¿SOCIEDAD-ECONOMÍA-POLÍTIOA

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Glademos del Sur

Año 17 - N9 32 Noviembre de 2001

Tlerdrgffucgo

Consejo Editorial

Argentina:

Brasil: Bolivia: Chile: Perú: México:

Escocia: España: Francia: ltalia: Rusia:

Eduardo Lucita, Roque Pedace, Alberto Plá, Alberto Bonnet, Carlos Suárez

Enrique Anda. Florestán Fernandes [1920-1995] Washington Estellano

Alicia Salomone

Alberto di Franco

Alejandro Dabat, Adolfo Gilly, Alejandro Gálvez C., John Holloway

Werner Bonefeld

Daniel Pereyra

Hugo Moreno / Michael Lówy

Guillermo Almeyra

Boris Kagarlitsky

EI Comité Editorial está compuesto por los miembros del Consejo Editorial resi- dentes en Argentina.

Colectivo de Gestión Mariano Resels. Gustavo Guevara. Katharina Zinsmeister, Leónidas Cerruti, Rubén Lozano, Hernán Ouviña, Juan Grígera

Coordinación artística Juan Carlos Romero

Cuadernos del Sur, número 31 publicado por:

Editorial Tierra del Fuego Argentina, noviembre de 2001.

Composición y Diagramación: Taller del Sur lsotipo de tapa: EI grito. Ricardo Roux, 2001 Toda correspondencia deberá dirigirse a: Casilla de Correos N9 167, 6-B. (1406) Buenos Aires, Argentina Email: cdsel@arnet.com.ar

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Qladernos del Sur

incluye los sumarios de sus ediciones en la base de datos de Latbook (libros y revistas)

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Disponible en Internet ,_ __ L. ,3;- en la siguiente dueccron: "Ï-‘frn*3?‘='r'r:'v ¡5- iv i http.//www.|atbook.com

EDITORIAL:

JUAN BERTERRECHTE:

ALBERTO BONN ET:

Indice

El día que el sólido imperio se desvaneció en el aire .................... .. 5

¿Réquiem para el

sueño americano? ............................. .. 13 Elecciones 2001: nadie vota a nadie ............................ .. 23

Protesta social: viejas y nuevas formas de lucha

NICOLÁS IÑIGO CARRERA / Clase obrera y formas de lucha

MARÍA CELIA COTARELO : ADRIAN PIVA:

EDUARDO LUCITA:

ROLANDO ASTARITA:

ANTONIO NEGRI:

DANIEL BENSAÏD:

ALBERTO BONNET:

en la Argentina actual ...................... .. 43 “La década perdida”. Tendencias

de la conflictividad obrera frente a

la ofensiva del capital (1989-2001).... 55 Cortando rutas, abriendo nuevo senderos. Desocupados, ocupados, “piqueteros”, viejas y nuevas

formas de lucha ................................ .. 79

Un análisis critico sobre

la tesis de las ondas largas ............... .. 95 Controversias sobre el “Imperio” Imperio: el nuevo lugar de

nuestras conquistas. ........................ .. 111 Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren ................. .. 129

Imperialismos e imperio

(Reseña de Michael Hardt y Antonio Negri: Empire, Cambridge,

Harvard University Press, 2000) ...... .. 159

El día en que el sólido Imperio se desvaneció en el aire

La guerra que vendrá

no es la primera. Hubo

otras guerras.

Alfinal a’e la última

baba vencedores y vencidos.

Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores el pueblo llano la pasaba también. BERTOLT BRECHT

os atentados perpetrados en Nueva York y Washington el pasa-

do ll de septiembre resultaron sin duda alguna un parte aguas

en la política internacional de las últimas décadas. El llamado

nuevo orden mundial, gestado al calor de la caída del muro de Berlín y de los bombardeos generalizados contra el pueblo irakí, quedó enterrado bajo los escombros de las Torres Gemelas y el Pentágono, má- ximos símbolos del poder económico y militar norteamericano. Debe- mos remontarnos a los primeros años de la segunda guerra para recor- dar un hecho de similar envergadura contra los Estados Unidos. Sin em- bargo, Pearl Harbor era una base naval de la marina, y sus víctimas en su mayoría no eran civiles. La envergadura resulta aún mayor si tene- mos en cuenta que el World Trade Center era el epicentro de la especu- lación financiera mundial, negociándose diariamente en sus oficinas al- rededor de 50 billones de dólares, cifra cercana al doble del PBI genera- do en todo el planeta. De ahí que, parafi'aseando a los autores del Ma- nifiesto Comunista, podemos expresar que la solidez del imperio nortea- mericano se desvaneció en el aire de la ciudad de Manhattan, junto con el tendal de víctimas dejado por los ataques terroristas.

Frente a este panorama, resulta muy dificil sustraerse a la fascinación que provoca el remitirse al mismo terrorismo practicado por los Estados Uni- dos desde comienzos de siglo de forma constante y sistemática, para expli-

Cuademos del Sur 5

car —o incluso en algunos casos extremos vanagloriar- los atentados. Sin embargo, querer justificar la masacre de civiles realizada por un grupo de fundamentalistas, basándonos en el historial imperialista norteamericano sería, cuanto menos, hipócrita. Ni la doctrina Monroe y el “Destino Mani- fiesto”, ni Hiroshima y Nagasaki, ni la guerra de Corea y Vietnam, ni las numerosas incursiones en el Líbano, Irán, Granada, Panamá, Sudán y la ex Yugoslavia, ni las 200.000 toneladas de bombas arrojadas en los últimos diez años sobre el Golfo Pérsico, ni el sin fm de las restantes operaciones militares que ha comandado EE.UU., pueden opacar un hecho tan repu- diable y atroz como el de las Torres Gemelas. Ya Marx y Engels, hace más de un siglo y medio, se burlaban de aquellos que, en su afán de “guardarse a la historia en el bolsillo”, intentaban reducir acontecimientos como estos a una mecánica dialéctica del amo y el esclavo. Numerosos intelectuales, en especial en Argentina, han caído nuevamente en esta trampa teórico-políti- ca. ¿Tiene sentido discutir si el multimillonario Ben Laden, que luchó du- rante décadas por extirpar el comunismo de la faz de la tierra, puede ser considerado un revolucionario, luego de planificar el asesinato de miles de civiles indefensos? Creemos que no. Aún así, más allá de las interpretacio- nes maniqueas que proliferan, resulta imprescindible esbozar algún análi- sis, aunque más no sea provisorio, en relación con las consecuencias de los atentados para la futura lucha emancipatoria a nivel global:

Un primer eje a tener en cuenta es la erosión de la hegemonía político- militar de los Estados Unidos: ha quedado demostrado, luego del derrum- be de los más grandes emblemas del capitalismo mundial, que la defensa del país —anclada en el mega proyecto del escudo anti-misilístico y en más de una docena de servicios de inteligencia- puede ser burdamente vulnera- da por un grupo de fanáticos a simple punta de cuchillo, tomando endeble el hasta entonces infranqueable american way of lzfe. Ni siquiera las grandes potencias con un considerable poderío nuclear o atómico pudieron atacar (o al menos amenazar) el territorio nacional como lo han hecho los funda- mentalistas el 11 de septiembre. En este sentido, el intelectual Noam Chomsky ha expresado que lo novedoso de los actos terroristas radica no solo en su escala o dimensión destructiva, sino ante todo en los objetivos elegidos.

Asimismo, a nivel económico-financiero, Norteamérica se encuentra en la antesala de un nuevo ciclo recesivo. La profundización de la crisis pare- ce ser un dato incontrastable, al margen de las inyecciones dinerarias que puedan aplicar los Estados a sus engangrenadas economías. El comienzo de un nuevo escenario bélico a escala planetaria, si bien puede llegar a reacti-

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var ciertos sectores industriales como el armamentístico, no permitiría, en principio, restablecer el patrón de dominación social roto a mediados de los ’70, ni tampoco supondría una mayor certidumbre para los millones de estadounidenses aterrorizados tras los atentados. Vale la pena recordar que uno de los motivos principales de conflicto en aquella época fue el abaste- cimiento de petróleo. Actualmente, Norteamérica cuenta con reservas pro- pias para apenas cinco años. En consecuencia, uno de los objetivos implí- citos de la invasión a Afganistán es consolidar su hegemonía en una región tan rica en minerales como el Asia Central, con el fm de garantizar su su- premacía geo-política y económica en las próximas décadas. A esto habría que sumar, por supuesto, la necesidad de perpetuar los extraordinarios ne- gocios espurios de tráfico de drogas y armamento que se realizan en la zo- na, de los cuales participan activamente organismos como la CIA y el Ser- vicio de Informaciones de Pakistán.

De ahí que, mal que nos pese, la contraofensiva iniciada por los Estados Unidos fuera totalmente previsible. La intensificación de su rol de Estado gendarme del mundo resulta imprescindible en un contexto en el cual, co- mo mencionamos, comienza a desmembrarse su hegemonía a nivel plane- tario. También lo es la ampliación de su esfera de influencia continental, enmarcada en el Plan Colombia y el ALCA. En este último caso, el conflic- to que subyace es la confrontación inter imperialista con respecto a la Unión Europea y el Bloque del Pacífico. Resulta, por tanto, más actual y pertinente que nunca la famosa expresión, puesta en la boca de los burgue- ses por Marx, de que “es preferible un final de terror, que un terror sin fin”.

Un tercer punto de considerable relevancia es que, a diferencia de las ex- periencias anteriores, la escalada de violencia que Estados Unidos ha em- prendido no es convencional ni simétrica. Esto significa que, si bien en un primer momento los bombardeos masivos apuntaron hacia Afganistán, el objetivo último de los ataques es el “terrorismo internacional”, el cual abar- caría densas regiones geográficas, cientos de millones de poblaciones y ci- viles inocentes, así como decenas de organizaciones móviles, no del todo identificadas. Aparece así, de manera acabada, el concepto de “guerra to- tal”: no es simplemente un combate en todos los frentes, es también —y so- bre todo- una guerra que puede estar en cualquier lugar del planeta, una guerra totalizadora en donde elmundo entero es el que está en juego. Por lo tan- to, además de “larga y cruenta”, como señaló Bush, al ser una guerra sin ros- tro ni fronteras, supondría un aumento exorbitante del gasto bélico de la potencia imperial a cifras que nos retrotraen al período del llamado “key-

Cuaa'emos del Sur 7

nesianismo militar” reaganeano, esta vez para desarticular a un enemigo tan ignoto como difuso. En paralelo, cual juego de suma cero, se recortarían programas esenciales de educación, sanidad y seguridad social, imponien- do a los trabajadores y pobres del país del norte nuevos planes de ajuste es- tructural, tal como ya han comenzado a denunciar diversos sindicatos de Nueva York. Los atentados servirían así de pretexto para reformular la polí- tica económica interna, a los efectos de amortiguar la crisis en curso. Este hecho fue anunciado por el propio presidente Bush cinco días antes de rea- lizarse los atentados terroristas, al expresar que “el único momento en que se puede tocar el dinero de la Seguridad Social es en tiempos de guerra”. La aplicación de férreos planes de austeridad se enmarca, por tanto, en la ne- cesidad de recomponer el poder de la burguesía, amenazado por la debacle socio-económica.

Por otro lado, en relación a los Estados árabes, cabe señalar que los mis- mos no conforman un bloque homogéneo. Además del Corán, una de las pocas cosas que los une es que todos ellos tienen intereses directos que los ligan a la política estadounidense. Por eso resulta imprescindible distinguir el abismo que separa y opone a los gobernantes magnates del Medio Orien- te, de sus pueblos oprimidos, que padecen dictaduras retrogadas como las de Arabia Saudita y Pakistán, las cuales hoy en día no casualmente reciben el beneplácito de Norteamérica y la OTAN. Este tipo de regímenes, tales como el del general Pervez Musharraf, tendrán que actuar con suma caute- la frente a una población en su mayoría musulmana que se muestra cuan- to menos renuente a brindar su apoyo a la “nueva cruzada” liderada por los Estados Unidos. Bajo este contexto tan delicado, la guerra civil aparece co- mo un fantasma dificil de conjurar. Por lo demás, algo está claro: proble- mas estructurales de esta índole sólo pueden hallar una posible solución en el mediano y largo plazo, y no arrojando nafta al fuego del conflicto, co- mo pretende la soberbia occidental del gobierno de Washington.

En el caso concreto de Afganistán, la indiscriminada incursión nortea- mericana le ha granjeado un parcial consenso al gobierno talibán, opacan- do en parte las atrocidades cometidas en materia de derechos humanos en los últimos años en el país, especialmente en relación a la opresión femeni- na. El fundamentalismo islámico, al menos hasta el momento, se ha visto fortalecido en la región, desestabilizando políticamente a varios de los Es- tados vecinos que cuentan con una considerable porción de población sim- patizante del régimen de Kabul. Los ataques aéreos realizados en las últi- mas semanas dejaron como único saldo el asesinato de un gran número de personas inocentes y la expulsión hacia zonas fronterizas de enormes con-

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tingentes humanos, en su mayoría al borde de la inanición. Las probabili- dades de eliminar a Ben Laden y a los militantes de Al-Qaeda, refugiados en regiones inhóspitas e infranqueables para las tropas estadounidenses, son cuanto menos remotas. Además, el posible triunfo de la Alianza del Norte no genera grandes espectativas. Cuando sus miembros gobernaron el país entre 1992 y 1996, la violencia y el caos generalizado forzaron el pos- terior triunfo de los talibanes.

Este y otros factores tornan la situación tanto o más delicada que hace un tercio de siglo en Vietnam. Por aquel entonces, el movimiento antibéli- co entonaba con profunda rabia las estrofas de una canción de Pete Seeger que, curiosamente, parecería haberse escrito para el presente conflicto. En ella se relatan las siguientes enseñanzas escolares de un niño, bajo un clima similar de guerra:

He aprendido que Washington jamás dijo una mentira, be aprendido que los soldados rara vez mienten,

be aprendido que todos son libres,

eso es lo que el maestro me ba dicho.

He aprendido que los policías son mis amigos,

be aprendido que la justicia es infinita,

be aprendido que los asesinos mueren por sus crímenes aun cuando a veces cometemos algun error.

He aprendido que nuestro gobierno debe ser fuerte

que siempre está en lo cierta} nunca se equivoca. Nuestros líderes son los mq'ores bombres

y los elegimos una y otra vez.

He aprendido que la guerra no es tan mala,

eso es lo que be aprendido en la escuela boy.

No obstante,'una diferencia es crucial en relación con aquella época: el movimiento revolucionario se encontraba en ebullición. Hoy en día, por el contrario, existe un repliegue generalizado en gran parte del mundo, expre- sado en una correlación de fuerzas mucho más desfavorable para el polo del trabajo. En el caso particular de los Estados Unidos, los atentados han servido para exacerbar, por si hacía falta, el sentimiento patriótico y racista que anida desde hace décadas en la sociedad. Al día siguiente de la masa- cre, miles de personas se agolparon en las puertas de los principales super- mercados, ansiosos por comprar la bandera que los enorgullece como na- ción. Para un sector importante de la población, la guerra aparece como so-

Cuadernas del Sur 9

lución inmediata, y no como parte del problema a resolver. Esto tiene pro- fundas connotaciones para el incipiente movimiento anticapitalista gestado al calor de las luchas callejeras en Seattle. El desconcierto que han genera- do. los atentados en los llamados grupos “antiglobalización” es por demás considerable. Muestra de ello ha sido la escasa cantidad de gente que se sin- tió convocada por ellos a la Marcha Nacional en Wasbington D. C. Contra el Racismo y la Guerra, el pasado sábado 29 de septiembre.

En este sentido, es evidente que los atentados han logrado su objetivo primordial: sembrar el pánico en la sociedad norteamericana. Ese mismo pánico sufrido a diario por irakíes, colombianos y palestinos, por nombrar sólo algunos de los enemigos de “larga duración” amedrentados por los Es- tados Unidos. Este shock psicológico ha exacerbado la paranoia construida a lo largo de décadas por sus instituciones públicas y privadas, plasmada hasta el hartang en los filmes holliwoodenses. La diferencia entre éstos y la realidad, sin embargo, no es sutil: por primera vez, la posibilidad de una invasión o un bombardeo masivo resultó factible. El gran beneficiario de este clima de incertidumbre y miedo es, sin duda, el extremismo de dere- cha. Semanas atrás, la administración Bush decidió presentar ante el Con- greso un extenso proyecto de ley que, en caso de aprobarse, le otorgaría fa- cultades omnímodas a organismos represivos y de espionaje interno como el FBI, restringiendo las libertades democráticas más elementales. De esta forma, los sectores más reaccionarios de la sociedad norteamericana se han fortalecido enormemente en los últimos meses, y no sería descabellado pensar en algún tipo de vinculación entre los recientes ataques con ántrax y los numerosos grupos nazis que activan a diario en dicho país, a los efec- tos de consolidar el clima de histeria colectiva, explotando al máximo la tensión racial latente en buena parte de la población. Es probable que los sectores más perjudicados por esta política sean, además de los inmigran- tes, los activistas que desde algunos años han comenzado a conformar re- des de solidaridad y de resistencia frente a la mundialización capitalista.

En paralelo, un peligroso discurso se ha instalado en los principales me- dios de comunicación: quienes perpetraron los atentados —se afirma- son totalmente incomprensibles; sus actos no tienen sentido alguno. Los otro- ra “luchadores mujaidin por la libertad” afgana, a quienes los Estados Uni- dos destinaron cientos de millones de dólares durante los años ‘80, han de- venido —tras la eliminación del enemigo soviético- “hombres locos”, y los Estados de los cuales forman parte son denominados por el propio Bush como “canallas”. La tragedia argentina se repite como farsa a escala global: ayer, fueron un minúsculo grupo de militares descerebrados quienes enca-

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bezaron la cruenta dictadura que dejó un saldo de 30.000 desaparecidos. Hoy, nuevamente, se simplifica un proceso complejo y multifacético como es el de Medio Oriente, apelando a descalificativos que sirven, a la vez, de chivo expiatorio respecto de las responsabilidades que le caben a países co- mo Estados Unidos o Inglaterra en el entrenamiento de grupos extremistas como AJ-Qae'da. No obstante, las similitudes con la retórica de las FEAA. y la clase dominante durante el genocidio perpetrado desde el Estado ar- gentino no terminan allí: semanas atrás, el primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, apeló a la civilización occidentaly cristiana, en la cruzada contra la “barbarie oriental”. Idéntico argumento esgrimieron quienes arrojaban seres humanos vivos al mar a finales de los años ’70 en nuestro país. En consonancia, un general inglés, llamado Julian Thomson, propuso que pa- ra combatir lo que él denomina “terrorismo internacional”, deben utilizar- se métodos “clandestinos”, tales como la desaparición forzada de personas. ¿Demasiadas coincidencias, no?

Huelga expresar que, pese a este conjunto de factores desfavorables (o precisamente por ello), la lucha anti-capitalista no debe quedar opacada. El discurso pacifista en abstracto, vaciado plenamente de contenido, ha im- pregnado el debate actual, olvidándose que el Estado norteamericano (dis- tinguido claramente del pueblo estadounidense) en tanto gendarme del or- den mundial, debe ser combatido prácticamente a través de múltiples fren- tes, no sustituyendo a las masas, sino confluyendo con ellas. La consigna del Che, más de 30 años después, se reactualiza: crear dos, tres, muchos Viet- naml.

Pero, ¿cuál es el Vietnam del siglo XXI? Seguramente no la lucha de los fundamentalistas islámicos. Sí, quizás, la del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra en Brasil, la de los Zapatistas chiapanecos o, por qué no, la librada en Seattle, Praga y Génova. En rigor, no hace falta irse tan lejos: el movimiento piquetero, gestado al calor de las políticas neoliberales im- puestas en Argentina, comienza a sembrar las semillas de un futuro ventu- roso, en la medida en que deviene un movimiento social y político de con- frontación contra el sistema, plenamente autónomo y de participación de- mocrática.

Vale la pena, para finalizar, recordar las palabras expresadas por Toni Ne- gri recientemente en estas mismas páginas: “el terrorismo podrá ser anula- do sólo cuando los límites de la democracia, y por lo tanto los límites de la misma figura del Estado contemporáneo, sean superados”. La lucha por la conquista de la verdadera democracia, tan ansiada por Marx, resulta en este contexto más imprescindible que nunca. En última instancia, la dico-

Cuadernos del Sur ll

tomía continúa siendo Socialismo o Barbarie. De nosotros depende que el primero se imponga y que la segunda sea enviada, definitivamente, al ba- surero de la historia. Por lo pronto, la cita de Brecht con la que iniciábamos el editorial resulta trágicamente actual: de ambos lados, los oprimidos -en tanto espectadores forzados de este conflicto bélico tan dramático a escala planetaria- serán los más perjudicados. De ahí que se torne acuciante la rea- propiación del escenario histórico, para impedir que ello ocurra.

HERNAN OUVIÑA Buenos Aires, noviembre 2001

n 0‘

realidad Económica

Hipólito Yrigoyen l l 16 (1088) Buenos Aires

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¿Réquiem para el sueño americano?

Juan Luis Berterretche"

as primeras imágenes de los jet impactando sobre las Tbrres Gemelas, nos suscitaron una conciencia de confltsoflnal. Para los analistas que trataron tempranamente de valorar las atentados del 11 de septiembre, e’stos mar- can el fin de una era. Hasta abora, son muy pocos los que ban arriesgado a decir que' es lo que termina y que’ se inicia.

Por la magnitud de los hechos, sospechamos que sus consecuencias van a ser estudiadas y de- batidas largamente en las próximas décadas. Qui- zá, emprender hoy la tarea de determinar los cam- bios provocados por esta acción terrorista, se tra- te de una arqueología de lo inmediato.

Pero preferimos el intento de aportar a una re- flexión sobre los acontecimientos, que dejarnos vencer por la parálisis del estupor. El prólogo de una seria reflexión, es el rechazo terminante a to- da justificación de una escalada de violencia re- vanchista.

Antes de que esta crisis alcanzara su fase críti-

* Juan Luis Berterretche, uruguayo, militante de la izquierda radical y activista del movimien- to ATTAC de Florianópolis, ciudad donde hoy está radicado. Coautor y autor de varios ensayos económicos, políticos e históricos, entre los que se destacan: Prolongar Ia Agonía. Un plan imperia- lista para fienar au’n ma’s el desarrollo de las fuerzas productivas. Editorial Letro, edición clandestina, Montevideo 1980; La dictadura Financiera, Economia del Uruguay 1973-1983. Editorial Letro, Mon- tevideo 1983; ¿Vale Edo? El Uruguay de la pomademidad. Ensayo inédito, Montevideo 1997; El co- misario va a la muerte en cocbe. Ediciones Banda Oriental, Montevideo 2000.

LK.¿ ¿hai-q.” han?“

Cuadernos del Sur 13

ca, Paquistán e Irán ya habían recibido 3,5 millones de refugiados afga- nos. Se estima que ahora se suman 1,5 millón más que pasarán por el in- fortunio y la penuria de un éxodo de pánico. Y aún falta contabilizar las bajas de los bombardeos. La experiencia nos dice cuales son las víctimas de esos espirales de violencia. Para mí, por lo menos, aún está fresca la imagen de una niña en Vietnam, corriendo desnuda con el cuerpo que- mado por el napalm.

Hegemonía

Emir Sader afirma que: ‘Ïi'lperíodo bisto'rico iniciado con el fin de la URSS si- gue plenamente vigente. Los Estados Unidos continúan como la u'nica super potencia, con hegemonía mundial. Nada de lo importante que sucede en el mundo de boy —en los planos económico, político, militar, infimnativo, cultural- puede ser entendido ba- ciendo abstracción de esa hegemonía. Ella esta’ficerte política e ideológicamente.

¿Debemos coincidir plenamente con la apreciación de Sader? ¿O de al- guna forma ha sido vulnerada esa hegemonía?

Es oportuno recordar que, cuando la URSS aún existía, no se trataba en realidad de una disputa por la hegemonía entre dos superpotencias. Sino de un acuerdo a veces tácito, a veces explícito de reparto de zonas de in- fluencia.

Por otra parte, es cierto que las acciones terroristas no han tenido histó- ricamente capacidad de modificar las relaciones de fuerza nacionales o in- ternacionales. Pero eso no impide que, en este caso, hayan minado espe-

,s . tenia, . ' ' . a la supremacía norteamericana. componentes de esa hegemonía es la seguridad, EEUU. Y sin lugar a dudas, el haber situado la olítico-financiero-militar del país, con millares de jas civiles, pone en cuestión la invulnerabilidad

a no es sólo en Chechenia, Palestina, Serbia o lombia, donde la violencia militar domina la vi- _ cotidiana. También NY y Washington son ahora ' ' enarios del horror, de la incertidumbre, de la tra- ia. Los atentados, quizá no hagan más que con- -nsar una disconformidad con el liderazgo nortea- ricano de la globalización y sus consecuencias, mulada en los últimos años.

n la etapa actual, la crisis de hegemonía podría devenir de la competencia de otra potencia as-

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cendente. No olvidemos a Gramsci. La función hegemónica depende, en gran medida, del apoyo o beneplácito de los hegemonizados. Una crisis de credibilidad podría minar el asentimiento con el predominio americano. Es lo que estábamos comenzando a ver a partir de las acciones del movi- miento antiglobalización. La alianza de los países más ricos del mundo, para sojuzgar a uno de los estados más miserables del planeta, no puede más que socavar la autoridad moral del imperialismo y sus cómplices.

Liderazgo

Los norteamericanos han elegido como presidente —en un acto electoral bastante cuestionado- a un líder que, desde el comienzo de su mandato, pretendió ahondar la contaminación ambiental a niveles que ponen en pe- ligro la existencia del planeta, relanzar la carrera armamentísta a gran esca- la, avivar los conflictos en todo el mundo y abismar aún más las diferen- cias económicas entre pobres y ricos.

Para el propio periodismo norteamericano es el presidente peor prepara- do que ha tenido EEUU. Según opinión reservada del presidente brasile- ño FHC se trata de “un idiota despreparado”. Es cierto que cuenta con un equipo con experiencia en guerras en la zona del petróleo. Tanto el vicepre- sidente —Dick Cheney- como el Secretario de Estado —Colin Powel- fue- ron figuras claves bajo el gobierno del padre y durante la guerra del golfo.

La crítica situación que se ha abierto en el mundo por los atentados y la reacción guerrerista norteamericana, encuentra en el liderazgo del país hegemónico, a un incierto personaje que puede coráál ' ' una catástrofe. Por lo ya constatado, es previsible q = contento con su país y promueva una mayor resist dounidense.

Seguridad y Tecnología Ï>

Los atentados del 11 de setiembre han declarad obsoleto al modelo de seguridad norteamericano. Esi' un país con millares de agentes esparcidos por todo los rincones del mundo, la más sofisticada tecnolo '- de espionaje, con impunidad total para todo tipo d acciones anti-terroristas (y también terroristas) en é extranjero. Y sin embargo, en sus principales ciu des, que cuentan con el aparato de seguridad m grande, más complejo y con mayores recursos (trei mil millones de dólares anuales), se produce un ate

.l É 4, ;< 1 1

Cuadernos del Sur 15

tado que movilizó a decenas de terroristas, sin que los servicios de inteli- gencia fueran capaces de detectarlos. Tanto la CIA como el FBI son pro- tagonistas de un trágico fiasco... o de lo contrario, existe algún tipo de im- plicancia.

¿Y las FF.AA.? En realidad los acontecimientos reafirman, por enésima vez, que los ejércitos no sirven para lo que dicen haber sido creados: de- fender a los civiles.

Los aparatos de seguridad, los ejércitos, o son directamente los ejecutores de la violencia sobre la población en sus países o en el extranjero, o lejos de disuadir, son hoy una invitación y un desafío a los atentados terroristas.

El principal proyecto de defensa militar de Bush —el escudo anti-misi- les- se muestra inoperante antes de ser implementado. Los atentados no usaron ni misiles, ni vinieron de la estratosfera; los proyectiles fueron avio- nes comerciales capturados a punta de cuchillo.

Esto no significa que EEUU. se va a ahorrar los desembolsos previstos. Todo indica que se gastará una suma similar o mayor, en otro delirio ar- mamentísta. El compromiso del gobierno Bush con el loby de las corpo- raciones del armamento hace ineludible este despilfarro.

Otro protagonista humillado por los atentados, ha sido el desarrollo tecnológico. Falló la tecnología de seguridad de aeropuertos y aviones. Fra- casó la tecnología de espionaje de los servicios de seguridad. Y el enorme número de víctimas del atentado estuvo en relación directa, a las fallas de la tecnología constructiva de las torres, que se desintegraron enteramente.

Megalópolis

En 1950 NY era la única ciudad en el mundo que superaba los 10 mi- llones de habitantes. Fue, entonces, la primera con derecho a ser designa- da como megalópolis. NY, aloja el centro financiero más importante del planeta, es la capital del mercado cultural y artístico mundial, es el mayor complejo urbanístico- arquitectónico de la humanidad, alberga la sede de la ONU, es un enorme polo de atracción turística y de compras y es la ciu- dad más cosmopolita del mundo. Y cumple otra cantidad de funciones de primer orden en el globo.

“La ciudad es un discurso y ese discurso es en verdad un lenguaje”, nos dijo Barthes. Aldo Rossi y Robert Venturi agregaron que, como lenguaje, la ciu- dad es un instrumento de comunicación simbólica. NY es la mercancía con mayor contenido simbólico que posee el capitalismo. Es la capital del ame- rican way of life y el set privilegiado del sueño americano. Para Franco Rella las grandes ciudades son el escenario donde se reorganiza mecánica y cien-

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tíficamente el tiempo de trabajo. NY fue lo más cercano a la “moderna má- quina de vivir” que soñó la euforia tecnológica capitalista. Como maquina- ria de habitar, de existir, de relacionarse o aislarse, pero sobre todo de pro- ducir y consumir, NY es el mecanismo privilegiado de EEUU. Y por algu- nas horas los terroristas lograron trabar sus engranajes que no se detenían por siglos. Lo hicieron al costo de millares de víctimas civiles, un millón de toneladas de escombro, y una profunda herida en el orgullo americano.

Para los fundamentalistas islámicos es la Sodoma y Gomorra donde se concentran todas la iniquidades y perversiones de occidente. Distintos va- lores simbólicos para unos y otros.

Esa NY que en los últimos años ha asumido la función de zona céntri- ca de la aldea global, fue el blanco de una pesadilla de impactos, explosio- nes, fuego y derrumbes. Y estos eventos dieron inicio a un síndrome de in- seguridad. ¿Cuántos de sus habitantes han comenzado a pensar en alejar- se de la amenaza y la incertidumbre? ¿Cuántas empresas evaluarán la con- veniencia de mudar sus instalaciones, en los próximos meses? ¿Cuántos fu- turos turistas querrán evitar el riesgo de un nuevo once de setiembre?

La vertiginosa caída en la venta de vuelos a EEUU, las salas de juego casi vacías en Las Vegas y la ausencia de visitantes a Disney Word ,nos anuncian que las mismas preguntas que nos hacemos para NY pueden ex- tenderse a todo el país. Hoy NY es una zona de desastre. Es previsible un ingente esfuerzo para que la ciudad recobre todo su simbolismo. Igual- mente su horizonte está saturado de incertezas. Y será muy dificil recupe- rar su antiguo valor iconográfico empañado por el aciago desplome de las torres gemelas.

Torres

El complejo de las dos torres de más de 400 metros de altura, contaba con otros cinco edificios menores y ocupaba unas seis hectáreas y media. El conjunto albergaba los escritorios de 400 empresas de 25 países. Cin- cuenta mil personas trabajaban en las torres norte y sur. Contaban con un estacionamiento para dos mil- vehículos y generaban 50 toneladas de basu- ra por día. Sus ocupantes consumían diariamente 8,5 millones de litros de agua potable. Esto es 170 litros por persona y por día. Pero si contarnos los 363 mil litros de agua por minuto, que las máquinas de aire acondiciona- do extraían del Río Hudson, deberíamos agregar otros 3500 litros de agua por persona.

Y no olvidemos que este consumo corresponde sólo a las horas de tra- bajo. Un habitante de Madagascar utiliza, en promedio, 5 litros de agua

Cuadernos del Sur 17

día. Las torres fueron levantadas para encarecer zona de la isla de Manhattan que se había des- “iorizado. Su construcción abrió una suculenta es- " ulación inmobiliaria. El complejo era una sínte- de despilfarro y violenta agresión ambiental. bolos del capitalismo globalizado. Iconos del re mercado, de la tecnología más sofisticada, de randiosidad y opulencia de un imperio hegemó- . o.

“zw q I u arquitectura era el discurso del ideal de ciudad el capita ismo tardío: espacios controlados por la última tecnología, lim- pios, seguros, bien iluminados, habitados por toda clase de gente exitosa.

No eran parte de la ciudad sino su equivalente y sustituto. Sus relojes daban la hora de cada rincón del planeta. Y en los monitores de sus milla- res de oficinas se diseñaba numéricamente, la dicha de unos pocos y la des- dicha de millones de personas.

Entre sus paredes, las guerras, las hambrunas, las infamias del capital globalizado se contabilizaban sólo como pérdidas o ganancias. Algún leja- no conflicto que figuraba en sus balances, los abrazó con el odio de la des- trucción. La cantidad de víctimas está en relación a sus dimensiones des- humanizadas. '

Terrorismo

Como bien recuerda Chomsky no podemos restringir la palabra terro- rismo a los actos terroristas cometidos por enemigos del poder. Para Amé- rica Latina el terrorismo mas conocido es el de los estados dictatoriales que los EEUU. ayudaron a colocar en el poder y luego sustentaron. De cual- quier manera estamos frente a un nuevo tipo de terrorismo.

Según el periodista especializado en Oriente Medio, Robert Fisk “el te- rrorista suicida de boy, vino para quedarse”. Se trata de un extremista religio- so, con instrucción y experiencia, y decidido a morir en la acción terroris- ta. Es un arma exclusiva y ninguna potencia ha logrado contrarrestarla. Se- ría necesario crear un nuevo sustantivo para nombrar a los fanáticos suici- das de esta nueva modalidad de atentados apocalípticos.

Los soldados de EEUU. y sus aliados están decididos a arriesgarse, pe- ro no a inmolarse como única opción. A este tipo de terrorismo no se le puede declarar la guerra. No cuenta con un país, un estado, un ejército re- gular. Aunque actúe en diferentes lugares. Es un subproducto de la intole- rancia religiosa, del fanatismo nacionalista, y del sectarismo cultural, origi-

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nado, en la mayoría de los casos, en un escenario de. injusticia, postergación y desigualdad.

En Blade Runner, los androides, expertos en vi lencia, se rebelan contra el poder y es preciso elim narlos. Los “replicantes”, del film de Ridley Sco“ son una alegoría de Osama bin Laden y su org zación: Al (keda. Instrumento de EEUU. en guerra de Afganistán del lado de los talibanes y c tra el gobierno títere de la URSS, Laden contó rante diez años con el entrenamiento, las armas i _____ H .___ I J ñ dinero de la CIA, a través del servicio secreto pa 'stani. n 89, uego de la derrota rusa en Afganistán, volvió como héroe a Arabia Saudita. Pero un año después, actuando como asesor del clan real saudita, rompió con su gobierno por el establecimiento de tropas norteamericanas en el país, du- rante la guerra del golfo. A partir de allí es un enemigo de EEUU. Es a es- te “replicante” fuera de control, que se responsabiliza de los atentados. Y es contra él y el gobierno de Afganistán que l'o ampara, que se declaró la gue- rra desde el imperio.

Los norteamericanos ya experimentaron en Vietnam, que toda guerra en el extranjero tiene su camino de vuelta a casa. Es en el desmantelamien- to del despotismo y la arbitrariedad, es desmontando los escenarios de conflicto, es en la búsqueda sincera de la paz, donde se juega el esfuerzo contra este tipo de terrorismo. Las represalias armadas de EEUU. y sus aliados sólo avivarán la audacia e irracionalidad, de esta modalidad de vio- lencia insensata.

La política norteamericana ayudó a transformar a Osama bin Laden en un personaje emblemático para las masas populares islámicas. Mañana, su liderazgo, puede derribar los corruptos gobiernos aliados a Norteamérica en la zona.

Economía

Produciendo cerca de 10 millones de millones de dólares anuales, EEUU. ha sido la locomotora que empuja el crecimiento económico del capitalismo globalizado. Desde el año pasado EE.UU. tiene los síntomas de una caída económica. El mundo, entonces, ha quedado a las puertas de una recesión global. El gobierno Bush apostó a abrir los cofres estata- les como motor de recuperación. Pretendía que el Congreso le votara la realización de un escudo antimisiles por valor de 300 mil millones de dó- lares.

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Se apostaba al armamentismo para impulsar la recuperación económi- ca. Los anuncios del gobierno norteamericano permiten prever que el gas- to se hará en armamento más convencional. Y en el combustible y pertre- chos necesarios para trasladar la máquina militar al otro extremo del pla- neta. Es muy posible que la mayoría de la industria se beneficie con las ad- quisiciones estatales. La familia Bush, con importantes intereses petrole- ros, ya se ha visto favorecida por la inmediata suba del precio de los hidro- carburos. EEUU. ha elegido la destrucción y la muerte como camino de la recuperación económica.

En el plano interno, el gobierno intenta utilizar el consenso político en el Congreso, frente al enemigo, para imponer planes de rebaja de impues- tos al capital. Como contrapartida amenaza los beneficios populares. “No se puede defender la previdencia social, cuando la seguridad nacional esta' amena- zada”, declaró el senador Orin Hatch.

Bajo el Mar Caspio y sus alrededores se encuentran importantes reser- vas de petróleo, gas natural y minerales. Asia Central, entonces, tiene im- portancia estratégica para el imperio. La intervención militar, pretende también imponer una influencia decisiva sobre la zona.

Libertades

El gobierno Bush ha pedido potestades extraordinarias para limitar las libertades ciudadanas. La investigación de los atentados comenzó con alla- namientos violentos y prisiones sin orden judicial. Las medidas para apro- bación del Congreso incluyen:

° Posibilidad de detener y expulsar extranjeros sin pruebas ni proceso.

° Congelamiento de cuentas de sospechosos en EE.UU. y el extranjero.

' Autorización para espiar las comunicaciones privadas de los ciudada- nos (teléfonos, correo, internet) sin autorización judicial.

° En el extranjero, la actuación de sus agentes estará signada por lo que han definido como ‘guerra sucia” “No podemos tener libertades individuales

cuando la colectividad está amenazada. ”, declaró el senador republicano, Trend Lott.

Epílogo

“El saber de la caducidad, el saber de la discontinuidad bisto'rica, es el saber de la revolución, y de la transición bacia otros órdenes...” nos dijo Walter Benja- mín. Descifrar en este infortunado acontecimiento los signos de la caduci- dad, será la tarea de todos aquellos que quieran imaginar otro mundo po-

sible.

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La represalia militar norteamericana ha sido anunciada como de largo alcance, en el espacio y en el tiempo. Más aún, EEUU. pretende que el mundo se divida entre los que están de su lado o del lado del terrorismo. El imperio intenta globalizar la guerra y sumergirnos a todos en la barba- rie.

Los atentados en EEUU. han conducido hacia nuevas y peculiares re- laciones internacionales, por las prioridades político-militares que se ha fi- jado el imperialismo. En los medios, en los diferentes niveles del poder, las viejas raposas reaccionarias han salido a justificar la violencia del imperio. Y aún ex-izquierdistas como el mexicano Castañeda han respaldado la in- cierta guerra en que se embarca su vecino. Pero, el paradigma económico- social-cultural-político-militar dominante, que acrecienta la brecha entre hambre y despilfarro y que promueve la decadencia moral, la manipula- ción de los medios, la marginación, la demagogia, el consumismo irres- ponsable, la destrucción de la naturaleza y la violencia, ha perdido capaci- dad de cautivar con su discurso.

¿Acaso el sueño americano ha comenzado a tener síntomas de caduci- dad? El movimiento anti-globalización neoliberal, no ha sido ajeno a ese desgaste de la credibilidad del imperio. En menos de dos años este movi- miento ha ganado autoridad ética por sus propuestas y acciones.

Es previsible que a partir de ahora asuma también, la defensa de la paz, de la soberanía nacional, de las libertades civiles, de la tolerancia religiosa y cultural, mientras se opone a la xenofobia, el racismo, la militarización y la guerra. Ya existen propuestas en ese sentido. En el camino de las for- mas afirmativas de la resistencia, sin atentados ni terrorismo, este reciente espacio ciudadano mundial, está forjando una nueva conciencia interna- cionalista.

En las últimas décadas del siglo anterior, las avideces del capital globa- lizado nos impusieron un “vale todo” en los mercados y en las relaciones internacionales. Como contrapartida, millares de activistas de todo el mundo coincidieron con Adorno en los atributos de un futuro posible: evitar toda clase de sufrimientos innecesarios.

Para ellos, que no temen los desafíos de los nuevos tiempos, que no se amedrentan con lo inusitado, que eligen el camino de la crítica más implacable sobre lo actual —en las palabras y en lo hechos—, también se abre una época de vale todo.

Santa Catarina, Brasil, 6 de octubre, 2001

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Elecciones 2001: nadie vota a nadie

Alberto Bonnet

os que quedarnos escapados, desnudos como nacimos y perdido

todo lo que traíamos, y aunque todo valía poco, para entonces va-

lía mucho. Y como entonces era noviembre, y el frío muy grande,

y nosotros tales que con poca dificultad nos podían contar los huesos, estábamos hechos la propia figura de la muerte”. Así narra don Al- var Núñez Cabeza de Vaca sus desventuras de náufrago. Acaso ninguna es- cena como esta, digna de las cámaras de Fassbinder, ilustra mejor la situa- ción de indigencia político-ideológica en que arribamos a las últimas elec- ciones.

Las elecciones en cuestión se realizaron en el marco de una recesión crónica que ya cuenta con cuarenta meses de duración, veinticuatro de los cuales contabilizados bajo administración delarruista. Un producto, una inversión y un consumo en retroceso hoy conviven con un desempleo que alcanza a un tercio de los hombres y mujeres en condiciones de trabajar, una sostenida caída de los salarios nominales y unos niveles de pobreza que afectan a casi la mitad de la población. La deuda pública argentina as- ciende a unos ciento cincuenta mil millones, es decir, cinco años y medio de sus exportaciones, mientras los déficits de pagos externos ponen a los títulos de dicha deuda a disputar con los nigerianos los mayores índices de riesgo de defiiult. Tras la evaporación de ocho ajustes sucesivos, un salvata- je financiero avantla lettre (el llamado “blindaje”), una masiva reestructura- ción de la deuda (el “megacanje”) y la credibilidad de tres ministros, la eco- nomía argentina se encuentra a la deriva. La administración delarruista, signada desde el comienzo por esa endémica incapacidad para el gobierno que caracteriza a los radicales, ve entonces reducidos hasta el absurdo sus márgenes políticos de maniobra. La rápida disolución de la Alianza que ac- cediera al gobierno hace dos años, por su parte, no condujo a una recom-

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posición duradera de dicha administración sino más bien a la incorpora- ción de algunas figuras individuales de derecha cuyo prestigio fue devora- do inmediatamente por la vorágine de la crisis y, en definitiva, la llevó a un completo ostracismo. Una creciente oleada de luchas sociales, con las movilizaciones de piqueteros y empleados públicos a la cabeza —y cuyas características son analizadas en otros artículos de esta entrega de Cuader- nos del Sur—, diluyó rápidamente cualquier consenso que sustentara a la ad- ministración delarruista.

Si las elecciones recientes se realizaron en semejante marco de crisis eco- nómica y política, no puede sorprendernos que esas mismas elecciones se convirtieran en una expresión más de esta crisis. Aquí tomaremos como punto de partida estas elecciones, es decir, la manera en que se expresó electoralmente la crisis económica y política que atraviesa la sociedad ar- gentina, para intentar ahondar en algunas características de dicha crisis.

De que nadie vota o todos votan a nadie

Los candidatos de los grandes partidos burgueses se encargaron en sus campañas de que las recientes elecciones estuvieran plagadas de paradojas aún antes de que los votos entraran en las urnas. El presidente De La Rúa convocaba a votar a Terragno como su candidato mientras Terragno ven- día su candidatura como opositora al gobierno de De La Rúa. Mientras era evidente que la administración delarruista estaba ya en bancarrota política y que el P] constituía el principal partido de recambio, los candidatos cla- ves de ese P] se empeñaban en moderar sus críticas a dicha administración. Mientras Cavallo ocupaba su puesto como ministro de economía de De La Rúa, ordenaba a sus candidatos que se sumaran a las listas justicialistas y declaraba que la Alianza perdería las elecciones porque “ha demostrado ser incapaz de gobernar” (Clarin, 19/9).

Las mayores paradojas se conocieron, sin embargo, cuando los votos sa- lieron de las urnas y se divulgaron los resultados. Las elecciones arrojaron como saldo una clara derrota para varios partidos de la burguesía sin que a cambio —y esta es la mayor de las paradojas- arrojaran una victoria en sen- tido estricto para ninguno de ellos. En efecto, la manera más inmediata en que se expresó electoralmente la crisis radicó en la magnitud alcanzada por las abstenciones y, particularmente, por la combinación entre votos en blanco e impugnados que los medios bautizaron como “voto bronca”.l

La tendencia hacia un aumento de las abstenciones venía manifestan- dose con anterioridad, por lo menos desde 1991, y era previsible que vol- viera a manifestarse en estas elecciones a juzgar por las encuestas pre-elec-

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torales.2 Y el ausentismo se elevó del 21,8% alcanzado en 1997 (las ante- riores legislativas) y el 18,1% en 1999 (las presidenciales) a un 26,3% en 2001 (6.540.777 votantes de un padrón de 24.883.991 no ejercieron su de- recho de voto). Pero no es la ratificación de esta tendencia previa lo más significativo, sino la combinación entre votos en blanco e impugnados, cuya incidencia era mucho más constante en elecciones previas pero que, sorpresivamente, alcanzó cerca de los cuatro millones de votos a escala na- cional (3.871:-211, un 21,1% del padrón) y se ubicó como primera fuerza en distritos tan importantes como la Ciudad de Buenos Aires y la Provin- cia de Santa Fe en los recientes comicios.3

Este incremento de los votos en blanco e impugnados condujo a que los grandes partidos tradicionales de la burguesía perdieran votos en térmi- nos absolutos: la Alianza, la gran perdedora, casi cinco millones y medio, y el P] de conjunto un millón doscientos mil.4 La mayor dispersión del vo- to —el P] y la Alianza explicaban el 75% de los votos positivos en 1999 y hoy apenas el 50°/o— contribuyó también a reducir el peso de esos dos gran- des partidos sin que, no obstante, las principales opciones preexistentes de la burguesía pudieran capitalizar dicha dispersión —la AR de Cavallo, en particular, quedó pulverizada tras perder a su vez otro millón doscientos mil votos.

Las pírricas victorias de la mayor parte de los candidatos efectivamente electos deben interpretarse a la luz de estos resultados. Revisemos algunos casos decisivos. En la elección de senadores de la Ciudad de Buenos Aires, los votos impugnados sumaron 432.965 y los votos en blanco otros 73.219. Esto significa que, sin contar los 718.722 ausentes, casi duplicaron sumados los 285.783 votos obtenidos por la Alianza triunfante de Terrag- no. La Alianza obtuvo así dos senadores por la capital con una “mayoría” de apenas un 11% de los electores. Pero a los peronistas presidenciables no les fue mucho mejor. En la elección de senadores de la Buenos Aires, los votos impugnados sumaron 941.337 y los votos en blanco otros 572.518. Aún sin tener en cuenta las 2.290.141 abstenciones, esta segunda fuerza re- presentó las tres cuartas partes de los 2.032.157 votos obtenidos por el P] triunfante de Duhalde. El P] ganó así dos senadores por la provincia, des- pués de perder unos 700.000 votos respecto de 1999, con apenas un 22% de los electores. En la elección de senadores de Santa Fe los votos impug- nados sumaron 189.643 y los votos en blanco otros 481.415. Casi duplica- ron así, nuevamente sin tener en cuenta 541.284 ausentes, los 350.085 vo- tos obtenidos por el PJ de Reutemann. El PJ obtuvo dos senadores por la provincia con un mísero 16% de los electores. En la elección de senadores

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de Córdoba, finalmente, los votos impugnados sumaron 157.439 y los vo- tos en blanco otros 127.767, además de 581.892 ausentes. Esta tercera fuer- za se ubicó así muy cerca de los 351.552 votos obtenidos por el P] de De La Sota y de los 341.680 de la UCR. El PJ ganó entonces dos senadores más con otro mísero 16% de los electores.5

La masividad del voto en blanco e impugnado condujo así, institucio- nalmente, a un debilitamiento de la legitimidad de los candidatos efecti- vamente electos. Aunque esta afirmación vale para ambas cámaras, es par- ticularmente relevante para el Senado, electo por vez primera a través del voto directo conforme la constitución reformada de 1994. El Senado, des- de siempre signado por un carácter oligárquico derivado de la propia cons- titución bicameral argentina, queda conformado así por la misma pandilla de caudillos provinciales de siempre, pero ahora votados por una ínfima minoría de los ciudadanos de sus provincias.

