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nadamas
L del Sur 38/39
Guillermo Gigliani
P. Basso
La ecoinomía M.Husson despues del A-Piva
E. Lucila
canka l N Alfonso Moro m ) Los lwullua intereses europeos
en América latina
Claudio Albertani - ,, . ' a _, L d'l -, ag? OS H ¡“Hu
en Irak
- I Modesto Eniilio Guerrero _ La Revolucmn bolivariana y sus vanguardias
Alberto Bonnet
Luchas sociales y neoconservadurismo
'l'ic‘i'i'finucgn
Gladernos del Sur
Año 21 - No 38/39 Mayo de 2005
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Argentina:
Brasil: Bolivia: Perú: México:
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Comité editorial Eduardo Lucita, Alberto Bonnet, Katharina Zinsmeister, Hernán Ouviña, Juan Grigera, Ma-
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Coordinación artística Juan Carlos Romero
Cuadernos del Sur, número 36 publicado por:
Editorial Tierra del Fuego Argentina, mayo de 2004
Composición y Diagramación: Taller del Sur
Toda correspondencia deberá dirigirse a: Rodney 171 - D° 77
(l 427BNC) Buenos Aires, Argentina Email: ¡nfo@cuadernosdelsunorg.ar
ISSN: 1666-8804 - Cuadernos del Sur es una publicación semestral que aparece en mayo y noviembre.
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EDITORIAL
GUILLERMO GIGLIANI
PIETRO BASSO
MICHEL HUSSON ADRIAN PIVA
EDUARDO LUCITA CLAUDIO ALBERTANI MODESTO E. GUERRERO ANWAR SHAIKH ALFONSO MORO
ALBERTO R. BONNET
COMITÉ EDITORIAL
Índice
Complejidades kirchneristas Continuidades y rupturas de los 90.... 5 Argentina después del canje: Se
redujo la deuda, pero aumentaron
los pagos ........................................ .. 11
Tiempos del Presente
Horarios del Pasado
Tiempos modernos, horarios
antiguos ............................................. .. 27
Para continuar las 35 horas ............... .. 35
Acumulación de capital, desempleo
y sobreocupación en Argentina (1989-2003) ..................... ..' ................ .. 49 Reducción del Tiempo de Trabajo. Respuesta a la desocupación y al
sobreempleo ...................................... .. 67 Guerras globales ................................ .. 72 Venezuela: Las vanguardias de la
“revolución bolivariana” ..................... .. 107
¿Quién paga el “bienestar” en el estado de bienestar? Un estudio
de varios países ..................................... .. 118 Los intereses de las transnacionales europeas en América latina .................. .. 136
Luchas sociales y neoconservadorismo:
a propósito de La protesta social en
la Argentina (1990-2004) de Guillermo Almeyra ................................................ .. 153
Cuadernos del Sur - 1985 - 2005 ........ .. 173
Complejidades kirchneristas: Continuid‘ades y rupturas de los‘90
or‘ Así decimos,‘quienes vivimos y militamos hoy en Argentina. Termina-
do el período que abriera la rebelión de 19-20D, nos impregna otra vez el fa- miliar aire de la “normalidad” burguesa, el olor pestilente de la gobernabilidad recompuesta. Rotulan la oscuridad consabidas luces neoliberales y muchos es- cenarios nos son familiares. La crisis, sin embargo, deja también su huella; y aquí y allá, mezclado con ese posmodemo terrorismo verbal de la escena mediática se asoman nuevos elementos, nuevas relaciones de fuerza._ Sin embargo también, aquí y allá se asoma un dulce sonido de lucha sindical.
I have been here bgbre, But when or how I cannot tell: I know the grass beyond the do-
La escena kirchnerista
De las respuestas posibles de la burguesía al agotamiento de la convertibili- dad y la rebelión del 19-20D el kirchnerismo, ha resultado hasta hoy, la más compleja y satisfactoria. Este combina, de modo a veces inestable: altos niveles de adhesión, una retórica progresista rupturista con el neoliberalismo, golpes de efecto funcionales a la interna del PJ, continuidad y profundizacion de algunas reformas neoliberales. Y expresa también una nueva relación de fuerzas inter- burguesa, es decir, un proyecto de construcción de hegemonía sobre otras bases.
En primer lugar ha logrado construir un inesperado y amplio consenso pasivo. La mayor parte de este éxito se lo debe a haber sabido colocarse en la escena mediática en las antípodas del menemismo, probándose los trajes del progresismo con varios golpes de efecto. A la refinada retórica del gobierno se sumó, a posteriori, la lenta recuperación económica.
1 Dante Gabriel Rossetti, "Sudden light", Antes he estado aquí/pero cuándo y cómo no puedo decirlo/conozco la yerba detrás de la cancela/el sutil aroma suave/e/ sonido anhe- lanteflas luces de la costa. '
Cuadernos del Sur ' 5
La magia de los golpes no acaba en su espectacularidad, por el contrario, buena parte de estos son también parte de la feroz interna del partido único en Argentina. I
Mientras tanto, lo fundamental de la reestructuración del capital en los ‘90 permanece intacto, ésta vino para quedarse y ninguno de los fuegos de artificio kirchneristas disparan sobre sus principales parámetros, salvo de modo extremadamente marginal.
Naturalmente, después de una crisis de la magnitud del 19-20D, no todo pueden ser continuidades. La recuperacion económica es en parte ‘rebote’ después de una caída del 20% del PBI, aunque no solo eso. La salida de la cri- sis con Duhalde y Lavagna afirma una nueva hegemonía burguesa: la de los grupos exportadores por sobre los servicios.
La relación de fuerzas que congelara la paridad cambiaria de la converti- bilidad ahora es otra: un tipo de cambio ‘competitivo’ y disputas por la baja de las retenciones, mientras los capitales (mayormente europeos) de los ser- vicios privatizados tienen su rentabilidad sujeta al mercado interno y en la práctica sus precios tuvieron tan poca movilidad como el salario.
Además, más alla de las continuidades y la belleza de las máscaras, el go- bierno mueve otras piezas del tablero. Recientemente, la reestructuracion parcial de la deuda externa que saca al país de la cesación de pagos (parcial) del 2002. El canje de bonos a los acreedores (que aceptó un 76%) con una quita del 43% termina dejando la deuda actual en unos 145 mil millones de dólares, un 84% del PBI, es decir, la deuda casi tal cual estaba en diciembre de 2001. Este canje, por tanto, puede decirse que ha servido mayormente pa- ra absorver la operacion de rescate bancaria que realizaron los gobiernos des- pués de la crisis del 2001.
Pero por sobre todo significa un compromiso de contar con un superávit fiscal del 3 al 4% anual, con crecimientos del PBI similares durante varias dé- cadas. En otras palabras, un compromiso de ajuste permanente, que debiera destinar todo superávit al pago de la deuda, excluyendo a cualquier Otro sec- tor social capaz de disputarlo.
Otras viejas reformas de color neoliberal se abrieron también camino con las ‘anárquicas’ cuentas de los Estados provinciales, parcialmente operada en los compromisos durante el rescate de cuasimonedas, además de otros proyectos semiestancados como la municipalización de la educación, por ejemplo.
Por fuera del kirchnerismo, diversas respuestas burguesas a la crisis muestran sus dientes: son los viejos dinosaurios del amedrentamiento y la represión. Bush y Blumberg como emblemáticos cruzados en la lucha ‘antiterrorista’ y el creci- miento del aparato represivo expresan fuerzas de otro orden. El kirchnerismo
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no es impermeable a sus presiones (como en las veloces reformas del código pe- nal), ni tiembla al continuar, en reiterados casos, con la criminalización de la protesta social y la represión de los luchadores pOlíticos.
Otros recuerdos más dulces
Afortunadamente, los aires familiares no son solo de la normalidad bur- guesa. La lucha por el salario ha dejado el lugar de anatema a que la conde- nara el neoliberalismo para volver a escena.
junto con esta vuelta del movimiento ocupado han perdido “impulso” los movimientos de desocupados que supieron marcar el ritmo de la resistencia en la decada del ‘90 (para no señalar la burocratización y compromiso con el Estado y el gobierno de sus sectores mayoritarios: FTV, CCC, Barrios de Pie). Este proceso (real) ha sido acentuado por un corset mediático: la refi- nada escena kirchnerista también acrecentó la invisibilidad social de algunos sectores. Los piquetes (aún los coordinados en los últimos meses) y algunas marchas (como la pasada del 20 de diciembre) carecen hoy por completo de repercusión en los medios.
La convertibilidad y en general la disciplina neoliberal sobre el movi- miento ocupado durante los ‘90, tenía interdicta (“de eso no se habla”) la lu- cha salarial, operando una masiva y brutal desvalorización de la fuerza de trabajo. Caída la convertibilidad, las luchas vienen a disputar una renta per- dida en las postrimerias de la crisis: un superavit fiscal del 5% para los estata- les y un crecimiento de las ganacias empresarias del orden del 60% (con 14% de aumento en la productividad) desde el 2001., además de una pérdida acu- mulada del salario real de alrededor del 50%.
Este retorno a la lucha por el salario tiene características novedosas en es- ta etapa, que la corren del marco de la gimnasia inflacionaria. En primer lu- gar, debido a la desvalorización, la lucha por mayor salario se enfrenta a un problema poltítico: justificar el derecho a una remuneración que exceda el mínimo de subsistencia (¿o la línea de pobreza?). En segundo lugar, estas lu- chas han sido llevadas adelante por fuera o en abierta oposición a las buro- cracias sindicales, que sufren un enorme desprestigio.
Si al principio los sectores en lucha provenían de empresas privatizadas, otros sectores de servicios se han plegado y todos han buscado originales for- mas de relacionarse con sus usuarios/pacientes/alumnos. Por otra parte, la democracia directa y las experiencias asamblearias son una influencia inega- ble en sus prácticas.
La necesidad de una dimensión política de las luchas salariales se puede ver en el surgimiento de movimientos que, a partir de experiencias locales,
Cuadernos del Sur 7
encaran embrionarios proyectos de clase como la lucha por la reducción de la jornada laboral o la conformación de una intersindical Clasista.
Los desafíos de esta dimensión no se encuentran solo en el campo del ca- pital, sino también al interior del propio movimiento de los trabajadores. Se expresan en las viejas tensiones con las organizaciones partidarias de la iz- quierda, que colocan reiteradamente sus necesidades de organización por sobre el interés general de clase.
Comicios y plebiscitos
Nuevamente, ese viejo instrumento de consenso que el régimen tiene pa- ra renovar sus votos se convocará a fin de año. El gobierno declara, con con- fianza, que ‘plebiscitará’ su gestión en las urnas, implicando un favorable ár- bitro en la interna del partido único que resolverá el resultadode las eleccio- nes. Entretanto, en la izquierda las propuestas —razonables— de un frente electoral único no pasan de ser más que acuerdos de aparatos con mayor o menor posibilidades, al tiempo que el populismo pergeña una fachada mu- cho más acorde con las demandas democráticas de la pasada crisis en el lla- mado Encuentro de Rosario, sin aparente solución electoral.
En la ciudad de Buenos Aires, la masacre de Cromañon también tiñe las elecciones. Mientras Ibarra desaparece de la escena politica y fracasa su intento de autoplebiscitarse, la izquierda partidaria enfatiza su oportunismo corriendo tras el macrismo por la cabeza del jefe de gobierno, personalizando el desastre y perdiendo la oportunidad de denunciar el caracter capitalista de la masacre o queriendo ver en las marchas porteñas el espíritu del 19-20D.
Este número recorre algunas de las complejidades, continuidades y rupturas del kirchnerismo. Guillermo Gigliani detalla la operación del canje de la deuda externa y nos alerta sobre el impacto en la economía argentina. Luego realiza- mos un aporte a la recuperación de las luchas de alcance de clase en el mundo sindical con un dossier sobre la reducción del tiempo de trabajo, con artículos de Eduardo Lucita, Pietro Basso, Michel Husson y Adrián Piva. Moro devuel- ve contexto latinoamericano a los intereses de los capitales europeos y su in- fluencia sobre nuestros países. Saliendo del marco local, Albertani hace un ba- lance de la aventura colonial en Irak, Modesta Guerrero da cuenta del complejo proceso en Venezuela y Anwar Shaikh, continuando con el diagnóstico sobre el keynesianismo del número 36, muestra con solidez que los beneficios del Esta- do de bienestar corren por cuenta de los trabajadores.
JUAN GRIGERA La Plata, abril de 2005
8 Mogoda 2005
Argentina después del canje: Se redujo la deuda pero crecieron los pagos
Guillermo Gigliani*
toria. Después de más de tres años de declarada la cesación de pagos, el gobierno logró cerrar un acuerdo sobre un monto a refinanciar de 81.800 millones de dólares, con e] 76% de sus acreedores.
El canje implicó una quita sobre el valor nominal, superior a la aplicada por los restantes países en default, incluso, a la lograda por Rusia en 1998. Como resultado de esta reestructuración, la deuda pública'total descendió de 191.300 millones de dólares en 2004 a 149.800 millones, en abril de 2005. Este último valor equivale al 94% del PBI.
Al momento de entrar en moratoria, en diciembre de 2001, los pasivos to- tales del gobierno ascendían a 144.500 millones de dólares .y su relación con el producto (a precios anteriores a la devaluación) era de sólo el 54%. La pro- porción deuda pública/PBI post-canje, del 94% supera a la registrada en cualquier año .de la convertibilidad. También duplica la relación considerada “normal” para un país dependiente. (Ver gráfico)
No obstante estas consideraciones, el canje posibilitó una reestructura- ción fundamental de la deuda, por cuanto le proporciona al gobierno argen- tino un panorama más “ordenado” para efectuar sus pagos al exterior. A di- ferencia de lo que ocurrió en los últimos años de la convertibilidad, no esta- rá sometido a refinanciaciones imprevistas y turbulentas, sino que enfrenta- rá un cronograma prefijado de vencimientos. El ajuste interno de caracterís- ticas extraordinarias, llevado a cabo a partir de 2002 por Duhalde y conti- nuado por Kirchner, aseguró que el país tuviera Lina capacidad de pagos en los términos exigidos por el PMI y los acreedores. Ahora, el canje brinda pre- visibilidad a esa transferencia de plusvalía al exterior. En eso reside la clave de
E n febrero de 2005, la Argentina salió del default más grande de su his-
* Economistas de izquierda. EI autor agradece comentarios de Luis Becerra,
Cuadzmos del Sur g
DEUDA PUBLICA TOTAL ARGENTINA 1994-2005 En miles de millones
250
JIM. a .A ¡,..¡ ¿aL-¿—thbün-J
100-
la renegociación concluida en febrero de 2005, más allá de que los sectores oficialistas, como Aldo Ferrer y sus amigos del Plan Fénix, quieran hacer creer que en las tratativas “Kirchner se salió con la suya”.
El bloque de clases dominantes y la salida del default.
El proceso de renegociación fue abierto a través de la propuesta que pre- sentó el gobierno en Dubai, en setiembre de 2003. Desde sus inicios, la ges- tión oficial contó con el respaldo unánime del bloque de clases dominantes, tanto de los capitalistas de la industria y del agro como de los representantes de la banca que opera en el país. Asimismo, tuvo el apoyo de todos los parti- dos políticos del sistema, incluyendo a Elisa Carrió del ARI, quien sostuvo que se oponía a todo lo que hacía Kirchner, menos a su renegociación de la deuda externa.
La firma del acuerdo en febrero de 2005, constituyó un paso fundamen- tal en el largo proceso de recomposición del sistema económico y político tras la debacle la convertibilidad, ya que posibilita la “reinserción” de la Ar- gentina en el sistema financiero internacional. Esto último es vital para la cla- se capitalista transnacionalizada local, cuyos fondos fugados en el exterior suman 108.000 millones de dólares en 2004, según la estimación oficial.
A lo largo de estos años, las relaciones con el FMI fueron muy complejas. Desde el primer momento del default, a comienzos de 2002, sus funciona-
10 Mayo de 2005
rios profirieron toda suerte de amenazas contra el país, a fin de que el go- bierno de Duhalde se sometiera de inmediato a un plan de ajuste. Cuando ello se concretó en 2003, continuó presionando para la apertura de tratativas con losacreedores privados. Pero, resulta importante señalar que el Fondo nunca objetó la esencia de la refinanciación, que implicaba una quita de magnitudes extraordinarias sobre el capital adeudado. El organismo nunca cuestionó esta solución, que por otra parte, era la que propiciaban todos los voceros del capital financiero internacional como Meltzer, Molano y otros.
Además, el FMI se aseguró que el gobierno le asignara el status de “acre- edor privilegiado” frente al resto de los bonistas. Esto es, la deuda con los or- ganismos internacionales debía ser reconocida en su totalidad y cancelada en forma periódica. Desde el default, Duhalde primero y Kirchner después, pa- garon en efectivo 5.360 millones de dólares al FMI (a febrero de 2005) y más de 5.000 millones a las otras instituciones, como el Banco Mundial y el BID.
Con los Estados Unidos, las cosas avanzaron más rápido. Cuando Kirchner visitó la Casa Blanca en 2003, la economía argentina ya se encon- traba funcionando como lo exigía el FMI y el departamento del Tesoro norteamericano. Por eso, Bush respaldó la negociación e, incluso, le acon- sejó a Kirchner que “peleara hasta el último centavo”. El visto bueno del gobierno estadounidense era explicado, además, por una razón muy consi- derable. La participación de los residentes de ese país en el default era de só- lo el 8% del total.
De Dubai a Buenos Aires: quita nominal y real.
La primer propuesta hecha en Dubai en setiembre de 2003 había anun- ciado una quita de-l 75% sobre el valor nominal. Dado que el stock a refinan- ciar era de 81.800 millones de dólares, eso significaba el reconocimiento de sólo 20.450 millones, instrumentado en bonos a largo plazo.
A pesar de que el gobierno afirmó que esa oferta no sufriría modificacio- nes, presentó una nueva en Buenos Aires, en junio de 2004, con mayores ventajas. Se estableció que si la adhesión al canje no lograba reunir más del 70% del total de los acreedores, se emitirían bonos por 38.500 millones de dólares. En caso de que la aceptación superara aquel límite, como ocurrió efectivamente en febrero de 2005, el tota] a emitir sería de 43.200 millones de dólares. De esta forma, el reconocimiento nominal aguivaldría al 47% o al 53%, respecúvamente.
Otro punto en el cual se registró una mejora para los acreedores fue en el valor presente de la deuda, esto es, en el valor que tendrían los títulos para sus tenedores cuando se negociaran libremente.
Cuadernos del Sur II
Ese valor presente está influido por el monto de la deuda en cuestión, que incorpora una sustancial “poda”, por susplazos de vencimiento ypor la tasa de interés que se pacte. Asimismo, ese cálculo también depende de la tasa de descuento que se emplea para actualizar los pagos futuros. El gobierno ar- gentino, utilizaba en 2004 una tasa de descuento del 10%, que era inferior a la del mercado internacional, y ello arrojaba un valor presente de los nuevos títulos a emitir del 30%, que era superior al estimado por los acreedores.
Pero, a fines de 2004, el descenso del riesgo-país en muchas naciones “emergentes”, sobre todo en Brasil, determinó que la tasa de descuento dis- minuyera en los mercados externos y que, en consecuencia, los cálculos del valor presente tendieran a equipararse y a acercarse a la cifra estimada por el gobierno argentino, del 30%. Este valor subió, inclusive, a comienzos 2005, al 35%, por el auge especulativo que experimentaron los títulos, en vísperas del cierre del acuerdo. Más aún, en los primeros días posteriores a la finali- zación del canje, la deuda argentina cotizó entre el 34% y el 37.5% de su va- lor nominal, dependiendo de cuál fuera el título.
Si se toma en cuenta este .valor presente, se “puede apreciar que entre Du- bai y Buenos Aires también hay una diferencia grande. En la primera oferta, surgía un valor de 8 dólares por bonos y en la de Buenos Aires, se tenía, en la segunda mitad de 2004, una cotización de 30 dólares por cada 100.
La renegociación con los sectores de la banca local.
Además del‘ ajuste económico extraordinario al que se vio sometido la economía argentina, hubo otros elementos que actuaron en un sentido fa- vorable para la conclusión del canje. Uno de ellos fue el comentado descen- so de las tasas deinterés y del riesgo-país en los países “emergentes”, como Turquía y Brasil. Otro, fue el excepcional nivel de los precios de las exporta- ciones argentinas, que contribuyeron a la obtención de grandes saldos co- merciales.
Pero, hay otro importante factor que también debe ser tenido en cuenta. Los acreedores del default argentino de 2001 se encontraban considerable- mente dispersos, porque la deuda estaba repartida en un gran número de te- nedores con títulos al portador, esto es, innominados. Veamos, en primer lu- gar, la distribución delos bonistas por país. El 36% de los acreedores sujetos al canje eran residentes nacionales (argentinos). Del resto, el 16% estaba en Italia, el 10% en Suiza, el 8% en los Estados Unidos, el 5% en Alemania, el 3% en japón y el 22% corresponde a otros o estaba sin identificar. Esta es- tructura arroja dos datos muy importantes. (Ver gráfico)
En primer lugar, el 36% de los títulos se encontraba en manos de residen-
12 Y Mayo de 2005
DISTRIBUCIONM TITULOS EN DEFAULT POR PAIS. 2005 En porcentajes
Suila Estados Unldos 8%
Alemania
Argentina 36%
tes del país y, en gran parte, de inversores “institucionales “, esto es, AFJP! compañías de seguro y bancos, con los cuales el gobierno pudo establecer un entendimiento directo, ofreciéndoles ventajas adicionales, como por ejem- plo, darles la oportunidad de contabilizar los títulos a su valor entero. Entre estos tenedores, el canje tuvo una aceptación del 100%.
La segunda característica es que en los distintos países, como en Italia, los títulos estaban repartidos en varias decenas de miles (según otras estimacio- nes, en varias centenas de miles) de particulares, siendo difícil su individua- lización. Sin un apoyo efectivo del FMI y, además, con ese grado de disper- sión, alos acreedores les resultó imposible establecer una coordinación que les permitiera presionar en forma efectiva sobre el gobierno argentino.
Esta dispersión fue un elemento común en todas las moratorias de los úl- timos años y ello explica las sustanciales quitas que obtuvieron la mayoría de los deudores, en términos del valor presente.
REESTRUCTURACIONES DE DEUDA PÚBLICA en millones de dólares y porcentajes
Rusia Ecuador Uruguay Ucrania Pakistán Argentina
Fecha Ago 98 Sep 99 Abr 03 Sep 98 Nov 99 i Dic 01
Monto default 31.600 6.600 4.900 2.600 610 81.800
Quita valor presente 45% 54% 14% 30% 30% 65% Fuente: Carteoo
Cuadernos del Sur - 13
Así, Rusia en 1998 pudo reestructurar un pasivo muy alto, de 31.600 mi- llones de dólares, con un descuento del 45%. Las reestructuraciones de los países restantes implicaron sumas considerablemente más reducidas, pero con la excepción del Uruguay, las reducciones del capital fueron del 30% al 54%. Argentina computó la deuda más elevada y la mayor “poda”.
La década del ochenta y el club de acreedores.
Brodersohn ha señalado que estas características son muy diferentes a las de la década del ochenta. En la segunda mitad de 1982, los países grandes de América Latina —México, Brasil y la Argentina- declararon el default sobre su deuda pública que estaba contraída, principalmente, con la banca comer- cial de los Estados Unidos y de otros países imperialistas. Esta moratoria pu- so en riesgo el patrimonio de esos bancos y motivó la intervención inmedia- ta del gobierno de Reagan y del FMI, en su resguardo. Por otra parte, dada la concentración de esos préstamos, rápidamente surgieron clubes de bancos, que negociaron individualmente con cada país deudor. En el caso argentino, el club de acreedores estuvol'integrado por unos 500 bancos, que nOmbraron un comité de 15 entidades que los representara. Este comité operó de forma tal de asegurarse la adhesión de todos sus integrantes y exigió que el gobier- no del presidente Alfonsín firmara un plan de ajuste con el FMI, antes de en- tablar cualquier negociación. El resultado de esta estrategia fue una mayor presión sobre cada país deudor y ello se manifestó, entre otras cosas, en la fal- ta de quitas significativas en las operaciones de canje.
En este aspecto, el default argentino de 2001 se asemejó a los que ocu- rrieron en América Latina durante la década del treinta. La caída del régimen de patrón oro condujo a la casi totalidad de los países de la región a la sus- pensión de sus pagos, en 1930-31. Sólo hubo tres excepciones, Argentina, Haití y la República Dominicana, que continuaron los pagos. Al igual que ahora, los tenedores de la deuda externa de América Latina en los años trein- ta se encontraban muy dispersos y ello creó condiciones favorables para que las naciones deudoras alargaran las tratativas. Los procesos derenegociación fueron muy prolongados y los acuerdos recién se concretaron diez años des- pués de declarada la moratoria, lográndose quitas sustanciales. México pro- puso en 1942 una “poda” del 80% del capital. Brasil, en 1943 ofreció dos al- ternativas, un alargamiento de plazos con reducción de las tasas de interés o, de los contrario, una quita del monto adeudado.
x
El doble carácter del ajuste: externo y fiscal.
r4 Mayo de 2005
El plan de ajuste firmado por el gobierno argentino a la salida del default incluyó un punto de política económica defundamental importancia. Se tra- ta de la obtención de un superávit fiscal “primario” que permita al gobierno comprar los dólares con recursos genuinos para afrontar los pagos externos en forma “ordenada”. Este superávit fiscal alcanzó en 2004, la cifra récord del 5.7% del PBI, computando la nación y las provincias. y
Para que un gobierno pueda pagar su deuda externa, deben cumplirse dos requisitos. Debe obtener un superávit en divisas y debe contar con solvencia fiscal. El primer requisito fue logrado a partir de 2002, en que se registró un saldo positivo de la balanza comercial de 16.358 millones de dólares. Ese su- perávit continuó en niveles muy elevados en 2003 y en 2004, con 14.062 y 12.133 millones de dólares, respectivamente, y se estima que en 2005 ronda« rá los 10.000 millones. Estos resultados fueron obtenidOs gracias a la con- tracción de la actividad económica operada en 2002 y a la devaluación. Tam- bién contribuyó a ello, la fase excepcional de precios internacionales por la que atraviesa el país, cuyos términos del intercambio fueron en 2003-05, los más elevados de los últimos veinticinco años, de acuerdo a la Cepal.
El segundo requisito es que el gobierno cuente con una posición fiscal su- peravitaria. Precisamente, lo que caracterizó al pago de la deuda de América Latina en los ochenta —durante la llamada “década perdida”- fue que los paí- ses no habían conseguido operar el ajuste interno necesario, vía reducción de la inversión, el salario público y el gasto social, para obtener este superávit presupuestario. Esto determinó que Argentina, México, Brasil, Perú, Bolivia y otros países, estuvieran afectados por crisis financieras y colapsos inflacio- narios que los llevaron a la interrupción periódica de los pagos al exterior.
El pago de la deuda y la política salarial de Kirchner.
El proceso de recomposición económica operado en la Argentina a partir de mediados de 2002, se verificó a través de una expansión muy fuerte, con tasas de crecimiento del PBI del 9% en 2003 y en 2004 y una proyección del 7% para el corriente año. El crecimiento fue inicialmente impulsado por los capitalistas de la industria y del agro, favorecidos por la devaluación y por la pesificación de sus deudas bancarias, pero con el tiempo se extendió al resto de los sectores de la economía.
Por otra parte, la salida de la crisis se registró bajo condiciones de un enor- me desempleo y de la pulverización del salario real. El ciclo expansivo posi- bilitó un retroceso de la desocupación y, también, una declinación de la po- breza que ahora alcanza a “sólo” el 40% de la población. La fase de creci- miento del, PBI dio paso también una recuperación parcial del salario real, a
Cuadernos del Sar 15
partir de los niveles sumamente deprimidos de comienzos de 2002.
No obstante esto último, según datos oficiales del Ministerio de Econo- mía, el ingresor'real del trabajador ocupado se encontraba a fines de 2004 un 23% por debajo de fines de 2001 y un 27% por debajo del valor de 1999. Por otra parte, las estimaciones de las consultoras de la city predecían, antes de coi- nocerse el rebrote de la inflación, que el salario real podría recuperarse un 3% en el 2005. Esto implica que, en un contexto de gran expansión de la produc- ción, el salario es marcadamente inferior a los niveles registrados en la década
EVOLUCION DE INGRESO REAL DE LA OCUPACION PRICIPAL 23 AGLOMERADOS URBANOS. EXCLUYE PLANES DE EMPLEO (A PRECIOS DEL IV TRIMESTRE DE 2004).
Fuente: Ministerio de Economia
de la convertibilidad y no tiene perspectivas de recuperar ese terreno.
Estas cifras revelan los cambios fundamentales operados en la Argentina, por el ajuste del FMI. Más allá de la retórica de Kirchner, su política econó- mica representa la continuación de la ofensiva del capital abierta en la déca- da del noventa, que descarga los costos de la crisis sobre los trabajadores ocu- pados y desocupados. Esta ofensiva de recomposición de la rentabilidad ca- pitalista y de niveles deprimidos del salario real, tiende a persistir en el tiem- po.
Se trata de un hecho que nadie podría negar con los números en la mano. Además, ya no resulta posible argumentar que los salarios están bajos por las “contradicciones” o por el “desequilibrio de precios relativos” inherentes a la
¡6 ' Mayo de 2005
convertibilidad, como sostenían los economistas del Plan Fénix. Ahora no hay convertibilidad ni atraso cambiario y los salarios, en vez de subir, bajaron con respecto a aquel período.
Los valores de 2005 denotan la profundización de una trayectoria de lar- go plazo. Esta tendencia descendente del salario se registra a través de alzas cíclicas, como la experimentada durante los años 2003 y 2004 cuando hay una expansión del producto, y de bajas, como ocurre durante las fases de es- tancamiento o de caída del PBI. Pero, la característica de estos ciclos es que el valor promedio del salario real registrado en cada nueva etapa se sitúe por debajo del anotado en el ciclo anterior.
El deterioro continuo del salario, a lo— largo de décadas, que las actuales autoridades profundizan, constituye una manifestación notable de la crisis del capitalismo argentino y contrasta con la evolución “normal”, que tiene lugar, incluso, en muchos países dependientes, en los cuales, a pesar de que la plusvalía generada va a alimentar los circuitos del capital, el salario crece o, por lo menos, mantiene su poder de compra.
El carácter extraordinario del ajuste fiscal.
De acuerdo a las estimaciones del sector privado, el superávit fiscal de 2005 nuevamente va a verificar cifras por encima de las previstas en el presu- puesto oficial. El sector público obtendrá un excedente del 3.5% del produc- to, en tanto que las provincias contribuirán con el 1.1%. Esto es, se tendrá un consolidado de 4.6% del PBI.
Resulta evidente que el compromiso asumido por el gobierno de Kirch- ner supera cualquier precedente'y, además, se contradice con su retórica “an- ti-FMI”. En 2003, ese sobrante había sido del 2.3% del PBI, para el gobierno nacional. En 2004, el superávit fiscal subió al 3.9% para el gobierno nacional y al 1.8% en las provincias.
Para tener una perspectiva de las metas fiscales, señalemos que en las cua- tro décadas previas al default (1961-2000), el gobierno obtuvo, en promedio, un déficit fiscal de 3.1% del PBI. En sólo seis de esos cuarenta años, hubo un saldo primario positivo y, en sólo tres de ellos, ese resultado superó el 1% del PBI. El valor fiscal más elevado fue del 1.7% del PBI en 1993.
A pesar de que el superávit fiscal está vinculado directamente a la exacción del imperialismo, el gobierno lo muestra como un éxito de su gestión. A tra- vés de este tipo de afirmaciones, Kirchner pretende naturaliza-r el ajuste y presentarlo no como una adecuación a las exigencias del FMI, sino como una prueba de su capacidad para administrar.
Cuadernos del Sur 17
Terminó el canje: ¿empieza otro ciclo de nueva deuda?
La conclusión del canje significó una reducción de la deuda pú- blica de 41.500 millones de dólares. Además, los vencimientos fueron estirados a plazos muy largos. El bono PAR, por ejemplo, recién em- pieza a pagar el capital en setiembre de 2029.
N o obstante estas reducciones, el gobierno tiene que incorporar, a partir de ahora, a otros acreedores en su planilla de vencimientos. En otros términos, tiene que pagar los intereses de los nuevos títulos y continuar cancelando los compromisos con los organismos internacionales y con los tenedores de la deuda que ya estaba performing (Boden, Bogar y préstamos garantizados).
Los vencimientos en 2005 no están cubiertos con el superávit previsto. Veamos el plan de compromisos financieros del gobierno y su financiamien- to, de acuerdo a las estimaciones de Carteco. En 2005, las Obligaciones fi- nancieras ascenderán a 13.423 millones de dólares. Este monto supera al re- gistrado en 2004 en unos 2.600 millones de dólares debido-al primer pago de capital de los Boden 2012 y de los préstamos garantizados y a los intereses de la deuda recién reestructurada.
¿Cuáles son los fondos con los que cuenta el gobierno?. Dado el superá- vit estimado en 3.5% del PBI (5.890 millones de dólares), el cuadro finan- ciero debería completarse de la siguiente manera: 1) con la refinanciación de al menos el 55% de los vencimientos de capital de los Boden y los préstamos garantizados (deuda performing post-default) que vencen e'n el segundo se- mestre de 2005, 2) con fondos del BCRA (señoreaje y adelantos transitorios por todo el margen que autoriza la ley), 3) mediante el uso de los fondos del tesoro y de otros organismos, que están depositados en el sistema financiero y, 4) mediante la refinanciación de vencimientos de capital del FMI y de otros organismos, a partir de la segunda mitad del año.
Como se sabe, el gobierno estableció en 2004 un paréntesis en la ejecu- ción del programa de ajuste con el FMI mientras duraran las negociaciones con la deuda, aunque con la obligación de cancelar al contado los venci- mientos financieros con ese organismo. Como el canje ya concluyó, el go- bierno podría retomar las tratativas con ese organismo, pero difícilmente quiera hacerlo antes de las elecciones de octubre. Por eso, si bien algunos economistas señalan que Kirchner tiene que volver al Fondo cuanto antes, hay otras opiniones, que sostienen que el gobierno tiene un margen de ma- niobra para no acudir al FMI hasta después de las elecciones. Ese margen es- tá dado por la posibilidad de obtener fondos en el mercado financiero local, que se encuentra muy líquido.
18 _ Mayo de 2005
Pagos efectuados al FMI. 2002-2005 . en millones de dólares Fecha Intereses Capital Total
2002 693 729 1.422 2003 651 101 752 2004 560 2.060 2.620 2005* 135 431 566 Acumulado 2.039 3.321 5.360 ' enero-febrero Fuente: FMI
Como se ve, el gobierno está dispuesto a acudir a la maquinita de impri- mir deuda, sea para cambiar títulos viejos por títulos nuevos, sea para finan- ciar nuevos compromisos. Por otra parte, el diferimiento de las tratativas con el FMI puede ser llevado a caboporque continúa rigiendo un acuerdo “im- plícito” con esta institución, que consta de dos puntos: 1) seguir cumplien- do con los superávits fiscales previstos y, 2) mantener el pago de sus venci- mientos con dólares contantes y sonantes.
¿Vuelven los capitales monetarios a la Argentina?.
Las tratativas con los acreedores privados del exterior se desenvolvieron en un contexto de una mayor estabilidad en el sector externo. En 2004, se ce- rró el proceso de fuga de capitales que había tenido su clímax en 2001, pero que había perdurado en 2002 y 2003, a pesar de que el gobierno había im- puesto un “control de cambios”. Además, durante 2004 en el mercado de di- visas privó una tendencia a la apreciación del peso, que debió ser contrarres- tada por el banco central con una emisión monetaria de nada menos que 22.113 millones de pesos para adquirir dólares. Por otra parte, también se lo- graron importantes refinanciaciones en la deuda externa privada de la Ar- gentina, cuyo monto se redujo, entre 2001 y 2004, de 77.655 a 56.400 millo- nes de dólares.
Estos elementos y la firma del canje, pueden determinar que se verifique un cierto retorno de los capitales externos al país. Un anticipo de ello estuvo dado por la notable especulación con los títulos públicos, que precedió el cierre del acuerdo y que estuvo motorizada, entre otros, por la entrada de ca- pitales de corto plazo. Por otra parte, se considera probable que los fondos de inversión internacionales estén dispuestos a tener títulos argentinos en su cartera, aunque en una medida muy limitada. Así, el llamado índice EMBI, en el cual Brasil, México y Rusia tienen una participación del 23.5%, 19.7% y 17.6%, respectivamente, se dispondría a integrar su cartera en un 3% con
Cuadernos del'Sur ' I9
títulos del país.
Por otra parte, el índice de riesgo-país, que mide teóricamente el spread adicional que deberían pagar las empresas locales para tomar fondos en el ex- terior, se situó en los 500 puntos, no muy lejos del promedio de los países “emergentes” y muy por debajo de los 6.000 puntos verificados en el mo- mento más álgido de la moratoria durante 2002. Incluso, la perspectiva de que podría verificarse un desborde en el flujo de los fondos especulativos ha- cia el país, ha hecho considerar la posibilidad de que el banco central esta- blezca una restricción del tipo del “encaje” chileno.
Entran y salen capitales: ¿cuál es la transferencia neta del país?.
La combinación de superávit público para pagar la deuda y de la vuelta de los capitales imprime una característica particular a la nueva etapa que se abre. Por un lado, el gobierno está sujeto al compromiso férreo de pagar los vencimientos externos mediante un saldo presupuestario positivo. Dicho en otros términos, el gobierno va a realizar transferencias netas al exterior, de aquí a un futuro indefinido. Estas transferencias se verán aumentadas si se cumple el Objetivo todavía difuso de Kirchner de achicar la deuda externa en el futuro, mediante su recompra.
Pero, por el otro lado, la “reinserción” argentina en el mercado mundial posibilita que, a medida que retornen los fondos externos de distinto tipo (inversiones, préstamos, etc.), los capitalistas locales vuelvan a contar con “ahorro externo”. Esto es, el balance de pagos va a registrar para el sector pri- vado una transferencia positiva de fondos. No se trata de un tema menor, so- bre todo, porque en 2004 y en 2005, la economía mundial vuelve a registrar una plétora de capitales como no se había registrado desde que sobrevino la crisis asiática.
Para el gobierno y para los capitalistas, los nuevos fondos del exterior brindarán condiciones más favorables para el crecimiento. No obstante, se impone recordar un hecho importante. Desde los tiempos de la apertura fi- nanciera inaugurada por el golpe de 1976, el ingreso de capitales del exterior estuvo asociado no al crecimiento sino a su canalización hacia actividades fi- nancieras. Además, normalmente, esos fondos eran reciclados hacia el exte- rior y de esa forma se acumuló el actual stock que mantienen los capitalistas fuera del país. Finalmente, cuando las condiciones de sector externo se des- bordaban, se verificaron procesos desenfrenados como el fin de la “tablita cambiaria” a comienzos de 1981, la hiperinflación de 1989 o el estableci- miento del “corralito” en diciembre de 2001.
20 Mayo de 2005
El otro camino para salir de la deuda externa.
Las cifras de transferencia del excedente argentino al exterior comprome- tidos por el actual gobierno son de una magnitud enorme. Si tomamos un superávit fiscal promedio de 3.5% del PBI a ser transferido a los acreedores, ello equivale a 5.600 millones de dólares por año (con datos estimados de 2005) y a 22.400 millones por período presidencial. Difícilmente un país pueda corregir los actuales índices de desempleo, pobreza, jubilaciones y de salario real con semejante transferencia del ahorro al exterior. Por otra parte, si lo que caracteriza a la Argentina es su retroceso en relación a otros países de desarrollo semejante, como Brasil, ¿qué perspectiva de crecimiento o de industrialización puede haber en el futuro?. ¿Qué otro destino que no sea la especialización agroindustrial y minera tiene el gobierno para la Argentina? ¿Qué quiere decir Kirchner cuando sostiene que va a recrear el “capitalismo nacional”?.
Es cierto que Kirchner lanza ataques permanentes contra los que quieren lucrar con el “hambre del pueblo”, contra los acreedores y contra el FMI. Sin embargo la retórica del presidente es un componente ya habitual de la esce- na política argentina. Consultado por el diario La Nación, sobre si los em- presarios “ya aceptan la dureza'retórica de Kircher”, el ex-presidente del Banco Central javier González Fraga respondió con toda franqueza: “Sin duda. Muchos empresarios distinguen la letra de la música; a veces, el tono de Kirchner no seduce, pero el contenido genera condiciones de rentabili- dad que son las que finalmente importan. No es un buen negocio tener un presidente débil que, por cumplir con reglas económicas que se le quieren imponer, pierda las decisiones y el poder” (La Nación, 18 de abril de 2005).
Laestrategia de pagos adoptada por el gobierno y los partidos políticos del sistema ha podido ser aplicada a partir del reflujo de las luchas populares del 2002. Constituye un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas y per- petúa la vulnerabilidad externa. Pero, fundamentalmente, implica mantener las condiciones de miseria y de desocupación masiva. Nada de todo esto ha- brá de cambiar sin un giro en las luchas populares que modifique drástica- mente el curso actual, estableciendo la ruptura con el FMI, suspendiendo los pagos externos y asignando esos recursos, como parte de un programa a fa- vor de los asalariados. Esta es la tarea histórica que tienen por delante los tra- bajadores y la izquierda.
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dialéktica
Revista de Filosofía y Teoría Social
“EEAMIÏWIA
Revista de debate y crítico marxista
22 Mayo de 2005
Tiempos del Presente Horarios del Pasado
esde hace un largo y y l
cuarto de siglo un I
nuevo fantasma recorre el mundo: “chómeurs” en Fran- cia; “unemployed” en los pa- íses de habla anglosajona; “parados” en España; “di- soccupati” en Italia; “Arbeitslo- se” en Alemania; “desempregados” en los países de habla portuguesa; “deso- cupados” en nuestra América latina.
Son algunas de las distintas ex- presiones idiomáticas para nombrar la desocupación masiva. Ese produc- to del capital en su fase neoliberal, que excluye de la producción y del consumo a millones de hombres y mujeres en todo el mundo.
Esta realidad encuentra su con- traste en la existencia de millones de esos hombres y mujeres que solo vi- ven de su trabajo, que se ven obliga- dos a extender su jornada a 45, 50, 60.. horas semanales.
El desempleo estructural de larga duración convive con la sobreocu- pación horaria.
Esta coincidencia es pro-
ducto de la lógica de la acu- mulación y reproducción de
capitales en este período his- tórico: a la par que expulsa masivamente fuerza de tra- bajo del mercado, tiende a sobreexplotar a los que per- manecen en él.
El capital se muestra así como un propietario insaciable del tiempo ajeno.
Yes que no puede resolver la cri- sis (su crisis) y crear empleo al mis- mo tiempo; no puede crear empleo y al unísono controlar la inflación. Por el contrario, para él toda salida de la crisis conlleva fuertes incre- mentos de la productividad, y la in- novación tecnológica no es sufi- ciente.
Esto es lo que explica que en es- tos tiempo, el 80% de los nuevos puestos de trabajo creados en el mundo lo son en el sector informal, porque es allí, en el marco de la des- protección, que se extienden inde-
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finidamente las jornadas, se expan- de la precariedad, se anulan los de- rechos sindicales y se baja el piso material en que viven y reproducen su existencia las masas asalariadas.
Es esta dramática realidad la que ha vuelto a colocar la Reducción del Tiempo de Trabajo (RTT) en los de- bates políticos contemporáneos. Para generar nuevos empleos pero también para que el mundo del trabajo se rea- propie del tiempo de vida que el capi- tal le expropia. Recuperar tiempo pro- pio para recomponerse física y psíqui- camente, pero también para dedicarlo a su vida familiar, a su recreación, a su elevación cultural, y también para la actividad sindical y política, sin la cual no hay ningún cambio posible.
Cuando este número de Cuader- nos del Sur llegue a manos de sus lec- tores se habrá conmemorando un nuevo Día Internacional de los Tra- bajadores, un nuevo aniversario de aquel primer Primero de Mayo, y otra vez el tiempo de trabajo está en el centro de la acumulación capitalista. Que es una forma, como producto de las contradicciones inherentes al sis- tema, de reafirmar la centralidad del trabajo en el mundo del capital.
De ahí que quienes plantean la ne- cesidad de cambiar este estado de co- sas enfrentan nuevos desafíos. Desa- fíos que fueran acertadamente sinte- tizados por Ernesto Herrera en un “dossier” sobre el tema publicado en la revista colega Desde los 4 puntos‘:
¿Cómo reactualizar la cuestión del tiempo de trabajo, de su conteni- do, de su reducción, de su relación compleja con el tiempo libre? ¿Có- mo permitir que el tiempo de trabajo y su organización no sean vividas por los/as asalaridos/as como una fatali- dad, en lugar de como una apuesta?
Como un aporte a estos necesa- rios debates, y como continuidad de los artículos dados a conocer en los números 19, 20 y 29, Cuadernos del Sur publica este “dossier” sobre una cuestión que consideramos central para la reorganización del mundo del trabajo en su confrontación con- tra el capital y el Estado.
EDUARDO LUCITA Mayo 2005.
Notas
1 Desde los 4 puntos, n° 22-23,‘edición especial. Enero/Marzo 2000. México DF.
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Tiempos modernos, horarios antiguosvr
Pietro Basso**
n los países capitalistas más
desarrollados, las empresas se
oponen con vigor a la reduc- ción del horario de trabajo. Por el contrario, una tendencia adquiere un vigor creciente: la extensión del tiempo de trabajo medio de los asa- lariados ocupados, además de la in- tensificación del trabajo y de la varia- bilidad de los horarios. Así pues, es tiempo de tratar de precisar las cau- sas de ese fenómeno que no es de or- den coyuntural.
Explicaciones nulas o insatisfactorias
La doctrina socioeconómica do- minante es, a la vez, incapaz de cum- plir esta investigación y no esta inte- resada en conducirla. Por esa razón, en el conjunto de sus escuelas y de sus diversas corrientes, un axioma se
afirma: en el cuadro de la economía de mercado, los avances de la cien- cia, de la técnica y de la productivi- dad del trabajo deben necesariamen- te transformarse en tiempo libre pa- ra la masa de asalariados. W Grossin afirma, por ejemplo, traduciendo es- ta opinión hegemónica: “A largo pla- zo, los efectos de la tecnología son indiscutibles: ellos se traducen en disminución del tiempo consagrado al trabajo”. A partir de una tal con- vicción, sólo puede resultar la nega- ción o la subvaloración del problema examinado, la prolongación del tiempo de trabajo efectivo.
Esta cuestión es tratada como una anomalía de carácter contingente o, en el mejor de los casos, es abordada de manera parcial. Eso tanto más que en el momento donde la “reina” de las teorías sociales hoy en día, la teo-
* EI artículo fue extraído del libro Tempi modern/L orari antichi. l/ tempo di lavoro a fine se- co/o, Editorial Angeli, Milán, 1998. Traducción del italiano por Emmanuel Mejía para su publi-
cación en Desde los 4 Puntos.
** Profesor del Departamento de Filosofía e Historia dela Ciencia de Ia Université Ca'Fosca-
ri de Venecia, Italia.
