranza en la primacía de la lucha de clases, considera los trabajos de teóricos como Poulantzas, los de la escuela de la regulación, y los de la reformulación del estado, como polos separados del “marxismo re-

al”. Al parecer él piensa que la Osa Mayor a la que se enfrentan los trabajadores se encuentra en el Artico (que es donde sin duda pueden encontrarse osos polares), mientras que los intelectuales es- tán buscando su Osa Mayor en el Antártico (en donde no hay ningu- no) y dividiendo así las fuerzas que se oponen al capital, están debili- tando el ataque en contra del ene- migo común. Pero como he trata- do de demostrarlo, este contraste es exagerado. Los teóricos que él ataca comparten algún terreno en. común con aquellos que argumen- tan‘ que el “capital es lucha de clases”. Tienen también algunas diferencias específicas en relación a la mejor manera de interpretar este planteamiento tan elíptico. Por ello, en lugar de polarizar el debate (e incluso sugerir que algu- nos colegas marxistas son una nueva clase de “fascistas sociales” y., por consiguiente, un enemigo de clase aún mayor que las fuerzas movilizadas alrededor del thatche- rismo) ¿no sería más provechoso explorar el terreno común más cuidadosamente? Existen ya sufi- cientes cuestiones teóricas reales en la mesa de discusión para con- tinuar el debate entre los teóricos del ER y sus oponentes como para añadir a la controversias acusacio- nes como la de “thatcherismo so- cial”. Si vamos a desperdiciar nuestro tiempo cazando osos po-

92

Mayo de 1996

lares imaginarios, el posfordismo (si es que ese es el siguiente régimen de acumulación) seguramente nos tomará desprevenidos a todos.

Referencias

Aglietta, Michel (1974). Accunrulalion el regulation du capitalisme en long-ue pe- riode, Exem‘tile des EtaLs-Unis (1870- 1970), París, INSEE.

Aglietta, Michel (1979). A Theory of Ca- pitalist Regulation: the US Experience, Londres, NLB, 1979 (primera edi- ción francesa, 1976).

Aglietta, Michel (1982). “Avant-propos a la deuxieme edition", en Regulation el c-n'ses du capitalLs-me: [experience des Etats-Unis. París, Calmann-Levy. '

Balibar, Etienne (1985). "L’Idee d’une politique de classe chez Marx”, eri Actes du Colloque Marx, París, Edi- tions de I‘Ecole des Harrtes Etudes en Sciences Sociales. Véase Borre- feld, Werner (1987), “La reformula- ción de la teoría del Estado", en “Los estudios sobre el Estado y la reestruc- turación capitalista”, Fichas Temáti- cas de Cuadernos del Sur, Buenos Aires, 1992.

Clarke, Simon (1983). “Comment on jessop", Kapltalistate, 10-11.

Clarke, Simon (1988a). “Sobreacumula- ción, lucha de clases y el enfoque de la regulación”, en “Los estudios so- bre el Estado y la reestructumción capitalista”, Fichas Temáticas de Cua- dernos del Sur, Buenos Aires, 1992.

Clarke, Simon (1988b). Keynesiam'sm, Monetarism. and the Crisis of the State,

Aldershot, Edward Elgar.

Cutler, Anthony et al., (1978). Marx's “Capital” and Capitalisrn Today, Lon- dres, Routledge and Kegan Paul.

Holloway, john (1988). Véase la contri- btrción de Holloway, “La Osa Mayor: ‘posfordismo’ y ltrclra de clases".

Holloway, john y Picciotto, Sol (1977). “Capital, Crisis, and the State", en Capital and Class, 2. En castellano:

' Holloway, john. “Marxismo, Estado y capital”, Fichas Temáticas, Cuader- nos del Sur, Buenos Aires, 1994.

Holloway, john y Picciotto, Sol (1978). “Introduction”, en idem, eds. Capital and the State: a Marxist Debate. Lon- dres, Edward Arnold.

jessop, Bob (1982). The Capitalist State, Martin Robertson, Oxford.

jessop, Bob (1983). “Accumulation Stra- tegies, State Forms, and Hegenronic Projects", Kapitalistate, lO-ll, pp. 89- 112.

'jessop, Bob (1985). Nicos Portlantzas: Marxist Theory and Political Strategy, Londres, MacMillan.

jessop, Bob (1988). “La teoría de la re- gulación, el posfordismo y el Esta- do", en ¿Un nuevo Estado? Debate sobre la reestructuración del Estado y el ca/¡i- tal, Cambio XXI-Fontamara, México, 1994.

Marx, Karl (1857). “Introduction to the Critique of Political Economy”, en idem, Grundrisse: Foundation; of the Critique of Political Economy, trad. Martin Nicolaus. Harmondsworth, Penguin, 1973.

Marx, Karl (1867). Capital: a Critique of Political Economy, volume One, trad. Ben Fowkes, Harmondsworth: Pen-

guin, 1976.

Cuadernos del Sur

93

Marx, Karl (186721). Capital: a Critique of Political Economy, vol. lll, Moscú, Progress, 1970.

Norton, Bruce (1988). “The Power Axis: Bowles, Gordon, and Weisskopfs Theory of l’ostwar U. S. Accumula- lion", en Rel/linking Marxism, l (3), pp. 6-43.

Oakley, A. (¡984). Manc’s Critique of Po- li tica! Economy: Intellectual Sources and Evolution, vol. l, Londres, Routledge.

Postone, Vloishe (1988). “Time, Labor, and Social Domination", mimeo.

Rosenthal,john (1987). “Who Practices Hegemony? Class Division and the

_ Subject of l’olitics", en Cultural Criti- que, primavera, 25-32.

Notas

l En la elaboración de este trabajo tengo un deuda intelectual especial con Moislre Postone, tanto la lectura de su libro Time, Labor and Social Donu'natt'on, como las múltiples discusiones que con él sostuve. ayudaron a pulir mis ideas sobre la forma valor. l’ero puesto que combine sus argumentos con los mios, me hago responsable por la forma en que aquí aparecen. Escribí este trabajo durante mi estancia en el Centro de lnvestigrción lnterdisciplinaria (ZlF), en Bielefeld, mientras disfrutaba de una beca personal de investigación otorgrda por el ESR‘C. Quisiera agradecer a arn- bas orgznrizaciones por su apoyo.

2 Si bien en ningún lado con tanta frecuencia como Holloway lo sugiere, a menos que interpretemos cada men- ción al capital constante y objetivado como una referencia al capital muerto.

3 Con esto no quiero argumentar tanto que Holloway no observa estas cuestiones, sino mas bien señalar que si uno considera qae la lucha de clases es la verdad, toda la verdad y nada mas que la verdad, entonces aquellas no pueden ser comprendidas teóricamente.

4 Véase su carta ajoseph Weydeme- yer del 5 de marzo de 1852; en ella él siguió demandando un triple crédito por revelar la lucha de clases en el capi- talismo. su culminación en una dictadu- ra del proletariado y una eventual transición a una sociedad sin clases. Em- pero, sólo en su última crítica a la eco- nomía política Marx develó, finalmente, la necesidad oculta y la dinamica de la lucha de clases en el capitalismo.

5 Aunque por supuesto. no es real- mente una mercancía.

5' Cf. la distinción entre conciencia de clase y acciones relevantes de clase presentada porjessop 1982, 242-3.

7 En la formulación de estos seis ptrntos me baso no sólo en mi lectura de El Capital, sino también en los análi- sis de este texto realizados anteriormen- te por Balibar (1985) y Postone (1988); el quinto punto tanrbién loma en cuenta a Rosenthal (1988). A

8 A partir del modo en que los regu- lacionistas utilizan esta frase, Bonefeld concluye equivocadamente que ellos niegan la existencia de sujetos (de clase) en el‘capitalismo. Pero esto sólo signifi- ca que la dinamica de la relación del capital opera “a espaldrs" de estos suje- tos.

9 Resulta conveniente distinguir entre la crisis causadas por factores en- dógenos al capitalismo y aquellas provo- cadas por fenómenos exógenos (como

Mayo de 1996

los terremotos); pero arin en este último caso (y suponiendo que en la actualidad pudiéramos determinar realmente en qué medida fenómenos como las inun- daciones o el hambre son verdadera- mente exógenos) la (meta—) forma valor molde-ani las formas en que estos son enfrentados con las sociedades capitalis- ras.

lo Es justo recordar que cuando Aglietta desarrollr”) su explicación del fordismo se centró en la relación salarial en oposición al analisis comunista del capitalismo monopolista (le Estado, en- tonces dominante. Bajo este contexto. la relación salarial (ru/¡port salarial) abar- ca mucho mas que las iormas de remu- neración: involucra un conjunto de relaciones capital-tralxrio antagónicas.

H No es verdad en absoluto que Aglietta carecier‘a de una teoría del di- nero conro una forma del poder capita- lista. reconoció que

pero era

necesario trabajar sobre el papel del Estado a fin de que la teoría de la regu- lación capitalista estuviera completa (Aglietta 1979), y también hizo hincapié en las contradicciones de la regulacion. Si los analisis sobre la regulación por los autores de la relormulacióu del Estado son o no adecuados es, por supuesto, uno (le los puntos a discusión en mis respuestas a Bonefeld y Holloway.

¡2 Por "obrerista" entiendo la posi- ción que enfatiza la lucha de clases y que da primacía a la clase tralxrjadora.

13 El espacio es demasiado corto y la paciencia bastante limitada como para que repita mis argumentos acerca de la importancia que para la identificación de los intereses de clase tienen las estra- tegias de acumulación, o aqtrellos relati- vos a la diferencia que resulta de establecer horizontes temporales en

cualquier intento por calcular intereses estratégicos. Véase jessop [983.

Cuadernos del Sur

95

Mónica C. Currell

Mayo de 1996

96

La importancia revolucionaria de la concepción de la "lógica del capital" para 1a estrategia socialista*

Rolando Astarita

Introducción

os efectos de la reestruc- turación capitalista en curso y el aumento dra- mático de la desocupa- ción ponen a la orden del día la discusión sobre las respues- tas de la izquierda (partidos, orga- nizaciones sindicales, escritores y militantes independientes) frente a esta ofensiva del capital. Progra- mas de “cambio de modelo econó- mico neoliberal”, propuestas de “pacto social progresivo impulsa- do por un nuevo bloque popular”,

* Este trabajo se presentó, con leves modificaciones, en el Simposio por el Socialismo realizado en Rosario, en se- tiembre de 1995. Tuvo su inspiración y estímulos en discusiones sobre estrate- gia obrera frente a la ofensiva del capi- tal, desarrolladas en la Liga Marxista, y plasmadas en una elaboración colectiva en Debate Mancista, núm. 3, mayo de 1994.

hasta slogans del tipo “que la crisis la paguen los de arriba”, están co- nectados, invariablemente, con una serie de supuestos y marcos teóricos de análisis que es necesa- rio explicitar y analizar.-

Dadas las características mun- diales de la ofensiva del capital, no es casual que en otras latitudes se

'estén debatiendo muchos de los

problemas que son objeto de nuestras preocupaciones cotidia- nas. En particular, el llamado “de- bate sobre el Estado” (que en r_e- alidad abarca el centro del problema sobre la reestructura- ción capitalista), entre Holloway, Picciotto, Clarke, Bonefeld, por un lado (corriente que llamare- mos de “la lucha de clases”), y la llamada escuela de la regulación (Lipietz, Coriat, Boyer, etc.) y la escuela de la reformulación (Hirsch,jessop), por el otro, nos ofrece un buen punto de partida para clarificar algunas de estas

Cuadernos del Sur

97

cuestiones. Además de la profun- didad con que han desarrollado los argumentos, sus participantes han explicitado las vinculaciones entre sus enfoques teóricos y los problemas de interpretación de la coyuntura y de orientación políti- ca implicados. En nuestro país, una parte de la izquierda ha hecho suyos los planteos de algunas de las corrientes en debate (en parti- cular la escuela de la regulación); por otro lado, el enfoque de la corriente “lucha de clases” subya- ce tácitamente en la orientación de gran parte de la izquierda, tan- to radicalizada como reformista. En todos los casos está involucra- da la discusión sobre la relevancia, para la política de la izquierda, de las tesis marxistas acerca de una dinámica objetiva —una “lógica del capital"— inherente al sistema ca- pitalista, y las posibilidades o nece- sidades de enfrentarla.

Este trabajo arranca entonces con un análisis de las principales líneas interpretativas de estas es- cuelas con respecto a los cambios ocurridos en el capitalismo, focali- zando la atención en la relación entre las tendencias del sistema y las posibilidades de cambio ema- nadas de la lucha de clases. Se complementa con la referencia a las conexiones que pueden esta- blecerse con otras lineas de pensa- miento, como el autonomismo ita- liano, los debates sobre procesos

de trabajo y el progresismo keyne- siano (en particular estadouniden- se) y los ecos de estas corrientes en el pensamiento político de la izquierda argentina.

Luego haremos una defensa del enfoque de la “lógica del capital" y del determinismo mandano, des- tacando su importancia para una política revolucionaria de la iz- quierda; es decir, presentaremos una visión que se distancia tanto de las interpretaciones estructura- listas-funcionalistas, como de la posición de la corriente “lucha de clases".

Crisis y lucha de clase en la perspectiva de la regulación y de la reformulación

Podemos afirmar con Holloway (1994 a) que “la tensión entre es- tructura y lucha puede conside- rarse como crucia en el análisis de la crisis"; agreguemos que tam- bién, e inevitablemente, es crucial para la determinación de la políti- ca a seguir.