Pero esa masividad del voto en blanco e impugnado instauró también un horizonte político sombrío para los propios partidos de la burguesía. La Alianza y/o la UCR fue derrotada, aún antes de que se emitiera un vo- to, en el hecho mismo de resultar incapaz de presentarse a las elecciones con listas oficialistas. Las razones de esta incapacidad son obvias, pero el hecho mismo, que significa una derrota política, no por eso debe ser pasa- do por alto. (Téngase en cuenta en este sentido que el PJ, durante la admi- nistración de Menem, siempre presentó listas oficialistas —que además a menudo triunfaban.) A esta derrota a priori se sumó luego la derrota en las elecciones de sus listas trasvestidas. El desastre registrado por Alfonsín, Storani y Moreau en la Provincia de Buenos Aires dejó a Terragno, a cuyo magro desempeño en capital ya hicimos referencia, como principal pre- candidato de la UCR para las presidenciales de 2003.

La viabilidad de su candidatura depende, sin embargo, de la posibilidad de resucitar una fuerza progresista semejante a la que condujo a De La Rúa al gobierno. Y en efecto Terragno convocó de inmediato a la “reconstruc- ción de la mayoría progresista que dio origen a la Alianza y luego se vio frustrada” (La Nación, 15/10) a partir de su pobre triunfo capitalino: “así como la Alianza surgió de aquí y se extendió a todo el país por la capaci- dad de amplificación que tiene la Capital Federal, ahora estamos en con- diciones de hacer un esfuerzo de reunificación de las fuerzas progresistas” (Pa’gina 12, 16/ 10). Sin embargo, semejante esfuerzo parece superar con creces las fuerzas del progresismo porteño, no solamente por ese magro de- sempeño de la UCR capitalina sino también por que el ARI, suerte de nue- vo Frepaso y candidato por excelencia a constituir el segundo pilar de una

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eventual Alianza resucitada, tampoco alcanzó el desempeño que esperaba. Los feligreses de Lilita esperaban Una victoria en la capital, su distrito más confiable, mas apenas si lograron convencer a una parte del desintegrado electorado de la Alianza y un disgustado Bravo quedó disputando con Bé- liz la senaduría por minoría.

A pesar de la masividad del voto en blanco e impugnado el P] fue, igual- mente, el vencedor relativo de los comicios. A los tres gobernadores de provincias grandes que ya se perfilaban como precandidatos (Ruckauf, De la Sota y Reutemann), a pesar de sus modestos desempeños provinciales, los resultados de las elecciones sumaron a Duhalde y restaron completa- mente a Menem y sus seguidores. Estos resultados serían suficientes para el triunfo de alguno de estos precandidatos del PJ en las presidenciales del 2003 porque, como el propio Duhalde señaló, “no son votados porque sean buenos sino porque los otros son peores” (Gente, 16/ 10). Pero hasta entonces deberán caminar bordeando un abismo para que esa posibilidad se concrete. Deberán garantizar la “gobernabilidad” —un eufemismo que puede traducirse sin más como la dominación política ejercida sobre los trabajadores- votando en el parlamento las iniciativas del gobierno como hicieran con la reforma laboral, la delegación de poderes a Cavallo, el dé- ficit cero, etc., pues de ello depende que exista un ordenado recambio de administraciones con fecha en octubre de 2003. Sin embargo, deberán ser oficialistas con disimulo y sin comprometerse directamente en un co-go: bierno, pues arriesgarían hundirse junto a la administración saliente. Pero deberán también ser opositores, en la medida en que la administración de- larruísta descargue el ajuste fiscal sobre las provincias y, por ende, sobre sus propias bases electorales. Y así sucesivamente... Los precandidatos justicia- listas ya comenzaron a andar en este sentido desde antes de las elecciones, pero todavía les queda un camino largo y escabroso hasta el 2003.

Este largo y escabroso camino, sin embargo, parece ser el único que les queda porque cualquier otro —el atajo a través de una oposición populis- ta, en particular- parece definitivamente clausurado. Recuérdese en este sentido la triste experiencia de Duhalde en las elecciones de 1999, cuando sugirió poner en discusión la deuda externa, la bolsa emitió sus cotizacio- nes en su contra y dio el good bie a su candidatura. (Y en la medida en que ese mismo Duhalde no evidencie haber aprendido de su experiencia, co- mo el establisbment sigue sospechando, volverá a quedarse en el camino.) Pero además conviene revisar en este sentido el desempeño electoral del Polo Social en la Provincia de Buenos Aires. Las huestes populistas del cu- ra Farinello representan, en efecto, una suerte de duhaldismo por fuera del

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PJ y de la exigencia de mantenimiento de la “gobernabilidad” que pesa so- bre el mismo. El milagro esperado por Farinello consistía en que su fuer- za resultara segunda en la provincia y ascender así como senador por mi- noría: tres serían entonces los senadores duhaldistas. Pero la realidad terre- nal quiso que resultara cuarta y se quedara en su parroquia.‘S La prédica po- pulista no pareció sumarle demasiados fieles y sus huestes, para desgracia de cierta izquierda que apostara a redimirse sumergiéndose en ellas (ver ba- lance de Tumini en En Marcba, 17/10), tienden ahora a integrarse sin más en el duhaldismo.

En cualquiera de los casos parece avizorarse, para los próximos dos años, una nueva reconfiguración del sistema de partidos. El P] deberá di- rimir la compleja disputa abierta entre sus principales referentes y algunos sectores internos, como los restos del menemismo, pueden quedar afuera del resultado de dicha disputa. La defilnción de la Alianza en manos. del delarruísmo y su derrota electoral obliga a los restos marginados del Prepa- so a pugnar por integrarse en una nueva fiierza progresista e incluso pone a la propia UCR al borde de la fractura. Y la desaparición de la AR de Ca- vallo deja a la derecha una vez más, como sucediera con la UCeDé en los inicios del menemismo, sin un referente político propio.

Del programa de ningún partido

La expresión electoral más directa de la crisis, decíamos, radicó en la magnitud alcanzada por las abstenciones y la combinación entre votos en blanco e impugnados que sacudieron a las instituciones y a los grandes partidos políticos de la burguesía. Para seguir avanzando debemos pregun- tarnos ahora por el significado político e ideológico, por el programa, de este rechazo masivo del voto positivo.

Esta pregunta es compleja y debemos avanzar paso a paso. El carácter masivo alcanzado por este fenómeno y la especificidad de la coyuntura de crisis en que tiene lugar impiden que podamos atribuirle sin más el signi- ficado que revestía en elecciones previas. No constituyó un mero agrega- do de conductas individuales ni una expresión de rechazo colectivo y or- ganizado aunque minúsculo —como en el caso del movimiento “501” en las elecciones anteriores. Constituyó una expresión de rechazo colectivo, semi-espontáneo y masivo, por parte de sectores de la pequeña-burguesía y de la clase trabajadora golpeados por la presente crisis. Veamos estas ca- racterísticas con más detenimiento.

El carácter colectivo y masivo de esta expresión de rechazo va de suyo, pero su composición social no parece particularmente reveladora. El recha-

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zo al voto positivo reunió desde porteños de clase media, pasando por los pequeños productores agrarios quebrados y/o inundados de varias provin- cias, hasta desocupados del Gran Rosario (ver Clarín, 21/-10). La única ge- neralización que parece razonable al respecto consiste en la afirmación, bastante vaga, de que este nuevo carácter masivo alcanzado por el rechazo del voto positivo es una expresión de rechazo por parte de sectores cuya inserción social previa fue destruida o es amenazada directamente por la presente crisis:económica. Es claro, en este sentido, que el rechazo al voto positivo es una expresión más de protesta popular dirigida contra una di- rigencia política que es responsabilizada por dicha crisis.

Su carácter semi-espontáneo radica en el hecho de que esta expresión de rechazo reunió conductas más o menos organizadas, acaso minoritarias, con otras puramente espontáneas. Hubo campañas públicas que la promo- vieron, aunque su análisis poco nos dice acerca del contenido político e ideológico de ese rechazo del voto positivo, pues provinieron de un espec- tro político-ideológico que va desde las Madres de Plaza de Mayo, el PCR y algunas organizaciones de desocupados hasta periodistas fascistizantes como Neustadt y Haddad e intelectuales de la derecha como Escudé. Hu- bo asimismo iniciativas, como el diseño informatizado de pseudo-boletas y su circulación a través de Internet y de mano en mano, que suponen al- guna dedicación e incluso presupuesto y que alcanzaron alguna repercu- sión. Pero hubo también, desde luego, incontables decisiones individuales de negarse a votar, votar con un sobre vacío o introducir en el sobre una foto recortada de una revista o un preservativo, que no responden a nin- guna organización previa.

El contenido de algunas de las boletas impugnadas, en particular de aquellas que circularon colectivamente, ofrece un testimonio, aunque muy parcial, del significado del rechazo del voto positivo en algunos distritos urbanos. Algunas de estas pseudo-boletas testimoniaban un rechazo del voto caracterizado por cierta ironía posmoderna (votos a cómicos como Capusoto y Alberti u Olmedo dictador de Costapobre, votos a personajes de historietas como Isidoro, Mafalda y Felipe, a Bin Laden o a Merlo). Otras tenían un contenido político-ideológico más explícito: denunciaban la corrupción de los políticos votando a Clemente (“no tiene manos, a lo mejor no roba”), a Afanancio (“el político que menos roba”), a Ningún Partido (“candidatos para seguir afanando una vez más en nombre del pue- blo”) o reivindicaban la honradez de una lista de próceres encabezados por Belgrano (Gente [6/10, Página 12, 15/10, Zona de Investigación de Azul TV, etc.). Una encuesta “boca de urna” del CEOP confirmó por su parte la im-

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portancia de esta protesta ante la corrupción de los dirigentes políticos co- mo motivo entre aquellos que habían votado en blanco o impugnado su voto: la incredulidad en los políticos y la negativa a proveerles fondos era el reclamo de una amplia mayoría de los encuestados que demandaba, ade- más, la reforma de la constitución para eliminar cargos y reducir costos de la política (Clarin, 15/ 10). Esta “extensión del déficit cero a los políticos” había sido, justamente, el significado que las campañas derechistas previas habían atribuido a este rechazo del voto positivo y el significado que vol- verían a invocar en sus interpretaciones de los resultados electorales (ver por ejemplo La Nación, 15/ 10).7

Aquella masiva expresión de rechazo de los sectores golpeados por la crisis, entonces, no parece haber adoptado simplemente la modalidad de un “voto castigo con dedicatoria” a la administración delarruista y a sus políticas económicas —inaugurando así, de paso, las esperanzas de un pro- yecto populista alternativo, como sostienen ciertas interpretaciones.8 Adoptó en cambio la modalidad de una condena generalizada —más dra- mática con respecto a la Alianza, naturalmente, pero que también signó a populistas como Duhalde y Farinello- a una dirigencia política responsa- bilizada de conjunto por dicha crisis.

Los progresistas, por su parte, se encuentran completamente desorien- tados ante esta condena generalizada a la dirigencia política. Uno hubiera esperado discursos plañideros girando alrededor de las amenazas autorita- rias que se ciemen sobre nuestras queridas instituciones democráticas aho- ra que los representantes no representan a nadie. El rechazo del voto posi- tivo expresaría, en una interpretación semejante, “una protesta anti-siste- ma que puede constituir un preocupante aviso de estilo venezolano, aun- que no haya ningún Hugo Chávez en Argentina” (Elpaz's, 16/10). Pero re- sulta que ninguna tendencia semejante se insinuó siquiera en las eleccio- nes.9 Los progresistas locales, en este sentido, prefirieron reconciliarse con el rechazo del voto positivo entendiéndolo como un acto de participación ciudadana políticamente correcto.lo

Ahora bien ¿cuál es entonces el significado político e ideológico de la condena a la dirigencia política expresada en este rechazo del voto positi- vo? Creemos que significa una expresión más de la protesta popular, diri- gida contra una dirigencia política que es responsabilizada así por la crisis económica y social que atraviesan amplios sectores de la sociedad, pero que a la vez tiene aristas potencialmente reaccionarias. Es necesario preci- sar esto último para evitar malentendidos. Sus aristas reaccionarias no ra- dican per se en que condene a la dirigencia política burguesa, ni en que re-

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nuncie a impulsar una dirigencia alternativa a través de las urnas, ni me- nos aún en que, supuestamente, amenace a las instituciones democráticas burguesas. Todo esto bien puede ser progresivo e incluso, si implicara una tendencia hacia la ruptura de la democracia representativa en busca de nuevas formas de democracia directa, sería decididamente revolucionario. Sus aristas reaccionarias radican en el significado que adquiere potencial- mente este rechazo del voto positivo en su contenido específico y en esta coyuntura política específica.

Esta modalidad específica de condena a la dirigencia política en térmi- nos de una casta corrupta conduce a un desplazamiento ideológico desde la política hacia la ética, un desplazamiento reaccionario por naturaleza y que vuelve a ser reaccionario en esta coyuntura de la sociedad argentina. Dicho desplazamiento, que ya estaba presente en las declaraciones cada vez más frecuentes del Episcopado, en la cruzada de Lilita y sus feligreses contra el demonio de la corrupción, en las homilías de Farinello, etc., que- plasmado masivamente en este rechazo del voto positivo.

Ahora bien, la corrupción de los dirigentes políticos burgueses es cier- tamente una realidad que debe ser eliminada, junto con dichos dirigentes, pero no es una realidad individual sino social. No responde meramente a conductas inmorales sino a procesos políticos (como por ejemplo las pri- vatizaciones) y no se debe a ciertos individuos sino a las organizaciones co- lectivas a las que pertenecen (como los propios partidos políticos burgue- ses). Los vínculos entre grandes negocios y pago de comisiones o entre par- tidos burgueses y fondos sucios para mantenerlos, en otras palabras, no de- penden de los individuos implicados y sus convicciones morales, sino de las relaciones sociales específicas que caracterizan a las empresas o los par- tidos. Más aún, son estas últimas modalidades de las relaciones sociales las que, en primera instancia, moldean las subjetividades de los individuos im- plicados. El funcionario corrupto del gobierno de hoy aprendió ayer a ren- tar su militancia en un oscuro centro de estudiantes que dirigía Franja Mo- rada y el empresario que lo coimea hoy aprendió ayer a coimear en los cur- sos de capacitación dictados por la gerencia de su empresa.

Este desplazamiento ideológico bloquea así, de manera característica, el acceso a la verdadera naturaleza de los problemas y de las respuestas que exigen. Pero además puede ser, y es de hecho, promovido y aprovechado por esa misma dirigencia política burguesa para sus propios fines reaccio- narios. La condena de la corrupción menemista, durante las elecciones presidenciales de 1999, había articulado el discurso de campaña de una Alianza que aspiraba a acceder al gobierno para garantizar la continuidad

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de la política menemista. Y figuras progresistas, como Alvarez o Fernández Meijide, habían desempeñado entonces los roles que hoy quiere desempe- ñar Carrió.ll En las elecciones recientes, la condena a la dirigencia políti- ca como una casta corrupta fue activamente promovida y aprovechada, no ya por los dirigentes progresistas, sino incluso por los representantes más reaccionarios de la burguesía. Los discursos acerca del déficit cero de la po- lítica e incluso del déficit cero en general, en la medida en que los propios trabajadores del estado son presentados por el discurso oficial como privi- legiados en medio de la crisis, pueden potenciarse por medio de este tipo de condenas morales a la dirigencia política.

Del proyecto de nadie

La crisis económica y política que atraviesa la sociedad argentina se ex- presó electoralmente de manera privilegiada, entonces, en este rechazo del voto positivo como una reacción de descreimiento ante la dirigencia polí- tica. Pero para analizar con mayor profundidad este fenómeno debemos preguntarnos, al menos por un momento, por la propia naturaleza de aquella crisis que se expresó en las elecciones.

El plan de convertibilidad constituyó durante los 90, chantaje hiperin- flacionario mediante, el esqueleto de una nueva hegemonía social y polí- tica neoconservadora.12 La convertibilidad apuntó a sustraer el dinero de su vinculación con la lucha de clases, es decir, a acabar con el desarrollo inflacionario de la lucha de clases que signó al capitalismo argentino du- rante la posguerra y que culminó en los procesos hiperinflacionarios de 1989-91. El peso convertible se convirtió desde entonces en el arma clave del capital en su empresa de disciplinamiento del trabajo, encadenando el empleo y los salarios a la productividad del trabajo a través del encadena- miento de las ganancias de la mayor parte del capital, apertura externa y desregulación mediante, a los márgenes permitidos por los precios intema- cionales.

Pero al mismo tiempo la convertibilidad puso en marcha una desespe- rada carrera del peso detrás del dólar, una carrera que —como invirtiendo aquella famosa paradoja de Zenón- permanece oculta tras la propia con- vertibilidad, por ley, del peso en dólar. En 1991 se inició, más precisamen- te, una carrera cuya meta consiste en la mutación de la convertibilidad por ley en una convertibilidad sustentada en niveles sin precedentes de pro- ductividad y competitividad de la economía argentina en el mercado mun- dial, es decir, en una explotación sin precedentes del trabajo.

Esta carrera, sin embargo, fue revelándose poco a poco como una carre-

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ra hacia el abismo. La convertibilidad impuso una restructuración del ca- pital que se evidenció en un incremento de la inversión privada a una ta- sa promedio anual del 14,6%, paralela a un aumento del desempleo del 6,3 al 14% de la PEA, y en un incremento del PBI a una tasa del 5,8% anual entre 1991 y 199-8.13 Pero cuando se analiza esta carrera con mayor deteni- miento, aún prescindiendo de las cambiantes coyunturas de la economía mundial, se advierte una realidad diferente. En efecto, esa dinámica de la convertibilidad: durante la década de los 90 fue sumamente cíclica y, más importante aún, estuvo signada por recesiones que devenían cada vez más profundas. Hubo así una desaceleración de la inversión y el producto en- tre el segundo trimestre de 1992 y el primero de 1993, una nueva desace- leración entre el primero y el cuarto trimestre de 1994 que, una vez desa- tada la crisis mexicana de diciembre, devino en una depresión abierta que se prolongaría hasta el tercer trimestre de 1995 y, finalmente, una depre- sión crónica que se inicia en el segundo trimestre de 1998 y se extiende hasta nuestros días.

Esta tendencia recesiva se vio acompañada, por su parte, por una ten- dencia hacia un progresivo debilitamiento de la posición del capitalismo argentino en el mercado mundial, que puede apreciarse en la persistencia del déficit comercial durante esas fases recesivas. Los aumentos en la pro- ductividad y la competitividad sustentados en la racionalización de la or- ganización y los procesos de trabajo, finalmente, parecen cada vez más in- suficientes para garantizar la continuidad de la acumulación y la inserción en el mercado mundial de este capitalismo argentino de: peso convertible, imponiendo como salida un espiral deflacionario de recorte directo de los salarios nominales y caída de precios. Y la propia estrategia de reducción del déficit público mediante el recorte de los salarios nominales de los tra- bajadores del estado no hace sino expresar y potenciar esa salida. Es en es- te sentido que la carrera del peso convertible va revelándose poco a poco como una carrera hacia el abismo, es decir, el deficult.

Y es una carrera en piloto automático. El propio chantaje hiperinflacio- nario que sustenta la convertibilidad, que había sido clave para cimentar su capacidad disciplinaria respecto del trabajo y unificadora respecto de la propia burguesía, deviene entonces una jaula de hierro para la burguesía misma. “No hay alternativa”. La sentencia, adoptada por el entusiasmado thatcherismo criollo, parece trocarse así en su propia sentencia de muerte.

Es precisamente esta carrera en piloto automático hacia el abismo la que explica, en última instancia, la ausencia de proyectos alternativos y el propio desconcierto político e ideológico que se expresaron en la coyun-

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tura electoral. La crisis económica y social generada por el proyecto de acu- mulación articulado en tomo a la convertibilidad, en ausencia de proyec- tos políticos alternativos, fue achacada entonces a la corrupción de la diri- gencia política a través del mencionado desplazamiento de la política ha- cia la ética y se expresó en las elecciones como un rechazo masivo del vo- to positivo. Pero no es todo. Esa crisis económica y social desencadenó además una serie de reacciones que, incapaces de expresarse en un proyec- to político alternativo, se expresaron poniendo en escena un festival de las más variopintas regresiones políticas e ideológicas.

En efecto, la inminencia de un default, con sus dramáticas consecuen- cias, operó durante los aciagos meses previos a las elecciones como una suerte de aquelarre donde todas las viejas brujas fueron conjuradas, como una experiencia límite que actualizó todos los traumas del pasado, y todo el desconcierto político e ideológico de la sociedad argentina fluyó incon- tenible. Moyano clamaba contra los cipayos que se iban a probar suerte a España mientras los trabajadores de Aerolíneas Argentinas quemaban ban- deras españolas. Los medios compensaban la devaluación del real presen- tando el triunfo de Argentina sobre Brasil con titulares deportivo-militares mientras proliferaban las campañas de compre argentino y no compre bra- sileño. Un grupo de viejos conocidos economistas, tras nueve meses de parturientas labores, resucitaba el “Plan Fénix” de unas cenizas populistas que habían cobijado en las urnas de la academia.14 Y así sucesivamente.

En el marco de esta crisis ideológica y política se desplegaron a su vez múltiples jugarretas políticas reaccionaria. De La Rúa presentó la reduc- ción del déficit público en la Casa de Tucumán como un “sacrificio patrió- tico”, recurso típico del discurso burgués ante las guerras, en aras de una nueva independencia. La oposición invocó a su vez a la patria y a la inde- pendencia para responderle. De La Rúa convocó a la Unidad Nacional. Al- fonsín y Duhalde le respondieron soñando por escrito con una reedición criolla del Pacto de La Moncloa que incluya a los principales gobernado- res justicialistas, la CGT oficialista, el Episcopado y la UIA. Nociones va- cías como “patria” y “nación” eran así, en una mecánica característica del discurso ideológico, disputadas y cargadas con diversos contenidos ideoló- gicos en pugna.15 Más allá de quién lograra apropiarse de esas nociones y con qué contenidos, sin embargo, el saldo más importante sería siempre el inmenso costo en términos de desorientación ideológica y política que los trabajadores terminarían pagando si su resistencia contra la ofensiva del ca- pital quedaba definida en esos términos patrióticos y nacionalistas.

Pero es importante tener en cuenta que esta crisis política e ideológica

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no implica que la propia hegemonía menemista, articulada en tomo a la convertibilidad, se haya desmoronado aún. La crisis agudizó ciertamente las disputas de intereses entre distintas fracciones de la burguesía y esa dis- puta se expresó públicamente. El denominado “grupo productivo”, inte- grado por la Unión Industrial, la Cámara de la Construcción y las Confe- deraciones Rurales, lideró una campaña que influyó decisivamente en la definición de los términos ideológicos de esa disputa de la siguiente ma- nera. En un bando estarían las fracciones productivas y nacionales, es de- cir, la industria nacional y la pequeña y mediana empresa, la construcción y los pequeños y medianos productores agrarios, creadores de empleo e impulsores de un programa de reactivación del mercado interno y de me- jora de la capacidad exportadora. En el otro bando estarían las fracciones parasitarias y extranjeras, la gran banca, las empresas de servicios privatiza- das y los hipermercados, interesadas en, y responsables de, la continuidad del statu quo.

Estos alineamientos revelan pugnas de intereses perfectamente reales y visibles como, por ejemplo, entre las pequeñas y medianas empresas y la banca alrededor de las usurarias tasas de interés vigentes o entre la indus- tria manufacturera y las empresas de servicios a raíz de las exorbitantes ta- rifas cobradas por estas últimas. Y estas pugnas se agudizaron con la pro- fundización de la crisis. Pero menos realidad se encuentra tras las asocia- ciones ideológicas a través de las cuales esas fracciones de la burguesía ven- den a la sociedad sus propios intereses. Esa burguesía que se presenta co- mo “nacional y productiva” incluye entre sus sectores más dinámicos, por ejemplo, un grupo de trasnacionales de origen local con numerosas filia- les y considerables inversiones directas y ventas en el extranjero, así como con cuantiosas inversiones en activos financieros —incluidos buena parte de los propios títulos de deuda pública- en fondos de inversión radicados en paraísos ofisbore. Esa otra burguesía presentada como “extranjera y pa- rasitaria” incluye a su vez, también entre sus sectores más dinámicos, em- presas propiamente industriales (petróleo, gas, electricidad) privatizadas y adquiridas por la burguesía local. Así pueden desarmarse, una a una, cada una de las asociaciones ideológicas a través de las cuales aquella burguesía “nacional y productiva” vende socialmente sus intereses, hasta que su dis- curso queda reducido a algo tan grotesco como los cantos patrióticos al trabajo ajeno con que el grupo Bemberg vende cerveza Quilmes en sus anuncios publicitarios.16

Pero hay algo mucho más importante. Estas asociaciones ideológicas convierten en una realidad absolutamente invisible el antagonismo entre

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el capital y el trabajo y, por ende, el interés común de las distintas fraccio- nes de la burguesía en profimdizar su ofensiva contra los trabajadores co- mo única salida de la crisis dentro del marco de la convertibilidad. Este in- terés común se puso de manifiesto durante una década de apoyo conjun- to a la flexibilización laboral, la reducción de salarios y aportes patronales, el recorte de gastos sociales y, en definitiva, a la convertibilidad misma co- mo marco de este disciplinamiento del trabajo.

La dirigencia sindical, sin embargo, asimiló en buena medida ese discur- so de las fracciones “nacionales y productivas” de la burguesía y se alineó con ellas dispuesta a resucitar viejas alianzas de clases —una tarea muy pa- radójica, en verdad, porque supone inventar previamente las clases con las cuales aliarse...17 Pero el saldo importante vuelve a ser el inmenso costo en términos de desorientación ideológica y política que los trabajadores pagan cuando su resistencia contra la ofensiva del capital queda definida en términos de una “producción nacional” versus un “parasitismo extran- jero”.

Todo este discurso ideológico, nacido en las disputas de intereses entre distintas fracciones de la burguesía, no podía sino expresarse también en la propia coyuntura electoral. Pero no se expresó como una verdadera dis- puta entre proyectos alternativos. La convertibilidad misma, precisamente en su calidad de marco para el disciplinamiento de los trabajadores, una vez más, no estuvo en discusión en las elecciones. Ninguno de los parti- dos políticos de la burguesía incluyó en su programa ni en sus campañas, explícitamente, el abandono de la convertibilidad. Más aún. Si bien la úni- ca lista importante que incluyó activamente en su propaganda la defensa de la convertibilidad y el déficit cero (Unión por Buenos Aires de Scioli y Liendo) obtuvo magros resultados, nada indica que la salida de la conver- tibilidad constituyera tampoco una demanda de la mayoría de los votan- tes. En una encuesta realizada por Gallup cuando se implementara el plan de reducción del déficit (La Nación, 2/8), la amplia mayoría de los encues- tados se manifestaba contra ‘de las medidas anunciadas por el gobierno pe- ro, al mismo tiempo, a favor del mantenimiento de la convertibilidad y de alcanzar el déficit cero. La propia encuesta “boca de uma” antes mencio- nada (Clarín, 15/10) indicó que muchos de los que se habían negado a vo- tar positivamente exigían la renuncia de Cavallo, pero la gran mayoría sos- tenía que había que mantener la convertibilidad y reducir el déficit públi- co. La profunda crisis ideológica y política que atravesamos, en este senti- do, no implica aún el desmoronarniento de la hegemonía articulada en torno a la convertibilidad.

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De nosotros: la izquierda en las elecciones

Sin embargo, no debemos considerar a esta crisis política e ideológica como un resultado cerrado, sino como un proceso abierto cargado de es- peranzas. Su futura deriva reaccionaria o su conversión en desmorona- miento de la hegemonía menemista e inicio de un nuevo tiempo político depende, en gran medida, de nuestra propia capacidad de intervención que vayamos construyendo como izquierda anticapitalista.

Y en este sentido las noticias son buenas. El protagonismo y el fortale- cimiento alcanzados por la izquierda anticapitalista en las grandes luchas sociales desarrolladas desde el ascenso de la administración aliancista tam- bién se expresó electoralmente.18 En verdad, los resultados obtenidos por la izquierda fueron uno de los rasgos más notorios de las elecciones. La iz- quierda fue un ganador absoluto —prácticamente el único, como vimos—, alcanzando de conjunto un millón y medio de votos y triplicando los ob- tenidos en 1999 y 1997. Estos resultados son decididamente relevantes en algunos distritos. La izquierda en su conjunto (incluyendo AyL, IU, PH, PO-MAS, PSA y PTS) alcanzó los 357.591 votos para diputados en la Ciu- dad de Buenos Aires, por ejemplo, un 27% de los votos positivos y un 14% de los electores que la ubica cómodamente como primera fuerza. Se ubi- asimismo como tercera fuerza, con un 13,8% de los votos y muy por encima del ARI en la provincia de Buenos Aires y con un 20% de los vo- tos en la de Santa Fé.19

Todas las fuerzas de izquierda incrementaron sus votos. Pero hubo de- sempeños especialmente relevantes. Izquierda Unida fue la fuerza más ma- siva (574.923 votos) y la que más creció en relación con las elecciones pre- vias (multiplicó por tres veces y media sus 157.976 votos de 1999), ganan- do así un diputado por la capital, dos que permanecen en disputa por Bue- nos Aires y varios otros representantes provinciales (ver Alternativa Socia- lista, 18/10). Su experiencia duradera de construcción de una alternativa unitaria de izquierda jugó indudablemente un papel clave en la obtención de este resultado: la unidad ampliada de la izquierda sigue siendo, en este sentido, una exigencia clave. El desempeño de Autodeterminación y Liber- tad en la capital, con 132.982 votos (un 10% de los positivos) y dos dipu- tados, es por su parte el resultado más sorprendente. A la cabeza de una fuerza nueva y tras una fugaz campaña, Luis Zamora logró arrancar una parte del tradicional electorado progresista porteño a las fuerzas de cen- troizquierda y al voto en blanco e impugnado a partir de su propia trayec- toria personal.20

Estos resultados impulsan, indudablemente, nuestra capacidad de inter-

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vención política como izquierda anticapitalista, pero no son de ninguna manera un cheque en blanco. Las organizaciones de izquierda también es- tán sumidas, desde mucho antes de las elecciones, en una situación de in- digencia política e ideológica propia y alcanzaron estos buenos resultados electorales sin haber superado previamente dicha situación. Ni sus progra- mas, ni sus discursos, ni sus modos de organización e intervención previos se modificaron, en líneas generales, y alcanzaron esos resultados electora- les porque los comicios se desarrollaron en el marco de una coyuntura de luchas sociales y crisis particularmente agudas. Este desempeño electoral coyuntural debe, por consiguiente, consolidarse políticamente de aquí en adelante.

Los tiempos de esta consolidación, es decir, de la construcción de una sólida alternativa anticapitalista en la Argentina, son imposibles de estimar a priori. Son largos debido a la propia naturaleza de las tareas políticas e ideológicas implicadas, pero pueden ser brutalmente acortados por el cur- so que está siguiendo la realidad misma. La posibilidad de que esta prolon- gada agonía económica que atravesamos devenga en una catástrofe, es de- cir, en una cesación involuntaria de pagos de la deuda externa y por con- siguiente una crisis financiera de magnitud y consecuencias sociales impre- visibles, es un hecho evidente por lo menos desde fines del año pasado.21 (Más aún: cuanto más se desarrolle la lucha social y la construcción de aquella alternativa, más dudarán los inversores financieros de la capacidad argentina de honrar su deuda, es decir, de la capacidad del estado y de la burguesía argentinos para imponer la reducción masiva de salarios nomi- nales públicos y privados y de las conquistas sociales que quedan para se- guir parándola, y más inminente será dicha crisis.) Esta posibilidad misma convierte en urgencia aquella necesidad de construir una alternativa anti- capitalista.

Pero debemos entender la naturaleza de esa alternativa. No nos referi- rnos a una elección entre platos de un menú que la burguesía puso en nuestra mesa y que tengamos que realizar “como si” fuéramos ministros de esa misma burguesía. ¿Gusta dolarización o devaluación de entrada?, ¿librecambismo alcaniano o proteccionismo mercosureño de segundo pla- to?, ¿transnacionales con guarnición menemista o pymes acompañadas de duhaldistas fritos?, y así sucesivamente, siempre con el hambre como úni- co postre. A romper el menú nos referimos. Y a ponernos a cocinar juntos por nosotros mismos.

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Notas

1 Hubo también otras modalidades en las que se expresó la crisis, desde el desinterés por las elec- ciones entre la gente, pasando por la modestia de las campañas (i.e., Alfonsín hizo su acto de cie- rre de campaña en Chascomús, Duhalde en Huracán de San Justo, Béliz en el Hotel Castelar, La Nación 12/10), hasta la excusación masiva de autoridades de mesa previa a los comicios. Pero aquí nos concentraremos en este “voto bronca" que es, evidentemente, la más relevante y novedosa.

Z Véanse las disímiles evaluaciones de este fenómeno, previas a las elecciones, por parte de A. López y R. Fraga: e‘ste último había previsto, erróneamente, que la tendencia al ausentismo se re- vertin’a en los cuartos oscuros mientras el primero enfatizaba correctamente en su carácter durade- ro (Gente 16/ 10).

3 Dentro de dicho agregado, los votos anulados fueron los más dinámicos, saltando del 4,85% en 1997 y el 3,19% en 1999 a] 12,9% en 2001; los votos en blanco pasaron por su parte del 4,65% en 1997 y el 3,6% en 1999 al 8,2% en 2001 (Clarín, 21/ 10). Una primera noción de “no-voto” que agregara los votos en blanco e impugnados a las abstenciones implicaría una primera fuerza con casi la mitad del padrón. (Y poco se modificaría esta ubicación si restásemos un porcentaje estima- do de ausentes involuntarios con una metodología como la empleada por A. López: No votara’s. Ausentismoy voto en blanco tras una de'cada de democracia, Cuaderno 24 de IDEP/ATE, 1993).

4 En general, esta pérdida de caudal de votos del justicialismo fue pasada por alto por la pren- sa extranjera, que interpretó los resultados simplemente en términos de una derrota del oficialis- mo en manos de la oposición: “derrota del gobierno” (0 Estado de Sdo Paulo, 15/ 10), “visible recha- zo para el presidente'I (New York Times, 15/10), etc.

5 En base a los datos provistos por el Ministerio del Interior en www.eleccionesZQQI.ggv.ar Es importante advertir empero que, en aquellos distritos donde hubo victorias significativas de uno de estos partidos tradicionales, los votos bronca y abstenciones registraron menores índices. Tales son, por ejemplo, los casos de Kirshner en Santa Cruz, que ganó con un 61,85% de los votos po- sitivos equivalente al 43,4% del pa'drón de electores y del Chaco, donde Rozas ganó con un 48,36% de los votos positivos que representa el 33,2% del padrón.

6 Otro dato muy significativo, en este sentido, es que las listas de Farinello no obtuvieron un porcentaje mayor de votos en el gran Buenos Aires (con excepción de Quilmes, su distrito) que en el resto de los partidos de la provincia, como preveían varios analistas.

7 El resultado de las elecciones de conjunto fue negativo para el establisbment —aunque ya ha- bía previsto su resultado: en la semana previa el riesgo país había rozado los 1900 puntos, la bol- sa había caído y Standard and Poor’s había bajado nuevamente su calificación de riesgo, es decir, el resultado había sido anticipado en el precio de los activos. Sin embargo, el rechazo masivo del vo- to positivo, también previsible, no pareció contar como uno de esos elementos negativos. “En la lectura que hicieron de los comicios, las que consideraban como malas noticias —la elección de Raúl Alfonsín o el claro triunfo de Eduardo Duhalde- se compensaron ampliamente con las bue- nas, como el crecimiento del llamado ‘voto bronca’ (blancos más impugnados) y la no tan favora- ble actuación de los candidatos del ARI, de Elisa Carrió” (A. Sainz: “Moderado optimismo de los mercados”, en La Nación, 15/ 10).

8 “Es posible afirmar entonces que el 'voto bronca' es en realidad un voto de castigo con de- dicatoria”, es decir, un “repudio masivo asestado al modelo de política económica y social" que abriría una perspectiva de “construcción de un poder político-institucional orientado hacia los ob- jetivos de desarrollo, equidad y una inserción más equilibrada y creativa en los esoenarios regiona- les y mundiales”, dependiente a su vez “del patriotismo de los partidos y otras firerzas políticas de

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vocación genuinamente nacional y popular” (C. M. Vilas: “Elecciones 2001 : 'el mito del voto bron- ca”, en NAC & POP, 22/10).

9 Téngase en cuenta en este sentido que Luis Patti, el candidato de la derecha fascistizante más importante en las últimas elecciones, no pudo proyectar su fuerza a escala de la Provincia de Bue- nos Aires y sólo logró un resultado relevante en su Escobar de origen.

lo “El voto protesta e incluso también la dispersión del voto ilustran tanto los problemas de los dirigentes políticos en reconstruir lazos de representación sobre la base de diagnósticos y propues- tas consideradas verosímiles, como la existencia de una ciudadanía independiente cada vez más nu- merosa y apartada de los cánones convencionales de la representación política. La preferencia por un candidato a diputado reputado por su honorabilídad o el corte de boleta contra una diputada que se beneficia subrepticiamente de una jubilación de privilegio pueden ser considerados otros tantos signos de una moralidad pública renaciente” (I. Cheresky en Clarín, 17/ 10).

11 En este sentido, los dirigentes y partidos progresistas —y no empleamos comillas en este artí- culo porque renunciamos a disputar este significante- fimcionan como verdaderos “mediadores evanescentes” de la reacción. Es oportuno recordar en este Sentido la manera en que describe S. Zi- zek a los disidentes anti-Stalinístas después de la restauración del capitalismo en la exURSS: “los disidentes están estupefactos al comprobar que en el paso del socialismo al capitalismo han desem- peñado el papel de ‘mediadores que desaparecen’ y que la misma clase de antes gobierna bajo un nuevo disfraz” (“Multiculturalismo, o la lógica cultural del capitalismo multinacional”, en F. Jame- son y S. Zizek: Estudios culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Bs.As., Paidós, 1998, p.153). Mientras tanto, en nuestros pagos, el Chacho fire el mediador evanescente para la continuidad de la convertibilidad, Lilita se postula como una medíadora evanescente para su profundización con el déficit cero, y así sucesivamente.

12 Un análisis más preciso de este mecanismo de chantaje se encuentra en A. Bonnet: “Argenti- na 1995: ¿una nueva hegemoníaP”, en Cuadernos del Sur 19, Bs.As., junio de 1995.

13 R. Astarita enfatiza correctamente en este punto y llama la atención sobre esta tasa de creci- miento que, incluso para el período 1991-2000 y con la recesión incluida, es del 4,5% anual pro- medio y por ende superior, no ya a la registrada en la denominada l‘década perdida” de los 80 (0,07% entre 1976-1990) sino también a la del capitalismo de posguerra (3,9% 1950-1980; “Crisis y estrategia de acumulación en la Argentina”, en Debate marxista 2, Bs.As., 2001. Una desagrega- ción sectorial del comportamiento de la industria muestra claramente la asociación entre inversión y destrucción de empleos en los sectores más dinámicos (véasc O. Altimir y L. Beccaria: “El mer- cado de trabajo bajo el nuevo régimen económico en Argentina” y A, Ramos y L. Beccar-ia: “El proceso de inversiones en la economía argentina”, ambos en D. Heymann y B. Kosacoff (eds.): La Argentina de los noventa, Bs.As., Eudeba-CEPAL, 2000, tomo I).

14 Quen no haya visto la presentación-del plan por parte del especulador inmobiliario que se desempeña como rector de la Universidad de Buenos Aires, Shuberoff, en el programa Encrucrja- das-UBA (Azul TV, 29/10), puede recurrir a A. Gak: “Hacia el Plan Fénix”, en Lagaceta de económi- cas, 26/8, o a la prensa que se hizo eco del mismo (Página 12, 7 y 8/9, Clarin, 7 y 8/9).

15 Un nuevo examen de esta mecánica ideológica se encuentra en el último libro de S. Zizek: El espinosa sujeto. El centro ausente de la antología política, Bs.as., Paidós, 2001.

16 Las mistificaciones en juego son, por supuesto, mucho más fundamentales. No podemos de- tenernos en ellas, pero para la mistificación correspondiente a la oposición misma entre capital na- cional y capital extranjero puede consultarse J. Holloway: “El capital se mueve”, en Cuadernos del Sur 31, abril de 2001, y para la oposición entre capital productivo y capital especulativo parasita- rio A. Bonnet: “El fetichismo del capital-dinero”, de próxima publicación.

17 Una cierta hipertrofia del análisis “fraccionalista” siempre file uno de los expedientes más re-

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finados del pensamiento reformista. Tampoco puedo detenerme en este punto, pero véase S. Clar- ke: “Marxism, sociology and Poulantzas’s theory of the state”, en S. Clarke (ed.): Tbe state debate, Londres, Macmillan, 1991.

13 Algunos resultados desagregados muestran esta relación: la inserción de IU en los partidos más populares del gran Buenos Aires se expresó en un apoyo del 6,5% de los votantes, la inserción del PO entre los piqueteros salteños lo ubicó como tercera fuerza en la capital, por encima de la UCR, y cuarta en provincia.

19 Ejercicios de agregación como estos son, desde luego, en buena medida improcedentes. No implican de ninguna manera que la suma de votos alcanzada hoy por fuerzas tan diversas se hu- biera alcanzado, o se alcanzan’a en el futuro, por una fuerza única que adoptara el perfil de cual- quiera de ellas. Sólo indican que una parte del electorado expresó su protesta apoyando un cierto número de candidatos de izquierda en un sentido amplio.

20 Esto, que fue reconocido por el propio Zamora (Clarín, 16/10), está lejos de convertirlo en “un nuevo Chacho Alvarez” (Altamira en Prensa Obrera, 17/10). La izquierda anticapitalista no pue- de reducirse a una expresión de ese progresismo de la pequeñoburguesía porteña, pero disputar su apoyo y arrastrarlo hacia una alternativa de izquierda sigue siendo un punto clave de su estrategia.

21 Véase en este Sentido A. Bonnet: “Aniversario blindado: hacia una década de peso converti- ble”, en Página 12, 12/1/2001. Una crisis financiera semejante acaso sólo sería comparable, en su magnitud y consecuencias, con el default ruso de 1998.

Periferias

Revista de Ciencias Sociales

Ediciones FISyP Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas

Cuadernos del Sur 41

Clase obrera y formas de lucha en la Argentina actual

Nicolás Iñigo Carrera - María Celia Cotarelo

.g

a ofensiva

exitosa de

la clase ca-

pitalista de- sarrollada mundial- mente desde la se- gunda mitad de la década del ‘70 tuvo como una de sus ar- mas ideológicas, la proclamación de cuatro falacias destinadas a aislar y debilitar a la clase obrera.

En primer lugar, la afirmación de que en este momento del desarrollo capitalista la clase obrera disminuye hasta desaparecer, reemplazada por máquinas y robots. Apoyada en un uso más bien simplón de los datos censales (que asimila categorías ocu- pacionales a clases sociales), esta fa- lacia fue perdiendo defensores entre los analistas de la realidad argentina, y muchos de sus sostenedores pare- cen (una vez más) arrepentidos, sin que, sin embargo, se haya avanzado demasiado en el planteo del proble- ma en términos de cuáles han sido los cambios en la clase obrera, qué

transformaciones se han producido en el núcleo del proleta- riado industrial, có- mo se modificó la proporción entre el activo y la reserva y que ocurrió con las modalidades de la superpoblación. Una segunda fala- cia la constituye la afirmación de que la huelga desaparece como for- ma de lucha, siendo sustituida por “nuevos movimientos sociales” (de mujeres, jóvenes, indígenas y otros) que no son “de base económica” si- no, más bien, “de base sociocultu- ral”. Cuando es imposible negar la existencia de esa forma de lucha (las huelgas generales) se argumenta que sólo se realizan en el marco de dis- putas político partidarias, o en de- fensa de intereses inmediatos de la capa constituida por los funciona- rios sindicales. Y, finalmente, una cuarta falacia consiste en afirmar que, en caso de existir, las luchas de los obreros, y en particular las h'uel-

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gas no tienen efecto alguno, “no sir- ven para nada”.

Este trabajo, que presenta resul- tados de una investigación realizada en el Programa de Investigación so- bre el Movimiento de la Sociedad Argentina (PIMSA) sobre las fora mas de la protesta social y oposi- ción política en la Argentina actual, se propone no tanto mostrar la ob- via falsedad de las cuatro afirmacio- nes a que hemos hecho referencia, sino plantear, a partir de una des- cripción de los hechos, algunos pro- blemas de periodización y de la re- lación entre fracciones sociales e instrumentos de lucha.

El momento histórico

El momento histórico en que se desarrollan los hechos que estamos investigando se ubica dentro del pe- ríodo contrarrevolucionario que se inicia a mediados de los '70. Des- pués del intento fallido en 1975 (R0- drigazo), cuando la movilización obrera impidió ala oligarquía finan- ciera imponer las políticas, afines a sus intereses, necesarias para ade- cuar el país a las nuevas condiciones que se imponían en el mundo capi- talista, la fuerza social encabezada por ella se apoderó del gobierno en marzo de 1976 para implementar esas políticas por las armas.

Para la clase obrera argentina las condiciones impuestas desde enton- ces, en un largo proceso que llega hasta hoy, pueden sintetizarse en

máxima jornada de trabajo con mí- nimo salario y despojo de condicio- nes dignas de vida y otras conquis- tas históricas. Desde mediados de los '80, pero más aún en los '90, es- te proceso de desalojo de espacios sociales fue acompañado por el cre- cimiento de una masa de población sobrante para el capital, que va con- solidándose en la miseria. Es justa- mente la presión de esa masa, cuya parte totalmente desempleada se ha estabilizado en aproximadamente el doble de lo que fue su punto más al- to hasta mediados de los 80,l lo que permite mantener las nuevas condi- ciones, en las que el 10% más rico de la población (que en 1975 recibía el 24% del ingreso total y en 1990 el 33,6%) recibe, en 2000, el 36,9% de ese ingreso mientras el 10% más po- bre (que recibía el 3,2% en 1975 y el 2,1% en 1990) recibe apenas el 1,4%. La brecha de ingresos entre el 10% más pobre y el 10% más rico creció 57% entre 1990 y 1999.2 Este es el contexto en que se de- sarrolla la rebelión de los expropia- dos, de los desposeídos, de los desa- lojados de los espacios sociales que ocupaban. A continuación analiza- remos las formas que toma, a partir del momento en que, con las hipe- rinflaciones de 1989 y 1990 (cuan- do la desaparición del dinero desar- ticuló todas las relaciones sociales) y la amenaza de su repetición, se potenció la imposición por el mer- cado de peores salarios y condicio-

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nes de trabajo, y se crearon mejores condiciones para la aplicación con toda contundencia de la política de la oligarquía financiera.

Las formas de la rebelión

Entre mayo y julio de 1989 y en febrero y marzo de 1990, los sa- queos de comercios, y en mucho menor proporción ollas populares y manifestaciones, no alcanzaron a constituirse en protesta ni se dirigie- ron contra el estado o el gobierno, limitándose a ser, principalmente, un choque entre particulares, cons- tituyendo apenas una “revuelta”.3

En el primer momento que sigue a la revuelta, se realizan la privatiza- ción de empresas estatales, “retiros voluntarios” y despidos de asalaria- dos. Los efectos sobre los trabajado- res no parecierong evidentes en un primer momento: la nueva situa- ción contó con consenso, incluyen- do el de muchos de los mismos tra- bajadores de las empresas privatiza- das. Los intentos de resistencia4 es- tuvieron enmarcados por el aisla- miento social.

A fines de 1993, con el motín del 16 y 17 de diciembre en Santiago del Estero y La Banda, donde fue- ron incendiadas las sedes de los tres poderes y las casas de dirigentes po- líticos,5 podemos señalar un punto de inflexión. Mientras el conjunto del régimen político cierra filas con- tra el motín, en distintos conflictos los trabajadores lo señalan como un

ejemplo a seguir. Distintos hechos con elementos de motín se suceden desde fines de 1993 hasta 1995,6 y el gobierno debe comenzar a dismi- nuir el ritmo de las reformas dirigi- das a modificar las condiciones de trabajo y de vida. Los trabajadores logran frenar, aunque no detener, las políticas laborales y sociales de la oligarquía financiera, sobre todo a partir de la realización de las huel- gas generales de 1995 y 1996.

