J. Holloway S. Clarke
’ I'-
. D.¡Bensal‘d I _ me I . Teoría y ¿Ey'eeade Debate . sobre el 'j' trabajo '
J J. Petras/ H. Vellmeyer Íí_j América latina al final del í» . milenio ‘
y e _ -' ‘ H. Bonnet Saber,* Creer y Votar 1.::‘9'9f9f:2¿_Elecciones menemistas
- fic uego . ‘(jíï 1
nadamas del Sur
Año 15 - N ° 29 Noviembre de 1999
Tiequ'affucgo
Consejo Editorial
Argentina: Eduardo Lucita / Roque Bedace / Alberto Plá/ Carlos Suárez] Alberto Bonnet
Brasil: Enrique Anda/ Florestán Fernandes [1920-1995]
Bolivia: Washington Estellano
Chile: Alicia Salomone
Perú: Alberto di Franco
México: Alejandro Dabat / Adolfo Gilly / Alejandro Gálvez C. / José María Iglesias (editor)
Escocia: John Holloway
España: Daniel Pereyra
Francia: Hugo Moreno / Michael Lówy
Italia: Guillermo Almeyra
Rusia: Boris Kagarlitsky
El Comité Editorial está compuesto por los miembros del Consejo Editorial residentes en Argentina.
Colectivo de Gestión María Rosa Lorenzol Mariano Resels / Gustavo Guevara / Cristina Viano/ Leónidas Cerruti/ Rubén Lozano / Inés Bonnet
Coordinación artística Juan Carlos Romero
Cuadernos del Sur, número 29 Toda correspondencia deberá dirigirse a: Publicado por Editorial Tierra del Fuego CaSÍHa de Correos ¡1° 167, 6-13. C.P. 1406 Argentina, noviembre de 1999 Buenos AirCS, Argentina
E-m: cds@cvtci.com.ar
CUADERNOS DEI. SUR incluye los sumarios de sus ediciones en la base de datos de Latbook (libros
y revistas)
Disponible en INTERNET en la siguiente dirección: http:llwww.>latbook.com
EDITORIAL
JAMES PETRAS HENRY VELTMEYER
ENRIQUE ARCEO EDUARDO BASUALDO
FABIAN FERNANDEZ J ORGE TRIPIANA
IRENE MUÑOZ DIEZ
ALBERT O R.BONNET
JOHN HOLLOWAY SIMON CLARKE
DANIEL BENSAÏD
Índice
¿El fin de la era menemista? América latina al final del milenio Las tendencias a la centralización del capital
y la concentración del ingreso en la economía argentina durante la década del noventa
El movimiento de la estructura económica de la sociedad en los ‘90
El poder del Estado en acción: un balance de las transformaciones del aparato estatal en los ‘90
Saber, creer y votar. 1999: elecciones menemistas.
Clase y clasificación El debate sobre el trabajo
Trabajo y juerga
13
39
69
81
99
Ill
121
145
¿El fin de la era menemista?
Eduardo Lucita
i las elecciones reflejan, aún deformadameríte, y en tiempos de manipulación mass-mediática más deformadamente aún, el cuadro socioeconómico de un país, es posi- ble entender los resultados de las elecciones presidenciales del 24 de octubre pasado como una resultante de los cambios en las bases materia- les de la sociedad y el impacto que estos han tenido en el plano de la cultura y la ideología, y por lo tanto en el comportamiento social y políti- co de los sujetos sociales colectivos. En efecto, en los años‘90 se con- densaron en el país tendencias de larga duración en el capitalismo mun- dial que concluyeron en transforma- ciones profundas en la estructura pro- ductiva y social. La década que con- cluye y con la que concluye el milenio ha sido así escenario de cambios, muchos de ellos condicionados por las transformaciones a nivel global, que sin solución de continuidad han mostrado una profundidad y vertiginosidad sin precedentes Es en este marco que deben leerse los resultados de estas elecciones. Ellas dan cuenta de un hecho inédi- to en Argentina: por primera vez en este siglo se da el cuarto recambio
presidencial consecutivo sin sobresal- tos; y por primera vez un gobierno peronista entregará el mando a uno de otro signo político, en un acto que para el periodismo suele ser leído eufemísticamente como el fín de la transición democrática pero, más allá de eufemismos, lo cierto es que el país ingresará al tramo final de dos décadas de democracia parlamenta- ria ininterrumpida. Lo que para la historia política argentina de este si- glo es más que significativo.
En el inicio de esta década la cri- sis de esos años parecía haber encon- trado su propio cauce, y ya desboca- da se realirnentaba a sí misma. La deuda interna daba signos de estar fuera de control; la emisión de circu- lante no alcanzaba a cubrir el alza de los precios; el equivalente general de las mercancías: la moneda, se depre- ciaba velozmen- .¿ _¿ - te. Ni el fuerte ._ ritmo de las devalua-ciones, ni las altísimas tasas de interés zw I lograban frenar la escalada de los tipos de cambio ni la fu ga del
Cuadernos del Sur
austral (la moneda nacional de en- tonces). El Estado se mostraba prác- ticamente impotente para asumir las demandas sociales que emergían de la crisis, en tanto que la voracidad de las fracciones más concentradas del capital parecía no tener límites y su impotencia para imponer un pro- grama que firera asumido por el con- junto de las fracciones burguesas agudizaba hasta el paroxismo la dis- puta por la apropiación de la rique- za social que otros producían.
No estaba en juego el poder, pero se trataba de una crisis en el sistema de dominación que abría posibilida- des inéditas para la acción política de masas y la. apertura de nuevos es- pacios democráticos. Como contra- partida, en el proceso electoral que coincidió en los inicios de la déca- da, y que llevó al gobierno al perOnismo, la izquierda tuvo su ma- yor implantación social, y su mejor perfomance electoral hasta el pre- sente.
En el final de este decenio el país es muy diferente y todo parece indi- car que la burguesía, como clase, ha logrado estabilizar su régimen de dominación en el marco de la demo- cracia representativa y en medio de una nueva crisis política, económica y moral, que contiene elementos de continuidad con aquélla, pero que agrega nuevos, surgidos precisamen- te de‘los senderos que la crisis capi- talista siguió en“ estos años. Sin em- bargo esta estabilidad no está exenta
de ser sometida a duras pruebas en un futuro notan lejano.
Estas elecciones marcan también el fin de un período en el que las profundas transformaciones estructu- rales ocurridas tuvieron su correlato social y político. Una década en que el memem'smo, único peronismo posi- ble en este lapso, fue capaz de reconfigurar el consenso, sustentan- dolo en una alianza social entre las clases subaltemas y los grupos del poder económico, ala par que cons- truyó su hegemonía política al calor de la lucha contra la inflación y los cambios estructurales, siendo a su vez el principal impulsor de éstos.
En el ejercicio de su gobierno se distinguió claramente de su antece- sor. El alfonsinismo buscaba Canalizar los conflictos hacia las instituciones del sistema. Por el contrario el menemismo hizo política desde la eco? nomía, desvalorizó las instituciones y las representaciones parlamentarias; hizo el centro de su política en la reforma del Estado, las privati- zaciones, la desregulación de los mercados y la apertura indiscrimi- nada de la economía.
La implantación del modelo se lle- vó a cabo no sin dificultades -fuertes contradicciones interburguesas y re- sistencia de los trabajadores y las cla- ses subalternas-, en los últimos vein- ticinco años atravesando distintas eta- pas, pero fue en este decenio en que el neoliberalismo, apoyándose en el nuevo impulso que le dio la caída del
Noviembre de 1999
Muro de Berlín y la irnplosión de la URSS, avanzó con fuerza arrollado- ra en la economía, la cultura y la ideo- log-ía.
Diez años después los resultados están a la vista: la centralización del capital y de los ingresos llevo la po- larización social a límites desconoci- dos en los últimos 50 años; la N a- ción-está a merced de los flujos fi- nancieros internacionales y someti- da, una y otra vez, a la evaluación del “riesgo país”, en tanto que la política exterior se referencia en la doctrina vemácula de las “relaciones carnalesï‘; entre 1989 y 1999 la deu- da externa se duplicó llegando a los 140.000 mill. de dólares; más del 30% de la población vive en condi- ciones de pobreza y dentro de estos el 7% debajo del límite de indigen- cia. El 50% de la población econó- micamente activa está con problemas laborales; el 17% desocupado y otro tanto en la subocupación; buena parte trabaja en negro y sin ninguna co- bertura social; los salarios reales han sufi'ido una caída estructural en los primeros cinco años de la década y luego se han cristalizado en este ni- vel. Los sistemas de salud y educa- ción siguen un curso de deterioro permanente. La exclusión social se- para de la producción y del consu- mo a vastas franjas de la sociedad.
El déficit fiscal que heredará el próximo gobierno está estimado en 10.000 mill. de dólares y todo preanuncia un fuerte ajuste para po-
ner en caja las finanzas públicas, en un marco de recesión que se agudiza por la crisis de Brasil. Ajuste que está impuesto por la propia crisis y que es independiente de cualquier resul- tado electoral que hubiera ocurrido.
Una y otra vez las masas obreras y populares han visto reducir el piso material en que viven y reproducen su existencia, sin percibir otro hori- zonte que no sea un agravamiento de las condiciones del presente. Una suerte de naturalización de la des- igualdad y cristalización de la pobre- za, con su secuela de ruptura de las solidaridades, pérdida de las subje- tividades colectivas, defensa indivi- dual de los derechos, carencia de valores, ha sido uno de los logros más significativos del régimen de domi- nación social en su fase neoliberal.
Esto, que ya se había manifestado en procesos electorales previos, se mostró con fuerza en estas elecciones. Sin embargo ellas fiieron precedidas, en un contexto general de retroceso social, de un sinnúmero de conflictos que se desarrollaron, en forma desarti- culada e inconexa -más allá de los cin- co paros generales y la Marcha Fede- ral que buscaron centralizar la protes- ta- por todo el país y por una sensa- ción de hartazgo social frente al orden de cosas imperante. Conviene recor- dar no obstante que no es la primera vez, en nuestra historia contemporá- nea, que una fuerte conflictividad so- cial no resulta incompatible con el con- sentimiento político.
Cuadernos del Sur
Esto se reflejó contradictoriarnen- te. La votación fue masiva como po- cas veces antes, sin embargo la cam- paña no estuvo sostenida en grandes movilizaciones —con excepción de los cierres que fireron multitudinarios- y donde la escasa participación popu- lar y la ausencia de alternativas fue- ron la antesala de un voto con ex- pectativas limitadas, carente de espe- ranzas, expresión de la desconfian- za social generalizada que impera en el país.
En este proceso electoral el deba- te estuvo ausente y el curso de la eco- nomía no fue puesto en cuestión. La disputa de las burocracias políticas partidarias por espacios de poder sin que estuvieran en juego cuestiona- mientos serios al modelo neoliberal o proyectos de país, ni el carácter de la crisis nacional, buscaban ocultar que, en las condiciones impuestas, el mercado hizo perder a la política su centralidad como eje de los procesos sociales. Así, que otra cosa podía re- sultar que una combinación paradoja] de hartazgo social por las consecuen- cias de la política neoliberal y des- confianza creciente sobre la capaci- dad de la oposición para superarla.
El ciclo expansivo de la economía argentina que se verificó partir de 1991 con la sanción del Plan de Convertibilidad fire acompañado por el-ajuste estructural que contó con un consenso político innegable, que al- canzó su máxima expresión en las elecciones de 1995. Fue este consen-
so el que le permitió al Gobierno sor- tear con éxito los duros conflictos de telefónicos, ferroviarios y metalúrgi- cos de Somisa. Resueltas estas con- frontaciones el modelo ya no tuvo más obstáculos serios a vencer que sus propias contradicciones internas.
Sin embargo a partir. de 1996 la alianza social que sustentaba al mmmismo comenzó a mostrar fisuras. Primero fueron las clases subaltemas que, a partir del Santiagazo, paros generales, Marcha Federal y múlti- ples conflictos, fueron crecientemente retaceando su consenso político. Lue- go, en el otro polo de la alianza, se resquebrajó el bloque dominante y lentamente se reabrió la puja interburguesa que fiiera cerrada en el ‘91 con el Plan de Convertibilidad y la prebenda de las privatizaciones. En estas condiciones el oficialismo (menemismo) se vio irnposibilitado de presentar candidaturas. Habiendo perdido la disputa al interior del peronismo no solo no logró la re-re- elección sino que tampoco pudo irn- poner un candidato. El peronismo apareció así fuertemente confronta- do por corrientes internas cada vez más diferenciadas.
Las principales fuerzas de oposi- ción, en tanto, se esforzaron en mos- trarse como los portadores del carn- bio sin que, obviamente, esto impli- cara cuestionamiento alguno al orden social establecido.
El candidato del Partido justicialista (PJ), más allá de oportu-
Noviembre de 1999
nismos electorales con los que buscó recuperar la base de masas del peronismo, mostró que sus diferen- cias radican en que expresa a ciertas fracciones del capital interesadas en defender el mercado interno y, al menos, manejar una porción de los recursos financieros dela Nación. Por su parte la Alianza, de acuerdo con los referentes económicos y políticos que la hegemonizan pareciera expre- sar más el continuismo neoliberal en lo económico.
Los resultados electorales: un nue- vo escenario político
Los resultados electorales mues- tran situaciones contradictorias y anuncian un nuevo escenario polí- tico. La masividad de la votación, cuyo índice de participación es de los más altos desde 1983, no se condice con la apatía de la campa- ña y la ausencia de grandes expec- tativas. Más aún el llamado “no voto” —sumatoria de abstenciones, votos blancos, impugnados y nulos- en los que algunas fracciones de izquierda y el periodismo habían alentado expectativas, estuvo por debajo de anteriores elecciones.
Esto puede leerse como la exis- tencia de una sociedad civil que le asigna prioridad a su participación en el juego electoral; pero también como la capacidad del régimen de dominación para canalizar y tener bajo control las tensiones sociales que condensa y acumula la crisis.
Ambas cuestiones estuvieron pre- sentes en estas elecciones. Pbr un lado la capacidad de manipulación del consenso político en una sociedad mass-mediática y carente de altema- tivas, donde los sujetos sociales co- lectivos han sido reemplazados por individualidades agregadas, ha de- mostrado ser altamente eficaz. Por el otro, es claro que esa misma socie- dad canalizó como pudo su rechazo y su hartazgo a las consecuencias sociales del modelo neoliberal en curso y a la barbarie cultural, a esta verdadera sociedad del espectáculo montada por el menemismo.
La realidad es que la sociedad bus- có un cambio, una modificación de las condiciones del presente, y sobre todo de sus proyecciones futuras, pero mas allá de algunos deseos —trabajo, seguridad, transparencia en el mane- jo de la cosa pública, mejora en los servicios públicos- no alcanza a defi- nir la textura de este cambio. Tal vez porque tampoco tiene demasiada con- fianza de que este cambio efectiva- mente se produzca.
La Alianza obtiene su triunfo por- que logró recomponer la alianza so- cial con la que en 1983 triunfara la Unión Cívica Radical (UCR), pero a diferencia del aljbnsinisma que encar- naba un ala progresista, esta vez esa alianza está hegemonizada por el ala más conservadora del radicalismo. Más aún, la derrota en la estratégica Prov. de Buenos Aires debilita a las alas potencialmente “progresitas” de
Cuadernos del Sur
la UCR y el Frente País Solidario (F REPASO).
Por su parte el PJ pierde las elec- ciones porque, aún logrando recupe- rar el voto peronista histórico, no pudo rearmar la alianza que en el 89 y 95 supiera forjar el menemismo. Ex- presión de esto es el fortalecimiento de Acción por la República (AR), cuyos votos hubieran permitido al PJ equilibrar los resultados. Por el con- trario el triunfo del PJ en la Prov. de Buenos Aires muestra que allí sí la alianza original se logró rearmar, y para ello los votos de los partidos identificados claramente con el idea- rio neoliberal (AR-Unión de Centro Democrático (UCD)) fueron decisivos.
Esto señala otro de los resultados contradictorios de las elecciones: la gente buscó desalojar al menemismo, pero de las urnas emergió una super- estructura política hegemonizada por sus fracciones más conservadoras y la opción que, en la coyuntura, resulta- ba más firncional a la lógica del capi- tal fmanciero. Lo que no implica que, acicateados por la crisis, se vean obli- gados a tratar de acotar la tasa de ganancia de este sector; a establecer límites a la libre acción de los merca- dos; a darle un nuevo marco legal y regulatorio a las privatizaciones, a revisar algunas renegociacíones con- tractuales, etc. Lo que generará un sinnúmero de contradicciones.
La legitimidad que le otorgan las urnas al próximo presidente es in- cuestionable, sin embargo el poder
institucional que esas mismas urnas le otorgan es absolutamente fragmen- tado. A diferencia de las elecciones del 83, 89 y 95, que arrojaron un presidencialismo fuerte, las recientes dejan como saldo un Poder Ejecuti- vo que deberá consensuar y negociar prácticamente todo.
La Alianza, triunfadora a nivel nacional, gobemará solo en 8 de las 24 provincias; en el Senado la oposi- ción tendrá mayoría por los menos hasta el 2001; en la Cámara baja nin- guna fuerza tendrá por si sola la ma- yoría absoluta. Esto marcará limita- ciones a una figura presidencial sus- tentada en una votación masiva pero que no tiene como contrapartida fuer- za política equivalente. Esto deja el terreno libre para la neutralización de la política por parte de los grupos económicos y su política de presiones.
La gobernabilidad del sistema obligará al consenso y tal vez a una suerte de cohabitación a la europea - el presupuesto 2000 será sin duda la primera prueba-, pero esto no alcan- za a ocultar, como tampoco lo hace la votación masiva, la crisis de representatividad de estos partidos característica de toda esta década. Al contrario se hace más evidente el ca- rácter orgánico de la misma, en el sentido de que, por el carácter de la crisis capitalista local, no alcanzan a expresar las necesidades de sus re- presentados.
Lo que estará en juego a futuro es la caducidad de estas estructuras partida-
10
Noviembre de I 999
rias y la búsqueda de otras como ex- presión de un proceso más vasto de recomposición de las alianzas y realineamiento de las distintas fraccio- nes del capital. Esto tendrá objetiva- mente su contrapartida en el plano de las representaciones sociales. Si en es- tos años la aparición de la CTA y de diversas fracciones al: interior de la CGT expusieron la crisis del movimien- to sindical, la actual fractura de la UOM y la creación de un nuevo sindi- cato siderometalúrgico no es más que una expresión aún embrionaria del debate que, como producto de los (am- bios, atraviesa al movimiento obrero. Como lo son también distintas expe- riencias de un vasto movimiento so- cial que no alcanza a definir aún con claridad sus contenidos políticos, y que necesita atravesar un camino de encuen- tros con la potencialidad emandpadora de la clase trabajadora para superar sus propias limitaciones.
Es probable que el nuevo escena- rio que emerge de las urnas acelere una recomposición del sistema de partidos, al interior de cada uno de ellos, y de las relaciones entre estos y el Estado.
Tal vez este sistema de partidos, ya no se sustente en el plurarismo político con partido hegemónico o con bipartidismo y la alternancia, objetivo este largamente buscado hasta ahora. Sino en otro surgido de la re- composición de los actuales partidos, previas fracturas y rupturas, y la con- solidación de una tercera fuerza que
exprese con absoluta transparencia las concepciones neoliberales en el plano económico e ideológico. Pero en lo inmediato cobrarán fuerza las disputas al interior de cada una de ellas. La lucha de tendencias, en el futuro cercano, será tal vez más irn- portante que la confrontación entre partidos.
La izquierda ha tenido una expre- sión absolutamente minoritaria y marginal, aunque pareciera haber encontrado su piso. Sumadas todas sus fracciones apenas si alcanza el 3% de los votos, y ninguna de sus múlti- ples candidaturas alcanzó al 1%. Paga así el precio a su impotencia para presentar una candidatura unificada, pero no sólo por esto. Hay también una suerte de incapacidad para leer la realidad tal cual es y no como qui- siéramos que fiiera. Esto es, dar cuenta de la actual relación desfavorable de fuerzas y articular una intervención acorde con ella. Comprender que no es esta una época de grandes progra- mas sino de saber articular aquellas reivindicaciones que no por elemen- tales en su desarrollo se transforman en anticapitalistas, por la sencilla razón de que el capital no puede hoy satisfacerlas ni garantizarlas en el futuro.
El menemismo ha sido en todos es- tos años la principal expresión polí- tica del neoliberalismo, y este al filo de la década muestra síntomas de agotamiento, aunque sus efectos, y sobre todo el haber impuesto una re-
Cuademosdel Sur
ll
lación de fiierzas duradera absoluta- mente desfavorable a los trabajado- res y las clases subalternas, se pro- longaran en el futuro mediato. En este sentido ¿hasta qué punto asistimos al fin de la era menemista?
La confluencia de la hegemonía de concepciones conservadoras y tecnocráticas con la consolidación de liderazgos autoritarios localesprácti- camente plebiscitados, y diversas ex- presiones del integrismo católico, son una muestra del rumbo ideológico que puede asumir el país. Como con- trapartida señala el enorme vacío político que la izquierda social y po-
lítica y las fuerzas progresistas deben ocupar.
Tener en cuenta estos datos de la realidad, que las elecciones han pues- to a la luz, resulta hoy indispensable para forjar una alternativa política que organice la desconfianza, que de respuesta a las necesidades crecien- tes y angustiantes del conjunto de los trabajadores y las clases subaltemas, y que sea capaz de dotarlos de una perspectiva histórica diferente de la mediocridad actual.
Buenos Aires, noviembre 8 de 1999.
Chuan“. -I uuu:
“ERPAN ÏHÏÁ
Revista de debate y cn’ttca marxista
l.“ qllltmt'th) him-mu del centro - Facultad (lt' Filmul'm
i Lvlrus - (,‘¡t'nt'mu .‘lnt'lillt's SuscrIpCIon por 3 numeros: S 20 Chile 1362 — 1098 Capital Federal - Tel/Fax; 381-2976 e-mall: herramaul pinoscom .I II‘IIIILII“ ¡lr' Anún'u Mmm-1
12
Noviembnr de 1999
América latina al final del milenio *
Por James Petras y Henry Veltmeyer *
mo latinoamericano es el libro de Harry MagdoffLa Era del Imperia- lismo.
Las últimas dos décadas del desarrollo capitalista en Latinoamérica han mostrado un período inigualado de prosperidad para las corporaciones y bancosmultinacionales de Estados Unidos, como también un poder políti- co ejercido desde Washington prácticamente sin oposición.
A pesar del consenso intelectual que se ha formado sobre el concepto de globalización, la dinámica de esta evolución en Latinoamérica puede ser en- tendida mejor en términos del accionar del imperialismo euro-americano.
Aunque tiene amplias y profundas raíces en Latinoamérica, no ha sido hasta los ’80 y los ’90 que el imperialismo, probablemente el más alto y final estadio del capitalismo, efectivamente maduró enla región.
Varios puntos son importantes para nuestra discusión sobre la actual con- figuración del poder capitalista en Latinoamérica, a comienzos del siglo XXI.
Primero, hay una creciente evidencia de la hegemonía de los Estados Unidos sobre el proceso global de acumulación de capital. Durante todos los años '90 el capital de Estados Unidos (y su estado imperial) han aumen- tado su posición y peso en la economía global, embarcándose en un verda- dero frenesí de fusiones y adquisiciones de las principales empresas en sec- tores estratégicos: 244 de las primeras quinientas (eran 222 solamente un año antes), y 61 de las primeras 100, son propiedad actualmente de los Estados Unidos. En Latinoamérica, Estados Unidos posee diez de las pri- meras veinte empresas. La surgente hegemonía y el creciente poder econó-
l I n buen punto de partida para comenzar una revisión del capital-is-
(*) James Petras, recientemente jubilado como profesor en Sociología en la Universidad de Binghampton, en New York, es el autor de numerosos libros y artículos sobre asuntos mundiales y latinoamericanos.
Henry Veltmeyer es profesor de Sociología y Desarrollo Internacional enla Universidad Saint Mary's en Halifax, Nueva Escocia, y profesor visitante de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Zacatecas, en México.
(*) Publicado en Monthly Review 3 vol. 5'1 Julio/Agosto 1999. N.Y. traducción del inglés: RC.
Cuadernos del Sur 13
mico de los Estados Unidos, y la correspondiente caída en la posición de las empresas europeas y particularmente las japonesas ‘, va junto con una serie de movidas estratégicas para establecer control sobre las palancas y las insti- tuciones de las finanzas globales y sobre la “gobernabilidad” tanto como sobre el poder militar.
Segundo, la inigualada riqueza y poder de Wall Streetythhington en latina es un fenómeno relativamente reciente, que vino después de muchas décadas de políticas nacionalistas y populistas que limitaron la profirndidad y amplitud del im ' ' o de Estados Unidos, y bloquearon su hegemonía.
Tercero, a pesar de diversos esfuerzos para reactivar las economías nacio- nales en la región, estas economías han tendido hacia una crisis aún más profunda. Esta crisis incluye el pillaje de recursos en proporciones desco- munales, y salvatajes aún más amplios de los inversores de Estados Unidos, organizados por el estado imperial norteamericano y por las instituciones auxiliares de la “comunidad financiera internacional”.
Cuarto, dado que las condiciones de pobreza y desigualdad social en la distribución de los recursos productivos y de los ingresos están insertas en estructuras económicas y sociales, la habitual influencia del imperialismo de Estados Unidos en la región ha llevado a un'retroceso en las limitadas ven- tajas conseguidas por las clases obrera y media, así como también una irn- portante reducción en sus niveles de vida.
Quinto, la transición capitalista desde una economía agraria a una econo- mía industrial, centrada en las ciudades, ha llevado a una nueva y funda- mental división social en la sociedad latinoamericana. De un lado de esta división se encuentra la burguesía, dominada por un conjunto de multimillonarios vinculados a los circuitos del capital global y a un pequeño puñado de corporaciones multinacionales orientadas hacia las exportacio- nes. Del otro lado hay una creciente masa de trabajadores empobrecidos y marginalizados, despojados de sus derechos sociales y de una legislación laboral protectora, que se encuentran en un creciente sector informal de las economías urbanas de la región.
Finalmente, se ha construído un nuevo lenguaje político y un nuevo dis- curso teórico, buscando ocultar los manejos del imperialismo norteamerica- no en la región. las operaciones de los bancos y corporaciones multinacio- nales (controlando empresas productivas, apropiándose de activos, domi- nando mercados y extrayendo ganancias sobre la base del trabajo barato) ya no se las ve más como elementos y agentes del sistema imperialista; ahora se las presenta como facilitando una globalización y una creciente integración e interdependencia de la economía mundial.
14 Noviembtade 19994!
La transferencia de ingresos del trabajo al capital y-su reconcentración se ven como mecanismos de ajuste interno a los requerimientos de la economía global. A la compra y control de activos públicos y estatales se la bautiz‘a como “privatización”. la remoción de restricciones a las inversiones extran- jeras, la liberalización de los mercados y la desregularización de las empre- sas privadas (todas políticas destinadas a incrementar la tasa de ganancia de los capitales invertidos) son presentadas como formas de “ajuste estructu- ral”. La prescripción imperial de políticas macroeconómicas se la describe ' como “estabilización”. lia imposición de políticas económicas diseñadas para atraer capital extranjero, las garantías a los inversores y el aumento del con- trol militar y policial, bajo el pretexto de “campañas anti-narcóticos", ahora se las denomina “mercado libre” o “políticas favorables al mercado”. La adecuación del “tercer sector” o las organizaciones populares a los intereses y políticas del estado imperialista se'las describe como “buen gobierno” o como “el fortalecimiento de la sociedad civil”, un sector crítico en el “proce- so económico de desarrollo” Y las actitudes tomadas por las clases domi- nantes en búsqueda de ganancias, son presentadas como conductas con orien- tación social y significado subjetivo de los nuevos agentes económicos, o como las acciones de diversos individuos particulares en búsqueda de su Lidentidad social.
Con la dilución del pensamiento sobre las estructuras operativas y las condiciones materiales del sistema capitalista, también desaparecen las cla- ses. Aún la clase capitalista, económica y políticamente dominante, base social del sistema imperialista, es reemplazada por una multiplicidad de actores sociales e individuos, todos luchando para posicionarse ellos mis- mos-en el contexto social del nuevo orden económico global y la heteroge- neidad de sus condiciones, que son vistas y tratadas más como subjetivas que ¡como objetivas.
El primer paso para entrar en una discusión del capitalismo y del impe- irialismo en América latina, es el de descartar el lenguaje y el discurso éenmascarador, eufemístico e impreciso que se ha puesto de moda, y regresar ¡a las categorías más precisas y rigurosas del análisis marxista.
¡»Orígenes históricos de la hegemonía imperialista
l Desde los años ’30 hasta mediados de los ’70, el imperialismo de Estados Unidos en Latinoamérica estaba permanentemente desafiado por regímenes y movimientos nacionalistas, populistas y socialdemócratas. Estos desafíos eran generalmente reformistas más que revolucionarios, en la medida en que
mestionaban elementos del proyecto imperialista pero no el sistema en su . talidad.
Íï'juademos del Sur 15
En los años ’30 y ’40 el presidente Cárdenas de México nacionalizó los intereses petroleros de Estados Unidos, mientras Vargas en Brasil, Perón en Argentina y el Frente Popular en Chile promocionaron la industria nacio- nal, levantado barreras comerciales protectoras, iniciando un amplio movi- miento hacia la nacionalización de industrias estratégicas en la región.
En los años ’50, el presidente Arban de Guatemala expropió tierras pro- piedad dela United Fruit Company y las redistribuyó entre los campesinos, provocando un golpe comandado por la CIA contra su administración.
Una revolución nacionalista radical del mismo tipo tuvo lugar en Bolivia en 1952, seguida por una revolución social en Cuba, que desafió la hegemo- nía imperialista en la región.
Los años '60 y principios de los ’70 vieron el surgimiento de regímenes y movimientos populistas, nacionalistas y democráticos, a través de todo el continente.
Este largo medio siglo de avances políticos y sociales, llevó a la sanción de una significativa legislación social y económica que legalizó a los gre- mios, proveyó beneficios sociales básicos, amplia educación pública y salud a sectores sustanciales de la clase obrera industrial, empleados públicos y, en unos pocos casos, al campesinado (como en Chile entre 1970 y 1973).
Este período no fire una “edad de oro” del desarrollo o un paraíso para los trabajadores. Estos siguieron siendo explotados, los campesinos siguie- ron excluidos de la legislación social, y las economías siguieron dependien- do fuertemente de las exportaciones de productos primarios a los países industrializados avanzados.
Sin embargo, se siguieron manteniendo restricciones al capital bajo va- rios regímenes populistas y la distribución del ingreso entre el capital y el trabajo mejoró significativamente. En el caso de Chile bajo el régimen soda- lista de Allende, el trabajo recibía cerca del 60% de ingreso originado en la producción social. Este avance fire rápidamente vuelto atrás por el régimen subsiguiente de Pinochet, el cual, después de 17 años de políticas neoliberales, redujo la participación del trabajo en el ingreso nacional a un 19% en 1989, uno de los niveles más bajos del mundo.
El sistema de las dos clases (campesinos/terratenientes) que había prevale- cido en el período previo a la depresión, fire reemplazado por una estructu- ra más compleja, que incluía trabajadores, pequeña burguesía y una burgue- sía industrial.
Una ola de nacionalizaciones en los ’60 y principios de los ’70, llevó a un control estatal de sectores estratégicos de la economía. En algunos casos firmas imperialistas fireron generosamente indemnizadas y muchas encon- traron otras oportunidades lucrativas para nuevas inversiones.
16 Noviembre de 1999
Las barreras tarifarias fomentaron la industrialización nacional pero no impidieron que las corporaciones multinacionales instalaran filiales. Sin embargo, ellas en general tuvieron que cumplir una legislación relacionada con ciertos objetivos, como el empleo de trabajadores autóctonos y requisi- tos sobre comercio exterior. Sus inversiones directas y su repatriación de ganancias estaban restringidas, forzándolas a recurrir a subterfirgios, como ser los precios de transferencia, buscando así tener ganancias superiores a las de las economías más liberales y menos restrictivas.
Los regímenes nacional-populistas latinoamericanos permitieron ganancias sustanciales a los capitales extranjeros invertidos y a las operaciones de las cor- poraciones multinacionales. Sin embargo, con la aparición de la revolución cubana, nuevas y más radicales medidas también aparecieron en los planes de muchos gobiernos, creando condiciones para una reacción política.
Una nueva clase de ricos empresarios y banqueros se irritaron por la legisla- ción laboral y los controles puestos sobre sus capitales, como también por las medidas destinadas a redistribuir recursos productivos, como la tierra.
Esta clase se dirigió tanto hacia las firerzas armadas como hacia las empre- sas multinacionales, buscando apoyo para romper la alianza populista, para asegurarse una participación mayor en mercados del exterior, para financiar sus emprendimientos y su acceso a nuevas tecnologías. En consecuecia, una base social se formó para las contrarreformas políticas y para la influencia del imperialismo de Estados Unidos, que caracterizó al capitalismo latino- americano en las dos décadas siguientes.
Las bases políticas e ideológicas del poder imperial
Segun los ideólogos del neoliberalismo, el “mercado libre” se ha vuelto el modelo económico dominante a causa de los defectos del “estatismo”. Pero los hechos históricos sugieren otra cosa. El “mercado libre” emergió en América latina como una reacción al éxito de las reformas sociales, y fire impuesto por una violenta intervención política.
Washington, actuando coordinadamente con los militares latinoamerica- nos, volteó a gobiernos democráticamente elegidos en Chile, Brasil, Argen- y Uruguay.
Los dictadores que se instalaron, apoyados por instituciones financieras internacionales, se dedicaron a desmantelar las barreras sociales y proteccio- nistas, a desnacionalizar los sectores industriales y bancarios y a privatizar los bienes públicos.
Políticas de libre mercado fireron impuestas por regímenes draconianos que mataron a miles, encarcelaron y torturaron a decenas de miles y forza-
Cuademos del Sur 17
ron a millones a exiliarse. Los vínculos políticos entre las corporaciones multinacionales, los capitalistas latinoamericanos y el estado, fireron fortale- cidos en la medida en que las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos se volvieron una realidad.
El papel central de la violencia estatal y la intervención del estado impe- rial enla construcción de la nueva configuración neoliberal, muestra la fal- sedad de aquellos que argumentan que la instalación del nuevo modelo eco- nómico fire debida a la mayor eficiencia y racionalidad del mercado.
La expansión del imperialismo en los Estados Unidos no fire el resultado de firerzas globales, impersonales, inevitables (y arnorfas).
Mucho menos fire el inevitable “imperativo de la globalización” o del “sistema mundial capitalista”. Más bien, la nueva configuración de poder fire el resultado de una guerra de clases conducida a niveles nacionales, regionales e internacionales.
El objetivo detrás de esta guerra era no sólo el de iniciar un ciclo renova- do de acumulación de capital, sino también el de crear condiciones que permitirían a las firerzas del imperialismo de Estados Unidos avanzar y ex- pandirse sobre otras partes del mundo.
Latinoamérica ha sido preparada no solamente para ser pillada, sino para ser el escenario de una inminente batalla en el mercado mundial entre los principales centros del poder capitalista.
El Nuevo Orden Imperial: veinte años en el poder
Hay abundante evidencia de que los miembros de elite de la clase capita- lista transnacional de Latinoamérica, así como también las empresas imperialistas, se han beneficiado enormemente/de la hegemonía imperial de Estados Unidos en el último cuarto de siglo.
La naturaleza del nuevo orden imperialista en Latinoamérica puede ser entendida en términos de un conjunto de profimdos lazos estructurales que han servido como medios de extracción de plusvalía, y por el examen de las relaciones clase/estado que han sostenido esos lazos.
El nuevo orden imperialista está construido sobre cinco pilares: pagos en gran escala y a largo plazo de los intereses de la deuda externa; masivas transferencias de ganancias derivadas de inversiones directas y de cartera; compra y apropiación de lucrativas empresas públicas y empresas naciona- les con problemas financieros,- así como también inversiones directas en firentes de energía, industrias de servicios y manufactureras de bajos salarios; la obtención de. rentas a partir de pagos de regalías sobre una amplia gama de productos, patentes y bienes culturales; y balances de pagos corrientes
18 Noviembre. de» I 999
favorables basados en el dominio de las corporaciones y los bancos de Esta- dos Unidos en la región a través de los tradicionales lazos históricos y de conocimiento mercantil.
(1) Pago de intereses de la deuda:
Las estadísticas de los pagos de intereses de la deuda externa son impactantes. La mayor parte del capital original (bajo la forma de préstamos de consorcios de bancos) se expandió en los años ’70, cuando los bancos comerciales de Estados Unidos ampliaron rápidamente sus operaciones in- ternacionales, de manera tal de ubicar sus excesos de capital y de captar las más altas tasas de retorno previstas.
En 1982 se habían otorgado a los gobiernos y al sector privado en Latinoamérica unos 257.000 millones de dólares, particularmente a Brasil y a México, los que significaron más del 50% de la deuda acumulada del tercer mundo. Cuando explotó la crisis de la deuda en 1982, los préstamos bancarios a la región se redujeron drásticamente, aunque durante el trans- curso de la década la deuda externa acumulada de la región creció desde 257.000 a 452.000 millones de dólares. Esto sucedió pese a un pago total por intereses de 170.000 millones de dólares, y el resultado fire un drenaje neto de recursos tan grande que el que en esa época era presidente del Banco Mundial, señaló que “una transferencia de recursos de estas propor- ciones es probablemente prematura”
En los años ’90, cuando el flujo de capitales a la región había cambia- do significativamente en su composición (inversiones en lugar de deu- da), las instituciones financieras internacionales proclamaron el fin de la crisis de la deuda, a pesar del hecho de que la mayoría de los países todavía tenían que pagar su deuda externa a un nivel (50% de sus ganan- cias de exportación) que el Banco Mundial definió como crítico. Sin embargo la Tabla l sugiere que el problema de la deuda externa, pese a que ahora se lo ve como “controlable”, no ha terminado en absoluto.
En 1998 la deuda externa total de Latinoamérica trepó a 698.000 mi- llones de dólares, lo que significa un incremento del 64% con respecto a la deuda de 1987, que fue el año pico de la crisis de la deuda. Lo signi- ficativo de esta deuda, no es tanto su tamaño (aproximadamente el 45% del producto bruto de la región), sino el empinado volumen de los pagos de intereses hechos a bancos de Estados Unidos y el enorme drenaje de capital potencial. Solamente en un año (1995) los bancos recibieron 67.500 millones de dólares provenientes de esta fuente y, en el curso de la déca- da, 600.000 millones de dólares, que es una cifra equivalente a cerca del
Cuadernos del Sur 19
30% del total de las ganancias por exportaciones realizadas durante el período.
Tabla l Deuda y pago de la deuda en latinoamérica, 1982-1998 (en miles de millones de dólares, promedios anuales, precios corrientes)
'80 '87 '90 '91 -’92 '93 '94 '95 '96 '97 '98
Deuda total 257 474 476 491 450 526 547 607 627 650 698 % del PNB 36 66 45 45 42 37 35 30 35 33 36 Pagos de la deuda 30 47 41 39 37 38 35 36 35 33 35 % de las export. 36 37 32 26 26 28 29 29
Fuente: Banco Mundial, World Debt Tables 1994/95, 1994. World Development Report, varios años; CEPAL, 1998bz25.
(II) Inversiones de cartera:
Tentado por un programa de reformas neoliberales, el capital privado fluyó hacia Latinoamérica a un ritmo acelerado desde 1991 (ver Tabla 2). Las inversiones de cartera en títulos y acciones formaron una parte importante de este flujo de capital, constituyendo la parte del león de todos los flujos de capital durante la década y, de igual manera que la inversión extranjera directa, se hallan altamente concentradas en los países industrialmente más avanzados de la región (Brasil y México).
Tabla 2 Flujo de inversiones hacia Latinoamérica (miles de millones de dólares acumulados)
1981-89 1990 l991 1992 19931994 1995 19961997
Directas 83.0 8.7 11.6 17.6 17.2 28.7 31.9 43.8 56.1 De cartera -0.9 16.6 28.1 74.4 63.1 5.4 50.9 32.5
Fuente: Para las inversiones de cartera, FMI, International Financial Statistics, varios años; Para las inversiones directas 1990-97: UNCTAD (1998: —256, 362) basadas en datos provistos por la CEPAL Excelsiorló de enero de 1999). 54.400 ¡trillones de dólares de inversiones extranjeras directas se usaron para comprar inversiones ya existentes en 1998.
20 Noviembrede 1999
En los años que-llevaron a la crisis dela deuda de los ’80 hubo una salida neta de inversiones de cartera, síntoma de la volatilidad del capital y el agotamiento de las reservas de divisas sólidas en poder de los bancos centra- les (ver Tabla 6).
Los primeros años ’90 asistieron a una expansión en las inversiones de cartera an‘aídas por las altas tasas de intereses y por las oportunidades en mercados emergentes, pero los años subsiguientes han mostrado considera- bles movimientos de :entrada y salida en las inversiones de cartera como respuesta de los inversores a los ajustes gubernamentales y a las manipula- ciones de los tipos de cambios, tasa de interés y cambiantes condiciones.
Los países de Latinoamérica tendieron a confiar más en las inversiones de cartera que en las inversiones extranjeras directas (ver Tabla 2). Desde 1992, el ingreso de inversiones de cartera (firndamentalrnente bonos emiti- dos por los gobiernos de la región) excedió por mucho el ingreso de inver- siones extranjeras directas.
(III) Inversiones extranjeras directas:
Durante los ’80 el capital global en forma de inversiones se dirigió hacia otros países desarrollados, mientras que los prestamos bancarios se dirigie- ron principalmente hacia los países en desarrollo. Pero, en los ’90 la direc- ción y composición de los flujos de capital cambió significativamente con un desvío relativo hacia inversiones tanto de cartera como directas.
Desde 1978 a 1981, los préstamos de consorcios de bancos fireron la parte principal de los flujos de capital hacia Latinoamérica (e182%); desde 1990 a 1993 ellos fireron solamente el 32%, pero al fin del milenio, unos 6 años después, las inversiones son las tres quintas partes de dichos flujos, un tercio en forma de inversiones de'cartera y aproximadamente 45% como inversiones extranjeras directas.2
Otro aspecto de este flujo de capitales su creciente preferencia por los “mercados emergentes” y los activos de Latinoamérica, debido a las condi- ciones altamente favorables presentadas por la privatización extensiva, ma- yor liberalización, estabilidad macroeconómica y la disponibilidad en la región de recursos naturales, mercados, firerza laboral y “activos tecnológi- cos”?
En el transcurso de la década el flujo de inversiones directas creció en un 223% en todo el mundo, pero en Latinoamérica la tasa de crecimiento fire cercana al 600%, la mayor parte de la cual (62%) se contabiliza en Brasil, México y Argentina, mientras que Chile, Colombia, Perú y Venezuela conta- bilizan otro 26%.(4) El ingreso de inversiones extranjeras directas a la re-
Cuadernos del Sur 21
gión se refleja en el rápido crecimiento del stock acumulado de inversiones extranjeras directas y el aumento de la parte de las inversiones extranjeras directas en la formación bruta de capital fijo, que va de un promedio anual del 4,2% en los años 1984- 1989; a un 6,5% en 1990-1993, y hasta un 11% en los años subsiguientes --un nivel que refleja el desproporcionado peso de las corporaciones multinacionales en la economía de la región (ver Tabla 2).5
La mayor parte de las inversiones extranjeras directas se ha usado para comprar los activos de empresas públicas privatizadas y de empresas priva- das con problemas financieros en la región, significando poca formación de capitals. Ambos tipos de adquisiciones significan del 68 al 75% de todas las inversiones directas en la región.
La naturaleza improductiva de estas inversiones extranjeras directas se refleja en las estadísticas de la explosión de firsiones y adquisiciones, a través de las fronteras, que ha llevado a sectores industriales clave y a las principa- les empresas a caer en manos de corporaciones de Estados Unidos, que son las principales unidades operativas del imperialismo.7
En 1999, aproximadamente 33 de las 100 mayores corporaciones latinoa- mericanas habían caído víctimas de los inversores extranjeros, la mayor par- te de ellos norteamericanoss. Y el poder económico y el control ejercido por estas corporaciones sobre la economía latinoamericana es mucho mayor que el tamaño de su participación (aproximadamente 3,5 a 5% del producto bruto regional). Esto es porque los activos en poder de las filiales de las firmas imperiales y controlados por ellas son aproximadamente 3,5 veces mayores que su stock de nuevas inversiones extranjeras directas". A lo que se agrega que el control corporativo está concentrado y ejercido estratégica- mente.
La entrada de inversiones extranjeras directas a la región tiene una reno- vada implicancia en el impacto negativo de las inversiones extranjeras di- rectas en el balance de pagos. En Brasil, por ejemplo, el déficit de cuenta corriente aumentó de 1200 millones de dólares en 1994 a 33.000 millones de dólares en 1997, simultáneamente con ingresos que aumentaron de 3.000 a 17.000 millones de dólares.lo
Un estudio hecho por Varman-Schneider sugiere que éste es el problema de toda la región, y está conectado al tema de la movilidad de capitales, que aparece como un residuo en los datos de balance de pagos (ver también Tabla 5). Varrnan-Schneider muestra que los grandes ingresos de capital de deuda y de inversión, como también los crecientes déficit en cuenta- corrien- te y el agotamiento de las reservas de divisas fuertes, están conectados al fenómeno de la huida de capitales, el que en muchos casos supera las pro- porciones de la deuda externa.
22 Noviembre de 1999
Estos problemas también están conectados con el enorme egreso de ga- nancias hechas por los agentes finanCieros de Wall Strett y por los bancos de inversión en sus inversiones especulativas de corto plazo. En conexión con esto, un informe reciente sobre la crisis financiera en Brasil señala las enor- mes ganancias hechas por un conjunto de entidades inversoras y de bancos como el Chase Manhattan, los que en conexión con la crisis brasileña dupli- caron y hasta cuadruplicaron sus tasas de beneficios normales.”
La renta generada por la entradas de inversiones extranjeras directas es considerable: es una firente principal de ganancias y más del 50% de ella se reinvierte regularmente (lo que se contabiliza dentro del volumen del flujo normal de inversiones directas). El flujo real de capital es solamente el 6% de todo el flujo registrado.12
La Tabla 3 muestra distintas formas de esta renta y la tasa de ganancia de las inversiones extranjeras directas de Estados Unidos. Esta renta represen- ta una tasa de ganancia anual del 12% para las inversiones extranjeras direc- tas de Estados Unidos, según lo calcula el Departamento de Comercio de Estados Unidos, pero está entre el 22% y 34% según lo calculado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Por supues- to, la real tasa de retorno y la ganancia es mucho mayor, tanto porque una gran parte de ella es ocultada o disfrazada a través de los mecanismos de precios de transferencia, como también porque no incluye las ganancias reinvertidas y es calculada después de deducir impuestos u obligaciones retenidas por las corporaciones madres, seguros, gastos de licencia y pagos de regalías a los mismos, y una serie de ajustes relacionados con los cambios de monedas.
Con todo, aun en la versión oficial, la magnitud de las ganancias repa- triadas es significativa, sobre la base de los calculos de la CEPAL, totaliza 157.000 millones de dólares solamente en los últimos 3 años“. Esto provee una firente crucial de alimentación al proceso de acumulación global y a la expansión del imperialismo de Estados Unidos.
(IV) Regalías y gastos de licencia
La batalla de Estados Unidos para incluir cláusulas de “propiedad inte- lectual” enla Ronda Uruguay del GATT refleja el hecho de que las regalías y pagos de derechos de licencia se han vuelto crecientemente importantes para el balance de pagos de los Estados Unidos (ver Tabla 4). Entre 1982 y 1992 estos pagos totalizaron más de 1.300 millones de dólares, pero durante los ’90 han excedido los 1000 millones de dólares por año, representando una exacción creciente hecha anualmente por las empresas madre en los
Cuadernos del Sur 23
Estados Unidos sobre las operaciones de sus filiales en Latinoamérica. No solamente estos pagos constituyen una forma de ganancias que puede ser obtenida sin agregar valor a la producción, sino que también permiten que las sedes centrales de las compañías bajen la proporción de ganancias decla- radas en el país huésped. En años recientes, los pagos de regalías y derechos de licencia también han aumentado, creciendo un 14% en 1996 y otro 20% en 1997.
Tabla 3. Pagos de renta de inversiones y tasas de ganancias (en miles de millones
de dólares, promedios anuales)
1993 1994 1995 1996 1997
Ganancias sobre activos 27.5 34.0 41.6 40.0 59.0 Inversiones extranjeras directas 14.3 16.6 16.7 17.8 19.9 Otros 12.6 18.1 25.7 22.2 20.1
Fuentes: FMI, varios años; UNCTAD, 1998: 267-268; Departamento de Comercio de Estados Unidos-BEA: 4 de marzo de 1999.