En nuestra opinión existe un planteamiento básico de Marx fundante por cuanto marca la rup- tura con el socialismo utópico y el subjetivismo sociológico sobre el funcionamiento y desarrollo del sistema capitalista, que hace hinca- pié en la existencia de una lógica del capital. Esto es, subraya la exis-

98

Mayo de 1996

tencia de leyes objetivas de la valo- rización, de la explotación y de la acumulación capitalista, que de- terminan la recurrencia periódica de crisis económicas y sociales que ponen en cuestionamiento al con- junto del sistema. Esta lógica tam- bién subyace a las evoluciones en las relaciones entre el capital y el trabajo (ver Braverman. porejem- plo), a las relaciones intereapilalis- tas (las tendencias a la centraliza- ción y concentración de los capitales, por ejemplo) y a las rela- ciones en el mercado mundial (la tendencia a la internacionaliza- ción creciente de la economia, por ejemplo).

Este planteo de El Capital y de la literatura marxiana, lia sido adoptado —y modificado- por la escuela de la regulación, primero, y luego por su “derivada”, la escue- la de la reformulación, para ali- mentar las interpretaciones y las posiciones politicas del “neo” re- formismo frente a la reestructura- ción del capital y sus perspectivas. A partir de la idea (de la escuela de la regulación) de la existencia de variadas "estratcgias de acumu- lación”, cada una de las cuales al- canza la estabilización mediante un particular “modo de regula- ción" (cuya forma de operar a me- nudo se analiza en los términos de la teoría gramsciana de la hegemo- nía), se sostiene que el mundo está entrando en un nuevo régimen

post fordista. Tanto la escuela de la regulación, como la de la refor- mulación, ponen énfasis en la adaptabilidad del capitalismo para poner en juego mecanismos esta- bilizadores de tipo “feed back".l En esta visión, la lucha de clases no está incorporada orgánieamen-

te al desarrollo de esta “lógica del

capital”, salvo —tal vez y parcial- mente-, en los primeros trabajos de Lipietz (ver Lipietz, 1979). La lucha de clases genera institucio- nes y procedimientos sociales que terminan comirtiendose en “crea- ciones" funcionales para el esta- blecimiento de nuevos regímenes de acumulación. Aglietta, es muy claro en esto: la lucha de clases es un proceso de creación en el más estricto sentido; de creación de instituciones? que actúan de regu- ladoras entre las instancias de la producción y del consumo, que están en el centro —según la visión del regulacionismo— de las contra- dicciones del capitalismo.,Una in- terpretación de las crisis económi- cas “subconsumista” constituye un apoyo sustancial para esta inter- pretación (especialmente relevan- te para explicar la salida de la crisis del treinta y lo que llaman la “épo- ca dorada del fordismo”).

Es en este marco que s_e genera la dicotomía casi absoluta entre “estructura” y “lucha de clases”; mientras la primera evoluciona de acuerdo a lineas de desarrollo ine-

Cuademos del Sur

99

luctable, la segunda “está en el aire”. Como muy bien dice Psychopedis (1994): “la idea de la ‘creación’ de un entramado insti- tucional producto de un proceso de lucha que no puede ser objeto de un acercamiento racional per- mea todo el análisis de la escuela de la regulación”. Esto nos abre un camino al campo de lo “imagi- nario”, de la alternativa política sin consistencia “material”, que luego analizaremos. Aglietta (1979) es muy claro sobre este te- ma: mientras domina la morfolo- gía —un espacio estructurado por relaciones sometidas a principios bien determinados- “los posibles estados del sistema se conocen de antemano”, y el movimiento pue- de ser representado “por funcio- nes continuamente diferencia- bles”. En ese caso “... la lucha de clases se desenvuelve en función de modalidades compatibles con la extensión de las relaciones mer- cantiles”; en una palabra, está “ca- nalizada” por el conjunto de las relaciones mercantiles. Cuando la reproducción es amenazada —o sea, cuando la reproducción de la invariante fundamental del siste- ma es puesta en tela de juicio- se abre un período de intensa “crea- ción social”, que ya no puede estu- diarse con los instrumentos analí- ticos anteriores, donde surge “lo nuevo” como creación de la lucha de clases. Boyer (1989) explica có-

mo, en ese período, “cesa de pre- valecer la apariencia [isólo la apa- riencia?] de un determinismo es- tn'cto basado en lo económico o lo tecnológico”; dado que los modos de regulación del pasado ya no aseguran la coherencia económica y social del sistema, serán las lu- chas, junto a los cambios e innova- ciones, las que buscarán imponer nuevas reglas del juego, pero que en última instancia resultarán fun- cionales para el restablecimiento de la reproducción capitalista. Si bien los regulacionistas se defien- den de la acusación de mecanicis- mo (“ningún automatismo garan- tizará el paso de la fase B descendente a una fase A ascen- dente”, Boyer, 1989), no pueden evitar caer en el funcionalismo es- tructuralista, en cuya óptica la cri- sis no sería más que un factor curativo —¡y sólo eso!— de los “de- sajustes” del sistema. Todo tiende

"a exaltar la “plasticidad” de las

relaciones sociales capitalistas, su adaptabilidad casi infinita. En el extremo de la especulación teóri- ca, se llega a concebir la emergen- cia de una crisis “última” del capi- talismo, en la cual se produciría un “bloqueo insuperable en el se- no del modo de producción” (Bo- yer, 1989). Pero en este enfoque, sería necesario “demostrar” que ya no habría posibilidad de supe- ración de los bloqueos producidos al desarrollo. Boyer (1989) termi-

100

Mayo de 1996

na admitiendo que nada indica —a mediados de los ochenta- que exista algún impedimento funda- mental a la recomposición de las formas institucionales que permi- tan un nuevo régimen de acumu- lación. Es interesante cómo, en este enfoque, la posibilidad de la superación del capitalismo se con- cibe sólo en los términos del ago- tamiento absoluto del desarrollo de las fuerzas productivas;3 lo que, como bien dice Boyer, es de hecho imposible —o easi- de probar ana- líticamente. Pero de esta manera, desaparece todo fundamento para convocar a la acción unificada y revolucionaria de los trabajadores contra el capital. La recomposi- ción del capitalismo es inevitable, porque nada excluye “en abstrac- to” que el capitalismo no se pueda reproducir. La lucha de clases crea ’lo nuevo”, pero en esencia, no crea nada nuevo. Las implicancias políticas de esta interpretación las veremos luego.

Los trabajos de jessop y Hirsch han tratado de superar la crítica que recibió la escuela de la regula- ción, en cuanto presentar un mun- do cerTado, estructuralista-fimcio- nalista, en el cual aun la lucha de clases no deja dejugar su rol “fun- cional” en aras de la reproducción de la lógica del capital. Tratan en consecuencia de superar la divi- sión entre estructura y lucha de clases, entre objeto y sujeto, desa-

rrollando lo que llaman la dialéc- tica entre estructura y estrategia. En esta visión, las acciones de los seres humanos tienen sentido en el marco de estructuras, que si- multáneamente constriñen y per- miten a los actores que las ocupan un rango de posibles acciones; es- tas estructuras no determinan di- rectamente los resultados, sino que simplemente definen el rango de opciones disponibles, en las cuales se da un complejojuego de acciones y estrategias. Las estruc- turas a su vez se concibenjerárqui- camente ordenadas, lo que condi- ciona las posibilidades y las líneas tendenciales del desarrollo (ver jessop, 1990). Por ejemplo Hirsch “coneretiza” el análisis basado en la tendencia decreciente de la tasa de ganancia con la mediación de la efectividad —o no- de las ten- dencias contrarrestantes, de las condiciones de su operabilidad, que . son la expresión de un complejo históricamente específi- co de condiciones sociales, tecno- lógicas, político-institucionales e ideológicas” (Hirsch, 1994). De es- ta forma, la realidad social se cons- tituye a partir de la articulación de múltiples secuencias causales (que provienen de las instancias políti- ca, económica, cultural, etc.), lo que da como resultado que los fenómenos históricos sean el re- sultado complejo de muchas de- terminaciones. Las estrategias del

Cuadernos del Sur

101

capital son el resultado de múlti- ples “ensayos y errores”, dilemas, riesgos, luchas, etc. Es lo que jes- sop llama, “determinismo sin re- duccionismo“. Esto da origen a un intento de “concretización' desde ln abstracto, para explicarse la emtencia de regímenes fascistas, o liberales, o fordistas. etc. Lo con- creto surge como producto de una articulación específica de las ins- tancias antes dichas, a través de las cuales actúan las leyes ineltrdibles del capital.

A pesar de los esfuerzos por eludir el funcionalismo e incorpo- rar la dimensión lucha de clases, esta vuelve a aparecer de hecho como un “epifenómeno”. La ra- zón fundamental, creo, está en lo que Bonefeld (1993) correctamen- te le critica ajessop: las relaciones humanas vuelven a aparecer en su enfoque como meros efectos de las leyes estructurales. Hirsch lo expresa también con estas pala- bras: “... el concepto de estrategia [de acumulación] no debe ser ma- linterpretado en ('uantn a que im- plique una teoría. con la acción consciente: al contrario, la imple- mentación de una estructura de acumulación hegemónica siempre es el resultado de las acciones con- tradi cton'as y estructuralmente de- terminadas de los grupos y de las clases, y es, entonces, un “proceso sin sujeto” (Hirsch, 1994). Por este motivo para jessop la lucha de

clases discurre por los canales que le imponen los mecanismos regu- lativos del capitalismo y las formas institucionales, que en realidad “...crean significativas barreras pa- ra un ataque general a la relación capitalista mediante la fragmenta- ción y/o canalización alo largo de senderos parti :ulares donde me- nos amenaza al centro de las insti- tuciones capitalistas” (citado por Bonefeld, 1.993). En este enfoque de hecho no hay posibilidad de un ataque general al capital, por la constricción que imponen las es- - tructuras capitalistas y su funcio- namiento. El sujeto revoluciona- n'o desaparece, no por el efecto de los procesos históricos que tuvie- ron que ver con las derrotas de este siglo —en particular las poste- riores a la revolución rusa, el as- censo del stalinismo, la guerra, etc.; volveremos sobre este punto crucial- sino a causa de la estruc- tura omnipresente, Las cn'sis en- tonces se convierten —y no pue- den dejar de hacerlo, porque no se ve salida revolucionaria en el mundo dominado por las estruc- turas- en funcionales a la recom- posición del sistema: . su fun- ción {de las crisis] consiste en “revolucionar” dicha estructura de tal modo que el proceso de acu- mulación pueda de nuevo conti- nuar sobre una nueva base social" (...) La crisis funciona como un momento de resolución y como

102

Mayo de 1996

vehículo para la “reconstrucción de la sociedad”..." (Hirsch, 1994).

Dada esa imposibilidad de ata- que general contra el capitalismo, los enfoques de la escuela de la regulación y de la reformulación terminan quitando base material a

la acción politica revolucionaria.

para enfrentar la ofensiva del ca- pital durante la crisis. Los sujetos de hecho han desaparecido, hasta el ptrnto qtre incluso durante las crisis, la posibilidad de “creación” que asignaba Aglietta a la lucha de clases parece haber desaparecido, de hecho. por lo menos en algu- nos escritos de la reformulación. Por ejemplo, Hirsch (1994) plan- tea que en una sociedad dividida y 'desformalizada” (como produc- to de la crisis; recordemos que se trata de un “proceso sin sujeto"), los intereses materiales podríanser 'conformados político-ideológica- rnente, quebrantados, recombina- dos, puestos uno en contra del otro, y remodelados, de modo que encajen en el entramado de una nueva estructura hegemónica". Verdaderamente queda muy poco aquí para la acción revolucionaria, para la ofensiva generalizada del trabajo, para ejercer efectivamen- te el “poder del trabajo” qtre resi- de, potencialmente, en la relación capitalista (ver más abajo).

De allí que la acción politica no pueda evitar el voluntarismo y el utopismo; de allí la proliferación

de propuestas que tratarán de asentarse en un nuevo racionalis- mo supra histórico (paradójica- mente, el trtopisrno y el racionalis- mo abstracto se dan la mano). El discurso al respecto es conocido. Tomamos “muestras” significati- vas de algunos de los tantos textos, de la escuela de la regulación prin- cipalmente, que proliferan en las revistas de ciencias sociales de ntrestro país: dado que el capitalis- mo inevitablemente impone sus tendencias, determinadas por la lógica del capital y las estructuras en juego, es necesario adaptarse, negociar, restablecer un pacto so- cial, o fijar “reglas de coordina- ción entre los agentes económi- cos” (orientadas preferentemente según los “modelos” sueco o ale- mán) para que la necesaria transi- ción hacia el nuevo modo de actr- mulación sea lo menos traumática posible. Así se habla, por ejemplo, de luchar por la “implicación ne- gociada" de Alemania, que llega- ría eventualmente a un reparto de los frutos de la producción ‘equi- tativo y progresista” a nivel cle to- da la sociedad. Frente al desem- pleo, las alternativas son del mismo tipo: es necesario “un nue- vo acuerdo histórico entre el capi- tal y el trabajo” un compromiso “comparable al gran compromiso fordiano", que ‘rechace la subor- dinación social al economicismo moderno”, etc. Como‘rnuy bien

Cuadernos del Sur

sintetiza Durand (1983), este dis- curso del nuevo reformismo de la regulación viene a decir: “recree- mos el entorno social e institucio- nal que permita al capitalismo re- eomenzar a funcionar de la manera en que ha demostrado que sabe hacerlo (etapa fordista ‘de oro’)”.

