.'Reestructuracíón productiva e inserción internacional
o La unidad de las izquierdas
. La internacional Comunista y el PCA 1918/1928
o La rosa roja de Nissan - El pasado que no pasa
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Cuadernos del Sur
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Número 7
Argentina - Abril 1988
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INDICE
PABLO BUSTOS LUIS RUBIO
PERRY ANDERSON ALBERTO J. PLA JAIME OSORIO
JOHN HOLLOWAY GUILLERMO ALMEYRA
o Reestructuración productiva e inserción internacional de la economía argentina .5
o La unidad de las iunierdas ¿Qué hay entre la resignación
y el deliro? 17 o Las antinomias de Antonio
Gramsci (2a parte) 33 o La internacional comunista y
el partido comunista de
Argentina (1918-1928) 71 o Acerca de la democracia 101 o La rosa roja de Nissan 113
o El pasado que no pasa y el futuro que se prepara 145
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REESTRUCTURACION PRODUCTIVA E INSERCION INTERNACIONAL DE LA ECONOMIA ARGENTINA
Pablo Bustos
A modo de introducción
La economía argentina, al igual que la de otros países semiindustriali- zados de la región y del mundo, se encuentra inmersa en un proceso de reestructuración productiva y tecnológica con prolongados alcances so- bre su vida económica, social y política.
En múltiples aspectos el proceso en curso tiene similitudes con el ex- perimentado por el país en las últimas décadas del siglo pasado, cuando también las fuerzas centrípetas del mercado mundial potenciaron una reestructuración productiva radical y una nueva forma de inserción en la economía internacional de alcances duraderos.
También el proceso liderado por la llamada “generación del ochenta” se produjo en el marco de una crisis económica internacional, la Gran Depresión de 1873 a 1896, que fue el catalizador de una profunda revo- lución tecnológica en los países industrializados y que sentó la nueva base técnica para el desarrollo del capitalismo mundial por más de me- dio siglo.
No es' la intención de este trabajo el establecer paralelismos formales o, peor aún, inexistentes entre dos épocas históricas, sino que es la de mostrar que las alternativas al desarrollo de las sociedades no descansan en “modelos” construidos al margen de las condiciones materiales endó- genas, las que otorgan los límites y las posibilidades, en el marco de las necesidades objetivas de la reproducción del capital a nivel mundial.
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La Argentina agropecuaria
La fase abierta a partir de 1870, se caracteriza por la formación de una economía internacional sustentada en un dinámico proceso de desa- rrollo del capitalismo a nivel nacional e internacional, que va configu- rando una división internacional del trabajo articulada por los pocos países que accedieron a un desarrollo industrial y financiero y que do- minaban económica y políticamente al resto de los países del mundo.
En el seno de la Gran Depresión se configura una nueva base técnica, plasmada en una amplia diversificación de los materiales (metalurgia no ferrosa, química, petroquímica), de las fuentes de energía (motor de ex- plosión, electricidad), de los medios de transporte y comunicaciones (nuevos barcos de vapor, telegrafía sin hilos, más tarde el transporte au- tomotor). Correlativamente se produjeron profundos cambios en la orga- nización productiva y financiera (desarrollo de los monopolios, nuevo papel de los bancos) y en las relaciones económicas internacionales.
Las relaciones económicas internacionales del último cuarto del siglo pasado descansaban en una complementariedad entre las exigencias in- ternas de la acumulación de capital de los países avanzados y de los atra- sados.
Desde el inicio del proceso, las transformaciones de la economía mun- dial generaron tres factores que lo influenciaron positivamente. Por un lado, como efecto de la depresión mencionada, se ampliaron notablemen- te los recursos disponibles en el mercado internacional de capitales pa- ra financiar las políticas de reforma estatal y reestructuración productiva necesarias de realizar en los países atrasados que aspiraban a integrarse a la economía mundial como economías primario exportadoras. Comple- mentariamente dichas políticas originaron una fuerte demanda de capita- les a largo plazo y de posibilidades de inversión en obras de infraestructu- ra (ferrocarriles, puertos, comunicaciones, transporte y servicios urba- nos, etc.). Por otro lado, las condiciones para el intercambio comercial no ofrecían mayores obstáculos pese a la existencia de tendencias hacia un‘ fuerte nacionalismo económico basado en la protección aduanal. Es- to fue así porque Inglaterra, el principal comprador mundial, mantuvo, junto Con Holanda, sin variantes su política librecambista hasta la prime- ra guerra mundial. En cambio las políticas proteccionistas, producto de la depresión, la crisis de la agricultura en Europa Occidental y la necesi- dad de Alemania, Japón y los EE.UU de resguardar sus industrias de la competencia británica, afectaron fundamentalmente a la industria ingle- sa y a la agricultura del este europeo. Finalmente, la revolución tecnoló- gica en los países industrializados facilitó la integración periférica al mer-
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cado mundial modemizando los transportes y las comunicaciones y po- tenciando la demanda de materias primas estratégicas y de alimentos pa- ra la creciente población urbana.
La nueva fase del capitalismo en los países avanzados y sus efectos so- bre la economía internacional, creó las condiciones para una integración en profundidad de países con un grado de desarrollo similar a la Argen- tina al mercado mundial. Sabemos que esta vinculación se manifestó en el caso argentino, en una participación creciente en la división interna- cional del trabajo y como receptor privilegiado "de una fuerte corriente de capital extranjero, mayoritariamente británico, en ferrocarriles, co- municaciones, puertos, empresas comerciales y empréstitos. Esta estre- cha asociación entre los terratenientes pampeanos y los capitalistas in- ternacionales, tuvo su correlato en la gran sensibilidad de la economía argentina hacia las coyunturas financieras y comerciales metropolitanas.
Desde una perspectiva histórica de largo plazo, podemos ver que a la transición de los países avanzados desde un capitalismo industrial de libre competencia (1850-1875) hacia un capitalismo monopolista financiero, la acompañó la transición de algunos países atrasados hacia una forma de capitalismo dependiente, procesos que, unidos al sistema colonial preexis-
tente, dieron lugar a la formación del sistema imperialista mundial en su forma clásica.
El tránsito a un tipo de capitalismo dependiente y a una forma de in- tegración a la economía internacional, fenómeno modemizador para es- tas sociedades, fue posible de realizar para algunos de los países ubicados en la periferia del mercado mundial capitalista. Aquellos que hab ían lo- grado consolidar su unidad y organización nacional, tal como 'lo hiciera la Argentina en el largo y conflictivo proceso que lleva desde la sanción de la Constitución de 1853/60, la conformación de una estructura estatal unificada de carácter federal, la nacionalización de los recursos de la aduana de Buenos Aires, la eliminación de las aduanas interiores, la emi- sión de una única moneda nacional, la codificación de leyes nacionales, la organización de un único ejército profesional y la capitalización de la Ciudad de Buenos Aires. _
La consolidación de la unidad y la organización nacional desde la dé- cada de los ochenta acelerará el proceso de reestructuración productiva- provocado por el desarrollo ferroviario, el enorme flujo migratorio y 'la entrada masiva de capital extranjero que llevará a- la región parnpeana a convertirse en el “granero del mundo”, y a contar con amplios superavit en su comercio externo. La Argentina, como sabemos, ató su destino ala
Inglaterra victoriana y logró por medio siglo avanzar en un exitoso pro- ceso de “desarrollo hacia afuera”.
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Una medida del éxito del proceso lo constituye, de algún modo, el hecho de que la oposición contemporánea centrara su crítica al estado oligárquico liberal en su carácter represivo y autoritario más que en su li- beralismo económico. Tanto las clases dominantes como subalternas per- cibían que las posibilidades de progreso social se vinculaban estrechamen- te a una creciente integración con el mundo. Fueron necesarios los desa- justes provocados por la primera guerra y el derrumbe económico y fi- nanciero que significó la crisis de los años treinta para que esta percep- ción comenzara a cambiar. Al abrirse un período histórico depresivo,
donde se interrumpen las tendencias y las regularidades de la fase ante- rior, se asiste a un fenómeno de desintegración de la economía mundial expresado en la reorientación del proceso de acumulación de capital ha- cia los mercados nacionales en detrimento del mercado internacional. Ello tendrá su expresión en que el ritmo de crecimiento del comercio mundial será más lento y a tasas inferiores al dela producción mundial, y en el derrumbe del mercado internacional de capitales y la desaparición del crédito y del sistema monetario internacional.
1.a búsqueda de la autarquía económica se convirtió en un objetivo, que Se impuso espontáneamente hasta mediados de los cuarenta y explí- citamente a partir de ese momento, de. las políticas económicas de suce- sivos gobiernos.
La industrialiZación modema en la Argentina
En Argentina, como en Brasil, México y Chile, el proceso de industria- lización es paralelo a la expansión exportadora desde la última década del siglo pasado (Cardoso, 1981: 70). Pero tan sólo a partir de las nuevas condiciones generadas por la crisis de los años treinta podemos hablar de un proceso de industrialización moderna en el sentido de “un proce- so social global caracterizado por la extensión de 1a base fabril a la gran mayoría de los procesos de transformación (...); la conversión de la pro- ducción industrial fabril en el eje de la reproducción del capital social, la aparición de la burguesía industrial (cualesquiera sean sus nexos con otras clases y fracciones de clase) y de la clase obrera moderna como principales categorías sociales confonnadoras de la estructura de clases” (Dabat, 1986276).
La reestructuración productiva en tomo a la industrialización endóge- na, a partir de 1933, será orientada por políticas económicas en parte ba- sadas en el control de cambios y la fijación de una estructura diferencial de tipos de cambio efectivos favorables a la industria y el elevamiento de los aranceles aduaneros. Es importante destacar que desde el inicio la po-
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lítica industrialista estableció precios relativos internos para la industria distintos a los mundiales, reflejados en tipos de cambio diferenciales, como resultado de las diferentes productividades relativas entre los sec- tores agrario e industrial. Esta relación entre competitividad, tipo de cambio y precios relativos es uno de los fundamentos del pensamiento económico liberal para cuestionar hoy la ineficiencia de la estructura in- dustrial. También verá como parte del pecado original, la política fiscal expansiva y de bajas tasas de interés que seguirá a la creación del Banco Central en 1935 a las que atribuirá la inflación crónica que aqueja a la economía argentina. Las políticas erróneas se completan, desde la pers- pectiva liberal actual, en el incremento cualitativo de la actividad regula- dora y productiva del estado en el mismo período.
Lo cierto es que las nuevas condiciones internacionales generadas por la crisis de sobreproducción más catastrófica que había sufrido la econo- mía mundial, irnpactaron profundamente a una economía con un alto grado de integración como la Argentina y una reorientación del proceso de acumulación hacia la industrialización endógena exigía un estado fuer- temente intervencionista que protegiera el mercado nacional y financiara de algún modo la nueva fase de desarrollo. Ese financiamiento se susten- tará en una reasignación de fondos a través de la apropiación por el esta- do de parte de la renta del suelo, por medio de instrumentos fiscales y cambiarios, de medidas impositivas como el impuesto a la renta y de l'a centralización financiera lograda con la creación del Banco Central. Este papel del estado como reasignador de fondos para promover la industria- lización, desarrollar la infraestructura física o financiar la acción social será el rasgo central que junto con el carácter semioerrado de la econo- mía argentina, definirá la naturaleza del desarrollo económico argentino de las siguientes cuatro décadas.
Pero es importante diferenciar, aun bajo los rasgos comunes al perío- do mencionado, diferentes fases en el proceso de industrialización ar- gentina. La primera fase, de industrialización sustitutiva liviana como se dió en llamar, se apoyó en la tecnología preexistente', recurriendo inicial- mente al incremento de personal y de los turnos fabriles, utilizando ma- terias primas de origen nacional. En consecuencia las caracterizaba una baja intensidad de capital y débiles economías de escala. Se trataba de un tipo de desarrollo de naturaleza extensiva sustentado en la expansión del mercado y el empleo. Esta etapa manifestó una pérdida de dinamis- mo hacia mediados de los años cincuenta agotada en alguna medida la sustitución de bienes de consumo no duraderos, de materias primas agrícolas y mineras y de bienes intermedios de fabricación sencilla, e incorporadas a la circulación mercantil las relativamente escasas regiones con economías de subsistencia.
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En el fondo de la crisis de mediados de los años cincuenta, expresada en la presencia simultánea del “estrangulamiento externo”, producto de la drástica caída de los ingresos por las exportaciones primarias, y 1a “crisis de ahorro”, por el descenso en la generación de excedentes inter- nos posibles de redistribuir por el estado, se encuentran las restricciones del propio “modelo” de industrialización adoptado. El punto de partida se encuentra en el sesgo antiexportador de la economía argentina, expre- sado en la asimetría entre los tipos de cambio exportadores e importado- res, y sus efectos sobre el sector industrial, la balanza de pagos y el nivel general de actividad. El sesgo antiexportador es una consecuencia del pro- ceso de industrialización sustitutiva de importaciones que adoptó un ras- go exclusivamente mercadointemista. El énfasis en el desarrollo indus- trial, sobre la base de una fuerte protección, no fue acompañado por un sistema simétrico de incentivos para la exportación. Esta política dió ori- gen ala denominada restricción externa. Un sector industrial demandante de divisas pero que, por esa asimetría en los incentivos, no está en condi- ciones de generarlas a través de las exportaciones y encuentra limitado su desarrollo por crisis recurrentes en el balance comercial y en la balanza de pagos. Esta forma de inserción internacional de la industria también la inhibe de aprovechar escalas óptimas, innovaciones tecnológicas y el desarrollo de nuevos productos.
Tras el período de transición que significó la política desarrollista se producen cambios fundamentales en la estructura productiva argentina. A partir de los años sesenta la industrialización dejó de apoyarse en los altos salarios para hacerlos en una tasa de acumulación de capital más al- ta, en el consumo de los no asalariados y en el papel dinarnizante de las inversiones públicas. Ia modificación en la distribución del ingreso afec- ta- a las industrias productoras de bienes de consumo masivo, que inician un crecimiento “vegetativo” y favorece las actividades productivas de insumos básicos, bienes durables y bienes de capital (E. Feldman, J. Sommer, 1986).
Las características semiautárquicas de la economía argentina se acen- túan en esta etapa a partir de que las exigencias de una mayor tasa de acumulación inducen a fortalecer el proteccionismo como forma de am- pliar los márgenes de beneficios y posibilitar el autofinanciamiento de las empresas. La tendencia a la disminución del salario real actúa en el mis- mo sentido. A la vez, desde la segunda mitad de los años sesenta, co- mienzan a crecer significativamente las exportaciones industriales, ten- dencia que se mantendrá hasta mediados de la década siguiente.
Esta “apertura exportadora” de la industria argentina respondió a las transformaciones en la estructura económica. Conjuntarnente al desa-
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rrollo de industrias pesadas productoras de insumos básicos, de medios de transporte y equipos de producción, comienza a modernizarse la in- fraestructura energética y el sistema financiero. Las crecientes exporta- ciones industriales reflejan básicamente un proceso interno de aprendi- zaje vinculado al dinamismo industrial y al progreso técnico en la estruc- tura productiva. EHas se ven potenciadas por incentivos diversos y un comercio mundial de manufacturas en expansión.
Hacia mediados de la década de los setenta la pérdida de dinamismo en el proceso de industrialización tendrá su correlato en las exportacio- nes 'industriales las que, a pesar del mantenimiento de los instrumentos promocionales, permanecerán estancadas hasta la actualidad. En sínte- sis, “este proceso industrial, caracterizado por su orientación preferen- cial hacia el mercado intemo, que se ha desarrollado al amparo de un sis- tema de alta protección, y que además ha privilegiado en forma lenta e insuficiente el proceso de maduración, determinó la actual estructura in- dustrial argentina condicionando sus potencialidades y restricciones para vincularse a la división internacional de la producción de manufacturas” (CEPAL, 1986:)
1a reestructuración productiva que se produce en los años sesenta, con la transición desde una forma de acumulación extensiva como la que había predominado en las tres décadas anteriores hacia otra de acu- mulación intensiva, tuvo diversos efectos económicos. Además de la al- teración drástica del patrón de distribución del ingreso en detrimento de los salarios y en la búsqueda de elevar sustancialmente la tasa de acu- mulación, cambia profundamente la forma de inserción de la economía argentina en la economía mundial. La magnitud de los recursos que exi- ge el financiamiento de la inversión en las nuevas ramas impulsa a las em- presas y al estado a la obtención de fondos y divisas adicionales. Además del elevamiento de las cargas impositivas, la instrumentación de políticas de ingreso y el estímulo a la intermediación financiera y la centralización del capital, se promocionará la inversión extranjera directa y se comen- zará a recurrir al endeudamiento extemo (Dabat, 1986:82). Correlativa- mente se incrementarán sustancialmente las importaciones de bienes de capital e insumos y las transferencias de tecnologías, lo que contrarres- tará los logros en las exportaciones industriales.
Dos condiciones, una interna y otra externa, dieron viabilidad a la transición descrita en la década de los sesenta y una de ellas, la externa, permitió su prolongación, bajo las políticas conocidas, hasta fines de los setenta. La interna se vincula a la capacidad financiera del estado para reasignar fondos para la acumulación privada, por medio de subsidios di- rectos o crédito barato, o para la inversión pública. Dicha capacidad se
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asentaba básicamente en la apropiación pública de una parte sustancial de la renta de la tierra a través delos impuestos al comercio exterior, el superávit del sistema de seguridad social, la elevación de los impuestos directos e indirectos y 'el impuesto inflacionario, la que tendió a agotarse a partir dela década de los años setenta. (P. Gerchunoff y Carlos Bozalla, 1987: ver Cuadro l).
La condición externa se vincula con los cambios producidosa media- dos de los sesenta en la economía mundial en el marco de una profundi- zación del proceso de internacionalización del capital. Dos de ellos son
particularmente relevantes, el nuevo papel de la banca privada en el crédi- to internacional y el desarrollo de lo que se dió en llamar una nueva di- visión internacional del trabajo. El primero posibilitó potenciar la inver- sión externa y el segundo comenzar a impulsar la exportación industrial, fenómenos estrechamente vinculados en la experiencia argentina.
Hacia mediados de los años setenta, otros países latinoamericanos de un grado similar de desarrollo industrial que la Argentina comenzarán a transitar hacia una tercera fase en su proceso de industrialización sus- tentada en una creciente participación en el comercio mundial de manu- facturas. Es el caso de México y Brasil, particularmente el de éste último. La economía argentina fuertemente irnbricada por entonces por la eco- nomía mundial por medio de las exportaciones agrarias e industriales, las importaciones de equipos e insumos, las transferencias de tecnologías, el endeudamiento externo, la exportación de capitales y tecnologías argentinos a la región y la creciente asociación de sus grupos financie- ros nacionales Con el capital internacional, contaba con una estructura industrial y un bagaje tecnológico que le hubiere permitido avanzar en la misma perspectiva, comenzando a atenuar los efectos de su peculiar estructura de productividades relativas.
Sabemos que ello no fue así. La apertura importadora de la segunda mitad de los años setenta sumó, al relativamente bajo perfil tecnológico de la industrialización argentina, expresado básicamente en el déficit en la producción de bienes de capital y en la débil articulación entre el sistema de ciencia y tecnología y el sistema industrial, una desindustria- lización a corto plazo y una desarticulación del débil sistema tecnológi- co industrial. Estos fenómenos de desindustrialización y desarticulación del sistema tecnológico se produjeron, por añadidura, en un período en el cual 1a frontera tecnológica comenzó a moverse muy rápidamente y a desplegarse la reestructuración económica, industrial y tecnológica a es- cala internacional en curso. (H. Nochteff, 1987).
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Límites y posibilidades en la década de los ochenta
En un trabajo reciente Jorge Schvarzer (1987) analiza la serie de mo- dificaciones operadas en distintos sectores de la economía que, sumadas, configuran una nueva forma de funcionamiento de la economía argen- tina. La innovación tecnológica en el agro pampeano permitió un incre- mento espectacular de la producción y las exportaciones agrarias. Este hecho, disminuido por la evolución desfavorable de los precios en el mer- cadomundial, significa en términos productivos que la “apertura” de la economía se duplicó en términos porcentuales. En un contexto de estan- camiento del producto global, el sector pampeano incrementó su papel en la economía argentina, y estrechó sus lazos con el mercado mundial, estableciéndose una relación más intensa entre la evolución de los precios internacionales y sus precios internos. La consecuencia es una mayor li- mitación en el manejo del tipo de cambio como herramienta de distri- bución del ingreso. También la industria ha tendido a “internacionali- zarse” aunque en magnitudes de exportación e importación inferiores al agro. Una parte de la industria exporta de forma permanente una pro- porción significativa de su producción y la otra parte también ajusta su política a la posibilidad de la competencia externa. Ambas se orientan a seguir las señales provenientes del mercado mundial. En cuanto al merca- do de fuerza de trabajo argentino ha tendido a‘perder la autonomía rela- tiva que tuvo por varias décadas. Su relación de dependencia con otros mercados y la creciente diferenciación salarial dificultan las posibilidades de regulación “política” del salario. Mayor aún ha sido la intemacionali- zación del sector financiero, vinculado hoy estrechamente al sistema financiero internacional, lo cual angosta notablemente los márgenes de política monetaria y financiera. En el mismo sentido presiona la deuda externa s'obre las decisiones de política económica, fortaleciendo el con- trol externo sobre las mismas. El carácter estructural de la crisis fiscal sintetiza todas estas transformaciones que han acotado al máximo los márgenes de política económica disponibles en la Argentina.
El panorama expuesto induce a pensar que la búsqueda de nuevos ca- minos para sacar a la sociedad argentina de la postración y la decaden- cia, mientras no esté planteada una transformación social radical, debe partir de las condiciones planteadas por la fase actual del capitalismo argentino y mundial. La experiencia de los años treinta y la actual de los ochenta ha puesto de manifiesto los riesgos que implica una estrategia de desarrollo concentrada, unilateralmente, en las exportaciones de bie- nes primarios. Tampoco parece posible un retorno a las viejas soluciones para los nuevos problemas, cual serían la de darle la espalda a un mundo
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competitivo y hostil como hace medio siglo o regresar a las clásicas rece- tas universales de apertura unilateral de la economía.
Dejando de lado la factibilidad social y política de las alternativas an- teriores, es claro que la estrategia necesaria debe rescatar la impórtancia histórica de los avances sociales y la-modernización asociados a la indus- trialización y el papel central de la misma para inducir el crecimiento del conjunto de la economía.
La integración a la economía mundial de un país como la Argentina, debe hoy basarse en sus propias fuerzas. A finales del siglo XX esta inte- gración es fuertemente competitiva y no complementaria como la de fi-
nes del siglo pasado. No existe una potencia hegemónica que adecúe sus políticas nacionales alas necesidades del equilibrio comercial y finan- ciero mundial como estaba obligada a hacerlo la Inglaterra imperial. Exis- ten por el contrario políticas nacionalistas de las grandes potencias que deterioran las condiciones económicas y sociales de los países más atra- sados y fuertes tendencias a la creación de espacios de acumulación re- gionales como el que uniría a los EE.UU., Canadá y México, o alos paí- ses de la cuenca del Pacífico.
La opción para la Argentina parece encontrarse en su capacidad de modernizar su aparato productivo, utilizando las asociaciones preferen- ciales como las realizadas con Brasil e Italia deSarrollando una industria dinámica capaz de competir con eficiencia en el mercado local y en el internacional, aumentando sustancialmente el peso de sus exportacio- nes ‘industriales. Ello supone unos ciertos requisitos “sine qua non” que son sintetizados por un autor del siguiente modo (K. Esser, 1987). — La “capacidad de transformación política y social”, como aptitud de la élite dirigente para poner en marcha y asegurar el proceso de apren- dizaje tecnológico y la dinámica que de él se deriva.
—— La “capacidad de transformación tecnocrática”, entendida como la facultad de la burocracia estatal para dirigir el proceso de industrializa- cron.
Ia “capacidad de transformación tecnológica”, como facultad de una economía de superar las exigencias técnicas, cambiantes y complejas de la economía mundial.
Es legítimo pensar que las “capacidades” actuales de la dirigencia, la burocracia y- de la economía argentina se encuentran muy lejos de cum- plir, en general, con los requisitos expuestos. Pero también pueden ser vistos como los objetivos que los sectores más lúcidos de la élite dirigen- te a nivel económico y político comienzan a trazarse, más aún, comien- zan a instrumentar con algunas políticas en curso que aparecen bajo los
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nombres de apertura económica, desregulación, desrnonopolización, etc. Este libreto no está escrito ni mucho menos, pero es evidente que supone un cambio profundo en las condiciones de vida de los trabajado- res al proponerse en esencia lograr sustanciales incrementos en la produc- tividad del trabajado combinando la innovación tecnológica con la inten- sificación del mismo. Los mayores o menores costos sociales del camino elegido dependerán estrechamente de la fortaleza y claridad del movi- miento obrero para discutir y formular propuestas altemativas sobre to- das y cada una de las nuevas condiciones de vida y de trabajo que supone la “modernización”.
Referencias
Cardoso Ciro y H. Pérez, Historia Económica de América Latina, Crítica, 1981; Cepal (1986): Exportación de manufacturas y desarrollo industrial.
Dabat A. (1986): Crisis y reestructuración productiva en América Latina. Cua- dernos del Sur N0 4.
Esser, K. (1987): ¿Cómo dinamizar las relaciones económicas de América Latina? INTAL/CEPAL.
Kiirzinger, E. (1986): América Latina. y la Comunidad Europea. IRELA.
Schvarzer, J. (1987): Conocer para transformar. La Ciudad Futura N° 3.
Feldrnan, E. y Sommer J. (1986): Crisis financiera y endeudamiento externo. CET Bs. As.
Gerchunoff y C. Bozzalla: Posibilidades y límites de un programa de estabilización heterodoxo: el caso argentino. El Trimestre Económico. Setiembre 1987,
Nochteff, H. (1987). Conferencia en el Banco de la Pcia- de Bs. As. 24.11.87
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'LA UNIDAD DE LAS .IZQUIERDAS: ¿QUE HAY ENTRE LA RESIGNACION Y EL DELIRIO?
Luis Rubio
Gorgona es un monstruo alado de garras afiladas, cuya espantosa cabeza tenia serpientes en lugar de cabellos, una lengua larga, unos dientes pun- tiagudos y, sobre todo, una mirada penetrante que según la leyenda con- vertía a los hombres en piedra. Pero, para Ovidio en las Metamorfosis, habia sido una bellisima doncella. Perseo hizo que se petrificara al mirar- se reflejada en un espejo y le cortó la cabeza.
I. La mirada de la Gorgona
1a crisis mundial del capitalismo sigue su curso. A tal grado sus iner- cias se imponen con la fuerza de los hechos que todo pensamiento y toda acción resultan sobredeterminados por ella. La crisis en sus múltiples di- mensiones, desde lo económico-social hasta lo político-ideológico, demar- ca y cierra el campo de “lo posible” para el sistema capitalista. Cuestio- nar los efectos catastróficos de la crisis, llegar hasta sus causas más pro- fundas, resistirse a sus imperativos “necesarios”, pone en duda la legiti- midad histórica del capitalismo..Pero ¿cuál es la otra opción? ¿un socia- lismo de estado burocrático? El pensamiento se detiene ante una eviden- cia que parece no conducir a acción alguna- Aterrado por los peligros que acechan en los callejones sin salida de un sistema que, al desarrollarse, en- gendra las condiciones para crisis más vastas y profundas, el pensamiento político retrocede, se repliega sobre sí mismo, voluntariamente quiere re- ducirse estrictamente a “lo posible” para el‘ sistema en crisis. Entonces, “imagina” que existen “reglas del juego que deben ser aceptadas por to- dos so pena de serconsiderados fulleros”, que existen normas universales situadas por encima de los intereses dominantes, y en consecuencia, se
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trata únicamente “de la manera de jugar so pena de ser considerado un mal jugador” Es cuestión de “saber jugar”, de manejar las reglas con ha- bilidad y astucia, pero ¿de qué juego se trata? ¿del juego capitalista? ¿de las reglas que impone la crisis capitalista?‘
Se ha advertido que aquellas cuestiones críticas a las cuales la clase do- rrrinante no puede dar una respuesta más o menos convincente, resultan, convertidas por el sistema en imposibles, en informulables. De este modo el tema de la crisis se desplazaba hacia dos polos opuestos pero idénticos: el de lo obvio y el de lo incognoscible2 ¿Para qué insistir en aquello que todo el mundo sabe? ¿Para qué denunciar las consecuencias desastrozas de la crisis capitalista si son evidentes para cualquiera? ¿Para qué intentar hallar sus causas reales si ellas pertenecen al misterio de un sistema social que se rije por leyes naturales? ¿Acaso es posible cambiar las “reglas del juego válidas para toda la humanidad” sin distinción de clases?
El pensamiento posibilista reivindica un realismo peculiar. Como para él se trata de sobrevivir lo mejor posible en medio de una tempestad ine- vitable, de preservar las ilusorias “gratificaciones” que la crisis todavía no ha arrollado, redescubre las trémulas satisfacciones de la vida doméstica y las verdades perdurables del sentido común. Ya que la historia es inasi- ble, convoca a abandonar las utopías estratégicas; como todo es cuesitón de tácticas puntuales se propone empezar 'por democratizar a los grupos primarios, por liberalizar la vida cotidiana y las buenas costumbres, por modernizar la adaptación a condiciones difíciles y estimular una creati- vidad que no se enfrente al enigma del Poder ni lo cuestione. Los refor- mistas de la moderna democracia social despliegan aquella “estetización de la política” que atribuyó Walter Benjamín ala burocracia de Estado, y decididos a empezar desde abajo y regenerar el tejido conjuntivo de la sociedad, propagandizan la sensata prudencia de lasfonnas microsociales. Ellos encaman una izquierda que al fin, superados los errores infantiles, alcanzó la edad de la razón. Pero ¿de qué “razón”?
A nuestros flamantes intelectuales socialdemócratas los paraliza una paradoja: una paradoja común a todas las crisis históricas. Podría for- mularse así: la transformación radical de la sociedad existente es más ne- cesaria cuando parece más imposible que nunca. Cuando la crisis general hunde a las masas en la miseria y la degradación no hay movimientos de resistencia unitarios, no surge ninguna fuerza social que se perfile como vanguardia, las organizaciones políticas heredadas del pasado inmediato- se descomponen y el Estado se fortalece en una ofensiva constante que no pone límites a su penetración en la sociedad y en las conciencias. ¿Qué "puede hacer, entonces, el pensamiento librado a sus propias fuer- zas? ¿Qué sentido tiene el arma de la crítica si ella misma se convence
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de que no podrá convertirse en crítica de las armas? ¿Qué le queda a una intelectualidad separada de cualquier movimiento social más que re- signarse a la desventura presente y sumirse en una ilusión inofensiva? Efectivamente, el desfasaje entre las condiciones objetivas para una trans- formación y las condicines subjetivas para un salto revolucionario, en la crisis se profundizan hasta el abismo. Nuestros teóricos de la moderniza- ción socialdemócrata vuelven la mirada horrorizados: estamos ante los ojos de la Gorgona. La fijeza con que otros hombres, en nuestro pasado cercano, clavaron la mirada en las pupilas del Poder, acabó cegándolos a ellos mismos y sobrevino el terror. Ya nadie quiere para sí un destino tan nefasto. ¡Argentina, aparta de mi ese cáliz! La consigna de la hora es, entonces, “olvidar lo imposible y acatar la única posiblidad que ofrece la crisis capitalista: sobrevivir lastimosamente” No importa que aquello que el sistema desecha por imposible pueda ser, en realidad, los; único efectivamente liberador. ¿De qué sirve saberlo sino podemos hacer nada para evitar ni para cambiar lo “realmente existente”? ¿De qué vale ator- mentarse por lo que es superior a nuestras fuerzas? Mejor cerrar los ojos y quedarnos imnóviles bajo la mirada atroz de la Gorgóna. En definitiva, aquel viejo principio que afirmaba la necesidad de no perder “la confian- za en el pueblo”, tampoco ha podido salvarse de la crisis de la teoría re- volucionaria y acabó sucumbiendo en el discurso socialista post-moderno.
II. La cabeza de la- Gorgona (tecnoburocracia estatal y democracia “mo- dema”)
Si algo caracterizó a la Argentina dentro del contexto latinoamerica- no, fue el desarrollo y la organicidad de su sociedad civil. Ante ella, el Estado aparecía (desde 1955 al menos) desprovisto de mediaciones, pri- vado de consenso efectivo, y forzado a' recurrir ala dictadura abierta pa- ra imponer disciplina a un movimiento social en avance. La alternancia de gobiernos constitricionales débiles y dictaduras militares desacredita- das, configuró el síndrome de un desfasaje entre sociedad y estado que, a partir de 1969, fue convirtiéndose en una fractura infranqueable. Pero la crisis general del capitalismo dependiente argentino, y la política de arrasamiento y exterminio del Terror de Estado, hicieron lo suyo para modificar sustancialmente la situación.
Hoy el aparato estatal se enfrenta a una sociedad desarticulada, atomi- zada y paralizada. Los grandes bloques sociales de la fase anterior, cons- truidos sobre la alianza entre avanzadas de la clase obrera y de la peque- ño burguesía, se han disuelto, pero incluso las fuerzas sociales perdieron su configuración tradicional. Ahora, el Estado se reserva casi todas las
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iniciativas, maneja todas las opciones; la escena política llena por entero la realidad con sus representaciones y no deja resquicio para la irrupción de un movimiento espontáneo de masas que no llega a articular una re- sistencia unitaria. Es la hora del Estado, y con él, de la tecnoburocracia estatal. Ella prosigue, porlvías democráticas, el avance sobre la sociedad que inició la dictadura del Proceso, siguen rigiendo los intereses estratéti- cos de la gran burguesía financiera transnacional. Las mediaciones insti- tucionales regulan los procesos pero ¿son eficaces para lograr los objeti- vos que se proponen?
1.a lógica política de las tecnoburocracias estatales no puede reducirse al juego de intereses de clase, aunque ellos determinen en última instancia las “reglas del juego”. Es evidente que desde 1976 el aparato estatal ha ido ganando una autonomía cada vez mayor respecto de los conflictos de clase. Esto le otorga a las “formas” políticas, alas “representaciones” de escena, una importancia reforzada. Si en 1973 el movimiento de masas en ascenso podía desenmascarar los simulacros del Poder, utilizarlos en su propio favor, y desmontar sus trampas (elecciones sin Perón en marzo de 1973, Pacto Social, política Rodrigo), hoy esa capacidad popular ha per- dido su fuerza colectiva para sumergirse en el fondo de las conciencias irr- dividuales donde se transfigura en impotencia y resentimiento. Nadie cree realmente, pero todo el mundo vota con el designio de elegir el “mal me- nor”. Este consenso denegatorio es la apoyatura mínima que requiere el control tecnoburocrático que, tal como lo señala Therbom, responde a múltiples centros, sustenta principios de legitimación cifrados en la efica- cia y el rendimiento, y entabla con la plataforma social relaciones dife- rentes a la de las burocracia tradicional (¿Cómo domina la clase domi- nante?)
La política argentina está dominada por el doble discurso, el simulacro y la amenaza, en un toma-y-daca muy cercano al chantaje y al soborno. Y es que la burocracia política se enfrenta con dos cuestiones de muy di- f ícil solución. Una estructural: la crisis definitiva de los modelos de cre- cimiento económico y configuración de clases vigentes hasta la década de los años sesenta (crisis que se condensa en la deuda externa como sín- toma privilegiado). Otra político-ideológica: la resistencia que oponen las instituciones corporativas (Fuerzas Armadas e Iglesia Católica) al acuerdo tecnoburocrático. Pero la pulseada se da sobre una base común inarnovible, y es la convicción compartida por todos los sectores burocrá- ticos en pugna, de que cualquier pacto debe necesariamente incluir a las burocracias institucionales. Lo que está en discusión se refiere a las res- pectivas cuotas de poder y el perfil general que debe tener el Estado “mo- demizado” Una vez más es cuestión de formas, de grados, de balances
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de fuerzas entre sectores que, en su conjunto, aspiran a administrar el aparato estatal y la intervención social en función de los intereses hege- mónicos.
La ausencia histórica de una burguesía nacional con capacidad para uni- ficar y movilizar a la sociedad bajo su hegemonía, y así dirigir el Estado, quiere ser llenada por un cuerpo homogéneo de administradores estatales, lo suficientemente estable y eficiente, como para regular a la sociedad y negociar de manera coherente con los sectores dominantes. Pero si existe un aspecto nuevo, que diferencia a la nueva tecnoburocracia en forma- ción de las antiguas burocracias, es la función económica. Al proceso de tecnoburocrátización de los aparatos, con el consiguiente incremento de su relativa autonomía y el reforzamiento de su capacidad de penetra- ción en la sociedad civil (medios de comunicación de masas, acción psi- cológica sistemática), se agrega un dato aparentemente contradictorio: la reducción drástica del área económica del Estado. Pero se trata de una refuncionalización. La agresiva política de privatizaciones en curso, que comparten radicales y peronistas GDEBA), implica una nueva alianza y redistribución de poderes entre los administradores estatales y los geren- ciales, y a su vez la tendencia a que el Estado se ocupe de regular la política econónrica global y abandone la propiedad exclusiva sobre em- presas anteriormente consideradas “estratégicas” Ia nueva, tecnoburo- cracia estatal sería el resultado de esta interpenetración de lo público y lo privado, que no sólo se refiere a la empresa, sino afecta también al propio territorio nacionala y a un aparato ideológico de Estado tan fun-- damental como el educativo. Respecto a esto último, el Congreso pedagó- gico recién concluido, revela el peso específico de la Iglesia Católica en el ámbito de la educación y su renovado avance‘. Ia vieja doctrina oligár- quica de los tres pilares fundamentales del Estado (la Institución Militar la Institución Eclesiástica y la Institución Familiar) no ha perdido vigen- cia efectiva, y se “moderniza” al influjo de las nuevas oligarquías oligo- pólicas.
Pero el proyecto está lejos de haberse consumado. Falta un largo cami- no _p0r recorrer, lleno de acechanzas y virajes. Ia Institución Militar debe
superar su propia descomposición interna. Hoy la corta longitudinalmen- te una línea de fractura que separa y opone a los cuadros medios de la oficialida'd y los Altos Mandos. Mientras el grupo emergente (Rico) rei- vindica para sí la guerra de Las Malvinas en un discurso ambiguamente anticolonialista, y levanta las reivindicaciones económicas y sociales de la corporación militar, los Altos Mandos se enredan en un doble juego que, por un lado, necesita restaurar la verticalidad de la “cadena natu- ral de mandos”, pero. por otro, aprovecha las provocaciones internas
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para presionar sobre el gobiemo (y las burocracias políticas en general), reclamando un papel decisivo en la negoción estratégica. Ia reivindica- ción de la “guerra sucia” por parte de los Altos Mandos busca el recono- cimiento de que el Estado y su seguridad, dependen en última instancia de las Fuerzas Armadas, y eso las legitima. ¿No es así, realmente?
El gobierno sigue con su línea: que los conflictos entre los militares se procesen y resuelvan en el interior de la Institución armada. Pero, si esta política fracasó en cuanto al juzgamiento de los responsables del Terror de Estado, no parece tener la fuerza suficiente como para evitar que la querella militar desborde sobre la sociedad y envuelva al Estado en su conjunto. De hecho, Alfonsín cedió toda la iniciativa a Caridi, en la crisis de enero, quizás convencido de que luego del “felices Pascuas” no está zen condiciones de convocar ala movilización p0pular en defensa del gobierno amenazado por el gran simulacro montado por los militares en Monte Caseros. ¿O es que el gobierno temió el repudio más que la indi- ferencia, después de las desastro'sas-elecciones de 1987?
De todos modos, y cualquiera sea el grado de su debilidad y despres- tigio, Alfonsín cuenta con dos fa'étoresra su favor. Uno, la incapacidad de los militares para recuperar la iniciativa política y superar su aislamiento actual (más allá de que nadie, en la escena política, duda de que su parti- cipación en el pacto interburocrático es imprescindible para darle estabi- lidad). Otro, el temor de los' EEUU a unos militares que emprendieron la aventura de Las Malvinas, y podrían encender focos de conflicto en el Cono Sur si se dejan fascinar por utopías fundacionales. El gobierno no tiene mejor aliado que los EEUU, lo que explica las presiones nortea- mericanas .para conseguir el apoyo argentino a su moción sobre los dere- chos humanos en Cuba, y la abstención norteamericana en 1a censura a Gran Bretaña por las maniobras en Las Malvinas.
Las recientes declaraciones del Brigadier Crespo (LA NACION, mar- zo 6 de 1988), son ejemplares. Por su boca se expresa el sector militar sobre el que se recuesta el gobierno, y a su vez, el más moderno y tecni- ficado de la Institución. Las declaraciones de Crespo se dirigen a dos in- terlocutores: los cuadros de la propia Aeronáutica (y de las Fuerzas Arma- das en general), y los sectores empresariales con intereses en la industria de armamentos. Respecto de los primeros, reafirma enfáticamente el orden jerárquico-autoritario del la Institución (aclarando que sus pilares
son los mismos que aquellós que sostienen ala Iglesia: disciplina, lealtad, jerarquía. y obediencia). Y en cuanto a los segundos, aclara los objetivos de eficiencia y rendimiento que rigen la producción de annarnentos a cargo de la Aeronáutica (pese a la drástica reducción de su presupues- to), y los acuerdos con empresas transnacionales. Quizás sea éste el modelo
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institucional que el proyecto de restructuración del Estado, en curso, propone al conjunto de las Fuerzas Armadas. He aquí una típica estruc- tura tecnoburocrática que apoya incondicionalmente al régimen demo- crático constitucional, en un momento difícil, cuando el gobierno de Margaret Thatcher monta en Las Malvinas una provocación.
El otro interlocutor en la mesa negociadora es la burocracia sindical. Más allá de que mantiene cierta precaria homogeneidad interna, alrede- dor de la figura de Ubaldini, este sector no puede aspirar en el presente más que a un puesto secundario y subordinado a la burocracia política del Partido Justicialista y del Estado. Esto es, exactamente, lo que está en discusión. Los paros nacionales del año pasado se dirigieron amejorar la posición negociadora de la dirigencia sindical, y apuntaron a dos blancos: el predominio cafierista dentro del aparato partidario, y el predominio de la burocracia partidaria en la negociación estatal. Pero, contrariamente a lo que ocurría en la última fase del gobierno peronista anterior, la buro- cracia sindical ha perdido fuerza objetiva, no está dispuesta ni en condi- ciones de movilizar a las bases obreras, y ha dejado de ser un factor de poder aunque arnenace con una reducida capacidad de presión. El Progra- ma de los 26-puntos cayó en el olvido.
III. El cuerpo de la Gorgona (gobierno y partidos)
El gran simulacro militar de Enero consuma un proceso de desgaste del gobierno que empezó en Semana Santa, el año pasado. De hecho can- cela cualquier posibilidad de montar, sobre la figura de Alfonsín, alguna especie de democracia plesbiscitaria. La estrella del presidente ha empali- decido. Algo análogo a la compulsa popular por los acuerdos del Beagle es ahora impensable. Gestos históricos como el traslado de la Capital pa- saron al desván de los recuerdos: allí están arrumbados al lado de otras “ilusiones perdidas” del alfonsinisrno ingenuo de la primera hora (la mo- ratoria de la deuda externa y una política económica de desarrollo, el cas- tigo a todos los responsables de los crímenes de la dictadura terrorista, la auténtica democratización de las fuerzas armadas y tantas más. .). Tam- poco la reforma constitucional resulta fácil de lograr. Un régimen de gabinete semiparlarnentario, funcional en algunos estados capitalistas centrales donde el Parlamento es el ámbito donde diferentes sectores de la clase dominante y sus aliados negocian los acuerdos, en un país capita- lista dependiente como el nuestro puede convertirse en un obstáculo bu- rocrático a la dirección del Estado por parte de la gran burguesía hege- mónica. En nuestro Congreso no debaten los representantes orgánicos de las clases nacionales, sino diferentes carnarillas burocráticas que se dis-
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putan la representación de la dueña exclusiva del Poder: la oligarquía fi- nanciera transnacional. Los intereses dominantes se negocian fuera del aparato jurídico-político del Estado capitalista dependiente, y sus acuer- dos se imponen por otras vías que no son las legislativas precisamente. ¿Quienes pueden estar interesadas en “la figura del Primer Ministro”, en crear una mediación más, sino las propias burocracias políticas? Hasta la Institución Militar y su aliada estratégica en la sociedad civil: la Iglesia- Católica, no pueden mirar sino de reojo una reforma constitucional que las haría compartir Sus privilegios político-ideológicos con las burocra- cias partidarias y administrativas. Y posiblemente ese proyecto no forma parte de las prioridades de la gran burguesía que, hasta ahora, ha preferi- do tratar con agentes políticos dóciles que vérselas con una tecnoburo- cracia de Estado seguramente más coherente, pero con la fuerza suficien- te como para disputar una tajada mayor de los beneficios.