Tabla4 Pagos de regalías y derechos de licencias a Estados Unidos por Latinoamérica (miles de millones de dólares, promedio de pagos por año)
1985-90 1991-93 1994-95 1996 1997 0.9 l.l 1.6 1.4 1.7
Fuente: UNCTAD, 1998:268; Departamento de Comercio de Estados Unidos-BEA (1994; 1999).
(V) Comercio
Los réditos acumulativos de las inversiones directas de Estados Unidos en un amplio espectro de sectores económicos y los grandes márgenes de ganancia para las principales corporaciones de Estados Unidos son de vital importancia para la economía norteamericana. Pero de igual importancia es el papel del comercio entre los Estados Unidos y Latinoamérica, aproxima- damente un cuarto de las exportaciones de lOs Estados Unidos se dirige hacia Latinoamérica, que es la única región del mundo que provee a Estados Unidos de un significativo excedente en su cuenta corriente. Sin este exce-
24 Noviembre de 1999
dente, el déficit de la cuenta corriente de Estados Unidos con el extranjero sería significativamente mayor, el dólar sería más débil y el papel de los Estados Unidos como banquero mundial sería mucho más problemático.
Perder su papel como banquero mundial derrumbaría la capacidad de los Estados Unidos para financiar sus enormes déficits. Latinoamérica, por lo tanto, representa una reserva estratégica que compensa las debilidades co- merciales de Estados Unidos en otros lugares y provee un importante flujo de ganancias para sostener la expansión imperial.
La especialización de las economías latinoamericanas, impuesta por la “comunidad financiera internacional” ha dado inesperados beneficios a Estados Unidos y otras potencias imperialistas. La doctrina de las “ventajas o mparativas", según la cual ciertos países son llevados a especializarse en eas de producción que reflejan sus ventajas comparativas, ha socavado un gi roceso de diversificación económica iniciado durante la época de la indus- ‘ ' nacional. El resultado ha sido una sobredependencia de una limitada -; ama de productos de exportación, que han experimentado una aguda de- linación en sus precios a través de los años, con un deterioro relativo en los j érminos de intercambio que, se estima, le ha costado a la región más del ‘ 5% de sus ganancias potenciales de exportación. En estos momentos, una
; ando estragos en la región, anticipando como resultado una generalizada . sa negativa de ganancia para el último año del milenio y un ajuste hacia la 'o aja de los repetidos pronósticos previos de crecimiento sostenido. En este contexto, las economías de México y Venezuela han incrementado I dependencia de las exportaciones de petróleo a los Estados Unidos, con ' u a desastrosa caída en sus rentas, que llevan a recortes salvajes en sus pro- amas sociales y en las inversiones públicas, a una caída sustancial en los un iveles de vida, y a un incremento masivo en la pobreza y el desempleo. Por un lado, los ingresos en disminución han llevado a una liquidación de activos públicos para poder cumplir con los pagos de la deuda externa. Por otra parte, la economía de Estados Unidos se ha beneficiado enorme- mente de estas fuentes de energía barata que impulsan su propio crecimiento ¡y que maximizan las ganancias de las corporaciones. Pero no solo la estructura del comercio entre los Estados Unidos y latinoamérica ha provisto a los Estados Unidos con un sustancial excedente En su balanza comercial con la región, sino que ha facilitado la transferencia oculta de enormes ganancias y plusvalía. Por un lado, las filiales de las cor- poraciones de Estados Unidos dominan este comercio --un 58% del cual toma la forma de transacciones internas de las empresas, que por lo tanto no {Está sujeto a las “fuerzas del mercado”
del Sur 25
Además hay evidencias de una considerable sub-facturación o falsifica- ción delos documentos de las transacciones comerciales, como una manera de obtener divisas fuera del controlo la regulación de los bancos centrales de la región.“
Además de los ingresos perdidos por el deterioro de los términos de intercambio y los ingresos generados por exportaciones e importaciones, el enorme drenaje de ingresos en la forma de renta, de pagos de intereses y las ganancias de inversiones de corto y largo plazo, el resultado es una hemorra- gia de la sangre vital de la región, que enriquece a los capitalistas locales y foráneos, pero que va mutilando la economía y empobreciendo a la gente.
Estancamiento, regresión y la nueva dualidad en Latinoamérica
La otra cara de la prosperidad de las empresas dentro del imperio de Estados Unidos es el creciente estancamiento y crisis sistémica en Latinoamérica. Como Magdofi' y Sweezy han argumentado convincentemen- te, el capitalismo en su fase monopólica tiene una tendencia inherente hacia el estancamiento y la crisis. En ningún otro lugar se ve más claramente esto, que hoy en día en Latinoamérica (ver Tabla 5) a pesar de anuncios periódi- cos del BM y el FMI de que Latinoamérica se ha recuperado y está en cami- no hacia un crecimiento dinámico, estos pronósticos optimistas tienen poca vida y una nueva y más seria crisis se avecina.
Tabla 5 Indicadores macroeconómicos del desarrollo latinoamericano
1981-9 ’90 '91 ’92 '93 ’94 '95 ’96 '97 '98
PNB per capita -0.9 —2.2 2.0 1.3 2.3 3.8 -l.2 1.8 3.6 0.7 Cuenta corriente -5 -22 -38 -4l -46 —52 -37 -64 -84 (miles de millones de dólares)
Fuente: CEPAL, 1998a: l; 1998b: 26
Entre 1980 y 1999 América Latina ha experimentado estancamiento mechado por crisis sistémicas, acompañado por costosos salvatajes que debi- litan aun más la estructura productiva básica de la economía.
La década del 80 fue bautizada como “la década perdida”, ya que los bancos internacionales drenaron la economía regional a través de las trans- ferencias masivas de pagos de la deuda y la primera ola de apropiaciones y prwatnzacrones.
26 Noviembnde 1999
La renegociación de deudas y nuevos préstamos fue condicnonada a las políticas económicas, las que debilitaron al sistema productivo y recortaron el empleo y la inversión pública en infraestructura.
Los “condicionamientos” impuestos por las entidades financieras inter- nacionales abrieron aun más las economías de la región a un ingreso de importaciones baratas y aflojaron los controles sobre los flujos de capital.
El resultado ha sido una expansión de corto plazo en las inversiones especulativas de cartera, un debilitamiento de las palancas estatales sobre sectores estratégicos de la economía y una mayor dependencia de los centros imperiales de capital extranjero.
Las inyecciones de capital de corto plazo dan esporádicamente la impre- sión de una “recuperación” y de la llegada a la “tierra prometida" promocionada por los ideólogos neoliberales. Sin embargo, poco después del anuncio de la recuperación, un hecho detonante cualquiera lleva a un ataque sobre la moneda nacional y sobre las reservas de divisas del Banco Central, a una huida de fondos muy por encima de los nuevos ingresos de capital, a profimdizar el estancamiento y al crecimiento del desempleo y del subempleo, lo que muestra la fragilidad del sistema financiero y productivo, y la completa dependencia de la región de las agencias e instituciones imperialistas. Cada “solución” ofrecida profundiza la penetración imperia- lista, aumenta las oportunidades de ganancias y debilita las “bases” de la economia.
Para atraer nuevo capital a una economía en deterioro, los regímenes neoliberales instalados ofrecen mayores tasas de interés a los especuladores, lo que lleva a una ola de inversiones de cartera, a la venta de empresas lucrativas y a una apertura hacia un mayor ingreso de importaciones, y esto .a su vez profundiza el estancamiento en la medida en que las empresas locales quiebran.
En conexión con esto, se estima que 38.000 [medianas empresas de la pequeña burguesía argentina, en la última década, ya sea han quebrado o soportan una deuda ruinosa. En México, este desarrollo ha dado como re- sultado la formación de una organización de deudores de bancos (El Bar- zón) que ya ha reunido más de 750.000 miembros.
En este contexto los industriales locales buscan mantener sus ganancias bajando aun más los salarios y/o dirigiéndose hacia actividades especulati- vas y hasta ilícitas (drogas, Contrabando y prácticas corruptas en gran escala mediante sobreprecios en los contratos estatales).
Las acciones tomadas para asegurar la “estabilidad macroeconómica" (para atraer las inversiones de cartera) dan como resultado un tipo de cambio
Cuadernos del Sur 27
sobrevaluado que lleva a una disminución de las exportaciones y a un creci- miento en los déficit comerciales. a inevitables apuestas especulativas, y a corridas contra la moneda, las que a su vez exigen nuevos rescates.
El resultado es un círculo vicioso (estancamiento-crisis-rescate-estanca- miento) que beneficia al sistema imperial en conjunto y tambien a sus agen- tes corporativos y financieros, pero que sujeta a los políticos de la región a considerables problemas de gestión económica y de gobernabilidad.
Del estancamiento a la crisis de clases.
Para mantener sus ganancias bajo condiciones de estancamiento crónico, la clase capitalista latinoamericana se ha involucrado periódicamente en un asalto directo contra la clase obrera, atacando su capacidad organizativa y de negociación, y en un asalto indirecto (vía el Estado) sobre los beneficios sociales, revirtiendo la legislación social sancionada en el período previo, para socavar aun más la capacidad del trabajo de participar en cualquier mejora productiva.
Del capital que viene a la región, muy poco se invierte productivamente. En el transcurso de los '80 y de los ’90 la contribución del capital a los aumentos de productividad ha sido ya sea negativa, ya sea marginal.
El trabajo, por otro lado, ha contribuido sustancialmente al crecimiento de la productividad, pero esto ha sido hecho sin el correspondiente incre- mento en su participación en el bienestar social. En realidad, la participa- ción del trabajo en el valor agregado a la producción y al producto nacional (ver Tabla 6) se ha reducido drásticamente. La clase obrera, indudablemen- te, ha sido la que ha soportado el embate del proceso de ajUSte originado en los esfuerzos para insertar ala comunidad latinoamericana en el proceso de globalización.
Las bases de este ajuste son la reestructuración del trabajo, tanto en su forma de empleo (precario), en sus condiciones de trabajo (irregular e infor- mal) y en su relación con el capital. _
El proceso puede ser rastreado en dos niveles. Estructuralmente, se refleja primero que todo en las condiciones que han originado una reducción sig- nificativa de la participación del trabajo en el ingreso nacional (y en el valor agregado). Por ejemplo, bajo el régimen de Allende, los trabajadores chile- nos recibían aproximadamente el 50% del ingreso nacional. En 1980, sin embargo, después de cinco anos de crisis y draconianas medidas anti-obre- ras, esta participación se había reducido al 48% y en 1989. después de 17 años de dictadura militar y reformas de mercado libre, al 19%.
Otros países en América Latina muestran evidencias de variaciones en el mismo tema. En promedio, la participación del trabajo (los salarios) en el
28 Nouiamlm de 1999
l ingreso nacional se ha reducido desde aproximadamente un 40% al comien- zo del proceso de ajuste, a menos del 20%, y esta evolución ha sido acompa- ñada por una reducción aún mayor en la parte del trabajo en el valor agrega- do al producto social.
i Otros cambios estructurales pueden ser detectados en la reducción de
lpuestos de trabajo en el sector formal de la producción y en la disminución
y desaparición asociada del proletariado industrial.
Tabla 6 Salarios como porcentaje del ingreso nacional.
197o 1980 1985 1989 1992 ¿[Argentina 40.9 31.5 31.9 24.9 iChile 47.7 43.4 37.8 19.0 iEcuador 34.4 34.8 23.6 16.0 15.3 lMéxico 37.5 39.0 31.6 23.4 27.3 ¡Perú 40.0 32.8 30.5 25.5 16.8
Fuente: CEPAL, varios años.
En muchos casos, los niveles salariales a principios de los ’90 estaban aún tbien por debajo de los niveles alcanzados en 1980 (y, en el caso de Argenti- P-na y Venezuela, por debajo del nivel de 1970). El Banco de México estima :que a fines de 1994 --es decir, antes del último brote de la crisis-- los salarios se habían mantenido escasamente en el 40% de su valor de 1980. En Vene- ¿zuela y Argentina los trabajadores aún no ha recobrado sus niveles salaria- Ïkles.15
Como modelo de los cambios relacionados con la distribución del ingre- a‘so y con el reducción de las remuneraciones, la Argentina provee el. ejemplo más claro. En 1975 la relación entre los ingresos recibidos por el primer y el filtimo quintil de la población era de 8 a l, pero en 1991, esta brecha en los ¿ingresos se había duplicado y, en 1995, era de 25 a l.
En el caso extremo pero no atípico del Brasil, el 10% superior de la población recibía 44 veces más ingresos que el 10% inferior. Y en otro países Llatinoamericanos es lo mismo: las crecientes desigualdades sociales en la distribución de la riqueza y del ingreso; en un extremo, el crecimiento de un puñado de enormes fortunas y un proceso asociado de acumulación de capi- tal y, en el otro, la profiindización y la extensión de un pobreza inmutable.
La CEPAL estima que en el curso de las reformas estructurales
l
¿Cuadernos del Sur 29
implementadas en los años ’80, el nivel de pobreza en la región creció del 35 al 41% de la población, pero que en la primera mitad de los años ’90 la incidencia y grado de pobreza se había reducido algo en ocho de los doce países que habían sido examinados. Sin embargo, una observación más cui- dadosa de las estadísticas sugiere una manipulación o un franco ocultamien- to y engaño: la pobreza se ha reducido porque se ha redefinido la línea de pobreza según los criterios del Banco Mundial, cuya medida básica es un dólar por día. Según otras mediciones más razonables, relacionadas con la capacidad de la población para satisfacer sus necesidades básicas, la tasa de pobreza ha continuado su crecimiento, hasta el 60% de todos los hogares, según algunas estimaciones. De cualquier manera, el mínimo progreso de- tectado en la primera mitad de los ’90 desapareció en la segunda mitad.
En el nivel político, el ajuste de los trabajadores a los requerimientos del imperialismo se reflejó en la destrucción de sus organizaciones de clase y en un debilitamiento generalizado en su capacidad para negociar convenios colectivos con el capital.
Estos eventos, como también la lamentable debilidad o incapacidad de la clase trabajadora para resistir la imposición generalizada de un nuevo mo- delo económico o del programa de ajuste estructural, refleja una nueva co- rrelación de fuerzas de clase en la región.
En los ’70 los trabajadores enfrentaron una concentración de fuerzas ar- madas y represión y también un ataque del capital sobre su capacidad organizativa y sobre las condiciones de su existencia social.
En los ’80, el principal mecanismo de ajuste fue una reestructuración de las relaciones capital-trabajo, basada en fuerzas liberadas por el cambio en la política económica.
En los '90, dentro del mismo marco institucional y político, la clase obre- ra enfrentó una gran campaña para hacer reformas en el mercado laboral, llevada adelante por organizaciones como el Banco Mundial.
La intención de esta campaña fue la de crear condiciones políticas para un nuevo y más flexible régimen de acumulación de capital y un nuevo modo de regulación laboral: para darle al capital, en su función administra- tiva, mayor libertad para contratar, despedir y usar al trabajo a su antojo, y para flexibilizar al trabajo, es decir, hacerle aceptar salarios ofrecidos bajo las condiciones del mercado, y someterse a un nuevomodelo de administra- ción de su relación con el capital y con la organización de la producción.
Según la visión del Banco Mundial, la interferencia gubernamental gene- ralizada en el mercado de trabajo y en los lugares de trabajo, la legislación de salarios mínimos, como también, un excesivo monopolio gremial,
30 Noviembre de 1999
distorsionó el accionar del mercado, llevando al capitala retirarse del pro- ceso de producción, y de tal manera se generó el desempleo, la pobreza y el empleo informal que asola en la región.
Para resolver estos “problemas”, la legislación laboral que protege el em- pleo ha sido reemplazada por leyes que aumentan el poder arbitrario de los empleadores para despedir obreros, para contratar trabajo temporario y oca- sional y para reducir las compensaciones por despidos.
Tal desregulación def mercado de trabajo ha llevado a nuevas reglas que facilitan nuevas inversiones y la transferencias de ganancias, pero también ha llevado a diezmar los empleos estables de los trabajadores, una marginalidad incrementada de y dentro de muchas comunidades, y a una economía nacional agudamente polarizada.
Las disparidades en la distribución del ingreso y en el acceso a las fuentes productivas se reflejan, en un extremo de esta distribución, en una concen- tración del ingreso dentro de la clase capitalista y en la expansión del núme- ro degrandes fortunas.
Peor aún, mucho del ingreso del que dispone esta clase no es declarado. Por ejemplo, los ingresos de los capitalistas mejicanos por el narcotráfico, cuyos beneficios se distribuyen entre cómplices -.-políticos, banqueros y otros- - y que exceden los ingresos de la principal exportación mejicana (el petró- leo), están groseramente desinformados o sub-informados.
Por otro lado, los hogares más pobres disponen de una participación reducida en el ingreso, que se está volviendo más pequeña o nula en térmi- nos reales. Un resultado de esto es la aparición de nuevas formas de pobreza que han llegado, incluso, hasta las clases medias.
En este aspecto, una característica impactante de la desigualdad inducida por el imperialismo es la cambiante composición de los pobres: la nueva pobreza es urbana más que rural, y se extiende mucho más al de las clases Habajadoras y productoras, entrando en lo que una vez fiie la orgullosa clase media, actualmente diezmada.
Mientras la pobreza rural continua siendo la norma, el rápido aumento de los pobres se localiza hoy en las ciudades. Los nuevos pobres urbanos no son simplemente “migrantes rurales", sino trabajadores en caída y gente de ia clase media baja que han sido despedidos de sus trabajos y que sólo en- :uentran empleo en el sector informal en rápida expansión.
Este creciente ejército de pobres urbanos en Latinoamérica ahora consti- tuye una segunda y tercera generación de trabajadores que viven en villas miserias, incapaces de seguir la escala ocupacional de anteriores generacio- K’tes hacia un mayor progreso.
Cuadernos del Sur 31
Una consecuencia de esto ha sido el enorme aumento del crimen directa- mente relacionado con la desintegración familiar, y concentrado entre los jóvenes que en otras épocas habían canalizado sus quejas a través de gremios o del sistema fabril.
El nuevo dualismo: Primer mundo, Cuarto mundo
Los presidentes Carlos Menem de Argentina, Fernando Cardoso de Bra- sil, Ernesto Zedillo de México, y Eduardo Frei de Chile, en una u otra oca- sión han anunciado la entrada de sus respectivos países en el Primer mun-= do.
Ellos exhiben los modernos centros comerciales, la explosión en el usoi de teléfonos celulares, los supermercados repletos con comidas importadas, las calles congestionadas con autos y los mercados accionarios que atraen a los grandes especuladores de ultramar.
Hoy en día, 15% a 20% de los latinoamericanos comparten un estilo de vida primermundista: envían a sus hijos a colegios privados, pertenecen a clubs de campo privados en los que ellos nadan, juegan tenis y hacen aerobismo, se hacen cirugías estéticas en clínicas privadas y viajan en autos de lujo sobre autopistas privadas, y se comunican vía computadoras, faxes y servicios de correos privados. Viven en comunidades cerradas protegidas por policías privadas. Frecuentemente toman sus vacaciones y hacen sus. compras en New York, Miami, Londres o París. Sus hijos estudian en univer- sidades del extranjero. Disfi'utan de su acceso a políticos influyentes, a los magnates de los medios, a celebridades y consultores de empresas. Ellos habitualmente hablan inglés y tienen la mayoría de sus ahorros en cuentas bancarias en el extranjero o en depósitos locales en dólares. Ellos forman parte del circuito internacional del nuevo sistema imperialista. Ellos son la audiencia a la que se dirigen los presidentes con sus discursos grandilocuentesv primermundistas de una nueva ola de prosperidad global basada en un ajus—-‘ te a los requerimientos del nuevo orden económico mundial. Y a pesar der los altos y bajos de la economía, ellos se benefician del sistema imperial.
El resto de la población vive en un mundo completamente diferente. Los recortes en los gastos sociales y la eliminación de subsidios para los alimeni tos básicos han empujado a los campesinos a la desnutrición y el hambre.
Los trabajadores fabriles excedentarios pasan al sector informal, lo que les significa una vida de subsistencia y de dependencia de las instituciones de caridad comunitarias y de solidaridad, para poder sobrevivir.
Recortados los presupuestos públicos de salud y de educación, eso se traduce en mayores gastos y en servicios deteriorados. Las reducciones en
32 Noviembmde 1999“
los servicios de mantenimiento de aguas, cloacas y otros servicios públicos ' an traído como resultado un recrudecirniento de las enfermedades infec-
lciosas. Un nivel de vida declinante (medido en términos de ingresos mone-
ios como también de condiciones de vida) es la realidad para dos tercios lo más de la población un descenso desde un estado de bienestar tercermun- ¡dista a un Cuarto mundo miserable. i En la medida en que la crisis del sistema en su conjunto se profundiza, ¡las clases privilegiadas intensifican la explotación del trabajo asalariado. En medida en que aumenta el costo de asociarse al poder del Primer mundo, la elite desvía un porcentaje mayor de los ingresos estatales al subsidio de sus socios, a expensas de los problemas sociales de las familias trabajadoras.
En la'medida en que los pagos de la deuda se acumulan y que los intere- Ses, regalías y beneficios se van afuera, los menores ingresos reducen el mer- kado doméstico, las quiebras se multiplican y la competencia por mercados ¡en disminución se intensifica. Las crisis se vuelven sistémicas y las econo- Fnías tambalean al borde del colapso. El estancamiento se vuelve depresión y los principales bancos e instituciones financieras quiebran, se fusionan o son compradas por grupos financieros del exterior.
Los especuladores extranjeros amenazan con rápidas fugas. Los salvatajes internacionales, implementados para evitar colapsos inminentes, se vuelven ¿más amplios y más frecuentes.
Respuestas a la crisis: reforma o revolución.
En los años recientes, algunas opiniones dentro del consenso imperial pan comenzado a cuestionar los resultados del nuevo modelo económico basado en el “libre mercado”.
Funcionarios internacionales, intelectuales, políticos y dirigentes empre-
sarios han hablado de la necesidad de “volver a instalar el Estado”. Aún aceptando las premisas básicas del mercado libre, ellos han propuesto una limitada intervención estatal para suavizar los vendavales del mercado, fi- nanciando entrenamientos laborales, paliativos para la pobreza y programas tie autoayuda. _ Algunos han propuesto controles al capital para fomentar la productivi- fiad más que las “inversiones especulativas". Aunque apoyando las privatizaciones, ellos cuestionan la “transparencia” de los convenios --las áquidadones a precio vil a manos de los amigos y cómplices.
Ellos critican el alto desempleo, pero evitan atacar las causas estructura- les, prefiriendo exhortar a una mayor “flexibilización” y capacitación. En Efecto, ellos apoyan el modelo de libre comercio pero proponen, por ejem-
dal Sur 33.
plo, un banco rural que financie a los pequeños y medianos productores al. borde de la quiebra (a causa de la entrada de importaciones baratas) y la necesidad de expandir la base social de la producción.”
Algunas de estas propuestas han sido puestas en marcha pero no han tenido éxito en detener la profundización de la crisis; otras han sido archi- vadas una vez que los críticos que las formulan ingresan al gobierno.
Por otro lado una oposición extra-parlamentaria más consecuente está creciendo, la que cuestiona el “globalismo” de las clases dominantes. Nue- vos movimientos socio-políticos, como el Ejército Zapatista de Liberación- Nacional (EZLN) en México, el Movimiento de los Sin Tierra (MST) en Brasil, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los mo- vimientos campesinos e indígenas de Ecuador, Bolivia y Paraguay, están de- safiando abiertamente a los regímenes neoliberales y a sus aliados imperialistas.
Aunque las tácticas varían desde las ocupaciones de tierras en gran escala a las guerrillas, y abarcan un amplio espectro de otras acciones de masas, estos movimientos han llamado a una socialización de sectores estratégicos de la economía, a una profimda redistribución de la tierra y a una reducción de la deuda externa y otras transferencias.
El tamaño y alcance de la lucha extraparlamentaria es significativo. El MST ha organizado cientos de ocupaciones que abarcan 24 estados de Brasil y ha radicado 500.000 familias. Organizado como un movimiento político nacional, el MST ha unificado exitosamente a los trabajadores urbanos y rurales, en una lucha común contra el neoliberalismo. En Colombia, las FARC controlan la mitad de todos los municipios rurales con un ejército de 15.000 militantes y un apoyo de aproximadamente un millón. En Argenti- na, Brasil y México, trabajadores industriales de base están organizando gremios clasistas para desafiar a los gremios oficialistas estables. Mientras que elaboran programas alternativos completos, estos movimientos están lu- chando para construir regímenes anti-imperialistas que puedan empezar la reconstrucción del mercado doméstico o tomar el control sobre las palancas esenciales de la economía para distribuir la riqueza y crear una forma participativa de democracia para reemplazar a los sistemas electorales de base foránea dirigidos por minorías, autodenominados democracias.
Conclusión
La parábola neoliberal ha culminado su ciclo. como sucedió en los ’70, cuando la irrupción neoliberal en escena, amparada por las armas de los militares y la tutela de la CIA y el Pentágono, comenzó un nuevo rumbo que agredió salvajemente a la clase obrera y al campesinado, demolió el estado
34 Noviembm de 1999
de bienestar y despejó el camino para una expansión capitalista irrestricta. (Impulsados por préstamos masivos de las instituciones financieras interna- cionales, por la entrada de los capitales de las corporaciones multinaciona- ‘les y los préstamos privados en gran escala y a largo plazo, los regímenes consolidaron su dominio. Ellos se aseguraron el apoyo de sectores de la pequeña burguesía y de los trabajadores mejor remunerados, mediante cré- ditos fáciles e importaciones baratas.
El éxito, sin embargo‘, se acabó rápidamente junto con la crisis de estan- ycamiento de los principios de los ’80, con el colapso virtual de la economía ty con casi una, década de regresión.
y El descontento popular, el malestar de los poderosos y la intervención de FWashing'ton llevó a transiciones políticas, desde los militares hacia políticas ¡electorales ampliamente inmersas en el molde de las economías neoliberales .' de las instituciones estatales autoritarias. ¿g La minoría electoral extendió y profimdizó las políticas de libre mercado r las instituciones nacidas en los regímenes anteriores. Vastos sectores de la ‘ conomía fueron privatizados por decretos, pagos de la deuda se cumplie- iron sacrificando programas sociales, y se impusieron programas de austeri- Éidad sobre el pueblo. Las campañas electorales no tuvieron relación con las políticas guberna- iknentales: las promesas de reformas sociales precedieron rigurosas reduccio- ínes en los gastos sociales. Las promesas de pleno empleo fileron seguidas por despidos masivos, la defensa retórica del patrimonio nacional dió paso a la privatización de empresas estatales rentables. l El capital regresó a la región entre 1990 y 1993, mayormente en su forma ¡de inversiones especulativas de cartera o de compra de empresas. Pero el ¿estancamiento subyacente de las fuerzas productivas sigue siendo aún la rea- Fidad, como también lo es una propensión hacia la crisis. La caída mejicana tie 1994- 1995 marcó la decadencia del neoliberalismo, y dió como resultado ima barrida masiva en el empleo productivo y un colapso del sistema finan- ciero. El “paquete de rescate” de 20.000 millones de dólares salvó a los ¡bspeculadores norteamericanos, pero forzó a México a aceptar un amplio mad colonial sobre sus futuros ingresos petroleros, hipotecados al Depar- ' ento del Tesoro de los Estados Unidos.
A medida que se aproxima el fin del milenio, las condiciones de estanca- miento de largo plazo y de crisis se están volviendo más y más visibles. Las reservas externas están siendo agotadas, los salvatajes se multiplican mien- tras las monedas amenazan colapsar, las tasas de crecimiento negativas y Hesempleo de dos dígitos (18% en Brasil, y 14% en Argentina) están acom-
lïmdemasdd Sur 35
pañadas por un permanente ejército de reserva de desempleados (el sector informal) que abarca 50%, 60% y 70% de la población.
Las ganancias por exportaciones desaparecen, las importaciones están siendo reducidas; y las deudas, tanto locales como externas, están limitando todos los recursos estatales que podrían ser usados para estimular la econo- mía.
El ciclo liberal está explotando, mientras los regímenes continúan la- aplicación de fórmulas vacías para enriquecer a un estrecho círculo de cóm—» plices de clase, el 10% superior de la población.
La vieja izquierda de los ’70 y de los ’80, empantanada en contiendas electorales y en adaptaciones socioliberales al status-quo, muestra poca ima- ginación y menos audacia para organizar una ruptura radical con el sistema.
Figuras militares populistas como Hugo Chávez emergen como “intrusos radicales” que rápidamente se ponen de acuerdo con los banqueros e inversores externos, frustrando de esta manera las expectativas populares.
La brecha entre las condiciones objetivas de la crisis y la respuesta revolu- cionaria subjetiva se está ampliando en la medida en que 1a crisis se vuelve más sistemática. Las organizaciones no gubernamentales (ONGs), en este contexto, se hunden en los intersticios del sistema, sus proyectos locales y sus microemprendimientos de autoayuda son un parche ineficaz frente al hundimiento de los niveles de vida. Pero los nuevos movimientos sociopolíticos radicales, en sus bases rurales, tienen profiindas raíces popu- lares “por afuera” del sistema. Ellos están embarcados en la construcción de una nueva subjetividad revolucionaria.
El problema fimdamental es el de transformar los movimientos sectoria- les en formaciones políticas nacionales capaces de transformar las luchas regionales en revoluciones sociales.
El fin del milenio trae intensas penurias, incrementadas polarizaciones sociales, y nuevas formas de represión estatal.
El nuevo milenio puedeser el preludio de un renacimiento del socia- lismo, pero el camino se muestra largo y tortuoso.
NOTAS
' Fred Bergsten y Randall Henning, autores de Global Economic Leadership and the Gmup af Seven (Institute for International Economics, 1996), han señalado, como otros, la evidencia de una rivalidad inter-imperialista reemergente, que se refleja en las discrepan- cias dentro del G7. Sin embargo, hay evidencias del creciente esfuerzo y éxito de los Estados Unidos (desde el colapso de la Unión Soviética y el bloque socialista) en establecer
36 Noviembre de 1999
su hegemonía sobre todo el sistema. Japón, particularmente, ha estado perdiendo terre- no. No obstante las evidencias de una creciente batalla por el mercado global y dificulta- des dentro del G7 para coordinar políticas de administración y gobernabilidad global, el sistema con un todo está pasando más y más bajo la hegemonía de los Estados Unidos. Esto se ve en la declinante participación en las 500 mayores empresas multinacionales del Japón (que pasaron de ser 71 en 1998 a 46 en 1999) y de la Comunidad Europea (173 contra 244 de los Estados Unidos). A nivel de las 100 más grandes, el predominio de los Estados Unidos es aún mási'notable: arriba del 70% contra 26% para Europa y 4% para Japón (“Global 500", Financial Times, 28 de enero de 1999).
2 En lo referente al stock de inversiones extranjeras directas, calculado en 3,5 billones de dólares para 1997 (UNCTAD, World Investment Report New York , 1998, p.xvii), provee la base para las operaciones de unas 53.000 companías multinacionales y aproximada- mente unas 448.000 filiales, que dominan la producción y el comercio mundiales, cuyo valor total se calcula en 9,5 billones de dólares. En lo que respecta a la circulación de ‘inversiones extranjeras directas, los países en desarrollo contabilizaron aproximadamen- ‘te 2/5 partes, o sea 149.000 millones de dólares, de los flujos de inversiones extranjeras ídirectas en 1997, el doble de su participación en 1993 y diez veces la de 1985 (UNCTAD 1998, p.16). En 1997, Latinoamérica había sobrepasado a Asia del sur, del este, y del "sudeste como lugar favorito para las inversiones extranjeras directas y en las inversiones per cápita (ibid., pp.17,264).
3 UNCTAD 1998, pp.xvii-xix, 246, 264. Tal como lo ve la UNCTAD, “en los marcos nacionales de la política liberal" en la región es ahora un lugar común que perdieron su poder para atraer capital extranjero, que crecientemente orienta sus decisiones en fun- ción de las “ventajas locales", es decir, recursos humanos, infraestructura, acceso a. merca- dos, tanto como por tecnología y capacidad de innovación, p.xxxi.
4 UNCTAD 1998, p.244. En 1996 Brasil retuvo su posición como el campeón entre los receptores regionales de inversiones extranjeras directas, alcanzando a México. En 1997 su ventaja sobre México se consolidó-con un ingreso adicional de 17.000 millones de dólares, fruto de la mayor privatización hasta la fecha.
5 UNCTAD World Investment Report (New York, UN,1996),p.61; UNCTAD 1998, p.12,243. Mientras los flujos de inversiones extranjeras directas son hoy aproximada- mente el doble de lo que eran en 1990 y aproximadamente 7 veces su volumen en 1989, esto subestima groseramente la real dimensión de las inversiones de las corporaciones multinacionales, porque no tiene en cuenta las inversiones financiadas por fondosgtoma- dos en mercados domésticos e internacionales. (UNCTAD,World Investment Report, New York, UN, 1997). Si se incluyeran éstos, se estima que la base de capital de la producción global contabilizada por las corporaciones transnacionales y sus filiales sería aproximada- mente 1,6 billones de dólares, o sea, tres veces y media el valor de todas las inversiones extranjeras directas (UNCTAD 1998, p.8)
Cuadernos del Sur 37
5 De acuerdo con el Banco Central de Brasil (1998) solamente el 30% de los acn'vos privatizadas en Brasil han sido adquiridos por inversores extranjeros (la mayor parte norte- americanos), aunque en los sectores de las telecomunicaciones y la electrónica la ingerencia de firmas extranjeras es mayor (39 y 40% respectivamente). Más generalmente, como en 1996, la inversión extranjera directa es usada cada vez más para adquirir los activos de firmas no privatizadas (un 40% según la CEPALzProductie Transjomiatimrs with Equity, Santiago: 1999).
7 En 1997, las fusiones y adquisiciones a través de las fi'onteras en todo el mundo ascendie- ron a unos 342.000 millones de dólares, que representan el 25% de todas las fiisiones y adquisiciones mundiales, pero el 58% del total de los flujos de inversiones extranjeras directas (UNCTAD 1998, p. 19). En Brasil, lugar favorito en latinoamérica para el capital transnacional, de 1992 a 1997 hubo 600 fusiones y adquisiciones, 61% de las cuales irrvolucraron a firmas extranjeras (principalmente de Estados Unidos). Estas fusiones y adquisiciones han sido particularmente evidentes desde 1994 en los sectores de bancos, seguros y finanzas (los cuales, en 1997, se transformaron en el destino principal de las inversiones extranjeras directas en la región), tanto como también en los sectores de farmacia, productos químicos y telecomuni- caciones (UNCTAD 1998, p.19fl).
3 América Economía, 1997/1998; UNCTAD 1998, p.246.
9 UNCTAD 1998, p.8.
'° IDB, 1998; UNCTAD 1998, p.63.
” New lbrh Times, 26 de marzo de 1999. El mecanismo de estas superganancias es la especulación en las manipulaciones políticas gubernamentales sobre el tipo de cambio del real.
'2 UNCTAD 1997, p.27.
1’ ECLAC 1998c, p.2, Slide 18.
'4 Benu Varham-Schneider, Countries (Westview Press, 1991), p.12.
‘5 G.S. Fields and A.B. Newton, “Changing Labor Market Conditions and Income Distribution in Brazil, Costa Rica and Venezuela" en S. Edwards and N. Lustig, eds, Labor Markets in Latin America (Washington, DC: Brookings Institute, 1997). Según lo señalado por el Banco Mundial (World Development Report 1995 data), el índice salarial ha descendido en Bolivia de 182 en 1980 a 76,4 en 1987; en México de 129,2 en 1980 a 103,3 en 1990; en Brasil de 100 en 1981 a 68,3 en 1989; y en' Venezuela de 100 en 1980 a 47,4 en 1992.
1° CEPAL (1990) es la mayor fuente institucional para estas propuestas en la región. Mientras que el modelo neoliberal está destinado a un pequeño puñado de empresas (aproxi- madamente un 15% del total de las empresas) que son internacionalmente competitivas, como también a otro grupo de empresas de tamaño medio que tienen “capacidad producti- va", la CEPAL esgrime la necesidad de un desarrollo económico más participativo y más inclusivo; de incorporar en el proceso de producción (y en el desarrollo) a esas empresas, formadas por campesinos en la economía rural y por operadores de microemprendimientos en la economía urbana informal, que han sido dejados manoteando en el aire por 1m fuerzas de mercado del modelo neoliberal.
38 Noviembre de 1999
Las tendencias a la centralización del capital y la concentración del ingreso en la economía argentina durante la década del noventa!
Enrique Arceo2 y Eduardo M. Basualdo’
1.El nuevo patrón de acumulación y la dinámica contrapuesta de la cúpula empresaria y los salarios. Los cambios experimentados en la centralización del capital y la con- centración de la producción y del ingreso durante la década del noven- ta sólo pueden ser comprendidos a partir de las transformaciones irn- puestas en el patrón de acumulación por la dictadura Se trata del reemplazo de uno centrado en la in- dustrialización sustitutiva por otro que puede caracterizarse como de valorización financiera“. Este último, a suvez, presenta diferencias entre el
período que se extiende de r w -, 1 . -- ' . ' ¿Í vez, al ser la producción irr-
1976 a 1990 y el posterior. É, En el‘ primero prevalece la " valoriukción financiera 'inter- ¡:ÏÏ nay externa; en el segundo _ _ lavalorización financiera ex- tema es acompañada de una ¿Ïi acelerada centralización ri del capital. Pese a ello, en ambos períodos,
prevalece una unidad derivada de la nueva lógica que preside el proceso de acumulación, posibilitada por un drástico cambio en la relación de fiier- zas entre el trabajo y el capital en su conjunto.
Durante el período comprendido entre 1958 y 1976, la producción industrial es la actividad central y dinámica de la economía y su reali- zación se concreta prioritariamente en el mercado interno. En esa etapa el núcleo del capital concentrado está constituido básicamente por empre- sas industriales oligopólicas de ori- gen extranjero que lideran sus res- " ' ,-. pectivas actividades. A su
' '¿ ' dustrial destinada al merca- v p do interno la actividad más v ., relevante de la economía y ; de la cúpula empresarias, la , concentración del ingreso se ve limitada estructuralmente porque los salarios no sólo ¿33315 son un elemento de los cos-
Cuademas del Sur
39
tos, sino también un componente re- levante dela demanda interna. Con- secuentemente todas las fracciones del capital industrial, e incluso 1a clase trabajadora, coinciden en la necesi- dad de abaratar los productos agropecuarios limitando 1a renta agropecuaria, puesto que la reducción del precio de estos productos posibi- lita disminuir el costo del trabajo o elevar los salarios reales, o combinar en alguna medida ambos efectos. Esto da origen a la pugna urbano- rural que es característica de esta eta- pa del desarrollo económico argenti- no, particularmente aguda en la me- dida que la producción agropecuaria genera las divisas que son indispen- sables para sostener las importacio- nes que demanda el proceso de in- dustrialización7.
Sin embargo, el empresariado in- dustrial está lejos de ser un conjunto homogéneo sino que, por el contra- rio, en su interior también se desplie- gan profundas disputas que están vin- culadas con el tipo de producción y los diferentes sectores sociales que los demandan. Mientras que las empre- sas transnacionales jerarquizan el sa- lario como costo, porque el núcleo central de su demanda está compues- to por los sectores de mayores ingre- sos, las empresas locales le dan ma- yor importancia como factor de de- manda porque son, principalmente, productores de bienes de consumo básico y masivo. Esta diferenciación de intereses dentro del sector empre-
sario plantea la prim-era base de; sustentación para la alianza entre la; fracción local del empresariado in-i dustrial y los asalariados, alianza “de- fensiva"El cuyo poder bloquea la po- sibilidad de un acuerdo perdurable entre las empresas transnacionales y el capital agrario sobre la base de una, reducción de los salarios y de una: acelerada concentración en el ingre- so, hecho que posibilita el manteni- miento del patrón de acumulación
más allá de los cambios coyunturales
en las alianzas a que da lugar el desa- rrollo del ciclo económico.
A este rasgo estructural se le agre- ga otro igualmente trascendente. El control extranjero sobre la produc- ción industrial tiende a subordinar el comportamiento estatal, restrin- giendo su capacidad tanto para orien- tar el proceso de acumulación de ca- pital y la generación de tecnología, como para imponer una integración del sistema industrial desvinculado de la importación de bienes por par- te de las subsidiarias extranjeras. Impide asimismo, la posibilidad de acceder al mercado externo de pro- ductos manufacturados debido a las limitaciones que le imponen las ca- sas matrices a sus filiales radicadas en el país. El dominio que ejerce el poder transnacional aparece enton- ces como el, obstáculo fundamental para lograr un desarrollo acelerado que sea controlado nacionalrnente, reforzando, de esta manera, la con- solidación de la alianza policlasista.
40
Noviembre de1999
Durante la industrialización sustitutiva predomina además la con- centración de la producción sobre la centralización del capital. El afian- zamiento de las firmas extranjeras en la producción metalmecánica, quírni- ca y petroquímica lque son las ramas industriales más dinámicas y de ma- yor rentabilidad en esos años- impli- ca el desplazamiento de un nutrido conjunto de empresas locales. Pero la implantación y reproducción del capital transnacional no sólo impul- sa la concentración de la producción sino que tiende, además, a reprodu- cir ese mismo proceso en términos de la redistribución del ingreso. La expansión de las empresas extranje- ras está ligada a la consolidación de un patrón de consumo que en países de ingresos medios, como es el caso de la Argentina, se vincula a la de- manda de los sectores sociales de mayores ingresos". Esta convergencia de la concentración económica con la concentración del ingreso, al afec- tar al empresariado local y a los asa- lariados, es otro de los factores que impulsa la constitución y la perdura- bilidad de la alianza policlasista.
En síntesis, tanto la inserción pro- ductiva de las empresas locales y ex- tranjeras como la subordinación del Estado y la tendencia a la coricentra- ción económica y la redistribución delingreso que impulsa el patrón de acumulación dominante durante la segunda etapa de la industrialización sustitutiva, hacen que el dominio que
ejerce el capital transnacional aparez- ca como el principal obstáculo para un desarrollo acelerado y bajo con- trol nacional. De allí entonces que la principal línea de contradicciones se establezca -en condiciones que la re- lación de fuerzas excluye la posibili- dad de éxito de una alianza perdura- ble entre el capital trasnacional y el gran capital agrario y sus aliados a fin de sustituir el patrón de acumula- ción- entre el capital extranjero y los sectores nacionales que constituyen la alianza policlasista. La oligarquía agropecuaria parnpeana, por su par- te, queda en una situación de aisla- miento y enfrentada con todos ellos, situación que da lugar a las transfe- rencias de recursos intrasectoriales que sustentan ese patrón de acumu- lación.
Las transformaciones impulsadas por la dictadura militar determinan la interrupción del proceso sustituti- vo en el marco de un profimdo cam- bio en la relación de fiierzas entre el capital y el trabajo y, a partir de éste, entre las diversas fracciones del ca- pital, hecho que se traduce en las modificaciones que experimenta la composición y el comportamiento de la cúpula empresarial.
La posición dominante pasa a ser asumida por los conglomerados ex- tranjeros y un conjunto de grupos económicos locales”. En ambos ca- sos se trata de capitales que están in- sertos en una multiplicidad de acti- vidades donde sus firmas controla-
IOmdernos- del Sur
41
das y/o vinculadas ejercen un poder oligopólico y su desempeño se en- cuentra crecientemente indepen- dizado del resto de la economía, tan- to por la índole de los mercados en que actúan como por la interna- cionalización financiera que concre- tan a través de la transferencia de re- cursos locales al exterior.
A su vez el comportamiento eco- nómico de la cúpula empresaria pasa a estar signado por una serie de ca- racterísticas que, con distinta impor- tancia según los períodos, están pre- sentes a lo largo de las últimas déca- das: la transferencia de recursos esta- tales y de los activos públicos hacia el capital concentrado interno; la obtención de ganancias extraordina- rias vinculadas a su poder oligopólico en la producción de bienes y la pres- tación de servicios; la exportación de productos vinculados a las ventajas comparativas naturales y la realiza- ción en el mercado interno de aque- llos demandados por los sectores de altos ingresos; la valorización fman- ciera resultante del vertiginoso en- deudamiento externo, que deviene un factor decisivo para la consolida- ción del capital concentrado a lo lar- go de ambas décadas.
Este cambio en la composición y el comportamiento de la cúpula re- fleja la impotencia de la alianza de- fensiva policalista para defender un patrón de acumulación ligado al con- sumo de los asalariados y donde la industria revista un papel decisivo.
El proceso de acumulación se conso- lida entonces en base a la disminu-;, ción de los salarios reales y a la con-vi centración del ingreso, lo cual garan-g tiza el incremento de las exportacioví nes de productos primarios, aumena ta la producción de los bienes deman-; dados por los sectores de altos ingre—¡ sos y expande la valorización fman-i ciera tanto como lo permite el crecí-- miento del endeudamiento externo. Desaparecidas las condiciones econó- micas, políticas y sociales que le otor- gaban a la alianza entre los sectores nacionales un poder de veto decisi- vo, el salario pierde cada vez más tras- cendencia como un factor de la de- manda, incidiendo estructuralmente, sobre todo, como un costo de pro- ducción que es necesario reducir para garantizar la reproducción del capi- tal concentrado.
La progresiva consolidación del nuevo patrón de acumulación supo- ne una profunda “desindus- trialización” (que se expresa en la caída de la importancia relativa de esta actividad y en una generalizada disminución del grado de integra- ción nacio “ ) resultante no sólo de la reducción en el consumo de los bienes industriales de consumo ma- sivo, sino también de una política de apertura y liberafización financiera que empuja a la disgregación de los capitales nacionales que confluían en la alianza policlasista. De allí que muchos de ellos desaparezcan, mien- tras que otros son deSplazados hacia
42
Noviembre de 1999€
la comercialización y el resto que- da fuertemente subordinado a la lógica del capital concentrado in- terno. También exige una redefinición del Estado, en la me- dida que su estructura y funciones reflejan aún la cristalización de la anterior relación de fúerzas socia- les.
La disolución de la alianza entre los sectores nacionales y el nuevo comportamiento del núcleo central del capital concentrado posibilita asimismo dar por terminado el ais- lamiento anterior del sector agropecuario y las pugnas entre los sectores urbanos y rurales. El estan- camiento productivo del agro pampeano, típico de la industriali- zación sustitutiva, es reemplazado por una tendencia expansiva de la producción y de la productividad que se basa en cambios sustantivos tanto en la tecnología incorporada y el proceso de trabajo como en una modificación de la composición de la producción agropecuaria.
Esta recomposición de la produc- ción se articula férreamente con las distintas transformaciones econó- micas globales que impulsa el nue- vo proceso de acumulación domi- nante. Por un lado, las nuevas ten- dencias productivas están estrecha- mente vinculadas con la creciente expansión de la exportación de bie- nes primarios con ventajas compa- rativas naturales y con la notable disminución relativa del consumo
asalariado. Por otra parte, todo pa- rece indicar que la disolución, ola profunda alteración, del comporta- miento tradicional dela producción pampeana basado en el “ciclo ga- nadero” está directamente relacio- nado con la consolidación de la valorización financiera. El compor- tamiento sectorial, especialmente el de los terratenientes pampeanos, ya no se define exclusivamente en base a la relación de precios agrícolas y ganaderos, sino que ahora se les agrega la tasa de interés. La exis- tencia de tres precios relevantes —y no solamente dos: el agrícola y el ganadero- hace que en determina- das etapas (por ejemplo, a fines de los años setenta y comienzos de los ochenta) se canalice una parte subs- tancial de la renta hacia distintas formas de valorización financiera, mientras que en otras (en los años recientes) se incorporen recursos de fuera del sector (como es el caso de los Fondos de Inversión Agrícola) debido a que la rentabilidad agrí- cola compite favorablemente con las diversas tasas de interés. Final- mente, la desregulación económica y la reestructuración estatal de los últimos años no sólo dan por ter- minadas las retenciones sobre las exportaciones, sino que al poten- ciar las economías de escala acen- túan la heterogeneidad interna dan- do lugar a una alta rentabilidad para los terratenientes pampeanos y a una situación crítica de los pe-
Cuadernos del Sur
43
queños y medianos propietarios ru- rales12 .
En síntesis, ahora, el sector agropecuario, al mismo tiempo que se expande, se articula hetero- géneamente al proceso de acumula- ción dominante y esa vinculación se establece fundamentalmente a través de los grandes terratenientes pampeanos. Estos últimos logran su- perar el poder oligopsónico de los sectores industriales y comerciales que integran los complejos agroindus- triales gracias a una notable capaci- dad de negociación que les permite eludir, apoyados en un acelerado pro- ceso de concentración y transforma- ción de la producción, la principal restricción sectorial: el nivel de los precios y el acceso a los mercados internacionales. E1 resto de los pro- ductores, al no contar con esos atri- butos, apenas sobreviven o son ex- pulsados de la actividad. De esta manera el capital más concentrado y diversificado pasa a hegemonizar un nuevo bloque en el poder que incor- pora a las distintas fracciones del gran capital.