Esto no significa que se cierre el período contrarrevolucionario ini- ciado a mediados de la década de 1970; pero dentro de él pueden se- ñalarse fases (la que se corresponde con el gobierno militar y la que se corresponde con los gobiernos sur- gidos de procesos electorales) y tam- bién momentos de ascenso y des- censo en la lucha de la clase obrera y el pueblo. Desde fines de 1993 pueden señalarse indicios del inicio de un nuevo momento, en que co- mienza a romperse el aislamiento social de la clase obrera. Las luchas comienzan a lograr grados de articu- lación, de organización y de siste- maticidad que marcan una tenden- cia a la conformación de un movi- miento de protesta social contra las políticas impulsadas por la oligar- quía financiera desde el gobierno del estado. Como veremos las huel- gas generales aparecen cumpliendo un papel central en esa articulación, a la vez que en el motín y más aún en algunos cortes de ruta aparecen

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elementos que embrionariamente pueden constituir una oposición al régimen político vigente.

El momento ascendente llega a su culminación entre 1996 (con la huelga general de septiembre), y la primera mitad de 1997, cuando se producen los cortes de ruta genera- lizados en la provincia de Jujuy7 y las localidades de Cutral-Có,3 Cruz del Eje, San Lorenzo y Tartagal.

El corte de ruta, que no constitu- ye un instrumento tan novedoso como a veces se pretende, comien- za a generalizarse, al ser utilizado por distintas fracciones sociales, y, en determinadas si- tuaciones deja de ser un instrumento subordinado a otra forma principal de lucha para pasar a ser instrumento principal: “(...) constituyen la ocu- pación (toma) de una posición que es defendida frente a las fuerzas policiales. En estos casos los piquetes son para garantizar el mismo corte, son masivos, está pre- sente más de una fracción social, los reclamos incluyen metas gene- rales, y aun los reclamos específicos son variados, expresándose más de una fracción social, y aunque co- mienzan organizados en multisec- toriales u otras formas semejantes, pronto surge una organización en

asamblea y formas de lo que tenta- tivamente podemos llamar ‘demo- cracia directa’, lo que conlleva la desinstitucionalización. Estos cor- tes se desarrollan en el tiempo y ge- neralmente en ellos se producen di- visiones entre quienes aceptan ne- gociar primero y los que siguen...”.9

Sin embargo, la utilización de es- te instrumento de lucha no significa el abandono de formas largamente constituidas como la huelga general con movilización. Durante la déca- da de 1990 se realizaron nueve huelgas generales.lo

Como ya dijimos, tanto el motín de Santiago del Es- tero como las huel- gas generales, y en especial la amenaza de huelga general por tiempo indeter- minado que siguió a la huelga por 36 horas de septiembre de 1996, donde la movilización reu- nió a más de 70.000 personas y fue la segunda más gran- de de las convocadas en la década, postergaron la aplicación de la flexi- bilización laboral y reforma del es- tado: son las famosas “tareas pen- dientes” que los cuadros del capital financiero reclamaron durante los dos últimos años del gobierno de Menem y que sólo pudieron co- menzar a aplicarse después del cam- bio de gobierno en 1999, con el

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enorme costo político que significó la sospecha de sobornos para lograr- la, en un marco de ilegitimidad.

A fines de 1996, con la fractura en los cuadros sindicales y el creciente aislamiento de las huelgas genera- les,ll y después de los cortes de mayo de 1997, el momento ascendente de las luchas populares llega a su fin. Si bien se multiplican los cortes de rutas y de calles en casi todo el país, son protagonizados por los pequeños propietarios y otras fracciones de la pequeña burguesía, que logran teñir la protesta con sus rasgos, mientras desaparece la unidad en la lucha de los asalariados. Se re- fuerza el carácter cor- porativo de las reivin- dicaciones, el aisla- miento de la clase obrera y, con la for- mación de la Alian- za, todo parece en- cauzarse dentro de los límites del siste- ma institucional, ca- nalizándose hacia la disputa electoral.12

A fines de 1999 el enfrentamien- to social con que culmina la toma del Puente General Belgrano, en Corrientes, continuidad de la Plaza del Aguante, y los de General Mos- coni (Salta) en noviembre de 2000 y junio de 2001, junto con la unidad en la acción de los cuadros sindica- les, expresada en la segunda y terce- ra de las huelgas generales que se de-

sarrollan desde 2000,13 señalan un nuevo momento ascendente que se prolonga, aunque no linealmente, al menos hasta agosto de 2001.14

A comienzos de 2001, la protesta se hace sentir fuertemente a las puer- tas de la Capital Federal, con los cor- tes más importantes en La Matanza, Florencio Varela y Qiilmes.15 Al igual que los de Jujuy (especialmen- te Libertador General San Martín), Cutral-Có/ Plaza Huincul y Tartagal de 1997 estos cortes tienen como rasgos en común su masividad (cen- tenares de piqueteros se mantienen permanentemente y llegan a ser mi- les en algunos mo- mentos), su dura- ción de muchos días y la toma de decisio- nes en asamblea, lo mismo que la apro- bación o rechazo de las negociaciones realizadas por los re- presentantes. Pero a diferencia de aque- llos, son realizados exclusivamente por trabajadores de- socupados (por lo que los reclamos giran en torno a la asignación de Pla- nes Trabajar y la entrega de alimen- tos y útiles escolares), con una orga- nización en tanto desocupados que no se disuelve al terminar el corte y que ejerce su dirección. Los trabaja- dores desocupados avanzan hacia formas de lucha y de organización cada vez más sistemáticas, a pesar de

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tratarse de la parte del proletariado despojada no sólo de sus condicio- nes materiales de existencia sino también de la posibilidad de obtener sus medios de vida mediante el sala- rio. Este avance hacia formas siste- máticas refuta prácticamente los dis- cursos acerca de la imposibilidad de organización de las fracciones prole- tarias impedidas de enlazarse en la relación salarial en forma estable; constituyen embriones de organiza- ción lograda en poco tiempo (ape- nas 4 años), lo que, en nuestra hipó- tesis, se vincula con la larga tradi- ción de organización sindical de los trabajadores argentinos. Por su ho- mogeneidad y autoconciencia, se lo- calizan en el grado de organización de intereses económicos inmediatos, más que en el de los intereses del grupo social más vasto, o en los ple- namente políticos, lo que los aseme- ja a los embriones de la organiza- ción sindical, aunque será el desarro- llo del proceso histórico general el que determine si ésta es la tendencia que va a imponerse o si se constitu- yen en embriones de otras formas de organización que expresen intereses de clase como totalidad.

También realizan marchas, como la del 20 de marzo, originalmente convocada por organizaciones polí- tico sindicales, de jubilados y de de- socupados pero que se subsume en la movilización realizada por las centrales sindicales (CGT secretaría Moyano, CTA, CCC) previamente

a la realización de la cuarta huelga general contra la política económi- ca del gobierno nacional; las co- lumnas de desocupados fueron las más nutridas en esa movilización.

Las movilizaciones “contra el ajuste” y “por la libertad de los pre- sos” de julio y agosto de 2001 reú- nen una vez más a los pobres con otros trabajadores, principalmente los estatales; la primera y segunda jornadas nacionales de cortes de ru- ta (31 de julio y 7 y 8 de agosto) se realizan con importante acompaña- miento social. Después de esa fecha hay indicios de un nuevo aislamien- to social.

Los instrumentos y protagonistas de la protesta

La importancia que tienen los asa- lariados y la organización sindical en las protestas desarrolladas en la Ar- gentina, que se hace evidente en la periodización de la protesta que pre- sentamos, puede parecer resultado de haber tomado como uno de los indicadores las huelgas generales.

Sin embargo, esa importancia también surge cuando se centra la observación en otros instrumentos utilizados en la protesta. De 595 ac- ciones registradas en el primer cua- trimestre de 2001,“5 39,2% corres- ponden a marchas y manifestacio- nes, 34,3% a cortes de rutas o de ca- lles, 11,6% a ocupaciones de luga- res de trabajo, estudio17 o edificios públicos, 6,7% a huelgas (general,

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por rama, por establecimiento) y 8,2 a Otros.

Los Asalariados (ocupados, des- pedidos o desocupados) dan cuenta del 49,2% de esas acciones, mientras que Estudiantes, docentes y padres realizan el 15,6%, Pequeños produc- tores y comerciantes el 6,9%, Veci- nos 9,1%18 y Militantes 7, 2%. Con- trariamente a las imágenes generadas por los medios de comunicación masivos, los asalariados ocupados realizan casi la mitad del total de ac- ciones durante el cuatrimestre, mientras que los desocupados (in- cluye los beneficiarios de Planes Tra- bajar y semejantes) realizan algo más de una cuarta parte (27,6%) y los des- pedidos un 11%.19 Si se considera al conjunto de los asalariados se obser- va que la mayoría de las acciones son realizadas por “ocupados en em- presas privadas”, y en segundo lugar por “desocupados y despedidos” —estos últimos también mayoritaria- mente de empresas privadas. Sin embargo, son las administraciones nacional, provinciales y municipales contra quiénes se dirigen casi las dos terceras partes de las acciones; prin- cipalmente el gobierno nacional, sea contra políticas de gobierno, sea contra el gobierno mismo, sea recla- mando su intervención. En segundo lugar se dirigen contra empresas pri- vadas, generalmente por despidos y/o por salarios adeudados.

Correspondiéndose con quiénes son los que realizan las acciones en-

tre enero y abril de 2001, su princi- pal organizador es sindical (en cual- quier nivel de organización que se trate: central sindical, sindicato de rama, sindicato local, comisión in- terna). El segundo lugar correspon- de a acciones realizadas sin una or- ganización previa que las convoque u organice (“espontáneas”), que co- rresponden en buena medida a las de los vecinos de pequeña burgue- sía acomodada en barrios inunda- dos. Finalmente puede observarse la creciente importancia de corrien- tes o agrupaciones político sindica- les, principalmente en la organiza- ción de las acciones realizadas por desocupados.

También puede observarse el pe- so de los asalariados (ocupados, despedidos o desocupados) cuando se centra la observación en un ins- trumento supuestamente novedo- so: los cortes de rutas (o calles).

En el desarrollo de la investiga- ción hemos realizado tres medicio- nes que abarcan tres lapsos diferen- tes (1°: diciembre de 1993 a agosto de 1997; 2°: diciembre de 1993 a octubre de 1999; 3°: enero a abril de 2001)20 en los que tomarnos en consideración los mismos atributos de los cortes.

Uno de ellos es quién realiza los cortes. Entre diciembre de 1993 y agosto de 1997, los “Asalariados” realizaron más de la mitad: 53,8% de los 156 cortes registrados; corres- pondiendo el primer lugar (35,3%)

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a los cortes realizados por asalaria- dos ocupados, mientras que 15,4% corresponden a asalariados desocu- pados; pequeños propietarios y otras fracciones de pequeña burgue- sía realizaron el 16,7% de los cortes y 15, 4% fue realizado por Otros; el resto corresponde a combinaciones o no hay datos.21

Entre diciembre de 1993 y octu- bre de 1999, el primer lugar corres- pondió a los “No Asalariados” (pe- queños propietarios y otras fraccio- nes de pequeña burguesía, activa- dos especialmente en 1999), que realizaron el 47,6% de los 685 cortes registrados. Los Asa- lariados realizaron el 36,8% (25% los ocupados; 6,6% los desocupados, co- rrespondiendo el resto a jubilados y combinaciones).

Entre enero y abril de 2001, bas- tante más de la mi- tad de los cortes (58,8% del total de 204 registrados) fueron realizados por los Asalaria- dos, a pesar de la activación de los “vecinos” en el mes de enero, con motivo de las inundaciones, y de la “comunidad educativa” (particular- mente los estudiantes) en marzo. El primer lugar correspondió a los Asalariados Desocupados (24,5%), mientras que los Ocupados realiza- ron el 19,1%. Los cortes del primer

cuatrimestre del 2001 son realiza- dos principalmente por asalariados desocupados y por asalariados ocu- pados privados (12,2%), siendo no- table la poca participación de los asalariados estatales.22

Correspondiéndose con quién realiza los cortes encontramos que tienen relevancia las organizaciones sindicales (en cualquiera de sus ni- veles), político sindicales y empre- sarias como convocantes. Hasta 1999 predominaban las organiza- ciones empresarias (31,7%) y sindi- cales (24,8%). Entre enero y abril de 2001, el primer lugar corresponde a acciones “espontá- neas” (23,6%), rasgo fuertemente influi- do por los cortes realizados por veci- nos, mayoritaria- mente de pequeña burguesía acomoda- da. Los siguen los cortes que convo- can organizaciones de tipo político sin- dical (21,6%), casi en la misma can- tidad que las organizaciones sindi- cales (21,1%).

Articulación de distintas formas e instrumentos en la huelga general

Al menos desde mediados de los ’90 puede observarse que los distin- tos instrumentos utilizados por dis- tintas fracciones y capas sociales se

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articulan en el momento de la huel- ga general.

Si se observan las siete huelgas generales realizadas en los años 2000-2001, vernos que todas ellas articulan diversos instrumentos de lucha, principalmente marchas y cortes de calles y rutas, junto con ollas populares, concentraciones, escraches, ocupaciones de faculta- des, radios abiertas, apagones e in- tentos o amenazas de saqueos, en todo el país.

Distintas fracciones sociales tien- den a utilizar diferentes instrumen- tos. Los piquetes de huelguistas di- rigidos a impedir la circulación de colec- tivos, camiones o trenes y lograr el cie- rre de comercios y bancos están inte- grados por trabaja- dores ocupados de esas mismas activi- dades. Las marchas, que recorren las ca- lles céntricas de las ciudades y que suelen incluir ape- dreos de los frentes de edificios pú- blicos, comercios, bancos extranje- ros y empresas privatizadas, son rea- lizadas en su mayoría por trabajado- res ocupados23 y en algunas partici- pan también estudiantes y trabaja- dores desocupados, pero en menor proporción. También las ollas po- pulares, que son organizadas por los sindicatos, las llevan a cabo tra-

bajadores ocupados, junto con de- socupados en algunos casos. Los cortes, que se realizan en gran me- dida en los accesos a las ciudades, son protagonizados tanto por traba- jadores ocupados24 como desocupa- dos, jubilados y estudiantes, que confluyen en varios de ellos; sin embargo, esta diversidad desaparece en la huelga general del 19 de julio de 2001 en que los cortes son reali- zados en su casi totalidad por traba- jadores desocupados. Los intentos o amenazas de saqueos a supermer- cados y comercios, que se producen en Mar del Plata y Rosario en las huelgas generales de mayo y noviem- bre de 2000, son realizados por habi- tantes de barrios pobres o villas, con fuerte presencia de jóvenes, y no llegan a realizarse porque logran que se les re- partan alimentos o porque la policía lo impide. Los escraches y concentra- ciones son realizados casi exclusiva- mente por militantes de partidos políticos de izquierda. Los estu- diantes, además de participar en marchas y cortes de ruta o calle, ocupan facultades e instalan radios abiertas. En algunas pocas ciudades se producen apagones, realizados por comerciantes, vecinos y peque- ños empresarios.

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En síntesis, puede observarse que, en los últimos años, las huelgas ge- nerales articulan a nivel nacional, di- versos instrumentos de lucha utiliza- dos cotidianamente por distintas fracciones sociales para expresar su protesta. A partir de esta articula- ción, participan trabajadores asala- riados tanto ocupados como deso- cupados, junto a fracciones de pe- queña burguesía, así como las capas más pobres de la sociedad. Cada una utiliza los instrumentos que le son más afines, aunque se observa tam- bién la confluencia de distintas frac- ciones en muchas de las acciones.

Clase obrera: inteligencia entre activo y reserva

Si observamos las formas sistemá- ticas de lucha (huelgas generales con movilización, cortes), que están por encima de cualquier forma espontá- nea (revuelta, motín), los resultados de investigación muestran la centra- lidad de la clase obrera en el movi- miento de protesta que se desarrolla en la Argentina hoy. Tanto de la par- te que se encuentra efectivamente en actividad (activo) como de la parte que constituye una población so- brante para las necesidades actuales del capital (reserva). Utiliza para ello distintos instrumentos.

Los trabajadores ocupados, tanto privados como estatales, constituyen el núcleo en las huelgas generales y en las principales movilizaciones del período. Son también protagonistas

principales de los cortes de rutas y calles, y ocupan el primer lugar entre los asalariados que utilizan ese ins- trumento entre 1993 y 1999.

Sin embargo, desde 1997 puede observarse la utilización del corte de rutas o calles por los trabajadores que, despojados de sus condiciones materiales de existencia, tampoco pueden obtener regularmente sus medios de vida mediante el salario. Al comienzo de 2001, parece ser es- ta parte de la clase obrera la que más utiliza ese instrumento. Al mis- mo tiempo, la organización de los que los realizan tiende a hacerse permanente.

La articulación de instrumentos que se hace observable en las huel- gas generales con movilización nos estaría indicando un grado de inte- ligencia entre el activo y la reserva, condición necesaria, aunque no su- ficiente, para lograr superar desde su raíz las condiciones en que se de- sarrolla la vida del conjunto de la clase obrera.

Sin embargo, debe tenerse pre- sente que en ninguno de estos he- chos encontramos desarrollada una política “consciente”, en el sentido de apuntar a la superación de raíz de las causas del estado en que se encuentran las fracciones sociales involucradas. El desarrollo de esa política implica necesariamente el desarrollo de otros instrumentos.

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Notas

1 Las tasas más altas de desocupación antes de 1986 rondaron el 6%. En la segunda mitad de la década de 1990 la tasa más baja de deso- cupación fue de 12,4 en 1998. (Fuente: Indec).

2 Clarín; 29/7/01.

3 Iñigo Carrera, N., Cotarelo, M.C., Gó- mez, E. y Kindgard, F.; La Revuelta. Argentina 1989/90; Buenos Aires, PIMSA, Documento de Trabajo N°4, 1995.

4 Por ejemplo, la llamada “Plaza del No”, la huelga de los telefónicos en 1990, el corte de ruta en Sierra Grande en 1991, la huelga ferro- viaria de ese mismo año y de los obreros de So- misa en 1992.

5 Cotarelo, Maria Celia; El motín de Santia- go del Estero, diciembre de 1993; Buenos Aires, PIMSA, Documento de Trabajo N°19, 1999.

6 Hay ataques a las sedes de gobiernos pro- vinciales y municipales y residencias de dirigen- tes políticos en la Rioja en 1993, en Jujuy en 1994, en Salta en 1994, y muchos más en 1995.

7 Gómez, Elizabeth y Kindgard, Federico M.; “Los cortes de ruta en la provincia de Jujuy. Mayo/junio de 1997”; Buenos Aires, PIMSA, Documento de Trabajo N°15, 1998.

3 Klachko, Paula; “Cutral-Có y Plaza Huin- cul. El primer corte de ruta (1996). Cronología e hipótesis”; Buenos Aires, PIMSA, Documen- to de Trabajo N°20, 1999.

9 Iñigo Carrera, N. y Cotarelo, M.C.; La pro- testa social en las ’90. Aproximación a una periodiza- ción; Documento de Trabajo N°27, PIMSA 2000.

El 9/11/92, convocada por la Confedera- ción General del Trabajo (CGT) por 24 horas; 2/8/94, conv0cada por el Congreso (después Central) de los Trabajadores Argentinos (CTA) y el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) por 24 horas; 21/4/95, convocada por CTA y MTA por 24 horas; 6/9/95 convocada por CGT con adhesión de CTA y MTA por 12 horas con movilización (Marcha del Trabajo); 8/8/96, convecada por CGT, CTA y MTA por 24 horas con movilización de CTA y ollas po- pulares de MTA; 26 y 27/9/96 convocada por CGT, incluido el MTA, con adhesión de CTA

por 36 horas con movilización a Plaza de Ma- yo; 26/12/96, convocada por CGT (excepto al- gunos dirigentes menemistas) con adhesión de CTA y MTA por 24 horas sin movilización; 14/ 8/ 97, convocada por CTA, MTA, la Corrien- te Clasista y Combativa (CCC), Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y 62 Organizaciones Pero- nistas por 24 horas con movilizaciones en el in- terior del país; 6/7/99, convocada por CTA por 24 horas con movilización (Jornada de Protesta Nacional).

11 Iñigo Carrera, N., Fisonomía de las buelgas generales de la de'cada de 1990 (1992-1999); Bue- nos Aires, Pimsa, Documento de Trabajo N" 21; 1999.

12 Iñigo Carrera, N. y Cotarelo, M.C.; La protesta social en los ’90. Aproximación a una perio- dizacio’n; Documento de Trabajo N°27, PIMSA 2000.

13 5 de mayo, 9 de junio y 23 y 24 de no- viembre de 2000; 21 de marzo, 8 de junio, 19 de julio y 8 de agosto de 2001.

14 La huelga del 8 de agosto de 2001, convo- cada sólo por la CTA fue parcial.

15 Nicolás Iñigo Carrera y María Celia Cota- relo; La protesta en la Argentina (enero abril de 2001); Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) Observatorio Social de América Latina, N°4, Buenos Aires, 2001.

16 Alcanzó mayor extensión en marzo, cuando se produjo la renuncia del ministro de Economía. Su reemplazante duró apenas unos días en el cargo: después de elaborar un plan económico basado en el recorte de gastos del Estado en las áreas de educación y la adminis- tración pública nacional y provincial tuvo que presentar la renuncia, ante el rechazo unánime y la amenaza de movilización de todos los sec- tores afectados por las medidas anunciadas —in- cluyendo las renuncias de varios funcionarios del gobierno. Finalmente, se reestructuró el ga- binete nacional y fue nombrado ministro de economía, Cavallo.

17 El incremento de las ocupaciones en el mes de marzo, en que constituyen una quinta parte de las acciones, corresponde a las ocupa- ciones de facultades por parte de estudiantes

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universitarios que protestan contra la anuncia- da reducción del presupuesto educativo.

13 Corresponde a una activación momentá- nea de los “vecinos”, especialmente en Capital Federal y Gran Buenos Aires, durante el mes de enero: se trata de protestas contra los go- biernos municipales por las inundaciones de determinados barrios a raíz de las fuertes tor- mentas.

19 Nicolás Iñigo Carrera y María Celia Cota- relo; La protesta en la Argentina (enero abril de 2001); Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) Observatorio Social de América Latina, N°4, Buenos Aires, 2001.

Diciembre de 1993 se corresponde con el motín de Santiago del Estero, señalado como inicio del momento ascendente. Agosto de 1997, octubre de 1999 y enero-abril de 2001 co- rresponden a momentos en que publicaron re-

sultados provisorios de la investigación, que prevé el registro sistemático desde diciembre de 1993 hasta la actualidad.

21 Iñigo Carrera y Cotarelo; Los damados “cortes de ruta’Ï Argentina 1993-97; Documento de Trabajo N°14, PIMSA 1998.

22 Nicolás Iñigo Carrera y Maria Celia Cota- relo; La protesta en la Argentina (enero abril de 2001); Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) Observatorio Social de América Latina, N°4, Buenos Aires, 2001.

23 Docentes, estatales, judiciales, camione- ros, colectiveros, bancarios, empleados de co- mercio, obreros azucareros, obreros ceramistas, trabajadores aeronáuticos, trabajadores de la sa- lud, trabajadores viales, entre otros.

24 Estatales, camioneros, obreros azucareros, trabajadores rurales, viales, metalúrgicos, por- tuarios.

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cultura

“La década perdida” Tendencias de la conflictividad obrera frente ala ofensiva del capital (1989-2001)”

Adrián Piva

Introducción

Las transformaciones experimen- tadas por el capitalismo argentino desde mediados de la década de 1970 hasta la actualidad, pero fun- damentalmente las desarrolladas en la última década, como parte de una profilnda reorganización del capitalismo a escala mundial, han impactado de manera profunda en su estructura de clases, en las for- mas y los contenidos asumidos por la conflictividad social, y en la capa- cidad del Estado para canalizar esa conflictividad.

El impacto que tuvieron los cambios impulsados por la crisis del modelo sustitutivo de importacio- nes, sobre la configuración de la fuerza de trabajo, se caracterizó por la destrucción de sus antiguas con- diciones y modos de reproducción, ligados al modo de acumulación anterior, y por lo tanto por la des- trucción de la base sobre la que sur- gieran y se desarrollaran las formas de organización y la ideología de la

clase obrera durante el período de posguerra. Pero al mismo tiempo por la aparición y desarrollo de nuevas condiciones sociales de exis- tencia de la clase obrera vinculadas a las nuevas formas de acumulación del capital.

De este modo, el proceso de transformación de las condiciones de acumulación del capital, que es al mismo tiempo proceso de trans- formación de la clase obrera, se ma- nifestó en su curso en la figura de una fuerza de trabajo fragmentada y heterogénea. Situación ésta, que de- bilitó a la clase obrera frente a la ofensiva del capital y que además en conjunto con el crecimiento de la desocupación actuó como ele- mento disciplinador.

Desde 1976 se produjeron fuertes modificaciones en la composición y forma de la fuerza de trabajo, pe- ro fue a partir de 1989 que la mayor parte de estos cambios se aceleraron y otros en buena medida surgieron —sobre todo los referidos a modifi-

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caciones en el proceso de trabajo, aumento del desempleo y cambios en la calificación y descalificación de la fuerza de trabajo por incorpo- ración de nuevas tecnologías.

En términos generales las trans- formaciones en el proceso de traba- jo y la incorporación de nuevas tec- nologías han sido desiguales tanto por tamaño de las empresas como por ramas y regiones, dando lugar a una fragmentación en términos de las formas de explotación de la fuer- za de trabajo.

Según cifras de la EPH de Mayo de 2001 para el Gran Buenos Aires, continuando una tendencia inicia- da durante la dictadura militar se produjo una pérdida de importan- cia del sector obrero industrial: los obreros industriales como propor- ción del total de ocupados pasaron desde el 29,5% en mayo de 1992 al 17,7% en mayo de 2001. Mientras que persistió el crecimiento relativo de los empleados en el sector servi- cios,l los cuales, excluyendo el ser- vicio doméstico, aumentaron su proporción del total de asalariados desde 25,4% en mayo de 1992 a 32,4% en mayo de 2001. Los asala- riados en “comercio”, en tanto, au- mentaron levemente su participa- ción relativa (14,3% en mayo de 1992 y 14,7% en mayo de 2001).2

Por otra parte la caída de los in- gresos familiares y el crecimiento de la desocupación entre los jefes de hogar (que pasaron de ser un 30%

de los desocupados en 1989 a repre- sentar un 36,4% en mayo de 2001) incrementó la participación de la fuerza de trabajo femenina cuya tasa de actividad pasó de 29,7% en abril de 1989 a 35% en mayo de 2001.3

En conjunto se dio una exten- sión de la precariedad laboral que, medida en términos del porcentaje de asalariados sin descuento jubila- torio, pasó del 22% en 1990 al 28% en el 2000.4

La tasa de desocupación, en tan- to, creció desde del 7,6% en mayo de 1989, al 17,2% en mayo de 2001, mientras que la subocupación hora- ria, demandante y no demandante de empleo, se incrementó desde el 8,5% en mayo de 1989 al 14,4% en mayo de 2001.

Las tendencias a la 'tercerización de ciertas actividades por parte de las empresas también han contri- buido a la fragmentación de la fuer- za laboral y al debilitamiento del colectivo de trabajo. Según una en- cuesta de la U.I.A. de 1997, desde 1990 a 1997 el 30% de las PyMIs descentralizó alguna fase del proce- so productivo; entre las empresas que tenían mas de 24 personas em- pleadas, mas del 40% contrataba servicios de mantenimiento, traba- jos de liquidación de sueldos y/o ta- reas relacionadas con logística co- mercial. En las grandes empresas la tendencia parecía ser más aguda.5

Por último el proceso de concen- tración y predominantemente el de

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Noviembre de 2001

centralización del capital, resultante de la crisis, modificó la distribución social y productiva de la fuerza de trabajo. Según un estudio de Ruth Sautúó para el período 1991-1996 en el Gran Buenos Aires la conse- cuencia de los cambios fue la re- composición dac la distribución de la ocupación por tamaño del esta- blecimiento con un aumento de las categorías de mayor tamaño.

Sin embargo, la situación des- cripta vuelve significativa en térmi- nos político-sindicales la fragmenta- ción por establecimientos. En 1997, las empresas con menos de 10 em- pleados y obreros, daban ocupa- ción al 22% del total de los ocupa- dos en la industria; las que tenían entre 11 y 200 obreros y empleados ocupaban al 48%; y las que tenían mas de 200 ocupaban al 30% res- tante.7 Por lo tanto unos 14.500 es- tablecimientos industriales emplea- ban casi medio millón de obreros, con una media de 35 cada uno. Si bien antes del ‘75 el peso de las Py- MEs con respecto a la ocupación era también muy alto, la mayor ho- mogeneidad de la fuerza de trabajo y los bajos índices de desocupación daban un peso político-sindical a las grandes concentraciones obre- ras, que en esta etapa han perdido.

Los conflictos obreros en tanto manifestaciones coyunturales de la contradicción entre capital y traba- jo, expresan en las tendencias de su evolución, las condiciones sociales

de existencia de la clase obrera, co- mo la base, en el sentido de condi- ción de posibilidad, de la aparición y desarrollo de formas organizativas e ideológicas de la clase obrera co- mo sujeto colectivo.

En términos de su secuencia ló- gica, los cambios en el modo de acumulación del capital, cuyo cora- zón son las formas asumidas por la explotación de la fuerza de trabajo, al transformar en su propio proceso la configuración concreta de la fuer- za de trabajo suponen la transfor- mación de las condiciones de la ac- ción colectiva de los trabajadores y por lo tanto las tendencias del con- flicto obrero.

La lucha de clases en el período considerado, uno de cuyos aspectos relevantes es la evolución de la con- flictividad laboral, se da en los mar- cos de la consolidación durante la última década, de una relación de filerzas favorable al capital.

Frente a una clase obrera frag- mentada y debilitada, en un contex- t‘o de incremento de la competencia individúal entre los trabajadores de- bida al crecimiento de la desocupa- ción y la subocupación, la burguesía aparece sólidamente unida en torno de los aspectos centrales del régi- men de acumulación en curso pese a las diferencias entre sus fracciones y la gravedad de la crisis actual.

Sin embargo las tendencias de evolución de la conflictividad obre- ra, en tanto son resultado de las res-

Cuadernos del Sur

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puestas de los trabajadores como clase, mas allá de su conciencia de este hecho, a la ofensiva del capital, manifiestan también las líneas de recomposición de la clase obrera en el período.

El objetivo de este artículo, en lo que sigue, es analizar algunas de esas tendencias en la evolución de la conflictividad obrera entre 1989 y 2001.

Algunas tendencias de la conflic- tividad obrera entre 1989 y 2000 3

La observación de la evolución de la conflictividad obrera a lo lar- go de todo el período muestra una clara tendencia a la caída (Gráfico 1). Teniendo en cuenta que esta caí- da se produce en el marco de una sostenida ofensiva del capital pode- mos hablar de un retroceso de la clase obrera, que se expresa, en la caída del nivel de respuesta en tér- minos del promedio mensual de conflictos.

Gráfico 1: Evolución anual del promedio mensual de conflictos (1989-2000)

120

89909192939495969798992000

La continuidad de la ofensiva del capital durante el período puede ejemplificarse por medio de la evo- lución de la sanción y promulga- ción de normas tendientes al des- mantelamiento del ordenamiento legal que rigió las relaciones labora- les hasta la década del ‘80. Si bien las diferencias de contenido exigi-

Cuadro 1: Evolución de la sanción de legislación antiobrera (1989-2000)“)

1989 1990 1991 1992 1993

1994

1995 1996 1997 1998 1999 2000 Total

Flexibilización y costos laborales" 1 0 3 1 13

2 410 21523

Regulación poder sindical“ 0 I l 0 l 0 2 l 1 0 I 1 9 Total 1 1 4 1 4 2 6 2 1 Z 2 6 32

* Incluye decretos del RE. N. y leyes nacionales que establecen condiciones peores para los trabajadores en las siguientes áreas: Contratos, Periodo de prueba, Pasantias y contratos de aprendizaje, Salarios, Accidentes de trabajo, Indemnizaciones por despido, Jubilaciones, Aportes patronales. Aquellas leyes y decretos que afectan

más de un área se contabilizan solo una vez. Hifi-

centralizan negociaciones colectivas.

Incluye decretos del P.E.N. y leyes nacionales que establecen restricciones al derecho de huelga y que des-

(a) Construido en base a datos extraídos de AAW: Las nuevas reglas del juego. Labvoratorio Nro. 6.Año 2.

Bs. As. Verano 2001.

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Noviembre de 2001

rían un análisis cualitativo, su evo- lución cuantitativa puede poner de manifiesto el hecho de que no exis- tió una merma significativa de las medidas antiobreras tomadas por el Estado Nacional:

Los conflictos al mismo tiempo adquirieron um carácter predomi- nantemente defensivo. Como se observa en los Gráficos 2 y 3 los conflictos de tipo defensivo, es de- cir motivados en suspensiones y despidos y en reclamos de atraso sa- larial, tuvieron una tendencia gene- ral al aumento en un contexto de descenso general de la conflictivi- dad y crecieron como proporción del total de conflictos desde el 29,3% del promedio mensual en 1989 al 55,2% en el 2000:

Sin embargo si el crecimiento tendencia] de la cantidad de conflic- tos defensivos contribuyó al aumen-

Gráfico 3: Evol. anual del porcentaje de confl defensivos como proporción del total de conflictos (1999-2000)

70

60‘

50.

,.n , - W wm '1.. . ¿515.91 ¡[Hai , ; B9 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 2000

Gráfico 2: Evolución anual del promedio mensual de conflictos defensivos (1909-2000)

to de su proporción del total de con- flictos, mucho mas incidió la fiierte caída de conflictos ofensivos, es de- cir por aumento de salarios, que por otro lado explica el grueso de la caí- da de la conflictividad en la etapa considerada, el gráfico 4 muestra la magnitud de la disminución.

Si volvemos al Gráfico 1 pode- mos observar que se recortan tres subperíodos en términos de la evo- lución de la conflictividad total.

El primer subperíodo, que abar- ca los años 1989-1991, es la fase descendente del ciclo iniciado con el ascenso de la conflictividad en 1988. La caída de la conflictividad en 1991 puede explicarse por la es- tabilización de precios a partir de la implementación de la convertibili- dad cambiaria en abril de 1991, que como se observa en el Gráfico 4

Cuadernos del Sur

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Gráfico 4: Evolución de los conflictos ‘por aumento salarial en 7 ramas seleccionadas* (1999-2000)

500

400

300

200

100

Las ramas seleccionadas son: Manufactura, Construcción, Comercio, Transporte y comunicacio- nes, Bancos, Administración pública, Servicios sociales.

presenta el primer descenso de con- flictos motivados por aumentos sa- lariales. El hecho de que la fase agu- da de la crisis hiperinflacionaria hu- biera quedado atrás tiene también efectos coyunturales sobre la mag- nitud de la amenaza a las condicio- nes inmediatas de reproducción de la fuerza de trabajo: según datos del Indec para el Gran Buenos Aires, la tasa de empleo que habia caído des- de el 38,6% al 37,1% entre mayo del ‘89 y mayo del ‘90 se recuperó al 38,1% en mayo del ‘91, la tasa de desocupación que entre mayo de 1989 y mayo de 1990 se había des- plazado desde 7,6% a 8,6% cae en mayo de 1991 al 6,3%.9

Sin embargo, el aspecto central

de este período es el carácter de punto de inflexión en la situación general de la clase obrera desde el punto de vista de la relación de fuerzas entre las clases.

En los años ‘89 y ‘90 se desarro- lla el episodio final de la crisis del modo de acumulación del capital prevaleciente en la Argentina desde mediados de siglo. Pero la crisis de esta forma histórica del capital es también la crisis —el fracaso- de la estrategia dominante de la clase obrera en el período: la lucha redis- tributiva en el marco de un proceso de acumulación centrado en la in- dustrialización dependiente orien- tada al mercado interno.

Frente a la inexistencia de una al- ternativa socialista en las condicio- nes nacionales y mundiales del pe- ríodo, la crisis del ‘89, como toda crisis capitalista, planteaba la alter- nativa de hierro de una salida de la crisis que suponía como una de sus condiciones el deterioro de la situa- ción de los trabajadores (caida sala- rial, aumento de la tasa de explota- ción, disminución de costos asocia- dos a las condiciones de uso de la fuerza de trabajo) en una lógica de recuperación de la tasa de ganancia y posteriormente de la inversión, o la profundización de la crisis, que llevaba también, al deterioro conti- nuo de la situación de los trabaja- dores.

Ante una salida capitalista de la crisis que suponía la reconfigura-

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Noviembre de 2001

ción total de las condiciones de acumulación, en consonancia con los cambios del capitalismo a nivel mundial, la respuesta de los trabaja- dores fue en los términos de una es- trategia cuyas condiciones de éxito eran incompatibles con el desarro- llo de la crisis en curso: una tasa de acumulación que permitiera el au- mento del producto apropiado por los asalariados y el desarrollo de un modo de acumulación que hiciera posible el sostenimiento y creci- miento del sector industrial orienta- do al mercado interno.

Ya desde 1988 la lucha salarial manifiesta su pérdida de eficacia. El aumento del salario afectaba aún más una tasa de ganancia deprimi- da y el intento del Estado de trans- formar la presión obrera en deman- da efectiva mediante políticas mo- netarias expansivas (emisión de de- rechos sobre el plus valor futuro) ante el aumento de la desinversión, se transformaba en escalada infla- cionaria, y por lo tanto en una nue- va caída del salario. Entre enero y julio del ‘88 el salario real, produc- to de la aceleración inflacionaria, experimentó una continua caída (tomando diciembre del ‘87 = 100, cayó desde 102,20 para enero a 78,80 para julio del ‘88).10 El lanza- miento del plan primavera en agos- to del ‘88, con la breve estabiliza- ción inflacionaria, inició un perío- do de recomposición salarial que duró hasta enero del ‘89 inclusive.

El salario trepó a 86,80 en agosto y llegó a 104,40 en enero del ‘89, 2% por encima de igual mes del ‘88, a partir de allí se iniciaría una fuerte caída salarial llegando en abril a 57,10 (siempre tomando diciembre del ‘87 = 100). A partir de 1989 la lucha salarial se transforma en una lucha por moderar la caída salarial.

Si la crisis capitalista es la crisis de reproducción de las clases socia- les, el agravamiento y profiJndiza- ción de la crisis genera la necesidad creciente, tanto para la burguesía co- mo para el proletariado, de resolución de la crisis en cualquier sentido que sea. Es falso creer que la sola agudiza- ción de la crisis genera mejores con- diciones concretas para una solu- ción favorable a los trabajadores.

De modo que, en tanto la pro- fundización de la crisis pone en cuestión la propia reproducción de la clase obrera, esta puede derivar, ante la ausencia de una alternativa obrera, en la construcción de un bloque hegemónico de la burguesía basado en un fuerte consenso alre- dedor de una salida capitalista in- mediata de la crisis.

En el ‘91 la combinación de la derrota de la estrategia dominante dentro de la clase obrera y de “ali- vio” por la salida de la fase aguda de la crisis generaron las condiciones para ese consenso.

La consolidación de la nueva re- lación de fuerzas favorable al capital se expresó en el plano de la conflic-

Cuademos del Sur

61

tividad, con el inicio en el año '89 de una tendencia hacia una crecien- te predominancia de los conflictos de tipo defensivo que queda clara- mente expuesta en el Gráfico 5.

Gráfico 5: Evolución anual de los porcentaje de conflictos ofensivos y defensivos como proporción del total

(ofensivos + defensivos)

120

100

,0 /\

20 OS'N'SI'SZ'QG'M 95796.97 98 99 2M)

—o- Porcenlaíe do conflictos delonsivos como proporción total —u- Porcentaje de conflictos otensívcs como proporción tola|

La segunda etapa observable dentro del período general se ex- tiende entre 1992 y 1996, con una fase ascendente hasta 1994 que pre- senta el pico de conflictividad de todo el período. Si bien ya en 1995 comienza la baja, el descenso mas importante se produce en el ‘96, año en el que se observan, también, los índices mas bajos de conflictivi- dad entre 1989 y 2000.

El ascenso de la conflictividad entre 1992 y 1994 tiene un carácter netamente defensivo, como surge de la observación de los Gráficos 2, 3 y 4. Entre esos años hay una fuer- te caída de los conflictos con moti-

vo en aumentos salariales, y el grue- so del crecimiento de la conflictivi- dad se explica por el aumento de los conflictos motivados en despi- dos y suspensiones y atrasos salaria- les. De hecho los conflictos de cor- te netamente defensivo en 1993 su- peran por primera vez a los ofensi- vos y crecen desde un promedio mensual de 23,8 en 1992 a uno de 55,3 en 1995, pico de los conflictos defensivos de todo el período.

En realidad el ciclo es el siguien- te: en 1993 y 1994 el incremento de los conflictos por despidos, suspen- siones y atraso salarial elevó la con- flictividad total. En 1995, sin em- bargo, su nuevo aumento no pudo compensar la caída en los conflic- tos por aumento de salarios, que presentan la caída más pronunciada del período. En 1996 el descenso de la conflictividad es generalizado y llega a sus niveles más bajos. La ex- plicación de este comportamiento se encuentra en la evolución de la desocupación.

Entre el ‘92 y el ‘95 el crecimien- to de la desocupación tuvo como principales causas el aumento de los despidos y el crecimiento de la oferta de fuerza de trabajo, reflejada en el crecimiento de la tasa de acti- vidad, en un contexto de achica- miento de su demanda (de lo cual es un indicador la evolución de la tasa de empleo en su tendencia ge- neral). El incremento de la oferta de fuerza de trabajo tiene su explica-

62

No'viembre de 2001

Cuadro 2: Evolución anual de las tasas de desocupación, actividad y empleo (1992/ 1996)ll

Año T. Desoc. T. Desoc T. de activ T. de activ T. de Emp T. de Emp Mayo Octubre Mayo Octubre Mayo Octubre 92 6.9 7.0 39.8 40.2 37.1 37.4 93 9.9 9.3 41.5 41.0 37.4 37.1 94 10.7 12.2 41.1 40.8 36.7 35.8 95 13.4 16.6 42.6 41.4 34.8 34.5 96 17.1 17.3 41.0 41.9 34.0 34.6

ción como una estrategia de los ho- gares para compensar la caída de los ingresos familiares, en buena medi- da debido al aumento de los despi- dos y también al crecimiento de la precariedad y la caída de las remu- neraciones.12

De modo que, en forma general la problemática asociada al creci- miento de los despidos explica, en gran parte, el enorme crecimiento de los conflictos defensivos. Pero precisamente el aumento de la de-

socupación resultante, explica la caída constante de los conflictos por aumento salarial, hasta que en 1995 esta caída es tan grande que no es compensada por el aumento de los conflictos defensivos. En 1996 la estabilización de los altos niveles de desocupación que se ob- servan en el cuadro 2, provoca la caída generalizada de la conflictivi- dad.

Sin embargo las causas que moti- van el crecimiento de los despidos

Cuadro 3: Empleados del Sector Público Nacional (1992-1999)’r

1992 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999

Administ. Nacional 344.592 318.710 322.893 339.180 320.696 298.375 290.861 291.235 Administ. Central 262.800 244.428 234.160 256.045 241.252 227.444 228.941 229.325 Org. Descentraliz. 73.976 64.514 68.520 62.924 59.907 54.953 55.599 55.613 lnstit. d/Seg. Social 7.816 9.768 20.213 20.217 19.537 15.978 6.321l 6.297l Univers. Nacionales 125.022 123.404 128.262 128.277 127.030 133.165 139.985 136.345 Sistema Financiero 18.004 18.139 19.140 18.821 19.500 19.232 17.392 16.233 Empresas del Estado 132.389 66.731 39.211 31.695 28.883 31.327 7.6392 7.501 Total 620.007 526.981 509.512 517.979 496.189 482.099 455.877 451.314 Fuente: ????

1 No incluye PAMI 2 Privatización de Correos y Telecomunicaciones " lbidem. Pág. 5.

Cuadernos del Sur

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pueden dividirse en dos grandes grupos, los cuales constituyen cau- sas diferenciables de conflictividad laboral.

En primer lugar se encuentran aquellas vinculadas de modo gené- rico con la llamada reforma del Es- tado: despidos de la administración pública y privatizaciones —las que supusieron de manera general im- portantes despidos de personal. Es- tas causas son muy importantes co- mo explicación del crecimiento de los despidos entre 1992 y 1993.

La conflictividad del período ex- presa esta situación a través del cre- cimiento del conflicto defensivo en la administración pública —64 con- flictos en 1992, 68 en 1993 y 76 en 1994- y de los importantes conflic- tos por privatizaciones de esos años.

En segundo lugar tenemos la di- námica expulsiva de mano de obra del sector privado. Entre 1991/2 y 1994 el aumento de la inversión está marcado por el efecto de la apertura de la economía en combinación con una política monetaria restrictiva. La apertura, al someter a la economía argentina al funcionamiento pleno de la ley del valor a escala mundial, significó una presión sobre las em- presas para incrementar la producti- vidad y la intensidad del trabajo de modo de poder enfrentar la compe- tencia internacional.

Esto tuvo como efecto por un la- do, la quiebra de una parte del sec- tor industrial que no estaba en con-

diciones de competir internacional- mente, lo que implicó, por consi- guiente una perdida de empleos. Pe- ro por otro lado, las que se encon- traban en condiciones de competir se vieron empujadas a la transfor- mación del proceso de trabajo, la incorporación de nueva tecnología y la intensificación del trabajo. Co- mo parte de este proceso, mediante la incorporación de nuevas tecnolo- gías, los capitales productivos indi- viduales presionados por la compe- tencia, fiJeron en busca de plus-ga- nancias —o simplemente de conser- var las suyas- por medio del au- mento de la productividad y de in- crementar la tasa de explotación a través de una mayor intensificación del trabajo, reemplazando trabajo vivo por trabajo muerto. Ese es el contenido de las llamadas “inver- siones de racionalización”.

En 1995, a esta dinámica se suma el impacto sobre el empleo de la re- cesión que sufre la economía Ar- gentina durante ese año. De con- junto, el efecto de la llamada “re- conversión productiva” entre 1992/94 y la recesión del ‘95, supu- sieron una dinámica expulsiva de fuerza de trabajo en el sector priva- do que impulsó el crecimiento de conflictos defensivos a nivel de em- presas y plantas.

Sin embargo, el aumento de los conflictos defensivos se explica tam- bién por el incremento de aquellos motivados por reclamos de pagos sa-

64

Novimbre ele 2001

lariales atrasados. Estos últimos tie- nen un continuo crecimiento a par- tir de 1993» como producto de las lla- madas “crisis de las economías regio- nales” o “crisis provinciales” agudi- zadas por el efecto tequila en 1995. Este tipo de conflictos tiende tam- bién a descentra‘lizarse, ya no a nivel de empresa, planta o repartición, si- no a niveles locales o regionales.13

Combinados, el crecimiento de los conflictos por despidos a nivel de empresa o planta y de los moti- vados en atrasos salariales a niveles provinciales y municipales determi- naron un crecimiento de la disper- sión de los conflictos con mayor protagonismo de las instancias sin- dicales descentralizadas.

En este segundo subperíodo en- tonces, se produce una fuerte trans- formación de las condiciones de acumulación del capital que supone

Gráfico 6: Evol. anual de los confl. en instancias sindicales descentralizadas

70

un duro ataque a las condiciones de reproducción de la clase obrera. Lo que se traduce en una lógica defen- siva de la conflictividad'obrera en la etapa, pero también en lo que pode- mos llamar una dinámica de retroa- limentación de la relación de fuer- zas, en tanto la propia transforma- ción del modo de acumulación con sus efectos de debilitamiento y frag- mentación de la clase obrera, gene- mejores condiciones para la con- tinuidad de la ofensiva del capital.

De modo general podemos decir que la inflexión en la relación de fuerzas en el ‘89/’90 y su consolida- ción con la emergencia de un con- senso alrededor del programa bur- gués de salida de la crisis, cristaliza- do en el apoyo a la “estabilidad” a partir del lanzamiento de la conver- tibilidad monetaria en abril de 1991, posibilitó la ofensiva del ca- pital entre 1992/ 96, una transfor- mación radical del modo de acu- mulación, y de su corazón, las for- mas concretas de explotación de la fuerza de trabajo. Una medida de la aceleración de los cambios es el au- mento en este período, visible en el cuadro 1, de la actividad legislativa tendiente al desmantelamiento del ordenamiento laboral de posgue- rra.

El tercer subperíodo, en térmi- nos de la evolución de la conflicti- vidad obrera total, que puede obser-

varse en el Gráfico 1, se extiende entre 1997 y 2000.

Cuadernos del Sur

65

Sin embargo a diferencia de los otros dos subperíodos, lo único que puede caracterizarlo como una sola etapa es la estabilización de los ni- veles de conflictividad alrededor de los bajos índices alcanzados en 1996, con la excepción del creci- miento de los conflictos en 1997, cuya magnitud por otra parte no al- canza para considerarlo como una ruptura clara en los niveles del sub- período

Cuadro 4: Evolución anual del promedio mensual de conflictos

(1995-2000) 1995 1996 1997 1998 1999 2000 84 55.2 63,7 54,6 57,1 56,9

El análisis de la conflictividad desde 1997 al año 2000 revela no obstante, que puede considerarse como el resultado de dos momen- tos claramente diferenciables: 1997/98 y 1999/2000.