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ría económica, está colonizada por el neoliberalismo que ha aplastado el keynesianismo. El neoliberalismo re- presenta la modalidad de la teoría so- cial dominante que llevó a un nivel de radicalidad jamás alcanzado antes la naturalización de la economía de mercado, a saber la transformación de una forma histórica, particular, transitoria, de la organización econó- mica de la sociedad que es el capita- lismo en una entidad meta histórica, descendiendo directamente de la “naturaleza humana”, eterna. Para los profetas neoliberales, el mercado es la solución natural de todos los pro- blemas humanos, económicos y no económicos, en tanto que lo dejemos operar libremente en su espontanei- dad. Si esta condición es respetada, ningún límite está impuesto a la li- bertad individual y al desarrollo so- cial. He ahí porque la sumisión “a las fuerzas impersonales del mercado” (como las califica a justo título Von Hayek) debe ser entera y sin condi- ción, una especie de acto de fe como tal. Para el neoliberalismo, la “libre empresa” es la encarnación visible del mercado. La libertad de mercado, de capital, exige la absoluta libertad de la empresa. Del funcionamiento de esta última surgirán todas las clases de bienes. Por el contrario, de querer colocarla bajo coacción o trabas, re- sultarán todas las desgracias del mun- do. Por ello, no faltan los enemigos de la libertad de la empresa y del mer- cado. Entre ellos, por tontería (en la
medida en que el Mercado es la Ra- zón, y aún algo más) y por inmorali- dad (dando que la M mayúscula de Mercado es por definición ética), po- demos señalar el movimiento obrero con sus programas, sus organizacio- nes y sus sindicatos. Las crisis, el en- deudamiento, el desempleo, la infla- ción y toda otra perturbación de la vi- da social, tales son las plagas que la clase de descreídos asalariados inflige a toda la sociedad y a ella misma cuando bloquea o niega el libre juego de mercado. Y la lista de enemigos de la libertad de mercado no se termina con los asalariados colectivistas. Se extiende a todos aquellos que hacen concesiones al “colectivismo”, aun en el sentido de “la solidaridad”, que, en la opinión neoliberal I burguesa, equivale a un “corporativismo” cie- go. El mercado podría, tal vez, no ser del todo perfecto. Pero toda alternati- va no puede ser otra cosa que fuente de desastre. Es fácil de comprender. en un cuadro teórico tal, cual espacio puede existir no solamente para una discusión sobre el tiempo de trabajo, sobre su peso, su duración, su inten- sidad, pero más en general sobre las condiciones del trabajo asalariado. Para el neoliberalismo, el trabajo asa- lariado, por definición, no puede en- contrar otras dificultades que las que el mismo crea, a partir de sus preten- siones injustificadas e irracionales. Por tanto, si uno quiere verdadera- mente venir en ayuda al trabajo, hay que ayudarlo a liberarse de sus fanta-
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sías enfermizas. He ahí el único y verdadero problema. Después de 20 años, con un éxito indiscutible, las políticas neoliberales se han dedicado alegremente a esta obra “libertadora” gracias a la intensificación de la con- currencia entre las empresas, entre las naciones, entre el Norte y el Sur del mundo, y entre todos los proleta- rios, esto ha contribuido fuertemente y contribuye a hacer más pesado y alargar el horario de trabajo. Mañana esto conducirá a formas de concu- rrencia intercapitalistas todavía más sangrientas. Para el neoliberalismo, libertad de mercado, libertad de las empresas, libertad y bienestar de la sociedad, y por tanto también de los asalariados, representan la misma co- sa. Ellos son los eslabones de la mis- ma cadena. El mejoramiento de las condiciones de trabajo no puede ser sino que el resultado exclusivo de la sumisión total de los trabajadores al mercado y a la empresa. Esta sumi- sión puede ser adquirida con su acuerdo o, si no es el caso, con la vio- lencia y sin ninguna vacilación. N o es por casualidad si la primera aplica- ción integral de las teorías neolibera- les ha sido puesta en práctica en el Chile de Pinochet. El productor y re- alizador de esta (verdadera) “película de horror” fue el supercapitalismo norteamericano. y entre las primeras consecuencias materiales de esa polí- tica. se tiene la “precariedad y la ines- tabilidad de los recursos laborales” y los “aumentosdesproporcionados de
los ritmos de trabajo del trabajo pues- to en condiciones de inseguridad In- dustrial mas grande”. Un enfoque como éste no puede permitir enton- ces la clarificación del problema que exploramos. La naturalización del mercado conduce a minimizar las contradicciones vividas por los traba- jadores. Para el neoliberalismo. es na- tural que la. “libre empresa” y el “or- den concurrencial” aumenten al infi- nito las condiciones de vida de toda la sociedad “abierta” y del conjunto de sus miembros. Incluso-los trabajado- res. Es además natural que. según da- tos coyunturales, esas condiciones y antes de todo aquellas del trabajo, pueden empeorarse, ciertamente por causas exógenas al mercado. En uno y otro caso, la conservación de los ho- rarios o la intensificación y alarga- miento del tiempo de trabajo repre- sentan un problema que debe resol- verse por sí mismo, dejando o devol- viendo plena libertad al mercado. N o hay que preocuparse de eso. La lucha para la disminución del tiempo de trabajo sería aun completamente contraproductiva, además de ser con- traria a los “imperativos morales” del mercado. Esa actitud antiobrera del neoliberalismo se arraiga en una larga tradición de la economía política. El mensaje es unívoco y perfecto desde la oposición de los “filántropos” manchesterianos Cobden y Bright a la introducción en 1847 de la ley so- bre las diez horas, vía la hostilidad rencorosa de Marshall acerca de los
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obreros de la metalurgia en lucha por las ocho horas, hasta las lecciones de 1933 dadas por L. Einaudi a Agnelli
padre, sobre el carácter desastroso de .
la reducción general del tiempo de trabajo. Las cosas no cambian mucho cuando se consideran las “ideas” de Keynes y del keynesiamsmo cuya confianza en el sistema de la econo- mía de mercado no es, en última ins- tancia, inferior a aquella manifestada por el neoliberalismo. El problema “de las necesidades y de la miseria”, de la “lucha económica entre las cla- ses y los países” no es, según Keynes, otra cosa que una desgracia acciden- tal cuya solución definitiva está al al- cance del capitalismo a condición que ese último se dé una mejor orga- nización. Por lo de la reducción del tiempo de trabajo, y Keynes no es ciertamente un paladín de ésta, él no encuentra ningún obstáculo estruc- tural en contra de este objetivo en las reglas de funcionamiento de la eco- nomía de mercado. A largo plazo, el único impedimento serio a una re- ducción drástica del tiempo de traba- jo y a su redistribución igualitaria (“los equipos de tres horas de trabajo por día y de quince horas por sema- na”) sería, según él, el desorden psi- cológico. La obstrucción no vendría del capital pero de “nosotros”, de to- dos nosotros, viejo Adán patológica- mente ligado a su sobredosis de can- sancio que habría que reeducar, de- sintoxicar de esa dependencia enfer- miza al trabajo a fin de aprender a go-
zar de la “felicidad económica gene- ral’. La reducción general del tiempo de trabajo llega a ser así una cuestión esencialmente psicopedagógica. Sin embargo, Keynes es capaz de antici- par la posibilidad real de una dismi- nución muy fuerte del tiempo de tra- bajo sobre la base de la evolución ex- traordinaria de la técnica. Pero lo ha- ce al precio de una abstracción que se revela fatal: a saber aquella del uso ca- pitalista imperativo de un tal avance técnico en el marco del capitalismo, y es ¡el factor fundamental que impide que esa posibilidad real se realice. Nuestros “nietos” de 1930, aquellos que Keynes tranquiliza, tienen ahora el cabello blanco. Y no han podido entrever, ni con un telescopio la tie- rra prometida de las tres horas de tra- bajo diario. Es entonces que para nuestros nietos de los años 70 y 80 una nueva promesa tranquilizadora, ciertamente un poco menos asegura- dora, nos llega gracias a Paul Samuel son: “históricamente las horas de tra- bajo se han progresivamente reduci- do como lo hemos ya dicho. En la in- dustria americana el trabajo del sába- do llegará a ser indiscutiblemente de más en más este caso. Probablemente habrá una ten- dencia a aumentar las vacaciones pa- gadas. N o porque las vacaciones tie- nen por efecto de aumentar la pro- ductividad de los trabajadores, sino porque las vacaciones de invierno o de verano procuran la alegría a aque- llos que se benefician de estas. Una
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de las vías elegidas para gozar de los frutos del progreso tecnológico con- sistirá, probablemente, a despejar un tiempo libre más grande. Segura- mente nuestros nietos preferirán te- ner una semana de trabajo todavía más corta: pero eso reflejará una elección y no una necesidad”.
Esas cuantas líneas oscilando en- tre lo incierto y lo probable constitu- yen un ensayo de “ciencia social al estado puro”. Todo está indetermi- nado o inexacto. ¿A partir de qué mecanismo, de cuáles fuerzas socia- les y en cuáles circunstancias las ho- ras de trabajo “han sido progresiva- mente reducidas” a lo largo de este siglo? En realidad, en los Estados Unidos de la posguerra las horas de trabajo no han disminuido. El traba- jo del sábado no ha llegado a ser más escaso. El número de los días medios de vacaciones no ha crecido ya sea en invierno'o en verano. ‘
Desde entonces, ¿a qué puede significar el hecho que nuestros nie- tos “elegirán” una semana de trabajo acortada (ya no se trata de la jornada muy breve: hay que llamar la aten- ción sobre la manera en la cual ha si- do redimensionada la promesa de Keynes)? ¿Significa eso que aquellos que lo‘ “desearán” podrán tener de- recho al trabajo a tiempo parcial con un salario i - lmente parcial? He ahí la moler-3€ improbable “reduc- ción” del tiempo de trabajo. Todo queda en lo. indeterminado y es inú- til ir en busca de respuestas menos
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fugaces. Basta saber que en el futuro vamos a trabajar menos que actual- mente.
Ciertamente incluso probable- mente. Una gran parte de los “ex- pertos” contemporáneos en cuanto al tiempo de trabajo, ante todo si son sociólogos, desarrollan un optimis- mo llegando hasta el descuido y, al mismo tiempo, una capacidad no in- ferior a la de Samuelson, de escapar al núcleo duro de la cuestión del tiempo de trabajo. Tomemos, por ejemplo, un R. Sue (pero para limi- tarse a Francia podríamos tomar un Aznar o un Gorz, el resultado no cambiaría mucho). Este último está convencido que ya hemos entrado en la época donde “el tiempo libre ha llegado a ser, y de mucho, el nuevo tiempo dominante” de la existencia humana. Pero no queremos todavía darnos cuenta de eso. Según él la contradicción frente a la cual nos en- contramos es de orden cultural. Só- lo un reflejo condicionado de tipo conservador hace que “la sociedad, en la representación de ella misma, se aferra desesperadamente al orden antiguo”, orden antiguo adentro del cual el trabajo y el tiempo de trabajo se encontraban todavía en el centro.
Sin embargo si la sociedad “pos- industrial” pospone, por causa de su atraso cultural, la perspectiva de ya no deber trabajar penosamente, ella pue- de y debe desprenderse de sus obse- siones laborales gracias a una opera- ción adecuada de orden visionga'io.
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Un nuevo paradigma cultural: he ahí entonces donde se encuentra la llave del cambio y hay que añadir a esto una política de promoción de los sectores que demuestran “utilidad social”. Sue y los sociólogos mencionados previa- mente, no toman en consideración que la economía de mercado no pue- de absolutamente dejar de tomar el tiempo de trabajo inmediato como “la medida de todas las cosas” aún cuan- do tal medida ha llegado a ser real- mente obsoleta en el plano histórico; esa economía no puede hacerlo por razones orgánicas a su ser social y no por cualquier retraso mental supera- ble gracias a una posmodernización integrada cerebralmente. La ley de la “utilidad” que reina en la Sociedad ac- tual y explica incluso el desarrollo del sector llamado cuaternario es la de la utilidad privada de la acumulación de los capitales. Con Sue reencontramos todo un espectro de sociólogos e inte- lectuales.
La economista americana j.B. Schor toma sus distancias con este conjunto de ilusionistas y escamote- adores. Ella percibe el problema en toda su gravedad y sabe reconocer que las resistencias a la reducción'de los horarios de trabajo vienen de los empresarios y no de los trabajadores americanos quienes, en una muy amplia mayoría, están a favor de la reducción del tiempo de trabajo.
Para Schor la oposición de los in- dustriales no parece ser debida a su falta de confianza en las relaciones
con los trabajadores (lo que queda como un factor de orden exclusiva- mente psicológico) o a la exigüidad de sus vistas (todavía un factor cul- tural) o al hecho de haber olvidado (¿es un déficit de conciencia históri- ca?) que “cada vez que la jornada la- boral ha sido reducida, primero a diez después a ocho horas, la pro- ductividad del trabajo ha aumenta- do”. Al contrario, las actitudes cultu- rales o psicológicas de los propieta- rios y gerentes del capital no salen de ninguna parte de sus cajas cráneanas más o menos estrechas.
Ellas son el producto de las rela- ciones de producción en vigor y de la concurrencia entre capitales.
Si unos y otros rechazan nuevas reducciones de los horarios de traba- jo con tanta determinación es por- que, cifras en mano, ellos temen de no poder compensarlas con nuevos aumentos de productividad permi- tiendo mantener, por lo menos, in- tacto el nivel de las ganancias. j. B. Schor en verdad no evita de cuestio- narse sobre el fundamento estructu- ral “de los horarios prolongados”. Ella cree poder remitirlo a la com- pulsión estructural, a la consuma- ción. Pero el origen mismo de tal compulsión debe ser explicado. Es aquí que se termina el análisis crítico de la investigadora americana. A pe- sar de todo, ella no logra desligarse de la lógica de la economía neoclási- ca que ha rechazado de su campo de análisis la fase de producción.
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Ella termina así pOr situar la causa del alargamiento del horario de tra- bajo al exterior del modo de produc- ción de las mercancías. Ella las sitúa en “la manía irracional consumista” cuya racionalidad le escapa en tanto que necesidad tanto para el proceso de acumulación como para la estabi- lidad social del capitalismo tardío. Hay que reconocerle, sin embargo, a diferencia de tantos otros autores, de haber entendido que la resistencia a la reducción del tiempo de trabajo no proviene indistintamente de toda la sociedad.
Pero proviene de una parte social bien determinada: la clase capitalista. En efecto, esa última, en todo el oc- cidente, hace llamamiento, para jus- tificarse, a la concurrencia, a las co- acciones que la concurrencia inter- nacional sobre un mercado ahora unificado ejerce también sobre los países más desarrollados. Su oposi- ción a la disminución del tiempo de trabajo, incluso solamente a las 35 horas semanales, sea en Francia o en Italia o en cualquier otro lugar, es más determinada que nunca.
Palabras claras, razones oscuras
Debemos a un portavoz de pri- mer plano de la patronal italiana la explicación más clara del carácter en nada fortuito de esta oposición. La cita de un artículo titulado “Las 35 horas anti-históricas” es un poco lar- ga pero muy interesante: “En el de-
bate sobre la reducción del horario semanal legal a 35 horas, la afirma- ción más estúpida que ha sido elabo- rada es que la reducción del horario de trabajo sería una tendencia histó- rica irresistible que no valdría la pe- na contrarrestar. Al contrario, es exactamente porque fue una ten- dencia histórica que ese último tien- de finalmente a ser frenado y a parar- se completamente. En realidad, un proceso de reducción tiene eviden- temente en sí sus límites, represen- tados por la semana de trabajo a 0 horas. Creo que nadie puede pensar que sea posible que todos los traba- jadores llegan a ser rentistas que ga- nan sin trabajar. Ymás que nunca no es posible creer que se puede traba- jar por término medio O horas. Desde entonces hay, por tanto, un límite absoluto que nunca alcan- zaremos. Eso significa que el llama- do tren histórico de la reducción del horario de trabajo (legal y de facto) está destinado a pararse. ¿Hasta cuándo? Es dificil decirlo. Pero es seguro que antes de acabarse el pro- ceso de reducción del horario de tra- bajo tendrá que ir más despacio: eso significa, por ejemplo, quesi ha ne- cesitado 40 años para pasar de las 48 horas semanales a las 40 horas, la transición de 40 a 35 horas exigirá mucho más tiempo, tal vez 80 o 100 años. Desde entonces aquellos que prestan una atención a los procesos históricos y que afirman que la re- ducción del horario de trabajo es un
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tren histórico, deberían decir que desde ahora nos encontramos no le- jos del límite inferior y que cada re- ducción será un proceso muy lento.” I-Iay que felicitar fuertemente a este portavoz de la asociación patronal italiana por la claridad de su discurso (aparecido en el Il sole-24 ore que quiere compararse al Financial Times italiano). Seguramente su “argu- mento histórico” no vale casi nada. En efecto, si cada tendencia histórica debería, de manera imperativa, pro- bar su realidad. pararse a la mitad de la pierna como los pantalones de un payaso, entonces, la historia estaría llena de tendencias anti-históricas y sería urgente ponerse a trabajar para revisar el concepto mismo de histo- ria. ¿Qué decir, por ejemplo de la tendencia a la decadencia del impe- rio romano que, en lugar de acabar con Diocesiano (sus 35 horas) no ha querido escuchar razón hasta que llega a su punto cero (con Rómulus Agustinus)? ¿Y qué hacer con la ten- dencia a la decadencia del feudalis- mo que hubiera debido, tal vez, aca- bar la reforma, la primera de las gue- rras civiles teniendo un segundo pla- no burgués-popular, pero que no lo ha hecho y que ciertamente de ma- nera muy lenta durante un cierto pe- ríodo luego de repente ha logrado su punto cero con dos siglos de revolu- ciones burguesas? “El argumento histórico” utilizado aquí tiene verda- deramente una fuerza cero.
A pesar de eso. en los dichos del
representante patronal hay un senti- do agudo de la realidad. A diferencia de una gran parte de los “investiga- dores” especialistas que se adoran la píldora (no hacen nada), él sabe que la tendencia histórica a la reducción del tiempo de trabajo, en el marco del capitalismo, se ha parado progre- sivamente. No le pedimos, eso no nos interesa, de estar de acuerdo con nuestro análisis. Tomamos acto que, debiendo enfrentarse a cosas prácti- cas, él va directamente al objetivo y lo proclama claramente: para reducir el horario semanal. aun de 40 a 35 horas, se necesitará, si todo va bien, 80 a 100 años. Los empresarios del mundo occidental entero están de acuerdo. Los del Tercer Mundo po- drían hacerlo a condición de añadir un otro cero: 800 a 1000 años. He ahí una claridad admirable. Una vez dejado a parte del argumento histó- rico de los más estúpidos, ¿cuáles son las causas de esa situación? Acer- ca de esto no hay sino un hallazgo. Los trabajadores no pueden pensar en vivir sin trabajar, como lo hacen los propietarios de los medios de producción y los apóstoles de la pro- piedad privada.
Ellos no pueden pensar en trans- formarse en rentistas porque rentis- tas hay ya en abundancia y es precisa- mente el trabajo de los asalariados el que debe mantenerlos. I-Iasta aquí la claridad permanece. Ella falta para lo que sigue. Una segunda cita nos acla- ra: “En particular [sigue nuestro re-
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presentante patronal] siempre reto- mando la observación “histórica”, la reducción del horario de trabajo me- dio y legal ha intervenido cada vez que se observaba un fuerte aumento del capital por persona empleada o, en otro término, una sustitución del trabajo por el capital. Esta sustitución ha permitido aumentar la productivi- dad del trabajo, permitiendo atenuar los costos implicados por la reduc- ción del horario de trabajo. Hoy no estamos más en esta situación. N ues'- tro mercado de trabajo está entre lo mas rígidos del mundo y el progreso técnico no genera un fuerte creci- miento, que sí reduce el número de puestos de trabajo”. En esta afirma- ción ni un sólo término ocupa su lu- gar correcto. Entre 1917 y 1919, o en 1968-69, los dos períodos de este si- glo donde se ha concentrado la re- ducción del horario de trabajo (en Italia), estas reducciones son el pro- ducto de la lucha de clases obreras. En ninguno de esos dos casos es el producto de un fuerte aumento del capital por persona empleada. En el primer caso, más precisamente, se había salido apenas de una gran des- trucción de capital y de “empleados” [Primera Guerra Mundial]. Es ver- dad que inversamente, la reducción del tiempo de trabajo estimula (lo que ha pasado a lo largo del siglo 70X con la introducción de las 12 y luego 10 horas diarias) una reacción de las empresas para recuperar, gracias a un crecimientode la productividad y de
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la intensidad del trabaja, los márge- nes de ganancias que han sido perdi- dos con la reducción del tiempo de trabajo, del sobretrabajo.
El aumento del capital fijo por persona empleada es, desde enton- ces. más una consecuencia que una causa de la reducción del tiempo de trabajo. En todos los casos, si el au- mento del capital fijo hubiera sido verdaderamente la causa primera y automática de la reducción del tiem- po de trabajo, no se lograría enten- der porque la reducción del tiempo de trabajo se ha parado cuando el ca- pital fijo continúa, al contrario, cre- ciendo sin pausa. Segundo aspecto de la cuestión.
Sobre el plano empírico. es exac- to que el progreso técnico no crea “más” un fuerte crecimiento ni en el plano económico en general ni en el plano del empleo. Pero eso se pro- duce en todos lados al menos que hagamos llamamientos a manipula- ciones estadísticas. Después de 1974, la tasa de crecimiento de la economía ha caído en el occidente entero. Sería un poquito ilusorio imputar un fenómeno internacional de tal alcance a la rigidez del merca- do de trabajo italiano. Hay que bus- car otras razones de orden general para ese proceso. Además, es total- mente falso creer que la única posi- bilidad de reducir los horarios de trabajo reside en la flexibilidad, por- que ella sola permitiría tasas de desa- rrollo más elevado. Los dos países
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del occidente donde la flexibilidad es más elevada, Estados Unidos y Gran Bretaña, son aquellos donde el hora- rio de trabajo aumenta más. En esos países nos encontramos el nivel de los horarios de los años 20, con 44 horas en Estados Unidos (45 en el sector de la metalurgia) y 44,4 ofi- cialmente en Gran Bretaña.
A tal punto que la propaganda pa- tronal ha ido hasta construir un slo- gan: “Trabajar más para trabajar to- dos”. Una sola constatación desde en- tonces queda válida: el progreso técni- co ya no permite, en el marco del sis- tema social actual, ni un aumento del empleo, ni una reducción de horario. No nos fueron dadas explicaciones sobre cuales son las razones de esa ré- plica mordaz de la historia a las pro- mesas de la economía política y de la economía de mercado. ¿Cómo enten- der que en la época donde el progreso técnico conoce una extraordinaria aceleración, que el tren histórico de la reducción de los horarios de trabajo se bloquea y, en más de un pais, todavía se invierte? ¿Cuáles son las razones de las empresas de no poner en práctica una disminución de los costos parale- lamente ala reducción de los horarios de trabajo? Esa combinación fue lar- gamente practicada, aún cuando ella implicó rudos conflictos de clases en la mitad del sigloXIX. Lo fue todavía a través de enfrentamientos sociales aún
más agudos, en la época del primer taylorismo. Finalmente, se ha puesto también en lugar durante la última fa- se del ciclo de desarrollo de la posgue- rra. ¿Por qué se encuentra hoy tan ca- tegóricamente. excluida como solu- ción general? El pensamiento socioe- COnómico dominante no puede dar una respuesta convincente a esas pre- guntas y en la mayoría de los casos no se muestra capaz de plantearlas.
Eso en la medida en que se recha- za a tomar los mecanismos capitalis- tas, el sistema social de producción capitalista, por lo que es realmente. Incluso cuando este pensamiento ha- ce referencia a leyes que regulan los movimientos del capital y no esconde que se trata de verdaderas y efectivas leyes. Esas últimas están considera- das como leyes de precios, de sala- rios, del consumo individual, de la circulación monetaria, o de la concu- rrencia entre empresas, pero nunca como leyes reguladoras de las rela- ciones sociales específic-as que conec- tan capital y trabajo, como leyes del modo de producción capitalista. En realidad es a este tipo de relaciones y a este nivel que hay que plantear la pregunta para explicar de manera adecuada el enigma de un tiempo de trabajo que ya no puede reducirse de manera sustancial, que muchas veces se alarga. a pesar de la nueva revolu- ción técnica en pleno desarrollo.
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Para continuar las 35 horas
Michel Husson**
a ofensiva neoliberal reabrió
el debate sobre las 35 horas,
mientras que el desempleo se consolida. Es tiempo de volver sobre el balance de las 35 horas, y volver a fundamentar esta reivindicación esencial. Este es el objetivo de este artículo].
¡Y sin embargo baja !
Más allá de lo que se piense res- pecto de las virtudes o no de la re- ducción del tiempo de trabajo (RTT), hay que constatar que la du- ración del trabajo no deja de bajar (ver gráfico). La duración anual del trabajo, calculada entre tiempo par- cial y tiempo completo, era de 1540 horas en 2002 contra cerca de 2000 a comienzos de los años 60. La cues- tión, entonces, no es tanto saber si la duración del trabajo debe o no bajar, sino según qué modalidades. En
efecto, no existe solamente la baja de la duración semanal, sino también el desempleo, el tiempo parcial, el acortamiento de la vida activa, y las vacaciones pagas. Cuando se pasa de una situación e-n que todo el mundo trabaja 40 horas a una situación en que el 90% de las personas trabaja 40 horas y el restante 10% no, por estar desocupado, ise trata también es una manera de reducir la duración del trabajo!
Para apreciar el tamaño de este efecto se puede calcular una “dura- ción del trabajo de pleno empleo”, re- lacionando la cantidad de horas traba- jadas con la población activa (activos empleados más desocupados), más bien que únicamente con los efectiva- mente empleados. Se percibe enton- ces que esta curva baja de manera aún más nítida que la del tiempo de traba-
. jo efectivo (ver gráfico). La diferencia
* Título original en francés: "Pour continuer les 35 heures”, publicado en Critique Communiste No. 173, verano de 2004. Traducción al castellano por Rossana Cortez, revisa-
da por Katharina Zinsmeister.
** Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IRES), Francia.
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entre ambas se corresponde de mane- ra aritmética con la tasa de desempleo y establece muy claramente el vínculo existente entre ambas: el aumento de la tasa de desempleo equivale exacta- mente a una reducción demasiado lenta del tiempo de trabajo.
Los liberales se escandalizan con tales reglas de tres y las rechazan por postular que éste se pueda razonar re- terisparibus. Tienen razón: algo tendría que haberse modificado si se hubiera querido conservar la tasa de desem- pleo de los años 60, cercana al pleno empleo. Pero esto es justamente lo que buscan presentar como intangi- ble, a saber, el irresistible aumento de las rentas financieras, que es la otra faz del ascenso del desempleoz.
La periodización, sin embargo, hace aparecer un desfasaje importan- te. Es en realidad en el curso de la dé- cada del 70, bajo efecto de la crisis, que se profundizó la diferencia de tal suerte que la tasa de desempleo ha pasado de un poco más de 2% al 10%, mientras que la participación salarial aumentaba. El giro neoliberal de co- mienzos de los años 80 enseguida aprovechó la persistencia de esta tasa de desempleo elevada para inicidir negativamente sobre la distribución de la riqueza, haciendo retroceder la participación salarial. Esto quiere de- cir que existe una relación estrecha entre desempleo, duración del traba- jo y distribución de la riqueza. Los neoliberales tienen razón al menos en este punto: no se puede tocar nin-
guno de esos elementos sin tocar los otros. Toda política de lucha contra el desempleo pasa entonces por alcan- zar el potencial de reducción del tiempo de trabajo correspondiente a las ganancias de productividad y por una reducción concomitante de la participación en la riqueza que co- rresponden a las rentas financieras.
Aún si se deja de lado el desem- pleo, la reducción del tiempo de tra- bajo no ha seguido un curso armo- nioso. El periodo que va de la transi- ción a las 39 horas en 1982 al pasaje a las 35 horas a partir de 1997 está marcado por un estancamiento casi perfecto del tiempo de trabajo sema- nal. La baja constatada en relación al conjunto de los empleos correspon- de entonces a la progresión del tiem- po parcial que impone a una fracción de la población no trabajar más que 20 horas. Para resumir: el 10% de la población activa está desempleada, el 15% a tiempo parcial mayoritaria- mente por obligación, y sin duda al menos el 10% en situación de su- bempleo, lo que revela los impactos sobre el mercado del trabajo en cada fase de reactivación de la actividad. )Ver gráfico).
El área gris superior visualiza la contribución creciente del tiempo parcial a la reducción de la duración promedio del trabajo, sobre todo en- tre 1990 y 1998. El área gris inferior representa el efecto sobre el desem- pleo de la diferencia entre duración promedio y duración de pleno em-
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La duración anual promedio del trabajo en Francia (1960-2002)
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Guía de lectura: EI gráfico presenta la evolución de tres mediciones de Ia duración anual del trabajo. La duración a tiempo completo calcula una duración promedio solamente para los asa- lariados a tiempo completo. La duración promedio concierne al conjunto de los asalariados, a tiempo completo o parcial. La duración de pleno empleo es la que habria permitido, gracias a contrataciones proporcionales, mantener una tasa de desempleo "friccional" de 2%.
pleo, que se vuelve a encontrar sobre la curva de la tasa de desempleo. Vemos así como el modelo neoli- beral reduce la duración du trabajo: de manera discriminatoria y desi- gual. Una reducción uniforme del tiempo de trabajo (“trabajar menos para trabajar todas y todos”) por el contrario tendría como efecto repar- tir equitativamente las ganancias de productividad, actualmente confis- cadas por los “rentistas”. Sus ingre-
sos son exactamente el precio del de- sempleo y de la precariedad.
Un balance ambiguo3
Con el informe Novelli sobre las 35 horas, pronto encajonado, la de- recha disparó un tiro por la culata. Su informante ultraliberal se alinea- ba con las tesis patronales para ela- borar un balance apocalíptico“. Ol- vidémonos de esta idea ideológica para tomar un poco de distancia: el
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problema a tratar, y al que todos los economistas deberían dedicarse, es el de saber por qué se han creado dos millones de empleos en Francia en- tre 1997-2001, es decir, tantos como en el curso del cuarto de siglo ante- rior, en resumen ¡un record absolu- to sobre el conjunto del siglo )OC! Cuestión fácil, se dirá, ya que este periodo ha coincidido con un “mo- mento feliz” de crecimiento. Cree- mos que esta respuesta es insuficien- te: se han creado más empleos de lo que se podía esperar, habida cuenta de la Observación de las fases de reac- tivación anteriores. Ningún proble- ma para los neoliberales, que dispo- nen de una explicación que sirve pa- ra todo: este aumento extraordinario de empleos se debería a las políticas de reducción de las cotizaciones so- ciales (las famosas “cargas”), llevada adelante en la primera mitad de los años 90. Pero hay un ligero proble- ma de coherencia en este discurso, porque los neoliberales explican al mismo tiempo que la reducción del tiempo de. trabajo han aumentado monstruosamente los costos salaria- les. Entonces, tendríamos que tener muchos empleos creados hasta 1997, y menos después. Ahora bien, se produjo lo inverso.- Para resolver esta contradicción, sería necesario que los supuestos efectos de la baja del costo de trabajo necesitan un pla- zo extraordinariamente largo (3 o 4 años por lomenos) antes de mani- festarse en las políticas de contrata-
ción. Dicho de otro modo, si los pa- trones han contratado más entre 1997 et 2001, sería por la influencia de las exoneraciones obtenidas algu- nos años antes. Y no se preocuparon para nada de los supuestos aumentos de costo salarial ligados a las 35 ho- ras, que sin embargo pusieron el gri- to en el cielo instantáneamente. Aquí se trata de una fábula grotesca que confirma, si fuera necesario, que la economía dominante no domina a causa de la calidad de sus análisis.
' Sí, la RTT ha creado empleos: 350.000 según la DARES, 400.000 según la CDC, 500.000 según el IRES. Este rango es el resultado convergente de encuestas a empre- sas y de trabajos macroeconómicos, comparando la» evolución del em- pleo con o sin RTT. Y no existe ex- plicación alternativa para la perfor- mance del empleo constatada en la transición a las 35 horas. La verdade- ra cuestión que se plantea entonces sería más bien comprender por qué una reducción del tiempo de trabajo cercana al 10% (de 39 a 35 hora-s) no dio lugar a un número proporcional de contrataciones.
Creyendo fríamente en la evalua- ción de los modelos macroeconómi- cos, en efecto, tendrían que haberse aproximado al 1,5 millón de emple- os. La respuesta a esta pregunta es doble: primero, una parte de los asa- lariados, sobre todo los de las peque- ñas empresas, no ha sido afectada por la medida; en segundo lugar, la
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patronal supo aprovechar la ocasión para “reorganizar” el trabajo según su conveniencia, intensificándolo, anualizándolo, en resumen, flexibi- lizándolo. El resultado se lee clara- mente en las estadísticas: la transi- ción a las 35 horas fue acompañada por un verdadero salto en la produc- tividad horaria del trabajo, y por otra parte, es por eso que el costo del tra- bajo por unidad producida perma- neció más o menos constante.
Estos dos efectos (restricción del ámbito de la medida e intensifica- ción del trabajo) explican a grosso mo- do la diferencia entre el millón y me- dio de empleos potenciales, y el me- dio millón efectivamente constata- do. Pero es necesario ver bien que esta diferencia proviene de las mo- dalidades concretas de la transición a las 35 horas que resultan a fin de cuentas elecciones políticas precisas: la de la ley Aubry 2 de desvincular la reducción de las cotizaciones de cualquier exigencia de creación de empleos; y la de Elisabeth Guigou de dejar la aplicación de las 35 horas a las pequeñas empresas para las ca- lendas griegas.
No hay que tirar el niño con el baño, aún cuando el balance sea de- cepcionante. Ahora se conocen los grandes ejes de fractura: muy grose- ramente, podría decirse que las mu- jeres y los obreros fueron los perde- dores en el asunto. En el caso de los obreros, el efecto principal es la pér- dida de salario ligada a la desapari-
ción de las horas extras: el salario de base se ha mantenido más o menos, pero el ingreso de los obreros se fue erosionado por la supresión de horas extras, sobre todo a causa de la anua- lización, y por la reducción del so- bre-salario asociado a las horas ex- tras. La lección para'sacar de esto es clara: toda política de RTT progre- sista debería anticipar este efecto contrario y acompañarse con una re- valorización de los salarios más ba- jos. Las mujeres fueron desfavoreci- das de varias maneras. La transición a las 35 horas no ha permitido reab- sorber las situaciones de tiempo par- cial más o menos obligadas que se imponen a un tercio de ellas. Cierta- mente, la participación del trabajo a tiempo parcial ha dejado de aumen- tar e incluso retrocedido ligeramen- te, pero más bien por la desacelera- ción de este tipo de contrataciones que por una reconversión. Faltó en- tonces la ocasión para aproximar la situación de las trabajadoras al tiem- po de lo que ellas aspiran: en prome- dio, trabajan 23 horas —o sea dos ter- cios- mientras que desearían traba- jar aproximadamente 32 horas.
Las modalidades de la transición a las 35 horas subrayaron la hipocresía profunda del discurso sobre la “con- ciliación” (entre tiempo de trabajo y vida familiar), independientemente incluso del hecho que esta preocu- pación no solo debería concernir a las mujeres. La flexibilidad crecien- te, posiblitada por las leyes Aubry, en
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efecto, ha aumentado las contradic- ciones entre tiempo de trabajo y tiempos sociales, en el sentido que la modulación de los horarios favorece más o menos sistemáticamente los momentos de la jornada en que las mujeres (habida cuenta de la divi- sión de tareas realmente existente) necesitan más tiempo libre. Y la anualización también ha degradado la situación de las mujeres, al hacer los ritmos de trabajo aún más irregu- lares e imprevisibles. Finalmente, las mujeres están sobre-representadas en profesiones del sector público, como la salud, en donde la RTT sin creación de empleos ha conducido a una extraordinaria intensificación del trabajo.
Son más bien los mandos medios y superiores, así como los asalariados más calificados de las empresas más dinámicas quienes se han beneficia- do con las modalidades concretas de la transición a las 35 horas. Pero, in- cluso para ellos, el tiempo libre está gangrenado por una carga de trabajo creciente. En muchos casos, los fi- nes de semana se han extendido, pe- ro están “contaminados” por el tra- bajo que se llevan a sus casas.
Esto no impide que en las en- cuestas aparezca una apreciación globalmente positiva de las 35 horas. El 59% de los asalariados implicados en acuerdos de RTT dicen que estos más bien han sido “para mejor”, el 13% más bien “en el sentido de una degradación”, y el 28% considera
que “nada ha cambiado”. Un tercio de los asalariados estima que la con- ciliación entre vida profesional y vi- da familiar se ha mejorado gracias a la RTT, pero la misma ha hecho po- ca mella en la división tradicional de roles y transformado pocolas prácti- cas de ocio y el uso del tiempo5.
Es esta ambivalencia la que per- mite comprender que incluso orga- nisaciones muy escépticas con res- pecto a las 35 horas, inclusive hosti- les como Force Ouurie're (FO), las consideran hoy como una conquista a defender contra el espíritu de re- vancha de la patronal. Lo que se des- taca de este rápido cuadro, es en todo caso el formidable estallido de situa- ciones, en donde lo mejor raya con lo peor, y que explica el balance tan contrastante que hacen de ellas los asalariados. Para revalorizar la rei- vindicación de RTT, hay que revisar en detalle sobre los puntos que no han sido suficientemente destacados por sus defensores.
Productividad horaria e intensificación del trabajo
La productividad horaria del. tra- bajo en el sector privado progresó bruscamente alrededor del 5% en el momento de la transición a las 35 horas. Para una reducción del tiem- po de trabajo de menos de 10% (te- niendo en cuenta su ámbito de apli- cación), es considerable. Es la medi- da exacta de la intensificación del trabajo permitida par las modalida-
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des laxas de las leyes Aubry. En efec- to, una contratación exactamente compensatoria significaría que el 10% de reducción del tiempo de tra- bajo diera lugar a un 10% de crea- ción de empleos. Como la producti- vidad du trabajo se calcula dividien- do el volumen de producción (o de actividad) por el número de horas de trabajo, se constata que en este caso particular, esta no debe modificarse. En el caso exactamente inverso de una ausencia total de compensación, este mismo volumen de producción es realizado por el mismo número de personas que hacen entonces el mismo trabajo en un tiempo reduci- do. La productividad horaria au- menta entonces en la misma propor- ción que la reducción del tiempo de trabajo.
En la práctica, se ha cortado la manzana en dos: enel mejor de los casos, se puede estimar que los efec- tos de la reducción del tiempo de trabajo se han repartido más o me- nos en la misma proporción entre creación de empleos nuevos e inten- sificación del trabajo. Los datos dis- ponibles permiten incluso adelantar que se está más cerca de un reparto entre dos tercios de intensificación del trabajo y un tercio de creación de empleos. Hay que destacar que no se está lejos de la cifra fatídica de 5,1% de productividad horaria que la pa- tronal se había apresurado a calcular en el momento de la ley Aubry 1 que condicionaba las ayudas a la creación
de 6% de empleos en caso de la tran- sición alas 35 horas (ver recuadro).
Pequeña aritmética de la
productividad
La manera en que se obtiene la ci- fra raramente precisa de 5,1% de productividad ilustra el impacto de los dispositivos legislativos. Se la cal- cula de la siguiente manera: —pasar de 39 a 35 horas reduce la
duración del trabajo en una pro-
porción de 35/39;
—para tener derecho a las ayudas, era necesario crear 6% de emple- os, o sea multiplicar los efectivos según un coeficiente de 1,06;
—la productividad horaria induci- da se deduce al comparar la pro- gresión de la duración del traba- jo y la de los efectivos suficiente para tener derecho a las ayudas, de allí el coeficiente multiplica- dor de 1.051 que se obtiene así: 1,051 = 1/[(35/39)* 1,06].
Este salto de la productividad ho- raria reduce a nada los lamentos pa- tronales sobre el encarecimiento in- soportable del “costo del trabajo” que habría provocado la RTT. Cierta- mente, el salario horario ha aumenta- do, pero esta progresión fue más o menos compensada por la de la pro- ductividad horaria. La participación de los salarios en el valor agregado de las empresas es una buena medida del costo salarial unitario. Ahora bien, si bien ha dejado de bajar, no ha regis- trado más que un muy ligero avance,
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por otra parte muy favorable al dina- mismo del mercado interno. Las ci- fras extravagantes adelantadas por la patronal solo tienen valor retórico. Enmascaran apenas la gran dificultad de los liberales para explicar las crea- ciones de empleo entre 1997 y 2001, y revelan su negativa a considerar el mantenimiento de la participación de los salarios como un “compromiso” aceptable.
Los ejes de una nueva alianza
Esta constatación subraya la su- bestimación de los efectos de la or- ganización del trabajo sobre el em- pleo. Los partidarios de una versión radical de la RTT adelantaban co- rrectamente dos claúsulas esenciales desde su punto de vista: “sin pérdida de salario” por un lado, “con contra- taciones proporcionales” por otro. Pero en la práctica, es sobre todo la primera la que ha sido debatida y ha servido de delimitación eficaz con proyectos de “reparto del trabajo” que aceptaban (inclusive reivindica- ban) una reducción compensatoria de los salarios. .
Desde el punto de vista del efecto sobre el empleo, sin embargo es la segunda claúsula la más decisiva. Exigir “contrataciones proporciona- les” es exactamente lo mismo como rechazar toda intensificación del tra- bajo, de manera de no degradar la si- tuación de los asalariados en un te- rreno al menos tan importante como su poder adquisitivo, mientras se
maximiza el efecto de la RTT sobre el empleo. Esta subestimación pro- viene de insuficiencias simétricas del movimiento sindical y del movi- miento social.
El movimiento sindical estaba polarizado entre dos tradiciones, de las cuales ninguna estaba en condi- ciones de elaborar una concepción radical coherente de la RTT. Del la- do de la CFDT, la reivindicación de las 35 horas había sido levantada des- de hacía mucho tiempo, pero era in- disociable de la búsqueda de un compromiso viable alrededor de un “reparto del trabajo” en el que los asalariados hubieran cambiado po- der adquisitivo contra una RTT combinada con creación de emple- os. La CGT (así como FO con sus características propias) por lo con- trario estaba marcada por una tradi- ción exclusivamente centrada en-la reivindicación salarial. Detrás de es- ta posición, está el peso de una visión que exalta el trabajo, según una vieja tradición heredada del guesdismo y del stalinismo. El slogan de Cheve- nement (“contra la-semana de cuatro jueves”) y el del PCF a comienzos de los años 90 (“no desvestir a Pierre para vestir a Paul”) resumen bien es- ta desconfianza instintiva contra to- do proyecto de RTTÓ.
Por otra parte, es una verdadera contradicción de la CGT que de larga data ha reivindicado la jubilación a los 60 años, mientras que no decía nada sobre la duración semanal del
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trabajo desde 1982, fecha en la que la duración efectiva del trabajo y su du- ración legal habían convergido alre- dedor de las 39 horas. Reducir la du- ración de vida activa es no obstante una manera de reducir el tiempo de trabajo; los argumentos invocados a su favor, como la penosidad del tra- bajo, también podrían apoyar una reivindicación de reducción semanal.
El movimiento social, en este caso el movimiento de desocupados, estu- vo en su nacimiento asociado a “medi- das de urgencia” referidas a los míni- mos sociales con un objetivo a largo plazo sobre las 35 horas. ¡AC! en un primer momento había llevado ade- lante acciones bautizadas “requisas de empleos” que se unían a ciertas expe- rimentaciones sindicales (como la CGT de Peugeot-Sochaux) tendien- tes a hacer visible la convergencia de intereses de los asalariados y de los de- socupados que hubiera podido reali- zarse alrededor de la idea de RTT. Otrovslogan, “adentro es la desventu- ra, afuera es la miseria”, resumía bien este enfoque. Pero la debilidad del movimiento de desocupados (sin ha- blar del peso de los partidarios del fin del trabajo y del ingreso garantido co- mo única alternativa) lo ha conducido a remediar lo más urgente y a recen- trarse en la defensa de los ingresos de los desocupados, algo que evidente- mente no se le puede reprochar.
Es esta diferencia la que hay que reducir hoy, y esto pasa por la bús- queda de, formas de organización
eficaces. Casi todos los movimientos de desocupados han nacido de una constatación de carencia de los sin- dicatos tradicionales. ¡AC! se definía como un movimiento de lucha con- tra el desempleo más que como una asociación de los desocupados. Diez años después, todavía ocurre dema- siado a menudo según una división del trabajo implícita: los sindicatos se ocupan de los asalariados, y las asociaciones de los desocupados. Es- to es tan cierto que la CGTdesocu- pados trabaja más a menudo con las otras organizaciones de desocupa- dos que no intervienen en un marco interprofesional. Esta situación no es buena y no corresponde a las ne- cesidades de los trabajadores, asala- riados o desocupados. La ofensiva neoliberal por otra parte designa muy precisamente los puntos de convergencia posibles: las modalida- des de la RTT, la indemnización del desempleo, el cuestionamiento del estatuto de asalariado.
Sobre el primer punto, el encajo- namiento del informe N ovelli no de- be ilusionar. La derecha y la patronal están bien decididos a volver sobre las 35 horas, porque éstas se viven- cian como un nuevo obstáculo, insti- tucional e ideológico, a su proyecto de fondo. Asalariados en su puesto y demandantes de empleo tienen en- tonces un interés común en contra- riar ese retroceso y en redefinir un proyecto de RTT renovado, tom-an- do en cuenta los “errores” del pasado.
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La lucha contre la intensificación del trabajo y contra la anualización tiene el doble mérito de detener la degra- dación de las condiciones de trabajo, mientras se ejerce un llamado favora- ble al empleo. El principio de contra- tos proporcionales simboliza este primer punto de encuentro posible. Lo segundo concierne a las políti- cas de desempleo. La concepción ne- oliberal no acomete solamente con- tra los desocupados. Mata dos pájaros con un tiro, lo que una medida como la prima para el empleo resume. bien. Por un lado, se inscribe en la lógica del workfare que consiste en acorralar al desocupado entre la coacción (re- ducción de la indemnización) y la in- citación a aceptar cualquier empleo. Pero no termina aquí: la prima para el empleo ratifica el discurso patronal, afirmando que solo se pueden crear empleos reduciendo las “cargas” o incluso trasladándola al Estado una parte del salario. En base a la escala de salarios, a partir de ahora se puede es- timar en 25% la parte del salario total que es financiada por fondos públi- cos y no por el empleador. Este lími- te del SMIC al que contribuye la ins- titución de RMA apunta a desplazar hacia abajo el conjunto de la escala de salarios. Existe entonces una zona ca- da vez más extendida en la que las medidas de la política de empleo conciernen tanto a la situación de los desocupados como la de los asalaria- dos peor remunerados. Todo esto es evidente y vuelve cada vez más pa-
tente el retraso en las formas de orga- nización de unos y otros.
Desde hace algunos años, la ofen- siva neoliberal se ha ampliado a un cuestionamiento del estatuto de asa- lariado cuyo blanco principal gira en el fondo en torno de la definición de la duración del trabajo. La ambición del MEDEF es hacer desaparecer del código de trabajo la noción de dura- ción de trabajo y confiarla a la nego- ciación contractual “más cerca del te- rreno”7. El ideal de los patrones es no pagarles nada a los asalariados salvo cuando los explotan. Según ellos, la relación salarial ideal es probable- mente la que se desarrolla para el tiempo parcial: fijación de una dura- ción del contrato de trabajo lo más corta posible, y luego su ajuste en función de las necesidades de la em- presa mediante horas complementa- rias no pagadas. En el mismo orden de ideas, lOs despidos se convirtieron en una herramienta de gestión coti- diana de las empresas. Frente a tales prácticas, se desarrollan reflexiones alrededor de lo que la CGT llama “seguridad social profesional”: se tra- ta de concebir un nuevo estatuto del asalariado instituyendo una conti- nuidad de ingreso. Si se toma un po- co de distancia, se percibe que esto remite a extender al conjunto de los asalariados (bajo formas apropiadas) lo que los intermitentes defienden e inventan sobre la marcha. Ahora bien, cada uno trabaja en su lugar. Es- to es absurdo: si se tratase de otras co-
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sas que una vaga retórica (tan vaga a veces que Strauss-Kahn pueda to- marla en cuenta), entonces esta idea necesita ser recogida a la vez por los asalariados y por los desocupados.
Esta sacaría de una elaboración co-
mún una extraordinaria legitimidad.
Brevemente, percibimos bien lo que necesitamos, a saber un proyec- to de sociedad que dejaría de consi- derar al desocupado como-un asisti- do y lo consideraría como un asala- riado dejado de lado y que articularía tres grandes ideas :
—unaRTT correctamente conce- bida como un instrumento de erradicación del desempleo;
-— un proyecto de estatuto del traba- jador que englobaría, sobre el mo- delo de los trabajadores tempora- rios, los tiempos de actividad y de des'empleo;
— un cuerpo de reivindicaciones in- mediatas proponiendo una alter- nativa articulada a la ofensiva ne- oliberal.
La puesta en marcha de este pro- grama se choca con dos obstáculos simétricos: el conservadurismo, que se podría calificar de corporativista, del movimiento sindical (con algu- nas excepciones) y la falta de madu- rez de un movimiento de desocupa- dos, trabajado por las tesis muy des- centradas sobre el ingreso garantido.
El punto de encuentro podría en- contrarse alrededor del proyecto ela- borado por el Colectivo Nacional de los Derechos de las Mujeres que ha-
bía presentado la reivindicación fun- damental de una ley-marco recla- mando 32 horas por semana, con contratos correspondientes, derecho a pasar a tiempo completo en todo momento, prohibición del tiempo parcial impuesto, igualdad salarialS.
La necesidad objetiva de tal re- fundacjón no basta sin embargo para superar los obstáculos. Se necesita otra cosa, a saber iniciativas organi- zativas, tomar parte por ejemplo al- rededor de un proyecto de nuevas bolsas du trabajo (en un tiempo ex- plorado por ¡AC!) que se concibirían como el lugar de confrontación, de elaboración común y de convergen- cia de las luchas. Se podría imaginar a los Estados regionales del empleo reuniendo sindicatos, movimientos de desocupados, etc. alrededor de este proyecto. Después de todo, es este arco de fuerzas el que ha apare- cido en todas las luchas recientes al- rededor de la precariedad.
La centralidad ineludible de una reivindicación
El camino a una “sociedad del tiempo libre” que dé prioridad ala re- ducción del tiempo de trabajo afec- tando las ganancias de productividad no corresponde solamente a un me- dio para reabsorber el desempleo (¡lo que no estaría tan mal!). Este proyec- to permite además afirmar un cierto número de elecciones esenciales a fa- vor de la igualdad y de una cierta for- ma de gratuidad. La RTT aparece en-
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tonCes como la pieza esencial de un proyecto de transformación social, una condición absolutamente nece- saria (pero no suficiente) de su pues- ta en marcha. Además, es el medio de instaurar en Europa una política coo- perativa, a la inversa de la competen- cia de todos contra todos en el seno de “Eurolandia”.
La RTT afirma primero un prin- cipio de igualdad con respecto al pro- greso técnico. Hoy, este es un instru- mento de división de la sociedad: en un polo, se encuentran los que captan las ganancias de productividad a tra- vés de la financierización; en el otro polo, son rechazados los supernume- rarios, excluidos no de la sociedad si- no de la distribución de la riqueza; entre ambos, los asalariados estándar producen las riquezas en condiciones cada vez más duras, y no se benefi- cian del fruto de sus crecientes es- fuerzos. Una sociedad del tiempo li- bre tendría como objetivo reunificar el cuerpo social, reabsorbiendo las rentas y convirtiéndolas en contribu- ción para pagar los empleos creados sobre la base de la RTT. Este proyec- to, al contrario de un proyecto de in- greso garantido, no se basa en la eter- na separación entre los que tienen un empleo y los que el “fin del trabajo” condenaría a estar privado de él.
La RTT permite así superar el de- bate sobre el crecimiento y el produc- tivismo introduciendo una nueva dia- léctica entre tiempo libre y trabajo, en lugar de resignarse a esta separación.
Priorizándose la reducción del tiempo de trabajo, esta sociedad del tiempo li- bre prepara las bases de un nuevo con- tenido de la producción y del consu- mo. El tiempo libre disponible ya no admite como contrapartida una obli- gación creciente al trabajo, y esta libe- ración permite la afirmación de una individualidad no mercantil. Esta transformación de las relaciones entre trabajo y tiempo libre permite por otra parte plantear en otros términos uno de los problemas mayores que tendrí- amos que reglar en las sociedades en- vejecidas. El alargamiento de la dura- ción de la vida activa, hecha posible por la transformación de las “edades de la vida” solo es factible con una condición previa, que es la RTT en la otra dimensión de la vida al trabajo, a saber la duración semanal. Si esta con- dición no se cumple, y si el retorno al pleno empleo no se realiza, el alarga- miento de la duración de la vida activa no podrá'ser otra cosa que un plus de explotación de trabajadores prematu- ramente usados, ya no por fenómenos biológicos mejor dominados, sino por una intensificación del trabajo a lo lar- go de la vida.
La RTT es finalmente el cimiento sobre el que puede edificarse un nue- vo modelo de reparto de las tareas en- tre hombres y mujeres. El confina- miento de estas últimas en empleos a tiempo parcial y peores pagos tiende a crear una nueva norma degradada. Combinada con una intensificación del trabajo continuo, conduce a la
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evolución a la que asistimos hoy, de un cuestionamiento de lo que el au- mento de la tasa de actividad de las mujeres podría tener de emancipa- dor. En una sociedad en que el tiem- po de trabajo remunerado sería de 40 horas o más para los hombres y a lo sumo 20 horas para las mujeres, mientras que el tiempo total de traba- jo (remunerado y no remunerado) de las mujeres sería siempre muy supe- rior al de los hombres, nada puede ocurrir. En una sociedad en que to- dos trabajan 30 horas remuneradas, y en el que las tareas no remuneradas son compartidas equitativamente, por el contrario, todo es posible.
París, mayo de 2004
Notas
I Gracias a Catherine B., Thomas C. y Ch- ristiane M. por sus observaciones a una pri- mera versión de este articulo.
2 Para desarrollos más_amplios ver el pe- queño libro Attac redactado por Thomas Coutrot y Michel Husson, "Avenue du plein emploi”, disponible en linea: http://husso- net. free.fr/0uvrages.htm.
3 Esta sección retorna, con algunas modi- ficaciones, mi artículo "Le retour des 35 ho- ras", aparecido en Politis del 29 de abril de 2004.
