o Hace Veinte Años

0 La Crisis de Hegemonía en Semana Santa y las Elecciones de Setiembre

o Argentina y la Crisis Mundial o Las Antinomias de Antonio Gramsci o Revolución Tecnológica y Proceso de Trabajo

0 Reportajes

Cuadernos del Sur

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Publicado por © Editorial Tierra del Fuego Número 6

Argentina, Octubre 1987

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INDICE

EDUARDO LUCITA CESAR ALTAMIRA ALBERTO J. PLA

PERRY ANDERSON BENJAMIN CORIAT

REFORMA EN LA URSS.

o Hace veinte años, Ernesto “Che” Guerava. 5

o La crisis de hegemonía, en Semana Santa y las

elecciones de Septiembre. 15 o La Argentina y la crisis mundial 33 o Las antinomias de

Antonio Gramsci. 63 o Revolución Tecnológica y

Procesos de Trabajo. 1 17 Reportajes:

o “El Hermano Mayor somos Nosotros”. 133 o “Perestrojka contra Stalin” 137

T

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HACE VEINTE AÑOS, ERNESTO “CHE” GUEVARA

“Con la doctrina de Marx ocurre hoy lo que ha ocurrido repetidas veces en la historia con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas (...) Después de su muerte se intenta convertirlos en íconos ino- fensivos, canonizarlos, por” decirlo asi, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para consolar y engañar a las clases oprimidas, cas- trando el contenido de su doctrina revoluciona- ria, mellando el filo revolucionario de ésta, envi- leciéndola”.

Lenin, El Estado y la Revolución, ag. 191 7

A Veinte años de aquel 8 de octubre de 1967 se impone una recons- trucción cri'tica de la obra y acción de Ernesto Guevara, asi como una aproximación objetiva a su pensamiento y a su vida.

Pero esta tarea que requiere necesariamente de un intento de rearticu- lar el pensamiento guevariano sobre bases cient íficas, confrontando el eje de su praxis con las tendencias generales de la época, con el tipo de desa- rrollo de las fuerzas productivas en la región; la relación de las fuerzas entre las clases y fracciones de clases, la correlación internacional, encuentra en nuestro pais y para nosotros al menos serias dificultades.

No tenemos a nuestro alcance una recopilación completa de sus obras, aunque conocemos la existencia de una edición cubana de circulación res- tringida —al menos hasta hace algunos años- a los cuadros del PCC, y miembros del Estado cubano, que reúne en seis tomos el conjunto de ar- ticulos, conferencias, discursos y correspondencia. Por otra parte en el pais sólo hace algún tiempo hemos tenido acceso, por via de ya viejas publicaciones de “II Manifesto de Roma”, a las interesantes conver- saciones y debates llevados a cabo en la época en que se encontraba al frente del Ministerio de Industrias de Cuba.*

Pero esta carencia de información —por lo tanto un conocimiento fragmentado- necesaria para poder emitir un juicio responsable se ve agravada en la Argentina por una realidad propia e ineludible: marzo del ‘76 clausuró un ciclo histórico, cerrándose una etapa en la lucha de cla- ses, tal vez la más alta en nuestra historia como Nación, en que las con- tradicciones de la sociedad fueron exacerbadas hasta limites intolerables para la dominación burguesa, y el balance objetivo de este periodo aún no está logrado.

Es la persistencia recurrente de este pasado reciente la que obnubila

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El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre a escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida el internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irrecon- ciliables, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalis- m0 proletario es un deber pero también una necesidad revolu- cionaria. Así educamos a nuestro pueblo.

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una visión objetiva en este presente sacudido aún por las turbulencias del pasado. Se entrecruzan pasiones y realidades, expectativas y frustra- ciones acumuladas; pérdidas no valoradas en su real dimensión por una generación que asumió en plenitud las ideas de libertad y socialismo que emanaba la Revolución Cubana, que forjó su voluntad transformadora en el pensamiento vivo del CHE, y que finalmente comprometió su propia existencia siendo fiel a esa suerte de filosofia de la praxis guevariana: de- cir lo que pensaban y actuar según decían. Y es éste el punto de la cues- tión, revisar el presente como historia, porque reconstituir científicamen- te el pensamiento y la acción de Ernesto Guevara implica, al ‘menos en al- gunos a5pectos, tener saldados muchos años de intervención de la iunier- da revolucionaria en la Argentina.

Pero el lado perverso de la historia agrega un nuevo dato de confusión cuando los agrupamientos políticos que más se empeñaron por neutrali- zar las ideas y la acción del CHE asumen hoy como propia su figura, y la llevan como estandarte por rutas y senderos impensables dos décadas atrás.

Frente a esta suerte de adocenamiento apologético, que concluye eri- giendo en frio monumento —los iconos inofensivos de que hablara Lenin-- la imagen del “guerrillero heroico” (que lo fue), o la visión del aventure- ro romántico (que también lo fue), nos parece posible y útil ir en busca de sus facetas más creadoras, aquellas no por poco conocidas, o poco estudiadas, menos importantes, ir al rescate del CHE como hombre de ideas.

Cualquiera sea el ángulo desde el cual se intente abordar la lectura hay un vértice de atraccrón, un hilo conductor que recorre cada uno de los momentos de su vida revolucionaria —el CHE y la lucha contra el refor- mismo, el CHE y la conquista del poder; el CHE y la construcción del so- cialismo— y este punto de atracción es el hombre,‘el hombre nuevo como hacedor de la historia y artífice de las transformaciones sociales.

Es la revalorización del humanismo marxista, sepultado durante dé- cadas por la escolástica stalinista, lo que encontrarnos en su universo de ideas y lo que Ernesto Guevara coloca como el eje de sus preocupaciones en su visión revolucionaria del mundo. Para él se trata de construir “...un sistema marxista, socialista, coherente, o aproximadamente coherente. en el que hemos colocado al hombre en el centro, en el que se habla del individuo, de la persona, y de la importancia que este tiene como factor esencial de la revolucion "

Arturo Guzmán, ex ministro de Minería y Metalurgia de Cuba, sinte- tizaba asi su visión del CHE: “...en su predica constante sobre la necesi- dad de formar el hombre nuevo, el hombre producto del socialismo y constructor del comunismo, que viviera para y por la sociedad, Guevara plantea cl desarrollo dc la conciencia como cl único posible que conduce a la nueva sociedad. Plantea que con las armas melladas del capitalismo,

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el socialismo no puede formar a su hombre; que el estimulo material es un mal necesario, pero al que hay que erradicar definitivamente; ningún hombre consciente puede ser sustituido por hombres que se muevan empujados por estímulos materiales. Viéndolo en su perspectiva históri- ca, el hombre nuevo ya es viejo para él; en su propia vida vemos las vir- tudes que él pregona necesariamente para ese nuevo ser social” (Citado por J. Aricó en el prólogo de su recopilación).

Y es en el momento de la construcción del socialismo en Cuba en que aparece esta dominante-faceta de Ernesto Guevara en toda su plenitud, y dimensión: es el dirigente revolucionario del “Discurso de Argelia” y del artículo “Contra el Burocratismo”; es el hombre de gobierno y teórico de la econom ia politica que encontramos en las entrevistas del Ministerio de Industrias y en el “Debate Económico en los años 63-64”; es el pensador politico que emerge en el “Comunismo como Moral Revolucionaria” y fundamentalmente en-la Carta a Marcha de Móntevideo, conocida como “El Socialismo y e] Hombre en Cuba"; es por último el revolucionario integral que despunta en cada una de las dolorosas páginas de su diario de Bolivia.

En el siempre dificil periodo de transición, entendido como aque] pasaje de una sociedad agotada y caduca, a la que los revolucionar-iso no hacen más que apresurar su liquidación, a una sociedad nueva que surge con la fuerza propia de las masas libertarias pero que se encuentra condi- cionada por los resabios del pasado.

Es en ese pasaje del reino de la necesidad a] reino de la libertad “...que transcurre en medio de violentas luchas de clases y con elementos de capitalismo en su seno que oscurecen Ia comprensión cabal de su esen- cia”, en que es puesta a prueba la coherencia y firmeza de los dirigentes revolucionarios.

El cerco imperialista aisla a la revolución,.la guerra civil se extiende y profundiza; el ejercicio del poder absorbe cada dia más a los dirigentes; las formas autoritarias se montan sobre la debilidad popular; la situación favorece al desarrollo de hábitos y prácticas peligrosas, la degeneración burocrática, en suma acecha en cada esquina.

Es en esta realidad que deben insertarse textos como: “Debemos aprender a eliminar viejos conceptos” (discurso de agosto de 1960); “Contra el Sectarismo” (Resolución del Min. de Industrias, mayo 1961); “Contra e] Burocratismo” (articulo de febrero 1963); “El Comunismo debe ser también Una Moral Revolucionaria” (entrevista periodística, julio 1963); “Una Actitud Comunista frente al Trabajo” (discurso, agos- to 1964).

La relectura de los textos de Guevara en este periodo constituye una experiencia singular, una fuente motivadora que inSpira reflexiones criti- cas y estimulantes, que provoca a la distancia una renovada búsqueda de problemas que hoy, en esta Argentina de los discursos posibles sobre una

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realidad transformista, parecen tan ajenos y lejanos, pero que subyacen en las conciencias de todos aquellos que soñamos con recuperar la volun- tad' colectiva de un cambio transformador.

Sus escritos, sus conferencias, sus propuestas de acción práctica asu- men en este período la forma del discurso de lo concreto, alejado de construcciones abstractas que suelen justificarse por su propia lógica in- terna, pero inserto en la problemática cotidiana de esa sociedad mutante, la economia —a la que privilegia como economia política-r es ensus plan.- teos la instancia fundamental en la que el hombre se realiza, por lo tanto se impone su transformación para que esa realización alcance plenitud.

La reorganización socioeconómica requiere de una convergencia diná- mica del uso de recursos y las necesidades sociales pero encuentra obs- táculos internos y externos de consideración: incorporación masiva d‘e' fuerza de trabajo —incremento de la demanda de bienes y servicios; —es- casez de recursos propios; —rac1onamiento; —dependencia del comercio exterior, ésta pareciera ser la lógica de una secuencia ineludible por la que atraviesan todos los. procesos de transformación social y que en América Latina hemos visto de cerca en la Cuba de los años ’60 y ’70; en el Chile de Salvador Allende; en la actual Nicaragua.

Pero el horizonte de ideas guevariano no se detiene en la articulación de. recursos escasos y necesidades amplificadas, el socialismo como simple método de reparto social, como nueva conciencia productivista, no le in- teresaba, sino fundamentalmente como el elemento central de la socie- dad, para potenciar las posibilidades del proceso de transformación en el periodo de transición.

Asi los movimientos de 1a economía no pueden ser libres deben estar sometidos a la intervención consciente, es el PLAN el que ordena la acti- vidad de los hombres pero al mismo tiempo no debe coartar su iniciativa y libertad. La construcción socialista supone, y requiere, un cambio cuali- tativo de las- estructuas mentales delos sujetos sociales, tanto colectivos como individuales, capaz de liberar las fuerzas de la creatividad para po- nerlos al servicio de la producción y la organización.

“La revolución no es como pretenden algunos, una estandarización de la voluntad colectiva, de la iniciativa colectiva, sino todo lo contrario, es la liberadora de la capacidad individual del hombre

Es en este contexto en que deben ser confrontadas, entre otras inter- venciones: “El Plan y el Hombre” (entrevistas, julio 1964); “La Planifica- ción y sus problemas en la lucha contra el Imperialismo? (discurso, julio 1963); “Consideraciones sobre los costos de producción” (artículo, junio 1963); “Cuba, su economia, su comercio exterior, su significado en el mundo” (articulo, octubre 1964); “Discurso de Argel” (discurso, febrero 1965)

En su propuesta los criterios politico/económicos de Guevara se inscri- ben en la más cara tradición marxista. El socialismo es, por sobre todas

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Lo difícil de entender para quien no viva la experiencia de la revolución es esa estrecha unidad dialéctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan y, a su vez la masa, como conjunto de individuos, se interrelaciona con los dirigentes.

En el capitalismo se pueden ver algunos fenómenos de este tipo cuando aparecen políticos capaces de lograr la moviliza- ción popular, pero si no se trata de un auténtico movimiento social, en cuyo caso no es plenamente lícito hablar de capitalis- mo, e-l movimiento vivirá lo que la vida de quien lo impulse o hasta el fin de las ilusiones populares, impuesto por el rigor de la sociedad capitalista. En ésta el hombre está dirigido por un frio ordenamiento que, habitualmente escapa al dominio de su comprensión. El ejemplar humano, enajenado, tiene un invisi- ble cordón umbilical, que le liga a la sociedad en su conjun- to: Ia ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de su vida, va modelando su camino y su destino.

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las cosas, un “hecho de conciencia” que condensa la formación de un hombre nuevo en una nueva sociedad cualitativamente diferenciada de la anterior.

La sociedad, en sus planteos, va siendo transformada por los hombres pero al mismo tiempo estos hombres se transforman a si mismos. Estable- ce asr' una intima relación dialéctica entre la base material (reorientación del desarrollo de las fuerzas productivas) y la formación de los sujetos so- ciales con una nueva conciencia (revolucionaria).

Este es el nudo central de todo el pensamiento de Ernesto Guevara en el período de transición, en el periodo de construcción de un socialismo que él solo acepta si desde el primer momento incorpora elementos del comunismo, en un proceso único e ininterrumpido, permanente, donde el estimulo moral y el trabajo voluntario juegan un papel determinante frente a lo material y a las categorías capitalistas. Donde el protagonismo consciente de las masas, las instituciones del poder popular y la autoorga- nización de los trabajadores constituyen la única garantia frente a las ten- dencias a 1a degeneración burocrática, a la cristalización de las direcciones y a la despolitización de las masas.

“Revolución que no se profundich constantemente, es revolución que regresa”, esta frase sintetiza todo lo anterior y con ella enfrenta las con- cepciones etapistas y la doctrina stalinista, dogma oficial del la época, que institucionalizaba con fuerza de ley la existencia de una “corresponden- cia necesaria entre las relaciones de- producción y los caracteres de las fuerzas productivas”

Es esta línea de pensamiento, que se expresa puntualmente en cada uno de sus trabajos económicos y que al fundirse en ellos constituye sin ninguna duda un aporte original a la teoria marxista, que fue enriquecida con cada una de las intervenciones en el Debate Económico de los años 63-64 en Cuba, en el que por otra parte intervinieron con posiciones en- contradas marxistas de la talla de Charles Bettelheim y Ernest Mandel.

Este debate que como bien señala Michael Lowy “adquirió un carácter sin precedentes en un pais socialista desde la muerte de Lenin” tuvo su origen en la propuestas de Guevara en relación a los métodos de Gestión de las Empresas en Cuba pero la riqueza de las discusiones hizo que se extendiera a un conjunto de aspectos que 'hacen al cuerpo teórico de la economia politica socialista. para concluir en un verdadero examen cri- tico de las experiencias llevadas a cabo en los paises del bloque socialista.

Así el debate giró en torno a: el modelo presupuestario de gestión frente al cálculo económico o autogestión financiera; la planificación centralizada y el rol de la ley del valor en cl periodo de transición;la co- rrespondencia entre fuerzas y relaciones dc producción; los estímulos morales y materiales y cl papel de la conciencia cn la construcción del so- cialismo.

(Pareciera ser interesante confrontar cn 1987 estas ideas del CHE con

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Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelec- tuales y artistas reside en su pecado original; no son auténtica- mente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que de peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original. Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto mayores cuando más se haya ensanchado el campo de la cultu- ra y la posibilidad de expresión. Nuestra tarea consiste en im- pedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados “dóciles” al pensamiento oficial ni “becarios que vivan al am- paro del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hom- bre nuevo con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.

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las reformas en la URSS bajo la era Gorbachov, tal vez comprobemos que a un cuarto de siglo este debate mantiene actualidad y vigencia, aunque no puede dejar de señalarse que a partir de 1976 se producen en Cuba grandes reformas en la gestión económica particularmente la introduc- ción del “calculo económico”, si bien se mantiene la linea de los incenti- vos morales, y de los materiales aplicados al conjunto de la sociedad).

El modelo cubano que prefiguraban las concepciones del CHE consti- tuía una búsqueda inacabada de soluciones no dogmáticas que incluían una nueva relación entre el Partido y el Estado privilegiando al primero y su relación con las masas. Se orientaba asi por caminos inéditos que lo separaban de los modelos del este europeo.

Tal vez buena parte de estas cuestiones y su vocación intemacionalis- ta, que lo llevaba a buscar ampliar el espacio de la revolución para rom- per así e] corsé económico e ideológico, que le imponian el imperialismo y las tendencias prosoviéticas internas e internacionales, agudizó sus di- ferencias con alguna fracción de la dirección cubana con origen en el viejo Partido Socialista (PSP).

Estas diferencias, que culminaron con la renuncia del CHE a sus cargos en el Estado Cubano, parecieron precipitarse con los planteos del “Dis- curso de Argel”: una relación privilegiada e igualitaria entre los paises del bloque socialista; la solidaridad incondicional de éstos con las luchas re- volucionarias de los pueblos del mundo; el enfrentamiento con las ten- dencias burocratizantes en el partido y el Estado.

En rigor el conjunto de sus ideas no alcanzan a configurar un progra- ma acabado, pero tienen el enorme valor de haber revalorizado las poten- cialidades creadoras de un marxismo vivo y abierto como contraposición a esa suerte de fe religiosa a que dio lugar el culto stalinista.

¿Hasta dónde el paso del tiempo logró transformar en punta roma el agudo estilete critico de su pensamiento? El marxismo revolucionario se nos muestra en la historia critico por excelencia y Ernesto Guevara fue (es) una de sus expresiones más acabadas, y esa fuerza critica no puede escapar a él mismo menos aún frente a lo que muchas veces se hace y se dice en su nombre y bajo su figura.

Estas débiles líneas tiene el sentido de un tributo a la teoria y ala práctica del revolucionario latinoamericano y, si se nos permite, una re- flexión dirigida a los jóvenes para que estudien con responsabilidad su legado y elaboren su propio juicio critico. Pero es también para los hom- bres y mujeres dc nuestra generación, de quien el CHE es acreedor, una toma de posición de quienes reivindicamos, en esta Argentina invadida del posibilismo socialdemócrata, la salida socialista y la formación de un hombre nuevo con una escala de valores diferente de la mediocridad ac- tual, herederos de esa suerte de alquimia guevariana que sintetiza optimis- mo y voluntad.

E.L. Para ser publicado en octubre 1987.

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Es decir que la tarea de construcción del socialismo en Cuba debe encararse huyendo del mecanicismo como de Ia peste. El mecanicismo no conduce sino a formas estereotipadas, no con- duce sino a núcleos clandestinos, al favoritismo, y a toda una serie de "males dentro de la organización revolucionaria. Hay que obrar dialécticamente, apoyarse en las masas, estar siempre en contacto con las masas.

El socialismo económico sin Ia moral no Me interesa. Lucha- mos contra la miseria pero luchamos al mismo tiempo contra la alienación. Uno de los objetivos fundamentales del marxis- mo es eliminar el interés, el factor “interés individual” y el lu- cro de las motivaciones psicológicas. Marx se preocupaba tanto de los factores económicos como de su repercusión en el espí- ritu. Llamaba a ésto “hechos de conciencia”. Si el comunismo se desinteresa de los hechos de conciencia podrá ser un método de distribución, pero no será jamás una moral revolucionaria.

(”) Las citas cn bastardilla encomilladas son dc E. Guevara. (*) Entre los textos que hoy son de fácil acceso en Argentina, pueden consultarse: *Erncsto “CHE” Guevara: Obras —dos tomos- edic. cubana.

lil socialismo y cl hombre nuevo, edición' preparada por José Arícó, Siglo XXI, Méjico 1977.

Escritos Económicos, Pasado y Presente N0 5 Córdoba ¡969

Cartas inéditas l-Zdit. Sandino - Montcvidcol967

*Michacl Lowy: |-'.l pensamiento del CHI". Guevara Siglo XXI - Ar- gentina ¡974

*Alban Latastc. Cuba ¿hacia una nueva economia politica del so- cialismo‘.’ I'Ídit. Universitaria Corinoran (‘hllc

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LA CRISIS DE HEGEMONIA EN SEMANA SANTA Y LAS ELECCIONES DE SETIEMBRE

César Altamira

Introducción

Transcurridos casi cuatro años desde diciembre de 1983, cualquier análisis del pasado inmediato y delineamiento de tendencias, no puede dejar de incorporar esa matriz que todo lo invade y contagia, la CRISIS, entendida ésta no solo en su aspecto más limitado como crisis económi- ca. sino también en su acepción más general de degradación social, ruptu- ra de los viejos bloques sociales, pérdida de las hegemonías, búsqueda de otras nuevas, eclosión de nuevos tipos de marginación, dilución del peso social de clases y sectores de clases. reacomodamientos en las estructuras de poder, etc.

La crisis ha significado también que politicas diversas y contradicto- rias hayan ocupado el escenario político nacional impulsadas por el mis- mo gobierno. En el ámbito sindical hemos visto desfilar desde la fracasa- da Ley de Reordenamiento Sindical, pasando por la administración Case- lla, hasta los acuerdos con el grupo de los “15” y el ministro Alderete; en el terreno económico, desde la política redistribucionista de Grinspun y su virtual moratoria de la deuda externa; al “heterodoxo” plan Austral y finalmente la ortodoxia fondomonetarista desde julio de 1987 hasta hoy; en el terreno de los derechos humanos desde los decretos de enjui- ciamiento a las Juntas, la creación de la CONADEP y los juicios a mili- tares sin eximientes, a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida; del lenguaje hostil hacia la “patria financiera” a la nueva denominación de “capitanes de la industria” para luego incorporarlos como compañeros de ruta en el diseño d‘e alianzas que se busca pergeñar entre el establish- ment industrial y financiero y el Estado.

Este panorama se cierra con otro dato no menos preocupante y ejem- plificador: la compulsión a la repetición que presenta el pais en algunos aspectos como son el retorno de los militares al escenario politico desde Semana Santa y el rcbrote inflacionario a partir dejunio del ’87, que nos revelan la existencia de profundos conflictos sociales no resueltos. Tanto el Terror de Estado como la inflación contribuyen a reponer la inseguri- dad social así como el miedo a un futuro incierto.

Pero la crisis también significa cuestionamiento de teorías y concep- ciones, de ideas largamente aceptadas y trastocamiento de los conceptos: asi hoy se llama reactivación a lo que en otros momentos se hubiera de- signado como estancamiento crónico. al mismo tiempo que los análisis de

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mediano y largo plazo desaparecen de los planteamientos mas generales. La indefinida prolongación de la misma ha engendrado la resignación, al mismo tiempo que socava las esperanzas de un futuro promisorio. Las expectativas sociales se encuentran hoy en su punto más bajo.

En este marco el. Gobierno anuncia una vasta reforma orientada a la creación de un Estado moderno, capaz de atravesar la transición regulan- do la relación con los grupos de poder; las corporaciones pertenecientes al capital financiero, los militares, la iglesia, y finalmente la superestruc- tura sindical. Al mismo tiempo, demostrando iniciativa política ante una oposición que atina solo al acompañamiento reactivo, empuja una Refor- ma Constitucional, como pivote que apuntale la estabilidad institucional y presiona por el traslado de la Capital.

¿Cuáles son las posibilidades de concreción de estos proyectos? Los argentinos, ¿estamos destinados a permanecer como ciudadanos de cuar- ta en el mundo? o ¿la tierra prometida por .el Gobierno es posible en un futuro no muy lejano?. Si esto es así ¿cuáles serán los costos sociales?. ¿Es posible consolidar la democracia?. Y en tal caso, ¿qué tipo de demo- cracia?. ¿Qué actitud deben asumir las fuerzas de izquierda en estas con- diciones?.

Lo que sigue no pretende dar reSpuesta a estos interrogantes, pero in- tenta auseultar las posibles lineas tendenciales por donde discurrirá la vida política del pais.

l) Cri'sis económica: Todos los caminos conducen a Roma

A j El marco internacional: las rivalidades in terimperialistas y el mercado mundial.

En la época actual del capitalismo, donde las interdependencias y las dependencias se imponen a la larga sobre las economías nacionales, la eri- sis económica mundial se yergue como un marco indiscutido de referen- cia. Más aún lOs procesos nacionales encuentran en ella sus limitaciones y/o restricciones, las más de las veces sumamente estrictas.

Mientras el pais permanece atado al viejo modelo de integración mundial, el capitalismo a nivel internacional viene produciendo una ver- dadera reestructuración productiva, con el objetivo de salir de la crisis en la que está sumido, modificando asi la vieja división internacional del trabajo. Al amparo de un proteccionismo selectivo por parte de los paises centrales, se viene gestando la nueva correlación de fuerzas a nivel internacional con su consiguiente distribución de parcelas económicas, tales que aseguren, al compás de la incorporación de una nueva tecnolo- gia altamente moderna (automación “blanda”, robotización), la recupe- ración de la productividad del capital y con ello de la alicaida tasa de ga- nancra.

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En este proceso los paises capitalistas, que perteneciendo al llamado Tercer Mundo presenten un desarrollo del capitalismo más avanzado, es tarán probablemente llamados a ocupar un rol de productores fundamen- tales no solo de materias primas, sino también de determinados bienes in- dustriales. sobre la base de la incorporación de nuevas tecnologías que les aseguren competitividad en el mercado mundial.

De esta manera el diagnóstico inicial —sustentado por numerosos teó- ricos económicos- de la especralización de los paises del Norte en los productos industriales, y de los paises del Sur en productos primarios, fue sometido a una dura prueba: en primer lugar por la industrialización del Tercer Mundo y su apertura hacia los mercados externos, pero tam- bién por la creciente actividad de los paises industrializados en las activi- dades primarias. en especial agricolas.

A más de una década de desenvolvimiento ininterrumpido de la crisis mundial no aparecen indicios de su resolución, puede decirse que hay una ineentivación de los flujos de capital en una dirección Norte-Norte más que Norte-Sur, paralelamente se pueden identificar ciertas tendencias que no hacen más que exacerbar los ya agitados mercadosinternaeionales:

La concentración de las inversiones de capital en los paises altamente desarrollados va acompañada de una pérdida de peso relativo de las inver- siones directas de origen estadounidense. Las disputas por los mercados agricolas entre EEUU. y la CEE. tiene su correlato en la disminución del comercio mundial de productos primarios y en la guerra de subsidios, la generación de excedentes y la caida de los precios agricolas. Japón se transforma en el principal acreedor internacional en tanto que el cre- ciente déficit comercial estadounidense se convierte en la principal fuen- te de conflictos. En síntesis agudización creciente de las contradicciones interimperialistas.

Lejos de suavizarse, las restricciones externas se han agudizado. El pro- teccionismo permanente, la baja de los precios internacionales de las ma- terias primas, las dificultades crecientes en estos mercados, y los direccio- narr.ientos de capital hacia los paises desarrollados, aunados a los flujos por el pago de la deuda externa, conforman un cuadro de restricciones externas importantes para la acumulación de capital que han agudizado el horizonte internacional. ,Bajo estas circunstancias el perfil de integra- ción de la Argentina al mercado mundial resulta desdibujado y el país es arrojado a una posición inevitablemente marginal y subordinada.

B) El marco nacional: L"! agotamiento de un modelo Más allá de la existencia y propagación de una crisis a nivel mundial, los marcos de acumulación nacionales contienen variables que vuelven

a las crisis nacionales diferenciadas y especificas. La crisis mundial se transmite con intensidad y formas distintas a las economías. y el grado de'

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dependencia o vulnerabilidad externa de cada pais esta en último término determinado por las carateristicas internas de acumulación de capital, elementos donde en última instancia se debe auscultar para desentrañar las causas de la misma.

Por otra parte, a la división internacional del trabajo que los Estados Nacionales intentan modelar según sus intereses especificos, se superpone la división internacional del capital, organizado según las grandes firmas multinacionales. Es que frente a la internacionalización del capital —últi- mamente bajo la forma de capital mercancia y productivo--, los espacios de valorización nacionales se alzan como barreras objetivas para libre acu- mulación, lo cual genera una contradicción latente que desemboca en no pocos conflictos entre las estrategias adoptadas por los capitales indivi- duales y las políticas conducidas por los Estados.

La apuesta a una salida (capitalista) de la crisisl —lo más seguro de gestarse en función de la correlación de fuerzas sociales— supone una ne- cesaria reestructuración industrial que asiente el desarrollo económico so- bre bases de acumulación mucho más próximas a un desarrollo intensivo que extensivo del capitalismo.

Es al compás de este proyecto, que estamos asistiendo al nacimiento de nuevas hegemonías sociales y politicas; proceso en el que el Gobierno renunció a ciertos contenidos ideológicos —propios del viejo radicalis- mo- que constituían un lastre para asumir- la cruda realidad de la crisis.

De esta manera fue despuntando un nuevo proyecto, que inacabado todavia, fue pomposamente llamado “modernización del Estado”, cuyos contornos se han ido delineando hasta sintetizar en la voluntad de la conformación de una burocracia orgánica de Estado, que administrando el Gobierno en nombre del “capital en general”, e independizándose de los avatares de las coyuntura, sea capaz de darle estabilidad a la hoy do- minante forma del capital: el capital financiero. Nos encontramos en un momento de transición en la constitución de nuevas alianzas; el Estado, los sectores económicos que salieron fortalecidos del proceso económi- co anterior, gran burguesía monopólica argentina y las empresas trasna- cionales alineadas en el pais.

Pero los caminos resultan difíciles de transitar. Luego de cuatro años de gobierno y más de dos de Austral. la Argentina no ha podido erradicar la inflación; esta recrudece en cuanto se sueltan m inimamente las válvulas económicas; el remedio austral no impide que la enfermedad inflaciona- ria haga metástasis. Por otro lado aunque se buscó impulsar el crecimien- to, fue mucho mas el tiempo dedicado a la estabilidad de los'precios que el brindado al desarrollo. Si bien cl gobierno pudo esgrimir con orgullo que el PBI habia crecido durante 1986, al igual que la producción indus- trial y la inversión bruta interna, esto sc logró con un alto costo social.

No se trata solo de las altas tasas dc desocupación abierta y encubierta y de la marginalidad creciente, los indicadores oficiales muestran también

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crecimiento de los ritmos de producción, aumentos importantes de la productividad por obrero ocupado y por hora trabajada, lo que va acom- pañado por un aumento del despotismo en la fábrica y la arbitrariedad patronal con el desconocimiento de comisiones internas y cuerpos de de- legado, en suma, deterioro generalizado de las condiciones de venta de la fuerza de trabajo.

Es fácil así concluir que el reverso económico del desarrollo capitalista se condensa en una mayor tasa de explotación. El obrero hoy produce más, pero como su salario se deprecia, debe prolongar su jornada laboral para poder mantener su salario real. Si por un lado la prolongación de la jornada de trabajo es un índice de extracción de plusvalía absoluta, la mayor productividad horaria, nos indica una aumento de la plusvalía re- lativa.

La aceleración inflacionaria -—desde junio del 87- se ve agravada por la frecuencia de repetición de los ciclos de reactivación, y el aumento del piso inflacionario en cada nuevo ciclo de la misma. Esta situación que se prolonga desde hace ya tiempo —abril de 1986-, nos lleva a concluir que el go-biemo no- ha derrotado a la inflación; que los aspectos que hacen a su vitalidad —-déficit fiscal, pujas distributivas y competitividad interna- cional- no han sido erradicados.

Lo que está en juego a partir de febrero de 1987 es el agotamiento de una modalidad de politica económica; la de las pautas, la de la voluntad de inducir desde “arriba” los cambios graduales en la economía. Los sucesivos vaivenes inflacionarios no solo han cuestionado esa modalidad, sino que han demostrado, al mismo tiempo, la incapacidad de la política monetaria para provocar por misma la buscada estabilidad. Solo logra calmar el rcbrote, pero oficia de detonante para el próximo ciclo expan- sivor de la inflación.

Cada vez que se produjo la escalada inflacionaria el gobierno echó ma- no a la misma receta: el Banco central colocaba a la economía en el cepo monetario con el objeto de calmar las energías de la demanda global, re- ducir así la actividad económica, induciendo los precios a la calma y con- trolando el dólar marginal con la suba de la tasa de interés.

Todos los caminos conducen a Roma; todos llevan al manejo de la tasa de interés y con ello a la variable fundamental monetarista para acorralar a la inflación.

Los resultados que se obtuvieron fueron languideciendo con el tiema po: los efectos de la reducción inflacionaria se agotaban cada vez más rá- pidamente al mismo tiempo que el piso del que se partía para nuevos im- pulsos inflacionarios era cada ver. mayor.

Si a este cuadro le sumamos la indisciplina social del empresariado ar- gentino sin distinción de sectores y tamaño —expresada en la constante apuesta a la especulación y a la bicicleta financiera-—- arribamos for/.oza- mente a la ¡ngobernabilidad de la economía en (¡poca de ('I‘ÍSÍS, mientras

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se recurra exclusivamente al control de las variables económicas. Entram- pado en su propio accionar, sin advertir la necesidad de “politizar” la economía, el gobierno ha quedado encerrado en el campo económico. Al igual que en el frente militar se convierte en victima de su propia política.

El nuevo discurso económico, que hace su aparición en julio de este año, se vertebró sobre objetivos más estructurales basado en tres pilares: a) la integración al mercado mundial; b) la desregulación económica, y. c) la racionalidad en el manejo de la economía. Estas tres verdades, cierta- mente mascarones de proa, se aplican inmediatamente a la política esta- tal. No se trata ‘de más Estado o menos Estado sino de un ESTADO DIS- TINTO. La crisis lleva a cabo su obra (regeneración del capital) a través de la mediación estatal. La politica económica estatal se transforma en el devenir de la crisis; el blanco más preciado se ubica en el Estado-benefac- tor. Este se constituye en uno de los factotum de la persistencia de la crisis.

La desregulación estatal es presentada como contracara de la apertura de la economía; la transparencia de los mercados distorsionados, precisa- mente, por la excesiva intervención estatal, constituye uno de los requi- sitos indispensables de la “nueva” teoría. Entra en escena lo que se ha dado en llamar el “uso capitalista de la crisis”; los distintos mercados- y entre ellos el de la fuerza de trabajo- quedan regidos en forma estricta por la ley de la oferta y la demanda y de eSta manera los asalariados son empujados violentamente a la marginación.

El círculo se cierra con la aparición del ya conocido cuello de botella de la economía argentina; el estrangulamiento a que conduce la reduc- ción de los saldos de la balanza comercial, ante un crecimiento industrial para hacer frente a mayores importaciones. Esta cíclica crisis nacional fue resu‘elta anteriormente con mayores créditos internacionales;pero hoy nos prestan para devolver los intereses, no para mejorar nuestra balanza de pagos, lo que agudiza el frente externo.

Si con anterioridad a las elecciones primaba la idea de que el esquema económico sería redefinido orientándolo hacia un ajuste mayor de la eco- nomía —tal como lo adelantara Sourrouille cn su discurso “Por un creci- miento diferente”— el resultado de las mismas contribuye a debilitar esa hipótesis. El castigo electoral es harto elocuente; ¿estará dispuesto el ra- dicalismo a profundizar su plan de modernización capitalista y por tanto retomar la política de confrontación ante esta nueva correlación política? Asi setiembre, no solo trae el eclipse de los “operadores” políticos sino también negros nubarrones en e] horizonte económico. ¿Cuáles son las posibilidades de implementación de un plan etionómico de otro tipo?. ¿Puede afirmarse su existencia, ante las escasas diferencias que existen hoy entre radicales y peronistas, en este terreno?

La politica repercute sobre la economía en forma violenta tornándola más ingobernablc aún; a los fenómenos estructurales —la crisis histórica

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argentina- se añade esta nueva correlación política, cuyo marco general es el que debemos auscultar ahora.

2) La hegemonía nacional.

En busca de una nueva cultura política

En nuestro país, la última dictadura militar ateleró la articulación en- tre los grupos económicos más importantes vinculados a la producción y a la banca privada, al mismo tiempo que la política económica hacia desa- parec‘er del mercado importantes franjas del sector productivo nacional. El capital financiero convalidaba en la realidad su condición de forma he- gemónica histórica del capital, mientras que el proceso de concentración y centralización de capital operado en los últimos 10 años, consolidaba socialmente su carácter dominante.

Pero el hecho de que una fracción social dominante se alce como clase “dirigente” entre sus pares no significa que se constituya en dirección po- litica de la sociedad. Necesita alcanzar previamente la hegemonía no solo entre sus iguales, sino también en relación a la sociedad en general.

En efecto, en la sociedad capitalista el poder está en manos bien de la clase dominante, bien de la fracción de esta clase que hegemoniza el blo- que en el poder; la clase dominante es quién hegemoniza al conjunto de la sociedad y esta hegemonía se produce y reproduce constantemente —entre otras formas- en la relación que se establece entre el Estado y la sociedad civil.

La problemática de la hegemonía remite a la función ideológica del Estado, sin confundirse con ella. Así, esta función consiste en legitimar la explotación de clase ocultándola; en hacer primar el interés “general” por encima de los intereses en lucha. Pero la hegemonía no solo in‘cor- pora las luchas establecidas entre las distintas fracciones de la clase domi- nante para utilizar los resortes del Estado y hacer valer sus intereses espe- cíficos, sino también los distintos caminos de lucha entre las clases domi- nantes y las dominadas, a fin de imponer sus intereses estratégicos.

Se trata de una hegemonía, que en el enfoque gramsciano, se puede obtener por consenso o por coherción. Es precisamente a partir de esta doble posibilidad de convalidación de las clases dominantes, que se expre- sa la forma de gobierno; democracia asociada al consenso;dictadura ala coherción.

Se trata de la integración política ideológica de las clases dominadas a los sistemas de dominación que responden a la nueva lógica de acumula- ción, mediada por el “conjunto complejo de instituciones, de ideologías, de practicas y de agentes (entre los que encontramos a los intelectua- les)"2 que constituyen el aparato de hegemonía, entendido éste como el “instrumento” de legitimación consensual de la dominación de clase.

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La dificultad para establecer la unidad interna de la burguesía, o la unidad politica del bloque dominante, no es algo congénito, producto de la fragmentación estructural del capital, sino que es un fenómeno deriva- do de la relación de fuerzas politicas dadas, y que se establecen no solo al interior de las clases dominantes, sino también en el nivel general so- cial, entre las clases dominantes y las dominadas. Esta concepción resulta de particular importancia para poder entender el actual proceso político argentino con posterioridad alas elecciones.

Si pudiéramos caracterizar a la crisis nacional en su acepción más ge- neral, esta tendría que ser calificada como de crisis de hegemonía. El ca- rácter hegemónico que la gran burguesía financiera expresa en el seno de las clases dominantes, no encuentra su correlato político en la sociedad. A falta de una fuerza política propia que represente en la sociedad civil sus intereses, ha tenido que recurrir sistemáticamente a la coherción, co- mo forma de garantizar su dominación en forma estable. La crisis políti- ca actual —que resurge con fuerza con posterioridad a las elecciones- se condensa pues en la imposibilidad de resolver la cuestión política de la hegemonía y por tanto la integración política ideológica de las clases do- minadas a los sistemas de dominación que responden a la nueva lógica de acumulación .

Es que el proceso que lideró el peronismo —en el período 45-55—- dio lugar a la formación de un bloque de poder hegemonizado por la bur- guesía nacional ligada a la producción de medios de consumo y de me- dios de producciónpara medios de consumo. Bloque que se edificó sobre un consenso social asentado en ideas fuerzas tales como mercado interno, redistribución del ingreso (justicia social), industria nacional (soberanía económica). Estado benefactor y subsidiador (independencia política), que amalgamaron una cultura política de fuerte contenido nacionalista, hoy'subsistente a la luz del resultado eleccionario. Pero la crisis desatada desde los ’60 no solo significó la ruptura del bloque —más allá de los in- tentos. vanos de reconstrucción del mismo en el período 73-76-, sino la pérdida de legitimación de la burguesía ante las clases dominadas; se ge- neró un cuestionamiento progresivamente “orgánico” de las clases do- minadas respecto de las instituciones y valores tradicionales del sistema de dominación. El consenso social alcanzado durante los '50 languideció y fué suplantado por una práctica social contestataria de masas en ascenso.

Así es como la gran burguesía financiera argentina, desde mediados de los ’60, se recostó sistemáticamente sobre la burocracia militar, como forma corporativa de poder, que le garantizara el ejercicio de su domina- ción. .

Pero esta cohabitación fue una y otra vez desarticulada al amparo de un formidable proceso de movilización de masas iniciado también por la. misma fecha y que habría determinar amordazado y fuertemente gol- peado por el Terror de listado.

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Así . el proceso de Reorganización Nacional habría de cambiar las re- glas del juego; el movimiento de masas luego del mismo no representa el peligro social de otras épocas y de este modo posibilita recrear una he- gemonía y sentar las bases de una dominación más duradera.

Pese a ello, la dictadura militar fue incapaz de mantener el equilibrio político y terminó víctima de la propia maquinaria de Terror de Estado. Pudo mucho más la derrota de Malvinas, y las contradicciones internas generadas en las estructuras de poder —más próximas a la corrupción que a diferencias políticas- que las tibias movilizaciones populares para pro- vocar el retiro de los militares. Las elecciones de 1983 no hicieron otra cosa que confirmar esta lectura política; el consenso obtenido en las ur- nas no fue producto de un cuadro movilizatorio, sino más bien el resul- tado inevitable de una sociedad atemorizada y replegada sobre misma.

Con el desmoronamicnto del bloque de poder anterior y con un mo- vimiento popular vapuleado por la crisis, el radicalismo tardó 18 meses para comenzar la construcción de un nuevo bloque de poder que asegura- ra la estabilidad institucional y garantizara la concreción de la hegemonía perdida. El alfonsinismo representa la búsqueda de un consenso social fimcional a la gran burguesía financiera, que trata a la vez de evitar la re- petición de los movimientos de masas que en la década de los ’60-70, hi- cieron fracasar otros intentos de recomposición.

Luego del Terror de listado, con un movimiento social centrifugado y a la deriva y con una dinámica de masas debilitada, la construcción, reconstrucción de cualquier hegemonía y bloque de poder parece trans- currir mucho más por los caminos superestructurales que por las fábricas y los barrios.

Conciente de este cuadro desmovilizatorio. el alfonsinismo sorprende a la oposición política demostrando una inusual iniciativa para tejer las nuevas alianzas en los círculos de poder, alianzas que tiene como parte integrante no a los movimientos de masas, sino a las burocracias de dis- tinto signo; militar, empresarial, sindical e inclusive político. Cualquier movilización del tipo que sea, por e] contrario, afecta profundamente la posibilidad de concreción de estos pactos burocráticos.

La política oficial transcurre por dos andariveles persiguiendo la re- composición de la hegemonía perdida. Este doble juego se propone por un lado garantizar esa hegemonía en la sociedad civil sobre la base de un discurso que permita la consolidación de una cultura politica de nuevo tipo; los frecuentes llamados de Alfonsín a apuntalar una tii/fura del esfuerzo, una e'tica de la solidaridad y la modernización, así como el rescatar la memoria histórica de la generación del ’80, se conforman co- mo la búsqueda de mecanismos consensuales que recompongan la domi- nación perdida. Por otro lado los esfuerzos dedicados a tejer laboriosa- mente las nuevas alianzas con las corporaciones de poder, apuntan a consolidar en el terreno de la superestructura el bloque de poder que lidcre la salida de la crisis política.

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Semana Santa: La autonomia del autoritarismo

Es sobre este trasfondo de negociación interburoerática que se gesta la crisis de Semana Santa.

La hegemonía significa, en prirrrera instancia, dirección, aceptación de un cierto liderazgo. En el‘ sentido más general este liderazgo (de una fracción dominante) implica la aceptación por parte del conjunto de las clases dominadas del interés general de la nación; pero es también el reco- nocimiento por parte de sus pares de la capacidad de dirección política y orientación del proyecto global depositado en una fracción de la burgue- sía; aquella que expresa y realiza de la mejor manera posible el interés es- tratégico del conjunto de las clases dominantes en una coyuntura parti- cular.