Si observamos los gráfico 2 y 4 para los años ‘97/’98 podemos des- cubrir que en esos dos años se pro- duce, por única vez en todo el perío-

do considerado, un incremento de los conflictos por aumento salarial. En 1997 de este movimiento resulta un crecimiento del total de conflic- tos y en 1998 aunque vuelven a cre- cer, no llegan a compensar la caída por otros motivos, incluidos los de- fensivos, por lo que la conflictividad total cae nuevamente.14

Este fenómeno puede explicarse nuevamente por el comportamien- to de la tasa de desocupación. A partir de 1996 se produce un nuevo ciclo expansivo de la economía ar- gentina basado fundamentalmente en el crecimiento de la inversión (1996: 8,80%;1997: 26,50%; 1998: 6,50%) y en menor medida en el crecimiento del consumo (1996: 6,10%; 1997: 7,80%; 1998: 3,60%). En contraste con 1991/94 cuando el crecimiento de la inversión, dada la forma predominantemente “ra- cionalizadora” que adoptó, supuso una dinámica expulsora de mano de obra, en este período su creci- miento tuvo un fuerte efecto en la disminución del desempleo, si bien este se mantuvo en niveles altos :

La caída de la tasa de desocupa-

Cuadro 5: Evolución de tasa de desocupación 1996-199815

T de desoc. Tde desoc. T de activ. T de activ T de Emp]. T de Empl. Mayo Octubre Mayo Octubre Mayo Octubre 1996 17.1 17.3 41.0 41.9 34.0 34.6 1997 16.1 13.7 42.1 42.3 35.3 36.5 1998 13.2 12.4 42.4 42.1 36.9 36.9 66 Noviembre de 2001

ción, durante los dos años, se explica por el aumento de la demanda de fiJerza de trabajo, suficiente para dis- minuir la proporción de desocupa- dos aún en un contexto de incre- mento de la oferta de fuerza de tra- bajo, lo que se pone de manifiesto en la evolución de 1la tasa de actividad.

En una lógica inversa a la desple- gada entre 1992 y 1996 la disminu- ción de la desocupación supone al mismo tiempo el. incremento de los conflictos salariales y la disminu- ción de los defensivos, solo que si en la etapa anterior la caída de la conflictividad en 1995, cuando to- davía crecían los conflictos neta- mente defensivos, se debió a la magnitud del descenso de los con- flictos con motivos salariales, en es- te caso la caída del ‘98, cuando to- davía crecen los reclamos de incre- mento salarial, se debe a la debili- dad del aumento de estos últimos.

Entre 1999 y 2000 el inicio de la actual depresión económica, y el re- novado incremento de los despidos, produjo la nueva retracción de los conflictos por aumento salarial. Sin embargo la respuesta defensiva de la clase obrera solo tendió a compen- sar la caída de conflictos con moti- vo en reclamos de incremento sala- rial. De este modo la conflictividad tendió a mantenerse en los bajos ni- veles alcanzados en 1996.

Este último subperíodo muestra entonces dos fenómenos de impor- tancia. En primer lugar, la expansión

económica del ‘96/ ’98 con su efecto de disminución del desempleo, puso en evidencia la permanente capaci- dad ofensiva que posee la clase obre- ra, aún en condiciones de todavía muy altas tasas de desocupación co- mo la de esos años. En segundo lu- gar, la persistencia de los bajos nive- les de conflictividad entre 1997 y 2000, pero sobre todo la debilidad de la respuesta defensiva, puso de manifiesto la magnitud de los efec- tos de la derrota sufrida en 1989/90.

La fi'agmentación del conflicto

En términos generales se tiende a aceptar la existencia de una fuerte asociación entre el crecimiento de los conflictos por despidos y sus- pensiones y la tendencia al creci- miento de conflictos a nivel de em- presa o planta y por consiguiente a la dispersión de la conflictividad.

Esta relación parece ser bastante fuerte y permanente y el Gráfico 7 muestra su importancia:

Si los conflictos con causa en despidos o suspensiones parecen tender a desarrollarse predominan- temente a nivel de las empresas, los conflictos con causa en reclamos de aumento salarial, por su carácter ge- neral, e involucrar en muchos casos al conjunto de la rama, tienden a ser más centralizados, como tam- bién se observa en el gráfico 8.

El período considerado, presenta como tendencia general el creci- miento de la proporción de los con-

Cuademos del Sur

67

Gráfico 7: Distribución de las causas de conflicto según nivel o instancia sindical (1904-1994)16

350

u o o

l

N U1 O

N O O

150

Canlidad de confliclos

100

50

o 533:: =- Desp. susp.

Cond. labora|es

Pagos adeudados

salarial

Tlpo de demanda

Enacional I provincial E municipal Ü empjplanta

flictos protagonizados por instan- cias sindicales descentralizadas.

vos es acompañada por una tenden- cia ascendente de la proporción de los conflictos descentralizados.

Sin embargo si nos detenemos en la evolución año a año de ambas mediciones vamos a advertir algu- nas discordancias llamativas. Entre 1989 y 1991 crece la proporción de conflictos defensivos —tendencia que analizamos antes- y decrece la proporción de conflictos descentra- lizados. En 1992 decrece coyuntu- ralmente la cantidad de conflictos defensivos y crece la proporción de conflictos descentralizados. Por úl- timo en 1997 y 1998 la relación vuelve a ser inversa.

Si tomamos el año 1997 vamos a encontrar todavía algo más llamati-

Gráfico 9: Evolución anual de conflictos de instancias sindicales descentralizadas como proporción

del total

70 60 50 40 30 20 1 0

0

89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 2000

| —_ Porcentaje de conflictos delensivos como proporción lolal |

Gráfico 9: Evolución de la proporción de conflictos descentralizados y defensivos

#01 OO

N O

Porcentaje de confliclos

—n

92 949596 99

—o- Porcentajes wnlliclos instancias descentralizadas —a- Porcenlaje confliclos delensivos

Si observamos el Gráfico 9, con- firmando lo expuesto, podemos ver que en líneas generales la tendencia al ascenso de los conflictos defensi-

vo. Ese año no solo cae la prepor- ción de conflictos de tipo defensi- vo, sino que hay un crecimiento de la conflictividad explicado funda-

68

Noviembre de 2001

mentalmente, como vimos antes, por el crecimiento de los conflictos por reclamos de aumento salarial. Y es en ese contexto que crece la pro- porción de conflictos en instancias descentralizadas.

El Gráfico 10 nos muestra la evo- lución anual del promedio mensual de conflictos y la evolución de los conflictos protagonizados por ins- tancias sindicales descentralizadas. Como rasgo general se observa, co- mo ya habíamos mostrado, que mientras la conflictividad tiende a caer a lo largo de todo el período, la proporción de conflictos descentra- lizados tiende a crecer. Sin embar- go, si vemos que sucede con los conflictos descentralizados cuando crece la conflictividad total, vemos que efectivamente tienden a corres-

Gráfico 10: evolución de la proporción de conflictos de instancias sindicales descentralizadas y evolución del prom. mensual de conflictos

19o

100

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an

9h

09'90 '91 '92 '90 '94‘95 '96 '91 '90 '99 '2000

—annediodeconfliclosmenwales

—-— Cmflictos instancias descentralizadas proporción del promeifiomcnsual

ponderse los momentos de creci- miento de la conflictividad con los momentos de crecimiento de la proporción de conflictos descentra- lizados. Y que a la inversa, cuando la conflictividad cae, los conflictos tienden a ser más centralizados.17

Esto no desmiente la asociación entre conflictos motivados por des- pidos o suspensiones y su tendencia a desarrollarse en el nivel de las em- presas, quedó claro que como ten- dencia esa asociación existe, que in- clusive parece ser lo suficientemen- te general para no adscribirla a nin- guna característica particular del pe- ríodo. Tampoco se intenta estable- cer una Vinculación entre las ten- dencias de la conflictividad general y la tendencia seguida por el nivel de dispersión de los conflictos, ya que ambas tienen sentidos inversos.

Lo que surge de esta observación es que la característica de esta etapa es que el crecimiento de la conflictividad es el crecimiento de una conflictividad fragmentada. Por eso cuando la con- flictividad crece, sea este crecimien- to provocado por un incremento de los conflictos defensivos o por re- clamos de aumento salarial como en el ‘97, crece también la propor- ción de conflictos descentralizados. Por el contrario cuando la conflicti- vidad cae, crece la centralización aunque aumente la proporción de conflictos defensivos como entre el ‘89 y el ‘91.18

La razón de esta característica del pe-

Cuadernos del Sur

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riado bay que buscarla en la fragmenta- ción de la fuerza laboral producto de la transfonnacio'n de las condiciones de acumulación del capital, queya bemos descripto en la introducción.

Hay importantes consecuencias de este fenómeno en relación a la cuestión sindical que merecerían un desarrollo particular. Sin embargo se pueden plantear algunos comen- tarios breves.

La crisis del modelo de sustitu- ción de importaciones fue al mismo tiempo la crisis de un modelo de re- laciones laborales que hacía de la lu- cha salarial el centro de la lucha de la clase obrera y de su resultado un dato fundamental de la política eco- nómica. El desarrollo de este mode- lo significó también el desarrollo de complejas organizaciones sindicales burocráticas integradas a los meca- nismos institucionales del Estado y que de manera creciente pasaron a depender del desvío de una parte del plus-valor fimdamentalmente a tra- vés del sistema de obras sociales.

Tal participación en la distribu- ción de plus valor, aparece directa- mente ligada a la existencia de una vinculación funcional de los sindica- tos con el Estado, básicamente la ca- pacidad de control y disciplinamien- to de la conflictividad obrera. Sin embargo, esa capacidad está atada a la posibilidad de generar mecanis- mos perrnanentes de resolución de los conflictos entre capital y trabajo. Es por ello que la contradicción en-

tre el desarrollo de estas organizacio- nes sindicales yel desarrollo contra- dictorio de la clase obrera al interior del capital, continuamente desplega- da y resuelta durante la posguerra en la lucha salarial, estalló junto con la crisis del régimen de acumulación.

La crisis del modelo sustitutivo implicó, respecto a este problema, al menos dos consecuencias de im- portancia que ya hemos menciona- do. En primer lugar el mecanismo salarial dejó de ser efectivo para ca- nalizar la conflictividad obrera y la crisis hiperinflacionaria preparó el terreno para la aplicación de políti- cas monetarias restrictivas que, en un marco de alta desocupación y con períodos prolongados de rece- sión, han presionado en el sentido de la deflación salarial en un marco deflacionario general.

En segundo lugar, los cambios impulsados por la crisis modificaron la composición y forma de la clase obrera destruyendo la base de la que surgieran los sindicatos de posgue- rra. El proceso de transformación de las condiciones de acumulación, que es al mismo tiempo proceso de transformación de la clase obrera, se manifestó entonces, como proceso de fragmentación y heterogeneiza- ción de la fuerza de trabajo.

El hecho, ligado a esta transfor- mación de la configuración de la fuerza de trabajo, de que en la eta- pa, la conflictividad crezca de ma- nera fragmentada, en un contexto

70

Noviembre de 2001

de inexistencia de mecanismos per- manentes de resolución de los con- flictos, pone en cuestión la capaci- dad sindical de control del conflic- to con cada pico de conflictividad y por lo tanto amenaza su vincula- ción funcional al Estado.

De este modo no debe llamar la atención que la presión del capital por imponer la negociación por empresas para condicionar a una clase asalariada fragmentada y debi- litada, dispuesta a adaptarse a cón- diciones de trabajo y salarios dete- riorados, tenga su contrapartida en la expansión de los conflictos en las empresas, dos movimientos que amenazan al viejo, aunque todavía sólido, aparato sindical.

2000-2001: La evolución fraccionada del conflicto19

En el último año se produjo una agudización de la depresión econó- mica iniciada entre fines de 1998 y principios de 1999. Junto con ella también recrudeció la ofensiva del capital contra el trabajo y la res- puesta de la clase obrera.

Durante 2001, el lanzamiento por parte del gobierno nacional del pro- grama de déficit 0, con su resultado de reducción de los salarios de los empleados del Estado, de las jubila- ciones y de los presupuestos de edu- cación, salud, etc., fue una causa ac- tiva del crecimiento de los conflictos defensivos en el sector público.

Por su parte en el sector privado,

en el mismo período y por efecto de la profunda recesión económica hubo un fuerte aumento de los des- pidos y suspensiones. La tasa de de- socupación de octubre se estima en alrededor del 20%, frente a una ta- sa del 14,7% en el mismo mes del 2000.20

El gráfico 11 muestra cómo entre mayo y julio de 2001 hay un fuerte incremento de los despidos, en co-

Gráfico 11: evolución del índice de despidos (Octubre 1999-Julio de 2001 )21

sismos me pasarnos;

E‘J‘I-l‘ 538€ -’—’ 168

rrespondencia con el momento de agudización de la crisis y lanza- miento del déficit 0.

La conflictividad total entre agosto de 2000 y julio de 2001, cu- ya evolución se observa en el gráfi- co 10, muestra una tendencia cre- ciente. Y como era posible esperar, el crecimiento de los conflictos es

Cuadernos del Sur

71

Gráfico 12: Evolución mensual de la cantidad de conflictos (Agosto de 2000/Julio de 2001)

á U!

8888

U'I

Cantidad de conflictos 8

.4 O

Ago-00 Sep-00 Oct-00 '- NovOO Dic-00 EneOl Feb-01 Mar 01

Abr 01 May-01 Jun 01

Jul 01

Gráfico 13: Evol. mensual de los conflictos en el sector privado (Agosto de 2000/Julio de 2001)

Cantidad de conflictos

Sïsssísss ó ó ¿-- aagéñeege

Maym Jun-01 Jul 01

especialmente pronunciado entre mayo y julio de 2001.

Sin embargo, observando sólo la evolución del total de la conflictivi- dad obrera se oscurece el carácter central asumido por el conflicto en el último año. A partir de los datos del Gráfico 12 corremos el riesgo de extender al conjunto de la clase obre- ra las características de la situación de un sector de los trabajadores.

El Gráfico 13 muestra que la ten- dencia ala conflictividad era de tipo ascendente hasta abril de 2001 pero luego se produce una fuerte caída justamente en el momento en que empieza a crecer la conflictividad total. Comparando la evolución de los conflictos en el sector privado con la evolución del índice de des- pidos del Gráfico 11, podemos ver que los incrementos en la conflicti- vidad ocurridos en el año 2000 y principios de 2001 se corresponden

aproximadamente con incrementos coyunturales del índice de despidos, por lo tanto se los puede interpretar como una respuesta de la clase obre- ra del sector privado al ataque a sus condiciones inmediatas de repro- ducción. Sin embargo, frente al nuevo incremento de los despidos a partir de mayo de 2001, la conflicti- vidad cae. Es decir, nos encontra- mos frente a un retroceso neto de los trabajadores del sector privado en condiciones de recrudecimiento de la ofensiva del capital. El retroce- so es particularmente agudo en la industria donde por otra parte es mayor la cantidad de despidos y so- bre todo las suspensiones.

El incremento de la conflictivi- dad obrera entre mayo y julio de 2001 se explica entonces totalmen- te por el incremento de la conflicti- vidad en el Sector público, tal co- mo se observa en el Gráfico 15:

72

Noviembre de 2001

Gráfico 14: Evolución mensual de los conflictos en la Industria (Agosto de 2000/Julio de 2001)

Cantidad da conflictos

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Gráfico 15: Evol. mensual de conflictos en el sector público (Agosto de 2000IJulio de 2001)

8888€

Cantidad da conflictos

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e e

De modo que, el cara'cter central del conflicto obrero en el u’ltimo año fue su evolución fraccionada, con un au- mento en el grado de respuesta a la ajen- siva del capital, en te’rminos de la canti- dad de conflictos, de los trabajadores del sector público y al mismo tiempo un re- troceso neto de los trabajadores del sector

privado.

Por otro lado, aunque queda fue- ra de los límites de este trabajo su análisis específico, el incremento de los cortes de ruta también afecta, por su importancia, la lógica gene- ral del conflicto obrero.

La razón es que el crecimiento de la conflictividad en el sector pú- blico tendió a confluir con la emer- gencia de una cierta centralización organizativa del movimiento pique- tero, que actuó de manera coordi- nada por primera vez desde su difu- sión como forma de protesta a par- tir de 1996/7, en el plan de lucha pi- quetero de julio y agosto de este año.22

El resultado file una tendencia a la centralización de la conflictivi- dad, producto por un lado, de la centralización de los cortes de ruta, apartir de la cristalización organi- zativa de las experiencias dispersas acumuladas durante cuatro años, por el otro de la centralización de los conflictos en el sector público, y de conjunto de la confluencia de ambos procesos potenciada por la acción conjunta de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) con fuerte presencia en docentes, estata- les y el movimiento piquetero, y de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), con una fuerte presencia en el movimiento piquetero.

La tendencia al crecimiento de la conflictividad defensiva de los tra- bajadores del sector público, su confluencia con el movimiento pi-

Cuadmros del Sur

73

quetero y la tendencia a la centrali- zación del conflicto, en contraste con el retroceso general de los tra- bajadores del sector privado y por lo tanto del grueso de la clase obre- ra, son los rasgos predominantes de la acción de la clase obrera en el úl- timo año.

Conclusiones

El impacto de los cambios im- pulsados por la crisis del modelo sustitutivo de importaciones, sobre la configuración de la fuerza de tra- bajo, se caracterizó por la destruc- ción de sus antiguas condiciones y modos de reproducción, ligados al modo de acumulación anterior, pe- ro al mismo tiempo por la apari- ción y desarrollo de nuevas condi- ciones sociales de existencia de la clase obrera vinculadas a las nuevas formas de acumulación del capital.

De este modo, el proceso de transformación de las. condiciones de acumulación del capital, que es al mismo tiempo proceso de trans- formación de la clase obrera, se ma- nifestó en su curso en la figura de una fuerza de trabajo fragmentada y heterogénea. Situación que debilitó a la clase obrera frente a la ofensiva del capital y que además en conjun- to con el crecimiento de la desocu- pación actuó como elemento disci- plinador.

Los conflictos obreros en tanto manifestaciones coyunturales de la contradicción entre capital y traba-

jo, expresan en las tendencias de su evolución, las condiciones sociales de existencia de la clase obrera, co- mo la base de la aparición y desa- rrollo de formas organizativas e ideológicas de la clase obrera como sujeto colectivo

La lucha de clases en el período considerado se da en los marcos de la consolidación durante la última década, de una relación de fuerzas favorable al capital.

La evolución de la conflictividad entre 1989 y 2000 muestra una cla- ra tendencia a la disminución. Te- niendo en cuenta que esta caída de los conflictos se produce en el mar- co de una sostenida ofensiva del ca- pital podemos interpretarla como un retroceso de la clase obrera.

Los conflictos al mismo tiempo adquirieron un carácter predomi- nantemente defensivo, tanto por la tendencia al aumento de los con- flictos por suspensiones, despidos y atrasos en los pagos de salarios, co- mo sobre todo por la fuerte caída de los conflictos en reclamo de au- mentos salariales.

De modo general podemos decir que la inflexión en la relación de fuerzas en el ‘89/’90 y su consolida- ción con la emergencia de un con- senso alrededor del programa bur- gués de salida de la crisis, cristaliza- do en el apoyo a la “estabilidad” a partir del lanzamiento de la conver- tibilidad monetaria en abril de 1991, posibilitó la ofensiva del capi-

74

Novie'mbre de 2001

tal entre 1992/96, una transforma- ción radical del modo de acumula- ción, y de su corazón, las formas concretas de explotación de la fuer- za de trabajo. La expansión econó- mica del ‘96/’98 con su efecto de disminución del desempleo, puso en evidencia la ,permanente capaci- dad ofensiva que posee la clase obrera, aún en condiciones de muy altas tasas de desocupación como la de esos años. En segundo lugar, la persistencia de los bajos niveles de conflictividad entre 1997 y 2000, pero sobre todo la debilidad de la respuesta defensiva, puso de mani- fiesto la magnitud de los efectos de la derrota sufrida en 1989/90.

La caractenística central de esta etapa

es que el crecimiento de la conflictividad es el crecimiento de una conflictividad flagmentada. Por eso cuando la con- flictividad crece, sea este crecimien- to provocado por un incremento de los conflictos defensivos o por re- clamos de aumento salarial como en el ‘97, crece también la propor- ción de conflictos descentralizados. Por el contrario cuando la conflicti- vidad cae, crece la centralización aunque aumente la proporción de conflictos defensivos como entre el ‘89 y el ‘91.23

La razón de esta caracteristica del pe- riado bay que buscarla en lafiagmenta- ción de la fuerza laboral producto de la transformación de las condiciones de acumulación del capital.

Durante el año 2001, el incre-

mento de la conflictividad mostró la acción de una clase obrera frac- cionada. La tendencia al crecimien- to de la conflictividad defensiva de los trabajadores del sector público, su confluencia con el movimiento piquetero y la tendencia a la centra- lización resultante contrastó con el retroceso general de los trabajado- res del sector privado.

Notas

1 Esta cifra resulta de la suma de los porcen- tajes de asalariados ocupados en las ramas “Ser- vicios financieros, inmobiliarios, de alquiler y empresariales” y “Otros servicios” que incluye enseñanza, servicios sociales y de salud y otras actividades de servicios comunitarios, sociales y personales.

Z Fuente: Encuesta permanente de Hogares (EPH). Gran Buenos Aires. mayo de 2001. IN- DEC, Buenos Aires, julio de 2001.

3 Ibidem.

4 Cfr. AAVV: Las nuevas reglas de juego en Lavboratorio Año 2, 6, Facultad de Ciencias Sociales-UBA, Bs. A5., Verano de 2001.

5 Cfr. AAW: Etapa de acumulación y régi- men político en Argentina en la década del ‘90. En Debate Marxísta. Primera Epoca. Nro. 10. Buenos Aires, 1998.

6 SAUTU, Ruth: Reestructuración econó- mica, política de ajuste, y su impacto en los pa- trones de ocupación-desocupación de la mano de obra del área metropolitana de Buenos Ai- res: 1991-1996, Estudios trabajo 14, Buenos Aires, Diciembre de 1997.

7 Cfr. AAW: Etapa de acumulación y régi- men político en Argentina en la década del ‘90. En Debate Marxista. Primera Epoca. Nro. 10. Buenos Aires, 1998.

8 De aquí en adelante, salvo que se indique lo contrario, todos los datos utilizados sobre

Cuadernos del Sur

75

conflictos laborales entre 1989 y 2000 son ex- traídos de GOMEZ, Marcelo: “Conflictividad laboral y comportamiento sindical en los '90: transformaciones de clase y cambios en las es- trategias políticas y reivindicativas”. Centro de Estudios e investigaciones de la Universidad Nacional de Qiilmes. (Sin fecha)

9 Fuente: Encuesta permanente de Hogares (EPH). Gran Buenos Aires. mayo de 2001. IN- DEC, Buenos Aires, julio de 2001.

Gaudio Ricardo y Tomada Carlos A., Cfr. Gaudio Ricardo y Tomada Carlos A.: El Resta- blecimiento de la negociación colectiva en Ar- gentina (1988-1989) en Boletín Infimnalivo de 72- cbint, 267, julio-setiembre 1991.pag. 55.

11 Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Total aglomerados urbanos. mayo de 2001. In- dec. Buenos Aires, julio de 2001.

12 Cfr. SALVIA, Agustín: La herencia que supimos mantener e incrementar...Recesión, déficit público, endeudamiento...y algo más. En Lavboratorio Nro. 7. Año 3. Buenos Aires, Primavera 2001.

13 Gómez, Marcelo, Zeller, Norberto, Pala- cios, Luis: Conflictividad laboral durante el plan de convertibilidad (1991-1995) en Cuader- nos del Sur n°22/23, Buenos Aires, Octubre de 1996.

14 En 1998 se produce, ségún los datos de que disponemos, un aumento como propor- ción del total de conflictos de aquellos realiza- dos por aumento de salarios. Sin embargo a pe- sar de la caída de su cantidad, los conflictos de- fensivos también crecen como proporción del total. Esta situación puede explicarse por el des- censo sufrido por los conflictos debidos a otros motivos, por ejemplo Condiciones de trabajo.

15 Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Total aglomerados urbanos. mayo de 2001. In- dec. Buenos Aires, julio de 2001.

16 Spaltenberg, Ricardo: Cambio y continui- dad en el conflicto laboral. Un análisis secto- rial. S/f.

17 La única excepción es el año 1995, año en el que vimos que hay una caída en la conflicti- vidad total pero se produce un nuevo creci- miento de los conflictos defensivos, llevándo-

los al pico de todo el período. En este caso el crecimiento de los conflictos por despidos, al tiempo que se produce la mayor caída de con- flictos por aumento salarial, basta para explicar el crecimiento de la proporción de conflictos descentralizados.

18 Dado que la conflictividad general tiende a caer mientras la proporción de conflictos des- centralizados tendió a situarse al final en un ni- vel mas alto que al principio del período, se puede estableccr que no existe una asociación entre ambas variables. Pero dado que la frag- mentación de la conflictividad tiende a crecer, y que cada crecimiento de la conflictividad es crecimiento de una conflictividad fragmentada, el crecimiento de la fragmentación mostrado por los picos de conflictividad al final del perío- do han tendido a mostrar un mayor crecimien- to de la fragmentación que los del principio.

Por lo mismo, si aplicamos un coeficien- te de correlación a la evolución de las variables a lo largo de toda la etapa el resultado va a ser bajísimo (r= 0.002), como surge con solo mi- rar el Gráfico 10. Pero si tomamos períodos re- lativamente estables tanto para la conflictivi- dad como para la proporción de conflictos descentralizados, la correlación va a tender a expresar solo el hecho del crecimiento y el de- crecimiento conjunto de las variables. Entre 1989-1993 y 1996-2000, el Sentido inverso del movimiento de las variables puede resultar mas moderado que para el conjunto del perío- do y efectivamente se obtienen valores muy al- tos del coeficiente de correlación para ambos períodos (1989-93: r=0,77; 1996-2000: F091) (Estas medidas de cualquier modo hay que to- marlas con cuidado, ya que las varianzas de ambas variables son muy distintas, condición en la cual el coeficiente de Pearson pierde con- fiabilidad).

19 Todos los datos de conflictividad laboral de esta sección, salvo que se indique lo contra- rio, extraídos de wwwínuevamayoríacom.

Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Total aglomerados urbanos. mayo de 2001. In- dec. Buenos Aires, julio de 2001.

21 Fuente Diario Clarin 7/8/2001.

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Noviembre de 2001

22 María Celia Cotarelo en su artículo “La protesta social en la Argentina de los ‘90” en Herramienta, 12, Buenos Aires, Otoño de 2000, demuestra que, lejos de ser solo una me- dida impulsada por desocupados, los cortes de ruta han tenido como protagonistas también a trabajadores ocupados y a fracciones de la pe- queña burguesía. Sin embargo la centralización organizativa parece haberse dado fundamental- mente entre los trabajadores desocupados. Por lo cual caracterizaremos aquí al movimiento pi- quetero como la expresión organizada de frac- ciones de los desocupados.

23 Dado que la conflictividad general tiende a caer mientras la proporción de conflictos des- centralizados tendió a situarse al final en un ni- vel mas alto que al principio del período, se puede establecer que no existe una asociación entre ambas variables. Pero dado que la frag- mentación de la conflictividad tiende a crecer, y que cada crecimiento de la conflictividad es crecimiento de una conflictividad fragmentada, el crecimiento de la fragmentación mostrado

por los picos de conflictividad al final del perio- do han tendido a mostrar un mayor crecimien- to de la fragmentación que los del principio. Por lo mismo, si aplicamos un coeficiente de correlación a la evolución de las variables a lo largo de toda la etapa el resultado va a ser ba- jísimo (r= 0.002), como surge con solo mirar el Gráfico 10. Pero si tomamos períodos relativa- mente estables tanto para la conflictividad co- mo para la proporción de conflictos descentra- lizados, la correlación va a tender a expresar so- lo el hecho del crecimiento y el decrecimiento conjunto de las variables. Entre 1989-1993 y 1996-2000, el sentido inverso del movimiento de las variables puede resultar mas moderado que para el conjunto del período y efectiva- mente se obtienen valores muy altos del coefi- ciente de correlación para ambos períodos (1989-93: 1:0,77; 1996-2000: r=0,9l) (Estas medidas de cualquier modo hay que tomarlas con cuidado, ya que las varianzas de ambas va- riables son muy distintas, condición en la cual el coeficiente de Pearson pierde confiabilidad).

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Cortando rutas, abriendo nuevos senderos

Desocupados, ocupados, “piqueteros”: Viejas y nuevas formas de lucha

Eduardo Lucita

“Los piqueteros ban aparecido en las calles, con sus mujeres y sus bijos. San los babitantes de la tierra robadosy bu- millados. Han comenzado a recorrer el camino del paraíso, como lo babían co- menzado a recorrer los obreros del mun- do a principios de siglo.

OSVALDO BAYER, Página/12, 4.8.01

esde hace más de un cuarto de siglo profundas transformaciones se suce- den sin solución de con- tinuidad en nuestro país. Estas trans- formaciones, que adquirieron un rit- mo vertiginoso en los ’90, están ins- criptas en las tendencias mundiales e incorporan rasgos propios de nues- tra formación social y del carácter histórico de las clases dominantes. La contrapartida de esta reestruc- turación capitalista combinada con una ofensiva en toda la línea sobre el mundo del trabajo, ha sido un fuerte impacto en la estructura eco- nómico-social y un abanico de resis- tencias que a lo largo de la década se

Cuadernos del Sur

desplegó por toda la geografía del país.

Sin embargo esta enorme conflic- tividad social no alcanzó nunca a te- ner un eje centralizador, ni tampoco se pudo garantizar su continuidad organizada. Por el contrario la frag- mentación, la dispersión, su carácter episódico, fueron sus rasgos deter- minantes, no obstante las numero- sas huelgas y paros generales que también hubo en el período.

Ahora bien, en los últimos meses una confluencia de acontecimien- to iales y políticos, expresión de alización de experiencias de

Nuevas formas de lucha y organización

Enmarcado en un contexto eco- nómico y político caracterizado por el agotamiento del proyecto neoli- beral, entendido como pérdida de las potencialidades de transforma- ción regresiva de nuestras socieda- des, y por lo tanto de pérdida de le- gitimidad, el movimiento social ha ido buscando nuevos caminos y senderos por los cuales oponerse y expresar su rebeldía a la ofensiva del capital.

El resultado ha sido un intenso proceso de creación y recreación de formas de lucha y organización que encuentra correspondencia con las transformaciones operadas en el ca- pitalismo argentino.

El movimiento ‘jpiquetero”y los lla- mados “cortes de ruta’j que aparecie- ron abruptamente promediando los años ’90, que se fueron extendiendo prácticamente a toda la geografia del país —en ciudades grandes y me- dianas, localidades, pueblos y zonas rurales- se muestran como la forma de lucha y organización autónoma más característica de este período, utilizada por una fracción de las cla- ses populares para expresar su resis- tencia a la imposición de condicio- nes que día a día rebajan el piso ma- terial en que viven y reproducen su existencia millones de seres.

Puestos a buscar elementos co- munes que permitan generalizar una caracterización política es posi-

ble encontrar un hilo conductor de todo este proceso de luchas:

° Se han dado una y otra vez por fuera de los límites del “espacio po- lítico” y en numerosas ocasiones por fuera de las representaciones so- ciales tradicionales.

' Por su origen son casi siempre ex- presión de necesidades concretas y como regla general se han definido más por sus acciones que por un programa definido.

° Mayoritariamente han sido epi- sodios explosivos, que surgen en forma abrupta para luego desvane- cerse rápidamente.

° Un profiindo proceso democrati- zador, solidario, cooperativo e igua- litario se expresó en cada conflicto.

Nuevas formas de lucha van siempre acompañadas de nuevas formas organizativas. Si el corte apor- ta como novedad central la reconfi- guración/relocalización del espacio de lucha, no es menos relevante su forma organizativa: el piquete y la asamblea.

El piquete es el núcleo central del corte, el grupo de hombres y muje- res —suerte de vanguardia muchas veces eflmera- que lo organiza y que asume la responsabilidad de mantenerlo, aunque no necesaria- mente de dirigirlo'.

La asamblea es el ámbito deciso- rio, democrático y plural, por lo ge- neral multitudinario, que se con-

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vierte en un ejercicio pleno de de- mocracia directa. Es allí donde se debaten las reivindicaciones y se ar- ticulan los consensos, se establecen las propuestas y se construyen iden- tidades colectivas y nuevas subjetivi- dades, muchas veces transitorias, pe- ro que la crisis pbliga a reiterar una y otra vez.

Ahora bien, que el movimiento genere nuevas formas de lucha y or- ganización no significa que las ante- riores desaparezcan o hayan perdi- do vigencia. En noviembre del 2000 el paro general de 36hs, convocado por las centrales obreras (CGT, CGT “rebelde” y CTA), como res- puesta a un nuevo ajuste estructural, es un claro ejemplo de esto.

Aquel paro fue precedido por una oleada de cortes durante los meses de octubre y noviembre que expresaban el hartang y la desespe- ranza frente a un futuro cada día más incierto. Resultó el de mayor profiindidad social y adhesión de la última década y file acompañado por una multiplicidad de marchas, actos de protesta y cortes como no se conocía en mucho tiempo.

En los primeros días de agosto del 2001 un paro nacional convoca- do por la CTA, como respuesta al 7mo. Plan de ajuste del gobierno na- cional, combinado con la segunda jornada de protesta sancionada por el primer congreso piquetero con- cluyó con una concentración que congregó a casi 40.000 personas.

Ocupados y desocupados, peque- ños comerciantes, estudiantes, do- centes y profesores universitarios.

Es posible encontrar otros mo- mentos de coincidencia de viejas y nuevas formas de lucha, pero los dos señalados coinciden con los pe- ríodos que registran mayor número de cortes en todo el país y también un alza en los conflictos laborales. En ambos casos el nivel de organi- zación fue superior a lo conocido hasta entonces.

El primero constituyó un fuerte antecedente para el primer congreso piquetero, en tanto que el segundo fue claramente una resultante de es- te congreso. Aparecieron aquí dos centros coordinadores: “el congreso piquetero” y la CTA, que por prime- ra vez emprendió una acción de en- vergadura sin el acompañamiento de las otras centrales.

Las viejas formas de lucha se fu- sionaron aquí con las nuevas, y los trabajadores organizados sindical- mente actuaron como centralizado- res del conjunto.

Resignificación de la relación ca- pital/trabajo

Algunas investigaciones recientes revelan que durante la última déca- da, los cortes de rutas y vias públicas desplazaron a los paros y “saqueos” de la década del ‘80 y principios de los ‘90, modificando la forma de ex- presión de la protesta social.

Así los conflictos laborales que

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alcanzaron en el período 1986/1989 un pico de 3575; fueron 2222 en 1990/94 y decrecieron a 1228 en el quinquenio 1995/2000.l

Sin embargo en el período enero- /septiembre 2001 pareciera revertir- se la tendencia. Los registros dan cuenta de 614 hechos, con un pro- medio de 76 mensuales, y un fuerte incremento a partir del mes de fe- brero, cuando en el año 2000 los conflictos fueron 710, con un pro- medio mensual de 59. Ibis

Por el contrario la evolución re- gistrada de los cortes muestra la si- guiente secuencia: 1997:140; 1998: 51; 1999: 252; 2000: 514; 2001(a septiembre): 996.

Los promedios mensuales de cor- tes muestran una clara tendencia al crecimiento de esta forma de lucha: mientras en 1997 se registraron en promedio 11 cortes por mes, en 1998 se reducen a sólo 4, en 1999 llegan a 21, en el 2000 alcanzan los 43 y en lo que va de 2001(a septiem- bre) se registra una relación de 110 cortes por mes.

Si bien estos datos hablan de la magnitud y la evolución de las 'dis- tintas formas de lucha a lo largo de la década, en nuestra comprensión no se trata, como suele sostenerse, de que ha desaparecido, o perdido centralidad, el conflicto capital/tra- bajo, propio de las relaciones socia- les que engendra el modo de pro- ducción capitalista, sino que éste se expresa bajo otras formas.

Lo que en reali- dad sucede es que en la práctica la nue- va modalidad de lu- cha reconfigura/re- localiza el espacio de la confrontación social. Frente a la desocupación es- tructural y la exclu- sión de la produc- ción y del consumo de sectores cada vez mayores de la socie- dad, frente a la pre- carización y el des- potismo patronal que impera en las fá- bricas y lugares de trabajo, los trabaja- dores y los sectores populares en- cuentran serias dificultades para ac- tuar en los centros de producción y acumulación del capital.

Operan entonces sobre la distri- bución y circulación de mercancías y personas, trabando así, al menos momentáneamente, la realización de la ganancia.

Esta relocalización de las luchas es también resultado de la reestruc- turación capitalista, que lleva implí- cita una relocalización de los espa- cios industriales y productivos. Sig- nifica entonces reestructuración del espacio y nuevas formas de disputar ese espacio en la lucha de clases.

Esta es una tendencia que se ex- presa como una constante en mu-

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chos movimientos sociales de nuestro tiempo. En este sen- tido, y a pesar de sus distintos oríge- nes —urbano, cam- pesino, indigenista- gel movimiento de los “piqueteros” en Argentina tiene mu- chos puntos de con- tacto con el “zapa- tismo” de México y “los sin tierra” de Brasil.

Es claro que no siempre se trata de un hecho concien- te, pero de un proceso objetivo, en el se combina la lucha de los ocu- pados contra la explotación capita- lista y la de los excluidos de la pro- ducción y del consumo por ser in- cluidos.

Y en este combate se enfrentan con el Estado.

Los sujetos sociales protagónicos

Otras investigaciones, ver en este mismo número de Cuadernos del Sur el trabajo de N. Iñigo Carrera y M.C. Cotareloz, polemizan con una visión que asigna el protagonismo en los cortes sólo a desocupados es- tructurales que reclaman por subsi- dios. En rigor, este protagonismo re- conoce diversos sujetos sociales se- gún los objetivos buscados.

Así los protagonistas han sido asalariados, ocupados o no, desocu- pados estructurales -y diversas frac- ciones de la pequeña burguesía —productores agropecuarios, peque- ños comerciantes, estudiantes- que se movilizan por mantener sus em- pleos o subsidios por trabajos co- munitarios; por atrasos en los pagos o bajas salariales; por rebajas impo- sitivas; por conseguir líneas de cré- ditos blandas; por la reconexión de servicios públicos (gas y energía eléctrica) cortados por falta de pago; por la creación de fuentes de traba- jo, por diversos subsidios (alimen- tos, medicamentos, ropa, materiales de construcción, hospitales móviles, refacción de escuelas públicas, pavi- mentación de calles, etc.) que hacen a la calidad de vida de la gente.

Este abanico de demandas socia- les constituye un conjunto de rei- vindicaciones que se articulan de forma compleja. Algunas, por su ca- rácter de inmediatas no alcanzan a superar el nivel de conciencia políti- ca existente, pero otras lo hacen: aquellas que están dirigidas a produ- cir cambios en las políticas estatales, ya sea a nivel provincial o comu- nal.3

En muchos casos esta diversidad de sujetos y de reclamos confluyen en un mismo corte, dando lugar a una movilización policlasista con fuertes rasgos populares.

Esto es particularmente significa- tivo cuando el corte se da en ciuda-

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des medianas del interior del país que crecieron en tomo a una activi- dad hegemónica —minería, petróleo, ferrocarril, acería- por lo general centralizada en una empresa estatal.

La política de privatizaciones cambió en poco tiempo el orden de cosas establecido durante muchas décadas, dejando desprotegida a una población asalariada, muchas veces altamente calificada y ampara- da en la estabilidad laboral.4

Es que la reforma del Estado, la transferencia sin mediaciones de ac- tividades del sector público al priva- do, la desregulación del mercado, la apertura indiscriminada de las im- portaciones, la desindustrializa- ción... acentuaron la fragmentación social, la pobreza y la marginalidad.

Centros y cordones industriales, antiguamente receptores de las mi- graciones internas, fueron así con- vertidos en expulsores de trabajado- res. Localidades que tenían al pro- greso y el ascenso social como mo- tores de su actividad cotidiana se transformaron en muy poco tiempo en pueblos fantasmas, sin futuro y carentes de esperanza.

La amplitud geográfica que ha al- canzado este movimiento puede apreciarse cuando se analiza la dis- tribución de los cortes por provincia en el período 1997-2001: 30% (592) fueron en Buenos Aires, el 12% (238) en la Capital Federal, el 11% en Jujuy (208), el 7% en Neuquén (132), el 6% en Tucumán (115), y el

5% en las provincias de Chaco (99), Río Negro (95) y Salta (91).5

La base material del movimiento

Si el movimiento obrero organi- zado creció y expandió su influen- cia en la sociedad a la par que se ex- tendía el trabajo asalariado, el Movi- miento de Trabajadores Desocupados (M TD)6 lo hace en un sentido inver- so, crece y se expande en la medida que avanzan la desocupación y la exclusión social.

La evolución de los indicadores oficiales es por demás elocuente. Si durante los años ‘80 la desocupa- ción era del orden del 4 al 6% de la población económicamente activa (PEA), en la primera mitad de los ’90 se ubicó cercana al 10%, para en 1995 saltar al 16.6%, y estabilizarse en torno al 15%. En la actualidad, según la medición de abril ‘01 está en el 16.4, y se espera que la medi- ción de octubre arroje valores del orden del 20%.7

Más significativo aún es que si hasta mediados de la década pasada la característica del desempleo era su carácter de “transitoriedad” —de- sempleados de corto plazo que lo- graban reinsertarse nuevamente en el mercado de trabajo en lapsos bre- ves- a partir de 1995 comienza a ser relevante la desocupación de largo plazo, lo que trae aparejado el deso- cupado permanente y la exclusión social.

Estos datos hablan de la persis-

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tencia a lo largo de la década de la desocupación como un fenómeno estructural, y aquí radica uno de los principales componentes de la base material del movimiento.

Es que el capital no puede, como no pudo históricamente, resolver en un mismo tiempo la crisis, el desem- pleo y el nivel de vida, porque siem- pre las salidas capitalistas de las cri- sis presuponen fiiertes incrementos de productividad y su contrapartida no es otra que la caída del empleo y los salarios.

Si como resultado de la desocu- pación y de la caída estructural de los salarios los trabajadores solo par- ticipan hoy del 19% del ingreso na- cional, no es menos significativo que la mitad de estos. gane menos que el monto establecido por el IN- DEC para una canasta de emergen- cia.8

La fuerte polarización social im- puesta en los años ’90 se pone en evidencia cuando se observa la re- gresiva distribución del ingreso que muestra que el 10% más rico se apropia del 36.9% de la riqueza pro- ducida en el país, mientras que el 10% más pobre solo lo hace del 1.4.

Argentina sigue siendo aún el país menos pobre de América lati- na, pero es el país donde la pobreza más ha crecido en la última década. Si la pobreza era calculada en el 5% de la población del país en la déca- da del ’70, en los ’80 alcanzó el 12% y en los ’90 el 40%.

Esta evolución muestra que la ex- pansión de la pobreza, y todo lo que esto conlleva,'es el dato social más significativo del período. Más de 14.000.000 de personas viven hoy por debajo de la línea de pobre- za y de estos entre el 8 y el 10% son considerados indigentes.

Recuperación de la cultura organi- zacional del trabajo

En las visiones tradicionales los desocupados no alcanzaban nunca la posibilidad de transformarse en un sujeto social colectivo. Sin em- bargo la homogeneidad que surge de la pobreza, la densidad social que esta ha alcanzado, el carácter ca- da vez mas extendido de la desocu- pación de largo plazo, la exclusión de la producción y del consumo que esta contiene, la ausencia de fu- turo que señala el horizonte de la crisis capitalista nacional han dota- do al MTD de una profundidad y grado de anclaje social que lo han convertido en un sujeto social pro- tagónico.

No es una cuestión menor cuan- do se trata de arriesgar estas afirma- ciones que uno de los componen- tes del fenómeno resulte la pobreza extrema. El hecho de que la mayo- ría de las familias tengan una preca- ria o nula acumulación de bienes, lo que hace que las condiciones de sobrevivencia resulten mucho más duras.

Y esto es determinante porque

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frente a la falta de alternativas el re- curso de la solidaridad y la coopera- ción aparece naturalmente, como la única forma de protegerse, proteger a su familia y tener posibilidades de subsistencia, rompiendo así con la fragmentación y el individualismo impuesto por el mercado.

Una extensa red de solidaridades, de mecanismos de cooperación, de trabajo voluntario no rentado, están aportando desde hace una década a recomponer el tejido social.

Comedores y guarderías infanti- les; huertas y panaderías comunita- rias; formas de autoconsumo solida- rio; asentamientos y construcción colectiva de viviendas; talleres de costura para la recuperación de prendas y vestimentas, bibliotecas populares, ayudas escolares; talleres de formación; proyectos producti- Vos...

Son las formas más generalizadas de esta recuperación solidaria y coo- perativa, a las que el movimiento ha llegado luego de las primera luchas por reivindicaciones más element-ai

para construir viviendas que desde hace años estaban prometidas y na- die entregaba; el reclamo a las auto- ridades municipales por el asfalto o el semáforo; el reclamo por el subsi- dio para comprar el horno indus- trial para el proyecto de la panade- ría”.

De esta manera “..en la medida que nos organizábamos la participa- ción de los vecinos nos iba orien- tando acerca de las necesidades más sentidas por el barrio.. la experien- cia de los primeros cortes por los planes se transforrnaba así en capa- cidad de planificar una toma de tie- rras o de discutir con el intendente desde una posición de fuerza”.

“Si en un principio los planes tra- bajar estaban exclusivamente desti- nados a tareas como zanjas, ba- cheos, reparación de veredas, pinta- das para punteros políticos, con el avance de la conciencia y organiza- ción en distintos barrios se planteó. exigir al Gobierno Nacional la reno- vación de los proyectos de empleo en otros términos: queríamos defi- nir nosotros las tareas a realizar, te- níamos ideas y proyectos propios para llevar adelante”.9

Tal vez el principal sujeto de esta reapropiación del trabajo hayan si- do hasta el momento la mujeres. Ellas llevan adelante la gran mayoría de las tareas, muchas veces “arras- tran” a sus compañeros a participar del movimiento, y este protagonis- mo se expresa también en los pique-

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tes. Este fuerte protagonismo feme- nino —en el que indudablemente la femenización de la pobreza es deter- minante- ha facilitado que la pro- blemática de género, aun indirecta o deformadamente, comience a expre- sarse en el interior del movimien- to.lo s

El conjunto con toda su diversi- dad constituye una trama solidaria que autogestiona sus propias necesi- dades con un alto grado de autono- mía frente a las instituciones. Sub- yace en este proceso una fuerte rei- vindicación de la cultura del traba- jo, una comprensión de que la nece- sidad extrema solo puede enfrentar- se desde un esfuerzo colectivo. En suma una lenta reconstrucción de la subjetividad social sobre la que se apoya la fortaleza y persistencia del movimiento.

“La nueva fábrica es el barrio, es la idea fuerza que sintetiza esta expe- riencia y expresa la realidad de mi- llones de trabajadores no sindicali- zados que encuentran en viejas ex- periencias asociativas (fomentismo, cooperativismo, vecinalismo) la po- sibilidad de responder organizada- mente a la crisis.”11

En esta perspectiva de análisis la reivindicación por los Planes Traba- jar y por “quien los controla” ad- quiere una significación cualitativa- mente superior a un simple, y legíti- mo, reclamo por subsidios. Se trata de movilizaciones cuyo objetivo, no necesariamente explícito o cons-

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ciente, es la reapropiación de la cali- dad subjetiva del trabajo como orga- nizador de la vida social, y de la re- lación entre hombres y mujeres.

Un momento de inflexión

La ausencia de una organización y dirección nacional que le diera cierta centralidad puso al descubier- to que el incipiente movimiento so- cial de resistencia contenía limita- ciones espaciales y temporales.

Las primeras quedaban eviden- ciadas en la impotencia, puesta de manifiesto durante largos años, para coordinarse a nivel regional y nacio- nal. Las segundas en las dificultades para dotarse de permanencia y con- tinuidad en el tiempo, a pesar de su tozuda y reiterada persistencia.

Sin embargo un movimiento de la naturaleza, extensión territorial y profundidad como el que hemos tratado de describir más arriba no podía continuar con el grado de de- sarticulación que mostraba. La den- si " social alcanzada lo ponía en isyuntiva: o avanzaba en tér-

La Primera y Segunda Asam- blea Nacional de Organizaciones sociales, territoriales y de desocu- pados”, el nombre formal de los lla- mados “congresos piqueteros”, fue la respuesta del movimiento a este nuevo desafío.

La asamblea, cuyos antecedentes pueden rastrearse desde tiempo atrás,13 estaba siendo prevista desde hace más de un año pero la crisis política desatada por el 7mo. ajuste que lanzara el Gobierno Nacional en sólo un año y medio de gobierno precipitó los acontecimientos.