En la óptica regulacionista este programa se complementa con el rechazo de las tesis leninistas so- bre el estado —expresión de los intereses de la clase dominante- para reemplazarlo por la concep- ción mucho más neutra —tributa- ria en gran medida del último Poulantzas- del estado como tota- lización de un conjunto de “com- promisos” entre diferentes secto- res sociales.4

Dejando de lado la discusión sobre la casi inevitable desapari- ción del “sujeto histórico del mar- xismo clásico” que acompaña a es- tos análisis, es de notar que la imposición de ese eventual pacto social se postula en base a la “ne- cesidad social” (sic, objetiva, ahis- tórica, por fuera de los condicio- nar-.ientos sociales) que se impondría con la fuerza de la evi- dencia de lo racional; el pacto so- cial por venir garantizaría un “mo- delo” en que se desarrollarían las posibilidades del ocio recreativo y

el tiempo libre, del uso reciclable '

de los recursos naturales, de la productividad flexible y armonio-

sa, etc., etc., en convivencia con un capitalismo ilustrado y “modemo”.5

La crítica de la escuela “lucha de clases” a la regulación y la reformulación

-El rechazo a este moderno refor-

mismo ha inspirado gran parte de la crítica de la llamamos la escuela “lucha de clases” que tiene como destacados exponentes a Hollo- way y Bonefeld.

Para la corriente “lucha de cla- ses”, si aceptamos la teoría de la regulación y de la reformulación, estamos confrontados a un mun- do estructuralista y funcionalista al que no se puede cambiar, y frente al cual no vale la pena lu- char.6 Según Holloway y Bone- feld, el gran error de los estructu- ralistas marxistas —aun de sus representantes más abiertos a in- corporar la variable de la subjetivi- dad, del proyecto y la estrategia, como jessopf consiste en' ver la dominación del capital realizándo- se mediante una lógica imperso- nal, por una red social de conexio- nes casi natural. En el enfoque regulacionista (o en la “reformula- ción”) se habla de la lucha de cla- ses, pero lo que realmente cuenta es la trayectoria planteada por las líneas de desarrollo inevitable del capitalismo, que incluso convierte, como vimos, a la lucha de clases

104

Mayo de 1996

en componente funcional de su desarrollo.

Frente a la dicotomía sujeto-ob- jeto en que se enraiza profunda- mente el planteo regulacionista,

Holloway y Bonefeld desarrollan

una alternativa radical, y atractiva para todos los que rechazamos el moderno y sofisticado reformis- mo: el capital es sólo trabajo alie- nado, es nuestra subjetividad alie- nada, la sustancia del capital es el poder del trabajo, de forma que la dicotomía entre estructura y lucha de clases, desaparece. En una for- mulación altamente significativa de su pensamiento, sostienen tam- bién que el capital es lucha de clases. Lo que aparecen como esa tructuras no son más que las for- mas en qtre se manifiesta la sustan- cia del capital, el poder del trabajo. O sea, no sólo las huelgas o manifestaciones, sino también el valor, el dinero, la contradicción entre capital productivo y moneta- rio, etc., son formas en que se manifiesta esa sustancia del capi- tal. Por lo tanto el poder del tra- bajo está en el centro mismo de la comprensión del estado, de las cri- sis, etc. El capital debe responder siempre a ese poder del trabajo. Esta línea teórica tiene gran afr- nidad con el “marxismo autono- mista”, para el cual también el cen- tro del pensamiento de Marx es la afirmación de que el verdadem poder reside, no en el capital, sino

en el trabajo. Lejos de ser un ob- jeto pasivo de las manipulaciones del capitalismo, sostiene esta co- rriente, el obrero es el sujeto acti- vo de la producción, el polo anta- gonistico e irreductible, ante el cual el capital debe reaccionar y readaptarse constantemente, a fin de incorporar a este “otro”, tan indispensable como enemigo de su existencia.7 Otras variantes de esta posición podemos encontrar- la en la polémica sobre proceso de trabajo, específicamente en las crí- ticas dirigidas al trabajo de Braver- man. Recordemos que para Bra- verman, las necesidades de la valorización del capital se impusie- ron inevitablemente en el curso del desarrollo capitalista, a través del taylorismo, del fordismo o an- tes de la división del trabajo en la manufactura. Para sus críticos,8 Braverman incurre en el pecado de ver a la clase obrera como un mero objeto pasivo, sujeto a las imposiciones del capital; _de esta forma niega'el poder de los traba- jadores para rebelarse contra el capital, para torcer el curso qtre aparentemente dictaría la “lógica del capital”, para transformar al lugar del trabajo y al intercambio entre el capital y el trabajo en un verdadero “terreno de intercam- bio disputados”.9

Al estar el poder del trabajo en el centro de la problematica so- cial, al ser la esencia del capital,

Cuadernos del Sur

105

Holloway y Bonefeld sostienen qtre no podemos hablar entonces de determinismo, sino sólo de ciertos ritmos y tendencias en el movimiento de lucha. La sustan- cia, el poder del trabajo, desborda constantemente a la' forma, es in- contenible y la obliga a reconsti- tuirse. Esta presencia de la clase obrera como fuerza antagónica en el interior del capital es clave para entender entonces el desarrollo inestabledel capitalismo y el he- cho de que el futuro esté comple- tamente abierto e indeterminado, porque depende del resultado de una lucha siempre renovada. nun- ca cerrada. La lucha de clases no se da dentro del ‘marco” de las tendencias ineludibles del desa- rrollo capitalista. sino que por el contrario, estas tendencias no son otra cosa que las formas que adop- ta esa contradicción básica entre el trabajo vivo y el trabajo muerto qtre constituye la relación capita- lista. Por este motivo la imposi- ción del post fordismo está lejos de ser un proceso automático e inevitable; la lucha de clases puede cambiar decisivamente el curso de los acontecimientos.

En el terreno político, encon- tramos ecos de esta posición tanto en las propuestas de la izquierda radicalizada, revolucionaria, comq en sectores del moderno reformis- mo. En relación a este último, es característico el enfoque del refor-

mismo keynesiano, que sostiene que nada está determinado en cuanto al curso del capitalismo, porque es posible modificar sus- tancialmente el rumbo del capita- lismo mediante la acción estatal, apoyada en la presión popular y/o la movilización. Para la tradición keynesiana (de fuerte arraigo en la izquierda argentina), la crisis es producto de políticas económicas equivocadas; en esta visión, la po- lítica económica se autonomiza con respecto a las tendencias del capital y deja de ser su “comple- mento y coadyuvante’ para “trans- formarse en su pilar” (según la feliz expresión de Boyer, 1989). Por eso defienden la propuesta de un “modelo” de tipo keynesiano estatista (a veces con énfasis en el nacionalismo), como si este se pu- diera imponer —mediante la lucha del “bloque social progresivo"- por fuera y por encima de las ten- dencias actuantes del sistema capi- talista. En esta tesitura encontra- mos, por ejemplo, a los postkeyne- sianos y a los keynesianos institu- cionalistas,lo para quienes es posi- ble no sólo volver a la política keynesiana sino, más todavía, es posible —y necesario- aplicar las recomendaciones más “radicales” del propio Keynes, que habrían sido tergiversadas y en realidad nunca aplicadas por el keynesia- nismo “bastardo” de la posguerra. Particularmente, el manejo de la

106

Mayo de 1996

inversión debería estar en su ma- yor parte a cargo del estado, dada la incapacidad del capitalismo pri- vado para garantizarla en forma sostenida; seriamente se defiende esta posibilidad, sin acompañarla del planteo de acabar con la pro- piedad privada capitalista.

Otra variante de estas propues- tas la constituyen los trabajos de Bowles, Gordon y Weisskopf, qtre también encuentran eco entre nuestros científicos sociales pro- gresistas y políticos de izquierda. Criticando el econornicisrno del movimiento obrero norteamerica- no, que perseguía objetivos distri- bucionistas a través del estado, es- tos autores admiten que en esta perspectiva no hay respuesta fren- te a la amenaza del capital de la huelga de inversiones. Plantean entonces la necesidad de que se “imagine un modelo alternativo de racionalidad económiCa, comu- nidad y democracia", único cami- no para annar a los trabajadores “contra una huelga del capital y unirlos a otros movimientos de- mocráticos” (Bowles, Gordon y Weisskopf, 1989). En la misma tó- nica encorrtramos las protestas de O’Connor (1987) contra los teóri- cos de la lógica del capital. La lucha popular sería capaz de Cam- biar las tendencias de la economía .actual, sin postular la necesidad de acabar revolucionariamente —con el sistema capitalista.

Paradójicamente, una variante muy parecida encontramos en las corrientes más radicalizadas de la izquierda. Estas, ademas de corn- partir en lo fundamental’muchas de las propuestas del-keynesianis- mo de izquierda agregan una serie de proptrestas que van en contra, aún más claramente, de la lógica del capital y sus leyes inrnanentes, aunque no explicitan la necesidad de acabar con el sistema. El ejem- plo más claro [lo tenemos en la exigencia —hoy muy extendida- de que el estado “prohíba los des- pidos”, como forma de acabar con el flagelo de la desocupación. Otro ejemplo nos lo da la formu- lación de que basta ser consecuen- te en la lucha reivindicativa econó- mica para revertir el deterioro salarial a que empuja la crisis capi- talista. Para esta óptica, toda tesis determinista, sobre la ¡nerd table imposiciónlde las tendencias del capitalismo es sospechosa de “de- rrotismo”, de Í‘infundir la desmo- ralización”, de “caer en el refor- mismo”.

Holloway expresa acabadamen- te esta concepción, cuando afirma que el gran pecado del revisionis- mo de Bernstein fue el determinis- mo; que la crítica de Rosa Luxem- burgo al reformismo, y la'base de su solidez teórica revolucionaria estaba en el rechazo al detemrinis- mo, y que hasta muchos pasajes de la obra de Marx y también Lenin

Cuadernos del Sur

107

son pasibles de crítica por su “de- terminismo”.

El fracaso de la estrategia reformista frente a la ofensiva del capital: el ejemplo argentino

Lo anterior tuvo su reflejo en la estrategia con que la izquierda de nuestro país enfrentó la ofensiva del capital. Existió un punto común a prácticamente todas las organiza- ciones que actuaron en el terreno de la lucha sindical: ninguna plan- teó que sin acabar con la propiedad privada, las luchas reivindicativas te- nían limitaciones insuperables fren- te a la crisis del capitalismo. De esta forma se enfrentó la ofensiva del capital y la crisis con una estrategia globalmente

a) reforrnista keynesiana cuan- do ya no había espacio, no sólo para lograr nuevas reformas, sino tampoco para sostener lo logrado en forma duradera; esto se debía a que la movilización de las contra- tendencias a la caída de la tasa de ganancia y la reimposición de la disciplina monetarista del merca- do hacían Completamente inviable la vieja política keynesiana. Un co- rolario de esta concepción fue el hacer eje en el cambio de políticas, gobiernos o ministros, y no en el sistema;

b) estatista, dado que estaba li- gada a un proyecto keynesiano y

nacionalista. Una estrategia para- dójica, 'porque se intensifica cuan- do desde el mismo estado se diri- gía el ataque contra las conquistas centrales del movimiento obrero;ll

c) nacionalista cuando la movi- lidad internacional del capital qui- taba las bases materiales para esa estrategia;

d) que hacía énfasis, en sus ver- siones más eombativas, en la inter- minable “guerra de guerrillas” que Marx desaconsejaba (ver Marx, 1975), precisamente por la exis- tencia de límites infranqueables a la lucha reivindicativa.

El fracaso de esta estrategia a su vez alimentó la ola de “postmantis- mo” que hoy hace “furor” en mu- chos círculos de intelectuales de izquierda decepcionados. Decep- cionados ante la imposición de la lógica del capital, sin asimilar crí- ticamente la caída del stalinismo muchos intelectuales de izquierda abandonan los análisis marxistas del valor y la explotación; ponen énfasis eri la política y la ideología como fuerzas autónomas con res- peCto a lo económico; la lucha de clases ya no es vista como central, y en su lugar subrayan la necesi- dad de establecer la línea demar- catoria entre bloque de poder y el pueblo, estado y sociedad civil, etc.

Ante esto se plantea con toda su importancia para el rearme de una estrategia revolucionaria, ubi- car en su justa perspectiva la rele-

108

Mayo de 1996

vancia de la tesis de Marx sobre la lógica del c'apital, que a su vez evite caer en el reformismo utópi- co y voluntarista de los estructura- listas.

Una revaluación de la posición de la lógica del capital y sus implicancias revolucionarias

El error del estructuralisrno mar- xista no está, en nuestra opinión, en afirmar la existencia de una lógica del capital, y de desarrollos determinados por la estructura ca- pitalista; tampoco consiste en sos- tener que los seres humanos son portadores (“Tráger”, según la co- nocida expresión de Marx) de las relaciones sociales, sino en haber unilateralizado ese aspecto de la realidad del capitalismo, hasta el punto de haber disuelto el sujeto y en última instancia, haber anula- do la posibilidad de transformar radicalmente su entorno social. Esta “deformación” no se corrige negando todo determinismo e identificando a la determinación científica con la negación de la lucha de clases, como hace la es- cuela de la “lucha de clases”.12 Cuando decimos que, por ejemplo, los precios de producción están determinados —no mecánicamen- te- por el tiempo de trabajo inver- tido en su producción, estamos haciendo una afirmación que no

pierde nada de su cientificidad, a pesar de su “determinismo” (por lo menos, debe admitirse que no se la puede recha- zar “a priori” con el argumento del “pecado de determinismo”).