Así la rebelión militar demostró que las FFAA no estaban dispuestas a disciplinarse al poder político emanado del gobierno y que la consolida- ción de la democracia dependerá en última instancia de los lugares posi- bles a ceder y aceptados por los militares en el terreno del poder.

Semana Santa expresa las dificultades en las negociaciones para la in- corporación de las Fuerzas Armadas a la nueva estructura de poder que se está delineando; juego en el que el alfonsinismo oficia de ariete entre la sociedad civil y la sociedad militar, desarrollando enormes esfuerzos para superar el abismo producido en la sociedad y profundizado con posterio- ridad al conocimiento-reconocimiento del T-error de Estado expresado en el “Nunca más”

Estas dificultades se asientan en el hecho de qUe los militares exigen una cuota de poder que tiene mucho más que ver con una historia pasa- da que con un presente de repudio. Su consustanciación con la Doctrina de la Seguridad Nacional los hace aparecer como el último reaseguro del sistema, los legitima para actuar en el plano interno y los proyecta poten- cialmente hacia el control del aparato estatal; los induce a considerar que sus espacios políticos son reducidos y motiva para avanzar en el control de la producción estratégica y en el manejo de la política exterior del Es- tado. Todo este cúmulo de convalidaciones exigen previamente un con- sentimiento social; su reivindicación como tal, el reconocimiento de pre- suntos salvadores de la patria en la guerra contra el “demonio” marxista. De ahí que el fin último perseguido se condense en la amnistía para los comandantes.

Es este destino el que se jugaba en Semana Santa; no se dirimía una perspectiva inmediata de ruptura institucional. sino más bien la recupe- ración de espacios políticos perdidos, con el objeto de alcanzar posicio- nes más favorables a la hora de las negociaciones. Es que la falta de con- senso internacional aunada al hecho de la reciente experiencia política de la sociedad alejaba toda posibilidad de golpe.

Pero al mismo tiempo, las dificultades que pueden aparecer para ase- gurar una definitiva integración de las FFAA al bloque de poder contri-

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buyen a profundizar peligrosamente la separación hoy existente entre los campos consensuales y de coherción que necesariamente deben ser cen- tralizados en el Estado. En el vértice de la crisis de Pascuas se encuentra la temida autonomización que puede alcanzar la forma cohercitiva de la forma consensual. En el límite esta separación puede concluir en una au- tonomía absoluta del aparato cohercitivo con las consiguientes conse- cuencias sociales.

Todo parece indicar que si bien las intenciones inmediatas'no son de ruptura constitucional, no la excluyen en un futuro mediato; sus avances o posiblidades de concreción tendrán que ver con las dificultades que el mismo proyecto conlleva; con el despertar-de fuertes movilizaciones que pongan en peligro la concreción de la hegemonía; bien que con obstácu- los en la negociaciones interburocráticas.

El Gobierno perdió tiempos preciosos para encarar una verdadera re- forma militar que fortaleciera la transición democrática. En realidad nun- ca existió una política hacia los uniformados que asegurara su integración en el plano de las estructuras de poder.

Si pudiéramos mencionar un común denominador en la politica desa- rrollada por el alfonsinismo para la concreción de los pactos burocráticos tendríamos que concluir qu'e su previo fracaso lo arrojó a la política de lo posible y de ahí a la adhesión a políticas no deseadas. Así si en el terreno sindical la alianza con los “15” reconoce como antecedente a la ley Mu- cci, la Ley de Obediencia Debida se reconoce en el fracaso de la autode- p'uración y la autonomía judicial no desada de los primeros fallos.

Desde un punto de vista político más concreto el gobierno asentó su política con relación a las FFAA sobre dos caminos: por Un lado el de los juicios por violación a los derechos humanos; por otro la búsqueda de re- encauzar a las- mismas sobre la base de la racionalidad burocrática como actor social. Si el primero tuvo que ver con un trasfondo de correlación de fuerzas, la racionalidad quedó librada más al juego del tiempo que a actitudes reales que provocarán su reencauzamiento. Se apostaba tras ello a una política ingenua, donde el Estado quedaba relegado como ár- bitro de los conflictos mientras los propios actores trataban de resolver sus cOntradicciones. El resultado fue otro; la autodepuración exacerbó el nivel de autonomización que habían alcanzado durante el Proceso.

Este tratamiento “departamentalizado” de los conflictos de cada bu- rocracia, si por un lado facilitaba su “administración”, por otro impedía su integración. Esta carencia, estalló en Semana Santa. Sus resultados son conocidos.

El gobierno trata de reconstruir espacios de contención política para los distintos factores de poder con el objeto de recortar los niveles de au- tonomización burocráticos. La reforma estatal, objetivo tan caro para el alfonsinismo, trabaja afanosamente por recomponer las recámaras del Es- tado a fin de producir la funcionalidad que requiere la cohabitabilidad

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en el Poder. No solo se trata de la integración de las corporaciones polí- ticas, militares y empresariales, sino también y con esPecial dedicación las cúpulas sindicales.

El intento de cambiar las reglas del juego con el objeto de poder garan- tizar la hegemonía perdida, supone un cambio del escenario donde se producirá la cohabitabilidad en el poder. Este verdadero trasfondo se oculta, aparece mimetizado tras la idea del estado como “representante” del conjunto de la sociedad; el discurso alfonsinista contribuye a reafir- mar esa aparienCia. En efecto, ¿quién puede oponerse, desde el sentido común, a la consecución de un estado eficiente, moderno, a tono con las necesidades sociales de hoy en día?. El Estado se aparece así como el or- ganizador de la sociedad, y en ese momento se constituye en el defensor del orden y agente del “interés general” de la misma. La versión de un Estado fetichizado se ha consumado.

¿Democracia participativa o resistencia democrática?

Pero si la crisis no puede ser pensada independientemente del Estado, en tanto éste es inherente a la génesis y desarrollo del capital. toda expli- cación pertinente sobre la probable resolución de la misma, debe incorpo- rar de principio a fin la presencia activa y orgánica del Estado en su deve- nir. Concebir al Estado en una relación de exterioridad frente a la econo- mía y frente a la Sociedad conduce a la justificación teórica del reformis- mo y a la imposibilidad de pensar en términos histórico-materialistas la dominación de clase. Por el contrario, debe ser deducido a partir del aná- lisis del proceso social de producción y reproducción; como un aspecto de la relación social.

Pero el Estado no es solamente esta abstracción analítica. Lo consti- tuyen un conjunto de aparatos e instituciones, que podríamos caracteri- zarlos como “un momento objetivado del proceso global de producción y circulación de poder”3. Es a través de ellos y mediada por estas institu- ciones —instancias de poder- que se realiza la dinámica de la gobernabi- lidad de la sociedad. Estas se van adaptando a la funcionalidad requerida por las distintas formas de “intervención” del estado, así como a las mo- dalidades de las nuevas manifestaciones hegemónicas.

Pero lo que está en juego es la manera de intervencion del Estado; es que el desarrollo de una política económica de nuevo tipo exige también una intervención estatal distinta. Se trata en este caso de una nueva corn- binación de la apología del mercado y el autoritarismo estatal; “el desem- brague económico del Estado que se pr0pone no significa en absoluto su abstencionismo político” 4

Las “intervenciones” del Estado cambian de objeto y de forma pero no cesan en absoluto. Así “como la crisis actual no es la crisis de las rela- ciones de mercancías, tampoco la crisis de las políticas keynesianas de

CUADERNOS DEL SUR 6 27 distinto tipo, no significa crisis de los estados burgueses“5 Se trata en es- te caso de imponer una solución política. bajo nuevas formas, funciona- les‘ al capital financiero.

Resta definir no solo las posibilidades de nuevos tipos de “interven- ción“ del Estado sino también los csPaeios democráticos que este nuevo Estado es capaz de entregar y garantizar a la sociedad. Es que los aires democráticos se canalizan por los poros del mismo aparato estatal. ¿Qué tipo de democracia es posible contruir hoy en esta Argentina atravesada por una crisis tan violenta? ¿Podemos esperar la consolidación de espa- cios democráticos que se gesten a través de la participación del pueblo; o nos encontramos lejos de estos deseos, próximos a sociedades de compor- tamientos inducidos más autoritarios‘3.

Lo primero que se nos ocurre pensar es que el debate sobre la demo- cracia posible en la década de los ’60 y ’70 se encuadraba en contextos totalmente distintos. El auge del movimiento de masas proponía la discu- sión y su respuesta les era exigida a los propios militantes desde el mismísi- mo centro de movilización. Es que el análisis de los tipos de democracia se situaba en el vértigo de las movilizaciones de masas que en su accionar iban consumiendo las formas de democracia presentes al mismo tiempo que iban exigiendo contenidos cada vez más radicales de la misma. El centro de la polémica se encontraba en el propio movimiento social. Hoy por el contrario, con un escenario diametralmente opuesto —-con un movimiento social que ha extraviado su rumbo. sometido todavía a los traumas del Terror de listado-4 la reflexión teórica y las propuestas prác- ticas discurren por otros canales; los de la superestructura del poder po- lítico. La suerte de la democracia parece depender no ya del juego de contradicciones políticas y sociales, de los antagonismos de clase, sino de los manejos interburocráticos gestados en la antesala del poder políti- co; tras ellos los intentos'de generación de una nueva cultura política que potencie el disenso en paz, la convivencia política pacífica, como formas permanentes y renovadas de disolver las tensiones que produ- jeron en el pasado enfrentamientos terribles.

Pero los hechos sociales tienen la inmensa cualidad de 'desmistifiear las creencias y desnudar las teorías tan trabajosamente construidas. Si antes del 19 de abril era posible apostar aunque más no fuere ingenua- mente al establecimiento de democracias participativas, Semana Santa destrozó esa ilusión. Dió al traste con la utopía tan difundida en círcu- los socialdemócratas y de izquierda de nuevo tipo6 , sobre la posibilidad de gestar democracias con grados de participación popular importante en esta etapa del desarrollo del capitalismo. idea que supone la autono- mización de lo político frente al espacio económico. Esta ilusión se ba- sa en considerar al mercado de la política general como el único ámbito válido de analisis, donde los individuos, incluidos los trabajadores “ha- cen" la política como unidades indiferenciadas e “iguales”; así de esta

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manera la política los equipara, ignorando la- terrible desigualdad eco- nómica con que son paridos en esta sociedad y estampada en el ámbito de la producción, corazón de la explotación capitalista. Es que si por un lado, en el terreno más general, cualquier salida posible a la crisis requie- re el ejercicio de la violencia capitalista, lo que impide ensancharla geo- grafía democrática, en el caso particular de la Argentina, los intentos de solucionar la crisis de hegemonía, que se concentran en los espacios superestructurales, cierran el camino al surgimiento de nuevos lugares en los que se potencie la participación de las masas. Se trata en todo caso de evitar el desarrollo de esos ámbitos que potencialmente puedan jaquear las negociaciones conseguidas en otros lugares. La tendencia subyacente como línea de fuerza es la de acercar la geografía política nacional a terrenos fronterizos a las democracias restringidas antes que participati- vas. Semana Santa en este sentido pronostica un quiebre político. Si has- ta ese momento las libertades que se gozaban se autosostenían sin nece- sidad de participación popular, el epílogo de la rebelión militar marca un abrupto corte. Se abre una nueva era política que podemos definir como de resistencia democrática, donde los espacios democráticos concedidos desde 1983, deberán ser defendidos, a riesgo de que se vayan reduciendo paulatinamente ante el avance de los vientos regresivos que requiere el logro de la hegemonía perdida. La coyuntura política expresa en última instancia la manera en como se manifiesta esa corriente subterránea que se impone por encima de la voluntad de los hombres. Es que las etapas de crisis generalizada del sistema se caracterizan por una anarquía tam- bién generalizada donde las fronteras entre los distintos campos se labili- zan. En ese sentido las concesiones subsiguientes a las FFAA y la crecien- te participación en la sociedad civil de las mismas, conforman las nuevas exigencias de autoritarismo centralizado por el Estado, en tanto este se erige en conductor del proceso en nombre de la fracción hegemónica de la burguesía.

Las últimas movilizaciones populares del tipo de Ing. Budge, Dock Sud, Florencio Varela, como respuesta a una violencia que proviene des- de el mismo Estado y en cierta forma alimentada por éste, se incorporan en la nueva dinámica social de defensa de los espacios democráticos.

Los ¡dos de setiembre y la gobernalbilidad

En este contexto político arribamos a las elecciones de setiembre. Si bien en ellas no estaba en juego la hegemonía en sí, estaban en disputa caminos distintos que permitan alcanzar logros firmes de estabilización. El alfonsinismo jugaba gran parte de su proyecto que tan trabajosamente había venido tejiendo en estos últimos dos años. Necesitaba de un fuerte espaldarazo a su gestión de generación de nuevos consensos sociales. la Reforma Constitucional, la Moderni’zación del Estado, el afianzamiento

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de las alianzas económicas y políticas alcanzadas, el mismo traslado de la Capital y por supuesto la continuidad de una política para el próximo sexenio se procesaba en el voto de primavera.

El justicialismo a su vez, necesitaba urgentemente de una convalida- ción social que le permitiera salir de la profunda crisis en que se encuen- tra desde el ’83. Una nueva derrota electoral pudiera haber significado una verdadera diáspora política del movimiento que en otras épocas he- gemonizó a la sociedad.

Ninguno de los partidos políticos mayoritarios cuestiona la hegemonía económica de la gran burguesía financiera. En todo caso se disputan su “representatividad” política, por lo que estas elecciones contribuian sus- tancialmente a definir la ponderación social de cada uno de ellos, evalua- ción que vuelve más transparente las negociaciones en la cima del poder.

El resultado eleccionario sorprendió a propios y'extraños. Primaba más la idea de una convalidación de la hegemonía radical edificada sobre la crisis del peronismo, en contraste, el triunfo justicialista provoca un drástico cambio del mapa político del país, que sin duda repercutirá so- bre las posibilidades de concretar el proyecto alfonsinista. Existe en am- bas fuerzas un común denominador asentado en el convencimiento de que no se trata de propugnar soluciones unilaterales tendientes a elimi- nar la lucha entre las distintas fracciones del capital, sino más bien de encontrar un sólido camino que permita la integración pasiva al “nuevo” desarrollo capitalista del sector social, enemigo potencial de este proce- so, el movimiento obrero y los sectores populares. En este sentido la fun- cionalidad peronista supera largamente a la todavía escasa representati- vidad obrera radical, al mismo tiempo que esta todavía importante as- cendencia potencia su capacidad negociadora y “acerca” a las masas pe- ronistas, e'n términos de disponibilidad objetiva, a dirimir los conflictos corporativos.

En términos de la racionalidad capitalista, el triunfo peronista objeti- vamente retraza la posibilidad de desarrollo, en tanto se encuentra atado todavía a viejos conceptos de acumulación, propios de una época pasada y no de un presente de crisis; no han sido arriadas las banderas redistribu- cionistas ni tampoco el acento en el mercado interno y subsiste la idea de un desarrollo armónico con el capital nacional. En este aspecto, el radi- calismo ha dado sobradas muestras de superación de viejos lastres ideoló- gicos avanzando hacia una propuesta de cultura política de nuevo tipo ya apuntada. Cierto es también que el justicialismo, en aras de asemejarse a su simil político, ha producido también algunas transformaciones en su discurso. Asr, al discenso en paz del radicalismo, le opone la “concerta- ción y el acuerdo económico social” como instrumento que permita un “crecimiento sin conflictos”; a la cultura del esfuerzo la “recuperación del trabajo” como “eje ético político”7

La derrota del oficialismo constituye la contracara de la reacción de

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una sociedad a asumir un consenso político que apuntale un modelo de desarrollo capitalista de otras características.

El voto opositor no significa el rechazo global a los enunciados de la propuesta oficial, sino más bien el disenso frente a los resultados de 'una política económica que conlleva altos costos sociales. Es también en es- te sentido que recoge el desencanto popular por una política, que e'n poco más de tres años, vio trasmutarse la ética —tan cara a los radicales- del juicio a los comandantes a la ley de la obediencia debida; de la de- nuncia del pacto síndico-militar a la consagración de sus protagonistas como pilares necesarios a la consolidación de la democracia; de los ataques a la patria financiera a la alegre entrega del Estado a los capita- nes de la industria.

Todo esto contribuyó a que Cafiero, sin proponérselo (?),' represen- tara en muchos casos más que un candidato provincial un referente na- cional opositor, lo que le permitió al peronismo la canalización de los votos del disenso. Más que el apoyo a un programa, el peronismo atrajo cl enojo coyuntura] de amplios sectores de la población, los mismos que en el ’83 optaron por la propuesta radical.

El desequilibrio provocado por las elecciones pues, proyecta un futu- ro político nacional atravesado por una constante negociación—poli'tica lo que sin duda dificulta la gobernabilidad del sistema en época de crisis sin hegemonías consumadas, al mismo tiempo que apuntala los bolsones de autoritarismo. Es que se trata de remontar una crisis política, que se desarrolla con un trasfondo de crisis económica estructural y con la que coexiste temporalmente: crisis política que significa —-como lo demues- tran las últimas elecciones- inestabilidad, precariedad, y fragilidad en las alianzas de clases y bloques de poder, deficiencias de la hegemonías polí- ticas y de recursos de legitimación de la fracción política “dirigente” crisis política de las clases populares y desarticulación e ineficiencia de los aparatos del Estado.

El objetivo último es cerrar el hiato abierto entre sociedad Civil y Esta- do. Este es el problema sustantivo.

Que la dirigencia política logre su objetivo,dependerá de muchos facto- res, entre ellos, de la acción que podamos establecer en pos de la recom- posición de un movimiento p0pular sobre nuevas bases políticas, capaz de despertar una nueva vocación de poder en torno a la utopía de una transformación profunda y verdadera de nuestra sociedad.

Buenos Aires, Setiembre de l987

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l Para una caracterización de la crisis ver “País en transición y recomposición de la izquierda” C. Altamira. Cuadernos del Sur N°5.

2 Gramsci y el listado. Hacia una teoría materialista de la filosofía, Christine Buci-Glueksmann. Siglo XXI.

3 El listado Burocrático Autoritario. Guillemro O’Donnell.

4 Estado y Poder cn Marx, Suzanne de Brunhoff.

5 lbid. Suzanne de Brunhol't'.

6 Ver también en este aspecto “La izquierda debe plantearse el Poder”, Luis Rubio, Revista Militancia 3.

7 H r . . . . . n . _ _

La propuesta economicajusticialista . laduardo Amadeo, lnlorme industrial,

Julio ’87

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ARGENTINA Y LA CRISIS MUNDIAL

Alberto J. Pla

Este trabajo está compuesto de varias reflexiones que se interrelacio- nan. Per un lado creemos que LA CRISIS, fenómeno mundial de profun- das consecuencias cualitativas que aún no alcanzamos a a valorar en su totalidad, es un transfondo sobre el cual hay que contraponer todos los fenómenos sociales, políticos, económicos, culturales, etc. Esta crisis es una crisis estructural del sistemal y el primer apartado será una reflexión teórica sobre la misma.

Por otra parte nos interesa no sólo esta reflexión general sino ubicar la problemática argentina, para comprender y encontrar la alternativa al discurso modernizador o tecnocrático en nuestra realidad concreta. Estos temas componen los apartados 2, 3 y 4 del presente trabajo.

Por último queremos volver nuevamente a una reflexión general, y de alli que el quinto y último apartado será también una reflexión teórica, que esperamos nos permita integrar varios problemas.

Todo esto no es simplemente una preocupación teórica. Esta existe, pero comprender el sistema de explotación del capital es una una com- binación de información fáctica y un bagaje teórico-metodológico. De la misma manera , comprender nuestra realidad para establecer un diagnós- tico, es imposible sin los marcos de referencia más generales que permi- tan darle lógica a la acumulación informativa.

l. Primera reflexión teórica.

El capitalismo o sociedad capitalista es un sistema histórico. Surgió en cierto momento de la historia en un lento proceso que lo fué conforman- do con sus heterogeneidades y contradicciones. Heredó formas anteriores que modificó a su beneficio y construyó nuevas modalidades de funcio- namiento y conformación social y política. Surgió como elemento cen- tral la relación capital/ trabajo, que se expresa de diferentes maneras: en la sociedad, en la fábrica, en el estado, etc.

Los economistas y sociólogos en general, de mentalidad a-histórica, —incluso muchos de ellos que postulan formalmente una visión histórica, es decir que les permita aprehender el devenir como un proceso multifa- cético, al momento de sus análisis se olvidan de esta asunción y razonan con igual concepción a-histórica- tienden aconcebir al capitalismo como un sistema natural. Y esta visión, por demás generalizada, no sólo es falsa en misma sino que genera problemas a resolver que sólo existen en sus pro-

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pios escritos. Visión que no es aséptica y refleja el profundo influjo de la ideología intra-sistema.

Es de señalar que autores importantes como Ernest Mandel, al enfren- tar este tipo de actitud pretende que la historicidad del sistema se justifi- ca sosteniendo, por ejemplo, que la' plusvalía es sólo inherente al sistema capitalista y no existió. anteriormente. Falsa respuesta que conduce a un error teórico de profundidad a pesar de las buenas intenciones, y que tie- ne consecuencias en la medida que proyeetemos el análisis a lo que algu- nos denominan la “sociedad pos-industrial” En efecto, la plusvalía, como encarnación de la explotación del hombre por medio del trabajo, existe en toda sociedad de clase, y su historia es mucho más extensa que la del propio capitalista.

La crisis actual es la expresión de la imposibilidad de vivir (o de sobre- vivir) en las condiciones anteriores de funcionamiento de la economia mundial, que se ha expresado en este siglo en un ciclo acumulativo de tay- lorismo, fordismo, internacionalización del capital, endeudamiento, in- flación, desocupación creciente, etc.

La comparación con las crisis mayores del sistema que anteriormente lo sacudieron, la de 1870 y la de 1930, nos lleva a señalar que la actual tiene similitudes con la de 1870. Sólo similitudes dado que el salto cuan- titativo de sus consecuencias es distinto. En efecto, allí se produjo la divi- sión internacional del trabajo que ha dominado hasta la actual crisis (el fenómeno del imperialismo, el tipo de dependencia establecido por la m- versiones directas de capital productivo en las zonas dependientes, la re- lación metrópoli-periferia, etc.). Fse modelo, que comenzó implementando por Inglaterra y formalizado a nivel mundial por los Estados Unidos, ha entrado en crisis. Y esta crisis estructural actual obliga a reconsiderar la relación capital/trabajo y más aún la naturaleza mis ma del trabajo, como instrumento de enajenación colectiva. La base socral de la crisis es que esa organización social del trabajo y las formas en que se ha organizado la producción, están saltando hechas añicos por las nuevas realidades: inter- nalización del capital, nuevas tecnologías, cambio en las relaciones de de- pendencia, depreciación del trabajo humano, etc.

En cambio la crisis de 1930, esencialmente económica -sin minimizar las consecuencias en todas direcciones- fue una crisis de readecuación del sistema de valorización del capital dentro del marco ya establecido desde finales del siglo XIX. Hoy, la base social de la crisis predomina, y más aún se puede demostrar estadísticamente que hay una serie de variables que se comportan de una ¡nanera muy distinta en los años ’30 que en los años ’80. Y si la crisis del ’30 fue diferente, también será diferente la salida ya que lo que se trata ahora es de cambiar la organización del trabajo, las formas de producir y los hábitos de consumo.

Algunos sae-an la conclusión fácil que las nuevas tecnologías permiti- rán este cambio, Sin embargo, la experiencia de hace casi veinte años m-

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dica que sólo sirvieron para que sus poseedores obtuvieran ventajas en la competencia, pero la tendencia sigue siendo la de agravar todos los sín- tomas nocivos.

El fordismo que caracterizó la producción en masa marcó un modo de vida —para producir en masa se necesita garantizar un consumo masivo- al modificar la organización de la producción. Se transformó bajo su im- pulso la vida social sin atentar contra el sistema y dió como producto el consumismo, la sociedad opulenta o como se la quiera designar. De allí que el fordismo unido al keynesianismo fueran los dominantes del siste- ma para reanimarlo y dinamizarlo. Claro que para ello hicieron falta tam- bién dos guerras mundiales. En realidad el fordismo y el keynesianismo pueden ser considerados como la culminación del proceso iniciado con 1a crisis de 1870, o sea su estado de madurez; ya que tienen sus ante- cedentes en el taylorismo que surge a finales del siglo XlX v el des- cubrimiento de lo que se llamó “la teoria del ciclo” con Wesley Mitchell en los Estados Unidos -una especie de pre -keynesianismo donde ya se in- corporó el análisis macroeconómico- en los primeros años del siglo XX.

¿Es que es posible volver a repetir el esquema? A pesar de la voluntad de algunos, las condiciones han cambiado. La crisis es la crisis de ese for- dismo, de ese tipo de vida social que generó la sociedad de masas de alto consumo. No entender esto lleva a un callejón sin salida, y la historia no se repite.

La imagen de la sociedad mundial en los años ochenta se puede paten- tizar en la contrafigura de la existencia por un lado de montañas de mer- cancías invendibles y por el otro de filas interminables de desocupados sin ninguna capacidad ni posibilidad de poder acceder a esos bienes, que se deterioran.

El bloqueo del fordismo a escala mundial hay que buscarlo tanto en los límites intrínsecos del sistema, como en esa misma expansión mun- dial q-ue tanto ayudó a que se produjera. Esa modalidad de organizar la producción ya no puede ser alternativa como forma de organización de la producción a nivel mundial, pues ha sido ella misma y su coronarniento mundial lo. que llevó directamente a esta crisis actual. Es necesario recor- dar que el triunfo del fordismo de manera generalizada en Europa se pro- dujo después de la segunda guerra mundial de la mano del Plan Marshall en la posguerra y la reconstrucción.

El propio Modo de Producción Capitalista expresa loslímites de su potencial expansión, medida por los parámetros de la contradicción capi- tal/trabajo. Y no hay posibilidad de un super-capitalismo de nuevo tipo que elimine la competencia. Hasta en esto ha fracasado el proceso más importante de evolución del capital, con lo que se conoce como interna- cionalización del mismo. El capital transnacionalizado pasa por encima de los estados nacionales, y de tal manera juega un doble rol: de limitar las capacidades de acción de esos mismos estados, esencialmente metro-

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politanos; y de poner más profundamente en crisis la misma concepción del! “estado nacional”. Por otra part-e, este estado nacional que ha sido la encarnación de la expresión ideológica de la burguesía en ascenso en el si- glo XIX, y que acompañó una etapa de la formación del capital, ya no es herramienta apta para el desafío que hoy tiene planteado. La crisis de he- gemonía de Estados Unidos es harto elocuente en este sentido, y el sur- gimiento de nuevos estados expansivos (capitales expansivos como el de Japón) solamente es posible en tanto sobre la base de ciertas ventajas comparativas transitorias —entre ellas la más importante los bajos salarios pagados durante décadas a sus trabajadores— consiguió durante un cierto tiempo descargar la crisis sobre sus competidores2 . Pero el mundo es fmi- to y las posibilidades de amortiguar las contradicciones también3.

Entonces, ¿quién hace de gerente de la crisis: el estado o el capital transnacional? Mi respuesta es, sin ninguna duda el capital en su nueva modalidad de funcionamiento, que ha objetivizado lo obsoleto del “esta- do nacional” El problema se sitúa, esencialmente, al interior de las trans- nacionales; y el estado juega cada vez más un papel complementario.

El mercado mundial ya no es únicamente aquello que tanta tinta hizo correr referido al deterioro de los términos del intercambio.Este problema aún subsiste por cierto, pero la industria de punta, en buena medida, está ubicada ahora en la llamada periferia: Singapur, Corea, Tai- wan, etc. Pero es necesario destacar la diferencia entre una empresa Mul- tinacional y una Transnacional. La primera es aSimilable a un monopo- lio grande, que creció saludablemente alimentada por la sustitución de importaciones y el intercambio desigual. La diferencia de la multinacio- nal con el monopolio clásico es de índole cuantitativa. Más aún, la muti- nacional de cada país se integra todavía intrínsecamente al estado nacio- nal correspondiente (son multinacionales de Estados Unidos, de Alema- nia, de Japón, etc.)4

La empresa Transnacional implica un capital trans-nacional, es decir desnacionalizado, transfronterizado. Por ello trasciende en sus intereses al estado nacional, sus diferencias con éste son cualitativas y en consecuen- cia lo subordina en tanto es el capital lo que caracteriza al sistema, que de esta manera pone en descubierto lo obsoleto del “estado nacional”5 . Los bancos se transnacionalizan y todo ello quiere decir que pueden no coin- cidir los intereses de esas empresas con las del estado que les dió origen. El caso más evidente, que golpea la conciencia misma de la burguesía, que no atina a dar respuesta lógica y se mueve empíricamente, es el de la impotencia del estado norteamericano para controlar su propia econo- mía, y la crisis de hegemonía que se deriva. Porque la empresa Transna- cional, como nunca antes lo hizo el capital, privilegia sus intereses donde pueda recomponer su'tasa de acumulación y crecimiento. Si en un princi- pio la periferia sirvió para generar ganancias marginales a las empresas multinacionales, el desarrollo de la economía mundial terminó por trans-

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nacionalizar los intereses, que simplemente dejaron de ser periféricos.

Las empresas transnacionales son las dueñas del mundo económico. Casiel 80% del comercio mundial está en manos de las transnacionales, pero el 50% se hace entre ellas mismas, lo cual muestra el poder y la capa- cidad que tendrían para encontrar vías de solución a la crisis si así se lo propusieran._Pero la crisis, ya lO dijimos, es también el mecanismo para re- componer al’bapital, es decir de tirar ala basura al capital constante actual y sustituirlo, por máquinas que respondan a las nuevas teconologías. Pero más aún, en cuanto al comercio mundial, la tercera parte del mismo se hace intra-firma, o sea al interior de las mismas transnacionales.

Los procesos de fusiones a nivel mundial y la concentración de loslca- pitales podría ser un argumento utilizado por los teóricos del super-capi- talismo,‘ excepto por los límites que el capital no puede franquear, y que son los de su misma existencia como tal. La experiencia concreta así lo confirma, y el resultado es un alto grado de virulencia en la economía transnacionalizada. El mundo del capital es un mundo de confrontación y violencia y no de armonía y convivencia‘5

Este problema nos lleva a una serie de consecuencias irnportantísimas, que es necesario profundizar, que se deben estudiar mejor. Pero no vamos a estudiar mejor un problema si no lo podemos enunciar a través de un diagnóstico correcto. Estas reflexiones se inscriben en la línea de contri- buir a esta discusión necesaria.

El capital transnacional compite, no bajando los precios de mercancías iguales, sino en base a tecnología y productos nuevos. No se trata enton- ces de una competencia comercial sino de una inversión diversificada. Con el imperialismo clásico la expansión del capital fue extensiva, pero con la transnacional la expansión es intensiva. Está registrado a través de las estadísticas de actividades de las empresas transnacionales que de 211 grandes empresas de ese tipo, solo 12 son efectivamente controladas por los estadOs, y en parte ello se explica pues actúan en la esfera de la econo- mía de guerra.

En cuanto al trabajo, las transnacionales al utilizar las mievas tecnolo- gías de producción (robótica, microcomputadoras, eliminación de la par- ticipación de la materia prima a un mínimo en el costo del producto ter- minado, etc.) agudiza día a día sus propias contradicciones. La sociedad capitalista ha sido muy cauta en asimilar nuevas técnicas al aparato pro- ductivo. Desde la revolución industrial se hizo dosificadamente y ello que- da mostrado en el tiempo que demora desde que se descubre un nuévo procedimiento hasta su aplicación industrial: la fotografía demoró 112 años, el motor atmosférico 108 años, el motor eléctrico 70 años, el telé- fono 56 años, la TV 12 años, pero el transistor demoró 5 años y el cir- cuito integrado 3 años. Hoy, perder un año en el avance tecnológico es perder la capacidad de hegemonizar. Más aún, las nuevas tecnologías sólo pueden aplicarse a nivel mundial y no sólo a nivel nacional: por ejemplo,

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las computadoras y las telecomunicaciones solamente pueden tener sen- tido a nivel mundial (los satélites) y 'no en un uso restringido. Y por fin la paradoja que mencionamos antes: resultado de la inversión del capital transnacional en la periferia, cuatro países dependientes —Corea, Taiwán, España y Hong-kong— producen el 45% de las exportaciones manufactu- reras del mundo dependiente. América Latina ni figura en un lugar desta- cado, y si bien es importante tener en cuenta que países como Brasil o Argentina dedican la mayor parte de su producción manufacturera 'a su mercado interno y no a la exportación, lo cierto es que buscar al mercado mundial como alternativa a la crisis actual, es dirigirse a un medio super- saturado, y de lo cual las exportaciones de los cuatro países antes men- cionados es un buen ejemplo.

La estadística muestra acabadamente que el saldo comercial favorable del comercio exterior, sobre la base de importar menos y fomentar la ex- portación llegó a niveles casi límites en los años 1984-85 y ya en 1986 el saldo favorable cayó, de manera tal que en la actualidad ya no es utiliza- do en altos porcentajes para pagar los intereses de la deuda externa, sino que sencillamente no alcanza. Hay que buscar fondos adicionales para se- guir en proporciones crecientes, y ello también tiene un límite estrecho.

En cuanto a las nuevas tecnologías, es verdad que ellas han sido uti- lizadas al máximo por las transnacionales, y esto es importantísimo. Es- tamos asistiendo a una transformación profunda, de dimensiones que se magnifican al ritmo de escalas casi de ciencia- ficción. El hombre ha po- dido desde hace más de 5.000 años acumular información mediante la escritura. Fué una revolución cultural de significados trascendentes en todas las direcciones. En la actualidad se está llegando a un mecanismo a traves del cual hay robots que almacenan inteligencia en forma extra- scnsorial. El salto cualitativo no es ni marginal ni indiferente para la so- ciedad en su conjunto. El microprocesador y la minicomputadora equiva- len en la historia de la humanidad y como revolución tecnológica, al descubrimiento de la rueda.

La revolución tecnológica está ah í. El llamado robot inteligente aún es una pieza de laboratorio, pero no así sus antecesores robóticos que van desplazando al trabajo humano de las fábricas. Máquinas que manejan máquinas producen Io que antes producían los hombres. Mientras tanto crece la desocupación. Para el capital comprometido en esa producción, el trabajo humano se convierte en teóricamente descartable a corto plazo (y ya lo está poniendo en práctica en forma limitada)7

A ello se une Ia necesidad de la reestructuración que implica esencial- mente la necesidad de destruir gran parte del capital constante existente (en especial las maquinas productivas). Esa reestructuración capitalista se hace lentamente y la-crisis es parte de ese proceso.l_,a acumulación y la re- composición del capital no significa comprar nuevas máquinas; significa eliminar el trabajo humano, como variable incontrolable. Y las nuevas

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tecnologías permiten hacerlo. La conclusión ideológica modernizadora- tecnocrática es que entonces es posible superar la crisis dentro del siste- ma. El extremo es la eliminación del molesto ingrediente humano. ¿Lo aceptará la humanidad en una especie de dramático harakiri colectivo, en aras de la sobrevivencia del capital?.

Por Otra parte, y de consecuencias inmediatas más apremiantes, esta si- tuación nueva en la organización productiva, tiende a disminuir la capa- cidad de negociación y maniobra de los sindicatos y los trabajadores lo que trae como resultado una crisis del sindicalismo que no ha compren- dido, sino en casos muy aislados, que es necesario cambiar la práctica gremial y el tipo de reivindicaciones. Un ejemplo de ello lo da el sindica- lismo europeo (el más avanzado en este sentido) cuya consigna central “trabajar menos, trabajar todos”, tampoco se integra en forma cabal a un cuestionamiento de la relación misma entre el capital y el trabajo. El tiempo de trabajo (y su reducción) estarán cada vez más en el centro neurálgico del problema social, económico y político. NO entenderlo es caer en el juego de distracción de los agentes del sistema para garantizar su supervivencia y allí se inscriben los límites de todos los reformismos (nacionalistas o socialdemócratas) que quieren reproducir el compromiso capital-trabajo, lo que es cada vez. más difícil (por no decir utópico). El problema central es el papel del trabajo y del salario en la nueva sociedad en gestación y los reformismos encuentran su gran limitante en la medida en que, con las nuevas tecnologías, la mayor inversión de capital sólo sir- ve para reducir el empleo (y no para aumentarlo) en una tendencia cre- ciente. Contando sólo a los países metropolitanos,.si los desocupados eran lO millones en ¡970, eran 30 millones en 1980 y 40 ¡trillones en 1985. Y la FAO constata en ¡984, que sobre algo más de 4.000 ¡trillones de habitantes en el mundo, el 16% acapara el 70% del ingreso y el 53% sólo Obtiene el 5% , y el 25% de la población (unos mil millones de per- sonal) no pueden comprar alimentos.

2. Argentina (I). Un poco de historia.

La burguesía en Argentina intentó, en su etapa moderna y capitalista. dos modelos básicos de acumulación8

El primer proyecto fué el de la generación liberal del ochenta en el si- glo XIX que tuvo un largo recorrido y dió como resultado la consolida- ción del sector agro-ganadero. Sus características básicas fueron: alianza con eltgpital imperialista sobre la base de la división internacional del trabajofexpresada en el hecho de que Argentina producía materias pri- mas (cereales y carnes) y compraba manufacturas. Su expresión políti- ca fue” la cunfurmacrólt de un estado (liberal-conservador) que expresaba

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la fusión de intereses de ambos sectores de la burguesía argentina. La cri- sis del siglo XX —c'omo la Primera Guerra Mundial y la crisis de 1930- puso a prueba el sistema que si bien dió señales de gran vitalidad, en la medida que incluso la crisis de 1930 no alteraba lo esencial de aquella di- visión internacional del trabajo, y sólo la agravaba, con el deterioro ahora ostensible de los términos de intercambio, al final terminó por generar dentro del país corrientes que buscaron nuevas oportunidades de inver- sión. A partir de 1935 se acentúa un proceso de industrialización no con- cientemente buscado pero admitido, como salida a capitales que debían buscar nuevas maneras de invertirse. El desarrollo de la manufactura, desde 1'935 a 1945, terminó por dar fisonomía al otro proyecto histórico de la burguesía argentina: el proyecto basado en la industria.

Desde la Segunda Guerra Mundial, el sector industrial de la burguesía argentina, representado políticamente por el triunfo del peronismo y un cambio ideológico acorde con los tiempos que se- expresó en un naciona- lismo estrecho y sin horizontes, basó su política en un esquema de acu- mulación basado en el proceso de sustitución de importaciones, el énfasis en la industria liviana del consumo en el mercado interno y la tendencia al autoabastecimiento ‘en estos renglones (vestido, alimentos, metalurgia li- viana, etc.), e insinuación muy débil de una intención industria de base, pensada para un futuro más lejano. i

Este proyecto simbolizado en el peronismo sirvió para canalizar un apoyo social de masas a esta política que se denominó “justicialista” y que sacó provecho de las dificultades del imperialismo después de la Se- gunda guerra mundial. La crisis se haría sentir después de la recuperación mudial expresada por la nuevá agresividad imperialista (luego de los éxi- tos iniciales del Plan Marshall en Europa y la guerra de Corea que actuó como reactivador de la economía). A partir de 1952 el esquema de acu- mulación basado en la industria liviana entra en crisis, y con la crisis de es'te modelo comenzará la crisis misma del peronismo.

La revolución libertadora de 1955 fue el intento más completo para retroceder a los viejos esquemas liberales de tipo tradicional. Se descalifi- caba al intento industrializante al que se echaba toda la culpa de la crisis coyuntura], y se dirigió nuevamente la mirada al campo. La acumulación debía volver a recorrer caminos transitados de acuerdo a los esquemas de la generación del 80. Este intento mostró rápidamente que el aforismo de que la historia no se repite, no es una invención, sino que responde a una realidad profunda.

El nuevo fracaso dió origen a un nuevo proyecto: el desarrollista. La alianza entre Perón y Frondizi que’ llevó a este a la Presidencia en 1958, abrió el camino que permitió dar un nuevo matiz al intento de desarrollo capitalista del país. Dentro de la mentalidad industrializante se trataba ahora de dar prioridad a la industria de base (petroquímica, siderurgia, petróleo, energía) como elemento básico de una etapa de acumulación

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que iba a producir el mágico desarrollo. El nuevo sector industrialista de la burguesía argentina entró en competencia rápidamente con el viejo sect'or industrialista, ya que se asumía como una condición imprescin- dible dejar de lado la política social del peronismo. Sin embargo coinci- dían los intereses de ambas fracciones y ello perdurará en el tiempo, lo que explica en parte las sucesivas alianzas y rompimientos entre desarro- llistas y peronistas.

Pero el desarrollismo tuvo menos. perspectiva histórica que las dos experiencias anteriores. En medio de las crisis sucesivas que se van a ir enhebrando, se desarrollaron alternativas intermedias, que tomaban un poco de un proyecto y otro poco del otro, sin que se llegara a niveles de estabilidad que permitieran hacer surgir una alternativa de real contenido. La acumulación del capital se vió favorecida en estos años sesenta por el auge mundial, que disimuló las contradicciones sectoriales internas. Pero es obvio que esto no podía durar. La inestabilidad política corres- pondiente se termina con la asunción de Onganía en 1966 que derroca a un gobierno radical que volvía a reverdecer sentimientos nacionalistas, en medio de la incomprensión de los mismos nacionalistas. El gobiemo de Illia fue el resumen de la imposibilidad de un manejo político y de la debilidad intrínseca del mismo, socavado desde su propio partido en la estabilidad y los programas que quiso implementar (no es de menor importancia la revisión y anulación de los contratos petroleros firmados por Frondizi con los monopolios norteamericanos). Se dió entonces la paradoja de un Presidente que tuvo que ser sacado a empujones de la casa de gobierno por parte de los militares y no hubo nadie que lo defendiera. Los radicales se manifestaban en forma recatada pero crítica contra el gobierno de Illia como es el caso del propio Balbín, y los peronistas decidieron acatar la orden de su dirigente, el exiliado Juan Perón, de “desensillar hasta que aclare”..

En resumen en el siglo XX ya habían fracasado dos proyectos históri- cos de acumulación capitalista en el país, cuando los militares de Onga- nía toman el poder en 1966. Esto no anula que cada proyecto haya teni- do sus momentos de éxitos relativos, sobre todo teniendo en cuenta que estamos refiriéndonos a más de 70 años de historia argentina. Pero los é- xitos quedaban siempre dentro del esquema de la división internacional del trabajo plasmada por la hegemonía imperialista de fines del siglo XIX.

Mientras la fracción agro-ganadera de la burguesía no aspiraba más que a ser. socia menor del capital extranjero, todo se desarrolló durante déca- das dentro de una estabilidad que garantizaba la dependencia semicolo- nial. Las políticas industrializantes, por su parte, consiguieron cambiar la estructura básica de la economía argentina. Y ello se expresa claramente en dos hechos: crecimiento de la industria manufacturera en la participa- ción del producto bruto interno y crecimiento social, objetivizado éste en la formación de una nueva y fuerte clase obrera y en el crecimiento,

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en la cantidad y la calidad de la pequeña burguesía'y su participación en los problemas nacionales.Se estaba implementado en Argentina un for- dismo (limitado por lo dependiente del país), acorde con lo que sucedía a nivel mundial. Un mercado ampliado, llevaba a la necesidad de aumentar la producción. Con la política industrializante habían cambiado las rela- ciones internas .del capitalismo nacional. Pero de todas maneras la crisis volvia a presentarse a cada momento.

Queremos destacar que , así como el sector agro-ganadero de la bur- guesía no volvió a recuperar jamás el poder político en forma estable, después que lo perdió hacia 1945, el sector industrialista sufrió igual destino después de la experiencia peronista y los vaivenes de crisis recu- rrente que siguen hasta 1966.