Estos cambios en el patrón: de acu- mulación tienen una poderosa palan- ca en el endeudamiento externo. La desregulación financiera y la libera- lización delos movimientos de capi- tales impulsa el rápido endeudamien- to en el exterior. En 1983 casi el 70% de la deuda externa privada les co- rrespondía a 30 grupos económicos y poco más de cien conglomerados
extranjeros y empresas transna- cionales”, situación que se repite en la actualidad. Para esos capitales, el endeudamiento externo opera, sobre todo en el período 1976-1991, como una masa de capital líquido que se valoriza en el mercado interno debi- do a las notables diferencias que se registran entre las tasas de interés internas (a la cual colocaban los fon- dos) y las vigentes en el mercado in- ternacional (a las que se endeuda- ban). Ia renta financiera obtenida se remite al exterior cumpliendo dos fimciones. Por un lado, opera como una garantía ante los bancos del ex- terior que les permite obtener nue- vos créditos y, por otro lado, es un capital que genera nuevas rentas fi- nancieras.
En esas circunstancias el Estado cumple un papel insustituible. En un primer momento, el endeudamiento estatal en el mercado interno man- tiene las acentuadas diferencias po- sitivas entre las tasas de interés inter- nas y externas, mientras que su en- deudamiento externo permite obte- ner las divisas que el capital concen- trado interno adquiere en el merca- do cambiario y luego remite al exte- rior. Posteriormente, 1a importancia del Estado sigue siendo decisiva por- que mediante los regímenes de segu- ro de cambio se hace cargo de una parte mayoritaria de la deuda exter- na, de los grupos económicos, los conglomerados extranjeros y un con- junto de empresas transnacionales“ .
44
Noviembrvde 1999
De esta manera, esos capitales no jagan la deuda externa que contra- eron y logran exirnir a sus depósitos :n el exterior de funcionar como ga- antía de su deuda externa.
La asunción por el Estado del :ndeudamiento externo privado pone rdemás en crisis su estructura de inanciamiento, crecientemente agra- vada por las múltiples transferencias ¡ue realiza al capital más concentra- 1o local bajo la forma de sobrepre- :ios en las compras, regímenes de iromoción regional y sectorial, etc., ' su demanda de fondos en merca- lo local mantiene las diferencias en- re las tasas internas y externas de nterés, realimentando el proceso de 'alorización financiera. Simultánea- nente la necesidad de divisas para ragar los servicios de la deuda irn- rulsan la promoción de las exporta- iones y el freno al nivel de activi- lad, así como una creciente depen- lencia de los organismos fmancie- os internacionales, que deviene un 'lemento central en la definición de as políticas económicas.
Sin embargo la situación de los creedores externos de la Argentina racia fines de la década de los ochen- a no deja de ser paradojal. Es indu- lable que, a través de los organismos rrternacionales de crédito, tenían la apacidad para delimitar las caracte- ísticas globales de la política econó- nica. No obstante, también hay cla- as evidencias de que las condicio- nes específicas que adoptan las polí-
ticas estatales estaban fuertemente influenciadas por los intereses parti- culares del capital concentrado inter- no. Esto determina que los acreedo- res externos sólo logren una partid- pación secundaria en la redistribución del excedente interno, situación que alcanza su punto cul- minante en mayo de 1988, cuando la Argentina asume una moratoria externa de hecho, al suspender el pago de las obligaciones vinculadas a su endeudamiento con el exterior.
Esta contradicción entre el capi- tal concentrado interno y los acree- dores externos va a incidir acentuadamente en el estallido de la crisis hiperinflacionaria de 1989. Tanto es así que los bancos extranje- ros son los que inician, en febrero de dicho año, la «corrida» en el merca- do cambiario, desatando la primera crisis hiperinflacionaria que termina con el gobierno constitucional del radicalismo, adelantándose la asun- ción de la nueva gestión por el peronismo.
No se trata empero de un enfren= tamiento entre los acreedores exter- nos y una alianza de los sectores na- cionales que buscan potenciar un proceso de acumulación de ese mis- mo signo; se despliega, a partir de los intereses encontrados de los acree- dores extemos y de un capital con- centrado interno que está intemacionalizado fmancieramente, y conduce el proceso económico in- terno subordinando al Estado, cen-
Modernos» del Sur
45
tralizando el capital y concentrando el ingreso.
En el momento de la crisis, la re- lación entre el capital concentrado interno y los acreedores externos era compleja, porque involucraba acuer- dos y discrepancias. Ambos coinci- dían en que, para dejar atrás la in- édita crisis que afectaba a la econo- mía argentina, se debía acentuar la concentración del ingreso y encarar la privatización de las empresas pú- blicas. Esta última era insustituible para los acreedores externos, como una forma de recuperar, mediante la capitalización (rescate) de los bonos de la deuda externa, buena parte del capital adeudado, pero también era fundamental para el capital concen- trado interno porque de esa manera accedería a la propiedad de activos de gran magnitud, que exhibían una elevada rentabilidad potenciall5 . Más todavía si el Estado alentaba la trans- ferencia de las empresas privatizadas al capital concentrado y, a la vez, es- tablecía —como lo hizo posteriormen- te- condiciones para el funcionamien- to de los servicios públicos que ga- rantizarían la obtención de ganancias extraordinarias mediante la fijación de precios oligopólicos, el otorga- miento de diversos subsidios, y una regulación que -por acción u omisión- beneficiaría a los nuevos consorcios prestadores de esos servicios16 .
Las principales discrepancias en- tre ambos sectores del capital gira- ban en tomo al destino que debían
tener las transferencias estatales, y a , grado de exposición externa de la. diferentes producciones locales. D «1 allí que estas contradicciones se ex presen tanto en el tratamiento y e r" el contenido de la Ley de Emergen ; cia Económica (Ley 23.697) de 1989 cuyo objetivo prioritario era reestruc. turar el gasto estatal y, en ese senti do, definir las nuevas formas de r . ferencias de recursos a la cúpula ec o ' nómica, como en la posterio Í desregulación económica qu 7?. involucró la liberalización de algu' nos mercados, la remoción de barrei: ras arancelarias y para-arancelarias} la consolidación de múltiples estruc-l turas oligopólicas, etc..
Asimismo, como parte de este mo proceso, desde 1990 en adelante comienza la negociación por el capid. tal y los intereses adeudados a los acreedores externos privados, quq culmina en 1992 con el firma del Plan Brady. Mediante este plan se salda la mencionada deuda, se esta< blece un cronograma de pagos que le garantiza a los acreedores externos que no se repetirán en el fiituro los incumplimientos de la década del ochenta, y se accede nuevamente, en el marco de una acentuada liquidez internacional, a un abundante endeud. damiento externo que se incrementa significativamente a partir de allí, tanto por parte del sector público como, especialmente, del propio sec- tor privado.
Por lo tanto, si bien la salida de la crisis implica enfrentamientos entre
46
Noviembre de 1999
ambas fracciones de los sectores do- minantes, el costo del ajuste recae sobre los trabajadores (disminución en la participación en el ingreso, desocupación, precarización del empleo, etc.) y los activos públicos —capital acumulado socialmente- Los capitales que integran la cú- pula económica, que como ya se men- cionó se define como las 200 empre- sas de mayor facturación, comienzan a superar la profimda crisis desatada
Cuadro Nro. l
en 1989 a partir del Plan de Convertibilidad que se inicia en mar- zo de 1991.
Su rápida expansión es simul- tanea con un cambio en el perfrl sec- torial de la cúpula, si bien éste no refleja en toda su magnitud las trans- formaciones que experimenta la es- tructura económica. Se incrementa acentuadamente la participación en las ventas de las empresas comer- cializadoras (pasan del 8% en 1991
IA cúpula empresaria en la Argentina, 1991—1997. Evolución de las ventas según principal actividad económica (millones de dólares y
porcentajes)
A) Valores absolutos y tasa anual acumulativa
1991 1992 1993 Comercial 3.413 6.226 8.299 Holdings 1.438 1.692 2.258 Industrial 20.421 27.180 29.702 Petróleo 8.776 6.936 7.827 Servicios 10.209 13.317 13.921 Total 44.257 55.351 62.007
’Tasa anual acumulativa 1991-97
B) Estructura porcentual
1 991 1992 1993 Comercial 7,7 1 1,2 13,4 Holdings 3,2 3,1 3,6 Industrial 46,1 49,1 47,9 Petróleo 19,8 12,5 12,6 Servicios 23,1 24,1 22,5 Total 100,0 100,0 100,0
1994 1995 1996 1997 91-97* 10.209 12.487 13.364 15.536 28,7 2.753 3.177 3.842 4.435 20,6 35.972 35.922 37.331 41.489 12,5 8.914 10.193 11.805 12.622 6,2 15.725 17.928 18.838 20.785 12,6 73.573 79.706 85.180 94.867 13,6 1994 1995 1996 1997 Promedio 1991-97 13,9 15,7 15,7 16,4 14,0 3,7 4,0 4,5 4,7 4,0 48,9 45,1 43,8 43,7 46,1 12,1 12,8 13,9 13,3 13,6 21,4 22,5 22,1 21,9 22,4 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0
Fuente: Elaborado en base a información del Area de Economía y Tecnología de la FLACSO.
Cuadernos del Sur
47
al 16% en 1997) como consecuencia del dinamismo de las firmas agroexportadoras tradicionales, que ya integraban la cúpula en la década pasada; la expansión e incorporación de nuevas firmas en la distribución de medicamentos (droguerías) y la creciente concentración de la activi- dad comercial mayorista y minorista por los hipermercados (Cuadro Nro. 1). También aumentan su participa- ción ( del 3% al 5%) los holdirrgs, empresas cuyo grado de diversifica- ción impide identificar su actividad principal y entre las que se cuentan las pertenecientes a algunos de los grupos económicos más importantes (como Benito Roggio, Pérez Companc, Sideco y Sociedad Comer- cial del Plata) e incluso firmas deci- sivas en algunos de los conglomera- dos extranjeros más relevantes (como CEI Citicorp Holdings y Techint). Disminuye, en cambio, de una manera ininterrumpida desde 1994 (pasa del 49% en ese año al 44% en 1997) la incidencia estructural dela industJia, aunque esta caída no refle- ja en toda su magnitud el proceso de desindustrialización. Esto último se debe a la intensidad que adquiere el proceso de concentración económi- ca y centralización del capital den- tro de la misma. Las firmas indus- triales que se ubican dentro de las 50 más grandes aumentan su facturación a una tasa superior a la de la cúpula en su conjunto (15,9%), mientras que las restantes -las más pequeñas den-
tro de las grandes firmas- lo hacen a una tasa significativamente más baja. Por lo tanto la polarización que se produce en las empresas industriales (creciente contribución de las gran- des firmas a las ventas sectoriales), oculta, cuando se analiza únicamen- te la evolución sectorial en su con- junto, el intenso proceso de desirrdustrialización de la cúpula. Los servicios, y sobre todo la acti- vidad petrolera, disminuyen también su participación, aunque las causas son diametralmente opuestas a las que caracterizan la situación industrial. La privatización de las empresas pú- blicas contempla, en casi todos los casos, la subdivisión del patrimonio y de las actividades que desarrollan las empresas estatales, en un número variable, pero siempre significativo, de nuevas firmas que siguen siendo monopólicas u oligopólicas en sus respectivas áreas de influencia. Esto tiene un significativo impacto sobre la participación de las ventas de es- tas actividades en la cúpula, porque al subdividirse las empresas origina- les y generarse otras muchas, algu- nas de ellas se ubican por debajo de las 200 empresas de mayores ventas y el resto, aunque forma parte de es- tas últimas, se localiza en posiciones de menor facturación que la empresa estatal privatizada17 . A ello se agre- ga, en el caso de los servicios, la irr- corporación a la cúpula de una serie de firmas vinculadas a la prestación de nuevos servicios cuya demanda
48
Noviembrede 1999
está vinculada a los sectores de ingre- ms relativamente-más elevados (telefo- nía móvil, prestaciones médicas y tele- risión por cable) y que, por su factura- :ión, también engrosan el número de irmas que se ubican en los tamaños nenores de las grandes firmas, acen- nando de esta forma el efecto que re- rulta de las modalidades que adoptan as privatizaciones. En el caso del pe- róleo, a estos elementos se les agrega amída de su precio relativo.
La otra manifestación de la recom- msición del capital concentrado in- ,erno está estrechamente relaciona- la con la anterior y consiste en el rcelerado crecimiento del monto de as ventas realizadas por las 200 em- )resas de mayor facturación de la :conomía argentina.
Sin embargo el aspecto realmente lamativo de este proceso es que 1a 'acturación de estas empresas no sólo recen más aceleradamente que el ’BI (en el Gráfico Nro.1 se constata [ue mientras el producto global de a economía —considerado a precios :orrientes- se incrementa un 87% :ntre 1991y 1997, las ventas de las grandes firmas aumentan, durante el nismo período, un 114%. Diferen- ia que en términos de tasas de varia- :ión implican un crecimiento del
1,0% y 13,5% anual acumulativo, espectivamente) sino que además, se rata de un crecimiento ininterrumpi- 10, lo cual difiere con el comporta- miento del PBI, en tanto este último ¡ene un comportamiento cíclico.
Sin embargo, tan importante como este crecimiento diferencial, es la evo- lución relativa que exhiben estas va- riables. En este sentido en el Gráfico Nro.1 también se puede advertir que, entre 1991 y 1993, el PBI evoluciona a una tasa superior a la de las ventas de las grandes firmas debido a la ge- neralizada recomposición del consu- mo de esos años y a que varios de los cambios estructurales más relevantes aún no se habían decantadols. Pero esta situación inicial se revierte en 1994, y el mayor crecimiento de las ventas de la cúpula se mantiene has- ta 1997. Por lo tanto, la evolución de estas variables indica, de una mane- ra inequívoca, que el Plan de Convertibilidad les permite a los ca- pitales que integran 1a cúpula supe- rar la acentuada crisis de 1989 y con- solidar un proceso económico y so- cial mucho más estable y, especial- mente, mucho más orgánico respec- to a sus intereses”.
A juzgar por las evidencias dispo- nibles, esta evolución relativa de las ventas de la cúpula empresaria es marcadamente distinta a la predomi- nante durante el proceso sustitutiva. En éste, al ser la producción indus- trial destinada al mercado interno la actividad más relevante de la econo- mía y de la cúpula empresaria, las recurrentes crisis de esta producción generaban una contracción en el ni- vel de ambas variables20 . 1a trayecto- ria que siguen las ventas de las gran- des frrmas durante la recesión de 1995
Modernos del Sur
49
en los años siguientes el ritmo de cre- cimiento de las ventas y el PBI son si- milares- es en cambio diferente. Du- rante esta crisis el PBI se contrae en más del 4% cuando se lo evalúa a pre- cios de 1986, y en el 1,3% cuando se lo considera a precios corrientes, mien- tras que, tal como se advierte en el Gráfico Nro. l, esta alteración no se registra en términos de las ventas rea- lizadas por las 200 empresas más gran- des, las cuales durante la recesión de 1995 prosiguen su expansión a una tasa significativamente elevada (8,4%).
Este hecho encuentra su explica- ción en la convergencia, dentro del capital concentrado interno de un conjunto reducido de grandes firmas oligopólicas que concentran acentuadamente las exportaciones con otro conjunto de grandes empre- sas que no participan en éstas pero que expanden el nivel de su factura- ción por encima del que registra el resto de la economía y con indepen- dencia del ciclo económico, y que lo hacen sobre la base de su poder oligopólico, la desregulación inter-
Gráfico Nro. 1 La cúpula empresaria en la Argentina, 1991-1997. Evolución del PBI a precios corrientes y de las ventas de las 200 empresas más grandes (índices 1991 = 100)
230
220 - 210 —- 2oo -_ 190 180 - 17o -
tndlcar
160 -- 150 4- 140 —l- 130 + 120 - 110 -
100 L.
1993
1991 1992
1994
1995 1996 1997
+PBI a precios corrientes
—D-Venlas 200 firmas
Fuente: Enhorado on base a htonnacldn deIINDEc, doIArea de Economia y chnohgr'e de b FLACSO y de h rovkta Marcado, varios números.
50
Noviembre de 1999
na y la normativa relacionada con los servicios privatizadas e, incluso, con otros sectores económicos, como es el caso de la producción automotriz.
La diferente evolución del PBI y de las ventas de la cúpula tiene una notable trascendencia en tanto indi- ca que los cambios‘estructurales de esta década tienden a posibilitarle a esta última independizarse del ciclo económico. Todo parece indicar que esta autonomía de la cúpula empre- saria respecto al ciclo se origina en la naturaleza financiera de esa rece- sión -en ese sentido diferente a la que irrumpe a fines de 1998-, y en la notable incidencia en el comercio ex- terno que tienen las grandes firmas21 , puesto que durante ese año la retrac- ción del consumo es acompañada por un crecimiento muy acentuado de las exportaciones. Pero, más allá de esta peculiaridad, que incide en la mag- nitud de la diferencia entre la evolu- ción del PBI y de las ventas de la cúpula, indica la capacidad que ésta ha adquirido para crecer a una tasa superior a la que exhibe el conjunto de la economía y 1a notable funcionalidad que asume la conjun- ción de las privatizaciones y la desregulación con el Plan de Convertibilidad para disciplinar a los trabajadores y conformar un patrón de acumulación que concentra el ex- cedente en la cúpula y que autonomiza en gran medida sus irr- gresos de la evolución global de la economía.
Esto adquiere mayor relieve aún si se tiene en cuenta que la contraparti- da de la independencia de la cúpula respecto a la evolución de la econo- mía es un proceso que se replica, con un signo inverso, en términos de los salarios. Todo parece indicar que la profunda redistribución del ingreso de las últimas décadas, y en el perío- do analizado en particular, consoli- da a los sectores de altos ingresos como el componente más dinámico de la demanda agregada, al mismo tiempo que merrnan los ingresos de los asalariados, y que se incrementa dentro de la estructura del gasto la participación de los servicios en ge- neral, y de aquellos que fueron pri- vatizados en particular. Este crecien- te protagonismo de los sectores de altos ingresos en la demanda agrega- da tiende a debilitar el papel de los salarios como factor de demanda, y a jerarquizarlos únicamente como un componente de los costos, y ello está asociado a una disminución de la incidencia de los salarios en el in- greso nacional, tendencia que se afianza por el efecto “disciplinador” que tienen las crisis hiper- inflacionarias de fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, y la irrupción posterior de un inédi- to nivel de desocupación. La masa de desocupados comienza a operar, de allí en más, en el sentido clásico de un “ejército industrial de reser- vam.
Cuadernos del Sur
51
En este contexto, las tendencias de largo plazo parecerían abonar la hipótesis de que los salarios van mo- dificando su relación con el ciclo económico de una manera inversa a 1a del capital concentrado. E1 inédi- to nivel de desocupación impulsado por los cambios en la organización del trabajo tendientes a aumentar su intensidad, la desindustrialización, el perfil de los nuevos sectores dinámi- cos y el incremento en la tasa de acti- vidad femenina como consecuencia de la caída en los ingresos del hogar y, en muchos casos, de la desocupa- ción de su jefe, presiona -hacia aba- jo- al nivel promedio del salario in- dependientemente de la evolución del ciclo y convalida un proceso agu- do de precarización del empleo. La masa salarial disminuye su participa- ción en el ingreso; aumenta atenuadamente, dentro de esta ten- dencia decreciente, en las etapas de reactivación y desciende en las de crisis, en correlación con los movi- mientos que experimenta el nivel de desocupación. A su vez, el nivel de salarios, que reconoce en su interior situaciones diferenciales muy acen- tuadas, se independiza totalmente del ciclo económico. Ahora la ocu- pación es la variable que se ajusta a los vaivenes de la actividad econó- mica, elevándose levemente a medi- da que avanza la fase ascendente del ciclo, y descendiendo marcadamente cuando se contrae la producción, manteniendo el salario su tendencia
decreciente. En estas condiciones la principal línea de contradicciones es, aunque no se exprese en el sistema político, 1a que se establece entre el capital concentrado y el trabajo. Las bases económicas y sociales en que se sustenta el poder y la perdurabili- dad de la alianza policlasista han desaparecido. Ia orientación del pro- ceso de acumulación es impuesta por un capital concentrado que tiende a hegemonizar al capital en su conjunto y cuyo nivel de ganancias no depen- de del salario en cuanto factor de demanda, pero sí de su reducción como costo. En estas circunstancias, las demandas básicas de los trabaja- dores en cuanto a mayores niveles de ocupación y de ingresos o bien quedan acotadas —mientras esperan un eventual “derrame” del incremento del excedente- al requerimiento de medidas de emergencia para paliar la situación de los sectores más afec- tados; o se sitúan necesariamente, a diferencia de lo que ocurría en el período sustitutivo, fuera del marco de las contradicciones que enfrentan a las distintas fracciones del capital en el seno del patrón de acumula- ción dominante.
2- Las transformaciones en la com- posición de la cúpula y la contra- dicción trabajo-capital.
El cambio en el patrón de acumu- lación que se consolida con el Plan de Convertibilidad está ligado a una modificación no sólo en el perfil sec-
52
Noviembre de 1999
torial de la cúpula, sino también en su composición y ello da lugar a opo- siciones crecientes en el seno de la misma cuyos alcances y efectos es menester analizar, sobre todo en su relación con la contradicción central entre el trabajo y el capital.
Los cambios estructurales de los años noventa no impulsan, en lo substancial, una inusitada renovación de las fn'mas que integran la cúpula sino una acentuada modificación de su propiedad que, mayoritariamente, no es acompañada por un cambio en la denominación de la empresa. El fenómeno predominante es la cen- tralización del capital a través de 1a transferencia de las empresas estata- les al capital privado y de la redefinición de las relaciones de pro- piedad en el seno de éste.
Si se considera a las sociedades que han permanecido en la cúpula durante todo el período 199l—97 se
verifica que estas representan el 50% del total y alrededor del 7 0% de las
Cuadro Nro. 2
ventas, lo que indica una relativa es- tabilidad basada en la permanencia, dentro de la cúpula, de las empresas más grandes. El panorama es distin- to si se agrega a la exigencia de per- manencia en la cúpula durante todo el periodo, la de que su propiedad no haya experimentado modificacio- nes.
En este caso las empresas que in- tegran durante los siete años la cú- pula, y no registran alteraciones en la propiedad de su capital, suman 80 firmas; cantidad que representa el 40% del total, alcanzando una inci- dencia que en las ventas totales que oscila entre el 40% y el 44%, según los años (Cuadro Nro.2) .
El hecho que el 60% de las ventas totales de la cúpula sean realizadas por empresas que sólo accedieron a integrar la misma durante el perío- do o experimentaron modificaciones en su propiedad implica una gigan- tesca reestructuración en la cúspide del poder económico.
Distribución de 1a cantidad de empresas y de las ventas de 1a cúpula empresaria
según los años de permanencia de las firmas entre las 200 más grandes empresas y
las transferencias de capital, 1991-1997 (porcientos)
De 1 a tres años
Firmas Ventas Firmas Ventas 1991 42,5 46,9 17,5 13,5 1994 20,0 11,3 40,0 45,0 1997 45,0 35,8 15,0 20,8
De 4 a 6 años
7 años Total Firmas Ventas Firmas Ventas 40,0 39,6 100,0 100,0 40,0 43,7 100,0 100,0 40,0 43,4 100,0 100,0
Fuente: Elaborado en base a información del Area de Economía y Tecnología de la FLACSO.
Cuademosdel Sur
53
Esta reestructuración se manifiesta en la aparición de nuevos actores y un cambio acentuado en la importancia relativa de los restantes. Las empresas estatales disminuyen sus ventas muy acentuadamente entre 1991 y 1995 (32,3% anual), debido a que su núme- ro se reduce drásticamente por su ace- lerada transferencia al sector privado. Ia contracara de esta desaparición de las firmas estatales está constituida por el crecimiento de las asociaciones, por- que allí se concentran las firmas priva- tizadas, una vez subdivididas de acuer- do a distintos criterios, según los ser- vicios específicos que prestan en el mercado.
Sin embargo, es pertinente señalar que estas transferencias de capital no generan un traslado mecánico de las
Cuadro Nro. 3
ventas entre las empresas estatales y las asociaciones, sino que involucran un significativo aumento de las mismas, a raíz de que, al incorporarse a la lógica del capital concentrado, se establece un marco regulatorio que convalida una significativa, y favorable, modificación en los precios relativos. Alteración que sólo en parte se expresa en las diferen- ciales de las tasas negativas de las em- presas públicas y las positivas de las asociaciones, porque una parte de los nuevos consorcios, debido a la frag- mentación de la empresa estatal priva- tizada, se ubica por debajo de las 200 firmas más grandes por el monto de su facturación.
En la propiedad de todos ellos convergen varios de los grupos eco- nómicos locales y de los conglome-
La cúpula empresaria en 1a Argentina, 1991-1997.
Tasa de crecimiento de las ventas, participación en 1a facturación y cantidad de
firmas según tipo de empresa (porcentajes y valores absolutos)
Tasa de crecimiento (%)
en las ventas totales (%)
1991-97 1991-95 1995-97 1991-97 Total 13,6 15,8 9,1 100 Estatales -26,6 -32,3 - 14,0 7,6 ELl 14,0 22,4 -1,1 11,8 GG.EE 10,6 16,0 0,6 20,8 ET 26.9 28,7 23,3 14,7 CE 20,1 14,7 31,7 16,6 Asodaciones 27,7 42,9 2,0 28,7
Participación promedio
Cantidad pro- medio de firmas
1991-95 1995-97 1991-97 1991-95 1995-97 100 100 200 200 200
10,5 2,7 8,9 1 1,0 4,0 12,1 1 1,6 38,0 40,0 34,7 21,8 19,9 53,9 57,2 47.7 12,2 17,7 34,9 29,6 43,7 14.8 18,1 29,0 29,0 27,7 28,6 30,0 35.4 33.2 42,3
Fuente: Elaborado en base a información del Area de Economía y Tecnología de la FLACSO.
Noviembre de I 999
rados extranjeros más importantes de la cúpula empresaria en la década anterior, con capitales foráneos que inician sus actividades en el país. De esta manera, cobra entidad una for- ma de propiedad inédita en la eco- nomía local que impulsa la confor- mación de una “comunidad de ne- gocios” entre los capitales más pode- rosos de la economía local; la cual adquiere una notable capacidad para influir sobre el sistema político y el rumbo de la economía en su conjunto. Los grupos económicos mantienen por su, parte una importante presen- cia, superior ala de todos los restan- tes actores, salvo las asociaciones la inserción sectorial de las empresas controladas por los grupos económi- cos es fuertemente industrial y den- tro de esta actividad está centrada en la producción de bienes agroin- dustriales e intermedios, pero la di- versificación estructural de los gru- pos económicos se extiende a un amplio espectro de actividades, al- gunas de las cuales no aparecen re- presentadas —por carencias de infor- mación- en la cúpula empresaria, pese a su indudable importancia económica, como es el caso de la producción agropecuaria. No obs- tante, su diversificación más impor- tante consiste en las múltiples par- ticipaciones de capital que tienen en los consorcios que se constitu- yen durante esos años, pues son los accionistas más relevantes en las asociaciones (Cuadro Nro. 3).
La facturación de los conglomer - dos extranjeros crece, durante este primer período, pordebajo del pro- medio, pero algunos de sus integran- tes tambíe'n adquieren participacio- nes en el capital de los consorcios que se hacen cargo de las empresas privatizadas. Las ventas de las empre- sas transnacionales aumentan en cam- bio aceleradamente. Se trata del tipo de capital extranjero que se había retraído acentuadamente en la déca- da anterior y su retorno al país en los primeros años de esta década es acor- de a las nuevas circunstancias econó- micas, sustentándose en la comer- cialización o los servicios, yno en la producción industrial, que era la ac- tividad típica que desarrollaban du- rante la industrialización sustitutiva. Por lo tanto, la renovada presencia de estos capitales en la economía ar- gentina acompaña al otro cambio en su comportamiento tradicional, como es la tendencia a la asociación con capitales locales.
Por último, las empresas locales independientes también se expanden a tasas significativamente altas, pero comienzan ya a perder importancia en la producción industrial, orien- tándose recientemente hacia la acti- vidad comercial.
A partir de 1995 se alteran drásticamente las tendencias vigen- tes durante el primer quinquenio de la década. Las ventas de los dos ti- pos de capital extranjero son las que más se expanden, mientras que las
Cuaderno-s del Sur
55
correspondientes a los tipos de em- presa más dinámicos o importantes hasta ese momento -las asociaciones y los grupos económicos- tienden a estancarse.
Si bien, en términos generales se trata de una modificación que está vinculada en mayor medida a la transferencia de empresas, o paque- tes accionarios, en algunas de las ac- tividades dinámicas de esta etapa, como es el caso de la producción automotriz, estos cambios de propie- dad convergen con marcadas diferen- cias en el ritmo de expansión de las ventas de las firmas extranjeras de todo tipo respecto al resto de las empresas.
La evolución de las ventas de las asociaciones se ve afectada por la di- solución de algunos consorcios que no están relacionados con las privatizaciones (principah'nente por la disolución de la empresa automo- triz Autolatina). Las de los grupos económicos registran un estanca- miento que -en el contexto de un aumento de las ventas de la cúpula- trae aparejado un marcado y crecien- te retroceso relativo que es imputable a la transferencia parcial o total del capital de numerosas firmas, lo cual es acompañado por una acentuada disminución de su importancia den- tro de las asociaciones. Las empresas locales independientes, también de- bido a la ventas de capital, pierden relevancia en este trienio y su conte,- nido comercial se. hace patente,
llegan-do a tener una escasa transcendencia industrial incluso en la producción de alimentos y bebi- das, que fueron sus pilares históricos en la sustitución de importaciones.
Finalmente, durante estos años, los dos tipos de capital extranjero exhi- ben una evolución opuesta a la de los grupos económicos, la cual no es ca- sual porque son los principales com- pradores de los activos-que enajenan el resto de los tipos de empresa. En términos estrictos, el avance de los conglomerados extranjeros y las em- presas transnacionales se origina en dos procesos complementarios: la incorporación de nuevas empresas y la adquisición de firmas ya instala- das, así como en el dinamismo de sus ventas, especialmente en la comercialización y la producción automotriz, sector industrial que goza de un régimen de protección excep- cional.
Estos cambios no implican, empe- ro, que los grupos desaparezcan como actores relevantes de la cúpula. La participación promedio en las ven- tas de la cúpula empresaria que al- canzan los grupos económicos duran- te los últimos tres años de la serie (de 1995 a 1997) supera a la que obtie- nen en esos años tanto los conglo- merados extranjeros como las empre- sas transnacionales. Por otra parte es la forma de'propiedad que obtiene, luego de las asociaciones, la rentabi- lidad más elevada de la cúpula em- presaria. Además se ubican en 1997
56
Noviembre de 1999
como los segundos accionista de las asociaciones y parece haberse amplia- do su diversificación hacia activida- des tiadiciOnalmente relevantes en la economía argentina, como es la pro- ducción agropecuaria pampeana y extrapampeana. Finalmente, y no menos importante, es que son los integrantes de la cúpula con mayor saldo comercial debido a su notable inserción exportadora.
A todos estos factores hay que adi- cionarle otro vinculado a las transfe- rencias de capital. A partir de 1993 - luego del auge de las privatizaciones de las empresas públicas- los grupos económicos reinician una muy acen- tuada transferencia de recursos al exterior, lo que indica, por una par- te, que se está, fiindamentalmente, ante una reestructuración entre sus activos fijos y financieros, los cuales en conjunto se acrecentaron notoria- mente durante la década.
De esta manera se pone de mani- fiesto que la notable consolidación del patrón expansiva de la cúpula no ha desplazado la importancia de la va- lorización financiera. Sin embargo, las evidencias disponibles parecen indicar que —a diferencia de lo que ocurre en la década pasada- la remi- sión de‘ ahorro interno al exterior no es únicamente la contrapartida de un endeudamiento destinado a aprove- charla diferencia existente entre la tasa de interés interna e internacio- nal, sino que además está impulsada por la adopción de otras modalida-
des para aprovechar las diferenciales entre las mencionadas tasas de inte- rés, así como por la irrupción de otros factores inexistentes en la década anterior.
Respecto a las nuevas modalida- des para usufructuar las diferencias entre la tasa de interés interna e in- ternacional, todo parece indicar que, en el marco de la tasa de cambio fija y de los límites que la misma presen- ta, los grupos económicos destinan una parte significativa del excedente fugado al exterior a adquirir bonos y títulos emitidos por el Estado o, in- cluso, por el propio sector privado local. (por ejemplo las- obligaciones negociables) lo cual les permite con- jugar la_ obtención de una renta dife- rencial y evitar el riesgo cambiario, apareciendo como cualquier otro acreedor externo. El resto del capital fugado lo destinan a realizar inver- siones directas en el exterior, siem- pre que su rentabilidad sea equipara- ble con la interna, o a efectuar inver- siones financieras con una rentabili- dad superior a la media internacio- nal.
A su vez, los nuevos factores que inciden en la salida de capital local al exterior están relacionados con las ventas de empresas, especialmente de sus paquetes accionarios pertenecien- tes a las empresas privatizadas de mayor rentabilidad. Al respecto, cabe señalar que sobre estas transferencias inciden diversos elementos. Por cier- to influye, sobre todo en algunos ca-
Cuademos del Sur
57
sos, la mayor capacidad económica y financiera de los conglomerados extranjeros y de las empresas transnacionales, y la consiguiente amenaza que ello representa en tér- minos competitivos; pero dichas di- ferencias existían -y eran aún más acentuadas- a comienzos de la déca- da, momento en el cual los grupos económicos son compradores —y no vendedores- de activos económicos. El incremento y el nivel alcanzado en el endeudamiento interno y ex- temo también parece ser un factor que influye en las decisiones de venta. Sin embargo, tampoco este elemento pa- rece ser decisivo —salvo en casos como el del grupo económico Soldati- dada la rentabilidad que obtienen los grupos económicos y la significativa masa de capital líquido que mantie- nen en el exterior.
El factor fundamental parece es- tar relacionado con el hecho de que los consorcios privados —constituidos en la mayoría de los casos por gru- pos económicos, conglomerados ex- tranjeros, empresas y bancos transnacionales- se hacen cargo de las empresas públicas pagándole al Es- tado no sólo precios subvaluados sino con un alto componente en bo- nos de la deuda externa. Por otra parte, la transferencia de empresas monopólicas u oligopólicas con mer- cados cautivos es acompañada por marcos regulatorios que por su precaridad, en algunos casos, e intencionalidad, en otros, no hacen
más que aumentar la capacidad de estas asociaciones para imponer sus intereses en la estructura de precios relativos y en el funcionamiento ge- neral de los mercados, lo cual les garantiza una elevada y creciente ren- tabilidad” . La conjunción de estos dos factores (bajo precio y cre- ciente rentabilidad) da como resulta- do una acelerada revaluación patri- monial en términos económicos que sólo puede realizarse en el mercado cuando se nansfiere la correspondien- te participación accionaria en el con- sorcio.
La compraventa implica, para‘el adquirente, acceder a activos que arro- jan una ganancia particularmente ele- vada en términos internacionales y para el vendedor realizar una ganan- cia patrimonial sustrayéndose al ries- go que un incremento de la compe- tencia o un cambio en los marcos regulatorios disminuya el monto de sus activos. Se trata, para éste último, de una operación destinada a preser- var una ganancia patrimonial extraor- dinaria que tiene una importancia fimdamental respecto al total de sus activos, aunque ello implique obte- ner luego, sobre éstos, una rentabili- dad menor
Se confrontan pues en estas ven- tas dos lógicas, la de las empresas transnacionales y conglomerados ex- tranjeros que buscan, a través de la adquisición, aumentar su tasa de ga- nancia a nivel mundial y la de los grupos económicos locales que pro-
58
Noviembm de 1999
curan consolidar la gigantesca ganan- cia patrimonial obtenida en razón de las condiciones de compra de las empresas estatales, incrementando con ello, al menos temporalmente, su carácter de inversionistas financie- ros, pero también el grado de internacionalización de su capital. Este repliegue de los grupos eco- nómicos en la economía real tiene importantes implicancias. Ellos ga- rantizaban la articulación de las gran- des firmas entre sí y de todas ellas con el sistema político, y pierden gravitación, especialmente, en el es- pacio económico en donde conflu- yen con los otros capitales, es .decir en las asociaciones. Por otro lado, los capitales que más se expanden du- rante estos años -los conglomerados extranjerosa se consolidan fundamen- talmente en base a sus empresas con- troladas, debilitando también su ya escasa presencia en las asociaciones. Los cambios estructurales tienden entonces a generar una creciente au- tonomía de las asociaciones, que constituían un espacio relevante en la articulación y síntesis de las dis- tintas expresiones del gran capital. Estos elementos parecerían indi- car que se estarían gestando nuevas contradicciones dentro de los secto- res dominantes. Las reformas estruc- turales de comienzos de la década permitieron a estos superar, a costa de los activos estatales y de los ingre- sos de los asalariados, la profunda brecha que separaba a los acreedores
externos del capital concentrado in- terno y conformar un bloque de po- der que exhibía una significativa ho- mogeneidad. A partir de mediados de la década, esta situación empieza a modificarse al comenzar a disgre- garse la “comunidad de negocios” que se sustentaba en los consorcios y esbozaise nuevos enfrentamientos en- tre las distintas fracciones del capital que componen la cúpula empresaria. Los grupos económicos procuran recrear para sí nuevos espacios de acumulación intema a fin de ampliar su poder dentro de la economía lo; cal en base a su patrimonio acrecen- tado y evitar su transformación de capitalistas con activos fijos en me- ros rentistas. Dentro de esta línea es que, sobre la base de su importante inserción industrial y de las ventajas políticas e ideológicas que les otorga el origen de su capital, desarrollan posiciones que reflotan las posicio- nes de la “burguesía nacional” duran- te la sustitución de importaciones. Reivindican así su carácter nacional frente al avance del capital extranje- ro -aspecto esgrimido especialmente por el grupo económico SOCMA- y la necesidad de encarar la reindustrialización en base a los em- presarios locales —posición cuyo principal defensor es, paradójicamen- te, el conglomerado extranjero Techint-. Se trata de un discurso que, al confrontar el “capital nacional” contra “el capital extranjero”, oculta las acentuadas disparidades que se
Cuadernos del Sur
despliegan, dentro del capital local, entre los grupos económicos y las empresas independientes y, dentro del capital extranjero, entre las em- presas transnacionales y los conglo- merados.
Estas diferencias aluden a la exis- tencia de agentes económicos tan distintos como lo eran las empresas nacionales de las extranjeras en la sustitución de importaciones. Existen en realidad mayores semejanzas, ac- tualmente, entre los grupos económi- cos y los conglomerados extranjeros, que son los principales vectores del proceso de extranjerización, que en- tre los primeros y las empresas loca- les independientes. Los conglome- rados extranjeros presentan, en efec- to, características acentuadamente si- milares a las de los grupos locales. Ambos desarrollan una amplia gama de relaciones económicas en base a las interrelaciones que se establecen entre sus múltiples firmas controla- das y/o vinculadas radicadas en el país. Esta estructura les posibilita transacciones entre sociedades cu- yas actividades están relacionadas mediante las operaciones de compra- venta y que, al concretarse a través de precios de transferencia, permi- ten canalizar recursos hacia una u otra empresa; facilita también el financiamiento directo entre las em- presas controladas, incluso en los casos que las sociedades desarrollan actividades absolutamente desvin-cu- ladas entre sí; o el indirecto, median-
te la transferencia de acciones entre las empresas controladas. Es más, sus semejanzas llegan al punto que cier- tos conglomerados extranjeros-inte- gran dentro de su estructura de em- presas a diversas firmas agropecuarias, las cuales obviamente funcionan arti- culadamente con el resto de las fir- mas controladas y/o vinculadas pero realizando también transacciones propias de la actividad agropeaiaria posibilitadas por la acentuada diver- sificación de sus producciones; sus campos se sitúan en distintos parti- dos de diferentes regiones producti- vas. Más aún, algunos conglomera- dos extranjeros tradicionales contro- lan la propiedad de sus tierras com- binando las sociedades y otras for- mas de propiedad que son peculia- res del sector agropecuario. El caso más notorio en este sentido es el con- glomerado perteneciente a la familia Bemberg, el cual controla una parte de sus tierras mediante diversos con- dominios“.
Estas semejanzas estructurales otor- gan a los grupos y a los conglomera- dos extranjeros una alta independen- cia de la coyuntura y respecto de las limitaciones que pretendiera irnpo- nerles la política económica estatal de la que carecen otros actores y la similitud entre ellos se ha visto par- ticularmente acentuada por la internacionalización de los grupos mediante la fuga de capitales; a par- tir de ella ambos actores operan so- bre la base de parámetros que exce-
60
Noviembre de 1 999
den largamente la escena local. Se está pues en presencia de un hecho fun- damental. Durante el proceso susti- tutivo de importaciones la contradic- ción entre el capital transnacional y la alianza policlasista suponía, por parte del capital nacional que inte- graba esta última, una conducta dife- renciada en cuanto al destino del excedente y a la estrategia de expan- sión. En el marco del actual patrón de acumulación, en cambio, no sólo la cúpula tiende a independizar su evolución de la del conjunto de la economía, lo que resultaba imposi- ble en el anterior patrón, sino que además adquiere una nueva homo- geneidad en cuanto a la estructura y el comportamiento de sus principa- les actores, reforzando así el despla- zamiento de la contradicción domi- nante hacia la oposición capital-trabajo.
Esto no excluye que existan, en algunos terrenos, confrontaciones objetivas entre los grupos y el capital extranjero. Esto es claro en la dis- cusión que tiende a plantearse, a par- tir de las reiteradas crisis que se su- ceden desde 1995 en torno a la ma- nera que deben modificarse algunos de los factores centrales del Plan de Convertibilidad, como es la tasa de cambio fija. Desde esta óptica espe- cífica, es evidente que para los con- glomerados extranjeros y las empre- sas transnacionales una eventual mo- dificación de la tasa de cambio trae- ría aparejada una caída de sus ven- tas, en términos de dólares y, funda-
mentalmente, en el valor de sus acti- vos, equivalente a la proporción en que se devaluaría el signo monetario. Por el contrario, para los grupos eco- nómicos, y todos los que han vendi- do activos y los han transformado en activos líquidos dolarizados, la mayoría de los cuales se encuentran invertidos en el exterior, (los capita- les locales en el exterior rondan los cien mil millones de dólares a fin del período analizado), una eventual modificación del tipo de cambio im- plica una ganancia de capital en tér- minos de pesos proporcional a la modificación en el valor del signo monetario local. Por supuesto, den- tro de cada una de estas situaciones se despliegan un conjunto de dife- rencias vinculadas al tipo de inser- ción externa, los montos invertidos en capital fijo, etc. Parece, sin em- bargo, poco discutible que este factor está influyendo para que las empre- sas transnacionales y los conglome- rados extranjeros impulsen el proyec- to de “dolarización” de la economía argentina, mientras que los grupos económicos apoyan las distintas varian- tes que proponen una modificación del tipo de cambio que les posibilita- ría readquirir los activos vendidos, u otros, a un precio substancialmente menor en dólares. Pero debe a su vez subrayarse que el terreno común en que se sitúan ambas posiciones es la intención de superar los problemas que enfrenta la economía argentina me- diante una nueva caída de los salarios.
Cuadernos del Sur
61
La cúpula en su conjunto extrae su dinamismo de un patrón de acu- mulación en que el salario ha devenido un costo que es menester reducir, perdiendo su carácter de ele- mento indispensable de la demanda. Por ello, cuando los grupos impul- san el discurso sobre la rein- dustrialización en base al capital lo- cal, no sólo intentan ocultar que son una de las principales fracciones del capital que impusieron el predomi- nio de la valorización financiera y la desindustrialización vinculada a la desaparición de las pequeñas y me- dianas, sino también que, por su pro- pia posición estructural, la rein- dustrialización se encuentra ligada, para ellos, a un nuevo reparto del mercado interno, a la posibilidad de incrementar sus ganancias oligo- pólicas mediante subsidios y barre- ras diferenciales y a una nueva profundización del deterioro de los salarios a fin de expandir su presen- cia en el mercado externo.
El surgimiento de nuevas contra- dicciones dentro de la cúpula no pue- de pues ser asimilado, de manera al- guna, a la reapertura, para los secto- res populares, de un campo de alian- zas similar al existente durante el proceso sustitutivo. No sólo estas con- tradicciones sobrevienen entre actores dominantes que son marcadamente distintos a los anterio- res y en el marco de un patrón de acumulación en el que han desapa- recido las bases objetivas de la alian-
za policlasista. Ha cambiado también la relación entre ahorro nacional e inversión y, por lo tanto, el alcance y significado de las políticas destina- das a elevar el nivel de acumulación y de empleo mediante el control del capital extranjero.
En la industrialización sustitutiva el predominio del capital extranjero da lugar a una salida de excedente local al exterior mediante la remisión de utilidades, el pago de royalties, los precios de transferencia entre las subsidiarias y las casas matrices, etc.. Estas transferencias, y la forma de extracción, subsisten en la actualidad y tienen una creciente importancia como consecuencia de la desre- gulación económica, la privatización de' las empresas estatales y, más re- cientemente, de la adquisición de fir- mas locales25 .
Sin embargo, esta vía de salida de recursos se ve obscurecida por la im- portancia que asumen las nuevas transferencias de excedente local al exterior derivadas de la fuga de capi- tales y del endeudamiento externo y esas transferencias tienen su condi- ción de posibilidad en la liberaliza- ción de los movimientos de capita- les, que ha independizado —al posi- bilitar y potenciar la valorización fi- nanciera extema- las variaciones del excedente del proceso de formación de capital.
Esta liberalización, que no es im- pugnada en cuanto a sus modalida- des y alcances por ninguno de los
62
Noviemlmede 1999
sectores que integran la cúpula, tie- ne consecuencias decisivas. La res- tricción a la remisión al exterior del excedente apropiado por las empre- sas transnacionales suponía, durante la industrialización sustitutiva, una afirmación del control nacional so- bre el proceso productivo y un incre- mento de la inversión y de la tasa de crecimiento económico, con el con- siguiente aumento de los salarios y de la tasa de beneficios del capital local ligado al mercado interno. La razón de ello es que, en esa etapa, todo aumento de excedente disponi- ble enla economía debía, necesaria- mente, ser invertido o consumido localmente, pudiéndose adoptar me- didas para asegurar su asignación prioritaria a la inversión. En el mar- co del actual patrón de acumulación ello no es así. Una limitación a la remesas de utilidades aumentaría el ahorro local, pero ello no se traduci- ría, necesariamente, en un aumento de la inversión o del gasto. Podría simplemente, reflejarse en una ma- yor fiiga de capitales, si ello no está acompañado de controles sobre su reinversión.
En el caso de la deuda externa los efectos son aún más deletéreos. Una quita a la misma produciría, en la actual relación de fuerzas entre el tra- bajo y el capital, una profundización de la concentración del ingreso vía el incremento de las ganancias del capital concentrado local, y el aumen- to del ahorro nacional se reflejaría,
muy probablemente, en ausencia de otras medidas, en un incremento en el stock de activos nacionales en el exterior, es decir, en una fuga de ca- pitales que sería financiada, atento el déficit en la cuenta corriente del ba- lance de pagos, mediante un nuevo incremento en el endeudamiento externo. No se trata de una especula- ción teórica. En la deuda externa hay dos salidas de excedente: una de ellas en el pago de los servicios a los acree- dores externos y la otra en la fuga de capitales, que a su vez determina el ritmo y las modalidades del endeu- damiento externo estatal26 .La magni- tud de la fuga de capitales iguala o supera, en las dos últimas décadas - salvo en el período álgido de la privatización de las empresa estata- les, donde se genera una repatriación para adquirirlas- el pago de los ser- vicios a los acreedores27 y, lo que es aún más importante, el capital con- centrado interno (nacional y extran- jero) es el elemento central de ese proceso en tanto es quién implementa una valorización finan- ciera externa de los recursos que se nutre de los ingresos que pierden los asalariados y de los derivados de la apropiación del patrimonio estatal - que en última instancia es el resulta- do del ahorro social-23.
Nada permite prever que este pro- ceso, que se ha acentuado en los últi- mos años, tienda a cesar. La inver- sión se encuentra acotada por las al- tas tasas de interés; la depresión del
Cuadernos del Sur
63
consumo masivo; la apertura econó- mica y el interés del capital local más concentrado en capitalizar, me- diante su venta y transformación, al menos parcial, en activos financie- ros localizados en el exterior, las ga- nancias patrimoniales derivadas de la adquisición de los activos públi- cos a precios irrisorios.