4 Las partes de este dossier están dispo- nibles en la siguiente dirección: http://hus- sonetfree.fr/35h.htm.
5 Marc-Antoine Estrade, Dominique Mé- da et Renaud Orain, "Les etfets de la réduc- tion du temps de travail sur les modes de vie: qu'en pensent les salariés un an apres?” (Los efectos de la reducción del tiempo de traba- jo sobre el modo de vida: ¿que piensan los asalariados un año después?), Premieres Syntheses, n°21.l, 2001. http://www.tra- vaiI.gouv.fr/publications /picts/titres/ti- tre l 406/integraI/200l .05-21 .l .pdf
5 Ver Michel Husson, "Le PCF et l'écono- mie” (EI PC francés y la economía) en Criti- que communiste n°163, otoño-invierno 2001 . http://hussonet.free.fr/ecopc.pdf
7 "Moderniser le code du travail : les 44 propositions du MEDEF" (Modernizar el códi- go de trabajo: las 44 propuestas del MEDEF), marzo 2004. http://hussonet.free.fr/medef- cod.de
8 Collectif national du droit des femmes (Colectivo nacional del derecho de las muje- res), "Du temps pour vivre” (Del tiempo para vivir). http://hussonet.free.fr/cndf.pdf
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uuu-¡1:14.44
Acumulación de capital, desempleo y sobreocupación en Argentina
(1989 -
2003)
Adrián Piva*
l propósito de este artículo es
exponer brevemente algunas
relaciones entre la acumula- ción de capital, el crecimiento del ejército industrial de reserva y la ex- tensión de la jornada laboral como as- pecto particular de la ofensiva del ca- pital contra el trabajo en los ‘90. En- tendemos que este nexo solo se vuelve inteligible a partir de la centralidad del trabajo productivo en un proceso de acumulación de capital desarrollado bajo condiciones de plena vigencia de la ley internacional del valor, a causa de la combinación de apertura comer- cial y política monetaria restrictiva.
La centralidad del trabajo productivo en la acumulación de capital de los ‘90
Las tesis más difundidas en el esta- blishment académico de las ciencias sociales postmenemistas sostienen que el crecimiento económico regis- trado entre 1991 y 1998 fue en mayor
o menor grado expresión de una bur- buja de especulación financiera. Sin embargo, los indicadores económi- cos más relevantes parecen mostrar que la década del ’90 se caracterizó por un importante proceso de acu- mulación de capital basado central- mente en el crecimiento de la pro- ducción. La explicación de este ciclo alcista se encuentra en el aumento de la tasa de ganancia de las diferentes fracciones del capital, que se sostuvo a su vez en un aumento de la tasa de explotación mediante la producción de plusvalía absoluta y relativa y el ataque a los salarios. Después de los primeros años - hasta aproximada- mente 1994/95 - y a pesar de la reno- vación de capital fijo, la brecha de productividad internacional de las distintas ramas tendió a estancarse o a incrementarse. En la medida en que esta tendencia se profundizó, la in- tensificación de la jornada laboral, su extensión horaria y el ataque a los sa-
* Sociologo. Docente e investigador de las universidades nacionales de Buenos Aires y Quilmes.
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larios se transformaron en mecanis- mos centrales para el aumento de la tasa de plusvalor y de respuesta a la caída de la rentabilidad.
El análisis de la evolución de al- gunas de las principales variables macroeconómicas puede servir para apoyar lo expuesto.
Una mirada al PBI nos muestra que - medido a precios de 1986- (cua- dro 1) era en 1998 un 57,5% más ele- vado que en 1990 y un 42.5% mayor que en 1991, mientras que la tasa pro- medio de crecimiento anual fue de 8.5% entre 1990 y 1994 y de 5.9% en- tre 1996 y 1998. Si tomamos el PBI a precios de 1993 (cuadro 2) observa- mos que en 1998 resultaba un 21,8% superior al año 1993 mientras que la tasa promedio de crecimiento anual para el ciclo expansivo 1996 - 1998 fue del 5.8%. Todavía en 2001, después de una caída acumulada del 8.9 %, el PBI era un 11.6% mayor al del año 1993.
Cuadro 1: PBI en Miles de
pesos a precios de 1986 Año PBI Variación (Precios de 1986) interanual 1990 9185.4 1991 10157.1 10,58% 1992 1 1132.8 9.61 0/0 1993 1 1769.9 5.72 °/o 1994 12712.2 8.01 0/0 1995 12201.4 -4.02 olo 1996 12784.6 4.78 °/o 1997 13884.2 8.60 0/0 1998 14472,?) 4.24 °/o
FUENTE: elaboración propia en base a datos de FIEL
Cuadro 2: PBI en millones de dólares a precios de 1993
Año PBI a precios Variación de mercado interanual 1993 236.505 1994 250.308 10.6 olo 1995 243.186 -2.8 °/o 1996 256.626 5.5 0/0 1997 277.441 8.1 % 1998 288.123 3.85 °lo 1999 278.369 —3.38 °lo 2000(*) 276.173 -O.8 olo 2001 (*) 263.997 -4.4O 0/0 2002(*) 235.236 - l 0.9 °/o 2003(*) 256.023 8.8 °/o
Fuente: Elaboración propia en base a datos del lN- DEC. Dirección Nacional de Cuentas Nacionales
Por otro lado, si el crecimiento del consumo fue un factor importante de la recuperación, la evolución de la in- versión, y en particular en las activida- des productivas, es indicativa de la centralidad del trabajo productivo pa- ra la acumulación de capital en los ’90.
El consumo efectivamente tuvo un fuerte crecimiento entre 1990 y 1994. Medido a precios de 1986 (cuadro 3) era en 1994 un 46% ma- yor a 1990 y un 27,2 % superior al valor de 1991. Su tasa promedio de crecimiento entre 1991 y 1994 fue del 10 %. Medido a precios de 1993 (cuadro 4) resultaba en 1998 un 20,7 % mayor que el año de referencia, registrando una tasa promedio de crecimiento entre 1996 y 1998 del 6%. Después de tres años de rece-
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sión en 2001 era todavía un 10,8 % superior a 1993.
Cuadro 3: Consumo en miles de
pesos a precios de 1986
Año Consumo Variación interanual
1990 7325.2
1991 8408.1 14.8 °/o
1992 9518.5 13.2 o/o
1993 10022.1 5.3 o/o
1994 10695.8 6.7 °/o
1995 10077.8 -5.8 0/0
1996 10695.1 6.1 °/o
Fuente: INDEC
Cuadro 4: Consumo privado en millones de pesos a precios de 1993
de 1990 y un 84,5% superior a la de 1991, con una tasa promedio de creci- miento entre 1991 y 1994 de 24,6 %. Medida a precios de 1993 (cuadro 6) registraba en 1998 un valor 34,9 % más elevado que en el año base mien- tras que su tasa promedio de creci- miento en el ciclo alcista de 1996 - 1998 era del 11 %. Se observa por el contrario que en 2001 el nivel de la IBIF es 7,4 % menor a 1993. De he- cho, en todo el período las caídas de la inversión en los años recesivos son muy importantes, y por supuesto su- periores a las del consumo. Esto muestra la importancia del impacto de la inversión en el ciclo económico du- rante los años ’90 tanto en las fases de crecimiento como en las depresivas. Conclusiones del mismo tenor, inclu-
Año Consumo .Va’mdó” so con tendencias más pronunciadas, Privado Interanual . . , se obtienen al observar la evolucron de 1993 163.676 . . , . . la mversron en equipo durable y solo 1994 173.608 6.1 °/o . . . en maquinarias y equipos (cuadro 7). 1995 166.008 -4.4 0/o 19 6 17 .196 5.5 o/ . , 9 5 o Cuadro 5: Inversron Bruta Inter- 1997 190.922 9,0 °/o . . . na Fija en miles de pesos a pre- 1998 197.557 3.5 °/0 . CIOS de 1986 1999 193.610 -2.0 o/0 200° ¡92-332 '0-7 °/° Año IBIF Variación 2001 181.290 -5.7 % interanual 2002 155.267 -14.3 o/o 1990 1208,0 2003 167.951 8.2 % 1991 1569.7 29.9 % Fuente: INDEC 1992 2082.1 32.6 °/o . . . , 1993 2400.2 15.3 °/o Sin embargo, es la mversron la que registra las tasas de crecimiento más 1994 28965 20'7 % elevadas La Inversión Bruta Interna 1995 2434'0 46'0 % I 1996 2648.4 8.8 °/o
Fija de 1994 era, a precios de 1986 (cuadro 5), un 139,8 % mayor que la
Fuente: INDEC
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Cuadro 6: Inversión Bruta Inter- na Fija en millones de pesos a precios de 1993
Año IBIF Variación interanual 1993 45.069 1994 51.231 13.7 °/o 1995 44.528 -13.08 °/o 1996 48.484 8.9 % 1997 57.047 17.7 °/o 1998 60.781 6.5 °/o 1999 53.116 —12.6 °/o 2000 49.502 -6.8 o/o 2001 41.750 -15.6 °/o 2002 26.533 -36.4 0/o 2003 36.659 38.2 %
Fuente: INDEC
En un trabajo sobre la inversión en la Argentina desde 1970 hasta
1996 realizado por Martínez, Lava- rello y Heymann (1997) se destacan algunos cambios importantes en su comportamiento durante la década del ’90. Además de constatar una fuerte recuperación de la inversión que constituye una ruptura con las tendencias de la década del-’80, seña- lan un cambio en cuanto a su finan- ciamiento. Mientras a partir de la crisis de la deuda, 1981/82, el ahorro interno tendió a exceder a la inver- sión (con un valor máximo de 150 % en 1990 y 136 % para el ahorro na- cional), en 1994 el ahorro interno representó el 72 % de la inversión y el ahorro nacional a precios constan- tes el 73%. (Martínez, Lavarello, Heymann 1997: 3). POr otro lado, también se observa un cambio en la composición del gasto, con una re-
Cuadro 7: Inversión en equipo durable y maquinaria y equipo en millones
de pesos a precios de 1993
Año Equipo durable Variación interanual Maquinaria y equipo* Variación interanual 1993 17.283 1 1.861
1994 20.702 _ 19.8 13.703 15.5 1995 17.017 —17.8 12.005 -12.4 1996 19.261 13.2 13.590 13.2 1997 23.709 23.1 16.091 18.4 1998 25.510 7.6 16.964 5.4 1999 21.672 -15.0 14.223 —16.1 2000 19.729 —9.0 13.936 —2.0 2001 14.788 -25.0 1 1.055 -20.7 2002 8.250 -44.2 6.259 -43.4 2003 1 1.985 45.3 8.970 43.3
FUENTE: Elaboración propia en base a datos de INDEC
*Equipo durable sin incluir material de transporte
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tracción de la participación del gasto en construcción —_históricamente el más elevado - y un mayor peso del gasto en equipos, el que representó más del 50 % de la inversión fija en 1996. (Martínez, Lavarello, Hey- mann 1997: 3). Si el primer cambio destaca el papel del endeudamiento en el financiamiento de la inversión, el segundo muestra la orientación hacia la reconversión tecnológica que tuvo.
Otro dato de importancia es la participación de los distintos secto- res de actividad. Si bien la recupera- ción de la inversión se da en todos los sectores, se observa respecto de décadas anteriores una disminución de la participación de la industria y un aumento de otras ramas como in- fraestructura, comunicaciones, etc. Volveremos sobre el problema de la terciarización de la inversión des- pués, pero es importante destacar que muchos de estos sectores - transporte, gas, electricidad, teleco- municaciones - realizan actividades productivas, es decir que producen plusvalor, aunque muchos de ellos suelan aparecer indistintamente co- mo servicios y mezclados con la banca y el comercio. Este hecho no es menor a la hora de evaluar la rela- ción entre producción y acumula- ción en los ’90.
Dentro del gasto en equipos Martínez, Lavarello y I-Ieimann se- ñalan también un avance de las im- portaciones en detrimento de la
compra de equipamiento nacional. Las importaciones de equipos pasa- ron a representar el 70 % del gasto total en ese rubro. Este hecho, ha da- do lugar a una discusión en torno al valor real de la inversión, ya que el Ministerio de Economía contabiliza como importación de bienes de ca- pital a equipos que por sus caracte- rísticas pueden ser también bienes de consumo (equipos de aire acon- dicionado, computadoras, etc.). En este sentido, el mismo trabajo realiza un análisis de las importaciones de bienes de capital en el año 1996, para una muestra de importadores, en el que distingue no solo a las mercan- cías por sus características, criterio que utiliza el Ministerio de Econo- mía, sino también por su destino fi- nal. El resultado fue que un 93 % de los bienes importados eran bienes de capital. Si bien la discrepancia existe, por su magnitud, no pone en duda la fuerte recuperación de la inversión ni la importancia en este proceso de la modernización tecnológica. Al mismo tiempo resaltan algunas dife- rencias entre el resultado de la muestra y los datos del Ministerio en torno a la participación de los dife- rentes sectores en la importación de equipos para el año 1996. En primer lugar, la participación de la industria manufacturera resulta algo inferior a la estimada por el Ministerio de Eco- nomía, pero la diferencia es poco significativa (35 % frente al 38 % del ministerio) y no afecta la posición de
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primer importador del sector. Apa- recen también con una menor parti- cipación las comunicaciones, aun- que conservan el segundo lugar, y especialmente “electricidad, gas y agua”, “transporte” y “comercio, banca y seguros”. En contraste, se encuentra una mayor participación del agro y la minería. El resultado es finalmente el de un mayor papel de las actividades productivas en detri- mento de las improductivas.
Del comportamiento de las ex- portaciones y las importaciones también surgen elementos que per- miten vincular la dinámica econó- mica del período con la acumulación centrada en la producción y en parti-
cular con los ciclos de la inversión. Si observamos la evolución del saldo comercial podemos ver que és- te tiende a ser superavitario en los pe- ríodos recesivos y deficitario en las fases expansivas. Pero este comporta- miento no se debe a las exportacio- nes, ya que éstas crecen. de modo constante hasta 1997 para estancarse desde 1998. Es la fuerte prociclicidad de las importaciones la que explica este movimiento del saldo comercial. Las importaciones tienden a crecer más rápido que las exportaciones en las fases expansivas y a caer fuerte- mente en los períodos recesivos (Cuadro 8). El análisis de las impor- taciones por uso económico (cuadro
Cuadro 8: Importaciones, exportaciones y saldo comercial 1989 — 2003 (Mer- cancías - total general en miles de dólares)
Año ,_ Exportaciones Importaciones Saldo comercial . 1989 9.579.271 4.203.194 5.376.077 1990 12.3 52.532 4.076.665 8.275.867 1991 1 1.977.785 8.275.271 3.702.514 1992 12.234.949 14.871.754 -2.636.805 1993 13.1 17.758 16.783.513 -3.665.755 1994 15.839.213 21.590.255 —5.751.042 1995 20.963.108 20.121.682 841.426 1996 23.810.717 23.761.809 48.908 1997 26.430.855 30.450.184 -4.019.329 1998 26.433.698 31.377.360 4.943.662 1999 23.308.635 25.508.157 -2.199.522 2000 26.341.029 25.280.485 1.060.544 2001 26.542.726 20.319.579 6.223.147 2002 25.650.599 8.989.545 16.661.054 2003 29.565.801 13.833.452 15.732.349
Elaboración propia en base a datos del INDEC
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9) nos muestra que la importación de bienes de capital, que representaba un 24,5% del total en 1993, pasó a re- presentar un 27,1 % en 1998 y es para todos los años el segundo rubro en importancia después de los bienes in- termedios. Pero lo más importante es que son los bienes de capital los que presentan la más clara y pronunciada prociclicidad de todos los bienes im- portados. De modo que lo's ciclos del comercio exterior son fuertemente dependientes de los ciclos de la in-
versión, la que vimos estuvo caracte- rizada por la orientación a la moder- nización tecnológica del aparato pro- ductivo.
Entre 1991 y 1998, entonces, hu- bo un importante crecimiento eco- nómico cuya dinámica se explica fundamentalmente por la inversión,
de la que fue un componente central la importación de nuevos equipos pa- ra la producción. Es posible, por lo tanto, hablar de acumulación de capi- tal en el sentido clásico, y no como efecto de un proceso con centro en las finanzas. La recuperación iniciada en 2003, si observamos los mismos datos para ese año, parece presentar similares características.
La acumulación de capital es con- centración de fuerza de trabajo y medios de producción en manos de los capitales individuales por medio de la transformación de una parte del plusvalor en capital adicional. Sin embargo, bajo las condiciones de apertura comercial y desigual incor- poración de tecnología de la Argen- tina de los ‘90, la intensificación de la competencia agudizó las tendencias
Cuadro 9: Importaciones por uso económico (En millones de dólares) Anual: 1993 - 2003 Mensual: Ene. 1999 - Ago. 2004
\ \ ‘ v, \ É \ N 8 E E E E B '“é Ü E“ É '“e’ É E o té E 'a Z Q Z E Z E z e Z :5 Z e z eassgesesegsses 1993 4.114,9 - 5.062,6 - 386,6 -2.808,8 - 3.526,7 - 848,9 - 35,6 - 1994 6.010,8 46,1% 6.298,4 24,4% 592,9 53,4% 3.423,9 21,9% 3.900,1 10,6% 1.281,2 50,9% 29,5 47,1% 1995 4.745,6 -21,0% 7.220,0 14,6% 809,4 36,5% 3.373,2 4,5% 3.173,7 48,6% 774,9 39,5% 24,8 45,9% 1996 5.638,7 18,8% 8.393,7 16,3% 844,4 4,3% 4.044,1 19,9% 3.579,9 12,8% 1.199,3 54,8% 12,2 60,8% 1997 7.718,2 36,9%10.o93,9 20,3% 970,3 14,9% 5.540,8 37,0% 4.535,4 26,7% 1.564,0 30,4% 27,7 127,0% 1998 8.499,9 1o,1%1o.o16,4 0,8% 853,3 42,1% 5.521,5 0,3% 4.859,1 7,1% 1.628,0 4,1% 26,2 5,4% 1999 6.748,0 -20,6% 8.353,8 46,6% 730,3 44,4% 4.197,2 24,0% 4.501,1 4,4% 958,5 41,2% 21,2 49,1% 2000 5.886,5 42,8% 8.442,6 1,1% 1.034,8 41,7% 4.448,6 6,0% 4.608,7 2,4% 799,0 46,5% 22,6 6,6% 2001 4.182,2 -29,0% 7.343,1 43,0% 840,6 48,8% 3.406,8 -23,4% 3.997,5 43,3% 534,9 33,1% 15,3 32,3% 2002 1.292,7 -69,I% 4.368,3 40,5% 482,2 42,6% 1.525,3 55,2% 1.137,4 41,5% 173,7 67,5% 9,6 37,3% 2003 2.500,8 93,5% 6.266,5 43,5% 544,0 12,8% 2.226,4 46,0% 1.754,7 54,3% 508,5 ¡92,7% 12,3 28,1%
Cuadernos del Sur 55
a la centralización del capital exis- tente. Esta tendencia operó durante las fases expansivas, en particular en el ciclo 91 - 94, pero lo hizo espe- cialmente en las fases recesivas. En el cuadro 11, extraído del trabajo “Evo- lución de la concentración industrial en la Argentina durante los ‘90” (Kulfas, Schorr 2000), puede obser- varse este fenómeno, para la indus- tria, a través de la evolución del Índi- ce de Concentración Industrial Glo- bal (ICIG). Este índice pretende una aproximación a los fenómenos de concentración y centralización del capital a partir de la relación entre las ventas de la cúpula empresaria en Argentina, constituida por las 100 empresas de mayor facturación, y el Valor Bruto de produccióni. Esta evolución sugiere un fuerte aumen- to de la concentración entre 1991 y 1998 (129 en 1998 si se toma 1991
base 100) resultado de un aumento de las ventas de la cúpula superior al aumento del valor bruto de produc- ción. Puede observarse también la importancia del aumento de la con- centración entre 1992 y 1995, perío- do de mayor impacto de la reestruc- turación del capital local.
Pero el proceso de concentración y centralización de capital no se dio solo en la industria sino también en las finanzas y el comercio. En 1998 quedaban en el sistema financiero 135 entidades frente a las 221 que había en 1990. De esas 135, las 15 mayores concentraban el 70,7 % de los depósitos y el 66 % de los activos. En el comercio, los supermercados, que representaban en 1997 el 1 % de las bocas de expendio, concentraban el 50,3% de las ventas, mientras que en 1984 los pequeños comercios de Capital y Gran Buenos Aires alcan-
Cuadro 11: Evolución del valor bruto de producción industrial (VBP), las ventas de la cúpula y el Índice de Concentración Industrial Global (ICIG) 1991 — 1998, en millones de pesos e índice 1991 =100
Ventas de VBP 1991:100 la Cúpula 1991:100 lClG 1991=100 1991 72484,2 100,0 26375,2 100,0 36,4 100,0 1992 86095,3 118,8 31364,7 118,9 36,4 100,0 1993 90451,8 124,8 34995,1 132,7 38,7 106,3 1994 94436,5 130,3 41895,7 158,8 44,4 122,0 1995 93578,7 129,1 43035,] 163,2 46,0 126,4 1996 102651,9 141,6 46292,5 175,5 45,1 123,9 1997 112403.0 155,1 51511,1 195,3 45,8 125,8 1998 110137,3 151,9 51923,1 196,9 47,1 129,4
Fuente: Kulfas, Schorr (2000)
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zaban el 56,4% de las ventas (Astari- ta et. al. 1998).
No deben subestimarse los efec- tos sobre la acumulación de capital de la concentración, la centralización y la informatización de las actividades en la banca y el comercio. La reduc- ción decostos debida a las economías de escala y la disminución del gasto en capital variable por unidad de ca- pital invertida, redundan en un au- mento inmediato de las ganancias de estos sectores improductivos que a través de las mecanismos de iguala- ción de la tasa de ganancia tiende a di- fundirse entre las diferentes fraccio- nes del capital, beneficiando también al capital productivo. Esta solidaridad del capital en la explotación de la fuerza de trabajo tiende a velarse cuando se enfatiza unilateralmente en la importancia de los sectores im- productivos como destino de la in- versión, dato que sin duda es relevan- te desde otros puntos de vista.
De conjunto, la reestructuración del capital en los ‘90 involucró tanto un aumento de la productividad del trabajo debida a la inversión en nue- vos equipos, como un aumento de la intensidad laboral posibilitada por normas de trabajo más flexibles, la precarización del empleo y el au- mento del trabajo en negro.
En el cuadro 12 se puede obser- var, para la industria, como la pro- ductividad2 — medida como el co- ciente entre el índice de volumen fí- sico de producción y el índice de
ocupación - muestra un fuerte in- cremento desde un valor de 82.4 en 1991 hasta un valor máximo de 139.7 en el año 2000, lo que repre- senta un aumento del 69.5 %. La productividad horaria - medida co- mo el cociente entre el índice de vo- lumen físico de producción y el ín- dice de horas trabajadas - muestra un crecimiento permanente desde 84.8 en 1991 hasta un valor máximo de 142.7 en 2000, es decir un au- mento del 68.3%.
Pero a este aumento en la pro- ductividad y la intensidad laboral no correspondió un comportamiento similar de los salarios. El salario real promedio creció entre los años 1991 y 1994, para luego iniciar una ten- dencia descendente que lo llevo, en 2001, a niveles inferiores a los del inicio del plan de convertibilidad. Es de destacar sin embargo, que la rela- ción productividad / salario real es ascendente durante todo el período. Esto quiere decirque el salario real tendió a evolucionar detrás de la productividad, aún cuando experi- mentó crecimiento y que, por lo tan- to, el aumento de la tasa de explota- ción fue constante. El inicio de un ciclo de descenso del salario real des- de 1995 también indica la renovada presión por la rebaja salarial debida a los crecientes problemas de compe- titividad de la industria local, a pesar de la importante renovación de capi-
tal fijo y del aumento de la producti- vidad.
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Cuadro 12: Indicadores de la evolución industrial, 1991-2001
(Índice 1993:1000)
e É É É 7;
g É E Z s 's s 's
É :2. a s :3. E E E 1991 85,6 103,9 100,9 94,6 82,4 84,8 87,1 1992 96,8 103,1 103,5 98,6 93,8 93,5 95,2 1993 l 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 100,0 1994 104,6 97,1 98,6 101,9 107,7 106,1 105,6 1995 97,3 91,3 88,6 96,8 106,6 109,8 l 10,1 1996 103,5 88,1 88,0 97,3 1 17,5 1 17,6 120,7 1997 1 13,2 88,9 90,5 93,7 127,4 125,1 135,9 1998 1 15,5 87,3 87,3 92,6 132,3 132,3 142,9 1999 105,9 80,5 79,4 92,9 131,6 133,4 141,6 2000 104,6 74,9 73,3 94,3 139,7 142,7 148,1 2001 92,9 70,0 65,6 92,0 132,7 141,6 144,3 Taa 1991-1994 6,9. -2,2 -0,8 2,5 9,3 7,8 6,6 Taa 19944 998 ' 2,5 -2,6 —3,o —2,4 5,3 5,7 7,9 Taa 1998-2001 -7,0 -7,1 -9,1 -O,2 0,1 2,3 0,3 Taa 1991-2001 0,7 -3,9 -4,2 -0,3 4,9 5,3 5,2
Fuente: Basualdo (2003)
Por lo tanto, el ciclo de acumula- ción de capital de 1991 a 1998, y el proceso de concentración y centrali- zación resultante, se desarrolló so- bre la base de un aumento de la ex- plotación de la fuerza de trabajo. Por otro lado, los crecientes problemas de competitividad de la industria lo- cal etnpujaron cada vez más a los ca- pitalistas al aumento de la intensidad y la extensión de la jornada laboral y a la reducción de los salarios.
Esta ofensiva del capital, que soportó el relanzamiento de la acumulación
después de la crisis de 1989/91, fue posible gracias a los efectos discipli- nantes del proceso hiperinflaciona- rio de 1989/90 y del fuerte creci- miento del desempleo entre 1992 y 1995.
Crecimiento del desempleo
Uno de los resultados más dura- deros, y de mayores efectos econó- mico - políticos, del proceso de acu- mulación de capital desde principios de los años ’90, fue el aumento del desempleo.
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Cuadro 13: Evolución de las tasas de actividad, empleo, desocupación y su- bocupación. Total de aglomerados urbanos 1989 - 2003
D socupaaón Subocup Horana Subocupación Horaria (1) demandante
(1) no demandante
Actividad E pleo
é
<
Mayo 1989 40,2 36,9 8,1 8,6
Octubre 1989 39,3 36,5 7,1 8,6
Mayo 1990 39,1 35,7 8,6 9,3
Octubre 1990 39,0 36,5 6,3 8,9
Junio 1991 39,5 36,8 6,9 8,6
Octubre 1991 39,5 37,1 6,0 7,9
Mayo 1992 . 39,8 37,1 6,9 8,3
Octubre 1992 40,2 37,4 7,0 8,1
Mayo 1993 41,5 . 37,4 9,9 8,8
Octubre 1993 41,0 37,1 9,3 9,3 4,1 5,2 Mayo 1994 41,1 36,7 10,7 _,10,2 4,8 5,4 Octubre 1994 40,8 35,8 12,1 10,4 5,4 5,0 Mayo . 1995 42,6 34,8 18,4 1 1,3 7,0 4,3 Octubre ' 1995 41,4 34,5 16,6 12,5 7,7 4,8 Mayo 1996 41,0 34,0 17,1 12,6 8,1 4,5 Octubre 1996 41,9 34,6 17,3 13,6 8,5 5,1 Mayo 1997 42,1 34,6 16,1 13,2 8,4 4,8 Octubre 1997 42,3 35,3 13,7 13,1 8,1 5,0 Mayo - 1998 42,4 36,9 13,2 13,3 8,2 ' 5,1 Agosto 1998 42,0 36,5 13,2 13,7 8,5 5,2 Octubre ' 1998 42,1 36,9 12,4 13,6 8,4 5,2 Mayo 1999 42,8 36,6 14,5 13,7 8,9 4,8 Agosto 1999 42,3 36,2 14,5 14,9 9,2 5,7 Octubre 1999 42,7 36,8 13,8 14,3 9,1 5,2 Mayo 2000 42,4 35,9 15,4 14,5 9,5 5,0 Octubre 2000 42,7 36,5 14,7 14,6 9,3 5,3 Mayo 2001 42,8 35,8 16,4 14,9 9,6 5,3 Octubre 2001 42,2 34,5 18,3 16,3 10,7 5,6 Mayo 2002 41,8 32,8 21,5 18,6 12,7 i 5,9 Octubre (2) 2002 42,9 35,3 17,8 19,9 13,8 6,1 Mayo (3) 2003 42,8 36,2 15,6 18,8 13,4 5,4
Cuadernos del Sur 59
Pasando desde niveles de 8,1% y 7,1% en mayo y octubre de 1989 hasta alcanzar un valor máximo, pa- ra el período de la convertibilidad, de 18,4% en mayo de 1995, la tasa de desempleo se mantuvo siempre por encima de los dos dígitos desde que superó el 10% en mayo de 1994 (ver cuadro 13). La crisis de la converti- bilidad dio lugar a un nuevo salto de la desocupación durante el año 2002, continuando una progresión ascen- dente iniciada con la recesión desde 1998. Mientras tanto, la recupera- ción económica desde el año 2003 no parece revertir la tendencia, con números oscurecidos además por la contabilización de los perceptores de planes trabajar como ocupados.
Un análisis más detenido nos permitirá observar mejor la relación entre evolución del desempleo y acumulación de capital.
El primer período que puede re- cortarse desde el punto de vista de la evolución del desempleo es 1989/91. Esta etapa está caracterizada por el paso de la fase más aguda de la crisis, en los años 1989/90, al inicio de la re- cuperación en 1991. El movimiento de las tasas de empleo y desempleo acompañó este proceso. La tasa de empleo, que entre mayo de 1989 y mayo de 1990 había caído desde el 36.9% al 35.7%, se recuperó al 36,8% en junio de 1991. Un resultado simi- lar arrojaron las ondas de octubre. Como producto de una mayor velo- cidad de crecimiento de la tasa de
empleo respecto dela tasa de activi- dad, el desempleo cayó tanto en junio como en octubre de 1991 en compa- ración con mayo y octubre de 1990.
Sin embargo, a partir de 1992 y hasta 1995/96 la relación entre el crecimiento del producto y la evolu- ción del desempleo sufre una total inversión. Entre 1992 y 1995 el cre- cimiento de la desocupación tuvo como causas inmediatas el aumento de los despidos y el crecimiento de la oferta de fuerza de trabajo en un contexto de achicamiento de su de- manda. Esto puede observarse en la evolución de las tasas de desempleo, actividad y empleo para los tres años.
El aumento de la oferta de fuerza de trabajo puede explicarse como una estrategia de los hogares para compensar la caída de los ingresos familiares debida al incremento de los despidos y también al crecimien- to de la precariedad laboral.
Por otra parte, las causas que mo- tivaron el aumento de los despidos pueden dividirse en dos grandes grupos. En primer lugar, se encuen- tran aquellas vinculadas de modo genérico con la llamada reforma del
Estado. Se cuentan aquí, en primer
término, los despidos de la adminis- tración pública nacional y en menor medida de las administraciones pro- vincialesï". Pero también los despi- dos de las empresas privatizadas, co- mo resultado de los procesos de re- estructuración realizados por los nuevos concesionarios. Estos últi-
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mos, si bien están asociados a la re- forma del sector público, también son parte del proceso más general de reconversión del capital privado.
En segundo lugar, se encuentra la dinámica expulsiva de mano de obra del sector privado. Entre 1991/2 y 1994 el aumento de la inversión es- tuvo sobredeterminado por el efecto de la apertura de la economía ' en combinación con una política mo- netaria restrictiva. Cómo planteaba- mos arriba, la apertUra, al someter a la economía argentina al funciona- miento pleno de la ley del valor a es- cala mundial, significó una presión sobre las empresas para incrementar la productividad y la intensidad del trabajo de modo de enfrentar la competencia internacional. Este he- cho tuvo dos efectos, ambos con consecuencias para el nivel de em- pleo. Por un lado, provocó la quiebra de una parte del sector industrial que no estaba en condiciones de compe- tir internacionalmente, lo que pro- dujo, por consiguiente, una pérdida de empleos. Pero por otro lado, aquellas empresas que sí se encon- traban en condiciones de hacerlo, se vieron empujadas a la transforma- ción del proceso de trabajo y a la in- COrporación de nuevas tecnologías. Los capitales individuales, presiona- dos por la competencia, buscaron conservar o incrementar sus ganan- cias aumentando la productividad e intensificando el trabajo a través del reemplazo de trabajo vivo por traba-
jo muerto. Ese es el contenido de las llamadas “inversiones de racionali- zación”.
En 1995 a esta dinámica se sumó el impacto del ingreso en una fase recesiva. De conjunto, el efecto combinado de la llamada reconver- sión productiva entre 1992 y 1994 y de la recesión de 1995, supuso una dinámica expulsiva de la fuerza de trabajo en el sector privado.
Entre 1996 y 1998 se produjo un nuevo ciclo expansivo de la econo- mía argentina. En este período, en contraste con el de 1991 — 1994, el crecimiento de la inversión, y el con- siguiente aumento del producto, tu- vieron como efecto la reducción del desempleo, a pesar de lo cual se man- tuvo en niveles elevados. La caída de la tasa de desocupación durante 1997 y 1998 se explica por el aumento de la demanda de fuerza de trabajo, sufi- ciente para disminuir la proporción de desocupados aún en un contexto de incremento de la oferta. Esto se pone de manifiesto al observar las ta- sas de actividad, empleo y desempleo para esos dos años (Cuadro 13). Co- mo resultado de esta tendencia el de- sempleo descendió desde un 17,1% y un 17,3% en mayo y octubre de 1996 respectivamente hasta 13,2% y 12,4% en mayo y octubre de 1998.
La depresión iniciada en 1998 provocó un nuevo ciclo ascendente del desempleo que solo se interrum- pió con la recuperación de la inver- sión y el producto desde 2003.
Cuadernos del Sur
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De modo que, entre 1992 y 1995, bajo el impulso de una competencia internacional acrecentada, la rees- tructuración capitalista - incluyendo bajo este concepto la reforma del Es- tado —, supuso un proceso de inver- sión orientado a la modernización tecnológica, que en combinación con la reorganización del aparato estatal, produjo un crecimiento inédito del ejército industrial de reserva. Este ejército de desocupados funcionó a partir de ese momento al modo clási- co, descendiendo en los períodos de prosperidad y ascendiendo en las fa- ses depresivas, en la medida en que no se recuperara la tasa de ganancia.
La vulnerabilidad externa de una dinámica de-acumulación sostenida en la exportación de productos de bajo valor agregado y fuertemente dependiente del endeudamiento ex- terno, favoreció la persistencia de ni- veles elevados de desempleo. Pero este ejército industrial de reserva fue fundamental para la continuidad de una ofensiva contra el trabajo que permitiera la reproducción ampliada del capital.
Uno de los componentes de esta ofensiva contra el trabajo fue la exten- sión, de hecho, de la jornada laboral.
El aumento de la sobreocupación
La otra cara del crecimiento del de- sempleo fue la extensión de la jorna- da laboral. La evolución de la sobre- ocupación _entre la población asala-
riada (cuadro 14), muestra en pri- mer lugar, que la proporción de asa- lariados sobreocupados - definidos aquí como aquellos que trabajan 46 o más horas - creció de manera constante entre 1991 y 1998.
En 1989 experimentó un importante descenso que es seguramente atri- buible a la caída general de la pro- ducción. Pero este efecto de la dis- minución del producto sobre la ex- tensión de la jornada laboral no es regular. En 1990 una caída del pro- ducto, de menor magnitud ala de 1989, se vió acompañada por un cre- cimiento de la sobreocupación. En el caso de la depresión iniciada en 1998, a una inicial reducción de la sobreocupación en 1999, le siguió un aumento hasta el año 2001, en el que recuperó el nivel previo a la fase descendente de la economía.
La relación que sí aparece más clara- mente es la que mantiene con la for- mación y permanencia de una masa de desocupados superior al 10% de la PEA. En 1991, la sobreocupación alcanzó niveles similares a los de anos anteriores a la crisis de 1989, pero a partir de 1992 continuó un ci- clo ascendente que la llevó a alcanzar al 40% de los asalariados en 1997 y 1998. Inicialmente creció junto con el nivel de desempleo, pero a partir de 1996 se independizó del ciclo de expansión y contracción del ejército industrial de reserva.
Sobre la base de la persistencia de importantes niveles de desocupa-
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Mayo de 2005
ción, los capitales individuales ape- laron, para responder a la expansión de la demanda, a la extensión de la jornada laboral de los obreros bajo su mando. La extensión de la jorna- da laboral se pone de manifiesto en la disminución simultánea de los “ocupados normales”, es decir, aquellos que trabajan entre 30 y 45 hs. semanales. Entre 1991 y 1998 la proporción de asalariados sobreocu- pados creció desde un 34,6 % hasta un 40,5 %, mientras que los ocupa- dos normales cayeron desde el 49.9 % hasta el-40.7 %4. La caída conjun- ta de asalariados sobreocupados y ocupados normales en 2002 y 2003, junto con un espectacular creci- miento de los subocupados, puede deberse al computo de los percepto- res de planes trabajar como ocupa- dos. De hecho, en mayo de 2003, los sobreempleados representaban un 29,6 % del total de la PEA frente a un 28 % del mismo mes de 2002.
Pero otro aspecto que surge del análisis del sobreempleo, es que el aumento del tiempo de trabajo se encuentra asociado con el creci- miento del trabajo en negro. Si utili- zamos el tamaño del establecimien- to como variable proxi de su infor- malidads, podemos ver que los esta- blecimientos que concentran una mayor proporción de sus trabajado- res sobreocupados son aquellos cu- yo tamaño es de “2 a 15 personas”, esto es, los establecimientos infor- males. E1150% de los asalariados en
Cuadro 14: Población asalariada se- gún horas trabajadas en la semana (Porcentaje)
is, 2 É É
e a É”, E a
2% é E Si e :3 1987 3.1 l4.l 48.4 34.] lOO 1988 3.1 l4 48.2 34.3 lOO 1989 4.4 14.8 49.2 31.7 lOO 1990 2.8 ll.l Sl .6 33.7 lOO 1991 2.7 l 1.6 49.9 34.6 lOO 1992 2.8 l2 47.1 36.2 lOO ¡993 3.3 l2.5 45.3 37.9 lOO l994 2.7 l4.l 43.5 38.9 lOO 1995 2.9 14.8 42.1 39.2 lOO 1996 S/D S/D S/D S/D S/D 1997 2.2 16.2 40.5 40.3 lOO 1998 2.5 15.9 40.7 40.5 lOO 1999 2.8 16.7 4l .l 38.3 lOO 2000 2.6 l 7. l 40.6 38.9 lOO 2001 2.5 l7 39.6 40.1 lOO 2002 3.2 22.3 38.5 35.5 lOO 2003 2.6 26.3 36.9 33.5 lOO
Fuente: lNDEC
esos establecimientos trabajaron más de 45 horas a la semana en 1998. Dada su estrecha asociación con la informalidad, podemos suponer que en ellos predomina el trabajo en ne- gro (cuadro 15).
La extensión “de facto” de la jor- nada laboral también puede obser- varse en la relación entre la evolu- ción del porcentaje de trabajadores que realizaron horas extras y el cre- cimiento del sobreempleo. En el cuadro 16 podemos observar que el
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Cuadro 15: Porcentaje de asalariados sobreocupados según tamaño del es-
tablecimiento (1995 - 1999)
Año l Persona
2a 15 per. 16a50per. 51a lOOper. |01a500per. 501 omásper. 1995 39:1 49.3 39.9 36 39.6 37.1 1996 35.2 49.4 39.7 38.8 44.3 39 1997 35.5 49.3 39.6 39.1 45.6 39 1998 35.8 50.1 38.9 40.1 41.4 37.3 1999 34.1 48.5 38.5 39.1 41.8 37.5
Fuente: Elaboración propia en base a datos del INDEC
crecimiento de la proporción de tra- bajadores que dijo haber realizado horas extras fue de 1,9 % entre 1995 y 1998, mientras que el crecimiento de la sobreocupación para los mis- mos años fue del 3,3 %.
En síntesis, a partir de 1991, pero sobre todo desde 1992, se dio una fuerte expansión del sobreempleo. Su crecimiento expresa la extensión
Cuadro 16: Porcentaje de trabajado- res que realizaron y que no realiza- ron horas extras (1995 — 2003)
Horas extras
An'o Si No
1995 95.7% 4.30/0 1996 96.5% 3.5% 1997 96.6% 3.4% 1998 97.5% 2.5% 1999 97.2% 2.8% 2000 97.5% 2.5% 2001 98.3% 1.7% 2002 98.5% 1.5% 2003 98.5% 1 5%
FUENTE: Elaboración propia en base a datos del lNDEC.
de la jornada laboral llevada adelan- te, de hecho, por los capitales indivi- duales, que aguijoneados por la in- tensificación de la competencia bus- caron conServar o incrementar sus ganancias a través del aumento de la plusvalía absoluta. La mayor tasa de explotación resultante fue posible gracias al crecimiento del desempleo entre 1992 y 1995 y a su manteni- miento posterior en niveles superio- res al 10 %. Esta relación solidaria entre la sobreexplotación de los ocu- pados y la existencia de una masa acrecentada de desempleados está en el corazón de la dinámica de la acu- mulación iniciada en 1991 y no pa- rece haberse modificado después del fin de la convertibilidad.
Conclusiones
Entre los años 1991 y 1998 se de- sarrolló en Argentina un proceso de acumulación de capital basado cen- tralmente en el crecimiento de la producción. La explicación de esta onda expansiva se encuentra en el au- mento de la tasa de ganancia de las di-
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ferentes fracciones del capital, que se sostuvo a su vez en un aumento de la tasa de explotación mediante la pro- ducción de plusvalía absoluta y relati- va y el ataque a los salarios. Después de los primeros años - hasta aproxi- madamente 1994/95 - y a pesar de la renovación de capital fijo, la brecha de productividad internacional de las distintas ramas tendió a estancarse o a incrementarse. En la medida en que esta tendencia se profundizó, la in- tensificación de la jornada laboral, su extensión horaria y el ataque a los sa- larios se transformaron en mecanis- mos centrales para el aumento de la tasa de plusvalor y dar respuesta a la caída de la rentabilidad.
Esta ofensiva del capital, que so- portó el relanzamiento de la acumu- lación después de la crisis de 1989/91, fue posible gracias a los efectos disci- plinantes del proceso hiperinflacio- nario de 1989/90 y del fuerte creci- miento del desempleo entre 1992 y 1995.
Entre 1992 y 1995, bajo la presión de una competencia internacional acrecentada, se desarrolló un proce- so de reestructuración del capital. La inversión orientada a la moderniza- ción tecnológica, en combinación cOn la reorganización del aparato es- tatal, produjo un crecimiento inédi- to del ejército industrial de reserva.
La vulnerabilidad externa de una dinámica de acumulación sostenida en la exportación de productos de bajo valor agregado y fuertemente
dependiente del endeudamiento ex- terno, favoreció la persistencia de ni- veles elevados de desempleo. Pero este ejército industrial de reserva fue fundamental para la continuidad de una ofensiva contra el trabajo que permitiera la reproducción ampliada del capital.
Uno de los componentes de esta ofensiva contra el trabajo fue la ex- tensión, de hecho, de la jornada la- boral. Su resultado, el aumento de la tasa de explotación, se realizó sobre la base de la relación solidaria entre la sobreexplotación de los ocupados y la existencia de una masa acrecen- tada de desempleados, relación que sostuvo el proceso de acumulación.
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Notas
1 Para más detalles sobre este índice y sobre el cálculo del VBP ver Kulfas, Schorr (2000)
2 La productividad así medida, aI modo en que se hace habitualmente en las estadísticas oficiales, difiere del sentido que le hemos es- tado dando a lo largo del trabajo. Aquí, como hacen generalmente los marxistas y hacían
los regulacionistas en sus inicios, concebimos un aumento en la productividad como un in- cremento en la cantidad de valores de uso que un número dado de obreros produce en una hora sin mayor desgaste de la fuerZa de trabajo. Esto ocurre, típicamente, cuando se incorpora una nueva tecnología. Si el aumen- to de la producción de valores de uso requie-
' re un mayor desgaste de la fuerza de trabajo
estamos ante un aumento de la intensidad Ia- boral. Aquí la medida que más se acerca es la de productividad horaria, pero hay que consi- derar que es una medida que no discrimina entre aumento debido a un trabajo más in- tenso o a un incremento de productividad. Ex- presa ambas causas de manera conjunta.
3 Una parte considerable de los puestos de trabajo destruidos en el sector público po- dría ser considerado como sobrepoblación relativa latente. Si bien esta categoría fue pen- sada originalmente por Marx para las explota- ciones de baja productividad en el agro, y se ha aplicado con variantes al sector informal en América Latina, es posible pensarla para entender el papel del Estado central y de los Estados provinciales como generadores de empleo/encubridores de desempleo desde los '40 en adelante.
4 La caída de la proporción de "ocupados normales" es también un efecto del creci- miento .de los subocupados, otro fenómeno asociado al aumento del desempleo y la in- formalidad. Aquí por otra parte ¡mputamos todo el crecimiento de Ia sobreocupación a la extensión de la jornada de trabajo por consi- derarla el fenómeno más relevante. Pero en- tre los asalariados sobreocupados están tam- bién aquellos que poseen más de un em- pleo. Un fenómeno que también creció, jun- to con la caída de los ingresos.
5 En este caso nos concentramos en los establecimientos de 2 a 15 personas, es de- cir, dejamos de lado a los establecimientos de una persona, por ¡nteresarnos la población asalariada.
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Mayo de 2005
Reducción del Tiempo de Trabajo, respuesta a la desocupación y al sobreemplem
iscutir la desocupación y la
exclusión social en Argen-
tina no puede hacerse sin una perspectiva de lo que ha estado pasando a nivel mundial en el últi- mo cuarto de siglo, de la lógica de la acumulación en estaetapa de crisis y reestructuración del capital.
El marco general
Desde esta perspectiva los pro- blemas que afectan a los trabajadores del país tienen rasgos propios, carac- terísticas dadas por nuestra forma- ción social, tamizadas por las políti- cas llevadas a cabo por los distintos gobiernos de turno, pero que no es- capan a las grandes tendencias mun- diales. Y estas tendencias muestran que prácticamente en todo el mun-
Eduardo —Lucita**
do capitalista la desocupación se ha instalado como un dato estructural.
La desocupación y la exclusión social no son producto de la natura- leza ni obra de la fatalidad, por el contrario se trata de la tendencia his- tórica del capital de reemplazar tra- bajo vivo (humano) por trabajo muerto (máquinas). Dicho de otra manera, se trata de la doble y contra- dictoria tendencia del capital, con- sistente en apoderarse de la mayor cantidad de trabajo vivo para conver- tir un porcentaje cada vez mayor de su parte necesaria en excedente a los fines de la acumulación.
Esta tendencia está hoy acelerada por la crisis, las innovaciones tecno- lógicas, la racionalización ymodifi- cación de los procesos de trabajo y,
* Una primera versión de este artículo fue publicada en agosto del 2004, con el título "Tra- bajar Menos para Trabajar Todos”. Desde entonces, acompañando el ciclo expansivo de Ia eco- nomía, la tasa de empleo ha crecido y la desocupación se ha reducido, incluso la elasticidad empleo/PBI ha sido muy elevada, sin embargo estos datos no son suficientes para modificar el carácter estructural de la desocupación en nuestro país.
** Integrante del Colectivo EDI-Economistas de Izquierda. Integrante del Movimiento por la Re- ducción de la Jornada Laboral y Aumento General de Salarios.
Cuadernos del Sur
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l" o. (b U1 8 ’84 C use 0
I g?“ Y!
f: ¿iqfieglgapgnido puede resolver _ crisis y desempleo
y ‘é‘m‘ ' “las salidas capitalistas de las crisis presuponen fuertes incre- mentos de productividad, que como contrapartida generan pérdidas de empleo y caída del salario. En esta etapa la flexibilización laboral es par- te esencial de estas tendencias.
Por ahora, el capital no ha encon- trado una salida duradera, solo ha podido recurrir a la imposición de la sociedad dual y los pronósticos no son alentadores. En el reino del mer- cado, los desocupados son irrelevan- tes: “El capital no necesita lo que ellos pueden vender; y éstos no pueden comprar lo que se les quiere vender. ”
Los datos de nuestro país
En nuestro país las condiciones estructurales del paro se vienen constituyendo desde mediados de la década de los años ’80 con la imposi- ción de las políticas del ajuste estruc- tural, pero solo se hicieron visibles cuando el fenómeno adquirió cierta magnitud. Claro está que la crisis del año 2001 y la posterior macrodeva- luación llevaron esta tendencia a lí- mites desconocidos.
Así, si en los ’80 la desocupación estuvo en promedio entre el 4 y 6% de la PEA(1), en 1993 pega un salto para ubicarse por arriba del 10% e
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iniciar una escalada ascendente que la llevó al 18% en 1995 y al 20 y 22% en 1998 y 2001. El subempleo sigue la misma tendencia ascendente.
Según la última medición, la de- socupación se ubica en el 17.5% y la subocupación en el 15.7%, esto sig- nifica que más de un 30% de los tra- bajadores tiene serios problemas la- borales.
La magnitud de estas cifras, así como la inconsistencia de las pro- puestas oficiales para superarlas, in- dican que hay cambios profundos en el funcionamiento del mercado de trabajo en la Argentina y que la deso- cupación se ha instalado como una variable de largo plazo.
Si se promedia la tasa de desocu- pación de los últimos diez años, se puede verificar que desde hace una década la tasa se resiste a bajar del 18%.
En este periodo de reestructura- ción productiva, de apertura de la economía, de ruptura de las conven- ciones colectivas, de desindustriali- zación, el trabajo ha perdido la ho- mogeneidad del período anterior, es cada día más fragrnentado y despare- jo, y el no trabajo es su contracara. Afecta principalmente a los jóvenes que no consiguen ingresar al merca- do de trabajo, a los mayores de 40
- ‘Í‘. r: n .u anos que son expulsadogx’aïljaï res y a los menos callgbfad . 'É”
No obstante en 'r hubo cambios en Cada vez pesan más '
socupados que no logran su primer trabajo. _ Este conjunto es lo que ahora los técnicos llaman el núcleo duro de la desocupación. Yesta es también des- pareja por ramas de la economía y por ámbito geográfico, afecta más a las actividades ligadas al mercado in- terno que las que han logrado inser- tarse en el mercado mundial; es mu-
, cho mas fuerte en las concen
aqio; nes urbanas que en ¿as qálesïlïcïlg
Los diagnósticos’ïyc repu- . s oficiales ME)
A lo largo dew "m .1; distintos gobiemïs: i -‘
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cracia en a; . nologías; í” " r' ' ación dgzbaise r ra dé'
i s: y hacía que algunas fuera de la competencrüeL M do; porque la economía det empleos,.etc., etc.
En estas justificaciones siempre hay algo de verdad. Pero lo que en realidad ocultan, es el carácter fun- cional de la desocupación a la lógica de la acumulación del capital en este período histórico.