Más realista luego de los golpes recibidos, el gobierno alfonsinista‘ sus- tituye los delirios fundacionales y la quimera del “Tercer Movimiento His- tórico”, por el más mezquino bipartidismo. Se hace cargo de una situa- ción nueva, que los resultados electorades perfilan muy bien: la forma- ción de un “centro” mayoritario que comparten radicales y peronistas. Entre uno y otro partido no fluctúan más que un millón de votos, y ese magro caudal decide la victoria y la derrota más por intereses inmediatos que por motivaciones ideológicas. Si este oportunismo de los electores es una tendencia espontánea, los partidos políticos se encargan'de reforzar- la. Cada candidato, en su respectiva campaña electoral, se encargó de va- ciar su discurso de cualquier propuesta concreta. Quedaron únicamente las máscaras vacías, los cascarones de algo que fue, los envases que cada uno llenaría con sus necesidades. E inmediatamente después de los co- micios se lanzó la preparación de la campaña para 1989, como si en los próximos dos años la crisis se detuviera milagrosamente.
El afiche que celebró el triunfo de Antonio Cafiero en la Provincia de Buenos Aires lo dice todo acerca de esta evasión del presente: “Con el peronismo unido, el 89 es pan comido”, se leía junto a un trozo mor- dido de pan dulce. Se diría que ni radicales ni peronistas tienen nada concreto que ofrecer a las masas populares, que no hay respuestas a sus requerimientos como no sea el pan dulce de la tradición peronista con- vertido en efigie incomestible. Queda entonces la política-ficción, y alienarse a pujas internas que, tanto entre radicales como entre peronis- tas, se presentan sumamente complicadas. Si el gobierno tiene que ha- bérselas con un Partido Radical que reivindica su autonomía para no ver- se perjudicado por la política económica de Sourruille, Cafiero se ve forzado a. regatear con múltiples centros de poder interno (Gobemado-
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res, Senadores, Diputados, dirigentes sindicales, tendencias del aparato), y debe disputar la futura candidatura con una fórmula como la de Me- nem-Duhalde, capaz de conjurar viejos fantasmas nacionalistas y popu- listas caros ala derecha.
Pero, de algún modo, radicales y peronistas están subidos al mismo barco. Juntos deben hacerse cargo de los requerimientos de las masas populares, responsabilizarse de la desesperanza generalizada, y poner al- gún límite a las ambiciones de las Instituciones corporativas, la military la eclesiástica. Semejante comunidad en el infortunio puede llegar a ga- rantizar la unidad de radicales y peronistas renovadores en el proyecto tecnoburocrático de fondo. Más allá de resultado electoral desfavorable para el gobierno de Alfonsín, es posible que el proyecto modemizador de Parque Norte haya dado un paso adelante en vez de retroceder. En el gobierno de la Próvincia de Buenós Aires, el peronismo renovador deberá pagar el costo de la administración de la crisis, ¿cómo hará Ca- fiero para no verse comprometido por ello? Siempre dentro de la lógi- ca de descarte que rige la política argentina, es posible que el desgaste que la función de gobierno produzca en la imagen de Cafiero, acabe bene- ficiando al radicalismo que se adelanta a ofrecer una fórmula de centro derecha manifiesta. Cualquiera sea el reparto de los roles en esta come- dia electoral, lo cierto es que el acuerdo interburocrático, al menos entre radicales y peronistas, sigue adelante. Pero una cuestión, la fundamental, sigue sin respuesta: ¿Será capaz, esta salida burocrática, de resolver la crisis de hegemonía por la que atraviesa nuestro país desde hace muchos años? Y algo más: ¿Es posible resolver una crisis de estas características sin superar las causas estructurales, económicas y sociales, que la deter- rninan?
Si bien es cierto que la crisis de hegemonía se presenta como una cri- sis política, de dirección, no es menos cierto que en su conjunto se trata de una crisis orgánica. El proyecto tecnoburocrático propone una “sali- da” estrictamente política a la crisis estructural, y por eso, cualquiera sea la coherencia interna de sus “modelos de país”, cede la configuración del país real, en los hechos, a las tendencias inerciales de la crisis capita- lista regulada en lo posible por los intereses decisivos del gran capital financiero transnacional. En definitiva, la Argentina del futuro será la re- sultante de fuerzas que las burocracias dependientes no pueden contro- lar. En medio de los rituales burocráticos, de las ceremonias militares, de las ordalías organizadas por los medios de comunicación de masas, ¿dónde están las contradicciones reales, esas que mueven los procesos desde abajo?
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IV. ¿Y el espejo de Perseo? (las izquierdas).
A los flancos del centro electoral mayoritario se ubican una derecha que crece y una izquierda estancada. En su interior, unicamente el MAS (y en menor medida el PO) muestra un incremento importante de votos. El FRAL conserva el caudal electoral tradicional del Partido Comunista y el PI da muestras evidentes de desintegración. Este panorama hace pensar en un deSplazamiento generalizado del electorado hacia la dere- cha del espectro político, movimiento que podría ser un síntoma del es- tado de conciencia de las masas. Pero, a su vez, la persistencia de una franja de izquierda está señalando la existencia de un espacio político propio que las distintas opciones orgánicas no llegan a abarcar y que uni- ficadas podrían ampliar.
Ese es el móvil fundamental de la convocatoria del PC a formar un am- plio frente electoral de izquierdas. Su propuesta se basa en reivindicacio- nes comunes dentro del marco de un proyecto de liberación, pero no lle- ga a definirloss Quizás para facilitar la más amplia integración posible, la iniciativa es todavía demasiado genérica y está lejos de sustentar un plan político efectivo. Se espera que e as precisiones surjan del necesario debate,'para lo cual es más imprescindible que nunca la formación de un ámbito de izquierdas. Promoverlo es la virtud fundamental de la convoca- toria del PC, aparte de la propuesta de un frente electoral con un defmi- do perfil de izquierda recoge y expresa una necesidad sentida por la fran- ja. Pero ¿de qué manera darle forma política a esta unidad, en principio sumamente heterogénea? ¿Cuáles son las condiciones políticas e ideológi- cas dentro de las cuales se realiza la confluencia? ¿Qué tendencias concu- rrirán a ella? Y finalmente: ¿Cuál es la herramienta decisiva para lograr una unificación militante, verdaderamente orgánica, que no se agote en la mesa de discusión ni en la formulación de programas sin implementa- ción práctica?
Ias condiciones objetivas y subjetivas en que la unidad de las izquier- das se plantea, en el presente, están determinadas por la crisis teórico-po- lítica del marxismo. Se trata de un debate abierto en la década de los años 60, que la Revolución Cubana planteó en la práctica y la Revolución Cultural china llevó al paroxismo sin saldar. La teoría revolucionaria si- gue atrasada respecto, tanto de los procesos de reforma emprendidos por los estados socialistas, como de los movimientos de liberación nacio- nal y social que se producen en la periferia. A lo largo de los últimos treinta años se. han ido sucediendo procesos revolucionarios de nuevo tipo, sobre todo en América Latina pero no sólo en ella, que no han sido integrados a .una visión global de la revolución ni pueden comprenderse
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plenamente con las categorías de análisis tradicionales del materialismo histórico. La ausencia de ámbitos internacionales de intercambio y de- bate significa un obstáculo para lograr que la teoría se desarrolle al rit- mo de la práctica de los pueblos. En el presente esta pr'actica desbor- da, per todos lados, los marcos'teóricos que incluso sirve a sus propios protagonistas para interpretar su acción. Una cuestión tan fundamental como las nuevas configuraciones del proletariado en los países centrales (capitalistas y socialistas), las articulaciones inéditas entre las clases den- tro del' movimiento de masas y respecto del Estado concentrado y arn- pliado, es el eje de una constelación de temas de importancia política actual (la relación entre proceso revolucionario y construcción del so- cialismo, el vínculo entre vanguardias y masas en el seno de organizacio- nes de nuevo tipo, la articulación entre hegemonía revolucionaria y de- mocracia). Sin avanzar en la forrnualción y el análisis permanente de estos problemas eminentemente prácticos, se corre el riesgo de reducir la riqueza de procesos tan complejos como el de. la Revolución Centroa- mericana a esquemas .abastractos, y trasladarlos mecánicamente a reali- dades diferentes. Esto último puede servir a la propaganda pero en la práctica lleva a resultados nefastos. Identificamos perfectamente a la vanguardia latinoamericana, pero estamos lejos del juego de fuerzas que impulsan esos movimientos y los conflictos que deben resolver.
En cuanto a los referentes orgánicos de la izquierda argentina, es pre- ciso reconocer que su inserción en el movimiento obrero y en el campo propular es sumamente débil. Su base de apoyo fundamental sigue estando enla pequeña burguesía, con prolongacio'nes crecientes en sectores margi- nales. No contamos con un panorama histórico de la izquierda argentina, tanto en términos de organización como de campo más amplio, pe'ro sin duda los vínculos entre el movimiento socialista y las masas han sido fluctuantes, con avances y retrocesos según las fases de la lucha de clases. Desde mediados de los años 60 surgió una “nueva izquierda” junto a las corrientes tradicionales de la izquierda argentina (socialistas, comunistas, trotskistas). Esa nueva izquierda abarcó una franja que iba desde el pero- nismo al marxismo, se definió por el socialismo revolucionario bajo diver- sas formas políticas, trató de asimilar los aportes de la Revolución Cuba- na y de la Revolución China, y fue la más dinámica en la fase de ascenso de masas (entre 1969 y 1975). El balance político de esa experiencia vivida por organizaciones y también por avanzadas sociales, está aún por hacerse (al menos desde una perspectiva revolucionaria). ¿No es funda- mental para avanzar, incorporar ese pedazo de nuestra historia al debate actual? ¿El análisis crítico de aquella experiencia no permitirá superar los errores y asimilar los aciertos que siguen vigentes? Fue una experiencia vi-
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vida por sectores de masas importantes y una derrota que ellos compar- tieron y sigue pesando sobre el movimiento social.6
Hoy aquélla nueva izquierda del 69 no existe, como tal, orgánicamen- te. Su lugar es cubierto por partidos que provienen de las tendencias tra- dicionales de la izquierda, quizás con la única excepción del PI que, cialmente, pareció reasumir genéricamente los objetivos antimperialis- tas y socialistas de los movimientos del 69, pero que ya ha abandonado totalmente esa perspectiva para incorporarse de lleno al proyecto tecno- burocrático. Hoy la iniciativa, el poder de convocatoria, pertenece en lo fundamental a formaciones políticas provinientes de tendencias históricas dentro del marxismo, pero que no ocuparon un puesto de vanguardia en el proceso de alza de masas último. A ellos corresponde la formación de un ámbito de discusión y de militancia, lo suficientemente amplio como para abarcar las experiencias revolucionarias de nuestro pasado próximo y del presente latinoamericano, superando la tendencia a descartar la con- sideración de cuestiones comúnmente fetichizadas con el mote de ultraiz- quierdismo, infantilismo, militarismo, etc. Aquella izquierda elegida para el. exterminio se planteó la transformación revolucionaria como una cues- tión práctica, actual, y avanzó en el análisis de la crisis del sistema; llegó a insertarse en las avanzadas obreras y populares movilizadas; participó e impulsó experiencias 'de organización y de lucha nuevos (SITRAC-SI- TRAM, sindicalismo combativo, coordinadoras, Villa Constitución), y empezó a superar en los hechos la falsa dicotomía entre peronismo y antiperonismo que, por largos años, aisló a la izquierda del movimiento obrero y popular. Aquella fianja fue el emergente de una necesidad de las bases de la sociedad, y no sólo el producto más o menos delirante del vo- luntarismo pequeñoburgués. La memoria de aquellas experiencias concu- rre a la unidad de las izquierdas junto con los referentes orgánicos del presente.
Muchos de estos temas cruciales se plantean en el debate interno de la fuerza orgánica decisiva en la izquierda: el Partido Comunista. Las Re- soluciones de su XVI Congreso recogen propuestas y objetivos de la iz- quierda revolucionaria del 69: el carácter socialista de la revolución, la formación de un amplio frente de masas para la liberación social y nacio- nal, el papel de vanguardia que en ese frente corresponde a la clase obre- ra, la crisis capitalista y su doble salida (revolución o restauración), la ne- cesidad de 'construír una vanguardia política orgánica cón múltiples cen- tros, el ejercicio de la crítica y de la autocrítica... Aunque estas cuestio- nes todavía aparecen formuladas de manera general, sin determinaciones ni mediaciones concretas, su reconocimiento supone un paso adelante irn- portante. Pero sólo su profundización crítica, y sobre todo, el desarrollo
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de una autocrítica de la concepción tradicional del Partido Comunista Argentino que necesita llegar hasta el fondo, y eso a un costo interno se- guramente elevadísirno, podrá permitir que los principios se conviertan en política concreta7 El Partido Comunista enfrenta una disyuntiva de bronce: o se reduce definitivamente a un aparato burocrático engendra- dor de frentes electorales meramente coyunturales y sin proyección polí- tica revolucionaria, o se constituye en un destacamento de vanguardia ac- tiva con una línea política de dimensión estratégica. Ya no queda espacio para proseguir una política entre populista y reforrnista sin referente real en la sociedad argentina.
Pensamos que el proceso de debate interno del PC tendrá efectos deci- sivos sobre la unidad de izquierdas convocada. El único medio para que esa unidad no se convierta en una mesa de acuerdo entre figuras prestigio- sas, pero sin organización ni militancia, carentes de una proyección con- creta en el movimiento de masas, es que los partidos de izquierda partici- pantes se pongan a la vanguardia del proceso. Ellos, y sobre todo el PC que ha tenido la iniciativa, cargan con la responsabilidad de formar ám- bitos de discusión y de práctica comunes. Si el 'frente inicialmente elec- toral no forma parte de una política mucho más amplia, de capitalización y construcción de un frente estratégico de liberación, acabará reducien- dose a una sigla más y pasará sin dejar rastros. Pero una unidad meramen- te coyuntural tampoco está en condiciones de ofrecer una alternativa sa- tisfactoria al electorado de izquierda potencial, que hoy espera propues- tas definidas y perspectivas claras. Un rejunte de personalidades recono- cidas individualmente, con un programa que refrite las reivindicaciones espontáneas sin irrcluírlas dentro de un, análisis profundo de la crisis na- cional y sus derivaciones inevitables y posibles, no responderá a las expec- tativas del campo popular y, en consecuencia, será incapaz de disputarle al centro aquellos sectores con posiciones de izquierda. La eficacia elec- toral es inseparable de la eficiencia estratégica; separarlas, y aún oponer- las, obtiene el resultado del oportunismo dentro de la izquierda revolu- cionaria: llevar alo contrario que aquello que se quiere lograr.
V. El delirio y su antídoto.
Pero el eje fundamental del debate de las izquierdas pasa por la situa- ción real del movimiento obrero y de las masas populares. Eso no puede ser olvidado o descartado en función de un alza inminente que posible- mente no llegue. Un análisis profundo de las condiciones de vida de las masas, de sus actuales necesidades y expectativas, hará posible definir un qué hacer en común. Allí mismo, en el seno del campo popular, tenemos
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que dar un combate cuerpo a cuerpo contra los efectos desquiciantes de la crisis y del terror sistemático. La degradación económica acarrea un descenso generalizado de los niveles de conciencia y de organización; la desocupación, la miseria, la explotación redoblada impulsan una compe- tencia salvaje entre los trabajadores fuera y dentro de las fábricas, siem- bra la desconfianza entre ellos y precipita la dispersión. El grito de ¡Sál- vese quien pueda! recorre la sociedad argentina de arriba a abajo, ningún sector por sumergido que se encuentre, se salva de su influjo. Tampoco hay que minimizar la importancia de los cambios operados en la organi- zación capitalista del trabajo. La selección de una futura elite de operarios de alta capacitación, con remuneraciones muy superiores al promedio de la clase, colabora con la fractura horizontal del movimiento obrero en- tre una capa de privilegiados sumamente reducida, y una masa atomizada y sumergida de mano de obra sin calificación. La polarización social que el modelo modemizador tiende a acentuar, también se produce en el in- terior de las clases trabajadoras.
Todo esto ha sido aprovechado y profundizado por el Terror, que de- jó marcas indelebles en la conciencia colectiva. La importancia ante la fal- ta de organización y de alternativas, la clausura del horizonte histórico para "clases enteras, el legítimo resentimiento de millones de hombres condenados por la crisis y la reconfiguración a desaparecer de la historia, esa nociva mezcla de odio y de temor que la situación difunde por todas partes, han sido tradicionalmente el caldo de cultivo de las aventuras de la derecha. Su crecimiento ante el fracaso del proyecto burocrático, es un peligro que no debe descartarse y contra el cual conviene estar prepa- rado. El gran impulsor de los procesos de fascistización de masas siempre ha sido la guerra, y ella está a la orden del día en nuestro país. La guerra fue la plataforma del Terror de Estado: la dictadura del Proceso no sólo implantó la guerra en el interior de las fronteras nacionales, sino que la llevó al exterior en un intento por desembarazarse de las contradiccio- nes que no podía resolver. Desde entonces la Argentina cambió profun- damente, dejó de ser el país de la paz perpetua que era para los inmigran- tes europeos y que la oligarquía propagandizaba, para situarse en uno 'de los focos internacionales de conflicto. Ahora atraviesan al país las coorde- nadas de múltiples contradicciones, como lo revela el problema de Las Malvinas. El Terror de Estado responde a la lógica de la guerra, y la gue- rra. legitima profesionalmente a los militares para hacer política.
Todo esto debe hacernos reflexionar acerca de los peligros de dejarse arrastrar a un acuartelamiento de masas, tras el espejismo del nacionalis- mo conservador y clerical. En nombre de una reivindicación territorial, por legítima jurídicamente que ella sea, puede hacérsele el juego al deli-
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rio de un Rico y colaborar con los que pretenden desviar la atención de la crisis nacional. No hay que olvidar que unicamente el pueblo está verda- deramente interesado en la liberación nacional, que ésta es inseparable del socialismo, y en definitiva, que sólo luchando por su propia libera- ción será capaz de enfrentar al dominio imperialista en otras regiones y otros pueblos.
NOTAS 1 Bobbio, Norberto, ¿Teoria del estado o teoría del partido?. En: Discutir el Es- tado, Folios Ediciones, México, 1982, pp. 82.
Vernier, France, ¿Es posible una ciencia de Ia literatura?. Akal Editor, Madrid, 1975, pp. 30.
Por ejemplo, las áreas de explotación y de exploración cedidas por YPF. Cfr. Julián Lemoine, Argentina: Ia hora del saqueo. En Fin de Siglo, Marzo 1988.
El reconocimiento de la “trascendencia”, que unificó posiciones en Embalse (Córdoba 1988), y la indefinición acerca del papel del Estado en la educación, son índices de un conflicto no resuelto entre los aparatos y la institución eclesiástica, conflicto en el cual ésta última demuestra haber recuperado gran parte del terreno
erdido en el período anterior al terror de Estado.
¿Qué pasa?, 25 de febrero de 1988.
En ese período, vivido tan intensamente por las masas populares como por sus avanzadas de entonces, hay un pedazo de la historia de las clases subalternas que la memoria oficial desvirtúa y olvida. Allí permanece algo del sentido de una historia necesariamente “disgregada y discontínua” por la intervención de la ideología do- minante. “La historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente disgrega- da y episódica. Es indudable que en la actividad histórica de estos grupos hay una tendencia a la unificación aunque sólo sea en planes provisorios, pero esa tenden- cia es interrumpida continuamente por la iniciativa de los grupos dominantes, y por lo tanto sólo puede ser demostrada para ciclos históricos completos, si concluyen con un triunfo. Los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos do- minantes, aún cuando se rebelan y sublevan: sólo la victoria “penn anente” quiebra, y no inmediatamente, la subordinación. En realidad, aún cuando parecen triunfar, los grupos subalternos sólo están en estado de defensa alarmada (esta verdad se puede demostrar' con la historia de la Revolución Francesa hasta 1830 por lo me- nos). Cualquier vestigio de iniciativa autónoma.I de los grupos subalternos debería por lo tanto ser inestimable para el historiador integral; de ahí se deduce que una historia de este tipo no puede ser tratada más que por monografías y que cada mo- nografía exige un gran cúmulo de materiales a menudo difíciles de recoger” (An- tonio Gramsci, Apuntes sobre la historia de las clases subalternas. En: El Risorgi- mento. Juan Pablo Editor, México, 1980, pp. 249/251). Encontrar la razón de esa discontinuidad, revelar lo que sigue presente en esa ausencia, ¿no es una tarea fun- damental para la izquierda?
Ideología y Política. Noviembre/Diciembre de 1987.
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LAS ANTINOMIAS DE ANTONIO GRAMSCI*
Perry Anderson
III LA COMPARACION ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE
Ahora ya podemos retomar la famosa comparación entre Oriente y Occidente contenida en los cuadernos de la cárcel con la que comen- zamos. Gramsci definió el contraste entre los dos en funciónde la posi- ción relativa ocupada por el Estado y la sociedad civil en cada uno de ellos. En Rusia, el Estado lo era “todo:’, mientras que la sociedad civil era “primitiva y gelatinosa” En Europa occidental, por el contrario, el Estado era meramente una “trinchera avanzada”, mientras que la socie- dad civil era “una robusta cadena de fortalezas y casarnatas” cuyas com- plejas estructuras podían resistir a las sísrnicas crisis políticas o económi- cas del Estado. Estos textos de Gramsci, en los que trata de captar las di- ferencias estratégicas entre Rusia y Occidente en una revolución socialis- ta, lo colocan aparte de sus contemporáneos. Inmediatamente después de la revolución de octubre, hubo muchos socialistas en Europa central y occidental que sintieron intuitivamente que las condiciones locales en las que tenían que luchar estaban lejos de ser como las que se habían obte- nido en Rusia y así lo manifestaron desde el principio”. Pero ninguno proporcionó un análisis coherente o una explicación seria de la fatal di- vergencia en la experiencia histórica de la clase obrera europea de la épo- ca. Hacia finales de los veintes, el problema del contraste entre Rusia y Occidente había desaparecido efectivamente del debate marxista. Con la stalinización de la Comintem y la institucionalización de lo que se pre-
* La primera parte de este artículo fue publicada en el número anterior.
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sentó como un leninisrno oficial en su seno, el ejemplo de la URSS se convirtió en el paradigma preceptivo e incuestionable en todos los asun- tos de la teoría y práctica revolucionarias para los militantes en Europa. Gramsci fue un caso -úniCo entre los comunistas al persistir, en el nadir de
las derrotas de los treintas, en su opinión de que la experiencia rusa no podía simplemente repetirse en Occidente e intentar entender por qué. Ningún otro pensador en el movimiento de la clase obrera europ'ea ha abordado hasta hoy tan profunda o centralmente el problema de la epecificidad de una revolución socialista en Occidente.
Pero, a pesar de toda la intensidad y originalidad de su investigación, Gramsci nunca logró finalmente llegar a una explicación marxista adecua- da de la distinción entre Oriente y Occidente. La imagen cardinal misma dio muestras a fin de cuentas de no ser más que una celada. Porque una simple oposición geográfica incluye por definición una equiparabilidad no problemática de los dos términos. No obstante, trasladada a las for- maciones sociales, implica algo que no se puede dar nunca por consabi- do: que hay una franca comparabilidad histórica entre ellos. O sea, los términos Oriente y Occidente parten del supuesto de que las formacio- nes sociales en cada uno de los lados de la línea divisoria existen en la misma temporalidad y pueden interpretarse por lo tanto uno contra otro como variaciones de una categoría común. Este franco presupues- to es el que yace tras los textos centrales de los cuadernos de Gramsci. Todo su contraste entre Rusia y Europa occidental gira sobre la diferen- cia en la relación entre Estado y sociedad civil en las dos zonas: su pre- misa incuestionada es que el Estado es el mismo tipo de objeto incues- tionado en los dos. Pero esta suposición “natural” era precisamente lo que tenía que cuestionarse.
Porque, de hecho, no hab ía una unidad inicial para fundamentar una simple distinción entre Oriente y Occidente como la que Grams- ci buscaba. En su naturaleza y estructUra, el zarismo de Nicolás II era específicamente una variante “oriental” de un Estado feudal, cuyas con- trapartidas casi occidentales —las monarquías absolutas de Francia o In- glaterrra, España o Suecia- habían muerto hacía siglos.96 Es decir, la comparación constante entre los Estados ruso y occidentales era un- paralogismo, a no ser que se especificase el tiempo histórico diferencial de cada uno. La comprensión previa del desarrollo desigual del feuda- lismo europeo era pues un preámbulo necesario para una definición marxista del Estado zarista que había sido destruido finalmente por la primera revolución socialista. Sólo esto podía producir el concepto teórico de Absolutisrno que sería el que permitiría que'los militantes socialistas vieran el enorme abismo que se tendía entre la autocracia
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rusa y los Estados capitalistas con los que se enfrentaban en Occiden- te (y cuyo concepto teórico tenía que construirse por separado).
EI poder burgués en Occidente
El Estado representativo que había ido surgiendo gradualmente en Europa occidental, Norteamérica y Japón, después de la compleja cadena de revoluciones burguesas cuyos episodios finales databan sólo de finales del siglo XIX, era todavía un objeto político bastante des- conocido para los marxistas cuando tuvo lugar la revolución bolche- vique. En los primeros años de la III Internacional, la luz de octubre cegó a muchos revolucionarios fuera de Rusia irnpidiéndoles por com- pleto ver la naturaleza de su enemigo nacional. Aquellos que siguieron siendo lúcidos trataron inicialmente de adaptarse a sus realidades nati- vas, sin retirar su fidelidad a la causa de la revolución rusa, evocando la diferencia entre Oriente y Occidente. Pero pronto desistieron. Sólo Gramsci, aislado de la Comintern, tomó de nuevo ese camino y lo con- tinuó con un valor incomparable en la cárcel. Pero en la medida en que partió del supuesto de la simultaneidad de sus términos, el acertijo de la diferencia quedó en último término sin respuesta. El fracaso en producir un análisis científico comparativo de los respectivos tipos de Estado y estructuras de poder en Rusia y en Occidente no fue de nin- gún modo peculiar a Gramsci. Del otro lado de la línea divisoria con- tinental, ningún líder bolchevique consiguió tampoco una teoría cohe- rente de lo mismo. El verdadero contraste entre el Estado zarista y los occidentales eludía a cada uno de ellos desde polos opuestos. Así pues, Lenin nunca erró sobre el carácter de clase del zarismo: él siempre in- sistió expresamente, en contra de sus opositores mencheviques, que el Absolutismo ruso era una maquinaria estatal feudal.97 Pero él tampo- co contrapuso nunca adecuada o sistemáticamente los Estados par- larnentarios de Occidente al Estado autocrático en el Oriente. En nin- guna parte de sus escritos. hay una teoría directa de la democracia burguesa. Gramsci, por otro lado, era intensamente consciente de la novedad del Estado capitalista en Occidente en tanto objeto del análisis marxista y adversario de la estrategia marxista, y también de la integri- dad de las instituciones representativas en su funcionamiento normal. Nunca percibió sin embargo que el Absolutismo en Rusia, con el que lo contrapuso, era un Estado feudal, un edificio político, en suma, de un orden diferente. En esta tierra de nadie entre el pensamiento de los dos, el socialismo revolucionario perdió una encrucijada teórica vital para su futuro en Europa.
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En el caso de Gramsci, su incapacidad para captar esta disyuntiva histórica, ocultada por la forma geográfica de su unidad-distinción, tuvo efectos concretos en su teoría sobre el poder burgués en Occiden- te. Como hemos visto, Gramsci tuvo constantemente en mente el carácter gemelo de este poder, pero nunca consiguió darle una formulación estable. Por lo tanto, sus pasajes sobre la distinción entre Oriente y Occidente todos sufren de la misma falla; su lógica última consiste siem- pre en tender a regresar al esquema simple de una oposición entre “hege- monía” (anuencia) en Occidente y “dictadura” (coerción) en Oriente, o sea, parlarnentarismo versus zarismo. En la Rusia zarista, “no había libertad política ni tampoco libertad religiosa”,98 dentro de un Estado que no dejaba autonomía a la sociedad civil. En la Francia republica- na, por el contrario, “el régimen parlamentario” realiza “la hegemonía permanente de la clase urbana sobre toda la población” mediante un “gobierno fundado en el consenso permanentemente organizado”, en el que la “organización del consenso es dejada a la iniciativa privada, siendo por lo tanto de carácter moral o ético, en cuanto consenso da- do ‘voluntariamente’ de una u otra manera”.99
La debilidad de la contraposición de Gramsci no consiste tanto en su sobreestirnación de las pretensiones ideológicas del Estado zarista dentro de la formación social rusa, que ciertamente eran mucho más amplia que'las de cualquier Estado contemporáneo occidental, aunque no tan absolutas como cree Gramsci cuando a ese Estado le atribuye el man- do sobre “todo”; sino en su subestirnación de la especificidad y estabi- lidad de la maquinaria represiva del ejército y la policía y su relación funcional. con el aparato representativo del sufragio y el parlamento dentro del Estado occidental.
La formulación de Bordiga
Extrañamente, en la atormentada década de los veintes, no fue Grams- ci sino su camarada y antagonista Amadeo Bordiga el que iba a formular la verdadera naturaleza de la distinción entre Oriente y Occidente, aun- que nunca la teorizó y veritó en una práctica política convincente. En el fatal VI Pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista, en febrero-marzo de 1926, Bordiga —para entonces aislado y sospechoso dentro de su mismo partido- enfrentó a Stalin y Bujarin por última vez. En un discurso notable ante el Pleno, dijo:
.Sólo tenemos un partido en la Intemacional- que haya logrado la vic-
toria‘revolucionaria,el partido bolchevique. Ellos dicen que nosotros deberíamos por lo tanto tomar el camino que ha Conducido al partido
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ruso al éxito. Esto es totalmente cierto pero sigue siendo insuficiente. El hecho es que el partido ruso luchó en condiciones especiales, en un país en el que todavía no se había llevado a cabo la revolución burguesa-liberal y la aristocracia feudal todavía no hab ía sido derrota- da por la burguesía capitalista. Entre la caída de la autocracia feudal y la toma de poder por la clase obrera hay un período de tiempo de“- masiado corto para que pueda hacerse alguna comparación con el de- sarrollo que el proletariado tiene que llevar a cabo en otros países. Pues no hubo tiempo para construir un aparato burgués sobre las rui- nas del aparato feudal zarista. El desarrollo ruso no nos proporciona una experiencia de cómo elproletariado puede derrocar un Estado ca- pitalista liberal-parlamentario que ha existido durante muchos años y que posee la capacidad de defenderse a sí mismo. Debemos saber, sin embargo, cómo atacar a un Estado moderno democrático-burgués que, por un lado, tiene sus propios medios para movilizar y corrom- per ideológicarnente al proletariado y, por otro, puede defenderse en el terreno de la lucha armada con mayor eficacia que la autocra- cia zarista. Nunca ha surgido este problema en la historia del partido comunista ruso.1°°
Aquí la oposición real entre Rusia y Occidente aparece claramentey sin ambigüedad: autocracia feudal contra democracia burguesa. La pre- sición de la declaración de Bordiga le permitió captar el carácter esencial- mente gemelo del Estado capitalista: era más fuerte que el Estado zaris- ta ‘porque descan‘saba no sólo sobre el consenso de las masas sino también en un aparato represivo superior. Es decir, no es el mero “alcance” del Estado lo que define su ubicación en la estructura de poder (lo que Gramsci en otra parte denominó “Estatolatría”), sino también su efica- cia. El aparato represivo de cualquier Estado capitalista moderno es inhe- rentemente superior al del zarismo por dos razones. En primer lugar, porque las formaciones sociales occidentales están mucho más avanzadas industrialmente y esta tecnología se refleja en el aparato de violencia mismo. En segundo lugar, porque las masas le prestan típicamente su consenso a este Estado con la creencia de que ellas ejercen el gobier- no sobre él. Posee por lo tanto una legitimidad popular de un carácter mucho más confiable para el ejercicio de esta represión que la que tuvo el zarismo en su decadencia, y esto se refleja en la mayor fidelidad y dis- ciplina de sus tropas y policía jurídicamente-los servidores no de un au- tócrata irresponsable sino de una asamblea electa. Las claves para el
poder del Estado capitalista en Occidente se encuentran en esta superio- ridad conjunta.
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IV LA ESTRATEGIA DE LA GUERRA DE POSICION
Ahora podemos, en conclusión, revisar la doctrina estratégica de Gramsci, es decir, las perspectivas políticas que dedujo a partir de su análisis teórico sobre la naturaleza del régimen burgués en Occiden- te. ¿Cuáles eran las lecciones de la morfología de la hegemonía capi- talista, cómo trató de reconstruirlas en la cárcel, para el movimiento de la clase obrera? ¿Cuál era el punto político decisivo del problema del Estado burgués para una estrategia occidental de la revolución pro- letaria? Gramsci, como teórico y como militante, nunca separó los dos. Su solución a 1a clave del éxito en Occidente fue, como ya hemos visto, una “guerra de posición” ¿Cuál era el verdadero significado y efecto de esta fórmula?.
Para entender la teoría de la estrategia de Gramsci, es necesario volver a seguir la decisiva polémica orginal en el seno del movimiento obrero europeo para el que fue una respuesta escondida, ulterior. Con la
victoria de la revolución rusa y el derrumbe de imperios Hohenzollem y Habsburgo en Europa central, los teóricos clave del comunismo alemán llegaron a creer, en los días posteriores a la primera guerra mundial, que la toma del poder por el proletariado estaba en el orden del día inme- diato en todos los países imperialistas debido a que el mundo había entrado definitivamente en la época histórica de la revolución socialista. Esta creencia fue 'plena y enérgicamente expresada por Georg Lukács, entonces un miembro dirigente del partido comunista húngaro en el exi- lio, en sus escritos en la revista teórica Kommunismus, publicada en len- gua alemana en Viena. Para Lukács, existía en aquel momento una “ac- tualidad universal de la revolución proletaria”, determinada por la etapa general de desarrollo del capitalismo que estaba a partir de entonces en una crisis mortal.
Lo cual significa que la actualidad de la revolución proletaria no es ya únicamente un horizonte histórico mundial tendido por encima de
la clase obrera que pugna por liberarse, sino que la revolución se ha convertido en el pro lema crucial del movimiento obrero [. . .] La ac-
tualidad de la revolución determina el tono fundamental de toda una época.101
Esta fusión —confusión- entre los. conceptos teóricos de época histórica y coyuntura histórica permitió que Luckács y eminentes colegas en el KPD, como Thalheirner y Frohlich, ignorasen todo el problema de
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las precondiciones concretas para una situación revolucionaria al afirmar en abstracto el carácter revolucionario del tiempo mismo. Partiendo de esta premisa, seguían argumentando en favor de una novedosa táctica práctica: la Teilaktion o acción armada “parcial” contra el Estado capitalista.
“Tailaktionen”
Dentro de las filas de la II Internacional, Bernstein y otros pensado,» res habían mantenido la posibilidad de mejoras “parciales” al capitalis- mo mediante reformas parlamentarias que conducirían eventualmente, a través de un proceso gradual de evolución, a la consecusión pacífica del socialismo. La ilusión de que la unidad inherente del Estado capi- talista podia irse dividiendo o ganando mediante medidas parciales sucesivas, transformando lentamente su carácter clasista. No obstante, ahora surgia una versión aventurista del mismo error fundamental en la III Internacional. En 1920-21, Thalheirner, Frohlich, Lukács y otros teorizaron “acciones parciales” putchistas planeadas como una serie en alcance aunque constantes en el tiempo. Según un texto de Kom- munismus:
La característica principal del período actual de la revolución con- siste en que estamos obligados a llevar a cabo batallas, incluso par- ciales, incluyendo las económicas, con los medios de la batalla final,
sobre todo, “la insurrección arrnada”.1°2
Asi pues, se creó la famosa teoría de la “ofensiva revolucionaria”. Como la época era revolucionaria, la única estrategia correcta era la de ofensiva, que iba a ir ascendiendo en una serie de golpes armados repe- tidos contra el Estado capitalista. Estas acciones debían emprenderse aún cuando la clase obrera no estuviera en una disposición de ánimo in- mediatamente revolucionaria: servirían precisamente para “despertar” al proletariado de su letargo reforrnista. Lukács presentó las justificacio- nes más sofisticadas a estas aventuras. Argüía que las acciones parciales no eran tanto “medidas organizativas mediante las cuales el partido co- munista pudiera tomar el poder del Estado”«cuanto “iniciativas autóno- mas y activas del KPD para superar la crisis ideológica y el letargo men- chevique del proletariado y la pausa en el desarrollo revolucionario”.los Para Lukacs, las razones de las Teilaktionen no eran pues sus metas ob- jetivas sino su impacto subjetivo en la conciencia de la clase obrera.
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Si el desarrollo revolucionario no quiere correr el riesgo del estanca- miento, debe encontrarse otra salida: la acción del KPD en una ofen- siva. Una ofensiva significa: la acción independiente del partido en el momento correcto con. la consigna correcta, despertar a las masas proletarias de su inercia, arrancarlas de su dirección menchevique me- diante la acción (es decir, organizativamente y no sólo ideológicamen- te) y mediante eso cortar el nudo de la crisis ideológica del proletaria- do con la espada de los hechos.104
El destino de estos pronunciamientos lo decidió rápidamente la lec- ción de los acontecimientos mismos. El error radical en la comprensión de la unidad integral del poder del Estado capitalista y el carácter nece- sariamente de todo o nada de cualquier insurrección contra él, condujo naturalmente al desastre en Alemania central. En marzo de 1921, el'KPD lanzó su ofensiva más ostentosa contra el gobierno del Estado prusiano, cayendo en la trampa de un levantamiento mal preparado contra la ocu- pación policiaca preventiva de la zona Mansfeld-Merseburg. Ante la au- sencia de una resistenca espontánea de la claSe obrera, el KPD recurrió desesperadamente a acciones dinamiteras destinadas a poner a prueba los bombardeos de la policía; a esto siguieron tomas de fábricas y luchas en las calles; bandas de guerrilla errantes evadieron toda disciplina irrum- piendo anárquicamente en el campo. Durante una semana, se desencade- nó una fuerte lucha‘en Alemania central entre los militantes del KPD y la policía y las unidades Reichswehr movilizadas para eliminarlos. El re- sultado fue el previsible. Aislada del resto del proletariado alemán, atur- d'ida y desubicada por el carácter arbitrario de la acción, impotentemente sobrepaSada en número por la concentración de las tropas de la Reichs- wehr 'en la región Mersebur-Halle, la vanguardia fue aplastada en esta con- frontación con toda la potencia del ejército. La acción de marzo fue se- guida de una drástica ola de represión. Fueron encarcelados unos 4000 militantes y el KPD recibió el golpe final en la Sajonia prusiana.- No sólo nunca se alcanzó el objetivo del poder estatal sino que el impacto subjeti- vo en la clase obrera alemana y en el mismo KPD fue desastroso. Lejos de despertar al proletariado de su “letargo menchevique”, la acción de mar- zo desmoralizó y desilusionó. La zona de vanguardia de las minas de Mer- seburgrecayó en un desierto de negligencia apolítica. Peor aún, a partir de entonces", el KPD nunca volvió a ganarse del todo la confianza de am- plios sectores del proletariado alemán. Su membrecía, que hab ía'alcanza- do los 350.000 antes de la ofensiva de marzo, descendió verticalmente en unas cuantas sémanas ala mitad inmediatamente después. del desastre. En
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la República de Weimar nunca volvió a alcanzar niveles comparables de fuerza.
El aventurismo del KPD en 1921 fue condenado por el, III= Congreso mundial de la Comintem. Lenin escribió una famosa carta al partido ale- ma'n en la que demolía sus justificaciones. Trotsky denunció apta y seve- rísimamente toda teoría de la Teílaktion:
Una concepción puramente mecánica de la revolución proletaria —que procede únicamente del hecho de que la ecónomia capitalista está en continua decadencia- ha llevado a ciertos grupos de camaradas a cons- truir teorías que son esencialmente falsas: la falsa teoría de una mino- ría iniciada que mediante su heroísmo destroza “la muralla de pasi- vidad universal” en el proletariado, la falsa teoría de ofensivas inin- terrumpidas dirigidas por la vanguardia proletaria como “nuevo méto- do” de lucha, la falsa teoría de las batallas parciales que se libran apli- cando los métodos de la insurrección armada y así sucesivamente. El exponente más claro de esto es el periódico de Viena Kommunismus. Es absolutamente obvio "que este tipo de teorías tácticas no tienen nada en común con el marxismo. Llevarlas a la práctica es“ hacer direc- tamente el juego a los dirigentes político-militares de la burguesía y a su estrategia.los
En el III Congreso mundial de la Internacional Comunista, Lenin y Trotsky juntos declararon resueltamente la guerra a la teoría de la Teilaktion y pese a la oposición alemana fue formalmente repudiada por la Comintern.
La corrección de Gramsci
Frente a estos anteoedentes,‘=,podemos ahora reconsiderar el postrer intento de Gramsci por definir la especificidad de una estrategia revolu- cionaria occidental como una, “guerra de posición”. Porque el axioma de Gramsci, estaba concebido precisamente para representar la correc- ción política que el creía necesaria después del fracaso 'de la acción de marzo, considerada por él como la expresión de una “guerra de manio- bra”. La fecha con la que se refiere a las dos es exacta e inequívoca: “En la época actual, la guerra de movimiento se ha desarrollado políti- camente desde marzo de 1917 hasta marzo de 1921 y es seguida por ima guerra de posición”.‘°6 Como se recordará, el contraste entre la guerra de maniobra y la guerra de posición lo derivó, por analogía, de la prime- ra guerra mundial. Mientras que en Rusia —escribió Gramsci- la revo-
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lución pudo hacer salidas rápidas y móviles contra el Estado y derrocar- lo a gran velocidad, en el Occidente industrializado estas tácticas insu- rreccionistas conducirían a la derrota, como hab ía sucedido con la cam- paña del ejército zarista en Galitzia.
Me parece que Ilitch hab ía comprendido que era necesario un cambio de la guerra maniobrada, aplicada victoriosamente en Oriente en 1917, a la guerra de posición que era la única posible en Occidente donde, como observa Krasnov, en breve lapso los ejércitos podían acumular interminables cantidades de municiones, donde los cuadros sociales eran de por sí capaces de transformarse en trincheras muy provistas. Y me parece que éste es el significado de la fórmula del “frente único”.1°7 La explícita equiparación de Gramsci de “frente único” con “guerra de posición”, que podía parecer desconcertante de otro modo, es ahora inmediatamente clara. Porque el Frente Unico fue precisamente la línea política adoptadafpor la‘Comintem después de que el III Congreso mun- dial había condenado la “teoría de la ofensiva” defendida por el KPD, una guerra .de maniobra. El objetivo estratégico del Frente Unico era ganarse a las masas en Occidente para el marxismo revolucionario me- diante la organización paciente y la agitación hábil por mantener la uni- dad de la clase obrera en la acción. Lenin, quien acuñó el lema “A las ma- sas” con el que se clausuró el Congreso de la Comintern en 1921, puso expresamente de relieve su importancia para una estrategia diferencial adaptada a los países de Europa occidental en contraposición con Ru- sia. En el discurso de respuesta a Terracini —el representante del propio partido de Gramsci, el PCI- el lo. de julio dedicó su alocución preci- samente a este tema.
Triunfamos en Rusia porque tuvimos de nuestro lado 'no sólo a la ma- yoría indiscutible de la clase obrera (durante las elecciones de 1977 la aplastante mayoría de los obreros estaba con nosotros en contra de los mencheviques), sino también porque, inmediatamente después de haber conquistado el poder, la mitad del ejércitoy las nueve décimas partes de los campesinos, en el curso de algunas semanas, se convir- tieron en partidarios nuestros: triunfamos porque adoptarnos el programa agrario de los eseristas, no el nuestro, y lo- pusimos en practica. Nuestra victoria se debió a que llevarnos a cabo el programa eserista; por eso fue tan fácil la victoria. ¿Es acaso posible que ustedes, en Occidente, puedan hacerse semejantes ilusiones? lEs ridículo!