Más todavía, podemos afirmar que la crítica a la escuela de la regulación puede hacerse más es- pecífica sin necesidad por ello, nuevamente, de negar que efecti- vamente opera una lógica del ca- pital. La escuela de la regulación se ha equivocado tanto en lo que respecta a las leyes de la acumula- ción como a las de la crisis; parti- cularmente, ha considerado que los principales obstáculos a la acu- mtrlación se encuentran en las des- proporciones que pueden suscitar- se entre la producción y el consumo (ver la interpretación de la crisis del treinta y los regímenes de acu- mulación), y por ende concluyó en que la intervención institucional podía dar lugar a un sendero de desarrollo “de oro” por medio de la regulación. 13

En esta concepción la idea de contradicción se ve reemplazada por la de regulaciones cibernéti- cas, un desarrollo refinado de las teorías del estructuralismo marxis- ta. Es sabido que la escuela de la regulación reconoce su deuda con las concepciones de. Althusser y Balibar; este último llega a soste- ner que “la contradicción no es otra cosa que la estructura misma”

Cuadernos del Sur

109

(Althusser y Balibar, 1983). El es- trtrcttrralisrno funcionalista des- plaza así la centralidad de la con- tradicción (el verdadero “alma” de la dialéctica, según Marx), para reemplazarlo por los principios de totalidad e interacción de las ins- tancias. Siguiendo esta tradición, la regulación concibe el desarrollo del capitalismo durante las fases

de auge como una muestra del,

funcionamiento regulado de estas estructuras, libres de contradiccio- nes. Por el contrario, en el concep- to de El Capital y en la realidad del desarrollo capitalista, la contradic- ción nunca desaparece, sino que encuentra formas de desarrollo, para estallar con todas sus fuerzas en y a través de las crisis.

La comprensión de este proce- so dialéctico no implica negar la existencia de una “lógica de la mercancía y del capital”, central a la estructura teórica de El Capital. En este punto nuestro planteo se diferencia de 'I-lolloway y Bone; feld, quienes al criticar las posicio- nes regulacionistas y estructuralis- tas, tertninaron arrojando al niño con el agua sucia, esto es, dese- chando todo determinismo y toda ‘lógica del capital” (y por ende de la mercancía). De esta manera des- pojan al marxismo de su carácter materialista, e incurren en última instancia, en el mismo voluntaris- e idealismo en que cae la po- sición que critican.

Para explicarnos más a fondo, examinemos un punto central, la concepción de Holloway y Bone- feld sobre el capital en cuanto “lu- cha de clases” o “poder del traba-

jo". En nuestra opinión esta tesis

desconoce la importancia de la propiedad privada de los medios de producción como fuente de un poder propio,-inherente, a la es- tructura social capitalista. El capi- tal es valor en proceso, qtre se valoriza mediante una relación de explotación de su opuesto, el tra- bajo vivo. Al ser “valor”, es trabajo objetivado, existente bajo la forma social de propiedad privada, que se valoriza imponiendo condiciones a quienes nada tienen excepto su fuerza de trabajo. No es casual que el capital se presente siempre en escena en la forma de dinero, la encarnación del trabajo abstracto, y la concretización del poder so- cial del que disponen los capitalis- tas, dada la ausencia de propiedad de los medios de prodtrcción por parte de los obreros. Ese valor que se autonomiza y valoriza, adquiere la fuerza de las cosas e impone una dinámica propia. Por eso Marx re- curre a expresiones tales como las “leyes que se imponen con la fuer- za de lo natural”, no para signifi- car qtre estamos ante un fenóme- no de la naturaleza, sino para subrayar que se trata de un fenó- meno social, pero qtre se inde- pendiza de la acción consciente de

110

Mayo de 1996

los seres humanos. Por esto tam- bién Marx, recurriendo a las for- mas dialécticas de la lógica de la esencia de Hegel, nos recuerda qtre el capital es el verdadero “suje- Io", qtre hace un mundo “a su ima- gen _v semejanza”. El capital es en- tonces mas qtre la lttclra de clases; en última instancia, como dicejes- sop (1994) respondiendo a Borre- feld, 50stener que el capital es lu- cha de clases es caer en la tautología.

La afirmación de Bonefeld, qtre el trabajo, al enfi‘entarse con el capital. se enfrenta contra el traba- jo reifrcado, corre el riesgo de mi- nusvalorar la importancia de esa “reificación” del trabajo en las condiciones “normales” de la acu- mtrlación capitalista. La “cosifica- ción" del trabajo debe ser valora- da en toda su implicancia social y política. Significa qtte los medios de producción adquieren una pro- piedad social, la de dominar y ex- plotar al trabajo, porque corpori- zan una relación social cuya base es la propiedad privada. Esto im- plica a su vez que el “otro” del capital, el trabajo, su antítesis,‘4 sea durante el proceso de trabajo parte del capital, y hasta cierto ptrnto entonces su “objeto”. Co- mo dice Marx (184, cap. l, vol. 2), tan pronto como la fuerza de tra- bajo, a través de su venta, entra en combinación con los medios de producción, se convierte en una

parte del capital productivo “tanto como lo son los medios de pro- ducción”. ¿Confunde Marx el fac- tor subjetivo y el objetivo? ¿niega la “otredad” del trabajo, su poder de negación del capital? ¿desapa- rece el sujeto. comido por la estruc- tura, por la “lógica del capital"? No, a esta conclusión arriban los qtre ven sólo un aspecto del problema, reproducción simétrica del error en qtre incurren quienes sólo ven la imposición de la lógica, y al sujeto absorbido por las es- tructuras. En cierto sentido, el su-

"jcto se hace objeto, aunque no por .ello desaparece como sujeto (se

"cosifica", de allí que experimente la explotación como alienación; no es casual que el estrtrcturalisrno no haya visto este problema). Pero entonces se establece una dialécti- ca entre estos dos polos objeti ar- ción y subjetivación que nos mues- tra el camino para salir en la falsa aporía propia del pensamiento no dialéctico en qtte nos metió el es- trueturalismo. La clave no está en negar el caracter de “‘objeto" do- minado por la lógica del capital, en qtte el sistema convierte a la fuerza de trabajo, sino en mostrar el caracter nunca acabado, incom- pleto y contradictorio, de ese pro- ceso. El ptrnto es superar la abso- lutización de la cosifieación (que posibletnente arranca en el mar- xismo occidetrtal con el Lukács de Historia y conciencia de clase), para

Cuadernos del Sur

lll

ver que nunca puede anular la contradicción entre la producción privada y su naturaleza social, en- tre el capital y el trabajo, etc., pero que también esa contradicción no anula, por misma, la objetiva- ción que sufre la fuerza de trabajo en manos del capital.

¿Pero cuál es entonces la reso- lución de esta dialéctica? Esto exi- ge análisis concretos, que remiten al estado de la lucha de clases y a la comprensión, a la conciencia, de los explotados de esa misma contradicción (y esto está en la esencia del proyecto teórico y po- lítico de Marx). El verdadero po- der está en el trabajo, en la clase obrera, sólo cuando ésta se movi- liza revolucionariamente contra la tiranía del capital, cuando se insu- rrecciona y emprende el catnino de la lucha anti- capitalista. De lo contrario, ese poder es sólo “en potencia”, y tiende a imponerse la lógica del capital, de las leyes de la acumulación, con la fuerza de lo inexorable. Esta lógica del capital se impone precisamente con la “huelga de inversiones”, con la re- creación permanente —y en espe- cial durante las crisis- del ejército indtrsttial de reserva. De allí la ne- cesidad de acabar con este poder autonomizado del capital frente al trabajo, acabando con la propie- dad privada de los medios de pro- ducción.

Desde el punto de vista político,

Lenin y Trotsky comprendieron esta dialéctica al subrayar el carác- ter inherentemente inestable del doble poder de los consejos obre- ros frente al poder burgués. Sólo en esos estadios excepcionales - que exigen una definición revolu- cionaria o contrarrevolucionaria perentoria puede afirmarse que el poder reside realmente en el polo del trabajo, dentro de la sociedad capitalista.15 De lo que se trata es de hacerse consciente de la exis- tencia potencial de ese poder de la movilización independiente de los explotados, pero también de seña- lar sus límites cuando discurre por los canales de la institucionaliza- ción burguesa.

Esta perspectiva explica los ex- tensos capítulos de El Capital en los que Marx nos presenta la re- producción ampliada del capital con los trazos de lo que se desarro- lla con la fuerza de lo automático, de lo inevitable, donde el capital reproduce sus propios supues- tos.16 Las concepciones estructu- ralistas absolutizaron el poder de la reproducción (ver de nuevo Ba- libar y sus resonancias en la regu- lación), para terminar postulando que la crisis, no sólo es funcional a las necesidades de la valoriza- ción capitalista (tesis correcta, en nuestra opinión, que recusa la es- cuela “lucha de clases) sino' tam- bién la inevitabilidad de tal rees- tructuración (tesis incorrecta, que

112

Mayo de 1996

lleva al derrotismo, como sostie- nen Holloway y Bonefeld). El planteo de Marx es revoluciona- rio: la reproducción reproduce las contradicciones en escala crecien- te, que estallan en las crisis de acumulación, lo que plantea la ne- cesidad de acabar con el origen de esa verdadera “catástrofe social”, esto es, acabar con la propiedad privada y el estado capitalista. De lo contrario, las tendencias a res- taurar la tasa de ganancia y la in- versión terminan imponiéndose, a costa de enormes sacrificios de las masas (Mandel, 1979).

La'crítica de Marx a la econo- mía política tiene un objetivo muy preciso: demostrar que no se pue- den acabar los males del sistema cambiando gobiernos o ministros; que no se trata de la moralidad o inmoralidad de determinados se- res humanos, sino de un sistema que hay que destruir. Que es ne- cesario romper con la cosifica- ción, con el dominio de l'o que se impone con la fuerza de lo nattrral e independiente de los seres hu- manos (pero que es profundamen- te social). La esencia del trabajo de Marx fue poner de relieve la nece- sidad de superar la cosificación desnudando los límites inherentes a las mejoras progresivas dentro del capitalismo; mostrar la posibi- lidad —creciente en tendencia- de esa toma de conciencia en la uni- versalización de las crisis periódi-

cas y en la extensión del ejército industrial de reserva, principal ca- dena que ata a la clase obrera. Desde este punto de vista, no exis- ten impedimentos absolutos, “es- tructurales”, a esa toma de con- ciencia; ni la cosificación absoluta quelteorizó mucho del marxismo occidental, ni el determinismo tec- nológico que impresiona a tantos, ni las estructuras impersonales de los estructuralistas constituyen esos obstáculos absolutos (aunque reflejen una parte de la realidad). Por eso las crisis son mucho más que un momento funcional a la reconstitución de las condiciones de la acumulación. Son un verda- dero “derrumbe”, donde la con- tradicción interna al modo capita- lista —entre el desarrollo de. las fuerzas productivas y las condicio- nes de su valorización- estalla de manera tal que se abren las condi- ciones óptimas para la ofensiva general del trabajo sobre el eapi- tal, a condición de que ese conflic- to se haga consciente. Pero en esto entran a jugar los factores políti- cos, el papel de la crítica marxista, las experiencias de las luchas pasa- das y de las revoluciones, triunfan- tes o derrotadas. No es casual que los modernos reformistas pasen por alto los efectos —de escala gi- gantesca- que tuvieron la derrota de la revolución rusa de 1917, la entronización del stalinismo, las políticas de los frentes populares,

Cuadernos del Sur

113

etc., sobre la perspectiva socialista, sobre la conciencia de la posibili- dad de superar la dominación del capital. Con este “olvido”, las espe- culaciones acerca de la “desapari- ción del sujeto revolucionario del marxismo clásico” (pttnto de par- tida invariable del moderno refor- mismo) pierden consistencia y po- der de explicación teórico e histórico.

En nuestra óptica entonces, el derrotisrno del nuevo reformismo acadetnicista y estructuralista no se supera rechazando al determi- nismo como sttpuesta fuente de todo reformismo. Contra lo que piensan rntrchos —I-Iolloway lo ex- pone de la forma más ‘pura”— no es cierto qtte el determinismo lle- ve al revisionismo reforrnista, y el no determinismo a la política re- volucionaria; esta relación está mal planteada, teórica e histórica-

_mente. Teóricamente porque si no se perciben los límites, inhe- rentes al sistema capitalista, de la ltrcha reitindicativa, no se puede entender por qué surgirá la corr- ciencia de trascender el sindicalis- ino reformista, por qtré no se pu- de seguir soñando con un capitalismo “humano”, imptresto por el bloque de “progresista”, o seguir reduciendo la lucha al carn- bio de ministro o gobierno de tur- no. Desde el ptrnto de vista de la historia de las ideas y debates den- tro del marxismo, la relación está

también mal planteada: precisa- mente Bernstein intentó “liberar” a marxismo del determinismo y buscó entonces una fundamenta- ción al accionar socialista en el idealismo ético kantiano.(como lo hizo la escuela austriaca neokan- tiana de la Segunda Internacional, Hilferding, etc.).l7 Y Rosa Luxem- burgo (1975) defendió una políti- ca revolucionaria contra Berns- tein recordándole a éste las férreas leyes del capitalismo que conducirían, en str opinión, al ine- vitable colapso del sistema. ¡8 De la misma forma, como explica Tim- panaro (1973), podemos plantear que, por debajo de algunas formu- laciones superficiales, en la estra- tegia y teoría stalinista del “socia- lismo en un solo país" existía una fuerte dosis de idealismo y volun- tarismo, qtte despreciaba las cons- tricciones —rnateriales- imptrestas por el mercado mundial y el atra- so tecnológico ruso. Lo mismo se dio, de forma multiplicada, en las formulaciones más clasicas del maoísmo.