Lógica que hace que mientras se expulsan trabajadores del mercado, se explote cada vez más a los que
cafdai 18,5%
" {il i cesida “Era car altra Eficar i” W
lauc
ración que
permanecen en el. Esto pone bajo análisis también al sobreempleo, que es la contracara de la desocupa- ción. En la actualidad la duración del trabajo oscila entre las 180 y 200 ho- ras mensuales, lo que en promedio arroja jornadas de 91/2hs. diarias, lo que significa que hay sectores donde se trabaja 10, 12 o más horas al día. Todas las soluciones que ensaya-
Pro los distintos gpbiernos fracasaron
binaïiïfa’s o ra. Epíiona el asis- I-‘o (Segugpïcfi,gesempleo,
eiióíal Planes‘tï‘r/abajar, Plaïjïgïg yjefas y ¡a
tantos otrog‘áprmpgra i en total suman mas ¿afirmar “pgs una ne- y a su A niili-a diga miseíia y el‘ini‘fibre pero q’uke’rioiksueiüfia faltagïgff’ ’ bajo. El asistencialisrrïqgíe mu :ïïomo una
-, s w“ “3% - solucron pléïéïgflsta, pgeígóggn realidad es conseggdïcïi‘a, pogg -”"i"antiene el sistemgídé’gz‘lïexclusió' ¡y , ‘ïi’r 3km "’ . - - 04m sostefigjfi -r crmiento de nomíaáfïiii fu; es inversiones ‘fiemanda, podría 'i "l' os necesarios. Pero
st.“4 t
ines actuales de la economía local y mundial. En esta etapa el capital no tiene solución para la desocupación masiva como la que tenemos en Ar- gentina.
Pensar que la lucha contra la deso- cupación puede hacerse con la lógica del capital es engañarse, porque en es- ta etapa esa lógica se basa en que cada vez trabajen menos trabajadores, pero que los que queden trabajen más.
Cuadernos del Sur
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'Ii'abajar Menos para Trabajar Todos
La lógica que lleva a la reducción horaria de la jornada es exactamente inversa a la del capital. Se trata de que los que trabajen lo hagan menos horas, para que más trabajadores puedan trabajar.
Históricamente se expresa como: reducción de la jornada laboral y reparto del trabajo existente. Para que los traba- jadores también se beneficien del progreso técnico y la mayor produc- tividad —dispongan de tiempo libre para su recomposición fisica y psí- quica y para sus actividades cultura- les y recreativas— y, paralelamente, se creen nuevos puestos de trabajo.
Alrededor de esta propuesta se puede articular toda una política de empleo que incluya un plan de obras públicas y viviendas populares, plan de trabajos socialmente necesarios; puesta en producción de tierras fisca- les improductivas; seguro de desem- pleo y salario universal por hijo, sus- pensión temporaria de despidos, etc.
El carácter de la Reducción del Tiempo de ’Ii'abajo
Es una propuesta que tiene un fuerte contenido político porque apunta a resolver la división entre ocupados y desocupados, que el ca- pital pone como una cuña para im- pedir la unidad social de los trabaja-
solver la fragmentación al interior de los ocupados, porque están involu- crados el salario, las condiciones de trabajo y los accidentes laborales.
Es un puente que los ocupados tienden a los desocupados, creando trabajo genuino. Porque no se trata de buscar subsidios al desocupado sino de que todas las personas ten- gan lugar en la sociedad. Y de distri- buir las horas de trabajo conforme a la oferta de trabajo, sosteniendo al mismo tiempo el salario básico y acorde a las necesidades del trabaja- dor y su familia para todos.
La reducción del tiempo de traba- jo tiene así un carácter estratégico, pero no solo por lo que aporta a la reorganización del movimiento de los trabajadores, sino porque le dis- puta al capital, ese propietario insa- ciable del tiempo ajeno, la apropia- ción del tiempo de vida expropiado.
Esto es combinar una reformula- ción del orden jurídico en el marco de la dominación del capital, y en es- te sentido tiene un claro contenido reformista, con un ataque al corazón del proceso de acumulación ya que el tiempo de trabajo sigue siendo so- cialmente la medida de la rltjueza creada Sigue jugando un papel cen- tral en la acumulación capitalista, aún en esta época de redes, de robo- tizaciones, de computadoras cada vez más “inteligentes”.
Se trata entonces de lo que llama- mos “reformas no reformistas" ya que para sostenerlas en el tiempo
Mayo de 2005
SOl'l necesarias nuevas transforma-
ciones que se inscriben en una ten—'
dencia anticapitalista objetiva.
El instrumento: un proyecto de Ley
La construcción de esta propuesta no es solo un problema político-eco- nómico o de legislación laboral -estos contenidos son inseparables—, pero también lo es de un proceso de movi- lizaciones y de un intenso debate polí- tico.Esto es, de la creación de un mo- vimiento social que la promueva.
Un debateal interior del propio movimiento en construcción —que debe ser plural, democrático y cons- tructivo- acerca de cómo hacer avan- zar al movimiento y cómo ampliar las fuerzas sociales para imponerlo.
Y un debate hacia fuera. Porque la propuesta no tiene trabas técnicas —problemas para su implementa- ción- ni económicas —formas de fi.- nanciarla—-, pero sí encontrará serias restriccionespolíticas en todos aque- llos que se oponen, se opondrán, a ella: el gobierno nacional, buena par- te de las direcciones sindicales tradi- cionales, el empresariado; los medios de comunicación y sus ideólogos al servicio del régimen;
DY este debate político deberá for- mar parte de la instalación dela cam- paña, sino no hay debate posible, y el desenvolvimiento de la campaña re- quiere deun instrumento para que la propuesta se generalice a nivel nacio- nal.
Este instrumento no ¿es ótrïóáqkjeí n ' o - a un proyecto de ley que de:si . sürgrr
mínimo: _ ° - Que la reducción de la jornada le-I' . gal debe ser generalizada y su cómputo horario debe hacerse exclusivamente en forma diaria o semanal.
° Que esta reducción horaria no afectará el salario.
° Que la nueva legislación deberá penalizar el recurso empresario de las horas extraordinarias, enca- reciendo su costo y poniendo un tope máximo a la cantidad de las mismas.
° Que el resto de la legislación la- boral deberá adecuarse a estas nuevas disposiciones, especial- vmente aquellasque hacen a la re- gulación deltrabajo.
° Que deberá prever un mecanismo financiero para auxiliar a aquellas
- empresas de pequeñas dimensio- nes que encuentren dificultades para la implementación de la nue- va jornada reducida.
Se trata de un instrumento que no es solo para el debate, o para ins-
talarlo en las instituciones parla-
mentarias, sino para levantarlo como bandera de las movilizaciones, y esto requiere sumar fuerzas y sectores sociales dispuestos a imponer la ley.
Cuadernos del Sur
Guerras globales:
Claudio Albertani=Hr
Guerra? ¿Qué guerra? Aquí, todos los días hay guerra. Yo ando siempre atrás
de mi hijo, para sacarlo del tiroteo. De la guerra, yo sé todo. Deise Nogueira, que vive en la favela de Maré, en Río de Janeiro, Brasil
¡vimos tiempos difíciles. Las imágenes de niños mutilados, mujeres
despedazadas y civiles ultrajados llegan a los hogares de millones de
personas en los cuatro rincones del globo y sin embargo el horror se vuelve cada vez menos comunicable en la medida en que se hace más visible. Verdades ominosas y burdos montajes se alternan frente a nosotros, sin so- lución de continuidad, como seudo-mundo aparte y objeto de mera con- templación.
Las mentiras que el gobierno de Estados Unidos y sus cómplices inven- tan para justificar sus continuas guerras —agravadas, más que corregidas por los incesantes retoques- no son ni pretenden ser creíbles. ¿Qué importa? Ellos se arrogan el derecho de contradecirse a sí mismo, esperando que lo ol- videmos todo, como una mala película.
Ya no es suficiente decir que la guerra es engaño, manipulación y propa- ganda. En el momento en que se alteran los juegos de la historia y del poder, así como los supuestos del análisis, enfrentarnos el fin de una época. La gue- rra se transforma en acontecimiento fundador que desvanece la idea misma de la paz, así como las antiguas distinciones entre ejército y policía, seguridad interna y seguridad exterior, arrojando una luz siniestra sobre la sociedad en que vivimos,
En este contexto se plantean muchas preguntas: ¿en qué cambio el mun- do con la política de Bush y su contraparte asimétrica, el terrorismo? ¿Hasta dónde llega la manipulación en escala global? ¿Cuáles son los retos de los movimientos globales?
"’ Bajo el titulo, Los Dilemas del Imperio, presenté un primer esbozo de este texto en el En-
cuentro en Defensa dela Humanidad, México, D.F., 24 y 25 de octubre de 2003. ** Profesor de posgrado en Ciencias Sociales de la Universidad de la Ciudad de México (UCM).
72 Mayo de 2005
El nuevo paradigma
En un texto profético redactado hacia la segunda mitad de los años seten- ta, Michel Foucault ya refiexionaba sobre la guerra como principio de inteli- gibilidad y análisis del poder político.1 Hoy es el principal dispositivo que re- gula el nuevo (des)orden mundial capitalista.
Entre el 11 de septiembre de 2001 cuando se derrumbaron las torres ge- melas y el 11 de marzo de 2004, día de los atentados de Madrid, el mundo cambió drásticamente, así como nuestra manera de percibirlo. En este corto lapso, se reventó uno de los paradigmas centrales de la modernidad: la polí- tica como arte destinado a evitar, o por lo menos, limitar, el uso ilegitimo de la violencia.
La guerra sin límites lo arrasó todo: el socialismo en primer lugar, pero también el liberalismo clásico, la socialdemocracia (con todo y la ficción de la tercera vía), y hasta los propios fundamentos del neoliberalismo económi- co. Guerras contra el terrorismo, el narcotráfico, la crisis, los Estados-cana- lla, la corrupción, el aborto, la droga... guerras preventivas, privadas, totales, convencionales, no convencionales, asimétricas se confunden en un único caos que mezcla las diferentes facetas de un único sistema planetario.2
Lo que estamos viviendo es, al parecer, un apocalíptico regreso a la condi- ción de homo homini lupus que todos los pensadores de Occidente intentaron exorcizar desde los tiempos de Hobbes. Se acabó la idea -¿ilusoria?- de que sea posible garantizar la paz mediante la concentración de la fuerza en manos de un organismo soberano que, de manera cínica pero eficaz, emplea el “mal” pa- ra generar el “bien” y entramos de lleno a la “sociedad del riesgo”, cuyos ras- gos esenciales había vislumbrado Ulrich Beck hace casi dos décadas.3
Cayó en fin el velo del engaño: ahora el Estado ya no puede ofrecer ga- rantías a sus ciudadanos, tampoco otorgar protección, ni filtrar el desorden exterior. En el reino planetario de las mafias se evaporó el espacio de la polí- tica y la vida se volvió insegura, tal vez para siempre.
El pecado original de la modernidad —aquel pacto funesto entre la socie- dad humana y el terrible monstruo bíblico Leviatán- se convierte así en su contrario: una poderosa máquina para producir desorden e inseguridad. Pa- rafraseando a Clausewitz, se podría decir que la guerra es ahora la prolonga- ción de la ausencia de política por otros medios.
En Irak, y anteriormente en Afganistán, no estaban en juego únicamente el petróleo y el control geopolítico del Medi Oriente y del mundo árabe. Esos eran, por supuesto, objetivos imprescindibles, pero había otros menos evidentes y sin embargo igualmente importantes.
Para sus promotores —un reducido grupo de ideólogos llamados neocon-
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servadores convencidos de que la “democracia” de EEUU es la última espe- ranza de la humanidad-, la guerra tenía, en primer lugar, la elevada misión de cambiar el destino del humanidad en los próximos 25 años. En un mundo dominado por el miedo, había que imponer por doquier la “libertad” y los “valores americanos”. ¿Cómo? A sangre y fuego.
La nueva orgía del poder imponía amedrentar a los Estados del Extremo oriente y de Europa Occidental, exhibiendo la existencia de un poder im- perial agresivo y sin escrúpulos dispuesto a emplear todOs los medios para perpetuarse a sí mismo.
También había que someter a prueba la revolución en asuntosmilitares, obsesión del Pentágono desde el final de la guerra fría, cuya expresión más re- ciente es la funesta “doCtrina” -lanzada en septiembre de 2002 por el Secreta- rio de Defensa Donald Rumsfeld- que sostiene el derecho de Estados Unidos a intervenir militarmente en cualquier lugar y en cualquier momento.4
Sin decirlo abiertamente Rumsfeld 'Supone que hay dos clases de sobera- nías: una, la de Estados Unidos y sus favoritos, pasa por encima de tratados y leyes internacionales; la otra, que incumbe al resto de la humanidad, se en- cuentra supeditada a los caprichos de la única superpotencia. Semejante doc- trina carece, en realidad,'de sentido militar ya que no busca la victoria sino la multiplicación infinita de los enemigos y la exhibición de la muerte.
'Su principal justificación, “la guerra contra el terrorismo” no explica na- da: en Irak, en Afganistán, en Kosovo, los misiles de la democracia son tan ciegos como las bombas de los terroristas suicidas. “La palabra-maleta “te- rrorismo”, escribe Juan Goytisolo, reviste múltiples significados y varía en función del enfoque —tiempo, lugar, etcétera- de quienes la emplean. El re- sistente francés contra los ocupantes nazis era calificado de terrorista por es- tos, y tras la liberación de Francia por los ejércitos aliados, se convirtió en hé- roe y mártir. Lo mismo ocurrió durante el mandato británico, con los grupos armados sionistas que dinamitaron el HotelKing David de Jerusalén, oca- sionando más de un centenar de muertos, y con los héroes y heroínas del FLN a laifirma‘de los acuerdos de Evian: unos y otros son venerados como padres de la patria en Israel y en Argelia.”5
- Hoy la etiqueta se' aplica, según la necesidad, a los resistentes de Irak,'alos na- cionalistas trasnochados de ETA, alos muchachos de la intfl'ada palestina, a los integrantes de la multinacional islámica Al Qaeda. :. Forma sin contenido, ex- presión más pura de la dictadura de la sociedad del espectáculo, el terrorismo se difundió en escala planetaria después del derrumbe de la Unión SOVÍética. En un mundo bipolar, las conflictos geopolïticos se canalizaban en guerras locales y relativamente convencionales sostenidas por una de las dos superpotencias. La
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asimetría que surge con la desaparición de uno de los dos polos cambió radical- mentevel panorama. La enorme disparidad tecnológica acabó para siempre con las viejasguerras entre Estados, con su épica, su estética y también su étiCa, para abrir paso a las masacres sin explicación de que hoy somos testigos.
El saldo es que, a casi tres años de ser declarada, la “guerra mundial con- tra el terrorismo” se volvió el espejo en que la democracia occidental se con- templa a sí misma. “Una democracia tan perfecta —escribió Guy Debord- que fabrica por sí misma su inconcebible enemigo. Una democraciaque prefiere ser juzgada por sus enemigos que por sus logros. La historia del te- rrorismo está escrita por el Estado y es sumamente instructiva”.6' '
Estas palabras de 1988 se quedan cortas ante la realidad actual. El 26 de oc- tubre de 2002, por ejemplo, fuerzas especiales rusas del Grupo Alpha irrum- pieron en el teatro Dubrovska de Moscú donde un comando chechenio te- nía secuestradas a 922 personas. Como resultado murieron no sólo los 41 se- cuestradores, sino también un número nunca precisado (aunque superior al centenar) de rehenes, Fue un acto de barbarie, pero los políticos de todo el mundo —desde Bush hasta Chirac, pasando por Tony Blair, Berlusconi y el ministro de relaciones exteriores alemán, el “izquierdista” Joschka Fischer; no tuvieron reparos en felicitar alautócrata ruso Vladimir Putin,
“Todo pasó -escribe Jean Baudrillard- como en el episodio de las vacas locas: se abate todo el rebaño por precaución —Dios reconocerá a los suyos, Rehenes y terroristas confundidos en la masacre —así pues virtualmente cómplices. El prin} cipio terrorista extrapolado a toda la población. Esta es la hipótesis implícita del poder: las propias poblaciones son una amenaza terrorista para él”.7
La disputa por las imágenes
La edad global introduce tecnologías de información y comunicación ac- cesibles a muchas personas que propician formas de organización reticular gracias a las cuales grupos pequeños y anteriormente aislados pueden conec- tarse entre sí, amplificando enormemente el impacto de sus acciones.
En el caso del terrorismo, militantes que disponen de recursos relativa- mente limitados provocan, inmolándose, un cortocircuito perverso y des- mesurado que pone en entredicho los fundamentos mismos de la democra- cia occidental y, en particular, de su versión norteamericana,
Los atentados del 11 de septiembre desembocaron en un golpe de Estado de baja intensidad que cancela las libertades constitucionales básicas de Esta- dos Unidos, aquellas que la filósofa Hannah Arendt había celebrado como la mayor conquista de la modernidad.B
Aprobada una cuantas semanas después, la llamada “Ley Patriota” suprimió
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el habeas corpus, legalizó la vigilancia electrónica e introdujo una cultura de la sospecha que es típica de los regímenes totalitarios. El FBI tiene ahora derecho a entrar en la casa de un ciudadano en su ausencia, hacer un registro y ocultar al interesado durante un tiempo indefinido si existe una orden en su contra. Los agentes pueden obligar a un bibliotecario a revelar qué libros ha retirado al- guien. Si el bibliotecario se niega puede ser perseguido penalmente.9
La larga mano de los militares alcanza la televisión, el cine, la, computa- ción y los juegos electrónicos abriendo así nuevos frentes bélicos. Bajo la di- rección del General Kenneth Bergquist, y con la participación de personal de Hollywood, la Universidad de California, el Pentágono creó el Institute jor Creatives Rchnologies con la tarea de imaginar escenarios terroristas y afinar posibles respuestas.10 -
Existe un proyecto de cooperación entre empresas informáticas (inclu- yendo al gigante informático Microsoft) y universidades privadas, donde personal militar especializado inventa video-juegos de propaganda que re- crean escenarios bélicos en donde los musulmanes cumplen el papel de los malos. Uno de ellos, “America’s Army”, está disponible gratis en Internet, siendo uno de los 5 vídeo juegos más populares en Estados Unidos con más de dos millones de usuarios. Los estrategas militares estudian los alcance de la nueva guerra tecnológica con respecto a las insurgencias “terroristas” que nacen en los mega guetos del mundo. Es por esto que muchos de los infan- tes de marina que combaten en Irak recibieron adestramiento en el Marine Corps Urban VVafighting Laboratory, unidad encargada de entrenar a “guerre- ros urbanos” en el contexto de “juegos” que ineluyen la toma realista de ciu- dades como Pittsburg, Oakland y Chicago.“
Una agencia del Pentágono, el Oflice of Special Plans, dirigido por el halcón neoconservador Douglas Feith, montó la mentira .de la persistencia de armas de destrucción masivas en Irak, al parecer, falsificando datos e información de la CIA. La operación se llevó a cabo de manera muy burda y en contra de la opinión del propio director de la CIA, George Tenet, lo cual remite a se- rias contradicciones dentro del propio gobierno norteamericano.12
Puesto que, a pesar de todo, la guerra, aceleró el declino de la popularidad de Estados Unidos, el gobierno norteamericano tenía la imperiosa necesidad de reforzar su hegemonía en el ámbito de la comunicación. No necesaria- mente (aunque también) por medio de la censura, sino administrando el flu- jo de mentiras, gracias a un mercado que concentra gran parte de la infor- mación en unos cuantos gigantes mediáticos de comprobada docilidad.
El Pentágono favorece además una nueva correspondencia entre el oficio del periodista y el del soldado. Haciendo tesoro de experiencia anteriores, otor-
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ga el permiso de seguir a sus tropas únicamente a periodistas afines o de com- probada fe patriótica. En Irak empleó a equipos especializados de soldados-pe- riodistas, llamados combat-camera, que diariamente sacaban y pulían cientos de fotos destinadas a los mayores canales de información mundial: aviones relu- cientes, prisioneros liberados, iraquíes sonrientes, desfiles de tropas...“ Reclu- tado por la cadena Fox News, Oliver North, ex capitán de navío implicado, ha- ce años, en el escándalo Irán-contras, aparecía casi diariamente en calidad de co- mentarista estrella para disertar sobre los últimos acontecimientos.
Aun así, no pudieron controlarlo todo. Como en otras ocasiones, Internet proporcionó un canal de comunicación alternativa y la verdad —o, por lo me- nos, una parte de ella- se supo gracias a un puñado de valientes periodistas occidentales (por ejemplo el británico Robert Fisk) y aAljazeera (La Penín- sula), la cadena televisiva medio oriental que se volvió la bestia negra de Bush e Israel, así como de muchos gobiernos árabes.
Los norteamericanos no juegan limpio. Ya en ocasión de la invasión de Afganistán habían bombardeado la sede de la televisión en Kabul, entonces sin hacer víctimas. “Error lamentable”, explicaron. Era, más bien, una adver- tencia. En Bagdad,el corresponsal de Aljazeera, Tareq Ayoub, murió tras el ataque contra su oficina, a pesar de haber proporcionado-sus coordenadas al comando central norteamericano, recibiendo a cambio la promesa de no ser atacado. 14
No es todo. El 25 de marzo de 2003, a unos cuantos días de iniciada la in- vasión de Irak, el sitio Internet de la teledifusora fue intervenido por un su- jeto misterioso, el Freedom Cyber Force M ilitia. Al digitar la dirección www.en- glish.aljazeera.net el lector se encontraba con los anuncios Cod bless our tro- ops!!! y Let Freedom Ring! que parecían glosas a los manuales de cyber-gue- rra.15 Al mismo tiempo, la emisora era expulsada de la bolsa de Nueva York, mientras que America on Line rehusaba difundir sus anuncios.
Significativo es también el asunto de los museos y bibliotecas saqueados y quemados sin motivaciones aparentes. El comando norteamericano los presentó como lamentables accidentes, pero, al poco tiempo, la UNESCO denunció que, antes de los hechos, ya circulaba una lista de piezas requeridas pOr museos europeos y norteamericanos.16 Según el periodista británico Ro- bert Fisk, los incendiarios tenían mapas y sabían a dónde ir.‘7 Cabe pregun- tar: ¿qué interés tenían los norteamericanos en prenderle fuego ala memo- ria del pueblo iraquí? La respuesta es fácil: como lo saben muy bien los his- toriadores, anular el pasado de un pueblo es una herramienta básica para so- meterlo.18
Un ejemplo más de esta que se podría llamar la disputa por las imágenes
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es el caso del soldadoJessica Lynch, una jovencita supuestamente hecha pri- sionera y golpeada por las tropas iraquíes, tras defenderse “como fiera”. Un documental presentado en Doha por el entonces Comandante en jefe de las tropas invasoras, general Vincent Brooks, mostraba unidades de las fuerzas especiales de Estados Unidos rescatándola bajo el fuego enemigo.
Losmedios norteamericanos la convirtieron deinmediato en flamante “heroína de América”, pero la verdad es bastante más prosaica. Herida en un banal accidente,Jessica había sido curada por médicos iraquíes y entregada a las tropas norteamericanas, sin que nadie disparara un solo tiro. Todo fue un montaje del Pentágono realizado gracias al trabajo de los combat cameras y a la complicidad de la CNN que lo circuló como noticia verdadera.19
Y está la secuencia de la estatua de Saddam Hussein que se cae al suelo, obsesivamente transmitida por todas las cadenas televisivas afines al campo colonial. El objetivo era evocar el imaginario de 1989, la caída del muro de Berlín, y, sobre todo, dar un vuelco a la prueba aplastante de la fragilidad del sistema, cristalizada en el estrepitoso derrumbe de las torres gemelas el 11 de septiembre. Mas sin embargo, no había multitudes festivas en aquella plaza desolada, sólo unas cuantas personas que contemplaban la escena bajo la mi- rada atenta de los infantes de marina norteamericanos. Aun así, cuando la bandera de barras y estrellas cubrió el rostro del gobernante, no se escucha- ron aplausos, sino chiflidos.
El 14 de diciembre de 2003, el largo brazo de la venganza alcanzó a Sad- dam, ofreCiendo a los norteamericanos nuevas oportunidades de cobrar vie- jas cuentas.20 De nuevo, las imágenes del dictador, ahora sin afeitar y some- tido aun humillante examen médico, dieron la vuelta del mundo, siendo transmitidas hasta el cansancio, en un apresurado intento de equilibrar la ba- lanza de agravios. '
Puesto que nunca se encontraron las famosas armas de destrucción masi- va, se podría ahora justificar la guerra difundiendo las monstruosidades del dictador en un proceso cuidadósamente planeado al estilo del tribunal de Nuremberg. ¿Cómo harán, sin embargo, los fiscales del imperio para escon- der las turbias relaciones del dictador iraquí con varias generaciones de go- bernantes europeos y norteamericanos?
El modelo iraquí
Desde el portaaviones USS Abraham Lincoln, el jueves primero de mayo de 2003, un Bush en atuendo militar con todo y botas proclamó triunfante el fin de las operaciones anglo-estadounidenses y la liberación de Irak.
Un año después, los ocupantes no pueden garantizar ni siquiera su pro-
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pia seguridad y, a pesar de la retórica oficial, la población padece niveles de miseria desconocidos en tiempos de Saddam.
La resistencia contra las tropas de ocupación empezó incluso antes del anuncio oficial del cese al fuego abriendo paso a la guerrilla, la lucha armada y el terrorismo. El 15 de abril de 2003, mientras el flamante virrey Jay Garner declaraba en Ur que “un Irak libre y democrático comienza hoy aquí”, en la ciudad de Mosul, los marines abrían el fuego contra la multitud enardecida que repudiaba al nuevo gobernador pro estadounidense, Mashan al Guburi.21
Desde entonces, la situación no ha hecho más que empeorar. En junio de 2003, las tropas angloamericanas sufrían un promedio de 13 ataques diarios, mismos que se habían elevado a 20 en octubre y a 30 a principios de no- viembre. Para entonces, el número de soldados norteamericanos fallecidos sobrepasaba el total de los tres primeros años en Vietnam, lo cual tiene, evi- dentemente, un efecto devastador en la moral ‘de la tropa.22
En esta situación, se entiende por qué el Pentágono prohibió tomar fotos en la base de la fuerza aérea de Dover, donde suelen llegar los cadáveres de los soldados muertos en batalla.
Los recurSos que emplea la resistencia van desde la intifada -el lanzamien- to de piedras contra los invasores- hasta acciones militares con equipo sofis- ticado, pasando por la guerra urbana, la guerra de guerrillas, los atentados suicidas, el terrorismo, el sabotaje, los secuestros...23
Al parecer, todo acto de hostilidad contra los ocupantes goza de cierta le- gitimidad. En abril de 2004, una multitud enardecida linchó a cuatro merce- narios norteamericanos y la resistencia asesinó a un rehén italiano. A los po- cos días, un sondeo llevado a cabo por una emisora local reveló que, de un total de 83,339 personas entrevistadas, el 79 por ciento se declaraba favorable a la captura de extranjeros como medio de presión.24
La Casa Blanca y el Pentágono se niegan a reconocer la rapidez con que se deteriora su posición política y, militar. Incluso después de que una docena de cohetes hizo blanco en el hotel Rashid de Bagdad y estuvo a punto de ma- tar a Paul Wolfowitz —subsecretario de Defensa y uno de los arquitectos de la guerra- los generales estadounidenses en esa ciudad seguían diciendo que la seguridad en Irak mejora...
Igual'que otros rubros, la guerra también se privatiza en conformidad con el credo neoliberal, las teorías de Rumsfeld sobre los cuerpos de ejército li- vianos y la necesidad de dispensar los soldados de “tareas no estrictamente militares”. Una tajada importante de la inversión le corresponde así a corpo- raciones llamadas private military contractors (PMC) que brotaron como hon- gos a partirazle los años noventa cuando, "conforme avanzaba el paradigma de
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la “sociedad de riesgo”, la seguridad se volvía una mercancía muy codiciada. Dirigidas por generales retirados, estas nuevas compañías de la muerte tie- nen entre sus empleados a antiguos miembros de la Legión Extranjera, a ex agentes de servicios secretos, a gorilas sudafricanos desempleados desde los días del apartheid, así como a torturadores profesionales entrenados en el Chile de Augusto Pinochet y en la mal afamada Escuela de lasAme'ricas de Ca- rolina del Norte.
Bajo la insignia de la calidad total, las PMC ofrecen al Pentágono un aba- nico de servicios profesionales que abarca desde logística y comida chatarra para las tropas invasoras hasta inodoros portátiles y asesorías a torturadores. Una de ellas, la Kellogg Brown & Root, es una sociedad del gruppo Halli- burton de la que, antes de asumir el cargo de vicepresidente en la adminis- tración de Bush, fue administrador Dick Cheney.
Mientras que durante la primera guerra del golfo, en 1991, el porcentaje de subcontratistas privados con respecto al total de la fuerza armada nortea- mericana era de uno a cien, ahora es de uno a diez.25 Aumentó también su empleo en acciones de combate: el 4 de abril de 2004, el ataque de la milicia chiíta contra el cuartel general de Estados Unidos en la ciudad de Najaf no fue repelido por militares norteamericanos, sino por comandos de la empresa Blackwater, misma que tiene a su cargo también la seguridad del nuevo pro- cónsul, Paul Bremer.26
Actualmente operan en Bagdad no menos de 20 de estas compañías que emplean a unos 20,000 mercenarios cuyos salarios oscilan entre los 70 y los 250 mil dólares por año.27 Según un reportaje del New York Times, las PMC devoran al menos el 25 por ciento de los 18 mil millones de dólares presu- puestados por la “reconstrucción”.28
Todo esto explica por qué Bremer, un tecnócrata que no habla árabe y no es conocedor de la región, tomó una decisión a la que se había resistido Gar- ner: la disolución del ejército nacional iraquí (lo cual dejó sin trabajo a unos 400,000 militares) y la creación de cuerpos paramilitares, siniestramente lla- mados “Cuerpos de Defensa Civil” (como en Vietnam y Centroamérica), que también operan bajo el esquema mercenario, pero con salarios que no sobrepasan los 150 dólares mensuales.
Ante la disyuntiva de cuidar sus intereses o fomentar la democracia de la que tanto hablan, la opción de los ocupantes es clara: al tornar posesión, Bre- mer, reinstaló la censura como en los tiempos de Saddam.29 Desde entonces, el hostigamiento contra los periódicos acusados de “difundir mentiras’l es motivos de continuos disturbios. La clausura, en marzo de 2004, deAl-Haw- za Nataqa, órgano de propaganda del líder chiíta Moqtada Sadr, desencadenó
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una insurrección popular que provocó cientos de muertos en unos cuantos días. 3°
Mientras se amordaza ala prensa, florece la libertad de hacer negocios. El 23 de mayo de 2003, apenas unos cuantos días después del final de las opera- ciones bélicas, los ejecutivos de unas mil compañías transnacionales se reu- nieron en Londres para repartirse el pastel. Y es que la reconstrucción de un país destruido por dos guerras, diez años de embargo y la dictadura de Sad- dam se anuncia como el negocio del siglo.
A finales de septiembre de 2003, Bremer dio a conocer un nuevo paque- te de “reformas”: 200 compañías estatales iraquíes serán privatizadas; las em- presas extranjeras podrán retener 100% de la propiedad de bancos, minas y plantas iraquíes y podrán sacar 100% de sus ganancias de IrakÉ"1 Asimismo, McDonald's anunció la apertura de una de sus sucursales en Bagdad.
El influyente semanario The Economist, vocero del neoliberalismo global, definió tales reformas como “un sueño capitalista que satisface todos los de- seos de los inversores internacionales”.32 Contrario al credo vigente, los in- versores extranjeros no obtienen sus contratos por medio de concursos y li- citaciones, sino gracias a las relaciones privilegiadas que logran con la admi- nistración norteamericana. Y
¿Cuánto tiempo durará la ocupación? Ahmed Chalibi, jefe de un poco creíble “Congreso Nacional Iraquí” (organización creada por la CIA en tiempos de Saddam, y después cercana al Pentágono), hombre de confianza de Bush-padre y testaferro de las petroleras, pronosticó dos años de “transi- ción”.33 Otros hablan de cinco y hasta'siete años.
Por su parte, el presidente Bush asegura que, en junio de 2004, entregará la “soberanía” de Irak a un gobierno integrado por nacionales iraquíes no elegi- dos que remplazará a la actual “Autoridad Provisional de la Coalición”. Esto abriría el paso a la reconstrucción del ejército nacional que el Pentágono con- sidera como una necesidad urgente para reducir la presión contra sus tropas.
Yes que las contradicciones que enfrentan los invasores son insolubles. Aun admitiendo que logren controlar la oposición armada —lo cual, en la actualidad, parece imposible- no pueden autorizar elecciones libres ya que un gobierno de- mocráticamente elegido exigiría inmediatamente su salida" del país.
Lo único que les queda es desencadenar el terror y apostarle al clásico “di- vide y vencerás”, regla de oro de los opresores de todos los tiempos. Bajo es- te esquema, explotan las antiguas rivalidades entre grupos, étnicos y religio- sos favoreciendo en particular una alianza de kurdos y chiítas contra sunitas.
Recordemos que Irak es un Estado creado artificialmente por los ingleses a partir detres provincias del viejo imperio otomano, al finalizar la primera
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guerra mundial. Desde entonces —y particularmente dura-nte la larga dicta- dura de Saddam- la vida política del país ha sido controlada por la minóría sunita a espalda de kurdos y chitas.
Demostrando una crasa ignorancia, los invasores menospreciaron el sur- gimiento de un fuerte sentimiento nacional precisamente en función antia- mericana. Cuando, en marzo de 2004, un organismo designado por ellos, el “Consejo de Gobierno Iraquí”, promulgó una constitución interina que po- ne en entredicho la unidad nacional, el resultado fue de unir a'todos en con- tra de la dominación colonial lo cual desembocó en las sangrientas revueltas populares de abril y mayo.34
Es síntoma de una gran confusión que, para retomar el control de Fallu- ja, el ejército ocupante acudió incluso aJasim Mohammed Saleh, ex coman- dante de la guardia republicana de Saddam quien tiene un pasado negro en asuntos de derechos humanos. Mientras la situaciónvmilitar se parece, cada vez más, a la desbandada de Mogadiscio en 1993 -cuando tropas de elite nor- teamericanas fueron puestas en jaque por milicias de barrio- dos de las ma- yores compañías transnacionales presentes en el país, General Electric y Sie- mens, decidieron retirarse de Irak.35
En el teatro internacional las cosas no van mejor. Es cierto que Estados Unidos se adjudicó una victoria cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad una resolución que legaliza su presencia en Irak lo cual, dicho sea de paso, le restó credibilidad no sólo a la propia ONU, sino también al “gaullismo” de segunda mano del llamado eje de la paz: Francia, Alemania y Rusia.36
Aquellas capitulación (y muchas otras en años anteriores) muestra cómo, a pesar de las notorias contraposiciones entre el bloque norteamericano y el europeo (que, sin duda, permanecen y son fuentes de contradicciones rea- les), existe también un poderoso interés común: la necesidad de mantener bajo control la barbarie que ambos bloques producen. En opinión de algu- nos analistas, esto daorigen a una suerte de “imperialismo colectivo”, 0' sea un sistema internacional que, bajo la dirección despótica de Estados Unidos, garantiza las necesidades globales de la valorización capitalista.37
Como sea, hacia mediados de abril de 2004, la administración norteame- ricana parecía inclinarse hacia propuesta del enviado especial de Naciones Unidas en Irak, Lakhdar Brahimi, de remplazar el “Consejo de Gobierno Iraquí” por un gobierno central de “expertos” apuntados por la ONU, que también gozaría del beneplácito europeo, hasta la celebración de elecciones que se proyectan hasta enero de 2005.33 '
La legitimidad de tal gobierno sería de todos modos reducida y el atenta-
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do del 18 de agosto de 2003 que costó la vida al representante de Naciones Unidas en Irak, Sergio Vieira de Mello, y a otras 17 personas, deja en claro la opinión de la resistencia iraquí sobre cualquier ingerencia extranjera.
Bremer proyecta reconstituir un ejército iraquí, contratando algunos de los viejos generales que sólo “nominalmente” fueron miembros del partido Baaz-de Saddam Hussein, pero tal medida es rechazada por el antiguo favo- rito Chalibi. Esteúltimo se opóne también al plan de la ONU, que elimina- ría del gobierno a su partido que no cuenta con apoyo alguno en Irak.
Los escenarios posibles son muchos pero en ninguno de ellos EEUU po- drá retirar la ocupación militar so pena de abrir el paso a un régimen antia- mericano. Esto cuesta mucho dinero: no menos de 4,700 mil millones de dólares mensuales. Es más: el actual despliegue de 160,000 hombres es cada vez más insuficiente y, según el general Anthony Zinni, se requieren por lo menos 500 mil soldados para asegurar Irak, una cifra cercana a lo que Esta- dos Unidos desplegó en Vietnam en la época más álgida de la guerra.39
De cara a una progresión geométrica de los gastos, las entradas por con- cepto de venta de petróleo iraquí y otros servicios le otorgarán fabulosas ga- nancias a las compañías involucradas, así como jugosas tajadas a los funcio- narios de la administración Bush (y por supuesto a lOs integrantes del fan- tasmal Consejo de Gobierno Iraquí), pero nunca serán suficientes para fi- nanciar el costo total de la guerra.
Entonces: ¿quién pagará? En primer lugar los propios iraquíes, cuyos in- gresos futuros se encuentran hipotecados por generaciones. En un discurso transmitido por televisión desde Bagdad en los días sucesivos a los disturbios de abril de 2004, Bremer lo expresó empleando el lenguaje apocalíptico en boga: “Irak se enfrenta a una disyuntiva; si no se defiende por sí mismo no se salvará”.4o
Pero también pagarán los contribuyentes norteamericanos. ‘Como lo ha escrito una y otra vez el .editorialista del New York Times, Paul Krugman, la oferta de Bush de recortar impuestos en medio de la guerra y con un déficit incalculable es totalmente inviable lo cual abre un nuevo flanco débil para la administración en un año electoral.
El fantasma del nuevo siglo americano
Extremadamente compleja, la actual situación internacional se pueda tal vez entender mejor a partir del enfoque de Karl Polanyi, quien llamó “siste- ma de la balanza de poder” al equilibrio entre las grandes potencias europe- as operante en el siglo XD( después de las guerra napoleónicas. Según Po- lanyi, ¡el sistema propiciaba las guerras locales y, desde luego, las aventuras
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imperialistas, pero impedía el estallido de conflictos de gran envergadura al interior del viejo continente.“
Sumada a otros factores, la crisis de la balanza de poder dio origen a dos guerras mundiales y a los imperios totalitarios de la primera mitad del siglo XX. Si aplicamos las mismas categorías al período sucesivo, a partir de los años cincuenta, observamos el nacimiento de una nueva balanza de poder - desequilibrada en el aspecto económico pero no en el aspecto militar- entre la Unión Soviética y Estados Unidos. La abrupta caída del bloque llamado socialista, sin embargo, dio origen a otro desequilibrio, lo cual permitió que Estados Unidos proclamara el primer imperio global de la humanidad.
En aquel entonces pocos entendieron lo esencial, a saber, que la disgrega- ción de la URSS no se podía adjudicar a Estados Unidos, sino que era el pro- ducto de sus propias contradicciones.
Cegados por el triunfalismo, los escribas del nuevo imperio se apresura- ron en proclamar que la caída del socialismo inauguraba una época de bie- nestar y felicidad para todos. En adelante ya no habría avances en las institu- ciones de la humanidad porque, con el triunfo del paradigma de mercado, todos los problemas realmente cruciales estaban resueltos. Incluso hubo quien, como Francis Fukuyama, dictaminó el hegeliano fin de la historia: atrás quedaban las viejas formas de poder centralizadas,jerárquicas y vertica- les; el mundo marchaba ahora hacia formas horizontales, negociadas y reti- culares de convivencia humana.42
Autores de formación marxista como Manuel Castells, Antonio Negri y Michael Hardt, también pensaron que la crisis del Estado-nación, aunada a la tercera revolución industrial y al ascenso de la nueva economía (es decir, el sector informático en cuanto modelo productivo y discurso cultural) con- ducía a un sistema social con características relativamente benévolas: la “so- ciedad en red” para el primero, el “imperio” para los segundos.43
Los años del presidente Bush evidencian la fragilidad de esas teorías. Mientras la nueva economía sufría una severa crisis, la vieja economía, la del petróleo, de la corrupción y de las armas, aceleraba el paso y buscaba guiar al mundo.
La promesa de felicidad universal con que se había inaugurado la década de los noventa se transformó en un artificioso intento de dominación unila- teral por parte de la potencia ganadora de la guerra fría, misma que creía po- seer la clave del “único modelo para el éxito nacional: libertad, democracia y libre empresa”.44
¿Qué estaba pasando? Las cosas salieron a la luz poco a poco. Una severa crisis se venía arrastrando, una crisis que se puede resumir en unas cuantas
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palabras: el centro del imperio vivía — y sigue viviendo- por encima de sus posibilidades. Frente a esto, la respuesta de los gobernantes norteamericanos no fue nueva ni original: la multiplicación de conflictos bélicos para reacti-' var el mecanismo estancado de la acumulación, el weljare transformado en warfare.
El gasto militar tiene un alto poder multiplicador en la economía y si hay algo constante en la historia de Estados Unidos es la conexión entre inter- venciones militares y repunte económico.45 Desde 1947, este país realizó más de 250 ataques militares en los cinco continentes, sin contar las acciones encubiertas de desestabilización.46 Según investigaciones recientes, por cada dólar otorgado al Pentágono, el Producto Interno Bruto del país crece de 3.5 dólares después de cuatro trimestres.47
De manera que, tanto en Afganistán como en Irak (y anteriormente en Kosovo y en Bosnia), la guerra ofreció a Estados Unidos la posibilidad in- mejorable de movilizar capitales que estimulan la economía perpetuando la dOminación imperial:
Ya en tiempos de Clinton algunos intelectuales allegados al complejo mi- litar-industrial habían sostenido, sin tapujos, la necesidad de reforzar la su- premacía global de Estados Unidos. En 1997, el fundador de la Comisión Trilateral y ex consejero de Seguridad Nacional en tiempos deJames Carter, Zbigniew Brzezinski, escribió, por ejemplo, que “los tres grandes imperati- vos de la estrategia imperial son: 1) conservar la dependencia de los vasallos en asuntos militares; 2) mantener a los tributarios dóciles y contentos; 3) im- pedir que los bárbaros se unan entre sí”.48
En su visión, Europa Central y el Lejano Oriente dejaban de ser priori- dad, al tiempo que otras regiones adquirían renovada importancia: el Golfo Persa y la cuenca del Mar Caspio, o sea, el área entre el Medio Oriente y Asia Central donde se concentra gran parte de las reservas mundiales comproba- das de petróleo y de gas natural.
Otro personaje de la misma levadura, Samuel Huntington, propuso el modelo belicista del “choque de civilizaciones” en el que teorizaba la inmi- nente confrontación con el mundo islámico. “A partir de ahora —escribió- el eje de la política mundial será la interacción entre aquellas culturas que per- tenecen y aquellas que no pertenecen a la civilización de Occidente”.49 Sus- cita hilaridad enterarse de que, en su afán de volver a trazar los confines ge- opolíticos, Huntington no titubeara en dejar del otro lado de la frontera na- da menos que a Grecia. . .50
En particular, Huntington veía con pavor el nacimiento de un movi- miento en favor de la “reislamización” del Oriente Medio, no tanto por
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cuestiones religiosas o de “civilización”, sino por las mismas y prosaicas ra- zones de Brzezinski: el control de los energéticos.
Sin pl’a-ntearlo abiertamente, el enfoque de Huntington —recientemente ampliado a la comunidad hispanohablante de Estados Unidos que, supues- tamente, amenazaría la supremacía de los anglo-protestantes51— tenía que ver precisamente con el problema de lacrisis, mismo que apenas empezaba a ventilarse en los círculos del poder y que, desde una perspectiva. crítica, ana- lizaba el eminente historiador Immanuel Wallerstein. -
Por una extraña ironía, escribió Wallerstein, la nueva condición del. país como superpotencia sin rivales posibles se daba paralelamente a la más seve- ra crisis interna que el país enfrentaba desde la Segunda Guerra Mundial. Una crisis que no era solamente económica, sino también social y cultural; en otras palabras: una crisis de civilización.52 _
De todo ello estaban conscientes algunos. intelectuales llamados “neo- conservadores” que trabajaban en poderosas instituciones como el American Enterprise Institute y el Proyecto por el Nuevo Siglo Americano (PNAC, por su si- gla en inglés).53 _
El término “neoconservador” resulta un tanto engañoso porque, lejos de “conservar”, ellos pretenden rehacer el mundo según un proyecto de inge- niería social que combina el más rancio fundamentalismo religioso con el tradicional imperialismo norteamericano, aunado a una fascinación por la fuerza bruta y a nuevas formas de totalitarismo económico. El resultado es una mezcla explosiva en donde se cruzan elementos arcaicos y siniestramen- te modernos.
Como la de Brzezinski (a quien, sin embargo, habría que definir como un conservador más bien “tradicional”), su doctrina es bastante sencilla: 1) el liderazgo de Estados Unidos es bueno para todo el mundo; 2) este lide- razgo implica Estados sojuzgados por medio de un aplastante poderío mi- litar; 3) los opositores —no importa quienes- son el eje del mal y deben ser aplastados.
Todo comenzó hacia finales de los años noventa cuando, no conformes con la política de defensa de Clinton, los neoconservadores trazaron un plan muy agresivo para asegurar la supremacía militar de Estados Unidos en el si- glo XXI.54 Uno de sus principales escenarios se ubicaba la región neurálgica comprendida entre Medio Oriente y Asia Central que era necesario “re- construir” según el nuevo patrón jerárquico imperial. j .
La victoria de Bush en las fraudulentas elecciones de 2000, les permitió ponerse m‘anos a la obra. Había, en primer lugar, que asegurar el control del flujo de petróleo y gas desde las regiones de la antigua Unión Soviética (en
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donde se ubican las reservas más ricas del mundo) hasta las metrópolis nor- teamericanas.
Una de las principales rutas pasaba por Afganistán, de maneravque los atentados del 11 de septiembre proporcionaron una excelente excusa para acabar con los antiguos aliados Talibanes quienes estaban marcando su dis- tancia de Washington de manera cada vez más agresiva-55
Los neoconservadores retomaron, asimismo, la vieja idea sionista de cre- ar un “gran Israel” desde el Nilo hasta el Éufrates, sólo que en lugar de ser la voz cantante, el Estado judío cumpliría aquí —junto a Turquía- el papel de mastín para mantener a raya a los Estados árabes vasallos que tendrían la fun- ción de proveedores de petróleo, gas, agua y mano de obra semiesclava.56
El mejor candidato para la encomienda era el viejo halcón Ariel Sharon, fundador del partido Likud, terrorista en sus años mozos, y primer ministro israelí desde febrero de 2001. A pesar de que Sharon no es, ni mucho menos, un aliado dócil, siempre conservó la plena confianza de la administración norteamericana. Tan es así ‘que después del fracaso de la llamada “hoja de ru- ta”, Bush acabó avalando la pretensión de Israel de quedarse con los territo- rios palestinos ocupados por los colonos judíos definiendo “irreal” la pre- tensión de regresar algún 'día a las fronteras de 1949, algo que hasta entonces ningún presidente americano se había atrevido a decir públicamente.57
Yhabía, por supuesto, que deshacerse de Saddam, no por la peligrosidad de su régimen o por su carácter “antidemocrático” -en realidad, los neoconser- vadores piensan que la democracia es un'sistema poco eficiente y, en todo ca- so, innecesario-, sino por ser un piedra en el camino hacia un Medio Oriente dominado por Israel y EEUU, lo cual explica por qué la guerra contra Irak es- taba en su agenda mucho antes de los atentados del 11 de septiembre.
Hay más. El proyecto de los neoconservadores no se conforma con redi- señar la geografía política de Asia Central-y Medio Oriente, sino que el tea- tro de sus operaciones es la totalidad del globo. Acosados por la apremiante necesidad de encontrar siempre nuevos enemigos, inventaron el seudocon- cepto de Estado-canalla, que sirve para estigmatizar a los enemigos del mo- mento: Siria,'Irán, Libia,Corea del Norte, Cuba, Venezuela... ¿Y después? Más guerras preventivas, más regímenes que caen en los puntos candentes del planeta. . .
Su arrogancia es tal que, en las postrimerías de la invasión a Irak, James Woolsey —ex director de la CIA y miembro destacado del grupo- declaró: “sólo el temor logrará restablecer el respeto por los Estados Unidos”. Según Woolsey ya empezó la “cuarta guerramundial”, misma que durará, por lo menos, un-ïcuarto de siglo;53 Son declaraciones inquietantes que corroboran
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lo dicho: la guerra es hoy el elemento fundador de la política, el dispositiVO que modela y remodela el mundo con el bisturí o con el hacha, según las cir- cunstancias.
Totalitarismo democrático
La pretensión de EEUU de ejercer un control total del mundo es, a todas luces, una forma exacerbada de imperialismo que tiene raíces en la propia historia norteamericana, pero que presenta, al mismo tiempo, rasgos nuevos y aterradores.
Consultar los textos de los neoconservadores es instructivo. Ellos aborre- cen el término “imperialismo”, pero coquetean con la palabra imperio encon- trándola respetable y conforme a sus ambiciones.
El conocido editorialista Robert Kaplan, teoriza un “imperio (norte) americano sin colonias, echo a la medida de la era de la información, en que los movimientos de capital y de personas diluyen el sentido tradicional de la soberanía”.59 Teólogos al servicio del Pentágono desentierran la guerra justa de Santo Tomás con el fin justificar las políticas armamentistas de sus amos.60 Por su parte, Ronald Rumsfeld accede a buscar los antecedentes del imperio americano en la antigua Roma: unum imperium, unus rex.
Así como Mussolini reivindicaba para su régimen la definición de “Esta- do totalitario”, los actuales gobernantes norteamericanos celebran la natura- leza imperial de su país. Imperial es la convicción de poder operar por enci- ma de cualquier fuerza histórica y de cualquier ley internacional. Imperial es el desastre olvidado de Afganistán, un país reducido a escombros a pesar de las proclamas triunfalistas del Departamento de Estado. Un país que es, ade- más, el símbolo más elocuente de la “primera victoria contra el terrorismo” donde el presidente Hamid Karzai —antiguo empleado de la transnacional energética Unolocal- no es más que un títere de Washington y cuya jurisdic- ción, dicho sea de paso, no se extiende más allá de la periferia de Kabul.
Imperial es .la arrogancia de creer que “hoy Estados Unidos es el único poder que puede servir como principio organizador para la expansión mun- dial de una sociedad civil liberal”.61 Imperial es, en fin, la anulación de cual- quier diferencia entre política exterior y política interna.
Y sin embargo, ningún imperio duradero se entregó jamás al uso exclusi- vo de la fuerza bruta; en algún momento todos comprendieron la necesidad de una política de alianzas y compromisos. Si Roma hubiese impuesto su modelo cultural con la misma arrogante intolerancia que hoy practica Was- hington, su imperio no hubiese durado ni una generación. . .
Frente a este panorama sombrío, muchos esbozan la imagen de Estados
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Unidos como una superpotencia con rasgos fascistas. Yen efecto, no son po- cos los indicios que apuntan en esta dirección, empezando por el nacionalis- mo exacerbado que cunde en el país. En los días sucesivos al 11 de septiem- bre era común observar la exposición de la bandera norteamericana en las ca- lles de Nueva York y Chicago. Muchos activistas narraron el miedo que vi- vieron al manifestar su oposición al patriotismo oficial.
