Cuadei'nos del Sur
Sociedad O Economía O Política
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E, SIGAL ‘ HF. CUELLO - A. BORON - L. ROZITCHNER, “Diálogo
con marxnstas argentinos” f PERRY ANDERSON, ¿Existe una crisis del marxismo? f RALPH MILIBAND, El nuevo revisionismo en Gran Bretaña f ADOLFO SANCHEZ VAZQUEZ (entrevista de V. Mike- cin), Cuestiones marxistas disputadas f LUIS RUBIO, Al este del me- nemismo; la izquierda frente a las elecciones f GUSTAVO MIED-
ZIR - AMELIA PEIXOTO - ALBERTO FERNANDEZ - EDUARDO
LLÏCITA. Los agrupamwntos políticos sindicales: un intento de carac-
tenzacnon f
Cuadernos del Sur
Número 8 I Octubre de 1988
CONSEJO EDITORIAL Argentina: César Altamira /Eduardo Lucita / Roque Pedace / Alberto J. Pla / Carlos Suárez
México: Alejandro Dabat /Adolfo Gilly José Maria Iglesias (Editor)
Italia: Guillermo Almeyra Brasil: Enrique Anda Francia: Hugo Moreno Perú: Alberto Di Franco
El ComitéEditorial está constituido por los miembros del Consejo Editorial residen tes en Argentina.
Publicado por Editorial Tierra del Fuego Número 8
Argentina - Octubre 1988
Toda correspondencia deberá dirigirse: En Argentina:
Casilla de Correos No 167, 6-B, C.P. 1406 Buenos Aires - Argentina
En México:
EDITORIAL TIERRA DEL FUEGO Nebraska 43-402
México, 03810 - D.F.
INDICE
E.SIGAL, H. F. CUELLO, A. BORON, L. ROZITCHNER.
(Entrevista de Cuadernos del Sur) “Diálogo con marxistas argentinos” PERRY ANDERSON
“ ¿Existe una crisis del marxismo?”
RALPH MILIBAND “El nuevo revisionismo en Gran Bretaña”
ADOLFO SANCHEZ VAZQUEZ (Entrevista de V. Mikecin) “Cuestiones marxistas disputadas”
LUIS RUBIO “Al este del menemismo”
GU ST AVO MIEDZIR, AM ELIA
PEIX OTO, ALBERTO FERNANDEZ, EDUARDO LUCITA
“Los agrupamientos político sindicales: un intento de caracterización”
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CUADERNOS DEL SUR responde a un acuerdo entre personas, las que integran el Consejo Editorial. La revista es ajena a toda organización. La pertenencia, actual o futura, de cualesquiera de sus integrantes a partidos o agrupamientos políticos sólo afecta a éstos de modo individual; no compromete a la revista ni ésta interfiere en tales decisiones de sus redactores.
CUADERNOS DEL SUR es un órgano de análisis y de debate; no se propone, ni ahora ni en el'futuro, ser un organizador político ni promover reagrupamientos programáticos.
El Consejo asume la responsabilidad del contenido de la revista, pero deslinda toda reSponsabilidad intelectual en lo que atañe a los textos firmados, que corren por exclusiva cuenta de sus autores, cuyas particulares ideas no son sometidas a otro requisito que el de la consistencia expositiva. El material de la revista puede ser reproducido si se cita fuente y se añade Ia gentileza de comunicárnoslo. Las colaboraciones espontáneas serán respondidas y, en la medida de nuestras posibilidades, atendidas.
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DIALOGO CON MARXISTAS ARGENTINOS
E. Sigal/H.F. Cuello/ A. Borón/ L. Rozitchner entrevista de Cuadernos del Sur.
Advertencia
El Comité Editorial de CUADERNOS DEL SUR consideró útil dedicar el núcleo central de este número a discutir y confrontar ideas sobre ciertos aspectos teórico-políticos del pensamiento mar- xista de nuestro tiempo.
Así el espacio principal está destinado a este “Diálogo con mar- xistas argentinos” que partiendo de algunas cuestiones teóricas ac- tualmente en discusión intenta pasar luego revista a problemas po- líticos de la izquierda en nuestro país.
Limitaciones de espacio no nos han permitido abarcar el conjun- to de temas que consideramos necesario, por lo que se ha tratado de seleccionar aquellos que se encuentran más vinculados a la pro- blemática pol ítica de actualidad, y que nos parece se encuentran en el centro de las preocupaciones compartidas. Estas mismas razo- nes impiden cubrir todo el campo de organizaciones políticas o individuales relevantes de la izquierda marxista argentina, por lo que optamos por entrevistar lo que aparece como más representa- tivo de la izquierda orgánica: el Partido Comunista Argentino (PCA.) y el Movimiento al Socialismo (MAS), y a Atilio Borón y a León Rozitchner como figuras destacadas del marxismo inde- pendiente. Esto no implica en absoluto, desconocer, ni descartar para entregas futuras, la existencia de otros partidos organizados como corrientes diferenciadas, o el rol de otros intelectuales de reconocida capacidad y valía.
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El tema en discusión se completa en este número con autores marxistas de reconocida trascendencia internacional.
CUADERNOS DEL SUR intenta así aportar a un debate que considera tan necesario como imprescindible en la actual situación política de nuestro país.
El conjunto de preguntas organizadas en tres módulos, así como las correspondientes respuestas de Eduardo Siga] (ES) integrante de la Comisión Política del PCA., Hernán Félix Cuello (HFC) miembro del MAS1 y redactor permanente de “Solidaridad Socia- lista”, de Atilio Borón (A.B.) se publican a continúación, así co- mo también el texto de León Rozitchner, que optó por presentar un glosario al cuestionario.
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VIGENCIA Y ACTUALIDAD DEL PENSAMIENTO MARXISTA
1.- Crisis del Marxismo:
C. d. S. : En las dos últimas décadas un intenso debate se ha desarrollado en los paises avanzados. Debate que por causa de los regímenes dictatoriales ha llegado con retraso a los paísesdel Cono Sur, y que si bien es reflejo de las condiciones de la Europa Occidental no es menos cierto que encuentra en nuestros países condiciones objetivas particulares para desarrollarse se trata de la discusión en torno a la vigencia del pensamiento maxiano, o más preci- samente de la llamada crisis del marxismo.
Si bien esta crisis nunca es bien explicitada, ni tampoco suelen darse dema- siadas precisiones acerca de qué es lo que está realmente en crisis, los sostene- dores de esta resis suelen hacer eje en dos aspectos: los cambios operados en el capitalismo, para los cuales el marxismo no habría tenido respuesta y que han puesto al movimiento obrero a la defensiva, sin ¿fida en lo inmediato. Por otra parte hacen hincapié en que es la propia táctica socialista particular- mente en los países del “socialismo real”, en donde finalmente, “glasnot” me- diante, han quedado al descubierto en toda su dimensión las insuficiencias de las economías centralizadas y el autoritarismo burocrático del Estado so- cialista.
¿Qué piensan Uds. acerca de estos cuestionamientos?
ES.- Precisamente creemos imprescindible explicitar que se entiende por “cri- sis del marxismo”. ¿Qué es lo que está en crisis? ¿El marxismo como herra- mental teórico? ¿Los marxistas?
Por lo menos en nuestro medio, la discusión actual sobre la “crisis del marxismo” suele encubrir el abandono de las posiciones revolucionarias de muchos intelectuales que habían acompañado el auge de las luchas en los 60 y 70. La 'discusión, como bien se señala, surgió en los países avanzados, don- de muchos de estos intelectuales sufrieron el exilio. Y, siguiendo una actitud
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ya tradicional, se “importó” a nuestras costas sin mayores mediaciones. En el planteo de la pregunta, por ejemplo, se generaliza la situación del “moví- miento obrero a la defensiva” Esa puede ser la situación de Europa Occiden- tal, pero es evidente que no lo es en Nicaragua o El Salvador,-ni tampoco en Chile, para mencionar sólo los casos más obvios. Esta visión europeizante se combina con un elitismo intelectual que no reconoce los avances del movi- miento revolucionario en el terreno de las realizaciones prácticas, terreno en el que se desarrolla el marxismo vivo.
Pero sí es necesario reconocer que existe una distancia considerable entre los desarrollos teóricos y los desarrollos en el terreno de la práctica social re- volucionaria. En el caso del marxismo “occidental” se han producido mu- chos avances en el terreno teórico, pero frecuentemente en campos alejados de los problemas de la práctica política revolucionaria. En los países socialis- tas el dogmatismo estalinista constituyó un freno no sólo para el avance teóri- co sino también para la construcción de la sociedad socialista. En América La- tina, las experiencias de las revoluciones triunfantes —Cuba y Nicaragua- y. en general las ¡experiencias del movimiento revolucionario todavía no han encontrado una síntesis teórica cabal.
Pero en todo caso lo nuevo es precisamente la vocación de dar cuenta teó- rica y prácticamente a las nuevas situaciones que manifiesta el movirniento re- volucionario. En la Unión Soviética, en particular. lo nuevo no son los pro- blemas del desarrollo del socialismo,.sino, en primer lugar. su reconocimiento y en segundo lugar, la acción y el esfuerzo decidido en torno a la recuperación leninista de la concepción del socialismo, en la etapa actual. .lla's democracia. más socialismo, es la consigna que de alguna manera resume lo esencial de este proceso de cambio. Donde la última palabra, como siempre, la tendrá el desarrollo del movimiento social q_ue encuentra ahora. a partir de la peres- troika, el camino abierto a su expresión plena..
Entre nosotros, en el PC argentino, lo que hizo crisis fue una deformación del marxismo, el dogmatismo in fectado de reformismo. Lo que denominamos “nuestro viraje” es un proceso que en el XVI Congreso se planteó como un verdadero programa teórico-politico de superación de esa deformación a par- tir de afirmar la vocación revolucionaria. En el PCA vivimos un momento de gran creatividad y debate en torno a la consolidación de este proceso. no nos consideramos portadores de “verdades absolutas”, sino portadores de las he- rramientas teóricas del marxismo-leninismo que sólo en contacto con la prác- tica del movimiento social pueden producir una sintesis polítiCa concreta. Por eso, para nosotros no se trata sólo de enseñar, sino también de aprender del movimiento real. Y toda la experiencia que venimos realizando desde ese hito que fue para nosotros el XVI Congreso, es lo que alimenta nuestro debate y la fuente de la creatividad que lo caracteriza.
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Lejos de la resignación posibilista, nuestra crisis significó una oportunidad de cambio que, por la responsabilidad que como militantes revolucionarios sentimos por la suerte de nuestro pueblo, aprovechamos para trazar las gran- des líneas de una estrategia de poder popular en la Argentina. Somos concien- tes de que necesitamos desarrollar más ese programa teórico-político teniendo en cuenta que la verdad de la teoría revolucionaria está en la práctica del mo- vimiento social donde no sólo se corrobora sino también se transforma,
HFC.— ¿Qué está en crisis en el movimiento marxista? ¿El proletariado y su lucha, la concepción del mundo materialista, la dialéctica y su pensamiento, o acaso sus partidos y organizaciones? Aunque hay interrelaciones y los planos no pueden separarse totalmente, nosotros no vemos crisis en la combatividad de la clase obrera —salvo los flujos y reflujos del combate—, ni en la teoría y el programa revolucionarios —salvo nuevos fenómenos, aun sin interpretar, producidos por la lucha de clases—, sino en la dirección del proletariado: en los partidos y organizaciones, marxistas y no marxistas, que lo conducen. Esa crisis afecta profundamente su lucha, frenándola, desviándola o traicio- nándola.
La socialdemocracia, en nombre de la aristocracia obrera, terminó adminis trando la crisis de la burguesía contra los trabajadores. El stalinismo, “socialis- mo real” o “marxismo oficial” —como revela la Glasnot a quien antes no lo hubiera querido ver—, mezcló dogmas y acuerdos con el imperialismo, falsifi- caciones y terrorismo en nombre de la burocracia que gobierna el Estado Obrero. Las viejasy nuevas direcciones populistas burguesas y p'equeñobur- guesas, que muchas veces encabezan a las masas por la falencia de los partidos marxistas, siguen siendo la misma vía muerta. Y en cuanto al trotskismo, en ningún lugar hemos alcanzado todavía influencia de masas.
En ese marco analizamos nosotros la crítica de algunos intelectuales euro- peos al pensamiento marxista. Ello tropezaron con el hecho de que los esta- dos obreros burocratizados entraron en crisis y los partidos comunistas se des- prestigiaron y dividieron. Además, en sus países de Europa Occidental la clase obrera, durante años de bonanza económica y frenada por sus direcciones, no había luchado, y ahora comenzaba a golpearlos duramente la crisis del siste- ma capitalista. Y no aparecía ningún polo revolucionario fuerte, que marcara el rumbo.
Desgraciadamente, esta situación llevó a muchos intelectuales al pesimis- mo, a teorizar contra el marxismo e incluso servir ala burguesía. Confundie- ron la crisis del stalinismo con la caducidad del socialismo, y el repliegue de la clase obrera con la pérdida permanente de su centralidad revolucionaria o su indefensión frente al sistema.
En nuestro país, hay un eco lejano y tardío de esas posiciones en las llama- das “corrientes modemizadoras” integradas por “marxistas” que asesoran al
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alfonsinisrno y al peronismo renovador, sirviendo a los planes monopólicos e imperialistas.
En nuestra realidad de nación semicolonial capitalista, con casi cuarenta años de retroceso sistemático en el nivel de vida de las masas, .y caracteriza- da por inmensas luchas obreras y populares que aceleraron el péndulo revo- lución-contrarrevolución, esos intelectuales posiblemente reflejan los años de educación stalinista, que los llevó a descreer en el proletariado y la revolu- ción socialista.
No vemos crisis en el pensamiento marxista, aunque debemos repetir que la teoría no tiene nada que ver con la idolatría. Desde Marx a nuestros días hemos estado plagados de pronósticos equivocados, fundados sobre premisas teóricas correctas. Como siempre, la realidad ha sido más compleja que el pa- pel, y la lucha de clases provocó muchos fenómenos, que aguardan explica- ción. Pero ha estado y está en el método marxista la posibilidad de verifica- ción, correcóión e interpretación de lo nuevo.
Estamos convencidos de que el trotskismo tuvo razón cuando dijo que el sistema capitalista-imperialista está en una crisis generalizada, por lo que habría guerras y revoluciones en casi todos los países, y que la burocracia es una traba para el desarrollo del socialismo y los estados obreros. por lo que habría en ellos una revolución pol ítica antiburocrática.
Esta realidad se dió. Es cierto: no condujo inexorablemente al socialismo, sino que es un combate, en cuyo resultado entran varios factores y, entre ellos, uno decisivo, que es el de la dirección del proletariado. Pero podemos ser optimistas porque las masas luchan y la clase obrera, en la que los mar- xistas revolucionarios creímos siempre, asume su protagonismo.
AB.- El tema de la crisis del marxismo es tan viejo como el propio pensamien- to marxista por con siguiente, la reaparición cíclica de esta problemática de la crisis ha sido una constante y no una excepción desde la muerte de Karl Marx. Por eso la versión actual, con toda su parafernalia apocalíptica de denuncias, revelaciones y supuestas invalidaciones, en realidad aporta muy pocos ele- mentos nuevos desde el punto de vista teórico. Si uno lee con detenimiento los trabajos de Ludolfo Paramio, para no citar sino uno de los ejemplos más conocidos en la Argentina, difícilinente podrá encontrar formulaciones críti- cas que introduzcan innovaciones sustantivas al arsenal de objeciones popula- rizado a propósito del Bernstein-Debatte a fines del siglo pasado.
La reiteración cíclica de estas denuncias, que pregonan por enésima vez la muerte del marxismo, no hace sino reafirrnar las sospechas de la prematuri- dad de estas ceremonias fúnebres. No es la primera vez que se anuncia la crisis y superación, del marxismo y no creo que sea la última. Pero el significado político de esta recurrente constatación no puede pasar desapercibido para nadie, sobre todo si se tiene en cuenta la insólita difusión que los mass-m edia,
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siempre atentos a las necesidades de la burguesía, le han brindado auna pro- blemática aparentemente académica. El hecho que la supuesta crisis del mar- xismo se haya convertido en un artículo cultural de consumo de masas no puede sino entenderse dentro del marco de las necesidades de relegitirnación de las sociedades capitalistas en el contexto de su propia crisis. En una co- yuntura de este tipo conviene descalificar de raíz cualquier propuesta alter- nativa, y siempre habrá intelectuales dispuestos a desvelarse con tal de cum- plir tan noble propósito. La apabullante divulgación qUe esta temática ha ad- quirido en las sociedades latinoamericanas, en donde el tributo imperial de la deuda unido al retorno de la ortodoxia económica han producido una escan- dalosa involución de nuestros índices de desarrollo económico y social, es in- concebible al margen de las necesidades de los grupos dominantes de imponer un supuesto “realismo posibilista” que oculta, en el fondo, su radical incapa- cidad para responder creativamente a los desafíos de la época.
Pero más allá de esta consideraciones acerca del uso ideológico conservador de la temática de la “crisis del marxismo” existen otra serie de argumentos que vale la pena examinar aunque sea someramente. La periódica resurgencia de esta problemática también indica la vitalidad de la dialéctica autocrítica que caracteriza a la mejor tradición marxista. Marx y Engels, por ejemplo, no vacilaron en declarar que su célebre Manifiesto había envejecido luego de las frustradas revoluciones de 1848, sus análisis sobre el bonapartismo también fueron, al menos en parte, cuestionados por los acontecimientos de la Comu- na de París, en 1895 Engels vuelve a hablar del tema en su testamento políti- co, la famosa “Introducción” al texto de Marx Las Luchas de Clases en Fran- cia, exigiendo un continuo esfuerzo de actualización teórica y práctica que es sencillamente desconocido en los demás paradigmas teóricos de las ciencias sociales. Este verdadero “revisionismo permanente”, para decirlo en pocas pa- labras, es completamente ajeno a la tradición liberal y mucho más aún al“ corpus teórico del conservadorismo.
La historia del marxismo, de su teoría tanto como de su práctica, es pues una larga sucesión de crisis teóricas y de tentativas revisionistas: ¿Cómo negar que Marx y Engels revisaron algunos aspectos, no fundamentales pero de to- dos modos sustantivos, de su formulación teórica? ¿Cómo desconocer que Lenin fue un gran revisionista, al elaborar una teoría del partido que no exis- tía en la propuesta teórica de los padres fundadores y al producir una novísi- ma caracterización del imperialismo como fase superior del capitalismo? ¿Y no fue Gramsci, acaso, quien revisó profundamente la teoria marxista del estado al replantearla en términos de las nuevas realidades producidas por el ascenso del fascismo y la recomposición capitalista de los años treinta? ¿Y qué decir de Mao, que reformula teórica y prácticamente el papel de la alianza obrero-campesina en la revolución socialista y en la lucha anti-impe- rialista?
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¿Qué nos revela esta serie de ejemplos? Que contrariamente a lo que suelen sostener algunos teóricos “post-marxistas”, muchas veces, en realidad, simple- mente “anti-marxistas” avergonzados, el marxismo no es un conjunto esclero- tizado de categorías teóricas gestadas en el siglo XIX y ritualrnente invocadas por espíritus simples o porfiados en los albores del sigloXXI. Esa visión es polí- ticamente banal, pobre filosóficamente y tan miope históricamente que se destruye a si misma ni bien se la expone con cierto cuidado. En realidad el marxismo no es‘ un dogma sino una teoría viviente, que ha crecido y se ha modificado sustancialmente desde el momento de su primer esbozo a manos de Marx y Engels en La Ideología Alemana. Y esto del dogma tiene su impor- tancia, porque no es casual que buena {arte del establishment neoconserva- dor norteamericano y la gran mayoría de los “post-marxistas” europeos ha- yan sido, en un pasado relativamente reciente, conocidos inquisidores del estalinismo que, empinados sobre una dogmática reseca y paralizante. dispara- ban dardos correctivos sobre los que no compartían su peculiar manera de in- terpretar el legado teórico y práctico del marxismo. Esos mismos, que no en- tendieron una palabra del marxismo antes, porque en sus manos éste se redu- cía a una Vulgata talmúdica, siguen sin entenderlo ahora. Tanto cuando se identificaban con el marxismo como cuando reniegan de él prosiguen sin com- prenderlo, porque lo conciben como un dogma y no como una guía para la acción. '
Sólo considerando al marxismo como una teoría viviente y dinámica, críti- ca y auto-crítica, podemos aprehender la identidad marxista que caracteriza a una larga lista de políticos e intelectuales que, desde el siglo pasado, ha venido desarrollando distintos aspectos de la teoría y realizando contribuciones ori- ginales a la misma. Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Korsch. Gramsci. Bu- jarin; Mao, Zetkin y Mariátegui representan distintas vertientes y aportaciones de un mismo y único modelo teórico. Sus contribuciones preservaron las pre- misas fundarnentales y el método de sus fundadores: la teoría de la plusvalía y el método dialéctico.
Dicho todo esto es preciso señalar que algunas de las preguntas e interro- gantes lanzadas por los críticos son, sin duda alguna. de la mayor importancia. En otras palabras, y yendo al fondo de la cuestión, la denuncia de la crisis definitiva del marxismo se sustentaría en la comprobación de los cambios cua- litativos producidos en la estructura y funcionamiento de las sociedades capi- talistas. Ante ellos, arguyen los irnpugnadores, el corpus teórico y la praxis política inspiradas en el marxismo no tienen más nada que decir ni hacer. El Spatkapitalísmus aparece como algo tan diferente a aquél que inspiró la críti- ca radical de Marx y Engels que, nos dicen, el modelo de análisis por ellos creado ha quedado completamente superado por el movimiento de la historia. El capitalismo post-modemo se ha devorado a los productos de la modernidad
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noveoentista, y junto con el relato y la utopía también se ha producido el ocaso del marxismo.
La crítica es, en principio, razonable y legítima, aún cuando mueva a sos- pechas el hecho de que el mismo tipo de argumento no se aplique al paradig- ma liberal, que es por l'o menos un siglo más antiguo que el marxismo. Con to- do, me parece que para ponderar la validez del planteamiento éste merecería una formulación más precisa, como las siguientes: ¿Hasta qué punto las trans- formaciones recientes en la anatomía de la sociedad capitalista han alterado cualitativamente la naturaleza explotativa de las relaciones sociales de produc- ción imperantes en el “tardo-capitalismo”? ¿Ha desaparecido la explotación del hombre por el hombre, es decir, la “esclavitud del trabajo asalariado”? En suma, y más allá de los discursos, lo imaginario y la retórica, ¿estamos en pre- sencia de un tipo histórico de sociedad diferente?
La respuesta a estos interrogantes fundamentales, los únicos sobre los cua- les se podría fundar la invalidación práctica del marxismo, es negativa. Y es por esto mismo que, tanto en el plano de la teoría como en el de la práctica política, el marxismo sigue siendo un muerto que goza de muy buena salud. El coro desafinado, y desaforado, de sus críticos soslaya cuidadosamente el tratamiento detallado de esta cuestión y se contenta con un relevamiento im- presionistico pero carente de profundidad. Mientras no se demuestre que es- tamos ante un nuevo modo de producción que es capitalista pero en donde las contradicciones de clase han sido superadas por la desaparición de su de- terminante estructural, la explotación en el proceso de trabajo, toda la labo- riosa construcción de los críticos de Marx estará condenada de antemano a la irrelevancia. Los cambios ocurridos en la estructura del capitalismo moder- no, que sólo un dogrnático sería incapaz de reconocer, no han modificado un ápice la estructura profunda de las relaciones sociales de explotación sobre las que se construye el conjunto de la sociedad. Sí ha habido cambios en algunos aspectos formales, pero ninguno de ellos ha tenido la importancia y la centra- lidad necesarias como para disolver el antagonisrno clasista fundamental. Cam- bió su forma, varió su intensidad y se alteró la modalidad de procesamiento y regulación del conflicto. Pero éste sigue allí, como el elemento fundante so- bre el cual continúa reposando el Spa'tkapitalz'smus. ¿O es que acaso los “post- marxistas” quieren hacernos creer que en los Estados Unidos de Reagan, en donde se produjo un avance fenomenal de los monopolios y una concomitan- te pauperización de vastos sectores de las clases subaltemas, con sus ingresos disminuidos y recortados sus servicios asistenciales, la contradicción clasista ha sido superada? ¿O tal vez se refieran a la Inglaterra de Thatcher, o a la Alemania de Koh], o quizás al Japón? Y si esto es insostenible en los capitalis- mos centrales, ¿Pensarán por ventura que esta deslumbrante post-m odernidad se ha verificado en laArgentina de Alfonsín, o en el Brasil de Sarney, el Mé- xico de De la Madrid, o el Chile de Pinochet?
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No se puede seriamente sostener esta posición en el ámbito de las ciencias sociales. Por eso la verdadera legión de Superadores de Marx ha sido hasta ahora incapaz de producir siquiera un pequeño panfleto, comparable a Tra- bajo Asalariado y Capital, por ejemplo, en donde se expongan los rasgos fun- damentales del nuevo tipo histórico de sociedad al que aluden en sus profu- sas elucubraciones. Esto, por cierto, no significa que el marxismo tenga to- das las respuestas o que haya sido capaz de producir una teoría que explique adecuadamente la totalidad de la vida social. Tal pretensión es incompatible con el espíritu científico; es propia, por el contrario, de un dogma religioso que se “cierra” ante el mundo y que se mantiene atrincherado en sus propias premisas porque puede derrumbarse ante la menor contrastación con la rea- lidad.
Concebido como una teoría científica y como un instrumento de transfor- mación social, el marxismo se ha propuesto no sólo interpretar a la realidad social sino también transformarla. Este doble carácter, teórico y práctico, ha- ce que en su permanente labor de reconstrucción teórica el marxismo se en- cuentre atravesado por muy serios interrogantes, y que las novedades produ- .cidas en una época de extraordinario dinamismo como la que vivimos adquie- ran una importancia tal que el reconocimiento de las insuficiencias teóricas y prácticas resulte absolutamente inevitable. Pero de ahí a tirar por la borda la herencia de Marx, todavía hoy el paradigma más fecundo con que conta- mos en las ciencias sociales y polo universal de referencia tanto para los crí- ticos como para sus seguidores, hay un largo trecho.
Sería oportuno preguntarnos, para terminar, ¿dónde está la macro teoría superadora del marxismo? ¿quién produjo esa gigantesca Aufhebung teóri- co-práctica que nos autorice, racional y científicamente, a hablar del post- marxismo como de algo ‘realmente existente"? La respuesta de que la post- modemidad es irreductible a las macroteorías no pasa de ser un torpe tapa- rrabos con el que se pretende disimular la grotesca desnudez del monarca, y nadie que esté interesado seriamente en el asunto puede esgrimir un argu- mento de esa naturaleza. En realidad, si hay un modelo teórico y práctico agotado es el liberal, nacido de la feliz combinación de las herencias teóricas de John Locke y Adam Smith hace más de dos siglos y que en la actualidad ha sido progresivamente sustituido por el neoconservadorismo. Ya después de la Primera Guerra mundial Lord Keynes había proclamado, muy a su pe- sar, “cl fin del liberalismo”, y los acontecimientos posteriores respaldaron ple-
’namente sus pronósticos. La práctica liberal se tornó corporativista, cuando no abiertamente fascista o reaccionaria; y la teorización hegemónica en el campo de la burguesía se fue desprendiendo aceleradamente de los residuos liberales y abrazando abiertamente un pensamiento estatista centrado en la defensa de los valores encamados en la empresa monopólica. Una simple
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ojeada a las contribuciones de Milton Friedmann e Irving Kristol son suficientes para calibrar la intensidad de esta involución. Las figuras del ciudadano y del pequeño empresario compitiendo en un mercado libre, verdaderos héroes del relato lockeano y smithiano, han sido sepultadas por la exaltación de la apa- tía cívica promovida por los teóricos neoconservadores y por la práctica desa- parición de los mercados competitivos en la inmensa mayoría de las ramas de la producción capitalista.
No es una inocente paradoja que precisamente cuando el modelo teórico del liberalismo se encuentra en crisis los voceros ideológicos del capitalismo se desviven por anunciar urbi et orbi la superación del marxismo. Tan profun- da es la crisis del liberalismo que los temas que hoy obsesionan al pensa- miento burgués son los grandes temas de la tradición marxista: la contradic- ción entre capitalismo y democracia, esto es, entre la acumulación monopóli- ca y la legitimidad popular; el estado y la burocratización; el problema de la ingobemabilidad de la sociedad civil; la crisis de las ideologías y los procesos de desintegración del bloque histórico; y, last but not least, el tema del realis- mo y la utopía en los proyectos de transformación social.
Un signo evidente de la vitalidad de la tradición marxista es que sus preo- cupaciones son hoy por hoy las que prevalecen sin contrapeso en el debate teórico e ideológico contemporáneo. Es más, diría que a los marxistas les ha tocado la tarea de reflotar algunos valores que, nacidos al calor del ascenso de la burguesía, han sido progresivamente abandonados por el capitalismo mono- pólico. El protagonismo de la sociedad y el respeto a los derechos individua- les, entre los cuales los derechos humanos ocupan el sitial privilegiado, son re- cuperados del olvido en que habían caído en los ambientes liberales por la discusión contemporánea del marxismo.
Es evidente que todo lo anterior no significa, lo reiteramos una vez más, que la herencia teórica de Marx constituya un universo cerrado' de verdades eternas. Hay muchos problemas, teóricos, de interpretación de la realidad de nuestro tiempo; y prácticos, relativos a las estrategias y resultados de los ensa- yos de transformación social realizados en nombre de Marx. Se trata, por lo tanto, de un proyecto teórico y práctico en construcción. Convendría, por lo tanto, cerrar estas reflexiones con la serena certidumbre de Galileo ante sus inquisidores: ¡Eppur si muovel.
2. El sujeto de la Revolución:
C. d.S. .' Los cambios operados en la economía mundial, y particularmente en las sociedades latinoamericanas, produjeron transformaciones importantes en la estructura social, con cambios en las relaciones de clase y fracciones de cla-
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se. La propia clase obrera ha sufrido un proceso de recomposición con ciertos indicios de dispersión y fragmentos en su interior.
Esto ha dado pie a que distintos núcleos de intelectuales planteen la pérdida de la “centralidad del proletariado”, esto es de su rol como sujeto histórico de la transformación social. Como contrapartida ponen el acento en los llama- dos nuevos movimientos sociales.
¿Qué consideraciones les merecen estas hipótesis, y qué significado le asig- nan a movimientos que si bien no tienen una definida connotación de clase pareciera ser- que su propia dinámica los enmarca en una orientación antica- pitalista?
E.S.: Nosotros seguimos con atención las consecuencias sociales de los cam- bios operados por el proceso de transnacionalización, por la irrupción de nue- vas tecnologías y los cambios en las formas de producción. El reconocimiento de estos cambios, en particular los que se refieren a la estructura de la clase obrera, su peso relativo y absoluto y a la instauración de nuevas técnicas de control sobre ella por parte de la burguesía va acompañada. para nosotros. por una posición activa orientada a promover la resistencia a la fragmentación y división de la clase obrera que esas modificaciones dejan planteadas. Se tra- ta del establecimiento, desde una perspectiva nueva, de relaciones entre ocu- pados y desocupados, entre calificados y no calificados, entre las ramas mo- demas y las tradicionales, etcétera.
El reconocimiento de estos cambios no implica suscribir la hipótesis acer- ca de la pérdida de potencial revolucionario de la clase obrera que está detrás de muchos de los planteos acerca de la pérdida de "centralidad de la clase obrera” Esa postura descansa sobre una visión estática que circunscribe el concepto de clase obrera, o su virtualidad revolucionaria. al mantenimiento del prototipo de producción emergente de la segunda revolución industrial.
Este pensamiento sólo ve las tendencias a la fragmentación de la clase obrera, en un enfoque unilateral que ignora las de signo contrario. las tenden- cias a la asimilación de amplios sectores sociales. considerados tradicional- mente como capas medias, a la situación de asalariados con un nivel de vida semejante al de la clase obrera.
Tras esa visión se oculta, creemos, la intención de cohonestar con ropaje científico, el propio abandono de las posiciones revolucionarias por parte de ciertos intelectuales. La claudicación subjetiva trata de disfrazarse de diag- nóstico objetivo de la realidad.
Por otra parte ¿a qué movimientos sociales nos referimos? Aquí' también hay que separar la paja del trigo. Desde esos mismos círculos “posibilistas”. consecuentes en una visión eurocentrista, se habla de movimientos que se desarrollan fundamentalmente-en los países desarrollados: movimientos “ver- de”, feministas, etc.
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Sin. despreciar las potencialidades anticápitalistas de estos movimientos, cuya base objetiva se encuentra en las peculiares manifestaciones de la crisis del capitalismo en dichos países y reconociendo su existencia aún limitada en nuestro país, hay que destacar que los nuevos movimientos que aquí se han desarrollado con fuerza son los que responden a las condiciones de nuestra sociedad: los movimientos por los derechos humanos y el llamado movimiento territorial.
Este último, protagonizado por los que son marginados por el proceso de transnacionalización, los pobres urbanos: obreros, desocupados, cuentapro- pistas, se ha venido gestando en la lucha por la ocupación de tierras para vi- vienda, en la autodefensa del barrio frente ala policía de gatillo fácil. Este sector, el de los pobres urbanos, es el que sufre más agudamente las conse- cuencias de la crisis, ésta los genera continuamente, acrecentándolos en can- tidad y concentración. Por otra parte, es este sector el que presenta el ma- yor grado de proximidad social y aún espacial con la clase obrera.
El movimiento por los derechos humanos, nacido en la resistencia a la dictadura, a su vez se liga cada vez más a las restantes luchas populares levan- tando los derechos a la vivienda, al trabajo, a la salud, y mantiene toda su vigencia en la lucha contra la restricción de la democracia.
Además existen “viejos movimientos”, como el siempre joven movimiento estudiantil que jugó tradicionalmente un rol central en estrecha relación con las luchas obreras y populares.
Estos son los movimientos sociales a los que mayor atención prestamos, porque estos son los que, en las condiciones económicas y políticas de nues- tro país, tienen mayor potencialidad revolucionaria.
También hemos seguido con atención la experiencia de los movimientos revolucionarios triunfantes de América Latina, donde efectivamente, si bien la clase obrera ha sido uno de sus protagonistas, no los ha hegemonizado a la manera del planteo marxista tradicional. Sin embargo, creemos que las con- diciones de la Argentina son diferentes a las de los países centroamericanos y nuestra responsabilidad es dar una respuesta adecuada a las condiciones de nuestro pais.
Nosotros contamos con la existencia de una clase obrera numerosa, con un alto índice de sindicalización y una amplia tradición de lucha y de protagonis- mo político; con el desarrollo creciente de los sectores populares urbanos y con .el ingreso decidido a las luchas y a la organización sindical de sectores asalariados como los médicos, docentes, empleados estatales, etc. Por eso nuestra visión es de complementación y potenciación mutua entre los diferen- tes sectores populares y ‘no de alternativa excluyente entre ellos.
Nuestro análisis de la estructura económico-social y de la crisis que sufri- mos nos indica que la revolución que está a la orden del día deberá conjugar
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en un mismo proceso los objetivos antiimperialistas, democráticos y socialis- tas. Por lo tanto para nosotros el sujeto social central de la revolución sigue siendo la clase obrera en estrecha alianza con otros sectores sociales objeti- vamente interesados en este cambio revolucionario.
El objetivo de nuestra labor diaria es ubicar el campo concreto de intereses comunes y traducirlos en solidaridades activas, en luchas conjuntas por rei- vindicaciones compartidas. El mayor imperativo frente a los cambios que se están operando, es, para los revolucionarios, la lucha por launidad de la clase y del conjunto de los sectores populares. Ello se ve facilitado objetivamente por el cuadro general de aumento de los sufrimientos del pueblo, pero nece- sita ser convertido en movimiento conciente desde el pensamiento y la mili- tancia revolucionaria.
H.F. C. : La derrota de los ejércitos de Hitler en Stalingrado abrió la época re- volucionaria más grandiosa de la humanidad, con alzamientos generalizados de masas. En esa época estamos. Y desde hace 20 años, con hechos como el Mayo Francés, el Cordobazo y, posteriormente, las sistemáticas luchas del proletariado inglés contra la Thatcher, de Solidaridad en Polonia o de los mi- neros sudafricanos, que encabezan el combate contra el apartheid, la clase obrera tiende a colocarse en el centro de la. escena mundial. En nuestro país y en todo el Cono Sur, nunca dejó de estarlo, salvo cuando fue derrotada. En España, Francia y Alemania hay un crecimiento de la lucha obrera. que acom- paña al de Gran Bretaña. Y en los estados obreros, donde vive un tercio de la humanidad, la clase obrera protagoniza una dura lucha, una revolución polí- tica antiburocrática que es también contra la expoliación impuesta por el im- perialismo a sus países, que ya golpea las puertas de la URSS, como lo de- muestra Armenia. No vemos, en consecuencia, pérdida de centralidad del pro- letariado, sino aumento de la misma.
Es cierto que la clase obrera más estratégica para la revolución socialista. la de los Estados Unidos, permanece quieta. Pero del mismo modo que antes peleó —por ejemplo, cuando su movilización antibélica ayudó decisivamente al histórico triunfo vietnamita—, puede volver a hacerlo, y en un nivel superior.
No estamos de acuerdo con las explicacionesmbjetivistas, al estilo de An- dré Gorz en su libro “Adiós al Proletariado", que hablan de una clase obrera fracturada, achicada y desplazada por la automatización y la microelectróni- ca. La más grande revolución obrera se hizo en Rusia, donde el proletariado era una pequeñísima minoría de la población.
Además, pensamos que el desarrollo capitalista confirma a Marx, que pre- vió la semiproletarización y proletarización de sectores sociales crecientes. El habló de clases sociales y no económicas, advirtiendo el fenómeno, inci- piente en su época y hoy masivo, de los maestros médicos, escritores, perio- distas, artistas empleados públicos, de comercio, de la sanidad, de los bancos,
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etc., que producen plustrabajo para sus patrones o para el Estado capitalista. Esos asalariados son parte de la misma clase social que el obrero industrial.
Los cambios en la composición orgánica del capital, por un lado, y el desa- rrollo de los servicios, por el otro, han modificado la relación entre el número de obreros industriales y el conjunto del proletariado, pero -'este se ha exten- dido, así como sus procesos de sindicalización y de lucha. Las huelgas más irn- portantes libradas recientemente en Argentina, España y otros países, han si- do las de los docentes.
Mientras el capitalismo no cambie y subsista mediante la explotación eco- nómica de los asalariados a través del mercado, no podrá decirle “adiós al proletariado” No podemos descartar que el capitalismo imponga otras for- mas, tales como la esclavitud en campos de concentración, como Hitler, o el apartheid de Sudáfrica. En ese caso daría otro paso en su camino hacia la barbarie y produciría otro tipo de explotados. Hoy produce proletarios.
En su actual etapa senil, el sistema capitalista-imperialista superexplota a los asalariados, arrasa las conquistas y el nivel de vida de las masas, destruye la naturaleza poniendo en peligro la vida misma, recurre a regímenes genoci- das y redobla viejos o acude a nuevas formas de opresión nacional, contra los países semicoloniales y contra los estados obreros, así como. de opresión ra- cial, sexual, de la juventud, la ancianidad, etc. Esto produce una multitud de respuestas de masas, que hacen revolucionaria a la situación mundial, porque en casi todas partes pueden estallar crisis y revoluciones.
Para que estas respuestas de masas avancen hacia la revolución socialista mundial, creemos que hace falta que las centralice la clase obrera —la única que autodeterminándose democráticamente puede plantearse ese objetivo—, con un partido revólucionario mundial, como fue la Tercera Internacional de Lenin. Hoy falta esa combinación y el mundo muestra multitud de revolu- ciones interrumprdas y traicionadas.
Para que el proletariado pueda cumplir su papel de centralizador de la lu- cha por el socialismo mundial es necesaria una trama de lucha de sectores de clases y partidos. En la Revolución Rusa, por ejemplo, un sector de la clase
obrera, dirigido por el partido menchevique, no apoyó la toma del poder. En cambio, lo hizo un sector de la clase media, dirigido por el partido de los SR, que apoyó al ala proletaria conducida por los bolcheviques y Lenín. Así se
triunfó en Rusia y se abrió la posibilidad de hacer la revolución socialista en Europa.
Por eso, los trotskistas creemos que, tan importante como precisar el suje- to social de la revolución, que para nosotros es la clase obrera acaudillando a otros sectores populares, es precisar y construir lo que hoy falta: el sujeto po- lítico, el partido revolucionario, que cumpla el papel de los bolcheviques. Nuestra corriente busca hacerlo apoyándose en el sector más explotado de la
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clase obrera y con la política de movilizar a su conjunto, así como dirigiéndq- se desde el proletariado a todos los sectores populares en lucha.
A.B. :— Uno de los grandes temas del momento actual es precisamente la cues- tión de la “centralidad del proletariado”. La magnitud de los cambios genera- dos por las transformaciones del capitalismo desde la segunda posguerra es de tal envergadura que plantea urgentemente la necesidad de re-examinar ciertas premisas que hasta el momento eran aceptadas sin demasiadas complicaciones.
La descomposición del antiguo proletariado y la recomposición Compleja de las clases subaltemas constituyen fenómenos perceptibles a simple vista tanto en los capitalismos metropolitanos como en los de la periferia, y ningún marxista serio puede ignorar o subestirnar la trascendencia de estas noveda- des. Estas mutaciones fueron acompañadas por el auge de toda una serie de teorías que recibieron la noticia con una agradable mezcla de alivio y satis- facción. De ahí que muchos se entregasen a la tarea de dar cuenta de los nue- vos movimientos sociales y de la asombrosa capacidad para “inventar actores" a partir de discursos, prodigándose en explicaciones acerca de la desaparición de los añejos actores clasistas del capitalismo. En este sentido cabría recordar que son pocos los que podrían igualar la inflamada elocuencia del requiem re- zado por André Gorz cuando escribiera, a principios de esta década, su famo- so Adiós al proletariado. Sin embargo, ni la elocuencia ni la celebridad garan- tizan necesariamente la rectitud del análisis.
Tal como decía Lucio Colletti hace unos cuantos años, el fracaso de la “revolución en Occidente” puntualiza algunas serias insuficiencias de la teo- ría marxista. Sin embargo, los alcances de esta frustración y el punto hasta el cual invalidan al conjunto de la teorización propuesta por Marx, y desarrolla- da por la tradición intelectual y política que se identifica con su nombre, constituyen cuestiones mucho más debatibles. La existencia de ciertos hechos no adecuadar'nente explicados por una teoría de la sociedad y la historia pue- de sin duda cuestionar ciertas hipótesis o proposiciones particulares conteni- das en ella pero su completa refutación exige una serie de condiciones que, por el momento, no se encuentran a la vista.
Estas consideraciones son relevantes por cuanto a partir de la tan publicita- da “crisis del marxismo” se ha precedido a despachar con alarmante desapren- sión una serie de temas estrechamente vinculados a su perspectiva teórica y política, y de indudable trascendencia para el análisis de la sociedad capitalis- ta: entre ellos sobresale la cuestión de las clases sociales. El vacío teórico- práctico dejado por esta verdadera eutanasia de las clases fue compensado por la simétrica aparición de nuevos sujetos sociales. La presunta extinción de las primeras es condición de la vitalidad de los segundos. Ahora bien, al recons- truir someramente la historia del capitalismo en el siglo XX se comprobará
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de inmediato que si bien la clase obrera occidental fracasó en el cumplimiento de su “misión histórica” no por ello dejó de producir significativas reformas en la estructura de los capitalismos “realmente existentes” Estos de hoy no son los mismos que existían a principios de siglo, y si cambiaron en una direc- ción congruente con el afianzamiento de la libertad, la democracia y la igual- dad, produciendo estados más democráticos y sociedades un poco menos cla- sistas, ha sido gracias al inmenso y contínuo protagonismo de la clase obrera. El “darwinismo social" del mercado fue neutralizado y revertido por los es- fuerzos de las clases y capas xsubalternas y sus expresiones políticas y sindica- les. La historiografía occidental conmporánea, tanto la de inspiración liberal como la marxista, ha producido una evidencia abrumadora que respalda ple- narnente esta afirmación. Tal como lo planteara Miliband en un trabajo re- ciente, si hoy tenemos, en algunas partes, capitalismos democráticos, welfare state, sociedades más abiertas y un recortado despotismo del capital en la eco- nomía es porque la clase obrera de occidente impugnó al capitalismo y trató de reformarlo. Escierto: no se lanzóa “tomar el cielópor asalto” consumando su revolución y además sus proyectos reformistas fueron des‘iguahnente exi- tosos, pero su protagonismo y su vocación transformadora han sido indiscu- tibles.
La idea de la invención de nuevos sectores sociales, Criaturas de potentes discursos convertidos en hacedores hegelianos de la historia, ha fascinado en los últimos años a vastos círculos del pensamiento social europeo y latinoame- ricano. El descrédito del reduccionismo economicista, rasgo distintivo tanto de una cierta vulgata que se autoidentifica con el marxismo como de múlti- ples expresiones del pensamiento liberal, provocó una verdadera estampida de especialistas que salieron a recorrer la sociedad civil en búsqueda de nue- vos actores sociales. Para asombro de los espíritus más flemáticos esta empre- sa fue emprendida con el fewer dogmático que suele caracterizar a estas co- yunturas de la historia intelectual, en donde el descubrimiento de una nueva “piedra filosofal“ moviliza las más fuertes emociones con el consiguiente perjuicio para la necesaria sobriedad de la mirada analítica. En su entusiasmo, Ia nouvelle vague reemplazó las figuras de los arcaicos y languidecientes hé- roes clasistas del pasado con las pujantes imágenes de los nuevos actores so- ciales, confiriéndoles además, en el plano de la teoría, una potencialidad ex- plicativa difícilmente verificable en la práctica concreta.
Pero esta situación merece algunos comentarios. Digamos, para comenzar, que las leyes de movimiento de una sociedad no desaparecen por un capricho del concepto. Los diligentes teólogos medievales se prodigaron durante siglos para demostrar que la tierra era inmóvil y ocupaba el centro del universo, pe- ro eso no logró alterar en lo más mínimo las pautas regularizadas de la rota- ción y traslación de nuestro planeta; similarmente. la ley de la gravitación uni- versal existía mucho antes de que una manzana cayese sobre el hombro de
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Newton. Es evidente que estos ejemplos no pueden trasladarse mecánicamen- te al terreno de lo social, porque la conciencia de los hombres y su praxis histórica concreta pueden modificar la legalidad de la sociedad. Eso es lo que ocurre cuando triunfan las revoluciones. Necesidad y libertad, determinación estructural y praxis transformadora son polos que coexisten en perpetua ne- gación dialéctica. La proliferación de actores sociales no necesariamente pro- duce la abolición de las leyes de movimiento de la sociedad de clases: sólo quiere decir que el escenario de lo social se ha complejizado. El aumento en el número y calidad de los actores sociales no significa la cancelación de las cla- ses sociales ni el eclipse de su conflicto como el eje fundamental de ese tipo de sociedades.
Por otra parte parecería ocioso tener que recordar que la centralidad del proletariado cómo sujeto de la revolución nada tiene que ver con una cuestión estadística. La clase obrera no está llamada a crear una nueva sociedad en fun- ción de insondables atributos metafísicos o por el hecho banal de su volúmen cuantitativo. Marx no era un pensador tan superficial como para haber llega- do a formulaciones tan simplistas. La centralidad del proletariado se despren- de del lugar que esa clase desempeña en el proceso de producción y, por con- siguiente, en el sistema de contradicciones que caracteriza a la sociedad bur- guesa. Que el proletariado constituya o no una clase mayoritaria es un dato accesorio al argumento marxiano. En ciertas etapas históricas eso fue así. pero no constituye un componente necesario de su razonamiento teórico. Su cen- tralidad se arraiga en el hecho de que sólo esa clase reúne las condiciones po- tenciales, no determinísticas, para subvertir el orden burgués, y esto por su in- serción en el proceso productivo y por su irreemplazable papel en la valoriza- ción del capital.
Dicho esto, es preciso admitir que la fisonomía actual de la clase obrera dista mucho de ser la que Marx conociera en su época. La fragmentación de la clase obrera, su empequeñecimiento y ulterior recomposición constituyen da- tos insoslayables; que esto nos faculte para hablar, sin mas trámites. de su pro- gresiva desaparición dentro del capitalismo resulta por lo menos una terneraria conjetura. Por consiguiente. creemos que se impone una revisión bastante pro- funda del concepto de proletariado utilizado por la tradición clásica del mar- xismo. Digámoslo de una vez: esa concepción. y la correspondiente amplia- ción leninista con la tesis de la ‘aristocracia obrera‘. no se compadece con los grandes desarrollos tecnológicos experimentados en los últimos quince o vein- te años. Estos produjeron radicales modificacionesen la naturaleza del proceso productivo y en el proceso de valorización del capital, todo lo cual nos impo- ne la necesidad de repensar críticamente la naturaleza del proletariado en el capitalismo tardío.
A partir de estas mutaciones enla anatomía de las clases subalternas y de la crisis de sus estructuras tradicionales de mediación —partidos y sindicatos-
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emergen los nuevos movimientos sociales. Estos expresan, por eso mismo, una realidad distinta pero no contradictoria con el continuado protagonismo de las clases sociales. La correcta apreciación de las potencialidades transfonna- doras de los primeros no requiere necesariamente la cancelación de las segun- das. Antes bien, la dinámica de los movimientos sociales es prácticamente in- :lescifrable si no se la sitúa en el contexto más global de las relaciones de cla- se y sus contradicciones estructurales. Las reivindicaciones de los vecinos de las barriadas populares, de las mujeres, de los jóvenes, de los defensores de los derechos humanos no pueden ser plenamente comprendidas si no se las inte- gra en el marco más comprehensivo del conflicto social y la dominación de clase.
Basta examinar la estructura y el funcionamiento de las sociedades con- temporáneas, en los Estados Unidos, Europa o América Latina, para compro- bar que ni las clases han desaparecido ni los antagonismos clasistas se han es- fumado. Sin embargo, esto no autoriza a decir, desde una lectura dogmática que muchas veces ha padecido la izquierda, que lo único que importa son las clases (lo que aparte de ser falso es flagrante distorsión de la teoría de Marx) y que la lucha de clases es la única contradicción relevante para la compren- sión de nuestras sociedades. La proliferación sin precedentes de sujetos so- ciales constituye pues un dato novedoso de los capitalismos contemporáneos, y que plantea innumerables problemas teóricos y prácticos. Una parte impor- tante de estos nuevos actores han contribuido con sus demandas e iniciativas a socavar la estabilidad de la dominación burguesa, y su concurso será, habrá de ser-importantísimo para viabilizar la transformación de la sociedad actual. La creciente complejidad de los capitalismos contemporáneos ha creado nue- vas líneas de conflicto, que coexisten articuladarnente con el antagonismo de clases. Y éste sigue siendo, tanto en los capitalismos centrales como enla periferia del sistema, la “falla geológica” fundamental de nuestras sociedades. En relación a ésto, y para no prolongar excesivamente estos comentarios, per- mítaseme concluir citando una vez más el trabajo del profesor Miliband, cuando dice que:
“De ninguna manera quiere decir esto que los movimientos de mujeres, ne- gros, pacifistas, ecologistas, homosexuales y otros no sean importantes, o no puedan tener efecto, o que deban renunciar a su identidad aparte. De ninguna manera. Sólo significa que el principal (no el único) sepulturero del capitalismo sigue siendo la clase obrera organizada. Esta es el necesa- rio, indispensable instrumento de cambio histórico. Y si, como se dice constantemente, la clase obrera organizada se rehúsa a encargarse de la ta- rea, entonces la tarea no se hará...(N)ada ha sucedido en el mundo del ca- pitalismo avanzado y en el futuro de la clase trabajadora que autorice a
una visión de tal futuro”.l
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Por lo tanto la presunta extinción de las clases y su reemplazo por nuevos actores sociales ha sido un producto más ilusotio que real. Tampoco es algo nuevo, porque a mediados de los cincuentas también se difundieron ideolo- gías bastante elaboradas que hablaban, precisamente, del “fin de las ideolo- gías”, la progresiva desaparición de la clase obrera y el agotamiento de la lu- cha de clases. Ya sabemos lo que pasó después, y nadie ha vuelto a acudir a esas formulaciones supuestamente definitivas acerca de la estabilización del capitalismo. Por consiguiente, hoy asistimos a la multiplicación en el número de los sepultureros que colaboran con el más antiguo e importante en el soca- vamiento de las estructuras de la sociedad burguesa. Esta se enfrenta así a la negatividad de un conjunto muy grande y diversificado de sectores que plan- tean demandas puntuales, en otros casos globales, y cuyo manejo resulta cre- cientemente problemático. La constemación de los principales teóricos de “la crisis de la democracia” ilustra adecuadamente esta preocupación. En efecto, más allá de la posible radicalización de estas exigencas de autonomía e identidad, de intereses y de ideologías, la simple proliferación en el número de grupos y sectores sociales que se sienten “excluidos” o marginados implica, en términos prácticos, un aumento de los niveles de antagonismo del sistema, la declinante eficacia y efectividad de los aparatos estatales y una erosión en sus márgenes de legitimidad. Todo esto no hace sino estimular el círculo vi- cioso de la ingobemabilidad, cuyas consecuencias exigen de parte del estado y de la sociedad civil respuestas muy contundentes: o bien una reafirmación de la estructura que coagula la desigual distribución de la riqueza y el poder, y ahí están los ejemplos variados del neoconservadorismo en occidente, o, por el contrario, una innovación radical en los contenidos y en las formas de la política que, al fundarse en el protagonismo de la sociedad civil, implica el fortalecimiento gradual pero significativo de las tendencias hacia la transfor- mación socialista del sistema.
3 - El Estado:
C. d.S. .- —Uno de los temas que recorre con más fuerza el campo societal tiene que ver con el nuevo papel asignado al Estado.
La crisis del capitalismo se expresa, al decir de E. Alvater, a través de la mediación estatal. El Estado se vuelve el centro de actividad de la misma, al mismo tiempo que se modifica la modalidad de intervención del mismo en la economía. Esta situación ha generado no pocas disputas políticas alrededor del rol que tendría que jugar el Estado. Privatización, estatización, neutrali-
l Miliband, Ralph: _“l;‘l nuevo revisionismo en Gran Bretaña", en cuadernos Politicos
(México), N0 4_4, Julio-diciembre de l985, p. 26.