Más de 2000 delegados de todo el país respondieron a la convocato- ria, cuya reSponsabilidad organizati- va recayó en los “piqueteros” de La Matanza. No solo asistieron las múltiples organizaciones que verte- bran el movimiento de trabajadores desocupados, también dirigentes sindicales, trabajadores docentes y universitarios; jubilados, dirigentes barriales y de organizaciones vecina- les, productores agropecuarios, en- tre otros.

La convocatoria fijó objetivos claros y precisos: avanzar en la coor- dinación de las luchas a nivel nacio- nal; en criterios de representación; en como mejorar los niveles de or- ganización y cómo enfrentar el nue- vo ajuste. Con lo que incluía entre sus reivindicaciones las de los traba- jadores ocupados.

El debate registró el cruce de opi- niones sobre las formas organizati-

vas de los cortes. Sobre los alcances del uso de la fiierza social y los con- tenidos concretos de un plan de lu- cha nacional, lo que, en sus defini- ciones finales, marcó un avance en la politización del movimiento.

No file ajena a esta politización la consideración a las luchas del mo- vimiento internacional contra la globalización capitalista —especial- mente el homenaje al joven asesina- do en las manifestaciones de Géno- va- y la referencia a otras experien- cias que se desarrollan en América latina, con lo que la dimensión in- ternacional estuvo presente.

Como resultado práctico inme- diato la coordinación se concretó en 145 cortes de rutas y vías de co- municación simultáneos en las 50 principales ciudades del país, lo que constituyó una “verdadera demos- tración de fuerza, de capacidad or- ganizativa y de poder”,14 que habla claramente de las potencialidades del movimiento.

Espontaneidad y organización

Si existe un debate acerca del ca- rácter espontáneo u organizado de los cortes, lo que puede apreciarse en la evolución del ultimo año es que, acompañando el desarrollo del movimiento, el componente espon- táneo va decreciendo y como con- trapartida crece el organizativo.

Un movimiento que surgió con características espontaneistas y hori- zontales, con una amplia democra-

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cia asamblearia y una muy escasa delegación en la conducción, cuyas medidas de lucha se presentaban y se reelaboraban durante el conflicto —casos Cutral-Có y Tartagal- se ve obligado a extenderse nacionalmen- te y por lo tanto a planificar y orga- nizar sus acciones.

Un primer indicio fueron los cor- tes que se dieron en noviembre del 2000 en la Provincia de Buenos Ai- res, en la zona de los cordones in- dustriales, a pocos kilómetros de la Capital Federal y en la pr0pia capi- tal provincial, donde por muchas horas la Ciudad de La Plata fue vir- tualmente aislada de toda conexión por vía terrestre. En La Matanza el corte duró diez días y participaron de él, según las versiones, entre cua- tro y siete mil personas. Los cam- bios de guardia de los piqueteros, el orden interno establecido, los con- troles sociales, las postas sanitarias, las asambleas masivas discutiendo un programa global de reivindica- ciones, que superó ampliamente la exigencia de subsidios, fueron aquí los rasgos más salientes.

Se hizo evidente la participación de diversas corrientes políticas, a través de sus organizaciones territo- riales, incluso de dirigentes locales de los grandes partidos del sistema; y el establecimiento de una suerte de alianza con el movimiento obre- ro organizado en la zona.

En la zona sur del conurbano bo- naerense, Qpilmes, Lanús, Almiran-

te Brown, otros cortes avanzaban en definiciones políticas más generales incluyendo junto a las reivindica- ciones propias, la exigencia de liber- tad y desprocesamiento de los diri- gentes sociales y el planteo de un paro general por 36hs. En algunos casos se cuestionó la participación de dirigentes políticos locales de los partidos mayoritarios. Reafirmando su autonomía, la asamblea del corte no aceptó la mediación de los jefes comunales locales ni tampoco la de la iglesia.

Como regla general cuando son masivos los cortes han recibido la adhesión de la opinión pública y obtienen así una legitimación para la utilización de la fuerza social en el reclamo de las reivindicaciones populares. Muestran también una voluntad de lucha creciente y una disposición al enfrentamiento con las fuerzas represivas, que se verifica en el cubrirse el rostro de los pique- teros y en el hecho de que están “ar- mados” con palos y hondas.15

La experiencia de Tartagal con sus cinco puebladas (mayo’97, di- ciembre ‘99, mayo y noviembre ‘00, y junio ‘01), muestra algunos com- ponentes que la distinguen: conti- nuidad en el tiempo y capacidad pa- ra reemplazar dirigentes; el nivel de los enfrentamientos, los cortes no son sólo en las rutas sino también frente a los accesos a las plantas pro- cesadoras.16 Los programas de lucha elaborados por la UTD y la gestión

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de los planes trabajar constituyen una verdadera obra de gobierno pa- ralelo sin precedentes en el país.17

(¿re avance el componente orga- nizativo sobre el espontáneo no modifica uno de los rasgos esencia- les: los cortes siguen siendo en su gran mayoria expresión de movi- mientos autónomos que desbordan los ámbitos gremiales y partidarios.

No obstante la tensión entre es- pontaneidad y organización se ma- nifiesta cada vez con más fuerza.

Expresión de esta tensión fueron los debates que se dieron en el se- gundo congreso piquetero. La lógica exigencia de avales (20 firmas) para presentarse como delegado chocaba con el reparto de cupos de delegados entre los principales agrupamientos políticos o las reglas impuestas para llevar adelante el debate.

Un segundo momento de ten- sión lo constituyó el alcance de los cortes: los sectores más radicaliza- dos proponían el bloqueo de rutas y puentes y la paralización de la pro- ducción; en tanto que las grandes organizaciones planteaban cortes masivos, con vías alternativas y una estrategia de demostrar poder para negociar.

El contenido de las reivindicacio- nes, si se trata de alimentos y planes de empleo, o se exige trabajo genui- no y reducción. de la jomada labo- ral, fueron otras de las principales propuestas en controversia.

La política de alianzas, expresada

en términos de unidad de los que luchan o unidad con otros sectores sociales atravesados por la crisis y la creación de un movimiento más amplio, es otro de los debates que recorre todo el movimiento.18

Algunas conclusiones

° En su arrollador avance de los años ’90 el capital ha diluido tam- bién las formas de integración y con- trol social, abriendo nuevas posibili- dades para la reorganización del mo- vimiento social. Esta nueva realidad se ha expresado puntualmente en ca- da uno de los múltiples y fragmenta- dos conflictos de estos años, allí se expresaron una y otra vez un con- junto de valores que bien pueden estar configurando las ba- ses para una socie- dad alternativa a la actual. El movimien- to social, al no en- contrar canales insti- tucionales, tiende a radicalizarse. Solidaridad, coo- peración, cuestiona- mientos al orden de cosas existente, pro- tagonismo social, debates y decisiones colectivas. Radica aquí la fortaleza y la potencialidad del movimiento.

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En la resolución de los proble- mas que hacen a su condición de vi- da y existencia el movimiento se ha ido reapr0piando de formas auto- gestivas de una economía solidaria (tambien llamada de subsistencia o de la vida real), de cooperación e igualdad, que En su practica concre- ta tiende a contraponerse con la ló- gica capitalista.

Tanto en su quehacer cotidiano como en los momentos de lucha y confrontación el movimiento ha ido creando y recreando formas aún embrionarias de autoorganización y ejercicios de democracia y acción directas.

En los congresos piqueteros como en las grandes movili- zaciones de julio y agosto pasados se ha manifestado un proceso de conver- gencia social y polí- tica que puede te- ner consecuencias importantes para el futuro del movi- miento.

Por un lado un proceso de conver- gencia al interior del propio movi- miento social, que avanzó en coordi- nación y centraliza-

ción de sus acciones a nivel nacio- nal, por el otro un proceso de con- vergencia del moVimiento con di- versas expresiones de la izquierda orgánica, lo que alimentó el debate en los congresos y mostró también madurez a pesar de las inocultables diferencias políticas y metodológi- cas.

No obstante debe considerarse que el movimiento todavía es limi- tado. Alcanza a una fracción mino- ritaria de los desocupados, y debe resolver como convivir, democráti- camente, con sus tensiones internas.

Su evolución, más que de la radi- calización de las acciones pareciera depender de su capacidad para ex- tenderse sin perder los atributos con los que nació, y sobre todo de esta- blecer relaciones más orgánicas con el conjunto del movimiento social, particularmente con las potenciali- dades emancipadoras del movi- miento obrero, en la perspectiva de orientarse a la transformación radi- cal de la sociedad.

Buenos Aires, octubre 2001

Notas

1 Centro de Estudios Nueva Mayoría, “Los cortes de ruta desplazaron a losparasy saqueos como expresión de la protesta social”, Bs.As., octubre

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2000 e Informe septiembre 2001. “En conclu- sión, una visión global del fenómeno de protes- ta social durante las últimas dos décadas, mues- tra:

a) Durante los años ochenta, la expresión predominante de la protesta social fueron los conflictos laborales, con los sindicatos encua- drando el reclamo por un mayor salario.

b) Entre fines de esa década y comienzos de los noventa, los saqueos protagonizados por los sectores de menores ingresos frente a la deses- peración generada por la hiperinflación, pasó a ser la expresión de protesta social predominan- te (alcanzaron a 676 en 1989 descendiendo a 96 en 1990).

c) En la segunda mitad de la década del no- venta, la lucha por el salario ha cedido ante la gravedad del- desempleo y los desempleados crónicos comenzaron a utilizar el corte de ruta como expresión predominante de protesta so- cial, situación que se prolonga en los primeros meses del año 2000.”

(Ibis) SET-Consultores “Informe de Coyuntura la- boral”, Bs.As., agosto 2001 y actualización a septiembre.

2 Nicolás Iñigo Carrera/María Celia Cota- relo, “Clase obrera y fimnas de lucba en la Argenti- na actual” Bs.As, octubre 2001.

———Nicolás Iñigo Carrera/Maria Celia Cotare- lo, “La protesta social en los '90. Aproximacio- nes a una caracterización? Documento de Trabajo n"27. PIMSA. Bs.As. 2000

———O. Favaro/M.A.Bucciarelli/G. Iuorno, “La conflictividad social en Neuquen. El movi- miento cutralquense y los nuevos sujetos socia- les”. Realidad Económica 148 Bs.As. mayo- junio 1997

3 El programa de reivindicaciones acordado entre los dirigentes piqueteros, el Intendente de La Matanza y representantes del gobierno na- cional, implicaba una reformulación del presu- puesto comunal y la reasignación de las parti- das en función de las necesidades populares y de las prioridades planteadas por la gente en las asambleas.

4 Son típicos los casos de Cutral-Có-Plaza Huincul y Tartagal, privatizaciónes de YPF; Sie-

rra Grande, privatización de HIPASAM; recon- versión tecnológica de Ing. Ledesma, San Salva- dor de Jujuy; privatización de Petroquímica Gral. Mosconi, Gral. Mosconi; el aislamiento a que han sido sometidas numerosas poblaciones por la clausura o cierre de ramales y talleres fe- rroviarios no rentables para la lógica del capital privado.

5 Sigue Santa Fe con el 4% (71), Córdoba

con el 3% (58), con el 2% se ubican las provin- cias de Catamarca (42), Mendoza (33) y con el 1% se encuentran: Corrientes (28), Misiones (27), Entre Rios (25), La Rioja (20), Chubut (17), Formosa (15) y San Juan (14). Cabe destacar que Jujuy con el 2% de la pobla- ción tiene el 11% del total de cortes, Neuquén también con el 2% concentra el 7% de estas protestas, lo mismo sucede con Tucumán, que con el 3% de la población tiene el 6% de los cortes y Salta con una población similar con- centra el 5%. Centro de Estudios Nueva Mayo- n'a, informe citado.

6 MTD es una denominación genérica que incluye tanto a la FI'V (Federación de Tierra y Vi- vienda) cuyo origen se encuentra en los asenta- mientos y el reclamo por la tierra y el techo, o la CCC (Corriente Clasista y Combativa) que es una organización que alberga trabajadores sindi- calizados, agrupaciones gremiales de jubilados y desocupados; y numerosas organizaciones loca- les UTD, CT D, MTD, que se identifican con el aditamento de la localidad a la que pertenecen, o bien como el MTD —Teresa Rodríguez, que a su vez integran numerosos grupos bajo esta deno- minación, o la CID-Aníbal Verón, entre otros.

7 Esto significa que alrededor de 3.400.000 trabajadores están desocupados. Si a esto se le adiciona las tasas de subocupación, del orden del 15%, arroja que como minimo más de un tercio de la fuerza de trabajo, casi 5.000.000 de personas, tiene serios problemas con el empleo.

3 El INDEC establece. para la canasta fami- liar básica un valor de 51.200; para la canasta familiar de emergencia, que fija la línea de po- breza, el valor es S470. En tanto que la línea de indigencia está dada por un ingreso que no su- pera los 5130.

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9 Pablo Solana, “M TD: que bay detrás de los piquetes y los planes trabajar” MTD-Lanús - Coordinadora de trabajadores desocupados “Aníbal Verón”.

10 Grupo Documental de Mayo -video- Matanza'IENERC / INCAA-Magoya Films, Argentina, 2001

11 Federación de Tierra y Vivienda (FTV) —Instituto de Estudios y formación de la CTA, La tierra es nuestra. Hacia una politica de tierra, vivienda y hábitat? Bs.As., julio del 2001.

12 Así lo entendieron rápidamente algunos di- rigentes políticos que intentaron fracturar el mo- vimiento distinguiendo entre piqueteros “confia- bles” y “los violentos”. En tanto que la ministra de Trabajo planteó la sindicalización del movi- miento, su institucionalización, para canalizar los reclamos “por vías normales y no en la calle”.

13 En 1997 se llevaron a cabo dos intentos de organización del movimiento, básicamente una serie de grupos del Gran Buenos Aires, pe- ro diferencias de enfoque y orientación y rasgos personalistas de dirigentes locales no permitie-

ron alcanzar mínimos grados de coordinación. Aunque también debe haber pesado la escasa densidad social de los grupos intervinientes.

14 SET-Consultores, “Informe de Coyuntura Laboral ”, agosto 2001

15 Esto es mucho más notable en el interior del país, las experiencias de Cutral-Có y Plaza Huincul, en Neuquén; Ledesma, en Jujuy; Tar- tagal y Gral. Moscóni, en Salta.

16 Se bloquea así el circuito petrolero y gasí- fero de la zona, y se interrumpen las comunica- ciones con Bolivia.

17 “Tartagal-Mosconi,- Crónica de cuatro años de Iucbay organización clasista. Un pueblo que apren- dio' de su propia experiencia” material impreso sin firma legible, Tartagal, julio 2001. También pe- riódicos “Prensa obrera” y “Propuesta?

18 Pueden consultarse los Boletines del “MTD-S.I.Casanova”; la “Declaración de la Coordinadora Sur del Gran Buenos Aires” del 23.7.01, y el “Programa de lucha” votado en La Matanza aprobado por el “Plenario de organi- zaciones en lucha” del 14.7.01

,,

VIENÏOM

POR UNA IIOUIERDA ALTERNATIVA

Un análisis crítico sobre la tesis de las ondas largas

Rolando Astarita

n la mayoría de los teóricos de izquierda han dominado dos visiones

sobre la situación y dinámica del sistema capitalista. Una de ellas,

que podríamos llamar “estancacionista” sostiene que el capitalismo

está estancado desde la Gran Depresión ‘—algunos incluso remontan el estancamiento a la Primera Guerra mundial- de manera que cualquier ci- clo alcista es interpretado, o bien como una recuperación que no revierte la situación general depresiva, o bien como un hecho localizado que se produ- ce en detrimento del desarrollo de otras partes del planeta (por ejemplo, el crecimiento de los países capitalistas adelantados en la Posguerra tendría co- mo contrapartida el estancamiento de los países subdesarrollados). Esta visión se combina con repetidos pronósticos acerca del “colapso inminente” del sis- tema capitalista. Cada crisis financiera o industrial da lugar a que se repitan este tipo de pronósticos, siendo el último cuando se conjugaron las crisis asiá- tica, rusa y brasileña en 1997-98. Así, de manera característica, el dirigente del Partido Obrero de Argentina, Jorge Altamira, sostuvo que la crisis asiática abría la perspectiva cierta de una crisis generalizada del sistema y recomendó a los militantes seguir el desarrollo de la crisis para vivir “en tiempo real el derrumbe capitalista.”1 Criticada esta visión en varias oportunidades, por lo que no hay necesidad de repetir aquí los argumentos; por otra parte, es un he- cho que el “derrumbe del capitalismo en tiempo real” no se, produjo.

Más interesante es el segundo enfoque que domina en la izquierda. Sostie- ne que la dinámica del capitalismo está marcada por grandes ciclos de unos 50 años, de los cuales 25, aproximadamente, serían de ascenso del sistema, y 25 de descenso. Estos ciclos, llamados Kondratiev, se habrían repetido con re- gularidad desde, por lo menos, comienzos del siglo XIX. El último se habría iniciado al finalizar la Segunda Guerra mundial; su primera fase de expansión (llamada fase A del Kondratiev) habría culminado a comienzos de los años

Cuadernos del Sur 95

70; el capitalismo habría entrado entonces en la fase depresiva de 25 años. Da- do que por 1,995 se estarían cumpliendo los 25 años de descenso, se plantea la cuestión de si el sistema capitalista ya ha entrado en una nueva fase de de- sarrollo “dorado”, o se continúa —o incluso se profundiza- la fase depresiva (o fase B Kondratiev).

Desde hace varios años hemos estado poniendo en discusión esta visión de la evolución del capitalismo, ya que no vemos que “encaje” con los datos em- píricos, por un lado, ni con una explicación teórica coherente. En este artícu- lo quisiéramos retomar esta discusión a partir del examen de la evolución del capitalismo en las últimas décadas y en particular del desarrollo de Estados Unidos en los noventa. Empezaremos examinando algunos aspectos de la te- sis de Ernest Mandel sobre los ciclos Kondratiev, por ser el autor marxista que más influencia ejerció en la izquierda sobre esta cuestión.

La tesis de Mandel sobre los ciclos Kondratiev

En El capitalismo tardía Mandel reflotó la tesis de Kondratiev sobre los ci- clos largos de 50 años, aproximadamente, del capitalismo, articulándola con aquella de las oscilaciones a largo plazo de la tasa de ganancia del capital y las renovaciones fundamentales de la tecnología productiva o del capital fijo (que implicarían cambios cualitativos en la productividad del trabajo). El primer ci- clo Kondratiev se habría extendido entre fines del siglo XVIII hasta la crisis de 1847. El segundo arrancaría después de la revolución de 1848 y habn’a termi- nado a principios de la década de los noventa del siglo XIX. El tercero se ha- bría iniciado en la última década del siglo XIX hasta el fin (para Estados Uni- dos hasta el comienzo) de la Segunda Guerra. El cuarto habría comenzado en 1940-8, y en los setenta se habría entrado, como ya dijimos, en la segunda fa- se del ciclo largo. El inicio de esta fase depresiva estaría determinado por el descenso del ritmo de la acumulación desde fines de los sesenta y la primera recesión generalizada de 1974-5.

Más en general, Mandel afirmaba que una fase de ascenso Kondratiev se iniciaba cuando una elevación importante de la tasa de ganancia —que se pro- ducía durante la fase depresiva previa- permitía expandir la inversión en nue- vas tecnologías e innovaciones. A su vez la expansión tocaba a su fin cuando la tasa de ganancia comenzaba a debilitarse debido al crecimiento tendencial de la composición orgánica del capital. Se abría entonces la fase B Kondra- tiev, caracterizada por crisis económicas profundas, a-umento de la desocupa- ción, destrucción de fuerzas productivas, exacerbación de la tendencia a las guerras y las revoluciones. En esa instancia, lo determinante para que el capi- talismo saliera de la crisis eran los factores políticos; esto es, si el sojuzgamien-

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to imperialista de nuevos tenitorios —como había sucedido a fines del siglo xrx- o la derrota de la clase obrera en los países centrales —como sucedió en Europa en las décadas de los veinte y treinta- permitía la recomposición de la tasa de ganancia, el capitalismo experimentaba una nueva expansión, que a su vez desembocaría en una nueva y larga crisis de proporciones mundiales. Por otra parte Mandel estaba convencido de que la dinámica de largo plazo del capitalismo de una creciente contracción geográfica, aun cuando tuviera fases expansivas. Sostenía que en el siglo XX una vasta zona “fue sustraída del mer- cado mundial capitalista por la victoria de la revolución en Rusia” y que a par- tir de entonces había existido una “tendencia secular” hacia una “mayor con- tracción geográfica de la acumulación del capital”.2 Afirmaba que las crisis se- rian cada vez más profundas y que las recuperaciones costarían cada vez más en términos de vidas humanas, guerras y calamidades. Por eso, si la recupera- ción del capitalismo de la fase depresiva abierta con la Primera Guerra mun- dial había costado decenas de millones de muertos (las dos guerras mundia- les) y la Gran Depresión, la recuperación del capitalismo de la fase contracti- va iniciada en los setenta costaría aún más en términos de vidas humanas. En un trabajo posterior Las ondaslargas sostuvo que esta crisis sólo podría dar lu- gar a una recuperación a costa de una guerra mundial con “cientos de millo- nes de muertos”, regímenes nazis generalizados —que practicarían “lobotomías a gran escala”— y catástrofes similares.3 Si bien en dos capítulos agregados en 1994 (no traducidos al castellano) Mandel matizó estos pronósticos aclaran- do que no excluía “en principio” la posibilidad de una salida “suave” de la lar- ga depresión, consideró esta probabilidad “no realista”. En su opinión, la “lar- ga depresión” continuaba a mediados de los noventa y concluía que" “no ha- brá salida suave —sofl landing- de la larga depresión”.4

A los efectos de la discusión que haremos luego es importante señalar la evidencia estadística que presentaba Mandel. Correctamente rechazaba los ci- clos de precios —en los que se había basado Kondrafieff para detectar los ci- clos- como un indicador confiable de la evolución económica de largo pla- zo. En su lu ar to ó en cuenta l ' ucción industrial y del vo- lumen del comercio mundial (qtgreflejarían la tendencia e a pro ucción capitafista y el ritmo de expansión del mercado mundial).

Ümo dijiinos antes, esta Visión fue compartida poñ'a mayoría de los ana- listas y escritores de las organizaciones de la izquierda. Incluso los defensores del enfoque estancacionista, que habían criticado a Mandel porque éste había sostenido que el capitalismo se había desarrollado en la posguerra, tendieron a coincidir, de hecho, con su diagnóstico sobre las perspectivas del capitalis-

Cuadernos del Sur 97

mo de los setenta y ochenta. “Ahora sí” la crisis era prácticamente sin salida; una guerra con “cientos de millones de muertos” y regímenes políticos prac- ticando “lobotomías a gran escala”, hubiera significado el colapso completo de la sociedad capitalista. Otros, sin compartir plenamente la tesis de que hu- biera una guerra nuclear en un plazo más o menos mediato, y sin adherir a la teoría de los ciclos Kondratiev, hemos compartido la idea central sobre que una recuperación del sistema capitalista sólo sen’a posible a costa de la más te- rrible depresión económica; muy superior a todo lo que había conocido el sis- tema en el pasado. Sólo así, pensábamos, se darían las condiciones para una recuperación más o menos sostenida e incluso para una nueva extensión geo- gráfica del sistema. De esta manera acordamos con la tesis de que el capitalis- mo sólo se podn'a recuperar a costa de colosales e inauditas derrotas del m0- vimiento obrero. En una palabra, de una guerra civil mundial contra. la clase trabajadora. Paralelamente las tesis sobre la dependencia, sobre la articulación de modos de producción en el mercado mundial y el bloqueo permanente del desarrollo de las periferias, se combinaban con el enfoque sobre la crisis a lar- go plazo, para alimentar una visión demasiado optimista acerca de las posibi- lidades de una rápida superación del sistema capitalista (en particular porque todavía a mediados de los años ochenta muchos apostábamos a las “energías revolucionarias intactas de las masas soviéticas que seguramente liberará el inevitable colapso del estalinismo en un plazo más o menos breve”).

El crecimiento de la economía capitalista en los últimos 25 años Aunque al momento de escribir El capitalismo tardío Mandel sólo conta-

ba con las cifras de los primeros años de la supuesta fase B Kondratiev, con-

sideró que el descenso en las tasas de crecimiento demostraba inequívoca-

mente la tendencia hacia la depresión. Estos son los datos que presenta Mandel:

Cuadro l. Crecimiento de la producción industrial de los principales países capitalistas, en porcentajes

1947-1966 1966-1975

Estados Unidos 5,0* 1,9 Los seis miembros CEE 8,9 4,6 Japón 9,6 7,9 Gran Bretaña 2,9 2,0

"Datos para 1940-66.

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Si bien las cifras para Gran Bretaña yJapón no son definitorias, las de los seis países miembros originales de la CEE y en especial las de Estados Uni- dos parecían dar un fuerte aval a la tesis de las ondas largas. El que se hu- biera producido en 1974-5 la primera recesión sincronizada también respal- daba el planteo. De todas maneras en su libro Mandel no aducía más prue- bas empíricas; y se nota la ausencia de análisis sobre el otro factor al que ha- bía otorgado importancia, el comercio mundial; éste debería contraerse, se- gún su tesis. 2

La recuperación de la crisis de 1974-75 fue débil y vacilante en los princi- pales países capitalistas, sin disminución del desempleo y sin que la inversión retomara la vitalidad de la fase anterior, a pesar de las ingentes inyecciones de crédito que realizaron los gobiernos. Entre 1973 y 1981 la tasa media de crecimiento de Estados Unidos pasó al 2,3% anual, la de Alemania Federal al 2%, Gran Bretaña al 0,5% yJapón al 3,6%. La nueva recesión de 1979-82 alimentó aún más la idea de que se había entrado en una fase larga depresi- va. Muchos autores, marxistas o de la izquierda, pronosticaron la inminente caída del sistema capitalista. Por ejemplo en 1992 Moseley escribía que en el mejor de los casos el escenario más probable de Estados Unidos en los no- venta sería la continuación del estancamiento de los setenta y ochenta, y que una serie de factores (endeudamiento en primer lugar) aumentaba significa- tivamente “la probabilidad de otra gran depresión como en los años noven- ta”.5 Sin embargo, ya entonces habría que haber admitido que la caída era cualitativamente menor a la que se había producido durante la Gran Depre- sión. Si se toma el conjunto del período 1921-38 para Estados Unidos, y se lo compara con el período 1970-82, se advierte que mientras en el primero la declinación promedio del PNB durante las recesiones fue del 16,4%, en el se- gundo fue del 3,5%. Este último es claramente mayor que la caída promedio del período 1949-70, pero también cualitativamente distinto a la profundi- dad de las caídas ocurridas en el período de entreguerras.6

Sin embargo, la desmentida más definitoria para la tesis de los ciclos Kondratiev vendría después. Es que lejos de lo que anunciaba la teoría, las economías de los países capitalistas adelantados tuvieron un desempeño “aceptable” en los siguientes veinte años. Las tasas de crecimiento no fue- ron las de la época “dorada” del boom de posguerra, pero tampoco las pro- pias que cabría esperar en una depresión. Véase el siguiente cuadro:

Cuadernos del Sur 99

Cuadro 2: Tasas. de variación del producto bruto

1982-1992 1991-2000

Economías adelantadas 3,1 2,8 Estados Unidos 2,9 3,8 Japón 4,1 1,1 Unión Europea 2,6 2,1

FUENTE: FMI, World Economic Outlook mayo 2000, complementado con datos FMI 2001

En particular, hay que destacar que la economía de Estados Unidos en absoluto confirmó la tesis de la onda depresiva. Es que desde 1991 has- ta 2001 experimentó el crecimiento más prolongado de la posguerra, con un fuerte aumento de la productividad en la segunda parte del decenio (que sólo se puede explicar por una importante renovación tecnológica). Contra un crecimiento promedio anual de la productividad del 1,53% en- tre 1990 y 1995, se registra un aumento del 2,9% anual entre 1995 y 2000.7 La producción industrial también registró un fuerte crecimiento: 46% en- tre 1991 y 2000. La tasa de ganancia promedio de las empresas no agríco- las alcanzaba entre 1996 y 1997 los niveles de 1973. Obsérvese que las ta- sas de crecimiento del PBI durante las décadas del 80 y 90 no son cualita- tivamente distintas a la tasa de crecimiento promedio entre 1950 y 1973, que file del 3,7% (de hecho, la tasa de la última década es igual). Tratándo- se de la economía capitalista más importante del planeta (representa apro- ximadamente la cuarta parte del PBI mundial), no son datos que puedan pasarse por alto fácilmente a la hora de verificar la validez empírica de la tesis de las ondas largas.

Pero posiblemente más importante aún es constatar que la economía ca- pitalista mundial también tuvo tasas de crecimiento notables en los últimos veinte años. A pesar del hundimiento de las economías africanas y latinoa- mericanas en los ochenta, en los 10 años que van de 1982 a 1991 la econo- mía mundial creció a una tasa promedio del 3,3% anual. Luego, de 1992 a 2000 (incluido este último año), lo hizo a una tasa del 3,4%.7 Nuevamente, debemos decir que no son las cifras de crecimiento del “boom” de los cin- cuenta y sesenta —entre 1950 y 1973 la economía mundial creció a una tasa del 7,1% anual- pero tampoco se trata de cifras de depresión. Debemos señalar también que el crecimiento ni siquiera se transformó en negativo du- rante las grandes recesiones que ocurrieron en los países imperialistas, las de 1975, 1982 y 1991. En promedio durante esos años creció entre el 1,2% y el 1,9%. Tampoco hubo caída neta durante 1998, cuando se hicieron sentir

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plenamente los efectos de la crisis asiática: creció a una tasa del 2,5% (con países como India y China creciendo más del 5%).

En particular el crecimiento de los países asiáticos de la cuenca del Pací- fico ha sido llamativo. Tomando ahora datos que arrancan en los setenta, te- nemos:9

Cuadro 3: Tasas anuales promedio de crecimiento del PBI, en %, de los países asiáticos del Pacífico.

1970-1979 1980-1989 1990-1996

Hong Kong 9,2 7,5 5,0 Singapur 9,4 7,2 8,3 Taiwán 10,2 8,1 6,3 Corea del Sur 9,3 8,0 7,7 Malasia 8,0 5,7 8,8 Tailandia 7,3 7,2 8,6 Indonesia 7,8 5,7 7,2 China 7,5 9,3 10,1 Filipinas 6,1 1,8 2,8

FUENTE: The Economist 1/04/97

Parece muy dificil de encajar estos datos en la teoría Kondratiev. Recor- demos que según los cálculos de Paul Bairoch, la tasa anual media de creci- miento del producto bruto durante el siglo XIX para el conjunto de los paí- ses actualmente desarrollados osciló entre el 2 y el 2,5% anual.10

Veamos ahora qué sucede con el comercio mundial, el otro parámetro importante que Mandel tomaba en consideración para definir una fase de- presiva larga. Entre 1982 y 1991 la tasa anual promedio de crecimiento del comercio mundial fue del 5%, y entre 1992 y 2000 del 7,2% (con un creci- miento record en 2000 del 13°/o— datos FMI, 2000 y 2001). Son cifras clara- mente superiores a la tasa de crecimiento de los productos nacionales. Esto significa que el mercado mundial se expandió. Y, por supuesto, se intensi- ficó la imbricación económica entre países: Mientras que en 1970 el porcen- taje promedio de importaciones y exportaciones con respecto .al PNB del conjunto de los países era del 12,8%, en 1999 fue del 21%. Estos datos tam- poco confirman la tesis de 'la contracción secular del sistema capitalista mundial.

Cuadernos del Sur 101

Factores políticos que subyacen a la recuperación

Es claro entonces que a diferencia de la crisis del treinta la crisis de acu- mulación de los setenta se resuelve en el sentido de la expansión y reorga- nización geográfica del capital.

En este sentido parece confirmarse una tesis de Mandel, quien decía que grandes acontecimientos de la lucha de clases estaban en la base de la recu- peración de las tasasde rentabilidad de los capitales. Pero se confirma lo que ya algunos otros autores habían señalado como una debilidad de su plan- teo: que no existe ningún elemento para afirmar que los factores políticos que inciden en la recuperación de la tasa de ganancia deban hacer sentir sus efectos después de 25 años de recesión o depresión. Concretamente, debido a la ausencia de respuestas políticas revolucionarias del trabajo a la ofensiva del capital, este último pudo recomponer las condiciones de la acu- mulación con muchos menores costos que los habidos durante las décadas que van desde la Primera Guerra mundial a la segunda posguerra. Es que en los setenta y comienzos de los ochenta se producen una serie de aconteci- mientos concatenados: freno o derrota de luchas sindicales importantes —en Estados Unidos, Gran Bretaña y en otros países europeos claves- y estabili- zación de la situación política en lugares que habían estado convulsionados en los setenta —Portugal el caso más notorio, pero también España. Además, los trabajadores, de conjunto, no rompen con los programas de sus grandes organizaciones sindicales —partidos comunistas, socialdemócratas, movi- mientos nacionalistas en los países atrasados- que buscaban salidas refor- mistas y pactadas con el capital a la crisis de acumulación. Por esa época también comienzan a ceder terreno los movimientos revolucionarios del “tercer mundo” que se proclamaban socialistas. El giro del gobierno de la República de Vietnam hacia los organismos financieros internacionales a partir de 1976 o la política de conciliación de los sandinistas en Nicaragua, después de 1979, pueden tomarse como símbolos de este cambio.ll Más im- portante aún, desde 1978 China comienza su evolución hacia la integración en el mercado mundial. Estos acontecimientos van creando entonces un cli- ma de confianza renovada para el capital, que recibirá un nuevo y decisivo espaldarazo con la caída del sistema soviético en 1989-91. Con la caída del Muro de Berlín se abren a la explotación directa de la mano de obra por el capital nuevos y extensos territorios, y se profundiza el retroceso y descon- cierto de los movimientos obreros y de la izquierda. La resistencia a la glo- balización del capital se encarna incluso en regímenes y movimientos reac- cionarios (desde el punto de vista económico social) que no presentan nin- guna perspectiva de salida progresista y solidaria para las masas.

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Con este marco como referencia se mundializa la relación capitalista. Se produjo una nueva ola de confianza del capitalismo —insistimos, asentada sobre la derrota de la clase obrera mundial- que a su vez estuvo sustentada en la recuperación de las tasas de rentabilidad de los capitales más podero- sos, en particular de Estados Unidos. De esta manera, la depresión que se anunciaba a fines de los setenta no se produjo, y el capitalismo retomó ta- sas de acumulación “aceptables”.

Comentario sobre los anteriores ciclos

Dado que por primera vez podemos hablar realmente de una economía capitalista planetaria, las cifras y los hechos que acabamos de analizar tienen una importancia dificil de disimular a la hora de determinar la validez de la teoría de las ondas largas Kondratiev.

Sin embargo los datos sobre los anteriores ciclos tampoco terminaban de “encajar” con la teoría. Dado que para estos ciclos sólo son relevantes las ci- fras de las principales economías capitalistas (enormes zonas del planeta es- tuvieron en un estadio precapitalista hasta después de la Segunda Guerra mundial), el que una economía como la de Estados Unidos no confirme la existencia de los ciclos es devastador para solidez de la tesis Kondratiev. Vea- mos los datos que da el propio Mandel:

Cuadro 4: Crecimiento de la producción industrial de Estados Unidos 1849-1913:

1849-1873 5,4% 1874-1893 4,9% 1894-1913 5,9%

1849-73 sería una fase expansiva Kondratiev, y 1874-1893 una depresiva; pero una tasa de crecimiento del 4,9% —contra un 5,4% de la fase previa- no parece señalar ninguna diferencia cualitativa con respecto al ciclo ante- rior. Por otra parte Gordon, Reich y Edward (también defensores de la tesis de las ondas largas) presentan un cuadro que resume los datos de las tasas de crecimiento en el producto real de cuatro economías capitalistas impor- tantes entre fin de siglo XIX y principios de siglo XX (excluyen ajapón) y cal- culan una media ponderada de las cuatro tasas de crecimiento para cada pe- ríodo.

Cuadernos del Sur 103

Cuadro 5: Porcentaje de crecimiento medio anual

en el producto real

Onda Media larga Años EEUU. R. Unido Alemania Francia ponderada II A 1846-1878 4,2 2,2 2,5 1,3 2,8

II B 1878-1894 3,7 1,7 2,3 0,9 2,6 III A 1894-1914 3,8 2,1 2,5 1,5 3,0 III B 1914-1938 2,1 1,1 2,9 1,0 2,0 IV A 1938-1970 4,0 2,4 3,8 3,7 3,8

Según este cuadro, la fase A de la tercera onda larga en Estados Unidos presenta una tasa de crecimiento prácticamente igual a la fase B (supuesta- mente depresiva) de la segunda onda. Cuando se analiza la media ponde- rada, por otra parte, la fase B de la segunda onda casi no se distingue de la fase A de esa misma onda (0,2 de diferencia). Los datos que presenta Man- del sobre índices de producción mundial en Las ondas largas del desarrollo capitalista confirman lo que estamos diciendo. Entre 1874-1896 —fase B- el índice de crecimiento de la producción mundial per cápita sería del 1,4% anual, mientras que en la siguiente fase A habría sido de 1,72%; la produc- ción mundial de energía en los mismos períodos habría crecido a tasas anuales del 4,13% y 4,8%. Ninguna de estas cifras está señalando diferen- cias cualitativas, que justifiquen hablar de un ciclo depresivo. Como seña- la Batra, la contracción iniciada en 1873, y que deriva en una gran depre- sión, se prolonga hasta 1879; o sea, nueve años, menos de la mitad de lo que indica que debería haber ocurrido según la tesis de los ciclos Kondra- tiev.

Las cifras de crecimiento de Estados Unidos de los años veinte tampoco encajan en la teoría Kondratiev. La economía norteamericana recién entró claramente en recesión en 1929, huudie’ndose rápidamente en la depresión que se prolongará por 11 años. Si sumamos entonces la fragilidad de estas “evidencias” a lo sucedido en los últimos 30 años, llegamos a la conclusión de que es necesario un cambio de enfoque en la valoración de las tenden- cias de largo plazo del sistema capitalista.

Por un cambio de enfoque

A la luz de lo sucedido es necesario superar la visión dicotómica de, o bien crecimiento a las tasas “doradas” del 5 o 6% anual, o bien depre- sión. Esta dicotomía rígida se advierte en la mayoría de los análisis de la iz-

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quierda. Por lo general, se toma como punto de referencia las tasas —excep- cionalmente altas si se miden históricamente- del desarrollo capitalista de las décadas de los cincuenta y sesenta (como ya dijimos, más del 7% de cre- cimiento anual de la economía mundial) para “demostrar” que desde hace 25 años el capitalismo está en crisis, o por lo menos en una fase larga depre- siva. Un ejemplo característico de este enfoque es el de Robert Brenner, en su reciente y renombrado trabajo. Brenner constata que a partir de 1973, y por las dos décadas siguientes, las economías de los países del G-7 no recu- peraron los niveles de crecimiento, ni de inversión, ni de ganancias de las décadas previas, y habla entonces del largo “giro hacia la baja” (long down- turn), o sea, de una espiral descendente que desembocaría en el corto plazo en- una nueva Gran Depresión.12 Sin embargo, hemos visto que a lo largo del último cuarto de siglo no hubo tal espiral descendente, sino un descen- so en el ritmo de crecimiento. Una “velocidad crucero” del capitalismo dis- tinta a la del “boom” de post-guerra; en una palabra, no hubo estancamien- to, sino crecimiento, aunque más moderado que el de la post-guerra. En te'r- minos comparativos, el crecimiento de la economía mundial en el último cuarto de siglo está incluso un poco por encima de la media ponderada de crecimiento anual de los países capitalistas avanzados durante los 68 años que van desde 1848 a 1914, que fue del 2,8%. O sea, en la historia del capi- talismo existen largos períodos globales “grises”, esto es, de crecimientos más débiles, pautados por crisis cíclicas, con una permanencia de alta deso- cupación, que no permiten englobarse en ninguna de las alternativas ante- riores. Concretamente, el capitalismo de los noventa no estuvo en “crisis crónica” ni tampoco vivió un desarrollo “dorado”.13

Por eso se puede hablar de una crisis de acumulación a partir de los se- te¿1_t_a —caída de la tasa de ganancia en los pmmbiliïzÏCTestruc- tural en la inversión- pero señalando que se trató de una crisis mucho más benigna que la que sacudió al capitalismo en el período que va dela Pri- mera a la Se nda Guerra. El desarrollo fue marcadamente desigual, ya que el debilitamiento de la acumulación en los países adelantados en los seten- ta y buena parte de los ochenta fue acompañado de la expansión en Asia, y del estancamiento en África y América Latina en los ochenta. Hubo acumu- lación del capital, sin que por ello dejaran de producirse fuertes crisis fi- nancieras y productivas.14

Por otro lado es claro que afirmar que existió una acumulación sostenida en Estados Unidos no implica adherir a la absurda tesis de “se acabaron los ciclos económicos”, como proclamaron algunos en la euforia norteamerica- na de los noventa. El debilitamiento de las ganancias de las empresas ame-

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ricanas en los últimos dos trimestres es notorio, y estaría anunciando el ini- cio de una nueva recesión. Según el registro de las ganancias de 1700 em- presas que lleva Tbe WII Street journal, en los últimos tres meses de 2000 las ganancias empresarias cayeron en promedio un 20%, y en el primer trimes- tre de 2001 cayeron un 43% con respecto a igual período del año anterior. De manera característica, el prolongado ciclo de auge de la economía trajo aparejadas sobreinversiones de capital, en especial en tecnología informáti- ca. A medida que fue aumentando la relación capital/ utilidades, la inversión en equipos y software de alta tecnología —que cumplió un rol vital en la ex- pansión- comenzó a contraerse. Esta inversión ha caído a una tasa anual del 6,5% en el primer trimestre de 2001, luego de haber aumentado a la extraor- dinaria tasa del 25% anual durante el período 1995-2000, y ha seguido ca- yendo en el segundo trimestre. La producción industrial durante el primer semestre de 2001 bajó a una tasa anual del 6%, la más importante en los úl- timos 20 años. Contra lo que muchos creían, que con el software de última generación las empresas se asegurarían que la producción nunca superaría demasiado a las ventas, las empresas no lograron anticipar la desaceleración económica y los stocks se han estado acumulando en los últimos meses. Es- to indica que la anarquía del mercado capitalista sigue haciendo valer sus derechos, a pesar de la administración de los inventarios con el método just in time .15 Los pronósticos de evolución del PBI se ubican ahora en un 1% para el año.

La caída en el ritmo de crecimiento de Estados Unidos a su vez ya estaria afectando a países de fuerte exportación en alta tecnología, como Malasia, Fi- lipinas, Corea del Sur, Tailandia, que después de haber crecido más del 6% en 1999 y 2000, están sufriendo una fuerte desaceleración. Japón, a su vez, sigue empantanado en la recesión; en el primer semestre de 2001 su produc- ción industrial se hundió a una tasa anual del 17%, y el PBI se contraer-ía un 0,5% en el año. A su vez, toda la zona del euro también estaría entrando en una marcada recesión. De conjunto el crecimiento de las economías del G3 (Estados Unidos, Japón y área del euro) rondarían apenas el 1%.

Por otra parte, los fuertes desequilibrios en las cuentas externas de los grandes países desarrollados hacen sobrevolar el peligro de nuevas crisis mo- netarias y financieras. De un excedente en la cuenta corriente de 83.000 mi- llones de dólares en 1997 de los países de la OCDE, se pasó a un déficit de 295.000 millones en 2000, que equivale aproximadamente al 1,3% de su PNB combinado. El principal factor causante de este déficit es Estados Uni- dos, con un déficit equivalente al 4,5% de su PNB (contra 1,5% que repre- sentaba en 1995), a pesar del superávit en el sector público. Una caída brus-

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ca del dólar y de los mercados financieros de la principal potencia podría precipitar una recesión mundial de proporciones mucho mayores a las pre- vistas en estos momentos.

Insistimos por esto en que afirmar que no se ha cumplido el ciclo a la manera en que lo preveía la tesis Kondratiev no significa negar la existencia de los ciclos económicos, ni afirmar que el capitalismo haya logrado supe- rar sus contradicciones, o negar que periódicamente suma a la humanidad en gigantescas catástrofes en términos de costos en vidas humanas, bienes- tar y desarrollo de las fuerzas de la producción. Pero es importante superar la visión n'gida y mecanicista que impera en amplios círculos de la izquier- da, Desde-el punto de vista teórico se puede decir que los datos presentados confirman lo que ya otros autores habían señalado con respecto a la tesis Kondratiev: que hasta el momento no se ha presentado razón alguna para afirmar que recuperación de la tasa de ganancia debiera operarse a lo largo de un período depresivo de 25 años. No existen razones teóricas para que así suceda en un país, menos las hay para que debiera suceder a nivel mun- dial y de manera sincronizada. Si algo caracteriza al sistema capitalista es el desarrollo desigual; esta desigualdad afecta naturalmente las tasas de ganan- cia y de inversión de los capitales, ubicados en diferentes regiones del pla- neta. La desigualdad también se manifiesta en los diferentes ritmos, proce- sos y fonnas mediante los cuales se puede operar una recuperación de la ta- sa de rentabilidad una vez iniciada la crisis.

La refutación que ha recibido la tesis Kondratiev en los últimos años de- be por otra parte llevarnos a superar la idea de que lo que estamos viviendo es una “transición a...” algo distinto, esto es, hacia un nuevo modo de acu- mulación que todavía está por llegar. Esta visión, que impera en buena par- te de la izquierda, es profundamente engañosa. Obsérvese que el llamado “período fordista” en realidad sólo se habría afirmado en los primeros años de la década de los cincuenta; y, según los propios defensores de esta no- ción, habría entrado en crisis en la segunda mitad de los sesenta. De esta ma- nera habríamos tenido un modo de acumulación sistemático que habría du- rado, a lo sumo, 15 años. A su vez las políticas reaganianas y thatcheristas, expresión de las estrategias de acumulación imperantes, llevan aplicándose unas dos décadas; de hecho, la llamada “tercera vía” representa una conso- lidación y afirmación de lo fundamental de las mismas. Sin embargo existe renuencia en la izquierda a considerar que estamos ante una nueva forma de acumulación que ha llegado para quedarse (en tanto la lucha de clases o una nueva crisis general del capitalismo no la ponga en entredicho). Esta renuen- cia obedece en buena medida a que el esquema Kondratiev induce a pensar

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que seguimos en una fase B depresiva que debería dar salida a una fase A, distinta a lo que estamos viviendo.

Por las mismas razones que estamos exponiendo, no afirrnamos que es- temos en presencia de un nuevo ciclo “dorado” del sistema capitalista en lo que hace a la expansión de las fuerzas productivas y la mejora del nivel de vida de la población. Por el contrario, todo indica que se seguirá profundi- zando el desarrollo desigual del capitalismo a nivel mundial; que se acentúa la polarización social, así como la proletarización. Qie las leyes del capita- lismo actúan de manera más pura, profundizándose la tendencia a la con- centración y centralización de los capitales, la exacerbación de la competen- cia mundializada a través del cambio tecnológico, el desplazamiento de la mano de obra por la maquinaria, el aumento de la plusvalía absoluta (incre- mento de los ritmos de trabajo y de las jornadas laborales) y de la plusvalía relativa. Al mismo tiempo la acumulación se verá interrumpida violenta- mente y en forma periódica por recesiones y crisis, que se resolverán con nuevas desvalorizaciones de capitales y de la fuerza de trabajo, recreación de ejércitos de desocupados y destrucción de fuerzas productivas. Esta es la ma- nera en que el capitalismo “limpiará” el camino para nuevos desarrollos, que se precipitarán en nuevas crisis.

El comprender esta dinámica será vital entonces para la adopción de es- trategias y programas socialistas por parte de las fuerzas del trabajo. Unica forma, por lo demás, de acabar definitivamente con esta dinámica infernal a que somete el capitalismo a los seres humanos.

Notas

1 J. Altamira, 1998, “Aspectos de la actual crisis económica internacional”, En defensa del marxis- mo, 19.

2 El capitalismo tardío, Era, México, 1979, p.306

3 E. Mandel, Las ona'as largas del desarroflo capitalista, Madrid, Siglo XXI. Ver pp. 104 a 106.

4 Emest Mandel, Long Waves quapitalist Development, Verso, Londres y Nueva York, 1995, p. 137. La posibilidad de una salida suave habría estado condicionada a “la total integración de la ex URSS y la República Popular de China al mercado mundial capitalista”, lo que hubiera necesitado una “derrota mayor de la clase obrera” y una “no menos grave derrota de los movimientos de libe- ración del tercer mundo”, en ambos casos “al menos en los principales países” (p. 114)

5 Fred Moseley, “The Decline of the Rate of Profit” en Capital 0' Class, 1992, 48, p. 125.

6 Entre 1929 y 1933 en Estados Unidos el PNB cayó el 33%, la producción industrial lo hizo en un 53% y el número de desempleados pasó de 1,5 millones a 12,8 millones.