De manera reiterada, escritores disidentes como Norman Mailer y Gore Vidal han denunciado la atmósfera prefascista que reina en el país y la ero- sión tanto de la libertad de prensa como de las libertades básicas en provecho de un estado de excepción permanente.62
Antes de que surgiera la locura del nuevo siglo americano, un prestigioso intelectual alemán, Carl Amery, había formulado una pregunta inquietante: “¿Fue Hitler un precursor?”.63 Hoy esa pregunta cobra una actualidad alar- mante. Responder implica ponderar las palabras ya que a menudo se habla de nazismo a la ligera, sin saber a ciencia cierta de qué se trata. La definición misma es objeto de un debate inagotable: ¿fenómeno contrarrevoluciona- rio? ¿Dictadura del gran capital? ¿Reacción anticomunista? ¿Patología ale- mana?
Sin entrar en los detalles del debate, el autor señala que, en un mundo do- minado por la escasez y la incertidumbre, la solución de Hitler fue el some- timiento de pueblos enteros en beneficio de la que llamaba “raza superior”. Amery considera una imperdonable ingenuidad pensar que en las próximas décadas aquel programa no pueda revivir, aunque sea purgado de sus aspec- tos más obsoletos.64
Un reciente informe del Pentágono sobre la inminente lucha por el con- trol de los recursos básicos —particularmente agua, petróleo y gas- a la que Occidente (léase Estados Unidos) tiene que prepararse en el corto plazo, co- rrobora el punto de vista de Amery.
Existen otras analogías preocupantes entre el III Reich y el actual imperio norteamericano. Ambos comparten una muy parecida visión geopolítica del mundo, la idea de que existen pueblos débiles destinados a perecer y pueblos fuertes con el derecho a imponerse y al espacio vital.
Ambos discursos tienen raíces en narraciones míticas; la diferencia es que, en lugar de pescar en las sagas'teutónicas, el mesianismo apocalíptico de Bush se sostiene en el puritanismo protestante hermanado ahora con prejui- cios antiárabes y antiislámicos de matriz sionista.
Esta es, sin duda, una novedad ideológica importante. Los fundamenta- listas cristianos -en particular las sectas protestantes que son la base electoral del Partido Republicano- sostienen que el Armagedón, la lucha final de
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Cristo con el Anticristo, tendrá lugar precisamente enJerusalén, cuando los judíos del mundo entero recuperen su tierra de origen, es decir, Israel inclu- yendo a Palestina. .
El viraje sorprende si recordamos el origen antisemita del pensamiento derechista. Sin embargo, para los neoconservadores el “terrorista islámico” desplazó al “banquero judío” y al “bolchevique” como el “eje del mal”.
El modelo se extendió incluso a la derecha europea, cuyo antisemitismo tiene raíces mucho más profundas, pero que ahora apoya a Israel. En el cur- so de la visita oficial aJerusalén que realizó en noviembre de 2003, Gian- franco Fini, vicepresidente del gobierno italiano y secretario del partido postfascista Alianza Nacional, ofreció unas fugaces disculpas al pueblo judío por las leyes antisemitas promulgadas en Italia en 1938. Fue más lejos: afir- mó “haber cambiado idea sobre Benito Mussolini” a quien anteriormente había definido “el más grande estadista del Siglo )Q(”.65
¿Por qué los dirigentes del Estado judío aceptan compartir el camino con los verdugos de sus padres? Tal vez porque-el gobierno italiano respalda la construcción del llamado muro de la vergüenza que Israel construye para cer- carlos territorios palestinos. Tres veces más largo que el muro de Berlín, tres veces más alto y con varios metros de ancho, este monstruo de concreto tie- ne, oficialmente, el objetivo de impedir la entrada a los “terroristas”. En rea- lidad, legaliza el saqueo de los territorios palestinos y contará, una vez termi- nado, con trincheras, cables electrificados y torres de control.66
De manera que los enemigos de ayer son los amigos dehoy, en una inver- sión de roles que le conviene mucha a la ultraderecha israelí, misma que aho- ra tilda de “antisemita” a todos los que cuestionan el régimen de apartheid. ¿Cómo orientarse en. semejante embrollo? La confusión y las falsificaciones son típicas del totalitarismo y para destrabar la maraña de mentiras, es necesa- rio, en primer lugar, tener presente que el capitalismo engendra conflictos ét- nicos en continuación, sin dejar, al mismo tiempo, de hacer jugosos negocios.
Tanto el, gobierno israelí como los neoconservadores norteamericanos y sus aliados en el mundo emplean el horizonte religioso como un inagotable manantial de instrumentos de dominación para perpetuarse a sí mismos. “El recurso al Dios justiciero, convenientemente privatizado —escribe Juan Goytisolojen el articulo citado-, aglutina a personalidades tan dispares y de objetivos tan disímiles como el presidente Bush y Osama Bin Laden”.
A principios de 2002, el procurador general John Ashcroft lanzó su propia “guerra santa” en defensa de la “civilización”. En una exposición 'intercalada con citas de la Biblia y referencias al Edén, Ashcroft contrastó “las maneras de Dios (es decir las de EEUU, nda) con las maneras delos terroristas”.67
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Dos años después, el discurso oficial no había cambiado y los rezos colec- tivos del gabinete presidencial se seguían transmitiendo por televisión, junto a continuos mensajes sobre la “cruzada” para “salvar” al país. En ocasión del pri- mer aniversario de la guerra contra Irak, Bush llegó al punto de declarar que “no hay terreno neutral en la lucha entre la civilización y el terror porque no hay terreno neutral en la lucha entre el-mal y el bien”.63 Aquí la sinrazón al- canza el delirio: si al “mal absoluto” se le opone el “bien absoluto” los medios del “bien” deberán ser igualmente violentos y crueles que los del _“mal.
De nada sirven los deslindes de la iglesia presbíteriana a que pertenece Bush, tampoco los llamados al diálogo entre religiones procedentes de teó- logos de todas las confesiónes. En la realidad precaria del imperio, Dios se vuelve hipóstasis de la norma, hueca trascendencia del hombre'reducido a función del dinero.59'
Ese Dios impone una cultura, un modo de vida, una visión del mundo. Los neoconservadores difunden por doquier su evangelio: privatizar el pe- tróleo, el agua, el gas, la cultura, la educación, las carreteras y cuanto más se pueda. ¿Cómo? Generalizando la barbarie mercantil, colonizando hasta el último milímetro del globo, doblegando las industrias nacionales, desviando recursos públicos hacia’fines militares... A los vasallos les prometen regali- tos y a los desobedientes les arrojan bombas de fragmentación, inútilmente prohibidas por convenciones y tratados que se ufanan de ignorar;
En una versión actualizada de la inquisición española, los estrenuos de- fensores del imperio proclaman que el empleo de la tortura y la coerción fí- sica son las consecuencias, lamentables pero necesarias, de la imprescindible cruzada contra el mal. En octubre de 2003, mucho antes de que se difundie- ran las imágenes de la tortura en la cárcel de Abu Gharib, el plumífero Mark Bowden —autor de grandes éxitos editoriales como La caida del halcón negro y Killing Pablo- conCluía, con mal disimulada admiración, que el “oscuro arte de la interrogación” (léase: la tortura) es “el arma más vital de la tecnología americana”.7°
Haciendo gala de una franqueza poco común, Bowden pasaba en reseña los métodos que, en toas partes, emplean los guardias imperiales en la lla- mada guerra contra el terrorismo. Está, en primer lugar, la base norteameri- cana de Guantánamo en Cuba. Más de 600 prisioneros islamistas definidos “combatientes ilegales” —y por lotanto despojados de las prerrogativas de la Convención de Ginebra- se encuentran hacinados en este auténtico campo de concentración, sin gozar de ningún derecho y sin que, salvo excepciones, se conozca tan siquiera su identidad. Aunque proceden de varios países (in- cluso occidentales), la mayoría son talibanes de Afganistán que fueron ven-
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didos a Estados Unidos por sus aliados de la Alianza Norte, grupo de seño- res de la guerra que se financia con el tráfico de opio. Unos 120 de ellos ya fueron liberados, los cual implica reconocer, aunque de manera implícita, el “error”, pero los demás siguen detenidos.71
Algo todavía peor existe ahora en Irak donde, unos 10,000 prisioneros si- guen detenidos en cárceles clandestinas o en las antigua prisiones de Sad- dam, sin acusaciones específicas. En un sitio llamado Camp Cropper (ubi- cado, al parecer, no lejos del aeropuerto internacional de Bagdad), languide- cen aquellos “prisioneros especiales” que, supuestamente, pueden hacer re- velaciones importantes.72 Entre ellos vagan como fantasmas el antiguo se- cretario de relaciones exteriores, Tariq Aziz y Huda Hammash, conocida co- mo “Sally la Química”, acusada de colaborar en el programa de armas bacte- riológicas de Saddam.73
A finales de abril de 2004, el programa televisivo 60 minutes de la red CBS mostró las aterradoras imágenes de presos iraquíes humillados y torturados en la espantosa prisión de Abu Gharib, la misma donde miles fueron hechos perecer en tiempos de Saddam. En una se perciben seres humanos desnu- dos, amontonados en forma de pirámide y obligados a realizar posiciones se- xuales humillantes, mientras una mujer soldado, cigarro en la boca, los mira riendo. En otra, un hombre encapuchado permanece parado encima de una caja de cartón con las extremidades conectadas a cables eléctricos. Pronto se supo que existen miles de estas imágenes y que también en Afganistán los prisioneros reciben el mismo trato.
Las acuciosas investigaciones realizadas a partir de fuentes del propio ejército norteamericano por el prestigioso reportero Seymour Hersh —gana- dor en los años 70 del premio Pulitzer por haber revelado la masacre de My Lai in Vietnam- comprueban que existe una deliberada política de aniquila- miento de los prisioneros. Esta política se lleva a cabo con la anuencia de los altos mandos militares del ejército de ocupación y es implementada por agentes de la inteligencia militar y de la CIA coadyuvados por “contratistas” externos, es decir mercenarios.74
El reportaje de Hersh concuerda con lo dicho por el sargento de infante- ría Camilo Mejía, ciudadano nicaragüense de 28 años enviado a Irak con la promesa de un pasaporte americano. Mejía desertó en octubre de 2003 para no seguir participando “en una guerra ilegal, injusta, inmoral”. En abril de 2004, optó por entregarse en la base de Fort Stewart, Georgia, anunciando representar a más de 7,500 soldados que se niegan a regresar al frente, por lo cual será juzgado ante la corte marcial. En entrevista exclusiva con el perió- dico italiano, Il Manifesto, Mejía confirmó que, desde los primeros días de la
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ceupación, el batallón al que pertenecía tuvo la orden de infligir tortura pre- ventiva a los prisioneros iraquíes que iban a ser interrogados.75
Ciertamente la práctica de la tortura no es noticia en una época, como la nuestra, que ha perfeccionado e industrializado la producción del dolor en escala masiva. Ahí está la interminable secuela de agravios perpetrados por agencias del gobierno norteamericano contra sus propios ciudadanos y con- tra civiles en todo el mundo a lo largo de, por lo menos, un siglo. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, las terribles imágenes de negros impunemente lin- chados en el sur de los Estados Unidos? Hay algo inédito, sin embargo, en ese gusto obsceno por retratar compulsivamente a los desventurados que ca- en en las garras imperiales. Nada ahí parece casual: las fotos se tomaron para que se vieran, contemplaran y recordaran. Una extraña geometría plasma los pobres cuerpos desnudos amontonados en forma de pirámide; la inclusión de los torturadores en la secuencia, las máscaras, las propias posiciones: todo hace pensar en una macabra puesta en escena.
El balance es más que preocupante: con la complicidad de gobiernos con- descendientes —no sólo el de Irak, sino también los de Afganistán, Pakistán, Egipto, Tailandia y quién sabe cuántos más-, el Pentágono está creando un auténtico sistema carcelario global en territorios remotos, al margen tanto de las leyes de guerra como del derecho humanitario internacional y de la pro- pia constitución norteamericana.76
Lejos de la mirada inoportuna de periodistas y abogados, los militantes de Al Qaeda y otros sospechosos de teorrismo son enviados a lugares impene- trables en donde los oficiales de inteligencia los van ablandando poco a po- co. Como en la habitación 101 de la novela 1984 de George Orwell, el inten- to premeditado de destruir la personalidad del detenido y la suspensión de todo derecho, incluso del derecho elemental a un juicio “justo”, desembo- can en la negación total de los valores de Occidente.77
En esta situación, algunos analistas opinan que la Casa Blanca se estaría encaminando hacia un totalitarismo de tipo más bien soviético. Nina Kh- rushcheva, una periodista de The Nation que en su momento dejó la URSS para abrazar la “libertad norteamericana”, señala que, como Breznev, Bush emplea palabras claves de manera repetitiva y obsesiva: terrorismo, mal, seguri- dad nacional, liberación... “Reconozco las diferencias”, escribe. “Aquí pode? mos declarar nuestra inconformidad sin ser enviados al GULAG o al hospi- tal psiquíátrico. Sin embargo, nos infunden el mismo sentimiento de ciega impotencia, de total irrelevancia. . .73
¿Cómo definir la naturaleza social del imperio norteamericano? La per- sistencia de. democracias formales al menos en las regiones metropolitanas
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lleva a considerar inadecuados tanto el modelo fascista como el soviético. En un régimen verdaderamente totalitario el caso de las fotos de los torturados de Irak se hubiese sile’nciado. Por otro lado, el espacio imperial no es homo- géneo, sino quebrado e irregular. En él, la democracia es privilegio de pocos, de tal manera que se viene abajo el ideal ilustrado de los derechos universa- les a que, al menos en teoría, cada quien debería de acceder por el simple he- cho de existir.
Se evapora la convicción liberal de que los seres humanos tienen las mis- mas potencialidades en todo tiempo y en todo lugar. En el imperio, hay seres de raza inferior y de menores normas morales que reciben tratos diferencia- dos. Los iraquíes, por ejemplo, no son dignos de los mismos derechos que los occidentales, en Israel, los palestinos no pueden aspirar a los mismos de- rechos que los judíos y, en todas partes, los emigrantes tienen que confor- marse con lo que reciben: injusticia.
Cada vez más acentuado, este proceso de diferenciación planetaria abre el paso a una suerte de regreso al feudalismo que pone en escena una nueva lu- cha entre señores y esclavos, entre protegidos y excluidos, entre el más acá y el más allá de los múltiples muros que se edifican para marcar contrastes y desigualdades.
Mientras sigue la discusión, tal vez se pueda llamar “totalitarismo demo- crático” a este sistema social, una definición que, sin tener una dignidad aca- démica, circula hace tiempo en los movimientos sociales. Como sea, un da- to parece incontrovertible: Occidente está pasando por una “gran transfor- mación” que, como en los años veinte-treinta del siglo pasado, inaugura una nueva época de incertidumbre y desastres.
El efecto boomerang
Las guerras globales y las últimas cumbres internacionales —especialmente la de la OMC en Cancún y la del ALCA en .Miami- muestran que las herra- mientas del neoliberalismo están gastadas. El modelo ya no funciona, y los globalizadores de ayer son hoy nacionalistas furibundos, implicados en el de- sencadenamiento de guerras que no saben controlar ni mucho menos parar.
El desastre es mayúsculo. Estados Unidos tiene ahora: las tasas de desem- pleo más altas desde la Gran Depresión; una deuda interna astronómica; un inmanejable déficit comercial; severos escándalos financieros; y, más grave todavía, con el surgimiento del euro se acabó el monopolio del dólar en el comercio internacional.
Existe una enorme brecha estructural -una brecha que no se desvanecerá aun si se recupera la economía- entre el gasto y el ingreso en Estados Uni-
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dos. El déficit presupuestal es mayor el que sufría Argentina en 2000, mien- tras que el déficit comercial es más grande que el de Indonesia en 1996.79
La imposibilidad de acabar con la resistencia iraquí revela que la preten- sión de Rumsfeld de combatir dos guerras simultáneas en dos continentes diferentes no es más que un disparate publicitario. “En Irak no podemos perder, pero tampoco podemos ganar”, admitió el general Myers — jefe del estado mayor conjunto y el militar de mayor jerarquía en las fuerzas arma- das- ante el comité de asuntos militares del Senado norteamericano.80
Otro fracaso se ubica en el rumbo energético: abaratar el costo del petró- leo fue una de las excusas para justificar la guerra y sin embargo mientras a principio de 2003 el costo del b‘arril era de 21 dólares, a mediados de 2004 ya rebasaba los cuarenta. .
Por último, las escenas de tortura perpetradas por las fuerzas ocupantes tendrán el mismo efecto que las imágenes de los campos de exterminio des- cubiertos en 1945 tuvieron sobre la opinión pública de entonces. “Con un ejército que es responsable de semejantes delitos no hay pacificación posible —escribe el filosofo postmodernista Gianni Vattimo- hasta que no se procese a los jerarcas de la potencia ocupante en un nuevo tribunal de Nuremberg”. Vattimo, quien difícilmente podría definirse radical, exhorta a las tropas ita- lianas presentes en Iraka rebelarse contra los angloamericanos y a colaborar con la resistencias],
En esta situación, algunos sectores de la clase dominante norteamericana e, incluso, tránsfugas del gobierno expresan un malestar creciente. Una ex funcionaria ¡del Pentágóno, Karen Kwiatkowski, sostiene que “el asunto Irán-contras es un juego de niños comparado con lo que esta gente está ha- ciendo ahora. Esto es mucho peor. El país está de rehén”.82
Richard Clarke, ex coordinador de la lucha contra el terrorismo hasta su renuncia en 2003, causó un verdadero cataclismo político al declarar por televisión que el autoproclamado “presidente de la guerra” ignoró reportes de inteligencia previos al 11 de septiembre que alertaban sobre la posibili- dad de algún ataque espectacular de Al Qaeda contra objetivos estadouni- denses haciendo, a la postre, un pésimotrabajo en la “guerra contra el te- rrorismo”.
Desde el momento en que se derrumbaron las torres gemelas, reiteró Clarke ante la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas en Estados Unidos del Senado, Bush decidió responder no persiguiendo Al Qaeda, sino inva- diendo Afganistán e Irak.83 Corroboradas más que contrarrestadas por la comparecencia ante la misma comisión de la Consejera de Defensa Nacio- nal, Condoleeza Rice, las revelaciones de Clarke muestran una abismal in-
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competencia precisamente allí donde la administración pretendería tener su punto de fuerza.84
Por su parte, el especulador financiero George Soros denuncia la existen- cia de un totalitarismo incipiente en los EEUU y proclama en voz alta el ob- jetivo de sacar a Bush de la presidencia para 2004.85 Soros —quien es uno de los principales responsables de las crisis bursátiles de los años noventa- com- para la ideología de la “supremacía americana” con las burbujas financieras: cuando, después de un auge efímero del mercado, cambia el viento, las con- secuencias pueden ser devastadoras.86 El propio Brzezinski increpa a los ide- ólogos del PNAC, acusándolos de ser unos utopistas irresponsables.87
Todo esto conduce a pensar que el modelo neoconservador ya está en rumbo de colisión con los intereses imperiales de largo plazo de tal manera que, en las elecciones de noviembre de 2004, la actual administración podría ser desplazada por los demócratas.
A pesar de que su candidato,John Kerry, se presente a sí mismo como un político conciliador que va a poner orden en los negocios del mundo, la ver- dad es que dificilmente podrá cambiar los derroteros de la política exterior norteamericana.88 i
Evitará, sin duda, el extremismo verbal de los neoconservadores; se aleja- rá, asimismo, del “unilateralismo” de Bush y no desdeñará la participación de la ONU y de la OTAN buscando atrincherarse en el tradicional “inter- nacionalismo” del Partido Demócrata. Sin embargo, hasta ahora endosó en la práctica todos los giros de Bush: la Ley Patriota, la guerra de Israel contra los palestinos, el muro del apartheid, la guerra de Afganistán y, por supuesto, la de Irak donde exigió la presencia de un número mayor de soldados la- mentando la defección de España. Y con respecto a América Latina, Kerry invoca políticas más agresivas, por ejemplo, hacia Venezuela. . .
La idea de que Estados Unidos tenga que recurrir a la fuerza para conser- var su liderazgo global ya no es exclusiva de los republicanos ni de los neo- conservadores; tiene que ver, más bien, con la debilidad estructural del im- perio norteamericano y es, en parte, producto de sus propios errores.
Hace años, analistas de la CIA inventaron una palabra, “blowback” —que se podría libremente traducir “efecto boomerang”- para indicar las conse- cuencias inesperadas de las políticas clandestinas implementadas en el mun- do por administraciones tanto republicanas comos demócratas.
El término fue popularizado en tiempos recientes por Chalmers John- son, cuyos puntos de vista resultan especialmente interesantes porque no es de izquierda y tiene un pasado más bien anticomunista (combatió en Corea y en los años sesenta estuvo a favor de la guerra en Vietnam).
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Johnson se ganó las antipatías de sus antiguos colegas al explicar que la ac- tual ola de terrorismo es el resultado de las políticas implementadas por los propios Estados Unidos antes y después de la guerra fría, mismas que siempre se han mantenido secretos.89 Lo que Bush llama la perfidia de “Estados-cana- lla”, “terroristas” y “señores dela droga”, no es más que la consecuencia inde- seada de operaciones organizadas por los propios servicios secretos norteame- ricanos. En los ochentas eso fue el caso del dictador panameño Manuel Anto- nio Noriega, y en los noventa le tocó a Saddam Hussein y a Osama Bin Laden. De estos, el primero fue aliado de Washington en la lucha contra Irány el se- gundo es directamente una criatura del CIA, junto a sus amigos talibanes.
En una entrevista fechada en 1998, Brzezinski admitió públicamente ha- ber proporcionado ayuda secreta a los combatientes islámicos en 1979, me- ses antes de la invasión soviética. “¿Qué es más importante para la historia del mundo? ¿El talibán o el colapso del imperio soviético?” 90
Ya en el 2000 Johnson veía en los atentados de Bin Laden un ejemplo del “efecto boomerang”.91 No es mucha, dicho sea de paso, la credibilidad de Bin Laden y asociados como furibundos adversarios del imperio cuando uno se entera de que pertenecen a las elites de sus sociedades y que ostentan títu- los en administración de empresa otorgados por las mejores universidades europeas y norteamericanas. El terrorismo que practican se halla muy aleja- do de la dialéctica amo/esclavo que, según Franz Fanon, regía la lucha de Los Condenados de la Tierra.
Como sea, los acontecimientos de los últimos años no han hecho sino confirmar el análisis de Johnson. El 11 de marzo de 2004, a raíz de los aten- tados de Madrid, en unos cuantos días el efecto boomerang alteró de mane- ra irreversible el equilibrio de las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Al derrumbe del post-fascista Partido Popular en las elecciones del 14 de marzo, siguió la desbandada de la alianza pro-guerra en el viejo continente integrada por Gran Bretaña, Italia y Polonia.
Hay más. Con la excepción del inefable Blair, los dirigentes europeos se atreven ahora a hablar sin tapujos de una derrota de la política exterior nor- teamericana. El presidente polaco, Aleksander Kwanieswski, quien era un entusiasta sostene'dor de las políticas imperiales en Irak (mandó, incluso, un contingente de soldados), declaró sentirse engañado. Otro incondicional de Bush, Silvio Berlusconi, avanzó tímidamente la hipótesis de retirar las tropas italianas a finales de junio de 2004 si la ONU no toma en sus manos la si- tuación en Irak.92 '
El crecimiento de la resistencia iraquí está cambiando la correlación de fuerza a nivel internacional. Frena, en primer lugar, los planes de Washing-
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ton en otras partes del mundo echando abajo las operaciones contra Siria, Corea del Norte e Irán; limita el envío de recursos a Afganistán, y evita que la Casa Blanca preste atención a América Latina, lo cual permite se consoli- den gobiernos contrarios al libre comercio, tales como el de Kirchner, en Ar- gentina; Luiz Inacio Lula da Silva, en Brasil, y Hugo Chávez, en Venezuela.”
Es claro que para todo imperio hay una suerte de ¡balance que se va cons- truyendo con el paso del tiempo. Los crímenes militares, las deudas y las atrocidades se escriben en rojo y para Estados Unidos los pasivos no han he- cho más que crecer desde el final de la guerra fría. Reflexionando sobre el fin de otro imperio, el británico, el historiador John Strachey escribió: “en un determinado punto, los imperios parecen agotar sus posibilidades de desa- rrollo. No siempre caen inmediatamente; de ninguna manera: pueden se- guir expandiéndose mediante la conquista de sus vecinos y pueden mante- ner su poderío militar incluso por siglos. Pero dejan de ser socialmente cre- adores”.94
¿Siglos? A principios del tercer milenio, el tiempo corre rápido; podrían ser décadas o, incluso, años. Ciertamente es imposible prever cuánto durará y qué formas adoptará la crisis, pero es dificil creer que el imperio america- no logre escapar a su destino. El momento de la verdad se acerca: el proble- ma es saber cuándo y cómo se derrumbará y si en su caída no llevará a la hu- manidad entera a la ruina.
¿Hacia un levantamiento mundial contra el imperio?
Hoy estamos viviendo, al parecer, algo muy parecido a lo que, en la me- dia noche del siglo XX, Walter Benjamin llamó el “instante del peligro”. En esta situación, si bien no faltan los elementos que justifican un pesimismo radical, también surgen unos rayos de esperanza. 95
¿Es todavía posible imaginar un cambio radical? Algunos piensan que un agotamiento de la lógica del dominio surgirá de las propias contradicciones del imperio, tal y como sucedió con el socialismo soviético en los ochenta.
Otros le apuestan a una renovada defensa de la soberanía nacional. Aquí es importante observar que la soberanía nacional no es más que el control de los mecanismos de reproducción del capital a partir del Estado-nación. Con el ocaso de las políticas de bienestar social, en las últimas décadas se produjo una transferencia de soberanía hacia agentes externos como empresas trans- nacionales y organismos financieros controlados por Estados Unidos (FMI, Banco Mundial, OMC, etc.). Bajo sus directivas, las olas privatizadoras ex- cluyeron a cantidades crecientes de personas de los derechos más elementa- les entregándolas al poder arbitrario de la iniciativa privada.
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Contrario a lo que piensan N egri y Hardt, esto no implica que el Estado- nación dejó de existir; simplemente significa que sus funciones se fueron ajustando a las necesidades globales de la valorización capitalista. El resulta- do es que, los Estados perdieron legitimidad a los ojos de sus respectivos ciu- dadanos y por doquier, gobiernos y partidos son objeto de un merecido des- precio, lo cual se resume en el eslogan de los piqueteros argentinos: “que se vayan todos”.
Algunos más ven con simpatía el surgimiento del polo europeo que in- terpretan como una barrera contra el neoliberalismo y la voracidad imperial. Ciertamente el fortalecimiento de la Unión Europea es un acontecimiento importante porque, aun con las salvedades que se han señalado, sirve de con- trapeso a la arrogancia norteamericana.
Sin embargo, la posibilidad de que el mundo tome otro rumbo no se en- cuentra allí. La guerra de Clinton en el Kosovo —aquella que se llamó “huma- nitaria”-, fue sostenida por buena parte de la izquierda europea en el poder.
La única fuerza que puede oponerse a la guerra global en todas sus expre- siones es la de los movimientos sociales con su fuerza antagonista y su capa- cidad de crear alternativas en total autonomía con respecto a la agenda de los Estados. Es lo que entendió incluso un periódico conservador como el New York Times cuando publicó su famoso editorial sobre el movimiento pacifis- ta como la “nueva superpotencia internacional”.96Y es lo que, curiosamen- te, no quiere entender Ignacio Ramonet -prestigioso director de Le Monde Diplomatique y dirigente del grupo altermundista ATTAC97- cuando invita a crear un “quinto poder” (el cuarto sería el de los medios de comunicación, después de los tres clásicos: ejecutivo, legislativo y judicial) para hacer fren- te a los heraldos de la globalización neoliberal, sin darse cuenta de que este poder ya existe y no se conformará con ejercer una “presión moral”?8
Si bien es cierto que los movimientos sociales luchan contra las injeren- cias del imperio, el contenido de sus demandas tiene que ver con el resguar- do de los recursos colectivos, de la naturaleza, de la diversidad y de las nece- sidades siempre negadas de las mayorías sociales.
La defensa de la soberanía nacional no es un valor o un fin en sí mismo si- no,'únicamente, un instrumento de resistencia entre otros. En ocasiones, lo puede ser incluso el voto, ya que la lucha contra la guerra es prioridad, y cual- quier fuerza política que la incluya abiertamente en su programa merece ser apoyada en el entendimiento de que sólo la presión popular puede obligar a los dirigentes políticos a cumplir.
Es lo que pasó en España el 14 de marzo de 2004. Mientras la mayor par- te de los grandes periódicos y canales de televisión doblaban las rodillas ante
Cuadernos del Sur 99
las presiones del gobierno postfascista de Aznar para atribuir a ETA la res- ponsabilidad de los atentados del 11 de marzo, la repentina e inesperada, su- blevación en las urnas de la izquierda abstencionista le otorgó la victoria al PSOE.
El ganador,José Luis Rodríguez Zapatero, ya retiró de las tropas españo- las, pero dependerá de la disposición al combate de los ciudadanos españoles si la opción se mantendrá y si los herederos de Felipe González tendrán la oportunidad de ser, otra vez, el partido de la corrupción, de la OTAN, de la ley de extranjería, de las privatizaciones y de la fleidbilización del mercado la- boral.
En otras palabras, una victoria electoral no puede soslayar la necesidad de inventar estrategias alternativas, imaginativas y asimétricas, fuera de la lógica nacional. Mientras el movimiento obrero clásico operó básicamente en con- textos nacionales, a partir de las protestas de Seattle (1999), y, aun antes, con la rebelión zapatista de Chiapas, la gran novedad es el nacimiento de una es- fera pública mundial de acción y discusión que busca alternativas globales. Ciertamente tales alternativas no están todavía claramente dibujadas, pero lo que sí hay es un cerco político a los gobiernos que se expresa en una notable capacidad de veto.
La resistencia se expresa de múltiples maneras incluso fuera de Europa y Estados Unidos. En América Latina,algunos “no” colectivos lograron desar- ticular la alianza entre capital financiero transnacional, gobiernos regionales y Estados Unidos, infligiendo humillantes derrotas al proyecto imperial del ALCA.
En Ecuador el movimiento indígena tumbó a varios gobiernos. En Méxi- co los zapatistas no están solos: las reformas energética y fiscal —principales proyectos económicos del nuevo régimen foxista- están detenidas por la pre- sión social. En Argentina los obreros insurrectos autogestionan las fábricas abandonadas por los capitalistas, y en Bolivia la furia popular derrotó varios intentos gubernamentales de privatizar el agua y el gas.
Las cadenas de “no” van más allá de la simple negación; definen también lo “positivo” de los movimientos, su capacidad de crear sociabilidad alterna- tiva. En Chiapas, en Argentina, en Ecuador, pero también en Francia, en Ita- lia, en la Cabilia Argelina, y en muchos otros lugares del planeta, surgen nue- vos sujetos políticos, aparecen nuevos vínculos sociales, nacen monedas y mercados alternativos, se experimentan modalidades inéditas de encuentro fuera de la fragmentación producida por el capitalismo. . .
Es así como movimientos “antisistémicos” comparten el cami-no con fuerzas más bien “sistémicas” que son, al mismo tiempo, “soberanistas”. Es
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el caso de ATTAC, del “Foro Social Mundial” de Porto Alegre, y de algunos partidos de izquierda. Estas fuerzas buscan aglutinar la oposición mundial a la guerra y al neoliberalismo en'un “movimiento de movimientos”, síntesis de todos los movimientos anteriores de la vieja y nueva izquierda.99
Bajo la bandera de la lucha antiimperialista, algunos vislumbran incluso la necesidad de una alianza estratégica con movimientos nacional-populistas de abierta vocación racista o fundamentalista, con burguesías nacionales y con cualquier fuerza que se sienta amenazado por la hegemonía norteamericana.
¿Es esto una reedición de los Frentes Populares de estaliniana memoria? El peligro existe, pero la gran diferencia es que hoy no hay ninguna supues- ta “patria de los trabajadores” que defender. El mundo es otro, y las fuerzas en juego también. “La base de esta participación —escribe Immanuel Wallers- tein- es un objetivo común, la lucha en contra de los males sociales que son consecuencia del neoliberalismo y un respeto común por las prioridades in- mediatas de cada uno de los otros participanteS”.100
Puesto que el imperio borra las fronteras entre guerra militar, guerra eco- nómica y guerra social, la lucha contra la guerra está unificando y articulan- do el conjunto de las luchas sociales. La clave de esta unidad en la acción es- tá en el respeto común, algo que nunca se dio en los frentes populares del pa- sado. Si bien es cierto que se pueden fraguar alianzas espurias, creo que el tiempo se encargará de separar el trigo de la cizaña.
En febrero y marzo de 2003, decenas de millones de personas se movili- zaron contra la guerra de Irak inaugurando la era de los levantamientos mundiales contra el imperio. La hazaña se repitió, al menos en parte, un año después cuando las multitudes invadieron otra vez las calles del mundo para decir no a la ocupación colonial. Estos hechos sin precedentes refuerzan la hipótesis del nacimiento de una fuerza global con la posibilidad de jugar un papel en la redefinición del mundo.
Ciertamente el movimiento pacifista no logró el objetivo principal, im- pedir la invasión de Irak. También es verdad que las protestas contra laocu- pación ya no se expresaron con la misma intensidad. Y sin embargo, apenas estamos en el comienzo. En los sesenta, el nivel máximo de participación en las movilizaciones contra la guerra del Vietnam se dio ocho años después de su comienzo cuando un millón de personas marchó en Washington, mien- tras que ahora empezaron incluso antes de la invasión.
Tal vez sea mérito del movimiento si la popularidad de Estados Unidos está a la baja. Un sondeo revela que el 68 por ciento de los ciudadanos de la Unión Europea desaprueba la invasión de Irak mientras el 59 por ciento considera a Israel la principal amenaza para la paz en el mundo.101
Cuadernos del Sur l 101
Recordemos, asimismo, que en la India la desobediencia civil empleó décadas para derrotar al imperio británico,'pero lo logró. De manera natu- ral, el movimiento pacifista volvió a descubrir el boicot y la huelga de im- puestos, sólo que ahora a nivel internacional. No es este el lugar para in- tentar un balance de tales experiencias que se llevaron a cabo en los meses de marzo y abril de 2003. Por lo pronto lo significativo es que hayan tenido lugar.
Habrá que afinar estos y otros mecanismos de protesta. Es urgente rom- per la homología de una lucha por el poder que repite la configuración del poder; el futuro se puede y se debe construir desde ahora, en la sociedad en que vivimos, fuera del Estado y fuera de los partidos. Si nuestras organiza- ciones son jerárquicas y autoritarias, la sociedad que emergerá será igual. En cambio, si logramos la participación, la comunicación y la libertad, aquí y ahora, es posible que vayamos a otro lado.
Una advertencia imprescindible: los movimientos sociales tienen que evitar el antiamericanismo primario. Algunas de sus manifestaciones más creativas —las protestas contra la OMC en Seattle, por ejemplo, o las “cade- nas” humanas contra la guerra en San Francisco- surgieron en el corazón mismo del monstruo. Sin una vigorosa oposición interna, desde abajo, es muy probable que el gobierno de Bush (o cualquier otro que lo vaya a su- plantar) continúe enviando tropas a los cuatro rincones del mundo. Es más: las movilizaciones en los Estados Unidos son las únicas que realmente po- drán abrir el paso a nuevos escenarios. Y esta es hoy la tarea que todos en- frentamos: inventar nuevos escenarios globales que los estrategas del Pentá- gono no sepan enfrentar. Sólo así habremos de convertir las guerras globales que impulsan en su peor pesadilla.
Notas
l Michel Foucault, Defender la sociedad, Fondo de Cultura Económica, México, 2002, pág. 33.
2 Para las implicaciones filosóficas del nuevo paradigma bélico, véase: Carlo Galli, La gue- rra 3(alaba/e, Editori Laterza, Bari, 2002.
Ulrich Beck, La sociedad del riesgo, Paidós Básica, Barcelona, 1998. La primera edición
en alemán es de 1986.
4 "The National Security Strategy for the United States”, The New York Times, 20 de sep- tiembre de 2002.
5 Juan Goytisolo, "Paisajes de Guerra con Madrid al fondo", El Fbís, 25 de abril de 2004.
6 Guy Debord, Commentaires sur’la Societé du Spectacle, París, Gallimard, 1992, tesis No. IX.
7 Jean Baudrillard, Power Inferno, Arena Libros, Madrid, 2003, pág. 85. '
8 Hannah Arendt, On Revolution, The Vicking Press, Nueva York, 1996.
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9 ore Wdal, Soñando la guerra, Editorial Anagrama, Barcelona, 2003, pág. 132.
¡0 Véase: Patrick Mougenetm "La CIA e Hollywood”, en: Carminaonline http://www.carmi- Ilaonline.com/archives/2004/0I /000566prínt.html
” Véase: Mike Davis, "The Pentagon as Global Slumlord”, Zmagazine, en: http://www. zmag.org/content/showarticle.cfm?SectionID=I 5&ItemlD=5363
‘2 Testimonio de George Tenet ante la Comisión de Fuerzas Armadas del Senado de los EEUU, 10 de marzo de 2004. Véase también: James Risen, "How Pair's Finding on Terror Led to Clash on Shaping Intelligence”, The New York Times, 28 de abril de 2004.
‘3 Sheldon Rampton y John Stauber, Vendere la guerra. La propaganda come‘arma di in- ganno di massa, Nuovi mondi Media, Bologna, 2004, pág. 148.
14 La Jornada, 17 de abril de 2003.
¡5 Véase: John Arquilla y David Ronfeldt, In Athena's camp. Preparing conflict ¡n the Infor- mation Age, Rand Corporation, 1999. El texto se puede consultar en el sitio: http:,’/www.rand.org/publications/MR/MR880/contents.html
l Robert Fisk, La Jornada, 13 y 15 de abril de 2003.
‘7 Declaración de FISk a Z Magazine. Véase: http://www.zmag.org/Italy/goodman-intervis- tafiskhtm
la Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, México, 1997, pp‘. 249-259.
¡9 La verdad fue revelada por la BBC a causa de diferencias entre los mandos británico y nor- teamericano, Véase: http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/correspondent/3028585. stm; también, Rampton y Stauber, op. cit., pág. 148.
2° Según Robert Fisk, Saddam fue llevado a un portaviones estadundíense en aguas del gol- fo Pérsico y luego se le transfirió a Qatar en donde sigue detenido en una cárcel clandestina. Véase: La Jornada, 7 de abril de 2004.
2‘ LaJornada, 16 de abril de 2003.
22 397 contra 392 en Wetnam entre 1962 y 1964. Agencia Reuters, 14 de noviembre de 2003. El 19 de marzo de 2004, en ocasión del primer aniversario de Ia guerra, el Pentágono dio la cifra de 571 soldados muertos desde el principio de Ia guerra. The New York Times, 20 de marzo de 2004. A esta cuenta hay que añadir unas 150 víctimas únicamente en el mes de abril a raíz de las violentas insurrecciones populares en seis ciudades del país. Por otro lado, Se- gún Amnistía Internacional, a un año de haber empezado, la guerra había provocado la muer- te de por lo menos 10,000 civiles iraquíes (La Jornada, 19 de marzo de 2004).
23 Hacia mediados de abril de 2004, ya sumaban a 40 los rehenes de 12 países detenidos por varios grupos de la guerrilla iraquí.
24 Il Corriere della Sera, 16 de abril de 2004.
25 Entrevista a Chalmers Jonhson, Il Manifesto, 6 de noviembre de 2003.
25 The Washington Post, 6 de abril de 2004.
7 No hay reportes oficiales sobre el número mercenarios matados o heridos en Irak. Según Robert Fisk hacia finales de abril de 2004 ya hablan muerto unos 80 mercenarios, "Scores of Dead”, Znet http://www.zmag.org/content/showarticle.cfm?Section|D= I 5&Ite- mID=5337
23 . David Barstow, "Security companies: Shadows soldiers in Iraq", The New York Times, 19 de abril de 2004.
29 Robert Fisk, "Mordaza liberadora a la prensa iraquí", La Jornada, I I de junio de 2003.
3° Jeffrey Gettleman, "G.I.’s Padlock Baghdad Paper Accused of Lies”, The New York Times, 29 de marzo de 2004. Robert Fisk y Patrick Cockburn, The Independent, 13 de abril de 2004.
3‘ Naomi Klein, “La ¡legalidad de las reformas en Irak Un país hipotecado para siempre", La Jornada, 9 de noviembre de 2003.
2 Citado en: Herbert Docena, "Dying for McDonald's ¡n Iraq". Véase el sitio: www.zmag.org.
33 La Jornada, 19 de abril de 2003.
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34 Dexter Filkins, "Iraqui Council signs interim Constitution", The New York Times, 8 de mar- zo de 2004. Robert FlSk, "Estrena Irak Constitución dictada por Estados Unidos”, La Jornada, 9 de marzo de 2004.
35 The New York Times, 22 de abril de 2004.
35 Votación del Consejo de Seguridad de la ONU del 16 de octubre de 2003.
37 Véase por ejemplo: Anselm Jappe-Robert Kurz, Les habits neufs de I’Empire. Remarques sur Negri Hardt et Rufin, Lignes-Editions Léo Scheer, París, 2003, pág. 57.
33 The New York Times, 16 de abril de 2004. -
39 Walden W. Bello, art. cit..
40 The New York Times, 24 de abril de 2004;
4‘ Karl Polany, La gran transformación. Los origenes económicos y políticos de nuestro tiempo, FCE, México, 1992.
42 Francis Fukuyama, El último hombre y el fin de la historia, Planeta, México, 1992.
43 Manuel Castells, The Rise of the Network Society, The Information Age: Economy, Society and Culture, Vol. I, Cambridge, MA; Oxford, UK: Blackwell, 1996. Michael Hardt/Antonio Negri, Empire, Harvard University Press, Cambridge, Mass. 2000.
4 'The National Security Strategy for the United States", documento citado en la nota 4.
45 Sbancor, American Nightmare. lncubo Americano, Nuovi Mondi Media, Bolonia, 2003, pp. 52-58. Sbancor, es el seudónimo de un conocido experto italiano de finanzas intemacio- nales que simpatiza con el movimiento pacifista.
46 Gore Vidal, op. cit., pág. H5.
47 Investigación de la Northwestern University, citada por Enzo Modugno, "II prodotto inter- no lordo della guerra”, l/ Manifesto, 17 de marzo de 2004.
8 Zbigniew Brzezinski The Grand Chessboard. American Primacy And It's Geostrategic lm- peratives, Basic Books, 1997 pá .40. . __ _ . .
49 Samuel Hunfington" " e ash of Crvrlrzatrons?", Foreign Affarrs' verano de 1993_ Las te5¡5 de este artículo fueron desarrolladas en un libro publicado en 1996 con el mismo título (aunque ya sin interrogación). Véase: Samuel Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfigura- ción del orden mundial, Paidós, Barcelona, 1997.
5° S. Huntington, El choque... op. cit., pág. 189.
5‘ Samuel P. Huntington, "The Hispanic Challenge”, Foreign Policy marzo, abril de 2004, http:7/wvrm.foreignpolicy.com/ _
5 Immanuel Wallerstein, "¿Qué tan fuerte es la superpotencia?" La Jornada, 19 de noviem- bre de 1998; "El imperio y los capitalistas", La Jornada, I° de junio de 2003,
53 Los textos de PNAC se pueden leer en: http://www.newamericancentury.org/. Para un análisis crítico, véase: Seymour Harsh, "Selective intelligence, Donald Rumsfeld has his own special sources. Are they reliable?", The New Yorker, 5 de mayo de 2003; Alfredo Jalife-Rahme, "Bajo Ia lupa", La Jornada, I I de mayo de 2003.
54 Véase: http://newamericancentury.org/RebuildingAmericasDefensespdf
55 Sobre la importancia geoestratégica de Afganistán para EEUU, véase: Ahmed Rashid, Ta- liban. The story of afgani war lords, Pan Mcmillan, Londres, 2001, parte III, "¡he New Great Ga- me", pp. 143-216; Michael Klare, "Petropolítica global”, http://www.|ainsignia.org/2002/ma- yo/int_07I .htm ‘
55 Según una investigación citada por el diario Haaretz, en Israel los ciudadanos de origen árabe ganan la mitad que los judíos. Véase: http://www.haarel2daily.com/hasen/spa- ges/4I7018.html
57 Reuters, 14 de abril de 2004.
58 Jim Lobe, Watch Woo/sey, http://www.ipsnews.net/interna.asp?idnews=I7325
59 Robert D. Kaplan, "Supremacy by stealth", The Atlantic Monthly, julio-agosto de 2003.
5° Miguel Concha, "Teologia imperial", La Jornada, 19 de abril de 2003.
5‘ Robert D. Kaplan, op. cit..
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52 "Norman Mailer advierte contra Bush", "Babelia", suplemento de El País, 26 de abril de 2003 ; Gore Wdal, "Somos los patriotas", La Jornada, 28 de mayo de 2003. Véase también, So- ñando la guerra, op. cit.
53 Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2003.
64 Amery, op. cit. pág. 15.
55 Corriere della Sera, 26 de noviembre de 2003.
55 Lesley Whiting, Wall of Shame. A report on the israelí separation wall. International Soli- darity Mouvement, 4 de dic. De 2002.
57 Véase la nota de Jim Cason y David Brooks, La Jornada, 24 de febrero de 2002.
53 The New York Times, 20 de marzo de 2004.
59 Para un análisis del uso de la religión en el pensamiento neoconservador, véaSe: Franz Hinkelammert, Crítica ala razón utópica, Colección economía-teología, Editorial DEI, Costa Ri- ca, 1990, pp. 33-53.
7° Mak Bowden, "The Dark Art of Interrogation: A Survey of the Landscape of Persuasion”, The Atlantic Monthly, octubre de O3, http://www.theatlantic.com/issues/2003/ I 0/bowden.htm
7‘ . Entrevista con Aryeh Neier, fundador de "Human rights watch”, y actual presidente del " pen Society Institute”, Il Manifesto, 4 de mayo de 2004.
7 Entre las víctimas de las cárceles norteamericanas en Irak se encuentra Mahmoud Abu Abbas, estrecho colaborador de Arafat, miembro del Consejo Nacional Palestino, detenido el 15 de abril de 2003 y muerto misteriosamente el 9 de marzo de 2004. i
73 Gordon Thomas, “La Guantánamo irachena", Guerre & Pace, octubre-noviembre de 2003. http://www.mercatiesplosivi.com/guerrepace/.
74 Seymour Hersh, 'Torture at Abu Grahib”, The New Yorker, 30 de abril de '2004, http://www.newyorker.com/fact/content/70405 I Ofa_fact
7 Entrevista concedida por Mejía a, I/ Manifesto, 6 de mayo de 2004.
75 Tanto el número de los detenidos, como los lugares y los países huéspedes son mante- nidos rigurosamente secretos. Véase: J. Risen y Tom Shanker, "Hussein Enters Post-9/ I I Web of U.S. Prisons", The New York Times, IB de diciembre de 2003.
77 Uno de los torturadores norteamericanos escribió un espeluznante diario que se puede leer en: http://216.239.4I . I 04/search?q=cache:XYYOCOWnu_8J:www.am I 500.com/perso- nalities/joeryanhtm+KSTP+°/022Joe+Ryan°/022&hl=en
73 Nina Khrushcheva, "Brezhnev, Bush and Baghdad”, The Nation, 20 de mayo de 2003. http://www.thenation.com/docmhtml?i=200305 I 9&s=khrushcheva
7 Declaraciones a La Jornada del economista Doug Henwood, 4 de noviembre de 2003.
8° The New York Times, I3 de mayo de 2004.
8‘ Il Manifesto, II de mayo de 2004.
82 Ritt Goldstein, "Governo di ombre alla Casa Bianca”, ll Manifesto, 16 de octubre de 2003. Véase también: Robert Dreyfuss y Jason Vest, ’The Lie Factory/Z MotherJones, febrero de 2004, http://www.motherjones.com/ news/feature/ 2004/ 0 I / I 2_405.html
3 Paul Knigman, "Lifting the Shroud", The New York Times, 23 de marzo de 2004. Clarke repitió sus afirmaciones el 24 de marzo ante la "Comisión de Investigación sobre los Atentados del] I de septiembre” del Senado de los EEUU. Véase al respecto el informe de David Johns- ton y Todd S. Purdum, "Missed Chances ¡n a.Long Hunt for bin Laden", The New York Times, 25 de marzo de 2004. '-
34 The New York fimes, 9 de abril de 2004.
35 "Soros aims to bankroll Bush's defeat in 2004”, cable AFP, I I de noviembre de 2003.
35 George Soros "The bubble of American Supremacyf’, Atlantic Review, diciembre de 2003, http://www,theatlantic.com/issues/2003/ I 2/soros.htm.
3 Zbigniew Brzezinski, '"Ihe Wrong Way to Sell Democracy to the Arab World", The The New York Times, 8 de marzo de 2004.
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33 John Pilger, “Bush or Kerry? No difference”, The New Stateman, 8 de marzo de 2004. Vé- ase el sito: www.newstatesman.co.uk.
39 Véase, por ejemplo, la ¡rritada reseña al último libro de Johnson, The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic, New York: Metropolitan BOOlG, 2004, de John Ikenberry, "Illusions of Empire: Defining the New American Order", en Foreign Affairs, March/April 2004.
9° Le Nouvel Observateur, Paris, enero 15-21 de 1998. Véase Ia traducción al inglés en: http://www.globalresearch.ca/articles/BRZI I OA.htm|.
9 Chalmers Johnson, Blowback. The Costs and Consequences of American Empire, Henry Holt, New York, 2000, pág. 7.
92 ll Manifesto, 19 de marzo de 2004
93 Walden Bello, "Impactos dela resistencia iraquí’,’ La Jornada, 2 de mayo de 2004.
94 John Strachey, El fin del imperio, Fondo de Cultura Económica, México, 1962, pág. 378.
95 Walter Benjamin, ’I'esis de filosofía dela historia" (tesis No. 6), en Discursos lnterrumpi- dos l, Taurus, Madrid, 1973, pág. 180.
95 The New York Times, 16 de febrero de 2003.
97 ATTAC es el acrónimo de "Asociación por una Tasa sobre las Transacciones especulativas para Ayudar a los Ciudadanos", una organización que nació en 1998 por iniciativa de la revista Le Monde Dip/omatique.
98 Ignacio Ramonet, "Le cinquiéme pouvoir", en: Le Monde Diplomatique, octubre de 2003.
radezco a Richard Greeman, haberme enviado su reseña al artículo de Ramonet. 9 En los días 12-15 de noviembre de 2003, ATTAC organizó en París el II Foro Social Euro- peo que se destacó por un repliegue de corte socialdemócrata.
0° Immanuel Wallerstein, "La nuevas rebeliones antisistémicas; ¿un movimiento de movi- mientos?”, Contrahistorias No. I, México, D.F., octubre de 2003.
‘01 Il Manifesto, 4 de noviembre de 2003.
Periferias
Revista de Ciencias Sociales
Ediciones FISyP Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas
106 ' Mayo de 2005
Venezuela: Las vanguardias de la "revolución bolivariana”
Modesto Emilio Guerrero*
no de los fenómenos más sorprendentes y entusiasmadores del
proceso revolucionario que vive Venezuela es la emergencia y re-
novación incesante de su base social militante, sus movimientós sociales, prensa comunitaria, organizaciones rurales, asociaciones cooperati- vas y autogestionarias de resistencia.