Nuestro planteo ha sido enri- quecido por los trabajos recientes de marxistas que han revalorizado la lógica dialéctica de El Capital, y en particular su relación con He- gel.19 Entre ellos, Smith (1990) ha destacado qtre el pensamiento de Marx incluye el énfasis en la “ne- cesidad sistemática”, derivada de, la dialéctica del desarrollo de las

114

Mayo 1996

for-mas sociales mercantiles y capi- talistas. Por eso mismo esta pers- pectiva fundamenta una política revolucionaria; porqtre ésta impli- ca la afirmación que las estructu- ras fundamentales del capitalismo son necesariamente explotadoras y llevan en el germen de crisis. Por el contrario, todo reformista —por una razón u otra- esta preo- cupado por cambiar estructuras no fundamentales, con el objetivo de convertirlas en no explotadoras y/o libres de crisis. El tema es qtte —como dice Smith- sólo desde una teoría qtre trabaje con catego- rias sistemáticas —que responden a su vez al objeto social bajo estu- dio- se puede distinguir entre es- tructuras fundamentales y no fun- damentales, y no Caer en la ilttsión de que con un poco de manipula- ción estatal se ptreden dar pasos decisivos hacia la abolición de la explotación capitalista. El marxisé ta revolucionario sostiene que só- lo atacando la propiedad privada, la forma mercantil y dineraria, la relación capital/trabajo asalaria- do, se puede avanzar en una trans- formación revolucionaria hacia el socialismo; y el fundamento de es- ta posición se encuentra en El Ca- pital. Esto implica basar la activi- dad política en la comprensión de las tendencias inherentes y la lógi- ca del sistema (no es casual que aun la izquierda radicalizada haya encontrado poco menos que inútil

la teoría de Marx del valor y la plusvalía para su práctica política cótidiana). Citando una vez más a Smith, el objetivo de Marx era mostrar cómo los problemas so- ciales que pretende solucionar el reformista-tales como la explota- ción las crisis- son inherentes de, y'necesariamente conectados a, la fortna valor, y por lo tanto demandan la abolición revolucio- naria de las condiciones sociales existentes.

En definitiva, la teoría marxia- na del capital está destinada a de. mostrar la verdad de la siguiente tesis (formulada en palabras de Engels, 1971): “... mientras exista el modo de producción capitalista será absurdo querer resolver aisla- darnente cualquier enestión so- cial qtre afecte a la suerte del obre-

,ro. La solución reside únicamente

en la abolición del modo de pro» ducción capitalista.”

Pero esta tesis es rechazada por practicamente todo el espectro de la izquierda (marxista y no marxis- ta) por “abstracta”, por “no dar soluciones", por “derrotista”, por “determinista y mecánica”, etc. Es- ta tesis, sin embargo, la conside- ramos esencial para el reartne de la lucha y la estrategia del mori- miento obrero y de izquierda. No niega la necesidad ni la posibili- dad de arrancar toda reforma po- sible al sistema, o por defender conquistas. Lo que subraya son las

Cuadernos del Sur

115

limitaciones de esa lucha, para asentar la acción reivindicativa en una estrategia anticapitalista. Po- ner al descubierto las leyes inhe- rentes y las tendencias determina- das del capitalismo no implica un llamado a la pasividad, sino a la acción revolucionaria más activa.

En última instancia, no existe na-

da más desmoralizador que la lu- cha por programas utópicamente reformistas, que inevitablemente conducirán a nuevas y mayores den‘otas.

Referencias

Aglietta, M. (1979). Regulación y crisis del capitalismo, Siglo XXI, Madrid.

Althusser, L. y Balibar, E. (1983). Para leer “El Capital", Siglo XXI, México.

Bernstein, E. (1966). Socialismo teórico y socialismo práctico, Claridad, Buenos Aires.

Bonefeld, W. (1993). “On the Theory of the Capitalista State”, en Capital 67’

k Class, nt'rm. 49.

Bonefeld, W. y Holloway, J. (comp) (1994). ¿Un nuevo estado?, Cambio XXI, México.

Bowles, S. y Gintis, H. (1993). “The Re- venge of Homo Economicus: Contes- ted Exchange and the Revival of Political Economy", en journal of Eco- nomic Perspectivas, nt'rm. 1.

Bowles, S., Gordon, D. y Weisskopf. T. (1989). La economía del despilfarro, Alianza, Madrid.

Boyer, R. (l989). La teo-tia de la regula- ción: un análisis crítico, Humanitas, Buenos Aires.

Braverman, H. (1984). Trabajo y capital monopolista, Nuestro Tiempo, México.

Brenner, R. y Glick, M. (1991). “The Regulation Approach: Theory and History", en i‘t’ew Left Review, núm. 188.

Burawoy, M. (1979). Manufacturing Con- sent: Changes in the Labor Process under Monopoly Capitalism, Chicago.

Clarke, S. (1992). “Sobreacumulación, lucha de clases y el enfoque de la regulación", en Los estudios sobre el estado y la reestructuración capitalista, Cuadernos del Strr, Buenos Aires.

Dockes, P. y Rosier, B. (1983). Rytmes ¿conomiques, La Découverte/Maspe- ro, París.

Durand, M. (1983). “L'école de la regu- lation ou les theóriciens du nouveau consensus social”, en Critique commu- niste, núm. 24, diciembre.

Dussel, E. (1985). La producción teórica de Marx, Siglo XXI, México.

Elger, T. (1979). “Valorisation and Des- lilling: A Critiqtre of Braverman", en Capital ¿9’ Class, núm. 7.

Elster, j. (1990). El cambio tecnológico, Barcelona, Gedisa.

Engels, F. (1971). El problema (le la vivien- da, Claridad, Btrenos Aires.

Gorz, A. (1989). Adiós al proletariado, Imago Mundi, Buenos Aires.

Gorz, A. (1994). “El qtre no trabaje co- meta", en Revista Política Internacio- nal.

Harvey, D. (1990). Los limites del capitalis- mo y la teoría marxista, FCE, México. Hirsch,_]. (1994). “Fordismo y posfordis-

mo. La crisis social actual y sus con-

secuencias", en ¿Un nuevo estado?,

Bonefeld y Holloway (eds). Holloway, j. (1994). Mantis-mo, estado y

116

Mayo de 1996

capital, Cuadernos del Strr, Buenos Aires.

Holloway, J. (1994a). “La Osa Mayor: posfordismo y lucha de clases", en este número de Cuadernos del Sur.

Howell, C. (1995). “Trade Unions and the State: A Critique of British Indus- trial Relations", en Politics 67’ Society núm. 2.

jessop (1990). State Theory: Putting the State. in iLs Place, Pennsylvania.

jessop (1994). “Osos polares y lucha de clases", en este número de Cuadernos del Sur.

Lenin, N. (1973). Las tesis de abril, Car- tago, Obras Escogidas, t. 4, Buenos Aires.

Lipietz, A. (1979). Crise, iii/lation, pour- quoi?, Maspero, París.

Lipietz, A. (1992). Las relaciones capital- trabajo en los comienzos del siglo XXI, IDEP-ATE, Buenos Aires.

Lukács, G. (1969). Historia y conciencia de clase, Grijalbo, México.

Luxemburgo, R. (1974). Reforma o revo- lución, Papeles políticos, Buenos Ai- res.

Mandel, E. (1979). El capitalismo tardío, Era, México.

Marx, K. (1975). Salario, precio y ganan- cia, en Marx y Engels, Obras Escogi- das, Aka], Madrid.

Marx, K. (1984). El Capital, Siglo XXI, México.

Marx, K. (1989). Elementosfumlamentales para la crítica de la economía politica (Crundrisse) 1857-1858, Siglo XXI, México.

Moseley, F. (ed.) (1993). Marx’s Method in “Capital”. Humanities press, New jersey.

Negri, A. (1991). “j. M.Keynes y la teoría

capitalista del Estado en el '29”, en El Cielo por Asalto, núm. 2.

O'Connor,j. (1984/l987). Crisis de acu- mulación, Península, Barcelona.

Pereyra, C. (1979). “El determinismo histórico", en En Teoria, núm. 3.

Poulantzas, N. (1978). Estado, poder y socialismo, Siglo XXI, Madrid.

Psychopedis, K. (1994). “La crisis de la teoría en las ciencias sociales con- temporáneas", en ¿Un nuevo Estado?, Bonefeld y Holloway (eds.)

Smith, T. (1990). The Logic of Marx’s “Capital”, University of New York. Slramsavari, A. (1991). Dialectics and So- cial Theory. The Logic of “Capital”,

Merlin, Londres.

Timpanaro, S. (1973). Praxis, materialis- mo y estructuralrsmo, Fontanella, Bar- celona.

Trotsky, L. (1980). La lucha contra el fascismo, Fontamara, Barcelona.

Witlreford, N. (1994). “Atrtonomist Mar"- xism and the Information Society”, en Capital ¿9’ Class, núm. 52.

Notas

l La visión de tipo cibernética en el funcionamiento entre las diferentes “ins- tancias” del capitalismo esta presente des-

'de las primeras formulaciones de la

regulación; en algunos casos, como en Dockes y Rosier (1983) o Aglietta (1979, Introducción) esta vinculación está expli- citamente señalada.

2 Dice Aglietta (1979): “Denominare- mos formas estructurales a las relaciones sociales complejas, organizadas en institu- ciones, que son un producto histórico de la lucha de clases. Mostrarcmos, pues, que la regulación del capitalismo ha de inter- pretarse como una creación social".

Cuadernos del Sur

117

i‘ Tesis central, por otra parte, de la interpretación trotskista tradicional de las condiciones de la revolucit'rn; se basa en la famosa frase de Marx, sobre que ningún regimen desaparece hasta que no ha ago- tado las posibilidades de desarrollo de las fuer/.as productivas. En nuestra opinión, Elster (1990) demuesth corivirrcentemen- te corno esta tesis de Marx no es aplicable —ni habria sido intención del propio Mtu'x hacerlo- al capitalismo.

" I’oulantzas terminó abandonando to da posicion revolucionaria leninista en l'a- vor del doble poder —irrlluido por la experiencia de la revolución portuguesa de 1974- en favor de una estrategia de penetración y ocupación de puestos claves en el aparato estatal; argumentó que la lucha dentro del aparato estatal sería rre- cesatia para cambiar el balance de fuerzas y permitir una transición socialista (Pou- latrtzas. 1979). Un ejemplo de cómo las interpretaciones estructuralistas extremas culminan, en la mayoría de los casos, en un voluntarisrno idealista también extre- mo, que desconoce las constricciorres de clase —iparadójicatnentel—, en este caso del estado.

5 Sin adscribir a las escuelas de la regu- lación o de la reformulación, encontramos este tipo de pensamiento y propuestas en otros autores, que ven cn un desarrollo autónomo y lineal de la automatización el derniur'go de la nueva realidad. Es el caso de Gorz, para quien la desaparición del trabajo asalariado sería producto de las tendencias irreludibles del desarrollo tec- nológico, y no de la lucha de clases ¿—que en esta visión no tiene rol que cumplir. L1 reducción del tiempo de trabajo para re- dueir la desocupación se convierte tam- bién en una necesidad “natural” que se impone a la sociedad de conjunto; ver Gorz (1989) y (1994).

G Recordemos que en Inglaterra teóri- cos y dirigentes del Partido Comunista inglés y otros apologistas de los “nuevos

tiempos", sostuvieron que la clase trabaja- dora debía admitir y adaptarse a “las líneas itreludibles de la tendencia" imperantes en el nrundo actual, y llegaron a sostener que era inútil la lucha de los mineros ingleses. Como lo han planteado los teóricos de la “lucha de clases". estamos ante un caso de verdadero derrotismo, fundamentado en una sofisticada elaboración académica.

7 Ver Witlreford (1994) para un pano ama general. Negri (1991) ilustra esta tesis, aplicada a la interpretación del key- nesianismo.

H Elger (1979) o Burawoy (1978) son ejemplos significativos. Un resumen de la discusión, con una posición evaluatirït, cn última instancia favorable a Braverman, que comparte nuestro trabajo puede verse en Harvey (I990).

9 Ver en este sentido, la escuela nortea- mericana del “contested exchange", por ejemplo, Bowles y Gintis (1993).

'0 Una expresión teórica clara de los primeros es la revista journal of Past-Keyne- sian Economics; de la segunda corriente es el journal of Economic Issues. En Argentina prácticamente todo el keynesianismo es más moderado, excepto cuando es toma- do, de hecho, por los programas de la izquierda radicalizada (por ejemplo, cuan- do exige programas de obras públicas fi- nanciados con impuestos progresivos, etc.).

Howell (1995) ser'rala este problema clave de la estrategia sindical en el movi- miento obrero inglés.