7 Esta última cifra ahora está sujeta a una revisión bajista; de todas maneras, el aumento de la productividad parece indudable

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3 Los cálculos del FMI ponderan los productos brutos internos de los países medidos con base a la paridad del poder de compra, de manera que las cifras se ajustan según las diferencias en los ni- veles de precios entre los paises. Este método nos parece más correcto que el utilizado por algunos bancos de inversión internacionales o consultoras, que utilizan ponderaciones basadas en los pro- ductos brutos internos medidos según los tipos de cambio existentes. Al ajustarse los cálculos según la paridad del poder de compra se tiene una idea más precisa de la evolución de las economías en términos reales.

9 Entre estos países debe incluirse a China, que desde 1980, aproximadamente, articula su desa- rrollo sobre bases crecientemente capitalistas. El sector privado (comprendido el controlado por el extranjero) fue el=más dinámico en las últimas dos décadas, ya que habiendo partido de cero en 1978, representaba en 1990 el 38% de la capacidad industrial de China.

Citado por Arghiri Emmanuel en La ganancia y las crisis, México, Siglo XXI, 1978, p. 313.

¡1 Tal vez el giro más emblemático, por lo que ha significado para la generación revolucionaria de los sesenta y setenta, sea el operado en Vietnam. En abril de 1975 los norteamericanos eran de- rrotados definitivamente en Hanoi. Ya a comienzos de 1976 el gobierno de la República Socialista de Vietnam anunciaba incentivos —incluyendo la propiedad extranjera al 100%— a los inversores en industrias exportadoras; poco después Vietnam entró en el FMI, el Banco Mundial y el Banco Asiá- tico de Desarrollo, y estableció normas para inversiones extranjeras similares a las de Taiwán o Co- rea del Sur. Desde entonces profundizó la política de seducción del capital; las inversiones extran- jeras llegaban a mediados de los noventa a 9.600 millones de dólares anuales. En julio del año pa- sado Hanoi firmó un acuerdo con Washington que otorga a los bancos, compañías de seguros y em- presas de comercio minorista libertad para operar en Vietnam, y se compromete a desmantelar ta- rifas aduaneras para los bienes de Estados Unidos. Es significativo que la mayor empresa extranjera sea Nike, señalada en todo el mundo como epítome de altos niveles de explotación y bajos salarios. En Vietnam esta empresa emplea 43.000 trabajadores, con salarios mensuales de 50 dólares en pro- medio

¡2 Robert Brenner, 77x Economics of Global Erbulence, en New Left Review, 229, 1998. El capi- tulo 4 se titula precisamente “The Long Downtum”.

13 F. Moseley se pregunta si el capitalismo americano ha entrado en una nueva era de prosperi- dad en “The United States Economy at the Turn of the Century: Entering a New Era of Prospe- rity?” en Capital and Class 1999, 67.

14 Para mencionar sólo las crisis de los años noventa, recordemos que a comienzos de la década se produjeron fuertes crisis bancarias en los países nórdicos y la crisis del sistema monetario euro- peo. En diciembre de 1994 estalló la crisis mexicana. En 1997 sobrevino la crisis de los países asiá- ticos; poco después la crisis rusa y brasileña, acompañadas de recesiones en varios países, entre ellos Argentina.

15 Un ejemplo notable de esta sobreproducción lo constituye la fibra óptica: a lo largo del últi- mo lustro las empresas instalaron redes por un valor de 90.000 millones de dólares, alrededor de 62 millones de kilómetros en cables de fibra óptica de los cuales, según estima Merrill Lynch, sólo el 2,6% está en uso.

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Imperio: el nuevo lugar de nuestras conquistas

Reportaje a Toni Negri

“é Co'mo definir el Imperio? Es la forma política del mercado mundial, es decir; el conjunto de armas y medios de coerción que lo defienden, el de los instrumentos de regulación monetaria, financiera y comercial, en fin, en el seno de una sociedad mundial biopolz’tica, el conjunto de instrumentos de circulación, de comunicación} de lenguajes.”

areciera ser que Toni Negri

está bien. Preparado para la

conquista del mundo. En su

último libro, Imperio, co-es- crito con Michael Hardt (aparecerá en francés el próximo otoño), Negri extiende a escala mundial los con- ceptos que recorren sus trabajos previos. En Imperio de Toni Negri, hemos leído dos cosas. Por un lado, la aplicación a escala mundial de los mecanismos de poder hasta en- tonces analizados y experimentados localmente. Por el otro, la aplica- ción al poder mundial de los meca- nismos previamente identificados en el campo del trabajo: en la mis- ma forma en que el capitalismo de- de ser, hacia finales de los años sesenta, fordista, el poder mundial ya no es más un asunto de sobera- nía, estatal y centralizada. Se trata ahora de un biopoder generalizado y difuso; un control más que una disciplina. Pero Imperio de Toni Ne- gri es esencialmente la confirma- ción y el despliegue de una convic-

Exilio, 1998.

ción forjada en esta vertiente singu- lar del marxismo que ve al capitalis- mo en retraso respecto del movi- miento de las multitudes cuya fuga intenta frenar, cuyas movilidades deshacer, cuyas invenciones captu- rar... en vano. Desde este ángulo, el imperio de Toni Negri no es tanto una fuerza implacable de domina- ción (Bourdieu) sino el nuevo lugar de nuestras conquistas.

Es precisamentepor el hecho de generalizar una idea irresistible que este libro interpela la discusión. Es irresistible, en efecto, esta ontología de “la anterioridad de la clase obre- ra” : una hermosa manera de narrar todos los momentos en donde la lu- cha consiste en una afirmación ale- gre de sí, positiva —un impulso (este animal simpático). Pero también problemática cuando se extiende al mundo, o más exactamente cuando esa idea se extiende al mundo como una totalidad abstracta, integrando las prácticas bajo el riesgo de forzar su singularidad. Idea fuerte en pro-

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grama pero silenciosa en táctica. Es en tomo a estas resrstencras respec- to de la empresa de totalización que hemos querido interrogarlo.

El Contra-Imperio ataca (Toni Negri)

—Imperio es una obra de difícil clasificación: se entremezclan la vo- luntad de descripción de los proce- sos en curso en el mundo contem- poráneo, la preocupación teórica (la explicitación de los presupuestos teóricos de esa descripción en cone- xión con sus obras anteriores), y, fi- nalmente, el deseo de responder a toda una serie de discursos de dife- rentes procedencias (el discurso me- diático sobre la mundialización, el discurso de izquierdas sobre el complejo neoliberal, etc.). Todo ello destaca a nuestro entender dos series de preguntas. ¿Cuál es el lu- gar que otorga Ud. a este trabajo respecto de su trayectoria intelec- tual y militante? Por ejemplo, y tal vez utilizando categorías previas que Ud. refutaría, ¿se trata de filoso- fía, de ciencias, de ideología (o de contra-ideología)? ¿Qié efectos es- pera Ud. de su publicación? Más exactamente, como se inscribe a su entender este tipo de práctica teóri- ca en el espacio imperial, o respecto de los enfrentamientos entre el im- perio y la multitud? En realidad se trata de una doble cuestión: ella concierne simultáneamente las res- tricciones que la actual situación

coloca sobre la posibilidad misma de un trabajo teórico y, recíproca- mente, cuál es la eficacia de ese tra- bajo para las luchas de la multitud. En resumen: ¿cuál es el discurso adecuado para el imperio y como afecta el mismo los mecanismos del imperio?

—En varios de mis escritos se en- cuentran ya cosas análogas. He in- tentado construir a partir de las lu- chas y de las cuestiones que ellas le- vantan, una historia de los disposi- tivos intelectuales de las diferentes clases sociales. En mis libros sobre la historia de la filosofía, por ejem- plo, se encuentra la tesis según la cual hay en efecto una alternativa interna a la filosofía de la moderni- dad. Por un lado, la línea que va de Hobbes a Rousseau y Hegel; por el otro, la que va de Maquiavelo a Spi- noza, a Marx. En Imperio, intenta- mos extender esta tesis a la post- modernidad. Y defiendo esa postu- ra porque ella permite romper con la unidad de la historia del pensa- miento y también porque deja apa- recer la alternativa biopolítica en la lucha de clases.

El otro elemento que constituye mi discurso consiste en la tentativa de localizar los momentos de crisis en el desarrollo intemacional del capital. Ello forma parte, en el sen- tido más pleno, de la experiencia marxista tal como la asumo. En to- dos mis escritos, incluyendo los de

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los años setenta, prevalecen estas fuertes periodizaciones en el desa- rrollo de la lucha de clases. Creo que es un punto de vista que remi- te a lo que ha sido el desarrollo de nuestro marxismo, el mío y el de to- dos los camaradas que han trabaja- do en el operaismo.

Si se tienen en cuenta estas dos tendencias, la que busca ubicar las tomas de conciencia que sean alter- nativas en el curso del desarrollo, y la que está caracterizada por esta fuerte periodización, marcada por los cambios en los modos de pro- ducción y en la organización del trabajo, tenemos entonces los dos elementos que constituirían la con- tribución inicial para este libro. Creo que en el fondo de lo que se trata desde hace mucho tiempo es entender la modificación del ciclo del capital.

Trabajando entonces en este li- bro, hemos puesto en discusión a un mismo tiempo esta tradición que es la mía y aquello a lo cual Mi- chael ponía especial atención, es de- cir, a la identificación de ciertas transformaciones antropológicas, a las características de los nuevos mo- vimientos, etc. Si tomamos la mira- da hacia aquello que hemos escrito en Futur Antérieur constatamos muchas cosas que se reencuentran, se reentienden y se recomponen en Imperio. Y es tal vez cierto que se trata de una obra de vulgarización. Está escrita en un estilo que se pro-

pone alcanzar al mayor número po- sible de lectores, por lo cual simpli- fica obviamente toda una serie de pasajes. Pero también se trata de una obra que busca colocarse de en- trada en el nivel de una síntesis. Pa- ra quien ha vivido los últimos cin- cuenta años como yo los he vivido, ha habido un momento en que la tarea fue la de redefinir todo com- pletamente. Decir “vivimos en el imperio” significa que todos los pa- radigmas sobre los cuales hemos construido, sobre los que el movi- miento obrero ha construido sus di- námicas, sus posibilidades de ruptu- ra, o sólo aún simplemente sus re- formas, los tejidos y las dimensio- nes sobre los que se fueron constru- yendo las formas de organización, etc., todo ello ha cambiado. Todo ello terminó. Para existe una profunda consonancia entre la di- mensión del imperio y la de las multitudes. Decir multitudes es in- terpelar una suerte de amontona- mientos generales, una posibilidad de ruptura en el ser social; y decir imperio implica decir que las for- mas políticas se colocan en esta es- cala. Es inútil continuar declaman- do que existe una globalización de la economía; lo que hay que co- menzar a decir es cuáles son las for- mas de organización políticas y ju- rídicas, en fin, cuáles son las formas de desarrollo que el capital, de ma- nera conciente, impone a esta nue- va realidad. Y, por otra parte, cuáles

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son, desde esta perspectiva, las for- mas que asume lo que podríamos denominar el deseo de liberación. El verdadero problema es decir: es- tamos aquí —la multitud.

Cuando se habla de la multitud del imperio, ello equivale a decir que todas las formas de organiza- ción que tuvo hasta entonces la multitud se tornan caducas. El he- cho de hablar de la multitud, por otra parte, no es una novedad. Hobbes hablaba de ella en la misma forma en que lo hacernos nosotros, con la excepción de que Hobbes, al igual que Rousseau, estaba conven- cido de que la multitud se resumía a un cuerpo y que a partir de enton- ces era posible interpretarla a través del estudio del cuerpo: el cuerpo de la soberanía; y, mutatis mutandis, reconvirtiendo lo que es necesario revertir, tenemos a la multitud co- mo pueblo, o como clase, como an- ti-Estado, como partido. He aquí un conjunto de enormes variacio- nes, pero se trata no obstante del mismo razonamiento, que corres- ponde a la capacidad de hacer de la multitud un cuerpo. Actualmente, esta posibilidad ya no existe, ya no se puede ni siquiera pensarla en la escala del imperio. La cuestión se torna entonces: ¿cómo pensar la multitud a la escala del imperio?. En otros términos, y lo digo de una manera completamente idiota, ¿cuál es hoy el trascendental de la multitud al nivel del imperio?. Se

trata de algo que no conseguíamos hacer hasta ahora; de allí entonces la importancia de desarrollar este discurso, de conducirlo hasta un ni- vel de síntesis —una síntesis fundan- te de este momento particular. Es

sobre la base de esta síntesis que de-

ben entonces reabrirse todos los discursos.

En el libro hay varios momen- tos. El primero es la crítica de las viejas formas de soberanía así como de las viejas síntesis: el Estado-Na- ción, el partido.... El segundo mo- mento, por su parte, define el nue- vo tejido de desarrollo, la relación control/desarrollo, es decir, el teji- do sociopolítico. Este me parece un pasaje teórico importante, aún si te- níamos ya a nuestra disposición to- da una serie de elementos disper- sos... pero creo que debíamos co- menzar a obligamos a armar todas estas piezas en un conjunto, a orga- nizarlas. Y luego, hay una última parte que es una tentativa de reabrir el discurso sobre esta base.

¿Para qué sirve esta empresa teó- rica, de síntesis, respecto de las lu- chas?. Ante todo sirve para no ha- cerse más ilusiones sobre la posibi- lidad de que existan atajos para reu- nirse con fines prácticos. Sirve en- tonces para no concebir ya más la idea de que puedan utilizarse las instituciones existentes y, simultá- neamente, sirve para redefinir la crí- tica de las instituciones. Ya que den- tro de la dimensión imperial, el fun-

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damento mismo de las institucio- nes democráticas se toma comple- tamente caduco. Y ya no única- mente por razones de traición, sino simplemente desde un punto de vista estructural. El comando capi- talista se ha actualmente consolida- do en un pasaje que va desde arriba hacia abajo y que no acepta ya, sal- vo que sea en términos mistificado- res, el pasaje inverso. Estas son co- sas que en el fondo no conocíamos, y ello debido a que hay que colo- carse delante de la máquina impe- rial para estar en condiciones de re- conocer, y eventualmente, recupe- rar para fines tácticos ciertas trans- formaciones.

El segundo elemento central resi- de en la capacidad de reconocer cuáles son las nuevas instituciones del imperio. Se trata de ello y de no caer más en las grandes mistificacio- nes que ya no existen, tales como el Estado-Nación o el partido dentro de un contexto nacional. Hay que comenzar a decir, por ejemplo, lo que son las ONGs como función de despliegue de la capacidad impe- rial y hay que mirar desde una pers- pectiva jurídica cómo funcionan. Hay que observar cómo funcionan los grandes organismos mundiales, y no porque sean “malos”, sino por- que es precisamente a través de ellos que se instituye la voluntad ca- pitalista global, y no simplemente “la voluntad americana contra el resto del mundo”.

Se trata de un cambio de para- digma fundamental. Sucedió algo de una enormidad'tal que debemos cambiar nuestra forma de mirar el mundo y en consecuencia de acep- tar esta realidad. En realidad, es co- mo si estuviéramos viviendo la caí- da del Imperio Romano —ya no re- cuerdo la fecha exacta, 300, 400 y algo, ello no dice igualmente nada, el Imperio romano ya había con- cluido mucho antes, y otra historia ya había comenzado. Las formas, los modos de vida y, sobre todo, los modos de liberación, habían ya cambiado.

No habría imperio si no hubie- ran existido estos movimientos de liberación que hemos con frecuen- cia descrito. De hecho, el libro se funda sobre una afirmación paradó- jica: la construcción del imperio ca- pitalista es una victoria del proleta- riado. Las bases nacionales, fordis- tas, welfaristas han sido derrotadas y de alguna manera destruidas en el desarrollo mismo del movimiento de la clase obrera. Como siempre sucede cuando se trata de un desa- rrollo materialista, los sujetos están implicados hasta su propia destruc- ción. El movimiento comunista es un movimiento que destruye siste- mática y continuamente a los suje- tos, o que los transporta más allá de las figuras y de las relaciones —y, consecuentemente, de las categorías conceptuales por las que eran pre- viamente definidos. Creo que el

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sentido de este movimiento, de esta modificación de los sujetos, está contenido en el libro. Pero sobre es- te punto existe aún mucho trabajo por delante y creo que Michael es- taría de acuerdo con esta afirma- ción. Una vez establecido este terre- no, nuestro problema será el de es- cribir un segundo volumen que re- tome el discurso sobre las multitu- des.

La dimensión sobre la que se es- tablece el movimiento de las multi- tudes debe ser localizada de manera global en el momento mismo en que todas las grillas de lectura y to- das las técnicas defensivas que te- níamos se han vuelto inoperantes. Las teorías de los ciclos, tanto las de los ciclos económicos como las de los ciclos de las luchas, todas las grandes llaves de intelección que nos permitían leer el desarrollo his- tórico, aún la convicción de que a los movimientos en las luchas les correspondían aproximadamente momentos de crisis capitalista y el hecho de que en esos mismos mo- mentos era posible promover, im- poner al más alto nivel una profun- dización de la lucha de clases, todo ello ya no funciona. Actualmente estamos en presencia de ciclos liga- dos a un desarrollo financiero dif- cilmente controlable por el propio capitalismo. Resulta dificil hallar la correspondencia entre esta base fi- nanciera y una base ontológica pre- cisa, así como una base histórica de-

terminada. Vivimos en una situa- ción en la cual todos los momentos de ciclo deben ser recompuestos y reanalizados. En esta nueva fase del desarrollo de la investigación, por ejemplo, intentamos reunir un mí- nimo de historia y de documenta- ción sobre el ciclo de luchas que ha seguido a la crisis asiática, desde Corea hasta Indonesia. Y ello por- que creo firmemente que podemos aprender toda una serie de cosas a partir del hecho de examinar la ma- nera en que se desarrolló el ciclo de luchas con posterioridad al fin del fordismo en esa región.

La otra cuestión sobre la cual ha- bría que detenerse en detalle, es la de la intensificación de la transfor- mación antropológica. En realidad sabemos actualmente muy pocas cosas acerca de lo que sido el deve- nir del hombre, del trabajador pro- medio, en el interior de estos proce- sos en los cuales predomina de aho- ra en más el trabajo inmaterial. Pro- cesos en los cuales los intercambios entre las personas, los modos de vi- da, los modos de producción, son completamente transformados has- ta coincidir frecuentemente entre ellos. La transformación del trabajo implica necesariamente la transfor- mación de estos fundamentos an- tropológicos. Nuestra preocupa- ción, a parte de la identificación de los grandes ciclos de lucha, debe ser entonces la de analizar los discursos de los estudiosos del trabajo, los de

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las feministas y de toda una serie de movimientos para llegar a una nue- va base de necesidades. Lo que re- sulta paradójico es que tal vez el día en que habremos definido esta nue- va base de necesidades no será evi- dente que ella se dirija contra el im- perio. Ellas serán contra el capitalis- mo, pero serán sobre todo la defini- ción de un nuevo afuera. Para decir- lo rápidamente, este libro es una tentativa de demostración de que el capital ha ganado una batalla en la cual, con su victoria, ha impuesto toda una serie de cuestiones que ha- bían sido levantadas por la clase tra- bajadora. La clase trabajadora ha terminado su misión histórica, pero queda un sujeto fuerte que es el tra- bajo viviente como tal. Este sujeto debe encontrar un afuera, es decir que el trabajo debe alejarse del capi- tal. La fase en la cual el capital ha de hecho configurado a la clase obrera a su imagen y semejanza, constru- yéndola en su propio interior y so- portándola al mismo tiempo que la constituía, esta fase que podríamos llamar dialéctica se ha completado.

He ahí otro elemento paradóji- co: la reversión de la tesis acerca del fin de la historia. Aparece claramen- te que “esa” historia ha finalizado. La historia que puede nacer a partir de allí, de hecho la historia que/na- ció, ya que nuestra periodización remonta aproximadamente al sesen- ta y ocho, y la que nacerá, todo ello remite a cuestiones por afuera del

desarrollo capitalista. ¿De qué ma- nera?. ¿Bajo qué modalidades?. Só- lo la práctica puede responder a es- tas preguntas... Esas prácticas ya existen, en cierta forma las hemos descrito; no obstante me parecería excesivo decir que hasta ahora ellas representan algo que se de a la esca- la de la posibilidad de una revolu- ción mundial.

Sin duda la caída del muro de Berlín —entendida como fuga de tra- bajo desde los países del Este—, así como las iniciativas locales, las lu- chas como es el caso de Chiapas, la rebeldía del trabajo intelectual, ese sesenta y ocho chino que ha sido Tiananmen, el invierno del noventa y cinco en París... todos estos son hechos extremadamente importan- tes, son prácticas que hay que esti- mular y sostener; todos ellos con- forman polos que pueden ya co- menzar a constituir elementos de construcción. Sin embargo, nadie podría pensar que todo ello pueda por sólo modificar el conjunto de relaciones capitalistas de comando, de control y de producción.

Nosotros hemos querido hacer una primer cartografía de la situa- ción posterior al cambio de paradig- ma. También echar luz sobre el he- cho que en esta situación no hubo solamente una derrota de la clase trabajadora, sino también a otro ni- vel, un trampolín, una posibilidad de avanzar. Señalamos asimismo que se debe estar sumamente aten-

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tos porque el orden capitalista se ha establecido y que en consecuencia no hay dentro de él, en su interior, ninguna posibilidad de moverse; pero también destacamos, por otra parte, que dentro de ese interior, allí es donde estamos. Se trata entonces de inventar un afuera. Y la inven- ción de ese afuera pasa inevitable- mente por la capacidad de organi- zar grandes movimientos, movi- mientos de reapropiación general de los medios de producción, de reapropiación social del salario, de movilidad absoluta y universal de la fuerza de trabajo. Pero decir lo que esos movimientos hacen y harán es por de pronto absolutamente impo- sible. Aún cuando nos gustaría mu- cho poder hacerlo.

—Hay algo que resulta sorpren- dente en Imperio: la preocupación de articular unos con otros diversos conceptos y análisis que, por un la- do, ya han enriquecido la reflexión de los grupos militantes (los que po- seen ya en consecuencia cierta efica- cia política) y, por el otro, esos dis- positivos provienen de autores que reivindican el carácter disperso, frag- mentario, no totalizable de sus tra- bajos (Deleuze, Foucault, etc.). Se encuentra entonces, en la forma de este libro, algo parecido al deseo de producir una suma, o una historia universal (algo en suma que, y dicho sin ironía, hace pensar en los gran- des textos del siglo XIX). ¿En qué

medida este tipo de totalización re- sulta adecuado respecto de los me- canismos que intentan describir?

En la misma línea, ¿cuál resulta ser para Uds. el beneficio político de esta empresa totalizadora? Nos hacernos estas preguntas porque nos parece que numerosas luchas recientes han funcionado, por el contrario, según un movimiento de des-totalización: cuestionando la idea de que un problema específico remite a las grandes lógicas mundia- les, sobre las que los individuos no tendrían ninguna impronta y de- cantando al mismo tiempo la espe- cificidad de una determinada prác- tica institucional.

Respecto de estas luchas, ¿el rol de la teoría sería tal vez el de inscri- bir su accionar en un plano de con- junto, el que a su vez definiría su pertinencia y sus relaciones, en la forma de una arquitectónica? ¿Todo ello no remite a reconstituir en con- secuencia la figura del intelectual?

—Pertenece un poco a nuestra tra- dición el escapamos de la teoría. En mi caso, soy también un filósofo universitario y escribo libros preci- sos sobre ciertos temas. Pero en mis escritos políticos, busco fundamen- talmente escaparme de la teoría.

Por otra parte, no si debe ha- ber necesariamente dos niveles dis- tintos. Por ejemplo, si estoy pasean- do, puedo de pronto detenerme y mirar hacia atrás, mirar la totalidad

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del camino que he recorrido. Pero debo también pensar los próximos pasos uno a uno, sobre todo si es- toy haciendo algo difícil. En todo caso, si existen dos niveles diferen- tes, ello se da respecto de la evalua- ción: una evaluación de lo que se ha obtenido, y otra específica con- cerniente a lo que queda por hacer. Dentro del marco de la retórica lite- raria y filosófica contemporánea se dice que la capacidad de desarrollar una aprehensión de la totalidad en la forma en que ella ha sido defini- da por la modernidad está conclui- da. Yo no creo que ello sea así. Yo creo que el deseo de la totalidad es parte del pensamiento y la acción humanos. Creo que esta teoría del fin de la totalidad puede ser suma- mente útil cuando se trata de des- truir una realidad preexistente que se ha vuelto una prisión; pero creo también que puede ser extremada- mente peligrosa cuando se trata de construir algo nuevo.

Cierto es que lo que hay de nue- vo se construye a partir de experien- cias determinadas, en torno a pola- ridades por veces extremadamente restringidas y a partir de las cuales el discurso se expande, se despliega, porque todo lo que se hace necesita esta singularidad. Creo, no obstan- te, que debemos interrogarnos acer- ca de las capacidades de estas singu- laridades para abrirse a relaciones que, por supuesto, no persiguen una totalidad en la cual se encerra-

rían —nosotros no estamos en la búsqueda del paraíso o del infier- no- sino que expresan un deseo de modificación del conjunto, de cam- biar todo.

Pienso que la función de la teo- ría deviene continuamente menos relevante porque la gente puede reapropiársela cada vez más. Por ejemplo, el hecho de que el trabajo se torne cada vez más inmaterial significa fundamentalmente que el trabajo, pero también el conjunto de condiciones de reproducción, se torna cada vez más intelectual. Lo que rescato como importante, es la existencia de dispositivos específi- cos que nos permiten comprender lo que está por delante nuestro, y ello dentro de una ambigüedad po- sitiva y creativa, simultáneamente respecto de lo singular y de lo uni- versal, de lo concreto y de lo inte- lectual. Lo destacable entonces es que estos dispositivos, al mismo tiempo que enfatizan la realidad concreta, la singularidad, se abren a un diseño más general. Pero ese di- seño no está jamás preconstituido, no es nunca pre-normativo; eviden- temente hay que estar atento por- que luego puede tener esos atri- butos. Es evidente que no podemos hacer una teoría de la acción huma- na, de la acción en general, en tér- minos absolutos; habría que definir la problemática de la acción en tér- minos que no sean ni dialécticos, ni funcionales, ni caóticos. Puede dar-

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se por ejemplo que haya momentos de existencia caótica —esta vieja cuestión filosófica retomada por Fé- lix Guattari o Gilles Deleuze- en donde las fases de esta experiencia caótica hayan sido particularmente importantes en el sentido de su efi- cacia para comprender el sentido de una crisis y para abrir el camino a una experiencia por venir. Sin em- bargo, la función de la teoría no puede ser la de una mediación en el sentido tradicional del término. De- bemos efectivamente mostrarla des- de el interior de un proceso que la supere. La multitud no puede deve- nir cuerpo, o espíritu, es decir no puede resistir una unificación a tra- vés de un poder que la trascienda. Por otra parte, hay que dejar de de- cir que la multitud es una red, por- que todo ha sido siempre una red y entonces ello no cambia nada. El problema radica entonces entre lo uno y lo múltiple, y ese problema debe ser colocado en actos. Con ello quiero decir que la única mane- ra de abordar el problema respecto del nivel actual de las luchas y el de la composición social del proleta- riado consiste en no poner la carre- ta delante de los bueyes, en no asi- milar la multiplicidad a formas de unidad, ni la multitud en el seno del concepto abstracto de unidad, sino más bien el problema consiste en investigar (y si ello es posible en- contrar) en el interior de la multi- tud, las formas concretas de acción.

¿Cuáles son entonces el rol y la fun- ción de la teoría? Yo creo que sólo pueden ser expuestos en términos teóricos, o sea aquellos de defini- ción de un dispositivo singular y común. Pero una vez dicho esto, no hemos dicho casi nada. Porque in- mediatamente las preguntas perma- necen: ¿qué significan, por ejem- plo, en vistas a la movilidad, los “documentos” como instrumentos o mediación de esta movilidad?.

—El hilo conductor del libro es un análisis de lo que se denomina actualmente como “mundializa- ción” y que Uds. describen como una reacción capitalista al deseo de des-territorialización de la multi- tud. Del mismo modo en que lo es- cribía recientemente Yann Moulier- Boutang en un artículo a propósito del proceso a Bové en Millau: “la mundialización liberal es una res- puesta capitalista a un movimiento de liberación que la precedió”. O como lo escribe Ud. mismo, “The Multitude called Empire into being”; o aún más “The formation of Empire is a response to proleta- rian Intemationalism”.

Los hombres hacen la historia, y en el comienzo está el deseo de la multitud (“Las luchas del proleta- riado constituyen —en el sentido ontológico del término- el motor del desarrollo capitalista”). Tiende Ud. a negar toda iniciativa o todo desarrollo autónomo al capitalis-

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mo, ya sea negando su propia capa- cidad de invención o descartando la idea de toda regularidad cíclica en su desarrollo. ¿Este esquema operaísta que se encuentra en el co- razón mismo del libro no se desgas- ta al ser aplicado y generalizado a la totalidad del mundo tal cual es?. ¿No se podría imaginar una teoría un poco más híbrida de la mundia- lización, en el sentido de que deja- ra lugar a una cierta positividad y capacidad de invención de los dis- positivos de poder?.

—El modelo explicativo que Mi- chael y yo hemos adoptado consis- te en que las luchas obreras —y los movimientos proletarios en gene- ral- constituyen la llave del desarro- llo. Es indiscutible que las formas capitalistas de gestión, de extrac- ción del plus-valor, son efecto de los movimientos de lucha del prole- tariado. Esa es la tesis fundamental a partir de la cual desarrollamos nuestro discurso. En este sentido, no creo que sea posible sostener una tesis híbrida, en donde por un lado insistiríamos sobre el capital y por el otro sobre la clases trabajado- ra. Esta tesis fundamental está en la base misma de la lectura del marxis- mo que ha sido hecha por los cama- radas italianos en los años cincuen- ta y sesenta. Este marxismo que se llama marxismo operaísta y que desde hace ya tiempo ha sido muy difundido internacionalmente. Y esta tesis es probablemente una de

las grandes afirmaciones del ope- raísmo: se trata a la vez de una afir- mación historiográfica, de una afir- mación ontológica —en el sentido en que el valor es reconocido allí donde existen las luchas- y también una afirmación ética y política. Para comprender algo de este tema, de- bemos comenzar por aceptar que el sujeto del que hablamos no es la clase obrera en el sentido estrecho en que podíamos definirla en el for- dismo. Cuando hablamos del traba- jo como productor del proceso his- tórico (y aún del proceso histórico capitalista), hablamos en términos de trabajo vivo, es decir, de una fuerza que no sólo es producción, sino también capacidad de interve- nir en la reproducción, en la inte- lectualidad, en los afectos, etc. No existe en este punto ningún mecani- cismo. Por el contrario: a partir del surgimiento tan salvaje del saber y de la acción, constato una formida- ble fuente de creatividad de la his- toria que puede en el límite ser acu- sada de un poco de idealismo pero en ningún caso de mecanicismo. Las luchas obreras han creado una internacionalización real, sobre todo al nivel de la fuerza de trabajo. Esta internacionalización no es evi- dentemente aquella que habíamos deseado y que se encontraba en el fundamento mismo de la construc- ción del comunismo. Pero ella es no obstante un impresionante avance, en el sentido de que destruye todas

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las categorías clásicas del pensamien- to político socialista y comunista. Hoy nos encontrarnos en el imperio. ¿Qué quiere decir vivir en el impe- rio? Cuando se define la construc- ción del imperio llegado a su madu- rez, se ha terminado con el paradig- ma de la lucha de clases como lo ha- bíamos definido antes, no sólo ima- ginado sino construido-vivido.

El capital tiene capacidad de reacción pero no de invención. Es por ello que insistimos en que la función capitalista se torna crecien- temente parasitaria. Porque aún desde el estricto sentido de la sim- ple reproducción de la vida, de la consistencia y de la experiencia de lo real, ya no nos aporta más nada.

La construcción del paradigma sólo es posible al final del ciclo y ello tiene consecuencias enormes, en el sentido de que implica el pa- saje desde una lucha de resistencias auna lucha que construye. Hay que evitar en la medida de lo posible las luchas de resistencia. Hay que esca- parse, fugarse, trazar líneas de fuga al mismo tiempo que desarrollar la capacidad de inventar cosas poSiti- vas, que estén ya en el afuera. Esto recuerda La Ciudad de San Agustín. Hay que empezar a pensar esta nue- va clase trabajadora como aquellos que ya comienzan a rechazar la re- presentación, quienes eligen la ex- presión en contra de la representa- ción, aquellos que rechazan todo ti- po de comando directo sobre el tra-

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bajo, los que se desplazan continua- mente y que comienzan a construir tribus verdaderamente exteriores... y después veremos lo que acontece. Pero debemos comenzar a mostrar y a definir estos nuevos movimien- tos del proletariado. Se trata de nue- vos movimientos que van en círcu- los, se desvían, salen, se desplazan de una manera completamente anormal; y esto concierne a un punto central, porque no teniendo ya ética el capital, ni tampoco teo- ria, será paulatinamente obligado a seguir estos movimientos.

Antes del final de este ciclo, ha- bía una dialéctica. Ahora debemos acusar recibo del fin de la dialécti- ca. Y el fin de la dialéctica equivale a concebir el imperio. Una parte importante del libro se dedica a mostrar cuáles son las condiciones de estructuración del imperio, y en- tonces cuál es la relación del impe- rio a la fuerza fisica, a la moneda; ¿qué significa hoy la moneda en el sentido imperial?. ¿Qré significa producir cultura, lengua o lengua- jes?. Estas son cosas que me intere- san, al igual que la capacidad de la Constitución americana para repre- sentar el esquema de una nueva for- ma de constitucionalidad o de juri- dización de los movimientos impe- riales. Tenemos ejemplos de ello continuamente, como es el caso ab- surdamente espléndido de la con- dena de Microsoft. En el plano na- cional, se acusa a Microsoft de que-

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rer subordinar el poder nacional americano a la función imperial de la empresa en cuestión, o sea, de usurpar la función imperial a la Na- ción americana; en segundo térmi- no, se le reprocha el ser contradicto- ria con la aristocracia industrial so- bre el plano mundial mediante el uso de prácticas monopolísticas; fi- nalmente, se la acusa de inhibir a los usuarios la posibilidad de desa- rrollar diferencialmente los logi- ciels. Estos textos atacan en conse- cuencia a la monarquía, a la aristo- cracia y a la democracia del impe- rio; ellos reproducen así el esquema de tres niveles de poder que noso- tros describimos en el libro. Y está escrito en la sentencial.

—Ud. evoca el pasaje del “obrero- masa del modo de producción for- dista al obrero-social” que sería la nueva figura subjetiva de la produc- ción en nuestra era post-fordista. Pero, y para no salir de la cuestión de las denominaciones de la lucha de clases, existe en su libro como una s'uerte de hesitación para nom- brar a esta fuerza positiva que se opone al imperio y hasta a veces se tiene la impresión que se refiere Ud. con mucha frecuencia al concepto spinozista de “multitud” para no te- ner que decir a menudo “proletaria- do”. ¿Ud. ve estos términos como sinónimos?. ¿Cuáles serían sus fun- ciones teóricas respectivas?.

—En efecto, es una cuestión que

se plantea. Y ello debido a que exis- te una fricción y probablemente un comienzo de contradicción entre este movimiento de disolución in- terna del viejo concepto de clase trabajadora y la subsunción del tra- bajo industrial bajo el concepto, la categoría, en fin, la potencia de las multitudes productivas. Evidente- mente, ello coloca el problema de decretar el fin de un término tan glorioso como el de “clase trabaja- dora” y, por otra parte, es un poco ridículo pensar la multitud como la “conclusión” de un proceso contra- dictorio de luchas, de revoluciones. En todo caso, me parece que desde un punto de vista analítico, se pue- de afirmar que existe una cierta continuidad del obrero-masa al obrero-social, es decir, hacia el ac- tual obrero móvil, flexible, postmo- derno; y esa continuidad está ligada a la producción de valor, algo que no aparece en el término multitud. Por otra parte el concepto de multi- tudes obliga a buscar más lejos sus orígenes, en la historia del pensa- miento político y de la teoría políti- ca. En consecuencia, el abordaje de esta figura conclusiva no sólo del proceso de disolución sino del de transformación proletaria y su vín- culo con el concepto de multitud necesita aún una definición. Y ello aún cuando sea hoy evidente, en es- ta última fase del proceso de evolu- ción socio-económico y de la críti- ca de las categorías del capitalismo

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y de la clase obrera, que asistimos a una singularización del trabajo, de la función del trabajo. Cuando se habla de obrero social, se está en realidad hablando de una singulari- dad, de una singularidad activa y desde este punto de vista pienso que la singularización de la fuerza de trabajo como trabajo vivo roza el límite del concepto de multitud, aún si éste no tiene la complejidad y la potencia del discurso sobre el proletariado.

En cuanto al concepto de multi- tud, se da una superposición in- completa, desfasada, entre un con- cepto jurídico-político y un concep- to económico-político, aún a pesar de que la singularización del traba- jo en el proceso de constitución del nuevo proletariado está sin duda al- guna extremadamente avanzada.

Habrá que enriquecer el concep- to de multitud con las características del proletariado, y en consecuencia, del trabajo vivo, de acuerdo con las formas en que el trabajo se nos pre- senta actualmente. Creo firmemen- te en la hibridación de conceptos diferentes, es la única manera en que podemos proceder. Toda la teo- ría jurídica se funda justamente en una tentativa de purificación de los conceptos; nosotros, en cambio, de- bemos ensuciarlos, hibridarlos, por- que no hay otra cosa que hacer en esta fase de transformación. Y por otra parte creo que, a pesar de todo, es útil desde un punto de vista epis-

temológico asumir el concepto de multitud porque permite el desplie- gue de la universalidad del trabajo como función constituyente de lo social y de lo político, permitiéndo- nos así avanzar en el discurso. En cuanto al hecho de que ello oblitere o bloquee la fina distinción del ca- rácter específicamente precario o in- material del trabajo, no creo que ése sea el caso: por el contrario, nos per- mite establecer un fundamento po- lítico común a estos discursos. Por ejemplo, utilizar el término de mul- titudes en las investigaciones gre- miales, que es lo que estamos ha- ciendo actualmente, es sumamente útil porque nos permite compren- der inmediatamente que hablamos de formas diversas, que la clase ya no es algo que se repliega sobre mismo sino que se expande, que ex- plota, que se torna múltiple a lo lar- go de las diferentes estratificaciones sociales.

—Ud. combate enfáticamente cierta nostalgia de izquierdas que se opone a la “mundialización” libe- ral. El discurso sobre las bondades del Estado-Nación, ya sea que recai- ga sobre la grandeza de la Nación o sobre la del Estado (la defensa del Estado como único garante posible del “servicio público a la francesa”), está particularmente difundido por estos lugares, desde Chevenement hasta las organizaciones trotskistas. Total que efectúa Ud. simultánea-

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mente la crítica del “nacionalismo de izquierda”, así como de un culto, digamos neo-social-demócrata del Estado, particularmente muy de moda en la extrema izquierda fran- cesa. Por otra parte, Ud. recuerda los trazos del Estado nacional como síntesis esencializante e identitaria, por un lado, y como aliado objeti- vo del “capitalista colectivo”, por el otro. Pareciera que lo que dice en el fondo es: nuestra mundialización contra la de ellos, construyamos un contra-imperio y recordemos que la única respuesta verdadera al Impe- rio romano fue la cristiandad, pro- yecto, si los hay, universalista y transnacional. En la misma línea, más vale la mundialización que el Estado-Nación, y en ese sentido Marx mismo prefería también el ca- pitalismo al sistema feudal. En otros términos, no deja Ud. de in- sistir en el hecho de que sería un error sostener discursos vueltos ha- cia el pasado y hacia “los buenos viejos tiempos del Estado-Nación” y de enfatizar que urge situarse, al menos, en el mismo nivel de totali- dad que el propio imperio. Dentro de todo este contexto, nos sorpren- de no encontrar en su libro reflexio- nes concernientes a los actuales de- bates sobre el proceso de integra- ción europea, del de la moneda úni- ca, en fin, de la idea de una Europa federal o de la de una constitución europea. ¿Cuál es el rol para Euro- pa en el imperio?. ¿O cuál es su

función en ese contra-imperio que desea Ud. tan vehementemente?.

—Dentro del contexto de la te- mática que hemos propuesto, cual- quier función soberana como la Nación o aún la federación de Na- ciones estaría desde ahora en más completamente superada. Por su- puesto que a esta afirmación puede oponérsele la clásica objeción leni- nista ligada de hecho a la historia del movimiento obrero y de sus or- ganizaciones políticas, en el senti- do de que es necesario un punto de apoyo sobre el cual hacer palanca. ¿Puede Europa ser eventualmente ese punto?. Dejo la cuestión com- pletamente abierta. No obstante, no creo que, dado el estado actual de las cosas, todos aquellos que lu- chan por una expansión de la bata- lla política al nivel del imperio pue- dan encontrarse albergados por Eu- ropa. Como tampoco creo que ese pudiera ser el caso en Francia o en Alemania. Muy por el contrario, pienso que la dinámica de la cons- titución de la Unión Europea está íntimamente ligada a los intereses del centro imperial, a la absorción progresiva por parte de ese centro respecto de ciertas zonas amplia- mente desarrolladas del planeta. Creo entonces que actualmente la fiinción de Europa no está siendo para nada la de constituir un poder concentrado sobre mismo y, en consecuencia, capaz eventualmente

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de desarrollar ciertas alternativas en relación al mecanismo imperial. Su función parece ser la de absorber a la Europa del Este, eventualmente a la propia Rusia, o también a cier- tas regiones mediterráneas, para construir de esta manera una gran zona de modernización imperial. A este respecto creo que el mecanis- mo imperial sólo puede ser derrota- do desde dentro. Desde dentro y yendo hacia un afuera. Es decir, re- chazando sus leyes, sus razones, y, consecuentemente, encerrándolo. ¿Pero qué quiere decir encerrar una totalidad?.

En el espacio de un año, he escri- to dos artículos acerca de Europa. En el primero de ellos, me parecía que esta gran transformación que está ocurriendo en Europa, con cier- to retraso respecto de los Estados Unidos, en fin, que este proceso de post-fordización produciría inevita- blemente dos polos. Porque existe cierto tipo de trabajo inmaterial que Europa posee cuantiosamente y porque a partir de allí Europa po- dría estar interesada en construir un momento de ruptura en el interior del proyecto imperial. Para modifi- carlo desde una dimensión general, abriendo así un frente de batalla de transformación en el sentido comu- nista. En Europa podría haber fuer- zas capaces para ello, entonces, ¿por qué no intentarlo?. Pero, he aquí que un año más tarde nos encontra- mos frente a la guerra en Yugoslavia.

Esta ha sido una verdaderamente clásica operación imperial para va- ciar a ese eventual proyecto europeo de todo contenido. Todo aquello que podríamos haber esperado de una fiinción europea de transforma- ción ha desaparecido. Creo no obs- tante que el debate debe permane- cer abierto, pero lo que debe estar claro es que no se trata de una alter- nativa entre Europa o los Estados Unidos, que no es en torno de la ba- talla entre el dólar y el euro que se encuentran los temas decisivos. La batalla de la que se trata interpela un nuevo modelo de desarrollo, pe- ro también de democracia.

Tengo la impresión de estar en una situación de tipo maquiavélica, en el sentido estricto del término. Hacia comienzos del siglo XVI, Ita- lia había dejado de representar un modelo. Por otra parte, el Estado Absolutista estaba en curso de afir- marse en Francia y en Inglaterra. Maquivelo se interroga entonces en tomo a lo siguiente: ¿qué Príncipe puede afirmar la unidad de Italia —y ello ligado a la capacidad de produ- cir el Renacimiento- y colocarse co- mo una alternativa al Estado abso- lutista de la modernidad?. ¿Quién será el Príncipe contra el imperio?.

—Ud. parte de dos ideas hereda- das: “la derrota de lo político” (que es, en su opinión, sólo la crisis de so- beranía del Estado-nación pero no de la soberanía política como tal) y

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del “imperialismo americano” (que justamente no es un imperialismo si- no un elemento entre otros de un nuevo modo de soberanía política, la soberanía imperial). El concepto de “soberanía imperial” le permite señalar las diferencias entre la actual situación y la de los imperialismos del pasado. Y aún cuando los Estado Unidos juegan un rol decisivo en el actual orden mundial, no podría asignárseles el rol de “potencia im- perialista”, en el sentido que este tér- mino se usó para Francia e Inglaterra en el siglo XIX. El imperio, enton- ces, ya no es el imperialismo, ya que no se constata una relación simple entre el centro y su periferia, entre una metrópolis y sus colonias. Pero si en la mundialización el centro es- en todas partes y en ninguna, ¿por qué entonces haber elegido el térmi- no de imperio, que hace pensar tan directamente en el Imperio romano, para describir la mundialización?. ¿En qué sentido Roma sería todavía un paradigma operativo?.

—En efecto, el haber escogido el término imperio implica fuertes connotaciones, desde su acepción “romanista”. Pero puede decirse que, en general, toda la temática jurídica y política de occidente está caracterizada por esta tradición del Imperio romano. Creo entonces, desde la perspectiva de la continui- dad de cierto régimen conceptual, que el término escogido es poco

escandaloso. Por otra parte, en la primera página del libro nos dis- culpamos por no haber tenido en cuenta en nuestro discurso, como características fundamentales, otras formas imperiales. Simplemente hemos tomado una tradición jurí- dica que posteriormente se mostró dominante durante la moderniza- ción. La otra cuestión que nos inte- resaba respecto del término impe- rio era la de retornar de manera central las temáticas postcolonia- les. Porque esas temáticas serán luego centrales con el cambio de paradigma que sobrevino en tomo al sesenta y ocho. Ello no quiere decir que existe un postcolonialis- mo que tendría las mismas caracte- rísticas y la misma significación que el antiguo colonialismo. Ha- blar hoy de postcolonialismo es re- ferirse a una situación que se ha transformado profundamente y en la cual una parte de los viejos paí- ses coloniales participan del impe- rio mientras que otros son exclui- dos de él o por lo menos juegan un rol en esta nueva división intema- cional del trabajo que incluye nor- malmente en el centro del imperio aún a las élites de los países más descentrados.

Se trata de retomar la tradición del pensamiento político occiden- tal, de volver sobre los problemas tal como han sido expuestos por Gibbon, Montesquieu y todos aquellos que han escrito sobre la

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crisis y la decadencia del Imperio romano, y ello porque se trataba de esquemas clásicos para tratar las for- mas de gobierno. Y lo que no deja de sonar extraño en este esquema es el hecho de que en toda la tradición de las Luces respecto del problema del Imperio romano, el cristianismo fire considerado como una fuerza negativa, destructora. Para noso- tros, por el contrario, el problema que encaramos es el de una nueva religión, completamente atea y ma- terialista: la religión de la Ciudad de los hombres en vez de la Ciudad de Dios. Y es en el horizonte de la potencia que debe dibujarse ese pa- saje hacia el afuera. No con certe- za cómo se hace eso. La teoría de la deconstrucción ha definido bastan- te bien este proceso en el cual se de- be lograr ir siempre hacia el límite. Pero sucede que esa teoría, así co- mo acontece con las posiciones de tipo Agamben que son si se quiere mucho más materialistas, todas ellas son posiciones que sólo llegan al margen para ser luego re-aspira- das hacia el interior. Nosotros, en cambio, quisiéramos saber si es po- sible ir hasta el margen para comen- zar a circular en el afuera, a caminar por ese afuera. No hacia dónde nos dirigirnos y no obstante, es cla-

ro que se trata de una concepción del margen que dice: desde ahora todo está dentro, ya no hay posibi- lidad alguna de innovación si no es rozando el margen, deconstruyen- do hacia el margen. El problema consiste en lograr comprender que esta deconstrucción hacia el margen reduce paulatinamente el campo y la amplitud del poder. Un poder que se ha vuelto lenguaje, domina- do por ese lenguaje, por la moneda, por los intercambios. Se trata de ver si es posible la creación de zonas li- bres, es decir, liberadas del lenguaje y de la fiierza. Crearlos por afuera y de ir restringiendo el campo del po- der hasta que caiga. Debe existir la posibilidad de construir el afuera desde dentro y ello significa luchar, crear modos de vida diferentes, uti- lizando la biopolítica contra el bio- poder. En ese preciso momento po- demos apreciar cómo el término multitudes deviene útil, porque él toma a cargo las nuevas significa- ciones, otros nombres, nombres que han sido rechazados, dejados al costado por la tradición obrera, pe- ro que ahora, poco a poco, pueden ser reconquistados para un nuevo proyecto.