Centenares de espacios asociativos y comunitarios localizados en dieci- siete (17) formas de agrupación (ver cuadro N° 1) que hacen política en for- ma cotidiana dentro de lo que en Venezuela se denomina popularmente “el proceso”.
El proceso no es otra cosa que la resistencia decenal que comenzó con la insurrección del Caracazo en 1989, continuó con las dos rebeliones militares de 1992, cruzó de luchas y movilizaciones los años 90 y recaló en el triunfo electoral del proyecto político nacionalista de Hugo Chávez en 1998. Los ac- tuales movimientos de la vanguardia bolivariana no nacieron por obra y gra- cia del espíritu santo, se forjaron en el campo de la lucha de clases tan inten- sa como extensa.
Una década creativa de resistencia
La académica venezolana Margarita López'Maya recopiló y cualificó esa década de resistencia y transformación de la vanguardia venezolana en su li- bro “Protesta y Cultura en Venezuela” (CLACSO-ASDI 2002). Entre 1989 y 1999 hubo 305 marchas, 224 corte de ruta, 163 tomas e invasiones, 504 dis- turbios, 194 quemas y 116 saqueos. Ella las clasificó las luchas en “Conven- cionales”, “Confrontacionales” y “Violentas”. De las primeras hubo 554, de
* Periodista venezolano.
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las segunda 894 y de las terceras 614, siempre dentro del mismo período 1989 (el cara'cazo) a 1999 (ascenso del gobierno de Chávez)
La autora usó en su investigación las bases de datos de los diarios, las fuentes orales de participantes y la publicación El Bravo Pueblo. Con esa in- formación clasificó el tipo de luchas de la década en tres géneros: “ilícitas”, “lícitas” y “nuevas”. En total 26 modos de lucha y resistencia, de las cuales 8 corresponden a las tradicionales (asambleas, concentraciones, huelgas, mar- chas, mitines, etc.) 6 a las “nuevas” forma de resistencia (apagones de luz, ca- cerolazos, cadenas humanas, encadenamientos, pitazos y desnudos públi- cos) Lo significativo es la relación e intensidad de las llamadas luchas “ilíci- tas”: paros cívicos, paros nacionales, corte de rutas, invasiones de tierras e in- muebles, tomas de establecimientos, apedreamientos, disturbios callejeros, quemas, saqueos y secuestros políticos.
“La mayoría de los protagonistas de estas protestas son actores de los más diversos orígenes e intereses que tienen en común la pobreza material de sus miembros...” (pág. 22), señala la autora.
Este escenario de una década repleta de lucha constante y resistencia cre- ativa e “ilícita” fueron generándoselos grandes y pequeños movimientos de la vanguardia venezolana actual. Allí aprendieron a hacer política.
Lo que es y lo que no es
Por asimilación histórica podríamos llamarlas “la vanguardia”, sin embar- go, la novedad es que son mucho más que éso. Expresan a escala nacional las tendencias de las generaciones luchadoras de los últimos años del siglo XXy lo qu'e va del XXI. El debilitamiento estructural y la decadencia parcial del movimiento obrero, más el fracaso repetitivo y fastidioso de las organizacio- nes tradicionales de la izquierda socialista, dieron paso a los “movimientos sociales”, nombre escurridizo que la prensa escogió para definirlos superfi- cialmente; es el nombre popular de las nuevas formas y estilos de agrupa- miento y comportamiento de los luchadores que rechazan las formas tradi- cionales de la izquierda.
En estas nuevas organizaciones lo determinante no es la pertenencia al movimiento obrero, la marca ideológica o la identidad partidaria, sino la re- sistencia política diversificada a los recientes y pasados problemas del capita- lismo en su actual fase. Esto por cierto, no anula la relación de ellos con las clases y sectores de clases que defienden, aunque rechacen hacerlo con el es- tilo rutinario y gastado anterior. Estos movimientos contienen lo rozagante, lo dinámico y la inmadurez de lo nuevo... y no pocas veces también se perci- be el mal olor de lo fosilizado.
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Mapa de los movimientos “bolivarianos” de base Una muestra somera de ese proceso de organización y reorganización de 'la militancia bolivariana daría como resultado el siguiente cuadro:
Organismos y movimientos
UNT, Central sindical bolivariana fundada en abril de 2003, organizó fi- liales en 23 provincias y 240 municipios en apenas dos años. Sus estatutos y programa se discutió en la base, tiene una dirección colegiada y conviven tres corrientes, una mayoritaria revolucionaria y dos minoritarias de tipo oportu- nista. Es una de las pocas estructuras nacionales de la nueva vanguardia.
FBT, Fuerza Bolivariana de Trabajadores. Fue la gestora de la UNT, vive una crisis y decantación. Sus mejores cuadros fueron absorbidas por la nue- va central.
Asambleas barriales en Caracas
Misiones sociales (Rivas, Robinson, Barrio Adentro, Ricaurte, Vuelvan Caras y Guaicaipuro, Piar, Miranda y Mercal) Los facilitadores de las misio- nes suelen ser activistas que trasladan a la acción social su carga militante. La Misión Vuelvan Caras ha formado unos 300.000 “Lanceros” la mayoría con formación ideológica básica en el anti imperialismo.
Unidades de Batalla Endógena (llamadas de “Batalla Electoral” hasta octubre de 2004)
Frentes Regionales de Salud
Clase Media en Positivo
Comités de Higiene y Seguridad Laboral
Círculos Bolivarianos. Hoy está reducido a unos 10 o 12 mil círculos. Hasta 2001 fue la forma organizativa más dinámica. Muchos se co- rrompieron al ser usados para la gestión estatal o al servicio de can- didatos y funcionarios.
Coordinadora Nacional Campesina Ezequiel Zamora. Agrupa a centenares de comités de tierra para el rescate de la rural. Por su lucha ha su- frido unos 50 asesinatos. Su existencia es nueva, casi 4 años. Por su acelerada urbanización durante el siglo XX Venezuela no tuvo tradición de luchas campesinas.
Comités de Tierras Urbana. Son los que luchan y organizan vecinos para obtener la propiedad de las tierras ocupadas décadas atrás, donde cons- truyeron sus viviendas.
Comités Guía en PDVSA. Surgieron en medio del saboteo a la industria
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petrolera entre diciembre de 2002 y febrero de 2003. Fueron decisivos en la reconquista de PDVSA.
Mesas de Agua en barrios de Caracas, Maracay, Valencia y otras ciu- dades con problemas de agua. Se dedica a organizar la presión sobre los organismos públicos para obtener agua corriente en barrios carenciados. Además, administran el abastecimiento del agua potable en algunas loca- lidades.
ANMCLA, Asociación Nacional de Medios Comunitarios, Libres y Al- ternativos (afilia a 234 medios de prensa tradicional, de la web, radios, cana- les de televisión y productores cinematográficos) Su peso nacional e inter- nacional es reconocido por el gobierno pero también por los grandes medios comerciales enemigos que se han visto obligados a reconocerlos como fuen- tes de información veraz y generadores de opinión pública.
Redes de Conexión Social (actúan como mecanismos de articulación entre sectores y movimientos locales para grandes problemas nacionales) y
Colectivos de base (agrupa a movimientos de variado interés barrial, educativo o cultural sin ubicación territorial fija)
Cooperativas. Se han organizado unas 85 mil en menos de 5'años, pero incluyen todos los tipos. Una minoría concentra militancia. N o todas tienen una función política en la acción popular, pero un sector de ellas se organizó y sigue actuando alrededor de los sindicatos clasistas de la UNT, de la lucha por PDVSA, de fábricas recuperadas o expropiadas (VENEPAL) o en la lu- cha por la propiedad de la tierra rural y urbana. Se activan cuando hay en- frentamientos o grandes movilizaciones políticas.
Clases y Sectores sociales
Del movimiento obrero
Empleados de ministerios y dependencias del Estado
Juveniles (de barriales, liceos y universidades)
De la clase media nacionalista. Rompió con los sectores golpistas en 2002. No todos sus participantes se reivindican “chavistas”, actúan más por oposición al imperialismo, en defensa de las libertades democráticas y en apoyo a las Misiones.
Mujeres
Campesinos y asalariados rurales
Reservistas de las Fuerzas Armadas. Hasta diciembre de 2004 unos 600.000 reservistas habían sido reactivados.‘
Religiosos. Cerca de un millón de seguidores de las Iglesias Evangélica y Pentecostal apoyan a Chávez y se declaran bolivarianas y anti imperialistas.
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De artistas, educadores e intelectuales. Constituyen el sector más pequeño de las “vanguardias” del proceso
Indígenas. Existen unos 280 mil aborígenes, de los cuales 30 o 40 mil es- tán organizados en distintas formas de resistencia e integración política al
proceso. (Elaborados con fuentes y datos del autor)
La suma de estos movimientos, organismos y agrupamientos diversos al- canza los 3.2 millones de personas aproximadamente; se calcula que más de un millón mantiene una actividad política. Esto, para que sea real, debe ser entendido como un fenomenal aprendizaje dentro del desarrollo de proyec- tos sociales y económicos.
La especificidad del caso venezolano es que en ellos les disputan el poder local, regional, funcional o nacional a empresarios, burócratas sindicales, funcionarios corruptos del propio régimen bolivariano. También al imperia- lismo, corporizado en sus empresas transnacionales instaladas en el país, a los terratenientes, alos propietarios ilegales de tierras baldías, comerciantes, especuladores. Hasta la acción contra la delincuencia urbana en ciudades pe- ligrosas como Caracas está sirviendo para generar un nuevo tipo de activis- mo político organizado.
Esto es posible porque toda la sociedad venezolana ha entrado en un pro- ceso de transformación histórica, ningún segmento puede escapar a la movi- lidad revolucionaria de sus actores sociales. Sean “vanguardias” en el estilo tradicional o no, sean políticas públicas o no, la revolución bolivariana im- pregna cada acto de la vida de sus protagonistas. Como en todo proceso re? volucionario, los protagonistas son las masas y sus agrupamientos indepen- dientes de base.
El arroz con mango del socialismo
Los movimientos venezolanos se definen por la conciencia de sus intere- ses generales contra el imperialismo y el golpismo. Como es natural en la vi- da social, cuando la lucha de clases es intensa y el enemigo presiona sin pie- dad, la marcha del enfrentamiento conduce irremediablemente a desafíos a la propiedad privada. Esto es nuevo y aparece en formas a veces difusas, pe- ro la cuestionan directa o indirectamente.
En esta medida tendencial, los trabajadores y pobladores pobres del cam- po y la ciudad han comenzado lentamente a mezclar en sus cabezas la lucha contra el imperialismo con el enfrentamiento a los capitalistas que tienen en- frente y la relación de ellos con el golpista y el corrupto.
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Ello no significa que exista por ahora como una conciencia estable y pro- gramática de carácter socialista, excepto para una minoría. La complejidad de su formación significaría superar dos barreras muy altas por ahora, primero la ausencia de una tradición marxista en Venezuela, la debilidad de su movi- miento obrero, y segundo, el impacto en el imaginario popular del fracaso estruendoso de las experiencias realizadas en nombre del socialismo duran- te el siglo )O(.
Este proceso de concientización de tipo “anti capitalista” o difusamente “socialista” se ha acelerado desde hace casi un año al ritmo de las declaracio- nes del presidente Chávez. “Tenemos que recrear el socialismo del siglo XXI”, o “N o hay forma de acabar con el hambre dentro del capitalismo”. Ese proceso político nuevo pasa por las cabezas de las “nuevas vanguardias” sin cambios estructurales en su vida laboral y barrial. Los organismos donde ac- túan son parte de sus estructuras de vida y allí procesan las novedades políti- cas e ideológicas del tiempo que viven.
La maravillosa espontaneidad de un aprendizaje político
Esos movimientos “de vanguardia” han mutado tantas veces como lo ha exigido la tensa y cambiante situación política desde 1999. Viven en una per- manente creación y recreación constructiva, como ocurrió con los más ilus- trativos procesos revolucionarios del último siglo y medio. Son parte inse- parable de lo que hemos visto desde 1997 en Ecuador, Bolivia, Argentina, Paraguay, Brasil y más recientemente en Guatemala, Uruguay, Chile y El Salvador. Es la memoria histórica acomodándose a la nueva resistencia.
En 2005, ese desarrollo llevó a una maduración política distinta, superior. En primer lugar, develó a estos movimientos que la revolución bolivariana no avanzará un solo paso más sin la participación activa de ellos y que eso sig- nifica la capacidad de asumir el poder en todas sus formas. Esto se está ex- presando en múltiples formas y maneras. Desde el rechazo generalizado a las candidaturas impuestas por el MVR y el mismísimo Chávez en 2004, que condujo a varias candidaturas independientes y al proceso actual de eleccio- nes por la base dentro del MVR, al control ciudadano de los funcionarios.
Esta evolución comenzó a sedimentar en forma de conciencia política desde la derrota del golpe de Estado en abril de 2002, especialmente alenta- do por el presidente Chávez cuando declaraba al comienzo de cada discurso o en el programa “Aló Presidente”, durante 2002 y 2003,: que a él lo salvó el pueblo y acto seguido lo invitaba a organizarse para defender sus conquistas.
Su comprensión dio un salto siete meses después cuando derrotaron físi- camente a los golpistas en la industria petrolera. Fue el momento en que el
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movimiento obrero venezolano se integró políticamente al proceso revolu- cionario, probando su capacidad revolucionaria en la lucha por PDVSA;
Un año más tarde ese aprendizaje dio uno de los frutos más sólidos, la construcción de la UNT, la nueva central obrera bolivariana, sobre las ceni- zas de la CTV (Confederación de Trabajadores de Venezuela). La CTV sur- gió en 1936, hasta la revolución de 1958 jugó un rol progresivo en la organi- zación sindical de los trabajadores y en la resistencia al imperialismo. Pero desde la derrota de la Revolución del 23 de enero, la CTV fue integrada al Estado y a las políticas imperialistas. Eso fue obra del nacionalismo venezo- lano de la mano de Acción Democrática desde el Pacto de Punto Fijo (1961); desde entonces la CTV sirvió alos patronos, al imperialismo y a sus propios dirigentes convertidos en millonarios mayameros.
La UNT subvirtió esa historia y ha dado comienzo a un nuevo movi- miento obrero clasista y de izquierda con una sólida conciencia anti impe- rialista. '
La autonomización del movimiento popular avanzó a lo largo del año 2003 con las Misiones sociales. Le enseñaron a los movimientos que sin ellos no era posible la aplicación de estas políticas públicas. Las misiones concen- tran dos de las tres principales inversiones sociales dentro del Presupuesto Nacional. El proceso continuó en enero y febrero de 2004 con la derrota ful- minante en las calles caraqueñas de las llamadas “Guarimbas” (guerrillas fas- cistas callejeras).
Este mismo año, las organizaciones comunitarias venezolanas fueron las garantes de que el fraude del Referéndum no pasara como pretendían el Grupo Carter y la OEA en su negociado con el Comando Ayacucho. Las or- ganizaciones de base se levantaron, paralizaron Caracas e impusieron la sus- pensión del Comando Ayacucho y la organización de uno nuevo bajo las ór- denes directas de Chávez. Este, como otros avances de los movimientos, tu- vo un límite. Esta ha sido una constante, una de las principales contradiccio- nes del proceso venezolano. En el caso del Referéndum, el nuevo Comando Maisanta se negó a integrar a representantes de los movimientos comunita- rios. Sin embargo, su fuerza y capacidad política quedó demostrada 24 horas antes de que el presidente convocara a la construcción de las “patrullas elec- torales”: en el este de Caracas ya se habían organizado nueve patrullas inte- gradas por una coordinación regional.
Los organismos que determinaron el triunfo del Presidente y la continui- dad del gobierno fueron las “patrullas electorales”. Estas sumaron a más de 900.000 activistas entre mayo y agosto en los 23 estados del país. Una buena mitad se integraba por primera vez a una actividad política, y esa como se sa-
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be, no fue cualquier actividad política. El resultado del Referéndum decidía la derrota o la continuación de la llamada “revolución bolivariana”.
Entre 1998 y 2004 los movimientos han adoptado 9 formas distintas según las exigencias políticas internas o para enfrentar ataques del impe- rialismo. Cuando las situaciones de enfrentamiento son agudas tienden a conectarse en formas intermedias que desaparecen ni bien pasa la coyun- tura. La fuerza y dinámica de este movimiento-proceso no deja en paz a ninguna institución estatal o partidaria, dirigentes o funcionarios apol- tronados. Sin embargo, la contradicción persiste, los burócratas siguen en sus poltronas.
Para salvar las escasas conquistas adquiridas hasta abril de 2002 se amalga- maron en los barrios y alrededor de los cuarteles en forma cuasi espontánea. Los motores de la resistencia fueron los mismos jóvenes y amas de casa que ya participaban en círculos bolivarianos, coordinadoras sindicales y asamble- as barriales. Lenin llamaría a esa espontaneidad “la materia prima de lo cons- ciente”.
Sin separarse físicamente de sus comunidades han sostenido la aplicación de los planes de desarrollo social (las Misiones) porque era imposible apli- carlos desde sus organismos ejecutores oficiales, los Ministerios. Como me dijo una profesora, miembro de la Coordinación de la Misión Robinson, “Si hubiéramos esperado a que desde el Ministerio de Educación se apliquen las misiones Robinsón, Ricaurte o Ribas, ya habrían tumbado varias veces al presidente”.
La nostalgia vanguardista
En sentido contrario, la mayoría de los partidos y dirigentes de la izquier- da tradicional venezolana jugó un papel “de retaguardia” en abril de 2002 y en todos las coyunturas desde entonces. De hecho representan la franja con- servadora del proceso revolucionario, esa que quisiera que todo se detenga en el punto al que ha llegado y “vivir felices para siempre”.
En medio de la prueba más importante que tuvieron hasta ahora, el golpe de abril, la mayoría sufrió una regresión perversa a sus erróneas nostalgiasju- veniles. Decenas de ellos comenzaron a organizarse para “subir los montes y hacer la guerra desde a la montaña”, como declararon en días posteriores al 13 de abril. La realidad los hizo descender en forma estrepitosa de su fanta- sía vanguardista irremediable: Mientras ellos se debatían en la crisis existen- cial “montaña si, montaña no”, los barrios urbanos del país real ya tenían pa- ralizados los cuarteles, las calles y el Palacio de Miraflores.
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Empoderarse o morir en el intento
Esta “vanguardia” se expresa de múltiples maneras y a una veloCidad po- lítica determinada por los acontecimientos. Esta virtud se vuelve su principal enemiga política cuando quedan atrapadas por la acción y el embate y les im- pide la reflexión necesaria para pensar a largo plazo. Un ejemplo de ello fue la infantilada irreverente de derribar la estatua del indefenso Cristóbal Co- lón el 12 de octubre de 2004. A pesar de eso -o más bien como parte de ello- constituyen el motor de la revolución bolivariana.
Mientras exista el actual proceso político, las agrupaciones comunitarias serán su sangre y sus vértebras; a pesar de sus carencias y fragilidad ofrecen una base social sobre la cual intentar superar las actuales contradicciones mortales entre una dinámica política francamente transformadoras y un Es- tado aparatoso, fracasado y corrupto hasta la médula debido a su sofocante carácter capitalista.
Como dijo con socarrona mordacidad un dirigente popular chavista en un barrio de Caracas, “entre Chávez y nosotros no hay nada y lo que hay huele a fo” (“fo” es una expresión venezolana que alude a mal olor) N o es exactamente así pero es una expresión emOtiva que refleja el patetismo deun aspecto clave de la realidad venezolana. Para decirlo con una palabra de mo- da en Venezuela, sin el empoderamiento de estos movimientos la revolución bolivariana se vaciaría de contenido social. Ellos representan en vivo y en di- recto a los 15 millones de explotados y oprimidos que siguen lealmente al presidente Chávez.
A estas alturas del partido, empoderarse significa la responsabilidad histó- rica de ser capaces de asumir el poder político y económico y servir de base para la democratización de la vida social y política desde abajo, desde sus pro- pios organismos comunitarios donde están haciendo el mayor aprendizaje político de sus vidas.
Nuevas realidades
La “revolución bolivariana” sería irreconocible sin la existencia personal de Chávez y sin la marca constitutiva de sus “movimientos sociales”. Esa es su realidad actual. Pero estos movimientos no son una abstracción socioló- gica sin contenido de clase, sino la expresión política y cultural de las pro- fundidades transformadoras de las clases y sectores que los sostienen: los ba- rrios pobres de las grandes y pequeñas ciudades y los asalariados industriales, estatales y rurales. Constituyen uno de los síntomas de buena salud más es- tables y esperanzadores de la “revolución bolivariana” en marcha.
Esos movimientos son “vanguardia” en la medida que su actividad vida
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política los coloca “un paso delante” (Lenin) del conjunto de las masas po- bres movilizadas, pero no lo son en tres magnitudes cualitativas: su forma de vida, sus formos organizativos y su militancia social. En ninguna de ellas se distinguen de “las masas”, no la separan ni la oponen a los barrios, centros de estudio o trabajo de donde surgieron. Con esas características se agrupan en sus asociaciones comunitarias.
Basta recordar que las patrullas electorales y las Unidades de Batalla Elec- toral que funcionaron entre mayo y agosto de 2004 alcanzaron un registró de activistas que superó las 900 mil personas en todo el territorio. El Comando Maisanta declaró 1.110.000 enrolados, pero una verificación por estados, municipios y Salas Situacionales me permitió decantar la cifra Esto no pue- de ser vanguardia en el sentido tradicional y sin embargo lo fue respecto de la tarea política emprendida (ganar el “N o” en el Referéndum) y la decisión de defenderlo en las calles el día de la votación.
Algo parecido, aunque más relativo, se vio dos años antes en la actuación masiva que derrotó el golpe de Estado entre el 12 y el 13 de abril. En aquella ocasión su expresión orgánica más rutilante fueron los “círculos bolivaria- nos”; Se calcula que antes del golpe funcionaban unos 20 o 30 mil círculos y que la derrota del golpe provocó una explosión de “círculos” por todas las ciudades. En noviembre de 2003 funcionaban más de 100.000 con una me- dia de 7 activistas por círculo.
Estas características de relación orgánica con “las masas” no fueron las constantes en las vanguardias izquierdistas o revolucionarias del siglo XX. Entre otras razones explican sus conductas auto destructivas, sectarias u oportunistas, como demuestra hasta cansarse de angustia el marxista húnga- ro Itsvan Mézsaros en “Más allá del Capital” (Caracas, Edic. Vadell, 2001) Al formarse, señala Mézsaros, a partir y alrededor de aparatos, la vanguardia del siglo XX se constituyó con demasiadas intermediaciones, estas con el tiem- po se transformaron en alejamiento, deformaciones, perversiones, burocra- tismo y divorcio social con las masas y sus segmentos más activos.
Un. complicado aprendizaje
siete años de proceso político, los movimientos de vanguardia vene- zolanos han mostrado capacidad y talento para la creatividad revolucionaria, la organización masiva, la acción directa y la democracia de base. Estas cua- tro características son fundamentales a la hora de reflexionar acerca del pre- sente y el futuro de la situación venezolana. Las políticas centrales propues- tas por el gobierno del presidente Chávez no tendrían destino social sin la existencia y militancia de esa “vanguardia” de poderosos movimientos de ba-
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se. Sería suficiente pensar por un instante en lo que ocurriría si desaparecie- ran los medios de prensa comunitarios y alternativos y las organizaciones so- ciales en la que se apoyan.
Esas características no nacieron con ellos, al contrario. En este lustro y medio ha realizado un complicado aprendizaje político que los llevó de una primera etapa donde predominó la unidad con lo viejo y vencido, a una de- cantación y transformación que en poco tiempo la colocó de frente a casi to- dos los dirigentes, partidos y cuadros políticos con quienes compartió la pri- mera fase del proceso político.
Su historia comenzó en 1998 en la campaña electoral que en diciembre de ese año elevó a la presidencia a Hugo Chávez. Sus protagonistas de entonces calculan la movilización de una militancia que sobrepasó fácilmente los 50.000 jóvenes y adultos, con predominio de mujeres y jóvenes trabajadores de los barrios pobres.
En aquel momento existía una mezcolanza necesaria y útil entre la “vieja vanguardia” de adentro y de afuera de los partidos de la izquierda venezola- na, y al lado, las nuevas camadas de activistas barriales, obreros, soldados y un pequeño sector medio de profesionales e intelectuales de izquierda. Eso fue superado.
Existe una nueva realidad en los movimientos de “vanguardia” de la re- volución bolivariana. Su conciencia y composición actual está en relación di- recta con el aprendizaje político realizado en siete años, frente al desgaste de la mayoría de los dirigentes de la vieja izquierda y de los funcionarios que acompañan a Chávez en su proyecto anti imperialista.
Los nuevos desafíos del proceso político probarán su capacidad política para asumir las tareas del presente.
Buenos Aires, abril de 2005
¿Tizif'iïo
Correo de Prensa Internacional
Xola 81 - Col. Alamos - C.P. 03400 México, D.F. TeI./Fax (5) 590-0708 - csapn@laneta.apc.org
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¿Quién paga el "bienestar" en el Estado de bienestar?
Un estudio de varios paíse5*
Anwar Shaikh=r==r=
I. Introducción
Hubo un tiempo, no hace mucho, en que el estado de bienestar era visto como un logro social supremo. Pero recientemente ha sido sometido a con- siderables ataques. Éstos se centran en la afirmación de que durante su apo- geo, desde los años 1950 a los 70, los gastos en beneficios sociales del estado de bienestar condujeron al estancamiento económico subsiguiente y un per- sistente desempleo en todo el mundo avanzado. Este artículo se refiere a las evidencias empíricas de un conjunto de estudios comparativos. Señalo los aspectos implicados, discuto la metodología subyacente a los estudios empí- ricos de seis de los mayores países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE; Australia, Canadá, Alemania, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos) y presento los principales hallazgos. Mi ha- llazgo central radica en que los gastos en beneficios sociales fueron financia- dos a partir de los impuestos pagados por los perceptores de esos beneficios: en otras palabras, en su mayor parte, los gastos de bienestar social fueron au- to-financiados y no pueden haber sido una causa de déficits fiscales o una ré- mora sobre ¡el crecimiento.
1. Ascenso y caída del Estado de bienestar El crecimiento de’Estados de bienestar es uno de los rasgos característicos de las democracias capitalistas modernas. Los Estados de bienestar europeos
* Titqu original: "Who pays for the "welfare" in the welfare state? A multicountry study', pu- blicado en Social Research, volúmen 70,‘ número 2, verano de 2003. Traducción del inglés de Alberto Bonnet, revisada por Katharina Zinsmeister.
** Anwar Shaik es profesor de economía de la New School University de Nueva York, EEUU;
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comenzaron con programas de jubilaciones y seguros sociales a fines del si- glo XIXy comienzos del XXy se convirtieron más tarde, entre los años 1930 y 50 en sistemas amplios de apoyo social. En los Estados Unidos, la Gran Depresión desencadenó iniciativas similares en la forma de los programas de seguridad social asociados con el New Deal, seguros estatales de desempleo y una asistencia pública limitada, subsidiada federalmente (lo que los nortea- mericanos llaman “bienestar”) para los ancianos pobres, los niños depen- dientes y los ciegos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la función del Estado se expan- dió rápidamente. De 1960 a 1988, en la los países de la OCDE, la participa- ción media del gobierno en el producto bruto interno (PBI) creció por arri- ba de un cincuenta por ciento (del 27 al 42%), mientras que en el total del empleo, el público creció cerca de dos tercios (del 11 al 18%). Al mismo tiempo, se produjo un corrimiento en la composición del gasto público de los tradicionales gastos de defensa, administración pública y servicios econó- micos generales hacia los gastos de bienestar en salud, educación y transfe- rencias (seguridad y asistencia social, subsidios a empresas e intereses sobre la deuda pública). Hacia los años 1980, las transferencias se convertieron la mayor categoría de gasto económico en la mayoría de los países (OECD 1985, p.16).
Pero el aumento en el gasto del gobierno fue sólo una parte de la historia. Los impuestos también aumentaron fuertemente y su composición se des- plazó desde las fuentes tradicionales, tales como impuestos indirectos a las transacciones económicas, hacia la seguridad social y los impuestos a los in- gresos personales (OECD 1985, p.16-17). Entonces, visto en conjunto, los gastos de los gobiernos y la estructura tributaria se modificaron de manera similar.
Ia primera parte del período de posguerra fue la culminación del Estado de bienestar, mientras el mundo industrializado crecía a una tasa de cercana al 5% anual. Sin embargo, hacia mediados de los 70, la larga expansión pre- cedente alcanzó su pico y, a finales de la década, la tasa de crecimiento pro- medio del mundo industrializado cayó a la mitad de su nivel previo. Hacia 1983 los países de la OCDE en su conjunto apenas estaban creciendo (OECD 1991). Este período de ralentización del crecimiento y eventual es- tancamiento trajo desempleo y pobreza en ascenso que condujeron a mayo- res demandas de gastos sociales.
En los Estados Unidos, el boom de posguerra alcanzó su pico en 1968/69. La economía ingresó en una fase de estancamiento (inicialmente inflaciona- rio). En este momento, se produjo un cambio significativo en todos los pa-
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rámetros económicos mas importantes. Durante el boom de las décadas de 1947 a 1968, el crecimiento fue fuerte, el desempleo promedió el 4,8%, los salariOs reales crecieron casi 50% y el déficit fiscal federal promedio fue sólo de USD 1.700 millones.1 En las siguientes dos décadas, entre 1969 y 1989, el desempleo aumentó a un promedio del 6,6%, los salarios reales bajaron un 14% y el déficit fiscal promedio creció casi cincuenta veces, a USD 82.400 millones (ERP 1996). Hacia 1980, el acceso a la asistencia pública fue res- tringido, y para aquellos que recibían ayuda, los beneficios reales bajaron en un 20% respecto de lo que habían sido en 1970.
De 1980 a 1988, la administración de Reagan realizó una extendida y siste- mática política de ataque a los trabajadores y los pobres. Socavó a los sindica- tos y recortó los niveles y la duración de los beneficios de desempleo. La afi- liación gremial declinó rápidamente durante este período, de alrededor de un cuarto de la fuerza de trabajo a menos de un sexto. Los salarios reales cayeron y las concesiones y retrocesos de los trabajadores se volvieron un lugar común. La cantidad de personas en trabajos mal remunerados creció fuertemente: en 1970 sólo el 20% de los trabajadores percibía un ingreso real de menos de USD 7.000 (en dólares de 1984); entre 1979 y 1984, el 60% de los nuevos em- pleos se encontraba en esa categoría (Rosenberg 1987). Al mismo tiempo que el gasto social fue reducido radicalmente, el gasto militar se incrementó drás- ticamente, haciendo llegar el déficit presupuestario a alturas desconocidas. Durante todo este período, la noción de un “alivio de los impuestos” (tax re- liej) para una población sobrecargada (una vez más una frase muy utilizada) dominó la retórica. Las corporaciones recibieron un sustancial alivio de im- puestos, que se agregó a los beneficios de un salario real declinante. Pero, co- mo veremos, para los trabajadores la situación fue diferente, puesto que sus ta- sas impositivas continuaron aumentando (véase la figura 1).
El cambio de fase señalado para la economía de los Estados Unidos refle- jó un patrón evidente en todos los países capitalistas avanzados, a medida en que las décadas de alto crecimiento abrieron paso a décadas de crecimiento retardado, inflación, desempleo creciente y la concomitante “crisis fiscal del Estado de bienestar” (Skocpol 1987, p.36). Las tasas de crecimiento del PBI de Europa y Estados Unidos se representan en la tabla 1, de la cual fue ex- cluido el período del “shock petrolero” de 1973 a 1974 para evitar sesgar la comparación entre períodos. Los patrones correspondientes para las tasas de desempleo son representadas en la tabla 2.
A la luz de estos acontecimientos, que se desplegaron a lo largo del mun- do avanzado, no resulta sorprendente que se incriminara al Estado de bie- nestar. Los economistas del pensamiento dominante, en particular, argu-
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mentaron que sus “políticas sociales [conducen a]... una sobre-expansión del gobierno, que [fue]... una causa principal de la ralentización económica y de la creciente inflación de los 70 (Buchanan y Flowers 1980, cap. 6, citado en Fazeli 1996, p.37). Así, el Estado de bienestar fue “una rémora sobre la ac- tividad económica y... redujo el desempeño económico” (Moudud y Zacha- rias 2000, p.7). Los recortes de gastos sociales, particularmente de seguros de desempleo y de ingresos para los pobres y ancianos, fueron juzgados como necesarios para restaurar el crecimiento y reducir el desempleo (Atkinson 1999). Y, de hecho, tales recortes comenzaron a generalizarse en todo el mundo desarrollado.
Varios mecanismos diferentes fueron propuestos como las fuentes de los supuestos efectos negativos del Estado de bienestar. En la economía ortodo- xa, dos son particularmente importantes. El primero de ellos resulta de la afirmación de que el Estado de bienestar origina aumentos del déficit fiscal a fin de finanCiar sus gastos sociales. Se dice que estos déficits estimulan el consumo y reducen la tasa de ahorro de los hogares, lo que a su vez baja la ta- sa de crecimiento de largo plazo de la economía. También desde la izquierda se sostiene una idea semejante, en la forma de la “crisis fiscal del Estado” identificada por O’Connor (1973) y en‘la afirmación de BoWles y Gintis (1982) de que durante el período de posguerra, el Estado indujo una “SUS- tancial redistribución de ingresos del capital al trabajo”, resultando en un “ingreso ciudadano” que creció tan rápidamente que hacia los 70 cumplió “una función crítica al producir y prolongar” la crisis económica de los 70 y 80 (Bowles y Gintis 1982, p.69; 84-86). En todos estos argumentos, el Esta- do de bienestar tiende a reducir y subordinar el crecimiento de largo plazo, algo que en cierto punto origina el estancamiento y el desempleo (Fazeli 1996, cap.2; Moudud y Zacharias 2000, p.8-14).
La segunda crítica es que el Estado de bienestar perpetúa el propio de- sempleo'que crea. La teoría económica ortodoxa dice que el desempleo po- dría ser auto-cor regido en la medida en que los trabajadores bajaran sus sala- rios reales siempre que haya desempleo. Pero se sostiene que los variados mecanismos de protección social del estado de bienestar crean “distórsiones en el mercadode trabajo” que interfieren en este'proceso de ajuste automá- tico. Los seguros de desempleo y los subsidios reducen el incentivo de los trabajadores desempleados a aceptar salarios más bajos y peores condiciones de trabajo, mientras que los impúestos a los salarios y la protección a los em- pleados reducen los salarios que las firmas desean ofrecer a los trabajadores. Como Krugman afirmó, la protección social relativamente más altas de Eu- ropa significa que “un desempleado europeo no necesita buscar un empleo
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con la desesperación de su par norteamericano” (Krugman 1994, p.22). Así, el estado de bienestar tiende a impedir la eliminación del desempleo.
En resumen, se nos está diciendo que el Estado de bienestar tiende a so- cavar el crecimiento y a generar un aumento del desempleo porque contri- buye a originar déficits presupuestarios. Al mismo tiempo, “distorsiona” los mercados de trabajo volviendo a los trabajadores menos desesperados de ca- ra al desempleo, lo que tiende a hacer persistente el desempleo (Pear 1995). En ambos casos, la solución apropiada es reducir el alcance del Estado de bie- nestar.
En lo que concierne al argumento de las “distorsiones del trabajo”, aún Krugman admite que este argumento es incapaz de explicar por qué los so- cialmente conscientes “países europeos [fueron] capaces de alcanzar tales bajas tasas de desempleo antes de 1970” (p.23). Detallados estudios micro y macroeconómicos también indican sólo un débil vínculo entre beneficios, regulaciones del mercado de trabajo y desempleo (Bean 1994, p.594-5, 600- 3). Más recientemente, un detallado estudio de varios países no encuentra real sustento empírico para la opinión de que las instituciones y políticas la- borales del Estado de bienestar desempeñaron una función clave en la crisis de desempleo europea de los 80 y 90 (Baker, Glyn, Howell y Schmitt 2002, p.2-4, 54-57). Finalmente, es un hecho sorprendente que precisamente du- rante el período en que se supone que el Estado de bienestar inhibió en ma- yor medida el desempeño económico, de 1975 a 1993, el PBI por cápita en los países de la OCDE se incrementó en un 314%, mientras que en los Esta- dosUnidos aumentó sólo un 234%.2'
Pero ¿no sigue siendo posible que, en los días de esplendor del Estado de bienestar, el gasto social, particularmente el gasto social dirigido a los traba- jadores, haya sido financiado por déficits gubernamentales, que a su vez ha- yan sido suficientemente grandes como para causar una ralentización del crecimiento para el conjunto del mundo avanzado? Nos dedicaremos a este asunto de aquí en adelante. i
2. ¿Quién paga por los gastos sociales?
La idea de que el Estado de bienestar haya sido financiado a través del défi- cit descansa en una serie de afirmaciones implícitas. Primero, que los benefi- ciarios del gasto social recibieron más de lo que ellos mismos pagaron en im- puestos. Segundo, que esta diferencia fue en gran medida financiada por défi- cits gubernamentales, en vez de mediante transferencias desde otros grupos sociales. Ytercero, que los déficits resultantes fueron suficientemente grandes como para impulsar una ralentización en el crecimiento económico.
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Es sorprendente cuán poca evidencia empírica consistente ha sido provis- ta para tales afirmaciones. Estudios de países individuales no son capaces de aportar una orientación para generalizaciones aerea del Estado de bienestar (Marmor 1993). Por otra parte, estudios cruzados de varios 'países que anali- zan sólo los gastos3, o sólo los impuestos, son igualmente inadecuados por- que lo que importa es el balance neto entre ambos. Por ejemplo, si los im- puestos pagados por un grupo acompañaron los gastos sociales destinados al mismo, entonces estos gastos sociales fueron autofinanciados' y no pueden haber sido una causa de déficits fiscales o una rémora sobre el crecimiento.
La pregunta resulta entonces: ¿quién paga el gasto de bienestar del estado de bienestar? Para abordar este asunto nos centraremos en las relaciones en- tre el Estado y los trabajadores (definidos como los perceptores de salarios y sueldos, excluyendo a los altos gerentes tales como los CEOs). Esta focaliza- ción resulta de la afirmación de que fue el apoyo social a los trabajadores, en particular, el que supuestamente socavó al Estado de bienestar.4
Nuestros hallazgos principales
Nuestros hallazgos se basan en una serie de estudios nacionales cruzados del Estado de bienestar realizados en los 80 y 90. El marco usado, bosqueja- do en la segunda sección, fue aplicado originariamente para varios períodos a los Estados Unidos (Shaikh y Tonak 1987, 1994, 2000), y posteriormente a Australia, Canadá, Alemania, Suecia y el Reino Unido (Tonak 1984, Bakker 1986, McGill 1989, Fazeli 1992, 1996, Maniatis 1992).
El hallazgo principal de estos estudios es que los impuestos pagados por los asalariados van en cercano paralelo con los gastos sociales destinados a ellos: para el promedio estimado de los países avanzados, entre 1960 y 1987, la dife- rencia entre el valor de los beneficios sociales totales recibidos y los impuestos totales directamente pagados (el salario social neto) permanece en casi todos los años entre el 1 y 2% del PBI (e13 a 5% del total de salarios y sueldos paga- dos). Puesto que es positiva, implica que los perceptores de salarios y benefi- cios recibieron más de lo que pagaron. Pero este subsidio neto en todo con- cepto es claramente pequeño. Y, como veremos, mientras la diferencia es ge- neralmente positiva en los otros cinco países de la OCDE estudiados, en los Estados Unidos es generalmente negativa (esto es, un impuesto neto).
El pequeño tamaño de esta ratio promedio de salario social neto (salario social neto en relación con el PBI) no sostiene la afirmación de que los gas- tos en beneficios sociales dañaron el crecimiento económico en los países avanzados. En cambio, lo que muestra es que el principal efecto de estos flu- jos de transferencias netas es redistribuir el ingreso entre los perceptores de
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salarios y beneficios sociales en su conjunto. Pero aún aquí. la evidencia indi- ca que tal efecto redistributivo intra-clase es muy limitado. Estudios detalla- dos de los ingresos de los hogares de las distintas clases en varios países de la OCDE parecen indicar que los efectos redistributivos se concentran en los rangos de menores y mayores ingresos, de manera que los rangos de ingre- sos mayoritarios no son muy afectados por la intervención gubernamental neta (OECD 1985, cap.7, sección B).
Existen, por supuesto, diferencias entre países, pero aún estas diferencias no son necesariamente las que se podrían haber esperado. Por ejemplo, en los años del boom, el salario social neto fue negativo en los Estados Unidos, lo que significa que los asalariados pagaron más en impuestos de lo que reci- bieron — y ayudaron a reducir cualquier déficit fiscal existente. En el mismo período, en Suecia, el salario social neto fue aproximadamente cero, indi- cando que sus generosos gastos sociales en bienestar fueron de hecho auto- financiados. Ni en Estados Unidos ni en Suecia, por consiguiente, los gastos de bienestar pueden ser indicados como la causa de los déficits fiscales o el estancamiento económico consecuente. Sin embargo, en Alemania el salario social neto fue generalmente positivo en los años del boom, del orden del 4% del PBI. Yesta modesta proporción es una de las más altas de nuestra mues- tra. Aquí al menos podemos decir que el salario social neto tuvo un impacto sustancial en las finanzas gubernamentales: de 1950 a 1973, ascendió a apro- ximadamente 42% del déficit gubernamental, que fue aproximadamente de alrededor del 7% del PBI. Sin embargo, la tasa de crecimiento de Alemania fue :más alta que las de Suecia o Estados Unidos en cada subperíodo (OECD 1991). De hecho, en todos los períodos hubo una correlación positiva entre el tamaño —del salario social neto y el crecimiento económico: Alemania tuvo la más alta tasa de crecimiento, Suecia está en el medio y los Estados Unidos tuvieron la más baja.
II. Metodología del salario social neto
N ueStra tarea requiere identificar las diferentes partes de los impuestos totales que se deducen de los pagos salariales agregados y los distintos bene- ficios sociales que regresan hacia la población trabajadora a través de los gas- tos gubernamentales; esto nos permitirá valor su balance neto (el salario so- cial neto). La categoría de “población trabajadora” no es definida aquí en tér- minos sociológicos o políticos, sino más bien en términos de todos aquellos que perciben salarios y sueldos, con la excepción de los .CEOs y otros altos gerentes. Esto es en parte porque los salarios desempeñan una función cen.-
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tral en la mayoría de los procesos económicos, pero también porque nos conduce a obtener resultados consistentes para diversos países. Usamos las cuentas nacionales y otras fuentes para estimar y rastrear el salario social ne- to en seis países avanzados: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alema- nia, Suecia y Australia.
El salario social neto consiste en la diferencia entre los gastos sociales des- tinados a la población trabajadora (los trabajadores) y los impuestos directa- mente aplicados sobre este mismo grupo. Del lado de los gastos sociales con- tamos todos los gastos de bienestar (salud, educación, bienestar, vivienda, transporte, espacios verdes y recreación, pagos de transferencia a los trabaja- dores, etc.). Dividimos tales gastos en dos subconjuntos. El grupo I de gasto, que asumimos como enteramente recibido por los trabajadores, consiste de ítems tales como calificación y servicios laborales, servicios de vivienda y co- munitarios, así como subsidios, seguridad social y bienestar (excepto los pe- queños ítems llamados de invalidez y jubilación militares, que tratamos co- mo un costo de guerra). Y el grupo II de gasto, que se destina a trabajadores y no trabajadores por igual, comprende ítems tales como educación, salud y hospitales, actividades culturales y recreativas, energía, recursos naturales, transporte de pasajeros y servicios postales. La participación de los trabaja- dores en este grupo es estimada mediante la multiplicación del grupo total por la participación de los trabajadores en el ingreso personal (Shaikh y To- nak 1987, 1994).
Del lado de los impuestos directamente aplicados sobre la población tra- bajadora, se encuentran los impuestos a los ingresós, aportes a la seguridad social, impuestos a la propiedad y otros. El flujo monetario primario del cual se deducen los impuestos es el costo total de los trabajadores para sus em- pleadores. Éste se considera el salario bruto de los trabajadores, que com- prendidos los salarios y sueldos así como beneficios tales como las contribu- ciones patronales a la seguridad social y otros ingresos de los trabajadores. Los impuestos totales a ser considerados se dividen entonces en dos grupos: en el grupo I de impuestos, que proviene enteramente de los salarios brutos y consiste en todas las deducciones de seguridad social (la suma de los apor- tes de los empleados y las contribuciones de empleadores) y en el grupo II de impuestos, más generales, que se compone de los impuestos a los ingresos personales, patentes de automóviles, impuestos a la propiedad personal (bá- sicamente inmobiliaria) y otros impuestos y no-impuestos (una muy peque- ña categoría que incluye tasas para la extensión de pasaportes y multas) y que se distribuye entre los trabajadores y los no trabajadores a partir de la partici- pación del ingreso de los trabajadores en el ingreso personal.
Cuadernos del Sur 125
La comparación entre los gastos en los trabajadores y los impuestos paga- dos por los trabajadores obtenemos entonces el salario social neto, definido como los beneficios recibidos por los trabajadores menos los impuestos paga-
dos (ver Shaikh y Tonak 1987, 1994, 2000 para mayores detalles). La ratio de salario social neto se refiere, por lo tanto, a su tamaño en relación con el PBI.
IH. Resultados empíricos
1. Los Estados Unidos
Comenzamos con nuestros resultados para los Estados Unidos, con da- tos tomados de Shaikh y Tonak (2000). El gráfico 1 representa la tasa de be- neficios sociales de los trabajadores (los gastos sociales totales destinados a los trabajadores en relación‘ con el PBI).5
Gráfico 1: Impuestos sobre salarios y beneficios salariales en por- centaje del PBI (EE.UU.)
20%
15% J :7 .
10%
— Beneficios
Ï/J — Impuestos
5%
1952 1962 1972 1932 1992
Es claro que ambos crecen rápidamente en el período de posguerra. Pero lo que es particularmente sorprendente es que en los Estados Unidos, du- rante el largo boom que va desde el fin de la II Guerra Mundial hasta fines de los años 60, la tasade'beneficios sociales está siempre por debajo de la tasa de impuestos. Entonces, durante este período, el salario social neto es negativo,
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esto es, un impuesto neto a los trabajadores. Antes que una rémora para el resto de la economía, en este período, los trabajadores estadounidenses la subsidiaron.
Fue recién después de la finalización del boom y cuando la tasa de desem- pleo subiera fuertemente en los primeros años de la década de los 70, cuan- do la tasa de beneficios sociales alcanzó a la tasa de impuestos y el salario so- cial neto devino positivo. Esto es simplemente así porque un número cre- ciente de personas desempleadas y empobrecidas cumplieron las condicio- nes para acceder a los pagos, mientras que al mismo tiempo sus ingresos achicados redujeron los impuestos que pagaban. Este mismo efecto eleva también el déficit gubernamental. Entonces, un salario social neto positivo resulta asociado a un aumento en el déficit gubernamental durante la ralen- tización del crecimiento, dando origen a la impresión errónea de que la co- rrelación observada entre ambos fue causal.
Pero la correlación sirve a un importante propósito ideológico porque ali- menta el ataque al Estado de bienestar. Hacia los 80, comenzando con Rea- gan y continuando después de su administración, este asalto tuvo éxito en desmantelar la red de seguridad y en reducir fuertemente la fuerza de las or- ganizaciones obreras (Amott 1987, p.51). Sin embargo, el fuerte aumento de la tasa de desempleo en los comienzos de la era Reagan-Bush (ver tabla 2) apenas cambió la tasa de beneficios sociales porque los recortes de los bene- ficios y del acceso compensaron el mayor número de desempleados. Un se- gundo ascenso del desempleo, a finales de esa era, aumentó de nuevo la tasa de beneficios sociales porque los beneficios totales se aceleraron ante el ma- yor desempleo, mientras que la compensación total de los empleados cayó por la misma razón y la tasa de hecho aumentó. Bajo la administración de Clinton permaneció estable, pero la tasa de impuestos aumentó, de manera que la brecha se vuelve a cerrar una vez más.
El gráfico 2 muestra estos mismos movimientos desde el punto de vista de la tasa de salario social neto de Estados Unidos (el salario social neto co- mo porcentaje del PBI), que es simplemente la diferencia entre los benefi- cios sociales y las tasas de impuestos antes mencionadas. Para el período en- tero de posguerra, de 1952 a 1997, la tasa promedia de salario social en Esta- dos Unidos es de sólo —0,33%. En efecto, los trabajadores pagaron por sus propios beneficios sociales.6 (Ver gráfico 2.)
2. Cinco países de la OCDE Un análisis similar fue emprendido para otros cinco países en este estu- dio (Canadá, Alemania, Reino Unido, Australia y Suecia). Debido a limita-
Cuademos del Sur 127
Gráfico 2: Salario social neto en porcentaje del PBI (EE.UU.)
10%
6%
6%
4% 2%
A o, A] A W“wa \-\_/
—4%
llllIIllITÏIlllll‘ljllllïllllllïïljflïrrrlll 1952 1962 1972 1982 1992
ciones de datos, los datos para el rango de las series cómienzan de inicios de los 50 para los primeros tres países a inicios de los 60 para lo‘s dos últimos. La finalización de los datos también varía, puesto que los estudios de los países fueron emprendidos por distintas personas y para diferentes períodos en los 80 y comienzos de los 90. Por esta razón, sólo fue posible crear datos com- parables para todos los países para el período de 1960 a 1987.7 Para nuestros propósitos esto es suficiente con miras a plantear la pregunta de si, en Euro- pa al menos, el Estado de bienestar puede haber causado la ralentización del crecimiento que comenzó en los 70.
El gráfico 3 representa la tasa del salario social neto en cada uno de los cin- co países de la OCDE. (Ver gráfico 3.)
Varios aspectos saltan a la vista inmediatamente. Primero, a diferencia de Estados Unidos, los otros países de la OCDE tienen tasas de salarios sociales generalmente positivas. Alemania y Reino Unido tiene las tasas más altas, aún cuando promedian sólo alrededor del 5% del PBI y alrededor del 8% de los salarios totales. Segundo, Suecia, el paradigma del Estado de bienestar, tiene un salario social neto promedio de alrededor de cero durante el perío- do del boom, y sube arriba de cero sólo en respuesta al estancamiento en el crecimiento.
128 Mayo de 2005
Gráfico 3: Porcentaje del salario social neto de cinco países
' ' ' Auslralia — Canada — Gen'nany — Sweden ""I' UK
4%
llllllllIÍÏIIIIIIIIIIllll|llllllTT-r 1952 1957 1962 1967 1972 1977 1982 1987
Gráfico 4: Salario social neto total de cinco países
10%
gs
1
4%_ v m
2%
ON.
—2%
41 l l I I I Ï l l l l l l I l I U I FI l. I Í l l I I f 1950 1965 197o 1975 1980 1955
Un tercer hallazgo es que, desde 1960 a 1972, antes de la ralentización del crecimiento de'mediados de los 70, la tasa de salario social neto se ubicó en-
Cuademos del Sur 129
tre 0 y -2% en Estados Unidos (gráfico 2) y entre 2 y 4% en los otros cinco países combinados (gráfico 4).8
Ambas tasas subieron sustancialmente durante el subsecuente período de estancamiento, pero esto fue un efecto del estancamiento mismo. Puesto que los déficits gubernamentales también crecieron por las mismas razones, el aumento en el salario social neto se correlaciona con un aumento en los déficits gubernamentales. Esto entonces origina la creencia errónea de que un aumento en el salariosocial fue sostenido por un aumento en los déficits gubernamentales, que entonces causaron el declive general del crecimiento.