'L’ Para una defensa del determinismo como central para la posibilidad de la explicación científica de los acontecimien- tos históricos, ver Pereyra (1979). Hoy la palabra detenninisnro ha adquirido un sig- nificado casi peyorativo, ya que se la iden- tifica con “fatalismo”, esto es, que 'un acontecimiento debe suceder cualesquiera sean las circunstancias prevalecientes y sin inrportar lo que se haga para evitarlo" (Pereyra, 1979). Tampoco debe identifi-

118

Mayo de 1996

carsc —en lo que hace al detenninismo matxiano- con la idea de que el proceso histon'co avanza hacia una metal final, que guian'a el curso de la lliston'a.

¡3 Una critica extensa y abarcativa la encontramos en Brcnner y Click (1991); ver también Clalke (1992). La fuerte in- fluencia de las tesis de la crisis basadas en el subcrmsumismo encaja en el carácter funcional (le las luchas ¡eivindicatims —en última instancia- para salir (le las crisis; esto es muy clam en la interpretación (le la crisis del treinta.

Dussel (1985) en su lectura de los Crumln'sse ha destacado este aspecto del analisis (le Marx, la “otredad” irreductible del trabajo frente al capital.

'ï" Y esto fundamenta la posibilidad de fonnas ‘nmisitorias" de organización social revolucionarias, como la instalación del poder obrem. De lo contrario se cae en formulaciones reformistas; ver al respecto Trotsky (IQRO). Sobre la transiton'edad del doble poder en Rusia. ver Lenin (1973).

‘G También en Marx (1989, vol. l) se puede leer que “...no bien ha llegado a ser capital en cuanto tal, produce sus propios supuestos... estos supuestos que ongtna- riamente aparecían como condiciones de su devenir se presentan ahora como resultados de su propia realización, como realidad puesta por él: no como Condicio- nes de su génesis, sino como resultados de su existencia".

17 Ver Bernstein (1966), primer capítu- lo, donde el padre del revisionismo defien- de. con base en esa independización creciente de los factores políticos con res-

pecto a la economía, la tesis (le que existe “una capacidad crecientel para (lin'gir la evolución económica". En consonancia con sus postulados neokantianos, también afirma entonces que existe cada vez más espacio, bajo el capitalismo, para la activi- dad independiente en el tcn'eno de la ética; todo esto en el marco de limitar la “férrea necesidad de la histon'a" en ams (le abn'r teneno “a la practica de la democra- cia social”. Vemos difícil de exagerar la importancia de la “lógica del capital" Cla- borada por Malx para combatir a este rel'onnismo, con tantas resonancias en la actualidad.

'3 Todavía más explícita es esta posi- ción en la critica de R. Luxemburgo a Sombart (en La “ciencia alemana" u. rela- guardia de los obreras). Este sostenía que la participación de los salarios obreros en la lenta nacional sólo dependía de las rela- ciones de fuerza entre las clases. Rosa Luxemburgo rechaza esta posición; expli- ca que es precisamente la economía vulgar la que “rechaza con la mayor complacen- cia las ‘leyes naturales' establecidas por la economía clásica”, pero “con ello elimina, en general, toda explicación sometida a leyes de la economía capitalista y proclama el reino de la ‘libre voluntad', de la ‘ínter- venCión consciente en los procesos socia- les’, de la ‘fueiza' de los grupos sociales" (R. Luxemburgo, 1974, 141).

19 Ver, por ejemplo, además deSmith (1990), a Shamsavar (1991) y. Moseley, ed.

- (1993), para una revalorización de la im-

portancia de la lógica hegeliana en El Ca- pital.

Cuadernos del Sur

119

‘._\

Poetas Contra el Olvido

por la Memoria, la Verdad y la Justicia

JORGEAULICINUI. hL\N’UELllARL‘I.\. MUUA ml.0\l|.|0, DAME]. FREÍDDTIFRC. LAURA KLEIN. JDRUIZMMIRAHIJÜSE[UISMKWIEIL IZPAIÏIEIA l'ïkílflo, ALIElZHIOSJPUNDIRÍ. Y “(FNTEIITUIJ-Ïlu.

(ya leEÚE Y‘v'n'JNE FOURNERY. SÉLVIA RGlRIGUFJ. HAB“. SAN MARTIN )‘ BKJNIl‘A ÑULLAN Ml IF.

Eljucvrs 25 de abril, a las [9.30 hr.

en el Foru Gandhi. Corrírmvs [551

120 Mayo de 1996

Convocatoria

Ejército Zapatista de Liberación Nacional, México

Marzo de 1996

A Revista Cuadernos del Sur

América Latina, en el doloroso sur del Continente Americano. Planeta Tierra [septimo planeta del sistema solar si usted viene de afuera, o sea, como si usted estuviera en esa estrella que está allá arriba (no, esa no, la otra) y caminara hacia el Sol de la misma forma en que uno camina hacia adentro, es decir, con miedo y esperanza].

De Subcomandante Insurgente Marcos CCRI-CG del EZLN Chiapas, México.

uponga usted que no es verdad eso de que no hay alternativa

posible. Suponga usted que la impunidad y el agravio no son

el único futuro. Suponga usted que es posible que no se

adelgace cada vez más la raquítica frontera que separa a la

guerra de la paz. Suponga usted que algunos locos y románticos piensan que es posible otro" mundo y otra vida. Suponga usted lo peor, es decir, que estos locos piensan que hay otros locos que piensan como ellos. Suponga usted lo inadmisible, es decir, que estos y aquellos locos quieren encontrarse. Suponga usted que ellos suponen que de ese encuentro de locuras puede desprenderse algo de razón. ¿No le gustaría asistir a usted a tan loco encuentro de supuestos?

¿SÍ? ¿No? Si usted supone que responderá “no”, entonces póngase serio, ahórrese los párrafos que siguen y anote a un lado de esta carta lo siguiente: “destinatario equivocado”. No, no se moleste en devolverla al remitente.

Cuadernos del Sur 121

Si usted responderá “sí”, haga con esta carta algo de provecho: tm fuego, por ejemplo, un avioncito 'o un muñequito. En fin, algo que siquiera le arranque una sonrisa. Si, además de suponer que le gustaría asistir a este encuentro, supone que tiene intenciones de hacerlo, entonces siga leyendo.

Si no se ha mareado con tanto “encuentro” como tiene esta carta, entonces tal vez le interese saber que el “Encuentro Continental Ame- ricano por la Humanidad y contra el Neoliberalismo” será en La Realidad. ¿No es encantador? Ya que estamos en supuestos, suposicio- nes y supositorios, tal vez usted suponga que asistirá, entonces supone- mos nosotros que querrá saber cuándo y cómo.

Así las cosas, quisiéramos que aceptara usted la invitación que'le hacemos para que, en esos días en que abril levanta la historia y la sacude para que despierte y se eche a andar, nos acompañe en el “Encuentro Continental Americano por la Humanidad y contra el Neoliberalismo”. Estaremos, como es ley en estos tiempos, en La Realidad, uno de esos rincones del sureste chiapaneco donde el dolor se transforma en esperanza gracias a una complicada mezcla química de dignidad y rebeldía.

Bueno cuando menos debe suponer usted que si alguien espera encontrarlo, entonces puede usted esconderse... o encontrar al que lo quiere encontrar, porque en esto de los encuentros créame usted, es mejor tomar la iniciativa. Así que empaque usted lo necesario, a saber: un lapicero (por si es posible escribir algo), papeles de diversos colores y tamaños (para que, si nadie le hace caso, cuando menos pueda usted hacer muñequitos), hilo suficiente (por si se pierde en el encuentro, entonces pueda usted regresar a... (dónde?) y paciencia a discreción.

Acá somos expertos en esperar, pero ¿llegará usted?

Vale. Salud y, ya que estamos hablando de encuentros, ojalá que nosotros encontremos a la historia antes que ella nos encuentre a nosotros.

Desde la Montañas del Sureste Mexicano Subcomandante Insurgente Marcos

122 Mayo de 1996

Primera Declaración de La Realidad contra el Neoliberalismo y por la Humanidad

Ya lie llegado yo. fa estoy aqui presente yo cantor.

Cozad en buena hora.

vengan hacia acá a presentarse aquellos que tienen (loliente el corazon Yo clero mi canto.

( I ’nrsía náhuatl)

A los pueblos del mundo

Hermanos:

Durante los últimos años el l’odcr del dinero ha presentado una nueva máscara encima de su rostro criminal. Por encima de fronteras, sin importar ra7as o colores. el poder del dinero lrumilla dignidades, insulta honestidades _\' asesina esperanzas. Renombrado como “Neoli- beralismo’. el crimen histórico de la concentración de privilegios, riquezas e impunidades. dernocratiza la miseria y la' desesperanza.

Una nueva guerra mundial se libra, pero ahora en contra de la humanidad entera. Como en todas las guerras mundiales, lo que se busca es un nuevo reparto del mundo.

Con el nombre de “globalización” llaman a esta guerra moderna que asesina y ohida. El nuevo reparto del mundo consiste en concentrar poder en el Poder y miseria en la miseria. _

El nuevo reparto del mundo excluye a las “minorías”. Indigenas, jóvenes, mujeres, homosexuales. lesbianas, gentes de colores, inmigran- tes, obreros, campesinos; las mayorías que forman los sótanos mundia- les se presentan, para el poder, como minorías prescindibles. El mrevo reparto del mundo excluye a las mayorías.

El moderno ejército del capital financiero y gobiernos corruptos avanza conquistando de la única forma en qtre es capaz: destruyendo. El nuch reparto del mundo destruye la humanidad.

El nuevo reparto del mundo sólo tiene lugar para el dinero y sus servidores. Hombres, mujeres y máquinas se igualan en la servidumbre

Cuadernos del Sur 123

y en el ser prescindibles. La mentira gobierna y se multiplica en medios y modos.

Una nueva mentira se nos vende como historia. La mentira de la derrota de la esperanza, la mentira de la derrota de la dignidad, la mentira de la derrota de la humanidad. El espejo del Poder nos ofrece un equilibrio a la balanza: la mentira de la victoria del cinismo, la mentira de la historia del servilismo, la mentira de la victoria del neoliberalismo.

En lugar de humanidad nos ofrecen índices de bolsas de valores, en lugar de dignidad nos ofrecen globalización de la miseria, en lugar de esperanza nos ofrecen la internacional del terror.

Contra la internacional del terror que representa el neoliberalismo, debemos levantar la internacional de la esperanza. La unidad, por encima de fronteras, idiomas, colores, culturas, sexos, estrategias y pensamientos de todos aquellos que prefieran a la humanidad viva.

La internacional de la esperanza. No la burocracia de la esperanza, no la imagen inversa y, por lo tanto, semejante a la que nos aniquila. No el Poder con un nuevo signo o nuevos ropajes. Un aliento sí, el aliento de la dignidad. Una flor sí, la flor de la esperanza. Un canto sr’, el canto de la vida.

La dignidad es esa Patria sin nacionalidad, ese arcoiris que es también puente, ese murmullo del corazón sin importar la sangre que lo vive, esa rebelde irreverencia que burla fronteras, aduanas guerras.

La esperanza es esa rebeldía que rechaza el confomismo y la derrota.

La vida es lo que nos deben: el derecho a gobernar y gobernarnos, a pensar y actuar con una libertad que no se ejerza sobre la esclavitud de otros. El derecho a dar y recibir lo que es justo.

Por todo esto, junto a aquellos que, por encima de fronteras, razas y colores, comparten el canto de la vida, la lucha contra la muerte, la flor de la esperanza y el aliento de la dignidad...

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional habla...

A todos los que luchan por los valores humanos de democracia, libertad yjtrsticia.

A todos los que se esfuerzan por resistir al crimen mundial llamado “Neoliberalismo” y aspiran a que la humanidad y la esperanza de ser mejores sean sinónimos de futuro.

A todos los individuos, grupos, colectivos, movimientos, organizacio- nes sociales, ciudadanas y políticas, a los sindicatos, las asociaciones de

124 Mayo de 1996

vecinos, cooperativas, todas las izquierdas habidas y por haber, organi- zaciones no gubernamentales, grupos de solidaridad con las luchas de los pueblos del mundo, bandas, tribus, intelectuales, indígenas, estu- diantes, músicos, obreros, artistas, maestros, campesinos, grupos cultu- rales, movimientos juveniles, rnedios de comunicación alternativa, ecologistas, colonos, lesbianas, homosexuales, feministas, pacifistas.

A todos los seres humanos sin casa, sin tierra, sin trabajo, sin alimentos, sin salud, sin educación, sin libertad, sin justicia, sin inde- pendencia, sin democracia, sin paz, sin patria, sin mañana.

A todos los que, sin importar colores, razas o fronteras, hacen de la esperanza anna y escudo.

y los convoca al

“Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo”, del 27 de julio al 3 de agosto de 1996 en los “Aguascalientes” zapatistas. Chiapas, México.

Hermanos:

La humanidad vive en el pecho de todos nosotros y, como el corazón, prefiere el lado izquierdo. Hay que encontrarla, hay que encontrarnos.

No es necesario conquistar el mundo. Basta con que lo hagamos de nuevo. Nosotros. Hoy.

¡Democracia! ¡Libertad! ¡justicia!

Desde las Montañas del Sureste Mexicano.

Por el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional Subcomandante Insurgente Marcos

México, enero 1996.

Cuadernos del Sur 125

A 125 años de la Comuna de París

La Comuna: significado y enseñanzas

87]: proclamación en Ver-

salles (le! segundo imperio

aleman. Asedio y capitula- ción de París.

187]: Proclanracir‘rn de la Co- muna de Paris (mar-1.o) y represión sangrienta (mayo), con el saldo de 25.000 fusilados _\' 5.000 deportados.