Sigue entonces el intento de basar el proceso de acumulación del capi- tal en otras políticas, que se expresaron ya en forma muy incompleta ba- jo el gobierno de Onganía, cuando Krieger Vassena, entonces ministro de economía trató de basarse en los sectores financieros para elaborar una alternativa. Por cierto que fue un intento muy limitado, y- por otra parte los sectores agro-ganaderos tuvierOn una presencia que trababa este inten- to. El sector industrialista de la burguesía sólo podía proponer como al- ternativa un tipo de ractivación económica que implicaba una moviliza- ción social, inaceptable para la dictadura militar de turno encabezada por Onganía. No obstante las dificultades comenzaba a tomar forma la línea defendida por Krieger Vassena y que tuvo porteriomente sus continuado- res represenados por los Alemann y Martínez de Hoz entre otros, y apa- rentemente por Sorrouille, ministro de economía de Alfonsín, aunque cone la diferencia de no asumir el discurso ideológico correspondiente.

La crisis social de esos años culmina con el regreso del peronismo en- tre 1973 y 1975. En ese lapso el intento más serio para volver a los viejos esquemas tuvieron su expresión en el Plan Gclbard del “pacto social”. Se apoyó a los sectores empresariales ligados al mercado interno, pero la i- nestabilidad y la crisis social ya estaban instalados en la sociedad argenti- na, con connotaciones mucha más profundas que las simplemente co- yunturales. Ahora, incluso desde sectores gremiales se cuestiona la subor- dinación misma del trabajo al capital. Surgieron corrientes y actividades políticas que mostraron a nivel de la sociedad que era necesario repensar otro tipo de relación social. Esto aparece en varias oposiciones sindicales, el cuestionamiento de la burocracia sidical como nunca antes se dió, la radicalización de la clase media, la movilización social activa y no espe- cialmente en el caso de las guerrillas que también aparecieron con fuerza en estos años. pero que de todas maneras fueron sólo un subproducto marginal de este proceso.

Por fin en 1975 ante la inestabilidad y la crisis, el peronismo no atina sino a generalizar la represión; y en el nivel económico-social se produce el famoso rodrigazo (por el ministro de economía Celestino Rodrigo) que

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en junio desencadena el gran enfrentamiento con su política de agudo ataque a toda la sociedad. El peronismo había perdido la brújula y nave- gaba al garete. En marzo de 1976 los militares salen a poner' orden, y desde todos los sectores de la burguesía (y otros sectores también) se es- cucha un suspiro de alivio. No saben lo que les espera. Se va a implemen- tar entonces, en forma sistemática, un nuevo modelo para la economía ar- gentina: la burguesía financiera considera llegada la oportunidad histórica de la mano de una dictadura omnipotente que no tiene porqué hacer concesiones a nadie pues su razón es su fuerza de represión, y sólo es permeable al capital transnacional.

El Plan de Martínez de Hoz fue el plan del sector más representativo de la burguesía financiera argentina, que cuando ya se manifiesta la crisis a nivel mudial (empezó claramente en 1974), se acopla al capital transna- cional. La acumulación y las perspectivas históricas de la burguesía argen¿ tina se postulan a partir del manejo de las finanzas y no del aparato pro- ductivo. Se pretendió que la propia burguesía tradicional cambiara a empujones, y se empezó a hablar de una modernización que debía imple- mentarse a partir de construir —o reconstruir— una industria que estuvie- ra a nivel de la competencia internacional. El modelo transnacional ya se visualizaba claramente en el sudeste asiático, y para ello las nuevas tecno- logías debían ser el arma que destruyera al capital constante ya instalado (especialmente las máquinas calificadas de obsoletas), para permitir me- canismos de acumulación acorde con las tasas internacionales. Pero Ar- gentina no era Taiwán o Singapur. Se recurrió a la importación y es nece- sario' destacar que en esos años comenzaron a importarse maquinarias nuevas, concretamente las primeras máquinas herramientas de control numérico. Ya volveremos sobre este tema, pero junto con esto hay que señalar que mucha maquinaria “moderna” importada quedó encajonada, sin uso, y posteriormente a su vez se convirtieron en obsoletas antes de prestar ningún servicio.

El sector financiero llevó adelante su plan en alianza con las transna- cionales y al principio suscitó el apoyo del sector agro-ganadero de la burguesía, que pensó que podía volver a tener su hora de auge. Pero pronto todos los sectores productivos de la economia entraron en crisis. La integración con cl capital transnacional no significó para éste más que la posibilidad de enormes negociados financieros. La sustitución de irn- portaciones quedó estigmatizada como una pol ítica del atraso, y la libera- lidad para importar significó la incorporación al país en alguna medida de. maqumaria de punta, pero sin la posibilidad de aplicarse seriamente a la producción. Los costos de produccit'm sc elcvaban y no se podía compe- tir en el mercado mundial. Para los capitales internacionales, el negocio de la especulación, con depósitos a pla/os cortos y ganancias de hasta cl 30% mensual fue de maravrllas. aunque para el país fue la expresión de un saqueo de riqueza acumulada. qttc ya no sc pudo reponer. Paralela-

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mente se produjo en sectores de la sociedad la mentalidad especulativa, que especialmente en sectores de clase media actuó como elemento de corrupción, concientemente orientado.

Pero lo esencial que deja de saldo este periodo es que lo que hace cri- sis es el mismo proceso de acumulación del capital. Se han cerrado fábri- cas, se ha desmantelado el aparato productivo, se depende de la impor- tación como hace cincuenta años atrás, la deuda pública es astronómica y van a surgir distintas alternativas para hacer frente atodo esto. En 1980 el gobierno de Viola fue la expresión de que pretender manejar la economía con el arma de la especulación se hab ía agotado. No en vano ese momen- to despertó esperanzas sorprendentes en políticos y economistas todavía muy activos en la actualidad, y que estaban dispuestos a olvidarse de los aSpectos tétricos de una dictadura sangrienta, genocida, demencia].

Pero el problema es que las alternativas de 1980 siguen siendo las mis- mas que nos ofrecen hoy. No en vano Cavallo va en'las listas del peronis- mo renovador. No en vano Cafiero, como vocero de las “Primeras Jorna- das de Economía Social” del peronismo en 1980, manifestaba una críti- ca a los resultados de la política de Martínez de Hoz, pero no así en cuan- to a la concepción general. El documento peronista de 1980 denuncia las quiebras, la caída del salario, la inflación, etc., para plantear entonces la necesidad de una alternativa “antes de que la crisis se vuelva ingoberna- ble” Para ellos la crisis era gobernable y se ofrecían como aliados. Rei- vindicaban la filosofía del peronismo tradicional pero rechazan la planifi- cación económica afirmando que el Estado debe tener sólo una “subsi- diaridad activa”, que es necesaria una política de crecimiento y por fin todo ello debe hacerse a través de la “concertación económica y social y un difundido espíritu de disciplina social” La filosofía justicialista de la conciliación de capital y trabajo estabapuesta al servicio de la causa del régimen militar y, dicho en 1980, se entiende lo de “disciplina” impuesta por los militares.

Si mencionamos lo acontecido en 1980 es sólo para señalar que en 1987 todo vuelve a repetirse. Ya no hay gobierno militar sino electo de- mocráticamente en las elecciones de 1983, pero si los radicales han caído en el manejo financiero como instrumento para controlar la crisis, los pe- ronistas no han avanzado ni un milímetro en lo que antes estuvieron. Veamos con mayor detención lo que sucede en estos últimos años.

3. Argentina (II). El gobierno radical.

El triunfo de Alfonsín en 1983 fue el resultado de un conjunto de fac- tores. Lo más importante fue el agotamiento del gobierno militar que desde 1980 entra en crisis dc descomposición al mismo tiempo que se a- bandona parcialmente el plan de Martínez de Hoz en beneficio de políti- cas eclécticas y totalmente pragmáticas, sin atinar a elaborar nuevas al-

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ternativas. La guerra de Malvinas, ampliamente analizada ya desde un punto de vista crítico, terminó por desgastar al poder militar. Los milita- res en derrota y retroceso debieron encontrar los mecanismos para aban- donar el poder. De alli las elecciones de 19839.

El avance del partido radical y el triunfo de Alfonsín conjugó una se- rie de factores a partir de la crisis militar: Oposición a la dictadura en esos últimos años, crítica a la burocracia sindical, defensa de la democracia, etc. Los peronistas a través de sus candidaturas sólo ofrecían retocar la herencia que dejaban los militares. La derrota de Luder y de Herminio I- glesias, mostraba que la sociedad argentina estaba harta de los vaivenes peronistas. No obstante la necesidad de pacificar, erradicar la violencia, forjar la esperanza de un nuevo tipo de relación social —banderas del ra- dicalismo en las elecciones- pronto se vieron defraudadas.

Sectores importantes de la clase media dieron margen para una nueva política. A nivel económico hay hasta ahora dos periodos en el gobierno de Alfonsín: del comienzo en diciembre de 1983 hasta principios de 1985 con el ministerio de Bernardo Grinspun y de mayo de ese año hasta la acualidad con el Plan Austral y el ministerio de Juan Sorrouille. Para simplificar digamos simplemente que del ’83 al ’85 se intentó volver a un modelo económico centrado en el mercado interno, lo que era la manera de retomar, con ciertas correcciones planes al estilo Gelbard en donde se trataba de armonizar la relación capital/trabajo. Esto fracasó, así como históricamente ya había fracasado antes, y la consecuencia fue una infla- ción enorme que zapaba desde la base cualquier alternativa constructival ° Pero ello estaba en la base del agotamieno de los modelos keynesianos de diverso matiz, y la imposibilidad de volver atrás para tratar de reproducir un nuevo fordismo limitado, en condiciones de crisis mundial generaliza- da. La deuda externa superaba los 40 mil millones de dólares en 1983 (e- ran unos 7 mil millones de dls. en 1976), va aumentando paulatinamente pero especialmente después de 1985 en la fase del plan Austral y en la ac- tualidad llega a unos 54 mil millones de dólares.

La terrible distorsión que sufrió la economía argentina con el plan Martínez de Hoz y la “patria financiera”, condujo a un verdadero sa- queo del país aprovechando la manipulación monetaria, y que llegó a privilegiar la competencia exterior en detrimento de la producción na- cional, subvencionando con el tesoro nacional las ganancias de los mono- polios transnacionales. El manejo en la cotización del dólar fue un arma esencial de esta política. Capitales argentinos que emigran, falta de incen- tivo para invertir, modernización trunca desde sus mismos inicios Operati- vos, todo esto llevó aque en el país comenzaran a darse los mismos proce- sos que a nivel mundial y uno de los más importantes fue la fusión de empresas. Estas fusiones siguen hasta la actualidad en forma sistemática, lo que implica mayor concentración del capital, eliminación de medianas y pequeñas empresas y, como objetivo, buscar la manera de crear las

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condiciones para seguir adelante con una modernización que significa en- contrar los mecanismos para volver a avanzar en el proceso de recomposi- ción del capital. La desnacionalización de algunas empresas y la venta de otras fueron realizadas en este sentido.

El gobierno de Alfonsín, sin haber desmontado estos mecanismos de funcionamiento, sin haber elinrinado los privilegios del sector que privile- gió la dictadura militar, aparece huérfano de toda perspectiva econó- mica. Porque si entre 1983-85 el intento estaba orientado a reproducir un crecimiento económico sobre la base de volver a reactivar el aparato productivo, a partir de 1985 se abandonó esta perspectiva y la prioridad se adjudicó a la lucha contra la inflación. El plan Austral, antinflacionis- ta, dio como resultado dirigido el volver al manejo puro y simple del mecanismo financiero, y pareciera en forma ilógica que el equipo de Sorrouille fuera un equipo de analfabetos económicos a pesar de ser técnicos especializados. Adenrás hay Otra diferencia esencial con la época de Martinez de Hoz, y es el referente a la crisis mundial que tiene una envergadura muy distinta en 1976 que en 1985-87

En varias oportunidades desde l985 se esperó que luego de los prime- ros éxitos antiinflacionarios del plan Austral, comenzaría una política de recomposición del aparato productivo. Y cada vez eso no fue así, a pesar de las cifras manipuladas que se manejan oficialmente para asentar en los papeles una realidad que no existe. Tampoco lo es el plan de reformas económicas anunciado por este equipo a fines de julio de 1987, que re- pite los nrismos esquemas anteriores. La economía para ellos es el manejo de las finanzas (tasas, déficit fiscal, deuda externa, impuestos, etc.) siempre con el objetivo de pagar la deuda externa. En el mejor de los casos se podría decir que no hay plan, que no hay previsión al futuro, sólo salir día a día de la crisis y de los déficits que se acumulan. Como consecuencia el salario se convierte en la variable de ajuste, ya que el capital aparece intocado. Y aquí es necesario subrayar lo limitado de este intento de hacer del salario la variable de «ajuste, ya que está demostrado que el salario de la industria, por ejemplo no incide ni en un 10% del costo total del producto manufacturado.

Esto contradice el programa de 1983 del partido oficial y el gobierno pierde credibilidad cada día que pasa. En l974 el salario representaba el 50% del PBI, hacia 1984 era solo el 30% y en la actualidad es apenas alrededor del 24% del PBI. Pensar entonces en resolver la crisis sobre la base de castigar a ese 24% ya muy afectado. y no sobre el otro 76% que embolsa elrcapital, es Un claro indicador de lo limitado de los resulta- dos que se puedan obtener. ademas de las profundas consecuencias sociales que ello implica, pues llega un momento en que ya no es posible seguir comprimiendo, sencillamente porque se acaba la capacidad de enco- gerse. Y por cierto sin rnencrorrar otras motivaciones de tipo ideológico político, que podríamos abundar cn defensa del trabajo y del salario. que

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cuestionan las bases mismas de funcionamiento del sistema.

Por otra parte, es necesario destacar que el país ha sido sometido, ya en 1987 de manera confesa por el gobierno -—que dice pública y oficial- mente que primero va a pedir autorización al Fondo Monetario Interna- cional para luego venir a implementar una política- a las políticas liberal-monetaristas que propugna esta institución en manos de los intereses del capital transnacional. Frente a las alternativas posibles del mundo capitalista de hoy, el liberal-monetarismo y el keynesianismo, el gobierno aplica las recetas del FMI haciendo oídos sordos a una verdad que estalla estruendosamente y que muestra que ni los Estados Unidos -—principales ideólogos de tal política- la aplican a su país (proteccio- nismo, subvenciones, altas tasas de interés para atraer capitales interna- cionales, etc.).

Dicho ésto merece un párrafo- aparte el intento modernizador y el discurso tecnocrático. Es paradójico constatar que fue en la época de Martínez de Hoz y durante el gobierno militar cuando comenzó este mis- mo discurso. Comenzaron a importarse nuevas tecnologías productivas, en general lo que se conoce como Robóticall y de ellas la más madura que es el rubro de máquinas herramientas con control numénico.

Pues bien, las MHCN en Argentina fueron importadas bajo el gobierno militar, dedicándole a ellas entre un 6 y un 9% de la importación de má- quinas-herramientas (el año pico fue 1979 cuando insumieron el 13%)12

En 1983 existían en Argentina unas 250 MHCN según las estadísticas, pero Chudnovsky estima su número real en 350, al mismo tiempo que plantea la dificultad de identificar a todas las empresas que las utilizan. Las primeras CAD/CAM se introdujeron en 1978 (fueron dos: en una consultora de ingenieros y en un astillero) y se estima que en 1985 exis- tían unos lO sistemas CAD/CAM en el país.

La importancia de las MHCN se debe a que tienen la posibilidad de un comando pluri-operacional y el Control Numérico supone el uso de las microcoinputadoras13 Precisamente, en el uso de este tipo de máquinas se basala nueva revolución tecnológica en la fábrica. Fueron los Estados Unidos los que avanzaron en el uso del CN y en 1980 abarcaban el 12% de las máquinas en las manufacturas. Esto da una idea de lo reciente de esta evolución y lo importante de su difusión en los países avanzados, tendencia que se refuerza cada año que pasa. En la General Motors se estimaba que precisamente para este año 1987, el 90% de sus máquinas estarán controladas por computadoras. El Control Numérico es la ver- dadera revolución tecnológica en relación al Trabajo ya que “elimina al operario pues es manejada y controlada con información pre-codifica- da"'4 lis más, dice Slraiken, “con el CN por fin los patrones han recupe- rado el control de su fábrica” Cabe señalar que esta era la intención de Taylor y su organización científica del trabajo, pero no lo consiguió por- que faltaban condiciones objetivas. En cambio ahora “el Operario ha sido

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deSpojado del control de la operación productiva”. No es de extrañar que en los Estados Unidos el trabajador de fábrica se haya reducido en 1987 a sólo el 10% de la fuerza de trabajo ocupada.

En cuanto a la Argentina, en lo que se refiere a los robots industriales ya en los años 80 hay tres empresas de automóviles que los utilizan. Pero los robots sólo son rentables cuando la producción se masifica y-la crisis no ayuda a un aumento de la producción, por lo que el resultado es que la recesión actual conspira para la expansión en la utilización de robots (o sea la modernización de la fábrica en términos de la ideología oficial). En 1983 la Ford incorporó 4 robots a pesar de ser antieconómicos (el sa- lario obrero en Argentina es más bajo que en los Estados Unidos, sólo 1/6 con respecto al trabajador norteamericano, y el costo de cada robot sube a más del doble que en los Estados Unidos). A pesar de todo el capital transnacional puede absorberlo en función de su masa de capital y de la standarización de su producción en diferentes países, lo que está ligado al proyecto de fabricar ciertos modelos de autos iguales en todos los países en que están instalados.

Dice Chudnovsky, ya citado, “Si bien en la Argentina el uso de estas tecnologías es por ahora incipiente no debe minirnizarse la importancia de las mismas, puesto que son fundamentales en el patrón industrial que está emergiendo en el mundo y en el cual debe participar nuestro país para ubicarse activamente en la división internacional del trabajo” Y a esta altura. es necesario señalar dos cosas: la primera que ese patrón indus- trial no es ni lejanamente impulsado por las políticas recesivas impuestas por el FMI y el predomino de las finanzas sobre la producción; y la se- gunda es que las consecuencias sociales que acarrea tal patrón tecnológico (desocupación) no pueden ser absorbidas en Argentina de la misma ma- nera que lo son en Estados Unidos.

El equipo económico ha sufrido un desgaste al compás del agotamien- to del Plan Austral, al cual la dirección económica pretende asignarle sig- nificados que van más allá del manejo antinflacionario en un momento en que la inflación se les va de la mano (en julio de 1987 pasó el 10%men- sual por prirnera vez desde junio de 1985). Es más que obvio que no se trata de un plan económico más general. La discusión económica se agota en infinitas especulaciones que giran sobre mismas, sin horizonte y solamente para sobrevivir hasta mañana. Hay un manejo grotesco de ci- fras falsas de producción y reactivación industrial en donde pareciera que el gesto de no asumir que hay-desocupación la va a hacer desaparecer; hay idas y vueltas para cada medida de sólo relativa importancia mientras lo esencial sigue siendo negado como inexistente, hay desprolijidades en todos los niveles de la administración, etc. En suma, estancamiento del que no se sale, mientras al país lo siguen endeudando para pagar intereses sobre intereses. Raúl Prebisch señalaba en octubre de 1986 que en Argen- tina se necesitan 50.000 dólares de inversión para crear un puesto de tra-

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bajo legítimo. O sea que en el país se necesitarían invertir unos 10.000 millones de dólares para generar puestos de trabajo. Pareciera que esta- mos entonces en el reino de las fantasías, por no decir de las irnpotencias del sistema del capital.

Por último es necesario registrar el peso de la deuda exterior. Ya el gobierno de Alfonsín blanqueó a los empresarios privados al asumir el estado el conjunto de la deuda' exterior, lo que es aberrante, por decirlo suavemente, aún considerando este hecho dentro de los límites lógicos del sistema imperante. Sobre la deuda se ha dicho todo: que es impaga- ble, que es absurda, que es el ejemplo más patético de la descomposición del mundo capitalista que ha elevado como primera virtud la super-usura a través de un bandolerismo internacional organizado concientemente.

Es una de las facetas de la crisis mundial insoluble'con los remedios que se proponen, pues esas medidas por las que hoy se aboga son las que han llevado al sistema a esta crisis.

Pero no es la humanidad la que muere, aunque la que sufre. La que muere es una modalidad de acumulación del capital, que da como resul- tado una reacción del mismo que se expresa en un ataque al trabajo, con- siderado ya no como un polo en la contradicción existente dentro de la relación capital/trabajo, sino observándolo como un antagonista a supri-

.mir, a aniquilar. Y la paradoja es que el capital suprimiendo al trabajo, lleva a la propia supresión del capital.

Si el capital consigue encontrar un punto de equilibrio o armonía en medio de sus contradicciones podrá reconstituir una relación con el.tra- bajo, pero el descontrol mundial y la crisis de hegemonía que sufren los Estados Unidos, no abonan este camino sino todo lo contrario.

¿Cuándo nos decidiremos a asumir que lo que tantas veces se dijo como slogan general, es ahora una realidad que nos está golpeando la ca- ra? Se hace difícil reconocer la realidad que se está viviendo, pero la sal- vación de la humanidad pasa por trascender al capital. El socialismo no está planteado como utopía, sino como necesidad.

4. Argentina (III). La situación obrera.

Es común que el peronismo haga como si la historia del movimiento obrero comenzara en octubre de 1945. Simplificación que facilita obviar una referencia a las etapas anteriores donde Se fue construyendo, lenta pero de manera sistemática, una conciencia de clase (con todos los mati- ces que ella implica). El nacionalismo busca siempre hacer creer que ellos están en el origen. Por otra ‘parte, en lo que se refiere a las polémicas ac- tuales, la izquierda trata de sistematizar un análisis en el cual rescata las luchas a partir de finales de la década del sesenta. Para ello el cordobazo es simbolo de la nueva situación que se abrió en e] movimiento obrero.

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Creemos que de lo que se trata es de la existenciade dos niveles cruza- dos de problemas. Y ello nos vuelve a ubicar‘en la problemática de la con- tradicción capital/trabajo. En la fábrica este enfrentamiento da como resultado cl planteo de reivindaciones económicas, gremiales (salarios, obras sociales, condiciones de trabajo, etc.). Cuando este enfrentamiento se da en la sociedad, se dejan de lado las reivindicaciones parciales de ca- da fábrica, para generalizarse en reivindicaciones comunes. Esto lleva a generar una conciencia social de clase, ya que surge que el enfrentamien- to es con el capital en su conjunto. De ahí a la conciencia del socialismo hay un solo paso. Mientras exista Capital, existirá explotación del Tra- bajo,

El planteo nacionalista busca otro polo de contradicciones al que pri- vriegia como esencial: la contradicción Nación/Metrópoli. La nrisma exis- te evidentemente, pero la Nación somos todos aunque en'primer lugar privilegiado lO es la burguesía, o el sector de la burguesía que ejerce la he- gemonía. Esta contradicción borra la contradicción Capital/Trabajo, y va a tratar de generar lo que llaman “una conciencia nacional” Esto es na- cionalismo, a pesar de cualquier matiz. que se quiera introducir y el resul- tado que prueba la historia es que el pueblo ha sido, de esta manera, en- ganchado en la defensa de los intereses de la burguesia nacional. Toda la tradición del peronisnro, con str famoso slogan de la “concrliación del ca- pital y el trabajo” es elocuente al rCSpecto.

Por nuestra parte entendemos que ambas contradicciones existen y ambas Son ciertas, y generan problemas específicos, Pero, en la actuali- dad, cuando los estados ¡racionales se muestran sobrepasados en forma :ustantiva por los intereses del capital transnacional, lo obsoleto del “es- tado nacional” se aplica tanto a la metrópoli como al país dependiente. la experiencia de la época de la dictadura y la "patria financiera” sirvió para objetrv‘i'zar esto. La política económica del gobierno de Alfonsín a traves del gabinete de Sorrouille es clara expresión de lo mismo. En tales t-oirdrcumes, Ia tendencia es- a- que cada vez mas surja como determinante la contradicción (‘apital,Trabajo (siempre lo fue pero ahora se objetiviza mas claramente) pasando a un segundo plano la contradicción Nación/ Metrópoli. Fl capital truns-rracionalizado ttransfrorrterizado) es el elernen- to disolutorio mas efectivo de las “realidades nacionales ’. Pero claro, así como no todo es capital transnaCional, el proceso está abierto y lo que señalamos es una dinámica, una tendencia, pero que la crisis mundial acentúa cada día que pasa.

La crisis del peronismo entre ¡973 y 1975 culminó con las grandes movilizaciones obreras y populares de abril a junio del último año. Se inscriben en esc lapso las movilizaciones locales (Villa Constitución lo más destacado) y los paros y movilizaciones nacionales. Este desborde reSpecto a las direcciones sindicales fue un elemento decisrvo para termi- nar de poner cin ti'isis al gobierno peronista. (Ïavcron ministros (ostensi-

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b‘lemente Rodrigo y' López Rega) y la propia isabel Perón fue apartada cuando se hizo claro que la descomposición seguía avanzando a paso acelerado.

Las movilizaciones independientes de la clase Obrera asustarorr tanto a la burguesía (y a su ejército) como a la burocracia sind-ical. No es una casualidad que en 1987 se llegue a un acuerdo entre el gobierno radical y los sindicatos peronistas, en lo que se refiere a al legislación sindical para impedir desbordes de esta naturaleza. Ello es posible sólo en las con- diciones de retroceso y de actitud defensiva de la clase obrera y de los asalariados en general, trenrendamente golpeados desde 19'74 hasta hoy. El ataque contra la clase obrera fue sistemático y consecuente por parte de cualquier sector en el poder (peronistas prinrero, militares después y radicales en la actualidad). Y ha dado sus frutos. De ahí la debilidad ac- tual del movimiento obrero que tiene sus raíces tanto estructurales como de identidad política.

En la época de la dictadura militar. que aplicó sin conternplaciones su política económico-social, tuvo lugar un proceso de recomposición al compás de la modernización, la tecnificación y la disminución en núme- ros absolutos de la clase obrera.

La clase obrera ha vivido durante la dictadura militar una etapa dramá- tica de su historia como parte del drama nacional de violenCia indiscrimi- nada desde el poder. Fueron intervenidos los sindicatos, entre ellos 27 federaciones y 30 regionales de la CGT; a est-a intervención directa se su- enseguida una legislación de facto represiva para anular conquistas anteriores, por ejemplo: l) se anula la ley de contratación colectiva, 2) se suspende toda actividad gremial (asambleas, reuniones, congresos), 3) se le quita a los sindicatos sus obras sociales, etc. A esta legislación que data de 1976 se agrega en 1979 una ley de asociaciones profesionales que linri- ta la cantidad de delegados de fábrica (en la Ford por ejemplo se reduce de 300 delegados a 6’), se aprueba la libre afiliación (a pesar de que el 95% de los trabajadores ratifican a-sus anteriores sindicatos), se disuelven las federaciones de tercer grado y se exigen 4 años de antigüedad en el em- pleo para ser elegido, además de la infaltable constancia de “buena corr- ducta” policial.

Esta legislación se combina con la represión de hecho que se ejecuta en esos años que implica: l ) ocupación militar de las fábricas que entran en conflicto; 2) desaparecidos (6.000 de acuerdo al informe Carter. 30.000 de acuerdo a las Madres de Plaza de Mayo, 9.000 de acuerdo a la CONADEP. Pero de ellos, el 30% eran obreros); 3) represión especial en gremios industriales y de servicios;4) de unos 100.000 delegados fabriles que había en 1975, cerca de 10.000 fueron muertos o presos.

Este cuadro muestra el sentido de la represion militar hacia un sector que no podía ser acusado de “guerrillero” La guerrilla actuaba por carninosdistantes a las de la vida fabr'il y sindical.

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El gobierno democrático después de 1983 se asentó sobre esta reali- dad, y en definitiva terminó maniobrando con actitudes puramente opor- tunistas en relación a la burocracia sindical, y de denunciar el pacto militar-sindical en 1983, ha pasado a aliarse con esos mismos sectores sin- dicales.

El gobierno de la dictadura elaboró un plan conciente para dividir y fracturar a la clase obrera. Paralelamente a la represión directa se produjo el ataque al salario. Este consistió en una política de diferenciación en el salario. La lucha por el salario es un elemento homogenizador de la clase en la lucha misma por esta reivindicación; la diferenciación en el salario tendió a desorganizar a la clase obrera en su misma base de existencia, pa- ra fragmentarla. Se dio así una variación estructural de la composición de la clase obrera, además de su reducción numérica como consecuencia de la desocupación en el empleo que generó el desarrollo del cuentapropis- mo como escape para sobrevivir. A eso se une el proceso de racionaliza- ción y tecnificación. El complemento de esta política fue la liquidación de sectores industriales y la apertura a la importación de bienes, de mane- ra descomunal.

La disminución de obreros, va acompasada por una disminución del asalariado. Es lo que se ha denominado la desindustrialización en la Ar- gentina. Si comparamos cifras de los censos de 1974 y de 1985 se com- prueba que el PBI pér cápita disminuyó 17,19% y el volumen físico de la producción industrial disminuyó, aunque en forma despareja según las ra- mas de producción (en textiles bajó en esos años de un índice 133 a otro de 44,0 sea 89 puntos) y hay un 13% menos de establecimientos.

En Argentina en poco más de diez años se está produciendo una re- composición de la clase obrera de esencial importancia para cualquier conclusión firme en relación a una perspectiva futura. Baste decir aquí que la existencia de un ejército industrial de reserva (desocupados), como se ha ido configurando, es una amenaza también a las luchas de los obre- ros que tienen ocupación. El desplazamiento de la mano de- obra como resultado de las fusiones empresarias o de los desplazamientos directos, ha roto también, en gran medida, la anterior relación fábrica-barrio. No obstante hay un lento proceso de recomposición de esta relación, lo mis- mo que van apareciendo nuevas perspectivas, en una renovación de las lu- chas sociales.

Mientras tanto, la enfermedad política en Argentina se nutre de la complicidad de los dirigentes de los diversos partidos, entidades empre- sariales y burócratas sindicales, pues en una especie de pacto de sobrevi- vencia, todos afectan sufrir de amnesia sobre lo que pasó entre 1973 y 1983. Y vuelven a recitar sus viejas fórmulas como remedio a la crisis, manteniendo una conversación de sordos aceptada por todos ellos, en donde se mira para otro lado y se hace de cuenta que esas recetas son in- novadoras y no las que nos han llevado a la crisis actual.

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5. Segunda reflexión teórica.

Las alternativas que nos presenta el sistema mundial no son nada atra- yentes:

a) los monetaristas que ven todos los males en la inflación, recetan me- didas que para eliminarla, liquidan también la producción, en definitiva asumen la necesidad de terminar con la era del fordismo dentro del sistema capitalista. Resultado: recesión; volver a un consumo restrin- gido y a una producción restringida con su secuela de desocupación. Se olvidan que las nuevas teconologías sólo son compatibles con una pro- ducción ampliada (más ampliada aún que con el fordismo) con lo que el discurso modernizador encuentra un límite y se agota en el ejercicio fi- nanciero y el control de la moneda. A la larga espera otra crisis de mayor envergadura. .

b) los keynesianos que quieren mantener el fordismo, aún a costa de la inflación. Pero ya lo dijo el propio Keynes: el envilecimiento de la mone- da es el mejor recurso para herir de muerte al sistema. A lo sumo paños tibios para una economía enferma de cáncer, ya que por otra parte el for- dismo no puede convertirse en un régimen mundial de producción, en la medida que no puede eliminar la competencia. Resultado: a la larga también espera otra crisis más grave, pues el mundo sigue andando y el rechazo al intercambio desigual muestra también límites que puede so- portar la sociedad.

Por otra parte ninguna de las dos alternativas encara lo esencial: el trabajo, el tiempo de trabajo y las mismas modalidades de la relación capital/trabajo qUe están en la base del sistema, y que es lo esencial a resolver, por las mismas características estructúrales de la crisis que vi- vimos.

La revolución tecnológica es la que se postula para dar una respuesta a ese sentimiento generalizado de inseguridad que existe en el mundo. Se. nos dice que la nueva época de prosperidad vendrá de la mano de la nueva tecnología. Acaso no es una realidad que el precio de los robots baja entre un 25 y 30% por año y hay fábricas de robots producidos por robots. Acaso en menos de diez años el precio de elementos electrónicos como los chips no ha bajado a la décima parte de lo que era antes. ¡Y el discurso tecnocrático avizora un mundo sin seres humanos y donde no haya crisis!

Para. salir de la crisis —aun cuando pueda ser utilizada la tecnología que efectivamente eleva la productividad del trabajo- la solución no es tecnológica sino social. Y la experiencia de Japón es elocuente. No mues- tra el camino de salida a la crisis sino simplemente de cómo derivar la misma a sus competidores (Estados Unidos y .Europa). Las ventajas dife- renciales de Japón le permitieron dar un enorme salto adelante apoyán- dose en las nuevas tecnologías a la manera de cómo lO hicieron los Esta-

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dos Unidos después de la primera guerra mundial. Pero la crisis sigue ahí. No se trata aquí de especular en cuanto a su permanencia. La crisis está instalada y sus efectos perniciosos siguen actuando en todos los tejidos de la sociedad, produciendo a veces resultados macabros o subproductos cul- turales propios de un basurero.

La lógica tecnocrática es producir más para salvar la acumulación del capital, y no aprovechar el aumento de la productividad para reducir el tiempo de trabajo. Cambiar esta lógica inherente al sistema es buscar la salida en la transformación del mismo, pues se da la situación que cuanto más inversión de capital se produce más desocupación genera, y allí está tipificado el límite de cualquier remedio reformista intra-sistema.

La ideología de la modernización unida al discurso tecnocrático nos quiere hacer creer que con las nuevas tecnologías podemos pasar “del reino de la necesidad al reino de la libertad” Pero esas tecnologías pro- ducen antes que nada desempleo y el sistema social capitalista no puede absorber a ese personal. También se nos dice que quien esté en contra de la modernización pretende seguir alumbrándose con velas. Se intenta a través de la ideología modernizadora generar nuevas espectativas y por ello se sostiene que es posible reinventar la economía a través del cambio tecnológico, y para eilo el camino que se debe recorrer lleva directamente a pr0poner de nuevo el carácter aséptico de la técnica de producción. La descalificación del trabajo en función de la máquina está llegando a nive- les críticos's '

La tesis central de los ideólogos del post-industrialisnro (a veces deno- minado neo-capitalismo) es de que son “los complejos de máquinas auto- máticas los que van a abolir la ley del valor” Coriat, ya citado, critica con razón este planteo y apela a Marx.

En efecto, para Marx todo el problema de la valorización (creación de valor) es una cuestion de relaciones sociales de producción, y no de cues- tiones técnicas ya que concibe al capital como una relación social y al tra- bajo humano como el productor de la plusvalía. Ahí están implícitos los límites de cualquier alternativa tecnocrática. Y por eso se equivoca l. Habernas cuando sostiene que “el progreso científico-técnico ha pasado a ser una fuente independiente de plusvalía” Esta concepción solo puede desembocar, en el mejor de los casos, en los intentos reformistas intra- sistema. Sin trabajo humano no hay creación de plusvalía, aunque las má- quinas, al aumentar la productividad, puedan aumentar beneficios porque bajan ios costos de producción. Pero las nuevas tecnologías saturan el mercado, dominado por las transnacionales. De lo que se trata, en efecto, no es de rescatar o salvar a la plusvalía, sino de abolirla, al abolir la explo- tación por medio del trabajo humano.

La sociedad post-industrial implica el tipo de actividad productiva que desindustrializa2 en la medida que se altera el régimen de funcionamiento de la relación capital/trabajo. Al eliminarse el trabajo humano con las fa-

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bricas manejadas con máquinas que usan máquinas para producir otras máquinas, nos encontramos con una derivación lógica: la desindustrializa- ción de la economía implica la desindustrialización del trabajo.

Y entonces llegamos al punto crucial: ¿Qué hacer con este sistema que oprime, que produce deformaciones aberrantes, que sacrifica al hombre en aras de un mundo deslrumanizado? Los distintos reformismos sostie- nen que es posible cambiar desde adentro al sistema. En definitiva mues- tran un voluntarisrno de hacer con y dentro del sistema, lo que es antagó- nico al sistema. Pero ¿es sólo un juego dc escape y pasatismo? La.izquier- da reformista lo cree posible tanto o nrás que la propia burguesía. El ejemplo más patético lo Ofrece la socialdemoeracia europea, y su punto más dramático se ejemplifica por el fracaso de la política de Mitterand en años recientes, para no'men'cionar igual destino a la socialdemoeracia ale- mana en un período anterior. Si bien han gerenciado varias veces las crisis del sistema después de los años treinta, cada vez han sido despedidos amablemente cuando ya no eran necesarios para contener la protesta social.

Y el interrogante vuelve a nosotros: ¿Es posible pensar uii contrasiste- ma justo, igualitario, fraternal? Se trata de una ideología en efecto, pero es un objetivo irrenunciable. Su posibilidad se basa en una crítica a la so- ciedad existente y una valora’ción de las realidades y las posibilidades Con- cretas. En definitiva, es más realista empezar a caminar este camino que la pretensión reformista señalada más arriba.

La nueva situación mundial en las esferas estructurales socio-económi- cas, no cs marginal a cambios a nivel político e intelectual. Hemos hecho alguna referencia a la cuestión del Estado y lo obsoleto que deviene el es- tado nacional, ante el panorama de las nuevas tecnologías y la transnacio- nalización del capital. Pero también quedan cuestionadas algunas corrien- tes dc pensamiento que han venido dominando en el campo de las filoso- fi'as o dc las ideologías. Hubo antes y existen actualmente dos planteos contradictorio que quedan fuera de foco frente a las características de la crisis actual. Por un lado, quienes han sostenido que la naturalezahumana es básicamente mala y cuyo destino es llegar a actitudes nihilistas (que ali- mentan muchos subproductos culturales) y por lo tanto se encuentran incapacitados para proponer cualquier cambio en sentido positivo. Por el otro, quienes parten de que la naturaleza del hombre ha sido buena bási- camente pero que luego la sociedad la corrompió y no pueden llegar- sino a la conclusión lógica dc que la Crisis actual justifica sus planteos y no se puede hacer nada para corregirlo. En definitiva un nuevo nihilismo con sus propios subproductos culturales.

Y si bien lo esencial es que este problema de la naturaleza humana es un falso problema, permite un fácil manejo ideológico, y de ahí la manio- bra. La cuestión misma de la bondad o la maldad del hombre (tan nrane- jado por todas las religiones) cs un talso proh_leiri:i porque trasciende a to-

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do conocimiento o a todo análisis lógico. Pero permite manejarlo para ubicarse en una actitud negativa, que lleva implícito renunciar a todo in- tento de cambiar al mundo, en definitiva, de la posibilidad de asumir una conciencia histórica y una politica transformadora.

Es evidente que se hace. difícil sistematizar el tiempo de cambio que uno mismo está viviendo, precisamente por el hecho de que transcurre junto con nuestra vida. La clase dominante intenta utilizar la Historia para mostrarla otra cara de la realidad: se trata de legitimizar el presente a-tra- vés de la manipulación y la justificación del pasado. Según las tendencias de los que así lo asumen (diversas fracciones de las burguesías, diversas corrientes dentro del reformismo) lo que se rescata del pasado es variable, pero en definitiva coinciden en el rescate del pasado del capitalismo.

Y lo que estamos planteando es que si es posible pensar en salirse del sistema, “desconectarse” de él como dicen algunos. Esta desconexión16 del sistema mundial solo la ha planteado la izquierda revolucionaria en al- gunas de sus expresiones. Es un largo camino de la historia de lasideas que arranca del siglo XIX cuando se toma conciencia de lo que significa la estructuración definitiva del sistema. El socialismo revolucionario —marxismo- tuvo un éxito histórico de primera magni-tud con el triun- fo de la revolución rusa de 1917, y mostró un camino. Este camino ha sido el que con uno u otro matiz ha ido irnpregnando movimientos de transformación que se han sucedido en el siglo XX. No nos referimos aquí a los diversos matices del socialismo reformista, que a veces gusta de citar a Marx para vaciarlo de su verdadero contenido, y cuya máxima ex- presión ha sido la socialdemoeracia contemporánea ya que su accionar no Se dirige a buscar la manera de desconectarse del sistema, sino a una re- composición interna del mismo.

Samir Amin menciona al fundamentalismo islámico como el único movimiento social que trascendiendo al nacionalismo tradicional, tam- bién s'e plantea una desconexión con el sistema. Y ha tenido un éxito po- lítico significativo al establecer su poder en Irán. Si el nacionalismo tradi- cional no se diferencia, en este sentido, de los objetivos de los otros refor- mismos ya que-ni siquiera a nivel formal se plantea la necesidad de salirse del s1srema, et fundamentalismo islámico en cierta manera (superlativa- mente analizado por Amin) formula un' planteo anti-sistema pero miran- do atrás en la historia, lo que queda oscurecido en el planteo de Amin. El Corán como pauta para la organización de la nueva sociedad, no llega ni siquiera a sistematizar una crítica al sistema del capital. El islamismo no puede formular un diagnóstico y recurre a figuras ideológicas de la época del mismo Corán. El enemigo es el diablo, las potencias mundiales son satánicas al igual que cualquiera que critica al fundamentalismo, con lo que la crítica al capitalismo ha sido solayada. No es extraño entonces que el fundamentalismo islámico sea atractivo para algunas corrientes nacionalistas, ante su impotencia de pensar otra alternativa (sin necesi-

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dad de pensar todo lo que de atrasado y bárbaro implica la aplicación de la ley coránica, la super explotación de la mujer, etc.).

En la actualidad ha surgido como corriente ideológica una alternativa distinta para salirse del sistema. Es la representada por los Verdes. Se pos- tulan como alternativa, obtienen cierto apoyo, pero a igual que otras corrientes ideológicas existentes en la actualidad (especialmente variantes del anarquismo) nunca han llegado a tener la capacidad del poder.

Queremos dejar aclarado que no estamos haciendo una discusión de estas ideologías o programas de acción. Se trata de una constatación. Los mencionamos en función del eje central" de este trabajo en cuanto a tas características de la crisis y la posibilidad de encontrar caminos alternati- vos a los intereses del Capital. La otra discusión, muy importante e inelu- dible, merece otro cuadro de análisis, que aquí es imposible componer.

Si el islamismo pretende superar al nacionalismo, los Verdes pretenden superar la necesidad de la revolución social. Ambos son una clara expre- sión de voluntarismo sin la base de proposiciones alternativas, pues queda soslayada la crítica del capitalismo como sistema social. Si el islamismo propugna la guerra santa, los verdes apelan a la paz y la ecología.

El islamismo simplemente se aparta del capitalisrno y mirando atrás en la historia, apela a los demonios y a la salida providencia]. Los verdes quieren salirse del sistema a través del milagro, ya que el fondo milagroso y protestante de esta solución termina distrayendo la crítica del mundo actual (como si la paz fuera posible y solo espíritus malignos lo impidie- ran), sin llegar al compromiso de una crítica social específica. Es bueno recordar a propósito de los verdes, que el problema no está centrado en discutir la naturaleza humana sino en el conflicto social.

El socialismo (Marx) ha planteado el rompimiento o la desconexión con el mundo capitalista a través de la crítica social y ello no es un acto puramente de voluntad —personal o colectiva- sino de subversión social. La contradicción no es entre el bien y el mal en abstracto, en general, sino entre fuerzas sociales antagónicas, que es necesario identificar. Y no es posible ubicarse fuera de ese conflicto sino al costo de aceptar la domi- nación existente.

La burguesía (sus fracciones determinantes) en realidad es incapaz de comprender el fondo de la crisis, su esencia misma se le escapa,y no pue- de ser de otro modo. Comodice Herbig “únicamente le es dado intentar pasar el camello de la sociedad por el ojo de aguja de las economías de mercado”17 Y se refiere este autor, a la perplejidad de la burguesía que ni siquiera cree ya en el éxito de encontrar una salida.

Entonces, ante la impotencia, se genera una maniobra intelectual por la cual se postula la imposibilidad de pensar una salida fuera del sistema. Si no puede haber pensamiento burgués sobre el tema es necesario negar todo tipo de pensamiento, dice Herbig. Las corrientes nihilistas, pesirnis- tas, derrotistas, son en sectores de la izquierda en gran medida, el epígo-

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no de esa actitud burguesa. Pero el pensamiento burgués ha calado hon- do, y no podía ser de otra manera, y se constituye en un instrumento al- tamente eficaz para bloquear el pensamiento a1ternativo..