La mejora de la situación de los trabajadores depende pues, en es- tas condiciones, exclusivamente, de su capacidad para cambiar la rela- ción de fuerzas y disciplinar al ca- pital concentrado. Lo que no im- plica, necesariamente, su aislamien- to. Las transformaciones en la cú- pula y en el patrón de acumulación determinan que la contradicción principal sea la que opone el traba- jo al capital. Pero al mismo tiem- po, las necesidades de los trabaja- dores se identifican con la búsque- da de .un desarrollo sustentable y equitativo para la sociedad en su conjunto, perspectiva, hoy más que nunca, ajena a los intereses y las posibilidades del gran capital. Este, más allá de sus diferentes origenes, sus distintas magnitudes y sus di- versas morfologías, se encuentra inserto en un proceso de acumula- ción a nivel mundial en que la cla- se obrera local ha devenido un mero elemento de costo en su lucha com- petitiva, lo que denota la ruptura de la ligazón, siempre precaria y contradictoria, entre generación y apropiación del excedente, acumu-
lación, y profundización del desa- rrollo del mercado nacional. Octubre de 1999
Notas
' Los autores agradecen los comentarios realizados por los Licenciados Matías Kulfas y Martín Schorr sobre la versión prelimi- nar de este trabajo.
2 Investigador asociado del Area de Eco- nomía y Tecnología de la FLACSO.
’ Investigador del CONICET y Coordi- nador del Area de Economía y Tecnología de la FLACSO.
4 En este trabajo se entiende que la con- centración de la producción consiste en la incidencia que tienen las mayores firmas de una actividad económica (man-o u ocho según la metodología utilizada) en el valor de producción de la misma. En cambio, la centralización económica alude a los pro- cesos en los cuales unos pocos capitalistas acrecientan el control sobre la propiedad de los medios de producción con que cuen- ta una sociedad, mediante la expansión de su presencia en una o múltiples actividades económicas basándose en una reasignación del capital existente (compras de empre- sas, fusiones, asociaciónes, etc.). Cuando la centralización del capital no se produce en una rama, sino prioritariamente a través de la compra de empresas, fusiones o aso- ciaciones que aumentan el control por un mismo capital de diversas actividades, ha- blaremos de centralización diversificada.
5 Se entiende por valorización financie- ra a la colocación de excedente por parte de las grandes firmas en diversos activos financieros (títulos, bonos, depósitos, etc.)
64
Noviembu de 1 999
en el mercado interno e internacional. Este proceso, que irrumpe y es predominante en la economía argentina desde fines de la década de los años setenta, se expande de- bido a que las tasas de interés, o la vincula- ción entre ellas, supera la rentabilidad de las diversas actividades económicas, y a que el acelerado crecimiento de} endeudamien- to externo posibilita la remisión de capital local al exterior al operar como una masa de excedente valorizable y/o liberar las uti- lidades para esos fines.
6 En este trabajo se asume que la cúpula empresarial está constituida por las 200 empresas de mayores ventas en la econo- mía argentina, tomando en cuenta todos los sectores de actividad salvo la actividad financiera y la producción agropecuaria. Para cada una de ellas se consideran los datos de balance acerca de la distintas va- riables que permiten analizar su compor- tamiento económico (ventas, utilidades, endeudamiento externo, etc.) para el pe- ríodo comprendido entre 1991 y 1997.
7Sobre la segunda etapa de la industria- lización sustitutiva ver, entre otros, a: Diamand, M.; “La estructura productiva desequilibrada y la doble brecha", Cuader- no Nro. 3, CERE, Buenos Aires, ¡988. Braun, O. y Joy. L.; “Un modelo de estan- camiento económico. El caso de la econo- mía argentina”, Desarrollo Económico, Nro. 80, Vol. 20, Buenos Aires, 19'68. Nochtefl', H._[.; “Los senderos perdido del desarrollo. Elite económica y restricciones al desarrollo en la Argentina”, en Azpiazu D. y Nochtetï H. “El desarrollo ausente. Restricciones al desarrollo, neocon- servadorismo y elite económica en la Ar-
gentina. Ensayos de economía política"; Tesis Norma- FLACSO, Buenos Aires, 1994.
“O'Donnell, G., “Estado y Alianzas en la Argentina,1956-1976”, Desarrollo Econó- mico, Nro. 64, Vol. 16, Buenos Aires, ene- ro-marzo 1977
9 Cimillo, E.; Khavisse, M.; Lifschitz, E.; Piotrovsky, j.; “Un proceso de sustitución de importaciones con inversiones extran- jeras: el caso argentino”, en “El Desarrollo Industrial en la Argentina: Sustitución de importaciones, concentración económica y capital extranjero (1950-1970)", Secreta- ría de Planeamiento y Acción de Gobierno, Buenos Aires, 1972.
'° Las modificaciones estructurales de las últimas décadas indican que la diferencia- ción entre empresas estatales y las privadas de capital extranjero y nacional es insufi- ciente para examinar la economía argenti- na en general y la cúpula económica en particular. De allí que para el análisis de las grandes firmas se distinga, dentro del ca- pital local y extranjero, entre las firmas que forman parte de grupos económicos o con- glomerados, y las firmas que actúan por sí solas o de una manera “independiente” Como resultado se obtienen cinco tipos de firmas diferentes: empresas estatales, em- presas de grupos económicos locales (GG.EE.), empresas locales independien- tes (ELI), empresas de conglomerados ex- tranjeros (CE) y empresas transnacionales (ET). A las mismas se le agrega las asocia- ciones como un sexto tipo de empresa, que son los consorcios cuyo capital accionario está en manos de diferentes inversores (específicamente de diversos grupos eco- nómicos locales e inversores extranjeros).
Cuadernos del Sur
65
" Es importante recordar que la rela- ción Valor agregado/Valor de producción de 1993 es la más baja de la historia indus- trial argentina, incluso a la de 1935, mo- mento en que había un escaso desarrollo industrial. La evolución de dicha relación desde 1935 hasta la década de los años ochenta puede consultarse en : Sourrouille, J.V. y Lucángeli J. “Apuntes sobre la histo- ria reciente de la industria argentina", Bo- letín Techint, Nro. 219, julio-septiembre 1980.
'2 Respecto a las transformaciones en la propiedad y la producción agropecuaria pampeana ver: Basualdo, E.M. y Khavisse, M.; «El nuevo poder terrateniente, Investi- gación sobre los nuevos y viejos propieta- rios de tierras de la Provincia de Buenos Aires», Espejo de la Argentina, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1993; Basualdo, E.M.; «El nuevo poder terrateniente: una res- puesta», Realidad Económica Nro. 132, ju- nio de 1995.
'3 Basualdo, E.M.; «Deuda Externa y po- der económico en la Argentina», Editorial Nueva América, 1987.
"‘ Es pertinente señalar que los subsidios derivados de la estatización de la deuda externa privada son sumamente significa- tivos, en tanto involucran, hasta 1984, un monto equivalente a 9 mil millones de dó- lares de 1998.
'5 La Ley de Reforma del Estado (Nro. 23.696 de 1989) establece que las empresas públicas podían privatizarse mediante de- cretos del Poder Ejecutivo (artículo 9), y que los acreedores del Estado y/o sus em- presas podían capitalizar sus créditos, lo cual permitió la posterior capitalización de
títulos de la deuda externa por parte de los capitales extranjeros y también de ciertos grupos económicos locales.
'5 Ver a este respecto: Proyecto Privatización y Regulación en la Economía Argentina; Documento de Trabajo N" 7: “Privatizaciones en la Argentina. Regula- ción tarifaria, mutaciones en los precios relativos, rentas extraordinarias y concen- tración económica", Area de Economía y Tecnología de la FLACSO [SECYT/ CONICET, Buenos Aires, abril 1999..
'7 El caso de la privatización de Gas del Estado permite ilustrar este proceso de seg- mentación. Esta empresa estatal, que al momento de su privatización en 1992 esta- ba tercera en el ranking de ventas, se sub- dividió en diez empresas, dos de las cuales se ubican dentro de las primeras 50 en 1994 (Metrogas y Distribuidora de Gas Bs. As. Norte), mientras que otras dos se loca- lizan dentro de las segundas 50 (Distribuidora de Gas Pampeana, y Trans- portadora de Gas del Sur), y finalmente cinco más en las últimas 100 posiciones de la cúpula (Distribuidora de Gas del Sur, Distribuidora de Gas del Centro, Distribuidora de Gas Cuyana, Distribuidora de Gas del Litoral y Transportadora de Gas del Norte). Por lo tanto, hay una empresa descendiente de Gas del Estado que por sus ventas se ubica por debajo de las 200 de mayores ventas (Distribuidora de Gas No- roeste).
'3 Respecto al comportamiento de las variables macroeconómicas durante los pri- meros años de la década, ver: Nochteff H. y Abeles M.; “Economic shocks without vision. Neoliberalism in the transition of
66
Noviembre de 1999
socio-economic systems. Lessons from the argentine case", Institut fur Iberoamerika- 1Kunde, Cuaderno Nro. 51, Editorial Vervuert, Frankfurt, Alemania, 1999.
"’Cabe señalar que de acuerdo a la nueva estimación de las cuentas nacionales, el PBI a precios corrientes entre 1994 y 1995 re- gistra un leve incremento (9,2%) y no una disminución como en la estimación consi- derada en este trabajo. Sin embargo, las diferencias a favor de las ventas realizadas por las grandes firmas se acentúan entre 1993 y 1997, ya que el nuevo PBI interno crece al 5,5% anual, mientras que en la esti- mación anterior lo hacía al 6,5% anual y las ventas de la cúpula al 11,2% anual. En rela- ción con la nueva estimación de las cuentas nacionales ver: Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, “Sistema de cuen- tas Nacionales. Argentina. Año base 1993. Estimaciones trimestrales y anuales 1993- 1997", 1999.
'-’° Ver a este respecto: Proyecto Privatización y Regulación en la Economía Argentina, Documento de Trabajo N° 6: “El papel de las privatizaciones en el pro- ceso de concentración y centralización del capital”, Area de Economía y Tecnología de la FLACSO/SECYT/CONICET, abril de 1999. Asimismo, Khavisse, M. y Piotrkowski, J. “La consolidación económica de los fac- tores extranacionales. El caso de las cien empresas industriales más grandes", Con- sejo Nacional de Desarrollo (CONADE), marzo 1973. La información básica que uti- liza este trabajo proviene de las sucesivas publicaciones de las revistas Panorama de la Economía Argentina y Mercado. Tam- bién, Skupch, P.R.; “Concentración indus-
trial en la Argentina, 1956/ 1966”, Instituto de Investigación Económica de la UBA, 1970. La información básica de este estu- dio se origina en los balances presentados por las empresas en la Inspección General de Justicia de la Nación.
2' Las doscientas firmas de mayor factu- ración generan más del 60% de las expor- taciones totales del país. Más aún, dado que sus importaciones rondan el 30% del total, tienen un saldo comercial fuertemente po- sitivo y creciente entre 1993 y 1997, cuan- do el de la economía en su conjunto es ne- gativo y creciente en el tiempo. Al respecto ver: Proyecto Privatización y Regulación en la Economía Argentina, op. cit., abril de 1999.
22 Marx, C. (1968), pág. 543 y ss.
2’ Ver: Azpiazu, D. (comp), Gutman, G. y Vispo A. (1999); La desregulación de los mercados. Paradigmas e inequidades de las políticas del neoliberalismo, Grupo Edito- rial Norma, Buenos Aires.
2‘ Ver: Basualdo E. M. y Khavisse M., op. cit., 1993
25 Por ejemplo, el caso extremo en tér- minos de los precios de transferencia pa- recería ser el sector automotriz a juzgar por los estudios que abordan directamente el análisis de esta problemática, tal como: Centro de Estudios Económicos (O._[. Ferreres y Asociados SA); “Precios de Trans- ferencia. Antecedentes y recaudación espe- rada en Argentina", Buenos Aires, julio de 1998.
26 Se deja de lado la deuda externa esta- tal porque el ritmo y las modalidades de la misma son determinadas por el capital concentrado local que es el principal deu-
Cuadmmos del Sur
67
dor externo privado. Ver a este respecto: Basualdo, E.M.; “Deuda Externa y poder e00- nómioo en la Argentina", Editorial Nueva Arné- ritn, Buenos Aires, 1987. 2"Iasalidadetzrpitaleslocalesalentar-¡arritm- dalos40milmillonesdedólaresenlre 1991 y 1997, superandoelstockdelosrnismos,deamer-
doahsdfiasofidalmltrsdenmilmillonesde dólaresafinesdeestadétada.VeralrespectozE, M.Basualdo,'hcermdelanaunalemdeladeu- daexternayhdefinidóndetmaesuategiapo- lida”, IDEP, 1999 (mimeo).
21¡Ver al respecto: Basualdo E.M., op. cit., 1999.
Noviembre de 1999
El movimiento de la estructura económica de la soc1edad en los ‘90
Fabián Fernández* Jorge Tripiana"=
3
ste trabajo refiere al movimien to de la estructura económica e la sociedad argentina en la última década. En forma general, se puede afirmar que las condiciones de acumulación capitalista en nuestro país encuentran su base material en el predominio del régimen de la gran industria, en momentos en que ha realizado su hegemonía el capital fi- nanciero sobre las restantes fraccio- nes del capital. Las manifestaciones más evidentes de la etapa por la que transita el capitalismo en nuestro país refieren al crecimiento del rentismo y el parasitismo en el conjunto de la sociedad, y el incremento de la ex- plotación en intensidad y en exten- sión de la población proletaria,jun- to con un empeoramiento general en las condiciones en que resuelve su
existencia.
El análisis del movimiento de la estructura econó- mica de la socie- dad en la última
década sólo puede hacerse ubicando- lo en el período histórico del que forma parte y que se inÍCia a media- dos de la década de 1970. El análisis histórico parte del conocimiento acu- mulado sobre el funcionamiento del sistema capitalista, lo cual nos per- mite ver enla década del 50 indicios de la génesis de un nuevo período del desarrollo del capitalismo que se hace claramente observable hacia me- diados de la década de 70, para ter- minar de constituirse con la crisis de 1989/90 l . Terminaría entonces el período iniciado en nuestro país con la resolución de la crisis mundial de 1929. El pasaje de uno a otro perío- do está dado por el cambio en el sen- tido de expansión del capitalismo, que de ser predominantemente en ex- tensión hasta aproximadamente me- diados de siglo, pasa a ser, a partir de este momento, predominante- mente en profundidad? Los proce- sos observados a partir de este cam- bio en el predominio del sentido de expansión, refieren a la centraliza- ción de la propiedad y la riqueza en
* Investigadores del Programa de Investigación sobre el Movi- miento de la Sociedad Argentina (PIMSA).
Cuadernos del Sur
menos manos, que se corresponde con la repulsión de la población de los espacios sociales que ocupaba, lo que se manifiesta en la pauperización y/o proletarización de grandes ma- sas de población con crecimiento de una miseria consolidada. Atendien- do alos rasgos fundamentales de fim- cionamiento del sistema en cada mo- mento histórico, se puede plantear que, en forma general, el fin del pro- ceso evidencia la culminación de la forma de organización social centra- da en el capital industrial, y su reem- plazo por la forma de organización social que impone el capital finan- ciero. Se da un cambio fundamental en las condiciones generales de la producción, lo cual supone que la sociedad argentina actual sea cualitativamente distinta de la que llega hasta la década del 70.
Los hitos en este proceso de carn- bio de las condiciones generales de producción en el desarrollo del ca- pitalismo argentino se dan en conso- nancia con la forma que adquiere el movimiento de la producción y el mercado mundial y las crisis genera- les que lo afectan. De esta manera, las transformaciones en las condicio- nes generales de producción en el capitalismo argentino de las últimas décadas deben ser contextuadas en relación a las llamadas crisis del “pe- tróleo” y de la “deuda externa”, de la primera mitad de la década del setenta y comienzos (li: la década del ochenta, respectivamenteSi . Los mo-
mentos históricos importantes, aqué- llos que muestran cambios cualita- tivos en la relación de firerzas socia- les en el desarrollo del proceso me- diante el cual la oligarquía financie- ra va imponiendo progresivamente las nuevas condiciones de funciona- miento de la sociedad, pueden ser situados de la siguiente manera“: en primer lugar, 1975/ 1976, en donde, luego del fallido intento del capital financiero por imponer su forma de organización de la sociedad a través de sus cuadros políticos (el “rodrigazo”), la burguesía recurre a los cuadros militares, quienes me- diante el uso de la fuerza material imponen las condiciones necesarias para establecer la nueva hegemonía; en segundo término, la guerra de Malvinas y la forma en que se resuel- ve, incluyendo la salida electoral; el análisis del proceso reconoce otro hito importante en la “crisis termi- nal” de 1989/90, con la hiperinfla- ción y los saqueos; a partir de este momento, con la total subordinación del conjunto de los cuadros políti- cos de la burguesía, las condiciones de hegemonía del capital financiero pueden realizarse plenamente, dado que son eliminados todos los vesti- gios de la vieja forma de organiza- ción social asentada en el capital in- dustrial, aunque en este momento se manifiesta tarnbién la lucha entre ca- pitales financieros5 . La forma como se termina resolviendo esta “crisis terminal" deja ver con claridad tres
70
Noviembmde 1999
procesos cuya génesis es anteriorB: l) al interior de la producción, el pro- ceso de trabajo queda bajo el domi- nio de la gran industria; si bien la gran industria ya tenía presencia en la capitalismo argentino, en esta nue- va transformación de condiciones se impone definitivamente. y rige la nue- va forma de organización de la pro- ducción y consecuentemente del con- junto de la sociedad; 2) en las es- tructuras económico-sociales concre- tas que constituyen la formación so- cial de la Argentina se produce un cambio en el entrelazamiento del ca- pitalismo de economía privada con el capitalismo de estado7; y 3) en la propiedad del capital se produce una mayor presencia, cualitativamente diferente, del capital extranjero.
El estudio histórico del desarrollo capitalista en la Argentina ha permi- tido caracterizarla como un país de- pendiente de capitalismo desarrolla- do, con peso del capitalismo de esta- do. En tanto lo que caracteriza a este tipo de estructura es el control de los grupos monopólicos sobre el conjun- to de la actividad económica, las transformaciones ocurridas en las dos últimas décadas, centradas alrededor de la idea de reducir la participación “redistributivista” o “interven- cionista” del Estado, en donde el proceso de las privatizaciones es cen- tral pero no el único (jubilaciones por capitalización, aranceles especiales a ciertas ramas industriales, flexibilización laboral, etc), cambia
sólo la forma por la cual se da la re- gulación de la economía por los gru- pos monopólicos mediante el apara- to estatal. Lo que sí aparece modifi- cada es la relación entre los distintos tipos de estructuras existentes en el país: economía mercantil, capitalis- mo de economía privada y capitalis- mo de estado, y el peso de cada una de ellas en las distintas estructuras económico-sociales concretas que conforman el capitalismo argentinoB . Además, en el proceso de consolida- ción de la hegemonía del capital fi- nanciero, existen disputas entre dis- tintas fracciones del capital, con la consiguiente variación en la compo- sición de los grupos económicos, y la transferencia de empresas de capi- tal nacional a capitales extranjeros; esto es un indicador tanto de la exis- tencia de ganadores y perdedores al interior de los grupos monopólicos, como de una presencia cualita- tivamente diferente del capital extran- jero en nuestro país9 .
Sin embargo, si pensamos el proce- so desde el lado del proletariado, en esta década (salvo, quizás, en el último año) las disputas entre distintas frac- ciones del capital se desdibujan ante la unidad de la burguesía para garan- tizar la continuidad del proceso de acumulación capitalista en las nuevas condiciones. Si bien la información censal dificulta el conocimiento de los volúmenes precisos de cada grupo so- cial (Gran Burguesía, Pequeña Burgue- sía Acomodada, Pequeña Burguesía
Cuadernos del Sur
71
Pobre, Proletariado y semipro- letariado), las tendencias a la centrali- zación dela propiedady la riqueza, y la pauperización y/o proletarización de una masa creciente de la pobla- ción, observadas desde 1960 se han mantenido, y se podría decir que se han profundizado en los últimos años”. Debe considerarse en este punto lo que ha sido planteado como tendencia en el desarrollo del capi- talismo: la producción progresiva de una masa de población sobrante para las necesidades de fuerza de trabajo del capital“ . En este sentido, resulta claro en el análisis que se asiste a un cambio en las condiciones generales de la producción que se manifiesta en el aumento en volumen y varia- ción en la composición de la masa trabajadora y explotada.
El análisis de la disposición de fuerzas sociales objetiva presente en la sociedad argentina en el momento actual no puede realizarse sin el re- gistro de los cambios que se están operando en el proceso de trabajo, base material de la gran industria capitalista, concebida como tipo so- cial de explotación.12
A partir del análisis de la infomación recogida”, podemos avanzar en la información provisoria de que dichos cambios son de carác- ter cuantitativo e implican, en lo que respecta específicamente al proceso de trabajo, el desarrollo en profun- didad de las tendencias característi- cas del desarrollo de la gran indus-
tria capitalista: la subordinación del factor subjetivo” del proceso de pro- ducción al factor objetivo; el desarro- llo de la fuerza de masas; el despotis- mo del capital al interior de la uni- dad de producción; el aumento de la fuerza productiva del trabajo; la homogeneización de la calificación del obrero; y la aparente “escisión entre trabajo manual y trabajo inte- lectual”, expresión de la expropia- ción del saber y la experiencia obre- ros por el capital.
Todo análisis de los cambios ope- rados en los procesos de trabajo en la industria argentina en los últimos años debe tener en cuenta si éstos se efectivizan en la organización del proceso de trabajo, o a través de in- novaciones tecnológicas, o de ambas formas al mismo tiempo. En los últi- mos años, se extendió en la Argenti- na, en ramas tales como la automo- triz, producción de energia eléctri- ca, petroquímica, textil, cervecera y metalúrgica, el uso de nuevos medios de trabajo tales como las “máquinas herramienta de control numérico” (máquinas herramienta que incorpo- ran una unidad de control numérico que envía señales a los mecanismos de transmisión y al conjunto de las herramientas para la realización de operaciones programadas); los robots (máquinas que pueden incorporar información através de la programa- ción externa o el autoaprendizaje), los “manipuladores” (máquinas que realizan tareas de diverso grado de
72
Noviembre de 1999
complejidad a través de instruccio- nes contenidas en un programa o de la conducción realizada por un ope- rador desdeïuna cabina de control), y los “autómatas programables” (má- quinas electrónicas encargadas del "control y la conducción de otras má- quinas a través de instrucciones pre- viamente programadas). Pero los cam- bios comenzaron a producirse en la organización del proce50 de trabajo antes que en los medios de trabajo. En lo que respecta a la organización del proceso de trabajo, las innova- ciones típicas remiten a los “círculos de control de calidad” (donde los obreros, dirigidos por un capataz o supervisor, discuten fuera del hora- rio de trabajo cómo mejorar la cali- dad y el aprovechamiento de los insumos y materias primas, pero rara vez las condiciones de trabajo imperantes en la fábrica); los “equi- pos de trabajo” (constituidos en el proceso de trabajo mismo, y cuya fim- ción principal, a partir de la fijación de determinadas cuotas de produc- ción, es ampliar las tareas de super- visión y control entre los mismos obreros, es decir, que cada obrero se vigile a sí mismo y vigile a sus com- pañeros); el “trabajo multifuncional” (que agrupa adiversas tareas cumpli- das por los obreros dentro de un mismo o distintos puestos de traba- jo); la aplicación de métodos de “jus- to a tiempo” (que consisten en orga- nizar las cuotas de producción a par- tir de los pedidos previamente reali-
zados a la empresa, dando lugar a un reordenamiento de la organiza- ción del proceso laboral en donde los puestos ubicados al final de aquél solicitan a los precedentes una canti- dad especificada de productos, de- biendo cada sección de la fábrica rea- lizar su respectivo control de calidad antes de entregar el producto a la sección posterior; por lo que remite a dos series de transformaciones: en la relación empresa-mercado y en la organización del trabajo al interior de la fábrica); los cambios en el tra- bajo de supervisión y control (tras- paso de las responsabilidades desde la categoría de capataces y superviso- res ala de los obreros de producción y mantenimiento); y los nuevos re- quisitos exigidos en la calificación del trabajador (donde se observa una dis- tancia entre los requerimientos de una mayor educación formal y las ta- reas de escasa calificación efectiva- mente realizadas). La formación de círculos de calidad y de equipos de trabajo constituye un medio para que el capital se apropie del saber resul- tante de la experiencia cotidiana del obrero colectivo, lo que expresa la profundización del desarrollo de una de las tendencias características de la gran industria capitalista. La aplica- ción del trabajo multifuncional, le- jos de significar un “enriquecimien- to intelectual” del trabajo del obre- ro, que ahora podría “concebir” en forma integrada las distintas tareas que constituyen su puesto o el con- junto de los puestos de trabajo de una
del Sur
73
sección de la fábrica, no rompe con la división parcelaria de las tareas, que en todo caso ahora se incrementan en número.
Como ya se dijo, en la Argentina los cambios comenzaron a producir- se en la organización del proceso de trabajo antes que en los medios de trabajo: la formación de círculos de calidad, por ejemplo, se observa en empresas caracterizadas por el em- pleo de tecnología anticuada. Tam- bién comenzó a generalizarse la for- mación de equipos de trabajo; tal es el caso de la industria automotriz, donde la formación de los equipos fue negociada entre los capitalistas y el sindicato que agrupa a los trabaja- dores del sector, al punto que se los incluye en algunos convenios de tra- bajo a nivel de empresa.
la implementación de los cambios en los procesos laborales tiene como consecuencias el aumento de la inten- sidad del trabajo y el descenso en el consumo improductivo de la fuerza de trabajo del obrero por el capital a tra- vés del cierre de los “poros” o tiempos muertos del trabajo. Ambos factores constituyen dos condiciones necesarias para el aumento de la fuerza producti- va social del trabajo.
Si se tiene en cuenta la producti- vidad del trabajo, se da un aumento de la misma en la década del 90, medida por persona ocupada. Si se toma 1980= 100; en 1989 era de 76,6; en 1990:74,2: 1991:79,5; 1992:85,6; 1993: 89,9; 1994: 97,9;
1995: 95,2; 1996: 99,3“. Entre 1991
y 1998 creció más de un 50%l5 decir que la productividad del traba-
jo llega a los mismos niveles que te-
nía durante el gobierno militar, aran- do incluía en ella la aplicación de una coacción extraeconórrrica en los lugares de trabajo.
Entre 1980 y 1990, la variación dell. Producto Bruto Interno en el total del. país, según datos del AnuariovEsta- dístico16 , señala una disminución del 8,7%. Los registros, consignados en la misma fuente, para los años poste- riores, permiten visualizar una ten- dencia al crecimiento a partir de 1991: la variación porcentual anual es ahora: 1991: 8,9; 1992: 8,7,y 1993: 6,0. A través de una fuente distinta se puede ver que el crecimiento con- tinúa en 1994, 8,5%, y se da una dis- minución del producto en 1995, del 4,6%” . Es decir que se tiene un au- mento de alrededor del 30% en los primeros cuatro años de la década, disminuye algo en 1995, y retoma la tendencia alcista en los años siguien- tes: en 1996' aumentó el 4,8%; en 1997 el 8,6%; y el 5% en 1998.
1.a reducción de los tiempos muer- tos plantea el interrogante acerca de si el proceso de trabajo no se vuelve cada vez más rígido, fortaleciendo al mismo tiempo la capacidad de acción de los obreros en la lucha económi- ca, capacidad que podría verse con- trapesada por los altos niveles de desempleo existentes actualmente en el mercado de trabajo.
74
Noviembre de 1999
i? En los sesenta y primera mitad de ya década del setenta, el desempleo n los principales aglomerados urba- os de la Argentina alcanzó un pro- medio de entre 5% y 6%, teniendo como puntos extremos los índices de iabril de 1964, con el 7,5% y el de abril de 1974, en donde. el desem- pleo es de 4,9% de la población eco- nómicarnente activa. La segunda mi- tad de la década del setenta ve pro- gresivamente descender el índice de ldesempleo llegando en 1980 al 2,6%”. El desempleo promedio anual crece tendencialmente a partir de este piso. En la década del 80 los puntos más altos son: 6,1% en 1985, 6,3% en 1988 y 7,7% en 1989. En la década 'de 1990: 7,5%; 1991: 6,5%; 1992: 7,0%; 1993: 9,6; 1994: 11,5; 1995: 17,5%; 1996: 17,2; 1997: 14,9%; 1998: 12,8; 1999: 14,5%‘9. La desocupación mí- nima en la década del 90 es aproxima- damente igual al máximo alcanzado en la década del 80.
La situación no es un “privilegio” de Argentina. Para América Latina y el Caribe, el promedio anual del des- empleo urbano ha aumentado desde un 5,8% en 1990 al 8,4% en 199820; y el estimado para 1999 será del 9,5% de la fuerza laboral regular de la re- gión lo cual sobrepasa a la tasa máxi- ma alcanzada en los ochenta en el momento de la crisis de la deuda externa, que alcanzó el 8,7%21 .Ni tam- poco de los países dependientes22 .
Sobre esta evolución tendencial se insertan las sucesivas crisis que se
desarrollan en el mercado mundial a partir de 1995 (crisis mexicana, cri- sis asiática, crisis rusa, crisis brasilera). La actual recesión económica en Ar- gentina, tomando en comparación los índices de desempleo de agosto de 1998 a agosto del 1999, ha arrojado como resultado la existencia de 200.000 desocupados más, con lo cual se llega a la cifra de casi 1,9 mi- llones de población desocupada. Los desocupados aumentaron en apenas 41.000 personas entre mayo y agosto del 99 porque unas 100.000 dejaron de buscar trabajo, por lo tanto el ín- dice de 14,5% en agosto subestima la realidad del desempleo. El impacto social que alcanzan los movimientos del mercado mercado mundial es un indicador de las nuevas condiciones generales en que se da la producción.
Si a la cantidad de población des- ocupada se le agrega la que está subocupada se tiene una mejor aproxi- mación a la cantidad de superpoblación relativa: para 1980 es de 7,1%; en 1985 llega a1 13,8%; en 1990 al 17,9%; en 1995 es del 29,7% de la PEA; y para agosto de 1999 alcanza el 29,4% de la PEA, lo que equivale a 4 millones de personas. A esto se debe agregar que en 1999 se calcula que unas 400 mil personas, es decir, un 3% de la fuerza laboral, abandonaron la búsqueda de trabajo. Se debe tener en cuenta, tam- bién, que se elevó el número de perso- nas en planes de empleo transitorio de 140.000 personas en mayo a 190.000 en agosto” .
Cuadernos del Sur
75
En síntesis, las condiciones de vida de la masa trabajadora y explo- tada han empeorado sensiblemente, encontrando, incluso, dificultades en su posibilidad de reproducción.
Otro indicador en este sentido es la sobreocupación: según una encues- ta privada, el aumento de la jornada de trabajo de los trabajadores ocupa- dos es constante en los últimos años24 . Para mayo de 1989, el 33% de la po- blación ocupada estaba sobre-ocupa- da, es decir que trabajaba más de 45 hs semanales, de los cuales el. 10,9% trabajaba más de 62 hs semanales. Para mayo de 1998 los trabajadores sobreocupados son el 42,5%, de los cuales el 15% trabaja más de 62 hs semanales”. Comparando la situa- ción de los años 1990 y 1998, se ha calculado que para 1998 se trabajan 2200 horas anuales más, lo que equi- vale a un 10% más. En la mayoría de los casos, no se cobra ninguna com- pensación salarial. Esto constituye otro indicador de la pauperización de ciertas fracciones sociales: el au- mento de las horas trabajadas en los últimos años recae fundamentalmen- te en los empleos clásicos de ingre- sos medios, profesionales, etc.
A todo esto hay que sumar el au- mento de trabajadores no declarados. El trabajo clandestino o en negro cre- ce para el conjunto del país desde 1980. Para Capital Federal y Gran Buenos Aires, en 1980 el 18,7% de los trabajadores están en esta situa- ción laboral; el porcentaje crece para
' convertibilidad a partir de 1991 n:
1990, llegando al 26,7%; en 19941 , gaal 30,1%; en 1995 al 31,4%; el 3 'V en 1996; en 1997 y 1998 fue 36,2%, y se estima que en estos mi mentos más del 37% de los traba" dores se encuentra en esta situaci , laboral26. Pero la misma evolución l da en todo el país: por ejemplo, Tucumán, pasó del 31,5% en oc Y bre de 1990 al 50,5% en octubre n; 1997, y en Mendoza del 26,1% : 1990 al 40,6% en 199727 ¡
El afianzamiento de las nuev condiciones en que se da la venta o}: la fuerza de trabajo ha tenido co - resultado su menor precio en el me cado. Según datos de la OIT, toma al: do 1970 = 100, el salario real med" era de 126 en 1974; en 1975 era 12 en 1976 era de 79 y en 1977 era o 76; en 1987 era de 87, y alcanza s niveles más bajos en los años de l hiperinflación, 1989 y 1990: si s1 toma como base 1984= 100, en mayi de‘l-989 era de 44,3 y en febrero 1930 era de 43,7. En la década d ’i noventa, la vigencia de la ley d‘
t'
cambia la continuidad de este proc ' so de deterioro de los salarios reale Í aunque el mismo se da en forma m 'j‘ atenuada, con la novedad de que ha; reducciones de salarios nominales.
sueldo promedio de los casi 4,9 mii llones de trabajadores registrador, cayó, en términos reales, un 2,6% entre 1995 y 1998, según datos su-. ministrados por las empresas al sis- tema previsional. Sin embargo, la
76
Noviembre de r99si
caída es mucho mayor, si se conside- ran las horas trabajadas. Según datos de una consultora privada, entre 1990 y 1998 el salario industrial cayó el 18,5%, mientras que en la construc- ción se da una baja del 11,2%; en co- mercio no se registran variantes28 .
En síntesis, en esta decada, los tra- bajadores han creado mayor riqueza, con mayor productividad de su tra- bajo, pero han recibido un menor ingreso y desarrollan su trabajo en condiciones cada vez más precarias, que inclt'rso amenazan su posibilidad de reproducción.
El crecimiento del ejército indus- trial de reserva, mientras decrece la magnitud de los medios de-vida ob- tenidos tiene como consecuencia que se incremente la parte del proletaria- do que se encuentra en la condición de “pobre” por haber perdido, en ese momento, total o parcialmente, su base material de vida: el salario.
Los hogares debajo de la línea de pobreza en la Argentina eran 2,6% en 1974 y el 7,5% en 1980; en el momento de la crisis terminal de 1989/90 llegan al 35,3% para dismi- nuir en 1991 al 21,8%; en 1992 al 15,6%; en 1993 al 13,6%; en 1994 al l 1,9%; pero en 1995 comienza a su- bir: 16,3%, y en los últimos años de la década alcanza los niveles de su inicio: según estimaciones del Ban- co Mundial, para 1999 la pobreza para el conjunto de la población ur- bana del país alcanzaría el 36%; y este organismo también realiza una esti-
mación de la pobreza rural en el país, la cual duplica a la urbana, y sería entonces de más del 7 0%. Esto signi- fica que la gran mayoría de los casi 3,5 millones de argentinos que viven en el campo lo hacen en la miseria, cuyo ingreso es hasta 950 pesos anua- les por adulto, es decir, 79 pesos mensuales. Según esta estimación, en las regiones del norte de nuestro país la situación es aún peor: en el N o- roeste el 38% de la población vive en la indigencia, es decir, tienen un in- greso anual de menos de 6'00 pesos, 50 pesos mensuales; en el Noreste, es el 31% de la población la que está en esta situación29 .
En la Capital y el Gran Buenos Aires, el 28% de la población vive por debajo de la línea de pobreza, esti- mada en 155 pesos mensuales para un adulto, y 450 para una familia tipo; y el 7% es indigente, es decir que viven con menos de 65 pesos mensuales un adulto, y 210 pesos mensuales una familia tipos" .
Tendencialmente, la situación se repite para América latina y El Cari- be“ .
La existencia de una masa crecien- te de superpoblación relativa, y la consolidación al interior de la mis- ma de un porcentaje de población, cada vez mayor, que no puede acce- der a un mínimo indispensable para reproducir su vida, no debe interpretarse como un proceso gene- ral de empobrecimiento de la socie- dad. Como hemos hemos visto, exis-
Cuademos del Sur
77
ten otros indicadores que nos permi- ten afirmar que en la sociedad argen- tina se da un proceso de polariza- ción social creciente, acelerado en los últimos años, en el contexto de una región que actualmente tiene la peor distribución de ingresos del mun- do32 . Si observamos la concentración del ingreso, los datos para Capital y Gran Buenos Aires nos dicen que en 1974 el 10% más rico tenía el 28,2% del ingreso. A fines de 1998, se apro- pian del 37,3%. En igual período, el 30% más pobre descendió del 1 1,3% al 8,1%. Por hogares, el 10% de las viviendas más humildes recibe el' 1,4% de los ingresos y el 10% más rico se apropia del 35,5%” . Si agru- pamos los dos deciles de más bajos ingresos, por un lado, y los dos de mayores ingresos por el otro, tene- mos que el 20% de la población de más bajos ingresos recibe el 4,2% del ingreso total, mientras que el 20% más rico de población se apropia del 51,6% del ingreso total34 . Para el con- junto del país, en 1996, una distri- bución del ingreso de estas caracte- rísticas significa un índice de con- centración del ingreso del 0,48 con- siderando las zonas urbanas, y un Gini total (urbana más rural) estimado del 0,56, lo cual es muy alto incluso en términos regionales35 .
En síntesis, la situación so- cial descripta muestra la disposición de fuerzas objetiva. Esta situación ha tardado décadas en consolidarse en nuestro país. El análisis histórico
muestra la tendencia a la polariza- ción social, en donde unos menos se apropian de una mayor riqueza y se incrementa la masa de población re- pelida de los espacios sociales que ocupaba, en las nuevas condiciones generales de producción bajo hege- monía del capital financiero. Los dis- tintos indicadores mostrados nos dejan ver los cambios que se mani- fiestan en la forma en que se compo- ne y la situación por la que atraviesa la masa trabajadora y explotada. Los hitos que se han marcado en la periodización del proceso, la resolu- ción de cada una de las crisis que sig- nifica cada uno de ellos, han resulta- do en la imposición por la oligarquía financiera de las condiciones gene- rales que rigen el funcionamiento del capitalismo en nuestro país, cuya base material está dada por el predomi- nio del régimen de 1a gran industria.
Octubre de 1999
Notas
' Este trabajo resume resultados de inves- tigaciones realizadas en el PIMSA sobre el análisis del desarrollo del capitalismo argen- tino y las distintas etapas por las cuales tran- sita el mismo. Ver, por ejemplo, Iñigo Carre- ra. N. y Podestá 1.: Análisis de una relación de firezzas sociales objetivo: caracterización de los gm- pos sociales fimdamentales en la Argmtina actual; Bs As, Cuadernos del CICSO, Serie Estudios N° 46, 1985; Iñigo Carrera, N. y Podestá]. : La Población Agrícola en la Argentina actual (Aproximación al estado de la contradicción entre el campo y la. ciudad), Buenos Aires, CICSO, N°
78
Noviembotde 1999
57, 1987; Iñigo Carrera, N. y Podestá,J.: las nuevas condiciones en la disposición de jim'zas objetiva. la situación del proletariado, Documen- to de PIMSA, N° 5, 1997; Iñigo Carrera, N. y Podestá, ].: Elementos para el análisis de una relación de fuerzas sociales objetiva. Argentina 1991, Comunicación de PIMSA, 1997.
2 En el desarrollo del capitalismo se dan siempre dos sentidos de expansión, una de los cuales predomina sobre el otro: una ex- pansión en extensión, en donde se realiza el dominio de las relaciones capitalistas hacia nuevas espacios sociales; y una dirección en profundidad, donde las relaciones sociales capitalistas logran un mayor desarrollo en el mismo espada social en el cual ya eran domi- nantes.
3 Podestá, j: y Tarditi, R.: Crisis y movi- miento social: de la posibilidad de la cn'sis a la crisis real. Observaciones sobre la crisis de los setenta y los ochenta; Documento de PIMSA, N° 9, 1997; Podestá, J. y Tarditi, R.: Apuntes teórico metodológicos para el estudio de las el aporte de Antonio Gramsci; Documento de PIMSA, N° 10, 1998.
4 Iñigo Carrera, N. y Podestá, ].: Las nue- vas condiciones en la disposición de fuerzas objeti- va. La del proletariado, Documento de PIMSA, N° 5, 1997.
5 Iñigo Carrera, N.; Cotarelo, M.C.; Gómez, E. y Kindgard, E: La revuelta. Argen- tina 1989-90, Documento de PIMSA, N° 4, 1997.
5 Podestá, J.: La "crisis" de desocupación en la Argentina (1993/1998), Documento de PIMSA N° 17, 1998.
7 Sobre las estructuras económica-sociales concretas que conforman el capitalismo ar- gentino, Iñigo Carrera, N; Podestá, J. y Cotarelo, M.C.: Las estructuras económico-so- ciales concretas que constituyen la jormación eco- nómica de la sociedad argentina, PIMSA, Docu-
mento de Trabajo N° l, 1994. Una versión actualizada se publicó como Documento de Trabajo N" 18 en Documentos y Comunica- ciones de PIMSA, 1999.
3 Ibidem.
9 Los cambios sustanciales en la confor- mación de los grupos monopólicas en la Ar- gentina en Basualdo, E. : Acerca de la naturaleza de la deuda externa y la definición de una estrategia política, mimea.
'° Sobre la consolidación de las tenden- cias mostradas en el período 1960-80 hacia 1991, así como sobre las dificultades acerca de la utilización de los datos censales en la determinación de los Grupos Sociales Fun- damentales (GSF), ver los trabajos citados de Iñigo Carrera, N. y Podestá, Cuadernos de CICSO N° 46; y la Comunicación sobre la reconstrucción de los GSF en base a la infar- mación del censo de 1991, en el PIMSA 1997.
” Marx, C.: El Capital, FCE, 1974, tomo 1, cap. XXXIII.
"-’ Marx, C.: El Capital, op. cit.; tomo 1; cap. XIII.
'3 Ver Fernández, E: Cambios en los proce- sos de trabajo en la industria argentina actual; en Documentos y Comunicaciones de PIMSA 1997; y Cambios en los procesos de trabajo en la industria argentina actual: el caso de la industria automotriz; Documentos y Comunicaciones de PIMSA 1998.
“ Secretaría de Programación Económi- ca-BCRA.
'5 Clarín: 8/11/98.
‘6 Anuario Estadístico de la República Ar- gentina, INDEC, vol. 9, 1993.
'7 FIDE, can datos de la Dirección Nacio- nal de Cuentas Nacionales, Ministerio de Eco- nomía.
"’ El mantener un nivel de desempleo nuy bajo fue una estrategia concreta de la dicta- dura militar. Juan Alemann, Secretario de
Cuadernos del Sur
79-
Hacienda de Martínez de Hoz entre 1976 y 1981, señala que “Los jefes militares decían entonces que no podía haber desocupación, ya que cada desocupado era un guerrillero en potencia. Esto fue una limitación pam la po- lítica económica, que no permitió concretar la estabilización". Alemann, J.: Los años de Martínez de Haz; La Nación, 24 de marzo de 1996; citado en Iñigo Carrera N. y Podestá, J.: Las nuevas condiciones en la disposición de fimzas objetivas, cit.
'9 CEPAL: La brecha de la equidad, 1997; diario La Nación, 5/10/99.
2° CEPAL, La brecha de la equidad, op.cit.
2' [a Nación, 24/8/99, en base a datos de OIT.
22 Para el conjunto de Europa se mantie- ne en más del 10%, y algunos países aislados tienen índices muy superiores: España, el 18,9%; Italia, el 12%; y Alemania, el 10,7%; Francia, el 12%; y el Reino Unido el 6.2%. Es indudable que estos índices de desempleo deben ser puestos en relación con otro tipo de indicadores: subempleo, sobreempleo, condiciones de trabajo, etc. Al igual que en otras regiones del mundo, los altos índices de desempleo en Europa se mantienen junto al crecimiento del trabajo informal. En Esta- dos Unidos, la tasa de desempleo se mantie- ne alrededor del 4,7%, pero se logra con una flexibilización laboral extrema. Este índice no incluye a los “trabajadores desalentados". las personas que se quedaron sin trabajo y que ya no lo buscan, a lo cual hay que sumarle el 2% del total de trabajadores estadounidenses en prisión (Clarín: 4/12/98 y 18/7/99).
2’ Clarín: 8/10/99.
2* Clarín: 25/10/98
25 Clarín: 13/11/98.
26 La Nación, ll/7/99.
27 Clarín: 18/7/99.
2“ Clarín: 8/11/99.
99 An analysis af Rural vaerty in Argentina, información recogida por el diario PÁGINA] 12: l3/6/99.
3° Clarín: 26/9/99.
3‘ En 1980 el conjunto de la región tenía un 35% de población en condiciones de po- breza, dividido en un 25% en zonas urbanas y un 54% en zonas rurales; en este 35 % de pobres, un 15% son indigentes, también con mayor porcentaje en al ámbito rural. 28%. que en el urbano. un 9%. En l990, la pobreza en la región llega al 41%, y se repite el impor- tante incremento de la pobreza urbana, que llega ahora al 36%, y un 56% de pobreza en las zonas rurales. Los indigentes se elevan a un 18%. con un 13% de indigentes urbanos (un aumento de 4 puntos) y un 33% de indigentes rurales (un aumento de 5 pun- tos). En 1994, última fecha que registra la fuente, la pobreza cae 2 puntos respecto al índice de 1990, quedando en el 39% de la población en esa situación, repartida en un 34% en áreas urbanas y un 55% en zonas rurales. Respecto a los indigentes, se registra un 17%, el mismo registro que en l986. un 12% urbano y un 33% de indigentes en zonas rurales. El 39% de pobres en la región repre- senta algo más de 210 millones de personas, cantidad que en estos momentos debe ser mayor (CEPAL: La brecha de la equidad, op.cit.) Los datos son una estimación en base al análisis de 19 países.
5’ CEPAL: La brecha de la equidad, op. cit.; BID: América Latina frente ala desigual- dad. Informe 1998-1999.
5’ Clarín: 5/12/98.
3* Clarín: 14/11/98.
’5 BID: América Latina frente a la des- igualdad, op. cit; datos para 1996.
Noviembn de 1999
El poder del Estado en acción: un balance de las transformaciones del aparato estatal en los 90
Irene Muñoz Diez
No es un secreto para nadie que el centro de las políticas públi- cas neoliberales fue una profunda trans- formación del Estado: “Reforma del Estado” y luego “Segunda Re- forma del Estado”, sus rimbomban- tes denominaciones. No es tampoco un dato menor que muestra hasta qué punto esta agenda se ha “naturaliza- do” que los sostenedores de la varian- te vemácula de la “tercera vía”, no sólo plantean que los cambios reali- zados no pueden “volverse atrás” sino que mantienen estas denominaciones y prometen profundizar la reforma del estado o —en el mejor de los casos- realizar una “verdadera” reforma.
No sería justo, sin embargo, acusar a la Alianza, o al menos a su fuerza hegemónica, de simple oportunismo o realismo posibilista. A la hora del balance de esta política central del menemismo es bueno recordar que fue durante el gobierno de Alfonsín, cuando se sentaron las bases ideoló- gicas de esta transformación. Si no
Cuadernos del Sur
lograron “pasar” las reformas priva- tizadoras, cuyo principal impulsor fije el entonces ministro y hoy candida- to a jefe de Gabinete, Rodolfo Terragno, fue gracias a la gran resis- tencia sindical y a la oposición par- lamentaria del peronismo entonces opositor. Pero sí lograron ya enton- ces imponer sus principales leit mati-us: la necesidad de la “moderni- zación”, la “ineficiencia del estado” frente a la “eficiencia privada”, la pre- valencia de lo “técnico” frente a lo “político”, etc... Y más en el fondo, al desviar la causa de la crisis del ca- pitalismo dependiente argentino ha- cia el Estado “ineficiente”, lo que se logró es que la propia “Reforma del Estado”- y todas las argumentaciones a favor o en contra que se generaron una vez establecido este eje'de discu- sión- cumplieran un rol legitimizador indirecto de sistema social que nos rige.
Este fue el primer y decisivo paso, ya logrado durante el gobierno de Alfonsín, que se actualizó brutalmen- te durante el gobierno de Menem, no sin antes pasar por la crisis de la
81
hiperinflación que —golpe de merca- do o no- fue el momento clave a par- tir del cual las burocracias políticas y sindicales se hicieron cargo del diag- nóstico de la crisis que hacía el blo- que dominanrte —y de los remedios también-. Basta recordar el cheque en blanco dado por el parlamento con el apoyo de la oposición a la Ley de Emergencia que impulsó Menem, y aún más decisivamente el apoyo de la burocracia sindical que posibilitó la desmovilización y fragmentó la resistencia por momentos heroica que le pusieron los trabajadores en un contexto de absoluto consenso social con las politicas reformadoras.