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¡Comparen las condiciones económicas concretas! [. . .] En Rusia éra- mos un partido pequeño, pero, además estaba con nosotros la mayoría de los soviets de diputados obreros y campesinos de todo el país (Vo- ces: “Es cierto”). ¿Tienen ustedes algo parecido? De nuestro lado estaba casi la mitad del ejército, que tenía entonces, por lo menos, 10 millones de hombres. ¿Los sigue realmente la mayoría del ejército? ¡Muéstrenme tal país! [. .] Indíquenme un solo país de Europa don- de puedan atraer a la mayoría del campesinado en unas pocas sema- nas. '¿ Acaso en Italia? (Risas). 108
Lenin prosiguó acentuando la absoluta necesidad de ganarse a las ma- sas en Occidente antes de que cualquier intento de alcanzar el poder pu- diera tener éxito. Esto no siempre implicaba necesariamente la creación de un vasto partido político: significaba que la revolución sólo podía hacerse con y por las masas a las que su vanguardia tenía que convencer de este objetivo en una fase preparatoria sumamente ardua de la lucha.
De ningún modo niego que una revolución pueda ser iniciada por un partido muy pequeño y conducida hasta un final victorioSo. Pero para ganarse a las masas debemos conocer los métodos [. .] No siempre es necesaria la mayoría absoluta; pero lo que es necesario para triun- far, para retener el poder, es no sólo la mayoría de la clase, obrera —empleo aquí la expresión “clase obrera” en el sentido que se le da en Europa occidental, es decir, en el sentido de proletariado indus- trial—, sino también la mayoría de la población trabajadora y explo- tada rural. ¿Han pensado ustedes en esto?109
Gramsci estaba pues en lo cierto al pensar que Lenin había formulado las políticas del Frente Unico en 1921 para responder a los problemas específicos de la estrategia revolucionaria en Europa occidental. En aquel momento, por supuesto, el mismo Gramsci —junto con casi todos los di- rigentes del PCI- había rechazado obstinadamente el Frente Unico en Italia y con eso había facilitado materialmente la victoria del fascis- mo, que pudo así triunfar sobre una clase obrera radicalmente dividida. Desde 1921 hasta 1924, los años en que la Comintem trató seriamente de asegurar la implementación de las tácticas del Frente Unico con los maximalistas del PSI en Italia, tanto Bordiga como Gramsci rechazaron la línea de la Internacional y se resistieron a ella. Para cuando Gramsci había asumido el liderazgo del partido en 1924 y había reanimado una política de fidelidad a la Internacional, el fascismo ya se había instala- do y la Comintem —ahora con carácter radicalmente distinto-había
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abandonado en gran medida las tácticas del Frente Unico. Así pues, la insistencia de Gramsci en el concepto del “frente único” en sus Cua- dernos de la cárcel en los treintas no representa una renovación de su pasado político sino que, por el contrario, marca una consciente rup- tura retrospectiva con él.
Frente Unico versus III Periódo
Fue la situación contemporánea en la Internacional Comunista la que determinó esencialmente la naturaleza y dirección de los textos sobre estrategia escritos durante el encarcelamiento de Gramsci. En 1928, el famoso III Periódo de la Comintem había comenzado. Su pre- misa era la predicción de crisis inmediata y catastrófica del capitalis- mo mundial, aparentemente reivindicada poco después por la Gran Depresión. Sus axiomas abarcaban la identidad del fascismo con la socialdemocracia, la equivalencia de las dictaduras policiacas y las de- mocracias burguesas, la necesidad de sindicatos independientes, el de- ber del combate físico contra los obreros recalcitrantes y los funcio- narios sindicales. Fue la e'poca del “socialfascismo”, los “sindicatos independientes” y la “toma de las calles”, cuando los socialdemó- cratas de izquierda fueron declarados los peores enemigos de la cla- se obrera y la llegada de los nazis al poder fue recibida con antelación como una clarificación bienvenida de la lucha de clases. En estos años, la Internacional Comunista se lanzó a un delirio ultraizquierdis- ta que hacía que los combatientes de la Acción de Marzo pareciesen responsables y comedidos en comparación. En Italia, en la cúspide
deli poder de Mussolini, el PCI en el exilio declaraba que se estaba ante una situación revolucionaria y que la dictadura del proletariado era el único objetivo inmediato permisible de la lucha. Los socialistas en el! exilio común —tanto maxirnalistas como reformistas- eran denun- ciados como agentes del fascismo. Se enviaron cuadros al interior del país remesa tras remesa, sólo para que fueran arrestados y encarcelados por la policía secreta mientras que la propaganda oficial en el extranjero anun- ciaba sus éxitos.
Frente a esta carrera general hacia el desastre, en la que estaba iran- cado su propio partido, Gramsci rehusó sus posiciones oficiales y, en su búsqueda de otra línea estratégica, se remitió al Frente Unico. La razón es fácil de ver ahora: una década antes, éste hab ía sido precisamente una respuesta a las aberraciones aventuristas que anticiparon —en una forma
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menós extrema- las del III Periódo. Así pues, el Frente Unico había ad- quirido para Gramsci una nueva relevancia en la deplorable coyuntura de principios de los trientas. Puede decirse en verdad que la locura del III Periodo fue la que le ayudó en defmitiva a entenderlo. Su hincapié en el Frente Unico en sus Cuadernos de la cárcel tiene pues un significado inequívoco. Es una negación de que las masas italianas hubieran abando- nado las ilusiones socialdemócratas y democrático-burguesas, que estuvie- ran en una ebullición revolucionaria contra el fascismo o que pudieran ser despertadas inmediatamente y movilizadas para una dictadura del pro- letariado en Italia; y es también una insistencia en que estas mismas ma- sas deben ser conquistadas para la lucha contra el fascismo o, en que la uni- dad de la clase obrera puede y debe lograrse mediante pactos de acción entre comunistas y socialdemócratas, y que la caída del fascismo no sig- nificaría automáticamente la victoria del socialismo debido a que siempre existía la posibilidad de restaurar el parlamentarismo. El Frente Unico, en otras palabras, significaba la necesidad de un trabajo político-ideoló- gico profundo y serio entre las masas, sin tacha de sectarismo, antes de que la toma de poder pudiera figurar en el orden del día.
Al mismo tiempo, la reorientación de la estrategia de Gramsci en pri- sión lo trasladó más allá de los imperativos coyunturales de la resistencia peninsular al fascismo. El horizonte espacial de su pensamiento político en esos años fue toda Europa occidental y no simplemente Italia. Del mismo modo que su referencia temporal fue toda la época de la posguerra a partir de 1921 y no meramente la oscuridad de principios de los trein- tas. Para transmitir el alcance del cambio en la perspectiva política que trató de teorizar, Gramsci construyó el precepto de la “guerra de posi- ción”. Válida para toda una época y una zona entera de lucha socialis- ta, la idea de una “guerra de posición” tuvo pues una resonancia mucho más amplia que la de la táctica del Frente Unico, defendida en otro tiempo por la Comintem. Pero fue en este delicado punto de transición, cuando el pensamiento de Gramsci aspiraba a una resolución eStratégi- ca superior, que cayó en peligro.
Kautsky y la “estrategia de desgaste”
Aunque desconocido para él, Gramsci tuvo un ilustre predecesor. Karl Kautsky, en una famosa polémica con Rosa Luxemburgo, había defendi- do en 1910 que la clase obrera alemana tenía que adoptar una Erma- ttungstrategie, una “estrategia de desgaste”, en su lucha contra la capital. Había contrapuesto explícitamente este concepto al que él denominaba una Niederwerfimgsg‘rategie, una “estrategia de derrocamiento”. No fue
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Kautsky quien acuñó estos términos. Los tomó de la terminología de la principal polémica de aquel momento sobre historia militar debatida en- tre académicos y militares en la Alemania guillermina. El inventor de la antítesis entre Ermattungstrategie y Niederwerfimgstrategie fue Hans Delbrück, el historiador militar más original de su época. Delbrück ha- bía presentado por primera vez su teoría sobre los dos tipos de guerra en 1881, en una conferencia inaugural en la universidad de Berlín en la que contrastó las campañas de Federico II y Napoléon, la primera como ejem- plo de la prolongada estrategia de desgaste, característica de lbs anciens régimes europeos, y la segunda como.prototipo de la estrategia rápida de derrocamiento inaugurada por los ejércitos populares de masas de la épo- ca moderna.“° Vehementemente irnpugnado en los círculos académicos prusianos, para quienes el relato que hacia Delbrück de las guerras de Federico II rayaba de ultraje, Delbrück desarrolló la teoría de las dos estrategias en una serie de escritos que culminaron en su monumental Geschíchte der Kriegshunst im Rahmen der Politischen Geschichte, que abarcaba la evolución de la teoría y la práctica militares desde la anti- güedad hasta el siglo XX.lll Los volúmenes sucesivos de esta obra fue- ron estudiados acuciosamente en las filas del alto mando alemán y en las de la socialdemocracia alemana por igual. Schlieffen, jefe del estado mayor, confrontó meticulosamente sus ejercicios bélicos en contra de las categorías de Delbrück, optando finalmente por una estrategia de de- rrocamiento y no de desgaste en su plan contra Francia. En Die Neue Zeit, Mehring recomendó entusiastamente las historias de Delbrück a los lectores de la clase obrera en 1908 como “el trabajo más significativo producido en los escritos históricos de la Alemania burguesa en este nuevo siglo”.112 En un nuevo ensayo sobre ellas de más de un centenar de páginas, Mehring se explayó sobre la perenne validez de la oposición existente entre desgaste y derrocamiento en el arte de la guerra. Temrinó señalando agudamente que Delbrück había escrito un trabajo de “inves- tigación científica en un campo en el que el movimiento moderno de los trabajadores tenía algo más que un interés meramente científico”."3
El siguiente paso fue dado por Kautsky cuando anexionó los concep- tos militares de Delbrück —sin darles reconocimiento- a la polémica política sobre las perspectivas estratégicas de la lucha proletaria contra el capitalismo. La ocasión de su intervención era trascendental, porque fue para rebatir la demanda hecha por Rosa Luxemburgo de que se adopta- ran las huelgas militantes de masas durante la campaña del SPD por la democratización del ncofeudal sitema electoral prusiano. Kautsky contra- puso la necesidad de una “guerra de desgaste” más prudente del proleta- i'ía'do alemán contra su clase enemiga, sin los riesgos que irnplicaban las
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huelgas de masas. La introducción de la teoría de las dos estrategias —des- gaste y derrocarniento- fue, pues, el verdadero detonador de la escisión fatal en el seno del marxismo ortodoxo alemán antes de la primera guerra mundial.114
La similaridad formal de la oposición “estrategia de derrocamiento-es- trategia de desgaste”, y “guerra de maniobra-guerra de posición” es pues sorprendente.lls Sin embargo, las analogías esenciales que hay entre los dos pares de conceptos, en los textos de Kautsky y de Gramsci, son toda- vía más-desconcertantes. Porque para apoyar su argumento de la superio- ridad de una estrategia de desgaste sobre una estrategia de derrocamiento, Kautsky evocó precisamente los mismos contrastes históricos y geográfi- cos que Gramsci en su discusión sobre la guerra de posición y la guerra de maniobra. La coincidencia es impresionante. Kautsky también señaló el predominio de una “estrategia de derrocamiento” (Gramsci: “guerra de maniobra”) desde 1789 hasta 1870 y su sustitución por una “estrategia de desgaste” (Gramsci: “guerra de posición”) a partir de la caída de la Comuna.
A través de una coincidencia de circunstancias propicias, durante los años de 1789-93, los revolucionarios en Francia lograron deteriorar el régimen dominante mediante un audaz ataque con unos cuantos gol- pes decisivos. Esta estrategia de derrocamiento era la única de que dis- ponía entonces una clase revolucionaria en un Estado absolutista poli- cíaco que excluía cualquier posibilidad de formar partidos o de que las masas populares ejercieran cualquier tipo de influencia constitu- cional sobre el gobierno. Una estrategia de desgaste hubiera fracasado por que el gobierno, enfrentado a opositores que querían unirse para organizar una resistencia duradera a el, siempre les hubiera cortado sus posibilidades de organización o coordinación. Esta estrategia de derro- camiento estaba todavía en pleno florecimiento cuando se fundó nues- tro partido en Alemania. El éxito de Garibaldi en Italia y las deslum- brantes aunque perdidas luchas de la insurrección polaca fueron el an- tecedente inmediato de la agitación de Lassalle' y de la fundación de la Intemacional.La Comuna de París siguió poco después. Pero fue preci- samente la Comuna la que mostró que los días de una táctica de derro- camiento ya habían pasado. Estaba adaptada a circunstancias políticas caracterizadas por una ciudad capital dominante y un sistema de co- municaciones inadecuado que imposibilitaba la concentración rápida de grandes números de tropas provenientes del campo; estaba adapta- da también a un nivel de técnica en planeación de callesy equipo mi- litar que adjudicaba un gran número de oportunidades a la lucha en la
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calle. Entonces fue cuando se asentaron las bases para una nueva estra- tegia de la clase revolucionaria que Engels tan agudamente contrapuso finalmente a la vieja estratega revolucionaria en su introducción aLa lucha de clases en Francia y que puede muy bien designarse como una estrategia de desgaste. Esta estrategia nos ha ganado a partir de enton- ces los más brillantes éxitos y ha dotado al proletariado año tras año de una fuerza mayor colocándolo más que nunca en el centro de la po- lítica europea.‘ 16
El meollo de esta estrategia de desgaste consistía en sucesivas campa- ñas electorales las cuales, comoKautsky esperanzadamente afirmaba, po- dían otorgar al SPD una mayoría numérica en el Reichstag al año siguien- te. Al negar que las huelgas agresivas de masas pudieran tener relevancia en la coyuntura de aquel momento en Alemania, Kautsky pasó a antici- parla idea de una separación geopolítica entre Europa oriental y occiden- tal. En la Rusia zarista, escribió Kautsky, no había sufragio universal, ni derechos legales de reunión, ni libertad de prensa. En 1905, el gobierno estaba aislado en el interior, el ejército derrotado en el extranjero y el campesinado sublevado en todo el vasto e incoordinado territorio nacio- nal. En esas circunstancias, todavía era posible una estrategia de derroca- miento. El proletariado ruso, carente de los más elementales derechos po- líticos o económicos, podía lanzar una huelga general revolucionaria “amorfa y primitiva” dirigida indiferentemente contra el gobierno y los patronos.117 La tormenta de huelgas de masas que se estaba acumulando en Rusia subió pues espontáneamente en escalada hasta llegar a una pug- na decisiva con el Estado. En su momento, la “política de violencia” llevada a cabo por la clase obrera rusa encontró su derrota definitiva. Pe- ro su estrategia de derrocamiento era el producto natural del atraso his- tórico de la sociedad rusa.
“Las condiciones para una huelga en Europa occidental y especial- mente en Alemania son, empero, muy diferentes a las existentes en la Ru- sia prerrevolucionaria y revolucionaria.”“° En Europa occidental, los obreros eran más numerosos y estaban mejor organizados, además de ha- ber gozado de libertades cívicas durante mucho tiempo. Se enfrentaban también a un enemigo de clase más fuerte, provisto —sobre todo en Ale- 'mania— de un ejército y una burocracia disciplinados. El aparato del Es- tado prusiano era de hecho en aquel momento el más poderoso de Euro- pa. La clase obrera estaba también más aislada de las otras clases que en Rusia. De ahí que tumultuosas huelgas de masas como las que tuvieron lu- gar en 1905 en Rusia fueran inadecuadas para Occidente. “Manifestacio- nes de este tipo todavía no han tenido lugar en Europa occidental. Tam-
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poco es probable que ocurran, no a pesar de medio siglo de movimiento socialista, socialdemócrata y libertad política, sino debido a ello.”119 En esas circunstancias, desencadenar huelgas de masas para asegurar la reforma de los derechos políticos prusianos, como exigía Rosa Luxem- burgo, sería simplemente exponer las oportunidades del SPD en las pró- ximas elecciones del Reichstag. Forrnalmente, Kautsky nunca negó que en “la batalla final” de la lucha de clases fuera necesaria una transición a la estrategia de derrocamiento también en Occidente. Pero el, arma de la huelga de masas debía reservarse únicamente para este compromiso defi- nitivo en el que la victoria ’y la derrota serían totales. De momento, “las escaramuzas preliminares no deb ían librarse con artillería pesada”.120 En Occidente, la única senda correcta era una estrategia de desgaste, reme- morando la de Fabius Cunctator en la antigua Roma.121
Respuesta de Rosa Luxemburgo
Luxemburgo, a la que Gramsci en su texto central sobre Oriente y Occidente reprochaba su -“misticismo”,122 captó lúcidamente de inme- diato la lógica del contraste de Kautsky entre las dos zonas. La polémi- ca entre los dos sobre justamente este tema en 1910 fue precisamente la ocasión de su ruptura política con Kautsky, cuatro años antes que Lenin, quien sólo lo entendió cuando llegó la guerra en 1914. Luxemburgo de- nunció “la teoría entera de las dos estrategias” y su “burdo contraste en- tre la Rusia revolucionaria y la Europa occidental parlamentaria”123 co- mo una racionalización de Kautsky de su rechazo alas huelgas de masas y su capitulación al electoralismo. Desechó la descripción de Kautsky de la revolución rusa de 1905: “La imagen de una huelga caótica, ‘amorfa y primitiva’ de los obreros rusos [ .] es una florida fantasía.”124 No era su atraso político sino su carácter avanzado lo que distinguía al proleta-
riado ruso dentro de la clase obrera europea.
Las huelgas y huelgas de masas rusas, que dieron forma a una creación tan famosa como el Soviet de Representantes Obreros de Petersburgo para la dirección unida de todo el movimiento en el enorme Imperio, eran tan poco “amorfas y primitivas” que en osadía, fuerza, solidari- dad, persistencia, logros materiales, objetivos progresistas y éxitos or- ganizativos, podían ponerse tranquilamente al lado de cualquier mo- vimiento sindical “Europeo occidental”.”5
Luxemburgo descartó despectivamente la circunspecta evaluación de Kautsky sobre el Estado prusiano, replicando mordazmente que había
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confundido la crudeza y brutalidad de su policía con la fuerza política, a fin de justificar la timidez para con él. La necesidad declarada por Kauts- ky de reservarse el recurso a una huelga de masas sólo en caso de la con- tingencia apocalíptica de una “batalla final” en el futuro lejano, era una cláusula simbólica concebida para absolver al SPD de cualquier compro- miso con luchas serias en el presente concreto y permitirle acomodarse al oportunismo más mundano. El instinto político de Luxemburgo la llevó a distinguir infaliblemente el móvil fundamental de los argumentos de Kautsky:
En la práctica, el camarada Kautsky nos dirige insistentemente hacia las próximas elecciones del Reichstag. Son los pilares básicos de su es- trategia, de desgaste. La salvación nos vendrá de las elecciones del Reichstag. Nos traerán con toda seguridad una victoria avasalladora, crearán una situación completamente nueva, nos pondrán inmediata- mente “en el bolsillo la llave de esta tremenda situación histórica”. En suma,lhay tantos violines en el cielo de las pr'oximas elecciones del Reichstag que sería criminalmente necio pensar en una huelga de ma- sas cuando tenemos ante nosotros una victoria tan segura, que se nos ha puesto “en el bolsillo” con la papeletaelectoral.126
La posición de Luxemburgo en estas polémicas no carecía de fallas. No dio una réplica adecuada a la caracterización de Kautsky del Estado ruso, a diferencia de la clase obrera rusa, eludiendo el problema genuino de su diferencia estructural con los Estados occidentales de la época, que Kautsky no se había equivocado al poner de relieve. Tampoco estaba en posesión", en este u otro caso, de una teoría bien tramada sobre la conquis- ta del poder por el proletariado, ya que su concepción de las huelgas de masas como ejercicios continuos de la autonomía de la clase obrera y su combatividad empañaba la ruptura inevitablemente discontinua de un levantamiento revolucionario contra el Estado capitalista que necesaria- mente trascendía el nivel de una huelga.127 No obstante, esas limitacio- nes fueron secundarias cuando se comparan con la agudeza de su intui- ción de la dinámica de la teoría de Kautsky. Su presciencia sobre la evo- lución de ésta es tanto más impresionante cuando se compara con la com- plascencia de Lenin hacia Kautsky.
La polémica se extiende a Rusia.
La polémica en el seno de la socialdemocracia alemana tuvo una im- portante secuela dentro de la socialdemocracia rusa. Pocas semanas des-
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pués, Mártov escribió un artículo en Die Neuw Zeit sobre “La polémica prusiana y la experiencia rusa”.128 Aprobando calurosamente las tesis ge- nerales de Kautsky, Mártov sostenía que Rusia no estaba de ningún mo- do exenta de las lecciones que se desprendían de ellas. No debería permi- tirse que Luxemburgo utilizase la revolución rusa de 1905 como su “car- ta de triunfo” contra la política oficial del SPD en Alemania. Los socia- listas occidentales no deberían admitir su relato de la revolución en nom- bre del privilegium odiosum del excepcionalismo ruso. La experiencia ru- sa era en aquel momento esencialmente similar en cualquier aspecto a la experiencia europea en su totalidad. Cuando había divergido en 1905, había acabado en el desastre. La combinación de huelgas económicas y políticas, de la que Luxemburgo alardeaba, era más bien una debilidad que una fuerza del proletariado ruso. El alzamiento de Moscú fue el re- sultado calamitoso de una propülsión “artificial” del movimiento hacia un “choque decisivo” con el Estado. La sagacidad de Kautsky era desco- nocida en Rusia en aquel momento: “La idea de una ‘estrategia de des- gaste’ no se le ocurrió a nadie.” Pero ahora, después del fracaso del extre- mismo en 1905, era responsabilidad del movimiento obrero ruso adoptar- la. “El proletariado debe esforzarse no sólo por luchar sino por vencer”129
La pronta utilización que hizo Mártov de las tesis de Kautsky para jus- tificar la política menchevique en Rusia provocó a su debido tiempo una respuesta de Marchlewski, bolchevique polaco, en Die Neue Zeit. La ré- plica de Marchlewski parece haberse apropiado de antemano la propia respuesta de Lenin y este último desistió de un anteproyecto después de que Kautsky aceptase un artículo previo sobre el mismo tema escrito por Marchlewski. No obstante, Lenin escribió a Marchlewski dándole sugeren- cias para que las incluyera en su respuesta a Mártov, la mayoría de las cua- les quedaron integradas en el texto publicado. Los dos documentos son de gran interés. El peso del argumento de Marchlewski recaía en que los bolcheviques en Rusia no se habían desviado nunca —contrariamente a las deformaciones de Mártov— de la lógica de los preceptos de Kautsky. Por el contrario, escribió Marchlewski, “las recomendaciones de Lenin eran —si se quiere- las mismas que las de Kautsky: la correcta aplicación dé una ‘estrategia de derrocamiento’ y de una ‘estrategia de desgaste’ ca- da una a su debido tiempo”.13° Entonces, una larga reacción zarista des- pués de la revolución de 1905, era el momento de una estrategia de des- gaste. La socialdemocracia rusa en la actualidad debe “aprender a hablar alemán”
Mientras tanto, Lenin, en su carta a Marchlewski, avaló expresamente la validez de los alegatos de Kautsky por mantener una intransigencia esencial en su polémica con Luxemburgo. De hecho, los reiteró enfática-
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mente, a pesar de la presteza de Mártov en apropiarse los argumentos de Kautsky y utilizarlos para una reivindicación del menchevismo en Rusia.
Rosa Luxemburgo discutió con Kautsky si habia llegado el momento para una Niederwerfungstrategie [ estrategia del derrocamiento, E.] y Kautsky afirmó simple y llanamente que consideraba que ese momento era inevitable e inminente, pero que todavía no había llegado [ . . To- dos los mencheviques [. . . ] aprovecharon la polémica entre Rosa Luxem- burgo y Kautsky para afirmar que K. Kautsky era un “menchevique” "Mártov hace todo lo posible, empleando una kleinliche un miserable Di- plomatie [una diplomacia pequeña y mezquina, E.], por agrandar la bre- cha entre Rosa Luxemburgo y K. Kautsky. Estos elende [miserables, E.], artificios no pueden tener éxito. Los socialdemócratas revolucionarios pueden discutir si ha llegado el momento oportuno para el Niederwer- fungstrategie en Alemania, pero no su oportunidad en Rusia en 1905.131
El contraste con Luxemburgo es sorprendente. Ella percibió en segui- da que el efecto real de los argumentos de Kautsky era una sofisticada apología del reformismo. Las enérgicas denuncias que hizo de ellos que- daron vindicadas hacia el final de la polémica entre los dos. La caracteri- zación que hacía Luxemburgo de la teoría de Kautsky con lo que ella denominó Nich'tsalsparliamen tarismus —nada más que parlamentarismo- fue confirmada finalmente por el mismo Kautsky, en una de sus réplicas finales, en una formulación que sintetiza su postura en una expresión clá- sica de lo que puede denominarse la “cláusula de defensa” socialdemó- crata:
Cuanto más democrática es la constitución de un país, menos condi- ciones existen para una huelga de masas, menos necesaria se vuelve es- ta huelga para las masas y, por lo tanto, ocurre con menor frecuencia. Allí donde el proletariado posee suficientes derechos electorales, sólo puede esperarse una huelga de masas como medida defensiva, como medio para proteger los derechos de voto o un parlamento con fuerte representación socialdemócrata, contra un góbierno que se niega a obedecer la voluntad de los representantes del pueblo.”
La fórmula de Gramsci Gramsci, aislado del mundo exterior en su encarcelamiento durante
los treintas, no estaba al tanto de este precedente nefasto cuando luchaba por forjar conceptos para resistir a lo que él creía que era la renovación
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del aventurismo en el seno de la Comintem. En esta situación, pudo pro- ducir una noción formalmente análoga a la de Kautsky (estrategia de des- gaste/guerra de posición), sin ver sus peligros. Cómo hemos visto, Grams- ci concibió la “guerra de posición” en respuesta a la “guerra de maniobra” de Thalheirner y Lukács, siguiendo el espíritu del Congreso de la Comin- tem que los había condenado. Los errores de la teoría de la Teilaktion ya han sido discutidos, pero ¿los corrigió totalmente la fórmula de Gramsci? Se observará que lo que él hizo en efecto fue invertir el modo de plantear el problema. En Gramsci, la estrategia revolucionaria se convierte en una larga e inmóvil guerra de trincheras entre dos carnpos en posiciones fijas, en la que cada uno trata de socavar cultural y políticamente al otro. “El cerco es recíproco”, escribió Gramsci, “concentrado, difícil, y exige cualidades excepcionales de paciencia e invención.”1 33 No hay duda de que el peligro del aventurismo desaparece en esta perspectiva con su énfa- sis abrumador en la obediencia ideológica de las masas como objeto cen- tral de la lucha, que solamente se ganará tratando de lograr un frente úni- co dentro de la clase obrera. Pero ¿qué sucede con la fase de insurreción, la toma por asalto y la destrucción del aparato estatal que para Marx y Lenin eran inseparables de la revolución proletaria? Gramsci nunca aban- donó los principios fundamentales del marxismo clásico sobre la necesi- dad última de la toma violenta del poder del Estado, pero al mismo tiem- po su fórmula estratégica para Occidente no logra integrarlos. La mera- contraposición de “guerra de posición” y “guerra de maniobra” se con- vierte finalmente en cualquier estrategia marxista en una oposición entre reformismo y aventurismo.
Hay que hacer inmediatamente una objeción a este juicio. ¿Por qué no hubiera podido Gramsci haber pretendido precisamente la estrategia de la “guerra de posición” como una preparación para una concluyente “gue- rra de maniobra” contra la clase enemiga? En otras palabras, ¿es que no propugnó de hecho una tesis que Lenin había adjudicado equivocada- mente a Kautsky, la necesidad de “una transición de la ‘estrategia de des- gaste’ a la ‘estrategia del derrocamiento’ ”, una transición que era “ine- vitable” en un período de crisis política cuando “la revolución alcanzó su mayor intensidad”?134 Dentro de este esquema, la guerra de posición de Gramsci correspondería a la fase en que un partido revolucionario tra- ta de ganarse a las masas ideológicamente (consensualmente) para la cau- sa del socialismo, previamente a la fase en que las conducirá políticamen- te hacia una revuelta final (coercitiva) en contra del Estado burgués. En- tonces, se ejercería la “hegemonía” en el seno de la sociedad civil para la formación de un bloque de clases de los explotados, mientras que se afir- maría la “dictadura” contra los explotadores, en la enérgica destrucción del aparato estatal qUe les aseguraba su dominio.
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Esta interpretación estaría indiscutiblemente de acuerdo con los prin- cipios clásicos del materialismo histórico. Pero en las 2.000 páginas de los Cuadernos de la cárcel sólo hay una frase que de refilón parece estar en concordancia con esto. Y aún así, es oblicua y ambigua. Al final mismo del largo pasaje en el que se compara Oriente y Occidente y que hemos citado tan a menudo, Gramsci escribió a pluma muy brevemente algo que se le ocurrió posteriormente y que sus editores después de la guerra su- primieron gratuitamente.
Un intento por dar comienzo a una revisión de los métodos tácticos actuales fue quizás el esbozado por Trotsky en el IV Congreso mun- dial, cuando comparó los frentes oriental y occidental. El primero había caído en seguida, pero después siguieron luchas sin preceden- te; en el caso del segundo, las luchas tendrían lugar previamente. La pregunta consistía, por lo tanto, en si la sociedad civil resiste antes o después del intento de la toma de poder; dónde tiene lugar esta úl- tima, etcétera. No obstante, la cuestión sólo fue esbozada de forma. brillante y literaria, sin líneas directivas de carácter práctico.135
Sólo en este pasaje puede encontrarse un ejemplo único y fugaz del orden teórico y temporal correcto en el qúe se hubieran tenido que des- plegar los conceptos de Gramsci para producir una estrategia política re- volucionaria aplicable al capitalismo avanzado. En Occidente, la resisten- cia de la “sociedad civil” hubiera tenido que ser superada precisamente
antes que la del Estado', mediante la acción de un Frente Unico, aunque la victoria en este campo hubiera tenido que ser seguida por lo que Grams- ci aquí llama directamente un “asalto” (assalto) armado al Estado. Desa- fortunadamente, la percepción que contiene esta alusión a otro pensador fue momentánea. Todo el peso de la propia imaginería de Gramsci —cier- tamente moldeada en “forma literaria y brillante”—— en sus textos centra- les sobre estrategia recae exactamente en la dirección contraria. Existe el Estado que es meramente una “zanja exterior”, y la sociedad civil que es el “poderoso sistema de fortalezas y terraplenes” que yace “tras” él. Es decir, la sociedad civil del capitalismo —repetidamente descrita como el terreno del consenso es la que se convierte en la barrera última para la victoria del movimiento socialista. La guerra de posición es, pues, la lu- cha llevada a cabo por la clase obrera organizada para ganar la hegemonía sobre ella, una hegemonía que se funde inmediatamente por definición tácita en una supremacía política sobre toda la formación ,social. “En política, la guerra de posición es hegemonía”, escribió Gramsci, mientras que “la hegemonía es el gobierno mediante el consenso permanentemen-
te organizado”.‘3'6
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Una solución falsa
El deslizamiento teórico que se observó anteriormente vuelve a tener lugar en este caso en el pensamiento estratégico de Gramsci con conse- cuencias aún más graves. En una inversión directa del orden de batalla de Lenin, Gramsci relega expresamente la “guerra de movimiento” a un pa- pel meramente preliminar o subsidiario en Occidente y promueve la “guerra de posición” al papel concluyente y decisivo en la lucha entre el trabajo y el capital. Al hacerlo, quedó definitivamente atrapado por la ló- gica de sus propios conceptos. El pasaje fatal dice así :
La guerra de posición requiere sacrificios enormes y masas inmensas de población; por eso hace falta en ella una inaudita concentración de la hegemonía y, por tanto, una forma de gobierno más “interventista”, que tome más abiertamente la ofensiva contra los grupos de oposición y organice permanentemente la “imposibilidad” de disgregación inter- na, con controles de todas clases, políticos, administrativos, etc., con- solidaciónde las “posiciones” hegemónicas del grupo dominante, etc. Todo .eso indica que se ha entrado en una faSe culminante de la situa- ción político histórica, porque en la política la “guerra de posición”, una vez conseguida la victoria en ella, es definitivamente decisiva. O sea: en la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de conquistar posiciones no decisivas.137
Los condignos errores de este texto tienen un síntoma sospechoso: las inquietantes reivindicaciones de la necesidad de un mando más autorita- rio en las filas de la clase obrera, capaz de eliminar toda disidencia. La asociación de la estrategia de una guerra de posición con una uniformidad centralizada de la expresión política, en homenaje a la peor herencia de la Comintern, no es muy tranquilizadora. De hecho, la revolución socialis- ta sólo triunfará en Occidente mediante un máximo de expansión, no de constricción, de la democracia proletaria, porque sólo la experiencia de ella, en partidos o consejos, puede capacitar a la clase obrera para apren- der los verdaderos límites de la democracia burguesa y equipararla histó- ricamente para superarlos. Establecer una estrategia marxista dentro del capitalismo avanzado sobre una guerra de posición y una ética de mando para alcanzar la emancipación final del trabajo es garantizar su propia derrota. Cuando llegue la hora del ajuste de cuentas en la lucha de clases, la libertad proletaria y la insurgencia van juntas. Es la combinación de ellas y ninguna otra la que constituye una verdadera guerra social de movi- miento capaz de derrocar al capital en sus más fuertes bastiones.
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La solución política para el futuro de la clase obrera europea que Gramsci vislumbró en la cárcel, al final lo eludió. La perspectiva de una guerra de posición era un callejón sin salida. Al fin de cuentas, la función de esta idea en el pensamiento de Gramsci parece haber sido la de una es- pecie de metáfora moral: representaba un sentido de adaptación estoica a la pérdida de cualquier esperanza inmediata de victoria en Occidente. En una de esas coincidencias misteriosas que son la rúbrica de la época, el pensador marxista en Europa occidental cuyo destino fue el más cercano al de Gramsci en los treintas, reprodujo la misma idea en su muy diferen- te obra. Walter Benjamin, su compañero víctima del fascismo, expresó su pesimismo político en el lema de una Ermattungstaktik. Por ello lo con- memoró su amigo Brecht, desconocedor de la historia anterior, a su muer- te.138 El registro poético de la noción de Benjamin nos dice algo del sta- tus científico de la fórmula de Gramsci. La deuda que todo marxista contemporáneo tiene con Gramsci sólo puede ser saldada si se toman sus escritos con la seriedad de un verdadero espíritu crítico. En el laberinto de sus Cuadernos, Gramsci se perdió. En contra de su intención, pueden sacarse conclusiones formales de su trabajo que conducen muy lejos del socialismo revolucionario.
¿Es necesario añadir que el mismo Gramsci fue una prueba en contra de cualquier clase de reformismo? Las conclusiones parlamentarias de la teoría de la estrategia de Kautsky le eran absolutamente ajenas: su traba- jo está salpicado en otras partes de afirmaciones sobre la necesidad impe-
rativa del derrocamiento revolucionario del Estado capitalista. No tene- mos siquiera que remontamos a sus innumerables declaraciones antes de la prisión y la censura. En el documento que puede considerarse como el testamento político efectivo de Gramsci, su consejo final directo a los mi- litantes de la clase obrera italiana registrado en el Athos Lisa Report, en el que insistía, desafiando las doctrinas del III Período sobre la necesidad de objetivos populares intermedios —sobre todo, una asamblea constitu- yente- en la lucha contra el fascismo, tampoco dejó ninguna duda sobre su compromiso con los objetivos últimos, como Marx y Lenin los hubie- ran calificado:
La conquista violenta del poder requiere que el partido de la clase obrera cree una organización de tipo militar, penetrantemente implan- tada en todas las ramas del aparato del Estado burgúes, y capaz de le-
sionarlo e infligirle fuertes golpes en el momento decisivo de la lu- cha.”9
Gramsci no afirmó simplemente la necesidad de una revolución prole-
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taria en los términos clásicos: muchos lo han hecho verbalmente después de él. Luchó y sufrió una larga agonía por ella. No sólo su obra sino tam- bién su vida serían incomprensibles sin eSta vocación. Gramsci era muy consciente de las condiciones de su lucha contra la enfermedad, el aisla- miento y la muerte. Los pasajes centrales en sus notas sobre la distinción entre Oriente y Occidente están forjados en el molde de una extensa ana- logía militar: “artillería”, “trincheras”, “comandantes”, “maniobra” y “posición” El mismo hombre nos advierte lacónicamente contra cual- quier le'ctura fácil de su propio vocabulario.
Al decir todo esto, debe recordarse el criterio general de que las com- paraciones entre el, arte militar y la política deben tomarse siempre con un grano de sal, es decir, como ayuda para pensar en los términos de una reductio ad absurdum. 14°
Trotsky y la “guerra de maniobra”
Las condiciones de la composición de los escritos de Gramsci en pri- sión produjeron una teoría no unitaria y fragmentaria que permitió inhe- rentemente que se dieran discrepancias e incohere'ncias en ella. No hay nada más revelador de esto que las referencias a Trotsky en los textos centrales que se han discutido en este ensayo. En ellos, el concepto de “revolución permanente” es repetidamente el objeto formal de la crítica de Gramsci como supuesta expresión de una “guerra de maniobra”. Fue, claro está, Trotsky el que dirigó el ataque junto con Lenin contra la teo- ría generalizada de la “ofensiva revolucionaria” en el III Congreso de la Comintem. Fue Trotsky, de nuevo con Lenin, el principal arquitecto del Frente Unico que Gramsci equiparó a su “guerra de posición”. Finalmen- mente , fue Trotsky, y no Lenin, quien escribió el documento que fue la teorización clásica del Frente Unico en los veintes.141 La confusión de Gramsci es aquí virtualmente total y la prueba política de ello iba a ser muy concreta. Durante la cumbre del III Período, en 1932, Gramsci en la prisión de Turi di Bari y Trotsky en la isla de Prinkipo, desarrollaron efectivamente posiciones idénticas sobre la situación política en Italia, diametralmente opuestas a la línea oficial del PIC y de la Comintem. Pri- sionero y exiliado por igu‘al llamaban a la formación de un Frente Unico para la resistencia de la clase obrera al fascismo que incluyera alos parti- dos socialdemócratas y una perspectiva de transición que incluyera la po- sibilidad de una restauración de la democracia burguesa en Italia después
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de la caída del fascismo.342 Ninguno de los dos, obviamente, sabía del otro en esta convergencia en la noche política de los tiempos.
Hay todavia una ironía política mayor en la confusión deGramsci. En lo tocante a los hechos, fue sobre todo Trotsky quien dio al movimiento de la clase obrera, oriental y occidental, una crítica científica de las dos ideas de “guerra de maniobra” y “guerra de posición” en el campo en que realmente prevalecieron, la estrategia militar propiamente dicha. Las doctrinas políticas que surgieron dentro del movimiento revolucionario de Europa central en 1920-21 tuvieron su equivalencia militar exacta en Rusia. Allí, Frunze y Tujachevsky jugaron el papel de Lukács y Thalhei- mer. En los grandes debates militares en la Unión Soviética después de la guerra civil, Frunze, Tujachevsky, Gusev y otros habían sostenido que la esencia de la guerra revolucionaria era el ataque permanente o la guerra de maniobra. Tujachevsky declaró:
Las reservas estratégicas, cuya utilidad fu’e siempre dudosa, no las ne- cesitamos en absoluto en nuestra guerra. Ahora sólo existe un pro- blema: cómo utilizar las cantidades para ganar el máximo de fuerza en el golpe. Hay una respuesta: lanzar todas las tropas al ataque, y no mantener en reserva ni una sola bayoneta.143
Frunze reclamaba que las lecciones de la guerra civil demostraban que la primacía de la ofensiva en una estrategia revolucionaria coincidía con la naturaleza social del proletariado mismo:
Las tácticas del Ejército Rojo se inspiraron y se inspirarán activamente en el espíritu de operaciones ofensivas audaces y enérgicamente dirigi- das. Esto es lo‘ que procede de Ia naturaleza de clase del ejército de obreros y campesinos y, al mismo tiempo, coincide con las exigencias del arte militar.144
La guerra de posición, característica de la primera guerra mundial y de la burguesía, fue a partir de entonces un anacronismo. “La maniobra es el único medio de garantizar la victoria”, escribió Tujachevsky.145
Como hemos visto, Trotsky luchó decididamente contra la “teoría de la ofensiva” como estrategia en el seno de la Comitern. Ahora llevaba a cabo una batalla paralela en su contra como doctrina militar dentro del Ejército Rojo. Respondiendo a Frunze y otros, Trotsky hizo él mismo expresamente la comparación:
Desafortunadamente, no son pocos los papanatas de la ofensiva entre
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nuestros .nuevos doctrinarios de moda que, bajo el estandarte de una teoría militar, quieren introducir en nuestra circulación militar las mis- mas tendencias unilaterales “izquierdistas” que alcanzaron su fruición en el III Congreso mundial de la Comintem a modo de una teoría de la ofensiva: en Ia medida (l) en que estamos viviendo una época revo- lucionaria, por lo tanto (!) el partido comunista debe implementar la política de la ofensiva. Trasladar el “izquierdismo” al lenguaje de 1a doctrina militar es multiplicar este error muchas más veces.146
Combatiendo estas concepciones, Trotsky puso de manifiesto la fala- cia de hacer generalizaciones a partir de la experiencia de la guerra civil en la que las dos partes (no sólo el Ejército Rojo) habían utilizado prin- cipalmente la maniobra debido al atraso de la organización social y 'la técnica militar del país.
Perrnítanme señalar que no somos los inventores del principio manio- brista. También nuestros enemigos han hecho uso extensivo de él de- bido al .hecho de que se desplegaban números relativamente pequeños de tropas en distancias enormes y a causa de los desastrosos medios de comunicación . 1 4 7
Pero, sobre todo, Trotsky criticó una y otra vez cualquier teoría de la. estrategia que fetichizara ya fuera la maniobra o la posición haciendo de ellas un principio inmutable o absoluto. Todas las guerras deberían com- binar la posición y la maniobra y cualquier estrategia que excluyera uni- lateralmente una u otra era suicida.
Se puede declarar con toda certeza que incluso en nuestra estrategia supermaniobrista durante la guerra civil, el elemento de posicionalis- mo existió y en ciertos casos jugó un papel importante.148
Por lo tanto, concluía Trotsky:
La defensa y la ofensiva entran como momentos variables en el com- bate [. ] Sin la ofensiva, no se puede ganar la victoria. Pero la vic- toria la gana el que ataca cuando es necesario atacar y no el que ata- ca primero. “9
En suma, posición y maniobra. tenían una relación necesariamente complementaria en cualquier estrategia miliatar. Subestimar una u otra era convocar la derrota y la capitulación.
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Habiendo descartado las falsas analogías o extrapolaciones tanto en el Ejército Rojo como en la Comintem. Trotsky continuó haciendo la pre- dicción de que en un conflicto militar genuino entre las clases —es decir, una guerra civil real y. no metafórica- habría muy probablemente un ma- yor posicionalismo en el Oeste que el que ‘había habido en el Este. Todas las guerras internas eran naturalmente más maniobristas debido a la esci- sión que efectuaban dentro del Estado y la nación, comparadas con las guerras externas entre las naciones. En este aspecto, “la maniobrabilidad no es peculiar de un ejército revolucionario sino de la guerra civil como tal”.lso No obstante, la mayor complejidad histórica de las estructuras económicas y sociales en el Oeste avanzado haría que las guerras civiles futuras fuesen de carácter más posicional que en Rusia.
En los países altamente desarrollados, con sus inmensos centros de Vi- da, con sus cuadros de guardia blanca preparados de antemano, la gue- rra civil puede asumir —y en muchos casos asumirá sin duda alguna- un carácter mucho menos móvil y mucho más compacto, es decir, mu- cho más parecido a una guerra de posición.lSl
En los momentos finales y consumidos de la vida de Gramsci, Europa fue visitada por este conflicto. La guerra civil española iba a reivindicar la opinión de Trotsky llamativamente. Librada en el Manzanares y en el Ebro, la batalla de la República dió muestras de ser una larga prueba de posiciones, finalmente perdida debido a que la clase obrera nunca pu- do volver a ganar la iniciativa de maniobra esencial para la victoria. La presciencia y el matiz del análisis de Trostky iba a confirmarse sorpren- dentemente en España. La razón estaba en la pertinencia a su objeto. Era una teoría técnica y no metafórica de la guerra.