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dad, democratización del mismo, son diversas aristas de una misma polémica abierta y no saldada, más aún en un país donde la cultura estatalista está fuertemente asentada. ¿Qué piensan Uds. alrededor de esta problemática pa- ra hoy? ¿Cuál debe ser la política que la iunierda debe desarrollar en este aspecto?
E.S.: --l:‘l debate sobre el Estado en sus propios términos ha sido una valiosa arma para la gran burguesía, utilizada para apartar la atención de la lucha de clases, de la eXplotación, de la dependencia, y dividir a la sociedad sobre ejes falsos, donde un Estado neutral aparece como el culpable de todos los males. Es responsabilidad de la iunierda centrar la cuestión en sus justos términos. El estado que se “transnacionaliza“ recoge y lleva a su máximo nivel la esencia del estado capitalista. El estado que se “transnacionaliza” es una vuelta de tuerca en el militarismo. Es el avasallamiento de la soberanía política nacio- nal. Es la conformación de una nueva institucionalidad política que tiende a restringir el concepto de democracia. Es el garante de la reproducción de un sistema que en su estadio actual trae más explotación, marginación de las ma- sas del mercado de trabajo y de consumo, más sufrimiento para el pueblo.
El Estado, lejos de retirarse de la economía, está como nunca comprome- tido con ella. La neutralidad del Estado, hoy como ayer es una ilusión pro: movida por quienes pretenden ocultar su carácter de clase. El Estado sigue manteniendo su rol de sostén de las condiciones sociales de la producción y por lo tanto de garante de la dominación del bloque en el poder. Lo que ha cambiado es la conformación de ese bloque y, con él las formas y las modali- dades de intervención del Estado en lo económico y en las relaciones socia- les en general.
Hoy el Estado por un lado se retira de algunas de sus funciones económi- cas “tradicionales” (las del Estado intervencionista que se desarrolla a partir de laverisis del 30), y reformula su papel de regulador en función a lamas rápida concentración de riqueza y el más firme y directo entrelazamiento con el sistema mundial. Todo esto en el marco global de un proceso de re- construcción hegemónica del poder del bloque dominante que abarca todo el estado y sus aparatos.
En el plano económico, al ritmo acelerado de la concentración del capi- tal con su contracara de explotación de las masas y de segregación de la pro- ducción de grandes sectores populares, el aparato productivo estatal es presa preferida de los monopolios nacionales e internacionales al amparo de la po- lítica de capitalización de la deuda impuesta desde los centros transnaciona- les de decisión económica: F Ml, Banco Mundial, etc.
Las privatizaciones que tienen como característica dominante la asociación del capital monopolista local y/o extranjero con el capital estatal en la rees- tructuración de las empresas públicas sólo “modemiZan” en todo caso una
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parte de ese aparato productivo: el que resulta rentable de acuerdo con la fragmentación del consumo que impone el proceso de transnacionalización. Por eso es que, mucho más velada en el debate político, pero de igual o mayor importancia es la retirada del Estado de otras funciones económicas “tradi- cionales”, en el campo de la reproducción de la fuerza de trabajo: salud, vi- vienda, servicios sociales, transportes, etc. Pero esto es también congruente con el proceso de transnacionalización: acompaña a la segregación de la pro- ducción y a la segmentación de la sociedad según sus capacidades de consumo.
Pero no sólo cambian las modalidades de intervención del Estado en la economía. Proyectos y fenómenos tan dispares como la Reforma constitucio- nal, los cambios de la relación Poder Ejecutivo-Poder Legislativo, la reformu- lación del rol institucional de las FFAA, los procesos de descentralización, el proyecto de traslado de la Capital, la constitución en el marco del Ejecutivo de distintas formas institucionalizadas de concertación social, las nuevas rela- ciones público-privadas en los aparatos ideológicos, la reestructuración del aparato administrativo y’ la conformación de una burocracia de tipo “geren- cial”, adquieren una significación general única si la interpretamos bajo esta reformulación del rol del Estado, cuya esencia es su readecuación para la reso- lución de la crisis bajo la hegemonía de la burguesía financiera.
El dilema político defondo de la llamada Reforma del Estado en marcha es reunir en un momento de predominio del consenso en la ecuación coer- ción-consenso del actual sistema de dominación, una política de neto corte antipopular con el aseguramiento de la gobernabilidad sobre la sociedad. Pe- ro el dilema político de la iunierda no es más sencillo.
Una posición tradicional de defensa de la propiedad estatal. -por ejemplo. no sólo tiene el defecto de encubrir la verdadera funcionalidad de la inter- vención económica del Estado capitalista dependiente, sino que además corre el riesgo de constituirse en una suerte de “utopía reaccionaria“
Pero su contracara, que iguala en la condena al estado intervencionista con el “transnacionalizado” en nombre de su esencia capitalista, corre el mis- mo riesgo de cualquier prescindencia en el campo de la política: la renuncia a la disputa concreta y en su ineficacia, el dejar el camino libre a las fuerzas más dinámicas del capitalismo.
Para nosotros, el problema del paso de un rol pro-monopolista y pro-de- pendentista del Estado a un papel de organizador de un proceso de liberación nacional y social está definido esencialmente por el cambio en el poder del Estado. Nuestro planteo programático político gira alrededor de tres cuestio- nes interconectadas entre sí:
a) la estatización de la propiedad privada monopólica que detenta los aspec- tos claves del control económico-social. b) la gestión de la propiedad estatal en función de los intereses populares.
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c) la planificación, dirección y control del aparato estatal por medio de la más amplia participación popular organizada.
Con este horizonte de transformaciones, la lucha concreta diaria contra esta reconfiguración del Estado que sufrimos, es el punto de partida para la creación de la base político-social de otro Estado, expresión de la democra- cia popular y herramienta estratégica de la construcción del socialismo en la Argentina. Orientar la lucha de forma tal que las necesidades de los distintos componentes del bloque popular se conecten entre sí reuniendo en un sólo haz la defensa que los trabajadores estatales hacen de sus fuentes de trabajo, por ejemplo, con la exigencia de servicios públicos para la masa marginada por la transnacionalización, es la tarea más importante en el camino hacia la construcción de otro tipo de Estado.
H.F.C.- — Para los marxistas, el Estado es resultado de la división de clases de la sociedad. Marx dijo que “es una forma de síntesis de la sociedad burguesa” Lenin enseñó que “es siempre un estado de clase” y Engels nos habló de la función represiva de las fuerzas armadas y policiales. Los rasgos bonapartis- tas, incluso progresivos, que pueda asumir —por ejemplo cuando el Estado ca- pitalista de nuestro país semicolonial adquirió las empresas públicas imperia- listas-, se han dado siempre al servicio de la burguesía y dentro de esa finali- dad coercitiva de clase. La misma ha quedado totalmente demostrada, por si hacía falta, en el genocidio estatal hecho en muchos países empezando por el nuestro.
Creemos que nuestra política no puede ser otra que la lucha contra ese Es- tado represor de clase y su conquista por el proletariado, para preparar la “extinción de la maquinaria estatal”, una vez conseguida la sociedad sin cla- ses en el mundo.
En nuestro país, el Estado está en crisis. La masa asalariada, empleada en su maquinaria, desde los ministerios y las provincias hasta las fuerzas policia- les y armadas, se levanta contra la pérdida de su nivel de vida. Igualmente, la crisis económica ha dislocado las funciones llamadas de protección social, con el reclamo generalizado de la sociedad. Y el imperialismo, asociado al capital monopolista local, exige una redirnensión del Estado. Con la privatización de las empresas públicas rentables busca avanzar en la semicolonización del país y relanzar un proyecto de acumulación sin nuevas inversiones, apropiándose del patrimonio acumulado por el 'Estado a expensas de los trabajadores. Con la supresión de las regulaciones, pretende liberar el mercado al servicio de las transnacionales y sus socios locales.
Los marxistas tenemos que intervenir en esta crisis, apoyando la lucha de los empleados públicos, que son parte de la clase obrera, y también la justa
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protesta social de los agentes y suboficiales, para avanzar en el juicio y castigo de los genocidas y en la conquista de sindicatos y agrupaciones políticas den- tro de las fuerzas represivas, que nos permitan ganar a un sector de ellas para el proletariado. Asimismo, oponemos a la privatización de las empresas públi- cas, exigiendo el control obrero de las mismas.
A.B. : Esta problemática, la de loscarnbios recientes del Estado capitalista, vin- culada con la respuesta anterior, nos remite, pCI' último, aun tema de fondo para el pensamiento y la praxis de la izquierda en América Latina. No obstan- te, hasta el momento y debido a la inadecuación de las respuestas que las fuer- zas populares propusieron en relación a la crisis fiscal del Estado, ha sido la derecha conservadora la que ha capitalizado los réditos políticos ante el elec- torado y la opinión pública. En efecto, la ofensiva lanzada por sus represen- tantes la ha hecho aparecer como una verdadera campeona del antiestatisrno y seriamente preocupada por el mejoramiento de la calidad y la eficiencia de los aparatos estatales. Su hábil manipulación de la retórica privatista hizo que ésta penetrara muy profundamente en la sociedad argentina y, huelga decirlo, en sus principales partidos políticos. El “sentido común” del 'keynesianismo desarrollista, que le asignaba al Estado un papel rector en la acumulación capi- talista y la distribución social de los frutos del progreso económico, fue pro- gresivamente abandonado, o al menos cuestionado, ante el embate de un neo- conservadorismo que descubría en los vicios de la política democrática las causas del malestar económico de los setentas. Toda la discusión suscitada en los capitalismos avanzados a propósito de la “crisis de la democracia”, la “in- gobemabilidad de la sociedad civil” o la “crisis fiscal del Estado” son manifes- taciones de esta trabajosa rearticulación de la burguesía con su Estado.
Lo cierto es que la sagacidad de los representantes ideológicos del conser- vadorismo con su corte de mandarines, comunicadores y voceros de distinto tipo, ha logrado imponer un discurso anti-estatista y privatista que, no sólo es demagógico sino que además, es insostenible científicamente e inaceptable éticamente. En el caso argentino esta tarea se ha visto facilitada por la situa- ción objetivamente calamitosa del sector público, a tal grado que no son po- cos los especialistas que categorizan a nuestros aparatos estatales entre los más atrasados e ineficientes de América Latina, muy alejados de países como Mé- xico y Brasil, cuyas estructuras estatales han realizado notables progresos en los últimos veinte años. El colapso del Estado argentino ha creado un hondo resentirniento social, especialmente marcado entre los sectores medios y las clases populares, contra agencias gubernamentales que proveen servicios insu- ficientes y de baja calidad; que maltratan al usuario sometiéndolo a un despo- tismo burocrático que largos años de dictadura han reforzado hasta límites
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insospechados y que, para colmo de males, aplican tarifas exorbitantes. lil silencio cómplice del populismo, con su anacrónico estatismo, y la perpleji- dad de la izquierda, que aferrada a las abstracciones se desentiende de la pro- blemática concreta de este Estado, aquí y ahora, ha servido de magnífico cal- do de cultivo para la resurrección, que no dudamos será efímera, del neolibe- ralismo y para el auge de una nueva panacea, la privatización, con la cual se espera remediar los viejos males del capitalismo argentino. Pero mejor vaya- mos por partes.
En primer lugar es curioso comprobar en la Argentina este súbito desper- tar de la conciencia privatista y anti-estatista en coincidencia, ¡por supuesto que puramente casuall, con los inicios de un difícil proceso de redemocrati- zación. En los años del Proceso, cuando el estatismo más irresponsable y sal- vaje se enseñoreó de la vida nacional, los quejumbrosos partidarios del laissez- faire se hallaban seguramente distraídos en la contemplación de otros grandes temas de la teoría económica o la filosofía política. Entonces-el Estado “era bueno“ y sus flagrantes ineficiencias (¿o es que los teléfonos y los ferrocarri- les empezaron a funcionar mal el día que los argentinos recónquistaron la democracia?) eran contempladas con calculada benevolencia, al tiempo que sus “errores y excesos" en materia de derechos humanos fueron juzgados c0- mo productos del excesivo celo y la cortedad [de entendimiento de algunos funcionarios menores del régimen. Es más, ciertas desviaciones “socializantes” de la dictadura fueron inclusive aplaudidas por los actuales apologistas del lih beralismo por ejemplo, cuando por una resolución del Banco Central .la deuda externa del sector privado fue asumida y garantizada por el Estado, transfi- riendo a las clases y capas subalternas el costo de los negocios de la burguesía.
Lo anterior nos permite ubicar con más precisión, a pesar de la brevedad de estas notas, el encuadre ético-político que subyace a la ofensiva neoliberal en la Argentina y que, nos parece, no es muy diferente al que prevalece en otras latitudes. No se trata, por consiguiente, de una reflexión objetiva en t'or- no al funcionamiento de los aparatos estatales y los servicios públicos. en el ca- pitalismo periférico sino de una postulación interesada formulada por sus intelectuales orgánicos con el propósito de salir de la crisis en las mejores con- diciones posibles. Veamos la génesis doctrinaria de esta postura.
En la concepción del liberalismo decirnonónico el Estado era representado como un agente “externo” a las relaciones sociales de producción, era conce- bido, en clave economicista y reduccionista, como un reflejo especular del mercado, y éste como un ámbito neutro en donde sujetos libres entraban voluntariamente en transaccionesque les eran mutuamente beneficiosas y en donde nadie tenía capacidad de acumular demasiado poder o influencia.
Al excluir al Estado del campo de las relaciones económicas, por ser éste un ámbito de la sociedad civil y de lo privado, la ideología burguesa consagró el imperio del darwinismo social vigente en el mercado. La explotación capita-
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lista se reproducía sin turbulencias, porque se amparaba en la falsa neutrali- dad de un Estado que, “dejando hacer”, absteniéndose de “intervenir”, pero interviniendo de verdad en miles de formas, logra imponer sobre la sociedad el programa de la burguesía. En la medida en que la hegemonía burguesa se afianzó hasta transformarse en el “sentido común” de una época el mito del Estado “neutro y prescindente” adquirió una consistencia cada vez mayor, cristalizando en un modelo de articulación entre Estado y sociedad civil, es decir, entre Estado y mercado. Pero la igualdad abstracta del Estado es des- mentida por la desigualdad concreta del mercado, mientras que el funciona- miento de la economía “aparece” ante los ojos de la sociedad civil como re- sultado exclusivo de las iniciativas de los actores “privados”.
Claro está que el bloque histórico del capitalismo liberal nunca llegó a sol- darse por completo pues las grietas que lo surcaban eran demasiado profundas y la aparente separación entre economía y política, entre mercado y Estado sólo gozaba de cierta verosimilitud en épocas de paz social. A medida que se agudizaba la lucha de clases y los sectores obreros se organizaban. o cuando la insurrección lanzaba a las masas a las calles a luchar por su autoemancipación. la tan pregonada prescindencia estatal se evaporaba como por arte de magia. Allí el discurso ideológico del liberalismo se estrellaba ante la transparencia del Estado que, con sus intervenciones no-mediatizadas, revelaba inequívoca- mente cuál era la clase a cuyo servicio estaba. Se desvanecían, en sus afanes represivos, las ilusiones del mercado prepolítico y autorregulado, de la econo- mía sin Estado, de la neutralidad estatal y de la igualdad ciudadana.
El derrumbe de los mitos históricos del liberalismo se acelera después de la primera guerra mundial y la Revolución Rusa: tal como lo constatara Gramsci la situación de un Estado burgués tan mezquinamente detenido en su fase más elemental, la “económico-corporativa” se hab ía tornado insoste- nible. La efímera recuperación de la primera postguerra sólo sirvió para pro- longar una agonía que culminaría con estrépito al producirse el crack de 1929. Con él se cerraba toda una fase en el desarrollo del capitalismo y daba comienzo otra nueva, preñada de profundas transformaciones. En efecto, el crecimiento de los monopolios obligó a abandonar, sin demasiado decoro. las arcaicas supersticiones acerca de la “mano invisible" y el “mercado autorre- gulado” que ahora eran fervientemente condenadas por un coro tan desafina- do como oportunista de economistas ortodoxos. que ante el derrumbe del viejo orden revalorizó súbitamente al “intervencionismo” estatal que antes execraban. El caso argentino es bien ilustrativo: fue el viejo pacto oligírquico quien, en los años treinta, arrojó por la borda un, liberalismo históricamente obsoleto e instaló al Estado en el lugar rector de la economía. El populismo peronista no hizo sino profundizar esta tendencia surgida con la restauración autoritaria de la oligarquía. Es que en la Argentina, como en el resto del mun- do, la gravedad de la crisis reclamaba a gritos una redefinición del papel del
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Estado en el proceso de acumulación. Claro está que las nuevas exigencias te- nían un fuerte costo ideológico pues equivalían, nada menos, a certificar la invalidación práctica del paradigma liberal y sus ilusiones autorregulativas.
La así llamada “revolución keynesiana” dio lugar a una drástica rearticu- lación entre Estado y sociedad civil, superadora de los arcaicos patrones de vinculación heredados de la época del capitalismo concurrencista. La formi-, dable ampliación del Estado, tanto de su burocracia y aparatos como de su‘s funciones económicas, sociales, políticas y culturales, no fue sino la expresión de la creciente “centralidad” que éste adquirió tanto para la continuidad de la acumulación capitalista como para el reforzamiento del dominio de clase de la burguesía. Tal como correctamente lo plantearan Buci-Glucksmann y Ther- born, la “revolución keynesiana” culminó en la consolidación de una nueva forma de Estado capitalista, el Estado de bienestar, que organiza esta nueva articulación con la sociedad civil a través de dos ejes principales: un modelo de acumulación y desarrollo, centrado en la relación entre Estado y capital y, por otra parte, un modelo de hegemonía-dominación, centrado en la rela- ción Estado-masas p0pulares.
Esto significó, en la práctica, una suerte de “socialización de la inversión” que, expandiendo las actividades económicas, absorbiese el desempleo y esti- mulase la demanda agregada. De este modo los empresarios volverían a inver- tir, atraídos por las perspectivas de altas tasas de rentabilidad, y el sistema corregiría sus desequilibrios. No obstante, va de suyo que una propuesta de este tipo dependía de la contínua asistencia del Estado en su papel de super- visor del ciclo económico. Se entiende entonces la verdadera explosión expe- rimentada por el aparato estatal en el, capitalismo contemporáneo: inversio- nista, planificador, empresario, comprador, recaudador, promotor, distribui- dor. Estas eran actividades que, según los economistas más doctrinarios, sólo servían para obstaculizar el progreso económico que emanaba de las fuerzas del mercado, por el contrario, aquellos ligados de manera orgánica con la burguesía las consideraban como absolutamente esenciales para restablecer el funcionamiento del capitalismo en la década de los años treinta y garantizar su espectacular e inigualado crecimiento experimentado en los años de oro de la segunda posguerra.
La otra cara del Estado desarrollista ha sido el Estado benefactor, y es pre- cisamente en esta unidad dialéctica, que condensa los dos ejes de la nueva articulación entre Estado y sociedad civil", donde se encuentra el núcleo de los problemas que afectan al capitalismo contemporáneo. Su capacidad de gestio- nar la crisis depende por lo tanto no solamente de una modificación de las formas tradicionales de integración entre Estado y capital sino que, además, ese nuevo pacto debe, de alguna manera, ser refrendado por la voluntad de las mayorías. Esto significa que el Estado como gestor de la crisis debe, al mismo tiempo, transformarse en Estado benefactor, es decir, sensible y responsable
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ante las demandas de la ciudadanía. El paradigma kcynesiano requería. pues, compatibilizar dos lógicas: una económica, orientada a la reanimación y esta- bilización de la acumulación capitalista, y otra política, que aún sin proponér- selo tendía a la integración de las masas y la pacificación social,'la institucio nalización de los conflictos y la creación de un orden burgués estable y legítimo.
La súbita y acelerada expansión del intervencionismo estatal desencadena- da después de la gran depresión contó con el beneplácito del capital y sus representantes políticos e ideológicos. En efecto. las medidas anticíclicas constituían una medicina quizás un tanto amarga pero imprescindible para la restauración de una normalidad que ya no podía garantizar el mercado. _\' los problemas que enfrentaba burguesía eran demasiado serios como para recu- rrir a las supersticiones dieciochescas del mercado autorregulado o la "mano invisible” Esto no sólo ocurrió en los capitalismos avanzados sino que se rei- teró, casi simultáneamente, en el caso latinoamericano: aquí también la ex- pansión del intervencionismo estatal fire invariablemente obra de gobiernos que respondieron con esmero a las exigencias de las clases dominantes gol- peadas por la crisis general del capitalismo. Lo que se requería era institucio- nalizar una política de “socialización de las pérdidas" para hacer frente a la depresión, y para que esta iniciativa prosperase debía contarse con un amplia- do aparato estatal susceptible de intervenir, de renovadas maneras. en la ges- tión del ciclo económico.
Integradas de manera permanente a la vida estatal. la presencia de las ma- sas dio lugar a una extraordinaria expansión de los servicios asistenciales _\' de las agencias gubernamentales encargadas de su atención. Al mismo tiempo. las instituciones político-representativas adquirieron una inédita consisten- cia realimentando de este modo la fuerza de los sectores populares en el inte- rior de los aparatos estatales. Eso determinó que las demandas redistributivas de las masas, apoyadas por la presencia de volurninosas estructuras corpora- tivas de la clase obrera, encontrasen favorable acogida en los círculos guber- namentales. Contrariamente a una imagen demasiado difundidacn la cultu- ra de la izquierda, el Estado de bienestar no es sólo la obra de una burguesía omnisciente que trata de embaucar a las masas sino que, en buena medida. es la consecuencia de las luchas populares por la democracia. Gracias a su me- diación los sectores populares lograron un conjunto de reivindicaciones por las cuales habían luchado desde hacía un siglo,
Ahora bien, en virtud de la democratización experimentada por el Estado keynesiano, y que se expresa, a) en el hecho de que su fuente de legitimación proviene del sufragio universal; b) cn el carácter democrático de los procedi- mientos de constitución de la autoridad política y de la formación de la "vo- luntad nacional”, y, c) en la calidad y cantidad de las respuestas gubemamen- tales a las demandas populares, este proceso de “gobiemo político del ciclo
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económico” está destinado a suscitar fuertes antagonismos entre los sectores burgueses. Estos desearían un Estado keynesiano pero sin su sustentación de masas, olvidando que precisamente de lo que se trata es de una nueva rearti- culación integral entre Estado y sociedad civil, irreductible tan sólo a su mo- mento económico sino que, por el contrario, requiere una amalgama dialécti- ca entre el régimen de acumulación y un modelo de hegemonía. Si el primero introdujo al Estado como organizador, programador y regulador del mercado, el modelo de hegemonía implícito enesta gigantesca “revolución pasiva” que fue el keynesianismo integró a las masas profunda e irreversiblemente en su seno.
Se trata, en consecuencia, de un Estado burgués más fuerte que su frágil precursor liberal, que expresa un momento más elevado y complejo de su desarrollo como forma de dominio burgués, el momento “ético-político” que sustituye al craso inmediatismo del Estado liberal empantanado en su estre- cho economicismo. Pero la mayor solidez del Estado keynesiano constituye dialécticamente su mayor potencial de negación puesto que el carácter ex- pansivo de la democracia tiende, inevitablemente, a alienar la lealtad de los sectores burgueses, los que con certero instinto observan con inquietud que las luchas populares transformaron la ciudadanía formal y abstracta del Esta- do liberal en un atributo mucho más concreto y tangible en la fase keyne- siana.
Pero, además, los preocüpa el modo en que ese democratismo, que en un momento se encasilló en los límites de la “esfera pública”, se expande vigoro- samente y penetra hasta el propio santuario de la burguesía: la fábrica. El irresistible avance de la democracia ahora desborda los amplios confines del Estado para invadir las áreas “privadas”, otrora a salvo de la irrupción del elemento democrático, y eso es lo que galvaniza un fuerte bloque burgués que ha satanizado al Estado keynesiano como la causa de la crisis política y de la “ingobemabilidad” de las democracias. La democratización del Estado ya era de por sí prácticamente intolerable: por ello, la introducción de crite- rios democráticos en el proceso productivo, en las escuelas y universidades, en los medios de comunicación, en las estructuras burocráticas, en la familia y hasta en las relaciones interpersonales es algo que va mucho más allá de lo que la burguesía, y sus intelectuales, están dispuestos a aceptar. Nótese, si no, el santo horror que sobrecoge a ciertos analistas políticos cuando se les recuerda que la democracia no es solamente un atributo del régimen político sino tam- bién, como ya lo había advertido Aristóteles, un rasgo distintivo de la estruc- tura social.
No es incomprensible entonces que el pensamiento liberal haya adquirido en los últimos tiempos, al agotarse el inigualado ciclo de expansión iniciado en la posguerra, un matiz un tanto apocalíptico e inconfundiblemente reac- cionario. La crisis profunda por la que atraviesa el capitalismo es imputada a
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los enemigos “externos” y al desenfreno de una movilización popular que, en el capitalismo avanzado, produjo una expansión desorbitada de los compromi- sos sociales del Estado. El resultado de esta acrecentada “responsabilidad so- cial” fue —según plantean estos críticos- la crisis fiscal generada por la ex- traordinaria “sobrecarga” de demandas que agobian al Estado keynesiano, el que, sin embargo, no tiene cómo liberarse de ellas sin perder o afectar su legi- mitad. El desorden político, añaden estos autores, genera el déficit fiscal y la inflación: ambas deprimen el funcionamiento del mercado y repercuten ne- gativamente sobre la paz y la disciplina social que requiere el proceso de acu- mulación. \
Se llega así al resultado final del diagnóstico neoliberal: el retorno al mer- cado supone el drástico redirnensionarniento del Estado, pero esto, a su vez, es imposible sin menoscabar seriamente a la democracia burguesa. En efecto, la vuelta al mercado implica la violenta reinstauración del darwinismo social acorde con sus arcaicos prejuicios sobre la armonía natural de los intereses y el equilibrio general de la sociedad, que nada tienen que ver con la estruc- tura y funcionamiento de la sociedad moderna. Es innecesario aclarar quiénes serían los beneficiarios de esta “desinteresada” propuesta: aquellas fracciones más concentradas del capital que podrían así imponer su “orden” en la barba- rie del mercado.
Por cierto que, en esta tentativa, los defensores del mito del mercado y la “mano invisible” tendrían que arrasar con el Estado, especialmente con sus instituciones asistenciales y representativas a las que obstinadamente achacan todos los males del capitalismo, olvidando que fue bajo la dirección del Esta- do keynesiano cuando aquél logró las tasas de crecimiento y desarrollo más espectaculares de toda su historia. El hostimmiento al Estado es, en última instancia, 'un ataque a la democracia concebida como un régimen político in- compatible con las libertades del mercado. Se pretende, por esta vía, fundar un nuevo orden burgués apoyado por un Estado despótico, aún cuando nues- tros sedicentes liberales se cuiden mucho de explicitar estas conclusiones. El ejemplo elocuente de esta propuesta lo proporcionan los economistas mo- netaristas y la “comunidad financiera internacional” cuando afirman que un requisito esencial para contener la inflación es que el Estado tenga la “fuerza política“ indispensable para tomar las duras medidas de ajuste.
Pero, ¿qué quiere decir “fuerza política”? Simplemente, que el programa antiin flacionario debe imponerse aún a pesar de los reclamos y opiniones de la gran masa de la población que se verá afectada por sus secuelas: recesión, desempleo y toda suerte de penurias f ísicas y morales. El Estado fuerte apare- ce así como un sutil eufemismo para legitimar el autoritarismo político, como una concepción de los círculos intelectuales y políticos de la burguesía que, desesperados por restaurar un “orden” mezquinarnente favorable a sus inte-
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reses, apelan a la violencia coactiva del Estado para lograr lo que ya les resul- ta imposible por la vía democrática.
Indudablemente su fórmula mágica podría redondearse así: economía de mercado más “Estado fuerte”, o, dicho de otro modo, darwinismo social más despotismo político, o, parafraseando a Gramsci, un mercado acorazado por la coerción estatal. Pero esto no significa un ataque al estatismo sino a la de- mocracia, porque, ya es sabido, el capital hoy no acumula sin el activo concurso del poder político. El Estado mínimo estaría así de5provisto de toda responsabilidad hacia la ciudadanía, gracias a la cual podría asegurar el orden en el meréado. Se trata, en suma, de revertir una tendencia histórica que cons- truyó la democracia a pesar del capitalismo, en dura y secular lucha con el irracionalismo y el autoritarismo del mercado y contra la pérfida resistencia
'de la burguesía y las clases y estratos aliados a su hegemonía. La propuesta neoliberal remata así en el siguiente dilema: mercado o democracia.
De lo anterior se desprende que es preciso no engañarse ante la prédica pri- vatizante y antiestatista de la derecha: el verdadero enemigo del neoliberalis- mo es la democracia, no el estatismo. El gigantisrno y la ineficiencia del Estado es uno de los grandes negocios de la “burguesía contratista”, y este Estado es no sólo la expresión de su dominación de clase sino, además, la condición ne- cesaria de sus superganancias, subsidios, sobrefacturaciones y evasiones impo- sitivas: ¿por qué habríamos de creer en sus letanías privatistas? Los magnates capitalistas ejercieron directamente el poder en tiempos del Proceso, y en nin- gún momento se preocuparon por poner en marcha un programa de privati- zaciones. Tenían el poder absoluto en sus manos y nadie podía oponérseles: partidos disueltos, sindicatos intervenidos, prensa amordazada y el terroris- mo de Estado para asegurar la obediencia de la ciudadanía. En esas condicio- nes, lo que hicieron fue precisamente lo opuesto de lo que pregonan hoy. Por lo tanto, su actitud es puramente retórica y oportunista, puesto que el proble- ma de nuestras clases dominantes es el “exceso de democracia” y no el inter- vencionismo estatal. Lo que ocurre es que ante el descalabro de los servicios públicos una campaña inteligente de la derecha puede redituarle un grado de respaldo popular que sería incapaz de conseguir el margen de estas circuns- tancias.
Dados estos antecedentes, la cuestión de la privatización debe ser abordada desde una perspectiva teórica y política que evite, por una parte, la trampa neoliberally, por la otra, el chantaje populista. La primera nos conduciría a intentar combatir el gigantismo estatal, controlar a sus aparatos y agencias, tornarlo más eficiente, pero transfiriendo crecientes cuotas de poder a manos de la burguesía. El populismo, a su vez, es víctima de una acendrada estado- latría que lo lleva a confundir en la mejor tradición corporativista, Estado con sociedad o, peor aún, con pueblo. Su rechazo visceral al socialismo lo lleva a la exaltación del Estado, olvidando por completo la naturaleza clasista
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del mismo. De ahí que, confundido por sus nebulosos parámetros doctrina- les, interprete cualquier crítica al Estado como un ataque a la nación y al pueblo.
Creo que la izquierda tiene que asumir una posición madura en relación al tema, superadora de lós vicios insanables que nilifican las propuestas libera- les y populistas. Claro está que eso no se logra negando la existencia irrebati- ble de nuestra crisis estatal, como hacen los segundos, que consideran a los aparatos estatales desde el punto de vista del clientelismo político: para no expropiar a la burguesía los populistas expanden el empleo público, y de ese modo creen que fortalecen al Estado. En realidad reducen el nivel general de eficiencia de la economía en su conjuntoy favorecen los negocios especulati- vos de la primera. Por eso, la defensa cerrada del intervencionismo,» o de un Estado elefantiásico, no tiene nada que ver con una postura socialista. Lenin habló hasta el cansancio sobre este tema a propósito del capitalismo mono- polista de estado, y sería lamentable que la izquierda argentina fuese intimi- dada por el populismo nacional-burgués e inhibida de plantear una política agresiva de reforma del Estado. La “solución liberal”, proponiendo una inten- sificación de la colonización burguesa del Estado en aras de una supuesta racionalidad económica ha sido rotundamente desmentida por los hechos en los Estados Unidos. No podemos extendernos ahora en más detalles, pero un análisis somero de la política de desrregulac’ión y privatización en la industria aeronáutica norteamericana promovida por la administración Reagan revela que las tarifas se incrementaron, la calidad del servicio se deterioró, el núme- ro de ciudades atendidas disminuyó, el empleo se redujo y las ganancias de las" empresas se fueron a las nubes. Pensamos, por otra parte, lo que podría ocurrir en la Argentina si todos los canalesde televisión fueran como los pri- vados, ¡ni nos habríamos enterado que hubo un plesbiscito en Chile, o una rebelión en Semana Santa de 1987!.
Es necesario, por el contrario, pensar en una estrategia de resolución so- cialista de este problema: y esto significa que la reforma del Estado debe po- tenciar el creciente control de la sociedad civil sobre el Estado, rechazando la impostura implícita en la falsa polaridad “Estado-mercado” Contra el esta- talismo populista y el estatalismo travestido de privatización de los liberales, la izquierda tiene que levantar la bandera de la sociedad. Contra el Estado ineficiente, control popular de la burocracia; contra el gigantismo y el despil- farro del dinero público, control popular de los recursos fiscales. Y esto supo- ne, por cierto, un papel más efectivo del congreso en la fiscalización del go- bierno y" de las clases y capas populares, movilizadas y organizadas, en la de- fensa de sus intereses fundamentales, algo que ni liberales ni populistas harán jamás. Ni la burguesía ni la tecnocracia estatalista son soluciones al problema. Por la inversa, ellas son parte del problema. La verdadera polarización es la que opone el Estado a la sociedad, y los males del primero. podrían, entonces,
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ser enfrentados, y Solucionados, por la paulatina recuperación de los poderes decisionales que el Estado burgués expropió a la sociedad civil. Ese y no otro es el programa marxista sintetizado en la frase “autogobierno de los producto- res”, el comienzo efectivo de la extinción del Estado.
4.- La etapa:
C d S.- la crisis generalizada del sistema capitalista, que se desenvuelve desde principios de los 70, conjrmtamente con el nuevo modelo de acumulación que se va abriendo piso, aunado a una nueva división internacional del trabajo en ciemes constituyen un marco de fuertes restricciones externas entre las cuales la deuda externa es un condicionante político de primera importancia para el relanzamiento de las fuerzas productivas.
Tomando este marco más general, qué posibilidades le asignan Uds. a nues- tro país de superar el horizonte de crisis en el que se encuentra?
Particularmente teniendo en cuenta las lecturas de la izquierda argentina que se mueven entre “una agudización creciente de la crisis con un costo so- cial intolerable” y la de una “situación revolucionaria objetiva”.
E .S.- Nosotros hacernos hincapié en que la crisis que avanza y se profundiza tiene dos resoluciones: la que quieren imponer las fuerzas más dinámicas del capitalismo bajo la hegemonía de la oligarquía financiera; y la que pueden imponer las fuerzas populares a partir de crear una nueva hegemonía. La pri- mera resolución se basa en la aceleración del proceso de trasnacionalización y en el ajuste de nuestra estructura a la nueva división internacional del tra- bajo. La restructuración en marcha sólo puede traer más explotación, más hambre y más sufrimiento.
Por eso nosotros peleamos por una resolución revolucionaria de la crisis. En este sentido ubicamos como problema principal el retraso de la madura- ción del factor subjetivo respecto a una situación objetiva de larga data. El agravamiento de la crisis no hace más que poner más de manifiesto esta dis- tancia.
No se trata de caer en “visiones catastrofistas” que se colocan ora dando por realizada e inexorable la restructuración capitalista, ora viendo en la pro- fundización de la crisis un factor que automáticamente conduce a una situa- ción revolucionaria. En el primer caso, sólo se propugna una adaptación alas “modernización” En el segundo, se dejan de lado en los hechos las necesarias tareas para acelerar la maduración del factor subjetivo. Estas visiones, aunque de distinto signo tienen un denominador común: el quietismo, ya que impli- can dejar un vacío político que llenan precisamente los representantes del nuevo bloque en el poder.
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En el marco de esta crisis el bloque dominante intenta una reconstrucción hegemónica que abarca todo el Estado, desde el sistema político, hasta los aparatos ideológicos tanto públicos como privados. Sin embargo, los sucesi- vos proyectos intentados por el alfonsinismo y el peronismo re‘novador se han encontrado con la‘ resistencia del pueblo que aún a la defensiva le ha puesto piedras en el camino. Y esto a pesar de que la izquierda no ha logrado presentar todavía una alternativa que logre encauzar políticamente las lu- chas que el pueblo libra cada vez con mayor decisión.
Dependerá de la capacidad de las organizaciones revolucionarias el dar la batalla en el campo del movimiento social y político de modo tal que favorez- ca las tendencias a la maduración del factor subjetivo cuyo retraso es la limita- ción principal del proceso revolucionario argentino.
HFC.- Para nosotros, hay una crisis mundial del sistema capitalista-imperialis- ta que determina la de nuestro continente, nuestra región y especiaLmente nuestra nación capitalista semicolonial.
Creemos que el sistema capitalista mundial ha entrado en una crisis no pasajera, que se exacerba por la lucha de clases y no tiene salida a la vista. Los mecanismos gubernamentales la dilatan, pero no pueden solucionarla.
Cuando el 19 de octubre de 1987 se produjo el “viernes negro“ en que ca- yeron 29 bolsas de valores en el mundo, se expresó uno de los rasgos de la si- tuación: el descomunal desarrollo de las operaciones especulativas de capitales ficticios, que no representan bienes producidos ni se vuelcan a la producción. El panorama se completa con el estancamiento de la producción mundial, la declinación de la productividad, el desequilibrio del comercio y las “guerras comerciales” localizadas, la crisis agraria y el inmenso endeudamiento externo de los países semicoloniales y de varios estados obreros, a lo que se suman los 400 millones de la deuda norteamericana. Hasta ahora, una aguda recesión in- ternacional ha podido ser postergada mediante intervenciones gubemamenta- les, pero al'precio de producir una crisis de sobreproducción en los Estados Unidos. A su próximo presidente le tocará posiblemente la tarea, de cortar los gastos públicos y atacar drásticamente el nivel de vida de los obreros nor- teamericanos, con todas las consecuencias que puede provocar.
En la base de esta crisis está la caída de la tasa de ganancia, a partir de los años ‘60. Ello desató una brutal ofensiva contra las conquistas obreras, el ni- vel de vida de las masas y la expoliación de las naciones semicoloniales y los estado obreros. Pero la tasa de ganancia, si bien se recuperó en parte, sigue en niveles mucho más bajos que hace 20 años, y el gran capital no consigue transformar sus ganancias en nuevas inversiones productivas con rentabilidad asegurada. Por eso fuga hacia la especulación y el atesoramiento de piedras y obras de arte.
Esta inseguridad de los capitalistas tiene si explicación, última en la lucha
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de clases. Para salir de su atolladero necesitarían lograr un aumento cualita- tivo de su tasa de explotación y ese Objetivo económico contrarrevoluciona- rio choca con contradicciones que frenan su plan y se convierten en factores adicionales de inestabilidad y crisis. La principal contradicción es la lucha de masas en los países semicoloniales, en la mayor parte de los estados obre- ros y en los propios países imperialistas.
En nuestro país se concentra la crisis del capitalismo semicolonial latinoa- mericano y, especialmente, del Cono Sur: en términos relativos, es el que más rápida y profundamente se está derrumbando en la región, sin que la banca acreedora- y el imperialismo puedan, por su propia situación, dar un respiro significativo. El Plan Austral fracasó, por eso, estrepitosamente, como intento de parar esa decadencia aguda.
La situación insoportable se abate sin piedad sobre las espaldas de los tra- bajadores y vastos sectores de la clase media, alimentando una movilización de masas casi incesante en los últimos años, con doce huelgas generales, pa- ros, ocupaciones y levantamientos barriales.
Esta crisis económico-social se traslada al plano político-institucional. Las ilusiones despertadas por la llegada del gobierno “democrático” de Alfonsín se volatilizaron por su fracaso económico y por la impunidad .que le otorgó a la masa de genocidas, y hoy el Presidente y su partido han perdido gran parte de su base social y electoral. La oposición burguesa peronista saca provecho de ese desprestigio y se prepara para ganar las elecciones, pero la magnitud de la crisis y de la protesta social lo lleva a girar a la derecha y correr, una y otra vez, en auxilio del gobierno, de su plan económico y del régimen.
Esto provoca la acelerada desconfianza de los trabajadores y grandes ma- sas populares. En pocos meses se desacreditó Cafiero, tragado por la crisis y su colaboracionisrno con el gobierno. Su reemplazante Menem, empieza a chocar con las mismas dificultades. Aunque gane la presidencia, la falta de márgenes económicos producirá probablemente una rápida experiencia de las masas y habrá llegado probablemente la hora del surgimiento de una nueva dirección sindical .y politica revolucionaria.
Esa nueva dirección está actualmente en desarrollo. El rol de los burócra- tas sindicales peronistas es más repudiado por las bases que la colaboración de la burguesía peronista, ya que la traición es vista más directamente. Y en el seno de las huelms y luchas, de las asambleas y votaciones de la base, crece una nueva dirección, que ha protagonizado ya grandes conflictos. La izquier- da es parte de este fenómeno, y en especial lo es el MAS, que creció en el pro- letariado. "
Con un aparato estatal vapuleado por la criSis, con fuerzas armadas que no han podido superar el trauma de la capitulación en las Malvinas y el derrumbe de la dictadura, así como las secuelas del genocidio y que están atravesadas
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por la protesta social de agentes y suboficiales, este panorama pinta una situa- ción revolucionaria que, con flujos y refluios, tiende a agudizarse.
5.- La identidad de izquierda:
C d S.- Los cambios sociales y pol íticos operados en los últimas años no pue- den dejar de expresarse en las representaciones políticas. Esto pone en el cen- tro del debate el problema de los partidos de izquierda y fundamentalmente la cuestión de la táctica de intervención política.
La izquierda argentina ha salido del largo período dictatorial sumamente debilitada y a nuestro juicio aferrada a esquemas que no siempre condicen con la situación actual. Estatalista en algún caso, obrerista y economicista en otros.
En su lento proceso de recomposición se destacan como fuerzas orgánicas el PCA y el MAS pero es cada vez más notorio que hay una izquierda arn- plia, entendiendo por esto a todos los que quieren cambiar la sociedad en un sentido socialista, que se expresa en espacios sociales, culturales, comunita- rios, etcétera, que ya no encuentra cabidaen los viejos partidos populistas, pero tampoco se siente interpretada por los partidos de i2quierda.
¿Qué política concreta resultaría abarcadora de estas expresiones? Más concretamente teniendo en cuenta la próxima coyuntura electoral que abre la posibilidad de cristalizar una identidad de izquierda en la sociedad argen- tina.
E.S.: — La búsqueda de caminos para la unidad de la izquierda va mucho más allá de un estrecho debate acerca del accionar táctico operacional sobre la co- yuntura; en realidad la unidad de la izquierda es una necesidad para operar en confrontación con el proyecto de dominación. La unidad de la izquierda es nada más y nada menos que uno de los aspectos en la conformación del Fren- te de Liberación Nacional y Social, herramienta estratégica para construir una democracia revoludonaria en camino al socialismo.
No se trata simplemente de hacer una relectura de la propia historia, de la izquierda y del país, de la irrupción del peronismo, del auge popular de los años 60 y 70, o de la derrota de 1976 y el genocidio posterior, sino de escribir los caminos de nuestra historia futura. El camino de la liberación nacional y el del socialismo son caminos que serán transitados exitosamente por nuestro pueblo y su clase obrera con su vanguardia política a la cabeza. Esta tarea constituye el desafío y la labor que debemos cumplir las organizaciones re- volucionarias y populares.
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En este marco es justo hablar de la derrota política de 1976, de los errores cometidos con anterioridad a esa fecha, y de la Ofensiva ideológica de los in- tereses de dominación que se expresan en la actual ofensiva reaccionaria, neo- liberal en el discurso teórico y autoritaria en el ejercicio del poder. El marxis- mo en la Argentina fue'alimentado teóricamente por un internacionalismo tri- butario de modelos y cánones construidos en realidades diversas en tiempo y espacio, por una “izquierda nacional y popular" que no terminó de ajustar sus cuentas con el populismo policlasista, y por una “izquierda insurrecció- nal” que no supo sintetizar su práctica con las cambiantes coordenadas polí- ticas de la etapa que vivieron.
Estos fueron los actores políticos del drama más importante de la historia de la Revolución en la Argentina; pero al mismo tiempo es de estos fragmen- tos de experiencias (del análisis de éxitos parciales y fracasos) como debe re- construirse una auténtica identidad revolucionaria. Esta reconstrucción no puede ser interpretada como repetición nostálgica ni como análisis introspec- ' tivo sino como reflexión crítica, como praxis actualizada y creadora y como conducta, como acción inserta en el cuadro político argentino.
La nueva identidad de la izquierda revolucionaria debe ser presidida por la voluntad del poder popular y la consecuente articulación de una estrategia co- mún para su conquista. Esta estrategia no puede forjarse sin una divisoria de aguas con la resignación posibilista, legitirnadora de la modernización capita-- lista, “izquierda” necesaria del modelo de democracia burocrática, restringi- da y dependiente, freno objetivo para el desarrollo del movimiento revolU- cionario.
Por eso, para la próxima campaña electoral planteamos la necesidad de no dividir el campo popular a partir de ejes falSos, ejes del enemigo, ajenos a las necesidades del pueblo. Y en este sentido cobra particular importancia lograr que la propuesta electoral reúna no sólo a las fuerzas orgánicas de izquierda sino también a la amplia gama de intelectuales, dirigentes de movimientos so- ciales, de los derechos humanos que no se sienten expresados por ninguna de esas fuerzas pero que sí apuestan a una izquierda unida detrás de un proyec- to de liberación.
Hacemos para ello una convocatoria amplia que interpela a los que buscan una verdadera alternativa al proyecto de dominación. Somos concientes que en una alianza de este tipo coexistirán proyectos diferentes, pero de lo que se trata es de dar una propuesta capaz de producir un real impacto político. La propuesta de decidir el perfil político, aspectos programáticos y candidaturas con una metodología democrática y ampliamente participativa es una expe- riencia inédita para la izquierda argentina que permitirá darle al acuerdo elec- toral un marco que exceda la discusión de especialistas para pasar a ser patri- monio efectivo de la militancia popular.
Pensamos que la coyuntura electoral puede ser un hito en la construcción,
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de la identidad de la izquierda revolucionaria, en cuanto identidad hacia la so- ciedad. Identidad popular que presupone una política de unidad efectiva de la izquierda. Unidad que se edifica combatiendo hegemonismos estériles y traumas ideologistas. Unidad de fuerzas políticas que asumen su diversidad y se predisponen a superarla dialécticamente en la práctica de masas. Unidad que el pueblo con sus sectores más combativos sabrá reproducir y potenciar mucho más allá de esta u otra coyuntura electoral.
6.- Unidad de la Izquierda
C. d. S. .- —Si algo de positivo se puede encontrar enla debilidad relativa actual de la izquierda argentina es que nunca como ahora se ha planteado con tanta fuerza la construcción de un polo alternativo de la izquierda unificada.
Claro está que esto no es exclusivo de nuestro país. La “Iunierda Unida”, en Perú, el “Frente Amplio” en Uruguay, y en otros contextos las experien- cias en Nicaragua y El Salvador hablan de una tendencia general, si bien es cierto que expresan proyectos o alianzas diferenciadas.
En Argentina el fracasado frente de izquierda en el ’83; el FP, en el ’85 y el FRAL en el ’87, se inscriben en esta tendencia, sin embargo las propues- tas son poco claras y se mezclan frentes políticos y sociales; tácticos y estra- tégicos que generan confusión y falsas expectativas entre la militancia y el activo disperso.
¿Cuáles serían en su opinión los términos político/prácticos de esa unidad que superan una siple coyuntura electoral?
¿Y cuáles los aspectos programáticos que permitan canalizar y expresar las fuerzas sociales portadoras de una alternativa política independiente? ¿En este contexto, cómo se incorporarían los nuevos “actores sociales”?
E.S.: —Concebrrnos la coyuntura electoral como un momento y una forma de la lucha popular. Esta lucha no esquiva el plano electoral como tampoco supone que pueda agotarse en ella. El bloque dominante ha utilizado la diná- mica electoral para mantener la iniciativa y dificultar el reagrupamiento de los revolucionarios, de ahí la importancia de lograr una respuesta eficaz tam- bién en este plano. Pero debemos recordar que nuestro terreno de combate más propicio es el del conflicto social proyectado hacia la acción política de la toma del poder.
El proyecto que mantenemos es el de la construcción del FLNS, bloque político social con hegemonía proletaria que sea una alternativa de poder real en la Argentina. Esta línea supone la desarticulación de la política de las cla-
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ses dominantes, que se expresa en la hegemonía real que las cúpulas burocrá- ticas de los partidos denominados mayoritarios ejercen sobre las masas, ba- sándose en la desmovilización y el consenso pasivo.
En el momento que vivimos esta linea de construcción pasa por el desplie- gue de la resistencia a la ofensiva reaccionaria en todos los planos, económico, social, político, cultural y moral. Exige una política orientada a dotar de or-
ganicidad a la resistencia del pueblo gestando los gérmenes de una democracia alternativa, embriones del poder popular.
El Frente puede construirse a través de la batalla en el terreno concreto que ha madurado en la sociedad: la justicia social agredida por el proyecto económico en marcha, la democracia retaceada por el pacto con las cúpulas militares y el accionar de los intactos aparatos represivos, la soberanía nacio- nal fracturada por el proceso de transnacionalización de la economía y la subordinación político-militar a los planes continentales del imperialismo yan- qui. Alrededor de estos ejes programáticos generales es que se está construyen- do la unidad del pueblo en lucha, en el. altemativismo sindical, en las luchas de los gremios estatales, en los frentes estudiantiles, en los movimientos por la tierra y la vivienda, en el movimiento por los derechos humanos, en todas las expresiones del movimiento social. También las experiencias del FP y del FRAL, ambas propuestas que lanzamos como parte de esta pólítica frentista y de unidad de la izquierda, de la misma forma que la actual propuesta elec-. toral son pasos concretos en esa dirección.
Esta concepción del frente que impulsamos es una estrategia que supera la concepción de acuerdos orgánicos entre fuerzas políticas, coyunturales o no, como expresión de un compromiso o alianza de clases. Por eso mismo, este nuevo tipo de organicidad permite la incorporación plena de nuevos y viejos actores sociales en la conformación de un bloque popular capaz de dis- putar la hegemonía al actual bloque reaccionario.
Esta estrategia se expresa en una táctica electoral propia del momento ac- tual de desarrollo de la izquierda real y de la maduración política de las luchas sociales de nuestro pueblo. No existe una estrategia que no pueda convertirse en táctica en cada uno de los momentos de la historia que atravesamos, de lo contrario no sería estrategia sino elaboración vacía y alejada de la realidad.
Nuestra acción, nuestro pensamiento y nuestra voluntad colectivos están orientadas en hacer realidad la línea frentista en todas y cada una de las co- yunturas que le toca transitar al movimiento social.
H.F. C. : —Creemos que la dispersión de la izquierda, obedece en primer lugar al hecho social de que la clase obrera tiene sectores muy diferenciados: capas aristocráticas, burocráticas, superexplotadas, recién llegadas, sectores medios empobrecidos que se le anexan, etc.
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Esa diferenciación sectorial está fuertemente asentada en tradiciones y una historia política. Las corrientes, alas y partidos obreros y de izquierda refleja- mos a esos sectores de clase con posiciones diversas, que vienen desde hace muchos años. Los obreros y la izquierda que están en el peronismo, por ejem- plo mantienen la esperanza de que se repita la situación excepcional de que en un país riquísirno vuelva a aparecer un general o un salvador burgués que re- sista al irnperialismó y conceda mejoras a los obreros, sin necesidad de librar grandes luchas ni cambiar el sistema. Las alas izquierda de la Unión Cívica Ra- dical o el Partido Intransigente, así como la izquierda sin partido, representan, posiblemente, a estudiantes, empleados, profesionales e intelectuales. Ade- más, estamos los partidos obreros y pequeños grupos.
Creemos que no puede darse una unidad orgánica, un partido único o un frente permanente, entre todas nuestras fuerzas, por la diversidad de los secto- res sociales, las tradiciones y los programas que sostenemos. Ni aquí ni en otros países, están dadas las condiciones que llevaron a Marx a plantear el par- tido único de los trabajadores en el siglo pasado. Quizá esa unidad pueda dar- se después de la toma del poder, cuando la clase se homogeinice económica- mente y se una alrededor del hecho cualitativo de la revolución.
Lo que sí está a nuestro alcance hacer ahora es un frente electoral de la iz- quierda, con un programa antiimperialista y anticapitalista, abierto a todos lCS luchadores obreros y de izquierda, de los diversos partidos o independientes. A eso apunta la alianza en ciemes entre el Movimiento al Socialismo (MAS) y el Frente Amplio de Liberación (FRAL).
Hace tiempo que no hay, posiblemente, tantas condiciones para un frente de este tipo, ni que el mismo pueda desempeñar un papel tan progresivo. La actitud actual de las grandes masas es el escepticismo hacia todas las propues- tas. Es progresiva, porque se acompaña de la lucha y es un momento del re- pudio a los partidos del sistema y a candidatos como Angeloz, Menem y Al- sogaray.
El frente de izquierda es la mejor herramienta en este momento para en- frentar ese escepticismo e intentar ganar a amplios sectores de los trabajado- res y del pueblo, para un programa antiimperialista y anticapitalista.
Si lo logramos, abriremos una fisura en el régimen. Después de 40 años, masas obreras y populares habrán roto con el populismo. Se darán así las con- diciones para que surja una nueva dirección revolucionaria y la lucha se eleve sindical y políticamente hacia el socialismo.
7.- Debate en el marxismo
C. d. S. : Finalmente, nos parece que hay un elemento distintivo de la intelec- tualidad marxista en nuestro país (sean éstos orgánicos o independientes): y
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éste es la carencia de un debate serio y responsable, que permita discutir los problems centrales del marxismo, y la transformación social con un adecua- do mareo teórico. ’
¿En su opinión cuál sería el camino para formalizar un foro de investiga- ción y debate del marxismo revolucionario en la Argentina?