Y volvemos, para terminar, a algo que dijimos al principio. El pensa- miento histórico permite recuperar el pasado. no para reproducirlo, sino para comprender el presente y replantear el futuro. En síntesis,justifica la preparación para la acción. Por ello coincidimos con Fontana cuando dice “sólo cuando seamos capaces de comprender la coherencia del siste- ma entero en que vivimos inmersos, podremos llegar a repensarlo, des- montarlo pieza a pieza y plantear su sustitución por otro, basado en un nuevo juego de valores” '3

Pero hoy nos abruman con determinismos teconológicos y pesimismos culturales. Los tecnócratas son, en realidad, los idealizadores de la pro- ductividad en abstracto y la mediocridad cultural. Como dice bien Ray- mond Williams “la alta tecnología puede muy bien distribuir baja cultu- ra, no hay problema. Pero la alta cultura puede persistir con un bajo nivel, de tecnología: así fue producida la mayor parte de ella” ’9

Oue el socialismo v las expectativas que abre sea “un viaje a la esperan- za” como dice Williams, no opaca el hecer dc que esa esperanza, a veces rnotejada de utópica y otras rcccs sólo formulada de manera balbuceante e incompleta, sea. un respuesta positiva a la desazón y a la desesperación. Por Otra parte ¡cuánto menos utópico es asumir el diagnóstico critico de nuestra sociedad, que pretender reformarla desde adentro con recetas antagónicas al sistema y que este no tolera! Ni voluntarismo ni ilusiones vanas, actitud crítica y asumir que esta crisis que nos golpea es de una

profundidad que hace válido poner por delante el camino de la esperanza del cambio social.

Rosario, agosto de 1987.

Referencias

1 Hemos desarrollado este punto en "Hetcrogeneidad y profundidad de la crisis actual", Coyoacán N" lo, Mexico, ¡983 (versión reducida en Cuadernos del Sur, N0 l, Buenos Aires, 1984).

Por ejemplo, según un Informe de 1987, en el ranking de los principales bancos mundiales, los cuatro primeros puestos son de bancosjaponeses, y en quinto lu- gar figura el Citicorp. Y entre los 15 primeros, l0 son japoneses. .L's interesante recordar el probicma creado en 1987 por la venta a la URSS de tecnologia altamente sofisticada por parte de la Toshiba de Japon. Si este he- cho generó un escándalo que lo hizo eonover en el mundo, lo que nos interesa es señalar la actitud de la Toshiba por encima del estadiijapones y de los compro- misos con los Estados Unidos. Si bien hay actitudes semejantes de monopolios y cartels en cl siglo XX, este. trecho tiene consecuencias directas en el plano mi- litar y de seguridad. La descomposición actual tiene una dinamica peligrosa para los estados capitalistas, que se retroaliiiicirta en forma sistemática.

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4 Este tema de la empresa multinacional lo hemos considerado al criticar a las lla- madas teorías de la dependencia, en nuestro artículo “Marsismo y teorías de la dependencia en América Latina”, Nueva Política, México, ¡980, reeditado ac- tualmente en Historia y. Socialismo, CliAL, Buenos Aires. ¡987.

lil capital históricamente convivió y usó distintos tipos de estado desde su apari- ción, y si bien el estado nacional del siglo XIX fue el modelo coherente con el funcionamiento del capital que podríamos calificar de. maduro despues de la re- volución industrial; eso no significa que la forma y cl papel del estado no pueda variar. ¿Podrá el capital transnacionalizado crear otro tipo de estado'.’ Lo duda- mos, pero ese tema no solo escapa para su tratamiento en este lugar. sino que sc constituye en un problema central para el capital hoy.

Las fusiones empresarias (que implican absorción o integración de capitales) es un fenómeno mundial generalizado y qUe en los países metropolitanos se carac- teriza por acentuar el caracter transnacionalizado del capital. Mencionemos a tí- tulo de ejemplo la Thomson de l’rancia y la STl’T de ltalia en semiconductores, Philips de Holanda y Gl-lC-PLC de Inglaterra en electrónica y qtre luego comprara a Berkel gran parte de su paquete accionario, el Airbus europeo, etc.

Hemos desarrollado este tema con mas amplitud en nuestro trabajo “La mun- dialización de la crisis del sistema: más allá de los límites del capital”, Rosario, l987.

Esta parte del trabajo complementa analisis parciales que hemos publicado an- tes, por ejemplo: “Argentina. l-'I fracaso de otro proyecto: los límites de la acu- mulación capitalista” revista Ko-cyu. NU IS, Caracas, abril-mayo |98| : “La cri- sis argentina y los límitcs- del gobierno de Alfonsín” Lc Monde Diplomarique, México, noviembre de 1984; y “La crisis argentina” Revista CRITICA, NU 2.5, Universidad Autónoma de Puebla, Mexico, diciembre de 1985. Avanzamos alro- ra en incluir la crisis argentina dentro de la dinamica de las nuevas relaciones in- ternacionales, determinadas por las nuevas tecnologías y sus ¡irrplicacioncs en la llamada “modernizacir’m”

9 Queremos insistir en que basicamente nos interesa el analisis en cuanto al eje central de este trabajo: el problema de la reestructuración del capital y la crisis social.

ro . . ., , . . . lan 1984 la rrrflacron anual supero los 600% y eiiipcoro en los prinrcros ¡seis rne-

ses de ¡985. Con el plan Austral, desde julio de l985, la inflación se redujo a ta- sas de 2 o 3%mensual. l-Ïn la actualidad (agosto de i987) ya hay un descontrol inflacionario y las tasas que rondan el 8% según las estadísticas oficiales que a su porcentaje, han llegado en julio de l987 u pasar la barrera del l0°lo mensual.

u , . . . . , . La robotica en general comprende tres tipos dc activrdad: a) las MHCN, maqui- nas herramientas de control numérico: b) las CAD que es cl uso de computado- ras para diseño y c) las (‘AM que cs el uso de computadoras para manufactura.

12 Ver D. Chudnovsky, “La difusión (le la tecnología de punta en la Argentina: el caso de máquinas herramientas con control numérico, el CAD/(TAM y los ro- bots”. revista Desarrollo Económico, N” 96, Buenos Aires, l985.

3 . , . . , ,

l Benjamin Corrat, La robotique, La Dceouvertc, l’aris, l984.

14 - r . .i . , . Harley Slraiken, “(.omputadoras y relacrones de poder en la tabrica ’, revrsta Cuadernos Politicos, N0 30, México, octubre-diciembre de 1981.

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Incluso en la izquierda autores Como Paul Boccara, dcl partido comunista de Francia y Ernest Mandel, trotskista, llegan a conciliar con este planteo sobre el caracter neutro dc las tecnicas de produccii'm. Si es coherente con otros planteos

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de Boccara, en el caso de Mandel implica una notoria contradicción con otras tesis asumidas en su- libro sobre EI capitalismo tardío (ERA, México, 1979).

16 Samir Amin, La déconnexion, La Découverte, París, 1985.

17 J ost Herbig, El final de la civilización burguesa, Grijalbo, Barcelona, 1983. 18 Josep Fontana, Historia, Grijalbo, Barcelona, 1982.

19 Raymond Williams, Hacia el año 2000, Grijalbo, Barcelona, 1984.

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LAS ANT lNOMIAS DE ANTONIO GRAMSCI*

Per/jr Anderson

En la actualidad, no hay ningún pensador marxista posterior a la época clásica tan universalmente respetado en Occidente como Antonio Grams- ci. Ningún término es’ tan libre y diversamente invocado en la izquierda como el de hegemonía, por él acuñado. La reputación de Gramsci, toda- vía local y marginal fuera de su Italia natal a principios de los sesentas. ha adquirido, una década despues, fama mundial. Finalmente ahora —treinta años después de la primera publicación de sus cuado/nos se rinde pleno homenaje al trabajo que emprendió en la cárcel. La falta de conocimiento o la exigüidad de la discusión han dejado de ser obstáculos para la difusión de su pensamiento. En principio, de ahora en adelante, todo socialista revolucionario no sólo- en Occidente ¿aunque si especial- mente en Occidente— puede beneficiarse del patrimonio de Gramsci. Pe- ro, al mismo tiempo, la difusión del renombre de Gramsci no ha estado acompañada hasta la fecha de un estudio igualmente profundo de su obra. La gama misma de apelaciones a su autoridad desde los sectores mas contrapuestos de la izquierda, nos da un indicio de la limitación en el estudio y comprensión de sus ideas.. El precio de una admiración tan ecu- méníca es necesariamente la ambigüedad: interpretaciones múltiples e in- compatibles de los temas contenidos en sus Cuadernos de la cárcel. Existen, por supuesto, buenas razones para ello. Ningún trabajo mar- xista es tan dificil de leer con precisión y sistemáticamente debido a las peculiares condiciones en que Fue compuesto. l’ara empezar, Gramsci sufrió el destino moral de los teóricos originales, del que ni Marx ni Lenin estuvieron exentos: la necesidad de trabajar en dirección a conceptos radi- calmente nuevos con un vocabulario viejo diseñado para otros propósitos y épocas, que recubrió y distorsiono su significado. Del mismo modo que Marx tuvo que pensar muchas de sus innovaciones en el lenguaje de Hegel o Smith, y Lenin en el de Plejánov o Kautsky. Gramsci tuvo que producir a menudo sus conceptos dentro del aparato arcaico e inadecuado de Cro- ce o Maquiavelo.,Estc problema tan conocido, cmpero, se combina con el hecho de que Gramsci escribió en Ia carcel, en condiciones atroces, con un censor fascista que escrutaba todo cuanto el producía. Al disfraz in- voluntario que con tanta frecuencia impone a un pionero el lenguaje he- redado, se sobreimpuso por lo tanto un disfraz. voluntario que Gramsci adoptó para evadir a sus carcclcros. LI resultado es un trabajo censurado * l-sta es la primera .partc dc un largo ensayo publicado en “New l,el't Review“ lOO. versión en castellano en “('uadcrnos Políticos" ¡3. La (‘Ontll'lllllt'lón sera incluida en nuestro prr'nimo número.

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dos veces: los espacios, elipsis, contradicciones, desórdenes, alusiones, son el resultado de este proceso de composición adverso y único en su género. Sigue sin hacerse la reconstrucción del orden oculto tras esos je- roglíficos. Esta dificil empresa apenas ha empezado. Es necesario un trabajo sistemático de recuperación para descubrir lo que Gramsci escri- bió en el verdadero y tachoneado texto de su pensamiento. Y esto hay que decirlo como una advertencia en contra de las lecturas fáciles o com- placientes de Gramsci: es todavía, en gran medida, un autor desconocido para nosotros.

Herencia impugnada

Pero ya urge volver a considerar sobria y_comparativamente los textos que hicieron más famoso a Gramsci. Porque los grandes partidos comu- nistas de masas de Europa occidental —Italia, Francia, España- están en el umbral de una eXperiencia histórica sin precedentes: la presunción do- minante de ocupar el gobierno dentro del marco de Estados democrático- burgueses, sin ser fieles a un horizonte de “dictadura del proletariado” que fue en otro tiempo la piedra de toque de la I'II Internacional. Si hay alguna ascendencia política que se invoque más amplia e insistentemente que cualquier otra en las nuevas perspectivas del “eurocomunismo” es la de Gramsci. No es necesario dar crédito a ninguna visión apocalfptica del futuro inmediato para inferir la solemnidad de las pruebas inminentes en la historia de la clase obrera de toda Europa occidental. La actual coyun- tura poh'tica exige una seria y responsableclarificación de los temas trata- dos en la obra de Gramsci, ahora comúnmente asociados al nuevo desig- nio del comunismo latino.

Claro que, al mismo tiempo, la influencia de Gramsci no está restringi- da en absoluto a aquellos países en los que existen importantes partidos comunistas preparándose para la entrada en el gobierno. En realidad la adopción de conceptos contenidos en los Cuadernos de la cárcel ha- sido especialmente notable en el trabajo técnico e histórico de la izquierda in- glesa en los últimos años y, en menor medida, de la izquierda norteameri- cana. El tenomeno repentino de esta recurrencia tan extendida a GramsCi en el seno de la cultura política anglosajona nos da pie a una segunda in- citación, más provinciana, a reexaminar su herencia en estas páginas. Pues New Left Review fue la primera publicación periódica socialista en Ingla- terra —y probablemente la primera en cualquier otro país fuera de Ita- lia— en hacer un uso deliberado y sistemático del canon teórico de Gramsci para analizar su sociedad nacional y debatir una estrategia poli- tica capaz de transformarla. Los ensayos que trataban de hacer realidad este proyecto fueron publicados en 1964-65.l En estaépoca, la obra de Gramsci no era muy conocida en Inglaterra y los artículos en cuestión

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eran generalmente impugnados.2 Para 1973-75, los temas y las nociones gramscianas de tenor similar eran ubicuas. En especial, el concepto cen- tral de “hegemonía”, utilizado primero como leitmotiv de las tesis de la N LR a principios de los sesentas, ha gozado desde entonces de una extra- ordinaria for-tuna. Historiadores, críticos literarios, filósofos, economistas y politólogos, lo han empleado cada vez con mayor frecuencia.3 Sin em- bargo, en medio de la profusión de usos y alusiones, ha habido relativa- mente poco cuestionamiento de los textos reales en los que Gramsci des- arrolló su teoría de la hegemonía. Ya se ha vencido el plazo para una re- flexión más directa y exacta de ellos. La revista que introdujo por prime- ra vez su vocabulario en Inglaterra es un foro adecuado para reconside- rarlos.

La finalidad de este artículo consistirá, pues, en analizar las formas y funciones precisas del concepto de hegemonía de Gramsci contenido en los Cuadernos de la cárcel y establecer su coherencia interna como discur- so unitario; considerar su validez como explicación de las estructuras tí- picas del poder de clase en las democracias burguesas de Occidente; y, f1- nalmente, sopesar sus consecuencias estratégicas en la lucha de la clase obrera para lograr la emancipación y el socialismo. El procedimiento será necesariamente y ante todo filológico: un intento de fijar con mayor pre- cisión lo que Gramsci dijo y quiso decir en su cautiverio; localizar las fuentes de las que derivó los términos de su discurso; y reconstruir la red de oposiciones y correspondencias en el pensamiento de sus contemporá- neos en el que se insertan sus escritos. En otras palabras, el verdadero contexto teórico de su obra. Estas investigaciones formales son la condi- ción indispensable, como se argumentará, para cualquier juicio sustancial sobre la teoría de la hegemonía de Gramsci.

I Las metamorfosis de la hegemonía

Vamos a empezar por recordar los pasajes más célebres de todos en los Cuadernos de la 'cárcel: los fragmentos legendarios en los que Gramsci contrapuso las estructuras políticas del “Oriente” y “Occidente” y las es- trategias revolucionarias pertinentes a cada uno de ellos. Estos textos re- presentan la síntesis más convincente de los términos esenciales del uni- verso teórico de Gramsci, dispersos y esparcidos en las demás partes de sus escritos. No introducen inmediatamente el problema de la hegemo- nía, aunque reúnen todos los elementos necesarios para que surja en posi- ción dominante a lo largo de su discurso. Las dos notas centrales se con- centran en la relación entre Estado y sociedad civil en Rusia y Europa occidental respectivamente4 En cada uno de los casos, lo hacen median- te la misma analogía militar.

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Posición y maniobra

En la primera nota, Gramsci discute las estrategias rivales de los altos mandos en la primera guerra mundial y concluye que nos sugieren una excelente lección en la política de clase después de la guerra.

La observación del general Krasnov (en su novela) de que la Entente (que no quería una victoria de la Rusia imperial para que no fuese resuel- ta definitivamente a favor del zarismo la cuestión oriental) impuso al Es- tado Mayor ruso la guerra de trinchera (absurda dado el enorme desarro- llo del frente del Báltico al mar Negro, con grandes zonas palúdicas y bos- cosas) mientras que la única posible era la guerra de maniobra, es una tontería. El ejército ruso en realidad intentó la guerra de maniobra y de profundización, especialmente en el sector austríaco (pero también en la Prusia Oriental) y tuvo éxitos brillantísimos, aún cuando efímeros. La verdad es que no se puede escoger la forma de guerra que se desea, a me- nos de tener súbitamente una superioridad abrumadora sobre el enemigo, y sabido es cuántas pérdidas costó la obstinación de los Estados Mayores en no querer reconocer que la guerra de posición era “impuesta” por las relaciones generales de las fuerzas ‘que se enfrentaban. La guerra de posi- ción, en efecto, no está constituida sólo por las trincheras propiamente dichas, sino por todo el sistema organizativo e industrial del territorio que está ubicado a espaldas del ejército; y ella es impuesta sobre todo por el tiro rápido de los cañones, por las ametralladoras, los fusiles, la con- centración de las armas en un determinado punto y además por la abun- dancia del reavituallamiento que permite sustituir‘en forma rápida el ma- terial perdido luego de un avance o de un retroceso. Otro elemento es la gran masa de hombres que constituyen las fuerzas desplegadas, de valor muy desigual y que justamente sólo pueden operar como masa. Se ve có- mo en el frente oriental una cosa era irrumpir en el sector alemán y otra diferente en el sector austríaco y cómo también en el sector austríaco, reforzado por tropas escogidas alemanas y comandadas por alemanes, el ataque de choque como táctica termina en un desastre. Algo análogo se observa en la guerra polaca de 1920, cuando el avance que parecía irre- sistible fue detenido delante de Varsovia por el general Weygand en la línea comandada por los oficiales franceses. Los mismos técnicos milita- res que ahora se atienen fijamente a la guerra de posición como antes se atenían a la guerra de maniobra, no sostienen por cierto que el tipo pre- cedente debe ser suprimido de la ciencia; sino que en las guerras entre los Estados más avanzados industrial y civilmente, se debe considerar a ese ti- po como reducido a una función táctica más que estratégica, se lo d'ebe considerar en la misma posición en que se encontraba en una época ante- rior, la guerra de asedio en relación a la maniobra.

La misma reducción debe ser realizada en el arte y la ciencia política, a1 menos en lo que reSpecta a los Estados más avanzados, donde la “socie- dad civil” se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a las “irrupciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, .etc.): las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de las trincheras en la guerra moderna. Así como en ésta ocurría

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que un encamizado ataque de la artillería parecía haber destruido todo el Sistema defensivo adversario. mas sólo había destruido la superi'icre ex- terna y en el momento del ataque y del avance los asaltantes se encontra- ban frente a un alínea defensiva todavia eficiente, así también ocurre lo mismo en la política durante las grandes crisis económicas. Ni las tropas asaltantes, por efectos de las crisis, se organizan en forma fulminante en el tiempo y el espacio, ni tanto menos adquieren un espíritu agresivo; re- cíprocamente, los asaltados no se desmoralizan ni abandonan la defensa, aún entre los escombros, ni pierden la confianza en las propias fuerzas ni en su porvenir. Las cosas, por cierto, no permanecen tal cual eran, pero es verdad que llegan a faltar los elementos de rapidez, de ritmo acelerado, de marcha progresista definitiva que esperaban encontrar los estrategas del cadornismo político.

El último hecho de ese tipo en la historia de la política se encuentra en los acontecimientos de 1917. Ellos señalaron un cambio decisivo en la historia del arte y de la ciencia de la política5

Oriente y Occidente

En el segundo texto, Gramsci se aboca a hacer una contraposición directa entre el curso de la revolución rusa y el carácter de la estrategia correcta para el socialismo en Occidente y contrastando la relación del Estado y la sociedad civil en los dos teatros geopolíticos.

Es necesario ver si la teoría de Bronstein sobre la permanencia del

movimiento no es el rettejo político de las condiciones generales econó- mico-cultural-sociales de un país donde los cuadros de la vida nacional son embrionarios y desligados y no pueden transformarse en “trinchera o fortaleza” En este caso se podría decir que Bronstein, que aparece como un “occidentalista”, era en cambio un cosmopolita, es decir super- ficialmente nacional y superficialmente occidentalista o europeo. Ilitch, en cambio, era profundamente nacional y profundamente europeo.

Bronstein en sus memorias recuerda que se le dijo que su teoría se habia demostrado buena luego de... quince años y responde al epigrama con otro epigrama. En realidad, su teoría como tal no era buena ni quin- ce años antes ni quince años después; como ocurre con los obstinados de los cuales habla Guicciardini, él adivinó “grosso modo”, es decir, tuvo ra- zón en la previsión práctica más general. Es como afirmar que una niña de cuatro años se convertirá en madre y al ocurrir esto a los veinte años decir: “lo había adivinado”, no recordando sin embargo que cuando tenía cuatro años se la deseaba estuprar, convencido de que se convertiría en madre. Me parece que Ilitch había comprendido que era necesario un cambio de la guerra maniobrada. aplicada victoriosamente en Oriente en 1917, a la guerra de posición que era la única posible en Occidente don- de, como observa Krasnov, en breve lapso los ejércitos podían acumular interminables cantidades de municiones donde los“ cuadros sociales eran de por capaces de transformarse en trincheras muy provistas. Y me parece que éste es el significado de la fórmula del “frente único”, que

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corresponde a la concepción de un sólo frente de la Entente bajo el co- mando único de Foch.

Sólo que Ilitch no tuvo tiempo de profundizar su fórmula, aún tenien- do en cuenta el hecho de que podía ser profundizada sólo teóricamente, mientras que la tarea fundamental era nacional, es decir, exigía un reco- nocimiento del terreno y una fijación de los elementos de trinchera y de fortaleza representados por los elementos de la sociedad civil, etc. En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la socie- dad civil. El Estado sólo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas v casamatas; en mayor o menor medida de un Estado a otro, se entiende, pero esto precisamente exigía un conocimiento de carácter nacional.6

Hay una serie de temas memorables en estos dos pasajes sumamente comprimidos y densos que tienen resonancias en otros fragmentos de los Cuadernos. De momento, no tenemos la intención de reconstruir o explo- rar ninguno de ellos. Tampoco de relacionarlos con el pensamiento de Gramsci en su totalidad. Bastará simplemente destacar les elementos principales visibles de los que se componen agrupándolos en una serie'de oposiciones:

Oriente Occidente Sociedad civil Primitiva/Gelatinosa Desarrollada/ Firme Estado Prepond erante Equilibrado Estrategia Maniobra Posición Tiempo Rapidez Demora

Si bien no se confiere una definición exacta a los términos de cada una de las oposiciones en los textos, las relaciones entre los dos grupos pare- cen inicialmente lo suficientemente claras y coherentes. No obstante, si se examinan más de cerca, revelan inmediatamente algunas discrepancias. En primer lugar, se dice que la economía hace “incursiones” en la socie- dad civil en Occidente” como una fuerza elemental; evidentemente, esto implica que está situada fuera de ella. Pero el uso normal del término “so- ciedad civ' ha abarcado preeminentemente desde Hegel la esfera de la economía como la de las necesidades materiales; y en este sentido la em- plearon siempre Marx y Engels. Aqui, por el contrario, parece excluir las relaciones económicas. Al mismo tiempo, la segunda nota contrapone al Oriente, donde el Estado'lo es todo, con el Occidente donde el Estado y la sociedad civil tienen una relación justa”. Sin forzar el texto, puede su- ponerse que Gramsci se refería con esto a algo similar a una relación “equilibrada”; en una carta escrita aproximadamente un año antes, se refiere a “un equiligrio de sociedad política y sociedad civil”, en donde por sociedadpoli'tica Gramsci quería decir Estado.7 No obstante, el tex- to continúa diciendo que en la guerra de posiciones en Occidente, el Es-

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tado constituye únicamente la “zanja exterior” de la sociedad civil, la cual puede resistir la demolición de aquél. La sociedad civil se convierte por lo tanto en un núcleo central o reducto interior del cual el Estado es simplemente una superficie exterior y prescindible. ¿Es esto compatible con la imagen de una “relación equilibrada” entre los dos? El contraste en las relaciones entre Estado y sociedad civil en Oriente y Occidente se convierte en este caso en una simple inversión y ya no en preponderancia versus equilibrio sino en una preponderancia contra otra preponderancia.

Se vuelve todavía más compleja una lectura científica de estos frag- mentos cuando uno se da cuenta de que, a pesar de que los objetos for- males de su crítica eran Trotsky y Luxemburgo, el blanco real puede ha- ber sido el III Período de la Comintern. Esto podemos conjeturarlo por la fecha de escritura —aproximadamente 1930 y 1932 en los Cuademps y por la referencia transparene a la gran depresión de 1929, sobre la que se basaban muchas de las concepciones sectarias del “socialfascismo” du- rante el III Período. Gramsci combatió resueltamente estas ideas desde la cárcel y, al así hacerlo, se vio obligado a reapropiarse las prescripciones políticas de la Comintern en 1921, cuando Lenin estaba todavía vivo, sobre la unidad táctica de todos los partidos de la clase obrera en la lucha contra el capital, que el mismo Gramsci, junto con casi todos los líderes importantes del Partido Comunista Italiano, había rechazado en esta época. De ahí la referencia “dislocada” al Frente Unico en un teXto que aparentemente trata de algo muy diferente.

“Revolución permanente”

La comparación de estos fragmentos con otro texto crucial de los Cuadernos nos presenta todavía más dificultades. Gramsci alude al tema de la “revolución permanente” una serie de veces. El otro pasaje impor- tante en el que se refiere a ella es el siguiente:

El concepto político de la llamada “revolución permanente”, nacida antes de 1848 como expresión científicamente elaborada de las experien- cias jacobinas desde 1789 al Thermidor. La fórmula es propia de un pe- ríodo histórico en el cual no existían los grandes partidos políticos de masa ni los grandes sindicatos económicos y la sociedad estaba aún bajo muchos aspectos, en un estado de fluidez: mayor retraso en el campo y monopolio casi completo de la eficiencia política-estatal en pocas ciuda- des o directamente en una sola (París para Francia); aparato estatal rela- tivamente poco desarrollado y mayor autonomía de la sociedad civil res- pecto de la actividad estatal; sistema determinado de las fuerzas militares y del armamento nacional; mayor autonomía de las economías naciona- les frente a las relaciones económicas del mercado mundial, etc. En el pe- ríodo posterior al año 1870, con la expansión colonial europea, cambian todos estos elementos, las relaciones internas de organización del Estado y las internacionales, devienen más complejas y sólidas y la fórmula cua-

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rentaiochesca de la “revolución permanente” es sometida a una reelabo- ración, encontrando la ciencia política su superación en la fórmula de “hegemonía civil”. En el arte político ocurre lo mismo que en el arte militar: la guerra de movimiento deviene cada vez más guerra de posición y se puede decir que un Estado vence en una guerra, en cuanto la prepara minuciosa y técnicamente en tiempos de paz. Las estructuras macizas de las democracias mode'mas tanto como organizaciones estatales que co- mo complejo de asociaciones operantes en la vida civil, representan en el dominio del arte político lo mismo que las “trincheras” y las fortificacio- nes permanentes del frente en la guerra de posición, ellas tornan sólo “parcial” el elemento del movimiento que antes constituía “todo” en la guerra, etc.

La cuestión se plantea en los Estados modernos y no en los países atrasados, ni en las colonias, donde aún tienen vigencia las formas que en los primeros han sido superadas convirtiéndose en anacrónicasa'

Aquí los términos de los dos fragmentos primeros se vuelven a combi- nar en un nuevo orden y su significado parece variar de acuerdo a esto. Aquí, con revolución permanente se refiere claramente al Discurso inau- gural de la Liga comunista de 1850, cuando Marx abogaba por una esca- lada de la revolución burguesa, que acababa de barrer a Europa, a una re- volución proletaria. La Comuna marca el final de esta esperanza. A par- ti de este momento, la guerra de posición reemplaza a la revolución per- manente. La distinción Oriente/Occidente vuelve a aparecer en forma de una demarcación de las “democracias modernas” respecto a las socie- dades atrasadas y coloniales” en donde todavía prevalece la guerra de mo- vimiento. Situado en contexto, este cambio corresponde a una variación en las relaciones entre “Estado” y “sociedad civil”. En 1848, el Estado es “rudimentario” y la sociedad civil es “autónoma” respecto a él. Después de 1870, la organización interna e internacional del Estado se vuelve “compleja y masiva”, mientras que la sociedad civil también se va desa- rrollando eorrelativamente. En este momento es cuando aparece el con- cepto de hegemonía. Porque la nueva estrategia necesaria es precisamente la de la “hegemonía civil” El significado de esta última no se explica aquí; no obstante, está claramente relacionado con el de “guerra de posi- ción” Lo sorprendente en este tercer fragmento es, pues, el énfasis en la expansión masiva del Estado occidental a partir de finales delsiglo XIX en adelante, y la alusión secundaria al desarrollo paralelo de la sociedad civil. No hay una inversión explícita de los términos aunque el contexto y el peso del pasaje implican virtualmente una nueva prepotencia del Es- tado.

No es difícil, en efecto, discernir en el texto de Gramsci el eco de la famosa denuncia a la “parásita y monstruosa maquinaria” del Estado bo- napartista en Francia hecha por Marx. Su periodización es algo diferente a la de Marx ya que el da como fecha del cambio la victoria de Thiers y no la de Luis Napoleón, pero el tema es el del Dieciocho Brumario v el de La guerra civil en Francia. Como se recordará, en el primer texto Marx escribió:

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Es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber adquiri- do una completa autonomía. La máquina del Estado se ha consolidado ya de tal modo frente a la sociedad burquesa, que basta con que se halle al frente la Sociedad 10 de Diciembre [ ]el Estado tiene atada, fiscali- zada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifes- tciones más amplias de vida hasta sus más insignificantes, desde sus moda- lidades 9más generales de existencia hasta la existencia privada de los indi- viduos.

Gramsci no hace una declaración tan eSpectacular. Aun así, dejando de lado la retórica de las declaraciones de Marx, la lógica del texto de Gramsci. se inclina en la misma dirección y llega hasta a implicar clara- mente que la sociedad civil ha perdido la “autonomía” respecto al Esta- do que había poseído antes.

Tres posiciones del Estado

Hay, por lo tanto, una oscilación entre por lo menos tres “posicio- nes” diferentes del Estado en Occidente, ya en estos textos iniciales. Es- en una “relación equilibrada” con la sociedad civil, es únicamente una “superficie exterior” de la sociedad civil, es la “estructura masiva” que cancela la autonomía de la sociedad civil. Además, estas oscilaciones con- ciernen únicamente a la relación entre los términos. Pero los términos es- tán sometidos a las mismas variaciones repentinas de límites y posición. Por lo tanto, en todas las citas que se han hecho previamente, la oposi- ción es entre “Estado” y “sociedad civil” No obstante, en otra parte Gramsci habla del Estado como si se incluyera a la sociedad civil, defini- éndolo de la manera siguiente:

En la noción general de Estado entran elementos que deben ser referi- dos a la sociedad civil (se podría señalar al respecto que el Estado = socie- dad [Ïplítica + sociedad civil, vale decir, hegemonía revestida de coer- ción)

Aquí se mantiene la distinción entre “sociedad política” y “sociedad civil”, si bien el término “Estado” engloba a las dos. No obstante, en otros pasajes, Gramsci va más lejos y rechaza directamente toda oposi- ción entre sociedad política y civil tachándola de confusión de la ideolo- gía liberal.

Las posiciones del movimiento del libre cambio se basan sobre un error teórico cuyo origen práctico no es difícil identificar, pues reside en la distinción entre sociedad política y sociedad civil, que de distinción m'etódica es transformada en distinción orgánica y presentada como tal. Se afirma así que la actividad económica es propia de la sociedad civil y que el Estado no debe intervenir en su reglamentación. Pero como en la realidad efectiva, sociedad civil y Estado se identifican, es necesario

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convenir que el liberalismo es también una “reglamentación” de carác- te estatal, introducida y mantenida por vía legislativa y coercitiva.ll

Sociedad política es en este caso un sinónimo expreso de Estado y se refuta cualquier separación sustancial de ambos. Es obvio que ha te- nido lugar otra variación semántica. En otras palabras, el Estado oscila entre tres definiciones:

Estado en contraste con Sociedad civil Estado abarca a Sociedad civil Estado es idéntico a Sociedad civil

Por lo tanto, ambos términos, y las relaciones entre ellos están some- tios a repentinas variaciones o mutaciones. Como se verá, estos cambios no son arbitrarios ni accidentales. Tienen un significado determinado dentro de la arquitectura de la obra de Gramsci. Pero, de momento, po- demos postergar una elucidación de los mismos.

Porque queda todavía otro concepto del discurso de Gramsci que es- centralmente relacionado con la problemática de estos textos. Se tra- ta, por supuesto, de la hegemonía. Como se recordará, el término aparece en el tercer pasaje como una estrategia de la “guerra de posición” para remplazar la “guerra de maniobra” de una época anterior. Esta guerra de maniobra se identifica con la “revolución permanente” de Marx en 1848. En el seguno texto, vuelve a aparecer la identificación, pero aquí refirién- dose a Trotsky en los años veinte. La “guerra de posición” se atribuye ahora a Lenin y es equivalente a la idea del Frente Unico. Hay por lo tan- to un anillo:

Hegemonía civil = Guerra de posición = Frente Unico

El siguiente problema consiste pues naturalmente en que quería decir Gramsci exactamente con guerra de posición o hegemonía civil. Hasta ahora hemos manejado-términos cuyos antecedentes nos son conocidos. Las naciones de “Estado” y “sociedad civil”, que datan del Renacimiento ‘y la Ilustración respectivamente, no presentan problemas especiales. Por muy diversa que sea su utilización, han formado parte durante mucho tiempo del lenguaje político común de la izqueirda. El término “hegemo- nía” 'no es de uso tan corriente. De hecho, se cree frecuentemente que el concepto utilizado por Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel es de acu- ñación totalmente nueva y, en efecto, de invención propia. 12 Puede en- contrarse quizás la palabra en frases perdidas de escrituras anteriores a él, se sugiere a menudo, pero el concepto como unidad teórica es creación suya.

“Hegemonía”: la historia del concepto

Nada más revelador de la ausencia de un estudio académico sobre la he- rencia de Gramsci que esta difundida ilusión. Porque, de hecho, la noción

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de hegemonía tiene una larga historia anterior, previamente a que Grams- ci la adoptará, y es de gran importancia para entender la función más re- ciente que asume en su obra. El término gegemoniya (hegemonía) fue una de las consignas políticas más cruciales en el movimiento socialdemoí crata ruso a partir de finales de 1890 y hasta 1917. La idea que codifica- ba empezo a aparecer por primera vez en los escritos de Pljánov en 1883- 84, donde instaba a la necesidad imperativa de que la clase obrera rusa declarara una guerra política en contra del zarismo y no meramente una guerra económica contra sus patronos. En su programa fundador del Gru- po Emancipación del Trabajo en 1884, Plejánov sostenía que en Rusia la burguesía era todavía demasiado débil para tomar la iniciativa en la lucha contra elabsolutismo: la clase obrera organizada tendría que asu- mir las demandas de una revolución democrático-burguesa”, Plejánov en estos textos utilizaba el término vago de “dominación” (gospodstvo) para poder político como tal y siguió suponiendo que el proletariado apoyaría a la burguesía en una revolución en la que esta última surgiría necesariamente al final como clase dirigente. 14 Hacia 1889, había cam- biado un poco el-acento: la “libertad política” seria ahora “conquistada por la clase obrera o por nadie”, aunque al mismo tiempo no desafiaba la dominación esencial del capital en Rusia. l 5 En la década siguiente, su colega Axelrod fue más lejos. En 1898, en dos importantes folletos ‘de polémica en contra del economicismo, declaró que la clase obrera rusa podía y debía jugar un “papel independiente y dirigente en la lucha contra el absolutismo”, porque la “impotencia política de todas las de- ma's clases” adjudicaba al proletariado una “importancia preeminente y crucial” 16 “La vanguardia de la clase obrera debe comportarse sistemá- ticamente c'omo el contingente dirigente de la democracia en general”.l 7 Axelrod oscilaba todavía entre la adscripción de un papel “independien- te” y “directivo” al proletariado y la adscripción de una importancia exagerada a la oposición al zarismo por parte de la clase acomodada en el marco de lo que él reafirmaba que sería una revolución burguesa. No obstante, el hincapié cada vez mayor en la “importancia revolucionaria a escala nacional”l 8 de la clase obrera rusa fue pronto el catalizador de un cambio teórico cualitativo. Porque lo que iba a anunciarse sin ningu- na ambigüedad a partir de aquel momento era la primacía del proleta- riado en la revolución burguesa en Rusia.

En una carta en 1901 a Struve en la que demarcada las perspectivas socialdemócratas y las liberales en Rusia, Axelrod declaraba como un axioma lo siguiente: “En virtud de la posición histórica de nuestro pro- letariado, la socialdemoeracia rusa puede adquirir la hegemonía (gegemo- niya) en la lucha contra el absolutismo.”l9 La joven generación de marxistas teóricos adoptó el concepto inmediatamente. En el mismo año Mártov escribía en un articulo polémico: “La lucha entre marxistas ‘críticos’ y ‘ortodoxos’ es en realidad 'el primer capítulo de una lucha por

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la hegemonía política entre el proletariado y la democracia burgue- sa.”2° Entre tanto, Lenin podía referirse sin mayores rodeos, en una carta escrita a Plejánov, a la “famosa ‘hegemonía’ de la socialdemoeracia” y plantear la necesidad de un periódico político como el único medio efec- vo para preparar una “hegemonía verdadera” de la clase obrera en Ru- sia.2 l En su momento, el énfasis que introdujeron Plejánov y Axelrod en la vocación de la clase obrera por adoptar una perspectiva a “escala nacio- nal” en la política y luchar por la liberación de toda clase y grupo oprimi- dos en la sociedad iba a ser desarrollado por Lenin, con un enfoque y elocuencia totalmente nuevos, en el ¿Qué hacer? en 1902, un texto leído y aprobado con anticipación por Plejánov, Axelrod y Potrésov, que fina- lizaba precisamente con la petición urgente de que se formara el perió- dico revolucionario que habría de ser Iskra.

La consigna de la hegemonía del proletariado en la revolución bur- gusa fue por lo tanto una herencia política común a bolcheviques y mencheviques en el II Congreso del POSDR en 1903. Después de la es- cisión, Potrésov escribió un largo artículo en Iskra reprochando a Lenin su interpretación “primitiva” de la idea de hegemonía, sintetizada en su celebre llamado, contenido en el ¿Qué hacer?, a que los socialdemócratas “se introdujeran en todas las clases de la población” y organizaran “des- tacamentos especiales auxiliares” entre ellos para la clase obrera? 2 Potré- sov se quejaba de que la gama de clases sociales a las que se dirigía Lenin era demasiado amplia mientras que al mismo tiempo el tipo de relación que proyectaba entre estas últimas y el proletariado era demasiado peren- toria ya que involucraba una “asimilación” imposible y no una alianza con ellos. Una estrategia correcta para conquistar la hegemonía de la clase obrera originaria una orientación externa no hacia elementos improba- bles como los disidentes de la clase acomodada y estudiantes, sino hacia demócratas liberales sin manifestar ningún rechazo hacia su organización autónoma sino más bien respeto. Lenin, por su parte, acusó muy pronto a los mencheviques de abandonar el concepto mediante su aceptación tácita del liderazgo del capital ruso en la revolución burguesa en contra del zarismo. Su llamamiento a “una dictadura democrática del proletaria- do y el campesinado” en 1a revolución de 1905 estaba destinado precisa- mente a dar una fórmula gubernamental para la estrategia tradicional, a la que seguía siendo fiel.

Después de la derrota de la revolución, Lenin denunció vehemente- mente a los mencheviques por su abandono del axioma de la hegemonía en una serie de importantes artículos en los que una y otra vez reafirma- ba la indispensabilidad política que tenía para cualquier marxista revo- lucionario en Rusia. “Sigue siendo inevitable la crisis revolucionaria, por- que las tareas democraticoburguesas no tueron realidad”, escribió.

Las tareas del proletariado que surgen de esta situación son completa

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y absolutamente definidas. El proletariado, única clase revolucionaria hasta el fin en la sociedad contemporánea, debe ser el dirigente y tener la hegemonía en la lucha de todo el pueblo por la revolución democrática completa, en la lucha de todos los trabajadores y explotados contra los opresores y explotadores. El proletariado es revolucionario sólo cuando tiene conciencia de esta hegemonía y la realiza.2 3

Los escritores mencheviques, al pretender que el zarismo, desde 1905, hab ía realizado una transición del Estado feudal al capitalista, hab ían de- clarado inmediatamente que la hegemonía del proletariado era obsoleta puesto que la revolución burguesa ya estaba superada en Rusia.2 4

Predicar a los obreros que ellos necesitan “no hegemonía sino un par- tido de claSe ”, significa traicionar la causa del proletariado en favor de los liberales, significa predicar la sustitución de la política obrera social- demócrata por una política obrera liberal.

Pero renegar de la idea de hegemonía es la variedad más burda de re- formismo en la socialdemoeracia rusa.2 5

En esta polémica fue también cuando Lenin contrapuso frecuente- mente la fase “hegemónica” a la “gremial” o “corporativista” dentro de la política proletaria.

Desde el punto de vista del marxismo, la clase que niega o no com- prende la idea de la hegemonía no es una clase —o no es aún una clase—, sino un gremio o una suma de diversos gremios (...) la conciencia de la idea de la hegemonía, la actividad práctica en la que toma cuerpo, es jus- tamente lo que convierte la suma de los gremios en clase.2 6

La “hegemonía” y la Comintem

Así pues, el término hegemonía fue una de las nociones más amplia- mente utilizad'as y familiares en los debates del movimiento trabajador ruso antes de' la revolución de octubre. Después de la revolución, cayó en un relativo desuso dentro del partido bolchevique por una muy buena razón. Forjado para teorizar el papel de la clase obrera en una revolución burguesa, se volvió inoperante con el advenimiento de una revolución so- cialista. El guión de una “dictadura democrática de obreros y campesi- nos” que se decía estaba dentro de los límites del capitalismo no hab ía llegado a materializarse, como es bien sabido. Trotsky, que nunca había ere ido en la coherencia o posibilidad del programa de Lenin para 1905, y cuya prédica contraria de una revolución socialista había sido rápida- mente vindicada en 1917, escribió más tarde en su Historia dela revolu- cion rusa:

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La idea popular y aun oficialmente reconocida de la hegemonía del proletariado en la revolución democrática (...) no significaba, ni mucho menos, que ésta utilizara la insurrección campesina para poner a la orden del día, apoyándose en ella, sus propias tareas históricas, o sea el tránsito directo a la sociedad socialista. La hegemonía del proletariado en la revo- lución democrática, se distinguía claramente de la dictadura del proleta- riado y se la oponía a ella en las polémicas. En estas ideas se educó el par- tido bolchevique desde la primavera 1905.2 7

Trotsky no había de saber que, en otra época, volvería a surgir de nuevo en un contexto alterado, el “contraste polémico” entre la “hege- monía” y la “dictadura” del proletariado.

En aquel momento, con lós resultados de octubre, el término hegemo- nía dejó de tener actualidad interna en la Unión Soviética. No obstante, sobrevivió en los documentos externos de la Internacional Comunista. En los dos primeros congresos mundiales de la III Internacional, la Comin- tern ad0ptó una serie de tesis que por primera vez internacionalizaban los usos que hab ían dado al slogan de hegemonía los rusos. El deber del pro- letariado consistía en ejercer la hegemonía sobre los demás grupos explo- tados que eran sus aliados de clase en la lu‘cha contra el capitalismo, en el seno de sus propias instituciones soviéticas;allí “su hegemonía permitirá la elevación progresiva del semiproletariado, y el campesinado pobre” Si no lograba conducir a las masas fatigadas a todos los campos de la acti- viad social, restringiéndose a sus propios objetivos económicos particula- ristas, caería en el corporativismo.