La precisión militar de Trosky, producto de su incomparable experien- cia en la guerra rusa, no confería necesariamente un privilegio equivalen- te a su estrategia política. Su conocimiento de Alemania, Inglaterra y Francia era, ateniéndonos a los hechos, mayor que el de Gramsci. Sus es- critos sobre las formaciones más importantes de Europa occidental en el período entre las dos guerras son en gran medida superiores a los conte- nidos en los Cuademos de la cárcel. Contienen ciertamente la única teo- ría desarrollada sobre el Estado capitalista moderno en el marxismo clá- sico en sus textos sobre la Alemania nazi. Pero aunque el dominio histó- rico de Trotsky sobre las específicas estructuras sociopolíticas del capita- lismo en los países centrales de Europa occidental no tenía equivalente en su época, nunca planteó el problema de una estrategia diferencial pa-
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ra hacer la revolución socialista en ellos, no programada por la de Rusia con la misma ansiedad o lucidez que Gramsci. En este aspecto esencial,sus problemas eran menos dificultosos.
Conclusiones
Las respuestas de Gramsci a sus problemas, como hemos visto, no los resolvieron. Las lecciones de la polémica entre Kautsky y Luxemburgo, el contraste entre Lukács y Gramsci, hoy puede, no obstante, arrojar por lo menos dos proposiciones simples y concretas. Formular la estrategia proletaria en el capitalismo metropolitano esencialmente como una gue- rra de maniobra es olvidar la unidad y eficacia del Estado burgués e inci- tar -a la clase obrera a pelear contra él en una serie de aventuras letales. Formular la estrategia proletaria esencialmente como una guerra de posi- ción es olvidar el carácter necesariamente repentino y volcánico de las si- tuaciones revolucionarias que, por la naturaleza de esas formaciones so- ciales, nunca pueden ser estables por mucho tiempo y necesitan por lo tanto la mayor velocidad y movimiento en el ataque si no se quiere per- der la oportunidad de conquistar el poder. La insurrección,‘como siem- pre enfatizaron Marx y Engels, es un arte de la audacia.
En el caso de Gramsci, las ineptitudes de la fórmula de una “guerra de posición” tenían una clara relación con las ambigüedades de su análisis sobre el poder de la clase burguesa. Gramsci equiparó la “guerra de posi- ción” con la “hegemonía civil” como se recordará. Del mismo modo que su utilización de la hegemonía tendía con frecuencia a implicar que la estructura del poder capitalista en Occidente descansaba esencialmente en la cultura y el consenso, la idea de una guerra de posición tendía a im- plicar que el trabajo revolucionario de un partido marxista consistía esen- cialmente en la conversión ideológica de la clase obrera —y de ahí su identificación con el Frente Unico cuyo objetivo era ganarse la mayoría del proletariado occidental para la III Internacional. En ambos casos, el papel de la coerción —represión por el Estado burgués, insurrección por la clase obrera- tiende a desaparecer. Ia debilidad de la estrategia de Grams- ci es simétrica a la de su sociología.
¿Cuál es la relevancia contemporánea de estos debates sobre estrategia marxista pertenecientes al pasado? Cualquier discusión real de los proble- mas del presente implicaría muchas preguntas a las que no se ha hecho alusión aquí. Los límites de una revisión filológica nos han impuesto es- tas restricciones inevitables. Temas tan centrales como la interconexión de las luchas políticas y económicas en el movimiento obrero, las alian- zas de la clase obrera en las sociedades ampliamente poscampesinas, la na-
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turaleza contemporánea de las crisis capitalistas, los posibles Catalizado- res y formas del poder dual, el desarrollo de instituciones más avanzadas de democracia proletaria —más amplias y libres que sus precedentes en el' pasado- se omiten aquí. Pero deliberar aisladamente de ellas sobre las es- tructuras del Estado burgués y las estrategias necesarias para que la clase obrera lo derroque, puede conducir a una abstracción irresponsable, a menos que se tengan siempre en cuenta estos otros elementos necesarios en cualquier teoría marxista de la revolución socialista en Occidente. Si aceptamos esta limitación, ¿cuál puede ser la conclusión de la herencia que hemos reconstruido en este ensayo? Solo tenemos espacio y oportu-
nidad aquí para hacer dos comentarios, estrictamente restringidos a los temas de su discusión.
La lógica de la teoría marxista indica que está en la naturaleza misma del Estado burgués el que, en cualquier encuentro final, el aparato arma- do de la represión desplace inexorablemente a los aparatos ideológicos de representación parlamentaria, para reocupar la poSición dominante en la estructura del poder de la clase capitalista. Esta maquinaria coercitiva del Estado es la barrera última a una revolución obrera y sólo puede ser des- truida mediante una contra-coerción que se la apropie de antemano. En el siglo XIX, las barricadas fueron el símbolo tradicional de esta última. Pero Lenin señaló hace mucho tiempo que estas fortificaciones tenían con frecuencia una función más moral que militar: su propósito consis- tía clásicamente tanto en una fraternización con los soldados como en un arma contra ellos. En cualquier revolución, la labor de la vanguardia pro- letaria, en palabras de Lenin, no consiste meramente en luchar contra las tropas sino por las tropas. Eso no significa, como él puso de relieve, una simple persuasión verbal para que se pasen al campo del proletariado, sino una “lucha física” llevada a cabo por las masas para ganárselos al la- do de la revolución.152
Una insurrección sólo triunfará si el aparato represivo del Estado se divide o desintegra, como en Rusia, China o Cuba. La “convención” con- sensual que mantiene unidas a las fuerzas de coerción debe quebrantarse, dicho de otra manera. Los ejércitos imperialistas de Europa occidental, norteamérioa y Japón hoy en día están característicamente compuestos por conscriptos y reclutas provenientes de las clases explotadas, los cua- les plantean una capacidad para paralizar la movilización contrarrevolu- cionaria en una crisis general. Un objetivo clave de la lucha política pro- letaria es, por lo tanto, actuar siempre sobre los hombres alistados me- diante una audacia de clase y un combate opuestos de tal modo que se llegue a romper la unidad del aparato represivo del Estado. En suma, un levantamiento proletario es siempre una operación política cuyo objeti-
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vo fundamental no consiste en infligir pérdidas al enemigo sino en reu- nir a todas las masas proletarias, ya lleven uniformes u overoles, tanto hombres como mujeres, para la creación de un nuevo poder popular. No obstante, esto es necesariamente una operación militar. Porque no impor- ta cuánto éxito obtenga la clase obrera en la división del aparato coerci- tivo del Estado (ejército o policía), en desgajar importantes segmentos de él, y ganárselos para la causa de la revolución, siempre queda todavía un meollo irreductible de fuerzas contrarrevolucionarias, especiahnente en- trenadas y templadas en sus funciones represivas, que no pueden ser con- vertidas; que sólo pueden ser derrotadas. La guarnición de Petrogrado se pasó al Comité militar revolucionario: los Junkers y los Cosacos en el Pa- lacio de Invierno todavía resistían. La infantería y la artillería pueden ha- berse adherido a la causa del socialismo en Portugal: los comandos y las fuerzas aéreas se mantienen intactos para eliminarlo.
Allí donde las instituciones de represión del país se desintegren dema- siado abrupta o drásticamente, se desplegará la intervención externa de aparatos militares más fuertes provenientes del extranjero, controlados
por Estados burgueses más poderosos; la’ “moneda extranjera” de la coer- ción hacia la que el capital local vuela cuando sus propias reservas se hun- den demasiado. Los ejemplos, de Rusia a España, de Cuba a Vietnam, son famosos. La dualidad —intema o intemacional- del aparato armado del enemigo es un elemento invariable de toda revolución. Trotksy lo captó con precisión: '
Los obreros deben tomar de antemano todas las medidas para atraer a los soldados al lado del pueblo mediante la agitación preliminar; pero al mismo tiempo debenprever que el gobierno siempre se quedará con un número suficiente de soldados confiables o semiconfiables a los que pueda llamar para sofocar una insurrección; y, en consecuencia, en último recurso, la cuestión ha de decidirse en un conflicto armado.15 3
La determinación del Estado capitalista en última instancia por la coerción es también cierta para el mismo aparato coercitivo. La lucha ideológica y política puede socavar una maquinaria militar burguesa en una crisis revolucionaria, mediante una conquista consensual de los hom- bres alistados en ella. Pero el núcleo fundamental de las unidades profe- sionales contrarrevolucionarias —marines, paracaidistas, policía de moti- nes o gendarmería paramilitar- sólo puede ser arrollada por el ataque coercitivo de las masas. Desde el principio al final, las leyes del Estado capitalista se reflejan y deniegan en las reglas de una revolución socialista.
Una revolución así sólo tendrá lugar en Occidente cuando las masas
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hayan pasado por la experiencia de una democracia proletaria que sea tangiblemente superior ala democracia burguesa. La única manera en que puede garantizarse la victoria del socialismo en esas sociedades es que re- presente incuestionab’lemente más libertad y no menos para la vasta ma- yoría de la población. El intacto almacenamiento de energías populares que cualquier comienzo de una verdadera democracia obrera liberaría será por lo tanto lo que proporcione la fuerza explosiva capaz de tenni- nar con el dominio del capital. La exhibición de una nueva libertad sin privilegios debe comenzar antes de que el viejo orden sea estructuralmen- te cancelado mediante la conquista del Estado. El nombre de esta so- breimposición necesaria es poder dual. Las formas y los medios para su surgimiento —con o sin la presencia de un gobierno obrero en el poder- constituyen el problema crítico intermedio de cualquier revolución so- cialista. De momento, sin embargo, el movimiento de la clase obrera está todavía lejos de este umbral en la mayor parte de los países occiden- tales. Probablemente consista en que la mayoría de la población explota- da en cada una de las formaciones sociales capitalistas importantes en la actualidad siga estando sometida de uno u otro modo a la ideología re- forrnista o capitalista. Es ahí donde adquiere sentido el tema político más duradero de los escritos de Gramsci. Porque la tarea que el Frente Unico estaba destinado a desempeñar está todavía por resolver cincuenta años después. Las masas en Norteamérica, Europa occidental y Japón todavía han de ser ganadas para el socialismo revolucionario en su pluralidad. La problemática central del Frente Unico —el consejo estratégico final de Lenin al movimiento de la clase obrera occidental antes de su muerte, el interés primordial de Gramsci en prisión- retiene por lo tanto toda su validez hoy. Nunca ha sido históricamente superado. La necesidad impe- rativa sigue siendo ganar a la clase obrera antes de que pueda empezar a hablarse de ganar el poder. Los medios para lograr esta conquista —no de las instituciones del Estado sino de las convicciones de los obreros, aunque al final no habrá separación entre las dos- son el primer punto en el orden del día de cualquier estrategia socialista real en la actualidad.
Las polémicas internacionales que unieron y dividieron a Luxembur- go, Lenin, Lukács, Gramsci, Bordiga o Trotsky sobre estos temas repre- sentan el último gran debate sobre estrategia en el movimiento obrero eu- ropeo. Desde entonces, ha habido muy poca evolución teórica significati- va sobre los problemas de la estrategia revolucionaria en el capitalismo metropolitano que haya tenido un contacto directo con las masas. El divorcio estructural entre la teoría marxista original y las principales or- ganizaciones de la clase obrera en Europa se ha de resolver históricamen- te. La revuelta de mayo-junio en Francia, el alzamiento en Portugal, el
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próximo desenlace en España, presagian el fm de este largo divorcio pero
todavía no lo llevan a cabo. Las polémicas clásicas siguen siendo por lo tanto, en muchos aspectos, el límite más avanzado de referencia que po- seemos hoy. No es pues un simple arcaísmo traer a colación las confron- taciones estratégicas que tuvieron lugar hace cuatro o cinco décadas. Rea- propiárnoslas es, por el contrario, un paso más hacia una discusión mar- xista que tiene la esperanza —necesar'iamente modesta- de asumir una “forma inicial” de teoría conecta en la actualidad. Régis Debray ha 'ha- blado, en un párrafo famoso, de la constante dificultad de ser contempo- ráneos con nuestro presente. En Europa por lo menos, tenemos que ser todavía lo bastante contemporáneos con nuestro pasado.
NOTAS
95 Lukács y Gorter fueron algunos de los ejemplos.
96 Para una discusión completa, ver Lineages of theAbsolutist State, pp. 345-6 0.
97 Lenin, Obras completas, ed. cit., t. 17, pp. 100-109, 133. 15-, 178, 240-48, t. 18, pp. 69-76.
93 QC III, p. 1666. 99 QC III, p. 1636; A. Gramsci,Notas. . . ed. cit. p. 134.
¡0° Protokoll der Erweiterten Exekutive der Kommunistischen Internationale, Februar-Má'rz 1926, Hamburgo, 1926, p. 126. Obsérvese que la versión francesa de este discurso en Correspondance Internationale, 13 de marzo de 1926, ha sido muy abreviada. Bordiga continuó haciendo una elocuente denuncia del obrerismo dema- gógico y las inquisiciones organizativas vigentes por estas fechas en la III Interna- cional.
‘°‘ Georg Lukács, Lenin. Ed. Grijalbo, México, 197o, pp. 12-13.
“Der Krise der Kommunistischen Internationale und der Dritte Krongress", editorial de Kommunismus, 15 de junio de 1921, p. 691.
103 “Spontaneitát der Massen, Aktivitá't der Partei”, Die Internationale, III 8, 1921, pp. 213-14. El texto inglés se encuentra en Georg Lukács, Political Writings 1919-1929, Londres, 1972, p. 102.
104 “Spontaneita't der Massen, Aktivitát der Partei”, p. 215;Political Writings, p. 104. 105
l 02
Trotsky, “The Main Lessons of the Third Congress” en The First Five Years of the Commum'st International, l, Nueva York, 145, pp. 295-96.
‘°° QC II, p. 1229; A. Gramsci, El materialismo. . ., ed. cit., p. 200.
‘°7 QC II, p. 866;A. Gramsci,Notas. . ., ed. cit., p. 95.
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1°“ Lenin, Obras completas, ed. cit., t. 35, pp. 374, 377, 378-79.
’°9 Ibid., p. 379.
“o Hans Delbrück, Uber den Kampf Napoleons mit dem alten Europa, amplia-
do más tarde en Uder die Verschiedenheit der Strategic Fiedrichs und Napoleons, Berlín, 1881. La inspiración remota de la troría de Delbrück fue la nota en el epí- logo del Libro 8 de Clausewitz Vom Kriege (de 1827), en la que Clausewitz dis- cutía el caso de las guerras de “objetivo limitado”, que se separaban por lo tanto de su esquema general en el que defendía que el objetivo de la guerra era “derro- car” al enemigo. Ver Clausewitz, De la guerra. Ed. Diógenes, México, 1973, t. Ill, pp. 3 13-68.
1“ Los tres primeros volúmenes aparecieron en 1900, 1901 y 1907 sucesiva-
mente. El cuarto volumen se publicó después dela guerra, en 1920. Para las “dos es- trategias”, ver especialmente vol. I, pp. 123-27, y vol. IV, pp. 333-63. Otto Hintze escribió la crítica más efectiva a la explicación de Delbrück sobre la táctica militar de Federico II.
112 Ver “Eine Geschichte der Kriegskunst", ahora en Franz Mehring, Gesam-
melte Shriften, vol. 8, Berlín, 1967, dedicado a sus escritos militares y titulado Kriegsgeschichte un Militá'rfrage, p. 135.
“3 Ibid., pp. 147-50, 200.
“4 La polémica entre Kautsky y Luxemburgo asumió la forma de una secuencia
de largos intercambios en Die Neue Zeit en 1910. Estos fueron, siguiendo el orden: Kautsky, “Was Nun?”, 8 de abril, pp. 33-40, 15 de abril, pp. 65-80; Luxemburgo, “Ermattung oder Kampf?", 27 de mayor, pp. 257-66, 3 de julio, pp. 291-305; Kautsky, “Eine Neue Strategic", 17 de junio, pp. 364-74, 24 de junio, pp. 412-21; Luxemburgo, “Die Theorie und Die Praxis”, 22 de julio, pp. 564-78, 29 de julio, pp. 626-42; Kautsky, “Zwischen Baden und Luxemburgo”, 5 de agosto, pp. 652-67; Luxemburgo, “Zur Richtigsteklung”, 19 de agosto, pp. 756-60; Kautsky, “Schlus- swort”, 19 de agosto, pp. 760-65. Hay que poner de relieve que Kautsky no atribu- yó en ninguna parte sus categorías a Delbrück, al que citó sólo una vez en toda la polémica, en una referencia de paso a la historia antigua. Luxemburgo, en conse- cuencia, parece haber desconocido hasta el final la fuente de las ideas de Kautsky.
“5 Delbrück equiparó expresamente una “estrategia de desgaste" (Ermattungs-
trategia) con una “guerra de posición” (Stellungskrieg), durante la primera guerra mundial. Recomendada esta última para la guerra alemana en el Occidente, a dife- rencia de Schlieffen.
"6 “Was Nun?”, p. 38. Compárese el texto de Gramsci citado en las pp. 9-10
más arriga.
“7 “Eine Neue Strategic”, p. 36 9.
“3 Ibid. “9 lbid., p. 37o.
12° Ibid., p. 374.
121 “Was Nun?”, pp. 37-38. Kautsky, por supuesto, estaba enterado de la exis-
tencia de la Sociedad Fabiana pero parece haber olvidado la coincidencia reveladora del héroe epónirno en su celo expositivo.
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m QC III, p. 1613-14; A. Gramsci, Notas. . ., ed. cit., pp. 92-93. “3 “Die Theorie und die Praxis”, p. 576.
‘24 Ibid., p. 572.
“5 Ibid.
126 “Ermattung oder Karnpf?”, p. 294-95.
Luxemburgo había afirmado, por supuesto, la necesidad de una insurrección proletaria para la consecución del socialiSmo, pero tuvo tendencia a fundirla en las olas de los más vastos acontecimientos de la militancia de la clase obrera, en la que su incomensurabilidad quedó típicamente enturbiada.
“3 L. Mártov, “Die Preussische Diskussion und die ruddidche Erfahrung”. Die Neue Zeit, 16 de septiembre de 1910, pp. 907-19.
“9 Ibid., pp. 907, 913, 919.
13° J. Karsky 9Marchlewski), “Ein Missverstándnis”, Die Neue Zeit, 28 de octu- bre de 1910, p. 102. 131
127
Lenin, Obras completas, ed. cit., t. 38, pp. 309-10. Mártov, en frase airada de Lenin, estaba “profundizando” (remendando) a Kautsky, al negar la aplicabili- dad de una Niederwerfungstrategiie al año 1905 en Rusia (p. 427). De hecho, los comentarios de Kautsky acerca de lo que él denominaba la “política de violencia” del proletariado ruso en 1905-6 habían evidenciado una falta de entusiasmo ape- nas encubierta. La lectura que Mártov hizo de ellos era pues bastante acertada.
132 “Zwischen Baden und Luxemburg”, p. 665. No disponemos de espacio,
aquí para adentrarnos en la historia de la cláusula de defensa”, común ahora en los documentos oficiales de los herederos de la III Internacional. Baste decir que e'ra un patrimonio común de los partidos clásicos de la II Internacional. Bebel, Turati y Bauer le dedicaron importantes discursos en los respectivos congresos del SPD, PSI y OSPD.
‘33 QCII,p. 802.
134 Lenin, Obras completas, ed. cit., t. 16, p. 383-84. Este articulo contiene la réplica que Lenin esbozó para su publicación en Die Neue Zeit, en respuesta al uso hecho por Mártov de la “estrategia de desgaste” de Kautsky durante la ela- boración de lacual escribió su carta a Marchlewsky. El artículo fue rechazado por Kautsky y nunca se imprimió en Alemania.
135 QC III, p. 1616. El mérito de haber descubierto por primera vez este pasaje
se debe a Quintín Hoare, en su recopilación de las secciones políticas de Selections from the Prison Notebooks. Gramsci se estaba refiriendo al discruso de Trotsky an- te el IV Congreso mundial del Comintem en 1922.
‘36 QC II, p. 937,. QC III, p. 1636; A. Gramsci, Notas. . ., ed. cit., p. 134.
137 QC II, p.802; A. Gramsci,Antología. . ., ed. cit., p. 135 y Notas. . ., ed. cit., p. 95. Se ha creído a veces que este pasaje se refiere al movimiento fascista y no al comunista. Un meticuloso estudio del mismo parece excluir esta hipótesis. Los “enormes sacrificios” hechos por las “masas” son inconfundiblemente una referen- cia a la clase obrera. Deigual modo, Gramsci no hubiera nunca considerado al fas- cismo definitivamente victorioso en Italia; en el contexto de este párrafo, su. instala-
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ción en el poder lo hubiera considerado tal. En general, el hincapié en la autoridad y la disciplina ultracentralizadas debería probablemente vincularse en este caso a la petición (de otra manera enigmática) de un “mando único” de un Foch proletario en el texto más importante sobre el Oriente y el Occidente. QC II, p. 866.
138 “Ermattungstaktik war ’s, was dir behagte” (“DE lo que gozabas era de las
tácticas de desgaste”): “An Walter Benjamin”, en Bertolt Brecht. Gesammelte Wer- ke, vol. x. Frankfurt, 1967, p. 828. Brecht no se hacía muchas ilusiones sobre la efi- cacia práctica de la perspectiva de su amigo: “Der Feind, der dich von deimen Bü- chem jagte/Lá'sst sich von unsereinem nicht ermatten ” (“El enemigo que te saca de tus libros/no lo desgastará gente como nosotros”).
139 Para el texto del Athos Lisa Report, ver Rinascita, 12 de diciembre de 1964, pp. 17-21. En él, Gramsci discute los problemas militares de una revolución italiana futura con excepcional precisión técnica y organizativa.
14° QC I,p. 120.
141 “On the United Front”, en The First Five Years of the Communist Interna- tional, vol. II, Nueva York, 1953, pp. 91-104.
142 Para las opiniones de Gramsci, ver Paolo Spriano, Storia del Partito Commu- nista Italiano, vol. II, Turín, 1969, pp. 262-74. Los análisis de Trotsky sobre la si- tuación italiana se pueden encontrar en Writings of Leon Trotsky 1929, Nueva York, 1973. Están recogidos y discutidos en Silverio Corvisieri, Trotskij e il Comu- nismo Italiano, Roma 1969, pp. 326-35.
Voina Klassov, Moscú, 1921, p. 55. 145 Tesis presentadas al XI Congreso del PC(b). 146 Vaina Klassov,p. 105. Military Writings, Nueva York, 1969, p. 47. “7 Ibid 25 143 . ’p' ' 149 Ibld., p. 85'. lso Ibid. pp. 65, 88. Ibid., pp. 65,, 88.
151 Ibid., pp. 84-85. Trotsky tuvo la precaución de continuar inmediatamente di-
ciendo que esto no. significaba que la lucha militar entre las clases en Occidente pu- diera describirse en ningún caso como una pura “guerra de posición”. “Generalmen- te hablando, no se puede ni siquiera hablar de una especie de posicionalismo-abso- luto, tanto menos en una guerra civil. Aquí lo que se cuestiona es la relación recí- proca entre los elementos de maniobrabilidad y posicionalismo.” (p. 85).
¡52 “Como es natural, si la revolución no adquiere un carácter de masas y no in-
fluye en las tropas, no puede hablarse de una lucha seria. De suyo se comprende la
necesidad de un trabajo entre las tropas. Pero no debemos figurarnos que se pasa- ran a nuestro lado de golpe, como resultad‘o de la labor de persuacron o de sus pro-
pias convicciones. La insurrección de Moscú demuestra vivamente lo que hay de ru- tinario y de inerte en esta concepción. En realidad, la vacilación de las tropas, feno- meno inevitable en todo movimiento auténtico popular, conduce, al generalizarse la lucha revolucionaria, a una verdadera lucha por las tropas”. Lenin, Obras comple- tas, ed. cit., t. x, pp. 178-79.
‘53 Where is Britain Going?, Nueva York, 1973, p. 87.
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JUSTICIA SOClAl
La Revista del CcDEL Año 3, N96 (diciembre ¡987)
Alburquerque, M - Echeverría, F - Mac Clurc, 0. - Tironi, E. "Chile: la acción sindical en los sectores metalmecánico y cupríl’ero
Cappcllctti. B. y Rojas, E. "Objetivos y producción de la prensa sindical: una encuesta a sus responsables"
Carbonctto, D. - Carazo de Cabellos, I - Ferrari. C. "Consecuencias en el Perú de una política económica heterodoxa"
Consejo Editorial dc Socialismo y Participación "Por una nueva estrategia económica
Konle, Regina "Sindicatos en España: los parientes pobres de la democracia"
Orsatti, Alvaro "Los salarios reales en el ciclojusticialista, I973-l976'"
Taiana. Jorge E. " El movimiento obrero en una época de cambio: l930-l9-t3"
DOCUMENTOS:
Movimiento Sindical Peronista chovador - MSPR " Propuesta de declaración recordatoria del Acta de Declaración de la Independencia Económica" presentada en cl "III Encuentro Nacional de Candidatos a Gobcmndor, Presidentes dc
distrito y Gobernadores J usticialistas" - Tucumán, 8 dc julio de 1987.
' LIBROS
PUBLICACIONES RECIBIDAS
CUADERNOS DEL SUR 7 71
LA INTERNACIONAL COMUNISTA Y EL PARTIDO COMUNISTA DE ARGENTINA (1918-1928)*
Alberto J. Pla
Referirse a la vida del Partido Comunista Argentino en estos prime- ros años de su existencia, es también referirse a la política de la Interna- cional Comunista. Sus tomas de posición y sus acciones están directa- mente detenninadas por las posiciones de la IC, y ello se puede verificar en forma dramática por la manera en que el PCA acompaña los vaivenes de los cambios operados en la dirección internacional.
Así pues, para analizar la vida del PCA en estos años, es imprescindible trazar el cuadro de actividad, de polémicas y de tomas de posición opera- dos en la IC. Es bien conocido que este período, desde el triunfo de la Revolución Rusa hasta el VI Congreso de la IC en 1928, está saturado de grandes acontecimientos, no solo mundiales, sino específicamente al interior de la Internacional y de Rusia. Podríamos señalar algunos mo- mentos cruciales como por ejemplo: el mismo hecho del triunfo revolu- cionario, el comunismo de guerra, la NEP, la muerte de Lenin, la llamada “bolchevización” de la Internacional, los giros en las consignas de frente único y sus contenidos, las discusiones sobre el significado de la consigna del gobierno obrero y campesino frente a' la de la dictadura del proleta- riado, las polémicas sobre lo que significa la fascistización, el idilio y lue- go la condena al Kuomintang, el surgimiento de la estrategia de lo que se llamó el tercer período y la consigna de clase contra clase, etc.
* Ponencia presentada al Coloquio “Movimiento Obrero en América Latina entre las dos guerras mundiales”. Universidad Autónoma de Puebla, Mexrco.
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Todo ello repercutirá de una u otra forma en el PCA. Nos interesa en este trabajo presentar algunos problemas y al mismo tiempo señalar algu- nos errores, tanto de información como de interpretación, en que gene- ralmente caen los autores argentinos que tratan este tema. Pero sólo po- drá ser presentado en forma bastante esquemática, para reducirlo a las dimensiones de una ponencia.
Hemos tomado en consideración, en primer lugar las fuentes y en se- gundo lugar, los textos que estudian este período. Han sido esencial en el análisis los propios documentos del PCA, como su periódico La Interna- cional; los textos de la Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina de 1929 (de aquí en adelante citada como Conferencia de 1929), el Esbozo de Historia del P. Comunista elaborado por su Comité Central en 1947 (de aquí en adelante citado como Esbozo); así como diversos números de La Correspondencia Sudamericana editada por el Secreta- riado Sud Americano de la IC; documentos de la Internacional Sindical Roja (ISR) y por cierto el material de los Congresos y algunos de los Ple- narios de la IC entre 1919 (lo Congreso) y 1928 (V Io Congreso).
Si hemos detenido nuestro análisis en 1928, se debe a varias razones, pero hay dos esenciales: ya el tema tratado es de por sí muy extenso por sus contenidos y en 1928 hay un verdadero cambio de concepción y es- trategia que implica otro análisis y que está unido al cambio dela situa- ción general a nivel mundial y también a los cambios en Argentina con el impacto de la crisis económica y el golpe militar de 1930.
Por último deseamos señalar que la extensión limitada de la ponencia nos impide mencionar muchos acontecimientos y también explicar cier- tas posiciones ideológicas generales. No obstante se trata de los hechos más conocidos, tanto referidos a la Internacional Comunista, como a los de la historia argentina general.
l. Los orígenes del Partido Comunista de Argentina
Dentro del Partido Socialista. se hab ían generado, desde su fundación, diversas discusiones que hacían a problemas programáticos, cuestiones de estrategia y también de táctica. Estas luchas internas, dieron origen a va- rias escisiones entre 1896 y 1918. Lo que nos interesa es la discusión
abierta entre 1917-1918, cuando los llamados “intemacionalistas”, por apoyar a la revolución rusa y tener una concepción revolucionaria, termi- nan por abandonar el partido socialista. Ya hemos tratado este temal y aquí nos es suficiente con recordar el momento de la ruptura.
CUADERNOS DEL SUR 7 73
En abril de 1917 se reune un Congreso del P.S. y el tema que provoca el enfrentamiento es la posición sobre la guerra mundial.
La minoría del Comité Ejecutivo consigue mayoría en el Congreso.
Estos son los intemacionalistas que denuncian a la guerra como guerra imperialista. Su principal vocero es Juan F. Penelón. Los intemacionalis- tas ganan la votación por 4204 votos contra 3564 de la mayoria del Co- mité Ejecutivo. La dirección termina expulsando a los intemacionalistas, para quedar en control del Partido, y entonces los expulsados van a con- vocar a. un Congreso que se reune los días 5 y 6 de enero de 1918. Allí queda filndado el Partido Socialista Internacional, que no solamente aprueba documentos donde se explicita su lucha anterior en el partido socialista, sino que también aprueban diversas declaraciones: de principios, sobre política nacional, etc.
Es interesante notar que defienden unaposición clasista y revoluciona- ria, ahora directamente inspirada en el, triunfo de 1a revolución rusa. Aprueban un programa mínimo y un programa para la revolución y sos-. tienen allí, al tratar de unir las reivindicaciones inmediatas con la estrage- gia general:
“. pero cuando breguemos por el programa mínimo será a condi- ción de abonarlo, de empaparlo por decirlo así, en la levadura revolu- cionaria del programa máximo, consistente en la propiedad colectiva,
por cuya implantación lucharemos sin descanso y sin demora”.2
Esta cuestión relativa a la existencia de dos programas, uno mínimo y otro máximo, será tema de debate posterior. Señalamos por ahora, que los “intemacionalistas” trataban de armonizar ambos modos de lucha en lo que podría llamarse un programa de transición.
Este Congreso de enero de 1918 será así, el Congreso de fundación del Partido que luego se llamará Comunista, cuando en 1920 resuelvan acep- tar las 21 condiciones de la IC, y cambien su nombre de PSI a PC.
2. Los primeros congresos del P.C. de Argentina
Vamos a detallar en forma estricta los distintos Congresos, sus fechas y los principales acontecimientos referidos al mismo, a los efectos de sis- tematizar una información básica. Más adelante usaremos estos elementos para el análisis correspondiente.
a) Primer Congreso (PSI), 5-6 de enero de 1918:
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Se consuma la formación del nuevo partido y se elige la dirección constituida de la siguiente manera: Secretario General: José F. Grosso; Srio. de Actas, Nicolás de Palma; Tesorero: Victorio Codovilla; Vocales: Arturo Blanco, Aldo Cantoni, Pedro Zibecchi; Guido A. Cartey; Atilio Medaglia; José Alonso; Emilio G. Mellén y M. Lorenzo Rañó. Como se puede apreciar señalamos dos cosas: la primera, que a pesar de lo que afirman algunos autores Rodolfo Ghioldi aún no figura en la dirección; la segunda, que sí figura en la dirección Victorio Codovilla, a pesar de las referencias inexactas que a veces se han usado para señalarlo como un italiano, simple delegado de la IC en la época de Stalin.
Los intemacionalistas, ya publicaban un periódico, La Internacional, desde 1917 y lo mantienen ahora como órgano de nuevo partido (PSI). En su dirección estaban: Victorio Codovilla, Rodolfo Schmidt, José F. Penelón, Aldo Cantoni, Rodolfo Ghioldi, Juan Ferlini y Juan Greco.
Al Congreso asistieron representantes de 22 centros que tenían 750 afiliados y resuelven intervenir en las elecciones municipales de la ciudad de Buenos Aires de ese año; obtuvieron 3258 votos y consiguen elegir Concejal a Juan F erlini.
Es importante. señalar, dada la importancia de los grupos intelectua- les y estudiantiles, que en junio de 1918 estalla en Córdoba, se propaga a todas las Universidades, el movimiento de Reforma Universitaria, que luego tendrá proyección latinoamericana. Los Intemacionalistas partici- pan activamente y en muchos casos son los dirigentes naturales de este movimiento universitario. Según Arévalo3 afirma en la actualidad, los comunistas dirigían en esa época la Federación Obrera de Córdoba. Lo cierto es que ese movimiento estudiantil tuvo desde sus inicios defmicio- nes de revolución social y consiguió llevar adelante acciones de conjunto obrero-estudiantiles que significaron una verdadera movilización nacio- nal, allí donde existían universidades, y especialmente en Córdoba.
b) Segundo congreso (PSI) - abril de 1919.
Comienza a manifestarse dentro del partido una divergencia interna que luego crecerá. Un sector plantea que dado el avance revolucionario mundial ya no es necesario el programa mínimo. En este Congreso se re- suelve convertir en diario La Internacional, aunque esto no puede im- plementarse hasta 1921. Deciden enviar delegados al Segundo Congreso de la IC.
c) Tercer congreso (PSI) - 24 de abril de 192.
CUADERNOS DEL SUR 7 75
En este' Congreso aparece la dirección ya en minoría, al concretarse lo que se llamó “la izquierda” Esta izquierda, a través de su vocero To- más Velles, de Rosario, propuso eliminar el Plan Mínimo delvPrograma pues “debido a la situación revolucionaria mundial, el programa mínimo no tiene razón de ser”4- El Congreso aprueba esta posición, contra la dirección representada esencialmente en ese momento por Codovilla, R, Ghioldi, Penelón y Ferlini. No obstante, y dado el apoyo de la‘ IC a la dirección, ésta sigue en control y no hay cambios a este nivel. Esta “iz- quierda” mantendrá su predominio durante varios congresos hasta ser ex- pulsada más adelante, y se mantiene la paradójica situación de que la di- rección sigue siendo la representante de la minoría.
A fines de 1920, en el mes de noviembre, al presentarse a elecciones consiguen un segundo Concejal en la ciudad de Buenos Aires, ya que lOsé F. Penelón obtiene 5061 votos. La actividad electorales un motivo más de discusión, en donde la mayoría sostiene que es sólo un medio pa- ra hacer propaganda y en cambio la dirección sostiene la importancia de participar en los cuerpos de elección popular, para contribuir a una legis- lación reforrnista.
Es interesante notar que en Rosario, segunda ciudad de Argentina, sa- can 3114 votos contra 2900 de los socialistas5
d) Congreso Extraordinario - 22-26 de diciembre de 1920.
Este Congreso Extraordinario marca el fin del PSI y el cambio de nombre a Partido Comunista. Ya se ha realizado 'el Segundo Congreso de Ia Internacional y se han aprobado las 21 Condiciones. Rodolfo Ghioldi, delegado ante este último Congreso, presenta el Informe central y se re- suelve así aceptar en su totalidad las 21 Condiciones.
Es importante señalar que la “izquierda” vuelve a ganar la mayoría ante la dirección y ello se manifestará en la Declaración de Principios que se aprueba, retocando la anterior. Rodolfo Ghioldi critica como “verba- lista” a Tomás Velles y sostiene que “El Partido necesita darle un Progra- ma de acción inmediata concreto. . .” ante el planteo de Velles de realizar una “obstrucción sistemática a toda labor constructiva” y por ello criti- caba la actividad de los concejales comunistas‘5
3. La situación en La Internacional Comunista Mientras tanto, en marzo de 1919 se había realizado el Congreso de
fundación de la IIIo Internacional o Internacional ComuniSta. Ello suce- día en momentos de euforia revolucionaria. No sólo hab ía triunfado la
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revolución en Rusia, sino que la ola revolucionaria agitaba a toda Europa, sin excepción. Este primer Congreso aún no representa cabalmente a los nuevos partidos comunistas que van a surgir en este proceso de guerra mundial-revolución, pero la representación rusa, a cuya cabeza estaba Lenin, Trotsky y Zinoviev entre otros, dejará así constituida una organi- zación que se definirá por sus principios revolucionarios socialistas, y por la caracterización del papel del proletariado en la revolución. La tesis cen- tral se refiere ala diferencia entre democracia burguesa y democracia pro- letaria, en la cual se explica que dictadura del proletariado es democracia de la mayoría, ya que el Estado, por definición marxista, siempre es la re- presentación de la clase dominante. Con la revolución domina el proleta- riado, no para perpetuarse, sino para disolver el Estado mismo.
Lo importante comienza en realidad a partir de este Congreso funda- cional. El Ejército Rojo está derrotando a la cóntrarrevolución interna y se proyecta haciLEuropa. Cuando se realiza el Segundo Congreso de la IC, la tónica podía estar representada aún por la declaración de Zino- viev un poco antes cuando afirma:
el movimiento avanza a una velocidad tan vertiginosa que po- demos decir con seguridad: dentro de un año ya empezaremos a olvi- dar que en Europa Se luchó por el comunismo, ya que el año próximo toda Europa será comunista. Y la lucha por el comunismo se traslada- rá a América y posiblemente a Asia y los demás continentes” 7
Sin embargo la realidad será otra. En 1920 el Ejército Rojo es deteni- do y derrotado a las puertas de Varsovia, lo que después dará lugar a un nuevo período de reflujo en el avance revolucionario.
El Segundo Congreso de la IC se reúne en julio-agosto de 1920, y allí se genera la famosa polémica Lenin-Roy sobre las alianzas con los secto- res democráticos o nacional-burgueses de la burguesía, especialmente en los países dependientes. En este congreso ya Lenin plantea:
“¿ÉEs que la fase capitalista de desarrollo de la economía nacional es inevitable para los países subdesarrollados que están en vías de desa- rrollo y que desde el final de la guerra se encaminan al progreso? No- sotros decimos que no.”
No obstante no hay una verdadera comprensión y una verdadera pro- fundización sobre lo que está pasando en ese mundo “en vías de desarro- llo”. Lo demuestra el desarrollo del Congreso de Baku que se hace a fines de 1920, para tratar el problema colonial de Oriente y donde los delega-
CUADERNOS DEL SUR 7 77
dos rusos siguen pensando en una solución rusa, que no encaja con las ne- cesidades de esos otros pueblos, por su estructura y por su conformación cultural. El esquematismo, uno de los grandes males que generan las insti- tuciones, campea en esos momentos en La Internacional, y si hasta en- tonces la revolución es esperada de un día para otro, en seguida el fin de la ola revolucionaria, le hará dar un giro de 180 grados.
No pudiendo sostener ya que la revolución y la toma del poder por los partidos comunistas estaba a la orden del día, comienza a darse un giro de posición. En primer lugar en Alemania. El hecho: el reformismo so- cialdemócrata no había muerto y se imponía cambiar la táctica. El Parti- do alemán envía entonces una Carta Abierta a otros partidos y sindicatos, propugnando otro tipo de acción que a partir de allí (1921) se comenza- rá a llamar táctica de “frente único”
La mayoría de la IC resiste este cambio de posición de ofrecer frente único a los socialistas, y Lenin queda en minoría. En esos momentos la posición de Lenin, en minoría dentro de la IC, será calificada de “dere- cha”, ya que la “mayoría” mantiene la anterior visión de Zinoviev que ya hemos citado.
Será sólo en el Tercer Congreso de la IC (junio de 1921), cuando va a haber un cambio. No obstante es importante señalar que ya en ese año se ha producido un cambio en la URSS. Lenin consigue hacer aprobar la
Nueva Política Económica (NEP) en el X0 Congreso del PCUS realizado en el mes de marzo de 1921. Cuando en junio se reune el Tercer Congre- so de la IC se aprobará entonces la táctica del “frente único”. Es de se- ñalar que ese texto fue escrito por Trotsky y la llamada “izquierda” veía .en Trotsky —que era quien aparecía en primer plano en la defensa de su posición común a la de Lenin—, al principal adversario.
La Consigna del Tercer Congreso fue entonces “A las masas”. Lenin y Trotsky siguen siendo calificados de derecha, y la izquierda quiere una nueva ofensiva revolucionaria inmediata con la toma del poder, como si ello fuera un problema de voluntad. Así, califican al “frente único” como de “oportunismo”. En Italia, Bordiga rechaza el frente único criticándolo virulentamente y en cambio Gramsci aparece apoyando esta posición. En Su crítica se decía que el frente único es sólo apto para ser aplicado por partidos muy desarrollados, no así en general por los partidós comunis- tas. En contraposición se argumentaba que existe una relación entre el frente único “a las masas” y la propia fo'nnación del partido. El partido, es cierto, corre el riesgo de fusionarse con el reformismo; pero al mismo tiempo debe hacerlo pues si no nunca romperá su aislamiento.
Así, la nueva táctica de frente único, se relaciona al cambio en la
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URSS con la aplicación de la NEP. En definitiva es el reconocimiento de que la situación mundial ha cambiado y hay que adecuar la acción a nuevas condiciones.
Como complemento a la consigna de frente único, surge la consigna de “gobierno obrero y campesino” Y nuevamente se agudizan las polé- micas internas. Radek ejemplifica en sus argumentaciónes lo que se en- tiende por esta posición, distinta a la dictadura del proletariado, mientras que Zinoviev sólo cree que es un seudónimo de la dictadura del proleta- riado.
Veamos el matiz, importante por cierto. Radek escribía en 1921:
“El gobierno obrero de los concejos puede obtenerse por la fuerza,'tan- to en la revolución contra el gobierno burgués como enla lucha de los obreros que se desarrolla en defensa del gobierno socialista creado por vía democrática, si lo hace defendiendo con honor los intereses de la clase obrera contra el capital”.8
Destacamos lo que dice de la defensa del gobierno socialista creado por vía democrática, ya que precisamente allí está el problema del frente único con esos socialistas (socialdemócratas).
Y también dice' Radek:
“La clase obrera marchará por la vía democrática tanto tiempo como sea necesario, hasta que consiga por vía democrática, la mayoría par- lamentaria; entonces implantará un gobierno obrero y a base de las ex- periencias qIJe este tenga de la lucha que con ayuda de los derechos democráticos la burguesía iniciará contra él; se verá obligado a iniciar la lucha por la dictadura. .”9
Con lo que no está diciendo que se puede construir el socialismo sólo por la vía democrática, sino simplemente que se puede establecer un go- bierno obrero por mayoría democrática que debe entonces encarar la lucha por el resto del programa de la IC, al que no renuncia.
En el IV Congreso de la IC (noviembre de 1922) el principal problema en discusión es el relativo al “gobierno obrero y campesino”, sobre todo teniendo en cuenta que en el anterior congreso ya se hab ía aprobado la táctica del “frente único’. En la discusión se hacen distinciones sobre diferentes tipos de ’gobiemos obreros y Zinoviev cambia su posición y acepta que no es un mero seudónimo de dictadura del proletariado. Por otra parte, se visualiza el período de frente único como un largo perío- do que' Icubrirá toda, una etapa de luchas y conflictos. No obstante,
CUADERNOS DEL SUR 7 79
será en junio de 1923, cuando el Comité Ejecutivo de la IC lance abierta- mente, y con todos sus medios propagandísticos, la consigna de “Gobier- no Obrero y Campesino ¡” en sustitución de las fórmulas anteriores. Seña- Iemos de paso, que ese año 1923, la Segunda Internacional cambiará de nombre por Internacional Socialista (IS).
