Sociedad-Economía-Político

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delSur 27

JESÚS ALBARRACÍN / PEDRO MONTES

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Jorge Lofredo ARGENTINA:

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H.Calello - E.M.W00d

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La modernidad democrática de la izquierda

MICHAEL LÓWY: Por Un Marxismo Crítico _ Nueva TCVOÏUCÍÓ.“

pain Navarro Toledo l

Huan nalIeIn-Buhán lulano

J M ¡ w t nueva democrama a.“ ar e mel“ Joao Pedro Stedile

Las Vías (1613 demOCfaCla BRASIL: los ¡In tlom contra el corporatlvlsmo.

'I'icrrlaíffucgo

Quadernos del Sur

Año 14 - N" 27 Octubre de 1998

Ticrggffuego

Consejo Editorial

Argentina: Eduardo Luci'ta / Roque Pedace / Alberto Plá / Carlos Suárez / Alberto Bonnet

Brasil: Enrique Anda / Florestán Fernandes [1920-1995]

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El Comité Editorial está compuesto por los miembros del Consejo Editorial residentes en Argentina.

Colectivo de Gestión María Rosa Lorenzo / Mariano Resels / Gustavo Guevara / Cristina Viano / Leónidas Cerruti / Rubén Lozano / Inés Bonnet

Coordinación artística Dibujos de la Muestra-Libro Juan Carlos Romero Desocupación, realizado en mayo de

1998, por 150 plásticos en la CTA

Cuadernos del Sur, número 27 Toda correspondencia deberá dirigirse a: Publicado por Editorial Tierra del Fuego Casilla de Correos no 167, 6-B. C.P. 1406 Argentina, octubre de 1998 Buenos Aires, Argentina

E-m: cds@cvtci.com.ar

CUADERNOS DEL SUR

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2 Octulme de 1998

ALBERTO BONNET

JESÚS ALBARRACÍN PEDRO MONTES

JORGE LOFREDO

JOÁO P. STEDILE CAIO NAVARRO

DE TOLEDO

JEAN MARIE VINCENT TONI NEGRI

HUGO CALELLO RUBEN R. LOZANO

TARGUS, FANJUL, CALELLO, M.-WOOD

DENIS BERGER

MICHAEL LÓWY

Índice

El impacto de la cn'sis en la política local

La crisis asiática y la inestabilidad financiera mundial

H ll

“Activistas , infiltrados” 'y “subversivos” Oposición social y reacción Oficial [Argentina, 1989-1998]

Los Sin Tierra contra el corporativismo ¿Adiós a la Revolución? La modernidad democrática de la izquierda

Las vías de la democracia

La república constituyente

Nueva revolución, nueva democracia Estado, clase y ciudadanía

Internacionalismo e internacional(es)

Por un marxismo crítico

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Cuadanosdel Sur

Hilda Paz, 1998

4 Octubre de 1998

El impacto de la crisis en la política local

as aguas políticas locales se enturbiaron sensiblemente desde la re-

lativa calma que habían alcanzado hace un año. A mediados de

1997, en efecto, las perspectivas de reconstrucción del bipartidismo,

es decir, de un régimen de dominación democrático-parlamentario sus-

tentado en un monolítico consenso alrededor de los pilares de la reestruc-

turación capitalista, permitían augurar un pacífico recambio de adminis-

traciones para 1999. La crisis de la administración justicialista, abierta a

mediados de 1996 y alimentada durante un año a fuerza de cortes de ruta,

puebladas, paros generales y movilizaciones de masas desde abajo y de

disputas interburg'uesas y planteos corporativos desde arriba, parecía en-

contrar una salida. La formación de la Alianza y las propias elecciones

legislativas de octubre parecían prefigurar esa salida: un recambio pacífi- co de administradores para que nada cambie.

Es cierto que la reconstrucción del bipartidismo- aún debía salvar algu- nos escollos hasta desembocar en las elecciones presidenciales. Sin em- bargo, en un marco de relativo reflujo de las luchas sociales, esos escollos podían salvarse mediante disputas i'ntestinas en_las cúpulas del PJ y la Alianza. Las extorsiones mutuas entre menemistas y duhaldistas (show de la reelección y plebiscitos) y las mutuas presiones entre frepasistas y radi- cales (show de las campañas porteñas y las denuncias de corrupción) po- dían así usurpar los noticieros y la primera plana de los periódicos duran- te meses... Porque sea como fuere podía contarse con que, si este show llegaba a mayores, allí estarían los guardianes nativos y foráneos del or- den para poner las cosas en su lugar.

Pero las aguas comenzaron a enturbiarse en secreto, en vertientes dis- tantes, justo cuando parecían calmarse. Pocos se alarmaron cuando, pre- cisamente a mediados de 1997, un conjunto de monedas asiáticas se devaluaron inmersas en crisis de balances de pagos. Eran las monedas de unos dragones asiáticos que, meses antes, había reivindicado como mode- los un inoportuno visitante argentino. Eran además monedas sobrevaluadas, ligadas a canastas de divisas dominadas por un dólar que venía revaluándose. “Nosotros cumplimos al pie de la letra con los debe- res fiscales y monetarios fondomonetaristas” —se apuraron a diferenciar-

Cuademos del Sur 5

se entonces los voceros del menemismo. “Nosotros somos confiables: la crisis no pasará” —insistieron.

La nueva crisis se asemejaba, hasta ese momento, a la mexicana de fines de 1994-95. A mediados de 1997, la economía argentina recién se encontraba superando las dramáticas secuelas de aquella crisis: el produc- to se había recuperado y el desempleo empezaba a mostrar cierto retroce- so. La nueva crisis amenazaba entonces con frenar este repunte y volver a descalabrar la economía.

La respuesta menemista consistió en distinguir —hasta donde era-razo- nable y mucho más allá de ese límite- entre ambas coyunturas. La caída de la bolsa porteña era apenas un caso de histeria contagiosa que pronto retrocedería ante la evidente buena salud de la economía argentina. El peso convertible no era como el bath, el ringgit o la rupia, no, sino una especie de argentino de oro redivivo que resistiría la tormenta y saldría indemne... repitieron nuestros fetichistas del dinero.

A su manera, el discurso menemista acertaba: ambas coyunturas son efectivamente distintas. Pero esta diferencia apenas si radica en las mayo- res reservas y nuevas garantías que ahora respaldan al peso convertible. Se debe más bien a que la profundidad y la extensión que está adquirien- do esta crisis a escala mundial .-y sus consecuencias para las economías periféricas- supera con creces a la mexicana.

Las sacudidas bursátiles transmitidas a través de las principales plazas financieras de la región —Hong Kong y Singapur- culminaron en octubre con un nuevo lunes negro para los calendarios de Wall Street. Las bolsas no volverían a recuperar la calma hasta nuestros días. Pero esto era y sigue siendo, apenas, la faceta más histriónica de la crisis. En noviembre Corea yJapón —onceava y segunda potencias industriales del mundo- entraron en una abierta crisis de sobreinversión y derrumbe de rentabilidades. La economía japonesa, en recesión durante los noventa, se posicionaba así en el puesto que le correspondía: en el centro de la región asiática y por consiguiente en el epicentro de la crisis. La quiebra de grandes corporaciones y de entidades financieras vinculadas se hizo noticia cotidiana. La fuga de capitales dejó atrás a una región asiática hundida en una recesión prolongada que amenaza convertirse en una suerte de reedición de la crisis latinoamericana de la deuda. El FMI y otros organismos internacionales comenzaron a revisar sus- pronósticos sobre la marcha de la economía mundial en su conjunto.

La sombra de una nueva gran depresión viene rondando, cada vez más cerca, los distintos pronósticos: caída en los precios de las materias pri-

6 Octubre de 1998

mas y los productos semielaborados, destrucción masiva de capitales ficti- cios, quiebras de grandes inversores. La corporeidad de esa sombra de- penderá, en buena medida, de la performance de la economía norteame- ricana. Pero sea como sea, aquí y ahora, importa más bien rendir cuenta de los efectos actuales de la crisis en la economía y la política argentinas.

Los países periféricos —en particular aquellos de desarrollo medio y receptores de capitales paradójicamente denominados emergentes- se vie- ron envueltos en la crisis de inmediato. A varias economías del este euro- peo se sumaron enseguida la rusa y las principales economías latinoame- ricanas —la brasileña, la venezolana, y en menor medida las mexicana y chilena- en una vorágine de huida de capitales y presiones devaluatorias. Una vorágine desencadenada, además, ante la vista de unos organismos financieros internacionales exhaustos después de sus masivas —aunque poco exitosas- intervenciones en el sudeste asiático y en Rusia y cada vez más incapaces de comandar la crisis.

El buen alumno argentino no puede escapar a esta vorágine —más aún: es ridícula la sola pretensión de que así sea. La caída de precios intema- cionales de las commodities, la pérdida de competitividad externa de las exportaciones dolarizadas combinada con el abaratamiento de las impor- taciones provenientes de países con divisas devaluadas, más una tenden- cia hacia el encarecimiento del crédito derivada del reflujo de los capita- les hacia posiciones más seguras, son todos elementos que vienen prefigu- rando un profundo descalabro del balance de pagos para cuando se retire el colchón brasilero.

En medio de estas enturbiadas aguas deberá desarrollarse, desde aho- ra, el recambio de administradores. Las consecuencias inmediatas de este enrarecimiento del escenario económico sobre el proceso político en cues- tión distan de ser obvias: recuérdese aquí que Menem resultó fortalecido y salió reelecto de la crisis mexicana, al igual que Carduso de la crisis presente. Esto no implica necesariamente una nueva ofensiva reeleccionista de un menemismo que, tras una década en el gobierno, parece cada vez más disfuncional respecto de la consecución de la reestructuración capita- lista en curso —es decir, las llamadas reformas de segunda generación. Impli- ca más bien que la crisis puede acarrear una consolidación, una suerte de reforzamiento de emergencia, del consenso de los partidos burgueses al- rededor de los pilares de la reestructuración menemista, facilitando así a corto plazo la marcha hacia un recambio pacifico de administraciones.

Pero, a mediano plazo, semejante situación puede conducir a una cu- riosa paradoja: que precisamente cuando termine de consolidarse un ré-

Cuadanos del Sur 7

gimen bipartidista alrededor del modelo, el modelo devenga económica y/ o políticamente insostenible. Por su propia naturaleza (patrón-dólar, desregulación, apertura externa), es extremadamente sensible a los avatares de la crisis mundial y sólo puede enfrentarlos de manera recesiva y deflacionan'a. La desaceleración del crecimiento, la revisión de inversio- nes planeadas, el estancamiento del consumO'y el repunte de los índices de desempleo ya se pusieron en marcha. La deflación en los precios y la caída de los salarios nominales serían los próximos pasos. ¿Qué magnitud de ajuste será suficiente para poner a salvo el modelo cuando la crisis alcan- ce su punto culminante? ¿Qué solidez requerirá el régimen de partidos para implementado?

Los ajustes recesivos y deflacionarios parecen ir acompañados a su vez por un recrudecimiento de las luchas sociales —como igualmente sucedió cuando se hicieron presentes las consecuencias del ajuste posterior a la crisis mexicana— poniendo a el orden del día la necesidad de una opción política autónoma de los trabajadores y el conjunto de los explotados y oprimidos para enfrentar la crisis. Las movilizaciones que acompañaron la reciente votación de la ley de flexibilización laboral, en sus desespera- dos intentos de presionar a los bloques de los partidos burgueses para que restaran quórum, son la expresión más reciente de un vacío político donde amenaza hundirse la resistencia popular a las consecuencias del ajuste cuando éstas se hagan presentes en toda su crudeza. ¿Tendremos nosotros la capacidad de forjar, colectivamente, una opción política que articule las nuevas luchas sociales que se avecinan?

Alberto Bonnet Buenos Aires, septiembre 1998

3 Octubre de 1998

La crisis asiática y la inestabilidad financmra mund1al*

Jesús Albarracín y Pedro Montes

or razones aun nb explicadas,

el hado del capitalismo suele

escoger el m‘es de octubre para desencadenar los crash bursátiles. Así ocurrió en octubre de 1929 y así volvió a suceder en el de 1987. No resulta raro, pues, que conforme se acercaba la tercera semana de octu- bre de 1997, en la que se cumplía el aniversario de estas crisis, el nervio- sismo se apoderara de los medios financieros.

Los días previos, toda la' prensa económica se había hecho eco de di- chos aniversarios. Para los más de los expertos y analistas, no había razo- nes para preocuparse pOrque, ar- güían, “la expansión económica está asentada en bases firmes", “los mer- cados financieros son más sólidos que en 1929”, “funcionarán los me- canismos de seguridad introducidos

-* Este artículo fue elaborado en los inicios del año en curso cuando la cri- sis financiera de 1997 parecía haberse superado y la especulación bursátil retomaba su curso ascendente. Sin embargo la nueva recaída en la crisis demuestra, como aquí se dice, que los problemas de fondo observados en la enorme inestabilidad financiera siguen vigentes.

a raíz del crash de 1929 y1987", etc. Pero para unos pocos, el paralelis- mo de la evolución de las bolsas con lO que sucedió en los momentos pre- vios al crash de 1929 y 1987 era sor- prendente. Tan sorprendente, que el viernes 24 de octubre, coincidien- do cOn la fecha del inicio del crash de 1929, la Bolsa de Nueva York ce- rró la sesión con importantes pérdi- das y el lunes siguiente simplemente se desplomó y hubo que cerrarla pre- cipitadamente antes de hora para evitar males mayores, sobrepasados los mecanismos de seguridad.

LO sucedido desde» entonces, y hasta el momento de escribir el pre- sente artículo —marzo de 1998-, no puede compararse con lo que ocu- rrió hace diez años —caídas muy agu- das y generalizadas de los mercados de valores- y, mucho menos, con el desarrollo de los acontecimientos después del “martes negro” de 1929 —desplome de las cotizaciones e ini- cio de la Gran Depresión-—. Por un lado, con la zozobra de octubre, ha aparecido con toda su crudeza la lla- mada “crisis asiática” justificando de algún modo la inquietud con que algunos veían aproximarse aquellos días. Pero, por otro, como si el cie-

Guademos del Sur

rre forzoso de Wall Street hubiese sido una pesadilla, en mal momento no vivido, la mayoría de las bolsas occidentales han emprendido una carrera alcista tan imparable como disparatada. Estos fenómenos bastan- te contradictorios y chocantes, de difícil explicación, acentúan, cuando menos, la anormalidad de la situa- ción y los rasgos fantasiosos y espe- culativos que ha adquirido el capita- lismo. En última instancia, dejan pa- tente que los problemas de fondo derivados de la enorme inestabilidad financiera en la que se asienta el sis- tema siguen vigentes.

La hipertrofia financiera

En. las fases recesivas de larga dura- ción como la actual, iniciada al prin- cipio de los años setenta por la caida de la tasa de beneficio, el capital, a falta de una rentabilidad suficiente en la esfera productiva, se dirige ha- cia los mercados de capitales y de divisas, lo que convierte a la especu- lación en una de las actividades más rentables y genera una economía fi- nanciera cada vez más separada y aje- na a la economía real. Esta no es una característica de la fase recesiva ac- tual, pues ya ocurrió en la crisis del último tercio del siglo pasado y, so- bre todo, en los años treinta, pero en la actualidad este fenómeno ha adquirido unas proporciones insóli- tas, como consecuencia del propio desarrollo y evolución del sistema, del avance tecnológico y de la he-

gemonía del neoliberalismo y su defensa de la libertad absoluta de los movimientos de capital.

Durante los últimos años, los elevados déficits públicos y la finan- ciación ortodoxa de los mismos han llevado a un endeudamiento públi- co que no tiene precedentes en la historias del capitalismo. Puede es- timarse que, desde el inicio de la crisis económica, los mercados de capitales se han visto engordados por activos emitidos por los Estados que superan los 10 billones de dóla- res. El endeudamiento bruto del sector público de los veintiún paí- ses de la OCDE, en solo dieciséis años, ha pasado del 41,7 por 100 del PIB en 1981 al 70,7 por 100 en 1997. A la deuda pública hay que sumar la de las empresas y las economías domésticas, que también ha sido creciente, levantándose sobre estos cimientos un enorme edificio finan- ciero, con los andamiajes que pro- porciona la multiplicación del cré- dito: los Estados emiten deuda, las empresas O los fondos de inversión los compran, financiándolos con su propia deuda, y así sucesivamente en una sucesión que no encuentra fin. Surgen nuevos intermediarios, se inventan nuevos tipos de títulos, nuevas formas de financiación, nue- vas operaciones, dando lugar a un proceso de innovación e ingeniería financieras que amplia, ilimitada e incontroladamente el edificio (el castillo de naipes por mejor decir) y

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Octubre. de 1998

da todas las facilidades ala especula- ción. El resultado es que sobre el capital directamente productivo se ha creado una enorme montaña de papel —capital ficticio—, agrietada, susceptible de sufrir corrimientos y desplomes, que ha introducido una gran inestabilidad en él funciona- miento global del capitalismo.

En un contexto de libertad abso- luta para los movimientos interna- cionales de capital, la hipertrofia fi- nanciera se refleja también en las cuentas exteriores. El auge del libre- cam-bio y las facilidades para finan- ciar importantes déficits de la balan- za de pagos durante períodos pro- longados engrosan la deuda exter- na de muchos países, hasta que lle- ga el momento de la suspensión de pagos o la declaración de insolven- cia. Entre 1982 y 1997 la deuda ex- terna de los países del Tercer Mun- do se ha multiplicado por tres, acer- cándose en la actualidad a 1,8 billo- nes de dólares. Sobre estas bases precarias surgió la gran crisis de la deuda externa de 1982, que afectó a la gran mayoría de los países del Tercer Mundo, la recurrente crisis de México en 1995 y la actual de los países asiáticos.

.Por otra parte, la expansión financiera favorece el auge de las co- tizaciones en los mercados de capi- tales. Los elevados niveles de coti- zación se traducen en unas rentabili- dades bajas para el capital financie- ro, pero este no espera obtener los

beneficios de los dividendos que pagan directamente las empresas, sino de las ganancias .de capital que se derivan del auge de las cotizacio- nes. Los niveles de cotización se se- paran cada vez más de la situación real de las empresas, pero lo que lle- va a invertir a los poseedores de ca- pital financiero no es la rentabilidad real ni la estructura de las mismas, sino una especulación desenfrena- da. El resultado es una sobrevalo- ración creciente de los mercados de capitales, que los deja a merced de que cualquier acontecimiento des- encadene la crisis.

A este desarrollo de la esfera financiera, hay que añadirle, para calibrar su inestabilidad, las opor- tunidades que dan los avances en las comunicaciones para poder Ope- rar y especular las veinticuatro ho- ras del día (por la mañana en las bolsas europeas, por la tarde en Nueva York y por la noche en Ja- pón o Hong Kong). Se puede decir que se ha alcanzado una “globaliza- ción” financiera casi absoluta. Un enorme volumen de fondos especu- lativos se mueve por los mercados internacionales buscando una rentabilidad, ya sea en los mercados de capitales, ya sea en los mercados de divisas, en este caso con otra con- secuencia no menos perturbadora: la gran inestabilidad de los tipos de cambio. Su evolución no se corres- ponde necesariamente con la situa- ción real de las economías, ni si-

Cuademos del Sur

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' EVOLUCIÓN DE LOS TIPOS DE CAMBIO Indices de los tipos (le cambio efectivos nominales

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Fuente. European Economy.

quiera con la propia evolución de las balanzas de pagos, surgiendo dificultades crecientes para que los gobiernos puedan controlar la coti- zación de sus monedas, dada la en- vergadura de los fondos que se mueven de unas a otras, que llegan a ser insuperables cuando se desatan las Olas especulativas. A este res- pecto, basta señalar que en los mer- cados de cambio se negocian cada día más de 1,3 billones de dólares, lo que supone el 85 por 100 de las reservas de todos los bancos centra- les y equivale a 174 billones de pe- setas, esto es, nada menos que 2,5 veces el PIB español de un año.

El hecho de que la práctica tota- lidad del mundo se haya convertido en un gran mercado financiero tie- ne algunas implicaciones importan- tes. Por un lado, los movimientos

especulativos han adquirido un vo- lumen tan considerable que escapan al control de cualquier país por gran- de que este sea, lo que sin duda au- menta la inestabilidad. Por Otro, la especulación se produce en todos los mercados (en la bolsa, en los mercados de divisas, en el inmobi- liario, etc.), por lo que, como ocu- rre con las bolas de billar, cualquier perturbación que se produzca en uno de ellos termina transmitiendo- se a los demás. Están las condicio- nes dadas para que, como en un polvorín, una chispa accidental des- ate un desastre. El último aviso pro- viene, como se ha indicado, del su- deste asiático;

La crisis de los “dragones asiáticos” La crisis actual de los llamados “dra-

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gones asiáticos" (Corea, Indonesia, Tailandia, Filipinas, Hong Kong, Singapur, Taiwán y Malasia) empe- en el verano de 1997 en los mer- cados de divisas. El 2 de julio, sumi- da en una profunda recesión, Tailandia, cuya moneda había man- tenido durante mucho tiiempo una paridad fija con respecto al dólar, se vio obligada a dejarla flotar libre- mente y, en un solo día, se devaluó en un 18 por 100. A partir de aquí, las monedas de los demás dragones fueron cayendo como fichas de do- minó: el 11 de julio el peso filipino, el 26 de julio el ringgit malayo, el 12 de agosto el dólar de Singapur, el 26 de septiembre la rupia de Indonesia, el 14 de octubre el dong vietnamita y el l 7 ¡del mismo mes le llega el turno a Taiwán. La bur- buja especulativa que se había desa- rrollado en todos estos países duran- te los últimos años hizo que la crisis pasara muy rápidamente a los mer- cados inmobiliarios y bursátiles, con las consiguientes repercusiones so- bre los sistemas financieros, tanto internos como internacional. Los tipos de interés tuvieron que elevar acusadamente para defender las mo- nedas y evitar las salidas de capita- les, ‘lo que provocó el hundimiento de las cotizaciones de acciones y otros valores, abriendo agujeros fi- nancieros y minando los balances de las instituciones financieras locales y los de los prestamistas internacio- nales atrapados.

La crisis ha tenido lugar después de varias décadas de un dinamismo considerable de los “dragones asiá- ticos”. Desde el final de la década de los sesenta, el PIB per cápita se ha multiplicado por cinco en Tailan- dia, por cuatro en Malasia, por dos en Corea del Sur y, en la actualidad, los de Hong Kong y Singapur supe- ran al de muchos países industria- les. Durante los últimos años, Asia ha atraído más de la mitad de los flujos totales de capital con destino a los países en desarrollo y sus ex- portaciones no han cesado de cre- cer, representando en la actualidad más del 13 por 100 del total de las exportaciones mundiales, cuando en 1985 solo eran el 7,6 por 100, destacando por su participación y crecimiento en el comercio mundial las manufacturas. Este dinamismo y el consecuente aumento de la parti- cipación de los “dragones” en la economía mundial es el que ha lle- vado a muchos autores a hablar de la tríada del capitalismo, uno de cuyos núcleos sería Japón con la constelación de estos países, y los otros, Estados Unidos, con dominio sobre la totalidad de América y la Unión Europea, con hegemonía en el viejo continente. Todo esto pa- rece haberse venido abajo estrepi- tosamente con la crisis de las eco- nomías asiáticas o, cuando menos, estar originando cambios profundos en la economía mundial. ¿Cuáles son las causas?

Cuadernos del Sur

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El dinamismo de todos estos paí- ses ha estado basado en un modelo de desarrollo fuertemente desequi- librado. Son economías volcadas al exterior, porque la demanda inter- na nO puede ser un motor de la acti- vidad económica. Dependen en de- cisiva medida de las exportaciones, cuyo crecimiento ha sido posible gra- cias a un intenso proceso de acumu- lación y de asimilación de las nuevas tecnologías y la fuerte competitividad que permiten los bajos salarios, la inexistencia de protección social, etc., es decir, debido a la sobreexplo- tación de la mano de Obra, lo que a algunos de ellos, como Corea por ejemplo, les ha colocado en un equi- librio social muy precario. Pero su dependencia del exterior no solo es muy acusada por las exportaciones, sino también por las importaciones de mercancías —tecnologías, materias primas‘-— necesarias para mantener el sistema productivo y las exportacio- nes, y es dependiente también de las entradas de capital extranjero, que han sostenido las fuertes inversiones. Sus sistemas financieros, en general,

son muy débiles y frágiles, y dista mua

cho de tener unos activos saneados, como se corresponde con países que han experimentado un intenso y des- ordenado crecimiento, inflacionista y especulativo. El resultado es que, como ha ocurrido, una perturbación externa puede dar al traste con el modelo de desarrollo y desencade- nar la crisis.

Las exportaciones de estos paí- ses se han visto afectadas, en primer lugar, por la apreciación efectiva que experimentó el dólar desde 1995. Dado que las monedas de los “dragones asiáticos" tenían en la práctica una paridad fija con respec- to al dólar (crawling pag) se produjo una pérdida de competitividad en todos ellos. Por Otra parte, la irrup- ción de China en el mercado mun- dial ha significado la aparición de un competidor muy importante. Después de la devaluación del yuan chino en 1994, este problema se ha- bía visto considerablemente agrava- do. Finalmente, la larga recesión de Japón estaba afectando seriamente a las exportaciones de estos países. Todo ello se ha traducido en infla- cionesvelevadas, degradación de las balanzas comerciales, considerables déficit de las balanzas por cuenta corriente (en 1996, el 8 por 100 del PIB en Tailandia, 3,5 por 100 en Indonesia, 4,3 por 100 en Filipinas, 5,2 por 100 en Malasia y 4,9 por 100 en Corea), altos y crecientes endeu- damientos exteriores y,_en general, una quiebra del desarrollo cierta- mente espectacular que estos países habían mantenido en el pasado. Es decir, condiciones suficientes para que el capital especulativo quisiera poner tierra de por medio, agravan- do las dificultades de financiación y de defensa del tipo de cambio. Pero en los países occidentales nadie con- sideró en un primer momento que

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el impacto de esta crisis monetaria fuera a ser importante.

La cosa no llegó a mayores hasta que la crisis no afectó a Hong Kong. La paridad fija de la moneda de Hong Kong con respecto al dólar, legalmente establecida (currency board), se consideraba intocable y las autoridades monetarias estaban dis- puestas a mantenerla, a pesar de la fuga de dinero e inversiones que se había producido como consecuen- cia de la devolución, a China. La es- peculación no se detuvo, por lo que la defensa numantina del dólar de Hong Kong por parte de las autori- dades monetarias llevó a una subi- da considerable de los tipos de in- terés. El 23 de octubre, la Bolsa de Hong Kong, la segunda de Asia des- pués de la de Tokio, perdió un 10,4 por 100, la mayor caída de su histo- ria, y el lunes siguiente, el 5,8 por 100, arrastrando al resto de los mer- cados de capitales. Desde entonces, el descenso de las cotizaciones ha sido considerable, hasta el punto de que, desde el verano de 1997 hasta el momento de escribir el presente artículo, el índice de la Bolsa de Hong Kong ha perdido casi el 50 por 100 de su valor.

La crisis de los países asiáticos, con sus raíces profundas y sus rami- ficaciones extensas, no ha dejado desde octubre de estar presente en los análisis y perspectivas de la eco- nomía mundial y en las preocupa- ciones de los gobiernos y las insti-

tuciones financieras y económicas. Actúa como telón de fondo del pa- norama financiero internacional, aunque, como se ha dicho, la inquie- tud que provoca no ha impedido que las bolsas occidentales hayan experimentado insólitas subidas a finales de 1997 y principios del año en curso, como si huyeran adelan- te, tratando de escapar de una si- tuación que se antoja peligrosa, no sólo por lo ocurrido a los “drago- nes” sino también porque la crisis a quien viene afectando prolongada y profundamente es ajapón.

La inestabilidad financiera de Japón La crisis financiera de Japón viene de muy lejos. De hecho, desde hace más de una década se viene produ- ciendo una caída continuada de la Bolsa de Tokio. Pero en los últimos años, y particularmente en 1997, se han visto afectadas una serie de com- pañías de seguros, de firmas de co- rretaje, de bancos de inversiones, etc. (véase cuadro), que hacen que la situación financiera sea en estos momentos sumamente delicada. Las causas más importantes de esta evo- lución financiera son las siguientes: —En primer lugar, hay que tener en cuenta la aguda disminución del crecimiento que se ha producido en la economía japonesa desde el ini- cio de la crisis económica y la ten- dencia al estancamiento que sufre en la actualidad. Japón .había creci-

Guademos del Sur

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CRECIMIENTO DEL PIB EN JAPÓN Tasas de crecimiento anuales, medias móviles de tres años, y medias de cada periodo

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Fuente. European Economy.

do a ritmos muy elevados durante las décadas de “expansión posteriores a la segunda guerra mundial (9,6 por 100 de media desde 1960 a 1973). Desde el inicio de la onda larga recesiva, las tasas se redujeron, pero todavía arrojan una media del 3,6 por 100 de crecimiento del PIB des- de 1974 a 1991. En la actualidad el crecimiento de la economíajapone- sa es prácticamente cero e incluso en algunos momentos, durante los últimos años, ha reflejado tasas de crecimiento negativo, teniendo justificación la idea de que ha en- trado en una nueva fase, en cierta medida distinta a la que están reco- rriendo sus competidores mundia- les, tanto Estados Unidos como la Unión Europea. Japón es una eco- nomía muy expuesta y supeditada a las exportaciones y con dificultades

para convertir la demanda interna en motor de la actividad económi- ca. Durante los últimos años, el peso de las exportaciones en el PIB se ha reducido (del 102 por 100 del PIB en 1986 al 9,3 por 100 en 1996), con los consiguientes efectos negativos sobre el crecimiento de la eco- nomía. Y en este contexto, la depre- ciación de las monedas del sudeste asiático y la consiguiente reducción del poder de compra de estos paí- ses afectó de forma muy importan- te alas exportaciones japonesas, que suponen el 44 por 100 del área, fren- te al 20 por 100 de Estados Unidos y al 7 por 100 de Europa, agravando su situación y perspectivas. Sin duda, para una economía acostumbrada a crecer, este descenso en el ritmo de crecimiento ha debido de tener una fuerte repercusión sobre la indus-

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tria y a partir de ahí sobre el siste- ma financiero.

—En segundo lugar, el descenso continuo que se viene produciendo en las cotizaciones de la Bolsa de Tokio desde hace más de una déca- da, sobre tOdO en comparación con lo que ha sucedido en lbs mercados de capitales del resto de los países industriales, también ha debido de repercutir negativamente en las ins- tituciones financieras japonesas. Así, mientras que el índice Dow jones de la Bolsa de Nueva York se ha multiplicado por 4,3 desde octubre de 1987 (esto es, después del crash) hasta febrero de 1998, el índice Nikkei de la Bolsa de Tokio ha des- cendido un 26 por 100 en ese mis- mo período. A este respecto, con- viene resaltar que, sin perjuicio de las razones económicas que como estamos viendo subyacen en estos comportamientos, una evolución tan dispar como esta de los merca- dos de valores nO deja de ser uno de esos fenómenos bastante inex- plicables de la situación financiera mundial, que añade inquietud y enigmas sobre el futuro, como se verá en el siguiente apartado.

—Finamente, la depreciación acelerada de las monedas de los dra- gones asiáticos provocó una desin- versión en las bolsas de estos países por parte de los operadores extran- jeros para evitar las pérdidasdel cam- bio, lo que se tradujo en descensos considerables de las cotizaciones. La

pérdida de valor de las inversiones japonesas en el área debilitó a sus instituciones financieras, que sopor- tan unos 118.000 millones dólares del total de los 750.00 millones de prés- tamos vivos que tiene la región. Esto ha venido a incidir sobre una situa- ción del sistema financiero muy dete- riorada y frágil. Desde hacía algunos años, algunos bancos japoneses, caracterizados por su opacidad, ha- bían creado un sistema para camuflar las pérdidas acumuladas, basado fundamentalmente en la constitu- ción de una red de sociedades filia- les alas que se las iban transmitiendo, hasta quedar fuera del alcance de la autoridad monetaria. Todo esto se ha puesto al descubierto con la crisis que recorre al sistema financiero japonés, cuya gravedad nadie discu- te, quedando como incógnitas el modo de afrontarla y sus repercusio- nes internas e internacionales.

La sobrevaloración de las bolsas

La mayoría de los analistas financie- ros y, desde luego, los organismos internacionales han tendido a limi- tar el alcance de la crisis financiera de los dragones asiáticos yjapón y a ponerle barreras. Es como si estu- viéramos en presencia de la “gripe asiática”, una enfermedad que nos han exportado, que se pasa y que si se cuida convenientemente, no deja secuelas. Esto parece confirmarse por la evolución que han seguido las bolsas después de la crisis. El ín-

Guademos del Sur

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LA INESTABILIDAD FINANCIERA DE jAPÓN

1994 —El Tokio Kiowa y el Anzen Credit Union colapsan y trasladan sus operaciones al Banco Tokio Kiodou, entidad de reciente creación de patrocinio estatal.

1995

—Caída del Cosmo Credit: el Banco Kiodou se hace cargo (le sus operaciones. —Colapso del Kizu Credit Union. El Banco Resolution and Collection, entidad surgida del Tokio Kiodou, asume sus operaciones.

—Fracaso de las operaciones del Banco regional Hiogo, es reemplazado por el Banco Midori.

—Se hunde el Osaka Credit Union, cuyo testigo toma el Banco Tokai.

1996

—Colapso del Banco Taiheiyo, entidad regional de segundo orden. A continuación se crea el Banco Wakashio para hacerse cargo de sus operaciones. —Quiebra el Banco Hanwa, entidad de ámbito regional. Se crea el Banco Kii Yokin Hanri, con objeto (le absorber sus Operaciones.

1997

—Nissan Mutual Life Insurance pone fin a sus Operaciones comerciales. Los contratos vigentes son absorbidos por la nueva Aoba Life Insurance. —Ogawa Securities, firma de corretajes, inicia el expediente de cierre.

—Se viene abajo el Banco regional Kioto Kioei, y sus operaciones se trasladan al también regional Banco Kofoku.

—Sanyo Securities presenta expediente de quiebra.

—Caída del Banco Hokkaido Ta-kushoku, cuyas operaciones absorbe el North Pacific. Ocupaba el número 21 por activos del ránking de la bancajaponesa y cuenta con unos depósitos de 8,3 billones de yenes (10 billones de pesetas). El volumen de impagados puede ascender a un billón de pesetas. —Suspensión de actividades de Yamaichi Securities, la cuarta agencia de valores de japón. Contaba con un capital de 430.000 millones de yenes (cerca de 500.000 millones de pesetas), con lo que su quiebra es la de mayor cuantía del sector desde la segunda guerra mundial.

Fuente. diarios El País y El Mundo.

dice Dowjones de la Bolsa de Nue- va York cerró el mes de febrero en 8.545 puntos, casi un 15 por 100 por encima del nivel de octubre de 1997 y un 5 por 100 más que hace un año. La mayoría de las bolsas de los paí- ses industriales han seguido una

evolución similar, si no más exage- rada, como la española. ¿De dónde vienen las preocupaciones?

Los expertos que hablaban de un nuevo crash en las semanas previas al aniversario de los de 1987 y 1989 no habían considerado la crisis asiá-

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Octubre de 1998

EVOLUCION'DE LAS BOLSAS DE NUEVA YORK Y TOKIO Indices diciembre de 1987 = 100%

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Fuente. Índices Down jones y Nikkei.

tica y argumentaban simplemente sobre la base de la situación de las bolsas occidentales, en particular, Wall Street. Es un hecho cada vez menos controvertido que la Bolsa de Nueva York está muy sobrevalorada, reconocido incluso por Alan Greens- pan, el presidente de la Reserva Fe- deral americana.

Los analistas financieros utilizan un indicador para medir este fenó- meno: el PER (Price Eaming Ratio), esto es, la relación entre el valor de una acción y los dividendos que pro- duce. Cuanto más alto sea el PER de una acción, esto es, cuanto mayor sea su valor respecto a los beneficios que rinde, más riesgo se correrá com- prándola, porque la acción es cara respecto a las ganancias que reporta y, por tanto, más probable será que su valor caiga en el futuro. Según J. Siegel, de la Wharton School, el PER

medio de la Bolsa de Nueva York durante el último siglo ha sido 13,7, esto es, el valor de las cotizaciones ha sido 13,7 veces superior a las ga- nancias que daban. O visto de otro modo, se obtenía una rentabilidad por dividendo del 7,3 por 100 (100/ 13,7) del capital invertido. Pues bien, al finalizar 1987 el PER de la Bolsa de Nueva York era de 24, es decir, el valor de las acciones de la Bolsa de Nueva York es 24 veces las ganan- cias que dan, rindiendo, por consi- guiente, una rentabilidad media del 4,2 por 100 (100/24). Para que el PER volviera a los valores medios del último siglo (en torno a 12), mante- niéndose los beneficios, las cotizacio- nes de Wall Street deberían caer ¡un 40 por 100! Todos estos son cálculos

de la Wharton School, una prestigio-

sa institución en los círculos econó- micos y financieros. Pero, en fin, la

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sobrevaloración se pone de manifies- to de una forma más simple: mien- tras que entre 1987 y 1997 el PIB ha crecido un 70 por 100 en términos monetarios y un 26 por 100 en tér- minos reales, las cotizaciones de la Bolsa de Nueva York se han multi- plicado por 4. La Bolsa de Tokio, ya se ha dicho, por ejemplo, ha caído en ese período en un 26 por 100. En la mayoría de las bolsas euro- peas, la sobrevaloración que se ha ido acumulando durante los últimos años no es significativamente menor que la de Wall Street. Baste citar, como ejemplo, lo sucedido al mer- cado de valores español. En 1992, el PER de la Bolsa de Madrid era de 10, o sea, el nivel de cotización de las acciones suponía 10 veces la ren- tabilidad que las mismas reportaban, en este caso el 10 por 100. Pues bien, al finalizar 1997, el PER se había elevado hasta 29.8, ascenso que ha continuado en 1998, en cuyos dos primeros meses el índice de las co- tizaciones ha subido en un 23 por 100, el ritmo más elevado de las bolsas occidentales. Para algunos sectores, como bancos y financieras, cuyo PER ha pasado de 7,7 en 1992 a 34,1 en 1997, y construcción, que se ha elevado entre esas dos fechas de 6,9 a 48,0, la sobrevaloración es aún más acusada. Aunque durante este período se ha produCidO una sensible reducción de los tipos de interés (las bolsas suelen subir cuan- do se reducen, determinando una

caída de la rentabilidad de las ac- ciones paralela a la de los tipos de interés), es notorio que las cotiza- ciones han aumentado mucho más que lo que dicha reducción ha justificado, por no indicar que las subidas han continuado con fuerza en los dos primeros meses de 1998 mientras los tipos de interés han agotado ya gran parte de su margen de disminución. Las subidas están alentadas por la simple fuerza de la especulación, o de otros factores es- purios ajenos al valor real de las empresas —expectativas, dinero ne- gro, fusiones, cambios cosméticos (split)—, pues en estos momentos los inversores sólo juegan a que prosi- gan las alzas, ya que no pueden es- perar Obtener rentabilidades más altas por dividendos que por in- tereses en títulos de renta fija.

En mayor o menor grado, dán- dose situaciones más O menos exa- geradas, pero en todos los casos excesivas, la sobrevaloración es un rasgo dominante de todos los mer- cados de valores occidentales, en un contexto, no cabe olvidarlo para calibrar lo anómalo de las cir- cunstancias, en que en otras partes del mundo las bolsas están sacudi- das por violentos movimientos.

El FMI aparece en escena

Que la gravedad de lo que ocurre no se refleje de un modo homogé- neo en los mercados no quiere de- cir que en los centros neurálgicos

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del sistema no se tenga conciencia de los peligros de la situación, tal como deja traslucir el presidente de la Reserva Federal O como pone de manifiesto la atención y recursos que el capitalismo financiero mun- dial, encabezado por el FMI, está destinando a contener y amortiguar la “crisis asiática”. Esta crisis, aun- que mal estudiada y peor prevista, incide sobre una situación financie- ra muy inestable y el riesgo de que la chispa que había saltado en Asia incendiara el polvorín financiero y perturbase gravemente la economía mundial no era despreciable.

Esta es la razón de que, una vez estallada la crisis, se haya volcado un enorme volumen de fondos sobre los “dragones asiáticos” y fundamental- mente sobre Corea e Indonesia, con los Objetivos de evitar el desplome de los sistemas financieros de estos países y restaurar la confianza en la economía para atraer capitales pri- vados. Solamente sobre Corea, el FMI pretende canalizar préstamos por valor de 57.000 millones de dó- lares, lo que constituye la mayor ope- ración de “salvamento” de un país en toda la historia del capitalismo. En la operación han participado el propio FMI, imponiendo sus clásicos criterios y condiciones, un conjunto de trece de los más importantes paí- ses industriales y un grupo de desta- cados bancos comerciales y de in- versión de ellos. Los fondos que se han canalizado sobre Indonesia,

Tailandia y el resto de los países han sido menores, pero, en conjunto, la magnitud de la ayuda financiera pres- tada a los “dragones asiáticos” no tie- ne parangón con la de ninguna otra ocasión, incluido el “salvamento” de México en 1995, y posiblemente no ha hecho sino empezar. No hay duda de que todo ello ha contribuido pO- derosamente a detener la crisis Y, so- bre todo, a evitar que se propague a los mercados de los países industriali- zados. Porque los mercados latinoa- mericanos, entre otros, no han esca- pado a la conmoción, al coincidir sus economías en muchos de los rasgos que se han señalado como origen de la crisis en el sudeste asiático: fuer- tes déficits exteriores, altísimo endeudamiento exterior, sistemas financieros frágiles y especulativos, etc.

Como se ha dicho, la ayuda inter- nacional está condicionada. La contrapartida de todos estos fondos es la imposición por el FMIde los llamados “programas de reforma es- tructural y financiera”, esto es, en- durecimiento de la política fiscal, ele- vación sustancial de los tipos de in- terés, liquidación de un número im- portante de bancos, privatización de algunos grupos públicos, apertura de unos mercados hasta ahora fuerte- mente protegidos, etc. Las consecuencias de tales planes no tar- darán en dejarse sentir en forma de reducción sustancial de los ritmos de crecimiento, fuerte aumento del

CuadanosdelSur

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paro, cierre de empresas y disminu- ción de la capacidad productiva de los “dragones asiáticos”, que perde- rán gran parte de su fuerza, con sus secuelas sociales. De hecho, la ines- tabilidad social ya ha comenzado en Corea, Tailandia e Indonesia.

A corto plazo, los efectos para la economía mundial en su conjunto no serán dramáticos, aunque los organismos internacionales se han visto obligados a revisar a la baja sus previsiones iniciales para 1998. El FMI estima que la reducción del rit- mo de crecimiento mundial duran- te 1998 por la crisis asiática puede ser del orden de 0,8 puntos. Pero,

al margen de sus repercusiones inmediatas, lo más destacado de la nueva crisis es que esta vez ha sido notablemente más grave y su reso- lución a medio plazo más incierta que las anteriores de México y Ar- gentina. ¿Cuál será la siguiente chis- pa que saltará? Es difícil predecirlo. Los momentos peores de la crisis parecen haberse superado, pero la

sobrevaloración de las bolsas y la

inestabilidad, financiera continúan agravándose. El ambiente, como se ha tratado de mostrar, está cargado de electricidad.

Madrid, marzo de 1998

East tos ,5"-

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Internacional

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“Activistas”,

infiltrados” y

“subversivos”. Oposición social y reacción oficial [Argentina 1989-1998]

K Jorge Lofredo*

l presente trabajo tiene como objetivo analizar, por un lado,

a determinados grupos polí-

ticos que el Gobierno actual sigue calificando de subversivos, infiltrados y activistas, y por otro, a los movi- mientos, actores y conductas socia- les que surgen en el seno de la socie- dad como expresión de rechazo a las políticas gubernamentales y a lo que deviene en la encrucijada social de este tiempo: el proceso de exclusión. En este sentido tan to organizaciones po- líticas como movimientos sociales no encuentran, necesariamente, un pun- to de coincidencia entre sí, salvo que compartan el rótulo impuesto por los gobernantes y que ambos, con dis- tintos fines, se oponen profunda- mente al actual modelo económico. De acuerdo con esto se infiere una distinción en las formas políticas y sociales que la oposición produce donde el denominador común es, únicamente, que el Gobierno los acusa de generar actos violentos. En

* Lic. Ciencia Política. Investigador independiente, Universidad de Buenos Aires.

un primer momento se considera a las expresiones más genuinas de re- chazo, la oposición social, el pueblo llano, a la coyuntura nacional. Las puebladas, los saqueos y los cortes de ruta como así también las reivin- dicaciones gremiales: marchas, pa- ros, huelgas y manifestaciones son su mejor exponente. Inmediatamente se asiste a un incremento de las ex- presiones políticas de mayor virulen- cia, encarnadas por grupos que signan sus praxis por una visión ex- trema de la política. Al final quedan por establecer las aisladas acciones- de grupos que pretendieron encarar proyectos armados como vía de ac- ción política: los casos más resonan- tes fueron la Brigada Che Guevara, el MTP y la ORP. Sin embargo, de estos últimos es necesario conside- rar la participación de los organis- mos de seguridad, tanto en la provo- cación como en la infiltración y, ade- más, la responsabilidad de las distin- tas administraciones nacionales en dichas operaciones; y también la posibilidad de que mano de obra des- ocupada nostálgica de la dictadura, utilice una filiación presuntamente

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izquierdista para operar con fines delictivos.