El proletariado se convierte en una clase revolucionaria únicamente en la medida en que no se restringe al marco de un estrecho corporati- vismo y actúa en cada manifestación y terreno de la vida social como guía de toda la población trabajadora y explotada (...) El proletariado in- dutrial no puede absolverse de su misión histórica mundial que es la emancipación de la humanidad del yugo del capitalismo y la guerra .si se limita a sus propios intereses corporativos específicos y a esfuerzos por mejorar su situación —-a veces muy satisfactoria- en el seno de la socie- dad burguesa.2 9

En el IV Congreso, en 1922, el término hegemonía se extendió —por lo que parece ser la primera vez- al dominio de la burguesía sobre el proletariado si aquélla lograba confmar a este último a un papel corpo- rativo inducie'ndolo a aceptar la división entre luchas económicas y polí- ticas en su práctica de clase.

La burguesía siempre trata de separar la política de la economía ya que entiende muy bien que si logra mantener a la clase obrera en el mar-

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co corporativo no hay ningun grave peligro que amenace su hegemo-

nía.3 °

La transimisión de la noción de hegemonía a Gramsci, de los escena- rios del movimiento socialista ruso a los italianos, puede localizarse con bastante seguridad en estos documentos sucesivos de la Comintern. Los debates del POSDR se habían convertido en documentos de archivo des- pués de la revolución de octubre; aunque Gramsci hubiese pasado un año en Moscú en 1922-23 y aprendido ruso, es sumamente improbable que tuviese un conocimiento directo de los textos de Axelrod, Mártov, Potré- sov o Lenin en _los que se discutía la consigna de la hegemonía. Natural- mente, por otra parte, había tenido un conocimiento íntimo de las reso- luciones de la Comintern de la época y, de hecho, participó en el IV Congreso mundial. Las consecuencias podemos verlas en los Cuadernos nos de la cárcel: su tratamiento de la idea de hegemonía desciende direc- tamente delas definiciones de la III internacional.

La “hegemonía” en los Cuadernos de la cárcel

Ahora podemos acudir a los textos mismos de Gramsci.- A través de todos los Cuadernos de la cárcel, el término “hegemonía” aparece en un gran número de contextos diferentes. Aun así, no cabe duda de que Gramsci comenzó partiendo de algunas connotaciones constantes del concepto que dedujo de la tradición de la Comintern. En primer lugar, el término se refiere en sus escritos a la alianza de clase del proletariado con otros grupos explotados, sobre todo el campesinado, en una lucha común contra la opresión del capital. Al reflexionar sobre la experien- cia de la NEP, hace un hincapié algo mayor en la necesidad de que el proletariado haga “concesiones” y “sacrificios” por sus aliados a fin de ganar la hegemonía sobre ellos, extendiendo así la noción de “corporati- vismo”, de un mero confinamiento a horizontes gremiales y luchas eco- nómicas, a cualquier tipo de aislamiento obrerista respecto alas demás masas explotadas.

El hecho de la hegemonía presupone indudablemente que se tienen en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejer- ce la hegemonía, que se forme un cierto equilibrio de compromiso, es de- .cir que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico corporati- vo, pero es también indudable que tales sacrificios y tal cómpromiso no pueden concernir a lo esencial, ya que si la hegemonía es eticopolítica no puede dejar de ser también económica, no puede menos que estar basada en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica.3 l

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Al mismo tiempo, Gramsci también acentuó más elocuentemente que cualquier otro marxista ruso antes de 1917 el ascendiente cultural del que debe dar muestras la hegemonía del proletario sobre las clases aliadas.

Las ideologías ya existentes se trasnsforman en “partido”, se confron- tan y entran en lucha hasta que una "sola de ellas o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse- por toda el área social, determinando además de la unidad de los fines eco- nómicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha no sobre un plano corpo- rativo sino sobre un plano “universal” y creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados.32

En un desarrollo posterior en la misma dirección teórica, Gramsci con- tinuó contraponiendo expresamente la necesidad que tiene el proletario de usar la violencia en contra del enemigo común de las clases explotadas, y el recurso a un compromiso en el seno de esas mismas clases. Al ha- cerlo, estaba determinando de nuevo la oposición tradicional entre “dic- tadura del proletariado” (sobre la burguesía) y “hegemonía del proleta- riado” (sobre el campesinado) tan arduamente recordada por Trotsky.

Si la unión de dos fuerzas es necesaria para vencer a una tercera, el re- curso de las armas y de la coerción (dado que se tiene la diSponibilidad de ellos) es una pura hipótesis metodológica y la única posibilidad concreta es el compromiso, ya que la fuerza puede ser empleada contra los. enemi- go y no contra una parte de misma que se desea asimilar rápidamente y de los cuales preciso obtener su “buena voluntad” y entusiasmo.33

La “unión” de la que habla Gramsci aquí adquiere un matiz mucho más pronunciado en sus textos que en el vocabulario bolchevique: la imagen mecánica rusa de los smychka —o “acoyundamiento” de la clase obrera y el campesinado, popularizada durante la NEP, se convierte en la fusión orgánica de .un “nuevo bloque histórico” en los Cuadernos. Así pues, en el mismo pasaje, Gramsci se refiere a la necesidad de “absor- ber“ a las fuerzas sociales aliadas a fin de crear “un nuevo bloque histó- rico-económico, homogéneo, sin contradicciones internas” 34 El alto en el escalafón que se confiere a la fórmula corresponde con la nueva reper- cusión concedida a la irradiación cultural y moral de la hegemonía en el uso que Gramsci hace de ella.

Hasta aquí, la alusión recurrente que se hace en los Cuadernos de la cárcel al término hegemonía no representa un gran avance respecto al ca- non revolucionario ruso del que se tomó. Sin embargo, la forma misma de los Cuadernos de la carcel habría de modificar insensiblemente el sig-

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nificado y la función del concepto en su contexto total. Porque el. medio característico en el que Gramsci expuso sus ideas fue el de un protocolo de axiomas generales de sociología política, con referentes “flotantes” que a veces están especificados alusivamente por medio de clase, régimen o época pero que con la misma frecuencia evocan ambiguamente varios modelos posibles. Este método, ajeno a cualquier otro marxista, obvia- mente le fue dictado a Gramsci por la necesidad de aminorar la vigilancia del censor. No obstante, el resultado es una indetermina-ción constante del foco, y la burguesía y el proletariado pueden a menudo alternar si- multáneamente como sujetos hipotéticos del mismo pasaje cada vez, de hecho, que Gramsci escribe de una “clase dominante” en abstracto. La máscara de generalización a la que, por tanto, se vio forzado Gramsci con tanta frecuencia tuvo importantes consecuencias en su pensamiento por- que fue la que indujo la premisa no examinada de que las posiciones es- tructurales de la burguesía y el proletariado en sus respectivas revolucio- nes y en sus sucesivos Estados eran históricamente equivalentes. Los ries- go de una comparación tácita de este tipo se verán en su debido momen- to. Ahora, lo importante es observar cómo esta forma “inusitada” de dis- curso tan peculiar a muchos de los textos de Gramsci en prisión permitió una transición irnperceptible a una teoría mucho más amplia de la hege- monía de lo que se había imaginado en Rusia, lo cual produjo un campo teórico de investigación marxista totalmente nuevo en 'la obra de Gramsci.

Extensión del concepto

Porque, en efecto, Gramsci extendió la noción de hegemonía am- pliándola de su aplicación original a las perspectivas de la clase obrera en una revolución burguesa en contra de un orden feudal, alos mecanis- mos del régimen burgués sobre la clase obrera en una sociedad capitalis- ta estabilizada. Como se recordará había un precedente para esto en las tesis de la Comintern. Aún así, el pasaje en cuestión era breve y aisla- do, no se introduce en un relato más detallado sobre el predominio del capital. Gramsci, por el contrario, emplea ahora el concepto de hegemo- nía para un análisis diferencial de las estructuras del poder burgués en Occidente. Esto fue un paso nuevo y decisivo. La transición de una uti- lización del término a otra se realizó a través de una serie de máximas genéricas aplicables en principio a cualquiera de las dos. El resultado fue una secuencia aparentemente formal de proposiciones acerca de la natu- raleza del poder en la historia. Simbólicamente, Gramsci tomó la obra de Maquiavelo como punto de partida para esta nueva gama teórica. Argua yendo la necesidad de una “doble perspectiva” en toda acción políti- ca, escribió que, en sus “grados fundamentales”, las dos perspectivas

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corresponden a la “doble naturaleza del Centauro maquiavélico, de la bestia y el hombre” Para Gramsci, éstos eran los niveles “de la fuerza y del consenso, de la autoridad y de la hegemonía, de la violencia y de la civilización”35 Aquí, el terreno del discurso es manifiestamente uni- versal, emulando el estilo del mismo Maquiavelo. Presenta una serie de oposiciones explícitas válidas para cualquier época histórica:

Fuerza Consenso Dominación Hegemonía Violencia Civilización

El término “dominación”, que es la antítesis de “hegemonía”, apa- rece, en otra pareja de términos que se encuentra en otros textos, como opuesto a “dirección” En el más importante de ellos, Gramsci escribió:

La supremacía de un grupo social asume dos formas: “dominación” y “dirección moral e intelectual” Un grupo social es dominante sobre los grupos enemigos que tiende a “liquidar” o someter por la fuerza armada, y es dirigente respecto a los grupos afines y aliados.36

Se vuelve a definir la clásica distinción rusa entre “dictadura” y “hegemonía” con especial claridad mediante una terminología ligera- mente diferente. No obstante, la importancia crítica del pasaje consis- te en que se refiere sin ambigüedad no al proletariado sino a la burgue- sía' ya que el tema es el del papel de los moderados en el Risorgimiento italiano y su influencia sobre el Partido de Acción. En otras palabras, Gramsci cambia el compás del concepto de hegemonía y lo dirige hacia un estudio del régimen capitalista, si bien todavía dentro del contexto de una revolución burguesa (el marco original de la noción en Rusia). La elisión de “dirección” en “hegemonía” se hace más tarde en el mismo párrafo sobre el Risorgimiento.37 En una carta de la misma época, Gramsci hace directamente la equivalencia entre los dos conceptos cuando advierte que:

Croce enfatiza únicamente aquel momento de la historia en la actividad histórico-política que en política 'se llama “hegemonía”, el momento del consentimiento de la dirección cultural, para distinguirlo del mo- mento de fuerza, de constreñimiento, de intervención legislativo-estatal o poliCiaca.38

Al mismo tiempo, el potente énfasis cultural que adquirió la idea de hegemonía en la obra de Gramsci‘se combinó'con la aplicación teó- rica que hace 'de ella a las clases dirigentes tradicionales para producir una nueva teoría marxista de las intelectuales. Gramsci mantuvo que una

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de las funciones clásicas de éstos consistía en ser mediadores de la hege- monía de las clases explotadoras sobre las clases explotadas a través de los sistemas organizadores. Croce representaba para Gramsci uno de esos “grandes intelectuales que ejerce una hegemonía que supone una cierta colaboración o un consenso activo y voluntario”39 de las clases subordinadas.

La siguiente pregunta que se planteó Gramsci fue específicamente suya. ¿Dónde se ejercen las dos funciones de “dominación” y “direc- ción/hegemonía? La primera respuesta de Gramsci, y también la más fir- me, es ‘que la hegemonía (dirección) pertenece a la sociedad civil, y la coerción (dominación) al Estado.

Por ahora se pueden fijar dos grandes planos superestructurales, el que se puede llamar de la “sociedad civil”, que está formado por el conjunto de organismos vulgarmente llamados “privados” y el de la “so- ciedad política o Estado” que corresponde ala función de “hegemonía” que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad y la del “dominio directo” o de comando que se expresa en el Estado y el gobierno “jurí- dico”

En los debates rusos no existía ningún precedente para este tipo de teorización. La razón es evidente. Gramsci ya estaba entonces incon- fundiblemente interesado en la constelación de poder político burgués en un orden social capitalista ortodoxo. La alusión a las instituciones “privadas” de la sociedad civil —inadecuadas para cualquier formación socialen la que la clase obrera ejerza un poder colectivo- indica en es- te caso el objeto real de su pensamiento. En una carta de la misma épo- ca, Gramsci se refería aún más directamente al contraste dentro del contexto de capitalismo, al escribir sobre la oposición entre sociedad política y sociedad civil como las sedes respectivas de dos formas de poder de clase: “la sociedad política (o dictadura, o aparato coercitivo para garantizar que las masas populares se ajusten al tipo de producción y economía de un momento dado)” se contraponía al de “sociedad civil (o hegemonía de un grupo social sobre toda la sociedad nacional ejercido a través de las denominadas organizaciones privadas como la Iglesia, los sindicatos, las escuelas y demás)” 4‘ En este caso, la enumera- ción de Iglesia y escuelas como instrumento de hegemonía dentro de las asociaciones privadas de la sociedad civil, deja fuera de duda la aplicación del concepto a las sociedades capitalistas de Occidente. El resultado es esta serie de oposiciones carentes de ambigüedad:

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Hegemonía Dominación Consenso Coerción Sociedad civil Estado

Pero ya se ha visto que Gramsci no utilizaba los antónimos Estado y sociedad civil unívocamente. Ambos términos y las relaciones entre ellos pasan por diferentes mutaciones en sus escritos. Exactamente lo mismo es aplicable al término “hegemonía” Los textos citados más arriba con- trastan con otros en los que Gramsci habla de hegemonía, no como un polo de “consenso” opuesto a otro de “coerción”, sino como una síntesis en misma de consenso y coerción. Así pues, en una nota sobre historia política francesa, comentaba:

El-ejercicio “normal” de la hegemonía en el terreno clásico devenido del régimen parlamentario se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso que se equilibran en formas-variadas, sin que la fuerza re- base demasiado el consenso .42

Aquí la reorientación que hace Gramsci del concepto de hegemonía aplicándolo a los países capitalistas avanzados de Europa occidental y a la estructura de poder burgués en el seno de ellos, adquiere una mayor acentuación temática. La noción está ahora conectada directamente con el fenómeno de la democracia parlamentaria tan peculiar de Occiden- te. Al mismo tiempo, paralelo al cambio en la función de la hegemonía del consenso al consenso-coerción, tiene lugar una reubicación de su po- sición topográfica. Porque en otro pasaje, Gramsci escribe sobre los pode- res ejecutivo, legislativo y judicial del Estado liberal como “órganos de hegemonía política” 43 Aq'uí se sitúa firmemente la hegemonía dentro del Estado y ya no queda restringida a la sociedad civil. El: matiz de “hegemonía política”, en contraste con “hegemonía civil”, subraya la oposición residual entre sociedad política y sociedad civil que, co- mo ya sabemos, es una de las variantes de Gramsci de la pareja Estado y sociedad civil. En otras palabras, aquí la hegemonía está ubicada no sólo en uno de los dos términos sino en ambos.

Estado Sociedad civil

Hegemon ía política Hegemonía política

Esta versión no puede reconciliarse con la explicación precedente 'que sigue sien'do la predominante en los Cuadernos. Porque en la pri- mera Gramsci contrapone hegemonía a sociedad política o Estado,

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mientras que en la segunda el Estado se convierte en aparato de he- gemonía. Todavía en otra versión, la distinción entre sociedad polí- tica y civil desparece totalmente: tanto el consenso como la coerción se vuelven coextensivos del Estado. Gramsci escribe: “El Estado (en su acepción integral) es dictadura + hegemonía.”44 Las oscilaciones en la connotación y ubicación de la hegemonía amplían las del par original de términos. Por lo tanto, en el mosaico enigmático que Gramsci fue reuniendo laboriosamente en prisión, las palabras “Estado”, “sociedad civil”, “sociedad política”, “hegemonía”, “dominación” o “dirección”, sufren un persistente “deslizamiento” Ahora vamos a tratar de demos- trar que este “deslizamiento” no es ni accidental ni arbitrario.

Conceptos y problemas

En efecto, se pueden discernir simultáneamente tres versiones dife- rentes de las relaciones entre los conceptos clave de Gramsci contenidos en sus libros denotas después de que la problemática de la hegemonía cambia de dirección alejándose de las alianzas sociales del proletariado en Oriente y se aproxima a las estructuras de poder burgués en Occiden- te. Como se verá, cada una de estas versiones correSponde a un problema fundamental en el análisis marxista del Estado burgués sin que por ello proporcione una reSpuesta adecuada de ellos: la variación entre las ver- siones es precisamente el síntoma descifrable de la propia conciencia que tenía Gramsci sobre la aporía de sus soluciones. Para señalar los lí- mites de los axiomas de Gramsci se necesita por supuesto algo más que la demostración filológica de su falta de coherencia interna. Aunque muy brevemente, se sugerirán algunas evaluaciones políticas de su correspon- dencia extema con la naturaleza de los Estados burgueses contemporá- neos en Occidente.

No obstante, al mismo tiempo, estas evaluaciones permanecerán dentro de los límites del sistema de categorías de Gramsci. No se prejuzgará el hecho de si estas categorías proporcionan en realidad el mejor punto de partida para un análisis científico de las estructuras del poder capi- talista en la actualidad. Se respetarán en particular las oposiciones bina- rias de “Estado y sociedad civil” y “coerción y consenso” como elemen- tos centrales del discurso de Gramsci; lo que se revisará será más la aplica- ción de esos elementos en su marxismo que su función. No se examinarán las dificultades de cualquier teoría demasiado dualista sobre el poder de la clase burguesa. Es evidente, en efecto, que la gama completa de res- tricciones! directamente económicas a las que están sometidas las cla- ses explotadas dentro del capitalismo no pueden ser clasificadas inmedia- tamente dentro de ninguna de las categorías políticas de coerción o con- senso-fuerza armada o persuasión cultural; del mismo modo, una dico-

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tomía formal de Estado y sociedad civil, por muy necesaria que sea como- instrumento preliminar, no puede rendirnos por misma un conocimien- to específico de las complejas relaciones entre las diferentes instituciones de una formación social capitalista (algunas de las cuales ocupan típica- mente posiciones intermedias en las fronteras de los dos). Es probable que sea necesario reconceptualizar dentro de un nuevo orden de catego- rías que sobrepasen los confines binarios de Gramsci aquellos temas ana- líticos en los que él estaba más interesado. Empero, estos problemas caen fuera del alcance de un comentario textual. Para lo que pretendemos en este art ículo, será suficiente mantenernos en el terreno de la investigación de Gramsci, todavía hoy la de un pionero.

El primer modelo de Gramsci

Podemos empezar por examinar la primera y más sorprendente con- figuración de los términos de Gramsci y la más importante para el destino ulterior de su obra. Su texto central es el pasaje inicial citado en este en- sayo en el que Gramsci escribe sobre la diferencia entre Oriente y .Occi- dente y dice que en el Oriente el “Estado lo es todo”, mientras que en el Occidente, el Estado es la “trinchera avanzada” de la fortaleza interior de la sociedad civil, la cual puede sobrevivir a los peores temblores del

Estado porque no es “primitiva y gelatinosa” como en Oriente sino ro- busta y estructurada. Por lo tanto, la “guerra de maniobra” es la adecuada en el“. Oriente y la “guerra de posición” en Occidente. Esta tesis puede pues vincularse al argumento que la acompaña, reiterado en tantos otros textos, de que el Estado es la sede de la dominación armada o la coer- ción de la burguesía sobre las clases explotadas, mientras que la sociedad civil es el escenario de su dirección cultural o hegemonía consensual so- bre ellas, la oposición entre “fuerza y consenso, coerción y persuasión, Estado e Iglesia, sociedad política y sociedad civil”.45 El resultado es agregar una serie combinada de Oposiciones en la distinción Oriente/ Occidente:

Oriente Occiden tc Estado Sociedad civil

/ /

Sociedad civil Estado Coerción Consenso Dominación Hegemonía Maniobra Posición

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O sea, la preponderancia de la sociedad civil sobre el Estado en Occi- dente puede hacerse equivaler al predominio de la “hegemonía” sobre la “coerción” como forma fundamental del poder burgués en el capitalis- mo avanzado. Como la hegemonía pertenece a la sociedad civil y la so- ciedad civil prevalece sobre el Estado, lo que garantiza esencialmente la estabilidad del orden capitalista es la influencia cultural de la clase dirigente. En el uso que hace de ella Gramsci en este caso. la hegemonía significa la subordinación ideológica de la clase obrera por parte de la burguesía, lo cual la capacita para gobernar mediante consenso.

El objetivo preliminar de esta fórmula es evidente. Consiste en esta"- blecer una diferencia obvia y fundamental entre la Rusia zarista y Eu- ropa occidental: la existencia de una democracia política representati- va. Como tal, es análoga a la fórmula lapidaria de Lenin en la que decla- raba que los zares rusos gobernaban por la fuerza y la burguesía anglo- francesa mediante el engaño y la concesión.46 El gran mérito teórico de Gramsci fue haber planteado el problema de esta diferencia mucho más persistente y coherentemente que cualquier otro revolucionario an- tes o después que él. En ningtma parte de los escritos de Lenin, Trotsky u otros teóricos bolcheviques, puede,encontrarse una reflexión sus- tentada o sistemática sobre la enorme línea divisoria histórica trazada dentro de Europa por la presencia —aunque todavía vacilante e incom- pleta en la época de ellos- de la democracia parlamentaria en Occidente y su ausencia en Oriente. Un problema que se registró a lo sumo en los apartados marginales de la tradición bolchevique fue desarrollado por primera vez y convertido en un tema imperante de la teo-ría marxista por Gramsci.

Ilusiones de la socialdemoeracia de izquierda

Al mismo tiempo, la primera solución que Gramsci esboza al problema en los Cuadernos de la cárcel es radicalmente inviable: la simple ubica- ción de la “hegemonía” en el seno de la sociedad civil y la concesión de la prioridad a la sociedad civil sobre el Estado. Esta ecuación corres- ponde, en efecto, con gran exactitud a lo que podría denominarse una visión de sentido común acerca de la democracia burguesa en Occi- dente por parte de la izquierda; visión ampliamente difundida en los cír- culos militantes socialdemócratas desde la segunda guerra mundial." L'a concepción es la siguiente: el Estado en Occidente no es una maquinaria violenta de represión policiaca como lo era en la Rusia zarista; las masas tienen acceso a él a través de elecciones democráticas regulares que les permiten formalmente la posibilidad de un gobierno socialista. Pero la ex- periencia nos muestra que estas elecciones nunca producen un gobierno socialista. Pero la experiencia nos muestra que estas elecciones nunca pro-

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ducen un gobierno dedicado a la expropiación del capital y a la realiza- ción del socialismo. Cincuenta años después del advenimiento del sufra- gio universal, un fenómeno de este tipo parece mucho más lejano que nunca. ¿Cuál es la razón para esta paradoja? Debe de encontrarse en el condicionamiento ideológico previo del proletariado,antes del momento electoral en sí. La sede central del poder debe buscarse, por lo tanto den- tro de la sociedad civil y, sobre todo, en el control capitalista de los me- dios de comunicación (prensa, radio, televisión, cine, publicidad), basado en el control de los medios de producción (propiedad privada). En una variante más sofisticada, el verdadero inculcamiento de la aceptación voluntaria del capitalismo tiene lugar no tanto mediante el indoctrina- miento ideológico de los medios de comunicación como mediante la di- fusión invisible del fetichismo de la mercancía através del mercado o de los hábitos instintivos de sumisión inducidos por las rutinas de trabajo en fábricas y oficinas, o sea, tiene lugar directamente dentro del ámbi- to de los medios de producción. Pero ya se el énfasis principal al efec- to del aparato cultural o al económico, la conclusión analítica es la mis- ma. Es el nexo estratégico de la sociedad civil el que se cree que mantie- ne la hegemonía capitalista en el seno de una democracia polí- tica cuyas instituciones estatales no excluyen o reprimen directamente a las masas.48 El sistema se mantiene por consenso y no por coerción. Por lo tanto, la labor principal de los militantes socialistas no consiste en combatir contra un Estado armado, sino la conversión ideológica de la clase obrera para liberarla de la sumisión a las mistificaciones capitalistas.

Este síndrome característico de la socialdemoeracia de izquierdacon- tiene una serie de ilusiones. El primero y más inmediato de sus errores es precisamente la noción de que el poder ideológico de la burguesía en_ las formaciones sociales occidentales se ejerce sobre todo en la esfera de la sociedad civil y su hegemonía sobre ésta neutraliza ulte- riormente el potencial democrático del Estado representantivo. La clase obrera tiene acceso al Estado (elecciones al parlamento) pero no lo ejerce para lograr el socialismo a causa del indoctrinamiento que ha re- cibido a través de los medios de comunicación. De hecho, podría de- cirse que si hay alguna verdad consiste precisamente en lo contrario: la forma general del Estado representativo .—democracia- burguesa- es el alfiler de seguridad ideológico del capitalismo occidental, cuya misma existencia priva a la clase obrera de la idea del socialismo co- mo un tipo diferente de Estado, y los medios de comunicación y otros mecanismos de control cultural afianzan a partir de ella este “efecto” ideológico central. Las relaciones capitalistas de producción ubican a todos los hombres y mujeres en clases sociales diferentes, definidas por su acceso diferencial a los medios de producción. Estas divisiones de clase son la realidad subyacente del contrato de salario entre personas

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jurídicamente libres e iguales que es la marca de este modo de produc- ción. Los órdenes político y económico están por tanto separados for- malmente en el capitalismo. Así pues, el Estado burgués “representa” por definición a la totalidad de la población, abstraye'ndola de su distri- bución en clases sociales, como ciudadanos individuales e iguales. Es de- cir, presenta a hombres y mujeres sus posiciones desiguales en la sociedad civil como si fueran iguales en el Estado. El Parlamento, elegido cada cua- tro o cinco años como la expresión'soberana de la voluntad popular, refle- ja la unidad ficticia de la nación a las masas como si fuera su pr0pio auto- gobierno. Las divisiones económicas entre los “ciudadanos” se ocultan tras la 'paridad jurídica entre explotadores y explotados y junto con ellas, se oculta también la completa separación y no participación de las masas en las laborales parlamentarias. Esta separación es pues constante- mente presentada y representada a las masas como la encarnación defini- tiva de la libertad: la “democracia” como el punto terminal dela historia. La existencia de todos los demás mecanismos ideológicos de la clase dirigente. Proporciona el código general en el que se transmite cualquier mensaje especifico a otra parte. El código es tanto más poderoso cuanto que los derechos jurídicos de los ciudadanos no son un simple espejismo: por el contrario, las libertades cívicas y los sufragios de la democracia burguesa son una realidad tangible cuyo logro fue históricamente el tra- bajo del movimiento de los trabajadores en parte y cuya pérdida sería una derrota inmensa para la clase obrera.49

En comparación, las mejoras económicas ganadas mediante reformas dentro del marco del Estado representativo —aparentemente más materiales— han dejado típicamente menos marca ideológica en las ma- sas oecidentales. El alza continua del nivel de vida de la clase obrera durante veinticinco años después de la segunda guerra mundial en los principales países imperialistas, ha sido un elemento crucial en la esta- bilidad política del capitalismo metropolitano. Pero el componente material del consentimiento popular a él, tema de las polémicas tradi- cionales sobre los efectos del reformismo, es sustancialmente "inesta- ble y volátil ya que tiende a crear una progresión constante de expec- tativas que ninguna economía capitalista nacional puede garantizar totalmente, incluso durante largas rachas de auge internacional, y menos aún en fases de recesión; su mismo “dinamismo” es por lo tanto poten- cialmente desestabilizador y capaz de provocar crisis cuando el creci- miento fluctúa o se estanca. Por el contrario, el factor político-jurídi- co del consenso inducido por el Estado parlamentario es mucho más estable: la forma de gobierno capitalista no está sometida a las mis- mas vicisitudes coyunturales. Las ocasiones históricas en las que ha sido activamente cuestionado por las luchas de la clase obrera han sido infi- nitamente menores en Occidente. Dicho de otra manera, la ideología de la democracia burguesa es mucho más potente que la de cualquier

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reformismo del bienestar y forma la sintaxis permanente del consenso inculcado por el Estado capitalista.

Ahora podemos ver por qué la fórmula primordial de Gramsci esta- ba equivocada. La partición de las funciones ideológicas del poder de la clase burguesa entre sociedad civil y el Estado es imposible del modo en que él pretendió —hacerla inicialmente. La forma fundamental del Estado parlamentario occidental —la suma jurídica de sus ciudadanos- es el eje de los aparatos ideológicos del capitalismo. Los complejos ramificados de los sistemas de control cultural en el seno de la socie- dad civil —radio, televisión, cine, iglesias, periódicos, partidos polí- tios-— juegan sin duda un papel decisivo completamenta‘rio en la garan- tía de la estabilidad del orden clasista del capital. Cumplen también la misma función, obviamente, el prisma deformador de. las relaciones de mercado y la embotante estructura del proceso de trabajo dentro de la economía. Esta importancia no debe de ninguna manera subes- timarse. Pero tampoco debe exagerarse ni, sobre todo, contraponerse al papel ideológico-cultural del Estado mismo.

El error de Poulantzas y Mandel

Existe un cierto izquierdismo vulgar que ha aislado tradicionalmen- te el problema del consenso de su contexto estructural y lo ha hiposta- siado como el único rasgo característico del orden capitalista en Occi- dente, que queda reducido al apodo de “parlamentarismo” Para refu- tar este error, muchos marxistas han señalado que todas las clases diri- gentes en la historia han obtenido normalmente el consenso de las clases explotadas para su propia explotación, los señores feudales y los latifun- distas dueños de esclavos no menos que los empresarios industriales. La objeción es, claro está, correcta. Pero no es una respuesta adecuada a no ser que vaya acompañada de- una definición precisa de la differentia specifica que existe en el consenso que se ha conquistado a la clase obre- ra para llevar a cabo al acumulación de capital en Occidente, o sea, la forma y el contenido de la ideología burguesa que se le incita a aceptar. Nicos Pulantzas, cuyo trabajo Poder político y clases sociales contiene muchos comentarios definitivamente agudos sobre los Cuadernos dela cárcel, deja en efecto de lado el interés de Gramsci por el problema, señalando que la única novedad de este consentimiento es su preten- sión de racionalidad, es decir, su carácter no religioso.

El carácter específico de esas ideologías no es de ningún modo, como creía Gramsci, provocar un “consentimiento” más o menos activo de las clases sociales dominadas respecto del predominio político: esto es una característica general de toda ideología dominante. Lo que espe-

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cifica a las ideologías en cuestión es que no buscan ser admitidas por las clases dominadas como participación en lo sagrado; se presentan explícitamente, y son admitidas, como técnicas científicas.50

De modo similar, Ernest Mandel ha escrito en Late Capitalism que la forma contemporánea más importante de la ideología capitalista en Occidente es un llamamiento a la racionalidad tecnológica y un culto de expertos:- “La creencia en la omnipotencia de la tecnología es la forma específica de la ideología burguesa en el capitalismo tardío.”'51 Estos ale- gatos implican una grave equivocación.

Porque la peculiaridad de la anuencia histórica quese ha obtenido de las masas en el seno de las formaciones sociales capitalistas modernas no se va a encontrar de ningún modo en su mera referencia secular o en su miedo reverencia] a la técnica. La novedad de este consentirnieno es que adopta la forma fundamental de una creencia por parte de las masas de que son ellas las que ejercen en definitiva su autodeterminación den- tro del orden social existente. No es pues la aceptación de la superioridad de una clase dirigente reconocida (ideología feudal) sino la creencia en la igualdad democrática de todos los ciudadanos en el gobierno de una na- ción, o dicho de otra manera, incredulidad en la existencia de una clase dirigente. El consentimiento de los explotados en una formación social capitalista es pues cualitativamente nuevo y ha producido sugerentemen- te su propia extensión etimológica: el consenso o acuerdo mutuo. Natu- ralmente, la ideología activa de la ideología burguesa coexiste y' se com- bina en un gran número de formas mixtas con hábitos y tradiciones ideológicas mucho más viejos y menos articulados y, en especial, con los de una resignación pasiva al modo de ser de las cosas y desconfianza hacia cualquier posibilidad dc cambiarlo, generados por el conocimien- to y la confianza diferencial característicos de cualquier sociedad clasis- ta.S2 La herencia de estas tradiciones imperecederas adopta frecuente- mente el disfraz moderno de acatamiento a la necesidad técnica. No re' presenta, empero, ningún avance real respecto a los modelos previos de dominación de clase; la condición para su persistente eficacia hoy es su inserción en una ideología de democracia representativa que les sirva de bóveda. Porque es únicamente la libertad de la democracia burguesa la que parece determinar los límites de lo que es socialmente posible para la voluntad colectiva de un pueblo y, por lo tanto, la que puede volver tolerables la ataduras de su impotencia.53

Gramsci era en realidad muy consciente de la necesidad de discriminar cuidadosamente las sucesivas formas históricas de la “anuencia” de los explotados hacia su explotación y de la diferenciación analítica de los factores que la componen en cualquier momento del tiempo. Reprochaba precisamente a Croce el que supusiese, en su Historia de la libertad, que todas las ideologías previas al liberalismo eran del “mismo color rojo aja-

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do y vago, vacías de desarrollo o conflicto”, y acentuaba el carácter espe- cífico del dominio de la religión sobre las masas del Nápoles borbónico, el poder del llamamiento a la nación que lo sucedió en Italia, y al mismo tiempo la posibilidad de combinaciones populares de los dos.54 En otra parte, contrasta las épocas de la revolución francesa y la Restauración en Europa precisamente en función de los distintos tipos de consenso —“di- recto” e “indirecto”— que obtuvieron de los oprimidos, y las formas de sufragio —universal y tributario- que corresponde a cada uno de ellos.ss Sin embargo, paradójicamente, Gramsci no produjo nunca una explica- ción comprehensiva de la historia o estructura de la democracia burguesa en sus Cuadernos de la cárcel. El problema que otorga su singificado más profundo a su trabajo teórico central sigue constituyendo más el horizon- te que el objeto de sus textos. Parte de la razón por la que las ecuaciones iniciales de su discurso sobre la hegemonía estaban mal calculadas se debe a esta ausencia. Gramsci no estaba equivocado cuando constantemente se revertía al probhnea del consenso en Occidente ya que hasta que no se captan plenamente la naturaleza y el papel de la democracia burguesa no se puede entender nada del poder capitalista en los países industriales avanzados de hoy. Al mismo tiempo, se debe quedar claro por qué Gramsci estaba equivocado en su primera ubicación del “concenso” dentro de la sociedad civil. Porque, de hecho, la misma naturaleza de esta anuencia excluye esta ubicación, ya que es precisamente el Estado parla- mentario representativo el primero en inducirla principalmente.

La segunda solución

Vamos a examinar ahora la segunda versión que dio Gramsci a la relación entre sus términos. En ella ya no adjudica a la sociedad civil .una preponderancia sobre el Estado, ni una localización unilateral de la hegemonía a la sociedad civil. Por el contrario, presenta a la sociedad civil en la misma balanza que el Estado o en equilibrio con él y la hegemonía se distribuye entre el Estado —o “sociedad política”— y la sociedad civil al mismo tiempo que se redefine para combinar coerción y concenso. Es- tas formulaciones expresan la intranquilidad de Gramsci con su primera versión y su aguda conciencia —a pesar y en contra de ella- del papel ideológico decisivo del listado capitalista occidental. No se limita a con- signar este papel en general. No obstante, puede observarse que sus co- mentarios sobre las dimensiones particulares del Estado que se especiali- zan en el desempeño de esa hegemonía son selectivos, encontrándose en sus instituciones subordinadas más—que en las superiores. Las referencias específicas de Gramsci a las funciones ideológicas del Estado incumbne no tanto al Parlamento como a la educación y la ley, o sea, al sistema educativo y al sistema judicial.

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Todo Estado es ético en la medida en que una de sus funciones más importantes es elevar a un nivel cultural y moral determinado a la gran masa de la población, un nivel o estándar que corresponda a las necesidades de desarrollo de las fuerzas de producción y, por lo tanto, a los intereses de las clases dominantes. La escuela como función de educación positiva y los tribunales como función educativa negativa y represiga son las actividades más importantes del Estado. Pero en reali- dad hay un sinnúmero de otras actividades e iniciativas denominadas privadas que tienden hacia el mismo fin y constituyen el aparato de la hegemonía política y cultural de la clase dominantes6

Es sumamente importante poner ésto de relieve porque subraya toda la distancia que existe entre Gramsci y muchos de sus comentaristas pos- teriores, cualesquiera que sean los límites del desarrollo que hace Gramsci del tema. Pero, al mismo tiempo, no puede aceptarse como una verdadera corrección de la primera versión. Gramsci capta ahora la presencia simul- tánea de controles ideológicos en el seno de la sociedad civil y el Estado. Pero lo que es una ganancia en un plano queda anulada por una falta de claridad en otro. La hegemonía, que antes se ubicaba solamente en la so- ciedad civil, es ejercida ahora también por el Estado. Simultáneamente, no obstante, tiende a cambiar su significado: ya no indica únicamente la supremacía cultural porque incluye también la coerción. “El ejercicio normal de la hegemonía” ahora “se caracteriza por una combinación de fuerza y consenso” El resultado es que Gramsci ahora comete un error en el otro sentido. Porque la coerción es precisamente un monopolio legal del listado capitalista. Según la famosa definición de Weber, el Esta- do es la institución que goza del monopolio de la violencia legítima sobre un territorio determinado.57 Sólo él posee un ejército y una policía, “grupos de hombres especializados en el uso de la represión” (Engels). No es cierto, por lo tanto, que la hegemonía como coerción + consenso esté copresente, tanto en la sociedad civil como en el Estado. El ejercicio de la represión está jurídicamente ausente de la sociedad civil. El Estado se lo reserva cómo terreno exclusivo.58 Esto nos trae a colación un pri- mer axioma fundamental que rige la naturaleza del poder en una forma- ción social capitalista desarrollada. Existe siempre una asimetría estructu- ral en la distribución de las funciones consencuales y coercitivas de este poder. La ideología es compartida por la sociedad civil y el Estado pero la violencia pertenece sólo al Estado. Es decir, el Estado entra dos veces más en cualquier ecuación entre ambos.

Puede ser que una de las razones por las que Gramsci tuvo dificultad en aislar esta asimetría f uese que Italia había sido testigo en l92Q-22 del surgimiento excepcional de pelotones militares organizados por los fascis- tas que operaban libremente fuera del aparato del Estado propiamente. El monopolio estructural de la violencia detentado por el Estado capita-

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do y vago, vacías de desarrollo o conflicto”, y acentuaba el carácter espe- cífico del dominio de la religión sobre las masas del Nápoles borbónico, el poder del llamamiento a la nación que lo sucedió en Italia, y al mismo tiempo la posibilidad de combinaciones populares de los dos.54 En otra parte, contrasta las épocas de la revolución francesa y la Restauración en Europa precisamente en función delos distintos tipos de consenso —“di- recto” e “indirecto”— que obtuvieron de los oprimidos, y las formas de sufragio —universal y tributario- que corresponde a cada uno de ellos.5s Sin embargo, paradójicamente, Gramsci no produjo nunca una explica- ción comprehensiva de la historia o estructura de la democracia burguesa en sus Cuadernos de la cárcel. El problema que otorga su singificado más profundo a su trabajo teórico central sigue constituyendo más el horizon- te que el objeto de sus textos. Parte de la razón por la quezlas ecuaciones iniciales de su discurso sobre la hegemonía estaban mal calculadas se debe a esta ausencia. Gramsci no estaba equivocado cuando constantemente se revertía al problrnea del consenso en Occidente ya que hasta que no se captan plenamente la naturaleza y el papel de la democracia burguesa no se puede entender nada del poder capitalista en los países industriales avanzados de hoy. Al mismo tiempo, se debe quedar claro por qué Gramsci estaba equivocado en su primera ubicación del “concenso” dentro de la sociedad civil. Porque, de hecho, la misma naturaleza de esta anuencia excluye esta ubicación, ya que es precisamente el Estado parla- mentario representativo el primero en inducirla principalmente.

La segunda solución

Vamos a examinar ahora la segunda versión que dio Gramsci a la relación entre sus términos. En ella ya no adjudica a la sociedad civil .una preponderancia sobre el Estado, ni una localización unilateral de la hegemonía a Ia sociedad civil. Por el contrario, presenta a la sociedad civil en la misma balanza que el Estado o en equilibrio con c'l y la hegemonía se distribuye entre el Estado —o “sociedad política”— y la sociedad civil al mismo tiempo que se redefine para combinar coerción y concenso. Es- tas formulaciones expresan la intranquilidad de Gramsci con su primera versión y su aguda conciencia —a pesar y en contra de ella- del papel ideológico decisivo del Estado capitalista occidental. No se limita a con- signar este papel en general. No obstante, puede observarse que sus co- mentarios sobre las dimensiones particulares del Estado que se especiali- zan en el desempeño de esa hegemonía son selectivos, encontrándose en sus instituciones subordinadas más'que en las superiores. Las referencias específicas de Gramsci a las funciones ideológicas del Estado incumbne no tanto al Parlamento como a la educación y la ley, o sea, al sistema educativo y al sistema judicial.

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Todo Estado es ético en la medida en que una de sus funciones más importantes es elevar a un nivel cultural y moral determinado a la gran masa de la población, un nivel o estándar que corresponda a las necesidades de desarrollo de las fuerzas de producción y, por lo tanto, a los intereses de las clases dominantes. La escuela como función de educación positiva y los tribunales como función educativa negativa y represiga son las actividades más importantes del Estado. Pero en reali- dad hay un sinnúmero de otras actividades e iniciativas denominadas privadas que tienden hacia el mismo fin y constituyen el aparato de la hegemonía política y cultural de la clase dominante.56

Es sumamente importante poner ésto de relieve porque subraya toda la distancia que existe entre Gramsci y muchos de sus comentaristas pos- teriores, cualesquiera que sean los límites del desarrollo que hace Gramsci del tema. Pero, al mismo tiempo, no puede aceptarse como una verdadera corrección de la primera versión. Gramsci capta ahora la presencia simul- tánea de controles ideológicos en el seno de la sociedad civil y el Estado. Pero lo que es una ganancia en un plano queda anulada por una falta de claridad en otro. La hegemonía, que antes se ubicaba solamente en la so- ciedad civil, es ejercida ahora también por el Estado. Simultáneamente, no obstante, tiende a cambiar su significado: ya no indica únicamente la supremacía cultural porque incluye también la coerción. “El ejercicio normal de la hegemonía” ahora “se caracteriza por una combinación de fuerza y consenso” El resultado es que Gramsci ahora comete un error en el otro sentido. Porque la coerción es precisamente un monopolio legal del Estado capitalista. Según la famosa definición de Weber, el Esta- do es la institución que goza del monopolio de la violencia legítima sobre un territorio determinado.” Sólo él posee un ejército y una policía, “grupos de hombres especializados en el uso de la represión” (Engels). No es cierto, por lo tanto, que la hegemonía como coerción + consenso esté copresente, tanto en la sociedad civil como en el Estado. El ejercicio de la represión está jurídicamente ausente de la sociedad civil. El Estado se lo reserva cómo terreno exclusivo.58 Esto nos trae a colación un pri- mer axioma fundamental que rige la naturaleza del poder en una forma- ción social capitalista desarrollada. Existe siempre una asimetría estructu- ral en la distribución de las funciones consencuales y coercitivas de este poder. La ideología es compartida por'la sociedad civil y el Estado pero la violencia pertenece sólo al Estado. Es decir, el Estado entra dos veces más en cualquier ecuación entre ambos.

Puede ser que una de las razones por las que Gramsci tuvo dificultad en aislar esta asimetría fuese que Italia había sido testigo en 192Q-22 del surgimiento excepcional de pelotones militares organizados por los fascis- tas que operaban libremente fuera del aparato del Estado propiamente. El monopolio estructural de la violencia detentado por el Estado capita-

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lista estaba enmascarado pues en gran medida por operaciones coyuntura- les de comando (término de Gramsci) dentro de la sociedad civil. Pero obviamente, los squadristi solo podían saquear y asaltar con impunidad las instituciones de la clase obrera porque tenían la cobertura tácita de la policía y del ejército. Gramsci, con su habitual lucidez, era naturalmente muy consciente de ésto:

En las luchas actuales este fenómeno se verifica con mucha frecuencia. Una organización estatal debilitada es como un ejército que ha perdi- do todo su vigor; entran en el campo los “arditi”, o sea las organiza- ciones armadas privadas que tienen dos objetivos: hacer uso de la ile- galidad mientras el Estado parece permanecer en la legalidad, como medio de reorganizar al mismo Estados9

Al comentar la marcha sobre Roma escribió:

No podía haber una “guerra civil” entre el Estado y el movimiento fascista sino sólo una acción violenta esporádica para modificar el lide- razgo del Estado y reformar su aparato administrativo. En la lucha ci- vil de guerrillas, el movimiento fascista no estaba contra el Estado sino aliado a 61.60

El episodio relativamente atípico de los pelotones fascistas —cuyas expediciones sólo podían ser “esporádicas”— no parece haber tenido en realidad ningún efecto notable en. el equilibrio del pensamiento de Gramsci.