E.S.: —En realidad en nuestra visión es evidente que hay una gran preocupa- ción por discutir los problemas del marxismo y de la transformación social, por lo menos en los últimos tiempos. Nosotros irnpulsamos diversas y varia- das iniciativas en ese sentido que han tenido y tienen muy buena acogida. Es indudable que el debate debe y puede profundizarse. Pero a nuestro entender se trata más bien de encontrar formas para articular lo que ya viene haciéndo- se desde distintas vertientes más que institucionalizar un nuevo ámbito.
En todo caso lo que sí nos preocupa es que todo ese debate no se esterili- ce en el debate mismo entre intelectuales. Creemos que los intelectuales, sin perder ni un ápice de rigurosidad teórica, tienen un papel de primer orden que jugar en la lucha por la creación de un ámbito político-social único. Esta es una actitud política: el compromiso de los intelectuales marxistas en una actividad colectiva, sólida, históricamente orientada según el viejo precepto, siempre nuevo, aquello de que no se trata sólo de comprender sino de trans- formar elmundo.
H.F. C. .- —Nuestra corriente siempre ha estado dispuesta al debate y a la con- frontación de ideas en el campo de la izquierda, en el campo del marxismo revolucionario. Más aún lo proponemos cotidianamente desde nuestra prensa y a través de la fundamentación de nuestras posiciones político-prácticas.
Sin embargo plantearse la constitución de un foro orgánico para desarrollar investigaciones y debates en torno a nuestras preocupaciones encuentra en lo inmediato algunas dificultades. La dispersión de la izquierda y la diferencia- ción sectorial que señalara anteriormente encierran corrientes ideológicas y posiciones políticas muy diferenciadas, por lo que sería necesario, como paso previo, un acuerdo general acerca de los ejes centrales y los aspectos funda- mentales a poner en el centro del debate.
Por otra parte, desde nuestra concepción el debate marxista solo puede darse en el marco de una práctica de democracia obrera consecuente.
En este sentido un gran paso adelante en esta dirección, sin ninguna duda, es la elección interna democrática para los candidatos a las elecciones nacio- nales de 1989 que está organizando el Frente de Izquierda.
Seguramente el mismo será una base que sustente los esfuerzos comparti- dos para organizar fructíferos debates, e investigaciones serias, de los marxis- tas en nuestro país.
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Glos al cuestionario de C.d.S.
La izquierda argentina
L.R.: —Esto es lo que queremos plantear en primer término: ¿por qué la iz- quierda argentina no tiene representatividad política? ¿Querrá decir que la izquierda no existe? ¿O su falta de representatividad expresa la distancia en- tre lo que realmente ella es y lo que no aparece de sí misma? Entonces ha- bría que explicar por qué la izquierda existe y es, al mismo tiempo, como si no existiera.
Pensar que esta ausencia es sólo un resultado del Proceso y de la represión es olvidar que desde mucho antes, desde el triunfo de Perón, la izquierda tam- bién carecía de representatividad propia. A lo sumo estaba marginada, o se “infiltraba”, con su “entrismo”, en regiones políticas dominadas por otras instituciones o partidos que, ellos sí, parecían “representar” al “sujeto de la historia” Y ese “sujeto de la historia”, el proletariado, estaba incluido es cier- to, en un conglomerado y una dirección política que lo unía al carro triunfal de otros intereses, antagónicos muchas veces a los suyos. Eso pasó con el peronismo, y el “sujeto histórico” no estaba con la “izquierda”, que reclama- ba para sí su liderazgo. Por eso la izquierda iba, muchas veces, hacia donde el “sujeto de la historia” estaba representado, a disputar su adhesión y su triun- fo aun desde el propio Movimiento. Porque los votos iban, casi todos ellos, hacia el peronismo.
La izquierda, desde la experiencia peronista, dejó de pensarse seriamente como un partido que pudiera, con los votos, acceder a un poder político que creía debía serle propio. La revolución, como lucha armada, fue el atajo elegido para eludir su ser minoritario. Originándose sobre todo en los me- dios intelectuales, universitarios y profesionales, incidiendo desde dentro del Movimiento mayoritario cuando pudo, o aceptando su marginalidad y tratan- do de incidir desde los bordes, o desde algún sector obrero, la izquierda a partir del advenimiento del peronismo vió disminuir su pasada influencia en el poder naciente de la clase obrera. El peronismo significó, ideológica y prácti- camente, sobre todo una vacuna contra la izquierda. Cosa que no pasó en otros países del Cono Sur, carentes de un “peronismo” autóctono que trans- formara la experiencia popular, deteniéndola y desviándola de sus objetivos al mismo tiempo que la activaba.
El resultado fue que la izquierda, para insertarse de nuevo políticamente, lo intentó todo, con las innovaciones y agregados que cada nueva agrupación traía. Hubo una profusión de pequeños partidos. Y así aparecían para tentar el triunfo, trayendo cada uno de ellos lo que a las otras corrientes le falta-
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ban: la verdad plena y acabada. Se apretaron todos los botones. Fue una carrera contra las condiciones de la ineficacia, que tenía en cada grupo nuevo al visionario certero de la nueva verdad, que negaba a las otras, para conmo- ver u organizar las luchas populares.‘El espectro político de la izquierda conte- nía así todo el abanico de las posibilidades pensables del triunfo, de acceder al poder de las masas populares vislumbrado desde esa incipiente luminosidad que era la de cada uno. Cada coyuntura engendraba un nuevo grupo político, que perseveraba en su ser, como todas las cosas. Así las múltiples y polifacé- ticas experiencias mundiales se actualizaron entre nosotros.
Pero sus pequeñas verdades parciales no alcanzaron nunca una única ver- dad eficaz y certera. Las condiciones posibles de su éxito estaba viciadas des- de el vamos: ninguna incluía la necesidad de construir conjuntamente una ex- periencia común, salvo que tuviera a la propia como centro. Y esa dispersión que el Proceso sanguinario barrió al final no lo fue sólo porque la izquierda, eficaz, creara la conmoción social que se vivía. Se trató, una vez más, en ese triunfalisrno de posiciones antagónicas, de algo más contundente: algunos eli- gieron por todos lOs otros. Esa forma de enfrentamiento armado fue clandes- tina aún para la izquierda misma. Los caminos planteados lo fueron desde la arrogancia triunfalista de minorías políticas que desde una lucha armada, con- cebida de aparato a aparato, eligieron ese derrotero para todos. Al intentarlo utilizaron l'as mismas categorías políticas de la derecha que combatían: el mismo desprecio a la elaboración interna, a los objetivos reales, al crecimiento efectivo y pluralista, y a la experiencia colectiva profundizada de las masas populares,.cuya orientación era otra —lo descubri rían dolorosamene después- y no la que se les asignaba.
Porque la unidad de la izquierda hubiera requerido constituir entre todos una imagen verdadera de la realidad política, más allá de las ilusiones que el Gral. Perón había despertado. Pero también más allá de las otras fracciones, que traían los modelos revolucionarios de realidades radicalmente heterogé- neas con la nuestra, la china o la cubana para el caso. Ciertos sectores de la iz- quierda proyectaron sobre las masas populares sus propios deseos para darse imaginaria y fantaseadamente las condiciones abstractas e ilusorias de un triunfo posible: las armas de un grupo aguerrido y hasta heroico de militan- tes, y el apoyo parcial y limitado de trabajadores que circunscribieron su cam- po de lucha al de sus propios sectores, también parcializados.
No se trataba, es verdad, de lograr que todos accedieran a lo mismo, pero había por delante un trabajo político que aún debía desarrollarse. Es cierto ¿quién elige el momento? Pero algo se veía: transitar y profundizar 1a expe- riencia política de la resistencia y ayudar a que la gente se transformará para construir un frente propio de lucha, eso demandaba más tiempo, más discri- minación, más claridad en los objetivos: quizás menos urgencia. Y sobre todo otra percepción de la realidad, y otra ideología. Pero esto no es una elabora-
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ción que sólo pueda hacerse con la cabeza pensante y con la teoría: es una ex- periencia real, común y colectiva, cuya forma es quizás lo único que realmen- te pueda concebirse para llenarse luego, con el tiempo, de un contenido espe- cífico nuevo.
Ahora, luego de la dictadura, el común fracaso vivido hubiera permitido al menos, sosegados, pensar las condiciones que llevó a la derrota, y rendirse a la evidencia. Porque al no haber alcanzado la realidad de su triunfo espe- rado, algo de esa derrota nos alcanzó a todos: no ahorro a ninguno. Aún aquellos que criticábamos desde antes el camino que se estaba recorriendo, tampoco tenemos la posibilidad de presentarnos ahora como irnpolutos: fra- casamos al menos en no haber podido evitar lo que nos sucedió a todos.
Y así vuelven a aparecer otra vez los partidos de izquierda: eligiendo cada uno su propia verdad contra los otros, regenteando nuevamente su fondo de comercio para levantarse sobre la quiebra deseable de los ajenos. La libre com- petencia del liberalismo sigúe corroyendo a la izquierda: cada grupo vende so- lo, y en su boliche, su mercancía. Se han hecho de la política una concep- ción que tiene muy poco que ver con la realidad de las fuerzas, no sólo digo de las fuerzas políticas, sino de aquella que cada uno tiene, viniendo desde el terror, para sostene rlas.
Y como si no hubiera pasado nada, como si lo sucedido no fuera una expe- riencia de la que hay que sentarse a sacar conclusiones entre todos, porque a todos nos ha abarcado, siguen con el mismo esquematismo ofreciendo sus propuestas como una mercancía tancia, pasada. Pero no sólo porque sea vie- ja: a pesar de serlo podría seguir siendo buena. Es como si esa experiencia pa- sada no hubiera enseñado que a las mismas propuestas y al modo de acción anterior algo importante les faltaba. Las cosas cambiaron, es cierto. Pero el cambio no es por la moda del tiempo que proclama la fmitud de lo que se
creía duradero, o sólo por las diferentes circunstancias que hay que conside- rar de nuevo. Es también porque la política fue pensada antes sin incluir en ella lo que se hizo a la luz ahora: ese espesor de subjetividad que hab ía que activar y elaborar en cada hombre. Sólo desde allí, pensamos, seria posible construir con cada uno una fuerza diferente, no alimentada sólo por las fanta- sías que encubrían el déficit que la simplificación de la realidad dejaba.
Lo- que la realidad está mostrando es que el esquematismo de los partidos no basta para incluir en ellos esa experiencia social que los desborda. No por- que sean innecesarios, sino porque no son suficientes: muestra que la disper- sión de las fuerzas colectivas, y el forrnalisrno de la adhesión partidaria, for- ma sistema con la formalidad misma de la democracia que critican precisa- mente por eso: por ser formal y hueca.
¿Qué tendría que hacer unipartido de izquierda para romper los limites de su propuesta formalista, inscripta en las consignas y en el voto, si no es com-
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batir ese formalismo que critica en la democracia rompiendo con el propio? Habría que combatir ese formalismo, pensamos, en el lugar donde su con- tenido mismo se elabora, es decir en los hombres que están donde están, porque no queda otro. Dar su batalla simultánea en el campo mínimo, desde la trama menuda donde las necesidades sociales se confrontan y se frustran sin remedio en cada uno —y también en nosotros. Y desde ellas, en la mate- rialidad social reducida desde la cual se las experimenta, ayudar a constituir, sin esquematisrnos (porque de su desarrollo posible no sabemos mucho) la emergencia de una necesidad personal y social de resistencia, incipiente pero insustituible, absolutamente necesaria para enfrentar la disolución que la dis- persión represiva introdujo. Romper el circunscripto acuerdo individual que el sistema nos deja como única forma de salvarnos al salvarlo.
La brecha
Hay así una brecha que los partidos de izquierda no quieren reconocer, pe- ro saben que existe. Temen decírselo a sí mismos para no enfrentar la dura re- alidad de su existencia: que ni aún la mayoria progresista del país cree en la izquierda partidaria. Y así intentan, pese a todo, salvar del mismo modo ante- rior lo perdido: se han dado el maximalisrno político como propuesta en me- dio de esta pobreza de futuro que es la nuestra, o han entrado c'omo furgón de cola de alguna mayoría.
En los otros países la izquierda tuvo, en todos ellos, una experiencia ante- rior de unificación y de frentes que faltó entre nosotros. En el Uruguay el P.C. fue muy diferente al nuestro. En Chile integró una experiencia socialista que aquí no existió nunca. Lo mismo sucedió en Perú. Ninguno de estos paí- ses, es cierto, tuvo la experiencia triunfante de un populismo como el que las FFAA prepararon entre nosotros con la figura de Perón a la cabeza.
La izquierda no tiene, pues, la fuerza para romper con el esquematismo es- téril que arrastra desde hace décadas. Habría que sentarse entre” todos —mane- ra de decir— a pensar qué hacer frente a tanto fracaso, sacar conclusiones, ani- marse a romper con los esquemas que acentúan las diferencias: pensar solucio- nes. Pero basta con ver lo oque está sucediendo con las elecciones presidencia- les. Todos los que critican a la partidocracia y a la sociedad burguesa demo- crática se afanan por presentar cada una sus propios candidatos, no quieren perder la oportunidad de sobresalir frente a los otros, ganar unos votos que les sirva para justificar su existencia ¿Frente a- las mayorías? No, en realidad cada uno frente a los otros grupos de la propia izquierda. A no ser que elijan, como lo hace el PI, por vergüenza a móstrar que lo han perdido casi todo, su- mergirse y licuarse en el apoyo a Menem, cuestión de que no se vea el resto que ha quedado de sus múltiples defecciones.
Podría pensarse que cada partido o grupo hace una experiencia nueva: la
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realidad que promueven verificáría el sentido de su propuesta. Pero si así lo han hecho, ¿qué están esperando? ¿Están satisfechos? ¿Qué hace la izquierda, nos preguntamos, ante la necesidad política de un frente unido opositor, que pueda organizarse en función de lo que tienen de común, que es la verdadera necesidad política? ¿Y qué hacen precisamente ahora, que las opciones Oficia- les son tan repudiadas por la gente progresista? ¿Qué son, preguntamos, las pobres satisfacciones parciales de los pequeños partidos, sin liderazgo, sin inci- dencia, sin voz propia, marginales a esa política que teje cotidianamente su eficacia en mantener las contradicciones fundamentales del sistema sin cam- bio?
Pero una pregunta previa? ¿con qué proyecto cierto, viable, los partidos de izquierda se plantean acceder a la representatividad política? ¿Creen lograrlo, acaso, mediante una prédica donde se afirma y se niega la democracia simultá- neamente? ¿Creen realmente alcanzar desde la mínima minoría la conquista mayoritaria de los votos? Esto ni siquiera lo piensan. De allí lo paradójico e increíble de sus propuestas: se mueven entre el maxirnalismo de la revolución soñada y el minimalismo de su acceso real a la representación política. Ese entremedio en el cual se debate la izquierda es un vacío ahora, para el que no existe nada, salvo la transformación de la realidad súbita, que algunos deliran; el deseo de darlo por realizado. Pero la realidad no presenta nada más que la verdad minúscula de nuestra existencia política.
Los límites
Luego del fracaso de la toma del poder por medio de la lucha armada, la imposición de un derrotero para la política formulado “desde arriba” marcó sus límites. Se habían dado como marco de su acción un “desde abajo” ajeno, que eran las masas dominadas por el peronismo, que estaban en otra cosa, y un “desde arriba” propio, que era su organización armada. ¿Qué queda de eso ahora? La fantasía y el anhelo de un nuevo “desde abajo”, pero que muestra en la realidad la distancia imborrable para un tiempo medido políti- camente como próximo, y aún como lejano: no hay tránsito visible del abajo a nuestro arriba.
Por eso el problema de la “transición” democrática, que los posibilistas han puesto en juego, debe ser debatido, se dice, pero para pensar desde ella otro tránsito, de la democracia a la revolución, que ellos no se plantean. Pero la palabra “revolución” no nos salva, aún en el planteo democrático, de tener que pensar cómo alcanzarla: cómo construir teórica e imaginariamente un lu- gar, un proyecto de tránsito, que nos permita leer en la realidad, y proyectar sobre ella, las posibilidades de pasar a eso que la izquierda añora y que el país necesitaría. ¡Pero está tan lejos siquiera de ser imaginadaf
Sucede que, aunque no se lo acepte, luego de la dictadura la fantasía revo-
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lucionaria se esfumó de la realidad inmediata. El problema es saber si se esfu- mó para siempre, o queda alguna esperanza. Se abrió en su lugar la necesidad de una transición democrática, preparatoria quizás de alg) que puede perma- necer como reformismo o como revolución definitivamente aplazada. Pero quedaría solo en “reformismo” si desde el comienzo la condición futura de esa transformación necesaria fuese radiada del horizonte político..
Siguiendo con la fantasía de una revolución que antes era pensable pero ahora ya no, se abre un hiato que sólo la imaginación llena de golpe, de un salto, dando como realizable lo imposible. Pero al mismo tiempo dejamos de comprender la efectiva densidad del obstáculo real que hizo que esa fanta- sía no se cumpliera. Dejamos de analizar las complejas redes que entretejen su trama cotidiana, allí dónde quienes optaron por el reformismo efectivo al menos están realizando, a su manera, la tarea teórica de reconocerla. Allí donde el reformismo postmoderno critica al marxismo para negarlo; nosotros tendríamos que desarrollar nuestra propia crítica,'pero para modificarlo y rea- firmarlo.
Dejamos también de tener presentes las condiciones históricas que llevaron a ese fracaso, tan presente en la izquierda que dejó de serlo. Porque esto es lo que pasa: ellos, los posibilistas, no caen en la fantasía de la revolución: consi- deraron ese fracaso como definitivo. Pero, sin embargo, al considerar la transi- ción del Proceso a la democracia analizan, a su manera, la composición efecti- va de esa estructura. La denotan, la describen, para comprenderla mejor y ac- tuar en consecuencia tienen que justificar al menos los limites “inmodifica- bles” de la realidad inmediata. Y pese a que sus objetivos no coincidan con los nuestros, están realizando una tarea que no estamos haciendo nosotros: reconociendo la realidad que desechamos. Aunque sólo lo hagan para ratificar su consistencia.
Pero no se trata ni siquiera sólo de una tarea teórica. Nuestra propia per- cepción permanece ignorándola, y así es posible que los viejos slogans, los viejos lemas y temas, sigan regulando la percepción equivoca de la realidad misma. Deformamos la realidad porque no nos permitimos pensarla cruda- mente desde el poder y la fuerza efectiva y real del obstáculo que tenemos de- lante: porque la izquierda no ha pensado en serio su propia derrota. Al no ver- se a sí misma no pueden verlo.
Falta entonces una respuesta adecuada, salvo los viejos slogans, frente al avance de las ideas y los modos de vida liberales, pero también frente a los modos de pensar y de vivir que han surgido en las nuevas generaciones. Por- que la gente tiene que vivir. Y vive, abriéndose paso en las condiciones que en- cuentran dadas, que arrastran y resultan de nuestro anterior fracaso, es cierto, pero que los jóvenes no conocieron como tal, sino como la perenne “reali- dad”, única y propia. Se aferran, a su manera, de aquello que los aleja del te-
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rror y la amenaza. También de nosotros. No podrán eludirlos, es cierto, pero todavía no lo saben. Y eso por ahora lesbasta.
La realidad mundial y sus modelos
Nuestra historia condensa de algún modo, y nos une, al fracaso y a los pro- blemas universales que se han hecho evidentes con el desarrollo del socialismo “real” y del capitalismo mundial en su nueva fase. Somos, pese a todo, el re- sultado de una crisis más amplia, y también responsables y actores, a nuestro modo: fuimos inducidos y somos inducidos ahora por formas ajenas, desde los países centrales, pero también latinoamericanos, cuyas experiencias nos llegan elaboradas para una realidad distante y diferente. Forrnarnos parte de la internacional del fracaso de la izquierda. Pero las modalidades propias sólo pueden ser pensadas y vividas en su propia diferencia, sin dejarnos arrastrar por respuestas, que no corresponden alo nuestro.
Las condiciones de la transición del capitalismo militar al capitalismo de- mocrático son distintas, es obvio, de aquellas que se plantearon clásicamente cuando se trató de pasar del capitalismo al socialismo. Se llegó por fin, en todas partes y en todos los lenguajes, a mostrar la necesidad de cambiar al hombre como fundamento del cambio del sistema, más allá de las determina- ciones económicas, que serían secundarias respecto de éstas. Todos hablan ahora de la subjetividad política. Los hombres mismos, en sus ganas más es- pontáneas, por lo menos una clase de hombres, deben desear ese tránsito. Es- perar que lo deseen desde dentro de sí mismos es nuestra esperanza. Por eso vimos desde antes eso que a nuestros movimientos de masa les faltaba. ¿Qué es lo que les preocupa a los críticos postmodernos del marxismo en esta tran- sición del autoritarismo a la democracia, con el cual deben consolarse, frustra- do el otro? LO que se vuelve a Olvidar es lo mismo que no vieron antes, ni en sí mismos ni en los demás, cuando eran marxistas: la necesidad fundamental de cambiar a los hombres, que ahora ven en realistas, para lograrlo. Se han rendido ante el nihilismo: son hombres defraudados. Que la propuesta es enorme, eso también lo sabemos, pero es la única que queda, y debe ser juga- da. Desconfiados, sin esperanzas, vuelven a caer en el mismo error y el mismo equivoco y la misma oscuridad. tanto ahora, que sostienen el capitalismo, como lo hacían antes, 'Cuando apoyaban el socialismo revolucionario: sujetos del cambio sin sujetos.
Pero- también para la izquierda el “efecto de demostración” que produjo la dictadura fue determinante en nuestro futuro, y verificó nuestros límites. Límites que no terminamos de asimilar para no asumir las consecuencias: pre-' ferirnos seguir creyendo en nosotros mismos tal cual éramos. Aunque algo sin embargo fue vivido claramente: la dimensión de nuestra esperanza. Y lo que no queremos decirnoslo a nosotros mismos es esa verdad punzante y cruel,
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sentida más que pensada: no habría ya más socialismo ni con revolución ni con democracia. Los postmodernos nuestros lo dicen entre líneas y en sordi- na, nosotros lo ocultamos. Es una posibilidad, pero hay que pensar como construir, desde esta incertidumbre, la otra.
Un momento clave para la izquierda fue la implantación de la dictadura de Pinochet que terminó con el camino democrático al socialismo. ¿Qué fue la caída de Allende en Chile para la izquierda armada y el montonerismo en su momento, sino una manera de confirmar su propio proyecto: negar la posibi- lidad de transitar democráticamente .ese camino? La catástrofe de Chile, con el asesinato de Allende y el fracaso de su intento de tránsito democrático y por los votos al socialismo, sirvió en esa misma época —Perón presidía— para con- firmar como única salida la propia decisión política: o habia revolución arma- da o no habia socialismo. La conclusión verificadora posterior, con el golpe militar del Proceso, fue terrible: no habria socialismo, ni con lucha armada (como los montoneros) ni con transición democrática (como en el socialismo democrático chileno). Sólo habría la persistencia insoslayable y cruenta del capitalismo.
Este es el sentimiento que la derrota absolutiza, aunque no se lo diga. Es sobre todo de esta evidencia, que el terror puso como límite, desde donde parte ahora, creo, el pesimismo que vivimos en la izquierda. Hay una eviden- cia sordamente sentida, pero no confesada, contra la cual hay qué luchar, pero que nos invade: sea cual fuere el camino propuesto no habrá ni socialis- mo ni revolución, es decir no habrá ni siquiera “verdadera” democracia. Co- mo resultado de tanta lucha, de tanto proyecto y de tantos desaparecidos, es- ta consecuencia debe resultarnos terrible. Y nos dice, como en sordina —bur- la del destino— que pese a todo lo que hagamos sólo habrá éxito completo del capitalismo triunfante y excluyente, soberbio, cruel e inmisericorde, sea cual fuere nuestra actividad política.
Es sobre esta conclusión sentida como se abre la incredulidad recíproca en la izquierda: ni los transformistas de posibilismo creen en serio en un trán- sito de la democracia al socialismo (sólo se ocupan de la transición de la dic- dura a la democracia, y lo demás son cuentos chinos), ni tampoco la izquier- da cree en la revolución que proclama, ni democrática ni armada, pero lo si- guen haciendo.
Cuesta pensar que la derrota no es definitiva. Más bien diríamos: la senti- mos y la padecemos así, profundamente, pero la conciencia racional y pensan- te se resiste. La conciencia politica de izquierda se resiste a tornar conciente el sentimiento de derrota que la inunda. Pero hay que tener la difícil virtud de elaborar profundamente ese sentimiento que el fracaso y el terror abrie- ron en nosotros, como una hierba mala que brOta porque quiere, sin pedimos permiso. Porque si no lo hacernos seguiremos pensando, acorde con esta ce- rrazón sentida, la teoria anterior —an terior al fracaso- pero sin cambio. Por
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no enfrentar la experiencia que el cuerpo ha decantado en su espontaneidad sintiente, nos damos coraje silbando una vieja aria conocida en un bosque social casi desierto.
La teoría
Tal vez esa esperanza, por ejemplo, podamos sentirla de nuevo si volve- mos de otro modo a encontrar el fundamento de lo que ahora no vemos en ciertos textos que antes leíamos pero que no entendíamos. Textos, textos, pero no sólo eso. También la sentiríamos si pudiéramos ver en la nueva vida que florece las ganas de un mañana diferente, que transita otros caminos que no fueron los nuestros. Lo difícil es abrimos para verlo.
Sigamos con los libros, que es más fácil. ¿Qué pasa entonces, por ejemplo, con ese Marx, a quien tratan ahora como a perro muerto? ¿Cuál es nuestra re- lación con la teoría marxista? ¿Dónde encontrar no ya el consuelo empecina- do sino una esperanza verdadera, allí donde al profundizar el pensamiento penetremos en problemas que no veíamos antes? Quizás antes no se pudo, porque la experiencia vivida introdujo ahora un desciframiento de signos que antaño no podíamos animar, porque estábamos ciegos para ellos. Porque pese a toda crítica, aún cuando consideremos que muchas son válidas, hay un núcleo central en el marxismo que perr'nanece irrefutablemente en la teoría y en la vida. Hay que construir también con eso un nuevo coraje y una nueva esperanza.
En el marxismo siguien siendo válidas, creemos, sus tesis básicas, aquellas que son el fundamento de las condiciones de la enajenación, de la expropia- ción de la vida por las relaciones de producción capitalista, y la ideología. Los grandes temas siguen abiertos desde su filosofía: permanecen planteadas sin haber encontrado solución en la realidad que produce lo que allí se anali- za. Depende de cómo se consideren los plazos y el tiempo del desarrollo de los procesos históricos, allí donde las contradicciones se engendran y alcan- zan su sentido defmitorio. ¿Pero serán las mismas o habrá que pensarlas de otra manera, puesto que, se dice, el sistema mismo de producción capitalista se ha modificado en sus propios fundamentos?
La verdad del obstáculo
Porque las esperanzas no han partido de la realidad sólo por nuestros erro- res. ¿Cómo no considerar que todos estos fenómenos sociales que nos ago- bian fueron también determinados por baños de sangre y la implantación del terror más cruel y homicida? ¿Qué no fue la tierna y convincente verdad del liberalismo la que triunfó, espontánea, solicitando la adhesión voluntaria y conciente de los'hombres, sino que lo hizo mediante un terror profundo, que
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cala y= se prolonga en el tiempo, y es el que impuso su ley por todas partes? La experiencia del terror no se supera con sólo pensarla como superada; cuen- ta ahora con nosotros mismos, lo hemos interiorizado. Permanece y dura": los cuerpos sociales quedan lacerados por mucho más tiempo del que creemos. Pero tampoco olvidan a sus asesinos, pOr más que ahora les temamos.
No sólo España salía tras la estela de Franco y la crueldad inmisericorde de la guerra civil; también la URSS misma estuvo sometida al terror stali- nista, con sus millones de muertos, y a la dominación vigilante de la KBG. Todavía .los pueblos no han olvidado la Segunda Guerra Mundial y a Hiro- shima. En la estela fascista de Italia, después del 68 aparece el terrorismo im- plantado por el Estado y la derecha, que amenazaba con la desestabilización democrática. Y esto luego de Chile, donde el tránsito pausado y democrático al socialismo fue interrumpido por un baño de sangre que implantó a Pino- chet en el poder absoluto. La decisión de los EEUU de imponerse con sangre y fuego a todo intento de liberación, como lo mostró en Vietnam aunque fracasara, o en Nicaragua, señaló la dimensión de terror y de muerte que en- vuelve cualquier enfrentamiento. Pensemos en Bolivia, en Uruguay, en Brasil. También pensemos en Hungría. y en Checoeslovaquia. Recordemos, recorde- mos tanto como el cuerpo recuerda el terror que lo inundó de pavor en tan- tos momentos. Tanto desde dentro como desde fuera la coerción militar y sanguinaria, con su limitación de muerte, se hizo tangible y duradera para todos. De un lado y del otro la guerra se mostró como la única forma de con- firmar la permanencia del sistema, liberal O socialista, y la realidad terrible de las represalias. La gente no es heroica en la vida cotidiana: a veces lo es, poco a poco, cuando se juntan, y sienten su fuerza y sus ganas. Hay una lógica que circula en el tiempo moroso de la vida histórica. Contra el nihilismo postmo- demo, a ella apostamos.
Poner entonces sólo a las condiciones económicas y la revolución tecnoló- gica como factores determinantes de la detención de la lucha de clases no es la explicación más adecuada ni única, pensamos, y menos aún la determinante. Nuestra propia experiencia no es fruto de la excelencia del capitalismo. Más aún cuando entre nosotros no existe la satisfacción económica que en Europa se ha logrado para ciertos sectores del proletariado y gran parte de la peque- ña burguesía —aunque produzca pobres marginados a carradas. Aquí sólo que- da como explicación la necesidad de acentuar aquello que prepondera para determinar lo nuestro: el terror impuesto, que caló hondamente en la subjetividad de los hombres.
Marxismo y mito científico
La conservación de la democracia, que nosotros también deseamos, tiene en algunos sólo la intención de soslayar definitivamente la esperanza socialis-
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ta: no hay que poner a prueba la democracia, y mucho menos desestabilizarla. Para otros, es un modo de asimilar la “crítica por las armas” con la cual fueron rechazadas las “armas de la crítica” marxista. El control de personas en la vida cotidiana, y ._la insidiosa penetración de los medios y las articula- ciones del poder que se agregan en la vida diaria, median las satisfacciones elementales de las necesidades y se convierten en temibles ataduras de depen- dencia. Van carcomiendo y desligando las relaciones sociales que se ven in- terpenetradas en un nivel segundo, que se convierte en primero, como suelo de la existencia cotidiana. Suelo que es el suelo del terror primero, del. Estado y de las armas y de la economía prolongándose en la intimidad de los hoga- res ciudadanos.
Más allá de las chicanas con las cuales uno mismo querría defenderse, ¿es pensable que todo el fracaso se deba al marxismo y a la voluntad de los hombres? ¿O la realidad del fascismo y del capitalismo no crea nuevos obs- táculos y resistencias, no ahonda la fuerza y no penetra insidiosarnente en el Campo que domina? ¿No va extendiendo y produciendo aquellos muros de hierro, de ideas y de imágenes que se oponen a que las contradicciones reales que el marxismo ha mostrado, y la realidad social ha vivido, alcancen la plenitud de su eficacia política?
Hay que señalar entonces que no fue la “teoría marxista”, como un esque- ma único, la que reguló la práctica política de los hombres, y los llevó al fra- caso. Suponer esto sería pensar que todos los políticos fueron “marxistas” porque estaban imbuidos, como los intelectuales que se piensan tales, de sus afirmaciones. Suponer por otro lado que las masas dominadas del socialismo “real” son marxistas, y que por eso lo aceptan todo, porque el marxismo lle- va en germen el poder despótico de la burocracia, es una afirmación interesa- da y tonta.
Quizás lo único legítimo sería afirmar que el imperio “plebeyo” y eficaz del marxismo no pasa siquiera por la vulgata althusseriana a lo Harnecker, que se mostró ineficaz ¡para comprender ni mover nada, sobre todo incapaz de percibir el núcleo dinámico, subjetivo, moral y humano de sus afirmaciones fi- losóficas, las más comprensibles para el común de los hombres.
Más bien habría que discutir, y mostrar, cómo cierta modalidad popular y mítica de sus propuestas a nivel de la representación social y colectiva, hecha de afectos, pensamientos y esperanzas, casi una concepción del mundo espe- cífica diferente a la vigente, mantuvo el empuje de las masas y se desarrolló siguiendo una elaboración más próxima a los Manuscritos, es decir a lo “espe- culativo” e “imaginario” de sus afirmaciones, que a la complejidad “científi- ca” que sirvió de poco, y fue menos verdadera. Allí en cambio se afirmaba el núcleo activo de_una verdad .sentida y pensada al mismo tiempo. El “mito científico” de Marx contenía más verdad que la elaborada por sus “científi-
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cos : eran ideas-fuerzas que el cuerpo adensaba. Movilizaba aquello que las teorías sin sujeto ignoran.
Eso sería lo “fuerte”, lo comprensible, lo irradiante de su doctrina, la fuer- za que tuvo para ligar en el aire del tiempo ciertas relaciones fundamentales que aún siguen vigentes, a pesar de que la práctica o la teoría hayan descono- cido sus articulaciones. Y aún así hayan ignorado lo que circulaba dentro de esta cultura popular marxista que, pese a todo, sigue planteada. Ciertos pun- tos y referencias globales sentidos y pensados que sirven de suelo irrenuncia- ble a la resistencia contra la vigencia y penetración de la ideología liberal y burguesa, Esa que vuelve a imperar ahora desde la derecha, y no de manera teórica sino reverdeciendo mitos antes superados, marcando el horizonte de sentido en el mismo nivel en el que el marxismo lo había antes abierto. Y que el fracaso en la práctica, y el terror, expulsó de la conciencia y del sentimien- to de los hombres.
No era la teoría del marxismo la que le daba su fuerza: era el arraigo ma- sivo de ciertas evidencias fundamentles que bajo el nombre de Marx se ligaba a la realidad perceptible del mundo dándole un sentido diferente a la resisten- cia: orientando el camino para cambiarlo. Esto es lo que el postmarxismo excluye y sueña extraño. Es lo que falta ahora, terror mediante: la confian- za que antes se tenía en ellas. Pero sus afirmaciones fundamentales no son por eso menos ciertas.
El sujeto de la revolución
L.R.:-No es necesario salir del marxismo para criticar a Marx. Podemos mantener sus principios fundamentales, que siguen vigentes, y continuar ha- ciéndolos pese a las transformaciones que la realidad, y consecuentemente su pensamiento, hayan sufrido. Pero otra cosa es abandonar, para la izquierda, su base más firme en medio de la derrota: la certidumbre de sus fundarnen- tos y de su método filosófico y teórico.
¿Qué .es lo que más llama la atención en el revisionismo postmoderno? La celeridad con la que, a partir de la crítica a algunos conceptos teóricos, se han negado los supuestos mismos de toda la teoría. La negación del “sujeto de la historia”, que se constituye sobre la contradicción fundamental entre el capital y el trabajo, sería una corrección empírica, de segundo orden, cree- mos, fluctuante con las posibilidades de la realidad misma. Deja intangible es- ta contradicción irrebatible, teórica y empíricamente —la contradicción entre capital y trabajo— que es primera y fundante.
Para solidificar los conceptos del marxismo, y tomarlos rígidos y ahistóri- cos, han tenido que. solidificar la realidad actual misma, aceptar la contunden- cia proclamada como definitiva de la actual coyuntura, convertir la derrota en la última batalla y en triunfo definitivo del liberalismo. Radiar, en fin, de la
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realidad su transformación pensable al menos como posible, desde esa contra- dicción fundamental que no ha sido negada y que subsiste.
Al mismo tiempo han tenido que congelar el horizonte socialista no sólo en los países capitalistas, sino en todos los otros. Como si las sociedades don- de impera el llamado “socialismo real” también fueran formas definitivas. Y su porvenir sólo se abriera retomando a las formas de la democracia capitalis- ta, la única realmente verdadera. Deben pensar así que sus bases sociales tam- bién anhelarían tomar al capitalismo como modelo. No tienen en cuenta que en esas sociedades, hubo otra experiencia definitiva, pese a lo negativo de sus sistemas despóticos y represivos actuales. Al escucharlos parecería que la negación del sujeto colectivo histórico hubiera producido, definitivamente y en todas partes, la dispersión de los individuos aislados.
Así estaríamos rodeados de sombras, y para siempre. La derechización del mundo 'ha alcanzado su cénit, y es sin retorno: las contradicciones fundamen- tales no tienen nin gina realidad, son meras idealizaciones, porque los hom- bres de las masas han aceptado la derrota y se acomodan este triunfo. Y como si no bastará con lo propio, nuestros “reformistas” vienen ahora a calcar sobre nosotros el modelo de las “verdaderas” democracias, las de occidente, y a transferir sus experiencias y sus consejos social-demócratas a nuestro campo político. Antes, cuando eran revolucionarios, lo hacían de otro modo, pero a la inversa: nos traían, para determinar nuestra política, los modelos de Sta- lin o de Mao. Como la izquierda fue derrotada con ese esquematismo, se han pasado sin más del otro lado sin preguntarse el porqué de esa derrota: han da- do un salto. Pero el esquematismo de sus modos de pensar no ha variado, si- gue siendo el mismo: pensar lo más propio con lo más distante.
Primeramente los cambios producidos en Europa no son iguales a los que se produjeron en Latinoamérica. Tal vez anuncien lo que nos espera, pero tampoco es cierto que todo el sistema del capitalismo se hegemoníce, carez- ca de centros y también de países que ocupen necesariamente el lugar que ocupamos nosotros, el de la periferia. Leyendo a los social-demócratas euro- peos, que invaden con su discurso derrotista la realidad social de sus países y de los nu'estros, parecería que el advenirriiento del milenio capitalista ha alcan- zado también nuestras costas.
La afirmación de un sujeto histórico para transformar la sociedad no es só- lo un sueño. No se trata de que ya en Europa, y menos aquí en Latinoaméri- ca, el Capital se haya “emancipado” del Trabajo, como se dice. Mantenerlo implica la existencia de una fuerza última, implícita en las relaciones sociales, que plantee el extremo límite real de resistencia a todas las soluciones parcia- les que el capitalismo ofrece. No es sólo un supuesto teórico. Es un supuesto material de su funcionamiento: pone en marcha los instrumentos de la pro- ducción, y puede detenerlos.
La afirmación de que existe un “sujeto de la historia” plantea, contra todo
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acuerdo —que se revela siempre parcial y limitado- el límite extremo de una fuerza social, implícita ahora, en. acto posiblemente luego, que desbarate el juego de las premisas del capitalismo como fundamento perenne de las rela-
ciones sociales. Y eso porque no hay ninguna producción, por tecnológica que
sea, que prescinda de la riqueza productiva, del trabajo social, que el capital
acumula para su propio crecimiento. Por eso se puede afirmar al mismo tiem-
po que ese poder, el del trabajo, que contraria todos los otros poderes reales,
sigue siendo determinante de la realidad histórica, a pesar de que por el momen- l to el sistema haya logrado amenguar y disminuir, y hasta ponerlos en favor
suyo, en el campo político. Y además se olvida que el trabajo expropiado por
el capital no es sólo el trabajo vivo sino el trabajo muerto, el trabajo social
acumulado, ese que ha sido expropiado históricamente, y que el trabajo vivo
actualiza y al que da vida nuevamente.
Cuando hablamos de “riqueza” no nos referimos solamente ala económi- _ca. Hablamos de la “riqueza” que Marx describe como tal cuando la com- prende en el único lugar donde su sentido se revela: en los hombres produci- dos. Es a la “universalidad de las necesidades, capacidades, goces fuerzas pro- ductivas, etc. de los individuos, creada en el intercambio universal” a lo que Marx se refiere. Es la riqueza en la que el hombre despliega y produce “su ple- nitud total, no medida por un rasero previamente establecido”, y es también “la elaboración plena de lo interno”, de su subjetividad entonces.
Quiere decir que esta “elaboración plena de lo interno”, que está implícia ta en todos, es el núcleo adormecido ahora, y de cuya activación depende la capacidad de transformación y de resistencia. Decir que hay sujeto histórico es reconocer que hay, a nivel político y social, siempre presente, una contra- dicción real y fundante, moral y materialmente insoportable, susceptible de emerger aunque por momentos parecería que desaparece.
Este es un límite cuya significación reposa sobre la materialidad de los cuerpos humanos que se hallan sometidos a una expropiación contínua y efectiva de sus vidas, no sólo en el trabajo. Cuesta, pero es pensable que los hombres en algún momento se descubran. Como cuesta también pensar en la naturaleza, geográficamente nuestra, la tierra patria se dice, que nos fue ex- propiada como (como) cuerpo común a la mayoría de sus habitantes. Visto desde el “realismo” político, es cierto, éstas serían “pavadas ideológicas” (Ca- puto dixit).
Actualizar el poder de ese sujeto colectivo implica reconocer, y poner en juego, las múltiples instancias de dominación —económicas, políticas, ideoló- gicas, religiosas, imaginarias por lo tanto, y también simbólicas- que confor- man la materia histórica de sus cuerpos, para convertirlos en el lugar de la in- soportabilidad y de la resistencia. Pero no como una decisión voluntarista irn- plantada desde afuera, sino como la emergencia de una contradicción sentida y vivida q_ue está ya en nosotros.
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Volver a esta conceptualización considerada por muchos como “vagas” y totalizadoras significa sin embargo encontrar un nivel de explicación y repre- sentación común a la percepción de los hechos cotidianos. Se trata de que las ideas sirvan de marco para la comprensión de sus problemas, indicativos y re- flexivos al mismo tiempo, que apunten al fundamento vivido que los dinamice y los conglomere. Cuando se habla de la anulación del sujeto histórico y de la necesidad de acentuar el desarrollo capitalista, que está como único horizonte pensable, lo que se hace es simplemente consolidar la eficacia actual de la do- minación capitalista triunfante como irreversible.
El sujeto histórico es lo que no fue tematizado y movilizado de manera acabada por los proyectos políticos que fracasaron. Es lo que no hicieron an- tes los social-demócratas que están de vuelta y del otro lado de su propio pa- sado, cuando eran comunistas o socialistas revolucionarios. La urgencia de sus planteos, presentes y anteriores, estaba de acuerdo con la simplicidad y el re- duccionismo por el cual este sujeto histórico fue concebido como actor de la lucha política.
Desconocían, como desconoció la izquierda, hasta qué profundidad pene- traban las determinaciones ideológicas del capitalismo en los sujetos que los constituye en masa. Al simplificar su complejidad y sus ataduras, se actualizó y solicitó de ellos una irnbricación y un compromiso político que no dinami- zó y problematizó la subjetividad de los actores. No pudo, entonces, suscitar la emergencia de energías, de poderes y de fuerzas de comprensión que con- vergieran constituyendo la densidad y la firmeza de la fuerza política. El “su- jeto histórico” colectivo no fue comprendido como formado por sujetos indi- viduales cuya complejidad, en tanto lugar productor de la verdad histórica, se desconoció y se deslindó como innecesaria.
Pero esto mismo está ligado al problema del tiempo, de la urgencia y de la superficialidad con que fueron concebidos los enfrentamientos, que termina- ron en el fracaso. La urgencia de la lucha, concebida como lucha armada, pro- yectó sobre lo político un extremo que alucinó a'sus actores. Tuvo que aluci- narlos para convertirlos en actores de sus propuestas abstractas —por más ma- terial y sangrienta y real que fuera la contundencia de las armas y la muerte que provocaban. Porque abstracto era su actor, el sujeto colectivo hipostasia- do y transformado en sujeto histórico actual, viviente, real y verdadero de una transformación radical para la queno estaba preparado.
Así se pensó que con las masas peronistas se pod ía vehiculizar, sin cambio, propuestas que le eran antagónicas, la revolucionaria para e] caso. Ia catego- ría'de “sujeto histórico”, pensado como un colectivo abstracto —abstraído que fueron de él los hombres concretos, particulares, de carne y hueso, y las experiencias reales que los habían constituido- no tiene nada de lo que Marx mismo pensaba sobre los sujetos individuales y colectivos. Y fue esta catego- ría vivida de derecha, burguesa, la que determinó a su vez la comprensión de
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los enfrentamientos armados con las mismas categorías abstractas, proyecta- das desde otras situaciones como si fueran propias.
Estas observaciones son demasiado globales. Requerirían ser complementa- das con el análisis minucioso, descriptivo y teórico, de la complejidad actual de nuestra sociedad. Sería necesario profundizar el conocimiento de las in- trincadas redes y relaciones que forman el entramado real de la estructura económica, política e ideológica. Reconocer los menudos, cotidianos funcio namientos del sistema de dominación tal como éste se ejerce en todas sus ra- mificaciones, allí donde el poder se juega para disolver O manejar sus conflic- tos. Es e'n esa trama menuda donde el problema del poder también está en juego, y donde las conquistas mayores preparan los enfrentamientos más am- plios. Toda posición política abarca estos dos extremos.
Esta trama invisible, que teje la red de las relaciones sociales, por no haber sido comprendida y enfrentada, llevó también a los planteos radicales globa- les, abstractos. Los actores no pueden acceder, desde lo mínimo alo cotidia- no, a la comprensión de su propia implicación activa de los conflictos en los que están inmersos. Es esta invisibilidad no tematizada en la izquierda, cree- mos, la que lleva al abstraccionismo de los slogans fáciles y alas oposiciones radicales. Es como si dijeran: cada enfrentamiento debe jugarse como si la Re- volución estuviera ahora mismo en juego. Y en eso caen, aunque no crean en lo que hacen. Y por eso se les aleja la gente, porque la gente ve que estas sim- plificaciones —ve'rdaderas quizás en su generalidad- no encuentran su aplica; ción en el movimiento directo de lo cotidiano. Porque no visualizan ni com- prenden, desde esta simplicidad, la complejidad de] sistema que los envuelve,
ni la de los pasos mediadores, y menos aún, los obstáculos —objetivos y Sub- jetivos- presentes en los sujetos que deberían encarnar esos ideales.
Crisis del marxismo
L.R.: —Deslindemos para comenzar el campo de una ingenuidad omnipoten- te: no todo nuestro fracaso político proviene sólo de los equívocos y errores de la izquierda: nada aseguraba el triunfo ni éste dependía solo de ella. Debe- mos por una parte distinguir nuestros equívocos, nuestra tontería si cabe. Por otro lado, pensar y tener siempre presente la inteligencia, el poder y la feroci- dad del enemigo para desbaratar todo cambio que se oponga a su dominio. Desde allí pensamos qué ha pasado. Pero también pensamos: no tenerlo pre- sente fue una insuficiencia mortal en la percepción política de la izquierda.
Obstáculos generales primero: los partidos comunistas nacionales, que en cada país prolongaban y sostenían el socialismo “real”, no fueron siempre lo suficientemente independientes para criticar desde sus propios lugares el des-
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vío muchas veces monstruoso que aceptaron y justificaron. Determinaron desde esa defensa su propia política intema. Disolvieron, separaron y enfren- taron a la izquierda dentro de la izquierda misma, y prolongaron en el campo nacional los mismos encubrirnientos justificatorios que hicieron imposi- ble la crítica constructiva y la elección eficaz de un camino. El horizonte de lo posible, dado en esos modelos, desapareció del contexto internacional, y desarmó en parte las espectativas que estaban puestas en ellos. El centralis- m-o planificado y la dictadura “sobre” el proletariado encubrió la monopoli- zación y burocratización que creaba. Sobre todo porque el encubrimiento primero dejó paso luego a la verdad y al reconocimiento de lo que se había ocultado y deformado: la defeCción fue su límite. Había que luchar desde la izquierda contra la izquierda misma.
Nosotros, por ejemplo, vivimos el fracaso de las versiones stalinistas y maoistas desde las cuales se organizó la lucha entre nosotros, pero no fuimos los únicos: abarcó todo el mundo. Y fueron modelos de fracaso y de defec- ción para organizar y pensar lo que pasaba entre nosotros. No olvidemos que el apoyo del PC a Videla quiere ser explicado como un “error” político. Pe- ro más simplemente vemos allí una modalidad subjetiva, políticamente produ- cida, que afecta a la cualidad del militante como hombre y lo deshace como lugar donde la coherencia se verificaría. Ese “error” produjo al militante co- munista como un ser entrañablemente deformado para la percepción de los valores sociales. ¿Basta aquí la autocrítica? ¿Qué poder propio esa política destruyó en ellos, y los deshizo internamente?
Internacionales ahora. Los socialismos “reales” ponían el acento en el es- trecho economicismo de sus planteos políticos. Presentaban sus propias solu- ciones ligadas al “desarrollo” dentro de una óptica burocrática, porque no habían creado las condiciones sociales para crearlas. Muy difícilmente, en- tonces, desde los países del socialismo “real” podrían comprender el alcance de una transformación ajena de la que ellos mismos estaban excluidos. Nr Ru- sia ni Hungría ni Polonia eran modelos de espera para las esperanzas de iz- quierda. Y los enfrentamientos tajantes entre los países socialistas, minados desde adentro por sus propias contradicCiones no resueltas, prolongaron estos enfientamientos en todos los países capitalistas: limitó el horizonte de lo pensable y de las propias propuestas. Las categorías ajenas, fracasadas, servían sin embargo para plantear las propias, afirrnándolas como ciertas. La dis- tancia entre la práctica del socialismo “real” y del socialismo teórico se am- plió, separando a la teoría de la práctica política por todas partes.
La decepción fue preparada desde antes.
Volvamos al horizonte de los socialismos “reales” y la influencia negativa en la desesperanza mundial. Viniendo desde la fantasía que recubría los mode- los de su realización primera, es pobre consuelo el que ofrece Perry Ander- son cuando no's dice: “Ya no hay ocho millones de prisioneros políticos en
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los campos de trabajo. Ningún grupo social está sometido a prácticas de ex- terminio. Las “purgas sangrientas” en el partido y el Estado han desapareci- do. La literatura y la ciencia no obedecen más a los caprichos de un dirigente político. El nivel de vida de las masas ha registrado avances enormes. Todo esto, queda claro, es compatible con la permanencia de un estado autorita- rio y una burocracia incrustada que deben un día ser derribados y destruidos por las masas soviéticas.”
La revolución contra la revolución: cuestión de nunca acabar. Aquello contra lo que se luchaba fue instaurado en nombre y con la sangre por los mismos que llevaron a luchar y a morir por lo opuesto y diferente. Esta expe- riencia vivida, marco en el cual se despliegan todas las otras, no solamente las debilita: han sorbido la savia de la esperanza. Invadieron la afectividad y la conciencia de los hombres descorazonándolos, disolviendo su fuerza y su em- puje, que son el lugar vivo donde las ganas de la revolución debía gerrninar por el ejemplo.
Es cierto, en los últimos cincuenta años han habido cambios en la URSS, desde Stalin a Gorbachov. Pero comprenderlo así es un acto de pensamiento racional. Debe contrariar la densidad decantada en los cuerpos por la expe- riencia vivida que tuvo una inscripción más densa: sedimento en el afecto por tanta muerte, tanta desesperanza y tanta traición, llevándolos al descrei- miento. Lo que fue sabido y sentido poco a poco no se disuelve de golpe: tiene un tiempo distinto, mucho más lento aún que los cincuenta años que se computan al término, sintéticamente, en un acto de pensamiento. La descon- fianza que produjo no ha desaparecido.
La deformación externa en lo intemo
Pero al mismo tiempo, esa deformación que se desarrolló en los países de nuestra América, produjo en sus dirigentes, junto con la justificación o el disfraz, una manera de actuar con los hombres que no deshacía el equivoco. Acentuaba —ratificando- sus componentes también autoritarios y burocrá- ticos, de los que la eficacia real quedaba radiada: ellos mismos fueron sus víc- timas. La sumisión acrítica a los modelos internacionales desvirtuó la percep- ción de nuestras necesidades y requerimientos políticos, enturbiándolos y convocándolos al fracaso y al zig-zag oportunista.
La atomización de la izquierda no es un hecho nuevo. Preexistió al fraca- so y lo determinó: minó sus propuestas. Destruyó la credibilidad como ho- rizonte de la acción colectiva. El mantenimiento de viejos slogans estrecha- mente economicistas, convertidos en dogma, impidieron ver la realidad del capitalismo en su transforma ión y en sus cambios. ¿No se lo daba acaso co- mo decrépito y boqueando sus últimos suspiros? Al mantener esquemas buro-
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cráticos y despóticos en la organización de los partidos políticos se congeló la creatividad de las fuerzas populares: las conglomeró para enfrentar una rea- lidad con formas ilusorias y fragmentadas. Como ilusoria era la imagen del fracaso del capitalismo, hoy triunfante. Se menospreció el obstáculo, y al mismo tiempo la capacidad discriminatoria y creadora de las masas mismas para hacerle frente.
La urgencia política
Las categorías del tiempo, modificadas por la revolución tecnológica, transformaron las propias urgencias. La aceleración de la historia es un pro- ducto de la cultura occidental, de su economía a nivel de la vida cotidiana, de. su tecnología y de su arte. La temporalización acelerada de su campo imagi- nario dislocó el tiempo y el espacio. Incrementó una combinatoria alocada, li- berada de todo límite, sobre todo forjó así una aceleración inusitada de ese imaginario volcado sobre la realidad, que esperaba obtener su objetivo de in- mediato. No nos damos cuenta de nuestra impaciencia exasperada ante el es- pectáculo de la aceleración de' los procesos sociales a los que asistimos, que nos tienen ahora a nosotros como espectadores pasivos y externos. Compare- moslos con la nuestra de hace solamente veinte años.
La noción de crisis del marxismo es también la proyección exasperada de un tiempo defraudado en su celeridad, volcado esta vez sobre la historia. Ya habíamos notado que la proyección del tiempo individual sobre el tiempo histórico era unacategoría individualista deformante transportada sobre la duración de los tiempos sociales, por lo tanto irreal, productora en su urgen- cia de fracasos, abandonos y desilusiones. Esta aceleración del tiempo, que la tecnología acentuó, se proyectó sobre la trama compleja y morosa de la rea- lidad cotidiana. Imprimió en el ritmo de la subjetividad una urgencia que de- forrnó la percepción de la realidad y de los obstáculos, y los intentó salvar sin distinguirlos en su potencia y en la real contundencia de su entramado.