Fue un punto de inflexión en la historia del capitalismo argentino. A partir de allí se fue construyendo un nuevo patrón de acumulación sobre la base de una feroz ofensiva del ca- pital sobre el trabajo que tuvo en el Estado un protagonista central.
l. El poder del Estado en acción: sus orientaciones estratégicas Hace unos cuantos años, cuando el Estado de Bienestar todavía era el horizonte institucional incuestio‘nado del capitalismo desarrollado, Clauss Offe (1978) propuso la tesis de la existencia de un proceso de des- mercantilización de bienes y servicios cuya provisión era asumida por el Estado con una lógica independien- te y hasta contraria a la de la acumu- lación capitalista y, por lo tanto, fijen- te principal de contradicciones. Es-
tos bienes y servicios, no se regirían por el valor de cambio sino más bien por sus valores de uso, esto es, que- darían almenos parcialmente ajenos a la ley del valor. Incluso se postula- ba que el valor de la fuerza de trabajo de amplios sectores de empleados estatales (maestros, médicos, etc) era hasta cierto punto ajeno al funciona- miento del mercado de trabajo con- tribuyendo así al proceso de desmercantilización. Desde su pun- to de vista, esto implicaba una politización creciente de la asigna- ción de recursos y de la orientación de la producción de estos bienes y servicios. La consecuencia prevista era que la contradicción entre estas dos lógicas se resolvería cada vez más en el terreno de la legitimación política del Estado' . las consecuencias polí- ticas que se desprendían de tal análi- sis eran, por supuesto, perfectamen- te compatibles con una visión refor- mista que se planteara una estrategia de “ensanchamiento” creciente de las áreas no mercantiles sujetas a la ac- ción estatal.
La historia desmintió este curso de los acontecimientos. .. Cuando Offe y otros teóricos profundizaron en el análisis de las peculiaridades del Es- tado de Bienestar, lo hacían tardía- mente. Éste estaba ya herido de muer- te a partir dela crisis de mediados de los 70. Precisamente la reformulación drástica de la relación entre estas "lógicas" estatales y las necesidades perentorias de
82
Noviembre de 1999
¡y 'ento del proceso de acumu- ción fue el centro de las políticas neoliberales para superar la crisis que tuvieron su auge a partir de los 80 y * ¿que lograron estabilizar un nuevo 7 “patrón de acumulación” a partir de “los ‘90. No se deslegitimó el Estado capitalista, éste se mantiene transfor- mado pero en pie, en todo caso lo que se desligitimó fue el ‘bienestar...sacrificado en aras de la acumulación capitalista, sólo susten- table por la acción de los mercados, y sus promesas de siempre futuros “derrames” sobre la sociedad en su conjunto. Pero que el proceso real se resolviera en forma exactamente in- ‘ versa a la esperada no implica que el análisis no acertara en vislumbraruna contradicción efectivamente operan- te
En realidad, lejos de responder a una lógica interna intrínsecamente estatal, tanto en nuestro país como en el resto del mundo, estos proce- sos de profunda transformación del patrón de acumulación, sólo pudie- ron ser llevados a cabo desde el fé- rreo ejercicio del poder del Estado, puesto al servicio de la ofensiva del capital.
Las interpretaciones usuales acer- ca de la crisis del Estado de bienes- tar, al calificarla de terminal, tienden a justificar la saludable retirada del Estado para dar lugar a la eficiencia incuestionada del mercado en la ver- sión fundamentalista neoliberal o a justificar la reformulación “moder-
nizante” del E de B: "el Estado social inversor" que conjugaría las bonda- des del mercado con el interés pú- blico en la versión «tercera vía». (Giddens, A, 19992120). En ambos casos, el eje de la discusión se desvía hacia el Estado, oscureciendo el ver- dadero sentido de las transformacio- nes en curso: crisis y reestructuración capitalista y adecuación funcional de los aparatos estatales...
Sin embargo, este uso típicamente ideológico, no debería impedir el reconocimiento de que el poder del Estado fue usado también sobre el Estado mismo, produciendo cambios en las relaciones al interior del apa- rato estatal, en las relaciones inter- nas y con los aparatos cuasiestatales internos y externos que —en conjun- to- fueron también profundamente transformadas.2 El poder del Estado utilizado activamente tuvo dos orien- taciones estratégicas fundamentales, estrechamente vinculadas con la ne- cesidad de relanzar la acumulación capitalista:
o el cambio en la correlación de
fuerzas sociales a través de: políti-
cas de “flexibilización laboral” y
la consiguiente presión sobre los
asalariados “normales” del desem- pleo generalizado y del empleo precario, reducción de los sala-
rios indirectos a partir de la limi-
tación de los alcances de las lla-
madas “políticas sociales" (vivien- da, salud, educación, etc), limita- ción del poder de negociación
Cuadernos del Sur
83
sindical y de su papel en la for-
mulación de las políticas estatales
(abandono de los esquemas de
“concertación social"), entre otras.’
o el impulso al proceso de
mercantilización y ampliación de
los ámbitos para la inversión pri- vada: privatización de empresas públicas de bienes y servicios y con- siguiente desaparición de tarifas “póliticas”, privatización del sis- tema de seguridad social y de se- guros de riesgo laboral, generali- zación del sistema de peajes, privatizaciones “periféricas” de la administración estatal (locaciones de obra y servicios de terceros, consultorías, etc), introducción de mecanismos de gestión “de tipo privado” en la gestión estatal
(autogestión hospitalaria, venta de
servicios tecnológicos, etc).“
Las políticas sectoriales específi- cas, que pueden y deben ser analiza- das en su especificidad, fueron otras tantas formas de instrumentar estas orientaciones estratégicas, aunque, por supuesto, fire la política econó- mica y su principal instrumento téc- nico: la convertibilidad, la que actuó como eje organizador impulsando los sucesivos ajustes fiscales, mantenien- do a rajatabla una política de “aper- tura externa”, de atracción hacia las inversiones extranjeras, de endeuda- miento público sostenido, de pago religioso de las obligaciones externas y sosteniendo el sistema financiero ante cada crisis, a la vez que se favo- recía la concentración bancaria sin
hesitar en realizar —hacia allí sí- portantes transferencias desde el ‘ ' " tor público.
2. El aparato estatal neconfigur. a
las vías para la reconfiguración o í." aparato estatal fiieron varias. Al de alcance institucional global, co a * la Reforma Constitucional y otras . afectaron a las políticas públicas u 1 bajo la denominación genérica Reforma del Estado. pusieron .1 marcha diversas reformas sectoria A; las privatizaciones de empresas p_ blicas, la reforma administrativa, á reforma del sistema de salud, la r forma del sistema previsional, la r forma educativa. Se impusieron . , bién criterios generales de tipo ho ¡ zontal que se aplicaron en varios s ‘ tores, la desregulación —estrictame 'Ï te nuevas regulaciones tendientese morigerar el control del Estado- (d I sistema de puertos, de transporte a I reo y terrestre, de las comunicaci nes, entre los más importantes). Ca " una de ellas podría ser objeto de 1 análisis particularizado de sus noia? mativas, alcances y aplicación pera para nuestro objetivo aquí simplei mente señalaremos los principalegï elementos que impactan en la reconfiguración del aparato estatziá con el objeto de dar una imagen gloi bal.
Normalización del régimen político
Fmalmente hemos dado fin a la “transición a la democracia”, ¿o tos, davía no?.
84
Noviembre de 1999
El resultado puede que parezca bastante desalentador vis a vis las es- peranzas depositadas por los intelec- tuales “ex” devenidos en exégetas del régimen democrático, pero lo cierto es que el dato más importante de la configuración del Estado a fines del siglo es que el régimen político se ha estabilizado con los parámetros de una “democracia mínima” cuyo ras- go esencial son las elecciones perió- dicas y la vigencia de las libertades civiles. Durante este período se rea- lizó la Reforma Constitucional de 1994, producto del famoso pacto de Olivos entre Alfonsín y Menem, lo que de por sí caracteriza la “profun- didad" de la democracia alcanzada. Su objeto fue sobretodo el régimen electoral (reelección y período de gobierno), la incorporación restrin- gida del instituto plebiscitario, algu- nos ajustes a la relación entre pode- res y poco más. Se realizaron tam- bién varias reformas constitucionales provinciales, de orientación similar.
Sin entrar en la crítica profunda de la “democracia realmente existen- te” veamos sí algunos de los princi- pales rasgos que la caracterizan:
Sistema político de carácter bipartidista. A pesar del surgimiento de una tercera fuerza de centroiz- quierda: el Frente Grande —luego Frepaso- la evolución de las alianzas políticas llevó a la conformación de dos grandes fuerzas: una de centroderecha populista en que ha devenido el Partido Justicialista,
acompañado por partidos provincia- les y otra que podría ser caracteriza- da como de centroizquierda neoliberal: la alianza entre el Partido Radical y el Frepaso, ahora reconvertido hacia la “tercera vía”, una suerte de improbable neoliberalismo “social”. Se nata de verdaderos “parti- dos de estado” que hacen de la conti- nuidad del patrón de acumulación y de la “gober-nabilidad” su causa y razón de ser.5
Fuerzas Armadas subordinadas al poder civil argentino y al poder mi- litar norteamericano: el menemismo en el gobierno terminó por subordi- nar a las FFAA tras la importante concesión del indulto, con pleno apoyo de la jerarquía militar resguar- dando la institución como “ultimo garante del sistema” a la vez que la puso al servicio directo de la política exterior pro americana bajo el ala de la OTAN.
Dilución de mecanismos insti- tucionales neocorporativos: durante este período los mecanismos del tipo “mesa de concertación”, “pacto so- cial” y otros similares en los que la representación directa de intereses sectoriales (sindicatos, organizaciones empresarias) quedaban incorporados a la gestión del gobierno, fileron per- diendo peso hasta casi desaparecer. La burocracia sindical integrada al Estado mantuvo —no sin disputa- el control de las obras sociales, pero se trata ahora más de un resorte de su propia supervivencia más que de una
Cuadernos del Sur
85
injerencia activa en el manejo de la gestión pública. (Muñoz, 1994). Las organizaciones empresariales como tales —aunque apoyaron casi sin re- servas la acción del gobiemo- tam- bién fueron desplazadas de la gestión directa, primero reemplazadas por asociaciones informales de presión constituidas por los principales gru- pos económicos, luego diluídas en un rol de simple lobby sectorial. En todo caso, los intereses particulares de las empresas (tanto de capital local como extranjero) fueron sí incorporados plenamente a la gestión a través de la incorporación de sus representan- tes o testaferros en el aparato de go- bierno y/o de la corrupción generali- zada que acompaño a los procesos de privatización, de generación de nue- vos “negocios”, etc.
La relación entre las ramas del apara- to estatal
La acentuación de la tendencia secular a la preeminencia del Poder Ejecutivo sobre las otras dos ramas, el Poder Legislativo y el Poderjudi- cial tuvo en la administración menemista novedades instrumenta- les: no bastando ya la “disciplina de bloque”, ni la “mayoría en las cáma- ras”: los decretos de necesidad y ur- gencia, utilizados cada vez que se encontró algún obstáculo en la apro- bación de leyes por el parlamento, la posibilidad de reasignar partidas pre- supuestarias. De igual forma, el Po- derjudicial perdió no sólo indepen-
dencia, sino que instaló prácticas como las del “per saltum” utilizadas para que la Corte Suprema laudara rápidamente a favor de las políticas promovidas desde el Poder Ejecuti- vo evitando las posibles “obstruccio- nes" de los procesos judiciales nor- males.
Una prueba más de que estas ¡Jans- forrnaciones contaron —más allá de las protestas retóricas- con la anuencia de todo el arco político burgués lo demuestra el hecho de que muchas de ellas fiJeron instinJcionalizadas por la Reforma Constitucional de 1994, producto del famoso pacto de Oli- vos entre Alfonsín y Menem intro- duciendo apenas algunos resguardos institucionales a prácticas que queda- ron legitirnadas por ella (nueva com- posición del Poderjudicial, introduc- ción de la figura deljefe de Gabinete que lejos de atenuar el presidencialismo lo acentuó, la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia, en- tre otros aspectos así lo muestran). Las pocas y tibias medidas orienta- das en otro sentido: el Colegio de la Magistratura, la figura de los defen- sores del pueblo, o no se pusieron en marcha o fueron rápidamente neu- tralizadas.
Al interior del Pbder Ejecutivo, la preeminencia casi absoluta del Mi- nisterio de Economía con poder de veto sobre cualquier política pública gracias al manejo extremadamente restrictiva de las cuentas fiscales es otro de los rasgos que parece haberse
86
Noviembre de 1999
institucionalizado más allá de los su- cesivos planes de ajuste. En este sen- tido la pretensión típicamente neoliberal de la “independencia” del Banco Central fundada en la necesi- dad de un “manejo técnico" inmune a las “presiones políticas", que im- plica la continuidad de: su titular más allá de los cambios de gobierno no hace más que institucionalizar esta tendencia, de un significado antidemocrático evidente.
internalización xde los aparatos cuasiestatales internacionales
Con todo, en este aspecto, quizás la novedad más relevante es lo que podríamos denominar la interna- lización de los aparatos cuasiestatales internacionalesó. Nos referimos no sólo al papel de “tutor” de la política económica que los organismos inter- nacionales como el FMI y el Banco Mundial y en menor medida el BID venían ya jugando, papel que se acen- tuó a partir de la resolución favora- ble al capital financiero internacio- nal de la crisis de la deuda externa, sino también y especialmente a su papel en la formulación y gestión de las políticas públicas sectoriales.
Hay una cierta división de tareas entre estos aparatos cuasiestatales: el FMI se ocupa típicamente de estable- cer las pautas de política macroeco- nómica: niveles de déficit fiscal y cuasifiscal, comercial, , aunque cada vez más avanza sobre “recomendacio- nes-condiciones" que van más alla de
ellas pero que son igualmente estra- tégicas: política financiera, apertura económica políticas impositivas, la- borales, “reformas de segunda gene- ración” Ya desde el gobierno de Alfonsín, el monitoreo del FMI so- bre el presupuesto nacional era una práctica administrativa corriente al punto que sólo para él se hacía el presupuesto consolidado “real”, mientras que los legisladores se limi- taban a aprobar formalmente el pre- supuesto nacional ya en ejecución. Su injerencia cotidiana no ha hecho más que profundizarse durante la admi- nistración menemista y no sólo en la gestión presupuestaria: las “misio- nes” salen ya del recinto del Minis-
. terio de Economía e intervienen fian-
camente en la vida política nacional al punto que cualquier aspirante “se- rio” a cumplir el rol de gobernante- administrador, debe rendirle pleite- sía para poder pasar un “examen” de admisión mucho más exigente que el del electorado nacional.
El Banco Mundial, por su parte, se ocupa de financiar las políticas sectoriales que se ajustan al esquema macroeconómico" . Pero no se trata sólo de un proveedor de créditos (que por supuesto profundizan el endeu- damiento), el Banco (como todos lo llaman casi familiarmente) intervie- ne activamente en la formulación de las políticas mismas. Dispone de una oferta fija de programas a financiar con escaso margen para la negocia- ción, oferta lo bastante rígida como
Cuadernos del Sur
87
para explicar la sorprendente sirnili- tud de las políticas públicas de los di- ferentes países del área. En una pri- mera etapa estos créditos se orientaron hacia las llamadas “reformas de primera generación”: reformas del sistema fr- nanciero, reforma administrativa (financiamiento de los retiros volunta- rios), apoyo a los procesos de privatización, reforma del sistema previsional, etc. Actualmente están en plena ejecución las así llamadas “re- formas de segunda generación”: refor- ma educativa, del sistema de salud, de desarrollo social, medio ambiente, etc.
Su creciente papel en la formula- ción de las políticas públicas se ve favorecido porque en el contexto de penuria fiscal reinante las políticas financiadas a través de los organis- mos internacionales son prácticamen- te las únicas políticas sustantivas que tienen chance de ser llevadas adelan- tes. Pero si se puede hablar con pro- piedad de “intemalización en el apa- rato esta ” es porque además el Ban- co interviene activamente en la eje- cución de los programas: todos ellos se gestionan a través de Unidades Ejecutoras formadas ad-hoc con per- sonal contratado según sus normas (es decir, flexibilizado), incluyen siempre la contratación de consultorías técnicas y son monitoreados y auditados por otros organismos internacionales (normal- mente el PNUD).
Ambos factores producen un im- pacto nada despreciable en la gestión
estatal. Se trata de los programas “es- trella” que se disputan entre sí mi- nistros, funcionarios y asesores ge- nerando una suerte de división so- cial del trabajo entre la burocracia política y administrativa “normal” y “la tecnocracia política y administra- tiva” ligada al Bancog , entre trabaja- dores estatales regidos por el régimen del empleado público y trabajadores “kelpers” que aún realizando tareas subalternas se rigen por contratos de locación de servicios de dudosa le- galidad. Otros fenómenos socioló- gicamente interesantes se generan a su alrededor: asistimos a la formación de una capa especializada de técnócratas que se mueven con facili- dad desde el ámbito académico, al de la burocracia estatal nacional e internacional, al de las burocracias políticas y en la actividad privada como lobistas o consultores, pero tam- bién —más pedestremente- a una suer- te de “clientelismo de clase media” que también depende de dichas bu- rocracias para su sustento, que culti- va una relación cínica con todas ellas pero que nutre buena parte de los “modernizados” partidos políticos y juega un importante papel en la le- gitimación ideológica de todo el pro- ceso de reestructuración del cual “vive”.
Pero esto no es todo: además de las orientaciones sustantivas de estas políticas, existen rasgos comunes en la operación de los programas que también confluyen en el mismo sen-
88
Noviembre de 1999
tido: favorecen la mercanitilización de bienes públicos, introducen prác- ticas de gestión privadas en los orga- nismos públicos y obligan a la con- formación de entes mixtos de gestión privada.
Difícilmente pueda exagerarse la importancia de esta especial relación con los organismos internacionales que ya no funciona como una pre- sión “desde lejos", sino que está in- corporada al funcionamiento cotidia- no de la administración pública creando una situación de-dependen- cia «interiorizada». Es un rasgo nue- vo que se agrega a otros ya señalados típicos de los aparatos estatales de estados periféricos tales como el va- ciamiento de sentido de los mecanis- mos de representación parlamenta- ria de intereses que "produce el he- cho de que las fracciones del bloque dominante residan fuera de sus fron- teras (Evers, T, 1977). El vaciamiento de la política, su carácter cada vez más parasitario y/o de intennediación no hace más que acentuarse cuando las decisiones se toman en otro lado y hasta se ejecutan desde otros apa- ratos. Por supuesto, el mismo senti- do tiene la inclusión de las FFAA locales en los dispositivos estratégi- cos de la OTAN...
La relación entre los niveles de gobier- no: nación, provincias y municipios
La relación entre los diferentes niveles de gobierno también sufrió cam-bios en este período tanto como
resultado de procesos de descentra- lización impulsados desde el poder central como por la-influencia de los procesos de integración regional (Mercosur y zona andina) y los toda- vía incipientes ejemplos de relacio- nes en redes económico-productivas de ciudades y subregiones.
Así la reforma educativa tuvo un componente central de descentrali- zación del sistema educativo cuya gestión quedó en manos de las pro- vincias, al igual que las políticas de salud que hicieron eje en ,,la autogestión hospitalaria e impulsaron el traslado de los hospitales desde la órbita nacional a la provincial y de estas a la municipal. Otras políticas sectoriales tuvieron un sesgo similar aunque menos acentuado: obras pú- blicas, ciencia y tecnología, apoyo a la reconversión agraria, etc. En tér- minos generales, se puede decir que el modelo al que se tiende es uno de funciones diferenciadas por niveles de gobierno: la conducción estraté- gica de las políticas sectoriales que- da en manos del poder ejecutivo na- cional , incluyendo algunos progra- mas específicos que se ejecutan a ni- vel provincial (vg: plan social educa- tivo, cambio rural , plan social agropecuario) y el provincial queda a cargo de la dirección de los subsistemas (educativo sanitarios,etc) transladando a su vez al sector munici- pal la gestión. (Cao y Rubins;1997:84)
Más alláde la retórica federalista y de las ilusiones de la democracia
Cuadernos del Sur
89
participativa, como no ha habido carn- bios significativos en el sistema de per- cepción y distribución de impuestos, en la práctica estas tendencias a la des- centralización pueden resumirse así: “trasladar las responsabilidades y que- darse con los recursos”. En la mayoría de los casos, no sólo implica un dete- rioro de las prestaciones estatales con un fuerte componente de desigualdad que contrasta con el modelo universalista que (aracterizaba alos sis- temas centralizados, sino que lo que ha hecho es acentuar la dependencia de los niveles locales a los provinciales y de estos alos nacionales. En efecto, variando de acuerdo a la capacidad de recaudación de impuestos y tasas, los niveles locales y provinciales depen- den de los fondos aportados por las provincias y la nación respectivamen- te por sistemas de coparticipación o de fondos específicos (Aportes del Te- soro Nacional, Fondo del Conurbano) que al repartirse discrecionalmente aportan otras tantas palancas para la imposición de las políticas centrales. Simultáneamente, aunque merece un estudio particularizado según cada provincia, en las más desarrolla- das se avanzó en una reconfiguración del estado provincial de características similares a la del estado central —sea bajo administraciones radicales o peronistas-; proceso que fire más len- to y dificultoso en las provincias perisféricas donde las acechantes cri- sis de gobernabilidad recurrentes con- tribuyeron a mantener las estructuras
clientelísticas tradicionales como único resorte de contención social. Las reformas administrativas provin- ciales siguen estando en gran medi- da pendientes aunque todo hace es- perar que sean el próximo paso en la agenda “modernizadora”. (Cao y Rubins;1997:84)
Con todo, bajo la presión de la reconversión productiva y de las crisis regionales también hay intentos de poner en marcha políticas de desarro- llo a nivel local o subregional que ex- ceden las funciones tradicionales de prestación de servicios públicos : los llamados planes estratégicos , algunas asociaciones de municipios son sus principales instrumentos. Son proce- sos incipientes, pero que pueden mar- car una tendencia de estos niveles de gobierno a involucrarse activamente en la vida productiva, llegando incluso - al menos en los papeles- a promover relaciones comerciales directas con go- biernos locales de otros países de la región y el mundo.
Si bien hay mucho de apologético en los análisis que ven oportunida- des para una democracia participativa en los procesos de descentralización y de desarrollo local, lo cierto es que hay tendencias a “bajar” al nivel lo- cal parte de las gestión estatal y, en cierto, muy limitado sentido, éstas pueden ofrecer una mayor posibili- dad de participación política en com- paración con el cada vez más ajeno y
alejado mundo de la política nacio- nal.
90
Noviembre de 1999
3. Paradigmas, prácticas y roles so- ciales: tecnocracias, burocracias, politicos profesionales, lobbystas, mafias...
Mucho se ha hablado de la ten- dencias a reemplazar las burocracias tradicionales por tecnocracias. Ya desde los tiempos de Alfonsín y acen- tuado en los diez años de hegemo- nía neoliberal-fundamentalista la exégesis de lo técnico, los valores de la eficacia y la eficiencia, por oposi- ción a lo burocrático tradicional y a lo político-tradicional fue uno de los leits-motivs centrales de la, campaña ideológica. (Carnpione, Muñoz; 1994, Carnpione; 1997)
Entre otras, algunas medidas orientadas en ese sentido fueron: la creación del Cuerpo de Administra- dores Gubernamentales, la introduc- ción del SINAPA en la reforma ad- ministrativa menemista (aunque en gran medida este régimen de carrera administrativa puede considerarse más bien como un intento de estabi- lizar una burocracia), que incluyó la creación de los llamados “cargos crí- ticos” con funciones especiales, re- muneraciones especiales y recluta: miento ad-hoc. Más importante que todas ellas, la contratación de con- sultoras (nacionales y extranjeras) como práctica habitual de la gestión, con un papel central en el proceso de privatizaciones y en el diseño de los programas de reformas sectoria- les, la influencia de centros de pen- samiento tales como la Fundación
Megterránea y el CEMA que propor- cionaron equipos completos de go- bierno, junto con el ya comentado rol de los organismos internaciona- les son momentos claves del proceso de tecnoburocratización del aparato estatal.
Este proceso permea también a las burocracias políticas en las que los equipos técnicos, los asesores-espe- cialistas para no hablar de consulto- res de imagen y de publicidad hacen del imperio de la más cínica racio- nalidad instrumental el día a día de la actividad de los partidos políticos. El sólo hecho de que los operadores (con una denominación que los emparenta con la bolsa) hayan reem- plazado a dirigentes y militantes ha- bla por sí mismo. (Muñoz,I; 1996)
Una clave explicativa central es la búsqueda explícita de continuidad en el manejo del aparato estatal a través de personal —que bajo el halo apa- rentemente neutral de “su capacidad técnica”, pueda sostener los valores y las orientaciones de la gestión neoliberal, alejándolo de cualquier tipo de permeabilidad a las presio- nes “políticas” que pudieran prove- nir del cuerpo social. Que los pro- pios políticos hagan suyos este obje- tivo y estas prácticas, no hace más que hablar del grado de homogeneidad alcanzado por todas las fracciones de la capa burocrática que se levanta “por encima" de la sociedad. '° Otra expresión de esa homogeneidad esencial es la movilidad de estas frac-
Cuademos del Sur
91
ciones que pasan de ocupar puestos en la administración como funciona- rios políticos a hacerlo como consul- tores o como asesores técnicos de los partidos, sin despreciar tampoco idéntico papel en el mundo empre- sario, esto cuando no se reservan al- gún puesto en la burocracia perma- nente o en los organismos intema- cionales.
Otra de sus claves es la generación de una división social entre la capa superior de las burocracias con po- der de decisión sobre los asuntos públicos y los trabajadores estatales rasos que sólo ejecutan órdenes y di- rectivas. Una división que se super- pone a la que existe entre esa capa de privilegiados que ejerce la domi- nación política y la inmensa mayoría del pueblo, convidado de piedra de la democracia sólo'llamado a legiti- marlos electoralmente una vez cada tanto.
Es que la política y la administra- ción Se han convertido en una sola profesión cuyos límites se desdibujan. La política se transforma en poco más que la administración o gestión en los estrechos límites de lo dado por las tendencias estructurales imperantes, pero además parasita al Estado: las campañas políticas se fi- nancian con esos fondos; la carrera política depende del control de tal o cual puesto en el aparato estatal que dota de recursos para la puja inter- na, -desaparecido el rol de militan- te- el manejo de clientelas (ya no sólo
electorales) gracias al usufructo de algún puesto “político” se vuelve irn- prescindible para el éxito. Transfor- marse en “contac-man” de algún or- ganismo internacional puede ser un dato esencial para hacer “carrera po- lítica”. Y, por supuesto, ser lobbista, intermediario, o “testaferro” son otras tantas maneras de “pertenecer” a este círculo de “elegidos”. La prolifera- ción de “ñoquis”, funcionarios corruptos y “robos para la corona”, son los síntomas más visibles y pato- lógicos de estas tendencias.
Por eso, más allá de la retórica tecnocrática, la realidad de la admi- nistración es que han proliferado los puestos “políticos” y que aún muchos de los puestos permanentes de las ca- tegorías superiores (especialmente los apetecidos “cargos críticos") son en realidad designaciones políticas. Por supuesto, aunque son consecuencia de la evolución global de la relación en- tre Estado y sociedad, estas prácticas son deletéreas para los objetivos pro- clamados de seriedad “técnica”.
En el mismo sentido, operan tam- bién la generalización de las prácti- cas de lobby y de testaferros: es que el control del aparato estatal es cada vez más determinante en la búsque- da de rentabilidades monopólicas que al menos temporariamente ofrez- can ventajas en la dura competencia que la globalización impone. A tal punto se ha llegado que, bajo el nom- bre de “rent seeking”, han sido in- corporadas al bagaje de la teoría
92
Noviembre de 1999
' onómica. (Masnatta, M, 1994) Los 'egocios de las privatizaciones fue- on el principal, pero no el único lanco... Otra vez lo técnico, lo po- ítico y lo empresarial se confunden confluir en un objetivo común: el ontrol del aparato estatal.
No estaría completo este análisis ino incluyéramos un elemento que v o por “oculto” deja de ser muy im- ortante en la lógica actual del fun- ionamiento del Estado. Se trata de as famosas “mafias”. En efecto, por ebilidad de las fracciones burgue- as locales vis a vis la actual división ' ternacional del trabajo, éstas se han olcado a “negocios” que dependen ndamentalmente del control del stado: negocios que combinan los circuitos delictivos de gran rentabili- dad tales como el narcotráfico y el comercio de armas, con otros com- plementarios como el control de la documentación, el correo, el trans- porte, bancos e’inversiones inmobi- liarias para el lavado de dinero, etc. (Astarita,R; 1999) El caso Yabrán y el de la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, son los más resonan- tes, pero no los únicos. Esta corrup- ción verdaderamente estructural hace que también se desdibujen los lími- tes entre las burocracias políticas y estatales (especialmente aquellas liga- das a los aparatos de seguridad), los negocios y el delito, introduciendo lógicas mafiosas que se superponen y se confunden con las lógicas de la administración y la política.
Estos dos últimos elementos entre- lazan también el aparato estatal ver- náculo con otros cuasi-aparatos inter- nacionales: o ¿acaso no son los mis- mos embajadores norteamericanos que presionaron sobre la ley de pa- tentes, los que luego actúan como los representantes oficiales o lobbystas de las empresas de medicamentos? ¿es absurdo pensar que el enfrentamien- to de Cavallo con Yabrán no respon- diera a los intereses de Federal Express? ¿acaso es posible concebir el tráfico de armas a Croacia sin la anuencia de la OTAN? y ¿puede ser ajeno el sistema financiero interna- cional al negocio del narcotráfico que mueve un billón de dólares anuales?.
No es de extrañar que la descon- fianza hacia políticos, funcionarios, burócratas, es decir la desconfianza hacia quienes usufructúan el poder del Estado sea un dato instalado en la conciencia popular.
4. A modo de conclusión
La discusión sobre el Estado fue uno de los principales ejes de la po- lítica argentina de los últimos años. No sólo la discusión, también la re- sistencia popular se ha focalizado allí: las principales luchas del movimien- to obrero fueron las que resistieron (y resisten) las privatizaciones, los ajustes de la administración y las re- formas educativas, previsionales, sa- nitarias. Y aunque buena parte del trabajo sucio está ya cumplido, es previsible que tanto la discusión como
Cuadernos del Sur
93
la resistencia seguirán... de la misma forma que los ajustes, las privatizaciones que todavía restan y las sucesivas generaciones de refor- mas. Tampoco nos veremos libres de las mafias y la corrupción porque es- tán, al igual que la reforma del esta- do, ancladas en la lógica de la acu- mulación capitalista de la etapa ac- tual.
Sin embargo todavía hay poca cla- ridad en esta discusión. Muchas ve- ces los elementos de “progresismo” asumen el discurso “modernizador” y terminan asumiendo como propios los argumentos neoliberales. Más de una vez la resistencia contra el neoliberalismo se transforma en “de- fensa" acrítica del Estado. Pero tam- bién más de una vez, cuando desde el marxismo se polemiza contra esta última posición, haciendo hincapié en el carácter capitalista del Estado, se recae en una posición doctrirrarista que subestima el carácter regresivo y antipopular de las reformas en mar- cha, corriendo el riesgo político de la indiferencia o peor: el de llevar agua al molino ajeno.
Entender, como lo hacía Marx en la Ideología Alemana, que el Estado forma parte de la división social del trabajo, que la dominación política es un dato ineludible de la sociedad contemporánea que crea una capa especializada cuyos intereses se con- funden con los del mantenimiento y la reproducción social del sistema, que la subsistencia de la ficción de
“comunidad ” encarnada en el Esta- do, es elemento ideológico funda- mental para su reproducción pueden ser los puntos de partida para un análisis más circunstanciado de las transformaciones en la relación en- tre Estado y sociedad, a nivel local y a nivel global. A condición de no per- der la perspectiva de que el horizon- te del comunismo es el de la aboli- ción de toda división social del tra- bajo —y de toda propiedad, aún la estatal-. (Logiudice, 1998a y l 998b, 1999)
No es tarea fácil, incluye tanto la revisión y el desarrollo de los funda- mentos teóricos, como las mediacio- nes y mecanismos concretos de los procesos en curso. No hemos hecho aquí más que sistematizar algunos rasgos esenciales de estos últimos. Desarrollar la teoría del Estado, y de los estados periféricos en particular, en el contexto de la transformación del sistema de estados, del debilita- miento del Estado-nación y de la apa- rición de formas de estado global, ese es el desafío que tenemos planteado. De que logremos estar a su altura de- pende la orientación estratégica de la política socialista, cuyo estatismo tradicional debe ser revisado y supe- rado.
¿Debe ser la lucha electoral el te- rreno de la actividad política socia- lista o es preferible orientarse a crear y ocupar los espacios públicos no es- trictamente estatales que Se abren en los resquicios locales y sectoriales del
94
Noviembre de l 999
resquebrajado Estado-nación? ¿La for- ma de organización principal debe seguir siendo la de partidos más o menos integrados al sistema político vigente? ¿Sigue siendo el Estado-na- ción el ámbito privilegiado de la lu- cha de clases? ¿Debe seguir siendo el control del aparato ¡del estado el objetivo estratégico central? ¿no de- bemos prestar otra atención a las for- mas de la dominación política? ¿No deberíamos considerar como parte de- la division social del trabajo a abolir, el rol social de la capa privilegiada de las burocracias estatales? ¿No se trata de reemplazar aquella falaz “co- munidad ideal” por una comunidad real sustentada en la cooperación social?¿Deberemos entonces concebir la revolución necesaria como revolu- ción política o más bien como revo- lución social?
Pero también se trata de librar la lucha teórica e ideológica por dotar a las batallas tácticas de resistencia con una orientación socialista. ¿No es urgente diferenciar el papel de la capa privilegiada de las burocracias estatales del de la masa de los traba- jadores estatales? Si de resistir a la mercantilización se trata, ¿no podría- mos partir de aquellos “núcleos de buen sentido” ya presentes en la con- ciencia (el sentido común) de los tra- bajadores y ciudadanos? ¿no podría acaso radicalizarse el concepto de bienes públicos en una perspectiva de universalización y de extensión a toda mercancia? Si los trabajadores
estatales defienden su empleo hacien- do hincapié en su valor social, ¿no es esto compatible conla idea de que todo trabajo tiene valor social —y pro- duce socialmente- y por eso propug- namos que sea también socialmente asignado, gestionado y apropiado? ¿Y la conjungación de ambos elemen- tos acaso no reúne sus intereses con los de la masa del pueblo?
Son preguntas que ya están plan- teadas en la vida social y no sólo sim- ples especulaciones teóricas.
Buenos Aires, septiembre 1999
Notas:
‘ Aunque más adelante complejizó mu- cho este análisis introduciendo el concep- to de políticas estatales funcionales, disfuncionales, y afirncionales a la acumu- lación capitalista (Offe; 1998) esta primera visión quedó como sustrato de toda su obra posterior.
2 Introducimos aquí categorías aportadas por los análisis de N icos Pbulantzas (1978:5,6) con el objetivo de iluminar los diferentes ni- veles de transformaciones involucrados. Es- peramos que nos ayuden a distinguir los ras- gos de continuidad anclados en las funcio- nes que son propias del Estado en tanto Es- tado capitalista (garantizar y promover la re- producción de la lógica capitalista en la for- mación económico-social dada) y los rasgos de cambio asociados a las modalidades pro- pias del cumplimiento de dichas funciones en una fase determinada de la evolución de un aparato estatal. Una visión similar, es la que adopta jessop al proponer una visión estratégica del Estado (Iessop,1990:248)
Cuadernos del Sur
95
Además, esperamos superar los análisis básicamente descriptivos tales como el de la “retirada del Estado” (de la produc- ción, de la provisión de bienes y servicios, de aspectos de la reproducción de la fuerza de trabajo, etc, que incluso nosotros hemos realizado en algunos trabajos anteriores, ) (Campione, Muñoz, 1994251,l73) y que no llegan a captar el papel no sólo activo sino estratégico del Estado en las transforma- ciones en curso.
3 A pesar de su importancia central, no abordamos aquí este análisis ya que nos con- centraremos en los aspecto más ligados al aparato estatal. Basta decir que el resultado final fue un profundo impacto en la estruc- tura de clases que incluyó la disminución cuan- titativa de los obreros industriales, la apari- ción de un sector de “excluidos” que actúan en los márgenes del nuevo patrón de acumu-
lación y un fuerte proceso de concentración-
que afectó incluso a fracciones locales del blo- que dominante. Los cambios en la correla- ción de fuerzas sociales, aunque estuvieron especialmente centrados en los n'abajadores
asalariados afectaron también a otros secta--
res sociales : la pequeña y mediana burguesía industrial, incapaz de adaptarse a la competitividad internacional, fue explícita- mente obligada a intentarlo en un contexto de falta de crédito y de cualquier tipo de apo- yo estatal. También fueron muy golpeados los pequeños y medianos comerciantes sobre todo por la entrada de grandes cadenas de supermercados. A su vez, importantes secto- res de las capas medias sufrieron un proceso creciente de "proletarización" y se vieron afec- tados por el desempleo y la precarización de las relaciones laborales.
4 En términos teóricos, este tipo de ac- ción se vincula con desarrollos de la teoría institucionalista que consideran al Estado uno más de los actores institucionales que alimentan la dinámica del proceso de acu- mulación y reproducción, otorgándole un rol de propulsor de las instituciones del mercado.
5 La derecha liberal tradicional (UCD) después de ser fagocitada por el menemismo, resucita ahora tras la figura de Cavallo, que no por casualidad coquetea con ambas coaliciones. Lospartidos de iz- quierda exhiben una fragmentación inusi- tada que disputa por una franja marginal del electorado.
fi Buena parte de la discusión sobre las transformaciones del Estado en curso, se centra en el debilitamiento de los estados- nación. No entramos en la discusión de este tema en sí mismo complejo ya que, en todo caso, se refiere a las transformaciones del sistema capitalista mundial, es decir, está ubicada en un nivel de análisis distinto, aunque articulado, del de las transforma- ciones a nivel de la formación económico social argentina en las que nos concentra- mos ahora.
Sin embargo, es bueno acotar que el papel de los organismos internacionales como “reguladores” del sistema mundial es uno de los síntomas más claros de este de- bilitamiento. El tratamiento de este tema adolece de falta de desarrollo teórico ade- cuado. Desde la literatura marxista no está todavía resuelto el problema de relacionar análisis anclados en el nivel abstracto de la lógica del capital cuyos desarrollos actuales más interesantes provienen de la llamada
96
Noviembre de 1 999
teoría de la derivación (Jessop;1990:338) con análisis histórico-concretos de un tipo similar al que se realiza en el análisis de las formaciones económico social, pero a nivel mundial de modo tal que éste pueda conce- birse como algo más que un sistema de esta- dos-nación y/o instituciones pluriestatales regionales. El postulado de‘la existencia de un nivel de “lo político” como un momen- to dela lucha de clases, en la dinámica de la acumulación mundial que se expresaría en la forma Estado ha sido explorado entre otros por John Holloway (1992,93,95) Simon Clarke (1992: 133), Werner Bonefeld (1992:93) pero se encuentra todavía en estado incipiente las consecuencias de este enfoque para el análisis a nivel del sistema mundial.
7 El BID tiene un papel similar al del BM, aunque está “especializado” en pro- yectos ligados a la infraestructura produc- tiva y a la modernización tecnológica.
a Habría que aclarar que además com- prometen parte no despreciable de los es- casos fondos del Tesoro Nacional ya que siempre incluyen un aporte nacional pro- veniente de esos fondos.
9 Existen funcionarios-tecnócratas que son hasta tal punto "hombres del Banco" que cuando cambian de función suelen lle- varse con ellos los programas, o al menos su capacidad para conseguir los créditos, los que los hace figuras sin duda expectables aunque de lealtad política más que dudosa.
'° En el mismo sentido opera el reclamo cada vez más usual de consensuar las llama- das “políticas de Estado" sectoriales, es de- cir políticas permanentes que atraviesen gobiernos de distinto signo.
Referencias biblioqraficas:
Astarita, Rolando; “Narcotráfico y acu- mulación" en Reunión N°2, Buenos Aires, 1999.
Bonefeld, Werner; “Social Constitution and the Form of the Capitalist State,” Open Marxism, Pluto Press, London, l 992.
Cao, H; Rubins, R; "Las provincias periféricas argentinas” en Realidad Económica N° 124 IADE, Bs.As., l 994.
Cao, H; Rubins, R; “Técnicos y politicos: un clásico de la puja por el manejo de los estados provinciales" en Investigacio- nes sobre Estado, Políticas y Admi- nistración Pública. Oficina de Publi- caciones del CBC, UBA, Bs.As., 1997.
Campione Daniel, Muñoz, Irene; El Es- tado y la Sociedad, de Alfonsín a Menem, Ediciones Letra Buena, Bs.As., 1994
Campione, Daniel, “El estado en Argen- tina. A propósito de cambios y paradigmas ”, Cuadernos CEPAS N° l, Centro de Estudios de Políticas, Administración y Sociedad, Buenos Aires, 1997.
Clark, Simon; “The Global Accumulation of Capital and the Periodisation of the Capitalist State Form", Open Marxism, Pluto Press, London, 1992.
Evers,'I‘ilman,(1977)Elesladoenlapmferia catnlalitl‘a, Siglo XXI, México, 1987.
Giddens, Anthony (1998), la tercera vía. la renovación de la soa'aldemoaacia, Taurus, Madrid, 1999.
Holloway, John, (1992) “la refimna del am- do: capital global y estado nacional; ¿Cuál estado?" en Doxa N°9/ 10, Buenos Ai- res,1993/94.
Holloway, John, (1993); “Circulación del capital y lucha de clases global ", repor-
Cuademos del Sur
97
taje, en Doxa N°9/10, Buenos Ai- res, 1993/94.
Holloway, John, “Un capital, muchos es- tados” en Aportes N° 3, Bs.As. 1995.
Jessop, Bob, State Theory. Putting the Capitalist State in its Place, The Pennsylvaia Stae University Press, 1990.
Logiudice Edgardo, (19983) “Elogio del plagio o robo intelectual. Izquierda y dere- cho de propiedad "en DOXA, Año IX, N° 18, Verano 1998, Bs,As.
Logiudice Edgardo, (l998b) “La constantinización del manifiesto comunis- ta" en Periferias N° 6 1998, Bs,As. .
Logiudice Edgardo, ‘Notas sobre Ideolo- gía y Estado (Removiendo capas de barniz. Yrecuerdos)"en DOXA, Año IX, N° 19, Verano 1998-1999, Bs,As.
pag. ll.
Masnata, Marcela; “Rent seeking: una aproximación desde la teoría económica al problema de la corrupción”, en Apor- tes N° l, Bs.As. 1994.
Muñoz, Irene, 1994 “Estado, dirigencia sindical y clase obrera”, en Cuadernos del Sur, N° 18 diciembre de 1994, Bs.As.
Muñoz, Irene 1996, “Donde está y donde se perdió el pensamiento político socialis- ta argentino" en El Rodaballo N°5, Buenos Aires.
Offe,Claus; (1980) "La abolición del con- trol del mercado, y el problema de la legi- timidad”, en Capitalismo y Estado, Ed. Revolución, Madrid, 1985.
Ofl'e, Claus; (1988) Contradicciones en el Estado de Bienestar, Alianza Ed., Ma- drid, 1990.
Poulantzas, Nicos; (1977) Estado, poder y socialismo, Siglo XXI, Mexico,1986.
Hipólito Yrigoyen 1116 piso 4 (1088) Buenos Aires.
98
Noviembre de 1999
Saber, creer y votar.
1999: elecciones menemistas
Alberto R. Bonnet
l
e nuevo, después de las elec
ciones, nuestra pregunta es
¿por qué no les creen y sin embargo los votan? O más precisa- mente: ¿cómo pueden articularse las actitudes y discursos cotidianos que expresan descreimiento respecto de los partidos políticos y los candida- tos del régimen, por una parte, con el apoyo obediente a esos mismos partidos y candidatos a través del voto, por la otra, ambas cosas en la carne y huesos de unos mismos ciu- dadanos?
Pues sucede que no les creen. Los actos preelectorales masivos desapa- recieron de la escena: fireron reem- plazados por artilugios como esas caravanas donde paseantes y curio- sos son computados contra su volun- tad como adherentes, o esos
desembarcos de candidatos en cuan- . ta feria o parque reúna a un puñado Y
de domingueros, o incluso esa voz anónima que intenta convencernos por teléfono. Los programas políti- cos fueron desplazados de la panta- lla a fuerza de golpes de zapping: los candidatos y sus siempre bien cons- tituidas familias se exponen ahora
en programas de desinterés general para responder sobre dimensiones craneanas y tasas de chistosidad.l Y mientras tanto, en esta caja de super- mercado o en aquella fila de banco, en el asiento de este colectivo o en el comedor de aquella empresa, en cual- quier vecinazgo azaroso y en este mismo instante, hay quienes están despedazando a un juez, un diputa- do, un secretario o un candidato. Pero sucede que los votan. La ne- gativa a participar en las elecciones - ausentismo y votoblanquismo- au- mentó significativamente a partir del ascenso del menemismo al poder e incluso parece haberse ubicado en una media duradera más alta que la previa.2 Esta negativa es indudable- ; mente una expresión más de descreimien- to. Sin embargo, el voto efectivo por los candidatos del régi- Ï men sigue siendo ,5 masivo y ese voto, en . las condiciones de g descreimiento rei- 5 nante entre los vo- : tantes, sigue siendo
Cuadernos del Sur
99
el jeroglífico clave que debemos des- cifrar.
La condición previa para empren- der este desciframiento es reconocer y poner de manifiesto la propia exis- tencia de ese jeroglífico. La mayor parte de las posiciones de izquierda ante las elecciones partieron, sin embargo, de. una matriz común de interpretación que impide dicho re- conocimiento. Esta matriz común responde a la idea de que el régimen y el sistema de partidos políticos del régimen atraviesan una profimda cri- sis de representatividad, una crisis cuya expresión, durante la coyuntu- ra electoral, es precisamente ese des- creimiento de los votantes.
A partir de esta matriz común pue- den articularse variantes de interpre- tación y estrategias políticas optimis- tas o pesimistas. Las primeras deri- van la posibilidad de un giro hacia la izquierda de parte de esos votan- tes, que estarían rompiendo sus vín- culos con los partidos del régimen, y la estrategia adecuada consistiría en profundizar esa ruptura mediante la denuncia y presentarse a las eleccio- nes como única alternativa ante di- cho sistema de partidos: no les crea, son lo mismo. Los magros resultados alcanzados por la izquierda en las elecciones vienen chocando obstina- damente una y otra vez con esa inter- pretación y estrategia. La versión más extrema de este optimismo -propia- mente: su versión delirante- deriva en cambio la inminencia de un
levantamento de masas (un argen- tinazo) que precipitaría aquella rup- tura en los márgenes de la propia experiencia electoral, de modo que la estrategia adecuada sería la absten- cionista-votoblanquista (no vote o vóte en blanco). Sin embargo, las re- beliones espontáneas registradas en- tre los sectores más marginados en la última década (desde los saqueos de 1989—90, pasando por el santiagazo de 1993, hasta los cortes de ruta de 1997) no expresaron tendencias du- raderas hacia una organización de masas independiente del sistema de partidos del régimen. Esa estrategia parece entonces condenada a girar en el vacío. Las variantes de inter- pretación más pesirnistas, por su par- te, entienden ese descreimiento de los votantes como apatía o des- politización y, más cautas, derivan la posibilidad de un giro hacia la dere- cha autoritaria de parte de los votan- tes. Sin embargo, fenómenos como los de Bussi en Tucumán o Patti y Rico en Buenos Aires no parecen hasta ahora, afortunadamente, expre- siones de una tendencia generaliza- da entre los votantes.3
Todas estas interpretaciones con- tienen aspectos verdaderos, pero ado- lecen de un grave defecto: pueden ver árboles, pero permanecen ciegas ante el bosque. En efecto, parten de una matriz —esa supuesta crisis de representatividad- que parece permi- tirles reconocer e interpretar elemen- tos secundarios de la realidad políti-
100
Noviembre de 1999
"ca (giros a izquierda o a derecha de ciertos sectores sociales, apatía ante el mercado de candidatos o violen- cia contra las instituciones de parte de otros sectores), pero nunca el ele- mento dominante. Este elemento dominante no consiste sino en que, durante los últimos quince años, vie- ne imponiéndose en nuestra socie- dad una ofensiva capitalista sin pre- cedentes, pero siempre en el marco de una democracia representativa. Abandonemos esa idea de una crisis de representatividad por un momen- to, entonces, e intentemos explicar la realidad política de otra manera.