También ese año 1923 es clave en Alemania. La derrota del partido alemán pone en crisis la política de frente único y se agudiza el enfren- tamiento con los socialdemócratas que han reprimido violentamente a los obreros comunistas. Radek, dice entonces:
‘La socialdemocracia alemana es uno de los principales factores dela marcha victoriosa de la democracia fascista ’.‘
Comienza a considerarse a la socialdemocracia un ala del fascismo y Zinoviev vuelve asus anteriores planteos y rechaza el frente único. Es evi- dente que si el frente único era realizable con los socialdemócratas y aho- ra son denunciados como “el enemigo”, no hay margen para ningún fren- te con ellos. Es más, los comunistas alemanes niegan que existan diferen- cias entre gobiernos fascistas y gobiernos socialdemócratas. Entonces pa- ra ellos. al igual que para Zinoviev, que no se animan a rechazar el frente único, encuentran la solución sosteniendo que» eso es sólo un método de agitación y movilización La crisis se agudiza. El ejemplo es el retroceso de los comunistas alemanes que, en 1922, tienen una representación de un 13% de comunistas en el Congreso Sindical y en 1924 será sólo del 1%. Es más, en la Unión General Sindical Alemana tenían 88 comunis- tas en 1922; sólo 3 en 1924 y 1925 sobre un total de 313 miembros.
En enero de 1924 muere Lenin, y Hayek resume en términos grams- cianos la situación:
‘El período de la guerra de movimientos entre el comunismo y el re- formismo, en el que tenían lugar bruscos desplazamientos de fuerzas, hab ía terminado y la lucha entre las corrientes entra en el período de la “guerra de posiciones”, en que los cambios en la relación de fuer-
zas son relativamente pequeños” .11
Pero a nivel interno, comienza a acentuarse algo que ya estaba insi- nuado anteriormente. En efecto, ya en 1919, Zinoviev había planteado:
“Lo que nos hace falta. es un partido comunista rigurosamente centra-
lizado, con una disciplina de hierro, y una organización militar”. n
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El triunfo de la contrarrevolución en Europa afecta también intema- mente a la organización. El partido bolchevique, y la IC, empezarían a re- forzar la tendencia sostenida tan claramente por Zinoviev.
El 29 de marzo de 1922, en uno de los últimos discursos de Lenin en el X10 Congreso del PCUS, decía contra la maquinaria del partido:
“La máquina se desliza bajo la mano, se diría que otro hombre la diri- ge y que corre en otra dirección de l'a que le ha sido fijada. Va hacia donde la conduce alguien o algo clandestino e ilegal. . .”
En 1923, Lenin escribe a Trotsky pidiéndole que afronte la lucha con- tra el aparato del partido que se va superponiendo al partido mismo, y critica a Stalin por sus métodos “brutales”. Cosa que por otra parte Trot- sky demóró en hacer lo suficiente como para que su enfrentamiento pos- terior fuera ineficaz. Y también Lenin, en 1923, en su famoso artículo sobre la cuestión nacional georgiana decía:
“El que llamamos nuestro, es un aparato ajeno a nosotros, que repre- senta un mecanismo burgués y zarista que no hemos tenido oportuni- dad de conquistar durante los pasados cinco años. . .”
Trotsky publica en 1923 “Nuevo Curso”, pero ya el partido es cada vez más el modelo centralizado, de hierro y de estructura militar que pre- conizó antes Zinoviev. Ahora el propio Zinoviev será una de sus víctimas, y ese proceso aparece como irreversible, a pesar de que entre 1925-26 donde se presenta Trotsky es ovacionado y siempre figura al lado de Le- nin como los artífices de la Revolución. En 1927 (15 de diciembre) será expulsado del partido, en enero de 1928 detenido junto con 8 mil mili- tantes dela Oposición y un año después expulsado a Turquía.
No obstante el PC Argentino, a través de una moción de R. Ghioldi y Codovila, aprueba en su Comité Central una resolución en la que mani- fiesta:
“El Comité Central del Partido Comunista de la Argentina manifiesta su solidaridad con el PC de la URSS, ratificando su enérgica oposición al" troskismo y, condenando. sus concepciones erróneas y antico-
munistas”. 13
Antes que esa ,“condena” fuera hecha en la URSS misma. Sería en 1927 cuando comience la preparación de la expulsión de Trotsky en la URSS.
CUADERNOS DEL SUR 7 81
Y ahora es conveniente retomar el problema del Partido Comunista Argentino en esos años.
4. Congresos, vida interna y escisiones en el PCA
Ya en 1920 se ha conformado dentro del partido socialista una nueva corriente que se va a denominar “tercerista”, pues planteaba la adhesión a la Tercera Internacional. Ese grupo fue “Claridad” que publicó una re- vista y su principal dirigente era E. del Valle Ibarlucea, senador por eliP. Socialista. A fines de 1920 los “terceristas” son derrotados en un Con- greso del PS, y en seguida expulsados del mismo.
El grupo Claridad» convoca entonces su propio Congreso (26-27 de fe- brero de 1921) y en él resuelven adherirse al Partido Comunista. Figuran entre los terceristas: (Carlos Mauli, Silvano Santander, José Semino,*Ores- tes Ghioldi, José P. Barreriro, Simón Scheinberg, Verde Tello, F. Nájera, José García y otros.
Este refuerzo para los comunistas, representa algo importante en ese momento, aún cuando es necesario señalar la evolución que tendrán los miembros de este grupo en el futuro inmediato. Sin embargo, al formar- se en marzo de 1921, la Federación Juvenil Comunista (FIC), se elige se- cretario general a Orestes Ghioldi, y comenzarán a publicar su propio periódico La Juventupl Comunista a partir de mayo de e'se año.
Al reunirse el IV Congreso del PCA (22-26 de enero de 1922), se pre- senta primero un informe de Rodolfo Ghioldi sobre el tercer congreso de la IC. Como ya hemos mencionado está presente la discusión sobre lo que significa el frente único. Surge un sector que se denominará “frentista” y que junto con la anterior “izquierda” son mayoría en el. Congreso. Esta oposición es una mecha ya que el frente único con el Partido Socialista, poco tiene que ver con lo que sostenían los “izquierdistas” en el sentido de rechazar la formulación de cualquier programa mínimo. Como deci- mos en el Congreso gana la oposición, pero la dirección sigue en las mis- mas manos de quienes cuentan con el apoyo de la IC.
Los frentistas van a publicar un nuevo periódico denominado Nuevo Orden y hay que tener en cuenta que muchos de ellos son los recién llega- dos de la escisión socialista. La izquierda, por su parte sostiene:
“Oposición sistemática a toda labor constructiva presentando al Con- sejo Deliberante proyectos puramente demostrativos, no con miras a su adopción por la mayoría burguesa, sino para la propaganda y agita-
ción entre las masas”.14
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Después de este Congreso los frentistas son expulsados del PCA y mu- chos de ellos vuelven al Partido Socialista. En cuanto a la izquierda conti- núa dentro del partido comunista.
Es más se realizan dos nuevos congresos comunistas: el Vo Congreso (26 de julio de 1923) y el V10 Congreso (25-27 de julio de 1924) en don- de la mayoría sigue siendo de la izquierda, pero manteniendo la dirección sus puestos de mando. La influencia de la IC garantiza la permanencia de esta dire'cción minoritaria.
Es decir, que hasta después del VI Congreso del PCA, se mantiene la situación paradójica que estamos señalando. Pero primero enfaticemos al- go de gran importancia y es que hasta 1925 en que se realiza el Congreso siguiente (el VII) el PCA ha mantenido abierta una discusión que le ha permitido realizar congresos anualmente desde su fundación. Aquí está planteada ya la cuestión del monolitismo y la centralización de hierro y el VIII Congreso se hará en 1928.
El espaciamiento de los congresos comunistas argentinos sigue el mol- de de la IC, ya que allí también de congresos anuales se pasará a congre- sos esporádicos.
En efecto, el Quinto Congreso de la IC (17 de junio - 8 de julio de 1924) realizado después de muerto Lenin se caracteriza por ese mismo centralismo y el siguiente se realizará recién en 1928, al igual que el de la contraparte de los comunistas argentinos.
Después del VI0 Congreso del PCA, La Internacional Comunista deci- de tomar ingerencia directa en la situación. Lo hace con una “Carta Abierta” de la IC, dirigida a los comunistas argentinos y que su periódico Ia Internacional publica el 4 de abril de 1925. Allí dice la IC:
“Es inexplicable cómo, un partido de antecedentes marxistas como el vuestro haya podido mantener durante mucho tiempo un programa de acción —que debe confeccionarse sobre la base de puntos concretos que respondan a las necesidades inmediatas de las masas- que es una simple declaración, y en cambio no haya tenido en cuenta el que fren- te al mismo, sostuviera con algunas variaciones, la mayoría del Comi-
té Ejecutivo de vuestro Partido”.ls
La suerte estaba así, echada. El Comité Ejecutivo Ampliado del PCA se reune el 27 de junio de ese año, aprueba la Carta Abierta, convoca a un nuevo Congreso y decide exigir a los izquierdistas que acepten el docu- mento de la IC. Junto con esto se produce un cambio sustancial en la or- ganización interna del partido, adoptándose la forma celular en detri- mento dela organización territorial.
CUADERNOS DEL SUR 7 83
Por fin se reune el Congreso el 26 de diciembre de 1925 (V IIO Congre- so) y como culminación de la enérgica acción contra los izquierdistas des- plegada por la dirección durante todo ese año, se va a producir la expul- sión de los mismos. El Congreso es un tumulto, hay balazos y cae muerto Enrique G. Muller, dirigente juvenil adicto a la dirección. Los izquierdistas que habían amenazado publicar La Chispa y ya se los denominaba chis- pistas, no sólo son expulsados sino que» son acusados de asesinos.
Los chispistas, siguen publicando su periódico y forman entonces el Partido Comunista Obrero.
En la actualidad y como muestra del tipo de mentalidad reinante en algunos comunistas, podemos transcribir que Oscar Arévalo, ya citado, al referirse a esta escisión dice que en el PC Obrero había una mezcla de “trotskistas y elementos policiales”16 , lo que dicho así por lo menos es calumnia, aparte de ser inexacto. En realidad, varios años más tarde van a surgir los primeros trotskistas argentinos, y no precisamente de ese PC de la Región Argentina, que es una escisión posterior del, PC, ala que nos re- ferimos más adelante, y cuyo-principal dirigente fue José F. Penelón.
5. El problema de la “bolchevización”
Después de la derrota alemana de 1923, comienza en la IC, lo que se ha llamado la “bolchevización”. Es la etapa de reflujo en Europa. Es la etapa en la que entra en crisis la consigna del “frente único” La define así Zinoviev en el V0 Congreso de la IC, en 1924:
“Bolchevización es creación de una organización sólida, monolitica, y fuertemente centralizada, que supera amistosa y fraternalmente las di- vergencias en las mismas filas, tal como nos ha enseñado el camarada Lenin. Bolchevización es marxismo en acción, es dedicación a la idea
de la dictadura del proletariado, a la idea del leninismo”.17
Muerto Lenin, se habla en nombre de un “leninisrno” que comienza a ser acuñado, y en el Vo Pleno de la IC (21 de marzo - 6 de abril de 1925) se apmeba la llamada “Tesis sobre Bolchevización”.
En definitiva esa bolchevización era fruto de una situación que ponía a la IC a la defensiva, que consolidó el burocratismo y- el‘ monolitismo y que por lo tanto hacía intolerable para la nueva dirección internacional la existencia de discusiones y Corrientes de opinión distintas, tal como había sido la característica hasta ese momento. A partir de allí, leninis- mo será identificado con bochevización aprovechando que Lenin ya es- tá muerto y no puede protestar.
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Y comienza entonces a sistematizarse el'conjunto de planteos que re- sumen la política de la IC en esos años y que cristalizará en el VIo Con- greso de 1928.
Estamos en- 1925,. y el frente único es abandonado, al caracterizarse de fascistas a los socialdemócratas. Dijo Zinoviev en ese V0 Congreso de 1924:
“La táctica del frente único es sólo un método de agitación y de movi- lización revolucionaria de las masas para todo un período de tiempo. Todo intento de interpretar esta táctica como alianza política con la socialdemocracia contrarrevolucionaria, es una forma de oportunismo que es rechazada por La Internacional Comunista”
En resumen que se está produciendo un cambio interior en la IC y en el PCUS: monolitismo, centralismo, autoritarismo, eliminación de la discusión; y un cambio en la estrategia que si bien comienza a esbozarse no pasará mucho tiempo para que quede formalizada: el frente único no es con las organizaciones socialdemócratas que son parte del fascismo, sino que ese frente único debe hacerse al margen de estos partidos y por la base directamente. Comienzan a prefigurarse las resoluciones del VI Congreso de 1928, si a ello unimos el auge que comienza a tener la “no- vedosa” posición de Stalin sobre la posibilidad de contruir el socialismo en un sólo país, que lanzó desde 1924 y que adquirirá cada vez mayor importancia. Claro, ese socialismo en un "sólo país es posible si ese país es, precisamente Rusia. La Intemacional deberá paulatinamente reo- rientarse para no ser ya más una organización para la revolución mun- dial, sino una organización para garantizar que Rusia cumpla ese objeti- vo histórico trazado por Stalin.
En el Partido Comunista Argentino, la Carta Abierta de 1925, la ex- pulsión de los chispitas, el monolitismo y el cambio de estructura de funcionamiento celular, es parte de esa misma bolchevización.
No en vano se hará famosa la intervención de Codovila en el Congre- so Antimperialista de Bruselas de 1927 cuando exclarne:
“¡Qué lperezcan por último, estos veinte pueblecith (latinoamerica- nos) con tal que se salve la Revolución Rusal”.
6. La crisis de Penelón y el VIIIo Congreso del PCA
Vamos a dedicarle un párrafo especial a esta crisis, cuyo protagonis- ta fue el hasta entonces dirigente del PCA más importante. Estuvo siem-
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pre en la dirección del partido, no sólo aceptando sino elaborando sus tomas de posición, de fuerte personalidad, electo concejal temprana- mente, siempre apareció, hasta su expulsión, como el dirigente más serio. Había, es evidente, roces y conflictos con sus compañeros de dirección, especiahnente con Codovilla, pero hasta 1926-28 la situación se había mantenido estable, quizá porque enfrente tenían a otros opositores a los cuales fueron expulsando: los frentistas primero y los chispistas luego.
En 1929, se lleva a cabo en Buenos Aires una Conferencia de los Par- tidos Comunistas de América Latina. Es la primera, y allí, al finalizar las sesiones, hay un informe oficial del PC Argentino sobre su situación. Em- pecemos transcribiendo el balance que hace el PCA, a través del italiano Vittorio Vidali (que actuaba con el nombre de Carlos Contreras y era miembro de la delegación del PCA):
",‘Desde su fundación nuestro partido ha tenido tres crisis. La primera se produjo en .1922, al plantearse por primera vez en el partido la apli- cación de la táctica del frente único”
Califica a ese grupo de “oportunista y capitulacionista” que encu- briéndose en esa táctica, buscaba el retorno al PS. El PCA los excluyó.
“En 1925 se produjo otra crisis. Durante cinco años se hab ía discutido en el Partido la cuestión llamada del “programa” hasta que La Interna- cional Comunista dictanrinó sobre el asunto, estableciendo en una his- tórica e importante Carta Abierta que la posición del partido argenti- no —que consistía en no haberse dado y en haber resistido a darse en todo ese tiempo, un programa de reivindicaciones inmediatas- había constituido un grave error político y táctico, error que según la IC, era necesario reconocer y corregir con urgencia. Contra esta línea ca- tegóricamente trazada por la IC se levantó un núcleo de afiliados que pretendió justificar y mantener el error de la concepción antiprogra- mática”.
Es de notar que ese “núcleo de afiliados” era la mayoría. El PCA los expulsó y la IC aprobó lo actuado. Por algo la IC hab ía “dictaminado”l sobre este problema.
Y termina Vidalli:
“Ultimamente hemos tenido la crisis en que Penelón quedó fuera de la IC. Esta1 acrisis ha estado en gran parte, ligada al problema de gue- rra. . .”.
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Y explica entonces que en 1927 la mayoría del Comité Central del PCA lanzó la consigna “ni un kilo de carne, ni una fanega de trigo para los ejércitos imperialistas” a lo que Penelón se opuso pues consideraba que esa posición era “demagógica, inaplicable, exagerada y en definitiva falsa”. El problema aquí es que Penelón no creía en la inminencia de la guerra mundial (lo que fue luego la Segunda Guerra Mundial) y en carn- bio sí lo cre ía La Internacional —y la dirección del PCA.
Por todo ello termina diciendo que Penelón se hizo “reformista y con- trarrevolucionario”
Hemos preferido transcribir primero el balance general que hace el propio PCA en 1929, y recién ahora vamos a mostrar cómo suce- dieron las cosas. O mejor aún, como se debería insertar los problemas de la “crisis de Penelón” en un análisis más abarcador. En cuanto a las dos crisis anteriores nuestro planteamiento ya ha sido formalizado más arriba.
El PCA, desde el momento de su surgimiento, se fue consolidando, en tanto dejaba a la derecha al reformismo parlarnentarista socialista inspirado en Juan B. Justo, y al mismo tiempo se ubicaba en una posi- ción combativa sin caer en la negación de la actividad política que pre- gonizaban los anarquistas y los sindicalistas de ambas FORA (V0 Con- greso y 1X0 Congreso). De tal manera que su propaganda fue teniendo éxito electoral. Ya hemos mencionado las elecciones de Ferlini y luego de Penelón como Consejales de la ciudad de Buenos Aires. Hacia 1926, y a través de La Correspondencia Sudamericana, se puede constatar:
1) En abril de 1926 dicenl 9:
a) Tienen un aumento de votos en la provincia de Córdoba donde “por primera vez han derrotado en toda la provincia al Partido Socialista”. El PC obtuvo 778 votos; el PS 776 votos.
b) En la ciudad de Buenos Aires obtienen en marzo de 1926 un au-
mento en relación a su votación de 1924, mientras los socialistas la reducen. Veamos: PS: en 1924 tuvo 77.632 votos; en 1926 tuvo 63.556 votos; PC: en 1924 tuvo 3.194 votos; en 1926 tuvo 4.389 votos. Es decir, que los socialistas disminuyeron 13.806 votos y los comu- nistas sólo captaron' 1.295 votos más. De todas maneras la disminu- ción del PS es del 17.8% y el aumento del PC es del 40,5%. Todo ello no puede ocultar la diferencia enorme en votos, por lo que los “grandes éxitos” que se mencionan deben ser relativizados.
c) Hay avances en Santa Fe y Tucumán pero no se mencionan los da- tos. En Mendoza, el PC aventaja en votación al PS.
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2) En diciembre de 1926 dice la misma publicación“:
a) Mencionan grandes triunfos en la provincia de Buenos Aires y en la
ciudad de Buenos Aires y hablan de “polarización de fuerzas” co- mo si el proletariado se concentraraen el PC. Ya se está encaminan- do la justificación de la política de clase contra clase. Es más, el PC de Argentina con sus “grandes triunfos”, es presentado como la di- rección de masas. Por ello, afirman, se produce en Argentina una “agudización de la lucha de clases”. ¿En qué se basan?. Nuevamen- te en un dato electoral. Veamos, la comparación con los socialistas, en la ciudad 'de Buenos Aires: el PS: en 1921 obtuvo 57.159 votos (33.52% del total): en 1926 obtuvo 42.883 votos (25,01% del to- tal). El PC: en 1921 obtuvo 4.628 votos (2.72% del total): en 1926 obtuvo 6836 votos (4% del total). Como se puede apreciar es demasiado escaso indicador para hablar de “polarización” y “agudización” de la lucha de clases. Pero es parte de un discurso ideológico que justificará al llamado tercer pe- ríodo. Señalemos también que si se suman los votos obtenidos por el PS y el PC en 1921 la suma da 170.484 votos y la suma de arn- bos partidos en 1926 da 171.456 sufragios. En realidad si se toma en cuenta el crecimiento vegetativo del padrón electoral, hasta se puede afirmar que hay una disminución porcentual de la votación de izquierda, muy acentuada. El otro hecho significativo es que el Partido Socialista, que desde 1921 era la primera fuerza electoral en la ciudad de Buenos Aires, queda, en 1926, en segundo lugar superada por el Partido Radical.
Y bien, la actividad electoral se ha convertido no sólo en una actividad central, sino que los “grandes éxitos” condicionarán una mentalidad elec- toralista en los comunistas argentinos, que por otra parte se refuerza por el cambio de posición de la IC, al vaivén del reflujo revolucionario euro- peo. Es más la IC considera inminente una guerra contra el fascismo, mostrando lo que podríamos calificar de un pánico injustificado por el ascenso de Mussolini, pues debemos recordar que Hitler está lejos de apa- recer aún en Alemania como fuerza a tener en cuenta.
Penelón se va al extremo de preocuparse exclusivamente por los pro- blemas que hacen al “programa mínimo” y más aún por los problemas de la ciudad de Buenos Aires, de la cual es Concejal. Anteriormente ex- pulsaron del PC a los chispistas que no aceptaban las luchas por reivindi- caciones inmediatas. Ahora van a expulsar a Penelón por luch‘ar solamen- te por las reivindicaciones inmediatas. Pero si este es el argumento oficial, junto con aquél de negarse a sabotear las exportaciones de carne y trigo
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de Argentina, que pedía la IC, lo cierto es que Penelón se opuso a la “bolchevización” stalinista. Es decir, se opuso a cambiar el régimen de funcionamiento interno del PC pasando de la democracia interna y con- gresos anuales, al monolitismo y el centralismo extremo.
Dice a este respecto Puiggrós, militante comunista y dirigente de ese Partido hasta 1947; escribiendo en una época posterior, cuando ya era peronista:
“Antes del VIII Congreso estalló la “crisis de Penelón”, o mejor dicho la competencia entre el concejal Penelón y la fracción Ghioldi-Codovi- lla por el dominio del partido. No hubo altura ni seriedad en la polé- mica, si así puede llamarse al entrevero. No se discutió sobre bases marxistas ni se enfocó el problema nacional. No salió el Partido supe- rado. Del juego de intrigas y bajas maniobras no queda una sóla línea escrita que sirva de experiencia política. Los rivales se acusaban mu- tuamente de inmoralidades. Todo se reducía a probar que se disponía de la bendición de Moscú. . .”21
Por su parte el Esbozo, versión oficial del PC escrita en 1947, se limita
a reproducir lo dicho en la Conferencia de 1929 y que hemos transcrito, y sólo agrega:
“La crisis de Penelón fue la última crisis que afectó profundamente a
nuestroPartido”.22
En estas circunstancias, la dirección del PCA expulsa a Penelón y a un grupo de afiliados en 1927, y en 1928 se realiza el VIII° Congreso.
O sea que en el VIII Congreso ya no está Penelón, que luego de su expulsión, y apoyado por varios dirigentes como Flórindo Moretti, Pedro Chiarante, Ricardo Cantoni y Luis V. SOmmi, formarán Partido Comunis- ta de la Región Argentina que en seguida cambiará el nombre por Partido Comunista de la República Argentina (la sigla sigue siendo PCRA).
Por fin, después de 1930 se van a llamar Partido Concentración Obrera.
El VIIIo Congreso aprueba un documento de la dirección, donde se dice:
“. . . aplastar al penelonisrno, que representaba el cansancio que se re- flejaba en el Partido, resultado de varios años de ofensiva capitalista y que tiene como punto de partida un renacimiento de ilusiones pacifis- tas y pequeño burguesas.
El penelonismo es una variedad socialdemocrática más peligrosa, por
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lo mismo que su núcleo central estuvo vinculado a las masas; el pene- lonisrno es el renunciarniento a la lucha revolucionaria; es la adapta- ción a un estado de espíritu creado por la fatiga en la lucha y la capi- tulación ante la fuerza del adversario. . .”.23
Este VIII Congreso significa el comienzo oficial del stalirrismo, consa- grado en el PCA como doctrina oficial. Por primera vez en sus resolucio- nes se adopta la autocalificación de “marxismo—leninismo-stalinismo” que estará presente, desde entonces, a cada momento y en cada apelación de autoridad.
Mientras tanto, y va en este año de 1928, que es también el del VIo Congreso de la IC, donde se ha consagrado como doctrina la invención del llamado “tercer período”, Codovilla escribirá:
. el período actual es el de las guerras capitalistas y de la revolu- ción proletaria, período agónico del imperialismo y por consiguiente después del tercer período (el actual) no podía haber ni un cuarto
ni un lq‘pinto, etc. porque éste era el último período de la era capita- lista”.
Y Puiggrós, tergiversando todas las resoluciones de la IC y las posicio- nes asumidas públicamente por Stalin, dice que esta concepción de Codo- villa es “antistalinista”. Se trata en realidad de la misma concepción del VIo Congreso de la IC. Para su malabarismo sofista, Puiggrós extrapola una posición de Zinoviev de 1926, que habla de la maduración revolucio- naria a corto plazo, 'con el objeto de salvar a Stalin, pero el VIo Congre- so de la IC no sólo es Stalin, sino que ya han sido separados de sus cargos Zinoviev y Trotsky. Es más, el VI0 Congreso en sus resoluciones explica lo mismo que Codovilla en cuanto a lo que es el “tercer período” que justificará la conclusión lógica de la consigna que entonces se impone, la estrategia y la táctica se resumen en la lucha de “clase contra clase”.
Es más en 1928, antes del Congreso, hay una Carta del Presidium del Comité Ejecutivo de la IC dirigida al PC Argentino, donde se dan nor- mas para culminar el proceso de “bolchevización” (o sea de staliniza- ción) y dice que la lucha es contra el imperialismo y la burguesía nacio- nal. Veremos más adelante en qué consistió el giro de la IC, del oportu- nlismo seguidista del Kuomintang al ultimatismo de “clase contra c ase,’
En el VIIo Congreso del PCA uno de los temas centrales fue la posi- ción a adoptar frente al gobierno de Yrigoyen. Señalamos por ahora que una cosa es lo que dijeron e hicieron los comunistas en 1928-30, y otra lo que dicen a posteriori. En 1928, calificaron a Yrigoyen de “antiobre-
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ro , demagógico”; su “verdadera faz es recurrir a las represiones más sangrientas”, etc. El Esbozo, veinte años después tergiversa la historia y falsifica la documentación. Veremos esto con más detalle, pues hace a la comprensión y a la discusión de la llamada “cuestión nacional”
Lo insólito es que Puiggrós acuse a Codovilla de afinidad trotskista, afirma que Codovilla:
“Repite la conocida generalización contrarrevolucionaria y proimpe- rialista sobre el papel reaccionario de la burguesía nacional en los países coloniales y dependientes, y particularmente en nuestro país. Era la tesis de Trotsky en la cuestión china.”
Así queda desfigurada totalmente la concepción de Trotsky sobre la revolución permanente, pero lo más importante, Puiggrós puede echar la culpa de todos las tremendas equivocaciones de la IC, a los trotskistas, que a pesar de estar separados, expulsados, perseguidos en la URSS y el exterior, parece que por telepatía dominaban los aparatos de la IC y dic- taban sus resoluciones.
Y nuevamente surge el problema “nacional”, que en el caso de Argen- tina se expresa en esos años en relación a la posición asumida frente al go- bierno de Yrigoyen. Retomarernos ésto.
7. La IC en camino a su Sexto Congreso de 1928
Como hemos dicho, entre el V0 y el V10 Congreso de la IC transcu- rren más de 4 años, desde julio de 1924, hasta julio-setiembre de 1928 en que se realiza el VIo Congreso.
La situación internacional ha mostrado la recuperación de la pos-gue- rra y se ha producido una estabilización del capitalismo mundial.
A mediados de 1925 la Comintem reconoce este hecho como algo inédito. Para ellos se trata de algo inesperado ya que hasta entonces se- guían aferrados a una corta perspectiva de ascenso revolucionario. Las de- rrotas europeas eran siempre interpretadas dentro de un contexto de re- flujos transitorios, pero se mantenía la perspectiva de la lucha por el po- der, aún en frente único con los socialistas. La IC está dirigida por el triunvirato Stalin-Karnenev-Zinoviev, pero los cambios (internos a la URSS después de la muerte de Lenin y externos con la estabilidad del capitalismo), tienden a desintegrar esta troika. Surge la que se va a deno- minar Oposición de Leningrado, pero Zinoviev y Stalin vuelven a retomar el problema de frente único, al que ya no consideran una maniobra. Se termina de desintegrar la troika ya que Stalin se apoya ahora en Bujarin,
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y frente al duo Stalin-Bujarin en 1926, surge un acuerdo opositor entre Trotsky, Karnenev y Zinoviev, aún cuando'entre ellos se mantienen las diferencias. El único elemento aglutinador era la resistencia al monolitis- mo stalinista, que fue el resultado de la bolchevización centralizada. Bu- jarin asume la dirección de La Internacional Comunista y Zinoviev es de- finitivamente desplazado. Este período está saturado de 'la experiencia china. Este es un problema central. Señalemos algunos datos: 30 de m'a- yo de 1925, matanza de Shangai; marzo de 1926, golpe de estado de Chian Kai Shek; abril d‘e 1927, insurrección obrera victoriosa de Shangai; inmediatamente matanza de Cantón bajo la dirección de Chian Kai Shek y derrota teniblemente sangrienta del Partido Comunista Chino.
La Internacional era la que discutía y la que orientó toda la política del PC Chino. Hay varios problemas involucrados, pero lo es que se ponía a prueba la posición de la IC sobre el frente único: la IC hace frente úni- co con el Kuomintang de Chiang Kai Shek, porque según su concepción hay que hacer frente con la burguesía de un país colonial o subdesarro- llado; pero al final toda la concepción del antirnperialismo y sus moda- lidades de aplicación entran en crisis.
El otro problema, y que se refiere a América Latina, está directamente representado por la experiencia del APRA en Perú, que es tomado como el mejor ejemplo de Kuomintang latinoamericano. La polémica de Ma- riátegui frente a todo esto está presente en forma permanente. No obs- tante, no vamos a seguir ésta cuestión, sino que entendemos que es nece- sario tenerla presente en el análisis.
Tratemos entonCes dos temas, que hacen a problemas de fondo:
a) El problema chino. Bujarin declara en octubre de 1926:
“La revolución marcha hoy en tres direcciones: la edificación del so- cialismo en la URSS, el movimiento obrero inglés y la revolución
china” 25
Aclaremos los tres puntos: la edificación del socialismo en la URSS es el socialismo en un sólo país; el movimiento obrero inglés se refiere a las grandes huelgas de 1926, especialmente la de los mineros, jornada de lucha verdaderamente histórica y que. terminará por voltear al gobier- no ¡conservador y dará origen al primer gobierno laborista; la revolución china se refiere a su alianza con el Kuomintang.
Un delegado del Kuomintang asistió al VI0 Pleno de la IC y es reci-
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bido con ovaciones. Trotsky se opone a confiar en Chiang Kai Shek y ello muestra la falacia del planteo de Puiggrós, mencionado antes. Lo dramático es que esa confianza de Stalin y Bujarin en el Kuomintang será uno de los elementos que lleva desarmados a los comunistas para que Chiang Kai Shek realice su famosa matanza de comunistas en abril de 1927. No había transcurrido ni un año desde que fuera recibidos en triunfo en Moscú.
El enfrentamiento con Trotsky se agudiza a partir de 1927, y ya he- mos mencionado su separación, expulsión, confinamiento y exilio. Entre 1927-29 Stalin triunfa sobre Trotsky apoyándose en Bujarin, pero lo nor- mal es que luego del VIo Congreso de 1928, Stalin excluye a su vez a Bu- jarin del Buró Político. La política de los “limones exprimidos” es de vieja data y tampoco la inventó Stalin. Pero supo utilizarla.
Como dice Hayek:
“Con este telón de fonde nace una nueva línea política, definida
entonces como la táctica de clase contra clase”.26
b) El antimperialismo:
Está ligado lógicamente a las viscisitudes de la táctica de frente úni- co, pero en América Latina se expresa de manera peculiar, al compás de lo que hacen los comunistas europeos.
En concreto se va a formar la Liga Antirnperialista Mundial que realiza su famoso Congreso en 1927. Mientras tanto, en América La- tina, se va a formar la Liga Antirnperialista de las Américas, que publi- ca su periódico El Libertador en México, a partir de 1925. Nos intere- san las consecuencias de la aplicación de esta concepción en América Latina, ya que responde al trasfondo de la política general de la IC expresada sobre la cuestión China y sobre la caracterización de la bur- guesía nacional.
Al sólo efecto de mostrar la manipulación reinante digamos que en el No 1 de El Libertador, de marzo de 1925, se menciona a Recaba- rren y al referirse a su muerte se dice “Recabarren acaba de ser ultima- do a balazos por la burguesía chilena”27 y la misma información apare- ce en La Internacional, órgano del PCA, en un vano esfuerzo por ocul- tar el hecho de que Recabarren se hab ía suicidado.
La Liga Antirnperialista de las Américas planteará el frente único, la liberación nacional y apoyará abiertamente las luchas de Sandino, pero ni se mencionan los soviets o las otras posiciones que serán luego lugar común en la época del tercer período de la IC. Por algo dejará de apare- cer El Libertador en 1928, y luego del V10 Congresola IC formará lo
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que se denominó Buró del Caribe con sede en New York, para llevar ade- lante la nueva política.
La Resolución del VI° Congreso sobre el movimiento revolucionario en las colonias tiene párrafos contradictorios. Por un lado, aparece el eta- pisrno que se hará consigna esencial de la IC en 1935 cuando en el V110 y último Congreso de la IC se aprueba la política de los frentes populares; por el otro y en una línea lógica de evolución de posiciones se cae en el ultimatisrrro que significa apostar todo a la revolución ya, en forma in- mediata.
Dice la Resolución del VIo Congreso (1928); al constatar el predomi- nio del imperialismo norteamericano en América Latina:
“La lucha nacional emancipadora contra el imperialismo Americano que ha comenzado en América Latina se lleva a cabo mayoritariamen- te, bajo la dirección 'de la pequeña burguesía. La burguesía nacional, que representa un pequeño estrato de la población (con las excepcio- nes de Argentina, Brasil, Chile). . se encuentran en el campo de- la
contrarrevolu ción” .2 8
O sea, que de ahí surgen dos cosas: 1) los movimientos antimperialis- tas son dirigidos por la pequeña burguesía y 2) en Argentina la burgue- sía nacional es importante, pero es contrarrevolucionaria.
Los ejemplos que cita 1a resolución para mostrar estas situaciones son: la lucha antirnperialista de la revuelta de los peones rurales de la Patago- nia argentina y la lucha estudiantil en Venezuela en 1928.
De ahí que:
“La alianza con la URSS y con el proletariado revolucionario de los países imperialistas crea para las masas trabajadoras de China, India y de todas los países coloniales y semicoloniales, la posibilidad de un desarrollo independiente, tanto económico y cultural, eliminando la etapa de dominación del sistema capitalista, o aún más, el desarrollo de relaciones capitalistas en general”. (Subrayado en el texto).
Es decir que la resolución sostiene que se puede evitar “la etapa” capi- talista en “todos” los países coloniales y semicoloniales. Ya hemos men- cionado lo que había dicho Lenin en cuanto a la existencia de tal posibi- lidad, pero de ahí a postularlo como posible en todos los casos, convierte ala antigua formulación de Lenin en una caricatura.
Y la resolución culmina su planteamiento al sostener que en las colo- nias se plantea entonces “el problema del poder revolucionario "sobre la
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base de Soviéts” La experiencia que a continuación se vive en varios pai- ses latinoamericanos, nos permite por ahora abstenernos de todo comen- tario.
Recalquemos entOnces que esta posición ultimatista se expresa en la resolución. Veamos la otra cara. En la misma resolución se refieren a la necesidad de una “revolución democrática” en estos países, diciendo que la misma prepara los “pre-requisitos para la dictadura del proletariado”29 y la revolución socialista. Así la emancipación del imperialismo “es facili- tada por el desarrollo de la revolúción socialista en el mundo capitalista”; y sólo se garantizará por el triunfo de esa revolución socialista en los países capitalistas más avanzados. Por ello “la transición de la revolución (democrática) a una fase socialista, requiere la presencia de algunos pre- requisitos mínimos, como por ejemplo, un cierto desarrollo importante en el país de una industria, de sindicatos obreros y de un poderoso parti- do comunista”.
La contradicción esencial es que antes se postuló la revolución socia- lista sin etapa capitalista alguna, y ahora se plantea como prerequisito el desarrollo de una industria. . . que no puede ser sino capitalista, entre otras cosas. Una mezcla de ultirnatisrno y etapismo. Y el énfasis a poner en la necesidad de crecimiento de los partidos comunistas.
Después relativiza el papel de la “burguesía nacional” (que antes, sin ningún tipo de diferenciaciones calificó de contrarrevolucionaria) dicien- do que hay un sector que representa los intereses de la “industria nativa”
y apoya al movimiento nacional, por lo que aquí se descubriría entonces la existencia de un “nacional reformismo”. No obstante aquí no termina el embrollo.
1.a conclusión que se extrae es:
“Es necesario rechazar la formación de cualquier clase de bloque entre el Partido Comunista y la oposición nacionalista burguesa”
Al hacer el balance del desastre de la política china de la Comintem, se echa toda la culpa a “la irnpericia del proletariado chino”, y también al P. Comunista Chino por sus actitudes oportunistas”, sin mencionar que la linea política aplicada fue la impuesta por Stalin y la IC, de lo cual queda constancia debido ala dura polémica con Trotsky que se opu- so a ella. Las masas fueron de esta manera, calificadas de “heroícas” y la IC se salva de toda responsabilidad. El giro político de 1928, no necesita de una autocrítica.
Al referirse a las “tareas inmediatas” (subrayarnos lo de inmediatas) en América Latina, la IC resuelve un programa de 6 puntos: l) expropia-
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ción sin indemnización de plantaciones y latifundios; 2) confiscación de las empresas extranjeras; 3) repudio de las deudas del Estado; 4) jornada de 8 horas de trabajo; 5) armamento obrero y campesino y formación de milicias; 6) formación de Soviéts. Por último, todo esto se concretará en la formación “inmediata” de Gobiernos Obreros y Campesinos.
En el infomie que sobre el texto de la resolución realiza Jule's Hum- bert Droz y que básicamente representa lo que se ha resuelto, Droz se contradice también ya que afirma que “no hay desarrollo de la burgue- sía nacional sino como clase “señorial nacional”
1.a caracterización de los países latinoamericanos como de caracterís- ticas feudales o semifeudales ya está presente, y la etapa de la IC que se abre en 1928 se cerrará en 1935, cuando saquen la conclusión de que esto es lo esencial y no la formación de soviéts, surgiendo entonces la consigna de los frentes populares para sistematizar la concepción etapista.
En cuanto a la discusión sobre la táctica del frente único que había agitado tantos años a la .IC y sus partidos, Bujarin es el vocero, en el V10 Congreso para definir el nuevo “matiz” de esta táctica. Dice:
“Ahora la táctica de frente único tenemos que perseguirla .en la mayor parte de los casos sólo desde abajo. Ningún llamamiento a la cumbre de los partidos socialdemocráticos”
8. E PCA, el gobierno de Yrigoyen y el problema nacional
Hipólito Yrigoyen fue Presidente de Argentina, al aprobarse el sufra- gio general y cumplió un primer período (1916-1922), para dejar paso a otro radicar, Marcelo T. de Alvear que lo fue de (1922 a 1928). En 1928, es electo nuevamente Yrigoyen en votación casi plebiscitaria y será derro- cado por un golpe militar en setiembre de 1930.
Tomaremos en consideración, en primer lugar, lo que dijeron los co- munistas de Yrigoyen en esos años, pero señalemos que el Esbozo falsifi- ca la versión de los hechos.
En el VIIIo Congreso de 1928, los comunistas argentinos lo han califi- cado de antiobrero, demagogo, represor sangriento, etc. Es más, en su análisis es asimilado Yrigoyen a los socialistas europeos al calificárselo de “democracia fascista”. En 1930, antes del golpe militar ante el cual los comunistas se mantuvieron no sólo indiferentes sino cifrando esperanzas en él, dicen de Yrigoyen:
“El gobierno de Yrigoyen es el gobierno de la reacción capitalista, co- mo lo demuestra su política represiva, reaccionaria, fascistizante, con-
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tra el proletariado en lucha, contra el cual aplica cada vez más los métodos terroristas”
Poco después, saliendo a contestar lo que aparece como una cierta simpatía de algunos comunistas hacia el derrocado Yrigoyen (ahora pri- sionero de los militares en la isla de Martín García), insiste la dirección:
esas son expresiones más claras de graves tendencias oportunistas en el Partido, tales como la que espera el golpe de Estado yrigoyenista como un retorno a los tiempos de la normalidad y la democracia, sin comprender el proceso de fascistización y el verdadero papel del yrigo- yenismo. Esa falsa línea no ha sido condenada por el partido todo, y ello revela que no se cómprende que si Uriburu representa a una dicta- dura militar con una base social restringida y con algunos aspectos fas- cistas; el yrigoyenisrno representa a un movimiento que tiene en su seno a todos los elementos para un movimiento fascista de masas,
con sus tentáculos tendidos hasta el movimiento obrero”.31
En resumen, la dictadura militar de Uriburu es menos mala que Yri- goyen. Y entonces tenemos aquí el otro problema, ya ue el Esbozo ter-
giversa la Resolución del VIIIo Congreso del P CA, Y tmnscribiflar la trunca en el párrafo que califica a Yrigoyen de fascista y lo sustituye
por una expresión que dice que el gobierno de Yrigoyen “juega un papel progresista”. Esta' falsificación hecha veinte años después por la dirección del PCA, la ha demostrado claramente Puiggrós” y en el Esbozo se dice que los comunistas sostuvieron:
“La política contradictoria de Yrigoyen —ora democrática, ora reac- cionaria- se inclinó de más en más hacia la reaccionaria en las postri-
merías de su primer gobierno”?3
Pero nada dicen de su segundo gobierno, ya que el primer gobierno no había terminado en 1922. Y en 1928 el Esbozo dice que “juega un papel progresista” .
Esta falsificación del Esbozo, se complementa haciéndole decir a Co- dovilla cosas que no dijo, ya antes de 1928. El supuesto es que Codovi- lla antes hab ía rescatado al gobierno de Yrigoyen como popular, y Jorge A. Ramos, que se cree la versión del Esbozo, hace una serie de disquisi- ciones3 para mostrar un inexistente cambio de posición, cuando en 1928 califican a Yrigoyen de fascista.
Y al referirSe a la Conferencia de los PC de América Latina de 1929,
CUADERNOS DEL SUR 7 97
dice Ramos suponiendo que hay un cambio en la posición sostenida entre 1928 y 1929:
“Codovilla reemplaza su análisis del carácter progresista del yrigoye- nisrno por la tesis según la cual la burguesía nacional de los países lati- noamericanos es instrumento servil. del imperialismo y la lucha contra
éste es indisociabe del derrocamiento de aquélla”.35
En resumen que se equivoca por creer la versión del Esbozo escrita en 1947. Tomó por cierto lo que allí se dice, pero la realidad es que ni Co- dovilla, ni el VII Congreso calificaron de progresista al yrigoyenismo.
En la Conferencia de 1929, Luis (J .H. Droz) al hacer el informe dijo, apoyando a Codovilla:
“En ningún caso la burguesía latinoamericana es una fuerza revolucio- naria, con la cual el proletariado pueda aliarse momentáneamente”
Es la época .en que, renegando incluso de su propia actividad anterior, los comunistas se pronuncian contra el movimiento de Reforma Univer- sitaria, ya que no se trata de un movimiento de revolución social. La condena al reformismo se extiende incluso a la pequeña burguesía, descart‘ada la burguesía por contrarrevolucionaria.
En las versiones posteriores, los comunistas tratan de borrar aquel pasado. Así, dice Arévalo que el VII Congreso del PCA definió el carác- ter de la revolución argentina, y concentró el fuego “contra la oligar-
quía terrateniente y los monopolios imperialistas“, lo que es nueva- mente falso, ya que el enenrigo principal era la burguesía nacional, al caracterizar a Yrigoyen como el principal enemigo. Y extrapolando en función de consignas actuales insiste Arévalo:
“Fueron años en que el Partido realizó un gran esfuerzo por la unidad sindical, por el frente único del proletariado y por el frente popular”
La confusión de las fechas, lleva a la mezcla de las consignas, Esto del frente popular aparecerá recién más tarde en vísperas del VII0 Congreso de la IC que se concreta en 1935.
El famoso problema “nacional” nunca fue entendido por la IC, y mucho menos el problema nacional argentino por el PCA. Sus tribula- ciones en este asunto en sus primeros diez años de vida, serán sólo un pálido reflejo de lo que en el futuro serán garrafales errores políticos de los comunistas argentinos, que en sus vaivenes cuentan en su haber
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hasta el haber apoyado recientemente a la dictadura de Videla, ya que se trataba de un supuesto “mal menor”
México, Febrero 1985.