Somos hijos de nuestro tiempo, se dice, lo cual quiere decir que somos hi- jos de la aceleración desmesurada del tiempo objetivo, lo cual quiere decir que ha dejado de ser isomorfo, con el tiempo personal y subjetivo. La tecnología, el arte y la imaginación rompieron la dimensión temporal de los procesos his- tóricos, y aceleró la cercanía imaginaria del mundo real. Hizo posible una combinatoria subjetiva, libre aunque orientada, que dejaba sin embargo dis- tante el permanente metabolismo, la lenta elaboración de los fenómenos hu- manos ligados a la materialidad en la que se desarrollan y están imbricados. La aceleración del tiempo lo avasalló todo, y trasmutó la urgencia imaginaria de sus mensajes en urgencias sensibles que la materialidad de los cuerpos resisten, porque no le son adecuadas.
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La represión
Pero también la represión se aceleró: aceleró sus procesos de control, la contundencia de su armamento, las respuestas a los desbordes, la manipula- ción imaginaria de su poder y la insidia deformante sobre todo aquello que pretende suplantarla. Ia aceleración invadió los medios materiales: potencia acrecentada del poder destructivo por la concentración de .la energía, por la rapidez del traslado, por la velocidad de los mensajes e imágenes. Toda polí- tica nacional es ahora una guerra de baja intensidad, tecnológica e ideológi- camente armada: circunscripta.
Pero la materialidad de la vida acoplada a esta vorágine resiste y tiene un tiempo propio, que no puede ser modificado fácilmente; en el seno de la ace- leración tecnológica del tiempo, subsiste el tiempo pausado y denotado de la naturaleza de la que estamos hechos. Por eso ahora el retorno, entre nosotros al menos, a lo microsocial: a la búsqueda de los lugares mínimos donde este contrapoder se elabora.
Para terminar:
Tampoco nosotros sabemos efectivamente qué está en crisis dentro de lo que se llama la crisis del marxismo. Si es la apreciación y complejidad de los nuevos procesos productivos, el predominio de la economía sobre el trabajo, la militarización subterránea de la vida cotidiana, el impacto de la nueva tec- nología, la transformación de las condiciones de trabajo, la desocupación que ya no es más estacional sino estructural, el poder manipulador de los medios y la influencia masiva, el consumismo y la aceleración de la moda, el desgaste de la imaginación, la rizomía de las relaciones que entrelazan todo con todo (postmodernismo), y quitan el sentido de un decurso en el que perseverar. O es quizás la aceleración temporal de la desarticulación del hombre con la “rea- lidad”, convertida en fugaz, deslizante, caótica y cambiante: imprevisible. Tal vez sea también la fortaleza del poder que permanece manteniendo su eficacia y desplegando la inclusión de cada uno, dependiente de un todo insidiosO y sutil, mirada escrutadora del sistema que ve todos nuestros recovecos, vigila nuestras infracciones, espia y computa y calcula prolongando su cálculo en el propio, en el de la contabilidad individual cotidiana con la cual nos han pro- gramado.
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lllSllClA SOCIAL
La Revista del CeDEL N°7 sap-rumana 1938
ARfiCÜÏOSE
Roberto Beneneia Prooaos politica y movimientos campesinos. Una experiencia de lucha por la dem en el nordeste nnriagueno
Daniel Filmus Sindbror y educacion: un apnlimndón histórica
Alejandro F. Lamadrid Vendor enfrenta a Alrogany. Crónica de la resistencia sindical a un plan de estabilización del F .MJ‘.
Juan Ignacio Páez Maná y Eduardo Rojas Sindicalismo latinoamericano: su renovación y los desafíos de la identidad
perdida
Marcia de Paula Leire y Roque Aparecida Da Silva Los trabajadora en la Constituyente
Nora Pérez Vichieh Derecho y sociedad: la ley del salario mínimo enla Asamblea Nacional Constituyente ¡Inicio de 19334934
NOTAS:
Mario Epelrmn Condiciones de trabajo y reproducción humus
DOCUMENTOS:
CCT-FM-MEN-Pl-Pl-PDC-PSP-PCP Hacia unpactodernnsformneión económieay soul
CGT y SERPAJ Reforma eostitueional y protagonismo popular
LIBROS:
lean Bunel Franc’aco Zapata: E conflicto sindical en América Latina
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¿EXISTE UNA CRISIS DEL MARXISMO?*
Perry Anderson
Desde hace un cierto tiempo —vamos a ver más tarde cuánto tiempo- se habla de una crisis del marxismo. La fórmula en verdad, a veces se vuelve un término de moda intelectual, pero no hay duda alguna que muchos socialis- tas sinceros están 'hoy sumamente preocupados por lo que ellos denominan la crisis del marxismo. Hay que respetar el impulso fundamental de sus in- quietudes, pero tenemos también el deber de escrutar crítica y científicamen- te el concepto a que se refieren estas inquietudes.
¿Qué significa exactamente la fórmula crisis del marxismo?
Creo que podemos de antemano suponer dos connotaciones en la fór- mula:
Primero, tomemos el vocablo crisis. Sugiere inequívocamente el surgi- miento de algo súbito y nuevo, una ruptura pues, con un estado pasado de estabilidad o plenitud.
Pasemos al vocablo marxismo. Aquí, se indica claramente el plano de la teoría, proceso esencialmente intelectual. En resumen, los dos vocablos juntos parecen proclamar el advenimiento de una nueva carencia o incapa- cidad; que no existía anteriormente en el pensamiento marxista que, se presupone, se comportaba mejor. Ahora, si este es el sentido efectivo de la fórmula, debemos comenzar por hacer dos preguntas:
¿Es posible mantener que el marxismo como sistema de pensamiento o campo, zona de cultura, ha manifestado una caída, una disminución de su productividad o invención en el último decenio, o sea, los años 70? Si planteamos el problema así, creo que la respuesta no puede ser más que una sola: lejos de ser un decenio de silencio, fatiga o contracción, los
* Transcripción de la grabación magnetofóniea de la' conferencia dictada en cl aula “Karl Marx” de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla. Reproducido de Cuadernos de Marcha N0 lO. 1986.
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años recientes han visto un notable ascenso de la creatividad y —producti- vidad del pensamiento marxista. Un período —si podemos expresamos así- de auge en vez de desplome. Esto salta a la vista si comparamos la situación en los años 70 con la de los años 50; o en cuanto a eso, de los 40 o los 60. Esencialmente, en efecto, el marxismo en los primeros 20 años después de la segunda guerra mundial, se concentró sobre todo en el campo filosófico, estrechamente definido. Siguiendo por lo tanto una línea que se desprende, en última instancia, de las obras de Korsch y Lukács. Después de la primera guerra mundial, es la época de la construcción de toda una serie de sistemas intelectuales diversos, cuyo objeto central eran siempre cuestiones epistemo- lógicas y metodológicas preliminares al estudio delmundo real. no abordando este estudio en sí mismo. En Europa —si se piensa en la escuela de Frankfurt. en la obra de Althusser, en la escuela de della Volpe, en el itinerario de Sartre o de Lukács—, esta tendencia invirtió la trayectoria de Marx mismo, que co- menzó con la filosofía y terminó en la política y en la economía. En aquellos años, obras de análisis políticos o económicos, la forma clásica del pensamien- to socialista revolucionario en la época de Marx o Lenin, casi no fueron pro- ducidas. La pobreza de investigaciones concretas parece. en retrospectiva. asombrosa. Ninguna de las mayores transformaciones del capitalismo mundial después de la segunda guerra mundial recibió una explicación teórica adecua- da. Ni el prodigioso dinamismo de las economías de los países imperialisras. por ejemplo. Ni la- generalización y la consolidación de la democracia burgue- sa como patrón o norma de dominio capitalista, por primera vez en la histo- ria. Ni la nueva diversificación de las estructuras sociales de los países capita- listas. Tampoco aparecieron discusiones o proyectos serios de estrategia socia- lista en los bastiones del imperialismo. Además, faltaban análisis nuevos o fun- dados, de la realidad de los países en donde las revoluciones socialistas habían vencido (Rusia, C ltina, Europa del este). Aún más. se puede decir que por un cierto período, digamos sobre todo durante la alta guerra fria de los 50. una fórmula que acuñó Sartre fue relatiVamente válida: él dijo que "cl marxismo se había paralizado" Una expresión que me parece. al mismo tiempo. más matÍZada que la “crisis del marxismo“ y más apropiada al período a que se aplicó. Ahora, si miramos a la evolución del marxismo en los años 70, el panorama es radicalmente diverso. Hay un verdadero florecimiento de obras y contribuciones originales en áreas desde entonces descuidadas o inexplora- .das. Tomemos lo más fundamental de todo: el estudio de las transformacio- nes globales del modo de producción capitalista después de El capital, de Marx. Desde Luxemburgo, Hilferding. tal vez (ïrossman. no hubo literal- mente nada escrito en fomia seria y sintética sobre este asunto. durante 40 ó 50 años. Pero hoy en día, tenemos por lo menos tres obras de. gran enverga- dura que nos" ofrecen teorizaciones contemporáneas del capitalismo mundial y del capitalismo norteamericano (su sector dominante). Me refiero a El ca-
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pitalismo tardío, de Ernest Mandel, a La crisis y regulación del capitalismo, del francés Michel Aglietta y al Trabajo y capital monopolista, del norteame- ricano Harry Braverman.
Asimismo de no existir casi nada elaborado sobre el estado capitalista, aho- ra abundan estudios importantes y acumulativos: pensemos en lo cinco libros de Nicos Poulanzas en la materia, abarcando los estados democráticos-burgue- ses, fascistas y militares; en la obra del inglés Miliband, con mayor énfasis em- pírico; en los debates de la escuela de Kapitalistate en Alemania; en el bri- llante libro reciente del sociólogo sueco Theborn: ¿Cómo domina la clase do- minante?; en los trabajos fundamentales de Fernando Enrique Cardoso, sobre el estado capitalista dependiente.
Y si pasarnos al problema de los nuevos tipos de estratificación en los paí- ses capitalistas, hallamos estudios de su estructura de clases, infinitamente más sofisticados y ricos que en el pasado; inclusive el pasado del marxismo propiamente clásico, como por ejemplo el reciente libro Clase, crisis y esta- do del norteamericano Olin Wright; o la serie de obras de Establet, antiguo discípulo de Althusser. Althusser mismo ha dado un impulso poderoso a la exploración de los mecanismos de la ideología, otro asunto largamente des- cuidado en el marxismo anterior, con su famoso ensayo en la materia; ideas después notablemente desarrolladas y enriquecidas por el argentino Ernesto, Laclau en su trabajo Política e ideología en la teoría marxista. El sistema imperialista mismo ha sido, creo, menos explorado, pero aun aquí, el último decenio ha producido El intercambio desigual, del griego Emmanuely el sibili- no pero sutil y estimulante trabajo del italiano Arregui, La geometría del imperialismo, para no hablar de los escritos del norteamericano Magdoff, colega de Sweezy..Finalmente, podemos decir que tampoco el campo de las sociedades llamadas del “socialismo real” ha quedado intocado. Los 70 han visto la terminación de la obra grandiosa del historiador inglés E.H. Carr, sobre la construcción del régimen soviético en los años 20. Tal vez aún más importante, estos años han producido la primera reflexión erudita y sistemá- tica sobre la historia de] stalinismo desde dentro de la Unión Soviética con los trabajos de Beyer, y la primera teorización rigurosa de las estructuras de los paises de Europa del Este, en el magnifico libro del alemán Rudolf Bahro, La alternativa.
Así, si hablamos de la instancia teórica de la producción del marxismo co- mo fuente de pensamiento, me parece francamente aberrante -—es invertir la realidad—. describir la fase actual como un período de “crisis del marxismo” Al contrario, podemos decir que jamás desde la época heroica de los fundado- res del moderno pensamiento revolucionario, ha sido, el manterialismo histó- rico tan obviamente fértil y productivo como hoy.
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En este punto entrevemos ya la objeción que un defensor de la tesis de la “crisis del marxismo” probablemente haría. Bueno, diria él “es posible que el cuadro de la actividad teórica haya sido más o menos como tú lo describes, pero cuando nosotros usamos la fórmula de la crisis del marxismo, estamos sobre todo pensando en otra cosa, es decir, en la crisis de la práctica socialis- ta, o sea, por un lado el autoritarismo burocrático de los estados comunistas existentes, su falta radical de democracia socialista, y por el otro, el callejón en que se encuentra el movimiento obrero de los países avanzados. Su incapa- cidad hasta la fecha de realizar revoluciones socialistas en sus propios países” Ahora, ambos hechos masivos son reales. Seguramente ellos dominan mucho de nuestra historia hoy y frente a ellos la más profunda inquietud, interroga- ción o aun angustia, no es irracional, ni injustificada. Pero aquí el otro polo de la “crisis del marxismo” se vuelve pertinente. Ahora, no “marxismo” sino “crisis”. Pues como hemos visto el término crisis implica un proceso súbito, nuevo, abrupto. Una ruptura, como dije, con un pasado de estabilidad o ple- nitud. Ahora, ¿en qué sentido los dos grandes fenómenos arriba mencionados son nuevos?. ¿en qué medida son particularidades del decenio de los 70?, ¿hasta qué punto han sido ignorados o descuidados históricamente por mar- xistas? Cuando planteamos estas preguntas, yo creo que las respuestas son evidentes. En ningún sentido son las estructuras autoritarias, el poder policial, la censura, la ausencia de organizaciones populares autónomas, fenómenos nuevos en los países del Este. Ellos han existido en la Unión Soviética desde hace más de medio siglo, en China o Europa Oriental desde hace treinta años. No hay nada aquí que pueda justificar el descubrimiento de una supuesta “crisis del marxismo” en los años 70. “Pero —se puede argumentar- hubo de- fensores de la tesis de la ‘erisis de marxismo’. Marxistas que han visto y anali- zado todo esto en las épocas anteriores”. De nuevo la respuesta es muy clara y muy sencilla: ¡sí hubo! y no pocos. Sobre todo, bien entendido, Trotsky, cuyos escritos sobre la naturaleza y consolidación del régimen stalinista en Rusia quedan como insuperables en calidad. en muchos aspectos. hasta hoy.
Pero también hubo Rakovsky, Serge; más tarde la figura de Isaac Deust- cher, Marcuse, Sartre —todos marxistas- que en su tiempo escribieron obras penetrantes sobre el socialismo soviético, de cómo fue construido por el parti- do ruso bajo la dictadura de Stalin.
Hubo también, bien entendido, una vasta literatura sovietológica de marca burguesa, pero a menudo de un nivel historiográfico y cientifico muy sólido que en ningún caso, los marxistas ten ían el derecho de ignorar y que, en efec- to, muchos de los marxistas arriba mencionados leían y apreciaban. Hablar de una crisis del marxismo olvidando toda esta tradición de estudios concretos. que va, más o menos, de Trotsky a Carr, alimentados también por la erudic- ción burguesa, me parece política e intelectualmente insostenible.
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Hay una consideración final aquí: ¿es posible que la fórmula de la “crisis del marxismo” sea relativamente justificada? o digamos ¿ha habido un recien- te empeoramiento o deterioro terminante o decisivo de los sistemas soviéticos en los últimos años? Aquí también, y para decir la verdad, es lo contrario. Con todas las denuncias y críticas que deben hacerse imperativarnente de la Unión Soviética hoy, no cabe la menor duda en todos los aspectos de su vida social interna y de su política externa, que los cambios que han sobrevenido entre Stalin y Breznev han sido positivos, no negativos. Las cosas han mejora- do, no al revés, desde los años 30. Ya no hay ocho millones de prisioneros po- líticos en campos de trabajo. Ningún grupo social está sometido a prácticas de exterminación. Las “purgas sangrientas” en el partido y el estado han desapa- recido. La literatura y la ciencia no obedecen más a los caprichos de un diri- gente político. El nivel de vida de las masas ha registrado avances enormes. Todo esto, queda claro, es compatible con la permanencia de un estado auto- ritario y una burocracia incrustada que deben un día ser derribados y destrui- dos por las masas soviéticas. En el exterior, todos sabemos del crimen de la invasión de Checoslovaquia bajo Breznev, la doctrica de soberanía limitada en Europa del este, expresión clarísima del ehovinismo ruso tradicional. Pero bajo Stalin, se puede decir que la política exterior soviética solamente consis- tía en la aplicación de los fríos cálculos del egoísmo ruso. Stalin jamás ayudó' a una sola revolución socialista independiente de la Unión Soviética. Al con- trario, trató sistemáticamente de impedirlas o bloquearlas en Yugoslavia, en China, en Grecia, o en España. Hay una diferencia fundamental hoy en este aspecto. La política exterior de Breznev, manchada con la invasión de Che- coslovaquia, la amistad con Argentina y otros delitos, también ha significado ayuda material decisiva para la supervivencia de la revolución cubana; la victo- ria de la revolución vietnamita; el rescate de la revolución angoleña. Hazañas inimaginables en el tiempo de Stalin y su dogma del “socialismo en un solo país” Así, se puede decir, que los que atribuyen la “crisis del marxismo” a las monstruosidades del stalinismo, no solamente olvidan que han transcu- rrido apenas cincuenta años, sino que también dejan de ver, que muchas de ellas, mientras tanto, han desaparecido o disminuido. Esto quiere decir que, en una perspectiva histórica equilibrada, la Rusia de Breznev debería inspirar menos pesimismo, no más, que la Rusia de Stalin.
Por otro lado, en lo que se refiere a la situación del movimiento obrero en los países capitalistas avanzados, aquí tampoco es posible hablar de una “cri- sis” en el sentido de una nueva derrota. Claro, la ausencia de cualquier revo- lución socialista en estas sociedades plantea una serie de problemas intrinca- dos e importantes al marxismo. Pero no debemos olvidar qué breve ha sido el cielo histórico de la Revolución de Octubre, o desde El capital, de Marx. No hay ninguna razón de desesperar de futuras revoluciones socialistas en los
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países imperialistas, sin concebimos científicamente, como debemos conce- birla, la transición del capitalismo al socialismo como un proceso de siglos y no de decenios como el que ocurrió durante la transición del feudalismo al capitalismo. En esta perpectiva, es la rapidez, y no la lentitud de la expan- sión de sociedades precapitalistas, lo que es impresionante a escala mundial desde 1917 para acá. Si analizamos a los países imperialistas más de cerca mientras que la distancia de la clase obrera de la toma de poder en estas socie- dades es innegable, no es el caso que esta distancia haya aumentado en los últimos 40 ó 50 años; por el contrario, si comparamos la situación objetiva de la clase obrera europea o japonesa, o aun norteamericana, hoy, con la del período entre las dos guerras, es evidente que sus fuerzas se han incrementa- do, tanto a nivel básico de tasas de sindicalización, como a un nivel más ele- vado de organización y expresión política. No se debe olvidar que unos po- cos decenios atrás, el fascismo había destruido totalmente el movimiento obrero en Alemania, Italia y Japón, mientras que en los Estados Unidos, la mayor parte del proletariado no había ganado ni siquiera los derechos más elementales de autodefensa, es decir, la capacidad de formar sindicatos. Ob- jetivamente, el peso social, mucho más determinante de la clase obrera en es- tos países, puede ser hoy visto en su expresión universal en la tasa media de ganancia de los países imperialistas (una de ,las claves de la crisis mundial ac- tual) y también en su capacidad impresionante de resistir a una baja real de su nivel de vida aún en medio de la inflación galopante y desocupación creciente. Un cuadro pues, totalmente diverso de lo que ocurrió durante la gran depre- sión de los años 30.
Lo que falta todavía es una visión estratégica de cómo aprovecharse de las dificultades del imperialismo para movilizar a la mayoria de la población ex- plotada para derrocar el actual sistema, es decir, si la fuerza económica y so- cial del proletariado en estos países ha aumentado decisivamente desde la gue- rra, si su capacidad política de proyectar y realizar otra sociedad. no se ha desarrollado concomitantemente. Pero aquí también. nos enfrentamos a una nueva situación: ya en los años 30‘, el fracaso de la estrategia dominante en el movimiento obrero internacional en estos paises. es decir, del frente popular, fue patente. El colapso del movimiento obrero europeo: la derrota del gobier- no de Negrín en España con el definitivo pure/t anticomunista: la purga devas- tadora del macarn'smo con que terminó la experiencia browderiana de integra- ción en los aparatos oficiales y estatales en los Estados Unidos.
Todo este ciclo debería ser bien conocido.
Además, después de la segunda guerra mundial, hubo una segunda serie de experiencias sombrías en los años 40, con los gobiernos llamados de "recons- trucción nacional“, cuando los partidos comunistas y socialistas colaboraron con los partidos burgues‘es en gobiernos capitalistas en Francia, ltalia, Finlan-
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dia, Bélgica y otros países. Después de algunos años, en cada caso, se vió la de- bilidad de los partidos comunistas cuando el capital no necesitó más neutrali- zarlos por vías administrativas.
Pues si el movimiento obrero en los países imperialistas carece de una pers- pectiva política convincente hoy, si no ha hallado el justo camino al poder en sus países, éste no es un hecho nuevo, sino algo ya evidenciado desde por lo menos 40 ó 50 años. En este sentido también no hay motivos para describir la coyuntura actual como una situación nueva de crisis.
Las dificultades del camino al socialismo en el occidente han sido evidentes desde hace muchos años.
Hasta ahora, he tratado de mostrar desde una perspectiva histórica, que la tesis de una crisis especial del marxismo es hoy insostenible, tanto a nivel teó- rico como a nivel práctico, pero esto no quiere decir que la fórmula sea vacía. Al contrario, indica un proceso real y pertinente, pero en el modo de la ideo- logía, o sea, sin ser consciente en sí mismo de lo que involucra. ¿Cuál es su contenido auténtico?: yo diría que en vez de hablar de una “crisis del marxis- mo”, sería más exacto hablar de una crisis del movimiento comunista que se desprende de la tradición de la Tercera Internacional. Para muchos comunis- tas, las realidades del rég‘men soviético son un descubrimiento.relativamente reciente que han provocado choque y crisis, como también los obstáculos y enigmas que imponen a la transición al socialismo, la existencia de la demo- cracia burguesa en el Occidente. Pero aún esta reformulación no es bastante exacta, pues la mayoria de los partidos comunistas del mundo y sus voceros: el ruso, el chino, el vietnamita, el cubano, el yugoslavo, no admiten ninguna “crisis del marxismo”. En realidad, la noción de esta crisis está limitada, en mi opinión, a sectores más precisos del movimiento obrero internacional. Surge esencialmente entre intelectuales comunistas o excomunistas en los países 1a- tinos de Europa Occidental, sobre todo Francia, Italia y España y se propaga después a otros países semi-industrializados como Grecia o áreas de América Latina.
¿En qué momento aparece?, la fecha es significativa: la fórmula nace en 1968 y se populariza en los siguientes dos o tres años. Para entender su signi- ficado real, es decir, material e histórico, es necesario recolocarla en este contexto político preciso.
Ahora, me parece que la noción de la “crisis del marxismo” tiene dos raí- ces fundamentales: estas raíces son dos grandes decepciones históricas que ha sufrido la inteligentsia comunista de Europa Occidental en los últimos años. Dos decepciones, si puedo decirlo asi, acumulativas, que han detonado un sentimiento profundo y sincero de crisis en estos ambientes. ¿Cuáles fueron? Sucesivamente, el maoísmo y el eurocomunismo.
Explicaré primero el impacto del maoísmo. Después del XX Congreso del PCUS en 1956, no era ya posible para los comunistas del Occidente cerrar los
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ojos completamente a las verdades del stalinismo en Rusia. La imagen de la
Unión Soviética resultó gravemente desprestigiada por las revelaciones oficia- les de Krusehov. Pero una reacción muy común entre los intelectuales comu- nistas, no fue la de explorar o de recuperar toda la larga tradición marxista —crítica del stalinismo- ahora objetivamente vindicada, sino la de buscar otro modelo de construcción socialista más aceptable. Una segunda y menos com- prometida patria de los trabajadores; ésta la hallaron, en gran medida, en Chi- na. El régimen maoísta no sólo en los principios de los años sesenta, no había cometido crímenes, purgas, deportaciones; sino que también parecía preconi- zar una política internacional mucho más militante y solidaria en la lucha de la clase mundial que el Estado soviético de Krusehov. Entonces, cuando acon- teció la ruptura chino-soviética en 1964, hubo un fenómeno muy generaliza- do entre los intelectuales de izquierda en Europa, Japón y los Estados Unidos, de trasladq de una lealtad anterior acrítica a la URSS, ahora hacia China. Este proceso de traslado ideológico, fue después masivamente reforzado por la erupción de la llamada Gran Revolución Proletaria Cultural en China en 1966. El impacto de la Revolución Cultural en la intelectualidad socialista occiden- tal fue tremendo, sobre todo porque parecía ofrecer un modelo concreto de igualitarismo radical, espontaneidad popular, liberación de las energías de las masas, ataque a privilegios y a la antigua división del trabajo, denuncia del bu- rocratismo junto con la solidaridad activa con el movimiento internacional re- volucionario.
Al mismo tiempo, la Revolución Cultural se presentó explícitamente como un modo de no repetir, de evitar los desastres de la experiencia pasada en Ru- sia, que luego la prensa China comenzó a clasificar como un país capitalista. Todo eso entusiasmó a muchísimos marxistas occidentales, aún cuando que- daban miembros de partidos comunistas occidentales formalmente hostiles a la nueva experiencia china. Por ejemplo, en Francia, la obra de Althusser es incomprensible, sin el fondo de su simpatía e interés constante por el maoís- mo de los años 60; sus primeros escritos coinciden precisamente con las pri- meras polémicas ehino-soviéticas. Los libros de Poulantzas son testimonio también de su admiración por la revolución cultural. André Glucksman, ahora antimarxista notorio, ahora “nuevo filósofo“, entonces figura de iunierda muy admirada por Althusser, escribió un libro “El discurso dela guerra” que es un verdadero himno al maoísmo. Sartre, como se sabe, se empeñó activa- mente en el propio movimiento maoísta en Francia después de 1968. En lta- lia, casi toda la joven izquierda era ardientemente maoísta en aquellos años: y muchos intelectuales comunistas también miraron con simpatía al desafío
chino. En España, Fernando Claudín, crítico implacable del partido soviético, mostró grandes ternuras por el partido chino, eximiéndolo de sus denuncias acerca de la nueva “clase dirigente“ que, alegaba, existía en Rusia. En Alema-
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nia Occidental, el entusiasmo maoísta fue general en la generación del SDS, arrastrando inclusive a figuras de edad mayor como el poeta y ensayista Hans Magnus Enzensberger. En mi propio país, el más grande pensador socialista, Williams, igualmente se inclinó claramente hacia la dirección de la revolución cultural. En Estados Unidos, los directores de la Monthly Review, Paul Swee- zy y Harry Magdoff, se volvieron predicadores incondicionales de la línea maoísta de la época.
Ahora, toda esta simpatía y admiración por China tenía como base la cre- encia de que China representaba un sistema político más a la iunierda, más progresista, más radical, más internacionalista que la Rusia de entonces. En realidad, el culto a la personalidad de Mao, peor aún que el de Stalin, el ci- nismo descarado de la prensa china, la manipulación de muchedumbres, las calumnias grotescas descargadas sobre la cabeza de los adversarios en el par- tido, la degradación constante de la vida cultural e intelectual en China en es- tos años, estos elementos, deberían haber advertido a la intelectualidad occi- dental sirnpatizante, que vivía de ilusiones. Pero como en el caso del entusias- mo acrítico por la Unión Soviética, de los planes de cinco años del stalinismo en los años 30, hubo una tendencia fuerte a no ver las cosas como en realidad se planteaban. Las primeras desiluciones surgen cuando se Constata que la China ahora perseguía una política exterior no más progresiva, sino mucho más reaccionaria que la de Rusia, hecho contrario a todas las expectativas. Los aplausos para la contrarrevolución en países como Sudán o Ceilán;_los brazos extendidos a Pinochet en Chile, sobre todo la bienvenida calurosa a Nixon durante el peor bombardeo norteamericano a Vietnam, fueron todos actos cumplidos durante la vida de Mao.
Después de su muerte, su herencia política ha sido denunciada, y las hipo- cresías y mitos de la revolución cultural ampliamente expuestos por sus suce- sores. Hoy en día una versión del kruschovisrno domina en China. Este gobier- no ha repudiado totalmente la experiencia de la revolución cultural, ha orien- tado al país internamente hacia una dependencia de mecanismos de mercado mucho mayor que en Rusia, con intervención del capitalextranjero a escala tal vez masiva, y que al mismo tiempo codifica una política externa de colu- sión sistemática con el imperialismo en todos sus planos: de Africa a Asia del Sur, de Japón a otra parte, sin precedentes en la hiStoria del movimiento obre- ro. Ahora, esta desembocadura brutal del modelo chino, fue un golpe durísi- mo para sus seguidores en el occidente. La destrucción de esperanzas, aunque infundadas, es siempre una experiencia desmoralizadora.
Esta decepción por la alternativa maoísta, configuró en gran parte, el sub- suelo del sentimiento posterior que se expresaría en una crisis del marxismo. Las fases finales de esta decepción, fueron solapadas, sin embargo, con una nueva. Desde 1976 en adelante, la escena política europea fue dominada por
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el ascenso del eurocomunismo, es decir, la perspectiva de gobiernos de coali- ción, con participación comunista, paulatinamente avanzando hacia el socia- lismo, por un camino parlamentario, con reformas graduales y mantenimien- to de la mayor parte de las instituciones vigentes de la democracia burguesa. En el plano teórico, el eurocomunismo se definió esencialmente por su recha- zo del leninismo como estrategia adecuada para la transición al socialismo en países avanzados. En muchos aspectos, representó un regreso a ideas y princi- pios clásicos de la Segunda Internacional antes de 1914. Precisamente fueron ésos los que combatió Lenin con la máxima energía.
En el plano directamente político, el eurocomunismo se definió esencial- mente por su repudio a la Unión Soviética como modelo aceptable del socia- lismo. Las críticas hechas por los partidos eurocomunistas al Estado soviético, fueron más templadas y más pertinentes que las denuncias hechas antes por el partido chino, pero es muy importante subrayar el carácter común del maoís- mo y del eurocomunismo, como esfuerzo por hallar una vía diferente a la his- tóricamente tomada por la Rusia de Stalin, porque no cabe duda, fue precisa- mente este puente entre los dos movimientos, lo que permitió el paso masivo y súbito de tantos intelectuales marxistas del uno al otro en Europa.
Los casos de Poulantzas y de Claudín son ejemplares, porque ambos ha- bían sido mordazmente críticos del derechismo —como ellos lo llamaban- de los partidos comunistas en Francia y en España, pocos años atrás. Poulantzas se presentaba en estos años, como un pilar de leninismo, lleno de desprecio por la ilusiones parlamentaristas. Claudín escribió necrologías feroces acerca de la experiencia de los “frentes populares“ en Francia y en España: pero la atracción del eurocomunismo afectó también, aunque más ambiguamente a Althusser en Francia, a Habermas en Alemania. En Italia también a muchos intelectuales anteriormente pertenecientesa laextrema izquierda extraparla- mentaria, como Tronti y otros.
Aquí también jugaron un papel determinante las esperanzas creadas. por la inminencia aparente de victorias electorales de coaliciones de izquierda. Des- pués de decenios de contención, el movimiento obrero en Europa latina. pare- cía estar a punto de dar un salto cualitativo, de avance. El fin del régimen franquista en España; las presiones crecientes en la dirección de un pacto Iris- tórico con la democracia cristiana, en Italia: la perspectiva de un triunfo elec- toral de la unión de iunierda, en Francia. Toda la coyuntura parecía prome- ter una brecha en el antiguo orden social y politico. En realidad ¿que pasó? Las primeras pruebas históricas por las que pasó el eurocomunismo. fueron generalmente al fracaso. En Francia. una violentísinra campaña ideológica burguesa, combinada con la división entre el Partido Socialista y el Partido Comunista aseguró la derrota espectacular de la unión de izquierda. En Italia, la democracia cristiana utilizó al partido comunista para restablecer su poder
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polítieo, hasta que el partido italiano se vio profundamente sacudido en sus bases obreras y desacreditado en sus horizontes estratégicos; y luego, lademo- cracia cristiana lo despidió sin ceremonia. El compromiso histórico italiano está hoy irremediablemente en ruinas. En España, el partido comunista no lo- gró ni siquiera impedir un fuerte viraje del partido socialista a la derecha, mientras que el régimen postfranquista de la burguesía se consolidaba nota- blemente a costa de la clase obrera española.
La decepción política causada por esta serie de reveses, no solamente entre intelectuales, claro, sino también entre los trabajadores, ha sido tremenda. Un horizonte que parecía abrirse para toda una generación, se ha cerrado súbita- mente de nuevo. La reacción de amargura, ira, desesperación, confusión, ha estallado casi instantáneamente en los ambientes intelectuales. Es decir, en 1978, pocos meses después de la derrota electoral en Francia, y en esta co- yuntura determinante, las esperanzas de una vía nueva al socialismo, tanto en el extremo oriente como en el occidente, se habían desmoronado. De ahí na- ció la sensación difusa de una “crisis del marxismo”
¿Qué conclusiones deberíamos extraer de esta historia? Creo que hay tres significativas:
l . Tal vez, la primera lección que nos enseña la aseveración de una fórmula de una “crisis del marxismo”, es que es importante no confundir nunca, la experiencia Subjetiva y mediata de procesos políticos, con su configuración objetiva y real; y sobre todo, no proyectar en el plano de la teoría contradicA ciones que de hecho se sitúan en otro nivel: el de la práctica. El materialismo histórico está hoy mejor que hace años. El movimiento comunista internacio- nal tiene grandes dificultades: sus interrelaciones se han deteriorado. Es esen- cial distinguir las dos cosas.
2. Políticamente el gran peligro del discurso sobre la “crisis del marxismo” es su tono acentuadamen-te antisoviético. Hemos. Visto las dos raíces de esta propensión antisoviética. Primero, los ataques:furibundos..del partido y pren- sa china contra la URSS. Segundo, la creciente voluntad de muchos partidos occidentales de distanïciarse a toda costa de la Unión Soviética, para acuñar una nueva. credibilidad, au-n una respetabilidad democrática. Ninguna de es- tas reacciones es saludable. El hecho es que el maoísmo últimamente fracasó, dejando un país pobre y subdesarróllado, sin los éxitos económicos de la experiencia stalinista en Rasia y también sin mayores derechos populares. Hoy el eurocomunismo, por un lado‘, no ha resuelto ninguno de los proble- mas complejos y arduos de una estrategia realista y eficaz para la revolución socialista en el área imperialista. En esta situación, hay una gran preocupa- ción de intelectuales con simpatías exmaoístas o eurocomunistas, de descar- garse de su frustración política lanzando ataques cada vez menos equilibra-
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dos contra la Unión Soviética, como si fuera la culpable de sus propias difi- cultades y carencias en el Occidente. En realidad, la Unión Soviética sigue su camino con todas sus deformaciones y defectos. Globalmente es un factor de progreso en la historia mundial de hoy que garantiza la posibilidad de revoluciones socialistas y estados obreros (esperemos más avanzados que ella misma). Conservador y reaccionario en Europa del este, su papel predo- minante en Asia, Africa y América Latina, es nítidarnente dinámico y progre- sista, pues en lo que afecta a la mayoría de la humanidad, hablar de las dos superpotencias en este contexto, es una mistificación.
3. Finalmente, las palabras “crisis” y “crítica” tienen la misma raíz etimo- lógica en el griego, pero no debería ser necesario descubrir una “crisis”, en su mayor parte imaginaria, para adoptar una actitud de serena libertad criti- ca hacia las realidades de los estados obreros existentes y su pasado o hacia las ideas o hipótesis del materialismo histórico mismo. Ningún marxista digno de este nombre, jamás ha creído ciegamente en las tesis de Marx o Lenin, como si fuesen doctrinas religiosas o axiomas matemáticos. El marxismo, correcta- mente entendido, es una crítica permanente de la realidad histórica, inclusive de sus propios pasos y evolución. Es por eso que se le puede eximir de la no- ción de una crisis actual.
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J. ¿ni o aq gástoEllz-FB
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EL NUEVO REVISIONISMO EN GRAN BRETAÑA" Ralph Miliband
Desde fines de los años setenta, y particularmente desde que el gobierno That- cher asumió el poder en mayo de 1979, la izquierda ha producido una vasta cantidad de escritos que pretenden explicar los problemas que han afligido al Partido Laborista y al movimiento laboral en su conjunto.* La búsqueda de explicaciones —y de remedios- se ha tomado más intensa que nunca-a partir de la segunda victoria electoral de los conservadores en junio de 1983, lo que no es de sorprender ya que fue un gobierno excepcionalmente reaccionario el que se vio reelecto; y ello a pesar del desempleo masivo, la erosión de los servicios bienestaristas y colectivos y la incapacidad manifiesta no sólo para- revertir la declinación económica británica, sino incluso para detenerla. Está claro que los presentes son tiempos muy duros para toda la izquierda, y es muy natural —y muy deseable- que tiempos así produzcan un intenso pen- sar y re-pensar en torno a lo que está mal, y lO que se puede hacer al respecto. Sin embargo, mi argumento en este artículo será que las tendencias que han predominado en los escritos de la izquierda de los últimos años no ofrecen soluciones socialistas a los problemas que enfrenta; constituyen —para utili- zar la frase de John Westergaard-l un “nuevo revisionismo”; y este nuevo revisionismo significa un retroceso muy pronunciado respecto de algunas posiciones socialistas fundamentales. Lejos de ofrecer una salida a la crisis, el nuevo revisionismo es una manifestación más de la crisis, y contribuye no poco al malestar, la confusión, la pérdida de confianza e incluso la desesperanza que tan dañinamente han afectado a la izquierda en años recien- tes. Desde luego, el fenómeno no se ha confinado a la Gran Bretaña y ha asumido formas mucho más virulentas y destructivas en otros países, muy particularmente en Francia, donde no ha constituido un “nuevo revisio-
* Reproducido de Cuadernos Políticos N0 44 - México 1985
* Agradezco a Robin Blackburn y Marion Kozak algunos comentarios muy útiles sobre este artículo.
1 John Westergaard, “Class of ’84”, New Socialist, n. 15, enero-febrero de 1984.
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nismo” sino un retroceso radical hacia la histeria anticomunista y el oscuran- tismo, tanto religioso como secular. Nada de esto ha sucedido en la Gran Bretaña, y debemos sentirnos realmente agradecidos; en todo caso, no ha sucedido en el caso de las personas de cuyos trabajos me ocuparé enseguida.
Me he referido a “tendencias”. Por ello quiero denotar un espectro de pen- samz'ento en el que se pueden hallar muchas posiciones y énfasis diferentes, sostenidos por personas que pertenecen a diferentes generaciones, tradicio- nes, partidos y movimientos, y que no necesariamente concuerdan entre sí en muchas cuestiones importantes; y es precisamente esta diversidad la que ha contribuido a oscurecer el grado en que estas personas trabajan en el seno de un espectro de pensamiento identificable. Cuando leo a Eric Hobsbawm, Stuart Hall, Bob Rowthorn, Beatrix Campbell, Raphael Samuel, Gareth Stedman Jones, Chantal Mouffe, Ernesto Laclau, Paul Hirst, Barry Hindess y otros, en revistas como Marxisrn Today, New Socialísr, New Statesman y otras publicaciones, noto grandes diferencias entre ellos, pero también en- cuentro marcadas similitudes de enfoque, de disposición y de interés, así como —lo que no es menos importante- ciertos repudios en común.
La segunda oleada
Este nuevo revisionismo constituye la segunda oleada que ocurre en Gran Bretaña desde la segunda guerra mundial. La primera oleada, que apareció en los años cincuenta y alcanzó su clímax con el intento de Hugh Gaitskell de remodelar el Partido Laborista hacia la derecha, sacó fuerza de las derrotas electorales del laborismo en 1951, 1955 y 1959, pero no fue causado por ellas. La verdadera causa fue la determinación de los dirigentes del Partido Laborista (y los dirigentes sindicales) de librar al partido de sus compromisos socialistas y amacizar el predominio de la derecha sobre la izquierda. Las derrotas electorales sólo vinieron a reforzar la creencia de la dirigencia labo- rista de que tales compromisos signifiCaban un estorbo intolerable en térmi- nos ideológicos, políticos y electorales.
El revisionismo del tiempo presente es un asunto muy distinto. en su pro- veniencia, su personal y sus propósitos. Para la mayoría de las personas a que aludo, las nuevas derrotas electorales del Partido Laborista han sido sólo la ocasión de interrogarse angustíadamente por las razones de la declinación del apoyo al laborismo en la clase Obrera; y esta interrogación es a su vez par- te de un cuestionamiento mucho más amplio de la teoría marxista y las pro- puestas y prácticas socialistas. En este renglón, el nuevo revisionismo británi- co se vincula con un fenómeno internacional que abreva de muchas fuentes diferentes: la experiencia del "socialismo realmente existente", Checoslova-
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quia y Afganistán, el derrumbe de las ilusiones maoístas, Cambodia y las amargas consecuencias de la victoria en Vietnam, las marchitas esperanzas eurocomunistas, el surgimiento de “nuevos movimientos sociales” nacidos de la insatisfacción con las limitaciones de los tradicionales movimientos y partidos laboristas y socialistas, un descreirniento creciente en la capacidad de la clase obrera para ser el agente de un cambio social radical, y la consi- guiente “crisis del marxismo" En el caso específico de Gran Bretaña, hay que añadir lo que para muchos ha sido el trauma del “thatcherismo” y, lo que es aún más traumático, su habilidad para ganar elecciones.
Los qúe forman parte del nuevo revisionismo no son socialdemócratas de derecha. Algunos de ellos, como Eric Hobsbawm y Bob Rowthorn, son miembros del Partido Comunista, y lo han sido .durante muchos años. Otros, como Stuart Hall y Raphael Samuel, son miembros fundadores de la Nueva Izquierda de los cincuentas: ambos han estado y siguen estando fuertemente comprometidos con un cambio radical. Algunos otros se sitúan en diversas partes de los movimientos labOral, feminista y pacifista, o en los tres. Muchos conservan'afinidades con una u otra variante del marxismo. Ninguno de ellos ha abjurado del socialismo: por el contrario, creen que contribuyen a su advenimiento con las preguntas que hacen, las dudas que expresan, las críticas que fomrulan y las direcciones que toman.
Entonces, ¿por qué hablo de un retroceso respecto de las posiciones socia- listas? A fin de responder esta pregunta, me ocuparé una por una de cuatro cuestiones íntimamente relacionadas que son de importancia crucial para el movimiento laboral y que también tienen un carácter central en el espectro. de pensamiento que me propongo examinar: el sentido y significado de la “política de clase”, la cuestión del Estado; la estrategia socialista y el Partido Laborista; y algunos temas vinculados con la defensa y la política exterior. Quiero señalar, antes de comenzar, que el nuevo revisionismo ya ha provoca- do una oposición considerable. La Marx Memorial Lecture de Eric Hobs- bawm de septiembre de 1978 —“The Forward March of Labour Halted”, publicada por primera vez en Marxism T0day- produjo una buena cantidad de comentario crítico en las siguientes entregas de esa revista, por parte de comunistas y otros.2 A partir de entonces se ha manifestado una oposición a los nuevos escritos revisionistes en revistas de la izquierda laborista tales como Labour Herald y London Labour Bríefing, así como por parte de figu- ras de la izquierda laborista como Tony Benn y Eric Heffer y de revistas trots- kistas como Socialist Worker y Socialist Action. Pero la resistencia principal ha provenido del interior del Partido Comunista, en particular por parte
2 La conferencia y los comentarios se compilar'o'n después cn I-Í.l. Hobsbawm ct aL. The Forward March of Labour Halred?_ Verso/NLB. Londres, 198 l.
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del muy tradicionalista Morning Star, así como de algunos miembros del par- tido.3 El presente artículo se ha beneficiado considerablemente de lo que se ha dicho en estos sectores sobre el nuevo revisionismo; sin embargo, expondré argumentos que difieren —muy agudamente en ciertos casos- de los puntos de vista expresados por otros hasta ahora.
LA POLITICA DE CLASE
La “política de clase” se ha convertido en la abreviatura de mucho de lo que el nuevo revisionismo repudia enérgicamente: ante todo, ha llegado a sig- nificar la insistencia en la “primacía” de la clase obrera organizada en el desa- fío al poder capitalista y en la tarea de crear un orden social radicalmente di- ferente.
El repudio de esta noción de “primacía” proviene de muchas objeciones diferentes: a) que la clase obrera, en todos los países capitalistas, se ha nega- do a desempeñar el papel revolucionario que le asignaron Marx y marxistas posteriores, y no da indicación alguna de querer desempeñarlo, b) que, por el contrario, los objetivos de los trabajadores organizados (los cuales desde luego constituyen sólo una minoría de la clase obrera) siempre han sido y siguen siendo muy limitados, “economicistas”, partidistas y corporativos y que, por ende, los trabajadores organizados y los instrumentos que se supone los repre- sentan —sindicatos y partidos- no abarcan las necesidades y aspiraciones de todos los grupos explotados y oprimidos de la sociedad, y por tanto la clase obrera no es'. la “clase universal” cuya propia liberación significará la libera- ción de todos esos grupos; c) que la pretensión de “universalidad”, además de ser espuria, abre las puertas a la perpetuación de la dominación. por el hecho de rechazar el “pluralismo” que está O debe de estar en el núcleo mis- mo del proyecto socialista; d) que la “clase Obrera", en el sentido marxista tradicional, de todas maneras está‘desapareciendo rápidamente en los países capitalistas avanzados, como resultado de nuevos desarrollos tecnológicos que se combinan con la división internacional del trabajo; e) y que los "nue- vos movimientos sociales", basados en raza, etnia, sexo, preferencia sexual, intereses ecológicos y- la lucha por la paz, significan por lo menos un desafío tan grande y radical —de hecho mayor y más radical- al orden social existen-
3 Véase B. Fino, L. Harris M. Mayo. A. Weir. l-ï. Wilson. Class Politics. Londres. 1984, y A. Weir y l". Wilson, “Tlrc British Women‘s Movement" New Lefr Review, n. ¡48. noviembre-diciembre de l984.
4 1 1 . n . A. (1017.. fiarewell to the Working Class. Londres. l982. ha srdo un influyente texto “revisionhta” en muchos países. y parece haber tenido un pareado impacto en la corrien- te de pensamiento de que me ocupo.
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te como la clase obrera organizada. No todos aquellos fonrran parte del espectro de pensamiento que abarca al nuevo revisionismo necesariamente sustentan todas estas posiciones; pero la mayoría sustenta algunas de ellas. El tiempo puede estar O no estar maduro para decir “adiós al proletariado”, de conformidad con André Gorz,4 pero, en la perspectiva del nuevo revisio- nismo, el tiempo ciertamente está maduro ya para decir adiós a la “primacía” de la clase obrera, dado que tal noción es arcaica, errónea y peligrosa, y reemplazarla con un modelo de lucha basado enla diversidad de intereses. preocupaciones y “discursos” que emanan de una multitud de estratos socia- les, grupos y movirnientos, sin presunción ni pretensión jerárquica, en un patrón de alianzas en cambio constante.
Sería muy necio decir que en todo eSto no hay muchas aportaciones im- portantes, muchas correcciones y críticas muy necesarias de las tradicionales y complacientes nociones socialistas, como también negar que muchas cues- tiones suscitadas por el nuevo revisionismo deban enfrentarse con suma serie- dad por parte de todo aquel que se interese en el avance del socialismo. Pero esto no debe permitir que se oculte todo aquello que es fundamentalrnente erróneo en lo que el nuevo revisionismo dice o implica a propósito del papel de la clase obrera organizada en el desafío al poder capitalista.
La recomposición de la clase obrera
Es absolutamente cierto que en años recientes la clase obrera ha experi- mentado un acelerado proceso de recomposición, con un declive de los sec- tores industriales tradicionales y un considerable crecimiento adicional de los sectores de cuello blanco, distribución y servicio y técnico. No hay nada particularmente nuevo en este fenómeno; de una u otra forma, esto ha su- cedido siempre en la historia del capitalismo, y muy particularmente en el si- glo XX, a través de la verdaderamente dramática desaparición de los trabaja- dores de la tierra en tanto que amplio componente de la clase obrera trabaja- dora. En todo caso, la recomposición de la clase obrera no es sinónimo de su desaparición como clase. Por el contrario, es muy razonable argumentar que ha habido un aumento en el número de asalariados ubicados en los nive, les subordinados del prOceso productivo y que éstos, con sus personas depen- dientes, constituyen la clase obrera de los países capitalistas avanzados y con- forman de lejos la mayor parte de sus poblaciones.
La clase trabajadora no es idéntica a aquella de hace cien, o cincuenta, o incluso veinticinco años. Pero en lo que atañe a su ubicación en el proceso productivo, su poder y responsabilidad muy limitados o inexistentes, su de- pendencia casi total de la venta de su fuerza de trabajo para obtener un ingre-
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so, y el nivel de este ingreso, es tan “clase trabajadora” como sus predeceso- res. Y lo mismo se aplica a esa parte de la población que conforman los tra- bajadores desempleados y otros que no son parte del proceso productivo y dependen por completo O principalmente del seguro de desempleo. Asimis- mo, hay que notar que la clase obrera “tradicional” está muy lejos aún de desaparecer de la escena. En otras palabras, es muy prematuro decir adiós a la clase obrera.
Por lo demás, no hay ninguna buena razón para suponer que la clase tra- bajadora recompuesta sea menos capaz de desarrollar los compromisos y la “conciencia de clase” que los socialistas siempre han tenido la esperanza de ver surgir. La siempre recurrente noción de que la clase obrera contemporánea se ha finalmente integrado al capitalismo, o de que se ha reconciliado irrevo- cablemente con él, o de que se ha disgregado irreversiblemente en elementos divididos y conflictivos, es tan carente de fundamentos hoy como ayer.
Los nuevos movimientos sociales
Es también pertinente hacer notar que la clase trabajadora incluye grandes números de gente que son también miembros de los “nuevos movimientos so- ciales”, o son parte de los grupos en los que estos movimientos desean influir: y su membresía de la clase obrera constituye un elemento de suma importan- cia en su identidad social. Decir esto no es caer en el "reduccionismo de cla- se” que tan fácilmente achaca el nuevo revisionismo a Marx. Más bien es un caso de lo que podría llamarse "relacionismo de clase” la insistencia de que la clase es un factor crítico y decisivo del “ser social"
Este punto exige que abundemos. Es posible que las mujeres trabajadoras, o los Obreros negros, o los trabajadores homosexuales, sientan en su ser más interno que es como mujer o negros u homosexuales que se definen a sí mis- mos, y que es como tales que experimentan la explotación, la discriminación y la opresión. Sin embargo, el hecho de que sientan que es así, si bien es un asunto de la mayor importancia, no por ello implica que se trata de una re- presentación fidedigna de la realidad. Dicha realidad. que incluye la explota- ción, la discriminación y la opresión a que se ven sujetos los negros. los homo- sexuales y las mujeres, es conformada de manera crucial por el hecho de que son trabajadores. ubicados en un punto particular del proceso productivo y de la estructura social. Los negros. los gays y las mujeres de clase alta pueden también experimentar la discriminación y opresión: pero la experimentan de manera distinta. Una trabajadora blanca experimenta sobreexplotación y opresión; y una trabajadora negra las experimenta de tres maneras: como rre- gra, como mujer y como trabajadora; y estas opresiones múltiples se combi- nan, desde luego. Oponer sexo y clase. hacer de sexo O raza O cualquier cosa el criterio que define el “ser social" c ignorar o minimizar el hecho de clase.
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significa contribuir a ahondar las divisiones que están presentes en la clase trabajadora.
El seccionalismo, el sexismo y el racismo existen. Sin embargo, no está de más recordar que en muchas ocasiones han sido parcialmente superados enel curso de la lucha; que los trabajadores en diferentes inserciones ocupaciona- les, hombre y mujer, negro y blanco, han luchado a veces solidariamente con- tra un enemigo común; e incluso que millones de trabajadores, pese a todas sus divisiones y divergencias, se han vinculado entre sí, así sea tenuemente, gracias a su apoyo común a partidos cuyo hincapié no estribaba en divisiones seccionales u otras sino a la solidaridad de clase y el propósito mancomunado; y que no existe conflicto inherente que deba separar para siempre a un traba- jador de otro.
Nada de esto alcanza para borrar la discriminación y opresión que a diario los trabajadores practican contra los trabajadores, pero de todas maneras es importante que los socialistas no hagan de esto una barrera insuperable, de forma que lo nrás que pueda esperarse es que se forjen alianzas pasajeras y lle- nas de sospechas mutuas entre socios naturalmente antagónicos. No sólo es más deseable, sino más razonable, enfatizar la necesidad de reconciliar las di- ferencias, así como el grado en que éstas, aunque reales, son parte de un contexto dado. En Wigan Pier Revisited, Beatrix Campbell nos dice que em- prendió su viaje “como-el tipo de feminista que decía: ‘no son los hombres, es el sistema‘ “, pero que su viaje la convenció de que “los hombres y la mas- culinidad, en sus manifestaciones cotidianas e individuales, constituyen un bloque sistemático de resistencia a las mujeres de su propia comunidad y cla- se. Son culpables tanto los individuos varones cuanto los movimientos que los hombres han formado dentro de la clase obrera”5 No cabe duda de que “el sistema" no puede explicarlo todo, no digamos excusarlo todo. Pero de nada sirve, al menos en términos socialistas, lanzar este veredicto general y sin ex- cepciones de culpa colectiva de los “hombres”
Aquí es pertinente la experiencia dela huelga de los mineros, O más'bien la experiencia de las mujeres-en la huelga.En su capítulo sobre los mineros —epí- tomes de “masculinidad” según ella—, Beatriz Campbell alude-al “culto de la masculinidad en el trabajo y el juego y la política” que “prospera tan sólo en las exclusivas masonerías de los hombres, con sus códigos secretos que hacen de las mujeres inmigrantes en sus propias comunidades" Y sin embargo, al mismo tiempo que se publica el libro de Campbell, esas supuestas inmigran-
5 B. Campbell, Wigan Pier Revisited, Londres, [984, p. 5. (El título alude al libro-re- portaje que en 1937 hizo George Orwell sobre el desempleo masivo en las áreas mineras de Lancashire y Yorkshire: The Road to Wigan Pier. T.)