Yo no creo, pero sin embargo. . . voto
Comencemos con la actitud del vo- tante, retomando nuestra pregunta irri- cial: ¿por qué no les creen y sin em- bargo los votan?. Elvotante no cree en su candidato, pero aún así lo vota, como si le creyera. El candidato, por su parte, no cree que su votante le crea, pero aún así le reclama que lo vote como si le creyera. Esta actitud de ac- tuar como si se creyera en aquello en lo que realmente no se cree puede ser definida como una actitud cínica. El cinismo puede y supo ser un arma de la crítica, pues establece una dis- tancia -a veces, la única posible- en- tre el oprimido y sus opresores: yo actúo como si te creyera, pero en rea- lidad no te creo nada. Zizek anota, sin embargo, que “en las sociedades contemporáneas, democráticas o to- talitarias, esa distancia cínica, la risa,
la ironía, son, por así decirlo, parte del juego. La ideología dominante - agrega- no pretende ser tomada se- riamente o literalmente”.4
Puede advertirse a simple vista cuán comodamente se mueven los personajes del régimen en esta esce- na ideológica. Ellos no pretenden ser tomados en serio, porque en defini- tiva nadie se hace rico trabajando (Barrionuevo), cualquiera puede equi- vocarse con un cero de más en el cheque a un proveedor (MaríaJulia), la pista de Anillaco es tierra santa (Menem) y la escena circense y farandulesca instaurada por el menemismo sigue adelante (e inclu- so puede convertirse en un arma de campaña: De La Rúa es un candida- to aburrido). Sin embargo la impor- tancia de este elemento cínico es más amplia. Puede decirse, en pocas pa- labras, que constituye el nexo sustan- tivo por excelencia, en el magma de los contenidos ideológicos, entre los dos principales discursos que domi- nan nuestra escena ideológica periférica, a saber, el económico-so- cial del pragmatismo neoconservador y el cultural del relativismo posmoderno.5
La distancia entre creencia y con- ducta política instaurada por este ci- nismo no implica ningún vaciamien- to de la ciudadanía ni crisis de representatividad —más bien, esa irn- plicancia sólo puede de hecho deri- varse a partir de una visión errónea de la propia naturaleza de la demo-
Cuadernos del Sur
101
cracia burguesa. Recuérdese apenas que fire nada menos que Kant quien resumió el iluminismo político bur- gués en la célebre fórmula de “Razo- nad cuanto queráis y sobre lo que queráis, pero obedecedl”.6 No pue- de establecerse de antemano, de una vez y para siempre, cuánto compro- miso efectivo a nivel de las creencias requiere un régimen democrático- burgués para reproducir las condicio- nes de la dominación: un como si ge- neralizado puede ser suficiente. “Es sabido que la burguesía puede ‘dis- cutir’ sobre todo —apuntaba Horkheimer en los años veinte-. Esta posibilidad forma parte de su forta- leza. En general defiende su libertad de pensamiento. Sólo cuando el pen- samiento toma la forma de empujar inmediatamente a la praxis. . . enton- ces se acaba la tolerancia amistosa”.7
Pero esa distancia entre creencia y conducta política plantea otros pro- blemas, ya no desde la perspectiva de la clase dominante y su régimen, sino desde la perspectiva de las cla- ses dominadas y sus relaciones con dicho régimen. En efecto, no alcan- za con señalar la escisión del votante entre su creencia y su voto, sino que además hay que explicarla. A propó- sito de las relaciones entre ricos y pobres anotaba Horkheimer: “El su- puesto de la comunicación es el en- mascaramiento ideal, pero el estricto y real cumplimiento y reconocimien- to, de la de la situación de clase. Pues- to que esta comunicación, para la par-
te más pobre, es de una cierta utili- dad práctica, o mejor, espera una tal utilidad, elimina habitualmente el conocimiento claro de la diferen- cia, en primer lugar dentro de la relación misma, después en gene- ral. Su conciencia se acomoda a su acción. Porque a los hombres les agrada actuar según su creencia, por lo general terminan por creer aque- llo según lo cual quisieran actuar”.B Pero sucede que en los pobres de esta descripción horkheimeriana de las relaciones entre ricos y pobres, así como en los votantes de nuestro análisis, en principio, la mistificación ideológica está del lado de la acción y la verdad del lado de la creencia. Estos votantes tienen sobradas razones para no creer en sus candidatos, y no creen en ellos, al menos en principio, pero aún así los votan. La mistificación ideológica está enton- ces primariamente en la acción mis- ma, es decir, en el propio voto.9 Pero esos pobres de la descripción horkheimeriana terminan creyendo en aquella creencia que, cerrando sus escisiones, sea coherente con el curso de acción que de hecho adop- taron. Actúan pues como el creyen- te de la apuesta pascaliana —ese no menos iluminista que el ciudadano kantiano- debía actúar: “haciendo como si creyera, tomando agua ben- dita, haciendo decir misas”, porque “naturalmente, eso os hará creer y os atontará".‘° Y nuestros votan-
102
Noviembrede 1999
tes... ¿terminan a su vez creyendo en esos candidatos a quienes votan?
Yo sé, pero sin embargo... no pue- do creerlo (y voto)
La respuesta es afirmativa. Pero para entender las implicancias de esta respuesta debemos antes distinguir entre saber y creencia. En efecto, nuestros votantes saben que sus can- didatos no son sino unosdesvergon- zados representantes de los podero- sos que los explotan y los oprimen, pero aún así no pueden creer que sean tales desvergonzados represen- tantes, y los votan. Estos votantes si- guen pues tan escindidos como an- tes, pero ahora la escisión no se instaura directamente entre sus creen- cias y sus acciones, sino entre sus ac- ciones y sus creencias coherentes con esas acciones, por una parte, y sus saberes acerca de la naturaleza mistificadora de ambas, sus acciones y creencias, por la otra. Estos votan- tes reniegan de sus saberes o, más propiamente, de los bien sabidos desmentidos que la realidad cotidia- na impone implacablemente a sus creencias, para seguir refugiándose en sus creencias y sus acciones obe- dientes.“
Ahora bien, esos saberes perma- necen en el votante —afortunadamen- te, porque si no permanecieran, la mistificación sería completa, y la crí- tica impotente, pues carecería de sus- tento. No permanecen inconcientes en tanto reprimidos, sino concientes,
aunque colectivamente renegados. Y porque esos saberes permanecen, aun- que renegados, las creencias y accio- nes que desmienten no pueden sino subsistir en la forma de creencias y acciones colectivas carentes de suje- to de enunciación. A propósito de este status de la creencia escribe Octave Mannoni: “Nadie cree en ella... y todo el mundo cree. Como si viviéramos en un medio donde flo- tan creencias que en apariencia na- die asume. Se cree en ellas. Nada más trivial que este tipo de observaciones; y, no obstante, si uno se detiene en ellas, nada más asombroso”.12 Sólo a través de este largo rodeo podemos entender, digamos, por qué el lunes siguiente a las elecciones del 14 de mayo de 1995, elecciones en las cua- les Menem obtuvo cerca del 50% de los votos efectivos, nadie creía en Menem ni había votado a Menem. Nadie creía en Menem ni había vo- tado a Menem: simplemente, se creía en Menem y se había votado a Menem.
Pero aún resta explicar las razo- nes de esta asombrosa conducta. Retomemos un momento la propia expresión “yo sé. . ., pero aún así no puedo creerlo” y recordemos las ex- presiones del tipo “yo se que está muerto. . ., pero aún así no puedo creerlo... y lo escucho cada noche subir las escaleras”. Es evidente que estas expresiones ponen en juego la renegación de un saber traumático: el insoportable dolor que nos cau-
Cuaderno-s del Sur
103
saría asumir la experiencia real de su muerte, registrada en nuestro saber, nos induce a renegar de ese saber y a refugiarnos en nuestra creencia fetichista en sus pasos en la escalera. La experiencia traumática sigue ahí, violenta e in- comprensible, reproduciendo la “brecha entre el saber (real) y la creencia (simbólica)”, y la creencia sigue adelante.” La experiencia traumática que sigue ahí, escindiendo los saberes y creencias de nuestros votantes, no es sino la experiencia de la violencia fundante de la hegemonía menemista, es decir, la imposición de una dictadura del capital via vio- lencia hiperinflacionaria.“ Sin embargo es preciso hacer dos acla- raciones, en este punto, para evitar malentendidos. La primera: puesto que la hegemonía menemista se sus- tenta en el chantaje inherente a la convertibilidad, es evidente que una administración aliancista no repre- sentaría sino la continuidad de di- cha hegemonía y —aunque acaso sea menos evidente, pero resulta más importante en este contexto- la con- ducta de sus votantes puede expli- carse a partir de este mismo análi- sis. Más adelante volveré sobre este punto. La segunda: la experiencia de la violencia hiperinflacionaria ocupa una posición clave en la in- terpretación de la conducta de nuestros votantes, pero en las so- ciedades es común que la experien-
cia de cada nuevo acto de violencia remita oscuramente a la experien- cia de otros anteriores, conforman- do una cadena donde cada nuevo acto de violencia por parte de los poderosos actualiza —e incluso bus- ca actualizar- unos dolores y mie- dos preexistentes. En definitiva, el primer eslabón de la cadena que aquí nos incumbe no es sino la pro- pia violencia genocida.15
Ahora bien, la introducción de esta experiencia traumática en la irr- terpretación de la conducta de nuestros votantes que “saben que. . ., pero aún así creen y votan” nos exi- ge ser críticos en los juicios sobre las mistificaciones inherentes a esta conducta, pero cautelosos en los juicios morales. Después de las elec- ciones del 14 de mayo de 1995, elec- ciones en las cuales Menem había obtenido cerca del 50% de los vo- tos efectivos gracias al voto masivo de los trabajadores, muchachitos de la Juventud Radical cantaban en las calles “yo no lo voté. ..” (y mientras tanto Página 12 convertía el cantito en doctrina: nuestra única esperan- za estaba desde entonces en el “pro- gresismo” porteño). Los muchachi- tos radicales seguían siendo gorilas —aún sin peronismo alguno a la vis- ta- pues su soberbia cantada no era sino un insulto a los trabajadores que lo habían votado, pero que —sin peronismo alguno a la vista- no habían votado a Perón sino a Menem y no saldrían a cantar “yo
104
Noviembre de 1999
’10 voté...”
jEn los puntos suspensivos... Volvamos un instante sobre aque- lla violencia traumática hiper- inflacionaria para precisar su status y características. La distinción gramsciana entre coerción y consen- so -o entre las funciones de domina- ción y de hegemonía- abrió paso a una imprescindible revalorización de la importancia de los mecanismos ideológicos de ejercicio del poder en el seno de las sociedades capitalistas más o menos avanzadas. "5 Sin embar- go, la problemática de la articulación de estos mecanismos con sus sedes de ejercicio —el estado y la sociedad civil en Gramsci-, particularmente a través de la asimilación de esta pro- blemática gramsciana en el seno del estructuralismo, condujo a unos es- quemas de interpretación que pueden impedir el reconocimento de ciertos modos de violencia centrales para el ejercicio del poder burgués.17 La vio- lencia hiperinflacionaria que aquí nos ocupa es una de ellas. Perry Anderson advierte, en este sentido, 'acerca de “las dificultadesde'tualquier teoría demasiadÓÏQuaiistaÏ'sgbre el poder de la clase burguesai’NY anota que “el análisis dualista al que°tienden típi- camente las'ñbtas de° Gramsci no per- mite un tratamiento adecuado de los constreñimientos económicos que actúan directamehte para reforzar el poder de la clase burguesa (. . .) Estos constreñimientos no implican ni la
convicción del consenso ni la violen- cia de la coerción”.‘3
Anderson ejemplifica con dos ca- sos caros a nuestra realidad política: el miedo al desempleo y laicorrup- ción. No Obstante, respecto del caso que nos interesa —los procesos hiperinflacionarios-, deberíamos modificar un poco las cosas y afir- mar que no implica la convicción del consenso (aunque generará un ceñi- do consenso, chantaje mediante, al- rededor dela convertibilidad), pero en cambio implica violencia (aunque no sea la violencia legítima monopo- lizada por el aparato represivo del estado). La violencia hiper- inflacionaria es un modo económico y privado de la violencia —se diferen- cia así de la violencia de estado, pero también de los constreñimientos pro- pios de la reproducción capitalista en condiciones normales como el des- empleo ola disciplina fabril. Este sta- tus ambiguo, como modo de violen- cia sin sujeto manifiesto o modo de violencia del dinero mismo, envuel- ve ala violencia hiperinflacionaria en un aura mística particularmente efi- ciente en cuanto a su irracionalidad traumática.
Esta violencia es el modo de ejer- cicio del poder que funda, en las con- diciones específicas de la sociedad argentina, una nueva hegemonía po- lítica (que denominamos genérica- mente como hegemonía menemista) y una nueva ideología hegemónica (que no es sino una variante periférica
Cuadernos del Sur
105
de los antes mencionados pragma- tismo neoconservador y relativismo posmoderno). Esta nueva ideología se caracteriza por dos rasgos especí- ficos mutuamente dependientes: no contiene promesa alguna en sí, nie- ga cualquier alternativa fuera de sí. Estos dos rasgos perecen novedosos. Las grandes ideologías políticas del pasado se caracterizaron porconte- ner en sí promesas de felicidad co- lectiva, por más mistificada que fue- ra la manera en que articularan esas promesas —un ejemplo extremo: in- cluso la ideología fascista articulaba una promesa de humanización de las relaciones sociales, a la manera de una regresión a modos precapitalistas de comunidad orgánica. Se caracte- rizaron también por disputar con ideologías alternativas fuera de sí, por más mistificadamente que presenta- ran esa disputa y esas alternativas - en el mismo ejemplo: la ideología fascista disputaba explicitamente con ideologías que identificaba como “burguesas” y “bolcheviques”, a las que atribuia una deshumanización de las relaciones sociales asociada con una conspiración de los judíos u otras cosas por el estilo. Ninguna de estas características parece estar presentes en la ideología que nos ocupa. Esta aspira a presentarse como post-ideo- lógica, esto es, no aspira a presentar- se como un discurso verdadero y por ende rio-ideológico —en eso se ase- mejaría a otras ideologías-, sino como un discurso post-ideológico que nie-
ga la existencia misma de discursosï verdaderos y por ende de discursos ideológicos. Es en este preciso senti- do que puede definirse como una ideología cínica -y que sigue siendo ideológica a pesar de sus aspiraciones.
1999: elecciones menemistas
En este marco operan nuestros candidatos y votantes. Los candida- tos burgueses ya no deben prometer ni disputar a la vieja usanza: desde que el propio Menem no pudo ser candidato para representar en per- sona al menemismo, debieron con- vertirse en copias suyas para seguir representando al menemismo.
La Alianza emprendió hace tiem- po esta conversión y, tras un extenso y agitado proceso que la puso más de una vez al borde de la disolución, su esfuerzo fue rindiendo frutos en De la Rúa. La copia de Menem fue irn- primiéndose así en la imprenta de la competencia. La imprenta oficialista tuvo entonces dos estrategias posi- bles: reclamar su patente como im- prenta oficialista para imprimir di- cho producto o comenzar a impri- mir un producto diferenciado. En realidad, la segunda estrategia era inviable, pero Duhalde vaciló y le costó caro. Arriesgó un cambio de imagen y sugirió renegociar con los acreedores de la deuda externa, es decir, con la gran burguesía nativa y foránea que comanda el crédito: shock bursátil y masrnediático, de- rrumbe en las encuestas y adiós pro-
106
Noviembre de 1999
ducto diferenciado. Desde ese mo- mento Wall Street saludó cada nuevo ascenso de la Alianza en las encues- tas mientras Duhalde se sumergía en su oscuro pantano privado de la concertación. Si esa gran burguesía hubiera publicado su ley para candi- datos esa ley rezaría: SC‘I ás a imagen y semejanza de Menem, o no serás nada; prometerás en tus campañas y cosecharás votos, pero prometerás solamente que gobernarás como Menem; disputarás con tus competi- dores, pero disputarás solamente acerca de quién es la copia más au- téntica de Menem. '9
Desde que el propio Menem no pudo ser candidato, los votantes a su vez no se vieron obligados a votar al menemismo en su persona. Esto in- troduce una modificación en nues- tras consideraciones previas. En efec- to, si el lunes posterior a las eleccio- nes del 14 de mayo de 1995 nadie había votado a Menem, el lunes si- guiente al 24 de octubre de 1999 hay quienes votaron a De La Rúa. Si en aquella oportunidad nadie festejó los resultados, hubo quienes los festeja- ron en esta.
Pero esto no puede explicarse en absoluto interpretando dicho resul- tado como el éxito de un voto casti- go. Debe explicarse a partir del pre- cario consuelo de unos votantes que pudieron, después de una década, deshacerse de esa culpa íntima de votar a Menem, sin correr no obs- tante el riesgo de no votar a Menem.
La transfiguración les permitió así votar, a la vez sin culpa ni riesgo, a Menem en De La Rúa. Este consue- lo es precario y será poco durade- ro, ciertamente, porque nuestros votantes saben de antemano que ambos son una misma y desagrada- ble cosa. Pero la transfiguración ali- gera un poco la inevitable tensión que genera la escisión entre sus saberes y sus creencias, permitiendo que estas creencias sean reafirma- das por un momento contra aque- llos saberes. Los réditos para la bur- guesía del mecanismo de recambio bipartidista de administraciones son en este punto evidentes.20
El horizonte de nuestra izquierda política y social es complejo. Y esto no es una obviedad: significa en este marco que estamos ante un horizon- te mucho más complejo que una mera crisis de representatividad. N o basta por ende con denunciar que Menem, Duhalde y la Alianza son lo mismo para reclamar luego que el votante no les crea y nos vote, porque ese votante sabe que son lo mismo y sin embargo les cree y los vota. Entre ese saber renegado, por una parte, y esas creen- cias y acciones efectivas, por la otra, hay una escisión. Y para nada pode- mos imaginar la sutura de esa esci- sión como un simple acto. Debemos imaginarla como un proceso de su- tura de largo aliento, un proceso que requiere la reconstrucción de nues- tra confianza en nosotros mismos, en nuestra potencia como sujetos de una
Cuadernos del Sur
107
práctica y una organización políticas autónomas, y la construcción simul- tánea de un nuevo proyecto revolu- cionario. La alternativa que enfren- tamos se resuelve entre un mercado anómico de votantes escindidos por la violencia traumática del capital o un sujeto autónomo y autorganizado.
Notas:
‘ El único acto de la reciente campaña que puede calificarse de masivo fue el de Duhalde (River, 27/9). De todas manera, con sus 45.000 asistentes ordenadamente despaclrados en omnibus, fue apenas un pálido reflejo de actos de cierre como aque- llos de Luder y Alfonsín en la Avenida 9 de Julio de 1983. Los verdaderos programas de actualidad política prácticamente des- aparecieron de la TV, con la excepción de clásicos como el Tiempo Nuevo de Grondona, debidamente aggiornados.
2 Para estimar este fenómeno puede recurrirse a la metodologia de A. López (No votarás. Ausenlisrno y voto en blanco tras una de- cada de democracia, Cuadernos del IDEP nro.24, Bs.As., 1993), que define esta negativa a votar como no-voto relativo, esto es, como agrega- do del voto en blanco más el ausentismo rela- tivo, resulyante éste del ausentismo absoluto menos el ausentismo estructural producto de errores de padrón, enfermos, traslados, pér- dida de documentos, y otras circunstancias fortuitas. Si prolongamos las estimaciones de López sobre la evolución de este no-voto re- lativo, obtenemos los siguientes índices para elecciones presidenciales: 1,9% en 1989: 9,2% en 1995 y 9,3 en l999 —estimación provisio- nal en base a Página 12, 26/ 10199.
’ Los dns números impresos del nuev! periódico de izquierda Reunión contienerrÉï
un dossier sobre las posiciones de la izquier-Ï da ante las elecciones que provee una mues-‘Ï‘ tra representativa de estos argumentos}Í
Entre los comentarios, véase particular-v
mente El riesgo de despolitización y derechización' de R.Astarita (en Reunión 2, septiembre). " Slavoj Zizek: El sublime objeto de la ideo-
logía, México, S.XXI, 1992, p.55. El hecho?
de que no requiera ser tomada en serio o, en otras palabras, que se asuma a sí misma como una máscara, no niega su carácter de
mistificación ideológica, como señala co-:
rrectamente Zizek contra Peter Sloterdijk (ver su Crítica de Ia razón cínico, Madrid, Taurus, 1989).
5 En este contexto no debe entenderse al posmoderrrisnro como un movimiento estético norteamericano de los 60 ni como un giro del pensamiento francés de los 70, sino -para valernos de la categoría de Jameson- como dominante cultural del ca- pitalismo contemporáneo (véase su “Posmodernismo: lógica cultural del capi- talisrno tardío", en Zona Abierta 38, Madrid, 1986). De la misma manera, tampoco debe considerarse al neoconservadurismo como, por macroecononría clásica" del mainstream eco-
caso, el giro hacia la “nueva
nómico, sino como una ofensiva ideológica mucho más amplia (ver por ejemplo B. Fine y L. Harris: "Ideology and markets: economic theory and the ‘new rigtlr'", Socialist Register l987, Londres, Merlin Press). En otras palabras: es en los medios masivos de comunicación antes que en una
vanguardia artística o en una moda acadé-
108
Noviembre de 1999
mica donde debemos rastrear sus huellas. Eduardo Gruner (en Las formas de la espada. .Miserias de la teoría política de la violencia, Bs.As., Colihue, 1997, especialmente cap.5) avanza en una interpretación de esta arti- culación entre posmodernismo y neoconservadurismo desde nuestra pers- pectiva de capitalismo periférico.
5 Inmanuel Kant: “Respuesta a la pre- gunta: ¿qué es el iluminismOP", en Espacios 4/5, Bs.As., 1986. Se ha ido perdiendo, mientras tanto, la intención revoluciona- ria de la fórmula kantiana desde 1783.
7 Max Horkheimer: Ocaso, Barcelona, Anthropos, 1986, p.52.
a Idem, p.47-48.
9 Esto no debe causarnos demasiada ex- trañeza, a menos que entendamos de ma- nera por demás ingenua las relaciones en- tre conciencia y praxis. Pues la máquina mistificadora por antonomasia de la socie- dad capitalista -el propio intercambio de mercado y su fetichismo- siempre opera ante todo en la propia praxis de los agen- tes que intercambian mercancías, y luego en sus cabezas: “las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de mani- fiesto como lo que son...” (K.Marx: El Capi- tal, México, S.XXI, 1990, I, p.89, subrayado mío).
'° Blaise Pascal: Pensamientos, Bs.As., Sud- americana, 1971, p.172.
“ Tampoco debería causarnos extrañe- u que haya sido precisamente en un artí- culo sobre el fetichismo (“Fetichism0”, en Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, III, p. 2993 y ss.) donde Freud anali- zara este mecanismo de la Verleugnung.
'2 Octave Mannoni: “Ya lo sé, pero aún así. . .", en La otra escena. Claves de lo imagina- rio, Bs.As., Amor-rortu, 1997, p.11.
'3 Slavoj Zizek: Porque no saben lo que ha- cen. El goce como factor político, Bs.As., Paidós, 1998, p.314. Mannoni califica a esa expe- riencia traumatizante como unheimlich, pa- labra alemana utilizada por Freud cuya tra- ducción más inmediata sería siniestra, pero que en realidad significa literalmente algo no- (un-) familiar u hogareño (heimlich), o mejor aún, algo familiar u hogareño devenido extraño, ajeno, pavoroso.
“ Esto mismo sostuve en “Argentina 1995: ¿una nueva hegemonía?” (Cuadernos del Sur 19, junio de 1995), a saber, que los procesos hiperinflacionarios de l989-l99l sentaron las bases del chantaje que susten- tó la posterior hegemonía menemista. Esto sigue siendo así. No obstante en aquella oportunidad me concrentré en la inter- pretación de los propios procesos hiperinflacionarios -como una manifesta- ción de la lucha de clases, como una ofensi- va del capital contra el trabajo en el terre- no del dinero-, antes que en la manera en que esos procesos quedan registrados como experiencia en la conciencia colectiva.
'5 Los representantes de la burguesía sa- ben valerse de estos encadenamientos: sus discursos responden a una matriz: “yo no lo hice..., pero ojo, que vuelvo a hacerlo", actualizando así esos dolores y miedos prexistentes. Lamentablemente no puedo detenerme aquí en esta matriz. La expe- riencia del genocidio de la dictadura, por su parte, parece haber sido resgistrada en amplios sectores de la misma manera rene- gada que la experiencia hiperinflacionaria:
Cuadernos del Sur
109
después de su puesta en escena mediante el Juicio a las Juntas y el Nunca Más se escuchó decir: “si, yo ahora me acuerdo de aquel mu- chacho...” -dónde el “ahora” posterior a la escenificación oficial abre las puertas a un reconocimiento seguro de ese saber renega- do acerca del muchacho desaparecido.
'G Terry Eagleton: Ideology. An introduction, Londres-New York, Verso, 1996, p.ll4 y ss. Respecto de Gramsci véase especialmente Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el estado moderno (Bs.As., Lautaro, 1962) y Los intelectuales y la organización de la cultura (Méxi- co,J.Pablós, 1975).
'7 Me refiero al dualisrno topológico althusseriano entre “aparatos represivos" y “aparatos ideológicos" de estado (Louis Altlrusser: “Ideología y aparatos ideológicos de estado", en La filosofia como anna de hr revo- lución, México, S.XXI, l987; véase asimismo “Contradicción y sobredeter-minación", La revolución teórica de Marx, México, S.XXI, 1987); me refiero también al enfoque —aun- que rnás matizado- de las nociones de hege- monía e ideología de Poularrtzas (en particu- lar en Poder político y clases sociales en el estado capitalista, México, S.XXI, 1990, respectiva- mente p.l69 ss. y p.247 55.); y, con mayor razón, a los divulgadores de estas concepcio- nes.
'a El análisis de las distintas versiones gramscianas de esta articulación entre los pares consenso/coerción y sociedad civil/es- tado es, por lo demás, el eje de su conocido artículo sobre Gramsci (“Las antinomias de Antonio Gramsci", en Cuadernos del Sur 6, oc- tubre de l987) y, en parte, de su polémica cn Poulant-zas en la New Lefl Review de mediados de los 60. las citas con‘esponden a las pági- nas 83 y 99 nota.
'9 Antes que se instalaran las urnas, la burguesía ya había votado donde gusta ha-É cerlo, en la bolsa: la semana previa a las elec-L; ciones el Merval subió más de un 7%. por descontado el triunfo de De La Rúa (Páal gina 12, Supl. Cash, 24/10/99). Tras las eleccio-- nes corrfimraron su voto: la Bolsa, la ABA, lar; CAC, la SRA y el CEA manifestaron su sans-1', facción ante los resultados. El representante de los grandes comerciantes. J. Di Fiori, fue; quizás el más entusiasta: señaló que el electo-É rado “optó por la propuesta que apunta a, sostener la convertibilidad" y “eligió contist nuar con este plan económico, frente a una propuesta demagógica de aumentar jubilat. ciones y evitar despidos por un año" (Ambito Financiero, 26/¡0/99). (la ULA, en disputa con. el CEA, fue acaso el sector más reticente en sus expresiones de entusiasmo.)
2° Los resultados de las elecciones desmin- tieron una vez más, rotundamente, la idea de que el régimen y el sistema de partidos polí- ticos atraviesan una crisis de representatividad. Ia abstención fue reduci- da: un 19.55% del padrón total de electores; el voto en blanco fue insignificante: un 2,97% de los votos positivos (Página 12, 26/l0/99 - datos provisionales). Patti obtuvo un 7,71% de los votos para gobernador y apenas 4,05% para diputados; Rico se impuso nuevamente como intendente de San Miguel con un 68% de los votos, pero en el nrarco del PJ; Bussi pasó del gobierno de Tucumán a un 17% de los votos para diputados (Clarín, 26/l0/99). La izquierda en sn conjunto, por su parte, sumó un 3% de los votos para diputados, esto es. duplicó los obtenidos en 1995 pero ape- nas superó los obtenidos en l989.
llO
Noviembre de 1999
Clase y clasificación John Holloway 1
Preguntando caminamos. Asking we walk.
Este trabajo indaga ¡una cuestión simple: si el fetichismo es entendido como un proceso de fetichización, ¿cuáles son las consecuencias sobre el concepto de clase?
l. La distinción entre fetichismo y fetichización z es crucial para una discusión de la teoría marxista. . La diferencia se presenta entre una visión del mun- » do en términos de dominación y otra en términos s de lucha.
La discusión de Marx sobre fetichismo/ ' , fetichización constituye el centro de toda su teoría. Es a la vez una crítica de lo que está mal en el capitalismo, una crítica al pensamiento burgués y una teoría de la manera en que se reproduce a sí mismo el capitalismo. Sin embargo, existe una am- bigüedad en su presentación de este punto. Cuan- ' do dice que a los productores: “las relaciones so- i ' ciales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como _ relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el con- j trario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas” (Ca- pital I, 73 -I, 89), parece que Marx está describien- do las relaciones sociales en la sociedad capitalista tal como ellas son realmente.2 Parece, en otras pala- } ' bras, que Marx está describiendo el fetichismo de las relaciones sociales como un hecho establecido, como algo que es.
Esta concepción del fetichismo ha tenido im- portantes consecuencias en la tradición marxista, aún cuando el tema del fetichismo no ha sido, en general, explícitamente tratado. Si las relaciones
Cuadernos del Sur ll l
sociales son tomadas como si estuvieran efectivamente fetichimdas o reificadasfi entonces se establece inmediatamente una distinción entre un “ellos” y una “nosotros”. “Ellos”, los productores, los trabajadores relacionados entre ellos. a través de cosas; “nosotros”, los teóricos, los críticos, quizás el Partido, somos capaces de penetrar las apariencias fetichizadas y de entender aque- llas relaciones reificadas como la forma específicamente histórica o como el modo de existencia de las relaciones entre la gente. Si consideramos que las relaciones sociales están realmente fetichizadas en este sentido (si el fetichis- mo es visto como un hecho establecido), entonces la teoría y la práctica marxista se tornan elitistas: nosotros, los iluminados, pensamos y actuamos como en nombre de los no iluminados. La idea de la revolución como la autoemancipación de los trabajadores deviene entonces un sinsentido, como Lenin señaló.
La comprensión del fetichismo como un hecho consumado nos deja con un enorme problema teórico que es raramente señalado: ¿quiénes somos nosotros? ¿Quiénes somos nosotros (Marx, Lenin, el Partido, los teóricos) que criticamos? ¿Quiénes somos nosotros que podemos ir mas allá del feti- chismo de las relaciones sociales?
El mismo punto puede ser analizado de diferentes maneras. Si el fetichis- mo es un hecho establecido, entonces la dominación y la lucha están separa- das. La manera en qué las cosas son es el sistema de la dominación capitalis- ta: la pregunta acerca cómo nosotros luchamos para romper la dominación es, por lo tanto, una pregunta distinta. En esta perspectiva, la teoría marxis- ta es el intento de entender la dominación capitalista (de ahí la “economía marxista”, la “sociología marxista", etc.)
Nuevamente: si el fetichismo es un hecho establecido, entonces la consti- tución y la existencia de las formas sociales están separadas. Se asume que las formas fetichizadas del capitalismo fiieron constituidas en el nacimiento del capitalismo y que las mismas ahora existen (y continuarán existiendo hasta que el capitalismo sea destruido). El criticismo genético se confunde con el criticismo histórico: el origen de las formas sociales es entendido como su emergencia histórica (como en la mayor parte del debate de la derivación del estado). En consecuencia las categorías del marxismo son entendidas como categorías cerradas, categorías que describen el funcionamiento histó- ricamente establecido de un modo de dominación. ,
En oposición a esto, se puede argumentar que el fetichismo debe ser en- tendido no como un hecho establecido sino como un proceso activo de fetichización. Las relaciones sociales malmente están y no están fetichizadas. Las relaciones sociales son contradictórias: su producción y reproducción es
112 Noviembude 1999
un proceso antagónico en el cual la fetichización de las relaciones sociales se opone siempre a tendencias anti-fetichizantes. La reproducción del capita- lismo es un proceso constante de fetichización de relaciones sociales frente a los intentos de establecer relaciones sociales sobre bases no-fetichizadas o land-fetichistas. La dominación capitalista es la lucha por fetichizar, por lo tanto fetichización y lucha no pueden ser separadas. En nuestra teoría-prác- ltica no nos podemos situar fiiera de esta ruptura entre “son realmente” y “no i son realmente", entre fetichización y anti-fetichización: inevitablemente to- mamos parte en esto, y de ambos lados. Como teóricos marxistas, no ocupa- mos una posición privilegiada respecto del resto, sino que tenemos un modo peculiar de articular nuestra participación en el conflicto del que todos par- ticipamos. No se pueden hacer distinciones entre la constitución histórica y la existencia presente de las formas sociales: la existencia presente de las formas sociales es su siempre renovada constitución. Las categorías marxis- tas son esencialmente abiertas en tanto que entienden las formas en las cua- les las relaciones sociales se presentan como contradictorias, abiertas, siem- pre en cuestión. Final y fundamentalmente, el único camino en que la revo- lución como autoemancipación puede ser considerada es entendiendo el fetichismo como fetichización.
2. Todo lo anterior constituye mi punto de partida. La cuestión a conside- rar aquí es qué consecuencias tiene esta concepción de la fetichimción como proceso para nuestra concepción de clase.
La mayoría de las polémicas sobre el concepto de clase están basadas en el presupuesto de que las formas fetichizadas están pre-constituidas. La rela- ción entre capital y trabajo (o entre capitalistas y clase trabajadora ) es toma- da como si fuera una relación de subordinación. Sobre esta base, compren- der la lucha de clases implica, en primer termino, definir a la clase trabaja- dora y, en segundo lugar, estudiar si luchan y cómo luchan.
En este enfoque la clase obrera, sin importar como sea definida, es defini- da sobre la base de su subordinación al capital: es porque está subordinada al capital (como trabajadores asalariados o como productores de plusvalía) que es definida como clase trabajadora. Ciertamente es sólo porque la clase trabajadora es asumida como si fuera pre-subordinada que la cuestión de la definición puede ser planteada. La definición meramente cierra aún más un mundo que se supone cerrado. Una vez definida, la clase trabajadora puede ser identificada entonces como un grupo particular de personas, que puede tomarse entonces como objeto de estudio. Para los socialistas, la “clase traba- jadora” es así tratada como un concepto positivo y su identidad como algo
Cuadernos del Sur 113
que debe ser apreciado. Existe, por supuesto, el problema de qué hacer coríg aquellas personas que no caen dentro de las definiciones de clase obrera (fi clase capitalista, pero esto se resuelve a través de una discusión suplementaé ria de definiciones sobre como definir a estas personas, si como nueva pe-r': queña burguesía, asalariada, clase media o como sea. Este proceso de definir: ción o clasificación es el origen de discusiones interminables acerca de mo—. vimientos de clase y de no-clase, de luchas de clase y de “otras formas”, de" alianzas entre la clase trabajadora y otros grupos, etc.
Todo tipo de problemas surgen de esta aproximación a la clase mediante; la definición. En primer lugar hay una cuestión de “pertenencia”. ¿“Perte- necemos” a la clase trabajadora los que trabajamos en las universidades? ¿Y Marx y Lenin? ¿Son los rebeldes de Chiapas parte de la clase trabajadora? ¿Son las feministas parte de la clase trabajadora? ¿Son aquellos activistas del; movimientos gay parte de la clase trabajadora? En cada caso, existe un con-á cepto de una clase trabajadora pre-definida al que esta gente pertenece o no}?
Una segunda consecuencia que se sigue de definir la clase es la defini-.; ción de las luchas. De la clasificación de las personas en cuestión se derivan. ciertas conclusiones sobre las luchas en las que se encuentran involucradas. Aquellos que definen a los rebeldes zapatistas como ajenos a la clase traba- jadora obtienen de esto ciertas conclusiones sobre la naturaleza y las limita- ciones de la rebelión. De la definición de la posición de clase de los partici- pantes se sigue la definición de sus luchas: la definición de clase define el antagonismo que el que define percibe o acepta como válido. Esto lleva a un oscurecimiento de la percepción de los antagonismos sociales. En algunos casos, por ejemplo, la definición de la clase trabajadora como proletariado. urbano explotado en las fábricas, combinado con la evidencia de la propor- ción decreciente de la población que entra en esta definición, ha llevado a la gente a la conclusión de que la lucha de clases ya no es relevante para enten- der el cambio social. En otros casos, la definición de clase trabajadora y en consecuencia de la lucha de la clase trabajadora ha llevado, de cierto modo, a una incapacidad para referirse al desarrollo de nuevas formas de lucha (el movimiento estudiantil, el feminismo, el ecologismo, etc.)
Al definir la clase trabajadora se los constituye en un “ellos”. Aún si decimos que formamos parte de la clase trabajadora, lo hacemos observán- donos en perspectiva y clasificándonos a nosotros mismos o al grupo al que “pertenecemos” (estudiantes, profesores universitarios, etc.). En base a esta. definición es posible plantear la pregunta acerca de su conciencia de clase y analizarla ¿Qué conciencia tienen de su posición de clase y de sus intereses de clase? ¿Es esta conciencia lo que debería ser? ¿Es una verdadera concien-
l 14 Noviembm de 1999
cia, o una conciencia falsa o limitada (trade-unionista)? Si, como usualmente se argumenta, es una falsa o una. limitada conciencia, entonces la conclusión es usualmente que la transformación revolucionaria de la sociedad es imposible o que debe ser llevada a cabo desde afuera, por un Partido o por los intelectuales.
Si, por otra parte, no comenzamos presuponiendo el carácter fetichizado de las relaciones sociales, si asumimos que la fetichización es un proceso y que la existencia es inseparable de la constitución, ¿cómo cambia esto nues- tra de visión de la clase?
El capitalismo es la generación siempre renovada de la clase, la siempre renovada clasificación de las personas. Marx clarifica este punto en el análi- sis que realiza de la acumulación en el El capital: “El proceso capitalista de producción, considerado en su interdependencia o como proceso de repro- ducción, pues, no sólo produce mercancías, no sólo produce plusvalor, sino que produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capi- talista, por el otro el, asalariado” (El capital I, p.578 -I, p.712). En otras palabras, la existencia de las clases y su constitución no pueden estar separa- das: decir que existen clases es decir que se encuentran en proceso de estar siendo constituidas.
La constitución de clase puede ser vista como la separación entre el sujeto y el objeto. El capitalismo es la diaria repetición de una separación violenta del objeto respecto del sujeto, el diario arrebato del objeto-creación-produc- to al sujeto-creador-productor, la diaria confiscación respecto del sujeto no solo de su creación, sino también de su acto de creación, de su creatividad, de su subjetividad, de su humanidad. La violencia de esta separación no es característica exclusiva del primer periodo del capitalismo: es el corazón mismo del capitalismo. Para decirlo de otra manera: la “acumulación primi- tiva”,no es solamente una característica de un periodo anterior, sino que es central para la existencia del capitalismo.
La violencia con que se produce la separación de sujeto y objeto, o la clasificación de la humanidad, sugiere que “reproducción” es una palabra 'equívoca en la medida en que sugiere la imagen de un proceso que se repite sutilmente, algo que se repite y se repite, mientras que la violencia del capi- talismo sugiere que la repetición de la producción de relaciones sociales capitalistas está siempre en cuestión.
3. La concepción de la clase como una clasificación tiene consecuencias para todos los aspectos de la discusión de la clase.
(l) La lucha de clases es la lucha por clasificar y contra ser clasificado al mismo tiempo que, inseparablemente, la lucha entre clases constituidas.
Cuadernos del Sur 115
La mayor parte de las opiniones ortodoxas sobre la lucha de clases tien- 'ï den a suponer que las clases están pre-constituidas y que la subordinación " del trabajo al capital esta preestablecida y tienden partir de ahí. Desde la r perspectiva sugerida aquí el conflicto no tiene lugar después de que la subor- , dinación ha sido establecida, después de que las formas fetichizadas de las relaciones sociales han sido constituidas: más bien es un conflicto sobre la Í subordinación de la práctica social, sobre la fetichización de las relaciones sociales. El conflicto es un conflicto entre la subordinación y la insubordina- ción y esto es lo que nos permite hablar de la insubordinación (o la digni-- dad, para tomar prestada la frase zapatista) como una característica central del capitalismo. La lucha de clases no tiene lugar dentro las formas consti- tuidas en las relaciones sociales capitalistas: por el contrario la constitución - de aquellas formas es en si misma lucha de clases. Esto nos lleva a un con- cepto mucho más rico de la lucha de clases en el que la totalidad de las prácticas sociales está en juego. Toda práctica social es un incesante antago- s nismo entre la sujeción de la práctica a las formas fetichizadas, pervertidas, r defmidoras del capitalismo, y el intento de vivir contra-y-mas-allá de estas formas. No puede existir la pregunta por la existencia de formas de lucha no clasistas. La lucha de clases es un incesante y diario antagonismo (sea perci- bido o no) entre alienación y des-alienación, entre definición y anti-defini- ción, entre fetichización y des-fetichización. A
Nosotros no luchamos como clase trabajadora, luchamos en contra de ser i clase trabajadora, en contra de ser clasificados. Es la unidad del proceso de clasificación (la unidad de la acumulación del capital) lo que otorga unidad a nuestras luchas, no nuestra unidad como miembros de una clase común. 5 En este sentido, por ejemplo, es el significado de la lucha zapatista contra la clasificación capitalista lo que le da su importancia para la lucha de clases, y no la cuestión de si la población indígena de la selva Lacandona son o no son miembros de (o pertenecen a) la clase trabajadora. No hay nada positivo en ser miembros de la clase trabajadora, en ser ordenados, comandados, separados de nuestro producto y de nuestro proceso de producción. La lucha no emerge del hecho de que nosotros somos clase trabajadora, sino del hecho de que somos-y-no-somos clase trabajadora, de que existimos en- contra-y-más-allá de ser clase trabajadora, de que ellos tratan de ordenamos y comandarnos pero nosotros no queremos ser ordenados y comandados, de que ellos tratan de separarnos de nuestro producto y de nuestra producción y de nuestra humanidad y de nosotros mismos y nosotros no queremos ser separados de todo eso.
.4._- AL"
116 Noviembmde 1.999.
x (2) Somos/no somos clase trabajadora. Decir que clase debe ser entendida i o mo clasificación significa que la lucha de clases (la lucha por clasificarnos nuestra lucha en contra de ser clasificados) es algo que nos atraviesa indi- vidual y colectivamente. Sólo si fuéramos completamente clasificados po- dríamos decir sin contradicción que “somos clase trabajadora” (pero de este modela lucha de clases sería imposible).
y Tomamos parte en las lucha de clases de ambos lados. Nos clasificamos a ,V osotros mismos en tanto que producimos capital, en tanto que respetamos _ dinero, en tanto que participamos, a través de nuestra práctica, nuestra .r' o ría, nuestro lenguaje (nuestra definición de la clase trabajadora, por ejem- lo), en la separación de sujeto y objeto. Luchamos simultáneamente contra u uestra clasificación en tanto somos humanos. Existimos contra-en-y-más- del capital. La humanidad es esquizoide, volcánica: todo el mundo que- ¿»L. desplazado por el antagonismo de clases.
5,: ¿Esto significa que la distinción de clases puede ser reducida a una afir- n ación general acerca del carácter esquizoide de la humanidad? No, por- ue existen claras diferencias en el modo en que el antagonismo de clases a os atraviesa, diferencias en el grado en que nos es posible reprimir ese antagonismo. Para aquellos que se benefician materialmente a partir del pro- 'so de clasificación (acumulación), es relativamente fácil reprimir cualquier cosa que apunte contra o más allá de la clasificación, vivir dentro de los límites del fetichismo. Es en aquellos cuyas sus vidas fueron trastomadas por ¡la acumulación (los indígenas de Chiapas, los profesores universitarios, los nnineros, prácticamente todos) en quienes el elemento de la resistencia va a ¿estar mucho más presente. Es cierto, sin embargo, que nadie existe estando {puramente en contra o en contra-y-más-allá: todos participamos en la sepa- ración de sujeto y objeto, en la clasificación de los seres humanos. Nociones mo las de- composición de clase, descomposición y recomposición, debe- ser entendidas, por esta razón, no como la posición cambiante de dife- mtntes grupos sino como la cambiante configuración del antagonismo que nos atraviesa a todos nosotros, el antagonismo entre fetichización y anti- ‘Etichización, entre clasificación y anti-clasificación.
(3) ¿Es el trabajo esencial para la clasificación? Si-y-no.
(Trabajo es un término ambiguo. Puede ser entendido tanto como trabajo filabour, trabajo alienado) o, de un modo más amplio, como actividad inten- y creativa. Para evitar esta ambigüedad, nosotros nos referiremos al hbajo (labor) y la creatividad antes que al “trabajo” “war ").3
del Sur 117
El trabajo es la producción de capital y la producción de capital es producción de clases, la clasificación. La producción de capital es al mismÍ; tiempo producción de plusvalor, explotación. Si no hubiera explotación, habría producción de clase.
Sin embargo, la afirmación “el trabajo es la producción de capital” tautológica y también equivoca en el sentido de que presupone la pre-consïé titución del'trabajo, la abstracción previa de la creatividad humana. El mento hasta ahora sugiere que no podemos entender al capitalismo simplá: mente en términos de conflicto entre trabajo y capital porque hacer esto comenzar desde categorías pre-constituidas, desde una presupuesta existerfi cia-en-abstracción-de—su-constitución. La explotación no es solo la explota; ción del trabajo sino la simultánea transformación de la creatividad humana en trabajo, la simultánea de-subjetivación del sujeto, la deshumanización dé la humanidad. Esto no significa que la creatividad, el sujeto, la humanidad existan en alguna esfera pura esperando ser metamorfoseadas en sus formal capitalistas. La forma capitalista (trabajo) es el modo de existencia de la creatividad/subjetividad/humanidad, pero este modo de existencia es conil tradictorio. Decir que la creatividad existe como trabajo significa que existe también como anti-trabajo. Decir que la humanidad existe como subordinar; ción es decir que existe también como insubordinación. La producción la clase es la supresión (—y-reproducción) de la insubordinación. La explotaá ción es la supresión (—y-reproducción) de la creatividad insubordinada. La supresión de la creatividad no solo tiene lugar en el proceso de producción} como usualmente se entiende, sino en la completa separación de sujeto objeto que constituye la sociedad capitalista.
En síntesis, el trabajo produce a la clase, pero el trabajo presupone una clasificación previa. Del mismo modo, la producción es la esfera de consti-i tución de la clase, pero la existencia de una esfera de producción, esto es lá separación de la producción respecto de la creatividad humana en general, también presupone una clasificación previa.
La respuesta, entonces, a nuestra pregunta sobre la centralidad del traba-g jo (work) es seguramente que no es el trabajo (labour) lo que es central, sind la creatividad, la cual existe dentro-contra-y-más-allá del trabajo. Comenzar- desde el trabajo (como en los “estudios sobre el trabajo” o el “debate sobre el trabaj 0”?) es encerrarse a si mismo desde el principio en un mundo; fetichizado, tal que cualquier proyección de un mundo alternativo aparece como pura fantasía, como algo traído desde fuera.
118 Noviembmde 1999”
4. Por debajo de esta discusión sobre la clase yace un intento de entender el desarrollo actual del capitalismo. El capitalismo está en crisis abierta en la mayor parte del mundo y en una situación de fragilidad en el resto, una situación en la que el desborde de las crisis está aplazado por la siempre creciente expansión del crédito. La crisis de la dominación de clase, sin embargo, no se corresponde de ninguna manera obvia con un impulso en la fuerza de la clase trabajadora. Este es un punto central para la teoría anti- capitalista: si el mundo es un mundo de la lucha de clases, ¿cómo es que, mientras un lado (el trabajo) está debilitado, el otro (el capital) está sin em- bargo en crisis? Si esta pregunta no puede ser contestada, el estructuralismo es inevitable. Werner Bonefeld y yo hemos sugerido que la expansión del crédi- to trae una dislocación temporal entre la oleada de la lucha anti-capitalista y la manifestación de la crisis (como en 1917- 1929; 1968-1974/1999?). La discusión sugiere aquí una segunda aproximación: la debilidad del capital no es el resul- tado del fortalecimiento del trabajo (como clase constituida, como movimien- to), sino del fortalecimiento de la anti-clasificasión, de la no-identidad.
La acumulación capitalista es voraz. Requiere una subordinación cada vez más completa de la humanidad, una clasificación cada vez más profunda de la existencia. Este es seguramente el significado de la discusión de Marx de la tendencia declinante de la tasa de ganancia: si la explotación y la deshumanización que ésta implica no es intensificada, hay crisis. La crisis no es, entonces, el resultado del fortalecimiento de la clase trabajadora o del movimiento obrero, necesariamente, sino de la filerza de la resistencia gene- ral al impulso del capital hacia una subordinación cada vez más profunda de la humanidad (de la dignidad, como dicen los zapatistas).
Aquello que existe en nosotros contra-y-más-allá del capital no es nuestra existencia como clase trabajadora, sino nuestra lucha en contra de ser clase trabajadora. Nosotros somos la fuerza de la no-identidad. Aquello es lo que necesitamos explorar y articular.
Traducción: César Solís (UNR) Revisión: Alberto Bonnet
Notas:
' En la preparación de este trabajo tuve en consideración otros dos: Richard Gunn: “Notes on Class”, en Common Sense 2 (1987) y Werner Bonefeld: “Capital, Labour y Primitive Acumulation: Notes on Class and Constitutuion" (inédito). Ninguno de estos dos autores son de ninguna manera responsables por lo que aquí se sostiene.
Cuadernos del Sur l 19
2 Esta cita y la siguiente corresponden a la edición en castellano El capital de Siglo XXI (México, 1975); la ubicación las mismas se agrega a continuación de la referencia del autor a la edición inglesa (NdT).