REFERENCIAS
PP!”
39‘?”
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Citado en Alberto J. Pla, Op. Cit.
Arévalo, Oscar. El Partido Comunista, CEAL, Buenos Aires, 1983, P. 17. Citado en Esbozo de Historia del Partido Comunista, escrito por el Comité Central de PCA, Ed. Anteo, Buenos Aires, 1947, P. 14.
Referencia en Esbozo, Op. Cit., 43.
Referencia en Esbozo, Op. Cit., P. 45.
Artículo de Zinoviev, “Perspectivas de la Revolución Proletaria”, en Kommu- nis'ticheski Intematsional. N° 1, 1919, citado por Hayek, Milos, Historia de la Tercera Internacional, Crítica, Barcelona, 1984, P. 17.
Citado por Hayek, Op. Cit., P. 61.
Radek, Karl.-Communistische Intematsionales, N0 19, 1921.
Citado por Hayek, M. Op. Cit., P. 19.
Hayek, Milos, 0p. Cit., P. 73.
Zinoviev, G. Le deuxie'me Congrés de I ’Internationales Communiste et ses buts. Editions de L’Internationale Communiste, Pétrograd, 1920, P. 32. Esbozo, Op. Cit., P. 61.
Esbozo, 0p. Cit., P. 51.
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Arévalo, 0., Op. Cit., P. 21.
Hayek, Milos. “La bochevización de los partidos comunistas” En Hobsbawn, Eric (Ed.). Historia del Marxismo, Bruguera; Barcelona, Tomo VIII,,P.._49.. Secretariado Sud Americano de la Internacional Comunista (SSA‘de la IC). El movimiento revolucionario latinoamericano. Versiones de la primera Con- ferencia comunista Latinoamericana, Ed. La correspondencia Sudamericana Buenos Aires, 1929, P. 57 en adelante.
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Puiggrós. Rodolfo. Las izquierdas y el problema nacional. Ed. J. Alvarez, Bue- nos Aires, 1967, p. 97.
Esbozo, op. cit., p. 64
Esbozo, op. cit., p. 64.
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24. Codovilla, Victorio, ¿Qué es el Tercer Período?, Montevideo, Ed. Justicia,
1928. 25. Citado por Hayek, M., op. cit. p. 170. 27. El Libertador, México, marzo de 1925, Tomo IO, N0 1.
28. The Revoluctionary Mouvement in the Colonies, Modern Books, London. 1929. Son las Tesis sobre el movimiento revolucionario en las colonias y semi- colonias, adoptadas por el Sexto Congreso de la I. C., 1928, págs. 6 y sig.
29. The Revilutionary..., op. cit., p. 21 y siguientes. 30. The Revolutionary... op. cit., p. 38-39.
31. Citado en Esbozo, op. cit., p. 76.
32. Puiggrós, R., op. cit., p. 115-116.
33. Esbozo, op. cit., p. 49.
34. Ramos, J .A. El Partido Comunista en la Política Argentina, Coyoacán, Buenos
Aires, 1962, p. 53-56. 35. Ramos, J.A., op. cit., p. 60-61. 36. Arévalo, 0., op. cit., p. 27.
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Ricardo Borello
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ACERCA DE LA DEMOCRACIA
Jaime Osorio
Introducción
Ia democracia es hoy una de las reivindicaciones centrales del movi- miento popular latinoamericano, al mismo tiempo que constituye tema prioritario de las discusiones teóricas y políticas en la región.
En la copiosa producción que aborda .este tema se hace presente cier- ta línea de reflexión que desecha las posiciones de clase en tomo al con- tenido de la democracia, pronunciándose por democracias “sin apellido” y dejando en la indefmición a los sujetos sociales que le imprimen su se- llo. Con esto se busca establecer una línea directa entre la democracia en el capitalismo y el socialismo, salvándose con un salto teórico el proble- ma clave de esa posible continuidad: la ruptura marcada por la revolución.
En este artículo se discuten algunas ideas en torno a las condiciones materiales que inciden en el establecimiento de regímenes democráticos y en qué sentido y bajo qué condiciones-es posible concebir a estas mo- dalidades de gobierno como una “conquista” del movimiento popular, idea clave en aquellas concepciones que tienden a concebir la revolución como una simple acumulación de medidas democráticas.
l. Las bases materiales de la democracia
La ruptura que se establece en ciertos análisis entre los factores eco- nómicos -y políticos provoca una tal autonomía de los fenómenos esta- tales que lleva a explicaciones parciales al hacerlas ajenas a 10s procesos estructurales y materiales que posibilitan a éstos.
* Publicado en Cuadernos Políticos N' 44 - México - J ul.-.Dic. 1985.
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Un expediente común en estos enfoques es asignar a la lucha de clases la virtud de explicarlo todo, presentándose además como visiones riguro- samente marxistas o como. “aportes” al marxismo que permiten superar sus determinismos. ,
Sin embargo, si bien la lucha de clases es una clave central para com- prender los movimientos de la sociedad, no es menos cierto que un pro- blema sustancial del análisis es explicar la lucha de clases, esto es, las con- diciones en que las clases se desenvuelven, relacionan y enfrentan y en qué aparatos e instituciones cristalizan estas relaciones. En pocas pala- bras, no sólo se trata de hacer de la lucha de clases un factor explicati- vo, sino de explicar la lucha de clases misma.
No es otra la preocupación de Marx cuando se aboca al estudio de la economía política de la sociedad capitalista. Marx no descubre la lucha de clases. Su aporte es trascendental —entre otras cosas- porque desen- traña las bases materiales a partir de las cuales se constituyen las clases sociales en ese modo de producción, las raíces antagónicas en sus relacio- nes y las tendencias en sus movimientos. Explica por qué se producen los enfrentamientos clasistas en la sociedad capitalista. Su obra máxima —El Capital— tiene en lo sustancial este sentido y de ahí su importancia para el proletariado y el movimiento revolucionario.
Los procesos políticos que en diVersos espacios nacionales han hecho posible la constitución de regímenes democráticos bajo dirección burgue- sa tienen que ser analizados desde esa perspectiva, como también —desde visiones globales que. integren los aspectos económicos y políticos y que den cuenta de las condiciones materiales de la lucha de c1ases- los pro- cesos políticos en donde los fenómenos democráticos son más bien ex- cepcionales o son procesos inestables.
El olvido de esta perspectiva de reflexión favorece el auge de análisis que reivindicándose marxistas tienen más de idealismos que lo que esta corriente teórica es capaz de asumir.
Como ejemplo de lo anterior tomemos una formulación que contiene una gran dosis de verdad, pero que, a su vez, esconde una cuota de reali- dad igual o' mayor que la que resuelve. En-un ensayo en donde expone sus razones para explicar la ausencia de una teoría marxista del Estado, Norberto Bobbio critica con razón a quienes plantean que la democracia ha sido el resultado de un “riesgo calculado” de las clases dominantes, indicando que “la consecuencia de una historiografía de esta clase [...] es que todas las conquistas que han costado sangre y lágrimas al movi- miento obrero, desde el derecho de huelga al sufragio universal, desde la legislación social al estatuto de los trabajadores, se interpretan como há- biles movimientos estratégicos de los capitalistas para conservar el poder” 1 .
En la formulación de Bobbio, la democracia capitalista constituye una
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conquista del movimiento obrero, el cual a través de un largo y agudo proceso de lucha ha ganado espacios políticos.
Lo primero que cabe preguntarse es cuál es la connotación de la pa- labra conquista en cuanto a la relación movimiento obrero-Estado ca- pitalista. Pudiera entenderse que: a) El Estado asume elementos que le son propios, pero que sin presión popular no los incorpora, o b) que al Estado se le incrustan elementos que son ajenos a su connotación clasis- ta. El que se asuma una u otra postura tiene implicaciones" teóricas y políticas distintas.
Dejemos de lado este poblema por ahora y centremos nuestra aten- ción en otro aspecto. Si la lucha de clases, la organización y fuerzaque alcanza el movimiento obrero y popular; defme los logros democráti- oos, ¿qué explica la debilidad de la democracia capitalista en los países latinoamericanos?
¿Cuáles son las razones por las que el fenómeno democrático consti- tuye más bien una excepción en nuestra región, frente a su perdurabili- dad y relativa estabilidad en Europa Occidental y Estados Unidos, a lo
menos en los últimos cuatro decenios?3 . _ Parece evidente que la respuesta no pasa por formular la ausencia de
lucha y de organización por parte de las clases populares en este sub- continente, ya que la realidad nos hace presente una situación distinta‘. No sólo en la última década, en que la revolución sandirrista y la agudiza- ción de la lucha revolucionaria en El Salvador y Guatemala constituyen los puntos más altos, siendo no menos importantes la exacerbación de la lucha en Colombia, Chile, Bolivia, Perú, Uruguay y Brasil, para sólo se- ñalar los países más connotados por la prensa diariamente, sino que hace un buen tiempo toda América Latina constituye uno de los puntos geo- gráficos de agudas disputas clasistas. '
Definitivamente la respuesta a los interrogantes anteriores no se cir- cunscribe exclusivamente a la esfera política, como lo hace Bobbio, y exige un marco de reflexión más amplio, tanto del punto de vista de la totalidad. social, como también geográfico.
Las condiciones reales en dónde las clases desarrollan sus luchas y la visión de un mundo capitalista integrado, pero, jerarquizado en su capa- cidad de acumulación de capitales, constituyen factores que nos pueden ayudar a visualizar en mejores términos la situación.
La democracia —señala Barrington Moore- va a sociada a una pro- fundización del desarrollo capitalista industrial. Allí donde el capitalis- mo más convulsionó las bases materiales y se gestó desde abajo, mejores condiciones creó para alentar los procesos democráticos.6
Hasta los años cincuenta y mediados de los sesenta, esta formulación habría sido leída en término de que los problemas latinoamericanos
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y, en particular, la debilidad de los procesos democráticos, se debían a la ausencia de capitalismo o a la existencia de un capitalismo anémico “obstaculizado” en su desarrollo y/o en estadios inferiores de evolución7
Sin embargo, ante una realidad que se negaba a- ser encajonada en los esquemas de interpretación anteriores, las ciencias sociales latinoamerica- nas desarrollan —con mucha producción en los años sesenta y mayor pre- cisión en los setenta— nuevas líneas interpretativas en donde se hace presente que es en el marco general de expansión y desarrollo del sistema capitalista como sistema mundial en donde podemos comprender las es- pecificidades que asumen las estructuras y movimientos de los países latinoamericanose
Como resultado de un proceso de integración específico, el mundo capitalista generó regiones desarrolladas y regiones subdesarrolladas, al convertirse unas en centros fundamentales de apropiación de valor y de acumulación en escala mundial y otras, como su reverso, en objeto de procesos expropiatorios de valor y de “desacumulación” Por ello, “la teoría del subdesarrollo y del desarrollo —señala Samir Amín- no pue- de ser sino la de la acumulación de capital en escala mundial”-9
En este proceso los caminos del desarrollo capitalista de América 1.a- tirra no son los de los países industriales clásicos. En nuestra región, por el contrario, se gestan formas particulares de reproducción del capital que reproducen a su vez el atraso y las formas subordinadas de inserción al sistema capitalista, esto es, el subdesarrollo y la dependencia.
De todas las líneas de reflexión que se derivan de estos planteamien- tos sólo nos interesa resaltar que la existencia de un mundo capitalista con niveles desiguales y diferenciados de acumulación y de movimientos del capital sienta bases distintas para el desarrollo de las clases, de la lu- cha de clases, de los procesos políticos y del Estado y sus formas insti- tucionales.
Si en sus ciclos reproductivos en los países desarrollados el capital no sólo se alimenta de los márgenes de explotación de la población obrera nacional sino que alcanza beneficios de la explotación de sectores sociales de otras regiones, esto incide a lo menos en una capacidad de satisfacer demandas econónricas más amplias y desde allí abrir mayores espacios políticos a las clases sociales explotadas.lo La posibilidad de ganar acuerdos en torno a la dirección del capital y su dominación se acrecien- tan. El consenso y 1a integración social tienen condiciones de ampliarse.
A contrapelo de sus intérpretes idealistas, Gramsci era consciente de estos problemas. Preocupado por lo que constituirá el Ieitmotiv de su obra, la capacidad de hegemonía de las clases dominantes en “occiden- te”, desentrañar sobre qué bases se funda y qué estrategia oponerle, se-
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ñalaba: “El hecho de la hegemonía supone indudablemente que se ten-
gan en cuenta intereses y tendencias de los grupos sobre los cuales se ejercerá la hegemonía, que se forme cierto equilibrio de compromiso, es decir, que el .grupo dirigente haga sacrificios de orden económico corporativo”.11
En esas formaciones sociales las presiones y luchas del movimiento popular tienen objetivamente mejores condiciones de ser satisfechas por el capital. La democracia capitalista podrá desarrollarse así sobre bases específicas de reproducción del capital: las clases dominantes tienen condiciones reales de hacer “sacrificios” al concentrar riquezas prove- nientes no sólo de la propia explotación interna sino también de la ex- plotación de trabajadores de otras sociedades, las de las economías co- loniales o dependientes.
Gramsci cierra el párrafo antes citado con un señalamiento clave, en cuanto a que las concesiones y sacrificios de los sectores dominan- tes sólo pueden llegar hasta el punto “de no afectar lo esencial”
¿Qué significa esto en nuestra región?
Que las transferencias de valor que sufre América Latina —a través de diversos mecanismos que varían en distintos momentos históricos—, así como la necesidad del capital interno de resarcir dichas transferen- cias mediante la agudización de la explotación de las clases producto- ras, limitan la capacidad de concesiones que puede ofrecer el capital y con ello los espacios políticos, ya que favorecen el surgimiento de deman- das que “afectan lo esencial”
En definitiva, las funciones de América Latina en el marco general del proceso de acumulación capitalista a nivel mundial (marcadas por el traspaso recurrente de valores y las modalidades internas que debe crear el capital local para reproducirse, y caracterizadas por una explotación redoblada o sobreexplotación) sientan condiciones poco propicias para el establecimiento de formas democráticas de dominación y de modali- dades consensuales. Antes bien, todo apunta en una dirección contraria, con lo cual los procesos democráticos se encuentran debilitados desde su base material.
En este orden de cosas, la lucha por alcanzar la democracia se convier- te en un factor de disrupción, ya que afecta aspectos sustanciales de la
reproducción capitalista. Desde esta perspectiva, la lucha democrática se hace subversión.12
Esta primera conclusión requiere de la integración de nuevos elemen- tos para aproxirnamos a la dimensión real del carácter contradictorio de la democracia.
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2. La democracia capitalista: ¿Fortaleza o debilidad de la dominación burguesa?
Gramsci no estaba equivocado cuando en aras de encontrar las espe- cificidades de la dominación y del Estado en “occidente” llamaba la aten- ción sobre el consenso y la capacidad de hegemonía que logra la burgue- sía sobre las clases explotadas para gobernar. La noción grarnsciana de clases subordinadas expresa justamente la capacidad de sometimiento que alcanza la burguesía sobre la población trabajadora en base a su pro- yecto de dirección. En tal noción, queda resaltado el ascendiente cultu- ral y al mismo tiempo ideológico que los sectores dominantes logran so- bre los explotados. .
Frente a esta realidad, Gramsci verá la necesidad de una larga y difí- cil batalla en el plano político para romper con esta dirección. 1.a re- volución pasa por la consecución de una nueva hegemonía.
En los problemas anteriores está planteada una cuestión clave: la de- mocracia burguesa expresa el fortalecimiento estatal de las clases domi- nantes al conquistar posiciones dentro del movimiento popular, en el terreno de la dirección y del consenso, ganando apoyo a su proyecto de dominación.
Parece pertinente preguntarse entonces: ¿cómo se compatibiliza la fortaleza del Estado “occidental —en tanto modalidad que irrumpe en los terrenos estratégicos del proletariado, ganando allí posiciones pa- ra los proyectos de las clases dominantes y obstaculizando las luchas pro- letarias por el poder- con la visión de que la democracia capitalista es una conquista delas propias clases dominadas?
¿Cuál de las clases fundamentales de la sociedad capitalista se fortale- ce realmente con el establecimiento de las modalidades democráticas de dominación? ¿Quién se debilita? ¿Es posible considerar como una conquista popular aquello que aparece como una modalidad que hace más fuerte al enemigo de clase?
La respuesta a estas interrogantes es compleja y no se resuelve, a la manera de Bobbio, con el simple expediente de convocar “a la lucha de clases” como solución.
El asunto tiene varias caras, por lo que vale la pena recordar que asu- mir puntos de vista unilaterales en los análisis sociales conduce por lo general a falsas soluciones. La realidad presenta siempre por lo menos dos facetas y así como el capital y el trabajo, por ejemplo, constituyen factores que se complementan para la producción, también conforman, en el nrisrno momento, el sustento de una polarización social que apunta a la ruptura y a la constitución de un nuevo orden social.
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Quienes sólo privilegian el primer aspecto de nuestro ejemplo, resal- tarán los factores integrativos y de cohesión presentes en la relación ca- pital-trabajo. Quienes por el contrario sólo consideren el segundo aspec- to, verán permanentemente la liquidación de las relaciones capitalistas y la revolución a 1a vuelta de la esquina.
Lo anterior nos muestra la necesidad de analizar la realidad desde más de una perspectiva, lo que no implica suponer un equilibrio inde- terminado y permanente de los diversos factores, sino cómo y por tqué uno delos aspectos (ya sea el de integración o el de ruptura en nuestro ejemplo) se constituyen en factores dominantes.
Estos comentarios en relación a lo que nos ocupa nos permiten se- ñalar que la democracia capitalista constituye al mismo tiempo tanto .una conquista de los sectores populares, resultado de sus luchas, como también un factor que fortalece la dominación de las clases dueñas del capital. Concesión y conquista, fortalecimiento de la dominación burgue- sa y subversión de dicho orden constituyen los aspectos contradictorios que caracterizan a la democracia capitalista.
Esta contradictoria unidad se da, sin embargo, en límites específicos, en tanto la noción de conquista se entienda como elementos “arrebata- dos” a las clases dominantes, pero en parámetros institucionales en don- de son las clases del capital las que detentan el poder y en donde el Esta- do tiene un apellido clasista, que no pierde a pesar de las conquistas po- liticas de las clases subordinadas.
Suponer lo contrario implica por lo menos dos cuestiones centrales: una, que el poder estatal está fragmentado, y que puede ser ganado por partes, y dos, que la nueva hegemonía es el resultado “natural” de la su- matoria de las conquistas actuales.
Profundicemos un tanto más sobre estos problemas que nos ponen de lleno en el campo de los límites y perspectivas de lOs espacios institu- cionales en la lucha de las clases dominadas.
Si el Estado capitalista opera en una sociedad en donde los sectores subordinados actúan y desarrollan actividad política, cabe preguntarse: ¿cómo se relaciona esta actividad con el Estado y en el Estado? ¿Es po- sible que la acción política de las clases dominadas alcance expresión en la instancia política fundamental de las clases dominantes.
Una de las características del Estado capitalista es asumir la forma de un Estado nacional, esto es, de una instancia que rebasa las simples de- terminaciones clasistas para presentarse como organización de toda la so- ciedad. Esto implica, entre otras cuestiones, la necesidad de recoger intereses sociales heterogéneos. La lucha de clases se inserta en esta voca- ción, imponiendo posiciones ajenas a las de las clases que detentan el
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poder. En pocas palabras, el Estado capitalista debe asumir y expresar posiciones y necesidades de las clases dominadas. Esta es una primera conclusión clave en la relación Estado y clases subalternas.
Sin embargo, el carácter clasista del Estado establece limitaciones a la asunción y expresión de intereses de las clases dominadas: no asume ni expresa los intereses estratégicos de dichas clases, aquellos ligados con sus aspiraciones de poder. No son posibles las dualidades de poderes de clase dentro del Estado burgués.
Por otra parte, el Estado capitalista sólo puede asumir y expresar po- siciones de las clases explotadas de manera mediatizada y distorsionada, en tanto la fuerza y los intereses de dichas clases, sino para incidir activa- mente en dichas correlaciones a favor de determinadas posiciones, las del capital.
En estas condiciones, el Estado capitalista no es ni el mejor lugar, ni el lugar fundamental del proletariado y sus aliados para acumular fuerzas con perspectivas revolucionarias. Este proceso sólo puede desarrollarse en sus aspectos sustanciales fuera del Estado y dicha acumulación asumirá un rasgo cada vez de mayor confrontación con éste en tanto más se apro- xirnen los enfrentamientos clasistas a una situación revolucionaria.
Volviendo al problema que nos ocupa, podemos señalar que la demo- criacia capitalista, si bien puede cohesionar a la sociedad bajo la égida de la burguesía, puede también constituirse en un proceso que favorez- ca la ruptura de la dominación de clase del capital. Pero ella de por sí y en cuanto tal no constituye una ruptura.
Retomemos alguna de las ideas desarrolladas en el punto inicial para analizar los espacios o formaciones sociales en donde prevalece uno u otro aspecto de la democracia capitalista: el fortalecimiento de la domi- nación burguesa o su debilitamiento.
¿Cómo opera el fenómeno de los niveles diferenciados de acumula- ción de capitales en el plano internacional respecto del problema del do- ble carácter de la democracia en el capitalismo?
A la luz de las consideraciones hasta aquí desarrolladas, se puede se- ñalar que los aspectos integradores y de subordinación de las clases ex- plotadas a los proyectos del capital tienden a prevalecer en aquellos paí- ses y regiones que se conforman como ejes principales de la acumulación capitalista mientras que, por el contrario, el carácter desarticulador de la dominación parece constituir el factor resaltante de la democracia. en aquellos territorios que son objeto de expropiaciones de valor y de “desa- cumulación” .
La democracia capitalista opera como un factor de cohesión de la so- ciedad en torno a los proyectos de las clases dominantes en aquellos paí-
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ses que más se benefician de la apropiación de valores a escala mundial. Allí la democracia actúa como un verdadero instrumento de manipula- ción ideológica que absorbe a las clases trabajadoras a las posiciones he- gemónicas. Tal es lo que ocurre en sociedades como Estados Unidos, Ale- mania Federal, Suiza, Inglaterra, por ejemplo, en donde incluso la consti- tución de partidos obreros, fuertes e independientes, sufre graves limita- ciones ante la fortaleza material e ideológica de las posiciones dominantes.
En la medida en que no se pone en evidencia este aspecto de someti- miento y de subordinación ideológica, que aleja más que aproxima a las clases explotadas a su liberación, planteamientos como los de Bobbio, que exaltan la democracia tout court, tienden a mistificar uno de los tó- picos fundamentales que caracterizan a esta forma de dominación.13
Si la subordinación y manipulación ideológica de las masas trabajado- ras a los proyectos del capital resalta cómo el factor dominante de la de- mocracia en los núcleos centrales de la reproducción capitalista a nivel internacional, su cara contraria, en tanto factor que abre espacios para la ruptura, es lo que destaca cuando hablamos de la democracia capitalista en los niveles inferiores de dicha reproducción mundial.
Países como España, Grecia e Italia, que se encuentran en el límite de las regiones desarrolladas y en la antesala del subdesarrollo,'ya hacen pa- tente este aspecto, que alcanza sin embargo toda su expresión en forma- ciones sociales dependientes como las latinoamericanas. Ia democracia aquí se refleja con toda su compleja gama de contradicciones, y si bien mantiene y asienta la dominación de la burguesía, lo hacen sobre un mar de sobresaltos que traban y dificultan la plena y amplia reproducción del capital.
Teniendo en la mira en particular a los países europeos recién citados, la Comisión Trilateral se pregunta sobre los factores que inciden en la’ “gobernabilidad de la democracia” y las condiciones que necesita el capi- tal para desarrollarse teniendo como base regímenes democráticos.14
La Trilateral reconoce que la "‘feliz coincidencia de circunstancias” que permitieron la existencia de democracias gobernables “ha llegado a su fm”, y que “la insatisfacción y la falta de confianza en el funciona- miento de las instituciones de gobierno democrático se han extendido en los países trilaterales”. Y agrega que “el corazón del problema radica en las contradicciones inherentes, relacionadas a la misma frase de ‘lo
gobernable de la democracia’. Porque en cierta medida, gobernable y democracia son conceptos en conflicto. Un exceso de democracia signi- fica un déficit en la gobernabilidad; una gobernabilidad fácil sugiere una democracia deficiente”.ls
Para la Comisión Trilateral se ha llegado a un punto en donde la demo-
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cracia se hace ingobemable. Se entorpecen las condiciones que requiere el capitalismo para poder avanzar, y uno de los obstáculos es que hay “excesos de democracia”
Esta percepción de la situación imperante en Europa occidental, y en particular en sus zonas menos desarrolladas, por parte de la intelligentsia del gran capital financiero internacional, alcanza mayor concreción en América Latina, en donde los espacios democráticos se constituyen en factores disruptivos para el capitalismo y el dominio de sus clases. En es- tas condiciones el fenómeno democrático se convierte en una modalidad excepcional, siendo la norma las más variadas formas de dominio coerciti- vo. De aquí toda la importancia que para los movimientos revoluciona- rios presentan las demandas de genuina democratización de la sociedad.
NOTAS
1 Norberto Bobbio, “¿Existen una teoría marxista del Estado?”, en el libro ¿Exis-
te una teoria marxista del Estado?, de Bobbio, et al., ed. Universidad Autónoma de Puebla, México, p. 25 (subrayado nuestro).
Con esto no negamos la existencia de fenómenos democráticos en América Lati- na. Más bien ponernos el acento en la fragilidad e inestabilidad de la democracia en esta zona.
“El tipo de Estado capitalista subdesarrollado corresponde al Estado de excep- ción o emergencia permanente”. Hanz R. Sonntag, “Hacia una teoría política del capitalismo periférico”, en el libro El Estado en el capitalismo contemporáneo, de H. Sonntag, y Héctor Valecillos, ed. Siglo XXI, México, 1977, p. 170.
Con razón Agustín Cueva se pregunta “¿O se piensa, seriamente, que Suiza es mas democrática que Guatemala porque en el país alpino la lucha de clases es y ha sido más intensa?”, “El fetichismo de la hegemonía y el imperialismo”, Cuadernos Politicos, n. 39, México, 1984, p. 37.
Estamos ciertos que estos aspectos no agotan la posibilidad de explicación de un problema tan complejo como el que nos ocupa. Pe'ro permiten ampliar el hori- zonte y descubrir problemas que el simple recurso a la lucha de clases “en abstrac- _t_o”, y sin sus referentes materiales, tiende más bien a dejar de lado.
6 Es en esta linea que Moore plantea como un rasgo clave de las “revoluciones burguesas” el “desarrollo de un grupo social con base económica independiente que ataca los obstáculos que se oponen a la versión democrática del capitalismo, obs- táculos heredados del pasado”. Los origenes sociales de la dictadura y la democra- cia, ed. Península, Barcelona, 1976, p. 8.
Dichas interpretaciones se alimentaron de los planteamientos de la llamada “teo- ría del desarrollo“, con variantes latinoamericanos como las formuladas por Gino
Gemrani (Política y sociedad en una época en transición, ed. Paidós, Buenos Aires. 1962) y cuyo principal centro de difusión fue la CEPAL en nuestro continente. Pa-
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ra una crítica de estos postulados véase Andre Gunder Frank, “Sociología del desa- rrollo y subdesarrollo dela sociología: un examen del traje del emperador” en Amé- rica Latina: mbdesarrollo o revolución, ed. Era, México, 1973, y Theotonio Dos Santos, Imperialismo y dependencia, ed. Era, México, 1978, cap. XIII.
La bibliografía sobre este tema es demasiado extensa. Sólo mencionaremos los tres trabajos que a nuestro juicio constituyen las versiones más acabadas desde tres de las corrientes fundamentales que participaron en la elaboración reinterpretativa del desarrollo capitalista en América Latina; desde el interior mismo de la y en una aproximación al análisis marxista: de F. H. Cardoso 'y E. Falett’o;Bupen-. dencia y desarrollo en América Latina, ed. Siglo XXI, México 1969; desde el mar- xismo llamado “ortodoxo”: de Agustín Cueva, El desarrollo del capitalismo en América Latina, ed. Siglo XXI México, 1977; y desde el marxismo posterior a la Revolucón Cubana, de R. M. Marini, Dialéctica de la dependencia, ed. Era, México, 1973. Un balance de estas discusiones y su producción puede verse en nuestro en- sayo, “El marxismo latinoamericano y la dependencia”, Cuadernos Politicos n.39, México, 1984.
Samir Amín, La acumulación a escala mundial, ed. Siglo XXI, Madrid, 1974,
. 26. Yo Lenin veía en este proceso incluso 1a poSibilidad de que el capital pudiera co- rromper a ciertos sectores obreros de los países imperialistas, creando “aristocra- cias obreras”. Véase El imperialismo fase superior del capitalismo, ed. Progreso, Moscú. u Notas sobre Maquiavello, sobre politica y sobre el Estado moderno, Juan Pa- blos'Editor, México, 1975,'p. 55. 12 Bobbio utiliza la noción de democracia subversiva en su referencia a la contra- dictoria relación existente entre socialismo y democracia. Véase “¿Qué alternativas a la democracia representativa?”, en ¿Existe una teoria marxista del Estado ?, eit. En graperspectiva diferente, indagando sobre las connotaciones igualitarias de la democracia, Alan Wolfe señala: “Considerada en su contexto histórico, la demo- cracia en un momento dado fue una ideología política sólidamente anticapitalista. En términos generales, los demócratas luchaban por dos cosas: participación e igual- dad. Una genuina participación en los asuntos cívicos tiene tradicionalmente una eugládad subversiva. Los limites de la legitimidad, ed. Siglo XXI, Méxicó, 1980, ï3 Frente a la paradoja, según Bobbio, de la existencia de países democráticos sin socralrsmo y parses socialistas sin democracia, el autor hace una aguda defensa de la “democracia” sin más, lo que remata en una verdadera apología de la democracia gqprtalista. “¿Qué alternativasa la democracia representativa?”, op. eit.
n “La gobernabilidad de la democracia”, de M. Crozier, S. Huntington y J. Watan- kI. En Cuadernos Semestrales, Estados Unidos, CIDE, México, n. 2-3, segundo se- mestre de 1977,. primer semestre de 1978.
15 Ibid, p. 373.
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LA ROSA ROJA DE NISSAN
John Holloway *
La nueva fábrica Nissan en Sunderland se inauguró el 11 de septiem- bre de 1986- con gran despliegue de publicidad: anuncios por televisión, documentales, suplementos de periódicos, cobertura periodística de la‘ ceremonia de inauguración pOr el Primer Ministro.
El tema central de toda esta publicidad era que la planta Nissan abría una nueva época. He aquí una fábrica donde directores y trabajadores vis- ten ropa blanca y comparten el mismo comedor, donde tanto los directo- res como los trabajadores son jóvenes (edad promedio cercana a los trein- ta años), una compañía donde nunca ha habido huelgas, donde los sindi- catos no están prohibidos sino que sencillamente son innecesarios porque los trabajadores gozan de buenas condiciones de trabajo y se identifican con los objetivos de la compañía. La fábrica de la nueva época, de la nue- va tecnología, del nuevo consenso, a años luz de la combatividad de los obreros del automóvil en los años setenta, y también a años luz de los di- rectores “machos” como Edwardes, MacGregor o Murdoch.
Unas semanas después, una publicidad igualmente brillante y sofistica- da rodeó a otro acontecimiento: el lanzamiento del nuevo modelo de Par- tido Laborista en su conferencia anual, el partido de la nueva Mayoría
* Este trabajo 'es producto de muchas discusiones en Edimburgo. Gracias a cuantos participaron en ollas.
Traducción de Adolfo. Gilly.
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Moral, el partido del nuevo consenso. También aquí se ofrece una nueva epoca, una ruptura con el pasado. Queda cerrado el basurero de la histo- ria con su maloliente política de conflicto y combatividad sindical. El suave aroma de la rosa roja disipa los malos olores, los militantes “ma- chos” son sustituidos por el caballero con la flor.
Es la aurora de una nueva armonía en la industria, el heraldo de una nueva política de consenso. ¿Es sólo una coincidencia, o nos dice algo acerca de la dirección que está tomando el capitalismo en Gran Bretaña?
El contraste que sugiere la publicidad de Nissan es un contraste con la industria del automóvil británica de los años 70, y en especial con British Leyland. Si se puede ver a British Leyland como un símbolo de la crisis, entonces Nissan simboliza su solución exitosa. British Leyland no sólo simboliza la crisis de la industria del automóvil, o la crisis del capitalismo británico, sino la crisis de un modelo de producción que generalmente es llamado fordismo. En contraste, Nissan no representa sólo el éxito del ca- pital japonés, sino un nuevo modelo de relaciones productivas, una ten- dencia actual denominada neofordisrno o postfordismo.
La crisis en British Leyland a mediados de los setentas es significativa no solamente porque era una compañía muy grande y el último bastión de la industria británica del automóvil, sino también porque se presenta- ba como el estereotipo de la industria ligada al largo boom de postgue- rra. La producción se hacía en grandes fábricas organizadas alrededor de la línea de montaje de acuerdo con los principios adoptados por Ford en la producción del Modelo T. La gran mayoría del trabajo era repetiti- vo y requería escasa clasificación. Todos los obreros estaban organizados en sindicatos y durante todo el largo período de boom, cuando cada auto producido se podía vender de inmediato, lograron obtener salarios relativamente altos y en ascenso constante.
Trabajo aburrido, repetitivo y no calificado en la fábrica, compensado por salarios relativamente altos: el típico pacto de paz fordista se manté- nía. La forma de producir el Motelo T por Ford marcaba una tendencia general no sólo por su utilización de la línea de montaje para la produc- ción de automóviles, sino también debido a- la forma en que se promo- vía el consumo al mismo tiempo como retribución por la producción
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y como su estímulo. Ford pagaba a sus obreros el elevado salario de cinco dólares por día a cambio del intenso y monótono trabajo en la línea de montaje. Con este salario podían tener los medios para com- prar un auto barato, estimulando así la demanda para más Modelos T, más trabajo monótono, y así sucesivamente.
En British Leyland las cifras eran diferentes, pero la esencia era simi- lar, el principio central de la dominación capitalista de posguerra: acepta la alienación mortecina y mortal del trabajo hastiante a cambio de altos salarios que te permitirán vivir la vida del consumo de masas, que a su vez generará la demanda de los productos de aún más trabajo alienante y hastiante.
Dado que, generalmente, en este caso eran hombres quienes realizaban el trabajo en la fábrica mientras se veía a las mujeres como más directa- mente ligadas al consumo, este modelo de relaciones en el trabajo impli- caba el desarrollo de determinado modelo de relaciones de género y de determinado tipo de sexualidad. El mode-lo de dominación en la fábrica se complementaba con un modelo de dominación en el hogar y sobre la base de estas relaciones se producían los autos: alienación e'n la fábrica produce alienación en casa, la cual a su vez estimula a salir hacia el tra- bajo alienado.
La piedra angular de toda esta estructura eran los sindicatos y la prác- tica de la negociación colectiva. A través de las tratativas anuales de nego- ciación colectiva el intercambio entre la muerte del trabajo alienado y la “vida” del consumo era negociado y renegociado con regularidad.
Dentro de este equilibrio había, por supuesto, conflictos y desplaza- mientos d'e poder. El largo período de prosperidad relativa permitió a los trabajadores afirmar una importante relación de fuerzas. En British Ley- land la fuerza negociadora de los obreros (y las consiguientes limitaciones para la dirección de la empresa) se expresaron con la mayor claridad en el sistema de mutualidad. Bajo este sistema, la dirección aceptó que no se podrían introducir nuevas tecnologías o reorganización de las normas laborales sin el consentimiento previo de los delegados de departamen- to (shop-stewards). La mutualidad era una notable encamación de la fuerza de los trabajadores dentro del equilibrio fordista: el principio de mutualidad no significaba una demanda revolucionaria de los obreros para controlar la producción, sino que simplemente establecía que los derechos de la dirección eran limitados y que se debía pagar por cual-
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quier intensificación del trabajo. “Pagar por cambiar: era el principio clave del sistema de mutualidad.
Por supuesto, nunca fue esta toda la verdad de la historia. El contra- to salarial fordista en la fábrica no podía funcionar mejor que el contra- to matrimonial en casa. El intercambio entre aburrimiento en el trabajo y “vida” afuera nunca podía ser completamente exitoso. Inevitablemen- te, había luchas en la fábrica que no entraban claramente en el modelo fordista: luchas no precisamente por mejores salarios, ni siquiera por el control de la producción, sino rebeliones contra el trabajo como tal: sa- botaje, ausentismo, huelgas salvajes, etc. Rebeliones contra el trabajo en la única forma en que éste existía: como muerte, como negación de la vida y la creatividad.
Durante largo tiempo, sin embargo, estas expresiones de frustración eran una amenaza menor para el conjunto de la estructura. El tratado de paz fordista nunca fue el cuadro total, pero era lo suficientemente real como para dar un marco al crecimiento rápido y sostenido de la indus- tria del automóvil británica (y otras industrias del automóvil) a lo largo de los años 50 y la mayor parte de los. años 60. No obstante, su base de sustentación era'muy frágil (como la de toda armonía social en una sociedad de clases): por un lado, el equilibrio entre frustración y consu- mo siempre fue delicado (y potencialmente explosivo); por otro lado, el conjunto del sistema presuponía la expansión del mercado, la venta. rela- tivamente fácil de los autos producidos.
En los últimos años ’60 y primeros ’70 todo el patrón de dominación y producción comenzó a sacudirse. El hastío acumulado se combinó con la confianza acumulada durante un largo período sin desempleo para de- terminar que fuera cada vez más difícil encerrar las frustraciones en el in- terior de la fábrica. La explosiva frustración se expresó en una alta tasa de rotación (tumover) en el trabajo, crecientes ausentisrno y sabotaje, y frecuente estallido de huelgas. En el conjunto de la industria del automó- vil británica el nivel de actividad huelguistica creció fuertemente después de 1963 y luego muy dramáticamente a fines de los sesenta y principios de los setenta: entre 1969 y 1978 se perdió un promedio anual de más de un millón 800 mil días de trabajo debido a las huelgas en la industria del automóvil, en comparación con un promedio de 377 mil 600 días por año perdidos en 1950-1963 (Marsden et al. 1985, 121).
Significativamente, la mayoría de estas huelgas no pedían mejores sa-
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larios, sino que se originaban en disputas sobre las condiciones de traba- jo. En su Informe Anual de' 1976 el presidente de British Leyland reco- noció:
En British Leyland, aunque relativamente pocos conflictos han tenido relación directa con el salario, tantas huelgas se han producido sin be- neficio alguno ya sea para la compañía o para los empleados que uno se ve obligado a concluir que la razón subyacente es el deseo de hacer una protesta (citado en Television History Workshop 1985, 81).
La combatividad ascendente de fines de los años ’60 no se proponía meramente la renegociación del pacto fordista: más salario por un traba- jo detestable. Golpeaba en el núcleo central del fordismo mismo: los al- tos salarios ya no bastaban para contener la frustración acumulada. Como declaró un gerente de British Leyland:
Esta protesta fue, en mi opinión, una protesta contra el capitalismo y la democracia de este país (Televisión History Workshop 1985, 81).
No se trataba de una situación revolucionaria. No se planteaba, en British Leyland ni en ninguna otra parte en Gran Bretaña, un asalto revo- lucionario contra el capital. Pero sería completamente erróneo sacar de ahí la conclusión de que el capital no estaba amenazado. Se estaba mi- nando la estructura de control que era la base del desarrollo capitalista en el período de posguerra. La clase capitalista no corría un peligro inminen- te de derribamiento, pero ciertamente ningún director o gerente de la Bri- tish Leyland podía hablar con la confianza del centurión en los Evange- lios: “Le decía a uno ‘Ve’, e iba; y a otro ‘Ven’, y venía; y a mi sirviente ‘Haz esto’, y lo hacía” (Lucas 7, VII). Aquella autoridad que es la premi- sa de todo el sistema capitalista de producción, ya no funcionaba.
La pérdida de autoridad dentro de las fábricas se mezcló con el colap- so del otro frágil pilar del fordismo. Las dificultades en la producción en todas partes (debidas a una combinación entre la combatividad ascenden- te y el hecho de que las inversiones en nueva maquinaria ya no llegaban a aumentos significativos en la productividad) castigaron las ganancias y terminaron con la expansión constante del mercado capitalista sobre el cual se basaba el funcionamiento fluido del sistema fordista. Ya no era verdad, a fines de los ’60, que todo auto producido podría ser vendido sin problemas; y hacia 1974, cuando la crisis mundial ya era evidente y el aumento de precios del petróleo llegó hasta los automovilistas, los fabri-
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cantes de automóviles tenían que competir intensamente para vender sus productos. Las compañías productoras se vieron obligadas a cambiar sus métodos de producción para poder competir. También la dirección em- presarial tuvo que atacar las normas establecidas de relaciones laborales. Desde ambos lados de la relación capital-trabajo, la estabilidad relativa del fordismo estaba bajo ataque. Al período de compromiso en el cual los sindicatos habían mantenido juntas a ambas partes en aparente armo- nía, sucedió un período de conflicto abierto, de abierta lucha por el po- der. Como declaró el director de British Leyland antes citado:
Lo único que realmente surge es el hecho de que tanto la dirección co- mo los delegados f shop stewards) apreciaban la situación: ambos co- nocían sus propios objetivos y amb os se aceptaban mutuamente lo que estaban haciendo. No se trataba de una batalla entablada entre gente que la negaba: ambos lados admitían que había una lucha. La gerencia decía: ‘Vamos a ganar’. Los delegados decían: ‘Vamos a ganar’ (Tele- vision History Workshop 1985, 81).
La crisis en British Leyland fue el estallido del combate abierto. Esta- ba roto el equilibrio fordista, que hasta entonces había conseguido con- tener las frustraciones y mantener una estructura de control adecuada durante tanto tiempo que había terminado por conformar la imagen del capitalismo para todo una generación.
La crisis capitalista nunca es otra cosa que esto: la ruptura de un pa- trón de dominación de clase relativamente estable. Aparece como una crisis económica, que se expresa en una caída en la tasa de ganancia, pero su núcleo es el fracaso de un patrón de dominación establecido. Desde el punto de vista del capital, la crisis sólo puede ser resuelta mediante el establecimiento de nuevos patrones de dominación. Esto no significa que el capital tiene preparados nuevos patrones para imponerlos a la clase obrera. Para el capital, la crisis sólo puede ser resuelta a través de la lu- cha, a través del restablecimiento de la autoridad y a través de una di- fícil búsqueda de nuevos patrones de dominación.
En el caso de British Leyland, el restablecimiento del control se identificó con la cuestión de elevar la productividad. Se consideró a la elevación de la productividad como la clave para la supervivencia de la empresa frente a la competencia internacional.
Aumentar la productividad no era mera cuestión de introducir nue-
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va maquinaria, sino de hacer que los trabajadores trabajaran más duro. Como decía un informe sobre la política central de la administración en 1975:
Con la misma cantidad de energía a su alcance y ejecutando el mismo trabajo que sus similares en Europa continental, un obrero del auto- móvil británico en la línea de montaje produce sólo la mitad por turno (CPRS 1975).
En tales circunstancias, no tenía mucho objeto introducir nueva tec- nología hasta que se establecieran nuevas actitudes y una nueva discipli- na. La nueva tecnología requeriría un nuevo tipo de control sobre la fuer- za de trabajo, pero al mismo tiempo podía también contribuir a la crea- ción de tal control. Así lo planteó un gerente de Ford cuando habló de la instalación de 39 robots industriales nuevos:
No hemos podido controlar a la fuerza de trabajo. No podemos obli- gar a cada hombre a poner cada soldadura en su lugar correspondiente. Por eso hemos tratado de establecer la calidad mediante máquinas (Scarborough 1986, 99).
En British Leyland, el restablecimiento del control patronal y la intro- ducción de nueva tecnología estaban fuertemente entrelazados en la plane- ación de un nuevo modelo de auto, el Metro, a ser lanzado al mercado a fines de los setenta. La decisión de usar la tenología más avanzada (multi- soldadoras automáticasy robots) en la producción del Metro se tomó a mitad de los setentas, en parte por razones de calidad (se consideraba más confiables a las máquinas que a los obreros) y en parte porque “se sentía que había ventajas no cuantificables en el uso de tecnología cuyo resulta- do era que la dirección tenía que manejar muchos menos operadores di- rectos” (Willman & Winch 1985, 50). Una vez tomada la decisión de in- vertir en alta tecnología y de construir una nueva planta (el estableci- miento New West en Longbridge), se tomó más urgente que nunca esta- blecer el control patronal antes de que la nueva planta se inaugurara.