6 Ibid., p. 98. Cursivas‘añadidas.
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tes en sus propias comunidades estaban organizando sus magníficos grupos de apoyo y se paraban hombro con hombro con los mineros en los piquetes de huelga; y no parecía existir un “bloque sistemático de resistencia“ de los mineros hacia lo que estaban haciendo las mujeres: por el contrario. Asimis- mo —y al riesgo de ser objeto de mucho ridículo- vale la pena señalar que el muy denostado y despreciado movimiento sindical ho ha sido del todo in-
consciente de las deformaciones que lo rnerman. El sexismo, el racismo, la discriminación y el seccionalismo son hechos reales en el movimiento obrero, pero por lo general (no siempre) se reconocen como deformaciones, contra- rias a lo que se proclama como los valores y propósitos del movimiento. Es cierto, por supuesto, que los reconocimientos y las proclarnas no bastan, y que lo que importa es la práctica. En este aspecto, hay mucho camino por ha- cer. Sin embargo, sería realmente caer en una “metafísica obrera” el creer que un movimiento que tradicionalmente ha sido dominado por la clase Obrera blanca masculina, procreado en un contexto capitalista competitivo, en un país con una larga historia imperialista, y sujeto a las constricciones y defor- maciones producidas por tal contexto y tal historia, podría dar un gran salto a un reino práctico y teórico en el que se hubieran eliminado todos los defec- tos que lo aquejan. No se trata de pasar por alto estos defectos, sino de luchar contra ellos con la convicción de que son remediables y de que no hay ningún obstáculo insuperable en el llevar la práctica más cerca de lo que se proclama.
Una historia de luchas
Si bien éstas pueden ser cuestiones debatibles, a primera vista no parece ha- ber nada debatible en la observación de que la clase obrera se ha negado con- sistentemente a desempeñar el papel revolucionario que le asignó Marx: des- pués de todo, la evidencia histórica muestra que en ningún'país capitalista avanzado ha hecho la revolución la clase obrera.
Un examen más riguroso de la cuestión, sin embargo. muestra que quizá la evidencia no es tan clara. La afirmación tajante de que la clase obrera nunca ha desempeñado y nunca ha querido desempeñar, un papel revolucionario ignora el hecho de que vastos números de trabajadores, de un extremo de Europa al otro, con frecuencia han desplegado en el siglo XX un activismo militante que tenía claras intenciones revolucionarias o por lo menos fuertes connotaciones revolucionarias: en Rusia en 1917, en Europa oriental, Austria, Alemania e Italia en los años inmediatamente‘posteriores a la primera guerra mundial, en España en los treintas. Tampoco ese activismo militante, aunque en formas menos dramáticas, ha estado ausente en la clase Obrera de Gran Bretaña o Francia o Estados Unidos. Por lo demás, esa afirmación tajante ignora el he- cho de que la resistencia a la ocupación nazi en toda Europa, durante la se-
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gunda guerra mundial, y particularmente en Francia, Italia, Grecia y Yugosla- via- manifestación dramática de lucha armada a escala europea—, fue obra so- bre todo del movimiento obrero, impelido no sólo por la voluntad de libera- ción nacional sino también, y no menos, por .la voluntad de una renovación social completa y revolucionaria. También viene al caso mencionar que millo- nes de obreros en los países capitalistas avanzados han apoyado, desde la se- gunda guerra mundial, a partidos que se comprometían con llevar a cabo tal renovación. Y ha habido ocasiones en los años de posguerra —en Italia, Fran- cia, Portugal, Grecia, Gran Bretaña- en que grandes cantidades de obreros han desplegado el mismo tipo de activismo militante que los obreros demos- traron en períodos anteriores. Esto no significa sugerir que el “modelo” de Marx de la revolución era el correcto: es simplemente introducir un correc- tivo necesario en una versión histórica que sistemáticamente subestirna la in- tensidad y el alcance de la lucha de clases en que los trabajadores han estado enfrascados.
Sin embargo, existe también una razón muy diferente para afirmar que la clase obrera ha jugado un papel más “revolucionario“ en los países de capita- lismo avanzado, que el que comúnmente se le reconoce. Se trata del papel crucial, que nunca ha recibido el reconocimiento que merece, desempeñado por la clase trabajadora en la consecución de las reformas que'han marcado la historia del capitalismo. El hecho de que “las relaciones de producción”, y para el caso las relaciones de vida, sean menos opresivas para la mayoría de los obreros de lo que lo eran hace cien o incluso cincuenta años, en gran medida se debe a la lucha de clase y ala presión desde abajo ejercida sobre los patro- nes y el Estado, así como al impacto directo e indirecto que la clase obrera, a través de sus instrumentos representativos, ha tenido sobre el sistema polí- tico de estos países. Esto no ha significado la toma de Palacios de Invierno, y ciertamente no ha deparado la transformación revolucionaria de las socieda- des capitalistas. Pero ha sido mucho más significativo en su alcance y resulta- dos de lo que transmiten etiquetas como “economicista”, “corporativo” y demás.
Los avances logrados no han puesto fin a la explotación y la opresión, y menos que ninguna a la de las mujeres y las minorías étnicas. Es preciso seña- larlo, pero el hacerlo no debe ocultar los beneficios que han significado mu- chos de estos avances, ni el grado en que han servido para aumentar las ex- pectativas y promover más demandas y avances. Quizás sea correcto descartar la noción de la clase obrera como clase “universal”; pero el hecho es que la clase obrera organizada, en muchas de las demandas que levanta y muchas de las luchas en que está enfrascada, no está peleando tan sólo por sus Objetivos inmediatos, “economicistas” y “corporativos”, sino por toda la clase trabaja- dora y muchos individuos ajenos a ella; y sus luchas abarcan muchos de los
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objetivos de los “nuevos movimientos sociales” y podrían llegar a abarcarlos más plena y eficazmente.7
Las razones de decir esto nada tiene que ver con una idealización senti- mental de la clase Obrera, o con atribuirle un papel privilegiado arbitrario, con el que sueñan los empréSarios intelectuales pero que la propia clase obrera re- chaza. Se trata más bien de que la clase Obrera, masculina y femenina, negra y blanca, empleada y desempleada, joven y vieja, es la que experimenta más agudamente (aunque desigualmente) las contradicciones, constricciones y opresiones del capitalismo; y que esto produce en la clase obrera demandas que nacen de necesidades sentidas. Los marxistas han tendido a exagerar el grado al cual el “ser social” debe producir una conciencia de clase y socialista en la clase obrera. Muchos de los nuevos escritos revisionistas, sin embargo, van directamente al otro extremo: al denunciar el vicio del determinismo eco- nómico o mecánico, sucumben al vicio de una completa indeterrninación. Esto lleva en dirección al subjetivismo, para el cual las nociones de clase, estructura e incluso sociedad dejan de considerarse como instrumental adecuado para el análisis. En esta perspectiva, la ideología se convierte en un supermercado en que diversas elaboraciones o discursos ideológicos se encuentran libremente disponibles, uno (o algunos) de los cuales la clase Obrera (suponiendo que tal cosa exista) habrá de elegir, más O menos según su voluntad, y sin mucha (o ninguna) referencia al “ser social” De hech'o, el “ser social”, en esta perspec- tiva, virtualmente desaparece del todo. En contra de todo esto, es preciso en- fatizar que no hay nada “metafísico”, “teleológico”, “mecanicista”, “econo- micista” “reduccionista de clase” —o cualquier otro pecado que el nuevo re- visionismo achaque a los marxistas- en la creencia de que las múltiples ena- jenaciones engendradas por el Capitalismo, en la clase trabajadora deben pro- ducir presión, desafío, lucha, conflicto, y también una disponibilidad, para no decir más, para las ideas de cambio y renovación radical; e incluso, oso decir, para las ideas socialistas.
Pues después de todo es esto precisamente lo que ha sucedido en los cien años desde la muerte de Marx, para no remontarnos más. No la revolución, no un levantamiento de masas, sino la creación de una densa red de instituciones —partidos, sindicatos, cooperativas, una prensa laborista y socialista, asocia- ciones y grupos de todo género- que constituyen un mundo de la clase traba- jadora, y cuyo propósito es presionar, desafiar, luchar y renovar. La creación
7 Así, Raphael Samuel señala: “Las cuestiones suscitadas por la huelga (mihera) no son cuestiones seccionales. Tienen que ver con la política energética, la ubicación del empleo, la democracia industrial, la responsabilidad gubernamental, el valor adjudicado a la continuidad y la pertenencia, la ética de trabajo, el empobrecimiento regional, el desempleo juvenil, los derechos locales —y los estándares ambiguos y desiguales que perrnean nuestra vida pública“. R. Samuel, “A Plan for Disaster", New Society, 7 de marzo de 1985, p. 368.
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de este mundo de la clase trabajadora no ha sido un proceso sencillo, y su his- toria es tanto de derrotas, retrocesos y traiciones como de éxitos; y sus defec- tos, desde una perspectiva socialista, son fácilmente observables. Pero el pro- ceso ha continuado año tras año y década tras década; y seguirá, mientras du- re el capitalismo. En realidad, tendrá que continuar aun mucho tiempo después. Se le podría desviar, dividir, incluso detener temporalmente y aplastarlo. Aún así, empieza de nuevo, y sigue esforzándose, por la simple razón de que la pre- sión y el desafío son gemelos siameses de la explotación y opresión.
En vista de todo esto, la “primacía” del movimiento Obrero organizado en la lucha deriva del hecho de que ningún otro grupo, movimiento o fuerza en la sociedad capitalista es remotamente capaz de levantar un desafío tan efi- caz y poderoso contra las estructuras existentes de poder y privilegio. De nin- guna manera quiere esto decir que los movimientos de mujeres, negros, paci- fistas, ecologistas, homosexuales y otros no sean importantes, O no puedan tener efecto, o que deban renunciar a su identidad aparte. De ninguna mane- ra. Sólo significa que el principal (no el único) sepulturero del capitalismo sí- gue siendo la clase Obrera organizada. Esta es el necesario, indispensable “ins- trumento de cambio histórico” Y si, como se dice constantemente, la clase obrera organizada se rehúsa a encargarse de la tarea, entonces la tarea no se hará; y la sociedad capitalista pervivirá, generación tras generación, como un sistema social lleno de conflictos, crecientemente autoritario y embrutecedor, empozoñado por su incapacidad para hacer uso humano y racional de los inmensos recursos que el propio capitalismo ha producido -—a menos, desde luego, que el mundo se vea arrastrado a una guerra nuclear. Nada ha sucedido en el mundo del capitalismo avanzado y en el mundo de la clase trabajadora que autorice una visión tal del futuro.
EL ESTADO
Uno de los temas que figura prominentemente en los textos del nuevo revisionismo es el Estado, tema sobre el cual Stuart Hall,. en noviembre de 1984, declaró que era “central en la estrategia de renovación del proyecto socialista”, detectando, asimismo, “una considerable confusión entre socia- listas” a su respecto;8 Según parece, la confusión se debe al hecho de que los socialistas aborrecen del Estado a un nivel, y sin embargo dependen grande- mente de él en otro nivel. Esto, no obstante, no me parece a mí materia de
8 Stuart Hall, “The State-Socialism’s Old Ca‘retaker“, Marxism Today, noviembre de 1984, p. 24. Véase también, como ejemplos del nuevo pensamiento rcvis-ionista sobre el Estado, D. Held y J. Keane, “In a Fit State”, New Socialist, marzo-abril de 1984 y G. Hodgson, “Over-stating-the State”, Marxism Today, junio de 1984.
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confusión, sino de una inevitable tensión en el pensamiento y la práctica so- cialistas, debida al hecho de que los socialistas efectivamente persiguen la su- bordinación del Estado a la sociedad, pero requieren del Estado en la lucha por reformas dentro del capitalismo, y también requerirán de él (aún si es un Estado diferente) para defender y mantener un régirrien poscapitalista.
A Stuart Hall le parece que el uso del Estado para propósitos de reforma ha significado un cambio en su naturaleza. “Todavía hablamos del ‘Estado capitalista’. Pero de hecho ya no nos comportarnos como si tuviera un carác- ter de clase único, monolítico. la izquierda, pese a su retórica, tiene también su parte del Estado: el Estado bienestarista que distribuye beneficios a los necesitados; atiende las necesidades de la sociedad; redistribuye recursos a los menos favorecidos; proporciona servicios y comodidades; y todo sobre una base universalista, no conforme a los términos mercantiles de la ‘capaci- dad de pago’ .”9 Este es un caso notable de concepción equivocada del signifi- cado de la medidas bienestaristas de que se hace cargo el Estado. Tales medi- das en cierta medida afectan las formas como la explotación y la dominación se experimentan, pero no destruyen ni amenazan el sistema cuya esencia son, precisamente, la explotación y la dominación. Lo que hace el Estado en esa área constituye una respuesta a las incitaciones y presiones ante las cuales él es el único ente facultado para actuar, y ante las cuales actúa con la convic- ción de que su respuesta sirve para fortalecer, no para debilitar el sistema que el Estado procura defender. El cumplimiento de la “función bienestarista” del Estado no lo despoja en absoluto de su naturaleza clasista.
No hay nada extraño en el hecho de que los socialistas procuren ampliar la función bienestarista del Estado: tal ampliación es un bien en sí misma, una victoria, conforme a la formulación de Marx, de la “economía politica del tra- bajo” sobre la economía política del capital, una forma de elevar y aguzar las demandas y expectativas hacia el capital y el Estado, una manera de fortalecer y ampliar el sentido y el alcance de los derechos ciudadanos: en breve. parte intrínseca de la lucha de clases. Como también lo es la denuncia de la mez- quindad con que el Estado acompaña SU desempeño dela "función bienesta- rista”, en marcado contraste con su conducta manirrota cuando se trata de los gastos en armamentos.
El nuevo revisionismo denuncia el “estatismo” y el "socialismo adminis- trado estatalmente”; y hay mucha sustancia y razón en sus críticas al centra- lismo, la burocracia, el poder arriba y la pasividad abajo. Pero aun así es peli- groso que los socialistas se nieguen a ver que el Estado es (desafortunada- mente) de importancia decisiva para todo aquello que ellos mismos quieren conseguir. Stuart Hall obviamente tiene razón cuando rechaza “la idea de un
9 lbid.. p. 26. Subrayado de Hall.
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Estado que se encarga de todo, que absorbe toda la vida social, todas las ener- gías populares, todas las iniciativas democráticas, y que —así sea benévola- mente- gobierna a la sociedad en vez del pueblo”.10 Pero no tiene menos razón cuando reconoce el papel que incumbe al Estado y habla de un “dile- ma” basado en una “realidad contradictoria” y que expresa la consigna “En y en contra del Estado” ¡1 Este punto es crucial para toda noción de avance socialista, pues es por medio de la acción estatal (aunque de ninguna manera tan sólo mediante la acción estatal) que los socialistas pueden esperar efecti- vamente el subyugar y disolver el poder capitalista: mediante un Estado gran- demente transformado en su estructura y su personal, pero un Estado de to- das maneras.
El nuevo revisionismo subestirna o ignora en todo momento el hecho de que el tipo de cambio implícito en la noción de socialismo es una empresa muy ardua, no sólo porque la clase trabajadora tal vez no lo apoye, sino también porque la clase dominante se le opone, y se le opondría aun si la clase trabajadora llegara a apoyarlo fervientemente. La “clase dominante” no es una mera expresión: denota una concentración de poder muy real y temible, una asociación cercana entre el capital y el Estado capitalista, una fuerza combinada de poder de clase y poder estatal, armada con vastos recur- sos, y decidida a usarlos plenamente, de consuno con sus aliadOs extranjeros, para impedir un desafío efectivo a su poder. El nuevo revisionismo, a mi en- tender, no toma este poder con la debida seriedad: la mayor parte de los tex- tos relevantes se ocupan muy poco de reconocer y analizar su naturaleza y significado, así como las implicaciones para una estrategia socialista que sea realista.
El poder dual
Se puede derrotar el poder dela clase dominante y de sus aliados; pero pa- ra ello se necesita un Estado eficaz. Decir esto no implica ser estatista, elitista, antidemocrático o machista (“el Estado es masculino”), ni ignorar los peligros que esconden estas etiquetas. Pero la manera de Obviar estos peligros no con- siste en devaluar y negar el papel de Estado, sino en procurar combinar el po-
‘° Ibid.. p. 27.
H Loc. cit. Marx, que aborreeía el Estado, sin embargo entendió su necesidad en aras de poder promover legislación social. En las “Instrucciones a los Delegados de Ia Primera Internacional al Congreso de Ginebra de 1866”, insistió en que crertos adelan- tos “solo pueden lograrse si se convierte la razón social en fuerza social, y, en ciertas circunstancias, no hay otro método para lograrlo más que mediante leyes generales, sancionadas por el poder del Estado”. K. Marx, Instructions for Delegates to the Geneva Congress, in The First International and After. Penguins Books, ¡974. p. 89.
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der. estatal con el poder de clase desde abajo, en un sistema de “poder dual“ que haga jugar su papel a un conjunto de fuerzas populares —partidos, sindi- catos, concejos obreros, gobierno local, grupos de mujeres, grupos de negros y activistas de toda índole- en un ejercicio democrático del poder y de auto- gobierno máxinro en los procesos productivos y en toda otra faceta de la vida. Pero el Estado debe de ner un papel importante en todo el proceso. Stuart Hall concluye-el artículo que he mencionado refiriéndose a “los sitios diferen- tes desde los cuales todos podemos ya iniciar la reconstrucción de la sociedad, de la cual el Estado es el guardián anacrónico”.12 Esto es demasiado simplis- ta. El Estado hoy en día no es un “guardián anacrónico”: está involucrado crucialrnente, desde arriba, en la lucha de clases. Y no será tampoco un guar- dián anacrónico en cualquier futuro previsible. Deberá ser mucho más que un guardián, no sólo para convencer y subyugar la resistencia reaccionaria al avance socialista, sino también para cumplir muchas funciones diferentes, in- cluido el arbitraje entre las diversas y posiblemente conflictivas fuerzas subsu- midas bajo la rúbrica “poder popular” Una consideración sobria nos asegura que el propio poder popular deberá ser regulado durante un largo tiempo luego de que se haya creado una sociedad poscapitalista; y será un (radical- mente transforrnado) Estado, auténticamente democrático, representativo y llamable a cuentas, el que funcione como tal institución reguladora. Es sobre tal Estado y sus diversos órganos locales y regionales que recaerá la tarea de proporcionar .la protección última para los derechos pol íticos. civiles y socia- les; y el Estado será el último recurso contra las manifestaciones de sexismo. racismo, discriminación y los abusos de poder que difícilmente serán algo desconocido incluso cuando el capitalismo haya sido trascendido.
ICL PARTIDO LABORISTA Y l- L AVANCl" SOCIALISTA
Me aboco ahora a algunas cuestiones políticas más imnediatas. Uno de los temas más insistentes del nuevo revisionismo británico se refiere al declive del apoyo por el Partido Laborista en la clase trabajadora y el movimiento organi- zado, así como el apoyo popular que ha suscitado el “tlratcherismo” Como señalé antes, fue en septiembre de 1978. antes del "invierno del: descontento" y de la victoria conservadora en las elecciones de 1970, que Eric Hobsawm se preguntaba si “la marcha adelante de los trabajadores" se hab ía detenido. y de hecho se respondía afirmativarnente. De igual manera. fue en enero de 1979 que Stuart Hall advirtió contra el avance de un "populismo autoritario". mismo al que describió como “una forma excepcional del Estado capitalista; a diferencia del fascismo clásico. conserva casi toda (aunque no toda) la insti-
‘2 |bid., p. 29.
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tución representativa formal, y al mismo tiempo ha sido capaz de construir en tomo suyo un consentimiento popular activo” '3
Desde entonces esas premoniciones, esos temores, se han repetido y vuelto a repetir a raíz de las victorias electorales de los conservadores en 1979 y 1983, y de la incapacidad. del Partido Laborista (y de los sindicatos) para ofrecer una oposición eficaz al “thatcherismo” La declinación del apoyo electoral 'de la clase trabajadora al Partido Laborista, desde 1951, está am- pliamente documentada y no puede cuestionarse. Pero la significación de esa declinación, sus causas, consecuencias y remedios, son asuntos cuyo trata- miento pOr el nuevo revisionismo debe decididamente cuestionarse.
El thatcherismo
Primero, sin embargo, ocupémonos del “thatcherismo”, y su atractivo popular. El “thatcherismo” es una forma mucho más vigorosa de lucha de clases entablada desde arriba que las formas utilizadas por los conservadores a partir de la segunda guerra mundial, con un prejuicio antisindical muCho más fuerte y una determinación mucho mayor de reafirmar la autoridad de los empresarios, deprimir salarios, reducir el efecto de colchón protector de los beneficios bienestaristas, “remercantilizar” la salud, la educación, el transpor- te y otros servicios colectivos y bienestaristas, fortalecer la autoridad y el po- der del Estado (pese a todas sus declaraciones “libertarias”) y legitimar sus medidas y programas mediante una frenética apelación al nacionalismo (a pesar de que Gran Bretaña sigue subordinada a los Estados Unidos), amén claro, de su anticomunismo. Se trata de un programa bastante terrible, y la señora Thatcher es una política lo suficientemente ambiciosa, decidida y desdeñosa como para llevarlo, si se le permite, mucho más lejos de lo que lo ha llevado hasta la fecha. De hecho, una cosa que es realmente nueva del “thatcherismo” es que Margaret Thatcher es el primer Primer Ministro Británico que transmite la muy fuerte impresión de que podría, en circuns- tancias apropiadas, desempeñar cómodamente el papel de un Pinochet, o por lo menos de una Indira Ghandhi en los días infames dela Emergencia, y desde luego en nombre de la democracia, la libertad, la ley y el orden, la lucha contra la subversión y la defensa de la Constitución.
Es por ello que es tan importante juzgar con precisión el atractivo popular del “thatcherismo” También en este caso Stuart Hall ha sido el más articula- do y elocuente de los muchos postulantes de la Opinión de que ese atractivo
la S. Hall, “The Great Moving Right Show”, Marxism Today, enero dc 1979, repro- ducrdo en M. Jacques y S. Hall. comps.. The Politics of Thatcherism, Londres, 1983.
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es a la vez amplio y profundo enla clase trabajadora y el movimiento obrero: “La señora Thatcher claramente es dueña del don de traducir esta visión [ de una sociedad de mercado libre] a las expresiones familiares de la vida cotidia- na en medida mayor que su mentor [Sir Keith Joseph]. Tiene el toque popu- lista [.' ] su honda penetración en el corazón mismo del movimiento obrero está a la vista [ ] Paradójicamente, Thatcher sí eleva una pulgada odos los corazones y las mentes, pues aún si es vil, corrupta y monstruosa su visión del futuro, por lO menos sabemos en qué consiste”.1 4 Y más recientemente: “La nueva derecha combina elementos viejos y nuevos. Se apoya en el viejo léxico del torysmo orgánico y patriótico, pero combina esto, con una especie virulen- ta de económía neoliberal y una agresiva religión del mercado. Es esta nove- dosa combinación la que ha establecido una especie de cabeza de puente po- pular en la comunidad” .1 5
Mucho de lo que ha escrito la izquierda en años recientes ha sido de natu- raleza muy similar, y sugiere enfáticamente que el “thatcherismo” se ha ga- nado los corazones y las mentes de una parte muy grande de la clase trabaja- dora y del movimiento obrero; en otras palabras, que en Gran Bretaña ha ocu- rrido un vasto y catastrófico corrimiento político e ideológico hacia —el con- servadurismo thatcherista.16 No existen buenas pruebas de ello. Es pertinen- te -—aunque no sea un gran consuelo— señalar que el Partido Conservador siempre ha contado con una medida muy Sustancia] de apoyo obrero en las elecciones. En lo que a esto respecta, a los conservadores les fue mucho mejor bajo Baldwin en 193] y 1935, cuando obtuvieron más de 50 % del voto, que bajo Thatcher en 1979 y 1983. De hecho, también les fue mejor en las elec- ciones de los años cincuenta, y en 1'970 bajo Edward Heath. En 1979 y 1983. los conservadores obtuvieron apenas un poco más del 40 % de los votos emi- tidos; y sólo consiguieron atraer a poco más del 30 % del electorado. Además, un porcentaje un poco menor del electorado optó por los conservadores en 1983, con relación a 1979.
Estas no son cifras que indiquen ningún gran crecimiento ideológico y po- lítico hacia el “thatcherismo” Tampoco indican tal cosa los sondeos de opi- nión.17 Esto no es un argumento en favor de la complacencia: sirva tan sólo para señalar que lo que confronta la izquierda no es un impulso hacia el con-
” s. Hall, “Whistling in the Void“, New Socialist, mayo-junio de l981.pp. 11, 12. ‘5 s. Hall, “Faith, Hope or Clarity", Marxism Today, enero de 1985. p. 16.
16 Así, Beatrix Campbell escribe en Wigan Pier Revisited que “las movilizaciones de decencia y patriotismo de Orwell son una intervención importante en la cultura socialis- ta. Pero para Orwell el sentido común es algo unificado y sencillo, y son precisamente las virtudes que afirma las que siempre ha secuestrado la derecha, nunca más efectivamente que en los años ochen ta, con la bronca renovación operada por el thatcherismo”, op. cit.. p. 2l8. Subrayados míos.
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servadu rismo y la reacción, sino una enajenación muy marcada de los trabaja- dores respecto del Partido Laborista, lO cual es una cuestión muy distinta. Es- to lo confirma claramente el hecho de que la mayor parte de las deserciones del Partido Laborista en las elecciones generales de 1983 fueron en beneficio de la alianza SDP/ Liberal, y no de los conservadores; los exvotantes laboris- tas que optaron por la Alianza estaban Obviamente expresando una preferen- cia por partidos en oposición declarada al “thatcherismo”
Respuestas populares
Vienen al caso algunas otras observaciones sobre las actitudes populares en años recientes. La primera: ocho millones y medio de electores, la mayo- ría de clase obrera, votaron por el Partido Laborista en 1983; si tomamos en cuenta la condición del laborismo en ese momento y el tipo de campaña elec- toral que llevó a cabo, se trata de un hecho verdaderamente notable, mucho más notable que las deserciones que ocurrieron, y es testimonio de un apoyo popular de fuerza y resistencia extraordinarias.
En segundo lugar, hay que mencionar el aumento de la membresía Sindi- cal, que con justeza destacan los autores de Class Politics: “De 1969 a 1979, la membresía sindical creció de 10,5 millones a casi 13,5 millones, luego de mantenerse estancada en los veinte años previos [ . . ] sean cuales sean los resultados de las encuestas de opinión, la popularidad de los sindicatos, medi- da según la membresía, reveló un crecimiento sin precedentes en los años se- tenta en diversas secciones de la población”.“3 También señalan que desde entonces ha habido una cierta declinación como consecuencia del gran incre- mento del desempleo. La membresía sindical nO significa un compromiso po- lítico con la izquierda; pero aún menos sugiere una adhesión al “thatcheris- mo” Después de todo, uno de los puntos principales de su dogma es su hosti- lidad al sindicalismo.
En tercer lugar, es necesario, al juzgar el atractivo del “thatcherismo”, que
H Así, James Curran señala, en oposición al argumento de Stuart Hall de que el “thatcherismo” ha socavado “el caso popular en pro del socialismo bienestarista” y “de- salojado a las políticas reformistas”, que un estudio reciente, British Social Attitudes: the 1984 Report, muestra que la inmensa mayoría de la gente se opone a una política de gastos reducidos en los rubros de salud y educación (85%), se opone al desarrollo de un servicio de salud en dos categorías (64%) y está a favor de una política económica di- rigista y reformista: creación de empleos por el gobierno, proyectos de construcción (89%), control de importaciones (72%), control de precios (70%) y un programa cuya prioridad sea combatir el desempleo y la no inflación (69%) (...) El discurso thatcherista de incentivos no ha disminuido la opinión de la gran mayoría (72%) de que la distancia entre los ingresos altos y bajos es demasiado grande”. “Rationale for the Right”, Mar- xism Today, febrero de 1985, p. 40.
la Class Politics, cit., p. 5.
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se insista en que, en términos económicos, ha sido un fracaso pavoroso. Fuera de un grupo por cierto grande de aduladores, nadie cree realmente que That- cher, pese a su pretensión y arrogancia, haya hecho nada para remediar los males económicos de la Gran Bretaña, o que su gobierno propone algo serio que pueda remediarlos. LO único que ha mantenido a flote al gobierno es el petróleo de Mar del Norte; sin él, estaría en desesperados aprietos. Casi toda la gente sabe que la Gran Bretaña se encuentra en un atolladero terrible; y que mucha gente de la clase trabajadora —mucha más de la que cree el nuevo revisionismo- sabe que lo único que ha logrado el “thatcherismo” en estos seis largos años es empeorar las cosas.
¿Qué hay, pues, del declive del apoyo al Partido Laborista“? Era de esperar- se que gente interesada en la renovación socialista llevara a cabo un estudio penetrante de las razones de tal declive; en realidad , lo que el nuevo revisio- niSmO ha dicho sobre sus causas —y sus remedios- no es muy esclarecedor.
El declive del Partido Laborista ha tenido lugar bajo los auspicios de un li- derazgo casi exclusivamente compuesto de gente que pertenece a la derecha y el centro del partido, y que como es natural realizaron políticas. en el país y en el exterior, congruentes con su disposición ideológica y política. Por ello. no parece del todo irrazonable sugerir que tales políticas pueden haber te; nido algo que ver con el creciente alejamiento popular del Partido Laborista. El argumento, desde luego, no es que la clase trabajadora clamaba por más so- cialismo y se apartó del laborismo cuando sus líderes no suministraron el di- cho socialismo. El argumento es más bien que las políticas que implementa- ron tales líderes dieron pie a menos y menos razones para votar por el Parti- do Laborista. Lo increíble, digánroslo de nuevo, es que tantos trabajadores se hayan mantenido fieles al laborismo. Sin embargo. la responsabilidad por el declive y el fracaso no se puede achacar tan sólo a individuos como Wilson y Callaghan, aun si su responsabilidad es mucha: más bien debe atribuirse a toda una orientación política, cs decir, la socialdernocracia y su voluntad de administrar el orden social capitalista sin nunca intentar llevar a la practica una transfomración radical de ninguno de sus rasgos básicos.
Sería erróneo sugerir que este triste desempeño no ha sido objeto de crí- tica, y crítica severa, en los textos del nuevo revisionismo. Por el contrario. hay muchas referencias en esos.textos a la diversidad de fracasos y abando- nos de] laborismo en el curso de los años: aunque no son tan específicas co- mo debieran en cuanto a la responsabilidad por la declinación del apoyo al la- borismo que debe achacarse a la teoría y práctica de la socialdemocracia. Más interesantes, cmpero, c instructivas sobre las tendencias del nuevo revisionis- mo, son las posiciones que éste adopta respecto a las luchas de la izquierda “tradicional”, tanto dentro como fuera del Partido Laborista.
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Tales luchas son desde luego tan antiguas como el propio Partido Laboris- ta: lO que les dio una intensidad excepcional en los años posteriores a 1979 fue precisamente la sombría experiencia de los períodos de Wilson y Calla- ghan, la determinación de la izquierda laborista de empujar al partido hacia posiciones más radicales, y la incapacidad del liderazgo laborista para some- ter y suprimir a sus críticos. No cabe la menor duda de que, hace veinticinco años, los nuevos revisionistas de“ hoy con edad suficiente para involucrarse en política estuvieron del lado de la iunierda laborista, separados de ella tan sólo por la creencia (muy legítima) de que la izquierda laborista de entonces no se ubiCaba muy a la izquierda. Lo mismo no puede decirse de su posición respecto de las luchas actuales en el Partido LabOrista. Lo que uno observa es más bien un marcado distanciamiento tanto respecto de la izquierda labo- rista como de la izquierda ubicada “más allá de tales posiciones, e incluso una buena dosis de impaciencia y hostilidad. La creencia actual es que la izquier- da “tradicional”, y ante todo los marxistas que forman parte de ella, son ana- crónicos, “fundamentalistas”, incapaces de. encarar la dura realidad, autori- tarios, estatistas y desde luego sexistas; y muchos de los textos del nuevo revi- sionismo p'arecen sugerir O implicar que tales deformaciones son de tan hon- da implantación que son virtualmente irremediables.
Eric Hobsbawm ocupa su propio sitio particular en el espeCtro del pensa- miento revisionista, dentro del cual probablemente es considerado a su vez por muchos como un representante eminente de la iunierda “tradicional” En todo caso, no ha ocultado su impaciencia con aquella gente —los partida- rios de Benn y otros- que hicieron campaña por una política de izquierda en el Partido Laborista luego de 1979. En octubre de 1983 argumentaba que, para mucha gente de izquierda, antes de las elecciones generales de ese año, “un gobierno Tatcher era preferible a un gobierno laborista reformista”, y por ello pensaban que “la elección era una derrota de todas formas, de modo que no importaba mucho si los potenciales votantes laboristas se sintieran pera plejos y desmoralizados por el espectáculo de los líderes y activistas del parti- do que se hacían trizas en público desde hacía años a propósito de cuestiones de difícil comprensión”.19
En un número subsiguiente de Marxism Today, Eric Heffer rechazó vigoro- samente la aseveración de que mucha gente de izquierda prefería un gobierno Thatcher a un gobierno reformista de los laboristas; y creoque tenía la ra- zón.20 Más importante, sin embargo, es el impaciente desinterés de Hobs- bawm respecto a los conflictos del Partido Laborista, mismos que considera no sólo dañinos sino, por lo que parece, virtualmente sin sentido. En conse-
¿Z E. Hobsbawm, “Labour‘s Lost Millions”, Marxism Today, octubre de 1983, p. 8. E. Heffer, "Labour’s Lost Millions II”, Marxism Today, diciembre de 1983.
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cuencia, en marzo de 1984 afirmaba que por ningún motivo debía producir- se “un reinicio, por cualquiera de las partes, de la suicida guerra civil en el Partido Laborista”.2 1
La izquierda y la “unid ”
No cabe duda de que se deben evitar las “suicidas guerras civiles”, pero esa invocación equivale en rigor a insistir en la necesidad de “unidad” Sin embargo, esto es ignorar el hecho de que la unidad siempre se fragua con- forme a los términos de los líderes, y que sin fuertes presiones y luchas, los líderes laboristas no habrán de avanzar mucho en una dirección radical, in- cluso cuando están en la oposición para no decir nada de cuando están en el gobierno. No es una exageración decir que esto se aplica tanto a Neil Kinnock. Roy Hatterskey y'sus colegas como a sus predecesores. Hobsbawm dice que “ciertamente el futuro descansa en un Partido Laborista que se desplace a la izquierda”.22 Más aún, se compromete con la afirmación tajante de que “nos guste o no, el futuro del socialismo se dará a través del Partido Laborista”.23 Sin embargo, hay que decir que, si esto ha de significar algo en realidad, se necesitará mucha más presión de la izquierda que la que Hobsbawm está dis- puesto a aceptar. Aquí hay una contradicción irresuelta; de todas maneras, el peso del argumento se dirige innegablemente hacia lo que él llama “radicalis- mo miope y sectario”.24
Desgraciadamente, la alternativa propuesta queda muy alejada de cualquier tipo de radicalismo. Hobsbawm dice que “el Partido Laborista debe, por su- puesto, recuperar el apoyo de la clase obrera en su conjunto”, pero también debe “convertirse, una vez más, en el partido de todos los que quieren demo- cracia, una sociedad mejor y más justa, independientemente de la etiqueta de clase que les atribuyen los encuestadores e investigadores de mercado: en su- ma, para usar la vieja consigna laborista, ‘todos los trabajadores manuales y mentales’; y esto no sólo incluye-a la vasta mayoría de ciudadanos británi- cos asalariados”.25 Sin embargo, el Partido laborista nunca ha gozado del
21 E. Hobsbawm, “Labour: Rump or Rebirth?“, Marxism Today, marzo de 1984. p. 12. Subrayado de Hobsbawm.
2’ Ibid., p. 8. 3 Loc. cit. 2‘ Ibid., p. 11.
25 u y . . ,' . .t . ¡ü o Labour s Lost Millions , c1t.. p. 9. Tambien dice: No hay nada oportumsta en la creencra de que la carrera armamentista nuclear es un camino al desastre. y cuando lo dice. el laborismo esta ya solicitando un apoyo más allá de las distinciones de clase. No .es
oportunista creer que podemos y debemos atraer a todas las mujeres y todos los jóve- nes (...)".
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apoyo de la clase obrera “en su conjunto” Y tampoco ha sido nunca el par- tido de “todos los trabajadores manuales y mentales”. Si lo hubiera sido, sus resultados electorales hubieran sido muy distintos. Pese a ello, Hobsbawm quiere que el Partido Laborista vaya allende esa “vasta mayoría de ciudada- nos británicos asalariados” y atraiga (presumiblemente) a amplios sectores de la sólida burguesía.
El problema con este tipo de atractivo es que siempre conlleva una agudo atenuamiento de los compromisos radicales, como también un antagonismo no menos fuerte hacia la izquierda, la cual naturalmente se opone a ese atenuamien- to. En su famosa alusión a la posibilidad de que tal vez debería considerarse un acuerdo electoral con la Alianza SDP/ Liberal en las próximas elecciones, Hobs- bawm dice que “debe encontrarse una forma de unir a la mayoría de la gente que se opone al torysmo” .26 Pero al tipo de política al que apunta este argumen- to es el menos capacitado para lograr tal objetivo. En efecto, exige una búsqueda constante de “fórmulas” capaces de acercar a gente que se encuentra dividida a propósito de cuestiones fundamentales; es una receta perfecta para actuar blandengue e indecisarnente en la oposición, y_ para fracasar, por ineficacia, en el gobierno. Lo mismo debe decirse de la idea propuesta por Martin Jacques y Stuart Hall en su introducción a la compilación Politics of Thatcherism: que lo que necesita del movimiento obrero es “la construcción del más amplio conjunto de alianzas contra el thatcherismo, lo cual implica, en‘ primera ins- tancia, posiblemente objetivos bastante modestos”.27 Si bien algo pudiera decirse en favor del “más amplio conjunto de alianzas”, nada semejante puede decirse de los “objetivos bastante modestos” que aquí se proponen. Cierta- mente nada podrá. incapacitar y desarmar más al movimiento obrero que esto, y anular, precisamente, su habilidad para ser la fuerza organizadora de un conjunto de alianzas que abarcara a esa “vasta mayoría de ciudadanos bri-
tánicos asalariados” Sólo un programa radical, nada modesto en sus objeti- vos, en el que se crea firmemente y que defiendan inequívocamente sus im- pulsores, puede ser el cemento de una alianza tal, y tal vez obtener el apoyo delos segmentos burgueses que Hobsbawm quiere atraer.
Eric Hobsbawm ha sido durante cincuenta años un hombre resueltoy fir- me en la izquierda. No sólo es uno de sus intelectuales más dotados y distin- guidos, sino también un hombre de gran honestidad, cuyas réplicas a las controversias que ha generado han sido modelo de sobriedad y moderación. Lo que se encuentra detrás de su argumento es un conjunto de temores per- fectamente honorables. En un artículo publicado en enero de 1983, Hobs- bawm decía: “Es patente el peligro de una derecha populista y radical que se
26 lbid. Subrayado por Hobsbawm. 27 The Politics of Thatcherism, cit., p. 16. Subrayados míos.
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desplace aún‘ más a la derecha. El peligro es particularmente grande porque hoy día la izquierda está dividida y desmoralizada, y sobre todo porque vas- tas masas británicas, o en todo caso inglesas, han perdido toda esperanza y confianza en los procesos políticos y en los políticos: cualquier político”.28 El peligro es ciertamente real. Pero la manera como Hobsbawm se propone enfrentarlo me parece a mí más susceptible de agravarlo.
El espectro an tiizquierda
Otros, en el espectro de pensamiento que estoy discutiendo, ocupan posi- ciones un tanto distintas. Pero su hostilidad a los empeños de izquierda es también muy notable. Raphael Samuel, por ejemplo, en vísperas de la Con- ferencia Anual del Partido Laborista de 1984, publicó un artículo intitulado “Benn Past and Benn Present” que contiene pasajes como éstos: “En el mun- do imaginativo del señor Benn (...) la Conferencia anual cobra el carácter de un ser viviente y consciente, un sujeto colectivo, dotado de mente y perso- nalidad propias (...) A la angustiada pregunta de los partidarios del laboris- mo: ‘¿Qué fue lo que falló?’, el bennismo replica con una respuesta deslum- brantemente simple: ‘Las decisiones de la Conferencia nunca se cumplie- ron’. (...) Los hipócritas tributos a las bases, como también, dado el caso, a los sindicatos, son de aquellos que constituyen el privilegio, y el deber, del que se mantiene aparte (...) es dificil no recordar el clásico tono de cone descendencia con que los patricios suelen desde siempre proclamar su amor por la p'lebe”. * Y también: “La tragedia del señor Benn es que desposó la causa del socialismo en el momento mismo en que, según podemos apreciar ahora, en Gran Bretaña y en el resto de Europa (del este y del oeste) dejaba de ser una fe obrera. El rechazo a reconocer este nuevo fenómeno debe de ser el origen de la tirantez de su retórica”.29 Al leer el artículo de Raphael Samuel, es di- ficil tener presente que ningún laborista que haya sido miembro del gabinete (sin excluir a Nye Bevan) ha sido tan explícito, específico y cabal como Benn en su denuncia de la estructura bIlÍál‘lÍCü de poder económico, social y polí- tico. Esto no significa que no merezca criticas. Pero denigrar no es criticar, y más vale dejarlo en manos de los enemigos del socialismo.
Por su parte, Stuart Hall escribía en la primavera de 1983, luego de que los mineros votaron contra ir a la huelga, que “imaginar que la gente sacrifi- cará sus medios de vida siguiendo las aseveraciones no probadas de sus lide- res significa malinterpretar la relación entre líderes y tropa y mal entender
28 Hobsbawm. “Falklands Fallout". Marxism Today, enero de 1983. p. 19.
*' lïl político_Tony Benn, caudillo del ala izquierda del laborismo, es de origen aris- tocratrco. Para enfatizar su oposición a su clase. renunció a su titulo de nobleza y modi- trco su apellido. que solía ser Wedgwood-Benn. (T.)
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la racionalidad de la acción de clase. (...) A los mineros se les ofrecieron tres razones para votar a favor de la huelga: en memoria de los que habían cons- truido el sindicato; por el bien de sus familias; y ‘como hombres’, que tienen el deber de ponerse en pie y pelear. Encendidos sentimientos. Y sin embargo, e’n su trayectoria hacia atrás, en sus suposiciones familistas y masculinistas, esas palabras tienen un retintín arcaico a mis oídos. La causa es correcta. El lenguaje es un lenguaje moribundo”.3o Menos de un año después de que escribió lo anterior, los mineros fueron a la huelga, y la mantuvieron durante. un año, y-Stuart Hall pudo decir que “indudablemente la huelga de los mine- ros ha generado una enorme energía y confianza en la izquierda”.31
Por su parte, Beatrix Campbell, en el libro que ya he citado, interpretó el rechazo de los mineros a embarcarse en la acción industrial en 1982 como una confirmación de “la sospecha de que se han acabado los viejos modos de en- tablar la guerra de clases”.32 No era una sospecha que compartieran los pro-
pios mineros, ni por cierto el gobierno Thatcher.
A fines de 1984, Beatrix Campbell estaba también muy enojada con Tariq Ali por haberse atrevido a sugerir, en un libro que a ella le pareció “aburrido” (su libro de entrevistas con Ken Livingstone, Who’s Afraid ofMargaret That- cher?), que “un proyecto socialista serio enla Gran Bretaña requiere la fusión del alcance teórico de una amplia capa de marxistas (...) con la destreza, la pericia y el valor de líderes capaces de comunicar con millones de seres como Benn, Scargill y Livingstone”.33 El comentario de Campbell es el siguiente: “Los Tres Mosqueteros. Esto equivale al cursi elitismo de extrema izquierda, disfrazado como un nuevo tipo de intervención popular en la política (...)
29 R. Samuel, “Benn Past and Benn Present”, New Statesman, 28 de setiembre de 1984, Subrayados míos.
3° “Whistling in the Void”, cit., p. 12. 3‘ “Faith, Hope or Clarity”, cit., p. 18.
32 The Road to Wigan Pier, cit., p. 114. Sus comentarios sobre la huelga de los mi- neros sugieren que Campbell la veía como una lucha entre “la derecha dura” y la “iz- quierda dura”; y es a ésta a la que reserva sus comentarios más vitriólicos. Sin embargo, nada de lo que decía —aseguraba a sus lectores- era “un argumento contra la lucha, es simplemente un argumento contra la amnesia y la trotshabla”. [Trotsspeak, como en el Newspeak de Orwell; el prefijo trots deriva de trotskismo. T.] (B. Campbell, “Politics Old and Newl”, New Statesman, 8 de marzo de 1985, p. 24). También informa, con obvia aprobacion, d'e mujeres que apoyaban la huelga y se sentían enajenadas respecto de "los hombres, que se comportaban como hombres, coléricos, brutales, inútiles. Un bando es tan malo como el otro" (ibid.). Sus propios ataques a la izquierda, cn todo caso, de- muestra que la brutalidad verbal no es un monopolio masculino. Subrayados míos.
33 B. Campbell, “Politics, Pyramids, and People”, Marxism Today, diciembre de
1984, p. 25. Véase T. Ali y K. Livingstone, Who ’s Afi'aid et Margaret Thatcher?, Verso Londres, 1984.
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El precepto de Tariqes en realidad la rehabilitación de una vieja fórmula de organización política (...) Desde luego es una pirámide; las vanguardiassiem- pre lo son, y en la cima hay muy, muy poca gente”. No ha de sorprender que Tariq Ali describiera esto (y muchas otras cosas en la misma vena) como una caricatura demagógica del argumento que él proponía: “El ataque contra el elitismo fundamentalista es demagógico, porque incluso el más radical de los libertarios tiene que procurar ser más ilustrado, activo y organizado que la masa de ciudadanos. La única manera de evitar esta acusación seria hundirse en una completa pasividad y agnosticismo” .34
En su artículo, Beatrix Campbell también dice que “esta noción de van- guardia va (...) justamente contra lo que era interesante 'del GLC,* a saber, que suministraba recursos'a facciones pobres de política popular que ya esta- ban involucradas en cambiar las condiciones materiales en que vivía la gen- te”.35 Típicamente, lo que aquí se omite es que fue una organización, en la que había lideres, quienes de buen o mal grado, constituyeron una “vanguar- dia”, la que fue capaz de suministrar recursos a la gente mencionada. Es irn- portante que entendamos la base de la que surge este tipo de pensamiento. Surge de u'n conjunto de identificaciones negativas: la política de clase se identifica con una disolución “reduccionista” de la diversidad, con un “economicismo” estr’echo y frecuentemente con un chovinismo masculino. La organización se identifica con la burocracia, el liderazgo con el elitismo, los compromisos fundamentales con una miopía “fundamentalista” En otras palabras, vicios y deformacines reales, que son parte del asunto, se tra- tan como si fueran el todo, y como virtualmente inerradicables. Esto es pro- fundamente destructivo. En muchos casos, estas identificaciones negativas han llevado a un rechazo completo de la práctica política socialista. En el ca- so del nuevo revisionismo, ha llevado a otras cosas: como un estrecho localis- mo de base, emparentado con lo que Raymond Williams ha llamado el “par- ticularismo militante”, sumamente lleno de sospechas respecto de todo lo que está más allá de él. Esto es el reverso del sesgo centralista que con fre- cuencia ha afligido a la izquierda. Pero el localismo es también una deforma- ción; más atractiva que el centralismo, pero incapaz de presentar un ‘desaf io efectivo a un sistema de poder sumamente cOncentrado. En años recientes ha habido notables iniciativas y avances en los niveles municipal y comunitario; y- por supuesto que hay que celebrarlos y apoyarlos. Pero el “socialismo en una sola loCalidad” no sustituye a la práctica. política nacional en la que es- tán obligdos a intervenir los socialistas.
34 T. Ali, “Politics and Pyramids", Marxism Today, enero de 1985. p. 40.
* GLC: Greater London Council. Ayuntamiento dcl Gran Londres. (T.) 35 Campbell, art. cit., p. 25.
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LA DIMENSION INTERNACIONAL :
Toda esta discusión es muy provinciana y estrecha, pero es un hecho que los escritos de que me he ocupado no hacen virtualmente ninguna referencia a la cuestión de la Gran Bretaña en el mundo. Aquí hay una vasta zona de casi total silencio. Esto es tanto más notable cuanto que dicha cuestión tiene una relación de lo más directa con muchos de los temas políticos que preocupan a la gente ubicada en el espectro de pensamiento que estamos considerando.
Puede suponerse que toda esta gente desea ver algunas reorientaciones fun- damentales de la política británica exterior y de defensa, lo que incluye el desarme nuclear unilateral británico y cerrar las bases nucleares estadouniden- ses en nuestro territorio. También podemos suponer que desean que termine el apoyo británico a la empresa antirrevolucionaria global en que los Estados Unidos se han embarcado desde 1945, en nombre del anticomunismo; y cier- tamente se oponen a la intervención estadounidense en Centroamérica. Mu- chos —quizá la mayoría- también están a favor del retiro británico de la OTAN.
Por lo que toca a las actitudes hacia la Unión Soviética la mayoría de esta gente sin duda tiene un punto de vista agudamente crítico de muchas medidas políticas soviéticas en su territorio y en el extranjero, y tiene la fuerte convic- ción -—en base a muchas razones- de que la Unión Soviética y otros países de tipo soviético están muy alejados de algo que pudiera llamarse una socie- dad socialista. Hay críticos del nuevo revisionismo a los que esto les parce; totalmente aborrecible, una desviación intolerable de lo que consideran que es el camino de la rectitud socialista. Por otra parte, otros críticos del nuevo revisionismo, incluido el presente, no comparten esta opinión, si bien dan gracias —como lo señalé al principio de este artículo- de que en la- izquierda británica no haya habido ese vimiento anticomunismo, más el apoyo a la po- lítica de defensa y exterior estadounidense, que ha sido tan notable en los extramoístas, exestalinistas y otros exizquierdistas de Francia y otros países.
Con todo, las posiciones y los compromisos que tiene el nuevo revisionis- mo respecto a la política exterior y de defensa suponen implicaciones que nunca ha confrontado seriamente; de hecho, nunca las ha confrontado en absoluto. Hay que mencionar dos de esas implicaciones. En primer lugar es- tá el hecho de que los líderes laboristas también tienen sus compromisos y posiciones. Se oponen a ciertos aspectos del intervencionismo estadouniden- se, como por ejemplo en Nicaragua; y formalmente están en contra —pero ¿qué tan firmemente?— de las bases nucleares en Gran Bretaña, los proyec- tiles Cruise y Pershing, los Polaris, los Trident y la Guerra de las Galaxias. Pero también están muy firmemente comprometidos —de esto no hay duda- con la alianza con Estados Unidos y la pertenencia- a la OTAN. Esta combi-
nación es una receta perfecta para la incoherencia y la vacilación, como bien
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quedó demostrado en la campaña electoral en dirección a la izquierda- que es lo que se debe suponer que desea el nuevo revisionismo- tendrá que bregar y presionar mucho, y de buena parte de ello deberá encargarse la iz- quierda “tradicional”, tanto dentro del Partido Laborista como fuera de él. En este aspecto, como en tantos otros, el nuevo revisionismo debería con- siderar a la izquierda “tradicional” como indispensable para sus propios pro- pósitos, y no como una fuerza ajena y sospechosa; y también aquí —aunque sea impopular decirlo- nada se moverá realmente hasta que lo decida la cla- se obrera organizada. Esto ,no significa devaluar la labor de los pacifistas: sólo quiere decir que para que haya un movimiento verdadero se requiere de la clase obrera organizada.
El segundo punto está muy relacionado con el primero. Toda reorienta- ción significativa de la política exterior y de defensa —y el desarme unilate- ral ciertamente lo es- muy definitivamente sería considerada “revoluciona- ria” por un vasto conjunto de fuerzas conservadoras tanto en este país como en el extranjero. En rigor, todo intento serio de un hipotético gobierno la- borista por llevar a cabo medidas como el cierre de las bases nucleares yan- quis y la renuncia al arsenal nuclear británico provocaría una oposición frené- tica en muchos sectores de Gran Bretaña, en los Estados Unidos y en otros países miembros de la OTAN.
Esto subraya las mismas consideraciones que antes hicimos respecto a las medidas socialistas diseñadas para erosionar y disolver las estructuras de po- der existentes. La oposición que suscitaría la reorientación radical, por parte de un gobierno de izquierda, de la política exterior y de defensa actual sólo podría enfrentarse mediante una vasta movilización de muchas fuerzas ex- traídas de muchas fuentes: en el núcleo tendría que estar la fuerza obrera or- ganizada, obreros y obreras, trabajadores blancos y trabajadores negros, tra- bajadores jóvenes y trabajadores viejos. Y esta movilización también requeri- ría la combinación del poder del Estado con el poder de clase, la organiza- ción y el liderazgo con la iniciativa local y la espontaneidad de las bases. En otras palabras, la lucha, tanto por el socialismo como por la paz, requieren un sistema de alianzas populares: y sólo la clase obrera organizada puede for- mar la base de ese sistema.
Una de las consignas que más se escuchan en la izquierda hoy en día es “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad“ Siempre se le atri- buye a Gramsci, pero é] en realidad la tomó de Romain Rolland, quien per- tenecía a una tradición política muy distinta. La izquierda la adopta de bue- na gana para consagrar la única sabiduría apropiada para la época presente; pero en realidad es una pésima consigna para socialistas. Nos dice que la ra- zón dicta la convicción de que nada ha .de culminar como debiera, que la de- rrota es mucho más probable que el éxito, que la esperanza de crear un or- den social libre de explotación y dominación es probablemente ilusoria; pero
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que de todas maneras hemos de empeñamos a pesar de todos los pesares, con un ánimo resuelto y desesperanzado. Es una consigna “noble”, plena de pa- thos romántico, pero desprovista hasta del mérito de lo plausible; pues difí- cilmente puede haber mucho empeño si la inteligencia nos dice que la empre- sa es vana, sin esperanza, perdida. Y sin embargo, es en este ánimo que se en- carna mucho del pensamiento del nuevo revisionismo.