Lógica gubernamental: a la caza de “subversivos” A partir de los sucesos de Santiago del Estero en diciembre de 1993 [donde en un virtual clima de insu- rrección espontánea, descontento generalizado y desborde popular, un gran movimiento tomó las calles de la capital provincial y otras ciudades importantes, no sólo hizo retroceder a las fuerzas de seguridad, sino que saqueó comercios y galpones de ali- mentos y hasta produjo incendios en las casas de algunos legisladores y políticos locales. También la del go- bernador y hasta la propia Casa de Gobierno de la provincia] , el conflic- to social en la Argentina ha ido en constante aumento y alcanzó sus puntos trágicos: cuatro muertos du- rante el Santiagazo; en Semana San- ta de 1995 en Ushuaia, con la violen- ta actuación de Gendarmería Nacio-' nal contra la medida de fuerza im- pulsada desde el gremio metalúrgi- co, por el cierre de una fábrica que, durante la vorágine represiva, cae muerto el Obrero Víctor Choque. Y durante la segunda pueblada en Cutral-Có, en 1997, que gracias a la desmedida intervención de la misma fuerza de seguridad matan a Teresa Rodríguez, quien no participaba del enfrentamiento.

La incesante multiplicación del conflicto no lo es únicamente en tér-

minos de reproducción cuantitati- va de medidas de protesta y mani- festaciones sino que la forma cómo los manifestantes enfrentan a esas fuerzas y que de hecho ha variado desde el retorno a la democracia en 1983.| Frente a esta evidencia, los gobiernos nacionales incurrieron en una repetida lógica, que consiste en inculpar y magnificar a grupos mi- noritarios y activistas infiltrados como causantes de disturbios y así provocar la excusa política para ape- lar a métodos represivos, ya que no es capaz de resolver la cuestión so- cial en términos económicos y mu- chO menos en términos políticos.

Crisis I: el rechazo a la politica ofi- cial

Otro tanto ocurre cuando se trata de desvirtuar manifestaciones, marchas, convocatorias o demostraciones de protesta de signo opositor. Por ejem- plo, el 9 de septiembre de 1988 se convocó a una manifestación en Pla- za de Mayo por la CGT y durante el acto hubo desmanes, y como punto culminante, se produjo la rotura de vidrios y el saqueo de un negocio de ropa a pocos metros del palco prin- cipal. Se asistió a una desmedida re- presión policial, y a la presencia y actividad comprobada de integran- tes de los servicios de inteligencia en los hechos vandálicos: ese día es re- cordado como el Viernes negro.2 En diciembre de 1988 se produce el le- vantamiento carapintada Operación

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Virgen del Valle, conducido por el en- tonces coronel Seineldín, en Villa Martelli. En esa ocasión, grupos inorgánicos desde las afueras del cuartel apedrean a los tanques de los amotinados. Luego comienza un in- tercambio de balas de la Policía con- tra los manifestantes, mientras los sublevados tiraban, desde dentro de la unidad militar, a mansalva.3 Sin embargo, se dio capital importancia a quienes se manifestaron con pie- dras y a torso descubierto, lo que bastó para que en el aire flote un presunto retorno de Montoneros.4 En otra ocasión, el 10 de diciembre de 1988, se produjo el asalto a una sucursal bancaria del barrio de Ma- taderos, donde murió uno de los asaltantes. Este hecho tuvo connota- ciones polílicas y se señaló que era característica de una célula de guerri- lla; instancia muy criticada puesto que actitudes de ese tipo sirven más para un golpe de estado que para una revolución, dado que significaba la excusa buscada por ambos bandos militares, carapintadas y leales, en pugna dentro de la institución cas- trense.5

El asalto al cuartel» de La Tablada, el 23 de enero de 1989, por el Movi- miento Todos por la Patria, resultó un antesy un después en las organiza- ciones de izquierda. El MTP crece numéricamente pero a su vez entra en crisis con el reconocimiento, al menos explícito, de Enrique Gorria- rán Merlo en la dirección del movi-

miento, la que se convierte en un Núcleo de Acero,“ momento crucial donde se produce una importante fractura y, según la voz de quienes se retiraron, transmuta desde un partido con democracia interna ha- cia uno de disciplina jerárquica de cuadros. La “inminencia” de un gol- pe de estado se vuelve una obsesión y consideran el momento de comen- zar la lucha; palabra altamente com- pleja cuando armada es su comple- mento. El copamiento del cuartel “resultó el corolario de la radicaliza- ción de un sector del grupo orienta- do intelectualmente por Gorriarán Merlo, pero gracias a que los alza- mientos carapintadas reinstalaron la percepción de que se ponía en ries- go la incipiente democracia, disyun- tiva ala que el gobierno radical, por su parte, reconocía que se enfrenta- ba”.7 En este aspecto cabe señalar que la identidad castrense también estaba en crisis, situación que se su- pera con la reaparición del “fenóme- no subversivo”, el MTP en la visión castrense, y que salda, o al menos posterga, el debate interno y el juzgamiento por la participación de los militares en la guerra sucia de la última dictadura. En la actualidad, el MTP se encuentra esforzado en su trabajo por la libertad de los presos políticos (que incluye también a Gorriarán y Ana M. Sívori, ambos condenados), en las denuncias por fusilamientos dentro del cuartel y la falta de imparcialidad en el juicio que

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condenó a sus integrantes. En su seno perdura aún la hipótesis de la toma del cuartel como modo de fre- nar el golpe carapintada en gesta- ción.

El 8 de noviembre de 1990 la Brigada Che Guevara produce el asalto a una escuela del barrio de Barracas. Durante el tiroteo entre la Policía y los asaltantes cae muer- ta una nena de seis años que estaba en la puerta de su casa, Vanessa Perinetti [la bala provino de un arma policial], y también un activis- ta de la Brigada. El grupo llega al asalto con los antecedentes de vola- duras de cajeros automáticos y re- parto de alimentos en zonas caren- ciadas. Para la confluencia entre los sectores que componen la Brigada, existe una visión en común o “un modo de entender los cambios so- ciales “según el cual” las puebladas no dependen tanto del grado de conciencia política de la gente como de que aparezca el catalizador ade- cuado en el momento preciso” En el mismo sentido, señalan que se produce el “surgimiento de un nue- vo sujeto revolucionario: no yael ve- nerable proletariado [...] sino los marginales, aquéllos a los que el ajuste O bien echó del empleo O bien nunca sumará siquiera a la produc- ción" Como análisis para la Briga- da, los saqueos que ocurrieron en junio de 1989 demostraron que “los sectores están familiarizados con las armas y, cuando estalla la furia, han

demostrado estar decididos a todo”; y, por supuesto, los brigadistas se- rían la vanguardia. Luego del asalto a la escuela, el grupo desapareció.

Sin embargo se infiere que los grupos de izquierda radical partici- pan juntos únicamente en el ámbi- to de la lucha callejera y, por ello, el punto más elevado de enfren- tamiento con el sistema es también la instancia superior de colabora- ción. A ellos se les atribuye, nO sin razón, una interminable historia de desencuentros y divisiones intesti- nas, aunque el rechazo al ajuste ins- taría a superar antinomias en su seno. Pero nO debe concebirse que forman parte de un todo homogé- neo. La orientación ideológica, que impone su estrategia y táctica, abar- ca al trotskismo, maoísmo, marxis- mo, nacionalismo revolucionario, anarquismo, etc. Ello indica que las diferentes concepciones alternativas a la sociedad actual no recorren un sendero único sino que aportan una visión diferenciada aunque conflu- yen, eso sí, en la necesidad de la revolución social. Las formas de al- canzar una nueva sociedad y el ca- rácter que ella contenga también es distintiva. Pero debe destacarse que grupos ideológicos afines están es- tigmatizados por rupturas y fractu- ras, desgastando fuerzas propias en infinitos debates y polémicas consus ex camaradas.

En este contexto surge, por un lado, un endurecimiento tanto en

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el discurso como en las actitudes ofi- ciales y, por el otro, algo similar ocurre en los grupos duros, que se embarcan en una estrategia de con- frontación al modelo económico actual. En el mismo sentido existe una reivindicación abierta a la agi- tación de los marginales, aunque no sean los más castigados por el ajus- te, talvez porque nunca han dejado de serlo; pero lo que se muestra es que hay un nuevo sector en fran- co empobrecimiento y con una irre- versible tendencia hacia la exclusión social. Aquéllos no sienten amena- zado su presente, pues no tienen nada que perder, pero éstos, quie- nes quieren retener lo poco que les queda, buscan aferrarse a lo más mínimo que se les ofrece: la estabi- lidad; y esto los transforma en una capa permeable al clientelismo po- lítico de los grandes partidos, espe- cialmente en los cordones industria- les más populosos y en las provin- cias del interior del país. Así con todo, los grupos más duros se mues- tran inválidos en su capacidad para movilizar amplios sectores popula- res, más bien aspiran a acompañar las manifestaciones tanto por orga- nizaciones sindicales como por sus similares de Derechos Humanos. Pero con una estrategia oficial que busca, al menos implícitamente, im- poner el miedo en la sociedad, la presencia de grupos y organizacio- nes más radicales pueden resultar funcionales para los intereses del Go-

Cuademas dalSur

bierno, y sin olvidar que aquellas pueden ser objetos de infiltración por parte de los servicios de inteli- gencia. Más allá de esta esfera, exis- te un endurecimiento en el lenguaje y en las acciones de los actores socia- les que se encuentran dentro de las estructuras e instituciones tradicio- nales, que es un reflejo del malestar de la sociedad y a la vez un indicador del cierre de los canales institu- cionales de participación. La Argen- tina sobrelleva una crisis económica de gran magnitud en términos de desempleo y exclusión social, y otra política, en cuanto a la falta de re- presentación de los partidos políti- cos y pujas internas en el oficialismo, y es en este contexto donde la prác- tica del clientelismo político, como manifestación de superficie de la vie- ja forma de hacer política, sobrevive en la medida en que no se generan núcleos políticos alternativos ni de- sarrollo económico, y queda como única vía de progreso individual. Dentro de este paisaje se produce la emergencia de los pequeños grupos radicalizados con nulo peso efectivo aunque más proclives a concitar la atención a través de acciones más es- pectaculares.

Las consignas yverborragia en sus publicaciones tienden a una lectura dicotómica de la coyuntura social y política, proclives a las prácticas antisistémicas que rayan con la ilegalidad y con una clara incitación a la lucha de clases. Se hace referen- ¿

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cia también a la práctica política como mera partidocracia a la cual dicen combatir, junto con una furio- sa reivindicación del pueblo en la calle protestando. Sin embargo, y en especial por el halo de sospecha que rodea a todas las acciones de este tipo, el proceso de agudización de los conflictos no se gestó por la inconformidad exacerbada de algu- nos sectores y menos aún por el ac- cionar iluminado de vanguardias extremistas. La creciente protesta es producto del aumento de la margi- nación de amplios sectores de la po- blación tanto como la violencia lo está por la exclusión social pero en- gendradas, fundamentalmente, por el autismo gubernamental. Por todo ello, el aumento manifiesto de la vio- lencia social no debe buscarse por el incremento de la protesta sino por la falta de dinámica política de la ac- tual coyuntura que contiene en su seno un pasado autoritario que no termina de superarse, esencialmen- te en su faz represiva.

La incidencia real de los grupos más radicales, tanto como su dimen- sión, sustento y base social sc- limi- tan a pequeñas, aunque resonantes, acciones y a la integración en movi- mientos masivos y populares de rei- vindicación y protesta, en los cuales no tienen un predicamento efectivo. Sin embargo y aunque éste resulte el espacio ideal de manifestación para una oposición violenta, se de- canta que se refiere a una imposibi-

lidad por trascender y gravitar por los canales formales de participación. En un sentido estricto, su lectura implica subrayar en forma constan- te un alto grado de conflicto en la sociedad argentina: “Por un lado debe profundizaise el enfrentamien- to en el marco de la violencia que las masas y los sectores populares han instaurado. Y por otro [...] plantear desde nuestro propio Movimiento instancias cada vez más amplias de unidad de modo de sumar y concen- trar la mayor correlación posible de fuerzas en el punto exacto de enfrentamiento con el Gobierno de los monopolios”. La mera existencia de estas agrupaciones es el argumen- to principal para una administración que pretende revivir la violencia po- lítica; estrategia que busca imponer, en forma implícita y explícita, el mie- do en la sociedad. Por ello, el Go- bierno intenta volver funcional a sus intereses la presencia y acción de estos grupos, con el agravante que pueden tener un alto grado de infiltración interna.

En el ámbito de los grupos más duros no hay un discurso unificado y haciendo referencia a la unidad para enfrentar al modelo, espacio en el que la mayoría de la izquierda ra- dical abreva. Como ejemplo, por un lado se plantea que “no estamos en una etapa prerrevolucionaria sino en un período donde las clases domi- nantes siguen teniendo —aunque con problemas crecientes- la iniciativa.

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A esta iniciativa debemos oponerle la resistencia de todo el pueblo has- ta quebrarla, trabarles así el modelo y ponerlos a la defensiva. Ese debe ser el objetivo en estos años. Para lograrlo hay que empujar la resisten- cia, extenderla y endurecerla, en unidad con todos aquellos que están en contra del modelo, desde los más combativos a los más moderados”. En cambio por otro, se sostiene “la necesidad de alianzas con sec tores re- volucionarios para desarrollar ofen- sivas tácticas de masas tendientes a abrir una situación revolucionaria”. La ultraizquierda siempre ha sido la excusa recurrente cuando se trata de endilgar responsabilidades durante la emergencia de conflictos sociales; a pesar de las pennanentes diásporas, rupturas y ausencia de una trayecto- ria en común.

Al destacar a los movimientos masivos, no es viable considerar que donde hay movilización hay extremis- mo ya que, y como se vio en reitera- das oportunidades, la mayoría de los participantes opta por aislar al gru- po más exaltado; y es en este sentido donde se puede afirmar que la diná- mica de las piedras pierde su razón de ser en el aislamiento, lugar don- de fracasan luego de haber reivindi- cado la movilización popular. En este espacio de participación conjunta formalizan otro de los puntos que se proclama con asiduidad: la unidad de los revolucionarios; aunque nin- gún indicio demuestra que tiendan

a superar el viejo vicio de la disper- sión, y donde no existe unidad en la percepción del momento social, ni en las etapas políticas del país y tam- poco abordan la coyuntura social en forma similar.

Como continuadora del accionar de la Brigada Che Guevara, el 4 de abril de 1996 irrumpe en escena la Organización Revolucionaria del Pueblo. Más allá que su filiación po- lítica resulta una incógnita aún indescifrable, esta fecha marca un punto de inflexión desde el retorno a la democracia: es la primera vez que se atenta contra un blanco humano. Distintas hipótesis se encauzaron para desmenuzar los objetivos del grupo, desde el “ajuste de cuentas” entre grupos de ultraderecha, mano de obra desocupada, pasando por un grupo foquista de extrema izquier- da, hasta un acto de venganza por parte de un familiar de alguna de las víctimas a las que el médico Jorge Bergés, el Mengele argentino, se dedi- a torturar y matar durante la últi- ma dictadura militar. Sin embargo, este último argumento es casi impo- sible de ser considerado. Lo cierto es que amenazaron con desatar un guerra civil en la Argentina que des- embocaría en la dictadura del prole- tariado, intentando así poner de ma- nifiesto un lenguaje marxista.8 En la misma línea argumental el juez Ariel González Elicabe, quien investigó el atentado al torturador, señaló que “puede ser la utilización de un sello

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de goma, una organización delictiva común con parecidos a las bandas de mano de obra desocupada que asaltó camiones blindados en los pri- meros años de democracia”.'-’ Tanto en Argentina como en Uruguay, va- rios de sus miembros fueron deteni- dos luego que se conociera el inten- to de extorsión a la cadena de super- mercados “Coto”. El primer deteni- do logró fugarse de una cárcel de Montevideo, mientras que otros cua- tro continúan presos en Buenos Ai- res. Queda por comprobar entOnces la hipótesis de una organización de extrema izquierda infiltrada por or- ganismos de seguridad.

Crisis H: el rechazo a la exclusión social

(I) Saqueos: Revueltas contra

el hambre

Durante los meses de marzo y junio de 1989, en medio de una crisis hiperinflaciónaria sin antecedentes, se producen los saqueos a supermer- cados; hechos que se producen en varias partes del país y en distintas provincias del interior, pero funda- mentalmente en las ciudades de Ro- sario, Córdoba, y el Gran Buenos Aires.lo La modalidad del saqueo se inscribe en una dinámica aún ma- yor que referencia el rechazo a la exclusión social. En este sentido, lo que el saqueador procura es una acción desesperada de superviven- cia dentro del sistema que lo margi- na y que no le augura sino mayor

exclusión. Por ello, las actitudes radicalizadas implican la participa- ción de los excluidos, o aquella fran- ja de la sociedad en vías de exclu- sión, en formas de acción colectiva, concertadas previamente o no, que aspiran a un presente que les es negado por los responsables nacio- nales y locales. Como se mencionó más arriba, las distintas administra- ciones transfieren la culpabilidad de la crisis en un sentido donde se pre- tende desconocer la raíz del proble- ma, e inculpan a presuntos infiltra- dos la responsabilidad del malestar social. Así pues, “los curiosos per- sonajes que mostraba la televisión controlando algunas zonas no tie- nen el tipo del activista político; pertenecen a esa franja oscilante entre la marginalidad y el delito que la política de estos años no hace sino incrementar”.

La magnificación del agitador como responsable de la crisis no es exclusiva del actual Gobierno, que liga íntimamente sus intereses polí- ticos con el más rancio neolibera- lismo para reprimir, con la excusa de la reaparición de la subversión, ya que no resuelve la cuestión social en términos económico-políticos. Con los saqueos, la administración radical también incurrió en este ar- gumento y responsabilizó al activis- mo, pretendiendo justificar así la presencia de las fuerzas de seguri- dad en materia de inteligencia in- terna. Asimismo, el titular y ex can-

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didato presidencial del Partido Obrero, Jorge Altamira, fue deteni- do en la propia Casa de Gobierno tras ser acusado de ser responsable en promover disturbios y saqueos; aunque tiempo después se aseveró también que el principal partido opositor a nivel nacional y oficialista a nivel provincial, el Justicialista, instigó, organizó e intervino en los saqueos a la vez que retuvo bolsas de alimentos de los planes de acción social destinados para repartir en los sectores de mayor pobreza. Sin embargo, el dato más importante resulta de grupos operativos arma- dos que se trasladaban en vehículos con modernos equipos de comuni- caciones, violando el toque de que- da, organizando saqueos e impunes a la vigilancia policial; esta última dedicada a difundir rumores sobre columnas de villeros que avanzaban para robar, saquear e incendiar otros barrios carenciados o asen- tamientos. Pero esto no explica que, en un primer momento, la esponta- neidad de los saqueadores fue tal, dado que los grupos estaban inte- grados por mujeres y niños y no re- corrían grandes distancias. Pero más adelante, una maniobra organizada se montó al estallido: hubo traslados en micros hacia zonas determinadas y grupo de coordinación que los orientaron hacia sus propios fines, esto es, aumentar la magnitud de la crisis, saquear comercios de electro- domésticos y fomentar la agresión

entre los propios vecinos.l2 Nunca una operación de acción psicológica, llevada a cabo por sectores relacio- nados con las fuerzas de seguridad, estuvo mejor coordinada como en esa oportunidad.m El enfrentamiento de pobres contra pobres fue el efecto que condujo junto a otros factores, esencialmente la hiperinflación, a la tan temida ingobernabilidad y por ende una profundización de la cri- sis social.

Durante 1996 se repitieron algu- nos saqueos, aunque sin la intensi- dad de los de 1989, y en el caso de la provincia de Córdoba, una de las provincias afectadas, el gobernador señaló que entre saqueadores y villeros había activistas, aunque para frenar cualquier intento, se destina- ron bolsas de alimentos para los sec- tores más castigados; lo mismo su- cedió en Rosario y en el norte del país. En este sentido y como señaló un vocero de la organización, “el problema es más serio que en el 89, porque la pobreza ahora es mucho más estable y trágica, ya que a dia- rio se suman miles de trabajadores desocupados que son obligados a vivir en la marginalidad”.,”

(II) Cortes de ruta: La protesta

a la intemperie

Tanto como los saqueos fueron la respuesta popular más acabada al proceso hiperinflacionario, los cor- tes de rutas resultan su similar para la estabilidad, el paradigma econó-

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mico por excelencia de los años noventa. Sin embargo, ésta no pue- de desprenderse de su correlato natural: la exclusión social. En este sentido, “la violencia esencial inhe- rente a la forma social ‘dinero', y que ha tomado las formas de terro- rismo de estado, inflación y deuda en los ’70, hiperinfiación y crisis de la deuda en los ’80, corrupción y coerción estatal como medios de reestructurar al estado en los ’90, adopta en el presente la forma de estabilidad. [...] Por lo tanto, puede decirse que la estabilidad como ima- ginario material ha llegado a ser el medio a través del cual el proceso de exclusión tiene lugar”.”'

Los cortes de ruta en el interior del país han demostrado que existen formas de enfrentamiento social, al- ternativo de cualquier motivación po- lítica. Con los acontecimientos de Cutral-Gó y Plaza Huincul, provincia de Neuquén, a mediados de los años 1996 y 1997, se puso de manifiesto que la organización vecinal-comunal y la recreación del espacio social en tiempos de confrontación aún es efectiva. Como ha sido señalado, “la moral de los oprimidos en los mo- mentos decisivos en que las clases ad- quieren conciencia aguda de su si- tuación y convierten esta conciencia en voluntad transformadora, se cons- tituyó en el nervio motor de la movilización’ï'“ La movilización po- pular implicó una exitosa demostra- ción de fuerza y a la vez puso al des-

cubierto una realidad que se repro- duce en todo el país. En este proce- so de oposición a las políticas oficia- les y la presencia de los piqueteros, como grupo de avanzada de la pro- testa, se vislumbra un incremento inexorable en la resistencia social al ajuste. Con la recreación de estas formas populares de lucha, el con- flicto cobra una nueva perspectiva a contramano de los profetas del neoliberalismo, donde “el proceso de desproletarización que se ha dado en los últimos años ha sido demasiado brusco y reciente como para que se hayan roto los lazos de clase [...] Por el contrario, la presencia fuera de las fábricas y empresas de contingentes de antiguos cuadros y activistas crea una posibilidad enteramente nueva de organización y movilización en- tre las capas de desocupados”.'7

En esta misma perspectiva, pique- teros y fogoneros se convirtieron en la referencia nacional de resistencia al ajuste y, vistos con los ojos de los grupos más radicalizados, se trans- formaron en parte de la vanguardia o movimiento de avanzada para el proyecto revolucionario en la Argenti- na;"‘ esto sin olvidar que están a la cabeza del reclamo popular por la vuelta al mercado de trabajo y, por extensión, a la venta de su fuerza de trabajo en condiciones de explota- ción capitalista. Pero más allá de las interpretaciones políticas, los cortes de ruta obligaron a las autoridades provinciales y nacionales a negociar

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la creación de fuentes de empleo- inclusive en condiciones denigrantes, con sueldos misérrimos, de corta duración y agravado por manejos inequitativos de esas administracio- nes.“

En el mismo sentido, los cortes de ruta trascendieron las localida- des neuquinas y se expandieron hacia todo el país?" Más aún, la va- riación no resultó únicamente geo- gráfica: otros sectores, especialmen- te el gremial, los adoptó como for- ma de acción junto a la protesta, huelgas y manifestaciones.2| Reafir- mando que esta modalidad no sólo fue propicia en el interior, en el cordón del Gran Buenos Aires se efectuaron cortes y como así tam- bién se reprodujeron diversas orga- nizaciones y coordinadoras, confor- madas por todo el núcleo familiar abarcado por el reclamo vecinal/ zonal, demanda por incumplimien- to de promesas de las autoridades o, simplemente, protesta por la fal- ta de trabajo.22 En este aspecto, el punto más alto de organización se dio en la localidad de Libertador General San Martín, en la provin- cia de Jujuy, con el funcionamiento de un “mecanismo de virtual demo- cracia directa” y la participación del obispo de la provincia Marcelo Palentini, el sindicalista del Frente de Gremios Estatales Carlos Perro Santillán y los piqueteros, donde conformaron la Comisión Coordina- dora de Piqueteros, el gobernador

Ferraro y otros funcionarios del gobierno provincial. Estos tuvieron que soportar toda clase de acusacio- nes (corrupción y traición), y recla- mos (becas para estudiantes, aten- ción sanitaria, subsidios, suspensión de pagos de luz, gas, agua y otros servicios, etc.), donde tuvieron que acceder a la mayoría de ellos. La Mesa de Concertación tuvo el carác- ter de cuerpo resolutivo con la asig- nación de distribuir los puestos de trabajo que se ofrecieron por me- dio de los planes de empleo transi- torio.23

De los dichos a los hechos

Más allá de la vocación represiva del menemismo, en su lenguaje también hay muchas evidencias de un discur- so que, paulatinamente, se blinda,24 donde se pueden resaltar, al menos, cuatro momentos culminantes: ‘Si seguimos así, va a haber muchas más Madres de Plaza de Mayo’, ‘A los tibios los vomita Dios’, ‘El enemigo acecha’, y ‘Veré pasar el cadáver de mi enemigo'. En esta misma dirección cabe con- signar que la inflexibilidad, manifies- t'a y aparente, que el Gobierno se esfuerza en demostrar frente a los conflictos [pueden hacer uno y mil pa- ros que no cambiarán el modelo, como refrán paradigmático] pero le resul- ta imposible, por nombrar un ejem- plo, encontrar solución al conflicto suscitado con los fogoneros donde, luego de tildarlos de subversivos, se vio obligado a negociar una amplia-

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ción de la asistencia social a la pro- vincia. Pero sin prisa ni pausa, se ob- sesiona en la búsqueda del enemigo que atenta contra la paz social en dis- tintas corporizaciones?"

En julio de 1996, la Policía Fede- ral realizó un relevamiento en toda la Capital Federal, a pedido del mi- nistro del Interior Carlos Corach. El mismo consignó aspectos que van desde la ubicación geográfica de vi- llas de emergencia, barrios carencia- (los, complejos habitacionales y asentamientos hasta los sacerdotes que actúan en ellos, como también las sociedades de fomento, comités, activistas, dirigentes villeros, jardines maternales, etc. Por todo ello tuvo el alcance de persecución ideológica ya que no se circunscribe a la preven- ción de posibles acciones delictivas comunes, sino que busca hacer co- incidir actitudes antisociales con ac- tividad política. Un dato revelador surge del informe: demuestra que no hay relación entre la presencia de ac- tivistasy dirigentes villeros con las zo- nas caracterizadas como “conflicti- vas" y “muy conflictivas”. En el pro- pio relevamiento se desvanece esta hipótesis pero se fuerza a mantener dicho postulado?“

En otro momento, inmediata- mente después de la pedrada a la casa provincial de Neuquén en Ca- pital Federal, se dieron a publicidad dos informes de inteligencia que hacen referencia a “organizaciones de manifiesta actitud virulenta, cu-

yos procedimientos podrían derivar en hechos de Alteración del Orden Público y de reacciones populares, pudiendo ir acompañadas en algu- nos casos de actos terroristas con- cretos” Ambos informes se recopi- laron con panfletos y buscó englo- bar actividad política con acción delictiva [llamadas anónimas, asal- tos tipo comando, etc.]; para califi- car a la actual como “una suerte de etapa preliminar delictiva, con ten- dencias a generar una situación insurreccional, con intenciones ma- nifiestas de lograr un cambio de estructuras, aun a costos intolerables en un orden democrático estableci- do”.‘¿7

Gon la publicación de dos solici- tadas bajo la responsabilidad del pre- sidente Menem, que tratan sobre los cortes de ruta y los incidentes en Plaza de Mayo,2a se continúa con la escalada de demonizaeión y, como correlato, de persecución a la oposi- ción.29 En la primera afirma que “re- cientes actos de violencia significan claras transgresiones a normas que la misma comunidad se ha dado a través de sus leyes para asegurar el ejercicio de sus derechos"; y conti- núa haciendo referencia a que “uno de los exponentes de esos actos de violencia los constituyen acciones tendientes al corte de vías de comu- nicación". A modo de sentencia se- ñala: “Quienes prefieren transitar el estéril camino de la violencia, el desconocimiento de las libertades y

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derechos de los demás, infiltrados entre ciudadanos que de buena fe elevan sus reclamos, forzando hasta lograr una ‘reacción institucional’ a sabiendas de que los medios sólo descalificarán ‘la represión’ y no ‘la provocación’, se hallan sometidos a normas con que la misma sociedad castiga conductas que ofenden bie- nes jurídicamente tutelados”.3" La si- guiente, en la misma línea argu- mental, vuelve a endilgar el recurso a la violencia a “la acción coordina- da de grupos con evidentes caracte- rísticas presubversivas que, una vez más, intentan imponer el caos y la violencia en nuestra sociedad” Y, corno corolario, el Gobierno alerta: “La ciudadanía y las autoridades debemos estar sumamente atentos frente a esta realidad. Los desesta- bilizadores intentarán aprovechar cada oportunidad”.3' Es evidente que, par-a el Ejecutivo, la sociedad juega el papel de “idiota útil”

Para hacer frente a los conflictos sociales que se avecinan, desde el Ministerio de Defensa se propuso que- las Fuerzas Armadas participen para el control de posibles convul- siones, con la característica de que el mismo se prolongue hacia un sis- tema de seguridad para el Merco- sur. En este aspecto, se trata de la vuelta de los militares a la hipótesis del conflicto interno, basado en pre- venir estallidos de violencia por cau- sa del “indigenismo, factor campe- sino, subversión, terrorismo, narco-

tráfico”, etc.32 Aunque posterior- mente se desestimó la intervención militar en estos factores se reveló que el ministro de ‘Defensa, en una conferencia del 16 de abril, consi- deró que estos conflictos son “exa- cerbados por el deterioro de la si- tuación económica y social que afec- ta a importantes territorios, a po- blaciones y a comunidades particu- lares” Estos son aprovechados, siempre en palabras del ministro, por “la presencia de poderosos ac- tores como el crimen organizado y la mafia, aliados entre y explotan- do la vulnerabilidad que genera el marginamiento”.33 Nótese que no se niegan las causas, el caldo de cultivo, aunque se magnifican las amenazas.

Conclusiones: menemismo “políti- camente violento” y oposición

Se propuso una diferenciación en- tre dos esferas de rechazo al statu quo en la actual coyuntura política argentina. Por un lado, se enfatizó sobre aquellos grupos y movimien- tos que abrevan en una propuesta radicalmente distinta y, por ende, impulsan un rechazo tajante a la actual administración nacional. Por otro, se intentó exponer las causales de la existencia y desarrollo de mo- vimientos de oposición a las actua- les políticas sin que medie, necesa- riamente, intención partidaria algu- na. Sin embargo, y como se señaló en el comienzo, el Gobierno Nacio- nal y las distintas administraciones

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provinciales insisten en señalar que es obra de quienes “apuestan a sub- vertir y atentar en contra de la paz social” Ü

En este contexto, las elecciones del 26 de octubre de 1997, aparte de la derrota del oficialismo por la alianza opositora, remarcó el creci- miento a niveles históricos del voto en blanco, no voto y/o voto nulo}H La visión popular somete en un duro cuestionamiento a toda la dirigencia política y descree de to- dos ellos y de su vocación por la fun- ción pública; sin embargo demos- tró también que el conflicto social, como hecho de gran resonancia electoral, tuvo su correlato en las urnas: los resultados en Cutral-Có son una muestra cabal.” Seguido a esto cabe recordar que es la prime- ra vez en la historia argentina que el justicialismo, siendo gobierno, pierde en las elecciones.

Como un nuevo paso en acallar la disidencia política y social, y don- de se plantea la existencia de una oposición enemiga de la democracia y por extensión propicia a acciones violentas, el Gobierno pretende de- formar la protesta social en acto delictivo, impulsando el procesa- miento de dirigentes gremiales, so- ciales y políticos. En este sentido, “las respuestas gubernamentales al con- flicto social se han ido homogenei- zando en una dirección represiva y autoritaria”, donde “el crecimiento de las luchas sociales tiene su raíz en

la injusticia social, en la marginación, en la impunidad".”"" En esta lógica de intimidación judicial trajo como con- secuencia “la existencia de más de seiscientos procesos contra trabaja- dores y dirigentes del movimiento obrero en nuestro país” Así, “asisti- mos a una represión formalmente encuadrada en términos legales, pero que no desecha la represión física directa y hasta ilegal, con el objeto de neutralizar la resistencia obrera y popular. Argentina ha oscilado en su historia entre formas de represión física y política abiertas (cuyo punto más alto es la dictadura genocida instaurada en 1976) y modalidades de represión ‘democráticas’. Por pri- mera vez, existe una tendencia a com- binar, desde el Estado, y durante un período prolongado, ambas tipolo- gías".37

En tanto que lo que se refiere a la persecución judicial y considera- do como un “caso testigo”, se llevó a cabo el juicio al sindicalista Oscar Martínez [UOM-Río Grande], por los sucesos que culminaron con el asesinato del obrero Víctor Choque. Martínez fue juzgado junto a los cin- co policías acusados de “excesos, abusos de autoridad, lesiones gra- ves y abuso de armas”, mientras que Martínez lo era de “incitación pú- blica a la violencia colectiva, intimi- dación pública, daño calificado, atentado y resistencia a la autoridad y apología del crimen”. La ocasión supuso cuando durante el acto de

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repudio a la muerte de Choque cla- mó: “vamos a arrancar de las garras de estos asesinos a nuestros compa- ñeros”, con relación a los trabaja- dores presos. En la audiencia judi- cial, el sindicalista y los policías fue- ron enjuiciados conjuntamente, lo que valió considerar que,i en dichos del dirigente de la UOM, era la apli- cación de la teoría de los dos demo- nios al conflicto social. El sindicalis- ta metalúrgico fue sobreseído mien- tras que algunos de los policías fue- ron procesados. La gravedad del caso quedó expuesta por la vocación de considerar a la protesta y a la represión en la misma esfera; o, lo que resulta lo mismo, juzgar al muerto junto a sus ejecutores.”a En la actualidad, y siempre en la versión oficial, también es tarea de ultraizquierdistas las reivindicaciones de los organismos de Derechos Hu- manos, sin olvidar que existe una pesada herencia social recibida de la última dictadura militar, de la cual muchos de aquellos funcionarios ocupan puestos en el actual Gobier- no, mantienen sus privilegios en el Ejército o encabezan operativos de represión de las distintas fuerzas de seguridad. En consonancia con los argumentos y dichos oficiales, a quienes se presentaron a declarar en España sobre el destino final de sus familiares desaparecidos, el Pre- sidente les endilgó el consabido mote; y también a los organismos de derechos humanos, que produ-

cen las manifestaciones de repudio, escraches, en las casas de los represores.” Distinto es cuando és- tos deben ir a declarar ante los juz- gados: en ese caso, la orden es re- primir a los manifestantes.“

Abonando la hipótesis de que el discurso del Proceso perdura hasta la actualidad, corresponde destacar tres momentos de reivindicación abierta del genocidio de la dictadu- ra. En este sentido, el Juez Marque- vich [que es quien ordena la deten- ción y el procesamiento del ex ge- neral Videla] , recibe amenazas de las que se destaca una en donde, luego de calificar de “traidor” al General Balza, se consuma la amenaza: “cua- dros del glorioso ejército argentino de todas las jerarquías han decidi- do hacer justicia por mano propia y lo condenan a muerte a partir de este momento y será ejecutado de la misma manera que mataron los que usted defiende ahora”.“l

Otra situación se la puede ubicar en el comunicado emitido por el Foro de Generales Retirados en oca- sión de la detención del ex presi- dente militar de facto Videla. En un contexto signado por la intensifica- ción de la campaña de escraches y con el antecedente inmediato del triunfo opositor en las pasadas elec- ciones, se retoma el argumento de la subversión agazapada en el ámbi- to cultural que, siendo ésta derrota- da por las armas, se despliega con- tra la institución militar desdp los

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medios y la política. En este senti- do, el Foro de Generales advierte sobre “la desembozada satisfacción de funcionarios públicos y legisla- dores, que incurren en apología del delito, proclamando con impúdica soberbia su pasado subversivo” En la misma línea argumental, reivin- dican los indultos desde el espíritu de cuerpo argumentando que “no existe organización política posible, ni progreso de especie alguna sin la paz y la concordia. La obligación fundamental de los gobernantes es hacerlas efectivas e impedir que los intentos por perturbarlas sean ex- plotados por una minoría, con la exclusiva intención de mantener activado un nefasto mecanismo persecutorio, apoyado en Derechos Humanos de aplicación unilateral”. A modo de advertencia castrense, el comunicado concluye : “la socie- dad debe estar prevenida ante es- tos intentos de manipular el pasa- do. Esa práctica, que lejos de morigerarse se ha agudizado, podría conducir, tarde o temprano, a nue- vos desencuentros”.."2

A continuación de esto, cl capi- tán de fragata Fernando Peyón dis- tribuyó en el barrio una carta abier- ta en ocasión del escrache en su casa. En la misma, dice que perte- neció “a una élite que tuvo una hon- rosa y destacadísima actuación ene esta guerra, la cual, tal vez, fue el factótum de la derrota de las Orga- nizaciones Terroristas, Organizacio-

nes éstas que llegaron a tener de cien mil hombres y que a su vezf dentro de su orgánica de superficie, tuvieron a muchas de las Organiza-¿ ciones que hoy nos persiguen (Ma-3 dres de' Plaza de Mayo, Abuelas, Or-É ganizaciones de DDHH y otras)?" Luego de caracterizar a los organis- mos de DDHH como organizacio-‘J nes terroristas, el planteo remata: “tenga usted la tranquilidad de que! mientras existan Fuerzas Armadas, de Seguridad y Policiales como las; que tuvimos y como las que hoy te-Éí nemos, ninguna Organización Te-‘ rrorista podrá teñir de sangre a nuestra querida Nación".“

Resulta como conclusión que des- de 1983 hasta la fecha, ambos gobier- nos insistieron en la corporización de presuntos enemigos de la democra- cia, donde la izquierda en general y su versión extrema en particular apa- recen como las más señaladas; sin olvidar la pesada connotación ideo- lógica que en este país tiene el califi- cativo de zurdo. En este aspecto, el gobernador Duhalde también apues- ta a la descalificación cuando señala que los piqueteros cubren sus ros- tros para llamar la atención y captar simpatías de los grupos radicalizados. Para él, son profesionales de la pro- testa que, no tienen una. expresión electoral significativa y sus reclamos son pedidos absurdos. Sin llegar a la misma lógica pero atrapada en la di- námica electoral y frente a las acusa- ciones del oficialismo de que ésta

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avala acciones violentas, la cúpula de la Alianza osciló entre un tibio apo- yo al paro realizado por las centrales opositoras y una estrategia de con- tragolpe, señalando que “el Gobier- no necesita a Quebracho” De las causas profundas de la protesta, la marginación, la exclusión social y las consecuencias nefastas del ajuste, ni. una letra.

Durante los dos mandatos del pre- sidente Menem, el espectro subversivo es el recurso necesario al que apela para desviar la atención de los pro- blemas políticos, económicos y socia- les que provoca por la aplicación de las medidas que sustentan a la ideo- logia que profesa. Recurre a ese fan- tasma cuando necesita magnificarlo; en similar forma cuando enfrenta un conflicto social, aunque en este caso lo inventa. Y llega a su punto máximo en momentos en que ninguna de esas ocasiones le es propicia: ahí es cuando decide producido.

Buenos Aires, julio 1998

Notas

' Iñigo Carrera, N., Cotarelo, M. C.: “Las formas que toma la lucha social en la Argentina actual”, en Cuadernos del Sur, año 13, 25, octubre de 1997, págs. 17-26.

2 “El combate de Plaza de Mayo”, en El Periodista, año 4, 208, 16-22 de septiembre de 1988, págs. 11-13.

3 Clarín, págs. 5-7; y Página/12, 5-12- 1988, págs. 4-5.

4 La exageración alcanzó el punto de equiparar estas acciones con el propio levantamiento militar. Amato, A.: “Vi- lla Martelli: Cuando terminó todo, empezó la violencia”, en Gente, año 22, 1220, 8-12-1988, págs. 16-19.

5 “Ni vivimos una etapa de auge de la lucha y la conciencia de masas, ni se han agotado las posibilidades de actuar dentro del sistema institucional. Por eso la violencia es reaccionaria, sólo idónea para apresurar la unificación castrense y brindarle lajustificación más plausible para sus obsesiones”. Verbitsky, H.: “Camino de cornisa”, en Página/12, 13-12-1988, pág. 4.

G Salinas, j., Villalonga, Gorria- rán. La Tablada y las ‘guerras de inteli- gencia’ en América Latina, Edit. Mangin, Buenos Aires, 1993; y Ver-bitsky, H.: “Jugar con fuego”, en Página/12, 29-1- 1989, págs. 4-5. Esta teoría es negada por los miembros del MTP, donde ase- guran que se trata del argumento prin- cipal para ser juzgados por “asociación ilícita”.

7 Cf. “Herejes y alquimistas. Grupos radicalizados en la Argentina", en Nue- va Sociedad, 146, noviembre-diciem- bre de 1996, pág. 51.

8 “La ORP prepara la guerra civil en la Argentina”, en La República, 29-4- 1996.

9 Alarcón, C.: “Comunicados con léxico castrense”, en Página/12, 31-12- 1996, pág. 3. En la línea argumental de considerar a la ORP como banda delictiva, véase Larrondo, R.: “Nuevas pistas ubican a la ORP lejos del terro- rismo ideológico", en La Nación, 3-1- 1997, pág. 13.

“La mayoría de los hechos se pro-

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duce donde es mayor el grado de de- sarrollo de la división del trabajo y de las fuerzas productivas de la sociedad, donde tiene mayor peso la población industrial y comercial y, dentro de ésta, la vinculada a la industria, donde tie- nen un alto peso el proletariado y los pequeños patronos y donde la empre- sa privada predomina sobre el aparato estatal en tanto empleador”. Iñigo Ca- rrera, N., Cotarelo, M. C., Gómez, E., Kindgard, F.: "La revuelta popular de 1989-90”, en Crítica, 7, octubre-di- ciembre de 1993, pág. 126.

Jozami, E.: “La sorpresa anuncia- da”, en Crisis, 7l,junio de 1989, págs. 6-8.

'2 Lázara, S.: El asalto al poder, Tiem- po de Ideas, Buenos Aires, 1997, págs. 285-304.

¡3 Como ejemplo: “El rumor tam- bién jugó un papel destacado. En un primer momento, se difundió el rumor de que los supermercados estaban dis- tribuyendo alimentos en forma gratui- ta, lo que precipitó a muchos a unirse a las manifestaciones y, luego de algu- nas dudas, a participar en los saqueos. Las mujeres y los más jóvenes, con bolsas en las manos, se concentraron frente a los supermercados para de- mandar la entrega de alimentos. En un segundo momento, los rumores de que bandas armadas de otros barrios ven- drían a saquear a los residentes loca- les, produjo en efecto diferente: los hombres de cada cuadra se armaron y se organizaron para rechazar a los in- trusos. Parecía entonces que la cues- tión era defender a madres y herma- nas de potenciales violadores y defen- der a honestos propietarios de los ‘la-

drones de afuera'. Al entusiasmo de la participación en una empresa colecti- va destinada a alimentar a los niños si- guió rápidamente el miedo, la descon- fianza y la lucha interna”. Salvatore, R. D.: “Reformas de mercado y el lengua- je de la protesta popular", en Sociedad, 7, 1995, pág. 78.

'4 “Los fantasmas del ‘89 se pasea- ron por Córdoba", en Página/12, 20-7- 1996, pág. 12.

'5 Dinerstein, A. C.: “¿Desestabi- lizando la estabilidad? Conflicto labo- ral y violencia del dinero en la Argenti- na”, en Realidad Económica, 152, 16 de noviembre-Sl de diciembre de 1997, págs. 43-44.

"5 Calello, 0.: "La organización des- de abajo abre nuevos caminos a la ex- periencia popular”, en Izquierda Nacio- nal, 2, 1996, págs. lO-ll.

'7 Ibíd.

'3 “Del maestrazo al fogonazo”, en Masas, 116, 21 de abril de 1997, págs. 3-5; Guidobono, “Cortes de rutas”, en Bandera Roja, 26, 6 de julio de 1997, págs. 8-9.

"J El caso paradigmático es el Pro- grama de Empleo Transitorio o de Asistencia Trabajar impulsado por el Ministerio de Trabajo y Seguridad So- cial. Con una remuneración mensual de 3 200, se ofreció como “parte de la solución al problema de empleo en los sistemas urbanos”, pero con una inequidad distributiva increíble: la pro- vincia natal del presidente Menem re- cibe, por ejemplo, trece veces más de prestaciones de lo que hubiera corres- pondido de acuerdo con el nivel de desocupados residentes en ese lugar. López, A.: Programas oficiales de empleo

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[clientelismo político. El caso del progra- de empleo transito-rio ‘Trabajar’. ATE/ ¡l EP, Buenos Aires, 1997.

2" No sólo la protesta se “mudó” de calidad sino que algunos gobernado- s provinciales también apelaron a la ¡[tración como elemento, al menos, ¿eslegitimador de Ia protesta. En oca- ""n de los cortes producidos en Mar il Plata, el gobernador Duhalde ensa- Z una explicación: “Son personas con "eas políticas que no cuadran en par- idos de significación electoral y pre- ‘¿nden alcanzar con estos actos algún

Lovilizan con fines políticos, siempre . ¿scan una víctima para ver sus recla- 7 os proyectados con más fuerza [...] ¿iden cosas absurdas e imposibles para ¿antener así el sentido de sus protes- . es algo típico de estos grupos [...] ,guramente se presentan encapucha- ‘e con el objetivo de despertar algún «rado de simpatía entre los grupos ,. icalizados". [“ ‘Pedidos absurdos' ”, n Página/12, 2-7-1997, pág. 11]. Sin - bargo, la respuesta que obtuvo fue: queremos empleos, no migajas”, ¡ ¡entras la ciudad debe tolerar el 20% ,e desocupación. De todos modos, = ra el gobernador fueron “profesio- W les de la protesta" [Página/12, 5-7- 997, pág. 6]. Durante el conflicto de r¿_ tral-Có y Plaza Huincul, el goberna- i r Sapag también abrevó en esta ex- , sa: “Hay gente en el medio del de- sin trabajo en una situación de .andono total [...] Esto es caldo de ¿ultivo para gente que ideológicamen- ' los está in-stigando [...] Hubo infil- w ados en las asambleas de los docen- [aunque] la provincia, de por sí, no

tiene soluciones para la situación so- cial". [“El Gobierno destina fondos para socorrer a Neuquén”, en _La Nación, 16- 4-1997, pág.lO]. Un día después, “la aseveración del gobernador Felipe Sapag de que el estallido social de Cutral-Có - Plaza I-Iuincul tiene origen en grupos de activistas de ultraizquier- da parece más conjetura que informa- ción. Su gobierno reconoce que no tie- ne informes de inteligencia para afir- mar esa hipótesis”. Mariano Obarrio: “En el Neuquén se distiende el clima de agitación y malestar”, en La Nación, 17-4-1997, pág. 7. En otro momento y circunstancia, el entonces gobernador Snopek de Jujuy alertó sobre la apari- ción de una guerrilla urbana en esa provincia. El alto grado de movilización y conflictividad debido al atraso en los pagos de los salarios, resultó ser una invocación a una presunta caza de bru- jas sobre la figura del Perro Santillán que a una denuncia por actividades políti- cas subversivas. En este caso, la guerri- lla resultó el atajo para correr el eje del verdadero problema. Véase: “¿Guerri- lla urbana en JujuyP”, en La Razón, 20- 12-1995, pág. 3.