3. Estados Unidos y cinco países dela OCDE en conjunto
El gráfico 5 representa la tasa promedia de salario social neto de los países avanzados en conjunto.
Gráfico 5: Salario social neto conjunto de EEUU. y cinco países
10%
8%
2» ,
-2qL
Para calcular esto, la tasa promedia de salario social neto de los cinco paí- ses de la OCDE (Australia, Canadá, Alemania, Suecia y Reino Unido) fue tratada como representativa de la europea. Fue promediada entonces con la de Estados Unidos, usando las participaciones respectivas de los PBI de Eu- ropa y Estados Unidos en la suma de sus PBIs, todo expresado en dólares es-
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tadounidenses (OECD 1991). Vemos que para el conjunto del grupo, la tasa promedia de salario social ineto es aproximadamente 1% para el período del boom. Aumenta realmente por encima de ese porcentaje, a un %%, en el perí- odo de estancamiento de comienzos de los 70. La comparación entre las fi- guras 3 y 5 pone en evidencia que el patrón promedio es muy similar al de Suecia. El estado de bienestar sueco, parece, resulta paradigmático también de otras maneras.
IV. Sumario y conclusiones
Después de que el boom de posguerra en e] mundo avanzado cedió paso al estancamiento y la inflación en los 70 y 80, se volvió un lugar común tanto en la derecha como en la izquierda la atribución de la desaparición del creci- miento ala sobre-expansión del-Estado. Se afirmó que el Estado de bienes- tar originaba déficits presupuestarios en vistas de financiar sus gastos socia- les, y que estos déficits a su vez reducían el crecimiento y espoleaban la in- flación. Muy a menudo estas afirmaciones fuerón sostenidas apuntando al hecho de que los gastos sociales aumentaron como parte del PBI.
Pero una referencia a la creciente participación de los gastos sociales es inadecuada porque la parte de los impuestos en el PBI también creció de ma- nera igualmente rápida. Y cuando son examinadas desde esta perspectiva en- contramos que las tasas de beneficios sociales y de impuestos van en parale- lo en los seis países avanzados estudiados aquí. La diferencia entre las tasas de beneficios sociales y de impuestos, la tasa de salario social neto, es general- mente muy pequeña. En Estados Unidos de 1952 a 1997, la tasa promedia de salario social neto es de sólo -O,33%. Entonces, durante el período entero de posguerra, los trabajadores estadounidenses pagaron por sus propios benefi- cios sociales. Más aún, en los años de boom del período de posguerra, de 1950 a 1972, el salario social neto de Estados Unidos fue negativo, lo que signifi- ca que los asalariados pagaron más impuestos de lo que recibieron. Antes que una rémora para-el resto de la economía, durante este período, los traba- jadores de los Estados Unidos de hecho la subsidiaron. Fue sólo después de que la tasa de desempleo se elevara, cuando terminó el boom a comienzos de los 70, que la tasa de salario social neto se convirtió en positiva. Pero esto se debe a que el incrementado número de desempleados y de pobres condujo a un aumento del pago de beneficios sociales, mientras que al mismo tiempo sus decrecientes ingresos redujeron los impuestos que pagaban. Este mismo efecto elevó asimismo el déficit gubernamental. Entonces, se asoció un sala- rio social neto positivo con un aumento en el déficit gubernamental, una vez
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que comenzó la ralentización del crecimiento, dando origen a la impresión errónea de que la correlación observada era causal.
En los otros cinco países de la OCDE estudiados, para el largo período de boom, el salario social neto promedio fue de alrededor del 3,5% del PBI. Aquí también la subsecuente ralentización del crecimiento elevó la tasa del salario social neto a alrededor del 5%, así como incrementó el déficit fiscal.
Así, en todos los casos estas correlaciones son una consecuencia de la ra- lentización del crecimiento. Acerca del argumento del déficit-como-rémo- ra, debería poder demostrarse al menos que los países con tasas de salario so- cial neto positivo más altas en el período de boom previo tuvieron conse- cuentemente tasas de crecimiento más bajas, y que los‘países con tasas de sa- lario social neto negativas tuvieron altas tasas de crecimiento. Pero dicha co- rrelación no se encuentra. Encontramos que las tasas de salario social neto varían considerablemente entre los países, durante el largo boom, yendo de 5,5% en el Reino Unido, 4% en Alemania, alrededor del 2,5% en Canadá y Australia un mero 0,4% en Suecia, a —1,2% en Estados Unidos. Sin embar- go, todos estos países —incluidos los Estados Unidos con su salario social ne- to negativo- sufrieron una sustancial desaceleración en el crecimiento en las siguientes dos décadas. El supuesto nexo causal entre gastos sociales y creci- miento lento simplemente no se encuentra.
Tabla 1: Tasas de crecimiento real promedio del PBI (excluyendo el shock petrolero de 1973)
Año 1961/7 2 1975/82 1983/91 Europa 4.68% 2.23% 2.66% EEUU. 3.83% 1.97% 2.85%
Tabla 2: Tasas promedio de desempleo (excluyendo el shock petrolero de 1973)
Año 1961/72 1975/82 1983/91 Europa 2.59% 5.41% 9.51% EEUU. 4.94% 7.01% 6.74%
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En los otros cinco países de la OCDE estudiados, para el largo período de boom, el salario social neto promedio fue de alrededor del 3,5% del PBI. Aquí también la subsecuente ralentización del crecimiento elevó la tasa del salario social neto a alrededor del 5%, así como incrementó el déficit fiscal.
Así, en todos los casos estas correlaciones son una consecuencia de la ra- lentización del crecimiento. Acerca del argumento del déficit-como-rémo- ra, debería poder demostrarse al menos que los países con tasas de salario so-: cial neto positivo más altas en el período de boom previo tuvieron conse- cuentemente tasas de crecimiento más bajas, y que los países con tasas de sa- lario social neto negativas tuvieron altas tasas de crecimiento. Pero dicha co- rrelación no se encuentra. Encontramos que las tasas de salario social neto varían considerablemente entre los países, durante el largo boom, yendo de 5,5% en el Reino Unido, 4% en Alemania, alrededor del 2,5% en Canadá y Australia un mero 0,4% en Suecia, a —1,2% en Estados Unidos. Sin embar- go, todos estos países —incluidos los Estados Unidos con su salario social ne- to negativo- sufrieron una sustancial desaceleración en el crecimiento en las siguientes dos décadas. El supuesto nexo causal entre gastos sociales y creci- miento lento simplemente no se encuentra.
Tabla 1: Tasas de crecimiento real promedio del PBI (excluyendo el shock petrolero de 1973)
Año 1961/72 1975/82 1983/91 Europa 4.68% 2.23% 2.66% EEUU. 3.83% 1.97% 2.85%
Tabla 2: Tasas promedio de desempleo (excluyendo el shock petrolero de 1973)
Año 1961/72 1975/82 1983/91 Europa 2.59% 5.41% 9.51% EEUU. 4.94% 7.01% 6.74%
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Notas
l Los salarios reales son los ingresos anuales promedio de los trabajadores no-agrarios, de- flactados por el índice de precios al consumidor, ambas series tomadas de RP 1996, tablas b- 42 y B-56, respectivamente.
2 Los datos están en dólares estadounidenses, en metodología Atlas de las "World Tables" del Banco Mundial.
3 Por ejemplo, Pampel y lMlliamson (1989) ponen un gran énfasis en las demandas plan- teadas al gasto social por grupos de interés tales como las clases medias (“posiciones de cla- se contradictorias"), grupos de adscripción (basados en el género, la raza, la etnia) y en los an-
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cianos (p.xiii-xiv), aunque no mencionan los impuestos en absoluto. Tenninan entonces dan- do Ia falsa impresión de que los gastos sociales rinden cuenta de Io que ellos llaman Ia “crisis” del Estado de bienestar en los 70 y 80.
4 Esta afirmación es explicita en Bowles y Gintis (i982). Pero es discutida por Shaikh y To- nak (1987, i994, 2000) y Miller (1989).
5 Puesto que nos importa el impacto en la economia en su conjunto, medimos las tasas de beneficios e impuestos en relación con el PBI. Pero si estamos interesados en su impacto en los niveles de vida de los trabajadores, debemos considerarlas en relación con el ingreso bru- to de los trabajadores —esto es, en relación con las compensaciones de los empleados, como en Shaikh y Tonak (1987).
5 En términos de ingreso bruto de los trabajadores, el salario social neto en Estados Unidos de i952 a i997 promedio un mero —0,60°/o (Shaikh y Tonak 2000, p. 252). Esto no sólo es minúsculo, sino también negativo (es decir, un impuesto neto sobre los trabajadores).
7 Fue necesario extrapolar las tasas de beneficios e impuestos para ciertos años iniciales y finales (Australia, 1960, 1984-87; Canadá, 1987; Alemania, 1987; Suecia, 1986-87; Reino Unido, 1987).
3 La tasa combinada fue calculada convirtiendo todos los salarios sociales netos en cada país en cada año en dólares estadounidenses al tipo de cambio de cada año, sumándolos lue- go y dividiéndolos por el PBI total de los cinco países convertido de Ia misma manera. Esto es equivalente a tomar un promedio ponderado de las tasas de salario social neto de los países individuales, empleando la participación del PBI convertido de cada país en el PBI total con- vertido.
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Cuadernos del Sur 135
Los intereses de las transnacionales europeas en América Latina
Alfonso Moro*
Presentación
Entre 1992 y 2001 los capitales europeos invirtieron considerablemente en América Latina y el Caribe (ALC). No obstante, la atracción del subcon- tinente como destino de la inversión extranjera extra comunitaria (UE-15) ha disminuido en favor, sobretodo, de los países de Europa central y oriental (PECO) que este año se integran a la Unión Europea (UE). La evolución de la inversión europea en una y otra región puede leerse en forma de letra “V”, encontrándose a la izquierda y en trayectoria descendente las inversiones ha- cia ALC, a la derecha y en forma ascendente los flujos de capitales europeos destinados a los países del antiguo bloque socialista.
Sin que pueda hablarse de una tendencia definitiva, conviene preguntar qué tanto ALC sigue siendo atractiva para los capitales europeos y, sobre to- do, qué efectos sociales y económicos tienen en la región esas inversiones y las políticas económicas que las acompañan.
Las razones generales por las que ALC captó una enorme masa de capita- les (161 mil 700 millones de dólares) en la pasada década —particularmente capitales europeos—, ha sido objeto de múltiples estudios y análisis. Menos atención ha merecido sin embargo el estudio de los efectos de las políticas promovidas por la UE en materia de asociación comercial hacia América la- tina, y las consecuencias que han acarreado sobre esos países las modifica- ciones jurídicas a los acuerdos Sobre inversiones extranjeras registradas en los últimosaños. Los tres elementos —IED, política comercial y legislación en materia de IED- hacen parte de un todo: el proceso de reestructura- ción/reorganización del capital a nivel internacional.
En un contexto de radicales cambios económicos donde han predomina- do las políticas de corte neoliberal y de apertura comercial, la persistencia de
* Economista y periodista. Representante en Francia de la Red Mexicana de Acción Frente al Libre Comercio (RMALC)
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las crisis económicas y sociales que se dejan sentir recurrentemente en la re- gión, así como la pérdida de centralidad de Latinoamérica como destino de la IED en general, y en particular de la europea, plantea la necesidad de vol- ver al debate sobre lo bien fundado de esas políticas económicas, las estrate- gias de las empresas transnacionales europeas, y el papel de la globalización e internacionalización de capitales.
Este análisis se divide en tres partes. En la primera parte se abordan algu- nos de los rasgos característicos de las políticas económicas aplicadas recien- temente en ALC, haciendo hincapié en el hecho que las políticas llamadas de “ajuste estructural” dieron como resultado una transformación cualitativa de la fisonomía de las empresas latinoamericanas. La segunda parte se centra en las políticas que la UE y sus empresas han seguido en ALC, destacando el pa- pel que los acuerdos comerciales propuestos por la UE juegan como instru- mento de dominación, así como en las actitudes de varias transnacionales europeas en ALC, que muestran claramente que el discurso en favor de los “derechos humanos” es hasta ahora un ejercicio demagógico. Se abordan al- gunos casos emblemáticos. En la tercera y última parte seanaliza brevemen- te el papel que juegan los acuerdos recíprocos sobre protección de las inver- siones (APPRIs), a partir de los cambios jurídicos que en los últimos 10 años se han generalizado internacionalmente.
El fracaso de la reestructuración capitalista en América latina
La “década pérdida” que a partir del estallido de la crisis mexicana de 1982 sumergió aALC en un proceso de retrocesos generalizados, tocó a su fin for- malmente en 1990. Desde entonces la región ha sido objeto de una nueva ola de ajustes económicos donde las políticas de reinserción en el mercado mundial juegan un papel central. Los bloques comerciales regionales con- formados en estos últimos 15 años hablan por sí mismos de la importancia dada a ese tipo de políticas.
Las circunstancias como se dio la recuperación económica de ALC por lo demás fueron tan frágiles que, a partir de la crisis de 1995/1997 la región vol- vió a deslizarse por la pendiente del estancamiento y las crisis recurrentes, de manera que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CE- PALC) en sus análisis volvió a hacer referenCia a los riesgos de retorno del es- pectro de la “década perdida”. '
En efecto, el crecimiento del PIB de la región en el quinquenio 1997/2002 se mantuvo estancado, mientras que las transferencias netas de capitales al exterior de ALC equivalieron al 5% del producto de la región; al mismo tiempo, la formación brutade capital —instrumento esencial para valorar la
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capacidad de acumulación del capital en una sociedad- registró en 2003 un nivel 12,5% inferior al obtenido en 1998.
Hay que destacar que como producto de las políticas de reinserción y de liberalización del comercio, entre 1980 y 1999 ALC redujo sus aranceles de un promedio de 30% a 10%, un nivel cercano a los estándares de la Organi- zación de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). No obstante ese enorme esfuerzo y la multiplicación de acuerdos comerciales, el lugar de ALC dentro de los flujos de comercio de mercancías apenas sicambió. En 1983 ALC concentraba 5,8% del comercio mundial de exportaciones de mercancías, y en el 2002 fue de 5,6%. Se podría afirmar que sin esos acuer- dos comerciales, sin la apertura de sus fronteras habría perdido más espacio. Pero el problema es más complicado. En el mismo período de comparación la parte de la región en el total de las importaciones mundiales de mercancí- as pasó de 4,5% a 5,4%. Es decir que ALC importa mucho más que lo que ex- porta.
No hay lugar a duda que las políticas económicas de reinserción de la re- gión en el mercado mundial no han funcionado, como lo atestiguan el in- cremento de los índices de pobreza, de desempleo y de violencia social, o los mayores requerimientos de importaciones y la “reprimarización” de las ex- portaciones que muestran algunos países de la región, entre otros tantos in- dicadores. En su “Informe sobre el comercio internacional de 2003” la Or- ganización Mundial del Comercio (OMC) señala : “la economía de ALC conoció su más malo resultado en una década. Las importaciones de mer- cancías y el comercio de servicios comerciales retrocedieron como no lo ha- bían hecho desde la crisis de la década de 1982/83”.
Uno de los ejes de las políticas de ajuste puestas en práctica ha consistido en promover la reducción del gasto público y la privatización de las empre- sas públicas, por lo que conviene detenerse a ver los cambios de propiedad que han sufrido las empresas latinoamericanas en pocos años.
Según datos de la CEPALC (2001), la distribución de las 500 mayores empresas de ALC en 1990/92 por tipo de propiedad era la siguiente : 149 ex- tranjeras (31,8%); 264 privadas nacionales (52,8%) y 87 estatales (17,4%). Al concluir la década, la situación cambió sustancialmente. En 1998/2000 se re- gistraron 231 empresas extranjeras (46,6%); 231 privadas nacionales, y sólo 38 estatales (7,6%). Este cambio es uno de los elementos esenciales que per"- mite comprender el crecimiento acelerado de los flujos de IED que registró la región en los pasados años.
La tendencia a la privatización - extranjerización del aparato productivo latinoamericano se ha profundizado en los primeros años del nuevo siglo.
138 Mayo de 2005
Tan sólo en 2002 (último año del que existen datos) se registraron más de 35 operaciones de compra de empresas privadas por inversionistas extranjeros por más de 100 millones de dólares por operación. De ese total 15 empresas fueron adquiridas por capitales europeos.
La UE y su política de apoyo a las transnacionales europeas.
La presencia de empresas europeas en ALC data de hace muchos años. Lo que cambió es que esa presencia ahora se da en un marco de internacionaliza- ción y centralización del capital generalizada, donde las grandes transnaciona- les concentran la mayor parte del comercio de mercancías a escala mundial. Pottier (2003) recuerda que “La acumulación de las inversiones directas inter- nacionales ha conducido a que las filiales extranjeras de las multinacionales tengan un peso determinante en la actividad económica mundial”.
Al mismo tiempo, no hay duda que la Unión Europea, a través de sus ins- tancias de decisión y el peso económiCo que representa (primer exportador mundial de mercancías), ha orientado sus políticas para favorecer los intere- ses de sus transnacionales en todos los órdenes de la vida económica, lo que en un plano concreto se traduce en la promoción de acuerdos de libre co- mercio.
La polarización - fragmentación del mercado mundial internacional que ha resultado del proceso de mundialización capitalista ha modificado las re- laciones de dependencia de laseconomías menos desarrolladas con relación a los polos dominantes de la economía internacional. Esta situación es parti- cularmente grave en el caso de ALC, región sacudida en los últimos 20 años por innumerables crisis económicas.
Existe un amplio acuerdo en señalar que “la mundialización a la que con- duce la reestructuración capitalista se traduce en un cambio de estrategias de parte de las grandes empresas multinacionales que tiene por objetivo no só- lo ganar nuevos sectores del mercado mundial sino también preservar aque- llos que ya controlan. Por lo mismo, desde la década pasada los acuerdos de colaboración entre firmas multinacionales diversas y/o la creación de redes de investigación-comercialización no dejan de crecer”. _
Es nuestra opinión que la UE modificó su visión sobre sus relaciones con ALC después de que las negociaciones entre Canadá, Estados Unidos y Méxi- co concluyeron en la creación del TLC en 1994. La pérdida de una parte del mercado mexicano por la UE en favor de los Estados Unidos y la perspectiva que esta situación pudiera generalizarse al resto de ALC, llevó al Consejo Eu-- ropeo de 1995 a aprobar las orientaciones planteadas en el texto “Unión Eu- r0pea - América Latina, actualidad y perspectivas del fortalecimiento de aso-
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ciación 1996-2000”, que en sustancia planteaba el inicio de negociaciones di- ferenciadas entre la UE y México, Chile y el Mercosur y que debían conducir a la firma de un igual número de acuerdos de libre comercio.
Es en ese marco que la UE ha ajustado y promueve ahora su política co- mercial hacia ALC. Para ello se sirve de un discurso diferente al de Estados Unidos, al' insistir que los acuerdos que ella impulsa no son sólo acuerdos de libre comercio sino de “concertación política, cooperación y asociación eco- nómica”, es decir acuerdos “globales”.
Por cuanto a las estrategias de las empresas transnacionales, es evidente que buscan un mayory mejor acceso a los mercados locales, utilizar la región latinoamericana como plataforma de exportaciones hacia los EE.UU., y ex- plotar los recursos naturales de la zona aprovechando su abundancia (una quinta parte de las exportaciones de ALC son productos agrícolas y de la in- .dustria extractiva).
Basados en la mayor apertura económica y la aceleración de la política de privatizaciones que promovieron los gobiernos de ALC en la segunda mitad de la década pasada, los capitales transnacionales invirtieron masivamente en la región, de manera que entre 1995/2000 fluyeron 113 mil 900 millones de dólares, es decir tres veces mas que en la primera mitad de la década (28 mil 600 millones en 1990/1994).
Al mismo tiempo, proliferó la firma 'de acuerdos de libre comercio entre ALC y el resto del mundo, siendo los más importantes el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), el Acuerdo de Libre Comercio Estados Unidos-Chile, y los acuerdos UE-México y UE-Chile.
Ahora bien, las enormes asimetrías que existen en las relaciones comer- ciales UE-ALC se pueden resumir en tres hechos :
° Entre 1990 y el 2000 las exportaciones de. la UE hacia ALC crecieron 222%, mientras que las exportaciones de ALC hacia la UE sólo aumenta- ron 80%.
° Las exportaciones de mercancías de la UE hacia AL que en 1993 repre- sentaban 2,4% de sus exportaciones‘totales, cayeron a 2,1% en 2002, mientras que las importaciones provenientes de ALC se mantuvieron en un 2,0%. En contrapartida, 17,4% de las importaciones totales de ALC tu- vieron su origen en la UE y 12,6% de sus exportaciones se destinaron a la UE en 2002.
° Las exportaciones totales de mercancías de ALC en 2002 fueron de 350 mil 300 millones de dólares, una cantidad apenas superior al total de las exportaciones de Francia.
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Esas diferencias corroboran los resultados generales obtenidos por la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD, 2002). Pese a su extensión es útil para nuestro objetivo retomar la lectura que de ese estudio hace Salama (2004).
“Cuando se consideran los 20 productos exportados más dinámicos de 1980 a 1998, se observa que la parte de las exportaciones de los países en “vías de desarrollo” en el comercio mundial pasa de 14,1% a 28,7%, lo que parece positivo. Esta impresión parece confirmada cuando se nota que sobre los 20 productos más exportados por ese grupo de países, 8 pertenecen a los veinte productos más dinámicos a nivel mundial (la relación es de 15 sobre 20 para los países industrializados). Pero cuando se analizan las cifras por grupos de país, los resultados son diferentes: las economías de América del Sur (por de- finición sin México ni América Central) no exportan sino dos productos del total de 20: bebidas no alcoholizadas y guarniciones, las computadoras y equi- pos electrónicos son más bien exportados por las economías asiáticas. La cons- tatación es aún más severa cuando se analiza de cerca el caso de México. Los productos son definidos a partir de una clasificación de tres “dígitos”, tanto de bienes que son clasificados corno de “alta tecnología” y con fuerte “calificación de mano de obra”, como las computadoras, las telecomunicaciones, los pro- ductos farmacéuticos, etc., y que se caracterizan por un desarrollo importante de las exportaciones de los países en desarrollo. Más exactamente se trata de segmentos a fuerte utilización de mano de obra de líneas de producción de productos de alta tecnicidad que una descomposición más fina habría permi- tido demostrar más claramente. Numerosos bienes de alta tecnología no lo son en realidad, el aspecto en ocasiones engañador proviene de la clasificación insuficientemente precisa. Tal es el caso para México (con excepción de la in- dustria del automóvil) y la mayor parte de los países de la ASEAN. A diferen- cia de Corea del Sur, esos países se han orientado hacia ese tipo de especializa- ción siu optar por- una política industrial buscando integrar nacionalmente los segmentos deslocalizados por las empresas de los países industrializados, por lo que mantienen un valor agregado localmente muy débil y han abandonado el esfuerzo por la investigación desarrollo y no crean nada o pocas zonas espe- cializadas en alta tecnología”.
Es conocido que España es el país de la UE que más inversiones ha efec- tuado en ALC. Casi 50% de las inversiones realizadas por la UE en la región entre 1992 y el 2001 fueron capitales españoles, seguidos por Francia, los Paí- ses Bajos y el Reino Unido. Con esas inversiones España se sitúa hoy como el segundo inversor en la región después de Estados Unidos. Al respecto, como recuerda Buster (2003), esta situación responde en gran medida “al retraso de
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la modernización y reestructuración de los grandes grupos empresariales es- pañoles, y a las dificultades que encontraron para realizar economías a escala enel mercado europeo frente a competidores más establecidos”.
A diferencia de sus contrapartes europeas, las inversiones españolas se con- centran en el sector de los servicios, especialmente telecomunicaciones, ener- gía y banca, mientras que los capitales británicos tienen fuerte presencia en las manufacturas, y los franceses en los sectores de manufactura y servicios.
Asimismo, siguiendo la tendencia de la IED a nivel internacional,las in- versiones europeas están concentradas en un pequeño puñado de países: Ar- gentina, Brasil, Chile y México absorbieron casi 85% de la IED europea acu- mulada entre 1992/2001. Los principales receptores fueron Brasil (42%), Ar- gentina (24%) y México (13%).
La importancia que han adquirido las inversiones europeas en el sector de los servicios de ALC es directamente proporcional a las presiones que la UE, sus empresas transnacionales y los Estados Unidos realizan internacional- mente para que se apruebe el Acuerdo General sobre el Comercio de Servi- cios (AGCS) de la OMC. En ausencia de ese acuerdo, que implicará la libe- ralización de sectores clave como la salud, el agua, las inversiones, las teleco- municaciones o la educación, la UE ha impuesto sus condiciones para que dichos sectores queden comprendidos dentro de los acuerdos comerciales que firmó con México y Chile, e intenta aplicar la misma receta en el marco de sus negociaciones con los países del Mercosur.
Veamos ahora algunos casos que consideramos representativos de las po- líticas que siguen algunas de las empresas transnacionales europeas en ALC.
° Bancos : la cueva de Ali Baba. La privatización - extranjerización del sis- tema financiero latinoamericano alcanzó en pocos años un grado desco- nocido en cualquier otra parte del mundo (por obvias razones no consi- deramos la privatización de ese sector en los países Europa del Este). Se- gún la CEPALC (2002), los bancos extranjeros en los servicios financie- ros de ALC incrementaron sus activos de un promedio de menos de 10% del total en 1990 a más del 50% en 2001;}?on en día, con excepción de Colombia y Brasil, en las otras cuatro principales economías de la región (Argentina, Chile, México y Venezuela) los bancos extranjeros controlan más del 50% de los activos totales, siendo el caso más radical el de Méxi- co donde poseen 90% de los activos del sistema financiero.
Los capitales europeosocupan 8 de las 10 primeras plazas entre los bancos privados extranjeros, donde predominan los españoles Banco de Bilbao Vrsca-
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ra Argentaria (BBVA) y Santander Central I-Iispano (SCH). Ambos bancos iontrolaban en 2002 el 22% de los depósitos de la región, el 40% de losfondos ie pensiones, el 15% de los fondos de inversión. La predominancia de los capi- nles españoles en el sector financiero latinoamericano se consolidó en la se- gunda mitad de la década pasada, apoyados en el hecho que los costes de im- plantación en el mercado regional son sustancialmente inferiores a los existen- tes en la UE. Al respecto Chislett (2004) destaca las conclusiones de un estudio del BBVA, según el cual “a finales de 1999, ganar un punto de cuota en Alema- nia costaba 2,200 millones de dólares en 1999 si ello se realizaba mediante la compra de acciones de los grandes bancos. La misma cuota hubiera‘represen- tado un desembolso de 196 millones en Argentina o de 205 en México”.
No esta de más recordar que las inversiones en el sector se han llevado a cabo mediante compras de activos ya existentes y no por la creación de nue- vos activos. Y esta situación es extensible a la mayoría de los sectores donde se ubican las nuevas inversiones europeas, lo que explica que tengan tan po- ca repercusión en materia de creación de empleos netos.
Significativamente, la CEPALC destaca que “la presencia de bancos ex- tranjeros no ha contribuido a aumentar la disponibilidad del crédito ola es- tabilidad en los sistemas monetarios locales”. Por el contrario, éstos han po- dido obtener ganancias exorbitantes sin que las poblaciones locales obtengan beneficio alguno.
Así, el banco SCH, aún teniendo en cuenta la crisis Argentina, obtuvo be- neficios por mil 400 millones de euros (43,7% del total) en 2002. El BBVA por su parte generó 666 millones de euros de beneficio en la región (28% de sus beneficios totales).
La actitud de los bancos extranjeros durante la crisis argentina fue clara de lo que puede suceder si este tipo de situación se repite: preservación de los intereses del capi-tal transnacional por encima de cualquier consideración so- bre la población local, apoyo abierto (aún ahora) de los gobiernos de la UE en favor de los intereses de sus capitales.
Pero hay otro tipo de situación menos conocida. Los costos (y beneficios) del “rescate” del sistema financiero mexicano después de la crisis de 1994 (“efecto tequila”). Por una parte, ese rescate ha costado a la población mexi- cana más de 100 mil millones de dólares (20% del PIB anual); el crédito al consumo en el 2000 alcanzó únicamente 0,8% del PIB (en Brasil fue de 5,2% y en Estados Unidos del 6,6%), y el crédito interno al sector privado sólo re- presentó 14,4% del PIB (25% en 1995). Por otra parte, en 2001 la rentabili- dad de los fondos propios del BBVA en México fue de más del 32% frente al 8% en el resto de ALC. En el caso del SCH el retorno sobre inversiones en
Cuadernos del Sur 143
2002 fue de superior al 24% en términos de dólares, comparado con 10% en Brasil y 13% en Chile.
A partir de la crisis económica de 1994 y la venta de los activos de la ban- ca mexicana, el sistema bancario obtiene la mayor parte de sus utilidades no del otorgamiento de créditos para financiar la actividad productiva, sino de los recursos que recibe del Estado mexicano como pago de los intereses del “rescate financiero” realizado por el gobierno anterior. Así, en los pasados 9 años, el sistema financiero recibió 28 mil millones de dólares sólo por inte- reses. Según el Banco de México, los bancos extranjeros instalados en el pa- ís cobran comisiones por servicios hasta 10 veces superiores a las transaccio- nes similares que efectúan en los países donde radica su casa matriz.
Teniendo esos elementos como telón de fondo no sorprende que el BB- VA, que recientemente elevó a 98% el control del capital de Bancomer, el principal banco del país, afirme que buscará crecer a un ritmo de 20% anual en los próximos años. Detrás de esa operación están las jugosas comisiones que podría obtener por la transferencia de las remesas de los latinoamerica- nos que habitan en Estados Unidos, que representan más de 15 mil millones de dólares por año. Un negocio redondo.
Pero los efectos de la privatización-transnacionalización del sistema 'fi- nanciero no se detienen allí. Los trabajadores que laboran en el sector —que al inicio de la década de los años ochenta poseían uno de los mejores niveles salariales y de prestaciones- han visto caer verticalmente esas conquistas, al tiempo que los capitales europeos han exigido una política de despidos y li- quidaciones como condición previa para comprar los bancos.
La privatización del oro azul.
En ALC 200 millones de habitantes carecen de acceso al agua potable o permanecen sin acceso a los servicios de saneamiento. Al mismo tiempo, en sólo 10 años las grandes transnacionales del agua se han instalado en 11 paí- ses de la región, de México a Brasil, de Argentina a República Dominicana, donde procesos de privatización del vita] líquido han sido puestos en mar- cha, provocando en varios países movilizaciones populares como sucedió con la “Guerra del Agua” de Cochabamba el año 2000, convertido en sím- bolo de las luchas contra la privatización del vital líquido.
Las empresas Vivendi y Suez Lyonnaise des Eaux, de Francia, RWE de Alemania y United Utilities de Gran Bretaña, son algunos de los titanes transnacionales que, con ayuda del Banco Mundial, el FMI y la OMC y sus políticas promotoras de la privatización de este bien, se disputan desde hace años el control mundial del agua. Datos de un estudio del Consorcio Inter-
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nacional de Periodistas Independientes (ICIJ) indican que, “sobre 276 prés- tamos para el aprovisionamiento de agua acordados por el Banco Mundial entre 1990 y 2002, 30% de entre ellos estaban condicionados a la privatiza- ción. Yla mayoría fue acordada en los cinco últimos años”.
Vivendi y Suez tienen el monopolio de casi 70% del mercado mundial del agua, además de contar con fuerte presencia en América latina. Igualmente importante, ambas empresas tienen a personajes claves dentro de los lobbies que rigen en parte los destinos de la UE, y en las instituciones internaciona- les. Por ejemplo, al interior de la poderosa “Mesa Redonda de Industriales Europeos” (European Roundtable of Industralists), se encuentra Jéróme Monod, ex-presidente de la Lyonnaise des Eaux, amigo muy próximo y con- sejero del presidente francésjacques Chirac en la campaña electoral de 2002. Asimismo, entre los fundadores del Consejo Mundial del Agua —principal organismo de estudios sobre los problemas del líquido y uno de los princi- pales consejeros de las Naciones Unidas— creado por el Banco Mundial y la ONU, se encuentra René Coulomb, también el antiguo director de la Suez Lyonnaise.
En Argentina, durante el gobierno de Carlos Menem, se otorgó la conce- sión del servicio de agua potable y alcantarillado de las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, lo que representa un importante mercado de más de 13 millones de usuarios. “Aguas Argentinas”, una empresa transnacional controlada por la española Aguas de Barcelona y Suez Lyonnaise, obtuvo la concesión delservicio. A ocho años de la privatización, el balance sobre el papel de la empresa es claro, como lo prueban los hechos en la Provincia de Santa Fe.
Los objetivos declarados para justificar la privatización fueron: asegurar un menor precio por metro cúbico de agua, extender las obras de alcantari- llado a toda la población, y universalizar el servicio medido. Los resultados de la privatización son los siguientes.
En el primer caso, las tarifas aumentaron más de 25%, superando con cre- ces el precio propuesto por otros competidores al momento de la licitación o incluso el que cobraba la empresa antes de ser privatizada. Sobre la exten- sión de la red, no se realizó la ampliación a los barrios pobres; como es co- nocido, los sectores de menos recursos no son rentables y la empresa priva- da tiene poco interés en invertir en ese sector. Sobre el tercer punto, el servi- cio medido, la empresa tenía el compromiso de colocar entre 40.000 y 50.000 medidores por año hasta cubrir toda la población de la Provincia. Al cabo de ocho años, sólo se han instalado 60.000 de un total de 600 mil cuen- tas, pues a la empresa no le conviene instalar medidores, sino seguir cobran-
Cuademos del Sur
do por el sistema de “metros cuadrados” de edificación, es decir que según la superficie de la vivienda, la empresa hace un cálculo de cuánto se consume de agua. Eso se tradujo en la práctica por un cobro de consumo de agua mu- cho mayor al que en rea-lidad es capaz de producir.
En octubre de 2002, después del estallido de la crisis argentina, hubo un gran proceso de movilización en todo el país contra las empresas controla- doras del servicio de agua, entre otras razones porque habían aplicado el cor- te de suministro de agua a los desocupados, jubilados y a instituciones como escuelas u hospitales; remataron propiedades de la población por falta de pa- go, o exigían el pago de los costos de las obras de infraestructura en aquellos barrios donde llevo a cabo esos trabajos. La población de Santa Fe, después de organizarse en “Asamblea Provincial por el Derecho al agua” decidió en plebiscito popular exigir la rescisión del contrato de la empresa pertenecien- te a la Suez Lyonnaise.
Después que el gobierno argentino requirió la ruptura de contrato a nivel nacional de “Aguas Argentinas”, la transancional demandó a Argentina ante el Centro Internacional de la solución de diferencias sobre las inversiones (Cirdi), organismo creado por la Banca Mundial. En paralelo, el ministro francés de Asuntos Extranjeros, declaró durante un viaje aArgentina que iba para “defender los intereses de Francia. Queremos tomarlos en cuenta, de- fenderlos, explicando a nuestros amigos argentinos todo lo que las empresas francesas han pagado durante este período difícil y es importante que esta confianza (en Argentina) sea ahora tomada en cuenta”..Si alguna duda que- dara sobre los vínculos entre los gobiernos europeos, las transnacionales y organismos financieros internacionales, digamos que “en el caso de Buenos Aires, el Banco Mundial no sólo ayudó a financiar la privatización del agua sino también tomó parte, a través de una de sus filiales, con una participación de 7% en la nueva empresa, Aguas Argentinas, controlada por Suez".
Continental-Tire: “esperábamos más de la policía”
En 1998 la transnacional alemana Continental AG, productora de neu- máticos, adquirió en México la compañía Euzkadi. En su planta de El Salto jalisco laboraban 1.164 trabajadores y en la de San Luis Potosí un total apro- ximado de 1,000.
En diciembre de 2001, sin previo aviso y violando las leyes laborales, Continental Tire cerró la planta de El Salto, por lo que los trabajadores de- cidieron ejercer su derecho de huelga, al tiempo que inician movilizacio- nes en todo el país para dar a conocer su caso. Tres meses después, la trans- nacional recibe el apoyo de las autoridades laborales (la junta Federal de
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Conciliación y Arbitraje), que declararon la huelga “improcedente” por re- alizarse ‘-‘en un centro de trabajo cerrado”. Frente a esa arbitrariedad, los trabajadores pidieron el amparo contra la decisiónde la JFCA, reforzaron la movilización para defender su fuente de trabajo y por el derecho a ejer- cer la huelga.
En mayo de 2002 una delegación de trabajadores recorrió varios países europeos y presentó su caso ante el Parlamento Europeo, que emitió una re- solución que reconoce la violación de los derechos laborales. Dos meses des- pués la justicia mexicana da el amparo a los trabajadores, y se pide se califi- que la “existencia de la huelga”. Los trabajadores presentan demanda contra la transnacional ante la oficina en México de la Organización de Coopera- ción y Desarrollo Económico (OCDE) de la que el país hace parte, y con apoyo de diversas organizaciones alemanas, una comisión sindical pudo par- ticipar en la asamblea de accionistas de Continental Tire, en Hannover.
Pese a que el artículo 1° del acuerdo de “Asociación Económica, Concer- tación Política y Cooperación entre México y la Unión Europea” que entró en vigor el año 2000, contiene una cláusula democrática donde se afirma que “el respeto de los principios democráticos y los derechos humanos funda- mentalesson un elemento esencial del Acuerdo”, las autoridades de la UE, de México y alemanas insisten en señalar que es un problema de una em- presa con sus trabajadores y que no pueden intervenir.
La lucha ejemplar de los trabajadores de Euzkadi obligó, recientemente a las autoridades mexicanas a finalmente reconocer la existencia de la huelga, ¡i dos años después de su inicio !!. Pero la planta del Salto sigue cerrada.
Mientras tanto, en la otra planta que la transnacional tiene en San Luis Potosí (Continental Llantera Potosina), los trabajadores se organizaron para rechazar el “convenio de modernización” que la empresa quería imponerles. En julio del 2003 realizaron un paro de labores, aprovechando la visita que hacía el director general de la transnacional a México para confirmar una in- versión en la planta. La respuesta dela dirección de Continental Tire no se hizo esperar. En una carta dirigida al gobernador del Estado el director de Continental escribió: “Nos sorprendió la no intervención de la policía (en referencia a un paro de labores previo). Con toda franqueza, esperábamos más de la policía estatal. Sin duda entenderá usted que, en estas condiciones, me negué a firmar la nueva inversión en la planta y solicité a mi equipo re- valuar su futuro y buscar otras alternativas”.
La lista de transnacionales europeas implantadas en ALC con algún ante- cedente de serias violaciones a los derechos económicos, político, sociales y culturales. es amplia y no deja de extenderse. Además de los casos evocados
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puede citarse a Endesa, Vivendi, EDF, Repsol, Parmalat, Unión Fenosa, Thompson, Moulinex, BP-Shell, Volkswagen... Tanto o más importante, muchas de esas empresas participan activamente en el despojo de las rique- zas naturales a través de proyectos de “modernización”, como es el caso del Plan Puebla Panamá, el desarrollo de mega proyectos gaseros, o los proyec- tos de “c00peración” que en algunos casos promueve la UE.
Los acuerdos sobre inversiones y la política de la Unión Europea
La aceleración del proceso de internacionalización del capital ha ido apa- rejado a la necesidad de favorecer las inversiones privadas. La liberalización de los mercados de bienes, servicios e inversiones, así como los acuerdos que las protegen no es neutra. Ella busca asegurar los intereses del capital priva- do en detrimento de la soberanía de los Estados y del interés colectivo de las poblaciones.
A partir de los años 80 los Estados Unidos, pero también Canadá y algu- nos gobiernos latinoamericanos comenzaron a concluir los Tratados de Pro- tección y Promoción de las Inversiones, No obstante, el punto de inflexión sobre los derechos y obligaciones de los inversionistas privados, adquirió una nueva dimensión con el Acuerdo de Libre Comercio entre Canadá, Es- tados Unidos y México, firmado en 1992.
Lo esencial en materia de inversiones está estipulado en el capítulo XI del Acuerdo, en el apartado sobre “Inversión, Servicios y Asuntos Relaciona- dos”, que incluye el reconocimiento de “trato nacional” para el capital ex- tranjero (no se puede imponer a un inversionista el requisito de un nivel mí- nimo de inversión); trato de “nación más favorecida” (trato no menos favo- rable al que otorga a otra parte) ; “requisitos de desempeño” (imposibilidad de fijar porcentajes de contenido nacional) ; y “expropiación e indemniza- ción” (no se puede nacionalizar ni expropiar, ni adoptar ninguna medida equivalente a la expropiación o nacionalización).
La importancia que han alcanzado los acuerdos sobre inversiones puede medirse a la luz de los siguientes datos tomados de la UNCTAD (2003). En- tre 1991 y 2001 el número de países que modificó su régimen de inversiones se multiplicó por dos al pasar de 35 a 71. En los 11 años que van de 1991 a 2002, el número de modificaciones realizadas a las legislaciones sobre inver- siones se triplicó hasta alcanzar 248 (contra 82 en el primer año), de las que 236 fueron más favorables para la IED. En forma acumulada, durante el perí- odo 1991-2002, se registraron en total 1 641 cambios a las leyes nacionales so- bre inversión. En los acuerdos sobre protección de las inversiones (APRI‘s) la inversión es definida no sólo como IED, sino también como inversión de por-
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tafolio, a la vez que se otorga el derecho a los inversionistas de presentar de- mandas individuales contra un Estado ante un tribunal internacional.
Sobre la base de esos acuerdos ha sido suprimido el principio que duran- te años defendieron los países dependientes, en el sentido de no reconocer al capital extranjero derechos extraordinarios y que debía someterse a los tri- bunales del país receptor de la inversión.
La UE promueve activamente la firma de los APRI’s, convertidos ahora en eje central su política en materia de Acuerdos de Libre comercio, propuesta que está en sintonía con la visión que tienen la totalidad de los gobiernos de ALC. Más importante, las autoridades europeas afirman claramente que la condición para realizar acuerdos de libre comercio con terceros países es que éstos sea acuerdos “OMC Plus”, es decir que además de abrirse al comercio de mercancías también incluyan la liberalización total de los servicios, las inver- siones, los mercados públicos y los derechos de propiedad intelectual. Estos temas son los llamados “Temas de Singapur” que los países imperialistas in- tentan imponer desde hace años a través de la OMC.
Esta política de correa de transmisión que la UE juega en favor de los in- tereses de sus transnacionales está acorde con las tendencias del mercado mundial, donde se observa que lo más importante de la firma de un acuerdo de libre comercio no es tanto el acceso a los mercados (los derechos de adua- na van a seguir bajando cada vez más), sino lo que viene anexo, es decir el ac- ceso a los servicios que en los países dependientes aún están por desarrollar- se o bien podrían ser privatizados.
En los hechos, los acuerdos UE-México, UE-Chile y los otros que la UE negocia en la actualidad con otros países de la región difieren de los acuerdos de libre comercio que promueven los Estados Unidos porque incluyen un capítulo de “concertación política y cooperación”, pero esos dos capítulos no sirven sino para hacer más presentable y digerible el aspecto comercial don- de predominan las mismas reglas desiguales, la misma competencia desleal.
Las intervenciones del “socialista” Hubert Védrine, ministro de relacio- nes exteriores, y de Hubert Durand-Chastel, encargado de las relaciones franco mexicanas en el senado francés durante la discusión que condujo a la firma del “Acuerdo de Protección recíproca de las Inversiones” (APRI) con México, en 1999, ilustran nuestro planteamiento: “Este acuerdo se concluye por un período de 10 año. El artículo 9 del APRI abre la posibilidad al inver- sor, en caso de litigio con el Estado huésped, de recurrir a un arbitraje inter- nacional”, declaró el primero. “Este acuerdo sobre las inversiones busca per- mitir a las empresas francesas de invertir y de retirar sus beneficios de Méxi- co en las mejores condiciones de seguridad. El acuerdo facilitará la movili-
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dad de las inversiones directas e indirectas, garantizando al mismo tiempo su seguridad sobre el plano jurídico, en razón de la aplicación de los principios de derecho internacional en lugar de la reglamentación mexicana, que pue- de ser modificada unilateralmente” confirma. por su parte Huber-Chastel. Más claro que el agua,
Frente al dominio que ejercen los Estados Unidos y su proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en laregión, las propuestas de la UE en materia comercial, de “concertación política y de cooperación” apa- recen frecuentemente más difusas, pero son igualmente peligrosas. La pers- pectiva de una zona de libre comercio euro-latinoamericana para el año 2010 hace parte de la agenda de los capitales europeos y latinoamericanos, y para construirla buscarán suprimir cualquier barrera quese les oponga. Esa es la lógica de la redistribución de zonas de influencia a la que conduce la inter- nacionalización y centralización del capital.
París, abril 2004
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Suez está presente en Colombia, México, Bolivia, Brasil, Chile, Argentina. Vivendi está implantado en Argentina, Bolivia, Brasil, México, país este último donde tomó el relevo de Enron. Otra empresa, esta vez española implantada en la región es Tecvasa (Técnicas Valencianas del Agua), pre- sente en Colombia, República Dominicana, Ecuador y Venezuela.
“Les lobbies en Europe”, revista Recherches internationales n° 70, 4-2003, Paris
Aguas de Barcelona está presente además en Brasil, Chile, Colombri, Cuba
y Uruguay-
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Los elementos sobre el caso argentino son fundamentalmente tomados de la entrevista que el autor hizo a Alberto Muñoz, miembro de la Unión de Usuarios y Consumidores de Argentina.
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Luchas sociales y neoconservadorismo: a propósito de La protesta social en la Argentina (¡990-2004) de Guillermo Almeyra*
Alberto R. Bonnet
as reglas de escritura prescriben que uno debería saber de antemano
en qué género se inscribirá eso que uno pretende escribir. Las páginas
que siguen, sin embargo, resultaron de una violación de esas reglas: aspiraban a ser una reseña de La protesta social en la Argentina y acabaron sien- do una suerte de artículo de discusión de algunos de los problemas'que Gui- llermo Almeyra aborda en su libro. Esta inconsecuencia mía se originó, na- turalmente, en su riqueza, en su capacidad de provocar la reflexión y la dis- cusión de ideas. Las reglas de cortesía prescriben, asimismo, si de un co- mentario se tratara, que uno debería comenzar indicando esos puntos en los que cree que el autor realiza sus mejores aportes, para proceder más tarde a un señalamiento de esos puntos en los que uno disiente. También estas re- glas víolamos en las siguientes páginas. El orden de nuestra argumentación obligaba a abordar en primer lugar (apartado 1) ciertos asuntos en los cuales mantengo diferencias importantes con el análisis de Almeyra, que se relacio- nan con las características de esa Argentina neoconservadora que operó co- mo contexto de las luchas sociales de los noventa. Recién en segundo lugar (apartado 2) podíamos abocarnos a esas luchas en sí mismas, asunto que, na- turalmente, se encuentra en el eje del libro de Almeyra y en el que conside- ro que nuestras diferencias son mucho menos importantes. Y donde se hu- biera impuesto una conclusión (apartado 3), apenas si pudimos incluir unas pocas notas para continuar con nuestra discusión. El respeto y el aprecio que guardamos por Almeyra acaso justifiquen estas licencias que nos tomamos.
El libro al que estamos aludiendo, y convocando a leer, es el del compañero del comité editor de nuestra revista, Guillermo Almeyra: La protesta social en la Argentina (7990-2004), BsAs, Peña Lillo — Continente, 2004.
*" Docente de las universiadades nacionales de Buenos Aires y‘de Quilmes. Integrante de Economistas delzquierda.
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1. La Argentina neoconservadora: discusiones pendientes
Almeyra inicia su libro dedicando sus dos primeros capítulos a reflexio- nar sobre las transformaciones que atravesó el capitalismo argentino y mun- dial durante la década pasada —como corresponde, pues son-inseparables de las características asumidas por el desenvolvimiento de la lucha de clases du- rante el período. Desde mediados de la década de 1970, argumenta Almeyra, habría comenzado a imponerse en nuestro país un proceso de: globalización o mundialización, consistente en una ofensiva esencialmente política asociada con el neoliberalismo y dirigida por el capital financiero internacional, que agravó los conflictos entre la oligarquía terrateniente - financiera autóctona vinculada con ese gran capital y el pueblo, así como entre los distintos secto- res de la burguesía. La marcha de la economía argentina durante los noven- ta habría estado signada por dicho proceso. La convertibilidad, aunque res- paldada durante largo tiempo por unos sectores medios seducidos por el consumo de bienes importados y de viajes al extranjero y soportada por unos sectores populares golpeados y fragmentados, acabaría destruyendo la pro- ducción, el empleo y el consumo internos y desatando los conflictos sociales que Clausuran la década. También los cambios en el Estado habrían estado signados por ese proceso de globalización. La globalización subordinaría la política interna a la dinámica de la acumulación y a las imposiciones de los organismos financieros internacionales, conduciendo a un vaciamiento de las instituciones representativas estatales y partidarias generadoras de con- senso, debilitando así sus capacidades de integración y reforzando en conse- cuencia sus rasgos coercitivos. Concluye pues Almeyra que “el debilita- miento de algunos de los principales instrumentos de dominación, de ob- tención de consenso, desnuda el poder y lo deja en la calle. Todo se torna más claro, visible, controlable y los velos de misterio o de fatalismo que cubrían la relación de mando gobernantes - gobernados tienen desgarraduras” (...) y que “la mundialización dirigida por el capital financiero, al debilitar sobre todo las funciones estatales procuradoras de consenso, refuerza proporcio- nalmente las represivas, lo cual conduce a la eidstencia de aparatos estatales más duros, pero frágiles...” (p.38-9).
No podemos detenernos en cada uno de los importantes asuntos involu- crados en estas reflexiones de Almeyra —ni siquiera estamos seguros de ha- cerles plena justicia en nuestra breve exposición. Indiquemos simplemente que no compartimos su curso y que esta cuestión acarreará consecuencias importantes para la interpretación posterior de las luchas sociales de la déca- da y de la insurrección que la clausura. Si conSideramos que la denominada globalización no puede entenderse predominantemente como resultado de la
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imposición de políticas neoliberales (estas políticas convalidan más bien una serie de sanciones impuestas por la propia dinámica de la acumulación capi- talista) ni a partir de su vínculo con los intereses del capital financiero (invo- lucra una reestructuración del capital global en su conjunto); si considera- mos asimismo que la relación entre el capital global —y las instituciones in- ter-estatales que representan políticamente sus intereses, como los organis- mos financieros intemacionales- y los estados nacionales no consiste en una subordinación de la política a la economía o del Estado al mercado (sino más bien una redefinición de un Estado capitalista, y de su relación con el capital, que sigue siendo tan decisivo como antes), las conclusiones respecto del contexto político en que se desarrollaron esas luchas sociales de la década de los noventa serán muy diferentes de las derivadas por Almeyra. En efecto, si consideramos de esta manera alternativa las transformaciones del capitalis- mo argentino (y mundial) durante el período, tenemos la imposición de nueva estrategia de acumulación capitalista (que no se resume en un mero parasitismo financiero) y de una nueva forma de Estado capitalista (que'no se resume en su minimización), es decir, tenemos las bases materiales para un consenso, así entre las distintas fracciones de la burguesía como entre amplios sectores de la clase trabajadora misma, y la mediación de un Estado que articule ese consenso en hegemonía política. Tenemos, en síntesis, las condiciones de posibilidad para la constitución de una hegemonía política neoconservadora.