3 A partir de aquí, salvo aclaración, el término "trabajo" corresponde al inglés “labour”, empleado en este sentido más amplio definido por el autor (NdT).
Correo de Prensa Internacional
Xola 81 Col. Alamos C.P. 03400 Mexico, D. F. Tel/fax (5) 590-0708 csapnelaneta . apc . org
0000
.evista de critica cultural
VIEIllÏ 0 End
POR UIA ¡ZIHIERDA ALÍEIÜÁÏlVÁ
120 Noviembre de 1999
El debate sobre el trabajo (Respuesta Holloway)
Simon Clarke
I Cuando me pidieron que hablara en esta conferen- 7 'cia me negué absolutamente porque no pienso que ten- ” ga nada que decir que empalme con el tema de esta conferencia. Sin embargo, Ana insistió en poner mi nom- - bre en el programa, así que he de decir algo. Puesto que la conferencia se denomina “El debate sobre el traba- , jo", pienso que lo mejor sería mantener un debate. Puesto Ï’» que sólojohn habló antes que yo, tendré que mantener ‘ , un debate conjohn. É" Primero, dejenme decir en dónde no desacuerdo con John. Acuerdo absolutamente en que debemos comen- zar desde la perspectiva del trabajo como un sujeto acti- , vo de la reproducción de las relaciones sociales capita- ' listas y por ende como el agente actual o potencial de la , transformación de estas relaciones sociales y aún de la f transformación de la forma de sociedad misma, o, en . palabras más sencillas, que el capitalismo está basado . en el conflicto de clases.l También acuerdo en que toda r . política socialista democrática que no tome la subjetivi- ' dad actualmente existente de la clase trabajadora como su punto de partida está destinada a ser autoderrotada. Acuerdo así con el rechazo dejohn de una perspectiva de la clase trabajadora como un agrupamiento social . que está constituido como el objeto pasivo de la explo- | tación capitalista, ignorante de sus verdaderos intere- ses, falto de conciencia de su rol histórico, acaso inclu- ; so felizmente integrado en la sociedad capitalista. Este " _ es un debate que tuvo lugar en el marxismo, o entre , "y: marxistas, hace treinta años y, aún cuando nunca fue finalmente resuelto, las líneas fiieron claramente deli- neadas. En estos días no estoy seguro de que haya al- guien que haya quedado del otro lado y que se reivindi-
Cuademos del Sur 121
que a sí mismo como marxista. Acaso no haya quedado nadie absoluto —: después de todo, aun cuando la mayoría de la población se considera a sí misma como clase trabajadora, éste es un concepto que ha sido abandonado por los cientistas sociales. Habiendo empleado varios años (o al menos va- rias horas) de mi juventud debatiendo con Bob Jessop, yo tampoco estoy seguro de que una renovación de este debate fuera muy constructiva, así que estoy muy aliviado de que tengamos esto como una base común y no tenga- mos que volver sobre esta vieja base. Pero si no estamos yendo a revolcarnos en viejos debates, la pregunta es ¿dónde vamos ir a partir de aquí? Y en particular, ¿cuál es el rol del intelectual como parte del trabajador colectivo en la sociedad capitalista tardía?
Donde yo desacuerdo más fundamentalmente conJohn es en su concep- ción del rol del intelectual: “nosotros no ocupamos una posición privilegia- da sobre la muchedumbre, sino que simplemente tenemos una peculiar ma- nera de articular nuestra participación en el conflicto en el cual todos parti- cipamos” En la tesis de John, en la medida en que puedo entender su peculiar manera de articular su posición, quiere celebrar un rechazo román- tico del capitalismo, expresado en una aspiración a reclamar creatividad al trabajo capitalista. John quiere rechazar los privilegios del intelectual por- que ha rechazado sus responsabilidades como un intelectual.
John construye su argumento sobre la base de una crítica a la teoría del fetichismo de la mercancía de Marx. Puesto que desacuerdo fundamental- mente con la comprensión y la crítica de John de esta muy abusada teoría, haré de esto el centro de mis comentarios.
El fetichismo de las mercancías y el secreto de eso
John comienza subrayando el rol pivote de la teoría de Marx del fetichis- mo dela mercancía, pero luego desacuerda por completo con lo que Marx efectivamente escribió. Marx probablemente dedicó más tiempo a desarro- llar, elaborar y redefinir esta teoría que a ninguna otra parte de su obra, así que hay poco espacio para la ambigüedad en su interpretación. Antes de atender a la crítica de Marx por parte de John, permítanme revisar la teoría del fetichismo de la mercancía de Marx, que es completamente directa.
Un componente de la teoría del trabajo alienado del joven Marx fue una crítica romántica de la producción de mercancías sobre la base del impacto deshumanizante de la división del trabajo y la reducción de la creatividad humana al tiempo de trabajo. Esta fue la base sobre la ’que Marx condenó inicialmente la economía política de Ricardo por su "cinismo" y es el ele-
122 Nouiembrede 1999
mento de la obra de Marx en el que el marxismo romántico, incluido éste de John, se centró. Marx continuó viendo al trabajo, en el sentido de actividad productiva autoconciente (la creatividad deJohn), como la práctica que dis- tingue a los seres humanos de los animales, pero el punto de partida de la teoría del fetichismo de la mercancía de Marx no es la idea de que toda sociedad está basada en alguna forma de producción social en la que los miembros de la sociedad no sean autosuficientes, sino en la que una parte de su actividad productiva es dedicada a satisfacer las necesidades de otros miembros de la sociedad.
La interdependencia de los productores es articulada a través de las rela- ciones sociales en las cuales los diversos miembros de la sociedad producen y distribuyen sus productos, pero el carácter de esas relaciones sociales difie- re de una sociedad a otra. Las relaciones sociales de producción pueden ser organizadas cooperativamente ojerárquicamente, pueden ser organizadas autoconcientemente o con poca coordinación conciente. De hecho, Marx distinguía un número de modos típicos de producción basados en formas típicas de las relaciones sociales de producción: dos formas cooperativas y autoconcientes de organización de la producción (el comunismo primitivo y el comunismo) y cuatro modos de producción basados sobre relaciones je- rárquicas de producción (los modos de producción asiático, antiguo, feudal y capitalista). En el análisis de un modo de producción particular es esen- cial, no sólo identificar la forma típica de las relaciones sociales de produc- ción, sino también considerar la forma de reproducción de las fuerzas mate- riales y de las relaciones sociales de producción.
La organización de la producción social abarca la asignación del trabajo de los miembros individuales dela sociedad a diferentes actividades, lo cual está asociado con la asignación de una parte del producto social a los miem- bros dela sociedad para permitirles reproducirse a sí mismos. El producto social puede ser asignado de acuerdo con las necesidades, o puede ser asig- nado de acuerdo con el status social, o de acuerdo con la contribución de los individuos a la producción, o una parte del mismo puede ser apropiado por no-productores. La asignación sobre la base de la contribución del indivi- duo ala producción puede adoptar la forma de una asignación sobre la base de la cantidad de tiempo de trabajo gastado, pero diferentes clases de traba- jo pueden ser juzgados como realizando contribuciones cualitativamente diferentes a la producción social y recompensados de manera acorde.
La asignación puede tener lugar a través de un sistema de distribución centralizado, puede tener lugar sobre un sistema descentralizado de reasignación o puede tener lugar sobre la base de la costumbre y el hábito.
Cuadernos del Sur 123
Hay muchas maneras diferentes y perfectamente concebibles de organizar un sistema social de producción. Pero toda sociedad debe tener algún me- dio de asignar el trabajo social y distribuir el producto social de una manera que asegure la reproducción de sus miembros individuales y de las relacio- nes sociales en las cuales ellos producen.
En una sociedad hipotética de pequeños productores de mercancías, tal como la que constituye el punto de partida del modelo de Adam Smith, las mercancías son intercambiadas entre productores como los productos del trabajo a partir del principio de la equiparación de las retribuciones al gasto de tiempo de trabajo en diferentes actividades, cuyo presupuesto social es la movilidad del trabajo entre ocupaciones y la indiferencia del trabajador respecto del contenido del trabajo, presupuestos que, Marx argumenta, no corresponden de hecho a una sociedad de pequeños productores de mer- cancías puesto que sólo están completamente desarrollados en una sociedad capitalista madura. Sin embargo, conforme estos supuestos las mercancías tenderían a ser cambiadas en proporción al tiempo de trabajo gastado en su producción. De manera que la teoría del valor trabajo es apropiada para la conceptualización de la regulación cuantitativa de las relaciones sociales de esa forma de producción de mercanciías.
Con el intercambio sistemático de los productos del trabajo como mer- cancías, una única mercancía asume la forma de equivalente universal, deviniendo mercancía dinero. De modo que el valor de cada mercancía particular es expresado en su proporción de intercambio con la mercancía dinero. La división del trabajo en tal sociedad es regulada entonces median- te el intercambio de mercancías por dinero, a través del cual el gasto de trabajo privado de cada productor es conmensurado con el tiempo de traba- jo socialmente necesario para la producción de la mercancía en cuestión, y el trabajo social es asignado entre la producción de diferentes mercancías en proporciones apropiadas. La participación del individuo en el trabajo so- cial es realizada en la efectiva venta de la mercancía por dinero, el que provee los medios con los que el productor puede comprar los medios de producción y subsistencia requeridos por su reproducción social.
Fue este análisis de la forma social de la producción de mercancías lo que Marx resumió en su teoría del fetichismo de la mercancía de acuerdo con la cual “las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les pone de mani- fiesto como lo que son, vale decir, no somo relaciones'directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino, por el contrario, como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas” (El Capital, I, p. 73 —p. 89).
124 Noviembrede 1999
Fetichismo y fetichización
Este es el pasaje con el queJohn está en desacuerdo.John dice que pare- ce que Marx “está describiendo las relaciones sociales de la sociedad capita- lista como realmente son. Parece, en otras palabras, que está describiendo el fetichismo de las relaciones sociales como un hecho establecido, como algo que es”. Pienso que John está equivocado, a la vez en su caracterización de lo que Marx está diciendo y en su desacuerdo. Es muy importante ser claro en qué está diciendo Marx exactamente y qué es exactamente su teoría del fetichismo de la mercancía antes de empezar a aplicarla, criticarla, desarro- llarla o generalizarla.
Primero, Marx no está describiendo en absoluto las relaciones sociales de la sociedad capitalista en este pasaje. En este punto del análisis de Marx, el capital y el capitalismo no existen: es el análisis de la producción de mer- cancías. Como veremos en un momento, la teoría del fetichismo de la mer- cancía es aplicable en una sociedad capitalista a las relaciones entre produc- tores capitalistas de mercancías, pero la clase trabajadora no participa en la sociedad capitalista como productor de mercancías así que la teoría del feti- chismo de la mercancía no tiene aplicación inmediata a la relación de clase capitalista.
Segundo, Marx no está describiendo todas las relaciones sociales, o las rela- ciones sociales en general, o las relaciones sociales en una sociedad productora de mercancías, sino sólo “las relaciones sociales entre sus trabajos privados”.
Tercero, la relación social a la cual Marx se refiere no es la relación entre los individuos que intercambian esas cosas. En su análisis de la forma valor Marx muestra muy claramente que la relación de intercambio no es la rela- ción de trueque entre dos productores individuales privados que Smith des- cribe, es una relación asimétrica en la cual una única mercancía aparece en la forma relativa del valor, como el producto del trabajo privado del produc- tor individual, pero la otra mercancía permanece en la forma equivalente, no como la corporización del trabajo realizado en su propia producción, sino como el representante del trabajo social. Entonces la relación social que aparece en la forma de una relación entre cosas es “la relación social entre sus trabajos privados”, no es la relación entre dos individuos privados, sino entre un individuo y la sociedad como un todo.2 El carácter social en la relación de intercambio es inmanente aún a la forma elemental del inter- cambio, pero se vuelve patente en la venta de mercancías por dinero. Es decir, una mercancía particular entra en el intercambio como el producto del trabajo privado de su productor, la mercancía dinero como la corporización o representante del trabajo social.
Cuadernos del Sur 125
Cuarto, ahora debería ser obvio por qué estas relaciones no pueden ser: relaciones sociales directas entre trabajos individuales. Por un lado, no hay tales relaciones directas porque los productores individuales de mercancías trabajan de manera completamente independiente unos de otros. Por el otro, no hay relaciones entre individuos sino una relación entre el individuo y la sociedad. Entonces, Marx es por completo no-arnbiguo y está por completo en lo correcto cuando dice exactamente lo que parece estar diciendo: que estas relaciones realmente son “relaciones propias de cosas entre las personas- y relaciones sociales entre las cosas”, cuya forma sólo ha expuesto con consi- derable amplitud. Entonces, lo que muestra Marx es que la relación entre un productor individual y todos los otros productores sólo existe en la forma de “relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”. Esta es su única realidad, es sólo a través de la compra y venta de los productos del trabajo como mercancías que los trabajos concretos de los individuos son puestos en relación unos con otros como partes componen- tes del trabajo de la sociedad. El fetichismo de las relaciones sociales se vuelve un hecho establecido cuando una mercancía es separada de todas las otras para servir como equivalente universal}
El capital y el proletariado: ¿la única clase realmente revolucionaria?
El fetichismo de la mercancía, tal como la teoría ha sido desarrollada más arriba, pertenece a las relaciones entre productores de mercancías. Para en- tender las relaciones sociales de la produccíon capitalista debemos ir más allá del análisis de la foma mercancía. “La ciencia real de la economía mo- derna sólo comienza cuando el análisis teórico pasa del proceso de circula- ción al proceso de producción”. (El capital, III, p.447).
Los supuestos del modo capitalista de producción son, por un lado, el desarrollo de la produccion generalizada de mercancías, que vuelve dispo- nibles los medios de produccíon y subsistencia como mercancías y, por el otro, la separación del trabajo respecto de los medio de producción y subsis- tencia.
La separación del trabajador respecto de los medios de producción y subsistencia, que es la base de la relación de clase entre el capital y la clase trabajadora, es a la vez el presupuesto histórico y el resultado constantemen- te repetido de la reproducción del modo capitalista de producción, como que el capitalista emerge del circuito del capital con un capital mayor, mien- tras el trabajador emerge con nada más que su fuerza de trabajo. Al mismo tiempo, la reproducción ampliada del capital conduce al capital continua- mente a destruir los medios de vida de los pequeños productores de mercan-
126 Noviembre de I 999
.cías y los productores de subsistencia en una escala mundial. En busca de nuevos mercados, el capital primero hace entrar a los productores de subsis- tencia en el contexto del mercado y luego socava sus medios de vida como pequeños productores de mercancías recortando sus precios. Donde la tie- rra y los recursos naturales no han sido puestos bajo control capitalista, el capital usa aún los medios tradicionales de incitación, fuerza y fraude para desposeer a los productores directos de la manera en que Werner Bonefeld enfáticamente nos lo recuerda en su contribución: la violencia del capital no sólo radica en sus orígenes, sino que es repetida en varias formas en todos los estadios de su reproducción ampliada.
Las fuerzas productivas desencadenadas por el capital son incomparables en escala con aquellas conducidas por los pequeños productores y los pro- ductores de subsistencia, y así es como incluso un pequeño capital que em- plea un pequño número de trabajadores asalariados puede desplazar un número vastamente desproporcionado de pequeños productores. Lo mismo vale para la desposeción de los capitalistas rezagados por los más avanzados. Este fenómeno fue expresado por Marx en su “ley absoluta general de la acumulación capitalista”, que afirma que cuanto más rápido es el crecimien- to del capital, más rápido es el crecimiento de la población excedente rela- tiva y la pauperización de crecientes masas de la población del mundo. Entonces, mientras que el capital incrementa la firerza productiva del traba- jo en un nivel sin precedentes y constituye la masa de la población del mundo como fuerza de trabajo potencial para la explotación capitalista, emplea efectivamente sólo una proporción de aquellas firerzas de trabajo que libera. La intensificación del trabajo y la sofisticación relativa de los medios de producción significa que sólo algunos de los desposeídos pueden encon- trarse con los requerimientos de la producción capitalista: el joven, el viejo, el débil, el insubordinado, aquellos con habilidades inadecuadas o inapropiadas tienen poca esperanza de vender su fuerza de trabajo al capital a cualquier precio. Otros, tales como aquellos celebrados porJohn, puden rechazar pagar el precio de la subordinación al capital y arañar una vida por algún otro medio. Sin embargo, todos los desposeídos son trabajadores asa- lariados en potencia para el capital, y en este sentido más abstracto son miembros de la clase trabajadora cuya existencia presupone y es presupuesta por su oposición al capital.
Las formas concretas en las cuales esta oposición se traduce o no en con- fhcto de clase dependen, por supuesto, de las formas concretas de las rela- ciones establecidas entre trabajo y capital en el curso de la reproducción
Cuadernos del Sur 127
ampliada del capital. En este sentido, podemos introducir una distinción? inmediata entre aquellos miembros de la clase trabajadora que entran en una relación con un capitalista particular mediante la venta de su fuerza de tra- bajo y aquellos que no. Es claro que aún si en el sentido más abstracto los dos.» tienen un interés común como miembros de la clase trabajadora, las formas, concretas de su percepción y las modalidades de su oposición al capital diferirán.
La frustración con las limitaciones del movimiento obrero organizado, que siempre tuvo sus raíces en la organización de aquellos miembros relati- vamente privilegiados de la clase trabajadora que son capaces de vender SII; fuerza de trabajo al capital, condujo frecuentemente a los socialistas a ver a los grupos y estratos relativamente más marginalizados, particularmente a los desempleados pero también a los campesinos y a los pequños producto- res de mercancías, a la gente joven, a las minorías étnicas y nacionales, como la fuente y/o la base política de una oposición más radical al capital. Sin embargo, la experiencia repetida de los intentos de reunir tales fuerzas, incluidos aquellos de los años 60 y 70, mostró que tales formas de oposición permanecen fragmentadas, aisladas y efimeras a menos que sean integradas en un movimiento obrero más amplio, cuya única base segura ha probado ser la organización sindical alrededor de la lucha sobre los términos y con- diciones del trabajo asalariado, que no puede ser reducida de ninguna ma- nera a la organización en base a los intereses sectoriales de grupos particula- res de trabajadores asalariados. Esta fire la lección que Marx extrajo de las derrotas que siguieron a las revoluciones de 1848 y las lecciones que mucha gente extrajo de las derrotas que siguieron a las “revoluciones” de 1968. Al mismo tiempo el movimiento obrero organizado aprendió repetidamente también, a través de amargas experiencias, los peligros de la exclusividad y así es como, a lo largo de los 90, la prioridad ha sido ampliar la base y avanzar la unidad del trabajo organizado. Entonces la situación es hoy muy diferente tanto de la de los 60 como de la de los ‘70.
Las limitaciones del movimiento obrero organizado fireron explicadas en los 60 y 70 en términos de distintas teorías de la falsa conciencia, según las cuales la clase obrera organizada fracasó en entender sus intereses verdade- ramente revolucionarios, sea debido a su posición relativamente privilegia- da o debido a su absorción por la ideología burguesa sobre la base de la mistificación de la forma salario. Esto pudo conducir a los socialistas a la posición cuasi-leninista queJohn condena, según la cual la tarea del intelec- tual es traer liderazgo e ilustración a la clase obrera organizada, o pudo conducir a la posición a la cualJohn parece haber retomado de proclamar
128 Noviembre cie-1999
el rol revolucionario de los estratos marginales, aunque John rechace toda definición “estructural” de tales estratos, identificando la oposición sobre la base de su subjetividad: la fuerza de no-identidad, que puede unir al desem- pleado, el campesino de Chiapas, el intelectual y aún el sindicalista en un rechazo romántico del capitalismo. Pero todo esto está basado sobre la idea de que los trabajadores que están en la base del movimiento obrero organiza- do son víctimas del fetichismo o al menos, en la forma mejorada de John, de la fetichización. Johp no rechaza la teoría de la falsa conciencia, lo que rechaza es la idea cuasi-leninista de que la gente no puede superar la falsa conciencia mediante sus propios esfuerzos, sobre la base de una recupera- ción de su subjetividad y su creatividad. Entonces, déjenme volver a la teoría del fetichismo.
El fetichismo del capital: ¿son los trabajadores víctimas de fetichismo?
Sobre la base de la relación capitalista de clase, los capitalistas compran firerza de trabajo como una mercancía. Entonces, la relación entre capitalis- ta y trabajador en este punto del circuito del capital asume la forma de la compra y venta de una mercancía. Sin embargo, esta no es una relación en la cual “las relaciones entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como (. . .) relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”. La relación social entre trabajadores como potenciales tra- bajadores asalariados y entre trabajadores asalariados y capitalistas no es una relación entre productores de mercancías porque la fuerza de trabajo no es producida como una mercancía. El trabajo de un individuo se relaciona con el del resto de una forma completamente diferente. No hay confrontación del trabajo privado del individuo con el trabajo social en la forma de dine- ro, sino que más bien el dinero es gastado para poner un número de traba- iadores individuales bajo el comando del capitalista a fin de realizar un trabajo que es directamente social. El salario es meramente una suma de dinero que es pagada al trabajador por el capitalista a cambio del poder de comando sobre la fuerza de trabajo del trabajador por una cantidad particu- lar de tiempo.‘1 Entonces, el dinero pagado como un salario no es dinero en la forma de equivalente universal sino dinero como medio de compra; por un lado, como un medio de compra de fuerza de trabajo, como una parte del capital dinero, y por la otra como el medio de compra de los medios de subsistencia del trabajador.
Esto no significa que la relación salarial sea necesariamente transparente. Marx discute con cierta amplitud la ilusión de la “forma salario”, que es la representación del salario no como el pago por el comando sobre la fuerza
Cuadernos del Sur 129
de trabajo del trabajador sino como pago por este trabajo mismo, una ilus sión que conduce a la economía política a la discusión porque conduce a»: que el trabajo tenga aparentemente dos valores, uno correspondiente al sala- rio y el otro correspondiente al trabajo gastado por el trabajador. Esta ilu-, sión Marx mismo sólo la disipó por primera vez en los Grundn'sse, haciendo; la distinción entre los conceptos de trabajo y fuerza de trabajo. “Lo que los; economistas por consiguiente llaman valor del trabajo es, de hecho, el valor: de la fuerza de trabajo, como existe en la personalidad del trabajador, la cual es diferente de su función, el trabajo, como lo es una máquina respecto del; trabajo que realiza” (El Capital I, p. 771). La idea de que el salario representar el valor del trabajo es absurda, puesto que el trabajo es él mismo la fuente de? valor, pero tales “expresiones imaginarias surgen, sin embargo, de las relaa ciones de producción mismas. Son categorías para las formas fenoménicas. de relaciones esenciales. Lo que en su apariencia las cosas a menudo repre-e sentan ellas mismas en forma invertida es eso muy bien conocido en todas las ciencias excepto en la economía política” (El capital, I, p. 769). La apa—. riencia que es expresada en la forma salario surge del hecho de que el salario pagado realmente corresponde ala cantidad de tiempo que el trabajador está a disposición del empleador y del hecho de que el salario es normal- mente pagado sólo después de que el trabajo ha sido realizado. La ilusión está compuesta por el uso de sistemas de pago por pieza donde el salario corresponde a una participación en el producto. No obstante, “esto que viene directamente cara a cara con el poseedor de dinero en el mercado no es de hecho trabajo, sino el trabajador. Lo que el último vende es su fuerza de trabajo” (El capital I, p. 769).
Aunque ya no estamos lidiando más con el fetichismo de la mercancía, la teoría del fetichismo de la mercancía es un caso especial de una teoría más general del fetichismo, según la cual las cualidades sociales adquiridas por las cosas son atribuidas a sus características físicas —el “fetichismo peculiar de la economía política burguesa, el fetichismo que metamorfosea el carácter social, económico, impreso en las cosas en el proceso de producción socia-l en un carácter nartural arraiga en la naturaleza material de aquellas cosas" (El capital, II, p. 303). Esta teoría más general del fetichismo es, sin embar- go, muy diferente de la teoría del fetichismo de la mercancía en el hecho de que no refiere a la realidad de las relaciones sociales, sino a la percepción de las mismas.
La forma salario es un ejemplo del fetichismo en este sentido, El salario es un fenómeno social, en donde el salario sólo existe como el contenido de una relación social bajo la cual el trabajador es empleado por el capitalista
130 Noviembre de 1999
como trabajador asalariado, la cual es una relación social específica de un modo de producción particular, aún en la forma salario, el salario es atribui- do a la productividad física del trabajo. Marx va más lejos y caracteriza las ilusiones de la forma salario, como el fetichismo de las mercancías, en térmi- nos de un contraste entre la forma fenoménica y la relación esencial que debe ser descubierta por la ciencia: “por lo demás, respecto de la forma fenoménica, “valor y precio del trabajo”, o “salarios”, como diferenciadas respecto de la relación esencial manifiesta en ellas, el valor y precio de la fuerza de trabajo, mantiene la misma diferencia que mantiene respecto de todo otro fenómeno y su oculto sustrato. El primero, aparece directamente y espontáneamente como modo corriente de pensamiento; el último debe pri- mero ser descubierto por la ciencia. La economía política clásica apenas toca la verdadera relación de las cosas, sin, no obstante, formularlas concientemente. Esto no puede hacerlo, en la medida en que se adhiere a su piel burguesa.” (El Capital, I, p.776)
Pero ¿en qué medida estamos lidiando aquí con una “forma fenoménica” y una “relación esencial”, esto es, su “sustrato oculto”? El salario bien podría aparecer espontáneamente para el capitalista como un pago por el trabajo: así es como es representado en sus contabilidades, es lo que efectivamente ha de pagar por el trabajo que usa, y sirve ciertamente a sus propósitos ideológicos representar el trabajo que usó como siendo completamente pa- gado. Pero ¿es así como aparece para el trabajador? Marx no parece pensar así. En el diálogo imaginario entre capitalista y trabajador en el que las dos partes debaten sus derechos como propietarios de mercancías en relación con la duración de la jornada de trabajo, el trabajador tiene muy en claro el verdadero carácter de la relación salario. Como Marx hizo que el trabajador dijera al capitalista: “la mercancía que yo he vendido a usted difiere de la multitud de las otras mercancías en que su uso crea valor, y un valor más grande que el suyo propio. Esta es la razón por la que usted la compra. Esto que desde su lado parece una expansión espontánea del capital, es desde el mío gasto extra de fuerza de trabajo”. (El capital I, pp. 336-7) La relación esencial puede estar oculta para la economía política y aún para el capitalis- ta, pero no está de ninguna manera oculta para el trabajador.
Esto no significa que el trabajador necesariamente percibe la relación salarial en sus verdaderos colores. El trabajador puede perfectamente bien ser engañado, aunque no sea por la propaganda de su empleador, y creer que él o ella participó de un intercambio de equivalentes y ha sido plena- mente remunerado/a por su trabajo, particularmente si la relación salario no es concebida en su vínculo con la producción de plusvalor bajo la domina-
Cuadernos del Sur 131
ción del capitalista, sino en su vínculo con el intercambio de mercancías: entre ciudadanos libres e iguales. Entonces “esta forma fenoménica, que hace invisible a la relación efectiva e incluso muestra lo opuesto directo de esta relación, forma la base de todas las nociones jurídicas de ambos, el trabajador y el capitalista, de todas las mistificaciones del modo capitalista de producción, de todas sus ilusiones como la de la libertad, de todos los cambios apólogéticos de los economistas vulgares" (El capital I, p. 774).5
La ilusión de la forma salario es la ilusión de que el trabajador ha sido pagado plenamente por su contribución a la producción. Esto implica in- mediatamente que el excedente del producto debe explicarse por alguna otra cosa. Para los fisiócratas, deriva de la fertilidad del suelo, para Adam Smith, de la productividad derivada de la mayor división del trabajo, pero para la economía vulgar, desde Say hasta nuestros días, se deriva del capital y, particularmente, de la productividad de los medios de producción. Esto es una ilusión que surge de la forma social del proceso de trabajo capitalista.
Cuando vienen al proceso de trabajo tampoco, sin embargo, es claro si las cosas parecen lo mismo al trabajador y al capitalista. Por una parte, el traba- jador conoce muy bien que es el agente activo de la producción, que la productividad y la rentabilidad del proceso de producción depende de la intensidad y duración de su trabajo. Ni el capitalista descuida recordarle el hecho, llevando adelante la lucha sobre la duración de la jornada de trabajo y sobre cada aspecto del proceso de trabajo que Marx relata ampliamente en el volúmen I de El capital. Desde esta perspectiva, no hay fetichismo ni misterio. La teoría del plusvalor no es una teoría metafísica de un orden de realidad diferente, incluso inobservable, sino nada más que la expresión sistemática de la experiencia de los trabajadores de que la cantidad de plusvalor que es apropiado por el capitalista está determinada por la medida en que puede intensificar el trabajo y extender la jornada laboral de sus empleados. En este sentido, la teoría del plusvalor es la teoría del valor apropiada a la relación social de producción basada en el capital.
Por otro lado, Marx nota que en la forma capitalista de producción la fuerza de trabajo social aparece como poder del capital. Los incrementos de la productividad alcanzados por el sistema de la manufactura son un resulta- do de las economías de escala y de la mayor división del trabajo que es posible cuando un mayor número de trabajadores son puestos juntos a traba- jar cooperativamente. Sin embargo, la cooperación a gran escala no fue el resultado de la organización colectiva de los trabajadores, sino de la compra de su fuerza de trabajo por el capitalista, de manera que la fuerza de trabajo colectiva aparece como fuerza del capital: “su unión en un único cuerpo
132 Noviembre de 1999
productivo y el establecimiento de una conexión entre sus firnciones indivi- duales son asuntos extraños y externos a ellos, no son su propio acto, sino el acto del capital que los trae y los mantiene juntos. De aquí que la conexión existente entre sus diferentes trabajos aparezca para ellos, idealmente, ala manera de un plan preconcebido del capitalista y prácticamente a la manera de la autoridad del mismo capitalista, a la manera de la voluntad todopode- rosa de otro, quien sujeta su actividad a sus objetivos. (. . .) Entrando en este proceso, él llega a ser incorporado al capital. Como cooperantes, como miem- bros de un organismo laboral, ellos no son sino modos especiales de existen- cia del capital. De aquí que la fuerza productiva desarrollada por el trabaja- dor cuando trabaja eri cooperación es la fuerza productiva del capital. La fuerza es desarrollada gratuitamente, en cualquier momento en que los tra- bajadores sean puestos bajo condiciones establecidas, y es el capital el que los pone bajo tales condiciones. Porque esta fuerza no le cuesta nada al capital y porque, por otro lado, el trabajador mismo no la desarrolla antes de que su trabajo pertenezca al capital, aparece como un poder con el cual el capital es dotado por la naturaleza- una fuerza productiva que es inmanente al capital”. (El Capital I, pp. 478, 478). De la misma manera, exactamente, el incremento en la productividad del trabajo que es posibilitado por la aplica- ción de la maquinaria aparece como un producto de la fuerza del capital.
Es este incremento en la productividad del trabajo, que aparentemente es hecho posible sólo por la fuerza del capital, el que sirve como la base del fetichismo del capital, según el cual la ganancia no es vista como el produc- to del plustrabajo de los trabajadores asalariados reunidos sino que corres- ponde de alguna manera a la productividad del capital. Esta ilusión está compuesta por el hecho de que, cuando llega la realización del plusvalor producido, las mercancías no son vendidas como productos del trabajo sino como productos del capital, y por ende no sobre las bases de la equiparación del tiempo de trabajo sino sobre la base de la equiparación de la tasa de ganancia. Esta transformación de los valores en precios de producción sig- nifica que los salarios y las ganancias parecen comprender partes indepen- dientes del precio de venta de la mercancía: los salarios aparecen como el pago por el trabajo empleado junto con todos los otros costos de produc- ción, la ganancia aparece como un porcentaje de retribución sobre el capital empleado.
La última forma fetichista del capital es la del capital dinero, en que ninguna relación social interviene en absoluto en la expansión del capital: “las relacio- nes de capital asumen su más extemalizada y más fetichista forma en el capital que genera interés. Tenemos aquí M-M ' , dinero que crea más dinero, valor que
Cuadernos del Sur 133
se expande a sí mismo sin el proceso que efectúa estos dos extremos. En el capital mercantil, M-C-M ' , está por lo menos la forma general del movimiento capitalista, aunque se confrna a sí mismo aisladarnente a la esfera de la circula- ción, de manera que la ganancia aparece meramente como ganancia derivada de la alienación; pero es por lo menos visto como siendo el producto de una relación social, no el producto de una mera cosa” (El Capital III, p. 520).
La ilusión fetichista es resumida en la “fórmula trinitaria” discutida en el final del volúmen III de El Capital. La ilusión de la fórmula trinitaria se basa en la identificación de tres factores físicos de producción (trabajo, tierra y medios de producción), cuya cooperación es necesaria para producir en toda sociedad, como las fuentes-de tres ingresos (salarios, renta y ganancia). La ilusión de la fórmula trinitaria corresponde a la conciencia práctica del capitalista, pero no surge espontáneamente. Ha de ser elaborada teórica- mente por la economía política, siendo su forma más desarrollada la expre- sada en la radical separación de John Stuart Mill de las relaciones de pro- ducción, las cuales son relaciones cooperativas entre factores de produc- ción, respecto de las relacionse de distribución, las cuales son formas histó- ricamente específicas en las cuales las porciones del producto atribuidas a los factores particulares de producción remuneran a los propietarios de aque- llos factores.
Esta ilusión corresponde a la aprehensión práctica del capitalista y a las formas en las cuales las relaciones sociales capitalistas aparecen como un resultado de la realización de las mercancías como productos del capital sobre la base de la equiparación de la tasa de ganancia. Desde este punto de vista, resulta que los salarios corresponden a la cantidad de trabajo que el capitalista ha empleado, la. renta remite a la cantidad y fertilidad de la tierra, y la ganancia realizada es considerada en relación a la tasa normal de ganan- cia del capital. Es también, claramente, una ilusión que corresponde a los intereses ideológicos del capital.
Marx critica este enfoque como irracional, en tanto derivan los fenóme- nos sociales característicos sólo de una forma particular de sociedad de cate- gorías universales y naturales, .y presenta su propia teoría alternativa basada en la forma social de la producción capitalista, en la cual la producción social es organizada sobre la base del capital y el producto social es distribui- do en forma de salarios, renta y beneficios. En la forma social capitalista de producción los trabajadores venden su fuerza de trabajo al capitalista, quien pone esta fuerza de trabajo a trabajar con sus medios de producción y luego se apropia del producto entero, del valor incrementado que resultó de la extensión de la jornada de trabajo mas allá del tiempo socialmente necesa-
134 Noviembre de 1999
rio para producir los medios de subsistencia de los trabajadores, constitu- yendo el plusvalor, el cual es luego distribuido entre la clase capitalista en la forma de ganancia, renta e interés.
Como hemos visto, Marx presenta su enfoque como la relación esencial, que contrasta con la forma fenoménica en la cual la relación esencial es mal representada en la conciencia del capitalista. Pero una vez más debemos preguntarnos ¿y qué acerca de los trabajadores? ¿Se presenta a sí mismo el capital ante la conciencia espontánea de los trabajadores de la misma mane- ra que ante la de los capitalistas? ¿O se presenta a sí nrisma ante los trabaja- dores en una forma correspondiente a la relación esencial?
Podemos cambiar esta pregunta planteándola al revés y preguntar ¿cómo descubre Marx la relación esencial? ¿Cómo conoce cuál es la forma social de la producción capitalista? Tan pronto como planteamos la pregunta al revés, de esta manera, la respuesta es obvia. Marx descubre la relación esencial enfocando el modo capitalista de producción desde la perspectiva de la experiencia del trabajador. El trabajador sabe absolutamente bien que está vendiendo su fuerza de trabajo y sabe absolutamente que cuanto más puede el capitalista intensificar el trabajo y extender la jornada de trabajo, más grande será su ganancia. Esto no significa de ninguna manera decir que la caracterización de la forma social de la producción capitalista, sobre la base de la cual Marx fire capaz de construir su análisis del modo capitalista de producción, esté basada sobre y validada por la experiencia de los trabaja- dores, que venden su fuerza de trabajo al capitalista y trabajan, aunque re- nuente y recalcitrantemente, bajo la dirección del capitalista.
Hemos visto que hay dos dimensiones para la teoría del fetichismo de Marx. De un lado, la teoría del fetichismo de la mercancía, que es la teoría de la forma social de la producción de mercancías de Marx según la cual las relaciones sociales entre las personas sólo aparecen en la forma de relacio- nes entre cosas. Del otro lado, una teoría más general del fetichismo, según la cual las relaciones sociales son mal percibidas y los poderes sociales son atribuidos a las cosas. El primer aspecto es una teoría de las formas sociales, el segundo es una teoría sobre la percepción de formas sociales. El problema con el enfoque deJohn es que reduce la teoría de las formas sociales a una teoría de la percepción.
La teoría del fetichismo de la mercancía es una teoría de la forma de existencia de las relaciones sociales de la producción de mercancías: el he- cho de que las relaciones sociales tienen esta forma es completamente inde- pendiente de nuestra aprehensión de esas relaciones: “El descubrimiento científico reciente deque los productos del trabajo, en la medida en que son
Cuadernos del Sur 135
valores, no son sino expresiones materiales del trabajo humano gastado en su producción, señala, empero, una época en la historia del desarrollo de la raza humana, pero de ninguna manera disipa la niebla a través de la cual el carácter social del trabajo parece ante nosotros un carácter objetivo de los productos mismos. El hecho de que, en la particular forma de producción con la cual estamos lidiando, la producción de mercancías, el carácter social específico del trabajo privado realizado independientemente, consiste en la equiparación de cada clase de este trabajo, en virtud de ser trabajo humano, cuyo carácter, por consiguiente, asume en el producto la forma de valor —este hecho parece a los productores, a pesar del descubrimiento arriba referido, ser tan real y final como el hecho de que, después del descubrimiento cien- tífico de los gases componentes del aire, la atmósfera misma permanece inalterada. (. . .) La determinación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo es por consiguiente un secreto oculto bajo las fluctuaciones aparentes de los valores relativos de las mercancías. Su descubrimiento, aunque remue- ve toda apariencia de mera accidentalidad de la determinación de la magni- tud de los valores de los productos, de ninguna manera altera el modo en que esta determinación tiene lugar" (El capital, I, p. 107-9).6 .
Mientras que es verdad que podemos luchar contra la fetichización de las relaciones sociales, en el sentido de su percepción como naturales, eternas e inmutables, o es verdad que el mero hecho de percibir las formas sociales de la mercancía o de la producción capitalista de manera diferente las cambiará de ninguna manera, que es a causa de lo que John, en su crítica, es condu- cido más al rechazo que a la transformación. Pero el punto no es meramente entender el mundo, el punto es cambiarlo, y lo que mostró la teoría del fetichismo de las mercancías de Marx fue que la única fuerza que puede cambiar el mundo era la auto-organización de los productores directos. No tenemos que ir tan lejos como Bernstein, quien argumentó que el movimien- to era todo y el fin último nada, pero sin el movimiento el fin último es sólo tanto como aire caliente.
Elitismo y espontaneidad
La crítica de Marx a la economía política es una crítica de una teoría elaborada sobre la base de la conciencia práctica del capitalista desde la perspectiva de una teoría elaborada sobre la base de la experiencia cotidiana de la clase trabajadora. Pero a pesar de que estas teorías fueron elaboradas sobre las bases de dos perspectivas de clase distintas,.la crítica de la econo- mía política no puede ser reducida a una lucha de clases en la teoría. la elaboración de las dos teorías no es simplemente materia de la articulación
136 Noviembre de I 999
de la conciencia espontánea: ambas requieren una buena porción de trabajo intelectual para desarrollarlas hasta el nivel más alto posible de consistencia y coherencia. Marx no critica a la economía política desde la base de una particular posición de clase, sino desde los fundamentos de la razón y la realidad: las teorías de la economía política son irracionales, sus conceptos no corresponden a nada en la realidad. En base a los cánones normalmente aceptados de la práctica científica, Marx está en lo cierto y la economía política está equivocada.
Johnestá preocupado por el hecho de que, si adoptamos la teoría del fetichimo de Marx, entonces se establece inmediatamente una distinción entre la conciencia de los agentes de la producción de mercancías y los intelectuales que “son capaces de penetrar las apariencias fetichizadas y en- tender sus relaciones reificadas como forma o modo de existencia histórica- mente específica entre las personas”. En verdad, esto es precisamente a la vez el propósito y el sentido de la teoría del fetichismo de la mercancía de Marx, aunque él aplica su crítica no tanto a la conciencia espontánea de los agentes de la producción de mercancías como a la elaboración teórica de esa conciencia espontánea en la forma de la economía vulgar y la economía política. Es apenas necesario citar la famosa nota al pié al capítulo uno del volúmen uno de El capital: “Es uno de los fracasos claves de la economía clásica el que nunca haya tenido éxito, por medio de sus análisis de las mercancías y, en particular, de su valor, en descubrir la forma bajo la cual el valor deviene valor de cambio. . .” (p. l 16). Este fracaso de la economía polí- tica clásica no fire un engaño voluntario: es porque la forma de valor no es inmediatamente evidente que su descubrimiento requiere una cantidad con- siderable de trabajo intelectual y que una concepción idealista del valor como propiedad universal de los productos del trabajo es una barrera para identificar el carácter históricamente específico de la forma mercancía. Marx mismo empleó más de treinta años rompiéndose la cabeza en ello antes de la versión que fire publicada en El capital. Así su reclamo de tener una mejor comprensión de la forma valor que la que tiene la economía política, para no decir nada de los apologistas vulgares del capitalismo, tiene algún firnda- mento.
El núcleo y el propósito completo de la crítica de Marx a la economía política fue penetrar las malas concepciones, la falsa conciencia incluso, que se nutren en las ilusiones que pueden surgir a partir de la reflexión inmedia- ta sobre las formas de apariencia de las relaciones mercantiles. “Si, como el lector se habrá dado cuenta para su gran desánirno, el análisis de las relacio- nes intrínsecas efectivas del proceso de producción capitalista es una mate-
Cuademos del Sur 137
ria muy complicada y muy extensa; si es una tarea de las ciencia resolver elsii movimiento visible, meramente externo, en el verdadero movimiento intrín-Ï seco, es evidente de suyo que concepciones que sugen acerca de las leyes dei la producción en la mente de los agentes de la producción y la circulación}: capitalista divergirán drásticamente de esas leyes reales y serán meramente la: expresión conciente de los movimientos visibles. Las concepciones del co-, merciante, el agente de bolsa y el banquero son necesariamente distorsionadasv por completo. Aquellas de los manufactureros están viciadas por los actos de; circulación a los cuales su capital está sujeto y por la nivelación de la tasa- general de ganancia” (El capital, III, p.414).
“La economía vulgar actualmente no hace sino interpretar, sistematizar)? defender de manera doctrinaria las concepciones de los agentes de la pro- ducción burguesa que están entrampados en las relaciones de producción burguesas. No debería sorprendernos, entonces, que la economía vulgar se sienta particularmente en casa en las extrañas apariencias externas de las relaciones económicas en las cuales aparecen estas contradicciones perfectas yprima absurdas, y que esas relaciones parezcan más autoevidentes cuanto más encondidas estén en ellas sus relaciones internas, aunque sean entendibles para la mente popular. Pero toda ciencia sería superflua si la apariencia externa y la esencia de las cosas coincidieran directamente” (El capital, III, p. l 094-5).
No es el hecho de que “nosotros” somos intelectuales lo que nos da algún entendimiento privilegiado de las relaciones sociales de una sociedad pro- ductora de mercancías. Después de todo, los vulgarizadores, los sistematizadores de las apariencias engañosas de las relaciones sociales capi- talistas, los encubrido'res de contradicciones e inconsistencias, los apologistas del sistema capitalista, son intelectuales: la posición social y el rol social del “intelectual” en.este sentido, como opuesto al. científico, es precisamente articular la propia visión del mundo de la burguesía. Es el hecho de que nosotros, cualquiera sea nuestro origen social o nue'stra firnción social, adop- temos una visión científica del mundo y nos involucremos en un arduo y riguroso trabajo intelectual lo que nos capacita para un entendimiento más adecuado.
Marx no se distinguió necesariamente respecto de los mejores de los eco- nomistas políticos en su dedicación al trabajo intelectual o en su compromi- so con los valores y procedimientos de la ciencia. Yo argumenté que Marx fue capaz de desarrollar una teoría más adecuada del modo de producción capitalista porque tomó como su punto de partida la experiencia de la clase trabajadora. Esta es la razón por la cual la obra de Marx fire capaz de hablar
138 Noviembre de 1999
a la experiencia de la clase trabajadora, por la cual el marxismo, en una forma u otra, devino la teoría del movimiento internacional de la clase traba- jadora, por la cual los trabajadores pudieron leer y entender y aplicar el análisis de El capital mientras los intelectuales burgueses difícilmente po- dían ir más allá de la primera página.
Los trabajadores no necesitan que vengan intelectuales y les enseñen dón- de radican sus intereses. Los trabajadores tienen que combatir la explota- ción capitalista y la dominación capitalista todos los días. Pero mientras el objeto inmediato de la lucha de aquellos que están en el empleo es el empleador, la forma spcial de la producción de mercancías implica que no aparece inmediatamente ante los trabajadores quién o qué es su enemigo último y cómo pueden canalizar más efectivamente su oposición al capital, y todavía más es así para aquellos que no tienen un trabajo y por ende están, al menos temporariarnente, firera del sistema capitalista. Los intelectuales tie- nen el entrenamiento y los recursos que les permiten penetrar los misterios del fetichismo de la mercancía, producir conocimiento acerca del funciona- miento del sistema capitalista y dar forma así a la práctica y a los programas del movimiento obrero, sea desarrollando luchas locales espontáneas o con- frontando con el capital mediante una alternativa de la clase trabajadora a una escala global. Si sucede que tenemos trabajos bien pagos como intelec- tuales, entonces seguramente tenemos no sólo la habilidad, sino también la responsabilidad de poner nuestras capacidades y recursos a disposición de aquellos que no tienen tales privilegios, como Marx y Engels hicieron cuan- do un grupo de trabajadores alemanes los entrevistaron en un pub de Bruse- las y les pidieron que redactaran un Manifiesto Comunista, o cuando los líde- res del Partido Socialdemócrata Alemán les pidieron que comentaran sus programas partidarios. Pero ¿por qué esos trabajadores pedían a una dupla de intelectuales desalineados que escribieran o corrigieran sus programas partidarios? Porque los trabajadores sabían perfectamente bien que estaban siendo explotados, pero sabían también que no tenían un conocimiento abarcativo de cómo estaban siendo explotados o de qué podían hacer sobre eso. No había nada elitista ni antidemocrático en esto. Al haber pedido a Marx y Engels sus puntos de vista, los trabajadores no fireron obligados de ninguna manera a hacer caso omiso de los suyos.
El problema del trabajo hoy no es un problema de falta de conciencia o de deseo de cambiar el mundo. 7 El problema es cómo cambiar un mundo que es, en un mayor grado que nunca antes, conducido por firerzas anóni- mas, dominado por el movimiento del dinero como la forma alienada a través de la cual “las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les
Cuadernos del Sur 139
manifiestan”. Este es un problema que enfrentan los millones de personas sin trabajo y sin ninguna esperanza de trabajar; que enfientan aquellos lleva- dos al trabajo por salarios que ni siquiera cubren su subsistencia, en condi- ciones que amenazan su salud y vida; que enfrenta a aquellos que pueden estar bien pagos pero para quienes el trabajo es crecientemente inseguro y sujeto a una cada vez mayor intensificación del trabajo. Este es un problema que está siendo planteado en el movimiento obrero que, con todas sus‘fallas, es la única expresión colectiva de los intereses y aspiraciones del trabajo, en cientos de maneras distintas, en todos los niveles y en todas partes del mun- do. En esta situación los intelectuales progresistas tienen la responsabilidad de suplementar los recursos intelectuales del movimiento obrero, de ayudar a ampliar su comprensión y sus horizontes, de analizar los movimientos del capital, de contribuir a la crítica de las formas modernas de la economía vulgar, de encontrar y aprender de las nuevas maneras de organización y de las nuevas formas de lucha para que el movimiento obrero pueda comenzar a revertir los retrasos y derrotas de los últimos veinte años.
Notas:
l Dejo de lado el hecho de que John no quiere partir del trabajo, lo cual “es encerrarse a sí mismo desde el comienzo en un mundo fetichizado”, sino más bien de la creatividad. “la cual existe en-contra-y-más-allá del trabajo”. Pero esto es porque John, como el joven Marx, quiere reservar el término trabajo (labour) para el trabajo alienado (Chris Arthur: Dialectics of labour, Blackwell, Oxford, 1986).
2 Esto es más notorio en la versión inglesa de la cita empleada por Clarke que en la versión castellana que utilizamos aquí (Siglo XXI, México, 1973). [a misma dice: “conecting de labour of one individual with that of the rest” -y Clarke remarca esta última parte (NdT).