2‘ “El corte de ruta como forma de lucha orgánica", en Clarín, 12-7-1997, pág. 5. El 14 de agosto se llevó a cabo un paro de alcance nacional convocado por las organizaciones sindicales oposi- toras. Durante la jornada se efectuaron cortes de ruta y enfrentamientos meno- res, esencialmente en el Gran Buenos Aires, entre grupos aislados y la Policía. En este sentido, el valor político de la misma era alto ya que el Gobierno se esforzó en demostrar la presunta rela- ción entre la Alianza opositora y la vio-

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lencia: “Sembraron de violencia las ca- lles de mi patria”, reaccionó el Presiden- te; o “fue el paro más violento en cator- ce años de democracia”, privilegió la prensa adversa al gremialismo alterna- tivo LAmbito Financiero, 15-8-1997, pág. l]. Lo que no se pudo negar, aunque se intentó, fue que “el sindicalismo combativo representa a los más perju- dicados por las políticas públicas de la administración menemista, desde los viejos y los nuevos pobres de la clase obrera, hasta los pequeños comercian- tes y autónomos arruinados”. Pero “de cualquier modo, en la jornada de la vís- pera el sindicalismo combativo volvió a mostrar, igual que en oportunidades anteriores, suficiente legitimidad y la entidad necesaria para merecer el res- peto de todos”. Pasquini Durán, J. M.: “Para escucharte mejor”, en Página/12, 15-8-1997, pág. 2.

22 El 30 de diciembre de 1997, los habitantes de Florencio Varela corta- ron la ruta 36 a raíz del incumpli- miento de un acuerdo pactado con la municipalidad de esa localidad en la creación de puestos de trabajo. En la madrugada del sábado 3 de enero, la Policía Bonaerense desalojó por la fuer- za (utilizaron caballos y tanquetas) el piquete y las carpas levantados por el Movimiento de Trabajadores Desocupados 'Teresa Rodríguez’. Un día antes, el go- bernador Duhalde señaló en una con- ferencia de prensa: “Voy a hablar con los miembros de la Suprema Corte para que a su vez hablen con los jueces, por- que ante estos hechos la pasividad so- cial es muy negativa". Horas después, el juez de Quilmes Oscar Hergott dio la orden de desalojo y al esperado gri-

to de ¡zurdos!, la Policía procedió; y l hizo pateando cabezas, destruyend’ bienes personales y disparando gas l lacrimógenos. Llegaron los reyes se le oyó decir mientras detenían a novent personas, de las cuales once eran nores. Ante los ya clásicos rumores s'; bre “infiltrados” en la protesta, un ho ' bre levantaba a su hijo de pocos mes F y gritaba “¡¿Es del ERP, éste?!”. Sc 1', midt, E.: “Piqueteros a la cárcel”, Página/12, 4-1-1998, pág. 6.

2“ Casas, D.: “Democracia griega g realismo mágico”, en Página/12, 31- r' 1997, págs. 8-9.

2‘ Es necesario remarcar que mie tras el Gobierno endurece sus dicho” la derecha lo mantiene blindado desd los más oscuros años de plomo de l dictadura. Como ejemplo, el 28 de abri ,j de 1998 durante un acto en la Feria de" Libro se presentó Subversión. La hist' ria olvidada, editado por la Editoria Santiago Apóstol. En el mismo se pr ' tende una reivindicación explícita -' la dictadura y contaba como participan. te al ex comisario Miguel Etchecolatz ; condenado a veintitrés años de prisió v. por violaciones a los Derechos Huma nos y libre gracias a la ley de Obedien‘ cia Debida- autor de otro libro que ori ginariamente debía ser presentado [ otra campana del Nunca Más]. Para l’ presentación de Subvem'ón, se repartil un volante que sentenciaba: “Recuer de: Aquí se vivió una guerra. Nunca m al nunca más”. Durante el acto, vario_ manifestantes se presentaron para r ' pudiar el mismo y de inmediato come zaron los incidentes que derivó e trompadas, corridas y piedrazos. Du rante el tumulto, del cual participaro

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en forma directa los editores del libro, las amenazas recrudecieron desde el re- petido “zurdo” hasta el macabro "van a terminar todos abajo del mar”. “Inci- dentes durante la presentación de- un libro", en Clarín, 29-4-1998, pág. 56 y Kolesnicov, P.: “Después de los inciden- tes, |a polémica sigue en pie”, en Cla- rin, 30-4-1998, pág. 54. Sihembargo esto no es todo. Días antes, en el acto de inauguración de la Feria, el, 16 de abril, el presidente Menem pronunció el discurso de apertura. Durante el mismo, Alejandro Siwald, quien dijo pertenecer a H.I.J.O.S, irrumpió al gri- to de “traidor y vendepatria” mientras el Presidente hablaba desde el estrado. En medio de un despliegue policial más que importante, un grupo de personas que vivaban a Menem, donde luego se reconocieron como miembros de la Unión del Personal Civil de la Nación [sindicato alineado con la CGT], co- menzó a empujar a Siwald y luego pro- cedieron a agredirlo. Mientras los camarógrafos de TV filmaban, varios de los agresores emprendieron contra los periodistas, de los cuales dos debie- ron ser derivados hacia un hospital. ["Menem, como en campaña”, en La Nación, 17-4-1998, pág. 1.] Durante los gritos contra el Presidente, y “como acto reflejo, la actitud inmediata de los hombres que custodiaban al Presiden- te fue sacar al manifestante del lugar. ‘Ocupémonos de este tipo’, dijeron entre ellos. Pero, hubo una contraor- den. Primero desde los transmisores portátiles. ‘Por favor, que no le peguen, no repriman’ se pudo oír. Luego, del propio Menem, que desde el palco aconsejó a los policías presentes que ‘a

este joven, que también es argentino, no se lo toque’. [...] Las miradas atóni- tas de los agentes tanto civiles como uniformados se entrecruzaban ante la nueva orden. ‘Tranquilicémonos, aho- ra tiene que estar todo bien’, ironizaban entre risas, dejando en evidencia que, presuntamente, alguna vez habría exis- tido otra orden”. Etchevehere, D.: “Las motivaciones políticas se sumaron a la reunión cultural”, en La Nación, 17-4- 1998, pág. 16. No se debe olvidar por último que, a diferencia de los años anteriores y sin que se medie discre- pancia monetaria alguna, se le negó un stand a las Madres de Plaza de Mayo, quienes sobre el cierre del evento pro- testaron ingresando a la Feria y luego colocaron una mesa con sus materiales en la puerta del predio.

2-" Dentro de esta lógica argumental, donde el menemismo se vuelve reite- rativo en proclamar el surgimiento de grupos con tendencias insurreccionales o subversivas, produjo su aparición en Córdoba, el Movimiento Nacionalista Re- volucionario de los Trabajadores o tam- bién M-29. Fue identificado en los ac- tos del 24 de marzo de 1998 por su cen- tenar de manifestantes uniformados, con pañuelos y brazaletes .rojinegros. Quien está a cargo de la agrupación es el “comandante Juan” [se lo señala como perteneciente ala SIDE], aunque la cabecera nacional del grupo estaría en Capital Federal. El “comandante Juan“ niega que la agrupación tenga vínculos con Quebracho y se autodefine ideológicamente como nacionalista y “profundamente humanista". Las pin- tadas en la capital cordobesa rezan: “Con Jesús, Evita y el Che, hacia 'la vic-

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toria del pueblo. ¡Viva el comandante Juanl”. Afirma tener una organización celular tabicada de varios miles de com- pañeros"; y cuando se le preguntó por el paso a la lucha armada, la respuesta fue: “Aún no estamos en esa etapa, aun- que no la negamos". “Investigan a una nueva agrupación extremista". en La Mañana de Córdoba, (5-5-1998, págs. 1, lO-ll.

2" Policía Federal Argentina: Villas de Emergencia, Bam'os Carenciados, Comple- jos Habitacionales y Asentamientos de la Capital Federal Buenos Aires, 1996. To- mando como ejemplo la Villa 31 de Re- tiro, se hace hincapié en la presencia de partidos políticos; se resalta la presen- cia de concejales, abogados y curas; como así también se describe la histo- ria y filiación política de algunas federa- ciones, frentes y movimientos villeros. En todos los casos, se describen los orí- genes de izquierda o peronista de cada uno y remarca que “se realizan activida- des de captación y aprovechamiento de los distintos problemas planteados a raíz de la tenencia de tierras a fin de potencializar los mismos en provecho de distintos partidos políticos”.

27 Gendarmería Nacional: Informe. Buenos Aires, 1997.

2” El 28 de mayo de 1997 se realizó una marcha a Plaza de Mayo que tuvo como participantes a sectores univer- sitarios, docentes, organizaciones gre- miales, entidades de derechos humanos y partidos políticos. La movilización fue coordinada con anticipación y todo transcurrió con absoluta normalidad. Sobre el final, un pequeño grupo se desprendió y provocó a la Policía, que no respondió hasta veinte minutos des-

pués de empezada la pedrada. Las imá- genes mostraron una bandera de laJu- ventud Guevarista, cuya autenticidad fue puesta en duda por la mayoría de los sectores políticos, gremiales y so- ciales. Mientras tanto, Quebracho se hallaba del otro lado y Patria Libre se diferenciaba de los hechos corriendo sus banderas y militantes hacia el cen- tro de la plaza. En este aspecto se hace referencia a las internas del oficialismo, ya que el presidente Menem se hallaba de viaje y el vicepresidente en ejercicio es un aliado político del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde. En realidad, “el grupo agre- sor resultó ajeno para todos, y por eso generó especulaciones que señalaron incluso a supuestos sectores ultras vin- culados al Gobierno que [...] no sólo habrían buscado darle imagen de vio- lencia a la movilización, sino también operar en la interna del oficialismo”. Como para que no queden dudas de los sucesos y sus responsables, lo que más llamó la atención “fue la precisión con que dos integrantes de ese grupo encontraron una caja de luz en la plaza y la destrozaron. Fue el final a oscuras cuando ya casi nadie quedaba en el lu- gar". Aulicino, E., Amigo, C.: “Cómo actuó el grupo que provocó la represión policial”, en Clarín, 30-5-1997, pág. 10.

2” Nótese como ejemplo los dichos del presidente Menem: “el Estado de- mandará a los organizadores, instiga- dores y/o responsables de los desma- nes ocurridos, a los que todo el pueblo conoce” y agregó que “la promoción y el fomento de áreas críticas no se otor- gará bajo presión sino mediante solici- tudes que sean atendibles". Por todo

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ello, el titular del Poder Ejecutivo sim- plifica y llega a la esperada conclusión que “el desempleo no puede ser cuestión de agitación" Chain, 1-6-1997, pág. 9.

3‘" Presidencia de la Nación: “Los cortes de rutas. La libertad de cada uno y el derecho de los demás", en Página/ 12, 22-5-1997, pág. 13.

5' Presidencia de la Nación: “Los incidentes de Plaza de Mayo”, en Cla- rín, 30-5-1997, pág. 13. Sin embargo, para The New York Times y The Herald Tribune, se puede observar que “con la rápida difusión de las violentas protes- tas debidas al alto desempleo y Ia po- breza, y las elecciones parlamentarias previstas para octubre, el gobierno ar- gentino se ve más presionado que nun- ca a aflojar su política económica, que trajo estabilidad fiscal y un fuerte cre- cimiento, pero no atinó a generar nue- vos empleos ni mejores condiciones sociales". “Alertan por la cuestión so- cial”, en Clarín, 3-6-1997, pág. 16.

"2 Garasino, L.: “Proponen que los militares controlen estallidos sociales”, en Clarín, 28-7-1997, pág. 4.

3’ Reproducido por Verbitsky, H.: “Los miedos de la transición”, en Pági- na/12, 3-8-1997, págs. 12-13.

i” A diferencia de las primeras elec- ciones luego de la dictadura, octubre de 1983, donde se registró una marca del 15.6%, octubre de 1997 tuvo un guarismo histórico de 25.8% entre quie- nes no votaron y lo hicieron en blanco, lo que implica ser tercera fuerza a ni- vel nacional. En lo que hace referencia exclusivamente al voto en blanco, en las últimas elecciones se registraron los índices más altos: 4.66%; esto es, más de 840.000 ciudadanos optaron por

esta modalidad cuando 217.000 hicie- ron lo propio en 1983. “Más de cinco millones de personas no fueron a vo- tar", en Clarín, 29-10-1997, pág. 24.

“5 La importancia de esta afirmación radica en que “los movimientos socia- les como el santiagazo y los cortes de ruta no tienen dueños políticos y por lo tanto no tienen una expresión elec- toral automática. Pero se expresan electoralmente cuando quienes se de- dican a esta función, o sea los partidos, son capaces de construir una propues- ta que los encauce. Por lo general, los movimientos sociales no se producen en función de principios ideológicos ni de grandes programas, sino para ganar una reivindicación concreta”. Brusch- tein, L.: "Matemáticas políticas”, en Página/12, 30-9-1997, pág. 4.

3“ Véase la solicitada “Por el cese de las persecuciones judiciales y el cierre de todas las causas abiertas a compañe- ros por su participación en las luchas populares”. Buenos Aires, diciembre de 1997.

“7 Comité de Acción Jurídica de la Argentina: Situación de los derechos hu- manos en el movimiento obrero de la Ar- gentina. CTA, Buenos Aires, 1997.

1‘“ Cheren, L.: “El peligroso caso judi- cial del sindicalista Oscar Martínez”, en La Maga, año 6, 318, 18 de febrero de 1998, pág. 45; y Brat, E.: “La teoría de los dos demonios aplicada al conflicto social”, en Página/12, 6-2-1998, pág. 12.

"9 El escrache es una actividad que cuenta con la participación de la agru- pación H.I.J.O.S [Hijos por la Identi- dad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio] junto a Asociación de Ex De- tenidos y Desaparecidos, Madres de

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Plaza de Mayo-Línea Fundadora, CUT, Servicio de Paz y Justicia, Encuentro por la Memoria, Abuelas, etc., y apun- ta a señalar represores de la dictadura en sus lugares de residencia y ponerlos así en evidencia con los vecinos. “La idea no es identificar a los altos jefes de la dictadura, sino a los que son me- nos conocidos, a los que tuvieron una participación importante durante la re- presión, pero de los que la gente no conoce su rostro” Graffitis en el asfal- to y en las paredes, pegatinas dc carte- les con las caras de los represores y ma- nifestaciones en los domicilios forman las actividades del escrache. Jauretche, E.: “Desenmascarar a los asesinos y sus cómplices”, en La Maga, 326, 15 de abril de 1998, págs. 4-5.

Eso fue lo que sucedió cuando se cónvocó a una manifestación de repu- dio en ocasión a la presencia del ex al- mirante Emilio Massera en los tribuna- les. La represión fue tan desmedida hasta el punto que cóncluyó con un saldo de veintiocho detenidos y con el diputado Alfredo Bravo al borde de ser atropellado por un carro de asalto de la policía. Como corolario, las imáge- nes de la TV mostraron a un manifes- tante ileso arrastrado hacia un celular de la Policía Federal pero, al día siguien- te, deformado por golpes en su rostro y cuerpo. Todo ello “para eVitarle

huevazos al ex dictador". Página/12, 20- 3-1998, pág. 3.

4' “‘Terrible carroña'“, en Página/12, 9-7-1998, pág. 7.

42 Cf. Foro de Generales Retirados: “Derechos Humanos unilaterales" 18- (5-1998.

4“ Peyón, F.: “A los señores vecinos del barrio de Villa Urquiza”. 15-7-1998. Sobre el final de la actividad, miembros de las fuerzas de seguridad de civil in- filtrados en la movilización provocaron disturbios que terminaron con distur- bios y detenciones violentas de varios integrantes de H.I.J.O.S. Al respecto, María del C. Verdú, abogada de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, señaló: “la ma- yoría de los detenidos son dirigentes de primer nivel de H.I.J.O.S lo cual demuestra, evidentemente, una selec- tividad en esta detención, que no pue- de resultar casual”. Y agregó que la dis- tribución de la carta indignó más a los vecinos y eso provocó una mayor pre- sencia en el escrache. En definitiva, la actitud de las fuerzas de seguridad pone en evidencia que “esta política de los escraches molesta tanto a las autorida- des. Porque es la forma en la cual se manifiesta de la mejor manera, la más clara, el reclamo deljuicio y castigo de los organismos de Derechos Humanos forma parte de la conciencia social".

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Los Sin Tierra contra el corporat1v1smo*

Entrevista con Joáo Pedro Stedile

partir de los años 70 surgió en el Brasil una serie de mo- vimientos sociales, saludados auspiciosamente como una señal de vitalidad de las luchas populares. Hoy, entretanto, la mayor parte de

jesos movimientos se encuentra .desmovilizada o plenamente inte-

grada a las estructuras del poder vi- gente. Una excepción notable es el

_Movimiento de los Trabajadores Sin

Tierra (MST), cuya trayectoria si- guió caminos propios y esto lo sitúa actualmente como referencia im- prescindible para la práctica políti- ca de izquierda en el Brasil.

Joao Pedro Stedile, uno de los veintiún coordinadores nacionales de ese movimiento, explica en esta entrevista algunas de las razones del

éxito del MST, trata de las dificulta-

des que presenta la transferencia de esa lucha hacia las ciudades y sugie- re la construcción de un proyecto político para el Brasil, lo que no deja

í

de reponer en el orden del día la

k cuestión del socialismo.

* Revista Praga, núm. 4, diciembre 1997.

I. Motivos del éxito del MST

Una causa social no corporativa

Es difícil analizar la evolución de los movimientos sociales en general; somos parte de uno de ellos y vemos mucho la lucha a partir de nuestra realidad. En cuanto al MST, la eva- luación interna que hacemos sobre nuestro éxito —que también puede ser temporario- se asienta, prime- ro, en el hecho de que nos moviliza- mos en función de una causa que es justa. La lucha contra el latifundio, contra las desigualdades sociales en el campo y contra la miseria rural, es una causa justa no solamente para los que luchan por ella sino, sobre todo, porque se trata de una causa social no corporativa. Si hubiésemos reducido nuestra lucha apenas a la conquista de la tierra, repitiendo una lucha que siempre existió en Brasil (desde que los portugueses llegaron aquí y se adueñaron de la tierra) tal vez no hubiésemos concitado la soli- daridad y la simpatía que recibimos actualmente de la sociedad y de las organizaciones sociales. Lo que más nos diferenció —al menos de la tra- dicional lucha por la tierra- tal vez

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sea el hecho de que conseguimos le vantar una bandera y superar el cor- porativismo, mostrando a la sociedad que se trata, fundamentalmente, de una causa justa. Esto ha motivado a que las personas se aglutinen en tor- no a nuestra bandera.

Un movimiento permanente

Un segundo factor es que se trata de una lucha prolongada en la me- dida en que enfrentamos injusticias derivadas de problemas estructura- les del capitalismo. No es como un movimiento corporativo que casi siempre es temporario y se desmo- viliza tan pronto consigue lo desea- do: salario, vivienda, asfalto, etc. En el caso del MST, nuestra lucha es permanente pues la derrota del la- tifundio y de las injusticias sociales en el campo sólo puede darse al fi- nal de un largo proceso. Tómese como ejemplo la lucha contra la es- clavitud, que fue muy parecida a la nuestra. De hecho, aunque todos estuvieron en contra del esclavismo, precisamos de casi cuatrocientos años para eliminarlo del Brasil. Ade- más, abriendo un paréntesis, toda- vía pagamos el precio de la esclavi- tud porque, en rigor, nuestros lati- fundistas de hoy aún mantienen la ideología y la cultura esclavista, al menos en relación con el tratamien- to dispensado a las personas.

Los metodos de lucha Otro factor que contribuyó a la per-

sistencia del MST es nuestro méto- do de lucha. Siempre juzgamos que sólo podríamos avanzar si conse- guíamos comprender que única- mente la lucha de masas puede alte- rar la correlación de fuerzas. Es más: una lucha de masas que fuese ver- daderamente nacional. Los grandes desafios que enfrentamos desde el inicio, en el MST, consistían en pro- curar la superación de la experien- cia histórica de la lucha de los. posseiros (que aglutinaba apenas a pequeños grupos familiares) y de los sindicatos (que restringía la lucha a las fronteras de su municipio). La lucha por la tierra tiene que ser masiva, desarrollarse por medio de grandes ocupaciones de tierra, mar- chas y manifestaciones. Sólo así se consigue politizar la lucha, insertar- la en la lucha de clases en general y, sobre todo, sólo por esa vía es posi- ble implementar un proceso que conduzca a la concientización de los propios participantes.

Sin una lucha de masas, por ma- yor que sea, el radicalismo indivi- dual no desemboca en conciencia de clase. Nuestra historia está llena de ejemplos de posseiros que lucha- ron con las armas en la mano para conquistar un pedazo de tierra, pero que después vendieron ésta por mo- nedas. Eso significa que, a pesar del radicalismo aparente de la lucha, aquella forma de combate no gene- raba organización social ni concien- cia política y, por lo tanto, desde el

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punto de vista de la lucha de clases, no acumulaba en favor de la trans- formación social. Es por eso que la lucha de los posseiros en Brasil —aun- que se haya mantenido viva, de for- ma heroica, máxime en la época de la dictadura militar- no resultó en nada.

Desde el inicio intentamos orien- tarnos con esa idea de que son los movimientos y las luchas de masas los que hacen que la Historia avan- ce. Más allá de eso, como ya dije, esa lucha debe ser trabada en el ámbito nacional. El latifundio es nacional, la legislación es nacional, la burguesía agraria es nacional. Sin un movimiento y una organización verdaderamente nacionales no ten- dríamos cómo contraponemos a la burguesía y al status quo. Y éste es nuestro esfuerzo: un esfuerzo gigan- tesco que todavía no conseguimos completar, teniendo en cuenta las dificultades inherentes a las dimen- siones geográficas continentales del Brasil y la raíz cultural marcadamen- te regional de nuestro movimiento campesino.

Los principios de organización

Otro factor que pudo haber contri- buido para el éxito de nuestro mo- vimiento es que, desde el comien- zo, intentamos adoptar, en el MST, “principios organizativos” teniendo en cuenta tres vertientes: a) la ex- periencia histórica de los propios campesinos brasileños —estudiamos

cómo eran los sindicatos, las ligas campesinas, las luchas por la tierra en general—; b) la experiencia his- tórica de la clase trabajadora contra sus explotadores; c) la experiencia del trabajo de base de la Iglesia Ca- tólica, de las pastorales, de la CPT, pero sobre todo de la “iglesia pro- gresista” que adoptó la visión de la teología de la liberación. Del análi- sis de esas tres vertientes elabora- mos una síntesis que tratamos de ir llevando a la práctica; principios organizativos como, por ejemplo, adoptar siempre la idea del colegia- do político o, como nosotros deci- mos, dirección política colectiva. Toda nuestra organización, inclu- sive en la base, se da por medio de comisiones. Evitamos tener presi- dente, tesorero, secretario, etc. No se trata apenas de la formalidad porque, después de todo, es preci- so que alguien se encargue de las finanzas. Pero ocurre que en nues- tra cultura, lamentablemente, si un individuo es presidente ya tiene la mitad del camino recorrido para autodenominarse jefe del movi- miento, o bien principal responsa- ble. De este modo aprendemos a evitar que surja un único lider de masas. Normalmente, distinguimos liderazgo de masas respecto de di- rección política. Además, cuando una persona comienza a proyectarse como el principal líder de masas de un proceso político, se convierte en blanco con más facilidad ya que, en

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el universo agrario brasileño, fatal- mente sería asesinado.

Una consecuencia de estos prin- cipios es la necesidad de que todo se por medio de una división de tareas. Eso crea un vínculo perma- nente con el trabajo de base, con el contacto con las masas. La mayoría de nuestros dirigentes, inclusive aquellos con responsabilidades na- cionales, viven en asentamientos o en campamentos. Este vínculo direc- to procura evitar que ellos se des- víen ideológica, política o económi- camente.

Por otra parte, priorizamos valo- res éticos que juzgamos fundamen- tales en la construcción de un pro- yecto diferenciado como, por ejem- plo, la solidaridad, el desapego a los bienes materiales, etc. Buscamos también —en la línea de la iglesia- propagar el espíritu misionero; la ide-a de que, si en algún lugar existe la necesidad de ayudar a los compa- ñeros a organizarse, yo me dispon- go a ir. Entonces, en el MST, hay muchas transferencias de militantes, lo que posibilita que la acumulación de experiencia histórica de la clase trabajadora de un lugar dado venga a ser transportada por militantes y líderes, aun cuando en otro lugar no haya producido todavía aquella acumulación. Esto facilita el avance de la lucha de clases. Por lo demás, sin ese espíritu misionero, dificil- mente la organización habría creci- do tanto.

La formación ideológica

También entendemos como esen- cial la formación ideológica de los militantes. Para nosotros, los cur- sos de capacitación son tan impor- tantes como la ocupación de tierras. Nuestro punto de partida es la ex- periencia histórica: ninguna organi- zación crece si no forma sus propios militantes a su imagen y semejanza. El pueblo provee luchadores y, a partir de estos militantes que las luchas populares generan, forma- mos nuestros cuadros por medio de cursos, comprensión teórica, estu- dio y dedicación, lo que, general- mente, demanda mucho tiempo, a veces años. Nuestros cursos procu- ran ser bastante prolongados, den- tro de las restricciones económicas. A nivel nacional, en promedio, du- ran dos meses, pero tenemos cur- sos intercalados de hasta tres años en los que los militantes estudian durante dos meses, luego vuelven a sus tareas habituales por igual pe- ríodo y el siguiente bimestre reto- man el curso. En el caso de los cur- sos más breves tratamos de combi- nar enseñanzas prácticas y teóricas, mientras que en el caso de los cur- sos intercalados los militantes hacen la escuela secundaria "y, al mismo tiempo, completan su formación política.

Lamentablemente se diseminó en la izquierda brasileña una prác- tica de pequeños cursos o semina- rios de fin de semana que no pasan

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de un turismo sindical; allí las per- sonas van más para tomar una “caipirinha” y reencontrar amigos que para hacer una formación teó- rica seria. Nadie se forma en semi- narios de fin de semana ni en cursi- llos de tres días.

Otro principio que¿buscamos adoptar siempre esel de ladiscipli- na pues si las personas —que son parte de la organización— no tuvie- ran un mínimo de respeto a sus normas, dicha organización no fun- cionaría. La disciplina que adopta- mos no es la militar, jerárquica, de respeto a los superiores, sino en relación a las decisiones del colecti- vo. Para nosotros la disciplina repre- senta un valor, un principio organi- za-tivo, pero jamás una forma de severidad del tipo de “tenés que someterte”.

La basesocial

La lucha contra el corporativismo se debe dar todo el tiempo y en to- dos los lugares. Tenemos tres tipos de situación en nuestra base social: l) el sin tierra en general, que se está preparando para una ocupación y que vive en su comunidad rural; el individuo participa de las reunio- nes, se está politizando y, además, se está preparando para una acción; después, 2) tenemos los campamen- tos, el estallido de una forma de lu- cha más constante, la ocupación de la tierra; por último, 3) tenemos los compañeros asentados, aquellos

que ya conquistaron su tierra.

El MST participa de estas tres fa- ses; continuamos organizando y aglutinando a esos compañeros in- clusive después de la conquista de la tierra. Nuestros objetivos abarcan la conquista de la tierra, la resolu- ción del problema más inmediato; la lucha por la reforma agraria, por la restructuración de la propiedad latifundista y, por consiguiente, de la agricultura; y también la lucha por los cambios sociales ya que sabemos que la reforma agraria no va a ocu- rrir sin que haya otros cambios en nuestra sociedad.

El movimiento, entonces, existe para eso: para que el compañero, aun después de la conquista de la tierra, consiga mantenerse organi- zado en la lucha por la obtención de aquellos otros objetivos y, sobre todo, para que continúe elproceso de conscientización social y de politización. Si él sólo se conforma- ra con la posesión de la tierra no precisaría del MST pues ese tipo de lucha podría ser conducida por el sindicato. ¿Cómo se consigue eso? Con trabajo ideológico, formación y lucha.

En los asentamientos

Aun cuando se logra un pedazo de tierra, no terminan la dificultades ni los problemas de la vida material. Ahora bien ¿cómo se resuelven esos problemaSP; ¿cómo conseguir escue- la para el asentamiento, mejores pre-

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cios para sus productos, crédito ru- ral? Hay dos caminos clásicos: la op- ción por el burocratismo amarillo o el camino de las luchas masivas. Nues- tra orientación es que para que los asentados continuen organizados deben planificar luchas masivas para obtener aquello que precisan. Si el intendente no quiere poner una es- cuela primaria en el asentamiento, van todas las familias —y no apenas el líder- a pelear contra el funciona- rio. Si no tenemos créditos en deter- minado asentamiento, todo el mun- do se moviliza para luchar por el cré- dito y así en cada situación.

Los compañeros asentados conti- nuan haciendo cursos de formación política e ideológica. El hecho de que ellos tengan la tierra no supo- ne, a priori, una propensron mayor al corporativismo, al contrario: he- mos visto que cuando ellos salen de aquel nivel de miseria absoluta, cuando pasan a alimentarse mejor, cuando ubican a sus hijos en la es- cuela, los compañeros se politizan todavía más. Es que el individuo, cuando está muy cerca de la lumpenización, está más sujeto a los peligros del corporativismo. La si- tuación de lumpen lo obliga a ser muy “oportunista”, a querer resol- ver su problema hoy mismo si eso fuera posible. Ellos no poseen nin- guna visión de largo plazo. Lamen- tablemente, el campesinado pobre todavía está muy próximo del lumpen. Nuestro esfuerzo pasa por

sacarlo de la pobreza casi absoluta en la que vive y traerlo para un es- calón más alto. Es por eso que, para nosotros, es mejor trabajar con los asentados que con los sin tierra.

II. Un proyecto para el Brasil

Del campo a la ciudad

El mayor potencial de transferencia de nuestra lucha reside en el hecho de que el pueblo brasileño, y la cla- se trabajadóra en general, aprenden muy fácilmente con ejemplos. No aprenden a luchar en cursillos. La pedagogía de masas se da por me- dio de ejemplos, con cosas prácti- cas. Es evidente que nuestras ocu- paciones de latifundios deben estar inspirando a centenares de líderes en las ciudades que, en función de eso, pasan a reflexionar sobre su propia práctica. A nuestros compa- ñeros les satisface saber, general- mente por medio de la televisión o por los diarios que, aun sin ningún contacto directo con nosotros, exis- ten otros sectores sociales urbanos que se valen de esos métodos de lucha masiva como forma primor- dial -de resolución de sus problemas.

¿Vanguardia de ¡la oposición?

Nosotros rechazos el calificativo de “vanguardia”. No queremos ser “vanguardia”. No planificamos la marcha de abril a Brasilia con la in- tención de liderar un proceso polí- tico. Hasta teníamos dudas acerca

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de su resultado en las instancias del poder. Tan es así que no habíamos solicitado una audiencia con el pre- sidente, ni elaborado una pauta de las reivindicaciones. Nuestro obje- tivo era romper el cerco que el go- bierno estaba armando contra no- sotros. Durante un año,:el gobier- no intentó aislamos atacándonos en la televisión día y noche. jungman llegó a calificar ajosé Rainha como bandido en un programa de la TV Manchete. Y cuando hubo una or- den de detención le mandó un tele- grama al juez para felicitado.

Sabíamos que sólo conseguiría- mos derrotar esa política de aisla- miento aliándonos con la sociedad; colocando a la sociedad contra el gobierno. Nuestro objetivo era, al recorrer doscientas cincuenta y cua- tro ciudades, hacer esa' ligazón con la sociedad. El proyecto consistía, básicamente, en dar charlas y conscientizar a la población sobre la reforma agraria y el neolibe- ralismo. Procu'ramos hacerla re- flexionar acerca de las cuestiones que eran el eje de la marcha: Tie- rra, Trabajo yJusticia.

Durante el transcurso de la «mar- cha ésta creció de tal manera que creó una coyuntura política que no preveíamos: la marcha se convirtió en una avalancha de cien mil perso- nas. En rigor de verdad no eran to- dos sin tierra ya que éstos continua- ron siendo los dos mil que salieron caminando al principio. Los demás

eran militantes de la ciudad, sindi- calistas, personas del PT, del PDT y del PSB que tomaron la marcha como un símbolo de la lucha con- tra Fernado Henrique Cardoso. Sin dudas fue algo importante. Pero, en nuestra evaluación, nosotros no nos convertimos en vanguardia, apenas fuimos referencia de lucha.

El modelo de las elites

El Brasil está en una encrucijada histórica producida, claramente, por las elites. Estas, por medio de F.H. Cardoso, buscan repetir lo que ocu- rrió en 1930 en la historia del país aunque, como diría Marx, ahora como farsa. ¿Cuál es la similitud con 1930? Es la primera vez, en muchos años, que las elites brasileñas crea- ron un consenso en torno de un lí- der político que, a su turno, consi- guió aglutinar tras de a todas las fracciones de esas elites.

El- modelo de desarrollo, el pro- yecto de industrialización por la vía de la substitución de importaciones, entró en crisis desde la segunda mitad de los años setenta. Las elites no consiguieron salir de la crisis a pesar de la aplicación de medidas y políticas económicas puntuales como las intentadas por Funaro y Maílson. Para enfrentar una crisis que era estructural ellas percibieron que tenían que partir hacia otro modelo, lo cual demandaba mucho más que simples políticas económi- cas temporal-ias. De ahí el Real, la

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rigidez del cambio y las tasas estratoféricas de los intereses. Están intentando aplicar en el Brasil un nuevo modelo que subordina total- mente nuestra economía, que nos transforma en un mero mercado para las multinacionales (que nos meten sus mercaderías) y para el capital financiero internacional (que consigue lucros elevadísimos con los intereses pagados por el gobierno). La tentativa de las elites de implementar ese modelo se da por medio de un proceso lento y gra- dual, porque no hubo una revolu- ción como en 1930, ni una transfe- rencia del poder para los militares como en el Perú de hOy (que costó quince mil muertos y cinco mil pre- sos). Aun en la Argentina esa implementación está siendo hecha en. base a la represión, con trescien- tos ochenta presos políticosy un Es- tado autoritario capitaneado por Menem. En Brasil, como todavía tie- nen que respetar ciertas reglas de- mocráticas, ese proceso va lento. No me voy a detener aquí en las con- tradicciones del modelo porque, para nosotros, lo principal, el pun- to sobre el cual cabe reflexionar, es que estamos en una encrucijada.

Un proyecto popular

Las elites precisan implementar ese nuevo modelo; se trata, por lo tan- to, de algo más que de una adhe- sión puntual a una política neolibe- ral. Buscan reorganizar toda la eco-

nomía en función de ese objetiv n mayor. El resultado de eso, sin em: bargo, es una subordinación comi-4 pleta al capital intemacion'al. Ya no es más una política de alianza con ese capital, como fue en el modelo de industrialización por la, vía de la substitución de importaciones.rAhí había una alianza, el famoso trípode: j capital nacional, capital estatal-¡yea- pital extranjero. Ahora no: la relani ción es de subordinación simple yt pura.

Ante esta situación, las fuerzas populares, sociales, sindicales, poli- ticas —la izquierda en general- pre- cisan producir un proyecto políti- co alternativo a ese que está ahí, en el poder. No basta con tener un plan de gobierno, como tampoco basta con hacer una crítica al neolibera- lismo. Es preciso construir un pro- yecto político nacional alternativo. Ese es el mayor desafío que tene- mos hoy: elaborar un proyecto polí- tico alternativo, nacional, popular, entendido como proceso histórico.

La teoría

Primero es preciso una elaboración teórica porque las ideas no fluyen. Es necesario plantear sobre el pa- pel cuáles son los problemas más graves de la sociedad brasileña, pre- sentar una explicación de sus moti- vos y de la incapacidad de la bur- guesía para resolverlos. Sintética- mente: podríamos hablar de la des- igualdad, de la pobreza, de la injus-

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l cia social, de la concentración de -a renta, del, desempleo y de las las sociales resultantes de todo i ¿so (visibles, además, en la carencia e educación, salud y vivienda). In- luso, cabe presentar, desde un pun- vista teórico, soluciones para di- 'hos problemas. Es decirs para re- lver el problema de la miseria en l Brasil, ¿qué es lo que debe ser echo desde el ángulo económico de la democracia del Estado? Todo sto depende de una elaboración órica y de un debate político. Nosotros estamos convocando a os intelectuales para que se mani- esten, para que estudien. Esa ela- oración teórica tiene que tener ¿fundamentación científica, tiene que partir de un conocimiento pro- fundo de la realidad brasileña. Los intelectuales de izquierda precisan recuperar urgentemente la trayec- toria de grandes pensadores brasi- leños como Florestan Fernandes, Caio Prado Júnior y Celso Furtado. Hay una interrupción en esa trayec- toria (por diversos motivos), y por- que algunos de ellos han muerto. Es necesario, por lo tanto, retornar esa tradición y ojalá que la revista contribuya a eso.

No se trata de un panfleto discursiva, ni de una tesis académi- ca (que compruebe apenas algunas hipótesis), como tampoco de un plan de gobierno que aglutine una serie de reivindicaciones para hacer propaganda electoral. Es por eso

que los planes de gobierno de Lula nunca sirvieron, porque ni él los leía. Eran siempre un mamotreto de ciento noventa y cuatro páginas con un montón de promesas del tipo de “yo voy a construir tantas casas, tan- tas escuelas con tantos alumnos”, etc. Pero un proyecto no es eso.

La práctica

Otro componente de nuestro pro- yecto político, concomitante a su construcción, es la premisa de que todo necesita ser conducido por medio de la lucha de masas. Son las luchas de masas las que alteran la correlación de fuerzas en la socie- dad, como resultó evidente en el caso de la reforma agraria, lo que se aplica (obviamente lo copiamos de ahí) a la lucha de clases en gene- ral. De nada serviría tener un gru- po de intelectuales haciendo un pro- yecto ideal si la clase trabajadora no estuviera luchando.

La elaboración teórica de un pro- yecto político puede, a su vez, ser- vir como estímulo al movimiento de masas. En este sentido todavía ca- ben las enseñanzas de los bolche- viques. Ellos fueron pioneros en el uso de la pedagogía de masas, fue- ron los primeros en explicar con pocas palabras un proyecto políti- co. En su propaganda de masas re- sumieron el proyecto en tres pala- bras: pan, paz y tierra, que aglutina- ron al pueblo. Así, una vez elabora- do nuestro proyecto —e identifica-

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dos claramente los problemas y las soluciones— los diversos movimien- tos pueden partir para la propagan- da de masas presentando para el pueblo, de manera pedagógica, las soluciones.

juntando el huevo con la gallina

El movimiento de masas tiene, por lo tanto, un papel fundamental que precisa ser activado permanente- mente en la construcción de ese proyecto político. Se trata de un gran desafío, principalmente por- que (haciendo aquí una autocrítica) la mayoría de los movimientos so- ciales sólo hace en la actualidad lu- cha corporativa. Aunque también se puede decir que sólo hacen lucha corporativa porque no tienen un proyecto político claro. Así, queda- mos entre el huevo y la gallina: sólo hace lucha corporativa porque ca- rece'de un proyecto político, y la gente no tiene un proyecto político porque sus luchas son corporativas. Aquí es donde está el desafío: unir el huevo con la gallina y no quedar- nos a descubrir cuál de los dos está antes. De este modo, los movimien- tos de masas, que hoy son córpora- tivos, podrán incluir un ingredien- te más: la lucha estratégica por un proyecto político alternativo. Esto debería —al mismo tiempo pero tam- bién como consecuencia del proce- so- desembocar en una acumula- ción orgánica de la clase trabajado- ra que fuese superior al nivel actual.

Lo preocupante hoy es que, , pesar de la importancia del PT, de la CUT, del MST, de la CMP (Ce tral de los Movimientos Populares)”, y de la pastoral social de la iglesi progresista, por mismas estas cin-j co herramientas no están dandor‘i cuenta de aquella necesidad estra-i tégica. Entonces, tenemos que pen-i sar en una acumulación orgánicasi que aglutine a todos los movimien-Á tos.

El PT y la crisis

El papel del que hablamos podría haber sido desempeñado por el PT. Ocurre que el PT, en su trayectoria histórica —y no por voluntad pro- pia- acabó priorizando la lucha elec- toral, que es importante aunque mostró ser insuficiente. El PT se transformó, entonces, en un parti- do electoral de izquierda. Lo que nosotros necesitamos ahora es cons- truir una “acumulación orgánica” que una ese partido de masas, po- pular, con visión socialista pero elec- toral, con nuestra central sindical, con los movimientos populares, con las iglesias progresistas y con el movimiento rural. Sólo así podre- mos alterar el rumbo de la lucha de clases en el Brasil.

Los medios de comunicación le exigen al PT un proyecto para gerenciar lacrisis. Pero creo que es generalizar mucho si decimos que el PT quiere administrar la crisis porque yo soy del PT, de la secreta-

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agraria, y no quiero administrar Ïc'nguna crisis: lo que quiero es pro- car la mayor crisis. Entonces no - puede generalizar. El PT tiene v'ete u ocho grandes corrientes y í ada una de ellas tiene una evalua- r 'ón diferente. Aquélla con la cual . e identifico no tiene esa visión.

El movimiento obrero

No creo que el corporativismo esté necesariamente más establecido entre los trabajadores industriales. Esto también depende mucho de la lucha ideológica. Es preciso huir del Ïsimplismo que dice que el movi- miento sindical, hoy en crisis a cau- sa del desempleo, se tornó corpo- rativista. El movimiento obrero bra- sileño, aunque congregue a una minoría de la población y se restrin- ja cada vez más, todavía tiene un papel muy importante. No es ver- dad que los obreros están preocu- pados apenas con sus empleos. Si se hiciese un trabajo ideológico, si fueran presentadas propuestas organizativas, ellos se movilizarían nuevamente. Nosotros, los del MST, hemos ayudado a muchos sectores obreros en la ocupación de sus fá- bricas. Hemos percibido que cuan- do ellos marchan hacia la lucha ac- túan más rápido que nosotros, que venimos del campo. Podemos some- ter a la crítica la práctica sindical, tanto la de la CUT como la de los sindicatos (en este punto cada uno tiene su evaluación y no es nuestro

objetivo explicitarla aquí); es claro que hay errores que necesitan ser superados, pero no por eso vamos a tirar afuera al niño (el proletaria- do) con el agua sucia.

El error de las izquierdas clásicas, que se vincularon a Moscú o al trotskismo, tal vez consistió en in- tentar hacer, en el Brasil, apenas un trabajo político volcado únicamen- te a los obreros. Eso no deja de ser importante, pero la amplia mayoría de nuestra población no consiste en obreros. Un proceso revolucionario de cambios sociales en el Brasil tie- ne que ser un proceso eminente- mente popular, capaz de organizar y movilizar a millones de personas, pobres y trabajadoras, que no están vinculadas al sector fabril. Lo prin- cipal, sin embargo, Marx ya lo de- cía, son las ideas del proletariado. Su fuerza de masas puede ser hasta minoritaria, como en el caso de las revoluciones rusa y china, pero la ideología del proletariado debe ser preservada. Esto vale también para el Brasil.

Una conferencia nacional

En el MST estamos empeñados en esa misión de contribuir a ese pro- ceso de construcción de un proyec- to político alternativo. Vamos a motivar a nuestros amigos intelec- tuales para que preparen textos, organicen reuniones y conferencias municipales y provinciales, a fin de discutir esos desafíos. Aspiramos, de

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ese modo, a que sea posible convo- car, junto con otras fuerzas y para fin de año, a una conferencia nacio- nal que discuta un proyecto político alternativo para nuestro país y que, incluso, sirva como herramienta, como soporte o instigador en el pro- ceso electoral de 1998. Necesitamos que las elecciones presidenciales sean un debate acerca de proyectos para nuestra sociedad y no una confron- tación de carismas electorales entre Lula y Fernando Henrique; o entre planes de gobierno para ver quién promete más casas populares, más asentamientos, etc. Si no escapamos de eso no vamos a conseguir derro- tar a la burguesía.

III. Un horizonte socialista

Implementando la división del trabajo En el campo estamos intentando desarrollar las fuerzas productivas. Para ello adoptamos como camino la implementación de la división del trabajo. Esta división genera con rapidez un aumento muy grande de la productividad del trabajo, en com- paración con el trabajo individual (y fue esto lo que hizo la revolución industrial). En la agricultura existe un tabú respecto de ello, principal- mente en la izquierda, porque la estancia capitalista aplica la división del trabajo, la cooperación agríco- la, y el trabajador sólo entra como mano de obra en una determinada etapa del trabajo.

En efecto, en la izquierda clási-s ca, o en la populista, predominó la, idea de que sería difícil aplicar la división del trabajo en la agricultu- ra y que, por lo tanto, partiendo de lo que es posible hacer para ayudar a la alianza del obrero con el cam- pesino, había que dejarle a éste su, propiedad individual. El desarrollo de las fuerzas productivas, por lo tanto, sólo le correspondería a la industria. Nosotros no concorda- mos con esto. Creemos que la agri- cultura también tiene potencial para desarrollar de un modo rápido las fuerzas productivas y que es posible aplicar la división del trabajo aun entre campesinos.