Almeyra caracteriza la situación política vigente en la Argentina de los no- venta, razonando rigurosamente a partir de sus propias premisas, con la re- veladora expresión de una “dominación sin hegemonía” (p.169). La crisis de hegemonía, endémica en el capitalismo argentino de posguerra, se prolon- garía así hasta el presente. “La hegemonía supone más consenso que coer- ción. Ahora bien, desde hace casi setenta y cinco años que los golpes de Es- tado o la coerción se imponen porque no hay consenso, el cual sólo existió durante una parte del primer gobierno de Hipólito Irigoyen, el primer go- bierno de Perón (aunque este recurrió igualmente a la ilegalización de huel- gas y la represión contra las minorías opositoras de izquierda y de derecha) y el breve gobierno interino de Héctor Cámpora, defenestrado por Perón aunque era peronista. Menem, con su política reaccionaria, pro-imperialista y contraria a los trabajadores, gozó del consenso que le procuró la converti- bilidad y la ilusión, para las clases ricas, de viajar en un avión hacia el Primer Mundo de Miami cuando en realidad iban hacia Burundi. Fernando de la Rúa no tuvo consenso sino que sólo disfrutó efímeramente de un voto ma- sivo que en realidad era de confianza en que, forzosamente y dados los com-
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petidores, debía ser mejor que los delincuentes anteriores. La coerción, la policía de gatillo fácil son, como la corrupción, parte esencial, estructural, de la dominación en la Argentina precisamente porque el consenso es débil y la hegemonía también” (p.56-7).1 La situación política reinante en la Argenti- na de los noventa, sin embargo, se aparta significativamente de ese curso his- tórico. Veamos este punto. La recurrencia de golpes de Estado mencionada por Almeyra es, efectivamente, un indicador decisivo de la crisis de hege- monía vigente en la Argentina de posguerra. Y no ya la mera ausencia de gol- pes de Estado durante las dos últimas décadas sino, más importante aún, el hecho de que la feroz reestructuración capitalista que desarticuló definitiva- mente ese capitalismo argentino de posguerra se impusiera durante la más reciente en condiciones de plena vigencia de la democracia capitalista, es a su vez un indicador decisivo de la vigencia de una nueva hegemonía política. Vale la pena recordar en este sentido que los intelectuales progresistas, e in- cluso algunos de los izquierdistas, acordaban unánimemente durante los ochenta y comienzos de los noventa en la predicción de que semejante rees- tructuración era incompatible con la vigencia de la democracia. Esta induc- ción histórica contaba ciertamente como premisas con los sucesivos intentos de reestructuración capitalista ensayados por las dictaduras del pasado pero, como toda inducción, podia fracasar en su conclusión. Y fracasó. Y en su fra- caso, como no podía suceder de otra manera, dejó a la resistencia contra el me- nemismo huérfana de cualquier estrategia. Desde luego que este pronóstico equivocado, como cualquier otro, puede ser salvado si le adosamos afirmacio- nes ad-hoc adecuadas. Relativízar la profundidad de la reestructuración capita- lis'ta impuesta por el menemismo carece de sentido. Pero relativizar la plena vigencia de la democracia capitalista durante los noventa, aunque a primera vista parezca algo más convincente, tampoco conduce a ninguna parte. No hay, ni siquiera, indicadores concluyentes de una intensificación generalizada de las funciones represivas dentro de la nueva forma de Estado en cuestión.2 Mientras tanto, el menemismo batió todos los récords históricos de perfor- mance electoral, logró reformar la constitución para perpetuarse sin violar los mecanismos de reforma previstos en su predecesora, disolvió el partido militar subordinando a las fuerzas armadas, sumió en la impotencia a los partidos burgueses de oposición y, mucho más significativo, convirtió más tarde al par- tido que le sucedería en el gobierno en una continuación de sí mismo, y un ex- tenso etcétera. Yo sugiero emplear la noción de hegemonía neoconservadora para desentrañar esta madeja, pero no quiero quedarme en una cuestión de pala- bras ni puedo-detenerme en las complejidades de este concepto. El punto im- portante a remarcar aquí es, en cambio, que no podemos entender la situación
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política de los noventa argentinos en términos de una dominación ejercida de manera ni exclusiva ni predominantemente coercitiva.
Dominación sin hegemonía, argumenta Almeyra, porque “la hegemonía consiste en la aceptación, por así decir 'activa ' aunque no sin filtros ni con- flictos, por parte de las clases dOminadas de las posiciones de las clases do- minantes que las subordinan porque aquellas esperan una ventaja en los tiempos por venir, ya que el capitalismo les ofrece un futuro. Pero a partir de Menem y hasta hoy, las clases dominantes no tienen consenso ni convencen aunque, por conservadurismo y temor a la inestabilidad, casi la mitad del electorado vote por la extrema derecha y buena parte del resto por una polí- tica neoliberal. La hegemonía ha sido sustituida por un pacto mafioso basa- do en el miedo (en el miedo a la desocupación, al caos, al hambre, a la hipe- rinflación, etc.)” (p.101). Almeyra acierta en situar al miedo como compo- nente clave de la dominación capitalista durante los noventa. Pero ese mie- do, particularmente ese miedo a una eventual recaída enla violencia hipe- rinflacionaria de 1989-90 que sostuvo el consenSo alrededor de la converti- bilidad, se encuentra precisamente en los cimientos de la nueva hegemonía en cuestión. Una hegemonía burguesa que no descanse en la violencia sola- mente existe en las oscuras cabezas de unos neogramscianos encantados con los discursos, pero no así en la historia, donde incluso hegemonías burgue- sas de apariencia tan integradora como las construidas en los capitalismos avanzados durante la posguerra hundían sus pies en el aplastamiento de las luchas obreras de los veinte gracias al fascismo y la guerra. Aún las más su- blimes ideas son, a veces, crudos miedos racionalizados. Pero el problema crucial se encuentra en aquella idea de que la hegemonía supone una acepta-_ ción activa de las ideas de las clases dominantes, queciertamente subyace a los escritos del propio Gramsci. La pregunta, para nada retórica, es aquí: ¿qué significa esta aceptación activa? ¿Significa que los sectores subalternos deben escenificar públicamente su aceptación de esas ideas en manifestacio- nes como actos y movilizaciones de masas? ¿Significa que esos sectores de- ben compartir una cosmovisión más o menos amplia y coherente acerca de la sociedad en la que viven y de su porvenir? Si significa estas cosas, enton- ces no sólo debemos concluir que la noción de hegemonía no puede aplicar- se a la Argentina de los noventa sino que, en verdad, no puede aplicarse a re- alidad política alguna dentro del capitalismo de nuestros días. Inesperada- mente este capitalismo de hoy habría devenido post-hegemónico, estricta- mente hablando, en la misma medida en que habría devenido post-ideológi- co. Pero debemos rechazar enfáticamente esta conclusión, porque concede demasiado alas concepciones posmodernas del capitalismo contemporáneo.
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Y la mejor manera de rechazarla es invirtiendo su argumento: precisamente en la medida en que nos encontrarnos en un “capitalismo posmodemo”, es decir, .un capitalismo donde ese individualismo hedonista del consumidor encerrado en un shopping y ajeno a cualquier actividad pública o esa muerte de los grandes relatos que disuelve cualquier concepción abarcadora de la so- ciedad en que vivimos y su porvenir pasaron a ser valores centrales, debemos reafirmar la naturaleza ideológica y hegemónica del capitalismo de nuestros días.3 La ausencia de aquellas manifestaciones públicas de aceptación de las ideas de la clase dominante no equivale a una ausencia de hegemonía, por- que su contrapartida es su aceptación activa en los shoppings —y, ciertamente, en los todo-por-dos-pesos. Y no por azar los spots televisivos Menem lo hizo es- taban seccionados por el ruido que producen las tarjetas de crédito cuando atraviesan los lectores...
De la definición de esa situación política como una situación de “domi- nación sin hegemonía”, que venimos discutiendo, se sigue que 'el menemis- mono habría alcanzado a construir sino, en el mejor de los casos, un con- senso superficial, pasajero, restringido a sectores medios ilusionados con el boom consumista, y las masas trabajadoras habrían seguido manteniendo sus convicciones ideológicas más profundas y duraderas, de cuño nacionalista popular. Almeyra argumenta entonces que, en las luchas sociales y la crisis que culminó en 2001, dichas convicciones soterradas volverían a salir a la luz pública. “En la literatura,»el folklore, la vida popular, el nacionalismo plebe- yo .opuso así una barrera relativamente eficaz ala ola neoliberal que venía del establishment y de los medios académicos y comenzó, poco a poco, a recupe- rar e'spacios en éstos a medida que la profundización de la crisis social y las movilizaciones tornaban impopular la defensa del neoliberalismo” (p.55-6). Este argumento de Almeyra es acertado en dos sentidos. En primer lugar, apunta explícitamente a desmentir ciertos análisis superficiales, cuando no francamente delirantes, que imaginaron la insurrección de diciembre de 2001 como una suerte de evento protagonizado por una multitud postfor- dista inspirada en dos o tres vaguedades posestructuralistas.4 Almeyra, inte- lectual-militante con años de experiencia, sabe que las cosas no suceden de esa manera, que las mutaciones profundas en la conciencia de las clases su- balternas no se acomodan graciosamente a las modas fugaces de las librerías parisinas. Almeyra acierta, en segundo lugar, porque toma nota de una pro- liferación de expresiones ideológicas nacionalistas populares que efectiva- mente se registró durante y después de ese ascenso de las luchas sociales que culminó en la insurrección de diciembre de 2001. La debilidad de su argu- mento radica enque existen buenas razones, así empíricas como teóricas, pa-
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ra dudar de que esta proliferación de expresiones ideológicas nacionalistas populares pueda atribuirse a aquella pervivencia de una ideología soterrada entre las masas trabajadoras. Las empíricas se relacionan con los numerosos y diversos indicadores de la influencia alcanzada por valores ideológicos ne- oconservadores entre esos trabajadores. Veamos apenas el caso de las privati- zaciones. Ya durante la segunda mitad de los ochenta comenzó a extenderse un sólido consenso a propósito del carácter ineficiente de la gestión estatal de las empresas públicas yde la conveniencia de privatizarlas. Innumerables en- cuestas, además del apoyo concedido en las urnas a los políticos privatizado- res, indican este hecho.Yeste consenso no incluyó sólo a los sectores medios en su calidad de consumidores de los productos y servicios de esas empresas públicas, sino también a los trabajadores en su calidad de productores de los mismos, es decir, no incluyó sólo a las familias de clase media capitalinas, que venían aguardando desde hacía una o dos décadas que les instalaran un teléfono, sino también a los obreros petroleros patagónicos, que esperaban que una empresa privada mejorara sus sueldos y condiciones de trabajo o in- cluso que podrían convertirse en cuentapropistas exitosos desde su retiro vo- luntario. Muchos trabajadores desarrollaron importantes luchas contra las privatizaciones menemistas de inicios de los noventa, la huelga ferroviaria a la cabeza, pero no puede explicarse la caída en el aislamiento y la derrota fi- nal de esas luchas si obviamos la existencia de aquel consenso privatizador. Ya entonces consignas como aquella de por una Entel estatal, monopólica y efi- ciente no interpelaban a un nacionalismo popular arraigado en la clase traba- jadora, sino apenas, con suerte, alos intereses de un sector de los empleados telefónicos, y una vez más nos quedamos sin estrategia.
Las razones teóricas de la debilidad del argumento de Almeyra afectan, por su parte, a esa idea misma de que una ideología podría pervivir en las ca- bezas de los trabajadores sin modificarse ni, a la vez, expresarse de alguna manera en sus prácticas. Tendríamos así trabajadores neoconservadores en muchas de sus prácticas cotidianas (desde sus prácticas de consumo, cuyo horizonte se amplió gracias a la estabilización del poder adquisitivo del sala- rio, la generalización del crédito y las importaciones, hasta sus prácticas de voto al menemismo), pero que, a la vez, siguen siendo nacionalistas popula- res en su ideología. Pero debemos tener en cuenta en este sentido (con Marx) que el'fetichismo que sustenta la ideología se halla en aquellas prácti- cas mismas y (con Freud) que semejante escisión entre práctica e ideología es una posición subjetiva incómoda que suele desembocar en una racionali- zación ideológica de esas prácticas. Puede ser que esa ideología haya pervivi- do, aunque distorsionada. Puede ser, dada la complejidad inherente a la me-
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cánica ideológica, que algunos tópicos de esa ideología, resignificados, hayan operado incluso para legitimar a un menemismo que en los hechos nunca se desprendió completamente de su aura populista. Pero es seguro que cual- quiera sea esa cosa que siga mereciendo ese nombre de nacionalismo popu- lar no es la misma cosa que existía antes del viraje de Menem de 1989 —ni an- tes de la Guerra de Malvinas de 1982, ni antes del Rodrigazo de 1975. El punto importante aquí es que, en cualquier caso, que el regreso fantasmagó- rico de ese tres-veces-muerto no anuncia mejores días. No es “el nacionalis- mo de un país dependiente, que debe liberarse no sólo social sino también nacionalmente del yugo del capital financiero” (p.44-45). No lo fue en la lu- cha contra los gallegos a raíz del vaciamiento de Aerolíneas Argentinas ni en las demandas del auto-denominado grupo productivo de la gran burguesía —que ciertamente tenían mayor densidad política que las demandas de una segun- da independencia. No lo fue tampoco en las entonaciones del himno, las banderas celestes y blancas y los cantos de Ar-gen-tina, Ar-gen-tina de la Plaza de Mayo, no aquella del 26 de junio de 1978, sino esta del 20 de diciembre de 2001: fue simplemente el recurso de los sectores medios capitalinos para sepultar en una comunidad nacional de la culpa cualquier símbolo discor- dante que les recordara que había algunos que no habían sido menemistas. Y no lo es hoy, naturalmente, mientras convalida el gatopardismo kirchnerista.
2. Las luchas contra el neoconservadorismo: aportes decisivos
Almeyra realiza sus mejores aportes, en nuestra opinión, en sus agudos análisis de las propias luchas contra el neoconservadorismo —es decir, preci- samente en el asunto central de La protesta social en la Argentina, que hasta aquí púsimos entre paréntesis en medio de nuestras amistosas rencillas. La venta- ja decisiva de los análisis de Almeyra en relación con numerosos análisis pro- ducidos en diversos ámbitos académicos radica, una vez más, en su privile- giada lucidez como intelectual y militante socialista que cuenta con una vas- ta experiencia detrás. Almeyra no se restringe a meras descripciones de esas luchas sociales ni a explicaciones mediante conceptos que son meras genera- lizaciones empíricas, como una parte importante de la literatura inspirada en las teorías de moda de la acción colectiva. Almeyra, como intelectual y militan- te, plantea problemas realmente importantes y, con su experiencia a cuestas, avanza respuestas igualmente importantes.
Ya los capítulos 3 y 4 no dejan dudas en este sentido. Almeyra se dedica aquí a un minucioso análisis de los conceptos y las experiencias históricas de autonomía y de autogestión en sus distintas variantes. Me limito a remarcar su énfasis en la necesidad de distinguir “una experiencia de autogestión, un
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jalón importante en la construcción de la autogestión social generalizada, de ésta como forma a obtener de la organización social” (p.64). Almeyra apun- ta entonces a cuestionar a la vez las concepciones de esas experiencias auto- gestionarias puntuales como si fueran islas no-capitalistas dentro de un ar- chipiélago capitalista, en boga en algunos nuevos movimientos sociales au- tónomos, y las concepciones de esta organización social post-capitalista co- mo si recién se iniciara a posteriori del acceso al poder de Estado y equivalie- ra a una mera estatización de los medios de producción y a un desarrollo eco- nómico dirigido por el Estado, como sucede en las viejas tradiciones social- demócrata y comunista. Almeyra se encamina así en una senda resbaladiza, intentando mantener un difícil equilibrio que lo distinga a la vez de ambas concepciones —pero, para decirlo en hegeliano, no son estas dificultades de sus conceptos sino de su propio objeto, y siempre sale airoso de las mismas. La clave, insiste Almeyra, consiste en fortalecer y generalizar esas experien- cias puntuales de autonomía y autogestión, como momentos inestables de un proceso de construcción de autonomía y autogestión generalizada al con- junto de la sociedad. “No hay autonomía si no se generaliza a otros territo- rios y si no se acompaña con la autogestión —concluirá Almeyra más adelan- te-, pues es imposible una duradera autonomía frente al capital en el capita- lismo o una autogestión dependiente del mercado capitalista y del Estado. La autonomía y la autogestión son expresión de una dualidad de poderes ines- table, que debe resolverse en un sentido o en otro” (p.186). Y la clave en es- te proceso radica a su vez, enfatiza, en la capacidad de estas experiencias par- ciales de autonomía y autogestión de generar nuevas relaciones sociales y nuevas subjetividades. Conviene mencionar también aquí el análisis del mo- vimiento de fábricas recuperadas que propone más adelante, pues se inscri- be en la misma senda argumentativa. Almeyra cuestiona en este sentido las discusiones con eje en la dicotomía entre estatización bajo control obrero o cooperativización de las empresas ocupadas, en la medida en que la clave no se encuentra meramentela modalidad de propiedad adoptada. “Lo impor- tante, por consiguiente, no es si una empresa es estatizada o si es una coope- rativa (o sea, una sociedad por acciones) o si un terreno ocupado es munici- pal o no. Lo fundamental es quién decide y si existen o no relaciones de igualdad precursoras de una sociedad futura”. “Hay que sacar la discusión de las formas abstractas de propiedad -concluye- para llevarlas al de la creación de conciencia, cotidianamente, para la autogestión generalizada” (p.185). Este análisis, si cabe, ganaría una importancia aún mayor de la que tenía cuando fuera escrito, a la lu-z de la experiencia posterior de algunas de las más importantes fábricas recuperadas.5
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Almeyra analiza a continuación experiencias históricas relevantes de togestión social generalizada (Yugoslavia y Argelia) y algunas experienci autogestionarias latinoamericanas en curso (las del EZLN en México, d I' Pachakutik en Ecuador, del Pachakutik y el MAS en Bolivia y del MST e = Brasil). Quiero remarcar en este punto sus consideraciones aCerca de la di? námica de las comunidades autónomas chiapanecas —pues cuestionan l i simples idealizaciones en las que incurren muchos discursos- y su concl ‘ sión de que estas experiencias en su conjunto no conducen a una suerte auto-marginalización de los movimientos sociales en cuestión respecto de política a escala nacional —como acostumbran a sostener, de nuevo, much discursos. YAlmeyra se dedica, finalmente, a explorar los cambios en l subjetividades individuales que, en nuestra Argentina de los noventa, habrí _ an nutrido la constitución de ese sujeto colectivo que irrumpió masivamen-‘u‘ te en las luchas sociales de fines de 2001. Me limito en este sentido a resal su agudeza para percibir, detrás de la aparente extrema espontaneidad que; rodeó a la insurrección y que fue acríticamente reproducida en muchos aná- lisis de la misma, continuidades significativas, como aquella de las práctica‘sj-i de organización y acción propias de la vieja clase trabajadora sindicalmenteï organizada en los nuevos movimientos de piqueteros y fábricas ocupadas.
A partir del capítulo 5 Almeyra Se adentra en análisis más específicos acer-e ca de las luchas sociales argentinas de los noventa, comenzando por los cortes-l y puebladas del interior originadas en la supresión de puestos de trabajo resul—‘ tante de las privatizaciones y los ajustes provinciales (Santiago, Tartagal le Mosconi en Salta, Cutral-Co y Plaza Huincul en Neuquén), que ciertamente; sentaron los antecedentes de las luchas que vendrían. Vale la pena remarcar-'55 aquí la importancia que Almeyra atribuye al papel de las mujeres en la cons- i trucción de las redes de acción comunitaria solidaria (comedores infantiles; ollas populares, centros de salud) que sustentaron las luchas'de movimientos-.¿¿ como el piquetero e, incluso, en la organización completa de ciertos movi-E mientos como el de mujeres agropecuarias en lucha. En el sexto capítulo Al-Ï meyra se desplaza hacia las experiencias bonaerenses. Examina entonces fenó-‘Í menos como los clubes de trueque y las organizaciones de mendigos y carto- neros, que no forman parte de la protesta social propiamente dicha pero cier-i tamente ayudan a entender el terreno social del que se nutre esa protesta, y na- turalmente el fenómeno de las organizaciones piqueteras. Son muchos los as-‘5 pectos de este análisis de los piqueteros que merecerían destacarse, en la me-E dida en que cuestionan muchos de los lugares comunes más ingenuos en losi que recaen otros análisis. Señalo apenas dos. El primero, su relación con los; trabajadores empleados: “si se llaman piqueteros es porque así han sido llama-
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dos y asumen ese nombre con orgullo porque les da una identidad combativa, a diferencia del negativo desocupado o sin trabajo. Pero no se consideran se- parados de los trabajadores por una barrera de clase” (p.143). La inmensa ma- yoría de los piqueteros son y se consideran parte integrante de la clase trabaja- dora y exigen empleo como trabajadores: “los piqueteros no son ya la vieja cla- se obrera pero tampoco son una nueva clase obrera, como cree Zibechi, ajena al trabajo formal”. Un aspecto particular, aunque relevante, de esta relación consiste en el papel que cuadros del movimiento obrero sindicalmente orga- nizado desempeñaron en la gestación de las organizaciones piqueteras. Las primeras organizaciones, dice Almeyra con razón, surgieron de “esa bisagra particular entre el pasado obrero y sindical y el presente de los obreros deso- cupados, que fue la acción de militantes del movimiento obrero, ex activistas o dirigentes sindicales” (p.137).6 El segundo aspecto que no puedo sino resal- tar se vincula con el análisis de Almeyra de la relación entre el movimiento pi- quetero y el estado. Almeyra comienza constatando que “hoy todas las organi- zaciones piqueteras, incluso las opositoras al gobierno, reciben ayuda alimen- taria y económica del estado” (p.137). La distinción entre las organizaciones piqueteras duras (el Bloque Piquetero, la Verón) y las blandas (FTV, CCC) ra- dica así, menos en sus tácticas (todas dependen en alguna medida del estado y todas desarrollan simultáneamente proyectos comunitarios autogestionadas), que en su orientación política estratégica y en sus modos de organización y grados de democracia internos. YAlmeyra no se priva en este punto de recor- darnos los desafíos que siguen planteándonos algunas debilidades claves de estas organizaciones como, por ejemplo, su dependencia respecto de la asis- tencia del estado o su reproducción de prácticas clienlísticas yverticalistas pro- pias de los punteros peronistas bonaerenses.
En el séptimo capítulo Almeyra introduce las luchas de los sectores me- dios, los cacerolazos y las asambleas populares, encaminándose de esta ma- nera hacia el análisis de la insurrección de diciembre de 2001. Almeyra co- mienza remarcando correctamente la ausencia de la Clase trabajadora sindi- calmente organizada —y, podríamos añadir por nuestra parte, del movimien- to estudiantil- durante los días del 19 y 20: “los obreros ocupados estuvieron ausentes de los mismos, pues no sólo no se movieron los sindicatos sino que no hubieron paros o huelgas espontáneas” (p.167). Rechaza así los dogmáti- cos intentos de algunos partidos de izquierda de encajar el proceso en curso dentro de sus consabidos cánones provenientes de la revolución rusa. Al- meyra, desde luego, acierta en este punto y podemos incluso extremar su ar- gumento: la insurrección de diciembre de 2001, no solamente no puede in- terpretarse,retrospectivamente dentro de los cánones provenientes de la re-
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volución rusa, sino ,que dicha interpretación debía ser descartada de antemano e incluso respecto de cánones ma's cercanos como los provenientes del Cordobazo y. otras insurrecciones argentinas de los setenta-En síntesis: Kerensky es un nombre propio, no una categoría de aplicación universal.
Pero Almeyra deriva de este argumento una conclusión que creemos in- correcta, a saber, que en la Argentina de fines de 2001 no hubo insurrección alguna. A propósito de un artículo mío previo señala que “algunos también —que correctamente no dan por desaparecido al movimiento obrero, a los ocupados, y ven a los desocupados como parte de aquel- creyeron que había una continuidad mecánica entre cosas diferentes, como los paros políticos de presión contra el gobierno de la Alianza decretados (sobre todo en defen- sa de las obras sociales de los sindicatos, que son una conquista obrera pero también la vaca lechera que ordeñan las burocracias sindicales), o sea las huelgas generales del 5 de mayo del 2000. (CTA y CGT-Moyano) y del 9 de junio (CTA, CGT-Moyano y CGT-Daer), los paros típicamente sindicales de docentes y empleados públicos en defensa de sus salarios y los cortes de ruta de los desocupados deSalta y de Corrientes,\que cuestionaban la legali- dad y al Estado. Por consiguiente, sacaron la conclusión de que 'el nuevo'pe- ríodo de conflictos iniciado hacia mediados del 2000 sería el que culminaría en la insurrección de diciembre” que acabó con el modelo neoliberal vigen- te en la Argentina ' ” (p. 1 68)7. Acuerdo con Almeyra en su advertencia de que no puede suponerse ninguna continuidad mecánica entre esas distintas lu- chas sociales —y puede que en medio de la premura con que redacté ese artí- culo (imientras mehallaba en su Méidco adoptivo!) no haya sido suficiente- mente explícito al respecto. Esta advertencia de Almeyra es clave analítica- mente y, además, cuenta con importantes implicancias políticas: ya conoce- mos de esas ingenuas enumeraciones de conflictos que, desde cierta prensa de izquierda, pretenden mostrar cotidianamente que suproletariado se en- cuentra en pre-revolución permanente. En el caso-que nos incumbe diga- mos, más precisamente, que todos los conflictos enumerados son expresio- nes de una misma lucha de clases, cuando nuestro análisis se desarrolla en un nivel superior de abstracción, pero que, cuando descendemos a un nivel in- ferior, no se encuentran relacionados entre sí de ninguna manera sencilla. (Antes de continuar, indiquemos de paso que ambos niveles de abstracción son imprescindibles: sin este último,_caeríamos en la ingenuidad teoricista de sostener que los distintos conflictos sociales son apenas la encarnación en los hechos de una suerte de antagonismo divino entre Capital y Trabajo; sin aquel, en la ingenuidad empirista característica de la sociología ala moda de sostener que apenas sí existe una pluralidad de conflictos inconexos.) El aná-
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-lisis,‘y la intervención polítiCa, serían ciegos en ambos casos. Cuando des- cendemos hacia un nivel de abstracción inferior, decíamos, los distintos con- flictos no se relacionan entre sí de'ninguna manera sencilla. Y en este senti- do podemos profundizar el argumento de Almeyra: si distinguiéramos entre dos serjies de conflictos Sociales argentinos de los noventa, constituidas por puebladas-cortes de ruta la primera y por huelgas sindicales la segunda, y construyéram'os sendas periodizaciónes, coincidirían apenas en los casos de algunas huelgas y movilizaciones de empleados estatales y municipales, es- pecialmente en las provincias.8 La dinámica de las huelgas generales que pre- ocupan a Almeyra,- en particular, se revelaría como ajena a la dinámica de los corte's de ruta y las puebladas —salvo, nuevamente, en algunos casos de huel- gas generales encaradas por la CTA. Y la naturaleza burocrática y corporati- va de la conducción cegetista, natural-mente, explica una parte de este divor- cio. Ahora bien, si contáramos con estas dos series: ¿cuál privilegiaríamos a la hora de detectar los auges y retrocesos de las luchas sociales en su conjun- to? El hecho, correctamente remarcado por Almeyra, de la ausencia de la cla- se trabajadora sindicalmente organizada durante la insurrección de diciem- bre de 2001 —es decir, durante la culminación de ese proceso de luchas so- ciales que nos incumbe- ratifica este otro hecho de que las huelgas generales decretadas por la CGT no pueden considerarse como los puntos de inflexión decisivos de las luchas sociales en su conjunto. Entiendo entonces que du- rante la segunda mitad de 2000 se inicia el período de luchas que culminaría en la insurrección de diciembre de 2001, porque las organizaciones de deso- cupados que encabezaban esas luchas sociales, multiplicaron sus cortes y re- alizaron, hacia octubre, ese avance decisivo que constituyó la primera serie de cortes de ruta en los accesos a la Ciudad de Buenos Aires situados a lo lar- go del cinturón industrial. Privile‘gio el impacto político que este y los poste" riores sitiosa la ciudad sede del gobierno del estado de sitio revistieron en el de- sarrollo del próceso en su conjUnto.
Las anteriores consideraciones no apuntan sino a ratificar aquella adver- tencia de Almeyra de que no puede suponerse ninguna continuidad mecáni- ca entre esas distintas luchas sociales. Pero, dentro del conjunto del argu- mento de Almeyra,- esta advertencia apunta a su vez a cuestionar la afirma- ción de que ese proceso de luchas sociales haya desembocado en una insu- rrección que acabó con el modelo neoliberal vigente durante los noventa. “Por supuesto, a comienzos de 2004 es fácil Ver no sólo que no hubo insu- rrección y q'u'e- no desapareció el modelo neoliberal sino también que, como dice De Lucía, (la Argentina) 'es un país donde los mecanismos de integra- ción y recomposición de los consensos hegemónicos durante las crisis se han
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revelado como muy eficaces (p.168-69). Pienso que esta conclusión es de- masiado apresurada. Esa expresión “por supuesto, a comienzos de 2004” equivale a “por sus. resultados, evaluados desde nuestra perspectiva de co- mienzos de 2004”. Pero yo me niego —y estoy seguro de que Almeyra tam- bién se negaría- a esgrimir retrospectivamente como criterio último para ca- lificar las acciones políticas de masas sus resultados. “Los indios, los cholos, los hombres y las mujeres de las clases subalternas, con sus formas de orga- nizarse y decidir, con sus organizaciones de múltiples niveles o sin ellas, con los dirigentes que tuvieron a la mano, con la violencia de sus cuerpos y sus muertos y con la furia de sus almas, tomaron La Paz, paralizaron al ejército y tumbaron al presidente y al gobierno de los asesinos. Cualquier cosa que su- ceda después, que todavía no sabemos, eso se llama revolución. Regatearles el nombre es regatearles esta difícil victoria a sus protagonistas: los indios, los cholos, las mujeres y los hombres de las clases Subalternas de Bolivia. Mejor tengámosles confianza”.9 No pretendo comparar la insurrección boliviana de octubre de 2003 con la argentina de diciembre de 2001: simplemente quiero rescatar el sentido último de estas líneas con las que nuestro común compañero A. Gilly cierra su extraordinario artículo sobre aquella. Los éxi- tos posteriores de las administraciones de Duhalde y Kirchner en su empe- ño de suprimir las secuelas económicas y políticas de la insurrección de di- ciembre de 2001, ciertamente abrumadores, no suprimen su carácter de in- surrección. Pero aún si pudiera jngársela a partir de sus resultados, la insu- rrección de diciembre alcanzó el resultado que las masas perseguían: su con- signa que se vayan todosi, en su significado más inmediato y ampliamente compartido, exigía justamente que se fueran los responsables políticos de la crisis reinante. Y se fue el gobierno electo de De La Rúa y, una semana más tarde, el transicional de Rodriguez Sáa. Y no se fueron a raíz de la puesta en marcha desde arriba de mecanismos de transición contemplados en el régi- men de la democracia capitalista ni de su violación mediante un golpe de Es- tado, se fueron gracias a una movilización de las masas que desafió abierta- mente la legalidad de ese régimen, porque no otra cosa significaba aquel qué boludos, qué boludos, el Estado de sitio se lo meten en el culo!
Estas cuestiones no pueden sino reproducirse en el análisis de la natura- leza del movimiento 'de masas en cuestión. Almeyra indaga, en el octavo ca- pítulo, el significado de este movimiento de masas mediante un agudo análisis de su consigna clave, la citada; que se vayan todos, que no quede ni uno sólo! La consigna, afirma Almeyra, “al mismo tiempo que rechazó al régi- men, expresaba confusión y pasividad” (p.177). Tiene razón, y conviene revisar sus razones. La consigna era confusa, argumenta, porque “metía en
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mismo saco incluso a los grupos y partidos de la izquierda que, por mu- ‘hos defectos que puedan tener, están lejos de ser pecadores por su forma- ión genética y, además, habían pecado por omisión o por sometimiento a ‘ os valores del capitalismo, pero no dejan de ser una parte importante de las Í erzas populares que pueden combatir por una alternativa al régimen y al y stema capitalista mismo” (id.).1°En efecto, la extensión de ese rechazo de “s partidos políticos burgueses a los partidos de izquierda (siempre en el v arco de las jornadas de diciembre) es vergonzosa. Como señala Almeyra, ualesquiera sean las deficiencias de estas organizaciones, no podían ser acusadas ni de artífices ni siquiera de cómplices del desastre reinante. Esa xtensión del rechazo consistió, como en el caso antes citado de la imposi- ción de los símbolos nacionales como los únicos aceptables, en un recurso de comunión en la culpa de los sectores medios capitalinos. El fenómeno es muy complejo: se sitúa exactamente en la transición entre la actitud fu- riosa de “¡ellos son los culpables!” (el gobierno de la Alianza, que habían consagrado en las urnas) y la actitud resignada de “todos somos culpables” (los argentinos sin distinción). Pero resulta que ya sabemos qué significa ideológicamente esta comunidad de la culpa —ya nos supimos unidos en la culpa del genocidio perpetrado por la dictadura después de que el best-seller compilado por el señor Sábato nos lo informara... La auténtica actitud re- volucionaria, y no demagógica, ante semejante fenómeno es exigir sin va- cilaciones que la escisión sea respetada: porque hay quienes se ganaron el derecho a escindirse de esa reaccionaria comunidad de la culpa y porque su ejercicio efectivo interpela a los demás y genera conciencia. La consigna era confusa, agrega Almeyra, porque “sin tener quién reemplazara a los 'to- dos ' que debían irse, se reclamaba (¿a quién?) tareas propias de un gobier- no o de una dirección política: no pagar la deuda externa, reestatizar las em- presas privatizadas...” (id.). Y también este argumento clásico sigue siendo correcto, siempre a condición de que no apunte a la sustitución del movi- miento en curso por esa dirección, sea emergente de las urnas o de las ba- rricadas. Desde luego que Almeyra no apunta en esa dirección, pero la acla- ración es importante porque precisamente allí se dirigieron las críticas al ¡que se vayan todos! de nuestros progresistas. La consigna expresa pasividad, señala finalmente Almeyra, porque “era la consigna de un repudio moral” (id.). Yvuelve a tener razón. Basta revisar las evidentes relaciones entre es- te ¡que se vayan todos! y las voluntades halladas en las urnas de las parlamen- tarias de octubre de 2001, los votos a un Clemente que no roba porque no tiene manos y demás, para advertir el sesgo moral, en alguna medida pre- político, inherente a este repudio. Y sin embargo... Sin embargo, estas ra-
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zones no pueden conducirnos a ignorar la inédita brecha que inauguraba esa consigna para avanzar en la organización de una fuerza social indepen- diente de los partidos burgueses y del estado capitalista. Todas las consignas y todas las insurrecciones son contradictorias. El punto es determinar si esa insurrección de diciembre, con su consigna de que se vayan todos! , inaugura- ba semejante brecha. Y la respuesta sigue siendo positiva.
A comienzos de 2005, en resumen, seguimos mirando hacia atrás y encon- trando una insurrección en diciembre de 2001.’Pero, aún así, sigue siendo le- gítimo preguntarse: ¿continúa vigente el modelo neoliberal?, ¿se recompuso el consenso hegemónico? La respuesta a estas preguntas excede en gran medi- da nuestro asunto de las luchas sociales durante los noventa. Sin embargo, aún examinadas desde la perspectiva de esas luchas sociales, podemos hacer algu- nos comentarios. La noción de modelo es completamente ambigua y, si segui- mos empleándola, es por cuestión de economía. Aclaremos entonces que con- sideramos que la convertibilidad articulaba un modelo especfico de política eco- nómica neoliberal, distinto del vigente actualmente, y en este sentido sostuvi- mos que la insurrección de diciembre acabó cOn el modelo neoliberal vigente en los noventa. Demás está decir que esta afirmación no implica que las polí- ticas económicas vigentes hoy no sean neoliberales ni que la política kirchne- rista en su conjunto no sea igualmente neoliberal —para decir eso alcanza con la izquierda nacional y popular autóctona. Pero el punto importante, una vez hecha esta aclaración, es que fue ese modelo especfico de la convertibilidad el que sentó las bases materiales dela hegemonía menemista vigente durante los noventa y, por consiguiente, ambas cosas de derrumbaron juntas durante la insurrección de diciembre. La insurrección de diciembre arrojó, en este preciso sentido, una victoria para las masas. Yesto es así, aún cuando la devaluación inherente a ese mismo derrumbe revirtiera, mediante la erosión inflacionaria de los salarios reales, los problemas de competitividad que la gran burguesía no había podi- do resolver mediante la amputación deflacionaria de los salarios nominales durante la convertibilidad.Yesto es así, en términos más amplios, incluso si se registró desde entonces una recuperación de la acumulación (que aún no pue- de considerarse como duradera) y una recomposición del consenso (que aún no puede asociarse a ninguna hegemonía duradera). Digamos en perspectiva que, mientras que hoy la administración kirchnerista se dispone a ganar sus primeras parlamentarias, que casi todas las administraciones ganan, mediante políticas gatopardistas, hace diez años la administración menemista se enca- minaba a alcanzar su reelección, que nadie había alcanzado antes salvo el pro- pio Perón, mediante políticas abiertamente thatcheristas. Y, en el medio, se encuentra la insurrección de diciembre.
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3. Para seguir discutiendo
Los nombres de las cosas son importantes, pues también son un asunto político que se dirime' en la lucha de clases, pero igualmente no nos interesa aquí detenernos en cuestiones de nombres. Acaso la cuestión más importan- te que subyace a esta discusión reside en cómo debemos conceptualizar unos acontecimientos de diciembre de 2001, en los que no intervino la clase tra- bajadora sindicalmente organizada, pero que sucedieron en una sociedad donde esa clase trabajadora sindicalmente organizada había jugado hasta ese momento el papel decisivo en la lucha de clases. Quizás Almeyra y'yo mis- mo no estemos sino lidiando permanentemente con esta cuestión —y esta cuestión no puede saldarse en unas pocas páginas. Apenas para seguir discu- tiendo, digamos que hay dos respuestas a esta cuestión, aparentemente opuestas aunque sustentadas en los mismos supuestos, que propongo des- cartar. Ambas asumen, correctamente, que los trabajadores sindicalmente organizados del sector privado no desempeñaron un papel protagónico en el proceso de ascenso de las luchas sociales que culminó en aquellos aconteci- mientos de diciembre. Las diferencian, en cambio, sus conclusiones. La pri- mera, reafirmando la centralidad (una determinada concepción) del concep- to de lucha de clases como el recurso por excelencia para explicar la conflic- tividad en la sociedad argentina de hoy, concluye de aquel hecho que no hu- bo insurrección alguna. La segunda, inversamente, constatando la existencia de una insurrección de masas en diciembre, concluye de aquel hecho que (una determinada concepción) del concepto de lucha de clases resulta ya an- ticuado para explicar esa conflictividad de la sociedad argentina y que debe- ría ceder su lugar a la noción de una multiplicidad de conflictos protagoni- zados por movimientos sociales diversos. Creo que ambas respuestas son erróneas. Pero no creo que podamos alcanzar una respuesta más satisfactoria simplemente intentando conciliar los elementos de verdad que se encuen- tran en ambas —las soluciones eclécticas nunca conciliaron otra cosa que fal- sedades. Creo que debemos buscar una respuesta reflexionando críticamen- te sobre los supuestos comunes a ambas respuestas —aquella determinada concepción de la lucha de clases puesta entre paréntesis.
_Digamos de una vez que el concepto de lucha de clases sigue siendo cla- ve para explicar la conflictividad de la sociedad argentina de nuestros días, y que sigue siendo clave para explicar ese proceso de luchas sociales que cul- minó en la insurrección de diciembre, y que sigue siendo clave no sólo para explicar los cortes de los piqueteros como vanguardia de la fracción de la cla- se trabajadora privada de empleo por el capital y las movilizaciOnes de los tra- bajadores públicos en defensa de sus salarios cercenados por el capital, sino
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también para explicar los cacerolazos de los sectores medios, esto es, de esa masa de trabajadores asalariados e independientes expropiados de sus aho- rros porlel capital, y los tractorazos de esos pequeños productores agrarios privados de su tierra por el capital, y los escraches de esos jóvenes privados de sus padres por el capital, y así sucesivamente. El punto es entender las me- tamorfosis históricas que atraviesa esa lucha de clases en períodos de pro- fundas transformaciones capitalistas como este argentino de los noventa. Supongo que Almeyra acordaría conmigo en estos argumentos, a juzgar por la extrema sensibilidad que pone en juego en su libro a la hora de rastrear las huellas de la lucha de clases en sus más cambiantes manifestaciones.
Pero, entonces, convendría volver al comienzo, a nuestra discusión acer- ca de la hegemonía neoconservadora, pues en definitiva una hegemonía no es sino un modo de existencia histórico particular de la lucha de clases. Ten- dríamos así unahegemonía neoconservadora que descansa sobre una duali- zación de la sociedad —un two nations hegemonic project, dirían algunos analistas del thatcherismo- con reconstitución del consumo para los incluidos y una sim- biosis de represión y asistencia focalizada para los excluidos. Y como contra- partida el monolítico alineamiento de la gran burguesía detrás de la conver- tibilidad, en la cima de esos incluidos, así como la relativa pasividad de la cla- se trabajadora empleada en el sector privado, en sus cimientos. Pero también tendríamos como contrapartida el papel protagónico jugado por aquellos ex- cluidos, con sus puebladas y cortes de ruta, en el proceso de luchassociales que desembocó en la insurrección de diciembre en su conjunto. Y también el papel catalizador más o menos súbitamente alcanzado por la exclusión de muchos de aquellos incluidos que supuso la violación de las reglas de juego inherentes a esa hegemonía, por parte de la propia gran burguesía, con sus expropiaciones de salarios nominales y de ahorros. Tendríamos pues un bo- ceto, aunque sea muy esquemático, para entender aquellas metamorfosis de la lucha de clases durante el período.
Esto no implica de ninguna manera la conclusión apresurada de que la clase trabajadora empleada en el sector privado devino social o políticamen- te irrelevante en la Argentina contemporánea. Aunque hubo una insurrec- ción que acabó con la hegemonía neoconservadora, podemos conjeturar que no habrá ninguna insurrección que acabe con el capitalismo sin que esa frac- ción decisiva de la clase trabajadora desempeñe un papel protagónico dentro de la misma. Sin embargo, aunque sabemos de antemano que esta insurrec- ción no seguirá los cánones provenientes del cordobazo otras insurrecciones argentinas de los setenta, no podemos aún conjeturar cuáles serán los modos de organización y de lucha de esa clase trabajadora empleada en el sector pri-
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rado, ni de qué manera se articularán con los de otras fracciones suyas y de )tros sectores sociales, en el nuevo modo de existencia de la lucha de clases ¡ue eventualmente desemboque en semejante insurrección. Pensar estas :uestiones es crucial, no sólo teóricamente, sino políticamente. Y el mejor ¡porte de Almeyra es, sin dudas, el de ayudarnos a pensarlas.
Notas
1 Habida cuenta de las diferencias, que debemos respetar, entre los consensos políticos pasajeros e inorgánicos y las hegemonía políticas orgánicas, más o menos duraderas, en esta historia narrada por Almeyra apenas podrían considerarse como casos de hegemonía las vi- gentes durante el primer peronismo y durante el menemismo -y ciertamente cabría agregar como caso de un consenso, coyuntural aunque importante, el alfonsinista entre 1984 y 1986.
2 Esto requiere una aclaración. La hegemonía menemista, como hegemonía neoconserva- dora, descansa sobre una dualización de la sociedad: genera consentimiento pasivo entre’una mayoría incluida y descarga una represión —y una asistencia- focalizadas sobre las minorías ex- cluidas. La coerción sigue existiendo en el Estado neoconservador —como en cualquier Estado capitalista- modificándose en sus características y en sus objetivos, pero la forma de Estado en cuestión no puede definirse como esencialmente represiva.
3 Sé que a Almeyra va a disgustarle esta referencia, pero no puedo dejar de indicar que S. Zizek, en sus numerosos escritos, proporciona algunos de los análisis más lúcidos que conoz- co sobre este asunto.
4 Los dos casos mas significativos de estos análisis delirantes se encuentran seguramente en R. Zibechi: Genealogía de la revuelta, La Plata-Montevideo, Letra libre-Nordan, 2003 y Co- lectivo Situaciones: 19 y20. Apuntes para el nuevo protagonismo social, Bs. As., De mano en mano, 2002.
5 Quiero remitir, en una línea argumentativa semejante a la seguida por Almeyra, al artíCu- lo de M. Thwaites Rey "La autonomía como mito y como posibilidad”, en Cuadernos del Sur 36, Bs. A5., 2003, así como a su libro La autonomía como búsqueda, el Estado ¡como contra- dicción, Bs. As, Prometeo, 2004.
6 El libro de Almeyra incluye varios anexos, entre ellos uno que contiene entrevistas a al- gunos de estos cuadros: Alderete, D'Elía, Martino.
7 Me refiero a mi "Que se vayan todos. Crisis, insurrección y caída de la convertibilidad", en Cuadernos del Sur 33, Bs. A5., 2002.
3 Por esta razón entiendo que fracasan algunos muy valiosos intentos de periodización de las luchas sociales, que privilegian como criterio las huelgas generales, para los noventa —aun- que no así para los ochenta (véase N. Iñigo Carrera y M. C. Cotarelo: "La protesta social en los '90. Aproximación a un ejercicio de periodización”, en PIMSA 27, Bs. As., 2000 y N. lñigo Carre- ra: "La huelgas generales. Argentina 1983-2001: un ejercicio de periodización", en PIMSA 32, Bs. A5., 2001). Agradezco a A. Piva la ayuda que me brindó para esclarecer estas cuestiones.
9 A. Gilly: "Bolivia: una revolución del siglo XXl", en Cuadernos del Sur 37, Bs. A5., 2004, p.78-79.
1° En este punto es clave remarcar el reiterado rechazo de Almeyra a las infames declara- ciones de J. Petras en el sentido de que los militantes de esos partidos de izquierda habían es- tado debajo de la cama durante las jornadas de diciembre (así como su versión soft de R. Zi- becchi en el sentido de que los partidos de izquierda hicieron lo que sabían hacer: cuidar sus locales y sus militantes). Las camas en cuestión deben haber sido poco mullidas, pues entre los muertos de ese 20 de diciembre se encontraban varios militantes de estos partidos de iz- quierda.
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Cuadernos del Sur - 1985 - 2005
l proyecto de Cuadernos del Sur fue pergeñado en los tiempos de la dictadura militar, en un extenso debate entre quienes integrábamos parte de los exilios externos e-internos. Nuestro primer número salió a la luz en las postrimerías de diciembre de 1984, y estuvo al alcance del pú- blico, hoy decimos nuestro público, con fecha del primer trimestre de 1985.
Quiere decir que'con esta entrega cumplimos 20 años. Nacimos dando cuenta y organizando los debates estratégicos en torno a la reestructuración capitalista, a la ofensiva desplegada del capital sobre el trabajo sin solución de continuidad y a la desestructuración/ reorganización a que ésta daba lugar en el conjunto del movimiento social.
Dos décadas de trabajo son suficiente motivo para hacer un balance de nuestra actuación. No solo las fechas nos obligan al balance, sino también comprobar que la reestructuración se ha consolidado y que aún cuando no hayamos ni lejanamente concluído los debates, la fase neoliberal del capital —la ofensiva reaccionaria más exitosa en todo el siglo )Q(— dejará efectos que estarán presentes por mucho tiempo. El mundo y nuestro país han sufrido en este extenso período transformaciones —económicas / sociales / políticas- que nos marcan un escenario muy diferente al de dos décadas atrás, una mi- litancia de izquierda también muy distinta que la de dos décadas atras.
En este contexto, ¿nuestro proyecto ha agotado un ciclo —por demás fruc- tífero y exitoso- y debe servir para gestar nuevas experiencias? ¿Cuadernos puede continuar tal como está o debe reformularse identificando los nuevos debates estratégicos, tal como lo hicimos en los inicios? ¿Esta reformulación alcanza a los contenidos o debe extenderse también al formato y al tipo de ar- tículos a publicar?
Este y otros debates —intensos, profundos no exentos de cierta beligeran- cia, propia de las_cosas que se toman con pasión militante- y en los que par-
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ticipamos no solo los miembros locales sino también desde Mexico, Francia,,{ España o Italia- son los responsables del retraso en la salida de este númerd y 'de que esta entrega resulte un número doble para cubrir la falencia de la co- rrespondiente al noviembre pasado.
Sería injusto no señalar que el éxito de estos 20 años es también produc- to de la persistencia de nuestros lectores y suscriptores. Con ustedes tene- mos un compromiso inalienable, Cuadernos del Sur bajo cualquier escenario publicara el número 40, a fines de este año. Sin embargo, el debate que men- cionamos (sobre los roles de una revista de izquierda, sobre los debates es- tratégicos necesarios, sobre el formato y los modos de difusión de estos mis- mos) quisieramos hacerlo extensivo a ustedes. Las críticas, aportes o suge- rencias sobre estas cuestiones serán bienvenidos. Solicitamos enviarlas a de- bate@cuadernosdelsur.org.ar.
Será hasta la próxima entrega.
COMITÉ EDITORIAL Buenos Aires, mayo de 2005
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Esta edición de 300 ejemplares se terminó de imprimir en A.B.R.N. Producciones Gráficas S.R.L., Wenceslao Villafañe 468, Buenos Aires, Argentina, en junio de 2005.
uadernos
Editorial Guillermo Gigliani Dossier
Pietro Basso Michel Husson Adrián Piva Eduardo Lucita Claudio Albertani Alfonso Moro Anwar Sahik Modesto E. Guerrero
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Comité Editorial
del Sur
Complejidades kirchneristas: rupturas y continuidades con los ’90.
La economía argentina después del canje
Tiempos presents. Horarios del pasado
Tiempos modernos, horarios antiguos
Un balance de la lucha por las 35 horas en Francia
Acumulación de capital, desempleo y sobreocupación en Argentina (1989 — 2003)
Reducción del tiempo de trabajo. Respuesta a la desocupación y al sobreempleo.
Irak: Los dilemaspel imperio Los intereses de las transnacionales europeas en América latina ¿Quién paga el bienestar en el Estado del Bienestar?
Venezuela: La Revolución Bolivariana y sus vanguardias
Luchas sociales y neoconservadurismo (a propósito del libro de G. Almeyra)
Cuadernos del Sur 20 años.
Artista plástica invitada: Virginia Corda
ISSN 1666-8804