En este aspecto, tuvo más repercusión en la incertidumbre de la expli- cación que da sobre la relación entre Estado y sociedad civil la tendencia recurrente en su teoría a una sobreextensión de sus conceptos. La disolu- ción que hace de la policía en un fenómeno social más amplio y vago no deja de ser un ejemplo típico.

¿Qué es la policía? No es con toda seguridad la organización oficial, jurídicamente reconocida y a la que se asigna la función de la seguri- dad pública que es lo que se entiende generalmente por el término. Es- ta última es el núcleo central que tiene la responsabilidad formal por la “policía”, la cual es en realidad una organización mucho más vasta en la que participa una gran parte de la población de un Estado, direc- ta o indirectamente, con vínculos más o menos precisos y concretos, permanente y ocasionalmente.6 l

En realidad es sorprendente que precisamente en el terreno de la ley, en la que Gramsci estaba especialmente interesado como una función del Estado, Gramsci pudiera simultáneamente observar la ausencia de cual-

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quier equivalente coercitivo a sus sanciones dentro de la sociedad civil co- mo en el Estado para producir estándares morales y culturales específi- cos.

La cuestión del “derecho”, cuyo concepto deberá ser extendido, comprendiendo también aquellas actividades que hoy están involucra- das en la fórmula de “jurídicamente indiferente” y que son del domi- nio de la sociedad civil, la cual opera sin “sanciones” y sin “obligacio- nes” taxativas, mas no deja por ello de ejercer una presión colectiva y de obtener resultados objetivos en la formación de las costumbres, las maneras de pensar y de obrar, la moralidad, etcétera.6 2

El resultado es una falta de distinción estructural entre ley y costum- bre, reglas jurídicas y normas convencionales, que dificulta cualquier de- marcación precisa de las respectivas provincias de la sociedad civil o el Es- tado en una formación social capitalista. Gramsci no fue nunca capaz de fijar la asimetría entre los dos: sus formulaciones sucesivas andan cons- tantemente a tientas hacia ella, sin nunca alcanzarla exactamente.

Un tercer intento

La tercera versión de Gramsci de la relación entre sus términos repre- senta un intento final por captar este objeto elusivo. En esta versión, el Estado incluye la “sociedad pol ítica” y la “sociedad civil” a la par. Hay, en efecto, una radicalización de la fusión de categorías ya incipiente en la segunda versión. Ahora ya no hay simplemente una distribución de la he- gemonía como síntesis de coerción y consenso, a través del Estado y la sociedad civil. Estos se fusionan en una unidad suzerana más amplia.

Además del aparato gubernativo, debe también entenderse por “Esta- do” el aparato “privado” de hegemonía o sociedad civil.6 3

La conclusión de este razonamiento es este aforismo repentino: en la realidad efectiva, sociedad civil y Estado se identifican” 64 Es decir, el Estado se convierte en la coextensión de la formación social, como se u- tiliza en el plano internacional. El concepto de sociedad civil como enti- dad aparte desaparece. “La sociedad civil que es también ‘Estado’, o me- jor quc es cl Estado mismo.”65 Puede decirse que estas formulaciones ponen de manifiesto la conciencia tan frecuente en Gramsci de que el pa- pel del Estado “excede” en cierto sentido al de la sociedad civil enOcci- dente. Constituyen por lo tanto una corrección importante a su segunda versión. Pero, una vez más, la ganancia en el nuevo terreno está acompa- ñada por una pérdida en el anterior. Porque cn esta versión final la mis-

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ma distinción entre Estado y sociedad civil queda cancelada. Esta solu- ción tiene graves consecuencias que socavan cualquier intento científico por definir el carácter específico de la democracia burguesa en Occiden- te.

Althusser y Gramsci

Los resultados podemos verlos en“ la adopción que hacen de esta ver- sión Louis Althusser y sus colegas. Porque si la primera versión de las e- cuaciones de Gramsci se la apropiaron sobre todo las corrientes de iz- quierda en el seno de la socialdemoeracia europea después de la guerra, la tercera versión ha sido más recientemente utilizada por las corrientes de izquierda en el seno del comunismo europeo. Los Orígenes de esta adop- ción pueden encontrarse en un pasaje muy conocido de La revolución te- órica de Marx‘ en el que Althusser, equiparando la noción de “sociedad civil” a la de “comportamiento económico individual” y atribuyendo su ascendencia a Hegel, la deja de lado por ser-ajena al materialismo históri- co. 6 6 Si bien, obviamente, el joven Marx utilizó el término "para referirse principalmente a la esfera de las necesidades económicas, está muy lejos de desaparecer de sus escritos de madurez. Si la primera significación de sociedad civil desaparece de El Capital con la aparición de los conceptos de fuerzas/relaciones de producción). no sucede lo mismo con el término en sí, porque para Marx el término tuvo otro significado que no era sinó- nimo de las necesidades económicas individuales, sino una designación ge- nérica de todas las instituciones no estatales en una formación social capi- talista. Marx no sólo nunca abandonó esta función del concepto de “so- ciedad civil” sino que sus escritos políticos posteriores giran repetida- mente alrededor de un uso crucial de ella. Así pues, todo el Dieciocho Brumario está construido sobre .un análisis del bonapartismo que empieza con la afirmación siguiente:

El Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la so- ciedad civil, desde sus manifestaciones amplias de vida hasta sus más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia has- ta la existencia privada de los individuos.6 7

Esta acepción es la que Gramsci adoptó en sus Cuadernos de la cárcel. Al así decirlo, delimitó no obstante el concepto de “sociedad civil” con mucha más precisión. En Gramsci, la sociedad civil no se refiere a la esfe- ra de las relaciones económicas sino que se contrapone precisamente a és- tas como un sistema de instituciones superestructurales que es el interme- diario entre la economia y el Estado. “Entre la estructura económica y el Estado, con su lcgisladión y coerción, se erige la sociedad civil.”68 lista es

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la razón de que la lista que hace Gramsci de las instituciones de hegemo- nía enla sociedad civil raras veces incluya fábricas o plantas, o sea preci- samente los aparatos económicos que muchos de sus discípulos hoy creen que son primordiales para inculcar la subordinación ideológica entre las masas. (En todo caso, Gramsci en sus escritos de Turín, aunque no en sus' notas de la cárcel sobre el americanismo, tendió frecuentemente a consi- derar la disciplina de estos lugares como escuelas de socialismo más que de capitalismo .) La definición que da Gramsci del término “sociedad ci- vil” puede ser descrita por lo tanto como un refinamiento del uso que hace de él el último Marx, disociándolo explícitamente de sus orígenes económicos. Al mismo tiempo, acabamos de ver que en su última versión de la diada Estado y sociedad civil, abandona del todo la distinción entre los dos para proclamar su identidad. No obstante, podemos preguntarnos si se puede rechazar simplemente el término incluso en su acepción no económica. No cabe duda de que la diversificada transición del término a través de Locke, Ferguson, Rousseau, Kjant, Hegel y Marx lo ha cargado de múltiples ambigüedades y confusiones.6 9 Es indudablemente necesa- rio enmarcar en el futuro un concepto nuevo e inequívoco dentro de teoría científica desarrollada sobre la articulación total de las formacio- nes sociales capitalistas. Pero hasta que éste se halle al alcance, el término “sociedad civil” sigue siendo un concepto práctico-indicativo necesario para designar a todas aquellas instituciones y mecanismos que quedan fuera de las fronteras del sistema estatal propiamente. En otras palabras, su función consiste en trazar una línea de demarcación indispensable den- tro de las superestructuras político-ideológicas del capitalismo.

“Aparatos ideológicos de Estado”

Después de haber rechazado la noción de sociedad civil, Althusser se vio abocado lógicamente a la similación de la fórmula final de Gramsci que abole efectivamente la distinción entre Estado y sociedad civil. El re- sultado fue la- tesis de que “iglesias, partidos, sindicatos, familias, escue- las, periódicos, empresas culturales” todos ellos constituyen de hecho los “aparatos ideológicos de Estado” Cuando explica la noción, Althusser declara:

Carece de importacia saber si las instituciones en las que las ideologías se realizan son “públicas” o “privadas” porque todas ellas indiferente- mente forman sectores de un único Estado controlador que es “la pre- condición de cualquier distinción entre público y privado” 71

Las razones políticas para esta decisión teórica repentina y arbitraria

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no están del todo claras. Pero parece probable que en gran medida fueron un producto de la atracción que provocó la revolución cultural china a finales de los sesentas en los sectores de semioposición de los partidos comunistas europeos. El carácter revolucionario oficialmete proclamado del proceso en China, en efecto, sólo podía casar con las clásicas defmi- ciones marxistas de una revolución —el derrocamiento y la destrucción de la maquinaria estatal—— decretando que todas las manifestaciones cultura- les eran aparato de Estado.72 En la prensa china del momento estas ma- nifestaciones eran ciertamente típicamente percibidas en los rasgos psico- lógicos mostrados por los individuos. Para proporcionar credenciales mar- xistas a esta “revolución de los espíritus” que se estaba llevando a cabo en China, era necesaria una redefinición radical del Estado. Apenas es ne- cesario dietenernos hoy en el carácter inadecuado de este procedimiento para cualquier explicación racional de la revolución cultural que en la ac- tualidad ya es un capítulo archivado en la historia de los partidos comu- nistas. Mucho más graves eran sus consecuencias potenciales para una po- lítica socialista responsable en Occidente.

Una vez se ha adoptado la postura de que todas las superestructuras i- deológicas y políticas —incluyendo la familia, sindicatos y partidos refor- mistas, y los medios piivados- son, por definición, aparatos de Estado, es imposible e innecesario, siguiendo una lógica estricta, distinguir entre democracias burguesas y fascismo. El hecho de que en este último el con- trol total del Estado sobre los sindicatos o los medios de comunicación estuviera institucionalizado, según este razonamiento, para utilizar la fra- se de Althusser, “carecería de importancia” Una fusión similar de Estado y sociedad civil pudo llevar inversamente a los jóvenes discípulos de la es- cuela de Frankfurt a mantener al mismo tiempo que la “democracia libe- ral” en la Alemania de la posguerra era funcionalmente equivalente al fascismo en la Alemania de la preguerra ya que ahora la familia cumplía con la instancia autoritaria que previamente había ocupado la policía como parte del sistema estatal. La ausencia de un carácter científico en estas te- sis es obvia; la clase obrera europea pagó muy caro por anticipaciones de ellas en los veintes y a principios de los treintas. Las fronteras del Estado no son objeto de indiferencia para la teoría marxista o la práctica revolu- cionaria. Es esencial poder trazarlas con precisión. Confundirlas es de he- cho comprender mal el papel y la eficacia específicas de las superestruc- turas fuera del Estado en el seno de la democracia burguesa. Ralph Mili- band, en una presciente crltica de toda la noción de “aparatos ideológi- cos de Estado”, lo pone correctamente de relieve.

Sugerir que las instituciones relevantes son en realidad parte del siste- ma del Estado no me parece que está en consonancia con la realidad y tiende a ocultar la diferencia al respecto entre estos sistemas políticos y los sistemas en los que las instituciones ideológicas son verdadera-

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mente parte de un sistema monopolista estatal de poder. En los prime- ros sistemas, las instituciones ideológicas conservan un grado muy alto delautonomía y están, por lo tanto, mejor capacitados para ocultar el grado en que pertenecen al sistema de poder capitalista.7 3

En lo que concierne a Althusser, sería en realidad injusto adjudicarle cualquier identificación de las estructuras del fascismo con las de la de- mocracia burguesa; no hay ningún signo de que fuere tentado alguna vez por estos errores ultraizquierdistas o, en todo caso, por las consecuencias reformistas que podrían también deducirse formalmente de la idea de que los locales sindicales o los estudios cinematográficos fueran parte del aparato de Estado en Occidente (en cuyo caso la victoria de una candida- tura comunista o la filmación de una película militante contarían putati- vamente como conquistas graduales de “partes” de un aparato estatal di- visible, desafiando así el dogma marxista fundamental de la unidad polí- tica del Estado burgués, que necesita precisamente de una revolución pa- ra acabar con él). La razón para la inocuidad real de una teoría que po- tencialmente era tan peligrosa está en su inspiración. Concebida para una arcana complacencia con los acontecimientos en el Lejano Oriente, sus aplicaciones esotéricas en Occidente carecieron de ímpetu local. La verda- dera marca de la tesis no fue tanto su gravedad política para la clase obre- ra como su veleidad.

La influencia .de Croce

El caso de Gramsci era naturalmente muy diferente. No había ningún determinante político distante en funcionamiento cuando hizo sus teori- zaciones sobre la relación entre Estado y sociedad civil. Las dificultades y contradicciones de sus textos eran más bien un reflejo de los impedi- mentos que tenía en prisión. Había, no obstante, un determinante filosó- fico en su tendencia a distendir las fronteras del Estado. Gramsci no pro- dujo de la nada la idea de una extensión indefinida del Estado como es- tructura política. La tomó, bastante directamente, de Benedetto Croce. En sus Cuademos de la cárcel, Gramsci citó por lo menos cuatro veces la vi- sión de Croce de que el “Estado” era una entidad superior que no se de- bía identificar con el simple gobierno empírico y que a veces podía en- contrar su verdadera expresión en lo que podían parecer instituciones o terrenos de la sociedad civil.

Croce llega hasta a afirmar que el verdadero “Estado”, que es la fuerza directiva en el proceso histórico, se ha de encontrar a veces no donde generahnente- se cree que está, en el Estado jurídicamente definido, sino frecuentemente en las fuerzas “priVadas” y a veces en las denomi-

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nadas revolucionarias. Esta proposición de Croce es muy importante para comprender su concepción dela historia y la política.74

El carácter metafísico de la concepción de Croce es obviamente ma- nifiesto: la idea de una esencia nouménica del Estado, flotando mayestá- ticamente sobre las meras apariencias jurídicas o institucionales, era una herencia típicamente hegeliana. La inocente reproducción de lo mismo por una escuela tenazmente antihegeliana dentro del marxismo occi- dental es una peculiar ironía.

Este legado especulativo y anticientífico del pensamiento de Croce tuvo sin duda sus efectos en la obra de Gramsci. Un ejemplo de las extravagancias de las que es responsable este legado son textos de los Cuadernos como aquél en el que Gramsci acaricia la idea de que el par- lamento puede, en algunos casos, no ser en absoluto parte del Estado75 La dirección equivocada a la que le condujo la afición croceana es eviden- te en todos aquellos pasajes en los escritos de Gramsci en los que afir- ma o sugiere una disolución de las fronteras entre Estado y sociedad civil. Pero al mismo tiempo es digno de atención que siempre que Grams- ci tuvo que, hablar directamente de la experiencia del fascismo en Italia, nunca interpretó erróneamente la importancia de la delimitación entre los dos. Porque el fascismo tendía precisamente a eliminar esta frontera en la práctica y, siempre que los intereses propiamente políticos eran primordiales, Gramsci no tuvo dificultad en registrar las realidades históricas. “Con los acontecimientos de 1924-26, cuando se supri- mieron todos los partidos políticos“. escribió,

la coincidencia entre pays reel y pays legal se empezó a proclamar en Italia a partir de este momento, porque la sociedad civil en todas sus formas estaba ahora integrada en una organización política de partido único del Estado.“

Gramsci no se hacía ilusiones sobre la importancia de las innovacio- nes impuestas por la dictadura contrarrevolucionaria de la que él fue víctima: “Las dictaduras contemporáneas abolen jurídicamente hasta las formas modernas de autonomía” de las clases subordinadas, escri- bió, tales como “partidos, sindicatos, asociaciones culturales” y así

pretenden incorporarlas a la actividad del Estado: la centralización legal de toda la vida nacional en manos de un grupo dirigente que aho- ra es “totalitario” ’7

Así pues, cualesquiera que fueran los errores analíticos debidos a la in- fluencia de Croce en los escrito de Gramsci, la aberración de equiparar

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las formas fascista y parlamentaria del Estado capitalista no se contaba entre ellos.

Las oscilaciones que encontramos en Gramsci en la utilización de sus términos centrales ya se han señalado: nunca se comprometió sin ambi- güedad con ninguno de ellos. Podría decirse, a pesar de todo, que esta tercera ve'rsión de la relación entre Estado y sociedad civil —identifica- ción- es una señal de que en sus Cuadernos de la cárcel no hay una comparación comprehensiva de la democracia burguesa y el fascismo. El problema de la diferencia e3pecífica entre los dos sigue quedando 'irresuelta en un sentido en su obra y a esto se debe en parte que Grams- ci —víctima de una dictadura policiaca en un país europeo relativamente atrasadó- pudiera paradójicamente aparecer después de la segunda gue- rra mundial como el teórico por excelencia del Estado parlamentario de los países capitalistas avanzados. La importancia de una distinción operativa entre Estado y sociedad civil se plantea con especial urgencia, como ya hemos visto, en cualquier análisis comparativo de este tipo. Al final, la tercera versión de Gramsci tiende a eliminar el problema teórico central de sus primeras dos versiones. El nudo gordiano de la relación entre Estado y sociedad civil en las formaciones sociales occi- dentales, distinguiéndolas de la Rusia zarista, se corta terminantemen- te decretando que el Estado es coextensivo a la formación social en cualquier caso. No obstante, el problema sigue en pic y el número mayor de textos de Gramsci dedicados a‘ investigar sus primeras ecuaciones dan fe de su conciencia sin merma de ello.

La asimetría. clave

Atcniéndonos de momento a los términos de los Cuadernos de la cárcel,78 ya hemos visto que la distribución clave —que eluden cada una de las versiones sucesivas de Gramsci, aunque la pasan por alto desde di- recciones diferentes-— es una asimetría entre la sociedad civil y el Estado en Occidente: la coerción su ubica solamente en uno de- los términos y el consenso en ambos. Esta respuesta “topológica” plantea no obstan- te otro problema más profundo. Más allá de esta distribución ¿cuál es la interrelación o conexión entre el consenso y la coerción en la estruc- tura del poder de la clase burguesa en el capitalismo metropolitano? El funcionamiento de la democracia burguesa parece justificar la idea de que el capitalismo avanzado descansa fundamentalmente en el consen- timiento que le presta la clase obrera. La aceptación de esta idea es en realidad la piedra angular de la estrategia de la “vía parlamentaria al so- cialismo”, en la cual puede medirse el progreso por Ia conversión del pro- letariado al proyecto de socialismo hasta que se alcanza una mayoría arit- mética con lo cual el régimen del sistema parlamentario hace que sea po-

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sible la promulgación del socialismo sin dolor alguno. La idea de que el poder del capital asume esencial o— exclusivamente la forma de hegemo- nía cultural en Occidente es, en efecto, un principio clásico del reformis- mo. Esta es la tentación involuntaria que acecha en alguna de las notas de Gramsci. ¿Queda verdaderamente desterrada con su afirmación alternati- va de que la hegemonía de la burguesía occidental es una combinación de consenso y coerción‘lNo hay duda de que es un paso hacia adelante, pero la relación entre los dos términos no puede captarse mediante su conjun- ción o adición simplemente. Pero dentro del marco de referencia de Grams- ci, todo depende de un calibramiento exacto de esta relación precisamen- te. ¿Cómo se la debería concebir teóricamente?

No podemos ofrecer ahora una respuesta adecuada a esta pregunta, ya que no sólo podemos llegar a la solución cient ífica mediante la investiga- ción histórica. Ningún comentario filológico o fiat teórico puede solucio- nar los difíciles problemas del poder de la clase burguesa en Occidente. Una investigación directamente independiente y comparativa de los siste- mas políticos reales en los países imperialistas más importantes del siglo XX sólo puede determinar las estructuras reales del dominio del capital. El materialismo histórico no nos permite otro procedimiento. En este en- sayo no podemos naturalmente ni siquiera introducirlo. Lo único que po- demos intentar es anticipar algunas sugerencias críticas dentro de los lí- mites textuales del discurso de Gramsci. La verificación de las mismas se- guirá estando necesariamente sometida a las disciplinas ordinarias del es- tudio científico.

La naturaleza del dominio de la clase burguesa

Para formular una respuesta preliminar, podemos recurrir a una fra- se del mismo Gramsci. En el primer Cuaderno que elaboró en la cárcel, se refirió de paso a las “formas mixtas de lucha” que eran de carácter “fundamentalmente militar y preponderamentemente políticas ’, obser- vando al mismo tiempo que “toda lucha política tiene siempre un sustra- to militar”79 La yuxtaposición y distinción paradójicas de “fundamen- tal” y “preponderante” para describir la relación entre dos formas de lu- cha nos proporciona una fórmula que puede ser adaptada a una explica- Ción más adecuada de los arreglos del poder de la clase burguesa en el ca- pitalismo avanzado. Más tarde, la tradición althusseriana iba a codificar la misma dualidad en su distinción entre “determinante” y “dominante”, tomada no de Gramsci sino de Marx. Al analizar las formaciones sociales contemporáneas en Occidente, podemos sustituir “coerción.” o “repre- sión por el término “lucha militar” de Gramsci, como el modo de do- minio clasista reforzado por la violencia y “cultura” e “ideología” por su “lúcha política”, como el modo de dominio clasista garantizado por el

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consenso. Podemos entonces captar algo parecido a la naturaleza real de la relación entre las dos variables por las que estaba obsesionado Gramsci. Si nos remitimos a la problemática original de Gramsci, la estructura nor- mal del poder político capitalista en los Estados democrático-burgueses. está en efecto, simultánea e indivisiblemente dominada por la cultura y determinada por la coerción. Negar el papel “preponderante” o dominan- te de la cultura en el sistema de poder burgués contemporáneo es liquidar la diferencia inmediata más sobresaliente entre el parlamentarismo occi- dental y el absolutismo ruso y reducir el primero a un mito. El hecho es que esta dominación cultural está encarnada en ciertas instituciones irre- futablemente concretas: elecciones regulares, libertades civiles, derechos de reunión, todas existentes en Occidente y ninguna de las cuales amena- za directamente al poder clasista del Capital80 El sistema cotidiano del dominio burgués se basa, por lo tanto, en el consenso de las masas asu- miendo la forma de creencia ideológica de que ellas ejercen un autogo- bierno en el Estado representativo. Pero, al mismo tiempo, olvidar el pa- pel “fundamental” o determinante de la violencia en el seno de la estruc- tura de poder del capitalismo contemporáneo en última instancia es re- troceder al reformismo con la, ilusión de que una mayoría electoral pue- de legislar el socialismo pacificamente desde tin parlamento.

Una analogía puede servimos para iluminar la relación en cuestión, siempre que tengamos en mente sus límites (los de cualquier analogía). En el modo de producción capitalista, un sistema monetario está consti- tuido por dos medios distintos de intercambio: papel y oro81 No es una suma de estas dos formas, porque el valor de la emisión fiduciaria que cir- cula todos los días y que mantiene por lo tanto al sistema en condiciones normales, depende de la cantidad de metal en las reservas bancarias en cualquier momento dado, a pesar de que este metal esté completamente ausente del sistema como medio de intercambio. Solo el papel, y no el oro, aparece en circulación aunque el papel esté en última instancia de- terminado por el oro sin el cual dejaría de ser una moneda corriente. Por otra parte, las condiciones de crisis desencadenan necesariamente una re- versión repentina de todo el sistema al metal que yace siempre invisible tras él: el colapso del crédito produce infaliblemente la carrera hacia el _oro82 En el sistema político reina una relación estructural similar (no aditiva y no transitiva)‘entre ideología y represión, consenso y coerción. Las condiciones normales de subordinación ideológica-de las masas —las rutinas día tras día de una democracia parlamentaria- están constitui- das por una fuerza silenciosa y ausente que les confiere su valor corrien- te: el monopolio de la violencia legítima detentado por el Estado. Priva- do de él, el sistema de control cultural se volvería frágil al instante pues- to que desaparecerían los límites de las posibles acciones en su contra8 3 Con él,es inmensamente poderoso, tanto que puede paradójicamente “pa- sarde de” él: en efecto, la violencia normalmente sólo aparece en escasas

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ocasiones dentro de los límites del sistema.

En las más tranquilas democracias de hoy día, el ejército puede per- manecer invisible en sus cuarteles y la policía tranquila en sus distritos de vigilancia. La analogía se aplica también en otro aspecto. Del mismo mo- do que el oro como un sustrato material del papel es en una conven- ción que necesita ser aceptada como medio de intercambio, también la represión como garante de la ideologia depende de la anuencia de aque- llos que están entrenados para ejercerla. No obstante, teniendo en cuenta esta estipulación decisiva, el recurso “fundamental” del poder de la clase burguesa por debajo de la cúspide “preponderante” de la cultura en un sistema parlamentario, sigue siendo la coerción.

Porque históricamente —y este es el punto más esencial de todos- el desarrollo de cualquier crisis revolucionaria desplaza'necesariamente el dominio dentro de la estructura burguesa de poder de la ideología a la violencia. La coerción se convierte en determinante y dominante en la crisis suprema y el ejército ocupa inevitablemente el primer plano del es- cenario en cualquier lucha dc clases contra el proyecto de inauguración rea] del socialismo. El poder capitalista puede considerarse en este senti- do como un sistema topológico con un centro "móvil": en cualquier cri- sis tiene lugar un redespliegue objetivo y el capital pasa a concentrarse de sus aparatos representativos en los represivos. El hecho de que la sub- jetividad de los cuadros dirigentes de estos aparatos en los países occiden- tales pueda seguir siendo inocente de un guión así, no prueba su neutra- lidad constitucional sino meramente lo remoto que es el proyecto para e- llos. De hecho, cualquier crisis revolucionaria dentro de un país capitalis- ta avanzado debe producir inevrtablemente una reversión al determinan- te en definitiva del sistema de poder: la fuerza. Esta es una ley del capita- lismo que éste no puede violar si no es bajo pena de muerte. Es la regla de la situación de final de juego.

,II El equilibrio entre coerción y consenso

Ya debe haber quedado claro ahora por que el concepto de hegemonía dc Gramsci —a pesar de todos sus inmensos méritos por haber sido la “va- ra divinatoria” teórica del carácter específico de'las formaciones sociales occidentales todavía por trazar-34 contiene un peligro político poten- cial.Hemos visto cómo el témiino, originado en Rusia para definir la rela- ción entre el proletariado y el campesinado en una revolución burguesa, fue trasladado por Gramscr para describir la relación entre la burguesía y cI proletariado en un orden capitalista consolidado cn Europa occidental. El hilo común que permitió esta extensrón fue el tenor consensuar de la idea de hegemonía .Utilizada en Rusia para derrotar la naturaleza persua-

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siva de la influencia que la clase obrera debía tratar de conquistar sobre el campesinado, oponiéndola a la naturaleza coercitiva de la lucha para de- rrocar el zarismo, fue aplicada pues por Gramsci a las formas de consenti- miento al gobierno que la burguesía había obtenido de la clase obrera en Occidente. El servicio que rindió al marxismo centrándose tan crucial- mente en el problema —hasta entonces evadido- de la legitimidad con- sensual de las instituciones parlamentarias en Europa occidental, fue soli- tario e insigne. Pero, al mismo tiempo, los riesgos concomitantes a esta nueva extensión del concepto de hegemonía se hicieron pronto evidentes en sus escritos.

Porque si bien en Rusia el término podía agotar la relación entre pro- letariado y campesinado, ya que era una alianza entre clases no antagóni- cas, lo mismo nunca podía ser cierto en, pór ejemplo, Italia o Francia res- pecto a la relación entre burguesía y proletariado que es inherentemente un conflicto entre clases antagónicas, basado en dos modos de produc- ción adversarios. O sea, el dominio capitalista en Occidente comprendía necesariamente la coerción además del consenso. La conciencia que Gramsci tenía de esto se expresó en numerosas formulaciones contenidas en sus escritos cuando se refiere a la combinación entre los dos. Pero, como ya hemos visto, estas combinaciones nunca lograron localizar con- cretamente o con exactitud ni la posición ni la interconexión de la repre- sión y la ideología dentro de la estructura de poder del capitalismo avan- zado. Además, en la medida en que Gramsci sugirió a veces que el con- sentimiento pertenecía primordialmente a la sociedad civil y la sociedad tenía la primacía sobre el Estado, permitió que se sacara la conclusión de que el poder de la clase burguesa era ante todo consensual. De esta ¡nanc- ra, la idea de hegemonía tiende a dar crédito a la noción de que el modo de poder burgués dominante en Occidente —“cultura”— es también el modo determinante, bien eliminando este último, ¡bien fusionando los dos. De ahí que omita el papel inapelable de la fuerza en última instan- cia.

Pero el uso que hizo Gramsci del término hegemonía no se limitaba a la burguesía como clase social. También lo empleó para trazar las vías de ascenso del proletariado en Occidente. Ahí estaba implícito un paso más en la evolución del concepto. La relación prescriptiva proletariado/cam- pesinado se había equiparado plausiblemetne con el ascendiente cultural; en realidad, la relación burguesía/proletariado incluía también una in- fluencia cultural aunque no podía hacerse equivalente a ella o reducirla a- sí. Pero ¿podia decrrse que la relación proletariado/burguesía presagiaba o prometía un ascendiente cultural? Muchos admiradores de Gramsci han creído que sí. Y sc ha defendido con mucha frecuencia que su única tesis original y fuerte fue precisamete Ia idea de que la clase obrera puede ser hegemónica culturalmente antes de convertirse en clase dirigente polí- ticamente en el seno de una formación social capitalista. Las interpreta-

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ciones oficiales de Gramsci, en especial, han sido afinadas de acuerdo a esta expectativa. No obstante, el texto de los Cuadernos de la cárcel al que habitualmente se hace referencia no afirma esto. En él Gramsci es- cribió:

Un grupo social es dominante sobre los grupos enemigos que tiende a “liquidar” o someter mediante la fuerza armada, y es dirigente respec- to a los grupos afines y aliados. Un grupo social puede y ciertamente debe ser dirigente antes de conquistar el poder gubernamental (ésta es una de las principales condiciones para la conquista del poder mismo); después, cuando ejerce e] poder y lo mantiene firmemente" en su puño, se convierte en dominante pero continúa siendo “dirigente”35

Gramsci distingue aquí cuidadosamente la necesidad. de coerción de clases enemigas y la dirección consensual de las clases aliadas. La “activi- dad hegemónica” que “puede y debe ser ejercida antes de la toma de po- der” solamente se relaciona en este contexto con el problema de las alian- zas de la clase obrera con otros grupos explotados y oprimidos; no es una pretensión de hegemonía sobre toda la sociedad, o sobre la clase dirigen- te, imposible por definición en este sentido.

Es cierto, sin embargo, que un lector incauto puede llegar a interpretar mal este pasaje, en el que Gransci pisa de hecho terreno firme, debido a las ambigüedades en el uso que hace del término hegemonía en otras oca- siones. En breve veremos por qué. De momento es importante recordar el conocido principio marxista que dice que la clase obrera bajo el capita- lismo es inherentemente incapaz de ser la clase culturalmente dominante a causa de haber sido estruCturalmente expropiada, por su posición de clase, de algunos de los medios esenciales de producción cultural (educa- ción, tradición ocio), a diferencia de la burguesía de la Ilustración que pudo generar su propia cultura superior dentro del marco del ancien ré- gime. Y no sólo esto, sino que despues de la revolución socialista —la con- quista del poder político por el proletariado- la clase culturalmente d'o- minante sigue siendo la burguesía en ciertos aspectos (no todos, sino há- bitos más que ideas) y durante un cierto tiempo (más corto, en princi- pio, con cada revolución), como pusieron de relieve Lenin y Trotsky en contextos difetentes.“ Gramsci, intermitentemente, fue también cons- ciente de esto.87 Pero, en tanto no tenía en cuenta constantemente la falta de correspondencia estructural entre las posiciones de la clase burgue- sa en el seno de la sociedad feudal y las de la clase obrera en el seno de la sociedad capitalista, el riesgo de un deslizamiento teórico de una a otra estaba siempre potencialmente presente en el uso que hacían comúnmen- te del término hegemonía. La asimilación mucho más que ocasional de las revoluciones burguesa y proletaria en sus escritos sobre el jacobinismo demuestra que Gramsci tampoco fue inmune a esta confusión. El resul-

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tado fue permitir que las codificaciones posteriores de su pensamiento es- tablecieran un vínculo directo entre sus dos extensiones del concepto de hegemonía convirtiéndolo en un silogismo clásicamente reformista. Por- que una vez se atribuye primordialmente el pode-r burgués en Occidente a la hegemonía cultural, la adquisición de esta hegemonía significaría que la clase obrera se arrogaría efectivamente la “dirección de la sociedad” sin la toma del poder del Estado y su transformación, en una transición indolora hacia el socialismo. En suma, u’na idea típica del fabianismo. Gramsci, claro está, nunca sacó esta conclusión. Pero enla dispersa letra de sus textos, no era tampoco una interpolación totalmente arbitraria.

El marco de referencia de la Comintern

¿Cómo es posible que Gramsci, un militante comunista con un pasado de resuelta hostilidad política al reformismo dejase una herencia tan am- bigua? La respuesta debe buscarse en el marco de referencia dentro del que escribió. La teoría y la práctica de la III Internacional, desde el co- mienzo de su historia con Lenín hasta el encarcelamiento de Gramsci, es- taba saturada de advertencias sobre la necesidad histórica de la violencia en la destrucción y construcción de los estados. La dictadura del proleta- riado, después del derrocamiento armado del aparato del Estado burgués, era la piedra de toque —incasablemente proclamada en todos los docu- mentos oficiales- del marxismo de la Comintern. Gramsci nunca puso en duda estos principios. Por el contrario, cuando empezó sus exploraciones teóricas en prisión, parece haberlos considerado tan consabidos que ape- nas si figuran directamente en su discurso. Forman lo que sería la adqui- sición familiar, que ya no era necesario reiterar, en una empresa intelec- tual cuyas energías se concentraban en otra parte: en el descubrimiento de lo desconocido. Pero ante la falta de cualquier posibilidad de compo- sición integrada, que se le negó en prisión, el intento de búsqueda de nuevos temas e ideas expusieron a Gramsci al riesgo continuo de perder de vista temporalmente las viejas verdades y, por lo tanto, de descuidar o mal interpretar la relación entre los dos. El problema del consenso —que constituye cl verdadero punto de apoyo de su obra— es el punto crítico de este proceso. Gramsci era plenamente consciente de la novedad y diji- cultad que representaba para la teoría marxista el fenómeno del consenso popular institucionalizado del capital en Occidente, hasta este momento eludido o sofocado en la tradición de la Comintern. El centró pues toda la potencia de su inteligencia en ello. AI hacerlo, nunca pretendió negar o rescindir los axiomas clásicos de esa tradición acerca del papel inevitable de la coerción social en cualquier gran transformación histórica mientras subsistieran las clases sociales. Su objetivo era —en una de sus frases-- “complementar” el tratamiento dc uno con una exploración de lo otro.

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Las premisas y objetivos producidos por el lente selectivo de su obra podemos verlos con especial claridad en sus comentarios a Croce. La im- portancia deCroce en todo el programa de Gramsci en prisión es bien sa- bida. Sus observaciones sobre los estudios históricos de Croce son por lo tanto especialmente reveladores. Gramsci criticó repetida y expresamente a Croce por su exaltación unilateral delos momentos consensuales y mo- rales, y su evasión concomitante de los militares y coercitivos, en la his- toria europea.

En sus dos libros recientesflistoria de Italia e Historia de Europa, es- tán precisamente omitidos los momentos de la fuerza, de la lucha, de la miseria (...) O sea: ¿es por casualidad o por una razón tendenciosa que Croce comienza sus narraciones en l8l5 y 1871, prescindiendo del momento en que se elaboran, se unifican y se ordenan las fuerzas en contraste; del momento en que un sistema de relaciones sociales se disgrega y decae y otro surge y se afirma: y en cambio considera pláci- damente como historia el momento de la expansión cultural o ético- política?8 8

Los sucintos terminos que utiliza Gramsci para recopilar la tendencia política de la historiografía idealista croceana muestran cuán naturalmen- te asumió los cánones clásicos del marxismo revolucionario.

Se observa que la historia ético-política es una hipótesis arbitraria y mecánica del momento de la hegemonía, de la dirección política, del consentimiento, en la vida y en el desenvolvimiento de la actividad del Estado y de la sociedad civil.89

Pero, al mismo tiempo, Gramsci consideró a Croce un pensador supe- rior a Gentile, quien se entregó a la objetivización contraria —un fetichis- mo de la fuerza y el Estado- en su filosofía del actualismo.

Para Gentile, la historia es toda la historia del Estado. Para Croce es más bien “ético-política”, es decir, Croce quiere preservar una distin- ción entre sociedad civil y sociedad política, entre hegemonía y dicta- dura; los grandes intelectuales ejercen la hegemonía, lo cual presupone una cierta colaboración; en otras palabras, activa y voluntaria (libre) en un orden democrático-liberal. Gentile plantea la fase económico- corporativa como la fase ética en el acto histórico: hegemonía y dicta- dura son indistinguibles, la fuerza cs consenso sin mayores rodeos: la sociedad política no puede diferenciarse de la sociedad civil: sólo el Estado existe, y naturalmente como listado gubernamental.90

CUADERNOS DEL SUR 6 107

Croce y el materialismo histórico

De hecho, la razón por la que Gramsci atribuyó un status teórico tan preminente a Croce fue por el énfasis, con todas sus exageraciones, que éste hizo en el papel de la cultura y en la importancia del consenso. Para Gramsci esto representaba un preámbulo filosófico o el equivalente a la doctrina de la hegemonía dentro del materialismo histórico.

El pensamiento de Croce debe, entonces, ser apreciado, cuanto menos, como valor instrumental. Así, puede decirse que ha llamado genérica- mente la atención sobre la importancia de los hechos de cultura y de pensamiento en el desarrollo de la historia, sobre la función de los grandes intelectuales en la vida orgánica de la sociedad civil y el Esta- do, sobre el momento de la hegemonía y del consentimiento como for- ma necesaria del bloque histórico concreto91

Así, pues, Gramsci pudo incluso comparar a Croce con Lenin, como autores conjuntos de la noción de hegemonía:

contemporáneamente a Croce, el más grande teórico moderno de la fi- losofía de la praxis, en el terreno de la lucha y de la organización po- lítica, en oposición a las diversas formas “economicistas”, ha revalo- rado el frente de la lucha cultural y construido la doctrina de la hege- monía como complemento de la teoría del Estado-fuerzali’2

En su evaluación final, Gramsci estaba tan seducido por la importancia de la “historia ético-política” de Croce que pudo llegar a mantener que el marxismo como filosofía sólo podía lograr una renovación moderna a través de la crítica e integración de Croce, comparable ala asimilación y supervisión que hizo Marx de Hegel. En su famosa sentencia:

hay que realizar en relación a la concepción filosófica de croce la mis- ma reducción que los primeros teóricos de la filosofía de la praxis rea- lizaron con la filosofía hegeliana. Y éste es el único modo histórica- mente fecundo de determinar una renovación adecuada de la filosofía de la praxis, de elevar eSta concepción que, por las necesidades de la vida práctica inmediata, se ha ido “vulgarizando”, ala altura que debe alcanzar para la solución de los objetivos más complejos que el desa- rrollo actual que la lucha plantea, esto es, la-creación de una nueva cultura integral, que tenga los caracteres de masa de la reforma pro- testante y del iluminismo francés, los caracteres de la clasicidad de la cultura griega y el Renacimiento italiano, una cultura que, retomando las palabras de Carducci, sintetice a Maximiliano Robespierre con Emmanuel Kant, la política y la filosofía, en una unidad dialéctica in-

108 OCTUBRE 1987

trínseca a un grupo social, no sólo francés o alemán, sino europeo y mundial.

Es necesario que la herencia de la filosofía clásica alemana sea, no sólo inventariada, sino convertida en vida activa; por ello es necesario arre- glar cuentas con la filosofía de Croce.93

La curvatura de los comentarios de Gramsci sobre Croce traza pues con gran precisión el modo en queél supuso las ganancias de la tradición de la Comintern; prefirió explorar lo que hab ía descuidado relativamente; y terminó por exagerar la defensa de una tradición burguesa que no lo había hecho así y cuya debilidad había precisamente empezado por cri- ticar.

El movimiento inadvertido de su pensamiento que se aprecia en es- tos textos sobre Croce fue responsable de las paradojas en la teorización de la hegemonía en Gramsci. Para .entenderlas, hay que separar la lógica objetiva de los términos de Gramsci de su punto de vista subjetivo po- lítico en conjunto. Porque la concatenación involuntaria de la primera dio resultados profundamente contradictorios con la más recóndita intención del segundo. La disyunción que se desarrolla silenciosamente en los Cuadernos de Gramsci se debió, por supuesto, a su incapacidad pa- ra escribir cualquier manifestación ordinaria de sus puntos de vista gene- rales. En este sentido, la censura fascista, aunque no impidió su investi- gación, le impuso un innegable tributo. Gramsci peleó durante todo su encarcelamiento con las relaciones entre coerción y consenso en las socie- dades capitalistas avanzadas de Occidente. Pero como nunca pudo produ- cir una teoría unitaria de las dos —que hubiera tenido que asumir nece- sariamente la forma de una revisión directa y comprensiva de los intrin- cados patrones estructurales .del poder burgués en sus variantes parla- mentarias o fascista- un deseo inconsciente va orillando gradualmente sus textos hacia el polo del consenso a expensas del de la coerción.

El deslizamiento conCeptual que esto da como resultado en la obra de Gramsci puede compararse con el que marca el pensamiento de su famoso antecesor e inspirador en prisión. Porque Maquiavelo, del que Gramsci tomó tantos temas, también hab ía empezado a analizar las for- mas‘duales del Centauro —mitad hombre, mitad bestia- símbolo del hi- brido de compulsión y consenso por el que siempre estaban regidos los hombres. En la obra de Maquiavelo, sin embargo, el deslizamiento te- nía lugar exactamente en dirección contraria. Pretendidamente interesa- do en “armas” y “leyes”, coerción y consenso, en realidad su discurso se deslizaba sin parar hacia la “fuerza” y el “fraude”, es decir, sólo hacia el componente animal del poder.94 El resultado fue la retórica dela repre- srón que generaciones posteriores iban a llamar maquiavelismo. Gramsci adoptó el mito de] Centauro de Maquiavelo como el lema emblemático de su investigación: pero mientras que Maquiavelo hab ía subrogado efecti-

CUADERNOS DEL SUR 6 109

vamente el consenso a la coerción, en Gramsci a la coerción la fue eclip- sando gradualmente el consenso. EI príncipe y El'príncipe moderno son, en este sentido, espejos deformadores uno del otro. Hay una correSpon- dencia oeulta e inversa entre las fallas de los dos.

l Ver'Tom Nairn., “The British Political Elite”, New Left Review, n. 23, enero-

febrcro de 1964; Perry Anderson, “Origins of the Present Crisis”, ibid.; Nairn, “The l-lnglish Working-Class”, NLR n. 24, marzo-abril de 1964; Nairn, “The Nature of the Labour Party” NLR n. 27 y 28, septiembre-octubre y noviembre-diciembre de 1964; Anderson, “The Left in the Fiftics”, NLR n. 29, enero-febrero dc |965; Nairn, “Labour Imperialism”, NLR n. 32, julio-agosto de 1965. Algunos desarrollos más amplios de las tesis sobre historia y sociedad inglesas contenidas en estos ensa- yos iniciales sc encuentran cn: Anderon, “Socialism and Pseudo-I-meiricism”, NLR n. 35, enero-febrero dc 1966; Anderson, “Components of the. National Culture”, NLR n. 50, julio-agosto dc 1968: Nairn, “The Fatcful Meridian”, NLR n. 60, marzo-abril de 1970.