Una confusión de izquierda

Hay también una confusión en los medios de izquierda con respecto a las implicancias de la voluntad del campesino —que quiere ser dueño de la tierra- y el proceso producti- vo de división del trabajo. El cam- pesino quiere unir las dos cosas porque, en su cabeza, la idea de ser dueño de la tierra tiene un conteni- do mucho más antropológico y cul- tural que en el caso del capitalista. El campesino precisa de la tierra como una reserva de seguridad para su familia y para su cultura y, ade- más, como un elemento imprescin- dible para su sobrevivencia. En su imaginario ideológico todo eso tie- ne el mismo peso que el sueño obre- ro de la casa propia. Nunca nadie

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’de la izquierda dijo que por causa de ese sueño del trabajador de la ciu- dad, de tener su casa propia, dicho trabajador se hubiera convertido en un pequeño burgués o que hubiese estorbado el desarrollo del socialis- mo. Tener una casa es admitido como algo natural, como: una nece- sidad. Y en la cabeza del campesino funciona del mismo modo: él ve la tierra como una necesidad básica.

Ahora bien, en lo atinente al pro- ceso productivo, no encontramos ninguna dificultad para implemen- tar la división del trabajo. La mayor dificultad con la que nos topamos es la escasez del capital. Cuando las familias son muy pobres y no tienen ningún capital acumulado resulta muy difícil implementar la división del trabajo.

Para un futuro socialista Es claro que se podrá decir que todo eso no tiene nada que ver con el socialismo y, de hecho, así es. Pero el camino que nosotros estamos re- corriendo es ése: primero hay que estimular el desarrollo de las fuer- zas productivas en el campo; lo cual puede no resultar en socialismo sino, apenas, en capitalismo avan- zado. Entretanto, y aunque vivamos en un sistema capitalista, buscamos que el resultado del trabajo, en esas nuevas formas organizativas de la producción, quede en manos de quien trabaja.

Simultáneamente, creemos que

lo principal en la lucha por el socia- lismo es la organización de los tra- bajadores como una ideología socia- lista. Es preciso que ellos entiendan que los graves problemas estructu- rales que tenemos en nuestra socie- dad son parte natural de la lógica del capitalismo, y que sólo podre- mos superar dichos problemas con otro modo de producción más avan- zado. Sin embargo, no juzgo que vamos a llegar necesariamente al socialismo desarrollando apenas pequeñas experiencias localizadas, autogestionarias o como se las quie- ra llamar. Es más: podemos llegar a una situación en la que, aun tenien- do en el asentamiento experiencias socialmente benéficas que hagan que los trabajadores se queden con el resultado de su trabajo, la menta- lidad de ellos no sea predominante- mente socialista.

Para un futuro socialista es más importante hacer un trabajo ideo- lógico y político permanente que pensar en formas alternativas de or- ganización de la producción. Es ne- cesario que la clase trabajadora, en tanto que tal, enfrente esos desafíos de lucha contra el capitalismo y con- tra el Estado capitalista.

Quebrar el monopolio de la comunicación

La cuestión de los medios de comu- nicación, esencial para el avance de nuestra lucha, tiene dos caras. Una es el problema actual de la existen-

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cia de un monopolio de la comuni- cación. Todos concuerdan en que ese monopolio es incompatible con una sociedad democrática. Un pro- yecto popular y alternativo para el Brasil debe incluir, en mi opinión, la estatización de los bancos —es imposible hacer cualquier cambio sin meterse con el capital financie- ro— y la democratización de los medios de comunicación. Concre- tamente: es preciso hechar mano de la Globo, del SBT, etc. Esa es una cara de la moneda. La otra pasa por el trabajo político permanente con las masas, por un esfuerzo de comu- nicación que, a su vez, depende prin- cipalmente del trabajo de base.

Es prácticamente imposible pro- mover cualquier movilización de masas sin que antes se haya hecho un trabajo de base. Este, para noso- tros, es aquel esfuerzo permanen- te, metódico, cotidiano, de juntar pequeños grupos de familia, de aglutinar personas por estancia, por comunidad rural o por capilla, para discutir los problemas. Eso es lo que posibilita después una movilización. Nadie consigue movilizar al pueblo llamándolo por la radio, tal como piensan hoy parcelas ponderables del movimiento social y sindical. Es una ilusión creer que basta distri- buir panfletos o anunciar en la ra- dio para que algo ocurra. Sin orga- nización de base nada ocurre.

En cuanto a la comunicación, primero quiero hacer una crítica.

Ciertos dirigentes de la izquierd. brasileña cayeron en la ilusión d' que el único, o el mejor, vehícul para comunicarse con la clase tr _ bajadora es el de los medios de co municación monopolizados por l l burguesía. Se trata de un enorme equívoco porque los medios de c 2 municación de la burguesía, au i prestándote atención, dan la versióiil o el énfasis ideológico que ellosi quieren. Esto no significa que no sei deba participar en dichos medios.i Sin embargo, entendemos que para, nosotros lo principal es crear nues- tros propios medios de comunica- ción para llegar a la clase trabajado- ra sin depender de la burguesía. Es preciso, evidentemente, hacerla de la forma más masiva posible. Todo el mundo dice que es imposible te- ner radio y televisión pero, sin plan- tearnos esa meta, con seguridad nunca llegaremos a alcanzarla. Es difícil conseguir una emisora de ra- dio, pero si pensamos en tener un programa ya resulta más fácil. Es muy difícil tener un canal de televi- sión abierta, pero tener uno de ca- ble no lo es tanto. En fin, entende- mos que las organizaciones de los trabajadores deben intentar la obtención del mayor número posi- ble de medios de comunicación. También estimulamos en nuestra base la creación de todo tipo de co- municación: radios, diarios, revistas e incluso murales.

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La reforma agraria

¡ ganizar la producción

_ nuestra evaluación, el problema p; . io en el Brasil no se reduce a la uestión de la concentración de la i Y o piedad de la tierra. Esta continúa Kendo el problema básico pero el _apitalismo se desarrolló de tal ma- "ra —y las desigualdades sociales ' bién- que para pensar hoy en la forma agraria hay que tener en uenta no sólo la reestructuración de . propiedad de la tierra, sino, inclu- ; , otros factores de la agricultura y l medio rural.- Nuestro programa ropone una reforma agraria que, 1.- emás de acabar con el latifundio y - on la definición actual de la propie- . a de la tierra, reorganice también . producción agropecuaria utilizan- - o la tierra prioritariamente para la obtención de alimentos —que atien- dan las necesidades de nuestro pue- ‘blo— y no, como se hace hoy, para lla exportación.

De la tierra a la agroindth

Una reforma agraria en el Brasil tie- ne que venir unida con la democra- tización o, por lo menos, con una ruptura de la estructura monopólica que domina la agroindustria. El agri- cultor de hoy no produce más ali- mentos, produce materia prima, ya que todo alimento pasa por la agroindustria antes de llegar a la mesa del trabajador. De nada sirve distribuir la tierra si la industria con-

tinúa monopolizada. La explotación apenas se desplazaría para el mono- polio que fija el precio de la pro- ducción puesto que la renta, en vez de quedársela el estanciero, sería canalizada para el dueño de la agroindustria.

La reforma agraria que queremos pasa también por la descentraliza- ción de la agroindustria, tanto en términos de poder como en térmi- nos fisicos y geográficos. No hay pro- blema tecnológico que dificulte la implantación de pequeñas fábricas en la mayoría de los municipios bra- sileños (tal como existen en Europa). Se trata de una forma de distribuir la renta, democratizar la producción y el progreso para el medio rural.

Otro elemento importante en nuestro proyecto es la generación de un nuevo modelo tecnológico para la agricultura, lo cual es un pro- blema para los agrónomos. El pa- quete tecnológico utilizado actual- mente en la agricultura brasileña - mera copia de otra realidad— fue traído por las multinacionales des- de Europa, Estados Unidos y Cana- dá. El tipo de máquinas agrícolas, los agrotóxicos, etc., están más adap- tados para aquellas realidades. Los “bichitos” brasileños, por ejemplo, son más resistentes porque aquí no tienen el invierno que allá ayuda a matarlos.

Romper dos cercas Por último, uno de los puntos cen-

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trales de nuestro programa de re- forma agraria es el acceso a la edu- cación. Entendemos que este acce- so es ta'n importante como el acce- so a la tierra. En la sociedad moder- na, en el mundo de hoy, las perso- nas que no tuvieran acceso al cono- cimiento científico, o al conocimien- to en general, van a ser explotados siempre.

De manera que una parte impor- tante de nuestro ideario, y de nues- tra lucha, lo constituye la meta de de- mocratizar al máximo la educación para los adultos y, sobre todo, para

los niños y los adolescentes. Ellos tie- nen la oportunidad, aun estando en el medio rural, de tener acceso a la escuela formal. Yes por eso que, para nosotros, las dos principales cercas que precisamos superar son la del latifundio y la de la ignorancia. Sin eso no conseguiremos hacer la refor- ma agraria, ni mucho menos soñar con el socialismo.

San Pablo, diciembre 1997

(Traducción del portugués: Carlos Girotti.)

HERRAMHÉHÏÁ

Cllllr.ul' . n unu‘.

Revlsta de debate y crfllca marxista

|1n qurmn-m y lrlu-rnu.‘ (lr-I r't'lllr'n - l'an-ullml dv l-‘ilmnl'rir y l.r'll'.'rs - (¡lt'lll‘lils Hm'mln‘s SUSUIpCIon por 3 numeros: S 20 Chrle1362 -1098 CJpllJl Federal - Tel/Far; 381-2976 e-mail: herramlu pinoscom

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j ¿Adiós ala Revolución? La modernidad í democrátlca de la 1zqu1erda*

Caio Navarro de Toledo**

A Florestan Fernandes

Intelectuales y partidos políticos de izquierda, en los tiem- pos actuales, han hecho de la democracia el principal tema de sus preocupaciones teóricas y la cuestión central de su agenda política. Como observó recientemente un sociólo- go inglés, «la izquierda se rindió a la democracia». Reflexio- nando sobre la cultura política en el Occidente capitalista, P. Hirst concluye que «la izquierda intelectual en Europa y en los EUA adoptó la democratización como esencia de sus reivindicacio- nes políticas».l

En el Brasil, hasta mediados de los años 60, la izquierda estaba movili- zada en torno a las reformas sociales, del nacional-desarrollismo, del so- cialismo y de la revolución. La cuestión democrática aparecía subordina- da o de importancia secundaria en la reflexión teórica en la lucha ideoló- gica de esos tiempos. Se creía que la democracia política sólo tendría sentido y relevancia para las grandes masas trabajadoras a partir del mo- mento en que sus reivindicaciones básicas e inmediatas fuesen amplia- mente atendidas. Mientras el desarrollismo económico y las reformas so- ciales de carácter estructural no se efectivizasen, la democracia política no dejaría de ser «formal» o «abstracta» para el conjunto de los trabajadores y de las masas populares. Para la izquierda de orientación marxista, la democracia política exigía, como condición previa y necesaria, la realiza- ción de la democracia social y económica. Dependiente y subordinada, la democracia política jamás podría tener un valor en misma.

A partir de los años 70, el“ marco teórico es enteramente distinto. El * análisis crítico del «socialismo real», iniciado décadas atrás por teóricos y militantes (marxistas, socialdemócratas y otros), particularmente en el

* Critica Mancista, vol. I, núm.l, San Pablo, 1994. ** Profesor del Departamento de Ciencia Política del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Unicamp.

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exterior, así como la dura experiencia de la dictadura militar después de“; 1964, contribuyeron decisivamente para que la izquierda brasileña «reha-íi bilitase» la cuestión de la democracia. En rigor, la crítica de la llamadas; visión «instrumental» y «tacticista» de la democracia parece estar hoyíi-l ampliamente consolidada al interior del pensamiento político de la iz-x= quierda latinoamericana.2

Para significativos sectores de la izquierda, la defensa de la democracia; no debe tener más un valor táctico, en cambio debe adquirir un valor-i estratégico, un valor en mismo. _

En una formulación que tiene el mérito de la claridad y de la polémica} un calificado intelectual y dirigente político del Partido de los Trabajador; res sintetizó el compromiso de sectores de la izquierda brasileña con democracia: « (...) la democracia política es un fin en sí. Un valor estratégi-a’ co y permanente. Si esta tesis es socialdemócrata, paciencia. Seamos so-w cialdemócratas».3

Siendo la modernidad identificada hoy con la democracia, y ya no con; la revolución, tal izquierda se afirma como moderna. Crítica radical de lai ¿izquierda revolucionaria» —designada siempre con las adjetivaciones de: «primitiva» y «anacrónica»—, la izquierda «moderna» pasa gradualmente a; privilegiar como interlocutores a los sectores socialdemócratas y a los lla- mados demócratas radicales (liberales progresistas y marxistasr confesadarnente antileninistas).4

Como fue observado, el ensayo de Carlos Nelson Coutinho, A democra- cia como valor universal estaría en el origen de las postulaciones de la iz- quierda «moderna» en el Brasil. Posteriormente, ¿Por qué democracia?, de Francisco Weffort, contribuyó igualmente para la difusión de las tesis más representativas, de ese sector de la izquierda, sobre el valor y el significa- do de la democracia en el capitalismo contemporáneo.5

En su ensayo, Coutinho argumenta que el marxismo —al contrario de las interpretaciones liberales o de orientación stalinista- siempre valoró el tema y la realidad política de la democracia. Solamente lecturas reduccionistas y economicistas pudieron identificar la democracia con la; dominación burguesa. Como un ideal político, la realización de la demo- cracia fue buscada desde, las primeras comunidades históricas y En dife- rentes formaciones económico-sociales. La democracia es, así, un valor universal. Las objetivaciones de la democracia s'e toman valor universal en la medida en que contribuyen «para explicitar los componentes esen- ciales contenidos en el ser genérico del hombre», tanto en el capitalismo como en el socialismo. En otras palabras, Weffort señala: «¿Por qué la

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democracia es un valor universaJP». Por la razón muy simple de que sus conquistas, después de haber llegado a los trabajadores, refieren a todos los hombres».

Destacando la contribución teórica de Norberto Bobbio, y en las sen- das abiertas por Coutinho, Weffort considera que la democracia, en los tiempos actuales, tiene un carácter subversivo: «El programa de una de- mocracia moderna en el Brasil es de una verdadera revolución». Como se observó anteriormente, si ayer la radicalidad se llamaba Revolución so- cial, hoy ella está subsu'mida en la «invención» de la democracia.

Siendo un valor general, la democracia en las sociedades modernas habría perdido su (otrora) naturaleza clasista. Sería, pues, un anacronis- mo denominar a la democracia política (moderna) burguesa, no tendría sentido que los trabajadores lucharan por la realización de una democra- cia obrera. Si esos conceptos, en los inicios del capitalismo, tuvieran al- gún valor explicativo, actualmente estarían despojados de cualquier senti- do teórico y político. Parodiando el famoso pasaje de Engels, los concep- tos de «democracia burguesa» y de «democracia proletaria» deberían es- tar, al lado de la roca y del machete de bronce, en el museo de las antiguedades obsoletas...

En verdad, como aseveran los dos autores citados, la democracia mo- derna, además de no ser más burguesa, es, por el contrario, «instrumento del proletariado y de las masas populares contra la burguesía» (Weffort). En el interior de esa democracia moderna, la lucha política se configura- ría básicamente como una auténtica batalla entre hegemonías. Tanto para Weffort como para Coutinho, queda abierta la posibilidad de realización —en plena vigencia del modo de producción capitalista- de una hegemo- nía popular u obrera dentro de la democracia moderna (Coutinho prefie- re las expresiones «democracia de masas» y «democracia de base», inspira- do en los comunistas italianos).

Para Weffort, la viabilidad de la hegemonía popular es incontestable, pues la democracia moderna es una nítida creación de las luchas popula- res y de los trabajadores en general. El dice: «Llamar a las modernas de- mocracias europeas actuales de burguesas sólo es posible a costa de un enorme empobrecimiento del análisis y, por consiguiente, de la perspec- tiva política. Sería más correcto decir que son democracias bajo hegemo- nía burguesa e, incluso, hegemonía .en permanente disputa por parte de los trabajadores. El problema de los trabajadores en las democracias mo- dernas es conquistar la hegemonía en el campo de una democracia que consideran suya».“

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En la perspectiva de esos autores, la profundización de la democracia política —posible gracias a las luchas emprendidas por los trabajadores- puede conducir a esta clase a detentar el comando político y la dirección ideológico—cultural sobre e‘l conjunto del Estado y de la sociedad civil. En su ensayo, Coutinho cree en la posibilidad de eliminar el dominio bur- gués sobre el Estado con el fin de que ocurra «el pleno florecimiento de los institutos políticos democráticos». El Estado al «ampliarse» —al contra- rio de lo que pensaban los clásicos, afirma Coutinho, «dejó de ser el ins- trumento de una clase para convertirse en una arena privilegiada de la lucha de clases».7

La negación de la naturaleza de clase de las instituciones políticas vi- gentes en el capitalismo, como también la afirmación de la posibilidad de la hegemonía popular en los regímenes democráticos modernos, implica la admisión del carácter neutro de los aparatos represivos e ideológicos existentes, sean estatales o privados. Eso significa que no habría límites impasables u obstáculos estructurales para la acción de las masas popula- res y de los trabajadores en sus luchas por la ampliación y expansión del orden político democrático.

Para esos autores, la batalla por la hegemonía pasa no tan sólo por la conquista de la sociedad civil como también por la contínua penetración popular en el seno del aparato del Estado capitalista. Así, la democratiza- ción del Estado y de la sociedad civil se haría indistintamente, en los órga- nos de represión (Fuerzas Armadas, policía, etc.), en los aparatos ideoló- gicos o de hegemonía.

Esta «democracia de masas» a ser alcanzada, en pleno orden capitalista, anticiparía la sociedad socialista radicalmente democrática a ser realizada en el futuro. La estrategia política para la transición al socialismo se con- figura así: la expansión ilimitada de la democracia política —permitiendo la amplia realización de las reformas sociales y económicas- implicará la emergencia de la nueva sociedad. En esta perspectiva, el orden burgués no pudiendo compartir la democracia de masas —resultado de la asocia- ción de la democracia representativa con la democracia directa- se trans- formará cualitativamente en dirección al socialismo. Tal como aparecía sintetizado en un programa de los PC en décadas pasadas: «El socialismo se constituirá en una etapa superior de la democracia y de las libertades: la democracia llevada a sus últimas consecuencias)”8

Un segundo núcleo de cuestiones residiría en un examen del tema de la hegemonía popular en la construcción de esa nueva democracia y como estrategia en la lucha por el socialismo.

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La hegemonía popular, como se observó, es concebida no tan sólo en el plano de las instituciones formalmente políticas del capitalismo con- temporáneo como también —principalmente- en el terreno de la cultura y de la ideologia. En los términos gramscianos, se habla de hegemonía civil, la conquista del consenso sobre la sociedad civil. Críticos agudos del llamado reduccionismo clasista y del economicismo —atribuídos a la Ter- cera Internacional—, tales autores postulan y afirman la posibilidad de la hegemonía popular y obrera aun antes de la conquista del Estado capita- lista y previa a la transformación de la estructura de las relaciones de producción dominantes. Innecesario recordar que Gramsci es aquí invo- cado para legitimar y apoyar esta perspectiva teórica-estratégica.

Otra cuestión relevante para destacar en esa interpretación es el presu- puesto —en rigor de verdad implícito- por el cual la dominación burguesa en el capitalismo contemporáneo se realizaría básicamente por medios consensuados, y ya no más predominantemente por medios represivos o coercitivos. La democratización ampliada del Estado retiraría gradualmente de éste su otrora carácter represivo dominante, tal como fue acentuado en los trabajos de los clásicos. Un teórico comunista italiano expresó este punto con especial claridad: «El Estado, de simple instrumento de clase, construído y generado esencialmente por la coerción, se tornó otra cosa. Prevalecen los aparatos de hegemonía, mientras los propios aparatos re presivos sufren transformaciones».9

De los dos presupuestos antedichos -la posibilidad de la hegemonía de los trabajadores sobre el conjunto de la sociedad civil y del Estado y la concepción de la hegemonía como el más importante instrumento de la dominación burguesa- se deriva una tesis de orden estratégico, conforme observó P. Anderson: la lucha fundamental a ser emprendida por los tra- bajadores en el capitalismo contemporáneo sería la de la conquista de la hegemonía.lo

G. Vacca, otro importante teórico italiano, sintetizó esta posición: « (...) la única perspectiva realista para la revolución socialista no es más la con- quista y la sustitución integral de los aparatos del Estado, sino su transfor- mación y orientación radicalmente diversas. El terreno fundamental de la lucha es el de los aparatos de hegemonía (escuela, iglesia, mass media, justicia, instituciones políticas y administrativas, familia, etc.)."

En su ensayo pionero, Coutinho se vale de la noción de «guerra de posición» para designar la batalla por la hegemonía en el seno de la socie- dad civil. En un libro posterior,‘2 prolonga el campo de la «guerra de posición». Inspirado en la última obra de N. Poulantzas, conforme aclara,

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habla de la necesidad de una «batalla de posición» en el interior del Esta- do. En ambos libros, la «guerra de posición» siempre es pensada en opo- sición/ negación a la llamada «guerra de movimiento». En sus términos, defiende 'el «carácter procesal» de la transición contra el «carácter explo- sivo» de la revolución socialista.

Es incontestable el peso de la cultura y de la ideología en la sustentación del orden social, pero no se puede negar, todavía hoy, el papel determi- nante de la violencia y de la coerción en la manutención y en la reproduc- ción del sistema capitalista. En las situaciones agudas de la lucha de clases se evidencia el papel decisivo y central de la fuerza en la preservación del orden burgués. Como dice Anderson: « (...) el desarrollo de cualquier cri- sis revolucionaria traslada necesariamente el elemento dominante-en el seno de la estructura del poder burgués- de la ideología hacia la violencia. La coerción se torna al mismo tiempo determinante y dominante en una crisis límite y las fuerzas armadas ocupan inevitablemente el primer plano en todas las esferas de la lucha de clases con la perspectiva de la instauración real del socialismo».”

Desde otro lado, la posibilidad de la hegemonía popular u obrera so- bre el conjunto de la sociedad implicaría una extensa utilización de los aparatos públicos y privados de la hegemonía. Se puede coincidir con los críticos del reduccionismo cuando observan que la hegemonía no se re- suelve con la simple detentación y control de los aparatos ideológicos, caeríamos en pleno campo del idealismo si supusiéramos la realización de la hegemonía por fuera y en la ausencia de esas instituciones.

¿En las sociedades democráticas contemporáneas, los principales y de- cisivos aparatos de hegemonía están enteramente abiertos y accesibles a las clases trabajadoras y populares? O entonces: ¿las diferentes clases so- ciales están en igualdad de condiciones para utilizarlos en la producción y difusión de sus posiciones ideológicas y culturales? Sabemos que esos apa- ratos no son monolíticos, ni funcionan como meros vehículos de las ideo- logías dominantes; en ellos igualmente se reflejan las contradicciones so- ciales y ahí se puede trabar la lucha ideológica de clases. Sin embargo, no se debe perder de vista la cuestión de los límites y del alcance de esa lucha dentro de dichos aparatos.

Tómese el caso de los medios de comunicación masivos (mediante los cuales se difunden y se producen las informaciones, los valores, las opcio- nes políticas y electorales; donde se forjan nuevos comportamientos so- ciales y hábitos culturales etc.). Es, pues, de preguntarse: ¿la más extensa democratización de los medios del comunicación masivos (públicos y pri-

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vados), en la vigencia del orden capitalista, permitirá la vehiculación, per- manente y sistemática, de valores antiburgueses y de una cultura política de orientación socialista y popular? ¿Qué decir, incluso, de la hipótesis que esos medios difundieran, en el límite, interpelaciones masivas anticapitalistas y revolucionarias? En los regímenes democráticos más avan- zados, esa posibilidad no se puede vislumbrar ni desde lejos.

Para algunos analistas, por detrás de esa concepción de la hegemonía popular bajo el orden burgués, habría un modelo construido a partir de la Revolución Francesa. P‘uesto que la burguesía, en pleno Antiguo Régi- men, consiguió ser dirigente cultural e ideológico antes de la toma del poder del Estado, entonces ¿por qué semejante situación no podría darse con el proletariado? De todos modos, esta hipótesis pareciera desconocer que en el capitalismo, al contrario de lo que ocurrió con la burguesía durante el Antiguo Régimen, el proletariado está estructuralmente ex- propiado de los medios esenciales de la producción cultural e ideológica. Así, incluso en la fase de transición al socialismo, en ciertos campos y durante determinado tiempo, la clase culturalmente dominante continua- siendo la burguesía y no las clases trabajadoras.

De estos comentarios no se debería concluir que hay que subestimar o negar la importancia de la estrategia de la hegemonía en la lucha por el avance de la democracia y en la transición al socialismo. Para nosotros, la batalla por la hegemonía es condición previa y necesaria, nunca suficien- te, en la lucha por el socialismo. Por hegemonía entendemos la capacidad de articulación —bajo la dirección de las clases trabajadoras- del conjunto de interpelaciones democráticas y populares existentes en el seno del or- den burgués.“ Por interpelaciones democráticas y populares concebimos las más diferentes demandas sociales protagonizadas por una pluralidad de sujetos y movimientos: feministas, ecologistas, étnicos, homosexuales, etc. No teniendo necesariamente vinculaciones de clase, tales demandas y movimientos apenas alcanzarán un sentido político anticapitalista, en la medida en que sean articulados por fuerzas políticas comprometidas con el socialismo.

La capacidad hegemónica no se identifica, pues, con una mítica «mi- sión histórica» de la clase obrera, ni se deduce de la consciencia de un sujeto portador a priori de la idea de la Revolución. La realización de la hegemonía dependerá exclusivamente de la capacidad política e ideológi- ca que la clase trabajadora demuestre en la lucha social. Como ninguna batalla social está ganada de antemano, la posibilidad de que aquellas demandas sean articuladas (o neutralizadas) por los sectores dominantes

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(liberales y conservadores) nunca estará descartada de la escena política. O sea: la cuestión de la hegemonía (liberal, conservadora o socialista) no se resuelve sino al interior de la lucha social y política. En esta perspectiva, el socialismo no es una etapa inexorable del desarrollo social e histórico. Continuará siendo la más bella de las utopías elaboradas por el pensa- miento social mientras no encuentre protagonistas competentes (política e ideológicamente) para realizarla históricamente. De igual modo, no se puede contestar la relevancia de la estrategia de la «guerra de posición» en el seno del Estado burgués. La complejidad y extensión del Estado moderno impiden que se puedan tomar en serio las tácticas meramente insurreccionales del tipo de «cerco al Estado-fortaleza». Solo algunos in- genuos voluntaristas defenderían, aún hoy, asaltos arrojados a los «pala- cios de invierno» como la vía principal para instaurar el socialismo.

En la formulación de H. Weber, «el Estado no es un bloque monolítico, sin fisuras, que las masas enfrentarían desde afuera, por medio de varias confrontaciones, y que deberían destruir al final de una lucha abierta, insurreccional».'-" El Estado está atravesado por contradicciones de clase; su democratización, por otra parte, puede permitir a las clases populares y trabajadoras la conquista de importantes espacios dentro de él.

No obstante, seria una ilusión pensar que las clases y fracciones vengan a ocupar posiciones semejantes, o de equilibrio, en su interior. Como aclara el mismo autor: «Las clases dominantes controlan puntos estratégi- cos del Estado —ellas detentan la realidad del poder; las clases dominadas ocupan (o pueden ocupar) posiciones subalternas en tanto que personal de los diversos aparatos de Estado, o como representantes populares en las asambleas electas, pero son generalmente posiciones que detentan un poder extremadamente limitado». Poulantzas, aun en su última fase inte- lectual, no dejó de reconocer que las masas populares no consiguen tener posiciones de poder autónomo dentro del Estado capitalista: «Ellas ahí existen en tanto que dispositivos de resistencia, como elementos de corrosión o de acentuación de las contradicciones internas del Estado».“‘

Al postularse que la democracia moderna en el capitalismo es el pro- ducto y la consecuencia de las luchas populares, se pasa a la conclusión equivocada de que, en los tiempos actuales, la democracia es fundamen- talmente un poder exclusivo de las clases trabajadoras. O sea, la democra- cia política serviría prioritariamente a las masas trabajadoras, no a sus opresores. Se subestima así la realidad de que el funcionamiento regular de las instituciones democráticas (elecciones regulares, pluralismo parti- dario,libertades políticas, etc.) ha contribuido igualmente a la legitimación

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del orden burgués. En este sentido, los análisis de los clásicos del marxis- mo todavía conservan su pertinencia teórica: la realización de la democra- cia representativa, en el orden capitalista, constituye y difunde la ideolo- gía del Estado neutro y del Estado representante de la totalidad de la población. Como sintetizó Anderson, la ideología de la democracia bur- guesa «forma la sintaxis permanente del consenso inducido por el Estado capitalista».'7

No se pueden contestar las realizaciones sociales del Estado democráti- co burgués. Ellas no son puros espejismos o ficciones para las clases traba- jadoras; frecuentemente son tangibles y muy concretas. Como es siempre relevante subrayar, la supresión de la democracia política es particular- mente desastrosa para las clases trabajadoras y populares. Pero, esa mis- ma democracia -necesariamente clasista enel marco del orden capitalista, al contrario de lo que juzga la izquierda «modema»- ha sido también un poderoso instrumento para la garantía y reproducción del orden desigual, en la medida en que sus efectos ideológicos han contribuido para privar a la clase trabajadora de la posibilidad de concebir un otro tipo de Estado y de sociedad. Si los regímenes democráticos permiten efectivas conquistas sociales y políticas para las masas populares, su idealización ha tenido un efecto mistificador y contrarrevolucionario. En este sentido, los críticos de la concepción de la «democracia como valor universal» no deben intimidarse con la acusación que sufren de ser «instrumentalistas» o adep- tos «poco confiables» de la democracia.la Sí, la democracia política no es sinónimo de dominación burguesa ni es una conquista descartable o supérflua para las clases trabajadoras. Tal como lo recordara reciente- mente A. Callinicos, la izquierda marxista no debe ignorar la democracia (política) liberal, «considerándola como una mera fachada cuya substitución (...) por el fascismo o por una dictadura militar, es una cuestión indiferen- te para los socialistas».'9 No obstante, siendo necesariamente limitada y limitadora —al interior del capitalismo- la democracia no debe ser venera- da ni fetichizada por los socialistas. El valor de la democracia política, en el orden del capital, reside en las posibilidades abiertas para los trabajado- res y capas populares de organizarse políticamente mejor y combatir la hegemonía cultural e ideológica de la burguesía. La democracia crea, así, las mejores condiciones para que los trabajadores luchen por la construc- ción de una sociedad sin privilegios y sin discriminaciones.20 Es en este sentido, pues, que la institucionalidad democrática debe ser consolidada y permanentemente ampliada. Llamar «instrumentalista» a esta posición implicaría la suposición de que, en el orden capitalista, los trabajadores

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deben comprometerse con la democracia, básicamente por razones éticas y humanitarias. ¿O creen los críticos del «instrumentalismo» que la bur- guesía —en las circunstancias históricas y políticas en que se interesa por el mantenimiento de la institucionalidad democrática- estaría poseída por los edificantes ideales de justicia, del bien común y de la razón universal?

Otro punto a ser retomado en esta critica es la afirmación de la posibi- lidad de una creciente democratización al interior de las instituciones estatales y de la sociedad civil; en el límite, la creencia en la realización de una democracia de carácter popular en pleno orden capitalista. De este modo queda supuesto que las clases propietarias admitirán —sin apelar al poder represivo del Estado- las reformas profundas y las transformacio- nes sociales en la dirección' de una democracia bajo hegemonía popular. ¿Admitirán algún día los capitalistas someterse a las decisiones democráti- cas de los trabajadores dentro de sus fábricas? En el plano de las estructu- ras ¿es posible concebir la universalización del principio de elegibilidad en todos los niveles del Estado burgués: elección de los magistrados, de la burocracia civil, de los oficiales de las Fuerzas Armadas? Como Miliband recientemente nos recordó: « (...) con su penetración en el sistema (capita- lista, CNT), los socialistas han de hacer una critica permanente a las limi- taciones y fallas de la democracia burguesa, a su estrechez y forrnalismo, a sus tendencias y practicas autoritarias». Más que eso, la crítica socialista debe revelar siempre el carácter sustantivamente no democrático de la sociedad burguesa: «(...) no son solo los arreglos políticos que deben ser blanco de críticas serias y convincentes; también el ejercicio del poder arbitrario en todos los aspectos de la vida —en las fábricas, oficinas, escue- las- donde quiera que el poder afecte la existencia de las personas».2‘

Concluyendo, entendemos que es un grave error político, en la discu- sión sobre la transición, desvincular —como hacen los adeptos de la iz- quierda «moderna»— la «guerra de posición» de la «guerra de movimien- to». Gramsci ha sido invocado para sustentar la interpretación según la cual la «guerra de posición» seria la vía real y única del proceso político en dirección al socialismo. Preferimos otra lectura de Gramsci: aquella que no lo desvincula de los principales teóricos y militantes del socialismo revolucionario. En esta visión, seria suicida la estrategia política que ex- cluyera la «guerra de movimiento» de la «guerra de posición». Una intér- prete de la obra de Gramsci, C. Mouffe, alineada actualmente con las tesis- de la «democracia radical», no deja de reconocer que «la guerra de movi- miento no es sino un momento del proceso de transición, momento que debe ser preparado por la guerra de posición».22

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En la critica sistemática y permanente a la concepción instrumentalista de la democracia y a la llamada «cultura golpista», los autores de la iz- quierda democrática le dedican poca atención al tema de la ruptura polí- tica revolucionaria. En rigor de verdad, hay aquí, prácticamente, un silen- cio teórico.” Para nosotros, la cuestión de la violencia no debe ser formu- lada en forma abstracta, ni encarada como un momento inevitable y nece- sario del proceso histórico. Pero no por eso ella debe ser descartada de la reflexión teórica en virtud de un compromiso radical que la izquierda debería tener con la democracia política. El escamoteo de ese tema en la reflexión intelectual y en la discusión al interior de los partidos y organi- zaciones socialistas puede significar, en la práctica, una renuncia a la trans- formación de la institucionalidad burguesa. ¿En nombre de qué los mili- tantes socialistas —en su formación intelectual y política- deben privarse del examen de la cuestión de la violencia en la historia? Conociendo el poco empeño que las clases dominantes en el Brasil han puesto en la defensa del orden democrático (al contrario, nunca han vacilado en valer- se de la violencia concentrada, por la vía institucional y privadamente, contra los avances populares) las izquierdas no pueden sucumbir a las ilusiones de la socialdemocracia y de la liberaldemocracia. Postular y enfatizar el camino democrático en dirección al socialismo no significa, necesariamente, adoptar una política «reformista». No obstante, es in- aceptable concebir el proceso político basado solo en esta posibilidad es- tratégica. ¿No sería una idealización de la lucha social el creer devotamen- te que los dominantes aceptarán en paz las transformaciones sociales ra- dicales, sometiéndose a la voluntad democrática de las mayorías?

¿La censura al debate sobre la cuestión de la ruptura política es el pre- cio a pagar con el fin de ser admitido en el foro de la modernidad demo- crática? No se debe hacer la apología de las armas, ni concebir la política como una simple extensión de la guerra; pero, igualmente, no se justifica adoptar la no violencia como dogma o principio ético. Quien todavía hoy afirme' la posibilidad histórica del socialismo no puede descartar el dere- cho legitimo que tienen los trabajadores de responder a la violencia siste- mática de los dominadores. Negándose, por principio, a admitir la utiliza- ción de la contraviolencia revolucionaria —en caso de que las circunstan- cias de la lucha de clases les vinieran a imponer esta radicalidad- los so- cialistas estarán, en la práctica, abdicando de la posibilidad de la construc- ción de un «orden social en el que la democracia (sea) finalmente liberada de las limitaciones que le son impuestas por la dominación capitalista.“ En el orden capitalista todo es pasible de tranforrnarse en mercadería:

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objetos, ideas, instituciones. Parafraseando el análisis que Marx hizo del fetichismo, se puede afirmar que la democracia, en la esfera del capital, también es capaz de producir «sutilezas metafísicas» y encantamientos religiosos. Es de lamentar que muchos socialistas hoy se transformen, en la práctica, en los más celosos sacerdotes de la democracia política liberal. Al cultivar la democracia, la izquierda es saludada y conmemorada por sus nuevos interlocutores políticos e ideológicos. Tomándose «confiable» para liberales y socialdemócratas, pasa a aceptar (y a ostentar) placenteramente la designación de «moderna» y «civilizada». Cabe preguntare si, en esta auténtica conversión democrática —típica de la «ruta de Damasco»— la izquierda «moderna» no está reescribiendo, con nuevas tintas, las menea- das tesis del socialismo a lo Bernstein. En esta perspectiva, ayer como hoy, a los socialistas no les quedaría más que luchar por la defensa de la demo- cracia, el nombre de la (única) revolución posible en nuestros tiempos.

(Traducción del portugués: Carlos Girotti / Florencia Girotti.)

Notas

' Paul Hirst, A democracia representativa e seus limites,]. Zahar Ed., 1993, pp. 8.

2 Entre sus ensayos que defienden esta tesis, pueden ser citados: Tomás Vasconi, “Democracy and socialism", en South America, Latin American Perspectives, vol. 17, nn 2, 1990; Robert, Barros, The lefl and democracy: recent debates in Latin America, Telos, 1986; y Agustin Cueva, “La cuestión democrática en América Latina: algu- nos temas y problemas”, en Estudos Avancados, vol. 2, n“ l, 1988.

3 Marco Aurélio García, “A social-Democracia e o PT”, Teoria ¿9’ Debate, n" 12, nov. 1990. En esa revista de estudios del PT, numerosos artículos han postulado esta concepción de democracia política. En su mayoría, escritos por militantes e intelectuales ligados a las tendencias internas «Articulación» y «Un proyecto para el Brasil». La revista Presenca, dirigida por conocidos intelectuales, otrora vincu- lados al PCB, tal vez sea el más importante núcleo teórico-ideológico en el que el tema de la «modernidad democrática» tiene su más amplia e incontestable hege- monía. La revista Teoria ¿9’ Política, en su inicio, de orientación marxista-leninista, tiene, actualmente, abiertas sus páginas para colaboradores que se alinean con las tesis de la izquierda «moderna»; es notoria la proximidad de los editores de la publicación con la tendencia «Un proyecto para el Brasil», en la que se reúnen figuras expresivas de la dirección nacional del PT, tales como josé Genoíno, Eduardo Jorge, Tarso Genro y otros.

" Teniendo espacio garantizado en los medios editoriales y en la prensa gran- de, políticos e intelectuales de la izquierda «moderna» no se cansan de exaltar las virtudes de la democracia. Haciendo coro con los ideólogos liberales, denomi-

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nan a la izquierda, que piensa diferente, como «paleolítica», «jurásica» y otras ex- presiones del imaginario civilizado del Occidente...

5 En la observación de Marco Aurélio Nogueira, uno de los editores de la revista Presenca, el ensayo de C. N. Coutinho se habría constituido en un autén- tico «divisor de aguas» al interior del marxismo brasileño. Cf. «Gramsci, a questao democrática e a esquerda no Brasil», en: C. N. Coutinho, y M. A. Nogueira (orgs.), Gramsci e a América Latina, Paz e Terra, 1988. El entusiasmo de Nogueira Io llevó a afirmar que el artículo citado «impulsó realineamientos teóricos funda- mentales y, sobre todo, ayüdó a consolidar, entre muchos revolucionarios, una :ultura política democrática y una visión moderna del socialismo». El ensayo pionero de Carlos Nelson Coutinho, «A democracia como valor universal» fue publicado, por primera vez, en la revista Encontros com a Civilizacao Brasileira, no. 9, de 1979. Posteriormente. fue publicado en libro por la editorial Salamandra, :n 1984. El libro de F. Weffort, ¿Por que Democracia?, es de 1984.

G F. Weffort, op. cit., pp. 38

7 C. N. Coutinho, op. cit.

" La cita está en F. Claudin, L’ eurocommunisme, Paris, Maspero, 1977.

'J L. L. Radice, «Um socialismo a ser inventado», en Encontros com a Civilizacao Brasileira, 9, 1979.

Perry Anderson, As antinomias de Antonio Gramsci, Ed. Jorues, 1986. Como rueda evidenciado en este artículo, acompañamos de cerca la crítica de Anderson r las interpretaciones que buscan —en la discusión sobre la cuestión de la hege- monía- distanciar a Gramsci del «socialismo revolucionario».

" G. Vacca, apud L. L. Radice, op. cit.

'2 C. N. Coutinho, A dualidade dos poderes, Sao Paulo, Brasiliense, 1985.

'3 P. Anderson, op. cit.

Tomamos de Laclau y Mouffe la noción de hegemonía como capacidad de rrticulación de las interpelaciones democráticas y populares existentes al inte- rior de una formación social compleja. Sin embargo, como se podrá verificar, iiscrepamos con estos autores en lo atinente a la indeterminación clasista de la negemonía socialista postulada por ellos. Igualmente, la crítica que aquí se hace r la fetichización de la democracia representativa liberal en el capitalismo con- :emporáneo, también está dirigida a ellos. Cf. nota siguiente.

'5 H. Weber, «Entrevista con Nicos Poulantzas», en Teoria ¿9" Politica, S. Paulo, N” 4, 1980.

"’ Idem.

'7. P.Anderson, op.cit.

“‘ Florestan Fernandes, intelectual y dirigente político del PT, no alineado en relación a las corrientes internas, es un crítico contundente de la «izquierda moderna»: «Hace tiempo, marxistas importantes se tornaron disidentes o aban- donaron las antiguas posiciones en nombre de la democracia. (...) hay, en la esencia de la concepción socialista una relativización del concepto de democra-

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cia. La democracia es, sin duda, un valor, pero ella no escapa a las determinaciones; de la sociedad civil. Por eso no puede ser representada como un valor en mismo;É ni, mucho nrenos, como un valor absoluto». Em defesa do socialismo,quio 1990, edi? ción del autor.

'9 Alex Callinicos, A vinganca da História, Rio de Janeiro,jorge Zahar, 1992, p. 124. Coincidimos, pues, con la crítica que el autor hace al italiano Antonio Negri para quien «democracia es una forma agotada, con una función puramente oscurantista, un término general para un sistema de poder enteramente domi-* nado por las fuerzas colectivas del capital». Cf. nota 35, p.162.

Para el pensamiento socialista, la democracia política será siempre precaria: e inconsistente mientras no existan otras estructuras sociales y económicas igualitarias. Para los liberales progresistas y los socialdemócratas, la democracia es un fin en mismo y puede ser plenamente compatible con la existencia de la miseria, de la desigualdad y de la explotación social. A: Touraine y Bresser Pereira, respetados intelectuales progresistas, comparten este punto de vista cuando afir- man, respectivamente: «La democracia no es un tipo de sociedad; sólo es un tipo de régimen político» (Alain Touraine, Palavra e Sangue. Politica e sociedade na América Latina, Campinas, Ed. de la Unicamp, 1988), «La democracia es un tipo de régimen y no una utopía» (Ideologias económicas e democracia no Brasil, Estudos Avancados, mai./jun. 1989).

2‘- Ralph Miliband, «Reflexóes sobre a crise dos regimes comunistas», en: Robin Blackburrn, Depois da queda. O flacasso do comunismo e o futuro do socialismo, Paz e Terra, 1992. En un artículo reciente, en el que examina la relación entre demo- cracia y socialismo, Décio Saes entiende que en la democracia socialista y prole- taria, las masas trabajadoras participarían activamente «no solo en la elección de la burocracia estatal y en el ejercicio de un riguroso control sobre ésta, sino también en la desestatización creciente de la formación social donde se constru- ye el socialismo» (A superioridade da democracia socialista, Principios, N” 26, 1992).

22 Chantal Mouffe, «Hegemonía, política e ideología», en: Del Campo, J.L., (org.), Hegemonía y alternativas políticas en América Latina, Siglo XXI, 1985. C. Mouffe y E. Laclau, en un trabajo conjunto, Hegemony and Socialist Strategy (Lon- dres, Verso, 1985), se colocan abiertamente en el campo del llamado «post mar- xismo» y de la «democracia radical».

Nótese que, en la revista de estudios del PT, al contrario de la revista Presenca, se publican artículos críticos a la concepción de la democracia como valor uni- versal y a la estrategia de la hegemonía identificada sólo con la «guerra de posi- ción». Entre otros, pueden ser citadoszjuarez Guimaráes, «A estrategia da pinca», T ¿9’ D, N" 12, 1990; y Ronald Rocha, «A democracia profana», T ¿9’ D, N" ll, 1990.

2“ En uno de los primeros artículos críticos al ensayo de Coutinho, Márcio Naves señaló este punto: «Lo que el discurso de Coutinho no es capaz de produ-

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ir es la noción de ruptura. De este modo, queda impedido de establecer, tanto una inea de demarcación nítida entre la democracia burguesa y la democracia socialis- a, como también se torna incapaz de pensar una estrategia revolucionaria, libera- .a del dominio de la ideología burguesa» («Contribuicao ao debate sobre a demo- racia», en: Temas de Ciencias Humanas, N" lO, 1981). Sobre el tema de la violencia, r tendencia «U-n proyecto para el Brasil» tiene una posición muy nítida. En una e sus tesis, presentada al I Congreso del PT, después (le cuestionar la reestructura- ión de la ONU —«que precisa ser dernocratizada y adquirir poder real »— propone ue el Partido se afirme «como una organización adepta a la no violencia». No deja e ser ilustrativo que intelectuales y militantes vinculados ala tendencia PPB, cons- rntemente y con mucho entusiasmo, pasen a endosar la ética kantiana y las nmulaciones de autores como A. Heller, H. Arendt,j. Habermas y otros. El tema ela ética en la política es una preocupación permanente, abordado bajo la óptica e un humanismo abstracto que poco tiene que ver con una perspectiva crítica y raterialista.