Pueden verse dos fases en el intento de la dirección de la empresa de establecer su control. La primera fase, que va del colapso financiero de la empresa y su consiguiente intervención por el gobierno laborista en 1974 a la designación de Michael Edwardes como ejecutivo jefe en octubre de 1977, buscaba la incorporación de los delegados de departamento. Cuan- do las finanzas de la empresa se desplomaron en diciembre de 1974, el
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gobierno encargó un informe a Sir Don Ryder, presidente del National Enterprise Board. El plan Ryder, publicado en abril de 1975, subrayada la urgencia de cambios en British Leyland pero,'reconociendo la fuerza de los delegados obreros dentro de la empresa, trató de conseguir el cam- bio logrando su cooperación. En particular, el plan aceptaba la continua- ción del sistema de mutualidad y establecía una estructura de comités conjuntos dirección-delegados para discutir un amplio rango de proble- mas referentes al funcionamiento de la empresa. Después de una encendi- da discusión, los delegados obreros aceptaron cooperar en el esquema de participación, algunos incluso con entusiasmo. Así lo manifestó Derek Robinson, quien reunió a los delegados obreros en Longbridge:
Si convertimos a Leyland en un éxito, será una victoria política. Pro- bará que trabajadores normales tienen la inteligencia y la determina- ción de dirigir la industria (Guardián, 9/4/ 1979, citado en Scarbo- rough 1986, 102).
El entusiasmo de Robinson no fue confirmado por la experiencia. Las discusiones de los comités conjuntos tuvieron lugar dentro de un marco ya estrictamente definido por decisiones patronales (sobre el Metro, por ejemplo) y estaban separadas de la estructura de negociación colectiva en la cual se tomaban las decisiones reales sobre normas de trabajo. Por con- siguiente, los delegados sintieron, por un lado, que ejercían poca influen- cia y, por el otro, que a menudo se comprometían, ante los ojos de los trabajadores a los cuales representaban, por su participación en decisiones de la gerencia (William & Winch, 1985; Scarborough 1986).
Desde el punto de vista de la patronal, el ejercicio de participación fue al mismo tiempo un éxito y un fracaso. Por un lado, sí promovió cierto grado de aceptación de la necesidad de cambiar: como declaró un direc- tor, “la participación fue un éxito y nos ayudó a vender los cambios que queríamos” (Scarborough 1986, 103). Por otro lado, fue una manera len- ta y dificultosa de lograr el cambio y no estableció 1a clara autoridad que la dirección demandaba: se reconocía el poder de los delegados y todavía la actividad huelguística continuaba a un nivel alto. En opinión de Mi- chael Edwardes:
La estructura triple de participación de los empleados —piedra angular del remedio Ryder —para resolver los intrincados problemas de las rela- ciones laborales- sólo produjo papelería burocrática que disipaba los recursos y esfuerzos de la gerencia. Algunas decisiones empresariales se postergaban' durante meses mientras la maquinaria consultiva con-
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junta trataba infructuosamente de dar a luz un consenso. Procedimien- to y consulta para evitar problemas en las relaciones industriales pare- cieron dominar la capacidad de tomar decisiones y de convertirlas en acción, y sin embargo durante ese período la cantidad de conflictos aumentó agudamente (Edwardes 1984, 39).
Hacia 1977 era evidente que la estrategia Ryder no podía conducir a la recuperación de la empresa: la productividad seguía cayendo y con ella la posición de British Leyland en el mercado. Dado que no se podía lograr un efectivo control patronal a través de la incorporación de los de- legados obreros, era necesario que la dirección empresarial se hiciera más abiertamente agresiva. En octubre de 1977, Michael Edwardes fue desig- nado por el National Enterprise Board (con la aprobación del gobierno laborista) como Presidente y Ejecutivo Jefe de la British Leyland.
Para Edwardes, la clave del éxito estaba en la reafirmación del control del capital sobre el trabajo: el “sine qua non dela supervivencia era esta- blecer el derecho a dirigir” (Edwardes 1984, 54), y esto significaría “con- trarrestar el poder de los delegados obreros” (Edwardes 1984, 79).
Establecer el derecho a dirigir significaba, crucialmente, romper el sis- tema de mutualidad y afirmar el derecho de la dirección a introducir nue- vas normas de trabajo sin el consentimiento previo de los delegados obre- ros. Aunque el estilo directivo de Edwardes era ríspido desde un princi- pio, atacó primero al modo de dirigir establecido, ajustando cuentas no con los delegados obreros sino con los directores mismos, despidiendo a Varios y removiendo a otros a nUevas posiciones. Pasaron dos años antes de que enfrentará a los delegados obreros en una confrontación directa sobre la cuestión de la mutualidad. Durante esos dos años la posición de los delegados se había debilitado notablemente debido a una cantidad de cierres de plantas, a la inflexibilidad de la dirección en las negociacio- nes salariales y al agudo aumento del desempleo a nivel nacional. Tam- bién se debilitó por la nueva estrategia populista de la patronal, dirigida a movilizar a los trabajadores contra los delegados. Sosteniendo que los de- legados obreros no representaban los deseos de Sus bases, la patronal de- sarrolló una política (después de febrero de 1979) de pasar por encima de las cabezas de los delegados y dirigirse directamente a los propios tra- bajadores.
Esto significaba frecuentemente enviar cartas a las casas de los emplea- dos (donde éstos podían considerar calma y cuidadosamente la situa-
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ción junto con sus familias), la publicación de cartas informativas de la empresa y de carteles. Cuando sentíamos que determinado problema tenía mayor significación usábamos desplegados pagados enla prensa y parecían ser efectivos, pues los activistas invariablemente protesta- ban (Edwardes 1984, 93).
De este modo, la “democracia” se convirtió en una estrategia patronal; se usó el voto directo de los afiliados para contrarrestar las formas estable- cidas de representación sindical.
La confrontación sobre la mutualidad y el control patronal se produjo a fines de 1979. Comenzó cuando, en respuesta a continuas dificultades económicas, Edwardes dio a conocer un Plan de Recuperación, que pre- veía la pérdida de 25.000 puestos de trabajo y el cierre total o parcial de trece fábricas. Los sindicatos se opusieron micialménte al plan. Pero, frente a la afirmación de la dirección de que la única alternativa era el cie- rre dela empresa entera, los sindicatos de mecánicos decidieron recomen- dar su aceptación en una votación de los empleados de la empresa, y la votación dio una amplia mayoría a favor. Cuando, entonces, una canti- dad de delegados obreros publicaron un folleto criticando el plan (en no- viembre de 1979), la empresa respondió despidiendo a Derek Robinson, uno de los firmantes del folleto y presidente del comité de delegados obreros.
Una huelga en defensa de Robinson pronto fracasó, aunque los dele- gados continuaron apoyando a Robinson y hasta lo reeligieron coordina- dor de los delegados de Longbridge en enero de 1980. Los delegados ya no tenían el mismo poder que antes. Por un lado, los sindicatos naciona- les (particularmente el sindicato de mecánicos, el AUEW, del cual era miembro Robinson) no lo apoyaron: Robinson, y el poder de los delega- dos obreros que él representaba, hab ían sido durante mucho tiempo una espina en el flanco de los dirigentes nacionales responsables de la AUEW (Edwardes 1984, 117-133). Por el otro, se hizo evidente que los delega- dos obreros no podían contar con el apoyo activo de los miembros del sindicato: un elemento importante había sido, sin duda, la aceptación de la estrategia Ryder que involucraba a los delegados obreros en un es- quema de participación que no tenía amplio apoyo entre los trabajado- res (William & Winch 1985, 83; Scarborough 1986). Aunque la estrate- gia agresiva de Edwardes parece ser lo contrario del enfoque de Ryder, en realidad se construyó en aspectos importantes sobre los resultados de éste.
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Una vez que se aceptó el Plan de Recuperación, la dirección empresa- rial develó algunas de las implicaciones del plan en un documento de 92 páginas sobre cambios en las normas laborales. _En los términos de Ed- wardes: “En el centro del documento de 92 páginas que subrayan los cambios necesarios, estaba el desafío a la ‘mutualidad’ (Edwardes 1984, 133). Un documento dirigido a los directores circuló en ese tiempo por toda la empresa:
l. Son los directores quienes tienen la responsabilidad de administrar, dirigir y motivar a los empleados y de comunicarse en problemas dela empresa. los delegados obreros tienen derecho a representar a sus miembros y a comunicarles información sindical en el lugar de trabajo pero sólo dentro de las reglas y procedimientos conjuntamente esta- blecidos. . .
3. Todo director debe desempeñar su papel para derrotar a la pequeña minoría que quisiera ver el fracaso de British Leyland. . .” (citado en Willman & Winch 1985, 130).
La cuestión en juego era la extensión del control patronal dentro dc la fábrica. Ia dirección de la empresa aspiraba a “cambiar las costumbres de dos generaciones en la empresa” (Edwardes 1984, 133), a recuperar para el capital la autoridad del orgulloso centurión: “Yo le decía a uno ‘Ve’, y él iba”
Las negociaciones sobre el documento de 92 páginas se rompieron: los delegados obreros no podían aceptar el abandono de la mutualidad. La gerencia respondió haciendo circular el documento como “Periódico Azul” entre todo el personal e informó que sería puesto en práctica el 8' y 9 de abril de 1980: todo trabajador que se presentara al trabajo ese dia seria considerado como aceptante de las nuevas normas de trabajo. La respuesta del sindicato fue descoordinada y la resistencia pronto se de- rrumbó. La gerencia había tenido éxito y el capital afirmado su derecho a mandar:
en esos dos días, jueves 8 de abril y viernes 9 de abril de 1980, treinta años de concesiones de la empresa (que hab ían hecho imposible fabri- car autos competitivarnente) tueron lanzados por la ventana, y nues- tras fábricas de automóviles se encontraron con una posibilidad de lu- char y volverse competitivas (Edwardes 1984, 135).
El poder de los delegados obreros habían sido roto efectivamente: la dirección de la empresa había triunfado.
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El camino había quedado libre para el lanzamiento del modelo Metro en octubre de 1980. Se seleccionó cuidadosamente a los trabajadores pa- ra la nueva planta para asegurarse de que tenían la actitud correcta y que quedara eliminado todo aquel que estuviera registrado como activista. El éxito del Metro dependía de una mezcla de nueva tecnología y nuevos obreros: las soldadoras múltiples y los robots no tenían utilidad alguna
a menos que los obreros tuvieran las actitudes correctas para trabajar con ellos.
La palabra clave en la reforma de las normas de trabajo es “flexibili- dad” Flexibilidad significa esencialmente la remoción de barreras al de- recho de la empresa de decir a los trabajadores que hacer, dónde hacerlo y a qué ritmo. Los obreros ya no deben insistir en definiciones de tareas: deben ser lo suficientemente “flexibles” como para moverse de una tarea a otra. En las palabras de un obrero de la planta Cowley:
Ahora estamos bajo un ataque constante, y todos los acuerdos protec- tores establecidos en los años sesenta han desaparecido. A los obreros se los agrupa ahora como rebaño de ganado en esas plantas. Los acuer- dos protectores, los acuerdos de antigüedad, que eran los acuerdos protectores más importantes han desaparecido totalmente. Estamos viendo condiciones en las cuales a trabajadores que durante treinta o cuarenta años han trabajado fuera de las líneas, se les da cinco minu- tos de preaviso para que vayan a la linea. A menudo con condiciones médicas. A menudo trabajando en un pozo, con condiciones suple- mentarias que hacen absolutamente imposible para ellos cumplir la tarea. Y se los envía despiadadamente, después de cuarenta años de trabajar con la empresa. ‘Métase en ese pozo y haga esa tarea o bús- quese trabajo en otra parte’. Y no estoy exagerando nada: es lo que sucede todos los días. Cada día en esas plantas. Y la diferencia entre eso y lo que sucedía cuando los sindicatos tenían poder hace unos po- cos años, es la diferencia absoluta que hay entre la tiza y el queso (Televisión History Workshop 1985, 108).
Los delegados obreros ya no pueden controlar el ritmo de trabajo ola movilidad de los obreros en la misma forma que antes. La organización de los delegados existe todavía, pero los delegados tienen mucho menos facilidades y un papel grandemente reducido: ya no tienen papel alguno en la negociación de salarios, premios o niveles de esfuerzo, habiendo quedado limitados principalmente a la representación de los trabajadores en los procedimientos de quejas. La aspiración de la dirección nunca fue
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destruir el sindicalismo en la empresa, sino meramente limitar sus alcan- ces de modo que colaborara con la autoridad empresarial en lugar de cuestionarla.
La productividad en la línea de producción del modelo Metro superó incluso las expectativas de la empresa. 1.a productividad también snbió agudamente en otras plantas, lo cual sugiere que la elevación se debió cuando menos tanto al nuevo patrón de relaciones industriales como a la nueva tecnología. El nivel de actividad huelguística, por su parte, cayó. El cambio en la situación fue tan dramático que a principios de 1984 se informó que Longbridge tenía mayor productividad que cualquier otra planta de automóviles europea (W illman & Winch 1985, 155).
Elevar la productividad a niveles europeos ya no es, sin embargo, sufi- ciente para sostener la competencia internacional. British Leyland (ahora el Grupo Rover) continúa confrontando agudas dificultades. El desafío actual es elevar la productividad y la calidad a niveles japoneses.
Elevar calidad y productividad a niveles japoneses, sin embargo, re- quiere cambios adicionales, no tanto en la tecnología cuanto en las acti- tudes obreras. Lo que Edwardes (cuyo período en el cargo concluyó en 1982) logró fue la destrución del poder de los delegados obreros, la des- trucción de las barreras al control patronal. Esta especie de agresivo enfo- que empresarial podía y pudo obligar a los trabajadores a obedecer las ór- denes de la dirección, pero dificilmente podía esperarse que produjera una fuerza de trabajo dedicada y entusiasta. No obstante, es precisamente esta especie de dedicación, y entusiasmo lo que hoy se considera necesario para asegurar la calidad de los productos.
El mando “macho” de Edwardes puede ser visto hoy como una fase de transición, necesaria para destruir los obstáculos al control empresa- rial, pero incapaz para establecer la base para un nuevo patrón de relacio- nes industriales estable. Lo que ahora necesita hacer la empresa es cons- truir sobre esta derrota y modelar al obrero sumiso transfonnándolo en un obrero entusiasta, orgulloso de su compañia.
En el Grupo Rover ya están-ocurriendo cambios en este sentido. Cuan- do se anunció a principios de 1986 la designación del nuevo presidente y ejecutivo jefe, Graham Day, la pregunta era si uno de los principales cola- boradores de Edwardes, Harold Musgrove, continuaría como presidente de Austin Rover, pues entre otras cuestiones se consideraba dudoso “si el
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enfoque del señor Musgrove —‘latiguear las espaldas de la gente para que de la planta salgan autos’, como alguien dijo- es hoy el correcto” (Finan- cial Times, 22 marzo 1986). Efectivamente, la renuncia del señor Mus- grove fue una de las primeras consecuencias de la designación de Day.
Una indicación más positiva de la misma. tendencia se puede ver en la actual iniciativa en Austin Rover, “trabajar con orgullo”. Andy Bar‘r, el director gerente a cargo de esta iniciativa, la formuló así:
Necesitamos cambiar actitudes y no solamente patrones de conducta. Necesitamos un involucramiento total para asegurar calidad y confia- bilidad de nuestros productos (Financial Times, 18 de septiembre 1986)
Los aspirantes a un puesto en la línea de montaje de la Róver en Cow- ley atraviesan ahora un proceso de verificación de dos días para discutir las aspiraciones y objetivos de la compañía. Incluso se estimula a tomar parte en él a sus padres o su esposa e hijos, “para venir y juzgar si Austin Rover es la compañía de su familia” (Financial Times, 18 de septiembre 1986). Declaró Barr:
No buscamos solamente habilidad manual y destreza. Queremos saber si sus aspiraciones son las mismas que las de la compañía. Lo que es bueno para la gente es bueno para la compañia (Financial Times, 20 junio 1986)
El estilo de mando “macho” tipificado por Edwardes está siendo sus- tituido por una nueva imagen: la imagen de una dirección empresarial que se preocupe, apoyada por una fuerza de trabajo orgullosa y dedicada.
La imagen a la cual aspira la dirección de Rover es la que ya presenta la nueva fábrica Nissan inaugurada el ll de septiembre de 1986 en Sun- derland. La publicidad televisiva de la empresa proyecta un cuadro de nueva armonía, muy alejado de las huelgas y la acrimonia dela tradicio- nal fabricación británica de autos:
Imaginen una fábrica de automóviles donde nadie hace huelga, y don- de tampoco nadie es despedido. Imaginen al’ director gerente vestido exactamente igual que los hombres en la línea de montaje. Imaginen que la gerencia y los trabajadores se reúnen cada día para ver cómo
pueden hacer mejor las cosas. Imaginen que el trabajo no fuera sola-
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mente para obtener una mejor paga diaria, sino para trabajar juntos para hacer algo de lo que se puede estar orgulloso. Tal vez entonces sería imposible hacer un auto tan bueno que tuviera una garantía de 100 mil millas o de tres años. ¿O esto es sólo un sueño? (citado en Bassett 1986, 148).
Todos los anuncios publicitarios tienen el mismo tema: con Nissan, la fabricación de automóviles entra en un mundo nuevo. Se transforma la relación entre empresa y trabajador. El obrero Nissan es un nuevo obrero, tan" nuevo que ya no es más un obrero. Es un miembro del equi- po (staff): “No tienen ‘obreros’ en Sunderland” (frase de un anuncio de Nissan, Observer, l4 septiembre 1986).
Los miembros del “equipo” fueron" seleccionados cuidadosamente pa- ra asegurarse de que realmente eran hombres nuevos, que no traían man- chas del viejo activismo sindical. Primero se seleccionó el lugar donde se ubicaría la fábrica — “una de las búsquedas más exhaustivas de una ubi- cación en la historia comercial, en que se consideraron más de cincuenta lugares en total, con autoridades locales que competían fuertemente en- tre sí para lograr la instalación” (Bassett 1986, 149). Una vez que se es- cogió la ubicación (un antiguo aeropuerto cerca de Sunderland), la em- presa comenzó a seleccionar a los “equipistas”. La gerencia tenía toda la amplitud para rechazar a cualquiera que tuviera actitudes no construc- tivas:
Se recibieron más de 11.000 solicitudes para los primeros 247 pues- tos en la nueva planta y cada una pasó uno de los cursos de selección más intenso y vigoroso que se pueda imaginar. Las vacantes para 22 supervisores, una especie de capataz híbrido, atrajeron 3.000 solicitu- des (lnserción publicitaria, Observer, 14 septiembre 1986).
la opción de crear una planta no sindicalizada fue considerada por la empresa, pero la rechazó porque sintió que tal decisión podía ser una fuente constante de fricción. En cambio, decidieron que reconocerían solamente un sindicato y entrevistaron a los varios sindicatos posibles (T&GWU, AUEW, GMBATU) antes de elegir: “Nos vimos obligados a desfilar ante posibles empleadores como reinas de belleza”, declaró uno de los secretarios regionales (Bassett 1986, 149). La compañía escogió al sindicato de mecánicos, AUEW, y celebró con él un acuerdo que elimina virtualmente la posibilidad de huelga alguna: todos los conflictos se debe- rán arreglar por negociación, conciliación o arbitraje.
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La cuestión de la organización sindical es, en cualquier caso, periférica si se sigue la imagen que la empresa proyecta. El antagonismo entre la di- rección y los trabajadores es cosa del pasado. Los trabajadores de la di- rección y los de la producción visten las mismas ropas y comen en el mis- mo comedor; no se pide a los obreros que marquen a la mañana en el re- loj de ingreso; los sobres con el salario son sustituidos por salarios paga- dos directamente sobre la cuenta bancaria de cada uno. Todos forman parte de un mismo equipo cuyo fin es producir autos de alta calidad. La definición de tareas no tiene espacio aquí, por supuesto: el acento se pone en la flexibilidad de oficios, destrezas y puestos de trabajo.
El concepto consiste en crear un equipo o pequeño grupo de obreros (perdón, de ‘equipistas de producción’) que utilizan e intercambian di- ferentes capacidades (Inserción publicitaria, Observer, 14 septiembre 1986)
Todo el mundo de la fabricación de automóviles resulta transformado. La lucha de clases no tiene aquí espacio propio: aparentemente, no exis- te antagonismo. La lucha a secas tampoco tiene lugar: el Hombre Nuevo no se pelea. Este nuevo mundo armonioso se ha logrado no mediante la lucha, sino mediante el rechazo de la lucha. En realidad, el nuevo mundo representa la liberación de la lucha, del viejo mundo conflictivo. Aquí en Nissan, directores y obreros juntos son capaces de hacer lo que siem- pre quisieron hacer: fabricar productos de alta calidad, sin las trabas de la interferencia sindical. Desde este punto de vista, la militancia de los años setenta se derrotó a si misma: era a la vez irracional y estéril. El Hombre Nuevo no es militante, sabe que todos los problemas pueden resolverse mediante la comunicación:
‘Quien se comunica es en gran medida un rey’, sostiene Wickens (di- rector de personal). Si el jefe de equipo no está contento puede char- lar con el supervisor y entonces sentarse todos juntos y tratar de resol- verlas cosas (Inserción publicitaria, Observer, 14 de septiembre 1986).
El mundo de Nissan es el mundo de la nueva armonía, el nuevo con- senso. La militancia, lo mismo que el mando “macho”, han ido a parar al basurero de la historia: los nombres de Robinson y Scargill, pero tam- bién los de Edwardes y MacGregor, mejor son olvidados como aberracio- nes en la marcha hacia adelante del sentido común racional.
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De la crisis en British Ieyland y el establecimiento de Nissan, es posi- ble sacar algunas conclusiones sobre el desarrollo capitalista en Gran Bre- taña en los últimos quince años, más o menos.
El punto más obvio es que sin tener una concepción de crisis no se pueden comprender los cambios que han ocurrido. La crisis en British Leyland fue una crisis en los métodos establecidos de producir automó- viles. No era tan solo que la tecnología existente era obsoleta, sino que ya no eran viables los patrones de relaciones entre el trabajo y la direc- ción empresarial asociados con la linea de montaje y la producción se- miautomatizada. La crisis era sobre todo una crisis en la relación de do- minación: se habían roto los patrones establecidos de control sobre el trabajo. De tal modo, era también necesariamente una crisis de dirección empresarial. Había que encontrar nuevos modos de dirigir al trabajo (y en este proceso muchos de los viejos directores tenían que ser despedi- dos). Y era también una crisis de los sindicatos, porque la estructura sindical existente se basaba en el mantenimiento de cierto tipo de equi- librio entre capital y trabajo. l
1.a crisis file un estallido de lucha abierta entre capital y trabajo. El patrón de dominación preexistente estaba roto: no era una situación revolucionaria, pero si una situación en la cual todo parecía pofiible. El capilla! no podía permitir que eso continuara: tenía que restablecer su derecho de mando, su arrogantemente proclamado “derecho a diri- gir”, su derecho a determinar qué es posible y qué no lo es.
No hay duda de que en esta lucha resultó victorioso el capital y de- rrotado el trabajo. En el caso de British leyland, la estrategia empresa- rial atravesó varias fases, la- mas efectiva de las cuales fue sin duda la agresiva dirección “macho” de Edwardes; pero cada viraje aparente dela estrategia empresarial se desarrolló a partir de las conquistas de la fase precedente. Edwardes pudo basarse en el aislamiento de los delegados obreros que fue el resultado del enfoque corporativo de Ryder, así como el actual enfoque de “trabajar con orgullo” se basa en el aplasta- miento de los trabajadores bajo Edwardes.
Tomando el período en su conjunto, las relaciones de producción han cambiado de un modo que a mitad de los setentas habría parecido inconcebible. La reafirmación de la autoridad empresarial ha progresado
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junto con la exclusión ,de grandes cantidades de trabajadores. La cifra de obreros manuales empleada por British Leyland cayo de 120 mil a 26 mil en un lapso de ocho años, una caída de casi 100 mil comparada con los 400 contratados por Nissan. La reestructuración del proceso de trabajo y de las relaciones entre la dirección y los trabajadores es si- multáneamente la creación de desempleo en gran escala. No se los pue- de separar.
¿Por qué fue derrotado el trabajo? Un factor fue, sin duda, la insegu- ridad de la existencia en la cual se basa el capitalismo: si uno no posee propiedad, tiene que vender su fuerza para sobrevivir a un nivel acepta- ble. Durante el período de conflicto en British Leyland, el desempleo creció rápidamente y la amenaza de despido era aguda. En tales circuns- tancias era fácil para la empresa usar la amenaza de cierre para imponer su voluntad.
Un segundo factor fue la forma en que fueron debilitados intema- mente los delegados obreros (y los sindicatos nacionales), justo en el momento en que su poder parecíaser mayor. El involucramiento de los delegados y dirigentes sindicales en el esquema de participación bajo el plan Ryder (y, nacionalmente, en toda la estructura corporativa del pacto social) condujo a una alienación de los trabajadores con respecto a sus “representantes”. La estrategia de Edwardes de comunicación directa con los trabajadores pudo basarse con mucho éxito sobre esta alienación.
La participación tenía este efecto porque, tal vez inevitablemente, significaba participación en el restablecimiento de la competitividad de la empresa. Los delegados aceptaron este objetivo, así como no cuestio- naron la necesidad de introducir nueva tecnología para alcanzarlo: no había una alternativa obvia. A falta de una alternativa, la lógica del desa- rrollo_capitalista se impuso por si misma: los autos deben fabricarse enla forma más eficiente posible, y la dirección debe dirigir. La ley del valor se afirma como una Necesidad en una sociedad capitalista.
Sería erróneo pensar que la crisis está superada. El Grupo Rover (co- mo se llama ahora) todavía está en graves dificultades y hay obvios pro- blemas para poner en marcha los nuevos métodos que se han puesto de moda entre los dirigentes empresariales. El legado de Edwardes no es la mejor base para construir un sentimiento de dedicación y orgullo entre los trabajadores.
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Nissan es intructivo porque puede partir de cero, dando por sentada la destrucción de las viejas tradiciones. En Nissan es posible ver, no toda- vía un nuevo patrón establecido de relaciones entre la empresa y el traba- jo, sino tendencias que indican la conformación de un nuevo patrón emergente. El uso extensivo de tecnologia significa que muchos .de los problemas de control (tal como el control de la calidad de la soldadura o de la pintura, por ejemplo) se trasfieren de la supervisión directa de los trabajadores de producción al diseño y especialmente a la programación de la multisoldadora o del robot. El control de la fuerza de trabajo en ningún caso presenta los mismos problemas que antes: establecer una nueva fábrica en un lugar despoblado en una región con alto desempleo significa que muchos de los problemas de control empresarial se pueden transferir al punto de selección. Al asegurarse de que solo se dará empleo a trabajadores con la actitud correcta, la dirección puede resolver en gran medida no solo el problema del activismo sindical, sino también las cues- tiones de calidad, flexibilidad y disciplina. Ahora se torna posible esperar que los trabajadores se identifiquen con la empresa hasta el punto de preocuparse por la calidad del producto, pedir flexibilidad en la ejecución de las tareas y hacer propio el tipo de disciplina que posibilita la produc- ción ‘ïust-in-time” (con su mínimo stock de partes).
En este contexto, el sindicalismo llega a tener un signficado nuevo. La nueva fábrica no excluye a los sindicatos, pero los sindicatos, como los trabajadores, atraviesan un proceso de selección y tienen que satisfacer a la empresa en cuanto a la demanda de que tengan una actitud nueva. El nuevo sindicato es cooperador y se identifica con los intereses de la empresa. Para los dirigentes del sindicato de electricistas, el EEPTU, y el sindicato de mecánicos, el AUEW, los dos sindicatos más fuertemente identificados con esta tendencia, el activismo es irracional y obsoleto: no tiene espacio en este mundo nuevo. 1.a huelga minera, la lucha de los obreros gráficos en Wapping, son reliquias intempestivas de un pasado enterrado. El nuevo sindicato, como el nuevo obrero, esta liberado del pasado, libre para gozar, sobre las tumbas de los derrotados y la exclu- sión de millones, la nueva armonía del conforrnismo sofocante.
Por supuesto esta no es toda la historia. No puede serlo.
4.
Hay sorprendentes paralelismos entre-las fases de la estrategia empre- sarial en la industria del automóvil y el desarrollo del Estado británico.
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También en el Estado existe cierto equilibrio que se mantiene hasta la mitad de los años 70. Como en British Leyland, ese equilibrio se basa en un reconocimiento de la fuerza de los sindicatos y por consiguiente de su importancia para toda la estructura del gobierno. En British leyland se lo conoce como “mutualidad”, en el Estado se lo llama keynesianismo.
A menudo el término “keynesianismo” se emplea para referirse a un conjunto de políticas económicas diseñadas para asegurar el pleno em- pleo y el desarrollo equilibrado de la economía a través de la regulación de la demanda, o a la teoría económica en que esas políticas se basan. La adopción de esas políticas y el desarrollo de esa teoría, sin embargo, no eran mero azar histórico: tanto políticas como teoría surgieron de un reconocimiento del creciente poder (y por lo tanto, amenaza) de la clase obrera, y de la necesidad de desarrollar una nueva forma de controlar y embridar ese poder. En Gran Bretaña fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial lo que volvió particularmente urgente esta necesidad y llevó a la integración de dirigentes sindicales en el gobierno y al com- promiso estatal de mantener el pleno empleo y aplicar políticas de bie- nestar social f Welfare State policies} después de la guerra. En la posgue- rra, cuando la expansión de la producción masiva y el rígido mercado de la fuerza de trabajo consolidaron el poder del trabajo, el keynesia- nismo se convirtió en el patrón de dominación establecido.
Mutualidad y keynesianismo son esencialmente lo mismo. En ambos casos existe un reconocimiento de la fuerza de la clase obrera, y un reco- nocimiento de que esa fuerza impone límites al poder del Estado (o de la empresa) para hacer lo que quiere. A nivel de la fábrica, se reconoce que la dirección no puede introducir cambios en la tecnología o en las normas de trabajo sin previo consentimiento de los delegados obreros. Al nivel nacional, se acepta que el control de los salarios u otros aspectos de las relaciones industriales no se puede imponer contra los deseos de los sindi- catos, que este es un terreno donde la ley no debe intervenir.
También en ambos casos existe un intento de integrar el poder de los sindicatos dentro de la estructura de control y de usarlo en provecho del capital. El principio clave es la conversión de las frustraciones de los tra- bajadores en demandas monetarias y la canalización de tales demandas de modo que se conviertan en una fuerza positiva para la acumulación de capital. En British Leyland y en otras empresas esto se obtiene a través de la negociación colectiva y del acuerdo de que hay que pagar por carn- biar. A nivel 'del Estado, el intento de regular las demandas en interés
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de la acumulación del capital tiene el mismo fin. Las demandas son la. frustración de la clase obrera-convertida en dinero. La gestión de las de- mandas es precisamente lo que dice ser: gestión de las frustraciones mo--
netizadas de la clase obrera de modo de convertirlas en un estímulo pa- ra la acumulación de capital.
En ambos casos era evidente hacia fines de lo años 60 que la estructu- ra establecida de dominación-y-compromiso estaba obstruyendo el desa- rrollo del capitalismo en Gran Bretaña. Sin embargo, se estaba aun muy lejos del reconocimiento de que era esencial romper el equilibrio estable- cido para estar en condiciones de lograrlo. A fines de los ‘60 se recono- ció en British Leyland que existía una seria situación de “sobreempleo” o mano de obra excedentaria, pero el director ejecutivo en esa época, Stokes, se abstuvo de despedir 30 mil trabajadores por temor de las consecuencias (Turner 1973), y hubo que esperar diez años para que Edwardes pudiera abordar seriamente el problema. Al nivel del Estado, los intentos del gobierno Wilson (el documento “In Place of Strife” de 1969) y del gobierno Heath (el Acta de Relaciones Industriales de 1971) para restringir radicalmente el poder de los sindicatos, fracasaron cuando tuvieron que confrontarse con la realidad de este poder. Una vez más, to- mó diez años o más para romper este patrón.
En los dos casos la crisis de control llegó a su punto culminante en 1974/1975. Al nivel del Estado, como en British Leyland, no se trataba de ninguna situación revolucionaria; pero había una seria crisis de auto- ridad y control. Hechos tales como el fracaso del Actade Relaciones In- dustriales de Heath después de la liberación de los Cinco de Pentonville en 1971 y las huelgas mineras de 1972 y 1974 marcaron muy claros los límites de la autoridad del Estado. Inflación creciente, gasto público en ascenso, ganancias decrecientes, altos niveles de actividad huelguística: todo evidenciaba que el equilibrio de posguerra se estaba derrumbando.
La respuesta del gobierno laborista a este dilema fue esencial para adoptar la estrategia Ryder: lograr que los sindicatos participaran abierta y explícitamente en la administración del país, a través del Contrato So- 'Cial. La experiencia del Contrato Social fue muy similar ala experiencia de participación en British Leyland. 1.a discusión se efectuó dentro de los marcos de objetivos prefijados: restablecimiento de la competitividad y renovación tecnológica de British Ieyland; restablecimiento de la com- petitividad y renovación tecnológica en toda Gran Bretaña. Dado que es- tos objetivos signficaban claramente reducir el poder de los sindicatos,
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la participaCión de éstos solo podía signficar participación en su propia destrucción.
Y así sucedió. A medida que la crisis se profundizó, y especialmente después de 1975/1976 se volvió cada vez más claro que el Contrato Social no significaba más que la participación de los sindicatos en una política que recortaba los niveles de vida de los trabajadores y que, al per- mitir el aumento del desempleo, minaba las bases del propio poder de los sindicatos.
El Contrato Social, desde el punto de vista del capital, era ala vez un éxito y un fracaso, exactamente del mismo modo que la estrategia Ryder en British Leyland. Era. un éxito muy grande en cuanto, al dar poder en apariencia a los sindicatos, los destruía efectivamente. Cuando fueron atacados directamente a inicios de los años ’80, resultó claro que el poder de los sindicatos estaba vacío: como los delegados obreros en British Ley- land, se habían desacreditado por su participación en la administración. El Contrato Social vaciaba .el poder de los sindicatos y al mismo tiempo inflaba a estos, convirtiéndolos así en un blanco fácil.
El Contrato Social fue también un fracaso en el mismo sentido que la estrategia Ryder en Leyland. Era costoso (porque había que dar conce- siones para comprar el asentirniento de los sindicatos) y engorroso, y so- bre todo no podía lograr la clara reafirmación de la autoridad, que era ne- cesaria si 'se pretendía establecer una nueva base para la acumulación del capital.
Edwardes encuentra en Thatcher su nítida contraparte al nivel nacio- nal. Thatcher llegó al gobierno más de un año después de que Edwardes fue designado como ejecutivo jefe en British Leyland, con una imagen y un mensaje muy similares. El gobierno iba a ser firme y no habria com- promisos; la tarea del gobierno era gobernar, asi como la tarea de la di- rección empresarial era dirigir. El keynesianismo y el corporativismo del Contrato Social fueron dejados de lado.
Lo mismo que Edwardes, Thatcher no estaba atacando meramente a los sindicatos. Como Edwardes, estaba atacando un estilo de gobierno (o de dirección de empresa) que se basaba en un reconocimiento del po- der de los sindicatos. Así como Edwardes había atacado primero a la di- rección misma y había despedido a los directores demasiado comprome- tidos con las prácticas prexistentes, uno de los primeros blancos del
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ataque de Thatcher fueron el servicio civil y la 'red de relaciones existen- te entre funcionarios, sindicalistas y empleadores. La crisis capitalista no significa solo un ataque intensificado contra la clase obrera, sino la des- trucción de toda una estructura de dominación. Esta destrucción se al- canza en gran medida a través de la operación del dinero, pero también desempeña un papel importante gente que viene de afuera de las estruc- turas de poder existentes. Esto explica la prominencia particular en los años recientes de directores de empresas traídos desde afuera de deter- minadaindustria (como Edwardes o MacGregor), o de alguien como Thatcher que vino de afuera del establishment conservador. Explica también por qué gente como Edwardes o Thatcher, aunque actúan en interés del capital, pueden ser muy impopulares ante muchos grupos individuales de capitalistas. Finalmente, explica la importancia particu- lar del dinero bajo el gobierno de Thatcher: no es porque el gobierno ha sido indebidamente influido por el capital financiero en lugar del capital industrial, como suele decirse, sino porque el dinero en un pe- ríodo de crisis desempeña un papel central para la ruptura y la rees- tructuración de los patrones de dominación.
El equilibrio de posguerra se había desmoronado, al menos en la retórica. En‘1979, sin embargo, no era totalmente claro que el Estado social keynesiano-corporativo estaba tan muerto como lo proclamaba Thatcher. Todavía había quienes declaraban que la socialdemocratiz'a- ción del Estado británico no se podía revertir y quienes predecían que Thatcher tendría que hacer la misma clase de vuelta en U que el gobier- no Heath diez años antes. Esta visión era demasiado optimista: el Esta- do keynesiano-corporativo se basaba en un reconocimiento del poder de los sindicatos, y hacia fines de los"70 ese poder había sido sustancial- mente debilitado. Sin embargo, así como Edwardes se había aguantado dos años antes de poner a prueba su retórica en una confrontación di- recta con el poder de los delegados obreros, también el gobierno That- cher pospuso su restricción legal del poder sindical, prefiriendo introdu- cirlo poco a poco en los años posteriores a 1981. Pospuso también, muy deliberadamente, su confrontación mayor con los mineros hasta 1984.
Con una visión retrospectiva, surge que la señora Thatcher, lejos de ser una “dama de hierro”, era en realidad muy cautelosa en su enfoque de los sindicatos. Esperó hasta estar segura de que el enemigo estaba real- mente vencido, antes de cortarle la cabeza. Sólo después de la derrota .de los sindicatos fue posible la dura legislación antisindical. No fue en primer lugar el gobierno Thatcher el que puso fin a la era keynesiana;
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tampoco el gobierno laborista precedente: el famoso discurso de Calla- ghan en el Congreso del Partido laborista en 1977 reconoció (o anunció) la muerte del keynesianismo, pero no la provocó. El sistema de gobierno keynesiano se fundaba en un reconocimiento del poder de los sincicatos, pero el principal responsable de la quiebra de ese poder no fue el Estado. El poder de los sindicatos fue destruido primero y sobre todo en los con- flictos industriales de fines de los años ’70 y comienzos de los ’80, y en éstos el papel del Estado fue importante pero secundario. Si hubiera que ponerle una fecha a la muerte final de keynesianismo, no sería el discur- so de Callaghan ni la victoria electoral de Thatcher, sino el 8 de abril de 1980, el día en que terminó la mutualidad en British Leyland. Esto, jun- to con una multitud de otros hechos similares en toda la industria, fue lo que lo eliminó la posibilidad de una vuelta en U, de un retorno a los pa- trones dela socialdemocracia de posguerra.
Decir que no puede haber regreso a los viejos patrones de la socialde- mocracia no significa, sin embargo, que el thatcherismo ofrecerá necesa- riamente un modelo duradero de gobierno para Gran Bretaña. Por el con- trario, la analogía con Edwardes en British Leyland sugeriría que es me- jor ver al thatcherismo como un tipo de :gobiemo transicional, adecua- do para destruir los vestigios de fordismo/keynesianismo, pero no para establecer los patrones políticos del feliz mundo nuevo tipificado por Nissan. Es prematuro ver en el thatcherismo un modelo del “Estado postfordista”
Los paralelismos entre los cambios en la estrategia empresarial y los cambios en la política estatal son sorprendentes. También sorprendente es el hecho de que las corrientes de influencia no van en el sentido que nos haría suponer la visión dominante de la sociedad centrada en el Estado. Naturalmente, hay interacción constante, pero en conjunto son los cambios en la estrategia empresarial los que indican el camino para los cambios en la política estatal. En lugar de ver a Edwardes como el San "Juan Bautista del thatcherismo, probablemente es más justo ver a That- cher como el San Pablo del edwardesismo. La dirección empresarial conduce, el Estado sigue.
El “edwardesismo” significa aquí una completa inversión de marea en la estrategia empresarial. Los cambios en British Leyland son parti-
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cularrnente claros y comprobables, pero no son atípicos. El propio Edwa-des fue muy influyente para establecer un estilo de dirección en to- da la industria. Pero aun allí donde la dirección no se hizo tan abier- tamente agresiva, las relaciones entre la dirección y el trabajo se carac- terizaron, casi en todas partes, por una brusca inclinación del equili- brio en favor de la dirección, un debilitamiento del poder de los dele- gados obreros y un endurecimiento de la autoridad patronal. En todas partes, contribuyó a los cambios un medio donde dominaba un alto desempleo y la introducción de nueva tecnología, dos factores que facilitan y demandan cambios en las normas de trabajo y el debilita- miento de las relaciones de poder asociadas con los viejos modos de trabajo. Los cambios no fueron siempre tan agudos, o tan conflictivos, como en British Leyland. A menudo se lograron sin librar batalla. Tam- poco fueron simultáneos: ciertos grupos de trabajadores (los mineros y los gráficos en especial) pudieron aferrarse a sus viejas normas de trabajo, pues los arrecifes keynesianos detenían la creciente marea de cambio. El precio era el aislamiento: cuando llegó la batalla, el viejo mundo ya no estaba allí para darles todo su apoyo.
Tampoco los nuevos patrones, contruidos sobre las ruinas de los pre- cedentes, corresponden a un modelo estricto; aun así, s'e puede ver a Ni- ssan como representante de una tendencia importante. Representa no só- lo la expansión del capital japonés sino también, mucho más importante. una tendencia significativa en la estructura de la dominación capitalista sobre el trabajo. La insistencia en la calidad, y por lo tanto la insistencia en el orgullo del trabajador con respecto a “sus” productos; la extendi- da subcontratación de partes componentes con empresas pequeñas y por lo tanto dependientes; la reducción de los stocks de modo que las partes lleguen justo a tiempo (‘ïust-in-time”) para el montaje; la implantación de una fábrica en un lugar nuevo con una alta tasa local de desempleo y sin tradiciones de activismo sindical; la insistencia en la selección cuida- dosa de una fuerza de trabajo leal y en la exclusión de los desleales o no confiables; la celebración de un pacto de no-huelga con un sindicato co- operador; el control internacional de grupos de obreros separados geográ- ficamente: todas estas son tendencias impórtantes en el desarrollo actual del capitalismo.
A menudo se denomina a estas tendencias la “niponización” de la producción, pero es erróneo enfatizar demasiado sobre el lugar de origen de las estrategias empresariales: las técnicas patronales de Nissan en Sun- derland pueden ser de inspiración japonesa, pero su base real esta en las
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derrotas de los obreros en Cowley, Longbridge y en otras partes. Son estas derrotas las que permiten 'a la dirección empresarial hablar de intro- ducir técnicas patronales japonesas y de desPlazarse desde la produc- ción ‘ïust-in-case” a _la producción ‘ïust-in-time”. la producción “just- in- time” (que toma su nombre del hecho de que los componentes se en- tregan justo a tiempo para ser incorporados en el producto terminado en lugar de ser almacenados en grandes cantidades para permitir su utiliza- ción en caso de posibles interrupciones en el proceso) presupone un me- dio ambiente predecible (Graham 1986), tanto en la fábrica misma como en los proveedores. Es un estilo de dirección empresarial basado en la pre- sunción de que los trabajadores son disciplinados y leales, de que no ha- brá paros imprevistos y de que la Calidad de los productos en cada una de las fases del proceso de producción será confiable. Presume por lo tanto que cuando el director dice “Ve”, el trabajador va.
Los patrones establecidos por Nissan son tendencias, no una realidad universal. Estas tendencias son experimentos sobre una nueva forma de dominación; es demasiado temprano para decir si ,cristalizarán en un pa- trón claro y duradero.‘Muchas compañías han tenido dificultades para in- troducir círculos de control de calidad ylproducción ‘ïust-in-time”. No todas las compañías han tenido las ventajas de Nissan, pero sin embargo en todas partes hay movimientos en la misma dirección.