He aquí algunos de los cscuetos datos que. mueslr'an la (.lr'amalicidad dc los hechos. Hubo 36.309 rronzmu- nards detenidos y fueron condena- dos 13.450.

Cua‘ndo se hace referencia a la Comuna de París, se menciona co- mo su protagonista al pueblo de París. los parisinos, esos heroes a los que se identifica de. una u otra ma- nera según la posición ideológica de quien se refiera a ellos. Veamos los datos referidos a esa población: el 75% de la misma procedía de pro- vincias y no de la misma ciudad de Paris, lo que da una proporción me- nor de. los que participaron en las acciones de junio de 18-18. Pero si bien los parisinos eran minorías. la migración interna se dirigía a París. pues ese era no sólo el principal centro urbano, sino la mayor atrac-

ción de la fuerza (le trabajo.

¿La edad de los rommunards? De los detenidos. el 11% tenían entre lb y 20 años, el 559i; de ‘20 a 40 años, el 34% mas de 41 años.l El 80% (le los rommunnnls eran trabajadores dc la industria, y los oficios traditiona- les (entre obreros y artesanos) apor- taron la mayor parte de los dirigen- tes políticos y militares, siendo las industrias que mas se rnodcrnizaron corno la metalurgia y la construc- ción los que suministraron el grueso (le los contingentes.

El contexto de la insurrección de la Cómuna hay que ubicarlo en la guerra de 1870-187] entre Francia y Prusia. A la derrota de Francia, sigue la resistencia (le l’arís, que se pronuncia contra el imperio fran- cés, pero rechaza asimismo la paz con Bisrnarck.

Y en este aniversario queremos poner énfasis en un solo punto: en definitiva. ¿que fue la Comuna? La polémica se instaló desde el mismo- momenlo en que se producía este levantamiento. La Asociación Inter- nacional de Trabajadores (AIT o Pri- mera Internacional) nutre con sus

126

Mayo de 1996

cuadros parisinos a la insurrección. Pero en la AIT coexislian todavía Mars y los marxistas y Bakunin y los anarquistas. Marx, dice al referirse a ella cosas como estas: “... ¡qué inicia- tiva histórica, que capacidad de sa- cn'licio de los parisinos!” “La Comu- na permitió conquistar una nueva base histórica de partida, de tipo universal ...” "La memoria de estos mártires se conservará piadosamen- le en el gran corazón de la clase obrera". Bakunin. por su parte, afir- ma: “París afirmó de nuevo su pu- janza histórica para la iniciativa”. “La Comuna de París, que por ha- ber sido masacrada, calienta la san- gre... se ha convertido, en ma's viva; más pujante, en la imaginación y en el corazón del proletariado de Euro- pa". “París ha dado una base real al socialismo revolucionario”. “París inaugura una nueva época, la de la emancipación definitiva y completa de las masas populares, y de su soli- daridad enonnemente real a través y a pesar de las fronteras de los Estados".2

En este caso el mismo énfasis , el mismo tipo de analisis de los máxi- mos representantes de la AIT. No obstante en 1872, en el Congreso de La Haya se produce la escisión (le marxistas y bakuninista’s. Los anar- quistas realizan un Congreso apar- te. Enseguida la Primera Internacio- nal languidece, y terminará desapa- reciendo.

Surge entonces el problema cen-

tral en cuanto a su interpretación; ¿se trató del último movimiento re- volucionan'o del siglo XIX, o del primero de lo que serán las insu- rrecciones socialistas del futuro? Las posiciones de diversos autores dan margen para‘ambas interpreta- ciones." Más aún, algunos la inter- pretaron, al principio, de la segun- da manera pala luego hacer más énfasis en la Comuna como expe- riencia histórica.

Entonces la Comúna ha dado lu- gar a interpretaciones que resumi- damente podemos señalar así: l) co- mo referencia histórica, y paso primero de lo que luego será la revolución rusa de 1917 (esta inter- pretación tuvo mucha fuerza des- pues de la revolución de 1905 en Rusia); 2) como paralelo político a los efectos de adoptar o no las for- mas insurreccionales y las acciones concretas de la Comuna; 3) como experiencia histórica, o sea de la cual se pueden sacar enseñanzas, pero que corresponden a otras con- diciones históricas diferentes a las del siglo XX; 4) como referencia histórica. siendo el caso más signifi- cativo el de Lenin en El Estado y la Revolución, a los efectos de sacar conclusiones de lo que debe ser un Estado revolucionario; 5) como mo- delo a tener en cuenta, por ejemplo en la constitución de un Ejército no profesional. lo que se actualiza cuando se organiza el Ejército Rojo, después de l917.

Cuadernos del Sur

127

Pero volvamos a la interpreta- ción de La Comuna. Trotsky escri- bió en 1921: “Cada vez que estudia- mos a la Comuna, la vemos bajo un aspecto nuevo, gracias a las expe- n'encias adquiridas por las luchas revolucionarias ulteriores... La Co- muna nos muestra el heroísmo de las masas obreras, su capacidad de unirse en un solo bloque, su don de sacrificarse en nombre del porvenir; pero nos muestra al mismo tiempo la incapacidad de las masas para elegir su camino, su indecisión en la dirección del movimiento, su ten- dencia fatal a detenerse después de los primeros éxitos”.3 Y Marx, en 1871, afirma, contemporáneamente a los hechos de la Comuna: “Gracias al combate librado por París, la lu- cha de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado entró en una fase nueva. Cualquiera sea la salida hemos obtenido un nuevo punto de partida de importancia universal”.4

Pero la visión de Trotsky incor- pora un elemento más crítico de la situación. Hay una exaltación del heroísmo y de la combatividad, pa- ralela al espíritu de sacrificio y de solidaridad de los communards, pero la crítica se expresa así: “Si se hubie- ra preparado simultáneamente un ataque contra Veráalles, las conver- saciones con los Alcaldes habrían sido una astucia militar plenamente justificada... Pero en realidad, estas conversaciones no estaban encami- nadas na‘da más que a escapar, por

un milagro cualquiera, de la lucha. Los radicales pequeñolburgueses y los socialistas idealistas respetando la ‘legalidad’ y las personas que en- carnaban una parcela del ‘estado legal’, los diputados, los concejales, etc., esperaban en el fondo de sus almas que Thiers se detuviera respe- tuosamente ante el París revolucio- nario, tan pronto como este último se protegiera con la ‘Comuna legal'. En suma no fue más que una tenta- tiva de reemplazar la revolución proletaria que se desarrollaba, por una reforma pequeño-burguesa: la autonomía comunal".

Es, entre los revolucionarios de la época, una actitud de las más críticas con respecto a las limitacio- nes en la lucha, a las direcciones y a la falta de organización y dirección obrera en un primer plano de direc- ción. Faltó organización, hubo mu- cho de espontaneísmo y la dirección la asumieron los sectores a quienes Trotsky critica. El heroísmo existió, el baño de sangre fue horrendo, las limitaciones dramáticas.

En relación a esto dice Henry Lefebvre, que acoge el planteo de Trotsky: El Consejo, “elegido inme- diatamente (según los principios de una democracia urbana directa) por las masas que toman el camino re- volucionario, puede volverse un ex- celente aparato de acción. Pero por su ligazón inmediata y elemental con las masas que están en la etapa de la iniciativa revolucionaria, por

128

Mayo de 1996

su composición, refleja más bien los aspectos débiles que los fuertes de la acción de las masas: indecisión, tendencia a la pasividad luego de los primeros éxitos. Desde su victoria, la Guardia Nacional y su Comité Central se apresuraron a deslindar su responsabilidad. El Comité Cen- tral imaginó. para asegurarse su de- recho y darse una legalidad, las elec- ciones. ¿Astucia y habilidad política? No. Ingenuidad."5

Se podrá seguir discutiendo la Comuna de París, pero a pesar de su fracaso, a pesar de las limitacio- nes que pudo haber mostrado (¿qué proceso histórico no contiene con- tradicciones?) sigue siendo tanto la culminación de una época que arranca desde la Revolución F rance- sa y eljacobinismo, se prosigue con las insurrecciones de 1848 y culmi- na con 1871. De la misma manera que 1871 inicia la nueva época de las insurrecciones obreras, con un contenido tan rico que problemas de organización, ideología y estrate- gia tienen allí un punto de referen- cia en todo el siglo XX.

Por todo ello, desde Cuadernos del Sur, honramos a aquellos que la hicieron posible, honramos a sus muertos. honramos a su memoria, y hacemos votos para que, en las postrimerías de este siglo, las expe- riencias históricas de las luchas obreras y socialistas, sean recupera- das crítica, pero positivamente, para construir el futuro que quisieron

aquellos mártires, lo mismo que lo quisieron los abnegados luchadores que “entregaron sus vidas durante más de un siglo por la solidaridad social, la instauración de una nueva sociedad y la perspectiva del socia- lismo. Hoy, recuperar la Comuna es recuperar nuestra propia historia, es un compromiso. Es el sentido de la vida sobre el planeta amenazado por la descomposición de una socie- dad' capitalista incurable en sus ma- les y aberraciones. La historia se construye con experiencias de lu- cha, de vida, de compromiso. La vida misma es lucha permanente y los communards son en la historia ejemplo sublime de abnegación, he- roísmo y compromiso. Siempre esta- rán presentes, nunca serán olvidados.

A.J.P. Rosario, mayo 1996.

Referencias

1 Claude Willard. Problemática del socialismo. Ed. Istmo, Madrid, 1972, p. 249.

2 Georges Haupt. L’Historz'en el le Mouvement Ouvrier. Maspero, París, 1980, p. 53.

'3 León Trotsky. Prefacio a C. Tales", La Comuna de 1871. l’arís, 1921.

4 Carlos Marx. “Carta a Kugelman del 17 de abril de 1871".

5 Henry Lefebvre. Obras completas. Peña Lillo, Buenos Aires, 1967, tomo II, p. 678.

LA

Cuadernos del Sur

1.29

RESEÑAS

Una mirada radicalmente solidaria

Tierra y Libertad film de Ken Loach

o creo que pueda haber

nadie entre la gente de

izquierda que sea indi-

ferente ante esta pelícu-

la. Yo debo confesar que la defendería a brazo partido, aunque la considerara cine de pro- paganda, malo por definición. Por encima de todo, agradecería la in- tención de rescatar del olvido, en estos tiempos oscuros, a unas gen- tes que lucharon por la revolución con lucidez y generosidad, y me enseñaron algunas de las cosas más valiosas que he conseguido aprender en mi vida.

Pero si Tierra y Libertad sólo valiera por esto, Loach (que odia el “cine propaganda”) habría fra- casado y sólo merecería en esta ocasión, cuanto más un piadoso silencio. Sihay que hablar de Tie- rra y Libertad, y discutir, con. cuan- ta más pasión mejor sobre ella, es por que se trata de una película hermosísima, que abre la puerta de un cuarto secreto, donde se había encerrado a cal y canto, un

trozo doloroso e imprescindible de la historia de la guerra civil española.

“Es la historia de una gran espe- ranza. Eso era lo que más me atraía. Es uno de los pocos mo- mentos en la historia de la huma- nidad en los que se ve que la gente toma el control de su propia vida. Para era muy importante com- partir esa sensación de logro y también entender porqué salió mal”. Loach trabaja siempre con medios muy modestos, pero su obra es mucho más ambiciosa y compleja de lo que aparece a pri- mera vista. Pertenece a una extra- ña extirpe de cineastas (Rosellini, Nicholas Ray, Víctor Erice...) em- peñados no en narrar, sino en de- velar la realidad. Hay que juzgar- los a la altura de su ambición. Tenemos derecho a exigirles que busquen la verdad, como la sobri- na de Dave busca en la vieja male- ta el sentido de un puñado de tierra envuelto en un pañuelo rojo.

Tierra y Libertad está construida

Cuadernos del Sur

131

como en un semicírculo, un viaje a las antípodas: el itinerario políti- co y moral de un joven proletario inglés, a quien la solidaridad anti- fascista lleva a combatir a España, donde se incorporará, por casuali- dad, a las milicias del POUM. des- cubrirá la revolución primero y la contrarrevolución después, a par- tir de su experiencia vital, sin que pesen apenas en él conside- raciones ideológicas.

'¿Qué revolución vive Dave? Por encima de todo, la revolución es la solidaridad. Esa solidaridad em- pieza en el tren que toma en la frontera, donde será acogido in- mediatamente como uno más, con una generosidad espontánea e in- condicional.

Seguirá después en las relacio- nes entre hombres y mujeres en la milicia. Blanca y Maite son perso- najes de una fuerza impresionante que marcarán sutilmente la evolu- ción política de los acontecirnien- tos. En la primera etapa de la mi- licia, cuando la gente “está tomando el control de sus propias vidas”, son una más: combaten, viven y aman libremente, se expre- san cuando quieren junto a las mujeres del pueblo. Pero cuando el proceso revolucionario empieza a retroceder, el papel de las muje- res cambiará: pese a que el grupo miliciano no acepta integrarse for- malmente al Ejército regular (que entonces, octubre de 1936, se em-

peñaban en organizar Largo Caba- llero y Tarradelas), la presión de “institucionalización” del campo republicano, terminará infectan- do a la milicia y conducirá a Maite a la cocina y a Blanca a la enfer- mería; esta recuperación de los roles femeninos tradicionales, an- ticipa la involución general de los acontecimientos.