2‘ R. Miliband, op. cit. pp.34—35. La cuestión de la relación entre socialismo y emocracia no fue objeto de este artículo. Pero, para que no queden dudas, firmo que el socialismo sólo se consolidará con la plena democratización de la aciedad y del Estado. La democracia es un valor para el socialismo; pero el arácter revolucionario del socialismo dispensa la fetichización de cualquier ins- tución. Solo en el socialismo, con la articulación de los ideales históricos de la bertad y de la igualdad, de forma sólida y consistente, la democracia podrá ser n proceso perfectible, indefinido y permanente.

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Sebastián Rosso, 1998

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Las vías de la democrac1a

Jean Marie V'mcent*

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En el mundo contemporáneo la democracia es, casi en todas partes, una democracia representativa parla- mentaria, muy a menudo marcada por rasgos autori- tarios, es verdad, pero sobre todo es una democracia -- ligada al Estado nacional. No está organizada como una federación de municipalidades o de regiones autogobernadas: por el contrario, está inserta en el marco de la soberanía estatal nacional, es decir, colocada bajo la preeminencia real de las instituciones estatales centrales que ejercen una tutela más o menos pesada sobre las otras insti- tuciones.

El Estado, que posee el monopolio de la violencia física legítima, pone en orden la violencia interna mediante la proscripción de la violencia abierta contra los individuos y la legitimación de los dispositivos discipli- narios presentes en las formas económicas y sociales dominantes. Al. mis- mo tiempo pone en orden la violencia externa organizando o previnien- do los choques con otros Estados y diciendo también quiénes tienen el derecho de viajar por el territorio nacional o de instalarse en él. Hay enemigos externos o enemigos internos que se deben combatir y la simbología del Estado nacional es en gran medida una simbología simul- tánea de la inclusión y de la exclusión, de lo dentro y de lo fuera. El Estado no es el defensor de un interés general ideal sino que es el intér- prete privilegiado y el ejecutor del interés nacional (mantener la inclusión y la exclusión) que se sitúa más allá de las confrontaciones entre los parti- dos y los movimientos de opinión.

La representación maestra del interés nacional como autorrepresentación del Estado se subordina así la representación política democrática, le fija tes y le exige someterse a ciertas regias (el consenso, el respeto incondi- cional alas instituciones). De ese modo el campo de la política se circunscribe a la formulación de intereses subordinados al interés nacional.

* Futur American núm. 38, París, 1996-4.

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Sin duda, los partidos y los sindicatos pueden formular «proyectos de- sociedad», perspectivas de un futuro diferente. Pero en el marco de su: trabajo cotidiano de representación deben esforzarse por elevar los «inte- reses» de sus mandantes a la dignidad de la representación nacional, es decir, deben actuar sobre intereses económicos reales (por ejemplo, el interés de los asalariados por vender bien su fuerza de trabajo) y sobre significados ligados a la historia específica de los grupos que tienen que representar. Deben hacer sacrificios al «economismo» de una sociedad centrada sobre lo económico de la valorización del capital, al mismo tiemm po que producen valorización simbólica (historias más o menos míticas sobre actos fundadores) para justificar los lazos permanentes de represen- tación entre los representantes y los representados.

La representación política integra al Estado a la vez mediante una conflictividad limitada entre los poseedores de capitales y los propietarios de la fuerza de trabajo y mediante un acceso diferenciado a la dignidad política nacional en función de contribuciones simbólicas específicas. Existe en eso una dramática social de gran eficacia que permite conciliar la nece- saria estabilidad del Estado y la movilidad inevitable de las relaciones so- ciales en un contexto de metamorfosis incesantes de las condiciones de valorización.

Por supuesto, eso no quiere decir que sea imposible la aparición de dificultades serias. Por el contrario, son relativamente frecuentes, en par- ticular cuando los conflictos de clase se agudizan y cuando los fenómenos de desclasamiento y de expulsión de las relaciones de trabajo se multipli- can. La rigidez relativa de las estructuras y de las intervenciones estatales entra entonces en contradicción con el desplazamiento rápido de las rela- ciones sociales y a plazo más o menos breve se producen desequilibrios. Por consiguiente hay que volver a definir periódicamente las modalida- des de intervención del Estado y las relaciones de representación (reorga- nización de los partidos y de los tejidos asociativos) para conseguir nuevos equilibrios.

En este sentido, no es exagerado afirmar que estamos ante una especie de ley de compatibilidad entre el funcionamiento estatal, la representa- ción política y los movimientos de valorización del capital en la medida en que son momentos autónomos de un complejo proceso unitario. Los com- portamientos burocrático-monárquicos de las élites administrativas no corresponden siempre a las actitudes que se observan en las actividades económicas, pero por su regularidad y su previsibilidad crean las condi- ciones espacio-temporales propicias para la valorización y la representa-

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ción. Del mismo modo el vigor de la acumulación privada del capital es indispensable a los poderes públicos para procurarse los medios de finan- ciar su propio funcionamiento y la vida política.

La representación política, por último, debe dar a los diferentes gru- pos sociales la posibilidad de articularse entre así como con las institu- ciones estatales teniendo en cuenta relaciones de fuerza cambiantes y desplazamientos simbólicos ininterrumpidos en los mundos sociales vivi- dos. Para que haya un equilibrio dinámico es necesario en efecto que las tres esferas sociales se provean respectivamente lo que necesitan para reproducirse. No es necesario insistir, a este respecto, sobre las prestacio- nes del Estado y de la economía. Todos se convencen fácilmente de que las contribuciones estatales y económicas para la reproducción social son decisivas.

Por el contrario, a menudo se subestima el papel esencial de la repre- sentación política. Algunos tienden a ver solamente un conjunto de pro- cedimientos destinados a designar dirigentes (ver, por ejemplo, las tesis de J. Schumpeter). De este modo ignoran la importancia de los procesos identificadores que se realizan en los debates y confrontaciones políticas. Cuando grupos sociales entran en escena en los juegos de la representa- ción política, se dan puntos de referencia para decir cómo se ven y cómo ven a sus socios-adversarios en las relaciones políticas de conjunto. De este modo se asignan lugares en las instituciones y con relación al Estado, y por consiguiente, en el conjunto de la sociedad.

Sin duda, es posible comprobar que muchos grupos están insatisfechós por los resultados que obtienen. Los sectores económicamente débiles sólo reciben en general prestaciones muy limitadas que afectan poco su situación de explotados. Pero sea cuales fueren las frustraciones que se manifiestan en la representación política, ésta sigue siendo atractiva mien- tras garantice un mínimo de reconocimiento social a quienes se sitúan al pie de la escalera. De cierto modo, la representación política crea una comunidad política nacional que supera las barreras de clase relativizándolas en el plano simbólico y sobrevalorando tanto los peligros externos como los riesgos de desagregación social que provienen del inte- nor.

Esta alquimia sutil, esta mezcla sorprendente de expresiones verdade- ras y de historias imaginarias, de redoblamiento y negación de las realida- des sociales, está hoy en discusión. En su fase actual demundialización, el capital no se detiene ya en el marco nacional como marco primero y pri- vilegiado de su despliegue y valorización. Por supuesto, no rechaza al Es-

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tado nacional como elemento organizador de zonas de valorización (crea-i ción y mantenimiento de infraestructuras, formación de mano de obra 5: calificada, etc.), pero no convierte ya a ese Estado en el elemento media- dor fundamental de la relación de trabajo y, por lo tanto, de las relaciones sociales. Presiona para que la contractualización de las relaciones entre capitalistas y asalariados escape a la tutela estatal y a la intervención de las grandes centrales sindicales. Si se siguen los discursos de los representantes más calificados del sector patronal, es el mercado (bajo todas sus formas) el que debe convertirse en el elemento mediador-formador de las relacio-J: nes sociales. En particular debe convertirse en el vector de una monetarización de los intercambios sociales y, por consiguiente, de la propia socialidad.

No se trata ya de buscar la integración subordinada de los individuos a un Estado paternalista, sino de someterlos más directamente a las relacio- nes sociales de las mercancías y del dinero. Los individuos ya no deben identificarse con las figuras emblemáticas de las instituciones estatales y políticas, sino con las figuras efímeras que dominan los mercados y con las configuraciones coyunturales (conjunción de fuerzas y de ocasiones). Para ellos, el Estado debe transformarse en un Estado «barato», es decir, que tiende a ser cada vez más funcional para los movimientos de valoriza- ción y cada vez menos protector. Debe despojarse poco a poco de una parte de los atributos de la soberanía (acuñar moneda, decidir la guerra) para integrarse en los juegos económicos transnacionales en los que los mercados financieros tienen un peso decisivo.

Esta ofensiva de los representantes del capital contra el Estado como principal agente del control social está, es verdad, lejos de haber conduci- do al desmantelamiento del Estado-providencia o Estado social. Pero ha tenido la suficiente fuerza como para hacer entrar en crisis las prácticas políticas habituales y las relaciones entre el Estado y los ciudadanos. Los partidos tienen dificultades para cumplir con su oficio de representación política porque los intereses a los que dan. forma y llevan a la escena son cada vez menos considerados a nivel de las políticas públicas. No respon- den a sus mandantes los cuales, a su vez, creen cada vez menos que la participación política pueda llevar al reconocimiento social efectivo,

El espacio público se encuentra en una situación de casi implosión. Eso se hace evidente, se deshilachan los contenidos de las confrontaciones y está lleno de sonidos que ya no se escuchan o que ya no quieren decir nada. La escena política, en gran medida, no es más que un teatro de sombras en el cual la representación política ha quedado reducida a apoyarse en simu-

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laciones o simulacros porque las cosas esenciales suceden en otros ámbitos.

El Estado sigue allí pero se sustrae a los movimientos de la opinión pública y a las discusiones sobre las estrategias a seguir, aceptando impo- siciones capitalistas cada vez más pesadas sobre su propio funcionamien- to. El Estado debe hacerse un Estado flexible, tendido por entero hacia la rentabilización de sus propias actividades. Sus servidores en realidad no deben presentarse ya como los principales sostenes de una moralidad pública correspondientes) las exigencias éticas de una comunidad política que reúna lo esencial de la sociedad.

El Estado, así comprendido, no puede ya sintetizar, unificar, los proce- sos identificadores y de reconocimiento que trabajan en la representa- ción y en las confrontaciones sociales. A partir de tales premisas los indi- viduos y los grupos no pueden ya, o pueden muy difícilmente, encontrar su lugar, y la sociedad política entra en un estado de desequilibrio perma- nente y de regresión de los intercambios políticos.

En tal contexto, los gobernantes tienen una clara tendencia a hacer política afirmando que ya no hay ninguna política posible porque ya no hay opciones que se puedan debatir, sino simplemente orientaciones que se imponen por mismas. Hacer política equivale en cierto modo a con- vencer a quienes se supone que son ciudadanos mayores de que no deben participar sino formalmente en la política y sólo para una reafirmación formalista de derechos políticos que no tienen alcance efectivo. La repre- sentación política debe organizar su propia degradación como ritual de retirada de la política, como liturgia que celebra la virtud de debates o de confrontaciones que ya no tienen validez. La política a nivel de las institu- ciones no es, por lo tanto, más que una antip‘olítica que organiza, más o menos sistemáticamente, la desmoralización de la mayoría. No actúa ya sobre las relaciones de poder, sino que produce y reproduce relaciones de impotencia a nivel del espacio público y de la representación.

Todo eso está en parte enmascarado por la existencia de debates sobre problemas llamados de la sociedad, como la delincuencia, la inseguridad, la toxicomanía, la inmigración, en los que se puede ver enfrentarse políticas llamadas de prevención, de represión reforzada o de reinserción. Pero esas políticas de encantamiento abarcan casi siempre objetos desrealizados, cor- tados de sus raíces sociales (la delincuencia y la criminalidad, como produc- ción y reproducción de ciertas relaciones sociales) y encuentran su terreno de alimentación en las angustias o los miedos de los que dejan de hacer pie en la vida cotidiana, ven su jerarquía social amenazada y ya no encuentran lla familiaridad de su mundo social vivido de costumbre. En una sociedad

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que les es cada vez más extraña, se les incita a buscar chivos expiatoriosá explicaciones imaginarias a sus dificultades y, en resumen, a vivir la política, de un modo alucinado o como una pesadilla con los ojos abiertos.

La proliferación cancerosa de la antipolítica asesta evidentemente gol-31 pes muy duros a las prácticas democráticas. Si la política que está degene-g rando no puede traer una renovación de la vida social, sino que solamen-É te puede acompañar los efectos desastrosos de la mundialización, los in-g tercambios democráticos, particularmente en ocasión de las competen-‘i cias electorales, pierden buena parte de su sentido. Eso significa en parti-g, cular que los que no quieren renunciar retirándose de la política, se venr colocados en una situación imposible y deben exigir más democracia mien-É tras la representación política gira en el vacío o se limita a reproducir; relaciones de poder regresivas. Ellos aparecen, por lo tanto, o bien comoi Casandras que quieren exorcizar la mala suerte, o como voluntaristas ques pierden el sentido de la realidad y de lo que es factible. Pueden sin duda, llegar a todos los que tienen nostalgia de la representación política tal como ésta se manifestaba cuando el Estado-Providencia estaba en su apo- geo. Pero no pueden indicar los medios para volver atrás, al viejo buen tiempo de antaño, pues eso es simplemente imposible.

Por eso, para salir del callejón sin salida actual, se deben aplicar nuevas prácticas políticas que rompan deliberadamente con las viejas costumbres de subordinación al Estado y a la economía. Cualquier política que reco- noce la prioridad del Estado y hace de éste el árbitro supremo, se somete en efecto a una lógica de reproducción de las relaciones de poder en la sociedad. Al postular en abstracto que el Estado puede resolver todos los problemas sociales, ella se somete de hecho a una verdadera compulsión de repetición, a la repetición infinita de «reformas» que no cambian nada fundamental en el funcionamiento de la sociedad (particulannente la re- lación capital-trabajo). Ella se inclina así, sin darse cuenta, ante el altar del economicismo ambiental imperante, es decir, ante la dominación de lo económico (de la valorización) sobre las relaciones sociales.

Cuando se intenta liberar la política, también hay que cuidar que no. caiga en la trampa de una retórica de la política pura o en la de la afirma- ción política que se cree omnipotente. La política no puede romper con sus propios demonios sino mediante un difícil trabajo sobre misma, sobre sus objetivos y sobre las modalidades de su acción. Es necesario, antes que nada, que descubra el carácter problemático de los intereses a partir de los cuales se articula. Incluso cuando la política es una política de defensa de los intereses de los dominados y de los explotados, puede ser

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lo una defensa estrecha de lo que liga a los explotados a su propia ex- lotación (por ejemplo, la valorización «economista» de la fuerza de tra- bajo). Pero no hay que engañarse: no se trata de oponer intereses «histó- ricos» a intereses «inmediatos». Lo que está en discusión es la'formulación ía e intereses o de objetivos que, sin dejar de lado las exigencias vitales más rgentes, no se limiten al horizonte social actual sino que encaren otros odos de vivir en común y de dar forma a las relaciones sociales.

La finalidad de una política renovada no es oponer a lo existente otra sociedad abstracta, sino dar a la mayoría los medios para controlar sus rela- iones y conexiones sociales. En esta perspectiva la producción social no a ebe ser considerada ya como una producción de valores económicos, sino omo una producción ricamente articulada de relaciones sociales que es, naturalmente, producción de bienes y de servicios, pero también y sobre odo producción simbólica de comunicaciones, de intercambios y de rela- iones entre las personas. Una política renovada evidentemente no debe 2 enunciar a intervenir sobre lo económico, pero no puede hacerlo a partir ya e consideraciones estrechamente económicas, lo que equivale a decir que ' . intervención sobre la economía debe tener objetivos que trasciendan la ;-roducción de valores y que se fijen como meta subordinar la esfera de la ¿r roducción a orientaciones que son externas a ésta (por ejemplo, vivir mejor común, dedicar más tiempo a actividades culturales, etcétera).

Por supuesto, se pueden formular objeciones fundamentales a esas erspectivas. Existe en particular el riesgo de caer en la mala utopía que s onsistiria en rechazar todo desarrollo tecnológico, condenar toda forma Fic crecimiento y toda riqueza social. Pero si se quiere reflexionar sobre psto, se percibirá que el fin de la dominación de la economía de la valori- ción puede abrir la vía a una economía de intercambios de servicios, a Modalidades diferentes de crecimiento y de satisfacción de las necesida- F ' s que nada tendrían que ver con la austeridad de una sociedad espartana. f Hoy es difícil imaginar relaciones interindividuales que no estén mar- tadas por el cálculo y por diferentes modos de evaluación y de aprecia- ión bajo la égida del valor económico. Eso, sin embargo, no prohibe nterrogarse sobre otras relaciones que descansarían sobre intercambios ' 'mbólicos liberados del economismo y el desarrollo multilateral de las manifestaciones vitales de los individuos. Ahora bien, si cada uno dispu- biera de un ingreso suficiente para vivir, la fuerza constreñidora de las ¿relaciones de evaluación disminuiría considerablemente y dejaría mucho más espacio a la creatividad en las relaciones sociales y a medidas o dispo- sitivos sociales que garantizaran el pluralismo de la acción.

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Desde ahora es posible comprobar que la combinación de las fuerzas productivas humanas (que el capital se apropia) tiene como efecto desa- rrollar la productividad social en una escala hasta hoy desconocida. ¿Aca- so no está permitido pensar que esta productividad social, cuyas fuentes son las interdependencias cruzadas, la fortísima dinámica de la produc- ción de los conocimientos y la multiplicación de los intercambios, puede ser utilizada para instaurar otras relaciones sociales? Sin duda, para eso se necesita una revolución copernicana en los comportamientos que reem- place el combate competitivo por la emulación social para resolver pro- blemas y enriquecer las relaciones entre los individuos y los grupos. Pero tal reorientación no es tampoco una mala utopía, puesto que es la única respuesta posible a las tendencias a la autodestrucción cada vez más po- tentes en la lógica del capitalismo actual, y no trata de imponer un organi- grama a la sociedad ni de prescribirle un futuro cerrado.

En esta perspectiva, la política ya no puede conformarse con adminis- trar mejor lo existente, sino que debe transformarse también en una in- tervención permanente sobre las relaciones sociales y dentro de ellas, para combatir allí todas las tendencias a la disociación y crear en su seno lazos sociales. En ese sentido, no puede ser solamente confrontación de juicios o procesos de sumas de voliciones y reacciones, pues debe asumir el ma- lestar de los individuos tanto en lo social como en lo político.

En la sociedad capitalista las subjetividades, en efecto, están comprimi- das entre la explotación de mismo (las conductas de valorización) y la explotación del otro, al mismo tiempo que superan el confinamiento que se les impone (el encierro paranoico en la valorización) mediante los lazos que establecen entre ellas, mediante las capacidades de actuar que ellas desarrollan. Los desplazamientos incesantes de las relaciones de produc- ción y las desestructuraciones consecutivas de los mundos vividos no de- jan jamás en reposo a las subjetividades. Ellas son, la mayoría de las veces, empujadas, molestadas, en sus intentos de gozar de la llamada plenitud de la personalidad solipsista (de la valorización) y deben vivirse, sea en un activismo sin horizonte, sea en la discontinuidad y la inquietud.

La política, por lo tanto, debe dirigirse a los individuos como a subjeti- vidades que necesitan más socialidad para adquirir los medios para vivir, es decir, para vivir de manera diferente. El problema no consiste en adhe- rirse a orientaciones o a programas que definan e’n abstracto el bien co- mún, sino en hacer salir a los individuos de su aislamiento con respecto a los demás para que puedan, a partir de sus propias preocupaciones, cons- truir una fuerza colectiva no opresiva.

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Así concebida, la política no puede ser ya una contribución rutinaria a la reproducción de las relaciones de poder en la sociedad. Por el contra- rio, debe tratar de trasformarlas, aumentando el poder de acción de la mayoría (la multitud en vías de articulación y agregación) y disminuyendo el peso de las constricciones y de la violencia que toda una serie de insti- tuciones ejerce sobre los individuos y los grupos sociales. La política no puede suprimir todas las formas o manifestaciones de potestas, es decir, de poder coercitivo, pero debe privilegiar claramente la potentia, es decir, la potencia de la acción co‘mún. Por eso no debe aceptar más que el Estado sea el lugar donde los intercambios políticos se condicionan o sancionan.

El Estado, organizador del consenso y de la representación política es, de hecho, el prisma obligado en el que hasta ahora se retractan los pedi- dos de intervención, las búsquedas de transacciones, las tentativas de re- formas de las relaciones sociales y todo lo que se refiere a las relaciones entre los grupos sociales. El Estado rechaza en la misma medida en que legitima y procede a selecciones permanentes en función de su superposición a la pirámide social de los poderes y para defender el m0- nopolio de sus aparatos reales. El Estado, en su forma actual de constitu- ción, representa una verdadera carrera de obstáculos para la confronta- ción política. Por eso una política verdaderamente renovada no puede someterse a las disciplinas estatales.

Sin embargo, esto no significa que se deba recomendar un repliegue o una regresión de las intervenciones públicas, ni una improbable afirma- ción de la sociedad civil contra la sociedad política. Lo que debe imponer- se al Estado y a las instituciones estatales es una política desestatizada y se debe acabar con sus prácticas burocráticas autoritarias. Políticas públicas que subordinan los organismos administrativos e insuflan un nuevo espí- ritu a los servicios públicos asumen efectivamente para la colectividad un significado completamente diferente al de las políticas decididas por las élites inaccesibles que debía soportar. Entonces se vuelve muy difícil opo- ner la «ligereza» de la iniciativa privada al servicio de la valorización, a la supuesta pesadez del sector público.

La cuestión de la propiedad también adquiere una dimensión diferen- te: una propiedad pública desestatizada, es decir, una verdadera propie- dad social basada en la cooperación y la concertación, flexible en su regla- mentación y en sus modalidades de creación, puede contrastar notable- mente con la propiedad capitalista, que es acaparamiento y trae consigo la exclusión de la mayoría del derecho de disponer sobre los medios de producción y de comunicación. Desde esta óptica, las relaciones entre lo

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público y lo privado pueden ser vistas con un ángulo diferente: deberíai ser público todo lo que pertenece a la producción social, debería ser priva-Á do todo lo que es el campo de la formación de los individuos, de la organi- zación de su vida, los medios y modalidades de su inserción en la sociedad (incluida su propiedad personal).

Sigue en pie, evidentemente, el hecho de que los explotados y los opri-v midos, a pesar de su resistencia y de sus luchas, no son espontáneamente portadores de una nueva socialización política. Como todos los miembros de la sociedad actual, sufren lo que Marx llama la subsunción real bajo ely comando del capital, es decir, los efectos de sumisión inducidos por el? conjunto de las formas y dispositivos de la valorización y su objetividadf fetichizada. Los flujos tecnológicos que sirven para la acumulación del? capital, las superposiciones e interdependencias a las que dan lugar, apa- recen efectivamente como fuerzas irresistibles porque han sido colocados fuera del alcance de quienes los ponen en movimiento.

No hay en esto ninguna magia: la tecnología y los arreglos sistémicos propios de los movimientos del capital funcionan como una segunda na- turaleza debido a las formas de vida en las que se insertan los individuos, y más particularmente los asalariados. Cuando los miembros de la socie- dad quieren reproducirse como seres singulares, deben buscar realizarse implicándose en los mecanismos de la valorización. Deben actuar de acuer- do con la teleología del valor, es decir, conducirse racionalmente privile- giando los comportamientos valorizantes respecto a los otros. No es posi- ble realizarse sino reprimiendo o evacuando las experiencias y las aspira- ciones que perturban la autovalorización. La conducción racional de la vida termina por convertirse en obsesiva, negadora total o parcialmente de lo que le parece irracional, lo que no le impide al mismo tiempo ocu- par irracionalmente (desde el punto de vista de la multilateralidad del individuo) y afectivamente los instrumentos y el campo de la valorización. Se produce como consecuencia de las relaciones que se podrían calificar de relaciones de consaguineidad y de connivencia entre el conjunto de los dispositivos y arreglos de la subsunción real y los asalariados domina- dos.

Sin duda, se puede observar que lossistemas en movimiento del capital se levantan frente a los agentes de la producción como potencias extran- jeras. Pero no se debe olvidar que esa extrañeza no excluye, como lo hemos visto ya, la proximidad y la familiaridad. La segunda naturaleza es constringente y todos saben que es necesario obedecer a sus leyes para obtener resultados, al mismo tiempo que es un terreno para desplegar las

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subjetividades, su éxito y sus fracasos: es objetiVada, pero también subjetivable.

La acción colectiva no deroga esta fenomenología del valor y la subsunción real si se queda en los límites de una valorización colectiva de la fuerza de trabajo. Evidentemente, no se puede negar que la reunión (o la coalición) de individuos hasta entonces aislados hace aparecer en fili- grana formas sociales nuevas (en particular la asociación solidaria). Sin embargo, esas formas embrionarias no pueden cristalizarse como formas de vida opuestas a la subsunción mientras están dominadas por los movi- mientos del capital. Para que las cosas marchen en forma diferente es necesario, en efecto, que la acción solidaria asuma y exprese todo lo que hay de no-conforme en lo vivido reprimido y en las experiencias de los individuos, y que lleve a rechazar la unicidad de sentido impuesta a las relaciones sociales por las formas de vida de la valorización, todo eso con el objetivo de favorecer la producción de significados plurales en las prác- ticas de los individuos y de los grupos. Las potencias del actuar colectivo deben en cierta medida hacer aparecer siempre más lo posible contra la objetividad fetichizada de las acciones de la subsunción.

Tales desplazamientos suponen, por consiguiente, como lo demostró muy bienJean Robelin,l una ampliación de la política. Ésta no debe redu- cirse a opciones entre programas y equipos; por el contrario, debe facili- tar nuevas inversiones subjetivas y la búsqueda de nuevas identidades in- dividuales y colectivas. La política no debe ser el todo de la sociedad pero, para ampliar su horizonte, no tiene que detenerse en las situaciones esta- blecidas ni tampoco fijarse como objetivo contener las contradicciones sociales. Debe ser, eminentemente, una actividad para la trasformación permanente de las relaciones sociales y de la individuación, sin asignarse nunca como perspectiva la creación de una sociedad perfecta o el fin del conflicto entre los hombres.

Tal concepción, no hay que engañarse, obliga a ver de modo diferente los problemas de la representación política, no para negarle toda justifica- ción o invalidarla en su totalidad, sino para darle otras bases y otras re- glas. La representación política, tal como se desarrolló en el marco del Estado nacional con preocupaciones sociales, está en efecto sujeta a dos limitaciones fundamentales.

En primer lugar, las diferentes representaciones (o escenificaciones de los intereses de grupo) deben someterse a límites de homogeneización, de integración por lo menos puntual a lo ya instituido. Los textos, los relatos producidos en las operaciones de representación, si pueden dis

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tinguirse unos de otros y marcar diferenciaciones, no deben, sin embar- go, alejarse demasiado de las normas preestablecidas destinadas a poner freno, cuando no a proscribir, la irrupción de nuevos poderes instituyentes.

A esta primera limitación se agrega una segunda, que tiene su fuente en las desigualdades en el acceso a la representación (ingresos, cultura, etc.) y sobre todo en las mismas desigualdades de representación. Los regímenes electorales, las modalidades de organización de los partidos y de las agrupaciones con vocación política, los modos de difusión de las informaciones, .tienden innegablemente a privilegiar a ciertas capas de la sociedad en detrimento de las demás. El ciudadano —por excelencia aquel que mantiene una relación positiva con la política—, es ante todo un hom- bre (sexo masculino) que dispone de un mínimo de poder y de prestigio ya antes de expresarse políticamente; y que, con la representación, puede redoblar los efectos de poder que ejercita sobre su medio. Él es quien constituye la mayoría de los representantes y cuando no es más que un representado, tiene muchas más posibilidades de hacerse escuchar que aquellos cuya ciudadanía es restringida. Esta realidad a veces es trastorna- da por la irrupción de movimientos de masas, pero no es fundamental- mente transformada mientras no sean cuestionadas las estructuras elitistas de la representación. La representación política, dominada por estas limi- taciones, engendra obligatoriamente en su funcionamiento, y por él, apa- tía, desafección. Es habitual que los politólogos deploren la débil tasa de participación política en ciertas elecciones y en las organizaciones políti- cas. Pero no hay que engañarse, pues los llamados voluntaristas a una mayor participación o incluso las puntas altas de participación en ciertas coyunturas, no pueden cambiar nada esencial, es decir, la mayor partici- pación de tinos y la menor de otros.

Para que exista verdaderamente mayor actividad política entre quienes participan con poca o. muy poca intensidad, es necesario antes que nada modificar los canales de la expresión política, en especial las organizacio- nes políticas permanentes que son los partidos. Estos, en efecto, están estatizados en muy amplia medida y transmiten a su base muchas limita- ciones institucionalizadas, incluso cuando son fuerzas de oposición. Ade- más, reproducen en su seno la jerarquización del campo político de la representación, a través de la diferencia que hacen entre los dirigentes, militantes, miembros simples y simpatizantes (particularmente en los par- tidos llamados de masa).

Demasiado a menudo se trata de explicar esos fenómenos solamente por la corrupción material, olvidando las ventajas en poder y en prestigio

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que-se pueden adquirir participando en los órganos dirigentes (que tam- bién están jerarquizados) o en los órganos operativos de los partidos. Todos los que se entregan «a la causa» e invierten en ella sus energías retiran una promoción simbólica que les eleva por sobre la" gente común y las masas. Son los iniciados, los que saben o participan en un saber superior con relación a los que no pueden saber. Son, por consiguiente, quienes difunden la buena nueva, es decir, la que viene desde arriba y que se puede diseminar en todas partes simplificándola o modulándola para obtener efectos. i

A partir de tales premisas, la participación de la mayoría de los repre- sentados no puede superar el nivel de adhesión a. orientaciones más o. menos abstractamente definidas y a jefes políticos más o menos carismáticos. Parafraseando a G. Deleuze y a F. Guattari en Mille Plateaux, uno puede sentirse tentado a decir que la macropolítica predomina sobre la micropolítica, es decir, sobre todas esas reacciones, todos esos movi- mientos en la base de la sociedad que son separaciones con respeto a las relaciones institucionalizadas de representación.

Todos los aparatos que están instalados en el accionar de la macropolítica (estatal o paraestatal), en general se dan perfecta cuenta de que, por lo menos en parte, hay que dejar actuar a la micropolítica o, más precisa- mente, a las micropolíticas que no tienen lazos entre sí. Para que las macropolíticas sean creíbles, es necesario en efecto que parezcan dictadas por preocupaciones que llegan desde abajo. Sin embargo, esas preocupa- ciones no deben aparecer como movimientos supraindividuales, como desplazamientos con respecto a la política institucional que impliquen relaciones transindividuales y relaciones de grupos. El representado debe seguir siendo un individuo cuyos lazos sociales deben pasar por el recono- cimiento que les conceden las macropolíticas. O, dicho de otro modo, el espacio público no debe ser poblado por singularidades que viven en lo múltiple y de multiplicidades que se abren paso a través de singularida- des, sino por representados separados, incluso atomizados, en su expre- sión política.

Por eso es necesario dinamizar el espacio público mediante las micropolíticas si se quiere modificar profundamente las actividades polí- ticas. Los partidos, en particular, deben dejar de tener privilegios en la representación con respecto a las iniciativas de los ciudadanos, a las coali- ciones temporales que se fijan objetivos limitados. Para eso es necesario que todas las formas de asociación política puedan tener los medios para hacer conocer sus posiciones. Es necesario igualmente que se faciliten los

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procedimientos refrendarios y de democracia y se ayude a los movimien- tos y a las acciones en pro de la trasformación de las relaciones sociales.

En definitiva, la lucha contra la lenta agonía de la democracia, así como la lucha por su expansión y florecimiento, no pasan por la propagación de esquemas institucionales ideales, sino por el cuestionamiento concreto del estado de cosas existente y de los mecanismos de la reproducción social. La política democrática es una política que se niega a reverenciar el statu quo, aunque sepa que no todo es posible en cualquier momento. Es una política instituyente para sacudir las rutinas y encontrar soluciones a los conflictos que atraviesan los procesos sociales. Al mismo tiempo está buscando fórmulas de concertación y de asociación transnacionales para conjugar los esfuerzos más allá de las fronteras. Ella favorece la autodeterminación individual en la autodeterminación colectiva.

La democracia, en el fondo, no se reduce a procedimientos sino que es, en lo sustancial, una gramática de la libertad política, pues establece las reglas que permiten expresarse a todos y a cada uno. Es también una prag- mática de la liberación porque combate a todas las formas de opresión.

Notas

' “La rationalité de la politique”, Annales littéraires de I Université de Besancon, 1995.

París, diciembre 1996

(Traducción del francés: Guillermo Almeyra.)

92 Octubre de 1998

La república constituyente

Toni Negri

Toni Mgri es, indudablemente, uno de los más originales e interesantes ex- ponentes del pensamiento politico revolucionario de nuestros" dias. Sus escri- tos, sin embargo, son relativamente poco conocidos en nuestro medio. lil articulo que publicamos a continuación, aparecido originalmente en la pri- mera entrein de Riff Raff (Padova, abril de ¡993) y posterionnente en el número 16 de Common Sense (Edimburgo, diciembre de l 994), constituye una excelente introducción a las ideas politicos de Negri. El lector interesado en la problemática esbozada en este texto puede-consultar The constituent power, ensayo donde Negri reconstruye —aunque pueda parecerlo, no exage- ramo.r— la noción de poder constituyente de Maquiavelo a I tenin (El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad, Ma- drid, Libertariar-I’rodhufi, ¡994).

Toni Negri es preso politico, desde el I de julio del corriente, en la prisión italiana de Rebibbia. Esta publicación quiere ser, además, un gesto de soli- daridad militante y una exigencia de libertad.

“A cada generación su propia constitución” ando Condorcet sugiere que cada generación debe produ- cir su propia constitución política, por un lado se está refi- riendo a la posición de la ley constitucional en Pensilvania (donde la ley constitucional descansa sobre la misma base que la ley ordinaria, proveyendo un método simple para crear anto principios constitucionales como nuevas leyes), y por otro lado está Lnticipando' la constitución revolucionaria francesa de 1793: “Un peupk a oujours le droit de revoir, de reformer et de changer sa Constitution. Une generation re peut assujeter á ses lois les générations futures.” (Un pueblo tiene siempre el lerecho de rever, reformar y cambiar su constitución. Una generación no ruede sujetar a las generaciones futuras a sus propias leyes). (Artículo XXVIII) En el umbral de los desarrollos presentes en el estado y la sociedad, :omo fueron originados por la revolución, la ciencia y el capitalismo, londorcet entendió que cualquier bloqueo preconstituido de la dinámi- :a de la producción y cualquier restricción de la libertad que vaya más allá le los requerimientos del presente, necesariamente conduce al despotismo. ’ara decirlo de otra manera, Condorcet entiende que, una vez que el

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momento constituyente ha pasado, la fijación constitucional deviene un hecho reaccionario en una sociedad que está fundada en el desarrollo de las libertades y en el desarrollo de la economía. Así, una constitución no debería garantizar la legitimidad sobre la base de la costumbre y la prácti- ca o las costumbres de nuestros ancestros o las ideas clásicas de orden. Por'el contrario, una vida en un proceso constante de renovación puede formar una constitución —en otras palabras, puede ponerla continuamen- te a prueba, evaluándola y conduciéndola hacia las modificaciones necesa- rias. Desde este punto de vista, la recomendación de Condorcet de que “cada generación tendría su propia constitución” puede ser puesta al lado de la de Maquiavelo, quien propuso que cada generación (a fin de escapar de la corrupción del poder y la “rutina” de la Administración) “retornaría a los principios del Estado” —un “retorno” que es un proceso de construc- ción, un conjunto de principios- no una herencia del pasado sino algo nuevamente fundamentado.

¿Debería nuestra propia generación estar construyendo una nueva Cons- titución? Cuando reflexionamos sobre las razones que los primeros creado- res de constituciones dieron de por qué una renovación constitucional era tan urgente, las encontramos enteramente presentes en nuestra propia si- tuación hoy. Raramente la corrupción de la vida política y administrativa fue tan profundamente corrosiva; raramente ha habido tal crisis de repre- sentación; raramente la desilusión con la democracia ha sido tan radical. Cuando la gente habla de una “crisis de la política”, están diciendo efectiva- mente que el estado democrático no funciona más —y que de hecho ha devenido irreversiblemente corrupto en todos sus principios y órganos: la división de poderes, los principios de garantía, los simples poderes indivi- duales, las normas de representación, la dinámica unitaria de los poderes y las funciones de la legalidad, la eficiencia y la legitimidad administrativa. Ha habido un llamado al “fin de la historia", y si tal cosa existe podemos cierta- mente identificarlo en el fin de la dialéctica constitucional a la cual el libe- ralismo y el estado capitalista maduro nos ha amarrado. Para ser específico, como desde los 30, en los países del capitalismo occidental comenzó a desa- rrollarse un sistema constitucional que podríamos llamar la constitución “fordista”, o la constitución laborista del Welfan State, este modelo ha en- trado ahora en crisis. Las razones de esta crisis son claras cuando uno echa una mirada a los cambios en los sujetos que han olvidado el acuerdo origi- nal alrededor de los principios de esta Constitución: por un lado, la burgue sía nacional, y por otro lado, la clase obrera industrial organizada en los sindicatos y los partidos socialistas y comunistas. Entonces el sistema libes

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ral-democrático funcionó de tal manera de dominar las necesidades del desarrollo industrial y de compartir el ingreso global entre estas clases. Las constituciones pueden haber diferido más o menos en sus fonnas, pero la “constitución material” —la convención básica que cubre el reparto de po- deres y contrapoderes, del trabajo y del ingreso, de los derechos y las liber- tades- fue substancialmente homogénea. La burguesía nacional renunció al fascismo y garantizó sus poderes de explotación en un sistema de reparto del ingreso nacional que —computándolo en un contexto de crecimiento contínuo.—- hizo posible la construcción de un sistema de bienestar para la clase obrera nacional. Por su parte, la clase obrera renunció a la revolución. Ahora, en el punto en que la crisis de los 60 concluye en los eventos emblemáticos de 1968, el estado construido sobre la constitución fordista cae en crisis: los sujetos del acuerdo constitucional original sufrieron en efecto un cambio. Por un lado, las distintas burguesías devinieron internacionalizadas, basando su poder en la transformación financiera del capital, y volviéndose ellas mismas abstractas representaciones del poder; por otro lado, la clase obrera industrial (como resultado de radicales trans- formaciones en el modo de producción —victoria de la automatización del trabajo industrial y la computarizaCión del trabajo social) transforma su propia identidad cultural, social y política. Una burguesía multinacional y basada en las finanzas (que no ve ninguna razón por la que debería cargar el peso de un sistema de bienestar nacional) es acómpañada por un proleta- riado intelectual, socializado —que, por un lado, tiene una riqueza de nue- vas necesidades y, por otro lado, es incapaz de mantener una continuidad con las articulaciones del compromiso fordista. Con el exhaustamiento del “socialismo real” y el registro de su desastre en la historia mundial a fines de 1989, aún los símbolos —ya largamente una letra muerta- de una inde- pendencia proletaria en el socialismo fueron definitivamente destruidos. El sistema jurídico-constitucional basado en el compromiso fordista, for- talecido por el acuerdo constitucional entre la burguesía nacional y la clase obrera industrial, y sobredeterminado por el conflicto entre las superpo- tencias soviética y americana (representaciones simbólicas de las dos partes en conflicto en el marco de cada nación individual) se han agotado. No hay más una guerra de largo plazo entre dos bloques de poder a nivel intema- cional, en la que la guerra civil entre clases puede ser enfriada mediante la inmersión en la constitución fordista y/o en las organizaciones del Welfan: Stata, no existen más, en los países individuales, los sujetos que podrían constituir esta Constitución y que podrían legitimar sus expresiones y sus símbolos. El escenario completo está ahora radicalmente cambiado.

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Entonces ¿cuál es la nueva Constitución que nuestra generación está yendo a tener que construir?

2. “Armas y dinero”

Maquiavelo dijo que a fin de construir el estado, el Príncipe necesitaba “armas y dinero". Entonces, ¿qué armas y qué dinero están siendo reque- ridas para una nueva Constitución? Para Maquiavelo, las armas son repre- sentadas por el pueblo (il popolo), en otras palabras la ciudadanía produc- tiva que, en la democracia de la comuna, deviene un pueblo en armas. La pregunta es: ¿qué popolo o pueblo podría ser tenido en cuenta hoy para la creación de una nueva Constitución? ¿Tenemos una generación abrién- dose a misma a un nuevo compromiso institucional que irá más allá del welfare state? ¿Y en qué términos estaría dispuesta a organizarse a mis- ma, a “armarse” a misma, para este fin? ¿Y qué decir acerca del “dine- ro”? ¿La burguesía financiera multinacional está queriendo considerar un nuevo compromiso constitucional y productivo que vaya más allá del com- promiso fordista —y si es así, en qué términos?

En el sistema social del postfordismo, el concepto de “el pueblo” puede y debe ser redefinido. Y no sólo el concepto de “el pueblo”, sino también el concepto de “el pueblo en armas” —en otras palabras, esta fracción de la ciudadanía que mediante su trabajo produce la riqueza y entonces hace posible la reproducción de la sociedad en su conjunto. Se puede reclamar que su propia hegemonía sobre el trabajo social sea registrada en térmi- nos constitucionales.

La tarea política de arribar a una definición del proletariado poslfordista está ahora bien avanzada. Este proletariado encarna una sección substancia] de la clase obrera que ha sido reestructurada en el proceso de producción que está automatizado y en procesos de control a través de computadoras que son centralmente conducidos por un proletariado intelectual en per- manente expansión, el cual está crecientemente comprometido directa- mente en el trabajo que está relacionado con computadoras, comunicativo y en términos amplios educativo-formativo. El proletariado postfordista, el popolo o “pueblo” representado por el obrero “social” (l’operaio sociale), está imbuido en y constituido por una interacción continua entre la acti- vidad tecno-científica y el duro trabajo de producir mercancías; por la empresarialidad (mhvpreneuñality) de las redes de trabajo en las cuales la interacción es organizada; por la combinación y recomposición crecientemente cerrada del tiempo de trabajo y de vida. Aquí, simple- mente a manera de introducción, tenemos algunos elementos posibles de

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la nueva definición del proletariado, y lo que deviene claro es que, en todas las secciones donde esta clase está siendo compuesta, es esencial- mente intelectualidad masiva (mass intellectuallty). Más —y esto es crucial- otro elemento: en la subsunción científica del trabajo productivo, en la creciente abstracción y socialización de la producción, la forma de trabajo posfordista está volviéndose crecientemente cooperativa, independiente y autónoma. Esta combinación de autonomía y cooperación significa que la potencialidad empresarial ([mtenza imprenditmiale) del trabajo productivo está por ende completamerite en las manos del proletariado posfordista. El verda- dero desarrollo de la productividad es lo que constituye esta enorme in- dependencia del proletariado, como una base ‘intelectual y cooperativa, como una empresarialidad económica. La pregunta es: ¿lo constituye esto como empresarialidad política, como autonomía política?

Sólo podemos intentar una respuesta a esta pregunta una vez que nos hayamos preguntado qué queremos decir por “dinero” en este desarrollo histórico. En otras palabras, en el mundo de hoy, ¿qué sucede con la burguesía como clase y con las funciones productivas de la burguesía in- dustrial? Bien, si lo que hemos dicho sobre la nueva definición del prole- tariado posfordista es verdad, se sigue que la burguesía internacional ha perdido ahora sus funciones productivas, que está deviniendo crecientemente parasitaria —una suerte de iglesia romana del capital. Se expresa ahora a misma sólo a través del comando financiero, en otras palabras un comando que está completamente liberado de las exigencias de la producción —“dinero” en el sentido pos-clásico y pos-marxiano, “dinero” como un universo alienado y hostil, “dinero” como panacea ge- neral- lo opuesto del trabajo, de la inteligencia, de la inmanencia de la vida y el deseo. El “dinero” no funciona más como mediación entre traba- jo y mercancía; no es más una racionalización numérica de la relación entre riqueza y poder; no es más una expresión cuantificada de la riqueza de las naciones. Frente a la autonomía empresarial de un proletariado que ha abrazado materialmente en mismo también las fuerzas intelec- tuales de la producción, el “dinero” deviene la realidad artificial de un comando que es despótico, externo, vacío, caprichoso y cruel.

Es aquí que el nuevo fascismo se revela a mismo —un fascismo posmoderno, que tiene poco que ver con las alianzas mussolinianas, con los esquemas ilógicos del nazismo o la cobarde arrogancia del petainismo. El fascismo posmodemo busca abrazarse a las realidades de la cooperación del trabajo posfordista y busca al mismo tiempo expresar algo de su esen- cia en una forma que es puesta patas arriba. De la misma manera que el

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viejo fascismo imitaba las formas organizacionales. del socialismo e inten- taba transferir el impulso del proletariado hacia la colectividad en el na- cionalismo (nacionalsocialismo o la constitución fordista), así el fascismo posmoderno busca descubrir las necesidades comunistas de las masas posfordistas y transformarlas, gradualmente, en un culto de las diferen- cias, de la persecución del individualismo y la búsqueda de identidad - todo en un proyecto de crear jerarquías despóticas superpuestas constan- temente, inexorablemente dirigidas a ahondar diferencias, singularida- des, identidades e individualidades unas contra las otras. Cuando el co- munismo es respeto de y síntesis de singularidades, y como tal es deseado por todos aquellos que aman la paz, el nuevo fascismo (como expresión del comando financiero del capital internacional) produce una guerra de todos contra todos, produce religiosidad y guerras de religión, nacionalis- mo. y guerra de naciones, egos corporativos y guerras económicas...