2 , . , . , . La replica mas importante fue el famoso ensayo de Izdward Thompson,

“The Peculiarities of the English”, The Socialist Register 1965. Sus críticas fueron probablemente aprobadas pro toda la izquierda inglesa.

3 Entre los ejemplos más notables de un uso creativo del concepto dc Gramsci

en trabajos recientes se cuentan: l'lric Hobsbawm, The Age of Capital, Londres, 1975, pp. 249-50; I-Zdward Thompson, Whigs and Hunters, Londres, 1975, pp. 262, 169; Raymond Williams, “Base and Superstructurc”, NLR n, 82, noviembre-diciem- bre dc 1973, rctrabajado cn Marxism and Literature, Londres, 1977 (de próxima aparición); Eugene Genovese, Roll, Jordan Roll, Nueva York, 1974, pp. 25-28.

4 . , . , . ., , . . Todas las referencias a la obra de Gramscr seran a Ia edicion critica de Valenti-

no Gerratana: Antonio Gramsci, Quaderni del Carcere. Iïd. liianaudi, Turín, 1975, I-IV. Los volúmenes I-III presentan por primera vez los textos completos y exactos de los Cuadernos en su orden dc composición; el volumen IV contiene el aparato, crítico reunido por Gerratana con cuidado y discreción admirables. Toda la edición es un modelo de cscrúpulo académico y claridad. Las abreviaturas en todo el texto serán QC.

5 QC III, pp. 1614-16; Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre polí-

tica y sobre el Estado moderno. lid. Juan Pablos, México, 1975, pp. 93-94.

6 QC u. pp. 865-66. Ibid., pp. 95-96.

7 Letterc dal Care-ere, Turín, 1965, p. 481.

8 QC III, pp. 1566-67: A. Gramsci, op. cit., pp. ll2-I3. 9

(‘.. Marx. Obras escogidas. lid. Lenguas Iixtranjcras, Moscú. |95|. t. I, pp. 303, 258.

lo QC II, pp. 763-64: A. Gramsci. op. cit., p. 165.

" QC III, pp. 1589-90: Ibid, p. 54.

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2 Para ejemplos representativos, ver Norberto Bobbio, “Grammi e la coneezione della soeietá civile", en el simposio Gramsci ela Cultura Conremporanea, Roma. 1969'. p. 94; y, más recientemente, Maria-Antonietta Maceioeehi, Gramsci y la revolución de Occidente. Ed. Siglo XXI, México, ¡977, p. 148.

‘3 G. V. Plejánov, lzbrannye Filosofskic, l, Moscú, 1956, p. 372.

14 Plejánov, Sochineniya (recopilado por Riaxánov), Moscú, 1923, ll, pp. 55, 63. 77; Ill, p. 91. '

15 Sochz'neniya, ll, p. 347.

16 P. Axelrod, K Voprosu o Sovremenmykh i Taktik- Russkikh Sotsial-Demo- kratov, Ginebra, 1898, p. 25.

17 Axelrod, Istorícheskoe Polozh enie y Vzaimnoe Otnoshenie Liberalnoi y

Sotsialísticheskoi Demokratiz' v Rossii, Ginebra, 1898, p. 25.

18 Axelrod, K. Voprusu, p. 27.

19 Perepsika G. V. PIekhanovaiP. B. Axelroda, Moscú, 1925, u, p. 142.

20 Y. Mártov, “Vsegda v Menshinstve, 0 Sovremennykh Zadaehakh Russkoi Sotsialisticheskoi‘ lntelligentsii“, Zaría'. n. 2-3. diciembre, 190], p. 190.

21 Lenin. Obras completas. l’ïd. Cartago, Buenos Aires, 1969, t. 37, pp. 91-92.

22 A. Potrésov, “Nashi Zakliucheniya. O Liberalizmc i Gegemonii”, Iskra, n. 74, 20 de noviembre de 1904.

23 Lenin, Obras completas, lid. eit., t. .17. pp. 238-39.

24 He discutido en otro lugar la importancia de estas polémicas de 1911: para una

explicación sobre la naturaleza del zarismo. ver Líneages of the Absolutist State, Londres. 1975. pp. 353-54. 25 Lenin, Obras completas. l'ïd. cit.. t. 17, p. 239. Ver también pp. 354-55. 26 lbid., pp. 48-49.

27 Trotsky, Historia de la revolución rusa. lid. Juan Pablos, México, 1972, t. l, p. 36].

28 Manifestes, Théses et RésoÍutions des Quatre Premiers Congrés Mondiaux de l'International Communiste 1919-1923, París, 1969 (reim presión), p. 20.

29 Ibid., pp. 45.61.

Ibid., p. 171.

31 QC lll, p. 1591; A. Gramsci. Notas op. cit.,'p. 55. 32 QC m, p. 1584; lbid. p. 72.

33 QC III, pp. 1612-13; lbid.. p. 62.

34 QC III, pp. 1612; lbid., p. 62. Como se recordará. Potrésov denunció especí- ficamente cualquier interpetación de hegemonía que implicara una “asimilación” de las clases aliadas.

35 QC m, p. 1576. lbid., p. 62. 36 QC m, p. 2010. 37 QClll, p. 2011. 38 Letrere dal Carcere, p. 616.

39 QC n. p. 69].

CUADERNOS DEL SUR 6 lll

QC lll, 1518-19; A. Gramsci. Los intelectuales y la organización de la cultura. lid. Juan Pablos, México, p. 17. El contexto es precisamente una discusión de intelectuales.

41 Lettere dal Carcere, p. 481.

42 QC lll, p. 1638; A. Gramsci, Notas. op. cit., p. 135. 43 0C n, p. 752.

4‘ QCll,pp.810-ll.

45 QC n, p. 763; A. Gramsci Notas op. cit., p. 155.

46 “La experiencia mundial de gobiernos burgueses y terratenientes ha desarro- llado dos: métodos para mantener sometida a la gente. lil primero es la ‘violcncia’ que, con los zares, demostró al pueblo ruso el máximo de lo que puede y no puede hacerse”, escribió Lenin. “Pero hay otro método, mejor desarrollado por la burgue- sía inglesa y francesa el método del engaño, el halago, las frases finas, millo- nes de promesas, sobornos mezquinos, y concesiones de lo no esencial mientras se reservan lo esencial” Collected Works, t. 24, pp. 63-64.

47 La primera interpretación importante de Gramsci de este tipo fue el trabajo

de un teórico del PSI: Giuseppe Tam burrano. Antonio Gramsci. La vita, il pensie- ro, I’azione, Bari, 1963.

48 Para una versión representativa de estas ideas, ver Perry Anderson, “Problemas of Socialist Strategy”, en la colección Towards Socialism, Londres, 1965, pp. 223-47.

49 En otras palabras, es bastante erróneo designar el parlamento como un “apa- rato ideológico” del poder burgués sin más rodeos. La función ideológica dela so- beranía parlamentaria se inscribe en el marco formal de toda constitución burguesa y es siempre para el dominio cultural del capital. No obstante, cl parlamento es también, por supuesto, un “aparato politico” revestido delos atributos reales de de- bate y dccisión que no son en ningún sentido un mero truco subjetivo para calmar a las masas. Son estructuras objetivas de un gran logro histórico, todavía potente, el triunfo de los ideales de la revolución burguesa.

Nicos Poulantzas. Poder politico y clases sociales en el Estado capitalista. Ed. Siglo XXI, México, 1973, p. 278.

5‘ Ernest Mandel, Late Capitalism. Londres, 1975, p. 501.

52 Ver .los estimulantes comentarios de Goran Therborn en “What does the Ru- ling Class do when it Rules?”, The Insurgent Sociologist, vol. VI, n. 3, primavera de 1976.

53 La creencia central y real en la soberanía popular puede cocxistir, en otras palabras, con un escepticismo profundo hacia todos los gobiernos que jurídica- mente la expresan. El divorcio entre los dos está típicamente mediatizado por la convicción de que ningún gobierno puede ser más que distante respecto a aquellos que representa y, con tOdo, muchos no son en absoluto representativos. listo-no es un simple fatalismo o cinismo entre las masas en Occidente. lis un asentimicnto ac- tivo al conocido orden de. la democracia burguesa como el. tedioso mácimo de liber- tad, reproducido constantemente por la ausencia radical de democracia proletaria en el liste cuyos regímenes representan el mínimo infernal. No tenemos espacio aquí para investigar los efectos de cincuenta años de stalinismo: su importancia es enorme para entender el complejo significado histórico dc la democracia bur- guesa en Occidente hoy.

54 QC ll, pp. 1236-37. A. Gramsci. El materialismo histórico y la filosofía de

112 OCTUBRE 1987

Benedero Croce. Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1973, pp. 208-09. 55 QC l, p. 443.

56 QC n, p. 1049. Ver también QC Ill, p. 1570; A. Gramsci, Notas op. cit., pp. 117-18.

57 “La política como vocación”, en From Max Weber, recopilado por Gerth y Mills, Londres, 1948, p. 78.

58 Este es un principio regulador de cualquier Estado capitalista moderno. .Natu-

ralmente permite ciertas variaciones y atenuaciones en la práctica. El monopolio es- tatal de los medios de coerción puede legalmente no ir más allá de las armas auto- máticas, y no armas de mano, como en Estados Unidos y Suiza. Puede haber orga- nizaciones semilegales de violencia privada como las pandillas terroristas de los vein- tes y los treintas. Gramsci estaba ciertamente impresionado por la existencia de es- tas últimas. No obstante, estos fenómenos han sido siempre de importancia margi- nal comparados con la maquinaria central del Estado en las formaciones sociales capitalistas avanzadas.

59 QC l, p. 121; A. Gramsci, Notas . . . op. cit., p. 9. QC n, pp. 808-09. 61 QC I, pp. 279-80.

62 QC II], p. 1566; A. Gramsci, Notas. op. cit., p. 112.

63 QC n, p. 801; Ibid., p. 165.

64 QC IIl, p. 1590; Ibid., p. 54.

65 QC lll, p. 2302; Ibid., p. 164.

66 L. Althusser, La revolución teórica de Marx.

ÏOL. Althusser, La revolución teórica de Marx. Ed. Siglo XXI, México, 1967, p. .

67 C. Marx, Obras escogidas. Ed. cit., t. l, p. 258. “La guerra civil en Francia” es el trabajo que, como apéndice, nos proporciona una teoria sobre la posición diametralmente opuesta del bonapartismo: “La antítesis directa del Imperio era la Comuna [. .] No se trataba de destruir la unidad de la nación sino, por el contra- rio, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en realidad al destruir el Poder del listado, que prentendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma . sus funciones legí- timas habían de ser arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición prremi- nente sobre la sociedad misma, para restituirla a los servidores responsables de la sociedad” C. Marx, lbid., pp. 483-84. La Crítica al Programa del Gotha repite el mismo contraste: “La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella“. Ibid., t. ll, p. 24. El término “sociedad civil” queda abreviado a “sociedad” en la última parte de la obra de Marx; muy probablemente debido a la ambigüedad del término alemán bürgerliche Gesellschaft, pero ocupa claramente la misma posición estruc- tural en estos conrrastcs entre listado y sociedad.

68 QC n, p. 1253.

69 Sobre las utilizaciones sucesivas del término, a partir de la Ilustración, ver Bobbio, Gramsci e la concezione della societá civile, op. cit., pp. 80-84. Previa- mente a Hegel, “sociedad civil”, se oponía habitualmente a “sociedad natural" o “sociedad primitiva”, lo mismo que civilización a naturaleza, y no a “sociedad política” o “Estado”, que eran divisiones dentro dc la civilización;

CUADERNOS DEL SUR 6 113

Lenin and Philosophy and other essays. Londres, 1971, pp. 136-37. Althusser comentó: “Que y-o sepa, Gramsci es el único que ha recorrido algún trecho del ca- mino que yo emprende Desgraciadamente, Gramsci no sistematizó sus intui- ciones, que quedaron en un estado d'e notas agudas pero fragmentarias.

71 Ibid., pp. 137-38. Una vez se acepta este argumento, no hay razón, obvia-

mente, para no apodar “aparatos de listado” no sólo a los periódicos o familias burguesas sino también a las fábricas y oficinas capitalistas, conclusión a'la que hay que decir que Althusser se resistió. (Después de eso, nada sería más fácil que anun- ciar la identidad de la “burguesía estatal” en la URSS con la burguesía en Estados Unidos). Esta omisión, empero, nos sirve sirnplementc para indicar la falta de série- dad de todo el tropo.

Ver las agudas observaciones en la entrevista de La Sinistra a lsaac Deutscher sobre la revolución cultural en Isaac Deu tscher. El maoz'smo y la revolución cultural china. Ed. Era, México, pp. 61-87, 1971.

73 “The Capitalist State: A Reply to Nicos Poulantzas”. NLR n. 59, enero-febre- ro de 1970, p. 59. Pero no puede acusarse a Poulantzas de indiferencia respecto al problema del Estado fascista. Su excepcional trabajo, FascisMo .y dictadura. lid. Siglo XXI, México, 1971, representa un ejemplo poco común dc síntesis teórica y empírica en la literatura marxista contemporánea. Si bien retiene la etiqueta de “aparatos ideológicos de Estado” tan en boga en aquel momento, no obstante Poulantzas mantuvo que “esto no quiere decir que el carácter ‘privado‘ o ‘público’ de los aparatos ideológicos de Estado no tenga importancia”, y trató de definir el carácter específico del Estado fascista a través dc la reorganización que éste llevó a cabo de las respectivas ramas del aparato estatal en un patrón nuevo y más centralizado (Ibid., pp. 360, 375-91). Si su relato de este último sigue siendo insuficiente finalmente, es debido a que su explicación general sobre la na- turaleza del fascismo sufre de una cierta subdeterminaeión histórica. Internamcnte, tiende a minimizar la agudeza de la amenaza de clase que era el proletariado (se sostiene que la derrota de la clase obrera precedió la victoria fascista en ltalia y Alemania, en cuyo caso el fascismo hubiera sido innecesario para la burgue- sía), inientras que externamente descuida la dinámica dela lucha interimperialis- ta (omite completamente la segunda guerra mundial y, junto con ella, las decisivas revelaciones sobre la naturaleza y razones del expansionismo fascista). Una delí- mitación teórica más drástica de los listados fascistas respecto a las democracias burguesas podría desprenderse del estudio de estos determinantes. No obstante, dada su ausencia, el alcance y calidad del trabajo dc Poulantzas sigue siendo tanto más impresionante.

74 QC III, p. 1302. La misma idea sc cita en QC ll, p. 858; QC ll, p. 1087;QC II, pp. 1123-24. Gramsci puso objeciones a la indebida generalización que hizo Cro- ce de sus propias tesis pero aceptó su validez como principio. “La pretensión dc la teoría de listado-hegemonía-concicncia moral no es paradójica porque puede suceder de hecho que la dirección moral y política de un país en una época de- terminada no sea ejercida por el movimiento legal sino por una organización pri- vada o incluso un partido revolucionario”

75 QC m. pp. 1707-8. 7‘ QC m, p. 2058.

77 QC m, p. 2287.

'B I f f - - o n Hay que tomar una doble precaución. lal analisrs dualista al que tienden

tlp’icamente las notas de Gramsci no pcmiitc un tratamiento adecuado de los eonstrenimientos economicos que actúan directamente para reforzar cl poder

l 14 OCTUBRE 1987

de la clase burquesa: se cuenta, entre otros, el miedo al desempleo o al despido que, en ciertas circunstancias históricas, puede producir una “mayoría silenciosa” de ciu- dadanos obedientes y votantes dóeiles entre los explotados. Estos constreñimientos no implican ni la convicción del consenso ni la violencia de la coerción. Es cierto que su importancia ha disminuido con la consolidación en la posguerra de las demo- cracias burguesas en Occidente, comparándola con el papel que desempeñaron los sistemas de patronazgo o. caciques en épocas anteriores. No obstante, estas formas menores siguen siendo millares en el funcionamiento de la sociedad capitalista día tras día. Otro modo de poder de clase que escapa a la tipología principal de Gramsci es la ,corrupción, el consenso adquerido por la compra y no mediante persuación, sin ninguna atadura ideológica. Gramsci era plenamente consciente tanto de la “coacción” como de la “corrupción” El pensaba, por ejemplo, queen Estados Unidos las libertades políticas estaban ampliamente negadas por las “presiones eco- nómicas” (QC IIl, p. 1638). Sin embargo, nunca las intercaló sistemáticamente en su teoría principal para formar una gama de conceptos más sofisticada. Loscomen- tarios que se expresan más arriba permanecen deliberadamente dentro de los lími- tes de esta teotía principal.

79 .QCl,p. 123.

Estas formulaciones permanecen deliberadamente dentro de la esfera de los conceptos de Gramsci. lmplican una simplificación importante característica de los Cuadernos de la cárcel: la elisión de las dimensiones “cultural” y “política” del con- sentimiento popular al dominio del capital. Sin embargo, estas dos dimensiones no pueden equipararse directamente. Ningún parlamento burgués ha sido simplemente el simulacro secular de una iglesia religiosa. (Ver más arriba nota a pie de página n. 49.) Puede decirse que la atención de Gramsci tendió siempre más hacia las institu- ciones específicamente políticas que garantizan la estabilidad del capitalismo con una complejidad y ambigüedad necesariamente mayores. Para los fines que se pre- tenden en el argumento de más arriba, se ha conservado la indeterminaeión caracte- rística de las discusiones de Gramsci sobre el consenso.

3 , . . . ., . . l Talcott Parsons, con su caracteristica mezcla de lfltUlClon involuntaria y con-

fusión ingenua, alguna vez anticipó una comparación entre el poder y dinero de un tipo muy diferente, mistificando completamente cualquier analogía al sacar la ini- rhitablc conclusión dc que un “sistema político democrático” puede aumentar la cantidad total de “poder” no clasista en una sociedad mediante los “votos”, del mismo modo que un'sistcma bancario puede aumentar su poder adquisitivo median- te el “crédito” los votos cumplen una “doble función”, como los dólares cn un ban- co, según frase suya). Ver “On the Concept of Political Power”, Proceedings ofthe American Philosophical Society, junio de 1963, republicado en Sociologial Theory and Modern Society, Nueva York, 1967.

2 . , . . 8 0 a monedas extranjeras mas fuerts, con unaequrvalencm mayor respecto al

01'0.

83 Un ejemplo clásico de esta repentina desapación de “límites” son los comen- tarios y refutaciones insertados por los obreros tipógrafos en los periódicos durante una situación revolucionaria. Tanto en Rusia como en Cuba, los tipógrafos replica- ron mordazmcnte a la propaganda de la prensa capitalista en sus propias páginas, añadiendo como apéndices lo que los obreros cubanos llamaban “colas” a los artícu- los más falsos contenidos en ella. Así pues, cl sistema de control cultural quedaba hecho añicos en el momento en que se dcsafiaban los “derechos” de propiedad pri- vada debido a que no había un aparato de represión estatal para ponerlos en vigor. Trotsky, en su relato de la situación en Rusia despues de la revolución de febrero, comentaba sobre esta relación estructural: “¿Que pasa con la fuerza de la propie-

CUADERNOS DEL SUR 6 115

dad? preguntaban los socialistas pequeñoburgueses respondiendo a los bolcheviques. La propiedad es una relación entre la gente. Representa un poder enorme mientras está universalmente reconocida y apoyada por este sistema de compulsión denomi- nado Ley y por el Estado. Pero la esencia misma de la situación en aquel momento era que el viejo Estado se había desmoronado de repente y todo el viejo sistema de derechos había sido cuestionado por las masas. En las fábricas, los obreros se consi- deraban cada vez más a si mismos como propietarios y a losjet'es como huéspedes no invitados. Todavía menos seguros eran los sentimientos de los terratenientes'en las provincias, cara a cara con aquellos insolentes y vengativos mujiks y lejos de aquel poder gubernamental en cuya existencia habian creído por un tiempo, debi- do a su distancia de la capital. Los propietarios, privados de la posibilidad de usar su propiedad, o protegiéndola, dejaron de ser verdaderos propietarios y se convirtieron en aterrorizados t'ilisteos‘ que no podían prestar apoyo alguno al gobierno por la simple razón de que ellos mismos estaban necesitados de él. History ofthe Russian Revolution, London, 1965, p. 197.

84 El logro mayor del pensamiento de Gramsci en prisión —su teoría de los in- telectuales que constituye el texto más coherente de sus libres de notas- está co‘m- pletamente omitida en este ensayo forzosamente. Bastará decir que en este terreno, la investigación histórica de Gramsci sobre la complejidad de las sociedades euro- peas no tuvo ni tiene equivalente dentro del marxismo.

35 QClll, pp. 201011.

86 Lenin, Obras completas. Ed. cit., t. 28; Trotsdy, Literatura y revolución. lid. Ruedo Ibérico, París, 1969.

87 Así pues, en —un fragmento, él sostenía que, ante la necesaria ausencia de su-

perioridad cultural, la clase obrera tendría que confiar inicialmente en el exceso en cl mando político, produciéndose el fenómeno que él denominaba estatolatría. “Pa- ra algunos grupos sociales que antes de llegar a la vida estatal autómata no han teni- do un largo período de desarrollo cultural y moral propio e independiente (posibili- tado en la sociedad medieval. y en las monarquías absolutas por la cxigcnciajurídica de los estamentos u órdenes privilegiados) es necesario y hata oportuno un período de cstatolatría, esta ‘cstatolatría’ no es sino la forma de vida estatal, de iniciación, al menos, a la vida estatal autónoma y a la creación de una ‘sociedad civil‘ que no fue posible históricamente crear antes de llegar a la vida estatal independiente.” QC ll, p. 1020; Antonio Gramsci. Antologia, selección y notas de Manuel Sacristán. Ed. Siglo XXI, México 1970, pp. 316-17.

88 QC u, p. 1316. QCH,p. 1227,; A. Gramsci,EImaterialism0.. ed. cit., pp. 250,199.

89 QC II, p. 1222. A. Gramsci, ElMaterialismo. . cd. cit., p. 194.

QC u,p. 69]. 91 QCll, p. 1235. A. Gramsci, El materialismo. . ., ed. cit., p. 207.

QC ll, p. 1235. Ver también Lettere dal Carcere, p. 616 para la misma com- paración. A. Gramsci, El materialismo. . ., cd. cit., p. 207.

93 QC ll, p. 1223. A. Gramsci, El materialismo. . ., cd. cit., pp. 205-6. lin otro lado, Gramsci comparó a Croce —“el más grande escritor italiano en prosa desde Manzoni”— a Goethe, por su “serenidad, compostura e imperturbabilidad“. Letterc dal Carcere, p. 612.

92

94 , . . . . . Para un analisis de las estructuras osctlantes cn el pensamiento de Maquravclo

y su relación con el contexto político de la Italia del Renacimiento, ver Lineages

116 OCTUBRE 1987

of theAbsqutist State, pp. 163-68. El molde dualista de la teoría política de Grams- ci desciende directamente de Maquiavelo para quien “armas” y “leyes” eran natu- ralmente exhaustivas del poder, dos siglos antes del surgimiento de la teoría econó- mica en Europa y tres antes de la llegada del materialismo histórico. El retorno de Grammi alas categorías voluntaristas del Renacimiento deja de lado necesariamen- te el problema de los constreñimientos económicos.

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OCTUBRE 1987 117

REVOLUCION TECNOLOGICA Y PROCESO DE TRABAJO

Benjamín Coriat.

Introducción

En el presente análisis acerca del impacto de Ja revolución tecnológica sobre el proceso de trabajo se abordarán tres aspectos.

l. las particularidades de la aplicación de la tecnología de la microin- formática en el proceso de trabajo.

2. la dimensión económica de estas nuevas tecnologías.

3. el movimiento obrero ante la introducción de las nuevas tecnologías.

Cabe señalar que en el punto dos se hará referencia a la estrategia del movimiento obrero cuando sea una consecuencia lógica e inmediata del análisis.

Las innovaciones tecnológicas. Un intento de caracterización

Las innovaciones tecnológicas actuales están originando un cambio de grandes dimensiones y con rupturas cualitativas. La automatización que se está viendo hoy en día no continúa la tendencia de las aplicaciones pa- sadas. Las aplicaciones anteriores que empezaron en las décadas de 1950 y 1960 correspondían principalmente a las industrias de proceso conti- nuo: petroquímica, vidrio, cemento y otras. La nueva tendencia de auto- matización de la década de 1970 corresponde a las industrias de procesos discretos, es decir la producción en serie. La actual automatización no só- lo se refiere a las tecnologias nuevas, sino también a su aplicación en los sectores de producción en serie que tradicionalmente utilizaban en forma intensiva mano de obra: plantas automotrices, fábricas de textiles y de o- tros bienes de consumo duradero.

Al caracterizar más detalladamente estas tecnologias, no tanto desde el punto de vista de los ingenieros, sino más bien de los economistas, se i- dentifican tres niveles. En primer lugar existe una revolución de los me- 'dios de produceión,es decir de las máquinas que intervienen directamente en la materia. La forma más compleja de esta nueva tecnología es el ro- bot. Lo que cuenta aqui es la capacidad de los manipuladores electróni- cos con que está equipado el robot. En este ámbito destacan las técnicas de programación por aprendizaje; se trata de máquinas electrónicas uni- das a las herramientas del obrero y que pueden reproducir automática-

l l 8 OCTUBRE‘1987

mente las maniobras del trabajador inmediatamente después d'e que éste las efectuó. Esto, a su vez, indica la continuidad que existe entre el equi- po nuevo y la base del .taylorismo y fordismo, el fundamento histórico de la industria. Por ejemplo, el análisis de tiempos y movimientos en el de- partamento de pintura es muy complejo pero con la aplicación de la mi- croelectrónica y la programación por aprendizaje se pueden automatizar.

El segundo tipo de novedades tecnológicas consiste en la revolución en el manejo de los medios en circulación: las piezas de las herramientas y las materias primas. Si bien es un aspecto silencioso de la revolución mi- croeleCtrónica, su importacia es mayor que la introducción de robots. Con la computadora que trabaja en tiempos reales surge una nueva admi- nistración de los flujos de producción, que permite disminuir los tiempos improductivos de circulación dentro de la fábrica y optirnizar el uso de las distintas máquinas-herramientas.

La tercera revolución consiste en la coordinación integral de los me- dios de producción y los medios en circulación; esto puede considerarse como la verdadera novedad tecnológica, pues significa dar flexibilidad al sistema de automatización en su conjunto. Las perspectivas en este cam- po se pueden visualizar a partir de la siguiente cifra. Se ha calCulado que, en promedio, en la industria estadounidense de transformación las má- quinas-herramienta de control numérico sólo ocupan el 5%del tiempo en función productiva, en otras palabras, el .95 %restante es el lapso en el cual la máquina-herramienta espera la llegada de las piezas, la programa- ción de la máquina, la introducción de la pieza y el cambio de herramien- tas, Con la nueva administración y la revolución microelectrónica surge entonces un márgen para incrementar la productividad y las ganancias hasta un 1.000 %. Seguramente no se logrará este 1.000 °/o, siempre habrá tiempos improductivos, pero si demuestra la importancia que tendrá den- tro de la estrategia empresarial.

La dimensión económica de las nuevas tecnologías

La dimensión económica de estas novedades tecnológicas tiene lugar en los tres campos de revolución antes mencionados. En primer lugar, en la automatización que significa la sustitución simple del trabajo por .el capital en puestos individuales o en determinados segmentos de la pro- ducción. Al sustituir el trabajo humano por máquinas en ciertos puestos o secciones particulares como pintura, inmediatamente se enfrenta el pro- blema del costo de rentabilidad de estos equipos, que en la actualidad re- sulta aún muy elevado. Existe una sola situación en la cual la rentabilidad de los cqurpos nuevos logra alcanzar niveles significativos: es el caso de los equipos que permiten intensificar los ritmos de trabajo cn la fábrica, o

CUADERNOS DEL SUR 6 119

hacerlos más rígidos. Estas variables estaban antes más directamente en manos de los trabajadores, lo que les permitía una relativa autonomía. Lasnuevas tecnologías de esta índole refuerzan y prolongan el tayloris- mo y el fordismo. Sin embargo, representan también la posibilidad de una autorización positiva y deseada. En la industria de transformación existen puestos de trabajo indeseables por la posición en la que el traba- jador tiene que realizar su labor, por la presencia de gases tóxicos; por la alta temperatura y por otros riesgos inherentes al proceso de producción. Resulta clara la conveniencia de automatizar este tipo de puestos incluso si su aplicación conlleva la supresión de empleos y el movimiento obrero debe crear‘y poner en marcha una estrategia ofensiva para lograr este tipo de automatización. Sin embargo hay que señalar que la mayor parte de la automatización no tiene ese sentido, sino que está orientada a hacer más rigido el ritmo de la producción y del trabajo.

En cuanto a la dimensión económica de la segunda forma de automati- zación, la del manejo de los medios de circulación, están las ventajas in- mediatas de la reducción delos costos de las diferentes clases de produc- tos almacenados (materias primas, productos semiterminados, etc.), la re- ducción de los tiempos improductivos, etc. Cabe añadir que el movimien- to sindical puede apoyar todas las transformaciones tecnológicas que tienden a reducir el consumo de materia prima, de energía y, en general los costos no vinculados con la mano de'obra. Estos mayores ahorros po- drían utilizarse para mejorar las técnicas productivas o para proteger los empleos es decir, transformar las ganancias de productividad en benefi- cios para los trabajadores.

Otro aspecto importante y que se relaciona de alguna manera con la dimensión económica de esta segunda forma de automatización es el he- cho de que la administración o gestión es un conceptó d'e contenido so- cial. En una fábrica estadounidense que había introducido la producción “puntual”, es decir sin inventarios, estalló una huelga y la empresa admi- tió que esa forma de producción la hacía totalmente vulnerable en caso de inactividad de los trabajadores.

La producción “puntual” no correSponde a las relaciones sociales ya que impide cualquier relación de fuerza. La fábrica es un mundo en el cual se efectúa una relación social interna y externa, lo Que significa que lo “puntual” serí-a precisamente mantener inventarios para casos de emer- gencia.

La dimensión económica de la tercera revolución, la automatización flexible, representa la búsqueda de una respuesta a la rigidez que los sis- temas del fordismo y taylorismo han significado hasta ahora. La coordi- nación hace posible fabricar rentablemente una gama de productos en cantidades relativamente reducidas a partir de una pieza matriz. Sin em- bargo, aquí es necesario hacer dos observaciones: en. primer lugar, la po- sibilidad aún es muy relativa, ya que finalmente la pieza fabricada perte-

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nece a una familia de productos determinados por la pieza matriz. Por o- tro lado, la flexibilidad de un obrero que trabaja en línea de montaje, es mucho mayor que la que se puede obtener con la nueva tecnología.

Lo anterior se confirma en la industria automotriz. En los países cen- centrales se aplica la automatización rígida para producir grandes cantida- dea de piezas y líneasde automóviles modelo. Por otro lado, cuando exis- ten variaciones en la producción como resultado de una demanda fluc- tuante, se tienen fábricas de multiproductos en las que se elaboran todas las piezas y todos los modelos. Esas fábricas no son automatizadas, por- que la automatización flexible no permitiría producir al mismo tiempo un automóvil Renault modelo R5, R9, R1 l, R13, etc. Debido a esa varia- da demanda hay un gran número de fábricas de multiproductos en países periféricos, pues la flexibilidad humana es mucho más rentable que la ba- sada en la nueva tecnología.

La segunda observación se refiere a las consecuencias de lo anterior para la nueva división internacional del trabajo. La pregunta es: ¿por qué se está presentando esta división del trabajo hoy en día, cuando con las nuevas tecnologías, ciertas ventajas relativas del Tercer Mundo están desa- pareciendo o por lo menos disminuyendo?. Se puede constatar que ha si- do posible combinar las ventajas de la nueva automatización con las deri- vadas de la fabricación de las industrias en países de mano de obra bara- ta. En el caso de la industria automotriz en Brasil esa ‘fcombinación de ventajas ”se presenta de la manera siguiente:

En todas las labores que son estratégicas desde el punto. de vista de la calidad y la capacidad de exportación se están aplicando las técnicas más avanzadas de automatización. En la planta de la Fiat en Belo Horizonte, se instalaron unas 20 máquinas tecnológicamente muy avanzadas para el control de calidad de los motores diesel. Ninguno de estos motores die- sel se vende en el mercado interno: la producción se destina a Italia. En 1a producción del automóvil tipo mundial de la Volkswagen, se han automa- tizado las actividades de soldadura y pintura que deben de cumplir con normas de calidad internacionales. En las demás fases del proceso de .fa- bricación no hay robots porque las ventajas relativas del costo de mano de obra aún son considerables, Cabe recordar que en Sao Paulo,Brasil, el salario industrial por hora es del orden de 2 a 3 dólares, cuando en la Ge- neral Motors, Estados Unidos, este alcanza los 25. Multiplicando la dife- rencia por -el número de obreros ocupados y tomando en consideración las dificultades que conlleva la aplicación de las nuevas tecnologías en el proceso de producción, resulta un margen enorme en favor de la ubica- ción en países del Tercer Mundo.

La pregunta que surge es: ¿hasta qué punto son compatibles las nuevas tecnologías con las ventajas, relativas del costo de mano de obra?. La res- puesta se dará en los años próximos pero es importante señalar que en la industria automotriz las grandes empresas multinacionales están reali-

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zando inversiones muy significativas en ciertos lugares privilegiados del Tercer Mundo. Las nuevas tecnologías tenderán a articular aún más estos lugares en el Tercer Mundo. En América Latina, países como Brasil, Mé- xico y Argentina, y en Asia, Taiwan y Corea del Sur, van a ocupar estos espacios especiales.

Desde una perspectiva histórica las revoluciones tecnológicas han dado lugar a modificaciones importantes entre los bloques hegemónicos inter- nacionales. La revolución industrial marginó a Portugal y a España en be- neficio de Inglaterra. Después Estados Unidos marginó a Inglaterra. Hoy en día, la nueva hegemonía se localiza en la zona del Pacífico: California, Japón,.Corea del Sur, es decir sitios con una mano de obra barata. El “Valle de Silicio”es una cosa, pero tal vez no sea una casualidad la corre- lación con una ausencia total de sindicalización en la mayor parte de los sitios del nuevo centro mundial. De hecho se observan actualmente dos tendencias fundamentales: por un lado la búsqueda de nuevas tecnologías y, por el otro, el rescate de las condiciones iniciales del fordismo. Es de- cir, la producción se ubica en nuevas zonas con bajo costo de mano de o- bra, donde tanto el grado de sindicalización como el de organización so- cial son reducidos. Con la transferencia norte-sur en Estados Unidos, se busca explícitamente la mano de obra no sindicalizada. En la frontera norte de México, las fábricas no están en Texas sino en territorio mexica- no, para poder aprovechar las condiciones en que se contrata la mano de obra.

El movimiento obrero ante las nuevas tecnologías

En cuanto al empleo, las nuevas tecnologías tienen un efecto destruc- tivo muy fuerte a mediano plazo, aunque a largo plazo la situación es muy diferente. El efecto a mediano plazo es tan fuerte por el ritmo de in- troducbión de estas tecnologías en los sectores que tradicionalmente em- pleaban mucha-mano de obra. En consecuencia el ritmo de desaparición de puestos de trabajo es mucho más rápido que el de creación. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, se ha visto una caída drástica del número de obreros en la industria automotriz. Para enfrentar esto, hay dos estrategias viables.

En primer lugar, en las negociaciones de los contratos colectivos se debe plantear cómo traducir en mejores niveles salariales y condiciones de trabajo en general las ganancias de productividad que generarán las nuevas tecnologías y las nuevas condiciones de producción.

En segundo lugar, es imposible pensar en mantener el nivel de empleo sin una fuerte reducción de la duración de la jornada de trabajo, sea dia-

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ria, semanal, mensual o anual. Esto constituye una orientación posible, nueva y muy importante para los próximos años.

En cuanto a la repercusión en el trabajo mismo, es importante subra- yar como ya se mencionó con anterioridad en algunas partes de este tex- to que las nuevas teconologías contienen una potencia liberadora de gran alcance. Sin embargo, por otro lado está el riesgo de que estas tec- nologías rompan con las tradicionales técnicas. Es decir, se presenta una transición que debe organizarse de tal manera que los trabajadores que dominan las antiguas técnicas puedan acceder a las nuevas. Se debe evitar la pérdida de la memoria técnica obrera dentro de las empresas: para esto es necesario la formación y capacitación previas de los trabajadores en cuanto al manejo de las nuevas teconologías. No habrá una moderniza- ción tecnológica, o bien se hará en condiciones catastróficas si al mismo tiempo no se lleva a cabo una gran modernización social. El éxito histó- rico del fordismo sólo fue posible porque al mismo tiempo que se intro- dujo este sistema de producción, se inició la política del bienestar, con altos salarios y el reconocimiento de los sindicatos.

Las nuevas tecnologías requieren de un salto hacia adelante en la mo- dernización social y en el reforzamiento de la capacidad del mundo del trabajo. Esta es una tarea histórica tan importante que debe movilizarnos a todos.

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l “EL HERMANO MAYOR, SOMOS NOSOTROS”*

Reportaje a Alejandro Severoukhine

El reportaje que publicamos más abajo ha sido obtenido en el curso de un viaje a la URSS. Alejandro Severoukhine, que se llama a si mismo oposicionistri' de izquierda y se reclama del marxismo, da su punto de vis- ta sobre una serie de cuestiones: las diversas corrientes de la oposición actual, la clase obrera soviética, la actitud que es necesario tomar con res- pecto a las reformas de Gorbachov, la cuestión nacional, la guerra de Afganistán.

Viniendo de un marxista independiente del régimen, que vive y milita en la URSS, sus respuestas son de gran interés, ya sea que ellas comnue- van o reconforten nuestras ideas sóbre las cuestiones que él trata.

P- Querrt'a comenzar por hacerte una pregunta un poco general. ¿En tanto que militante que se esfuerza por tener una visión global de la revolución y del socialismo, cómo ven tu y tus amigos, la si- tuación en Occidente y en los países del tercer mundo, y en los países del Este, por supuesto?

Alejandro Severoukhine: Nosotros vemos el Occidente como el que tiene el sistema político y económico más estable. Si bien la crisis existe también en Occidente, se acumulan allí todavía los efectos positi- vos del sistema mundial entero. Es por eso que pensamos que las sociedades occidentales no son aquéllas donde la próxima alza re- volucionaria puede “despegar”

El tercer mundo, en cuanto a él, acumula los aspectos negativos del sistema mundial y es por eso que nosotros no pensamos que ese sector sea la fuente de un verdadero impulso revolucionario. Esos países son subdesarrollados y el objetivo principal del proceso revo- lucionario no es de destruir verdaderamente el capitalismo sino más bien de corregir esta situación de subdesarrollo, de paliar los ma- les de hoy en día. Si ustedes ensayan de avanzar hacia una salida verdaderamente socialista en un país del tercer mundo serán empu- jados inexorablemente sobre una vía extremista. Desde este punto de vista, yo veo la experiencia nicaragüense como siendo a la vez positiva y negativa. Hay numerosos elementos positivos, pero la cubanización de Nicaragua ya ha comenzado.

He allí porque nosotros pensamos que paradojalrnente los países del bloque soviético con sus propias crisis, más autónomas del siste-

*Cedido por “Nuevo Curso” Traducido dc lnprccor 240 por Angel l¡anjul.

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ma capitalista mundial, pero ejerciendo una influencia no menor sobre el sistema mundial en general, disponen de un potencial revo- lucionario que podría ser, si el se realiza, de muy grande significa- ción para el mundo entero.

Hemos visto ya en Checoeslovaquia y Polonia poner en marcha procesos combinados de reforma y de revolución, aunque al fin de cuentas hayan fracasado. Pero en la Unión Soviética tenemos me- jores posibilidades de triunfar. Pues no hay ningún. “hermano —ma- yor” que va a intervenir. El hermano mayor, somos nosotros. ¿Qué podrías decirnos sobre la oposición de izquierda en la U- nión Soviética hoy en dia? '

La oposición de izquierda está justamente en tren de aparecer co- mo fuerza política. Al fin de los años 1970 y al comienzo de los años 1980 el problema era simplemente mostrar a la vez a nuestra sociedad y a la izquierda occidental que nosotros existíamos. La actitud de los disidentes emigrados ha sido de decir que en la U- nión Soviética no hay absolutamente nada de oposición socialista, que ella ha desaparecido después de la invasión de Checoeslovaquia en 1968. Es verdad que la oposición comunista reformadora que se conocía entonces ha desaparecido en esta época. Nuestra tarea fue entonces a partir de cero. En efecto, mejor dicho, de menos de ce- ro, porque una ideología socialista era considerada como pasada, es decir, reaccionaria. Los stalinianos habían logrado transformar en antisocialistas a la mayor parte de los intelectuales. Pero muchos otros que se quedaron en la URSS son también stalinianos inverti- dos. La joven generación se ha dado cuenta que el dogmatismo an- ticomunista no vale más que el dogmatismo comunista y en nues- tras filas hay una revuelta contra las dos variantes. Irónicamente, son los disidentes antimarxistas que nos han ayudado a retornar el contacto con el marxismo de Carlos Marx.

Existía una necesidad de encontrar los principios de base para un nuevo, pensamiento de izquierda en la Unión Soviética, de estudiar las tradiciones de la izquierda occidental así como del pensamiento socialista ruso; de estudiar igualmente nuestra propia experiencia y de elaborar los medios de resolver nuestros propios problemas y de encontrar una suerte de síntesis. Yo no diría que hemos llegado a ello, simplemente que hay un proceso de sintetización de tradicio- nes de izquierda diferentes. Las personas que se califican como sien- do de izquierda en la Unión Soviética no se consideran como “so- cial demócratas” o “marxistas revolucionarios”, o como sea, sino como “gente de izquierda”. No 'es necesario especificar una tenden- cia o tradición porque el objetivo es de superar los elementos de di- visión, de encontrar una ideología de izquierda no sectaria. Ensaya- mos 'de integrar ideas que vienen de lo que se llama el socialismo de

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mercado, ideas autogestionarias, elementos de marxismo revolucio- nario, etc.

Existen también tendencias que son objetivamente de izquierda o socialistas pero que carecen de conciencia socialista —como el gru- po de confianza— en el cual las posiciones políticas comportan ele- mentos de izquierda y que está asociada a la izquierda occidental a través del movimiento por la paz, pero que no se considera como grupo de izquierda. En el movimiento ecologista, que tiene un esta- tuto semi-oficial, hay también individuos que tienen un cuadro de pensamiento más o menos de izquierda. Hay numerosos puntos de convergencia con nosotros, pero no debe considerárselos verdadera- mente de izquierda.

En el seno de las corrientes reformadoras hay también algunos gru- pos que evolucionan lentamente puede ser hacia la izquierda radi- cal, pero que de todos modos evolucionan bajo la presión real de los hechos objetivos. Existe una corriente irnportante que nosotros calificamos de “marxismo legal”: ideólogos liberales oficiales que buscan introducir ciertos elementos de un verdadero marxismo'en el seudo-marxismo oficial. Puede ser que ellos quieren renovar la ideología oficial, volver a darle su sentido original. No creo que pue- dan lograrlo: la ideología oficial es incurable. Pero de todos modos es un paso importante ir de esta ideología hacia el marxismo mismo. Hay una pregunta que se hace seguido en Occidente cuando habla- mos de nuestras relaciones con los socialistas del Este. Una buena parte de “nuestra” izquierda ve, irónicamente, una “colaboración objetiva con la derecha "en el apoyo a los prisioneros politicos en Europa del Este. ¿Qué hay en ello?

Conozco el problema, ya discutí de ello con amigos occidentales. Pienso que es inevitable, a veces. Pero es mejor de todos modos evi- tarlo. A veces es inevitable porque cuando una’ persona está en pri- sión es necesario ayudarle por todos los medios posibles. Pero ésto es válido solamente en lo que concierne los prisioneros.

Otro ejemplo seria el de Solidaridad en Polonia que ha recibido, se- guramente, un apoyo masivo de la derecha, de los Estados Unidos y de todo el Occidente. ¿Este problema sc ha vuelto importante en lo que concierne a las manifestaciones aqu 1'?