Traducción: Marcelo Matallanes

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Teoremas de la resistencia alos tiempos que corren-

Daniel Bensaïd

n el transcurso de la última década (desde la desinte- gración de la Unión Sovié- tica y la unificación alema- na), algo se terminó. Pero ¿qué? ¿El “siglo corto” del que hablan los his- toriadores, iniciado con la Primera Guerra Mundial y terminado con la caída del Muro de Berlín? ¿El corto período consecutivo a la Segunda Guerra Mundial, marcado por la bi- polaridad de la Guerra Fría e ilustra- do, en los centros imperialistas, por la acumulación y la regulación for- dista? ¿O también un gran ciclo dentro de la historia del capitalismo y del movimiento obrero, abierto con el desarrollo capitalista de los años 1880, la expansión colonial, y el surgimiento del movimiento obrero moderno simbolizado por la formación de la IIa Internacional? Los grandes enunciados estraté- gicos de los que aún somos hacedo- res datan en gran parte de este pe- ríodo de formación, anterior a la Primera Guerra Mundial; se trata

del análisis del imperialismo (Hil- ferding, Bauer, Rosa Luxemburgo, Lenin, Parvus, Trotsky, Bujarin), de la cuestión nacional (Rosa Luxem- burgo todavía, Lenin, Bauer, Ber Borokov, Pannekoek, Strasser), de las relaciones partidos-sindicatos y del parlamentarismo (Rosa Luxem- burgo, Sorel, Jaurés, Nieuwenhuis, Lenin), de la estrategia y los cami- nos del poder (Bernstein, Kautsky, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky). Estas controversias son tan consti- tutivas de nuestra historia como las de la dinámica conflictiva entre re- volución y contrarrevolución inau- gurada por la Guerra Mundial y la Revolución Rusa.

Más allá de las diferencias de orientación y de las opciones a me- nudo intensas, el movimiento obre- ro de esta época presentaba una unidad relativa y compartía una cultura común. Se trata, hoy en día, de saber qué queda de esta heren- cia, sin dueños ni manual de uso. En un editorial muy poco claro de

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la Nero Lefi Review, Perry Anderson estima que el mundo nunca desde la Reforma estuvo nunca tan des- provisto de alternativas de cara al orden dominante. Charles-André Urdy, con mayor precisión, consta- ta que una de las características de la situación actual es la desapari- ción de un movimiento obrero in- ternacional independiente. Estamos entonces en medio de una transi- ción incierta, donde lo viejo agoni- za sin ser abolido, y donde lo nue- vo se esfuerza en surgir, atrapado entre un pasado no superado, por un lado, y por el otro, por la nece- sidad cada vez más acuciante de un programa de trabajo autónomo, que permita orientarse en el mundo que emerge frente a nuestros ojos. Por el debilitamiento de las tradi- ciones del antiguo movimiento obrero es, en efecto, grande el peli- gro de resignamos ante la mediocri- dad de nuestros interlocutores y contentamos con algunas conquis- tas de eficacia comprobadamente polémica. Por cierto, la teoría vive de los debates y confrontaciones: siempre somos tributarios de sus sostenedores y sus adversarios. Pero esta dependencia es relativa.

Es fácil constatar que las grandes fuerzas políticas de la izquierda plu- ral —el Partido Socialista, el Partido Comunista, los Verdes—, son bas- tante poco estimulantes cuando se trata de abordar los problemas de fondo. Pero también hay que recor-

dar que a pesar de sus ingenuidades y a veces de sus excesos juveniles, los debates de la extrema izquierda de los años setenta eran mucho más enriquecedores.

Hemos iniciado entonces el peli- groso tránsito de una época a la otra y nos encontramos en el medio del río, con el doble imperativo de no permitir la pérdida de la herencia y de estar dispuestos a recibir lo nue- vo a inventar. Nos encontramos en- tonces comprometidos y con una doble responsabilidad: de transmi- sión de una tradición amenazada por el conforrnismo, y de explora- ción de los contornos inciertos del futuro. A riesgo de parecer chocan- te, me gustaría encarar esta terrible prueba con un espíritu que califica- ría como de “dogmatismo abierto”. “Dogmatismo”, porque, aun si esa palabra tiene mala prensa (según el sentido común mediático, siempre vales más ser abierto que cerrado, light que pesado, flexible que rígi- do), en toda teoria, la resistencia a las ideas en boga tiene sus virtudes: el desafío a las impresiones versáti- les y los efectos de modas exige plantar serias refutaciones antes de cambiar de paradigma. “Abierto”, porque no se trata de conservar reli- giosamente un discurso doctrinario, sino de enriquecer y de transformar una visión del mundo ensayando prácticas necesariamente renovadas.

Propondría entonces, a modo de ejercicio, cinco teoremas de la resis-

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tencia a las ideas en boga cuya for- ma subraya deliberadamente el ne- cesario trabajo por la negativa.

1. El imperialismo no se disuelve en la mundialización mercadista.

2. El comunismo no se disuelve en la caída del ctalinismo.

3. La lucha de clases no se disuelve en a las identidades comunita- rias.

4. La diferencia conflictiva no se di- suelve en la diversidad ambiva- lente.

5. La política no se disuelve en la ética ni en la estética.

Frente a postulados indemostra- bles que requieren la aprobación del interlocutor, o de axiomas que apelan a la fuerza de la evidencia, los teoremas son proposiciones de- mostrables. Los escolios subrayan ciertas consecuencias de las mismas.

TEOREMA l: El imperialismo no se disuelve en la mundialización mercadista. El imperialismo es la forma política de la dominación que corresponde al desarrollo desi- gual y combinado de la acumula- ción capitalista. Este capitalismo moderno cambia de apariencia. No desaparece. Pasó, en el transcurso de los siglos pasados, por tres gran- des etapas: la de las conquistas co- loniales y de las ocupaciones terri- toriales (imperios coloniales france- ses y británicos); la de la domina-

ción del capital financiero o “esta- dio supremo del capitalismo” anali- zado por Hilferding y Lenin (fusión del capital industrial y bancario, ex- portación de capitales, importación de materias primas); después de la Segunda Guerra Mundial, la de la dominación compartida del mun- do, de las independencias formales y del desarrollo dominado.l

La secuencia abierta por la Revo- lución Rusa finalizó. Una nueva fa- se de la mundialización imperial, que se reenlaza con las lógicas de la dominación financiera aparecidas antes de 1914, está a la orden del día. La hegemonía imperial se ejer- ce de ahora en más de múltiples maneras: por la dominación finan- ciera y monetaria (que permite con- trolar los mecanismos del crédito), por la dominación científica y téc- nica (casi-monopolio sobre las pa- tentes), por el control de los recur- sos naturales (aprovisionamiento energético, control de las vías co- merciales, patentamiento de los or- ganismos vivos), por el ejercicio de una hegemonía cultural (reforzada por el desarrollo mediático desi- gual) y, en última instancia, por el ejercicio de la supremacía militar (ostensiblemente puesta en escena en las guerras del Golfo o de los Balcanes).2

Dentro de esta nueva configura- ción del imperialismo mundializa- do, la subordinación directa de los territorios se muestra secundaria

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con respecto al control de los mer- cados. De eso resulta un desarrollo muy desigual y muy mal combina- do, nuevas relaciones de soberanía (mecanismo disciplinario de la deu- da, dependencia energética, alimen- taria, sanitaria, pactos militares), y una nueva división internacional del trabajo. Países que podían pare- cer, hacía veinte o treinta años, los menos mal iniciados en el camino del desarrollo anunciado, se en- cuentran de vuelta atrapados por la espiral del subdesarrollo. La Argen- tina volvió a ser un país principal- mente exportador de materias pri- mas (la soja se convirtió en su pri- mer producto de exportación). Egipto, que se gloriaba en la época de Nasser de su soberanía recupera- da (simbolizada por el canal de Suez), de sus éxitos en la alfabetiza- ción (proveyendo ingenieros y mé- dicos para los países del Medio Oriente) y de comienzos de una in- dustrialización industrializante (co- mo Argelia bajo Boumedienne), se está convirtiendo en un paraíso pa- ra los operadores turísticos. De Ar- gelia mejor ni hablar... Despuéside las dos crisis de la deuda (1982 y 1994) y la integración al NAFTA, México aparece, más que nunca, como el patio trasero del “coloso del Norte”.

La metamorfosis de las relacio- nes de dominación y de dependen- cia se traduce especialmente a través de la transformación geoestratégica

y tecnológica de las guerras. En la época de la Segunda Guerra Mun- dial, ya no era más posible hablar de guerra en singular y de una sola línea de frentes, sino de varias gue- rras imbricadas unas con otras.3 Con mayor razón, desde el fin de la Guerra Fría, las apuestas mezcladas de los conflictos impiden cualquier aproximación maniquea en térmi- nos de buenos y de malos. El “bi- bloquismo” implicaba una nefasta sumatoria simplificadora para deli- mitar .el propio dominio, siguiendo una pobre lógica binaria de la gue- rra. Todos los conflictos recientes, abordados dentro de la combina- ción singular de sus apuestas y de sus contradicciones múltiples, ilus- tran acerca de la imposibilidad de ir más allá de una respuesta única que expresaría el punto de vista de un dios que todo lo ve (o de una Inter- nacional como concebida como su encarnación laicizada). Si la lógica de guerra depende de una compren- sión común, de uno y otro lado de las líneas de fuego, esta compren- sión cae a causa de orientaciones prácticas diferenciadas, según la si- tuación concreta de cada protago- nista.

En el momento de la Guerra de las Malvinas, la oposición a la expe- dición imperial-de la Inglaterra de Thatcher no obligaba de ninguna manera a los revolucionarios argen- tinos a apoyar la fuga hacia delante de sus dictadores militares. En el

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conflicto entre Irán e Irak, el derro- tismo revolucionario se imponía frente a esas dos formas de despotis- mo. En la Guerra del Golfo, la opo- sición internacional a la operación “Tormenta del Desierto” no impli- caba sostén alguno al régimen des- pótico de Saddam Hussein. Mucho más claro todavía, frente a la inter- vención de la OTAN en los Balca- nes, una comprensión común de la situación debía conducir-a la vez a París, Londres, Nueva York o Roma a oponerse a los bombardeos, a apoyar a los jóvenes desertores ser- bios y a la resistencia armada de los kosovares en su derecho a la auto- determinación.

La mundialización provoca tam- bién consecuencias en la estructura de los conflictos. No estamos más en la era de las guerras de liberación y de oposiciones relativamente sim- ples entre dominadores y domina- dos. De ello resulta un entrecruza- miento de los intereses y una rápida reversibilidad de las posiciones. Es una razón evidente para hacer un balance pormenorizado y extraer al- gunas lecciones de las dudas, de los errores (a veces), y de las dificulta- des que pudimos encontrar para si- tuarnos dentro de los conflictos de los últimos años.

Tanto más puesto que el nuevo discurso de la guerra imperial tien- de a reemplazar la retórica de la “guerra justa” por el imperativo ca- tegórico de una guerra santa, donde

el veredicto del Juicio final sería sustituido por el de una Humani- dad con mayúscula ventrílocua. Es la lógica misma de la cruzada “éti- ca” predicada por Tony Blair, Ber- nard Henri-Lévy, o Daniel Cohn- Bendit: la confusión de la moral con el derecho, como la desapari- ción de la política entre las fatalida- des de un mercado autómata y las “obligaciones ilimitadas” de una ética de la dominación imperial. Si es cierto que “el arma es la esencia de los combatientes”, esta guerra nueva, donde el riesgo de morir no es recíproco, tan abrumadora es la supremacía de la tecnología, donde la diferencia entre combatientes y civiles se borra bajo los rayos del castigo aéreo, anuncia barbaridades inéditas. Todavía no poseemos las claves de la morfogénesis del uni- verso político-estratégico que co- menzó. V

COROLARIO 1.1: LA SOBERA- NÍA DEMOCRÁTICA NO SE DISUELVE EN LA HUMANI- DAD CON MAYÚSCULA. Hubo un tiempo cuando algunos preten- dían administrar la Justicia en nom- bre de la Historia con mayúscula. Otros (a veces los mismos) preten- den hoy administrarla en nombre de la Humanidad con mayúscula. ¿De dónde se arrogan el derecho de hablar y de juzgar en su nombre? La humanidad no es una sustancia de la que podamos apropiamos, si-

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no un devenir, una construcción, un proceso de humanización que se desarrolla a través del derecho, las costumbres, las instituciones, en una larga tarea de unificación de las multiplicidades humanas. Entre tanto, invocar una legitimidad hu- manitaria sirve a veces de máscara a los intereses del poderío imperial. En ese sentido, Alain Madelin pudo proclamar con franqueza que la operación Fuerza Aliada “marca el acaso de una concepción determinada de la política, del Estado y del Derecbo ”: 54 partir de abora, el u'nico soberano absoluto, es el bombr'e.”

Pero, ¿de qué hombre se tra- ta?¿De un hombre abstracto, sin atributos, sin historia, sin pertenen- cias sociales? El derecho del más dé- bil así reivindicado aparece extre- madamente idéntico a la moral del más fuerte. Dentro del proceso de mundialización desigual, justifica la ingerencia del fuerte en el débil, y la negación unilateral de las sobera- nías democráticas.

COROLARIO 1.2: EL DERE- CHO INTERNACIONAL NO SE DISUELVE EN LA ÉTICA HU- MANITARIA. Aún cuando la fun- ción de los Estados-Nación tal co- mo se constituyó en el siglo XIX es- sin lugar a dudas transformada y debilitada, la era del derecho inter- nacional interestatal no está sin em- bargo perimida. Paradójicamente, Europa ha visto, en estos diez últi-

mos años, surgir más de diez nue- vos estados formalmente soberanos y trazarse más de quince mil kiló- metros de fronteras nuevas. La rei- vindicación del derecho a la auto- determinación para los bosnios, los kosovares o los chechenios, queda a todas luces, como una reivindica- ción de soberanía. Es esta contra- dicción la que tiende a hacer olvi- darla noción peyorativa de “sobera- nismo” bajo la cual se confunden nacionalismos y chauvinismos nau- seabundos con la aspiración demo- crática legítima a tener una sobera- nía política que ofrezca resistencia a la pura competencia de todos con- tra todos.

El derecho internacional todavía está llamado a encaminarse en for- ma duradera sobre sus dos pilares o a conjugar dos legitimidades: aque- lla, emergente, de los derechos uni- versales del hombre y ciudadano (de los cuales, ciertas instituciones como la Corte Penal Internacional constituyen cristalizaciones parcia- les); y la de las relaciones interesta- tales (cuyo principio se remonta al discurso kantiano acerca de la “paz perpetua”), sobre los cuales reposan instituciones tales como la Organi- zación de las Naciones Unidas. Sin atribuir a la ONU virtudes que no tiene (y sin olvidar el balance desas- troso de su- actuación en Bosnia, So- malia o Ruanda), hay que constatar que uno de los fines perseguidos por las potencias comprometidas en

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la operación Fuerza Aliada era mo- dificar la arquitectura del nuevo or- den irnperial en beneficio de nuevos pilares que son la OTAN (cuya mi- sión ha sido redefinida y ampliada durante la cumbre por su cincuente- nario en Washington) y la Organiza- ción Mundial del Comercio.

Heredera de las relaciones de fuerzas surgidas de la Segunda Gue- rra Mundial, sin ninguna duda, la ONU debe ser reformada y demo- cratizada (el antiparlamentarismo no impide proponer a escala nacio- nal reformas democráticas del mo- do de escrutinio como la propor- cionalidad y la feminización), en beneficio de la Asamblea General y contra el club cerrado del Consejo Permanente de Seguridad. No para pretender conferirle una legitimi- dad legislativa internacional, sino para actuar de manera que una re- presentación por cierto imperfecta de la “comunidad internacional” re- fleje la diversidad de los intereses y de los puntos de vista (como lo ilus- tró, en abril, la toma de posición de los 77 contra el uso unilateral del “derecho de ingerencia”). De la mis- ma manera, es urgente desarrollar una reflexión acerca de las institu- ciones políticas europeas y acerca de las instituciones judiciales inter- nacionales como el Tribunal de La Haya, los tribunales penales de ex- cepción y la fiitura Corte Penal In- ternacional.

ESCOLIO. Actualizar la noción de imperialismo no solamente desde el punto de vista de las relaciones de dominación económica (evidentes), sino como sistema global de domi- nación (tecnológica, ecológica, mili- tar, geoestratégica, institucional) es de capital importancia, precisamen- te cuando cabezas que parecían bien plantadas consideran que esta categoría se volvió obsoleta con el derrumbe de su doble burocrático en el Este, y que el mundo se orga- niza, de ahora en más, alrededor de una oposición entre democracias sin adjetivos (dicho de otra manera, occidentales) y barbarie.

Mary Kaldor, quien fue, al co- mienzo de los años ochenta, con- juntamente con E. P. Thompson, una de las impulsoras de la campa- ña por el desarme nuclear contra el “exterminismo” y el despliegue de los persbing, afirma hoy que “la dis- tinción característica de la era west- faliana entre paz interior y guerra exterior, ley doméstica ordenada y anarquía internacional, se acabó con la Guerra Fría.” Habríamos en- trado, a partir de ahora, en una era de “progreso regular hacia un régi- men legal global”. Es lo que algunos llaman, sin temor a la contradicción en los términos, un “imperialismo ético” y la misma Mary Kaldor, “un imperialismo benigno”. Al denun- ciar “el antiimperialismo pavlovia- no” de los opositores de la interven- ción de la OTAN en los Balcanes,

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Alain Brossat está en la misma línea. Más generalmente, la campaña me- diática orquestada en esta ocasión se nutrió de un efecto zoom, de focali- zación de lo minúsculo, respecto del sufrimiento inmediato (real e in- tolerable) de los kosovares para eclipsar la profundidad de perspecti- va histórica y el contexto internacio- nal, reduciendo de esa manera el acontecimiento a un presente sin raíces y el discurso a una interpela- ción ética despolitizada.

La negación de la relación de do- minación imperial es, en efecto, la condición ideológica que permite modificar los enunciados del con- flicto y de reorganizar la visión del mundo alrededor de una oposición entre el Bien (Occidente, las demo- cracias, la civilización) y el Mal (el totalitarismo, los “estados delin- cuentes” tan caros a la retórica nor- teamericana, la barbarie). Toda in- tervención militar está entonces jus- tificada de entrada como defensa de la civilización y expedición pura- mente punitiva contra los delin- cuentes internacionales o los terro- ristas (anteayer Panamá, ayer el Gol- fo, mañana ¿Colombia?).

TEOREMA 2: EL COMUNISMO (CUALQUIERA SEA LA PALA- BRA CON LA QUE SE LO DEFI- NA) NO SE DISUELVE EN LA CAIDA DEL STALINISMO. La ideología de la contrarreforma libe- ral, así como se esfuerza en disolver

el imperialismo a la competencia leal de la mundialización mercadis- ta, pretende disolver el comunismo en el stalinismo. El despotismo bu- rocrático sería entonces el simple desarrollo lógico de la aventura re- volucionaria, y Stalin el hijo legíti- mo de Lenin o Marx. Según esta ge- nealogía del concepto, la idea con- duce al mundo. El desarrollo histó- rico y el desastre oscuro del stalinis- mo se encontrarían ya en potencia en las nociones de la dictadura del proletariado o del partido de van- guardia.

Una teoría social nunca es más que una interpretación crítica de una época. Si se deben buscar las la- gunas y las debilidades que la hicie- ron perder fuerza frente a las evi- dencias, por cierto aleatorias, de la historia, no se podría juzgar esa teo- ría según los criterios anacrónicos de otra época. De esta manera, las contradicciones de la democracia, heredadas de la Revolución France- sa, lo impensado del pluralismo or- ganizado, su confusión del pueblo, del partido del Estado, la fusión de- cretada de lo social y lo político, la ceguera frente al peligro burocráti- co (subestimado en relación con el peligro principal de la restauración capitalista), habrán sido propicia a la contrarrevolución burocrática en la Rusia de los treinta.

Hay en este proceso termidoria- no, elementos de continuidad y de discontinuidad. Sujeta a un número

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indeterminado de controversias, la dificultad para fechar con precisión el triunfo de la reacción burocrática remite a la asimetría entre revolu- ción y contrarrevolución. La con- trarrevolución no es en efecto el he- cho inverso o la imagen invertida de la revolucióñ, una especie de re- volución al revés. Como muy bien lo dice Joseph de Maistre (quien sa- bía de eso) a propósito del Termidor de la Revolución Francesa, la con- trarrevolución no es una revolución en sentido contrario, sino lo contra- rio de una revolución. Ella depende de una temporalidad propia donde las rupturas se acumulan y se com- plementan.

Si Trotsky remonta a la muerte de Lenin el comienzo de la reac- ción termidoriana, él mismo estima que la contrarrevolución no se con- sumó sino al comienzo de los años treinta, con la victoria del nazismo en Alemania, el proceso de Moscú, las grandes purgas y el año terrible de 1937. En su análisis de Los Orige- nes del Ibtalitarismo, Hannah Arendt establece una cronología parecida, que fecha en 1933 o 1934 el adveni- miento del totalitarismo burocráti- co propiamente dicho. Trabajos his- toriográficos más recientes, como los de Mikhaïl Guefter, basados en la experiencia personal y la apertura de los archivos soviéticos llegan, aunque con otras categorías, a con- clusiones en el mismo sentido. En

Russia-URSS-Russia, Moshe Lewin

saca a la luz la explosión cuantitati- va del aparato burocrático del Esta- do a partir del fin de los años vein- te. En los años treinta, la represión contra el movimiento popular cam- bia de escala. No es la simple pro- longación de lo que prefiguraban las prácticas de la Tcheka o la cárcel política de las Solovki, sino un sal- to cualitativo por el cual la burocra- cia de Estado destruye y devora al partido que había creído poder con- trolarla.

La discontinuidad demostrada por esta contrarrevolución burocrá- tica es capital desde un triple punto de vista. En cuanto al pasado: la in- teligibilidad de la historia que no es un relato delirante contado por un loco, sino el resultado de fenóme- nos sociales, de conflictos de intere- ses de salida incierta, de aconteci- mientos decisivos donde no sola- mente lo conceptual, sino las masas están en juego. Respecto del presen- te: las consecuencias en cadena de la contrarrevolución stalinista con- taminaron toda una época y pervir- tieron por largo tiempo al movi- miento obrero internacional. Mu- chas paradojas y callejones sin sali- da del presente (comenzando por las crisis recurrentes de los Balca- nes) no son entendibles sin la com- prensión histórica del stalinismo. Finalmente, respecto del futuro: las consecuencias de esta contrarrevo- lución, donde el peligro burocráti- co se revela en su dimensión inédi-

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ta, pesarán todavía durante un largo tiempo sobre los hombres de las nuevas generaciones. Como lo es- cribe Eric Hobsbawm, “no se podría comprender la historia del corto siglo veinte sin la Revolución Rusa y sus efec- tos directos e indirectos”.

COROLARIO 2.1.: La democracia socialista no puede ser subsumida al estatismo democrático. Hacer aparecer a la contrarrevolución sta- linista como consecuencia de los vi- cios originales de “leninismo” (no- ción forjada por Zinoviev en el Congreso de la Internacional Co- munista, después de la muerte de Lenin, para legitimar la nueva orto- doxia de la razón de Estado) no es solo históricamente errado, es tam- bién peligroso para el futuro. Sería entonces suficiente haber compren- dido y corregido los errores para prevenir los “vicios profesionales del poder” y garantizar una socie- dad transparente.

Si se renuncia al espejismo de la abundancia —esa es la lección nece- saria de esta desastrosa experiencia- que dispensaría a la sociedad de las elecciones y los arbitrajes (si las ne- cesidades son históricas, la noción de abundancia es fuertemente rela- tiva); si se abandona la hipótesis de una transparencia democrática ab- soluta, fundada sobre la homoge- neidad del pueblo (o del proletaria- do liberado) y la abolición rápida del Estado; si, finalmente, se sacan

todas consecuencias de “la discor- dancia de los tiempos” (las eleccio- nes económicas, ecológicas, jurídi- cas, las costumbres, las mentalida- des, el arte identifican temporalida- des distintas; las contradicciones de género y de generación no se resuel- ven de la misma manera y al mismo ritmo que las contradicciones de clase), entonces se debe concluir que la hipótesis del debilitamiento del Estado y del derecho, en tanto esferas separadas, no significa su abolición decretada, so pena de ver estatizarse la sociedad y no sociali- zarse el poder.

Pues la burocracia no es la conse- cuencia molesta de una idea falsa, sino un fenómeno social. Por cierto revistió una forma particular dentro de la acumulación primitiva en Ru- sia o en China, pero tiene raíces en la escasez y en la división del traba- jo. Se manifiesta en diversas formas y en distintos grados de manera uni- versal.

Esta terrible lección histórica de- be conducir a la profundización de las consecuencias programáticas ex- traídas a partir de 1979 con el docu- mento de la IVa Internacional, De- mocracia socialista y dictadura del proletariado, que se refieren especí- ficamente al pluralismo político de principio, la independencia y la au- tonomía de los movimientos socia- les con respecto al Estado y a los partidos, la cultura del derecho y la separación de poderes. La noción

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de “dictadura del proletariado”, evoca, dentro del vocabulario polí- tico del siglo XIX, una institución legal —el poder de excepción tem- porario designado por el Senado ro- mano- antinómico de la tiranía, que es entonces el nombre del po- der arbitrario.4 Está sin embargo de- masiado cargada de ambigüedades iniciales y asociada en adelante a ex- periencias históricas demasiado ur- ticantes como para ser usada toda- vía. Esta constatación no podría sin embargo dispensarnos de replantear la cuestión de la democracia mayo- ritaria, de la relación entre lo social y lo político, de las condiciones de debilitamiento de la dominación a la que la dictadura del proletariado, bajo la forma “finalmente encontra- da” de la Comuna de París, parecía haber dado una respuesta.

ESCOLIO 2.1. La idea de que el stalinismo es algo así como una contrarrevolución burocrática, y no una simple evolución más o menos irreversible del régimen surgido de Octubre, está lejos de contar con el consenso general. Todo lo contra- rio: contra-reformadores liberales y stalinistas arrepentidos se oponen, coinciden en ver en la reacción sta- linista la prolongación legítima de la revolución bolchevique. Es en efecto la conclusión a la que llegan los “renovadores” post-stalinistas cuando se obstinan en pensar al sta- linismo principalmente como una

“desviación teórica” y no como una formidable reacción social. Ya era el caso de Althusser, en su Respuesta a jobn Lewisf que hacía del stalinis- mo una desviación economicista. A causa de su formalismo en fidelidad al hecho comunista inicial, Alain Badiou sigue siendo incapaz de producir un análisis histórico del porqué y del cómo las “secuencias” inauguradas por Octubre o por la revolución china pudieron inte- rrumpirse. Roger Martelli ve por lo pronto en el stalinismo una muta- ción de la forma partido. Por no di- mensionar su rol contra-revolucio- nario, Alain Badiou termina situan- do al “apogeo del comunismo”... ¡después de 1945! En cuanto a Lu- cien Séve, él estima que la etapa “socialista”, concebida como etapa previa a la sociedad comunista se apartaba de ella en lugar de acercar- se, bajo las formas de estado geme- las, socialdemócrata y stalinista. Es- ta última consideración podría pro- veer material para un debate pro- fundo a condición de articular esta crítica, formal y abstracta en Com- mencer par les fins, a los debates his- tóricos y estratégicos del período de entreguerras acerca de la revolución permanente y el socialismo en un solo país, no solamente. a partir de Trotsky sino también de Gramsci o de Mariátegui.5 Una vez más, el acento puesto sobre un “error” teó- rico, desligado de los procesos his- tóricos y sociales de burocratiza-

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ción, sugiere que sería suficiente co- rregir dicho error para conjurar el peligro burocrático.

El método de la “desviación teó- rica”, al perpetuar el paréntesis en el análisis político de la contrarrevolu- ción burocrática, se compromete en una búsqueda del pecado teórico original y trae como consecuencia una liquidación recurrente no sola- mente del “leninismo”, sino, en gran medida, del marxismo revolu- cionario o de la herencia del ilumi- nismo: de culpar a Lenin, se pasa rá- pido a culpar a Marx... ¡o de culpar a Rousseau! Si, como escribe Marte- lli, el stalinismo es primero el fruto de un “desconocimiento”, bastaría con una mejor lucidez teórica para prevenir los vicios profesionales del poder burocrático.6 Sería demasia- do, excesivamente simple.

ESCOLIO 2.2. La publicación francesa de La Edad de los Extremos de Eric Hobsbawm fue bienvenida por la izquierda como una obra con salud intelectual, como réplica a la historiografía furetista y a la judicia- lización histórica al estilo de Step- hane Courtois. Esta bien merecida recepción, a menudo teñida de ali- vio, sin embargo corre el riesgo de dejar sin aclarar la parte sumamente problemática de La Edad de los Ex- tremos. Hobsbawm no niega, por cierto, la responsabilidad de los fu- nebreros termidorianos, pero la mi- nimiza, como si lo que sucedió hu-

biera tenido que suceder en virtud de las leyes objetivas de la historia. Apenas vislumbra lo que se hubiera podido hacer de diferente.

Y así llega Hobsbawm a lo que él considera como la paradoja de este extraño siglo: “El resultado más perdurable de la revolución de Oc- tubre fue salvar a su adversario en la guerra como en la paz, incitándolo a reformarse.7 Como si se tratara allí de un desarrollo natural de la revo- lución y no del resultado no fatal de formidables conflictos sociales y políticos, de los cuales ¡la contrarre- volución stalinista no es el menor! La objetivación de la historia que sobrevino llega a la lógica conclu- sión de considerar que, en 1920, “los bolcbeviques cometieron un error, que a mirarlo retrospectivamente, parece capital: la división del movimiento obrero internacional “.3 Si las circuns- tancias en las cuales fueron adopta- das y aplicadas las veintiuna condi- ciones de adhesión a la Intemacio- nal comunista exigen un examen crítico, no pudiésemos sin embargo imputar lo divino del movimiento obrero internacional a una volun- tad ideológica o a un error doctrina- rio, sino al choque fundacional de la revolución y a la línea divisoria de aguas entre los que asumieron su defensa (crítica ¡como Rosa Luxem- burgo) y los que se asociaron poco o nada a la santa alianza imperialis- ta. El historicismo de Hobsbawm surge de la misma problemática que

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lleva a algunos, en Francia a proyec- tar, convencidos, “un congreso de Tours al revés”.

Si el período de entreguerras sig- nifica para él una “guerra civil ideoló- gica a escala internacional”, no en- frenta las clases fundamentales, el capital y la revolución social, sino valores: progreso y reacción, anti- fascismo y fascismo. Se trata en consecuencia de reagrupar “un ex- traordinario abanico de fuerzas”. Dentro de esta perspectiva queda poco espacio para un balance críti- co de la revolución alemana, de la revolución china de 1926/27, de la guerra civil española y de los frentes populares.

Al no analizar desde lo social la contrarrevolución stalinista, Hobs- bawm se contenta con constatar que, a partir de los años veinte, “cuando se asentó la polvareda de las batallas, el antiguo imperio ortodoxo de los zares resurgio' intacto, en lo esencial, pero bajo la autoridad de los bolcbevi- ques.” Por el contrario, no es sino en 1956, con el aplastamiento de la re- volución húngara, que “la tradición de la revolución social se agotó” y que “la desintegración del movimiento inter- nacional que le era fie constituye la prueba de la “extinción de la revo- lución mundial” como la de un fue- go que se apaga solo. En resumidas Cuentas, ¡“es sobretodo por la organi- zación que el bolcbevismo de Lenin ba- bra' cambiado el mundo”! Con esta frase fúnebre se sustrae otra vez una

crítica seria de la burocracia, sim- plemente considerada de paso, co- mo un “inconveniente” de la eco- nomía planificada fundada en -la propiedad social, ¡como si esta pro- piedad fuera realmente social y co- mo si la burocracia fuera un gasto pequeño y lamentable en lugar de considerarlo un peligro político contra-revolucionario!

El trabajo de Hobsbawm se sitúa de esta manera en la perspectiva de una “historia historiadora”, más que de una historia crítica o estratégica capaz de descubrir las opciones po- sibles en las grandes bifurcaciones de los hechos.

En Trotski vivant, Pierre Naville subraya muy fiiertemente el alcance de este sesgo metodológico: “Los defensores del hecho consumado, quienesquiera que fuesen, tienen una visión más corta que los hom- bres políticos. El marxismo activo y militante predispone a una óptica a menudo contraria a la de la histo- ria.” Lo que Trotsky llamaba “prog- nosis”, recuerda Naville, se parece más a la anticipación profética que a la predicción o al pronóstico. Los mismos historiadores, que encuen- tran natural el sentido del hecho cuando el movimiento revoluciona- rio va viento en popa, le buscan in- convenientes cuando las cosas se complican y se hace necesario saber remar contra la corriente. Les cues- ta muchísimo concebir el imperati- vo político de “esbozar la historia a

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contrapelo” (según la fórmula de Walter Benjamín). Esto da a la his- toria, comenta Naville, la posibili- dad de desplegar su sabiduría re- trospectiva, enumerando y catalo- gando los hechos, las omisiones, los desaciertos. Pero, lamentablemente, estos historiadores se abstienen de indicar la vía correcta que habría permitido conducir a un moderado a la victoria revolucionaria, o, al contrario, indicar una política revo- lucionaria razonable y victoriosa dentro de un período termidoriano.

ESCOLIO 2.3. Sería útil —algo que poco hizo nuestro movimiento- llevar una discusión más profunda acerca de la noción de totalitarismo en general (de sus relaciones con la época del imperialismo moderno), y sobre la del totalitarismo burocrá- tico en particular. Nos sorprende- rnos, en efecto, cuando releemos las Obras de Trotsky, por el uso fre- cuente de esta categoría, con la cual, en Stalin, acuña magistralmen- te la máxima (“ila sociedad soy yol”) sin dar precisión a su status teórico. El concepto podría cónsi- derarse muy útil para pensar a la vez ciertas tendencias contemporá- neas (pulverización de las clases en masas, etnización y deterioro ten- dencial de la política) analizadas por Hannah Arendt en su trilogía sobre los orígenes del totalitarismo, y la forma particular que ellas pu- dieron mostrar en el caso del totali-

tarismo burocrático. Esto permitiría también que un uso vulgar y dema- siado flexible de esta noción útil sir- viera para legitimar ideológicamen- te la oposición entre democracia (sin calificativos ni adjetivos, en consecuencia burguesa, realmente existente) y totalitarismo como la única causa pertinente de nuestro tiempo.

ESCOLIO 2.4. Insistir en la noción de contrarrevolución burocrática no implica de ninguna manera cerrarse a un debate más pormenorizado so- bre el balance de las revoluciones en el siglo. Se trata, al contrario, de re- tomarlo desde una perspectiva reno- vada gracias a un replanteo crítico mejorado.9 Los diferentes intentos de elucidación teórica (teoría del ca- pitalismo de Estado, de Mattick a Tony Cliff, 'de la nueva clase explo- tadora, de Rizzi a Burnham o Cas- toriadis, o del Estado obrero dege- nerado de Trotsky a Mandel), si pu- dieron tener consecuencias impor- tantes en términos de orientaciones prácticas, son todas compatibles, mediante correcciones, con el diag- nóstico de una contrarrevolución stalinista. Si Catherine Sarnary nos propone hoy la idea de que la lucha contra la nomenclatura en el poder exigía una nueva revolución social y no solamente una revolución políti- ca, no se trata, sin embargo, de una simple modificación terminológica. Según la tesis de Trotsky, enriqueci-

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da por Mandel, la contradicción principal de la sociedad de transi- ción se situaba entre la forma socia- lizada de la economía planificada y las normas burguesas de distribu- ción en el origen de los privilegios y del parasitismo burocrático. La “re- volución política” consistía enton- ces en ubicar la superestructura po- lítica conforme con la infraestructu- ra social adquirida. Es olvidar, su- braya Antoine Artous que “en las so- ciedadespost-capitalistas [no solamen- te en esas sociedades que más val- dría no calificar de “post”, como si ellas vinieran cronológicamente des- pués del capitalismo, cuando, en realidad, están determinadas por las contradicciones de la acumulación capitalista mundial. DB], el Estado es parte integral en el sentido en que juega un rol determinante en la estructuración de las relaciones de producción; y es por este sesgo que, más allá de la firrma sala- rial comu’n, la burocracia, grupo social del Estado, puede encontrarse al interior de las relaciones de explotación con los productores directos”.

La continuación de este debate debería llamar la atención sobre las confusiones teóricas ligadas a la ca- racterización de fenómenos políti- cos en términos directamente socio- lógicos, en detrimento de la especi- ficidad del campo y de las categorías políticas. Muchos equívocos atribui- dos a la categoría “de Estado obre- ro”, aunque fuera espurio, surgen de allí. Es probablemente también el

caso de la noción de “partido obre- ro”, que tiende a referir la función de una fuerza polítiCa en un juego de oposiciones y de alianzas, a una “naturaleza” social profunda.

TEOREMA 3: LA LUCHA DE CLASES NO SE DISUELVE EN LAS IDENTIDADES COMUNI- TARIAS. Durante un tiempo de- masiado largo, el marxismo llama- do “ortodoxo” atribuyó al proleta- riado una misión según la cual su conciencia al reunirse con su esen- cia, volviéndose en suma lo que él es, sería el redentor de la humani- dad entera. Las desilusiones del día siguiente son, para muchos, propor- cionales alas ilusiones de la víspera: por no haberse transformado en un “todo”, este proletariado sería, a partir de ese momento, reducido a menos que nada.

Conviene comenzar recor- dando que la concepción de la lucha de clases en Marx no tiene mucho que ver con la sociología universita- ria. Si prácticamente no se encuentra en él un enfoque estadístico de la cuestión, no es principalmente en razón del estado embrionario de la disciplina en ese momento (el pri- mer Congreso Internacional de Esta- dística data de 1854), sino por una razón teórica más fundamental: la lucha de clases es un conflicto inhe- rente a la relación de explotación ca- pital / trabajo que rige la acumula- ción capitalista y resulta de la separa-

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ción entre productores y medios de producción. No se encuentra enton- ces en Marx ninguna definición cla- sificatoria, normativa y reductora de las clases, sino una concepción diná- mica de su antagonismo estructural, a nivel de la producción, de la circu- lación como de la reproducción del capital: en efecto, las clases jamás son definidas solamente a nivel del proceso de producción (del cara a cara entre trabajador y patronal en la empresa), sino determinadas por la reproducción del conjunto donde entran en juego la lucha por el sala- rio, la división del trabajo, las rela- ciones con los aparatos del Estado y con el mercado mundial. De eso re- sulta claramente que el proletariado no está definido por el carácter pro- ductivo del trabajo que aparece no- toriamente en el Libro II del Capital, con respecto al proceso de circula- ción. En sus aspectos centrales, estas cuestiones fueron tratadas y discuti- das ampliamente en los años seten- ta, en clara oposición a las tesis en- tonces defendidas tanto por el Parti- do Comunista en su tratado sobre El capitalismo monopolista de Estado, co- mo inversamente por Poulantzas o por Baudelot y Establet.10

Marx habla generalmente de los proletarios. En general, en el siglo XIX, se hablaba de las clases trabaja- doras en plural. Los términos en ale- mán, Arbeiterklasse, e inglés, working class, se mantenían bastante genera- les, mientras que el término classe

ouvriére, corriente en el vocabulario político francés, conlleva una con- notación sociológica restrictiva pro- picia a los equivocos: remite al pro- letariado industrial moderno, exclu- yendo al asalariado de los servicios y del comercio, aunque éste sufre con- diciones de explotación análogas, desde el punto de vista de su rela- ción con la propiedad privada de los medios de producción, de su ubica- ción en de la división del trabajo, o más aún de la condición asalariada y del monto de su remuneración. Michel Cahen opina con razón que, a pesar de haber aparentemen- te perdido actualidad, el término proletariado sea quizás teóricamen- te preferible al de clase obrera. En las sociedades desarrolladas repre- senta efectivamente entre dos ter- cios y cuatro quintos de la pobla- ción activa. La cuestión interesante no es la de su desaparición anuncia- da, sino la de sus metamorfosis so- ciales y de sus representaciones po- líticas, dando por entendido que su vertiente industrial propiamente di- cha, aun cuando conoció un des- censo efectivo en el transcurso de los últimos veinte años (de 35% a 26% más o menos de la población activa), todavía está lejos de la ex- tinción. Así lo remarcan Beaud y Pialoux en su estudio sobre Mont- béliard.11 Más bien “se había vuelto invisible”, y las ciencias sociales universitarias no dejan de tener res- ponsabilidad en este ocultamiento.

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Por el contrario, es significativo que Boltanski y Chiapello retornen hoy a un análisis crítico del capitalismo contemporáneo, recolocando en el corazón de sus contradicciones el lazo orgánico entre explotación y exclusión. Además, el endureci- miento de las ¡relaciones de clase hay que encararlas desde una pers- pectiva internacional. Entonces se hace evidente lo que Michel Cohen llama “la proletarización del mun- do”. Mientras que en 1900, suma- ban alrededor de 50 millones los trabajadores asalariados de una po- blación global de 1000 millones, hoy en día son alrededor de 2000 sobre 6000 millones.

La cuestión es entonces de orden teórico, cultural y específicamente político más que estrictamente so- ciológico. La noción de clases es en misma el resultado de un proceso de formación (cf. E. P. Thompson y La flirmación de la clase obrera inglesa), de luchas y de organización, en el curso del cual se constituye la con- ciencia de un concepto teórico y de una auto-determinación nacida de la lucha: el sentimiento de perte- nencia de clase es tanto el resultado de un proceso político de forma- ción como de una determinación sociológica. El debilitamiento de esta conciencia, ¿significa entonces recíprocamente la desaparición de las clases y de sus luchas? Este debi- litamiento, ¿es coyuntural (vincula- do a los flujos y reflujos de la lucha)

o estructural (como resultado de los nuevos procedimientos de domina- ción, no solo sociales sino también culturales e ideológicos, de lo que Michel Surya llama “el capitalismo absoluto”), siendo los discursos de la posmodemidad su expresión ideo- lógica? En otras palabras, si la efec- tividad de la lucha de clases está ampliamente verificada en lo coti- diano, ¿la fragmentación y el indivi- dualismo posmodernos permiten todavía concebir el renacimiento de colectividades solidarias? La genera- lización del fetichismo mercadista y de la alineación consumista, el fre- nesí por lo efimero e inmediato, ¿permiten que renacen proyectos durables, más allá de momentos de fusión intensa sin porvenir? Diversas corrientes de la sociolo- gía crítica insisten, dentro de este contexto, en la dimensión construc- tivista de la noción de clase. Pero el constructivismo es una denomina- ción amplia. Si se trata de decir que toda noción teórica es una elabora- ción (ningún concepto, comenzan- do por el de perro, es el puro refle- jo de una sustancia), es una banali- dad. Si se trata de decir que todo concepto es una pura convención de lenguaje y el efecto de relaciones de fuerzas dentro del campo teóri- co, sin tener que rendir cuentas a la realidad, es lisa y llanamente una re- caída en el idealismo mal concebi- do. En ese caso extremo, habría una paradoja constructivista: si la lucha

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de clases fuera antes que nada un efecto de lenguaje, eso sería una ra- zón más para estructurar la repre- sentación del mundo en términos de clase contra sus representaciones en términos de enfrentamientos ra- ciales, étnicos o confesionales. En efecto, desdibujar la lucha de clases (especialmente en su dimensión in- ternacionalista) y la crisis de las legi- timidades nacionales alimentan, en los tumultos de la mundialización mercadista, una reformulación ra- cial o religiosa de los conflictos co- munitarios. Lejos de reducirse a un cambio tardío propio del totalitaris- mo burocrático disociado de sus elementos constitutivos, los impul- sos purificadores en marcha en los Balcanes se inscriben dentro de una tendencia planetaria mucho más ge- neral e inquietante pero de un for- ma diferente a la que imaginan las inteligencias serviles de la OTAN cuando se contentan con verlos co- mo los últimos sobresaltos del tota- litarismo “comunista”.

Una de las tareas teóricas priori- tarias debería relacionarse entonces no solamente con las metamorfosis sociológicas del asalariado, sino con las transformaciones en curso de la relación salarial en términos de régi- men de acumulación, tanto desde la perspectiva de la organización del trabajo como de las regulaciones político-jurídicas y de lo que Frede- ric Jameson llama “la lógica cultural del capitalismo tardío”. La crítica

del ultraliberalismo, en reacción a la contra-reforma de los años That- cher-Reagan corre, en efecto, el ries- go de equivocarse de meta si, obse- sionada por la imagen de una selva mercadista en pos de una desregula- ción salvaje, no mide las reorganiza- ciones y los intentos de re-regula- ción en curso. La dominación del capital, como lo recuerden acertada- mente Boltanski y Chiapello no po- dría durar bajo la forma desnuda de una explotación-opresión sin legiti- midad ni justificación (no hay im- posición duradera sin hegemonía, decía de otra manera Gramsci...)

ESCOLIO 3.1. Lo que está a la or- den del día, es entonces la redefini- ción de una estructura global, de una organización territorial, de rela- ciones jurídicas, que renueven en fiinción de las fuerzas productivas actuales (nuevas tecnologías) las condiciones generales de acumula- ción del capital y de la reproduc- ción social. Es en este marco donde se inscriben las crisis de transforma- ción de las fuerzas políticas tradi- cionales, la democracia cristiana, los conservadores británicos, la de- recha fi'ancesa, y el cuestionamien- to de la función que ellas cumplían desde la guerra en el marco del compromiso del Estado nacional; y es también en ese marco, donde se inscriben las transformaciones de los partidos socialdemócratas, cuyas élites, a través de la privatización

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del sector público y la fusión de las élites privadas con la nobleza de Es- tado, están cada vez más integradas orgánicamente a los estratos diri- gentes de la burguesía. Alimentados por las debilidades de las formacio- nes burguesas tradicionales en ple- na reconversión, esos partidos están llamados a menudo a asumir transi- toriamente el protagonismo del ag- giornamiento del capital, arrastrado hacia su órbita, los restos de los par- tidos post-stalinistas sin proyecto y la mayor parte de los partidos ver- des sin resistencia doctrinaria a la institucionalización acelerada.

Lo que se perfila entonces, tanto en el manifiesto por una tercera vía de Blair-Schróder, como por a tra- vés de proyectos de una Europa so- cial de mínima, debatidos durante la cumbre europea de Lisboa, o más aún por medio de maniobras de la patronal francesa sobre el tema de la “refundación social”, no es un li- beralismo sin reglas, sino una nueva relación salarial inscripta en una forma inédita de liberal-corporati- vismo o liberal-populismo. En efec- to, habría que ser peligrosamente miope para imaginar al populismo de mañana solamente bajo la forma tan particularmente francesa de un soberanismo a la manera de Pasqua- Villiers. La cruzada a favor del ac- cionariado asalariado, los fondos de pensión (en detrimento de la solida- ridad), y la “refeudalización” del la- zo social (denunciada por Alain Su-

piot) por la primacía jurídica del contrato individual (a menudo si- nónimo de subordinación personal en sociedades fuertemente desigua- les) por encima de la relación im- personal con la ley, todo eso perfi- la, en efecto, una nueva asociación corporativa capital-trabajo, en la cual una pequeña franja de ganado- res podría salvarse en perjuicio de la masa de víctimas de la mundializa- ción. En ciertas situaciones, esta tendencia es perfectamente compa- tible Con formas convulsivas de na- cional-liberalismo a la manera de Putin o de Haider.

Por otra parte, es por eso que es perfectamente inoperante y posible- mente engañoso, tratar el caso Hai- der por analogía con los años trein- ta, en lugar de vincularlo con las formas contemporáneas y probable- mente inéditas del peligro, legiti- mando en nombre de antifascismo reflejo de la unión sagrada basada en la conciencia limpia consensua- da. Si es justo participar en las mo- vilizaciones contra Haider (sin olvi- dar, sin embargo, las complacencias de una parte de sus detractores bien pensantes con Berlusconi, Fini, Mi- llon, Blanc y otros) y, sobre todo apoyar aquéllas de la de la juventud austriaca en lugar de aislarla con un estúpido boicot, lo cual podría con- tribuir a no olvidar que Haider es primeramente también un produc- to de trece años de coalición entre conservadores y socialdemócratas,

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de una determinada opción de construcción de la unidad europea y de políticas de austeridad que le permitieron llegar adonde está. Más que representar farsas de las tragedias de ayer o de ante de ayer, sería entonces imperante pensar las formas singulares que pueden asu- mir las amenazas en el mundo de hoy, el rol de los regionalismos en la reconfiguración europea, los ma- trimonios entre nacionalismo y li- beralismo. A su manera, a Haider no le falta por cierto humor negro cuando proclama “Blair y yo contra las fuerzas del conservadurismo “.12 Nuestros dos partidos, precisa, “quieren escaparle a las ngideces del Es- tado bene/factor sin crear injusticia so- cial”. Los dos quieren “la ley y el or- den”. Los que consideran que los que están en condiciones de traba- jar no deben ser incentivados para la inactividad por medio de las for- mas de asistencia (lo mismo que di- ce el Medef francés para justificar el Care). Los dos estiman que “la eco- nomía de mercado, a condición de ser flexibilizada, puede crear nuevas opor- tunidades para los asalariados y las em- presas.” Partido Laborista así co- mo el FPO tienen entonces un acer- camiento “no dogma'tico a aquel mun- do en plena transformación en el que vi- vimos”, mientras que “las viejas cate- gorias de izquierda y derecba se vuelven caducas”: “Blair y el Laborismo, ¿son de derecho so pretexto de aceptar los acuerdos de Scbengeny de ser fizvorables

a una legislación estricta acerca de la in- migraciónfï pregunta Haider. Y res- ponde, “si Blair no es un extremista, entonces Haider no lo es tampoco’Ï

A buen entendedor... Hay que agregar que el regional-populista Haider es tan partidario de la OTAN como lo es Blair, ¡y aun más partidario que él del euro!