Así, volvamos a la cuestión de “las armas del pueblo". Nos estamos preguntando: ¿qué es esta Constitución que nuestra nueva generación está yendo a tener que construir? Esto es otra manera de preguntar cuáles son los balances de poder, los compromisos, que el nuevo proletariado posmoderno y la nueva clase de empleados multinacionales está teniendo que instituir, en términos materiales, en función de organizar el próximo ciclo productivo de la lucha de clases. Pero si lo que hemos dicho es cier- to, ¿tiene aún sentido esta pregunta? ¿Qué posibilidad existe ahora de un compromiso constitucional, en una situación donde un enorme nivel de cooperación proletaria está en el polo opuesto de un enorme nivel de comando externo y parasitario impuesto por el capital multinacional? Una situación en la cual el dinero está en oposición a la producción.

¿Tiene sentido preguntarnos» aún cómo pueden ser recíprocamente .calibrados derechos y deberes, dado que la dialéctica de la producción no tiene más a los obreros y al capital mezclados en la conducción de la relación productiva?

Podríamos acordar todos en que la pregunta no tiene sentido. Las “ar- mas” y los “dineros” ya no son de forma tal que puedan ser puestos juntos a fin de construir el estado. Probablemente el welfare state representa el episodio final de esta historia de acuerdos entre aquellos que comandan y aquellos que obedecen (una historia que —si hemos de creer a Maquiavelo- nació con el “dualismo de poder” que instalaron los tribunas romanos en relación a la República).

Hoy todo está cambiando en el campo de la ciencia política y la doctri- na constitucional: si es el caso de que aquellos que una vez fueron los

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“sujetos” son ahora más inteligentes y están más “armados” que reyes y clases empleadas, ¿por qué buscarían una mediación entre ellos?

3. Formas de estado: lo que no es “poder constituyente”

De Platón a Aristóteles y, con algunas modificaciones, hasta los días presen- tes, la" teoria de las “formas de estado" (state forms) nos ha llegado como una teoria que es inevitablemente dialéctica. Monarquía y tiranía, aristocracia y oligarquía, democracia y anarquía, cediendo unas a otras, son así las únicas alternativas en las que el cicloudel poder se desarrolla. En un cierto punto del desarrollo de la teoría, Polibio, con indudable buen sentido, propuso que estas formas deberían senconsideradas no como alternativas, sino más bien como complementarias. (Aquí se refiere a la cónstitución del Imperio Romano para mostrar que había instancias en las cuales diferentes formas de estado no sólo no se- contraponían unas a otras sino que podían también funciónar juntas: podían ser fundones de gobierno.) ¡Los teóricos de la constitución americana, junto con [aquel-los de las constituciones democrá- tico-populares del stalinismo, td’do's tranquilamente s‘e reconocían .a mis- mos 'c‘om'o polibianos'! ¡El constitucionali'smo“clásico contemporáneo, en donde todos los prostituidos del Estado de Derecho felizmente se revuel- can, no es otra cosa que ¡,polibianol, monarquía, aristocracia y democracia, puestas justas, forman la mejor de las. ¡repúblicas!

Excepto que el supuesto valor científico de estadialéctica de las formas de Estado no va mucho más allá dela familiar apologética clásica de Menesio Agrippa, cuya posición fue -tan"‘=reaccionaria como cualquier otra, dado que implicaba una'concepción del poder que ¿era orgánica, inamovible y animal (ya que requiere de las diferentes clases sociales trabajar juntas para construir una funcionalidad animal). ¿Podríamos entonces darlo por perdido como siendo de- no valor? Quizás. Pero al mismo tiempo hay un valor en reconocer a estas teorías por lo que son, por la manera en que han sobrevivido sobre los siglos, los efectos que han tenido sobre la histo- ria, y el efecto diario de inercia que ejercen provée un útil recordatorio del poder de la mistificación.

La ideologia del marxismo revolucionario tari'rbién, aunque derriban- do la teoría de las formas de estado, no obstante termina afirmando su validez, La “abolición del Estado”, pare Lenin, asume el concepto de esta- do tal como éste existe en la teoría burguesa, y se plantea a mismo como una práctica de confrontación extrema con esta realidad. Lo que estoy diciendo es que todos estos conceptos .—“transición" tanto como “aboli- ción”, la “vía-pacífica” tanto como la “democracia de masas”, la “dictadura

N

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del proletariado” tanto como la “revolución cultural”— todos estos son conceptos bastardos porque están impregnados de una concepción del estado, de su soberanía y de su dominación —porque se consideran a mismos como medios necesarios y procesos inevitables a ser perseguidos para la captura del poder y la transformación de la sociedad. La dialéctica mistificadora de la teoría de las formas de estado se convierte en la dialéctica negativa de la abolición del estado: pero el núcleo teorético permanece, en la forma absoluta y reaccionaria en que el poder del estado es afirma- do. “Toda la misma vieja mierda", como dijo Marx.

Es tiempo de salir de esta cristalización de posiciones absurdas —a las cuales se les da un valor de verdad exclusivamente por su extremismo. Es tiempo de preguntarnos si no existe, desde un punto de vista teorético y práctico, una posición que evite la absorción en la esencia opaca y terrible del estado. En otras palabras, si no existe un punto de vista que, renun- ciando a la perspectiva de aquellos que querrían construir la constitución del estado mecánicamente, es capaz de mantener la amenaza de la genea- logía, la fuerza de la praxis constituyente, en su extensividad e intensidad. Este punto de vista existe. Es el punto de vista de la insurrección diaria, de la continua resistencia, del poder constituyente. Es un romper con, es un rechazo, es imaginación, todo como la base de la ciencia política. Es el reconocimiento de la imposibilidad, en nuestros días, de mediar entre “armas” y “dinero”, entre el “pueblo en armas” y la burguesía multinacio- nal, entre producción y finanza. Como nosotros comenzamos a dejar el maquiavelismo detrás nuestro, somos firmemente de la opinión de que Maquiavelo podría haber estado de nuestro lado. Estamos empezando a alcanzar una situación donde no estamos más condenados a pensar en política en términos de dominación. En otras palabras, lo que está bajo discusión aquí es la verdadera forma de la dialéctica, la mediación como un contenido de dominación en sus varias diferentes formas. Para noso- tros, está definitivamente en crisis. Hemos‘ de encontrar maneras de pen- sar politicamente más allá de la teoría de las “formas de estado". Para plantear el problema en términos maquiavélicos, debemos preguntarnos: ¿es posible imaginar la construcción de una república sobre las bases de las armas del pueblo y sin el dinero del príncipe? ¿Es posible encargar el futuro del estado exclusivamente a la “virtud” popular y no al mismo tiem- po a la “fortuna”?

4. Construyendo los soviets de la intelectualidad masiva En el período en que hemos entrado ahora, en el cual el trabajo inmaterial

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está tendiendo a volverse hegemónico, y que está caracterizado por los antagonisrnos producidos por la nueva relación entre la organización de las fuerzas de producción y el comando capitalista multinacional, la forma en la cual el problema de la Constitución se presenta, desde un punto de vista de la intelectualidad masiva, es el de establecer cómo puede ser posi- ble construir sus soviets.

A fin de definir el problema, comencemos. remarcando algunas de las condiciones que hemos asumido antes.

La primera de estas condiciones deriva de la hegemonía tendencia] del trabajo inmaterial y así de la reapropiación cada vez más profunda del co- nocimiento tecnico-científico por el proletariado. Sobre esta base, el conoci- miento tecnico-científico no puede ser más puesto como una función mistificada de comando, separada del cuerpo de la intelectualidad masiva.

La segunda condición deriva de lo que referí más arriba como el fin de toda distinción entre vida de trabajo y vida social, entre vida social y vida individual, entre producción y forma de vida. En esta situación lo político y lo económico devienen dos lados de la misma moneda. Todas las mise- rables viejas distinciones burocráticas entre sindicato y partido, entre van- guardia y masa, y así sucesivamente, parecen desaparecer definitivamen- te. La política, la ciencia y la vida funcionan juntas: es en este marco que lo real (il reala) produce subjetividad.

El tercer punto a considerar emerge de lo que ha sido dicho más arri- ba: en este terreno la alternativa para el poder existente es construida positivamente a través de la expresión de potencia (potenza). La destruc- ción del estado puede ser encarada sólo a través de un concepto de reapropiación de la administración. En otras palabras, una reapropiación de la esencia social de la producción, de los instrumentos de comprensión de la cooperación productiva y social. La administración es riqueza conso- lidada y puesta al servicio del comando. Es fundamental para nosotros 'reapropiamos de esto, reapropiándolo por medio del ejercicio del traba- jo individual puesto. en una perspectiva de solidaridad, en la cooperación, en función de administrar el trabajo social, en función de asegurar una reproducción siempre más rica del trabajo inmaterial acumulado.

Aquí, por consiguiente, es donde los soviets de la intelectualidad masi- va nacen. Y es interesante notar cómo las condiciones objetivas de su emergencia armonizan perfectamente con las condiciones históricas de la relación antagónica de clase. En este último terreno, como sugerí más :arriba, no hay ninguna posibilidad más de compromiso constitucional. Los soviets serán definidos por ende por el hecho de que expresarán

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inmediatamente la potencia, cooperación y productividad. Los soviets de la intelectualidad masiva darán racionalidad a la nueva organización del trabajo y harán al universal conmensurable con él. La expresión de su potencia será sin constitución.

La República constituyente no es entonces una nueva forma de consti- tución: no es ni platónica ni aristotélica ni polibiana, y quizás no es más ni siquiera maquiavélica. Es una República que viene antes del estado, que viene fuera del estado. La paradoja constitucional de la República consti- tuyente consiste en el hecho de que el proceso constituyente nunca se‘ cierra, que .la revolución no alcanza un fin, que la ley constitucional y la ley ordinaria remiten a una fuente única y son desarrolladas unitariamente en un único procedimiento democrático.

Aquí estamos, finalmente, ante el gran problema del cual todo parte y hacia el cual todo tiende: la tarea de destruir la separación y la desigual- dad y el poder que reproduce la separación y la desigualdad. Ahora, los soviets de la intelectualidad masiva pueden plantearse a mismos esta tarea, construyendo, por fuera del estado, un mecanismo en el cual una democracia de todos los días pueda organizar la comunicación activa, la interactividad de los ciudadanos, y al mismo tiempo producir subjetivida- des cada vez más libres y complejas.

Todo lo anterior es sólo un comienzo. ¿Es quizás demasiado general y abstracto? Ciertamente. Pero es importante que comencemos una vez más a hablar sobre el comunismo —en esta forma-, en otras palabras, como un programa que, en todos sus aspectos, vaya más allá de las misera- bles reducciones que hemos visto actualizadas en la historia. Y el hecho de que es sólo un comienzo no lo hace menos realista. La intelectualidad masiva y el nuevo proletariado que ha sido construido en las luchas contra el desarrollo capitalista y a través de la expresión de potencia constitutiva están comenzando a emerger como verdaderos sujetos históricos.

El momento de lo nuevo, del nuevo acontecimiento, del “angtlus novus" —cuando lleguen- aparecerá repentinamente. Entonces nuestra genera- ción puede construir una nueva constitución. Salvo que no será una cons- titución.

Y quizás este nuevo acontecimiento ya ha ocurrido.

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l Nueva revolución, i nueva democrac1a*

Hugo Calello / Rubén R. Lozano

“La crítiqa debe desconocer la historia tal como se ha desarro- llado realmente, porque reconocerla significaría ya reconocer la masa vil, en su maciza cualidad de masa, mientras,,en cam- bio, se trata precisamente de la liberación de la masa respecto de su condición de masa.” C. MARX- F. ENGELS, La Sagrada Familia.

“Por cierto que el arma de la crítica no puede sustituir la críti- ca de las armas, y el poder material debe abatirse por medio del poder material; pero también la teoría se convierte en po- der material cuando se adueña de las masas.” CARLOS MARX. Crítica a la Filosofía del Derecho.

l. Lo nuevo, lo ilusorio y lo anacrónico Hace 150 años Marx sintetiza en el Manifiesto una nueva filosofía, una radical reinterpretación del mundo en la cual pone al hombre como suje- to real del conocimiento, y descubre las claves de una sociedad dominada por un sistema social y político que produce la desigualdad sustentada en la alienación del trabajo y por la. tanto la disolución del hombre como ser social, y su reducción a individuo objeto de intercambio, es decir, a su negación como sujeto que construye la historia.

El capitalismo, a través primero del liberalismo y en su fase actual o tardía desde el neoliberalismo ha logrado, aparentemente, fortalecer un orden político, sobre todo luego de la caída del “muro de Berlín”, y la

* Este ensayo fue redactado por los autores sobre la base de los informes de avance del proyecto de investigación “Discurso político y nuevos espacios democráticos en América Ia- tina". Proyecto interdisciplinario e interlatinoamericano en el cual se articulan: el Instituto de investigación de la Universidad Central de Venezuela (C. Kohn, D. Hernández), la Unidad de Investigación del CBC (H. Calello, S. Neuhaus, R. Lozano, P. Brodsky) UBA, el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales UBA (E. Oteiza, R. Aruj). Además de los citados nuclea a otros treinta investigadores y se desarrolla dentro del ámbito académico. Por sus características teórico-metodológicas aspira a producir ensayos, que como el presente, nos aproximen ala posibilidad de colocamos en el escenario del debate político entre los grupos y partidos que luchan por la transformacíón de nuestra sociedad.

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dispersión del imaginario mundo del “socialismo real". Sin embargo, po- demos comprobar como ni la desigualdad, ni la violencia política, ni la explotación han sido superadas, sino que se han transformado, se han reproducido transnacionalmente y son presencia dominante por lo me- nos en dos tercios del planeta. Estos aspectos, son la condición y la conse- cuencia de una sociedad globalizada que cada vez define con mayor niti- dez los dos polos que la integran y la sostienen en su dimensión actual : el de la concentración del poder, la civilización, la riqueza y del consumismo y el que concentra la pobreza, la degradación de la civilidad, la sumisión y la ilusión del consumismo.

El mantenimiento de esta desigualdad requiere de la conformación de una nueva legitimación ideológica, un Imaginario capitalista que tiene que inventar, tanto una realidad sustitutiva como las fantasías y las esperanzas para las grandes mayorías de los despojados. Por lo tanto, se hace necesario anunciar el fin de una época, resaltar la presencia avasallante de “lo nuevo",

La búsqueda afanosa de “lo nuevo”, la ruptura de toda continuidad y toda memoria es el signo de la época. Los “viejos” símbolos de lucha y utopía se presentan como caducos, dando paso a una realidad que se mantuvo sometida por las grandes narraciones de la historia, por una “épica” de las luchas sociales. Lo nuevo es celebrado en tanto irrumpe como insólito, inesperado, grotesco o sublime “accidente” que debe emerger de lo caótico, de lo abismal.

El fin del milenio es apocalíptico. Debe ser así, y así es expandido por las usinas de la industria cultural : los medios de comunicación masiva. El Imaginario de la sociedad planetaria, para mantener su hegemonía, exige la abolición de todo aquello que asfixiaba la “nueva libertad”. La libertad de no oponerse a un devenir inmanente, que nos sobredeterïnina.

Sin embargo, lo “nuevo”, expresa, fundamentalmente, la recuperación de las viejas filosofías de la negación nihilista, de la abolición de la subje- tividad creativa, radicalmente critica, revolucionaria.

Son las ideas y las prácticas sociales que desde las múltiples instancias, proclaman la muerte de las ideologías y al mismo tiempo mistifican la cuestión de la democracia real, estigmatizada como “Utopía social" supe- rada por la fuerza de los “hechos”.

El filósofo ítalo-argentino Rodolfo Mondolfo sostiene que la cualidad fundamental del marxismo reside en constituirse en “praxis que se revier- te” en su propia subjetividad en la medida que destruye y reconstruye la realidad. Asimismo, como plantea Antonio Gramsci, esta condición de teoría y práctica subjetivizada es la que apunta a la totalidad y a la

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historicidad. Aspectos que necesariamente deben ser destituidos y des- considerados por la explicación fragmentadora, cosificadora que sustenta la Hegemonía del Discurso Político dominante.

El poder de este discurso se asienta en su capacidad para lograr que las sociedades sean “gobernables” , es decir, permitirían la reconstitución político-ideológica, legitimando de esta manera las relaciones sociales ca- pitalistas en su actual fase de acumulación “globalizada”

Según el sociólogo norteamericano Edward Shils en los países más avan- zados y dominantes de la sociedad global, la gobernabilidad se define por la capacidad de gobernar con una legitimidad eficaz, sobre una sociedad en la cual hay una región humana en situación de lumpen proletariado, por lo tanto inorgánica, disidente y no integrable, creciente, pero siempre muy minoritaria.

En América latina se trata de lograr la constitución de un régimen político eficaz, más allá de su legitimidad democrática, que garantice el mantenimien- to de cierto orden y estabilidad, en una sociedad caracterizada por una per- manente y creciente exclusión social de importantes sectores de la población.

La cuestión de la gobernabilidad, en el actual contexto político, desta- caría los siguientes rasgos: En el primero es una sutil perversión de la democracia, destinada a afirmar tanto su estabilidad relativa como su ima- gen consensualizante.

En el segundo, es una radical perversión de la democracia destinada a lograr un funcionamiento de la sociedad, que aún dentro de su desorden, inestabilidad y violencia, la mantenga funcionalmente integrada en la so- ciedad global.

Así, el “discurso hegemónico” ejerce su dominio desde la producción- reproducción de un orden político que construye su poder a través de una cosmovisión cosificadora, de una cultura conformista,inductora del goce de la ilusión consumista.

La continuidad de la hegemonía, que logra una aceptación generaliza- da de la sociedad a través de un imaginario que asentado en el “sentido común”, destaca su “semblante democrático”

Este “semblante” funciona adecuadamente en tanto es construido por fuerzas sociales y políticas que resguardan el mantenimiento de un poder económico cada vez más invisible e incontrolable en su verdadera dimen- sión “mafiosa”.

Esta nueva forma de constituir la política se despliega como lógica in- herente de un capital que requiere para su reproducción de grandes ma- niobras económico-financieras vinculadas directamente a la corrupción,

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dentro de un vaciamiento ético político. Este capital se expande y partici- pa activamente en la conformación de los actuales monopolios de los medios de comunicación de masas.

Se universaliza mediáticamente una fórmula ideológica clave para man- tener un consenso pasivo: la banalización de la política

Esta impregnará al conjunto de las organizaciones políticas tradiciona- les, generando nuevos tipos de caudillismo, en tanto formas más difusas como evidencias de poder, pero más seductoras y efectivas, basadas en el carisma de sus lideres construidos a la medida de esta nueva y compleja globalización perversa del poder. Menem y Fujimori en distintos contex- tos regionales son ejemplos a la vez bizarros y paradigmáticos de la emer- gencia de la “nueva política”.

La invisibilidad de este complejo control hegemónico, es lo que permi- te una mayor concentración del poder en un Estado aparentemente mini- mizado, que permanentemente toma decisiones autoritarias mas allá del control formal del parlamento.

Afrontar y confrontar el poder del Discurso Político Hegemónico (DPH) en su presente complejidad, tanto en sus fundamentos filosóficos e ideo- lógicos, como en sus prácticas cotidianas, es una condición fundamental para pensar una “nueva democracia” y los espacios que constituyen su orden político-social.

Desde esta perspectiva, a continuación, vamos a desarrollar nuestras propuestas centrales de investigación crítica.

2. Cinco tesis sobre los nuevos espacios democráticos

TESIS UNO (pensar la democracia) El pensar la democracia como “Nuevo Espacio Democrático" (NED) tiene un doble sentido:

Confrontar críticamente, desde la reflexión praxística historicista la dimensión de la democracia ilusoria impuesta por el Discurso Político Hegemónico de la sociedad capitalista a través de la ideología del sentido común, y las trágicas fundamentaciones del discurso Político Dictatorial sobre la “democracia socialista” impuesta en el pasado por más de medio siglo de violencia y autoritarismo stalinista.

Repensar la democracia desde la configuración de una nueva sociabilidad política en la cual ésta se construya como articulación libre e igualitaria, entre los sujetos históricos que voluntaria y activamente se adscriben al espacro.

106 Octubre de 1998

El concepto de sociabilidad política se refiere a la conciencia de que todo sistema de relaciones sociales supone en forma explícita o implícita una refe- rencia al poder. No sólo a las relaciones de poder moleculares cotidianas, sino fundamentalmente, al poder político (tanto el del Estado, como el resto de las instancias que lo ejercen) que generan las prácticas sociales necesarias para mantener la dominación hegemónica. Se trata de poner en evidencia la fractura entre sociedad política y sociedad civil la intangibilidad de la primera (constituida por los que participan realmente y ejercen el poder), y la subor- dinación de la segunda, c‘Ondenada a una exclusión permanente en sus dere- chos a la participación y en sus prácticas con relación al poder.

Nuevamente, una propuesta de A. Gramsci permitiría dar cuenta de esta realidad en Latinoamérica. Se trata de reconocer la necesidad de la disolución de la primera (sociedad política)en la segunda (sociedad civil), es decir, la refundición del poder político en la civilidad. Asumir la demo- cracia como utopía (idea guía) de un proceso articulador de la lucha por la libertad y la igualdad, que desplazando al individuo abstracto de la teo- ría liberal, comprometa a los sujetos históricos reales, en la transforma- ción revolucionaria de las prácticas político-sociales.

Así analizaremos el “lado oscuro del ejercicio del poder”. Es decir, de- tectar el proceso de construcción de la hegemonía, constituida y es perdu- rable mientras se pueda ejercer desde el dominio sobre la sociedad y no desde ella, porque en el escenario real sería demasiado evidente su coac- ción sobre las clases sociales oprimidas. Si así fuera perdería su intangibilidad, simulada en la “equidad” neoliberal, y por lo tanto la posi- bilidad de gobernar.

TESIS DOS (hegemonía, discurso y subjetividad) El ejercicio de la dominación de un Discurso Político, en el marco de la democracia liberal y neoliberal depende de su carácter hegemónico, es decir de su capacidad de imponer sistemas de representación social, (en tantos modelos de acción social), y valores culturales consensuales a la dirección política de la sociedad que se ejerce desde el gobierno ,a través del aparato estatal.

El mantenimiento de esta hegemonía tiene en el ámbito cultural dos puntales estratégicos:

a) La degradación de una ética del compromiso por la libertad social y política.

b) La desubjetivación, (en tanto subjetividad como memoria, historicidad en relación con el otro), o sea la aniquilación del sujeto construido histó-

Cuademos del Sur 107

ricamente a través de su reducción a la nueva barbarie del no pensamien-j to, a la sumisión a las consignas consumistas, a la parálisis frente dominitré de los que ejercen el poder con autoritarismo. h

La hegemonía reafilma su vigencia a través de un consenso que impli-a ca la aceptación acrítica de esta democracia como “imperfecta”, pero: perfectible, en la medida que nos dejemos llevar por la “inmanencia de la naturaleza del devenir”. Una democracia abierta que “navega” en la emer- gencia de lo nuevo, como esperanza de ruptura imprevisible desde lo abismal o lo caótico.

Por el contrario, la constitución de lo nuevo, en el Nuevo Espacio Dev: mocrático (NED), es una reconstrucción que surge de la reflexión activas, praxística, desde el sujeto constituida sobre el trabajo, y desde él alienada, en tanto fórmula de poder originaria en el capitalismo, y vigente más alla; de las máscaras del semblante democrático que desde la hegemonía dis- fraza el despotismo del poder neoliberal.

TESIS TRES (nuevo espacio democrático y cambio radical)

Lo nuevo debe surgir desde la confrontación praxística con el “imagina- rio opresor” de la sociedad en el presente. Sin embargo la operación ac- tual implica poner en evidencia el proceso de construcción y manteni- miento de la fantasía que impone una concepción de la democracia servi- dora del sistema de relaciones sociales y políticas que sostienen la domi- nación capitalista.

Mi los NEDS deben reconstruir tanto la dimensión de una democracia real, como la concepción de lo nuevo en tanto cambio radical y transfor- mador. Un obstáculo fundamental para desarrollar este proceso es la pa- radoja de una globalización homogeneizante en la ideología del consumismo, pero fragmentadora del inmenso universo de las clases sub- alternas. Así emerge una diversidad molecular y heterogénea cuyas explo- siones coyunturales son utilizadas con astuta ambigüedad por Discurso Político Hegemónico (DPH), señaladas como subversivas o desestabiliza- doras o mistificadas como la “nueva forma de las revoluciones que condu- cen hacia la democracia”.

Los piqueteros, los fogoneros, los saqueadores populares y todos los actos de desesperación y de búsqueda de justicia son formas elementales y dignas de protesta, pero también son y han sido'episódicas y habituales en la historia de la opresión.

La exaltación de identidad autónoma de la diversidad genera la ficción seductora de la nueva libertad sin pasado, ni futuro, una eficaz función

108 Octubre de 1998

complementaria del DPH, en tanto refuerza los valores político-culturales instituidos en la sociedad.

Para la Teoría Crítica Marxista (TC), desde la cual trazamos estas tesis, en una sociedad basada en la usurpación individual del trabajo social, la diversidad se define como un espacio específico dentro la clase subalter- na. En la correlativa sociabilidad política, constituida sobre esta usurpación, el “diverso” que es tanto segregado como discriminado y oprimido.

TESIS CUATRO (diversidad, identidad oprimida y subalternidad)

Para la TC el diverso es exaltado, oprimido y segregado no sólo por DPH, sino también, por la mayoría de la sociedad, dado que este debe ser man- tenido “como tal" porque sintetiza todo lo negativo que el discurso domi- nante necesita para construir y reconstruir aquellos fantasmáticos refe- rentes (chivos expiatorios), que permiten someter a la clase subaltema al consenso rutinario.

Este diverso es reconocido y aceptado en la medida que despliegue una identidad reducida, encerrada sobre mismo que acentúe los procesos de fragmentación político-sociales, identidad vaciada de capacidad confrontativa, impedida de articulación opositora de los valores hegemónicos de la organización social vigente. Diverso que sin embargo permite la afir- mación de una idea general ordenadora de un proceso uniformante.

La constitución de este diverso está impregnado de un espíritu cosificador, que reproduciendo una dinámica centrada en la semejanza, anula la posibilidad de ejercer una intervención práctico crítica.

Solo el reconocimiento de su identidad dentro de la opresión global de toda la clase subalterna puede afirmar positivamente su diversidad. Este reconocimiento es el punto de partida para configurar los nuevos espa- cios democráticos y la construcción del un Discurso Político Contra- hegemónico (DPC). Así NEDS y DPC, serán niveles de constitución de una nueva sociabilidad política, desde la unidad entre un nuevo tipo de acción sociopolítica y la reconstrucción de una ética de la libertad y la igualdad.

TESIS CINCO (praxis que revierte la clase subaltema)

La construcción de un DPC, debe superar la horizontalidad y la molecularidad de los discursos que son aparentemente contrahegemónicos. Estos discursos postulan el reconocimiento de la diversidad, para asegu- rar y reafirrnar su convivencia con las prácticas sociales que fundamentan y constituyen el imaginario reduccionista de la democracia liberal.

Cuadernos del Sur 109

El DPC solo puede constituirse a partir de la confrontación ético-polí-e‘i.‘

tica con las prácticas hegemónicas que configuran la realidad. En este? sentido, el objetivo de reconstruir la democracia no puede reproducir la fragmentación de los espacios sociales oprimidos. Por el contrario, debe-- articular las múltiples opresiones en un contradiscurso político desde la; totalidad de la clase subalterna. Solo así se podrá generar una praxis capaz“ de reconstruirse a misma en la dirección de una democracia asentadas; en una plena participación político-social. Comentarios finales La lucha por la libertad, por la igualdad, contra la discriminación y la;i exclusión, le plantea a los potenciales espacios democráticos de las clasess subalternas, una doble instancia en la cual profundizar y expandir su vi-íá gencia o diluirse en la inoperancia hasta su extinción.

Fundamentalmente en Argentina (y en menor medida en otros países; latinoamericanos), las prácticas del terrorismo de Estado y su continuidad relativa en la corrupción económica y moral del neopopulismo liberal'ï han producido una profunda conmoción en la prácticas discursivas de la sociedad y han abierto una brecha potencialmente contradiscursiva en determinados sectores del poder mediático, en general, al servicio de una globalización masificante.

Argentina vuelve singularizarse en relación con Perú, Venezuela, Méxi- co y Colombia.

En Argentina el terrorismo de Estado fue un régimen no hegemónico vertical y genocida, en Perú en cambio parece haberse “legalizado” a tra- vés de sus acciones episódicas, pero claves y su presencia siempre latente como garantía de la hegemonía de las clases dominantes a través de Fujimori.

En Venezuela la fuerte escalada de la violencia delictiva produce una correlativa inseguridad y caos político social. En Colombia el avance de la violencia narcomafiosa, como así también el desarrollo de la guerrilla política político-guerrillera colocaría el 40% del territorio nacional fuera del control del gobierno central. En ambos países a la corrupción y escasa profesionalización de la policía, guardias nacionales, y fuerzas armadas en general, perfilan una situación en la cual la violencia molecular se esparce e impregna a la sociedad y la paraliza, disolviendo su civilidad en feroces luchas de las facciones que se confrontan por el poder y promueven la tendencia a la búsqueda de despotismos ordenadores de las sociedades caotizadas.

110 Octubre de 1998

En México desde la emergencia del movimiento del diverso indígena de Chiapas y la inteligente política mediática del Subcomandante Marcos, la secular dominación del PRI, que siempre combinó armónicamente hegemonía y terrorismo desde el poder, se resquebraja irreversiblemen- te, y aumenta la necesidad de formas episódicas, pero cada vez más fre- cuentes de terrorismo militar y paramilitar desde el Estado.

En este contexto, sectores importantes de la sociedad han entrado en un debate crítico en el“cual la recuperación de la memoria censurada, la subjetividad y la voluntad han sido objetivos fundamentales de reflexión y acción. Sin embargo este debate sufre los múltiples intentos de banalización, despolitización y degradación desde la pantalla defensiva del sentido común, eje del poder de los medios de comunicación.

Por lo tanto, este debate permanente solo será una confrontación des- de un “discurso contrahegemónico” en tanto logre desarrollar una praxis revertidora de la direccionalidad del “discurso dominante” Una praxis política que se extienda más allá de:

—las organizaciones que intentan recuperar la memoria del genocidio y enjuiciar a los ideólogos, verdugos y cómplices;

—de aquellos espacios que dentro de la subalternidad se han definido por la reivindicación de sus derechos desde el reconocimiento de haber sido discriminados;

—de aquellos sujetos y o instituciones que sin estar específicamente definidos por los anteriores, se identifican ideológicamente y operan po- líticamente contra la reivindicación de las exclusiones y la opresión que sufren las clases subalternas.

Como dijimos al comienzo, a 150 años de la publicación del Manifiesto, el pensamiento de Carlos Marx mantiene su lucidez crítico interpretativa. Su propuesta actualizada es la praxis política que revierta la pasividad de la clase subalterna desde la lucha la por la construcción de una democra- cia real cuyos valores y prácticas sólo pueden concretarse a través de la vigencia del socialismo.

Buenos Aires, septiembre de 1998

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Cuadernos del Sur 111

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Viviana Sasso, 1998

112 Octubre de 1998

Estado, clase y crudadanía

A principios del año en curso el Foro de Debate Socialista organizó en Buenos Aires un debate Sobre el tema del título que contó con la participación del historiador Horacio Tarcus, el sociólogo Hugo Calello y el dirigente político Angel Fanjul. Dicho debate contó con una amplia participación del público asistente, entre los que se con- taban dirigentes sindicales, intelectuales y militantes políticos de diversas ten- dencias. Recogiendo el entusiasmo despertado por las intervenciones y el deba- te posterior Cuadernos del Sur entrevistó a los panelistas. Lo que sigue es el resul- tado de dichas entrevistas al que hemos agregado la realizada a E. M.-Wood en Nueva York con la colaboración de la feminista Mabel Bellucci.

Entrevistas Horacio Tarcus

CdS:,_En un reciente debate realizado en el Foro de Debate Socialista usted se refirió a la noción de ciudadanía, desde una perspectiva socialista, partiendo de la clásica contrapo- sición del joven Marx entre clase y ciudadania, entre emancipación politica y emancipa- ción humana. Sin embargo, la incorporación de contenidos sociales a la noción de ciuda- danía, especialmente durante la posguerra, suscitó una suerte de revalorización de la noción de ciudadanía por parte de sectores de izquierda. ¿Qué opina sobre dicha revalori- zación? ¿Que' relación establecer’ía entre clase y ciudadanía? ¿Y qué relación establecer-ía entre otras identidades —la de genero, por ejemplo-5 y ciudadanía?

HT: La cuestión de las relaciones entre la tradición socialista y la tradición democrática, que se remonta en el tiempo un siglo y medio atrás, es crucial, tanto. desde una perspectiva teórica como política, para que el pensamiento so- cialista logre salir creativamente de ciertos callejones sin salida en que ha queda- do encerrado. Eludir, por un lado, cierta apelación ritual alos textos clásicos del marxismo, sumada a una concepción antide,mocrática":(e_n, Verdad, elitista, sustituista) de la política. Eludir, por otro, cierto eclecti'cismo, queïysi'n dejar de reivindicar el paradigma marxista, enfatiza (en paralelo a una concepción clasista de la sociedad) la importancia de las luchas democráticas en. las sociedades mo- dernas, la relevancia de ampliar o recuperar derechos ciudadanos, etc. No voy a poner aquí en discusión la importancia y la relevancia de estas cuestiones, que doy por descontadas para todos los que abordamos el debate. Lo que pondré en cuestión son tanto los riesgos del dogmatismo (para el cual todo acaecer real no

Cuadernos del Sur 113

es más que la eterna confirmación‘de su doctrina) como los riesgos de la esc; sión ecléctica (pensamos el conflicto capital/trabajo desde el paradigma marxiq ta, y paralelamente, la cuestión ciudadana desde el paradigma democráticqÏ capitalismo por allí, sociedad civil más allá...). Esta escisión no sería más que li confesión (le que desde el marxismo no puede pensarse la democracia. Voy i sostener aquí lo contrario: el paradigma democrático es ciego al conflicto clase, carece de cualquier teoría de la dominación y la explotación (o, si se quie} re, sólo las admite como límite, o por fuera o como amenaza del orden democrii tico). El marxismo, en cambio, al menos en sus vertientes más ricas, no es sóli una crítica del orden capitalista, sino que es simultánea e ¡nescindiblemente, un crítica a la concepción moderna de la representación política, esto es, una críti '_ a los conceptos mismos de escenario político, Estado o ciudadanía. ¿4 Me remitiré aquí, en aras de las brevedad, a los textos de Marx. En los textti de juventud (Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel y La mi tión judía, 1843-1844), Marx, embarcado en su primer programa teórico-política —la crítica de Ia filo'sofía política de Hegel—, formula una teoría de la domind ción moderna sobre la base de la escisión entre el hombre y el ciudadano. L revoluciones burguesas y la consiguiente “emancipación política" habían repré sentado un “gran progreso” histórico: el tercer estado había luchado por la abd lición de los privilegios del antiguo régimen, esto es, por el establecimiento principio de ciudadanía, por la igualdad de derechos. El Estado moderno ya mi es el Estado de una clase o un estamento: es un Estado como entidad abstractat impersonal donde se han abolido las antiguas significaciones de religión, origeri rango, educación o clase social. Cada ciudadano, un voto. Cualquier ciudadantf puede ser elegido representante. Pero la emancipación política, nos viene a dq cir Marx, no es todavía la emancipación humana. En verdad, no es más que emancipación de la política por parte de la sociedad civil (en otros términos, un: economía mercantil exenta de cualquier límite político, librada a su propia lógi ca, posibilitada de su máxima expansión), así como la emancipación de la políti ca con respecto a la sociedad (un Estado cada vez más abstracto e impersonal» Cuando más lejos llegaba el “materialismo” de la sociedad civil, tanto más lejoi llegaba el “idealismo” del Estado. Es en la separación, propia de las revolucionei burguesas, entre la sociedad civil y el Estado, el derecho privado y el derechd; público, la economía y la política, entre el hombre y el ciudadano, entre lot derechos del hombre como distintos de los derechos del ciudadano, que se furüïi da la dominación moderna. El poder teocrático es reemplazado por un podei civil, no obstante la escisión moderna entre una esfera material, real (la sociedad civil) y una esfera formal (el Estado) reinstaura la conciencia religiosa bajo una forma laica. Así como en la religión la igualdad de los hombres a los ojos de escondía la desigualdad social en el reino de esta tierra, en las sociedades modeti1 nas la igualdad ciudadana de los hombres en la esfera político-estatal vela, a mismo tiempo que legitima, la desigualdad real de los hombres en la esfera de ¡4

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¡sociedad civil. En suma, los textos de juventud de Marx muestran, inequívoca- Emente, a la ciudadanía como una figura de la moderna dominación burguesa. Para el joven Marx, la emancipación (no ya política sino) humana, esto es, la revolución comunista, significa la reintegración del hombre y el ciudadano, la reabsorción por parte de la sociedad de las fuerzas políticas alienadas en el Esta- do, en un escenario donde ya no puede hablarse, sensu sctrictu, de Estado ni de lsociedad civil, sino de comunidad humana.

Es sabido que Marx sólo formuló posteriormente a estos textos su concep- ción materialista de la historia (1845-1846). Estamos ya en los textos de transi- ción hacia el llamado Marx maduro, el que abandona de algún modo el proyecto juvenil de crítica de la política y formula un nuevo programa, el de la crítica de la Economía Política. El producto de mayor envergadura de este nuevo programa es, sin lugar a dudas, El Capital. Muchos autores, a partir de Althusser, sostienen l'a discontinuidad radical entre ambos momentos. Aunque no puedo fundamen- tar textualmente esto aquí, sostengo contrariamente que en esta nueva etapa, Marx se aboca a desarrollar una teoría de la explotación (capitalista), como funda- mento a su teoría de la dominación. ya formulada en sus textos dejuventud. Breve- mente, el primer proyecto lo condujo al segundo: la crítica de la política y el Estado lo. condujo a la conclusión de la primacía metodológica de la sociedad civil. Identificado el fundamento material en la esfera de la economía, estaban sentadas las bases para el nuevo proyecto, de crítica de la Economía Política. En El Capital (México, FCE, 1946, I, pp. 128-129), por ejemplo, Marx recupera y reformula "su esquema de “La cuestión judía”, cuando distingue la esfera de la circulación de la esfera de la producción. La primera, que se corresponde con el orden apariencial, manifiesto, con la “ruidosa escena" de la compra y de la venta, es aquella en que los hombres aparecen como propietarios libres, donde todos tienen algo para vender (aunque más no sea, su fuerza de trabajo). Es éste, dice Marx, “el paraíso de los derechos del hombre”, donde reinan la libertad (de comprar y vender, la libertad de contratar), la igualdad (porque las mercancías se intercambian por su valor), y la propiedad. En la esfera político-estatal los hombres aparecían como igualesjurídicamente, en tanto ciudadanos (en tanto despojados, precisamente, de sus cualidades humanas y sociales). En la esfera de la sociedad civil, los hombres aparecen también, complementariamente, como libres e iguales, como poseedores de mercancías que intercambian y contratan libremente. Es sólo descendiendo “al taller oculto de la producción”, trascen- diendo la esfera de la circulación, del intercambio de equivalentes, como puede desentrañarse el misterio de la producción capitalista, pues la forma salario pro- .pia de la esfera del cambio, vela la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso de la fuerza de trabajo, sólo comprensible en la esfera de la producción material. Develado el secreto a partir de la crítica de la Economía Política, la teoría del plusvalor provee, finalmente, una teoría de la explotación como funda- ”mento para cualquier teoría de la dominación moderna.

Cuadernos del Sur 115

En definitiva, el fundamento de la escisión entre el hombre y el ciudadanch Marx lo encuentra en la relación de capital, esto es, en la relación entre el capital? y el trabajo, en la producción de excedente social y en la forma de su apropiacións “La relación directa existente entre los propietarios de las condiciones de produc-g' ción y los productores directos —relación cuya forma corresponde siempre de; modo natural a una determinada fase de desarrollo del tipo de trabajo y, por- tanto, a su capacidad productiva social- es la que nos revela el secreto más 'recónditoj la base oculta de toda la construcción social y también, por consiguiente, la forma- política de la relación de soberanía y dependencia; en una palabra, de cada forma, específica de Estado” (El Capital, cit., III, p. 733, subrayado de HT).

CdS: La ofensiva neoconseruadora contra las conquistas sociales preexistentes parece: establecer una hegemonía donde la noción de ciudadanía es despojado de aquellos contel nidos sociales y reconducida. a su contenido meramente político-electoral. ¿Qué papel juegan las nociones de clase y ciudadania en la lucha contra esta hegemoníaí neoconservadora? ¿Y las otras identidades?

HT: La teoría marxiana de la explotación capitalista (teoría del plusvalor) fue,Ï¿Í sin lugar a dudas, el principal aporte de Marx a una teoría de la dominación; moderna. Su influjo sobre el pensamiento emancipatorio y la acción política deli siglo XX ha sido decisivo. Sin embargo, también tuvo efectos negativos, acaso noi deseados por su autor, en un sentido economicista y reduccionista de clase. El: marxismo vulgar, de trocha angosta, tendió a desplazar toda la problemática de la dominación moderna a la problemática de la explotación. Redujo, simplemenw te, una a la otra. De ahí la concepción nefasta de que, liberada la humanidad de la explotación del capital, desaparecería por consiguiente toda forma de domi- nación humana. Los “socialismos reales" constituyeron una prueba flagrante del fracaso de esta perspectiva: abolieron el dominio del capital, pero al costo de inaugurar otra forma de dominación social (y también de explotación).

H'oy, los marxistas, tenemos la responsabilidad de ser enfáticos en este pun- to: las múltiples formas de dominación, sean tradicionales o modernas, no son reductibles a la explotación capitalista. Es innegable que, aunque tengan oríge- nes distintos, algunas formas de dominación pueden ser compatibles o funcio- nales entre sí, y articularse de un modo u otro. Así, por ejemplo, la dominación- patriarcal es distinta e incluso anterior al capitalismo, pero ha logrado, según- culturas y momentos históricos, articularse con él. El propio sistema capitalista ha obtenido de la subordinación de la mujer (trabajo invisible, salarios más ba- jos, etc.), aún en términos estrictamente económicos, un plus de beneficio. Dada esta articulación, creo que también deben articularse, para potenciarse mutua- mente, las luchas anticapitalistas con las luchas antipatriarcales. Sin embargo, una no se reduce a la otra: como ha mostrado Ellen Meiksins-Wood, el orden patriarcal puede sobrevivir al capitalismo, pero también el capitalismo podría funcionar idealmente sin la dominación patriarcal.

En lo que hace a la dominación política, creo que hay que distinguida, pero

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116 Octubre de 199d

jamás escindirla, de la dominación del capital. Todos los momentos históricos de expansión capitalista e integración social (por ejemplo, Europa, Estados Unidos y buena parte del mundo entre 1890 y 1914; casi todo el mundo entre 1945 y 1975) coincidieron con la expansión de la ciudadanía, desde la conquista de derechos políticos (sufragio “universal” —masculino— primero, sufragio de las mujeres en la posguerra, derecho de huelga, derechos de sindicalización, derechos sociales, de- rechos a la no discriminación, etc.). En estos momentos el paradigma democrático ejerce una fuerte presión sobre el pensamiento socialista, en un sentido que po- dríamos resumir discursivamente así: no se trata de abolir el derecho, sino de ampliar los derechos; no se trata de cuestionar la figura del ciudadano, distinta de la figura del hombre o del trabajador, sino de luchar por incorporar cada vez mayores contenidos sociales a la ciudadanía, hasta sobrepasar su inicial sentido político; no se trata, en suma, de impugnar el sistema democrático, sino de expan- dirlo, incluso más allá de los límites tolerados por el capital.

Creo que la estrategia que ensayó desde 1983 parte de la izquierda, hoy integra- da dentro del “progresismo” o del “cemroizquierda”, se inspiró en este paradigma. Creo que quince años de experiencia de “transición democrática” en nuestro país es un tiempo suficiente como para ensayar un balance crítico del fracaso de esta perspectiva. La “transición democrática” se consumó, y se resolvió en un orden político como el presente, signado por la (quizás) mayor despolitización y apatía de masas en lo que va del siglo xx. Dentro de los parámetros de la democracia procedimental, no puede negarse que vivimos en un régimen democrático esta- ble. En los ‘80 “todos fuimos democráticos», y la democracia no tardó en volverse en contra nuestra. Dentro del sistema democrático, y sin violar la observancia de sus reglas, continuaron reproduciéndose las relaciones asimétricas en la sociedad. Todos fuimos, por fin, ciudadanos libres e iguales, pero, parafraseando a George Orwell, algunos fueron más ciudadanos que otros. En nombre de la Democracia se buscó desactivar el movimiento de derechos humanos, se domesticó a los sindi- catos, se reprimieron huelgas y manifestaciones. A nivel internacional, en nombre de la Democracia se decretaron bloqueos comerciales a Nicaragua o Cuba, se llevaron a cabo invasiones militares a Granada o Haití, se libraron guerras interna- cionales como la del Golfo.

Como ha planteado agudamente el catalán juan Ramón Capella, el concepto :de ciudadanía encierra una ambigüedad. De una parte, está la ciudadanía como fuente de legitimidad, lo que remite a luchas históricas, seculares, detrás de deter- minados objetivos. Son estas, sin duda pretensiones legítimas, que cuando son restringidas o violadas, movilizan a las masas por la defensa de sus derechos conquistados. Pero aquí un problema: “Los derechos iguales. Parecen entes cla- ros, sólidos, geométricos. La gente ha luchado y ha sufrido por conseguirlo y sufre aún por defenderlos. 0 mejor, ha luchado y ha sufrido por lo que en el relato político del capitalismo se trastoca en derechos: en realidad ha luchado por la democratización política, contra la opresión y la desigualdad, para poder

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expresarse sin 'ser perseguida, para poner sus fuerzas en común con otros; y para tener el pan asegurado, para no estar al arbitrio de los poderosos (...) Y ha; conseguido derechos. Que no son exactamente aquello por lo que luchaban: no es lo mismo tener derecho al trabajo que tener un puesto de trabajo... Lo prime- ro no supone lo segundo" (Los ciudadanos siervos, Madrid, Trotta, 1993, p. 140).