En fin, la solidaridad se expre- sará con toda su intensidad en el internacionalismo de la milicia. El protagonismo de la solidaridad in- ternacional en la guerra civil espa- ñola ha correspondido siempre a las Brigadas Internacionales, sin duda la fuerza más numerosa, que se incorporaron a la guerra a par- tir de noviembre de 1936 y fueron en su inmensa mayoría reclutadas y encuadradas por los partidos c0- munistas. Loach ha rescatado del olvido a estos otros internaciona- listas, libertarios, troskistas, pero también militantes de partidos co- munistas, como Dave y Lawrence, y ha conseguido trasmitir, con re- cursos sencillos pero extraordina- riamente eficaces, el sentimiento fraternal que les unía (la conviven- cia de lenguas, vivida con total naturalidad; la amistad entre el co- munista inglés Dave y el republica- no irlandés Coogan...).

Pero Loach va más allá del sig- nificado moral y sentimental de la solidaridad de la milicia: busca ¿omprender su contenido políti-

132

Mayo de 1996

co. ‘Este es un aspecto esencial de la película, aunque especialmente arriesgado y difícil. creo que Loach resuelve el desafío con éxi- to combinando tres elementos: El primero, el valor de la autoorgani- zación como principio político y moral: la milicia no es un Ejército, ni quiere serlo; no utiliza saludos ni tiene jerarquías; toman las deci- siones que les afectan por vota- ción. Este sentido de la vida, más libertario que poumista, se expre- sará formalmente en la antiunifor- mación miliciana (frente al carác- ter hostil y amenazador de los uniformes del Ejército republica- no en la secuencia del desarme). El segundo el proyecto de revolu- ción social: la colectivización, la necesidad de cambiar la vida in- mediatamente, de expresar en una nueva organización social so- lidaria la victoria sobre los fascis- tas. El tercero, la fraternidad de- mocrática: en el grupo miliciano no solo se viste de muchas mane- ras, también se piensa de muchas maneras. En la asamblea de la co- lectitización, y en la que posterior- mente discutirá la integración al Ejército regular, todo el mundo puede expresarse y es escuchado. Lawrence abandonará la milicia cuando él quiere, no porque nadie piense siquiera expulsarlo por te- ner ideas diferentes a las de la mayoría.

La experiencia que Dave vivirá

en Barcelona irá alejándose de es- te proyecto —radicalmente solida- rio, y, ‘por eso, revolucionario—, hasta la tragedia final.

Pero Dave no es un converso. Loach le deja vivir. primero se en- rolará en las brigadas internacio- nales, sin pensar que está traicio- nando a sus viejos amigos y amigas que dejó en el frente de Aragón; de ahí su sincera perplejidad cuan- do, tras la pudorosa y tierna esce- na de amor, escucha las durísimas palabras de Blanca que le sitúan ante el dilema de elegir trinchera en el desgarrador conflicto que ha estallado en el campo republica. no. Así vivirá conmocionado el en- frentamiento militar de la Telefó- nica (una secuencia magistral, para la mas emocionante de la película)‘ y confesará allí su total desconcierto, su incapacidad para entender ese momento trágico y absurdo de la guerra civil. En fin, comprenderá el significado de lo que está ocurriendo al escuchar en el bar los comentarios secta- rios, groseros y machistas de los jóvenes soldados, narradores del discurso estalinista de mayo de 1937.

El bar es la imagen antagónica de la milicia: allí Dave está'solo; incluso se le tratará como extran- jero. Es un espacio insolidario y hostil a la milicia y a todo lo que ella representa. Dave tomará par- tido por la lealtad con su gente

Cuadernos del Sur

133

miliciana, con lo que son y con lo que significa.

Se ha acusado a la película de maniqueísmo. Creo que Loach era consciente ¿de este riesgo, por otra parte inevitable cuando se tra- ta de un conflicto violento entre dos concepciones contrapuestas.

Me parece que la acusación es injusta: Dave no es en absoluto un personaje construido con criterios maniqueos y él es el eje de la pelí- cula. Pero quizás Loach podría ha- berse arriesgado más, dando al in- glés Lawrence un papel más importante en la historia. Porque Lawrence es políticamente un es- talinista, pero no es un contrarre- volucionario.

Sus ideas en la asamblea de la colectivización son las más elabo- radas, las más políticas. Abando- nará la milicia y se enrolará en el Ejército regular por sus conviccio- nes, pensando que así servía a la lucha por la causa de los trabaja- dores. Allí será uno de los respon- sables de la represión armada con- tra sus antiguos compañeros y, por contraste con la seguridad que traslucian sus palabras en la asam- blea de la colectivización, ahora

sólo sabrá repetir, una y otra vez, la consigna oficial: “vuestros jefes os engañan”. Después de este cri- men Lawrence será quizás un hé- roe de la lucha Contra Franco, dis- puesto ajugarse la vida en ella.

Sin contar con Lawrence, no creo que se pueda entender cabal- mente al estalinismo, al cual la acusación más dura que puede ha- cerse es la de haber destruido a una formidable generación revo- lucionaria, haciendo que una par- te de ella aniquilara a la otra parte, en nombre de “la revolución y el socialismo”.

Tierra y Libertad nos habla de quienes, en este horror, lucharon por todo, por vivir y hacer la revo- lución. Y lo perdieron todo. Me- nos un puñado de tierra dentro de un pañuelo rojo, que Loach ha tenido el talento y el coraje de transportar desde el pasado hacia el futuro. Ahora ya sólo pertenece a quien lo sienta como propio. Ojalá lo hagan suyo la sobrina de Dave y sus colegas.

Miguel Romero

134

Mayo de 1996

_REVISTA DE REVISTAS-

ACTUAL MARX, Paris, PUF, núm. 18, segundo semestre de 1995. Dossier: L’imperia- lisrne aujourd’hui, con articulos de F. Hinckcr, M. Lówy, M. Husson, M. Chossudovsky, P. Salama, G. Achcar y entrevista aj. Thobie. F. Engels: Le socialisrne en Allcmagne, con presentación de]. Texier; P. Broue': Rakovsky et la nature de l'Etat Soviétique; X. Renou: L. Althusser, Sur la philosoplrie. Reseñas.

BUSCANDO AMERICA, Casilla 17-03-856, Quito, Ecuador, núm. 5, agosto de 1995. Artículos de M. Lówy, N. Lillo, L. Orgaz A.; A. Rosero E.; A. Flores Galindo; Documentos sobre el EZLN;_]. Petras y S. Vieux sobre Castañeda; entrevista a L. Boff; K. Kosik: El fin de la historia moderna.

CRITICA MARXISTA, Editora Bmsiliense, Av. Marqués (le So Vicente, 1771, 01139- 903, Sao Paulo, Brasil, núm. 2, 1995.]. Gorender: Hegemonia burguesa reforcada pela prova eleitor'al de 94; Miglioli: O marxismo e o sistema económico soviético; I. Camargo Costa/ M. E. Cevasco: Teny Eagleton: uma aprescntagao; T. Eagleton: Capi- talismo, modernismo e pos-modernismo; G. La Grassa: O capitalismo contemporáneo c o papel da teoria marxista; entrevista con I. Mészáros; Debate sobre la actualidad del marxismo y la revolución: F. Ferirandez,j. Petras, A. Boito jr., E. Sader, O. Coggiola. Reseñas y notas.

PRAXIS. Av. Afonso Pena, n‘-’ 748, 5/1613; Centro; Belo Horizonte, MC, Brasil. CEP 30130-002. Núm. 5. oct.-dic. 1995. Werner Altrnann, América Latina no lirniar do ano dois mil. jacob Gorender, Conhecimiento social e militancia política em Florestán Fernández. Lembrando Florestán; M. Maestri, Zumbi 300 anos: Palrnarcs, a comuna negra no Brasil escmvista. Reseñas.

LINKS. International Journal of Socialist Renewal, Post office box 515, Broadway, NSW 2007 Australia. Núm. 6, enero-abril (le 1996. USS 7. S. Marks: What alternative to neo-liberalisrnP; entrevista a C. Martinez; M. A. Garcia: The PT balance sheet; entrevista a R. Poma]. Petras/ S. Vieux: jorge Castañedas social democratic recipe for the Latin American left; R. Clarke: Mexico city en Moscow; B. Kagarlitsky: The democratic model; M. Husson: The three dimensions of neo-imperialism. Documentos y novedades.

MONTHLY REVIEW. Monthly Review Foundation, 1‘22 West 27th Street, 10001, New York. Suscripción anual uSs 25. Vol. 47, núm. 10, marzo 1996. R. W. McChesney: Is there any hope for cultural studiesP; W. H. Locke Anderson: Living as though the truth were true; K. L. Abeywickrarna: The nrarketization of Mongolia. Debates: R. Burbach, E. Meiksins Wood, B. Foster, D. Eaglestein. Reseñas y comentarios.

SCIENCE AND SOCIETY, Guil ford Publications, 72 Spring Street, 10012, New York. Suscripción anual uSs 43. Vol. 60, núm. l, Spring 1996. R. Olwell: “Condemned to Footnotes”: Marxist scholarslrip in the History of Science; R. Das: State theories: a critical analysis; R. Hirsch: Is Mathematics a pure science?. Comunicaciones y Reseñas.

Cuadernos del Sur 135

TEMAS. Cultura, ideología, sociedad. Aptdo. Postal 4169, El Vedado La Habana. Cuba. I. Mona], La huella y la fragua, el marxismo, Cuba y el fin del siglo. F. Manínez Heredia, Izquierda y marxismo en Cuba. A. Alonso Tejada, Marxismo y espacio de debate en la revolución cubrura. P. Ravelo Cabrera, Posmodernismo y marxismo en Cuba._]. L. Arcos, ¿Otro mapa del país? Reflexión sobre la poesía cubana.

VIENTO DEL SUR. Revista de ideas, historia y política, Apartado Postal 70-176, C. P. 04510, Distrito Federal, México. Suscripción anual 30 dólares. Núm. 5, diciembre 1995. R. Roux, México, La sinmzón de Estado. S. Rodn'guez Lascano, La rebelión de las ideas. A. Gilly, Para Mario I’ayeras, sin amargura o sombra. Daniel Bensaid, Rostros y espejismo del marxismo francés. F. Vercammen, Ernest Mandel 1923-1925. Enrcst Mandel, Hagamos renacer la esperanza. Bibliografía en español de Emest Mandel.

VIENTO SUR por una izquierda alternativa, Aribau 16, Principal 2da., 08011, Barce- lona, España. 400 pesetas en España. C. Elejabeitia, F. Letamendía, A Ortí,_]. Pastor: Al otro lado de la transición; Peny Anderson: Futuros del Socialismo; A. Barceló, F. Ovejero, D. Raventós: Sobre el subsidio universal garantizado. Daniel Bensaid: Francia. La contrareforma liberal y la rebelión popular. M. Garrí: XIV Congreso del PCE: Incógnitas sin despejar.

DOXA, Conde 1045, Dto. 2, (14‘26) Buenos Aires, Argentina. Suscripción anual 5‘24. Año IV, núnr. 15/16, Otoño de 1996. Dossier sobre Etica y Política: G. Prestipino, E. Mari, L. Rozytchner. M. Twaites Rey, Petrucciani; A. Lipietz: Ecología y marxismo.

REALIDAD ECONOMICA, IADE, H. Yrigoyen 1116, piso 4, (1086) Buenos Aires, Argentina. Suscripción anual S75. núm. 138, febrero-marzo de 1996. 24 de marzo: Ch. Hitchens: Crímenes ideológicos; V. Heredia: Desde la memoria; C. Acuña: Las contra- dicciones de la burguesía en el centro de la lucha entre el autoritarismo y la democracia (1955-1983); R. E. Pastore: Subcontratación e integración productiva; A. Shaik: Tasa decreciente de ganancia y crisis económica de los Estados Unidos. Actividades.

TESIS ll Internacional, Av. de Mayo 1370, piso 14 oficinas 355/356, 1085, Buenos Aires, Argentina. S 5. núm. ‘28, Mayo-junio de 1996. ¿Adónde va Cuba?: O. Pérez,_]. M. Ianao, discurso (le R. Castro; Uruguay: Debate en el Frente Amplio; Haití: España: la Izquierda Unida tras las elecciones; Italia: M. Rigacci, F. Castiglioni; Elecciones en EEUU; Medio Oriente. Notas y comentarios.

dialéktica

Secretaría General C-E-F-Y L- ° Revista de Filosofía y Teoría Social

136 Mayo de 1996

uadernos delSur'

EDITORIAL: 1976 24 de marzo 1976. Veinte años

después.

EDUARDO GRÜNER: _ FLORESTÁN FERNÁNDEZ:

Sobre la culpa y la vergüenza.

Revolución, un fantasma que no fue conjurado.

DANIEL BENSAID: Francia. La contrarrevolución liberal y la rebelión popular.

JOHN HOLLOWAY: La Osa Mayor: Posfordismo y lucha de clases.

BOP JESSOP:

ROLANDO ASTARITA:

Osos polares y lucha de clases.

La importancia revolucionaria de la concepción de la «Lógica del capital «.

EZLN: . PrimerEncuentro Intercontinentalporla

Humanidad y contra el Neoliberalismo. ALBERTO J. PLÁ: RESEÑAS :

125 años de La Comuna de París.

Tierra y Libertad. Una mirada radicalmente Solidaria. . . , , Artistas plásticos invitados: - Miguel Angel Cabezas - Mónica C. Currel -- Anibal Cedrón

'I‘ierra'ffuego del