Hace veinticinco años, cuando esta revista (New Left Review) se creó, en- tre quienes la crearon no había quien pensara que se hallaban en una escalera mecánica de la historia que los llevaría inevitablemente a la tierra prometida de un socialismo fácil de realizar. Pero tampoco había la sensación de que la empresa socialista, el proyecto de crear una sociedad cooperativa, democráti- ca e igualitaria, era ilusoria. Pese a todos los rudos golpes que la causa socialis- ta ha recibido en los últimos veinticinco años, no hay ninguna buena razón para creer tal cosa.
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Debates _ HR H S Tercer mundo AÏÉÉÏÉÏ'ÏÉ-tïg-Ïvïmmïz Noms SOBRE LA mo DE OBRA EXCEDENTARIA
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IV. EL FIN DEL VI- LA CUESTION DEL CAPITALISMO DE ESTADO
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II. ¿ADONDE VA EL EXCEDENTE ECONOMCO QUE SE GENERA EN LA ARGENTINA?
Alfredo Eric Calcagno
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CUESTIONES MARXISTAS DISPUTADAS *
Entrevista de V. Mikecin con Adolfo Sánchez Vázquez
¿Qué significa en tu opinión la tesis comúnmente admitida de que el pen- samiento de Marx es un pensamiento de su época?
Si parafraseando a Hegel decimos que todo pensamiento es el pensamiento de su época expresado en conceptos, esto se aplica justamente a Marx. Su pensamiento sólo puede entenderse en estrecha relación con su tiempo, es de- cir, históricamente. Pero ¿de qué tiempo se trata? Marx piensa ante todo la realidad capitalista de su época: incipiente, en Alemania; inmadura, en Fran- cia; y desarrollada en Inglaterra. ¿Significa esto que Marx, co'mo teórico del capitalismo, queda anclado en el siglo XIX? Sabemos que ésta es una de las objeciones más fuertes de sus adversarios ya que, de. ser válida, lo anularía. como teórico del capitalismo y de la revolución. Pero el pensamiento marxia- no no se deja encerrar en esta división de siglos. Marx es sobre todo el pensa- dor que pone al descubierto la estructura fundamental del sistema capitalista, las contradicciones antagónicas entre el capital y el trabajo asalariado, el se- creto de la explotación capitalista, y todo ello sin desconocer las peculiarida- des del capitalismo e'n nuestro tiempo, rebasa el marco de su época. En este sentido pertenece a un período histórico y social que todavía no ha recorri- do totalmente su ciclo. La'época teorizada por Marx no aprisiona su pensa- miento. Pero, ciertamente, su relación con su tiempo tiene que ser reconside- rada desde nuestra época. Y, al hacerlo, tendremos que reconocer que en el pensamiento marxiano coexisten lo que sobrevive y lo caduco, lo que rebasa su tiempo_y lo que hoy tropieza con límites insuperables.
¿Se trata de un pensamiento superior respectoa otras corrientes filosófi- cas e ideológicas?
Se trata, en verdad, de un pensamiento superior en el sentido que interesa específicamente a Marx: el de la transformación radical del mundo del hom- * Reproducido de Cuadernos Políticos No 42 — México - 1985
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bre, de la que es elemento esencial el análisis de las posibilidades, objetiva- mente fundadas, de esa transformación. En este sentido, sin negar el papel de otras corrientes del pensamiento, ninguna aporta una contribución compara- ble a la de Marx. En esta contribución reside su superioridad. Y no es casual el hecho generalmente admitido de que en toda la historia del pensamiento no se encuentre una teoría que haya tenido una influencia práctica tan ex- tensa y profunda como la de Marx. Para encontrar algo semejante, habría que salir del marco propio del pensamiento conceptual, racional, y buscarlo en doctrinas religiosas, como las de Cristo, Mahoma o Buda.'Ahora bien, en un plano propiamente filosófico no ha habido ni hay en la actualidad un pen- samiento que pueda comparársele.
¿Significa esto que se trata de un pensamiento insuperable de nuestro tiempo (como decia Sartre en su Cr ítica de la razón dialéctica)?
No creo que pueda hablarse de un pensamiento insuperable, entendiendo éste en su justo sentido: como un pensamiento cuyas verdades sean absolu- tas (como sucede con las proposiciones matemáticas o lógico-formales). Aho- ra bien, como pensamiento de nuestra época y, por tanto, de una realidad y una praxis históricas, el pensamiento de Marx no puede dejar de ser negado y superado. ¿Qué quedará del pensamiento marxiano —basado en el paradigma de la producción—, cuando se llegue a una sociedad superior, en la que domi- ne —como se dice en El Capital- como esfera propiamente humana, la de la libertad, justamente la esfera que está más allá de la necesidad del trabajo, de la producción material? ¿No tendrá que ser superado ese paradigma teórico de la producción puesto que lo será por la propia realidad? Sin tener que es- perar a ese futuro todavia lejano, hay que reconocer hoy día que una serie de tesis de Marx han sido y han de ser superadas. Naturalmente, el grado de superabilidad del pensamiento marxiano es histórico también. Pero en tanto que la explotación y enajenación inherentes al capitalismo se mantengan, el pensamiento de Marx como pensamiento de la emancipación y desenajena- ción sigue siendo irrebasable. Lo es también en el sentido de Sartre en cuanto que hoy no es posible pensar y actuar socialmente sin referencia a Marx. Pero nada de esto significa que sea asirnilable a un corpus irrebasable de verdades absolutas. Sólo un pensamiento —como el teológico- que por supropia natu- raleza rechaza medirse con la realidad puede pretender ser insuperable. Lo cual no quiere decir que ignoremos que cierto marxismo, dogmático, contra- rio al pensamiento de Marx, se considere a sí mismo irrebasable.
¿Qué aspectos del pensamiento de Marx pueden retenerse como más vita- les. y más fecundos para un análisis actual?
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En primer lugar, está la revolución que opera en la historia de la filosof ía al concebir el mundo no sólo como objeto a transformar, sino también al transformar la función misma de la teoría al integrarla como momento esen- cial de la actividad práctica, transformadora, revolucionaria ( o praxis). En segundo lugar, está su concepción materialista de la historia que ha permiti- do fundar y desarrollar las ciencias sociales e históricas y, con ello, propor- cionar las categorías y el- método neceSarios para los análisis concretos que han de permitir fundar las acciones objetivas y racionales de los hombres. En tercer lugar, tenemos el descubrimiento de las leyes del modo de producción capitalista y con ellas el secreto de la explotación del trabajo asalariado, lo que ha permitido elevar la conciencia y organización de las clases trabajado- ras. En cuarto lugar, el haber mostrado el papel de la enajenación en la so- ciedad moderna que hoy se confirma plenamente al extenderse de la esfera de la producción a la del consumo con la consiguiente manipulación de las necesidades hasta en los estratos más íntimos y profundos del individuo. Con base en estos descubrimientos, tenemos en quinto lugar la fundamen- tación de la necesidad y posibilidad históricas del tránsito a una sociedad su- perior o “asociación libre de productores” en la que los hombres sean los verdaderos dueños de su destino. Finalmente, sigue aún más viva que nun- ca la exigencia de someter a una crítica incesante —como pensaba y lo hacía Marx- todo lo existente, incluyendo por supuesto en nuestra época lo que se piensa y se hace en su nombre. Estos aspectos del pensamiento marxiano hay que considerarlos vigentes y fecundos para todo análisis social en nues- tro tiempo y, en consecuencia, para elevar la conciencia y la acción en toda transformación revolucionaria de la realidad. No es casual que los revolucio- narios de América Central se apoyen hoy en estos aspectos más vitales del pensamiento de Marx.
¿Cuáles son hoy dia los puntos (tesis, conceptos) caducos, inadecuados o superados del pensamiento marxiano con respecto a las exigencias de nuestro tiempo?
Hay ciertamente aspectos del pensamiento marxiano que, medidos con la vara de nuestro tiempo, resultan caducos, inadecuados o superados. Y forzo- samente ha de haberlos si se considera su carácter histórico, su atención sobre todo al desarrollo del capitalismo europeo. Algunos de esos aspectos fueron corregidos ya por el propio Marx o pueden corregirse a partir de su pensa- miento. Otros, siendo caducos e inadecuados, los mantiene hoy cierto marxis- mo contra la realidad misma, razón por la cual es importante mostrarlos para ser fieles a Marx (no a su letra sino a su espíritu). Entre esos aspectos caducos inadecuados o superados, podemos citar: primero, el tributo que Marx rinde a la filosofía hegeliana de la historia al postular cierta racionalidad universal
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que se ejecuta sobre todo en Europa, como centro de la historia, frente a los “pueblos sin historia”, y que encarna una clase social particular (ayer la bur- guesía; hoy el proletariado). Esta concepción que une a su universalismo cier- to finalismo (la marcha inexorable de la historia hacia un fin), y que el propio Marx corrigió en los últimos años de su vida en su correspondencia con los populistas rusos, reaparece en ciertolmarxisrno contemporáneo que postula unas leyes universales de‘la historia que garantizarían la marcha inevitable ha- cia el socialismo. Este aspecto del pensamiento de Marx esa mi modo de ver uno de los más inadecuados. Tampoco es aceptable hoy la confianza de Marx en el potencial revolucionario de la clase obrera occidental y, por tanto, en su inmunidad al virus ideológico burgués; este optimismo de Marx no se ha justificado, sobre todo en los últimos decenios. De modo análogo, la sobre- estimación del papel de las fuerzas productivas hoy resulta cuestionable ya que por un lado, no toma en cuenta suficientemente su tremendo poder des- tructivo y, por otro, entraña cierto economicismo que, durante largas déca- das, ha dominado en el marxismo. Son notables igualmente las limitaciones del penmmiento marxiano —explicables tras los excesos imaginativos del so- cialismo utópico- en la caracterización de la sociedad futura y, sobre todo, en los problemas de la transición que Marx sólo concibe —coherentemente- como transición del capitalismo al comunismo y no como transición al so- cialismo, que es justamente lo que ha planteado la experiencia histórica. Fi- nalmente, la prioridad del dominio de clase hace que en el pensamiento marxia- no se desdibuje la existencia de otras formas de dominación —nacional, ra- cial, sexual o étnica- que cobran gran "importancia en nuestra época: Cierto es también que hay toda una serie de exigencias actualesa las que sería ocio- so e injusto tratar de encontrar respuesta en Marx, por la sencilla razón de que no podía ni tenía por qué darlas en su-tiempo. Por ejemplo, el problema de la acumulación originaria (del que Marx se ocupó con respecto al capitalismo) no existía ni podia existir para él en el socialismo, tomando en cuenta lo que entendía por período de transición al comunismo.
¿En dónde se sien te más el estancamiento del pensamiento marxista?
Cuando se habla de estancamiento del pensamiento marxista, conviene fi- jar sus límites. Ha habido largos años —sobre todo bajo la égida del stalinis mo- no ya de estancamiento sino de verdadera esclerosis. Lo que pasaba por pensamiento marxista era sólo la adhesión formal a Marx que ocultaba la justificación ideológica de una práctica política. Esta situación cambia —en grado menor en los países socialistas, mayor fuera de ellos—- en la década de los sesenta. Es entonces cuando se siente la necesidad de recuperar la teoría marxista y de enriquecerla para hacer frente a nuevos y grandes problemas: cambios en la naturaleza del capitalismo, del imperialismo y del Estado bur-
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gués, revolución científico-técnica, amenaza de guerra nuclear, irrupción en el escenario histórico de los pueblos del llamado Tercer Mundo, naturaleza de las sociedades del “socialismo real” y de las nuevas revoluciones (yugoslava, china, vietnamita, cubana, nicaragüense), estrategia revolucionaria en los países capitalistas desarrollados, etcétera. La recuperación y el enriquecimien- to de la teoría marxista, no obstante las esperanzas suscitadas por el XX Congreso del PCUS, siguen tropezando con graves obStáculos en los países socialistas. La condena del “pluralismo” ahoga toda posibilidad de confron- tación seria de ideas (con la excepción de Yugoslavia). Sin embargo, el pen- samiento marxista ha logrado desarrollarse en Occidente, en algunos países del Tercer Mundo y, en ocasiones, escapando al rígido control, en los países socialistas en los más diversos campos: filosof ía, materialismo histórico, economía, teoría política, estética, teoría de las ideologías, etcétera. Se establece así un claro contraste entre este flOrecimiento y el estancamien- to de ayer (y de hoy en las regiones en que sigue reducido a la simple justifi- cación ideológica de una práctica política burocratizada). Ahora bien, no obstante lo que se ha recuperado y avanzado en el terreno teórico en estos dos últimos decenios y medio, hay que reconocer: primero, que el pensamien- to marxista se halla a la zaga con respecto a las exigencias que antes hemos señalado de la realidad actual; segundo, que este auge de la teoria (pese a sus limitaciones) no se encuentra justamente vinculado con la práctica: con los movimientos políticos y sociales y, en particular, con los partidos que se consideran marxistas, o marxistas-leninistas. La teoría se desenvuelve en muchos casos por el cauce de un marxismo académico y los partidós a su vez se muestran, en muchos casos, indiferentes a la teoría o se conforman con una papilla teórica compatible con las exigencias inmediatas de un pragmatismo político. Pero, en verdad, tanto si la teoría se aparta de la práctica como si ésta deja de enriquecerse con ella, el marxismo se ve afectado negativamente, puesto que sólo existe propiamente en la unidad de una y otra. Ahora bien, el problema no tiene una solución fácil, porque si la práctica revolucionaria necesita de la teoría para desarrollarse, la teoría sólo puede alcanzar su signifi- cado práctico, revolucionario, en relación con la actividad práctica, revolu- cionaria de las masas. Por tanto, la falta de esta práctica no puede dejar de limitar —e incluso estancar- a la teoría.
Ante tantisimas “definiciones” del pensamiento marxiano y marxista, ¿en que consistiría la diferencia, especifica de este pensamiento? Una de estas
definiciones afirma que el pensamiento marxista es el pensamiento de la revolución.
Yo creo que lo que lo caracteriza es ser ante todo un pensamiento emanci- patorio. Sn partir de esta premisa fundamental no puede entenderse el pen sa-
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miento marxista. Pero, siendo fundamental, no basta para distinguir al marxis- mo, pues doctrinas emancipatorias han existido desde hace siglos. Sin re- montarnos a los viejos proyectos de salvación de las religiones, basta recordar las doctrinas socialistas y comunistas contra las que él reaccionó justamente por su utopismo. El segundo rasgo esencial, y éste sí es distintivo, es que su contenido liberador se funda en una teoría de vocación científica, raci0nal que descubre la necesidad histórica y la posibilidad de la realización del proyecto emancipatorio marxista. Ciertamente, la teoría no funda la inevitabilidad o fatalidad, pero sí la posibilidad y viabilidad, de que ese proyecto se realice, dadas determinadas condiciones que toca a la teoría esclarecer. Y, en tercer lugar, se trata de una teoría que no se limita a dar razón, a interpretar la realidad, a mostrar la necesidad y posibilidad del cambio social sino que por su función práctica se integra en ese proceso de realización, en estrecha unidad con la práctica. De est0s tres rasgos son los dos últimos los que distin- guen específicamente al pensamiento marxiano y marxista de cualquier otro (idealista, cientificista, religioso, reformista, utópico o humanista abstracto). Ahora bien, en cuanto que la sustancia de esta definición está en el momento práctico, transformador del mundo, es decir, revolucionario, es legítimo de- finir ese pensamiento como pensamiento de la revolución.
Pero al decir revolución, ésta no debe ser reducida a la pura y simple revo- lución politica,a la cuestión de la toma del poder, etcétera. Marx habla por ello de la revolución social que engloba la totalidad de la vida del hombre; esto es: todo el ser social.
Aclaración muy pertinente. Ciertamente, ya desde sus trabajos de juven- tud, Marx estableció claramente esta distinción al afirmar que no podían confundirse la emancipación política y la emancipación social, humana. Más tarde precisa esta distinción al delimitar las relaciones entre revolución política y revolución social. Ambas son indisociables, pues para Marx la revolución política (como toma del poder político por la clase obrera) sólo es el primer paso o condición necesaria para iniciar la revolución social, enten- dida como cambio radical de toda la estructura social. La revolución que se reduce a su contenido político no hace más que conservar en otra forma la enajenación propia de todo poder estatal. Ahora bien, la revolución política sólo puede contribuir a superar esa enajenación y a desembocar, por tanto, en una verdadera revolución social, si al mismo tiempo el nuevo poder político prepara las condiciones para su propia extinción. Ya la experiencia histórica de la Comuna de París, a través de las medidas adoptadas por el nuevo Estado, le había permitido a Marx ver cuál es el tipo de Estado que lejos de cerrar, abre el paso a_ una revolución social. O también —dicho con palabras del propio Marx: se trata de la diferencia entre la “revolución social que conserva
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su alma política” (que mantiene y refuerza el Estado) y la “revolución polí- tica cuya alma es social” (o sea: aquella cuyo Estado prepara las condiciones, con su gradual extinción, para que la sociedad sea dueña de su destino). Las revoluciones de nuestro tiempo que conservan su “alma política” y con ella la absorción de la sociedad por el Estado, reafirman la necesidad de la distinción marxiana entre una y otra revolución, y de reservar la expresión de “revolu- ción social” para aquella que cambia todo el ser o estructura social.
En la concepción de Marx de la primera fase de la revolución el sujeto re- volucionario de masas es el proletariado ( la clase obrera j; ¿es sostenible y vá- lida hoy f y en qué sentido) esta teszs de Marx?
Para responder a esta importantísima cuestión no hay que atenerse literal- mente a los textosde Marx sino atender ante todo a la experiencia histórica. Algunos han pretendido liquidar la cuestión afirmando lisa y llanamente que el proletariado es una invención de Marx, lo cual no es totalmente falso si se quiere decir que inventa o construye su concepto, entendiendo con él la clase social constituida por los individuos (obreros) que para subsistir se ven. obligados a vender su fuerza de trabajo. Pero, ciertamente, es'falso, si se di- ce —y es lo que se quiere decir— que el concepto marxiano de proletariado no responde a la realidad. Ahora bien, cualesquiera que sean sus modalidades es- pecíficas desde Marx a nuestros días, el proletariado existe efectivamente jus- tamente porque existe el capitalismo con su terrible realidad. Una vez precisa- do esto, abordaremos la cuestión del proletariado como sujeto revoluciona- rio, según Marx. En un sentido u otro, con uno u otro fundamento, lo cierto es que Marx ha visto en el proletariado al sujeto revolucionario por excelen- cia. Primero trató de fundar esta tesis filosófica e Mstóricamente en sus traba- jos de juventud; más tarde, en su madurez, la fundamentó por la posición que el obrero ocupa en el sistema de producción capitalista. Pero considerar la naturaleza revolucionaria de la clase obrera exclusivamente por su posición económica, es caer en un economicismo que el propio Marx trató de superar al mostrar que la clase obrera sólo se constituye propiamente como tala tra- vés de un proceso histórico de luchas, aunque su condición de clase en si se halle determinada en definitiva por suposición económica. Ahora bien, Marx no se ha limitado a sostener la naturaleza revolucionaria de la clase obrera, si- no que la ha convertido en el sujeto único revolucionario (Manifiesto) aunque en escritos posteriores (particularmente en aquellos en los que analizó la ex- periencia revolucionaria del 48 en Francia), ha reconocido el papel revolucio- nario de otras clases (y especialmente, la de los campesinos). Pero mientras que estas clases pueden actuar revolucionariamente'en ciertas circunstancias históricas, la clase obrera es para Marx por su posición económica, histórica
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y social la única clase revolucionaria. Reconsiderando esta tesis a la luz de la experiencia histórica de nuestro siglo puede afirmarse que la clase obrera es potencialmente revolucionaria y que una serie de experiencias históricas (re- voluciones rusas de 1905 y 1917, revoluciones europeas —-alemana y húnga- ra— de los veinte, huelgas generales posteriores en Italia, España, Francia, etcétera) demuestran que ese potencial se realiza en ciertas condiciones his- tóricas. Pero la experiencia demuestra también que, durante los últimos dece- nios, en los países capitalistas más desarrollados —Estados Unidos, Inglate- rra, Alemania Federal—, ese potencial no se realiza y, por el contrario, se produce cierta integración de la clase obrera en el sistemacapitalista. Esto puede explicarse por diversos factores que Marx no tomó -—o no pudo to- mar- en cuenta: la influencia de la elevación del nivel de vida en su desmovi- lización revolucionaria y la penetración de la ideología burguesa —particular.- mente a través del reformismo socialdemócrata- en la clase obrera, etcétera. En consecuencia, la tesis marxiana de la clase obrera como sujeto revolucio- nario no puede aceptarse en términos absolutos a menos que se acepte una de- terminación directa de la política por la economía, o de la conciencia de clase por la posición económica. La validez de esta tesis es relativa si se tiene pre- sente que el potencial revolucionario de la clase obrera- si bien no puede desaparecer mientras subsiste el antagonismo fundamental entre capital y trabajo asalariado, inherente al sistema capitalista- sólo puede realizarse temporalmente, en condiciones históricas y determinadas.
¿Se puede hablar de nuevos sujetos de la revolución socialista, ya sea en los paises capitalistas altamente desarrollados, ya sea en los paises del llamado Tercer Mundo?
Si la tesis marxiana de la clase obrera como sujeto revolucionario debe ser reducida a sus justos límites (como clase potencialmente revolucionaria), la tesis de su centralidad o exclusividad revolucionarias no puede considerarse hoy válida, si es que alguna vez lo fue. Así lo confirma la historia real. Inclu- so en la revoluciones proletarias nunca tuvo ese papel exclusivo, incomparti- do. En la Revolución Rusa de 1917 el proletariado sólo pudo cumplir su pa- pel revolucionario en alianza con los campesinos y en la Revolución China. tras el fracaso de la revolución proletaria de 1927, el sujeto revolucionario central fueron los campesinos; en la Revolución Cubana (a la que la clase obrera se incorporó tardíamcnte) se contaban entre los sujetos revoluciona- rios los estudiantes y la pequeña burguesía. En la actualidad, en los países capitalistas desarrollados, particularmente en los europeos. han surgido nue- vos sujetos que si bien no luchan claramente por una perspectiva socialista se definen como anticapitalistas: son los movimientos feministas, nacionales, ecologistas y pacifiStas. Estos nuevos sujetos no se identifican con un partido
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determinado ni tienen un determinado carácter de clase, pero en cuanto que responden a antagonismos engendrados por el capitalismo son también suje- tos políticos revolucionarios en la lucha anticapitalista. Como movimientos que son rebasan —en su acción- los límites de clase y partido, Esto, que- ‘constituye su fuerza, constituye también su debilidad ya que carecen de la cohesión y estabilidad tan necesarias en la lucha revolucionaria. En cuan- to a los países del Tercer Mundo, las luchas actuales —en Centroamérica por ejemplo- demuestran que el sujeto revolucionario no es la clase obrera, sola o en alianza con los campesinos, sino que es un bloque o frente amplio de obrer08,campeSÍIl08, intelectuales, estudiantes, comunidades indígenas que forman —sin un significado populista- el pueblo en armas. Al igual que los movimientos sociales de los países capitalistas desarrollados, este sujeto rebasa los límites de clase, pero a diferencia de ellos tiene su expresión política orga- nizada (como el FMLN en El Salvador o el FSLN en Nicaragua). Este nuevo sujeto revolucionario es el que libra la lucha popular contra el imperialismo que explota a la nación y contra la oligarquía que —como testaferro del ene- migo exterior— explota internamente al pueblo (en El Salvador) o pretende volver a explotarlo (en Nicaragua). Puede hablarse, por tanto, con base en la experiencia de nuestro tiempo, de nuevos sujetos en la lucha anticapitalista tanto en los países altamente desarrollados como en los países del llamado Tercer Mundo.
¿Qué consecuencias tiene todo esto para la forma-partido? ¿Cómo afecta sobre todo a la teoria leninista clásica del Partido?
Es bien sabido que Marx consideraba que el protagonista revolucionario fundamental era la clase; sin embargo, no dejó de subrayar por ello el impor- tante papel de los partidos obreros —así en plural- en .la lucha por el socia- lismo y, dentro de ellos, el papel de los comunistas por su superioridad teóri- ca y práctica frente a los demás partidos, como se dice en el Manifiesto. Pero es bien sabido también que la teoría del partido revolucionario fue elaborada por Lenin, particularmente en ¿Qué hacer?, y que sus principios organizati- vos —dejando a un lado en este momento las aberraciones stalinistas- son' los que han dominado siempre en el movimiento comunista mundial y siguen dominando en gran parte todavía. Sin embargo, no obstante la pretensión de universalidad teórica y práctica de la teoría leninista del partido, esa pre- tensión es hoy menos válida que nunca. Tres limitaciones fundamentales, de origen, la invalidan. En primer lugar, su dependencia de las circunstancras históricas concretas en que surgió; segundo, la separación entre teoría y práctica en que reposa, ya que entraña la dualidad del que sabe (el partido) y de las masas necesitadas de ese saber que sólo puede ser llevado a ellas des- de fuera, desde el partido; tercero, el predominio del centralismo sobre la de-
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mocracia interna; su verticalidad y monolitisrno que impiden respectivamente la participación de la base en la elaboración y control de las grandes decisio- nes, la circulación horizontal de ideas e informaciones y el libre juego de tendencias (no de fracciones) dentro del partido. Como demuestra claramen- te la experiencia histórica de más de medio siglo, esta forma-partido impide las justas relaciones entre la dirección del partido y la base, y entre el parti- do y las masas. Pero la forma-partido sigue siendo necesaria a condición de que tanto sus dirigentes como el partido en su conjunto comprendan, como decía Marx, que los “educadores también deben ser educados” Lo cual sig- nifica igualmente: que el partido no puede considerarse como un fin en sí mismo sino como un medio en las luchas de clase o populares. Ello significa también que por ser u‘n instrumento inseparable de cierta estrategia, no pue- de existir una forma-partido universalmente válida para todos los tiempos y todas las situacione s históricas.
El problema clave del periodo de transición es, sin duda alguna, el proble- ma del Estado. Sobre esto, ya sea en el pasado o el presente, reina una verda- dera confusión en la teoria marxista. La praxis enseña que en la mayor parte de los paises que han seguido la via de la transformación socialista, el “Esta- do socialista ” se refuerza, mien tra que —según las enseñanzas del marxismo de Marx y Engels- deb ia comenzar a desaparecer. ¿Qué piensas acerca de todo esto?
Ciertamente, la falta de una teoría elaborada del Estado en Marx ha dado lugar a una confusión y contraposición de interpretaciones, particularmente en torno a los problemas de las relaciones actuales entre Estado y sociedad civil, autonomía del Estado, estrategia revolucionar-ia frente al Estado demo- crático-burgués, etcétera. Pero, con todo, no obstante las carencias de Marx y Engels y de las actuales concepciones marxistas del Estado, ciertos rasgos esenciales de él propuestos por Marx y Engels y adoptados por Lenin (en
El Estado y la revolución) mantienen su vigencia. Estos son: l] el Estado es siempre un Estado de clase (por tanto, su autonomía por grande que sea, es relativa); 2] el Estado es también siempre (aunque no se reduzca a esto) un aparato coercitivo y, como tal, es la esfera de la “no libertad”; 3] la con- quista de la libertad en una sociedad superior exige que el Estado traspase sus funciones a la sociedad (autogestión cada vez más generalizada); es de- Cir, que se extinga o desaparezca gradualmente. Y 4] en la fase de transi- ción, el Estado socialista lejos de reforzarse como tal debe preparar las con- diciones de su desaparición. Ahora bien la experiencia histórica demuestra que los “Estados socialistas” lejos de preparar su extinción, se han reforzado como Estados. Justamente en torno a esta cuestión reina la mayor confusión. Si se tienen presentes las enseñanzas de Marx, particularmente las que conta-
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giaron con su libertarisrno al Lenin de El Estado y Ia revolución, ¿hasta qué punto puede aceptarse ese reforzamiento del Estado que suele justificarse por las circunstancias concretas que han seguido a la conquista del poder: agresiones externas e internas constantes por parte del capitalismo? Tales agresiones sirvieron de base a Stalin para considerar —refiriéndose expresa- mente a Engels- que la tesis marxista clásica de la desaparición gradual del Estado hab ía perdido su validez. Pero la. justificación no se detiene ahí, sino que se considera necesario reforzar el Estado en todas las esferas —económica, política, cultural- hasta que la sociedad civil entera acaba por ser absorbida por él. Ahora bien, admitida la necesidad de reforzar al Estado para asegurar la existencia de la nueva sociedad frente a sus enemigos, particularmente ex- ternos, ¿por qué ese reforzamiento ha de significar también la exclusión de la democracia y de la autogestión, necesarias para preparar su eventual desa- parición? ¿Es forzoso que 1.o uno niegue a lo otro? Tal es el problema que se plantea hoy a la teoría y a la práctica del socialismo. Creemos que no puede hablarse de una verdadera sociedad socialista si no se atiene a_ esta dialéctica, hasta hoy inevitable, de reforzamiento y debilitamiento gradual del poder es- tatal, al ampliar la democracia real y la autogestión. Creo que en ella pensaban Marx y el Lenin de El Estado y la revolución al conjugar en la fórmula de “dictadura del proletariado” bien entendida la dictadura (el reforzamiento del Estado en cuanto tal) y la democracia para la mayoría (que entraña el debilitamiento gradual del Estado en favor de la sociedad).
Hoy, sobre todo en Occidente, tiene lugar una recuperación o animación de la ideología de derecha, de las ideologías y teorías conservadoras, etcétera. Existe un intento de fundar estas ideologías en descubrimientos científicos ( por ejemplo, en el campo de la biología, de la an tropología física). Se impug- na con argumentos “nuevos” la teoria marxista del valor-trabajo. La Iglesia Católica elabora su propia antropología ( véase la Encr'clica del Papa Wojtila “Laborem exercens'ï) acusando al marxismo de crudo materialismo y econo- micismo y de infiavalorar la personalidad humana, etcétera. En general, se hace un ataque sutil al materialismo histórico, al marxismo. ¿Puedes hacer un breve comentario sobre este fenómeno?
Trataré de hacerlo centrando mi atención en dos de las cuestiones que es- tás planteando: 1a recuperación de la ideología de la derecha y los ataques al marxismo. Ambas cuestiones no pueden ser desligadas puesto que el ataque —burdo o sutil- al marxismo es un componente esencial de la ideología (vie- ja o nueva) de la derecha. En cuanto a] intento de fundarla en la ciencia, y particularmente en la biología, no hay nada nuevo. Recuérdese a este respecto el empeño en fundar biológicamente, en el siglo pasado, las diferencias racia- les humanas y, en particular la posición social inferior de los negros y pobla-
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ciones aborígenes. En los Estados Unidos se pretendía justificar con ello la esclavitud negra y las matanzas de indios. Por supuesto, todo esto carecía de validez científica. Como no la tiene hoy el intento de apoyarse en la socio- biología para dar cuenta de las diferencias y desigualdades sociales entre los individuos con base a sus diferencias genéticas. Ahora bien, por importantes que sean los factores biológicos que se conocen, la pretensión de atribuir a ellos la división y jerarquización sociales, así como las relaciones de domina- ción entre clases, razas y sexos, carece de fundamento científico. La “nueva derecha” al hacer suya la tesis de la sociobiología y de cierta antropología f í- sica de que el comportamiento social de los hombres está determinado por los genes no hace más que defender el status social de la clase dominante con los argumentos remozados —pero no por ello menos falsos- del biologisrno del siglo pasado. En cuanto a los ataques al marxismo como componente esencial de la ideología de derecha y neoconservadora, hay que distinguirlos burdos argumentos —comolos de crudo materialismo, negación de la persona- lidad humana, etcétera- que se repiten desde hace más de siglo y medio, argu- mentos —si así puede llamárseles- que ayer manejó la Iglesia que se alirreó con el fascismo en la lucha contra el pueblo español y que hoy, bajo Wojtila, se alínea con el imperialismo yanqui, en la lucha contra la Revolución Sandi- nista. Pero cierto es también que se hacen ataques más sutiles al marxismo tra- tando de convencer de la imposibilidad de realizar su proyecto de emancipa- ción y, por tanto, de la inutilidad de todo esfuerzo revolucionario, dada su carencia de fundamento racional, objetivo. Otros ataques —-como los de los “nuevos filósofos- no sólo rechazan la plausibilidad del objetivo emancipa- dor, sino también el carácter mismo del marxismo como pensamiento libera- dOr. Todos estos ataques tienen un denominador común: se trata de desmovi- lizar a los que luchan por el socialismo. En consecuencia: no deben ser con- firndidos con las críticas honestas que, dentro del marxismo o incluso firera de él, se hacen a su teoría y a su práctica, con la sana intención de remover los obstáculos que se interponen en la realización de su proyecto emancipador.
¿Qué piensas sobre la relación entre los aspectos cientifico e ideológico del marxismo? Tengo presente la vieja controversia en el marxismo de la Segunda Intemacional (sobre todo en el austromarxismoly la polémica recien- te, especialmente en el marxismo soviético y en el estructuralismo althusse- riano, así como —en parte- en el marxismo italiano y tal vez en México. A mi modo de ver, el marxismo no es ciencia en el sentido tradicional positivista. ni es la ciencia de los positivistas. Pero tampoco es una pura y simple ideologia o teoría de la revolución. Sólo artificialmente podemos separar en el marxis- mo Ios dos aspectos: científico e ideológico. El marxismo “aplicado ”, como nuevo método que investiga determinados aspectos del ser social, se desen-
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vuelve como determinada ciencia (por ejemplo, la sociología). Pero al mismo tiempo es la teoría de la emancipación y por ello es inseparable de su lado ideológico 0 de valor.
Totalmente de acuerdo contigo. Ahora bien, aunque este modo de conce- bir la unidad de los aspectos ideológico y científico está claro en Marx, en la tradición marxista no siempre se ha visto con la misma claridad esa unidad. Tú te has referido, en relación con este problema, al marxismo de la Se- gunda Internacional. En él ciertamente se daba un cientifismo (o absolutiza- ción del aspecto científico) que difícilmente se trataba de conciliar con su aspecto ideológico, que se entendía como un socialismo ético de inspiración kantiana. Pero, desde la_publicación de los Manuscritos‘del 44, la unidad volvió a quebrarse, sólo que esta vez con sacrificio del aspecto científico, al absolutizarse el momento ideológico, humanista. Esto se pone de manifies- to sobre todo en las décadas de los cuarenta y cincuenta, en las interpretacio- nes existencialistas del joven Marx. Cuando ya parecían superadas las viejas concepciones cientifistas, resurgen en la década del sesenta en parte como reacción frente a la inflación “humanista” extendida a partir del XX Congre- so del PCUS. Se separan entonces radicalmente los aspectos ideológico y científico del marxismo para dar una prioridad absoluta a su cientificidad. Es lo que sucede en Italia con el marxismo de Galvano della Volpe y en Francia con el estructuralismo althusseriano, cuyas olas rebasan marcos y fronteras hasta llegar, por supuesto, a México. Para Althusser y sus discípulos el marxis- mo se define ante todo por su carácter científico, razón por la cual lo conside- ran un “antihumanismo teórico”. El humanismo socialista sólo se reconoce como ideología, es decir, separado radicalmente del marxismo como teoría científica. Todo esto viene a enturbiar el sentido mismo del marxismo como fundamento racional (aspecto científico) de su objetivo emancipador (aspecto ideológico). Ahora bien, tanto si se pierde su legitimación científica (lo que sucede no sólo con la inflación “humanista” antes señalada, sino también con el Dia-Mat soviético) como si se pierde de vista su aspecto ideológico o de valor (al entender el marxismo en forma cientifista, positivista) se desune lo que Marx había unido firmemente. Pero sobre esta unidad conviene insistir aunque sea brevemente. Marx: hace a la vez ideología y ciencia: ideología en cuanto que el contenido emancipatorio de su pensamiento expresa intereses, ideales o esperanzas de clase, y entraña por tanto ciertos juicios de valor. A este momento ideológico corresponde su proyecto de transformación revolu- cionaria del capitalismo para llegar a una nueva sociedad: comunista, en su fase superior; socialista, en su fase inferior, de transición. Marx hace ciencia en cuanto que analiza el sistema económico-social que aspira a transformar lo que entraña asimismo una crítica del capitalismo y el esclarecimiento de las condiciones que hacen necesaria y posible (no inevitable) su transforma-
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ción. Ahora bien, al estudiar científicamente el capitalismo no lo haCe en sen- tido positivista (separando hecho y valor) sino en firnción de un proyecto emancipatorio que tiene por valioso. De ahí que concibiera El Capital como un estudio científico pero a la vez como un arma crítica y revolucionaria o, con sus propias palabras: como un proyectil arrojado a la cabeza de la burguesía.
¿En qué sentido la filosofía marxista es una filosofía materialista? ¿Qué significa para Marx la defensa del materialismo? ¿En qué consiste el materia- lismo marxiano comparado con el materialismo tradicional?
La filosofía marxista (o más exactamente: marxiana) es materialista por- que postula, Como clave explicativa del hombre, de la sociedad y de la histo- ria, la prioridad de la existencia material humana y de sus actividades produc- tivas. Se trata de un materialismo centrado en la transformación material de la naturaleza mediante el trabajo humano, transformación en la que los hom- bres conocen el mundo y transforman su propia naturaleza. Esta prioridad de las condiciones materiales de existencia del hombre en sociedad no tiene nada que ver con la prioridad ontológica de la materia en sí con respecto al espíri- tu, dela que habla cierto marxismo, siguiendo a Engels, como “problema fun- damental de la filosofía”, ni con la prioridad gnoseológica (en el terreno del conocimiento) que el realismo tradicional —y cierto marxismo- atribuye al mundo real con respecto a la conciencia que lo refleja. La defensa del mate- rialismo significa para Marx sostener, frente al idealismo, que las ideas y los conflictos sociales tienen su fundamento último en las condiciones y activi- dades materiales de los hombres. Y significa igualmente frente al materialis- mo tradicional que la relación del hombre con el mundo es activa, práctica. Resulta pues que el materialismo marxiano es, ante todo, práctico o praxeoló- gico; es decir, un materialismo centrado en la praxis como actividad trans- formadora del mundo (natural o social) que es a la vez objetiva y subjetiva, material y consciente. Esta significación práctica o práxica es la que lo dis- tingue del materialismo tradicional que, al ignorar el papel central de activi- dad práctica, material, admite la prioridad de la materia en sí con respecto al espíritu, o del ser en sí (la. materia) con respecto al pensamiento.
¿Por qué hase preferido llamar a la filosofía marxiana filosofía de la praxis y no materialismo dialéctica?
La razón es ésta. Aunque Marx no utilizó. nunca ninguna de estas dos expresiones, la primera responde más exactamente que la segunda a la mé- dula del pensamiento marxiano. Antes hemos dicho que se trata de un materialismo centrado en la praxis —como lo manifiesta claramente en las
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Tesis sobre Feuerbach- en tanto que al materialismo dialéctico le interesa sobre todo —como a la ontología tradicional, prekantiana—, el ser en sí, la materia, aunque a diferencia del materialismo metafísico anterior pre- sente a ésta dialectizada. En cambio, a Marx no le interesa el ser en- sí sino el ser mediado por la actividad humana, el ser constituido en y por la praxis. Pero no se trata sólo de un cambio de objeto (el ser como praxis) sino de un cambio radical en el modo de hacer filosofía (como elemento teórico de la praxis, puesto que —según Marx- “de lo que se trata es de trans- formar e] mundo”). Por esta doble naturaleza de la filosofia marxiana de justi- fica plenamente que la concibamos y llamemos filosofía de la praxis y no materialismo dialéctico.
¿Qué has añadido ala concepción de tu libro de 1967 FiloSofía de la praxis?
Aunque manteniendo la tesis fundamental originaria'del marxismo como “filosofía de la praxis”, en la nueva edición del libro, de 1980 — a la que co- rresponde la versión serviocroata en Yugoslavia_ he introducido algunos ele- mentos nuevos y revisado otros con el fin de acentuar y fundamentar con ma- yor firmeza el papel central de la praxis. Desde esta perspectiva 'he reconside- rado —en un nuevo capitulo— la obra teórica y práctica de Lenin, lo que me ha llevado a reafirmar sus irregables méritos en ambos terrenos, pero también a desmistificar su aportación en otros: teoría del partido y posición ambiva- lente en filosofía. En otro nuevo capítulo (“Conciencia de clase, organización y praxis”) he tratado de establecer las diferencias entre Marx y Lenin en tor- no a la conciencia de clase y el partido y, con este motivo, he examinado crí- ticamente la teoría leninista de la conciencia exterior a la clase y llego a cier- tas conclusiones actuales acerca del partido. En la nueva edición reconozco la importancia de la contribución de los filósofos yugoslavos, particularmen- te los del grupo “Praxis”, contribución que en 1967 no tuve la oportunidad de conocer.
¿Cómo ves la relación entre el pensamiento de Marx y las diversas (y a ve- ces opuestas} orientaciones del marxismo o en el marxismo de hoy?
Hay evidentemente diversas tendencias en el marxismo de hoy. Todas tienen en común.apelar a Marx y hacer hincapié —adecuada, deformada- mente o absolutizándolo- algún aspecto del pensamiento marxiano. Hay, en primer lugar, una tendencia objetivista y, en cierto modo, economicista que se remonta al marxismo de la Segunda Internacional, prosigue en el de la Ter- cera y que, finalmente, se estabiliza en el marxismo soviético actual. Esta ten- dencia absolutiza los factores objetivos del desarrollo histórico, ciertamente
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señalados por Marx, pero sacrifica a ellos la actividad subjetiva, práctica. En el terreno filosófico, esta tendencia se nutre del Engels del Anti-Dühring y del Lenin del Materialismo y empiriocriticismo y, sobre todo, de la codificación staliniana de las leyes universales de la dialéctica (incluyendo la dela natura- leza) de las que la historia sería un campo específico de su aplicación. Una segunda tendencia, que surge en la década de los treinta con la publicación de los Manuscritos del 44 de Marx y que llega a las interpretaciones “huma- nistas” que florecen en las décadas de los cincuenta y sesenta y se extiende hasta nuestros días, absolutiza el componente ideológico, humanista del pen- samiento marxiano a expensas de su carácter científico y , en cierta medida, de su contenido de clase, revolucionario. Una tercera tendencia deja a un la- do los problemas ontológicos y antropológicos de las dos tendencias anterio- res y se centra en una lectura epistemológica de Marx. El marxismo es defi- nido, ante todo, por su “cientificidad” y la “práctica teórica” autosuficien- te pasa a ocupar un lugar central. La teoría queda separada de la práctica real, y el aspecto ideológico se desvincula así del aspecto científico. Tal es la ten- dencia que impulsan Althusser y sus discípulos y que durante la década del setenta se extiende e influye tanto en los países europeos occidentales como en América latina. Aunque no puede negrse la vinculación de estas tres tendencias con ciertos aspectos del pensamiento marxiano, al poner en pri- mer plano respectivamente, los problemas ontológico, ideológico en senti- do humanista abstracto y epistemológico, olvidan o relegan a un segundo plano lo que a nuestro juicio es esencial: la praxis como actividad teórica y práctica, subjetiva y objetiva. Justamente esto es lo que pone en primer plano la tendencia que hemos denominado “filosofía de la praxis“ y que, a nuestro modo de ver, es la que hunde más profundamente sus raíces en el pensamiento marxiano. Ahora bien, tratándose en todas las tendencias que hemos señalado de interpretaciones diversas (e incluso opuestas) del marxis- mo, creo que todo marxista debe reconocer el derecho a su existencia sin que la defensa de una de ellas implique la condena irrapelable o su exclusión pasando por encima de la libre crítica y confrontación de tesis y argumen- tos.
¿Qué piensas acerca del debate actual sobre la “crisis del marxismo”? Verdaderamente, cierto marxismo está en crisis. Pero, desgraciadamente, en crisis está nuestro movimiento, lo que se expresa también en el plano teorico.
Es uno de los debates entre marxistas en los que reina mayor confusión. No está claro qué se entiende por “crisis” del marxismo y, si se acepta su existencia, no se precisa qué marxismo o qué aspectos de él están en crisis. De la crisis se. habla sobre todo en Occidente en tanto que en los países del Tercer Mundo y particularmente, en los países —como los de Centroaméri-
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ca- que se ven obligados a librar una lucha directa, armada, contra el impe- rialisr'no, no se habla de crisis y los revolucionarios se apoyan en el marxis- mo para elevar su conciencia y su acción; en los países socialistas y en general fuera de ellos en el movimiento comunista mundial que se atiene a un mar- xismo institucionalizado en ellos, tampoco se habla de crisis y se la considera simplemente como una invención de la burguesía. Y“, sin embargo, son mu- chos los marxistas que piensan hoy que la crisis de cierto marxismo existe efectivamente. Ahora bien, ¿cómo caracterizarla? ¿Dónde localizar sus efec- tos? Para entendemos debemos precisar el significado de este término “cri- sis” En un sentido general significa, con respecto a un proceso, cierta inte- rrupción o paralización de su desarrollo normal que puede tomar un curso positivo, si se supera la crisis o, en caso contrario, agravarse hasta llegar a su liquidación. Ambas alternativas pueden darse sin que ninguna de ellas esté inscrita inexorablemente en la crisis. El marxismo en su desarrollo histórico ha pasado por una serie de crisis; así ha sido puesto en crisis por ei refor- mismo de comienzos de siglo, el chovinismo de los partidos socialdemócra- tas nacionales al estallar la primera guerra imperialista y por el stalinismo durante las décadas del treinta al cincuenta. En todas esas crisis se paraliza- ba el marxismo en cierto aspecto esencial; respectivamente: su estrategia revolucionaria, su internacionalismo y su proyecto liberador. Ahora bien, en cuanto que el marxismo es, en estrecha unidad, una teoría y una prácti- ca, toda crisis en él es a la vez teórica y práctica. Pero lo que pone en crisis al marxismo no radica tanto en su teoría que, comparada con su situación en las décadas anteriores a los sesenta, conoce un auge en todos los campos (fi- losofia, economía, politica, historia, etcétera). Este florecimiento de la teo- ría es innegable, sobre todo en los países occidentales, aunque sus logros no han influido suficientemente en la práctica política. En términos propiamen- te marxistas, esto implicaría ya cierta crisis de lo que en el marxismo es fun- damental: la unidad de la teoría y la práctica. Pero lo que pone en crisis al marxismo es la práctica, como sucedió en las crisis anteriores: al desviarse el movimiento real hacia el reformismo y el chovinismo; al construirse en nombre del socialismo una sociedad en la que el Estado y el Partido, al buro- cratizarse, niegan el proyecto liberador y reducen la teoría a una justificación de ese proceso de burocratización. En la actualidad, no obstante las revolu- ciones en la periferia (China, Yugoslavia, Vietnam, Cuba, Nicaragua) la com- batividad esporádica de la clase obrera occidental y las luchas revolucionarias en el Tercer Mundo, el desarrollo del marxismo se halla amenazado: l) por la imposibilidad hasta ahora de que las sociedades del “socialismo real” tran- siten realmente hacia el socialismo, lo que ha oscurecido la imagen del socia- lismo a los ojos de amplios sectores de la izquierda y del proletariado occi- dental; 2) por la ausencia en los países capitalistas desarrollados de una al- ternativa estratégica viable de los partidos que se consideran marxistas que
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permita al proletariado avanzar hacia el socialismo, superando el bloqueo es- tratégico que representan la vía reformista de la socialdemocracia y la vía insurreccional de la tradición de la Tercera Internacional. En definitiva, lo que pone en crisis a cierto marxismo es la práctica que se desvía del proyecto emancipador, como el reformismo; que niega su esencia en las sociedades que se construyen en su nombre o que se muestra impotente para quebran- tar los cimientos de la estructura capitalista en los países más desarrollados. Pero no .se trata de una crisis global: el marxismo sigue inspirando la lucha re- volucionaria en la periferia y sigue siendo necesario. Hasta hoy, ciertamente no ha surgido ninguna otra teoría que ofrezca una alternativa racional a la ne- cesidad —más imperiosa que nunCa- de poner fin al sistema capitalista y de construir una sociedad nueva sin ningún tipo de explotación ni dominación. Y si el marxismo es puesto en crisis por el movimiento real, sólo podrá salir de ella aferrándose a su proyecto emancipador, a su potencial crítico de to- do lo existente (incluyendo lo que se hace en su nombre), y restableciendo la unidad de la teoría y la práctica, al fundar ésta sobre una base racional, ob- jetiva, científica. Una salida favorable sólo se podrá alcanzar si se toma con- ciencia de la crisis, de su verdadero alcance, y si movidos por el proyecto emancipatorio se buscan —en el terreno de la crítica, de la teoría y la prácti- ca—, los correctivos indispensables. Pero con la conciencia también de que, en el futuro, el marxismo nunca estará completamente a salvo de crisis, pues no hay un marxismo puro, incontarninado, inmune a ellas,'sino un marxismo que se pone a prueba en cada frase del movimiento real. Las crisis forman par- te de su intento de captar lo real y de encauzar su movimiento. Y contra ellas no hay —como demuestra la experiencia histórica-— garantías definitivas o de antemano.
¿Podrías 'dar tu opinión en general sobre las tendencias principales de la investigación marxista en América Latina?
El marxismo en América Latina se ha enfrentado siempre a la necesidad de su aplicación a la realidad específica latinoamericana apoyándose en sus tesis fundamentales y metodología, pero en virtud de cierto eurocentrismo, del que nunca pudo desprenderse totalmente, esa aplicación se vio limitada du- rante largos años. Es verdad que hasta la década de los treinta. los marxistas latinoamericanos trataban de encontrar la especificidad de la revolución lati- noamericana en su carácter antiimperialista y, a la vez, socialista. En esta orientación destacó sobre todo la obra de Mariátegui. Posteriomrente, desde mediados de la década de los treinta hasta finales de los años cincuenta, se abandona la búsqueda de lo específico del desarrollo histórico-social y de la realidad de América Latina, y los marxistas latinoamericanos se atienen en general al marxismo eurocentrista dela Tercera Internacional. Este marxismo
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se caracteriza por el trasplante mecánico de los análisis de Marx y Engels —en su versión staliniana- de la realidad europea a América Latina. Se hace así un uso acrítico de las categorías del feudalismo, papel histórico de la burgue- sía industrial, proletariado, vanguardia en sentido leninista, Estado burgués, revolución democrático-burguesa, etcétera. Ignorando el carácter específico del desarrollo histórico, del Estado y de la realidad económica y social, se ha- bla del carácter feudal de la formación social latinoamericana. De modo aná- logo, ateniéndose al esquema “ortodoxo” de 1a evolución de los modos de producción, se habla de las etapas inevitables —entre ellas, la de la revolución democrático-burguesa- por las que ha de pasar América Latina. El resultado de esa desvinculación entre la teoría y la realidad, es el estancamiento del marxismo tanto en el terreno teórico como en el práctico-politico. Con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, que rompe prácticamente con toda una serie de modelos estratégicos y organizativos, se ponen en cues- tión también los enfoques y categorías de la corriente marxista hasta enton- ces dominante en el continente latinoamericano. Con ese motivo, surgen o se refuerzan las tendencias marxistas que tienen por denominación común su alejamiento e incluso su ruptura con respecto al marxismo de inspiración so- viética, aunque la influencia de éste se mantiene en casi todos los partidos co- munistas latinoamericanos. Pero entre las viejas y nuevas tendencias destaca por su influencia práctica, revolucionaria, la que se inspira, al promover la lu- cha armada, en la estrategia de la Revolución Cubana. De3de la década de los sesenta, el marxismo amplía cada vez más su radio de acción: se multiplican las ediciones de la literatura clásica marxista, penetra en las universidades y da lugar a importantes contribuciones, sobre todo en el terreno de la economía política y de la teoría política y social al aplicarse el marxismo a la realidad específica de América Latina. Apartándose del enfoque eurocentrista tradi- cional, las investigaciones marxistas abarcan una amplia temática que incluye como cuestiones más importantes las siguientes: las etapas históricas del desa- rrollo social de América Latina desde el pasado prehispánico hasta el presente; las peculiaridades de la expansión capitalista en el continente; la originalidad del capitalismo latinoamericano; las causas del subdesarrollo en esta expan- sión mundial y de la dependencia respecto del imperialismo; la naturaleza de la revolución en América Latina; la correlación de clases y el problema del sujeto o sujetos de la revolución; la cuestión agraria; el significado del popu- lismo; la caducidad de las soluciones democrático-burguesas y la necesidad de alternativas antiimperialistas y socialistas; la especificidad de los fenómenos supraestructurales (arte, religión, etcétera). Asi, pues, todo el cuestionamien- to provocado por la Revolución Cubana, así como el auge de las luchas arma- das que se extienden por el continente hasta llegar a las de Centroamérica; amén de las derrotas del movimiento popular, particularmente en Chile, con- mocionan los planteamientos de la tradición marxista de la Tercera Interna-
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cional y dan lugar a un replanteamiento de cuestiones básicas del marxismo no sólo en el terreno de la economía y de la teoría política sino también en el campo de la filosofia, la metodología y la teoría de la historia.
Tú te ocupas mucho del problema del arte desde el punto de vista mar- xista y has escrito muchas páginas sobre el arte y las interpretaciones, tan to de marxistas como de no marxistas, acerca del fenómeno artistico. ¿Cómo ves y aprecias las investigaciones sobre el arte?
Tanto por su cantidad como por 'su calidad las veo y aprecio favorable- mente, pero a condición de que demos a esta expresión “investigaciones mar- xistas” un significado amplio y no el estrecho y dogmático que tuvo en los tiempos de la llamada “estética del realismo socialista” La situación en este campo ha cambiado positivamente desde la década de los sesenta. A los nom- bres de los adelantados de la renovación de la estética marxista —Brecht, Lu- kács, Fischer, Lefevbre- hay que agregar toda una pléyade de investigadores que hoy no sólo se ocupan de las cuestiones clásicas —cóndicionamiento so- cial de la obra artística, relaciones entre arte e ideología, o entre arte y polí- tica- sino de todo un complejo de problemas relativos al valor estético, a la forma, estructura o lenguaje del arte, entrando así en campos hasta ahora inex- plorados por los estéticos marxistas. Personalmente, yo palpo este enrique- cimiento de las investigaciones estéticas marxistas, al preparar actualmente la segunda edición de mi antología Estética y marxismo, publicada en 1970. La calidad de las investigaciones aparecidas en los paises occidentales y en América Latina así como en los países socialistas en la medida en que se sus- traen al rígido marco de la estética “realista-socialista". me obligarán a reno- var el material de la edición anterior en más de un SO % Pero ello se deberá no sólo a esta riqueza de las investigaciones estéticas en estos dos últimos de- cenios sino también al manejo, por mi parte. de un criterio marxista más am- plio que permitirá incluir textos que no fueron incluidos en la edición anterior.