Además, circunscribir las luchas sociales al marco del derecho y la ciudada’á nía, se vuelve una trampa ideológico-política para la izquierda: los derechos de: ciudadanía funcionan necesariamente como legitimación del mito de la repren sentación política, del “dogma de que la intervención política de las gentes ha de. limitarse al voto. Velan los ojos ante el poder político privado. Legitiman también, pues, al poder realmente existente” (ibid., p. 148).

Algo más sobre derecho, ciudadanía y poder que señala Capella. Los derecho de ciudadanía debieron ser arrancados al poder estatal. El derecho es precedido por el no derecho, esto es, por la situación de hecho, la violencia, el- poder: par ' que existiese derecho de huelga fue necesario que hubiese huelgas fuera de la leyt.’ las masas han tenido que reunir poder real (social y político) para alterar la telar-la ción de fuerzas existente, que luego deviene nuevo derecho. Pero cuando el obje-‘l tivo deviene derecho, el poder social que lo impuesto “está de más" según el discurso político del capital. Ahora es el Estado el garante de esos derechos.

Esto mismo puede ejemplificarse con la lucha por los derechos humanos ent: Argentina, que arrancan de la última dictadura. La gente ha luchado por liber-l tad y justicia: éstas en parte se consiguieron, pero en parte también se transfor-‘Ï maron en derechos legales o en instituciones del Estado (Subsecretaría de dere-sí chos humanos). La institucionalización significa, en la lógica estatal, el fin dell movimiento social que luchó por un objetivo: el Estado finalmente lo ha recono-f cido, lo ha sancionado como derecho, lo ha institucionalizado. La CONADEP“ (Comisión Nacional sobre Desaparición de las Personas), convocada por el en-ñ tonces presidente Alfonsín, respondía a esta lógica de estatalización: del poder“ autónomo del movimiento de derechos humanos, se pasaba a una comisión de notables creada desde el Poder Ejecutivo, y de ésta, a una institución del Estados La desactivación del poder social autónomo del movimiento de derechos huma-'«2 nos, el esfuerzo estatal por desmovilizarlo —que había sido, paradójicamente-I una de las fuentes de legitimidad del gobierno de Alfonsín—, sin duda facilitó eli retroceso posterior que significaron las leyes de obediencia debida, punto final? y, finalmente, de amnistía.

Las evidencias del fracaso de la estrategia democrática de ciertos sectores la izquierda desde 1983 (izquierda alfonsinista, PI, intelectuales del Club Socialista, etc.) están a la vista: hoy tenemos un régimen de diámocracia estable, legalidad institucional, derechos ciudadanas, etc., pero el poder estatal se hizo más fuerte (en relación a la sociedad civil, claro, no en relación al Capital), la sociedad está más desmovilizada, la apatía política es mayor. Un balance serio de este fracaso} implica revisar los conceptos con los que se pensó esta estrategia (ciudadanía,

118 Octubre de 1998:

institucionalización, modernización, democracia sin adjetivos), así como volver a atender los que se desplazó o se relegó a un segundo plano (relaciones de clase, capitalismo, correlaciones (le fuerza, violencia, poder).

Angel Fanj ul

CdS: En varios esc-ritos y en ¿un reciente debate realizado en el Foro (le Debate Socialista usted remarca la importancia de la noción de ciudadania para la politica socialista. No se trata de una noción de ciudadanía restringida exclusivamente a la esfera política y nacional, sino extendida a la esfera social e internacional. Habida cuenta de la centralidad que el marxismo atribuye a la noción. de clase en cuanto a la definición del sujeto colecti- vo: ¿que relación. encuentra usted entre ciudadania y clase? O bien: ¿que relación existe entre democracia y socialismo?

AF: Desde mi regreso del exilio, tras la caída de la dictadura, vengo bregando en el seno de las corrientes revolucionarias por la revaloración y reivindicación del criterio de «el ciudadano», «la ciudadanía» y «la sociedad civil.

No soy un marxólogo, ni académico, soy solamente un militante del marxis- mo crítico. Quizás espulgando las obras de Marx encontraríamos apoyo a nues- tro combate. No lo sé, pero tampoco me preocupa. Mi adhesión al marxismo dista mucho de ser la referencia dogmática a un cuerpo de doctrina cerrado y absoluto. Entiendo al marxismo como algo inacabado y en constante renova- ción. No se puede ser marxista sin ser crítico. Crítico de la realidad, crítico de nuestra propia comprensión.

Sin embargo, atento al profundo humanismo de Marx, resultaría impropio sostener que éste no valoró en su significación la conquista de la “ciudadanía” y la liquidación de los principios del Derecho Natural. Pudo ser crítico sobre las limitaciones de esta conquista, pero difícilmente la ignorara.

Sería ocioso y totalmente ineficaz pretender que la realidad de fines del siglo xx sea la misma estudiada por Marx en su vida, o aquella que enfrentaron los revolucionarios en 1917, o la oposición de izquierda y Trostky en 1938. Asisti- mos hoy a un mundo globalizado —previsto magistralmente por Marx en su Manifiesto Comunista—. Un mundo globalizado, sometido a “un poder de facto”, como dice Noam Chomsky, o al “soberano privado y oculto", al decir de Ramón Capella.

Una gran conquista de la humanidad fue la consagrada en el Convención Francesa de 1792, que echó por tierra los principios del derecho divino o el derecho natural, afirmó la soberanía del pueblo e instituyó al ciudadano. Que esta conquista revolucionaria haya sido manipulada y deformada, reducida al sufragio universal, no puede conducirnos a negarla. Hoy más que nunca se im- pone su reivindicación frente al poder de facto o privado u oculto. No debemos confundir soberanía popular con formas de representación o sistema democrá-

Cuademas del Sur 119

tico de dominación. Reivindicar una conquista revolucionaria no significa que-É darse en ella, sino desarrollarla, potenciarla.

¿Por qué oponer la conquista revolucionaria de la ciudadanía a la existencia’ de las clases constituídas en las relaciones sociales de producción? ¿Un proleta- rio, un trabajador, Ano es un ciudadano? ¿Reconocer los derechos políticos del ciudadano implica renunciar a reconocer objetivamente la lucha de clases? Más aún, ¿la conciencia de clase se lesiona por la conquista política del ciudadano o se pontencia? La conciencia de clase fortalece al ciudadano y la acción política de la ciudadanía permite madurar la conciencia de clase. La lucha de clases es parte, de la lucha por el consenso y la hegemonía. El ejercicio de los derechos ciudada-« nos de explotados y oprimidos fortalece el combate por los objetivos de clase.

En conclusión a esta pregunta: ¿qué relación existe entre democracia y socialis- mo? Contesto con la afirmación de Rosa Luxemburgo: “No habrá socialismo sin democracia, ni democracia sin socialismo". Tal afirmación de Rosa ha tenido una. confirmación contundente. ¿Puede haber de democracia sin ciudadanos/ as?

CdS: Para contextualizar la pregunta anterior. La ampliación de la ciudadanía ha- cia contenidos sociales fue un proceso que se incrementó con los denominados “estados de bienestar” (derechos al empleo, la educación, la salud, la jubilación, etc.) en los paises centrales y, en cierto sentido, con los estados populistas en los países periféricos. La ofen- siva neoconservadora contra esas conquistas sociales parece establecer una hegemonía donde la noción de ciudadanía es despojado de esos contenidos sociales y reconducida a su contenido político-electoral estrecho. ¿Qué papel juega la noción de ciudadania en la lucha contra esta hegemonía neoconseruadora? ¿juega un papel distinto en los paises centrales y periféricos?

AF: La formulación de esta pregunta es suficientemente clara en cuanto afir- ma los criterios sostenidos al responder a la anterior. El concepto de ciudadanía no niega el concepto de clase, en todo caso se complementan. En efecto, en la crisis de la segunda posguerra mundial, sea en los países centrales o en la revolu- ción colonial en la periferia, en lo que se dio el nombre de populismo, se mues- tra la relación entre la ofensiva de clase y las conquistas ciudadanas. Sin duda la clase dominante procura sistemáticamente desconocer los derechos logrados por los trabajadores, los explotados y oprimidos. Sin duda procura limitar los derechos ciudadanos a un acto electoral formal. Pero los ejemplos de las gran- des movilizaciones que desde 1995 sacuden a Europa, de ciudadanos y trabaja- dores, de explotados y excluidos, en defensa de las conquistas que el capital anónimo y de facto pretende desconocer, es más que concluyente. Esta ofensiva ciudadana unida a los trabajadores y oprimidos y excluidos, en su caso, ha logra- do frenar en gran parte en los países centrales la ofensiva neoliberal e imponer conquistas como la reducción de la jornada de trabajo. El papel no es el mismo en países centrales y periféricos. El desarrollo y el peso de la sociedad civil es diferente y en consecuencia es también diferente el papel de la ciudadanía.

La soberanía adquiere contenidos concretos en la lucha por su ejercicio. Un

120 Octubre de 1998

ejemplo: el Subcomandante Marcos reivindica el derecho ciudadano de campesi- nos e indígenas que no lo tienen, como también el derecho a ejercitarlos cotidianamente. O los Sin Tierra en Brasil, o la lucha contra los genocidas en nuestro país. Y miles de ejemplos nos muestran que no pueden limitarse los combates a la pertenencia de clase, sino a los derechos ciudadanos.

¿El genocidio es limitado a la clase o para explotar más a la clase se acudió al genocidio? ¿Luchar contra el genocidio es un deber exclusivo de la clase o es un deber ciudadano? Para mi la respuesta es contundente. El espectáculo de un sinnúmero de movilizaciones contra la impunidad, reclamando justicia o recla- mando derechos de salud, educación, vivienda, o contra los atropellos policiales y empresariales no son estrictamente reivindicaciones de clase, son ejercicios de derechos ciudadanos.

Reivindicamos el criterio político universal del ciudadano por el sólo hecho de ser habitante de la tierra, sin fronteras, a las que el poder de facto está destru- yendo. Y procuramos avanzar en el concepto de la ciudadanía social universal reclamando para los seres humanos, por el sólo hecho de su existencia, el dere- cho a una renta básica universal, por sobre la relación trabajo-capital, al margen de la propiedad de los medios de producción y cambio, con prescindencia de la rentabilidad y atendiendo solo a la necesidad.

Cuando el Estado-nación languidece: ¿ciudadano de qué Estado? De ningu- no. El ciudadano y productor-consumidor, libremente asociado, el ciudadano universal en autogestión generalizada. ¿Una utopía? Quizás, pero muy concreta.

¿La palabra ciudadanía es la adecuada? Como sostiene Francois Reangeon, las palabras del vocabulario político, lejos de ser los instrumentos neutros del pen- samiento, son las armas del conflicto político. La historia de las ideas se refleja a través de la evolución semántica de los términos del vocabulario político.

Hugo Calella

CdS: En el momento politico actual se habla de un cambio significativo tanto en las formas de liderazgo político como en el tipo de mensaje ¿Qué opina usted al respecto?

HC: La “caida del muro” es también la caída relativa de una densa enredadera de equívocos y falacias que durante el largo tiempo de su construcción y super- vivencia cubrieron con amor y con odio esa barrera que matenía separados dos mundos, no tan radicalmente diferentes como nos querían hacer creer: el “libre democrático occidental” y el “socialismo real”. El muro caído, su “enamorada enredadera” reseca y muerta, pueden ser figuras simbólicas de la extinción ex- presando, como dirían los posmoneoliberales, que la realidad no está en las grandes narraciones sino en la “poesía de la fugacidad de las metáforas que se retiran” (Derridá dixit).

Para despejar dudas interpretativas aclaramos que, para nosotros, estas metá-

Cuademos del Sur 121

foras son solo juegos de ironía. La realidad de fin de milenio, en un escenario? dominado por el capitalismo salvaje, aplasta la poesía con la violencia, el";í fundamentalismo, la globalización de las mafias, el vacío ético y la derrota del. pensamiento.

Pero, por otra parte, está en la propia naturaleza de la dominacón en este fin de milenio el mantener vigente el equivoco, la “enredadera de palabras vacías", sobre todo en el lenguaje político, un lenguaje que cuando menos explícitamentei político sea aumentará su efectividad, su capacidad de generar un consenso pasi-‘f: vo, sumiso ante el poder neoliberal.

CdS: Algunos especialistas tienden a asimilar cada vez más los conceptos de demana-1; cia y ciudadanía, planteando que la verdadera democracia es aquella que defiende amplía los derechos de los ciudadanos. ¿Qué opina de esta cuestión?

HC: El concepto (le ciudadanía y el de democracia llenan hoy los espacios de; la discusión en los grupos, partidos políticos y aún en los medios de difusións; masiva, para algunos son baluartes a defender, para otros son instancias de vidal: política presente pero que deben ser mejoradas y profundizadas. Nosotros en: esta breve intervención no pretendemos agotar el tema, sino sólo perfilar algu-‘ï nas cuestiones para el abordaje de estos dos conceptos. Veamos:

l) Históricamente, la ciudad es la dimensión urbana avanzada del antiguo asentamiento (burgo), el “nuevo espacio” en el cual el siervo feudal busca su liber- tad y su realización en el trabajo libre. La democracia se configura en la Grecia ateniense y tiene su asiento precisamente en la ciudad, “la polis” (sinónimo de politica, “politeia”), espacio en el cual sólo los ciudadanos habitantes, con propie- dad y bienes en él, podían votar y ser votados en los "demos" (unidades electora- les), y participar en las grandes asambleas (“eclesias”), escenarios en los cuales los ciudadanos tomaban las grandes decisiones que regían los destinos de la “polis.”

2) Como sostiene Max Weber, en la ciudad se expresa la forma de domina- ción legítima más avanzada, en tanto es asentamiento del Estado Racional Mo- derno, que al mismo tiempo es la macroinstitución que puede ejercer el mono- polio legítimo de la violencia, contra aquellos que atentan contra la dominación racional. El mismo Hegel (para Bobbio el más grande filósofo sustentador del contractualismo), define en la Filosofia del Derecho al Estado como el Sujeto con mayúscula detentador absoluto de la autoridad, de la Etica del Poder Público, que subordina, tanto la voluntad libre del sujeto ciudadano como las morales particulares (familia, estamento) en las cuales éste se inscribe.

3) En contraste con estos autores el contractualismo francés parece más pre- ocupado por la irreversible desigualdad que engendra la relación estado-ciuda- dano, en confrontación con la propuesta hobbesiana sobre la omnipotencia del Leviatan. El más sensible a esta desigualdad es indudablemente j. j. Rousseau, que en sus dos obras fundamentales Contrato Social y El Discurso sobre la desigual- dad (sobre todo en esta última), pone el acento sobre la nueva esclavitud que generan las formas políticas en las sociedad modernas.

122 Octubre de 1998

De este breve pantallazo histórico podemos extraer una conclusión mas que sevidente: en la teoría política y en la realidad política, la democracia está subor- dinada a la ciudadanía, o sea que no es un ejercicio de poderpara todos los hombres y mujeres de una sociedad, sino solo para aquellos privilegiados que son ciudadanos, que integran la “sociedad política”. Así el burgués niega su iden- tidad clasista, se oculta y se universaliza, de este proceso surge “el democráta liberal". La palabra ciudadano niega la realidad de la exlusión. Otra vez el pensar miento de Hegel es emblemático, la sociedad política es el reino de la libertad y la sociedad civil el reino de la necesidad, que debe ser aniquilado para liberar en el poder autónomo del Estado. Por otra parte en la historia de la sociedad capi- talista en los últimos dos siglos, la teoría liberal, desde Hobbes, Locke, Toqueville, S. Mill hasta los neoliberales Rawls y Nozick (mas allá del chispazo rousseauniano), ha privilegiado el orden, la democracia de los mejores, la sociedad “rectamente ordenada", como únicas formas posibles de superviencia de la “democracia” (li- beral). Es evidente el papel de las palabras, su función claramente ideológica, en este convencer a la sociedad de que la democracia excluyente, imperfecta, relati- va, mejorable es la única alternativa y que la sociedad debe preocuparse solq en su manteniento y conservación.

CdS: “Globalización” y “gobernabilidad” son dos conceptos que hoy pueden consider rane habituales en los discmsos políticos. Desde su punto de vista: ¿la “gobernabilidad” de los países latinoamericanos, dentro del actual contexto multinacional, supone un avance de las democracias sobre los régimenes autoritan'os?

HC: Como dice Antonio Gramsci, todo lenguaje es una simbolización restric- tiva, ligado a los intereses del poder a través de la constitución del sentido co- mún, el cemento necesario para mantener a la sociedad organizada y pasiva, en tanto “masa suma de individuos". De ahí la “necesaria perennidad”, la enredade- ra de las palabras equivocas, de las palabras vacías. Otra vez Gramsci convoca a la cita cuando desnuda desde el concepto de “hegemonía” el carácter cultural polí- tico, de toda forma de dominación estatal en la sociedad capitalista. Y sostiene, por otra parte, que la verdadera democracia solo es posible si disuelve la socie- dad politica en la sociedad civil. De ahí que la democracia en “esta sociedad” solo está vigente en tanto es asumida como un proyecto, una idea fuerza utópica conductora de la revolución estructural, social y ético-política.

El mismo Gramsci en un precoz artículo de juventud desarrolla la idea de que en el imperialismo la dominación de clase se extiende internacionalmente, la opresión de clase, sin perder su dimensión interna, se extiende universalmente a países dominantes y a países dominados, que cumplen la función de clases subalternas. Esta hipótesis gramsciana tiene para nosotros una doble significa.- ción. 1) Coloca en su verdadero lugar la fantasía del disc’urso. hegemónico sobre la extinción del proletariado-extinción luchas de clases. 2) Para América latina y para el tercer mundo en general anticipa el semblante perverso de la globalización. Demuestra que la desigualdad planetaria es una condición irreversible para la

Cuadernos del Sur .123

superviencia del actual capitalismo. Y al mismo tiempo desenmaraña el entrete jido de las palabras vacías, con que se adorna el gigantesco imaginario neoliberaá como por ejemplo el “fin de la historia y de la violencia" de Fukuyama y l. “gigantesca aldea cultural supercomunicada” de Mc Luhan.

De todas maneras el Discurso Político Hegemónico pasa por encima de la desigualdades, las ignora y las oculta, las palabras que inventa se incorporan a l “jerga” no sólo popular, sino también al lenguaje acádemico y “oficial” L gobernabilidad es un ejemplo vivo y vigente. Este concepto fué acuñado por l sociología norteamericana de los sesenta-setenta y se refiere a la posibilidad di ejercer el poder con legitimidad y eficacia, cuando existe una minoría que pa razones de marginalidad de diverso tipo con respecto al sistema no puede parti cipar de él y por lo tanto debe ser excluida del ámbito de la libertad democráti ca, del ejercicio de sus derechos (el sociólogo E. Shils denomina lumpen-proleta' riado). Durante la época de la administración del presidente j. Carter esta con cepción respaldó las intervenciones correctivas (le orden diplomático y más en‘ cubiertamente militar sobre las desviaciones motivadas por dichos “estratos ni integrables" de la sociedad latinoamericana, dentro de una sociedad caracteriza da por la caoticidad relativa y permanente, derivada de la existencia creciente di grandes mayorías excluidas, en situación de marginalidad, pobreza crítica, de gradación económico-social. Esta exportación estratégica de la gobernabilidat fue catastrófica para América Latina. De la sutil perversión de la democracii originaria se pasa a una perversión de tal naturaleza, que se respaldó por “dere chos y humanos defensores de la democracia” a los militares perpetradores de genocidio argentino.

En América latina la lucha por la democracia pasa por la aniquilación de li democracia imaginaria instituida (como diría Castoriadis) desde el discurso po lítico del poder, que utiliza la jerga y las palabras para reforzar la hegemonía para tornar gobernables estas sociedadades condenadas a la desigualdad. Perdí así como esta lucha no puede limitarse a las palabras, tampoco podemos caer eii la trampa de las palabras. Solo la praxis política radicalmente transformadora? puede generar un verdadero contradiscurso hegemónico.

Ellen Meiksins-Wo od

CdS: En la primera parte de Democracy against capitalism, usted analiza la distin; ción entre lo económico y lo politico, entre clase y ciudadania, en el capitalismo. Se ciertamente, de distinciones históricas constitutivas del capitalismo como modo de explai tación y dominación. Sin embargo, puede constatarse en la actualidad una reualon'zfiÏ ción de la noción de ciudadania por parte de sectores provenientes de la izquierda. ¿Cómil ve usted esta recuperación del concepto de ciudadania? ¿Qué relación plantean‘a entti ciudadania y clase?

124 Octulne de 1998

i EMW: En Democracy against capitalis-m formulo las siguientes preguntas: “en "un sistema donde el poder puramente ‘económico' ha reemplazado al privilegio lítico, ¿cuál es el significado de la ciudadanía? ¿Qué podría requerirse para l cuperar, en un contexto diferente, el rasgo sobresaliente de la ciudadanía en la democracia antigua...?" Formulo estas preguntas no porque piense que el con- }cepto de ciudadanía carezca necesariamente de significado en el capitalismo con- 'mporáneo, sino porque, si queremos tener alguna sustancia en el discurso [lítico de hoy, y especialmente si queremos apropiarlo para propósitos socia- listas, hemos de reconocer la manera en la cual la verdadera estructura del pitalismo ha transformado inevitablemente el sentido y la significación de la “Y: 'udadan ía. El concepto fue inventado en un contexto muy diferente. En la antigua Gre- ¡a, donde el concepto fue inventado —o incluso en alguna otra sociedad '7recapitalista— los derechos políticos tenían una significación que no pueden 'ener en una sociedad capitalista. Donde la propiedad misma es, por así decirlo, ¿a líticamente constituida, como era en las sociedades precapitalistas —-esto es, 7 onde el poder de apropiación mismo descansa sobre poderes y privilegios i‘extraeconómicos"— los derechos políticos tienen inevitablemente implicancias conómicas: los poderes político,judicial y militar del señor feudal o del funcio- ario absolutista son al mismo tiempo e inseparablemente el poder de apropiar- plustrabajo de los campesinos productores. En general, esto ha significado, a áravés de la historia humana, que la división entre explotadores y explotados ha Forrespondido a la división entre apropiadores y productores. Toda extensión de los derechos políticos a los productores podría, por defi- finición, haber significado un debilitamiento del poder de apropiación de sus ÉEXplotadores. En las sociedades precapitalistas generalmente las clases explota- kloras eran, al mismo tiempo e inseparablemente, clases dominantes, e incluir a clases productoras en la comunidad política hubiera transformado inevitable- F¿mente no sólo la relación entre los soberanos y los sujetados sino la relación "¿nue las clases explotadoras y explotadas. La democracia ateniense no correspondió al patrón general precapitalista. lugar de una clara división entre soberanos y productores, tenía un cuerpo ciudadanos que incluía a la vez apropiadores y productores. Los esclavos, por pupuesto, eran por definición excluidos de la ciudadanía. Al mismo tiempo, el eblo trabajador, los campesinos y artesanos, eran incluidos en la comunidad gpolítica y, en virtud de su ciudadanía, gozaban de una cierta libertad de los tipos file explotación a los cuales sus contrapartes en otros sitios habían sido sujetos a ¿través de la historia. Después de la antiguedad clásica, este experimento en ciu- ‘Hzladanía nunca fue repetido otra vez —hasta la extensión del derecho de voto a rias clases trabajadoras en la era capitalista moderna. Pero por supuesto la ciudadanía “democrática” en el capitalismo no tiene los mismos efectos, porque la propiedad capitalista, los poderes capitalistas

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del Sur 125

de apropiación, no son más constituidos políticamente. Los capitalistas ciertg mente tienen una ventaja política, porque la riqueza aún da acceso al pode; político. Pero los capitalistas, al mismo tiempo e inseparablemente, no constitué yen una clase dominante en el mismo sentido que, por así decir, los señores feudales. El poder explotador del capital no descansa directamente sobre podeé res o privilegios extraeconómicos. El capitalismo ha resuelto el problema de los soberanos y los productores de una manera diferente, por la expropiación dé, los productores directos, quienes son compelidos a transferir plustrabajo nqÍ por coerción directa “extraeconómica” sino por compulsiones económicas, compulsiones de la carencia de propiedad y la necesidad de vender su fuerza dll; trabajo por un salario. Así los capitalistas pueden gozar del poder de apropiaf ción y explotación sin la posesión exclusiva de los derechos políticos. El capitalismo ha removido, entonces, enormes esferas de la vida del alcance la responsabilidad democrática. La mayoría de la gente gasta la mayoría de s horas bajo el poder directo del capital, en el lugar de trabajo, y cada uno esï sujeto a la fuerza “impersonal” del mercado capitalista, con sus imperativos dj acumulación y maximización de beneficios. La asignación de los recursos, aún l" disposición del tiempo mismo, no atañe a la esfera asignada a la “ciudadanía”. la lucha por la liberación de la explotación o de las coerciones del mercado qui afectan cada aspecto de la vida, no puede triunfar sólo mediante la obtención derechos políticos. No hay ahora ninguna concepción de la ciudadanía, ni-nguní: forma de pertenencia a la comunidad política, que pueda reproducir los efectoi sobre la explotación y el poder de clase que acompañan a los derechos políticos eii las sociedades precapitalistas. Dentro de los límites del capitalismo, la ciudadaníá no puede hacer mucho más que ofrecer unos pocos “derechos” esencialmenté pasivos. Aún la "ciudadanía social”, un concepto que se ha vuelto popular entrq' algunos en la izquierda, ofrece poco más que derechos pasivos —el derecho á cierto grado de protección respecto de los efectos destructivos del capitalismo el derecho a alguna limitada compensación por aquellos efectos. Estos son cierta" mente mejores que nada y son dignos de pelear por ellos, pero hemos de reconcil: cer sus limitaciones. Es más: si desempaquetamos el significado original de la ciudadanía e inte . tamos reproducir mutatis mutandis sus efectos, habría habido una verdade ciudadanía democrática cuando los poderes “económico” y “político” estuviera: fusionados, entonces posiblemente podríamos desplegar el concepto de ciudafi danía de una manera verdaderamente emancipatoria. Pero tendríamos que ber reconocido que, en función de disfrutar el “apoderamiento” o auto-activii dad que el concepto de ciudadanía promete, deberíamos haber trascendido capitalismo por completo. . CdS: En su intervención en un reciente Against the current simposium sobre i Manifiesto Comunista —que reprodujimos en nuestra última entrega de Cuadernos d . Sur—, usted sostiene que, en el contexto de la mundialización capitalista, el estado mu' '

m‘ s “s

126 Octubn de I99á

una importancia central y que la complicidad entre estado y capital es más intensa que nunca. ¿Qué papel desempeña el estado en dicho contexto de mundialización? ¿Qué con- secuencias politicas se seguirían de aquella complicidad entre estado y capital para la política socialista ante el estado?

EMW: En Democracy against capitalism, en el mismo capítulo donde hablo acer- ca de la “separación de lo económico y lo político”, hablo acerca de la tendencia del capitalismo a fragmentar la clase obrera. Se supone que el capitalismo —la interdependencia que crea, su homogeneización del trabajo, y el resto—' tiene un efecto unificador sobre la clase obrera, pero todos nosotros sabemos que esto no ha sido así. La cilase obrera ha sido, a lo largo de su historia, dividida y fragmentada de varias maneras. Esto no ha sido sólo una cuestión de contingen- cias históricas. Ni ha sido sólo una cuestión de diferentes “identidades”. La ver- dadera estructura del propio capitalismo, su organización de la producción y la apropiación, tiene un efecto centrífugo sobre la clase obrera, concentrando la lucha en el punto de la producción, localizándola y domesticándola, etc. Debería agregar que, al mismo tiempo que la lucha de clases es localizada de esta manera y focalizada en los conflictos entre los trabajadores y sus empleadores inmedia- tos, la competencia entre empresas significa que los trabajadores son también a menudo conducidos ajuntarse con sus empleadores contra sus competidores, incluidos otros trabajadores.

Yo publiqué originalmente el artículo sobre el que está basado este capítulo en 1981, antes de que la “globalización” hubiera devenido el principal tópico del día. Pero sugería que podían existir ahora ciertas presiones contrarrestantes que con- trapesarían los efectos centrífugos del capitalismo. La creciente integración inter- nacional del mercado fue trasladando los problemas de la acumulación capitalista a la esfera “macroeconómica” y el capital fue siendo forzado a confiar en el estado más y más para crear las condiciones correctas para la acumulación. Sugería en- tonces qu'e el estado podía volverse crecientemente un blanco privilegiado de la lucha en los países capitalistas avanzados y alentar luchas unificadas contra él.

Hoy, diecisiete años después de que el artículo saliera por primera vez, todos están hablando sobre la globalización, pero la opinión convencional es que la globalización está, haciendo al estado menos antes que más importante. Yo conti- núo creyendo, sin embargo, como entonces, que el capital en el mercado global necesita al estado más que nunca: para mantener las condiciones de la “competitividad” de varias maneras, para intensificar la movilidad del capital mien- tras bloquea la movilidad del trabajo, para preservar la disciplina laboral y el orden social de cara a la austeridad y “flexibilidad”, y, por supuesto, para proveer subsi- dios directos y operaciones de rescate a expensas de los pagadores de impuestos, operaciones de rescate que pueden ser administradas por agencias internaciona- les pero que requieren estados nacionales tanto para extraer los ingresos de sus ciudadanos como para reforzar las condiciones que los acompañan. Más acá de toda corporacióntransnacional hay una base nacional, la cual depende de su esta-

Cuadernos del Sur 127

do local para sustentarla y de otros estados para darle acceso a otros mercados y a otras fuerzas de trabajo. Y los estados menos desarrollados o más débiles actúan como correas de transmisión para los estados capitalistas más poderosos. La restructuración económica que asociamos con la globalización significa no sólo la retirada del estado respecto de sus funciones mejoradoras —provisión de bienes- tar, etc.— sino también su rol crecientemente activo en el proceso de restructuración, así como en el mantenimiento del orden contra los rasgos (le desorden que acom- pañan la restructuración.

De esta y otras maneras, el estado es indispensable para el capital, y su com- plicidad con el capital es más transparente que nunca en las políticas del "neoliberalismo" y la globalización. ¿Ha tenido esto, entonces, el efecto de gene- rar luchas unificadas contra el estado? Es demasiado pronto para decir cuán lejos pueden ir las cosas, pero ciertamente hemos visto, en tiempos recientes, más protestas de masas y demostraciones callejeras contra el neoliberalismo y la globalización, en varias partes del mundo: Francia, Canadá, Corea del Sur, Ar- gentina, etc.

La organización de luchas anticapitalistas ha sido siempre difícil porque el capi- tal no presenta un blanco singular, unificado y visible. Basta considerar la historia de las revoluciones, donde las clases subordinadas han luchado no sólo contra sus opresores directos de clase sino contra el poder organizado y concentrado en el estado, y donde esta resistencia concentrada al estado ha sido un ingrediente ne- cesario para unir a la gente para la lucha de clases. La lucha de clases en los países capitalistas avanzados raramente ha tomado esta forma, porque la propia estruc- tura del capitalismo tiende a transferir el lugar del conflicto de la esfera política a la económica y a las relaciones de clase en las empresas individuales. Pero la para- doja de la globalización puede ser que,justo en el momento en que el capitalismo está volviéndose “transnacional” —o más bien, universal y globalmente integrado- el poder del capital puede más que nunca estar concentrado en el estado. El esta- do, entonces, puede servir como un blanco de la lucha anticapitalista y, al mismo tiempo, como un foco de luchas locales y nacionales, puede actuar como una fuerza unificadora a la vez en la clase trabajadora y entre el movimiento obrero y sus aliados en la comunidad. Y desde hace poco todo estado está siguiendo las mismas políticas destructivas. Hay también aquí un fundamento para una nueva clase de internacionalismo, para la solidaridad entre las variadas luchas locales y

El O'o Mocho

evista de critica cultural

128 Octubre de 1998

Intemacionalismo e 1ntema01onal(es)*

Denis Berger

Segunda parte** Una herencia a revisitar

a Internacional Socialista, cuyo fracaso político de 1914 parecía anun-

ciar su próximo hundimiento, es la única que se mantuvo con el

estatuto de organización de masas. Esta aparente anomalía merece una explicación: la Segunda Internacional, desde que se integró en el sistema político de los principales estados capitalistas, cumplió una fun- ción política y social necesaria para la reproducción de las relaciones cons- titutivas de la sociedad. Su implantación en las capas asalariadas le permi- tió contribuir activamente a la incorporación de los trabajadores en el funcionamiento de la colectividad política. La naturaleza de las proposi- ciones políticas que ella formula le confiere un papel clave en la valora- ción del consenso en cuyo nombre las cosas se mantienen como son. En resumen, los partidos socialistas son uno de los reguladores del orden existente.

No era inútil el recordar estas banalidades ya que ellas tienen el mérito de mostrar que la Internacional Socialista se sitúa en otro lugar en rela- ción a las perspectivas de los fundadores de la Primera Internacional, y también en otra parte en relación a los principios de los que, en 1889, reconstituyeron una federación internacional socialista. Al mismo tiem- po, la creación, en 1919, de la Internacional Comunista encuentra toda su legitimidad histórica: en el momento en que la Primera Guerra Mundial trastrocó «en sangre y cólera» la relación de millones de hombres y de mujeres en el mundo; en el momento en que la revolución rusa, a pesar de sus límites, abría una brecha en los baluartes del capitalismo, no era

* Publicado en Utopie Critique, núm. 7 y 8, París, segundo-tercer trimestre de. 1996.

** La primera parte de este artículo fue' publicada en el núm. 26 de Cuadernos del Sur.

Cuadernos del Sur 129

posible seguir tolerando la ineficacia organizativa y la impericia política de la vieja internacional. Se hacía necesaria una nueva herramienta, un nuevo instrumento adaptado a la acción.I Es lo que expresa, en un lengua- je marcado por su creencia en un desarrollo continuo del proceso históri- co, el Manifiesto del primer congreso de la Tercera Internacional cuando dice: «Si la Primera Internacional previó el desarrollo que venía y preparó los caminos, si la Segunda Internacional ha unido y organizado millones de proletarios, la Tercera Internacional es la Internacional de la acción de masas, la Internacional de la realización revolucionaria».2

La hora de la crítica

Reconocer la legitimidad de la acción de los bolcheviques no debe signifi- car en absoluto una aprobación total de lo que hizo la Internacional Co- munista. Hay que terminar con el espíritu de filiación, que tiende a situar cada acción, cada representación, cada concepto contemporáneo, como el producto necesario y bienvenido de un rumbo en el cual el capital no cesa de expandirse sin que su núcleo inicial cambie. Lejos de ser un enca- denamiento sin rupturas, la historia es una continuidad de discontinui- dades, de ocasiones teóricas y prácticas frustradas y, como tales, borradas de la historia oficial (sean cuales fueren los oficialismos en vigencia). El deber de todo pensamiento revolucionario es el de ser crítico —lo que significa buscar sistemáticamente en los acontecimientos principales, cuya importancia se destaca, las carencias y los errores de los protagonistas, de los cuales se aprueba la acción general.

Esta tarea se impone particularmente a los comunistas que se interesan en la historia del comunismo. Ninguno entre nosotros puede, en efecto, rehusar el interrogarse sobre las causas de la terrible mutación que ha hecho desembocar a un movimiento de emancipación en una de las más sangrientas dictaduras de la historia y ha transformado a partidos que se proclamaban como de vanguardia, en máquinas burocráticas. Conviene, seguramente, rechazar todas las tentativas dirigidas a hacer de Lenin un simple aspirante a dictador y de los bolcheviques una escuadra de verdu- gos.“ El estalinismo ha encarnado una contrarrevolución en el interior de la revolución. Marca una ruptura en el proceso abierto por la revolución de Octubre.

Pero sería irresponsable, aún para aquellos que no han cedido nunca delante del estalinismo, el no plantearse algunas preguntas esenciales: ¿cuáles son los errores que se han cometido? ¿Cuáles son las insuficien- cias de la teoría que han contribuido a crear las condiciones de la victoria

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de las burocracias? ¿Qué virtualidades han sido ignoradas en función de una visión demasiado simple de la revolución? ¿Qué consecuencias ha traído sobre la salud militante de los comunistas? El retroceso nos permi- te hoy responder a estas preguntas. No podremos construir otro porvenir sino después de haber bebido el pasado y su pasivo.

Un momento en la historia

Para ser eficaz, la crítica\no debe quedarse en la etapa de las abstracciones: las relaciones del bolcheviquismo con la democracia y la autoorganización no pueden ser juzgadas fuera del contexto histórico en el cual se situaron. Es frente a una cierta coyuntura, a relaciones de fuerza determinadas que sus actos toman sentido. Lenin, Trosky y sus consortes han violado, sin ninguna duda, numerosas veces las normas, admitidas por ellos mismos en sus escritos anteriores, de la «democracia revolucionaria». Poco nos intere- sa saber si ellos fueron llevados por esta vía por su temperamento indivi- dual.4 Nuestro problema es el de determinar qué lógica de los aconteci- mientos los condujo a estas transgresiones. Y cuáles de sus concepciones estratégicas los volvieron más vulnerables al peso de las circunstancias.

No insistiré sobre lo que militantes e historiadores, cada uno con sus propios conceptos, ya han puesto en evidencia muchas veces: el atraso de Rusia que hacia difícil la institucionalización de una gestión directa de las tareas por el pueblo, las consecuencias de la guerra civil, etc. Estos facto- res deben ser tenidos en cuenta en la medida en que contribuyen a expli- car el extraordinario aislamiento en el que se encuentra el poder bolchevique desde 1918 y, por consecuencia, las aproximaciones de su política que hizo del recurso de la fuerza un modo de supervivencia. Aquí se trata, por el contrario, de estudiar la dimensión internacional de la acción de los comunistas rusos. A ese nivel, otras restricciones actuaron.

La piimera, la más importante probablemente, nace del rol del poder estatal en el desarrollo de la revolución rusa como también en la extensión de su inflluencia en el plano internacional. Con la agudeza de visión que lo caracterizaba, Lenin no dejó de mostrar que la conquista del poder central era el único medio de evitar la contrarrevolución y de permitir un avance hacia .el socialismo. El resultado de su victoria sobre los que dudaban, nu- merosos en su propio partido, fue Octubre. No fue un putsch, como es de buen tono decirlo hoy en día,” sino una acción militar dirigida hacia la cumbre del Estado. Por ella, el Estado revestía una potencia simbólica decuplicada. Los azares de las guerras que sufrió a continuación Rusia, transformaron los aparatos del poder central en baluartes exclusivos de la

Cuadernos del Sur 131

supervivencia de la revolución. Desde esta época fue que el partido;- bolchevique comenzó, en la práctica, a confundir las funciones políticas del; partido con las funciones de gestión administrativa y de represión.

Esta evolución nefasta estaba contrabalanceada a nivel político por la voluntad claramente afirmada de la dirección bolchevique de encontrar una salida internacional en la revolución alemana principalmente. La fun- dación de la Internacional Comunista en 1919 vino a concretar esta vo-' luntad. Hasta 1921, por lo menos, la nueva organización gozó de una: audiencia de masas que no se limita solamente a los futuros adherentes dei los partidos comunistas. Esta influencia se explica fácilmente: la revolu-- ción rusa apareció como negación práctica de todo lo que la guerra había significado de infame. Los temas políticos del bolcheviquismo eran poco y mal conocidos. Por el contrario, la sola iniciativa de crear un nuevo poder estaba en sintonía con el sentimiento de rebeldía (contra los auto- res de la guerra y sus cómplices) que habían generado un conflicto cuya duración excesiva había sembrado en muchas cabezas la duda sobre la legitimidad de los que tenían en sus manos el orden establecido. Las mi- les de personas que se apretujaban en los mitines de apoyo a la Rusia revolucionaria, y con más razón aquellos que, a instancias de los marinos del Mar Negro, rehusaban «marchar sobre Odessa», no eran comunistas (y todos no se volverían comunistas), pero ellos se sentían en sintonía con el. nuevo régimen nacido en el este.

Y la causa de este acuerdo (que a pesar de las apariencias resistirá la prueba del tiempo para renacer plenamente en los años de lucha contra el fascismo) puede ser hallada en la fuerza simbólica que materializa el estado revolucionario, que rápidamente iba a ser denominado «estado obrero». La guerra del 14 al 18, vivida en. sus comienzos como uno de los conflictos breves a los cuales la Europa del siglo XIX estaba acostumbra- da,“ ha mostrado poco a poco su carácter mundial: muchos beligerantes, participación de los Estados Unidos, presencia de tropas «coloniales», etc. Esta nueva dimensión de la política no podía sino acentuar, tanto en los de la «vanguardia» como en los de la «retaguardia», un profundo senti- miento de desapego: conscientes como ya lo eran de que pesaban poco en las decisiones de su estado nacional, ellos descubrían, con sufrimiento y amargura, que su suerte se jugaba aún más alto, allí donde dominan las relaciones de fuerza entre las grandes potencias, a su vez ellas mismas influenciadas por los grandes negocios capitalistas.7

Esta dolorosa iniciación en el mundialismo no podía más que incitar a numerosas víctimas de la guerra a recibir favorablemente al nuevo Estado

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w e, además, se inscribía en una tradición socialista que eventualmente se “dría hacer remontar a 1789. Potencia material, potencia militar (como :1, atestiguaba el éxito del ejército rojo), la Rusia revolucionaria podía, ¿l ás allá de las críticas que ella suscitaba, aparecer como el intérprete ficaz de todos los sin voz que habían pagado la guerra con su propio

'l tros estados, a los cualesiella podía enfrentar. En otros ténninos, la popularidad de la revolución de Octubre se debió

» ero, por este hecho, la naturaleza de las relaciones entre los fundadores .a la Internacional Comunista y aquellos que los seguían más o menos a rectamente, fue profundamente afectada por este apoyo que daba ma- r. lugar a las relaciones de organización que a la política. Más que nun- , los bolcheviques fueron atrapados por la trampa de la práctica estatal. La constitución de la nueva internacional se encontró afectada, en este V « adro restrictivo, por otro desequilibrio: entre los revolucionarios de Eu- _ ' .pa del este y los nuevos comunistas del oeste existía un profundo desfasaje n el dominio de la formación teórica y también en el nivel de la experien- ia militante. Exceptuando a los alemanes —desgraciadamente privados pre- aturamente de Rosa Luxemburgo— nadie estaba en condiciones de ha- lar de igual a igual con los bolcheviques. Entonces éstos fueron llevados, ueriéndolo o no, a ubicarse en una posición hegemónica. De ello, la Inter- ' acional naciente sacó apreciables beneficios políticos; pero ella tendió a transformarse muy rápidamente en un marco en el que se reproducían las elaciones de dominación, heredadas de la vieja sociedad y dotadas de un eso tanto más pesado en la medida que los dirigentes del partido mundial taban, al mismo tiempo, a la cabeza de un estado en el seno del cual ellos {debían enfrentarse a cargas burocráticas que los invadían.B í

¿Reducción de la revolución lSubrayémoslo una vez más: las restricciones que impone a los fundadores Ï‘ e la Internacional Comunista su situación política (su relación obligada [con el Estado soviético) no se refieren al dominio de la subjetividad; ac- luían como una fuerza exterior a la cual era necesario adaptarse. Por el montrar'io, las decisiones estratégicas —y los conceptos latentes que las ins- piran- no tienen o no denotan la misma necesidad. No por ello son me- mos importantes, ya que pueden acentuar o disminuir el peso de las llama- «condíciones objetivas».

Llegados a este nivel, ya uno no se puede dar por satisfecho recordan-

Cuademos del Sur 133

do la voluntad revolucionaria de los bolcheviques, plenamente dirigida hacia la revolución mundial. Hay que darle. la mayor importancia a cuestión de cómo: cómo veían el proceso revolucionario; cómo traducíari esta visión teórica en términos prácticos. El legado de siglos de revueltas; herencia de movimientos políticos contemporáneos, la idea revoluciona; ria señala un objetivo que adquiere una dimensión real por los medios que él impone. La idea principal que surge de los textos fundamentales de la Tercerq“ Internacional es la idea de la ineluctabilidadvde la revolución. El capitalisml ha entrado, en la era del imperialismo que ha llevado a la guerra mundi y en su etapa de agonía. Este análisis no está inspirado solamente por coyuntura de crisis de los años 1917-1920. Se desprende de una visióri fundamental de las contradicciones del modo de producción: es la estruc‘i tura misma de las relaciones de clases fundamentales la que determina el surgimiento de luchas revolucionarias. Ni Lenin, ni Trotsky, ni siquierá Sinoviev, pensaron que el desarrollo de la revolución se efectuaría bajo forma de un progreso continuo. Ellos sabían que períodos de retrocesc aparecerían obligatoriamente. A partir de 1921 ellos se mostraron capa} ces de detectar el aquietamiento político y social en Europa.9 Pero globalmente, ellos hacían la hipótesis de una curva ascendente de la revo lución, la que se impondría con el rigor de una ley de la historia.

El pensamiento político fundamental de los comunistas de la época estaba, desde entonces, tomado entre dos polos: el indispensable tene] en cuenta las incertidumbres de la coyuntura y la creencia en ur determinismo histórico esencial.lo En tales condiciones, la fuerza de lr esperanza nacida con la ayuda del deseo de revolución, la urgencia de socorrer a la Rusia revolucionaria con victorias exteriores, se hacía apra miante. Y es lógico que se haya impuesto un cierto objetivismo fataIist: en la elaboración de la estrategia: los dirigentes del partido mundial de l: revolución —y, más aún, los jóvenes adherentes a su causa- han tenida tendencia a concebir un modelo único del proceso revolucionario. A cos ta, evidentemente, de tomar en consideración lo accidental, en misma fruto de lo subjetivo en toda crisis revolucionaria.

Este modelo ha sido aplicado, en buena lógica, prioritariamente a l: Revolución de Octubre. La tríada partido de vanguardia-sociedad-tom: del poder por la insurrección ha tomado la dimensión de un esquem: director absoluto.