Yo pienso que es necesario participar en esas manifestaciones sim- plemente para mostrar a las personas del Este, que no son siempre socialistas, que ellos son apoyados por los socialistas. Es importante mostrar a los militantes por la democracia aquí, que no son ni de derecha ni de izquierda, que la izquierda occidental los apoya. El dinero de Reagan, el dinero americano no ha influenciado el curso de, los acontecimientos en Polonia, el sostén material ha venido de los sindicatos de Occidente, no de la derecha. El apoyo político es

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muy importante, es también importante para nosotros poder decir: “he allí lo que ha hecho la izquierda occidental, para el movimien- to democrático del Este. Eso muestra que la izquierda occidental es democrática, y tenemos razón de ensayar establecer relaciones con ella”

¿Puede avanzar este argumento aqui?

Si, siempre criticando a los anticomunistas y los disidentes de de- recha que buscan el apoyo de Reagan y de sus pares.

¿Cuál es la actitud de la corriente en la cual militas con respecto a ese tipo de actividades en la Unión Soviética?

¿Tu quieres decir actividades de derecha? Ellas no existen casi: la mayor parte de los que militaban en la derecha están hoy día redu- cidos al silencio, en prisión o bien han pasado al Oeste. Es impor- tante decir que la actividad de esta corriente ha cesado no solamen- te a causa de la represión, si bien ésta ha sido severa. En los años precedentes, a continuación de la represión hab ía militantes más jo- venes que adherian a esa corriente y la reproducían en la genera- ción siguiente.Pero después de 1979, muy pocas personas han adhe- rido a esa corriente, que se encuentra en crisis por falta de sangre nueva. Sin embargo, no está excluido que reaparezca más tarde, si las condiciones se prestan a ello.

Pero existen, tu acabas de decirlo, elementos liberales y democráti- cos, pero que no son socialistas.

Si, pero nosotros debemos tratar de integrar esos elementos en la “izquierda amplia” Los emigrados de derecha dicen que la disi- dencia ha muerto. Esto no es verdad. La disidencia de derecha está bien muerta, y es ahí donde le aprieta el zapato. He allí porque ellos prefieren decir que la disidencia está muerta.

¿Qué pasa con respecto a las relaciones entre los oposicionistas de la izquierda soviética y los de Europa del Este. Son fuertes? Tenemos muy pocas relaciones. Las tenemos más bien con la iz- quierda occidental. Es muy lamentable. Tenemos algunas relaciones con Solidaridad en Polonia, pero muy limitadas. Nuestra impresión, desgraciadamente, es que la izquierda de Europa del Este cree sobre todo que en la Unión Soviética no debe existir ninguna izquierda. Ellos prefieren considerar la Unión Soviética bajo el mismo ángulo que muchas naciones del tercer mundo ven el imperialismo ameri- cano, es decir como el enemigo total. Es una lástima que una cues- tión de tanta importancia no tenga por el instante más que una res- puesta tan pobre.

¿Qué cs lo que puedes decirnos sobre la situación de la clase obrera soviética?

Hay que meterse en la cabeza que la realidad de la clase obrera so- viética es muy diferente de la comprensión tradicional en Occiden-

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te del proletariado en general. Esta clase ha sido creada a través de una industrialización rápida en condiciones de un Estado totalita- rio. A continuación ha habido una evolución hacia una suerte de ré- gimen autoritario post-totalitario, diferente sin embargo del tipo de autoritarismo que conocemos en América Latina o por otra parte, en el tercer mundo. En ese sentido, la clase obrera soviética conti- núa siendo más bien marginal: es importante si se la mide en cifras, pero la verdadera clase obrera en el sentido marxista, no es sino ún. sector de lo que se llama la clase obrera, que habría que llamar más bien “masas trabajadoras”, aún cuando, esperémoslo, es un sector decisivo.

¿Puedes precisar lo que tu' ves como diferenciando la clase obrera soviética de la “comprensión tradicional en Occidente”, como lo has dicho?

En el curso del proceso de industrialización rápida el número de los llamados trabajadores ha aumentado muy rápidamente. Después, durante el período de urbanización acelerada bajo Kruschev ha ha- bido una segunda ola de crecimiento de la clase obrera. Sin embar- go, en realidad, no se trata de una verdadera clase obrera “orgáni- ca”, sino más bien de una masa de gentes marginales, desclasados, que han sido desplazados de sus regiones de origen y tirados en las fábricas, sin conciencia de clase ni estructura de clase. Una tal masa no podía existir independientemente del sistema burocrático. La política oficial consistía en integrar la gente en el sistema de una manera que les impediría consolidar sus relaciones sociales y trans- formarse en una clase en el pleno sentido de la palabra. Nuestros amigos, que han ensayado examinar la verdadera naturale- za de las relaciones sociales en el interior de la fábrica soviética, han descubierto que existen numerosos vinculos que unen los trabaja- dores a la burocracia y en los escalones inferiores de la dirección de la empresa, “relaciones de corrupción”

Puede compararse este fenómeno al del sindicalismo corporativísta en Occidente, a una suerte de colaboración de clases?

No, no se trata de colaboración, sino más bien de connivencia venal. Por ejemplo, suele ocurrir que los trabajadores no sean muy disci- plinados ni productivos. La administración guarda silencio sobre es- ta realidad, y por su lado, los trabajadores no protestan cuando ellos son mal pagados o cuando sus derechos son ultrajadas por la Administración.

Se trata pues de relaciones que no son relaciones de clase, sino más bien relaciones anticlases. Este fenómeno no ha sido inventado arti- ficialmente para corromper la clase obrera, es producido orgánica- mente por cl sistema. Sin embargo, existen también vínculos de cla- se cada vez más desarrollados. Nosotros defendemos la idea de que

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existe una verdadera clase obrera en el sentido marxista del térmi-

no, organizada estructuralmente y que corresponde a la. capa de

obreros profesionales, calificados. Es ella el núcleo de l'a verdadera

clase obrera. Sus intereses son fundamentales para toda la masa de

trabajadores. Esperamos que estas amplias masas puedan ser integra-

das a este núcleo, ser organizadas y conducidas por él,

Sin embargo, sabemos que capas diferentes de las masas trabajado-

ras tienen sus intereses propios y su experiencia específica. Lo que

interesa más a la clase obrera calificada, es la idea de reforma, de

democratización. Yo hablo de una reforma del estilo que hemos vis-

to en Checoeslovaquia o puede ser como fue en un primer tiempo

algo así como el modelo húngaro, que podría haberse radicalizado

después. Para los trabajadores no calificados, la preocupación prin-

cipal es la de la justicia. Esas capas noson especialmente atraídas

por la cuestión de una reforma. El problema para la izquierda es

pues encontrar el medio de integrar sobre el plano ideológico los conceptos de justicia y de reforma.

Los partidarios de la reforma oficial se esfuerzan por-elaborar un programa de medidas específicas que se orientan hacia una suerte

de socialismo de mercado, y aún hacia una autogestión democráti- ca. Pero ellos se quedan siempre al nivel de la teoría. 'En realidad, ¿que hacen ellos, sino escribir cartas a las autoridades? Nuestro pro- grama debe ayudar a lo que expresa los verdaderos intereses socia- les en el movimiento por la reforma y movilizar las masas en defen- sa de sus propios intereses. Este problema no puede ser resuelto por el reformismo oficial. Para resolverlo es necesario crear una Oposi- ción de izquierda no oficial. He allí la principal razón de ser de una izquierda radical en la Unión Soviética, de una corriente que es más que simplemente reformista, que es revolucionaria.

Cuando yo digo revolucionaria, no trata solamente de una defi- nición política o metodológica. Muchas personas aquí, que son más bien reformistas desde un punto de vista teórico, que serían en Occidente socialdemócratas, están obligadas, sin embargo, por su si- tuación de oposicionistas de izquierda en la Unión Soviética, a adoptar una actitud revolucionaria. He allí porqué nosotros tene- mos la posibilidad de integrar las diferentes tendencias en una espe-' cie de “nueva izquierda soviética”, una “izquierda orgánica”, ex- presión de nuestra experiencia histórica de izquierda pluralista. Habiendo definido asi vuestra tarea, ¿cuáles son las posibilidades concretas para ustedes de activar, de hacer la propaganda y de orga- nizarse como movimiento?

AS- Por razones que cOmprenderás fácilmente, yo no quiero tratar

estos problemas en detalle. Pero puedo hablar de una manera gene- ral, lo que será por otra parte más interesante.

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El 27° Congreso del partido ha hecho muchas promesas al pueblo. Al mismo tiempo, está claro que el sistema no es capaz de hacer ho- nor a sus promesas. En estos momentos es necesario explotar al má- ximo las promesas oficiales. Es por eso, al menos por el instante, que nosotros tenemos algunas posibilidades de trabajo legal. Es in- cluso el aspecto principal de nuestra actividad actualmente. Mientras tanto nos organizamos de una manera un poco “conSpirativa”, pues aún un trabajo legal debe ser organizado discretamente, si uno no quiere que sea rápidamente destruido.

Puede ser que podamos nosotros ahora pasar a los problemas más generales. ¿Cuáles son los problemas económicos más significativos actualmente?

Las grandes tendencias económicas en la URSS son ya bien conoci- das en Occidente. La caída de los precios petroleros, acompañadas de la disminución de la producción ha creado una situación muy desfavorable para la economía soviética. Esto es grave porque Bres- nev hab ía orientado la economía hacia las exportaciones petroleras. Estas últimas fueron necesarias para pagar las importaciones de tec- nologia occidental y el trigo, ambos utilizados para apoyar la esta- bilidad interior.

Después Bresnev quizo eludir las dificultades de la producción pe- trolera en parte gracias a la energia nuclear. Pero después de los acontecimientos de Chernobil está claro que el programa de energía nuclear no puede jugar ese rol. Se ha hecho evidente que las debili- dades estructurales del sistema son más fuertes que alguna fuerza objetiva. Yo quiero decir con ello, que nosotros tenemos recursos naturales, pero que hemos llegado ahora a despilfarrarlos reempla- zándolos por escasez.

Un segundo problema es el de los equipamientos, los cuales en las fábricas soviéticas, no son solamente antiguos desde un punto de vista tecnológico, sino completamente gastadosi En estos momen- tos las máquinas caen literalmente en pedazos. Los economistas predicen que al fin de los años ’80, será simplemente muy difícil mantener el funcionamiento de la economía a su nivel actual. Di- cho de otra manera, desde un cierto punto de vista el sistema mis- mo vuelve contraproductivas todas las decisiones que se han toma- do, sabotea el proceso de toma de decisiones. Ello corresponde a una etapa particular del desarrollo lógico del sistema, en momentos de cambios cualitativos.

Hay una ley marxista, la de la contradicción que puede desenvol- verse entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. En la Unión Soviética, las relaciones de producción no están sola- mente en contradicción con las fuerzas productivas sino que están en tren de destruir la posibilidad de un verdadero desarrollo de esas

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fuerzas, por encima de un nivel mínimo. A largo término esta con- tradicción es mortal para el sistema.

La única solución sería una reforma económiCa, pero una reforma que no podría realizarse sino a través de una lucha social. Una lu- cha social, como lo sabes, no es algo que se desarrolla entre dos fracciones políticas, sino entre las clases. Tarde o temprano es- ta lucha se radicalizará e implicará capas más amplias de la pobla- ción. He allí porqué el “reformismo” constituye aquí la única ma- nera de ser “revolucionario” Nosotros debemos sostener las inicia- tivas de los reformistas buscando siempre transformarlas en iniciati- vas populares, ensayando movilizar el apoyo en la mayoría de la so- ciedad. Una vez que este apoyo sea adquirido, las iniciativas no se- rán más reformistas, se transformarán en revolucionarias.

¿Esto viene porque estarán sometidas a una impulsión que viene del exterior?

Sí. Se volverán parte de un movimiento espontáneo. Nuestra tarea principal es explicar a las perSonas que ellas mismas deben actuar para curar los males del sistema. Aún si apoyan ciertos aspectos del sistema y no se proponen destruirlo. Deben comprometerse en la vida de la sociedad y así se producirá algo nuevo que transformará, por otra parte, a los que en eso participan.

En Occidente, numerosos analistas acuerdan un rol significativo a la cuestión nacional como fuente de inestabilidad potencial en la Unión Soviética. ¿Cuál es tu opinión sobre este tipo de análisis? Yo no pienso que la cuestión nacional constituye el problema prin- cipal, aunque sea sin ninguna duda, real. Existen grados de rusifica- ción diferentes en cada república. Se podría decir, quizás, que las repúblicas más atrasadas han ganado al ser “colonizadas”, de haber sido incorporadas en el 'sistema. Por ejemplo, cuando se habla de Azerbaidjan en términos de rusifiCación, no es dificil comprender que este proceso constituye bajo ciertos aspectos un desarrollo po- sitivo, una forma de modernización. Las repúblicas más avanzadas, al contrario, se sienten más o menos bloqueadas.

Es interesante hacer notar que la política oficial, creando elites na- cionales locales, crea al mismo tiempo, el problema del nacionalis- mo. El elemento principal en esos casos no es el de una lucha de na- cionalidades oprimidas contra los rusos, sino de una lucha fraccio- nal entre burocracias; la burocracia local educada en el período so- viético, producida por el sistema, que quiere tener más derechos y posibilidades en el interior del sistema, se opone a la burocracia gran-rusa. Para muchos burócratas, por ejemplo, en Azerbaidjan o en Ouzbekistan, el aspecto más importante de sus sentimientos na-

cionales es el deseo de apropiarse de puestos actualmente ocupados por los ru'sos.

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Existe también una especie de nacionalismo intelectual, pero que yo no calificaría de verdadero nacionalismo. En efecto, muchos in- telectuales rusificados que se dicen nacionalistas son más bien afec- tados por problemas tales como la censura, que afectan a todos los escritores y artistas. Existen pues, distintos tipos de nacionalismo diferente. Nuestra tarea es cooperar con las tendencias progresistas en las corrientes nacionalistas, apoyando sus aspectos positivos. Pe- ro no debemos sostener el nacionalismo en tanto que tal. Este es un punto muy importante.

La especulación que se hace en Occidente sobre que la Unión So- viética estaría en tren de ser desgarrada por diferentes nacionalis- mos es siinplemente falsa. Hay muchos problemas y peligros para el sistema, pero el nacionalismo no constituye la amenaza más impor- tante. Podría jugar un papel, bajo ciertas condiciones, en conjunto con otros factores.

¿De qué manera la cuestión nacional podria combinarse con otros factores para producir crisis en el sistema?

No soy especialista en problemas nacionales, salvo, puede ser, sobre las regiones bálticas que estudié con más detalle. Pero mi senti- miento es que en la mayor parte de las repúblicas la hora de los mo- vimientos específicamente nacionales ya ha pasado largamente. Ahora la gente está más por los problemas generales del sistema. Considero esta evolución como positiva. Lo que no quiere decir que las cuestiones nacionales no son todavía importantes, al con- trario. Pero ellas se integran cada vez más en la crisis general del sis- tema.

En el seno de las tendencias reformistas, las que funcionan de manera legal, se puede identificar la tendencia ecologista, así como una tendencia que evoluciona hacia la izquierda, hacia posiciones autogestionarias. Mientras tanto, el problema de las nacionalidades no es tomado por ninguna tendencia reformista. Es utilizado esen- cialmente por los disidentes. Como ya he dicho, una de las ideas de nuestros“ grupos es integrar diferentes tendencias y reivindicaciones en un movimiento de reforma radical amplio, que podría más tarde transformarse en otra cosa distinta que un simple movimiento re- formista. En este marco es necesario consagrar mucha atención a la cuestión nacional tratando de comprender lo que quieren verdade- ramente las diferentes nacionalidades y cómo las reivindicaciones nacionales pueden ser integradas en un proyecto más amplio. Pienso que la extensión de la libertad beneficia a todo el mundo y que más libertad, en el sentido de autogobierno, ayudará a resolver los problemas nacionales.

Descentralización, liberalización, estas ideas reformistas van desde ya en un sentido positivo.

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¿ Ves la Ucrania ocupando un lugar especial en el abanico de pro- blemas nacionales?

Yo voy a decir algo sobre ello específicamente desde el punto de vista de un ruso. Los rusos tienen una visión doble de Ucrania. Por ejemplo los ucranianos son en general los peores en el interior del sistema una vez que ellos han sido integrados. Hay muchos ucrania- nos, casi todos han olvidado su propia lengua y sus orígenes nacio- nales y se han vuelto los peores chovinistas granrusos. Muchos cua- dros en la policía secreta, la jerarquía del partido y del ejército vie- nen de dicho medio ucraniano rusificado. Hay más ucranianos rusi- ficados que rusos en ciertos niveles elevados de la burocracia. Los burócratas más represivos se sirven de esa gente, ala vez contra los rusos y contra su propio pueblo.

En la cú3pide de la burocracia,todo un grupo alrededor de Bresnev venía de Ucrania. Entre ellos Fedortchuk, personaje de la KGB y más tarde de la policía regular, fue enemigo feroz del nacionalismo ucraniano y de todo otro nacionalismo, salvo, por supuesto, del ruso.

Existe un fenómeno entre los rusos que se llama la “khokhlofobia” de la palabra del argot Khokhl, utilizada por los rusos para designar el ucraniano. Hay en la república una competencia encarnizada entre burócratas rusos y .ucranianos (es decir burócratas ucranianos rusificados). En efecto, muchos ucranianos han venido aquí, donde se han asimilado fácilmente, ya que no hay gran diferencia étnica entre ellos y los rusos. Pero como ellos hacen la competencia a los rusos en Rusia misma, existe un gran odio contra ellos en el seno de la burocracia. Eso es lo que yo llamo “khoklofobia” Pero existen también sentimientos antiucranianos entre los obreros y los intelectuales, porque los ucranianos rusificados perjudican mucho la imagen de la nacionalidad ucraniana. Hasta los intelectuales disi- dentes en Moscú tienen sentimientos muy ambiguos sobre la cues- tión de la Ucrania. El movimiento ucraniano en Ucrania es conside- rado seguramente como algo muy importante y positivo. Pero los ucranainos que viven fuera de la República son considerados entre los elementos más opresivos del sistema.

La Ucrania es una de las Repúblicas más importantes y la más po- derosa desde el punto de vista económico, poseyendo muchos re- cursos naturales. Pero ¿qué quiere decir “la cuestión ucraniana”? En primer lugar se trata de una cuestión cultural, una cuestión de identidad nacional, pues los ucranianos tienen su propia historia. Hoy en día se les dice que su historia es importante únicamente en la medida que es la historia de su unificación con Rusia. En ese sentido, ellos están obligados a olvidar su propia historia. Ha habi- do un renacimiento cultural ucraniano en los años .1920, pero casi

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todos aquellos que estuvieron comprometidos en ese movimiento fueron eliminados después. Hoy en día existe una cultura seudou- craniana abundante compuesta principalmente de aspectos folklóri- cos, pero la verdadera tradición cultural ucraniana no puede ser de- sarrollada.

En cierta forma se puede decir lo mismo sobre cualquier otra repú- blica, incluso sobre Rusia. Pero es necesario señalar que Ucrania constituye una región altamente desarrollada de la Unión Soviética. Los ucranianos producen mucho más que cualquier otra nación de la Unión y existe un sentimiento que la distribución entre las repúblicas es desigual; lo que significa que la Ucrania da más de lo que ella recibe en relación a otras repúblicas. Es por otra parte lo que tiene en común con otras repúblicas desarrolladas, especial- mente las repúblicas bálticas. El solo ejemplo de una república alta- mente desarrollada que ha evitado esa suerte es la de Belorusia, donde Maserov, dirigente muy popular del partido, ha logrado crear una cierta autarquía local. Lo que sería imposible en Ucrania, te-

‘niendo en cuenta la importancia de esta República y la imbricación

estrecha de su economía con la de toda la Unión Soviética.

¿Cuáles son las posibilidades de una solución progresista a la situa- ción creada por la intervención soviética en Afganistán?

Yo no tengo la impresión que los elementos auténticamente de iz- quierda de la resistencia afgana sean fuertes. Pero las corrientes liberales y progresistas en los partidos islámicos son importantes. La relación de fuerzas en el seno de la emigración afgana de Pakis- tán no refleja bien la situación en el interrior del país, donde tie- ne lugar un proceso de cambio. Este punto de vista está confirmado por las impresiones de los militares soviéticos que vuelven al país. La victoria de los resultados no significaría volver al statu-quo de antes de la revolución, al contrario. Es en la base de la sociedad af- gana que el proceso de cambio es el más importante. Sino, la resis- tencia sería incapaz de combatir el ejército soviético de manera eficaz. La experiencia más interesante al respecto es la del coman- dante Massud de la región de Panshir con quien las autoridades so- viéticas están obligadas a negociar y por el que tiene, por otra parte, un respeto considerable. La resistencia en el interior del país está, pues, bien ubicada para reemplazar el régimen actual. Se presenta un problema actualmente en la medida en que la resis- tencia es mucho más dependiente de la ayuda americana de lo que era hace algunos años. Ello quiere decir que la influencia extranjera en Afganistán crece. Es pues muy importante que la izquierda en Occidente desarrolle vínculos con la resistencia afgana para ayudar a reforzar lo más posible las tendencias progresistas contra las ten- dencias reaccionarias. Ello depende de la capacidad de la izquierda

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occidental de accionar de manera unida y de pesar sobre la situa- ción. ¿Por qué abandonar la resistencia afgana a Reagan y cía.? ¿Por qué no cuestionar su influencia y conquistar un espacio polí- tico? Tengo la impresión de que la izquierda occidental ha perdido muchas ocasiones, pero no es demasiado tarde, le quedan aún posi- bilidades.

Aquí, en la URSS, el problema es hacer pesar la presión popular contra la guerra. Es difícil. La situación no puede compararse a la de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. Sin embar- go, hubo manifestaciones y protestas. Si bien ellas han mostrado ser poco eficaces, muestran que un real descontento existe.

La segunda cosa que es necesario hacer aqui es ejercer una presión sobre los círculos reformistas oficiales. Se hace desde ya y se va a continuar. Esta puede no ser la forma de acción más tradicional para los militantes de izquierda, pero en la situación actual es nece- sario ensayar de influenciar a los reforrnadores y darles ideas de cómo salir de Afganistán. Ya que más tarde será más difícil salir. ¿Qué piensas del argumento de que la intervencion soviettca en Afganistán estaria justificada objetivamente por los progresos socia- les que han sido realizados all 1'?

Marx tenía cosas interesantes que decir sobre el rol de los británi- cos en la India, haciendo notar que la presencia británica ha ayuda- do a la modernización de ese país. Pero es necesario constatar que el proceso desencadenado por la invasión británica ha finalmente acelerado las transformaciones sociales en la India, ese resultado final no puede justificar de ninguna manera la invasión en el plano moral.

Como ayer en la India, actualmente en Afganistán, el resultado fi- nal será el producto a la vez de la invasión y de la resistencia a esta invasión.

¿Tú quieres decir que las fuerzas soviéticas juegan un rol contrarre- volucionaria y que una resistencia revolucionaria podria desarro- llarse en reacción a aquella?

Sí, yo diría que el régimen de Taraki2 no era de ninguna manera revolucionario o socialista. Se trataba de .un régimen tecnocrático y modernista comparable al del Chach en Irán. El régimen de Taraki, como el de Chach, carecía totalmente de base social, salvo entre capas restringidas de la burocracia militar sowéticas. No puede ha- blarse de ese régimen en términos de progreso social. Era más bien antisocial en la medida en que trataba de imponer un modelo de desarrollo a la sociedad contra la voluntad de esta última. Seguía a ello una revuelta de la sociedad toda, como en Irán. Se trataba de una revuelta donde se combinaban las fuerzas progresistas y reac- cionarias, con un- solo objetivo común: desembarazarse de un ré-

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gimen que estaba en tren de destruir la sociedad. Es en este sentido que se asiste a una suerte de lucha de liberación nacional, en la cual hay, es verdad, elementos integristas contrarrevolucionarios. Es una revuelta combinada de una sociedad integral contra elementos que han sido introducidos en ella desde el exterior. En el momento en que esos elementos iban a ser aplastados por la resistencia, ha habi- do la intervención soviética directa, que está en tren de destruir el tejido social, la vida de la sociedad. No se puede hacer verdaderos progresos sociales destruyendo toda la estructura de la sociedad por la fuerza.

El rol principal del ejército soviético en Afganistán es militar. No hay ningún esfuerzo para hacer participar a las masas en el gobierno del pais, porque el régimen sabe que la población está contra él. Rara concepción de progreso social que se haria contra la voluntad de un pueblo. Esto no es el progreso, es la reacción, es antipopular. Al mismo tiempo, la resistencia crea el impulso de un movimiento social. La gente comienza a resolver ella misma sus problemas, sin ayuda exterior. Tienen armas entre las manos, organizan ellos mis- mos la sociedad. Es interesante hacer notar que al comienzo el régi- men quería destruir el clero musulman, la aristocracia tradicional, los propietarios latifundistas, etc. Esos elementos fueron expulsa- dos del pais, pero para ser reemplazados por el Estado. Un opresor ha reemplazado a otros, sin ningún cambio fundamental en las rela- ciones sociales entre opresores y oprimidos.

Luego, después de haber fracasado contra la resistencia popular, el régimen de Karma] y ahora el de Najib tratan de hacer lo contrario, de dirigir una política de reconciliación. Mientras tanto, no se trata de reconciliarse con el pueblo, sino con los ¡efes de tribu, de ele- mentos del clero, de propietarios fundiarios que se dicen progresis- tas, así como de elementos de la burguesía que colaboran y hacen comercio con la Unión Soviética.

Se puede leer en la prensa soviética la historia de un propietario fun- diario analfabeto que se había opuesto al régimen, pero que soste- nía hoy en día la revolución. En efecto, para ciertos elementos de la clase militar tradicional afgana, es mejor sostener el régimen ac- tual que el movimiento social, porque ellos perciben este régimen como menos peligroso para ellos que los paisanos en armas.

¿Qué salida ves tu' a la guerra? ¿Cuál seria, tu punto de vista la me- jor solución y cuál podría ser la peor?

Yo temo que hay muchas “peores soluciones” Pero veo también dos o tres mejores posibilidades. Francamente, temo un “kampu- chea afgano” No se puede excluir la posibilidad que los integristas tomen la delantera y destruyan la sociedad con los métodos de Komeiny y la eficacia de Pol-Pot. No se puede excluir una tal com-

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binación de polpotismo y komeinismo, sobre todo si no se hace na- da para ayudar a los elementos más progresistas de la resistencia. La segunda posibilidad es la de una “reconciliación reaccionaria”, donde los elementos más reaccionarios del régimen, como los pro- pietarios fundiarios “progresistas” se unirían a los elementos reac- cionarios de la resistencia y de la sociedad en general. Existen sin embargo, elementos positivos y tal. posibilidad de un real diálogo. Para que este último se desarrolle sería necesario que el go- bierno soviético reconociera que los pretendidos bandidos no lo son, sino que son campesinos en armas y que es a ellos que noso- tros debemos dirigirnos en primer lugar. Hay también la posibili- dad de un retiro soviético sin condiciones si la situación en la Unión Soviética se vuelve muy mala. En ese caso, yo no puedo decir lo que pasaría en Afganistán, salvo que la guerra civil proseguiria pro- bablemente. Tal solución es posible, si bien yo no creo que sea una buena solución para el gobierno soviético. Tornar la puerta de sali- da “afganistando” la lucha, dejando a los afganos batirse entre ellos, sería muy peligroso. Por supuesto, hay otras posibilidades de compromisos entre las fac- ciones. Numerosos caminos quedan abiertos, pero hay muchos mu- chos peligros. La única posibilidad que excluyo absolutamente es la de una victoria militar soviética. No exeluyo la posibilidad de una derrota militar, porque el ejército está en muy mal estado. He aprendido muchas cosas con respecto a ello entre los militares que han vuelto, y no puedo tampoco imaginar la posibilidad de una vic- toria militar de parte de un ejército que está también gravemente desmoralizado por esta guerra colonial. Reportaje realizado en la URSS Enero de 1987.

NOTAS

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lil Grupo de Moscú por el establecimiento de la confianza entre la URSS y los

Estados Unidos, conocido bajo el nombre dc “Grupo de confianza”, es una es- tructura pacifista independiente que tiene homólogos cn Leningrado y en otras ciudades de la URSS. (Ver artículo de Jacqueline Allio" “Los movimientos pa- cifistas en la otra Europa" en lnprecor número 199 del 24 de junio de ¡985).

Noor Mahamad Taraki, dirigente de la fracción Khan del partido popular demo-

crático dc Afganistán (PPDA) fue presidente del pais desde la revolución dc uhril de 1978 reemplazado por‘Hañzullah Amin, que fue a su turno derribado y asesi- nado tres meses más tarde en el momento dela intervención soviética. Seguida- mente. el régimen de Kaboul ha sido dirigido por Babrak Karma], jefe d'c la fracción Parcham del PPDA hasta mayo de 1986 cuando él ha sido reemplazado por el actual dirigente Nakubullah (Najib).

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PERESTROJKA CONTRA STALlN

Entrevista con el economista soviético Anatoli Butenko, por Giuletto Chiesa

El freno a la renovación y el burocratismo tiene raíces lejanas en el modelo de dirección de los años treinta y cuarenta.

De Anatoli Butenko se había ya sentido hablar (y no había escrito) muchas veces. Responsable o jefe de una sección del Instituto de Econo- mía del Sistema Socialista Mundial y Profesor de la Universidad de Mos- cú, se lo puede considerar como el precursor de la “perestrojka”.

El fue unos de los protagonistas del debate sobre la “contradicción” en la sociedad socialista que se desarrolló al comienzo de los años ‘80, cuando todavía vivía Breznev, donde la crisis aparecía evidente a todos aunque era oficialmente ignorada. Butenko —con Ambarzumov, Burlaz- kikís y otros- era más bien criticado por haber avanzado mucho en el análisis.

Desde hace un tiempo me hab ía propuesto hablar con él, visto que el desarrollo de los acontecimientos confirma muchas de sus intuiciones.

P- Ha pasado sólo un año del 270 Congreso, sin embargo muchas co- sas dichas en tonces han sido superadas por los acontecimientos La renovación ha tenido una repentina aceleración al finalizar el desarrollo del pleno de enero.

¿Anatoli Butenko, Ud. convalida estos juicios? ¿Y por que según Ud., se ha debido acelerar y profundizar la renovación?

AB— El desarrollo de los acontecimientos no ha sido lineal por diversas

razones. En tanto la situación del país es muy diferenciada, de re- públicaa república y en las diversas regiones. No en todos lados rigió del mismo modo la nueva orientación, ade- más la experiencia ha permitido ver que ciertas ideas eran equivoca- das, como aquella, que según hubiera bastado cambiar los cuadros y dirigir la renovación generacional para producir los cambios su- tanciales. Sucede que a menudo los nuevos cuadros trabajan como los viejos. En fin, en todo caso no fue evidenciada con exactitud la fuerza de la resistencia que la “perestrojka” habia puesto en ac- ción.

P- ¿Por ésto ha sido necesario el plenario de enero?

AB— Es cierta una cosa: que la práctica ha permitido examinar más en profundidad. El juicio del 27° Congreso era justo. Sin embargo el hecho es que la “perestrojka” procede más lentamente de lo

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previsto, del pronóstico inicial ha sido necesario volver de nuevo al análisis del pasado para comprender mejor el origen de los proble- mas. Ahora se comprende que allí hay otros impedimentos, que en un primer momento no habían sido, en parte, o del todo, eva- luados adecuadamente. Es verdad que el plenario de enero ha fun- cionado en cierto aspecto más allá del Congreso. En lo personal, la fuerza moderada, por ejemplo, ha tomado tres momentos de inicia- tiva que en principio no estaban incluidos en los documentos del partido. Se ha dicho por primera vez que en la sociedad soviética se acumuló un peligroso momento de crisis. Y como se sabe, la crisis política y económica se ha verificado en varios países socialistas. Se trata de una afirmación muy importante que permite analizar muy a fondo los errores e insuficiencias del pasado y sacar sus necesarias consecuencias.

Primero se hablaba sólo de tendencias negativas, luego de deforma- ciones del socialismo. Es la primera vez que se habla de elementos de crisis.

Los errores del pasado

¿Durante el plenario a muchos esta novedad no les agradó?

Allí hubo compañeros que preguntan: ¿Por qué mostrar y admi- tir nuestra insuficiencia así- crudamente? Son prisioneros todavía de la propaganda de los sucesos del pasado. Mucho de lo que se venía diciendo desde cinco a diez años no correspondía a la realidad de la situación. Pero hay un segundo momento importante que surge del plenario. La singularidad de un verdadero y propio mecanismo de freno, que se ha producido en el desarrollo social, que ha impedido el crecimiento y que se ha convertido en el catalizador de los ele- mentos en crisis. Y en tercer, lugar aunque el 27° Congreso había remarcado la justicia de la crítica al culto de la personalidad, cual- quiera hubiese pensado que el partido no podía ir más allá de la cri- tica de las consecuencias negativas de aquella situación. La cuestión es que por tal motivo, los muchos errores del pasado y el mismo mecanismo de freno, estaban estrechamente ligados a las decisiones políticas de los años ’30 y ’40 apuntalando la atmósfera del culto. El partido ha debido retornar a un análisis de aquel período, los efectos de hacer las cuentas teniendo como fondo los problemas del presente. Yo pienso que la “perestrojka” procede lentamente porque la fuerza que impidiera la plena realización de las decisio- nes del 20° Congreso, y bloquearon la renovación, hoy no quieren los cambios en curso. Si no damos batalla a la posición de éstos, no sólo la “perestrojka”procederá con dificultad ante‘ los cambios, si-

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no que el proceso de cambios podría directamente invertir.

¿Puede precisar Ud. en qué consisten estos “elementos de crisis? En el plano económico del desarrollo, como primer efecto ignora- mos una reducción del crecimiento del standard de vida. Además se han verificado violaciones del principio de las distribuciones de la riqueza según el trabajo prestado, junto a ésto último, otras vio- laciones de los principios del socialismo; incluyendo aquello de la justicia social. Por eso se ha afectado la estabilidad de la sociedad soviética y se suscitó la insatisfacción entre los trabajadores. La sus- tancia de la crisis consiste en el hecho dei-que el sistema politico de una determinada sociedad socialista no es sostenido por los trabaja- dores. La sustancia de la crisis consiste en el hecho de que el siste- ma político de una determinada sociedad socialista no es sostenido por los trabajadores. Tapando así los elementos que impiden este desarrollo. Pero el aprovechamiento de esta constatación puede ser doble si se afirma que el mecanismo resistente se ha creado en los años ‘60 y ‘70; ahora nosotros podemos resolver sólo en parte el problema, y seremos forzados a afrontarlo otra vez, teniendo en cuenta que sus raíces se extienden desde antes en el tiempo. ¿En suma, Ud. afirma que el origen del mecanismo de freno se encuentra en el modelo staliniano de dirección y que no ha sido sustancialmente modificado ?

Exacto, aquel sistema de gestión era fundado no sólo en determi- nada estructura de organización, sino también en el terror. Sin terror no podría funcionar, no se puede abolir el culto a la perso- nalidad, o sea el sistema de terror; dejando intacto todo el resto y pretendiendo que funcione como al principio. Ha sido una larga in- cubación de una enfermedad nacida en la infancia y que se manifes- en los años siguientes.

El diagnóstico es preciso, debemos preguntamos otras cosas. ¿CÓ- mo ha sido posible que el mecanismo pudo conservarse y reprodu- cirse por tantos años y finalmente resistir de manera tenaz a los intentos, que tambien se han producido, de cambiarlo?

No podremos liberarnos de este mecanismo sino comprendemos desde la raíz estos elementos que lo constituyen: cómo ha nacido, cómo se ha instalado y cómo pudo resistir la confrontación infligi- da en el 20° Congreso. Desde el principio se produjo una diferencia entre las ideas y las concepciones de la revolución: por un lado la práctica y la realidad por el otro. Inmediatamente después de Octubre fueron realizadas transformaciones de carácter anticapita- lista, en vistas de la construcción del socialismo.

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Un mecanismo de freno

Paralelamente a ésto, la sociedad se encontró con el deber de hacer las cuentas con el culto a la personalidad: después cuan- do el 20° Congreso condenó el culto se decidió que el objeti- vo era una acelerada construcción del comunismo y después, otra corrección, perfeccionamiento del socialismo. Han pasado otros veinte años, nosotros tenemos un socialismo no desarrollado debi- do a los mecanismos de freno. Proponemos una cosa y la obtene- mos sólo en parte, pero acompañada de otros resultados inespera- dos. Resulta inevitable volver a reflexionar, ¿no es éste el efecto de la intervención de cualquier fuerza agregada, no tomada en conside- ración precedentemente, que en cambio la sociedad nos lleva en otra dirección y nos impone sus resultados?

¿Cómo describirz'a esta fuerza que produce tan mortt'feros resulta- dos?

Marx, Engels, Lenin habían puesto en guardia contra esa fuerza. Para la clase obrera que llega al poder existe un enorme peligro: la burocracia. En una determinada fase del pasaje de la vieja a la nueva sociedad la clase obrera debe desarrollar su propia forma política estatal. Es decir, le es necesario un estado. Pero éste, sus órganos, en cuanto a fuerzas separadas de la sociedad, expresa la tendencia a convertirse en independiente, autónomo: a colocarse por encima de la sociedad amparando sus propios intereses. La única defensa del peligro que hablamos, como advirtiera el funda-

dor del socialismo científico, es el desarrollo rápido y posible de las diversas formas de autogestión del pueblo. Fue Engels que resaltó

que todas las revoluciones del pasado habían fallado justamente desde el banco de prueba, y el poder de esa creación terminaba por colocarse por encima de la sociedad, sometiéndola a su idea. Sólo la “Comuna de París” adoptó el antídoto principal contra ese riesgo: de un lado la electividad de todos los cargos y el derecho de los electores de quitar el mandato otorgado en cualquier momento; y del otro lado fijando un sueldo, para los dirigentes, no superior al de los trabajadores, para impedir el camino del privilegio. Stalin, al abolir el techo salarial máximo para un funcionario del partido en el año ¡934, termina con la idea anteriormente citada, Stalin fue el más evidente representante de la psicología burocrática.

La admonición de Lenin

Pero el pasaje de una sociedad a otra ( la experiencia lo ha demos- trado) es una cosa muy larga y compleja. Los aparatos {este es solo

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un ejemplo} no se pueden fácilmente sustituir. Los dos antl'dotos citados por Engels no son suficientes para garantizar el éxito en la lucha contra el burocratismo.

Es verdad. Pero si al menos hubiesen sido usados, nosotros no ha- bríamos asistido a las diversas crisis políticas en los países socialis- tas, donde una parte de los dirigentes ha terminado por corromper- se, alejándose de las masas, degenerándose. Lenin mismo polemizó duramente contra aquellos que consideraban la idea fácil de vencer al burocratismo, él sabía bien que mientras exista una división de funciones entre dirección y ejecución, entre dirigentes y dirigidos, existirá el peligro del burocratismo. Pero Stalin ocultó esta preven- ción. Su concepción de la dirección política fundada, o basada, en un método administrativo y voluntarista constituyó el terreno más propicio para el desarrollo burocrático. Los aparatos se volvieron dominantes, y obviamente, ninguna medida fue tomada, que favoreciera el desarrollo de la autogestión. El poder fue totalmente concentrado en las manos de un aparato administrativo burocrático que, bajo la indicación de Stalin, realizó aquello que Marx había llamado proféticamente “usurpación gubernativa del estado de clase”. Con estas bases los procesos y las represiones de los años ‘30 completaron la formación del poder despótico de Stalin y liquida- ron a todos aquellos que se habían opuesto aferrándose a las ideas y tradiciones leninistas. El 20° Congreso fue visto por la burocracia staliniana como un peligro mortal, y fue esta que volvió a salir en breve tiempo a bloquear los desarrollos de purificaciones sociales. Aquellas mismas fuerzas administrativas burocráticas son hoy hostiles a la “perestrojka” y temen la aplicación de la autogestión del pueblo. la elección de los dirigentes,.la transparencia de las decisiones, y el control de las masas en la democracia.

Democracia y autogestión

¿Son éstos pues según Ud. los modernos antz'dotos del burocratis- mo, para desatar y disolver el mecanismo de contención?

Es necesario profundizar la reflexión, no sólo sobre los modos de realización de la propiedad, sino también sobre los modos de prac- ticar el poder, ésto es sobre el terreno de la gestión económica y so- bre el terreno político. Sobre el primer punto está ahora en discu- sión el proyecto de norma sobre la empresa estatal. Un paso de ex- trema importancia, donde la idea central es que cada trabajador y cada colectivo deben recibir en base a aquello que han producido, y deben distribuir el rédito realizado según el principio socialista. No será una transición fácil, sea porque los ministerios tratarán de im-

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OCTUBRE 1987

pedirlo, sea porque no es del todo seguro que los colectivos de em- presas se muestren capaces de llevar correctamente este nuevo po- der. Sobre otro frente mucho se habla de democracia y de autoges- tión. Algunos se preguntan ¿para qué sirve la autogestión si ya el poder está en las manos del pueblo? Mientras los pesimistas pien- san: no va bien con la democracia, prueban ahora con la autoges- tión. Yo pienso que la democracia y la autogestión no son la misma cosa. La primera es una forma de Estado que presupone el derecho de cada individuo a tomar parte en la dirección de la sociedad. La autogestión es un pasaje de la dirección estatal a una dirección ejercitada por las mismas masas.

Por eso, para la autogestión es necesario un largo período de desa- rrollo de la democracia. Pero para nosotros sucede que la democra- cia ha estado delimitada un largo tiempo, mientras que no era del todo necesaria y hoy debemos afrontar esta tarea con gran retraso; esta unión continuará circulando, con la opinión de que estos pro- blemas están ya resueltos. Pero si fuese así, nunca el programa del partido buscaría inducir una situación de autogestión del pueblo; porque el socialismo, es más, la autogestión del pueblo, no existe todavía y su desarrollo se ha retrasado, la cuestión es que nosotros no tenemos todavía una autogestión socialista.

¿Qué cosas tenemos en cambio? Tenemos un estado, tenemos un soviet de diputados del pueblo que desarrolla funciones estatales y sociales, tenemos organizaciones sociales, éstas no han tenido la po- sibilidad de desarrollar aquellas funciones de gestión que el pueblo habría podido ejercitar por sin el estado. Por cuarenta y más años, ellos no ejercitaron esta tarea. Las intenciones iniciales del partido eran otras pero el desarrollo de la sociedad soviética ha sido diverso y sólo ahora nosotros estamos volviendo a la realiza- ción de aquellas ideas. También podemos verificar que a menudo nosotros sabemos muy poco usar aquellos derechos democráticos de los cuales disponemos, porque a los trabajadores no se les ha dado la posibilidad de acumular estas experiencias. Es necesario una nueva psicología y nuevas relaciones y no será fácil, porque se produce una situación extraña en que los hombres que pueden de- terminar la suerte de otros, no deben responder entre ellos, sino frente a sus superiores. Por eso la pirámide de la dirección política, en un cierto momento del crecimiento de la sociedad soviética se encuentra trastocada y separada del pueblo.

Nuestra tarea es que aquello se restablezca en la justa posición.

se _ me? e

Cuadernos del Sur

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l i BROCATTO: Militarismo y Golpismo /LUCITA: Reorganiza- ción del Movimiento Social/PLA-ALTVATER: Crisis Mundial/

II WINNICK: Rápido despliegue y Guerra nuclear/

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LUCITA: Hace 20 años: Ernesto “Che” Guevara/ALTAMIRA] SUAREZ: La Crisis de Hegemonía/PLA: Argentina y la Crisis 3 Muncial/ANDERSON: Las Antinomias de Gramsci/CORIAT: l Tecnologías y Procesos de Trabajo/Reforma en la URSS: El

Hermano Mayor Somos Nosotros - Perestrojka contra Stalin.

Este libro se terminó de imprimir en: A.B.R.N. Producciones Gráficas Qyuela 438 Villa Dominica, Pcia. de Buenos Aires, Argentina

en el mes de ocrubre de 1987

Tierra fuego

del