Comúnmente se habla de estética marxista, y. en el mayor de los casos. en el sentido “tradicional” de la Estética. Es mi opinión. _r' asi piensan también muchos marxistas que se ocupan de] artc, no es legítimo hablar de “estética marxista" La posición de Lukácsy. sobre todo, de tantos autores que parten de la filosofía del materialismo dialéctica se encuentra cn quiebra ("o sea: es errónea). ¿Qué piensas sobre todo esto?
Creo que la respuesta a esta cuestión dependerá de lo que se entienda por “estética marxista” y de lo que aporte Marx en este terreno. En él no encontra- 'a- mos en modo alguno un corpus teórico cerrado que pudiéramos llamar “es- tética marxista” o más exactamente “estética marxiana“ Lo que hallamos en Marx es un conjunto de ideas, referidas a cuestiones artísticas y literarias, dis-
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persas a lo largo de su obra y que él fue elaborando en su tarea de entender y transformar el mundo. Por eso, al libro que escribí hace ya casi veinte años sobre este aspecto de su pensamiento, lo titulé Las ideas estéticas de Marx. Son ideas que contribuyen a entender el fenómeno estético en general y ¿1 artístico en particular, pero que en modo alguno constituyen una estética marxiana o marxista. Entre esas ideas están: la concepción histórico-social de la relación estética con el mundo. y el arte; la formación histórica de los senti- dos estéticos; el papel del trabajo en los orígenes del comportamiento estéti- co y del arte; la positividad intrínseca de la creación artística frente a la ena- jenación del mundo moderno; la vinculación del arte a través de su función ideológica con las condiciones materiales de existencia y las posiciones de clase; la situación del arte (como trabajo productivo) y de la obra artística como mercancía en un modo de producción (el capitalista) que le es hostil; la dialéctica de la producción y el consumo (artísticos); la atención a la for- ma y a la especificidad del arte para afirmar su autonomía y supervivencia, no obstante su condicionamiento histórico-social; la relación del arte y la división social del trabajo; el papel del arte en la fonnación del hombre nue- vo en la sociedad comunista, etcétera. Se trata de ideas que tienen un valor teórico para construir una estética que, por partir de y fundarse en la teoría de la historia y la sociedad del marxismo, así como en su metodología, pode- mos denominar legítimamente estética marxista. La estética lukacsiana y la de los autores que parten del materialismo dialéctico constituyen interpreta- ciones de la estética marxista que, a nuestro juicio son equivocadas por dos razones: la primera es que parten de una ontología materialista que, como antes hemos dicho, no toma en cuenta la categoría central de la praxis y, por tanto, el arte como forma específica de la praxis, es decir, como activi- dad práctica creadora; la segunda es que al concebir el arte como reflejo pe- culiar de la realidad y absolutizar el aspecto gnoseológico, se trata de una concepción estrecha y limitada del arte que no puede dar razón de toda la riqueza y diversidad de la experiencia estética y de la práctica artística a lo largo de su historia.
A mi modo de ver, en los textos marxistas sobre el arte se pueden dis- tinguir dos lineas, concepciones o actitudes principales: una que llamo ontológica y otra que llamo gnoseológica. La primera —concepción onto- lógica- trata el arte como una forma especifica de producción de una nue- va realidad, con sus significados especzficos; de acuerdo con ella, la obra artis- tica no se reduce únicamente al conocimiento o representación veridica dela realidad {mimesis}. La segunda —concepción gnoseológica- trata el arte como una forma de conocimiento (imaginativo, no mediante conceptos sino me- diante imágenes) como puro reflejo o reproducción de la realidad ( todo ello supervivencia del hegelismo). Considero que la primera concepción es más
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afin al pensamiento de Marx, a su filosofía de la praxis. La segunda concep- ción, basada en la teoria del reflejo es contraria al pensamiento de Marx. ¿Qué piensas acerca de esto?
En verdad, la cuestión que me estás planteando es la de las corrientes prin- cipales en la estética marxista y cómo las valoro. Tú te refieres a dos. Una la que entronca con la concepción estética tradicional, desde Aristóteles, del arte como mímesis. En la estética marxista, cualesquiera que sean sus matices, es la corriente que ha predominado desde Plejánov a Lukács, su más alto re- presentante. Su-característica esencial es la de concebir el arte como conoci- miento o reflejo verídico de la realidad, así como pensamiento mediante imágenes, a diferencia de la ciencia que refleja lo real por conceptos. Aunque esta concepción se exponga a un elevado nivel teórico, como en Lukács, y no puramente ideológico, como en la estética soviética, se trata a mi modo de ver de una concepción estrecha, limitada, ya que sólo fija la atención en una for- ma histórica de arte —el realismo- que cumple ciertamente una función cog- noscitiva. Pero con ella descarta la amplia riqueza del arte —como el arte sim- bólico del Antiguo Oriente, el arte prehispániCo o gran parte del arte contem- poráneo- que obviamente no pueden reducirse al realismo. Yo no diría que esa concepción gnoseológica es contraria al pensamiento marxiano, pero sí que reduce ilegítimamente la visión estética marxista de la realidad artística. La otra corriente que mencionas y que llamas ontológica —yo la llamaría más bien praxeológica—, que concibe el arte como forma de producción de una nueva realidad, enlaza estrechamente con el lugar central que Ocupa la praxis en el pensamiento marxiano.Y ésta es justamente la corriente en que me ins- cribo en estética y que he tratado de impulsar. Hay también otras dos corrien- tes importantes en nuestros días: una, sociológica, que centra su atención en las condiciones sociales de la producción, distribución y consumo de la obra de arte y no sólo en la ideología como mediadora de la relación arte-sociedad. Esta corriente reduCe el enfoque estético marxista a una teoría social del arte con el riesgo de caer en un nuevo sociologismo. aunque no se pueden desde- ñar sus aportaciones. Y, finalmente, está una vigorosa corriente que fija su atención en aspectos ignorados tradicionalmente porla estética marxista; el arte como forma, sistema de signos o lenguaje específico. tratando de aprove- char las aportaciones de la lingüística estructural, la teoría de la información y la semiótica. Todas las corrientes que hemos mencionado tienen por base algún aspecto relevante de la producción art ística —-«o relevante en el arte de un período histórico determinado—- y son fecundas en la medida‘len que no absolutizan ese aspecto (conocimiento, condicionamiento social o lenguaje) y no lo vuelven excluyente. Pero, en conclusión. de todas esas corrientes la que hemos llamado praxeológica —o concepción del arte como actividad práctica creadora específica-1 nos parece la más provechosa ya que puede englobar las aportaciones de ellas, pues al subrayar como esencial el aspecto
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práctico-creador que cambia histórica y socialmente, puede constituir una estética marxista abierta a todo tipo de arte sin cerrarse en los valores, cate- gorias e ideales de ninguno de ellos.
¿Cómo juzgas ho y la doctrina estética del “realismo socialista ".7
La doctrina y la práctica del realismo socialista es en América Latina cosa de un pasado lamentable. No conozco hoy en nuestros medios a ningún teóri- co, artista o escritor que, considerándose marxista, se adscriba con sus ideas o con su obra a semejante “realismo” Y esto se explica si se tiene presente que esa doctrina (justamente doctrina y no teoría) es sólo una ideología es- tética que nació en la década de los treinta en la Unión Soviética, ya en ple- no stalinismo, para justificar el control y la reglamentación del arte y la lite- ratura por el Estado y el partido. Es una doctrina que, al ser aplicada —como demuestra claramente la historia real—- asfixia la libertad de creación ya que impone al artista o al escritor no sólo el contenido a formar sino la forma misma. El resultado —con las excepciones que confirman la regla- es que el “realismo socialista” entra en contradicción con el fin que proclama: reflejar la realidad desde una perspectiva ideológica socialista. Lo que se logra en ver- dad al ajustar la visión de lo real a una ideología estatal —no propiamente so- cialista- es, más que un verdadero realismo, un idealismo socialista. La estéti- ca marxista bien entendida no puede legitimar semejante doctrina estética que
frena en la práctica el desarrollo artístico, incluyendo el de un auténtico rea- lismo que contribuya a elevar la conciencia de las contradicciones y dificulta- des de una nueva realidad. La riqueza y variedad del realismo latinoamericano en las artes plásticas o en la literatura —de un Siqueiros, un Neruda o un Gar- cía Márquez-— habrían sido imposibles si se hubiera amoldado a los cánones de una doctrina estética como la del “realismo socialista”
¿Qué puedes decirme en relación con las controversias sobre la tendencio- sidad, el partidismo y la actitud clasista ( posición d'e clase ) del arte?
Si se considera la obra artística o literaria como una totalidad de la que só- lo abstracta o artificialmente se puede separar la tendencia, el partidismo o la actitud clasista, es decir, su contenido ideológico —contenido que puede en- trar en contradicción con lo que el autor piensa o siente (recuérdese la. famosa contradicción que Marx y Engels advirtieron en Balzac)—, la tendencia, el par- tidismo o la actitud de clase hay que buscarlos en la obra , pero en la obra ya hechos forma. Por ello, sigue siendo válida la tesis enguelsiana de que la ten- dencia debe desprenderse de la obra y no ser impuesta externamente a ella. En este sentido, el arte es por su propia naturaleza tendencioso, partidista o clasista, y puede servir —sin que agoten sus funciones en esa capacidad de ser- vicio- a la política, pero a condición —como decía Gramsci- de que la sirva
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como arte; o sea, que la tendencia política se desprenda' de esa totalidad que es la obra.
Por último, para cerrar esta ya larga entrevista, ¿qué significa hoy ser marxista?
Difícil cuestión dadas las diversas interpretaciones del pensamiento marxia- no y del marxismo en nuestros dias. Pero intentemos una breve respuesta. Es- ta obliga a optar por cierta concepción de Marx y del marxismo. Nuestra op- ción, como lo hemos reiterado a lo largo de nuestro diálogo, es la del pensa- miento marxiano y del marxismo como filosofia de la praxis. Ahora bien, ser marxista no puede significar simplemente ser adepto del pensamiento de Marx, adoptándolo incondicionalmente o en bloque. En primer lugar, porque se puede someter a crítica ciertos aspectos del pensamiento marxiano al consi- derarlos hoy falsos, inadecuados o superados sin dejar de ser marxista, o justa- mente por serlo. Pero incluso aunque esa adopción sea crítica y rigurosa, esto no bastaría para ser marxista (aunque tal vez sí para ser “marxólogo"). Y no basta porque Marx no fue sólo un teórico sino ante todo un hombre de acción o también: un pensador revolucionario que vinculaba la teoria, desde su posi- ción ideológica, a un proyecto de emancipación de la clase obrera y, en defmi- tiva, de la humanidad. Marx piensa, critica o investiga en función de un objeti- vo liberador, a cuya realización sirve el pensamiento. Se trata —como dice en la famosa Tesis XI sobre Feuerbach- de transfomiar el mundo y de contri- buir a que se materialice el proyecto correspondiente no sólo con la teoría si- no con la acción. Marx era ciertamente un pensador que contribuyó a esclare- cer la realidad —particularmente la realidad del capitalismo: pero a la vez. y en estrecha unidad con ello, era un hombre de acción, comprometido con la transformación de esa realidad sobre la base de su adecuada interpretación. Ser marxista significa pues, adoptar críticamente el pensamiento de Marx y extender esta actitud crítica —como él hacía- a todo lo existente. Pero es también vincular este conocimiento y esta crítica a un proyecto de transfor- mación del mundo y contribuir a s'u realización. Ciertamente, hay quienes se consideran marxistas descartando algunos de esos tres aspectos (teórico y crí- tico, ideológico o emancipatorio, y práctico o revolucionario). Pero talvez pensando en ellos, ya en su época, dijo Marx aquello de que "yo sólo sé que no soy marxista”
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AL ESTE DEL MENEMISMO (La izquierda frente a las elecciones)
Luis Rubio
La emergencia ‘—más o menos imprevista- del “menemismo” en la escena política nacional, remueve los fantasmas de la izquierda y pone a la orden del día nuestras cuentas pendientes con la historia. Dos pulsiones se reavivan: un gorilismo más bien atávico y vergonzante y un seguidismo sin escrúpulos ideo- lógicos. Si la ventaja inmediata del gorilismo parece consistir en su capacidad para preservar cierto “aparato” a costa de aislarlo aún más, el seguidismo pue- de crear la ilusión de que “se está con las masas populares”- pero amenaza a la izquierda con la pérdida definitiva de toda identidad propia. El inveterado “realismo” de los operadores se inclina, en un reflejo burocrático profesional, hacia una yuxtaposición de ambas pulsiones sin articularlas: gorilismo “hacia adentro” de la propia organización y seguidismo “hacia afuera”, en dirección del frente electoral. Esta es la fórmula mágica del oportunismo iunierdista que, a esta altura de sus repeticiones históricas, no tendrá otro efecto que el de liquidar toda posibilidad de superar la crisis actual hacia la construcción de una alternativa socialista de liberación. Llamativamente, la principal heren- cia de la derrota y del terror es esta política de la “evitación”, que en el terre- no específico de la izquierda se manifiesta en una política definida mucho más por lo que se teme que por lo que se apuesta. Genéricamente, se teme “volver al pasado”, se teme quedar “fuera de juego” de las burocracias polí- ticas, se teme en demasía, y tanto miedo acaba imponiendo una política a la defensiva, sin proyección, impotente. Reducida a las maniobras negociado- ras más mezquinas, relegada a la trastienda de la escena política y con segun- dones como interlocutores, las débiles dirigencias de la izquierda en crisis pueden acabar conformándose con el mendrugo para 1989, aunque eso su- pong una hambruna de décadas.
1.- Las históricas incomprensiones de la ¡unierda argentina.
Nuestra izquierda carga con un pasado sumamente pesado y que no se atre- ve a pisar. Como es sabido, el movimiento socialista fue originariamente “m-
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gertado” en la sociedad nacional y en ochenta años de trayectoria no ha logra- do arraigar en el movimiento de masas ni en la avanzada obrera. Cada vez que el conflicto de masas y la lucha de clases han ofrecido condiciones-para asen- tarse sólidamente en las bases de la sociedad, la izquierda ha desa‘provechado la oportunidad o ha fideasado en el intento a un costo altísimo. Naturalmente que uno y otro resultado tienen un sentido diferente y responden a políticas tan opuestas como aquellas que, sistemáticamente, rehúyen la participación activa en el movimiento de masas y la construcción de una vanguardia en su propio seno, y aquellas otras que, proponiéndose esa construcción “enel mo- vimiento mismo” y llevándolo a la práctica, fracasaron y fueron aniquiladas. No todos los “errores” históricos tienen la misma naturaleza, y aún en el te- rreno de lo fallido, es necesario distinguir políticamente la traición de la de- rrota. Pero, sin profundizar en esta decisiva cuestión, creemos bastante objeti- vo el aserto que indica la incompleta superación, por parte de la actual izquierda supérstite argentina, de su inicial “exterioridad” (circunstancia que la propaganda dominante, tanto de derecha como populista, no ha dejado de denunciar y de aprovechar para que el aislamiento y el descrédito de la iz- quierda se profundicen).
Esta situación ha dificultado la formulación de una política revolucionaria socialista que no sólo comprendiera los componentes populares y nacionales del proceso de masas en Argentina, y los articulara en sus programas. sino que fuera capaz de realizarlo prácticamente en la tarea de construcción. Y este segundo aspecto es, sin duda, primordial. Una izquierda en sus origenes tan dependiente como la organización política nacional. traída y formada por inmigrantes anarquistas y socialistas europeos en una sociedad de estructura agro-exportadora e incipiente desarrollo industrial. no podía dejar de sufrir la irnpregnación de la ilustración liberal-positivista que la propia oligarquía terrateniente sustentó en su momento fundacional. Así. la doctrina educati- va que dividió a la sociedad y a la historia nacionales en el dilema de civili- zación y barbarie, fue compartida por un socialismo que también se propo- nía “civilizar” a la clase obrera y al pueblo conforme a un modelo europeo. Y cuando la socialdemocracia europea entra en su bancarrota histórica como movimiento revolucionario, y entre nosotros surge el comunismo también co- mo reflejo de contradicciones que se dirimían fuera de la propia sociedad. las
nuevas tendencias burocrático-autoritarias y los bandeos oportunistas 'de la lIl Internacional cristalizaron la platafomia liberal-positivista de la izquierda argentina convirtiéndola en una doctrina de "aparatos" El Partido Comunis- ta se erigía en portador de una verdad universal que debía "bajar" a la clase obrera para educarla en el cumplimiento de su destino histórico. De este mo- do, la “ajenidad” de una iunierda que veía la sociedad argentina con ojos extraños, desde afuera, y se 'sentía encamando un saber revelado que el pue- blo comprender ía una vez que superara su “atraso”, pasóde ser una ideología
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pedagógica y un comportamiento más o menos individual de las grandes figu- ras socialistas, a constituírse en dogma de un cuerpo de funcionarios profesio- nales. Así se consolidó el aislamiento.
2.- El trauma histórico: una cicatriz que todavía quema.
Pero esta desgraciada situación desemboca en un enfrentamiento históri- co entre aquella izquierda, así fracturada, y el movimiento obrero y popular emergente -en la Argentina de los años ‘40. Aferrados a los destacamentos combativos de la vieja clase obrera inmigrante, midiendo los grados de con- ciencia por sus rogramas más o menos radicales y no por los niveles de la lucha real, tantoglos socialistas como los comunistas fueron incapaces de com- prender la potencialidad de las fuerzas desatadas por la crisis económica y po- lítica de 1930. En consecuencia, no pudieron aprovecharla para hacer pié en el movimiento de masas que se estaba formando ni mucho menos para cons- truir una vanguardia revolucionaria. Aferrándose a una lectura superestructu- ral del peronismo, e imponiéndole moldes europeos, redujo la riqueza de un movimiento masivo a puro y simple fascismo, con lo que se incapacitó tanto para disputarle al reformismo las avanzadas obreras como para aprovechar para una organización independiente las reformas del Estado y la expansión económica que, objetivamente, mejoraron las condiciones de vida y de lucha del pueblo. La condena en bloque del peronismo resultaba lógicamente de un método de pensamiento que identificaba, de manera mecánica, la dinámi- ca espontánea de las bases sociales con las formas políticas que le imponía la clase dominante, y confundía la actividad política con los programas polí- ticos. ¿Esa-concepción está definitivamente superada?
Las consecuencias de semejante enfrentamiento entre izquierda marxista y movimiento de masas real, no podía tener otro efecto que consolidar la bu- rocratización de la organización partidaria, crisparla en el aislamiento y hacer- la más y más dependiente de sus apoyaturas internacionales. Se trataba de una dirección de funcionarios que, después de dar la espalda a su propia realidad y recibir el merecido desprecioxde las bases sociales que aspiraba a organizar y representar, clavaba una mirada vacía en remotísimos centros de la revolución mundial y quedaba fascinada por su resplandor. Pero aún refugiándose en la superestructura, ese marxismo economicista y serví], cada vez más dominado por intereses de camarilla, tampoco supo ver son claridad las nuevas formas y tendencias que desencadenaba la crisis de hegemonía en el Estado. Hacien- do una lectura convencional del “corporativismo” peronista en lugar de apro- vechar la sindicalización masiva y la formación de un movimiento obrero na- cional, en vez de contrapesar “por abajo” la política populista “por arriba”, esta izquierda tampoco comprendió el sentido histórico de la emergencia militar ni la nueva función de las Instituciones. Esta miopía explica por qué,
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luego de la caída de Perón en 1955, el PC recobra alos “militares patriotas” junto con la “burguesía nacional”, y ya que se trata de sectores ilustrados de una sociedad atrasada, les asigna la dirección de la revolución democrática inconclusa y del frente de masas. La búsqueda desesperada de un aliado burgués y estatal para un proyecto que no era capaz de presidir, sustituyó una política de arraigo en la clase obrera y puso de manifiesto la suspicacia y el temor que el Partido sentía ante la inorgánica espontaneidad de las masas.
3.- Visión conspirativa de la historia y jesuitismo político.
Desde entonces hasta hoy, la mácula de aquel trauma histórico señala a la izquierda argentina, para mal y quizás también para su bien. El fin de la Segunda Guerra y la etapa de la Guerra Fría, tuvieron la virtud de reforzar dos tendencias internas preexistentes en la burocracia comunista. Una, la concepción conspirativa que hacia ver cada conflicto interno como el resul- tado de un complot intemacional del imperialismo. De este modo se insistía en observar la realidad “desde afuera” (¿desde un punto utópico? ¿desde el lugar de la revolución proletaria consumada?), se concebía al imperialismo como un enemigo externo sin comprender la imbricación estructural de la dependencia capitalista, y finalmente, se asumía un mundo dividido en dos bloques irreductiblemente antagónicos ubicándose en uno de ellos para con- templar todos los hechos, concebir los procesos y formular propuestas. Si la dependencia originaria de la izquierda argentina fue cultural, y la depen- dencia del comunismo heroico se tornó política, la del Partido adscribió a una patria extranjera en nombre de un internacionalismo que había dejado de ser proletario para volverse burocrático.
La otra tendencia preexistente que cristalizó en hábito de pensamiento y de acción fue aquella que concibe a la política como un "negocio". Se nego- cia entre interlocutores oficiales y oficiosos pactos y acuerdos superestructu- rales, siempre resolviendo precariamente alguna "salida" a la coyuntura inme- diata pero sin articularse explícitamente y de manera conciente con ninguna estrategia de construcción de masas. Entre las tácticas mínimas y las máximas estrategias no quedaba espacio sino para una politica concebida como una yuxtaposición de medidas puntuales que variaban en cada oportunidad sin ne- cesidad de dar cuenta de su propio pasado. y eran legitimadas por principios y metas situadas más allá de cualquier práctica real. Por este camino se mante- nía el “aparato” burocrático a expensas de su arraigo social. y se conservaba un puesto aunque fuera secundario en la mesa de negociaciones del Estado. He ahí todo lo conquistado por el oportunismo de una izquierda refomiista siempre a la zaga de las opciones burguesas. contentándose con no quedar del todo descolgada y llegando tarde al banquete de los políticos para lamer
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las sobras. Siempre era posible echar las culpas de la propia miseria a los com- plots de la CIA, convocar en vano a la burguesía nacional democrática y a los oficiales patriotas para formar un frente del que la clase obrera y el pueblo poco o nada sabían, e “infiltrarse” en los partidos de masas y en las institucio- nes estatales para influir, por control remoto, a las tendencias “de izquierda” que allí surgieran, ante la incapacidad para promover y organizar en las bases una fuerza propia e independiente.
Fue enel contexto de esta concepción conspirativa y de estas prácticas ma- quiavélicas que la izquierda oficial argentina, principalmente el PC, “recupe- ró” al peronismo' después de 1955: por arriba y con la intención de seducir a sus inclinaciones izquierdistas. Se afirmó-que el peronismo de la resistencia y de la oposición posterior había “virado a la izquierda” (con lo que el análi- sis hecho anteriormente perdía actualidad pero conservaba su presunta ver- dad), y se reafirmó el supuesto pedagógico de que los comunistas debían “des- peronizar” a la clase obrera argentina que, una vez caída la venda populista- reformista-facista de sus ojos, descubriría la verdad del marxismo y adheriría automáticamente a sus representantes en esta tierra. Nuevamente desde afuera
el PC no comprendía las contradicciones internas del peronismo y del movi- miento obrero, y se limitaba a actuar como una institución estatal: desde arri- ba y a un costado de la lucha de clases. Se trataba de una izquierda que hab ía perdido toda intención de recuperar la iniciativa política, que renunciaba tá- citamente a construir una dirección autónoma e impulsar la conquista del po- der, y acababa acomodándose en la retaguardia de sectores de la burguesía que suponía enfrentados “objetivamente”, por sus intereses económicos, al imperialismo.
Desde entonces, el PC actuaría “por delegación”. Para mantener intacto el aparato, concebiría su politica de frente siempre en los límites de la coyuntu- r'a electoral, logrado en la negociación superestructural con “nomenclaturas” presuntamente representativas de tendencias de izquierda en otras fuerzas po- liticas, y sin construir sus propios referentes en el movimiento de masas. Lógi- camente, los programas de tales frentes electorales eran la sumatoria de las reivindicaciones inmediatas de cada sector, al margen de cualquier línea polí- tica coherente, y no conseguían ocultar la intención de “atraer”a todo el mundo: meterlos en la misma bolsa y estamparles el sello del partido. Ende- micamente privada de dirigentes populares propios a causa de esa política, la izquierda partidaria se resignó a cooptar sus candidatos del campo político extrapartidario, creándoles una “imagen” adecuada mientras le sirvieran. Lo más triste de estas especulaciones oportunistas fue su inoperancia para cons- truir una fuerza revolucionaria de masas.
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4.- Vieja y nueva izquierda en los años ’60.
Entre tanto, la situación nacional iba cambiando. Luego de los sucesivos fracasos desarrollistas, se inicia en 1966 la ofensiva estratégica de la gran bur- guesía financiera, valiéndose de una Institución Militar refuncionalizada. Por debajo de este proceso de dictaduras tecnocráticas “ala brasileña”, se produ- ce en la plataforma social una confluencia explosiva. Los destacamentos más avanzados de la nueva clase obrera, encabezada por los mecánicos cordobeses, entran en contacto con una juventud pequeño-burquesa en proceso de radi- calización. Desde el Cordobazo (1969), y en la retirada de la dictadura militar de la Revolución Argentina, esa confluencia ocupa y rebalsa al movimiento peronista y empieza a configurarse un frente obrero y popular combativo y en avance continuado hacia el Estado.
Esta nueva situación no podía sino influir sobre la izquierda. Se reflejó en contradicciones y fracturas intemas, y a su vez, en la emergencia de nuevos destacamentos revolucionarios en la sociedad. Luego de una primera recep- ción del impacto de la Revolución Cubana, cuando la realidad hizo posible
llevar a la práctica sus enseñanzas, el PC se aparta de los nuevos emergentes, expulsa a las nuevas tendencias de su propio ámbito. y vuelve a cerrarse sobre sí mismo. En un enfrentamiento puramente programático y superestructural al Gran Acuerdo Nacional (GAN) que propuso el General Lanusse, último presidente de la Revolución Argentina, inicia una política de frentes electora- les oportunistas con el Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA). sin que desde entonces hasta ahora, esa política haya logrado algo más que mantener la presencia de una sigla en ‘las boletas y profundizar la impotencia de masas.
Pero esta marginación deliberada del PC respecto de los nuevos movimien- tos, asumida en lugar de comprenderlos. revisar autocríticamente las propias posiciones y trabajar para la unidad ycdesarrollo de una nueva izquierda. tuvo nefastas consecuencias para el futuro. (‘onsagró la fractura entre una vieja iz- quierda oficial (legal y pacifista) y una nueva izquierda no-oficial (clandesti- na y armada). Esto acarreó un dob‘le efecto, cuyas consecuencias perniciosas se verán recién algunos años después. Por un lado. anquilosó a un PC abro- quelado en sus aparatos. y ahora no sólo enfrentado a los sectores mas avanza- dos de la clase obrera sino opuesto a los emergentes revolucionarios de su propio campo: la izquierda. Por el otro. condenó a la nueva iunierda a "em- pezar de cero“, a aprenderlo todo como si careciera de pasado. a construir la organización sin recursos y verse amenazada por el espontaneísmo. el volun- tarismo, el economicismo, el militarismo. etc. Esta divergencia que antagoni- zó innecesariamente contradicciones que se daban en el campo del pueblo y no con el enemigo, que sin embargo tuvo figuras de síntesis como la de Agus- tín Tosco, y que los militantes de base. en los propios frentes de lucha, vivían como una tendencia natural a la unidad que “por arriba“ se veía pennanente-
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mente frustrada, debilitó a la izquierda en general,'hizo mucho más lento su avance y la dejó sin respaldo histórico.
El golpe de 1976 y la ofensiva terrorista que la siguió, acarreó la derrota política y el aniquilamiento físico de la nueva izquierda (que en su momento integró a Montoneros, al menos en los hechos), y dejó a la vieja izquierda co- mo la única heredera orgánica de una historia que no hab ía entendido ni pro- tagonizado pero que se tomaba sus propias revanchas sobre el Partido. La “neutralidad” respecto de la dictadura militar terrorista, la incapacidad para encabezar la resistencia democrática, acabó hundiendo a la vieja dirección y al Partido en un pantano del que, dificultosamente, intenta emerger en el pre- sente cargando con un pasado de traiciones, errores y derrotas, pero también de victorias parciales y de heroísmo que es necesario sintetizar en una única historia de las luchas populares.
5.- La reconstrucción de algo que no llegó a ser todavía
La actual crisis de la iunierda, su dispersión orgánica, su descomposición ideológica, su confusión política, el síndrome de su impotencia de masas, son resultados de una historia que es preciso asumir. Tan .pesada es esa carga que en muchos provoca el impulso de desembarazarse de ese fardo, dejarlo a un lado del camino con la ilusión de seguir la marcha con paso alivianado. Pe- ro nunca el olvido ha sido el remedio de un recuerdo atorrnentador ni fue ca- paz de liberar de sus retornos. Si efectivamente se quiere construir un nuevo proyecto socialista, esa empresa histórica no parece posible declarando que “lo pasado, pisado”, haciéndose a un lado como si nada hubiera ocurrido y cayendo en la ilusión de empezar desde el principio “por otro lado”. No hay construcción concreta que no se cimente enlas condiciones dadas, esas que no elegimos y constituyen nuestra propia condición histórica. Asumir nues- tro pasado es hoy más urgente que nunca ante la nueva emergencia de viejos reflejos strscitados por el triunfo de Carlos Menem en la interna peronista, y las perspectivas electorales para 1989. Si para preservar una identidad de iz- quierda nos encerramos en una política “obrerista”, estrechamente de clase, y recogemos la alarma de una pequeña burguesía tan asustada por el retorno del “aluvión zoológico” como por un nuevo golpe militar, o contrariamente, si con la intención de acabar con el “gorilismo” de izquierda, nos conforma- mos con una ambigua posición centrista que no defina el carácter de la crisis actual y el sentido de las “salidas” que propone el bloque en el Poder, estare- mos reiterando viejas tareas y tanto sacrificio habrá sido en vano.
Toda política revolucionaria, es decir, toda política dirigida a transformar de raíz el orden de cosas existente, es la síntesis entre necesidad y posibilidad. Por eso debe articular, querer y poder, pero no reducirse a ninguno de esos
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términos sino trascenderlos teórica y prácticamente a ambos. Y en el presen- te, la propia crisis capitalista antagoniza necesidad y posibilidad de tal modo que, lo que aparece inmediatamente como más necesario para la enorme ma- yoría del pueblo, se presenta también como prácticamente imposible. Tan paradójica es la situación que diríase que nunca la revolución fue más urgen- te y necesaria que hoy, desde el punto de vista de la situación objetiva, y ja- más resultó más utópica. Entre esos extremos, que la crisis separa al infinito, se desarrolla la política revolucionaria, negándose a abandonar cualquiera de ellos y su. contradicción, y encarando tenazmente su vinculación dialéctica. ¿De qué manera articular necesidad y posibilidad sin caer en un doctrinaris- mo impotente o en un posibilismo sin futuro?
No cabe duda de que tan crítica es la situación de la izquierda argentina hoy, tan dispersa y debilitada se encuentra incluso respecto de su propio pa- sado, que hace lo poco que puede en mayor medida que lo mucho que qui- siera. Pero aún en ese poco que Somos capaces de realizar, lo fundamental debe estar presente si queremos mantener el sentido de la política. Precisa- mente por este mínimo de coherencia estratégica es que la posición de la iz- quierda, y de su referente orgánico más importante, el PC, en la coyuntura electoral del ’89, DEBE SERVIR EXPLICITAMENTE PARA AVANZAR EN LA CONSTRUCCION DEL FRENTE DE LIBERACION SOCIAL Y NACIONAL. De ninguna manera pueden ubicarse las candidaturas, los pro- gramas y las campañas al margen de esa construcción, ni es posible suponer que el proceso de opción electoral y los resultados que se obtengan no ten- drán influencia sobre el porvenir inmediato de la izquierda y de la franja social que busca una expresión política de esa orientación. Las elecciones del ’89 pueden ser DECISIVAS para nuestro futuro. en tanto señalan en la práctica de masas un viraje real, o reincidan en una politica oportunista de comprobada esterilidad. Una nueva frustración de las expectativas de un sec- tor popular y obrero no por reducido menos influyente. que cifran en una alternativa francamente de izquierda la salida de la crisis actual, sería catas- trófica para las actuales direcciones y los regresaría a una desintegración y vaciamiento difícilmente recuperable en el mediano plazo. Y aquí surgen algunas preguntas claves: ¿Qué expectativas son las que la izquierda necesi- ta recoger y formular concientemente‘? ¿A qué interlocutores nos dirigimos en las próximas elecciones? ¿A qué podemos legítimamente aspirar? ¿Con qué parámetros medir nuestro avance o retroceso?
6.- Lo que el pueblo puede esperar de Menem: los fatuos fuegos de la derecha.
La victoria- electoral de Carlos Menem en la interna peronista no puede considerarse concluyente. Sin embargo. ha tenido un enorme efecto deses-
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tructurante sobre el sector renovador, que se había considerado triunfador indiscutible y en ese carácter negoció con el alfonsinisrno. Para triunfar, el menemisrno contó con dos aliados importantes: el descontento de amplios sectores populares y el aparato de la burocracia miguelista (las 62 Organi- zaciones). Un cafierisrno demasiado comprometido con la “gobernabilidad” del régimen alfonsinista, hizo el resto. Pero, más allá de sus ventajas coyun- turales, el menemisrno tiene a su favor algo mucho más profundo: la conti- nuidad de una tradición peronista. Sin duda la imagen del caudillo paterna- lista, la promesa de un futuro mejor y la reinvidicación de los pobres, están mucho más cerca del peronismo. histórico y sentimental que la racionalidad tecnocrática del cafierismo. Menem porta los penates populistas y eso, en medio de la desesperación de ingentes sectores marginales, tiene un enorme poder de atracción. La “modernización” tecnocrática del peronismo quedó perpleja ante su propia derrota, sobre todo en el cinturón obrero de Buenos Aires, y en medio de la confusión, empezó a reciclar y a reacomodarse.
Pero Menem parece ser el más asustado ante los peligros de su propia imagen popular y las tensiones que podrá desatar. El voto menemista es un gesto de resistencia espontánea, encierra tanto el rechazo de la situación ac- tual como la esperanza cifrada en el retorno de un pasado fetichizado. Para tranquilizar a los factores del poder internacional, el candidato victorioso se apresuró a recorrer los centros capitalistas para vender una imagen “con- fiable” a las altas finanzas, dejó enfriar la euforia antirenovadora de sus pro- pios seguidores, y al regresar, empezó a actuar con llamativa prudencia respec- to de las políticas que más criticó en su campaña electoral. Se cuidó de no cuestionar a fondo el Plan Primavera, aunque se trata de una nueva “vuelta de tuerca” económica para condicionar por la base su propia victoria en el
’89, no emprendió una ofensiva para que su sector obtuviera la presidencia del bloque de diputados desplazando a Manzano, y en la Provincia de Buenos Aires, negocia con .Cafiero la permanencia de éste al frente del Partido a cam- bio de listas únicas en los distritos electorales. Su posición inicial y sus vacila- ciones posteriores en relación con el paro declarado por el Secretario de la CGT, Saúl Ubaldini,_ para el 9 de Setiembre, pueden considerarse sintomá- ticos para el futuro. No apoyaba la medida de fuerza, trabajó para que se re- dujera de catorce a sólo ocho horas, y estuvo ostensiblemente ausente del palco oficial. Las burocracias sindicales ubaldinista y miguelista le ofrecieron un escenario para su propia promoción, pero se ha demostrado que carecen de poder de convocatoria a la movilización y que tratan de atar al futuro presidente peronista a su propias especulaciones. Las negociaciones entre Alfonsín, Angeloz, Cafiero y el propio Menem, acerca de la reforma de la Constitución, con sus acuerdos parciales y diferencias de forma, son índice de que la unidad entre la burocracia radical y la burocracia peronista avanza y se consolida. ¿Puede esperarse de este candidato peronista, al que el go-
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bierno parece cederle su herencia ya que únicamente un milagro podría de- volverle al radicalismo la mayoría electoral, otra cosa que la continuidad sus- tancial de una política de “reajuste” impuesta más por las leyes objetiVas de la crisis y la transición que por las buenas intenciones de los operadores políticos?
No hay datos ciertos de que el menemisrno, en el gobierno, pueda tornar medidas decisivas para cambiar el rumbo de la política económica-social do- minante. La propagandjzada “moratoria de la deuda externa” no parece plau- sible, al menos para un gobierno tecnoburocrático y sin el desencadenamiento de un movimiento social de resistencia con resultados “imprevisibles” incluso para sus eventuales promotores. ¿Está en condiciones el menemisrno de desa- tar un proceso combativo de masas? ¿Podrá tolerarlo siquiera? ¿Cómo va a conducirlo? ¿En base a qué proyecto estratégico? Si efectivamente no cabe es- perar de Menem ningún cambio fundamental, el resultado será una adminis- tración más o menos tecnoburocrática acompañada por una débil política de promoción social con discurso nacionalista y populista dirigido a aplacar los impulsos de resistencia. Y si eso no es suficiente, siempre resulta posible desviar la violencia de masas contra las masas mismas, y desarrollar propues- tas de autovigilancia como la de los “vigías de la comunidad” del Intendente Rousselot en Morón. ¿Acaso no trata el propio candidato peronista de con- vencer a la gran burguesía de que está en mejores condiciones que un alfon- sinismo desprestigiado, para proseguir con la reconfiguración en curso? Me- nem sabe perfectamente que, para gobernar, debe ofrecer al bloque en el ¡Poder garantias suficientes de' que sabrá regular los inevitables conflictos con el menor costo para los intereses dominantes.
Aquellos sectores de la izquierda bienintencionada, “nacional y popular". que siguen identificando de manera automática a la clase obrera con el pero- nismo, y que de apoyar al cafierismo “civilizado” pasan a recostarse sobre el menemisrno “bárbaro” fieles al mandato del pueblo. no advierten o no quie- ren advertir losejes dominantes de la política actual y los cambios operados en el peronismo. Siguen identificando a este peronismo tecnoburocrático con el peronismo del '73, siguen alentando expectativas movilizadoras, y en su afán de no descolgarse del movimiento de masas, se proponen mantener como sea un “centro” en bancarrota objetiva. ¿Vale la pena insistir sobre las diferencias entre la coyuntura del ‘73 y la actual, la política de entonces y la de ahora, el peronismo del “retomo” y el peronismo de la modernización“? Lo que era un movimiento de masas en ascenso incontenible en 1973, capaz de imponer sus propias condiciones a Perón, hoy es una sociedad desintegra- da y a la defensiva; Io que fue una clase obrera en franco proceso de recupera- ción sindical y con avanzadas nuevas, es hoy un proletariado desmovilizado y sometido a cambios estructurales que no comprende ni mucho menos contro- la; lo que era.una alianza dinámica entre trabajadores y pequeño burguesía.
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hoy es creciente polarización. Pero también han cambiado las reglas del juego en el Estado. La crisis general, y la crisis de hegemonía en particular, imponen a TODOS LOS OPERADORES POLITICOS por igual la inercia de una admi- nistración tecnoburocrática como única salida. Aunque la integración de la burocracia militar al proyecto de una burocracia orgánica de Estado esté to- davía lejos de consumarse, aunque la burocracia sindical deba provocar golpes de efecto como el paro del 12 de Setiembre para demostrar su fuerza pasiva y recobrar un puesto en la negociación, aunque la figura del Primer Ministro sea resistida por un peronismo que quiere recibir la totalidad del Poder Ejecu- tivo en 1989. La mecánica interna de la crisis determina la lógica del movi- miento político burgués, o al menos, fija sus márgenes insuperables. Ahí clau- dica la imaginación de los politicólogos.
Los fundamentos de legitimación del dominio, de consenso y de represen- tación, han cambiado de manera irreversible. Esa legitimación proviene, cada día más, de los acuerdos entre los diferentes cuerpos burocráticos y se negocia en el seno de las instituciones; el consenso a que apela el régimen es pasivo, meramente negativo, basado en elecciones por descarte del “mal menor”, y se dirige a disuadir la resistencia potencial más que a ganarse el apoyo activo. Finalmente, la representación no implica ningún mandato determinado sino, como quiere Norberto Bobbio, un mandato genérico de administrar la cosa pública de la mejor manera posible y sin atarse a intereses sectoriales. Tan es así que las promesas electorales comprometen cada vez menos y el doble dis- curso es admitido por todo el mundo: mientras el gobierno proclama el acuer- do con los grandes industriales y comerciantes para mantener la estabilidad de los precios, a cambio del congelamiento salarial, las remarcaciones continuan a los ojos de los consumidores inermes. Los efectos eSquizofrenizantes de estas situaciones constituyen la herencia del terror y reproducen sus condicio- nes en los hechos.
He aquí algunas de las reglas del juego político actual del que ningún operador está exento. El menemisrno es tan esclavo de ellas como el cafieris- mo y el propio Alfonsín (quizás el que mejor lo sabe). Ellas aseguran la conti- nuidad sustancial del sistema, sea bajo forma de una democracia tecnoburo- crática como bajo una dictadura institucional. Incluso los acuerdos en ciemes entre las burocracias militares y civiles (siempre acosadas por el peligro de la guerra), si logran consolidarse, significan un avance notable en la formación de ese cuerpo burocrático unificado que, supliendo la inexistencia de una clase hegemónica “nacional”, ejerza sus funciones administrativas en represen- tación de los intereses dominantes del bloque en el Poder.
Pero este pacto estratégico está todavía lejos de haberse consumado. De aquí hasta entonces median múltiples conflictos, bruscos virajes, nuevas corre- laciones de fuerzas internas e internacionales. No es previsible que el pueblo argentino pague el altísimo costo que le exige la “modernización” de la
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dependencia, en vidas y en historia, sin resistirse y luchar. En esa fuerza la- tente, que aporta los contenidos opositores y progresivos del voto peronista a Menem (que más allá de “castigar” al cafierisrno apuesta a “otra cosa” que no sabe muy bien qué es), y la tendencia espontánea a no entregarse, las que mantienen viva la llama de la liberación. Para desarrollarla, la izquierda unifi- cada debe enfrentar a los elementos más regresivos y reaccionarios que porta el propio menemisrno de masas, y que éste comparte con otras versiones me- nos populistas de la política tecnoburocrática. Este combate se da en el seno del movimiento de masas, en sus luchas concretas, en el interior de las con- ciencias y de sus prácticas. Allí debemos participar y no quedarnos en los umbrales, temerosos, delegando en otras fuerzas no socialistas ni revoluciona- rias, una tarea que únicamente nosotros somos capaces de realizar de manera consecuente y hasta las últimas consecuencias. Es hora de sacar la cara, levan- tar una propuesta democrática, popular y antirnperialista PROPIA, proponer NUESTROS PROPIOS CANDIDATOS y empezar a reunificar a los sectores más avanzados y concientes de la clase obrera y del pueblo. Sólo ellos están en condiciones, por el momento, de recibir un mensaje de izquierda franca, Pero también únicamente ellos pueden reconstruir 'la fuerza necesaria para avanzar en la unificación del campo popular hoy disperso y confundido.
7.- La fatuidad centrista y el ascua de una izquierda unida.
La política oportunista tradicional, heredada del pasado histórico de la izquierda oficial, acostumbra a medir los resultados electorales por un “cálculo” numérico de la misma naturaleza que el que realizan los partidos de la burguesía. Obvio que si el objetivo que busca la izquierda se reduce a conquistar un puesto en Ia mesa de negociación interburocrática. o una banca parlamentaria que como el Holandés Errante desaparecerá en la bruma. ganar un buen número de votos es importante, cualquiera sea la composición social (de clase) de ese electorado y la política con que se obtenga su apoyo. Pero. aunque aceptáramos como mal menor esta lógica burocrática de los cómputos y ratings, que se gana el favor de cada sector diciéndole. por separado. única- mente lo que quiere escuchar pero ocultándolc aquello que debe saber para resistirse, por más que nos resignáramos a acatar semejante reincidencia en el oportunismo, nos aguarda la conocida frustración, ya que: a) No existen posi- bilidades para una izquierda de masas en la Argentina de hoy. y en consecuen- cia, no puede lograrse un caudal electoral verdaderamente representativo sin antes reum'jïcar a las avanzadas dispersas tanto sociales como políticas y re- solver la propia crisis orgánica; b) Algún “buen papel" en las elecciones. con- seguido a expensas de una propuesta de izquierda definida e independiente que se dirije a interlocutores sociales precisos con la verdad. resultará un nue-
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vo espejismo: el fuego fatuo que consumirá a la izquierda sin hacer llama. Si no se objetivan las expectativas y se trabaja con un proyecto de acumula- ción y construcción de largo aliento, que no se agote en las elecciones de 1989, cualquier resultado meramente cuantitativo, por bueno que sea medi- do en la pequeña escala de nuestra izquierda, precipitará la dispersión y la des- composición en lugar de ayudar a superarlas. ¿las bases de izquierda, militan- tes y simpatizantes, están en condiciones de soportar un nuevo desinfle del globo electoral que inflan los operadores? ¿Para qué servirán esos 500.000 votos con que se sueña? ¿Las actuales direcciones, incipientes y en proceso de estabilización, sobrevivirán a una triste victoria sin ejes de acumulación fiJtura? Al margen de ‘üna política clara en la clase obrera y en las masas po- pulares, de un análisis de la crisis capitalista dependiente que extraiga'todas las consecuencias para el pueblo y del destino posible de esta democracia, no existe posibilidad alguna de darle continuidad ni siquiera a un frente electoral oportunista mediocremente “exitoso”. Pero, al fin, efectivamente una opción de izquierda sin propuesta alternativa, podrá atraer el electorado potencial- mente izquierdista existente en la Argentina de hoy? ¿Dónde está esa franja? ¿Con qué propuestas se disputa?
Sin intentar responder a estas preguntas, la política electoral de la izquier- da seguirá cautiva de la especulación mezquina, de la negociación superestruc- tural entre figuras irrepresentativas e inventadas, con programas que amonto- nan reivindicaciones inmediatas sin marco ni proyecto. Y las respuestas reque- ridas deben hacerse cargo de las siguientes cuestiones:
l.- El desplazamiento del espectro político hacia la derecha, desde la UCD hasta el PI, deja vacante un espacio de izquierda que nadie ocupa y que carece de propuesta nítida.
2.- Ese vacío en la escena político-electoral es la expresión, o entodo caso encuentra un correlato, en la propia sociedad. Sectores de la pequeñoburgue- sía y de la clase obrera, relativamente minoritarios pero cualitativamente irn- portantes para la formación de un polo social de resistencia, alientan expecta- tivas de izquierda que la propia derechización perfila con mayor claridad que nunca (pero el resurgimiento del “gorilismo” podria frustrar dividiendo con falsos antagonismos el campo del pueblo).
3.- A su vez, amplios sectores de masas quedan a merced de propuestas de derecha, y gradualmente pueden dejarse ganar por ellas: la burguesía por las opciones tecnocráticas y los sectores populares por las populistas. Ese es el caudal que debemos disputar; allí es preciso intervenir con una propuesta pro- pia e independiente, que altemativice las falsas opciones del radicalismo y del peronismo, y una práctica concreta que desarrolle las más amplias alianzas en la base de masas.
En medio de esta situación surge el falso dilema en que debate la izquierda hoy: propuesta de centro-iunierda o de izquierda unida. Esa oposición no en-
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frenta una política de masas a una política sectaria. Por el contrario, traduci- da en hechos quiere decir: alianza oportunista en tomo a alguna figura de presunto prestigio con un discurso tan amplio como irnpreciso, o alianza de las fuerzas reales de la izquierda existente con una propuesta de liberación so- cial y nacional, de socialismo popular y antimperialista. En el primer caso, las “imágenes” y las “figuras” lo determinan todo y se desvanecen al día siguien- te de las elecciones (¿es necesario citar ejemplos recientes?); en el segundo son los objetivos y las prácticas los que definen la propuesta. Mientras la pri- mera opción se dirige a un electorado,indiferenciado, sin distinción de clases o sectores, y se conforme con el mayor número de votos, la segunda interpela a aquellas clases y sectores sobre los cuales se asienta una política de construc- ción y de resistencia con porvenir. A la visión meramente cuantitativa de la especulación electoral se opone la concepción cualitativa, que para evaluar los éxitos y los fracasos toma en consideración los avances reales logrados en la construcción de una vanguardia de masas. En tanto la primera opción, la de centro-izquierda, le hace el juego al equ ívoco que identifica "centro" con “popular”; la otra define a lo popular en términos de reivindicaciones reales y a lo nacional como antimperialista. Y finalménte, mientras la falsa opción de centro-izquierda (definida así por la política concreta, no importa lo “iz- quierdista” que puedan parecer los programas) quiere restaurar el CENTRO que los imperativos de la crisis han roto y que tanto radicales como peronis- tas se apresuran a abandonar; la posición de iunierda unida y franca. aprove- cha el develamiento de la ilusión centrista que cultivó la socialdemocracia ilustrada y encandiló a muchos intelectuales, denuncia el corrimiento a la derecha y lo altemativiza con una posición independiente.
Y aquí viene el concepto clave de esta política: altemativizar. El peronis- mo aglutinado alrededor de Menem y su equipo, debe ser alternativizado en el seno mismo del movimiento de masas con posiciones populares, obreras. de- mocráticas y antimperilistas valientes y claras. Sólo desde una alternativa in- dependiente, propia, será posible atraer y ganar a los sectores vacilantes o desilucionados de radicalismo y peronismo. que la posición centrista pretende seducir manteniéndolos en su falsa identidad. Y altemativizar no quiere decir gorilismo ni aislamiento. Una propuesta popular y una política de resistencia en todos los frentes, tanto al radicalismo tecnocrático como a la salida mene- mista de una nacionalismo y un populismo de fachada sobre los que pueden montarse las derechas institucionales (Fuerzas Armadas, Iglesia Católica. Corporaciones), garantizan una vinculación fluida y rica con las bases que no haga seguidismo para mantenerlas en la ilusión y la impotencia. Es preciso aclararles cl verdadero sentido de la crisis actual y del proceso que se vive. y proponerles con las mediaciones coyunturales necesarias, la perspectiva libera- dora del socialismo. Así será posible romper la subordinación del impulso de resistencia a las viejas formas populistas. que encierra e-l voto a Menem. y
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ganar esa fuerza para la unidad en lucha del campo popular. Y .en defmitivaz‘ ¿Con qué otra política podremos superar la crisis orgánica, el vaciamiento ideológico y el atraso pol ítico, de la izquierda argentina actual?
Si realmente queremos fortalecer nuestra organización política, desemba- razarla de los lastres reformistas y oportunistas que la esterilizan, remover las causas estructurales de su burocratización interna, no necesitamos bOm- beros sino fogoneros, porque no se trata de apagar sino de avivar los fuegos críticos que pueden consumir el armazón de una institución ficticia y sacar a la luz sus fuerzas reales. Debemos sinceramos ante la sociedad, y para eso, nosotros mismos tenemos que asumimos y confiar en la necesidad de la revolución. Nadie va a creer que luchamos contra la democracia restrin- gida y por una democracia verdadera si nuestra propia organización funciona con democracia restringida y la crítica interna se supedita a la “convenien- cia” de los funcionarios, especializados en regular el conflicto para que no desemboque en una transformación de fondo. ¿Cuánto más podemos perder ya como no sean nuestas propias cadenas? Si abrimos las puertas de par en par ¿qué otros van a querer entrar que no sean aquellos de convicciones revolucionarias tan firmes como para no temerle ala derrota o a la horca? Incluso una alianza de izquierda, a la que sólo se llega por des- carte, sencillamente porque la inicial y seductora apuesta centrista no fue aceptada por los propios centristas natos, un acuerdo entre el PC y el MAS pensado para salvar las apariencias, preferible a la desgracia de no participar en las elecciones, que no se articule con la más amplia democracia y levante, más que un programa inmediato que será el que todos conocemos, una poli- tica común de construcción en el movimiento de masas, correrá el serio ries- go de disfrazar de izquierda al centrismo que no pudo ser. Obtener siempre lo contrario de aquello que dice procurar, es el premio infalible que la histo- ria otorga al oportunismo de izquierda. ¿Será ése nuestro regalo del ’89?
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I Certamen de ensayo
utopías del sur convoca a su primer certamen de ensayo sobre cualquiera de los siguientes temas:
o ¿Dónde esta la izquierda en la Argen- tina!
o Propuestas culturales bajo la democra- cia y la dictadura (1973-1983).
o ¿Hay una opción revolucionaria en el peronismo?
o Comportamiento de la sodedad argen- tina (1973-1983).
o Conflictos sociales bajo la democracia y bajo la dictadura (1973-1983).
o ¿Por que 5ta vigente o no la conuadic- ción entre liberadón y dependencia?
o ¿Quépapel le asigna EEUU. a la Argenti- na en America Latina y en el Atlantico sur?
Desde esta perspectiva los participan- tes podran abordar puntos de vista genes rales o específicos sobre el tema o los terms elegidos. Los participantes tienen toml libertad para elegir el enfoque que prefieran para orientar sus ensayos.
Basesdelcertamen
1.- Podrán participar autores argentinos, así como de otras nacionalidades que hayan vivido en America latina. o que hayan trabajado sobre la problematica de la Argentina.
2.- Los ensayos deben ser inéditos, presentados en castellano y tener una extensión mínima de 12 cuartillas y una
de utopías del sur
de 18, mecanografiadas a doble espacio en tamaño carta.
3.- Los ensayos seran firmados con seu- dónimo, enviandose cinco copias acom- pañadas de un sobre cerrado, en cuya parte externa se indicara el seudónimo utilizado por el autor. En el intenor debe- ran ¡r el titulo de la obra y los datos per- sonales dei autor (nombre completo. cumculum y su dirección).