A pesar de los análisis sutiles de muchos responsables bolchevique: sobre la excepcionalidad de la experiencia rusa, la ideología promedio dl

134 mms" ¡la ¡OQ!

la Internacional se estructuró alrededor de una visión abstracta de la revo- lución.” Entendemos por ésta el que muchos se contentaban a menudo con repetir las fórmulas que habían permitido el éxito en Rusia, sin bus- car demasiado, por ejemplo, cómo podía aparecer la dualidad de poder en sociedades más complejas que el estado zarista. Sin preguntarse mu- cho tampoco si la parte de iniciativa militar que había permitido la victo- ria de octubre podría ser: tan importante en otros países. De esa manera fue que se llegó, más allá‘ de las teorizaciones, a prácticas revolucionarias: a la «acción de masas» en Alemania y a muchas otras tentativas.l2

Esos textos han sido objeto de interpretaciones de una rara parciali- dad. Conviene por lo tanto iluminar su lógica profunda, que es una lógica de ruptura con las prácticas de la socialdemocracia de antes de 1914. En el espíritu de sus autores, hay que renunciar a desarrollar la organización por ella misma y en lugar de una masa de adherentes pasivos preferir un conjunto de militantes formados y listos a todas las formas de acción. También, la participación en las elecciones debe dejar de ocupar el lugar central, y el acento ponerse sobre todo lo que, desequilibrando el poder del estado, pueda llevar a la movilización revolucionaria de las masas. El antimilitarismo y el anticolonialismo deben ocupar un lugar privilegiado en el trabajo cotidiano de' los partidos que, en consecuencia, deben estar listos a permanecer en la ilegalidad.

Releídas setenta y cinco años más tarde, estas tesis y estas resoluciones conservan su validez. La evolución de la sociedad puede volver obsoletas algunas formulaciones. En el fondo, los principios de acción planteados conservan su vigor: la experiencia ha mostrado que la lucha por una trans- formación global de la sociedad exigía medios adaptados al fin buscado y no podía resumirse en una presencia activa en las instituciones existentes, por más que ellas fueran democráticas.

Sin embargo, toda centralización lleva riesgos de limitación de la de- mocracia. Señalar esto vale particularmente para una organización mun- dial que ejerce su acción en un nivel donde no existe ninguna tradición seria de cooperación y donde sobre todo predominan las relaciones interestatales, que por definición son burocráticas y que excluyen una intervención directa de las masas. El «partido mundial de la revolución» debió hacer innovaciones. Tuvo un éxito parcial instaurarrdo, entre sus secciones, debates contradictorios de los cuales los congresos mundiales constituyen la culminación. Pero, al mismo tiempo, en la acción cotidia- na, se instauró una práctica que en ciertas circunstancias tendía a ser manipuladora: muchas decisiones evidenciaban las iniciativas de los en-

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viados especiales del Comintern y el peso de las ayudas financieras acon- dadas por Moscú, que influían sobre muchas decisiones políticas de los partidos. En resumen, la Internacional Comunista dirigida por SÍIIOVÍCV era cualitativamente diferente de la máquina de obedecer que se instala- ría durante la «bolcheviquización» estaliniana; pero, en una cierta medi-r da, muchas características de funcionamiento de los años heroicos faciliv taron la tarea de los burócratas de la URSS.

Las circunstancias evocadas más arriba (en particular, el peso del Esta.- do soviético sobre la política del partido ruso y de la Internacional) pue- den explicar, por una parte, los riesgos de centralización abusiva que su- frió la nueva Internacional. Los resultados no son menos evidentes ai nivel de la estrategia política. Los jóvenes partidos comunistas fueron irr- vitados a adoptar todas las formas de un bolcheviquismo poco a poco reelaborado y formalizadov'hasta perder lo esencial de su originalidad y de. su riqueza. Esta teoría, que anuncia el futuro «marxismo-leninismo», tuvtr consecuencias prácticas: los partidos comunistas se formaron primero que todo en la disciplina, que se presentó como una virtud cardinal, aún si ella se hacia a expensas de su autonomía; el ideal que se les fijaba era el de volverse un instrumento de conquista del poder, siguiendo el modelo del mítico partido bolchevique que se había construído para ellos. Más grave todavía es el hecho de que tales concepciones llevaron a hacer de la «vari- guardia» un absoluto cuyo triunfo teórico se logra a costa de la idea de autoorganización popular.

Sería un error el ver en tal situación el producto de una táctica consa cientemente elaborada en Moscú. Fue una práctica inconsciente, que sej fue poniendo en práctica poco a poco, justificada alos ojos de sus promo- tores por las urgencias de la coyuntura. Ella se extendió en modo latente, en contradicción frecuente con las resoluciones adoptadas por los con-A gresos. Pero esta misma contradicción es reveladora de la realidad de la nueva Internacional. No hay ninguna duda de que la experiencia del «co! munismo de guerra» contribuyó a la deformación de los principios revo: lucionari'os de partida. La política del poder bolchevique se caracterizó por un rechazo del pluralismo, una represión implacable contra todos los opositores (incluídos los socialistas). Todo esto llevó a Cronstadt, a la pros hibición de fracciones en el partido. ¿Será necesario una vez más hacer- referencia a la fuerza de las cosas? Sí, hasta cierto punto, ya que los bolcheviques fueron forzados a actuar en violación de numerosas ciones y numerosos principios propios, para mantener el rumbo de la, revolución. Sin embargo, a partir de un cierto momento, ellos justifica-

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ron teóricamente su práctica, tendiendo a poner un signo de igual entre dictadura del proletariado y dictadura del partido. Tal pasaje al acto en la práctica teórica no podía más que influir de manera desastrosa sobre las concepciones dominantes en la joven Internacional comunista.

El ejercicio del poder en el único estado revolucionario que haya jamás existido de fonna durable no sólo influyó sobre los principios estratégicos de los comunistas. También mostró, acentuándolas, las zonas inciertas de la teoría, tanto leninista como marxista. La visión simplificada de un proceso histórico entera e inmediatamente determinado por el antagonismo entre la burguesía y el proletariado no podía culminar más que en esquematiza- ciones. Lo mismo sucedió» con la definición de la clase obrera por su con- ciencia de clase: en ciertos momentos del razonamiento se atribuye a los trabajadores una capacidad revolucionaria casi innata; en otros, constatan- do el «atraso de su conciencia», se confía al partido de vanguardia la tarea de encarnar el sentido de la historia. A partir de este hecho, la definición de una democracia renovada queda en el limbo: la crítica de los aspectos for- males de la representación parlamentaria sirve como pretexto para un re- chazo a la confrontación entre corrientes representativas de diversas capas del proletariado; la definición de un Estado cuyo estatuto burocrático sería cuestionado se mantiene como ampliamente abstracta.

No es difícil el encontrar, como origen de estas insuficiencias, una ca- rencia más decisiva todavía: la ausencia de una teorización profunda de la especificidad de lo político, que depende, ella misma, de un silencio casi total sobre la naturaleza de las relaciones de dominación en todas las sociedades de clase. Estas relaciones, que se manifiestan en la vida cotidia- na, particularmente bajo la forma de relaciones no igualitarias entre los sexos socialmente definidos, están en el origen de una jerarquía que se combina con las relaciones de explotación, sin confundirse con ellas. El no tener en cuenta esta autonomía, relativa pero activa, es condenarse a cerrar los ojos sobre los riesgos de ver renacer, hasta en las movilizaciones revolucionarias, formas de subordinación. Es desarmarse por adelantado ante el burocratismo y la burocracia.

La Internacional inconclusa

Hasta aquí no hemos tratado más que el primer período de la Internacio- nal Comunista. Después de 1921 se produjo una mutación. El retroceso de las perspectivas revolucionarias en Europa es tenido en cuenta. Un nuevo acercamiento estratégico se afirmó en el tercer y cuarto congresos. Sin embargo, los primeros años fueron decisivos; los principios funda-

Cuademos del Sur 137

mentales de un movimiento comunista que sigue siendo revolucionario, fueron elaborados entonces. Las fuerzas y las debilidades de la teoría to- maron su forma en ese momento, que no sería nunca superado por com- pleto. La reunión de todos estos factores explica por qué el giro de 1921- 1922 va a mostrarse sin un verdadero futuro.

Los términos: nueva estrategia, giro... no son excesivos. A pesar del rechazo de una izquierda que se mantiene en la «ofensiva», la Tercera Internacional plantea la idea de «frente único», es decir de una alianza con la socialdemocracia a fin de (re)movilizar- las masas. Pero este emprendimiento, por sus presupuestos, es radicalmente nuevo. Se funda primero que todo sobre el reconocimiento del hecho de que los partidos políticos, muy rápidamente enterrados en 1919, conservan, en muchos países importantes, una audiencia de masas. Esta constatación obliga no solamente a plantear una espera en la toma del poder revolucionario, sino que también hace necesario un análisis más fino de lo que es la clase obrera, su relación con la política, su «conciencia de clase». Surge enton- ces una nueva idea: es necesario encontrar formas de pasaje entre las preocupaciones actuales de los trabajadores y las necesidades de la toma del poder; son las «consignas de transición» que Trotsky retomará y sistematizará en su Programa de 1938. Finalmente, en la medida que exis- tirán las condiciones de una autoorganización popular, es posible entre- ver un gobierno de alianza; este «gobierno obrero», nacido al interior del sistema existente, tendría por tarea el desmantelar sus estructuras me- diante una serie de medidas que, al cabo de un cierto plazo, desemboca- rían en la instalación de la dictadura del proletariado. No habría manera de decir más claramente que la transformación revolucionaria de la socie- dad es un proceso en el cual la toma del poder es el punto de llegada y no el punto de partida.

Por supuesto,'estas innovaciones plantean más problemas que los que resuelven. Exigen una profundización teórica, en la medida en que ellas muestran más una constatación empírica que una reflexión fundamental. No constituyen tampoco un nuevo punto de partida para un movimiento que, hasta entonces, ha sobre todo vulgarizado la experiencia, rica pero particular, de la Revolución de Octubre. Sin embargo, el debate estratégi- co terminara pronto. Se centrará casi únicamente-sobre las modalidades del Frente Unico: ¿es aceptable aliarse con la socialdemocracia? ¿Hay que practicar la unidad de acción en la base?, ¿en la cumbre?, ¿en ambas? Si es sí, ¿hasta qué límite? No es difícil de imaginar el grado de abstracción de la discusión así planteada y así llevada adelante.

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Muy rápidamente, por lo tanto, la reflexión sobre el contenido de la revolución se detendrá, y no será seguida más que al margen de la Inter- nacional, entre aquellos que la conducción oficial va a empujar hacia la oposición. Porque, y he ahí lo esencial, en algunos años el movimiento comunista y mundial va a ser sometido a las transformaciones que se desa- rrollaban en la URSS; la consolidación de la burocracia, preludio de la contrarrevolución de los años 30, transforma a los partidos comunistas en sostenedores de la cambiante política exterior del Estado soviético. Poner el acento sobre este proceso social obliga a tener en cuenta la ruptura que encarna el estalinismo en relación al leninismo. Pero toda ruptura con el pasado implica ciertos aspectos de continuidad. Toda derrota de un movi- miento político de masas, si se la explica primero que todo por la evolu- ción de las grandes relaciones de fuerza, encuentra también sus orígenes en las debilidades y los errores de los vencidos. En el caso de la Interna- cional Comunista, parece indiscutible que ciertos rasgos históricos del bolcheviquismo acentuaron tanto el desarraigo político del pueblo en el interior de la URSS, como la ausencia de autonomía creativa de la mayor parte de los partidos comunistas.

Esta es la lección principal que debemos extraer de la experiencia ex- cepcional que encarnaron la revolución rusa y la Tercera Internacional en su período ascendente. Un partido mundial de la revolución no puede nacer bajo una forma hipercentralizada, sobre todo cuando depende de un estado (por más que sea «obrero»). Una estrategia unificada a escala internacional exige una visión de la sociedad —de las formas de domina- ción que son su basamento- que no debería limitarse a la reflexión sobre la toma del poder.

La Internacional Comunista no ha constituido más que un momento hacia el internacionalismo.

(Traducción del francés RC).

Notas

' Así pensaba Rosa Luxemburgo, aunque ella discrepaba con Lenin sobre el momento de fundar la nueva Internacional.

2 Tesis, manifiestos y resoluciones politicas de los Cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista, Maspero, 1969, p. 34.

"‘ Es lo que hace Francois Furet en su último libro El pasado de una ilusión, 1995.

No se hace el psicoanálisis de nadie a partir solamente de los textos disponi-

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bles y de los testimonios de sus contemporáneos. Las hipótesis que se pueden formular a partir de tales documentos dan a lo sumo indicios sobre las relacio- nes existentes entre la militancia revolucionaria y lo que Freud llamaba la «pulsión de la angustia». Lo que no es despreciable, pero no nos aclara nada sobre el curso de los acontecimientos revolucionarios.

"’ El tema merecería un desarrollo más extenso. Me limitaré a subrayar que, a menos que Se cambie el sentido de las palabras, es imposible hablar de putsch para caracterizar la acción de una organización política que, bajo esas consignas, conquistó la mayoría de la organización de masas más representativa: el Congre- so de los soviets.

G La mayoría de la población no creía en una guerra prolongada, como tam- poco los dirigentes civiles y militares de los estados beligerantes.

7 Los «mercaderes de cañones», figuras casi míticas de entre las dos guerras, simbolizan adecuadamente a esos poderes misteriosos y temibles que deciden el destino del mundo. «Se cree morir por la Patria, hasta darse cuenta de que se muere por las cajas fuertes» (Anatole France).

R Se podría objetar que el debate democrático haya existido desde el comien- zo en la IC. No se puede negar que, por su intermedio, se realizó una comunica- ción de experiencias que, por si mismas, limitaron la extensión de las relaciones de dominación. Pero la vida de una organizacioón no se limita a sus períodos de discusión general. La mayor parte del tiempo se consagra a la acción, ordinaria o extraordinaria, a la designación de responsables en todos los niveles, a la ges- tión, etc. Es ahí que nacen los hábitos de mando y de sumisión. Todo el proble- ma del «centralismo democrático» y de sus deformaciones se sitúa al nivel de la vida cotidiana de los partidos.

9 Sobre este punto de vista, uno de los textos más interesantes es el informe presentado por Trotsky al III Congreso de la Internacional («Informe sobre la crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional Comunista», 23 de junio de 1921).

"0 Esto se inscribe, por otra parte, en una tradición del pensamiento marxista, que a su vez se alimenta en los aspectos contradictorios de la obra de Marx.

Toda organización política funciona, en sus actividades corrientes, a partir de un cierto número de normas y de valores que representan un compromiso entre los objetivos globales fijados por sus dirigentes, y la mentalidad de sus cuadros y militantes. Por importantes que sean, las decisiones que vienen de la cumbre son, en los hechos, reinterpretadas al llegar a la base. Así nace esta ideología promedio que es conveniente auscultar para conocer la realidad de la orgamzacron.

'2 Esas tentativas no siempre nacieron de elementos jóvenes o sectarios. Fue- ron alentadas por iniciativas nacidas del propio Lenin. Siempre será poco la insistencia sobre las consecuencias nefastas de la expedición soviética sobre Po- lonia (1920) que popularizó la idea de que una intervención militar podía contri- buir directamente a la revolución.

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Por un marxismo crítico

Michael Lówy

espués de más de medio si-

glo de “marxismo” de Esta-

do, ideología oficial al servi- cio de un sistema burocrático auto- ritario o (según los casos) totalitario, nada es más legítimo que el deseo de volver a Marx, desembarazar su pensamiento de las escorias acumu- ladas y retomar el diálogo (crítico) con su obra original.

Compartimos esta intención, su- gerida tanto en el título de esta re- copilación (Marx después de los mar- xismos), como en el texto propuesto por los editores de la revista Futur antén'eur. Con la condición, todavía, de evitar un serio equivoco: creer que podemos abstraer un siglo de historia del marxismo, una historia donde encontramos, al lado de mu- chos impases (sin hablar de las abe- rraciones estalinistas) una inmensa riqueza y pistas indispensables para comprender nuestra época. No se puede simplemente “volver a Marx” descuidando a Rosa Luxemburgo y Lenin; Trostky y Gramsci; Lukács y Bloch; Walter Benjamin y Tehodoro

Adorno; Herbert Marcuse y Max Horkheimer; E.P.Thompson y Ray- monds Williams; Lucien Goldman y jean-Paul Sartre; Ernest Mandel y C.L.R. james; Henry Lefebvre y Guy Debord; josé Carlos Mariátegui y Ernesto Che Guevara, y podríamos continuar la lista.

Son los marxismos del siglo XX —partiendo de Marx, pero yendo mucho más allá- los que nos ayuda- ron a comprender el imperialismo y el fascismo, el estalinismo y la so- ciedad del espectáculo, las revolu- ciones sociales en los países perifé- ricos y las nuevas formas del capi- talismo. No se trata de una heren- cia homogénea o de una línea orto- doxa, sino de una diversidad con- flictiva y abierta, que nos es tan ne- cesaria, desde el punto de vista de una crítica al estado de cosas exis- tente —o de la búsqueda de una al- ternativa radical- en cuanto a las obras de Marx y Engels.

Si me refiero continuamente al marxismo es porque no pienso que Marx fuese (para retomar una fór- mula célebre) “un hombre de cien- cia como los otros”. Su pensamien- to introduce, como destaca con ra- zón Gramsci, una escisíon en el cam- po cultural, tanto teórica como prác-

Cuademos del Sur

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tica, filosófica y política, cuyos efec- tos repercuten hasta el presente. Dicha “escisión” no inaugura una “ciencia de la historia” —que ya exis- tía- sino una nueva concepción del mundo, que permanece como una referencia necesaria para todo pen- samiento y acción emancipadores. El marxismo no tiene sentido si no es crítico, tanto frente al la reali- dad social establecida —cualidad esta que hace mucha falta a los marxis- mos oficiales, doctrinas de legitima- ción apologética de un orden “real- mente existente”— cuanto frente a él mismo, frente a sus propios análi- sis, constantemente cuestionados y reformulados en función de objeti- vos emancipadores que constituyen su apuesta fundamental. Reclamarse del marxismo exige por tanto, nece- sariamente, un cuestionamiento de ciertos aspectos de la obra de Marx. Me parece indispensable un inven- tario que separe lo que permanece esencial para comprender y para cambiar el mundo, de lo que debe ser rechazado, criticado, revisado o corregido. No pretendo que mi ba- lance sea el único legítimo, ni que sea más “marxista” o “marxiano” que los otros. Yo lo propongo como una contribución para un debate plura- lista, sin temer, como diría Lucien Goldman, ser ortodoxo o herético. La primera y tal vez mayor con- tribución de Marx a la cultura mo- derna es su nuevo método de pen- samiento y acción. ¿En que consis-

te esta nueva visión del mundo, in- augurada por las Tesis sobre Feuerbach de 1845? La mejor definición me parece todavía la de Gramsci: filo- sofía de la praxis. Este concepto tie- ne la gran ventaja de destacar la discontinuidad del pensamiento marxista en relación a los discursos filosóficos dominantes rechazando tanto el viejo materialismo de la fi- losofía de las Luces —cambiar las circunstancias para liberar al hom- bre (con su corolario político lógi- co: la apelación al despota ilustrado o a una elite virtuosa)— como el idealismo neohegeliano (liberar la consciencia humana para cambiar la sociedad). Marx cortó el nudo gordiano dela filosofía de su épo- ca, proclamando (tercera Tesis so- bre Feuerbach) que en la praxis re- volucionaria coinciden los cambios de las circunstancias y la transfor- mación de las conciencias. A partir de aquí discurre, con rigor y cohe- rencia, su nueva concepción de re- volución, presentada por primera vez en La ideologia alemana: es por su propia experiencia, en el curso de su propia praxis revolucionaria, que los explotados y oprimidos pue- den quebrar al mismo tiempo las “circunstancias” externas que los aprisionan —el capital, el Estado— y su consciencia mistificada anterior. En otras palabras: la autoemanci- pación es la única forma de eman- cipación auténtica. Desde este pun- to de vista , la célebre fórmula del

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Manifiesto inaugural de la Asocia- ción Internacional de los Trabaja- dores resume, en su lacónica breve- dad, el núcleo central del pensa- miento político marxiano: "La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mis- mos". La revolución coino praxis autoliberadora , es simultáneamen- te el cambio radical de las estructu- ras económicas, sociales y política, y la toma de consciencia, por las víc- timas del sistema, de sus verdade- ros intereses, el descubrimiento de las ideas, aspiraciones y valores nue- vos, radicales, libertarios.

En los marcos de esta concepción de revolución —que,- bien entendida, se relaciona no solo con la “toma del poder” sino con todo un período histórico de transformación social ininterrumpida— no hay lugar, des- de el punto de vista de la propia es- tructura de la argumentación , para ningún “Salvador Supremo” ( “nin- gún César, ningún Tribuno” ): la fi- losofía de la praxis de Marx es intrínsicamente hostil a todo autori- tarismo, substituismo o totalitarismo. De todas las manipulaciones, defor- maciones o falsificaciones que el marxismo conoció “gracias a los cui- dados” del cesarismo burocrático estalinista —que no es un «desvío teó- rico” sino un monstruoso sistema de monopolio de todos los poderes por un “Estado” (Stand) parasitaria- aquel que se produjo en este nivel fue sin duda el peor.

La filosofía de la praxis tiene tam- bién otra dimensión decisiva: contra el materialismo antiguo que coloca al individuo contemplativo (ans- chauend) , frente a las “circunstancias sociales”, esto es, frente a la “socie- dad burguesa” en cuanto conjunto de leyes sociales y económicas “na- turales”, independientes de la volun- tad o de la acción de los individuos; “la filosofía de la praxis” percibe la sociedad como. red “practica”, con- creta, de relaciones sociales, en cuan- to estructura creada por los seres humanos en el curso de su actividad histórica y de su apropiación de la naturaleza por el trabajo. En otras palabras, la concepción de la praxis esta en el corazón de la crítica mar- xista de las alienaciones y, más tar- de, del fetichismo de la mercancía, al mismo tiempo como “ilusión ne- cesaria” y como forma de objetiva- ción social del capitalismo.

HOy estamos sometidos, más que nunca, a lo que Etienne Balibar lla- ma “el totalitarismo de la forma mer- cantil", esto es, a una condición en la cual “los individuos son aprisiona- dos en la estructura objetiva del in- tercambio, a partir del momento en el que no solamente los objetos con los que los individuos realizaron el intercambio son mercaderías, sino también la propia fuerza de trabajo se torna mercadería y su propia sub- jetividad es sometida a la forma mer- cadería (Critique Communiste, n" 140, hiver 1994-95, p. 94).

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En este final del siglo’xx, cuando el mercado capitalista se convirtió en una verdadera religión secular, con su culto fanático y estrecho, su cortejo de dogmas intolerantes, sus rituales de expiación, su clero inter- nacional de “especialistas”, su exco- munión de todas las herejías; en este momento, pues, la crítica marxiana del fetichismo nos permite desem- barazarnos (librarnos) de esta aplastante capa de plomo, de este conformismo sofocante y de esta hegemonía del “pensamiento úni- co”. Dicha crítica inspiró algunos de los más interesantes avances de la teoría social en el siglo xx, desde el análisis de la reificación hecho por Luckás hasta la crítica de la razón instrumental hecha por la E8cuela de Franckfurt y la de la sociedad del espectáculo de los oficialistas.

Lo que constituye la fuerza del pensamiento de Marx, lo que expli- ca su persistencia, su vitalidad, su resurgimiento perpetuo a pesar de las “refutaciones” triunfantes, de los repetidos errores y manipulaciones burocráticas, es su cualidad al mis- mo tiempo crítica y emancipadora, a saber: la unidad dialéctica entre el análisis del capital y la convocato- ria a su derrocamiento, el estudio de la lucha de clases y su relaciona- miento con el combate proletario, el exámen de las contradicciones de la producción capitalista y la utopía de una sociedad sin clases, la crítica de la economía política y la exigen-

cia de “eliminar todas las condicio- nes en el seno de las cuales el. hom- bre es un ser disminuido, someti- do, abandonado, despreciado” (Con- tribución a la critica de la economia politica).

Si la crítica marxista del capital mantiene todo su valor, es antes que todo porque la realidad del capita- lismo como sistema mundial, a pe sar de los cambios innegables y pro- fundos que el conoció después de un siglo y medio, continua siendo la de un sistema basado en la exclu- sión de la mayoría, la explotación del trabajo por el capital, la aliena- ción, la dominación, la jerarquiza- ción, la concentración de poderes y privilegios, la cuantificación de la vida, la reificación de las relaciones sociales, el ejercicio institucional de la violencia, la militarización, la gue- rra. Para comprender esta realidad , sus contradicciones y las posibili- dades de su transformación radical, la obra de Marx permanece como un punto de partida indispensable, una herramienta insustituible, una brújula sin la cual tenemos muchas chances de perder el rumbo.

Es un hecho que el mundo del trabajo conoció transformaciones profundas, principalmente en el cur- so de las últimas décadas: declinación del proletariado industrial y desarro- llo del sector servicios, desempleo es- tructural, formación (notablemente en el Tercer Mundo) de una masa de excluidos al margen del proceso

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de trabajo, el pobretariado". Estos son fenómenos no previstos por Marx que no podemos de forma al- guna dar cuenta con conceptos como “trabajo improductivo" o “lumpen- proletariado”. Sin embargo el prole- tariado, en sentido amplio, esto es, aquellos que viven de l‘a venta de su fuerza de trabajo —o que intentan venderla (los desempleados)— perma- necen como el principal componen- te de la población trabajadora y el conflicto de clase entre trabajo y ca- pital continua siendo la principal contradicción social de las formacio- nes capitalistas —así como el eje en tomo al cual se pueden articular los otros movimientos con vocación emancipadora.

El final del siglo xx es. una época caracterizada tanto por la globa- lización capitalista más avanzada, la universalización mercantil de la eco- nomía-mundo, cuanto por la multi- plicación del retroceso de las iden- tidades, de las neurosis territoriales obsesivas, de los fetichismos nacio- nales mórbidos; estas son dos caras de la misma moneda. La recons- trucción paciente de las solidarida- des entre los explotados y oprimi- dos -fundamento concreto de una nueva universalidad- permanece como el único hilo rojo que permi- te encontrar la salida del laberinto de las identidades (como destaca Daniel Bensaid en La discordance des temps. Essais sur les crisis, les clases, l 'histoire) .

Todo lo dicho no exime la exis- tencia de problemas, dificultades, li- mitaciones e insuficiencias en el pen- samiento de Marx. Me parece que los aspectos más discutibles de la herencia marxista se sitúan en el aná- lisis de las relaciones de la produc- ción con la vida “social y cultural y con el ambiente natural. En el mar- co de esta breve contribución pue- do apenas señalar estos problemas, sin tener las posibilidades de discu- tirlos de forma más sistemática.

Podemos constatar en Marx una cierta tendencia a subestimar las for- mas no económicas y no clasistas de opresión: nacional, sexual, étnicas. La cuestión de la dominación patriarcal sobre las mujeres, que afecta a la mitad de la humanidad, está lejos de ser un tema esencial para la crítica marxiana de la socie- dad precisamente por su insufrible androcentrismo (Engels estaba mu- cho más atento a este problema). Podemos encontrar páginas emocio- nantes en El capital sobre el sufri- miento de las mujeres trabajadoras, impiadosamente explotadas por los capitalistas ingleses, pero buscare- mos en vano en sus obras un análi- sis consistente de la opresión espe- cífica de las mujeres en cuanto ta- les, de la construcción de género como categoría social jerarquizada, o de la discriminación contra las mu- jeres en el seno del propio movi- miento obrero.

De la misma forma, la autonomía

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relativa de los hechos culturales como la religión o la ética, su irreductibilidad a relaciones de pro- ducción, no siempre fueron toma- das en cuenta por Marx o Engels. Si ellos habían captado la naturaleza contradictoria de la religión —expre- sión de la miseria real y de protesta contra ésta— también estaban total- mente convencidos que este último rol de la religión había terminado con la revolución puritana inglesa del siglo XVII. Su abordaje de los fe- nómenos religiosos como sobrevi- vencias del pasado no nos permitió darnos cuenta de la persistencia te- naz de las formas oscurantistas y retrógradas (“el opio del pueblo”) a lo largo del siglo XX y, en particu- lar, en nuestros días, de la aparición de formas progresistas y también revolucionarias de la religiosidad (teología de la liberación).

Por otro lado, su crítica frecuen- temente justificada del “moralismo” idealista y de la ideología jurídica los condujo a rechazar la formula- ción de valores éticos y de derechos humanos universales. Existe, es ver- dad, una ética emancipadora univer- sal que atraviesa la obra de Marx y Engels, pero ellos siempre se opu- sieron a su explicitación y articula- ción teórica. Esta laguna favoreció, a lo largo de toda la historia del marxismo, las tentativas cuestiona- bles de completar la herencia marxia- na con una ética kantiana, utilitarista, fenomenológica o liberal.

Permanece, en fin, la cuestión que exige tal vez las revisiones más profundas del cuerpo teórico mar- xista: la relación entre producción y naturaleza. Decir que “el marxis- mo es "productivista" como repi- ten nuestros amigos ecologistas es poco esclarecedor: ninguno denun- ció tanto como Marx la lógica capi- talista de la producción por la pro- ducción, la acumulación del capital, de riquezas y de mercancías, como objetivo en sí. La propia idea del socialismo —contra el que fueron sus miserables contrapartidas burocrá- ticas- es la de una producción de valores de uso, de bienes necesarios para la satisfacción de las necesida- des humanas. El objetivo supremo del progreso técnico para Marx no es el crecimiento infinito de bienes, “el tener”; sino la reducción de la jornada de trabajo y el crecimiento del tiempo libre, “el ser”.

Por otro lado, es verdad que hay a veces en Marx (y también en los marxistas posteriores) una tenden- cia a hacer del “desarrollo de las fuerzas productivas" el principal vector del progreso, es una postura poco crítica frente a la civilización industrial, principalmente en su re- lación destructora del ambiente. El texto "canónico" de este punto de vista es el célebre prefacio a la Con- tribución a la critica de la economia politica (1859)., uno de los escritos de Marx más marcados por cierto evolucionismo, por la filosofía del

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progreso, por el cientificismo (el modelo de las ciencias de la natura- leza) y por una visión que no con- tiene ninguna problematización de las fuerzas productivas.

Encontramos aquí y allí, en El capital, referencias al agotamiento de la naturaleza por el capital, como en este pasaje bien conocido: “Cada progreso de la agricultura capitalis- ta es un progreso no solamente del arte de explotación del trabajador, sino también del arte de espoliar el suelo; cada progreso en el arte de aumentar su fertilidad por un tiem- po, un progreso en la ruina de sus fuentes durables de fertilidad. Los EEUU. de América del Norte, por ejemplo, se desarrollan en base a su gran industria, sin embargo este proceso de destrucción se desarro- lla rápidamente. La producción ca- pitalista sólo desenvuelve la técnica en combinación con el proceso de producción social, agotando al mis- mo tiempo las dos fuentes de don- de brota toda riqueza: la tierra y el trabajador” (El capital, libro I, Flammarion, p. 363).

Se pueden encontrar otros ejem- plos, sin embargo permanece en Marx la ausencia de una perspecti- va ecológica de conjunto. Su con- cepción optimista y “prometéica” del desarrollo ilimitado de las fuer- zas productivas, una vez eliminado el obstáculo representado por las relaciones de producción capitalis- tas que lo restringen, no es ¡defen-

dible hoy en día. No sólo desde el punto de vista estrictamente econó- mico —integración de los costos ecológicos en el calculo del valor, riesgos de agotamiento de las mate- rias primas—, sino sobretodo consi- derando la amenaza de destrucción del equilibrio ecológico del planeta por la lógica productivista del capi- tal (y de su pálida imitación por la burocracia “socialista"). El creci- miento exponencial de la polución del aire, del suelo y del agua, la acu- mulación de desechos nucleares in- controlables, la amenaza constante de nuevos Chernobyl, la destrucción a un ritmo vertiginoso de los bos- ques, el recalentamiento de la tie- rra y el peligro de ruptura de la capa de ozono (que volvería imposible toda forma de vida sobre el plane- ta) configuran un escenario-catástro- fe que cuestiona la propia sobrevi- vencia de la humanidad.

La cuestión ecológica es, desde mi punto de vista, el gran desafío para la renovación del pensamien- to marxista en los umbrales del si- glo XXL Ella exige a los marxistas una profunda revisión crítica de su concepción tradicional de "fuerzas productivas”, y una ruptura radical con la ideología del progreso y con el paradigma tecnológico y econó- mico de la civilización industrial mo- derna.

Walter Benjamin fue uno de los primeros marxistas del siglo xx en plantear este tipo de cuestiones: en

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1928, en su libro Sens unique, él de- nunciaba la idea de dominación de la naturaleza como “un ensaña- miento capitalista" y proponía una nueva concepción de la técnica como maestro” de la relación en- tre la naturaleza y la humanidad”. Algunos años después , en las Tesis sobre el concepto de historia el propug- na enriquecer el materialismo his- tórico con las idas de Fourier, este visionario utópico que había soña- do “con un trabajo que, muy lejos de explotar la naturaleza, estaba en condiciones de hacer nacer de ella las creaciones que dormían‘ en su seno"

Aún hoy el marxismo está lejos de haber superado su atraso en este terreno. Una de las pistas para un nuevo abordaje está sugerida en el reciente texto de un marxista italia- no que —partiendo de un pasaje de La ideología alemana donde Marx evoca las fuerzas productivas que se tornan, sobre un régimen de pro- piedad privada, fuerzas destruc- tivas- propone: “La fórmula según la cual se produce una transforma- ción de fuerzas potencialmente pro- ductivas en fuerzas efectivamente destructivas, sobre todo en relación al ambiente, nos parece más apro- piada y más significativa que el es- quema bien conocido de contradicr ción entre fuerzas productivas (di- námicas) y relaciones de producción (que las aprisionan). Más allá de esto, esta fórmula permite dar un

fundamento crítico y no apologético del desarrollo económico, tecnoló- gico, científico y por tanto de ela- borar un concepto de progreso di- ferenciado (E. Bloch)” (Tiziano Bagarolo, “Encore sur marxismo y ecología”. Quatrieme Internationale, 44, mai-juillet 1992, p. 25). Mientras tanto, los ecologistas se engañan si piensan que pueden pres- cindir de la crítica marxista del capitalismo: una ecología que no ten- ga en cuenta las relaciones entre “productivismo” y lógica de la ganan- cia está condenada al fracaso —o peor aún, a su absorción por el sistema. Como comprenden perfectamente los eco-socialistas —el primero André Gorz, James O'Connor, Juan Mar- tínez 'Alier, Jean-Paul Déléage, Frieder Otto Wolfl'— la racionalidad estrecha del mercado capitalista, con su cálculo inmediatista de pérdidas y ganancias, es intrínsicamente con- tradictoria con una racionalidad ecológica, que tome en cuenta el lar- go plazo de los ciclos naturales y la necesidad social de proteger el am- biente. Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomía reificada de la economía, el camino del futu- ro es la construcción de una econo- mía política no-mercantil basada en criterios no monetarios y extra eco- nómicos: en otros términos, la “reimbricación” (para retomar la expresión de Karl Polanyi) de la eco- nomía no ecológica, no social y no política (ver sobre esto el ensayo de

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Daniel Bensaid, Le tourment de la materia Marx, productivismo et e'cologie Document du travail de l'Institute de Recherche et de Formation, Amsterdam, november 1992, p. 23).

Gramsci insistía en la idea de que “la filosofía de la praxis se concibe, ella misma, históricamente, como una fase transitoria del pensamien- to filosófico”, destinada a ser susti- tuida en una nueva sociedad, basa- da ya no sobre las contradicciones de clases y las necesidades, sino so- bre la libertad (Il materialismo storico. Riuniti, pp. 115-6). Sin embargo en tanto vivamos en sociedades capita- listas divididas en clases sociales antagónicas, será en vano querer sustituir la filosofía de la praxis por otro paradigma emancipador. Des- de este punto de vista, pienso que Jean-Paul Sartre no se equivocó al ver en el marxismo “el horizonte intelectual de nuestra época”: los intentos de “superarlo” conducen a una regresión hacia niveles inferio- res del pensamiento, antes que a un “más allá” de Marx. Los nuevos paradigmas actualmente propuestos —ya sean la ecología “pura” o la racionalidad discursiva, muy cara a Habermas, para no hablar de la posmodernidad, del desconstruc- tivismo o del “individualismo metodológico”— aportan frecuente- mente contribuciones interesantes, pero no constituyen de ninguna manera alternativas superiores al marxismo en términos de compren-

sión de la realidad, de universalidad crítica y de radicalidad eman; cipadora.

¿Cómo entonces corregir las nu- merosas lagunas, limitaciones e in- suficiencias de Marx y de la tradi- ción marxista? A través de un abordaje abierto, una disposición para comprender y e'nriquecerse con las críticas y las contribuciones provenientes de otras partes -y an- tes que todo de los movimientos sociales, “clasicos”, como los movi- mientos obrero y campesino, y los nuevos, como la ecología, el femi- nismo, los movimientos por los de- rechos humanos o por la liberación de los pueblos oprimidos, el indige- nismo, la teología de la liberación.

Pero es necesario también que los marxistas aprendan a “revisitar” las otras corrientes socialistas y emancipadoras —-e inclusive aquellas que Marx y Engels habían refutado durante mucho tiempo-cuyas intui- ciones, ausentes o poco desarrolla- das en el “socialismo científico", se revelaron frecuentemente fecundas: los socialismos y feminismos “utó- picos” del siglo xx (owenistas, saint- simonistas, o fourieristas), los socia- lismos libertarios (anarquistas o anarco-sindicalistas) , los socialismos religiosos y, en particular, lo que yo llamaría los socialismos románticos, los más críticos frente a las ilusio- nes de progreso: Willian Morris, Charles Péguy, Georges Sores, Bernard Lazare, Gustav Landauer.

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En fin, la renovación crítica del marxismo exige también su enrique- cimiento por las formas más avanza- das y más productivas del pensamien- to no marxista, desde Max Weber a Karl Mannheim, de George Simmel a Marcel Mauss, de Sigmund Freud ajean Piaget, de Fernand Braudel a Jurgen Habermas (para señalar sólo algunos ejemplos) así como debemos tener en cuenta los resultados limi- tados pero frecuentemente útiles de diversas ramas de la ciencia social universitaria.

Es necesario inspirarse aquí en el ejemplo del propio Marx, que supo utilizar ampliamente los trabajos de filosofía y de la ciencia de su época —no solamente Hegel y Feuerbach, Ricardo y Saint Simon, sino también de economistas heterodoxos como Quesnay, Fergunson, Sismondi, J. Stuart, Hodgskin, de antropólogos fascinados por el pasado comunita- rio como Maurer y Morgan, de críti- cos románticos del capitalismo como Carlyle y Cobbett, y de socialistas heréticos como Flora Tristán o

Pierre Leroux- sin que esto dismi- nuyera mínimamente la unidad y la coherencia teórica de su obra. La pretensión de reservar al marxismo el monopolio de la ciencia, empujan- do a las otras corrientes de pensa- miento al purgatorio de la pura ideo- logía, no tiene nada que ver con la concepción que Marx tenía de la ar- ticulación conflictiva de su teoría con la producción científica contempo- ránea.

La obra de Marx fue frecuente- mente presentada como un edificio monumental, de arquitectura impre- sionante, cuyas estructuras se arti- culaban armoniosamente, desde los cimientos hasta el tejado. ¿Pero no sería mejor considerarla como un cantero de obras, siempre inacaba- do, sobre el cual continuaran traba- jando generaciones de marxistas críticos?

Paris, noviembre 1996

(Traducción del portugués: Eduardo Lucita / Carlos Girotti.)

POR UÜA ¡ZOQHIIDJ ALÏEIMATlVÁM

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IV Encuentro de Revistas Marxistas Latinoamericanas, Buenos Aires, 1998

Al cierre de este número de. Cuadernos estaba concluyendo el IV Encuentro de Revistas Marxistas Latinoamericanas, quedando pendiente un balance del mismo para nuestra próxima entrega. Lo que si podemos adelantar es que se acordó que el V Encuentro se realizará en San Pablo, Brasil, en la primera semana de diciembre de 1999, bajo el lema: El Socialismo del Siglo XXI. Lo que sigue es nuestra comunicación al panel: «Revistas, intelectuales y política».

Cuando en el marco de la apertura política de 1982 un grupo de compañeros que cargábamos un bagaje de distintas experiencias político-militantes comenzamos a discutir la posibilidad de reorganizar el espacio teórico-politico del socialismo, destruido en nuestro país por el avasallamiento dictatorial y carente de formulación por la fragmentación e insuficiencias de las izquierdas, no éramos totalmente cons- cientes de las dificultades a enfrentar. Dificultades para pensar la realidad, para indagarla con independencia de forzadas homologaciones y accionar sobre ella sin sumisión a los modelos que la doctrina había congelado.

En ese escenario Cuadernos del Sur se formuló y refonnuló, buscando realizar y al mismo tiempo inducir una reflexión amplia sobre el marxismo como cuerpo teórico y la realidad, una reflexión que partiendo del contexto mundial contempo- ráneo, se ubicara en el espacio nacional y latinoamericano.

En este sentido Cuadernos del Sur puede catalogarse como un proyecto intelec- tual -si caracterizamos como intelectual toda aquella actividad del pensamiento, esté sustentada en una formación académica o no, al servicio de analizar el desen- volvimiento de la vida social tomando posición frente a ella. Nuestra revista pre- tende desde sus orígenes, hace ya casi una década y media atrás, ser un vehículo de difusión y discusión de la producción local e internacional marxista y del pensa- miento crítico. Que toma la cuestión social, económica y política en toda su com- plejidad y amplitud, aportando a la construcción de un espacio de reflexión sobre las actuales condiciones de nuestras sociedades y la recreación de la utopía socia- lista, transformadora de conciencias y realidades..

Frente a la caducidad del pensamiento dogmatizado, afirmamos que ningún cuerpo teórico ha sustituido con beneficio los instrumentos conceptuales del marxismo, con los cuales quienes se plantearon la transformación socialista de la sociedad contem- poránea elaboraron los análisis de ésta, fundando teóricamente los movimientos liberadores de la sociedad.

Sin embargo la forma abrupta e inorgánica del curso de la desdogmatización - que cuestionó a ese culto ateo con santa sede en Moscú, pero que también sacudió los cimientos de las pequeñas parroquias diseminadas por doquier- que invade irrefrenablemente los terrenos antes cerrados por los a priori, conforman uno de

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esos sacudimientos estructurales que llamarnos crisis. Tanto el marxismo como herramienta teórica capaz de guiar la comprensión de la crisis capitalista, así como la construcción del socialismo giraron durante todos estos años en el torbellino de una misma crisis.

No obstante los vendavales. de la crisis pueden ser propicios, porque arrastran consigo las mistificaciones que proliferan en períodos de calma, a condición de que se distinga" correctamente aquellos árboles que pueden enfrentar la tormenta augu- rando tiempos mejores y, naturalmente, contribuir para que se desarrollen. Cuader- nos del Sur no se publica entonces para aferrarnos ,dogmáticamente a dos, tres o cua- tro verdades reveladas, que permanecería'n al margen» de la lucha cotidiana de los hombres y mujeres concretos que viven y reproducen su existencia sometidos a la explotación, a la opresión y exclusión social; ni tampoco de la experiencia acumula- da por los mismos. Tampoco lo hace para ofrecer en venta a sus múltiples lectores, eclécticamente, cada surtido de mercaderías ideológicas que la moda impuso. Cua- dernos del Sur no tuvo ni tiene vocación de relicario ni de góndola de supermercado, sino la única vocación digna de una revista socialista: plantear y debatir críticamente algunas herramientas teóricas y su aplicación concreta sobre la realidad en que ope- ran.

En este aspecto Cuadernos del Sur se escribe para una coyuntura, para intervenir en una determinada coyuntura, aunque el alcance de sus artículos pueda tener una mirada y un alcance de futuro, porque nos parece indispensable y necesario el debate y el conflicto, aunque muchas veces no se expliciten como tales, con otras posiciones política e ideológicas, partidarias o no. Porque, en algún sentido, toda revista por independiente que sea es una forma de partido. Un tomar partido, no en el sentido de la adhesión a un partido político, sino en el sentido de la politicidad implícita, de la opción por un proyecto y un cuerpo de ideas para la construcción política socialista, aún en debate y en conflicto con los partidos existentes.

Para Cuadernos del Sur, una revista socialista independiente, celosa de su auto- nomía, que no está amparada por ninguna institución, académica o partidaria, ni sostenida por ninguna fuente de financiamiento que no sean sus lectores, soste- ner en el tiempo esta empresa intelectual no resulta sencillo en esta época de fuga del pensamiento radical, de desvalorización de todo intento transformador de nuestras realidades, de rápidas transformaciones y de una profunda crisis global.

Para el pensamiento, como para las sociedades, asumir la crisis significa agudizar la propia capacidad crítica. Afirmados en esta premisa y confiados en la capacidad removedora de las ideas el proyecto de Cuadernos del Sur no es otro, en última instancia, que aportar a la transformación del conocimiento en fuerza social impugnadora del orden de cosas existente, buscando abrir la posibilidad de un nuevo curso en la historia.

Colectivo de Gestión Buenos Aires, septiembre de 1998.

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uademos del Sur

EDITORIAL

JESÚS ALBARRACÍN /PEDRO MONTES

JORGE LOFREDO

JOAO PEDRO STEDILE’ CAIO NAVARRO TOLEDO

JEAN MARIE VINCENT TONI NEGRI

HUGO CALLELO/ RUBEN LOZANO

H.TARCUS / A.FANIUL H.CALLELO / E.M—WOOD

DENIS BERGER MICHAEL LÓWY

El impacto de la crisis en la política local.

La crisis asiática y la inestabilidad financiera mundial.

«Activistas». «infiltrados», y «subversivos. Oposición social y reacción oficial. (Argentina 1989-1998).

Brasil: los sin tierra contra el corporativismo.

¿Adiós a la revolución? La modernidad. democrática de la izquierda.

Las vías de la democracia. La república constituyente.

Nueva revolución, nueva democracia.

Estado, clase, ciudadanía. .

Intemacionalismo e intemacional(es).II

Por un marxismo crítico.

Artista plástico invitado: llildu l’uz / Sebastián Rosso / Viviana Szisso

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