ESCOLIO 3.2. La reciente apari- ción de un texto inédito de Lukács, de 1926, en defensa de Historia y conciencia de clase,_aporta una aclara- ción interesante que invalida hasta cierto punto las interpretaciones ul- tra-hegelianas de Lukács según las cuales el Partido sería finalmente la forma encontrada del Espíritu abso- luto.13 Atacado por “subjetivismo” por Rudas y Déborine durante el Congreso de la Intemacional co- munista —el de la bolchevización zi- novievista—, Lukács rechaza el argu- mento de Rudas, según el cual el proletariado está condenado a ac- tuar conforme a su ser y la tarea del partido se reduce a “anticipar ese de- sarrollo’Ï Para Lukács, el rol específi- co (político) del partido surge del hecho de que la formación de la conciencia de clase choca constan- temente con el fenómeno del feti- chismo y de la cosificación. Como lo señala Slavo Zizek en su epílogo, el partido juega en él el papel de tér- mino medio en el silogismo entre la historia (lo universal) y el proleta- riado (lo particular), en tanto que

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para la socialdemocracia, el proleta- riado es el término medio entre la historia y la ciencia (encarnada por el partido educador) y en el stalinis- mo, el partido se vale del sentido de la historia para legitimar su domina- ción sobre el proletariado.

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TEOREMA 4: LA DIFERENCIA CONFLICTUAL NO SE DI- SUELVE EN LA DIVERSIDAD AMBIVALENTE. Como reacción contra una representación reduccio- nista del conflicto social al conflic- to de clase, es la hora de la plurali- dad de los espacios y de las contra- dicciones. En su singularidad con- creta e irreductible, cada individuo es en efecto una combinación origi- nal de pertenencias múltiples. La mayor parte de los discursos de la post-modemidad, como ciertas ten- dencias del marxismo analítico, lle- varon esta crítica antidogmática hasta la disolución de las relaciones de clase en las aguas turbias del in- dividualismo metodológico. No son solamente las oposiciones de clase, sino más generalmente las di- ferencias conflictivas, que se dilu- yen entonces en lo que ya Hegel lla- maba “una diversidad sin dzflrencia”: una constelación de singularidades indiferentes.

Es cierto que lo que pasa por ser una defensa de la diferencia se redu- ce a menudo a una tolerancia liberal permisiva que es el reverso consu- mista de la homogeneización mer-

cadista. Frente a ese simulacro de di- ferencia y a su individualismo sin individualidad, las reivindicaciones identitarias tienden al contrario a hipostasiar y naturalizar la diferen- cia de género o de raza. No es la no- ción de diferencia la que es proble- mática (ella permite construir oposi- ciones estructurantes), sino su natu- ralización biológica o su absolutiza- ción identitaria. Así, mientras que la diferencia es una mediación en la construcción de lo universal, la ex- trema dispersión por misma lleva a la renuncia de esta construcción. Cuando se renuncia a lo universal, afirma acertadamente Alain Badiou, lo que triunfa es el horror universal.

Esta dialéctica de la diferencia y de la universalidad está en el cora- zón de las dificultades que frecuen- temente nos cuesta resolver, como lo ilustran las discusiones y las in- comprensiones acerca de la igual- dad o del rol del movimiento ho- mosexual. A diferencia del movi- miento queer que proclama la aboli- ción de las diferencias de género en beneficio de prácticas sexuales no exclusivas, hasta rechazar toda afir- mación colectiva durable lógica- mente reduccionista, Jacques For- tin, en su Adieu aux normes, esboza una dialéctica de la diferencia afir- mada por constituir una relación de fuerza frente a la Opresión y de su debilitamiento deseado en un hori- zonte de universalidad concreta.

El discurso .queer proclama, al

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contrario, la eliminación inmediata de las diferencias. Su retórica del deseo, en la que se pierde la lógica de las necesidades sociales, es el adelantado de un deseo de consu- mación compulsivo. El sujeto queer, viviendo en el momento una suce- sión de identidades sin historia, no es más el (la) homosexual militante, sino el individuo cambiante, no es- pecíficamente sexuado o definido por su raza, sino simple espejo roto de sus sensaciones y sus deseos. No es para nada sorprendente que este discurso haya tenido una buena acogida por parte de la industria cultural norteamericana, puesto que la fluidez reivindicada por el sujeto queer está perfectamente adaptada al flujo incesante de los intercambios y de las modas. Al mismo tiempo, la trasgresión que representaba un desafio a las nor- mas y anunciaba la conquista de nuevos derechos democráticos se banaliza como momento lúdico constitutivo de la subjetividad con- sumista.

Paralelamente, ciertas corrientes oponen a la categoría social de gé- nero, la “ma’s concreta, especifica)! cor- poral” de sexo. Pretenden sobrepa- sar el “feminismo del género” en beneficio de un “pluralismo se- xual”. No es sorprendente que un movimiento tal implique un recha- zo simultáneo del marxismo y del feminismo crítico. Las categorías marxistas habrían, en efecto, pro-

porcionado una herramienta eficaz para pensar las cuestiones de género directamente ligadas a las relaciones de clase y a la división social del tra- bajo, pero para comprender “el po- der sexual” y fundar una economía de los deseos distinta de la de las necesidades, sería necesario inven- tar una teoría autónoma (inspirada en la biopolítica “foucaldiana”).

Al mismo tiempo, la nueva tole- rancia mercantil del capital hacia el mercado gay conduce a atenuar la idea de su hostilidad orgánica hacia orientaciones sexuales improducti- vas. Esta idea de un antagonismo irreductible entre el orden moral del capital y la homosexualidad per- mitía creer en una subversión es- pontánea del orden social por me- dio de la simple afirmación de la di- ferencia: era suficiente que los ho- mosexuales se proclamaran como tales para estar en contra de él. La crítica de la dominación homofóbi- ca puede entonces terminar en el desafío de la autoafirmación y en la naturalización estéril de la identi- dad. Si, al contrario, las característi- cas de hetero y homosexualidad son categorías históricas y sociales, su relación conflictiva con la norma implica la dialéctica de la diferencia y de su superación, reivindicada por Jacques Fortín.

Esta problemática, evidentemente fecunda cuando se trata de las rela- ciones de género o de comunidades lingüísticas y culturales, no deja de

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tener consecuencias en lo que con- cierne a la representación» misma de los conflictos de clase. Ulrich Beck ve en el capitalismo contemporáneo la paradoja de un “capitalismo sin cla- se”. Lucien Séve no teme afirmar que, “si bay por cierto una clase en un polo de la constricción, el becbo desconcer- tante es que no bay clase en el otro ”. El proletariado se habría disuelto en la alineación generalizada; se tratan’a entonces, a partir de ahora, “de librar una batalla de clase no ya en nombre de una clase sino de la bumanida ”.

O bien se trata allí, en la tradi- ción marxista, de una banalidad que consiste en recordar que la lu- cha por la emancipación del prole- tariado constituye, bajo el capitalis- mo, la mediación concreta de la lu- cha por la emancipación universal de la humanidad. O bien, se trata de una innovación teórica colmada de consecuencias estratégicas, por lo demás presentes en el libro de Lucien Séve: la cuestión de la apro- piación social no es más esencial a sus ojos (es lógico, en consecuencia, que la explotación se vuelva secun- daria con respecto a la alienación universal); la transformación social se reduce a “transfirmaciones [áde “desalieriación ”.?], no más súbitas, sino permanentes y graduales”; la cuestión del Estado desaparece en la de la conquista de los poderes (título, en otro tiempo, de un libro de Gilles Martinet), “laflrrmación progresiva de una hegemonía conduce tarde o tempra-

no al poder en las condiciones de un con- sentimiento mayoritario”, sin enfren- tamientos decisivos (de Alemania a Portugal pasando por España, Chi- le o Indonesia, este “consentimien- to mayoritario” sin embargo ¡ hasta el día de hoy nunca se verificó! En- contramos el mismo tenor en Roger Martelli, para quien “lo esencial ya no es preparar el traspaso de poder de un grupo a otro, sino comenzar a dar a cada individuo la posibili- dad de apropiarse de las condicio- nes individuales y sociales de su vi- da”. La temática antitotalitaria muy legítima de la liberación individual desemboca entonces en un placer solitario en el que viene a diluirse la emancipación social.

Si hay por cierto interacción en- tre las formas de opresión y de do- minación, y no un efecto mecánico directo de una forma particular (la dominación de clase) sobre las otras, queda por determinar con más pre- cisión el poder de esas interacciones en una época dada y al interior de una relación social determinada. ¿Se trata solamente de una yuxtaposi- ción de espacios y de contradiccio- nes que pueden dar lugar a coalicio- nes coyunturales y variables de inte- reses? En cuyo caso la única unifica- ción concebible procedería de un puro voluntarismo moral. O bien, ¿la lógica universal del capital y del fetichismo mercadista afecta a todas las esferas de la vida social, al punto de crear las condiciones de una uni-

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ficación relativa de las luchas (sin implicar, sin embargo, por ser tan discordantes los tiempos sociales, la reducción de las contradicciones a una contradicción dominante)?

No se trata de oponer a la inquie- tud posmoderna una totalidad abs- tracta fetichizada, sino admitir que la destotalización (o deconstruc- ción) es indisociable de la totaliza- ción concreta, que no es una totali- dad a priori sino un devenir de la to- talidad. Esta totalización en proce- so pasa por la articulación de la ex- periencia, pero la unificación subje- tiva de las luchas surgiría de una vo- luntad arbitraria (dicho de otro mo- do, de un voluntarismo ético) si ella no reposara sobre una unificación tendencia! de las cuales el capital, comprendido allí bajo las formas perversas de la mundialización mer- cadista, es el agente impersonal.

TEOREMA 5: LA POLÍTICA NO SE DISUELVE NI EN LA ETICA, NI EN LA ESTÉTICA. Hannah Arendt temía que la política termi- nara por desaparecer completamen- te del mundo, no solamente por ,la abolición totalitaria de la pluralidad, sino también por la disolución mer- cadista que es su cara oculta. Este te- mor está confirmado por el hecho de haber entrado en una era de des- politización, donde el espacio pú- blico está recortado por las fuerzas violentas que acompañan el horror económico y por una moralismo

abstracto. Este debilitamiento de la política y de sus atributos (el proyec- to, la voluntad, la acción colectiva) impregna la jerga de la posmodemi- dad. Más allá de los efectos de la co- yuntura, esta tendencia traduce una crisis de las condiciones de la acción política bajo el impacto de la com- presión espacio-temporal. El culto moderno del progreso significaba una cultura del tiempo y del devenir en detrimento del espacio, reducido a un rol accesorio y contingente. Como lo señalaba Foucault, el espa- cio se había convertido en el equiva- lente de lo muerto, lo fijo, de la in- movilidad, al oponerlo a la riqueza y la fecundidad dialéctica del tiem- po viviente. Las rotaciones endiabla- das del capital y el ensanchamiento planetario de su reproducción tras- tocan las condiciones de su valoriza- ción. Es este fenómeno el que ex- presa el sentimiento, tan intenso desde hace dos décadas, de reduc- ción de la duración al instante y de desaparición del lugar en el espacio. Si la estetización de la política es una tendencia recurrente inherente a las crisis de la democracia, la admi- ración por lo local, la búsqueda de los orígenes, la sobrecarga omamen- tal y el simulacro de la autenticidad revelan sin ninguna duda un vértigo angustiado al comprobar la impo- tencia de la política puesta frente a condiciones que se han tornado in- ciertas.

Qie la política sea, en una prime-

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ra aproximación, concebida como el arte del pastor o como el del tejedor, implica en efecto una escala de espa- cio y de tiempo, de los cuales la ciu- dad (con su plaza pública y el ritmo de los-mandatos electivos) es la for- ma. Se habla tanto más de ciudada- nía que la ciudad y el ciudadano se tornan inhallables en el desorden ge- neral de las escalas y de los ritmos. Sin embargo, vivimos siempre “en un período donde bay ciudades y donde el problema de la politica surge porque nosotros pertenecemos a este periodo cós- mico durante el cual el mundo es librado a su suerte”. La política no nos libe- ra en cuanto arte profano de la dura- ción y del espacio, de trazar y de desplazar las líneas de lo posible en un mundo sin dioses.

COROLARIO 5.1: LA HISTORIA NO SE DISUELVE EN UN TIEM- PO PULVERIZADO SIN MAÑA- NA. El rechazo posmoderno de los grandes relatos no implica solamen- te una crítica legítima a las ilusiones del progreso asociadas al despotis- mo de la razón instrumental. Signi- fica también una deconstrucción de la historicidad y un culto a lo inme- diato, lo efímero, lo descartable, donde proyectos de mediano plazo no tienen más cabida. En la conju- gación de los tiempos sociales desa- justados, la temporalidad política es precisamente la del mediano plazo, entre el instante fugitivo y la eterni- dad inalcanzable. Exige de ahora en

más una escala móvil de la duración y de la decisión.

COROLARIO 5.2: EL LUGAR Y EL SITIO NO SE DISUELVEN EN EL SILENCIO TEMIBLE DE LOS ESPACIOS INFINITOS. El desajuste de la movilidad geográfica del capital (moneda y mercancía) con respecto a la inmovilidad relati- va o movilidad muy condicional del trabajo aparece como la forma actual del desarrollo desigual que permite las transferencias de plusva- lía a la época del imperialismo ab- soluto: el desarrollo desigual de las temporalidades complementa y re- lega aquel de los espacios. En con- secuencia una escala móvil de terri- torios, la importancia adquirida por el control de los flujos, el esbozo de un orden mundial muy apoyado en un mosaico de Estados débiles, au- xiliares subalternos de la soberanía mercadista.

Ahora bien, la acción colectiva se organiza en el espacio: la reu- nión, la asamblea, el encuentro, la manifestación. Su poder se inscribe en lugares y el nombre propio del acontecimiento está relacionado con fechas (Octubre, 14 de Julio, 26 de Julio) y a lugares (la Comuna, Pe- trogrado, Turín, Barcelona, Ham- burgo...) como lo subraya Henri Le- fébvre, sólo la lucha de clases tiene la capacidad de producir diferencias espaciales irreductibles a la sola ló- gica económica.

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COROLARIO 5.3: LA OPORTU- NIDAD ESTRATÉGICA NO SE DISUELVE EN LA NECESIDAD ECONÓMICA. El sentido político del momento, de la oportunidad, de la bifurcación abierta a la espe- ranza, constituye un sentido estraté- gico; el de lo posible, irreductible a la necesidad; no el sentido de un posible arbitrario, abstracto, volun- tarista, de un posible donde todo sería posible; sino el de un posible determinado por un dominio, don- de surge el instante propicio para la decisión ajustada a un proyecto, a un objetivo por alcanzar. Es, al fin de cuentas, sentido de la coyuntura, de la respuesta adecuada a una si- tuación concreta.

COROLARIO 5.4: EL OBJETIVO NO SE DISUELVE EN EL MOVI- MIENTO, EL ACONTECIMIEN- TO EN EL PROCESO. La jerga posmoderna concilia de buen grado el gusto por el acontecimiento sin historia, por el bappening sin pasado ni futuro, y el gusto por la fluidez sin crisis, por la continuidad sin ruptura, por el movimiento sin ob- jetivo. En la jerga post-stalinista de la resignación, el derrumbe del fu- turo desemboca lógicamente en el grado cero de la estrategia: ¡vivir el momento aún sin gozar sin trabas!

Los ideólogos del mañana desi- lusionante se conforman, en conse- cuencia, con predicar un “comunis- mo que está abz’ nomás”, concebido

como un “movimiento gradual, per- manente, siempre inacabado, que inclu- ye momentos de sacudones y de ruptu- ras”.14 Proponen “un nuevo concepto de revolución”, “un revolucionamiento sin revolución, una evolución revolucio- naria”, o más aún un “ir ma’s alla' sin demora’: hacia una inmediatez ex- tratemporal.15 Afirman que “la revo- lución no es ma’s lo que era puesto que no bay más un momento u’nico donde las evoluciones se cristalizan ”, “no bay ma’s un gran salto, un gran ocaso, ni un um- bral decisivo.”16 A la luz del social-li- beralismo menjunje de izquierda pluralista, este “comunismo que es- ahí nomás” hace una triste figura: comunismo, ¿estás ahí? Ciertamente, no hay un momen- to revolucionario único, de epifanía milagrosa de la historia, sino mo- mentos de decisión y umbrales crí- ticos. Pero la disolución de la ruptu- ra en la continuidad es la contrapar- tida lógica de una representación del poder posible de lograr con la desalienación individual: “La for- mación progresiva de una begemonr'a que conduce tarde o temprano al poder dentro de las condiciones de un consenti- miento mayoritario ”, garantiza Lu- cien Seve. Ese “tarde o temprano” que, a fuerza de dejar el tiempo al tiempo, define una política fuera del tiempo, parece por lo menos imprudente a la luz del siglo y de sus ensayos (España, Chile, Indone- sia, Portugal). Ignora sobre todo el círculo vicioso del fetichismo y de

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la cosificación, las condiciones de reproducción de la dominación.

COROLARIO 5.5: EL ANTAGO- NISMO NO SE DISUELVE EN LA HEGEMONIA. La teoría de la hegemonía según Ernesto Laclau y Chantal Mouffe reposa sobre una noción de universalidad a la vez ne- cesaria e imposible. Esta universali- dad deja siempre un resto irreducti- ble de particularidad. .No existe sino encarnada y subvertida por lo parti- cular. Recíprocamente, la particula- ridad no accede a la política sino produciendo efectos universalizan- tes. Siendo imposible una coinci- dencia perfecta de lo universal y de lo particular, la relación hegemonía implica la producción de significan- tes tendencialmente vacíos que, aún manteniendo la inconmensura- bilidad entre lo universal y lo parti- cular, permiten al segundo repre- sentar al primero.

La hegemonía según Laclau apa- rece entonces como el terreno sobre el que se desarrollan relaciones de representación constitutivas del or- den social, “la representación de lo irrepresentable” es la condición mis- ma de la emancipación. La hegemo- nía requiere la generalización de las condiciones de representación. Ella implica también la no-transparencia del representante por el representa- do, “la irreductible autonomía del significante con respecto al signifi- cado”.17 Bajo el manto de la teoría

de la representación se esconde, en realidad, una apología de la delega- ción. La representación, por medio de una fuerza social particular y de una totalidad imposible conduce, en efecto, a privilegiar la lucha polí- tica por la democracia sin adjetivos, desligada de la cuestión social y re- ducida a un consenso negociado: “La única sociedad democrática es la que evidencia permanentemente la con- tingencia de sus propios fundamentos y mantiene la distinción entre el momento e’ticoy el orden normativo.”

COROLARIO 5.6: LA LUCHA POLITICA NO SE DISUELVE EN LA LÓGICA DEL MOVI- MIENTO SOCIAL. Entre la lucha social y la lucha política, no hay ni muralla de China ni compartimien- tos estancos. La política surge y se inventa dentro de lo social, en las resistencias a la opresión, en el enunciado de nuevos derechos que transforman a las víctimas en suje- tos activos. Sin embargo, la existen- cia de un Estado como institución separada, a la vez encarnación ilu- soria del interés general y garante de un espacio público irreductible al apetito privado, estructura un cam- po político específico, una relación de fuerzas particular, un lenguaje propio del conflicto, donde los an- tagonismos sociales se manifiestan en un juego de desplazamientos y de condensaciones, de oposiciones y de alianzas. En consecuencia, la

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lucha de clases se expresa allí de ma- nera mediada bajo la forma de la lu- cha política entre partidos.

¿Todo es política? Sin duda, pero en cierta medida y hasta un cierto punto. En “última instancia”, si se quiere, y de diversas maneras. Entre partidos y movimientos sociales, más que una simple división del tra- bajo, opera una dialéctica, una reci- procidad, una complementariedad. La subordinación de los movimien- tos sociales a los partidos significa- ría una estatización de lo social.

Inversamente, la política al servi- cio de lo social llevaría rápidamente al lobbying corporativo, a la sumato- ria de intereses particulares sin vo- luntad general. Ya que la dialéctica de la emancipación no es un río lar- go y tranquilo: las aspiraciones y las expectativas populares son diversas y contradictorias, a menudo dividi- das entre la exigencia de libertad y la demanda de seguridad. La fun- ción específica de la política consis- te precisamente en articularlas y conjugarlas.

ESCOLIO 5.6. Comentando la de- saparición de disyuntivas elecciones políticas auténticas y el hecho de que la confusión de las alternativas de clase se traduce, en los países an- glosajones, en la tendencia a la ela- boración de plataformas arco-iris, concebidas como collages incohe- rentes de slogans que buscan captar a todos a la vez y cuyas prioridades

son obtenidas de las encuestas de opinión. Zygmunt Bauman se inte- rroga acerca de las capacidades de los movimientos sociales para apor- tar una respuesta a la crisis de las políticas. Subraya la manera en que éstas sufren los efectos de la posmo- demidad: una vida acotada, una dé- bil continuidad, agregados tempo- rarios de individuos reunidos por la contingencia de una dificultad úni- ca y dispersados nuevamente ape- nas se soluciona el litigio. No es culpa de los programas y de los líde- res, precisa Bauman: esta incons- tancia e intermitencia reflejan más bien el carácter ni acumulativo ni integrador de los sufrimientos y de las penurias en estos tiempos diso- nantes. Estos movimientos tienen entonces una pobre capacidad para exigir grandes transformaciones en grandes cuestiones. Son pobres sus- titutos de sus predecesores. Esta fragmentación impotente es el fiel reflejo (el fenómeno isomorfo) de la pérdida de soberanía del Estado re- ducido a una comisaría de la policía de seguridad en medio del laissez- faire mercadista.la

Zizek ve en la dispersión de los nuevos movimientos sociales la proliferación de nuevas subjetivida- des sobre el trasfondo de la renun- cia, consecuencia de las derrotas del siglo. Este retorno a los Estados, a los estatutos y a los cuerpos sería la consecuencia lógica de la destotali- zación y del oscurecimiento de la

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conciencia de clase. Mediante el re- chazo a la política responde a la li- mitación política de lo social lleva- da a cabo por las “filosofias políti- cas” de la última década. Ahora bien, el gesto mismo que pretende trazar el límite entre política y no- política, para sustraer ciertos domi- nios (comenzando por la econo- mía) a la política es “el gesto políti- co por excelencia”.19

Para Laclau, la emancipación es- tará indefinidamente contaminada por el poder, de modo que la com- pleta realización significaría la ex- tinción total de la libertad. La crisis de la izquierda sería el resultado de un doble derrumbe de las represen- taciones del futuro, bajo la forma de la quiebra del comunismo buro- crático y de la bancarrota del refor- mismo keynesiano. Si un renaci- miento eventual implica la “recons- trucción de un imaginario social nue- vo”, la fórmula permanece muy va- ga ya que Laclau no encara ninguna alternativa radical. En la controver- sia que los opone, Zizek insiste, frente a la nueva domesticidad del centro-izquierda, en “conservar abierto el espacio utópico de alternativa global, au’n si este espacio debe quedar vacío mientras espera su contenido’Ï En efecto, la izquierda debe elegir entre la resignación y el rechazo del chan- taje liberal según el cual toda pers- pectiva de cambio radical debería conducir a un nuevo desastre totali- tario.

El mismo Laclau no renuncia al horizonte de unificación. Ve, al contrario, en la dispersión radical de los movimientos, que vuelve im- pensable su articulación, el fracaso mismo de la posmodemidad. ¿Mo- vimientos acéfalos, reticulares, rizo- máticos, obligados por las derrotas a quedar acorralados en una interio- rización subaltema del discurso do- minante? Pero también redesplie- gue del movimiento social en los diferentes ámbitos de la reproduc- ción social, multiplicación de espa- cios de resistencia, afirmación de su autonomía relativa y de su tempora- lidad propia. Todo esto no es nega- tivo si se va más allá de la simple fragmentación y se piensa en la arti- culación. Si no es así, no hay otra salida más que el lobbn'ng disperso (imagen misma de lo subalterno co- mo efecto de la dominación sobre los dominados cf. Kouvelakis) o la unificación autoritaria por medio de la palabra del amo, ya se trate de una vanguardia científica, que redu- ciría la universalización política a la universalización científica (un nue- vo avatar del “socialismo científi- co”) o de una vanguardia ética que la reduciría a la universalidad del imperativo categórico. Sin llegar a conseguir sin embargo, tanto en un caso como en el otro, a pensar el proceso de universalización concre- ta por medio de la extensión del do- minio de la lucha y por su unifica- ción política. No hay otra salida en

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esta perspectiva sino volver a partir del tema universalizante, el capital mismo, y de los múltiples efectos de dominación producidos por la cosificación mercadista.

Notas

1 Véase Alex Callinicos, “Imperialism To- day”, en Marxism and tbe Nero Imperialism, Bookmarks, Londres 1994.

2 Véase Gilbert Achcar, La Nouvelle guerre froide, PUF, collection Actuel Marx, París 1999.

3 Véase Ernest Mandel, Ibe Meaning cftbe Second World War, Verso, Londres 1986. Versión en castellano El significado de la Segunda Guerra Mundial, Ed. Fontamara, México 1991. (N. del T-)

4 Véase Garonne, Les re'volutionnaires du XI- Xe sie‘cle, Champ Libre, París.

5 Lucien Séve, Commencer par les fins, La Dispute, Pan'sl999.

6 Roger Martelli, Le communisme autre- ment, Syllepse, París 1998.

7 Eric Hobsbawm, Mge des extremes, Edi- tions Complexe-Le Monde Diplomatique, París 1999.

8 Ibid., pág. 103.

9 Véanse las contribuciones de Catherine Samary, Michel Lequenne, Antoine Antous en Critique communiste, 157, invierno 2000.

lo Nicos Poulantzas, Poder política] clases so- ciales en el Estado Capitalista, Siglo XXI, México 1969 y Las clases sociales en el capitalismo actual, Siglo XXI, Madrid 1977; Baudelot y Establet, La Petite-bourgeaisie en France, Máspero, París 1970. Véase también la colección de revistas Critique de I e'conomie politique, Critique communis- te, Cabiers de la Iaupe.

11 Stéphane Beaud y Michel Pialoux, Retour sur la condition ouvriere, Fayard, París 1999.

12 Daily IElegrapb, 22 de febrero de 2000.

13 Reencontrado recientemente en Hungría, el texto de Lukács ha sido publicado en inglés bajo el título Tailism andDialectic, seguido de un epílogo de Slavo Zizek, Verso 2000.

14 Pierre Zarka, Un communisme á usage imme'- diat, Plon, París 1999.

15 Lucien Séve, Commencer par les fins, op. cit.

16 Rober Martelli, Le comunismo autrernent, op.cit.

17 Laclau, op.cit, pág. 66.

13 “Carta de Zigmunt Bauman a Dennis Smith”, en Dennis Smith, Zymunt Bauman, Propbet of Post-moderniga, Polity Press, Cambrid- ge 1999.

19 Zizek, op.cit., pág. 95.

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Imperialismos e imperio

(Reseña de Michael Hardt y Antonio Negri: Empire, Cambridge, Harvard University Press, 2000)

viones comerciales secues-

trados que se estrellan

contra los símbolos del

poder financiero y militar norteamericano. Una cruzada occi- dental y cristiana contra una jibad musulmana. Hechos —¿simulacros montados por la CNN ?- en su per- fecta irracionalidad inmediata.

Los epistemólogos anglosajones bautizaron ampulosamente como “teorema de la indecibilidad de Du- hem-Qrine” la idea, bastante sim- ple, de que los hechos no alcanzan para decidir racionalmente entre dos teorías en pugna. Pero, si conve- nimos en que hay teorías que se las arreglan mejor que otras con ciertos hechos, podemos preguntarnos qué teoría acerca de la realidad política mundial rinde cuenta mejor de acontecimientos inéditos como es- tos que vivimos. ¿Alguna teoría del imperialismo? ¿o una nueva teoría, digamos, del imperio? Toni Negri y Michael Hardt propusieron hace un año una posible respuesta a esta pre-

gunta en su Empire.l Revisaremos críticamente aquí algunos de sus ar- gumentos centrales.

La tesis clave de Negri y Hardt consiste en afirmar que el imperio es la “nueva forma de soberanía” que corresponde al capitalismo globalizado contemporáneo. “El imperio es el sujeto político que re- gula efectivamente estos intercam- bios globales, el poder soberano que gobiema el mundo” (Prefacio, XI). Se trata de una nueva forma de soberanía que estaría reemplazan- do la declinante soberanía de los estados-nación y que, por consi- guiente, no debe confundirse con la extensión imperialista de la so- beranía de ninguno de los estados- nación existentes.

Aquí se encuentra ya una prime- ra virtud de Empire. Negri y Hardt prefieren dirigir su mirada hacia las realidades nuevas que se esconden detrás de nociones tales como las de “globalización” y “nuevo orden mundial”, incluso cuando apenas se

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esbocen como tendencias, en vez de soslayarlas como realidades viejas con un nuevo nombre.2 Se diferen- cian así de quienes “son renue‘ntes a reconocer un cambio mayor en las relaciones de poder globales porque ven que los estados-nación capitalis- tas dominantes continuaron ejer- ciendo la dominación imperialista sobre las otras naciones y regiones del globo. Desde esta perspectiva, las tendencias contemporáneas ha- cia el Imperio no representarían un fenómeno fundamentalmente nue- vo sino simplemente un perfeccio- namiento del imperialismo. Sin su- bestimar estas líneas de continuidad reales e importantes, sin embargo, pensamos que es importante adver- tir que lo que usualmente era el conflicto o la competencia entre va- rios poderes imperialistas fue reem- plazado en aspectos importantes por la idea de un poder único que los sobredetermina a todos, los es- tructura de una manera unitaria y los trata bajo una noción común de derecho que es decididamente post- colonial y post-imperialista” (2.1, 9). Pero esta opción también los sitúa, inevitablemente, ante un desafio in- telectual inmenso y cargado de ries- gos. Se enfrentan así a las tareas de definir las características de esta nueva forma de soberanía imperial, de explicar el pasaje entre la sobera- nía de los estados-nación, con su ex- tensión imperialista, y la soberanía del imperio, y de delinear una nue-

va política dentro de y contra el im- perio.

Comencemos atendiendo a la gé- nesis o, como preferiría Negri, a la genealogía del imperio. Negri y Hardt analizan los orígenes del im- perio fundamentalmente en dos ni- veles: en el nivel de las formas de soberanía (“passages of sovereignty”) y en el de sus bases materiales (“passa- ges of production”).

Un extraordinario recorrido a tra- vés de los avatares históricos del concepto de soberanía a lo largo de la modernidad europea sustenta la genealogía del imperio al nivel de las formas de soberanía. El recorrido se inicia con el descubrimiento de su carácter inmanente en los albores de la modernidad —momento que culmina hacia el siglo XVII en el pensamiento spinoziano-,3 pasa por su crisis y la reacción contra esa inmanencia en manos de la ilustra- ción —Hegel incluido- y concluye en la resolución, siempre provisoria, de esa crisis en la instauración del estado-nación como locus trascen- dente de la soberanía. Las nociones de estado, nación, pueblo y repre- sentación son sometidas a una rigu- rosa crítica durante este recorrido.4 A propósito del momento más con- trovertible del mismo, la propia re- volución francesa, por ejemplo, Ne- gri y Hardt sentencian: “Nunca el concepto de nación fue más reac- cionario que cuando se presentó a mismo como revolucionario” (2.2,

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104). Y también someten a crítica la naturaleza, más ambigua, de dichas nociones en la periferia —no podía ser de otro modo, puesto que están discutiendo el imperialismo, pero conviene detenerse en este punto porque es particularmente relevan- te desde nuessra perspectiva. Escri- ben: “El concepto mismo de una soberanía nacional liberadora es am- biguo si no completamente contra- dictorio. Mientras este nacionalis- mo busca liberar a la multitud res- pecto de la dominación extranjera, erige estructuras de dominación do- me’sticas que son igualmente severas” (2.3., 133). Y concluyen un poco más adelante: “La cadena lógica completa de la representación pue- de ser resumida como sigue: el pue- blo representando a la multitud, la nación representando al pueblo, y el estado representando a la nación Desde la India hasta Argelia y desde Cuba hasta Vietnam, el estado es el legado envenenado de la liberación nacional” (id., 134). La declinación de esta noción de soberanía, tanto en el centro como en la periferia, se- indicativa a su vez del pasaje ha- cia la nueva forma de soberanía im- perial.

Es interesante advertir, de paso, que el posmodemismo y el funda- mentalismo SÓn ambos presentados como síntomas de ese pasaje entre los ganadores y perdedores del pro- ceso de globalización respectiva- mente. Acerca del llamado “funda-

mentalismo” escriben: “Es más co- rrecto y más útil entender los distintos fundamentalismos, no co- mo la recreación de un mundo pre- moderno, sino más bien como un poderoso rechazo del tránsito histó- rico contemporáneo en curso. En este sentido, como las teorías pos- modernistas y postcolonialistas, el fundamentalismo también es un síntoma del pasaje hacia el Imperio” (2.4., 146-7). Y en relación con el posmodemismo, en sintonía con Ja- meson, Harvey y otros, anotan que “a pesar de sus mejores intenciones, entonces, las políticas de la diferen- cia posmodernistas no sólo no son efectivas contra, sino que pueden incluso coincidir con y sustentar, las firnciones y prácticas de la domina- ción imperial” (id., 142).

Pero Hardt y Negri deben tam- bién examinar los orígenes de esta nueva forma de soberanía imperial. Remiten entonces a la revolución norteamericana y al pensamiento constituyente que la acompaña, es decir, el asociado con Tbe Federalist.5 Encuentran allí, en efecto, un pro- yecto de poder constituyente toda- vía no clausurado. Un proyecto que sigue suponiendo una concepción inmanente y expansiva, aunque in- clusiva, de la soberanía, a diferencia de la concepción trascendental e imperialista que adoptaba por en- tonces el proyecto europeo. En la apertura de la frontera oeste nortea- mericana, en otras palabras, sitúan

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el germen de un proyecto de repú- blica potencialmente universal, de una red de poderes y contrapoderes potencialmente carente de fronte- ras. Negri y Hardt siguen el desplie- gue de este proyecto de poder cons- tituyente durante la historia nortea- mericana, de la declaración de inde- pendencia, la guerra civil y la re- construcción, pasando por la dispu- ta entre los proyectos imperialista de Roosevelt y reformista de Wilson durante el cambio de siglos, a su clausura durante el New Deal, la Se- gunda Guerra y la subsiguiente gue- rra fría. El fin de la era de posguerra daría lugar, en este sentido, a reali- zación plena de aquel proyecto, pe- ro bajo la forma de una soberanía imperial extendida a escala global. Negri y Hardt examinan enton- ces las modificaciones en las relacio- nes sociales que sustentan este pasa- je entre formas de soberanía. Su punto de partida es un rescate, cier- tamente bastante ortodoxo, de las teorías clásicas del imperialismo vin- culadas a los problemas de realiza- ción (Luxemburgo) y la exportación de capitales (Lenin) del capital mo- nopolista. Especialmente significati- va es, en este contexto, su lectura de la crítica de Lenin a la hipótesis del ultraimperialismo de Kautsky. Sos- tienen que Lenin compartía la exis- tencia de la tendencia hacia el ul- traimperialismo señalada por Kautsky —esto es, la concentración y la centralización del capital como

proceso acumulativo que conduce a la superación monopolista de la competencia y de la nivelación de tasas de ganancia- pero que objeta- ba, desde una apuesta política, que las contradicciones del imperialis- mo abortarían la realización de di- cha tendencia. “Hay una alternativa implícita en la obra de Lenin: o bien la revolución comunista mundial o bien el Imperio” (3.1, 234). El imperio no puede entonces sino quedar defini- do como una suerte de realización ultraimperialista del imperialismo en nuevas condiciones históricas. La duradera deuda de Negri con (su propia interpretación de) el leninis- mo cierra de antemano, en este sen- tido, un camino alternativo para la interpretación de las transformacio- nes del capitalismo asociadas con la globalización.6 Un camino que con- sideramos mucho más provechoso y que comienza con una revisión crí- tica de aquellas hipótesis de las teo- rías clásicas del imperialismo.

Esas nuevas condiciones históri- cas que sustentarán la realización del imperio son, para Negri y Hardt, deudoras de la combinación entre reforrnismo e imperialismo gestada en el New Deal y extendida a escala mundial durante la posguerra. Es decir, el “orden disciplinario mun- dial” asociado con la producción en masa fordista y los estados keynesia- nos, que se expande mundialmente a través de los procesos de descolo- nización, de descentralización de la

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producción, de la guerra fría y la americanización durante la posgue- rra. La instauración de un discipli- nary government mundial durante la posguerra preludia una plena reali- zación de la subsunción real del tra- bajo al capital generalizada a nivel del mercado mundial: la informati- zación de la producción, la plena socialización e intelectualización del trabajo y el subsiguiente pasaje del obrero masa fordista al obrero social posfordista, la disolución de la distinción entre trabajo producti- vo e improductivo y entre fábrica y sociedad, la economía postindus- trial, en fin, organizada en redes de producción descentralizadas.7 Y es esta realización generalizada de la subsunción real la que requiere, a su vez, el pasaje desde esa soberanía imperialista sustentada en un para- digma disciplinario hacia una sobe- ranía imperial sustentada en un nue- vo paradigma de control.

En este punto de la argumenta- ción acerca de la transición hacia el imperio se reproduce una tensión que, en nuestra opinión, mina en su conjunto el pensamiento de Negri. El Negri autonomista, por así decir- lo, reafirma la naturaleza inerte del capital: “la historia de las formas ca- pitalistas es siempre necesariamente una historia reactiva” (3.3, 268). La transición hacia el imperio es así re- sultado del “asalto al orden discipli- nario” que cierra la era de posguerra a fines de los 60 y tanto en el centro

(el mayo francés) como en la perife- ria (Vietnam). “Uno puede incluso decir —sugieren- que la construc- ción del Imperio y sus redes globa- les es una respuesta a las varias luchas contra las máquinas de poder mo- dernas, y específicamente a la lucha de clases llevada adelante por el de- seo de liberación de la multitud” (1.3, 43). Pero a la vez un Negri re- gulacionista explica esa transición en términos decididamente estruc- tural-fiincionalistas: “el sistema en- tró en crisis y cayó a causa de su in- capacidad estructural para ir más allá del modelo de la gobemabili- dad disciplinaria, con respecto a la vez a su modo de producción, que era fordista y taylorista, y con res- pecto a su comando político, que era keynesiano-socialista y por ende simplemente modemizante intema- mente e imperialista externamente” (3.3, 277).

Es preciso detenemos en este punto. La declinación de la sobera- nía asociada con los estados-nación no puede implicar en su análisis una declinación de la soberanía en misma, es decir, de esa regulación política de la acumulación que ha- bría alcanzado su cima en los esta- dos imperialistas-keynesianos de posguerra, sino un desplazamiento de la soberanía hacia una instancia superior. Escriben entonces que “la fase contemporánea de hecho no se caracteriza adecuadamente por la victoria de las corporaciones capita-

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listas sobre el estado. Aún cuando las corporaciones transnacionales y las redes globales de producción y circulación minaron los poderes de los estados nación, funciones del es- tado y elementos constitucionales fueron efectivamente desplazados a otros niveles y dominios” (3.5., 307). En otras palabras, una crecien- te imbricación entre estado y capital sería un proceso irreversible que conduciría necesariamente, una vez que la globalización del capital su- pera la capacidad de regulación de los estados-nación, a un desplaza- miento de esa capacidad de regula- ción a una instancia supra-nacio- nal.3 En este sentido afirman que “una teoría marxista del estado pue- de ser escrita sólo cuando todas esas barreras fijas (fronteras) son supera- das y cuando el estado y el capital coinciden efectivamente. En otras palabras, la declinación de los esta- dos nación es en un sentido profun- do la realización plena de la rela- ción entre el estado y el capital” (3.1, 236). Si la soberanía de los es- tados-nación declina, pues, tiene que estar aguardándolas una nueva forma de soberanía, un cuasi-estado, el imperio. “Hay ciertamente proce- sos de subsunción real sin mercado mundial, pero no puede haber un mercado mundial completamente realizado sin el proceso de subsun- ción real. En otras palabras, la reali- zación del mercado mundial y la ni- velación general o al menos el ma-

nejo de las tasas de ganancia a una escala mundial no pueden ser sim- plemente el resultado de factores fi- nancieros o monetarios, sino que deben suceder a través de una trans- formación de las relaciones sociales y productivas. La disciplina es el mecanismo central de esta transfor- mación. Cuando una nueva reali- dad social se forma, integrando a la vez el desarrollo del capital y la pro- letarización de la población en un proceso único, la forma política de comando debe en misma ser mo- dificada y articulada de una manera y en una escala adecuada a este pro- ceso, un cuasi-estado global del régi- men disciplinario” (3.2, 255). La ar- gumentación alrededor de la transi- ción hacia el imperio queda así des- cuartizada entre esta necesidad fim- cional de una nueva forma de sobe- ranía y aquel asalto de la multitud a la vieja soberanía de los estados-na- ción.9

Pero ¿en qué consiste esta nueva forma de soberanía del imperio? Muchas de las dificultades que en- frentan Negri y Hardt a la hora de definirla derivan, pensamos, de esa tensión que signa sus argumentos alrededor de la transición hacia la misma. El rasgo más distintivo de la nueva forma de soberanía radica en su doble carácter global, sin afuera, y a la vez descentrado, presente en todas partes, caracteres ambos in- compatibles con la soberanía del es- tado-nación. El imperio se ve en-

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frentado así a las diferencias, a las que incluye, afirma culturalmente y maneja y jerarquiza en una nueva modalidad de comando sobre mi- croconflictos que se multiplican. Negri y Hardt asocian esta nueva modalidad de comando con un nuevo paradigma de poder, el “con- trol”, generalización del paradigma previo, “disciplinario” (Foucault). Un nuevo paradigma de “biopoder” de naturaleza rizomática (Deleuze y Guattari), completamente inmanen- te a la sociedad y a la producción y reproducción de la vida misma, ins- cripto en los cuerpos y los cerebros de los ciudadanos, interiorizado a través de los medios de comunica- ción, las políticas de bienestar, etc. Negri y Hardt asocian asimismo es- ta nueva modalidad de comando a una nueva constitución que, reto- mando las formas polibianas, tiene su monarquía en EEUU y su mono- polio de la coerción, su aristocracia en las corporaciones transnaciona- les, los estados-nación centrales y sus asociaciones, como el G7, con su manejo de instrumentos moneta- rios, y su democracia en los restan- tes estados-nación y ciertas grandes ONGs humanitarias. Pero, a dife- rencia de la polibiana, se trataría de una constitución híbrida (no mixta), dispuesta en funciones (no en cuer- pos) y, por sobre todas las cosas, propia de aquella modalidad de co- mando como un control inmanente (y no como disciplina trascendente).

Un aspecto de esta constitución merece ser resaltado en la presente coyuntura: la función de EEUU y sus armas no se asimila a la de una potencia imperialista. EEUU opera como agente de esa “noción común de derecho” que mencionamos an- tes y que es específicamente impe- rial. El imperio está asociado enton- ces a la emergencia de un “derecho de intervención” —que en realidad es tanto “militar” (con EEUU y la OTAN como ejecutores) como “moral” (con las ONGs humanita- rias)-, una suerte de “estado de emergencia y excepción permanente justificado por el llamado a valores esenciales de justicia” (1.1, 18). Este derecho de intervención se habría aplicado por primera vez en la ope- ración “tormenta del desierto” y, na- turalmente, es un postulante serio para explicar la operación “justicia infinita” de nuestros días.10 “La im- portancia de la guerra del golfo —es- criben en este sentido- deriva del hecho de que presentó a los Estados Unidos como el único poder capaz de manejar la justicia internacional, no en función de sus propios moti- vos nacionales sino en nombre del derecho global” (2.5, 180).

Las consecuencias políticas que Negri y Hardt derivan de su análisis del imperio son en nuestra opinión, para finalizar, uno de los aspectos más importantes del texto. La políti- ca es la acción de la multitud “en el Imperio y contra el Imperio” (1.3,

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61), en pocas palabras. “Nuestra ta- rea política no es simplemente resis- tir estos procesos sino reorganizar- los y dirigirlos hacia nuevos fines. Las fuerzas creativas de la multitud que sustentan el Imperio son tam- bién capaces de construir autóno- mamente un contra-Imperio” (Pre- facio, XV). Es en este sentido que, ante el imperio, reclaman “deshacer- se de toda nostalgia por las estructu- ras de poder que lo precedieron y rechazar toda estrategia política que implique un retorno a estos viejos órdenes, tales como intentar resuci- tar el estado nación para protegerse contra el capital global” (1.2, 43).

Toni Negri es uno de los intelec- tuales marxistas más lúcidos y crea- tivos de nuestros días y, con su ex- traordinario esfuerzo por determi- nar las novedades políticas que ca- racterizan el capitalismo contempo- ráneo y a pesar de las críticas que el resultado de dicho esfuerzo merez- ca, Empire no hace sino confirmarlo. Pero Negri es también, desde hace años, un intelectual revolucionario empeñado en determinar siempre nuevas estrategias políticas anticapi- talistas. “Hemos de aceptar este cambio y aprender a pensar global- mente y a actuar globalmente. La globalización debe ser enfrentada con una contra-globalización, el Im- perio con un contra-Imperio” (In- termezzo, 207).

Alberto Bonnet

Notas

1 Una versión en español de Empire ya cir- cula en internet y seguramente pronto va a ser publicado en nuestra lengua. Las citas que in- cluyo a continuación remiten a la edición origi- nal mencionada, con el capítulo y página co- rrespondientes; las traducciones son mías y las ítálicas de los autores en todos los casos.

2 La objeción de que estas nuevas realida- des analizadas por Negri y Hardt son simple- mente tendencias nos parece poco relevante, habida cuenta de ellos las asumen como tales. Marx ofi'ece extraordinarios ejemplos de estos análisis tendenciales como, por ejemplo, los del proceso de socialización del nabajo de los Grundrisse que justamente retorna Negri (Marx beyond Marx. Lessons on tbe Grundrisse, New York, Autonomedia, 1991; su publicación en español fire anunciada por Akal Ediciones).

3 Las concepciones spinozianas de la inma- nencia de la soberanía —como opuesta a su tras- cendencia en el estado- y de la multitud —como multiplicidad opuesta a identidad del pueblo- vuelven a desempeñar aquí un papel clave (pue- de ampliarse en La anomalía salvry'e, Barcelona, Anthropos, 1993).

4 Para profundizar en esta crítica, uno de los aportes más valiosos de Negri, puede con- sultarse El poder constituyente. Ensayo sobre las al- ternativas de la modernidad, Madrid, Libertarias- /Prodhufi, 1994.

5 Remitimos nuevamente a El poder constitu- yente, ed.cit., en particular los capítulos 3 y 4.

6 El principal texto de Negri sobre Lenin (Lajabbrica della strategia. 33 lezioni su Lenin, Pa- dua, Cleup, 1976) no se encuentra disponible, pero véase M. Hardt: “La constitución de la on- tología: Negri entre los filósofos”, en Antbmpos 144, Madrid, 1993.

7 Esta problemática centrada en el pasaje de la subsunción formal a la subsunción real es ampliamente tratada por Negri en varios escri- tos; uno de los más abarcativos es Fin de siglo, Barcelona, Paidós, 1992.

8 “En la fase contemporánea de la lucha de

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clases, el estado capitalista muestra un nivel de integración estructural de la sociedad civil que se aproxima a los límites extremos previsibles. El estado capitalista comienza a ser definido realmente como un ‘capitalista colectivo ideal’”, escribía Negri, parafraseando a Engels, ya a me- diados de los 70 ("Comunist state theory”, en A. Negri y M. Hardt: Labor quyonisus. A criti- que oftbe statey‘brm, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1996). Disentimos de esta te- sis: la separación entre lo político y lo económi- co, constitutiva del capitalismo, no es simple- mente un aspecto de la forma liberal de estado ya superado sino un momento propio de toda forma de estado capitalista.

9 John Holloway muestra concluyentemen- te, a nuestro entender, que esta tensión entre una explicación sustentada en la lucha de clases y otra dependiente de las necesidades funciona- les inherentes a esos paradigmas de soberanía remite, en última instancia, a la concepción no- dialéctica de la relación entre trabajo y capital como una relación de exterioridad propia de Negri (véase Cbange tbe world witbout taking po- wer, capítulo 9, de próxima aparición).

10 Véase también en este sentido, desde una perspectiva de análisis muy diferente de la se- guida por Negri, la noción de “guerra ética” de- sarrollada por D. Bensaid (Contes et legendes de la guerre e'tbique, Paris, Textuel, 1999).

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