3 Quizás podríamos hablar sobre la fetichización como el proceso a través del cual el intercambio casual de plusvalores entre productores se desarrolla dentro del intercambio sistemático de productos como mercancías, pero esto no es lo que John tiene en mente.
4 Marx adopta de la economía política clásica la idea de que la firerza de trabajo tiene un valor que corresponde al tiempo de trabjo necesario para producir los medios de subsistencia requeridos para reproducir al trabajador, criticando la economía política sólo por no distinguir la fuerza de trabajo cuyo comando el trabajador vende al capitalista respecto de la actividad de trabajar. Marx no es aquí suficientemente radical en su crítica de la economía política. La fuerza de trabajo no es producida como una mercancía, de manera que no hay razón por la cual tendería a venderse por un salario correspondiente a su valor, como es definido por Marx.
140 Noviembre de 1999
5 Nótese que en este pasaje la relación efectiva no es inherentemente invisible: es la forma fenoménica lo que la hace invisible.
6 No son claras cuáles son las condiciones bajo las cuales es posible penetrar las ilusiones de la forma mercancía. En un punto Marx nota que la producción de mercancías hace su aparición en tienpos tempranos de la historia, aún cuando no en la-misma manera predominante y característica de nuestros días, de modo que "el carácter fetichista es comparativamente fácil de ser visto" (El capital, pp.l 19-120). Por otro lado, sin embargo, Marx también nota que “requiere una producción de mercancías completamente desa- rrollada antes de que, de la experiencia acumulada, crezca rápidamente la convicción científica de que todas lasidiferentes clases de trabajo privado, que son realizadas inde- pendientemente unas de otras, y aún como ramas espontáneamente desarrolladas de la división social del trabajo, están continuamente siendo reducidas a las proporciones cuantitativas en las cuales la sociedad las requiere" (El capital, p.108).
" Aunque Marx no estuvo muy interesado en el problema de la conciencia de clase, al que no considera una firerza determinante, no es cierto, como señala Werner, que nunca lo mencione. Por ejemplo: “con la acumulación de capital, la lucha de clases y, por consiguiente, la conciencia de clase de los trabajadores, se desarrolla" (El capital, I, p.938).
_ _' historia v
{1131 E. u (¿fr
"::.-‘:.i.;:—‘=' palm“: 2,1
Cuadernos del Sur 141
142 Noviembre de 1999
Sobre los comentarios de Clarke
John Holloway
Los comentarios de Simon son de mucha ayuda para hacer explícitas diferencias que estaban previamente implícitas.
l. Primeramente, déjenme erradicar un malentendido. Yo no proclamo, como Simon dice, el “rol revolucionario de los estratos marginales”. Mi argumento es que no estamos justificados para restringir el concepto de lu- cha de clases a las luchas del movimiento obrero organizado. Hacerlo impo- ne una restricción a nuestra comprensión de la lucha de clases y, por consi- guiente, a nuestra comprensión del movimiento del mundo. También con- duce inevitablemente a una separación entre la acumulación de capital y la lucha de clases o, en otras palabras, al estructuralismo que Simon criticó tan vigorosarnente en el pasado.
2. Desacuerdo completamente con su restricción del concepto de feti- chismo y su distinción entre fetichismo de la mercancía y fetichismo del capital. Pienso que no puede ser encontrada ninguna base para semejante restricción en la lectura de El capital, y en todo caso éste no es el punto. La importancia de insistir en la centralidad de la cuestión del fetichismo y en la separación entre sujeto y objeto que es su base o, en otras palabras, en la objetivización del trabajo y en la subjetivización del capital, radica en que nos proporciona una comprensión mucho, mucho más rica de la lucha de clases y de la existencia social como una existencia-en-lucha.
3. Una consecuencia de la subestirnación del tema del fetichismo radica en que la comprensión de la teoría marxista como crítica desaparece com- pletamente. Sirnon menciona la crítica de la economía política, pero entien- de a la crítica en el sentido kantiano de sostener una teoría para el juicio de una razón rigurosa, y no en el sentido enfatizado por Marx una y otra vez, es decir, como crítica genética, como el intento de entender los orígenes mate- riales de los fenómenos criticados como una forma de relaciones sociales (y no los orígenes mal concebidos de una falsa percepción de las relaciones sociales).
4. La eliminación de la cuestión de la crítica genética afecta directamente sus conceptos de ciencia y de trabajo intelectual. Para Marx el pensamiento científico es crítica genética, que es lo que lo hace tan exigente. El concepto
Cuadernos del Sur 143
de crítica genética y de fetichismo implica que hay una ruptura fundamen entre la teoría burguesa, esto es, la teoría que asume la permanencia dela relaciones sociales capitalistas, y la teoría que se niega a aceptar este marc; de pensamiento. Para Simon, la ciencia implica simplemente “el trabaj y, intelectual arduo y riguroso” en vistas de desarrollar una comprensión má adecuada que los apologistas del sistema capitalista. Tal caracterización de l ’ ciencia no me parece ni rigurosa ni ardua. Es verdad que dice que el marxi 7 mo debería tomar como su punto de partida la experiencia de la clase trabaq jadora, pero las contradicciones de esta experiencia son pasadas por alto sobre todo, la clase trabajadora es vista como externa al trabajo intelectual científico. _
5. Finalmente, Simon entiende el capitalismo como un sistema de domina? ción antes que de lucha. Habla mucho de la lucha y del movimiento obrero, pero la lucha es vista como una reacción a la dominación antes que como inscriptaÉ en las propias formas sociales de dominación. Para mi esto ni siquiera roza problema de la teoría marxista, que no es entender cómo el capitalismo nos domina, sino cuáles son las contradicciones de esta dominación y de qué marie-¿Í ra esas contradicciones son expresión de nuestra fuerza.
144 Noviembre de I 999
Trabajo y juerga*
Daniel Bensaïd
“Nada corrompió más al movimiento obrero alemán que la convicción de nadar a favor de la corriente. Tomó al desarrollo técnico como el sentido de la corriente. A partir de ahí sólo había que dar un paso para imaginarse que el trabajo industrial representaba un logro político. A costa de los obreros alemanes, la vieja ética protes- tante del trabajo celebró, en una forma secularizada, su resurrección. [...] A esta concepción del trabajo no le preocupa saber en que' medida los productos de este trabajo sirven a los propios productores, que no pueden disponer de ellos. Sólo tiene en atenta el progreso en el dominio sobre la naturaleza, no las mgresiones de la sociedad”.
WALTER BENJAMIN, Tesis sobre el concepto de historia.
l Walter Benjamin fire uno de los pocos que aprecia- ' ron, en vísperas del desastre, los desgastes ideológicos y políticos sufridos por el movimiento obrero a causa del " " productivismo y el culto al trabajo. Pero ya desde 1883, en su célebre folleto escrito en Sainte-Pelagie, El Derecho a la Pereza, Lafargue se indignaba por el grosero despro- pósito de que era objeto el pensamiento de Marx. De- nunciaba “la pasión moribunda por el trabajo llevado hasta el agotamiento de las firerzas vitales del individuo”. El culto al trabajo constituía “una extraña locura”, una ‘-‘religión de la abstinencia” que generaba “cuerpos debi- itados”, “espíritus encogidos”, seres mutilados.
En consecuencia, Lafargue llamaba a superar “la do- ble locura de los trabajadores de matarse en el trabajo y vegetar en la abstinencia”, a “aplastar la extravagante pasión de los trabajadores por el trabajo”: “es necesario -r que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral cris- ” tiana, económica, librepensadora, es necesario que vuel- va a sus instintos naturales, que proclame los derechos v de la pereza, mil veces más nobles y más sagrados que
’ los tísicos ‘Derechos del Hombre’, concitados por los
abogados metafisicos de la revolución burguesa; que se
Cuadernos del Sur 145
obligue a no trabajar más que tres horas al día, a vaguear y a irse de parranda?» el resto del día y de la noche"
No es de extrañar que el viejo folleto de Lafargue conozca hoy día un alzar de popularidad y un espectacular éxito editorial. Pero este redescubrimientoi del Derecho a la pereza está lastrado por un malentendido. Puede expresar una protesta legítima contra la privación de empleo de unos y el exceso de? trabajo de otros (el trabajador overworked) pero también puede teorizar la» renuncia a luchar contra la fatalidad del paro que nos domina.
De Jeremy a Viviane Forrester, el tema del final o de la desapari-' ción del trabajo es una cantinela que se repite. El mismo André Gorz aven- tura pronósticos perentorios: “No hay ni habrá nunca suficiente trabajo”. Este abrupto veredicto resulta muy confirso.
¿Crisis o final del trabajo?
¿De qué se está hablando exactamente? ¿Del trabajo en general, en senti- do amplio, antropológico del término? ¿O del trabajo específico, histórica- mente determinado por un modo de producción, el trabajo asalariado?
En sentido antropológico, hablar de desaparición o de final del trabajo no quiere decir en realidad nada. Para Marx, el trabajo en sentido amplio es “cualquier actividad humana que permita expresar la individualidad de quien la ejerce”, o incluso “cualquier gasto de firerza humana" (cerebro, nervios, músculos, sentidos, órganos), “haciendo abstracción de su carácter útil” Para Dominique Méda, “el trabajo es aquella actividad esencial del hombre, gracias ala cual se pone en contacto con su exterioridad y con los otros, con los cuales y para los cuales realiza esta tarea".2
En su generalidad antropológica, el trabajo aparece por tanto:
—Como la operación que hace de un producto natural un objeto social; no sólo como la mediación entre la humanidad y la naturaleza, sino como una de las mediaciones a través de las cuales se opera la socialización de los seres humanos.
—Como un convertidor de energía que permite transformar las energías naturales en energías socializadas, permitiendo así la autorreproducción del individuo y de la especie por medio del desarrollo y la diferenciación de las necesidades.
En la medida en que este desarrollo no tiene un límite a priori y que las mismas necesidades humanas están determinadas históricamente, el trabajo dedicado a satisfacerlas no se puede ser limitar a una cantidad y a una forma histórica dadas: “Para los mortales, escribe Hannah Arendt, la vida fácil de los dioses sería una vida sin vida”.3
146 Noviembre de 1999
“Supongamos que producimos como seres humanos: cada cual de noso- tros se afirmaría doblemente en su producción, respecto a uno mismo y al l otro. l) En mi producción, yo realizaría mi individualidad, mi particulari- dad. Trabajando experimento la alegría de manifestar la individualidad de mi vida, y contemplando el objeto producido, me alegro de reconocer a mi propia persona como una potencia que se ha actualizado, como algo visible, tangible, objetivo. 2) El uso que tú hagas de lo que yo he producido, y el placer que obtengas, me daría la alegría espiritual de satisfacer por medio de mi trabajo una necesidad humana, de contribuir a la realización de la natu- raleza humana, y de aportar a otro lo que le es necesario. 3) Yo tendría conciencia de servir de mediador entre tú y el género humano, de ser expe- rimentado y reconocido por ti como un complemento a tu propio ser y como una parte indispensable de ti mismo, de ser acogido en tu espíritu y en tu amor. 4) Tendría la alegría de que lo que mi vida produce sirva para la realización de la tuya, de cumplir en mi actividad particular la universalidad de mi naturaleza, mi sociabilidad humana. Nuestras producciones serían como espejos en que nuestros seres irradian el uno hacia el otro”.“ Este magnífico texto resume la acepción antropológica en la cual el traba- jo se confirnde con las efirsiones amorosas en la relación con el prójimo, donde los seres .“irradian el uno hacia el otro”, donde se acogen recíproca- mente en su espíritu y en su amor. Pero sólo se trata de una suposición: “Supongamos que producimos como seres humanos...” Ahora bien, precisa- mente, no producimos como seres humanos. Y toda la crítica posterior de la economía política se anuncia como crítica de la inhumarridad real del capi- tal.5 Supongamos, pues... Soñemos...
La “base miserable” del tiempo de trabajo abstracto
Pero despertemos. Porque el trabajo del que se trata en la sociedad real- mente existente no eseste trabajo amoroso, sino un trabajo obligado, aliena- do; el trabajo abstracto corresponde según el vocabulario tayloriano a la “fiel jornada de trabajo” del “hombre medio”. El modo de existencia cuantitativo del trabajo es el tiempo de trabajo uniforme e indiferenciado, “simple, por así decir desnudo de toda cualidad”, dice Marx. “En tanto valor de cambio, el producto del trabajo más complejo es una proporción determinada del producto de trabajo medio simple; se trata de una ecuación con un quantum determinado de ese trabajo simple”.6
Esta noción de trabajo abstracto “se ha elaborado paralelamente ala de tiempo abstracto, que la física y la astronomía emplean de forma cada vez más precisa gracias a la relojería. El tiempo de la física medido por los
Cuadernos del Sur 147
relojes es una abstracción. Medido por el tiempo, el trabajo toma prestadoi de su instrumento de medida un carácter esencial, la abstracción”.7 El trabad- jo abstracto, aplicado a un tiempo medido-medidor, es un resultado intercambio mercantil generalizado.
Es interesante ver cómo se elaboró el concepto físico del trabajo a coa mienzos del siglo XIX, poco antes de que Marx desenmascarase a la “fuerza? de trabajo” como firente del beneficio. Coriolis lo introdujo en 1829 para dar cuenta de la economía de la máquina. El concepto físico de trabajo permite articular física y economía, respondiendo al problema de cómo medir la producción y el gasto de las máquinas, cómo optimizar el uso. Para Coriolis, “el trabajo es la justa medida de la acción de las máquinas y el rendimiento, en trabajo útil la medida de su eficacia”.3 Prefiere el término de trabajo alde “potencia mecánica” o “cantidad de acción”. El concepto físico de trabajo se elaboró por tanto a partir del trabajo humano y sugirió el estudio del rendimiento del hombre como convertidor de energía, desde la “moneda mecánica” de Navier hasta la tesis de Jules Amar sobre el rendimiento de la máquina humana (1909), contemporánea de los trabajos de Taylor sobre la supresión de los movimientos inútiles y el cálculo de una “fatiga diaria normal”.
Marx entendió claramente este proceso de abstracción del trabajo: “La indiferencia respecto al trabajo determinado corresponde a una forma de sociedad en la cual los individuos pasan c'on facilidad de un trabajo a otro y el tipo deternrinado de trabajo resulta fortuito, indiferente por tanto. En esa sociedad, el trabajo se ha convertido, no sólo como categoría sino en la misma realidad, un medio para crear la riqueza en general, y ha dejado de estar vinculado alos individuos como deternrinación dentro de una particu- laridad. Este estado de cosas ha alcanzado su más alto grado de desarrollo en la forma de existencia más moderna de las sociedades burguesas, donde la abstracción de la categoría ‘trabajo’, ‘trabajo en general’, trabajo sin más, punto de partida de la economía moderna, se vuelve verdad práctica”.g
Lo que está en crisis es este trabajo específico, este trabajo asalariado y esta relación salarial, en la cual el tiempo de trabajo abstracto es la medida general de la riqueza social. Esta crisis era previsible —y fire prevista- des- de hace tiempo: “El robo del tiempo de trabajo ajeno, sobre el que se basa la riqueza actual, resulta una base miserable respecto a la recién desarrollada y que ha sido creada por la propia gran industria. Desde el momento en que el trabajo bajo su forma inmediata ha dejado de ser la gran firente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja necesariamente de ser la medida del valor de uso (...) Por un lado, (el capital) da vida a todas las capacidades de la ciencia y de la naturaleza, así como a las de la combinación y de la comuni-
148 Noviembre de 1999
cación social, para hacer que la creación de riqueza sea relativamente inde- pendiente del tiempo de trabajo que le está afectado. Por otro lado, quiere medir en tiempo de trabajo estas gigantescas firerzas sociales así creadas y aprisionarlas en los límites requeridos para conservar el valor como valor ya creado”lo
Hace cerca de ciento cincuenta años, Marx anunciaba de esta manera la crisis de la ley del valor, resultado del desarrollo mismo de las capacidades de producción: la medida de la riqueza por medio del tiempo de trabajo se vuelve “una base miserable” desde el momento en que las firerzas mediatas del trabajo (la parte d‘el trabajo y del saber acumuladas en el curso de gene- raciones) prevalecen sobre las formas inmediatas y la creación de riquezas se hace relativamente independiente del tiempo directamente afectado a su producción.
Cuando André Gorz escribe que “el tiempo de trabajo sigue siendo toda- vía la base sobre la que se distribuyen las rentas”, aunque el tiempo de traba- jo “haya dejado de ser la medida de la riqueza creada”, se limita a parafra- sear a Marx, con una confusión añadida: el tiempo de trabajo sigue siendo socialrnente 'la medida de la riqueza creada, pero una medida cada vez más miserable e irracional.ll Cuando René Passet constata que “el producto na- cional se convierte en un verdadero bien colectivo” que reclama una justicia distributiva, está prolongando el mismo diagnóstico.
No hay que confundir por tanto crisis de la ley del valor con desaparición del trabajo en el sentido general del término: “Este es el resultado de la evolución actual. Vuelve caduca la ley del valor. Exige de hecho otra econo- mía, en la que ni los precios reflejen el coste del trabajo inmediato, cada vez más marginal, contenido en los productos y los medios de trabajo, ni el sistema de precios el valor de cambio de los productos. Los precios serán necesariamente precios políticos, y el sistema de precios el reflejo de la elección por la sociedad de un modelo de consumo, de civilización y de vida»12 A diferencia de la mayor parte de los críticos superficiales del trabajo y de los profetas de su desaparición, André Gorz es coherente en este aspec- to. Si el pretendido “final del trabajo” traduce en realidad una crisis de la ley del valor, entonces es necesaria otra lógica. Hablar de “precios políti- cos”, resultado de una elección democrática de sociedad y no ya de automatismos de mercado, es ir al meollo del problema: la planificación y la autogestión deben primar sobre el mercado.
La brutalidad y duración de la crisis se debe a que, en el momento en que s'rrs efectos irracionales son cada vez más patentes, “por primera vez en la historia del capitalismo, la vieja ley del valor de Marx, a través de las movi-
Cuadernos del Sur 149
mientos de capitales de una rama o de una empresa a otra, actúa no ya sólo a medio y largo plazo, sino a corto plazo (... ). La mundialización de los mercados financieros, a la par que los decisivos progresos en las técnicas de información, significa en concreto que, por primera vez en la historia del capitalismo, las rentabilidades de las grandes empresas de la mayor parte de los países del planeta son comparados a diario, al menos potencialmente, por una multitud de operadores financieros que pueden decidir sancionar las diferencias demasiado flagrantes”‘3
“Composición orgánica del trabajo”
La “crisis del trabajo” no anuncia por tanto el “final del trabajo" en el senti- do general del término. Designa, evitando nombrarla por su nombre, una crisis específica, la del trabajo explotado y de la relación capital/trabajo, o dicho de otra manera, una crisis de la relación capitalista de producción.
Mientras el discurso periodístico al uso denuncia con ganas el arcaísmo de la crítica marxista de la economía política, como si el tiempo de trabajo no jugase ya ningún papel en la era de las redes, los ordenadores y los robots, se puede comprobar que la reducción de la relación social en tiempo de trabajo abstracto aparece por todas partes. Ya se trate de la edad de jubilación, la anualización del tiempo de trabajo, la reducción de la semana laboral, el pago de horas extras, la adecuación de los horarios o de los ritmos escolares, el trabajo dominical o la “gestión por stress", la lucha por el reparto del tiempo de trabajo entre tiempo necesario y sobretrabajo está de actualidad. Pero este tiempo abstracto medio, establecido por el jUCgo del mercado, refleja cada vez peor la heterogeneidad y la complejidad de un trabajo socializado, en' que la parte de trabajo muerto (el trabajo de las generaciones precedentes acumulado en forma de técnicas y de saberes) es cada vez más importante. El coste social del trabajo se aleja cada vez más de la medida mercantil de su coste inmediato.
Gorz propone en este sentido la noción de “composición orgánica del traba-
jo”, expresando la relación entre trabajo vivo y trabajo muerto en el mismo
proceso de trabajo. Ilustra así un aspecto particular de la tendencia general de evolución de la composición orgánica del capital. En cambio, cuando el mismo Gorz anuncia la desaparición del trabajo abstracto, extrapola de forma abusiva. El trabajo abstracto no desaparece: en su ansia de ganancia, el capital siempre tiene necesidad de trabajo vivo, aunque deba movilizar una cantidad creciente de trabajo muerto para ponerlo en valor. Después de la partida de ajedrez de Kasparov contra el ordenador, se dijo que la máquina había vencido al hombre. Pero Deep Blue nunca ha sido más que una masa considerable de trabajo muerto acumulado y socializado.
150 Noviembre de 1 999
La reducción de la parte del trabajo industrial directamente productivo respecto a la suma del trabajo colectivo y al desarrollo de los servicios no significa por tanto el final del trabajo. Sólo manifiesta una modificación histórica de su composición orgánica. Con una dificultad añadida: las ga- nancias de productividad obtenidas en los sectores de producción de bienes no son fácilmente transferibles a los sectores de servicios como la sanidad o la educación, en las mismas condiciones de rentabilidad y de beneficio (no se puede curar a un enfermo o educar a un niño en la décima parte de tiempo, aunque sí se‘ puede producir un automóvil o un televisor en diez veces menos de tiempo). A no ser que se reorganicen radicalmente estos servicios, que todavía son públicos, según una lógica mercantil estricta, con sectores rentables privatizadas y sectores de asistencia mínima caritativa.
De “sueño toyotista” ala pesadilla neoliberal
Se puede comprobar ya que los “sueños toyotistas” de un trabajo autóno- mo, inteligente, recompuesto, no han durado mucho, que el trabajo se trans- forma de forma muy diferente a co’mo se había anunciado hace una decena de años, y que por el contrario se implantan masivamente formas neotaylorianas en algunos sectores de servicios (hostelería, alimentación, oficinas).
Aunque Gorz comienza anunciando de forma imprudente que “la crisis (económica global) ha lógrado superar la crisis del régimen fordista”, reco- noce a continuación que “las condiciones de crecimiento endógeno no es- tán reunidas”, e incluso constata una “vuelta al taylorismo”.“ Subraya con toda razón la vuelta a formas de dependencia personal en la relación labo- ral, donde uno se ve obligado a venderse a sí mismo, y no sólo su tiempo y su firerza de trabajo, siguiendo los caprichos del mercado (vendedoras “flexi- bles”, camioneros, disponibilidad permanente a domicilio). La ley del “mer- cado de empleo” de que hay que “saber venderse”, expresa crudamente esta realidad.
Thomas Coutrot por su parte estima que es “dificil encontrar indicios de un nuevo compromiso fordista”. La tesis de un modelo toyotista de recam- bio ha quedado invalidada por los hechos. En cuanto al fordismo, aunque sea neo, le parece superado en el marco de una fase híbrida de emergencia de un “régimen neoliberal” (de movilización de la firerza de trabajo) y de co- operación forzada sometido a una presión extrema de los mercados finan- cieros mundializados. El conflicto inherente a la relación salarial está lejos de desaparecer: no se puede pedir a la vez a los asalariados que se comportcn como “sujetos en su trabajo” y seguir siendo “objetos en su empleo”, como
Cuadernos del Sur 151
actores a corto plazo y como simples peones pasivos de las estrategias indus- triales o financieras a largo plazo.“
El trabajo y el asalariado no desaparecen, se metamorfosean. La ley del valor no desaparece por sí misma, sus contradicciones se exacerban. Hasta el punto de generar una verdadera crisis de civilización, que se manifiesta tanto en la masificación del paro y la exclusión como en las modalidades de la crisis ecológica.
Los retos del debate sobre el trabajo son muy concretos, como -lo mues- tran las cuestiones de la reducción del tiempo de trabajo o del ingreso uni- versal. Volvamos por un momento a Lafargue. Recuerda un texto de Napoleón, escrito el 5 de mayo de 1807: “Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá. Soy la autoridad, y estoy dispuesto a ordenar que el domingo, después de los oficios, se abran las tiendas y los obreros vayan a su trabajo". Prueba de que la controversia sobre el trabajo dominical no viene de ayer. Por el contrario, algunos patronos ilustrados consideraban ya la jornada de doce horas como excesiva y recomendaban su reducción a once horas: ha- biendo experimentado esta medida durante cuatro años “en nuestros esta- blecimientos industriales, nos encontramos bien y la producción media, en vez de disminuir, ha aumentado”. Tampoco es de ayer el “toma y daca”, tiempo de trabajo contra productividad...
Trabajos prácticos
Aunque es un elemento clave en la lucha contra el paro, la reducción del tiempo de trabajo no representa por sí sola una panacea. Sólo es eficaz si se inserta en un dispositivo más vasto de reorganización .del trabajo, de la divi- sión del trabajo, de los horarios, de la formación, y a condición de ser ajustada regularmente con las ganancias de productividad. Para que esta lógica se imponga sobre la de la flexibilidad, tan del gusto de la patronal ilustrada, hace falta por tanto una sólida relación de firerzas.
Ante la dificultad de construirla, muchos discursos ceden a la resigna- ción y hacen de la necesidad virtud. El paro masivo se habría convertido en una fatalidad, el trabajo un género raro, en el mejor de los casos intermiten- te, en el peor inencontrable. De ahí la idea cada vez más extendida de desconectar del trabajo “el derecho a tener derechos”. Es una idea seductora para los sectores excluidos, porque teoriza su cansancio en correr tras un empleo improbable.
Aquí se mezclan varias cuestiones. Aunque no se’ admita la idea de una desaparición del trabajo, se puede en cambio imaginar una transformación del mismo, en el sentido de una reducción de los empleos estables de por
152 Noviembre de I 999
vida, en favor de empleos alternos. Habría más intermitentes del trabajo como ya hay intermitentes del espectáculo: “El uso del trabajo tiende a con- vertirse en una secuencia de empleos, reconversiones, esperas, nuevos em- pleos; habría que considerar por tanto la verdadera capacidad de trabajo como la posibilidad de seguir estos itinerarios. El salario se convertiría en un salario de la disponibilidad, devengado tanto durante los períodos de espera de empleo como durante el empleo mismo”.16 Vale. Pero, ¿quién ga- rantizaría este “salario de disponibilidad”?
Algunos (como los autores del informe Boissonat) sueñan con un pool de emplcadorcs que utiliz'an en firnción de sus necesidades un pool de mano de obra común, en cuyo caso se trataría simplemente de creciente flexibilidad y mayor dependencia. Otra hipótesis consistiría en establecer un estatuto del trabajadOr que sería reconocido no por una empresa particular, sino “por el Estado en tanto cooperativa de trabajadores”.17 En este caso, no se trataría sólo de una socialización de la simple protección social, sino de una socia- lización y de una redistribución generalizada de la renta. Lo cual, estaremos de acuerdo, es poco compatible con la ley de mercado.
Las Versiones más corrientes del ingreso de ciudadanía, tales como el “derecho al salario universal incondicional”, o el “ingreso social primario distribuido igualitariamente y de manera incondicional” (Ican-Marc Ferry), son por lo general mucho más modestas. Parten de la idea de que “la ideo- logía del pleno empleo salarial es el mayor obstáculo a una solución positiva de la crisis”.18 Por esta razón, lógicamente, admiten que “la garantía de un ingreso incondicional apenas aumenta las oportunidades de encontrar un empleo asalariado”. Se trata de hacer de la necesidad virtud.
El asunto se complica cuando se aventura en el peligroso ejercicio de la cuantificación. Corz contrapone prudentemente al “ingreso de subsisten- cia” un “ingreso suficiente”. Pero, qué es lo que determina la suficiencia: ¿el salario mínimo interprofesional?, ¿el ingreso mínimo de inserción?, ¿la ayu- da social suplementaria? Los intentos de cuantificar una prestación univer- sal que sustituya a los mínimos sociales dentro de una lógica liberal condu- cen a institucionalizar una nueva plebe de excluidos, abocados al ingreso mínimo de inserción (en el mejor de los casos) y a los juegos televisados. La zanahoria de la renta universal se transforma entonces en máquina de guerra contra la seguridad social. Dos audaces economistas han cuantificado, con apoyo de especulaciones fiscales, la financiación de un ingreso universal en 2.400 francos anuales (60.000 pesetas), para concluir que una fórmula me- nos ambiciosa de 1.200 francos anuales (30.000 pesetas) plantearía ya “un problema serio”: “¿Permitiría esto volver a motivar a quienes ya están afecta-
Cuademos del Sur 153
dos por el Ingreso Mínimo de Inserción, algunos de los cuales son difíciles de reintegrar al mercado de trabajo?”. Habrá que dudarlo, sin duda. Y ade-v más, “todo depende del análisis que se haga del fenómeno del paro...”.‘9' ¡Ni que decirlo!
Consciente del peligro, André Gorz reconoce la dificultad. Concede a la reivindicación del ingreso universal no un valor práctico de moviliza- ción inmediata, sino un “valor educativo”, ya que “no es realizable inme- diatamente”. Esta reivindicación permitiría subrayar “el sinsentido de un sistema que realiza economías de tiempo de trabajo sin precedentes, pero convierte al tiempo así liberado en una calamidad”, porque no sabe ni repartirlo, ni repartir las riquezas producidas o productivas, ni recono- cer el valor intrínseco del tiempo libre y del tiempo para actividades superiores. Cierto. Pero este ejercicio de pura pedagogía puede costar caro en la práctica, si desanima a los parados y a los excluidos de la lucha inmediata por el derecho al empleo o, a falta de ello, por el derecho a un ingreso que sólo la relación de fuerzas puede hacer que se aproxime al único mínimo social concebible, el salario mínimo.
La oposición entre derecho al ingreso y derecho al empleo se vuelve decididamente perversa cuando se alía, tal como lo hace Jean-Marc Ferry, con la idea de que el problema ya no es la explotación, sino la exclusión, como si la segunda no fuese la consecuencia de la primera, como si am- bas no fuesen el derecho y el revés de la relación salarial. Este postulado conduce a una crítica simétrica de una pretendida “crispación obrerista" en la reivindicación del pleno empleo y en la defensa de los derechos adquiridos, y de un “credo modernista" en las virtudes del progreso. La paradoja es que la versión liberal del ingreso universal lleva a una monetarización generalizada de las relaciones sociales en detrimento de un desarrollo del servicio público y de espacios de gratuidad sustraídos a la lógica mercantil.
Gorz es desde luego más lúcido: “Llevado a sus últimas consecuencias, la prestación universal de un ingreso social suficiente equivale a una puesta en común de las riquezas socialmente producidas. A una puesta en común, no a un reparto. El reparto viene después".20 Así es, ya que un ingreso que garantice el derecho a la existencia entraría en contradicción directa con el sacrosanto derecho de propiedad. Todo el problema se reduce entonces a construir la relación de firerzas que permita imponerlo.
André Gorz encuentra las mismas dificultades que en el caso de la prestación universal cuando aborda el tema de la cooperación y la multiactividad. Se trataría en concreto de “crear espacios ambivalentes",
154 Noviembre de 1999
de manera que cada cual pueda pertenecer a cooperativas de autoproducción, para desarrollar una economía de trueque que favorezca la economía local y la producción directa de valores de uso.
¿Un mercado sin relaciones mercantiles?
Pero estos enclaves microeconómicos no mercantiles continuarían coexis- tiendo con la regulación mercantil macroeconómica: “A diferencia de las Bolsas de Trabajo británicas del siglo XIX, basadas en el trueque de trabajo, los círculos de cooperación no abolen ni la moneda ni el mercado, pero abolen el poder del dinero, las ciegas leyes del mercado”.2| Esta abolición del poder del dinero y de la ceguera del mercado... dentro del respeto al mercado parece un prodigio. Gorz se contenta con afirmar que la moneda local no puede servir para el enriquecimiento de unos en detrimento de otros, para el beneficio personal y el enriquecimiento privado, como si la presión ambiental del mercado no fuera a acabar disolviendo las mejores intenciones. Muchas historias de cooperativas obreras muestran el proceso desde el momento en que la relación de firerzas social general se deteriora.
Invocando una moneda local que limita la propiedad privada y el poder de compra de cada cual “a lo que puede retirar del bien común para su uso personal y las necesidades de su familia", Gorz cita significativamente a Locke y cae en la utopía precapitalista de una sociedad de pequeños produc- tores propietarios independientes. Su fórmula de una “moneda-tiempo” o de una “moneda-trabajo”, opuesta al dinero oficial, retoma la utopía clásica del pago directo en bonos horarios de trabajo sin transacción mercantil. Esta “moneda-tiempo” no tendría curso más que “dentro del círculo que la emite”. Sería “de caducidad corta y convertibilidad limitada”. ¡Y no sería acumulable!
En Miseria de la Filosofia, Marx. desenmascara el mito proudhoniano de un reparto que “transforma a todos los hombres en trabajadores inmediatos que intercambian cantidades de trabajo iguales" A esto se llegaría decretándose la abolición del valor, en lugar de crear las condiciones para su desaparición efectiva. El intercambio directo de cantidades de trabajo entre trabajadores inmediatos es una mala robinsonada basada en la ilusión de poder liberar al intercambio individual directo de cualquier antagonismo social.
Diez años más tarde, en la Contribución de 1859, Marx la emprende con John Gray, para quien el productor recibiría un recibo certificando una cantidad de trabajo contenida en la mercancía y expresada directamente en tiempo de trabajo. Esta sugerencia topa con el callejón sin salida de saber
Cuadernos del Sur 155
por qué el valor se expresa precisamente en precio: Gray “se figura sencilla? mente que las mercancías podrían relacionarse directamente las unas con otras como productos del trabajo social”. Sueña así con la vuelta a una eco-a; nomía de trueque donde el misterio de la mercancía se disiparía como por; encanto. Ahora bien, las mercancías deben ser reconocidas como “trabajofáïl social general”. No se puede reconocer, como lo hace Gray, el tiempo dei trabajo contenido en las mercancías “inmediatamente, social”, es decir como; “tiempo de trabajo de individuos directamente asociados”, a no ser en sociedad comunista donde la planificación y la democracia autogestionaridí realizan esta asociación.
En fin, en la Crítica del Programa de Gotha, Marx vuelve a abordar la cueseïí: tión de los bonos de trabajo como una hipótesis para la sociedad comunistag en la que el productor recibiría “el equivalente exacto delo que ha dado a la; sociedad por medio de su trabajo”. Pero este principio, formalmente igual; no realizaría más que una igualdad primitiva, en realidad desigualitaria. Sólo una gestión colectiva democrática del excedente social permitiría una redistribución social equitativa: la mediación mercantil y monetaria no pued de por tanto ser sustituido por un simple intercambio directo entre produc- tores, sino por una mediación explícitamente política, la de la deliberación democrática.
La polémica sobre los bonos de trabajo ha sido bien resumida por Stavros Tombazos: “Si el valor se desdobla en valory precio, el mismo tiempo de trabajo se presenta a la vez como igual y desigual a sí nrismo, lo cual es, desde el punto de vista de los bonos de trabajo, imposible”.22 La forma monetaria es la forma misma de esta desdoblanriento. No puede ser superada sin que lo sea también la regulación mercantil. Gorz por su parte es bien consciente de ello: “Existe una necesidad y un problema de mediacioncs entre cada comunidad local y la socie- dad, y entre las comunidades mismas y las sociedades mismas; estos problemas y estas mediaciones son las de la política, política que no desaparecerá por encanto en favor de las relaciones comunicacionales y consensuales de las co- munidades”? En efecto. Pero decir que la mediación política se impone sobre la mediación mercantil es plantear otro horizonte estratégico que el modesto objetivo de los “espacios ambivalentes”.
Ya se trate de la prestación universal o de multiactividad cooperativa, se en- cuentra la misma ambigüedad de respuestas de doble filo, desde el momento en que se abstraen de las condiciones concretas de la lucha y de las relaciones sociales: pueden inscribirse tanto en una perspectivailiberadora más allá del capitalismo, como servir de maquillajes y de expedientes a las reformas neoliberales.
156 Noviembre de 1999
Las fórmulas aproximativas de Gorz sobre la desaparición del trabajo, sobre la superación del régimen fordista, o sobre la superación del trabajo abstracto, no son simples torpezas. Sustentan los equívocos de su opción programática, comenzando por el postulado de que “el verdadero trabajo ya no está en el trabajo” y que “la sociedad del trabajo ha muerto”.
La vida, en adelante, estaría en otra parte.
¿Más allá del trabajo?
Y sin embargo, las atologías del no-trabajo recuerdan a diario la impor- tancia de la socializacrón por el trabajo. Y sin embargo, invocando la famosa “neurosis del domingo”, Daniel Mothé ha criticado muchas veces “el mito del tiempo liberado”: a trabajo alienado, ocio alienado, tribus deportivas, juegosrtelevisados y tarnaguchis domésticos...24
Gor-z parte de la constatación de que, en el acto de trabajar, “la actividad práctico-sensorial” queda reducida a “una pobreza extrema”, para concluir que el trabajo ya no es “la puesta en forma apropiativa del mundo objetivo” y que la sociedad de trabajo se ha convertido en “un fantasma superviviente fantasmagóricamente a su extinción”. Habría que “atreverse a desear el Éxo- do dela sociedad del trabajo”.
¿Éxodo o Exilio? ¿Hacia dónde?
la expresión presenta un primer inconveniente muy concreto: renuncia a la batalla por el derecho al empleo, considerada desde ese momento como una batalla de retaguardia perdida de antemano. Tiene también por efecto una confirsión ideológica.
¿Qué es lo otro, lo que está más allá del trabajo?
¿El reposo? ¿El tiempo libre? “La pereza”, habría respondido Lafargue.
Sólo en el siglo XVI las palabras trabajo y trabajar (derivadas del siniestro tripalium) vinieron a sustituir a las de obrar o laborar. El cambio terminológi- co acompañaba a un cambio social. El advenimiento del trabajo asalariado determina las modalidades del no-trabajo. El reposo (que algunos estudios denominan significativamente “des-fatiga”) corresponde entonces más o menos al tiempo necesario para la reconstitución de la firerza de trabajo. Más allá del simple reposo, el ocio sería ya una parte de tiempo liberado, de tiempo para sí, a la vez que el ocio de consumo queda como la fiel imagen invertida del trabajo, cuyas formas de alienación reproduce.
La “pereza” con la que soñaba Lafargue evocaría más una forma contem- poránea y plebeya del otium de los antiguos, cuya traducción es dificultosa: ¿ociosidad, dejar de trabajar? El otium no se oponía al trabajo, sino al negotium, al cuidado de la vida interesada.]ean-Claude Milner lo define no
Cuadernos del Sur 157
simplemente como un tiempo desligado de las obligaciones del trabajo (re- poso o tiempo libre), sino como un tiempo ante sí, un tiempo en sí, el tiempo de las libertades y de la cultura, de las letras y de las artes, de las amistades, del amor y del placer.25 Pero la sociedad del beneficio confunde reposo, tiempo libre y otium, los mezcla estrechamente, integrando las obras de la cultura en las normas de ocio y en el ritual del intercambio mercantil. A diferencia del tiempo libre, el tiempo del otium, sin equivalente mercantil, sería el de la obra y el “tiempo reencontrado”.
Esta búsqueda de un tiempo perdido se aproxima mucho a las opiniones sobre la “vida activa", de Hannah Arendt, para quien el trabajador universal ha perdido el sentido de la obra (sustituida por trabajo), del uso (sustituido por consumo), y de la acción. Articula su planteamiento en torno a la distin- ción entre vida activa y vida contemplativo, y a la doble crítica de la contem- plación platónica y de la valorización moderna exclusiva del trabajo. En su opinión, el trabajo extrae su carácter temporal de la naturaleza transitoria de las cosas producidas para subsistir. Corresponde en este sentido a la natura- lidad biológica de la especie. La obra, por el contrario, constituye el reino de lo duradero, la condición humana de pertenencia al mundo, que corres- ponde ala no-naturalidad. La acción, en fin, es la única actividad que pone “directamente en relación a los hombres” y que corresponde a la condición humana de la pluralidad, al hecho de que son‘ hombres, y no el hombre, quie- nes habitan el mundo. El trabajo asegura la supervivencia del individuo y de la especie. La obra confiere una duración a la firtilidad de la vida mortal y a la firgacidad del tiempo humano. La acción, “en la medida en que se dedica a fundar y mantener los organismos políticos, crea la condición del futuro, es decir de la Historia”.
Sustituyendo la obra por el trabajo, la modernidad capitalista habría vuel- to el mundo irrhabitable y lastrado con un acontecimiento amenazador: “El advenimiento de la automatización vaciará probablemente en pocas décadas las fábricas y liberará a la humanidad de su carga más antigua y más natural, la servidumbre respecto a la necesidad. En ello todavía está en juego un aspecto firndarnental de la condición humana”. Pero “ocurre como en los cuentos de hadas, en los que el deseo resulta ser un engaño. Una sociedad de trabajadores se va a librar de las cadenas del trabajo, y esta sociedad no sabe nada de las actividades más elevadas y enriquecedoras para las cuales merecería la pena ganar esta libertad”.
Por ello el vértigo de Hannah Arendt ante la idea de una sociedad de “trabajadores sin trabajo”, p‘rivadosde la “única actividad que les queda”:
158 Noviembre de 1999
“¡No se puede imaginar nada peorl”.26 Este peligro, en su opinión, va unido a otro: “Que la política desaparezca por completo del mundo”. No encuen- tra otros medios de conjurarlo que la actualización radical del “.único ele- mento utópico” de Marx: “Que la emancipación del trabajo en la época moderna, no sólo fiacase a la hora de instaurar una era de libertad universal, sino que conduzca por el contrario a hacerinclinar a toda la humanidad por primera vez bajo el yugo de la necesidad, es un peligro del que se había dado cuenta Marx cuando subrayaba que el objetivo de la revolución no podía ser la emancipación, ya realizada, de las clases trabajadoras y que debía consistir en emancipar al hombre del trabajo. Aprimera vista, este objetivo parecía utópico, el único elemento estrictamente utópico de la doctrina de Marx”. Ysin embar- go, los progresos de la automatización hacen que “se pueda preguntar si la utopía de ayer no será la realidad de mañana”.27
Pero allí donde los románticos oponen al trabajo asalariado/alienado la vuel- ta a la sacralización de la obra, allí donde la propia Hannah Arendt le contrapo- ne la “vida activa de los griegos", se trata por el contrario de concebir la supera- ción efectiva de este modo de trabajo históricamente determinado, para lo cual el desarrollo de las firerzas productivas reúne las condiciones concretas. Por medio de la incorporación del trabajo intelectual al trabajo complejo cada vez más socializado, un número creciente de trabajos incluyen una parte de crea- ción tendiendo a reconciliar y a mezclar trabajo y otium. El ansia de beneficios del capital constituye el principal obstáculo a esta tendencia. La intuición emancipadora de Marx no aparece tan “utópica” como aparecía a primera vista: “Desde el momento en que el trabajo comienza a ser repartido, cada cual tiene una esfera de actividad exclusiva y determinada que le viene im- puesta y de la que no puede salir; es cazador, pescador o pastor o crítico, y debe continuar siéndolo si no quiere perder sus medios de existencia; mien- tras que en la sociedad comunista, donde cada cual no tiene una esfera de actividad exclusiva, aunque puede perfeccionarse en la rama que desee, la sociedad reglamenta la producción general, lo que crea para mí la posibili- dad de hacer hoy tal cosa, mañana tal otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, practicar la ganadería al atardecer; hacer crítica después de la comida, según mis ganas, sin convertirme por ello en cazador, pescador, pastor o crítico...”2B
Bajo el régimen del capital, el trabajo alienado, la división del trabajo, la ley del mercado y la propiedad privada forman un cuadro infernal coheren- te. No se puede escapar de la alienación de la relación salarial sin plantear al mismo tiempo la cuestión de la apropiación social, de la planificación democrática de la economía y de- la sustitución de la división del trabajo.
Cuadernos del Sur 159
El trabajo de la contradicción
El dogma del trabajo liberador y la profecía del final del trabajo tienen en común su unilateralidad. El primero sólo considera la dimensión antropológi- ca del trabajo, haciendo abstracción de su carácter históricamente determina- do. El segundo sólo tiene en cuenta su carácter concretamente alienado y alienante, haciendo abstracción de sus potencialidades creadoras. En reali- dad, en “la imbricación de la acción y del trabajo", las dimensiones antropológicas e históricas están estrechamente combinadas. Aunque la alie- nación domina con mucho el trabajo asalariado, queda al mismo tiempo un proceso de socialización “forzosamente ambivalente".29 Como ocurre en el deporte de competición, la sumisión al principio del rendimiento y del resultado no consigue borrar completamente todo resto de inspiración lúdica: si el espectáculo deportivo se redujese a una pura explotación del cuerpo, sería incapaz de cumplir su función de comunión consensual.
No se trata de negar esta contradicción, sino de instalarse en ella para trabajarla. Detrás del trabajo obligado persiste, aunque sea en forma débil, sorda, esta “necesidad de lo posible” que diferencia la actividad humana de la plenitud simplemente vegetativa. Es el signo mismo de su finitud y de su capacidad para “ir más lejos”, para mejor o para peor.
Notas:
* Tomado de Viento Sar, número 44, junio de 1999, Madrid.
‘ André Gorz, Misére du prévent, richesse du possible, Galilé, 1997, p. 97.
2 Dominiquc Méda, Le Travail, une valeur en valia de disparation, Abier, 1995, p. 19.
3 Hannah Arendt, Cotidition de l’homme modeme, Agora, 1994, p. 157.
4 Karl Marx, Manuscritos de 1844, núm. 22.
5 Ver también el comentario de esta cita por Nicolas Grimaldi (Le Travail, communion el communications, PUF, 1998): "El trabajo consistiría en efecto en dar su vida y suscitar por este don único la alegría de otra vida. Pero a diferencia del amor aunque es también una manera de dar irreversiblemente su vida, sin resto, sin reservas, sin embargo no impone su persona. Bajo su forma anónima, silenciosa, desdibujada y discreta, el trabajo es el incógnita del amor”. Pero “para quien tiene que acudir a su empleo mecánicamente, a horas fijas, con gestos siempre idénticos, el trabajo no es ningún desencadenamiento del futuro en el presente, sino por el contrario este estancamiento del presente que le impide despegar nunca" (pp. 131-136).
6 Karl Marx, Contribución a la Crítica de la Economía Política. Ver también Jean Louis Bertocchi, Marx et le sens du travail, Editions sociales, 1996.
7 Pierre Naville, La nouveau Léviathan, Anthropos, tomo II, p. 407.
3 Coriolis, Du calcul et de l’eflét des machines, 1829.
160 Noviembre de 1999
9 Karl Marx, Contribución a la Crítica de la Economía Política.
'° Karl Marx, Manuscritos de 1857-1858, tomo II.
“ André Gorz, op. cit., p. 146.
'2 [M., p. 148.
" Thomas Coutrot, L’entreprise néo-libe'rale, nouvelle utopia capitalista, 'I.a Découverte, 1998, pp. 223-224.
“ André Gorz, op. cit., pp. l7, 43.
'5 Thomas Coutrot, op. cit., pp. 83, 245.
“¡André Gorz, op. cit., 60.
'7 Ver Pierre Rolle, Oú va le salarial, Cahiers libres, l996, p. 2.
'3 Jean-Marc Ferry, L’allocation univeruelle, pour un revenu de citoyenneté, Cerf, 1996, p. l5l.
'9 Francois Bourguignon y Yoland Bresson, Le Monde, 8/4/97.
2° André Gon, op. cit., p. 148.
2' Ibíd., p. 169.
22 Stavros Tombazos, Les temps du Capital, Cahiers des Saisons, 1994.
2’ André Gorz, op. cit., p. 176.
2‘ Ver en especial Daniel Mothé, “Le mythe du temps liberé" y “Temps libre, quel avenir”, en Le travail, quel avenh; colectivo, Folio, 1997.
25 Jean-Claude Milner, Le salaire de l’ideal, Seuil, 1997.
2° Hannah Arendt, op. cit., pp. 37-38.
27 Ibid., pp. 181-183.
2° Karl Marx, Friedrich Engels, La ideología alemana.
29 Christophe Dejour, Soufl'rcince en Frcince, Seuil, 1998.
Periferias
Revista de Ciencias Sociales Ediciones F ISyP Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas
Cuadernos del Sur 161
m"""
uadernos del Sur
Editorial: _ James Petras Í Henry Veltmeyer
Areco / Eduardo" Basualdo
“ Í ' Linï'ïñández ¡Y Jorge Trivia“ í ='Iré1ié M‘ïï‘óz'm“
’I i Alberto R, Bonnet
l' Daniel Bensüid " John Holloway
Simon Clarke
¿El fin de la era menemista? América latina al final del milenio.
Las tendencias a la centralización del capital y la concentración del ingreso en la economía argentina en 'los '90
¡[movimiento de la estructura
económica de Ia sociedad argentina en los '90.
El poder de| Estado en acción: un balance de las transformaciones del
aparato estatal en los '90.
Saber, Creer y Votar. 1 999: elecciones, menemistas
Trabajo y juerga Clase y clasificación.
El debate sobre el. trabajo (respuesta a Holloway).
Artista Plástica Invitada: Paloma Catalá Del Río
Tierru‘rfucgo del