«i.- utopías del sur adquiere el com- promiso de publicar los dos mejores ensayos de cada :cma, abonando los derechos de autor correspondientes. 5.—' Se otorgará a todos los participan- tes urta suscripción anual de la revrsta utopías del sur.
6.- Los trabajos no seran devueltos a sus autores.
'.'.— El jurado será dsignado por la rev'sta utopías del sur y estara integrado por representantes de la política, ias letras. la Ciencias y el period'smo argentino.
El jurado hara público su fallo el día 28 de febrero de 1989, y considerara sólo los ensayos llegados a L1 revista utopia delrmr hasta el 31 de enero de 1989.
Los trabajos deberán ser remitidos a la siguiente dirección postal:
utopías del sur Casilla de Correo 2457 (1000) Buenos Aires Argentina
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LOS AGRUPAMIENTOS POLITICO SINDICALES: UN INTENTO DE CARACTERIZACION*
Gustavo Miedzir/Amelia Peixoto Alberto Fernández /Eduardo Lucita
PRESENTACION:
El trabajo que aquí se presenta debe ser interpretado como una primera aproximación a la temática planteada, un intento de rastrear, en el marco de un determinado y acotado. proceso social y político, los orígenes y principa- les rasgos de lo que denominamos los Agrupamientos Político-Sindicales.
Los criterios metodológicos empleados en el estudio, que finalmente ad- quirió la forma de un articulo, están originados en algunos interrogantes centrales que surgieron en las discusiones políticas previas, cuando se inten- tó delimitar el campo de análisis.
Esto flevó a asumir un planteo que contiene una fuerte predeterrninación política: los nucleamientos sindicales no son los sindicatos (ésto lleva implí- cito un criterio de representatividad) ni los sindicatos son la clase obrera (lo que lleva implícito una conceptualización del papel de los sindicatos enla sociedad capitalista).
Asumido este criterio-patrón que ubicó al trabajo en el plano de la superes- tructura, se replantearon una serie de dudas cuyas respuestas resultaban fran- camente insuficientes:
— acotado el principio de representatividad, ¿sería posible enfocar el tra- bajo asumiendo los agrupamientos como núcleos de dirigentes que se disputan espacios de poder?
— si se lo enfocara desde la perspectiva de las relaciones con el Estado, ¿sería posible centrar el estudio en las distintas modalidades o estrate-
* Este trabajo se desarrolló durante 1987 en cl marco dc la FUNDACION DIC lNVl-ZS- TIGACIONI‘ZS SOCIALES Y POLITICAS (FlSyP) y contó con la más amplia cola- boración de su Centro de Documentación.
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gias de negociación que muestran los diferentes agrupamientos?
— finalmente, en el marco de la reestructuración del capital en curso, visto desde el proceso productivo, ¿se podrían relacionar los agrupamientos con las distintas formas en que los trabajadores se insertan en dicho pro- ceso?
La carencia de trabajos de investigación sobre estos aspectos, que pudieran servir como marco referencial previo, y el hecho de analizar los acontecimien- tos en forma casi contemporáneaal momento de acontecer, impidió tratar ca- da una de estas alternativas en forma desagregada, contrastando datos empíril cos con las hipótesis previas, lo que de alguna manera limita el alcance del tra- bajo, y nos condicionó a operar en paralelo sobre dos aspectos centrales:
* Por un lado se elaboró, sobre la base de diversas publicaciones, informa-
ción documental y testimonios del período, una secuencia histórica que abarca desde los primeros meses de 1976, hasta diciembre de 1987, con especial énfasis en el período 1983-87. Para este último período se recurrió a una periodización que, aún con los riesgos que toda periodización conlleva, permitió identificar distin- tos momentos de constitución y reagrupamiento. El criterio para efec- tuar estos cortes diacrónicos se basó en hechos estrictamente sindicales, recurriendo a hechos políticos sólo en aquellos casos en que resultaban decisivos o que incidían en la vida interna de “los agrupamientos o en la relación entre sí.
* Por otro lado se seleccionó un conjunto de variables, identificadas según
'un criterio de correspondencia con el mundo sindical y clasificadas por ámbitos específicos, cruzándolas con los distintos agrupamientos, obte- niendo así una matriz de doble entrada (que se adjunta como anexo de consulta) que permite correlacionar cada variable con la respuesta de los distintos agrupamientos. No obstante el avance en esta tarea mostró dificultades en la operacio- nalización de las variables seleccionadas, lo que obligó a reducir su nú- mero, con lo que se logró una mejor expresión de síntesis aún a riesgo de despreciar información disponible y relevada.
La información analizada ha sido obtenida de: a) documentos y solicitadas y publicadas por los distintos agrupamientos; b) información y notas periodís- ticas de los diarios “Clarín”, “La Razón", "La Voz“ y “Página l2", y las re- vistas “El Periodista", “Línea”, “El Despertador“ y "JP"; y publicaciones pe- riódicas y especializadas como “El Bimestre”, "DIL-Información Laboral".
i, gb
“FIDE-Coyuntura Económica . Noticiero Gremial"
Marzo 1988
CUADERNOS DEL SUR 8 149
l - INTRODUCCION:
Los años en curso muestran una intensa puja fraccional que se desarrolla fundamentalmente, aunque no exclusivamente, en el interior de la central obrera, en un movimiento que se desenvuelve en un doble sentido: hay una consolidación de tendencias nuevas y ruptura de las anteriores; y hay un con- tinuo reagrupamiento y fragmentación de la burocracia sindical argentina.
Paradójicamente, o tal vez por esto mismo, este continuado oficio de anu- dar y desarmar alianzas, que tiene como telón de fondo la recuperación de es- pacios democráticos en la sociedad, la agudización-de la crisis económica y su impacto sobre los trabajadores y la articulación de un régimen de partidos, va paralelo con los logros de un reclamado objetivo: la reorganización sindical, que se ha expresado primero en la unificación de la CGT; luego en un vasto movimiento de elecciones sindicales, y finalmente en el Congreso Normaliza- dor de la CGT, que en conjunto dan legitimidad o al menos legalizan a los ac- tuales dirigentes sindicales.
La conformación de estas corrientes sindicales, que a los efectos de este trabajo designaremos como Agruparnientos Políticos Sindicales (en adelante APS), no es nuevo, ni es producto de las contradicciones del momento. Una somera y rápida lectura histórica permite apreciar que desde los orígenes mis- mos de la organización obrera en la Argentina, ala par que ésta se consolida- ba y extendía su influencia, albergaba en su seno bloques diferenciados que convivían en medio de discusiones internas y rivalidades de grupo que se ex- presaban en un intenso debate ideológico-político.
Sin embargo si bien puede hablarse de una continuidad casi permanentel en la existencia de estos agrupamientos, no es menos cierto que se han ope- rado cambios importantes.
Aquel intenso debate ideológico-político, que en. las primeras décadas del siglo ponía el acento en lo ideológico, y en los años 50’ y 60’ en lo po- lítico, prácticamente ha desaparecido. La lucha de clases como expresión de las contradicciones de la sociedad capitalista, que de una u otra forma estaba siempre presente, no tiene presencia ni cabida en los actuales APS.
La búsqueda de un espacio para articular más o menos armoniosa- mente las contradictorias relaciones entre capital y trabajo resulta ser, si bien desde enfoques diferentes, la matriz ideológica y el objetivo cen- tral excluyente, que sólo se ve trabado en su consecución por la persis- tencia de una crisis económica que no es vista como el producto de la lógica interna del modo de producción capitalista, sino que se la in- terpreta como la consecuencia del juego de las relaciones de fuerza
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internacionales y de una nueva etapa del capitalismo transnacional que, a través de sus organismos financieros ha convertido a países co- mo la Argentina en una suerte de víctimas históricas. Así se expatria la crisis cuyo fundamento se basa en políticas maquiavélicas gestadas desde los centros de poder.
El presente trabajo, que se ubica en el plano de la superestructura, tiene como objetivo: identificar los distintos Agrupamientos Politico Sindicales en que se vertebra actualmente la cúpum sindical, y elaborar una caracterización aproximada de cada uno de ellos.
Se intenta responder los siguientes interrogantes:
a) ¿Qué es lo que expresan estos agrupamientos político-sindicales?
¿Son simplemente acuerdos de dirigentes, que se constituyen como fracciones de la burocracia sindical para disputar espacios de poder?
¿Son producto de la actual situación política, y por lo tanto expresan un debate en el interior de las estructuras sindicales acerca de como ubi- Carse frente al régimen democrático inaugurado el 10 de Diciembre de 1983?
b) ¿Esa disputa por los espacios de poder, no expresa también distintas modalidades de relacionarse con el Estado?
c) ¿Estas fracciones internas no son en realidad la resultante de las diferen- tes formas en que los trabajadores se insertan en el proceso productivo?
2 —LOS ORÍGENES DE LOS ACTUALES APS.:
Los APS. que se intentan caracterizar en este trabajo aparecen con rasgos definidos a partir de la recuperación democrática de la sociedad y el pleno ejercicio de las mediaciones del aparato estatal y de las instituciones parla- mentarias, pero en rigor sus orígenes pueden rastrearse en los momentos ini- ciales dela dictadura militar que asoló el país desde marzo de 1976.2
Sin pretender historiar este proceso reciente se pueden aquí precisar algu- nos aspectos puntuales que facilitarán su ubicación contextual y el encuadra- miento posterior.
Marzo de 1976 es el momento culminante del agotamiento de un ciclo his- tórico en la Argentina, un largo período reformista-burgués en el que se privi- legió el mercado interno, una distribución progresiva de los ingresos (con algu- nos intervalos) y una fuerte intervención estatal en la economía.
La dictadura militar impone un corte abrupto en este modelo de acumula- ción y reproducción del, capital que incluía una particular forma de gestionar
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la fuerza de trabajo, y como contrapartida inicia un proceso, aún en curso, de reestructuración capitalista, que intenta la reinserción intemacional del país acorde con las tendencias que impone el mercado mundial, y que, alos efec- tos de lo que aquí nos interesa destacar, pone en crisis a la tradicional estruc- tura sindical.
“Esta política orientada a provocar un fuerte incremento de la tasa de plusvalía y a favorecer la concentración de capital, fue acompañada por mecanismos que acentuaban despóticamente el control estatal sobre el movimiento obrero. Mecanismos que incluyeron desde la represión y perse- cución directa a su vanguardia clasista y combativa; la intervención selectiva a Federaciones y Sindicatos y al Consejo Directivo Central de la CGT, hasta la fijación por decreto de los básicos de convenio, la modificación de las conven- ciones laborales y la reforma de la Ley 20744 de contratos de trabajo.
Estas medidas, junto con la intención de forzar los acuerdos entre capital y trabajo en el nivel de las mismas unidades de producción en función de sus productividades diferenciadas, llevaban implícitas, no sólo la pérdida de peso político de las organizaciones gremiales, sino una desvalorización de aquellas de segundo grado. Esto afectó directamente la organización y disciplina del movimiento obrero, ya que las federaciones por rama de industria y las convenciones colectivas de trabajo son las herramientas que han sostenido la unidad social y relativizado los diferenciales salariales.”3
Durante el año 1976 un reducido grupo de dirigentes sindicales cuyas or- ganizaciones no estaban intervenidas trataron de oficializar sus relaciones con el gobierno a través del Interventor en la CGT., Coronel E. Fabrizi y asumir un rol de dirección del movimiento sindical. Este intento, conocido fugaz- mente como el “Grupo de los 10”, tuvo escasa respuesta.
Pasado un año del golpe de estado la estructura sindical estaba conformada por los siguientes nucleamientos: l) Nueva Corriente de Opinión; 2) Ortodo- xos; 3) Grupo de los 8 ; 4) No alineados; 5) Independientes.
El fracaso de la política mencionada, dio lugar a la conformación en abril de 1977 del “Grupo de los 25” integrado por 5 dirigentes de cada uno de los agrupamientos existentes. Con el correr del tiempo los sectores más propen- sos al diálogo con las autoridades militares se alejan de la conducción de lo que luego se conocería como “Comisión Nacional de los 25 Gremios ” (en adelante “los 25”) integrada por dirigentes originalmente enrolados en el ver- ticalismo peronista y algunos que reconocían un pasado combativo, y que va asumiendo el rol confrontacionista.
Los grandes sindicatos y federaciones intervenidas, muchos de cuyos diri- gentes se encontraban detenidos, se nuclearon recién en Junio de 1978 enla “Comisión Nacional de Gestión y Trabajo ” (en adelante CG y T.) y es la ex- presión de la tendencia colaboracionista con el régimen militar de la época.
Este agrupamiento se convertiría en poco tiempo más con la incorporación
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de dirigentes de extracción verticalista disidentes, no alineados, y dirigentes amarillos de gremios chicos, conocidos ya como el “Grupo de los 20”, en la “Comisión Nacional de Trabajo ” (en adelante CN T.).
Esta marcada división se expresó puntualmente en determinadas coyuntu- ras. El sector confrontacionista COHVOCÓ al Pl'Ímer Paro “aCÍonal contra la dictadura militar, abril de 1979; en diciembre de 1980 constituyó la CGT- Brasil; convocó a un nuevo paro nacional en julio de 1981 e impulsó el “Plan de Movilización Pacífica” cuya manifestación más importante fue la concen- tración obrera del 30 de marzo de 1982.
Por su parte la tendencia colaboracionista-participacionista entabló rela- ciones directas con la dictadura militar; renegó del paro de julio de 1981 ; re- chazó el “Plan de Movilización Pacífica”, y como contrapartida constituyó en 1982 la CGT.-Azopardo.4
No obstante esta marcada diferenciación de estrategias y concepciones, que en el fondo encubren distintos proyectos de relacionarse con el Estado fue momentáneamente dejada de lado en setiembre de 1979, cuando detrás de la proclamada “unidad del movimiento obrero organizado" se constitu- yó la “Conducción Unificada de los Trabajadores Argentinos " ( C UTA), cuyo objetivo único era la defensa de los intereses de la burocracia amenazados por el proyecto de ley sindical (s'anciónado finalmente bajo la Ley 22105) que in- tentaba imponer un modelo sindical profesionalista y apolítico, pero que fun- damentalmente no permitía la reelección de los dirigentes sindicales por más de dos períodos consecutivos.
Esta unidad totalmente artificial tuvo corta vida, pues una vez sancionada la ley desaparecía el'eje central de la misma, y se trataba entonces de adecuar- se a la nueva situación.
El espacio de intervención política que se abriera como producto de la de- mencia] aventura de Malvinas; la retirada de la- dictadura militar. impotente para administrar la crisis que ella. misma profundizara: y.la derrota electoral del peronismo en las elecciones presidenciales de l983 dejaron al descubierto el agotamiento de un modelo sindical gestado varias décadas atrás. y particu- larmente la pérdida de posiciones del viejo tronco vandorista.
3 -LOS APS. EN LA ETAPA 'DEMOCRATICA:
A partir de diciembre de 1983, fecha en que asume el Gobierno Constitu- cional, el debate y la diferenciación tornan u'n nuevo sesgo: como pararse en la instancia democrática y la actitud a asumir frente al gobierno radical. En lo que va desde entonces a hoy las lineas de con/rontar'ión-colaboración-parti- cÍpaciÓn han reaparecido una y otra vez, bajo nuevas fonnas y con actores que van suirrendo un proceso de reagrupamiento que sobre la marcha, y según la
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relación de fuerzas entre sí y frente al Estado, van definiendo su política.
En toda esta etapa democrático-institucional del país se pueden efectuar algunos cortes diacrónicos (con la arbitrariedad que ésto supone), que mues- tran diferentes momentos de constitución y redefinición de los APS.
En esta etapa se identifican los siguientes períodos:
a) desde enero ’84 (unificación de CGT.) hasta agosto ’85 (3er. 'paro ge- neral), —periodo de gran dispersión de fuerzas—. '
b) desde agosto ’85 hasta noviembre ’86 (Congreso Normalizador de CGT.) —surgimiento y consolidación del “Ubaldinismo”-
c) desde noviembre ’86 hasta marzo ’87 (nombramiento de C. Alderete) —paridad de fuerzas—.
d) desde marzo ’87 hasta setiembre ’87 (elecciones) —surgimiento de “los 15”—.
e) del 6 de setiembre del ‘87 en adelante —crisis de hegemonía de “las 62”—.
a) el primer período se inicia con la unificación de la CGT., que como re- sultado de la situación creada bajo el, período militar se hace sóbre la base de cuatro Secretarios Generales que expresan a las tendencias en pugna: J. Tria- ca (Plásticos) y R. Baldassini (Telepostales), quienes junto con A. Cavalieri (Comercio) representan el ala colaboracionista más ligada a la dictadura mili- tar e impulsan una política acuerdista y socialmente desmovilizadora; O. Bor- da (Caucho) del ala más verticalista de -“los 25”; y S. Ubaldini (Cerveceros) que aparentemente independiente del resto de los agrupamientos expresaba hasta el- momento la política de “las 62 Organizaciones Peronistas” (en ade- lante “las 62”).
Este período, que es de una gran dispersión incluye no obstante un mo- mento de reagrupamiento. Cuando prácticamente toda la dirigencia sindical, salvo algunas excepciones, se unificó para enfrentar el proyecto de ley de Reordenamiento Sindical, conocido como Ley Mucci, elevado al Congreso de la Nación por el PEN. Rechazado por la diferencia de sólo dos votos en el Senado el proyecto se transforma en un acuerdo gobierno/burocracia esta- bleciendo un régimen electoral con los resultados conocidos.
En la CGT ya unificada el rol protagónico de las relaciones con el Estado y la representación patronal es asumido por el ala colaboracionista-participa- cionista, que impulsa en el seno de la CGT, la discusión sobre el papel del Estado, la disminución del gasto público, la liberalización de precios y sala- rios, y la fluctuación del tipo de cambio, mostrándose cada vez más ligado a los intereses del gran capital nativo y extranjero. Así en el ’85, la CGT., integrada en el “Grupo de los Once”, con la Sociedad Rural, la Unión In-
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dustrial Argentina, la Asociación Bancaria entre otros, firma el “programa de los 20 puntos”, de claro contenido neoliberal en el cual se expresa la ne- cesidad de una activa participación de la inversión productiva privada, com- plementada con la inversión extranjera directa, un programa de privatización de empresas, concertado entre el Estado, los empresarios y los trabajadores.
Paralelamente el rol confrontacionista es asumido por otra de las tenden- cias que conviven en el interior de la CGT. Saúl Ubaldini y un grupo de diri- gentes convocan a los primeros paros generales durante el Gobierno Constitu- cional (3-9-84 y 23-5-85) con un acatamiento importante en los gremios in- dustriales y relativo en los gremios de servicios.
b) El momento inmediatamente posterior al lanzamiento del Plan Austral puede ubicarse como el inicio de este segundo período con la convocatoria al 3er. paro general con movilización y concentración obrera (29-8-85).
Conviene detenerse unos instantes en el momento de este 3er. paro gene- ral impulsado por un núcleo de dirigentes que comienza a rodear a. S. Ubaldi- ni con el repudio del sector colaboracionista-participacionista y el escaso apo- yo de “las 62” y “los 25”
No obstante esta carencia de apoyos el paro es. amplio y más extendido que los anteriores y la concentración superó los cálculos previos. Más aún, en aquellos sindicatos donde no se promovió la movilización el accionar de los activistas combativos y de izquierda rebasó a la direcciones. La figura de S. Ubaldini salió fortalecida y comienza así a perfrlarse como el dirigente caris- mático que sin estructura propia encarna “la protesta social" 6
Este momento es definitorio para el curso posterior. En setiembre el grupo de dirigentes conocidos en la jerga cegetista como "los 5 latinos"7 propone la unificación de las cuatro secretarías generales en un solo cargo, para el que postula a S. Ubaldini. Esto se concreta de inmediato y es el momento en que aflora la corriente político-sindical que se identifica como “ubaldinismo”
Es útil puntualizar algunos aspectos que permitirán una caracterización posterior:
*)varios de los dirigentes que integran el entorno ubaldinista son origina- rios de la "CG y T”.el núcleo colaboracionista más comprometido con la dictadura militar.
**) en una perspectiva histórica éste es el Secretario General de la CGT. con menos base social propias y en cierta medida su figura es produc- to del vacío de poder que en este ámbito creara la dictadura militar.
***) tal vez por estas razones, es que se mueve permanentemente buscando ampliar su base de sustentación, para poder mejor negociar con los otros APS. (de hecho ha transado alianzas momentáneas en forma sis-
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temática). Su fuerza pareciera ser más que nada producto de la debili- dad del Conjunto.
En este sentido buscó apoyaturas por fuera de la cúpula sindical. En las regionales del interior y en la sociedad, con la Iglesia y las juventu- des políticas.
****) en la disputa interna con los otros APS. se mostró partidario de alte- rar norrnas internas institucionalizadas desde tiempo atrás y que en buena medida forman parte de la estrategia protectora que se auto- construyera la burocracia sindical:
— planteó, la convocatoria a un plenario general de delegados y comi- siones intemas, frente al edificio de la central obrera, para discutir la política dela CGT.
I I e I ’ — enuncro la propuesta de eleccron directa del Secretario General.
Estas dos proposiciones, que en la práctica significaban dejar de lado la estructura de los aparatos sindicales, fueron acompañados por el in- tento de construir grupos de apoyo en todos los sindicatos bajo la for-
ma de la Agrupaciones “Pan, Paz y Trabajo”.9
*****) el agrupamiento “ubaldinista” no aparece comprometido en la lucha
intema del PJ, y cuando como en las elecciones del 6 de setiembre ter- minó sobre el final de la campaña dándole el apoyo ala fórmula Cafie- ro-Macaya, lo hizo bajo el argumento de que ésta contemplaba en sus propuestas algunas medidas que formaban parte de los reclamos y rei- vindicaciones del movimiento obrero. En realidad y no obstante la filiación peronista de sus integrantes y el no renunciar a la concertación social, el “ubaldinismo” se muestra co- mo el APS. que se mueve con mayor independencia del Estado y los partidos políticos.lo
El resto de los APS. no tienen en este período la misma significación que el “ubaldinismo” “Los 25” establecen acuerdos transitorios y sin mayores principios en forma alternativa con una y otra fracción. En el plano reivindi- cativo asumen un sesgo crecientemente confrontacionista acompañando el ascenso “ubaldinista”, pero sus preocupaciones están en el plano de la políti- ca partidaria. Su objetivo es ganar espacios en la sociedad y en el interior del PJ, desplazando a “las 62” y asumiéndose como el brazo sindical de la reno- vación peronista —convocan a su ler. Congreso (mayo ’86) y dan nacimien- to al Movimiento Renovador Sindical Peronista (MRSP.)—.
*) Sus dirigentes más destacados provienen de la CGT-Brasil en cuyas filas militaban los sectores que más enfrentaron a la dictadura militar.
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**) Con el correr del tiempo este agrupamiento se ha ido desprendiendo de su viejo origen verticalista, las figuras más ligadas a la ortodoxia peronista, como O. Borda, prácticamente han desaparecido de la esce- na política.
***) En general los dirigentes que lo componen tienen escasa base social, provienen de gremios chicos, (farmacia, camioneros, caucho, tabaco, taxistas), muchos de ellos de servicios, y en el caso de gremios de cier- ta importancia, como estatales o ferroviarios, éstos se encuentran so- metidos a la presión de la reforma del Estado, y en el caso de la em- presa ferroviaria en franca decadencia.
Su representatividad es fundamentalmente política.
****) Son los que presentan un discurso más politizado y racional, desta- cando la necesidad de renovar y modernizar el sindicalismo argentino, adaptándolo a las transformaciones del capitalismo actual. Señalan como valores fundamentales la autonomía, la participación y la soli- daridad.
“Las 62”, por su parte han perdido peso relativo, y si bien formalmente hasta el momento nuclean al conjunto de los dirigentes sindicales peronistas su influencia real alcanza sólo a aquellos dirigentes de sindicatos tradicional- mente aliados de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM.).
*) sus principales dirigentes provienen del viejo tronco vandorista, expre- sión del tradicional proletariado industrial (metalúrgicos. carne, por- tuarios, petroleros).
**) reivindican el antiguo proyecto nacional-burgués desarrollista.
***) reivindican su rol histórico de “representación única e innegable de la rama sindical y del brazo político-gremial del movimiento obrero.
****) los valores fundamentales del sindicalismo, son: unidad. movilización y organización.
“Los 20”, por su parte, no tienen mayor expresión en el período. Final- mente en este lapso se dan el 40, 50, 60 y 70 paros nacionales (enero. marzo, junio y octubre de 1986) con acatamientos masivos. particularmente el de enero con una profundidad y extensión hacia otras capas de la sociedad que hicieron de este período el momento cumbre del “ubaldinismo”
c) El inicio del tercer período se puede ubicar a partir de noviembre de 1986, e incluye como datos relevantes la realización del Congreso Normali- zador de la CGT.; el reconocimiento implícito por parte del Gobierno Nas cional del agotamiento del programa antiinflacionario que fuera el Plan Aus- trall l; y el nombramiento del dirigente del Sindicato de Luz y Fuerza C. Al-
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derete como nuevo Ministro de Trabajo, lo que va acompañado por el abrupto surgimiento de un nuevo APS.: “los 15”
El Gobierno y la CGT, firmaron en septiembre de 1986 el acuerdo que po- sibilitó la normalización de la central obrera, tras un período de casi once años de irregularidades administrativas. La misma había sido intervenida en marzo de 1976 y devuelta 'a los sindicatos en junio del ’85 por un delegado de la administración radical, no obstante no obtendría su reconocimiento le- gal hasta que se forrnalizara su normalización.
Las negociaciones previas intentaban acordar la futura conducción. Si bien se reconocía que en la distribución de los cargos pesaban los acuerdos a que se llegra en el Congreso Nacional del Partido Justicialista, el criterio de la pro- porcionalidad sobre la base de la cantidad de gremios y congresales de cada sector, para la elección del Consejo Directivo Central, hacía suponer la posi- bilidad de cambios significativos en las relaciones de fuerzas internas del movi- miento sindical. El Congreso pues definiría no sólo los límites a los que debe- ría ajustarse el “ubaldinismo”, su resultado repercutiría también en las filas mismas del PJ., en cuya estructura partidaria los sectores más favorecidos in- tentarían capitalizar el resultado.
El Congreso Norrnalizador congreg') a 1478 delepdos de 156 sindicatos que en conjunto representaban a 4.000.000 de afiliados No obstante, ser éste un acontecimiento único en la vida gremial en miedo-una década (el anterior congreso se había realizado en 1975) no se planteó un balance del movimien- to obrero en la década pasada ni tampoco se debatió la situación actual de los trabajadores, ni hubo propuestas programáticas para enfrentar la crisis.
El punto único y excluyente fue la distribución de los cargos.
En el recuento inicial tanto el “ubaldinismo”, como “los 25” y “las 62” sumaban fuerzas parejas. Los dos primeros contaban con el 30 % de los dele- gados cada uno; en tanto que “las 62” con el 40 %. Sin embargo nadie se sentía seguro de que en una votación abierta los delegados respondieran ver- ticalmente a los dirigentes de cada fracción; (en muchas organizaciones los congresales no se encontraban unánimemente enpólumnados tras la conduc- ción del gremio, de ahí la necesidad de la lista única).
Finalmente los casi 1500 congresales levantaron la mano sin emitir opi- nión alguna. La nueva conducción se presentaba a través de la lista azul y blanca de unidad.
El acuerdo así legitirnado estableció que la dirección de la CGT normali- zada —el Consejo Directivo Central- quedaba integrado por 6 miembros por cada APS, más Un miembro de extracción radical y un peronista indepen- diente, el restante, es el Secretario General, cargo para el que fue ratificado Saúl Ubaldini.
El equilibrio de fuerzas alcanzado significaba cambios en el interior de la
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CGT. El “ubaldinismo” ya no estaba Solo para decidir, cada decisión sería pre- sidida por debates y negociaciones permanentes.
Dentro del ámbito de la CGT. estas negociaciones se resuelven entre los APS., pero por fuera de ella entran a jugar los distintos canales, formales e informales, que cada uno tiene abierto. Y así “los 25” tienen el control de las relaciones con el PJ. y el Parlamento; “las 62”, como se verá luego con la aparición de “los 15”, las mediaciones con el aparato del Estado; el “ubaldi- nismo” sólo tiene la figura carismática de su líder y la “protesta social” para ser interlocutor del gobierno.
Esta nueva relación se expresa también en otros aspectós. Los gremios in- dustriales siguen manejando la central obrera pero, producto de los cambios operados en la sociedad en la última década, han cedido terreno frente a los gremios de servicios. Los plenarios de la CGT. ya no serán como antes, hay un control estricto de las credenciales de acreditación; las barras de presión —al estilo del famoso Talla y sus bombos- ya no tienen cabida en el recinto; y en general hay un mayor respeto por los aspectos estatutarios.
El reconocimiento del agotamiento del Plan Austral y la aproximación de las elecciones para Gobernadores y Diputados en septiembre ’87, llevan al Gobierno a intentar una doble maniobra. Por un lado retomar la iniciativa política y por el otro asociarse al poder sindical real como forma de coad- ministrar una coyuntura que preanunciaba un deterioro creciente de la situa- ción económico-social.
Como fruto de este intento se lleva adelante el acuerdo con el sector más ortodoxo del sindicalismo, que trae como resultados inmediatos el surgi- miento del grupo de “los 15” y el nombramiento de Carlos Alderete como Mi- nistro de Trabajo.
d) El surgimiento de “los 15” caracteriza el período. Estos significan un nuevo reagrupamiento en los APS. que altera la relación de fuerzas existente hasta ese momento. Se conforman sobre la base de la mayoria de los diri- gentes de “las 62”, (con excepción de los de la UOM que no adhieren forrnal- mente) con lo que el ala Ortodoxa recupera abruptamente espacios; dirigen- tes que abandonan a “los 25-” (J .1 Guillán - Telefónicos y J. Rodríguez - Me- cánicos) con lo que este agrupamiento queda debilitado desde el punto de vista de su base específicamente obrera y además sufre un fuerte impacto po- lítico; 'y del “ubaldinismo” (Goyeneche - Textil) que queda descolocado co- mo interlocutor válido del Gobierno.
*) en el plano de lo político la mayoría de sus integrantes son perdedores enla intema peronista.
**) la defensa de sus objetivos corporativos es cada vez más pragmática y con grados crecientes de autonomía de las cuestiones de política partidaria.
*") en lo económico parecen expresar una fuerte fracción gremial inserta-
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val I
ss/s/ez
98/II/L
L8/E
¿8/6/9
159
CGT CGT BRASIL —¿ÜZOPARDO .UNIFICACION DE LA CGT 10 PARO NACIONAL GRAN DISPERSION DE FUERZAS 2° PARO NACIONAL PLAN AUSTRAL
3° PARO NACIONAL
SURGIMIENTO Y CONSOLI- DACION DEL UBALDINISMO
4° PARO NACIONAL 5° PARO NACIONAL 6o PARO NACIONAL
70 PARO NACIONAL
CONGRESO NORMALIZADOR DE LA CGT
PARIDAD DE FUERZAS
8° PARONACIONAL
NOMBRAMIENTO DE C. ALDERETE
SURGIMIENTO DE Los 15
ELECCIONES PARA GOBERNADORES Y DIP.
CRISIS DE HEGEMONIA DE LAS 62
COMITE CI‘ZNTRALCONFEDI'ZRAL 9° PARO NACIONAL 10° PARO NACIONAL
OCTUBRE 1988
160
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CUADERNOS DEL SUR 8 161
da en aquellas ramas industriales y de servicios que cuentan con mayores pers- pectivas en el nuevo modelo de acumulación que se va imponiendo (metalme- cánica, energía, telecomunicaciones, plástico, químicos, finanzas).
M""‘) en corcordancia con lo anterior, el discurso de su propuestas económi- cas recoge las anteriores ideas del “programa de los 20 puntos”, y su actividad reivindicativa 2y de gobierno se centró casi exclusivamenteen elpaquete de le- yes laborales1
Tanto los “Ubaldinistas” como “los 25”, tuvieron que asumir su propia impotencia a lo largo de los cinco meses de gestión del “compañero Minis- tro”, etapaxen la que el salario siguió declinando y donde los conflictos socia- les se expresaron en forma aislada, contrastando con la seguidilla de paros ge- nerales anteriores Pero la fluidez de la situación política nacional irnpondría nuevos reacomodarnientos de la cúpula sindical.
e) Las elecciones del 6 de setiembre de 1987 constituyen la apertura de una nueva situación. El arrollador triunfo del peronismo en prácticamente to- dos los distritos del país, y el ascenso de la renovación peronista revitalizaron la presencia de “los 25”, irnplicaron un fuerte golpe político para “los 15” que se vieron obligados a retirarse del Gobierno, y produjeron un nuevo alien- to a las luchas obreras, por lo que el “ubaldinismo” logró montarse nueva- mente sobre la protesta social.
El abrupto eclipse de “los 15” tienen como contrapartida el regreso a la es- eena de “las 62”, que buscan recuperar espacios aprovechando la convocato- ria al Comité Central Confederal en octubre de 1987, en una coyuntura don- de el mapa político del país no terminaba de reacomodarse y las internas del PJ. y del movimiento sindical no dejaban de cruzarse.
“Las 62” asumen tácticarnente una postura de confrontación buscando aliarse con el “ubaldinismo” —con quien comparte los tradicionales valores nacionales, humanistas y cristianos del peronismo ortodoxo—- y así aislar a “los 25” No obstante la situación abierta por el resultado electoral, es tam- bién la oportunidad para el “ubaldinismo” de afirmarse en su política de confrontación, y seguir arbitrando las relaciones entre las distintas tendencias, en suma volver a hacerse fuerte en función de la debilidad del conjunto.
“Los 25” por su parte requieren mantener la alianza con el “ubaldinismo” para no quedar descolocados por lo tanto vuelven a ir ala cola de su política de confrontación con el Gobierno.
Como resultado de esta suerte de “recalentamiento de los espíritus” surgen el 9no. y 10m0. paros generales convocados por la central Obrera enla etapa democrática (4 de noviembre y 8 y 9 de diciembre de 1987).
El rechazo de S. Ubaldini a ocupar la vicepresidencia tercera del futuro Consejo Nacional Justicialista que le es ofrecida por “las 62”, deja el camino abierto a R. García (taxistas), de “los 25”, para ocupar el cargo que el PJ. des-
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tina ala rama sindical. Por su parte los “ubaldinistas”, son representados por J. Lingheri en el cargo de secretario gremial.
El acuerdo de lista única para la futura conducción justicialista, cuyas deli- beraciones se llevaron a cabo en el denominado “Bauen segundO”, dejó en claro que los “ubaldinistas” priorizaron las relaciones con el grupo de “los 25”
La reunión del CCC. de octubre ’87 marcó otro acontecimiento inédito: por primera vez el sindicalismo ortodoxo expresado por “las 62” se muestra en minoría. La reaparición del alicaído grupo de “los 20” (sindicatos chicos - participacionistas) juega un papel decisivo, su alianza con el “ubaldinismo” y “los 25” inclinará la balanza del recuento.
“Las 62” contaban para sí a los delegados de 50 gremios, ganando en aque- llos sindicatos que enviaron 3 delegados; empataban en las organizaciones que
enviaron 2 delegados; y perdían, por más de 10, en aquellas que aportaron l delegado.
Los días previos a la reunión del CCC. fueron de una aguda polémica que preanunciaba enfrentamientos muy duros. A1 calor de las discusiones, dirigen- tes de “las 62”, como H. Curto (metalúrgicos,-homb're de confianza de L. Mi- guel) se retiraron del secretariado de la CGT. Cuando se esperaba un áspero debate la crisis fue una vez más conjurada‘ entre bambalinas. Los delegados fueron los primeros sorprendidos cuando la dupla Miguel-Ubaldini anunció el acuerdo que preservaba la “unidad del movimiento obrero organizado" y re- ponía, en Su cargo de adjunto, a H. Curto, quien fue abrazado en el estrado, por algunos notorios dirigentes de “los 25"
La cúpula sindical se autonomiza así cada vez más de la sociedad real. No se trata ya de su histórico divorcio con los trabajadores, ahora se independiza también de los representantes de los sindicatos ante la CGT, a los que sólo se los convoca para utilizarlos como masa de maniobras.13
Esta situación va abriendo el camino para la expresión de un nuevo nuclea- miento, que embrionariamente y aún en gestación, intenta ocupar el espacio de un sindicalismo que recoja las tendencias democráticas y combativas de los años ‘60 y ’70.
Esta incipiente “corriente alternativa” se manifestó públicamente en opor- tunidad del Congreso Nomtalizador de CGT. y luego en momentos de reunir- Se el Comité Central Confederal, y se caracterizó porque fue siendo integrada por dirigentes con cierta representatividad local. sin que ninguno alcance una dimensión de referente nacional.
*Nuclean a dirigentes seccionales y regionales de gremios como metalúr- gicos, gráficos, ferroviarios, sanidad, prensa. luz y fuerza. estatales, cine, entre otros.
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*Su discurso expresa una mayor autonomía en relación a las expresiones partidarias señalando el agotamiento del modelo de industrialización sus- titutiva como punto de partida de la crisisestructtrral que afecta a la so- ciedad argentina.
* La crisis, enmarcada en un contexto de dependencia nacional, es conside- rada también en sus efectos sociopolíticos internos, manifestándose en el divorcio casi absoluto entre la sociedad civil y la dirigencia en general, que se debe fundamentalmente a la falta de representatividad de la mis- ma.
*El sindicato debe ser independiente del Estado, los patrones y los parti- dos políticos, sin que ésto suponga “apolitici‘smo” Su lucha debe inscri- birse en un proceso de acumulación de fuerzas, en una política dirigida a tomar conciencia de la crisis y ala ampliación de la capacidad de acción. En este sentido sus dirigentes tendrán que ser expresiones reales y repre- sentatiVas de las bases. La actividad gremial “debe nutrirse de la acción de los delegados de base y activistas, hundiendo sus-raíces en la producción rrusma”
* Sus valor'es fundamentales son: la democracia, el pluralismo y la represen- tatividad.
4 - CONCLUSIONES:
Se han analizado los aspectos más generales de los APS, a partir de su ubi- cación en una determinada y-acotada coyuntura socio-política.
Si en un primer momento la tarea se centró en reunir la información orde- nándola según las variables (filas) y parámetros (columnas) que componen nuestra matriz-soporte, para así observar la totalidad del conjunto, un segun- do momento consistió en descomponer esa misma totalidad, pero ya no en función del ordenamiento de‘""los datos relevados que contenía sino de acuer- do al orden que surgía de nuestro propio criterio de análisis, y de los objeti- vos que el mismo se proponía.
— Rasgos Generales:
Un primer nivel de análisis permitió definir a los APS. La información re- copilada no registra en el período bajo análisis ningún acontecimiento demo- cráticorformal que presuponga un criterio de representatividad (asambleas de afiliados, de delegados, otras formas de consulta) por el cual un organismo sindical defina su adhesión a uno u otro APS. Si esta representatividad existe
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se debe a Otras razones, ya Sea históricas, que superan el período analizado, o bien a. liderazgos personales que escapan a los mecanismos institucionalizados.
Asi podemos definir a los APS. como: agrupamientos de dirigentes, que se constituyen como fracciones de la dirigencia sindical, que se interrelacionan entre si en la disputa de espacios de poder.
Lkisegundo nivel del trabajo permitió apreciar que frente a cada coyuntura nacionaflos APS. muestran "comportamientos diferenciados, ya sea en el pla- no dela alianzas con distintas fracciones del capital, con diStintas fracciones políticas de la burguesía; o en el plano de las propuestas programáticas o en el delas acciones concretas.
En este marco la acción política es entendida como una negociación per- manente en busca de ampliar el arco de alianzas para relacionarse con el Es- tado.
Un tercer nivel de análisis alcanzó a distinguir que algunos agrupamientos muestran una cierta correlación con las formas en que los trabajadores se in- sertan en la actividad económica, particularmente en la actual reestructura- ción productiva. Aunque éste es un proceso en curso, una línea tendencia] que muestra características contradictorias.
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— Los discursos, sus contenidos y las prácticas:
Este carácter contradictorio de las tendencias en curso marca los límites del trabajo, ya que el mismo se basa en hechos y acontecimientos cuyo es- tudio se ha realizado casi en paralelo con el momentos de ocurrencia de los mismos.
Por otra parte esta construcción de conocimientos esta condicionada por nuestra propia necesidad de respuestas políticas que permitan precisar los rasgos específicos de cada agrupamiento en la coyuntura.
Si al grupo de “los 25” es posible aislarlo y analizarlo como una totalidad en sí misma, a pesar de su heterogeneidad interna. no sucede lo mismo con “las 62” que como continuidad del. viejo tronco vandorista, resultan abarca- doras en lo ideológico de otros nucleamientos ("CG y T", "Ubaldinismo" “los 15”), aunque en lo politico se aprecian diferencias importantes.
Las “62 organizaciones gremiales peronistas " aún asentadas en los sectores industriales más tradicionales y más ligados al mercado intemo muestran cambios con relación a su práctica política anterior.
El “vandorismo” tradicional desarrollaba una política centrista que se pro- ponía como mediación y control de las masas Obreras negociando a cambio condiciones salariales y sociales. sobre la base de una táctica combativa que incluía paros, movilizaciones y tomas de fábricas.
En su expresión actual, que más correctamente debe identificarse como “miguelismo”, se intenta jugar este mismo rol pero se diferencia de Io anterior
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en que no se apoya en lamovilización,. y sólo en última instancia recurre a las bases (como amenaza de presión), sustentando su práctica en' los arreglos de cúpula y en las negociaciones palaciegas.
Su proyecto político reitera el viejo modelo nacional-burgués en el que se reivindican como el brazo político-gremial del movimientot obrero y se asu- men como la continuidad histórica de la representación de la rama sindical del Movimiento Nacional JúSticialista. "
Su discurso rescata permanentemente su fidelidad doctrinaria, sobre la que sólo aceptan actualizaciones tácticas, aferrados a valores tradicionales de ca- rácter nacionales, humanistas y cristianos, pero vacío de contenido.
Sus consignas fundamentales giran en torno a: “justicia social”, “sobera- nía”, “unidad”, “liberación nacional”, pero éstas no van acompañadas de nin- gún tipo de propuestas concretas.
Su continua defensa de la “unidad y organización” del movimiento Obrero y el rescate de la concepción movimientista del peronismo está en este pe- ríodo estrechamente vinculado con la disputa que “las 62” mantienen con el agrupamiento que se ubica al otro extremo del arco: “los 25”
La “Comisión Nacional de los 25 Gremios”, (MRSP), intenta contrarrestar el poder de “las 62” tratando de demostrar que el tradicional discurso “popu- lista-Obrerista” del peronismo ortodoxo asentado casi exclusivamente en un conjunto de reivindicaciones del ámbito laboral está sobrepasado por la co- yuntura actual.
Por el contrario en su concepción se trataría de rescatar ciertas cuotas de autonomía sindical y participación democrática como lOS elementos capaces de asegurar al sindicalismo un papel moderno, con una nueva organización y una nueva modalidad de lucha.
Así su discurso presenta como valores inherentes a su modelo: la “auto- nomía”; la “participación democrática” y “la solidaridad” Por otra parte ponen un fuerte énfasis en lo político, que, sin abandonar la recurrencia a la justicia social y la protección por las franjas más desposeídas de la socie- dad, es diametralmente distinto al de “las 62”
Inscriptos políticamente en el peronismo renovador muestran una fuerte inserción política en el parlamento y en las estructuras del PJ. pero en reali- dad se trata de una sobrerepresentación pues tienen escasa base social. Nu- clea a dirigentes de sindicatos con poco peso o bien de sindicatos de cierta envergadura como Unión Ferroviaria (U .F .) y Asociación Trabajadores del Estado (ATE) que son quienes se encuentran más presionados por la ofensi- va modemizadora y la desregulación estatal.
Esta debilidad objetiva está en la base de su política contradictoria. Si bien en el plano político mantienen la iniciativa, mostrándose como un “sindicalismo de propuestas”, en el plano reivindicativo su política de alian-
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zas los lleva a ser arrastrados por la vorágine ubaldinista, cuando en realidad su naturaleza es de corte participacionista.
Si formalmente su discurso expresa una posición crítica y autónoma, en la práctica su modelo sindical desobrerizado y modemizante es el que más se adapta a las tendencias actuales del capitalismo, con una modalidad de parti- cipación institucionalizada y funcional a la buscada articulación entre socie- dad civil y sociedad política.
En este sentido expresan un sindicalismo de estilo europeo, estando some- tido a la presión de las dos grandes corrientes internacionales: la socialdemo- cracia (CIOLS-ORIT) y la socialcristiana (CMT-CLAT), poniendo como rasgo distintivo el acento en el sostenimiento del régimen democrático-institucional de gobierno (del cual obviamente depende su existencia corno tal) y en la ne.- cesidad de modernizar el aparato productivo, siendo el, APS. que mayor em- peño pone en caracterizar la crisis del país.
Es este conjunto de contradicciones, a las que cabe agregar su necesidad política de recurrencia al “45”, momento de consolidación de un proyecto de desarrollo nacional hoy agotado, lo. que imposibilita a este nucleamiento el despegarse de las estructuras partidarias del peronismo renovador y asu- mir un proyecto alternativo independiente.
Pero por otra parte ¿es también la extensión y profundidad de la crisis del capitalismo en la Argentina la que no deja espacios para su propuesta de acuerdo social e impone los límites al modelo, abriendo así las condiciones para la emergencia del “poder sindical real”
El “Grupo de los 15 Gremios" integrado por dirigentes de sindicatos con una fuerte base obrera, e insertados en las ramas industriales y de servicios que mayores perspectivas tienen en el proyecto de modernización capitalista en curso, es producto de esta situación y del reconocimiento de la misma por parte del gobierno alfonsinista.
Esto explica que dirigentes importantes, que originalmente se encuadran en “los 25” o en el “ubaldinismo”, pero que sus gremios resultan alcanzados por la modernización, privilegiaran sus intereses corporativos incorporándose acríticarnente a “los 15”
Políticamente se encuadran en el peronismo ortodoxo, e ideológicamente no presentan mayores diferencias con “las 62". Por el contrario, en alguna medida juegan como una vertiente más, controlada desde afuera por L. Mi- guel, pero ésto no es el rasgo distintivo, ya que no operan en la interna del PJ.
Lo que los distingue es que la hegemonía en su interior la tienen los diri- gentes que provienen de la “Comisión Nacional de Gestión y Trabajo" que asumen cada vez más claramente las propuestas económicas de corte neoli- beral. Se organizan como un grupo de presión que usufructúa su ubicación en las cúpulas de las grandes organizaciones sindicales sin recurrir jamás a las
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bases, sin mayores prejuicios para la, negociación y la colaboración con el ré- gimen o gobierno de tumo, si ésto pennite Obtener réditos de grupo.*
Finalmente “el ubaldinismo”, como núcleo diferenciado del resto, inte- gra formalmente “las. 62”, con quienes comparte sus valores tradicionales sin renunciar a una identidad política cercana al peronismo ortodoxo, no obstante ser mucho más “obreristas” e ideológicarnente se enmarca en un po- pulismo conservador de fuertes contenidos clericales.
Sin embargo no es ésto lo que lo diferencia. En la lucha por ampliar su espacio de pOder, que como producto de la debilidad del conjunto y. del va- cío queen este ámbito creara la dictadura militar, se ubica desde el privile- giado lugar de la 'cúpula cegetista, creciendo en el conflicto y la movilización asumiendo el liderazgo de la protesta social.
Lo que lo caracteriza entonces es. su práctica concreta. Su política con- frontacionista y más radicalizada con respecto a sus relaciones con el Estado (como la evidencia el Programa de los 26 puntos de la CGT) sin renunciar a la negociación ni a la idea del Pacto Social.
Su discurso privilegia permanentemente la “unidad” del sindicalismo por sobre las diferencias en el seno del PJ, y tiende a independizarse en relación a la estructura partidaria y al Estado, en una suerte de laborismo conservador.
Así la forma en que se articula la cúpula sindical, la vinculación de los dis- tintos agrupamientos entre sí, las modalidades de relacionarse con el Estado y la inserción en el proceso productivo, van definiendo distintos roles y un escenario complejo.
El “miguelismo” expresión de un modelo económico agotado, centra su acción en una política acuerdista-palaciega; “los 25” expresión de la recupe- ración democrática de la sociedad juegan su rol en la participación institucio- nalizada; “el ubaldinisrno” se sostiene en el liderazgo carismático y la protes- ta social; haciendo eje en el salario mínimo y las leyes de protección social, en tanto que “los 15” asentados en las tendencias de la reestructuración ca- pitalista mantienen la hegemonía en las relaciones con el Estado y ponen el acento en la legislación laboral y los Convenios Colectivos.
El conjunto de conclusiones a las que arribamos en este trabajo tienen, por las razones ya expuestas, un alto grado de provisoriedad. Señalan ten- dencias generales cuya certeza pondrá a prueba el escenario futuro enmar- cado políticamente por las elecciones nacionales del año próximo y la inter- na del PJ, que está invadiendo todos los ámbitos de los aparatos sindicales.
No obstante, esta tendencia de las cúpulas sindicales a autono‘r'nizarse ca- da vez más de las bases Obreras y aún de los propios sindicatos, éste cada
1 * En este sentido. retoma las tendencias a la colaboración y el acuerdismo que en la decada del 60 anticrparan el “Grupo de los 8”; los “no alineados” y dirigentes como: Kloostennan (Mecanicos); Cavalli (Petroleros); Taccone (Luz y Fuerza); Coria (Consw trucción). l
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vez mayor compromiso con el Estado, que conlleva una burocratización cre- ciente e inevitable, será también parte de este escenario futuro dominado por la agudización de la crisis del capitalismo en la Argentina, que tarde o temprano colocará en el centro a los trabajadores como auténticos y úni- cos protagonistas.
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Decimos casi permanente porque en los períodos de gobiernos peronistas las diferen- cias expresadas como corrientes internas organizadas no se registran.
Con excepción de las “62 Organizaciones" que se constituyen en el año 1957. Lucita, E. Elecciones sindicales y Auroorganización obrera”, Cuadernos del Sur N0 3.
La tercera huelga contra el gobierno militar es impulsada en diciembre de 1982 por el sector de la CNT, ya transformada en la CGT-Azopardo, que de esta manera in- tenta no quedarse atrás del movimiento antimilitarista y de repulsión de la gestión del gobierno de facto ya próximo a su fin.
Sobre estas elecciones sindicales pueden consultarse los trabajos de: Lucita. E.: Elec- ciones sindicales y autoorganización obrera. Cuadernos del Sur N0 3. Palomino. H. El movimiento de democratización sindical. Gaudio y Domeniconi: El proceso de normalización sindical bajo el Gobierno radical.
En esto la izquierda orgánica argentina (MAS. PC. PO) jugó un papel importante. Ayudó al crecimiento de la figura de S. Ubaldini. adhirió acriticarnente al programa de los “26 puntos”, y se sumó sin mayores mediaciones a la convocatoria al Congreso de la Unidad Nacional.
Se trata de: P. Goyeneche (textil): A. I-‘arias (construcción): M. Candore (estatal): R.Pereyra (Obras Sanitarias): A. Serrano (Luz y Fuerza).
S. Ubaldini es dirigente del “Sindicato de Obreros y Ertrpleados del Fennento". or- ganización gremial por empresa que tiene poco más de 60 afiliados. Integra la direc- tiva de la Federación Ccrvecera que nuclea alrededor de 7000 trabajadores.
La línea ideológica de esta agrupación puede rastrearse en distintos números de la re- vista “LINEA”.
lin cierta medida cl “Ubaldinismo”. recoge las tendencias hacia la autonomía obrera que una y otra vez han expresado con politicas de corte laborista. l’l Sindicalismo “puro” en los'30: cl partido Laborista cn los origenes del peronismo: el peronismo Obrero de Vandor en los ‘60: claro está que es un laborismo cada vez mas a la derecha. El reconocimiento explícito llegaría recien en febrero de 1988 cuando el Secretario de Planificación Iiconómicn A. Canitrot confesó publicamente que el "Plan Austral fue una ilusión“
lin este punto los dirigentes sindicales volvieron a cerrar filas. como en l979 para en- frentar la ley 22105; como en ¡983 para bloquear la ley Mucci': como en 1986 para "1le CI paquete de ¡cres de Caro Figueroa. La diferencia es qtre ahora lo hacían des- de cl propio seno del gobierno radical.
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Cuadernos del Sur
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É l BROC'A-TTO: Militarismo y Golpismo /LUCITA: Reorganiza-
ción del Movimiento Social/PLA-ALTVATER: Crisis Mundial/ WINNICK: Rápido despliegue y Guerra nuclear/
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l SPAGNOLO: ‘La- Transición y sus Problemas/ ABALO: Econo- mía Argentina en los años ochenta/CANDIA: Proceso Militar l 'I'I'I'I'l'm]! y Clase Obrera/HUMPREY: La Fábrica Moderna/LAURRELL: Crisis y Salud en América Latina/LEQUENNE: Arte, Historia
y Sociedad/
l Cambio en cl Movimiento Sindical Argentino/WRIGTH: Inte- R lectuales y Clase Obrera/,ANDA/SEGRE: Politica Informática
en Países Dependientes/ i a ll lll
I ALTAMIRA: País en Transición/CIEZA: El FP una experien- ‘ cia inédita/LUCITA: La Reforma Laboral/CORIAT.: Tayloris- l. _.. I
j LUCITA: Elecciones Sindicales/DEL CAMP02Continuidad y
GILLLY: La Anomalía Argentina/PLA: Orígenes del Partido Socialista Argentino/DABAT-: Crisis y Economía en América Latina/DAVIS: Reagan en pos del Milenio/ ANDERSON: MO- dernidad y Revolución/BAHRO: Ecología y Socialismo/
mo, 'Fordismo, Núevas chnologías/DEGREGORI: Sendero Luminoso/HA‘RTMANN: Marxismo y- Feminismo/
Í SUAREZ: La Crisis de Hcgemonía/PLA: Argentina y la Crisis , m Muncial/ANDERSON: Las Antinomias de Gramsci/CORIAT: |l i Tecnologías y Procesos de Trabajo/Reforma en la URSS: El Hermano Mayor Somos Nosotros - Perestrojka contra Stalin.
l l 'LUCITAPH-ac'e 20 años: Ernesto “Che” Gueva‘ra/ALTAMIRA/
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Artista plástico invitado: Daniel Acosta
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