Si los cambios en la industria del automóvil son representativos de cambios mas generales en el patrón de relaciones empresa-trabajadores, entonces no resulta sorprendente que haya paralelismos entre los carn- bios en el estilo empresarial y los cambios en el Estado. La dirección de empresas y el Estado son dos aspectos de una misma cosa, son dos formas de la relación de capital, la relación de dominación entre capital y traba- jo. Ambos trabajan en formas diferentes pero interrelacionadas para ase- gurar una provechosa acumulación del capital y una contínua explota- ción del trabajo. No puede ser de otro modo. Así como la dirección em- presarial depende del Estado para brindar (a través del mantenimiento del orden público) un medio ambiente disciplinado para la explotación de la fuerza de trabajo y la acumulación del capital, el Estado depende igual- mente del éxito de la explotación capitalista para su propia y continua existencia: la acumulación del capital es a la vez la fuente de ingresos del Estado (a través de los impuestos) y la base para el mantenimiento del or- den público. Tanto la dirección empresarial como el Estado dependen de la exitosa explotación del trabajo: las acciones de ambos están dirigidas, en último análisis, al mismo fin. Por lo tanto, las condiciones de esa ex-
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plotación, las luchas en torno al proceso de trabajo, son la clave para comprender no solamente los cambios en la dirección de las empresas, si- no también el desarrollo del Estado. Más aún, dado que la dirección em- presarial está más cerca del proceso de trabajo y respónde a él más direc- tamente, no es sorprendente que las tendencias en el desarrollo político sean preanunciadas por tendencias en la dirección empresarial.
Al nivel de la empresa, la corriente se ha movido desde la dirección “macho’-’ de Edwardes y MacGregor. La agresión fue efectiva para que- brar el poder del antiguo trabajador e introducir una nueva y aguda divi- sión entre el núcleo, los trabajadores con empleo, y los trabajadores mar- ginalizados y periféricos. El Estado, bajo los gobiernos conservador y 1a- borista, apoyó este enfoque a fines de los años ’70 y comienzos de los ’80: mediante la designación y el apoyo a gente como Edwardes y Mac Gregor, mediante la aceptación y la promoción de una alta tasa de des- empleo, mediante cortes en el gasto público, mediante leyes antihuelga, mediante la movilización de la policía, etcétera.
Mientras gente. como Edwardes y MacGregor se abrieron paso a través de la fuerza de trabajo y excluyeron del trabajo a millones, Nissan sugie- re que ahora el énfasis está en integrar a los que quedan. Mientras se ex- cluye a las masas irresponsables, el foco se desplaza hacia la integración, del trabajador responsable, en proponerlo como ejemplo de virtud. Aho- ra que los robustos porteros han expulsado a los. huéspedes indeseables, pueden olver a su posición normal en la puerta y el anfitrión puede con- centrarse en divertir a los huéspedes bienvenidos que quedan. El trato duro con los excluidos prosigue: la policía, la Comisión de Servicios de la Mano de Obra y el Departamento de Salud y Seguridad Social se: en- cargan de eso; pero ocurre en el fondo, detrás del escenario, fuera de la vista de la prensa y del debate público. Ahora la atención se enfoca en la “mayoría mor ” (poco importa si en realidad son mayoría, ya que son la única gente que cuenta). Como un mafioso de película, el anfitrión cambia repentinamente su cara. El facineroso se vuelve y sonríe con en- canto a los huéspedes restantes: la dama de hierro se convierte. en ‘una fresca joven.
¿0 no es así? En realidad, no tiene importancia. No importa cuál es su aspecto, o su sexo, o su nombre. El punto es que la marea también es-I tá cambiando al nivel de la política. Sea que la señora Thatcher acompa- ñe o no, la actitud agresiva que se asocia con el thatcherismo esta cedien-
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do el lugar a un rostro más humano. El énfasis se desplaza hacia la cons- trucción de un nuevo consenso, no un consenso que cubrirá a todos, sino un consenso entre la mayoría moral responsable. La competencia política se centra cada vez más en la pretensión de hablar en nombre de esa mayo- ría. Quién gane esa competencia —ya sea Thatcher con un rostro renova- do, o un nuevo y más moderado dirigente del Partido Conservador, o Owen, o Kinnock- interesa mucho a los participantes en la Competencia, pero probablemente no signficará una gran diferencia para los demás. Las elecciones democráticas no son mucho más relevantes para la dirección del país que lo que lo son para la dirección de una empresa automovilís- tica.
'Entonces: la Rosa Roja de Nissan. El solícito y conformista obrero de Nissan que rechaza con firmeza cualquier rasgo de activismo encuentra su contraparte en el solicito y conformista Hombre de la Rosa Roja, que re- chaza con firmeza cualquier conducta irresponsable, cualquier activismo irreflexivo, el hombre que habla en nombre de la Mayoría Moral, el Hom- bre Nuevo.
El Hombre Nuevo tiene extraños acólitos. No sólo los burócratas esta- blecidos del movimiento obrero, sino también muchos en la “izquierda” intelectual claman para participar en la construcción del nuevo modo de dominación. Para justificar su posición afirman basarse en el marxismo, por supuesto un nuevo marxismo, un Marxismo de Hoy.
Al leer esos análisis sobre el capitalismo, sobre la “nueva realidad” (por .ej., Carter 1986), uno podría suponer que en los últimos diez años no ha habido luchas. [a nueva realidad no se creó a través de la lucha: simplemente “emergió”. Las luchas que sucedieron —la huelga minera, por ejemplo- se ven como luchas contra la realidad. Heroicas pero ana- crónicas, están desconectadas de la nueva realidad, “de las inescapables líneas de tendencia y dirección establecidas por el mundo real” (Hall 1985, 15). Los mineros, como el resto de todos nosotros, no son los creadores sino las víctimas de la nueva realidad.
La nueva realidad, aparentemente, no consiste en el conflicto penna- nente entre capital y trabajo. Es Una realidad que emerge y no confronta clases, sino “gente”. Las clases no tienen lugar en este mundo: el cambio
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no se produce a través de la incesante lucha de clases sino a través dela democracia y ganando el apoyo de la opinión pública. En esta nueva rea- lidad, todos somos miembros de un equipo (“staffers”).
La gente de esta nueva realidad es toda gente razonable y gentil. En un notable salto mortal desde el radicalismo feminista de comienzos de los ’70, hoy se utiliza al feminismo para justificar la pasividad, y se identifica al activismo con el machismo (Campbell 1985; Hall 1985;Carter 1986). El análisis que ve a las mujeres como víctimas de la violencia masculina —una corriente fuerte dentro del movimiento feminista— fácilmente se convierte en la condena de toda violencia como expresión dela domina- ción masculina. Por ejemplo, se ve a la violencia de los mineros no como un producto de su justificada ira sino como una expresión de la cultura machista, que podemos (y debemos) condenar con buena conciencia. Y así la “izquierda” orquesta marxismo y feminismo en notable concierto de apoyo a la nueva realidad, la nueva moral, la nueva sexualidad: un mundo de opresión sofocante.
Contra tales opiniones, es importante subrayar algunas de las conclu- siones que surgen de la historia de British Leyland y Nissan. El capitalis- mo ha cambiado: la sociedad capitalista actual es muy diferente de la sociedad capitalista de hace diez años. Pero muchas de las discusiones de la “nueva realidad”, ya sea en Marxism Today (revista teórica del Partido Comunista británico) o en los muchos más ricos, debates sobre el Estado neofordista (para una síntesis, ver Bonefeld 1987) pasan por alto los ras- gos más importantes que son tan evidentes si se pone atención a la histo- ria de British Leyland y Nissan.
Lo primero que hay que destacar es que ni los obreros del automóvil, ni los mineros, ni las mujeres, son víctimas de una nueva realidad emer- gente. Nos guste o no, la' lucha es lo que constituye la realidad y nosotros. somos parte de esa lucha. 1a “nueva realidad” de la industria del automó- vil no era algo que simplemente emergió para enfrentarse con los trabaja- dores como víctimas: la nueva “realidad” se constituyó a través de la lu- cha, a través de la lucha del capital contra el trabajo y del trabajo contra el capital. Todos los obreros de la industria fueron parte de esa lucha, lo quisieran o no. En esa lucha, las probabilidades esraban contra los traba- jadores porque vivimos en una sociedad dominada por el capital. La lucha en una sociedad capitalista no es una lucha pareja, sino que es siempre a la vez inevitable e impredecible. Los obreros del automóvil, como los mineros, sin duda fueron derrotados en esa lucha, pero hay un mundo de
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distancia entre ser derrotado temporalmente en una lucha que prosigue y ser víctimas de las “inescapables líneas de tendencia y dirección esta- blecidas por el mundo real”.
La lucha implica impredecibilidad e inestabilidad. Los patrones de do- minación en el capitalismo normalmente son inestables. Periódicamente, se vuelve evidente que el patrón de dominación existente ya no está fun- cionando y hay un estallido de lucha más intensa y abierta para reestruc- turar o romper esas relaciones de dominación. Durante tales períodos, la autoridad capitalista es particularmente frágil. Por eso el concepto de crisis es central para el análisis marxista: en la crisis se hace evidente la inestabilidad inherente del capitalismo, la irrealidad de la “realidad”. Por ejemplo, no es posible comprender los cambios en la industria del auto- móvil desde la mitad de los años ’70 sin un concepto de crisis. Sin embar- go, los asertores de la “nueva realidad” rara vez mencionan la crisis, pues se han olvidado de cuán frágil es esa realidad. Si la crisis no estuviera en el corazón mismo de la dominación capitalista, la ira y la rebelión no ten- drían sentido: todos haríamos mejor en convertirnos en burgueses y ciu- dadanos bien integrados y resolver nuestras frustraciones en el ámbito privado de nuestros hogares.
La recuperación de la crisis significa para el capital, sobre todo, la re- afinnación de su autoridad, su derecho a administrar y a mandar. Es dentro de este contexto —en el contexto de la crisis y no debido a las elecciones o a alguna batalla de ideas autónoma- que hay un viraje de las estrategias capitalistas hacia ideas más autoritarias, hacia una dirección empresarial más autoritaria y hacia un Estado más autoritario. El crecien- te autoritarismo no resulta de los éxitos de la Nueva Derecha: al contra- rio, el éxito de la Nueva Derecha es el resultado de las presiones hacia un mayor autoritarismo. Para el capital, la reafirmación de su autoridad es la precondición de todo lo demás.
No obstante, la mera reafirmación de autoridad no constituye todavía un nuevo patrón de dominación estable. Ciertamente, hay claras tenden- cias que indican cuál puede ser el aspecto de un posible patrón de domi- nación de largo plazo: esta es la significación de Nissan y la Rosa Roja. Pero sería erróneo ver al nissanisrno como una realidad ya establecida. Por el momento es simplemente una estrategia (cada vez más influyente) para establecer un nuevo patrón de dominación.
La estrategia Nissan se está demostrando muy efectiva, pero hay toda- vía obstáculos mayores para su triunfo. Es difícil imaginar que los hués-
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pedes de la fiesta feliz seguirán sonriendo eternamente, cuando la fiesta se basa en su explotación. Y no está nada claro que los rudos porteros en la puerta podrán suprimir por tiempo indefinido las frustraciones de aquellos que han sido expulsados de la fiesta y a quienes se les dice cons- tantemente cuán bonito se está adentro.
La estrategia Nissan, y el enfoque ‘ííust-in-Time” con el cual se asocia, aspira a dirigir un medio ambiente seguro: quiere reemplazar la adminis- tracióncontra la incerteza por la administración de la certeza (Graham 1986). Pero lo único cierto en este mundo es la muerte. Las únicas “lí- neas inescapables de tendencia y dirección” son las líneas que llevan ala tumba. Mientras exista vida, será imposible lograr algo más que la admi- nistración contra la incerteza. Por eso está resultando tan difícil poner en práctica el sistema ‘iIust-in-Time” en amplia escala. También por [eso hay una contradicción en el corazón mismo de la automatización, en el inten- to de sujetar al control matemático más y más procesos dentro de la so- ciedad, una contradicción que se expresa en los problemas de la produc- ción de software (Pelaez 1987).
Hablar de “nueva realidad” es hablar de certidumbre, de muerte. Ha- blar de lucha es hablar de vida y dela apertura del futuro. La clase obrera ciertamente ha sido derrotada, y el mundo conformista de Nissan declara a diario, por la bocas de Kinnock y compañía, que másy más formas de oposición son ilegítirnas, irresponsables, inmorales. Pero para el capital, la lucha para subyugar y explotar al trabajo es interminable. Y la opre- sión del capital encuentra cada día la resistencia del trabajo. El mundo de Nissan es sofocante, pero en ocasiones un grito de protesta rompe el silencio. El grito de los mineros fue largo y fuerte y desgarrador: fue silenciado, pero se escuchan todavía sus ecos —como en los motines, como en Wapping, como en mil otros gritos cotidianos que llenan los aires con ecos de esperanza.
Las grietas que aparecieron en la dominación capitalista a fines de los ’60 y comienzos de los ’70 han sido reparadas y aún no está claro cómo reaparecerán: si en la inevitable resistencia del obrero de Nissan, llevado demasiado lejos, o en las írnpredecibles explosiones de quienes han sido excluidos de la fiesta. Una cosa está clara: la lucha es insepa- rable de ladominación. En el centro de la sociedad capitalista hay un grito silencioso pero explosivo:
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“Inside our ears are the many wailing cries of misery. Inside our bodies, the internal bleeding of stifled Volcanoes. Inside our heads, the erupting thoughts of rebellion.
How can there be calm when the storm is yet to come?”
(Linton Kwesi Johnson — Two K inds of Silence)
REFERENCIAS
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* La poesía de Linton Kwesi Johnson es un extracto de “Two Sides of Silence”, de Dread Beat & Blood, Bogle-L’Ouverture Publications, London, 1975.
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EL PASADO QUE NO PASA Y EL FUTURO QUE SE PREPARA
Guillermo Almeyra
Durante todo 1986, los históriadores y sociólogos- alemanes libraron una batalla de ideas, con importantes implicaciones metodológicas, teóri- cas, políticas. Ia misma alcanzó la prensa internacional (en particular la estadounidense, la inglesa, la italiana, la francesa)’, pero hasta ahora ha tenido escaso eco en América Latina. De ahí estas notas, de divulgación y, al mismo tiempo, de ubicación del debate.
Hay que decir, en primer lugar, que esta discusión alemana no es úni- ca y tiende a replantearse, en diferentes formas y con otros alcances y protagonistas de distinto nivel, en otros países. Es notable, en efecto, cómo el proceso a Klaus Barbie, en Lyon, sacó a primerplano no sólo la revisión histórica francesa de la posguerra última sino también la ne- cesidad de un balance particular del nazismo y de las características del del régimen de Vichy y de los movimientos fascistas franceses. Los dile- tantes de la historia, tipo Faurisson o Alain Finkielkraut (L’Avenir d’une négation, Le Seuil, Paris, 1982) ya hab ían desarrollado, por otra parte, su negación de la magnitud de los crímenes nazis y sus argumentos antise- mitas mientras entre los historiadores de renombre crece también la ten- dencia —a 200 años de la Revolución Francesa- a “enterrar” una vez más a los odiados jacobinos, mostrándolos como una especie de aborto ideo- lógico, y a revalorizar, en cambio, a los girondinos (ver, en su expresión popular, la película “Danton”, de Wayda). Aunque nunca faltaron en Francia historiadores que reivindicaban el legitismo del Ancien Régime, la brecha cultural abierta por los “nuevos filósofos” ahora se ha ampliado y la abom'inación de las ideas y corrientes de ideas que antes eran acep-
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tadas se ha extendido ya hasta el racionalismo y la Gran Revolución. 1.a impopularidad académica del marxismo en la Enropa de nuestros días y la esterilidad de la historiografía marxista en esos países en lo que se refiere al análisis del fascismo y del nazismoz, han abierto el campo al abandono de la visión marxistizante o marxista del fascismo y a una rela- tivización de éste, de la cual es expresión la famosa Intervista sul fascis- mo (Laterza, 1985) del ex comunista y profesor de Historia de los par- tidos políticos en la Universidad de Roma, Renzo de Felice, que provo- cara en su momento una aguda polémica en Italia. En cuanto a América Latina, los que jugaron con la idea de la revolución y, ahora, escald'ados, absolutizan en abstracto la búsqueda de la Democracia, reinventando el liberalismo, están conquistando la hegemonía cultural y saltan con des- parpajo por sobre la historia de suspaíses, revisándola de un modo fun- cional al régimen, e incluso a los gobiernos de turno (ver, en la Argenti- na, la revista cultural “Ciudad F utúra”).
Dicho esto, hay que reconocer, en segundo lugar, que la polémica ale- mana es, cualitativamente, más importante que las anteriores. No sólo por la merecida fama de los historiadores e intelectuales que en ella han participado (como Ernst Nolte, el historiador de “El fascismo en su épo- ca”, o Andreas Hillgruber, que analizó ya. en 1965 la estrategia hitleris- ta en su famoso libro Hitlers Strategie. Po'litik und Kriegsführung 1940- 1941. Francfort, 1965) y que están lejos de ser simpatizantes del nazis- mo, sino también por la magnitud de los problemas metodológicos, y hasta filosóficos, planteados por la discusión y que tienen alcance uni- versal.
Reaparecen, en efecto, las teorías clásicas sobre el fascismo, aunque en el campo ya adquirido de la comprobación de que, bajo esa etiqueta, no se pueden colocar fenómenos disímiles, como el nazismo, los regímenes populistas autoritarios de los países del Tercer Mundo, las dictaduras mi- litares conservadoras, cualesquiera sean las similitudes en sus métodos terroristas de Estado. En su esfuerzo “neorevisionista” o “neoconserva- dor”, los historiadores prestigiosos que replantean el estudio del nazis- mo mezclan varias de las teorías que han intentado explicar el fenóme- no (y que fueron criticadas, por sus insuficiencias, en las décadas pasa- das) e integran en esa mezcla la idea de la identidad totalitaria entre na- zismo y comunismo, la de la locura de Hitler como base del antisemitis- mo, la de un Hitler víctimas de una lógica impuesta por la geopolítica de los aliados y defensor de la identidad histórica nacional alemana, in- cluso en medio de sus peores crímenes, la de la “enfermedad moral” y el autoritarismo presente en la formación cultural (en el sentido antro- pológicó) de los alemanes y, particularmente, de la clase media alema-
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na. E, identificando lo que es diferente, como el nazismo y el stalinis- mo y, al mismo tiempo, reduciendo a accidentes y pormenores parti- culares las características y las causas del nazismo, presentan a éste co- mo uno de tantos regímenes genocidas que conoció la humanidad, so- bre todo en nuestra época,- y le quitan toda singularidad histórica. Se-
gun Ernest Nolte (“El pasado que no quiere pasar”, Frankfurter Allge- meine Zeitung, 6 de junio de 1986) el Archipiélago Gulag es anterior a Auschwitz, el “exterminio de clase” de los bolcheviques es el prece- dente lógico y factual del “exterminio de raza” de los nacionalsocia- listas, Hitler y éstos realizaron una “acción asiática” quizás sólo porque se consideraban y consideraban a sus semejantes víctimas potenciales o efectivas de una acción “asiática” soviética (la amenaza de la jaula de ratas sobre la cara que Hitler habría tomado en serio, sacándola de la literatura antibolchevique de los años 1920 sóbre las torturas de la Che- ka). Según Nolte, “todo lo que hicieron los nacionalsocialistas (...) con la única excepción de las cámaras de gas, ya hab ía sido descrito en una vasta literatura de comienzos de los años veinte” y existiría “un nexo causal” entre los asesinatos bolcheviques y el exterminio nazi. El biógra- fo de Hitler, Joachim Fest, defendiendo a Nolte, va más allá y se pregun- ta si el asesinato masivo, con un tiro en la nuca, aunque no- existan prue- bas fotográficas ni documentos al respecto, no era igual, cualitativamen- te, a las cámaras de gas y, por lo tanto, los nazis no hayan innovado nada y deban todos sus horrores al stalinismo y, aunque sea necesario conde- nar el genocidio hitlerista, sea también necesario poner en discusión el “simplismo y la unilateralidad de la tesis (...) de la peculiaridad sin‘ pre- cedentes de los crímenes nazis” y sacar a Hitler del mito para analizar- lo históricamente.
Pero la discusión va más allá de la revisión (re-visión) de la historia del Tercer Reich. Hillgruber, por ejemplo, plantea que, para Alemania y Eu- ropa, el problema del papel político del centro del Viejo Continente si- gue siendo actual y que la identidad histórica de los alemanes radica en su papel geopolítico. Mientras Michael Stürmer (Weder verdra'ngen noch bewa'ltingen, en “Schweizer Monatshefte”, setiembre de 1986, pág. 690) insiste aún más firmemente sobre lo mismo escribiendo que “Quien se interroga sobre la historia se interroga en verdad sobre su lugar en el es- pacio y en el tiempo. Están en juego tres cuestiones: la identidad cultu- ral y política, la continuidad interna, la confiabilidad política ante el extranjero. Las tres cuestiones son inseparables pues en un país sin re- cuerdos, en efecto, todo sería posible” Y agrega que los historiadores deben movilizarse contra el trauma dejado por el nazismo en la concien-
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cia de los alemanes pues “en un país sin historia (conquista) el futuro quien colma la memoria, acuña las ideas e interpreta el pasado”.
El papel de Alemania (Alemania Federal, por lo menos) como baluar- te de Occidente ( de la OTAN, dirá Haberrnas, combatiendo contra esas posiciones) en Europa central y el papel de los historiadores como for- jadores de una cultura popular que permita cumplir con esa función his- tórica, aparecen crudamente en las posiciones de los historiadores “neo- tradicionalistas”, como los llama Gian Enrico Rusconi, en su excelente prólogo a la edición italiana de la polémica alemana (Germania: un passa- to che non passa, Nuovo Politecnico 160, Einaudi, 1987, Turín)’ Haber- mas, a nuestro juicio, tiene más razón y no incurre en un exceso de po- litización de la polémica, cuando recuerda la visita de Ronald Reagan y de Helmut Kohl al cementerio de guerra de los SS en Bitburg y el discur- so electoral del derechista socialcristiano Franz Josef Strauss, que soste- nía “Ha llegado ahora verdaderamente el momento de salir de la sombra del Tercer Reich y de la órbita de Hitler y de volver a transformarnos en una nación normal (...) Sin una identidad nacional en la que los alema- nes encuentren su relación con ellos mismos, con su propio pasado, pe- ro también con el propio futuro, el pueblo alemán no podrá realizar su tarea en este mundo (...) Y por eso, señoras y señores, hoy tenemos ne- cesidad —y lo digo sin arrogancia- de caminar más con la cabeza ergui- da” (Frankfurter Rundschau, 14 de enero de 1987). También la tiene cuando recúerda que, en un congreso de la Fundación Konrad Adenauer, el historiador y biógrafo de Adenauer, Hans-Peter Schwarx, “sintetizó el debate entre los historiadores de un modo claro, reconduciéndolo a un concepto de política de potencia” y se preocupó porque “allí donde la conciencia nacional es reemplazada por un sentimiento de culpa, la degeneración del patriotismo en pacifismo derrotista ya está programa- da” (de “Die Zeit”, 6 de febrero de 1987). Las citas son tomadas de la mencionada edición italiana de la discusión).
No en vano el gobierno de Alemania Federal está creando museos de historia, para acabar con el “complejo de culpa” dejado por el hitleris- mo y para no abandonar en manos de la República Democrática Alema- na el uso de la continuidad histórica (conmemoración de Federico el Grande, exposición sobre la historia prusiana, asumida acríticamente, con Bismarck y los neobismarkianos incluidos, etc.). El problema de fondo, que trasluce en la polémica, es pues qué Europa quieren los ale- manes, qué Alemania desean, cuál es su posición frente a la identidad ale- mana (¿identidad con Alemania Federal?), ¿de toda la nación alemana.
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separada en diversos Estados?) ¿cuál debe ser su patriotismo (¿europeo, o sea el de una Europa unida en la cual se fusione la nación alemana?, ¿aleman, o sea revanchista, lanzado a la reconquista de la unificación es- tatal y de un papel en el centro de Europa?, ¿alemán constitucionalista, de la FRA?). Y es también el de la responsabilidad histórica por el na- zismo, el de la relación entre las generaciones, el de las raíces culturales, sociales, políticas, que deben ser comprendidas y superadas para no pro- ducir lo que del pasado aún está vivo en el presente y preña el futuro.
¿Son “revisionistas” o “neoconservadores” los historiadores que bus- can “banalizar” el nazismo, integrándolo en la larga serie de crímenes modernos que comienzan con el genocidio de los armenios realizado por los turcos, sigue con el Archipiélago Gulag y el exterminio de los kilacks por Stalin y continúa con el de los judíos (por no hablar de los gitanos, los enfermos mentales, los prisioneros soviéticos, los eslavos) por Hitler, para llegar al genocidio polpotiano en Kampuchea probando así “la mal- dad” de la naturaleza humana y del poder? Para Rusconi (en el prologo ya mencionado a la edición italiana de la polémica el revisionismo in- tenta cambiar —y no conservar- el status quo cultural y, por consiguien- te, la palabra adecuada para calificar a los historiadores que intentan “banalizar” el nazismo (aunque sean antinazis, liberales) es más bien “neotradicionalistas” pues desean reincorporar a la legalidad cultural las ideas tradicionales de nación y de potencia que hab ían sido dejadas de lado.
Rusconi destaca, con justeza, que al auge. de las ciencias sociales aso- ciado a la historia que renovó el espíritu crítico alemán, le sucedió hace diez años una ola contraria, que combina el interés por el narrativismo y la temática geopolítica, la visión que privilegia las relaciones de poten- cia, las instituciones, el Estado, y no las estructuras sociales, la vida de la gente común. Los historiadores sociales, negando estos aspectos, por considerarlos justamente reaccionarios y nostálgicos, dejaron el campo li- bre para su explotación por los neotradicionalistas, que pasan a la ofensi- va para responder al “hambre de la historia” de un pueblo que quiere ajustar cuentas con su pasado y que no ve concretarse la Europa unida que le dar ía sentido a su devenir.
La teoría de Stürmer de las dificultades para la modernización surgi- das en Alemania de su pasado y de su ubicación en el centro de Europa se empalma con la idea de que el fascismo es una respuesta particular y fracasada a la modernización de cierto tipo de naciones. Esa teoría deja en manos de la fatalidad geopolítica la responsabilidad por el nazismo y pone en el centro de la continuidad de la historia alemana, no en sus es- tructuras sociales, en el reaccionarismo e' imperialismo de sus clases go-
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bernantes, sino en la posición geográfica central y en la competencia en- tre las grandes potencias que, en un país no modemizado, supuestamen- te requeriría un Estado dictatorial. Según Stürmer, la Alemania de hoy necesitaría incluso disponer de la amenaza nuclear (y de la OTAN) pues la geografía no ha cambiado con relación a la época de la potencia prusia- na y de la Alemania de Guillermo I. Por qué un país central debe sentirse amenazado y por qué debe ser hegemónico mundialmente o sometido es algo que Stürmer y sus amigos no explican, pues lo dan por sentado, lo consideran un axioma. Por qué, corresponde al Estado central un papel de intermediario entre Occidente y Oriente (intermediario que llegó a Stalingrado en su misión “mediadora”, recuerda Habennas) y quién le concedió a los alemanes esa misión histórica, es algo que Stürmer no sien- te tampoco la necesidad de explicar.
Jürgen Kocka, en su artículo Hitler sollte nicht durch Stalin und Pol Pot verra'ngt werden, en la “Frankfurter Rundschau”, del 23 de setiem- bre de 1986, sostiene que la relativización del nazismo, para obtener consenso, lleva a la falta de credibilidad entre los jóvenes, cierra el ca- mino a la comprensión histórica. Y agrega que la comparación de Ale- mania con la Rusia soviética stalinista es falsa, pues evita la compara- ción con Francia e Inglaterra, mucho más cercanas al tipo de desarrollo alemán; y que la política del Imperio alemán no se debe a la posición cen- tral del país (pues también Suiza o Polonia son centrales) sino a la es- tructura del poder y al tipo de cultura y de organización de las clases do- minantes. Hans Mommsen, por su parte, en Neues Geschichtsbewuftsein und Relativierung des NationalsOZiaIismus, en “Blatter für deutsche un internationale Politik” de octubre de 1986, escribe que la separación de la “pequeña Alemania” bismarckiana en dos Estados es irreversible y que buscar una “identidad nacional” es una tarea que puede transformar- se en instrumento de lucha ideológica y puede servir a un espíritu de cru- zada occidental. Wolfgang Mommsen, en Weder Leugnen noch Vergessen befreit von der Vergangenheit, en la “Frank furter Rundschau” del l de diciembre de 1986, ataca por su parte, como lo hiciera Habermas, a AndreaS'Hillgruber.
Este había adoptado, según él, la posición de los ejércitos alemanes orientales, que defendían la vieja Prusia, y la posición de las poblacio- nes que después fueron trasladadas hacia el Oeste. La defensa a toda cos- ta de esas regiones, según Hillgruber, permitía al hitlerisrno seguir con sus planes de exterminio en el resto de Alemania pero era la única forma de preservar la unidad nacional y de evitar las atrocidades soviéticas y la separación del cuerpo alemán de enteras zonas históricamente prusia- nas, decidida de antemano por Churchill y por Stalin.
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Mommsen responde correctamente que “La derrota de la Alemania nazi interesaba no sólo a las naciones invadidas por Hitler y a las pobla- ciones seleccionadas por sus esbirros para ser eliminadas y oprimidas sino también correspondía al interés de los mismos alemanes.” Varios histo- riadores recuerdan, por otra parte, a los neotradicionalistas que el Holo- causto es posterior a los asesinatos presentados como “eutanasia” masiva y que las atrocidades hit-lerianas son, además, anteriores a las grandes purgas soviéticas de mediados de los años treinta, y no solamente poste- riores a ellas, por más que Nolte escriba, con respecto al llamado “nexo casual”, que la contrarrevolución es nada más que la respuesta a la revo- lución y que Hitler sólo puede ser visto córrectamente como un anti-Le- nin.
Hillgruber, al poner en cierto modo como compensación del exter- minio de los judíos y de otras minorías y sectores nacionales o sociales, la destrucción del Reich y la pérdida de las provincias orientales no hace más que responder a la tradición conservadora en la historiografía alema- na. Y Nolte, que ya en 1965 escribía que “no existe fascismo sin el de- safío del bolchevismo”, actúa según la opinión de que la inmovilidad so- cial y la inexistencia de la lucha de clases es la garantía de las institucio- nes liberales. Ya Jacques Maritain, representante de' la escuela católica de estudiosos del nazismo, sostenía que “en virtud de un automatismo reflejo, no humano sino mecánico, el comunismo suscita y nutre las reac- ciones de defensa de tipo fascista o racista” (Humanisme integral, Paris, 1936). La teoría del totalitarismo que unificaría stalinismo y fascismo, de todos modos, pone la responsabilidad mayor de ambos regímenes atroces en la URSS, no en el fascismo, y ayuda así a c'rear una buena conciencia “occidental y cristiana” anticomunista, una identidad na- cional de habitante de una Marca combatiente y de frontera.
Jürgen Haberrnas (“Die Zeit”, ll de julio de 1986) acusa a los “neo- tradicionalistas”“ (Nolte, Hildebrand, Hillgruber, Stürmer, pero después combate también contra Fest, que había salido a defender al primero) sosteniendo que ellos. tratan de “conferir sentido” a una sociedad que perdió su sentido histórico, relativizando los crímenes nazis para lograr la “indemnización por los daños” del pasado alemán mediante un “em- pate” con los crímenes stalinistas, de modo de cerrar el balance del pasa- do e instaurar un clima cultural reaccionario y conservador, atlantista.
Martin Broszat (Wo sich die Geister scheiden, “Die Zeit”, 3 de octu- bre de 1986) define la polémica diciendo “Quien con charlas estúpidas quiere privar a los ciudadanos de la República federal de una relación au- tocrítica con la propia historia pasada y reciente les substrae uno de los mejores elementos de las costumbres políticas que se desarrollaron gra-
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dualmente en este Estado en los últimos cincuenta años. La cosa que más confunde en todo esto es el malentendido de fondo, como si la sensibi- lidad moral ante la propia historia, adquirida por necesidad, constituye- se una desventaja cultural y política con respecto a otras naciones, y como si se tratase de copiarles a éstas la autoconciencia histórica —que por motivos históricos a menudo es más robusta o más ingenua y, en la mayor parte de los casos, es políticamente deletérea” Wolfgang Mom- msen, en el artículo citado, concluye por su parte: “En vez de ceder a la necesidad hoy dominante de armonización de nuestra visión de la his- toria, deberemos seguir siendo conscientes de la pluralidad de las reali- zaciones políticas, culturales y religiosas en el territorio alemán. Eso significa que la historia alemana es interpretada también hoy con pers- pectivas políticas diferenciadas, múltiples y, en esa materia, habría que dejar las cosas como están. Por el contrario, la pérdida del principio de la libre competencia entre las diferentes visiones de la historia equival- dría a una substancia] pérdida de libertad y, al volver a revivir una visión de la historia, por decirlo así, “más alemana”, se colocaría realmente en peligro el orden liberal de Alemania Federal que, en cambio, debe ser consolidado”
Broszat es un liberal progresista y consecuente y crítica desde ese pun- to de vista a los liberales conservadores, tradicionalistas, que constituyen la mayoría de la corporación de los historiadores, en Alemania Federal. Pero su llamado defensivo y el de Habermas, que es un hombre de iz- quierda, a preservar la visión occidental de la libertad, de la responsabi- lidad y de la autodeterminación que el neotradicionalrnente pone en peligro, muestra que la iniciativa no está en manos de los historiadores progresistas, que no han sabido responder de modo positivo a la gran de- manda de conquista de una identidad colectiva, de una conciencia his- tórica que tienen los alemanes. Haberrnas propone un nuevo Iluminis- mo, humanista, y el desarrollo de una conciencia europeísta, unificado- ra. Es demasiado vago y demasiado poco, sobre todo para la juventud, sobre todo cuando la unificación europea parece alejarse, y cuando los neotradicionalistas tienen razón en su crítica a Pol Pot, al stalinismo en su negativa a aplicar la etiqueta “fascista” a todo tipo de fenómenos reac- cionarios que fascistas no son, aunque sean asesinos así como, en su crítica al dogmatismo de la izquierda en el campo de la cultura.
Augusto Del Noce que sostiene que el fascismo italiano era sólo un “totalitarismo trunco”, incompleto, en Totalitarismo e filosofia della storia (“Il Mulino”, febrero de 1957), dice que la historia contemporánea es “la historia de la filosofía que se hace mundo”. Huizinga decia, por el contrario, que aunque “unavisión sincera de la historia del reciente
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pasado” es “una de las condiciones imprescindibles de la regeneración de la civilización “es imposible llevar a los hombres a una concepción uni- taria de los acontecimientos”. Los que relativizan al fascismo y desearían que jamás existiese la lucha de clases, quieren' hoy imponer su “filosofía de la historia” incluso en nombre del liberalismo y los antiliberales asu- men el papel del viejo liberalismo, negándose a ello. Esta es una de las paradojas de nuestro tiempo; ello iluStra las dificultadesen que se en- cuentra la izquierda.
Ia discusión histórica en Alemania y el éxito que está teniendo enla socialdemocracia de la RFA el Gramsci que analizó el papel de los inte- lectuales, tan olvidado en Italia, muestra de todos modos una importante reacción en el terreno cultural y polítiCo, en vez de ceder el paso a la chatura del pragmatismo y de las modas antimarxistas.
Esa discusión tiene como origen los cambios profundos ‘producido‘s en el capitalismo de nuestra época, en Europa y desde los años setenta, en el terreno de la composición social (masificación acelerada, disminución del número de proletarios), del modo de explotación (cambios tecnológicos y en el proceso de trabajo, ofensiva en las empresas), de la cultura (elimi-
nación de los restos del humanismo, crecimiento del irracionalismo, ma- sificación de la enseñanza reduciendo su calidad, pragmatismo eficientis- ta de la misma). Ia cultura, la enseñanza, las nociones históricas, consti- tuyen hoy un vestido anticuado y ajustado que no permite ya el libre mo- vimiento de la sociedad capitalista actual. En el momento de máxima in- ternacionalización del capital, hay también un aumento brutal del irracio- nalismo racista, del irracionalismo religioso, del irracionalismo naciona- lista y un abandono acelerado de los valores internacionales, humanita- rios, presentes en la Revolución Francesa, en el Iluminismo, en el marxis- mo, incluso en el liberalismo. Los intelectuales, para el capitalismo, de- ben asegurar la mediación cultural para adecuar la sociedad a una elimi- nación de los espacios democráticos y de las relaciones sociales basadas en la dialéctica de las ideas y de los sectores sociales.
Giorgio Baratta (DP Año V, enero ¡de 1987, Liberiano Gramsci, re- producción de su ponencia en el seminario “Política y cultura, sobre José Carlos Mariátegui y Antonio Gramsci”. Hamburgo, octubre de 1986) destaca con justicia las líneas trazadas por el líder comunista ita- liano en “Algunos temas de la cuestión meridional”, donde aquél sostie- ne la necesidad de una lucha radical en el frente de la cultura. “Bene- detto Croce —sostiene allí Gramsci- cumplió una altísima función “na- cional”, separó a los intelectuales radicales del Mediodía de las masas campesinas, haciéndoles participar en la cultura nacional y europea y, a través de esa cultura, hizo que fuesen absorbidos por la burguesía na-
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cional y, por consiguiente, por el bloque agrario“ Ya que la masa cam-
pesina no asimila ningún sector de intelectuales tradicionales orgánicos propios, y puesto que el proletariado “como clase, es pobre en elemen- tos organizativos, no tiene y no puede formarse un propio sector de in- telectuales sino muy lentamente, muy fatigosamente y sólo después de la conquista del poder estatal”4 , el problema central es la conquista, me- diante una dura lucha teórica, de los intelectuales hacia una posición fa- vorable al proletariado. Baratta recuerda que Gramsci se había dado cuenta de que, en el período de la Revolución Rusa y del Bienio Rojo, la burguesía italiana había tenido que reaiizar una gigantezca moviliza- ción de energías interclasistas para asegurar nuevas alianzas al bloque de poder dominante. Y añade “La vieja cultura liberal laica y positivista, expuesta a los peligros del democratismo y del progresismo, no servía más para la tarea urgente de guiar y hegemonizar en una dirección anti- obrera y antisocialista a las clases medias (...) Era necesaria una vasta ac- ción cultural capaz de neutralizar la rabia y las necesidades de las masas, una acción capaz de arrojar descrédito sobre el materialismo histórico y, al mismo tiempo, de promover una evasión masiva hacia los puros “idea- les” (libertad, patria, espíritu, religión, la misma cultura, etc.). De ahí se desprendía la función nacional del neoidealismo hegelianizante de Croce (y, con diferencias parciales, de Giovanni Gentile) o sea la enorme importancia que asumía esta “tranquila revolución filosófica” (Croce) humanística y anticientífica para permitir eliminar en forma indolora el tradicional antagonismo del Estado contra la Iglesia y la religión y, so- bre todo, para obtener la aceptación pasiva del régimen fascista por am- plios estratos del pueblo italiano. A este punto no importaba mucho que el liberalismo filosófico de Croce no fuese compatible (como lo fue en cambio el idealismo actualista de Gentile) con una adhesión directa al fascismo: ese liberalismo representaba una opción blanda al régimen, que podía ser fácilmente tole'rada si no incluso utilizada” La crítica a Croce y a las formas e instrumentos de su capacidad hegemónica se convertía así, para Gramsci, en un momento importante de un progra- ma orgánico socialista, y no sólo en un problema cultural.
Jürgen Haberrnas reprocha hoy a Stürrner que “ve los procesos de mo- dernización como una especie de indemnización por daños. El indivi- duo, inevitablemente alienado como ‘molécula social’ en una sociedad industrial reificada, debe ser compensado con un sentimiento que pueda conferir identidad. Stürrner a decir verdad no se preocupa tanto de la identidad individual como de la integración de la colectividad. El plura- lismo de valores e intereses ‘no encontrando más un terreno oomún’, conduce ‘antes .o después a la guerra civil en la sociedad’. Se hace pues
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necesario ‘ese conferir de un sentido superior que, después de la reli- gión, hasta ahora sólo la nación y el patriotismo pueden producir’ ” Haberrnas agrega que en esto está implícito el llamado a realizar y divul- gar una visión de la historia útil para el consenso nacional.
La funcionalidad de los “neotradicionalistas” con respecto a la polí- tica reaccionaria del gran capital que quiere homogeneizar cultura y so- ciedad y “desculturar” a las masas alemanas salta a la vista. Y recuerda el papel que Gramsci atribuía a Croce.
El debate contra la idea misma de revolución (desde la francesa hasta la socialista), contra el internacionalismo, contra la visión clasista, contra la conciencia de que la legalidad de hoy fue conquistada ayer por las ar-
mas, derribando al fascismo y al nazismo a un costo humano y material inmenso, y no es resultado de una graciosa concesión estadounidense, es un combate que en todas partes está a lag ordeni del día. La memoria his- tórica es peligrosa y debe ser suprimida, deformada. Ahora bien, ella es' algo que las nuevas generaciones deben adquirir gracias a la acción de los intelectuales y de esos intelectuales colectivos que son los partidos. Po- ner en ridículo o quitarle la patente científica a los que tratan de mante- ner, en el campo cultural, las conquistas del pasado (sea el.pensamiento marxista, sea incluso el liberalismo consecuente) es una tarea urgente para quienes deben conquistar una mayor hegemonía cultural, de modo de poner de acuerdo la cultura (y la conciencia) con la sociedad autori- taria que han estado construyendo en los últimos quince años, tras la conmoción grave de fines de los sesenta. El olvido es una importante arma política. No se trata, pues, de salvar a ‘los alemanes del complejo de culpa para que puedan caminar en el concierto de las naciones con la cabeza alta. Se trata, en todo el mundo y en Alemania misma, de no ha- cer pasar a un pasado que no quiere pasar, sino de resucitarlo en parte, fingiendo olvidarlo.
Roma, Setiembre de 1987
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NOTAS
1 Ver, en particular, el artículo de J ean-J acques Guinchard, en Le Monde Diplo- matique, N" 400, año 34°”, julio de 1987.
Renzo de Felice, en Le interpretazioni del fascismo. Laterza, Roma-Bari, 1986 hace notar, respecto a las interpretaciones marxistas del fascismo, que “hasta. hoy, aunque esta interpretación haya inspirado numerosísimos ensayos y tomas de posi- ción de carácter general, ideológico-político, sin embargo no expresó a nivel cientí- fico ningún estudio histórico global del fenómeno fascista. La única tentativa en este sentido sigue siendo aún la obra, de 1936, Fascisme et Grand Capital, del trots- kista francés Daniel Guérin que, por otra parte, enfrenta de hecho el problema sólo bajo el perfil italiano y alemán y que presenta todos los límites derivados de la épo- ca y de las circunstancias en que fue escrita” (pág. 62).
A. Gramsci, Alcuni temi della quistione meridionale, en La costruzione del par- tito comunista, 1923-26, Turín, Einaudi, 1978, pág. 158.
Idem, pág. 158.
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( ¡nur-Ion ciones. Palma j piran
Statt - Sumarlo. [dltortal ......................................................................... .. 2 Incluslvo "Reportaje a Michel llorIelIe” ....................................... .. 4 Nota de tapa “Militarismo en Hmérica latina .................................... .. 6 Manuel Mora y Rraujo: “los gobiernos militares en flmérica latina" 6 Marcelo Cauarozzt: “los Militares argentinos y sus visiones de la Política Nacional” 7 Cop. Ernesto llrien: “Milltarismo y Conciencia Nacional” ...................................................... .. IO
Suplemento [special
[lecciones del 6 de Setiembre de ¡987
“¿nue dlcen los que dicen?"
Entrevista con Emilio de Ipola y Edgardo Catterberg.... ¡4 Correo de lectores 20 Púglno tlhlerta
“la Sociedad argentino de nnáttsls Político
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Reportaje a ascar Dszlak 2|
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Orientación ALISTA
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i . ’Í LUCITA: Hace 20 años: Ernesto “Che” Gucvara/ALTAMIRA/ v' v SUAREZ: La Crisis de Hegemoni’a/PLA: Argentina y la Crisis ; Muncial/ANDERSON: Las Antinomias de Gramsci/CORIAT: ¡“h I? Tecnologías y Procesos de Trabajo/Reforma en la URSS: El Hermano Mayor Somos Nosotros - Perestrojka contra Stalin.
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